Holy Tattoo

Solo algunas, creo que dos o como mucho tres personas sabrán que los personajes de esta historia pertenecen a un futuro best seller (?) llamado Dangerous Tattoo. Si cogemos a los personajes y les damos un giro completo a sus personalidades, nos encontraríamos con algo más menos como lo que vais a ver aquí. El que era muy salvaje ya no lo es, los santurrones son lo contrario y los buenos son malos. En fin, os dejo las fotos para que os hagais una idea de por dónde van los tiros y os dejo leer algo que me ha ENCANTADO escribir. Y me quedo con ganas de más. No descarto otro universo paralelo más algún día…

AYAME ♥

underweargone

HIROSHI ♥

KOTARO

KEIJI

MEI

YUKO

MANAMI

DAISUKE

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1

La cabeza me iba a explotar. Necesitaba beber agua. Mis recuerdos sobre cómo había llegado hasta allí eran nulos. Desperté sola, en una cama desconocida de un cuarto desconocido.

Para variar.

Me senté sintiendo que todo me daba vueltas y preguntándome quién habría sido el pobre desgraciado con el que había pasado la noche. Me extrañó ver que la habitación no era propia de un hombre, mucho menos de un soltero. Parecía estar en la habitación de invitados de alguna familia con bastante más dinero que yo. Intenté hacer memoria, pero la resaca me destrozaba las sienes al más mínimo esfuerzo. Me levanté, cogiendo mi ropa de una silla. La habían doblado pulcramente, y al llevármela a la nariz me sorprendió saber que también la habían lavado. Con el rabillo del ojo me vi reflejada en un espejo. No pude evitar la sorpresa al verme a mí misma, mucho más arreglada y limpia que de costumbre. Mis greñas morenas y lilas estaban incluso peinadas, y ni rastro del maquillaje recargado que solía llevar. Me vestí mirando a mi alrededor, y es que la situación no hacía más que complicarse; un crucifijo colgaba sobre la cama. Con una mueca de disgusto abrí la puerta y comencé a buscar la salida de donde fuera que estuviese. La casa estaba impecable, era enorme, de gente de bien. Cuanto más veía, más me costaba entender qué coño hacía allí.

– Ah, ¡ya te has despertado! – Me volví al escuchar la voz de una mujer. Casi me da un ataque de risa al ver a la monja allí plantada. La falda de tubo gris por debajo de las rodillas y esa rebeca de punto blanca que llevaba… deberían estar prohibidas de feas que eran – ¿Deseas desayunar algo? Pareces necesitarlo.

– No, gracias, muy amable, ¿por dónde dices que se sale? – Dubitativa, me señaló a su espalda.

– Sigue por ese camino y al doblar la esquina a la derecha tienes el rellano.

– Que Dios la bendiga – Me di la vuelta entre risitas y salí del caserón.

                Tuve que taparme los ojos cuando la luz del sol me los castigó sin piedad. Caminé casi sin ver hasta la verja de la residencia y por llevar la mano ante mi campo de visión me choqué con alguien. Escuché un débil “lo siento mucho” proveniente de la masa de carne con la que me estampé. Al levantar la vista me encontré con un hombre metido en un polo rosa pálido, unos pantalones de pinza color crema y un peinado que gritaba a los cuatro vientos lo casto y puro que era de tanta gomina que llevaba. Rehuía mi mirada con una sonrisa tímida, nervioso, queriendo decirme algo sin abrir la boca. Su barba era más bien pelusa y parecía tan limpito, tan pulcro, que me dio repelús. Sin embargo medía su buen metro noventa si mal no calculaba y se colocaba las gafas empujándolas con un dedo extremadamente largo, tenía unas manos bonitas. Me debía doblar la edad pero parecía tan perdido con respecto al mundo…

– Qué lastimita, cariño – Al hablarle pareció costarle incluso más retenerme la mirada – Si no fuese por las pintas que llevas estarías hasta bueno – Palpé en una tierna caricia los huevos de ese hombre sobre la tela de sus pantalones. Dio un saltito, encogiéndose entero y alejando mi mano – No explotes todavía – Le guiñé el ojo. Se había quedado mudo. Riéndome suavemente abrí la verja, pero paré en seco al escucharle hablar muy flojito.

– Esto… una cosa… – Al mirarle a los ojos de nuevo parecía a punto de salir corriendo. Tenía una mano delante de los cojones, probablemente se le había puesto dura – ¿Puedo saber tu nombre?

– Ayame, Sasaki Ayame. Si quieres verme solo tienes que pasarte por esa parte de la ciudad que siempre te han dicho que no puedes pisar – Le lancé un beso. Como respuesta se rio tontamente, mirando hacia la casa avergonzado.

                Me alejé de ese hombre tan puro y casto marcando el teléfono de la que un día fue mi mejor amiga y ahora no sabía quién era, esperando que ella me aclarase un poco de lo que había hecho el día anterior. La muy puta no me respondía, estaría igual o peor que yo. Bueno, igual lo dudaba, ese barrio residencial… no tenía ni idea de cómo había acabado allí. Si me quedaba por los alrededores iban a llamar a la policía por sospechosa, daba el cante de manera exagerada. Opté por llamar a mi otro amigo, por decir algo sobre nuestra relación, esperando que él sí me respondiese.

 – ¿Qué te pasa ahora? – Se acababa de despertar.

– Kotaro, ven a por mí, no sé dónde estoy.

– Dime el nombre de una calle o algo, no me dejes a ciegas, joder – Miré a mi alrededor, vi un colegio de pago y le dije el nombre – ¿Qué cojones haces tú ahí? No te muevas, cuando me quite a Yuko de encima voy a por ti.

 – Joder, con razón no me contesta, puta asquerosa… – Murmuré.

– No te pongas celosa, nena…

– No me pongo celosa – Chasqueé la lengua, un poco celosa. Me gustaba follármelo y que últimamente Yuko lo reclamase con tanta asiduidad me tocaba las narices.

– Luego te hago eso que tú y yo sabemos, no seas tonta.

– Deja de hablarme con condescendencia y ven de una puñetera vez, me muero de hambre.

                Los niños que pasaban por allí y en especial sus padres se quedaban mirándome. No sabía si era por mi simple presencia o más bien por mis ropas escasas y provocativas, baratas y un tanto deshilachadas, que llamaba la atención. O a lo mejor era mi cara de perdonarles la vida. Un chaval de mi misma edad pero vestido como un vendedor de biblias, pasó por mi lado con la expresión de aquel que huele una mierda. Mordí el aire, lo que causó que caminase con más prisa hacia la casa de la que acababa de salir. Al mirar hacia la verja vi una mata de pelo negro esconderse tras el muro. Menudo payaso el tío ese, se había colado por mí en tan solo un vistazo. Kotaro no tardó mucho en llegar en ese cochazo que tenía. Me subí suspirando ante su risa divertida.

– Hay cara debajo de tanto maquillaje, inaudito – Me puso la mano en el muslo y quiso besarme.

– Todavía apestas a coño, lávate la cara por lo menos, que se lo habrás comido y se te queda el tufo en la perilla – Le aparté de mi tirando de su barbilla hacia un lado.

– No te enfades – Al pasar por delante de la casa me despedí de mi admirador meneando los dedos de la mano. El muy imbécil me devolvió el saludo con una sonrisita tímida – ¿Y ese quién es? ¿Cómo conoces tú a alguien de esa casa?

– Pierde el culo por mí, con dos minutos me he dado cuenta. Me he despertado ahí dentro y al verme se ha puesto a temblar enterito. Es tan tierno que da penita la de daño que le van a hacer si sigue así.

– ¿¡Qué hacías tú en esa casa?! – La exclamación sorprendida que soltó me hizo apartar la vista del tontorrón – ¿No sabes quiénes son?

– Ni puta idea, pero por la decoración y el tamaño de la casa alguien importante.

– Son los Tukusama. Esa gente llevan la iglesia católica de la ciudad, tienen un orfanato y su casa hace las veces de clínica de rehabilitación y conversión. Tía, ¿qué cojones hiciste ayer para que estos te recogiesen? Ya tuviste que desfasar para darles lástima.

– Joder, yo que sé.

                Me daba curiosidad saber la historia completa pero ya me enteraría. Ahora era más importante disculparme con la jefa, no tenía apenas dinero encima por lo que la noche anterior mucho, mucho, no tuve que trabajar. O me lo fundí todo en alcohol, que parecía lo más probable. Dudaba profundamente que esa gente me hubiese robado dinero, si era verdad que eran religiosos e importantes ganarían lo suficiente como para no tener que quitarme más dinero del que ya se llevaban en las misas. Suspiré al bajarme del coche, sintiendo el brazo de Kotaro sobre mis hombros y su narizota acariciarme la mejilla.

  – No te me acerques tanto en público, gilipollas, ¿y si nos ve un cliente?

– A estas horas de la mañana ni uno se pasa por aquí. Están todos en sus aburridas oficinas – Me azotó el culo. Su actitud comenzaba a irritarme y se lo hice saber con la mirada.

– Inútil, hazle caso – Le ordenó Mei, mi jefa, mientras se recogía la melena negra de cualquier manera. Siempre parecía vestirse como si fuese a ir a un coctel con la clase alta, tenía un estilo que envidiaba – Nunca sabemos cuándo pueden pasarse por aquí y Ayame tiene clientes fijos que no les gustaría verla con otro hombre.

– Ten cuidado con ese tono que empleas conmigo, si tu negocio sigue en pie es por mi jefe, que no se te olvide – Amenazó Kotaro pasando por su lado. Odiaba cuando hablaba con ese argot horrible de todos los de su calaña. Se me hacía odioso. Mei le desafió alzando una ceja, mirándole a los ojos hasta que se perdió de vista.

– Os tiene a todas revolucionadas, ¿se puede saber qué tiene?

– Una polla gorda como el rabo de un leopardo que además sabe usar, es una bestia en la cama – Puso los ojos en blanco – ¿Qué hice ayer, senpai?

                Mei me miró con esos ojos de hermana mayor al rescate que ponía siempre que nos veía en problemas. Tanto yo como las demás chicas le debíamos mucho: no solo nos había dado trabajo cuando nadie de la zona quería por ser menores de edad fugadas de casa, sino que además nos daba un techo bajo el que vivir. Como venía de una familia adinerada que le dejó una suculenta herencia, montó el negocio por si sola con apenas un año más que yo; tenía diecinueve y una independencia envidiable. Decía que su negocio era algo así como una casa de geishas modernas, solo que la que quería se follaba a los clientes. Nos pagábamos la comida y alojamiento con el trabajo en su bar de chicas de compañía. Eso sí, los que la apoyaban y le aportaban cierta “seguridad remunerada” era un clan yakuza de la zona. Pero no todo podía ser ventajas, al igual que aguantar a babosos todas las noches que la manoseaban a una y se la follaban sin gracia. Mete, saca, y adiós, mi vida. Eso sí, los regalos que recibíamos eran dignos de pasar el mal rato.

– Sé que te fuiste con ese cliente tuyo tan calvo, Kazunari san, supongo que a su casa, y sé que ibas un poco borracha pero no lo suficiente como para no acordarte de nada.

– Me he despertado en casa de unos ricachones cristianos – Mei se paró en seco, riéndose al escucharme – Supongo que ese tío viviría por la zona porque estaba un huevo de apartado de esta parte de la ciudad. Los Taka-no-sé-qué.

– Tukusama, supongo. Los mismos que hacen panfletos para que se cierren negocios pecaminosos como este. Si supieran que la mitad de sus feligreses han pasado por vosotras…

– No tengo mucho que darte – Saqué el dinero de la cartera y se lo entregué – No sé qué ha pasado.

  – No te preocupes, ya encontrarás la manera de compensarlo. Siempre lo haces.

– El próximo collar de perlas te lo quedas y listo – Asintió, riéndose.

                Me tomé una pastilla para el dolor de cabeza, bebí casi un litro de agua de una vez, me metí en la ducha, comí algo y me arreglé para seguir trabajando. Fui primero a la habitación de Yuko, dispuesta a hablar con ella sobre esa fijación que últimamente tenía con Kotaro. Me daba rabia, él siempre había sido de todas y de ninguna, pero pasaba demasiado tiempo con ella. Entré sin llamar y me la encontré montada en su polla, de espaldas a él que la agarraba del pelo, de una pierna y le lamía el cuello. El yakuza me guiñó el ojo. Verle tan excitado produjo el mismo efecto en mí.

– Haz que se corra – Me pidió entre jadeos – Me encanta cuando os corréis y me apretáis la polla. Y me encanta verte con otra.

– ¿En serio? – Estaba molesta, pero en el fondo una de las cosas que más me excitaban era ver a la gente follar, así que cerré la puerta y me acerqué a mi amiga – Voy a tener que pintarme otra vez después de esto.

– Kotaro san, duele – Se quejó Yuko – Vete Ayame, me da vergüenza y sabes que no me gusta con mujeres.

– Sí, ya, cállate la boca – Se la tapé mirándola a los ojos, apretándole el clítoris con los dedos suavemente. Yuko se retorció, Kotaro se rio – ¿Te ha dado fuerte con ella o qué?

– Es más estrecha que el culo de un hombre, no puedo evitar que me encante como lo hace.

– Lo llego a saber y no te dejo que te folles el mío, gilipollas – Me agaché frente a ella, abriéndole las piernas de par en par. Kotaro la agarró por debajo de las rodillas.

 Le lamí los huevos, la erección hasta justo debajo del glande que seguía dentro de la chica, acabando en el clítoris de esta. Al escucharla gemir me puse como una moto, clavándole las uñas en los muslos. Kotaro no se la metía entera, simplemente no podía. Los empujé hacia atrás, tumbándolos en la cama y me puse a horcajadas sobre ella, frotando su clítoris con el mío hasta que, entre lamentos, la hice llegar al orgasmo.

– Joder, joder, me cago en dios – Se la sacó a Yuko, agarrándome de las caderas y penetrándome con brusquedad.

– ¡Ah, cabronazo! – Me dolió, pero me gustó. Iba con él eso de mezclar sensaciones en el sexo. Y más me gustó que apartase a una orgásmica Yuko de un empujón para follarme rápido y con fuerza. Kotaro me pasaba los dedos por encima del clítoris en círculos, esa ligera presión que él sabía que tanto me gustaba.

– Sí, sí, sí, correte, vas a partírmela – Le agarré del cuello, le gustaba dominar pero más placer le daba sentirse dominado. Terminé yo follándole a él, corriéndome con él, abofeteándole al acabar y arrancándole una sonrisa amplia – ¿Ves? Esto no lo tengo con ella.

– Cállate ya, me has manchado la ropa interior – Me bajé de mi amigo, quitándole unas bragas a Yuko del cajón. Me estaban pequeñas.

– Has dicho que soy más estrecha que el culo de un hombre – Susurró con su vocecita inocente, arrimándose a él que le pasó un brazo por la cintura. Le apartó el pelo corto y alborotado de la mejilla – ¿Eres como ella de… vicioso? – Me señaló.

– ¿Qué si le doy a todo, tíos incluidos? – Asintió con la preocupación en los ojos – Pues claro, joder, ¿te crees que soy tonto? – La conmoción en el rostro de mi amiga fue para echarle una foto. Para vivir en el entorno que vivía seguía siendo terriblemente inocente – Pero puedes decir por ahí que soy tu novio si te hace feliz y si esta no te saca los ojos.

– Me importa una mierda, haced lo que queráis. Me voy a trabajar.

Lo que más me irritaba de toda la situación es que veía en Yuko a la típica esposa abnegada que haría cualquier cosa por su maridito. Y claro, el otro, como buen yakuza que era, se aprovechaba de tenerla suspirando por él. Menuda ocurrencia enamorarse de un yakuza, valiente puto asco. La noche transcurrió como si nada, una noche más de hombres babosos que se emborrachaban demasiado como para pretender tener nada con una. Y menos mal, porque esa noche no se me apetecía en absoluto llevarme a ninguno a la cama. Al día siguiente me levanté tarde, siguiendo con mi rutina, y tras arreglarme, antes de llegar al salón con las demás chicas, Mei me agarró de la mano, indicándome con la mirada que la siguiese.

– Hay un tipo en la entrada preguntando por ti. Por las pintas diría que es de la casa esa en la que te despertaste.

– ¿Moreno con gafas, cara de tonto, guapete y muy alto? – Asintió, era mi admirador casi seguro.

– Es un santurrón de categoría y se le ve nerviosito por estar aquí. Se me ha ocurrido una cosa pero a lo mejor no te hace gracia.

– Ay, que te veo venir – Me llevé una mano a los ojos.

– Es posible que se saque más dinero del negocio que supone una religión que de esto que hacemos. Quiero saber si es así y además, quiero que lleves por el “mal camino” – Dobló los dedos índice y anular con una sonrisita de suficiencia – A todos y todas los que puedas de esa casa.

– Vamos, que gane dinero a costa de los feligreses y me los tire a todos, ¿no?

– Con que los seduzcas creo que vamos bien. Tú ve de arrepentida, buscando al señor y una segunda oportunidad. Fijo que te reciben con los brazos abiertos. La cosa es a ver cuánto tardan en abrirse la bragueta.

2

                Fui hasta la entrada con mi sonrisa más arrebatadora. Cuando ese tipo me vio se quedó pasmado, pidiéndome perdón al verme alzar la ceja y riéndose histérico. Le toqué el hombro y dio un saltito.

 – Hola, Sasaki san – Se inclinó – Tukusama Hiroshi, encantado.

– Pasa Hiroshi kun, no te quedes en la puerta – Pero sus pies estaban clavados en el suelo.

  – No, no puedo, lo siento – Volvió a inclinarse, siempre con esa risita nerviosa.

– Ah, no puedes – Me acerqué a él, colocando bien las solapas de la chaqueta gris y sosa que llevaba puesta. Le miré a los ojos de esa manera que siempre hacía a los hombres sonreír – Pero, ¿quieres? – Emitió un ruidito leve y extraño, no le salían las palabras. Tuve que aguantar la risa.

– No, gracias – Declinó sin convicción.

– Vamos, no haces ningún mal sentándote ahí conmigo, no es pecado pasar tiempo con una chica charlando, ¿verdad? – Le cogí de la mano y le arrastré hasta los sillones de terciopelo burdeos.

– Sasaki san, pero, yo no debería… – Era tan educado que no se atrevía ni a llevarme la contraria. Una vez sentados puse mis manos en las rodillas, inclinándome para mirarle.

– ¿A qué has venido, Hiroshi? ¿Solo a verme?

– Quería saber si estabas bien – Apenas me miraba a los ojos, no podía – Cuando te encontré anoche me pedías ayuda y… no sé.

– ¿Cómo? – Le hice mirarme a la cara – Cuéntamelo todo.

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                Volvíamos de la reunión episcopal mensual un tanto cansados pero contentos al ver que el número de fieles había crecido tanto como las donaciones. Para los enfermos era una gran noticia, ya que tendríamos dinero para toda la atención médica que pudiesen necesitar durante su desintoxicación. Mis hermanos y mi futuro cuñado caminaban unos pasos delante de mí, que como siempre me rezagaba por soñar despierto. Manami encontró el amor con Daisuke, estaban comprometidos y al menos ella, tremendamente enamorada. Keiji no le daba importancia al amor, se formaba para cura y clamaba que las relaciones terrenales tan solo ensuciaban el alma con deseos impuros. Yo, sin embargo, soñaba con el día en el que encontrase a esa mujer que me hiciese sentir las tan nombradas y célebres mariposas. Aquella mujer de alma pura y delicada que tanto anhelaba pero que parecía esconderse Dios sabía dónde. Quería pasear de la mano, tomar helado con ella, ir al cine, dar mi primer beso. Suspiré pensando que quizás el amor no estaba para mí cuando escuché un quejido entre dos chalets de la zona. Paré e iluminé el callejón con la luz de mi teléfono. Una persona yacía en el suelo, con la espalda contra la pared. Una mujer. Una chica joven. Y lloraba.

– ¿Estás bien? – Pregunté angustiado, inclinándome junto a ella. Me miró y en sus ojos vi tristeza, sufrimiento. El corazón se me encogió con un pellizco doloroso.

– No – Su sollozo me partió el alma. Que se tirase a mis brazos me dejó petrificado. No supe qué hacer – Ayúdame, por favor. Kazunari san lleva razón, doy asco.

– ¡Manami! – Llamé a mi hermana, apretando su hombro y acariciándole el pelo a esa temblorosa desconocida tan bella y rota.

– ¿Qué pasa? ¿Quién es?

– No lo sé, pero necesita ayuda. Vamos a llevarla a casa, no sé qué le han hecho – Al intentar alejarme de ella me agarró con más fuerza.

– No te vayas, no me dejes tú también – Le costaba hablar, olía a alcohol. Estaba muy afectada. Mi hermano, sin embargo, no lo vio así.

– Mira su ropa y la peste que echa, es una ramera – Tras una mirada asqueada se dirigió a la casa, rehusando toda la ayuda que pudiese ofrecer. Mi hermana, una mujer de gran bondad, cogió su mano.

– Nadie va a dejarte, vamos, ven a casa.

– Voy a ir preparándole una habitación – Dijo Daisuke, su novio. La chica se levantó apoyada en mi brazo, agarrándome como si el mundo a su alrededor se tambalease. Probablemente lo hacía.

                La llevamos hasta la casa dedicándole palabras de aliento, intentando que dejase de llorar pero no había manera de aliviar su pena. La dejé a solas con Manami, que le quitó su ropa y me la dio para que la lavase. Eran unas prendas de pobre calidad, muy usadas y muy escasas. Me preguntaba cómo una mujer podría llegar a vivir de esa manera mientras lo metía todo en la lavadora. Mi hermana apareció al poco tiempo.

– Ya lo meto yo en la secadora. La he peinado, aseado y acostado. Se ha quedado dormida nada más poner la cabeza en la almohada pero no paraba de preguntar por ti. Siento que no puedas entrar, está desnuda.

– Mañana hablaremos con ella. Pobrecita…

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                Cuando acabó de contarme mi aventura patética y nocturna del día anterior no sabía qué decirle. Desde luego se habían portado muy bien conmigo, eso no lo podía negar. Miré a ese hombre en silencio, fijándome en los detalles de su cara. Una vez librado de esa incapacidad de centrarse en mí más de un segundo no despegaba su mirada de mi persona. Sus ojos, tras esas horribles gafas cuadradas, eran oscuros como una noche cerrada. Nunca había visto unos tan absolutamente negros. Los míos, sin embargo, eran de un tono miel, muy claros para ser japonesa. Todo entre nosotros suponía un contraste: desde nuestras vidas, nuestro estilo, nuestro vocabulario y nuestro aspecto. Incluso su piel era considerablemente más oscura que la mía. Me pregunté si sus orígenes serían filipinos o algo así.

– ¿Estás mejor ahora? – Interrumpió mis pensamientos con una pregunta que me sorprendió no saber responder.

– Claro, me ayudaste mucho – Le toqué la mano sin salir de mi papel de chica de compañía. Al ponerla sobre el dorso, apenas le cubría la mitad. Tuve pensamientos considerablemente sucios en ese momento – Muchas gracias, Hiroshi-san – Al sonreírle volvió a salir su lado tontorrón, riéndose de esa manera inocente y nerviosa. Apartó su mano de las mías.

– También quería pedirte perdón. Debo ser sincero y mi comportamiento ayer rozó lo inadmisible – Intenté no poner los ojos en blanco ante su pedante discurso – Entré en la habitación, lo siento mucho – Me dio curiosidad. Mucha curiosidad ya que desvió la mirada a sus rodillas apretando los puños – Y siento mucho, muchísimo, haberte besado la frente. Pero me miraste allí acostada, me diste las gracias y yo… Entiendo si te molesta, incluso si no quieres hablarme de nuevo.

– Oh, no, no, cariño no me molesta. Me parece un gesto de lo más tierno – Le puse la mano en la barbilla, girando su cara hacia la mía – ¿de verdad eres así de inocente? – Me costaba creer que no recordase que esa mañana le manoseé la bragueta. Era capaz de pensar que había sido por accidente, visto lo visto.

– No respeté tu espacio personal, por ello, me disculpo. No tenemos relación, no debería haberlo hecho. Pero me alegra saber que no te molestó – Se puso en pie, estirando su jersey y cogiendo su chaqueta – No quiero molestar más, me voy. Pero quiero que sepas que las puertas de nuestra casa siempre estarán abiertas. El señor siempre escucha a los necesitados y así lo hacemos nosotros.

                No pude decir nada ante esa última frase, que me dio un repelús que me moría. Siempre había sido atea y el camino de la fe no estaba entre mis planes. Le despedí en la puerta con una última sonrisita y se fue tan feliz como una perdiz. Al darme la vuelta mi jefa me miraba con los brazos en jarras.

– ¿Qué haces? Acepta su oferta, vete con él.

– ¿Ahora? ¡Déjame tiempo para prepararme!

– Si esperas no va a ser tan natural como si ahora vas tras él arrepentida. Venga.

                Chasqueando la lengua y refunfuñando hice lo que me ordenaba. No estaba en la posición de ponerme exigente después de todo lo que ella había hecho por mí. Me apresuré caminando en la dirección en la que le vi marcharse, buscando esa mata de pelo negro engominado y ondulado por encima de las cabezas de la gente.

 – ¡Hiroshi san! – Le llamé en cuanto le vi. Le alcancé cuando se giró.

– ¿Qué ocurre? ¿Me he dejado algo? – Asentí.

– A mí, ¿puedo ir con vosotros? – Me dedicó una sonrisa amable.

– Por supuesto, ¿necesitas recoger efectos personales de tu casa?

– Si no es molestia, sí – Le guie de nuevo al edificio, en el que entró mirándome con extrañeza.

– ¿Vives aquí? – A juzgar por su expresión, vivir sobre un local de chicas de compañía debía ser el peor infierno imaginable.

– Sí, espera un segundo – Asintió cruzándose de brazos.

                Subí a mi habitación, guardando en una mochila ropa más o menos normal pero sobre todo ropa interior. Casi toda era de encaje, sexy, destinada al trabajo. En fin, tampoco creía que fuese a estar con esa gente para siempre. Al bajar me crucé con Mei, a la que le advertí para que no metiese en mi cuarto a nadie durante mi ausencia. Justo al acercarme a la salida escuché el inconfundible chasquido de lengua de Kotaro. Temiéndome lo peor, me acerqué con prisas, viendo al susodicho mirar con altanería y las manos en los bolsillos al pobre Hiroshi, que aunque le sacaba una cabeza y algo más, se mostraba cohibido.

– Vámonos – Hiroshi asintió, pero Kotaro me agarró del brazo, del que me solté de un tirón – ¿Qué haces?

– Es el gilipollas de esta mañana, ¿a que sí?

– Sí, solo que no es gilipollas. Vete con las chicas, Kotaro – Se rio acercándose a él, poniéndole la mano en el hombro y susurrándole barbaridades al oído que le hizo abrir los ojos y alejarse escandalizado.

– Lo siento, pero no tengo esas intenciones con Sasaki san – Se inclinó con una sonrisa tensa y salió del establecimiento.

– ¿Qué cojones le has dicho? – Le empujé por el hombro al escuchar su risa. Me miró, me agarró de la nuca y me besó intensamente. Me quejé, exasperada.

– Voy a echar de menos tus pajas, más vale que se las hagas bien a él.

– ¡Que no me beses delante de la gente, joder! – Le abofeteé, lo que sirvió para excitarle un poco más. Me libré de sus brazos cuando intentaba besarme el cuello – ¡Y no juegues con Yuko! – Al salir no vi a Hiroshi, tuvo que llamarme para encontrarle muy alejado de la puerta del establecimiento – Lo siento mucho, ese hombre no tiene decencia alguna.

– No pasa nada. Iba a volver andando pero con este cambio de planes he llamado a un taxi – Una vez dentro y dada la dirección al conductor, me miró con cautela – ¿Ese era Kazunari san?

– ¡No! Ese… es un socio de mi jefa. Ex jefa, ahora que me voy contigo. Con vosotros.

– Me alegro que hayas decidido alejarte de esa vida, no es algo digno – Me tuve que morder la lengua para no mandarle a la mismísima mierda.

Por eso mismo me mantuve en silencio hasta que llegamos a la casa. Al caserón. A la mansión. La primera vez que pisé la casa siendo consciente, por aquello de la resaca, no le mostré mucha atención. Ahora que lo hacía me impresioné, era preciosa. El jardín era enorme y solo era el jardín frontal. Nada más entrar, la chica remilgada del día anterior me recibió con una sonrisa incómoda e insegura. Era exageradamente guapa, eso sí.

– Perdón que no me presentase ayer. Soy Sasaki Ayame – Me incliné ligeramente.

– Hiroshi es convincente cuando quiere, por lo que veo – Sonreí.

– No ha tenido que insistir mucho, en cuanto me ha dicho lo que hicisteis por mí sentí que quizás…

– Oh, claro que te ayudamos – Me cogió las manos, guiándome hacia el interior de la casa – Soy Manami, su hermana, ven, deja que te enseñe tu habitación – Hiroshi cargó con mi mochila a pesar de mis negativas, llevándola hasta el dormitorio.

– ¿Vive mucha gente aquí? – Oía música desde algunas habitaciones, nada molesto.

– Principalmente adolescentes que han perdido el rumbo o personas con drogodependencia. En ocasiones el ambiente puede ser un tanto molesto, pero no es lo corriente – Se volvió, encogiéndose de hombros – Todo el que viene aquí lo hace por voluntad propia. Acompáñame, te enseñaré el resto de la casa.

Aunque tuve la suerte de contar con un pequeño aseo dentro de la habitación, también existía la opción de ir al común si me pillaba más cerca. Había una sala donde encontré algunas personas, como dijo Manami casi todos adolescentes, una cocina, una piscina, unas pequeñas termas artificiales, un gimnasio y una sala con lavadoras y secadoras también de uso común. Completita, completita. Me incluyó en el reparto de tareas, los residentes éramos los encargados de mantener la casa limpia, según Hiroshi, con el fin de tener la mente ocupada. Resumiendo, una manera de no gastarse pasta en alguien que limpiase la mierda. Por el camino nos encontramos a un tipo muy alto y delgado, serio, aunque yo diría que aburrido. A Manami se le iluminó la cara.

– Este es mi prometido, Daisuke – Me incliné ante su leve reverencia – Sasaki san es nuestra nueva inquilina.

– Llamadme Ayame, por favor – Hacía tanto que no me llamaban por mi apellido que me resultaba extraño e incómodo – El tipo asintió y se marchó. Miré a Hiroshi al escucharle soltar una respiración corta por la nariz. Negaba con la cabeza.

– Es un poco serio, no se lo tengas en cuenta – Le justificó Manami.

– Es una manera de decir las cosas, sí – Hiroshi tenía algo en contra de ese tío. Me moría de ganas por saber los trapos sucios de unos y otros. Fijo que siendo tan recataditos tendrían un montón.

– Tendrás un guía espiritual, en estos días te lo asignaremos. Siempre somos alguno de nosotros – Se señaló a ella y a Hiroshi – Mi marido o nuestro hermano menor. Perdona que no te presente pero en estos momentos sus estudios consumen su tiempo.

– ¿Puedo hacer una petición? – Dudó un poco, pero me incitó a hablar – ¿Puede ser él mi guía? – Señalé a Hiroshi. Si iba a tener a alguien pegado al culo preferiría que fuese ese tonto y no otro – Me cuesta un poco abrirme a las personas que no conozco pero con él me es fácil estar – Le dediqué una falsa mirada inocente. Se le plantó una sonrisa estúpida en la cara en cuanto lo hice.

– Bueno, si no ves inconveniente… – Su hermano la miró, aún con esa carita de felicidad que ponía cuando le hacía más caso de la cuenta.

– Ninguno, al contrario – Me miró de vuelta – Estaré encantado – No sé si su hermana lo vio, pero me fue imposible evitar guiñarle el ojo. Y como veía venir, se rio como un estúpido. Si la cosa seguía así, en una noche me lo estaba follando.

3

Pero me equivocaba. La semana siguiente fue… para describirla en una palabra diría que ABURRIDA. Pero así, en mayúsculas. Antes de mudarme, mi vida me aportaba algo nuevo todos los días, una aventura, acción, bueno o malo daba igual, lo que quiero decir es que había variedad. De repente me encontré inmersa en una rutina que no iba conmigo. Y cuando intentaba salirme de ella e ir a curiosear la manera de ganar dinero con ese negocio, enseguida me recordaban amablemente que había algo que hacer. Porque si esa casa tan enorme se mantenía limpia era gracias a todos los que allí “purificábamos nuestra alma”. Todas las mañanas nos levantaban temprano, nos debíamos preparar el desayuno, después se repartían las tareas: quitar el polvo, limpiar el suelo, las ventanas, los servicios, el jardín, la piscina, las termas, arreglar lo que estuviese roto, comprar lo necesario, lavar la ropa… Entre apaño y apaño almorzábamos y cenábamos, nos veíamos obligados a una hora de charla en la que nos reuníamos como si estuviésemos en alcohólicos anónimos, ducha y a la cama. Si tenías algo de tiempo libre, te dedicabas o a estudiar o a leer algo. Ni una emoción fuerte, ni un sentimiento más alto que otro. Muchas sonrisas apretadas, tensas, fingidas. Y para colmo de males, Hiroshi desaparecido en combate. En toda la semana solo se dieron dos momentos destacables: El primero cuando Manami apareció con un fondo de armario nuevo para mí, cambiando mi ropa normal por vestimenta salida de La Casa de la Pradera, hortera hasta decir basta. Además me acompañó a teñirme de un negro azabache de lo más aburrido; El segundo momento fue una noche que me levanté de madrugada preguntándome si me había dejado el fuego de la cocina encendido. Al volver, vi una espalda ancha ante mí y una inconfundible mata de pelo negra.

– ¡Hiroshi! – Se volvió mandándome callar.

– Es muy tarde para dar esas voces, Sasaki san – Alcé una ceja, eran solo las once. Se había duchado y secado el pelo, por lo que pude verlo sin esas cantidades exageradas de gomina, resultando en un montón de mechones desordenados y ondulados. Y al verle así verifiqué mis sospechas; El tontorrón estaba buenísimo – Iba a ir a buscarte mañana, quiero hablar contigo sobre tu primera semana con nosotros.

– Podemos hablar ahora si quieres, ven a mi habitación – Tuvo que ver algo de mis segundas intenciones porque sonrió suavemente, negando con la cabeza.

– No es ni buena idea, ni adecuado. Mañana nos vemos – Me encogí de hombros y volví a mi habitación quedándome con las ganas.

                Al día siguiente, a mitad de mi rutina diaria, me encontré por el pasillo a Manami con el hermano equivocado, Keiji. Me miró con el mismo asco que aquel día fuera de su casa y sin decir ni media se encerró en la que supuse, era su habitación.

– Disculpa a mi hermano – Ella tan correcta como siempre – No se desenvuelve con normalidad entre gente que considera de moral dudosa.

– No te preocupes, no me afecta en absoluto. Oye, quería preguntar una cosa sobre los horarios… – Asintió, invitándome a hablar – ¿Las termas las puedo usar por la noche?

– Ah, sí claro. Nadie suele meterse en ellas a partir de las once si quieres estar sola. Sé que trasnochas a pesar de madrugar tanto.

– Genial, hace años que no me dejan entrar en las públicas y lo echo de menos  – La vi inspeccionarme la piel – Sí, exacto, tengo tatuajes y no precisamente pequeños. Aunque según me cuenta Hiroshi ya los has visto.

– Ah, sí, lo siento mucho. Si me disculpas, tengo cosas que hacer.

                Huyó, incómoda e incluso avergonzada. Se preocupaban tanto por no ofender que llegaba  a ser molesto. Me tocaba poner lavadoras, así que con cierto asco, me encaminé a tan apestosa tarea. Estaba muy acostumbrada a ver fluidos ajenos, pero al no saber el origen cogía las prendas con dos deditos. A mitad del martirio escuché pasos a mi espalda. Hiroshi se situó a mi lado, ayudándome. Volvía a tener el pelo engominado y su horrible polito de niño de bien.

  – Bueno, ¿Qué te parece todo esto?

– Está bien, no me falta nada básico y desde luego estoy entretenida, ¿ cuántos vivimos aquí actualmente?

 – Diez u once personas, ¿has conocido a los demás?

 – En las charlas, sí, no tenemos mucho en común. Son muy devotos y yo, en fin, digamos que carezco de fe – Emitió un suave “eeehhh…” – No hace falta ser católica para estar aquí, ¿verdad?

– No es un requisito, no. Cualquier persona, independientemente de la religión que profese, tiene derecho a una segunda oportunidad en la vida para tomar el camino correcto – Puse los ojos en blanco. Ese tipo de frases me parecían ridículas, aunque al menos era tolerante.

– Igualmente, ¿podría ir un día a alguna de vuestras misas? ¿Podría ayudar? – Ante la mención de querer integrarme en su entorno se le iluminó la carita. El pobre no sabía que buscaba la manera de sacarle partido a todo ese negocio.

– ¡Por supuesto! Te informaré el próximo día que se celebre una misa y si te apetece me acompañas a mí o a mi hermano Keiji.

– Tu hermano me odia.

– No te odia – Me sonrió. Era una sonrisa muy bonita – Le cuesta aceptar a gente ajena a nuestros valores – Suspiré. Ese sí que era un intolerante. Iba a ser el más difícil de llevar por lo que yo consideraba el “camino correcto” – ¿Echas algo en falta? ¿Hay algo que se te haga especialmente difícil? – Tuve que esconder una sonrisita porque lo primero que se me vino a la cabeza que yo pudiese necesitar le iba a escandalizar.

– Sí, ahora que lo dices sí que hay algo que echo en falta – Solté la ropa y miré sobre mi hombro, comprobando que nadie se acercaba por el pasillo. Le puse una mano en el hombro, girándole, haciendo que se sentara en una de las máquinas con suavidad – Pero no puedo conseguirlo sola.

– Sasaki san – Levantó las palmas de las manos hacia mí, le cogí de las muñecas y las posé sobre mis pechos. Se le abrió la boca, reteniendo aire en sus pulmones.

– No sabes lo que echo de menos sentir a un hombre – Deslicé mi mano por su rodilla, subiéndola por su muslo. No respiraba, le iba a dar algo.

                Susurré su nombre, acariciando su oreja con mis labios y mordiéndole el lóbulo. No me soltaba las tetas, pero al acariciarle la bragueta suavemente por encima del pantalón, bajando mi boca por su mentón, se levantó bruscamente.

– Sasaki san – Estaba rojo como un tomate, alejándose de mí colocándose bien las gafas – Lo siento, no puedo, no podemos, eso no puedo dártelo, lo siento. No es adecuado, no es apropiado, no puede ser. Si tien—si tienes alguna duda Manami te la resolverá. Yo no… lo siento, no puedo.

                Se marchó a paso ligero, desapareciendo por el pasillo sin mirar atrás. Le había asustado, no podía ir tan rápido con él y tampoco quería acosarle y hacerle sentir mal. Que probablemente por las cosas que le habrían metido en la cabeza sobre lo malo y pecaminoso que era el sexo, es como se sentiría. Me dio lastima saber la culpabilidad que se le iba a venir encima al hacerse una paja a mi costa, eso no era sano, y era lo que le tenía que hacer ver. Al marcharme de vuelta a la cocina para mirar en el tablón qué apasionante tarea debía hacer antes del almuerzo, me dio el encuentro el prometido de Manami, Daisuke. Me agarró del brazo y me sacó al jardín trasero.

– ¿Qué te crees que estás haciendo? – Me quedé de piedra ante esa pregunta, no sabía a qué venía y mi primer instinto fue darle una mala contestación. Instinto que me costó horrores reprimir – ¿Tan cachonda estás que no puedes aguantar el tipo?

– ¿¡Pero tú quién eres para hablarme así?! – Ante esa manera de dirigirse a mí, intentando avergonzarme en vano, no pude evitar mostrar mi verdadero carácter.

– Si tienes ganas de follar, te haces una paja, como hacemos todos. Hiroshi es muy impresionable, no ha conocido mujer y menos mal que me lo he encontrado y le he obligado a soltarme lo que le pasaba. Se lo iba a contar a su hermana y de haberlo hecho ya estarías en la calle.

– ¿Y a ti qué más te da que me quede o que me vaya? ¿A qué viene?

– He estado en la mierda más grande y sospecho que de ahí vienes tú también – Ahora me explicaba esas maneras tan poco refinadas y ese vocabulario que haría llorar al niño Jesús. Además, vi agujeros en sus orejas y una cicatriz en su ceja izquierda. Y esa nariz tan rara solo se te quedaba si te la habían destrozado – Hazme caso, no quieres volver, aquí comes y tienes un techo por hacer dos o tres tareas al día. Y probablemente te encuentren un trabajo fijo si te pones a estudiar.

– Aha, ya veo. Lo de comprometerte con Manami no es más que una manera de asegurar que te quedas por aquí. Qué listo eres, por eso Hiroshi no te puede ver, te tiene calado.

– Me importa una mierda lo que el mojigato ese piense y me importa una mierda Manami. Si yo me callo lo tuyo, tú te callas lo mío.

– No me pueden interesar menos tus intenciones, no pensaba abrir la boca, pero hazme un favor, no te metas dónde no te llaman.

– Tú sabrás – Se encogió de hombros y entró de nuevo en la casa – No seas imbécil y compórtate.

                Nunca me había gustado mucho estar rodeada de personas pero con estas en concreto se me hacía especialmente difícil. El no tener nada que ver con ellos, que te digan a cada momento qué hacer y cómo comportarte, que elijan por ti… No eran cosas que fuesen conmigo y sin embargo ahí estaba. Si no fuese por lo mucho que apreciaba a Mei ya me habría quitado de en medio. Y al acordarme de ella me encerré en el baño en cuanto tuve un hueco libre para llamarla por teléfono.

 – ¿Cómo está mi santurrona? – Fue lo que contestó – Llevaba tanto sin saber de ti que me estaba empezando a creer que te habían comido el coco de verdad.

– No, pero me tienen bien ocupada, desde luego tontos no son a la hora de llevar el negocio.

¿Has conseguido colarte en las misas?

– Todavía no pero pronto. Tengo a uno de ellos casi en el bote, al tontorrón grandote. Ahora, una cosa te digo, esta gente esconde más de lo que uno pensaría.

Aaaaay los santurrones son los peores y las calladitas las más zorras en la cama. No te fíes ni de tu sombra ahí dentro porque en cuanto te descuides te dan la patada. Por cierto, no paran de preguntar por ti.

No me esperaba que mis clientes fueran a echarme de menos.

Esos también, pero me refería a Yuko y sobre todo a Kotaro. Me tiene frita. Le he dicho que estás de vacaciones pero no para de insistir que dónde. ¿Qué le das que está enganchado? – Sonreí ante la imagen de ese tipo incapaz de vivir sin mí. Dime de qué presumes…

Ya se cansará, tiene muchos chochitos alrededor. Que no me vendría mal tenerle una noche por aquí…

Con lo escandalosos que sois os hacen hasta un exorcismo – Di una carcajada porque no le faltaba razón – En fin, te dejo. Suerte, espero verte pronto de vuelta.

En cuanto me entere de cómo montan el tinglado. Ya nos vemos, Mei.

                La echaba de menos. Los echaba de menos y fue un pensamiento que me sorprendió. Se habían convertido en mi familia y estaba acostumbrada a tenerlos cerca. Suspiré y cogí mis toallas, camino a las termas. Ya que me dijo la puritana que por las noches estaban libres, iba a aprovechar para meterme un rato en remojo. Antes de llegar a la entrada del jardín trasero vi por primera vez la puerta del cuarto de Keiji, el hermano menor del tontorrón, abierta. La curiosidad me pudo y me asomé solo un poquito, a ver qué escondía su santidad. Al comprobar que no había nadie dentro, me colé de puntillas. Muchos libros de teología era el principal componente del dormitorio, apenas había muebles y lo único medianamente moderno era un portátil en suspensión como bien indicaba la parpadeante lucecita naranja. Abrí la tapa y presioné una tecla para arrepentirme al momento y casi morirme de la risa.

                Porno escandaloso, porno sucio, porno homosexual a toda pastilla.

                Bajé la tapa de un golpetazo y salí corriendo hacia mi habitación aguantando la risa tras mi mano. Cuando se me pasó volví a emprender el camino a las termas. La puerta de su habitación estaba cerrada, nadie alrededor. Conseguí aparentar normalidad, desconocía quién se habría enterado de esos estridentes gemidos masculinos pero fuese quien fuese debió quedarse en shock. Vaya tela con la doble moral del personal… a ver si conseguía tener una charlita con él.

                Las termas estaban desiertas. Me metí en un recoveco escondido, de espaldas a la puerta trasera de la casa, dejándome caer en el borde tan solo con una toalla alrededor del cuerpo. Me recogí la melena en un moño alto y suspiré, dejándome llevar por la paz y el calor del agua. Casi me quedo dormida, no sé si pasaron minutos u horas cuando escuché pasitos acercarse. Pensé moverme, pero estaba tapada y parcialmente oculta por unos juncos de mentira. Si era otra mujer, el problema más grande que podía encontrarme era que le desagradasen mis tatuajes. Pero no. No era una mujer. Me mordí el labio al ver entrar al cegato de Hiroshi sin las gafas, sin gomina y solo con una toalla en la cintura. No me había visto en la oscuridad de la noche, no había apenas luz y mi toalla era oscura. A esas horas estaría acostumbrado a estar solito. Dejé que entrase, que se relajase, que respirase hondo y cerrase los ojos. Y cuál fue mi sorpresa cuando va el chiquitín y empieza a pajearse suavemente. Me puse cachonda al instante. Me rocé el clítoris mirándole juntar las cejas, entreabrir los labios y jadear. Supe que en cuanto escuchase movimiento a su lado se iría, por lo que fui todo lo rápida que pude. Me levanté quedándome completamente desnuda. Se sobresaltó, tapándosela de inmediato con las manos sobre la toalla que se la cubría, susurrando un asustado “¿quién eres?”. Me senté sobre sus piernas, tirando de su toalla, agarrándome de esa polla que ni era muy grande ni muy pequeña pero tan dura que me moría por metérmela.

– Ay Hiroshi, dime que pensabas en mí – Le pasé la mano por la nuca acariciando sus cabellos, hablando contra su boca y deslizando mi mano por esa fina y cálida piel muy despacio.

– No podemos hacer esto – Susurró justo antes de ahogar un gemido ronco.

– Joder, eres guapísimo, ¿te lo han dicho alguna vez? – Negó con la cabeza – Tócame, Hiro-kun.

                Vi el deseo en sus ojos al mirar mi cuerpo desnudo y vi que le temblaban las manos cuando las puso en mi cintura. Le acaricié la mejilla y le besé despacio. Sus besos eran torpes e inexpertos pero sus labios eran tan gruesos y cálidos que no podía dejar de besarle una vez empecé. Al meterle la lengua en la boca gimió, me agarró con fuerza del pelo y las caderas y se empezó a correr. No quise dejar de besarle porque estaba siendo de lo más escandaloso y no paraba de eyacular. No sabía desde cuándo llevaba sin hacerse una paja pero era interminable lo de ese hombre.

– Quería follar contigo pero mejor las cosas de una en una, ¿verdad? – Me miraba a los ojos extasiado, atontado, desconectado de la realidad.

– Ha sido mi primer beso – Susurró. Me reí suavemente antes de besarle de nuevo todo lo dulce que pude teniendo en cuenta lo cachonda que estaba.

– Y obviamente la primera vez que te corres con una mujer – Asintió. Me miraba a la cara de una manera que jamás me habían mirado. Lo tenía a mis pies, podía hacer con él lo que quisiese – Nos quedan muchas primeras veces entonces.

– No podemos hacer esto de nuevo. Puede venir cualquiera a las termas, Sasaki san.

– Bueno, bueno. La casa es grande. Y llámame Ayame – Me sonrió avergonzado. Me entraron ganas de comérmelo a besos y eso mismo fue lo que hice.

4

                Tras ese rápido – e insatisfactorio por mi parte – encuentro sexual, sugerí que yo debía ir primero a mi habitación y que en un rato fuese él. Que se relajase. Le di las buenas noches y me metí en la cama, haciéndome una paja apoteósica pensando en su polla y susurrando su nombre. No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar al día siguiente, esperaba que no estuviese muy arrepentido y que la culpabilidad no fuese mayor que el deseo. Me limité a hacer vida normal, aguantando la risa al encontrarme con el recto Keiji. Recto… El recto de un hombretón es lo que él quisiera por las noches. Y no fue hasta dos días después que no le volví a ver. Estaba desayunando, quitándome legañas y bostezando, cuando entró por la puerta de la cocina con una sonrisa a la que respondía de buena gana. Me miraba igual de avergonzado que siempre.

 – ¿Sigue en pie tu propuesta de venir conmigo a preparar la misa?

 – ¡Claro! Dame un segundo y nos vamos – Por fin iba a ver lo que me interesaba.

 – Perfecto, estaré en la sala común.

                Me di prisa en vestirme con la ropa más insulsa del mundo. Iba de blanco y color crema, con una blusa de botones bien abrochada y una falda por debajo de las rodillas. Los taconcitos eran blancos y, por supuesto, llevaba medias y el pelo muy bien peinado. Todo en su sitio, todo correcto y perfecto. Se me hacía rarísimo salir a la calle sin pintarme, no estaba nada acostumbrada. Hiroshi pareció encantado con mis pintas, a mí me daban un puto asco que me moría. Estaba de lo más incómoda y deseé no encontrarme a ningún conocido. Me acompañó hasta el coche, normal y más bien pequeño pero reluciente de limpio que estaba.

   – Estás rara – Me dijo una vez nos pusimos en marcha – Sé que es la ropa que te ha dado mi hermana pero…

– ¿No me queda bien? – Me reí. Me quedaba como un tiro.

– No, no me malinterpretes, estás muy linda pero no tengo muy claro si va contigo.

– No va para nada conmigo. En absoluto. Algún día te enseñaré mi modelito favorito.

– Se supone que no vas a volver a esa vida – Comentó con cautela.

– Ya, sí, claro. Pero eso no significa que me vaya a deshacer de mi ropa – Torció el gesto – Supongo que vamos a la Iglesia de Nunoike, ¿no?

– Claro, ¿a cuál si no? Tenemos que hacer unas cuantas cosas antes de que empiece la misa en japonés. Las misas en otros idiomas son cosa de los voluntarios extranjeros. Además, creo que después viene el grupo de boyscouts y si no me equivoco hoy deben pagar la mensualidad, así que nos pasaremos por allí también.

                Dinero, dinero, dinero. Eso era lo que yo quería ver. Lo primero que hicimos fue colocar carteles anunciando la jornada del día. Tras eso, preparamos los libros que se iban a usar y comprobamos las reservas del sagrario. Finalmente preparamos las ofrendas y el cesto para el dinero. Encendimos las velas y los micrófonos, a los fieles que empezaron a llegar le repartimos unos papeles que ni idea de qué eran pero como Hiroshi permanecía en un respetuoso silencio, hice lo mismo. Con lo que no contaba era con lo aburrida de cojones que fue la misa. Me dio tiempo a fantasear con detalle sobre meterle en el confesionario para que me susurrase todos sus pecados mientras le cabalgaba intentando no hacer ruido. Me dio tiempo a fantasear y a que se me pasase el calentón. Escondí tantos bostezos como resoplidos, pero a Hiroshi no se le escaparon. Se reía suavemente ante mi rostro somnoliento, recitando a coro frases de vez en cuando. Me ponían los pelos de punta, tan sectarios, tan obedientes… Eran como seres sin voluntad, todos a una, no me terminaba de gustar. Hiroshi me dio un cepillo para recolectar dinero y él se quedó el otro. Y me sorprendí al ver billetes y no precisamente pequeños. Al acabar la misa Hiroshi lo llevó todo a una caja fuerte, contándolo antes. Entre los dos hicimos poco más de 9000 yenes. Y eso fue en esa única misa, porque como dijo antes había más en varios idiomas. Aún en silencio, fuimos hasta un edificio anexo, en el que al entrar nos recibió Daisuke.

– Ya os conocéis, ¿verdad? – Nos preguntó Hiroshi. Ambos asentimos – Se ocupa de la catequesis de los niños. Se formó para ello estando con nosotros y es el mejor.

– Sí, me siento útil estando por aquí y no es un trabajo muy complicado. Aunque no me vendría mal otro par de manos – Alcé las cejas, incrédula. Cambié mi expresión por una falsa sonrisa.

– No es mala idea, no…

– Voy un momento a por el dinero de los boyscouts, espérame aquí y ahora volvemos a casa – Asentí. Tan pronto le perdí de vista escuché la risita de su cuñado. Me estaba mirando de arriba abajo, negando con la cabeza.

– Se nota que no es tu estilo.

– No todos podemos perfeccionar la técnica de ir vestido como un imbécil a la de la noche a la mañana.

– Oye, lo de que te vengas aquí conmigo lo digo en serio – Bajó el tono y se inclinó un poco para susurrarme – Estando tan lejos de la casa podemos ser más nosotros y, en fin, esas ganitas que tienes por desfogar… – Tan pronto sentí su mano en mi culo sintió él la mía en su cara, con fuerza y con impulso. El chas resonó por el pasillo.

– ¿Qué cojones te crees que estás haciendo? – Le susurré con rabia.

– ¿Pero no estabas cachonda?

– Sí joder, pero eso no significa que me vaya a follar al primero que se me ponga por delante por muy puta que yo sea.

– Ya, y al que te quieres follar es a ese que ni sabe cómo es un coño.

– No me libro de los yakuza ni metiéndome aquí – Mascullé molesta al escucharle hablar con ese acento asqueroso – ¿Es común entre vosotros eso de no respetar a las mujeres?

– Déjate de gilipolleces y vente aquí conmigo, que no te vas a arrepentir – Se estiró en cuanto escuchó pasos por el pasillo – No seas tonta.

– Estoy ya del no seas tonta… – Murmuré entre dientes.

– Bueno, por hoy se acabó por aquí. Vamos a casa – Asentí y me despedí del impresentable ese con una sonrisa apretada.

– ¿Tenéis muchos niños?

– Dos grupos de diez en la catequesis y unos… treinta variando en edades en los scouts, este año son más.

– ¿Y se lo pueden permitir?

– La catequesis es gratuita, como no, y los scouts son solo 2500 yenes al mes, claro que se lo pueden permitir – Asentí, yo no podría haberlo hecho de niña y seguro que no ahora – Hay grupos de gente de tu edad, por si fuese de tu interés.

– No mucho, prefiero quedarme en la casa – Me imagine rodeada de santurrones y mientras yo escondía la risa, Hiroshi suspiraba al entrar en el coche.

– ¿Qué te pasa? – Le pregunté. Me miró sorprendido, probablemente nadie le preguntaba nunca. Sonrió y se encogió de hombros, arrugando la nariz.

– No sé, Daisuke no me termina de agradar – Me reí por la nariz brevemente – ¿A ti tampoco?

– No encaja con la gente de la casa, igual que yo.

– Ya, pero a él le veo unas segundas intenciones que a ti no – Me sentí culpable cuando se me quedó mirando con ambas cejas arqueadas – No le digas nada a Manami, se enfada cada vez que se lo comento. No sé por qué le defiende con tantas ganas…

– Hiroshi, ¿te puedo pedir un favor? – Volvió a mirarme, apartaba demasiado los ojos de la carretera para hacerlo – ¿Me llevas a ver el mar? Nunca he ido.

– ¿Ahora? – Asentí – Pero nos van a echar en falta – A pesar de decirme eso, buscaba con los ojos el desvío hacia la costa.

– No está muy lejos y nunca he tenido la oportunidad. Me gustaría ir contigo – No se pudo negar ante esa petición. Tragó saliva y asintió, agarrándose al volante con fuerza.

                Sonreí mirando por la ventana. Claro que había ido a la playa, era solo que en esa época del año no habría nadie y quería estar a solas con él. No coincidía con Daisuke en nada de lo que salía por el agujero ese que usaba para hablar, pero en lo de que Hiroshi era inocente no podía más que darle la razón.

– ¿Podría hacerte una pregunta personal? – Asentí – ¿Cómo una chica tan joven acaba llevando la vida que llevabas?

– Nunca he encajado con mis padres. Odiaba estar en mi casa, odiaba sentirme controlada. Quería experimentar cosas nuevas, dejé el instituto y me fui a vivir por mi cuenta. Obviamente no me salió bien y cuando pensaba tragarme el orgullo y volver, me encontré con Mei – Me escuchaba atento. No estaba acostumbrada a que un hombre me escuchase tanto, normalmente era al revés – Me salvó la vida. Me acogió en su casa, que también es su negocio, y me propuso trabajar haciendo felices a hombres por la noche en su bar. Haciéndoles creer que me gustan y esas cosas.

– ¿No se te hace duro? – Estaba tentada de atarle la cabeza para que dejase de mirarme, nos íbamos a estampar con algo, me ponía histérica.

– No mucho. Al principio era un poco difícil aguantar las tonterías que soltaban los borrachos y las manos largas, pero una se termina acostumbrando.

– ¿Cuánto llevas allí? Tienes dieciocho ahora, ¿no?

– Desde los dieciséis. Pero tranqui, no quería darle problemas a Mei así que no me he empezado a prostituir hasta este año.

– ¿¡EHH?! – Le agarré el volante – ¿Eres…?

– Solo con los que pagan mucho, ¿no lo sabías? Para tu alivio te diré que ha sido en ocasiones contadas, no supone un gran sacrificio – Parecía tremendamente preocupado – Normalmente la tienen pequeña y acaban antes casi de ponerles el condón. Es que la mayoría de las veces ni me la meten.

– ¿Cómo eres capaz de hablar de eso así?

– ¿De eso? ¿A qué te refieres? – Aparcó en el arcén, creyéndome yo que le había ofendido. Al mirar a mi alrededor vi que estábamos en un mirador, habíamos llegado a la playa. Como ya sabía no pasaba ni un coche; estábamos solitos del todo.

– Del… del sexo. Nunca había escuchado a nadie hablar de eso como si fuese…

– ¿Normal? – Asintió. Tanto que me miraba antes y ahora era incapaz de hacerlo durante tres segundos de frente, porque lo hacía, pero de reojo – Porque lo es para mí. No es más que o una manera de ganar dinero o una manera de pasármelo bien con gente que aprecio. O de hacerle a alguien pasárselo bien. No es algo malo, es una experiencia humana más.

– Pero es sucio…

– Sí, claro que lo es. Físicamente desde luego que lo es – Vi su expresión, dándome a entender que no era a lo que se refería – Espiritualmente… es liberador. Hiroshi – Le puse la mano en la cara para que me mirase, apoyando la otra en su pierna. Me raspé los dedos con una barba que apenas veía – ¿Te sentiste mal por lo del otro día en las termas?

– En el momento no, después sí. No estamos casados, ni siquiera somos pareja. Es algo que no se debe hacer sin una unión sagrada de por medio o la promesa de esta al menos.

– ¿Y eso por qué? ¿Qué nos va a pasar?

– Dios nos observa, juzga, no pode—

– Vale, vamos a hacer una prueba – Me desabroché despacio la camisa. Aunque me miraba de reojo, no apartaba la atención de mi escote sin dejar de apretar el volante – Seguro que ya quieres tocarme, ¿verdad?

– Sí, siempre estoy deseando tocarte pero Sasaki san…

– Ayame, pesado – Cogí sus manos y antes de hacer nada, las observé. Eran manazas, de dedos largos y venas marcadas en el dorso. Me gustaban mucho, le besé los dedos – Quiero que me acaricies – Me miraba serio, aunque su atención estaba más puesta en mi piel que en mis ojos.

                Las yemas de sus dedos tocaron mis clavículas, la redondez superior de mis pechos, el encaje de mi sujetador negro, mis pezones por encima de la tela. Su otra mano, cálida, se deslizó por mi cintura hacia arriba, hacia mi otro pecho, poniéndome la piel de la gallina. Se me escapó una risita juguetona que le hizo sonreír tímidamente. Me apretó los pechos suavemente, se mordió el labio, centrándose en mis pezones. Suspiré al sentirme excitada, con las bragas un poco más húmedas que hacía un segundo.

 – Quiero sentir tu boca en mi piel – Alcé mi brazo, acariciando sus labios con mi pulgar.

                Me miró, suspiró, y con las manos rodeándome la cintura se inclinó sobre mí, pegándome a la ventanilla al besarme. Abrí las piernas, pasándolas alrededor de su cintura, tirándole del pelo y sintiendo su lengua en mi boca. Su lengua tiesa, la movía demasiado rápido. Me reí.

– Hiroshi, Hiroshi espera – De nuevo esa mirada atontada en sus ojos. Le cegaba la lujuria y me encantaba verle así – Relaja la boca, relaja esa lengua que me vas a hacer un piercing. Deja que yo te bese.

– Lo siento, no sé hacer estas cosas – Le quité las gafas, poniéndolas en el salpicadero del coche. Le terminé de despeinar la melena que ya había empezado a alborotar con mis tirones. Con ese pelo y esa mirada salvaje parecía otro. Un hombre que me gustaba mucho más que ese tan arreglado y correcto.

– De verdad que estás para matarte a polvos, cariño mío – Se rio avergonzado y me reí con él.

                Besé sus labios despacio, deslicé mi lengua en su boca de igual manera, sin prisas, profundamente. Gemí al sentir ese hormigueo en la entrepierna que solo te provocan los grandes besadores. Una vez aprendió a usar su lengua para derretirme con solo un beso me estaba volviendo loca. No quería admitirlo, pero si la cosa seguía como iba terminaría haciendo conmigo lo que quisiese. Bueno, podía hacer conmigo lo que le diese la gana ya de antes, estando tan bueno como estaba no le iba a decir que no. Le abrí los botones de la camisa al sentir su boca bajarme por el mentón, por mi cuello, provocándome escalofríos. Al sentir su lengua sobre mis pechos resoplé. Cogí su mano y la llevé a mi entrepierna. Me la apretó cuando me sacaba el pezón del sujetador, mordiéndolo con suavidad. No recordaba la última vez que había estado tan sumamente cachonda. Intentaba acariciármelo pero las medias se tensaban y no llegaba a rozarme como era debido. Molesta y enfadada pegué un tirón de ellas, haciéndoles un agujero enorme. Los dedos de Hiroshi rozaron mis ya húmedas bragas, haciéndome gemir con fuerza. Me miró al escucharme, le agarré la mano y la metí dentro de mi ropa interior, indicándole cómo debía mover los dedos sobre mi clítoris. Le toqué el pecho, se lo arañé. Hiroshi jadeaba, su mirada era sucia, se mordía tan fuerte el labio que iba a hacerse daño. Comencé a agitarme al sentir el orgasmo acechándome. Le cogí la mano que apretaba mi pecho y empapé dos de sus dedos en saliva.

– Mételos despacio, y cuando estén dentro tira con las yemas de los dedos hacia ti – Me hizo caso, susurrando mi nombre.

                No entendía cómo aguantaba sin sacársela y metérmela. Otro tío no tendría esa paciencia. Otro tío habría dejado de tocarme hace mucho para correrse él. Pero por lo visto a Hiroshi le apasionaba darme placer y sobretodo, aprender cómo hacerlo. Y yo estaba encantada.

– Relaja los dedos, estás tenso – Una vez los tuve dentro y los dobló, también me dobló a mí. Arqueé la espalda – En círculos, en círculos Hiroshi, por Dios….

                Temblé entera cuando me corrí. Me agité con las piernas estiradas, las caderas hacia arriba y los dedos de los pies apretados. Él también gemía a pesar de no tocarse, gemía solo de verme gozar. Se inclinó entre mis piernas y sin sacarme los dedos de dentro, me lamió el clítoris con ansiedad. Gemía mi nombre, gemía mucho pero no más fuerte que yo. Volví a correrme, volví a correrme con tantas ganas y de una manera tan insoportable que si por un casual alguien pasaba por allí se iba a preguntar a quién estaban matando. Su teléfono comenzó a sonar y al principio ni nos enteramos. Yo no me enteré hasta que le miré preguntándome por qué cojones había parado de torturarme tan deliciosamente.

 – ¿Sí? – Intentaba esconder los jadeos, limpiándose la cara de mis flujos – Sí, ya vamos, nos hemos desviado un poco del camino pero ya vamos a casa – Se pasó la mano por la cara, respirando hondo despacio – Vale, ahora le recojo.

– ¿Tu hermana? – Asintió.

– Ponte derecha por favor, no puedo conducir – Se sacó el pañuelo del bolsillo y se limpió las manos. Le mire entrecerrando los ojos.

– ¿Y tú qué? – Me miró sin comprenderme. Me devoró con la mirada, mordiéndose el labio de nuevo.

– ¿Yo qué de qué?

– ¿No te corres? Puedo hacer que te corras en menos de tres minutos.

– Lo voy a manchar todo y no puedo llegar manchado a casa. Mucho es que vas a llegar sin medias – Se abrochó la camisa, pero no dejaba de mirarme los pechos y la boca.

– No se va a manchar nada, tonto, ¿sabes qué? Se me apetece mucho comértela – Ahora era yo la que me inclinaba sobre él, aplastándole contra su ventanilla, besándole brevemente los labios mientras le abría la bragueta – Pero más se me apetece tragármelo todo.

                Se rio nervioso, dando un respingo cuando se la acaricié. Estaba tan dura que me sorprendió. Más que en las termas. Estaba a punto de correrse. Le lamí el pecho, mordiéndole un pezón. Tiré de sus pantalones y se los bajé hasta las rodillas, calzoncillos incluidos. Tiré de sus caderas, quería hacerle sentir una experiencia que estaba segura sería nueva para él. Lo bueno que tenía eso de estar con gente “de bien” es que Manami me recortó las uñas de manera perfecta, redonditas y bonitas. Me empapé el dedo en saliva y me metí su polla en la boca despacio. Gimió al instante. Un gemido ronco, grave, rasgado y lento. Le pasé el dedo justo por debajo de los huevos, apretando levemente. Le masturbaba y le lamía despacio debajo del glande en esa zona tan sensible cuando deslicé ese mismo dedo en su culo, apretando donde sabía que iba a matarle. Me agarró de los hombros, cogiendo aire con sorpresa. Al metérmela en la boca, apretándola con mis labios y lengua mientras movía ese único dedo en su interior, su gemido pareció un lamento. Tuvo un espasmo y se corrió al instante, gimiendo entre dientes, escandalosamente, tirándome del pelo. Temblaba casi igual que yo, no sabía qué hacer ante un orgasmo tan intenso. Cuando acabó lamí una gota que se me había escapado y le besé en la mejilla, riéndome con malicia.

– Dios mío… – Jadeó, pasándose la mano por los ojos.

– Dios no ha tenido nada que ver en esto, blasfemo – Me miró sofocado, colorado, extasiado. Empezó a reírse suavemente, pero al reírme yo con él se descontroló. Terminamos a carcajadas, cada uno en su asiento. Me acarició la mejilla, negó con la cabeza y volvimos a casa.

5

                Pero antes de volver nos pasamos por la biblioteca. Su hermano Keiji había ido a por unos libros y le íbamos a llevar para que no cargase. Mientras esperábamos, suspiré, tarareando satisfecha. Me miró con una gran sonrisa, cogiéndome la mano discretamente y acariciándomela con el pulgar. No quería cortarle el rollo, pero me daba la impresión de que se estaba enamorando y eso no era bueno para él. En absoluto.

– Se te ve contenta.

 – ¡Pues claro! En mi vida me habían comido el coño tanto tiempo seguido y tan bien.

– ¡Sssshhhh! – Miró a su alrededor, comprobando que Keiji no estaba cerca – No digas esas cosas en voz alta y menos con gente alrededor, Ayame san.

– Chan. Deja de ser formal conmigo, te he metido el dedo en el culo – Chasqueó la lengua, mirándome fastidiado.

– No… no vuelvas a hacer eso.

– ¿No te ha gustado? Porque me dio la impresión de que sí.

– No es eso – Volvió a chasquear la lengua – Es que no… a mí no me gustan esas cosas – Me incliné junto a él, mi proximidad le puso nervioso.

– El sexo anal no tiene nada que ver con ser maricón y además, por las ganas con las que me besas y me tocas está claro que no lo eres, si quieres quedarte tranquilo.

– Me incomoda.

– Te incomoda ahora, en el momento te ha encantado – Le guiñé el ojo haciéndole sonreír una vez más. No quería admitirlo pero le había vuelto loco – Pero vale, no volveré a hacerlo. No quiero que te sientas vio—

– Shh, calla, mi hermano – Se puso tieso en el asiento al verle llegar.

                Si él supiese lo que yo sabía de su hermanito… Pero no era nadie para decir nada, por lo que solo salí del coche para ayudarle a meter los libros en el asiento trasero. Se traía media biblioteca. Keiji no me saludó, solo me dedicó una mirada asqueada de soslayo. Tuve que aguantar la risa cuando le preguntó a Hiroshi qué le pasaba en el pelo y más aún cuando se apresuró a arreglárselo sin decir ni media. Cuando le di la vuelta al vehículo para entrar escuché una risotada familiar.

– ¿Ayame chan? ¿Qué coño haces con esas pintas ridículas? – Al girarme vi a Kotaro caminando hacia a mí con determinación. Me metí en el asiento trasero, activando el cierre de seguridad de mi puerta.

 – Hiroshi, arranca, vámonos – Le metí prisa. En cuanto su hermano cerró la puerta arrancó y nos fuimos. Escuchaba a Kotaro llamarme, cada vez más enfadado.

– ¿Pero se puede saber con qué clase de escoria te rodeas? – Keiji se volvió, mirándome molesto y acusador – Menuda vergüenza. Menudo despojo social – Era consciente de que Kotaro era todo eso y más, pero no pude evitar molestarme.

– Es una persona con problemas, no seas tan duro – Le dijo su hermano – No creo que sea posible traerle con nosotros, ¿verdad?

– No le quieres en la casa, suficiente tenemos con un yakuza allí metido – Dije sin pensar.

                No me contestaron, se hizo el silencio. Estaba claro que ambos sabían que me refería a Daisuke pero por lo visto no pensaban argumentar nada. Al llegar a la casa nadie pareció darse cuenta de mi falta de medias y tampoco me pidieron explicaciones. Al marcharme con Hiroshi dieron por sentado que estaría haciendo algo importante. Me metí en la ducha y me vestía con la ropa de andar por casa cuando escuché que llamaban a mi puerta. Le indiqué a quien fuese que pasase y abrió Manami con una sonrisa incómoda.

– Ayame san, hay un hombre preguntando por ti fuera de la casa, ¿Podrías decirle que se marchase? No nos hace caso y su apariencia no es…

– Sí, lo siento muchísimo, es un impresentable. Ahora mismo lo soluciono – Al salir al pasillo, Hiroshi me dio el encuentro.

– Es ese tipo, el del bar de tu amiga Mei – Me sorprendió que recordase el nombre. Sí que escuchaba con atención – ¿Quieres que te acompañe?

– No es necesario, mejor que vaya sola. Sé manejarle.

– De todas maneras estoy aquí si me necesitas – Manami se quedó mirándonos cuando nos sonreímos. Algo vio que no se esperaba entre nosotros. Caminé con prisa hasta la cancela de la casa, viéndole apoyado contra la pared.

– ¿Por qué te largaste de esa manera antes? ¿¡Qué cojones haces aquí?!

– Baja la voz, joder. No quiero que te acerques a ellos y digas o hagas una barbaridad que me perjudique, ahora vivo aquí, lárgate Kotaro.

– ¿Que me largue? ¿A qué viene esto de un día para otro?

– No tengo intención de explicártelo, de momento haz lo que te digo y ya nos veremos.

– Pero echo de menos follarte, ya sabes que ninguna me da caña como tú. Ninguna sabe cómo.

– Ohggg, venga ya, las hay a patadas y si no saben se lo explicas como hiciste conmigo. Ya nos veremos – Cerré la cancela pero le dio igual, justo cuando atravesaba la puerta de la casa le escuché correr tras de mí. Había saltado por encima – ¿Qué haces? ¡No puedes estar aquí!

– Tú eres la que no deberías estar aquí joder, vente conmigo nena, echo de menos tu chochito mojado y dulce – Agarrándome la cara me besó de esa manera sucia tan propia de él. Se me había olvidado que era tan bueno y se me había olvidado que siempre me estrujaba la nariz con la suya. Le separaron de mí. Hiroshi le separó de mí. Parecía incluso dispuesto a pegarle.

– Por favor, márchese – Aprecié desprecio en la risotada de Kotaro.

– ¿Me acabas de empujar? – Fui a meterme en medio, pero Hiroshi no me dejó.

– Solo le he apartado. Por favor, salga de la propiedad.

– Oblígame – Kotaro le dio con dos dedos en el hombro. Hiroshi respiró hondo y no se movió un centímetro.

– ¿Qué está pasando? – Todos menos Hiroshi nos giramos hacia la voz de Keiji, que se acercaba a nosotros seguido por su hermana – ¿Quién eres tú? – Se puso a su lado, señalándole la salida de la casa.

– Eso mismo me estaba preguntando yo.

                Miré de nuevo a Kotaro porque su tono de voz cambió drásticamente. Y su actitud también. Con la boca abierta le vi guiñarle el ojo a Keiji. Lo que más impresionada me dejó de la escena fue el puñetazo que le dio el santurrón en plena nariz al yakuza. La excusa que necesitaba Kotaro para terminar de gustarle, sentir dolor, con lo cachondo que le ponía ese rollo… Se quejó en algo que más bien fue un gemido seguido de una risa mientras se limpiaba la sangre de la nariz.

– ¡Fuera de aquí! – Exclamó Keiji furioso – ¡Lárgate de esta casa, depravado!

– Kotaro por favor… – Le rogué. Me miró y asintió tras reírse.

– Me voy solo si te vienes conmigo – Al principio creí que me lo decía a mí, pero se giró hacia Keiji – Retiro lo que he dicho antes Ayame, prefiero llevármelo a él. Menudos brazos tienes – Se los acarició. Se le acercó. Le mordió el labio inferior.

                El shock fue tan grande para sus hermanos y para él mismo que ninguno se movió de inmediato. Yo empecé a reírme sin poder evitarlo aunque intentando esconderlo. Les escuché aspirar sorprendidos, a Hiroshi murmurar un “¿Pero qué…?” y a alguien escupiendo una rabiosa retahíla de insultos pasando por mi espalda. Keiji se había quedado tieso, con los ojos muy abiertos, apretando los puños cuando Kotaro le azotó el culo ronroneando en sus labios. Tenía que estar cachondo como nunca en su vida. Daisuke fue el que lanzaba improperios, pasó tras de mí, agarró a Kotaro de un puñado y lo sacó de la casa. Algo le susurró que no vino a por más, no supe si le reconoció o si sus artes de ex yakuza le sirvieron con él.

– Vamos, todo el mundo dentro – Nos ordenó. Le miré aun riéndome y le vi esconder las ganas de reírse a él también. Keiji se encerró en su habitación, sus hermanos no sabían cómo reaccionar.

– Lo siento muchísimo, no volverá a pisar esta casa.

– ¿Estás bien? – Me preguntó Hiroshi, asentí.

– Al que deberías preguntarle es a Keiji san – La risa amenazaba con salir de nuevo por lo que me excusé y me metí en la habitación.

                Tras unas cuantas horas y encerrada en mi cuarto de baño, encendí mi teléfono. Tenía varias llamadas perdidas de Mei, por lo que se la devolví al instante. Probablemente Kotaro le había ido con el cuento de que me había vuelto loca.

¿La ha liado mucho? – Fue lo primero que me dijo al responder.

 – Ha acosado al más casto de la casa. Masculino. Hombre. Ya te puedes imaginar lo que una actitud tan abiertamente homosexual produce en sus cabecitas. Están que no saben qué hacer con sus vidas.

– Madre mía, me disculparía, pero es que no es mi culpa.

– No te preocupes, si me he dado un buen hartón de reír. Lo mejor de todo esto es que a ese chaval le tiene que haber encantado. Una noche pasé por su habitación y tenía porno gay del bueno en el ordenador.

Joder, de esperar incluso – Me rei con ella, la echaba de menos – ¿Y tu enamorado?

– Pues eso mismo, enamorándose. Y no puedo decir que me guste, aunque ya me he enterado de cositas – Le comenté lo que sabía sobre cómo llegaba parte de sus ingresos porque de alguna otra parte tenían que pillar dinero. También le conté lo del coche – Se llevó su buena media hora dedicado solo y únicamente a hacer que me corriese. En mi vida me había pasado.

Esas son las experiencias únicas, atesórala con cariño. Pero a ver si el dedos mágicos va a hacer que seas tú la que te enamores.

– ¡Sí hombre, para esas estamos! – La escuche hacer un ruidito de inseguridad tras mi risa – Es más lengua mágica. Menuda manera de comerme el coño…

Ay, mándamelo un rato. En fin, te dejo que estoy hasta arriba, espero verte pronto. Cuídate.

               Fastidiada guardé el teléfono. No podía dormirme en los laureles si quería volver pronto a mi casa de verdad, tenía que enterarme de todo y para eso tenía que acercarme más a Hiroshi. Quizás incluso a Manami. Me pasé unos cuantos días maquinando cómo hacerlo sin ser descarada, buscándolos por la casa pero sin encontrarlos o al hacerlo, darme de bruces con la excusa de que estaban ocupados. Probablemente fuese porque las lavadoras quedaban apartadas del resto de la casa que siempre mantenía charlas a cierto nivel secretas allí, aunque la segunda la podía haber evitado más que nada por incómoda. Pasaba la ropa de las lavadoras a las secadoras cuando escuché que abrían y cerraban la puerta del pasillo. Volví la cabeza y chasqueé la lengua al ver a Daisuke.

   – Por fin nos vemos solos, joder – Se sentó en las lavadoras que quedaban tras la puerta de la habitación – ¿Dónde cojones os metisteis tú y el imbécil después de estar en la iglesia?

– A ti te lo voy a contar…

– Vamos, que te lo follaste – Se reía como lo que era, un golfo.

– No, no hemos follado – No le falté a la verdad. Penetración no hubo.

– Eso no se lo cree nadie. Está mucho más cómodo a tu lado, algo le has hecho.

– ¿Y a ti qué te importa? – Le miré un segundo para verle encogerse de hombros. No era un hombre feo, pero me gustaba tan poco su actitud que tampoco le podía ver atractivo.

– No me importa, solo me gusta imaginarte haciendo cosas.

– No lo hagas conmigo delante, si no te importa.

– ¿Notaste que a Keiji se le puso dura cuando tu colega le metió mano? – Resoplé, no le iba contar lo del chaval.

– No, estaba muy ocupada intentando no partirme de risa.

– Fue épico. Ese tio necesita que le partan el culo y ya, me parece que es maricón sin saberlo.

– Ni idea, no le conozco – Suspiré, deseando que se largase y me dejase tranquila porque me quedaba un buen montón de ropa por doblar.

             En el intervalo que se quedó callado volvieron a abrir la puerta, pero esta vez no la cerraron. Al volverme le sonreí a la sonrisa de Hiroshi, que se me acercó con prisas. Me puso una mano en la mejilla y me besó en los labios despacio y con cariño. Mientras lo hacía miré a Daisuke, observándonos con un gesto de sorpresa y las cejas levantadas. Se escabulló en silencio, aguantando la risa.

– Hiroshi, no hagas estas cosas sin mirar alrededor – Le advertí más por él que por mí.

– Siempre estás sola aquí, sé que este turno nunca lo haces acompañada y te echaba de menos – No me gustaba un pelo cómo me miraba a los ojos, lo que veía en los suyos era demasiado real.

– Tú se cuidadoso, ¿y si tu hermana hubiese estado tras la puerta?

– Por suerte no estaba, ¿cierto? – Notaba sus ganas de tocarme en cómo me miraba y la puerta seguía encajada, podía entrar cualquiera y joderme el plan – De todas maneras ha sido una visita rápida. Me moría de ganas por ver tu sonrisa – Le sonreí, acojonándome al verle tan sincero y entregado.

             Me besó la mano y se despidió alegando que tenía cosas que hacer. El ambiente desde la visita de Kotaro era extraño. Manami me evitaba y esas miradas de asco absoluto de Keiji cambiaron por unas avergonzadas. Daba la impresión de que sabía lo que yo sabía, pero obviamente era imposible. Sin embargo, a pesar de esos leves cambios en los principales miembros de la casa, mi vida entre ellos era igual de monótona. Al menos hasta que a la noche siguiente tuve que excusarme de la cena antes de tiempo porque me dio la impresión de partirme por la mitad al sentir los primeros dolores menstruales del mes. Manami, que se dio cuenta, dejó de ignorarme unos segundos para llamar tímidamente a la puerta de mi habitación.

– ¿Son los dolores del periodo? – Preguntó al verme enroscada dentro de la cama. Hice el esfuerzo y me senté, qué menos si había tenido el detalle de preocuparse.

– Sí. No suele dolerme tanto pero ya sabes que hay meses que es horrible.

– Toma – Me dio una pastilla que cogí con gusto – Tarda en hacer efecto pero cuando lo hace es parecido a un milagro – Me sonrió. Al agacharse para darme la pastilla me di cuenta de la irritación de sus ojos.

– ¿Estás bien? – Asintió, sonriendo más ampliamente. Una sonrisa tan falsa que me dio hasta pena – Si alguna vez quieres hablar de cualquier cosa puedes hacerlo conmigo. También soy mujer y viniendo de donde vengo lo he visto todo.

– Ah, no te preocupes, estoy bien, no es nada – Volví a incomodarla. Hablar de cómo uno se sentía era tan tabú como el sexo en esa casa – Te dejo descansar, espero que pases buena noche.

– Gracias Manami – Me llamó la atención que al cogerle la mano dio un respingo asustada como la que escucha un estruendo. Se rio nerviosa y se largó.

             Y aunque me preocupó, el dolor en ese momento era la estrella principal. No es que me centrase en esos pellizcos infernales, es que no podía pensar en otra cosa porque de verdad que me partía en dos. Y si creía que ese iba a ser el fin de las sorpresas de aquel día, estaba equivocadísima. Lo que me pareció una eternidad después, llamaron a mi puerta. No contesté y no me volví, pero abrieron de igual manera.

– ¿Ayame san? – Era Hiroshi, quise mandarle a tomar por culo pero me aguanté el mal genio. Un poquito.

– ¿Qué te pasa ahora?

 – Me acaba de decir Manami que te encuentras mal, ¿qué te ocurre?

– El castigo de Eva por comer del árbol de la sabiduría – Protesté entre dientes – Vete a la cama, tiene que ser tarde.

 – No, son solo las nueve.

   – ¡No puede haber pasado solo una puta media hora desde que me vine del comedor! – Cerró la puerta, desistiendo al fin de dar por culo. Sentí que la cama se hundía a mi espalda, o era un espíritu o no le salía de los cojones dejarme tranquilita – De verdad que no tengo ganas de hablar.

– No hables, no pasa nada, ¿dónde te duele?

– Todo de ombligo para abajo, ¿tenéis bolsas de agua caliente?

– ¿Para qué? – Estaba de espaldas a él y noté el calor de su mano en mi brazo. Me miraba sobre mi hombro.

– Para usarlas de almohada, no te jode, ¡para ponérmelas en los ovarios, anormal!

– No me hables así, no he hecho nada malo – A pesar de estar como estaba noté la pena en su voz. Resoplé malhumorada y me disculpé – No pasa nada, es comprensible si estás sufriendo, ¿donde te pones las manos es donde más te duele? – Asentí apretando los dientes.

             Tenía buena voluntad, pero en esos momentos mi paciencia era casi nula. Sentí que levantaba la sábana, no se podía estar metiendo en mi cama sabiendo como sabía que no tenía cuerpo para nada. Abrí los ojos dispuesta a soltarle un improperio de los más gordos cuando le sentí levantarme las manos para colocar la suya, acariciando con la palma la zona de mis ovarios y dándome calor. Pegó su estómago a mis riñones, encajando sus piernas en las mías. El calor de su cuerpo era agradable, sentir su respiración en mi mejilla también y cuando me la besó, suspirando y acariciándola con su nariz, me hizo cerrar los ojos.

   – ¿Qué haces? – Me mordí el labio, negando con la cabeza. No sabía si la pregunta se la hacía a él o a mí misma al sentir lo que estaba sintiendo.

– Quedarme contigo hasta que se te pase, ¿te alivia? – Asentí, apretándole la mano, sintiendo que metía la otra bajo mi cuello, abrazándome por los hombros. Era tan grande comparado conmigo que me rodeaba por completo con sus brazos. Chasqueé la lengua, conmovida por como me estaba tratando – ¿Tanto te duele? Nunca he hablado de esto con ninguna mujer…

– Se me está desgarrando un trozo de carne de otro, imagínatelo. Y cuando lo hagas multiplícalo – Me besó el pelo esta vez, apretando mis hombros – ¿Por qué te gusto tanto?

– Me lo pregunto todos los días, no tengo respuestas. Los caminos del Señor son inescrutables y no sabes cómo me alegra que Dios te haya puesto en mi vida. Solo puedo decirte que me abruma lo preciosa que eres y me apasiona tu forma de ser. Ninguna me ha llamado la atención tanto como tú. Jamás había sentido esto, Ayame chan, y aunque tengo miedo estoy maravillado.

– Por fin pasas al chan – Sonreí. Ser buena en la cama hacía milagros, pero me desmontó la teoría en un segundo.

– Desde que te vi tan perdida y sola en ese callejón sentí que quería ayudarte. No quería ver dolor en los ojos de una chica tan preciosa. Y ahora que te conozco sé que no me equivoco y que no es solo tu físico lo que me atrae. Aunque tus maneras no sean las adecuadas y pongas un muro entre tú y el resto del mundo, sé que no eres mala. Si lo fueses no estarías todo el día ofreciéndole tu ayuda a todos los de la casa. He hablado con ellos y sus comentarios sobre ti son buenos a excepción de tu falta de relación con el grupo. No seas tonta, están ahí tanto como tú para ellos – Volví a chasquear la lengua. Ese tio era un puto imbécil y ahora además del dolor de ovarios sentía una presión en el pecho un tanto diferente.

– Muchas gracias, Hiroshi.

– No me las des. Solo déjame tenerte cerca – Suspiró. A pesar de tener los ojos cerrados, sabía que me estaba mirando – Ojalá pudieses abrirme tu corazón y dejases de ponerte trabas. Quiero conocerte, conocer a la verdadera Ayame y no a la imagen de mujer explosiva con todo bajo control que me das. Sé que hay más, sé que debes tener defectos y debilidades y quiero conocerlos porque estoy seguro de que voy a enamorarme también de ellos – Volvió a suspirar y me susurró, apretándome una vez más – Ojalá fueses capaz de amarme. Quizás pido mucho.

             Apreté los dientes. Por Dios que ese santurrón de casi dos metros no me iba a hacer llorar. Me tocaba los ovarios de una manera exagerada. Estaba conmovida y enfadada a partes iguales. Si no me había enamorado en mi vida esa no iba a ser mi primera vez. Cerré los ojos e intenté ser racional, relajarme, evitar el pánico que me estaba dando la situación. Lo peor de todo es que no era la típica retahíla que me soltaban los tíos para meterla porque Hiroshi sabía que lo tenía cuando quisiese. Lo peor era que sus sentimientos eran reales. Y no sabía si estaba preparada para algo así.

6

Lo bueno de tener un horario de sueño regular era que en cuanto te pasabas de la hora en la que supuestamente deberías dormir, tu cuerpo simplemente era incapaz de estar despierto. Así que en cuanto la pastilla me hizo efecto, me quedé en coma. Y no me sorprendió despertarme a mi hora de siempre, lo que sí me sorprendió fue lo calentita y a gusto que estaba ahí metida con esa mole de carne detrás de mí. Me giré para mirar al imbécil que me traía la cabeza confusa. Le aparté un mechón de pelo del rostro, observando unos lunares en los que no me había fijado. Me encantaban sus cejas. Puede sonar una idiotez pero me parecían bonitas. Y el tono de su piel, más oscuro que el mío. Lo que de verdad me volvía loca era su mirada, tan profunda e intensa. Pero ahora dormía respirando relajado a mi lado a pesar de empezar a escuchar gente por los pasillos. Si no me levantaba pronto vendrían a buscarme y tendríamos problemas. No sabía si era aconsejable o no teniendo en cuenta lo que parecía ser que empezaba a sentir por él, pero le levanté el brazo y lo puse por encima de mí, apretando la cara a su pecho y rodeándole con mis brazos. Le apreté con fuerza, hizo un ruidito de queja y se rio suavemente.

– Buenos días – Susurró.

– Estás loco, ¿por qué te has quedado?

– Porque estaba más cómodo que nunca y tu respiración me tranquilizaba. Eso no lo tengo en mi cama – Me apretó a su cuerpo. Al hacerlo noté que me daba los buenos días otra parte de su cuerpo. Chasqueé la lengua – ¿Qué te pasa? ¿Te sigue doliendo?

– No, pero odio estar mala con la regla. No sabes lo bien que sienta un polvo mañanero – Bajé la mano por su pijama, metiéndola en sus pantalones y mirándole a la cara.

Se mordió el labio inferior, echando las caderas hacia adelante y cerrando los ojos. Se la acaricié despacio, sintiendo sus besos no solo en mi boca, también en mi rostro y cuello. Me encantaba estar con él, su cuerpo, ese sexo lento y pausado al que no estaba acostumbrada. Me encantaba esa manera de disfrutar cada uno del cuerpo del otro, como cuando saboreas un bocado de un manjar delicioso, parándonos a cerrar los ojos para sentirlo todo. Le pregunté cómo y por dónde le gustaba más pero su respuesta fue “así, como lo haces, perfecto” No quería manchar ni mis sábanas ni su pijama, por lo que volví a recurrir a la estrategia usada en el coche. Entre risitas bajé por su cuerpo, lamiéndosela bajo las sábanas y muriéndome de calor. De ganas de sentirle dentro. No hacía ruido, pero si subía la mano por su pecho sentía su respiración agitada y los latidos de su acelerado corazón. Escucharle susurrar lo mucho que le gustaba, sus dedos clavados en mi brazo, su otra mano agarrándome del pelo y su esperma en mi boca. Me encantaba hacer que se corriese, era un vicio darle orgasmos, escucharle rogarme. Me gustaba ese control que ejercía sobre él, nunca me había pasado con un hombre ya que siempre todos querían controlarme. Menos Hiroshi, a él le gustaba dejarse hacer, seguir órdenes sin imponerse en ningún momento. Subí por su cuerpo tras metérsela ya flácida en los pantalones.

– Vete de una vez o van a venir a buscarme.

– No quiero irme – Me acarició la mejilla, besándome en los labios.

– Hiroshi, acabo de comértela.

– Me da igual – Me besó despacio, intensamente, abrazándome la cintura y apretándome la nuca contra él. Me dejé llevar, volviendo a pensar en lo inusual de su comportamiento y en lo mucho que me gustaba.

– En serio, vete – No podía parar de besarle, de mirarle, de acariciarle. Y cada vez era más tarde – Que va a aparecer tu hermana de un momento a otr—

– ¿Ayame, puedo pasar? – Manami en la puerta. Le señalé el baño a Hiroshi, que saltó de la cama y se encerró allí. Le di permiso haciéndome la dormida en la cama.

– Lo siento, he pasado mala noche, ahora mismo me levanto.

– ¿Estás mejor entonces? – Asentí – Me alegro.

– ¿Y tú? ¿Estás mejor? – Ni siquiera puso esfuerzo en la sonrisa que fingió – Manami de verdad que sé escuchar a la gente, si lo necesitas…

– Muchísimas gracias Ayame. Eres… – Respiró hondo y volvió a fingir normalidad – Te veo por la casa – Tan pronto cerró la puerta fui hasta el baño. Casi lo mato del susto al abrir.

– Venga, tienes que salir – Me agarró de la muñeca y me enseñó el teléfono que tenía escondido.

– No puedes tener esto aquí, ya lo sabes. Si otra persona con drogodependencia lo descubre sería una manera de meter en la casa lo que no debe.

– Lo sé, lo uso para hablar con Mei de vez en cuando. Me desharé de él – Se inclinó y me besó la mejilla.

– No hace falta. Por tener otro secreto más contigo no va a pasar nada.

– ¿Ya no tienes problemas con tu señor por no ser honesto y mantener relaciones conmigo?

– El único problema lo voy a tener si alguien se da cuenta de la de veces que voy a confesarme desde que llegaste.

– Sí que es fácil ser cristiano. Oye, hazme un favor y tira el tarro de gomina, estás diez veces más guapo con tu pelo natural.

– Pero si es un desastre – Se estiró una de las muchas ondulaciones de sus greñas alborotadas.

– Y no te afeites. Y vete ya antes de que te tire en la cama a comerte a besos otra vez.

El suspiro que di cuando se marchó no me gustó un pelo. Esa sensación de felicidad ensoñadora no podía ser algo bueno. Era muy consciente de que el amor tal y como te lo venden en las películas no existía, pero todo indicaba que algo de realidad sí que había en esa idea del amor romántico. Y me cabreaba tantísimo encontrarme a mí misma pensando eso que no me faltaron ganas de darme cabezazos contra la puerta del armario. Se acababa de marchar y quería irme detrás, ya le echaba de menos. No podía tener este enganche, tenía que hacer algo por evitarlo. Pero tampoco quería alejarme de él, me encantaba estar a su lado así como esa inocencia, humildad y honestidad que emanaba por los cuatro costados. Daisuke me dejó tranquila el resto del día, Keiji me evitaba más que de costumbre, Hiroshi y su hermana se mostraban ausentes y el resto de la casa me era totalmente indiferente. Pronto habría exámenes de ingreso a la universidad y casi todos se dedicaban a preparárselos. Yo también debería ponerme aunque fuese a fingir que estudiaba ya que no podía vivir toda la vida en la casa sin aportar nada. Pero es que lo único que quería día tras día era ver a Hiroshi, incluso se me habría olvidado que estaba allí por Mei de no ser porque uno de esos días le vi entrar con una cara conocida. Muy conocida en realidad. Y me puse tan celosa que me entraron ganas de gritar. Tuve que darme la vuelta y relajarme a mí misma diciéndome que dejase de hacerme historias mentales antes de acercarme a ellos. Sin embargo, al ver a mi amiga Yuko sonreírle de esa manera dulce volvió el ataque con toda intensidad.

– ¿Qué haces aquí? – Nada más verme, me dio un abrazo echándose a llorar. Hiroshi la miraba con lástima – ¿Qué pasa?

– No puedo estar allí más. No puedo con esa vida. No me sale fingir ser dura cuando no lo soy y estar con Kotaro cuando se nota que no me quiere – Me miró con un resentimiento que se podía meter por el culo – No para de hablar de ti y de que no entiende qué haces aquí y además creo que ha conocido a otra persona porque ya no me toca.

– Aquí vamos a ayudarte a superar esa antigua vida – La tranquilizó Hiroshi – Tienes todo nuestro apoyo y el de Ayame. Intentaré situarte lo más cercana a ella posible.

– Gracias, hombres como tú escasean – Entrecerré los ojos, cruzándome de brazos.

No me gustaba esa actitud que tenía hacia él, se lo diría más tarde. Se lo iba a dejar clarito como el agua. Manami pasó por mi lado, rescatando, como siempre hacía con todos, a la “pobrecita” recién llegada. No sabía cuánto de verdad y cuánto de mentira había en su historia. Quizás Mei se estaba impacientando o quizás se fue de verdad. Tendría que llamarla más tarde. Hiroshi entró en mi campo de visión, inclinado porque desde hacía unos segundos miraba al suelo.

– ¿No te gusta que tu amiga esté aquí?

– Es otra cosa lo que no me gusta, pero da igual. Se me pasará.

– ¿Puedo hacer algo por ayudarte? – Apreté los labios, asintiendo.

– Sí pero tendríamos que salir de aquí. Me gustaría acercarme al bar para hablar con Mei unos segundos en persona.

– ¿Vas a disculparte por haberte marchado?

– Sí, ahora que Yuko está aquí también no debe sentirse muy acompañada. Quiero dejarle claro que ella no es el problema – En realidad lo que quería era enterarme de primera mano de sus planes, pero me dio la excusa perfecta.

– De acuerdo, pero por favor no me pidas que te acompañe dentro del local – Me hizo un gestito con las manos para que entrase en la habitación – Venga, coge lo necesario. Te espero en el coche.

No esperaba irme en ese momento de la casa, pero al verle tan dispuesto me puse en marcha. Solo me eché un par de vistazos en el espejo del baño, tampoco es que tuviese mucho más que llevarme. Me senté felizmente en el asiento del copiloto, tarareando camino al bar. Le pedí que me esperase en el coche y entré en busca de Mei, deseando no encontrarme a Kotaro. En cuanto me vio pegó una carcajada.

– ¿Qué coño llevas puesto que pareces mi abuela? – Le di un abrazo toqueteando su pelo. Se lo había recogido en trencitas.

– Estoy completamente integrada en el seno de la familia.

– Ya, claro, no lo dudo, ¿a qué se debe la visita de una mujer devota a su señor?

– No vengo a predicar el evangelio, tranqui. Pero sí a saber qué cojones hace Yuko en la casa.

– Se ha ido de verdad, ahora me viene con que quiere cambiar. Me he quedado muerta.

– Pfff… en fin, se veía venir. Una niña con gustos tan finolis y tan tontita no iba durar mucho, ¿cómo va el negocio?

– Igual que siempre. En el momento en el que os vais aparecen chicas nuevas dispuestas a quedarse vuestro puesto. Sientate y tomate algo conmigo.

– No puedo, tengo a Hiroshi esperándome fuera. Me ha traído – Me enrollé el pelo en un dedo, meneándome y fingiendo vergüenza.

– ¿Te va a llevar a dar una vueltecita por el parque?

– No, no era el plan. Pero ahora que lo dices lo mismo soy yo la que le lleva por ahí.

Fui a mi habitación, asqueándome al ver lo desordenada que la había dejado. Algo bueno tenía que sacar de vivir con gente que le daba tantísima importancia a la imagen. Como le dije que iba a hacer, cogí mi modelito favorito: un conjunto de falda y chaqueta azul marino con un top que casi era un sujetador rojo y gris, como los tacones. Me pinté los ojos de negro, los labios de rojo, le di volumen a mi pelo y me eche perfume del caro que me regaló uno de mis clientes. Me llevé la ropa de monja en una bolsa y me despedí de Mei, que suspiró al verme más como yo misma. Al estar en el barrio que estaba, los hombres se me quedaban mirando con una sonrisa. Esperaba que a Hiroshi no le diese un infarto. Di golpecitos en su ventanilla para que la bajase.

– Vamos guapo, te lo dejo barato – Le dije apoyando los brazos en la ventanilla abierta, guiñándole el ojo.

– ¿¡Eh?! Pero, ¿¡Ayame?! – Se puso colorado, mirando a su alrededor y observándome boquiabierto.

– ¡Baja de ahí, vamos a dar una vuelta! – Su cabeza volvió a hacer cortocircuito ante la mención de cambiar la rutina. Tiré la bolsa con la ropa de Manami al asiento del copiloto, dándole dos palmadas en el muslo – ¡Venga! Sabes que no hay nadie fuera de la casa que me vaya a reconocer, no pasa nada. Quiero pasármelo bien contigo fuera de esas cuatro paredes o de este trasto.

– ¿Pero dónde quieres ir? – Subió la ventanilla y salió del coche cerrándolo. Se quedó mirándome pasmado, le agarré del brazo y caminé calle arriba – No te acerques tanto en la calle, ten algo de decoro.

– ¡Uy! Yo de eso no tengo, Hiro chan. Nadie nos conoce, no pasa nada, ¿prefieres darme la mano? – Asintió. Se mostraba tenso, apenas levantaba la vista del suelo o de mi persona – Relájate.

Le llevé de la mano hasta uno de los restaurantes que más me gustaban. Preparaban unas gyozas que quitaban el sentido. El chavalote no paraba de flipar con el sabor de la todo porque, según me dijo, apenas comía en la calle. Me contó que por la educación de sus padres apenas salía de casa. Fue a un colegio e instituto cristiano, separado por sexos y como esperaba fue criado sobre la base de ser bueno con todas las personas. Yo le invité a comer, cosa que le incomodó, pero él me invitó a un helado.

– ¿Te gustaría pasear por el parque? La gente nos presta demasiada atención…

– ¿Tú nos has visto? ¡Claro que nos miran! Tú con tu ropita de marca, tan bien peinado y acicalado, y yo con mis pintas.

– ¿No tienes frío?

– No, de momento no. Seguro que después de comerme el helado se me ponen los pezones como timbres – Al reírse escupió el helado, mirándome con la cara colorada. Caminamos juntos y tranquilos por el parque. Le miré y le encontré sonriendo ampliamente, mirando su helado de vainilla – ¿Qué te hace tan feliz? – Se rio avergonzado.

– Esto, estar así y aquí contigo. Pero tengo que admitir – Se rio, su risa era aguda, contagiosa – Que jamás habría imaginado encontrarme en tal situación y con una persona tan particular como tú – Tiré a un cubo de basura los restos de mi tarrina de helado y me senté en un banco – Antes de conocerte me pasaba las horas soñando despierto con hacer estas cosas.

– Curioso que luego nunca son como las imaginamos, ¿verdad? Ah, hablando de imaginar – Alcé la ceja y le cogí la mano una vez hubo acabado de comer. Inmediatamente miró a su alrededor – No hay naaaadie, este parque es conocido porque vienen las parejitas. Si hubiese alguna persona va a pasar de nosotros.

– No puedo, me pone muy nervioso que me toques en la ca—

Apoyé mi mano en su pierna y tirando de su nuca le besé con ganas, apretándole del muslo. Sus dedos se me clavaron en las muñecas, aspiró por la nariz, dando un quejidito agudo y tembloroso que me hizo reír.

– ¿Qué haces? – Gritó en susurros – Ayame, por favor, compórtate.

– No quiero, no me da la gana. Suficiente me comporto en casa. Hoy voy a ser un poco más yo. Y tú – Le agarré de la barbilla, me miraba la boca, muerto de vergüenza por lo cerca que estaba de él – Tú me vas a contar ahora mismo tus fantasías sexuales más escondidas – Se tapó la boca, riéndose histérico.

– No, no voy a hablar de eso. No puedo hablar de eso en la calle – Susurraba todo el rato.

– No te pediría que hablases del tema si hubiese alguien alrededor, estamos solos Hiroshi. Si quieres te cuento primero la mía, aunque ya la he cumplido varias veces…- No dijo ni que sí ni que no, pero me observaba esperando que siguiese dándole información. Le miré a los ojos, con mi mano bien arriba de su muslo y los dedos acariciándole el mentón – Esa antigua fantasía era rozar mi clítoris con el de otra mujer mientras a ella le daban por culo – Apretó los labios, apartándome la mirada.

– ¿Y has hecho eso? ¿Más de una vez? – Asentí.

– ¿Te acuerdas del que besó a tu hermano? ¿Y sabes de esta chica nueva, Yuko? Fue con ellos y muchas veces.

– No voy a poder hablar con ella después de esto – Se refregó la cara con las manos.

– Ahora tengo una nueva, contigo, ¿quieres saberla? – Resopló, pero asintió. Le susurré al oído – Follarte en el confesionario de la iglesia.

– ¡¡Estás loca!! – Me aparté de él dando una carcajada, asintiendo – Jamás va a pasar.

– Lo sé, por eso es una fantasía – Se quedó mirándome tan serio que de verdad pensé que se había enfadado. Sin embargo suspiró, negando con la cabeza, aparentemente abatido.

– Verdaderamente somos de mundos opuestos…

– Cuéntame algo nuevo – Al decirle esa frase se molestó y no entendía por qué, era evidente – En fin, ahora que sabes lo sumamente guarra que soy, cuéntame la tuya. Cuéntame en qué piensas cuando te masturbas – Tragó saliva, bajando tanto la voz que apenas le escuchaba.

– No sé, solo pienso en ti y en tu cuerpo. En tus labios y en verte… desnuda.

– Me encanta lo fácil que es escandalizarte, lo rápido que te pones colorado por las cosas más tontas – Le acaricié el pelo de la nuca cuando se miró las manos, apretándoselas. Estaba muy nervioso – ¿Quieres besarme?

– Sabes que sí – Le puse los morritos y cerré los ojos, pero no se movía – Creo que viene alguien – Abrí un ojo y le vi mirar hacia la dirección opuesta a mi cara. Hice un ruidito de protesta y cuando volvió a mirarme volví a cerrar los ojos. Le escuché reírse. Sentí sus labios fugazmente en los míos.

– Eso no ha sido ni un intento de beso. Imagina que estamos en tu habitación, ¿qué harías?

– Ponerme notablemente nervioso por tenerte allí – Me tuve que reír, dejando caer la frente en su hombro.

– Eres mi tontorrón y siempre vas a serlo – Le pasé los brazos alrededor del cuello y le besé la mejilla, escuchándole decir mi nombre con la intención de llamarme la atención – ¿Quieres tenerme allí? ¿Quieres hacerme el amor esta noche? – Sabía que si se lo planteaba de esa manera le gustaría más que si le decía cualquier barbaridad de las mías. Dejó escapar el aire de los pulmones hinchando los carrillos y mirando al cielo.

– Qué cosas me preguntas…

Al volver a mirarme le besé despacio, y esta vez no me apartó. Tampoco me abrazó de primeras, seguía sin tocarme a pesar de haber pasado un brazo tras mi espalda. Apoyé mis manos en su pecho, mirando hacia arriba porque su altura no variaba ni sentados. Cuando le acaricié el cuello con mis uñas y su lengua con la mía, reaccionó. Me abrazó despacio pero con fuerza, me atrajo hacia él, me devolvía los besos, cada vez más tórridos. Me hizo apoyar la espalda en el banco, me puso la mano en el muslo. Se estaba descontrolando. Ni se enteró de que alguien se reía a nuestra espalda. Sentí toquecitos en el hombro.

– Es cojonudo verte de nuevo como tú y no disfrazada – Kotaro llevaba sus galas, su traje de chaqueta rojo y llamativo. Me tuve que reír al ver el cigarro detrás de su oreja – Lo que no sé es si me gusta es que no sea mi lengua la que te hace mojar las bragas.

– Vete a tomar por culo, chulo de mierda – Me pellizcó la mejilla. Hiroshi se meneo inquieto en el asiento. Kotaro le miró y se inclinó levemente.

– Siento lo de tu casa y siento haberme puesto chulo pero es que esta tía me desquicia, seguro que me entiendes – Mi grandullón era todo hostilidad. Se puso en pie y temí que fuese a enfrentarse a Kotaro porque tenía las de perder. No sabía pelearse casi seguro.

– Creo que sería adecuado marcharnos – Me ofreció la mano y se la cogí.

– Oye, cuídate y deja de hacer el gilipollas por ahí – Kotaro me levantó el pulgar, guiñándome el ojo. Cuando nos marchábamos su atención se desvió hacia una chica extranjera, morena de pelo corto que pasaba por su lado, preguntándole un “¿Cómo tú tan caliente y sin mi compañía?”

7

– No le soportas, ¿eh? – Pregunté ya dentro del coche. Me tomé su silencio como un sí – ¿Estás enfadado?

– No, solo quiero volver. No deberíamos estar en la calle, para empezar.

No entendí muy bien su cambio de actitud pero tampoco pregunté. La verdad es que nos cortó de lleno, pero en fin, ese gilipollas era experto en cagarla y en meterse donde no le llamaban. Al llegar a la casa me quité los tacones para no hacer ruido. A esas horas todos, con seguridad, estaban en sus camitas como niños y niñas buenas. Me despidió en la puerta de mi habitación. Le agarré de la manga de la camisa.

– Eh, ¿No quieres—

– Buenas noches, Ayame – Le vi alejarse y tras dudar un poco le seguí silenciosamente. Antes de que cerrase la puerta la empujé, colándome en su dormitorio y cerrándo sin dejar de mirarle – ¿Qué haces?

– ¿Por qué estás tan enfadado conmigo si no he hecho nada para ofenderte?

– No entiendo la relación que tienes con él. No me gusta. Me… – Nunca me había mirado de esa manera: molesto, ofendido, enfadado – Me mata imaginar todo el placer que ha sido capaz de proporcionarte cuando yo soy tan impresionable e inexperto.

– ¿Te preocupa no saber satisfacerme? – Me quité la chaqueta, seducida por esos ojos salvajes y furiosos – Ya te dije que en el coche me hiciste sentir como nunca lo han hecho. Ni siquiera Kotaro – Dejé que la falda me resbalase por las piernas – Tú puedes darme cosas que él nunca me dará – Su expresión cambió de indignada a lujuriosa tan pronto dejé mis pechos al aire.

Subí las manos tocando su barba, miré sus labios y humedecí los míos. Le besé. Nos besamos muy despacio y muy brevemente. Parecían los primeros besos de dos chavales de doce años. Sin embargo, poco a poco, fueron madurando, transformándose en algo más intenso y profundo. Besos largos, pausados, besos en los que nos respiramos el uno al otro. Le quité la camisa, me encantó sentir mi pecho desnudo contra el suyo. Por las cortinas entraba la tenue luz artificial de una de las farolas de la calle, luz que le sirvió para inspeccionar mis tatuajes uno a uno. Pasaba las yemas de los dedos por las ondas, por las curvas y las múltiples flores de sakura que adornaban mis hombros, pecho y cintura. Las besó, pasó su boca por mi piel, oliéndome, acercándose cada vez más a mi ombligo. Se arrodilló en el suelo, me abrió las piernas, mirándome entre ellas, esperando instrucciones. Me reí suavemente, tumbándome en su cama y pidiéndole que hiciese lo que le apeteciera de verdad. Que cumpliese conmigo sus deseos más ocultos. Y lo primero que hizo fue morder la cara interna de mis muslos con suavidad. Lamió mis ingles. Inspiró profundamente con la nariz enterrada en mis bragas, dejando escapar un gemido. Me pellizqué los pezones al tiempo que me bajaba las bragas. Como hizo en el coche, me lamió sutilmente, solo que esta vez, antes de centrarse en mi clítoris, pasó su lengua por mi sexo de lado a lado y de arriba abajo. La hundió en todos los huecos, saboreó lo que tenía para ofrecerle. Me excitaba observar los gestos de su cara, me volvía loca verle apretar mi clítoris con dos dedos para que después su lengua apenas lo rozase. El contacto era tan directo que se me hacía insoportable. Me retorcía, le tiraba del pelo, de las sábanas, le clavaba las uñas en los brazos y los hombros. Me sentaba en la cama quejándome para volverme  a tumbar y cuando más excitada estaba, deslizó sus dedos en mi interior. Me corrí entre gimoteos, entre sollozos de puro placer que me reventaba las terminaciones nerviosas, con la mente en blanco. Me senté por completo, tirándole del pelo y obligándole a besarme. Le tumbé boca arriba, me monté a horcajadas sobre él.

– Ayame – No le bajé los pantalones, solo le abrí la cremallera y se la saqué de los calzoncillos – No tengo preservativo, en esta casa no hay – Le mandé a callar.

– Golpéame los muslos cuando sientas que te corres.

– Lo siento desde que te he olido…

Al escuchar eso le besé entre sonrisas y opté por no masturbarle, iba a durar un suspiro si lo hacía. La deslicé despacio entre mis labios mayores, entre los menores, hacia mi interior. Le sentí estimularme, llenarme poco a poco. El roce de su piel caliente, su erección ensanchándose en mi interior, empapándose de mí. Miré su expresión, no respiraba hondo, daba cortas aspiraciones e intentaba mantener los ojos abiertos. Intentaba mirarme pero al parecer el sentirme apretarle era demasiado. Cuando finalmente me senté sobre él, me incliné y le besé en los labios.

– Estoy dentro de ti, Ayame, es… esto es… – Guie sus manos hasta mis pechos.

– Sí Hiroshi – Moví mis caderas despacio, gimió escandalosamente – Muy adentro.

En ese momento descubrí que le encantaba que le hablase. Le encantaba escucharme decir lo mucho que me gustaba, que narrase lo que estaba pasando. Y lo hice, y le dije que me llenaba, que adoraba su polla, que me corría despacio, que necesitaba más. Tenía tantas ganas de follar con él que tan solo mirarle y escucharle me deleitaba  Mis caderas le golpeaban con energía, me miraba y cerraba los ojos, me rozaba el clítoris provocándome sensaciones muy cercanas al orgasmo, se mordía el labio, gemía, escupía mi nombre al aire, me levantó de su polla.

– Deja que yo me mueva – Se miró la erección, apretándose el glande con el pulgar, el índice y el anular – Creo que ya…

– No te corres, es la sensación que te da, ¿quieres darme de espaldas?

– Quiero mirarte a la cara.

No era mi posición favorita ni mucho menos, pero me tumbé boca arriba con su cuerpo sobre el mío. Era su primera vez, que fuese a su gusto. Tan pronto volvió a penetrarme, sus fuertes gemidos se reanudaron ahogados contra mi cuello. Me miró a los ojos, acariciándome las mejillas. Jamás me habían follado tan despacio y por supuesto jamás habría imaginado sentir placer de otra manera que no fuese destrozándome las caderas. Pero lo sentí. Un placer diferente. Un placer que además de ser tan intenso como cualquier otro, tenía el componente extra de sus besos y sus caricias. Le dije, sabiendo que le encantaría, que nadie me hacía el amor así. Gimió besándome, gimió apretándose a mí un par de veces, metiendo su mano entre su pelvis y la mía para acariciarme el clítoris. Le mordí el hombro, clavándole las uñas en la espalda al correrme tan despacio, tan insoportablemente despacio que me daba la impresión de que el orgasmo no acababa nunca. No recordaba haber estado tan mojada con excepción de un par de veces en mi vida. Me estremecía, apenas podía moverme. Dejó de rozarme con sus dedos para hacerlo con su erección y al darme cuenta de que estaba a punto de correrse, moví las caderas, atrapándola con mis labios menores. Solo quería frotarme con él pero, al estar tan húmeda, resbaló de nuevo en mi interior, en pleno orgasmo. Me miró susurrando un débil no, pero se deshizo en mis brazos. Me daba igual, ya tomaría medidas. Y es que Hiroshi gemía, gemía sin poder evitarlo, mezclando gruñidos con gemidos para nada roncos, incontrolados. Hacía mucho que no sentía a un hombre correrse en mi interior, me provocó un último orgasmo no tan intenso como los anteriores pero placentero de igual manera. Me miró a los ojos, jadeante y sudoroso. Le besé con una sonrisa, tumbándole a mi lado. Le acaricié hasta que ambos nos íbamos quedando dormidos. Y justo antes de caer rendida le escuché decirme que me quería.

Por primera vez en mi vida, respondí con un honesto yo también

Me desperté antes del amanecer y tras darle un beso en la mejilla corrí hacia mi habitación con toda mi ropa en los brazos. Con una sonrisa volví a quedarme dormida hasta la hora de levantarse. Los días siguientes estaba radiante, incluso guié un poco a Yuko para que aprendiese cómo se hacían las cosas por allí. Solo tuve contacto con él para que me trajese de la farmacia las pastillas del día después y aunque le pedí que comprase condones, el muy tonto no se atrevió. Sin embargo, al tercer día, después de esa primera vez tan magnífica, le encontré en un pasillo. Lo primero que hizo fue sonreírme ampliamente. Tras eso, miró a su alrededor y me empujó dentro de la primera habitación vacía que encontró

– Hiroshi, no te la juegues – Una sonrisa estúpida se me plantó en la cara tan pronto tuve su atención fija en mi persona – ¿Otra vez a confesarte?

– Si no queda más remedio…

Le empujé contra una estantería, pasándole las manos por la camisa, besándole como a ambos nos encantaba. Nos acariciábamos, nos apretábamos, nos movimos hacia una mesa cogiéndome él en peso, y tiramos algo que hizo mucho ruido. Asustados, recogió un portátil del suelo, un portátil que yo había visto. Al mirar a mi alrededor me di cuenta de que estábamos en la habitación de Keiji.

– Menudo cuarto al que hemos ido a entrar – Le vi abrir la tapa del ordenador para comprobar si estaba en buenas condiciones y al acordarme de lo que yo me encontré, la cerré bruscamente – No mires las cosas de los demás y vámonos de aquí.

– Solo iba a comprobar si funcionaba.

– Que lo compruebe tu hermano, deja eso tranquilo – Le saqué de la habitación pero antes de alejarme me vi obligada a decir algo – Y por cierto, ten cuidado con Yuko, viene del mismo sitio que yo y seguro que tiene las mismas necesidades, espero que sepas por dónde voy – Se rio avergonzado, negando con la cabeza. Se acercó y me habló en susurros.

– ¿Qué más dan sus intenciones? A la que yo amo es a ti y eso no lo va a cambiar nadie – Le di un apretoncito cariñoso a su mano, mirando sus labios porque esos besos me habían sabido a poco.

– Quiero dormir contigo otra vez – Puse un mohín, fastidiada porque lo quería de verdad.

– Eres una influencia terrible, no paro de hacer lo que no debo, ¿segura de que no eres un esbirro del infierno? – Me reí perversamente poniéndome dos dedos a modos de cuernos. Dio una carcajada y sin pensárselo dos veces me besó en los labios cogiéndome de las manos.

– Me encantas Hiroshi.

Se mordió el labio. Era un gesto que empezaba a asociar a un estado de excitación por su parte, lo que me excitaba a mí. Volvió a besarme de una manera sutilmente más lasciva. Escuché un “oh” proveniente de su espalda. Me alejé de él de inmediato, mirando a Manami con aspecto culpable. Hiroshi se rio, rojo como un tomate, disculpándose con su hermana. Se despidió de mí susurrándome un “lo siento” y se marchó a toda velocidad pasillo arriba.

– Sasaki san, ¿podemos hablar? – Asentí, esperando una reprimenda por lo que acababa de ver. Me llevó a su habitación, mucho más espaciosa que la mía, y me ofreció sentarme en el borde de la cama.

– Lo único que puedo hacer es disculparme por besarle en público, no es su culpa, soy yo la que le tienta.

– No creo que sea verdad, le he visto, ha sido él quien te ha besado y te ha pillado por sorpresa. No digo que me parezca una actitud correcta y mucho menos en público pero… pero no era eso sobre lo que quería hablarte, no me importa que hayas comenzado una historia con Hiroshi. Es más, me alegra que al fin haya encontrado el amor. Lo que quiero saber es cómo lo hago para que Daisuke sienta lo mismo por mí.

– Oh, bueno, ¿no estabais comprometidos? – Se miró las manos. Los ojos de esa mujer eran tristes y siendo tan preciosa como era y tan aparentemente buena no le encontraba sentido – ¿Crees que no te quiere?

– No lo creo, lo sé – Algo tuvo que ver en mi cara que negó con la cabeza – No quiero molestarte con mis problemas, lo siento.

– No, te dije que estaría si me necesitabas, ya que me acogéis sin pedir nada a cambio es lo menos que puedo hacer.

– Al principio de estar juntos veía gran interés por su parte. Me cogía de la mano al pasear, me dedicaba las palabras más dulces, me acariciaba la mejilla, incluso alguna vez me dio un beso. Pero al dejarle claros mis principios nunca más ha vuelto a tocarme.

– ¿Tus principios? Guíame un poco, me pierdo – No paraba de tocarse la espesa mata ondulada de pelo castaño. Tenía la misma boca que Hiroshi, pero no sus ojos.

– No debo tener relaciones sexuales antes del matrimonio, es mi religión, son mis creencias. Él dice compartirla pero no actúa como tal. Algunas chicas – Tuvo que parar para aclararse la voz – Algunas chicas de la casa me han dicho que ha intentado besarlas.

– No entiendo por qué sigues comprometida con él, ¿Hiroshi sabe todo esto?

– ¡No! Si se entera le va a echar.

– Y yo creo que es lo mejor que te puede pasar.

– Pero Ayame san, le entiendo, es un hombre y como tal tiene nece—

– No, ni de puta coña voy a aguantar que excuses su comportamiento acosador de mierda hacia otras chicas y lo muchísimo que te falta al respeto – Me di cuenta de que me pasé justo al ver su rostro ente espanto y ofensa.

– ¿Por qué dices esas cosas? – Estaba a punto de llorar, pero es que iba a explotar si me callaba.

– Lo siento, pero no pretendas contarme estas cosas esperando escuchar lo que quieres oír. Una persona que te aprecia te dice las cosas como las ve y lo siento si soy brusca pero es que ese mierda no te merece. Te mereces a un tío que respete tus creencias y que no tenga necesidad de follar con otras porque es un animal y se mueve por instinto. Joder, puede pararse a pensar, ¿no? Si te quisiese de verdad se pondría en tu lugar y si no te quiere no tienes nada que hacer. No hay una solución mágica o yo por lo menos no la tengo.

– Sí, la tienes, abrirte de piernas a la primera de cambio – Miré a mi espalda, Daisuke había entrado en la habitación – ¿Quién te crees que eres para hablar sobre lo que no sabes?

– Vamos por partes – Me levanté, haciéndole frente. Si se creía que iba a achantarme por ser un hombre la llevaba clara. Ese no sabía con quién estaba hablando y por las cosas que había pasado – Si me abro de piernas a la primera de cambio es porque yo tengo valores diferentes a ella y en mi mundo, tener relaciones antes del matrimonio no es malo y por supuesto no valgo menos por ello. No me vas a avergonzar por disfrutar del sexo y mucho menos cuando has intentado follar conmigo – Miré a Manami, que lloraba con las manos en la boca – Sí, lo siento, ha pasado. Lo último que quiero es hacerte daño, créeme.

– Es increíble que vengas aquí creyéndote alguien, destrozando las vidas de los demás, hablando demasiado y haciendo muy poco – Se me acercó, amenazador.

– Yo no destrozo la vida de nadie, de eso te encargas tú solo haciéndole daño a una chica que lo único que desea por tu parte es cariño y amor cuando lo que vas buscando es un chocho en el que mojarla. Conozco a los tíos como tú, y sé que si ella te hubiese dicho que sí y pudieses hacerle el amor cuando quisieses, incluso si te la chupase de vez en cuando, seguirías con la pantomima de estar enamorada de ella.

– ¿Cómo haces tú con Hiroshi? – Se rio al ver mi expresión. Sí, hice eso con él. Solo que habían cambiado un poco las cosas – ¿Ya no hablas? ¿Te has quedado muda? No eres muy diferente a mí.

– Sí, lo es – Hiroshi entró en la habitación también. Quería morirme – Ella nunca me ha dicho que me quiere sin antes sentirlo. Y aunque me lo diga sé que no siente por mí lo mismo que yo siento por ella. Yo no estoy engañado, pero por lo que veo y oigo mi hermana sí.

– Dejadle, parad ya – Me volví al susurro lastimero que escuché a mi espalda. Manami nos imploraba con una mirada cansada – Dejad de decir esas cosas. Daisuke no es así.

– ¿De verdad estás tan ciega? – Me acuclillé a su lado, cogiéndole las manos – Se soltó de ellas mirándome disgustada.

– No me toques con esas manos, a saber lo que has hecho. No quiero verte más por aquí. Aléjate de mi hermano, aprovechada, asquerosa – Me levanté atónita. Miré a Hiroshi, que parecía a punto de sufrir un infarto. Daisuke pasó por mi lado con una sonrisita casi imperceptible.

– Si no os importa salid de la habitación de mi prometida. Tengo que hablar con ella y no os incumbe en absoluto.

Asentí, dándome cuenta de que había metido la pata hasta el fondo. Echa una furia me metí en la que había sido mi habitación esos días, recogiendo la poca ropa que tenía a puñados. Me largaba en ese mismo instante. Hiroshi entró tras de mí, agarrándome las muñecas. Me solté enfadada.

– Deja que hable con Manami, no tienes por qué marcharte.

– Sí, sí tengo por qué. En esta casa nadie es honesto ni con los demás ni con ellos mismos. Nadie dice verdaderamente lo que piensa, todos esconden sentimientos y todos fingen. No puedo ser yo, estoy harta de hacer un papel. Y es una puta pena porque estaba empezando a conectar contigo a otro nivel.

– Ayame, eso no es verdad. Yo soy sincero.

– ¿Sí? ¿Por eso rechazabas mis insinuaciones los primeros días? ¿Por eso nos tenemos que ir a la playa o que escondernos en tu cuarto o en el de tu hermano si queremos tocarnos? Que, oh, por cierto, no quería que mirases su portátil porque resulta que es maricón y un apasionado del porno gay – Miró al suelo, incómodo – Si es que ni esa palabra puedo decir en voz alta sin que os sintáis violentos, por dios…

– Ya lo sabía. Sabía que a él le gustan los hombres, precisamente por sentir esa desviación sexual quiere ser cura.

– ¿¡Desviación?! Por favor, no puedo más. Es que no puedo…

– Ayame, no me dejes – Me rogó, cogiéndome de la mano – Por favor, por favor. Nunca he amado a nadie. No te vayas. Danos una segunda oportunidad. Te necesito.

– No, no digas eso. Necesitar a alguien para ser feliz no es sano y si eso es lo que te pasa conmigo me disgusta. No está bien. No se puede depender tanto, joder. Y ni se te ocurra rebajarte al nivel de rogarle a una persona que quiere irse. No seas Manami – Sabía que decirle esas palabras sería peor, pero no podía tolerar ese comportamiento por su parte – No me voy porque no me guste estar contigo, adoro tu compañía aunque seas tan cerrado de mente – Vi la esperanza en sus ojos, no quería liarle y lo estaba haciendo – Pero no puedo quedarme aquí ni un segundo más – Se sentó en el borde de la cama, observándome desesperado acercarme a la puerta cargando con mi mochila – Lo siento.

Me incliné para darle un último beso apretándole el hombro con cariño. Me acarició las mejillas con ambas manos, mirándome a los ojos de una manera que me destrozó por dentro. Nunca había llorado por un hombre, jamás, y esa no iba a ser la primera vez. Odiaba los dramas, suficientes problemas tenía en la vida para buscarme unos extras y en esa casa, todo era un drama. Al salir me crucé con Keiji, al que paré agarrando del brazo.

– No tienes por qué esconder lo que sientes, no tienes nada de lo que avergonzarte. Si alguna vez quieres liberarte llámame. Tu hermano tiene mi teléfono.

– ¿De qué estás hablando? – Negué con la cabeza. No tenían remedio y yo no me iba a quedar para solucionarles la vida.

8

                Ya que en el tiempo que estuve en la casa no gasté nada de dinero, pude coger un taxi hasta mi verdadero hogar. O el que yo consideraba que lo era. Sentí añoranza y cierta felicidad nada más cruzar la puerta y tras dejar mi mochila en mi dormitorio, exactamente en el mismo estado que lo dejé, caminé hasta la habitación de Mei. Llamé con los nudillos y abrí avergonzada cuando me dio permiso.

– ¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?

– Me he pasado de sincera con la señorita de la casa y me ha echado – Suspiró, dando golpecitos en la cama. Pasé y le conté la que se había armado.

– No te faltaba razón, pero podrías haberte callado la puta boca, con lo bien que ibas.

– Lo sé. Es que me arden las entrañas ante ese tipo de injusticias, no puedo callarme. Lo siento mucho. Y siento no haberte traído mucha información. Manda a otra, yo que sé.

– Es igual, no importa. Seguiremos como estamos y ya está, daré la investigación por fallida y santas pascuas.

– Por favor, no vuelvas a nombrarme nada santo en una temporada…

– ¿Segura de que no vas a echar de menos al grandullón? – Suspiré mirando al suelo.

– Hiroshi es lo único que ha merecido la pena de todo esto, se ha quedado hecho polvo.

– Pero ibas a volverte tarde o temprano. Mejor que haya pasado ya. Quién sabe, quizás encuentre consuelo en los brazos de Yuko.

Me levanté, esperaba que eso no pasase. No quería que sufriese eternamente pero tampoco quería que acabase con ella. Ni con ninguna. Esa noche me la dejó libre para que me ajustase de nuevo. Al día siguiente no solo trabajé, es que mis habituales al verme de vuelta no me dejaron descansar ni un segundo desde que abrió el local. Kotaro fue el que apareció pletórico por tenerme de vuelta. Estuvo un buen rato dándome por saco mientras ordenaba mis cosas y limpiaba el polvo de mi habitación.

– ¡Por fin entras en razón! Menuda pandilla de gilipollas estirados con los que convivías…

– Déjame Kotaro, no tengo ganas de estar contigo – Se sentó en mi cama, peinándose las mechas rubias hacia atrás y levantando la barbilla.

– ¿No la echas de menos? – Se rozó la bragueta, fingiendo un gemido – Porque ella te echa de menos a ti.

– Ve a follarte a Keiji por el culo – Dio una carcajada y hasta un aplauso.

– ¡Ojalá! No sabes lo cachondo que me puso al darme ese puñetazo.

– De verdad que estás fatal de la cabeza.

– No peor que tú, que te has enamorado de un meapilas – Me giré, mirándole ofendida más por como habló de Hiroshi que por lo de estar enamorada. Tiró de mi mano y me acercó a él, acariciándome el culo – Si no estuvieses enamorada ya me la estarías chupando.

– Siento cortar vuestra interesante conversación – Mei asomó la cabeza a mi dormitorio cuando le ponía la mano en la cara a Kotaro, alejándole de mi con una sonrisa. Llevaba razón, antes de todo eso adoraba tocársela. Pocas veces se veía un rabo tan grande – Creo que uno de los de esa casa está en la puerta preguntando por ti – Corrí hacia el piso de abajo con el corazón en la garganta.

– Lo que yo decía, hasta las trancas – Escuché a Kotaro murmurar.

Y le sentí bajar las escaleras a mi espalda, dispuesto a presenciar el espectáculo. Por más que le pedí que se quedase dentro ni caso me hizo. Tuve que pararme y rogarle por favor que no saliese al rellano para que finalmente cediese con la excusa de quedarse lo suficientemente cerca como para enterarse de todo. No me creía que fuese tan sumamente cotilla. Respiré hondo, crucé la cortinilla de cuentas de la entrada y me decepcioné al ver a Keiji allí plantado.

– ¿Me has hecho caso al final? – Ignoró mi pregunta.

– Tienes que volver, me da igual lo que diga Manami.

– ¿Y eso por qué? ¿Me echas de menos? – Me crucé de brazos, riéndome escéptica.

– Obviamente no, pero mi hermano está… no está. Se niega a salir de su habitación como no sea para comer o ducharse.

– Yo no soy responsable de su conducta autodestructiva. No voy a volver a donde ni me quieren ni me respetan. Quedaos vuestras mentiras para vosotros y si Hiroshi quiere algo de mí, que venga él en persona.

– No sé cómo puedes dormir por las noches…

– Yo tengo mi conciencia muy tranquila – Mentí – Al contrario que otros que esconden su verdadera identidad por miedo al qué dirán o a ser juzgado por un ser divino al que no le importamos un carajo – En ese punto de la conversación, Kotaro rompió su promesa y se asomó. Keiji dio dos pasos atrás nada más verle.

– ¡Mira quién ha venido! – Keiji se le quedó mirando, confuso. Kotaro tenía la camisa abierta de par en par y aunque yo estaba acostumbrada a sus tatuajes, sabía que para el resto del mundo eran intimidantes. Sin embargo, para Keiji parecían fascinantes. O más bien se lo parecía lo de debajo de los tatuajes – Ayame, déjame tu habitación un rato, ¿no?

– No le acoses – Le pasó un brazo sobre los hombros. Al ver la expresión de embobamiento de Keiji mirándole los labios empecé a dudar sobre si era acoso o no.

– Vente con nosotros, enseñémosle lo que es un orgasmo de verdad.

– No me gustan las mujeres – Murmuró. Nada más darse cuenta de lo que había dicho nos miró asustado.

– Tranquilo, no voy a juzgarte. Haced lo que os dé la gana pero intentad no ser muy escandalosos. Si Mei pregunta por mí me he ido a dar una vuelta. Ah, y Kotaro, déjale ser el activo que lo vas a reventar.

– Está todo controlado.

No escuché quejas por parte de Keiji, así que me fui tranquila y esperando a que experimentase una primera vez en condiciones. No quería pensar en Hiroshi porque me sentía culpable. Me sentía triste y me entraban ganas de volver a por él. Echaba de menos su expresión ensoñadora cuando me miraba a los ojos. Echaba de menos con el cariño que me tocaba y añoraba ver de nuevo esa sonrisita avergonzada que siempre le sacaba al decirle un piropo. Incluso después de haber estado más de media hora dándome sexo oral y seguía con la misma actitud. No quería recordar sus palabras, no quería recordar ese momento en el que me tocó la fibra sensible. Y sin embargo lo estaba haciendo. Me senté en un banco del parque, caía la noche y frente a mí tenía un estanque. Era el lugar perfecto para la autocompasión, para romper esa norma de acero y echar unas lagrimitas por un tonto chapado a la antigua que en unas semanas me había hecho sentir lo que nadie en toda mi vida. Un imbécil que me adoraba tal y como era, que cuando más le mostraba mi verdadera identidad, más se pillaba por mí. Una de las pocas personas que me había querido de verdad y voy y le doy de lado. Sabía que atormentarme de esa manera no llevaba a nada, pero en ocasiones ni se puede ni se quieren evitar ese tipo de pensamientos. Cuando me cansé de remover mi propia mierda deleitándome con lo bien que olía, volví a casa. Ojalá esos dos hubiesen acabado de follar porque lo único que quería era meterme en la cama. Lo que vi al llegar fue incluso peor de lo que me esperaba. Keiji estaba en el salón del bar, ahora vacío al ser domingo, acompañado por Mei y Kotaro mientras hablaba por los codos. Al verme entrar se puso en pie, inclinándose levemente.

– Deja que me disculpe, no me he portado bien contigo.

– Joder, tu polla es mágica Kotaro – Dio una carcajada, Mei me tiró un cacahuete del cuenco. Ese chaval iba a explotar de colorado que estaba.

– Se la ha comido de arriba abajo, ¿verdad mi amor? – Le dio un beso en los labios, avergonzándole aún más pero haciéndole reír.

– Como te pillen los del clan te van a cortar los dedos y la polla…

– ¿De verdad te crees que no lo saben? Al jefe le importa un carajo mientras cumpla con mi deber – Se puso bien el cuello de la camisa. Tenía al chico hechizado.

– Vente con nosotros Ayame – Mei me ofreció sentarme a su lado –  Ayúdale a aclarar las ideas que tú eres más empática que el que tengo enfrente.

– Tú vas sobrada de empatía por las dos. No tengo muchas ganas de estar por aquí rondando, me voy a la cama.

– ¿Es por lo que te he dicho de Hiro? – Apreté los labios, desviando la vista hacia la barra, suspirando porque no quería volver a llorar – Le voy a sugerir que venga a verte, ya que tú no vas a ir a verle.

– ¿De verdad me estás diciendo que me meta ahí de nuevo?

– No, no te voy a pedir eso. Entiendo que no quieras volver. Pero es qu—

– Pues eso mismo, deja de presionarme, deja de hablarme del tema de una puta vez. Hiroshi no tiene nada que ver ni conmigo ni con esta vida. Que se busque a una mujer más acorde con su manera de pensar y su fe. Jamás funcionaría lo nuestro así que antes de hacerle más daño déjale tranquilo.

– Discrepo.

– ¿Discre qué? – Preguntó Kotaro con la boca llena de frutos secos – Menudas palabritas usas, chaval.

Me marché a la habitación y me metí en la cama. No salí hasta el día siguiente, no tenía ganas de ver a nadie. No escuché más gemidos por lo que supuse que ese tío volvería a su casa o se iría a la de Kotaro. No podía decir que hice vida normal porque me mostraba más apática que de costumbre pero fingir en el trabajo se me seguía dando igual de bien. Eso sí, no estaba dispuesta a irme a la cama con nadie, no tenía ni la actitud ni las ganas por lo que me dedicaba a emborracharles hasta el punto de que no podían ni hablar. De madrugada, incapaz de dormirme, escuché mi teléfono vibrar con insistencia. Me estaban llamando y no tenía ni idea de quién podría ser.

– Soy Keiji, no sé si te interesa o no pero han ingresado a mi hermana en el hospital.

– ¿Qué ha pasado? – Me levanté de la cama, dispuesta a vestirme.

– Daisuke ha abusado de ella – Me quedé de piedra, quise llorar, partir algo, matar a ese puto desgraciado.

– Lo habrán arrestado, espero…

– Uno… uno de los chicos de la casa le ha agredido al escuchar los gritos de mi hermana. Aún no sé muy bien cómo ha pasado pero no ha llegado al hospital con vida.

No es que me importase mucho, pero saber que alguien que conoces ha muerto siempre impacta. Tras el shock inicial, le pedí el número de habitación y cogí un taxi hasta el hospital con el corazón en la garganta. Odiaba que se hubiese tenido que dar cuenta de cómo iban las cosas de esta manera. Me armé de valor al subir, no iba a ser fácil. Y para mejorar las cosas, Hiroshi estaba allí. Miraba al suelo, sentado en una de las sillas de plástico del exterior de la habitación junto a su hermano. Su pelo estaba alborotado, su barba descuidada, su rostro cansado. Al acercarme no me atrevía a mirarle, pero se puso en pie. Sin decime ni media me abrazó por los hombros, y no pude más que devolvérselo. Le sentí temblar, le escuché sollozar.

– ¿Está bien Manami? – Pregunté asustada.

– Sí. Bueno, todo lo bien que puede estar después de lo que ha pasado – Contestó Keiji.

– Hiroshi, voy a entrar a verla – Le separé de mí, sentándole de nuevo – Ahora vengo.

– No ha querido hablar con nosotros, no ha querido ni mirarnos a la cara – Keiji negaba con la cabeza – No sabemos qué hacer.

Hiroshi me apretó la mano, clavándome esos ojos tristes que no me ayudaban en absoluto a prepararme para lo que venía. Manami estaba sola en la habitación, tapada y mirando por la ventana. Un gran hematoma se extendía por su mejilla y al susurrarle un suave “hey” dio un respingo, limpiándose las lágrimas.

– ¿Qué haces aquí?

– Verte, ¿qué si no? – Le cogí la mano. Obvié la típica pregunta de cómo estaba, la respuesta era más que evidente – Oye, ¿por qué no quieres ver a tus hermanos?

– Porque… no quiero que me vea nadie – Las lágrimas le caían por las mejillas – Me siento…

– ¿Sucia por casualidad? ¿Avergonzada de no haberlo visto venir? ¿Culpable? – Cuanto más hablaba más lloraba, asintiendo – No es culpa tuya. Nunca lo ha sido.

– Le quería tanto, Ayame, le quería tantísimo – Se inclinó por el borde de la cama, agarrándome de la camiseta. Le acaricié el pelo, intentando consolar lo inconsolable – ¿Cómo se le puede hacer tanto daño a alguien que te ama?

– Sé que necesitas un motivo, pero no existe. No hay motivos para hacer lo que ha hecho ni hay manera de justificarlo. Era una mala persona con malos sentimientos, no es tu culpa. Tú eres la victima aquí, que te quede claro.

– No van a quererme, nadie va a quererme nunca más. Estoy rota.

– No digas eso, claro que van a quererte. Yo te quiero, tus hermanos te adoran y seguro que el día de mañana encuentras a un buen hombre que te ame como te mereces. Que te respete y que las únicas marcas que te deje sea en el alma por lo mucho que te quiera.

Esa chica no paraba de llorar. Estaba destrozada y tardaría mucho en recuperarse. Al menos tendría a sus hermanos con ella. Me pidió que los llamase un rato después y también lloró en los brazos de los dos, disculpándose por no haberles escuchado. Ellos repitieron casi mis mismas palabras. Era una situación tan privada que me disculpé y me dispuse a salir de la habitación.

– Ayame – Me llamó Manami – Por favor, vuelve con nosotros. No hace falta que hagas nada, solo… por favor ven. No vuelvas a irte, estamos todos mejor cuando estás a nuestro lado. Lo que me dijiste era cierto, siento no haberlo visto antes.

– No repitas eso más, no pasa nada. Esta noche prefiero irme a casa.

– No quiere volver Manami, déjala – La voz de Hiroshi sonaba rota. No sonaba a él. Un pellizco se me cogió en el pecho – No es feliz con nosotros.

– No es que no sea feliz, es que… bueno, no es el momento de hablar de esto.

– No, por favor, ven un segundo – Manami se intentó incorporar pero no pudo. El dolor se le reflejó en la cara.

– No te muevas – Le pedí. Hiroshi estaba a mi lado, sin tocarme, casi sin mirarme.

– ¿Por qué dice Hiro que no eres feliz con nosotros?

– Somos muy diferentes. Intentaba adaptarme pero no puedo ser yo misma, no encajamos. Ya se lo dije a él, no puedo vivir con personas que no son honestas ni con tantas trabas con respecto a temas que para mí son regulares en mi vida.

– He tenido relaciones sexuales con Ayame – Mire a Hiroshi despacio, asombrada, pero no me miraba a los ojos – También sexo oral en público. Y me encantaría seguir haciéndolo. Me da igual lo que penséis – Suspiró, cruzándose de brazos – Me da igual todo ya.

– Soy gay – Soltó Keiji de repente – Soy un maricón como la copa de un pino y hoy he tenido relaciones sexuales con un yakuza y pienso tenerlas más veces porque no voy a ser cura – Se hizo el silencio. El chico resopló aliviado – Ya está, ya lo he dicho – Manami susurró un “dios mío…” Sin embargo se recompuso y tras asentir, me miró.

– Ahora tú. Yo no tengo nada que contar que no sepáis.

– No vine a vivir con vosotros porque quisiese una vida mejor, lo hice porque me lo pidió mi jefa. Quería saber cómo llevar vuestro negocio y para eso… – Suspiré, incapaz de mirarles a la cara – Para eso lo mejor era ganarme a Hiroshi. Le he utilizado y lo siento muchísimo.

No dijeron nada. No sabía si me miraban y si lo hacían desconocía sus gestos. La presión en el pecho que me provocaba ganas de llorar no desaparecía, es más, aumentaba. Sentí que me cogían la mano, Manami me la apretaba.

– Ya veis – Odiaba hablar cuando la voz me temblaba tanto – Decía que no podía vivir entre mentirosos cuando yo era la primera que lo hacía. ¿Entiendes lo que te comenté esta tarde, Keiji? Es mejor pasar página.

De modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes – Miré a Manami, apretando los dientes para no llorar – Es un pasaje de la Biblia, probablemente a ti no te ayude pero en momentos como este, a mí me sirve de guía – Miró a sus hermanos. Al final terminé limpiándome las lágrimas, sintiéndome debilucha y con ganas de acostarme para no levantarme – Perdonar es una virtud que espero podáis concederle. Esta noche se queda en casa, en su habitación. Ya te piensas mañana lo que quieras hacer.

Salí de la habitación, no podía más con la presión. Me senté en una de las sillas de plástico, con la cara entre las manos. Ver a esa mujer de esa manera, ver que incluso en ese momento de dolor tan extremo era capaz de preocuparse por los demás era algo admirable. Me hizo preguntarme qué estaba haciendo con mi vida. Sentí que no valía nada. No podía dejar de llorar porque no podía dejar de culparme por haberle hecho daño a una persona tan buena como era Hiroshi. Y fue él quien me puso una mano en el hombro. No le miré a la cara.

– Entiendo que no quieras ni hablarme, pero espero que me perdones algún día – Sollocé.

– Ya lo sabía. Era consciente de que tenías segundas intenciones por más que me lo negase a mí mismo. Una mujer como tú jamás se acercaría a alguien como yo por iniciativa propia. Intenté en más de una ocasión que tú misma me lo contases, pero nunca quisiste. Ayame, ya estabas perdonada.

Y ahí estaba yo, inmersa en un drama que de verlo en perspectiva me parecería patético. Ciertamente lo único que hacía era verbalizar algo que pensaba desde hacía mucho, solo que nunca lo admitía. Los acompañé hasta el coche, con los ojos irritados de llorar y muerta de frío y sueño. Me senté en el asiento trasero y fui hasta su casa en total silencio. Keiij me ofreció comer algo antes de acostarme pero decliné. Hiroshi fue con él, anunciando que después se ducharía y aconsejándome que hiciese lo mismo para dormir mejor. No les di las buenas noches, me limité a desnudarme y a meterme en la cama. Pero no podía dormir. Mi mente no me iba a dejar descansar, la culpabilidad y los remordimientos eran almohadas muy incómodas. Cuando la noche empezó a aclarar me senté en la cama, desesperada. Salí al pasillo en ropa interior y tiritando me dirigí hacia la habitación de Hiroshi. Su cama era de matrimonio pero dormía en una esquina. Entré en silencio, cerré la puerta y me metí bajo sus sábanas. No tenía derecho a hacer lo que estaba haciendo, pero pegué mi frío pecho a su cálida espalda, despertándole con un sobresalto.

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Al darme la vuelta en la cama me encontré con sus ojos llenos de culpa. Odiaba verlos así, tan tristes. Quería volver a ver esa picardía, esa poca verguenza que siempre tenía, esa sonrisa que le iluminaba el rostro. Le aparté el pelo de la cara, estaba fría.

– ¿Ayame? ¿Qué te pasa?  – Evitaba mirarme a los ojos, con lo mucho que los echaba de menos.

– Lo siento tanto, lo siento muchísimo. Doy asco, lo sé, pero no me dejes sola – Al fin, sintiéndo el calor de mi mano en su mejilla, desvió sus ojos hacia los míos.

– Así es cómo te conocí – Chasqueó la lengua, avergonzada – No pensé que dabas asco entonces y no lo pienso ahora. Y si está en mis manos, nunca vas a estar sola.

– Eres tan bueno que hasta me molesta – Hundío la cara en mi pecho, la rodeé con mis brazos. En cuanto la tuve cerca, sentí mi alma en paz. No era sano depender tanto de alguien, pero mi realidad en esos instantes era que la necesitaba. Muchísimo.

– No voy a insistir  – Suspiré, apretándola a mi pecho –  Pero no he perdido la esperanza de que algún día me termines amando.

– ¿Quién te dice que no lo hago ya? – Quise que me lo dijese mirándome a la cara, pero se escondía. Ese comportamiento era tan inusual por su parte que me llevó a pensar que sus palabras eran ciertas. Además, se pegó más a mi cuerpo – De lo que me arrepiento es de haberte usado al principio sabiendo que te ibas a enamorar. Y lo que no sabía, por supuesto, era lo que me iba a pasar a mí  – El tono de su voz bajó, pero el apretón de su abrazo hizo lo contrario. Le besé el pelo, la quería tanto a mi lado que me daba hasta miedo soltarla.

– Sé que no te gusta este ambiente. Estoy tan dispuesto a hacer mi vida a tu lado que si lo prefieres incluso me mudaría a tu casa, con Mei – Se rió suavemente.

– No voy a meterte a vivir con esa gente. Corromperían tu inocencia y tu buen corazón. No – Me miró al fin sin llorar, suspirando – Este es tu sitio, aquí es donde haces lo que mejor sabes hacer que es ayudar a los demás. Yo no encajo por aquí con mi lencería rosa fucsia, mis tatuajes y mis tacones de aguja.

– Ahí es donde te equivocas. Ayame, estoy seguro de que después de lo que ha pasado hoy van a cambiar las cosas. No quiero que nadie se vea obligado a vestir o a comportarse de una manera que no es. Lo que queremos es que se recuperen y vayan por el buen camino que les lleve a tener una vida en condiciones. Si son creyentes o no… si siguen nuestro código moral será lo de menos.

– ¿Y lo de las relaciones qué? No me voy a casar contigo. No me voy a casar. Y tampoco quiero tener niños. De hecho, si me quedo embarazada abortaría  – Si esas frases me las hubiera dicho al principio de conocerla me habrían parecido la barbaridad más grande. De hecho, no me gustaban un pelo, pero si ponía en una balanza lo que supuestamente había querido toda mi vida y lo que ella me aportaba ahora, su lado se inclinaba desproporcionadamente.

– ¿Qué quieres? ¿Ver el mundo? ¿Tener estudios? ¿Conocer gente nueva? ¿Vivir por tu cuenta? Hazlo. Haz lo que te traiga paz – Le sonreí, mientras me dejase estar en su vida que hiciese lo que quisiese. Ayame era demasiado libre, sus ideales eran tan claros que ni siquiera iba a intentar plantearle ser de otra manera. Me gustaba como era, lo radicalmente opuesto de nuestras personalidades. Llevaba desde que se metió en la cama acariciándole la mejilla y no parecía importarle – A mí siempre me vas a tener aquí.

– No eres como imaginaba  – Susurró.

– Tú tampoco eres lo que yo esperaba – Me faltaba el aire cuando la miraba directamente  a los ojos. Esos ojos color miel.

Siempre había escuchado en las canciones que a la gente le dolía el pecho de querer tanto a alguien y siempre pensé que era una exageración. Hasta ese momento. Me desesperaba no poder expresar lo mucho que sentía por ella, sobrecogido por la intensidad con la que la deseaba a mi lado. Me quitó la camiseta del pijama, pidiéndome que le abrazase y enroscándose de espaldas a mí. Me acoplé a ella, sintiéndola diminuta en mis brazos. Me dijo, acariciando mis manos, que tal y como estaba en esos momentos sentía que nada iba a ir mal, que desaparecían los problemas y que tanto su mente como su cuerpo se relajaba. Que nunca se había sentido con tanta paz. Cogió mi brazo, el que quedaba bajo su cuerpo y lo metió entre sus pechos, entrelazando mis dedos con los suyos. Por su respiración sentí que empezaba a quedarse dormida. Aspiré el aroma de su pelo intensamente, su olor me enloquecía, despertaba unos sentimientos que en mí creía imposibles de básicos que eran. Unos sentimientos tan salvajes que incluso me avergonzaban. Mi mente quería dejarla descansar pero por lo visto, mi cuerpo tenía otros planes. Le puse absolutamente todos los vellos de punta al rozarle la fina piel del cuello con los labios al tiempo que las yemas de los dedos de mi otra mano recorrían el camino desde sus costillas hasta sus caderas. Tuvo un escalofrío que me hizo reír. Sabiendo las cosas que había hecho con otros hombres – y mujeres – siempre me sorprendía cuando al tocarla le hacía sentir algo. Palpé línea de sus bragas, el lacito que las decoraban, la tela que se hundía entre sus labios mayores. Le saqué una sonrisa, un suspiro y los colores. Apoyé la barbilla en el hueco entre su hombro y su cuello, observando sus rasgos, besando sus mejillas. Cerró los ojos, estimulaba su cuerpo sobre la tela de su ropa interior provocativa, excitándome solo de pensar en su cuerpo húmedo, cálido, apretado y tan agradable. No tenía prisas, no me gustaba ser brusco pero creo que precisamente por eso conseguía excitar a Ayame de verdad, siempre al borde del orgasmo. No fue hasta que no metí los dedos por dentro de sus bragas que no la hice gemir de verdad.

– ¿Ya has tenido un orgasmo? – Le pregunté en susurros, asombrado por lo muchísimo que me mojaba los dedos.

 – No, pero ya, ya, Hiroshi besame – Clavó los dedos en mi muñeca, estirando las piernas, agitándose, apretando mi mano, haciéndome jadear con esos besos tan tórridos que me daba. Al sacarle la mano de las bragas me miré los dedos, empapados. Me escandalizó al coger mi mano, lamiendo mis dedos entre jadeos.

– Dime qué te gusta – Susurré en su oído, acariciando sus pechos, rozándome con su trasero – Dime cómo te gusta. Quiero estar a la altura de tus necesidades.

Levantó la pierna, apoyándola en mis caderas aún dándome la espalda, echó su ropa interior hacia el lado y me la sacó de los calzoncillos. Dejé salir el aire de mis pulmones de golpe al sentir cómo me empapaba en ella, deslizándome entre su piel sensible, atrapando mi carne con la suya de manera deliciosa. Le clavé los dedos en los muslos, quejándome en su boca por lo desesperantemente intenso que era el placer que me hacía sentir. Aunque me mataba de vergüenza era incapaz de retener los gemidos, disfrutando con ella despacio.

– No tengas miedo de hacerme daño, hazme lo que quieras – Sus palabras estaban formadas por jadeos e inhalaciones escandalosas, le daba igual que la escuchasen, le daba igual todo. Y era esa filosofía de disfrutar del momento una de las mejores cosas de esa mujer.

De primeras no me lancé a hacer nada por miedo a que algo le molestase o no le gustase. Carecía de experiencia y aunque en mi cabeza la idea fuese buena, quizás en la práctica resultaría un desastre. Seguí con ese vaivén suave, esas penetraciones lentas que tanto me gustaban. Pero al notar que se agitaba, que sus besos apasionados estaban descoordinados con mis movimientos pausados, me lancé. La empujé en la cama, poniéndola bocabajo al acordarme que aquel día, cuando tuve relaciones por primera vez, me lo propuso. Levantó las caderas, sonriendo, mirándome con sus ojos de gata, expectante. Verla de espaldas, con ese pelo largo y revuelto, las curvas de su cuerpo, sus tatuajes; jamás habría pensado estar con una mujer como ella más allá de mi imaginación. Acaricié sus hinchados labios menores con los pulgares y ante ese contacto, movió las caderas buscando las mías. Froté mi glande contra su piel, y entonces me acordé de aquello que me susurró Kotaro la primera vez que le vi:

Cuando te la folles, no le metas la polla de golpe, solo la punta y le frotas el clítoris con las manos. Y cuando te diga que no puede más, reviéntala. Muerde su cuello, azótale el culo. Ya verás cómo se corre la muy puta

Con esa indecisión que me caracterizaba, lo hice, exactamente como Kotaro me sugirió. Me moví despacio en su interior, sintiendo cómo me oprimía, observando esa franja de piel ligeramente más clara justo debajo del glande cuando se la sacaba. Era muy difícil no dejarse llevar por lo que mi cuerpo me pedía, muy complicado no penetrarla hasta el fondo. La notaba ansiosa, moviéndose nerviosa al tiempo que susurraba “follame de una puta vez, joder” entre dientes. Colé mi mano entre sus piernas, desde su ombligo hacia abajo, apretando su endurecido clítoris entre mis dedos. Lo froté en círculos, sin ser muy brusco. Ayame cogió aire, perdió el apoyo que le otorgaban sus manos en la cama y dejó caer su pecho sobre esta con un largo y tembloroso gemido que parecía no acabar. De hecho, cuando más fuerte le frotaba, más gemía. Sin dejar de medio penetrarla, aumenté la presión de mis dedos, y se quejaba tanto que tuve el impulso de parar. Me gritó que no podía más, que era insoportable, que no podía correrse más.

Se la metí hasta el fondo, bruscamente.

Gritó tan fuerte que me tuve que inclinar sobre ella para taparle la boca, muerto de excitación y vergüenza. Me la apretaba con los músculos de la vagina, en un orgasmo que me forzaba a mí a sufrir el mismo destino. Intentando no acabar por todos los medios, golpeé sus caderas con las mías, la agarré de los pechos, de la cintura, de los hombros. Le mordía el cuello, le azotaba el trasero, y es que no paraba de notar esa presión tan placentera que me indicaba que sus orgasmos se sucedían uno tras otro. No podía respirar. El poco aire que entraba en mis pulmones lo expulsaba en gemidos y jadeos, en deseos formulados entre sollozos y gimoteos. Las piernas me fallaron al sentir que me sobrevenía el clímax. Se lo dije, le dije que no podía más. En un estado febril de pura lascivia se giró en la cama lamiendo mi húmeda y enrojecida erección. La lujuria personifiada me devolvió la mirada, entre mis piernas, devorándome, vaciándome. Anulaba mis códigos morales, mi ética, mi fe, en todo lo que creía con esa manera que tenía siempre de masturbarme, de usar su boca para deleitarme como lo hacía. Tuve un espasmo final cuando, al sacarla de su preciosa y pequeña boca, lamió el semen que resbaló por mi miembro. Sus mejillas estaban encendidas, su piel brillaba de sudor con la luz del amanecer. La amaba. Más que a nada en esta vida, de una manera que jamás amé a nadie. Cuando la abracé en la cama, aún temblaba con su cara contra mi pecho. No nos tapamos,  no dijimos nada, simplemente caímos rendidos.

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A la mañana siguiente me desperté sola con una nota en la mesilla de noche. Había ido a ver a su hermana al hospital, que ni me molestase en acercarme porque le habían llamado y se la iban a traer de vuelta a casa tras el reconocimiento médico y el interrogatorio. Decidí pasarme por la casa de Mei, tenía que hablar con ella sobre lo que iba a hacer. Por suerte para mí fue más fácil de lo que yo pensaba. Me dejó bien claro que había muchas chicas con necesidad de ser acogidas como yo lo fui en su día.

– Y además, ¿dónde vas a ser más feliz, aquí o allí?

– Con él. No sabía lo enamorada que estaba hasta ayer por la noche.

– Lo sabíamos todos menos tú – Me abrazó con fuerza, suspirando – Igualmente, aquí me tienes. Me pasaré esta tarde por allí para hablar con esta chica. Una que ha pasado por lo mismo sabe qué consejos dar y le llevaré un buen chocolate. Además, quiero conocer a ese que te tiene loca.

– No encaja en absoluto conmigo, no tenemos nada que ver.

– Probablemente eso sea lo mejor, no quieres estar con un hombre que tenga nada que ver con lo que ya conoces, ¿verdad?

Negué con la cabeza, riéndome con ella. Le debía muchísimo y jamás dejaría de debérselo. Cogí todas mis pertenencias, que tristemente cabían en una única maleta, siendo casi todas regalos de los clientes a los que no iba a echar de menos. Ella me ayudó a subirla al taxi y Keiji me ayudó a bajarla ya en su casa, anunciándome que Manami había vuelto. No me sorprendió saber que se había cambiado de habitación a una de las comunes. Me dijo que si quería podía quedarme la suya pero Hiroshi declinó la oferta por mí porque, como era obvio, dormiríamos juntos. No tenía nada que argumentar. Esa noche volvimos a follar, solo que esa noche fui ya la que le dominó, agotándole y agotándome yo una vez más de tanto correrme.

– Y eso que no he sacado mis juguetes…

– ¿Tus qué? – Me giré, riéndome y quitándole el condón para hacerle un nudo antes de que se le secase en la polla.

– Tienes muchísimo que aprender, y yo tanto que enseñarte…

– Mientras que no tenga nada que ver con mi culo me parece maravilloso – Di una carcajada estruendosa acompañada de una segunda cuando me mandó guardar silencio porque era tarde. Tras nuestros obscenos y pecaminosos gemidos, nadie se iba a molestar por unas risas.

EPÍLOGO

Kotaro chasqueó la lengua esquivando a los chavales nuevos que iban camino a misa acompañados de la nueva beata Yuko, su monitora, que le evitó como si tuviese una enfermedad contagiosa. Él la ignoró, saludando a los que se quedaban en casa conmigo. Se plantó a mi lado y dio una palmada.

– ¿Quiénes son los piltrafillas que van a entrenar con Kotaro sensei? – Algunos levantaron la mano, cohibidos por sus maneras agresivas a pesar de que una vez vinieron de un entorno familiar.

– El resto conmigo – Les hice un gesto para que me acompañasen – Hoy vamos a ver una película. Se llama Tiempo de matar y aunque el título lo insinúa, no es de acción. Y estad atentos porque al acabar vamos a debatir largo y tendido.

Al entrar encontré en el salón a Mei con una dolorida Manami. Se quejaba demasiado para haber sido un tatuaje que ni siquiera tenía sombras, suerte había tenido de que fuese Mei la que se lo hizo. No llevaba mucho con esa profesión pero con Genta de maestro se estaba convirtiendo en una verdadera artista. Les puse la película a los chavales y fui a preparar palomitas. Por norma general se comportaban de manera decente, al fin y al cabo asistían a los talleres de manera voluntaria y tenían numerosas posibilidades. Me alegraba ver que Hiroshi mantuvo su promesa, ya que la variedad de estilos y peinados era abrumadora ente todos ellos. Le echaba de menos, se había ido a una reunión de santurrones a otra ciudad y llevaba dos días sin verle. Mientras esperaba a que la alarma del microondas saltase le eché un vistazo a los apuntes de psicología olvidados de Keiji, no me enteraba de una mierda pero a él parecía entusiasmarle. Eché las palomitas en varios recipientes de plástico con cuidado de no quemarme con el vapor y me encaminé hacia el salón. No me caí al suelo, pero las palomitas volaron cuando Hiroshi se abalanzó sobre mí camino a la salida.

– ¡Hola! – Recibí sus besos de bienenida con ganas, me importaban una mierda las palomitas que estábamos pisando. Sin embargo, se emocionaba demasiado. Sus manos se colaron bajo mi falda, bajándome las bragas mientras me sentaba en la encimera – Los niños están en el salón, no estamos solos.

– Con lo muchísimo que te he necesitado va a ser rápido. Ayame te he echado tanto de menos…

– Eres un yonki de mi coño – Se rió, sacándosela de lo pantalones, colocándose entre mis piernas y metiéndomela de mala manera – Odio follar así…  – Al decirle esas palabras se frenó, mirándome a los ojos.

– Lo siento, lo siento – Beso mis labios y mis mejillas, acariciándome el pelo y dejándo caer su frente en la mía  – Me he dejado llevar.

– No pasa nada. Pero ayudame a recoger esto y cuando los nenes vayan a lo suyo, vamos nosotros a la playa, ¿te parece? – Asintió, agachándose y ayudándome, pegándome pellizcos de vez en cuando.

– Ya tengo los billetes para ir a Finlandia, nos vamos la semana que viene – Me besó la mejilla, acelerado y entusiasmado. Caminamos con los cuencos hacia el pasillo – Me muero de ganas por hacerte eso que tanto te gusta en una sauna.

– ¡Cállate idiota! – Desde que aceptó el sexo como algo normal había pasado al lado opuesto y hablaba sobre esos temas cuando menos debía. No iba a dejar de ser un tontorrón en la vida – Tienes que decirme cómo sabes que eso me gusta tanto…

– Kotaro es una fuente de información – Me guiñó el ojo y me dejó quitándole pelusas a unas palomitas que yo, desde luego, no iba a comerme.

No podía quejarme, esos momentos en los que sonreía sin darme cuenta cada vez se hacían más constantes. Y a pesar de saber que la felicidad no era algo eterno, me conformaba con tener alguno que otro de esos momentos al menos, una vez al día. Siempre que los tuviese, tendría un motivo para salir adelante.

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Irezumi Princess

El personaje principal de esta historia es una chica con muy mal carácter, muy difícil de tratar, una tipa dura y un poco insoportable. Es hija de una persona importante en su entorno y lo que ve en casa, ha amoldado su personalidad.

Esta es ella.

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Es muy malota y muy guaposa ♥

El protagonista es todo lo contrario. Es dulce, es comprensivo y siempre trata a todos con respeto. Es el hijo modelo, el amigo ideal, el novio perfecto. Es hijo de dos empleados de un restaurante y su personalidad también está amoldada por lo que ve en casa.

Este es él.

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Estoy entre la ternura y el calentón que no me decido

La pregunta es ¿Cómo terminan estos dos relacionados si son la noche y el día? Pues leed y lo sabréis. Por cierto, para algunas de mis lectoras, el entorno de la protagonista principal va a ser una grata sorpresa.

Enjoy ^^

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1

El viento frío le revolvía la melena, le dolían las mejillas y los dedos, pero se sentía tan libre que se creía capaz de cualquier cosa. Aceleró un poco más cuando empezaba a escuchar las demás motos cada vez más lejanas; la suya era muchísimo mejor que las de sus amigas. Justo cuando se decidió a ir a una velocidad normal – no porque quisiese sino porque por esa zona ponían controles policiales – vio que un coche negro se ponía casi a su altura. Chasqueó la lengua y se adentró en un callejón por el que no le pudo seguir, ‘Siempre igual con esos cochazos enormes e inútiles’, pensó mientras frenaba.

– ¿Otra vez te han visto? – Una de sus amigas paró la moto a su lado.

– Sí, tendré que mentalizarme antes de meterme en casa.

– ¡Mándalos a tomar por culo! Mori-kun está deseando que te dejes meterte mano y tiene casa. Vete con él, no seas tonta.

– ¿Tú quieres que le maten o algo? Piensa antes de abrir la boca – Se quitó la chaqueta y se la dio a una de sus compañeras – Más vale que hoy no aparezca con esto puesto por casa.

– ¿Nos vemos mañana en clase? Hace tiempo que no nos pasamos, no sé, por hacer algo diferente.

– Ya veremos, no sé qué va a pasar cuando llegue. Dudo que mañana esté de humor para aguantar a esos niñatos.

                Arrancó la moto y fue hasta su casa a una velocidad más o menos normal. Y no fue hasta que se bajó de esta que no empezó a ponerse nerviosa. Adoraba a su padre, le quería más que a nada en el mundo, pero le temía tanto como le apreciaba. Su carácter era muy fuerte y probablemente ya le habrían dicho que la habían visto de nuevo con las chicas. Y encima con la chaqueta de la banda… Cruzó los dedos pensando en que ojala no estuviese esa noche en la casa aunque sabía que sería en vano. Nada más abrir la puerta se encontró con su primo de frente, saliendo del salón, mirándola y haciéndole gestos con las manos para que se fuese preparando. Estaba allí, le escuchaba hablar con su tío. Suspiró e intentó ir directamente hasta su habitación pero no le dio tiempo.

– Aiko – No le gritó, solo dijo su nombre. Pero el tono en el que lo hizo… en la calle era muy valiente, una chica dura. Nadie se atrevía a soplarle más por su apellido que por su carácter, que también era fuerte. Pero en su casa era otra historia. Se asomó al salón y vio a su padre mirándola enfadado y a su tío cruzado de brazos con la misma expresión – Sin casco y a toda velocidad por la ciudad, ¿quieres buscarme un problema o quieres matarte? – Su mirada fría era lo que más le asustaba, por eso intentó evitarla.

– Solo quiero hacer lo que me gusta.

– No con esa compañía – Le dedicó una mirada asesina a su tío, odiaba que insultasen a sus amigas, eran las únicas que la entendían. Las únicas que no se morían de miedo cuando la veían venir.

– No empecéis con lo mismo, ellas… – Su padre dio un golpe en la mesa.

– Me niego a que me hija sea una bosozoku, una motera sin control alguno ni respeto.

– No sé qué tiene de diferente con ser yakuza – Se le escapó el pensamiento en voz alta, haciendo que su padre resoplase ofendido y a su tío reír despectivamente.

– Cuando tengas un momento, me gustaría hablar contigo con tranquilidad, no tienes ni idea… no sabes lo que estás diciendo – Su tío suspiró al pasar por su lado, dándole con la mano en el hombro.

– Voy a hacer como el que no ha escuchado lo que acabas de decir. Y tú vas a empezar a comportarte como debes – Su padre la miraba directamente a los ojos, intimidando como solo él sabía – Mañana vas a ir a clase, y pasado, y el otro también. Hasta ahora te he dejado libertad porque tu madre y tu tía dicen que tú sola te enmendarás, pero ya he perdido la paciencia. Y he tenido mucha. No te quiero volver a ver con esa panda de drogadictas.

– ¡No se drogan! – Había aguantado todo su discurso, pero cuando le tocaba la moral no podía evitar saltar, por mucho miedo que tuviese – ¡Ellas son las únicas personas que me entienden!

– Sí, y van follándose a todo el que se le pone por delante con solo dieciséis años por dinero. No te convienen, son unas putas de mala muerte que se acuestan con viejos, ¡y no voy a consentir que tú hagas lo mismo!

– ¡¿Ahora es un problema si me acuesto con alguien mayor que yo?! ¿Aunque sea un tipo responsable, con trabajo y decente? ¡¡Te recuerdo que a mi edad, mi madre se dedicaba a follarte y tú no eres un ejemplo a seguir precisamente!! ¿¡En qué la convierte a ella entonces?! – Su padre le dio un bofetón, pero ella volvió la cara y le miró con rabia. Sintió una lágrima caerle por la mejilla golpeada.

– No vuelvas a insultar a tu madre. Nunca.

– No, si tengo claro que yo soy a la única que se le puede insultar – apretó los puños e intentó retener las lágrimas – Da igual de quién venga: de mis tíos, de Ken, incluso de Keiji que es de lo peorcito. Todos me podéis insultar porque me lo merezco, ¿no?

– Deja de actuar como una sinvergüenza y dejarán de tratarte como tal. Hay una cosa que se llama honor, y aunque tú lo hayas perdido no nos arrastres a los demás.

– ¿A eso se reduce todo? ¿Al honor del clan? Pues por mi parte le pueden ir dando por culo – Le dio otro bofetón, peor que el anterior y en la mejilla contraria, pero ella volvió a mirarle con rabia, esta vez llorando sin poder evitarlo.

– ¡Hiroshi! – Su madre apareció en la puerta del salón, acercándose a ella y poniéndose entre los dos.

– ¡Eso es todo lo que haces, pegarme y gritarme! ¡Me das órdenes sin parar, nunca me dices nada bueno! – Le gritó a su padre a pesar de que su madre intentaba tranquilizarla.

– ¡¡Porque nunca haces nada bueno!!

– Hiroshi, ya vale. No hables con la niña cuando estás en ese estado que luego te arrepientes de lo que sueltas por la boca. Vete y déjame con ella – Él la miró, resopló y pasó por su lado sin prestarle más atención. Su madre le pasó la mano suavemente por las mejillas irritadas, pero apartó la cara bruscamente. Se sentó con ella en el sofá – ¿Otra vez las motos?

– No quiero hablar del tema.

– Aiko, no voy a decirte lo que tienes que hacer. Eso lo sabes de sobra. Solo te pido que por favor tengas cuidado. No quiero perderte y en el mundo en el que te estás metiendo puedo perderte de muchas maneras diferentes.

– Ese es el problema, os creéis que me estoy metiendo en algo muy chungo cuando lo único que hago es darme una cuantas vueltas con la moto y nada más.

– ¿Y tus amigas? ¿Hacen ellas lo mismo?

– Claro… – No lo dijo con mucha convicción y su madre lo notó. Sospechaba que alguna de ellas estaba empezando a frecuentar sitios no muy agradables en los que se movía un material que no le gustaba en absoluto. Pero ella no era nadie para decirles lo que debían hacer. Y no lo hacían todos los días.

– ¿Podrías al menos intentar ir a clase? Intenta aprender algo. Hazte un futuro.

– Ya tengo un futuro, estamos forrados.

– No sabes si algún día el clan va a desaparecer por un motivo u otro. Ya te expliqué cómo iba esto, nada es seguro – Su madre le apretó las manos con ternura – Por favor cariño, hazlo por mí.

– Pero es que en clase todo el mundo me mira mal. Saben que soy la hija de un yakuza y que estoy rodeada de ellos las veinticuatro horas del día. Me insultan, me tienen miedo. ¡Incluso los profesores me tienen miedo!

– ¿Quieres que te cambie de instituto? No hay problema, puedes entrar en el mismo que están Ken y Makoto, ¿te acuerdas de él? Tiene tu edad – Su nombre le era familiar, pero no terminaba de acordarse de su cara ni de qué relación tenían – El hijo de Hana-san. Jugabais juntos de pequeños, estoy segura de que él te protegerá – Ya sabía quién era. Si su primo Ken era un chico excelente, Makoto era el hijo perfecto. Sacaba notas altas, era educado, era bueno y no daba problemas. Un aburrimiento.

– No necesito la protección de nadie.

– Lo único que quiero es lo mejor para ti, ya lo sabes – Le cogió la mano. No entendía cómo alguien tan sensible y empática como su madre estaba con un bruto como era su padre – Sé que quieres a tus amigas, y ellas seguro que te valoran mucho. Pero haz una cosa antes de acostarte hoy. Piensa a fondo si de verdad son tan amigas como crees.

– Claro que lo son – Su madre le sonrió levantando levemente una ceja.

– Piensa en qué harían ellas si tuvieras un problema, no uno de adolescente como por ejemplo que tu padre te ha pillado en la moto, uno de verdad. Y habla con Hiroshi, pídele perdón.

– Él también tiene que pedirme perdón – Respondió con cabezonería.

– Aunque no lo parezca, también quiere lo mejor para ti. Te quiere mucho.

– Y yo le quiero a él – Lloraba de nuevo sin poder evitarlo – Pero luego me dice esas cosas y me grita y…

– Sé cómo te sientes – Su madre la abrazó, riéndose – Sabes que le pierden las formas, igual que sabes en el fondo que lo que te digo es verdad. Eres su debilidad, lo que más quiere.

– Después de ti – suspiraba secándose las lágrimas mientras su madre le acariciaba el pelo, poniéndoselo tras las orejas.

– No estaría yo tan segura.

– No entiendo cómo has podido sacar el carácter de tu padre y la lágrima fácil de tu madre – Su tía Manami entró en el salón y agachándose junto a ella le cogió la otra mano. A pesar de tener cuarenta y tantos años era preciosa – Daisuke me ha dicho que estabas sacándole las uñas a tu padre y te encuentro llorando. Hazle caso a mamá, cámbiate de instituto y cambia de vida. No pierdas el contacto con tus amigas si no quieres, pero cambia de ambiente. Verás que te sienta bien.

– Mañana no vayas a clase, deja que me ocupe de darte de baja allí y buscar la manera de que te hagan un hueco en el otro instituto – Aiko asintió – ¿Has cenado? Si no come algo y cuando te acuestes piensa en lo que te he dicho.

                No había cenado pero igualmente se fue directa a su habitación porque tenía un melonpan allí guardado. Se puso el pijama suspirando, comiendo en la cama, molesta porque sentía los ojos cansados de llorar y le molestaban las mejillas. Odiaba pelearse con su padre porque siempre le decía las cosas demasiado claras, y dolía. Si tuviese la mitad del tacto de su madre no habría problema, pero siempre estaba imponiendo y exigiendo, como si ella fuera un miembro del clan.  Cuando se sentó en la cama escuchó que llamaban a la puerta.

– ¿Se puede? – Se asomó su tío Daisuke.

– Supongo que sí… – Se sentó a su lado y suspiró.

– ¿Te ha contado tu tía alguna vez por qué me dicen Waru?

– No, pero supongo que es por lo tipo duro que eres o algo así.

– No exactamente. Cuando tenía tu edad me gané esa reputación. Al principio solo eran las motos y unas chaquetas, era ser un poco rebelde. Pero de repente me vi envuelto en unos líos que no me gustaron nada.

– Sí, hasta el punto de ser yakuza.

– Tu padre me salvó de una vida que habría sido muy dura o muy corta. Aiko, te lo digo yo. Parece que no pero te terminan arrastrando y sé que crees que son las mejores personas que te vas a encontrar, pero no es así.

– Ya le he dicho a mi madre que voy a ir a un instituto nuevo. Dejad de darme sermones.

– ¡No son sermones, bakayaro! – Le gritó ofendido, haciendo que a ella se le escapara una sonrisita – Es la historia de mi vida, ¿no te interesa?

– Vete ya a la cama – Aiko le dio un empujón para que se levantase – Tengo sueño.

– Vale, pero habla con tu padre.

– ¡Que sí! – Su tío le sonrió, le dio las buenas noches y le apagó la luz antes de salir.

Se paró a pensar en sus amigas, como le dijo su madre. Las conoció en el instituto y al principio apenas se hablaban, pero fue en el momento en el que descubrieron quien era realmente que empezaron a acercarse. Estaban fascinadas, siempre querían saber cosas de ella y cuanto más la integraban en su grupo más se alejaba de las personas ‘normales’. Por un motivo u otro, las cuatro chicas de su grupo – ella incluida – eran marginadas por el resto de la clase. Y como no paraban de dedicarles insultos tuvieron que defenderse. Aiko fue la primera en mostrar su lado agresivo, solo tuvo que imitar lo que veía en casa y las demás no tardaron en seguir su ejemplo. Su tío le compró la moto al cumplir 16 y sus amigas la imitaron de nuevo, formando la banda que tenían ahora. Ni siquiera los chicos se atrevían con ellas, y se sentía orgullosa de lo que tenía.

              Pero también era verdad que últimamente dos de las chicas se ausentaban en sus quedadas y cuando aparecían se mostraban siempre cansadas y con caras de estar colocadas de vaya usted a saber qué. Y lo que le dijo su padre… sí que se acostaban con hombres por dinero, pero no Akiko, a ella no le hacía falta. Sí, había tenido relaciones sexuales, pero fue con un chico cualquiera que supuestamente le iba a querer para siempre aunque se olvidó de ella nada más sacársela. Suspiró y se dio la vuelta en la cama, mirando cómo se mecía el árbol de Sakura (en ese momento sin flores) que veía desde su ventana e intentando alejar malos pensamientos. No quería, pero no le quedaba más remedio que hacer cambios en su vida. Como casi todas las mañanas se despertó dando un respingo porque su madre le abrió la puerta del cuarto de malas maneras. Sabía que no lo hacía con mala intención, pero no podía evitar ser escandalosa.

– Mamá, es tempranísimo… – protestó al escucharla hacer un ruido horrible con una bolsa de plástico

– Son casi las doce de la mañana. Creo que está bien para levantase – Se inclinó sobre ella y le dio un apretoncito cariñoso en el brazo – Vente anda, te preparo el desayuno.

– Voooooy… – Se sentó en el filo de la cama mirando a su madre sacar de un plástico un uniforme nuevo y ponerlo en la percha – Eso puedo hacerlo yo.

– Lo sé, pero yo lo hago mejor.

Le sonrió y salió de la habitación. Aiko se estiró, fue al baño y después a la cocina, cruzándose con su primo Ken que iba con unos apuntes en la mano. Le daba rabia que siempre estuviese estudiando, era un exagerado, aunque probablemente era el único amigo masculino que tenía. Bostezando fue a entrar en la cocina justo cuando su padre iba a entrar también. Se quedó mirándola y, al ver que ella hacía lo mismo, sonrió levantando las cejas.

– ¿Me dejas pasar o qué? – Le dijo a su padre, que le puso una mano en la cabeza y le besó el pelo.

– Buenos días – Le vio entrar en la cocina y dirigirse a su madre. Como sabía lo que iba a pasar apartó la mirada sentándose en la mesa de la cocina – Me voy, esta noche estoy de vuelta.

– Ve con cuidado – Incómoda, Aiko pasaba el dedo por los dibujos del mantel mientras escuchaba como sus padres se besuqueaban. No tenían respeto alguno por quien pudiera verles. Lo peor era cuando se comportaban tal cual en la calle.

– Oe – miró hacia adelante y vio a su padre en la puerta – Cuidadito con lo que haces.

                Aiko puso los ojos en blanco, haciendo reír a su madre. Tenía suerte, sabía que para vivir en un entorno yakuza no le tocaba ver demasiada violencia excepto los días que su padre llegaba cabreado o muy borracho. En esos momentos se volvía el yakuza que era y no tenía cuidado ni en lo que decía ni a quién se lo decía. Por suerte no era excesivamente violento con su familia, pero con el resto de sus subordinados era otra historia.

– Hoy vamos a ir a tu instituto nuevo – Aiko miró a su madre con cara de terror – No vas a ir a clase aún, pero quiero que te hagas con el camino y con el lugar porque mañana empiezas.

– ¿Se puede saber cómo has conseguido que me cambien con esa rapidez?

– Tu madre tiene sus trucos – ‘Sí, apellidarte Tukusama’ pensó Aiko. Con su apellido conseguía casi lo que le daba la gana. Sobre todo espantar a personas normales. Y mira que tenía cara de muñequita pero cuando se ponía seria…

– ¿Tengo que ir obligada?

– Sí. Al menos si quieres tu moto de vuelta.

– ¿¡Cómo?! – Aiko pensó que había malinterpretado sus palabras, pero se lo confirmó.

– Tu padre se ha llevado tu moto y no piensa devolvértela hasta que no vea cambios – Al ver que su hija le iba a replicar la paró con un gesto de la mano – Conmigo no lo pagues, no tengo la culpa.

                Y llevaba razón, pero eso no hacía que tuviese menos ganas de gritarle y de tirar la mesa por los aires. Se comió el desayuno sintiendo como la rabia la volvía loca e intentando no ser muy brusca con su madre. Tras vestirse, esperó completamente enfurruñada y desganada.

– ¿Y esa cara? – Su primo Ken la miraba sonriente plantado en la puerta de su habitación

– Tengo que ir a un instituto nuevo y no tengo ganas, ¿qué haces aquí?

– Me he quedado estudiando, pero oye, ¿y eso de cambiarte? ¿Es tu castigo por lo de las motos?

– No, imbécil. Me han quitado la moto directamente – Ken se encogió de hombros.

– Mejor para ti – Aiko creía que se lo cargaba allí mismo – Oye, este fin de semana es mi cumpleaños y le he dicho a mi madre de celebrarlo aquí. Me ha dicho que sí, así que espero que por lo menos socialices un poco.

– ¿Te estás quedando conmigo? ¿Qué hago yo hablando con los súper inteligentes y guays de tus amigos? Seguro que es un aburrimiento de fiesta.

– También viene Makoto, a ese sí le conoces.

– Hace años que no le veo, como si no le conociese…

– ¡Aiko, vámonos! – Su madre la llamaba desde la puerta de la calle.

                Hizo un puchero y su primo la abrazó por los hombros, intentando que se alegrase. Aunque le criticase tanto, era un chico increíble. Era buena persona y de los primeros de su clase. Y lo que a ella le parecía más raro es que no iba escondiendo su apellido, estaba orgulloso de permanecer a la familia que pertenecía. Cuando se montaba en el coche vio venir a su tío Keiji con la chaqueta en la mano y una camisa de botones medio abierta con un estampado floral un tanto difícil de mirar. Alzó la vista de su teléfono móvil para sonreírles. Se comió a su madre con los ojos como siempre hacía, algo que a Aiko no le gustaba nada pero tampoco podía evitar. Era un personaje curioso su tío…

                Apenas tardaron en llegar al instituto. Era más grande que el anterior pero menos cuidado. Obviamente era público y en cierta manera se alegró de no tener que aguantar a niñatas pijas. Quizás le iba algo mejor por allí. Fueron a hablar con el director, su madre se aseguró de que ella fuese a tener un buen trato por todos los profesores. Como ella decía ‘no son advertencias, son solo consejos’. El problema era que o seguían los consejos o su padre se presentaba allí metiéndole miedo hasta a las plantas. Cuando se iban, los estudiantes salieron a desayunar y la miraban con curiosidad. Justo al salir su madre se paró en seco.

– ¡¿Kotaro?! – Un hombre de rostro agradable, alto y fuerte la miró. Se le dibujó una sonrisa enorme.

– ¡Ayame-chan! ¡Qué de tiempo! – Ante la sorpresa de Aiko, se dieron un abrazo – Siento muchísimo haber perdido el contacto. No tengo perdón…

– No te preocupes, aquí cada uno tenemos nuestras vidas y te conviene estar alejado de la mía, ya lo sabes, ¿qué haces aquí?

– Soy profesor de educación física, ¿y a ti qué te trae por un instituto? Sería en el último sitio en el que te esperaría ver.

– Ella – dijo poniéndole a Aiko una mano en la espalda.

– Si no lo veo no lo creo, ¡la última vez que te vi eras una enana y ahora eres una mujer!

– Lo siento, pero no me acuerdo de ti – Le dijo ella mirando a su madre y esperando una respuesta.

– Tiene tu cara Ayame – Le incomodó que analizara su rostro de esa manera. Tenía una narizota muy rara – Pero los ojos de Hyo.

– También su carácter – Aiko suspiró un poco desesperada.

Odiaba que hablasen de ella como si no estuviera presente. Se llevaron charlando lo que a Aiko le parecieron horas, así que mientras se dedicó a mirar por la ventana a los estudiantes jugar al fútbol y hacer cosas de niñatos. En una esquina vio a un chico leyendo solo, pero un grupo de niñas le miraban desde una distancia prudente. Nunca iba a entender a la gente de su edad.

– Oye, el sábado es el cumpleaños de Ken, el chico de Manami. Vente con tu mujer.

– ¿A tu casa? Bueno, hace mucho que no vamos. No sé si a ella le va a hacer gracia la idea pero intentaré convencerla. Pues nada, Aiko, nos veremos pronto por aquí – Ella le sonrió, deseando irse a su casa. Una vez en el coche le tuvo que preguntar.

– ¿Quién era ese? Te trata con demasiado afecto.

– Es Kotaro, un amigo de cuando iba al instituto. Se tragó prácticamente todas las lágrimas que tu padre me hizo llorar al principio de conocerle.

– Pues tiene el cielo ganado…

Aiko sabía la historia de sus padres, se la habían contado desde varias versiones diferentes: Su padre decía que su madre era una llorona exagerada y demasiado sentimental; Su madre decía que su padre era un bruto sin empatía alguna, (cosa que en cierta manera seguía siendo por lo que su versión era la más fiable; y sus tíos decían que no paraban de follar, que era todo sexo y que por eso ella nació tan guapa. La verdad es que lo de sus tíos sí que era todo sexo. Les había pillado más de una vez y les había escuchado tantas veces que había perdido la cuenta. Y muchas veces no estaban ellos dos solos. La conclusión que ella sacaba es que jamás se iba a enamorar de un yakuza.

– Sigo sin entender cómo aguantaste todo eso, no tenías por qué.

– Me aportaba más bien que mal aunque no lo pareciese. Cuando te enamores, si lo haces, lo entenderás.

– Es que no sé qué le viste – Su madre alzó una ceja con una sonrisa juguetona.

– Si hubieses conocido a tu padre con veintisiete años me darías la razón.

– No podía ser tan guapo – su madre se rio.

– No es solo eso. Me enganché a su físico y al conseguir derrumbarle esa fachada de tipo duro que tiene me terminé de enamorar. Era un hombre que, teniendo diecisiete años y siendo tan pava como yo era, te conquistaba quisieras o no. Esa actitud tan segura y esa manera de mirar… sus ojos negros y su poca vergüenza te dejaban sin argumentos – Su madre divagó unos segundos, mordiéndose el labio – En realidad sigue siendo igual. Me sigo sintiendo igual.

– ¿Y no te preocupa que se líe con otras por ahí?

– No le hace falta. Lo que necesita lo tiene en casa.

– Que segura estás – Su madre asintió dándole golpecitos en la pierna.

– El día que tu padre me niegue algo sexual empezaré a sospechar.

– ¡No necesito esa información, mamá!

                Su madre se rio, pero a ella no le hacía ninguna gracia. Los padres de las chicas de su edad no hacían lo que hacían los suyos y menos de manera tan pública. No tenían tapujos.  Cuando llegaron Manami había hecho de comer. Daba gracias de que el día siguiente fuera viernes porque no quería ir a clase. No se trataba de que fuese algo totalmente nuevo, que lo era, sino que temía volver a sentirse rechazada por todos. Al menos en su antiguo instituto contaba con sus amigas. Esa noche, cuando estaba en la cama, llamó una de ellas y Aiko lo cogió de inmediato.

– ¡¿Se puede saber dónde estás?!

– En mi casa – escuchaba el jaleo de fondo – ¿Dónde estáis? ¿De fiesta?

– ¡Sí! – En ese momento se sintió fatal, excluida. No entendía por qué no la habían llamado y se preguntó cuántas fiestas se había perdido. Entonces cayó en la cuenta; siempre era ella la que llamaba para salir, nunca al revés – Ha habido una pelea, Rin y Saki están arrestadas – Aiko se sentó en la cama susurrando un “qué” sorprendido – Vinieron unas zorras de otra banda y… Aiko necesitamos que pagues la fianza, sus padres no pueden enterarse de—

– No puedo hacer eso – apretó las sábanas de pura rabia – ¿Me llamas solo porque necesitas dinero? ¿¡Para que os solucione un puto problema que ni me va ni me viene?! – En ese momento escuchó la puerta de la calle – ¡Te vas a quedar esperando!

– Pero Aiko—

– Habéis salido sin mí, ¡no os habéis molestado en avisarme de que hoy había fiesta!

– Pensamos que tu papaito te habría castigado. Además, estamos con gente de otro rollo, sería demasiado para ti.

– ¡¡Vete a la puta mierda, desgraciada!! – colgó el teléfono y lo dejó en la mesa de noche con rabia. Respiraba agitada cuando vio a su padre asomarse por la puerta del cuarto.

– ¿Qué coño pasa? – Aiko le miró sintiendo cómo la furia se desvanecía suplantada por preocupación. Su padre tenía la camisa blanca de botones arremangada, lo que dejaba al aire heridas y cortes largos y profundos en los brazos que destrozaron, una vez más, sus tatuajes. Una de sus cejas también tenía una herida muy fea y su labio inferior tenía un golpe. Y lo peor, su camisa estaba teñida de multitud de manchas rojizas. Un rojo oscuro que ya había visto antes.

– Papá… – le señaló la ropa.

– Ah – Se miró como si nada – No es mío – Aiko suspiró aliviada. Para otra persona podría resultar raro que ese comentario produjese alivio, pero teniendo en cuenta en las movidas que se metía su padre, eso era igual que nada. Se sentó en el borde de su cama – ¿A quién le gritabas?

– A nadie – frunció el ceño, ella suspiró y le apartó la mirada porque le fastidiaba tremendamente lo que iba a decir – Mis amigas, o lo que sean, me estaban usando. Llevabas razón, son unas zorras, ¿contento?

– No – Aiko le miró sorprendida – No me alegra verte así. Me dan ganas de ir tal y como estoy a darles un susto a esas—

– No te preocupes, la mitad están ya en la cárcel – Su padre le dedicó una mirada que no podía significar otra cosa que no fuese “te lo dije”

– Cuanto antes te las quites de encima mejor. Intenta relacionarte con personas normales, no con escoria – La chica apretó los labios, rabiosa y triste al mismo tiempo – Suficiente ves por tu casa.

– Papá, tú no eres escoria – Le miró sobresaltada, no le gustaba que se llamase a sí mismo de esa manera.

– Eso díselo al resto de la sociedad – Le dio con un dedo en la mejilla y se levantó – Duerme bien, mañana intenta no destacar demasiado – Se quejó un poco pero sonrió al ver la sonrisa de su padre. Esperaba que con el cambio de instituto también tuviese un cambio de vida. Pensó que las cosas no le podían ir peor que antes, y con esa esperanza de mejoría se quedó dormida.

 

 

2

                Arrastraba los pies camino a su nueva escuela. La falda del uniforme era demasiado corta para su gusto y la chaqueta tenía los bolsillos demasiado altos para meter las manos con comodidad. Ajustó la correa de la cartera en la que llevaba los libros y bostezó por décima vez en lo que llevaba de camino. A partir de cierto tramo se empezó a encontrar a gente con su mismo uniforme, todos en grupo, muy amigos unos de otros. Y todos cuchicheando cuando la veían. Se recordó a sí misma las palabras de su padre cuando les echó una mirada asesina a unas chicas. No podía llamar la atención si quería vivir tranquila. En la puerta del centro vio como el hombre que habló con su madre el día anterior la saludaba efusivamente.

– ¡Aiko-chan, bienvenida! Ven conmigo que te llevo a tu clase – era todo sonrisas, vitalidad y energía. Se cansaba solo de mirarle – Seguro que no te acuerdas de mi nombre, ¿A que no?

– No, lo siento.

– Takahashi sensei, para servirte siempre que pueda. Fuera de aquí puedes llamarme Kotaro pero en el instituto llámame como los demás o van a sospechar que tengo debilidad por ti – Se rio solo –  Soy el único profesor de educación física y también entreno a los chicos y chicas del equipo de atletismo, ¿te gusta correr?

– No especialmente – Hablaba demasiado, la estaba sacando de quicio.

– Bueno, ya encontrarás un club que te guste.

– No quiero que me presenten delante de todos – Se paró delante de la puerta de la clase – Me niego.

– Sin problemas, pasa por aquí – No había apenas gente dentro, tampoco se atrevía a levantar la vista – Tanaka-san, acompáñala a su asiento.

– ¿Eh? ¿Una chica nueva? – Escuchó al fondo del aula. Un chico se le acercó y al levantar la vista se encontró con unos ojos familiares.

– Ah, Makoto-kun, hola – Se sintió un poco aliviada al ver a un conocido.

– Veo que os conocéis, pues nada, aquí te dejo, ¡que tengas un buen primer día! – Se despidieron de su profesor y se miraron.

– No te alegres tanto de verme Aiko-chan – Bromeó, riéndose de su cara – Tienes sueño, ¿eh?

– No, soy así. Lo siento si no te gusta.

– Vale, vale. No me muerdas – No paraba de reírse de ella y se estaba empezando a sentir irritada. La llevó a un pupitre en medio de la clase. Puso mala cara y negó con la cabeza.

– Ni de coña – Murmuró. Se acercó a un pupitre solitario junto a la ventana y sacó las cosas del cajón, llevándolas a la mesa del centro.

– ¿Qué haces? No puedes hacer eso…

– Impídemelo – Se sentó donde ella quería y se quedó mirándole. El chico la miró confuso, cruzándose de brazos.

– ¿De verdad quieres tener problemas el primer día?

– No, ¿vas a dármelos tú?

– No, pero la persona que lleva sentándose ahí desde principio de curso puede ser que sí.

– Bueno, pues si tiene problemas ya me lo dirá. Gracias por tu interés – A pesar de que ella miró por la ventana le sentía de pie a su lado. Y no se marchaba – ¿Qué quieres? – preguntó mirándole exasperada.

– No eres como te recuerdo…

– Y menos mal, porque parecer que tengo siete años cuando tengo diecisiete es un problema – miró sobre el hombro del chico a un grupo de compañeras de clase que los observaban con curiosidad – Aunque a algunas les parece bien por lo que veo. Si no fuera por las tetas juraría que son de primaria las muñequitas esas…

– Me has malinterpretado, lo que quiero decir es que estás preciosa – No pudo evitar resoplar.

– ¿¡Qué cojones dices?! – Makoto miró alrededor, temeroso de que un profesor hubiese escuchado su manera de hablar – Cállate la boca y siéntate en tu sitio.

– Vale, vale – Se sentó justo delante de la chica sin dejar de sonreír – No te gustan los halagos, lo pillo – Le guiñó el ojo.

– ¿¡Quieres que te reviente o qué te pasa imbécil?! – dio una carcajada y se dio la vuelta.

              Miró por la ventana intentando calmarse, pasándose las manos por la cara. No entendía por qué estaba tan enfadada con él. No le había dicho nada malo, más bien lo contrario. Pero no era ni el momento ni el lugar, el primer día de clase eso no se hacía por mucha amistad que hubiesen tenido en el pasado. Además, viendo como era seguro que se trataba de una táctica que usaba para ligárselas a todas. Miró hacia adelante y se encontró con su nuca. Su pelo abundante brillaba más que el suyo propio y por encima de su hombro vio como sacaba su material con unos dedos largos. Manos grandes, siempre le habían gustado. Una afición que compartía con su madre era buscar al hombre con las manos más bonitas del programa de televisión que estuviesen viendo, hasta ahí llegaba su fetichismo. Además era alto, muy alto. Se enfadó consigo misma al darse cuenta de lo que estaba pensando y a dónde podrían llevar ese tipo de ideas. Ni siquiera habían terminado de cruzar unas palabras y ya estaba pensando tonterías. Por esto no le gustaba el instituto, terminaba haciendo estupideces propias de esas niñatas que ella tanto odiaba.

– Tanaka-saaaan – La voz cantarina de una de ellas hizo que mirara al frente de nuevo. Se sobresaltó al ver un grupo de chicas delante de Makoto – ¿Quién es esa? – preguntaron en susurros mirándola de reojo.

– Una amiga de la infancia, Aiko-chan.

– Tukusama-san para vosotras – Sin querer, hizo que dieran un ridículo saltito. No podía espantarlas, tenía que comportarse, pero le estaba suponiendo un reto. Intentó sonreír a pesar de todo.

                En ese mismo instante se dio cuenta que hacer amigos no era la suyo. En absoluto. Y no es que necesitara corroborarlo porque en su antiguo colegio le pasó casi lo mismo. Estaba segura que el problema no era ella sino la gente, que a rasgos generales era molesta. Y prescindible.

– Eh, chica rápida ¿Dónde vas? – Makoto la agarró del brazo cuando se alejaba del barullo de clase con su bento  a la hora del almuerzo. Nadie había tenido el valor de reivindicar donde se había sentado.

– A comer tranquila – Espetó de mal humor. Por culpa de ese piropo tan fuera de lugar ahora se sentía incómoda a su lado.

– Voy contigo – Aiko chasqueó la lengua – ¿Tan mal te caigo?

– No me caes mal – No paraba de mirarla inclinado hacia adelante mientras andaban – Es que eres un coñazo.

– Ah, que alivio, ya creía que ibas a sacarme la katana y—

– ¡No hables de ese tema delante de la gente gilipollas! – Le soltó entre dientes cogiéndole por el cuello de la camisa. El chico alzó las manos con una sonrisa.

– ¿De qué tema?

– ¡Ya sabes de qué tema, no te hagas el tonto! – La miraba alzando una ceja y sin dejar de sonreír, no le intimidaba en absoluto, lo cual era exasperante. Y por alguna extraña, ridícula y molesta razón, a ella le ponía nerviosa mirar directamente a los ojos de ese mojigato.

– Me vas a tener que dar pistas, Aiko-chan.

– Una patada en los cojones es lo que te voy a tener que dar – Le soltó siguiendo su camino. La gente los miraba. Ya había llamado la atención.

– ¿Cómo puedes ser tan malhablada? – Le preguntó entre risas.

– Mira, ven si quieres porque tampoco es que pueda evitarlo, pero cállate.

                Hizo un gesto con los dedos simulando a tener una cremallera cerrada ante los labios. Se sentaron en el lugar más apartado que vio de todo el colegio, en el piso de arriba y rodeados de mobiliario desordenado. Su madre – probablemente su tía porque estaba presentado de una manera muy bonita – le había llenado el bento demasiado. Miró al de Makoto, decorado con corazoncitos de alga y ositos hechos de arroz y supo inmediatamente que eso no era cosa de una madre.

– ¿Tienes novia y me acosas? – Le preguntó señalando el bento. Negó con la cabeza señalándose los labios – Habla, no seas imbécil.

– No tengo novia, las chicas se turnan para darme un bento todos los días.

– Joder, qué bien te lo montas, ¿y saben ellas que pasas de sus caras?

– Desconozco lo que saben. Lo que yo sé es que Saya-chan cocina de muerte.

– Y las tendrás a todas detrás a pesar de todo… – asintió, tan tranquilo.

– Mañana voy a tu casa – soltó alegremente.

– Ya me lo dijo Ken-chan.

– Me da la impresión de que a mi madre no le hace ninguna gracia, no sé cómo puede tener un mal concepto de tu primo.

– No es por mi primo, atontao – La miró sin entender – ¿De verdad no te lo han dicho?

– ¿El qué? – Negó con la cabeza.

– Ya te darás cuenta.

                No hablaron mucho más y tampoco es que lo necesitasen. Ella desde luego no tenía ganas ningunas de contarle su vida a nadie por muy amigos que hubiesen sido en el pasado. Y él simplemente estaba ahí. No sabía si era porque su madre se lo había pedido pero no la dejaba un momento sola. Vio a su primo solo una vez, pero estaba tan cargado de libros que apenas se paró a hablarle. Llegó a pensar que Makoto la estaba vigilando. Se despidió de él camino a su casa y le tuvo que parar cuando le sugirió acompañarla. Pero por lo visto iba en su misma dirección, así que tampoco pudo hacer mucho. Se le veía feliz, con esa expresión tranquila en sus ojos que le caracterizaba desde que era pequeño. Parecía que vivía en su propio mundo y que nadie podía alterar su felicidad interna. Pero no entendía sus intenciones, y no le gustaba que le mostrase tanto afecto sin saber cómo era ella realmente. Porque de saberlo estaba segura que habría mantenido las distancias. Llamó a casa para decir que comía en el bar de los abuelos, se le apetecía muchísimo un plato de udón y además, allí nunca veía malas caras. Y con un poquito de suerte en vez de Hana estaba el camarero guapo. Le sacaba casi veinte años pero estaba tremendo.

– Hasta luego – Se despidió ella metiéndose en el bar. Y parándose al ver que entraba detrás – ¿Qué haces?

– ¿Almorzar? – preguntó como si fuese lo más evidente.

– ¿Y tiene que ser aquí? – asintió señalando al frente.

– Sí, porque me sale gratis. Mis padres trabajan aquí.

– Cómo que tus padres trabajan aquí ¿Hana es tu madre? – asintió de nuevo.

– Y Jiro mi padre – señaló al frente. Ahí estaba su camarero buenorro con una sonrisa para los dos.

– ¡Sí hombre! – Jiro se les acercó. Ahora que se fijaba tenían los mismos ojos.

– ¡Hey, Aiko! Qué de tiempo sin pasarte por aquí, oye, ese uniforme…

– Está en mi clase – Makoto parecía orgulloso.

– ¡Aiko chan! – Su abuela salió de detrás del mostrador andando despacito pero con alegría en los ojos. Le encantaba estar con ella porque desconectaba por completo de lo que tenía que aguantar en casa – Mi niña bonita, ¿qué tal el cole?

– Instituto abuela, y bueno, igual de aburrido que siempre, ¿me haces mi favorito?

– Tengo un poco preparado, ahora mismo te aparto. Dame eso, te lo guardo – Le dio su cartera y la chaqueta del uniforme y se sentó en la barra – ¿Cómo está tu madre?

– Bien, como siempre. Ahora dice que se quiere teñir porque le están saliendo canas y papá se ha puesto histérico.

– ¿Y cuándo no está ese hombre alterado? – Se rio porque era verdad. Apreciaba claramente que sus abuelos no terminaban de aceptarle y no podía decirles nada. Era de una lógica aplastante.

– No sabía que era de tu familia – Makoto se sentó a mi lado – Otro para mí, obaa-san.

– Lo que me extraña es que no hayáis coincidido nunca con la de veces que venís los dos – Les comentó Jiro fumándose un cigarro y hablándoles desde la puerta del callejón de atrás. Estaba tremendísimo, siempre le salía la risa tonta con él en los momentos menos oportunos. Como ese, por ejemplo.

– De todas maneras ahora nos vamos a ver todos los días, ¿Verdad Ai-chan? – Le puso una mano en el hombro. La chica le miró con el ceño fruncido.

– Suelta. Y ese Ai-chan te lo metes por el culo – El padre y el hijo se rieron a la vez.

– Eres igualita que Hiroshi-san – dijo Jiro entre risas.

– Me alegro – Se apresuró a contestarle.

– Ya podrías ser más como tu madre – Le dijo su abuela poniéndole la comida por delante. Tan pronto tuvo el bol en las manos empezó a engullir. Era su comida favorita – Esa actitud no te ayudará nada a encontrar novio.

– No quiero novio, no me hace falta – hizo un ruidito que daba a entender que no se lo creía.

– Eso decía tu madre y le faltó tiempo para mudarse con el impresentable de tu padre. Lo único que espero es que tú tengas más cabeza.

– Tranquila, ya se enamorará de mí – Makoto le hizo atragantarse con un trozo de carne mientras la abuela susurraba “aaah, ya veo”

– ¿¡Pero de qué vas?! – Le miraba inocente como un corderito.

– Va a pasar, ya verás – Le dio un sorbo al caldo del udón – ¡Qué bueno!

– A ver si te va a pasar al revés… – Le insinuó su padre. Aiko no estaba cómoda hablando de eso. No estaba cómoda al lado de Makoto en absoluto. Se apresuró para acabar de comer rápido.

– Pues claro – Le respondió él – Me gusta desde que éramos pequeños, no es ningún secreto.

– Me voy a casa – Se levantó de la silla y cogió sus cosas de detrás del mostrador ignorando las quejas de su abuela y la risa de Jiro – Muy bueno el udón abuela, cuídate.

                Si antes le molestaba estar con él ahora le era imposible. Era desesperante que soltase esas cosas sin pensar lo que pudiesen sentir los demás. Y lo que ella sentía era la incomodidad más absoluta. Entró en casa y sin decirle nada a nadie se metió en su habitación. No pasaron ni diez minutos hasta que la cabeza de su primo se asomó por la puerta con precaución.

– ¿Qué te ha pasado que has venido enfadada? ¿Un mal primer día?

– Dile al egocéntrico de tu amigo que no se me acerque más.

– ¿Makoto? Tenía muchas ganas de verte por lo que me contaba – Se cruzó de brazos apoyado en el marco de la puerta.

– ¡Ya me he dado cuenta! Es una sombra, no me deja tranquila. Y me acosa.

– ¡Como si tú no pudieses defenderte! Y dudo mucho que te acose, ¿te pone nerviosa?

– ¡Sí! Se me queda mirando esperando a que reaccione a las cosas que dice y hace y va de sobrado por la vida, ¡¡y no soporto a los tíos que están buenos y van por ahí actuando como si hubiese que darles las gracias por hablarte!!

– Aaaaaah, así que está bueno…

– ¿De todo lo que te he dicho te quedas con eso? – asintió sonriente – Mira, vete, eres igualito que él. Estáis demasiado acostumbrados a que las tías os revoloteen alrededor.

– No te enfades conmigo, yo no tengo la culpa de que te guste y te ponga nerviosa estar a su lado.

– ¡¡Eso no es lo que pasa!!

– ¿Qué le estás diciendo a tu prima que la tienes histérica? – Preguntó Ayame entrando en el cuarto de su hija – ¿Y qué tal el primer día?

– Mal, muy mal. Es más de lo mismo y además está el añadido de que tengo un acosador.

– No es un acosador, es Makoto – aclaró Ken. Su madre también sonrió.

– Ah, bueno, si es él no pasa nada, ¡al revés!

– ¿¡Pero por qué os parece a todos tan fantástico?! – Ayame arrugó la nariz.

– Aiko no grites. Es que es un chico fantástico – suspiró exasperada y les señaló la puerta.

– ¿Podéis dejarme sola? Gracias.

                Solo salió de su habitación para cenar, evitando toda conversación que le quisiesen dar. Tuvo que esquivar a su padre camino de vuelta a la habitación porque entró hecho una furia directo a su despacho seguido de su tío, que como siempre intentaba tranquilizarle. Ella sí que necesitaba ser tranquilizada. Nunca le había gustado que intentasen ligar con ella, le molestaba aunque fuesen educados o bien intencionados. Si su vida amorosa fuese a presentar cambios tendría que ser por su propia voluntad, no porque un niñato con la cara bonita se la ligase. A ella no se la ligaba nadie. Menos Makoto, al que todo el mundo quería e idolatraba por ser perfecto. Ya se encargaría ella de demostrar que no lo era. Se iba a enterar, algo iba a encontrar… Con esos pensamientos destructivos se quedó dormida, pero no fue en lo primero que pensó. Su primer pensamiento fue su asquerosa sonrisa. De mal humor por tenerle en la cabeza tan temprano se fue a la cocina. Su tía tarareaba meneando las caderas y llegó justo a tiempo para ver a su tío dándole un beso en el cuello. Siempre estaban de esa guasa esos dos, eran tan sexuales que le incomodaba estar en la misma habitación cuando estaban juntos. Carraspeó al entrar haciendo que se volviesen.

– ¡Buenos días princesita! – Le dijo Daisuke – ¿Tienes ganas de fiesta?

– ¿Qué fiesta? – Se recogió el pelo enredado de cualquier manera mientras se sentaba a la mesa.

– ¡El cumple de Ken! – Se dejó caer en la silla con un quejido – ¿Por qué te crees que estoy cocinando? – preguntó Manami.

– Creía que era mi desayuno…

– ¿A la una de la tarde? ¡Anda ya! Yo que tú me iba arreglando porque están al llegar.

– Ya ha llegado uno – Se volvió al escuchar la voz de Ken acompañada de una risita.

– Hola – Makoto se sentó a su lado – Buenos días preciosa.

– ¿¡Pero qué!? – Le puso una mano en la cara y se la giró – Mira a mi tía, ¿has visto que guapa?

– No me interesa tu tía. Sin ofender, es usted muy bella.

– Eh, Don Juan, relajadito – Daisuke se sentó frente a él al ver que Manami le guiñaba un ojo al chico, sabiendo que era capaz de llevárselo al dormitorio.

– Lo siento mucho – Se inclinó  y miró a Aiko – Igualmente solo tengo ojos para ella.

– Intenta que no te escuche mi tío – Susurró Ken.

– Sí, no quieres meterte en esa zona de peligro. Así que si no te importa cierra la boca – volvió a hacer el  gestito de la cremallera que le hizo en clase el día anterior.

                Se levantó de la mesa y fue a vestirse. No quiso ponerse nada llamativo porque lo último que quería era llamar la atención en una fiesta. Así que una vez con un libro, los vaqueros, y una camiseta de Omnyouza, su grupo favorito, se fue al jardín trasero. En el tiempo de cambiarse había llegado un grupo de chicas. Estaban tan inmersas en mirar a su primo y al amigo que ni la vieron sentarse en la esquina más alejada, bajo el tejado del porche. Iba a asistir a la fiesta de Ken por no hacerle el feo de encerrarse el día de su cumpleaños y porque estaba muerta de hambre. Miró de reojo a las invitadas y metió la nariz entre las páginas del libro. Eran muñequitas y no le extrañaría que fuesen las mismas de su clase. No pasó mucho tiempo hasta que el olor de la barbacoa le hizo salivar, y al alzar la vista de la lectura vio a su primo tendiéndole un plato con trozos de carne.

– De parte de tu tío. ¿Por qué estás sola? – Se sentó a su lado para comerse el suyo.

– Sabes porqué – hizo un gesto señalando a la gente.

– No son como piensas, dales una oportunidad.

– En serio, Ken, se la daría, pero ya sabes lo que va a terminar pasando.

– De momento no soy adivino, no sé qué puede pasar – Aiko negó con la cabeza – Makoto te echa de menos, no para de mirarte pero no quiere acercarse porque no quiere molestarte.

– Hace bien – miró hacia el grupo y no le dio la impresión de que Makoto estuviese echándola de menos. Hablaba de lo más animado con las demás chicas e incluso le guiñó un ojo a una, que se llevó una mano a la boca dándole un empujoncito.

– Oye, en serio, ¿te gusta?

– Vete a la mierda, Ken.

– Es una pregunta honesta. No uses tu mecanismo de defensa de siempre que no te estoy atacando.

– Y lo mío es una respuesta honesta también, pedante. Lárgate y pásatelo bien, que es tu cumpleaños.

                Le echó de allí dándole pataditas en los riñones. Su primo la miró fastidiado, sentía mucho no involucrarse con el grupo pero es que de verdad pensaba que así evitaría problemas. Tenía una capacidad pasmosa para ignorar lo que ocurría a su alrededor, por lo que no se cercioró de la de tiempo que llevaba allí leyendo hasta que le costó distinguir las palabras. Miró hacia el lado y vio a su tío entrando en la cocina.

– ¡Ojisan! ¡Enciende la luz del porche que no veo! ¡Graciassss! – escuchó ruidos sorprendidos delante de ella y vio a las chicas sentadas en el césped, justo debajo de ella

– ¡De nada! – Le escuchó decir una vez encendidas.

– ¿Quién eres? – preguntó una de esas desconocidas.

– Un fantasma – respondió ella de mala gana, escondiéndose tras las páginas de nuevo.

– ¿Eres la prima de Ken? ¿La que está en la clase de Mako-chan?

– ¿Mako-chan? – La miró soltando una risita sarcástica – Supongo.

– ¿Sabes dónde están? Decían que habían ido a preparar algo pero no han—

– Oye, estoy leyendo, por si no te has dado cuenta.

– Vale, lo siento – Al ver que otra de las chicas tiraba del hombro de la cotorra esa con cara de susto supo que se había pasado de borde una vez más.

                Pero cuando las escuchó susurrar supo que era sobre ella. No escuchaba nada, pero lo supo, y no se arrepintió de ser borde. Todas eran iguales. Absolutamente todas. Volvió a leer, intentando ignorar las ganas que le entraron de darles con el libro en sus cabezas huecas.  Pero pronto volvió a ser interrumpida. Se sintió observada y al mirar al frente vio a Makoto frente a ella, con los brazos cruzados y apoyados en la barandilla del porche. La miraba de pie en el césped, donde las otras estaban sentadas.

– ¿Te animas a un karaoke? – No le dijo nada, simplemente volvió los ojos a las páginas, pero él seguía mirándola.

– ¿Qué haces? – Le vio con la cabeza girada, leyendo el título del libro en la cubierta.

– Shakespeare, ¡Romeo y Julieta! – parecía ilusionado – ¿Lo lees para clase o por gusto?

– Un poco de ambas pero si no te callas no puedo acabarlo – miró sobre el hombro del chico y vio a las demás y a su primo observándolos. Makoto se subió con rapidez hasta donde estaba ella sentada, pasando por debajo de la barandilla. Hincó una rodilla y le cogió una mano, recitando de memoria lo que ella acababa de leer hacía unos minutos.

– “Si mi indigna mano profana con su contacto este divino relicario, he aquí la dulce expiación: ruborosos peregrinos, mis labios se hallan prontos a borrar con un tierno beso la ruda impresión causada.”

– ¿Qué coño haces? – Ken se reía de fondo, las otras le miraban con la boca abierta.

– “¿No tienen labios las santas y los peregrinos también?”

– Ken, llévatelo por lo que más quieras – Intentó soltarse de su mano, mirando a su primo que se encogió de hombros con una sonrisa divertida.

– “¡Oh! Entonces, santa querida, permite que los labios hagan lo que las manos. Pues ruegan, otórgales gracia para que la fe no se trueque en desesperación.”

– Sigue recitando y te meto con el canto del libro entre los ojos.

– “Pues no os mováis mientras recojo el fruto de mi oración. Por la intercesión de vuestros labios, así, se ha borrado el pecado de los míos” – Se inclinó poniendo morritos sobre ella, que le dio efectivamente con el libro en la frente.

– EH, TÚ, CANIJO – Miraron hacia el lado, Makoto refregándose la frente y soltando finalmente la mano de Aiko. Ken susurró “oh, oh”.

– Hola papá – sonrió al ver las pintas con las que había salido su padre. Tenía la camisa a medio poner por lo que se le veían los tatuajes y cicatrices.

– Tukusama-san – Makoto se levantó y se inclinó ante él como si fuera su jefe – Lo siento, no era mi intención incomodar a su hija.

– Pues lo estabas haciendo, y no me gusta. Nada en absoluto – Le señalaba con un dedo clavándole la mirada de esa manera tan amenazadora. Lo peor era que no estaba gritando, ahí estaba la amenaza real. Y el pobre de Makoto no tenía ni idea.

– Lo siento, no volverá a suceder. Solo deseo lo mejor para su hija y al verla tan sola quise hacerle compañía y que sonriese. Tiene una sonrisa bellísima, señor.

– ¿Insinúas que quieres algo con ella?

– Por Dios Hiroshi, deja de meterle miedo al chiquillo – Manami, hermana mayor de su padre, apareció justo detrás de él con su madre – Y ponte bien la camisa.

– No le hagas caso Makoto-chan, mi marido no pretendía ser tan brusco. No pasa nada porque te acerques a mi hija – El chico no se relajaba y no miraba al yakuza a los ojos.

– Dame un beso cariño – Manami le dio un beso en la mejilla a Ken, que se lo devolvió. Era igual de pegajoso que su madre – Nos vamos, os dejamos la casa. No hagas nada que yo no haría – Le guiñó el ojo a sus amigas, dejándolas contrariadas.

– No me gusta dejar a Aiko sola con ese – Hiroshi hablaba con su mujer, pero no despegaba los ojos del chico.

– Papá, gracias por preocuparte pero sé cuidarme sola – Se levantó e hizo algo que llevaba sin hacer desde hacía mucho tiempo; darle un abrazo. Quería dejarle claro a Makoto que era una niña de papá en toda regla para que se pensase dos veces el acercarse a ella.

– Hasta luego pequeña – Ese suave apretoncito de su padre le encantó. Casi nunca le hacía muestras de cariño por lo que se enterneció de verdad.

– No tienes que cuidarte de nada, no contribuyas a la paranoia de tu padre – Su madre le puso bien la camiseta y se despidió de los demás con una sonrisa. Una vez se hubieron marchado miró a Makoto con una sonrisa de suficiencia.

– Tu madre es preciosa…

– Sí, y tu padre está follable – La miró más sorprendido aún – Las cosas de la vida, ¿eh? – Cogió el libro y se dirigió a la casa – Ken, no partas nada. Me voy al cuarto a leer.

            Su primo subió el pulgar dándole a entender que así sería y se marchó a la tranquilidad de su habitación. Al fin. Ya en paz, intentó concentrarse en la lectura pero en su lugar solo pudo pensar en lo idiota que podía llegar a ser Makoto. Por más que le mostraba abiertamente su rechazo más insistía, como si no se la creyese. Y cuando peor le trataba iba a por más. Cuando estaba recitando la obra sabía perfectamente de qué parte se trataba, por eso se puso tan nerviosa. Era el primer beso de los amantes, el que él le da a ella. No es que le hubiese gustado lo que hizo, le pareció hortera y de un romántico idealizado que no iba con ella en absoluto. Sin embargo, le sorprendió su interés por la lectura y su habilidad para memorizar párrafos. Era tan inteligente como parecía ser, y le agradó. Era la primera vez que encontraba a un chico con algo en la cabeza además de – no podía negárselo a si misma – atractivo. Y esa era una mezcla que no solía ir bien, terminaba siendo un gilipollas neutral en la mayoría de los casos. Lo que no entendía era que ese inútil fuese una excepción. O que pareciese serlo, al menos.

 

3

                Un buen rato después, al darse cuenta de su ensimismamiento pensando en el chico se aturrulló, dejando el libro a un lado y levantándose de la cama para comer algo cuando le llegó el olor a palomitas. Fue a quitarle unas pocas a Ken pero en la cocina encontró a Makoto con una de las chicas. Ella tenía las manos en sus hombros y él la empujaba ligeramente con una sonrisa cálida y negando con la cabeza. La chica ponía morritos fastidiados.

– Pero Makoto, si esa no te hace ni caso…

– Y tú eres muy bonita y simpática, pero no te puedo corresponder por muy bien que beses – A Aiko se le escapó una risita sarcástica entre dientes.

– Siento interrumpir – cogió un bol de malas maneras y tras llenarlo de palomitas se marchó de vuelta a su habitación. Al ir a cerrar Makoto puso la mano – Ni hablar, en mi cuarto no entras.

– Siento lo de antes, de verdad, lo único que pretendía era hacerte reír no que tu padre me tirase a un río para ser comida de  peces.

– Vete con esa que te necesita más que yo.

– Lo dudo – Se quedó mirándole, frunciendo el ceño.

– ¿Qué quieres decir?

– Que eres una tsundere de tres al cuarto: dura por fuera y blandita por dentro. Y te acabas de poner celosa al verme con Mae-chan.

– ¿Pero tú sabes con quién estás hablando? – dejó el bol en la cama y le dio un empujón con ambas manos en el pecho. Apenas se tambaleó.

– Con un proyecto de pandillera que sería más feliz con menos orgullo.

– ¿Cómo tengo que decirte que me dejes tranquila?

– Cuando dejes de ponerte colorada con mis piropos lo haré – La chica sintió que las mejillas se le encendían – Vente a ver una peli con nosotros.

– Lo que estás haciendo es acoso. Y ni de coña me mezclo con las tontas esas, prefiero quedarme aquí.

– ¿Me puedo quedar contigo?

– ¡¡No!! – intentó echarle, pero no había manera. Era como si tuviese los pies anclados al suelo.

– Déjame quedarme, soy silencioso si me lo propongo.

– ¡Me incomoda tu presencia!

– Porque soy un idiota, ¿verdad? – Asintió, cruzándose de brazos – Déjame ser tu idiota silencioso.

– ¿No vas a desistir?

– Nop – y no sonreía, parecía que iba en serio. Le miró durante unos segundos. En el fondo prefería que estuviese con ella antes que con las otras. Además, se aburría viendo películas sola.

– Pero como abras la boca más de la cuenta te largas.

– Te lo prometo, si te molesto, me voy.

                Aiko se dio la vuelta y cogió su portátil, poniéndolo a los pies de la cama. Puso Brother de Takeshi Kitano. Había visto la película más de cinco veces sola y acompañada y no se cansaba. Makoto no se quejó, se tumbó a su lado en la cama y ni siquiera le pidió palomitas hasta que ella le golpeó el brazo con el bol. En la escena de la botella de vino notó cómo Makoto la miró con curiosidad, como casi en cualquier escena violenta. Ella ni se inmutaba, las había visto muchas veces. En la de los palillos – era la mejor escena bajo su punto de vista – la chica rio por lo bajo.

– Pero que burro…

– Eres la primera tía que veo que se ríe con estas cosas.

– No me río con estas cosas, es que es un bestia de mucho cuidado – Él seguía mirándola pero ella no despegaba los ojos de la pantalla – Mi padre hace cosas peores, si es lo que te estás preguntando.

– La verdad es que no, y no necesitaba saberlo. No me gusta vivir con miedo – Aiko se rio de él y le miró.

                Se quedó mirándole, solo iluminados por el brillo del ordenador, a menos de una mano de separación de su cara. Sonría al verla a ella sonreír y aún tumbados en la cama, ella tenía que mirar hacia arriba. Se sobresaltó al escuchar un tiro y volvió su atención a la película, con el corazón funcionándole a toda máquina. Se estaba poniendo excesivamente nerviosa y le daba rabia que fuese con él. Con ese niño perfecto con el que ella no pegaba ni con cola. El favorito de mamá y del profe, el favorito de todos. Representaba todo lo que ella odiaba y aun así, cuando rozó casualmente su pierna con la de ella, se la acercó discretamente. En realidad quería tocarle. Si obviaba lo estupidillo que era y lo mucho que le gustaba quemarle la sangre, si se quedaba solo con el físico y lo inteligente que llegaba a ser, no era tanta locura el tener algo con él.

                Al llegar a la escena en la que el yakuza le hacía el amor por última vez a su mujer, Aiko respiró hondo. Recordaba la vergüenza tremenda que pasó la primera vez que la vio con su padre por el parecido razonable y porque empezó a hacer manitas con su madre bajo la manta. Se terminaron marchando a la habitación y se perdieron el final. A pesar de ello, era una escena que la excitaba muchísimo porque casi nunca tenía oportunidad de ver a una pareja en esa actitud. Sintió a Makoto suspirar a su lado y al girar la cara los ojos del chico se movieron a sus labios. Quiso besarle o ser besada, no le importaba. Tenía una boca de lo más sexy y sus ojos, normalmente dulces, ahora la miraban de una manera muy diferente. Estiró la mano y agarró la camiseta del chico, girándole hacia ella y besando sus labios con fuerza. Él se separó un poco y la miró a los ojos, rozándole la cintura con los dedos. Tiró de él, de su cuello, besando su boca sin prisas y sintiendo cómo su piel comenzaba a sensibilizarse. Le cogió una mano a Makoto mirándole a los ojos, llevándola hasta el calor que emanaba de su entrepierna.

– Aiko, no te precipites.

– Cállate y tócame.

– No quiero aprovecharme de la situación y que—

– Shhhhh, coñazo.

                Le metió la lengua en la boca y en cuanto a ella se le escapó el primer gemido, se acabó la discusión. Ella misma se quitó el botón del pantalón y se los bajó. Él le subió la camiseta y le besó los pechos, lamiendo sus pezones despacio, admirándolos. Observó sus bragas, metiendo la mano dentro de ellas y parándose a observar su expresión cuando rozó con las yemas de los dedos sus labios mayores. Sabía que se los estaba mojando porque se sentía cachonda como pocas veces. Y muy sensible. Makoto la acariciaba suavemente, prestando atención a todos su cambios de respiración y a sus gestos extasiados. Sus dedos presionaron su clítoris suavemente, en círculos lentos y deliciosos. Hizo que, poco a poco, Aiko llegase al orgasmo, besando sus labios y haciéndola temblar. Intentó no gemir o al menos muy fuerte, ahogando su voz en la boca de él.

– ¿Te ha gustado? – La chica le miró sin entenderle. Le había puesto bien las bragas y le estaba acariciando la mejilla.

– Sí… ¿Por qué paras?

– ¿No has tenido un orgasmo? ¿Quieres que siga?

– Lo que quiero es follar – Le dijo como si fuese evidente. El chico se sentó en la cama.

– No, ni hablar. Ahora no es el momento.

– ¿No tienes ganas? ¿No quieres?

– Claro que quiero pero es que—

– ¿Estás decidiendo por mí? – Makoto apretó los labios y dobló la cabeza.

– No es eso. Es que no creo que aún sea el momento de que te entregues totalmente.

– De que me entregue… ya… – No quería reírse de él pero lo estaba haciendo – Túmbate.

– Aiko-chan…

– Hazme caaaaaso… – Se sentó sobre él, solo con las bragas puestas, y le empujó hasta tumbarle en la cama.

                Le levantó la camiseta y besó su pecho, pasando las yemas de los dedos sutilmente sobre su piel. Sonrió al sentir los latidos de su corazón incluso más rápidos que los propios. Makoto cogió un cojín y se lo puso tras la cabeza, mirándola fijamente con los labios apretados. La chica se mordió el labio al abrirle la bragueta y absorbió aire entre dientes al sacársela de los calzoncillos. Le quitó la ropa de cintura para abajo y besó sutilmente sus testículos, apenas rozando su piel con la lengua. Al llegar justo debajo del glande tiró suavemente del prepucio y le dio un lametón despacio. Le vio cerrar los ojos, tensar los músculos y echar aire por la nariz brevemente. Siguió lamiendo sin prisa alguna, mojándosela, moviendo su mano tan despacio como su lengua. Al chico se le escapaban gemidos cortos con la voz rasgada. Al intentar metérsela hasta la garganta, igual de despacio que antes, una arcada dobló el cuerpo de la chica.

– Aiko, no te fuerces, no hagas eso si no te—

– ¡Cállate ya y disfruta! – Trepó por su cuerpo, agarrándole la cara y besándole profundamente – Eres un auténtico coñazo – bajó la mano y con el glande de Makoto, echó sus bragas a un lado – Dime ahora que no quieres – Se empezó a sentar en las caderas del chico, notando cómo la abría con esa erección tan durísima y mojada que tenía.

– Tengo un condón en la cartera –Aiko sonrió ante su cambio de parecer, moviendo las caderas sobre él, apretando su glande con los músculos de la vagina – ¿Qué me estás haciendo?

              El gemido que le provocó al chico al hacerle entrar brusca y completamente dentro de su cuerpo fue de todo menos discreto. Ella se rio, susurrándole que se callase, volviendo a repetir el movimiento. La sacaba despacio, la metía bruscamente. Él la besó, abrazando su cintura con fuerza. Aiko se movía intentando retener las ganas de volverse loca sobre él, haciéndolo con tranquilidad, disfrutándolo. Le encantaba la boca de Makoto, su mirada lujuriosa, y cuando le quitó la camiseta, sus brazos fuertes alrededor de ella. La agarró del trasero y apoyando los pies en la cama fue él quien se volvió loco. Aiko tuvo que morderle el hombro para no gemir a pleno pulmón. Se le aflojó el cuerpo cuando empezó a correrse de nuevo en un orgasmo largo e intenso.

– Joder – Se la quitó de encima y metió la mano en los vaqueros que estaban en el suelo. Aiko se la rozó con los dedos mientras sacaba el condón – Para o te lo echo en la cara.

– Uhh… – La chica le sonrió y se la lamió despacio pero agarrándola firmemente.

– Quiero correrme follándote – Se quejó. Aiko le quitó el condón y tras darle dos vueltas se lo consiguió poner.

                Makoto la tumbó en la cama, y echándose sobre ella la abrazó por la parte baja de la cintura, levantando su cuerpo ligeramente. Movió las caderas en un ángulo extraño para ella pero que le provocó un placer intenso. Sintió un nuevo orgasmo y en lugar de gritar lo que hizo fue echar todo el aire de sus pulmones, retorciéndose bajo el cuerpo de Makoto y agarrando su trasero. Miró su rostro mientras el chico se corría en su interior, intentando no gemir y fallando de mala manera. Apenas movía las caderas, así que ella le ayudó, haciéndole gemir un poco más. Agarró el condón antes de separarse de ella y se tumbó boca arriba en la cama, a su lado.

– Y tú querías perderte esto – Le dijo ella cogiendo la camiseta del chico y poniéndosela.

– No perdérmelo, aplazarlo.

– ¿Y de qué sirve? Si los dos queremos, lo hacemos y punto.

– Yo que sé, no está bien hacerlo tan… así tan… – Levantó las manos.

– ¿Tan qué? ¿Por qué no está bien? – Se giró en la cama y le movió la cara hacia ella – ¿Te ha comido el coco la sociedad? Haz lo que se te apetezca cuando quieras y deja de sentirte culpable.

– No sé – Se quitó el condón y lo tiró a la papelera que había bajo el escritorio.

– ¿No te ha gustado? ¿Te sientes peor persona ahora?

– ¡Claro que me ha gustado! ¡Muchisimo! Pero—

– Pero nada – Le puso los dedos en los labios cuando lo tuvo tumbado a su lado de nuevo – Ha estado de puta madre, deja de decir gilipolleces – Se estiró en la cama – Muchísimo mejor que mi primera vez, desde luego.

– ¿Has estado con muchos? Sabes un montón de… cosas.

– Que va, con uno solo. Pero mi tía es una máquina en la cama y me da consejos.

– Encima de estar buena es experta en estas cosas. Tu tía es el sueño de cualquiera.

– Sí, los tiene a todos detrás desde siempre. Yo creo que si le insistes un poco y la pillas en un buen día podrías acostarte con ella, fíjate lo que te digo.

– ¿En serio? – Makoto se giró en la cama y empezó a hacerle cosquillas alrededor del ombligo, bajo su camiseta.

– En serio. No está casada y yo creo que aunque lo estuviese…

– ¿Pero no es Daisuke tu tío?

– Es complicado, deja de preguntar – Bostezó, levantándose un poco la camiseta para facilitarle las cosquillas al chico – Quédate hasta que me duerma.

                Se estaba relajando muchísimo. La película hacía un buen rato que había acabado y al arrimarse a Makoto se sentía calentita. Hacía mucho que no dormía con alguien, desde que era una niña y se dormía en el sofá con su padre más o menos. Esto era incluso más agradable. Escuchó pasos por el pasillo. Pasos rápidos y fuertes.

– Ay, ay, ay – Se sentó en la cama bruscamente – Bájate, vete, viene mi padre.

– ¿Qué? ¿Qué pasa? – Estaba dormido – ¿Tu padre?

– ¡Métete debajo de la cama!

                No se bajó de la cama, rodó hasta el borde y se dejó caer, metiéndose donde ella le dijo. Vio la mano de Makoto estirarse para coger sus pantalones y esconderlos. Aiko se tapó hasta la cabeza aguantando la risa, haciéndose la dormida y preguntándose cómo no había escuchado los coches. Escuchó que, como siempre, abría sin preguntar. De haber sido su madre habría llamado primero. De hecho la escuchó fuera susurrando.

– ¿Qué haces? ¡No la despiertes!

– ¿A qué coño huele? – Tuvo que morderse el labio porque era a eso precisamente a lo que olía, estaba a punto de dar una carcajada.

– A cerrado, creo que ha comido en el cuarto – Se puso las manos en la boca, iba a explotar.

– No me gusta esto, no me gusta un pelo – Le escuchó entrar en la habitación y se le cortó la risa de golpe. La destapó y no precisamente con cuidado. Hizo como la que se despertaba.

– ¿Papá? ¿Qué haces?

– ¿Dónde está el mierda ese que no te dejaba tranquila?

–  Y yo que sé, estaba dormida… – intentó taparse de nuevo, pero su padre agarró las mantas.

– ¿De quién es esa camiseta? – Intentó parecer más molesta que asustada por el que se estaría muriendo de frío bajo la cama.

– De Ken, me gusta dormir con ropa de tío. Es más cómoda.

– Hiroshi, vámonos a la cama – miró a su madre y de nuevo a ella, desconfiando con motivo. Sin embargo, le dio un pellizco en una mejilla y se fue dándole las buenas noches. Respiró tranquila una vez se fue – No te agobies, ya sabes cómo es tu padre de histérico.

– Buenas noches mamá – Se acercó a su cama, dándole un beso en el pelo. Antes de alejarse se lo olió y miró a su hija suspicazmente. Justo en ese momento un suave estornudo sonó en alguna parte bajo su cama.

– Que no se te resfríen los ratones – Se alejó riéndose, cerrando sin más. Aiko se bajó de la cama y se arrodilló en la moqueta después.

– Sal de ahí – Le metió prisa y se quitó su camiseta – Ponte esto, anda.

– ¿Qué hago? No me puedo ir ahora, van a verme.

– No, ahora mismo no. Espera unas horas y ya veremos – Se acercó a ella, poniéndole las manos en la cintura desnuda.

– ¿Me va a matar tu padre? – preguntó con una preocupación que no sabía si fingida o no.

– Claro que no, pero sacarte de un puñado y de malas maneras segurísimo que sí.

– Me he muerto de miedo ahí abajo – Aiko tuvo un escalofrío – Metete en la cama, te vas a poner mala.

– Métete conmigo. Total, no puedes irte.

– ¿Quieres que te abrace y te acaricie la espaldita, cariño?

– Quiero que te calles y me hagas caso – sintió que se le agolpaba la sangre en la cara, porque precisamente era lo que quería – Y déjate de nombrecitos cariñosos. No somos novios.

                Se tumbaron juntos de nuevo, ella rodeada con los brazos de él, sintiéndose calentita y resguardada. Apenas pasaron varios minutos hasta que se quedó profundamente dormida y le dio la sensación de estar completamente descansada cuando al abrir los ojos, ya entraba luz por la ventana. Escuchó golpes en la puerta y a su madre diciéndole que tenía el desayuno listo. Al mirar hacia el lado se le vino el mundo encima. Makoto seguía allí, profundamente dormido con los brazos bajo una de sus almohadas, mirando hacia ella. Su primer impulso fue zarandearle y tirarlo por la ventana, pero se quedó observándolo. Por la noche se había quitado la camiseta y estaba en el suelo. Se mordió el labio al mirar la ancha espalda que tenía delante. Se ensimismó observando los lunares de su rostro: uno bajo el ojo, otro en su barbilla y el que más le gustaba en su grueso labio superior. Todos en el lado izquierdo. Si tuviese cinco o seis años más que ella y barba sería perfecto. Y además era inteligente, le gustaba aprender. No le extrañaba que estuviesen todas locas por él, era el típico protagonista de uno de esos mangas ridículos de romances que leía su madre. Era prácticamente perfecto. Le tocó el hombro y al zarandearlo un poco, abrió los ojos.

– ¿Qué hora es? – dijo volviendo la cara hacia la luz del sol. Se dio la vuelta en la cama y se pasó las manos por encima.

– No tengo ni idea, pero no muy tarde porque mi madre me acaba de llamar a desayunar.

– Me he quedado dormido…

– No me digas – Cuando el chico reparó en que estaba desnuda a excepción de las bragas, apenas pudo mirarla a la cara. Su atención estaba en otra parte.

– Estaba muy calentito – Aiko sonrió, levantando la sabana para verificar que sus calzoncillos se tensaban sobre una erección mañanera.

– Y ahora estás caliente – metió la mano bajo la manta, tocando la piel bajo su ombligo y colando los dedos en su ropa interior.

– ¡Aiko chan!

– ¡Shh! Imbécil, que se va a enterar mi padre – Le masturbaba despacio, mirándole la boca con deseo.

– Ahora no, en serio, tengo que irme – cerró los ojos mientras se quejaba – Aiko, por favor. Estoy más dormido que cachondo.

– Eso se cambia – fingió un gemido suave. Makoto, después de chasquear la lengua, se tumbó sobre ella, negando con la cabeza y besándola.

– No solo me arrebataste ayer mi virginidad sino que ahora quieres dejarme seco – Le bajó las bragas despacio.

– No seas peliculero – dijo ella riéndose, acariciándose a sí misma con su glande una vez le tuvo encima de nuevo. Le sorprendió saber que fue su primera vez – Ya quisieras levantarte así todas las mañanas.

– No lo sabes tú bien – No dejaba de besarla, apenas abría los ojos. Era verdad que estaba casi dormido aunque de cintura para abajo estuviese muy despierto. Sintió su pulgar pasar suavemente por encima de su clítoris.

– Métemela – Le susurró ella contra su boca. Makoto apoyó la cabeza en la almohada, con la cara contra su cuello. Su dura erección se abrió paso dentro de ella, despacio. El chico gimió brevemente contra su piel – No seas escandaloso – Le regañó con voz temblorosa, tirando de su pelo y arañándole la espalda cuando sus caderas chocaron.

– Aiko… – Ese susurro en su oído le provocó un escalofrío general a la chica, que giró la cabeza besándole intensamente. Escuchó dos breves golpes en su puerta y no les dio tiempo a taparse.

– Aiko chaaan, dice tu madre que – A Manami, se le abrieron los ojos de par en par al verlos desnudos e intentando taparse, pero no apartó la mirada – Uy, vaya, lo siento.

– ¡Ahora voy! ¡Fuera! – Entre risas, su tía cerró la puerta.

– Me tengo que ir – Makoto se bajó de la cama, vistiéndose a toda velocidad – Y me tengo que ir ya.

– Deberías – Ella también se vistió con la ropa del día anterior – Odio ponerme la ropa interior estando tan mojada.

– Cállate, no digas esas cosas que me lo imagino y no ayudas – Le miró y le vio apretándose la entrepierna, intentando bajase la erección a la fuerza. Se rio de él.

– Espera aquí un momento – Se iba a asomar al pasillo cuando su padre la empujó dentro de la habitación. Sin decir ni media cogió a Makoto por detrás del cuello y lo sacó de allí – ¡Papá, suéltale!

– Aiko, a tu habitación – Le espetó, pero ella no le hizo ni caso.

– ¡No ha hecho nada malo! ¡No le trates así! – Su padre miró hacia atrás.

                Ella se frenó en el sitio porque vio en sus ojos lo enfadado que estaba. Más que cuando pasó lo de la moto. Vio como le daba un empujón al chico fuera de la casa y vio que le susurraba algo señalándole para después dar un portazo. La chica miró hacia atrás y vio a su tía en la cocina, pidiéndole perdón con los ojos. Al ver que su padre entraba en la casa se dio la vuelta y se marchó a su habitación, pero le escuchó seguirla.

– ¿Qué te ha hecho?

– ¿Por qué deduces que me ha hecho algo él a mí? – contestó. Sus gestos altivos eran casi idénticos.

– ¿Qué habéis hecho?

– No te importa – Le vio cerrar los ojos, probablemente reteniendo un impulso que a ella no le convenía.

– No le quiero volver a ver entrar en mi casa, ¿queda claro?

– Como si no hubiese más lugares en el que follármelo – murmuró ella. Tenía que controlar esa  manía de contestar, pero se le iba la lengua de mala manera.

– ¿Qué has dicho? – Se quedó callada, mirándole desafiante – Ni se te ocu—

– Nooo, no hagas eso – Su tía entró en la habitación, empujando a su padre hacia afuera y le susurró de manera audible – Si se lo prohíbes se va a tirar de cabeza a por él. Luego hablamos tú y yo, déjame con ella – Se dio la vuelta y cerró la puerta.

– Muchas gracias – Le espetó sarcásticamente a su tía, que por algún motivo sonreía.

– Si supieras lo muchísimo que te pareces a él cuando te enfadas… Lo siento, estaba hablando con tu madre y se enteró.

– ¿A qué vienes? ¿Qué quieres?

– Nada, solo quiero que tu padre se calme. No le ha sentado bien saber que su niña se ha pasado la noche con un hombre en la habitación.

– Por favor, Makoto no es un hombre. Y su niña es además una persona, ¡CON DESEOS SEXUALES, COMO TODO EL MUNDO! – Gritó mirando hacia la puerta, su tía le mandaba a callar – ¿Qué? Cuanto antes se entere, mejor.

– No te enfrentes a él, no seas tonta. En lugar de eso convence al chaval para que se lo gane. Que venga un día y le presente sus disculpas.

– ¿Cómo? ¿Cortándose un meñique o la punta de la polla? – Su tía dio una carcajada.

– Como él quiera, pero que lo haga. Tu padre aprecia mucho ese tipo de gestos, se toma muy en serio el respeto.

– No es mi novio de todas maneras, pero no me gusta que trate a la gente que me rodea así. No voy a tener amigos en la vida.

– Era una situación delicada. Que por cierto, siento mucho interrumpir – Le pasó un brazo por los hombros – Vamos a desayunar, anda. Ignora a tu padre y a sus miradas reprobatorias.

– No sé si voy a poder.

– Tienes que poder. A todo se acostumbra una – Le guiñó un ojo caminando con ella hasta la cocina. Una vez allí, su madre la miró escondiendo una sonrisa y su padre no levantaba los ojos del plato. Ken entró justo después que ellas, sin enterarse de nada, bostezando y sentándose a su lado en la mesa.

– ¿Qué tal ayer la fiesta? – Le preguntó Ayame a su sobrino.

– Bien, muy bien. Entretenidos yo que sé, ¿estaba Makoto contigo? De repente desapareció y no le he vuelto a ver – Le preguntó a Aiko, que le hizo un gesto con los labios para que se callase porque sentía la mirada de su padre en la nuca.

– ¿Qué vamos a hacer hoy? – Manami cambió de tema rápidamente – ¿Queréis almorzar en alguna parte?

– No lo sé, Hiro-kun, ¿tienes mucho trabajo? – Su madre le hizo caricias en la nuca a su padre, que la miró y pareció olvidarse un poco de lo muy enfadado que estaba.

– No, pero no quiero salir.

– Vamos, porfa – Cuando vio la sonrisa tonta de su madre miró hacia otra parte, sabía que se iban a besar como hacía cuando quería conseguir algo.

– Voy a ducharme – Su padre salió de la cocina, dejando a su madre haciendo un mohín de disgusto.

– Que antipático se ha levantado hoy…

– ¿Me lo dices o me lo cuentas? – refunfuñó Aiko.

– ¿Está bien ese chico? – Le preguntó su madre, preocupada.

– Y yo que sé, supongo que sí.

– ¿Qué chico? – preguntó Ken. Aiko le miró suspirando – ¿Makoto? ¿Qué ha pasado?

– Que tu tío casi lo pilla en pelotas encima de tu prima – dijo Manami como si nada. Ken la miró riéndose suavemente.

– No me lo creo, ¿te has liado con él?

– Lleva toda la noche con ella, ¿verdad? – Aiko miró a su madre. Estaban todos encantados con la idea.

– No es mi novio.

– Nadie ha dicho que lo sea – Manami se encogió de hombros – Eres tú la que no paras de repetirlo.

– Lo que sea. Llamadme a la hora de almorzar.

                Se levantó de malas maneras de la mesa, dejando sus cubiertos en el fregadero y encerrándose en su habitación. Esperaba que el calentón de la noche anterior no derivase en castigos por parte de su padre. Le había quitado la moto, no le podía quitar nada más. Y esperaba que no asumiesen que era su novio porque ni lo era ni lo iba a ser. Era demasiado mojigato para meterse en su entorno, no lo iba a soportar y probablemente ya no querría saber nada de ella. Después de cómo le echó su padre de la casa sería lo más normal. Ese bruto era experto en meterles el miedo en el cuerpo a los demás. Se giró en la cama y cogió el libro que leía ayer, terminando de leerse la historia que se sabía de memoria. Pero antes de eso, repasó las frases que le dijo Makoto, con una sonrisa que no le enseñaría a nadie; mucho menos al chico.

 

 

4

                Le pinchaba el pecho de correr tanto tan temprano. No estaba acostumbrada a ir andando a clase y se le había echado el tiempo encima. Poco después de cruzar la verja de la puerta sonó la alarma y la cerraron, dejando fuera a un grupo de chicos. Vio al amigo de su madre mientras subía la escalera al primer piso e ignoró su alegre comentario de “Qué de energía a estas horas, ¡Así me gusta!” Entró en la clase y sin mirar al profesor se sentó en su asiento. Se le quedó mirando pasmado, llamándola.

– Siento el retraso, me he perdido camino al colegio – mintió escudándose en lo de ser nueva.

                Sacó los libros y respiró con más tranquilidad. Miró la pizarra y no se enteró de nada de lo que ponía. Consideraba las matemáticas a primera hora como algo cruel, sus neuronas seguían dormidas. Si al menos fuese literatura… Le cayó un papelito ante los libros, y al mirar al frente vio a Makoto fingiendo un picor en la nuca. Lo abrió disimuladamente y leyó con disgusto las dos palabras escritas: “Lo siento”. Escribió enfadada un “Imbécil, no tienes por qué disculparte. Y estate quieto con los papelitos, ¿tienes trece años o qué te pasa?” y se lo metió por el cuello de la camisa. Vio que sus hombros se agitaban ligeramente por la risa. Intentó ignorarle y atender, pero se aburrió pronto de tanto número y se distrajo mirando por la ventana, viendo a los de abajo hacer educación física. Al menos parecía que no estaba enfadado con ella, lo que le alivió. El día anterior, sin quererlo, le estuvo dando vueltas al asunto. Se pasó toda la tarde de mal humor por culpa de esa idea y ahora le daba rabia que hubiese sido para nada. Se estaba empezando a quedar dormida en su mano cuando sonó la alarma del cambio de clase. Una vez se hubo marchado el profesor, se dejó caer en la mesa. Sintió unos golpecitos en la cabeza e hizo un ruidito haciéndole saber que le estaba escuchando.

– ¿Estás enfadada conmigo? – Le preguntó con cautela.

– No – dijo cansada.

– ¿De verdad?

– A ver – levantó la cabeza y le vio demasiado cerca. Tragó saliva antes de seguir hablando, se sentía tremendamente atraída por él – ¿Por qué cojones iba a estar enfadada contigo?

– Porque tendría que haberme ido cuando me dijiste, no haberme quedado en tu cuarto. Seguro que te han echado una bronca.

– No te creas, nada grave.

– ¿No te han castigado?

– Supongo que mi madre y mi tía le habrán convencido de lo contrario.

– Pues menos mal, tu padre da un miedo considerable – Aiko chasqueó la lengua.

– Mako-chan – Una voz cantarina hizo que el chico apartara sus ojos negros de ella. No le gustó. No le gustó que mirase a otra ni siquiera para hablar y ese sentimiento estaba tan mal que volvió a enterrar la cabeza entre los brazos – San Valentín es en unos meses y quería saber cuál es tu chocolate favorito.

– ¡Cualquiera! Todos me gustan

– Y todas – dijo ella contra su brazo.

– Tiene que haber alguno que te guste más y quiero que el mío sea tu favorito.

-Hmmm, ¿blanco? No sé, en realidad todos, de verdad. De todas maneras muchas gracias por la intención.

– De nada Mako-chan. Ah, sí, otra cosa, me han contado que en la fiesta de cumple de Ken de repente te fuiste. Y dicen que es porque había una tía que no te dejaba tranquilo – Aiko levantó la cabeza, mirando a esa chica con el ceño fruncido.

– No me fui, estaba con una amiga de la infancia.

– Ah, tenías una cita…

– Nooo, no, en la casa de Ken. Somos amigos desde pequeños, ya lo sabes.

– ¿Entonces no tienes novia? – Makoto se quedó en silencio unos segundos, suficientes para que ella le mirase frunciendo aún más el ceño.

– No. De momento – Esa chica le sonrió tontamente y se alejó al ver que entraba el profesor.

– Eres malo – Le dijo Aiko cambiando los libros por los de inglés.

– ¿Y eso por qué?

– Juegas con las chicas como te da la gana, ¿te divierte?

– No juego con ellas, simplemente les digo lo que quieren escuchar.

– Lo que tú digas…

                Intentó ignorarle las horas siguientes para que no se ilusionase demasiado con ella. Los días siguientes. Los meses siguientes. Pero el chico no se le despegaba, siempre tenía algo que contarle y por más que ella le diera contestaciones bordes o secas no se rendía. Le ayudaba a estudiar, le dejaba sus apuntes e incluso hacía los ejercicios con ella. Y siempre hablando por los codos. Entre historia e historia llegó a conocerle un poco más, aunque fueran trivialidades como sus películas o grupos favoritos. Ella sin embargo no abría la boca más que para decir sí, no, o meh. Sin pretenderlo, se acostumbró a tenerle cerca. Le gustaba su compañía. Le hacía reír los días que peor estaba. Una mañana en la que acababa de ver una fuerte discusión entre su padre y su madre por una mala nota que sacó, no quiso entrar en clase nada más llegar. En su lugar fue directa al cuarto de baño y a pesar de los gritos de las chicas, Makoto estuvo apoyado contra la puerta pidiéndole que saliese.

– Si no me dices qué ha pasado no puedo ayudarte.

– Nadie te ha pedido ayuda, déjame – dijo sorbiendo los mocos.

– ¿Te han echado la bronca en casa?

– No. Estás perdiendo horas de clase. Vete Makoto.

– Ya te he dicho que no me voy a ir hasta que salgas conmigo. No hace falta que me cuentes nada si no quieres pero esconderte ahí dentro no te va a ayudar a estar mejor – No le contestó – Si quieres te canto algo. Para amenizar tu lamento.

– Eres un coñazo.

– Tu coñazo favorito, no puedes negarlo – sonrió sin poder evitarlo y abrió el pestillo – ¿Nos vamos a clase? – La miró con esos ojos amables que tenía cuando ella se asomó.

– ¿Y qué excusa ponemos?

– Que estabas mala y te he acompañado a la enfermería. Pero ya estás mejor porque te he puesto una inyección de amor – Le pasó el brazo por los hombros, alzando las cejas.

– Cállate imbécil, no hagas estas cosas en el colegio.

– Me encanta que sonrías, estás preciosa – Le besó en la mejilla y la soltó, dándole antes un apretón en la mano y soltando un suspiro.

– Vuelve a decir eso y—

– Y me quedo sin dientes. Lo sé. Lo siento.

                Poco a poco comenzó a confiar en él, a darle menos contestaciones malas y a ser más paciente. El chico se merecía su amabilidad, era el único que se preocupaba por ella fuera de su casa. El día previo a San Valentín, cuando en un cambio de hora Makoto fue al servicio, se le acercaron un grupo de chicas.

– Aiko-san, eres muy amiga de Mako-chan ¿Verdad?

– ¿Qué quieres saber del imbécil? – Se miraron entre ellas alzando las cejas.

– ¿No te gusta?

– Si tu pregunta es si voy a ser competencia, no, no quiero salir con él. Pero sigue intentándolo. Ánimo.

– ¿Por qué dices eso? – dijo otra de las chicas – Ayu chan se lleva muy bien con él. Tiene muchas posibilidades.

– No le interesa nadie que yo sepa. No tiene planeado tener novia, ni siquiera echaros un polvo y si os he visto no me acuerdo – cogieron aire escandalizadas, tenía que controlar su vocabulario – Es un tío muy raro.

– No es raro – dijo la tal Ayu – Solo hay que entenderle.

– No creo que le entiendas – Le molestaba que se las diera de súper amiga de Makoto cuando no era así. Le molestaba que creyese que le conocía mejor que ella.

– Eso será…

– ¡Yuudai ha venido a clase con el pelo azul! – dijo un chico en la puerta del aula, corriendo a la que les quedaba al lado. Todos salieron en desbandada para verle, ella se quedó sentada con Ayu a su lado.

– Ese tipo es un pandillero – Le susurró – No me gusta nada.

– No juzgues a la gente sin conocerla.

– Aplícate el cuento – Aiko la miró a los ojos, vio que la chica se sentía intimidada, pero siguió hablando – Me miras con desdén, piensas que soy tonta solo por ser coqueta. Y yo te digo que te equivocas.

– Hasta ahora no he visto nada que me demuestre lo contrario.

– Tampoco tengo por qué demostrarte nada. Simplemente venía a preguntarte si podías ayudarme a conquistar a Makoto pero por algún motivo no te veo muy interesada en que tenga novia.

– Oye, me importa una mierda con quién cojones se líe este tío. Solo te digo que estás perdiendo el tiempo. Tú sabrás lo que haces.

– Le voy a pedir salir en San Valentín, ¿seguro que no te gusta?

– Joder, qué pesada eres, lárgate ya.

– No tengo por qué – Aiko echó la silla hacia atrás y se encaminó hacia la puerta de la clase. Le estaban dando ganas de partirle la nariz a esa estupidilla tan perfectita y prefirió alejarse y relajarse un rato que quedarse y arrepentirse. Al salir, chocó su hombro con algún alumno al que ignoró.

– ¡Mira por dónde vas, zorra! – Se frenó en seco. Un insulto era lo que le faltaba para terminar de reventar. Se volvió cogiendo a ese tío de pelo azul por la muñeca y con un movimiento de aikido que le enseñó su tío, le hizo arrodillarse en el suelo, doblándole el brazo hacia atrás.

– Has ido a tocarme el coño el día que menos tenías que hacerlo – Le susurró, escuchándole quejarse entre dientes – A mí no me vuelvas a hablar en ese tono o la próxima vez te parto la muñeca, niñato de mierda.

                Le soltó y le dio una patada en la espalda, tirándole de bruces contra el suelo. Vio que Makoto se le acercaba con expresión asustada pero le paró con la mano espetándole “Hoy no, y va en serio”. Algo tuvo que ver en su cara que no la siguió como siempre hacía. Se fue a esa zona del instituto en la que nunca nadie miraba, en donde siempre almorzaba con él porque estaba más tranquila. Se sentó en el suelo y resopló. Llevaba toda la semana cabreada y esa furia iba en aumento. Makoto tenía la culpa. Si quería relajarse o se alejaba de él o aceptaba sus sentimientos, pero eso conllevaba mucha mierda que no estaba dispuesta a soportar. Y encima ahí estaba san Valentín y esa cerda se le iba a declarar. Le dio una patada a la pata de una silla y vio como la montaña de muebles que tenía enfrente se tambaleaba. Antes de que se pudiese poner en pie, vio como el pupitre que estaba arriba del todo se le venía encima. Lo único que le quedó fue poner las manos y los pies para echarlo a un lado, y al hacerlo se le unió un par de brazos desconocidos. Tuvo la suerte tremenda de que cayese por la parte plana, no por las patas, de forma y manera que pudieron desviarlo entre los dos, haciendo un ruido considerable al caer.

– Un sitio peligroso en el que te metes – miró hacia el lado y vio a ese tío con el pelo azul.

– ¿Vienes a por más? – Se puso de pie, enfrentándole a pesar de que le sacaba dos cabezas.

– No, no, no. O bueno, depende de a qué te refieras.

– No te entiendo, háblame clarito.

– Me molan las tías como tú, muchísimo – su sonrisa era sucia. En una de las cejas tenía una cicatriz.

– La llevas clara, chaval – Se rio, alejándose de él y camino a la clase. No la dejaban tranquila en ningún sitio.

– ¿No me das tu número de teléfono por lo menos?

– ¿Qué ha pasado? – El amigo de su madre, el profesor de Educación Física, venía corriendo escaleras arriba.

– Ese chico no me deja, profe – dijo ella sonando inocente.

– Yuudai-kun, por favor, ve a la clase y no la molestes más – El chaval le miró con desprecio pero bajó las escaleras con los dos – No te conviene molestarla o te pateará el culo, ¿eh Aiko-san? – Se rio sin ganas.

– ¿Yo? No podría, es mucho más alto y fuerte – Yuudai se paró a medio escalón, mirándola con la boca abierta. Ella le miró con inocencia.

                Ignoró los cuchicheos cuando entró en clase y no habló con Makoto hasta la última hora, que fueron juntos cada uno hacia su casa. Miraba hacia el lado contrario por el que caminaba el chico, y dio un respingo cuando unas bicicletas pasaron casi rozándola.

– Adiós Mako chaaan – Se despidió Ayu desde una de ellas.

– Ten cuidado y no te caigas – murmuró ella entre dientes.

– ¿No te cae bien Ayu? Es agradable.

– Un ejemplo a seguir, sí. Deberías proponerle matrimonio – Makoto se rio suavemente.

– Venga ya, no te pongas celosa Aiko-chan.

– No me pongo celosa – musitó – Es que es una sabihonda repelente.

– ¿Y tú qué sabes si no la conoces?

– Tú tampoco, en toda la semana no te has despegado de mi culo.

– Supongo que las horas de después de clase no tengo vida, ¿no? – Le miró enfadada, con un nudo en el estómago.

– Vete a tomar por culo – caminó más rápido, sintiéndose mal – Imbécil, inútil, estúpido niñato tocapelotas – fue farfullando. Sintió la mano de Makoto intentando alcanzarla – ¡No me toques! ¡Vete con la puta bici a dar una vuelta con tu novia!

                Salió corriendo, no quería estar con él. No quería estar a su lado cuando empezase a llorar porque la verdad era que se moría de ganas. Nunca había pensado en la vida privada de Makoto. Dio por sentado que le tenía loco y que iba a estar para ella siempre que quisiera. Se había convertido en un apoyo fundamental en su vida al haber perdido a sus amigas y si empezaba a salir con Ayu no iba a pasar con ella tanto tiempo. Nada de tiempo, de hecho. Iba a estar con su novia, como era lógico. Le escuchaba correr detrás, pero ella era más rápida. Al llegar a la puerta de su casa vio a su tío Keiji, con unas pintas igual de horrorosas que siempre.

– ¿Qué cojones te pasa? – Le preguntó al verla llorar – ¿Y ese quién es?

– Nadie, abre la puerta de una vez.

– ¿Te ha hecho algo? ¿Le doy un susto?

– ¡Que abras! – Le dijo empujándole.

– Vale, vale, tranquila – Tan pronto le abrió la puerta irrumpió en su casa limpiándose las lágrimas. Tuvo que esquivar a su madre camino a su habitación, y al entrar cerró con pestillo.

                Tiró la mochila a una esquina y se sentó en el borde de la cama con ganas de partir algo y de llorar hasta quedarse seca. Se sentía impotente, minúscula. Se sentía una persona horrible, insignificante. Estaba muerta de rabia y, por qué cojones no admitirlo, celos. Quería ser Ayu, quería verle por las tardes cuando nadie más los veía, en privado. Le pegó a la almohada llorando en silencio, sintiendo dolor físico al sentirse en segundo plano en la vida de Makoto. Le había abierto su corazón para nada, era evidente que algo así iba a pasar. No quería ir a clase el día siguiente, ni nunca más. Pero sabía que no le quedaba más remedio. A la hora de la cena, su primo llamó a la puerta.

– Oye, enana, ¿Qué te pasa?

– Nada – dijo ella apáticamente, jugando en la cama con el teléfono.

– Makoto me ha dicho que te has enfadado con él.

– No estoy enfadada.

– Pero no estás bien tampoco.

– No.

– ¿Por su culpa?

– ¡No es culpa de nadie! ¡Déjame en paz!

– ¿Por qué no le dices lo mucho que te gusta?

– ¿Iba eso a evitar que se alejase de mí? No, tarde o temprano iba a darme de lado. Como todos.

– No digas eso, no es verdad.

– Sí lo es. Y además no quiero novio.

– No entiendo por qué dices eso si es evidente que estás loca por él. Cuando hablas de Makoto incluso sonríes sin darte cuenta. Y te brillan los ojitos.

– Los novios no traen nada bueno. Mira lo mal que lo pasó mi madre con mi padre.

– Creo que ese ejemplo es un poco extremo…

– Y a tu madre nunca le ha hecho falta novio. Convive con tu padre pero ni están casados ni se casarán y son felices, ¡tú no tienes novia!

– No tengo novia porque no me gusta nadie pero de haber alguien no me importaría. Los ejemplos que me pones les valen a otras personas pero piénsatelo bien, ¿no serías más feliz con pareja? ¿Con él?

– Sería más feliz si supiese que va a ser mi amigo pase lo que pase – Le entraron ganas de llorar, por lo que se dio la vuelta en la cama – Cierra la puerta al salir y apaga la luz, no tengo hambre.

                Al día siguiente el intento de fingir estar mala le salió mal. No quería ir a clase y ver como lo inundaban a regalos. No quería tener que sentarse tras él tantas horas seguidas y tener que evitarle cuando quisiera hablarle. No quería verle con Ayu. Antes de salir, su padre la paró.

– Te llevo hoy a clase. Voy a pasar cerca de tu instituto y te puedo dejar unas calles antes de este.

– Vale, lo que sea – Se subió al coche, sorprendida porque su padre se sentaba a su lado.

– ¿Qué te pasa?

– Nada importante.

– Conozco esos ojos, has llorado. Sabiendo que has llorado no me digas que no es importante.

– ¿Y para qué te voy a contestar? ¿Para que acojones a un chaval que ni siquiera es mayor de edad?

– ¿Uno de tu clase te ha hecho daño?

– No papá, es más complicado. Déjalo, en serio.

– Solo quiero que estés bien. Si no te gusta ese instituto dímelo y vas a otro. Y si hay algún profesor que te esté jodiendo también me lo dices.

– Nadie me está jodiendo. Todo está bien – Le miró y pudo ver la preocupación sincera en el rostro de su padre – Pero muchas gracias igualmente.

– Ve con cuidado. Te recojo a la salida – Le besó el pelo antes de que se bajase del coche, haciendo que ella se sintiese un poco mejor.

                Miró hacia la verja, sintiendo otra vez el nudo de angustia en el estómago. Sin mirar a la gente, que se mostraba más excitada de costumbre por aquello de ser San Valentín, se metió en la clase. Una vez allí sentada sacó los libros y se tumbó sobre ellos. Makoto no estaba en su asiento. Antes de que llegase el profesor le sintió sentarse en su sitio, suspirando. No levantó la cabeza hasta que el profesor no empezó a hablar, segura de que Makoto no la estaría mirando para intentar hablar con ella. Cuando se incorporó, vio un bomboncito de chocolate justo delante de sus manos. Lo tiró de la mesa dándole un golpe seco con los dedos. Miró la nuca de su amigo, tragó saliva y apretó los dientes, obligándose a centrarse en la clase. Pero se sintió observada y al mirar a su derecha, Ayu la observaba preocupada. Aiko le apartó la mirada cuando su compañera le sonrió saludándola con la cabeza. La odiaba. Esperaba que no intentase ser su amiga porque no iba a pasar. Al descanso siguiente la táctica de tumbarse no le sirvió de nada. Le dieron golpecitos en el brazo, tantos, que tuvo que mirar adelante exasperada.

– ¿¡Qué?!

– Buenos días – Makoto le sonreía como si no hubiese pasado nada – ¿Estaba bueno el bombón?

– Pregúntale al suelo.

– No puedo hablar con el suelo, baka.

– Déjame en paz – dijo ella sin ganas de pelearse, volviéndose a meter entre sus brazos.

– ¿Sigues enfadada?

– No estoy enfadada Makoto. Estoy cansada de estar siempre enfadada – sintió su mano en el pelo – No hagas eso.

– Sabes que eres mi única amiga ¿Verdad? – Susurró en su oído. Aiko le miró con el corazón en la garganta – Me importas mucho – Cogió su mano. Ella se la apretó levemente.

– ¡Eh! – Le tiraron algo encima, sobresaltándola y separándola de él – Feliz San Valentín – Yuudai le tiró una bolsita con corazoncitos de chocolate en la mesa –  ¿Sales conmigo o no?

– ¿Eres gilipollas o te caíste de cabeza al nacer? – Los chicos de alrededor se rieron por su reacción. Ayu se acercó a ellos sonriente.

– Yuudai-kun, el chocolate lo regaláis los chicos en el White Day, dentro de un mes.

– Ah, pues trae y te lo doy luego.

– Y una mierda, esto es mío – Ella ya había abierto la bolsa y se los estaba comiendo.

– ¿Pero vamos a salir juntos?

– No – Yuudai se quedó allí plantado, intentando asimilar su negativa – ¿Qué no entiendes de no?

– Venga ya, joder. Si estamos hechos el uno para el otro.

– Te ha dicho que no – intervino Makoto – Seja de insistir.

– No hace falta que me defiendas – La miró con los labios entre abiertos pero ella miró al peliazul – Por más que quiera no puede conmigo y lo sabe. Por eso le gusto. Lo siento mucho chavalote.

– Bueh, ya dirás que sí – Yuudai se encogió de hombros y se marchó a su clase.

– ¿Me das uno? – Le preguntó Makoto.

– Sí, que tú no tienes bolsas y bolsas en tu taquilla – Le dijo ella chasqueando la lengua.

– Pero es que los tuyos tienen buena pinta.

– Saben a plástico – Le dio un puñado y le vio sonreír ampliamente.

– Chocolate de Aiko chan en San Valentín, ¡apuesto a que soy el primero!

– Mi madre y yo le regalamos todos los años a mi padre, no eres el primero.

– Pero sí el primero fuera de tu familia – Llevaba razón, y aunque no le había traído chocolate a él en especial, el simple hecho de habérselo dado en esa fecha le hizo sonrojarse – Muchas gracias – Le rozó la mano de nuevo.

– ¡Cállate ya! – Le dio con la bolsita en la frente ante lo que él se rio, mirándola con esos ojos tranquilos y felices que le caracterizaban.

                Un poco más sonriente, pasaron las horas hasta el almuerzo. Volvió a hablar con normalidad con él, espantando esos miedos que le hacían miserable el día anterior. Mientras le tuviese cerca le daba todo igual, su presencia se había convertido en un apoyo necesario y no aceptaba perderlo. Después de ver su actitud, estaba un poco más tranquila, hasta que justo antes de salir de clase, Ayu paró a Makoto cogiéndole de la manga de la camiseta.

– ¿Podemos hablar un momento? – Ayu miró a Aiko de arriba abajo, con una sonrisita.

– Sí, claro – La sonrisa que le dedicó Makoto a la otra era igual que las que le dedicaba a ella. Y le puso una mano en la cintura. Aiko volvió al estado del día anterior – Ahora voy contigo a donde siempre – Le dijo a su amiga.

– No hace falta – Se tragó lo que pensaba en realidad y fue agarrando el bento directa a su lugar tranquilo. Respiraba hondo para no echarse a llorar en público cuando escuchó que la seguían. Se volvió esperanzada, deseando que fuese Makoto.

– Oe, ¿Dónde vas tan deprisa? ¿Te has puesto mala? – Yuudai le sonreía con la chulería de siempre. Se quedó mirándole y vio que justo detrás de él iba la otra parejita charlando entre sonrisas cálidas y miradas amorosas.

– Ven conmigo – Aiko le cogió de la mano, llevándoselo a donde solía ir con Makoto, ahora muy entretenido con otra.

– ¿Dónde me llevas? – Dijo él riéndose – Bueno, lo que quieras.

                Le llevó hasta donde estaban las mesas apiladas y sentándose en una, escondida tras el montón, tiró de sus pantalones hasta tenerle entre sus piernas. Aiko le puso las manos en la cara, acercándole y besándole. Si Makoto iba a estar ocupado, ella también. Yuudai le sonrió entre beso y beso. Era muy sucio y estaba claro que iba a lo que iba. Le parecía bien. Le dejó levantarle la camiseta y le ayudó cuando quiso bajarle las bragas. Ella misma se la sacó de los pantalones, más nerviosa que cachonda, y ella misma se la mojó con su saliva. Le besó profundamente cuando la penetró, con prisas, con demasiada urgencia. Sabía que no iba a durar mucho. Le molestaba un poco pero al escucharle jadear, se excitó finalmente, empezando a sentir algo de placer. Susurró su nombre y el chaval se descontroló. Le mordió el cuello y la agarró de las caderas con fuerza, follándosela tan duro que temió tirar el montón de muebles que tenía detrás. Aiko empezaba a correrse cuando él se puso tenso, adelantándose a ella y dejándola con ganas de más. Al verle jadear de esa manera y apretarse a sus caderas, al sentir algo caliente en su interior, le alejó de ella de un empujón.

– Dime que no – Se levantó la falda y vio que de entre sus piernas se escapaba su esperma – ¿¡Eres gilipollas?!

– ¿Y qué? Vas a la farmacia y listo – dijo él con una sonrisa.

                Sin limpiarse, sin ponerse las bragas, se abalanzó sobre el chico y le dio un bofetón. Él se lo devolvió. Aiko, más furiosa si cabía al ver que pretendía acercarse a ella para seguir pegándole, se agachó un poco. Al tenerle justo encima se estiró, dándole un cabezazo en la nariz. La boca y el cuello de Yuudai no tardaron en teñirse de rojo mientras el chico daba alaridos de dolor asegurando que le había roto la nariz. No le importaba. Cogió sus bragas, se las puso manchándose entera y se fue al servicio tras darle una patada en la entrepierna al chico. Una vez en el baño se intentó limpiar como pudo con pañuelos, asqueada, enfadada y preocupada. Pero sobre todo triste. No sabía qué pretendía exactamente al tirarse a ese tío, no se sentía mejor. Al contrario, ahora tenía un problema de verdad. Y la pena que le dio ver a su amigo tan compenetrado con otra no se fue, seguía ahí. Por más que intentaba no llorar no lo pudo evitar. Sentada en el retrete, con las bragas bajadas y un pañuelo lleno de esperma de un desconocido. No sabía quién era ella misma ni qué estaba haciendo. Se desconocía. No encajaba en ninguna parte y nadie parecía encajar con ella. Excepto Makoto. Deseó ser normal, una de las chicas tontas de la clase con tontas preocupaciones. Deseó estar en su casa, tapada hasta la cabeza con su manta. Deseó no haber cometido tantos errores y ser capaz de afrontar sus sentimientos. Pero en lugar de eso, lo que hizo fue tragarse las lágrimas y seguir limpiándose.

 

 

5

Una vez lista – física y mentalmente – se acordó del bento y fue a por él. Si lo perdía su madre iba a hacer preguntas que ella no iba a querer contestar. Yuudai ya no estaba, en su lugar había una mancha de sangre y Makoto con su bento en la mano.

– ¿Qué le has hecho? – Se lo quitó y se dio la vuelta – ¿Por qué le has pegado? No nos lo quiere decir.

– ¿Os lo quiere decir? ¿A los dos?

– Ayu está con él en la enfermería – soltó una risita suave.

– Una pena que no aparecieseis un ratito antes, te has perdido el espectáculo. No te interesa lo que ha pasado, estabas ocupado, ¿no? Pues yo también.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Que no te importa lo que yo haga igual que a mí no me importa lo que hagas por las tardes con Ayu. Y no insistas, es más, no me hables en lo que queda de día si no es mucho pedir.

– ¿Qué te pasa de repente? ¡No entiendo esos cambios de actitud!

– ¡¡Pues piensa un poquito, que eres inteligente para lo que te da la gana!!

                Tras eso la dejó tranquila. La noticia de que le había provocado una hemorragia a Yuudai se extendió como la pólvora. Entre eso y lo del día anterior ya tenía la fama de violenta asegurada. No es que le preocupase mucho, había un tema mucho peor dándole vueltas por la cabeza. En cuanto sonó la alarma que marcaba el final de las clases, se apresuró a salir buscando el coche de su padre. Nada más verlo salió corriendo hasta él, cerrando de un portazo.

– ¿Qué te pasa? – Le preguntó Daisuke desde el asiento delantero, conduciendo a casa.

– ¿Y mi padre?

– Ocupado, siente mucho no haberte podido recoger. Está ahí tu amigo, ¿le esperamos?

– ¡¡No!! – La miró sobresaltado – Vámonos de una vez.

– Llevas unos días actuando muy raro, ¿te ha pasado algo en clase? ¿Te están acosando?

– Por favor, no. Que lo intenten – Le vio sonreír.

– Sabes que puedes hablar con nosotros de lo que sea, ¿verdad? – le dio la clave. Manami. Ella no le juzgaría y la intentaría ayudar sin decirles nada a sus padres.

– ¿Está la tía en casa? – asintió. Nada más llegar fue directa a su habitación, cerrando la puerta y mirándola.

– ¿Qué te pasa? – Le dijo Manami al ver su expresión.

– Antes de nada, prométeme que no les vas a decir nada a mis padres – La cogió de las manos y la sentó en su cama.

– No, claro que no voy a decir nada – Se limpió de la mejilla una lágrima.

– He tenido sexo sin protección con uno de mi clase y el muy imbécil se me ha corrido dentro – La vio suspirar.

– Vale, no pasa nada. Voy esta tarde a por las pastillas y lo solucionamos pero Aiko, no vuelvas a hacer algo así.

– No sé por qué me lo he tirado, ni siquiera me gusta.

– No digo el sexo. El sexo está bien siempre que se te apetezca Digo hacerlo con un desconocido sin protección. Te puedes buscar un problema serio.

– Ya lo sé – Se llevó las manos a la cara – ¿Tener diecisiete años es tan horrible para todo el mundo o soy yo sola?

– Nadie se libra – Le dijo ella sonriente – Son dramas necesarios.

– No creo tener la necesidad de pasar por esto.

– A ver, ¿cómo has llegado a este punto? ¿Qué te ha hecho tomar esta decisión? – Aiko se lo contó todo.

– Desde que cambié de instituto él ha sido mi único apoyo. Ha estado siempre conmigo pero ahora hay una chica en la clase que le ha pedido hoy mismo salir. Y queda con ella por las tardes después de clase, me lo ha dicho él – Conforme iba hablando se iba sintiendo cada vez peor – Y la mira con unos ojos que… me hace daño. No me gusta. Si sale con ella me va a dejar de lado y no quiero que eso pase.

– Pero Aiko, ¿le has preguntado directamente a él si están saliendo? ¿Sabes si le gusta ella?

– No le he preguntado pero si quedan después de clase está bastante claro.

– No tiene por qué. Quizás se llevan bien y resulta que a ella le gusta pero no es correspondido.

– O quizás quedan para salir porque yo le dije que no quería novio.

– O te lo estás inventando todo y él está loco por ti, que es la impresión que me dio cuando estuvo en casa. No supongas lo que sienten los demás, pregunta. Y deja de ponerte un escudo con él, por lo que me cuentas sus sentimientos son honestos. Sean cuales sean – suspiraron juntas – Aiko, no alejes de tu lado a alguien que te importa tanto. Te vas a arrepentir.

– Pero si está saliendo con ella no voy a soportarlo.

– Primero habla con él, ¿vale? Queda este fin de semana, dile que venga a casa.

– No puede venir a casa, papá se lo ha prohibido.

– Entonces queda en su casa. Lo que necesitáis es hablar a solas.

– No quiero – Aiko se cruzó de brazos – Me da miedo lo que me pueda decir.

– La vida da miedo, pero hay que arriesgarse para ganar. Y otra cosa, tu felicidad no puede depender más que de ti misma. No puedes apoyarte tanto en una sola persona.

– Ya lo sé. Sé todo eso. Siempre he criticado a mamá por hacerlo con papá y ahora lo estoy haciendo yo.

– Es muy fácil caer en ese error, sobre todo con tu edad. No te preocupes por nada, ¿vale? – escucharon la puerta de la calle y la voz de su padre. Se apresuró a limpiarle las lágrimas.

– ¿Aiko? – llamó a la puerta con los nudillos.

– En mi cuarto no llamas – protestó ella cuando su tía le dio permiso para entrar.

– En tu cuarto no me voy a encontrar lo que me puedo encontrar aquí – dijo mirando a Manami, que se rio – O eso espero. ¿Qué te ha pasado? Dice Waru que estás rara.

– No es nada, está agobiada por las notas – Se inventó su tía – Me estaba pidiendo ayuda ahora mismo. Pero todo va a ir bien, ¿verdad?

– Claro que sí, no es tonta. Toma – Le tiró unas llaves que cogió al vuelo – La tienes de vuelta. Pero ya sabes lo que no tienes que hacer.

– ¿La moto? ¡¡Gracias!! – Se levantó de la cama y le dio un abrazo enorme.

– Te dije que si te portabas bien la tendrías de vuelta.

– ¿Puedo cogerla?

– Primero almuerza – dijo su madre sonriendo al verla abrazada a su padre – Luego vas donde quieras. Pero creía que íbamos a hacer bombones juntas.

– Claro que sí, y me vas a dar unos pocos – Ken le dio un empujoncito en el hombro.

                Su familia no era perfecta ni mucho menos, pero eran capaces de animarla cuando peor estaba. Se sentía querida, y eso era lo importante. Su tía se marchó en ese mismo momento y antes de que la comida estuviese lista volvió con las pastillas para Aiko y una caja de condones que le dio discretamente lejos de los ojos de su padre. Después de almorzar se quedó en la cocina con su madre, preparando los bombones de todos los años. Hacían un paquete para cada hombre de la familia, con sus chocolates favoritos.

– Aiko-chan, ¡uy que bueno! – Su primo entró en la cocina, robando un bombón del montoncito de los blancos.

– ¡No te comas más de los que te corresponden! ¡Están contados! – Le riñó su tía Ayame.

– Voy a salir esta noche con mis amigos. Ninguna de las del cumpleaños. Vamos a un karaoke y sé que te encantan, ¿te vienes?

– No – Su madre la miró ante su seca respuesta.

– Makoto me ha dicho que es lo que ibas a contestar y me ha pedido que insista.

– Ahora sí que no voy…

– Pues te había preparado una bolsita para él – Su madre le enseñó una más grande que las demás.

– Pues se la puedes dar a otro. Él ya tiene chocolate de sobra.

– Dice que quiere hablar contigo y que es importante – Aiko suspiró con fuerza por la nariz – Si tan amigo tuyo es, deberías escucharle al menos.

– Pero vamos en mi moto.

– Me da un poco de miedo, pero vale. Ve vistiéndote – miró a su madre, que le hizo un gestito con la cabeza para que se marchase.

                Sabía que probablemente eso que tenía que decirle era que estaba saliendo con Ayu, pero de todas maneras le debería hacer caso a su tía. Tenía que dejar de suponer cosas que a lo mejor no eran.  Se duchó, se puso unos vaqueros negros, una camiseta simple y gris y se metió en el cuarto de su tía, quitándole una chaqueta de cuero roja que le encantaba. Cogió dos cascos y llamó al cuarto de su primo. Se le fue la nariz detrás, le encantaba el olor de su colonia y él se rio apretándola contra su pecho. A  veces le daba la impresión de que más que primos, eran hermanos. Cuando vio su moto, limpia y esperándola en el garaje, se alegró. Se puso realmente contenta desde hacía mucho tiempo. La arrancó subiéndose encima del pedal empujando con todo el peso de su cuerpo y se rio un poco histérica al escuchar el motor. Música para sus oídos. La sacó del garaje y esperó a que Ken se subiese tras ella. El momento en el que aceleró fue eufórico. Iba a toda la velocidad que le era permitida e incluso un poco más rápido. Una gran sonrisa iluminaba su expresión y el corazón se le iba a salir del pecho. Se dio cuenta de lo parecido que era ese sentimiento a hacer el amor con Makoto y se rio en voz alta. Al parar ante el local, sintió como su primo se bajaba con prisas.

– Me vuelvo en taxi – Le dijo dándole el casco para que lo guardase dentro del sillín.

– Miedica – contestó ella poniéndole el candado a la rueda delantera.

– ¡Por fin! – dijo una de las chicas. Miró sobre su hombro y se alegró al no ver a Ayu, aunque había chicos que no conocía. Escuchó que le golpeaban el casco.

– Hola Speedy González. Menuda carrera pegaste al acabar la clase.

– Hmm… – No sabía si estaba enfadada con él o no. Se quitó el casco, soltándose la larga melena negra sobre los hombros. Escuchó a una de las chicas susurrar un “¿Esa es tu prima? Es super guay” – Tenía prisa.

– Ya me di cuenta – pasó uno de sus largos mechones negros entre sus dedos, mirándola fijamente.

– ¿Entramos o qué? – Le preguntó a su primo, apartando la atención de esos ojos negros. El lugar era un poco cutre pero las habitaciones individuales eran grandes y espaciosas. No se había terminado de sentar y las dos chicas se sentaron una a cada lado de ella.

– Yo soy Miku y ella es Kana chan, encantadas Aiko-san.

– Hola – Se sentía incómoda. Miró a su primo, que se reía a carcajadas con los otros tres chicos.

– Ken-kun nos ha dicho que cantas muy bien, ¿cantamos juntas?

– Empezad vosotras – intentó no ser lo desagradable de siempre y agradeció que esas dos no insistieran.

                Se pusieron de pie para cantar una canción de la que se sabían incluso el baile. Tenían a los chicos ensimismados y parecían estar en su salsa. Al mirarse a sí misma, de brazos cruzados y sola en la esquina de un sillón le entraron ganas de salir corriendo. No encajaba en el grupo, como siempre. Sacó su teléfono, intentando distraerse con cualquier cosa de ese sentimiento que empezaba a invadirla.

– Eh – Al mirar al frente vio a Makoto sentarse a su lado – No te aísles.

– Lo siento no soy como ellas – dijo señalándolas con la cabeza.

– Se tú misma sin aislarte. Cuando estás suelta eres muy divertida.

– Sí claro – Las miró, deseando ser como ellas.

– A mí me encantas – Le dio un golpe en la nariz y ella se echó hacia atrás.

– ¿Qué haces? Estate quieto.

– Tengo que hablar contigo, pero aquí hay mucha gente – El corazón se le puso en la garganta – Vamos fuera un momento.

                Miraba las baldosas a cuadros amarillos y naranjas de la entrada intentando sopesar todos los escenarios posibles, todo lo que podría querer decirle. Le temblaban las manos, así que las guardó en los bolsillos de la chaqueta. Makoto tardó en empezar a hablar, mirándola con seriedad.

– Me dijiste que no éramos novios la noche del cumpleaños de tu primo – Ella asintió – ¿Sigues pensando lo mismo? – La pregunta le confundió, pero respondió con los hechos.

– No somos novios. Somos amigos.

– ¿Y si te preguntase qué responderías?

– ¿Te gusta Ayu?

– Me gustan muchas cosas de Ayu igual que me gustan muchas cosas de ti.

– ¿Qué cojones significa eso? – espetó cruzándose de brazos – ¿Te has acostado con ella?

– Sí – Aiko frunció el ceño brevemente, apretando los labios después – Esta tarde, antes de venir.

– Así que vienes follado – estaba enfadada con él. Muchísimo – Pues no sé qué coño me estás preguntando entonces, ni para qué.

– Porque tengo que saberlo.

– ¿Para decidir con cual quedarte? Perdona Makoto pero no soy una puta opción. No me vale si tienes que elegir entre yo u otra. Así no se hacen las cosas, ¿quedabas con ella después de clase, verdad?

– Sí. Pero respóndeme, ¿saldrías conmigo?

– Después de lo que me acabas de decir y de lo que has hecho esta misma tarde no sé cómo tienes la cara de preguntarme eso, ¿vas a jugar con Ayu o qué te pasa? ¿¡De qué vas!?

– Deja de gritarme y de hablarme de esa manera. No me lo merezco.

– ¿Que no te lo mereces? ¡Es lo mínimo que tengo que hacer sabiendo que todavía apestas a otra!

– ¡Me dijiste que no querías salir conmigo! ¡No parabas de negarlo y de recordármelo!

– ¡Porque no quería! ¡¡Hace un puto mes, no ahora!!

– ¿¡Y cómo quieres que sepa eso si esta mañana te has follado a Yuudai?! – era la primera vez que le alzaba la voz, él también estaba enfadado. Le juzgaba con la mirada, era muy desagradable la sensación que le daba – ¿¡Qué quieres que piense?! ¿¡Qué quieres que haga si no es follarme a otra?! ¿Pretendes que me quede esperándote siempre? ¿Que no tenga novia nunca y esté siempre detrás de ti aguantando tus contestaciones cuando tienes un día malo? – Las cosas que estaban saliendo de su boca no le estaban gustando, le hacían sentir mala persona – Eso no va a pasar, estoy harto de tu doble juego y de que en vez de sincerarte todo lo que obtenga son muestras de desprecio.

– ¡¡Pues muy bien, pasa de mí si tantas ganas tienes!! ¡Sigue follándote a Ayu! – Se fue hacia su moto, quitándole el candado y subiéndose a ella.

– ¿Dónde vas sin casco?

– Con mis amigos de verdad, no contigo que me cambias por la primera que se te abre de piernas y te aparta de mi lado cuando no te tengo delante.

– ¡Me duele que hagas esas cosas, Aiko! ¡Me duele que me hables así y no seas sincera del todo!

              Arrancó a pesar de que él la llamaba y no paraba de hablar. Se alejó de lo que le hacía daño, de las verdades que dolían tanto. Si Makoto se quedaba con Ayu ella se lo había buscado por no apreciar a la persona que tenía a su lado. Por no tratarle como se merecía. Se limpió una lágrima bruscamente de la cara, camino a ese antiguo edificio en el que quedaba con las que fueron sus amigas. Al llegar, había poca gente a la vista pero todos se quedaron mirando su moto con mucho interés. No veía caras conocidas.

– ¿Aiko-chan? – Al principio no reconoció a la chica con la cara llena de piercings y pelo verde que le hablaba – ¡Soy yo! ¡Rin-chan! – Le dio un abrazo enorme – ¿Dónde has estado metida?

– En otro instituto lleno de gente bastante imbécil. Me habían quitado la moto hasta hoy.

– Ven, ven conmigo, te voy a presentar a todos los que no conoces.

                Saltaron escombros, basura y todo lo que siempre había estado por allí pero multiplicado por dos. Parecía que en los meses que había desaparecido ese lugar era más decadente si cabía. Y no solo eso, la gente también le daba mala espina. Su amiga parecía otra persona en todos los aspectos. Hablaba diferente, se movía diferente y se comportaba diferente. Le daba la impresión de que estaban colocados con algo y no tenía muy seguro si quería saber el qué. Pero a pesar de todo eso se sintió bien, integrada al fin. Sus otras dos antiguas amigas la recibieron con los brazos abiertos a pesar de como acabó todo. Ellas también tenían pendientes y peinados extravagantes. Pasaron las horas mientras la pusieron al día y les enseñaron sus motos nuevas, robadas por supuesto y tuneadas al máximo. Le hicieron olvidar sus problemas, sus penas, a Makoto. Se le había olvidado lo que era reír durante tanto tiempo seguido.

– ¿Seguís acosando a empresarios? – Se miraron y se rieron a carcajadas.

– ¿Tú crees que se nos acercan con estas pintas? Hemos cambiado de táctica. Es más fácil robar una tienda que abrirse de piernas.

– Y si no pues compramos drogas y lo que nos sobra se los vendemos a los demás a precios exagerados. Pero tú no sabes nada – Ella sonreía a pesar de no gustarle lo que estaba oyendo.

– Nos podrías ayudar un poco, que yo recuerde estás forrada.

– ¡Eso! Quítale a papaito unos cuantos billetes, fijo que no se entera – Se rio con ellas, pero se acercó a la moto discretamente. Tenía que salir de allí, había sido un error acercarse a ellas.

– ¡Vamos a darnos una vuelta! ¡Déjame tu moto tía!

– ¿Estás loca? Ni de coña vas a tocar mi moto – soltó una risita a la que no le acompañaron.

– ¿Y por qué no? ¿Qué más te da? ¿No somos amigas?

– Mi moto no la toca nadie, lo sabéis desde siempre. Y esto solo ha sido una visita, no iba a quedarme de todas maneras.

– ¡Venga ya! ¡Y una mierda! ¿Qué haces tú aquí? – miró hacia el lado y vio a Yuudai acercarse a ella.

– ¿De qué la conoces? – preguntó Rin.

– Es la que me he follado esta mañana, la que me ha hecho esto – Se señaló la nariz herida – ¿Vienes a por más? – Se agarró la entrepierna.

– Piérdete picha corta – Le contestó ella. El bofetón de Rin le pilló desapercibida.

– No vuelvas a insultar a Yuu, no vuelvas a tocarle y mucho menos a follártelo. Es mío, puta.

– Pues no se acordaba de ti esta mañana – Las palabras salieron de su boca sin poder retenerlas.

– Pija de los cojones, vas a aprender a no joderme – La agarró del pelo y antes de que pudiera moverse las otras dos le agarraban los brazos. Le dio una patada en el estómago que la hizo doblarse y dos bofetones que le provocaron una herida en el labio.

– Uh, ahora no eres tan chula – dijo Yuudai entre risas.

– Cógele las llaves de la moto – Una de ellas le metió la mano en la chaqueta y sacó las llaves. Ella se revolvió.

– ¡O paras o te rajo las tetitas de princesa que tienes! – Rin le acercó una navaja peligrosamente larga a la cara – Me voy a llevar tu moto y tú te vas a ir a casa, ¿estamos?

– Te vas a arrepentir de esto – Le dijo entre dientes, más furiosa que asustada.

– ¿Es una amenaza? ¿¡Es una puta amenaza?! – Le hizo un corte lentamente en el pecho tras abrirle la chaqueta, provocándole un grito de dolor – La próxima va al ojo, princesita.

– ¡¡Eh!! ¿Qué cojones estáis haciendo? – A Aiko le sonó a yakuza, pero un yakuza con la voz muy conocida. Al mirar hacia atrás vio a Makoto acercarse a ellas.

– ¿Y tú quién eres guapetón? – Le preguntó Saku.

– Suéltala – Por más que la señalase con el dedo, se veía que no pertenecía allí. Su ropa tan común le delataba.

– ¿Es tu novio? – Le preguntó Rin a Aiko – ¿Viene a rescatarte?

– Hombre, ¡Makoto! ¿También vienes a follartela? Ponte a la cola.

                Si no lo hubiese visto no lo hubiese creído. Makoto se abalanzó sobre Yuudai mientras este se reía mirando hacia atrás, tirándolo al suelo y pegándole en la cara golpes brutales. Las chicas parecieron olvidarse de ella para ir a socorrer a su amigo. Aiko no podía moverse al ver sangre en la manga de Makoto cuando Rin le cortó el brazo con su  afilada navaja. Iba a tirarse sobre ella cuando les llegó el ruido de una moto que se acercaba a toda velocidad, acompañado del de un coche que le seguía cerca. Las chicas se movieron inquietas porque evidentemente no esperaban a nadie. Aiko sentía la sangre correrle por el pecho y, llegados a ese punto, miedo. Sin embargo, se le pasó al ver quien se bajaba de la moto. Su tío Keiji tiró el casco a un lado, acercándose peligrosamente a las chicas que se movieron agitadas.

– ¡Keiji, no te muevas! – Ordenó la fuerte y autoritaria voz de su padre, una voz que a ella le tranquilizó. Le vio salir del coche poniéndose bien el traje de chaqueta, acercándose a paso tranquilo a los pandilleros – Tú – dijo señalando a Makoto – Métete en el coche con Aiko.

– Papá, tienen las llaves de la moto – Le dijo ella mientras sentía las manos de Makoto empujarla al vehículo.

– No te preocupes, me las van a dar – sonó todo lo amenazador que pretendía.

                Aiko ahogó un grito al ver que Rin se echaba sobre su padre con intención de clavarle la navaja. Makoto se quedó helado en el sitio a su lado, observando la escena. Tres hombres diferentes, incluyendo su tío, sacaron las pistolas. Sin embargo, Hiroshi la esquivó con facilidad, agarrándola del brazo y retorciéndoselo de forma brusca por la muñeca. Escucharon el grito de la chica al mismo tiempo que el chasquido su brazo al rompérselo.

– Aprende a diferenciar a quién puedes y a quién no puedes tocar – Al ver las pistolas, los otros echaron a correr, tirando las llaves de la moto al suelo de arena – Te aconsejo que salgas de este mundo si no quieres verme de nuevo. Y aléjate de esos cobardes que tienes por amigos. Keiji – El aludido se le acercó con rapidez, guardando el arma – Coge la moto de la niña y deja a esta en el hospital.

                Cuando finalmente reaccionaron fue cuando él se acercó a ellos. Se metieron con prisas en el coche, Makoto contra la ventanilla y Aiko en medio, al lado de su padre. Cuando Daisuke arrancó, mirándola preocupado por el espejo retrovisor, su padre se apretó entre los ojos con el dedo pulgar y el índice, suspirando exasperada y profundamente. No obstante, la mirada que le dedicó fue de profunda preocupación.

– No hagas esto nunca más, vas a matarme – La abrazó por los hombros y le besó el pelo – ¿En qué estabas pensando?

– Lo siento – Murmuró ella con un hilo de voz, sintiendo de golpe todos los sentimientos de los que intentaba huir con el añadido de la culpabilidad por haber preocupado tanto a su familia.

– Te dije que no intervinieras solo, niñato – Le dijo a Makoto, que permanecía en silencio – ¿Por qué fuiste tan jodidamente imprudente? Podrías haber acabado muerto.

– Le hicieron sangre, la estaban amenazando. No podía quedarme quieto por mucho que me lo ordenara nadie.

                Al alzar los ojos vio a su padre clavándole la mirada a Makoto. Sabía lo mucho que podía intimidar y después de lo que había visto que podía hacer, tendría que estar muerto de miedo. Giró la cara hacia él y se lo encontró desafiándole con la mirada. No se lo esperó en absoluto.

– ¿Cómo me habéis encontrado? – preguntó ella intentando desviar la atención.

– Tienes un chip de seguimiento en el teléfono – No dejaban de mirarse el uno al otro – Si no hubieses metido la pata ella no habría acabado donde estaba – Al ver que su amigo miraba hacia abajo con tristeza sintió el pecho de su padre hincharse – Asume tus errores.

– Déjalo – Le susurró – Por favor. Ahora no. Me ha ayudado cuando otro no se habría molestado y si me he ido ha sido porque he querido. No ha hecho nada malo, papá – Se soltó de él y se giró hacia su amigo, mirándole el brazo.

– ¿Estás bien? – Asintió con la cabeza, sin mirarla – ¿No te duele? – Cuando la miró a los ojos le entraron ganas de llorar.

– ¿Y tú estás bien? ¿Tampoco te duele? – No sabía si se refería a la herida o a otra cosa pero tuvo que apartarle la mirada. El resto del camino se lo pasó mirándose las manos.

                Al llegar, su padre pretendía que Makoto se fuese inmediatamente, pero su tío Daisuke le convenció para que pasara y se curase la herida antes de ir a casa. La madre de Aiko le dio un abrazo que le pareció infinito, llorando al ver la herida de su cara. Su tía, más resolutiva que ella, la llevó de la mano a la cocina. Allí estaba su primo Ken, que se levantó de la silla con aspecto preocupado al verlos entrar.

– ¿Qué os ha pasado? ¿Estáis bien?

– Heridas de guerra – bromeó Makoto – Nada grave.

– Aiko, ¿Por qué ha—

– No le digas nada más, suficiente tiene por hoy – Le cortó Makoto. Ella lo agradeció.

                Manami le curó la herida del brazo a su amigo y su madre le limpió a ella la de la del pecho. Intentó ponerle una tirita, pero era demasiado grande. Chasqueó la lengua y volvió a darle un abrazo tan fuerte que le hizo daño.

– Mamá no hagas un drama, estoy bien – Le dijo ella dándole palmaditas en la espalda.

– No me digas que no haga un drama, es lo que dice siempre tu padre. Estaba muerta de miedo, me vais a dar un disgusto.

– Hey, tú – Daisuke entró en la cocina, ofreciéndole la mano a Makoto – Muchas gracias, has sido valiente de cojones.

– No lo pensé, es que no me podía quedar quieto. Cuando vi a la loca esa con una navaja tuve que hacer algo – A la mención del arma su madre la apretó un poco más.

– En menudas movidas os metéis – dijo Ken comiendo chocolate.

– No quiero decir te lo advertí, pero… – Aiko miró a su tío, que suspiró – Si te digo que sabía dónde te metías es por algo.

– Ohg, no le digas te lo dije, molesta mucho – salió su tía en su defensa – La próxima vez no va a ser tan impulsiva. Lección aprendida. Muchas lecciones aprendidas hoy – Se sonrieron mutuamente.

 

 

6

– Bueno, vamos a comer algo – Su madre se limpió las lágrimas cuando consideró que su hija estaba realmente a salvo tras un largo abrazo. Sorbió sonoramente por la nariz justo cuando su padre entraba en la cocina. Al verla así la abrazó, dándole un amoroso beso en la mejilla y susurrándole palabras dulces que le plantó a su madre una sonrisa estúpida en la cara. Miró a Makoto y le vio observar la escena sorprendido.

– Siempre la toca como si se fuese a romper – Le dijo ella, intentando no sentirse lo triste que se sentía cuando le miraba – Se transforma al lado de mi madre – Por algún motivo, el chico la miró y asintió desviando su mirada hacia el suelo.

– Me tengo que ir, he dejado una reunión que no debería de haber dejado – Les dijo, mirando a su hija con unos ojos que expresaban “para que veas lo que hago por ti”.

– Ve con cuidado. Los demás, a la mesa.

– Ya estamos en la mesa, mamá – Ella asintió.

– Pues a comer – Makoto se levantó, pero Ken le puso una mano en el pecho.

– ¿Dónde te crees que vas? Te quedas a cenar. Mi tía cocina de maravilla – miró hacia atrás y susurró – Aunque mi madre cocina mejor.

– ¡Te he oído, tontito!

                Tras esa primera sonrisa, todos los miembros de su familia hicieron esfuerzos por que ambos sonriesen. Pero Aiko se sentía rara, Makoto no la miraba a los ojos y parecía costarle tanto sonreír como a ella. No comieron mucho pero lo que sobró se lo metieron entre pecho y espalda su primo y Daisuke.

– No es por darte ideas – Le dijo Manami – Pero esa cicatriz la cubriría estupendamente un tatuaje.

– No, es muy joven todavía, de tatuajes nada – protestó su madre, recogiendo los platos con su primo.

– Pero si tú te lo hiciste con mi edad – protestó Aiko.

– Mi situación era diferente.

– Sí, tu novio de una semana estaba en la cárcel y te sacaba trece años, así de diferente – dijo ella.

– No todas podemos tener un novio ejemplar. Por cierto, Makoto, Aiko se lo dejó en casa – Le dio al chico su bolsita de chocolates – Feliz San Valentín, los ha hecho ella.

– ¡Eh, es más grande que la mía! – protestó Ken. Makoto se quedó mirándolos pasmado, los apretó y se levantó de la mesa.

– Creo que debo irme a casa – dijo con una voz tan suave que apenas reconoció – Muchas gracias Ayame-san, la comida estaba muy buena.

– ¿No te quedas a dormir? – Su madre parecía genuinamente sorprendida.

– No debo y no puedo, su marido no lo aprueba.

– Mi marido puede decir misa. Si yo digo que te quedes, te quedas. Y después de lo que ha pasado no te vas a ir solo hasta tu casa. Tu madre me mata como se entere de todo esto.

– No va a enterarse, no se preocupe.

– Oye tío, alegra esa cara – Ken le dio un golpecito en el brazo bueno – Ha salido todo bien – Al ver la mirada angustiada que Makoto le dedicó, Aiko se levantó de la mesa.

– Antes de que te vayas, ven un momento – Le cogió de la mano y tiró de él hasta su habitación. Una vez solos tuvo que darle un empujón en el hombro para que la mirase – ¿A qué viene esa cara triste? Debería ser yo la que tuviese esa actitud después de saber lo mal que me he estado portando contigo.

– No te has estado portando mal realmente, es solo que eres muy brusca siempre y… yo que sé – seguía sin mirarle a la cara – Si no te hubiese dicho todo eso no habría pasado nada.

– Es que no ha pasado nada. Solo tenemos dos cortes y ya ni nos duelen.

– ¡No ha pasado pero podría haber pasado! – La miraba de tanto en tanto, agitado – ¡Tu padre tiene toda la razón! ¡Es culpa mía que te hayas ido de esa manera! No debería de haberte dicho nada de lo que dije.

– No, y una mierda. No te culpabilices por mis acciones. Tú no me llevaste con esa gente, solo me dijiste lo que pensabas y eso no está mal. Me lo merecía Makoto, he sido una gilipollas. A un amigo no se le trata como yo te he tratado – Se le habían saltado las lágrimas y le temblaba un poco la voz. Ahora era ella la que no le miraba – Me merezco que me digas todo eso y más. Y déjame decirte que es normal que salgas con Ayu en vez de conmigo.

– No voy a salir con Ayu.

– ¿Y por qué te acostaste con ella? – Le miró. Estaban ambos de brazos cruzados, ella llorando y él a punto.

– Porque saber que te habías ido con otro me dolía demasiado. Al acabar con ella, antes de irme, le dije por qué lo hice y ahora pues… creo que me odia. En fin, normal, ¿no?

– ¡Pero esta tarde me dijiste que te gustaba!

– No te hace competencia. Ni de lejos. No tiene nada que hacer a tu lado. Ya te dije que me gustabas desde que éramos pequeños, pero no me creíste o no me tomaste en serio.

– ¿Después de todo lo que te he dicho y de cómo te he tratado sigues sintiendo lo mismo?

– No ha sido tan grave. Sé que tus insultos no son con el corazón, es tu manera de demostrar que estás incómoda o que te sientes vulnerable. No pasa nada.

– Deja de excusarme y de decir que no pasa nada, ¡¡deja de ser tan bueno, por lo que más quieras, solo haces que me sienta peor!! – Se llevó una mano a los ojos, llorando todo lo que no había llorado antes. Sintió la mano de Makoto en su hombro – No me toques.

– No me alejes de ti, déjame consolarte, tonta.

– No te merezco.

– Ven – La abrazó por los hombros y no dijo nada más. Tras unos segundos, le devolvió el abrazo, llorando en su camiseta mientras le sentía acariciarle el pelo. No hablaron en un buen rato, hasta que su suspiro le revolvió el pelo y le puso los dedos bajo la barbilla – Te lo voy a preguntar otra vez, ¿quieres que sea tu novio, sí o no? – Ella le apartó la mirada.

– No me lo preguntes tan directamente, imbécil.

– ¿Eso es un sí?

– Eso es un vete a la mierda – Le dio un golpetazo en el pecho, haciéndole reír.

                Makoto acarició su mejilla despacio, inclinándose sobre ella. Aiko le agarró con fuerza de la camiseta, besándole como si fuese la primera vez. Desde luego lo era desde que se sentía como se sentía hacia él. Lo que le provocó su boca en ese momento no se parecía ni por asomo a lo que pudo provocar la noche del cumpleaños de su primo. Su corazón nunca había latido tan rápido, nunca se había sentido tan nerviosa y contenta al mismo tiempo. De nuevo volvió a asociar estar con él a estar sobre su moto y sonrió; a los dos podía montarlos pero solo a uno podía controlarlo. Y no era al que tenía delante. Sintió sus manos bajo su camiseta, acariciándole la espalda mientras la besaba intensamente. Aiko le quitó la suya al chico, acariciando su torso hasta la hebilla de su pantalón. Él le puso una mano en la nuca, oliendo su cuello al tiempo que le apretaba el poco trasero que tenía con su otra mano. Se le escapó un “Makoto” tembloroso al sentir todos los vellos de punta cuando los gruesos labios del chico se apretaron a su piel. Le clavó sus ojos oscuros, jadeando con esa boca que tanto deseaba entreabierta. En los de la chica se reflejaba tanto deseo como ese algo más que se negaba a reconocer.

                La empujó suavemente hasta la cama, sin besarla, sin dejar de mirarla intensamente. Subió suavemente la camiseta de Aiko, dejando solo su ombligo al aire, sin quitársela. Acarició su piel con ambas manos, besándosela mientras le abría el botón de los pantalones. Tiró de ellos y la dejó con la ropa interior. Las manos de Makoto acariciaron sus piernas desde las rodillas hasta sus caderas, besando su entrepierna cuando sus pulgares llegaron a las ingles de la chica. Solo la besaba sobre la tela de sus bragas y le acarició el pelo, impaciente porque las ganas de sentir su lengua podían con ella. Nunca le habían dado sexo oral. Bajó sus bragas sin dejar de besar el mismo punto, haciéndola gemir al contacto de sus cálidos labios con su húmeda piel. Deslizó despacio los pulgares sobre sus labios mayores, separándolos lentamente con su lengua. Sentía su sexo hinchado, dispuesto a recibirle cuanto antes, tan sensible que no podía evitar gemir suavemente. Makoto la rozaba sin terminar de introducir los dedos en su interior, pero haciendo presión, aumentando su avidez por sentirle dentro. Lamía su clítoris suavemente, le hacía mojar la cama, sus dedos, su boca. Al sentir el orgasmo agitar su cuerpo, apretó la cabeza del chico contra ella. Se le quebró la voz en un gemido largo y se hizo daño en el labio al morderse. Los dedos de Makoto se deslizaron dentro de su cuerpo justo en el climax de Aiko, que gimió incluso más fuerte, sintiendo uno de los orgasmos más intensos de su vida. Siguió masturbándola con sus manos mientras se ponía derecho.

– Sácamela, tócala Aiko-chan – Entre temblores y jadeos intensos, metió las manos entre los brazos del chico, abriéndole la bragueta y liberándola de la presión de la tela. Cuando acarició su glande, Makoto resopló.

– Hazme gritar – Le pidió ella, apartando sus manos y tirando de sus caderas para ponerle sobre su cuerpo.

– Espera – Se separó de ella, sacando la cartera. Se le ensombreció el rostro al buscar y no encontrar nada – No tengo condones – dijo mirándola a los ojos.

– Abre el primer cajón – Le señaló la mesa de noche, sentándose en la cama y metiéndose en la boca la erección del chico.

                Le escuchaba gemir mientras sacaba el condón de la caja. La agarró del pelo mientras abría el condón con los dientes y ella apretaba su carne caliente con los labios y la lengua. Le encantaba como olía, le fascinaba sentirla palpitar en su boca y le excitaba sentirle temblar de placer. La apartó de él y se puso el condón, quedándose de pie ante la cama, inclinándose sobre ella. Abrieron la boca cuando sus sexos se rozaron, ella apretó los dientes al sentirle abrirla despacio y él apretó los labios al sentirse oprimido por ella. Ambos gimieron con la primera y lenta embestida, precedente de todo el placer que vino después. Makoto la agarró de las caderas con fuerza, ella apoyó los talones en el borde de la cama, moviéndolas despacio contra él y agarrándose con ambas manos a la colcha sobre su cabeza. Sus movimientos se sincronizaron, volviéndose el sexo más brusco, más intenso, provocando que cerraran los ojos porque el placer era tal que les era imposible tenerlos abiertos. Tras un fuerte orgasmo de la chica, que le atrapó su cintura con las piernas, Makoto le dio la vuelta, tumbándose sobre ella. Sin levantarle el trasero, la deslizó entre sus muslos, aplastándola contra la cama y jadeando contra su espalda. Cuando pasó la mano bajo su cuerpo, tocando su clítoris de nuevo, la chica se encogió, temblando.

– Deja de gritar – Le susurró riéndose.

– No puedo – exhaló casi sin aliento – Me corro.

– Cállate por dios – Las caderas de Makoto chocaban contra su trasero, sus gemidos se amortiguaban contra la piel de su espalda. El chico no podía quedarse quieto en una sola postura, volvió a ponerse de pie frente a la cama y la puso de lado, levantándole una pierna. Le rozó los labios mayores y menores con su húmeda erección, resoplando.

– ¡Mecagoenlaputa! – masculló la chica, con su voz temblando y sus uñas clavadas en el brazo que agarraba su pierna.

– Hasta follando tienes la boca sucia – jadeó él, sonriente. Cuando la penetró en esa postura, la chica se quejó – Aiko, no puedo más – Se la metía tan profundamente que notaba como chocaba con su tope.

– Ten cuidado, pero ni se te ocurra parar – Le pidió su mano – Tócame.

                Makoto movía sus caderas con fuerza, en largas embestidas, acariciándole el clítoris con sus dedos. Aiko agarró una almohada y la mordió, gimiendo con la voz rota, corriéndose de nuevo en un orgasmo que duró tanto que alcanzó el del chico. Le apretaba la pierna a su cuerpo, clavándole los dedos en las caderas y dejándose caer sobre ella despacio. Gemía con fuerza, rasgando la voz, apretando los dientes. Aiko tiró de sus hombros y lo tumbó sobre ella, besando su mejilla y abrazándole con fuerza, mezclando su sudor con el del chico. Le rodeó las caderas con las piernas y siguió moviéndose mientras él se corría, resoplando en su cuello. La besó con intensidad, despacio, respirando irregular y profundamente.

– ¡Au, au! Se me ha quedado el músculo de la pierna cogido – Se quejó ella. Makoto se apartó un poco, dejando que la estirase – Joder, que dolor.

– ¿Estás bien? – preguntó sonriente, sudoroso y jadeante – He llenado el condón, que manera más exagerada de correrme. Creía que me moría de un infarto.

– Si no me he muerto yo no te mueres tú – Al fin el tirón pasaba y se pudo tumbar derecha – Tira eso a la papelera, se te va a caer y lo vas a manchar todo.

– Ve destapando la cama – resoplando se metió entre las sábanas, dando un suspiro intenso, cansada – Espero que tu padre no nos haya oído – Se quitó los vaqueros que aún tenía puestos.

– Si mi padre sospechase que estabas follándome habría entrado a la mitad, no te preocupes, no está en casa.

– Que sueño tengo… – La abrazó por la cintura, apartándole la melena del cuello para hundir su cara en él – Te quiero mucho – Le dio un breve besito justo bajo el lóbulo de su oreja.

– Shh, a dormir – Le pasó el brazo bajo su cuello, el otro sobre los hombros y la pierna sobre su cintura.

– Supongo que eso es tu “yo también” particular, ¿no?

– ¿Qué tontería es esa? Si te quiero decir que te quiero te lo digo.

– ¿No quieres decírmelo? Me haría ilusión escucharlo, si es que lo sientes.

– Claro que lo siento. Deja de hablar de una vez – Le escuchó expulsar el aire por la nariz en una risita breve, apretándose a ella un poco más fuerte.

                Se dejó llevar por el sueño y lo cómoda y calentita que se sentía junto a él. Y en paz, sobre todo en paz. A la mitad de noche, supuso ella que de madrugada, abrieron la puerta de su cuarto, despertándola. Levantó la cabeza y vio a su padre allí plantado, frunciendo el ceño al ver la espalda desnuda del chico y a ella bajo su brazo. Por suerte tenía la camiseta puesta. Aiko le hizo un gesto con un dedo ante sus labios para que guardase silencio. Su padre respiró hondo y tras cerrar los ojos con fuerza y dedicarle una mirada enfadada, salió de la habitación. Sonrió hundiéndose bajo el cuerpo de Makoto. Miró hacia arriba y vio su rostro apacible, rozando con la yema de sus dedos los lunares que adornaban su cara.

– Te quiero mucho, imbécil – Casi se le sale el corazón por la boca al verle sonreír.

– Yo también – abrió un ojo y se rio de ella al verla enfurruñada, quejándose porque hacía trampa, apretándola contra él y haciéndola sentirse verdaderamente feliz.

 

EPILOGO

                Cansada y muerta de sueño, subió las escaleras hasta el último piso. Fue arrastrando los pies y bostezando hasta detrás de las sillas, desde donde veía solo sus pies asomarse. Dejó caer la bolsa con los materiales a su lado, haciéndole dar un respingo.

– Uy, qué susto me has dado – Aiko le quitó el bento de las manos y se sentó entre sus piernas, dejando caer la cabeza en su pecho y obligándole a abrazarla.

– Estoy muerta. Odio el puto festival escolar.

– Y eso que te has metido voluntariamente – La abrazó por los hombros y besó su frente.

– Solo porque tú me has dicho que socialice. Me estoy arrepintiendo conforme se acerca la hora.

– Estoy deseando verte vestida de maid – Le susurró con voz sexy.

– Tienes la entrada prohibida a la cafetería – Le dio un pellizco con fuerza en un costado, él se lo devolvió – ¿De quién es el bento hoy?

– De mi padre – Aiko alzó la vista hacia sus ojos preferidos – No puedo seguir aceptando almuerzos de las chicas. Estoy contigo.

– Y has tomado esa decisión un mes después de empezar a salir juntos. Fantástico campeón, ya era hora. Me daban pena las pobres.

– De todas maneras la reina de los bentos es tu tía. Dile que te prepare uno pronto.

– Creo que tengo uno en esa bolsa, no estoy segura – Makoto se giró, cogiendo la cajita de la bolsa – ¿Es bonito el contenido?

– Esto es de tu tía seguro – dijo con la boca llena.

– Oe, ¿quién te ha dado permiso? – Aiko se sentó derecha, quitándoselo de las manos y quitándole los palillos – Que yo también tengo hambre.

– ¿Alguna vez me harás uno? – Ella le miró arrugando la nariz – Soy el único novio al que su novia no le hace bentos, me fastidia.

– La vida es dura – Aiko comía con ganas, pero tuvo que soltar los palillos al ver que su novio la miraba sin quitarle la vista de encima – ¿Qué te pasa?

– ¿Qué vas a hacer cuando acabemos el instituto? Ya no queda mucho.

– Mis padres quieren que vaya a la universidad, pero no tengo ni idea de por dónde tirar.

– ¿A qué universidad?

– A la Todai, no te jode – Al chico se le abrió la boca al verla sonreír.

– ¿A Tokio? – Aiko le dio un golpe en la frente.

– ¿Tú te crees que tengo la nota para ir a la mejor universidad de Japón? Me quedo aquí, hay universidad igual. ¿Y tú qué? Tú sí que podrías ir a Tokio.

– Podría – Le acarició la mejilla – Pero no quiero – Aiko tragó el arroz que tenía en la boca con cierta dificultad. Nunca se había planteado alejarse de él tan pronto. Sin embargo, era una posibilidad.

– Ni se te ocurra quedarte aquí por mí.

– No voy a alejarme de ti.

– Pues me voy yo también a Tokio a estudiar. A otra universidad claro, no todos somos cerebritos.

– ¿Vendrías conmigo? – Ella asintió decidida, él le abrazó la cintura con fuerza – Te estás pasando de la hora de descanso. Va a empezar el festival enseguida – Quejándose se puso de pie.

– Me quieren maquillar, sálvame.

– Ni de broma, estoy deseando verte – Al ver que ella abría la boca se le adelantó – Tranquila que no voy a hacer ninguna muestra de amor en público.

                Con un mohín de disgusto y tras un breve beso en los labios se alejaron en direcciones opuestas. Aiko no paró de quejarse mientras las otras chicas de la clase la maquillaban y la peinaban con dos coletas altas. Al salir del vestidor con el traje de maid se sentía ridícula, pero sus compañeras estaban entusiasmadísimas con su aspecto final. Como remate, le colocaron orejitas negras de gato enganchadas a los coleteros. La quisieron poner en la puerta para reclamar clientes, ella se negó. Iba a servir mesas y mucho estaba haciendo. Dos horas después estaban todas nerviosas, incluso ella, que se moría de la vergüenza tirándose de la falda del traje. Al ver a los primeros clientes que esperaban en la puerta, quiso salir corriendo: su primo y su novio. Le susurraron algo a la chica que estaba de reclamo, que sonrió y fue directa hacia ella.

– Te llaman los dos chicos más guapos del instituto, ¡más te vale hacerlo bien! Acuérdate de lo que tienes que decir.

– No quiero – protestó mientras la empujaban.

– ¡Sí quieres! – No les miró a los ojos cuando se inclinó, roja como un tomate.

– Bienvenidos a nuestro maidcafé, me tendrán sirviéndole para lo que necesiten – subió una mano, dejándola doblada junto a la cara y susurró – Nya – No quería mirarlos pero escuchaba sus risas contenidas. Cuando levantó la vista, deseando patearles el culo, les vio tragarse la risa.

– Encantadora – Murmuró Ken. Makoto no pudo más y estalló en carcajadas. Ambos se rieron sin cortarse ni un pelo – Déjame echarte una foto.

– Como saques el teléfono te lo meto por la garganta – Le susurró ella amenazadoramente.

– No te pongas así, estás realmente adorable – Le dijo Makoto tocándole la orejita falsa. Se dio la vuelta, roja de rabia y vergüenza y los sentó en una mesa alejada.

– Pedid de una vez y largaos. Rapidito.

– Oye, voy a quejarme, ¿qué servicio es este? – Su primo no paraba de tocarle las narices.

Por el bien de las demás chicas, que estaban muertas de ilusión, se aguantó las ganas de echarles a patadas. Les dio lo que pidieron, atendiendo a otros chicos que la miraban embobados. Un ratito después se los encontró al pasar junto a la puerta de la clase.

– Nos vamos, gracias por todo. ¡Estaba delicioso, y qué chicas más guapas! – gritó Ken bien fuerte mirando hacia afuera.

– Gracias por la publicidad, venga, hasta luego, nya y esas mierdas.

– Estás realmente preciosa – Makoto se inclinó susurrando en su oído – Llévate este delantal y las orejitas y te las pones esta noche – sintió su mano en la cintura – Y susúrrame nya, no sabes cómo me tienes de cachondo…

                Antes de que pudiese apartarse, Makoto la apretó a su cuerpo y pasó la boca de su oído a sus labios, mordiéndoselos con un ronroneo, metiéndole la lengua en la boca después. Escuchó a las chicas coger aire sorprendidas, una bandeja que se caía, y la risa histérica de su primo. Cuando se separó de ella le sonrió acariciándole la nariz con la suya. Aiko susurró “te voy a matar” haciéndole reír. Al verla con los puños apretados y las mejillas encendidas se rio de ella, y al verle la intención pintada en la cara empujó a los demás chicos, corriendo fuera de la clase. Aiko le persiguió con la bandeja en alto, gritándole barbaridades y empujando a gente a los lados del pasillo. Cuando se quiso dar cuenta estaba riéndose a carcajadas y al tirarle la bandeja le dio en la cabeza, produciendo un sonoro “clon”. Se rio tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Makoto se volvió, sonriéndole, ofreciéndole una mano para que se levantase. La mano de un amigo, la mano de un novio. Le besó entre sonrisas y se despidió de él pero no con un adiós, sino con un “hasta luego”.

The Movie

I’ve got a friend with terrific ideas. She explains them to me and soon after I write the result because her perverseness is almost the same as mine. In this short story, the main characters are a busty gaijin (guess who xD) and three horny yakuza. They are brothers and they look like this:

41459483cf 40162008

From first to last: The younger one, Toraji; the brother in the middle, Tomo; the big brother, the boss, Tom.

And if you’re still alive after these pics, you’re welcome to read this… this lustfull insanity I’ve just wrote xDD

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– It’s official, this is the biggest mall in which I’ve ever been – my friend tells me, looking around.

– Look at this dress!! I need it… I love Japanese fashion!

– I go first – she raises her arm full of clothes, pointing the fitting room.

– Let me check this rack and I’ll be with you – she nods, walking happily.

I hear her apologizing in a worried tone so I look up. A man with spiky hair, wearing a black suit is looking at her back. A second man pats his shoulder, whispering something into his ear. His hair is curly and messy, and I feel uneasy for my friend. I run hurriedly into the fitting room, walking by those men without even looking at them.

– You ok? – I ask her.

– Yes, but stay, please.

– I’m here, don’t worry – and I whisper – I’ll kick their ass if I have to.

– Don’t!! They look dangerous.

I look at them. I don’t know if they are dangerous but surely what they are is hot. Really attractive. And they look alike so I guess they must be family or something. That lack of ties while wearing a suit and those horrible and flashy shirts make me think about them as something really dangerous. When I’m about to look away, the curly dude notices me. His sided smile is dangerous, full of lust when his eyes reach my chest. I can’t help smiling back to him. From that moment on, I try not to look at them, but it’s a useless attempt. I’m more curious than scared. The one with spiky hair walks away but the other seems to be really interested in some girly shirts. His eyes are glued to me and his smile is attached to his face. And I’m smiling back.

– Let’s get out of here – my friend says, rushing towards the cashier.

– Don’t run – I ask her. When I walk by that curly, hot stranger he grabs softly my arm.

– See you at 00:00 in Shinjuku – he releases my arm, stroking my butt softly – next to a green food stand in the main street – I look into his dark, playful and menacing eyes – I really hope you can meet us there.

I can’t reply because he leaves right after making a gesture to the other guy with two fingers. The spiky haired one smiles at me too, winking. I’m aroused. I’m not scared when I should be terrified. I’m going to have problems and I don’t care. I don’t say a word and I barely eat anything for dinner. My friend doesn’t notice how nervous I am. When we go to the hotel room I wait for her to fall asleep and then I sneak out of the room. I have to take the underground and I’m bitting my nails non-stop. I’m about to turn around more than once, but I don’t want to live with that “what if…” my whole life. The lights of Shinjuku guide me through the street. The sound of pachinko machines, local owners attracting people in and some girls from the host clubs surround me. I stop in front of the green food stand all hysterical, and I freak out when I hear some loud laughs. People move away, hurrying to not interfere with three men who walk as if they owned the place. I can recognize two of them. They are really tall for a Japanese guy, and I don’t need to see any tattoo to know they are yakuza. My eyes meet with the guy in the middle, the older one, the one I don’t know, and he’s so intimidating I look away. I try to focus on the food in front of me but all I can hear is their footsteps moving closer. I wish they walk away, I’m regretting this, my heart is racing cause I’m scared and excited as fuck. I turn my head a bit giving them a sided look. His eyes again, he’s staring at me. But now he’s smirking and though is a bit creepy I kinda like it. The footsteps stop right behin me.

– Oe – I hear in a deep voice – busty gaijin, here, look here – I feel a hand on my shoulder and I turn abruptly.

– Me? – the youngest of them, the spiky haired, thinner guy, laugh outloud.

– Of course you! How many busty gaijin are around here?

– We’ve got a work for you sweety – I realize that their voices sound really alike, also their eyes are almost the same. But this time is the touchy guy with his mane of curly, messy hair and longer beard than the others.

– Aniki here told us you were looking at him – says the thinner guy pointing at the older one. He’s staring at me in silence with a cigarrete between his lips, thick and slightly curved on a tiny smile.

– I’m sorry, I didn’t mean to—

– But you did – the curly one says – what were you looking? What did you expect we would do if you act like that? I dated you here, not him.

– You know you shouldn’t look at him but you did – said the other.

– And let me tell you that we would came to you even if you weren’t staring at him as you did.

– ‘Cause, girl, look at you…

– How not to came closer? – actually, they are much closer.

– Ok, ok. Stop it – the older one, the boss, grabs their shoulders when my back hits the wall behind me. They are so intimidating but yet so handsome… I don’t know what to do – we should talk in somewhere more private. Don’t scare her, you idiots.

– It wasn’t our intention, aniki.

– And at least you could introduce yourself – the older one looks at me. His black eyes pierce my soul – sorry for their behaviour. It’s unacceptable – I don’t understand why a yakuza is talking to me in such polite way – I’m Tom, nice to meet you – he bows slightly.

– Mary – is all I can say, looking at him with my hands against my chest.

– Hello Mari chan, Toraji here – says the younger one, spelling my name in a different way.

– Tomo – the one with curly hair winks and I feel so ridiculously attracted to him I want to run away. This is not ok. Not at all.

– Would you give me the pleasure of coming with me? – Tom offers me his arm but I don’t move. He doesn’t look dangerous at all, but maybe that’s what he wants me to believe. I can’t trust a yakuza!

And yet, I’m walking alongside them. I feel a bit overwhelmed by the situation but I don’t want to think about it much. It’s exciting, it’s new, and they are brutally handsome. I’ve never acted out of the box and it seems that today is my first time losing control. They take me to a huge, expensive hotel and while hearing them talking about trivialities we stop at the highest floor. I feel their eyes on me, their attention put mainly in my body but also in my face. They look really happy and I feel like fainting. The first thing I see in the room is a big bed. Tom sits in a couch in front of it, removing his jacket.

– Get comfortable sweetie. Do you need something to drink? Would you like to have a bath? – Tomo asks.

– What are we going to do exactly? – I ask even when I know the answer.

– A porn movie, what else? – Toraji says removing his shirt – and you are the main star.

His body is covered by black tattoos, leaving a space in the middle of his chest in blank. Tomo’s body is decorated in almost the same way, but he’s bigger than his brother and some of his tattoos has color. Again, I know I must be scared, but I’m not. I’m excited and aroused as I’ve never been. Toraji is the first approaching me, holding a camera. Both are only wearing their trousers but Tom is still completely dressed. However, he looks at us thoroughly. I feel Tomo’s hands from behind, on my breasts. He strokes them sweetly, kissing my neck too. I let go a soft sigh, letting him unbutton the front of my dress. I want to laugh but I smile instead.

– Huge – he whispers in my ear when my bra is on the floor – I can’t grab them with my hands – and his hands are really big. He pulls my dress down, and as soon as I can think about it, his fingers are between my labia, over my underwear. I moan – do you like it?

– Yes – I whisper, blushing, pressing his hand with mine – touch me.

Soon after, my underwear is stained, soaking wet. Tomo’s fingers moves exactly as I want them to. Toraji holds the camera near my inner thight, licking his lips and touching his crotch. Tomo kneels in front of me, lowering my underwear, licking softly my labia, between them, my clit. I moan louder, grabbing his curls while he gulps me down. Toraji makes a gesture and he moves aside letting him film my wet flesh and his tongue over it. My body shooks when his thick, warm lips close around my clit and his tongue touches it slowly, in circles. I cum in his mouth, whimpering, feeling my legs trembling. He moans against my skin too. Tom asks for the camera, Toraji obeys. Tomo makes me lay on a bed sideways but facing him. Toraji lays behind my back. The younger one lifts my leg and I feel his warm dick rubbing against my skin. I moan in Tomo’s mouth, and suddenly, in his cock. I can’t focus in just one thing at the time. I hear Toraji’s moan and I feel how his dick penetrates me. It doesn’t hurt at all, it’s not big enough to harm me. I feel him getting slowly inside me and his pants on my neck. I touch his hair, turning my face around to kiss him, but his brother demands my attention. Tomo’s cock is bigger, but it fits in my mouth. He moans louder than his brother when I lick his warm flesh. It has foreskin since he’s not circumcised. His dick is thick. I love it, I love what I’m feeling so I moan my thoughs outloud.

– Do you like this? – I ask Tomo, moaning cause Toraji is moving faster inside me. I move my ass and the boy seems to die in moans and pants.

– Lick me here – he points right under his glans. I pull down softly his foreskin, licking where he wants me to – oh yes, I love it, ki-kimochi – he whispers between gritted teeth – I wanna fuck your pussy so bad.

– I’m gonna cum, stop moving like that, bitch –Toraji complains against my back skin when I just have an orgasm – oh please I’m so close… your cunt is so fucking perfect.

– Don’t cum inside – Tom warns them.

– Move – Tomo orders Toraji, pulling his cock away from my mouth and laying beside me.

I feel Toraji coming out and Tomo getting in. He’s just a bit thicker but my pussy feels the difference intensly. I grab his shoulders, demanding for more, sitting on him. Toraji pulls my hair, making me look up and masturbating in front of my face. He moans loud when I swallow his full erection, looking into his eyes, feeling Tomo making his way into my body and whispering he’s cumming too. He’s banging me, grabbing my ass with one of my breasts in his mouth. My moans are long, almost like whimpers, suffocated by Toraji’s dick. I caress his balls with my fingers and the boy shivers bitting his lip.

– Do not cum inside – Tom orders them once more.

– Hai, aniki – Tomo moans once again and I feel his sperm staining my chest, I see his intense pleasure gesture and I masturbate both brothers at the same time, feeling their cum on my body and face. I’m smiling like insane.

– This is perfect – I hear Tom whispering – girl, you were born for this.

When they walk away I think it’s over, but I couldn’t be more wrong. Tom gives Toraji the camera, taking off his shirt, showing bright colored tattoos. He takes an enormous dick from his trousers. It’s so thick I’m scared it won’t fit in my body. He cleans my skin with a pillow case, kneeling in front of my extremely wet pussy. Tomo is smiling while smoking, sitting on the chair where his big brother was before. Tom makes me spread my legs wide open, caressing my thigs while looking at me. I touch his wide shoulders, his well shaved beard, astonished with his perfect body and face. He covers his hands with my fluids, passing it over my wet pussy and making me moan. His mouth opens when his wet cock touches my labia. My back curves on bed as soon as he starts to penetrate me. He’s filling me up, I can’t barely move. It’s so intense the only thing I can do is moan. He moves slowly, whispering how tight I am. He’s careful, he fucks me with the half of his dick, moving his hips slowly. But I’m really wet, I’ve been fucked by two guys just a minute before and it doesn’t take much time to have his cock completely inside my body.

– Oh God, oh my God – I moan grabbing the sheets of the bed, smiling – oh please, give me more…

– Your pussy is swallowing it all, fffuck this feels so good.

– Yes, harder, please Tom…

His strong hands grab my hips, punishing them with his. He’s moaning deeply, intensly, and I’m having the most brutal orgasm I’ve ever had. He leans over me, grabbing my boobs and licking my tongue. His body crushes mine, his sweat mixes with mine. I move my hips closer to him when he moves faster and harder. I love the rough sex he’s giving me and I can’t stop cumming. I scream it. I hear the other two laughing when I grab his ass to feel him even deeper. Tom’s grunts and moans are loud and he kneels again on bed, digging his fingers in my thighs, moving slower. I scream when I feel his sperm inside me, his cock harder than ever. We’re both paralysed by pleasure. When he takes it out, I see Toraji filming how his cum is coming out from my cunt. I can’t breathe properly. He films me for a whole minute, my exhausted blushed face, my trembling body.

– And cut – Toraji says moving the camera aside – You DID have a great time didn’t you? – Tomo throws my clothes to me.

– Yes… I… I did – I answer, panting.

– I’m very pleased with this. It’s going to sell like hotcakes – Tom says, puffing – can we call you for another shoot?

– Oh please, please! – I say sitting on bed – Call me anytime you want!! But I have one condition – the brothers stare at me – I want a free copy of it without any kind of censorship and next time, it has to be the three of you again. I demand it – Tomo kneels on the bed, grabbing my chin and kissing my lips.

– Deal – I smile with them.

I realize I have become the slut of the most pervert yakuza. But I also know for sure that I couldn’t be happier.