¡Delegado!

Más JeanMarco.

No, no me arrepiento de nada. Y sí, lo necesito. Soy feliz. Me hacen feliz, como para no hacérmelo si es que son perfectos. Aparecen tal que así ↓

El antes…

…y el después.

Johanna, te queremos ♥

Y bueno, queridas fujoshis y no tan fujoshis mías, no digo más nada de la trama. Es muy cliché y me lo he pasado super bien escribiendo porque hay un moooooooontón de sexo y muy, muy sucio. Qué me encanta todo. Ah, sí, está escrito entero desde el punto de vista de Marco y ando escribiendo otro desde el punto de vista de Jean.

Espero que os guste leerlo tanto como a mí escribirlo.

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1

Odiaba que su taquilla estuviese al fondo del pasillo porque eso significaba pasar por delante de todo el mundo. A pesar de ser bastante alto, casi nunca le prestaba nadie atención, lo cual siempre sería mejor a llamar la de aquellos de los que más huía. Mirándose los pies, llegó hasta su taquilla, abriendola con sus largos dedos para sacar los libros que le iban a hacer falta. De camino a la clase pasó por delante del despacho del director, y apoyado contra la pared con los brazos cruzados se encontraba su amigo Armin.

—Eh, ¿qué ha pasado? —Le preguntó Marco con su suave voz.

—¿Tú qué crees? —Se descruzó de brazos con un ademán molesto, mirando por el pequeño cristal de la puerta con disgusto—, Eren ha vuelto a meterse en líos por culpa de los abusones de siempre.

—¿Otra vez? ¿No van ya dos veces esta semana?

—Y con esta tres, pero es que está empeñado en hacerles frente cada vez que me dicen algo, que es todos los días. Menos mal que la mayoría de las veces Mikasa le para los pies, pero hoy está mala y no ha venido.

—Y se habrán ensañado con él —Armin asintió.

—Justo en la plaza de aparcamiento del director. Como los ha pillado de lleno los tiene a los tres ahí dentro. Espero que no lo expulsen o a su madre le da algo…

—Voy yendo a clase, ahora nos vemos —El chico asintió, suspirando resignado.

Si algo bueno tenía su manera de ser es que nunca había sufrido de acoso escolar. Se llevaba bien con casi todo el mundo y podía contar con buenos colegas e incluso amigos en cada grupo social. La prueba la tenía en que le eligieron el delegado de curso casi por unanimidad. También contaba el hecho de ser más responsable que la media de chavales de su edad, pero era un pensamiento que jamás expondría en voz alta.

—Eh, Marco —Annie, la líder de las animadoras, se acercó a él nada más entrar en clase—, ¿les puedes decir a los imbéciles del equipo de fútbol que nos tienen que dejar parte del patio para entrenar? No nos escuchan y estoy empezando a perder la paciencia.

—Cuatro saltos y levantamientos de piernas no son más importantes que una beca de deportes que no voy a conseguir si no entreno en condiciones —Reiner, la estrella del equipo de fútbol, se acercó a él también, enfrentándose a la chica—, y con vosotras dando volteretas no puedo entrenar bien.

—A ver, el campo es grande, y si no dividid las horas, sed comprensivos los unos con los otros. Annie, podéis dejar que ellos entrenen primero y después os ponéis vosotras, pero no ocupeis la pista toda la tarde.

—Pero—

—No voy a posicionarme. Esa solución os doy. Si queréis problemas de verdad id al despacho del director, si queréis la vía fácil hacedme caso —Les aconsejó. Annie se sentó enfurruñada y Reiner chasqueó la lengua, blasfemando.

—Por fin —Armin se dejó caer en su sitio, junto al suyo en primera fila. Eren caminó con rabia y la cara hecha un desastre de cortes y moratones hasta el fondo de la clase.

—¿Qué le han dicho al final?

—Una amonestación por escrito, a la próxima le expulsan. De verdad que prefiero que me peguen, tampoco importa tanto.

—No digas eso, ni una cosa ni otra. Luego me dices quienes son esos abusones, a ver si puedo hablar con ellos, ¿vale?

—No quiero buscarte problemas… y uno está en la clase, lo que pasa es que casi nunca viene.

Ya sabía de quién le hablaba. Era el chaval de mirada salvaje que había repetido ese año con la cara y orejas llenas de argollas y ese aspecto peligroso. Nunca se había acercado a él a pesar de llamarle muchísimo la atención porque sabía que no era aconsejable, es que ni le había mirado mucho al ver su actitud. Tan solo lo suficiente para verificar lo buenísimo que estaba. Y antes de que pudiese consultarlo con su compañero, entró en la clase, con las manos en los bolsillos y una herida en el labio, justo al lado contrario de su argolla. Tenía el pelo teñido de dos colores, rubio ceniza casi en su totalidad, con raíces negras visibles por su rapado a ambos lados de la cabeza. Su ropa era llamativa aunque siempre oscura, y llevaba tantas correas y cadenas que sonaba al andar. Miró de reojo a Armin, que apretó el borde del pupitre con ambas manos fijando la vista en su superficie verdosa. Marco volvió a mirar a ese tipo, no quería pero era su deber. Se levantó y se acercó a él cuando se dejaba caer en su pupitre del fondo, justo al lado de Eren, que rechinó los dientes de pura rabia. Le hizo un gesto tranquilizador con la mano. Ese macarra se despatarró con un suspiro y el brazo por detrás de la silla, mirando por la ventana.

—Hola, ehmm… —No se acordaba de su nombre. Giró su cara despacio hacia él. Va a pegarme, me va a dar una paliza. MARCO, CALLA Y VUELVE A TU SITIO—. Debes entregar cuando puedas una justificación de tus faltas de asistencia. No es necesario que se lo des al tutor, puedes dármela a mí. Y el próximo día ven acorde con las normas de vestuario del colegio, por favor —Frunció el ceño y sonrió de lado.

—¿Y tú quién eres? —Se echó hacia adelante, apoyando los brazos en el pupitre, observándolo divertido.

Sus ojos eran castaños, su piel muy blanca. Tenía dos piercings en el tabique, una argolla en el lado izquierdo del labio inferior, otra en la ceja del mismo lado y multitud de ellas en sus orejas. Que me firme las faltas de asistencia en mi cama, por favor. Apretó los labios levemente antes de hablar, controlando esos pensamientos nada aconsejables.

—Marco Bodt, soy el delegado de curso —Le tendió la mano—, me alegro de que por fin vengas por aquí.

—Hola Marco Bodt —Le dio la mano y tiró de su brazo hasta quedarse a un palmo de su cara, la cual analizaba minuciosamente—. En mi puta vida había visto a alguien con tantas pecas sin ser pelirrojo.

—Ah, bueno, sí —Se pasó la lengua por la herida, mirándole la boca. Estaba poniéndole muy nervioso, temía ser pegado o besado, y no sabía qué era peor—, tengo por todas partes, ya sé que no son lo mejor del mundo pero bueno…

—¿He dicho yo que no me gusten? —susurró. Sintió cómo se ponía cada vez más colorado, incapaz de apartar los ojos de su intensa mirada color miel—. Por todas partes, ¿eh?

Al escuchar los buenos días de la profesora le soltó, riéndose y guiñándole un ojo. Marco le sonrió, volviendo a su asiento, respirando profundamente. En su vida había conocido a una persona con tan poca vergüenza y tanto descaro. No sabía si era peligroso de verdad, pero lo parecía. Nunca nadie le había prestado tanta atención en ese sentido por lo que no sabía bien cómo reaccionar. Le temblaban un poco las manos, se enfadó consigo mismo por ser tan vulnerable. No podía centrarse en la clase y daba gracias a no tenerle sentado cerca.

—¿Qué pasa al fondo? —No quería mirar atrás. Armin lo hizo y al volver la cara hacia adelante negó con la cabeza, chasqueando la lengua—, Jaeger, a primera fila, vamos. Bodt, cambia tu asiento con él.

—Sí —Se levantó, cambiando su asiento con Eren que ni se disculpó al pasar por su lado con las cosas.

—Kirstein, comportate, siéntate derecho.

—Puede llamarme Jean —Apoyó la espalda en la silla de manera apropiada, mirando a Marco y sonriendo al hacerlo. Tenía la sonrisa más golfa que había visto en su vida.

La profesora le dio por perdido, respirando hondo y volviéndose hacia la pizarra. Marco se centró en la clase, en coger apuntes y notas, en la voz de la profesora. Se sentía observado. Al mirar a Jean de reojo le pilló con la vista fija en él, por lo que volvió a centrarse en sus folios, muerto de vergüenza. Le escuchó reírse con suavidad. Una bolita de papel le aterrizó entre las manos. La desdobló despacio. “Te pongo nervioso” No era una pregunta, lo afirmaba porque lo sabía con total seguridad. Sí, le ponía muy nervioso y en muchos sentidos. No solo era la primera vez que encontraba un serio impedimento para atender en clase, es que era la primera vez que deseaba tantísimo a un hombre. Siempre le habían atraído los malotes, era un mal vicio y precisamente porque sabía por los derroteros que podría llevarle una persona así, nunca se acercó a ninguno. Y Jean, bueno, Jean es el malote entre los malotes. Sabía que acosaba a Armin y que se pegaba con Eren, pero no era motivo suficiente como para obviar lo bueno que estaba. Es que era la actitud, esa manera de soplarsela todo y de saberse irresistible. No podía con ello. Volvió a mirarle de reojo. Ojalá se le pudiese sentar encima. Ojalá besarle. Ojalá ser besado. Quería volver a tener contacto con esos ojos marrones claros, quería que le intimidara un poco más, le gustaba esa sensación. Al mirarle le vio levantar la mano con media sonrisa. Más personas de la clase hacían lo mismo, dando nombres. Estaba completamente perdido, no se había enterado de nada.

—Yo lo hago con Marco —dijo Jean, sin borrar esa sonrisa de su cara. La profesora apuntó algo en un folio.

—¿El qué haces conmigo? —Susurró, inclinado hacia él. El corazón le retumbó en el pecho cuando le clavó sus ojos rasgados.

—El trabajo de clase, ¿en qué estabas pensando? —Asintió con una sonrisa de mentira. No sabía de qué hablaba, estaba demasiado ocupado fantaseando con él.

—Sí claro.

—Dame tu teléfono, que tendremos que quedar, digo yo. ¿Vienes a mi casa o qué?

—No —Le salió demasiado asustado por lo que Jean levantó la vista de su teléfono con una ceja arqueada—, mejor en la mía, si no te importa.

—Vale, como quieras. A mí me vale en cualquier parte.

Le dio su número de teléfono, preguntándose cuánto tiempo se había llevado abstraído, pensando en él. Tendría que pedirle los apuntes a Armin, menudo desastre. Tan pronto la profesora dio por finalizada la clase se levantó, acercándose a él.

—Armin déjame los apuntes, voy a la copistería corriendo y vuelvo.

—¿Qué has estado haciendo? —Le dio su cuaderno sin perder de vista a Eren, que volvía a su sitio.

—Estaba despistado, ¡gracias!

Salió corriendo escaleras abajo, haciendo las copias a toda prisa antes de que llegase el siguiente profesor. Al volver se encontró con que Eren seguía en primera fila.

—¿Qué haces ahí? —Le preguntó, dándole las gracias y el cuaderno de vuelta a su dueño.

—Me han prohibido sentarme al lado del caracaballo —masculló.

—¿Por qué le llamas así? No es…tan… —Cerró la boca al ver la mirada de Armin.

—Marco, por favor, dime que no te gusta ese tío —Eren soltó una risita sarcástica, dejando claro que algo así era imposible.

—Me voy a mi sitio nuevo.

—Marco, no —Le miraba como si estuviese loco. Se le volvieron a poner las mejillas coloradas. Al sentarse sintió que Jean se inclinaba hacia él.

—Parece ser que ahora eres mi compañero formal. ¿Me vas a hacer el vacío como hacen los demás o a ti no te acojona mi presencia?

—¿Por qué tienes esa actitud? —Le miró, Jean frunció el ceño, por supuesto sin dejar de sonreír. Muerdeme, pon esa boca en mi cuerpo—, no te beneficia. Nunca he entendido lo de acosar a los demás.

—¿Lo dices por el rubio? Solo son sustos hombre, bromas, es divertido. No le pondríamos la mano encima.

—Pero si a Eren le dais palizas, ¿qué diferencia hay?

—Que Eren es gilipollas —El susodicho se volvió, pretendiendo levantarse pero siendo agarrado por Armin y Bert, otro del equipo de fútbol—. ¿Ves? Le encanta una bronca.

—Lo que hace es defender a su amigo. Armin lo está pasando muy mal por vuestra culpa y me cuesta creer que no os deis cuenta —Jean chasqueó la lengua, molesto, mirando al frente—, ¿No puedes imaginar lo que es llegar a clase y que desde el primer momento te hagan la vida imposible?

—Si sigue así de cagón se lo van a comer por los pies en la vida real.

—Y supongo que tú triunfarás, claro —Jean le miró, alzando una ceja.

—Tú eres alguien en condiciones, ¿ves? Dices lo que piensas y no te importa a quien. Y encima educado. Chico, serás el jefe de todos estos —Giró su cuerpo en el pupitre y se inclinó sobre su mesa, poniéndole la mano en la nuca a Marco—, el mío lo puedes ser cuando quieras —ronroneó. Sacó la punta de la lengua despacio, lamiendo hacia arriba en su dirección, sin tocarle, rozando su labio superior, mordiéndose el inferior después y clavándole una mirada con tanta carga sexual que creyó que iba a besarle. Joder. Marco tragó saliva, deseando su lengua, aferrado al borde de su pupitre con ambas manos.

Haentradoelprofesor —farfulló, mirándole ahora a los ojos. Jean le pasó la mano de la nuca a su oreja, pellizcándole el lóbulo y volviendo a guiñarle el ojo.

Otra hora perdida. No sabía cómo ponerse para esconder la erección. Daba gracias a estar sentado en la última fila, era más fácil desde allí atrás. Jean pareció darle tregua durante esa hora pero él no conseguía centrarse más de un minuto en lo que el profesor Mike decía. Divagaba, soñaba despierto, imaginaba que se levantaba de la silla y se le sentaba encima, besándole apasionado, tirándole de esas greñas rubiascas. No había manera de bajar la erección. Sonó el timbre de cambio de clase y salió despedido fuera del aula, hacia el servicio. Se encerró en un cubículo, se la sacó de los pantalones y se masturbó con ansias, escondiendo gemidos, intentando no hacer ruido y temblando de la lujuria que le invadía desde hacía casi una hora. Se mordió los labios al eyacular entre sus dedos, intentando apuntar en vano al retrete, con la cara de Jean en la mente, ante él con la lengua fuera y tragándose su esperma. Se le escapó su nombre entre dientes. Me cago en su puta madre. Tragó saliva, limpió todo como buenamente pudo y tiró de la cisterna por aparentar. Se había demorado mucho, tenía que darse prisa por llegar a la clase.

—La próxima vez pídeme ayuda —Se giró bruscamente. Jean se apoyaba contra la puerta del baño contiguo. Alzando la nariz se acercó a él—, me habría encantado abrazarte desde atrás, machacartela mientras te muerdo el cuello, hacerte gemir —Le arrinconaba contra la pared. Le agarró del cinturón y pegó su pelvis a la de él. Era más bajito pero le imponía como si midiese dos metros—, ¿no te gustaría?

—Tenemos que ir a clase —Jean asintió.

—Ahora voy —Y susurró en su oído, levantando las caderas, rozándole con una evidente erección—: Me toca correrme.

La punta de su lengua rozó su cuello hacia arriba, hasta detrás de su oreja, provocándole un exagerado escalofrío que le agitó. Al alejarse iba riéndose, encerrándose en el baño. Marco estaba clavado contra la pared. Jean no reprimía los jadeos, lo estaba haciendo aposta para que le escuchase. Al primer “Marco” tembloroso, salió por piernas de vuelta al aula. Le quedaban cuatro horas de clase por delante y no sabía qué iba a hacer con tanta tensión.

Optó por no volver a mirarle, ni cuando le hablaba ni cuando le escuchó suspirar al llegar del baño, dejándose caer en la silla. Tan pronto fueron al descanso, se encerró en la biblioteca centrándose en pasar apuntes a limpio y al volver a las 3 horas restantes no miró más que a la pizarra y sus apuntes. Una vez sonó la alarma del fin de clases, fue hasta su taquilla a guardar los materiales, y mientras lo hacía escuchó la voz de Jean a su lado. Miró de reojo para verle hablar con una chica a la que por lo visto hacía tiempo que no veía. Para su asombro, le puso la mano en la nuca y la besó en la boca, profundamente. Cuando más fruncía el ceño, Jean giró un poco a la muchacha, abriendo los ojos, clavándoselos a Marco sin dejar de besarla. Miró de nuevo al interior de su taquilla y la cerró quizás con demasiada fuerza. Quiso salir para irse a casa, pero de nuevo las animadoras le pararon antes de conseguirlo, ahora con el jefe de estudios. Casi todos los días hacía un tramo del viaje a casa con Eren y Armin, que le esperaban a la salida ya que siempre se retrasaba por intentar escuchar quejas de unos y otros. Tareas de delegado, como ese día precisamente. Al salir por la puerta principal vio a Jean con los otros dos abusones, mirando a sus amigos mientras hablaba en murmullos.

—No deberíais de haberme esperado, vámonos ya —Les metió prisa, aún molesto por el beso que presenció hacía unos minutos.

—Eh, rubio —Armin se tensó, parándose en seco, más cuando Jean le pasó un brazo sobre los hombros. Al instante, Eren pretendió abalanzarse sobre él pero Marco le paró con un brazo frente a su pecho—. Jooooder, dile a tu chihuahua que se calme, vengo a disculparme —Jean le miró molesto, soplando en la dirección a un Eren que no hacía más que susurrar la paliza que iba a darle.

—Cálmate, Eren por favor —Le imploró Armin.

—Venía a decirte que después de la charla aquí con tu amigo el pecoso me he dado cuenta de que he sido un poco gilipollas contigo sin motivo.

—Bueno… sí —Armin no le miraba, de hecho intentaba girar su cuerpo lejos de Jean.

—Qué, ¿sin rencores? —Le dio un meneo agarrándole de los hombros.

—No puedes pretender acosar a una persona y que solo por pedirle perdón ya no sienta aversión hacia ti —Le reprochó Marco, enfadado con él. Cuando Jean alzó la mirada de la cara de Armin a sus ojos, el hormigueo que sintió desde su estómago casi le hace apartar la suya. Pero la sostuvo, mantiendiendose firme—, aprecio que te hayas dado cuenta, pero no pretendas que todo vaya a ir como si na—

—Sí, sin rencores —Armin le tendió la mano a Jean, que alzó las cejas estrechándosela con energía. Eren pareció calmarse un poco.

—Deberías aprender a ser tan dócil y abierto como Armin, amigo mío —le dijo a Marco—. Esta tarde tengo planes pero mañana me paso por tu casa para hacer el trabajo.

—No puedo mañana —contestó, sintiendo la histeria dominarlo. Sí que podía, pero no se veía preparado para pasar tiempo a solas con alguien tan abiertamente sexual como él.

—Te veo a las cinco, déjame tu dirección por mensaje —Se alejó sin dejarle tiempo a réplicas. Una vez se hubo marchado, Eren se soltó del agarre de Marco.

—No me puedo creer que te guste de verdad —Le dijo entre dientes.

—No es que me guste, es solo que es atractivo, ya está. Sé que es un imbécil.

—Marco, estás loco —Armin negaba con la cabeza—, siempre te gustan este tipo de tíos y cualquier día vas a salir mal parado.

—Hasta ahora he sabido cuidarme, ¿no? El trato que he tenido con ellos ha sido distante y lo sabéis. No tiene por qué ser diferente con este.

—El problema es que ya lo es —Eren le dijo una verdad que ya sabía, pero era mejor mentirse a uno mismo—, os he visto hablar en clase. Bueno, tontear descaradamente.

—No estábamos tonteando —Sintió las mejillas arder—, es solo que invade mi espacio personal.

—Y tú no te quejas…

—Bueno, ya vale. Yo no os digo lo que debéis hacer, ¿verdad? Dejadme en paz —Aceleró el paso, sintiéndose agitado, nervioso y avergonzado.

—Marco —Armin le llamó con sorpresa en la voz. No era propio de él perder los nervios de esa manera y mucho menos dar malas contestaciones.

El problema estaba en que sabía que sus amigos iban a estar en contra de lo que sentía, y lo peor de todo es que comprendía los motivos. Pero precisamente por saber que le iban a echar en cara la atracción hacia ese tío no quería hablar del tema. Sabía cómo era, sabía que no debería acercarse, pero joder qué ganas tengo de tocar su piel desnuda. Nunca en su vida había sentido tantísima atracción por nadie, y parecía ser mutua, que era lo peor. Al llegar a casa, su madre le recibió como siempre, feliz de verle y con la comida preparada. Le puso en sobreaviso de que quizás la tarde siguiente un amigo se pasaría a hacer un trabajo y, como ya esperaba, no puso objeciones.

No quería admitirlo, pero Jean ocupó gran parte de sus pensamientos hasta el punto de abstraerse. Al día siguiente, el susodicho no fue a clase, lo cual le dio pie a soñar despierto, a ponerse nervioso imaginándose escenas cada vez más sexuales en su propia habitación. Necesitaba masturbarse pero los descansos eran demasiado breves y ese día parecía que todo el mundo necesitaba consultarle algo. Por eso mismo, salió más tarde de lo normal del instituto. Su madre fue la única en darse cuenta de que algo le pasaba, pero la disuadió alegando cansancio. Intentó distraerse con un libro, con videojuegos, viendo la televisión e incluso durmiendo. Pero no podía apartar la vista del reloj, sintiendo los nervios pellizcarle el estómago cuanto más se acercaban las cinco. A menos cuarto escuchó el timbre y se asomó por la ventana de su habitación en el piso superior. Jean respondió con un “¿Puede salir Marco a jugar?” entre risas. Escuchó a su madre reír en el piso de abajo. Saltó los escalones de dos en dos pero no pudo abrir antes que ella. Vio la sorpresa en el rostro de su madre al ver las pintas del invitado, con esos vaqueros llenos de boquetes y su eterna chaqueta de cuero, y sin embargo le trató con la amabilidad de siempre.

—¡Hola! ¿Qué tal? Ahora os subo algo de merendar mientras estudiais.

—Gracias, señora —Al verle plantado a los pies de la escalera le saludó con los dedos de la mano—. Hola, cariño —Marco abrió mucho los ojos, su madre soltó una suave y lenta exclamación, riéndose después de manera comedida.

—Sube de una vez —Se dio la vuelta hacia su habitación, avergonzado e incapaz de explicarle a su madre en ese momento que no era su novio, solo un tío con muy poca vergüenza.

—Joder, es la habitación más ordenada que he visto en mi vida. Igual que tú —Le tiró del jersey azul y simple que llevaba puesto. Sin preguntar, cogió una banqueta y se sentó a su lado, en el escritorio—. A ver, ¿qué tenemos que hacer? —Al quitarse la chaqueta de cuero se quedó con una camiseta negra con las mangas arrancadas. Era de un grupo de música que desconocía.

—Deja que lo mire un momento —Tuvo que revisar los apuntes de Armin para saber qué tenían que hacer. Mientras se tranquilizaba y se lo explicaba, él le miraba con el codo apoyado en la mesa y la barbilla en la palma de su mano, con una sonrisa que no entendía a cuento de qué venía.

—¿Se puede? —Como siempre, su madre pasó antes de que le diese permiso—, os dejo aquí la merienda. No es gran cosa pero siempre se estudia mejor con el estómago lleno —Soltó la bandeja en la esquina de la mesa—. Estaré en mi habitación trabajando, si necesitáis cualquier cosa, avisa.

—Vale —Conocía a su madre y esa sonrisita pícara no era más que el reflejo de su felicidad por creer que tenía pareja.

—¿Trabaja en casa? —Marco asintió. Le costaba mirarle a los ojos, una sensación extraña se apoderaba de él cada vez que lo hacía. Cierto apetito, y no precisamente por la merienda.

—Vamos a repartir el trabajo y nos ponemos ya a ello, ¿vale? —Asintió con una risita, comiéndose una galleta de un bocado.

No pasaron ni 10 minutos que Jean apoyó los brazos en la mesa, suspirando. No podía ignorarlo, así que le miró. Le observaba el rostro con detenimiento, tan centrado en cada uno de sus rasgos que no habló durante casi un minuto. Aprovechó la situación e hizo lo mismo, analizando sus cejas, su fina y larga nariz que tan bien encajaba con el resto de sus rasgos, su barbilla afilada, su mandíbula marcada, esa boca que tantísimo deseaba.

—No es un secreto que no me guste trabajar, así que te propongo una cosa —Jean le pasó el pulgar por el labio inferior con la atención puesta en él— tú haces el trabajo y yo te trabajo a ti,  ¿qué te parece?

—¿A qué te refieres? —Sonrió de lado. Cuando lo hacía se le asomaba el colmillo, más largo de lo normal. Le daba la impresión de que se le iba a hacer un agujero en el pecho por los latidos de su corazón—, ¿y tu novia?

—¿Qué novia?

Le puso la mano que le quedaba más cerca en el muslo, apretándolo, acercándose a él de manera repentina, haciendo lo mismo con el labio que acariciaba, solo que con su boca. Sintió el pellizco de sus dientes en el labio inferior, la calidez de su aliento, la presión de su nariz contra la mejilla cuando su lengua pasó sobre la suya, bajo la suya. Marco suspiró con un temblor, alzando las manos sin saber bien dónde ponerlas. Las posó en sus hombros, girándose hacia él, dejando que su lengua se descontrolase en ese beso tan intenso, sintiendo su miembro endurecerse al instante. La mano que tenía en el muslo se desplazó hasta la parte baja de su espalda, bajo el jersey. La mano que tenía en sus labios pasó por encima de su erección, recorriendo la costura de su bragueta, despacio y de manera experta.

—Jean —jadeó, con un quejido—, no he hecho nunca nada de esto.

—¿Cómo? —Le miró a los ojos, sin cesar de acariciársela sobre los vaqueros—, ¿quieres decir con un hombre?

—No. Nunca. Con nadie —Jean se mordió el labio, con una sucia declaración de intenciones en su mirada.

—Tienes que estar de coña —Marco negó con la cabeza, abriendo los labios en un quejido cuando se la apretó—. Cómo voy a reventarte…

Le dio un lametón en los labios, Marco le agarró del pelo, besándole ansioso. Liberó su miembro de la presión de los pantalones, apartando los calzoncillos y dejándola al aire. No la tocaba, no la miraba. Le pasaba la mano por el pecho a Marco, por debajo del jersey, besando, succionando y mordiéndole el cuello. Los escalofríos le provocaban gemidos ahogados, igual que acariciar la nuca de Jean, olerle, escucharle jadear… eran tantas sensaciones nuevas en tan poco tiempo que se sentía sobrepasado. Miró sobre su hombro, la puerta estaba entreabierta.

—Déjame cerrar —Quiso levantarse, pero Jean se la agarró por la base. Su sonrisa malvada le volvía loco.

—Nah, así es más divertido —Subió las yemas de los dedos hasta su glande en una caricia que le hizo levantar las caderas, mirándole a los ojos—. Que te pongas colorado me está superando. Ni puta idea tienes de lo cachondo que estoy —Bajó la mano apretando su glande, todo delicadeza, con la palma y sus dedos, rodeándolo—. Cago en la puta, Marco —se reía—, está empapada.

—Cómemela, por favor, por favor Jean, por favor —imploró con los dedos clavados en sus brazos y la vista fija en sus dedos, tirando de su fina piel hacia abajo.

Se la acarició un poco más, atento a su expresión, besandole con brevedad. Y fue cuando se le escapó un gemido demasiado alto que se arrodilló ante él, agarrándole de los muslos, presionando su erección con la lengua. Hacia arriba. Hacia abajo. Hacia los lados y alrededor. Succionó, siempre con la lengua pegada a su piel, mirándole a los ojos mientras Marco le tiraba del pelo. Ver sus labios rodeando su miembro, sus mejillas hundidas al chupar, su lengua recorrersela de arriba abajo, esa constante mirada lujuriosa, atenta a cada cambio de respiración de Marco; no podía con ello. Casi desde que se la metió en la boca tuvo la sensación de correrse, no pudo aguantar más que dos o tres caricias. Le resultaba excesivamente placentero. Dejó caer la cabeza hacia atrás cuando la presión de su esperma se liberó en la boca de Jean, que gemía tragandole, agarrándole de las caderas con una mano. Marco no podía pensar, gimiendo entre dientes, agitado por un temblor en la pierna derecha, tirando del pelo del sofocado Jean. Miró hacia abajo, observando sus cabellos rubio ceniza, su cuerpo encorvarse hacia adelante. Jean tembló con un quejido y su polla en la boca. Fue tan rápido como intenso. A pesar de haberle dado un orgasmo incomparable, quería más. Al sacarsela de la boca, ya lánguida, le miró con aspecto sufrido, sus cejas elevadas, su respiración agitada. Se apoyó en sus rodillas con las manos y le besó intensamente. Marco seguía tirándole del pelo, deleitándose con sus besos, con ese extraño sabor de su lengua ahora que se la había comido.

—He puesto el suelo de tu habitación perdido —murmuró en su boca.

—¿Qué? —Jean se apartó de él, arrojandose en su cama con una mano en la frente, cerrándose la bragueta. Marco miró entre sus piernas, al suelo. Una mancha blanca y espesa cubría el parqué—. Mierda, mi madre va a matarme.

—Da gracias que me he controlado y no te he reventado el culo.

—¡Jean! —Marco se levantó, cogiendo un paquete de pañuelos de su mesa de noche, limpiando el esperma de su relajado compañero de clase.

—Creo que tu madre está subiendo las escaleras, metetela en los pantalones —Presa del pánico, se apresuró a guardársela, tirando los pañuelos empapados a la pequeña papelera junto al escritorio. Jean se partía de risa—. Era broma hombre, relajate. Ven aquí conmigo —Le dio dos golpes a la cama, junto a él.

—Tenemos… íbamos a hacer el trabajo —Jean volvió a reírse, apoyándose en el borde de la cama y tirándo de su muñeca.

—Tenemos una puta semana, ven conmigo —Le hizo tumbarse en la cama al revés, junto a él, con la cabeza orientada hacia a la puerta. Marco puso sus manos sobre su estómago, tumbado boca arriba sin saber qué hacer. Jean se tumbaba de lado, apoyado en su codo, observándole—. ¿Cómo es posible que alguien como tú nunca haya tenido relaciones?

—Mi primer beso ha sido contigo —murmuró. Le miró de reojo, esperando el insulto. Jean abrió mucho los ojos.

—No me lo puedo creer. ¿Por qué? Seguro que has tenido oportunidades.

—Ni siquiera me lo he planteado. No me gusta mucho salir y la verdad es que los estudios y las actividades extraescolares ocupan casi todo mi tiempo. Además, tengo que ayudar a mi madre con la casa, no quiero que se agote. En fin, yo que sé.

—Pero te han tenido que gustar más personas, además de yo mismo —Le puso la mano en la mejilla, girándole la cara—. Relájate, acabo de comerte la polla, hombre. Y mírame que me encantan tus ojos.

—Y a mí los tuyos —murmuró atontado. Jean sonrió de esa manera chulesca tan suya. Tras ese breve coma cerebral, respondió a su pregunta—. Sí, me han gustado más hombres pero no tenía nada que hacer con ninguno. No tenía posibilidades.

—No creo que exista persona que se pueda resistir a esas pecas y esa boca tan… —Se mordió el labio, inclinándose sobre él y besándole muy despacio—, apetecible.

—Me pones muy nervioso —confesó, posando sus manos en los costados del chico.

—Lo sé. Tú a mí también. Estoy más descontrolado que de costumbre.

Casi se le tumbó encima.  Marco le rodeó la espalda con sus brazos, dejándose besar, disfrutando de la presión de su pecho sobre el suyo. Le encantaba sentir su argolla en el labio, aunque le gustó más sentirla en otra parte. La mano de Jean subió por su estómago hasta su pecho, por debajo del jersey, levantándoselo y quitándoselo. Besó sus poco moldeados pectorales, sonriente y murmurando “cuántas pecas…” Volvió a su boca, pero sus manos bajaron por su espalda, hasta meterlas por dentro de sus pantalones, agarrándole del culo con fuerza y besándole con furia. En esos instantes solo quería Jean, Jean y más Jean. Nada más importaba. Abrió las piernas, dejando que se tumbase entre ellas, frotándose con él, volviendo a tener una erección completa en apenas unos minutos. Jean se apartó de su cuerpo, dándole la vuelta en la cama, quitándose la camiseta.

—Qué culazo tienes, y yo sin darme cuenta —susurró en su oído, levantándole las cachas del culo con ambas manos sobre los vaqueros. Presionaba hacia arriba con sus caderas, jadeante.

—Jean, ¿qué vas a hacerme? —preguntó Marco, agarrando las mantas con ambas manos.

—Todo lo que me pidas —ronroneó junto a su mejilla—, aunque si me preguntas, lo que quiero es hundirla en tu cuerpo, despacio —presionó sus caderas a su culo, él también volvía a tenerla dura—, llenarte, hacerte gritar cuando la tenga como una piedra y metida hasta que los huevos me choquen con tu culo —El roce se volvía más violento, su voz más ronca, hablando entre dientes. Marco apenas podía retener los jadeos—. Quiero que me implores que te de más, quiero que te corras entre mis dedos, quejándote porque nunca te han hecho sentir nada igual. Quiero partirte en dos y quiero ser el primero en hacerlo. Pero dime, ¿qué quieres tú?

—Follame —Le pidió, sonrojado como nunca en su vida—, fuerte —Los dedos de Jean se aferraron al borde de sus pantalones, tirando de ellos hacia abajo. Su boca succionaba su cuello, provocándole un gemido. La puerta de su habitación se abrió de par en par.

—Marco, ¿se queda tu novio a cenAAAY LO SIENTO MUCHO —Su madre se tapó la cara antes de salir de la habitación entre risas histéricas. Jean miró al frente chasqueando la lengua. Marco se lo quitó de encima saltando de la cama.

—No, no, no, Jean, tienes que irte —Buscó su ropa, evitando mirarle.

—¿En serio? —Marco asintió enérgicamente—. Como quieras, pero es una lastima. Quedamos otro día para terminar el trabajo.

—No te preocupes, ya lo hago yo. Gracias por venir y por… bueno…

—No me des las gracias por algo que he disfrutado tanto —Antes de que pudiera ponerse el jersey se acercó a él, abrazándolo por la cintura con un brazo y acariciándo su nuca con la otra, besándole tan despacio que sintió las piernas temblarle—. ¿Qué tienes que me gustas tanto? —susurró besándole una vez más.

—No lo sé —Le pasó las manos por el pecho desnudo— Jean, me siento un endeble a tu lado. No sé si me gusta la sensación —Jean se rió, besándole e inspirando profundamente, azotándole el trasero.

—Venga ya, te encanta que te de caña —Se alejó de él, poniéndose la camiseta y la chaqueta. Marco sonrió llevándose la mano a la nuca mientras suspiraba.

Hasta bajando la escalera emanaba chulería y descaro. Daba igual lo que hiciese, ese aura de comerse el mundo la llevaba de serie. Era su opuesto por completo, mientras Marco siempre procuraba pasar desapercibido, Jean buscaba llamar la atención. Su madre no salió de la habitación, suponía que más avergonzada que él mismo.

—Dile a tu madre que lo siento por la indiscreción, pero es que me pones demasiado cachondo, cariño —Se dio la vuelta al salir y le guiñó el ojo.

—Deja de llamarme así, imbécil.

Le despidió con una carcajada, él escondió una sonrisa. Tan pronto cerró y se dio un refregón en la cara, dejando salir esa mueca feliz que antes ocultaba con una suave risita alegre, salió su madre de la cocina. Tiró de su mano y lo sentó junto a ella.

—¿Por qué no me has hablado de él antes? —Le brillaban los ojos de la felicidad y la curiosidad—, es muy guapo, aunque un poco…

—Cara dura, eso es lo que es. Un liante poca vergüenza. No te he hablado antes de él porque hasta ayer no mediamos palabra —La sorpresa en el rostro de su madre le hizo reír—, te estoy diciendo que es un liante.

—Pero es tu primer novio, ¿no?

—No es mi novio, es solo… yo que sé, ni siquiera somos amigos. No sé qué estoy haciendo. Es el abusón, repetidor y chungo del instituto. No debería relacionarme con él.

—Claro que deberías —Ahora el sorprendido era Marco—. Eres uno de los mejores alumnos de tu curso, necesitas dejarte llevar y ser un poco más… adolescente y menos adulto. No te confundas, adoro que seas tan responsable y no puedo estar más agradecida, pero no está de más que te vuelvas loco de vez en cuando. Y este chico parece estar bastante desatado.

—Siento mucho que nos vieras antes de esa manera, no fue planeado para nada.

—Uy, no, la culpa es mía. Estoy acostumbrada a que estés solo y siempre estudiando, ni se me pasó por la cabeza la idea de que os diese un apretón.

—No fue eso, fue… yo que sé lo que fue —Su madre le pellizcó la mejilla, riéndose.

—Si estos días te propone una locura, dile que sí.

 

2

No sabía si hacerle caso a su madre le llevaría por el buen camino, aunque tenía que admitir que casi nunca se equivocaba en sus consejos. De momento se limitó a hacer el trabajo que ya sabía que tendría que hacer solo y a ir a clase al día siguiente. Las probabilidades de verle allí no eran altas, menos aún un viernes, pero mantuvo la esperanza hasta que entró el profesor. Evitó charlar con Armin, Eren o Mikasa, escondiendo bajo el cuello de su camisa los chupetones que Jean le había dejado como recuerdo. Sin embargo, en el descanso, Armin los advirtió.

—Eh… ¡Eh! ¿Qué son…? —Intercambió una mirada con Marco tras mirarle el cuello—, dime que no.

—No voy a pedir perdón —Se encogió de hombros, centrándose en su bandeja de comida.

—¿Qué pasa? —preguntó Eren con curiosidad.

—Jean tiene el cuello lleno de chupetones —Le explicó Mikasa con serenidad. Eren le puso la mano en el hombro, girándole y abriéndole el cuello de la camisa.

—¿Qué haces? —Se lo quitó de encima de un empujón, con los colores subidos.

—¿No fue ayer Jean a hacer el trabajo a tu casa? —La mirada inquisitiva de Eren le molestaba.

—Sí —dijo a media voz—, déjame en paz, no vayas a empezar con un discurso moral sobre lo que está bien o mal. Es la primera vez que me siento así por alguien, y me gusta.

—Mira que hay tíos en el instituto…

—Lo mismo podría decirle a la belleza de tu novia a la que no le haces ni puto caso —Eren se giró hacia la voz gruñona que hizo ese comentario. Marco miró a Armin, que resoplaba alzando las cejas y bajando la vista. Jean le puso ambas manos en las mejillas a Marco y le besó en los labios desde arriba, del revés, inclinándose hacia adelante y pasando la lengua desde su labio inferior hasta la barbilla—. Perdón por no venir antes, cariño —Frotó su nariz con la suya.

—Jean, ¿qué haces? —No pudo esconder la sonrisa estúpida que se le plantó en la cara. Tampoco el sonrojo. Jean se sentó a su lado, pasándole el brazo sobre los hombros, limpiándole una mancha de chocolate de la comisura de la boca con la otra mano.

—Dame un poquito anda, tengo hambre —Marco le acercó el bollo que se estaba comiendo, observándole encoger la nariz al darle un bocado.

—¿Va a venir el viernes que viene? —preguntó Mikasa. Eren la mandó a callar.

—¿A dónde? —Quiso saber Jean.

—No creo que te guste el plan —explicó Marco—, vamos a ir a unos recreativos y al karaoke con algunos chicos de la clase. Sasha y Connie, no sé si sabes quienes son.

—Ni puta idea. Pero tranqui, que no quiero molestar —Las miradas que él y Eren se echaban eran peligrosas. Y verle con ese aspecto desafiante le hizo desearle con más intensidad.

—Creo que deberías venirte —Todos los de la mesa miraron a Armin simultaneamente—. Si vamos a empezar de cero y estás así con Marco, deberías venir.

—Bueno, con esto ya van dos que me incluyen en los planes —señaló a Mikasa y a Armin—, ¿te parece bien que vaya?

—Claro, solo si tú quieres.

—Mientras te tenga cerca me da lo mismo el plan —Marco dejó salir una sonrisa pudorosa—, ¿ya te me pones blandito otra vez? Mira que es fácil —dijo riéndose.

—Supongo que mi opinión no importa —dijo Eren, enfurruñado.

—¿Tú ves que alguien te la pida? —Tuvo que esconder la sonrisa al ver a Jean contestarle con esa chulería, aparentemente divertido.

—Oye, vale ya —dijo Armin—, no soporto las peleas. Ni estos tonos. Si vais a estar en la misma habitación intentad convivir.

—Jean —Marco atrapó los dedos de su mano—, ni le dirijas la palabra, porfa.

—Lo que sea, dime luego por mensaje dónde quedamos.

—¿Te vas? —Asintió como si fuese lo más normal del mundo mientras se levantaba.

—Estoy trabajando, me he quitado de en medio un segundo para venir a verte.

—Sí, ya, claro, ¿dónde van a contratar a un tío con esas pintas? —susurró Eren a un nivel audible para todos.

—En un puto Starbucks, capullo. Ojalá te pases por allí y te juro que te pongo extra de meada —Marco se levantó a la vez que Eren, alejando a Jean de la mesa.

—¿Tan imposible te es ignorarle?

—No tengo esa habilidad tuya de hacer oídos sordos ante lo que suelta por la boca ese anormal —Le acompañó hasta salir de la cafetería—. Oye —Se giró hacia él, empujándole hasta los servicios, mirándole la boca—, ¿por qué no me la chupas rapidito en el baño? Me obsesiona la idea de correrme en tu cara.

—Jean, calla —gritó en susurros, enrojeciendo al ver cómo los que salían del servicio los miraban sorprendidos—, quedan menos de diez minutos para entrar en clase.

—Y yo estoy listo en menos de dos —Le metió en el cubículo—, y si te la metiera, en menos de uno con estas ganas que te tengo.

—¿Te gusta hacer esto en público? —Su sonrisa golfa se extendió, asintiendo—, me pone muy nervioso.

—Lo sé, es lo mejor de todo. Además, parece que te cuesta retener los gemidos cuando vas acercándote a correrte —Se la acarició sobre los pantalones de chándal—, y escucharte me vuelve loco.

—Jean. No —Le puso las manos en los hombros, apartándose de él y saliendo del cubículo—, vas a buscarme un problema —Chasqueó la lengua, suspirando.

—Como quieras. Nos vemos esta tarde —Salió del baño con aspecto molesto. Quiso pararle para hablar con él, incluso tuvo el impulso de pedirle perdón. Pero negó con la cabeza, volviendo con sus compañeros.

Eren estuvo de mal humor las horas restantes de clase. Marco se sentía abatido. Quizás debería haberse dejado llevar como le aconsejó su madre, pero su sentido del deber le forzó a lo contrario. Entendía el fastidio de Jean, pero no que se marchase de esa manera tan brusca. Salía de clase con sus compañeros, con las manos en los bolsillos y mirando al suelo, cuando tiraron de su brazo hacia el lado.

—Sé que no te gusta llamar la atención en este tema, pero vas a tener que soltarte un poco conmigo y dejar de ser tan mojigato —Jean le arrastró hacia un lateral poco concurrido.

—No voy a hacer nada aquí, ya te lo he dicho —Se soltó de su mano. Jean le miró resoplando por la nariz. Cuando se cabreaba le costaba más no dejarse llevar por esa atracción brutal que le iba a volver loco.

—Ni yo voy a hacer nada aquí, al menos no ahora. Solo voy a darte esto —Metió la mano en su chaqueta de cuero y le dió una bolsita—, y quiero que te lo pongas antes de salir de casa el viernes.

—Pero, ¿qué…? —No, aquella vez en su habitación que le pidió abiertamente que le follase no fue la vez que más sonrojado estuvo. Era ese preciso momento. Dentro de la bolsa encontró un bote pequeño de lubricante y lo que parecía un brillante consolador para el culo de color morado chillón.

—Póntelo. Hazme caso. Pero justo antes de salir, no te lo vayas a poner antes que no estás acostumbrado. Si tienes que usar el bote entero de lubricante, usalo —Marco miró a su alrededor, guardando la bolsa en su mochila—. Te lo he comprado para tí, está nuevo.

—No sé qué pretendes dándome esto aquí…

—¿Habrías preferido que se lo deje a tu madre?

—¡No! ¡Ni una cosa ni la otra! Es… —Le miró a la cara. Sonreía como si estuviese siendo la conversación más divertida del mundo—. Eres imposible.

—Y tú demasiado inocente. Estoy deseando verte menearte cada vez que sientas eso metido bien adentro de este culazo que tienes —Se lo agarró con ambas manos, mordiéndole el labio inferior—, cariño.

—Ay, Jean —Le agarró de la camiseta y del pelo de la nuca, besándole con tantas ganas que le dobló la espalda, haciéndole reír—, te odio.

—Mentira —susurró en su boca. Se lo iba a comer. Jean dio un mordisco al aire, ante él, alejándose hacia su moto—. Avísame si tienes dudas de cómo usarlo.

Se marchó sin casco, le dio miedo ver su manera de conducir, que no era más que un reflejo de cómo iba por la vida. Suspiró porque efectivamente, no tenía ni idea de cómo ponerse eso. Pero ya lo pensaría, al fin y al cabo estaban a miércoles y hasta la semana siguiente no tendría que enfrentarse a él. O eso pensaba. Marco pasaba las horas muertas soñando despierto, llegando al punto de necesitar silencio para hacerlo, pasando los recreos en la biblioteca donde encontraba paz para recrearse en sus fantasías. El martes siguiente, mientras escogía qué libro iba a fingir leerse esa vez, le asaltaron contra una estantería.

—Mira tú por donde, un ratoncito de biblioteca —Jean le pasaba las manos por los costados, levantándole la camiseta—. He tenido que preguntarle a media clase dónde estabas. Menos mal que tu amigo Armin siempre te tiene localizado.

—¿Qué haces? ¡Estate quieto! —Se rió en su oído, un ruido grave y rápido.

—Estamos solos y nadie va a entrar aquí en el descanso excepto tú, mi querido friki —Pasó los dedos de manera peligrosa por el borde de su pantalón—. ¿No me has echado de menos?

—Sí —Tuvo que admitir, con un escalofrío al sentir su boca en el cuello—. Jean, por favor.

—Por favor, ¿qué? —Metió la mano en sus pantalones de tela, acariciándosela despacio.

—Por favor —Imploró, mordiéndose el labio—. No puedo.

—¿El qué no puedes? —Le bajó los pantalones. Tenía el culo y la polla al aire, se moría de vergüenza. Si entra un profesor se acabó mi expediente limpio. Si entra algún compañero me muero.

—Hacer esto… ¡Ah! —Le masturbaba tan bien que le costaba no gemir en voz alta. Para colmo de males sintió su erección entre las cachas de su culo.

—Pues no hagas nada, déjame a mí.

Metió la mano bajo su camiseta, tirándole de un pezón, chupándole y succionando su cuello. Las caricias de su mano eran rítmicas, aceleraban tal y como lo hacían sus caderas contra su culo. El agarre de Jean se volvió más resbaladizo al comenzar a expulsar líquido preseminal, exactamente igual que sus refregones contra el trasero. Mientras Marco hacía lo imposible por no gemir en voz alta, Jean gruñía en su oído, humedeciéndole la mejilla con su respiración agitada, lamiéndole el lóbulo de la oreja.

—Aprieta las cachas, cariño —Le hizo caso, sintiendo su erección quedar atrapada entre ellas—, pero qué culazo tienes, hijo de puta. Qué pena que no traigo vaselina porque te ibas a enterar.

Al apretar los músculos del trasero de esa manera, provocó que las caricias de Jean fueran más fáciles, más febriles. Le susurró al oído un “me corro” que le hizo perder la compostura. Sintió el esperma de Jean, cálido y abundante, mancharle la espalda bajo la camiseta, salir a presión entre su culo. Pero fueron sus jadeos entre insultos y gemidos graves lo que le hizo llegar al orgasmo. Al notarlo, Jean se centró en estimular solo su glande, en movimientos pausados y apretados, movimientos perfectos, pringándole la mano y arruinando los libros que tenían enfrente. Cuando consiguió abrir los ojos de nuevo y vio el estropicio, se quiso morir. Pero eso no fue lo peor. Lo más escandaloso es que Jean, tras tirarle del pelo con su mano limpia hacia atrás, le mostrase cómo lamía su corrida de la otra mano, tragando con un ruido satisfactorio, metiéndole la lengua en la boca después.

—Jeaaaan… — Se quejó, abochornado, escandalizado por lo cerdo que era su amante.

—Te ha encantado. Seguro que te pajeas esta noche pensando en esto —Le subió una ceja, dándole una palmada en el culo que resonó en toda la biblioteca. Le empujó con los hombros hacia atrás, intentando no pegar la espalda a la camiseta.

—Cállate y coge un pañuelo de mi mochila, está en la mesa —Asintió entre risitas, abrochándose los pantalones sin ponerse los calzoncillos porque no llevaba—. Por favor, Jean, eres…

—Lo mejor que te ha pasado —Para su desesperación, le dio una segunda palmada antes de que pudiese subirse los pantalones. Fue a por el pañuelo y le limpió la espalda y el culo, dándoselo después para que limpiara los libros—. El que necesite algo de la L va a llevarse una sorpresa.

—No vuelvas a hacer esto —Jean asintió—, y va en serio.

—De acuerdo. Nunca más. Instituto terreno prohibido —Miró su reloj de pulsera—. Vale, me voy al curro. Era una visita fugaz porque no paro de pensar en tu culo, ya sabes, lo necesitaba —Le pasó la mano por el pelo y le besó profundamente—. Por cierto, hay un muchacho rapado sentado a la mesa, no sé desde cuando pero no ha levantado la vista cuando me he acercado. Creo que está en la clase…

—¿¡Connie?! —Susurró, queriéndose morir. Jean se marchó encogiéndose de hombros, con una sonrisa. Efectivamente era Connie, aunque no pareció enterarse de nada.

El viernes, después de almorzar y ducharse, intentó pensar cómo meterse el consolador de la manera más eficaz y menos dolorosa. Intentó relajarse, pero se sentía tenso y le costaba meterlo. Probó a comenzar a pensar en él, en que en vez de un objeto, Jean era quien entraba en su cuerpo. Con la ayuda de mucha paciencia, lubricante y una buena dosis de excitación, consiguió meterlo despacio, poco a poco. Le daba miedo que se quedase dentro, pero la base era ancha y redondeada, ideada para que no ocurriese. Se puso unos pantalones más anchos de lo normal aunque su ropa interior fuese ajustada. Dependiendo de cómo se moviese o qué hiciese, lo notaba con más o menos intensidad. Camino al recreativo tuvo que levantarse del asiento del autobús, pegándose a la cristalera para esconder la incómoda erección involuntaria. Le daba cierto placer sentirlo, pero sin duda lo más estimulante era el saber que estaba ahí. Jean le mandó un mensaje diciéndole que estaba en la puerta esperando y que se diese prisa porque el grupo le hacía el vacío.

—Perdón —dijo Marco al acercarse al grupo con prisas—, me he despistado.

—Ya era hora, hombre. No es normal que llegues tarde —Le dijo Connie. Él sonrió, disculpándose de nuevo.

—¿Has llegado tarde por lo que yo sé? —Le susurró Jean, pasándole la mano despacio por la espalda cuando caminaban hacia el interior de los recreativos.

—Sí —No le pasó desapercibido el detalle de que llevase pantalones de cuero rojo sangre. Muy apretados.

—¿Está puesto? —Bajó su mano hasta sus riñones. Marco no quería ni mirarle, muerto de vergüenza y vigilando que nadie se estuviera enterando.

—Sí. Cállate —Jean le pasó la mano suavemente por el trasero, apretando en el centro con sus dedos de manera repentina. Le hizo gemir en voz alta al empujarlo hacia adentro, casi un gritito que amortiguó tapándose la boca. Pero Armin y Sasha se volvieron—. Por favor, Jean —Se reía, caminando a su lado.

—Si ves que tu cuerpo lo quiere expulsar, avísame —susurró.

Entre juego y juego, Connie y Sasha comenzaron a interactuar con Jean, gastando bromas y riéndose con él. Eren no cambiaba su hosco gesto y Armin, a pesar de sonreír, seguía tenso. Al sentarse a merendar antes de ir al karoke, Marco se agitó, apretando los labios al sentir ese objeto estimularle desde dentro. Jean lo notó, acercando su silla a él y pasando su brazo por el respaldo, tras sus hombros. Marco le miró y él le besó de esa manera lenta pero tan erótica. Alzó la mano y rozó su marcada mandíbula. Le encantaba. Le encantaba entero.

—Oh, wow, no sabía que estabais juntos —dijo Sasha.

—No somos novios —explicó Marco—, solo nos gustamos y ya está.

—¿No te molestaría si me liase con otra persona? —Le preguntó Jean—, porque cuando besé a Judit en la taquilla pareció no gustarte mucho —Le miró sin saber qué decir. Claro que le había molestado pero dudaba mucho que alguien como él quisiera nada serio.

—Eso te iba a decir —Le dijo Connie—, que creía que estabas saliendo con Judit.

—A día de hoy nunca he tenido pareja —comentó encogiéndose de hombros.

—Pues me parece que ella no piensa lo mismo por lo que va diciendo…

—No es mi problema, yo no he firmado nada, si ha decidido que es mi novia lo ha decidido sola.

—Eres un poca vergüenza —Le espetó Eren—, de verdad Marco que no entiendo cómo no te mueres del asco cuando te besuqueas con él.

—Pero, ¿a ti qué coño te pasa tío? —Jean se rió, molesto en el fondo, pero se rió de él—, ¿es Judit tu prima o algo? Te importa un carajo mi vida, no me vengas con superioridad solo porque tienes una pareja como se supone que tiene que ser.

—Por lo menos sé que no voy a pillar algo por vicioso.

—Eren, para ya —Le pidió Marco—, cada uno hace con su vida lo que quiere.

—Cuando después de follar te deje tirado no vengas llorando —Marco se levantó, ofendido, tirando de la mano de Jean y sintiendo una furia que nunca había sentido hacia nadie.

—¿Dónde vas? No dejes que lo que diga ese mierda te afecte.

—Estoy harto de escucharle juzgar a los demás sin pararse a mirar toda la mierda que tiene dentro.

—Uh, esa boca, delegado.

—Llévame a algún sitio al que tú irías.

—¿Estás seguro? Hay un concierto en el sótano de unos amigos, ¿qué te parece?

—Que me vale mientras estés tú.

—Es aquí al lado, pero te advierto que la gente desfasa mucho en este tipo de eventos. Más en los de este tío.

—No será para tanto, seguro que me subestimas.

—Ya veremos —dijo entre risitas.

No mentía cuando dijo que estaba cerca, apenas caminaron una manzana que Jean llamó con los nudillos a la puerta. Le abrió un tipo bajito, con un septum enorme, cara de pocos amigos y aspecto cansado. Pero lo más llamativo no era eso, lo más llamativo era un mechón de pelo azul y blanco que caía hacia su izquierda, dejando su lado derecho rapado y negro al aire. Le dió una palmada en el hombro a Jean, invitándole a entrar, recogiendo sus chaquetas. El calor del sótano era sofocante y había más gente de la recomendada. Casi a la entrada estaba el grupo, que con lo ruidosos que eran le extrañó que no se escapase el jaleo. Debería de estar todo forrado con un aislante de los mejores. Casi todo el mundo tenía las mismas pintas que Jean y ese tipo, y muchas personas intimaban más de lo aconsejable en público. En una esquina, una chica arrinconó a otra, ignorando la música, muy centrada en los pechos de su pequeña y bonita pareja.

—Esas son Ymir y Christa, luego te las presento cuando no tengan las bocas tan… ocupadas —Habló Jean en su oído, a gritos.

—No hace falta, estoy bien —Escuchó que aspiraban con fuerza por el lado contrario. Se giró y tuvo que mirar hacia arriba, hacia un tipo que alzó una ceja comiéndoselo con los ojos. No tenía camiseta y sus pantalones eran de látex.

—¿De dónde has sacado a esta criatura tan pura? —Le preguntó a Jean.

—Dejalo en paz, Mike, eres demasiado para él.

—Soy demasiado hasta para ti —Hizo una reverencia y se alejó. Marco se acercó más a Jean, casi escondiéndose tras él. Les ofrecieron alcohol y él lo rechazó. Jean aceptó el vaso de plástico lleno de cerveza barata.

—Llevabas razón —admitió Marco, observando su nuez sudorosa moverse mientras bebía—, esto es demasiado.

—¿Estás incómodo? —preguntó mirándole a los ojos sobre su hombro.

—No —Sí lo estaba, pero quería estar con él—, la música es horrible —Jean se encogió de hombros, riéndose.

La gente a su alrededor no les mostraba mucha atención. Se encontraban al final del barullo, los que tenían delante centraban su atención en el grupo y los que tenían atrás tenían la atención de sus manos y bocas en cuerpos semi desnudos y sudorosos. Se excitó solo de observarles, ya que parecía que algunos hasta llegaban al orgasmo. Los gemidos sonaban por encima de la música de tanto en tanto, masculinos, femeninos y de género desconocido. Al volver a mirar a Jean, con su segundo vaso de cerveza, vio una gota de sudor caer por su sien hasta su cuello. Él mismo se sentía sudar. Puso las manos en las caderas de su balanceante pareja al ritmo de la música, y él, al sentir el contacto, le acercó el culo a la entrepierna. Le miró de nuevo sobre su hombro tras acabarse el contenido del vaso, tirándolo a un lado, echando el brazo hacia atrás y agarrándole del pelo. Su boca sabía a cerveza, pero la promesa velada de sexo sucio en su lengua y labios superaba el desagrado por el sabor. Además, comenzó a rozar con fuerza su entrepierna con el culo, de arriba a abajo, al ritmo de la canción. Marco introdujo sus dedos corazón por dentro de la parte delantera de los pantalones ajustados de Jean, siguiendo la línea de sus oblicuos, acariciándole, entusiasmándose y pasando la mano por la línea de vello púbico desde su ombligo hasta dentro de su pantalón. Su otra mano subió por su pecho, bajó por su estómago, bajo su camiseta.

—Marco… —No escuchó su murmullo pero lo sintió en su boca, en la vibración de su pecho contra la mano. No dejaba de mover las caderas, su erección rozaba con las cachas del culo de Jean. Deseó no tener ropa puesta.

Tanteaba, pero no daba con su miembro, miró sobre el hombro de Jean y vio que la tenía hacia abajo, en dirección a su pierna de manera incómoda pero bien visible en unos pantalones tan apretados como los que llevaba. Sacó la mano de su ropa, pasándola sobre ella, sobre el relieve de su carne caliente y palpitante. Rozó con la nariz el cuello de Jean, cerrando los ojos al inundar su pecho de ese olor a sudor. Lamió desde su hombro hasta el lóbulo de su oreja y se sorprendió al notar que temblaba en sus brazos.

—Me corro —Le escuchó gemir—, joder, joder, hostia puta qué cachondo acabas de ponerme.

Se separó de él, dándose la vuelta y rozando como podía su erección con la de marco. Puta ropa inútil. Tras darle besos frenéticos sin ritmo alguno y completemente descontrolados, tiró de su mano, saliendo del sótano, subiendo las escaleras de la casa hasta pisos superiores. Pasaron por delante de una puerta de la que llegaban escandalosos gemidos femeninos y entraron en la habitación del que imaginó era un niño por la decoración. Jean cerró la puerta, volviéndose hacia él, enganchando sus dedos al borde de su pantalón y bajándoselos de un tirón. Le dio la vuelta y le hizo apoyarse con las manos en la pequeña cama.

—Quiero comértela —Le pidió Marco.

—Después.

—Pero…

—Cállate —Empujó el dildo hacia adentro, arrancándole un gemido que tras pasar del escándalo del sótano al silencio del atardecer en esa pequeña habitación, le sonó desmedido. Había un punto en concreto dentro de él que cada vez que lo rozaba se moría del placer —¿Te sobró lubricante? ¿Lo traes?

—En mi bolsillo —Su voz sonó temblorosa. Al tiempo que sintió que se inclinaba hacia sus pantalones, recuperando el tubo de vaselina, escuchó su bragueta abrirse y sintió sus calzoncillos bajar por sus piernas.

—Dime si te duele —Un quejido placentero surgió desde el fondo de su pecho al sentir que tiraba del dildo hacia afuera, despacio. Dio un respingo cuando lo sacó por completo y sintió el frío de la vaselina entrar en su cuerpo abierto, además de los dedos de Jean repartiéndola en su interior—. Me da rabia pero voy a correrme en cuanto te la meta, lo sé —El envoltorio de un preservativo voló por encima del hombro de Marco—, me voy a correr de ponerme el condón, joder. Me has puesto muy, muy cachondo.

—Despacio Jean, por favor —No hacía falta esa instrucción, se notaba que sabía lo que hacía a cada segundo. Su glande entró sin problemas por la dilatación anterior, fue cuando empujó despacio hacia adentro cuando tuvo que apretar las sábanas.

—Cómo vas —Le sorprendió escuchar su voz temblorosa, contenida. Le apretaba las caderas con fuerza, presionaba despacio hacia adentro.

—Más, me siento tan… es tan… —Le hizo caso quizás pasándose de brusco, entrando por completo en su interior. El gemido le salió rasgado y agudo. Sintió el jadeo húmedo de Jean en su cuello. No se movía, esperó a que su cuerpo se adaptase a la anchura de su latiente polla—, te siento enorme.

—Mierda, no me digas esas cosas, gilipollas. ¿Cómo cojones estás tan apretado si has llevado el puto dildo todo la tarde? —Le acarició los muslos, la espalda, besándosela—. Me estás matando.

—Córrete —Elevó un poco sus caderas y las alejó, gimiendo al hacerlo, al sacarla para volverla a meter—, es que es enorme…

—Cállate la puta boca —Se enderezó, inclinando las caderas en un ángulo que al principio no comprendió pero que con la primera embestida le dejó sin aliento.

Rozaba perfectamente con su miembro ese punto tan placentero. Le costó sostener su peso en las manos, sentía las rodillas flojas y un intenso y presionante placer desde su interior. Las embestidas de Jean comenzaron rítmicas, frenéticas, cortas pero duras. Se alargaron conforme la iba sacando más, terminando por clavarle las uñas mientras se descontrolaba en un vaivén irregular. Marco notó que una espesa gota de esperma le resbalaba glande abajo, tan cerca de correrse que no quería apartar la boca del dorso de su mano por miedo a gritar de puro placer. Jean no tenía ese problema, dejaba salir el aire de sus pulmones en roncos gemidos, expulsando aire, cortandolos y tragando saliva a la mitad. Se la agarró, meneándosela al tiempo que le follaba tan bien y tan fuerte que el ruido de sus cuerpos sudorosos chocando casi superaba el de los gemidos. Le escuchó aspirar aire entre dientes, perdiendo el control de sus caderas, dejándose caer sobre él. Miró sobre su hombro y le vio con los dientes apretados, las mejillas encendidas y una vena marcándose en su cuello. Se corría dentro y él lo sentía a pesar del preservativo, muy, muy cerca de correrse él también, pero la erección de Jean comenzaba a languidecer. Antes si quiera de que pudiese decirle nada le dio la vuelta en la cama, tumbándolo boca arriba y bajando entre sus piernas. Marco le agarró del pelo con ambas manos, tan solo necesitó tres chupadas intensas para correrse arqueando la espalda, gimiendo al aire en forma de gruñidos, resoplidos y quejidos, formando su nombre al exhalar, sintiendo cómo le tragaba con un satisfactorio y suave sonido de su garganta de acompañamiento y las manos presionando  a sus riñones.

—Vaya pasada, nunca había visto a dos tíos follar —Marco abrió los ojos de golpe. Sentada en la silla del escritorio estaba esa chica que vio en el sótano enrollándose con la otra.

—Hola Christa —Le saludó Jean como si nada, mirándola mientras lamía las gotas de esperma que aún rezumaban de la decreciente erección de Marco.

—Nunca me había llamado la atención el cuerpo de un hombre pero ahora… —Se llevó la mano bajo la falda de cuadros—, voy a buscar a Ymir.

—Cuenta conmigo cuando quieras experimentar —Jean se puso en pie, guiñándole un ojo. La chica le subió el pulgar, saliendo y despidiéndose de Marco con una sonrisa en apariencia inocente. Se volvió hacia él, subiéndose los pantalones de cuero—. ¿Qué tal tu primera vez?

—Rara ahora que sé que una mujer me ha estado mirando.

—¿Cambia algo lo que has sentido? —Marco no sabía si estar o no molesto.

—No —Se mordió el labio con un mohín, levantándose para ponerse bien los pantalones.

—¿Qué te pasa? —Jean le apartó el pelo de la cara. Marco le miró suspirando, pensando en que le había dicho a la chica que contase con él para follar. No podía ser sincero, no podía decirle “que te quiero solo para mí” porque sabía que no era como funcionaban las cosas con él—. ¿Te he hecho daño? ¿Te has sentido incómodo?

—No, no. Me ha gustado muchísimo, ha sido… no sé, no tengo palabras.

—¿Entonces a qué viene esa cara de fastidio? —Marco le agarró de la camiseta a la altura de la cintura, mirando su pecho y encogiéndose de hombros.

—Da igual —Jean le abrazó. Marco cerró los ojos, suspirándo en sus brazos, deseando que no le soltase y le dijera un te quiero. Pero tras un beso en la frente le presionó las mejillas con ambas manos.

—Acabas de follar por primera vez, sonríe hombre, el infierno gay será divertido —Se rió sin muchas ganas, acompañándole al exterior del edificio—, ¿quieres ir a casa o vamos a cenar?

—Prefiero irme a casa —dijo a media voz. No entendía esta angustia repentina, no es como debería sentirse tras hacerlo por primera vez. No le conoces, por el amor de Dios Marco, contrólate.

—No decía a la tuya —Le miró a los ojos. Jean le acarició la mejilla, besándole en los labios después—, tengo que volver a hacerte sonreír, no puedo dejar que te vayas así.

—Lo siento, no sé qué me pasa.

—Yo sí. Eres un celoso.

—No, no son celos. Es… —volvió a encogerse de hombros. “Es que te quiero para mí y no quiero que toques a nadie más”, quiso decir pero no dijo.

—Vamos.

Le subió en su moto, un cacharro pequeño y ruidoso pero muy rápido. Solo tenía un casco que se puso Marco, Jean fue, como siempre, a lo ilegal. Y fue tan rápido que casi le mata del miedo. Al llegar a su casa llamó a su madre en voz alta, pero no obtuvo respuesta. Era un piso pequeño en un edificio de apartamentos un poco descuidado. Le hizo pasar a la cocina y le preparó un sándwich con lo primero que pilló.

—¿Vives solo con tu madre? —Le preguntó mientras cenaban, bebiendo un refresco.

—Sí. No me preguntes por mi padre porque ni idea de quién es. Me crió ella sola, como tu madre a ti supongo.

—¿Eh? No, mi padre viene casi todos los fines de semana, trabaja fuera.

—Ah, bueno, pues tienes suerte. Y además por tu casa sé que no te falta el dinero.

—La verdad es que no, no me puedo quejar —Jean le miraba con un suspiro tras comerse el último pedazo de bocadillo.

—Somos diferentes en todo, supongo que por eso me gustas tanto.

—No hagas eso, es trampa —Jean sonrió de lado, divertido—. Sabes que me pone nervioso que seas tan directo y más mirándome a los ojos.

—¿Y qué le hago yo si adoro tu carita sonrojada? Eres precioso —Le pellizcó el cachete. Marco se tapó la cara con las manos, no podía soportar la sonrisa idiota que se le escapaba ni el calor de sus mejillas. Le escuchó reír con suavidad—, ¿Hacemos ahora algo que te guste a ti? Te he llevado a mi terreno, llévame al tuyo. ¿Qué plan sería el ideal? —Se apartó las manos de la cara despacio, mordiéndose el labio.

—¿Tienes palomitas? Me encantaría ver una película contigo, con una manta —Alzó las cejas sutilmente.

—Mira que eres previsible. Sí, tengo palomitas. Ve a mi habitación, está al fondo del pasillo al lado del baño. No te equivoques con la de mi madre, aunque no creo que sea muy difícil saber cuál es la mía. Ahora voy yo.

Se levantó de la silla, yendo primero al servicio y después a la habitación que le indicó. Sin duda era la suya: calcetines enrollados y desparejados por aquí y por allí, chaquetas dejadas caer de cualquier manera, latas de cerveza junto a la cama y en la mesa del ordenador, la cama deshecha… era un completo caos, como él. Se quitó los zapatos, dudando de si quitarse o no mucha más ropa. Decidió quedarse como estaba y meterse bajo sus sábanas, al fin y al cabo el clima era frío, excepto en ese sótano. Se paró a pensar en lo que había hecho en público y más tarde frente a esa extraña. Una semana antes se habría reído en la cara de cualquiera que le sugiriese hacer algo medianamente parecido y ahora se estaba metiendo en su cama, tapándose hasta arriba con unas sábanas que olían tanto a él que se le cerraron los ojos.

—Bueno es saber que no te has perdido —Le dijo Jean, entrando en la habitación y cerrando la puerta con el pie—. Ahora intenta no dormirte.

—Se está muy bien aquí —murmuró feliz, incorporándose un poco para coger el bol con las palomitas. Jean se quitó los zapatos tirando de los talones, sacándose la camiseta por la cabeza. Se quitó los pantalones como si fuese lo más normal del mundo, metiéndose en la cama en calzoncillos.

—¿Qué haces tan vestido? —dijo entre risas—, te va a entrar calor con tanta manta. Dame —Le quitó el bol de las palomitas, dejándolo a un lado en la mesa de noche. También le quitó el jersey de un tirón, riéndose con él. Al echar las manos a su cinturon Marco comenzó a reírse con más ganas.

—Ya, ya voy, dejame a mí.

—Pero es más divertido si lo hago yo —Le besó de manera juguetona mientras tiraba de los vaqueros hacia abajo. Marco se los terminó de quitar con los pies, poniendo las manos en las mejillas de Jean, besándole entre sonrisas—. Voy a coger el portátil.

Se separó de él mientras Marco dejaba caer sus vaqueros por fuera de la cama, tirando de una mesa auxiliar que reguló para que quedara a la altura de sus pechos, un tanto alejado para ver bien la pantalla. Escogieron una película de terror, las favoritas de Jean, que le pasó un brazo por los hombros mientras él se apoyaba en su pecho, comiendo del bol de palomitas colocado entre los dos. Cada vez que Marco daba un sobresalto, Jean se reía, acariciándole el hombro con los dedos. Una vez acabado el bol, le pasó los brazos por los hombros y Marco le cogió las manos. Se distrajo un poco de la película cuando sintió su nariz acariciarle la sien y sus labios besarle junto al ojo.

—Me gusta estar así, es algo nuevo —Le susurró Jean. Marco sonrió con los ojos cerrados.

—¿Nunca has hecho esto con nadie? —Hizo un ruidito negativo—. Qué raro.

—Nunca he pasado tanto tiempo con alguien con quien me acostase como contigo.

—¿No es eso un poco triste?

—No realmente, nunca se me había apetecido.

—¿Y conmigo sí? —Miró hacia arriba, a los rasgados ojos de esa persona que tan loco le volvía.

Tras observarle largamente, serio, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano, Jean miró al ordenador, parando la película, moviendo la mesita a un lado. Le puso la mano en la nuca, besándolo despacio. Marco se dio la vuelta en la cama, sentándose sobre él, aún en silencio. Le puso ambas manos en las mejillas, hundiéndose en la miel de sus ojos, suspirando antes de besar su boca, sintiendo más de lo que debería por ese niñato descarriado. Jean le rodeaba la cintura con los brazos, acariciando su espalda con las yemas de los dedos. Entreabrió los ojos al girar la cabeza hacia el lado contrario para ver a Jean lamerse los labios y mordérselos para después darle un lametón al tiempo que él le acariciaba la mejilla con el pulgar. Quiso decirle que le quería, pero sabía que no debía, sabía que él no lo sentía de igual manera, por lo que optó por transmitirle ese sentimiento en sus besos. Jean estaba siendo muy suave con él, la pasión que le caracterizaba se mantuvo a raya, sustituida por otra manera de desearle más pausada pero no por ello menos intensa. Se bajaron la ropa interior sin prisas, volviendo a la misma posición una vez estuvieron desnudos. Se acariciaron despacio el uno al otro, jadeantes, observando sus cuerpos y gestos. Sus pechos subían y bajaban, respirando hondo, acariciandose las mejillas, besándose entre miradas cargadas de avidez. Por fin podía tocarsela a Jean, se sentía deseoso por comersela, pero una vez más no le dejó. Apartó la mano de su mejilla para coger un buen bote de vaselina de su mesa de noche. Sonrió al ver que lo tenía tan a mano, Jean imitó su gesto. Marco levantó las caderas un poco, dejando que Jean pasara sus dedos, cubiertos en vaselina, por la entrada a su cuerpo.

—Jean, el condón —Apretó los dientes cuando le metió un dedo hasta los nudillos, cerrando los ojos y jadeando con fuerza.

—Ya me lo estoy poniendo, vida mía —dijo metiéndole un segundo—, me fascina la capacidad que tiene tu cuerpo para adaptarse a lo que le hago.

—Porque lo deseo —Abrió los ojos, juntando las cejas cuando, tras meter el tercer dedo, presionó con las yemas  hacia arriba—, te deseo tantísimo…

Jean entreabrió los labios, tragado saliva, estimulándole de una manera tan brutal que casi se corre sin necesidad de que le tocase la polla. Tiró de sus caderas hacia abajo tras coger más vaselina, sentándolo en su cuerpo. Marco le tiró del pelo con ambas manos​, Jean no terminaba de cerrar los ojos, sin dejar de observar su rostro, mordiéndole el labio ante la incapacidad de besarle. Tuvo que agarrarle la cara con la mano para poder darle un beso, lamiendo su lengua, enredándola aunque no por mucho tiempo. Marco no podía coordinar lo suficiente para cerrar la boca, dejándose llevar y gimiendo de manera escandalosa y aguda. Adoraba la sensación de tener a Jean enterrado en su interior, escucharle gemir, poder tomar las riendas él al estar encima. Se echó hacia atrás, moviendo las caderas despacio sobre él. Jean le devoraba con la mirada, con las manos extendidas sobre sus muslos, subiéndolas hasta su trasero. Marco se apoyó en su pecho con la mano, botando con más energía sobre su polla, gruñendo cada vez que rozaba esa zona mágica en su interior.

—Fuerte, Marco, dame fuerte —Ver a Jean implorarle con los músculos en tensión le excitó tantísimo que una gran cantidad de gotas de líquido preseminal mancharon su miembro.

—Me corro —Se quejó una y otra vez. Jean asintió.

—Yo también.

Jean le machacó con sus caderas, mordiéndose el labio, echando la cabeza hacia atrás. Al ver su nuez moverse, tragando saliva, Marco se inclinó hacia adelante, lamiéndosela. Tembló entero bajo su cuerpo con un quejido largo, enrollando los dedos en el pelo de Marco que le mordía el cuello, presionando con sus caderas hacia arriba en algo que ya no eran embestidas sino espasmos. Marco se quejó en voz alta al sentir su polla reventarle desde dentro, dura como nunca, pulsante. Tuvo que pasar casi un minuto completo hasta que pudo respirar sin jadear, relajando sus músculos al conseguir controlar su cuerpo de nuevo. Jean abrió los ojos, pasando despacio la lengua entre sus labios, masturbándole. Tiró del pelo de su nuca, mirándole al rostro de tal manera que incluso le dio vergüenza.

—Córrete encima mía, llename entero —Le clavó las uñas en el pecho y el hombro, retorciéndose al correrse, aún con su polla dentro—. Me vuelves loco —murmuró Jean besándole las mejillas mientras él se sentía morir entre espasmos, doblando las piernas y los dedos de los pies—, adoro mirarte.

—Oh, joder, Jean, mierda, me muero —De verdad sentía que se le iba la vida de lo intenso del orgasmo, debilitándose, dejando caer la cabeza contra su hombro. Le sintió reirse.

—Qué escandaloso eres. No has parado de gritar —comentó con voz alegre—, por tu culpa me he corrido antes.

—No quiero que me la saques nunca —resopló en su cuello, sintiendo sus brazos alrededor de sus hombros—. ¿Por qué no esperamos a que se ponga dura otra vez y me sigues follando?

—Eres un yonki de mi polla —A pesar de tener la cara contra su cuello, se la tapó con una mano, riéndose suavemente, asintiendo—. Para no haber follado nunca te mueves de maravilla.

—Gracias —Jean le puso de lado en la cama, sacando su miembro de su interior al hacerlo. Marco se retorció un poco con un débil “hum

—Deja de ser tan sexy de una vez, qué de ruiditos haces… —Le miró a los ojos, observándole limpiarse el pecho con la camiseta que cogió del suelo—. Eres una puta muy ruidosa.

—No me llames así, no me gusta.

—Es verdad, lo siento, cariño —dijo la palabra muy despacio, inclinándose sobre él y besandole los labios—. Toma, limpiate con esto —Le dio la camiseta sucia, dejándole poca superficie con la que limpiarse el sudor y el pecho.

—¿Qué hago con ella? —Se la quitó de las manos, tirándola a cualquier parte.

—Shh, a dormir.

—Jean, tengo que avisar a mi madre —Se giró por el borde de la cama, cogiendo el teléfono del suelo—. Voy a llamarla un segundo —En cuanto la voz de su madre sonó del otro lado, se lo quitó de las manos.

—¡Hola! Soy yo Jean, le llamaba para decirle que Marco se queda en mi casa a dormir hoy —Se echó hacia atrás con el teléfono en la oreja para que no pudiese quitárselo, con una sonrisa traviesa—, oh, no se preocupe por lo de llegar tarde, ya está bien metido en mi cama y creo que con lo cansado que está se va a quedar dormido enseguida.

—¡Jean, por favor! —Se moría de la vergüenza y al escuchar la risa de su madre desde la oreja de Jean, supo que ella también.

—Buenas noches a usted también —Le devolvió el teléfono sin dejar de reírse de esa manera tan golfa—. Y a dormir.

—Qué poca vergüenza tienes… —Se tumbó sonriente, de espaldas a él, entrelazando sus dedos con los suyos cuando le pasó el brazo por la cintura.

—Vergüenza, ¿qué será eso? —Le besó la mejilla, apretándole a él, respirando hondo. No le dió tiempo a pensar mucho más, pocas veces en su vida había estado tan agusto y calentito como en sus brazos, y cayó rendido.

 

3

La puerta del dormitorio abriéndose le despertó a la mañana siguiente. Eso y la pequeña exclamación sorprendida de una mujer. Se incorporó un poco, tirando de las mantas porque bajo ellas estaba desnudo.

—Buenos días señora Kirstein —murmuró.

—Hola —susurró ella—, venía a por la ropa sucia, al no ver a Jean ayer por la noche pensé que durmió fuera. Es raro que se acueste tan temprano, lo siento.

—No se preocupe —La señora salió de allí con una sonrisa.

Miró a Jean, que dormía profundamente sin enterarse de nada. Miraba hacia él, con el brazo bajo el cuerpo y el otro bajo la almohada. Se tumbó de nuevo en la cama, rozando sus cabellos con las yemas de los dedos, las argollas de su oreja, su mentón pronunciado. Podría observarlo durante horas, era el hombre más atractivo con el que se había encontrado y tenía la inmensa suerte de haberle gustado. Sentía las ganas de gritarle sus sentimientos atascadas en el pecho, asfixiándolo.

—Ojalá fuesen las cosas diferentes —susurró en su lugar, encogiéndose, cerrando los ojos, apoyando la frente en su pecho—. Te quiero tanto…

Notó cómo la respiración de Jean se detuvo en seco. Sintió pánico al pensar que quizás no estaba tan dormido como él creía. Miró hacia arriba, Jean le observaba con el ceño fruncido. Marco miró hacia el lado, nervioso, intentando buscar una justificación a lo que acababa de soltarle.

—¿Por qué? —Alzó la vista de nuevo hasta sus ojos color miel.

—Por… no sé, por todo. Por tu físico y estilo, que me llamaron la atención desde que te vi entrar en clase. Por lo que me haces sentir, por hacerme vivir cosas nuevas, porque aunque no vengas a clase trabajas duro para ayudar a tu madre. Porque le pediste perdón a Armin y me respetas cuando te pido espacio. Porque eres divertido, ocurrente y carismático. Eres todo lo que no soy y creo que es lo que me hace sentir… así —No dijo nada. Le observaba en silencio como solía hacer pensando en algo que se quedaría para él.

—Vaya —Su sonrisa golfa no tardó en salir—, y yo que creía que era por mi polla —Le dio una cachetada en la mejilla y se incorporó—. Vamos a desayunar, me muero de hambre.

No creía que la reacción de Jean fuese la normal ante una declaración de sentimientos como la que acababa de hacer. Tampoco esperaba que le fuese a decir que él también, jurándole amor eterno, pero… Le dejó tan descolocado que no abrió la boca, levantándose él también mientras se vestía. Jean fue rápido, saliendo antes que Marco y entrando en el baño. Caminó hasta la cocina en la que cenaron la noche anterior, su madre terminaba de poner la lavadora y le saludó con una sonrisa.

—Siéntate, ¿qué sueles desayunar?

—Ah, no se preocupe. Ahora viene Jean y…

—No seas tonto, no me importa. ¿Cereales, tostadas? ¿Con zumo, leche o café?

—Tostadas, gracias. Café si puede ser.

—¿Ya le estás mimando? —protestó Jean, sentándose frente a él sin camiseta—, ponme lo mismo pero con—

—Zumo, sí, lo sé —Le sonrió sobre su hombro—, ¿hoy trabajas?

—En dos horas. Así que desayuna rapidito, pecas, que te llevo a casa —Marco asintió, apartándole la mirada.

Jean no se comportaba igual. La había cagado. Parecía que sí se comportaba igual, pero apenas le retenía la mirada y esa segunda intención que siempre tenía al hablarle había desaparecido. Fingía normalidad, y en una persona tan natural como él se notaba cuando no lo era. Se apresuró a acabarse el desayuno, no quería alargar la situación. Si le iba a dar la patada que se la diese de una vez. Se despidió de su madre y tras esperar a que se pusiese algo por encima, salieron camino a la moto. La diferencia del día anterior a ese era abismal. A pesar de seguir asustado por la velocidad de la moto, el camino le pareció frío e incómodo, no excitante como el día anterior. Odiaba la situación y sobre todo se odiaba a sí mismo.

—Te veo en clase —Le dijo Jean recogiendo el casco, sonriendole pero sin mostrar intención alguna de bajarse o ir a despedirle de manera afectiva.

—Te veo el lunes, supongo —Él tampoco se acercó, dedicándole la sonrisa más amplia que pudo dadas las circunstancias. Sin embargo, antes de entrar en su casa, se dio la vuelta—. Jean —Le miraba en silencio, no comprendía lo que su rostro transmitía—, gracias.

—Ya te he dicho que no me des las gracias por algo que he hecho con gusto.

Arrancó tras uno de sus gestos chulos, alejándose de él. No dijo nada pero tampoco hizo falta. Echó de menos una provocación, un intento por su parte de sonrojarle, un “cariño” de esos que fingía no agradarle pero en realidad adoraba. Entró en su casa sintiendo que a pesar de haber ganado mucho el día anterior en forma de experiencias y recuerdos, estos habían sido demasiado efímeros. No esperaba tener su amor para siempre pero no imaginaba que fuese a ser tan breve.

A pesar de que su madre le preguntó por esa primera noche que pasaba fuera de casa, él no quiso responder. Y algo tuvo que ver en su expresión y manera de contestarle que no insistió. Marco se pasó el resto del fin de semana estudiando, repasando y terminando aquel trabajo con el que había empezado todo. Y sabía que el lunes no le vería, que probablemente no volvería por clase. Hasta lo prefería. Se mentalizó con la idea de que eso fue todo, evitando todo drama posible, especialmente frente a sus amigos. Y no fue hasta una semana después que no se le encontró, camino a las taquillas al acabar las clases. Salía del despacho del director doblando un papel para meterlo en el bolsillo trasero de sus vaqueros. Marco caminó más rápido, con la vista fija en sus pies, luchando contra las ganas de acercarse a él o de volver a mirar sus ojos. Se quiso meter él en la taquilla y no salir, porque a no ser que Jean estuviese ciego le tendría que haber visto. Y sin mirar hacia el frente salió del edificio, alcanzando a sus amigos, fingiendo mirar algo en su teléfono con tal de no alzar la vista.

—Jean está en la puerta —Le dijo Armin agarrándole del brazo sin echar a andar.

—Lo sé —Mintió él, fingiendo indiferencia cuando por dentro se moría de ganas de mirar a su espalda.

—Creo que te está esperando y no te ha visto salir.

—Lo dudo, me lo he cruzado camino a la taquilla y no me ha dicho nada. ¿Nos vamos? Creo que mi madre ha hecho pizza hoy —Comenzaron a caminar despacio hacia casa.

—Te está ignorando, ¿a que sí? ¿A que no sabes nada de él desde el fin de semana aquel? —Eren parecía contento con la idea de que ya no tuviesen relación, emanando soberbia por haber tenido razón en su advertencia.

—Cállate —Le advirtió Marco, sintiendo ese malestar que estuvo evitando desde que se separó de Jean el fin de semana.

—Te lo dije. Pero, ¿para qué ibas a hacerme caso? Estaba claro que era un mierda desde el minuto uno.

—Eren, cállate la boca —Marco apretó los puños, al borde de su autocontrol por retener esos sentimientos tan desagradables.

—Espero que para la próxima te lo pienses dos veces antes de ponerle el culo a alguien como él para que luego te use y te tire. Has sido bastante imb—

No le dejó acabar la frase. La rabia, la impotencia y el dolor de que tuviese tanta razón en sus palabras directas y crueles se manifestó en algo que Marco jamás creyó ser capaz de hacer. Se giró hacia su amigo y le dio un fuerte y seco puñetazo en la nariz. Eren abrió mucho los ojos, atónito, y fue esa expresión de desconcierto lo que más le cabreó. No era solo que tuviese razón, es que no se daba cuenta del daño que le hacían sus palabras.

—¿¡Qué coño haces?! —Le gritó, ofendido—, ¿sabes qué? Te mereces que te haya dejado plantado, puto anormal.

Perdió los papeles definitivamente. No tenía ni idea de cómo pelearse pero era más grande que Eren y el que terminase tumbado en el suelo con él encima mientras se dejaba los nudillos en partirle la cara no fue algo complicado. Lo difícil fue parar. Tuvieron que tirar de él, quitándoselo de encima a Eren, agarrándole los brazos a la espalda.

—Probablemente tengas toda la razón del mundo para hacer lo que estás haciendo pero no en la puerta del instituto, piensa en tu expediente —Jean le sostenía con fuerza. Marco cerró los ojos, apretando los dientes.

—Suéltame —Escuchó a Eren toser y a Armin preguntarle si estaba bien.

—¿Vas a seguir pegándole? —Negó con la cabeza, mirando al suelo. Tan pronto sintió sus manos dejarle ir, cogió su mochila y caminó hacia su casa—. Eh, ¡Marco!

—Déjame en paz.

—Oye, espera un momento —Le agarró del brazo, pero él se zafó—, quería disculparme por no haberte llamado ni nada parecido.

—No tienes que inventarte excusas, sé que la cagué al pasarme de sincero —Jean caminaba a su lado, no quería mirarle—, igual que sé que si no hubiese abierto la boca quizás habríamos follado dos o tres veces más. Pero no pasa nada, lo entiendo, así funcionas tú.

—Me voy de aquí, me mudo a otra ciudad porque mi madre ha encontrado un puesto de trabajo mejor pero no es suficiente para que pueda vivir cómodamente. Necesita mi ayuda.

—Me parece muy bien, suerte.

—Marco —Le agarró del brazo de nuevo, esta vez con más fuerza—, eh, mírame un segundo —No quería. No quería mirarle porque le estaba costando la misma vida aguantar el tipo—. Por favor.

—¿Qué quieres de mí? —Alzó la mirada, encontrándose con sus ojos color miel. Sabía que se notaban sus ganas de llorar, y le quedó claro al verle chasquear la lengua.

—Ver tu cara de idiota una vez más —La sonrisa de lado que acostumbraba a dedicarle le salió floja. No emanaba la alegría de siempre. Cuando alzó su mano para acariciarle la mejilla, Marco se echó hacia atrás.

—Seguramente algo parecido le dijiste a Judit antes de besarla, mirándome. Deja de jugar conmigo. Los dos sabemos cómo eres —Huyó antes de ponerse a llorar delante de él.

—No tienes ni idea —Le escuchó murmurar. Frenó un poco su paso al escuchar esas palabras, pero al girarse vio a Jean alejarse con las manos en los bolsillos y no tuvo la voluntad suficiente para llamarlo.

Se giró, negando con la cabeza, limpiándose una lágrima traidora de la mejilla y casi corriendo a casa, empujando esos sentimientos hasta el fondo de su estómago. Nada fue como esperaba pero sabía que había sido un adiós. Aunque ojalá un hasta luego. Al fin y al cabo, la vida daba muchas vueltas.

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15 Años más tarde.

Se incorporó, llevándose una mano a la nuca y otra a los riñones, curvando la espalda hacia atrás con un quejido. Pasaba demasiadas horas echado hacia adelante frente a la pantalla de ordenador, y ojalá fuese por diversión. Echaba tanto de menos la vida fácil de estudiante… No era fácil llevar un negocio, la gente pensaba que ser el jefe era todo beneficios pero tenía muchas horas de trabajo detrás mantener una empresa. Si algo le enseñó la vida es que si querías que algo saliese bien, debías hacerlo tú mismo, delegar en los demás podía o no podía tener buenos resultados. No se fiaba de nadie. Bueno, eso sería mentir, de su madre y de Armin siempre se fiaría. El teléfono le vibró junto a la mano, desbloqueó la pantalla para ver que era un mensaje de ese tipo que conoció el fin de semana. Otro más. Lo eliminó de su vista deslizando el dedo hacia el lado, frunciendo el ceño al ver que le habían incluido en un grupo de whatsapp. Se metió solo por silenciarlo, y casi le da algo cuando ve que sus miembros eran cerca de 25 personas. Y lo peor, venía bajo el título “Antiguos Alumnos!”. Al abrirlo, la gente se presentaba, y al ver sus nombres se desencadenó en su interior una serie de sentimientos, de recuerdos buenos y malos, de cierta nostalgia y cierta necesidad por huír de esos años. Sin embargo, le gustaría mucho volver a ver a algunas personas , saber de ellos, como por ejemplo Connie o Sasha, que se presentaban en ese momento.

Si nos vamos a volver a ver que nadie se olvide del papel para la excursión, por favor 😉 —Escribió en él, rememorando el tipo de cosas que siempre tenía que decirles.

¡¡Delegado!! ¡Cuánto tiempo!

Sonrió alegre, con un buen sentimiento en el pecho, agregando números y leyendo las pamplinas de unos y otros. Miró en la lista de agregados en la que por descontado faltaba gente. Había personas que aún no se habían presentado, pero ya lo harían a lo largo de las horas o directamente se irían del grupo. Al volver a leer la conversación, apareció un mensaje.

Me sorprende para bien que me hayáis incluido en el grupo, supongo que ha sido Armin o el pecas. Gracias —Frunció el ceño, abriendo una conversación aparte con su amigo. Justo cuando iba a escribirle, le llamó.

—Eh, te estaba escribiendo.

Lo suponía. Sí, he creado yo el grupo y sí, vas a venir o te mato.

No tengo problemas por ir, ¿por qué iba a tenerlos?

No te hagas el tonto, sabes de quién es ese último mensaje.

Sigo sin entender por qué no iba a querer ir…

Porque te volviste un zombie durante una semana tras pegarle la paliza a Eren y porque cada vez que se hablaba de él te cambiaba la actitud. ¿Crees que lo has superado?

—Joder, Armin, han pasado… —Se paró a contar.

Quince años. Pero yo que sé… No le has visto en todo este tiempo, quién sabe cómo va a sentarte tenerle frente por frente.

—Lo mismo ha cambiado y está horriblemente feo —Esperó que lo estuviese. Si Jean estaba tan bueno ahora como cuando eran adolescentes, sabía que podría perder el control con mucha facilidad.

Mira, mientras vengas me da igual si rompéis a follar en un servicio, que sería muy típico de vosotros.

—Dudo que pase. Que no te prometo nada —Agradeció la idea internamente.

Te noto dispuesto —Se rió brevemente por la nariz al notar la diversión en la voz de su amigo.

—¿Y cuándo no lo estoy?

Mucho había llovido desde el instituto. Ese Marco tímido y callado seguía rondando por ahí en su interior, no podía decir que estuviese muerto, pero desde luego sí que estaba dormido. Aprendió a ser más lanzado con respecto a sus parejas, a echarle más cara, siempre de manera sutil y casi nunca de manera directa, pero si quería algo con un hombre casi siempre lo conseguía. Aprendió a dejar esa vergüenza atrás y a ser más golfo, que no era de extrañar teniendo en cuenta de dónde le venía la inspiración. Suspiró, pasándose la mano por el siempre despeinado flequillo negro, preguntándose cómo le iría. Hacía mucho que no pensaba en él más de dos segundos seguidos porque cada vez que lo hacía, se le disparaba el corazón. Ahora que era adulto comprendía que la actitud de Jean y el dejarle plantado de esa manera no fue más que por su terror desmesurado al compromiso, un terror que encontró en muchos hombres con los que mantuvo relaciones. Él mismo sentía cierta resistencia por mantener relaciones duraderas, no solían durarle apenas aunque el motivo bien podría estar en que ninguna de sus parejas tenía eso que hiciera a su corazón desbocarse. Como le pasó con Jean. Tras meter su número de teléfono en la agenda, miró su foto de perfil. Era el logotipo de una banda de música que no conocía. Se mordió el labio, acordándose de aquella camiseta sin mangas, acordándose de su primer todo con él. De los subidones de adrenalina, del sentimiento de hacer algo que estaba mal y que era prohibido. Algo parecido sentía al follar en bares o fiestas donde había gente en habitaciones contiguas, pero a base de repetirlo tantas veces perdió parte de su encanto.

Se levantó de la silla al darse cuenta de la hora que era, camino a casa. Miraba la conversación de tanto en tanto y lo único que encontraba eran las peleas de unos y otros para ponerse de acuerdo en la fecha para quedar. Y no fue hasta varias horas después que no llegaron a la conclusión de que lo mejor era quedar para almorzar ese mismo fin de semana en el restaurante de un hotel que regentaba la mujer de Reiner. En dos días. Pasó ese día y el siguiente tan solo pensando en la reunión, con un pellizco de nervios y excitación en la boca del estómago. La noche antes, leyendo los mensajes de alegría de sus antiguos compañeros de clase, se sintió tentado de hablarle por privado. Llegó a abrir una ventana, con los dedos sobre las letras, pensando a fondo qué debía decirle. Pensando si debía decirle algo. Por la noche se cometían muchas locuras de las que arrepentirse al día siguiente. Movió sus ojos por la pantalla hacia arriba cuando las letras verdes con el mensaje “escribiendo…” se iluminaron bajo su nombre. Se quedó de piedra. Jean estaba haciendo lo mismo que él. Se lo imaginó tumbado en la cama, pero se lo imaginó como recordaba a pesar de saber que probablemente no tendría nada que ver. Se lo imaginó con esos ojos rasgados, mordiéndose el labio con aspecto golfo, en esa cama en la que hicieron el amor despacio. Seguía deseándole muchísimo, aunque el sentimiento era un tanto diferente. Ya no era la adoración de su adolescencia, la obsesión por tocar su piel, simplemente era deseo. Las letras verdes desaparecieron. Se habría arrepentido. Suspiró, pensando que sería lo mejor, bloqueando el teléfono y tumbándose boca abajo en la cama, de cara a la mesilla de noche y cerrando los ojos. Suspiró de nuevo minutos después. Abrió los ojos una vez más. La lucecita naranja de las notificaciones iluminaba la oscuridad que le rodeaba. Estiró la mano hacia el teléfono.

¿Vienes mañana? —El corazón le hizo un redoble en el pecho. Hundió la nariz en la almohada, cogiendo el teléfono con ambas manos, aún boca abajo.

Claro, y tú?

No lo sé. Debería?

—Haz lo que te haga sentir más cómodo —Dudó un poco, pero finalmente escribió—: aunque me gustaría volver a verte.

Eso era lo que necesitaba leer. Te veo mañana entonces.

Hasta mañana!

Permaneció unos segundos mirando la pantalla, con el corazón acelerado como hacía mucho tiempo que no ocurría, sintiendo que en lugar de la cama de su apartamento, yacía en la cama de la casa de sus padres. Lo creía superado pero… quizás estaba equivocado. Estaba muy nervioso, sabía que no iba a dormir, sonreía. Sonreía ampliamente. Recordando, imaginando y fantaseando finalmente venció al cansancio, con la sensación de apenas haber dormido al despertarle la alarma. Se duchó sonriente, desayunó con dificultad por los pellizcos de su estómago, se vistió un tanto histérico y salió a la calle hecho un manojo de nervios. No quiso llegar de los primeros, por lo que prefirió ir andando al restaurante.  Suerte para él que al primero que vio fue a Armin, con el único que mantenía contacto.

—¡Ya era hora! —Le saludó con el abrazo acostumbrado en la recepción del hotel. Se había recogido la melena rubia hacia atrás. Al mirar sobre su hombro vio a Mikasa, tan bonita como siempre y saludándole con una cálida sonrisa. Eren estaba a su lado, casi igual que le recordaba.

—¿Ha llegado? —Le preguntó en susurros a su amigo, que asintió. Tuvo que esforzarse por no mirar a todas partes.

—La última vez que lo he visto estaba apoyado en la barra, charlando con Connie.

—¡No me puedo creer lo guapo que estás! —Sasha se le tiró encima, dándole un abrazo enorme.

—Tú también estás guapísima —le contestó, entre sonrisas.

—¡Pero bueno! Si casi tienes más espalda que yo —Reiner, aún tan ancho como cuando eran jóvenes, le dio un manotazo en el hombro. Le acompañaba Bert, de la mano de Annie, cosa que le sorprendió.

—Imposible tener más espalda que tú, ¿conseguiste la beca?

—Obviamente —dijo orgulloso, haciéndole reír.

Le preguntaron lo que siempre se preguntaba en esas reuniones sociales y él hizo lo mismo. Una parte de él estaba interesado, otra quería salir corriendo hasta la barra libre. Mientras charlaba con ellos, en un momento que dejó de ser el centro de atención, alzó la vista, mirando a su alrededor. Vio primero a Connie, riéndose, con el pelo bastante más largo y para su sorpresa rizado.

Después le vio a él.

Se reía de lado, con el vaso en la mano y el brazo apoyado en la barra. Su colmillo sobresalía en esa sonrisa golfa, exacta a como la recordaba, enmarcada ahora por una barba que se le unía con las patillas, bien recortada, más oscura a la altura de su barbilla, perfilada de forma y manera que una línea de vello se unía de esta a su labio inferior. Su pelo era menos rubio, pero aún seguían distinguiéndose dos tonos entre su cabello rapado y el que no. Sus piercings habían desaparecido a excepción de dos argollas en su oreja izquierda. Y aún vestía de negro, con una camisa de botones y sus vaqueros rotos. Se llevó el vaso a los labios, mirando directamente en su dirección. Tan directo que le hizo pensar que sabía que estaba ahí. Bajó el vaso lamiéndose los labios, mirándole de arriba abajo. Marco dejó salir todo el aire de sus pulmones, mirándose los pies, dándose cuenta de que desde que le encontró allí sentado no hizo más que aspirar.

—¿Estás bien? —Le preguntó Sasha poniéndole la mano en el hombro.

—Sí está bien, lo único que le pasa es que ha visto a Jean —murmuró Armin. Marco le miró.

—No está horriblemente feo —Su amigo se rió.

—Claro que no, hice el grupo porque me lo encontré por la calle, estaba buscando apartamento.

—Te odio.

—Lo sé —Le dio dos golpecitos en el pecho—, y vete preparando porque viene para acá con Connie.

—Gracias por ponermelo fácil, imbécil —Se rió, alzando las cejas. Marco sonrió, pasándose una mano por la frente y el pecho, respirando hondo.

—Joder, metedme en vuestros gimnasios, ¿qué es este diámetro de brazos, Marco? —Connie le dio un abrazo, entre risas—, menudo complejo de raquítico voy a pillar por vuestra culpa.

—Haz pesas, no tiene mucho misterio, de verdad que no —Le tiró de un rizo—. Ahora entiendo por qué te rapabas.

—Vete a la puta mierda tío —dijo riéndose a carcajadas. Escuchó una risita suave a su lado.

—¿Has transformado las buenas notas en músculo? —Le dijo Jean, alzando la barbilla con las manos en los bolsillos. Seguía emanando chulería, seguía imponiendo como antes, más alto y más ancho pero aún así, delgado. Nop, no lo tengo superado, ni por asomo.

—No, más bien en dinero. Soy el jefe de Armin, como me dijiste —Lanzó una risotada al aire, negando con la cabeza y una amplia sonrisa.

—No me pilla por sorpresa —Quería abrazarle pero al mismo tiempo sentía que sería extraño.

La mujer de Reiner les indicó que pasasen a sala ahora que habían llegado casi todos. Muchos venían con sus parejas, sin embargo Jean acudió en solitario. No pudo evitar alegrarse igual que no pudo evitar sentarse a su lado. Eren estaba en la otra punta de la mesa, ninguno de los dos se miraron, Marco tampoco lo hizo y fue un detalle que no le pasó desapercibido.

—¿No te hablas con el anormal? —Le preguntó tras recibir las bebidas.

—No acabamos muy bien, no sé si te acuerdas. Armin sí queda con él y Mikasa de vez en cuando, pero la verdad es que yo prefiero mantener las distancias.

—Y es lo más normal del mundo…

—Había veces que llevaba razón en sus advertencias —le dejó caer, sin mirarle—, lo que no quita que sea un poco bastante homófobo.

—Más que eso diría que intolerante —Le comentó Armin, sentado a su otro lado—, todo lo que no coincida con su manera de ver las cosas lo considera malo.

—No sé por qué te hablas con él —comentó Marco negando con la cabeza.

—Porque tiene otras cosas buenas. Y tú sobre todas las personas tienes una capacidad especial para ver lo bueno de cada uno. No quiero señalar —Miró a Jean significativamente—, acuérdate de que fuiste el único que apostaba por él cuando a todos nos causaba rechazo.

—Eh, eso es mentira —dijo Sasha, sentada frente a ellos—, a mí siempre me gustó Jean.

—Lo podrías haber dicho antes —le dijo este alzando una ceja. Marco tragó saliva al ver ese gesto, rescatando incluso más recuerdos y sentimientos.

—N-no de esa manera… —La chica se puso coloradísima. Connie entrecerró los ojos, abrazándola por los hombros y fingiendo mirar a Jean con odio mientras susurraba que era suya. Marco le dió con la mano en el estómago, chasqueando la lengua. Estaba duro.

—Ya estabas tardando en poner nervioso a alguien…

—Sabes que es lo que mejor se me da —Marco le miró la boca cuando Jean hizo lo mismo, dándole la razón al sentirse nervioso y blandito. De haber sido adolescentes, habría recibido un beso suyo y habría sido sucio. Sin embargo giró la cara hacia la chica.

—Lo siento, me lo has puesto super fácil. Y en fin, se veía venir que acabaríais juntos.

—¿Sigues en ese plan de no querer pareja o ha caído alguien en tus redes? —Le preguntó Connie.

—No, tengo novia —Marco dejó de mirarle con ensoñación, apartando sus ojos y centrándose en la servilleta, apretando los labios.

—¿Por qué no ha venido? —quiso saber Sasha.

—Porque no le he dicho que venía aquí. No llevamos tanto juntos pero bueno, estamos bien.

—Tú seguro que te los tienes que quitar de encima —Le dijo Sasha a Marco—, de verdad que estás guapísimo. ¿Ves? Tú sí me gustabas de esa manera.

—Pena que soy maricón, ¿no? —Se rieron juntos, Connie la miraba con la boca abierta—. No, no tengo pareja pero sí he conocido a mucha gente. He tenido una relación más o menos larga, pero no salió bien.

—Normal, estuviste con él y luego con su novio, ¿qué esperabas? —Le dijo Armin. Jean soltó una exclamación asombrada.

—Bueno, yo por lo menos no mantengo relaciones con mujeres casadas. Con muchas. A la vez —Le respondió Marco. Armin abrió mucho los ojos cuando los que le escucharon exclamaron divertidos—. Si me atacas por ahí voy a contraatacar, amigo mío.

—Me da la sensación de ser el más decente ahora mismo y es una sensación rara de cojones —dijo Jean entre risas, sorprendido.

Hablaron más que almorzaron casi como si no hubiese pasado el tiempo. Jean se mostraba más calmado, más abierto, más adulto que antes. A pesar de haber dicho que tenía novia, cada vez que le miraba a la cara se lo comía con los ojos, centrando su atención en los labios. Esperando al segundo plato, Marco dejó caer la mano en la mesa. Jean hizo lo mismo y no se habría dado cuenta de no ser porque sintió la caricia de su dedo en el dorso. Le miró de reojo y le vió con los ojos fijos en su mano, por donde pasaba el dedo. Pareció ser consciente súbitamente de lo que estaba haciendo, alzando la vista hasta el rostro de Marco con una sonrisa extraña, apartando la mirada.

—A no ser que tengas un tipo de relación muy específica no creo que a tu novia le haga gracia este tipo de… cariños con un ex-algo tuyo.

—Sigo sin haber encontrado a nadie con tantas pecas sin ser pelirrojo —confesó, ignorando su comentario—, de hecho no he encontrado a nadie con tantas pecas —analizó su rostro, con esa expresión silenciosa que adoptaba de tanto en tanto cuando le miraba hacía quince años.

—Por todas partes, que no se te olvide —Le recordó, alzando una ceja.

—No te preocupes que no se me olvida —Marco entreabrió los labios, suspirando profundamente, inmerso una vez más en sus ojos color miel.

—Pensé que no iba a volver a verte —Jean se lamió el labio superior con la punta de la lengua, mordiéndose el inferior después.

—Yo tampoco —Estiró el dedo meñique, rozando la mano de Jean con él.

Este bajó la mano de la mesa, apoyándola en su pierna, tocando la de Marco con el meñique y el dedo corazón. Él también bajó su mano, cogiendo la de Jean bajo el mantel, acariciando su muñeca y la palma de su mano con las yemas de los dedos. Jean le dio un apretón entrelazando los dedos, tragando saliva sin dejar de mirarle a los ojos, juntando las cejas en un gesto angustiado. Le soltó la mano, levantándose y excusándose un segundo. Marco se llevó las manos a la cara apoyando los codos en la mesa y resoplando.

—¿Qué acaba de pasar? —Susurró Connie inclinándose sobre la mesa—, me estaba dando hasta vergüenza miraros. ¿Él no tenía novia?

—Eso dice —Se encogió de hombros—, supongo que es verdad eso de que donde hubo fuego quedan brasas.

—¿Hubo? —Se rió Sasha—, vais a salir ardiendo como os sigáis mirando así. Y yo con vosotros. Qué calor, por dios.

Jean volvió unos minutos después, en apariencia recompuesto. Marco no quería ni mirarle. Se centraron en lo que quedaba de cena y en conversaciones ajenas, tomándose el postre y casi sin intercambiar palabra. Jean miraba mucho su teléfono desde que se sentó a la mesa, ignorando un poco al resto de personas.

—¿Sabéis qué deberíamos hacer? —dijo Eren—, ir al instituto. Podemos hablar con el conserje y que nos deje pasar como antiguos alumnos que somos.

—Oooohhh, porfa, sí, quiero ver si la clase sigue igual —dijo Sasha entusiasmada.

Se pusieron en pie tras pagar, camino al instituto que quedaba bastante cerca. Fueron bromeando con Jean sobre que a ver si se acordaba del centro por aquello de no pisarlo mucho. Se enteró de que había comprado un taller después de mucho ahorrar y que pretendía mudarse de vuelta a la ciudad ahora que su madre se había jubilado. Tan atento con ella como siempre. Se preguntó si la señora se acordaría de él, al fin y al cabo solo le vio una vez, aunque fue desnudo y en su cama. Se preguntó a cuántos y cuántas más vio de la misma manera y descubrió que le daba igual. Nada más plantarse en la puerta comenzaron a llegarle recuerdos: el sonido de las pisadas, las aulas, el ver a chicos de un lado a otro que se iban a casa tras las actividades extraescolares o que llegaban para hacer deporte. Reiner y Bert hicieron una carrera por la pista de atletismo, quejándose de lo pequeña que les parecía ahora y ganando el primero con mucha diferencia. Annie sonrió tímidamente al ver a las animadoras en una esquina del campo, suspirando. Pasaron por la biblioteca en la que intercambiaron miradas silenciosas, por las taquillas, por delante del despacho del director, que había cambiado. Cuando se dirigían a la clase se dio cuenta de que Jean iba el último del grupo, mirándose los pies con las manos en los bolsillos. Se retrasó aposta, esperando el momento oportuno, y cuando nadie les prestaba atención tiró de su brazo dentro de los servicios, cerrándo tras ellos.

—Marco, ¿qué—

—Ssshhhh —Le empujó dentro de un cubículo, no cabían tan bien como antes, pero tampoco necesitaba mucho espacio. Cerró la puerta empujando por arriba, echando el pestillo de un tirón. Le puso las manos en las caderas y se acercó a su boca. Jean le frenó, con las manos en los hombros.

—Marco, tengo novia. No soy como antes.

—¿De verdad vas a rechazarme? —susurró rozando su larga nariz con la punta de la suya, mirándole a los ojos—, cuando te pedí comértela, a cuatro patas en la cama de vaya usted a saber quién con el consolador metido en el culo, me dijiste luego —Le comentó, tentándole, esperando que la imagen de él a su merced le encendiera lo suficiente para perder los papeles—, pero ese luego nunca llegó. ¿Te acuerdas de eso? ¿De mi primera vez? —Jean aspiró apretando los dientes y los dedos a sus hombros.

—Cago en mi puta vida, Marco —Tiró de su camisa, subiéndo las manos hasta su nuca y su pelo, besándole con voracidad. Te tengo donde quiero, cariño.

Marco le agarró del trasero con ambas manos, pegando su pelvis a la suya, inundando su boca con la lengua y dejando que él hiciese lo mismo. Jadeaban roncamente, pegándose contra las paredes del cubículo en una lucha por la dominación, tirándose del pelo y de la ropa, rozándose. Recordaba perfectamente el punto débil de Jean y lo utilizó en su contra, subiendo la mano por su espalda, tirándole del pelo de la nuca y lamiendo su cuello, besándolo. Jean dejó escapar un gemido demasiado alto, pasando la palma de su mano por la nuca de Marco, bajando la otra por su estómago hasta el bulto de su bragueta. Marco se acuclilló frente a él, lamiéndose los labios despacio y mirándole a los ojos, sacándola de los vaqueros. Admiró su férrea erección, dándole un lametón intenso de base a glande, disfrutando de su textura, su calidez y su olor. Jean gemía entre dientes, echando las caderas hacia adelante, tirándole del pelo. Le tragaba despacio, gozando cada centímetro, cada escalofrío y cada gemido ahogado.

—Marco follame —gruñó—, joder, te echaba de menos. Echaba de menos lo cachondo que siempre me has puesto.

—Date la vuelta —Le ordenó. Jean le hizo caso, bajándose los pantalones, echando la cara hacia atrás para besarle con las mejillas sonrojadas, todo jadeos. Abrió mucho los ojos al mirar su trasero, ya que la base de un consolador morado chillón asomaba entre sus glúteos.

—Oye —susurró divertido en el oído de Jean—, ¿qué es esto? —Apretó el consolador hacia adentro, provocándole un gruñido—. ¿Te lo has metido cuando estábamos en el restaurante? Qué claro lo tenías… —Jean enrojeció como nunca le había visto. Se habían invertido los papeles y no podía estar más encantado.

Marco la liberó de sus pantalones, sacando de su bolsillo trasero un condón que agarró con los dientes y un pequeño tubo de vaselina. Le abrió las cachas del culo, sacando el consolador, dejándolo caer en el retrete y casi lo vació entre ellas, dentro de él, arrancándole un gemido de pura sorpresa. El resto lo usó para su miembro una vez se colocó el condón. No tenía paciencia, no en ese momento. Y Jean parecía que tampoco. La guió hacia su interior, empujando e intentando tener cuidado, agarrándosela con una mano para mantenerla firme, sosteniendo sus caderas con la otra. Entraba tan bien que estaba sorprendido.

—Reviéntame —Le ordenó entre dientes en un gruñido salvaje. Jean echó las manos hacia atrás, tirando de sus vaqueros, acercándole más el culo, gimiendo con fuerza al obligarle a entrar en él de manera brusca casi hasta el fondo.

—Estás loco, voy a hacerte daño —Le miró a la cara, le temblaba el labio que se mordía con fuerza, igual que cerraba los ojos.

—Voy a correrme ya, dame más, Marco —Le clavaba las uñas en el culo, jadeaba de manera escandalosa. Podía escucharlos un crío, podía escucharlos un compañero. Jean tenía pareja. No podían hacer lo que estaban haciendo. Marco olió su cuello intensamente, metiéndosela hasta el fondo, gruñendo roncamente en su oído—, fuerte, fuerte, más fuerte.

—Cuánto deseaba esto… —Le agarró del pelo, pegándole la mejilla a la pared del cubículo, aplastandole contra ella pero tirando de sus caderas, follándole con tanta intensidad que a cada embestida hacían un escándalo de  jadeos y chasquidos provocados por el choque de sus cuerpos.

Los gemidos de Jean eran agudos y rotos, cubiertos con su propio brazo que se mordía entre hilos de saliva. Deliraba de placer tanto como él. Marco apretó los dientes, apoyando la frente en la espalda de Jean, corriéndose con las piernas semidobladas y la pelvis completamente pegada a su culo. Las uñas de Jean dejaban un surco enrojecido en su trasero, sus gemidos seguían siendo escandalosos y al echar la mano hacia adelante para abrazarle por la cintura, se topó con su desmesurada erección. No se había corrido. Se la sacó despacio agarrando el condón, se puso de rodillas una vez más y le giró, lamiéndosela pausadamente. Sabía a esperma cuando la engulló hasta la garganta, rebosaba de él cuando la sacó, corriéndose con una sola chupada, tirándole del pelo, doblado hacia adelante, gimoteando de manera lastimera. Terminó de exprimirle observando su expresión de placer, con los ojos en blanco, la boca abierta y las manos crispadas alrededor de su pelo. Marco se lamió los labios, emitiendo un suave sonido con su garganta para darle a entender lo delicioso que le resultó. Jean le miró, extenuado, con media sonrisa y tirando del cuello de su camisa para que se pusiera en pie. Le pasó las manos por el pelo, besándolo despacio.

—Menos mal que me ha dado por traerme la vaselina —susurró Marco entre beso y beso una vez fue capaz de hablar—. No todo el mundo puede aguantar lo que has recibido.

—Luego me va a doler, pero no me arrepiento de nada —Se rió en sus labios—, lo mejor de todo esto es que yo también he traído vaselina. Te iba a decir que la cogieses cuando sacaste la tuya —Marco se rió con ganas, mordiéndose el labio y observando su cara granuja—. Has cambiado mucho, en cierta manera echo de menos a ese Marco inocente que me encontré en la clase. Al correctito y corrompible delegado.

—Y yo echo de menos tus provocaciones y tus piercings. Estás reformado.

—Más bien contenido —Le lamió la boca de lado a lado—, cariño…

—Ay, Jean —Se rió como un idiota, sintiendo que se le subían los colores.

—¿Acabas de partirme el culo y te pones colorado por haberte dicho eso? —Asintió, separándose de él y subiéndose los pantalones—. No tienes remedio.

Se rieron porque no cabían en el cubículo, chocándose el uno con el otro al vestirse. Marco salió primero, peinándose frente al espejo. Jean se le acercó, pasándole la mano por la espalda y hombros. Se inclinó para besarle cuando la puerta del baño se abrió dejando entrar a Reiner y Connie. Jean se apresuró a separarse, fingiendo lavarse las manos. Marco se dio la vuelta, alzando las cejas con una sonrisa ante la mirada suspicaz de sus amigos, saliendo del servicio.

—¿Dónde estabas metido? —Le preguntó Armin, dejando de hablar con Sasha al verle aparecer. Se encogió de hombros, con esa sonrisa permanente y satisfecha en su rostro. Armin levantó la comisura de la boca despacio—. ¿En serio? ¿En el baño?

—¿Os habéis vuelto a enrollar? —Le preguntó Sasha en susurros.

—Algo así —Se limitó a contestar. Miró sobre su hombro y vio a Jean caminar directo hacia él. Le agarró del brazo, apartándose de sus amigos y le susurró:

—Me has dejado un chupetón, te voy a matar.

—¿Qué? ¡Lo siento! Supongo que me he dejado llevar —Le puso la mano en el hombro, acercando la boca a su oído—, pero es que era un poco difícil controlarse cuando me estabas rogando que te la metiera hasta el fondo —Pasó la lengua sutilmente por el lóbulo de su oreja, lamiendo su argolla—, fuerte.

—Joder, estate quieto —Se alejó de él dando dos pasos, escondiendo un escalofrío. Marco se rió divertido—. Creo que debería irme a casa, aunque no sé cómo voy a explicar… —Se señaló con la mano el cuello en un ademán desesperado. Marco le apartó la camisa para ver una mancha amoratada del tamaño de una moneda.

—Lo siento, de verdad. No pretendía meterte en un problema.

—Lo sé. No pasa nada. Me alegro de haberte visto de nuevo.

—Yo también. Ya nos veremos por ahí —Jean alzó una ceja, suspirando y negando con la cabeza, pero sonriendo al mismo tiempo.

 

4

Le aguantó la puerta de la academia a tres chavales que entraron dándole las buenas tardes, caminando tras ellos. Le dejó al becario de recepción una carpeta con las fichas de los estudiantes nuevos y los horarios de los profesores para el curso siguiente, pasando al almacén para comprobar que los libros habían llegado. Daba gusto cuando las cosas salían bien.

—Buongiorno professore —Le dijo una alumna al verle de frente, sonriendo tímida con sus amigas.

—Buon pomeriggio —Le corrigió. Ella asintió metiéndose el pelo tras la oreja. Angelito, si tú supieras…

Justo detrás, un muchacho reventaba una pompa de chicle con los cascos puestos. Llevaba la cara llena de piercings y su ropa era tan parecida a la de cierto macarra que la sonrisa se le escapó sola. Se acercó a él, dándole con la mano en el hombro suavemente y haciendo un gesto con el dedo para que se quitase el auricular. Le miró con chulería.

—Cuando salgas de la academia haz lo que quieras pero una vez aquí, quítate eso —El chaval chasqueó la lengua, mirándole de arriba abajo, disgustado. Marco le dedicó una sonrisa de las más encantadoras que sabía poner. El muchacho frunció el ceño, tragando saliva.

Dos añitos más y te meto en mi cama, pensó. Sacó su teléfono del bolsillo, caminando a un lado de la academia, esperando a los nuevos chavales a los que iba a entrevistar para el puesto de profesor.

Hey, hay aquí un niñato que es tu viva imagen. Las cosas que pienso de mis alumnos por tu culpa… —Le escribió, mandándole una foto robada del perfil del chaval con las manos en los bolsillos. Como siempre, le respondía a los mensajes casi nada más enviarlos.

Haz el favor de comportarte, pervertido —Le contestó.

Ya, claro, habló el que me llevó a su cama siendo mayor de edad.

—Nos llevábamos dos años. Tú te llevas como 15 con ese chaval.

—¿Estás en el taller? —Como respuesta le llegó un selfie de Jean, con las cejas alzadas, una llave inglesa en la mano y un churrete negro en la mejilla. Marco respiró hondo, sintiéndose débil ante sus ojos una vez más—, ¿Te he dicho ya lo mucho que quiero que me folles dentro del coche de alguno de tus clientes?

—Por dios, cállate, luego tengo que ir borrando nuestras conversaciones.

—Da gracias que no te he enviado fotos. Todavía.

Desde la reunión de antiguos alumnos no se habían visto, pero ese juego de calentarse el uno al otro se había convertido en una constante hasta el punto de pasarse casi todo el día pensando en sexo, viendo objetos de la vida cotidiana como punto de apoyo para reventarle o ser reventado. A día que pasaba más se obsesionaba por tocarle de nuevo, y para Jean tampoco estaba siendo tarea fácil.

Oye, mierdecilla, ¿sabes cuántas pajas me he hecho hoy a tu costa?

—Sorpréndeme —Le contestó, tumbado en su cama con una sonrisa justo antes de dormirse.

Cuatro. Cuatro putas pajas. Qué tengo? 15 años?

—Por dios Jean, se te van a pelar las manos. Dile a tu novia que te ponga el culo.

—No quiere, dice que no le gusta.

—Qué tonta. Y yo aquí en la cama echándote de menos —Tiró de sus pantalones hacia abajo, mostrando su vello púbico y los angulosos huesos de su cadera tostada y llena de pecas, haciendo una foto—, tan, taaaaan solo

Qué cojones estás haciéndome.

—Vas a tocarte otra vez?

—Probablemente. Sí.

—Follate a tu novia e intenta no gemir mi nombre, a ver si eres capaz.

Durante unos minutos no recibió nada más. Temió haberse pasado de la raya e iba a pedirle perdón cuando la pantalla de su teléfono se iluminó con la llamada entrante de Jean. Una videollamada. Se sentó en la cama, encendiendo la lámpara de la mesa de noche, y contestó.

—¿Jean? ¿Te has equivocado? —Tal y como orientaba su teléfono, parecía que le miraba desde arriba. Veía el fuego en sus ojos, en esa manera de apretar sus labios.

Hazme caso en lo que voy a decirte —No escuchaba ruido al otro lado, Jean susurraba a solas en lo que parecía un cuarto de baño con los auriculares puestos y sin camiseta—. Bájate los pantalones.

—¿Quieres hacer sexo telefónico a espaldas de tu novia?

Bajate los pantalones y los calzoncillos, Marco, no me hagas repetirlo —Se mordió el labio, excitado por ese tono tan autoritario y su subida de ceja. Deseó tener una tablet en lugar del teléfono para observar ese gesto altanero con más calidad.

—Sí, ya —Se los bajó con una mano, apretando los labios para esconder una risita traviesa.

Ábrete de piernas para mí, acariciate los muslos, déjame verlo.

—Ojalá estuvieras aquí —Pasó su mano por la cara interna de su muslo, suspirando al hacerlo, intentando enfocar con su teléfono lo mejor que podía—. Espera un segundo —Cogió un cojín, apoyando el teléfono en él de forma y manera que Jean pudiese ver su cuerpo y su cara.

¿Tienes vaselina? —Asintió con un ruidito—, cógela, y cuando tengas un dedo lleno, quiero que te lo metas despacio —Se inclinó sobre la mesa de noche, abriendo el cajón y sacando el producto, mojando sus dedos en él tras levantar la tapa con el pulgar. Se lo introdujo despacio, pegando la lengua a su labio superior al hacerlo.

—Ah, Jean…

Joder —Le vio menearse nervioso en donde fuese que estaba sentado. Marco metió su dedo todo lo profundo que pudo, buscando ese punto que tanto le gustaba, alzando un poco las caderas—, joder Marco…

No quiero mis dedos, Jean, te quiero a ti, quiero tu polla —Se sintió enrojecer al ver la mirada que le dedicó, profunda, cargada de deseo, salvaje.

—¿Te acuerdas del sótano de mi amigo? —Marco asintió, con una sonrisita. Vivía casi al lado—, dame media hora. Espérame allí y di que vas de mi parte si Levi no te deja entrar.

—¿Ahora? —Cortó la videollamada.

Su aspecto serio le hizo entender que no bromeaba, que no era un juego. Se vistió con la misma ropa que había llevado todo el día, sin preocuparse de peinarse ni arreglarse, con la cabeza en otra parte. En Jean. En verle, olerle y tocarle. En sentirle. Sacó del mueble de su cuarto de baño varios tubos de vaselina y dos condones. No tenía ni idea de cómo iba a ir la noche pero estaba claro que iban a terminar corriéndose. Caminaba apresurado hacia el edificio, llamando con los nudillos al llegar tal y como recordaba que hizo Jean hacía tantos años. Ese tipo bajito y con cara de mala leche le abrió la puerta y parecía que el tiempo no había pasado por él, solo que ahora su pelo lucía completamente negro y sus brazos estaban llenos de tatuajes.

—Soy Marco, vengo buscando a—

—Jean, lo sé, me ha escrito. Pasa —Si ese tío seguía haciendo fiestas en su casa era porque debía sacarle beneficio económico de alguna manera. No quiso preguntar, bajó al sótano sintiéndose nervioso y ansioso, excitado.

Pasó directo al fondo, ignorando al grupo que destrozaba las guitarras y sus gargantas en una actuación que dejaba bastante que desear. Apartó a todo tipo de personas, comenzando a sudar, y al llegar al fondo observó meticulosamente a todos los presentes. Algunos se besaban, otros se manoseaban por encima y debajo de la ropa, otros se rendían ante los efectos de las drogas que sus compañeros consumían a plena vista. No había límites ni normas siempre que cada uno hiciese lo que le viniese en gana sin fastidiar al de al lado. Se apoyó contra la pared, con la vista fija en un tipo que lamía y mordía el cuello de una muchacha, agarrando sus manos sobre su cabeza, frotando de manera constante bajo su falda. Se lamió los labios cuando, fugazmente, vio el miembro endurecido y liberado de ese tipo perderse bajo la ropa de la chica, que arqueó la espalda con una sonrisa, echándole los brazos al cuello.

—¡¿Profesor?! ¿¡Qué hace aquí?! —Al mirar al frente vio a la chica que le habló coqueta esa misma mañana. Su alumna. Enderezó la espalda, sin saber cómo explicarse. Ella pareció tener otras intenciones, acercándose con un contoneo hacia él—. Qué feliz coincidencia…

—No… espera, un momento —Le puso las manos en los hombros pero la chica ya le pasaba las suyas por el pecho.

—Preciosa, esto no es para ti —Jean la apartó sutilmente hacia un lado sin prestarle más atención de la necesaria, dedicándole una mirada desbordante de deseo al que tenía enfrente.

Los labios de Marco formaron su nombre, sus manos se alzaron hasta agarrar sus mejillas, sintiendo los brazos de Jean rodear su cintura por completo al darle un beso húmedo y caliente. Ambos movieron sus caderas de manera que sus erecciones se frotasen la una con la otra. Jean venía en chándal, Marco con pantalones vaqueros. Le bajó las manos hasta el trasero, presionando sus cuerpos, colando una pierna entre las de Marco. Con un firme agarrón al pelo de su nuca, le echó la cabeza hacia atrás, susurrando en su oído palabras húmedas con la voz rota de pura excitación.

—Voy a follarte hasta que se te olvide el mundo menos mi nombre —Frotó su pierna con el hinchado bulto en los pantalones de Marco—. Voy a ser bueno contigo, voy a ser lo mejor que te ha pasado. Voy a metertela tan fuerte que vas a gritar, pidiendome más, y no voy a dejar que te corras —Sus dedos se introdujeron dentro de sus vaqueros sin correa, deslizándose por su culo hasta la parte interna de sus muslos, haciéndole temblar—. Pero cuando lo hagas, siempre con mi permiso, voy a seguir follándote. No voy a parar, Marco —Su voz era casi un gruñido, resoplando entre dientes—. Voy a destrozar ese punto tan sensible en tu interior de como te la voy a clavar. Quiero que seas mi juguete esta noche, quiero dejarte tan irritado que mañana no puedas levantarte de la cama, hecho un desastre entre tu propia corrida y el olor de mi sudor.

—Jean, Jean hazme lo que quieras —rogó delirante, sonrojado, necesitando que hiciese esas promesas realidad, frotándose con su tensa pierna y sintiendo que iba a perder los papeles.

—Pero antes voy a chupartela hasta que pierdas la cabeza —Marco abrió los ojos, mirándole alarmado. Jean sonreía de medio lado, asintiendo—, sí, aquí, delante de todos. Quiero que vean tu preciosa cara cuando te corras —Le soltó del pelo, agarrándole de las mejillas, dándole un beso breve y sucio, dejándole con ganas de más.

Se arrodilló frente a él, pasándose la lengua por los labios de manera obvia, desabrochando sus pantalones y bajando la cremallera despacio. Bajó sus calzoncillos, permitiendo que su tensa erección rebotara en el aire tras desengancharla del elástico. Marco no quería mirar a su alrededor, sintiéndose observado, muriéndose de la vergüenza porque jamás había estado tan expuesto delante de tanta gente. Sufría, pero sonreía tras su mano, al fin tenía ese subidón de adrenalina y no podía ser con otro que no fuese Jean. Se la besó despacio, de glande a base. Marco levantaba el labio a cada contacto, sobreexcitado con tan solo observarle. Sin preliminares ni sutilezas, Jean la metió en su boca. Sintió un murmullo vibrar en la polla, un sonido placentero, enterrada hasta el interior de la garganta de Jean de manera experta. Muy pocas veces se la habían comido de ese modo y que fuera Jean… Es jodidamente perfecto. Le sintió aplanar la lengua, rozando de manera deliciosa la parte inferior de su miembro al sacarla de la boca, tan despacio que no sabía qué hacer para no dejarse caer en el suelo. Jean alzó la mirada, Marco vio la sonrisa en ella, esa seguridad de saber que le tenía donde quería, atacando a sus puntos débiles. Jean es tu punto débil, da igual lo que haga. Deslizó la punta de su lengua por la hendidura de su glande, provocándole un espasmo, bajándola y rodeando la circunferencia de este, retirando el prepucio despacio con los dedos y lamiendo con intensidad hasta abajo, hacia arriba, apresandole con sus labios. Jean le agarró de las caderas, mamándosela hasta el fondo, haciéndole cosquillas con la nariz en su vello púbico. Marco estaba al límite, y lo que terminó de romperle fue volver a sentir la vibración de su voz, ver que hundía sus mejillas y que el muy hijo de puta tragaba saliva, oprimiendo su carne incluso más. El nombre de Jean se perdió mezclado entre las vibraciones de la música y las cuerdas vocales de Marco. Le arañó el culo con las dos manos, con fuerza, exprimiendole despacio, tratándole tan bien como le dijo que le iba a tratar. La mente de Marco se vació de todo pensamiento, de toda sensación que no fuese ese intenso orgasmo que le dobló las piernas, inclinado hacia adelante entre quejidos con los músculos del cuello en tensión y las manos tensas alrededor de su pelo. Los latidos de su corazón eran ensordecedores, los estallidos de luz tras sus párpados apretados se le asemejaron a fuegos artificiales. Aún sensible y sin poder respirar con propiedad, sintió cómo se la guardaba en los pantalones, vistiéndole, poniéndose en pie. Besó la mejilla de un aturdido Marco, sus labios, mirándole a los ojos tan jadeante como él.

—Por tu culpa me he corrido en los pantalones —Se rió atontado, cerrando los ojos cuando Jean le pasó una mano por el pelo—, esa muchacha de antes no nos quita la vista de encima. Se está masturbando en el sofá, ¿la conoces?

—Es mi alumna —jadeó. Jean la saludó con los dedos de la mano, divertido.

—Algo me dice que a partir del lunes le va a costar concentrarse —Le pasó los dedos por los labios—, como te pasaba a ti cuando nos sentaron juntos.

—Ven a mi casa —La petición provocó una mirada desconcertada en los ojos de Jean.

—No puedo hacer eso. Le he dicho a mi novia que iba al taller a revisar algo un segundo.

—¿Y entonces qué eran todas esas promesas? —Le preguntó molesto—, ¿solo para calentarme? ¿No piensas llevarlas a cabo?

—Sí, pero hoy no.

—De eso nada —Jean alzó las cejas—, me importa una mierda tu novia.

—Lo sé, pero a mí sí me importa —Siendo como era de abierto con las personas que había estado últimamente, Marco no se explicaba por qué con Jean era tan posesivo. Y fue esa sensación de celos e injusticia la que le atravesó la mente como un rayo, haciéndole ver las cosas claras.

—No puedo hacer esto —Se zafó de él bruscamente, saliendo del sótano entre empujones, creyendo escucharle entre el barullo. Cuando salió a la calle, escuchó sus pasos tras él.

—¡Marco! ¿Qué cojones te pasa?

—No puedo Jean, lo siento —dijo volviéndose, optando por ser sincero a pesar de saber que eso le alejó hace tanto tiempo—, puedo tener relaciones abiertas con cualquiera, poner los cuernos y que me importe un carajo si me los ponen. Pero contigo, no sé por qué, es diferente —Jean relajó los hombros, pestañeando despacio y suspirándo—. No soporto la idea de que toques a otra persona como a mí, de que tengas complicidad con alguien más que conmigo. No veo justo que ella pueda tenerte cada vez que quiera y yo me tenga que conformar con polvos a escondidas o mamadas rápidas. No puedo.

—¿Y qué quieres? —Notó cierta desesperación en su voz, cierta angustia. No le gustaba ponerle en esa posición pero tenía que ser honesto consigo mismo—, ¿quieres que lo deje todo por ti?

—Todo no. Solo a ella —admitió con profunda seriedad—. Y no sé por qué me pilla por sorpresa este pensamiento, siempre ha sido así. Lo sé y lo sabes. Cuando estoy contigo todo es más emocionante. Me siento más vivo. Y mataría porque te sintieras igual, pero no es el caso, así que no puedo hacerlo —Jean chasqueó la lengua, pasándose la mano por el pelo en un gesto rabioso, negando con la cabeza—. Lo siento.

—Marco, no quiero dejar de verte —Cuando alzó la vista de sus pies a sus ojos, Marco tuvo que pestañear varias veces, mareado por el fuerte sentimiento.

—Yo tampoco. Pero no quiero pasarlo mal y de esta manera sé que lo voy a pasar mal.

—Pero hasta ahora no hemos tenido problemas —Caminó hacia él con las palmas de las manos hacia arriba, esperando que se las cogiera. Marco dio un paso atrás.

—Porque hasta ahora solo era tonteo, nada real. Pero si vienes haciéndome sentir de nuevo exactamente igual que como me sentía hace 15 años no pretendas que los sentimientos no regresen con la misma intensidad. Acción, reacción. Siempre has tenido el problema de no ver el alcance de tus acciones y va siendo hora de que te enteres.

—Marco, no te vayas —Le imploró.

—No me voy. Sabes dónde vivo y sabes lo que tienes que hacer si quieres verme. No estoy dispuesto a pasar por lo mismo, no pienso aguantarlo de nuevo. Hasta luego.

Esperaba que le persiguiese, que le agarrase del brazo y rompiese la seguridad con la que le había dado ese ultimatum injusto pero honesto. Pero no lo hizo. No supo qué hizo. Marco se marchó a su casa, cabizbajo, volviendo a sentirse vacío una vez más tras tener relaciones con él. Se comenzaba a preguntar si no era una relación tóxica la que tenían, porque no era lógico sentirse de esa manera después de un sexo oral tan espectacular. Pero es que no podía mentirse a sí mismo, le amo, y le amo como nunca he amado a nadie. Por eso no he tenido relaciones largas, porque no eran él. Ese pensamiento le hizo pararse en la puerta de su casa, llevándose una mano a la boca, soportando estoicamente el impulso de romper a llorar en la calle. Respiró hondo, tragó saliva, y entró en su frío y silencioso apartamento.

_____

No supo nada de Jean en varias semanas. El silencio a través del teléfono era absoluto y tras lo que le había dicho en esa calle desierta, dar el primer paso para hablarle sería faltarle a su propia palabra. Tenía que ser más fuerte que la necesidad y tenía que ser consciente de la realidad: esa mujer está antes que yo y no hay que darle más vueltas. Sin embargo se las daba, constántemente.

—Es como una droga que no termina de salir de tu organismo —Le dijo Armin tirado en su sofá con él, viendo sin ver la televisión mientras hablaban—. A más tienes de él más quieres. Si no hubieses recaído…

—No me digas cosas que ya sé —protestó enfurruñado, hecho un ovillo en la esquina del sofá, tapado con su manta favorita—. Ya sabes que soy débil con él.

—No lo eres, si lo fueras ya le habrías llamado. De todas maneras me da que este tío tiene muchos problemas.

—¿A qué te refieres? —Armin era bueno para leer a las personas. Le miró y le vio recogiéndose la melena rubia hacia arriba.

—A que en el caso de que de verdad quisiera estar contigo no para de ponerse trabas. No sé si es porque no quiere admitir su bisexualidad en público ahora que es adulto o yo qué sé el motivo, pero le veo… cohibido.

—Él me lo dijo, que se tenía que controlar estando a mi lado.

—A ver, en la reunión de antiguos alumnos saltaba a la vista la química entre vosotros. Todo el mundo lo comentó por lo bajo. Sé que le vuelves loco pero no sé hasta qué punto.

—Obviamente no hasta el que yo necesito —Le dio dos palmadas en el muslo sobre la manta.

—Ya sabes que si quieres que hable con él…

—Nooo, no no, de eso nada. No hay que convencer a nadie, o se siente o no se siente. Y él no lo siente. Punto. Si me lamento de esta manera es porque no tengo fuerza de voluntad para pasar página —Tragó saliva, evitando llorar a toda costa—, porque si paso página significa que me tengo que despedir de él para siempre.

—¿Y no has pensado que quizás sea lo mejor para ti? —Asintió, enterrándose un poco más en el sofá.

—Es solo que daría cualquier cosa por tenerle aquí ahora, viendo la tele o durmiendo la siesta. Haciendo cosas de pareja, peleándome porque me he acabado la leche y no queda, quejarme porque deja la tapa del váter levantada, sonreir cada mañana al verle dormido a mi lado. Ya sabes, cosas normales.

—Joder Marco, estás hasta las trancas —Asintió. Admitirlo en voz alta no era lo mismo que pensarlo para uno mismo, convertía el asunto en algo real. Enterró la cabeza bajo la manta, llorando sin poder evitarlo, presa de la angustia y la pena. Automáticamente sintió a Armin suspirar y acercarse a él, tirándosele encima con un suave “uhm” al vaciarse sus pulmones, pegándole golpecitos afectuosos en la cabeza—. No te escondas para llorar, no es la primera vez que lo haces delante mía. Ya sé que moqueas.

—Lo siento. Vienes a verme y te encuentras con esto.

—No te equivoques, vengo a verte porque sabía que me iba a encontrar con esto. Eres un idiota que nunca pide ayuda cuando la necesita pero siempre estás para todo el mundo. Jean se está perdiendo al hombre de su vida.

—Gracias, Armin —Su voz sonaba ahogada bajo las mantas, nasal por los mocos que le comenzaban a inundar la nariz. Se rió débilmente al notarlos—, no puedo respirar.

—Voy a la cocina a por pañuelos porque vaya desastre —Se levantó riéndose, volviendo un segundo después, metiendo la mano bajo la manta con un puñado exagerado de servilletas.

—¿Qué haces? —dijo riéndose de nuevo. El timbre le sobresaltó, y por lo visto a su amigo también.

—¿Has pedido ya de comer? No me has dicho nada —Le escuchó alejarse hasta la puerta antes de decirle que no, que no había pedido—. ¡Oh! Hola, ehm… —Un murmullo ininteligible le llegó desde el rellano—. Nooo, no te preocupes hombre, que yo ya me iba —Marco sacó la cabeza de debajo de la manta, mirando por encima del brazo del sofá. Jean estaba allí plantado, sus manos en los bolsillos y las cejas juntas y arqueadas—. Nos vemos, cuidate ese resfriado —Le dijo a Marco, haciéndole gestos con la cara para que se recompusiera.

Sin embargo, él volvió a hundirse en el sofá, tapándose hasta la nariz, limpiándose las lágrimas de las mejillas. Escuchó la puerta cerrarse y los pasos inseguros de Jean acercarse a él. Antes siquiera de mirarle, le llegó su fuerte olor; había estado sudando.

—Siento venir sin avisar —Se disculpó casi en susurros—, necesito hablar contigo antes de tomar una decisión. Pero si no estás bien, vengo mañana.

—No. No pasa nada, siéntate —Se incorporó en el sofá, apoyándose en el respaldo pero sin soltar la manta. Observó las piernas de Jean pasar por delante suyo, se encogió al sentir su cercanía.

—Siento las pintas, vengo directo del trabajo —No podía mirarle. No quería. Si ya su olor y su voz estaba causando ese efecto en él, sabía que de mirar sus ojos estaba perdido. Esos ojos rasgados y castaños. Respiró hondo.

—No pasa nada —Se sentía observado. Se apoyaba en el sofá con un brazo sobre el respaldo y el otro en su regazo, orientado hacia él.

—No paro de pensar en aquella noche y en lo que te dije de no querer alejarme de ti. He intentado respetar tu postura, y antes de dejarte un mensaje en el whatsapp prefería hablar contigo en persona —Al no recibir respuesta de Marco de ningún tipo, respiró hondo—. Me pese lo que me pese, me gustas mucho más de lo que quiero admitir. No, es más. Te necesito más de lo que quisiera admitir. Me cuesta estar con mi novia sabiendo que por ello te hago infeliz, igual que me costó marcharme de esa manera hace tantos años. Dios, fui un capullo contigo…

—No. Comprendo que en ese momento ambos queríamos cosas diferentes, no pasa nada.

—Ya. Eso no es verdad —Marco frunció el ceño, girando la cabeza sin mirarle a la cara, observando su mano de reojo—. Me diste muy fuerte. Me quedaba pasmado mirándote la cara porque en mi vida había visto a nadie tan… bonito como tú. Y sigo sin verlo —Marco alzó las cejas, sintiendo un ligero rubor en sus mejillas—. Te admiraba. Eras capaz de sacar las mejores notas y de llevarte bien con todo el mundo, encajas en todas partes y no te molesta dedicar tu tiempo en ayudar a los demás. Eres bueno. Nunca nadie ha tenido algo malo que decirme de ti —Se rió brevemente por la nariz—, excepto el anormal de Eren. Puto Eren, menudo gilipollas —Se le escapó una risita floja. Jean volvió a suspirar.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Primero porque yo, con mi reputación y mis movidas, no podía enamorarme así porque sí. Y menos de alguien tan correcto hasta ser repelente como eras tú —De toda la frase, lo que el cerebro de Marco almacenó fue la palabra enamorarse. Le hizo alzar la vista hasta el televisor, suspirando de manera temblorosa—. Segundo porque sabía que me iba, y era una putada para los dos. Así que tomé la decisión de cortar por lo sano en cuanto me dijiste lo que me dijiste. Que por cierto…

Sintió el dorso de su mano en la mejilla. Cerró los ojos ante el contacto, recordando que tenía que respirar cuando sus dedos le recorrieron la barbilla hasta la mejilla opuesta. Tiró de su cara, girándosela hacia él. Jean estaba despeinado, con más barba de la que solía tener y una cálida expresión que nunca le había visto. Su mirada penetrante le hizo pedazos la voluntad, presionando su pecho con tanta fuerza que le costaba tomar aire.

—Marco sé sincero, ¿qué sientes por mí ahora?

—Yo… —Abrió la boca varias veces.

Quería decírselo, pero se le quedaban las palabras atascadas en la garganta. Por algún estúpido motivo que le llenó de rabia y vergüenza, sintió que comenzaba a llorar de nuevo. Al instante, el pulgar de Jean se llevó la lágrima hacia atrás. Se inclinó sobre él, moviéndose en el sofá para tumbarse contra su pecho, tirando de su camiseta con ambas manos y repitiendo su nombre como un mantra, sin parar. Jean le mecía en sus brazos, acariciándole el pelo, sin reírse de él ni mofarse, en silencio. Cambió el mantra, pasó de llamarle a decirle que le quería. Y no una ni dos, sino multitud de veces. Las manos de Jean le abrazaron por la espalda, inclinándose hacia él, besándole el pelo. Cuando se calmó, el drama dio paso a la vergüenza. No sabía qué decirle ni cómo mirarle a la cara después de esa actitud tan patética. Lo único que sabía era que estaba rodeando su cintura con los brazos y no quería soltarle.

—Bueno —suspiró él finalmente—, era lo que pensaba. Y no puedo soportarlo. Ya estoy harto de tener que soportarlo. Sé dónde voy a ser más feliz y sé lo que tengo que hacer. Pero joder, estoy acojonado. Llevo casi 9 años con ella.

—¿Eh? —Marco se incorporó, mirándole sorprendido—, ¿no decías que no llevabais nada?

—Supongo que soy un mentiroso. Imagina su situación cuando el hombre que la ha arrastrado a otra ciudad le diga que le deja. Y por un tío.

—Lo siento, pero no puede darme pena. Entiendo que sea angustioso para ti pero teniendo en cuenta cómo lo estoy pasando yo…

—No pretendo que seas empático con ella, tranquilo. Entiendo tu situación —Le cogió las manos, apretándoselas—, ¿crees que puedes darme unos días? —Marco asintió, aún sin creerse lo que estaba pasando. Jean suspiró, mirándolo en silencio una vez más.

—Cuando éramos dos niñatos me mirabas así de vez en cuando. ¿Qué piensas?

—En lo ridículamente guapo que eres —Marco se puso colorado hasta las orejas, sonriendo con timidez—, y ya si te pones rojo… —Se inclinó hacia él, besándole brevemente en los labios—. No tienes ni idea de la fiesta que se me monta en el pecho cuando te miro. Es que no necesito más —Se rió, poniendo los ojos en blanco—, ¿a quién pretendo engañar, joder?

Sus besos eran lentos, rebosantes de afecto y sentimiento. Le calentaron el corazón precisamente como necesitaba. Le abrazó por la cintura,  tumbándose frente a él mientras le miraba a los ojos entre beso y beso. Marco le pasó la mano por la cintura bajo la camisa, tocando su columna y sus costados en leves roces. Jean le acariciaba las pecas de la cara con las yemas de los dedos, con sus nudillos, hasta que casi se quedan a oscuras.

—No quiero, pero tengo que irme —Susurró Jean. Marco se le agarró como un koala, haciéndole reír ante su quejido fastidiado —dios, cómo te quiero —Le apretó con fuerza, haciéndole quejarse.

—No tardes en volver —murmuró contra su cuello con una sonrisa.

Y no tardó. Tal y como le dijo, no supo mucho de él en varios días más que algunos iconos por whatsapp y algún “buenas noches” que otro. Marco tuvo paciencia, esperó, con el corazón lleno de ilusión y una sonrisa cálida permanente. Casi una semana después, sentado en el trabajo con las fichas de los entrevistados para ser futuros profesores, el chico de recepción le abrió la puerta tras llamar con brevedad.

—Un tipo pregunta por ti, está un poco alterado —Marco frunció el ceño. Le iba a indicar que le dejase pasar cuando Jean apartó al becario, entrando sin permiso y cerrándole la puerta en la cara. Marco se puso en pie de golpe, saliendo de detrás del escritorio y chocándose en un abrazo con él.

—Eh, ¿qué te pasa?

—Llevo aguantando gritos casi más de media hora. Que me los merezco, pero he llegado a mi límite y la he dejado sola.

—¿Se lo has dicho? —Asintió sin dejar de abrazarle. Marco le besó la mejilla, acariciándole el pelo y la espalda.

—Su primera reacción ha sido llorar y decirme que se veía venir algo así porque había cambiado, después se ha vuelto completamente loca. Pero vaya, que la entiendo.

—Haz una cosa —Le separó despacio, poniéndole la mano en la mejilla y metiéndose la mano en el bolsillo—, vete a mi casa y espérame allí. Me quedan varias horas de trabajo y no puedo posponerlo pero en cuanto acabe voy corriendo y cenamos juntos, ¿vale?

—Por mí cenamos, desayunamos y vivimos  —cogió las llaves que Marco le ofrecía—. No quiero volver a esa casa hasta que ella no se haya marchado. Me da vergüenza mirarle a la cara.

—Puedes quedarte el tiempo que quieras —Jean volvió a abrazarle, suspirando.

—Qué bien hueles… —Se besaron suavemente en los labios y le despidió, un poco más reconfortado o al menos eso parecía. Le acompañó hasta la puerta y le despidió con otro beso breve. Su alumna, la del día del sótano, se quedó pasmada mirándolos con los ojos muy abiertos.

—Hola —Le dijo a Jean, esperando que la recordase. Una sonrisa golfa se le dibujó en la cara, pellizcando la barbilla de la chica.

—¿Aprendiendo mucho italiano? Yo soy más de francés, si tu vois ce que je veux dire —El doble sentido de la frase, escucharle hablar en otro idioma y la mirada de Jean provocaron en ella una risita nerviosa con un resoplido y que se sonrojara incluso más que el propio Marco, que se llevó una mano a los ojos.

—Lárgate de una vez —protestó, mordiéndose el labio al verle guiñar como despedida.

No quiso volver a mirarla directamente, sabía demasiado y desconocía qué podría contar, aunque algo le decía que mantendría la boca cerrada. Al fin y al cabo era menor y estaba en una fiesta en la que no debería poder entrar. Terminó el tedioso papeleo y le encargó a los profesores y al becario que cerrasen ellos la academia. Le mandó un whatsapp a Jean, preguntándole si quería que le subiese algo. Respondió que con tenerle a él, le sobraba, y que le necesitaba urgentemente. Llamó a la puerta al subir a su piso y tuvo que esperar un buen rato a que le abriese. Cuando lo hizo, estaba desnudo. Su erección atrajo la atención de Marco por completo, húmeda, enrojecida, se había estado masturbando. Le miró a la cara conforme entraba, dejando caer su chaqueta al suelo, sintiendo los dedos temblorosos de Jean desabotonarle la camisa. Sus besos calientes y húmedos, su urgencia por acercarse a su cuerpo, su olor, su profunda mirada con tintes oscuros; el conjunto le provocó una erección casi instantánea. Le obligó a sentarse en el rellano, besando su pecho, subiendo la mano por él y acariciando su cuello. Marco le besó los dedos, Jean le miró a los ojos, abriendole los pantalones. Se inclinó hacia adelante cuando su boca le rodeó el glande, succionando hacia arriba, acariciando la espalda desnuda de Jean desde sus riñones a los hombros, tirándole del pelo después al sentir que deslizaba su mano por toda su longitud en una caricia deliciosa.

—Quieres más, ¿eh? —Le preguntó con una mirada peligrosa, mordiéndole el glande con sutileza. Marco asintió—, ¿y yo qué? —Le tiró del cuello de la camisa abierta, tumbandolo en el suelo con los pantalones a medio bajar, sosteniéndole las muñecas sobre la cabeza con una fuerza que le pilló desprevenido—, ¿no quieres chuparmela?

—S-sí —Se arrodilló junto a su cara, a una distancia suficiente para que no alcanzase a tocársela con la boca. Deslizó las yemas de los dedos por sus muñecas, por la parte interna de sus brazos hasta su cuello, provocándole un escalofrío. La sutileza se tornó en brusquedad cuando le agarró la mandíbula.

—¿Y por qué ibas tú a merecer lamermela, eh? —La actitud agresiva y dominante de Jean le excitó más que cualquier contacto directo. Alzó las caderas, susurrando un por favor sin apartar la mirada de su piel tirante y caliente, como si su cordura dependiese de sentirla entre sus labios. Jean miró entre sus piernas, curvando la comisura de sus labios, hablándole con condescendencia—. ¿Qué voy a hacer contigo? Ya estás chorreando —Se inclinó sobre él, succionando su glande, tragándose el líquido preseminal que resbalaba por su piel mientras jugaba con sus huevos entre sus dedos, arrancándole un gemido tembloroso.

—Jean por favor, hazme algo, lo que sea, pero deja de jugar conmigo —Le imploró cuando volvió a esa postura de mostrarsela sin acercársela.

—Abre la boca —Obedeció, sacando la lengua, mirándole con las mejillas tan sonrojadas que incluso sentía el calor emanar de ellas. Jean se mordió el labio, suspirando profundamente—. No puedo soportar esa cara tan preciosa —Se la acercó, abriendo los labios, esforzándose por no cerrar los ojos ante el sublime placer de la boca de Marco rodeándole—. Dios, Marco, si te vieras con mis ojos ya te estarías corriendo.

De un tirón se liberó de su agarre, cambiando posiciones con él y tumbándole en el suelo de parqué con un gruñido hambriento y las manos en sus muslos. Jean levantó las caderas, tirando de su espeso pelo negro, abriéndose de piernas y gimiendo su nombre. Adoraba escucharlo en sus labios, adoraba sentirle en su boca, adoraba su rudeza y esa manera de jadear con la voz cada vez más rota.

—Ya vale —dijo retomando el control, quitándole de encima de un empujón y levantándose como pudo del suelo. Marco se terminó de quitar los pantalones sin apartar la vista de ese hombre que tanto le deseaba. Tiró de su mano, abrazándole por detrás una vez consiguió ponerle en pie, caminando hasta su habitación entre besos en el cuello y caricias en el estómago y pecho. Le tumbó boca arriba en la cama con la cabeza bien apoyada en la almohada—. Si mal no recuerdo la vaselina está por aquí —Se inclinó sobre el borde, tirando del cajón, cogiendo el bote y un condón.

—¿Vas a darme fuerte? —preguntó Marco, abriendose de piernas ante él, observando cómo se embadurnaba los dedos.

—Oh, sí, Marco. Ya te lo dije, voy a darte tan fuerte que no vas a poder con las ganas de correrte. Pero no vas a hacerlo. Vas a dejarte llevar cuando yo te diga, y no antes, ¿está claro? —Marco asintió, deseoso de seguir con ese rol de sumiso que le llevaba tanto al límite.

—Quiero tocarte —Le pidió cuando se tumbó sobre él, apoyado en las rodillas y dejando un espacio para mover la mano entre sus pecosos muslos. Le acariciaba los mechones despeinados del flequillo con su otra mano, apoyada sobre su cabeza en el codo.

—De cintura para arriba, nada de portarse mal —No sabía si lo de poner la voz ronca lo hacía aposta porque sabía que le enloquecía o porque la excitación de comenzar a penetrarle con un dedo embadurnado en vaselina también le tenía a él al límite. Al rozar su próstata, Marco alzó las caderas, aspirando entre dientes—. ¿Bien?

—S-sí —Le propinó un lametón sucio entre sus labios abiertos, riéndose al dejarle con ganas de más, introduciendo un segundo dedo. Marco le acariciaba el pecho, los hombros, hasta el ombligo y vuelta a subir—. No puedo esperar, métemela ya.

—No. Tú no das ordenes aquí —Le tiró del pelo hacia atrás, sacando los dedos de su interior como castigo, rozando la entrada tan solo—, ¿quién las da?

—Tú. Jean. Por favor. Tú, siempre tú.

—Así me gusta —Tras embadurnase los dedos un poco más, volvió a meterlos, juntos, directos a ese punto sensible que le hizo curvar los dedos de los pies—. Las cosas se piden por favor, ¿o es que no tienes modales?

—Por favor, Jean, porfavor, otro dedo. O tu polla, por favor. Me estás matando.

—Lo sé —Ese susurro húmedo contra su oído le provocó un escalofrío. Metió el tercer dedo, la presión comenzaba a ser insoportable, los abrió en su interior, asegurándose que la entrada de su grueso miembro no fuese un problema. Al sacarlos algo parecido a un sollozo brotó de la garganta de Marco—, mírate, otra vez chorreando —Le reprochó mientras se ponía el condón, llenándolo de vaselina. Se limpió los dedos en la sábana—. No conozco a ningún tío que moje tanto como tú.

—Ni yo lo hago con nadie —Su voz le sonó extraña, demasiado vibrante—. Es solo contigo, no puedo… no puedo evitarlo —Le daba vergüenza verla tan mojada pero al ir a limpiarla, Jean le agarró la muñeca, inclinándose sobre él y chupándosela. La espalda de Marco se curvó en la cama, aspirando bruscamente por la sorpresa—. ¡Nnngaah! Dios, me… ¡Dios, Jean!

—Shhhhhhh —Le apretó la base con dos dedos, evitando el orgasmo por poco—, todavía no.

Volvió a incorporarse, pasando las manos por los muslos de Marco, que se abrió más de piernas, agarrándole de las muñecas. Se la sostuvó con la mano, presionando con su glande en la apertura de su amante, roncando al empujar sutilmente con sus caderas hacia dentro. Marco tiró de él, tumbándole sobre su pecho, besando su boca caliente y húmeda. Jean se tragaba sus gemidos, hundiéndose en él de manera pausada, sin prisas, jadeando con los dedos clavados en sus muslos. Marco le lamió el cuello, succionando en la unión de sus clavículas, provocando que Jean gimiese y presionase las caderas con su culo. Se arrodilló en la cama, subiéndole las piernas, sujetándolas en el aire por detrás de las rodillas. Marco se preparó agarrado a la almohada con ambas manos, implorando con su mirada. Ojalá no tenga piedad, ojalá cumpla lo que ha prometido. Jean miró entre sus caderas, apoyando una de las piernas de Marco un segundo en su hombro. Bajó la mano, rozando con un dedo la unión de sus cuerpos, tragando saliva al moverse despacio, resoplando ante la visión de cómo su culo le engullía.

—Joder, cagoenlaputa —Le miró a la cara, apretando hasta el fondo y elevando las caderas ligeramente, presionando su próstata. El quejido de Marco sonó casi a sollozo—. Adoro verte así.

—Jean, por favor, dámelo ya, parteme —Respiró hondo, sacándola más de lo que debería de una sola vez, empotrándole después contra el cabecero de la cama.

Marco gritó por primera vez. Repitió el movimiento despacio pero con fuerza, profundo, haciendo que se sintiera vacío al retirarse pero rellenándole de manera sublime en cada embestida. La voz de Marco se rompía cada vez más en lamentos escandalosos, coincidiendo con sus arremetidas constantes y tremendas. Jean aceleró, gruñendo, jadeando, comportándose como una bestia sobre él, levantándole la espalda de la cama al sostenerlo por las caderas. Le arañó la parte baja de la espalda encorvándose sobre él, succionando su cuello. Los gritos de Marco se unían unos con otros, descontrolado, con la mente saturada ante una sensación tan intensa. Sintió gotas de esperma caerle en el pecho y ombligo, supo que no podía más.

—Todavía no —Le ordenó en una exhalación contra su cuello. Pero no podía retenerlo más, le comenzaba a doler, era insoportable—. ¿Vas a llorar? —Le bajó la mano por el muslo, azotándole el trasero de manera seca—, ¿estás llorando, Marco? —Intentó hablar pero una serie de sonidos para nada humanos brotaron de su garganta. No entendía de dónde sacaba Jean la energía, su resistencia le resultó inverosímil—, bien, has sido bueno —Le temblaba la voz—, córrete para mí, cariño, déjate llevar, suéltalo.

Marco relajó las caderas, se quedó sin voz al intentar gritar hasta un límite que su garganta no soportaba. Veía blanco, no pensaba, no era consciente de nada más que de esa inmensa explosión de placer que la polla de Jean provocaba cada vez que le machacaba en punto más sensible. No se dio cuenta de la fuerza con la que salió su esperma, la abundancia, lo muchísimo que apretaba la ya de por sí sensible polla de Jean con su culo al tensarse. No fue consciente de que babeaba, haciendo la funda de la almohada crujir al tirar de ella hacia abajo, con las piernas temblando. Tardó bastante en recobrar la cordura, en ser capaz de controlarse de nuevo. Jean seguía en su interior cuando abrió los ojos, respirando muy despacio y muy profundo, con… ¿la polla dura, todavía?

—Menuda la que has formado, vida mía —Susurró con los ojos entrecerrados, limpiándole el pecho con la misma sábana—, te van a echar del piso.

—¿Cómo aguantas sin correrte? —Se quejó. Le dolía la garganta, la sentía seca. No se movía, estaba inmóvil sobre él, observando su rostro, retirando mechones sudorosos de su frente.

—He aprendido algún truco que otro. ¿Te ha dolido? Sonaba como si te estuvieran matando.

—Porque casi me muero. Jean, ha sido impresionante —Acarició su barba, besó sus labios, suspirando. Apretó los músculos, capturándole, haciendo que se quejase en su lengua.

—Voy a seguir follándote —anunció—. No he acabado contigo.

—Te amo.

Torció el gesto cuando la sacó un poco más, sorprendido por lo sensible que notaba su interior, sintiendo cada centímetro de su erección. Jean respiró un yo también, haciéndole el amor despacio, tumbado sobre él y mirándole a los ojos. Se giró en la cama, poniéndole encima, acariciándole el pecho y la espalda mientras Marco se movía sobre él. Jean entrecerró los ojos, observándole, dejándose hacer con débiles afirmaciones. Pellizcó los pezones de Marco, sobresaltándole. A causa del estímulo se dejó caer más fuerte contra él, comenzó a dar saltitos sobre sus caderas, apretando los labios ante el roce excesivo. Movió las caderas en círculo sobre él, observándole resoplar y, de repente, sonreír. Jean se la agarró, acariciándosela, no puede ser que la tenga dura otra vez. Se miró a sí mismo entre las piernas, sorprendido. Por norma general necesitaba bastante más tiempo para volver a tenerla la mitad de como la tenía. No le ocurría desde los veinte años.

—Antes te has corrido sin que te toque —murmuró, sorbiendo saliva—, ¿qué te va a pasar si te la meneo? ¿te gusta que te la acaricie? —Marco asintió—, ¿te gusta montarme?

—Adoro tu polla. Es lo mejor, lo mejor Jean.

—¿Vas a correrte otra vez? Porfa, vamos, oye, Marco, abre los ojos —Jean se sentó en la cama, apretándole el culo y la polla con sus manos de fuertes dedos—, ¿quieres follarme la boca? —Marco asintió con energía, repetidas veces.

Jean tiró de sus caderas, colocandole sobre su cara de piernas abiertas. Marco se apoyó con las manos en el cabecero, temblando al sentir la cálida boca de Jean en sus testículos, subiendo por su miembro, engulléndole. Jean tanteó en la cama con ojos cerrados, buscando el bote de vaselina, metiendo dos dedos para después enterrarlos en el culo de su amante. Se retorció, sintiéndose débil a su succión, a sus caricias, a cómo le devoraba. La pasión de Jean no tenía límites, su líbido sobrepasaba todo raciocinio y la excitación que sentía con cualquier caricia que le proporcionase le resultaba insoportablemente placentera. La presión de sus dedos y la de su lengua bajo el glande aceleraron la venida de un orgasmo mucho más pausado, menos abundante y menos desquiciante. Jean le tragaba sin prisas, volviendo el roce insoportable, provocandole el temblor de piernas acostumbrado.

—Tienes que correrte —Se quejó entre espasmos, acariciando su mejilla.

—¿Dentro o fuera? —Le empujó en la cama, donde cayó desmadejado. Le puso bocabajo y le colocó una almohada bajo el estómago, elevando sus caderas. Se quitó el condón usado y reseco, mirando a su alrededor—, ¿te quedan condones o cojo los míos?

—Dentro. Sin condón —Miró sobre su hombro, observándole exhalar todo el aire de sus pulmones, asintiendo.

Jean tiró del bote de vaselina, untandola en su erección, echando las caderas hacia atrás con un espasmo porque su propio contacto era insoportable. Sabía que no le quedaba mucho. Marco apretó los dientes al sentirle entrar de nuevo. Se percató de su irritación, pero el notar ese estímulo con cada giro de cadera de Jean se imponía al malestar. Además, necesitaba sentirle correrse dentro.

—Voy a darte fuerte, no puedo controlarme, mierda, Marco, voy a correrme ya. El… es… eres… esto es…

—Dame, dame fuerte, Jean, dame más, dame por favor.

Le agarró de los hombros, haciéndole daño al arremeter contra su culo con tanto ímpetu, protestando ante el placer que le sobrepasaba, que le dominaba y le descontrolaba. Su vaivén no era constante ni rítmico, era desordenado, un caos de temblores, apoyado ahora en su culo con ambas manos. Jean  bramó, rompiendo la voz, de manera ronca, apretándose con fuerza y despacio a su culo. Sintió el pulso de su polla en su interior, su esperma, echó los brazos hacia atrás y le pegó a sí mismo, meneando las caderas en círculo ante la incapacidad de su amante de moverse. Se tumbó sobre él, respirandole en la nuca, vencido, extenuado. Le rodeó el pecho con sus brazos, besándole la mejilla, acariciándola con la nariz, incapaz de hablar.

—Voy a dormir siete años —murmuró Marco, acariciando sus manos.

—Hmnmnmhmnm —Se rió al escuchar ese sonido ahogado contra su piel.

—Sí, yo también lo pienso.

—Que tienes que limpiar el cabecero —murmuró con voz adormilada. Marco miró hacia arriba, viendo una mancha blanca que comenzaba a coagularse en la tela negra. Se rió, sintiendo cómo Jean se escapaba de su interior y cómo se manchaba los muslos con su esperma.

—Yo limpio eso y tú me limpias a mí —Levantó el culo, sintiéndolo deslizarse por la parte interna de su muslo.

—Por dios, qué desastre, menuda cantidad de corrida, joder.

Se rieron juntos. Se limpiaron juntos. Se tumbaron juntos, con Marco acurrucado contra el pecho de un estirado Jean cuan largo era. Durmieron juntos. No pasaron ni dos semanas que Jean se trasladó a casa de Marco, dejándolo todo atrás, compartiendo una vida y planeando mil cosas, mil viajes, mil maneras y sitios en los que desquiciarse el uno al otro. Si era en público mejor. Al cambiar de vida y tener su propio taller, volvió a sus raíces. Se abrió los piercings, volvió a su música y su estilo de vestir. Y cuando le recogía al salir del trabajo, apoyado en la puerta del coche con los brazos cruzados y sus ropas rotas y negras, Marco se sonrojaba ante su guiño de ojo canalla, ante esa chulería innata que siempre le había caracterizado, observado por sus alumnos y algunos padres.

—¿Podrías ser más discreto cuando vengas a recogerme? —Le pidió un día.

—No —dijo pasándose la lengua por la argolla del labio inferior, agarrándole del trasero y besándole—, si fuese discreto no estarías tan loco por mí como lo estás.

—Te odio, Kirstein —dijo besándole entre sonrojos.

—Yo también —le azotó, haciéndole reír—, cariño.

Déjate llevar

Una empieza viendo una serie hace unos años, pensando que ciertos personajes son sus favoritos y que es muy buena. Una ve la segunda temporada y se obsesiona con ciertos personajes porque la serie es de las mejores que ha visto. Una conoce a una que está igual de loca que ella y que hace que su creatividad se dispare hasta la estratosfera y al final termina escribiendo su primera historia de PORNO GAY.

Me embarco en esta aventura a ciegas, suponiendo, después de leer muchas vivencias reales de gays, (algunas mejor redactadas que otras, diosbenditoquecosasveoporahí), y en base a eso, a documentarme en los aspéctos físicos a tener en cuenta porque yo no tengo el punto G en el puto culo y algo de porno que he bicheado, me lanzo a la aventura.

Los protagonistas son todos los erasmus de esta historia, pero centrándome ahora en dos de ellos. Los seres humanos más preciosos de la historia.

Jean Kirschtein y su pelo bicolor ♥

Marco Bodt y sus pecas ♥

Los adoro máximamente y los fanarts que voy encontrando no ayudan en la tarea de comportarme como una persona normal, llegando a pensar en estos dos dándose amor hasta en los momentos menos aconsejables. Pero es que mirad, ¡mirad por lo que más queráis!

Y hay como 200 más que pondría pero si os da la curiosidad os metéis en mi carpeta de pinterest y ya está. En fin, que al lío, a ver qué os parece. De esta sí que me gustaría más tener opiniones al ser TAN experimental.

Gracias por leerme y espero que os guste tanto como a mí me ha gustado escribirlo.

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1

El ruido de pisadas sobre ramas y piedras, conversaciones triviales, casuales, rompiendo el hielo, alguna que otra tos incómoda; esa era la banda sonora que acompañaba al grupo hacia los bungalows de los tutores del campamento. Algunos miraban a su alrededor, algunos se aferraban al compañero que conocían de antes, otros se presentaban sin pudor y unos cuantos miraban al suelo. Él volvía a preguntarse por qué había aceptado ese trabajo si no le gustaban los niños y mucho menos los adolescentes de 12 a 16 años, que era lo que se iba a encontrar. Delante de las pequeñas construcciones de madera esperaban dos personas, un hombre y una mujer. Se situaron frente a ellos, la mujer les recibió con una sonrisa y las manos en las caderas, el hombre cruzado de brazos, cansado de estar allí. Una chica rubia y pequeña se ponía en puntillas, intentando ver por encima del hombro de los demás. Parecía más uno de los chicos a los que iban a cuidar que una monitora. Un tipo enorme y rubio le dejó paso delante, sonriendo nervioso. “Pues bien pronto empezamos” pensó al ver la escena.

—¡Bienvenidos! Mi nombre es Hanji —dijo la mujer, colocándose bien las gafas, empujándolas por la esquina derecha —Y mi compañero es Levi. Esta tarde la pasaremos de adaptación y de respuestas a todas las posibles preguntas que surjan sobre vuestro tiempo como monitores. Ambos estaremos por aquí, por si alguno tiene dudas. Los niños tienen su propio reglamento, el mismo que recibísteis por correo y espero os sepais.

—Hay dos reglas básicas —Intervino ese tipo bajito, Levi. A pesar de su altura parecía la clase de persona con la que no quieres discutir—, la principal es la completa prohibición de aparatos electrónicos en el campamento —Un murmullo generalizado se extendió rápidamente entre los 12 monitores.

—¿Nosotros tampoco? —preguntó un chico rapado, como mucho, al tres.

—Si este campamento se caracteriza por algo es precisamente porque sirve como método de desintoxicación de redes sociales e internet —explicó Hanji—. La mayoría de los padres nos escogen por esto mismo. Tenemos cámaras de fotos y relojes de pulsera además de despertadores, que nadie se inquiete.

—En caso de urgencia —retomó el discurso Levi—, nuestro guarda de seguridad posee una línea de teléfono e internet. La segunda regla es que está terminantemente prohibido meter comida en el dormitorio —Una chica castaña soltó una exclamación ofendida. Levi decidió ignorarla—. Y en cuanto a la bebida, tan solo permitimos agua. No es solo una cuestión de higiene básica, es que ya ha ocurrido más de una vez que al llevar alimentos dentro de los bungalow las alimañas e insectos son atraídos, causando un caos que os dará un buen dolor de cabeza.

—Y bueno, no os voy a hacer pasar por el horrible trago de presentaros uno por uno, en lugar de eso acudid cuando os llame y os daré vuestra llave y ocupación en base a los test previos que realizasteis para el puesto como monitores.

Se acordaba del test, le parecieron preguntas ridículas aunque ahora tenían algo más de sentido. Les fue llamando de dos en dos, acudían hasta Hanji y les comunicaba su puesto, dándoles una carpetita y las llaves. Comenzó con dos tipos enormes, uno por su anchura y otro por su altura: Reiner y Bert respectivamente, encargados de las actividades relacionadas con la pérdida de peso y el ejercicio físico. Desde luego era innegable que estaban en forma. Sasha, la chica morena que protestó por la comida, y Connie, el chico rapado que protestó por los aparatos electrónicos,  eran los encargados de las clases de cocina. Un tipo de ojos verdes que le suscitó una antipatía inexplicable solo por su apariencia, fue con energía hasta su posición. Se llamaba Eren y era acompañado de un chico aparentemente muerto de miedo, Armin. Que esos dos fueran los encargados de los talleres de supervivencia le pareció ridículo. Annie era una chica bajita, con la que supo desde el primer momento que no tendría posibilidad alguna por su aspecto hosco, y además porque fue elegida para la enseñanza de artes marciales junto con una verdadera belleza, Mikasa. Su pelo negro brillaba de manera hipnótica, su mirada melancólica le atrajo instantáneamente. Tengo que hablar con este bombón antes de que nadie se me adelante, pensó. Nombraron a una chica llena de pecas, Ymir, acercarse junto a él mismo, ojeando las pautas a seguir en los talleres de dinámicas de la autoestima. ¿Qué carajo es esta mierda? Ya lo leería más tarde. La chica le saludó con un movimiento brusco de cabeza, él repitió el gesto. La rubita medio metro, Christa, era la encargada de los talleres de arte junto con un tipo con más pecas que cara y pinta de ser el típico que se lleva bien con todo el mundo, un tal Marco.

—Procedan a acomodar sus pertenencias en los bungalows y taquillas correspondientes y acudan de nuevo a este punto al acabar —ordenó Levi—. Hay mucho más que tener en cuenta antes de dejar en vuestras manos a un grupo de 20 chavales.

Siguió con la vista a Mikasa, que tras mirar su llave y al niñato de los ojos verdes, fue hacia el bungalow del fondo. Él dormía en el primero, por lo que se encaminó sin prisas, entrando el último con los dos tanques y el chaval de las pecas. Lo único que había en el interior eran varios percheros, taquillas al fondo, un escritorio, una estantería y dos camas literas. El rubio petado se subió en la de arriba pisando tan solo el peldaño de en medio de la escalera.

—¿En serio? —Le dijo el larguirucho—, dejame encima, si me dejas abajo me voy a chocar cada vez que me siente.

—No, me agobio tan oprimido, lo siento.

—Ojalá te tragues una araña…

—¿Eso puede pasar? —dijo el chico de las pecas, mirándoles asustado. El larguirucho se rió suavemente, el rubio le miró con las manos en las piernas  y estas colgando de la cama de arriba, con una sonrisilla divertida. Se giró hacia el hosco y silencioso Jean—, ¿te importa que yo duerma abajo?

—Haz lo que quieras.

—¿Te importa dormir debajo de Reiner y dejarme la superior? —Le preguntó Bert. Tiró su bolsa en la de debajo del rubio, ignorando la sonrisa de idiota del pecoso.

—Te llamas Jean, ¿no? —Le persiguió hacia el exterior—, ¿es francés?

—Y yo qué sé, preguntales a mis padres.

—El mío es italiano, pero no tengo nada de allí —Esperaba que ese tío no pensase en ser su sombra constante, que tenía toda la pinta—. Hay gente muy diferente, ¿nos llevaremos bien?

—¿La verdad? Me da lo mismo, mientras que aquella me hable… —No había terminado de decir la frase que sintió una profunda molestia al ver a Mikasa agarrarse del brazo del niñato de ojos verdes—. Vamos hombre, no me jodas —Marco se rió suavemente.

—¿Por qué estás tan enfadado? Si no querías este trabajo no tenías por qué hacerlo —Le miró frunciendo el ceño, chasqueando la lengua. Le daba rabia esa sonrisita permanente.

—¿De qué vas? —Resopló, cruzándose de brazos y sentándose en un banco de madera frente a los monitores.

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Aguantó la risa ante el mal humor de ese muchacho. Estaba seguro de que era una de estas personas a las que les cuesta soltarse y pasarlo bien, se notaba de lejos el escudo que llevaba para protegerse. Y le gustaba mucho que su pelo tuviese dos tonalidades, le pareció original. Se sentó a su lado, guardando cierta distancia para que no se sintiese más molesto.

—¿Marco? —Alzó la mirada hacia la vocecita agradable que le llamó. Era la chica que sería su compañera—, ¿puedo sentarme contigo?

—Claro, eras Christa, ¿verdad? —Asintió con energía. Era muy bonita, notaba al grandullón observarla sin descanso—. Espero que no te ofenda, pero eres como un angelito—, se llevó las manos a las mejillas, sonriendo ampliamente.

—Nunca me habían dicho algo así, gracias —Una chica con tantas pecas como él mismo se sentó al otro lado, ofreciéndole la mano.

—Ymir, encantada —Christa se la dió. La tal Ymir pareció sonrojarse ante su sonrisa. Marco entrecerró los ojos levemente, riéndose para sí mismo. No saludó a nadie más del banco.

El último que llegó a sentarse fue el chico rubio y bajito, pidiendo perdón. A pesar de que se las tendrían que saber, comenzaron a explicar las reglas básicas del campamento: los horarios de las duchas, de las comidas, de las actividades, las normas de comportamiento, lo que se esperaba de ellos y lo que se esperaba de los chicos. Además de eso, cada pareja repasó sus folletos.  

—¿Puedo preguntar por qué me toca a mí este taller? —dijo Jean en su turno de hablar—, por más que lo pienso no le veo sentido.

—El tuyo eraaaa…  —Hanji miró varios papeles—, ¿Jean? Dinámicas de la autoestima. Pues porque en tus test iniciales demostraste tener mucha seguridad en ti mismo y mucha capacidad para animar a los demás. Sobresalían esas dos cualidades sobre el resto.

—¿Seguridad en mí mismo? —Murmuró, disconforme. Pero asintió, resignandose a la tarea encomendada.

Desde luego parecía tenerla, era lo que aparentaba. Se preguntó si bajo esa coraza de tipo duro se ocultaría un hombre inseguro. Volvió la vista del perfil hosco de ese muchacho hacia su folleto con tareas no muy difíciles, de hecho le gustaba bastante. Tras la ronda de preguntas les mostraron el campamento en su totalidad: Las duchas, la cocina en la que un grupo de personas aparte trabajaba, la enfermería, la pista de deporte, y los diferentes edificios y materiales destinados a los diferentes talleres. Fuera del recinto podrían hacer senderismo, fogatas controladas, juegos y demás, siempre bajo responsabilidad de los monitores.  El tiempo que no dedicasen a estar con los chicos, los dedicarían a preparar actividades, como apoyo o incluso tiempo libre. No solo iban a trabajar, también a disfrutar la experiencia y a conocer a sus compañeros. La verdad es que a algunos compañeros tenía más ganas de conocerlos que a otros. Le miró de reojo. Él miraba a la chica de la segunda fila, a la asiática. Suspiró. Una vez hubieron acabado las órdenes iniciales y nadie tuvo más preguntas, les dejaron volver a los bungalows para desempacar y ordenar sus cosas.

—¿Conoceis a alguien o venís por libre? —Les preguntó Bert guardando la ropa en su taquilla.

—No, no conozco a nadie —respondió Marco—, pero vosotros os conocéis de antes, ¿no?

—Sí, hemos ido al mismo instituto.

—Y al mismo gimnasio —murmuró Jean, metiendo su ropa de cualquier manera en su taquilla. Los otros dos lo miraron contrariados, Marco sonrió, negando con la cabeza.

Tras eso acudieron a la zona común, a cenar. Se trataba de un amplio comedor en el que encontraron unas 8 mesas, tres de ellas juntas. Se fueron sentando tras coger sus bandejas de comida, que no estaba nada mal, era una cena completa con verduras, carne y postre. Sin pretenderlo, o quizás un poquito sí, se sentó frente a Jean, quedando Mikasa a su lado. Jean le dedicaba miradas fugaces a la chica, que no le prestaba atención, comiendo en silencio.

—Va a ser muy difícil no comermelo todo mientras cocine —dijo Sasha sentándose al otro lado de Jean.

—¿No puedes controlarte o qué? —Le preguntó el chico rapado, entre risitas.

—¡Me cuesta mucho! Sobre todo si es comida recién hecha…

—No tienes cinco años como para no poder aguantarte — Le soltó Jean.

—Cuando hay comida de por medio, sí —contestó ella sin ofenderse, riéndose con el chico rapado. No había manera de que se acordase de su nombre.

—Hola Marco —Christa se sentó a su lado, sonriente—, creo que no conoces a Ymir —La susodicha le dio un codazo, poniendo mala cara. Christa se giró y murmuró—: venga, tienes que hablar con los demás.

—Encantado —La saludó con la mano, la chica inclinó la cabeza.

—¿Me presentas a tu amigo? —señaló a Jean, que alzó la vista lamiéndose una mancha de salsa la comisura de la boca.

—Ah, es Jean.

—Y no soy su amigo —Un chasquido de lengua sonó del lado de Mikasa. Un chico de ojos verdes miraba a Jean, molesto.

—¿Por qué eres tan borde con todo el mundo? Cambia esa actitud de una vez, eres tóxico.

—¿Y tú quién coño eres para hablarme así? —El chaval de los ojos verdes se puso en pie, Jean también.

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El muy gilipollas se estaba ganando un pase directo a la enfermería la primera noche como no dejara de tocarle los cojones. Mikasa tiró del brazo de Eren hacia abajo, que se zafó de ella con brusquedad. La chica le miró con aspecto dolido.

—¿Qué haces tratándola así, anormal?

—¿Y a tí qué cojones te importa, cara caballo? —Se acabó. Pasó por detrás de sus compañeros con intención de partirle la cara a ese inútil, pero varias manos le pararon por el camino tanto a él como al enano cabrón tocapelotas.

—¿Qué os pasa a los dos? Es la primera noche —dijo el chico rubio y bajito—, comportaos.

Se zafó del agarre de sus compañeros y con un chasquido de lengua se alejó del comedor, camino a los dormitorios. Se quitó la ropa, quedándose en calzoncillos y una camiseta vieja a modo de pijama, tumbándose en la cama y cerrando los ojos. Lo que le iba a molestar de ese campamento de verano no iban a ser los niñatos, iba a ser la gente de su edad, y lo sabía desde antes de llegar incluso. Al poco tiempo, escuchó la puerta abrirse. No encendieron la luz, pero sí se sentaron en la cama de enfrente.

—La única que ha salido ganando de tu huída ha sido Sasha, se ha echado tus sobras en su plato —Miró hacia el lado, el pecoso destapaba las sábanas y ahuecaba la almohada, con esa sonrisa estúpida y conciliadora—. Menudo temperamento tenéis los dos.

—¿Qué quieres tú ahora?

—Nada. Dormir. Si me das permiso, claro —Notaba la guasa en la voz del chico, respiró hondo y le dio la espalda, intentando ignorar los ruidos que hacía—. Buenas noches, Jean —No le contestó.

No comprendía esa manía de algunas personas de llevarse bien con todo el mundo, no era necesario. No podía dormir, escuchó a los otros dos entrar, sintió su cama menearse peligrosamente cuando el rubio se subió. Y maldijo su suerte cuando, minutos después, los ronquidos de alguno de ellos no le dejaron dormir. Sin embargo, se rindió al cansancio cuando ya clareaba tras las ventanas, hundiéndose en sueños agitados en los que era perseguido, en los que iba desnudo por el campamento de cintura para abajo, sintiéndose observado, juzgado. Una mano en su hombro le salvó de tal angustia. Abrió los ojos con un jadeo, Marco le observaba preocupado, apretando su hombro.

—Menudo mal sueño estabas teniendo…

—Sí —murmuró, pasándose las manos por la cara, sintiendo la mano de Marco alejarse—, menuda noche de mierda.

—¿No te gusta tu cama?

—Lo que no me gustan son los ronquidos de este —Le escuchó reírse al darle una patada a la cama de arriba. Al mirarle estaba asintiendo.

—Me costó quedarme dormido por su culpa, pero bueno, una vez caigo es muy dificil despertarme. De todas maneras pasate por la enfermería y pide unos tapones.

Le iba a hacer caso al pecoso. Se sentó en la cama, observando al último de sus compañeros salir del dormitorio antes que él. Bostezando hasta escuchar crujir su mandíbula, se vistió camino al comedor. En la puerta le esperaba el desgraciado ese, acompañado de Mikasa.

—Ya no digo por ti o por mí —Se le plantó delante, altanero a pesar de ser más bajito—, pero llevémonos bien por el resto del grupo —Le tendió la mano. Mikasa los observaba. El resto de compañeros también.

—Lo que sea, tío —Se la dio de mala gana y al hacerlo, la chica sonrió. Se puso nervioso, le parecía bellísima pero el inútil que tenía siempre al lado parecía no darse cuenta.

Cogió su comida y se sentó en la esquina, frente a la chica rubia con cara de pocos amigos. Ambos comían en silencio, escuchando las animadas conversaciones de los demás: que si tenían ganas de empezar, que cual era tu grupo de música favorito, preguntas de quién tenía pareja y quién no. En ese momento alzó la mirada.

—Mi soltería va a acabar aquí —dijo la pecosa que haría los talleres con él, pasándole el brazo por encima a la rubia medio metro—, Christa es mi esposa, ¿verdad bonita?

—Ymir —La chica se llevó las manos a la cara—, ¿qué dices? —Buscó al rubio brutote, Reiner, con la mirada. Le vio fruncir el ceño, mirándolas a las dos. Su compañero le miraba de reojo, en silencio, con media sonrisa.

—Mikasa y yo estamos juntos desde… —El niñato de mierda miró a la susodicha, que murmuró algo—, desde hace ya 5 años —No lo pudo evitar y chasqueó la lengua. La única que le escuchó fue la rubia silenciosa, que le dedicó una mirada fugaz.

—Marco, seguro que tienes pareja —Le dijo la glotona, Sasha. El pecoso negó con la cabeza.

—Qué va, ¿por qué lo piensas?

—Porque eres adorable —Se inclinó sobre la mesa, tirándole de los cachetes. El chico se rió, frotándoselos y un poco avergonzado.

—Ya encontrarás un novio que te quiera mucho —dijo Christa. Volvió a mirar a Marco. ¿Novio? Apretaba los labios, escondiendo la risa.

—Sí, bueno, supongo.

—¿Cómo has sabido que era gay? —Le preguntó Connie.

—No sé, es evidente, ¿no? Tampoco que es que importe…

—Es el radar gay, Christa, lo posees porque tú también lo eres —Ymir se inclinó sobre la chica—, muy gay.

Miró a Marco una vez más. Pilló al chico mirándole. Sintió que su corazón latió un poco más fuerte por la sorpresa, enviando una descarga por sus brazos y su pecho, hasta su estómago. El chaval le apartó la mirada de inmediato. Se puso nervioso. Lo último que le faltaba era un maricón detrás suya.

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Se levantaron de la mesa del almuerzo casi todos a la vez, en dirección a los edificios de los materiales. Tenían que ayudar a montar el decorado para la bienvenida de los chicos, y como casi todo consistía en manualidades fueron Christa y él los que les daban instrucciones a los demás. Algunos, como Mikasa, eran muy habilidosos. Otros, como Annie, esa chica rubia tan seria, no tenían paciencia. Las conversaciones casuales se volvían cada vez más personales, más animadas, más amigables. Eran un buen grupo aunque claro, como en cada grupo siempre algún gruñón. Annie y Jean eran los suyos. Annie era más del tipo silencioso, Jean se quejaba mucho y fuerte, entendía que irritase a los demás. Y sin embargo, muchos de sus compañeros intentaban incluirle en la conversación, en la que entraba a regañadientes. Tenía que admitir que a más tiempo pasaba cerca de él, mayor era la necesidad de mirarle. No era el hombre más guapo que había visto en su vida, pero madre mía qué ganas de pasar los dedos por su nuca. Era un pensamiento extraño, pero es que ese rapado oscuro debajo de sus cabellos rubiascos le parecía de lo más interesante. Por suerte, alguien sacó el tema mientras colgaban la pancarta.

—¿Cómo es que tienes el pelo de dos colores? —Le preguntó Bert.

—Conforme va creciendo, va clareando.

—¿También tienes así los pelos de los huevos? —Le preguntó Reiner dando una carcajada, haciendo reír a los demás. Jean chasqueó la lengua, escondiendo una sonrisa.

Unas horas después, el campamento bullía de alegría con los 20 chicos reunidos en torno a las mesas llenas de comida. Les saludaron, les desearon una feliz estancia y repasaron tanto las normas como las actividades. Reiner tomó la voz cantante como líder sin problema alguno, ayudado por Eren. No parecían malos chicos, pero todos se quejaron con lástima al dejar sus teléfonos móviles y reproductores de música en una bolsa que les pasó Armin. Ese día no harían actividades, les llevaron a sus dormitorios y después les dejaron explorar el campamento, turnándose para supervisarles. Los más mayores tenían más problemas para relacionarse que los más jóvenes. Algunos de ellos iban dando vueltas buscando a los monitores, repitiendo sus nombres cada vez que los veían para que no se les olvidase. Marco hacía lo mismo con los nombres de los chicos, repitiéndolos mentalmente y preguntándoles cuando no se acordaba. Cuando los acostaron se sentía algo cansado, y eso que fue el primer día.

—La primera actividad que tienen mañana es ejercicio físico —Les dijo a Reiner y Bertolt una vez en el dormitorio. Tuvo que apartar la vista del pecho desnudo del rubio porque madre del amor hermoso.

—Se van a enterar. He visto a más de uno que no ha levantado el culo de los bancos desde que ha llegado, ¿cómo va a ser eso con esas edades?

—Tampoco seas muy bruto, ten consideración con ellos —Le pidió Bert.

—Que espabilen, ¡eh! ¿Quién se ha muerto? —le dio tal palmada al recién llegado Jean  en la espalda que le hizo dar un paso hacia adelante.

—Mi ilusión por tener algo con Mikasa —Le contestó a regañadientes.

—Mira Reiner, solo dos días llevamos aquí y ya sois dos los despechados —dijo Bert entre risitas, haciéndole reír a él también.

—¿No te ha llamado nadie la atención a ti, Bert? —Le preguntó Marco, doblando su ropa usada para meterla en una bolsa de plástico. El chico sonrió levemente, asintiendo.

—Le gusta Annie —Bertolt se subió en la cama como acostumbraba, casi de un salto.

—Te la vas a cargar, bestia parda —protestó Jean. Se quitó la camiseta de espaldas a él. Marco apretó los dedos a la tela de la ropa que sostenía, mirándole de reojo. Su musculatura era la perfecta, estaba fuerte, ejercitado, pero no era ancho como Reiner o tan delgado como Bert. Se le quedó la boca seca—. Esa tía es super rara, no se ríe nunca.

—Pues como tú —Le dijo Marco. Jean le miró de reojo—, aunque tú sí hablas, al menos.

Quería pensar que era cosa suya, pero le pareció notar que desde esa mañana, Jean le evitaba. No volvió a mirarle a la cara, no interactuaba con él, aunque también era verdad que antes tampoco lo hizo. Se acostó con un suspiro, tapándose y girándose hacia fuera, observando cómo el chico se ponía tapones en los oídos y se giraba en la cama tras haber apagado la luz. Las luces exteriores siempre estaban encendidas, por lo que entraba claridad a través de la ventana entre abierta. Quería acostarse con él, abrazarle, acariciar los músculos de su espalda. Quería que fuera tan homosexual como él y un poco menos hetero, pero como casi siempre en su vida, no era así. No podía dormir. Le estaba empezando a dar fuerte por su compañero de habitación, tendría que evitar esos pensamientos a toda costa. Sin embargo, minutos después, le escuchó hacer ruido. Unos murmullos cortos, jadeantes, casi como… ¿gemidos? Vio a Reiner moverse inquieto en la litera superior al escucharle. ¿Se está pajeando? Marco metió la mano bajo las sábanas, palpando su creciente erección dentro de los calzoncillos. No movía los brazos, no se movía en absoluto. Y sin embargo los gemidos cortos, casi jadeos, se repetían. Marco se lamió los labios, adelantando un poco la cadera, tirando de la piel de su miembro en una caricia que le resultó más placentera de lo que esperaba.

—Mmm… Mikasa… —murmuró Jean. En el silencio de la habitación sonó más fuerte de lo normal.

—¿Qué coño? —Reiner se asomó agarrándose al borde de su cama.

—Te vas a caer —Le advirtió Bert—, está hablando en sueños. Déjalo que disfrute —Marco se sacó la mano de los calzoncillos, perdiendo el apetito sexual. Con un suspiro y esperando que no volviera a gemir el nombre de la chica, se giró en la cama, obligándose a quedarse dormido.

 

2

No se despertó por el ruido, fue por notar la cama moverse. Miró sobre su hombro justo cuando Reiner aterrizaba desde la litera superior. No dijo nada, de igual manera tenía que levantarse. Marco ya se había marchado de la habitación, tan solo quedaban ellos tres. Se vistió y revisó el horario en el tablón del exterior de su bungalow para comprobar que su taller era el último de la mañana, las tardes las tenían con el grupo de supervivencia y artes marciales. Desayunó en silencio, volviendo a prestar atención a lo que conversaban sus compañeros, conociéndoles sin realmente tener un contacto directo.  Casi al acabar el almuerzo, fue consciente de que no había escuchado a Marco abrir la boca, cosa muy rara en él. Miró al fondo de las mesas y se lo encontró comiéndose lo que le quedaba de tostada con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos. Con un suspiró pareció volver a la realidad, recogiendo su bandeja, tirando la basura y caminando tranquilo hacia los chicos.

—Eh, un momento —Armin se puso en pie, mirándoles—, alguna noche tenemos planeado acampar fuera, en el bosque, y necesitaremos dos monitores de apoyo. Ya iremos diciendo un día antes pero la verdad es que nos haríais un favor.

Nadie respondió, nadie quería dormir fuera cuidando a un grupo de niñatos. Ymir se acercó a él tan pronto recogieron su desayuno, haciéndole un gesto con el mentón.

—¿Alguna idea de qué vamos a hacer hoy? —Le preguntó.

—Había pensado la actividad de las etiquetas —Le respondió él. No le disgustaba esa muchacha, la veía directa y sin pelos en la lengua. Quizás los de Christa. Escondió la sonrisa que le provocó su propio chiste—. Aún no se conocen mucho y puede ser un buen ejercicio.

—Vale, voy a por las pegatinas. Vete con los de arte y cocina, me ha dicho Christa que necesitan ayuda para cargar las cosas del almacén hasta el taller —Asintió.

Prefería mil veces estar haciendo cosas que mirando el techo. Al llegar, vio a los cuatro esperando a que Connie abriera el candado del almacén. El chico parecía tener problemas y blasfemaba más que otra cosa.

—¡Está oxidado! La llave no va…

—Ten cuidado, no vayas a cargartela —Jean se acercó a él, quitándosela, observando la cerradura. No la metió hasta el fondo y la giró, sonriendo al notar que cedía—, más vale maña que fuerza —Connie se rascó la nuca, molesto.

—Estos hornillos pesan una barbaridad, ¿de qué siglo son? —dijo Sasha sacando uno en brazos. Pensó que era una exageración, pero no era así, pesaban bastante.

—Pues como tengamos que hacer esto todos los días vamos listos.

—No os preocupéis, podemos ayudar —dijo Ymir, cogiendo otro. La bolsa con las pegatinas le colgaba del hombro.

—Oye Marco, ¿qué te parece si damos la clase fuera? Creo que para pintar es mejor estar al aire libre, y la primera clase es pintura.

—Vale, como quieras —Al dejar el hornillo miró a Marco. Tan pronto Christa se dio la vuelta, se desvaneció su sonrisa, volviendo a ese gesto pensativo del comedor. Algo le pasaba. Le puso la mano en el hombro.

—¿Estás bien? —murmuró cuando el resto volvió a entrar en el almacén. Marco se giró bruscamente, mirando la mano de Jean, apresurandose a fingir una sonrisa tensa al mirarle el rostro.

—Claro, no te preocupes —Jean frunció el ceño. Por alguna razón se alejó de él con una expresión agitada, incómodo.

Mientras hacía tiempo hasta que diera la hora de su taller, se paró a pensar que quizás con su actitud le había hecho creer que le molestaba su presencia. Y bueno, sí era cierto que le resultaba un tanto chocante esa actitud de felicidad permanente y esa necesidad por entablar amistad, pero no quería que el chaval se sintiese mal por su culpa. Tras la clase de arte, tocaba la suya, por lo que se levantó de la cama en la que descansaba con los ojos cerrados. Antes de salir del bungalow, un apesadubrado Marco abrió la puerta, cerrando tras de sí. Se le cortó el suspiro, jadeando al mirar al frente y encontrar a Jean apoyado en las literas.

—¡Qué susto! —Murmuró, con la mano en el pecho.

—Eh, deja ya esa actitud decaída. No sé qué te ha pasado pero seguro que no es tan importante, ayer se te veía con muchas ganas de pasartelo bien y hoy da pena mirarte —Marco le apartó la mirada, agarrándose los bajos de la camiseta con ambos puños—, para alguien que ha pillado el campamento con ganas y nos la transmite a los demás… —Jean chasqueó la lengua. Marco no reaccionaba.

—Gracias —susurró, sin mirarle.

—Eh, nos vendría bien una mano con los chavales y tú ya has estado con ellos. Si no tienes nada mejor que hacer… —Ante la petición de Jean, Marco alzó la vista, asintiendo, sonriendo un poco más de verdad. Tenía un churrete verde en la mejilla—. Lavate la cara cuando acabes, te has manchado.

—Ahora voy al baño —Jean se la frotó con el pulgar. Era ligeramente más alto que él, bastante más moreno. La mancha no salía. Al mirar a Marco a los ojos se dio cuenta de que estaba demasiado cerca y el muchacho demasiado tenso.

—Venga, no puedo perder el tiempo —Salió con prisas del bungalow, forzándose a ignorar los movimientos extraños de su corazón en ese último intercambio de miradas.

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Suspiró profundamente una vez Jean se hubo alejado. Casi perdía el control. Casi le besaba. No podía dejarse llevar de esa manera a su lado pero es que jamás habría pensado que él pudiera decirle unas palabras de ánimo tan dulces. Fue al servicio, a borrarse esa mancha verde con una sonrisa, que al verla en el espejo, no pudo juzgarla de otra manera que no fuera como estúpida. Se ensanchó, por lo que se llevó las manos a la cara, tapándosela.

—Eh, ¿va bien la cosa? —Reiner le dio dos manotazos en el hombro al verlo así.

—Sí, sí. ¿Qué tal se les ha dado el ejercicio? —Encogió la nariz y levantó el labio mientras se la sacaba para mear. Se le fueron los ojos. Los abrió de par en par, volviéndose al lado contrario. Pobre de la que le toque meterse todo eso, menudo bicho.

—No saben ni lo que es una sentadilla. Creo que me han odiado un poco.

—Ya se acostumbrarán…

Se alejó de Reiner y la bestia, preguntándose por qué muchos hombres a pesar de saber su inclinación sexual nunca parecían avergonzarse de desnudarse ante él. En fin, es como si lo estuvieran haciendo delante de una mujer heterosexual, pero por lo visto no era un concepto que les entrase en la cabeza. Cuando encontró el edificio donde estaban dando el taller, se quedó al fondo, escuchando y esperando. Por lo visto ya se habían presentado.

—Vale, la actividad de hoy consiste en que os vamos a dar estas pegatinas y os las vais a poner con adjetivos que creáis que os describan, buenos o malos. Da igual el número, creo que hay suficientes —explicó Ymir.

—Por ejemplo, yo puedo ponerme la etiqueta de “alto” —Jean la escribió en uno de los adhesivos y se lo pegó en el pecho.

—Y una mala, sería esta —Ymir se reía, escribiendo en una y pegándosela en la frente a Jean, haciendo a los chicos reír. En ella estaba escrito “caracaballo”. Jean no hizo el intento de quitarsela. Su actitud con los chicos era bien distinta a la que tenía con sus compañeros.

—Vale, manos a la obra. Valen pensamientos propios, cosas que os hayan dicho, positivas o negativas. Si tenéis alguna duda aquí estamos, y Marco también os puede ayudar —Los chicos se volvieron, saludándolo. Algunos estaban manchados hasta las cejas de pintura.

Esos niños pusieron de todo: guapo, feo, alto, bajo, gordo, sexy, guay, aburrido, timido, gamer, empollón… Uno de los chicos más mayores miraba la etiqueta sin decidirse a escribir. Casi todas las que tenía puestas eran negativas. Marco se acuclilló a su lado.

—¿Qué te ocurre? —El muchacho se sobresaltó. Volviendo a centrar su atención en el trozo blanco de papel.

—Hay una que se me ha ocurrido pero no sé si puedo. Es una palabrota.

—Claro que puedes, vale cualquier cosa que se te ocurra. Pero que no se te olviden las buenas, ¿eh? Por ejemplo, después de mi taller puedo decir que eres un artista de los pies a la cabeza —El chico sonrió ligeramente, aparentemente envalentonado. Se puso en pie y miró a su alrededor. Ymir escuchaba atentamente a una chica, Jean se reía con los tres que más jaleo armaban.

—Bueno —Les llamó Jean unos minutos después—, a ver, ahora lo que quiero que hagáis es que os quedéis solo con las que os gusten. Las que no, pegadlas en el folio que tenéis delante —El ris, ras de etiquetas siendo arrancadas inundó la clase.

—Esa no puedes quitartela —El muchacho indeciso de antes miraba a su compañero, que le quitó una etiqueta de las manos y volvió a pegarsela en medio del pecho—, si eres una nena, lo eres —Otro compañero le rió la gracia. Ymir frunció el ceño, Jean se acercó quitándose la pegatina de la frente.

—Tú —le dijo Ymir al abusón—, ¿a qué viene ser tan desagradable con tu compañero? ¿por qué te has comportado así?

—Él es como es —dijo ese listillo fingiendo inocencia—, no puede quitarse la etiqueta siendo el más ma… gay del campamento —Marco descruzó los brazos, acercándose al chico y viendo la palabra “maricón” en su pecho pegada.

—Levantate un momento, bonita —Le dijo Ymir a la chica que tenía sentada delante ese muchacho. Cogió su silla y se sentó con las manos apoyadas en el respaldo—, ¿por qué piensas que un gay es menos que tú?

—No es que piense que sea menos que yo, es que no es un hombre en condiciones —Marco se mordió la lengua, dejando a Ymir hablar.

—¿Y cómo es un hombre en condiciones?

—Fuerte, no lloriquea ni va quejandose —Ymir abrió mucho los ojos.

—Claro. Es decir, ¿llorar y no ser fuerte es de mujeres? —asintió—, porque las muejeres somos blanditas, ¿no? —volvió a asentir—. ¿Son entonces las mujeres menos que los hombres? ¿Una mujer no puede ser fuerte?

—Yo no he dicho eso —murmuró.

—Claro que sí. Lo acabas de decir. Le has dicho nenaza. Una nenaza conlleva ser una mujer. Y si para tí ser una mujer es ser débil, ser una mujer es malo. Piensalo, quizás es una idea que has escuchado por ahí pero a lo mejor puede ser que te equivoques —Le devolvió su asiento a la chica, que le sonreía abiertamente. Al girarse, le guiñó el ojo a Marco, que suspiró.

—No pasa nada, deja que piense eso —dijo él en tono apaciguador, acercándose al acosado que no levantaba la vista del pupitre—, cuando lleguen las clases con Mikasa y con Annie, veremos quién es el débil aquí. Probablemente puedan tumbar al instructor Reiner con sus habilidades —el abusón miró a Marco, incrédulo —déjame tu etiqueta —el chaval se la arrancó, dándosela en silencio. Marco la hizo una bola, cogiendo una nueva y escribiendo “homosexual” en ella—. ¿No crees que esto es mejor? Te define y no te insulta —El chico le miró a los ojos, asintiendo y sonriendo débilmente—, somos lo que somos, ¿vale?

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—No es nada de lo que avergonzarse —dijo Jean, intentando esconder lo mucho que la había cabreado las barbaridades de ese niñato—, y con tu actitud lo que haces es eso precisamente, que se sienta avergonzado de algo que es y no puede evitar igual que tú no puedes evitar tener los ojos marrones.

—No es malo —dijo Ymir, hablando ahora con todos—,  y no hay culpables. Igual que el color azul te puede parecer más bonito que el rojo y no pasa nada, un sexo te atraerá, el otro no y no hay problema.

—O no te atrae ninguno, o te atraen los dos. No seáis cerrados de mente, sois demasiado jóvenes para eso y tenéis mucho por vivir. En fin, ¿ya tenéis todas pegadas? —asintieron—, ahora eliminad los insultos que os hayan podido decir —Los chicos hicieron caso—, y supongo que os habéis quedado con los complejos. ¿Los podéis cambiar?

—No es fácil —se quejó una chica.

—Claro que no. Pero tampoco imposible. Si hay algo en tu forma de ser, como tú, que dices ser tímida —le dijo Ymir a una muchacha que se hundió en la silla—, eso tiene arreglo. Todos estamos aquí para ser mejor persona y nosotros estamos aquí para ayudaros. Pero más importante que eso, es que os ayudéis entre vosotros, ¿de acuerdo? Y eh —señaló al abusón, en silencio desde la reprimenda—, sin rencores. Un error lo tiene cualquiera.

Dejaron a los chicos marcharse con sus folios, esperaba que algo de lo que habían hablado les calase antes de que con los juegos se les olvidase todo. Recogieron las pocas cosas que había por medio y cerraron la clase, sin hacer comentarios porque los chicos andaban cerca. Caminaron hasta la zona de monitores, Jean observó a Marco suspirar, echandose el pelo negro del flequillo hacia atrás con la mano.

—Lo he pasado fatal por ese muchacho —murmuró—, me he visto completamente reflejado en él cuando tenía su edad.

—Ya, yo también —dijo Ymir—, cuanto antes admita su sexualidad mejor porque siempre se va a encontrar con gilipollas como este por la vida.

—Ese niñato no hacía más que repetir lo que ha escuchado en casa, está clarísimo —Marco le miró—, vamos a tener que vigilarle, no sea que ahora le de por insultar a ese chaval con más ganas —Marco volvió a suspirar, asintiendo.

En el almuerzo se lo hicieron saber a sus compañeros, pidiéndoles a Annie y a Mikasa que no tuviesen piedad con ellos. Marco no les quitó la vista de encima en todo el almuerzo.

—No le des más vueltas —Le dijo, rebañando el yogurt con la cucharilla—, si los pillamos los castigamos y fin, pero ni puedes ni debes proteger a ese chico tantísimo.

—No lo puedo evitar —cogió su bandeja y la llevó hacia la papelera, tirando los restos. Jean le persiguió con la mirada.

—Hay que ver lo que te preocupas por el bueno de Marco —Se giró hacia Ymir, que le susurró la frase con una sonrisa divertida, alzando las cejas.

—¿Eres imbécil? Me preocupo por él igual que lo haría por cualquiera de vosotros.

—Deja que lo dude.

Jean frunció el ceño, refunfuñando y murmurando sobre la soberana tontería que esa tía insinuaba. Marco estaba con tres de los chicos, cogiendoles de un árbol unas peras que creían en lo alto. Cuando se las dio y los chicos se lo agradecieron, su sonrisa fue genuinamente feliz y honesta. Una sonrisa que daba ganas de sonreír. De hecho, no fue hasta que Marco le miró que Jean no se dio cuenta de que eso era exactamente lo que estaba haciendo, sonreírle con las manos en los bolsillos. Se aproximó a él, Jean se alejó cambiando la expresión, agitado. Salió del recinto y se dirigió camino al bosque, a pasear.

Lo que Ymir había sugerido era que él, Jean Kirstein, era gay. O al menos que ese idiota le gustaba. Le caía bien, le parecía un muchacho majo y quizás inocente, pero a él no le gustaban los hombres. Estaba tan seguro de eso como de que respiraba. Solo tenía que mirar a Mikasa para asegurarse. La boca de Mikasa. Su pelo. Su blanca piel. Se rió para sí mismo dándose cuenta de lo ridículo de esa duda repentina, tumbandose entre los árboles, suspirando. Le gustaba imaginar que Mikasa le acariciaba el rostro, que le mimaba, que lo tocaba con esas manos delicadas. Para salir de dudas y demostrarse a sí mismo que la teoría de Ymir carecía de base, se imaginó a Marco. Nadie tendría por qué saberlo siempre que quedase en el secreto de sus pensamientos. Imaginó que en lugar de reposar la cabeza en sus brazos, lo hacía en las piernas de Marco. Que no eran las pequeñas manos de la chica, sino las pecosas y enormes manos del muchacho las que le apartaban el pelo de la cara. Imaginó abrir los ojos y verle allí, con esa sonrisa, pero solo para él. Imaginó que se inclinaba y le besaba en los labios. Tragó saliva. Se sentó bruscamente, abriendo los ojos, llevándose una mano al pecho.

—Puta Ymir…  —No entendía qué hacía pensando esas pamplinas.

Le había metido la idea en la cabeza, una ridiculez. Se alegró de no tener a nadie alrededor porque sabía a ciencia cierta que sus mejillas no se veían como siempre. Ni siquiera su respiración era la normal. Se levantó y caminó de vuelta al campamento, a entretener su mente con otras cosas que no fueran aquellas vergonzosas fantasías sin pies ni cabeza.

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Paseaba por el recinto con Sasha, Christa e Ymir porque les había parecido escuchar ruido de gallinas por la parte trasera de la pista de deporte. Sasha caminaba haciendo el tonto con la linterna en la mano, esa zona no estaba iluminada de noche. Christa salió corriendo, poniéndose a la altura de Sasha, riéndose con ella. Ymir caminaba tranquila junto a Marco.

—¿Cuándo vas a lanzarte? —La miró, frunciendo el ceño, con el corazón un poco acelerado por lo que esas palabras podían implicar.

—¿Eh? —Se rascó tras la oreja, observando cómo alzaba la respingona nariz al reírse.

—No te hagas el tonto, sabes de quién te hablo. Te pasas el día mirándole.

—No voy a hacer eso. A él le gusta Mikasa —asintió.

—Y tú también, pero no lo sabe —El corazón pareció subirle hasta la garganta. Una risa nerviosa salió en lugar del grito que en realidad necesitaba dar ante tal información.

—¿De dónde te has sacado eso? Nos llevamos bien, ya está.

—De la reacción que tuvo cuando se lo insinué —Marco la agarró del brazo.

—¿Por qué has hecho eso? —La chica dejó de andar, observándole sin comprender su malestar—, ahora no va a comportarse igual. Va a mantener las distancias.

—No seas tonto, le he dado en qué pensar. Ahora contempla la posibilidad de ser un poquito gay —Le guiñó el ojo y alcanzó a las chicas, que reían felices ante el hallazgo de animales de granja.

Le preocupaba la idea de no poder hacer vida normal con sus compañeros. Igual que había hombres que se comportaban con él exactamente igual al saber de su sexualidad, existían los que se alejaban. Jean no parecía de los segundos, pero si se le pasaba por la cabeza la idea de que Marco pudiese querer algo con él… Se agarró a la verja metálica, escondiendo su angustia con una de sus sonrisas de siempre.

—¡Eh, ahí está Jean! —El corazón le revoloteó en el pecho, mirando a la dirección en la que Ymir señalaba. Un caballo pastaba tranquilamente, sin prestarles atención.

—No seas mala con él —Le riñó Christa, escondiendo una sonrisa.

—¿Crees que tendrán huevos? —Sasha empezaba a saltar la valla cuando una voz les sobresaltó.

—¿¡Qué estáis haciendo?! —La chica se cayó dentro del corral, todos se volvieron a la vez ante la grave voz. Era Reiner, riéndose a carcajadas y acompañado de Bert, Annie y Jean, que caminaba con las manos en los bolsillos, como siempre.

—Creíamos que erais los niños —Se disculpó Bert.

—¿Estás bien, Sasha? —Le preguntó Christa.

—¡Me habéis asustado y ahora estoy llena de plumas! —Se sacudió la ropa y se giró hacia las pequeñas casetas—, pero ya que estoy…

—Sal de ahí, no puede ser ni higiénico —Le dijo Jean. No podía mirarle, le sentía a su lado pero no podía mirarle después de lo que le había dicho Ymir.

—Bah, no hay nada más que mierda. Bert, ayuda —Le echó los brazos al chico, que la sacó tirando de ella sin dificultad.

—Qué poco pesas para lo que comes —Le dijo, camino de vuelta a los bungalows. Ya era la hora de cenar.

—Lo gasta todo en ponerme nerviosa —comentó Annie en voz muy baja. Era la primera vez que la escuchaba hablar.

—Uhhhmmm mi Annie preciosa —Sasha se le colgó del hombro, la chica se la quitó de encima, haciéndole reír. Marco no podía soltar la valla, no quería mirar a Jean. Esperaba a que se alejase, pero no lo hacía.

—Eh, ¿vienes o te quedas a mirar los pollos? —Le preguntó. No sabía qué hacer, vio al caballo y se le ocurrió la broma, una manera de esconder sus nervios.

—¿Has visto? Eren diría que tienes familia ahí detrás —Se rió débilmente, cada vez con menos ganas al ver la expresión furiosa de Jean al pillar la broma. Se acercó a él, agarrándole del cuello de la camisa con una mano, mirándole con los dientes apretados. Marco le puso una mano en la muñeca y otra en el hombro, molesto por su violencia—. ¿Qué haces? ¡Suéltame!

—De todas las personas del puto campamento, tú no vas a insultarme de esa manera.

Marco relajó la expresión. Cuando Jean le habló, noto el calor de su aliento en sus propios labios. Apenas había luz, pero la suficiente para iluminar esos ojos castaños y rasgados, furiosos, preciosos. Jean aflojó el agarre, relajando las cejas, mirándole a los ojos. Marco le miró los labios. Se acercó a ellos mientras una voz en su cabeza le imploraba que se estuviese quieto. Rozó la nariz de Jean con la suya. Volvió a mirarle a los ojos, los cerraba con fuerza, respiraba agitado. Ymir llevaba razón. Se puso tan nervioso que le dio la risa. Jean abrió los ojos, Marco no podía parar de reírse, aún rozando sus narices.

—¿Eres imbécil o qué te pasa? —Tiró de su camiseta. Jean atrapó con la boca su labio inferior, succionando, aún enfadado. Ay, dios mío. Marco aspiró con fuerza, subiendo la mano de la muñeca de Jean hasta sus dedos. Tiró de los rubios mechones del chico, mordiéndole el labio inferior, escuchándole soltar una débil exclamación. Le besó la boca, despacio, varias veces. Jean se dejaba besar.

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—¿Qué coño haces? —Le dio un empujón a Marco, dado dos pasos hacia atrás, mirando sobre su hombro. El grupo estaba ya muy lejos, nadie se había percatado. Menos mal.

—Tú me has besado —susurró, sus pechos subían y bajaban, agitados.

—¡Tú has empezado! No vuelvas… no… —Apretó los labios, sintiendo cómo se le subían los colores, sintiéndose ridículo y violento—,  ¡no soy gay! ¿Vale?

—Sí, claro, vale —Marco asintió, con expresión despistada.

Se dio la vuelta, apresurándose para alcanzar al grupo, preguntándose qué cojones estaba haciendo. Lo de caracaballo le molestó mil veces más al provenir de Marco que de Eren, no se lo esperaba, y por supuesto no se esperaba que fuese a acercarse a él de esa manera. No entendía por qué su orgullo le hizo reaccionar así, o su vergüenza. Se pasó una mano por la frente, sintiendo las mejillas tan calientes como cuando fantaseó con un beso como ese en el bosque. Qué va, como este no, este ha sido mucho mejor y lo sabes. Se pasó la mano por el pelo, resoplando. Las cosas no podían seguir así. Cenó enfurruñado, sentado junto a Mikasa, mirándola mucho y sintiéndose nervioso cuando la chica cruzaba la vista con él, asegurándose de que lo que había pasado con Marco era un error. Sin lugar a dudas.

—Una de estas noches deberíamos hacer una fogata fuera —sugirió Connie—, he preguntado en cocinas y tienen cervezas si las pedimos. Pero solo nos dan dos por cabeza cada noche y tenemos que avisar un día antes.

—Podemos planearlo para dentro de unos días —sugirió Eren—, una vez en los dormitorios, estos se cuidan solos.

—¿Habéis vigilado al chico que os dije? —preguntó Marco a Annie y Mikasa. Ambas asintieron.

—Se quiso pelear con las dos —dijo Mikasa, sonriendo suavemente. Era indudablemente bella—, y ninguna tuvimos ninguna compasión, como nos pediste.

—Creo que se le han bajado los humos al ver que los demás se reían —Annie dejó en el plato su último hueso de pollo—. Me voy a dormir. Bert, deja de mirarme con la boca abierta y ven un momento.

Todos miraron al aludido, que puso la espalda derecha, observando a la chica con ojos como platos y levantándose con prisas tras ella. Reiner se rió al verle alejarse, negando con la cabeza.

—No llevamos ni dos días y ya hay dos parejitas…

—Y las que quedan —murmuró Ymir. Jean apretó los dientes al escuchar a Marco reírse nervioso. No sabía de qué se reía. Miró en dirección al muchacho y al verle morderse el labio, encogiendo esa pequeña nariz llena de pecas ante las cosquillas de Christa, se le volvió a escapar una sonrisa.

—Un momento —Sasha puso ambas manos en la mesa, acercando su cara a la de Jean—, ¡Has sonreído! ¡Por fin! Te mereces mi pan —Le ofreció la mitad de la pieza medio mordisqueada. Él cogió aire, poniéndose en pie y disculpándose.

Se encaminó hacia el servicio, echando la última meada del día, con prisas por meterse en la cama. Dos días, le conocía de dos días y había conseguido hacerle cuestionarse su sexualidad. Tampoco es para tanto, joder. No se iba a alejar de él, ni mucho menos, pero procuraría poner límites. Los siguientes días procuraba no sentarse muy cerca suya en las comidas ni coincidir en las duchas. Charlaban cuando se daba la ocasión, pero asuntos triviales y breves. Ymir no volvió a sacar el tema y Marco no habló sobre aquel beso extraño, lo cual agradeció profundamente. Suficiente se confundía solo como para que le liaran más la cabeza. El viernes, Marco dio su taller y se encerró en el bungalow, poniendo de excusa que estaba enfermo. Jean pasó su hora con los chavales, almorzó, ayudó a Eren y a Armin con sus actividades y aún no sabía nada de él.

—Le deberíamos llevar algo de comer —propuso Bert antes de la cena—, no es bueno que esté enfermo y no coma nada en todo el día.

—Había pensado lo mismo —dijo Jean, con una manzana del almuerzo que había guardado para dársela después—. Voy a pasarme antes de ir a cenar.

—Sí, yo voy a por una toalla, quiero ducharme —Bert le acompañó al dormitorio.

Jean abrió despacio, si estaba dormido no quería darle un susto y la zona de los dormitorios siempre era muy silenciosa, alejada del barullo. Se asomó al interior con cautela. La volvió a cerrar a igual manera.

—Espera unos minutos, está… ocupado —Le lanzó una mirada significativa a Bert, que sonrió.

—No pasa nada, me ducho después de la cena —Se encogió de hombros y se alejó al comedor.

Jean no podía moverse. Sostenía el pomo del dormitorio con fuerza, intentando mostrarse de un calmado que no compartía su corazón. No miró mucho tiempo, pero lo que vio le puso excesivamente nervioso. Marco estaba destapado, sudoroso, con los pantalones y calzoncillos por los tobillos, abierto de piernas. Se la acariciaba de manera impetuosa, dando golpes al aire con sus caderas, necesitado, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, dejando escapar cortos gemidos excitados. Su otra mano se perdía entre sus muslos, demasiado hundida como para estar acariciándose los cojones. Sabes que se estaba metiendo un dedo y sabes perfectamente en quién estaba pensando. Tragó saliva, sintiendo una presión en sus calzoncillos que no tendría que existir. En un mundo lógico, normal y controlado, se habría reído con Bert y se habría alejado sin más. Pero ahí estaba, debatiéndose entre marcharse o quedarse. Planteándose la posibilidad de echarle una mano. QUÉ ESTÁS DICIENDO JEAN, MUEVE TU PUTO CULO HETERO AL COMEDOR, DESGRACIADO. Respiró hondo, soltó el pomo, y le hizo caso a esa voz que le pedía que usase su sentido común.

3

Metió la camiseta manchada de esperma en una bolsa, volviendo a la cama, a taparse. Ya no se sentía tan enfermo como ese medio día por los medicamentos que le dieron en la enfermería. Lo que tenía era hambre, pero también le sugirieron reposar en la cama, así que no se levantó más que para encender la luz. Se aburría, no quería dormir más. Fue la primera vez en toda la semana que echó de menos su teléfono o un ordenador. Bebió una vez más de la botella de agua, ignorando el gruñido de su estómago, y acababa de tumbarse cuando escuchó voces acercarse a la puerta.

—¡Ey! ¿Estás mejor? —Le preguntó Reiner, quitándose la camiseta conforme entraba.

—Sí, pero tengo hambre…

—No te preocupes por eso, Jean te trae media cocina —Bert le sonrió, cogiendo una toalla de su taquilla—. Voy a ducharme, ahora vengo.

—¿Solo o con Annie? —Al chico se le subieron los colores, riéndose avergonzado y saliendo sin decir nada más.

—Toma —Jean le dió un puñado de fruta y unas alitas de pollo enrolladas en servilletas. Marco se sentó con las piernas por fuera de la cama, sonriéndole.

—Gracias, estaba muerto de hambre —Jean se quedó mirándole unos segundos, hasta que asintió, sentándose en su propia cama y quitándose la camiseta.

Sabía que desde el beso iba a comportarse de manera extraña a su lado, el problema es que no era siempre. En ocasiones le trataba con total normalidad, en ocasiones se volvía un rarito silencioso a su lado. No tenía ni idea de lo que Jean pudiese tener en la cabeza, pero desde luego debía estar hecho un lío. Se lo comió todo con muchas ganas, sintiéndose definitivamente mejor. Fue a darle las gracias a Jean una vez más pero ya se había puesto los tapones en los oídos, dándole la espalda. No había terminado de meter todos los desperdicios en una bolsa que Reiner ya estaba roncando. Se rió suavemente y se metió en la cama, intentando dormirse ante la falta de algo mejor que hacer.

La décima vez que se giró en la cama, Marco resopló. No había manera de pegar ojo. Miró hacia Jean, hasta su espalda desnuda. A menudo se quedaba soñando despierto, pensando en qué habría pasado si él hubiese continuado con ese beso, allí mismo, en el suelo de tierra. Se sintió tentado a pajearse otra vez para quedarse dormido, solo que con los compañeros allí le daba reparo. Jean se agitó, poniéndose boca arriba, con la cara girada hacia él. Su ceño se fruncía y relajaba, comenzaba a respirar acelerado. Por lo menos este folla en sueños. Comenzó a gemir igual que la otra vez, apretando los labios, dejando el aire salir en cortos jadeos.

—Hmmm…mmm… —Chasqueó la lengua mientras le miraba, era injusto. Ser maricón era una mierda—. Hmmmmmarco… —Aspiró despacio, profundamente, llevándose una mano a la boca. El corazón le golpeaba con rabia contra el esternón, mareándole. No ha dicho tu nombre ni de puta coña—. Marco… Hmmm… —Sí. Sí había dicho su nombre. Y se retorcía en las sábanas, levantando las caderas, con el cuello hacia atrás.

Y volvía a repetirlo. Y cada vez más fuerte. Reiner roncaba, pero Bert no había vuelto y si le oía, se moría de vergüenza. Se levantó de la cama, liándose con un pie en la sábana y cayendo de rodillas en el suelo de madera. Justo antes de un gemido especialmente escandaloso en el que Jean curvó la espalda, le tapó la boca.

—Cállate imbécil —susurró más avergonzado que enfadado.

Jean abrió los labios girando la cara, capturando su pulgar entre ellos, volviendo a gemir con los ojos cerrados mientras lo lamía. Al alzar las caderas de nuevo, la sábana se deslizó a un lado, dejándole ver cómo su erección rellenaba sus calzoncillos. Con la débil luz de las farolas del exterior, alcanzó a ver una pequeña mancha provocada por la lubricación previa a la eyaculación. La veía palpitar. Estaba a punto de correrse. Al volver a mirarle a la cara, Jean tenía los ojos abiertos. Marco apartó la mano de sus labios entreabiertos.

—Lo siento, lo siento,  est—

No le dejó seguir hablando. Jean le agarró del pelo de la nuca sacando la mano de debajo de su cuerpo, le besó con fuerza en los labios y guió los dedos de su otra mano hasta el borde de sus calzoncillos. Marco se sintió delirante, besando con pasión a su compañero de habitación, enrollando sus lenguas. Al palpar la curva de su erección por encima de los calzoncillos, Jean gimió en su boca. Marco coló sus dedos por dentro de la ropa interior, rozando con ellos la húmeda y ardiente erección, sintiendo su propio miembro endurecido contra su ombligo. Escuchó pasos en la entrada, abrió los ojos mirando en esa dirección y dejó de besar a Jean, intentando volver a su cama.

—Ni de puta coña te vas ahora —Tiró de sus dos brazos, agarrándole de la espalda, metiéndolo en su cama y girando con él encima, pegándole contra la pared. Agarró las sábanas que quedaban a los pies y los tapó a ambos—. Cállate la boca.

A pesar de la advertencia le puso una mano ante los labios, dándole la espalda a Bert, que pasó por delante de las camas dejando su ropa sucia en el cesto del fondo de la habitación. Notaba la erección de Jean contra la suya, estaba tan excitado que se le iba a escapar un gemido. Se miraban a los ojos, unas miradas suplicantes e intensas. Para colmo de males, Jean no dejaba de rozarse con él. Bert no se paró a observar a su alrededor, subió a su cama sin más. Jean cambió la presión de sus dedos por la de su boca, besándolo despacio, agarrándole del trasero y de la polla junto a la suya. Las apretaba con su mano, masturbándose y masturbándole. Marco bajó la mano por su pecho, volviendo a agarrar su erección carente de prepucio al contrario que la suya propia, acariciándosela. Jean se tumbó sobre él, poniéndole una mano en la boca de nuevo cuando sus gemidos comenzaron a descontrolarse, dejando caer su cabeza en el pecho de Marco, machacándosela. Controlaba el tono mucho mejor que él, pero alguna queja placentera se le escapaba. Marco no podía más. Escucharle gemir, escuchar los sonidos urgentes y húmedos de sus cuerpos en el silencio de la habitación al haber lubricado uno en las manos del otro, sentirle piel con piel, sus caricias precisas y necesitadas, su olor… Se liberó de esa deliciosa presión, llenando la antes silenciosa habitación de gemidos contra su mano, echando la cabeza hacia atrás, manchando a Jean con su esperma.

—Marco… —Jean le mordió el pecho, corriéndose entre sus dedos, sobre él, haciendo demasiado ruido. Estaba seguro de que Bert les había escuchado, pero aún era preso de los espasmos, aún martirizaba a Jean con sus caricias.

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—Mañana no voy a poder mirarles a la cara —Se quejó Marco entre susurros una vez se las soltaron, flácidas y mojadas. Reiner no roncaba. Ambos eran conscientes de lo fuertes que sonaban sus jadeos en el silencio de la habitación.

—No me hables de mañana —Jean no sabría cómo mirarle a él a la cara.

—Eh, oye —Marco le apartó los mechones de delante de los ojos, con la frente perlada en sudor y su pelo oscuro cubriéndole parcialmente los ojos—, no  homo —Jean alzó las cejas, sonriendo después, riéndose en silencio con Marco, que le mandaba a callar.

—Menudo gilipollas estás hecho —Le devolvió el suave beso que el pecoso le dio en los labios con una sonrisa.

—Buenas noches —Pasó por encima suyo y se volvió a su cama, subiéndose los calzoncillos con torpeza.

Jean chasqueó la lengua, echando las pringadas sábanas a los pies de la cama después de limpiarse con ellas. Respiró hondo y miró hacia su izquierda, a un sonriente y satisfecho Marco. En ese momento pensó que repetiría la experiencia, y de buen grado.

Pero a la mañana siguiente, se quería morir. Recordó todo tan pronto abrió los ojos para ver las pecosas piernas de Marco caminar hasta su taquilla. Se tapó la cabeza con la almohada. No recordaba muy bien cómo empezó el asunto el día anterior, solo que se despertó cachondo perdido con el pulgar de Marco en la boca. Lo demás lo hizo casi por instinto animal. Noooo, no, no, no, no te engañes a ti mismo. Llega a pasarte con otro y lo mandas al carajo, pero Marco, es Marco. Y no le entraba en la cabeza qué tenía Marco para ser tan especial. Decidió que debía dejar de esconderse, sentándose en la cama, respirando hondo al ver los pies de Reiner bajar por la escalera. Lo peor de todo era la amplia sonrisa que se le dibujó al mirarlos.

—Buenos días —dijo con sorna—, ¿habéis dormido bien?

—Reiner, déjalos en paz —Le riñó Bert. Marco se vestía sin mirar a nadie, con las mejillas coloradas hasta el punto de resultar llamativas. Salió del bungalow como alma que llevaba el diablo.

—Os puedo dar cañita por haberme despertado, y da gracias que no respondí “polo” cuando gemiste su nombre —Le dió un puñetazo en el hombro a Jean, dejándole sin palabras, riéndose con Bert—, pero si no queréis que salga de aquí, no saldrá.

—Gracias —murmuró Jean, levantándose y cogiendo sus cosas para ir a la ducha, poniéndose la ropa del día anterior antes de cambiarse.

Al saludar a los compañeros que se encontraba por el camino le dio la impresión de que todos sabían lo que había ocurrido. Era imposible, pero lo pensó. Especialmente al cruzarse con Ymir, saliendo del baño de chicas con una toalla en la cabeza y una sonrisa pícara. Que era la que llevaba siempre. Y que se explicó cuando una colorada Christa salía justo detrás de ella. Se desnudó, escuchando a Connie canturrear, haciendo a Eren reír. Se quedó de pie, agarrado a los azulejos de la entrada de las duchas cuando miró al frente. Entre el vapor condensado que le hizo sudar, vio a Marco de espaldas, lavándose el pelo con los ojos cerrados. Nunca habían coincidido en las duchas. Se alejó de él, poniéndose de espaldas a los tres. Tiene el culo lleno de pecas, era todo lo que podía pensar. En eso y en la paja del día anterior, en las enormes manos de Marco acariciándosela de arriba abajo. Las tías no le hacían pajas como esa. Se pellizcó un muslo intentando bajar la erección, forzándose a pensar en otra cosa. Escuchó una risotada de Reiner y se temió lo peor.

—Por favor, dime que también tienes la polla llena de pecas.

—¡¡PERO SERÁS BURRO!! —Chilló Sasha desde el baño de las chicas, separado por un muro.

Marco no contestó, él no se giró, aunque le hizo gracia el comentario. Se preguntó si sería así. Desayunaron sin más percances y dio el taller un poco en las nubes, apenas coincidió con Marco, tan solo miradas fugaces y leves sonrisas escondidas. A la hora del almuerzo, se sentó delante de él sin pensarlo mucho. Decidió intentar normalizar la situación.

—¿Cómo te sientes hoy? —le preguntó. Marco alzó la vista de la comida que devoraba, sonriéndole. Era una sonrisa cálida, le daba paz. Parecía menos estresado que esa mañana.

—Muy bien —Le respondió él. Ni quiso, ni pudo esconder la sonrisa que le asomó a los labios.

—¡Claro que muy bien! —Reiner le pasó el brazo por los hombros, apretándole—, ayer le dieron buena medicina, ¿verdad? —Ymir los miró suspicaz—. Esta enfermería es maravillosa.

No lo pudo evitar, ante ese comentario comenzó a reírse descontrolado. Reiner parecía orgulloso de haber conseguido causar ese efecto en él. Las risas de Marco eran suaves, de nuevo sonrojado, pero Jean no podía parar. Cada vez que miraba a Reiner y le veía suspirar con un “ay…” volvían a reírse. Cuando peor estaban, Bert murmuró un tembloroso “polo” que provocó que hasta Marco se uniera en las carcajadas. Estaban llorando, a Jean le dolían las mejillas, Reiner se agarraba el estómago, frotándose los ojos con la otra mano.

—¿Qué nos estamos perdiendo? —preguntó Christa. El resto de personas de la mesa sonreían solo de verles.

—Es una broma de dormitorio —explicó Bert como pudo—, da igual.

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Se pasaron la tarde organizando lo necesario para el campamento que iban a montar esa noche. Habían pedido las cervezas y uno de los cocineros accedió a quedarse en los dormitorios por si alguno de los chicos tenía algún problema. Lo cual le hizo acordarse de que tenía que ir a la lavandería para poner a lavar su ropa.

—Voy contigo, tengo que lavar sábanas —Le dijo Jean. El simple hecho de andar a su lado le hacía feliz, pero lo sería más si pudiese pasarle el brazo por encima. Le encantaba que fuese un poco más bajito que él. No quería hablar del tema, pero una vez alejados del resto le preguntó algo que tenía en mente.

—¿De verdad lo de ayer fue tu primera vez con un hombre? —Jean no le respondió, solo le miró a los ojos. Qué ganas tengo de besarte, pensó suspirando, agobiado por esa presión en el pecho que le provocaba su mirada.

Le dejó entrar primero en el dormitorio y cerró la puerta tras él. Se quitó la camiseta para ponerla a lavar, pero no llegaron a las camas. Jean le empujó contra la pared que quedaba tras la puerta, junto a una ventana. Posó su mano en la cintura de Marco, la otra la subió por su mejilla, hasta su desordenado pelo negro.

—¿Por qué no me controlo a tu lado? —Vio verdadera curiosidad en sus ojos. Y algo más. Algo muy parecido a lo de la noche anterior—, ¿qué tienes tú de especial? Yo era hetero, te juro que lo era.

—Probablemente nunca lo has sido.

Jean subió la mano de su cadera al brazo de Marco, bajando la otra hasta su nuca y besándole dulcemente en los labios. Marco le agarró del hombro y por debajo del brazo, empujándolo contra la pared contraria, roncando en la boca de Jean de pura excitación. Este le agarró de la nuca con ambas manos, dejándose devorar por su boca, que bajaba hasta su cuello, apretando la lengua contra su piel.

—Marco… —No había cosa en este mundo que le pusiera más cachondo que escucharle gemir su nombre.

—Voy a comertela, Jean, voy a chupartela hasta que te tiemblen las piernas.

Como respuesta, Jean le arañó la espalda. Se puso de rodillas en el suelo, mirando hacia arriba, desabotonando los pantalones de su sonrojado amante. Se mordió el labio al llegarle el olor de su vello púbico, aspiró con fuerza, subiendo una mano por los abdominales de Jean, lamiéndosela sobre la tela. Dejó escapar un quejido, acariciándole el pelo. El propio Marco se la sacó de los pantalones, acariciándose mientras succionaba suavemente su glande. Tanteó la longitud de su erección, besando cada pliegue de piel, lamiendo cada vena, familiarizándose con sus zonas erógenas más allá de su polla con su otra mano. Descubrió que Jean no era un hombre de pezones, pero sí de ingles. Movió su boca hacia el lado, lamiendo la piel entre su sexo y la pierna, escuchando cómo gemía nervioso.

—¿Qué me estás haciendo? —Se tapaba los ojos, sonrojado hasta el cuello. Sonrió. Lo que le quedaba por descubrir… Y le iba a abrir la mente a uno de los placeres mayores del hombre.

Volvió a empujar la piel bajo su glande con la lengua, hacia arriba, metiendo su otra mano entre las piernas de Jean. Le acarició los testículos con las yemas de los dedos y el glande con la lengua, sintiendo cómo la hacía palpitar contra su boca. Se la tragó, casi hasta la garganta, al mismo tiempo que rozó con el índice la entrada de su ano. Se le inclinaron las piernas, agarrándole del pelo, dejando escapar un gemido incontrolado cuando la frotó contra su mejilla. Eso le gustaba. Lo repitió, sin alejar su dedo de la zona que estimulaba. Marco sintió su propia lubricación mancharle los dedos, la excitación se comenzaba a convertir en urgencia. Succionó al sacarla de su boca, mirando hacia un encorvado Jean, sintiendo sus uñas clavarse en su nuca y espalda. Marco se escupió en el dedo, ojalá tener lubricante a mano y reventarle la vida a pollazos. Al mismo tiempo que volvió a proporcionarle una presión constante con su lengua y labios, arriba y abajo de su miembro, deslizó ese dedo dentro del chico. Encontró la próstata sin dificultad y lo presionó contra ella, en círculos.

—¡¡Mmmmmmarco!! —El gemido que vino después de esa exclamación fue un escándalo. Su semen le pilló por sorpresa, casi atragantándole. Miró hacia arriba, sintiendo las ganas de sonreir crecer cada vez más. Jean no paraba de gemir, con el temblor de piernas prometido, tapándose la cara con una mano. Le iba a dejar marcas en el hombro con las uñas. Palabras mal sonantes salían entrecortadas de entre sus labios. Finalmente abrió los ojos, evitando su mirada—. ¿Qué coño ha sido eso? —Jadeó al acabar.

—Magia —Besó su mejilla, Jean le tiró del pelo y le besó en la boca.

—Gracias —Apoyó su frente en la de Marco con las mejillas sonrojadas. Su respiración se conformaba por jadeos, pero no le pasó inadvertida la erección de Marco.

—Date la vuelta, Jean —Le miró con los ojos como platos, haciéndole reír—. No voy a metertela, no pongas esa cara.

Le hizo caso, apoyando las manos contra la pared. Tan solo verle tal cual, sonrojado, jadeante y con los pantalones por las rodillas fue más que suficiente para provocarle un escalofrío. Se escupió en la mano y le juntó los muslos, metiendo su erección entre ellos. Notar su culo contra su pelvis era lo que necesitaba para correrse, y si Jean se la atrapaba con la mano desde delante de sus piernas, hasta mejor. Le mordió el cuello, le pasó la mano por el estómago, sintiéndo que echaba el brazo hacia atrás para acariciarle el pelo. Gimió su nombre, cada vez más fuerte, corriéndose entre gruñidos, espasmos y resoplidos. Jean echó la cara hacia atrás, buscando su boca, besándole mientras eyaculaba. Al acabar le miró a los ojos, amo a este caracaballo y le amo un montón.

4

—Quiero follarte —confesó Jean, atrapando sus brazos cruzados ante su pecho para que no se alejara. Marco le apretó un poco más. Le gustaban sus abrazos, eran muy diferentes a los de las mujeres—, necesito saber qué se siente.

—¿Ninguna novia ha querido que se la metas por el culo? —Negó con la cabeza—, bueno, yo nunca he tenido relaciones con una mujer, pero me han dicho que es mejor por detrás.

—No lo sé, no me importa qué es mejor, solo quiero saber cómo se siente metertela a ti, Marco.

Se giró en sus brazos y le besó. Se besaron un buen rato, entre caricias y miradas cándidas, aún con los pantalones bajados y el esperma secándose entre sus piernas, en el suelo y contra la pared del dormitorio. Al separarse, Jean se estaba riendo, con el corazón acelerado y feliz en su pecho.

—Quién me iba a decir a mí que iba a ser tan maricón —Se subió los pantalones, pensando que tendría que ducharse de nuevo.

—¿La idea de follarte a Mikasa te gusta? —Le preguntó Marco—, piensa en ella desnuda y llamándote, te excita, ¿no? —Jean asintió despacio—. No eres maricón. Eres bisexual.

—Pero solo me atraes tú, si pienso follar con otro hombre me da rechazo.

—De momento. Por ahí se empieza.

—Lo que sea, vamos a poner una lavadora.

No solo era su actitud ante Marco lo que había cambiado, era ante la vida en general y sobre todo ante la idea de estar un mes en ese campamento. Hasta Eren le parecía más soportable. Cargaron cada uno con sus cervezas y alguna que otra cosa para picotear que le dejaron los de las cocinas. Armin preparó y encendió la fogata con ayuda de Eren, recibiendo aplausos por haber sido dignos representantes de los talleres de supervivencia.

—Por cierto —dijo Eren una vez todos estuvieron sentados. Jean se colocó entre Christa y Marco—, este domingo haremos la acampada con los niños, ¿quién puede venirse?

—Yo mismo —Se apresuró a decir Jean. Eren le miró sorprendido.

—¿Vaaale?, pero haremos senderismo antes, nos alejaremos un poco del recinto.

—Perfecto —comentó encogiéndose de hombros—, puedo llevar a alguien, ¿verdad? Si tengo que ir contigo solo voy a aburrirme. —Eren frunció el ceño, molesto ante la sonrisita socarrona de Jean.

—Claro que puede ir alguien —Le dijo Armin sonriente.

—Que supongo que será Marco… —Murmuró Ymir antes de beber, sin mirarle.

—Claro que es Marco, quién va a ser si no, ¿tú?

—Eh, tengo tema de conversación —Reiner murmuró “ya, lo que no tiene es polla”, haciendo reír a Bert a carcajadas. Marco les mandó a callar con urgencia, Jean tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para esconder la sonrisa porque el grupo en general pasó a mirarles con suspicacia.

—Tengo una idea —dijo Sasha—, vamos a jugar a “yo nunca”

—En ese juego siempre se acaba hablando de sexo —Se quejó Connie—, nunca bebo —Fingió llorar, haciéndoles reír.

—Por si alguien se pierde, se trata de que si yo digo “yo nunca he tenido perro”, las personas que sí lo hayan tenido, deben beber.

—O sea, si has hecho lo que sea, bebes —Quiso aclarar Christa. Sasha asintió.

—Vale. Yo nunca me he comido una pizza familiar sola —Ella, Bert y Reiner bebieron.

—Yo nunca me he peleado a piñas con alguien —dijo Connie. Jean, Eren, Reiner, Annie, y él mismo bebieron—. Hay más violentos de lo que pensaba.

—Yo nunca me he tirado un pedo en público —dijo Christa entre risitas. Todos excepto Mikasa y Bert bebieron. Reiner miró a su compañero señalándole.

—Los pedos nocturnos cuentan, bebe.

—¿Cómo puedes enterarte de todo con lo que roncas? —Le preguntó Marco a Reiner. La travesura se pintó en la sonrisa del grandullón.

—Yo nunca me he sentido sexualmente atraído por nadie de este campamento —todos excepto Sasha y Armin bebieron—, y yo nunca he tenido sexo en público —él mismo bebió de la botella, acompañado de Annie, Ymir, Jean, y unos tímidos Marco y Christa que parecían no querer levantar mucho la botella.

—Yo nunca he tenido un orgasmo en un campamento siendo monitor —Especificó Jean, bebiendo, observando como casi todo el mundo menos Mikasa, Sasha y Armin bebían. Eren pareció contrariado cuando su novia no bebió. A Jean le dió la risa floja.

—Yo nunca he recibido sexo oral en un campamento siendo monitora —Jean chasqueó la lengua, bebiendo con una sonrisa golfa junto con Bert, Annie, Eren, Ymir y Christa, colorada hasta el extremo. Ymir no paraba de reírse mirándola, se inclinó sobre ella y dijo—: yo nunca he descubierto mi sexualidad en un campamento siendo monitora —Christa se tapó los ojos al beber. Jean le dio un golpecito en el brazo para que le mirase, alzando las cejas y bebiendo él también. De perdidos al río. Christa abrió mucho la boca, feliz, chocando los cinco con él.

—¡No estoy sola! —Sus compañeros se rieron.

—A mí nunca me han provocado un orgasmo horas antes de preparar una fogata con amigos —Sasha los miraba, entrecerrando los ojos. Ambos bebieron, entre risitas —Ya decía yo que sonreías mucho últimamente…

—Espera, espera —Connie los señaló con una sonrisilla—, yo nunca he masturbado a mi compañero de habitación en un campamento sien—

—Sí, sí, sí, bla, bla, bla. Marco, bebe.

—¡Jean! —Exclamó el pecoso. Bebieron mirándose a los ojos, sonrojados. Cuando los “uuuUUUUUHHHH”  se convirtieron en un coro de sus amigos, Marco escondió la cara entre las manos. Jean dió una carcajada.

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Iba a matar a Jean por hacerle pasar por esto. Su poca vergüenza le estaba sacando los colores y los empujones de Reiner no ayudaban. Sintió que Jean le acariciaba el pelo y que se inclinaba hacia él.

—No quiero tener que esconderme si se me apetece tocarte, me parece una pamplina —susurró en su oído. Marco le miró, aún con la mano ante la boca.

—Me da vergüenza en público.

—Ya, porque en privado no tienes límites, ¿eh? —Se acercó a él y le pasó un brazo por detrás de la espalda, apoyándo la palma en el suelo. Marco hizo lo mismo por detrás de la suya, arrimándose y pegando hombro con hombro, aún muerto de vergüenza por sentirse observado por sus compañeros.

—Ymir y Christa fueron la novedad, ahora lo sois vosotros —dijo Connie—, ¿quién será el siguiente?

—Eren y el instructor Levi —bromeó Ymir. Al mirar hacia su derecha, a la mueca de Jean sonriendo granuja, suspiró. Era insoportable de guapo. Él, sintiéndose observado, le miró de reojo, apartando la cerveza de sus labios.

—¿Qué pasa? —Marco suspiró, negando con la cabeza—, ¿te estás enamorando de mí? —preguntó con chulería.

Lo que no esperaba casi con seguridad era un asentimiento como respuesta. La sonrisa se desvaneció de los labios de Jean, su mirada se tornó más profunda, más seria, analizando su rostro de frente a barbilla. Escuchaba a sus compañeros bromear y reírse, pero era un ruido de fondo, como cuando se oye llover tras una ventana. Jean acercó sus labios, Marco se los besó, mirándole a los ojos, cerrándolos al sentir la intensidad con la que su lengua acarició la suya, solo una vez, tan lentamente que al apartarla de su boca, arrastró un débil quejido con ella, con un corazón desbocado de regalo.

—Quién sabe si yo también…—su aliento le hizo cosquillas en la piel, pero fueron sus palabras y el verle completamente colorado lo que hizo cosquillas en el alma, escondiendo la cara contra su pecho, entre risitas.

—Mi corazón —dijo Christa a su lado. La miró y la vio observarlos mordiéndose el labio—, no podéis hacer tan buena pareja. Es de locos.

Era de locos. No se creía su suerte y no se creía el cambio de actitud de Jean hacia él en tan poco tiempo. Admitió lo que sentía con relativa facilidad, y lo mejor de todo es que no se avergonzaba de demostrarlo en público. Al menos esa parte lasciva. Estaba en una nube. Cuando se levantaron camino a los dormitorios, Connie se quejó.

—Ojalá haber tenido una cámara de fotos esta noche..

—Creo que puedes pedirla al guardia de seguridad —Le dijo Armin—, o algo así comentó Hanji.

Quería fotos con él. Quería muchas fotos a su lado para nunca olvidar, en caso de que le fallase la memoria, haber disfrutado de la experiencia acompañado. Al meterse en la cama, Reiner les pidió que se comportasen, haciéndoles reír.

—No te prometo nada —dijo Jean.

—No, no te preocupes, eso fue una sola vez pero no va a volver a pasar —dejó claro Marco.

—Con vosotros delante… —Se tapó hasta la cabeza al ver a Jean con la ceja levantada, escuchando a esos dos reírse.

Siempre le había dado vergüenza mostrarse tan sexual con alguien en público, los mimos eran otra cosa, eso le salía solo. Y parecía que a Jean le pasaba justo al revés. Le observó dormir boca arriba unos segundos y supo que él también se había quedado dormido porque se sobresaltó al hundirse su cama.

—Jean, ¿qué haces?

—Sshh —Trepaba por encima suya, dejándose caer por el lado de dentro de la cama, entre él y la pared.

Le abrazó por la cintura, suspirando. Marco le acarició el pelo, besándoselo y sonriendo, tapándole con la sábana, quedándose dormido de inmediato con Jean entre sus brazos.

Y la puerta de par en par le despertó por la mañana no solo a él, sino a todos los demás de la habitación.

—¡Buenos días equipo testosterona! —Gritó Connie. Marco miraba hacia la puerta, de espaldas a Jean, que le apretó la cintura enterrando la cabeza contra sus omóplatos al escuchar el escándalo.

—Aaaghh… ¿Qué hora es? —murmuró Bert.

—La hora del vídeo de campamento. ¡Decid holaaa!

—Vete a cagar —Reiner le tiró la almohada. Cuando enfocó a la cama de Jean, Marco se tapó hasta la nariz.

—¿Dónde… —Connie giró la cámara, sonriente, haciéndole un plano a Marco—, ¿Jeaaan?

—¿Qué cojones quieres? —Se destapó, completamente despeinado, con esas cejas enfadadas de siempre. Marco no lo pudo evitar y le dio un beso en la mejilla. Jean le miró, sonrió de medio lado con ojos dormidos y le tapó la cabeza con la sábana, besando sus labios. Marco le acarició las mejillas, sonriente.

—Connie, vete a otro dormitorio —Le pidió Reiner desde arriba entre risitas—, y llévame contigo que no quiero volver a escuchar a Marco gemir nunca más.

—¡Ah, Mmmm…Marco, por ahí no! —Jean comenzó a fingir gemidos escandalosos, levantando el culo y bajandolo de manera exagerada.

—¡¡Jean cállate!! —Solo de pensar que los estaban grabando sintió las mejillas a punto de explotar.

—Sí, hora de irse —dijo Connie. Jean se destapó riendo a carcajadas. De quererle un poco más, le reventaba el pecho.

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Dejó que Marco se levantase primero, preguntándose cuántas pecas tendría en total. Bostezando sin reprimirse, cogió su toalla y ropa para cambiarse, caminando sin camiseta hacia las duchas. No había nadie cuando entraron.

—¿Vamos a hacer hoy actividades con los enanos o qué? —Le preguntó a Marco mientras se desvestía. Miraba de reojo sus manos, los músculos de sus brazos, torso y piernas, su piel tostada.

—Creo que sí, Connie y Sasha querían hacer qué sé yo de teatro —Caminaron hacia las duchas, Jean tras un adormilado Marco—, creo que me dijeron un drama en el que unos seres gigantes se comían a su familia o algo así, ya sabes cómo son…

—Sí, sí —Abrió su grifo de agua caliente, mirándole cerrar los ojos al recibir el chorreón en el pecho.

—Y mañana de campamento, ¿por qué te ofreciste voluntario?

—Para poder follarte tranquilo —Marco abrió los ojos, mirándole y revisando que no hubiese nadie.

—Jean, habla más bajo de esas cosas —Sus mejillas volvieron a tener ese tono rojizo que tanto le gustaba. Era facilísimo sacarle los colores.

—No veo el momento de tumbarte en esa caseta, de verte entre mis piernas —Se la acarició mirándole a los ojos, sin acercarse a él. Aún.

—Jean. Para. Se me está poniendo dura —Desplazó su mirada hasta la entrepierna de Marco, encontrándola medio erecta.

—¿Qué quieres que haga? No puedo contenerme a tu lado —Escuchó pasos y voces acercándose a las duchas y se le ocurrió una manera de ponerle histérico. Algo que Marco no haría ni muerto pero sería incapaz de resistir.

Cerró ambos grifos, tirando de su mano, llevándolo al fondo donde no iba nunca nadie porque las duchas estaban averiadas. Un muro a la altura de la cadera separaba ambas zonas.

—Túmbate —Le ordenó, poniéndose de rodillas.

—¿Qué haces? —Notó el pánico en su voz.

—Te van a ver de pie y a mí de rodillas, van a pensar lo obvio, túmbate pegado al muro y no te verán —Dudó, pero ante la cercanía de las voces al final le hizo caso.

Tan pronto estuvo en el suelo, trepó sobre él, rozando ambas erecciones, agarrándole de los muslos y besándole con una lascivia que le nublaba la razón. Marco le puso las manos en los hombros, pegándole a su cuerpo al escuchar entrar a sus compañeros, charlando ruidosamente.

—¿Te gustaría que te follase ahora? —Le ronroneó al oído, acariciando la parte interior de sus muslos, abriendole las piernas—, me muero de ganas de reventarte.

—Jjjjean, no. Ahora no —Bajó la boca por su pecho, parándose en sus pezones. Eran pequeños, oscuros y erectos. Pasó la lengua alrededor de esa piel rugosa y al instante Marco se revolvió—. Por favor, Jean…

—¿Por favor sigue o por favor para? —Se lo mordió, retorciéndole el otro con delicadeza. A Marco le temblaba el labio que se mordía, con las mejillas completamente ruborizadas. Le encantaba verle así, a su merced.

Besó sus pecas desde su pecho hasta su oscuro vello púbico. Le costaba respirar debido al vapor condensado en el ambiente y al calor de su cuerpo. Sus compañeros se reían de un chiste de Connie, Marco se retorcía por el chupetón que Jean le estaba dejando en la cara interna del muslo. Miró su erección, su glande semicubierto de piel. Era muy grueso, considerablemente más grande que el suyo. Le miró a los ojos, agarrando su ancha base y retirando muy despacio esa piel del glande con tres dedos. Marco apretó los músculos del estómago, encorvandose unos segundos hacia adelante con la mano en la boca. Se la acarició tan despacio y tantas veces que en poco tiempo tuvo los dedos manchados de la lubricación natural del chico. Le gustaba observar sus gestos, el propio Jean se sentía a punto de correrse desde el momento que comenzó a tocarle. Pegó la lengua a la base, ascendiendo, acariciándole los huevos con la otra mano. Era la primera vez que hacía una mamada pero tenía la impresión de saber qué debía hacer a cada momento. Al presionar con sus labios, Marco le tiró del pelo con ambas manos, resoplando y murmurando algo con la voz rota. Subió los dedos de sus huevos a su boca, metiéndoselos, sintiendo que se los chupaba de manera febril. Es peor que comerle el coño a una tía, no para. No se estaba quieto. Jean apretaba su carne con la lengua, aprovechando la propia saliva que resbalaba por el miembro del tembloroso Marco y la de su boca para humedecerse el dedo. Al momento en el que los apartó de sus labios, dejó escapar un jadeo escandaloso, cubriéndose con su propia mano y mirando hacia la derecha, angustiado. Los otros no parecieron enterarse de nada. Se lo metió despacio, sin dejar de lamerle, observándole cerrar los ojos cada vez con más fuerza, con los nudillos blancos debido a la intensidad con la que se tapaba la boca. Retorcía las piernas contra sus costados, alzaba las caderas, le arañaba los brazos. Jean se aventuró a meter un segundo dedo, siempre con cuidado. No llegó a meterlo entero cuando el fuerte tirón de pelo y la tensión repentina de sus músculos precedieron al semen, brotando de él abundante, a borbotones. Jean se lo guardó en la boca, exprimiendole, embadurnándose la polla después al escupirlo en su mano, subiendo de nuevo sobre el pecoso y presionando con su glande su poco dilatado cuerpo. El chico puso gesto de dolor, mirando con los ojos entrecerrados a su amante.

—Vas a hacerme gritar —Se quejó en su oído—, como me la metas voy a gritar, Jean, por favor, por lo que más quieras —Nunca sabía si sus ruegos eran para darle pie o frenarlo.

—Chupamela —Estaba fuera de sí, no iba a controlarse y no quería hacerle daño.

Intercambió sitios con Marco, dejándole en una posición que parecía disfrutar más. El simple hecho de verle succionandole, con las mejillas hundidas hacia adentro y esa expresión de profunda satisfacción era más que suficiente para ponersela dura hasta lo ridículo.

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—Marco, quiero, quiero que —Los jadeos no le dejaban hablar.

—Qué, qué quieres —Bajó la lengua hasta sus huevos, succionando con delicadeza, presionando su glande con la palma de su mano, rodeándolo con los dedos, oprimiéndola. Los jadeos de Jean se perdían en el vapor del agua caliente, sus manos le acariciaban los brazos, la mejilla y el pelo.

—No te lo tragues —Marco sonrió, sí, tienes pinta de ser de los que les gusta mirar el resultado, mi amor.

—¿Quieres correrte en mi cara? —Asintió, llevándose las manos a los ojos. Nunca hacía contacto visual con él mientras se la comía, parecía darle vergüenza. Se preguntó cómo se comportaría de ser él el sumiso.

—Cállate Marco —Al metersela hasta la garganta, Jean encorvó la espalda.

Le pasó la mano por el pecho y los abdominales, palpándole, sacándosela de la boca y lamiendo su longitud mientras la acariciaba, con los ojos cerrados. Disfrutaba comiéndosela, escuchándole jadear su nombre, observándole cubrir sus mejillas rosas. Decidió ponerse en serio. Metió los brazos bajo las piernas de Jean, rodeandolos con ellos y apretando sus muslos contra sus hombros, dejándole inmóvil de cintura para abajo. Hacía tiempo que aprendió a no sentir arcadas al meterse una polla hasta la  garganta y la de Jean no era especialmente grande, por lo que le engulló, frotándole con la lengua en el proceso.

—¿Qué me estás haciendo? —Jean se incorporó demasiado, tirándole del pelo. Gimió demasiado fuerte, le iban a ver por encima del muro pero parecía no darse cuenta o no importarle. Sin embargo se derrumbó—. Ohmierdamarco —farfulló entre dientes—, Marco, lo tengo ahí.

Saboreó esa primera descarga antes de la corrida. Le soltó las piernas, subiendo una mano y agarrándo a Jean de la nuca, forzando a que le mirase a los ojos, acariciándosela con la otra y la lengua, con la boca abierta y listo para recibir su corrida. Que llegó. Llegó de manera exagerada, manchándole las manos, la cara y el pelo. Jean tuvo un orgasmo silencioso, apretando los dientes, aguantando la respiración. Estaba seguro que de emitir sonido, sería un gemido que escucharían hasta en el baño de las chicas. Le dio una última chupada, sabiendo que la sentiría como insoportable, justo antes de intentar limpiarse la cara con las manos.

—Ojalá hubiese tenido una cámara para grabarte…

—A ver cuándo se van, porque sin agua no hay manera de limpiar todo esto —Jean intentaba ayudarle, resolviendo gran parte del asunto. Su flequillo estaba apelmazado.

—Qué desastre —Se rió, tirando de sus hombros, haciéndole tumbarse sobre él. Marco le besó, enredando sus piernas, sintiendo las caricias de Jean en la mejilla.

Se besaron despacio hasta que escucharon los grifos cerrarse, las voces alejarse y a sus compañeros marcharse. Jean se incorporó lo que pareció una eternidad de besos después, asomándose con cautela por encima de la murallita.

—Has nacido para comer pollas —Le susurró Marco ya bajo el agua, esta vez fresca. Jean dio una carcajada.

—Y tú para ser sumiso. Te juro por mi vida que jamás me había puesto tan cachondo como cuando te veo perdiendo el control.

Se ducharon hablando de sexo, de lo que le gustaba al uno y al otro, con total normalidad. Nunca le había pasado algo así, nunca había sido capaz de hablar sobre lo que le gustaba y lo que no sin morirse de vergüenza en el proceso, pero con Jean era diferente. Si le tentaba, sobre todo si le tentaba en público, sí le parecía vergonzoso, pero hablar del tema le resultó reconfortante. Además, Jean estaba muy perdido en eso de ser gay y al contarle ciertas anécdotas se le abrían los ojos de la impresión, haciéndole reír. Almorzaron charlando con normalidad con los demás del grupo. Nadie había notado su ausencia y nadie pareció haberles escuchado en el baño.

No tuvieron gran cosa que hacer en todo el día más que ayudar a Connie, y Sasha a preparar la obra, riéndose de las pintas que les habían dejado a Bert y a Reiner al disfrazarlos de los monstruos. Encontraron un puñado de marionetas que usarían para la obra que escribieron la noche anterior tras las cervezas. Seguros de su éxito, les encomendaron la tarea de vigilar a los críos mientras la representaban. Se sentaron juntos al fondo, en el césped delante del escenario improvisado.

—Hola profe —Ted, el chico del que se rieron el primer día de talleres, pareció desarrollar un cariño especial hacia Marco. Se sentó a su lado.

—Hola Ted, ¿qué tal el día libre?

—Muy bien, hemos encontrado las gallinas y a su dueño y nos ha dejado darles de comer. También hay un caballo.

—Ya lo hemos visto, sí… —Miró a Jean, que se rió negando con la cabeza.

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—Parece una eternidad desde aquel primer beso que nos dimos —Le susurró a Marco. Su tierna sonrisa apareció en todo su esplendor—, desde luego para mí es un mundo de distancia.

—Saliste corriendo —dijo con una risita—, te cagaste vivo.

—Claro, no entendía que un hombre pudiese provocarme esos sentimientos —Marco le acercó la mano, apartándole un pelo del flequillo que no estaba en su sitio.

—¿Qué sentimientos? —Le acarició la mejilla con el pulgar, atrapándole la barbilla después. Le brillaban los ojos, esos ojos café y almendrados tan bonitos.

—Ya sabes qué sentimientos —dijo tragando saliva, intentando ignorar el hecho de que sus mejillas ardían. Nunca había hablado de sus sentimientos con facilidad, siempre lo había considerado demasiado… femenino. Marco le estaba enseñando que estaba equivocado—. ¿Sabes? Estando contigo me he dado cuenta que lo de los sentimentalismos no es una cosa unida al género.

—Oh, vaya, menudo descubrimiento, patentalo —le miró frunciendo el ceño, chasqueando la lengua.

—Para ti será evidente, yo me he comportado toda la vida de una manera con las mujeres y casi seguro que estaba metiendo la pata.

—Bueno, ahora lo sabes. Yo nunca me he avergonzado de demostrar lo que siento ni con mis palabras ni con mis acciones, es como me han educado. Mi madre siempre dice que si tengo dentro un buen sentimiento, que lo demuestre.

—¿Por eso siempre sonríes así? —Marco le miró sin comprender—, fue tu sonrisa la que me hizo plantearme si me gustabas —Le entraron unas ganas exageradas de abrazarle porque, justo en ese momento, le iluminó con otra de sus sonrisas.

Jean se puso en cuclillas, pasando por detrás de Marco, sentándose tras él y tirando de sus hombros, haciéndole apoyar la espalda en su pecho. Se dejó caer sobre él con una sonrisa más pronunciada, agarrándose a sus brazos cuando le dio un largo apretón, rodeándolo con ellos y besando su mejilla.

—Gracias por quererme tanto —Le susurró al oído—, por enseñarme a ser mejor persona.

—Todavía no me creo el estar contigo así —se reía como un idiota cuando le miró a los ojos—, te quiero muchísimo.

—Ay, Marco, Marco… —Le agarró del pelo al besarle en los labios, rozando sus narices después. Le besó el pelo , le pasó los brazos por la cintura y apoyó la barbilla en su hombro, prestando atención al escenario.

—¿Qué te pasa Ted? —Marco miraba al chico, que los observaba boquiabierto.

—¿No os da… cosa que os vean? ¿Y si os dicen algo?

—Mira para allá —Jean señaló una fila más al frente, donde una de las chicas se besaba con un muchacho—, si ellos pueden nosotros también. Es exactamente lo mismo.

—No tengo por qué esconder una muestra de cariño, es algo bueno. Y el que considere que esto es algo malo es el que tiene el problema, no yo —Marco entrelazó los dedos con los de Jean.

—Me gustaría poder hacerlo —suspiró el chaval.

—Pues hazlo. Hasta hace dos días yo era hetero y ya me ves.

—Sí, jamás habría pensado que tú… en fin —el chico se rió—, el profe Marco sí, pero tú no.

—Ni yo lo sabía, Ted, soy el primer sorprendido —Se rieron juntos, mirando al escenario.

Y qué cierto era. Al principio del campamento habría sido hasta capaz de partirle la cara a cualquiera que sugiriese que le gustaban las pollas. Y no entendía ese pensamiento, se avergonzaba de haberlo tenido. No tenía problemas con que los demás fuesen gays pero en lo que a él concernía, era un hetero de pies a cabeza. Ahora miraba el perfil del hombre que rodeaba con sus brazos y no comprendía cómo la posibilidad de poder enamorarse de alguien así no estaba entre sus planes sólo porque tuviese otra cosa entre las piernas que no fuese una vagina. Marco era alguien digno de ser amado, de agarrar y no soltar, de no dejar marchar. Un sentimiento desagradable comenzó a nacerle en el pecho, solo quedan dos semanas de campamento. O semana y media. Después de eso se separarían. Vivían a casi 7 horas de distancia y cada uno tenía su trabajo en su ciudad. No se podrían ver en mucho tiempo y ya estaba acostumbrándose a verle todos los días. No le prestó atención a la actuación, se pasó la casi hora entera observando la forma de su oreja, sus cejas, las pecas que le decoraban el rostro y los hombros al aire por esa camiseta sin mangas. Sonriendo débilmente al verle reír, queriendole tanto que era insoportable. Hundió su nariz en el cuello del chico, aspirando su olor, muerto de rabia por no poder retenerlo en su memoria para siempre.

—Jean, ¿estás bien? —Se giró mirándole preocupado, levantando la mano para acariciarle la mejilla. Cerró los ojos ante el contacto, asintiendo.

—Claro, mira que te pierdes lo mejor —Pudo ver en sus ojos que no se creyó ni por asomo sus palabras.

—Luego hablamos tú y yo… —Desde entonces, no paró de sentir las cosquillas de Marco en sus manos, leves apretones esporádicos. Intentaba no pensar en el hecho de perderle, tenían muchos días por delante para disfrutar el uno del otro, pero desde ese momento era una sombra que le acechaba.

5

Durante la cena notó que Jean le observaba en silencio, olvidándose de comer. Y no fue el único. Reiner se apoyó en un codo, frunciendo el ceño al verle suspirar mientras giraba con apatía los tallarines con el tenedor.

—Pero a ver, ¿qué cojones te pasa? —Alzó la vista del plato, cambiando la expresión por completo, alzando una ceja.

—Nada, ¿no puedo estar en silencio?

—Por mí como si no vuelves a abrir la boca en el campamento, pero estás preocupando a tu novio —Miró a Marco, que relajó las cejas.

—Un poco sí —admitió. Jean respiró hondo.

—Lo siento, son pamplinas mías —Cogió el plato casi lleno y se lo dio a Sasha, que le lanzó besitos—, me voy a la cama. Estoy cansado —Le observó alejarse con el ceño fruncido.

—Eh —le dijo Reiner—, habla con él y haz que se le pase el disgusto. Bert y yo tardamos un poco más si quieres por si… —Hizo un gesto con la mano ante la boca y la lengua contra su mejilla, fingiendo una felación.

—No, no creo que vayamos a hacer nada más hoy.

—Uh, nada más, ¿cuándo os habéis escapado vosotros dos? —Abrió la boca, poniéndose en pie y huyendo tras su novio por pura vergüenza de no responder que fue justo a su lado.

Jean estaba acostado de cara a la pared, en su cama, con el brazo por fuera de las sábanas. No supo si lo hizo o no aposta, pero tenía el hueco justo para que él se tumbase detrás. Se quitó la camiseta y los vaqueros, acostándose tras él. Se apoyó con el codo en la almohada, inclinándose sobre su hombro para verle la cara. Se tapaba los ojos con una mano y tan pronto le pasó el brazo por la cintura, se lo apretó con la otra.

—Jean, ¿qué ocurre?

—Es una gilipollez —Le notó la voz extraña, tomada.

—¿Estás llorando? —Le vio apretar los dientes, chasqueando la lengua—. Cuéntame qué te pasa, por favor —Huyó de su contacto.

—Vete a dormir, de verdad, no es nada.

Al darse cuenta de que no iba a conseguir nada se acostó en su cama, lo que no significó que no le diese vueltas al asunto. Jean no era el típico que demostrase sus sentimientos, pero verle en ese estado le hizo pensar que algo debía estar haciéndole mucho daño. Lo único que esperaba era no ser él responsable de ello, Aún estaba despierto cuando Bert y Reiner volvieron, y hasta que este segundo no comenzó a roncar no empezó a adormilarse. Un jadeo repentino seguido de una agitación le hizo entreabrir los ojos. Jean se sentaba en la cama, jadeando, con una mano en el pecho y las lágrimas saltadas. Marco se incorporó, apoyándose en un codo. Jean le miró, salio de su cama y se arrojó sobre él, abrazándolo por la cintura.

—Marco… —Sollozó en silencio contra su piel. Angustiado, le acarició el pelo, besándole las mejillas.

—Eh, eh, eh, ha sido un sueño, ¿qué te pasa? Me estás asustando —Se inclinó sobre él, agarrándole la cara con las manos y besando sus mejillas, mojadas.

—Shhhh —Volvió a pegar la oreja a su pecho—, déjame escucharte —Le abrazó, frunciendo el ceño. ¿Qué ha soñado para necesitar escuchar los latidos de mi corazón?—. He soñado que te habías muerto o algo, te habías ido para no volver —Le respondió—, jamás me había sentido tan solo. Y, joder, no debería preocuparte de esta manera, soy gilipollas, aún quedan dos semanas de campamento pero no sé qué me pasa —No le miraba a los ojos, se los frotaba con rabia. Marco le puso la mano en la mejilla, chasqueando la lengua y acariciándosela de nuevo—, no quiero que te vayas —Su cara se contorsionó con la pena, volviendo a abrazarle con fuerza, temblando al sollozar—, no quiero irme, ni alejarme de ti. Joder, te quiero un montón.

—Eres tonto —Se rió, aliviado de que no fuese nada grave de verdad—. Tú mismo lo has dicho, nos quedan muchos días juntos, no pienses en eso ahora y no le hagas tanto caso a un sueño —Se rió con más ganas—. Lo mejor de todo esto es que siempre vas de tipo duro y siempre he sabido que por dentro eres el más blandito de todos los que estamos aquí.

—Vete a la mierda.

—Yo también te quiero, idiota. Y no, no quiero separarme, pero nos quedan muchos días y muchas cosas que vivir. Y eh —Volvió a apartarle la cara del pecho cuando se hubo tranquilizado un poco—, mañana dormimos en la caseta y podrás hacerme lo que quieras —Notó que se ponía colorado al decírselo, pero consiguió que le mirase a los ojos y consiguió sacarle una sonrisa.

—Si no eres capaz de decirme algo como eso sin ponerte colorado, no lo digas.

Marco le acarició el pelo, besando sus labios, sus mejillas, su nariz, toda su cara, muchas veces y muy rápido. Volvió a hacerle reír. Jean le pidió que le abrazase esa noche y él, como era obvio, no pudo negarse. De vez en cuando le susurraba que le quería, Jean le apretaba la mano. No había pensado en ese tema hasta que Jean no lo sacó, y aunque sí que le angustiaba un poco la idea de separarse de él, no iba a permitir que estropease los días que les quedaban por delante. Como por ejemplo el día siguiente. Se lo pasó muerto de nervios desde que abrió los ojos y Jean casi saltó de la cama, de muchísimo mejor humor.

—Voy a ducharme corriendo, vente ahora —Le dijo con prisas. Acercó la boca a su oreja y le susurró—, quiero correrme para durar más tiempo esta noche —Le tiró del pelo de la nuca y le dio un beso profundo, jadeando gravemente en sus labios, bajando la mano por su pecho hasta sus calzoncillos, agarrándole la erección mañanera.

—Jean, que están despiertos —susurró, apartándole la mano.

—Y yo también —Se la agarró sobre los pantalones y le guiñó el ojo, saliendo de la habitación.

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Para su desgracia, Marco no se movió de la cama. Esperó a que Jean regresara con una sonrisa satisfecha en el rostro y se duchó con todos los demás. Cogió una mochila, guardando unas cuantas cosas de su taquilla, con el bañador puesto porque por lo visto había un lago y pensaba bañarse.

—Ve ya a la entrada, Eren y Armin deben estar esperando. Voy un momento a la enfermería y vuelvo corriendo —Le hizo caso y se acercó al grupo. Tan pronto llegó, Armin le dió un objeto redondo y plano, bastante grande.

—Vuestra caseta. ¿Dónde está Marco?

—Ahora mismo viene, dice que va a pedir algo en la enfermería.

Eren les contaba algo a los chicos que los tenía idiotizados. Desde luego poseía habilidades de liderazgo. Mikasa se le acercó desde un lateral, él se disculpó y fue a despedirse de ella. Era curioso como ahora no le importaba lo más mínimo verlos juntos. Marco venía resoplando, cerrando su mochila, saludándolos a todos con una sonrisa.

—¿El profe Marco viene? —dijo una chica de 13 años. Armin asintió. Tres de ellas se abalanzaron sobre él, abrazándole por la cintura. Escuchó un chasquido de lengua a su lado. Era Ted, cruzado de brazos.

—Ya les he dicho que es gay, pero se creen que miento porque creen que me gusta.

—¿Y no te gusta? —Le miró a la cara, no se esperaba esa pregunta.

—No. Eren es más guapo —Le susurró. Menudo gusto de mierda tiene el enano.

Los dejaron en la parte de atrás del grupo, vigilando que ninguno se perdiese o desviase del camino. Las chicas no se despegaban de Marco, que charlaba con ellas felizmente sobre las cosas que le gustaba o no le gustaba hacer.

—Profe —dijo una después de muchas risitas—, ¿tienes novia?

—Nnnop —Contestó él alegremente.

—¿Y te gusta alguna chica? —Negó con la cabeza, visiblemente divertido. Jean comenzó a sonreír de lado porque todas se rieron incluso más nerviosas que antes. Eren y Armin pararon junto a una valla, señalando a un montón de vacas que pastaban tranquilamente.

—No tengáis miedo —Les dijo Marco a las chicas—, si no hay terneros no hacen nada.

—Qué lenguas más largas —dijo una de ellas.

—¿Queréis saber cómo dan besos las vacas? —Les preguntó Jean a las tres y a Ted, que se sonrieron esperando la respuesta. Le puso una mano en la mejilla a Marco, aguantándole la cabeza con la otra y lamiéndole la mejilla opuesta de barbilla a ceja. Dió un gritito que sonó como un “Iiiiiihhhh”.

—¡¡Jean!! —Dió dos pasos atrás, limpiándose la cara con el dorso de la mano mientras él se partía de risa con los niños.

Las chicas comenzaron a fijarse en él también, haciéndole el mismo tipo de preguntas, caminando hasta el claro donde montarían las casetas. Jean colocó la suya un poco más alejado del grupo de lo normal, siendo previsor. Si iban a gemir, al menos que no se enterasen los críos. Tan pronto estuvieron situados, se quitaron las camisetas y los zapatos. Jean fue el primero en lanzarse al agua de cabeza, acto seguido la mayoría de los chicos. Estaba helada, pero hacía tanto calor que se agradecía.

—Hay algas en el fondo —Se quejó una chica, asqueada. Jean la cogió en sus hombros, haciéndole dar un gritito.

—¡Marco, coge a alguna y a ver quién gana! —Le hizo caso, sosteniendo a la primera que se le lanzó a los brazos.

Tras la primera batalla, los chicos se fueron turnando, subiéndose también en los hombros de Armin y Eren. Acabaron agotados, pidiendo que les dejasen unos segundos de descanso. Marco hundió la cabeza en el agua para luego echar el pelo hacia atrás. Al sentirse observado, le sonrió, flotando sin tocar el fondo.

—Estoy a punto de matarle la ilusión a las chicas —Murmuró nadando hacia a él—, no te quitan la vista de encima.

—¿Vas a ser tan despiadado? —Esa mordida de labio fue un desafío en toda regla.

—No, de momento no. Pero si se me apetece mucho besarte, voy a hacerlo. O tocarte.

—Ya me has lamido la cara, no sé qué puede ser peor.

—Lamerte la boca —Marco resopló, hundiéndose y nadando lejos de él.

Siguieron jugando hasta la hora del almuerzo y nada más acabar de comer, volvieron a bañarse. Armin no paraba de decir que les iba a sentar mal, pero nadie le hizo caso. Tan pronto comenzó a irse el sol, mandaron a los chicos fuera del agua, algunos hasta tiritaban.

—Súbete las calzonas, exhibicionista —Murmuró Marco, saliendo a su lado. Sus ojos castaños brillaban de una manera que sabía iba a recordar una vez no estuviesen juntos. Quitaba el aliento.

—No me extraña que estén todas locas por ti —Le pellizcó la barbilla, guiñándole el ojo porque sabía que se iba a poner colorado.

Aguantó el tirón hasta llegar a la caseta, donde se metieron a quitarse los bañadores y ponerse ropa interior seca. En medio del bosque comenzaba a refrescar. Cerró la cremallera y al darse la vuelta, se lo encontró sentado, con el bañador por los tobillos, buscando calzoncillos limpios en su mochila. Hinchó los carrillos y expulsó el aire despacio, bajándose él también el bañador.

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Jean se le echó encima, tumbandole en el suelo de la caseta, lamiéndole desde el ombligo hasta la boca. Se rió mientras le besaba y le pellizcaba, intentando alejarse de él.

—Estate quieto, tenemos que salir otra vez. Guárdate las ganas para esta noche.

—Qué autocontrol tienes… o eso o no te pongo tanto como tú a mí.

—¿En serio? ¿De verdad me estás diciendo eso? —Le cogió la mano y se la puso en su miembro erecto—. Es la tercera vez hoy solo por mirarte. Las otras dos veces estaba o bajo las sábanas o bajo el agua —Jean comenzó a mover la muñeca despacio, masturbándose él también—. Hnnnooo, no, no. En serio, no —A pesar de estar jadeando, le paró—, cámbiate de una vez.

—Vas a ver las estrellas de la que te voy a dar luego… —prometió.

Y eso esperaba, que le diera fuerte y profundo. Se vistió a toda prisa, obligándose a pensar en otra cosa, saliendo atropelladamente de la caseta. Eren les explicó a los chicos cómo encender la fogata, consiguiendolo a la primera y recibiendo ruiditos sorprendidos como recompensa. Parecía crecerse cuando era el centro de atención, de hecho un grupo de chavales no paraba de preguntarle de todo y es que tanto él como Armin se habían criado en el campo y sabían de lo que hablaban. Jean apareció con una neverita, repartiéndole un pinchito de carne a cada persona. Había dos raciones para cada uno y una pieza de fruta. Comieron con ganas, estaban muertos de hambre. En lugar de sentarse como siempre, estirado cuan largo era, se agarró las piernas con un escalofrío.

—Ish, puto campo —murmuró.

—Tendrías que haberte traído una chaqueta como nos dijo el profe Armin —le sugirió una de las chicas.

—No pasa nada, yo no tengo frío —Marco se acercó a él, frotándole los brazos al pasarle el suyo por la espalda. Jean se le arrimó con un gruñido molesto.

—¿Alguna vez has ido de acampada con una chica? —La miró, negando—, ¿has tenido novia, profe? —Volvió a negar con la cabeza—. ¡No me lo creo!

—Porque ha tenido novios, no novias —refunfuñó Ted.

—¡Deja de inventarte cosas! —Una de las chicas le empujó, ignorándolo después.

—¿Qué tendría que tener tu pareja ideal? —Las tres lo miraban expectantes.

—Hmmm… si es lo contrario a mí, mejor. No me gustaría estar con alguien tan cortón como yo. Quiero a una persona impetuosa, que me haga plantearme si lo que hago a su lado debería hacerlo. Alguien que tenga el valor que me falta, una persona directa y honesta En realidad lo que de verdad me gusta son estas típicas personas que parece que son de piedra pero cuando están contigo se convierten en algodón hasta el punto de sonrojarse. Ya sabéis lo que digo, ¿no? —Las tres sonrieron. Una de ellas miró a Jean.

—¿Y a ti, profe?

—¿Sabéis de estas personas que todos adoran porque son buenos de corazón? Estas personas que cuando sonríen te alegran el día.

—¿Como Marco? —dijo una. Él sonrió de lado.

—Exacto, como Marco. Pues eso. Y además me encantan las pecas —Le miró a la cara—, Eh, ¿quieres salir conmigo?

—Vale, ¿por qué no? —Las chicas se rieron creyendo que era una broma. Lo que desconocían eran las ganas inmensas que tenía de comerselo a besos. Las tres se levantaron, yendo juntas entre los árboles con una linterna para vaciar la vejiga.

—Son unas cotillas —Le dijo Jean, y tú das demasiados detalles.

—¿Te da vergüenza que sepan que en realidad eres una persona adorable que se pone colorada cuando le digo cosas bonitas?

—Mira quién habla de ponerse colorado, vives en ese estado constantemente —Por su tono de voz, supo que sus mejillas comenzaban a colorearse. Se inclinó sobre él y le susurró al oído:

—Y no es solo cuando te digo cosas cuando te pones así, sobre todo cuando te las hago —No pudo evitar la risita nerviosa que se le escapó. Jean apoyó la boca en sus brazos, mirando al fuego fijamente con el ceño fruncido. Estaba guapísimo. Le pasó la mano por la mejilla, hacia su pelo, apartándoselo—. Está más largo —Le besó la sien derecha. Jean le miró a los ojos, con la sombra del rubor sobre su nariz y cachetes.

—Eres un imbécil —Marco rozó su nariz con la suya, sonriendo. Jean le acercó la boca, dándole un lento beso en los labios. Siempre sentía como si tirasen de su estómago hacia arriba cuando le besaba sin esperarlo—, mi imbécil —Asintió, volviendo a besarle con una sonrisa más pronunciada.

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Se sentaron como el día anterior viendo el teatro, solo que ahora era Marco el que servía de reposo para un tembloroso Jean, pasándole las manos por los brazos. Armin narraba de manera experta una historia de terror, pero él se estaba quedando frito entre caricia y caricia, sintiéndose calentito en sus brazos. Cerró los ojos, solo un ratito, disfrutando de la suave narración de Armin, el crepitar del fuego y la respiración de Marco contra su pelo. Sintió un beso en la cara. Abrió los ojos y miró hacia arriba. Marco le puso la mano en la mejilla, acariciándole el mentón, besándole despacio en los labios una y otra, y otra vez mientras Jean le clavaba las uñas en ese brazo que le rodeaba con fuerza. Jean le metió la lengua en la boca tan despacio como le besaba, sintiendo que le tiraba del pelo y respiraba más profundamente. Sus pechos ascendían, acelerados por la lucha de sus lenguas. Nadie les prestaba atención, centrados en la historia de Armin. Y no fue hasta que la acabó con un sorprendido “oooooohhhhhh…” de los chicos que no dejaron de besarse.

—Siento la boca como cuando comes muchas palomitas saladas —murmuró Marco en su oído, riéndose—, pero quiero seguir besándote.

—¡Bueno! Hora de irse a la cama, que mucho hemos tardado. Vamos a apagar el fuego como es debido y a recoger.

Se levantaron, poniéndolo todo en orden y asegurándose de que todo el mundo estaba en sus casetas y con todo lo que necesitaban. Les dieron las buenas noches y se alejaron hacia su tienda de campaña, mirándose de reojo. A más cerca de llegar, más aceleraban los pasos, más se miraban y más sonreían nerviosos. Marco la abrió con las manos temblorosas, él la cerró con el pulso firme. No se había dado la vuelta que ya había encendido una pequeña lamparita eléctrica y se había quitado la camiseta. Le quitó la suya a Jean, pasando los labios por su pecho, con las piernas abiertas y él en medio de rodillas.

—Quiero ponerte muy cachondo —Le dijo Jean, tumbándose sobre él, apoyado en las puntas de los pies para quitarse los pantalones y calzoncillos mientras Marco hacía lo mismo bajo su cuerpo, sin dejar de mirarse a los ojos, respirando uno en la boca del otro—, que me necesites y no puedas más.

—Ya te necesito, llevo necesitándote desde la primera vez que te la comi —Pretendió ponerse a cuatro patas, pero le tumbó boca arriba, haciendo que su espalda chocase bruscamente contra el aislante.

—Quiero verte la cara —Le pasó las manos por los brazos, subiéndoselos, frotando su erección con la de Marco.

—Abre mi mochila, busca un bote blanco —Jadeó. Le hizo caso y la cogió con una mano, aún sosteniendo las muñecas de Marco sobre su cabeza. Tuvo un escalofrío cuando le pegó la lengua a la base del cuello, succionando después.

—¿De dónde has sacado esto? ¿Te lo has traído de casa? —Era un bote de vaselina enorme. Al mirarle a la cara vio culpabilidad en sus ojos.

—De la enfermería —murmuró a media voz. Jean sonrió de lado, dejándolo junto a la cabeza de Marco.

Aún sosteniéndole las muñecas, fue mordisqueando su piel hasta su pecho. Marco apretó los dientes, quejándose, levantando las caderas. Notarle tan ansioso por su cuerpo no hacía más que endurecérsela de manera irrisoria. Succionaba sus pezones, presionando con la lengua al mismo tiempo, riéndose al escuchar sus cortos y agudos gemidos en casi voz baja. Le soltó las manos, llegando a su vello púbico, enterrando la nariz en él y aspirando. El aroma de la caseta provenía principalmente del plástico y los materiales sintéticos que los rodeaban, pero el olor de entre sus piernas era pura ambrosía. Despertó sus instintos más primarios, metiéndosela en la boca impaciente, sintiendo la arcada al querer tragarle demasiado.

—Voy a correrme —Marco le agarraba del pelo, mordiéndose el labio, estirando y encogiendo las piernas—, no me la comas así.

—No tienes aguante ninguno —Hizo contacto visual con él mientras le lamía de huevos a glande. Le vió resoplar y casi pierde los papeles con su ruego:

—Por favor, fóllame ya.

Agarró el bote de vaselina, abriéndolo y hundiendo el dedo índice en él, embadurnándolo. Lo pasó por la entrada de Marco, en círculos, despacio. Pero si alguien tenía menos paciencia que Jean, era él. Se encorvó hacia adelante en un movimiento de caderas y, agarrándole la mano, le obligó a meterle el dedo. Cuando apretó hacia arriba, le vio sonreír con los ojos cerrados.

—Otro, mete otro.

—No quiero hacerte da—

—Jean, por favor, otro, no es la primera vez que hago esto, Jean… —Tragó saliva. No soportaba que gimiera su nombre. Le hizo caso. Y cuando le pidió un tercero también obedeció. Se inclinó sobre él, masturbándose y agarrando su polla al mismo tiempo, acariciándolas las dos—. Metemela, metemela, no puedo, Jean, no puedo más.

Eso es lo que él quería, tenerle implorante. Sacó los dedos de su cuerpo y cogió una buena cantidad de vaselina, empapado de ella, asegurándose de no provocarle dolor. Marco subió las rodillas hasta su pecho, abriéndose, tirando de su piel con las manos para facilitarle el acceso. Jean tanteó la entrada con su glande, despacio. Marco respiraba muy rápido, con los labios apretados y la vista fija en el grueso glande de Jean.

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Se iba a volver loco, parecía no lanzarse del todo y lo que él necesitaba era que le clavase contra el suelo de una vez. Cuando metió el glande, empujando suavemente en su interior ya dilatado por sus dedos, Jean se dejó caer sobre él, agarrándole de las piernas, jadeando con fuerza en su oído. Muy despacio fue entrando en él, gimiendo con cada leve vaivén de caderas. Marco sentía ese conocido ardor en su interior, esa deliciosa manera de sentirse lleno, solo que esta vez no era cualquier ligue casual. Era Jean. Su Jean. Y no le miraba a los ojos, los tenía cerrados, con la boca abierta, a punto de perder el control.

—Mírame —Le rogó. Jean entreabrió sus ojos castaños. Le besó despacio.

—Es demasiado estrecho, joder, Marco, esto es lo mejor que me ha pasado en la puta vida —Su quejido sonó como si estuviese a punto de echarse a llorar, y él se sorprendió al notar las caderas de Jean contra su culo.

Comenzó a moverse un poco más ansioso, sin apenas sacarla, preguntándole si le gustaba. Marco solo podía asentir. Más, más, más, dame más. Quería decirle que le diera más fuerte pero temía que si abría la boca para hablar, el grito llegase hasta los dormitorios del campamento. Jean le colocó una rodilla debajo del cuerpo, levantándole las caderas y sosteniéndolo por la nuca. Marco se agarró a la funda de los cojines con ambas manos, retorciéndola y gimiendo sin poder evitarlo. Sentía la mirada de Jean clavada en su rostro, su miembro golpearle en lo más profundo y las gotas de su propio esperma mancharle el pecho. Se la sacó despacio, poniéndole de espaldas, tumbado contra la lona de la caseta. Esa era definitivamente su postura favorita tanto para dar como para recibir. Marco dobló una rodilla contra su cuerpo, rodeando la almohada con los brazos. Al volver a sentirle entrar, mordió la tela, esforzándose por no hacer ruido. Jean se apoyó con ambas manos en su culo, moviendo solo las caderas, hasta el fondo.

—¿De qué te ríes tú, eh? —Le susurró al oído con voz divertida. No se había dado cuenta pero era cierto, tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—Me encanta —Se encogió al sentir su boca en el cuello, pero le arrimó el culo un poco más.

—Córrete conmigo —Le metió la mano bajo el cuerpo, acariciando tan solo la parte superior de su erección. Más que suficiente.

Mientras él mordía la almohada, Jean le mordía el hombro, follándole salvajemente, metiéndosela y sacándosela en violentas embestidas, poseyéndole hasta el punto de hacerle ver blanco en un orgasmo que le obligó a gritar contra su brazo. Al apretar los músculos involuntariamente, Jean exclamó, lanzando al aire juramentos fraccionados, gemidos exhalados. Sintió que no cabía en su interior todo lo que tenía para darle, más lubricado que nunca. Jean apretó las caderas a él, derrumbándose sobre su espalda, jadeando como loco y tragando saliva con dificultad. Le apartó el pegajoso pelo de la cara a Marco, besándole la mejilla. Seguía con las cejas juntas y los ojos cerrados, sofocado.

—¿Estás bien? Lo siento, me he pasado de brusco.

—Anda ya, has sido suave en comparación a otros con los que he estado —Giró la cara, besándole sobre su hombro—, y el tamaño de tu polla es perfecto. —Salió de él, tumbándose a su lado con una risita. Notó el esperma saliendo de su interior, derramándose entre sus muslos.

—Menudo desastre —Miró dentro de la mochila de Marco, sacando un paquete de pañuelos y limpiándole como pudo.

—Dame, tengo el estómago lleno —Al girarse vio las manchas de su propio esperma en su piel y las sábanas. A Jean se le dibujó una sonrisa golfa. Subió la cremallera de la caseta y le dio la mano, desnudo.

—¿Qué haces? No.

—Ven, dame la mano, confía en mí y vuelvete loco. Siempre eres demasiado correcto. Lo has dicho antes, ¿no? Esto es lo que quieres.

Accedió solo porque cada vez que se dejaba llevar por él, lo pasaba de miedo por mucho que se muriese de vergüenza. Entre risitas, le sacó de la caseta, llevándoselo de la mano hacia el lago. Se llevó un dedo a los labios y entraron en el agua despacio.

—Nos vamos a resfriar —No podía parar de reírse, pensando en que alguien saliese a mear y los viese en el agua.

—Nah, ven —Jean le puso las manos en las caderas, pegándose a él y besándolo despacio en los labios.

—Me encanta esto de ti, de verdad que me gusta —dijo Marco en su boca, acariciándole los cortos y oscuros pelos de su nuca con las uñas—, que me vuelvas loco y tengas tan poca vergüenza.

—¿Ves? Y a mí me encanta ponerte colorado —Notaba el agua helada correr entre sus cuerpos, sonrió, volviéndose a dar cuenta de que tenía que agachar un poco la cabeza para besarle.

—¡Eh, qué hacéis ahí! —Se metió en el agua hasta la nariz cuando una linterna los alumbró.

—¡¡Vete a dormir, Jaeger!! —Le gritó Jean a Eren, mostrándole el dedo corazón.

—Ah, ¡Lo siento! —Se dio la vuelta, apresurado.

—Te mato, te juro que te mato —Murmuró Marco. Jean se lanzó sobre su cuerpo, flotando sobre él y dándole un beso que le dejó la mente en blanco.

6

Al despertarse sintió un sofoco brutal. El sol pegaba en la caseta de lleno y hacía tanto calor que no podía respirar. Miró la hora y eran solo las 9:30 de la mañana. Lo de Marco era una composición anárquica de piel, pecas, pelo desastroso y sábana que ni le cubría ni le dejaba de cubrir, respirando profundamente. Habían tenido la decencia de ponerse los calzoncillos la noche anterior, por si tenían que salir, como era su caso en esos momentos. El único sonido que le rodeaba era el de la naturaleza, caminó hasta los árboles más cercanos y echó una meada eterna. Una vez en paz con su vejiga, volvió a la caseta, descubriendo que era incapáz de meterse. Sin embargo, estaba demasiado cansado para levantarse, por lo que se metió en ella hasta la cintura, apoyando su cojín en el césped y dejándose caer en él, boca arriba con las manos bajo su nuca. Escuchó risitas a lo lejos, miró de reojo, eran las chicas, observándole. No mucho después sintió a Marco moverse, tocarle la pierna. Abrió los ojos y se encontró con su mirada confusa en la puerta de la caseta. Por qué querré tanto a este inútil…

—Péinate esas greñas —Bostezó, desordenándoselas más, dejándose caer sobre su pecho y dejándole sin respiración—. Pesas un poco, no es por nada.

—Hmmmmm —Puso sus manos bajo la barbilla, mirándole con los ojos medio cerrados.

—Me quiero aprender tus pecas, ¿podré algún día? —Se rió como un idiota, una risita rápida y adormilada. Rodó sobre su cuerpo, dejándose caer a su lado, estirándose.

—Qué bien he dormido —Subió una mano, acariciándole el bíceps con dos dedos.

—Tengo un problema —Le miró la boca, esos labios gruesos que tantísimo le gustaba besar—, las niñas están mirando y quiero besarte.

—Bueno, ya va siendo hora de que se enteren —Marco se puso de lado, incorporándose, inclinándose sobre su cara y dándole el beso de buenos días que esperaba desde hacía un rato. Le hizo cosquillas en la frente con su pelo.

Jean le puso la mano en el cuello, rodando sobre él, riéndose golfo ante su sonrisilla alegre. Se tumbó en diagonal, dejando caer su pecho en el de Marco, sintiéndo sus caricias en el costado mientras le besaba desde arriba. Le acarició el pelo, observando sus ojos alegres. En su vida había estado tan enamorado.

—¡¡Os lo dije!! —Ted se reía de fondo ante las protestas de las chicas. Se levantaron y fueron a desayunar con ellos, saludando a Armin y a Eren que habían dormido en el lado opuesto del campamento.

—Profe, eres un mentiroso —Le dijo una de las chicas a Marco, enfurruñada—, nos dijiste que no tenías pareja.

—No. Os dije que no tenía novia —aclaró. La chica puso morritos, fastidiada.

—Nunca nos los preguntásteis —dijo Jean—, no debéis asumir que todo el mundo es hetero. Es más fácil si preguntáis a esa persona si tiene pareja, aunque sigue siendo algo un pelín maleducado.

—¿Por qué los dos monitores más guapos tienen que ser gays? —Se rieron cuando una de las chicas se tiró de cara al césped.

—Reiner es soltero —dijo Marco.

—¿Cómo que Reiner? —le miró con media sonrisilla—, ¿te gusta Reiner? —Se encogió de hombros.

—Está bueno y es grandote además de simpático. Ya sabes que los que sois tan extrovertidos me atraéis. Además, a tí te gusta Mikasa y nunca he dicho nada —murmuró un “no es lo mismo y lo sabes”.

—¿¡Perdón?! —Eren dejó de comer, con aspecto de querer saltarle al cuello.

—Tranquilito, ¿eh? —dijo Jean orientando las palmas de las manos hacia él. Armin le dió un manotazo en el brazo a Eren mientras que Marco le tiraba del meñique a Jean—. No te acojones que ahora mismo solo me interesa Marco.

—Como si tuviese que tener miedo de algo —los chicos los observaban con la boca abierta, dejando de comer. Algunos sonreían, algunos se asustaron.

—Si estuviese conmigo por lo menos sí que tendría org—

—Ay, cállate ya —Marco le cogió por la barbilla y le dió un beso en los labios. Jean sonrió, olvidándose del gilipollas de Eren, de Mikasa y el campamento entero, tirándose sobre él, tirándole el desayuno, besándole con fuerza y ambas manos en sus mejillas. Las chicas dieron un gritito, excitadas. Ted suspiró. Eren refunfuñaba. Pero el universo entero de Jean se concentraba tan solo en la sonrisa avergonzada de Marco. Qué voy a hacer sin él…

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La semana y media de campamento que les quedaba lo vivieron tan intensamente como pudieron. Por las tardes solían o bien quedarse con el grupo, o si se sentían más necesitados, dándose una vuelta campestre. Siempre con la vaselina de acompañante por si las moscas. Hicieron el amor casi por todas las esquinas del campamento, tanto dentro como fuera, todo un milagro que no les pillasen. Reiner y Bert casi los pillan en pleno acto al entrar en una de sus “siestas” en el bungalow, pero consiguió que la sangre de Jean volviese a su cerebro a base de pellizcos en el muslo. Se volvieron también la atracción principal de las chicas, que tan pronto los veían juntos se reían y cuchicheaban. El último día de campamento se levantó con la intención de vivirlo como siempre, haciéndoselo saber a Jean y pidiéndole que intentase lo mismo. Durante todo el día hicieron concursos, los chicos habían fabricado regalos secretos en las clases de arte para los profes, dándole a ellos dos un pergamino que se dividía en dos de “la pareja del campamento”, a Reiner y Bert el de “mejor cuerpo”, a Annie y Mikasa uno que decía “girl power”, el de Christa era “la más bella” y el de Ymir “la más guay”. A Eren le dieron uno por su valentía, a Armin por su sabiduría, a Connie por ser el payaso de todos y a Sasha por glotona. Todos estaban muy felices con sus premios, los chicos eran un amor. Les echaría de menos. Y con ese pensamiento en mente miró a Jean, que observaba el diploma con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—Ven conmigo un momento —Marco se puso en pie, ofreciéndole la mano.

Casi no podía ver por dónde pisaba, había oscurecido y esa zona seguía sin estar alumbrada. Al ver dónde le llevaba, escuchó que Jean chasqueaba la lengua. Se paró en seco, por lo que se giró a mirarle. Tenía una mano ante los ojos, llevándose su otra mano a la cara. Se acercó a él, susurrando su nombre.

—No puedo hacer esto —dijo a media voz.

—Ven conmigo, por favor —Se apartó las manos de la cara y tragó saliva. Marco intentó no ver sus ojos llorosos, pero los vio. Se obligó a sí mismo a no derrumbarse. Caminaron hasta la valla donde Sasha se coló para buscar huevos aquel día.

—Apesta a corral —Se rió, cogiéndole las manos a Jean.

—¿Te acuerdas de cómo te sentiste cuando nos besamos por primera vez? —Asintió, mirándole con esos ojos húmedos y las comisuras de sus labios inclinadas hacia el lado que no debían—. Yo no me podía creer que precisamente la persona en la que me había fijado era la que me estaba besando. Nunca me había pasado eso de tener un crush y que se fijase en mí.

—Me moría de miedo. Sentí tanto con ese beso que me cagué vivo. Sabía que me gustabas mucho, pero me negaba a admitirlo. Fui un idiota.

—No, fue parte de nuestra historia —Le puso las manos en los hombros, besándolo despacio en los labios—, me ha encantado vivir esto contigo.

—No hables como si ya se hubiese acabado —En su quejido pudo sentir angustia—, no nos vamos hasta mañana por la mañana.

—Pero no quiero despedirme mañana, quiero despedirme ahora. Porque lo último que necesito ver mañana es tu sonrisa.

Jean cerró los ojos, dejándose llevar, apoyando la cabeza en su hombro y tirándo de su camiseta blanca. Marco le abrazó todo lo fuerte que fue capaz, acariciando ese pelo extraño y precioso de dos colores, besándolo, llorando con él en silencio. Hasta para llorar soy más comedido que él. Iba a ser muy difícil el no verle todos los días, no poder charlar con él a la hora del almuerzo, no sentir su mano rozando sus dedos de manera casual cuando caminaba. Iba a echar de menos mirar a su alrededor y verle por allí, sin siquiera interactuar con él, solo verle o escucharle. Su ropa no iba a oler a él, su sudor tampoco, ni su almohada. Pero su corazón rebosaba de Jean en esos instantes, sabía que podría racionar un poco su amor por él para volver a llenarlo en cuanto se reencontrasen, lo cual esperaba no fuese muy tarde.

—Tengo miedo —le dijo Jean esa noche, en la cama, después de interminables besos durante horas—. La distancia mata las relaciones. Y no quiero que esto se quede en un campamento. Lo siento demasiado intenso.

—¿Sabes que es la primera vez que me enamoro y es correspondido? —Jean asintió.

—Me lo dijiste la segunda vez que lo hicimos, cuando nos escapamos días después de acampar con Eren y los demás. Lo que no te dije es que yo nunca me había enamorado. Jamás. Y no sé qué va a pasar ahora.

—Que nos vamos a echar de menos. Pero tú tienes mi teléfono y yo tengo el tuyo, estaremos bien, iremos tirando. Ya nos escaparemos cuando podamos.

Jean no dijo nada más. Al día siguiente en el autobús tampoco habló demasiado. Se limitaba a cogerle la mano, a mirar sus dedos y a suspirar. Tan solo habló tras abrazarle en la estación de tren. Mirándole a los ojos le dijo un te amo, decorado con una amplia y honesta sonrisa, que se le grabó a fuego en el alma.

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El verano se llevó su felicidad. Miraba por la ventanilla medio adormilado, arrebujado en sus ropas de invierno. Por lo visto la calefacción del autobús no funcionaba y estaba helado. Odiaba ser tan friolero. De repente le prestó atención a la melodía que sonaba en su reproductor de música.

You’re just like an angel, your skin makes me cry. You float like a feather in a beautiful world. I wish I was special. You’re so fucking special. But I’m a creep, I’m a weirdo, What the hell am I doing here? I don’t belong here” .

Se quitó los cascos, enfadado y molesto, limpiándose una lágrima de manera furiosa de la mejilla. Últimamente la música le solía hacer más mal que bien, quizás la música que escuchaba era una mierda. Sintió el teléfono vibrar en el bolsillo, sonriendo débilmente ante su mensaje de buenos días. La frialdad del teléfono era mayor que la del clima. Entró en la cafetería, saludando a sus compañeros de trabajo con los que echaba más horas de lo normal con tal de reunir dinero para poder ir a verle. Entre órdenes de frappés, cappuccinos, té con leche de soja y demás pijadas se le pasó gran parte de la mañana. Le vibró el teléfono cuando estaba en la sala de descanso, desayunando.

¿Estás trabajando? —Le escribió Marco.

A no ser que caiga un meteorito en la cafetería, a esta hora siempre estoy trabajando. Qué ganas de meterme en la cama…

—Pronto te acuestas, calentito debajo del nórdico, que seguro que tienes frío.

—No quiero el nórdico, tú das más calor. Eres el hombre antorcha —Siempre se quejaba del sudor, pero es que él necesitaba abrazarle, le gustaba dormir abrazados—. Si me dijesen de irme ahora mismo de vuelta al campamento, lo hacía. Con frío y todo.

Si es por verme no te hace falta pedir tanto. Con que me pongas un café con leche me conformo, y rapidito, que estoy esperando —Miró el teléfono, frunciendo el ceño.

Lo siguiente que recibió fue una foto de su cara de fastidio. Pero no era su cara lo que le llamó la atención, era el fondo. Conocía ese fondo. Lo tenía enfrente todos los putos días. Se levantó arrastrando la silla, asustando al compañero que desayunaba con él. Salió con prisas, mirando a la fila de gente que esperaba su turno.

—Jean —Su compañera de trabajo le señalaba al fondo del bar—, ese muchacho ha pedido una bebida para ti y se ha sentado por ahí, ahora iba a ir a buscarte.

Giró la cara, Marco le observaba apoyado en una mano con una expresión alegre que se transformó en risilla. Corrió hacia él, tropezando con una silla de camino. Sintió las piernas fallarle al acercarse, al ver sus pecas de cerca, al sentir sus manos acariciarle la cara y el pelo. Se arrodilló en el suelo, abrazándole por la cintura, oliendo su cuello con intensidad y sintiendo sus dedos pasarle por el pelo. Alzó la cara, buscando su boca desesperado, suspirando temblorosamente cuando por fin tuvo sus labios entre los suyos. Pero lo que de verdad quería era besar sus pecas. Le besó las mejillas y esa chata nariz tantas veces que le hizo reír a carcajadas.

—¿Qué significa este pelo? —Le preguntó tirando de uno de sus largos y rubios mechones. Jean arrimó la silla a él, cualquier cercanía era poca. Le cogió la mano, besandosela.

—Le hago la competencia a Christa, pero lo de abajo sigue rapado, que sé que te gusta. ¿Por qué no me has dicho nada de que venías?

—Porque si te lo decía no sería una sorpresa, ¿no? —Sentía su sonrisa inmensa, un reflejo de la del que tenía delante.

—¿Cuánto te quedas?

—Luego hablamos de eso, ahora dime, ¿dónde me vas a llevar cuando acabe tu turno? No conozco la ciudad, casi me pierdo para llegar aquí.

—A mi cama, claro —Marco chasqueó la lengua, riéndose y apartando la mirada. Jean dio una carcajada, no llevaban juntos ni dos minutos y ya estaba colorado.

—En serio, ¿dónde?

—A mi cama —Le repitió, obligándole a que centrara sus ojos café en los suyos con dos dedos en su barbilla—, lo primero que voy a hacer es besar tu piel desnuda y después te llevo donde quieras. ¿Sabes lo mucho que he echado de menos tus pecas?

—Y yo tu poca vergüenza —Al verle cada vez más sonrojado se mordió el labio, besándolo profundamente, deseandole tanto que le resultaba insoportable.

—En realidad solo quiero abrazarte, que me abraces y no me sueltes.

—Eso lo puedo hacer sin problemas y cuando quieras.

—¡Jean, echa una mano! —Miró hacia atrás, a su compañera, angustiada por la enorme cola que se estaba formando.

—Pero va a ser luego. Ven en hora y media, mientras date una vuelta por aquí y compra lubricante, que no tengo.

—Ya traigo —Miró a su alrededor, avergonzado una vez más. En su vida había trabajado con tanta energía y tan sonriente. Y en su vida había tenido tantas ganas de acabar la jornada laboral como ese día.

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No se fue de la cafetería. Pasó la hora y media observándole trabajar desde la mesa del fondo, alegre de tenerle delante después de meses. Metió la mano en el bolsillo, palpando las llaves y sonriendo. Al acabar su turno caminó hacia él con una enorme sonrisa. Echaba de menos esos colmillos más grandes de lo normal, su mirada juguetona, ese hoyuelo en su mejilla izquierda cuando sonreía y lo bien que estaba a su lado.

—Me han dicho que me vaya antes, que ellos limpian y cierran hoy, así que vámonos.

—Qué bien te sienta ese gorro —Era de lana roja y contrastaba a la perfección con su pelo y ojos. Le bailaba el corazón en el pecho solo con mirarle directamente.

Cogieron el autobús, Jean no le soltaba, abrazándole desde atrás con la barbilla en su hombro, charlando sobre los sitios a los que le iba a llevar al día siguiente en caso de que le dejase salir de la cama. Vivía en un ático, un apartamento diminuto de una habitación y baño. Su cama era muy baja pero ancha, justo bajo un tragaluz. Y fue allí dónde le empujó, cayendo sobre su cuerpo. Se desnudaron despacio, mirándose mucho y tocándose más. Jean cumplió la promesa de tocar su piel por completo, pasando las manos y boca por sus mejillas, labios, cuello y pecho. Siguió por sus costados, sus hombros, brazos y manos, deteniéndose en cada dedo. Besó sus caderas, sus muslos e ingles, haciéndole jadear, sus rodillas y tobillos. Se rió al girarlo para lamerle la nuca, besando su espalda y acariciando su columna. Le mordió el culo, riéndose, la parte posterior de los muslos, hasta los talones.

—Eres perfecto —Le susurró subiendo de nuevo, rozándose con su culo. Marco elevó las caderas ante ese contacto. Jean le abrazó la cintura, oliendole el pelo profundamente—. Marco.

—Dime —echó el brazo hacia atrás, acariciándole el pelo. Jean deslizó su mano desde su trasero hacia adelante, acariciándosela despacio. Se mordió el labio, loco por sentir más de él.

—Quiero pedirte algo. Llevo queriendo decírtelo desde hace mucho —Era curioso que tuviera esa facilidad para decir lo que le iba a hacer a él pero que le costase tanto pedir que le hicieran. Eran opuestos en todo—. Quiero estar debajo —susurró.

—¿Cómo? —Marco se giró, sonriendo. Jean miraba hacia un lado, incómodo por tener que explicarse. Estaban tumbados de lado, Marco le acariciaba el brazo, él le rozaba el pecho con las yemas de los dedos.

—Quiero saber qué se siente, teniendote dentro.

—¿Estás seguro? Soy bastante ancho, los otros hombres con los que he estado casi nunca me han dejado.

—Marco, lo quiero de verdad. Lo he pensado mucho, he… tengo un consolador —Nunca le había visto tan colorado. Aguantó la risa—, siempre pensaba en ti, y bueno, me gusta.

Marco le agarró la cara con ambas manos, tumbandose sobre él, pletórico. Había fantaseado con ese momento durante mucho tiempo. Adoraba sentirse follado por él, pero se preguntaba si sería tan estrecho y placentero como imaginaba. Lo que más le preocupaba era su inexperiencia, hacerle daño por la falta de costumbre, por lo que fue especialmente delicado y lento con él. Tenían toda la tarde y la noche para hacer las cosas bien. Lo primero que tenía que conseguir era relajarle, pero también necesitaba tener todo a mano. Se separó de él unos segundos para coger la vaselina, dejándola en la mesilla de noche ya abierta.

—¿De verdad no quieres darme tú primero? —Negó con la cabeza—, ¿y cómo se te ocurrió hacer esto? —Se tumbó, acercando su pelvis a la suya, obligándole a que le pasase la pierna sobre la cadera, acariciándole los muslos y las nalgas.

—Comencé  a pensarlo mientras me masturbaba y me acordaba de cuando me metías el dedo. Esos orgasmos siempre eran más fuertes —Succionó su labio inferior, dejando que siguiese hablando después. Sin que lo notase, se mojó tres dedos con la vaselina. Acarició su entrada con el dedo, en círculos, pasando la otra mano por su erección muy despacio al mismo tiempo.

—Sigue contándome —Le pidió al ver que se callaba, mirando brevemente entre sus piernas.

—Los dedos me sabían a poco, quería algo más parecido a ti así que me compré el consolador —Aumentaba la fuerza y velocidad de su respiración. Sin embargo, Jean no apartaba las manos de su pecho.

—Te tuvo que dar mucha vergüenza —Se rió suavemente, asintiendo.

—Más que la primera vez que compré condones.

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Jean le acercó la boca, besándole. Si comenzaba a besarle de esa manera sabía que tenían para rato. Marco no alteraba la cadencia de su caricia pero sí la presión de su dedo, levemente, introduciendolo cada vez más. Y Jean lo notaba. Esa zona era tan sensible que con un poco que cambiase la presión, parecía mucho. Le apretó la cintura con su pierna cuando metió el dedo hasta la segunda falange, presionando su próstata, con amplios movimientos porque además de darle placer, quería que dilatase lo más posible.

Ya había experimentado esa sensación él solo, pero es que con un dedo ajeno no tenía nada que ver. Además, las manos de Marco eran muy grandes y sus dedos muy largos. Le incomodaba un poco, pero le excitaba más. Lo que de verdad le desquiciaba eran sus caricias constantes, esa manera de rozarle la piel del glande con la mano, tan sublime. Marco tenía experiencia, y mucha. Lo estaba gozando más de lo que esperaba. Notó otro de sus dedos suavemente presionando para entrar en él.

—Quiero ponerme de espaldas —Le pidió. A Marco pareció gustarle la idea. Se agarró a la almohada, a cuatro patas, alzando su trasero.

Esa postura y esa actitud no era algo a lo que estuviese acostumbrado. Siempre había sido el dominante en la cama y en las relaciones por lo que mostrarse ahora tan vulnerable le resultaba casi humillante. Pero si era Marco, era una humillación deseada. Le escuchó trastear con objetos, le sintió colocarse tras de él, entre sus dos piernas. La mano que antes le masturbaba ahora le acariciaba la espalda con las yemas de los dedos, provocándole un escalofrío al deslizarlos por los costados. Volvió a introducirle el mismo dedo, la misma presión exacta, con ese segundo acechando. No sabía cuánto se iba a prolongar la situación, casi era incapaz de retener los gemidos llegados a ese punto. Metió el segundo dedo, despacio, deslizándose dentro de él como si lo hiciese todos los días.

—¿Cómo vas? —Le susurró, desde arriba, desde lejos.

—Cachondo —Gruñó. Volvió a rodearsela con los dedos. En un acto reflejo de puro deseo, Jean le acercó el trasero un poco más, agarrando las sábanas e intentando retener el orgasmo que acechaba con salir.

—Relájate, estás apretando demasiado —Le levantó el pelo de la nuca, besándole el cuello, riéndose—. ¿Ya te estás corriendo? —Le acercó a la cara los dedos con los que le tocaba la polla hacía unos segundos, estaban húmedos—. Cada vez me cuesta más retenerme, a más te miro, más necesidad siento —Le apartó la mano y escuchó un ruido de succión seguido de un sonido satisfactorio de su garganta, como cuando te sacas de la boca una cuchara, lamiendo algo delicioso. Ojalá me la chupase y se lo tragase todo. Ojalá me la meta ya. Ojalá tener dos Marco para mí solo.

—Más —Le pidió, comenzando a necesitarle en su interior. Si esos dedos le gustaban tanto, él le estimularía de una manera que era incapaz de imaginar.

Marco chasqueó la lengua, metiendole muy, muy despacio un tercer dedo, haciéndole dar un respingo al acariciarle los huevos desde atrás. Estaba comenzando a olvidarse de ir despacio, notaba su urgencia en sus movimientos. Jean apretaba los labios, quejándose muy levemente, con los ojos cerrados. Le apretó el culo con la otra mano, le escuchó jadear excitado. Se preguntó cómo resonaría su nombre en los labios de Marco contra las paredes de su habitación. Llevaba necesitando escucharlo desde que se separaron.

—Cada vez que te veía masturbandote en el skype me moría de ganas por cabalgarte —Se inclinó sobre él de nuevo, metiendo los dedos muy profundo en su interior, provocándole un gruñido de dolor y satisfacción—, quién me iba a decir a mí que iba a ser el jinete —susurró entre risitas.

Le hizo reír entre tanto delirio. Le sacó los tres dedos despacio, su quejido cuando lo hizo le recordó al de los niños cuando les quitaban algo que querían. Sin embargo, tenía un juguete mejor y más grande para él. Escuchó ruidos húmedos y miró sobre su hombro. Joder, es que tiene la polla enorme. Abrió los labios, observando y sintiéndo cómo apretaba su embadurnado miembro contra él. Se agarraba la ancha base con la mano, manteniéndola firme, estímulandole en pequeños círculos. Le metió el glande, Jean se derrumbó contra la almohada, Marco jadeó de manera aguda, clavándole los dedos de su otra mano en la cintura.

—Me voy a correr enseguida —protestó, de nuevo con esa voz inusualmente aguda.

Jean no podía hablar. Desde que comenzó a entrar en él, ni siquiera era capaz de cerrar la boca. Volviendo a repetirle que tenía que relajarse, Marco le abrazó por la cintura, besándole la espalda, apartándole el pelo de la cara para besar su mejilla. No quería que viese su expresión, era humillante el estado en el que se encontraba. Se tapó la cara con las sábanas, gimiendo contra ellas al sentir el leve empujón, entrando unos centímetros más. Le quemaba, la sensación cada vez que la sacaba despacio le recordaba a la misma de cuando iba al baño y le daba miedo tener un accidente. Sería tremendamente bochornoso. Marco pareció leerle el pensamiento, o quizás él tuvo algún espasmo que le puso en la pista de lo que pensaba.

—La sensación es extraña, pero te acostumbraras —Susurró casi sin aliento, con ese temblor en su voz que ya conocía por ser la melodía de fondo de sus más intensos orgásmos. Volvió a meter unos centímetros más y, presa de la impaciencia, quizás demasiados. Un quejido de dolor salió de su garganta antes de poder esconderlo—. Lo siento, lo siento, lo siento muchísimo —Le abrazó con fuerza, acariciándole el pecho, volviendo a apartarle el pelo de la cara—. Jean, dime que estás bien. Por favor, mírame. ¿Quieres que siga?

—Sí —dijo una voz que no reconoció como propia. En un momento de enajenación lujuriosa, quiso pegar de golpe sus caderas a las suyas. Ya lo estaban. Tenía a Marco completamente en su interior.

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Era una locura. Era imposible. Jean le apretaba la polla de una manera absurda. El placer que sentía cada vez que se movía era inaguantable. Buscó su miembro erecto, estaba empapado con su propia lubricación, lo cual no hizo más que excitarle. Llevaría un buen rato medio corriéndose sin darse cuenta siquiera. Pero no levantaba la cara de la almohada y era algo que le preocupaba. Quería ver su expresión, saber que estaba bien. Tiró de las sábanas, apartándolas de su cara y también le quitó el cojín. Sin embargo se la cubría con sus manos.

—Jean, besame, déjame mirarte.

—Hhhhnnnno… —Le sintió temblar bajo su cuerpo, sus piernas comenzaban a no responderle.

—No voy a seguir hasta que no me dejes mirarte —Consiguió al fin que le hiciese caso, apartándolas despacio pero sin mirarle. No solo sus mejillas, su cara y su cuello habían enrojecido, una vena palpitaba en su sien, era incapaz de cerrar la boca y jadeaba sin descanso—. ¿Te gusta? Jean, no sé yo…

La respuesta que obtuvo fue que alejó las caderas de él, dejándose caer despacio, una y otra vez, comenzando a gemir como nunca le había escuchado. Ahora no tenía que medir el volumen, podía dejarse llevar, y joder, escucharle de esa manera fue la gota que colmó el vaso. Le agarró la polla, metiéndole la suya hasta el fondo, sacándola despacio, en embestidas cada vez más largas. Cogió más vaselina y cuando más se la sacó, volvió a embadurnarse en ella. Al volver a meterla, con una facilidad mayor, Jean se enderezó, apoyándose con las manos en la cama, echando la cabeza hacia abajo, pegando la mejilla a su brazo. Veía sus cejas fruncidas entre sus entrecerrados ojos. Agarró a Jean de la barbilla y su cintura, enderezandose, forzándole a que le besara. Debido a sus desvergonzados gemidos no podía besarle como era debido, pero sí morderle la boca. Bajó la mano por su cintura, follándole también con su mano. Jean echó la cabeza hacia atrás, tenso, pegando el trasero a él y encorvándose cada vez más hacia adelante. Un chorreón de esperma salió disparado de entre sus dedos mientras el chico gritaba “¡Marco, follame!” una y otra vez.  El placer que este sentía llegó a su climax al sentir los músculos internos de Jean contraerse. Lo tumbó en la cama, dejando la sutilidad a un lado, castigándo sus interiores con enérgicas y apresuradas embestidas, gruñendo entre dientes, corriéndose en su interior, notando cómo se derramaba por falta de espacio. Jean se quejaba, sorprendido, blasfemando. Marco comenzó a reirse descontrolado mientras gemía, la mejor puta sensación de su vida. Se tumbó sobre él, aún presa de alguna convulsión que otra, jadeándo e incluso babeando contra su hombro, falto de aliento. Volvían en sí poco a poco.

—Me van a echar del edificio —bromeó Jean, riéndose.

—Tu culo es el paraíso. No quiero sacarla nunca más —dijo Marco, sonriente, satisfecho.

—De eso nada, después de almorzar me toca a mí partirtelo —Marco se la sacó despacio, con un resoplido, dejándose caer a su lado. Jean le agarró de los cachetes y le besó fuerte en los labios—. No has gemido mi nombre, estoy decepcionado.

—No te preocupes, sabes que en cuanto me la metes me vuelvo un exigente y no paro de llamarte.

—Sí, mi amorcito demandante…

Hizo lo que prometía y no solo una vez. Pidieron comida a domicilio para almorzar y cenar, abriendo las dos veces en calzoncillos ante la curiosa mirada de los trabajadores, que observaban la escena de sábanas deshechas y ropa por todas partes con media sonrisa. Al no salir de la casa, Jean no le dio tregua. Le folló de tal manera que no es que tuviera que pedirle que gritase su nombre, es que era incapaz de no hacerlo. Le encantó estar dentro de él, pero disfrutaba mil veces más cuando la situación era la inversa. Le encantaba sentir que podía hacer lo que quisiera con él, ese descontrol, las risas y sonrisas que se le escapaban en pleno orgasmo que a Jean tanto le gustaban. El verle y sentirle llegar al clímax en su interior. El mejor sexo de su vida con diferencia. La mejor persona también. Probablemente lo primero era causado por lo segundo.

El ambiente en la habitación estaba muy cargado para cuando decidieron descansar, mirándose el uno al otro con sonrisas cansadas, acariciándose las mejillas, besándose los dedos, tapándose y quedándose dormidos tan profundamente que despertaron en la misma postura. Jean le abrazaba por la cintura, con la frente en su boca, tan pegados que no necesitaron el nórdico a pesar de ser noviembre. Jean tenía el sueño ligero, por lo que al moverse para ir al baño, entreabrió los ojos. Sonrió y le besó despacio, dejándose caer en la almohada. Marco se vistió sabiendo que si se quedaba en ropa interior volvería a liarle.

—Vístete, quiero que me lleves a un sitio —Se quejó un poco, pero le hizo caso. Cuando le enseñó la dirección se rió con suavidad.

—Esto está aquí al lado —Marco se hizo el sorprendido.

—Pues hasta mejor. Vamos. —Volvió a ponerse ese gorro rojo que le gustaba. No podía dejar de mirarle, de observarle mientras charlaban de todo y de nada. Las mejores conversaciones las solían tener mientras comían después de follar, pero la verdad era que todo lo que tuviese que decir le parecía de gran importancia. Y esas subidas de cejas constantes le enamoraban. No, no son las cejas, es Jean, todo de Jean, su ser. Le amo más que a nada en este mundo.

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—¿Dónde te estoy llevando? —Le dió con un dedo en la nariz, sonriendo al ver el brillo en esos ojos café que le alegraban tantísimo el corazón—. Ya estamos aquí, no hay nada —Marco miró a su alrededor, entrecerrando los ojos. De repente, su sonrisa se ensanchó, caminando hacia un portal.

—Toma —Le dio un juego de llaves muy nuevo.

—¿Qué es esto? —Marco se encogió de hombros, señalando el portal con su mano. Jean sonrió con nerviosismo. Nada más abrir, Marco le empujó al ascensor, pulsando el cuarto piso—. ¿Puedes explicarme algo? —Que únicamente se riese no le ayudaba en absoluto.

—Jean, ¿sería mucho problema que me quedase unos días en tu casa? —Soltó una risita por la nariz.

—Como si es para siempre, ¿por qué? —Al llegar el ascensor se aproximó al portón A.

—Abre —Suspirando exasperado, le hizo caso una vez más. Al abrir, el olor de muebles nuevos le llenó la nariz. Estaba ante lo que parecía una oficina con varias mesas y sillas, un archivador vacio y una cocinita al fondo—. Me dijiste que volverías al campamento, ¿verdad?

—Claro que volvería.

—Bueno, hablé con Hanji y me dijo que estaban buscando abrir otra oficina. Como tengo la carrera de dirección de empresas y me ofrecí voluntario, me han dado el puesto para llevarla en esta ciudad, pero necesito un socio. Así que esa llave es tuya, si la quieres.

De primeras no reaccionó. Miraba a Marco apretar los labios, sus manos, y sin saberlo su corazón. Lo que le estaba diciendo era que se mudaba con él. Que vivirían y trabajarían juntos. Que volverían a ir de campamento todos los años. Que podría dejar la puta cafetería para trabajar de algo mil veces mejor con la única persona que de verdad le llenaba. En todos los sentidos.

—Sí, quiero —Se abalanzó sobre un carcajeante Marco, aterrizando sobre una de las mesas, arrastrándola por la moqueta. Cuando le besó profundamente, le puso las manos en los hombros, riéndose nervioso.

—Las cámaras funcionan, vamos a casa.

—Cámaras, niños en las casetas de al lado, compañeros en las duchas… ¿no está siendo tu historial exhibicionista muy amplio, Marco?

—Jean… —Le alzó una ceja sabiendo que era su debilidad. Él le sonrió, como contraataque.

—Marco… —Y como siempre, obedeció.

Riéndose una vez más.

Sonrojándose una vez más.

Gimiendo su amor una vez más.

Haciéndole sentir feliz una vez más, y todas las veces que les quedarían por delante, planeándolo o a lo loco. Y que viniese lo que tuviese que venir.

En fin, a esas alturas, a la hora de dejarse llevar, eran unos expertos.