Holy Tattoo

Solo algunas, creo que dos o como mucho tres personas sabrán que los personajes de esta historia pertenecen a un futuro best seller (?) llamado Dangerous Tattoo. Si cogemos a los personajes y les damos un giro completo a sus personalidades, nos encontraríamos con algo más menos como lo que vais a ver aquí. El que era muy salvaje ya no lo es, los santurrones son lo contrario y los buenos son malos. En fin, os dejo las fotos para que os hagais una idea de por dónde van los tiros y os dejo leer algo que me ha ENCANTADO escribir. Y me quedo con ganas de más. No descarto otro universo paralelo más algún día…

AYAME ♥

underweargone

HIROSHI ♥

KOTARO

KEIJI

MEI

YUKO

MANAMI

DAISUKE

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1

La cabeza me iba a explotar. Necesitaba beber agua. Mis recuerdos sobre cómo había llegado hasta allí eran nulos. Desperté sola, en una cama desconocida de un cuarto desconocido.

Para variar.

Me senté sintiendo que todo me daba vueltas y preguntándome quién habría sido el pobre desgraciado con el que había pasado la noche. Me extrañó ver que la habitación no era propia de un hombre, mucho menos de un soltero. Parecía estar en la habitación de invitados de alguna familia con bastante más dinero que yo. Intenté hacer memoria, pero la resaca me destrozaba las sienes al más mínimo esfuerzo. Me levanté, cogiendo mi ropa de una silla. La habían doblado pulcramente, y al llevármela a la nariz me sorprendió saber que también la habían lavado. Con el rabillo del ojo me vi reflejada en un espejo. No pude evitar la sorpresa al verme a mí misma, mucho más arreglada y limpia que de costumbre. Mis greñas morenas y lilas estaban incluso peinadas, y ni rastro del maquillaje recargado que solía llevar. Me vestí mirando a mi alrededor, y es que la situación no hacía más que complicarse; un crucifijo colgaba sobre la cama. Con una mueca de disgusto abrí la puerta y comencé a buscar la salida de donde fuera que estuviese. La casa estaba impecable, era enorme, de gente de bien. Cuanto más veía, más me costaba entender qué coño hacía allí.

– Ah, ¡ya te has despertado! – Me volví al escuchar la voz de una mujer. Casi me da un ataque de risa al ver a la monja allí plantada. La falda de tubo gris por debajo de las rodillas y esa rebeca de punto blanca que llevaba… deberían estar prohibidas de feas que eran – ¿Deseas desayunar algo? Pareces necesitarlo.

– No, gracias, muy amable, ¿por dónde dices que se sale? – Dubitativa, me señaló a su espalda.

– Sigue por ese camino y al doblar la esquina a la derecha tienes el rellano.

– Que Dios la bendiga – Me di la vuelta entre risitas y salí del caserón.

                Tuve que taparme los ojos cuando la luz del sol me los castigó sin piedad. Caminé casi sin ver hasta la verja de la residencia y por llevar la mano ante mi campo de visión me choqué con alguien. Escuché un débil “lo siento mucho” proveniente de la masa de carne con la que me estampé. Al levantar la vista me encontré con un hombre metido en un polo rosa pálido, unos pantalones de pinza color crema y un peinado que gritaba a los cuatro vientos lo casto y puro que era de tanta gomina que llevaba. Rehuía mi mirada con una sonrisa tímida, nervioso, queriendo decirme algo sin abrir la boca. Su barba era más bien pelusa y parecía tan limpito, tan pulcro, que me dio repelús. Sin embargo medía su buen metro noventa si mal no calculaba y se colocaba las gafas empujándolas con un dedo extremadamente largo, tenía unas manos bonitas. Me debía doblar la edad pero parecía tan perdido con respecto al mundo…

– Qué lastimita, cariño – Al hablarle pareció costarle incluso más retenerme la mirada – Si no fuese por las pintas que llevas estarías hasta bueno – Palpé en una tierna caricia los huevos de ese hombre sobre la tela de sus pantalones. Dio un saltito, encogiéndose entero y alejando mi mano – No explotes todavía – Le guiñé el ojo. Se había quedado mudo. Riéndome suavemente abrí la verja, pero paré en seco al escucharle hablar muy flojito.

– Esto… una cosa… – Al mirarle a los ojos de nuevo parecía a punto de salir corriendo. Tenía una mano delante de los cojones, probablemente se le había puesto dura – ¿Puedo saber tu nombre?

– Ayame, Sasaki Ayame. Si quieres verme solo tienes que pasarte por esa parte de la ciudad que siempre te han dicho que no puedes pisar – Le lancé un beso. Como respuesta se rio tontamente, mirando hacia la casa avergonzado.

                Me alejé de ese hombre tan puro y casto marcando el teléfono de la que un día fue mi mejor amiga y ahora no sabía quién era, esperando que ella me aclarase un poco de lo que había hecho el día anterior. La muy puta no me respondía, estaría igual o peor que yo. Bueno, igual lo dudaba, ese barrio residencial… no tenía ni idea de cómo había acabado allí. Si me quedaba por los alrededores iban a llamar a la policía por sospechosa, daba el cante de manera exagerada. Opté por llamar a mi otro amigo, por decir algo sobre nuestra relación, esperando que él sí me respondiese.

 – ¿Qué te pasa ahora? – Se acababa de despertar.

– Kotaro, ven a por mí, no sé dónde estoy.

– Dime el nombre de una calle o algo, no me dejes a ciegas, joder – Miré a mi alrededor, vi un colegio de pago y le dije el nombre – ¿Qué cojones haces tú ahí? No te muevas, cuando me quite a Yuko de encima voy a por ti.

 – Joder, con razón no me contesta, puta asquerosa… – Murmuré.

– No te pongas celosa, nena…

– No me pongo celosa – Chasqueé la lengua, un poco celosa. Me gustaba follármelo y que últimamente Yuko lo reclamase con tanta asiduidad me tocaba las narices.

– Luego te hago eso que tú y yo sabemos, no seas tonta.

– Deja de hablarme con condescendencia y ven de una puñetera vez, me muero de hambre.

                Los niños que pasaban por allí y en especial sus padres se quedaban mirándome. No sabía si era por mi simple presencia o más bien por mis ropas escasas y provocativas, baratas y un tanto deshilachadas, que llamaba la atención. O a lo mejor era mi cara de perdonarles la vida. Un chaval de mi misma edad pero vestido como un vendedor de biblias, pasó por mi lado con la expresión de aquel que huele una mierda. Mordí el aire, lo que causó que caminase con más prisa hacia la casa de la que acababa de salir. Al mirar hacia la verja vi una mata de pelo negro esconderse tras el muro. Menudo payaso el tío ese, se había colado por mí en tan solo un vistazo. Kotaro no tardó mucho en llegar en ese cochazo que tenía. Me subí suspirando ante su risa divertida.

– Hay cara debajo de tanto maquillaje, inaudito – Me puso la mano en el muslo y quiso besarme.

– Todavía apestas a coño, lávate la cara por lo menos, que se lo habrás comido y se te queda el tufo en la perilla – Le aparté de mi tirando de su barbilla hacia un lado.

– No te enfades – Al pasar por delante de la casa me despedí de mi admirador meneando los dedos de la mano. El muy imbécil me devolvió el saludo con una sonrisita tímida – ¿Y ese quién es? ¿Cómo conoces tú a alguien de esa casa?

– Pierde el culo por mí, con dos minutos me he dado cuenta. Me he despertado ahí dentro y al verme se ha puesto a temblar enterito. Es tan tierno que da penita la de daño que le van a hacer si sigue así.

– ¿¡Qué hacías tú en esa casa?! – La exclamación sorprendida que soltó me hizo apartar la vista del tontorrón – ¿No sabes quiénes son?

– Ni puta idea, pero por la decoración y el tamaño de la casa alguien importante.

– Son los Tukusama. Esa gente llevan la iglesia católica de la ciudad, tienen un orfanato y su casa hace las veces de clínica de rehabilitación y conversión. Tía, ¿qué cojones hiciste ayer para que estos te recogiesen? Ya tuviste que desfasar para darles lástima.

– Joder, yo que sé.

                Me daba curiosidad saber la historia completa pero ya me enteraría. Ahora era más importante disculparme con la jefa, no tenía apenas dinero encima por lo que la noche anterior mucho, mucho, no tuve que trabajar. O me lo fundí todo en alcohol, que parecía lo más probable. Dudaba profundamente que esa gente me hubiese robado dinero, si era verdad que eran religiosos e importantes ganarían lo suficiente como para no tener que quitarme más dinero del que ya se llevaban en las misas. Suspiré al bajarme del coche, sintiendo el brazo de Kotaro sobre mis hombros y su narizota acariciarme la mejilla.

  – No te me acerques tanto en público, gilipollas, ¿y si nos ve un cliente?

– A estas horas de la mañana ni uno se pasa por aquí. Están todos en sus aburridas oficinas – Me azotó el culo. Su actitud comenzaba a irritarme y se lo hice saber con la mirada.

– Inútil, hazle caso – Le ordenó Mei, mi jefa, mientras se recogía la melena negra de cualquier manera. Siempre parecía vestirse como si fuese a ir a un coctel con la clase alta, tenía un estilo que envidiaba – Nunca sabemos cuándo pueden pasarse por aquí y Ayame tiene clientes fijos que no les gustaría verla con otro hombre.

– Ten cuidado con ese tono que empleas conmigo, si tu negocio sigue en pie es por mi jefe, que no se te olvide – Amenazó Kotaro pasando por su lado. Odiaba cuando hablaba con ese argot horrible de todos los de su calaña. Se me hacía odioso. Mei le desafió alzando una ceja, mirándole a los ojos hasta que se perdió de vista.

– Os tiene a todas revolucionadas, ¿se puede saber qué tiene?

– Una polla gorda como el rabo de un leopardo que además sabe usar, es una bestia en la cama – Puso los ojos en blanco – ¿Qué hice ayer, senpai?

                Mei me miró con esos ojos de hermana mayor al rescate que ponía siempre que nos veía en problemas. Tanto yo como las demás chicas le debíamos mucho: no solo nos había dado trabajo cuando nadie de la zona quería por ser menores de edad fugadas de casa, sino que además nos daba un techo bajo el que vivir. Como venía de una familia adinerada que le dejó una suculenta herencia, montó el negocio por si sola con apenas un año más que yo; tenía diecinueve y una independencia envidiable. Decía que su negocio era algo así como una casa de geishas modernas, solo que la que quería se follaba a los clientes. Nos pagábamos la comida y alojamiento con el trabajo en su bar de chicas de compañía. Eso sí, los que la apoyaban y le aportaban cierta “seguridad remunerada” era un clan yakuza de la zona. Pero no todo podía ser ventajas, al igual que aguantar a babosos todas las noches que la manoseaban a una y se la follaban sin gracia. Mete, saca, y adiós, mi vida. Eso sí, los regalos que recibíamos eran dignos de pasar el mal rato.

– Sé que te fuiste con ese cliente tuyo tan calvo, Kazunari san, supongo que a su casa, y sé que ibas un poco borracha pero no lo suficiente como para no acordarte de nada.

– Me he despertado en casa de unos ricachones cristianos – Mei se paró en seco, riéndose al escucharme – Supongo que ese tío viviría por la zona porque estaba un huevo de apartado de esta parte de la ciudad. Los Taka-no-sé-qué.

– Tukusama, supongo. Los mismos que hacen panfletos para que se cierren negocios pecaminosos como este. Si supieran que la mitad de sus feligreses han pasado por vosotras…

– No tengo mucho que darte – Saqué el dinero de la cartera y se lo entregué – No sé qué ha pasado.

  – No te preocupes, ya encontrarás la manera de compensarlo. Siempre lo haces.

– El próximo collar de perlas te lo quedas y listo – Asintió, riéndose.

                Me tomé una pastilla para el dolor de cabeza, bebí casi un litro de agua de una vez, me metí en la ducha, comí algo y me arreglé para seguir trabajando. Fui primero a la habitación de Yuko, dispuesta a hablar con ella sobre esa fijación que últimamente tenía con Kotaro. Me daba rabia, él siempre había sido de todas y de ninguna, pero pasaba demasiado tiempo con ella. Entré sin llamar y me la encontré montada en su polla, de espaldas a él que la agarraba del pelo, de una pierna y le lamía el cuello. El yakuza me guiñó el ojo. Verle tan excitado produjo el mismo efecto en mí.

– Haz que se corra – Me pidió entre jadeos – Me encanta cuando os corréis y me apretáis la polla. Y me encanta verte con otra.

– ¿En serio? – Estaba molesta, pero en el fondo una de las cosas que más me excitaban era ver a la gente follar, así que cerré la puerta y me acerqué a mi amiga – Voy a tener que pintarme otra vez después de esto.

– Kotaro san, duele – Se quejó Yuko – Vete Ayame, me da vergüenza y sabes que no me gusta con mujeres.

– Sí, ya, cállate la boca – Se la tapé mirándola a los ojos, apretándole el clítoris con los dedos suavemente. Yuko se retorció, Kotaro se rio – ¿Te ha dado fuerte con ella o qué?

– Es más estrecha que el culo de un hombre, no puedo evitar que me encante como lo hace.

– Lo llego a saber y no te dejo que te folles el mío, gilipollas – Me agaché frente a ella, abriéndole las piernas de par en par. Kotaro la agarró por debajo de las rodillas.

 Le lamí los huevos, la erección hasta justo debajo del glande que seguía dentro de la chica, acabando en el clítoris de esta. Al escucharla gemir me puse como una moto, clavándole las uñas en los muslos. Kotaro no se la metía entera, simplemente no podía. Los empujé hacia atrás, tumbándolos en la cama y me puse a horcajadas sobre ella, frotando su clítoris con el mío hasta que, entre lamentos, la hice llegar al orgasmo.

– Joder, joder, me cago en dios – Se la sacó a Yuko, agarrándome de las caderas y penetrándome con brusquedad.

– ¡Ah, cabronazo! – Me dolió, pero me gustó. Iba con él eso de mezclar sensaciones en el sexo. Y más me gustó que apartase a una orgásmica Yuko de un empujón para follarme rápido y con fuerza. Kotaro me pasaba los dedos por encima del clítoris en círculos, esa ligera presión que él sabía que tanto me gustaba.

– Sí, sí, sí, correte, vas a partírmela – Le agarré del cuello, le gustaba dominar pero más placer le daba sentirse dominado. Terminé yo follándole a él, corriéndome con él, abofeteándole al acabar y arrancándole una sonrisa amplia – ¿Ves? Esto no lo tengo con ella.

– Cállate ya, me has manchado la ropa interior – Me bajé de mi amigo, quitándole unas bragas a Yuko del cajón. Me estaban pequeñas.

– Has dicho que soy más estrecha que el culo de un hombre – Susurró con su vocecita inocente, arrimándose a él que le pasó un brazo por la cintura. Le apartó el pelo corto y alborotado de la mejilla – ¿Eres como ella de… vicioso? – Me señaló.

– ¿Qué si le doy a todo, tíos incluidos? – Asintió con la preocupación en los ojos – Pues claro, joder, ¿te crees que soy tonto? – La conmoción en el rostro de mi amiga fue para echarle una foto. Para vivir en el entorno que vivía seguía siendo terriblemente inocente – Pero puedes decir por ahí que soy tu novio si te hace feliz y si esta no te saca los ojos.

– Me importa una mierda, haced lo que queráis. Me voy a trabajar.

Lo que más me irritaba de toda la situación es que veía en Yuko a la típica esposa abnegada que haría cualquier cosa por su maridito. Y claro, el otro, como buen yakuza que era, se aprovechaba de tenerla suspirando por él. Menuda ocurrencia enamorarse de un yakuza, valiente puto asco. La noche transcurrió como si nada, una noche más de hombres babosos que se emborrachaban demasiado como para pretender tener nada con una. Y menos mal, porque esa noche no se me apetecía en absoluto llevarme a ninguno a la cama. Al día siguiente me levanté tarde, siguiendo con mi rutina, y tras arreglarme, antes de llegar al salón con las demás chicas, Mei me agarró de la mano, indicándome con la mirada que la siguiese.

– Hay un tipo en la entrada preguntando por ti. Por las pintas diría que es de la casa esa en la que te despertaste.

– ¿Moreno con gafas, cara de tonto, guapete y muy alto? – Asintió, era mi admirador casi seguro.

– Es un santurrón de categoría y se le ve nerviosito por estar aquí. Se me ha ocurrido una cosa pero a lo mejor no te hace gracia.

– Ay, que te veo venir – Me llevé una mano a los ojos.

– Es posible que se saque más dinero del negocio que supone una religión que de esto que hacemos. Quiero saber si es así y además, quiero que lleves por el “mal camino” – Dobló los dedos índice y anular con una sonrisita de suficiencia – A todos y todas los que puedas de esa casa.

– Vamos, que gane dinero a costa de los feligreses y me los tire a todos, ¿no?

– Con que los seduzcas creo que vamos bien. Tú ve de arrepentida, buscando al señor y una segunda oportunidad. Fijo que te reciben con los brazos abiertos. La cosa es a ver cuánto tardan en abrirse la bragueta.

2

                Fui hasta la entrada con mi sonrisa más arrebatadora. Cuando ese tipo me vio se quedó pasmado, pidiéndome perdón al verme alzar la ceja y riéndose histérico. Le toqué el hombro y dio un saltito.

 – Hola, Sasaki san – Se inclinó – Tukusama Hiroshi, encantado.

– Pasa Hiroshi kun, no te quedes en la puerta – Pero sus pies estaban clavados en el suelo.

  – No, no puedo, lo siento – Volvió a inclinarse, siempre con esa risita nerviosa.

– Ah, no puedes – Me acerqué a él, colocando bien las solapas de la chaqueta gris y sosa que llevaba puesta. Le miré a los ojos de esa manera que siempre hacía a los hombres sonreír – Pero, ¿quieres? – Emitió un ruidito leve y extraño, no le salían las palabras. Tuve que aguantar la risa.

– No, gracias – Declinó sin convicción.

– Vamos, no haces ningún mal sentándote ahí conmigo, no es pecado pasar tiempo con una chica charlando, ¿verdad? – Le cogí de la mano y le arrastré hasta los sillones de terciopelo burdeos.

– Sasaki san, pero, yo no debería… – Era tan educado que no se atrevía ni a llevarme la contraria. Una vez sentados puse mis manos en las rodillas, inclinándome para mirarle.

– ¿A qué has venido, Hiroshi? ¿Solo a verme?

– Quería saber si estabas bien – Apenas me miraba a los ojos, no podía – Cuando te encontré anoche me pedías ayuda y… no sé.

– ¿Cómo? – Le hice mirarme a la cara – Cuéntamelo todo.

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                Volvíamos de la reunión episcopal mensual un tanto cansados pero contentos al ver que el número de fieles había crecido tanto como las donaciones. Para los enfermos era una gran noticia, ya que tendríamos dinero para toda la atención médica que pudiesen necesitar durante su desintoxicación. Mis hermanos y mi futuro cuñado caminaban unos pasos delante de mí, que como siempre me rezagaba por soñar despierto. Manami encontró el amor con Daisuke, estaban comprometidos y al menos ella, tremendamente enamorada. Keiji no le daba importancia al amor, se formaba para cura y clamaba que las relaciones terrenales tan solo ensuciaban el alma con deseos impuros. Yo, sin embargo, soñaba con el día en el que encontrase a esa mujer que me hiciese sentir las tan nombradas y célebres mariposas. Aquella mujer de alma pura y delicada que tanto anhelaba pero que parecía esconderse Dios sabía dónde. Quería pasear de la mano, tomar helado con ella, ir al cine, dar mi primer beso. Suspiré pensando que quizás el amor no estaba para mí cuando escuché un quejido entre dos chalets de la zona. Paré e iluminé el callejón con la luz de mi teléfono. Una persona yacía en el suelo, con la espalda contra la pared. Una mujer. Una chica joven. Y lloraba.

– ¿Estás bien? – Pregunté angustiado, inclinándome junto a ella. Me miró y en sus ojos vi tristeza, sufrimiento. El corazón se me encogió con un pellizco doloroso.

– No – Su sollozo me partió el alma. Que se tirase a mis brazos me dejó petrificado. No supe qué hacer – Ayúdame, por favor. Kazunari san lleva razón, doy asco.

– ¡Manami! – Llamé a mi hermana, apretando su hombro y acariciándole el pelo a esa temblorosa desconocida tan bella y rota.

– ¿Qué pasa? ¿Quién es?

– No lo sé, pero necesita ayuda. Vamos a llevarla a casa, no sé qué le han hecho – Al intentar alejarme de ella me agarró con más fuerza.

– No te vayas, no me dejes tú también – Le costaba hablar, olía a alcohol. Estaba muy afectada. Mi hermano, sin embargo, no lo vio así.

– Mira su ropa y la peste que echa, es una ramera – Tras una mirada asqueada se dirigió a la casa, rehusando toda la ayuda que pudiese ofrecer. Mi hermana, una mujer de gran bondad, cogió su mano.

– Nadie va a dejarte, vamos, ven a casa.

– Voy a ir preparándole una habitación – Dijo Daisuke, su novio. La chica se levantó apoyada en mi brazo, agarrándome como si el mundo a su alrededor se tambalease. Probablemente lo hacía.

                La llevamos hasta la casa dedicándole palabras de aliento, intentando que dejase de llorar pero no había manera de aliviar su pena. La dejé a solas con Manami, que le quitó su ropa y me la dio para que la lavase. Eran unas prendas de pobre calidad, muy usadas y muy escasas. Me preguntaba cómo una mujer podría llegar a vivir de esa manera mientras lo metía todo en la lavadora. Mi hermana apareció al poco tiempo.

– Ya lo meto yo en la secadora. La he peinado, aseado y acostado. Se ha quedado dormida nada más poner la cabeza en la almohada pero no paraba de preguntar por ti. Siento que no puedas entrar, está desnuda.

– Mañana hablaremos con ella. Pobrecita…

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                Cuando acabó de contarme mi aventura patética y nocturna del día anterior no sabía qué decirle. Desde luego se habían portado muy bien conmigo, eso no lo podía negar. Miré a ese hombre en silencio, fijándome en los detalles de su cara. Una vez librado de esa incapacidad de centrarse en mí más de un segundo no despegaba su mirada de mi persona. Sus ojos, tras esas horribles gafas cuadradas, eran oscuros como una noche cerrada. Nunca había visto unos tan absolutamente negros. Los míos, sin embargo, eran de un tono miel, muy claros para ser japonesa. Todo entre nosotros suponía un contraste: desde nuestras vidas, nuestro estilo, nuestro vocabulario y nuestro aspecto. Incluso su piel era considerablemente más oscura que la mía. Me pregunté si sus orígenes serían filipinos o algo así.

– ¿Estás mejor ahora? – Interrumpió mis pensamientos con una pregunta que me sorprendió no saber responder.

– Claro, me ayudaste mucho – Le toqué la mano sin salir de mi papel de chica de compañía. Al ponerla sobre el dorso, apenas le cubría la mitad. Tuve pensamientos considerablemente sucios en ese momento – Muchas gracias, Hiroshi-san – Al sonreírle volvió a salir su lado tontorrón, riéndose de esa manera inocente y nerviosa. Apartó su mano de las mías.

– También quería pedirte perdón. Debo ser sincero y mi comportamiento ayer rozó lo inadmisible – Intenté no poner los ojos en blanco ante su pedante discurso – Entré en la habitación, lo siento mucho – Me dio curiosidad. Mucha curiosidad ya que desvió la mirada a sus rodillas apretando los puños – Y siento mucho, muchísimo, haberte besado la frente. Pero me miraste allí acostada, me diste las gracias y yo… Entiendo si te molesta, incluso si no quieres hablarme de nuevo.

– Oh, no, no, cariño no me molesta. Me parece un gesto de lo más tierno – Le puse la mano en la barbilla, girando su cara hacia la mía – ¿de verdad eres así de inocente? – Me costaba creer que no recordase que esa mañana le manoseé la bragueta. Era capaz de pensar que había sido por accidente, visto lo visto.

– No respeté tu espacio personal, por ello, me disculpo. No tenemos relación, no debería haberlo hecho. Pero me alegra saber que no te molestó – Se puso en pie, estirando su jersey y cogiendo su chaqueta – No quiero molestar más, me voy. Pero quiero que sepas que las puertas de nuestra casa siempre estarán abiertas. El señor siempre escucha a los necesitados y así lo hacemos nosotros.

                No pude decir nada ante esa última frase, que me dio un repelús que me moría. Siempre había sido atea y el camino de la fe no estaba entre mis planes. Le despedí en la puerta con una última sonrisita y se fue tan feliz como una perdiz. Al darme la vuelta mi jefa me miraba con los brazos en jarras.

– ¿Qué haces? Acepta su oferta, vete con él.

– ¿Ahora? ¡Déjame tiempo para prepararme!

– Si esperas no va a ser tan natural como si ahora vas tras él arrepentida. Venga.

                Chasqueando la lengua y refunfuñando hice lo que me ordenaba. No estaba en la posición de ponerme exigente después de todo lo que ella había hecho por mí. Me apresuré caminando en la dirección en la que le vi marcharse, buscando esa mata de pelo negro engominado y ondulado por encima de las cabezas de la gente.

 – ¡Hiroshi san! – Le llamé en cuanto le vi. Le alcancé cuando se giró.

– ¿Qué ocurre? ¿Me he dejado algo? – Asentí.

– A mí, ¿puedo ir con vosotros? – Me dedicó una sonrisa amable.

– Por supuesto, ¿necesitas recoger efectos personales de tu casa?

– Si no es molestia, sí – Le guie de nuevo al edificio, en el que entró mirándome con extrañeza.

– ¿Vives aquí? – A juzgar por su expresión, vivir sobre un local de chicas de compañía debía ser el peor infierno imaginable.

– Sí, espera un segundo – Asintió cruzándose de brazos.

                Subí a mi habitación, guardando en una mochila ropa más o menos normal pero sobre todo ropa interior. Casi toda era de encaje, sexy, destinada al trabajo. En fin, tampoco creía que fuese a estar con esa gente para siempre. Al bajar me crucé con Mei, a la que le advertí para que no metiese en mi cuarto a nadie durante mi ausencia. Justo al acercarme a la salida escuché el inconfundible chasquido de lengua de Kotaro. Temiéndome lo peor, me acerqué con prisas, viendo al susodicho mirar con altanería y las manos en los bolsillos al pobre Hiroshi, que aunque le sacaba una cabeza y algo más, se mostraba cohibido.

– Vámonos – Hiroshi asintió, pero Kotaro me agarró del brazo, del que me solté de un tirón – ¿Qué haces?

– Es el gilipollas de esta mañana, ¿a que sí?

– Sí, solo que no es gilipollas. Vete con las chicas, Kotaro – Se rio acercándose a él, poniéndole la mano en el hombro y susurrándole barbaridades al oído que le hizo abrir los ojos y alejarse escandalizado.

– Lo siento, pero no tengo esas intenciones con Sasaki san – Se inclinó con una sonrisa tensa y salió del establecimiento.

– ¿Qué cojones le has dicho? – Le empujé por el hombro al escuchar su risa. Me miró, me agarró de la nuca y me besó intensamente. Me quejé, exasperada.

– Voy a echar de menos tus pajas, más vale que se las hagas bien a él.

– ¡Que no me beses delante de la gente, joder! – Le abofeteé, lo que sirvió para excitarle un poco más. Me libré de sus brazos cuando intentaba besarme el cuello – ¡Y no juegues con Yuko! – Al salir no vi a Hiroshi, tuvo que llamarme para encontrarle muy alejado de la puerta del establecimiento – Lo siento mucho, ese hombre no tiene decencia alguna.

– No pasa nada. Iba a volver andando pero con este cambio de planes he llamado a un taxi – Una vez dentro y dada la dirección al conductor, me miró con cautela – ¿Ese era Kazunari san?

– ¡No! Ese… es un socio de mi jefa. Ex jefa, ahora que me voy contigo. Con vosotros.

– Me alegro que hayas decidido alejarte de esa vida, no es algo digno – Me tuve que morder la lengua para no mandarle a la mismísima mierda.

Por eso mismo me mantuve en silencio hasta que llegamos a la casa. Al caserón. A la mansión. La primera vez que pisé la casa siendo consciente, por aquello de la resaca, no le mostré mucha atención. Ahora que lo hacía me impresioné, era preciosa. El jardín era enorme y solo era el jardín frontal. Nada más entrar, la chica remilgada del día anterior me recibió con una sonrisa incómoda e insegura. Era exageradamente guapa, eso sí.

– Perdón que no me presentase ayer. Soy Sasaki Ayame – Me incliné ligeramente.

– Hiroshi es convincente cuando quiere, por lo que veo – Sonreí.

– No ha tenido que insistir mucho, en cuanto me ha dicho lo que hicisteis por mí sentí que quizás…

– Oh, claro que te ayudamos – Me cogió las manos, guiándome hacia el interior de la casa – Soy Manami, su hermana, ven, deja que te enseñe tu habitación – Hiroshi cargó con mi mochila a pesar de mis negativas, llevándola hasta el dormitorio.

– ¿Vive mucha gente aquí? – Oía música desde algunas habitaciones, nada molesto.

– Principalmente adolescentes que han perdido el rumbo o personas con drogodependencia. En ocasiones el ambiente puede ser un tanto molesto, pero no es lo corriente – Se volvió, encogiéndose de hombros – Todo el que viene aquí lo hace por voluntad propia. Acompáñame, te enseñaré el resto de la casa.

Aunque tuve la suerte de contar con un pequeño aseo dentro de la habitación, también existía la opción de ir al común si me pillaba más cerca. Había una sala donde encontré algunas personas, como dijo Manami casi todos adolescentes, una cocina, una piscina, unas pequeñas termas artificiales, un gimnasio y una sala con lavadoras y secadoras también de uso común. Completita, completita. Me incluyó en el reparto de tareas, los residentes éramos los encargados de mantener la casa limpia, según Hiroshi, con el fin de tener la mente ocupada. Resumiendo, una manera de no gastarse pasta en alguien que limpiase la mierda. Por el camino nos encontramos a un tipo muy alto y delgado, serio, aunque yo diría que aburrido. A Manami se le iluminó la cara.

– Este es mi prometido, Daisuke – Me incliné ante su leve reverencia – Sasaki san es nuestra nueva inquilina.

– Llamadme Ayame, por favor – Hacía tanto que no me llamaban por mi apellido que me resultaba extraño e incómodo – El tipo asintió y se marchó. Miré a Hiroshi al escucharle soltar una respiración corta por la nariz. Negaba con la cabeza.

– Es un poco serio, no se lo tengas en cuenta – Le justificó Manami.

– Es una manera de decir las cosas, sí – Hiroshi tenía algo en contra de ese tío. Me moría de ganas por saber los trapos sucios de unos y otros. Fijo que siendo tan recataditos tendrían un montón.

– Tendrás un guía espiritual, en estos días te lo asignaremos. Siempre somos alguno de nosotros – Se señaló a ella y a Hiroshi – Mi marido o nuestro hermano menor. Perdona que no te presente pero en estos momentos sus estudios consumen su tiempo.

– ¿Puedo hacer una petición? – Dudó un poco, pero me incitó a hablar – ¿Puede ser él mi guía? – Señalé a Hiroshi. Si iba a tener a alguien pegado al culo preferiría que fuese ese tonto y no otro – Me cuesta un poco abrirme a las personas que no conozco pero con él me es fácil estar – Le dediqué una falsa mirada inocente. Se le plantó una sonrisa estúpida en la cara en cuanto lo hice.

– Bueno, si no ves inconveniente… – Su hermano la miró, aún con esa carita de felicidad que ponía cuando le hacía más caso de la cuenta.

– Ninguno, al contrario – Me miró de vuelta – Estaré encantado – No sé si su hermana lo vio, pero me fue imposible evitar guiñarle el ojo. Y como veía venir, se rio como un estúpido. Si la cosa seguía así, en una noche me lo estaba follando.

3

Pero me equivocaba. La semana siguiente fue… para describirla en una palabra diría que ABURRIDA. Pero así, en mayúsculas. Antes de mudarme, mi vida me aportaba algo nuevo todos los días, una aventura, acción, bueno o malo daba igual, lo que quiero decir es que había variedad. De repente me encontré inmersa en una rutina que no iba conmigo. Y cuando intentaba salirme de ella e ir a curiosear la manera de ganar dinero con ese negocio, enseguida me recordaban amablemente que había algo que hacer. Porque si esa casa tan enorme se mantenía limpia era gracias a todos los que allí “purificábamos nuestra alma”. Todas las mañanas nos levantaban temprano, nos debíamos preparar el desayuno, después se repartían las tareas: quitar el polvo, limpiar el suelo, las ventanas, los servicios, el jardín, la piscina, las termas, arreglar lo que estuviese roto, comprar lo necesario, lavar la ropa… Entre apaño y apaño almorzábamos y cenábamos, nos veíamos obligados a una hora de charla en la que nos reuníamos como si estuviésemos en alcohólicos anónimos, ducha y a la cama. Si tenías algo de tiempo libre, te dedicabas o a estudiar o a leer algo. Ni una emoción fuerte, ni un sentimiento más alto que otro. Muchas sonrisas apretadas, tensas, fingidas. Y para colmo de males, Hiroshi desaparecido en combate. En toda la semana solo se dieron dos momentos destacables: El primero cuando Manami apareció con un fondo de armario nuevo para mí, cambiando mi ropa normal por vestimenta salida de La Casa de la Pradera, hortera hasta decir basta. Además me acompañó a teñirme de un negro azabache de lo más aburrido; El segundo momento fue una noche que me levanté de madrugada preguntándome si me había dejado el fuego de la cocina encendido. Al volver, vi una espalda ancha ante mí y una inconfundible mata de pelo negra.

– ¡Hiroshi! – Se volvió mandándome callar.

– Es muy tarde para dar esas voces, Sasaki san – Alcé una ceja, eran solo las once. Se había duchado y secado el pelo, por lo que pude verlo sin esas cantidades exageradas de gomina, resultando en un montón de mechones desordenados y ondulados. Y al verle así verifiqué mis sospechas; El tontorrón estaba buenísimo – Iba a ir a buscarte mañana, quiero hablar contigo sobre tu primera semana con nosotros.

– Podemos hablar ahora si quieres, ven a mi habitación – Tuvo que ver algo de mis segundas intenciones porque sonrió suavemente, negando con la cabeza.

– No es ni buena idea, ni adecuado. Mañana nos vemos – Me encogí de hombros y volví a mi habitación quedándome con las ganas.

                Al día siguiente, a mitad de mi rutina diaria, me encontré por el pasillo a Manami con el hermano equivocado, Keiji. Me miró con el mismo asco que aquel día fuera de su casa y sin decir ni media se encerró en la que supuse, era su habitación.

– Disculpa a mi hermano – Ella tan correcta como siempre – No se desenvuelve con normalidad entre gente que considera de moral dudosa.

– No te preocupes, no me afecta en absoluto. Oye, quería preguntar una cosa sobre los horarios… – Asintió, invitándome a hablar – ¿Las termas las puedo usar por la noche?

– Ah, sí claro. Nadie suele meterse en ellas a partir de las once si quieres estar sola. Sé que trasnochas a pesar de madrugar tanto.

– Genial, hace años que no me dejan entrar en las públicas y lo echo de menos  – La vi inspeccionarme la piel – Sí, exacto, tengo tatuajes y no precisamente pequeños. Aunque según me cuenta Hiroshi ya los has visto.

– Ah, sí, lo siento mucho. Si me disculpas, tengo cosas que hacer.

                Huyó, incómoda e incluso avergonzada. Se preocupaban tanto por no ofender que llegaba  a ser molesto. Me tocaba poner lavadoras, así que con cierto asco, me encaminé a tan apestosa tarea. Estaba muy acostumbrada a ver fluidos ajenos, pero al no saber el origen cogía las prendas con dos deditos. A mitad del martirio escuché pasos a mi espalda. Hiroshi se situó a mi lado, ayudándome. Volvía a tener el pelo engominado y su horrible polito de niño de bien.

  – Bueno, ¿Qué te parece todo esto?

– Está bien, no me falta nada básico y desde luego estoy entretenida, ¿ cuántos vivimos aquí actualmente?

 – Diez u once personas, ¿has conocido a los demás?

 – En las charlas, sí, no tenemos mucho en común. Son muy devotos y yo, en fin, digamos que carezco de fe – Emitió un suave “eeehhh…” – No hace falta ser católica para estar aquí, ¿verdad?

– No es un requisito, no. Cualquier persona, independientemente de la religión que profese, tiene derecho a una segunda oportunidad en la vida para tomar el camino correcto – Puse los ojos en blanco. Ese tipo de frases me parecían ridículas, aunque al menos era tolerante.

– Igualmente, ¿podría ir un día a alguna de vuestras misas? ¿Podría ayudar? – Ante la mención de querer integrarme en su entorno se le iluminó la carita. El pobre no sabía que buscaba la manera de sacarle partido a todo ese negocio.

– ¡Por supuesto! Te informaré el próximo día que se celebre una misa y si te apetece me acompañas a mí o a mi hermano Keiji.

– Tu hermano me odia.

– No te odia – Me sonrió. Era una sonrisa muy bonita – Le cuesta aceptar a gente ajena a nuestros valores – Suspiré. Ese sí que era un intolerante. Iba a ser el más difícil de llevar por lo que yo consideraba el “camino correcto” – ¿Echas algo en falta? ¿Hay algo que se te haga especialmente difícil? – Tuve que esconder una sonrisita porque lo primero que se me vino a la cabeza que yo pudiese necesitar le iba a escandalizar.

– Sí, ahora que lo dices sí que hay algo que echo en falta – Solté la ropa y miré sobre mi hombro, comprobando que nadie se acercaba por el pasillo. Le puse una mano en el hombro, girándole, haciendo que se sentara en una de las máquinas con suavidad – Pero no puedo conseguirlo sola.

– Sasaki san – Levantó las palmas de las manos hacia mí, le cogí de las muñecas y las posé sobre mis pechos. Se le abrió la boca, reteniendo aire en sus pulmones.

– No sabes lo que echo de menos sentir a un hombre – Deslicé mi mano por su rodilla, subiéndola por su muslo. No respiraba, le iba a dar algo.

                Susurré su nombre, acariciando su oreja con mis labios y mordiéndole el lóbulo. No me soltaba las tetas, pero al acariciarle la bragueta suavemente por encima del pantalón, bajando mi boca por su mentón, se levantó bruscamente.

– Sasaki san – Estaba rojo como un tomate, alejándose de mí colocándose bien las gafas – Lo siento, no puedo, no podemos, eso no puedo dártelo, lo siento. No es adecuado, no es apropiado, no puede ser. Si tien—si tienes alguna duda Manami te la resolverá. Yo no… lo siento, no puedo.

                Se marchó a paso ligero, desapareciendo por el pasillo sin mirar atrás. Le había asustado, no podía ir tan rápido con él y tampoco quería acosarle y hacerle sentir mal. Que probablemente por las cosas que le habrían metido en la cabeza sobre lo malo y pecaminoso que era el sexo, es como se sentiría. Me dio lastima saber la culpabilidad que se le iba a venir encima al hacerse una paja a mi costa, eso no era sano, y era lo que le tenía que hacer ver. Al marcharme de vuelta a la cocina para mirar en el tablón qué apasionante tarea debía hacer antes del almuerzo, me dio el encuentro el prometido de Manami, Daisuke. Me agarró del brazo y me sacó al jardín trasero.

– ¿Qué te crees que estás haciendo? – Me quedé de piedra ante esa pregunta, no sabía a qué venía y mi primer instinto fue darle una mala contestación. Instinto que me costó horrores reprimir – ¿Tan cachonda estás que no puedes aguantar el tipo?

– ¿¡Pero tú quién eres para hablarme así?! – Ante esa manera de dirigirse a mí, intentando avergonzarme en vano, no pude evitar mostrar mi verdadero carácter.

– Si tienes ganas de follar, te haces una paja, como hacemos todos. Hiroshi es muy impresionable, no ha conocido mujer y menos mal que me lo he encontrado y le he obligado a soltarme lo que le pasaba. Se lo iba a contar a su hermana y de haberlo hecho ya estarías en la calle.

– ¿Y a ti qué más te da que me quede o que me vaya? ¿A qué viene?

– He estado en la mierda más grande y sospecho que de ahí vienes tú también – Ahora me explicaba esas maneras tan poco refinadas y ese vocabulario que haría llorar al niño Jesús. Además, vi agujeros en sus orejas y una cicatriz en su ceja izquierda. Y esa nariz tan rara solo se te quedaba si te la habían destrozado – Hazme caso, no quieres volver, aquí comes y tienes un techo por hacer dos o tres tareas al día. Y probablemente te encuentren un trabajo fijo si te pones a estudiar.

– Aha, ya veo. Lo de comprometerte con Manami no es más que una manera de asegurar que te quedas por aquí. Qué listo eres, por eso Hiroshi no te puede ver, te tiene calado.

– Me importa una mierda lo que el mojigato ese piense y me importa una mierda Manami. Si yo me callo lo tuyo, tú te callas lo mío.

– No me pueden interesar menos tus intenciones, no pensaba abrir la boca, pero hazme un favor, no te metas dónde no te llaman.

– Tú sabrás – Se encogió de hombros y entró de nuevo en la casa – No seas imbécil y compórtate.

                Nunca me había gustado mucho estar rodeada de personas pero con estas en concreto se me hacía especialmente difícil. El no tener nada que ver con ellos, que te digan a cada momento qué hacer y cómo comportarte, que elijan por ti… No eran cosas que fuesen conmigo y sin embargo ahí estaba. Si no fuese por lo mucho que apreciaba a Mei ya me habría quitado de en medio. Y al acordarme de ella me encerré en el baño en cuanto tuve un hueco libre para llamarla por teléfono.

 – ¿Cómo está mi santurrona? – Fue lo que contestó – Llevaba tanto sin saber de ti que me estaba empezando a creer que te habían comido el coco de verdad.

– No, pero me tienen bien ocupada, desde luego tontos no son a la hora de llevar el negocio.

¿Has conseguido colarte en las misas?

– Todavía no pero pronto. Tengo a uno de ellos casi en el bote, al tontorrón grandote. Ahora, una cosa te digo, esta gente esconde más de lo que uno pensaría.

Aaaaay los santurrones son los peores y las calladitas las más zorras en la cama. No te fíes ni de tu sombra ahí dentro porque en cuanto te descuides te dan la patada. Por cierto, no paran de preguntar por ti.

No me esperaba que mis clientes fueran a echarme de menos.

Esos también, pero me refería a Yuko y sobre todo a Kotaro. Me tiene frita. Le he dicho que estás de vacaciones pero no para de insistir que dónde. ¿Qué le das que está enganchado? – Sonreí ante la imagen de ese tipo incapaz de vivir sin mí. Dime de qué presumes…

Ya se cansará, tiene muchos chochitos alrededor. Que no me vendría mal tenerle una noche por aquí…

Con lo escandalosos que sois os hacen hasta un exorcismo – Di una carcajada porque no le faltaba razón – En fin, te dejo. Suerte, espero verte pronto de vuelta.

En cuanto me entere de cómo montan el tinglado. Ya nos vemos, Mei.

                La echaba de menos. Los echaba de menos y fue un pensamiento que me sorprendió. Se habían convertido en mi familia y estaba acostumbrada a tenerlos cerca. Suspiré y cogí mis toallas, camino a las termas. Ya que me dijo la puritana que por las noches estaban libres, iba a aprovechar para meterme un rato en remojo. Antes de llegar a la entrada del jardín trasero vi por primera vez la puerta del cuarto de Keiji, el hermano menor del tontorrón, abierta. La curiosidad me pudo y me asomé solo un poquito, a ver qué escondía su santidad. Al comprobar que no había nadie dentro, me colé de puntillas. Muchos libros de teología era el principal componente del dormitorio, apenas había muebles y lo único medianamente moderno era un portátil en suspensión como bien indicaba la parpadeante lucecita naranja. Abrí la tapa y presioné una tecla para arrepentirme al momento y casi morirme de la risa.

                Porno escandaloso, porno sucio, porno homosexual a toda pastilla.

                Bajé la tapa de un golpetazo y salí corriendo hacia mi habitación aguantando la risa tras mi mano. Cuando se me pasó volví a emprender el camino a las termas. La puerta de su habitación estaba cerrada, nadie alrededor. Conseguí aparentar normalidad, desconocía quién se habría enterado de esos estridentes gemidos masculinos pero fuese quien fuese debió quedarse en shock. Vaya tela con la doble moral del personal… a ver si conseguía tener una charlita con él.

                Las termas estaban desiertas. Me metí en un recoveco escondido, de espaldas a la puerta trasera de la casa, dejándome caer en el borde tan solo con una toalla alrededor del cuerpo. Me recogí la melena en un moño alto y suspiré, dejándome llevar por la paz y el calor del agua. Casi me quedo dormida, no sé si pasaron minutos u horas cuando escuché pasitos acercarse. Pensé moverme, pero estaba tapada y parcialmente oculta por unos juncos de mentira. Si era otra mujer, el problema más grande que podía encontrarme era que le desagradasen mis tatuajes. Pero no. No era una mujer. Me mordí el labio al ver entrar al cegato de Hiroshi sin las gafas, sin gomina y solo con una toalla en la cintura. No me había visto en la oscuridad de la noche, no había apenas luz y mi toalla era oscura. A esas horas estaría acostumbrado a estar solito. Dejé que entrase, que se relajase, que respirase hondo y cerrase los ojos. Y cuál fue mi sorpresa cuando va el chiquitín y empieza a pajearse suavemente. Me puse cachonda al instante. Me rocé el clítoris mirándole juntar las cejas, entreabrir los labios y jadear. Supe que en cuanto escuchase movimiento a su lado se iría, por lo que fui todo lo rápida que pude. Me levanté quedándome completamente desnuda. Se sobresaltó, tapándosela de inmediato con las manos sobre la toalla que se la cubría, susurrando un asustado “¿quién eres?”. Me senté sobre sus piernas, tirando de su toalla, agarrándome de esa polla que ni era muy grande ni muy pequeña pero tan dura que me moría por metérmela.

– Ay Hiroshi, dime que pensabas en mí – Le pasé la mano por la nuca acariciando sus cabellos, hablando contra su boca y deslizando mi mano por esa fina y cálida piel muy despacio.

– No podemos hacer esto – Susurró justo antes de ahogar un gemido ronco.

– Joder, eres guapísimo, ¿te lo han dicho alguna vez? – Negó con la cabeza – Tócame, Hiro-kun.

                Vi el deseo en sus ojos al mirar mi cuerpo desnudo y vi que le temblaban las manos cuando las puso en mi cintura. Le acaricié la mejilla y le besé despacio. Sus besos eran torpes e inexpertos pero sus labios eran tan gruesos y cálidos que no podía dejar de besarle una vez empecé. Al meterle la lengua en la boca gimió, me agarró con fuerza del pelo y las caderas y se empezó a correr. No quise dejar de besarle porque estaba siendo de lo más escandaloso y no paraba de eyacular. No sabía desde cuándo llevaba sin hacerse una paja pero era interminable lo de ese hombre.

– Quería follar contigo pero mejor las cosas de una en una, ¿verdad? – Me miraba a los ojos extasiado, atontado, desconectado de la realidad.

– Ha sido mi primer beso – Susurró. Me reí suavemente antes de besarle de nuevo todo lo dulce que pude teniendo en cuenta lo cachonda que estaba.

– Y obviamente la primera vez que te corres con una mujer – Asintió. Me miraba a la cara de una manera que jamás me habían mirado. Lo tenía a mis pies, podía hacer con él lo que quisiese – Nos quedan muchas primeras veces entonces.

– No podemos hacer esto de nuevo. Puede venir cualquiera a las termas, Sasaki san.

– Bueno, bueno. La casa es grande. Y llámame Ayame – Me sonrió avergonzado. Me entraron ganas de comérmelo a besos y eso mismo fue lo que hice.

4

                Tras ese rápido – e insatisfactorio por mi parte – encuentro sexual, sugerí que yo debía ir primero a mi habitación y que en un rato fuese él. Que se relajase. Le di las buenas noches y me metí en la cama, haciéndome una paja apoteósica pensando en su polla y susurrando su nombre. No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar al día siguiente, esperaba que no estuviese muy arrepentido y que la culpabilidad no fuese mayor que el deseo. Me limité a hacer vida normal, aguantando la risa al encontrarme con el recto Keiji. Recto… El recto de un hombretón es lo que él quisiera por las noches. Y no fue hasta dos días después que no le volví a ver. Estaba desayunando, quitándome legañas y bostezando, cuando entró por la puerta de la cocina con una sonrisa a la que respondía de buena gana. Me miraba igual de avergonzado que siempre.

 – ¿Sigue en pie tu propuesta de venir conmigo a preparar la misa?

 – ¡Claro! Dame un segundo y nos vamos – Por fin iba a ver lo que me interesaba.

 – Perfecto, estaré en la sala común.

                Me di prisa en vestirme con la ropa más insulsa del mundo. Iba de blanco y color crema, con una blusa de botones bien abrochada y una falda por debajo de las rodillas. Los taconcitos eran blancos y, por supuesto, llevaba medias y el pelo muy bien peinado. Todo en su sitio, todo correcto y perfecto. Se me hacía rarísimo salir a la calle sin pintarme, no estaba nada acostumbrada. Hiroshi pareció encantado con mis pintas, a mí me daban un puto asco que me moría. Estaba de lo más incómoda y deseé no encontrarme a ningún conocido. Me acompañó hasta el coche, normal y más bien pequeño pero reluciente de limpio que estaba.

   – Estás rara – Me dijo una vez nos pusimos en marcha – Sé que es la ropa que te ha dado mi hermana pero…

– ¿No me queda bien? – Me reí. Me quedaba como un tiro.

– No, no me malinterpretes, estás muy linda pero no tengo muy claro si va contigo.

– No va para nada conmigo. En absoluto. Algún día te enseñaré mi modelito favorito.

– Se supone que no vas a volver a esa vida – Comentó con cautela.

– Ya, sí, claro. Pero eso no significa que me vaya a deshacer de mi ropa – Torció el gesto – Supongo que vamos a la Iglesia de Nunoike, ¿no?

– Claro, ¿a cuál si no? Tenemos que hacer unas cuantas cosas antes de que empiece la misa en japonés. Las misas en otros idiomas son cosa de los voluntarios extranjeros. Además, creo que después viene el grupo de boyscouts y si no me equivoco hoy deben pagar la mensualidad, así que nos pasaremos por allí también.

                Dinero, dinero, dinero. Eso era lo que yo quería ver. Lo primero que hicimos fue colocar carteles anunciando la jornada del día. Tras eso, preparamos los libros que se iban a usar y comprobamos las reservas del sagrario. Finalmente preparamos las ofrendas y el cesto para el dinero. Encendimos las velas y los micrófonos, a los fieles que empezaron a llegar le repartimos unos papeles que ni idea de qué eran pero como Hiroshi permanecía en un respetuoso silencio, hice lo mismo. Con lo que no contaba era con lo aburrida de cojones que fue la misa. Me dio tiempo a fantasear con detalle sobre meterle en el confesionario para que me susurrase todos sus pecados mientras le cabalgaba intentando no hacer ruido. Me dio tiempo a fantasear y a que se me pasase el calentón. Escondí tantos bostezos como resoplidos, pero a Hiroshi no se le escaparon. Se reía suavemente ante mi rostro somnoliento, recitando a coro frases de vez en cuando. Me ponían los pelos de punta, tan sectarios, tan obedientes… Eran como seres sin voluntad, todos a una, no me terminaba de gustar. Hiroshi me dio un cepillo para recolectar dinero y él se quedó el otro. Y me sorprendí al ver billetes y no precisamente pequeños. Al acabar la misa Hiroshi lo llevó todo a una caja fuerte, contándolo antes. Entre los dos hicimos poco más de 9000 yenes. Y eso fue en esa única misa, porque como dijo antes había más en varios idiomas. Aún en silencio, fuimos hasta un edificio anexo, en el que al entrar nos recibió Daisuke.

– Ya os conocéis, ¿verdad? – Nos preguntó Hiroshi. Ambos asentimos – Se ocupa de la catequesis de los niños. Se formó para ello estando con nosotros y es el mejor.

– Sí, me siento útil estando por aquí y no es un trabajo muy complicado. Aunque no me vendría mal otro par de manos – Alcé las cejas, incrédula. Cambié mi expresión por una falsa sonrisa.

– No es mala idea, no…

– Voy un momento a por el dinero de los boyscouts, espérame aquí y ahora volvemos a casa – Asentí. Tan pronto le perdí de vista escuché la risita de su cuñado. Me estaba mirando de arriba abajo, negando con la cabeza.

– Se nota que no es tu estilo.

– No todos podemos perfeccionar la técnica de ir vestido como un imbécil a la de la noche a la mañana.

– Oye, lo de que te vengas aquí conmigo lo digo en serio – Bajó el tono y se inclinó un poco para susurrarme – Estando tan lejos de la casa podemos ser más nosotros y, en fin, esas ganitas que tienes por desfogar… – Tan pronto sentí su mano en mi culo sintió él la mía en su cara, con fuerza y con impulso. El chas resonó por el pasillo.

– ¿Qué cojones te crees que estás haciendo? – Le susurré con rabia.

– ¿Pero no estabas cachonda?

– Sí joder, pero eso no significa que me vaya a follar al primero que se me ponga por delante por muy puta que yo sea.

– Ya, y al que te quieres follar es a ese que ni sabe cómo es un coño.

– No me libro de los yakuza ni metiéndome aquí – Mascullé molesta al escucharle hablar con ese acento asqueroso – ¿Es común entre vosotros eso de no respetar a las mujeres?

– Déjate de gilipolleces y vente aquí conmigo, que no te vas a arrepentir – Se estiró en cuanto escuchó pasos por el pasillo – No seas tonta.

– Estoy ya del no seas tonta… – Murmuré entre dientes.

– Bueno, por hoy se acabó por aquí. Vamos a casa – Asentí y me despedí del impresentable ese con una sonrisa apretada.

– ¿Tenéis muchos niños?

– Dos grupos de diez en la catequesis y unos… treinta variando en edades en los scouts, este año son más.

– ¿Y se lo pueden permitir?

– La catequesis es gratuita, como no, y los scouts son solo 2500 yenes al mes, claro que se lo pueden permitir – Asentí, yo no podría haberlo hecho de niña y seguro que no ahora – Hay grupos de gente de tu edad, por si fuese de tu interés.

– No mucho, prefiero quedarme en la casa – Me imagine rodeada de santurrones y mientras yo escondía la risa, Hiroshi suspiraba al entrar en el coche.

– ¿Qué te pasa? – Le pregunté. Me miró sorprendido, probablemente nadie le preguntaba nunca. Sonrió y se encogió de hombros, arrugando la nariz.

– No sé, Daisuke no me termina de agradar – Me reí por la nariz brevemente – ¿A ti tampoco?

– No encaja con la gente de la casa, igual que yo.

– Ya, pero a él le veo unas segundas intenciones que a ti no – Me sentí culpable cuando se me quedó mirando con ambas cejas arqueadas – No le digas nada a Manami, se enfada cada vez que se lo comento. No sé por qué le defiende con tantas ganas…

– Hiroshi, ¿te puedo pedir un favor? – Volvió a mirarme, apartaba demasiado los ojos de la carretera para hacerlo – ¿Me llevas a ver el mar? Nunca he ido.

– ¿Ahora? – Asentí – Pero nos van a echar en falta – A pesar de decirme eso, buscaba con los ojos el desvío hacia la costa.

– No está muy lejos y nunca he tenido la oportunidad. Me gustaría ir contigo – No se pudo negar ante esa petición. Tragó saliva y asintió, agarrándose al volante con fuerza.

                Sonreí mirando por la ventana. Claro que había ido a la playa, era solo que en esa época del año no habría nadie y quería estar a solas con él. No coincidía con Daisuke en nada de lo que salía por el agujero ese que usaba para hablar, pero en lo de que Hiroshi era inocente no podía más que darle la razón.

– ¿Podría hacerte una pregunta personal? – Asentí – ¿Cómo una chica tan joven acaba llevando la vida que llevabas?

– Nunca he encajado con mis padres. Odiaba estar en mi casa, odiaba sentirme controlada. Quería experimentar cosas nuevas, dejé el instituto y me fui a vivir por mi cuenta. Obviamente no me salió bien y cuando pensaba tragarme el orgullo y volver, me encontré con Mei – Me escuchaba atento. No estaba acostumbrada a que un hombre me escuchase tanto, normalmente era al revés – Me salvó la vida. Me acogió en su casa, que también es su negocio, y me propuso trabajar haciendo felices a hombres por la noche en su bar. Haciéndoles creer que me gustan y esas cosas.

– ¿No se te hace duro? – Estaba tentada de atarle la cabeza para que dejase de mirarme, nos íbamos a estampar con algo, me ponía histérica.

– No mucho. Al principio era un poco difícil aguantar las tonterías que soltaban los borrachos y las manos largas, pero una se termina acostumbrando.

– ¿Cuánto llevas allí? Tienes dieciocho ahora, ¿no?

– Desde los dieciséis. Pero tranqui, no quería darle problemas a Mei así que no me he empezado a prostituir hasta este año.

– ¿¡EHH?! – Le agarré el volante – ¿Eres…?

– Solo con los que pagan mucho, ¿no lo sabías? Para tu alivio te diré que ha sido en ocasiones contadas, no supone un gran sacrificio – Parecía tremendamente preocupado – Normalmente la tienen pequeña y acaban antes casi de ponerles el condón. Es que la mayoría de las veces ni me la meten.

– ¿Cómo eres capaz de hablar de eso así?

– ¿De eso? ¿A qué te refieres? – Aparcó en el arcén, creyéndome yo que le había ofendido. Al mirar a mi alrededor vi que estábamos en un mirador, habíamos llegado a la playa. Como ya sabía no pasaba ni un coche; estábamos solitos del todo.

– Del… del sexo. Nunca había escuchado a nadie hablar de eso como si fuese…

– ¿Normal? – Asintió. Tanto que me miraba antes y ahora era incapaz de hacerlo durante tres segundos de frente, porque lo hacía, pero de reojo – Porque lo es para mí. No es más que o una manera de ganar dinero o una manera de pasármelo bien con gente que aprecio. O de hacerle a alguien pasárselo bien. No es algo malo, es una experiencia humana más.

– Pero es sucio…

– Sí, claro que lo es. Físicamente desde luego que lo es – Vi su expresión, dándome a entender que no era a lo que se refería – Espiritualmente… es liberador. Hiroshi – Le puse la mano en la cara para que me mirase, apoyando la otra en su pierna. Me raspé los dedos con una barba que apenas veía – ¿Te sentiste mal por lo del otro día en las termas?

– En el momento no, después sí. No estamos casados, ni siquiera somos pareja. Es algo que no se debe hacer sin una unión sagrada de por medio o la promesa de esta al menos.

– ¿Y eso por qué? ¿Qué nos va a pasar?

– Dios nos observa, juzga, no pode—

– Vale, vamos a hacer una prueba – Me desabroché despacio la camisa. Aunque me miraba de reojo, no apartaba la atención de mi escote sin dejar de apretar el volante – Seguro que ya quieres tocarme, ¿verdad?

– Sí, siempre estoy deseando tocarte pero Sasaki san…

– Ayame, pesado – Cogí sus manos y antes de hacer nada, las observé. Eran manazas, de dedos largos y venas marcadas en el dorso. Me gustaban mucho, le besé los dedos – Quiero que me acaricies – Me miraba serio, aunque su atención estaba más puesta en mi piel que en mis ojos.

                Las yemas de sus dedos tocaron mis clavículas, la redondez superior de mis pechos, el encaje de mi sujetador negro, mis pezones por encima de la tela. Su otra mano, cálida, se deslizó por mi cintura hacia arriba, hacia mi otro pecho, poniéndome la piel de la gallina. Se me escapó una risita juguetona que le hizo sonreír tímidamente. Me apretó los pechos suavemente, se mordió el labio, centrándose en mis pezones. Suspiré al sentirme excitada, con las bragas un poco más húmedas que hacía un segundo.

 – Quiero sentir tu boca en mi piel – Alcé mi brazo, acariciando sus labios con mi pulgar.

                Me miró, suspiró, y con las manos rodeándome la cintura se inclinó sobre mí, pegándome a la ventanilla al besarme. Abrí las piernas, pasándolas alrededor de su cintura, tirándole del pelo y sintiendo su lengua en mi boca. Su lengua tiesa, la movía demasiado rápido. Me reí.

– Hiroshi, Hiroshi espera – De nuevo esa mirada atontada en sus ojos. Le cegaba la lujuria y me encantaba verle así – Relaja la boca, relaja esa lengua que me vas a hacer un piercing. Deja que yo te bese.

– Lo siento, no sé hacer estas cosas – Le quité las gafas, poniéndolas en el salpicadero del coche. Le terminé de despeinar la melena que ya había empezado a alborotar con mis tirones. Con ese pelo y esa mirada salvaje parecía otro. Un hombre que me gustaba mucho más que ese tan arreglado y correcto.

– De verdad que estás para matarte a polvos, cariño mío – Se rio avergonzado y me reí con él.

                Besé sus labios despacio, deslicé mi lengua en su boca de igual manera, sin prisas, profundamente. Gemí al sentir ese hormigueo en la entrepierna que solo te provocan los grandes besadores. Una vez aprendió a usar su lengua para derretirme con solo un beso me estaba volviendo loca. No quería admitirlo, pero si la cosa seguía como iba terminaría haciendo conmigo lo que quisiese. Bueno, podía hacer conmigo lo que le diese la gana ya de antes, estando tan bueno como estaba no le iba a decir que no. Le abrí los botones de la camisa al sentir su boca bajarme por el mentón, por mi cuello, provocándome escalofríos. Al sentir su lengua sobre mis pechos resoplé. Cogí su mano y la llevé a mi entrepierna. Me la apretó cuando me sacaba el pezón del sujetador, mordiéndolo con suavidad. No recordaba la última vez que había estado tan sumamente cachonda. Intentaba acariciármelo pero las medias se tensaban y no llegaba a rozarme como era debido. Molesta y enfadada pegué un tirón de ellas, haciéndoles un agujero enorme. Los dedos de Hiroshi rozaron mis ya húmedas bragas, haciéndome gemir con fuerza. Me miró al escucharme, le agarré la mano y la metí dentro de mi ropa interior, indicándole cómo debía mover los dedos sobre mi clítoris. Le toqué el pecho, se lo arañé. Hiroshi jadeaba, su mirada era sucia, se mordía tan fuerte el labio que iba a hacerse daño. Comencé a agitarme al sentir el orgasmo acechándome. Le cogí la mano que apretaba mi pecho y empapé dos de sus dedos en saliva.

– Mételos despacio, y cuando estén dentro tira con las yemas de los dedos hacia ti – Me hizo caso, susurrando mi nombre.

                No entendía cómo aguantaba sin sacársela y metérmela. Otro tío no tendría esa paciencia. Otro tío habría dejado de tocarme hace mucho para correrse él. Pero por lo visto a Hiroshi le apasionaba darme placer y sobretodo, aprender cómo hacerlo. Y yo estaba encantada.

– Relaja los dedos, estás tenso – Una vez los tuve dentro y los dobló, también me dobló a mí. Arqueé la espalda – En círculos, en círculos Hiroshi, por Dios….

                Temblé entera cuando me corrí. Me agité con las piernas estiradas, las caderas hacia arriba y los dedos de los pies apretados. Él también gemía a pesar de no tocarse, gemía solo de verme gozar. Se inclinó entre mis piernas y sin sacarme los dedos de dentro, me lamió el clítoris con ansiedad. Gemía mi nombre, gemía mucho pero no más fuerte que yo. Volví a correrme, volví a correrme con tantas ganas y de una manera tan insoportable que si por un casual alguien pasaba por allí se iba a preguntar a quién estaban matando. Su teléfono comenzó a sonar y al principio ni nos enteramos. Yo no me enteré hasta que le miré preguntándome por qué cojones había parado de torturarme tan deliciosamente.

 – ¿Sí? – Intentaba esconder los jadeos, limpiándose la cara de mis flujos – Sí, ya vamos, nos hemos desviado un poco del camino pero ya vamos a casa – Se pasó la mano por la cara, respirando hondo despacio – Vale, ahora le recojo.

– ¿Tu hermana? – Asintió.

– Ponte derecha por favor, no puedo conducir – Se sacó el pañuelo del bolsillo y se limpió las manos. Le mire entrecerrando los ojos.

– ¿Y tú qué? – Me miró sin comprenderme. Me devoró con la mirada, mordiéndose el labio de nuevo.

– ¿Yo qué de qué?

– ¿No te corres? Puedo hacer que te corras en menos de tres minutos.

– Lo voy a manchar todo y no puedo llegar manchado a casa. Mucho es que vas a llegar sin medias – Se abrochó la camisa, pero no dejaba de mirarme los pechos y la boca.

– No se va a manchar nada, tonto, ¿sabes qué? Se me apetece mucho comértela – Ahora era yo la que me inclinaba sobre él, aplastándole contra su ventanilla, besándole brevemente los labios mientras le abría la bragueta – Pero más se me apetece tragármelo todo.

                Se rio nervioso, dando un respingo cuando se la acaricié. Estaba tan dura que me sorprendió. Más que en las termas. Estaba a punto de correrse. Le lamí el pecho, mordiéndole un pezón. Tiré de sus pantalones y se los bajé hasta las rodillas, calzoncillos incluidos. Tiré de sus caderas, quería hacerle sentir una experiencia que estaba segura sería nueva para él. Lo bueno que tenía eso de estar con gente “de bien” es que Manami me recortó las uñas de manera perfecta, redonditas y bonitas. Me empapé el dedo en saliva y me metí su polla en la boca despacio. Gimió al instante. Un gemido ronco, grave, rasgado y lento. Le pasé el dedo justo por debajo de los huevos, apretando levemente. Le masturbaba y le lamía despacio debajo del glande en esa zona tan sensible cuando deslicé ese mismo dedo en su culo, apretando donde sabía que iba a matarle. Me agarró de los hombros, cogiendo aire con sorpresa. Al metérmela en la boca, apretándola con mis labios y lengua mientras movía ese único dedo en su interior, su gemido pareció un lamento. Tuvo un espasmo y se corrió al instante, gimiendo entre dientes, escandalosamente, tirándome del pelo. Temblaba casi igual que yo, no sabía qué hacer ante un orgasmo tan intenso. Cuando acabó lamí una gota que se me había escapado y le besé en la mejilla, riéndome con malicia.

– Dios mío… – Jadeó, pasándose la mano por los ojos.

– Dios no ha tenido nada que ver en esto, blasfemo – Me miró sofocado, colorado, extasiado. Empezó a reírse suavemente, pero al reírme yo con él se descontroló. Terminamos a carcajadas, cada uno en su asiento. Me acarició la mejilla, negó con la cabeza y volvimos a casa.

5

                Pero antes de volver nos pasamos por la biblioteca. Su hermano Keiji había ido a por unos libros y le íbamos a llevar para que no cargase. Mientras esperábamos, suspiré, tarareando satisfecha. Me miró con una gran sonrisa, cogiéndome la mano discretamente y acariciándomela con el pulgar. No quería cortarle el rollo, pero me daba la impresión de que se estaba enamorando y eso no era bueno para él. En absoluto.

– Se te ve contenta.

 – ¡Pues claro! En mi vida me habían comido el coño tanto tiempo seguido y tan bien.

– ¡Sssshhhh! – Miró a su alrededor, comprobando que Keiji no estaba cerca – No digas esas cosas en voz alta y menos con gente alrededor, Ayame san.

– Chan. Deja de ser formal conmigo, te he metido el dedo en el culo – Chasqueó la lengua, mirándome fastidiado.

– No… no vuelvas a hacer eso.

– ¿No te ha gustado? Porque me dio la impresión de que sí.

– No es eso – Volvió a chasquear la lengua – Es que no… a mí no me gustan esas cosas – Me incliné junto a él, mi proximidad le puso nervioso.

– El sexo anal no tiene nada que ver con ser maricón y además, por las ganas con las que me besas y me tocas está claro que no lo eres, si quieres quedarte tranquilo.

– Me incomoda.

– Te incomoda ahora, en el momento te ha encantado – Le guiñé el ojo haciéndole sonreír una vez más. No quería admitirlo pero le había vuelto loco – Pero vale, no volveré a hacerlo. No quiero que te sientas vio—

– Shh, calla, mi hermano – Se puso tieso en el asiento al verle llegar.

                Si él supiese lo que yo sabía de su hermanito… Pero no era nadie para decir nada, por lo que solo salí del coche para ayudarle a meter los libros en el asiento trasero. Se traía media biblioteca. Keiji no me saludó, solo me dedicó una mirada asqueada de soslayo. Tuve que aguantar la risa cuando le preguntó a Hiroshi qué le pasaba en el pelo y más aún cuando se apresuró a arreglárselo sin decir ni media. Cuando le di la vuelta al vehículo para entrar escuché una risotada familiar.

– ¿Ayame chan? ¿Qué coño haces con esas pintas ridículas? – Al girarme vi a Kotaro caminando hacia a mí con determinación. Me metí en el asiento trasero, activando el cierre de seguridad de mi puerta.

 – Hiroshi, arranca, vámonos – Le metí prisa. En cuanto su hermano cerró la puerta arrancó y nos fuimos. Escuchaba a Kotaro llamarme, cada vez más enfadado.

– ¿Pero se puede saber con qué clase de escoria te rodeas? – Keiji se volvió, mirándome molesto y acusador – Menuda vergüenza. Menudo despojo social – Era consciente de que Kotaro era todo eso y más, pero no pude evitar molestarme.

– Es una persona con problemas, no seas tan duro – Le dijo su hermano – No creo que sea posible traerle con nosotros, ¿verdad?

– No le quieres en la casa, suficiente tenemos con un yakuza allí metido – Dije sin pensar.

                No me contestaron, se hizo el silencio. Estaba claro que ambos sabían que me refería a Daisuke pero por lo visto no pensaban argumentar nada. Al llegar a la casa nadie pareció darse cuenta de mi falta de medias y tampoco me pidieron explicaciones. Al marcharme con Hiroshi dieron por sentado que estaría haciendo algo importante. Me metí en la ducha y me vestía con la ropa de andar por casa cuando escuché que llamaban a mi puerta. Le indiqué a quien fuese que pasase y abrió Manami con una sonrisa incómoda.

– Ayame san, hay un hombre preguntando por ti fuera de la casa, ¿Podrías decirle que se marchase? No nos hace caso y su apariencia no es…

– Sí, lo siento muchísimo, es un impresentable. Ahora mismo lo soluciono – Al salir al pasillo, Hiroshi me dio el encuentro.

– Es ese tipo, el del bar de tu amiga Mei – Me sorprendió que recordase el nombre. Sí que escuchaba con atención – ¿Quieres que te acompañe?

– No es necesario, mejor que vaya sola. Sé manejarle.

– De todas maneras estoy aquí si me necesitas – Manami se quedó mirándonos cuando nos sonreímos. Algo vio que no se esperaba entre nosotros. Caminé con prisa hasta la cancela de la casa, viéndole apoyado contra la pared.

– ¿Por qué te largaste de esa manera antes? ¿¡Qué cojones haces aquí?!

– Baja la voz, joder. No quiero que te acerques a ellos y digas o hagas una barbaridad que me perjudique, ahora vivo aquí, lárgate Kotaro.

– ¿Que me largue? ¿A qué viene esto de un día para otro?

– No tengo intención de explicártelo, de momento haz lo que te digo y ya nos veremos.

– Pero echo de menos follarte, ya sabes que ninguna me da caña como tú. Ninguna sabe cómo.

– Ohggg, venga ya, las hay a patadas y si no saben se lo explicas como hiciste conmigo. Ya nos veremos – Cerré la cancela pero le dio igual, justo cuando atravesaba la puerta de la casa le escuché correr tras de mí. Había saltado por encima – ¿Qué haces? ¡No puedes estar aquí!

– Tú eres la que no deberías estar aquí joder, vente conmigo nena, echo de menos tu chochito mojado y dulce – Agarrándome la cara me besó de esa manera sucia tan propia de él. Se me había olvidado que era tan bueno y se me había olvidado que siempre me estrujaba la nariz con la suya. Le separaron de mí. Hiroshi le separó de mí. Parecía incluso dispuesto a pegarle.

– Por favor, márchese – Aprecié desprecio en la risotada de Kotaro.

– ¿Me acabas de empujar? – Fui a meterme en medio, pero Hiroshi no me dejó.

– Solo le he apartado. Por favor, salga de la propiedad.

– Oblígame – Kotaro le dio con dos dedos en el hombro. Hiroshi respiró hondo y no se movió un centímetro.

– ¿Qué está pasando? – Todos menos Hiroshi nos giramos hacia la voz de Keiji, que se acercaba a nosotros seguido por su hermana – ¿Quién eres tú? – Se puso a su lado, señalándole la salida de la casa.

– Eso mismo me estaba preguntando yo.

                Miré de nuevo a Kotaro porque su tono de voz cambió drásticamente. Y su actitud también. Con la boca abierta le vi guiñarle el ojo a Keiji. Lo que más impresionada me dejó de la escena fue el puñetazo que le dio el santurrón en plena nariz al yakuza. La excusa que necesitaba Kotaro para terminar de gustarle, sentir dolor, con lo cachondo que le ponía ese rollo… Se quejó en algo que más bien fue un gemido seguido de una risa mientras se limpiaba la sangre de la nariz.

– ¡Fuera de aquí! – Exclamó Keiji furioso – ¡Lárgate de esta casa, depravado!

– Kotaro por favor… – Le rogué. Me miró y asintió tras reírse.

– Me voy solo si te vienes conmigo – Al principio creí que me lo decía a mí, pero se giró hacia Keiji – Retiro lo que he dicho antes Ayame, prefiero llevármelo a él. Menudos brazos tienes – Se los acarició. Se le acercó. Le mordió el labio inferior.

                El shock fue tan grande para sus hermanos y para él mismo que ninguno se movió de inmediato. Yo empecé a reírme sin poder evitarlo aunque intentando esconderlo. Les escuché aspirar sorprendidos, a Hiroshi murmurar un “¿Pero qué…?” y a alguien escupiendo una rabiosa retahíla de insultos pasando por mi espalda. Keiji se había quedado tieso, con los ojos muy abiertos, apretando los puños cuando Kotaro le azotó el culo ronroneando en sus labios. Tenía que estar cachondo como nunca en su vida. Daisuke fue el que lanzaba improperios, pasó tras de mí, agarró a Kotaro de un puñado y lo sacó de la casa. Algo le susurró que no vino a por más, no supe si le reconoció o si sus artes de ex yakuza le sirvieron con él.

– Vamos, todo el mundo dentro – Nos ordenó. Le miré aun riéndome y le vi esconder las ganas de reírse a él también. Keiji se encerró en su habitación, sus hermanos no sabían cómo reaccionar.

– Lo siento muchísimo, no volverá a pisar esta casa.

– ¿Estás bien? – Me preguntó Hiroshi, asentí.

– Al que deberías preguntarle es a Keiji san – La risa amenazaba con salir de nuevo por lo que me excusé y me metí en la habitación.

                Tras unas cuantas horas y encerrada en mi cuarto de baño, encendí mi teléfono. Tenía varias llamadas perdidas de Mei, por lo que se la devolví al instante. Probablemente Kotaro le había ido con el cuento de que me había vuelto loca.

¿La ha liado mucho? – Fue lo primero que me dijo al responder.

 – Ha acosado al más casto de la casa. Masculino. Hombre. Ya te puedes imaginar lo que una actitud tan abiertamente homosexual produce en sus cabecitas. Están que no saben qué hacer con sus vidas.

– Madre mía, me disculparía, pero es que no es mi culpa.

– No te preocupes, si me he dado un buen hartón de reír. Lo mejor de todo esto es que a ese chaval le tiene que haber encantado. Una noche pasé por su habitación y tenía porno gay del bueno en el ordenador.

Joder, de esperar incluso – Me rei con ella, la echaba de menos – ¿Y tu enamorado?

– Pues eso mismo, enamorándose. Y no puedo decir que me guste, aunque ya me he enterado de cositas – Le comenté lo que sabía sobre cómo llegaba parte de sus ingresos porque de alguna otra parte tenían que pillar dinero. También le conté lo del coche – Se llevó su buena media hora dedicado solo y únicamente a hacer que me corriese. En mi vida me había pasado.

Esas son las experiencias únicas, atesórala con cariño. Pero a ver si el dedos mágicos va a hacer que seas tú la que te enamores.

– ¡Sí hombre, para esas estamos! – La escuche hacer un ruidito de inseguridad tras mi risa – Es más lengua mágica. Menuda manera de comerme el coño…

Ay, mándamelo un rato. En fin, te dejo que estoy hasta arriba, espero verte pronto. Cuídate.

               Fastidiada guardé el teléfono. No podía dormirme en los laureles si quería volver pronto a mi casa de verdad, tenía que enterarme de todo y para eso tenía que acercarme más a Hiroshi. Quizás incluso a Manami. Me pasé unos cuantos días maquinando cómo hacerlo sin ser descarada, buscándolos por la casa pero sin encontrarlos o al hacerlo, darme de bruces con la excusa de que estaban ocupados. Probablemente fuese porque las lavadoras quedaban apartadas del resto de la casa que siempre mantenía charlas a cierto nivel secretas allí, aunque la segunda la podía haber evitado más que nada por incómoda. Pasaba la ropa de las lavadoras a las secadoras cuando escuché que abrían y cerraban la puerta del pasillo. Volví la cabeza y chasqueé la lengua al ver a Daisuke.

   – Por fin nos vemos solos, joder – Se sentó en las lavadoras que quedaban tras la puerta de la habitación – ¿Dónde cojones os metisteis tú y el imbécil después de estar en la iglesia?

– A ti te lo voy a contar…

– Vamos, que te lo follaste – Se reía como lo que era, un golfo.

– No, no hemos follado – No le falté a la verdad. Penetración no hubo.

– Eso no se lo cree nadie. Está mucho más cómodo a tu lado, algo le has hecho.

– ¿Y a ti qué te importa? – Le miré un segundo para verle encogerse de hombros. No era un hombre feo, pero me gustaba tan poco su actitud que tampoco le podía ver atractivo.

– No me importa, solo me gusta imaginarte haciendo cosas.

– No lo hagas conmigo delante, si no te importa.

– ¿Notaste que a Keiji se le puso dura cuando tu colega le metió mano? – Resoplé, no le iba contar lo del chaval.

– No, estaba muy ocupada intentando no partirme de risa.

– Fue épico. Ese tio necesita que le partan el culo y ya, me parece que es maricón sin saberlo.

– Ni idea, no le conozco – Suspiré, deseando que se largase y me dejase tranquila porque me quedaba un buen montón de ropa por doblar.

             En el intervalo que se quedó callado volvieron a abrir la puerta, pero esta vez no la cerraron. Al volverme le sonreí a la sonrisa de Hiroshi, que se me acercó con prisas. Me puso una mano en la mejilla y me besó en los labios despacio y con cariño. Mientras lo hacía miré a Daisuke, observándonos con un gesto de sorpresa y las cejas levantadas. Se escabulló en silencio, aguantando la risa.

– Hiroshi, no hagas estas cosas sin mirar alrededor – Le advertí más por él que por mí.

– Siempre estás sola aquí, sé que este turno nunca lo haces acompañada y te echaba de menos – No me gustaba un pelo cómo me miraba a los ojos, lo que veía en los suyos era demasiado real.

– Tú se cuidadoso, ¿y si tu hermana hubiese estado tras la puerta?

– Por suerte no estaba, ¿cierto? – Notaba sus ganas de tocarme en cómo me miraba y la puerta seguía encajada, podía entrar cualquiera y joderme el plan – De todas maneras ha sido una visita rápida. Me moría de ganas por ver tu sonrisa – Le sonreí, acojonándome al verle tan sincero y entregado.

             Me besó la mano y se despidió alegando que tenía cosas que hacer. El ambiente desde la visita de Kotaro era extraño. Manami me evitaba y esas miradas de asco absoluto de Keiji cambiaron por unas avergonzadas. Daba la impresión de que sabía lo que yo sabía, pero obviamente era imposible. Sin embargo, a pesar de esos leves cambios en los principales miembros de la casa, mi vida entre ellos era igual de monótona. Al menos hasta que a la noche siguiente tuve que excusarme de la cena antes de tiempo porque me dio la impresión de partirme por la mitad al sentir los primeros dolores menstruales del mes. Manami, que se dio cuenta, dejó de ignorarme unos segundos para llamar tímidamente a la puerta de mi habitación.

– ¿Son los dolores del periodo? – Preguntó al verme enroscada dentro de la cama. Hice el esfuerzo y me senté, qué menos si había tenido el detalle de preocuparse.

– Sí. No suele dolerme tanto pero ya sabes que hay meses que es horrible.

– Toma – Me dio una pastilla que cogí con gusto – Tarda en hacer efecto pero cuando lo hace es parecido a un milagro – Me sonrió. Al agacharse para darme la pastilla me di cuenta de la irritación de sus ojos.

– ¿Estás bien? – Asintió, sonriendo más ampliamente. Una sonrisa tan falsa que me dio hasta pena – Si alguna vez quieres hablar de cualquier cosa puedes hacerlo conmigo. También soy mujer y viniendo de donde vengo lo he visto todo.

– Ah, no te preocupes, estoy bien, no es nada – Volví a incomodarla. Hablar de cómo uno se sentía era tan tabú como el sexo en esa casa – Te dejo descansar, espero que pases buena noche.

– Gracias Manami – Me llamó la atención que al cogerle la mano dio un respingo asustada como la que escucha un estruendo. Se rio nerviosa y se largó.

             Y aunque me preocupó, el dolor en ese momento era la estrella principal. No es que me centrase en esos pellizcos infernales, es que no podía pensar en otra cosa porque de verdad que me partía en dos. Y si creía que ese iba a ser el fin de las sorpresas de aquel día, estaba equivocadísima. Lo que me pareció una eternidad después, llamaron a mi puerta. No contesté y no me volví, pero abrieron de igual manera.

– ¿Ayame san? – Era Hiroshi, quise mandarle a tomar por culo pero me aguanté el mal genio. Un poquito.

– ¿Qué te pasa ahora?

 – Me acaba de decir Manami que te encuentras mal, ¿qué te ocurre?

– El castigo de Eva por comer del árbol de la sabiduría – Protesté entre dientes – Vete a la cama, tiene que ser tarde.

 – No, son solo las nueve.

   – ¡No puede haber pasado solo una puta media hora desde que me vine del comedor! – Cerró la puerta, desistiendo al fin de dar por culo. Sentí que la cama se hundía a mi espalda, o era un espíritu o no le salía de los cojones dejarme tranquilita – De verdad que no tengo ganas de hablar.

– No hables, no pasa nada, ¿dónde te duele?

– Todo de ombligo para abajo, ¿tenéis bolsas de agua caliente?

– ¿Para qué? – Estaba de espaldas a él y noté el calor de su mano en mi brazo. Me miraba sobre mi hombro.

– Para usarlas de almohada, no te jode, ¡para ponérmelas en los ovarios, anormal!

– No me hables así, no he hecho nada malo – A pesar de estar como estaba noté la pena en su voz. Resoplé malhumorada y me disculpé – No pasa nada, es comprensible si estás sufriendo, ¿donde te pones las manos es donde más te duele? – Asentí apretando los dientes.

             Tenía buena voluntad, pero en esos momentos mi paciencia era casi nula. Sentí que levantaba la sábana, no se podía estar metiendo en mi cama sabiendo como sabía que no tenía cuerpo para nada. Abrí los ojos dispuesta a soltarle un improperio de los más gordos cuando le sentí levantarme las manos para colocar la suya, acariciando con la palma la zona de mis ovarios y dándome calor. Pegó su estómago a mis riñones, encajando sus piernas en las mías. El calor de su cuerpo era agradable, sentir su respiración en mi mejilla también y cuando me la besó, suspirando y acariciándola con su nariz, me hizo cerrar los ojos.

   – ¿Qué haces? – Me mordí el labio, negando con la cabeza. No sabía si la pregunta se la hacía a él o a mí misma al sentir lo que estaba sintiendo.

– Quedarme contigo hasta que se te pase, ¿te alivia? – Asentí, apretándole la mano, sintiendo que metía la otra bajo mi cuello, abrazándome por los hombros. Era tan grande comparado conmigo que me rodeaba por completo con sus brazos. Chasqueé la lengua, conmovida por como me estaba tratando – ¿Tanto te duele? Nunca he hablado de esto con ninguna mujer…

– Se me está desgarrando un trozo de carne de otro, imagínatelo. Y cuando lo hagas multiplícalo – Me besó el pelo esta vez, apretando mis hombros – ¿Por qué te gusto tanto?

– Me lo pregunto todos los días, no tengo respuestas. Los caminos del Señor son inescrutables y no sabes cómo me alegra que Dios te haya puesto en mi vida. Solo puedo decirte que me abruma lo preciosa que eres y me apasiona tu forma de ser. Ninguna me ha llamado la atención tanto como tú. Jamás había sentido esto, Ayame chan, y aunque tengo miedo estoy maravillado.

– Por fin pasas al chan – Sonreí. Ser buena en la cama hacía milagros, pero me desmontó la teoría en un segundo.

– Desde que te vi tan perdida y sola en ese callejón sentí que quería ayudarte. No quería ver dolor en los ojos de una chica tan preciosa. Y ahora que te conozco sé que no me equivoco y que no es solo tu físico lo que me atrae. Aunque tus maneras no sean las adecuadas y pongas un muro entre tú y el resto del mundo, sé que no eres mala. Si lo fueses no estarías todo el día ofreciéndole tu ayuda a todos los de la casa. He hablado con ellos y sus comentarios sobre ti son buenos a excepción de tu falta de relación con el grupo. No seas tonta, están ahí tanto como tú para ellos – Volví a chasquear la lengua. Ese tio era un puto imbécil y ahora además del dolor de ovarios sentía una presión en el pecho un tanto diferente.

– Muchas gracias, Hiroshi.

– No me las des. Solo déjame tenerte cerca – Suspiró. A pesar de tener los ojos cerrados, sabía que me estaba mirando – Ojalá pudieses abrirme tu corazón y dejases de ponerte trabas. Quiero conocerte, conocer a la verdadera Ayame y no a la imagen de mujer explosiva con todo bajo control que me das. Sé que hay más, sé que debes tener defectos y debilidades y quiero conocerlos porque estoy seguro de que voy a enamorarme también de ellos – Volvió a suspirar y me susurró, apretándome una vez más – Ojalá fueses capaz de amarme. Quizás pido mucho.

             Apreté los dientes. Por Dios que ese santurrón de casi dos metros no me iba a hacer llorar. Me tocaba los ovarios de una manera exagerada. Estaba conmovida y enfadada a partes iguales. Si no me había enamorado en mi vida esa no iba a ser mi primera vez. Cerré los ojos e intenté ser racional, relajarme, evitar el pánico que me estaba dando la situación. Lo peor de todo es que no era la típica retahíla que me soltaban los tíos para meterla porque Hiroshi sabía que lo tenía cuando quisiese. Lo peor era que sus sentimientos eran reales. Y no sabía si estaba preparada para algo así.

6

Lo bueno de tener un horario de sueño regular era que en cuanto te pasabas de la hora en la que supuestamente deberías dormir, tu cuerpo simplemente era incapaz de estar despierto. Así que en cuanto la pastilla me hizo efecto, me quedé en coma. Y no me sorprendió despertarme a mi hora de siempre, lo que sí me sorprendió fue lo calentita y a gusto que estaba ahí metida con esa mole de carne detrás de mí. Me giré para mirar al imbécil que me traía la cabeza confusa. Le aparté un mechón de pelo del rostro, observando unos lunares en los que no me había fijado. Me encantaban sus cejas. Puede sonar una idiotez pero me parecían bonitas. Y el tono de su piel, más oscuro que el mío. Lo que de verdad me volvía loca era su mirada, tan profunda e intensa. Pero ahora dormía respirando relajado a mi lado a pesar de empezar a escuchar gente por los pasillos. Si no me levantaba pronto vendrían a buscarme y tendríamos problemas. No sabía si era aconsejable o no teniendo en cuenta lo que parecía ser que empezaba a sentir por él, pero le levanté el brazo y lo puse por encima de mí, apretando la cara a su pecho y rodeándole con mis brazos. Le apreté con fuerza, hizo un ruidito de queja y se rio suavemente.

– Buenos días – Susurró.

– Estás loco, ¿por qué te has quedado?

– Porque estaba más cómodo que nunca y tu respiración me tranquilizaba. Eso no lo tengo en mi cama – Me apretó a su cuerpo. Al hacerlo noté que me daba los buenos días otra parte de su cuerpo. Chasqueé la lengua – ¿Qué te pasa? ¿Te sigue doliendo?

– No, pero odio estar mala con la regla. No sabes lo bien que sienta un polvo mañanero – Bajé la mano por su pijama, metiéndola en sus pantalones y mirándole a la cara.

Se mordió el labio inferior, echando las caderas hacia adelante y cerrando los ojos. Se la acaricié despacio, sintiendo sus besos no solo en mi boca, también en mi rostro y cuello. Me encantaba estar con él, su cuerpo, ese sexo lento y pausado al que no estaba acostumbrada. Me encantaba esa manera de disfrutar cada uno del cuerpo del otro, como cuando saboreas un bocado de un manjar delicioso, parándonos a cerrar los ojos para sentirlo todo. Le pregunté cómo y por dónde le gustaba más pero su respuesta fue “así, como lo haces, perfecto” No quería manchar ni mis sábanas ni su pijama, por lo que volví a recurrir a la estrategia usada en el coche. Entre risitas bajé por su cuerpo, lamiéndosela bajo las sábanas y muriéndome de calor. De ganas de sentirle dentro. No hacía ruido, pero si subía la mano por su pecho sentía su respiración agitada y los latidos de su acelerado corazón. Escucharle susurrar lo mucho que le gustaba, sus dedos clavados en mi brazo, su otra mano agarrándome del pelo y su esperma en mi boca. Me encantaba hacer que se corriese, era un vicio darle orgasmos, escucharle rogarme. Me gustaba ese control que ejercía sobre él, nunca me había pasado con un hombre ya que siempre todos querían controlarme. Menos Hiroshi, a él le gustaba dejarse hacer, seguir órdenes sin imponerse en ningún momento. Subí por su cuerpo tras metérsela ya flácida en los pantalones.

– Vete de una vez o van a venir a buscarme.

– No quiero irme – Me acarició la mejilla, besándome en los labios.

– Hiroshi, acabo de comértela.

– Me da igual – Me besó despacio, intensamente, abrazándome la cintura y apretándome la nuca contra él. Me dejé llevar, volviendo a pensar en lo inusual de su comportamiento y en lo mucho que me gustaba.

– En serio, vete – No podía parar de besarle, de mirarle, de acariciarle. Y cada vez era más tarde – Que va a aparecer tu hermana de un momento a otr—

– ¿Ayame, puedo pasar? – Manami en la puerta. Le señalé el baño a Hiroshi, que saltó de la cama y se encerró allí. Le di permiso haciéndome la dormida en la cama.

– Lo siento, he pasado mala noche, ahora mismo me levanto.

– ¿Estás mejor entonces? – Asentí – Me alegro.

– ¿Y tú? ¿Estás mejor? – Ni siquiera puso esfuerzo en la sonrisa que fingió – Manami de verdad que sé escuchar a la gente, si lo necesitas…

– Muchísimas gracias Ayame. Eres… – Respiró hondo y volvió a fingir normalidad – Te veo por la casa – Tan pronto cerró la puerta fui hasta el baño. Casi lo mato del susto al abrir.

– Venga, tienes que salir – Me agarró de la muñeca y me enseñó el teléfono que tenía escondido.

– No puedes tener esto aquí, ya lo sabes. Si otra persona con drogodependencia lo descubre sería una manera de meter en la casa lo que no debe.

– Lo sé, lo uso para hablar con Mei de vez en cuando. Me desharé de él – Se inclinó y me besó la mejilla.

– No hace falta. Por tener otro secreto más contigo no va a pasar nada.

– ¿Ya no tienes problemas con tu señor por no ser honesto y mantener relaciones conmigo?

– El único problema lo voy a tener si alguien se da cuenta de la de veces que voy a confesarme desde que llegaste.

– Sí que es fácil ser cristiano. Oye, hazme un favor y tira el tarro de gomina, estás diez veces más guapo con tu pelo natural.

– Pero si es un desastre – Se estiró una de las muchas ondulaciones de sus greñas alborotadas.

– Y no te afeites. Y vete ya antes de que te tire en la cama a comerte a besos otra vez.

El suspiro que di cuando se marchó no me gustó un pelo. Esa sensación de felicidad ensoñadora no podía ser algo bueno. Era muy consciente de que el amor tal y como te lo venden en las películas no existía, pero todo indicaba que algo de realidad sí que había en esa idea del amor romántico. Y me cabreaba tantísimo encontrarme a mí misma pensando eso que no me faltaron ganas de darme cabezazos contra la puerta del armario. Se acababa de marchar y quería irme detrás, ya le echaba de menos. No podía tener este enganche, tenía que hacer algo por evitarlo. Pero tampoco quería alejarme de él, me encantaba estar a su lado así como esa inocencia, humildad y honestidad que emanaba por los cuatro costados. Daisuke me dejó tranquila el resto del día, Keiji me evitaba más que de costumbre, Hiroshi y su hermana se mostraban ausentes y el resto de la casa me era totalmente indiferente. Pronto habría exámenes de ingreso a la universidad y casi todos se dedicaban a preparárselos. Yo también debería ponerme aunque fuese a fingir que estudiaba ya que no podía vivir toda la vida en la casa sin aportar nada. Pero es que lo único que quería día tras día era ver a Hiroshi, incluso se me habría olvidado que estaba allí por Mei de no ser porque uno de esos días le vi entrar con una cara conocida. Muy conocida en realidad. Y me puse tan celosa que me entraron ganas de gritar. Tuve que darme la vuelta y relajarme a mí misma diciéndome que dejase de hacerme historias mentales antes de acercarme a ellos. Sin embargo, al ver a mi amiga Yuko sonreírle de esa manera dulce volvió el ataque con toda intensidad.

– ¿Qué haces aquí? – Nada más verme, me dio un abrazo echándose a llorar. Hiroshi la miraba con lástima – ¿Qué pasa?

– No puedo estar allí más. No puedo con esa vida. No me sale fingir ser dura cuando no lo soy y estar con Kotaro cuando se nota que no me quiere – Me miró con un resentimiento que se podía meter por el culo – No para de hablar de ti y de que no entiende qué haces aquí y además creo que ha conocido a otra persona porque ya no me toca.

– Aquí vamos a ayudarte a superar esa antigua vida – La tranquilizó Hiroshi – Tienes todo nuestro apoyo y el de Ayame. Intentaré situarte lo más cercana a ella posible.

– Gracias, hombres como tú escasean – Entrecerré los ojos, cruzándome de brazos.

No me gustaba esa actitud que tenía hacia él, se lo diría más tarde. Se lo iba a dejar clarito como el agua. Manami pasó por mi lado, rescatando, como siempre hacía con todos, a la “pobrecita” recién llegada. No sabía cuánto de verdad y cuánto de mentira había en su historia. Quizás Mei se estaba impacientando o quizás se fue de verdad. Tendría que llamarla más tarde. Hiroshi entró en mi campo de visión, inclinado porque desde hacía unos segundos miraba al suelo.

– ¿No te gusta que tu amiga esté aquí?

– Es otra cosa lo que no me gusta, pero da igual. Se me pasará.

– ¿Puedo hacer algo por ayudarte? – Apreté los labios, asintiendo.

– Sí pero tendríamos que salir de aquí. Me gustaría acercarme al bar para hablar con Mei unos segundos en persona.

– ¿Vas a disculparte por haberte marchado?

– Sí, ahora que Yuko está aquí también no debe sentirse muy acompañada. Quiero dejarle claro que ella no es el problema – En realidad lo que quería era enterarme de primera mano de sus planes, pero me dio la excusa perfecta.

– De acuerdo, pero por favor no me pidas que te acompañe dentro del local – Me hizo un gestito con las manos para que entrase en la habitación – Venga, coge lo necesario. Te espero en el coche.

No esperaba irme en ese momento de la casa, pero al verle tan dispuesto me puse en marcha. Solo me eché un par de vistazos en el espejo del baño, tampoco es que tuviese mucho más que llevarme. Me senté felizmente en el asiento del copiloto, tarareando camino al bar. Le pedí que me esperase en el coche y entré en busca de Mei, deseando no encontrarme a Kotaro. En cuanto me vio pegó una carcajada.

– ¿Qué coño llevas puesto que pareces mi abuela? – Le di un abrazo toqueteando su pelo. Se lo había recogido en trencitas.

– Estoy completamente integrada en el seno de la familia.

– Ya, claro, no lo dudo, ¿a qué se debe la visita de una mujer devota a su señor?

– No vengo a predicar el evangelio, tranqui. Pero sí a saber qué cojones hace Yuko en la casa.

– Se ha ido de verdad, ahora me viene con que quiere cambiar. Me he quedado muerta.

– Pfff… en fin, se veía venir. Una niña con gustos tan finolis y tan tontita no iba durar mucho, ¿cómo va el negocio?

– Igual que siempre. En el momento en el que os vais aparecen chicas nuevas dispuestas a quedarse vuestro puesto. Sientate y tomate algo conmigo.

– No puedo, tengo a Hiroshi esperándome fuera. Me ha traído – Me enrollé el pelo en un dedo, meneándome y fingiendo vergüenza.

– ¿Te va a llevar a dar una vueltecita por el parque?

– No, no era el plan. Pero ahora que lo dices lo mismo soy yo la que le lleva por ahí.

Fui a mi habitación, asqueándome al ver lo desordenada que la había dejado. Algo bueno tenía que sacar de vivir con gente que le daba tantísima importancia a la imagen. Como le dije que iba a hacer, cogí mi modelito favorito: un conjunto de falda y chaqueta azul marino con un top que casi era un sujetador rojo y gris, como los tacones. Me pinté los ojos de negro, los labios de rojo, le di volumen a mi pelo y me eche perfume del caro que me regaló uno de mis clientes. Me llevé la ropa de monja en una bolsa y me despedí de Mei, que suspiró al verme más como yo misma. Al estar en el barrio que estaba, los hombres se me quedaban mirando con una sonrisa. Esperaba que a Hiroshi no le diese un infarto. Di golpecitos en su ventanilla para que la bajase.

– Vamos guapo, te lo dejo barato – Le dije apoyando los brazos en la ventanilla abierta, guiñándole el ojo.

– ¿¡Eh?! Pero, ¿¡Ayame?! – Se puso colorado, mirando a su alrededor y observándome boquiabierto.

– ¡Baja de ahí, vamos a dar una vuelta! – Su cabeza volvió a hacer cortocircuito ante la mención de cambiar la rutina. Tiré la bolsa con la ropa de Manami al asiento del copiloto, dándole dos palmadas en el muslo – ¡Venga! Sabes que no hay nadie fuera de la casa que me vaya a reconocer, no pasa nada. Quiero pasármelo bien contigo fuera de esas cuatro paredes o de este trasto.

– ¿Pero dónde quieres ir? – Subió la ventanilla y salió del coche cerrándolo. Se quedó mirándome pasmado, le agarré del brazo y caminé calle arriba – No te acerques tanto en la calle, ten algo de decoro.

– ¡Uy! Yo de eso no tengo, Hiro chan. Nadie nos conoce, no pasa nada, ¿prefieres darme la mano? – Asintió. Se mostraba tenso, apenas levantaba la vista del suelo o de mi persona – Relájate.

Le llevé de la mano hasta uno de los restaurantes que más me gustaban. Preparaban unas gyozas que quitaban el sentido. El chavalote no paraba de flipar con el sabor de la todo porque, según me dijo, apenas comía en la calle. Me contó que por la educación de sus padres apenas salía de casa. Fue a un colegio e instituto cristiano, separado por sexos y como esperaba fue criado sobre la base de ser bueno con todas las personas. Yo le invité a comer, cosa que le incomodó, pero él me invitó a un helado.

– ¿Te gustaría pasear por el parque? La gente nos presta demasiada atención…

– ¿Tú nos has visto? ¡Claro que nos miran! Tú con tu ropita de marca, tan bien peinado y acicalado, y yo con mis pintas.

– ¿No tienes frío?

– No, de momento no. Seguro que después de comerme el helado se me ponen los pezones como timbres – Al reírse escupió el helado, mirándome con la cara colorada. Caminamos juntos y tranquilos por el parque. Le miré y le encontré sonriendo ampliamente, mirando su helado de vainilla – ¿Qué te hace tan feliz? – Se rio avergonzado.

– Esto, estar así y aquí contigo. Pero tengo que admitir – Se rio, su risa era aguda, contagiosa – Que jamás habría imaginado encontrarme en tal situación y con una persona tan particular como tú – Tiré a un cubo de basura los restos de mi tarrina de helado y me senté en un banco – Antes de conocerte me pasaba las horas soñando despierto con hacer estas cosas.

– Curioso que luego nunca son como las imaginamos, ¿verdad? Ah, hablando de imaginar – Alcé la ceja y le cogí la mano una vez hubo acabado de comer. Inmediatamente miró a su alrededor – No hay naaaadie, este parque es conocido porque vienen las parejitas. Si hubiese alguna persona va a pasar de nosotros.

– No puedo, me pone muy nervioso que me toques en la ca—

Apoyé mi mano en su pierna y tirando de su nuca le besé con ganas, apretándole del muslo. Sus dedos se me clavaron en las muñecas, aspiró por la nariz, dando un quejidito agudo y tembloroso que me hizo reír.

– ¿Qué haces? – Gritó en susurros – Ayame, por favor, compórtate.

– No quiero, no me da la gana. Suficiente me comporto en casa. Hoy voy a ser un poco más yo. Y tú – Le agarré de la barbilla, me miraba la boca, muerto de vergüenza por lo cerca que estaba de él – Tú me vas a contar ahora mismo tus fantasías sexuales más escondidas – Se tapó la boca, riéndose histérico.

– No, no voy a hablar de eso. No puedo hablar de eso en la calle – Susurraba todo el rato.

– No te pediría que hablases del tema si hubiese alguien alrededor, estamos solos Hiroshi. Si quieres te cuento primero la mía, aunque ya la he cumplido varias veces…- No dijo ni que sí ni que no, pero me observaba esperando que siguiese dándole información. Le miré a los ojos, con mi mano bien arriba de su muslo y los dedos acariciándole el mentón – Esa antigua fantasía era rozar mi clítoris con el de otra mujer mientras a ella le daban por culo – Apretó los labios, apartándome la mirada.

– ¿Y has hecho eso? ¿Más de una vez? – Asentí.

– ¿Te acuerdas del que besó a tu hermano? ¿Y sabes de esta chica nueva, Yuko? Fue con ellos y muchas veces.

– No voy a poder hablar con ella después de esto – Se refregó la cara con las manos.

– Ahora tengo una nueva, contigo, ¿quieres saberla? – Resopló, pero asintió. Le susurré al oído – Follarte en el confesionario de la iglesia.

– ¡¡Estás loca!! – Me aparté de él dando una carcajada, asintiendo – Jamás va a pasar.

– Lo sé, por eso es una fantasía – Se quedó mirándome tan serio que de verdad pensé que se había enfadado. Sin embargo suspiró, negando con la cabeza, aparentemente abatido.

– Verdaderamente somos de mundos opuestos…

– Cuéntame algo nuevo – Al decirle esa frase se molestó y no entendía por qué, era evidente – En fin, ahora que sabes lo sumamente guarra que soy, cuéntame la tuya. Cuéntame en qué piensas cuando te masturbas – Tragó saliva, bajando tanto la voz que apenas le escuchaba.

– No sé, solo pienso en ti y en tu cuerpo. En tus labios y en verte… desnuda.

– Me encanta lo fácil que es escandalizarte, lo rápido que te pones colorado por las cosas más tontas – Le acaricié el pelo de la nuca cuando se miró las manos, apretándoselas. Estaba muy nervioso – ¿Quieres besarme?

– Sabes que sí – Le puse los morritos y cerré los ojos, pero no se movía – Creo que viene alguien – Abrí un ojo y le vi mirar hacia la dirección opuesta a mi cara. Hice un ruidito de protesta y cuando volvió a mirarme volví a cerrar los ojos. Le escuché reírse. Sentí sus labios fugazmente en los míos.

– Eso no ha sido ni un intento de beso. Imagina que estamos en tu habitación, ¿qué harías?

– Ponerme notablemente nervioso por tenerte allí – Me tuve que reír, dejando caer la frente en su hombro.

– Eres mi tontorrón y siempre vas a serlo – Le pasé los brazos alrededor del cuello y le besé la mejilla, escuchándole decir mi nombre con la intención de llamarme la atención – ¿Quieres tenerme allí? ¿Quieres hacerme el amor esta noche? – Sabía que si se lo planteaba de esa manera le gustaría más que si le decía cualquier barbaridad de las mías. Dejó escapar el aire de los pulmones hinchando los carrillos y mirando al cielo.

– Qué cosas me preguntas…

Al volver a mirarme le besé despacio, y esta vez no me apartó. Tampoco me abrazó de primeras, seguía sin tocarme a pesar de haber pasado un brazo tras mi espalda. Apoyé mis manos en su pecho, mirando hacia arriba porque su altura no variaba ni sentados. Cuando le acaricié el cuello con mis uñas y su lengua con la mía, reaccionó. Me abrazó despacio pero con fuerza, me atrajo hacia él, me devolvía los besos, cada vez más tórridos. Me hizo apoyar la espalda en el banco, me puso la mano en el muslo. Se estaba descontrolando. Ni se enteró de que alguien se reía a nuestra espalda. Sentí toquecitos en el hombro.

– Es cojonudo verte de nuevo como tú y no disfrazada – Kotaro llevaba sus galas, su traje de chaqueta rojo y llamativo. Me tuve que reír al ver el cigarro detrás de su oreja – Lo que no sé es si me gusta es que no sea mi lengua la que te hace mojar las bragas.

– Vete a tomar por culo, chulo de mierda – Me pellizcó la mejilla. Hiroshi se meneo inquieto en el asiento. Kotaro le miró y se inclinó levemente.

– Siento lo de tu casa y siento haberme puesto chulo pero es que esta tía me desquicia, seguro que me entiendes – Mi grandullón era todo hostilidad. Se puso en pie y temí que fuese a enfrentarse a Kotaro porque tenía las de perder. No sabía pelearse casi seguro.

– Creo que sería adecuado marcharnos – Me ofreció la mano y se la cogí.

– Oye, cuídate y deja de hacer el gilipollas por ahí – Kotaro me levantó el pulgar, guiñándome el ojo. Cuando nos marchábamos su atención se desvió hacia una chica extranjera, morena de pelo corto que pasaba por su lado, preguntándole un “¿Cómo tú tan caliente y sin mi compañía?”

7

– No le soportas, ¿eh? – Pregunté ya dentro del coche. Me tomé su silencio como un sí – ¿Estás enfadado?

– No, solo quiero volver. No deberíamos estar en la calle, para empezar.

No entendí muy bien su cambio de actitud pero tampoco pregunté. La verdad es que nos cortó de lleno, pero en fin, ese gilipollas era experto en cagarla y en meterse donde no le llamaban. Al llegar a la casa me quité los tacones para no hacer ruido. A esas horas todos, con seguridad, estaban en sus camitas como niños y niñas buenas. Me despidió en la puerta de mi habitación. Le agarré de la manga de la camisa.

– Eh, ¿No quieres—

– Buenas noches, Ayame – Le vi alejarse y tras dudar un poco le seguí silenciosamente. Antes de que cerrase la puerta la empujé, colándome en su dormitorio y cerrándo sin dejar de mirarle – ¿Qué haces?

– ¿Por qué estás tan enfadado conmigo si no he hecho nada para ofenderte?

– No entiendo la relación que tienes con él. No me gusta. Me… – Nunca me había mirado de esa manera: molesto, ofendido, enfadado – Me mata imaginar todo el placer que ha sido capaz de proporcionarte cuando yo soy tan impresionable e inexperto.

– ¿Te preocupa no saber satisfacerme? – Me quité la chaqueta, seducida por esos ojos salvajes y furiosos – Ya te dije que en el coche me hiciste sentir como nunca lo han hecho. Ni siquiera Kotaro – Dejé que la falda me resbalase por las piernas – Tú puedes darme cosas que él nunca me dará – Su expresión cambió de indignada a lujuriosa tan pronto dejé mis pechos al aire.

Subí las manos tocando su barba, miré sus labios y humedecí los míos. Le besé. Nos besamos muy despacio y muy brevemente. Parecían los primeros besos de dos chavales de doce años. Sin embargo, poco a poco, fueron madurando, transformándose en algo más intenso y profundo. Besos largos, pausados, besos en los que nos respiramos el uno al otro. Le quité la camisa, me encantó sentir mi pecho desnudo contra el suyo. Por las cortinas entraba la tenue luz artificial de una de las farolas de la calle, luz que le sirvió para inspeccionar mis tatuajes uno a uno. Pasaba las yemas de los dedos por las ondas, por las curvas y las múltiples flores de sakura que adornaban mis hombros, pecho y cintura. Las besó, pasó su boca por mi piel, oliéndome, acercándose cada vez más a mi ombligo. Se arrodilló en el suelo, me abrió las piernas, mirándome entre ellas, esperando instrucciones. Me reí suavemente, tumbándome en su cama y pidiéndole que hiciese lo que le apeteciera de verdad. Que cumpliese conmigo sus deseos más ocultos. Y lo primero que hizo fue morder la cara interna de mis muslos con suavidad. Lamió mis ingles. Inspiró profundamente con la nariz enterrada en mis bragas, dejando escapar un gemido. Me pellizqué los pezones al tiempo que me bajaba las bragas. Como hizo en el coche, me lamió sutilmente, solo que esta vez, antes de centrarse en mi clítoris, pasó su lengua por mi sexo de lado a lado y de arriba abajo. La hundió en todos los huecos, saboreó lo que tenía para ofrecerle. Me excitaba observar los gestos de su cara, me volvía loca verle apretar mi clítoris con dos dedos para que después su lengua apenas lo rozase. El contacto era tan directo que se me hacía insoportable. Me retorcía, le tiraba del pelo, de las sábanas, le clavaba las uñas en los brazos y los hombros. Me sentaba en la cama quejándome para volverme  a tumbar y cuando más excitada estaba, deslizó sus dedos en mi interior. Me corrí entre gimoteos, entre sollozos de puro placer que me reventaba las terminaciones nerviosas, con la mente en blanco. Me senté por completo, tirándole del pelo y obligándole a besarme. Le tumbé boca arriba, me monté a horcajadas sobre él.

– Ayame – No le bajé los pantalones, solo le abrí la cremallera y se la saqué de los calzoncillos – No tengo preservativo, en esta casa no hay – Le mandé a callar.

– Golpéame los muslos cuando sientas que te corres.

– Lo siento desde que te he olido…

Al escuchar eso le besé entre sonrisas y opté por no masturbarle, iba a durar un suspiro si lo hacía. La deslicé despacio entre mis labios mayores, entre los menores, hacia mi interior. Le sentí estimularme, llenarme poco a poco. El roce de su piel caliente, su erección ensanchándose en mi interior, empapándose de mí. Miré su expresión, no respiraba hondo, daba cortas aspiraciones e intentaba mantener los ojos abiertos. Intentaba mirarme pero al parecer el sentirme apretarle era demasiado. Cuando finalmente me senté sobre él, me incliné y le besé en los labios.

– Estoy dentro de ti, Ayame, es… esto es… – Guie sus manos hasta mis pechos.

– Sí Hiroshi – Moví mis caderas despacio, gimió escandalosamente – Muy adentro.

En ese momento descubrí que le encantaba que le hablase. Le encantaba escucharme decir lo mucho que me gustaba, que narrase lo que estaba pasando. Y lo hice, y le dije que me llenaba, que adoraba su polla, que me corría despacio, que necesitaba más. Tenía tantas ganas de follar con él que tan solo mirarle y escucharle me deleitaba  Mis caderas le golpeaban con energía, me miraba y cerraba los ojos, me rozaba el clítoris provocándome sensaciones muy cercanas al orgasmo, se mordía el labio, gemía, escupía mi nombre al aire, me levantó de su polla.

– Deja que yo me mueva – Se miró la erección, apretándose el glande con el pulgar, el índice y el anular – Creo que ya…

– No te corres, es la sensación que te da, ¿quieres darme de espaldas?

– Quiero mirarte a la cara.

No era mi posición favorita ni mucho menos, pero me tumbé boca arriba con su cuerpo sobre el mío. Era su primera vez, que fuese a su gusto. Tan pronto volvió a penetrarme, sus fuertes gemidos se reanudaron ahogados contra mi cuello. Me miró a los ojos, acariciándome las mejillas. Jamás me habían follado tan despacio y por supuesto jamás habría imaginado sentir placer de otra manera que no fuese destrozándome las caderas. Pero lo sentí. Un placer diferente. Un placer que además de ser tan intenso como cualquier otro, tenía el componente extra de sus besos y sus caricias. Le dije, sabiendo que le encantaría, que nadie me hacía el amor así. Gimió besándome, gimió apretándose a mí un par de veces, metiendo su mano entre su pelvis y la mía para acariciarme el clítoris. Le mordí el hombro, clavándole las uñas en la espalda al correrme tan despacio, tan insoportablemente despacio que me daba la impresión de que el orgasmo no acababa nunca. No recordaba haber estado tan mojada con excepción de un par de veces en mi vida. Me estremecía, apenas podía moverme. Dejó de rozarme con sus dedos para hacerlo con su erección y al darme cuenta de que estaba a punto de correrse, moví las caderas, atrapándola con mis labios menores. Solo quería frotarme con él pero, al estar tan húmeda, resbaló de nuevo en mi interior, en pleno orgasmo. Me miró susurrando un débil no, pero se deshizo en mis brazos. Me daba igual, ya tomaría medidas. Y es que Hiroshi gemía, gemía sin poder evitarlo, mezclando gruñidos con gemidos para nada roncos, incontrolados. Hacía mucho que no sentía a un hombre correrse en mi interior, me provocó un último orgasmo no tan intenso como los anteriores pero placentero de igual manera. Me miró a los ojos, jadeante y sudoroso. Le besé con una sonrisa, tumbándole a mi lado. Le acaricié hasta que ambos nos íbamos quedando dormidos. Y justo antes de caer rendida le escuché decirme que me quería.

Por primera vez en mi vida, respondí con un honesto yo también

Me desperté antes del amanecer y tras darle un beso en la mejilla corrí hacia mi habitación con toda mi ropa en los brazos. Con una sonrisa volví a quedarme dormida hasta la hora de levantarse. Los días siguientes estaba radiante, incluso guié un poco a Yuko para que aprendiese cómo se hacían las cosas por allí. Solo tuve contacto con él para que me trajese de la farmacia las pastillas del día después y aunque le pedí que comprase condones, el muy tonto no se atrevió. Sin embargo, al tercer día, después de esa primera vez tan magnífica, le encontré en un pasillo. Lo primero que hizo fue sonreírme ampliamente. Tras eso, miró a su alrededor y me empujó dentro de la primera habitación vacía que encontró

– Hiroshi, no te la juegues – Una sonrisa estúpida se me plantó en la cara tan pronto tuve su atención fija en mi persona – ¿Otra vez a confesarte?

– Si no queda más remedio…

Le empujé contra una estantería, pasándole las manos por la camisa, besándole como a ambos nos encantaba. Nos acariciábamos, nos apretábamos, nos movimos hacia una mesa cogiéndome él en peso, y tiramos algo que hizo mucho ruido. Asustados, recogió un portátil del suelo, un portátil que yo había visto. Al mirar a mi alrededor me di cuenta de que estábamos en la habitación de Keiji.

– Menudo cuarto al que hemos ido a entrar – Le vi abrir la tapa del ordenador para comprobar si estaba en buenas condiciones y al acordarme de lo que yo me encontré, la cerré bruscamente – No mires las cosas de los demás y vámonos de aquí.

– Solo iba a comprobar si funcionaba.

– Que lo compruebe tu hermano, deja eso tranquilo – Le saqué de la habitación pero antes de alejarme me vi obligada a decir algo – Y por cierto, ten cuidado con Yuko, viene del mismo sitio que yo y seguro que tiene las mismas necesidades, espero que sepas por dónde voy – Se rio avergonzado, negando con la cabeza. Se acercó y me habló en susurros.

– ¿Qué más dan sus intenciones? A la que yo amo es a ti y eso no lo va a cambiar nadie – Le di un apretoncito cariñoso a su mano, mirando sus labios porque esos besos me habían sabido a poco.

– Quiero dormir contigo otra vez – Puse un mohín, fastidiada porque lo quería de verdad.

– Eres una influencia terrible, no paro de hacer lo que no debo, ¿segura de que no eres un esbirro del infierno? – Me reí perversamente poniéndome dos dedos a modos de cuernos. Dio una carcajada y sin pensárselo dos veces me besó en los labios cogiéndome de las manos.

– Me encantas Hiroshi.

Se mordió el labio. Era un gesto que empezaba a asociar a un estado de excitación por su parte, lo que me excitaba a mí. Volvió a besarme de una manera sutilmente más lasciva. Escuché un “oh” proveniente de su espalda. Me alejé de él de inmediato, mirando a Manami con aspecto culpable. Hiroshi se rio, rojo como un tomate, disculpándose con su hermana. Se despidió de mí susurrándome un “lo siento” y se marchó a toda velocidad pasillo arriba.

– Sasaki san, ¿podemos hablar? – Asentí, esperando una reprimenda por lo que acababa de ver. Me llevó a su habitación, mucho más espaciosa que la mía, y me ofreció sentarme en el borde de la cama.

– Lo único que puedo hacer es disculparme por besarle en público, no es su culpa, soy yo la que le tienta.

– No creo que sea verdad, le he visto, ha sido él quien te ha besado y te ha pillado por sorpresa. No digo que me parezca una actitud correcta y mucho menos en público pero… pero no era eso sobre lo que quería hablarte, no me importa que hayas comenzado una historia con Hiroshi. Es más, me alegra que al fin haya encontrado el amor. Lo que quiero saber es cómo lo hago para que Daisuke sienta lo mismo por mí.

– Oh, bueno, ¿no estabais comprometidos? – Se miró las manos. Los ojos de esa mujer eran tristes y siendo tan preciosa como era y tan aparentemente buena no le encontraba sentido – ¿Crees que no te quiere?

– No lo creo, lo sé – Algo tuvo que ver en mi cara que negó con la cabeza – No quiero molestarte con mis problemas, lo siento.

– No, te dije que estaría si me necesitabas, ya que me acogéis sin pedir nada a cambio es lo menos que puedo hacer.

– Al principio de estar juntos veía gran interés por su parte. Me cogía de la mano al pasear, me dedicaba las palabras más dulces, me acariciaba la mejilla, incluso alguna vez me dio un beso. Pero al dejarle claros mis principios nunca más ha vuelto a tocarme.

– ¿Tus principios? Guíame un poco, me pierdo – No paraba de tocarse la espesa mata ondulada de pelo castaño. Tenía la misma boca que Hiroshi, pero no sus ojos.

– No debo tener relaciones sexuales antes del matrimonio, es mi religión, son mis creencias. Él dice compartirla pero no actúa como tal. Algunas chicas – Tuvo que parar para aclararse la voz – Algunas chicas de la casa me han dicho que ha intentado besarlas.

– No entiendo por qué sigues comprometida con él, ¿Hiroshi sabe todo esto?

– ¡No! Si se entera le va a echar.

– Y yo creo que es lo mejor que te puede pasar.

– Pero Ayame san, le entiendo, es un hombre y como tal tiene nece—

– No, ni de puta coña voy a aguantar que excuses su comportamiento acosador de mierda hacia otras chicas y lo muchísimo que te falta al respeto – Me di cuenta de que me pasé justo al ver su rostro ente espanto y ofensa.

– ¿Por qué dices esas cosas? – Estaba a punto de llorar, pero es que iba a explotar si me callaba.

– Lo siento, pero no pretendas contarme estas cosas esperando escuchar lo que quieres oír. Una persona que te aprecia te dice las cosas como las ve y lo siento si soy brusca pero es que ese mierda no te merece. Te mereces a un tío que respete tus creencias y que no tenga necesidad de follar con otras porque es un animal y se mueve por instinto. Joder, puede pararse a pensar, ¿no? Si te quisiese de verdad se pondría en tu lugar y si no te quiere no tienes nada que hacer. No hay una solución mágica o yo por lo menos no la tengo.

– Sí, la tienes, abrirte de piernas a la primera de cambio – Miré a mi espalda, Daisuke había entrado en la habitación – ¿Quién te crees que eres para hablar sobre lo que no sabes?

– Vamos por partes – Me levanté, haciéndole frente. Si se creía que iba a achantarme por ser un hombre la llevaba clara. Ese no sabía con quién estaba hablando y por las cosas que había pasado – Si me abro de piernas a la primera de cambio es porque yo tengo valores diferentes a ella y en mi mundo, tener relaciones antes del matrimonio no es malo y por supuesto no valgo menos por ello. No me vas a avergonzar por disfrutar del sexo y mucho menos cuando has intentado follar conmigo – Miré a Manami, que lloraba con las manos en la boca – Sí, lo siento, ha pasado. Lo último que quiero es hacerte daño, créeme.

– Es increíble que vengas aquí creyéndote alguien, destrozando las vidas de los demás, hablando demasiado y haciendo muy poco – Se me acercó, amenazador.

– Yo no destrozo la vida de nadie, de eso te encargas tú solo haciéndole daño a una chica que lo único que desea por tu parte es cariño y amor cuando lo que vas buscando es un chocho en el que mojarla. Conozco a los tíos como tú, y sé que si ella te hubiese dicho que sí y pudieses hacerle el amor cuando quisieses, incluso si te la chupase de vez en cuando, seguirías con la pantomima de estar enamorada de ella.

– ¿Cómo haces tú con Hiroshi? – Se rio al ver mi expresión. Sí, hice eso con él. Solo que habían cambiado un poco las cosas – ¿Ya no hablas? ¿Te has quedado muda? No eres muy diferente a mí.

– Sí, lo es – Hiroshi entró en la habitación también. Quería morirme – Ella nunca me ha dicho que me quiere sin antes sentirlo. Y aunque me lo diga sé que no siente por mí lo mismo que yo siento por ella. Yo no estoy engañado, pero por lo que veo y oigo mi hermana sí.

– Dejadle, parad ya – Me volví al susurro lastimero que escuché a mi espalda. Manami nos imploraba con una mirada cansada – Dejad de decir esas cosas. Daisuke no es así.

– ¿De verdad estás tan ciega? – Me acuclillé a su lado, cogiéndole las manos – Se soltó de ellas mirándome disgustada.

– No me toques con esas manos, a saber lo que has hecho. No quiero verte más por aquí. Aléjate de mi hermano, aprovechada, asquerosa – Me levanté atónita. Miré a Hiroshi, que parecía a punto de sufrir un infarto. Daisuke pasó por mi lado con una sonrisita casi imperceptible.

– Si no os importa salid de la habitación de mi prometida. Tengo que hablar con ella y no os incumbe en absoluto.

Asentí, dándome cuenta de que había metido la pata hasta el fondo. Echa una furia me metí en la que había sido mi habitación esos días, recogiendo la poca ropa que tenía a puñados. Me largaba en ese mismo instante. Hiroshi entró tras de mí, agarrándome las muñecas. Me solté enfadada.

– Deja que hable con Manami, no tienes por qué marcharte.

– Sí, sí tengo por qué. En esta casa nadie es honesto ni con los demás ni con ellos mismos. Nadie dice verdaderamente lo que piensa, todos esconden sentimientos y todos fingen. No puedo ser yo, estoy harta de hacer un papel. Y es una puta pena porque estaba empezando a conectar contigo a otro nivel.

– Ayame, eso no es verdad. Yo soy sincero.

– ¿Sí? ¿Por eso rechazabas mis insinuaciones los primeros días? ¿Por eso nos tenemos que ir a la playa o que escondernos en tu cuarto o en el de tu hermano si queremos tocarnos? Que, oh, por cierto, no quería que mirases su portátil porque resulta que es maricón y un apasionado del porno gay – Miró al suelo, incómodo – Si es que ni esa palabra puedo decir en voz alta sin que os sintáis violentos, por dios…

– Ya lo sabía. Sabía que a él le gustan los hombres, precisamente por sentir esa desviación sexual quiere ser cura.

– ¿¡Desviación?! Por favor, no puedo más. Es que no puedo…

– Ayame, no me dejes – Me rogó, cogiéndome de la mano – Por favor, por favor. Nunca he amado a nadie. No te vayas. Danos una segunda oportunidad. Te necesito.

– No, no digas eso. Necesitar a alguien para ser feliz no es sano y si eso es lo que te pasa conmigo me disgusta. No está bien. No se puede depender tanto, joder. Y ni se te ocurra rebajarte al nivel de rogarle a una persona que quiere irse. No seas Manami – Sabía que decirle esas palabras sería peor, pero no podía tolerar ese comportamiento por su parte – No me voy porque no me guste estar contigo, adoro tu compañía aunque seas tan cerrado de mente – Vi la esperanza en sus ojos, no quería liarle y lo estaba haciendo – Pero no puedo quedarme aquí ni un segundo más – Se sentó en el borde de la cama, observándome desesperado acercarme a la puerta cargando con mi mochila – Lo siento.

Me incliné para darle un último beso apretándole el hombro con cariño. Me acarició las mejillas con ambas manos, mirándome a los ojos de una manera que me destrozó por dentro. Nunca había llorado por un hombre, jamás, y esa no iba a ser la primera vez. Odiaba los dramas, suficientes problemas tenía en la vida para buscarme unos extras y en esa casa, todo era un drama. Al salir me crucé con Keiji, al que paré agarrando del brazo.

– No tienes por qué esconder lo que sientes, no tienes nada de lo que avergonzarte. Si alguna vez quieres liberarte llámame. Tu hermano tiene mi teléfono.

– ¿De qué estás hablando? – Negué con la cabeza. No tenían remedio y yo no me iba a quedar para solucionarles la vida.

8

                Ya que en el tiempo que estuve en la casa no gasté nada de dinero, pude coger un taxi hasta mi verdadero hogar. O el que yo consideraba que lo era. Sentí añoranza y cierta felicidad nada más cruzar la puerta y tras dejar mi mochila en mi dormitorio, exactamente en el mismo estado que lo dejé, caminé hasta la habitación de Mei. Llamé con los nudillos y abrí avergonzada cuando me dio permiso.

– ¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?

– Me he pasado de sincera con la señorita de la casa y me ha echado – Suspiró, dando golpecitos en la cama. Pasé y le conté la que se había armado.

– No te faltaba razón, pero podrías haberte callado la puta boca, con lo bien que ibas.

– Lo sé. Es que me arden las entrañas ante ese tipo de injusticias, no puedo callarme. Lo siento mucho. Y siento no haberte traído mucha información. Manda a otra, yo que sé.

– Es igual, no importa. Seguiremos como estamos y ya está, daré la investigación por fallida y santas pascuas.

– Por favor, no vuelvas a nombrarme nada santo en una temporada…

– ¿Segura de que no vas a echar de menos al grandullón? – Suspiré mirando al suelo.

– Hiroshi es lo único que ha merecido la pena de todo esto, se ha quedado hecho polvo.

– Pero ibas a volverte tarde o temprano. Mejor que haya pasado ya. Quién sabe, quizás encuentre consuelo en los brazos de Yuko.

Me levanté, esperaba que eso no pasase. No quería que sufriese eternamente pero tampoco quería que acabase con ella. Ni con ninguna. Esa noche me la dejó libre para que me ajustase de nuevo. Al día siguiente no solo trabajé, es que mis habituales al verme de vuelta no me dejaron descansar ni un segundo desde que abrió el local. Kotaro fue el que apareció pletórico por tenerme de vuelta. Estuvo un buen rato dándome por saco mientras ordenaba mis cosas y limpiaba el polvo de mi habitación.

– ¡Por fin entras en razón! Menuda pandilla de gilipollas estirados con los que convivías…

– Déjame Kotaro, no tengo ganas de estar contigo – Se sentó en mi cama, peinándose las mechas rubias hacia atrás y levantando la barbilla.

– ¿No la echas de menos? – Se rozó la bragueta, fingiendo un gemido – Porque ella te echa de menos a ti.

– Ve a follarte a Keiji por el culo – Dio una carcajada y hasta un aplauso.

– ¡Ojalá! No sabes lo cachondo que me puso al darme ese puñetazo.

– De verdad que estás fatal de la cabeza.

– No peor que tú, que te has enamorado de un meapilas – Me giré, mirándole ofendida más por como habló de Hiroshi que por lo de estar enamorada. Tiró de mi mano y me acercó a él, acariciándome el culo – Si no estuvieses enamorada ya me la estarías chupando.

– Siento cortar vuestra interesante conversación – Mei asomó la cabeza a mi dormitorio cuando le ponía la mano en la cara a Kotaro, alejándole de mi con una sonrisa. Llevaba razón, antes de todo eso adoraba tocársela. Pocas veces se veía un rabo tan grande – Creo que uno de los de esa casa está en la puerta preguntando por ti – Corrí hacia el piso de abajo con el corazón en la garganta.

– Lo que yo decía, hasta las trancas – Escuché a Kotaro murmurar.

Y le sentí bajar las escaleras a mi espalda, dispuesto a presenciar el espectáculo. Por más que le pedí que se quedase dentro ni caso me hizo. Tuve que pararme y rogarle por favor que no saliese al rellano para que finalmente cediese con la excusa de quedarse lo suficientemente cerca como para enterarse de todo. No me creía que fuese tan sumamente cotilla. Respiré hondo, crucé la cortinilla de cuentas de la entrada y me decepcioné al ver a Keiji allí plantado.

– ¿Me has hecho caso al final? – Ignoró mi pregunta.

– Tienes que volver, me da igual lo que diga Manami.

– ¿Y eso por qué? ¿Me echas de menos? – Me crucé de brazos, riéndome escéptica.

– Obviamente no, pero mi hermano está… no está. Se niega a salir de su habitación como no sea para comer o ducharse.

– Yo no soy responsable de su conducta autodestructiva. No voy a volver a donde ni me quieren ni me respetan. Quedaos vuestras mentiras para vosotros y si Hiroshi quiere algo de mí, que venga él en persona.

– No sé cómo puedes dormir por las noches…

– Yo tengo mi conciencia muy tranquila – Mentí – Al contrario que otros que esconden su verdadera identidad por miedo al qué dirán o a ser juzgado por un ser divino al que no le importamos un carajo – En ese punto de la conversación, Kotaro rompió su promesa y se asomó. Keiji dio dos pasos atrás nada más verle.

– ¡Mira quién ha venido! – Keiji se le quedó mirando, confuso. Kotaro tenía la camisa abierta de par en par y aunque yo estaba acostumbrada a sus tatuajes, sabía que para el resto del mundo eran intimidantes. Sin embargo, para Keiji parecían fascinantes. O más bien se lo parecía lo de debajo de los tatuajes – Ayame, déjame tu habitación un rato, ¿no?

– No le acoses – Le pasó un brazo sobre los hombros. Al ver la expresión de embobamiento de Keiji mirándole los labios empecé a dudar sobre si era acoso o no.

– Vente con nosotros, enseñémosle lo que es un orgasmo de verdad.

– No me gustan las mujeres – Murmuró. Nada más darse cuenta de lo que había dicho nos miró asustado.

– Tranquilo, no voy a juzgarte. Haced lo que os dé la gana pero intentad no ser muy escandalosos. Si Mei pregunta por mí me he ido a dar una vuelta. Ah, y Kotaro, déjale ser el activo que lo vas a reventar.

– Está todo controlado.

No escuché quejas por parte de Keiji, así que me fui tranquila y esperando a que experimentase una primera vez en condiciones. No quería pensar en Hiroshi porque me sentía culpable. Me sentía triste y me entraban ganas de volver a por él. Echaba de menos su expresión ensoñadora cuando me miraba a los ojos. Echaba de menos con el cariño que me tocaba y añoraba ver de nuevo esa sonrisita avergonzada que siempre le sacaba al decirle un piropo. Incluso después de haber estado más de media hora dándome sexo oral y seguía con la misma actitud. No quería recordar sus palabras, no quería recordar ese momento en el que me tocó la fibra sensible. Y sin embargo lo estaba haciendo. Me senté en un banco del parque, caía la noche y frente a mí tenía un estanque. Era el lugar perfecto para la autocompasión, para romper esa norma de acero y echar unas lagrimitas por un tonto chapado a la antigua que en unas semanas me había hecho sentir lo que nadie en toda mi vida. Un imbécil que me adoraba tal y como era, que cuando más le mostraba mi verdadera identidad, más se pillaba por mí. Una de las pocas personas que me había querido de verdad y voy y le doy de lado. Sabía que atormentarme de esa manera no llevaba a nada, pero en ocasiones ni se puede ni se quieren evitar ese tipo de pensamientos. Cuando me cansé de remover mi propia mierda deleitándome con lo bien que olía, volví a casa. Ojalá esos dos hubiesen acabado de follar porque lo único que quería era meterme en la cama. Lo que vi al llegar fue incluso peor de lo que me esperaba. Keiji estaba en el salón del bar, ahora vacío al ser domingo, acompañado por Mei y Kotaro mientras hablaba por los codos. Al verme entrar se puso en pie, inclinándose levemente.

– Deja que me disculpe, no me he portado bien contigo.

– Joder, tu polla es mágica Kotaro – Dio una carcajada, Mei me tiró un cacahuete del cuenco. Ese chaval iba a explotar de colorado que estaba.

– Se la ha comido de arriba abajo, ¿verdad mi amor? – Le dio un beso en los labios, avergonzándole aún más pero haciéndole reír.

– Como te pillen los del clan te van a cortar los dedos y la polla…

– ¿De verdad te crees que no lo saben? Al jefe le importa un carajo mientras cumpla con mi deber – Se puso bien el cuello de la camisa. Tenía al chico hechizado.

– Vente con nosotros Ayame – Mei me ofreció sentarme a su lado –  Ayúdale a aclarar las ideas que tú eres más empática que el que tengo enfrente.

– Tú vas sobrada de empatía por las dos. No tengo muchas ganas de estar por aquí rondando, me voy a la cama.

– ¿Es por lo que te he dicho de Hiro? – Apreté los labios, desviando la vista hacia la barra, suspirando porque no quería volver a llorar – Le voy a sugerir que venga a verte, ya que tú no vas a ir a verle.

– ¿De verdad me estás diciendo que me meta ahí de nuevo?

– No, no te voy a pedir eso. Entiendo que no quieras volver. Pero es qu—

– Pues eso mismo, deja de presionarme, deja de hablarme del tema de una puta vez. Hiroshi no tiene nada que ver ni conmigo ni con esta vida. Que se busque a una mujer más acorde con su manera de pensar y su fe. Jamás funcionaría lo nuestro así que antes de hacerle más daño déjale tranquilo.

– Discrepo.

– ¿Discre qué? – Preguntó Kotaro con la boca llena de frutos secos – Menudas palabritas usas, chaval.

Me marché a la habitación y me metí en la cama. No salí hasta el día siguiente, no tenía ganas de ver a nadie. No escuché más gemidos por lo que supuse que ese tío volvería a su casa o se iría a la de Kotaro. No podía decir que hice vida normal porque me mostraba más apática que de costumbre pero fingir en el trabajo se me seguía dando igual de bien. Eso sí, no estaba dispuesta a irme a la cama con nadie, no tenía ni la actitud ni las ganas por lo que me dedicaba a emborracharles hasta el punto de que no podían ni hablar. De madrugada, incapaz de dormirme, escuché mi teléfono vibrar con insistencia. Me estaban llamando y no tenía ni idea de quién podría ser.

– Soy Keiji, no sé si te interesa o no pero han ingresado a mi hermana en el hospital.

– ¿Qué ha pasado? – Me levanté de la cama, dispuesta a vestirme.

– Daisuke ha abusado de ella – Me quedé de piedra, quise llorar, partir algo, matar a ese puto desgraciado.

– Lo habrán arrestado, espero…

– Uno… uno de los chicos de la casa le ha agredido al escuchar los gritos de mi hermana. Aún no sé muy bien cómo ha pasado pero no ha llegado al hospital con vida.

No es que me importase mucho, pero saber que alguien que conoces ha muerto siempre impacta. Tras el shock inicial, le pedí el número de habitación y cogí un taxi hasta el hospital con el corazón en la garganta. Odiaba que se hubiese tenido que dar cuenta de cómo iban las cosas de esta manera. Me armé de valor al subir, no iba a ser fácil. Y para mejorar las cosas, Hiroshi estaba allí. Miraba al suelo, sentado en una de las sillas de plástico del exterior de la habitación junto a su hermano. Su pelo estaba alborotado, su barba descuidada, su rostro cansado. Al acercarme no me atrevía a mirarle, pero se puso en pie. Sin decime ni media me abrazó por los hombros, y no pude más que devolvérselo. Le sentí temblar, le escuché sollozar.

– ¿Está bien Manami? – Pregunté asustada.

– Sí. Bueno, todo lo bien que puede estar después de lo que ha pasado – Contestó Keiji.

– Hiroshi, voy a entrar a verla – Le separé de mí, sentándole de nuevo – Ahora vengo.

– No ha querido hablar con nosotros, no ha querido ni mirarnos a la cara – Keiji negaba con la cabeza – No sabemos qué hacer.

Hiroshi me apretó la mano, clavándome esos ojos tristes que no me ayudaban en absoluto a prepararme para lo que venía. Manami estaba sola en la habitación, tapada y mirando por la ventana. Un gran hematoma se extendía por su mejilla y al susurrarle un suave “hey” dio un respingo, limpiándose las lágrimas.

– ¿Qué haces aquí?

– Verte, ¿qué si no? – Le cogí la mano. Obvié la típica pregunta de cómo estaba, la respuesta era más que evidente – Oye, ¿por qué no quieres ver a tus hermanos?

– Porque… no quiero que me vea nadie – Las lágrimas le caían por las mejillas – Me siento…

– ¿Sucia por casualidad? ¿Avergonzada de no haberlo visto venir? ¿Culpable? – Cuanto más hablaba más lloraba, asintiendo – No es culpa tuya. Nunca lo ha sido.

– Le quería tanto, Ayame, le quería tantísimo – Se inclinó por el borde de la cama, agarrándome de la camiseta. Le acaricié el pelo, intentando consolar lo inconsolable – ¿Cómo se le puede hacer tanto daño a alguien que te ama?

– Sé que necesitas un motivo, pero no existe. No hay motivos para hacer lo que ha hecho ni hay manera de justificarlo. Era una mala persona con malos sentimientos, no es tu culpa. Tú eres la victima aquí, que te quede claro.

– No van a quererme, nadie va a quererme nunca más. Estoy rota.

– No digas eso, claro que van a quererte. Yo te quiero, tus hermanos te adoran y seguro que el día de mañana encuentras a un buen hombre que te ame como te mereces. Que te respete y que las únicas marcas que te deje sea en el alma por lo mucho que te quiera.

Esa chica no paraba de llorar. Estaba destrozada y tardaría mucho en recuperarse. Al menos tendría a sus hermanos con ella. Me pidió que los llamase un rato después y también lloró en los brazos de los dos, disculpándose por no haberles escuchado. Ellos repitieron casi mis mismas palabras. Era una situación tan privada que me disculpé y me dispuse a salir de la habitación.

– Ayame – Me llamó Manami – Por favor, vuelve con nosotros. No hace falta que hagas nada, solo… por favor ven. No vuelvas a irte, estamos todos mejor cuando estás a nuestro lado. Lo que me dijiste era cierto, siento no haberlo visto antes.

– No repitas eso más, no pasa nada. Esta noche prefiero irme a casa.

– No quiere volver Manami, déjala – La voz de Hiroshi sonaba rota. No sonaba a él. Un pellizco se me cogió en el pecho – No es feliz con nosotros.

– No es que no sea feliz, es que… bueno, no es el momento de hablar de esto.

– No, por favor, ven un segundo – Manami se intentó incorporar pero no pudo. El dolor se le reflejó en la cara.

– No te muevas – Le pedí. Hiroshi estaba a mi lado, sin tocarme, casi sin mirarme.

– ¿Por qué dice Hiro que no eres feliz con nosotros?

– Somos muy diferentes. Intentaba adaptarme pero no puedo ser yo misma, no encajamos. Ya se lo dije a él, no puedo vivir con personas que no son honestas ni con tantas trabas con respecto a temas que para mí son regulares en mi vida.

– He tenido relaciones sexuales con Ayame – Mire a Hiroshi despacio, asombrada, pero no me miraba a los ojos – También sexo oral en público. Y me encantaría seguir haciéndolo. Me da igual lo que penséis – Suspiró, cruzándose de brazos – Me da igual todo ya.

– Soy gay – Soltó Keiji de repente – Soy un maricón como la copa de un pino y hoy he tenido relaciones sexuales con un yakuza y pienso tenerlas más veces porque no voy a ser cura – Se hizo el silencio. El chico resopló aliviado – Ya está, ya lo he dicho – Manami susurró un “dios mío…” Sin embargo se recompuso y tras asentir, me miró.

– Ahora tú. Yo no tengo nada que contar que no sepáis.

– No vine a vivir con vosotros porque quisiese una vida mejor, lo hice porque me lo pidió mi jefa. Quería saber cómo llevar vuestro negocio y para eso… – Suspiré, incapaz de mirarles a la cara – Para eso lo mejor era ganarme a Hiroshi. Le he utilizado y lo siento muchísimo.

No dijeron nada. No sabía si me miraban y si lo hacían desconocía sus gestos. La presión en el pecho que me provocaba ganas de llorar no desaparecía, es más, aumentaba. Sentí que me cogían la mano, Manami me la apretaba.

– Ya veis – Odiaba hablar cuando la voz me temblaba tanto – Decía que no podía vivir entre mentirosos cuando yo era la primera que lo hacía. ¿Entiendes lo que te comenté esta tarde, Keiji? Es mejor pasar página.

De modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes – Miré a Manami, apretando los dientes para no llorar – Es un pasaje de la Biblia, probablemente a ti no te ayude pero en momentos como este, a mí me sirve de guía – Miró a sus hermanos. Al final terminé limpiándome las lágrimas, sintiéndome debilucha y con ganas de acostarme para no levantarme – Perdonar es una virtud que espero podáis concederle. Esta noche se queda en casa, en su habitación. Ya te piensas mañana lo que quieras hacer.

Salí de la habitación, no podía más con la presión. Me senté en una de las sillas de plástico, con la cara entre las manos. Ver a esa mujer de esa manera, ver que incluso en ese momento de dolor tan extremo era capaz de preocuparse por los demás era algo admirable. Me hizo preguntarme qué estaba haciendo con mi vida. Sentí que no valía nada. No podía dejar de llorar porque no podía dejar de culparme por haberle hecho daño a una persona tan buena como era Hiroshi. Y fue él quien me puso una mano en el hombro. No le miré a la cara.

– Entiendo que no quieras ni hablarme, pero espero que me perdones algún día – Sollocé.

– Ya lo sabía. Era consciente de que tenías segundas intenciones por más que me lo negase a mí mismo. Una mujer como tú jamás se acercaría a alguien como yo por iniciativa propia. Intenté en más de una ocasión que tú misma me lo contases, pero nunca quisiste. Ayame, ya estabas perdonada.

Y ahí estaba yo, inmersa en un drama que de verlo en perspectiva me parecería patético. Ciertamente lo único que hacía era verbalizar algo que pensaba desde hacía mucho, solo que nunca lo admitía. Los acompañé hasta el coche, con los ojos irritados de llorar y muerta de frío y sueño. Me senté en el asiento trasero y fui hasta su casa en total silencio. Keiij me ofreció comer algo antes de acostarme pero decliné. Hiroshi fue con él, anunciando que después se ducharía y aconsejándome que hiciese lo mismo para dormir mejor. No les di las buenas noches, me limité a desnudarme y a meterme en la cama. Pero no podía dormir. Mi mente no me iba a dejar descansar, la culpabilidad y los remordimientos eran almohadas muy incómodas. Cuando la noche empezó a aclarar me senté en la cama, desesperada. Salí al pasillo en ropa interior y tiritando me dirigí hacia la habitación de Hiroshi. Su cama era de matrimonio pero dormía en una esquina. Entré en silencio, cerré la puerta y me metí bajo sus sábanas. No tenía derecho a hacer lo que estaba haciendo, pero pegué mi frío pecho a su cálida espalda, despertándole con un sobresalto.

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Al darme la vuelta en la cama me encontré con sus ojos llenos de culpa. Odiaba verlos así, tan tristes. Quería volver a ver esa picardía, esa poca verguenza que siempre tenía, esa sonrisa que le iluminaba el rostro. Le aparté el pelo de la cara, estaba fría.

– ¿Ayame? ¿Qué te pasa?  – Evitaba mirarme a los ojos, con lo mucho que los echaba de menos.

– Lo siento tanto, lo siento muchísimo. Doy asco, lo sé, pero no me dejes sola – Al fin, sintiéndo el calor de mi mano en su mejilla, desvió sus ojos hacia los míos.

– Así es cómo te conocí – Chasqueó la lengua, avergonzada – No pensé que dabas asco entonces y no lo pienso ahora. Y si está en mis manos, nunca vas a estar sola.

– Eres tan bueno que hasta me molesta – Hundío la cara en mi pecho, la rodeé con mis brazos. En cuanto la tuve cerca, sentí mi alma en paz. No era sano depender tanto de alguien, pero mi realidad en esos instantes era que la necesitaba. Muchísimo.

– No voy a insistir  – Suspiré, apretándola a mi pecho –  Pero no he perdido la esperanza de que algún día me termines amando.

– ¿Quién te dice que no lo hago ya? – Quise que me lo dijese mirándome a la cara, pero se escondía. Ese comportamiento era tan inusual por su parte que me llevó a pensar que sus palabras eran ciertas. Además, se pegó más a mi cuerpo – De lo que me arrepiento es de haberte usado al principio sabiendo que te ibas a enamorar. Y lo que no sabía, por supuesto, era lo que me iba a pasar a mí  – El tono de su voz bajó, pero el apretón de su abrazo hizo lo contrario. Le besé el pelo, la quería tanto a mi lado que me daba hasta miedo soltarla.

– Sé que no te gusta este ambiente. Estoy tan dispuesto a hacer mi vida a tu lado que si lo prefieres incluso me mudaría a tu casa, con Mei – Se rió suavemente.

– No voy a meterte a vivir con esa gente. Corromperían tu inocencia y tu buen corazón. No – Me miró al fin sin llorar, suspirando – Este es tu sitio, aquí es donde haces lo que mejor sabes hacer que es ayudar a los demás. Yo no encajo por aquí con mi lencería rosa fucsia, mis tatuajes y mis tacones de aguja.

– Ahí es donde te equivocas. Ayame, estoy seguro de que después de lo que ha pasado hoy van a cambiar las cosas. No quiero que nadie se vea obligado a vestir o a comportarse de una manera que no es. Lo que queremos es que se recuperen y vayan por el buen camino que les lleve a tener una vida en condiciones. Si son creyentes o no… si siguen nuestro código moral será lo de menos.

– ¿Y lo de las relaciones qué? No me voy a casar contigo. No me voy a casar. Y tampoco quiero tener niños. De hecho, si me quedo embarazada abortaría  – Si esas frases me las hubiera dicho al principio de conocerla me habrían parecido la barbaridad más grande. De hecho, no me gustaban un pelo, pero si ponía en una balanza lo que supuestamente había querido toda mi vida y lo que ella me aportaba ahora, su lado se inclinaba desproporcionadamente.

– ¿Qué quieres? ¿Ver el mundo? ¿Tener estudios? ¿Conocer gente nueva? ¿Vivir por tu cuenta? Hazlo. Haz lo que te traiga paz – Le sonreí, mientras me dejase estar en su vida que hiciese lo que quisiese. Ayame era demasiado libre, sus ideales eran tan claros que ni siquiera iba a intentar plantearle ser de otra manera. Me gustaba como era, lo radicalmente opuesto de nuestras personalidades. Llevaba desde que se metió en la cama acariciándole la mejilla y no parecía importarle – A mí siempre me vas a tener aquí.

– No eres como imaginaba  – Susurró.

– Tú tampoco eres lo que yo esperaba – Me faltaba el aire cuando la miraba directamente  a los ojos. Esos ojos color miel.

Siempre había escuchado en las canciones que a la gente le dolía el pecho de querer tanto a alguien y siempre pensé que era una exageración. Hasta ese momento. Me desesperaba no poder expresar lo mucho que sentía por ella, sobrecogido por la intensidad con la que la deseaba a mi lado. Me quitó la camiseta del pijama, pidiéndome que le abrazase y enroscándose de espaldas a mí. Me acoplé a ella, sintiéndola diminuta en mis brazos. Me dijo, acariciando mis manos, que tal y como estaba en esos momentos sentía que nada iba a ir mal, que desaparecían los problemas y que tanto su mente como su cuerpo se relajaba. Que nunca se había sentido con tanta paz. Cogió mi brazo, el que quedaba bajo su cuerpo y lo metió entre sus pechos, entrelazando mis dedos con los suyos. Por su respiración sentí que empezaba a quedarse dormida. Aspiré el aroma de su pelo intensamente, su olor me enloquecía, despertaba unos sentimientos que en mí creía imposibles de básicos que eran. Unos sentimientos tan salvajes que incluso me avergonzaban. Mi mente quería dejarla descansar pero por lo visto, mi cuerpo tenía otros planes. Le puse absolutamente todos los vellos de punta al rozarle la fina piel del cuello con los labios al tiempo que las yemas de los dedos de mi otra mano recorrían el camino desde sus costillas hasta sus caderas. Tuvo un escalofrío que me hizo reír. Sabiendo las cosas que había hecho con otros hombres – y mujeres – siempre me sorprendía cuando al tocarla le hacía sentir algo. Palpé línea de sus bragas, el lacito que las decoraban, la tela que se hundía entre sus labios mayores. Le saqué una sonrisa, un suspiro y los colores. Apoyé la barbilla en el hueco entre su hombro y su cuello, observando sus rasgos, besando sus mejillas. Cerró los ojos, estimulaba su cuerpo sobre la tela de su ropa interior provocativa, excitándome solo de pensar en su cuerpo húmedo, cálido, apretado y tan agradable. No tenía prisas, no me gustaba ser brusco pero creo que precisamente por eso conseguía excitar a Ayame de verdad, siempre al borde del orgasmo. No fue hasta que no metí los dedos por dentro de sus bragas que no la hice gemir de verdad.

– ¿Ya has tenido un orgasmo? – Le pregunté en susurros, asombrado por lo muchísimo que me mojaba los dedos.

 – No, pero ya, ya, Hiroshi besame – Clavó los dedos en mi muñeca, estirando las piernas, agitándose, apretando mi mano, haciéndome jadear con esos besos tan tórridos que me daba. Al sacarle la mano de las bragas me miré los dedos, empapados. Me escandalizó al coger mi mano, lamiendo mis dedos entre jadeos.

– Dime qué te gusta – Susurré en su oído, acariciando sus pechos, rozándome con su trasero – Dime cómo te gusta. Quiero estar a la altura de tus necesidades.

Levantó la pierna, apoyándola en mis caderas aún dándome la espalda, echó su ropa interior hacia el lado y me la sacó de los calzoncillos. Dejé salir el aire de mis pulmones de golpe al sentir cómo me empapaba en ella, deslizándome entre su piel sensible, atrapando mi carne con la suya de manera deliciosa. Le clavé los dedos en los muslos, quejándome en su boca por lo desesperantemente intenso que era el placer que me hacía sentir. Aunque me mataba de vergüenza era incapaz de retener los gemidos, disfrutando con ella despacio.

– No tengas miedo de hacerme daño, hazme lo que quieras – Sus palabras estaban formadas por jadeos e inhalaciones escandalosas, le daba igual que la escuchasen, le daba igual todo. Y era esa filosofía de disfrutar del momento una de las mejores cosas de esa mujer.

De primeras no me lancé a hacer nada por miedo a que algo le molestase o no le gustase. Carecía de experiencia y aunque en mi cabeza la idea fuese buena, quizás en la práctica resultaría un desastre. Seguí con ese vaivén suave, esas penetraciones lentas que tanto me gustaban. Pero al notar que se agitaba, que sus besos apasionados estaban descoordinados con mis movimientos pausados, me lancé. La empujé en la cama, poniéndola bocabajo al acordarme que aquel día, cuando tuve relaciones por primera vez, me lo propuso. Levantó las caderas, sonriendo, mirándome con sus ojos de gata, expectante. Verla de espaldas, con ese pelo largo y revuelto, las curvas de su cuerpo, sus tatuajes; jamás habría pensado estar con una mujer como ella más allá de mi imaginación. Acaricié sus hinchados labios menores con los pulgares y ante ese contacto, movió las caderas buscando las mías. Froté mi glande contra su piel, y entonces me acordé de aquello que me susurró Kotaro la primera vez que le vi:

Cuando te la folles, no le metas la polla de golpe, solo la punta y le frotas el clítoris con las manos. Y cuando te diga que no puede más, reviéntala. Muerde su cuello, azótale el culo. Ya verás cómo se corre la muy puta

Con esa indecisión que me caracterizaba, lo hice, exactamente como Kotaro me sugirió. Me moví despacio en su interior, sintiendo cómo me oprimía, observando esa franja de piel ligeramente más clara justo debajo del glande cuando se la sacaba. Era muy difícil no dejarse llevar por lo que mi cuerpo me pedía, muy complicado no penetrarla hasta el fondo. La notaba ansiosa, moviéndose nerviosa al tiempo que susurraba “follame de una puta vez, joder” entre dientes. Colé mi mano entre sus piernas, desde su ombligo hacia abajo, apretando su endurecido clítoris entre mis dedos. Lo froté en círculos, sin ser muy brusco. Ayame cogió aire, perdió el apoyo que le otorgaban sus manos en la cama y dejó caer su pecho sobre esta con un largo y tembloroso gemido que parecía no acabar. De hecho, cuando más fuerte le frotaba, más gemía. Sin dejar de medio penetrarla, aumenté la presión de mis dedos, y se quejaba tanto que tuve el impulso de parar. Me gritó que no podía más, que era insoportable, que no podía correrse más.

Se la metí hasta el fondo, bruscamente.

Gritó tan fuerte que me tuve que inclinar sobre ella para taparle la boca, muerto de excitación y vergüenza. Me la apretaba con los músculos de la vagina, en un orgasmo que me forzaba a mí a sufrir el mismo destino. Intentando no acabar por todos los medios, golpeé sus caderas con las mías, la agarré de los pechos, de la cintura, de los hombros. Le mordía el cuello, le azotaba el trasero, y es que no paraba de notar esa presión tan placentera que me indicaba que sus orgasmos se sucedían uno tras otro. No podía respirar. El poco aire que entraba en mis pulmones lo expulsaba en gemidos y jadeos, en deseos formulados entre sollozos y gimoteos. Las piernas me fallaron al sentir que me sobrevenía el clímax. Se lo dije, le dije que no podía más. En un estado febril de pura lascivia se giró en la cama lamiendo mi húmeda y enrojecida erección. La lujuria personifiada me devolvió la mirada, entre mis piernas, devorándome, vaciándome. Anulaba mis códigos morales, mi ética, mi fe, en todo lo que creía con esa manera que tenía siempre de masturbarme, de usar su boca para deleitarme como lo hacía. Tuve un espasmo final cuando, al sacarla de su preciosa y pequeña boca, lamió el semen que resbaló por mi miembro. Sus mejillas estaban encendidas, su piel brillaba de sudor con la luz del amanecer. La amaba. Más que a nada en esta vida, de una manera que jamás amé a nadie. Cuando la abracé en la cama, aún temblaba con su cara contra mi pecho. No nos tapamos,  no dijimos nada, simplemente caímos rendidos.

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A la mañana siguiente me desperté sola con una nota en la mesilla de noche. Había ido a ver a su hermana al hospital, que ni me molestase en acercarme porque le habían llamado y se la iban a traer de vuelta a casa tras el reconocimiento médico y el interrogatorio. Decidí pasarme por la casa de Mei, tenía que hablar con ella sobre lo que iba a hacer. Por suerte para mí fue más fácil de lo que yo pensaba. Me dejó bien claro que había muchas chicas con necesidad de ser acogidas como yo lo fui en su día.

– Y además, ¿dónde vas a ser más feliz, aquí o allí?

– Con él. No sabía lo enamorada que estaba hasta ayer por la noche.

– Lo sabíamos todos menos tú – Me abrazó con fuerza, suspirando – Igualmente, aquí me tienes. Me pasaré esta tarde por allí para hablar con esta chica. Una que ha pasado por lo mismo sabe qué consejos dar y le llevaré un buen chocolate. Además, quiero conocer a ese que te tiene loca.

– No encaja en absoluto conmigo, no tenemos nada que ver.

– Probablemente eso sea lo mejor, no quieres estar con un hombre que tenga nada que ver con lo que ya conoces, ¿verdad?

Negué con la cabeza, riéndome con ella. Le debía muchísimo y jamás dejaría de debérselo. Cogí todas mis pertenencias, que tristemente cabían en una única maleta, siendo casi todas regalos de los clientes a los que no iba a echar de menos. Ella me ayudó a subirla al taxi y Keiji me ayudó a bajarla ya en su casa, anunciándome que Manami había vuelto. No me sorprendió saber que se había cambiado de habitación a una de las comunes. Me dijo que si quería podía quedarme la suya pero Hiroshi declinó la oferta por mí porque, como era obvio, dormiríamos juntos. No tenía nada que argumentar. Esa noche volvimos a follar, solo que esa noche fui ya la que le dominó, agotándole y agotándome yo una vez más de tanto correrme.

– Y eso que no he sacado mis juguetes…

– ¿Tus qué? – Me giré, riéndome y quitándole el condón para hacerle un nudo antes de que se le secase en la polla.

– Tienes muchísimo que aprender, y yo tanto que enseñarte…

– Mientras que no tenga nada que ver con mi culo me parece maravilloso – Di una carcajada estruendosa acompañada de una segunda cuando me mandó guardar silencio porque era tarde. Tras nuestros obscenos y pecaminosos gemidos, nadie se iba a molestar por unas risas.

EPÍLOGO

Kotaro chasqueó la lengua esquivando a los chavales nuevos que iban camino a misa acompañados de la nueva beata Yuko, su monitora, que le evitó como si tuviese una enfermedad contagiosa. Él la ignoró, saludando a los que se quedaban en casa conmigo. Se plantó a mi lado y dio una palmada.

– ¿Quiénes son los piltrafillas que van a entrenar con Kotaro sensei? – Algunos levantaron la mano, cohibidos por sus maneras agresivas a pesar de que una vez vinieron de un entorno familiar.

– El resto conmigo – Les hice un gesto para que me acompañasen – Hoy vamos a ver una película. Se llama Tiempo de matar y aunque el título lo insinúa, no es de acción. Y estad atentos porque al acabar vamos a debatir largo y tendido.

Al entrar encontré en el salón a Mei con una dolorida Manami. Se quejaba demasiado para haber sido un tatuaje que ni siquiera tenía sombras, suerte había tenido de que fuese Mei la que se lo hizo. No llevaba mucho con esa profesión pero con Genta de maestro se estaba convirtiendo en una verdadera artista. Les puse la película a los chavales y fui a preparar palomitas. Por norma general se comportaban de manera decente, al fin y al cabo asistían a los talleres de manera voluntaria y tenían numerosas posibilidades. Me alegraba ver que Hiroshi mantuvo su promesa, ya que la variedad de estilos y peinados era abrumadora ente todos ellos. Le echaba de menos, se había ido a una reunión de santurrones a otra ciudad y llevaba dos días sin verle. Mientras esperaba a que la alarma del microondas saltase le eché un vistazo a los apuntes de psicología olvidados de Keiji, no me enteraba de una mierda pero a él parecía entusiasmarle. Eché las palomitas en varios recipientes de plástico con cuidado de no quemarme con el vapor y me encaminé hacia el salón. No me caí al suelo, pero las palomitas volaron cuando Hiroshi se abalanzó sobre mí camino a la salida.

– ¡Hola! – Recibí sus besos de bienenida con ganas, me importaban una mierda las palomitas que estábamos pisando. Sin embargo, se emocionaba demasiado. Sus manos se colaron bajo mi falda, bajándome las bragas mientras me sentaba en la encimera – Los niños están en el salón, no estamos solos.

– Con lo muchísimo que te he necesitado va a ser rápido. Ayame te he echado tanto de menos…

– Eres un yonki de mi coño – Se rió, sacándosela de lo pantalones, colocándose entre mis piernas y metiéndomela de mala manera – Odio follar así…  – Al decirle esas palabras se frenó, mirándome a los ojos.

– Lo siento, lo siento – Beso mis labios y mis mejillas, acariciándome el pelo y dejándo caer su frente en la mía  – Me he dejado llevar.

– No pasa nada. Pero ayudame a recoger esto y cuando los nenes vayan a lo suyo, vamos nosotros a la playa, ¿te parece? – Asintió, agachándose y ayudándome, pegándome pellizcos de vez en cuando.

– Ya tengo los billetes para ir a Finlandia, nos vamos la semana que viene – Me besó la mejilla, acelerado y entusiasmado. Caminamos con los cuencos hacia el pasillo – Me muero de ganas por hacerte eso que tanto te gusta en una sauna.

– ¡Cállate idiota! – Desde que aceptó el sexo como algo normal había pasado al lado opuesto y hablaba sobre esos temas cuando menos debía. No iba a dejar de ser un tontorrón en la vida – Tienes que decirme cómo sabes que eso me gusta tanto…

– Kotaro es una fuente de información – Me guiñó el ojo y me dejó quitándole pelusas a unas palomitas que yo, desde luego, no iba a comerme.

No podía quejarme, esos momentos en los que sonreía sin darme cuenta cada vez se hacían más constantes. Y a pesar de saber que la felicidad no era algo eterno, me conformaba con tener alguno que otro de esos momentos al menos, una vez al día. Siempre que los tuviese, tendría un motivo para salir adelante.

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Episode 0

Bueeeno, esta historia iba a pertenecer a la sección Una canción, un microrelato” pero es que empecé a escribir y no paré hasta tener más de 40 páginas de word. La canción que me inspiró es el título del relato y está presente durante tooooda la historia. La voz del cantante me llega, me toca algo por dentro que me hace inspirarme de manera exagerada y no puedo parar de escribir como una loca.

Pasando a hablar de los personajes, tenemos a dos principales y un puñado de secundarios. La chica principal la imagino tal que así, adorablemente adorable pero sin las gafas. O con ellas, como queráis.

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Y el protagonista no es Tomoya, es su amigo Enoshi, que ha ido subiendo escalones de pornosidad hasta tener su propio fic ♥

Que haya recortado a Tomoya de una foto es algo de lo que estar orgulloso, Enoshi san

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Y ahora unís a este muchacho con esto ↓ y… se hace la magia

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No cuento nada de la trama, ya estaba lo suficiente en la miniatura.

Solo tengo una petición que considero importante al menos para el principio del fic:

Al empezar a leer, reproducid esta canción ↓

Espero que os guste ♥

___________________________________________________________________________________________

1

Acababa de entrar en el bar, cuando empezó la canción. Miré a mi alrededor y en una mesa al fondo vi al grupo de hombres enchaquetados y ruidosos de siempre. Probablemente uno de ellos tenía el micrófono. Suspiré pidiendo mi bebida favorita. Apreté los dientes y el vaso que me acababa de servir Yoshi, preguntándome con la mirada qué hacía allí. Los recuerdos me inundaban, y dolían. Le echaba demasiado de menos para hacer solo una semana desde que decidió que verme era demasiado peligroso. En ningún momento tendría que haberme relacionado con alguien como él, pero era trabajo… Al ir a ese bar sabía que iba a encontrar todo esto, y esa canción, al fin y al cabo, era la que siempre cantábamos en el karaoke compartido. Pero no esperaba que fuese tan pronto. De hecho me esperaba cualquier canción menos esa…

El hilo de mis pensamientos se paró bruscamente al escuchar la voz, su voz, y una presión se hizo dueña de mi pecho. Giré mi cabeza hacia la mesa del fondo y entre un par de hombres le vi. El mismo gesto concentrado de siempre al cantar esa canción solo que esta vez era un poco más triste de lo normal. Le miraba y no sabía si acercarme o no. No sabía si estarme quieta o hacerme notar, aunque teniendo en cuenta nuestra última conversación lo mejor era no moverme. Le echaba mucho de menos. Su tacto, su olor, sus ojos en los míos, su voz retumbándome en la espalda al cantar abrazándome sin importarle quién nos pudiese ver. Él era así, sus muestras de cariño eran públicas. Al verme mover los labios, el camarero, un chico nuevo, me ofreció el segundo micrófono. Al fin y al cabo era una canción para dos y no tenía a nadie cantando con él. Dudando mucho, lo cogí. Todavía no había reparado en mi presencia, hasta que empecé a cantar con él las partes de la canción que antes me correspondían. Entonces, micrófono en mano se levantó y miró a su alrededor. Le caían los mechones de pelo negro junto la mejilla, esos que se habían escapado a su gomina. Los que siempre se le escapaban y a mí tanto me gustaban. Al darme cuenta de que los demás del clan estaban atentos a su reacción, aparté la vista. Yo cantaba muy concentrada en el borde de mi vaso, sin mirarle porque me daba miedo su rechazo. Sabía que me había alejado por mi bien pero… No lo pude evitar y miré de nuevo con el corazón latiéndome a toda velocidad en el pecho.

Entonces me vio.

Y cuando sus ojos se encontraron con los míos sentí nervios, alegría, unas ganas inmensas de llorar y de abrazarle con fuerza. Él intentó disimular. Me volví a girar en la silla, planteándome si salir de allí y dejar de cantar, solo que de hacer eso llamaría el doble la atención. Como siguiese apretando el vaso iba a romperlo. No quería dejar de cantar, quizás era la última vez que cantábamos juntos y aunque fuese una situación dolorosa, no quería dejar escapar la oportunidad. Maldije su elección de vida, me maldije a mí por dejarme seducir aquel día. Le quería a mi lado y me daba igual que supiesen que estábamos juntos y que yo era “el enemigo” por así decirlo. No llevaba mi uniforme de camarera en ese momento y había vuelto a mi color de pelo original pero… quizás me habían reconocido. Me iba a volver loca como siguiese así. Iba a llorar de un momento a otro. Me pasé la mano por los ojos con exasperación, limpiándome las solitarias lágrimas que se me hubiesen podido escapar. Escuché a los yakuza quejándose, sillas arrastrándose y movimiento a mi lado, pero no quise mirar. Suspiré con fuerza e intenté esconder un quejido lastimero.

Sentí a alguien a mi espalda y me di la vuelta despacio. Me miraba con expresión afligida sin saber qué hacer, con los labios apretados. No se movía y yo tampoco. Simplemente nos mirábamos echándonos de menos tantísimo que no hacía falta decirlo. Veía en sus ojos el dolor de los míos, en sus puños cerrados la impotencia. Nunca debería de haber aceptado ese trabajo y al mismo tiempo estaba agradecida de haberlo hecho. Los recuerdos que guardaba de él iban a ser eternos, bellos, intensos. Nunca había sentido nada parecido con nadie y que fuese un criminal no lo hacía menos real o especial, solo que mucho más peligroso. Para ambos. Vi en su expresión que me había alejado no porque quisiera. Y al ver que se mordía el labio tragando saliva, hice lo mismo, reteniendo las lágrimas como podía. Iba a aguantar, este último recuerdo iba a ser bonito fuese como fuese.

 Empecé a cantar la que era mi parte favorita, en la que siempre me abrazaba. La canté mirándole a los ojos, intentando sonreír. Su respiración se aceleró, su ceño se frunció más de lo que acostumbraba a estar. Se pasó la mano por el pelo moviéndose inquieto. No quería mirar a sus compañeros. Después de esa advertencia que me hizo y ahora no estaba siendo muy precavido al acercarse de esa manera. Y en cierta manera lo agradecía porque me estaba matando su ausencia. Tenerle delante otra vez después de creer que el adiós fue para siempre era un verdadero regalo. Quería estirar la mano y tocarle pero si lo hacía, se iba a descontrolar. Decía que el contacto con mi piel le volvía loco, por lo que seguí apretando el puño.

Cerró los ojos con fuerza. Acto seguido y tras un profundo suspiro, echó la vista al cielo y su estrofa, mi favorita, la canto con una mano ante los ojos. Su voz era preciosa, siempre me lo había parecido. Increíblemente bonita teniendo en cuenta la voz grave con la que hablaba casi siempre. Su acento yakuza desaparecía al cantar, casi parecía alguien normal. Alguien que a ambos nos gustaría ser pero no éramos. Precisamente por lo opuesto de nuestras vidas y nuestra personalidad era que había tanta química entre los dos. Me mordí el labio y, sin poder contenerme, ajena a todos los problemas que pudiesen traer mis actos, le cogí la mano, cantando con él. Vi en sus ojos el dolor, vi que estaba aguantando las lágrimas con las mismas ganas que yo, y vi más claro que nunca que me echaba de menos tanto como yo a él mientras cantábamos la que desde el principio había sido nuestra canción. El estar rodeado de su gente no fue impedimento para que se acercarse a mí un poco más, solo para cantar el final. Ignoró o se olvidó de las consecuencias tanto como yo. La necesidad de tenernos el uno al otro era mayor. Sentí su mano en la cintura, solté el micrófono y puse las mías en su pecho, sobre la camisa de botones a medio abrochar. Sus tatuajes asomaban sobre el cuello de esta. Sus ojos recorrían mi rostro y los míos estaban clavados en esa boca que tanto placer me había dado. La quería de nuevo sobre la mía, junto a mi oído susurrándome cosas tan dulces justo antes de dormir que jamás se podría pensar que salían de los labios de alguien como él. Qué tonta fui al tener tantos prejuicios, qué tonta de haber perdido tiempo a su lado por miedo a acercarme más antes… Quien me lo iba a mí a decir al principio de esa misión. Quién me iba a decir que la persona que más iba a preocuparse por mí iba a ser alguien como él. Consiguió tirar a la basura todos mis principios con su forma de ser, con su cariño y sobretodo con su pasión. No podía echarle tantísimo de menos, era enfermizo.

Me bajé del taburete y miré hacia arriba, viendo como sonreía ligeramente al darse cuenta de lo bajita que era una vez más. Siempre se metía conmigo por mi altura. Al acabar todas las estrofas pego su frente a la mía, bailando despacio, más bien meciéndose conmigo. Abracé su espalda y sentí las yemas de sus dedos acariciándome suavemente los brazos, poniéndome los vellos de punta y provocándome escalofríos brutales. Cuando le mire de nuevo a los ojos lo único que dijo, con esa voz rasgada y profunda que tanto movía en mi interior, fue lo que necesitaba.

– Quédate conmigo, Rei-chan.

3 Meses Antes

– ¡Buenos días! – dije al llegar a mi puesto de trabajo. Aunque estaba harta de papeleo tenía que tener una buena actitud. Me negaba a vivir amargada.

– Hola – dijo mi compañero – Ni te imaginas el sueño que tengo…

– Eso te pasa por llevarte toda la noche de fiesta con Ugaki-chan – Le dije con guasa, haciéndole sonreír.

– No seas idiota, no hemos estado toda la noche.

– ¡UuuuuUUUUUuu! Pero sí gran parte de ella, ¿no? – me miró de soslayo, con aspecto avergonzado.

– Cállate ya, ruidosa, se va a enterar y se va a enfadar si sabe que hablo de ella contigo.

– Vale, vale. Ya me pongo a lo mío. Espero que todo haya ido bien – En su sonrisa vi que así fue. Miré los papeles que tenía delante y suspiré, echando de menos estar en el terreno y no en la oficina. Mi reino por un cambio de puesto…

– Tachibana-san – La voz de mi superior me sobresaltó. Alcé la vista y le vi allí plantado con su rostro severo de siempre, señalando con la mano hacia la zona de reuniones y su despacho – Acompáñeme.

Asentí, mirando a mi compañero con miedo una vez se dio la vuelta el jefe. Me susurró un “ánimo” y yo le respondí un “gracias”.  Acompañé al jefe hasta su despacho siguiendo su paso ligero, preguntándome qué demonios estaba pasando. No había hecho nada malo, o por lo menos no era consciente de ello. Con una bola de nervios en el estómago entré no en su despacho como yo creía, sino a una sala de reuniones con los mejores investigadores y detectives del departamento. Les saludé educadamente y me senté allí sin entender nada pero descartando la idea de un despido. En una pizarra magnética que quedaba a mi derecha tenían colgada lo que parecía el árbol de una familia criminal. Arriba del todo rezaba el nombre “Kubo”.

– Tachibana-san, le presento a los que a partir de hoy van a ser sus compañeros en una operación totalmente confidencial – dijo mi jefe sin sentarse, señalándome con la mano uno a uno a mis nuevos compañeros – Shinsui Hideaki, jefe de operaciones – era un señor mayor, con más pelo en las cejas que en la cabeza y ni uno negro – Kakinomoto Inejiro, nuestro mejor hombre en lo que a investigación sobre yakuza se refiere – parecía, de primeras, un hombre amable; pero tenía cierta frialdad en sus ojos que no me agradaba – Kawagishi Sayuri y Naito Zeshin, nuestros mejores detectives – A esa mujer me la había encontrado más de una vez por los pasillos y parecía muy amable aunque siempre ocupada, mientras que su compañero siempre parecía estar cansado. Quizás tenía que ver con su elevado índice de grasa corporal, no estaba segura.

– Tachibana Reika, encantada – Me levanté, inclinándome – Me siento muy honrada al estar aquí con personas tan increíbles como ustedes y precisamente por eso no te entiendo a qué se debe mi presencia…

– Todo a su tiempo, siéntese – ordenó mi jefe sentándose también. Asentí y esperé la explicación. Pero no vino de él, fue el señor mayor, Hideaki, el que empezó a hablar.

– Llevamos unos meses estudiando intervenir en las actividades ilegales del Kubo Gumi aquí en Yokosuka – era lo que me esperaba, yakuza. No me gustaba nada de nada – Seguimos sus movimientos y estamos al tanto de todo lo que manejan en la ciudad, que por supuesto no es nada bueno. Sin embargo, hasta la fecha nos ha sido imposible pillarlos con las manos en la masa, por lo que no hemos podido ejecutar ninguna detención.

– Se esconden muy bien – añadió Zeshin san con la vista fija en las fotos del tablón, seguido de una respiración pesada.

– Como puede ver, conocemos incluso la estructura interna del clan. Lo único que nos falta es información desde dentro, y aquí entra usted.

– ¿Yo? – Me asusté. No podían meterme de infiltrada en un clan yakuza, primero porque no tenía los conocimientos suficientes para lidiar con ellos, segundo porque me aterraban y tercero pero no menos importante, era una mujer.

– Sí. En el departamento no pasa desapercibido tu don de gentes y tu facilidad a la hora de agradar a los demás – Sayuri intervino, el tono de su voz era seguro. Quise sentirme la mitad de confiada que ella – De eso carecemos prácticamente todos los investigadores. A todos se nos ve la palabra policía escrita en la frente pero sin embargo tú podrías pasar por un civil sin problemas.

– No sé cómo tomarme eso – murmuré, por lo que ella rio suavemente.

– Ahora mismo es más un halago que otra cosa. Sé que debes sentirte intimidada ante la idea de mezclarte con yakuza pero no te vamos a pedir imposibles. Simplemente queremos que te acerques a los miembros más rasos del clan y vayas integrándote poco a poco hasta tener contacto con algún miembro importante. Al ser tan bonita probablemente no tengas problemas – Me asusté incluso más tras ese comentario. Me indigné. No tenía ni idea de sus intenciones y no sabía si quería conocerlas.

– La idea principal fue abastecerte con un falso Host Club en el que fueses la benefactora, pero están demasiado bien organizados – dijo Hideaki – Investigarían y se darían cuenta que surgió de la noche a la mañana, y eso traería dudas además de involucrar a civiles que pueden salir mal parados. En su lugar, tenemos ya infiltrado desde hace tiempo al que será tu compañero en el bar que frecuentan algunos miembros del clan. Es el jefe y tú serás su camarera – Sí, años estudiando y presentándome a pruebas para acabar poniendo copas. Quería un cambio pero si iba a ser así la idea de estar segura entre papeles casi que se me hacía más atractiva.

– No tienes de qué preocuparte – intentó tranquilizarme Sayuri – Te daremos instrucciones claras sobre lo que debes hacer en ciertas situaciones pero la mayoría del tiempo lo que debes ser es tú misma. Ganarte la confianza de los miembros del clan. Hacerte su confidente.

– Y llegar hasta donde sea con ellos – miré un tanto espantada a los fríos ojos de Inejiro. No iba a acostarme con nadie si era lo que estaba sugiriendo – La investigación es más importante que cualquiera de nosotros.

– Bueno, bueno, no nos pongamos tan serios. No queremos asustar a nadie – Sayuri le miro un tanto ofendida – Ya veremos cómo van saliendo las cosas.

Seguimos discutiendo durante al menos dos horas los pros y los contras de su plan de meterme de cabeza y desprotegida entre un montón de criminales a los que me tenía que ligar. Las palabras de Sayuri iban destinadas a calmar mis nervios pero cuanto más sabía de la operación, más miedo tenía. Esa organización estaba bajo el control de prostitución y drogas además de estar bajo sospecha de tráfico de armas. Lo tenían todo. Y un alto índice de asesinatos atribuidos a ellos aunque nunca verificados. Por norma general, casi nunca salía herido un civil a menos que se encontrara en medio de un tiroteo, pero eso no quitaba que me muriese de miedo. Mataban a otras personas, aunque fueran criminales de otro clan o desertores. El dato importante es que eran asesinos. No quería hacer el trabajo, estaba aterrorizada pero la suma de dinero que me estaban ofreciendo era para pensárselo. Muchos ceros como para decir que no.

Salí de allí con Sayuri camino a reunirme por primera vez con el dueño del bar. Mi ya ex compañero de trabajo me preguntó con la mirada, a lo que simplemente pude alzar los pulgares. La operación, como me dijeron, era extremadamente confidencial. Caminamos hasta su coche, se la veía una mujer con muchísima autoestima y no era para menos con los logros que acumulaba. No sabía el número de casos resueltos que llevaba el departamento gracias a ella, pero era elevado. Y decían que a pesar de las apariencias, su compañero era una de las personas más inteligentes con las que contaba la policía de la zona.

– Eh, relaja los músculos. Estás muy tensa.

– Sí. Ya. Lo siento. Es un poco difícil lo que me habéis propuesto y aún tengo que mentalizarme.

– No te preocupes, no empezaremos de inmediato. Tienes hasta el fin de semana para prepararte en condiciones.

– ¡Pero si estamos a jueves! – Al parecer mi histeria le pareció hilarante. No sabía qué tenía de gracioso, estaba realmente muerta de miedo.

Me extrañó cuando paramos en un edificio un poco desconchado y descuidado, pero seguí a mi superior sin decir ni media. Subimos unas escaleras de metal comidas por la humedad y llamó a la primera puerta brevemente. Al poco tiempo, un hombre de hombros anchos y aspecto bonachón nos sonrió tras su puerta, dejándonos pasar. Nos sentamos en un sofá esperando a que volviese de la cocina con una tetera y tres vasos.

– ¿Tachibana-san? – Me ofreció su ancha manaza tras ofrecernos el té – Desde este sábado seré tu jefe, Tanuma Yoshitoshi, llámame Yoshi.

– Tachibana Reika, encantada – Si ese hombretón iba a ser mi jefe estaba mucho más tranquila.

– Acuérdate de inventarte un nombre nuevo para cuando trabajemos juntos. Y por cierto, deberías cambiarte el pelo a algo más… atrevido.

– ¿A qué te refieres? – sonrió y me pareció incluso más simpático.

– A que mi bar no es tan modosito como para contratar a una chica con el perfecto peinado castaño. Sin ofender.

– ¿Y qué color estaría bien? – pregunté un poco exasperada – Porque no pienso ponerme rubia…

– No, no, rubia no. Pero quizás pelirroja. O azul – Me atraganté con el té. El pelo azul, a mi edad, yo. Ni hablar – Te dejo la dirección de la peluquería de una persona de confianza, ella te dará ideas para que estés igual de bonita que ahora. Que por cierto, gran elección Sayuri-san, los va a volver locos con el uniforme.

– Uniforme… – dejé la taza de té en la mesa porque no quería ni morir atragantada ni escupirlo. Eran demasiadas cosas en poco tiempo y no me terminaba de gustar ni una. Menos el dinero a cobrar, claro.

– Sí, aquí lo tienes en dos tallas, no sé cuál es la tuya – Lo saqué de la bolsa que me ofrecía y observé que era una camisa de botones blanca de mangas cortas con un pequeño logotipo sobre el pecho derecho junto a una falda corta verde. Muy corta. Similar a la de una colegiala – Cuando la sepas me lo dices y te doy dos más, para que tengas a lo largo de la semana – Se me escapó un quejido.

– Ánimo, Tachibana-san – Sayuri me dio dos golpecitos en la espalda – Confiamos en ti, sabemos que lo vas a hacer de maravilla.

Me pasé la tarde hablando de los tipos con los que me iba a encontrar, escuchando consejos y órdenes. No me terminaba de creer lo que iba a hacer, ni siquiera teniendo el uniforme en la mano. Cuando volvía a casa un tic nervioso se apoderó de mi pierna y me empecé a comer las uñas compulsivamente. Tuvo que repetirme mi jefa que me relajase antes de salir del coche para darme cuenta. Lo primero que hice tras despedirme de ella y entrar en mi casa fue probarme la ropa. El tacto de la tela nueva y limpia era agradable, la camiseta me quedaba como un guante, quizás demasiado. Al tenerla en la mano no me di cuenta del escote tan generoso que tenía si abría los dos primeros botones y la falda… me llegaba por encima de las rodillas. Como dos manos por encima. Un poco más y la podía usar de cinturón. La verdad es que cumplía su cometido. Estaba realmente sexy, tenía que admitirlo, y ese pensamiento me sacó una sonrisita.

Debido a tener asignado un nuevo puesto, el viernes lo tenía libre. Me dieron fichas con información de los altos cargos, lo poco que sabían de ellos. Pero apenas encontré datos precisos. Entre los papeles encontré uno más pequeño, con un nombre de mujer y una dirección. La peluquería. Chasqueé la lengua y me levanté del sofá quejándome, no quería cambiarme el pelo. Sabía que era por mi seguridad pero me gustaba tenerlo castaño, me gustaba que fuese así de aburrido. Entonces me volví a acordar del dinero y se me pasaba el disgusto. Me costó encontrar la peluquería, estaba escondida y además en un segundo piso de una vivienda particular. Nada más entrar supe que estaba fuera de lugar.

– Biennnnnvenida? – El saludo de la dependienta se volvió pregunta al verme plantada con mi ropa, que hasta el momento creía normal – ¿Tengo una inspección? No me han avisado – Se quitó los guantes, mirando a su alrededor alarmada.

– No, no. Vengo de parte de Yoshi-san – frenó en el sitio y tras sonreírme me miró aliviada.

– Vale, vale, ya sé quién eres. Espera un momento que termine con ella y ahora te atiendo.

Todo era de colores chillones, desde los muebles hasta la peluquera. Su pelo estaba recogido en dos trenzas amarillas y verdes neón y su ropa tampoco pasaba desapercibida. La chica a la que estaba rociando con laca tenía una lado de la cabeza rapado y el resto de rosa y azul pastel. Mi pelo y mi ropa eran tonos de marrón y gris, era como un personaje de película de los años 20 infiltrado en una película futurista. Cuando la clienta se fue, la peluquera se me acercó.

– Kieko, encantada, pasa por aquí Rei-san – sabía mi nombre, supuse que Yoshi le habló de mi situación – A ver qué nos hacemos, tienes un pelo precioso.

– Muchas gracias. La verdad es que nunca me he teñido…

– ¿Qué color te gusta? – mostró un catálogo de mechones de pelo en colores tan variados que no supe cual elegir. Literalmente, no tenía ni idea.

– ¿Sabes qué? – cerré el catálogo y se lo di, girando la silla – Hazme lo que te parezca, pero déjame todo lo bonita que puedas.

– ¿Bonita o atractiva? Por lo que tengo entendido tu intención es ser más sexy que otra cosa, ¿no? – fruncí el ceño.

– ¿No se suponía que la misión era secreta? – Se rio mientras mezclaba un líquido blanco con unos polvos. Olía a tóxico, se me metía en la nariz y me escocían los ojos.

– ¿De verdad piensas que soy una peluquera normal y corriente? – sonreí y suspiré, deseando que no me hiciese un estropicio. Y si lo hacía, que al menos fuese sexy.

Me quedé de espaldas al espejo, no quería ver nada porque realmente no quería hacerme nada en el pelo. Charlábamos de cosas triviales, gustos y estupideces como esas mientras se dedicaba a embadurnarme el pelo de potingues con olores nocivos una y otra vez. Cuando ya me estaba secando y recortando, con una sonrisa enorme en la cara, vi entrar a Yoshi-san. Me saludó felizmente.

– ¿Has visto?  Dime que no soy una artista.

– Pareces otra, nadie dirías que eres policía, eso seguro – apreté los labios, lo que le hizo bastante gracia. Yo estaba acojonada – Vengo a traerte cositas – Se sentó frente a mí tras cerrar la puerta de la peluquería – Toma.

– ¿Qué es esto? – Me dio lo que al principio pensé que era algo para comunicarme, pero al darle la vuelta vi que era un ipod.

– El bar es un bar karaoke. Mis clientes casi siempre ponen las mismas canciones, así que ve escuchándolas y aprendiéndotelas porque querrán que cantes con ellos más de una – Le miré con el cacharro en la mano – Tienes que agradarles.

– Espero que no me toquen mucho.

– Aaahm… – Yoshi se echó hacia atrás en el asiento, mirando a la peluquera y después a mí – Tocan mucho. Cuando van a “conquistar” a una chica lo hacen de manera un tanto brusca.

– Un tanto brusca no – replicó Kieko – Si no fuese porque se pueden buscar un problema se tiraban encima de las chicas en el mismo bar. Al menos algunos. A ver – La chica se puso frente por frente – No van a ser sutiles, no van a esperar a que pasen dos semanas para darte la manita. Si les gustas, que les gustarás, van a ser descarados y van a invadir tu espacio personal.

– No me va a salir seguirles el juego de manera natural…

– Mejor, es lo que quieren – dijo Yoshi como si fuese evidente.

– Oe, tú, guapa – Kieko puso una mano sobre mi cabeza en el asiento y acercó su cara a la mía hablando como una criminal y subiendo la ceja. Olía a vainilla – ¿Eres nueva? Estás buenísssssima – Me rozó el hombro y mi reacción fue encogerme mirando a otra parte.

– Encantadora. Los vas a volver locos – Yoshi revolvía papeles en una carpeta con una sonrisa. Kieko volvió a trabajar con mi pelo, riéndose alegremente – Estos de aquí casi siempre están por ahí. Hazte amiga de ellos pero no te conviene llegar a más.

Les eché un vistazo por encima a los hombres que me enseñaba. Ni uno me inspiraba confianza, tenían miradas amenazadoras y sucias. Me iba a llevar la mañana del día siguiente estudiándolos por si me los encontraba. Si tenían algo en común era aspecto peligroso, los típicos hombres que no te quieres encontrar cuando vas a casa sola después de una fiesta.

– Tu objetivo principal y esperemos que alcanzable es este tío, Kimura Matsutaro – Me dio una nueva foto de un hombre que debería rondar los cincuenta. Seguía imponiendo pero parecía más formal que los demás.

– Y tengo que ganarme su confianza ya me dirás cómo. Una cosa es engatusar a un hombre de más o menos mi edad pero alguien como él… – resoplé negando con la cabeza – Alguien como él no va a caer en la trampa ni de broma.

– No serías la primera camarera que se lleva del bar – alzó las cejas – Le gustan jovencitas. Y le gustan risueñas, así que ya sabes.

– No sé muy bien si trabajo para la policía o para un host club, en serio, lo mismo habría dado que me hubieseis colocado el local – Le di los papeles de vuelta, sintiendo una mezcla entre rabia y miedo. Cuanto más se acercaba la hora de mezclarme con ellos, más dudaba de si el dinero merecía la pena.

– Listo – Kieko me miró de frente, sonriente – ¿Preparada?

– No – Igualmente me giré.

La que me devolvió la mirada en el espejo era alguien que se parecía a mí, pero no era yo. De repente mi pelo era de un rojo intenso con mechas naranjas y negras. Lo dejó perfectamente peinado, liso y corto. En mi vida había tenido un flequillo tan poblado y perfecto. Parecía una peluca. Me lo toqué con la boca abierta, no daba crédito. No es que no me gustase, es que no me creía que estuviese en mi cabeza.

– Ven la semana que viene a que te lo retoque y así todo el tiempo que quieras. Los gastos corren de la oficina – Me dijo Yoshi.

– ¿Te gusta? – asentí sin dejar de tocarme el pelo – Toma, te voy a dar una cosita que tengo por aquí – trasteó en una cajita que tenía en un lado y me dio una argolla – Tiene imanes, es para el labio.

– ¿Quieres que me la ponga? – asintió con energía. Me la puse en medio del labio inferior y me sorprendió ver que incluso me quedaba bien. Me empecé a reír, menuda locura estaba haciendo.

– Bueno, pues te veo mañana – Me dijo Yoshi cuando me levanté guardando la argolla en el bolso. Me observó unos segundos, entre risitas – Estás rarísima con ese traje de chaqueta y el pelo de ese color, pero verás como no quedas fuera de lugar con el uniforme.

– Muchas gracias, Kieko-san.

– De nada, de nada. Buena suerte mañana, Mata-Hari – Cuando me guiñó el ojo me reí. Estaba gritando por dentro.

 

 

2

El desayuno y la comida del día siguiente casi que no me entraban por la garganta. Miraba las fotos de esos hombres mientras que escuchaba una y otra vez las canciones del reproductor de música. No tenía idea alguna de qué temas hablar con ellos, cómo comportarme o qué hacer. Mis jefes no pararon de decirme que no necesitaba instrucciones, que fuese yo misma. En caso de torcerse las cosas confiaban en mi preparación física para salir del apuro, pero yo no me fiaba tanto. La mayoría de las canciones eran tristes, épicas, narradas desde el punto de vista de un héroe o algo así. No podía decir que me disgustasen pero me parecían un poco exageradas. Al mirar el reloj y ver que ya era la hora de marcharme hacia el bar se me formó un nudo en el estómago que ya quisiera un marinero. Me puse el uniforme y fui camino a mi nuevo trabajo. Llegué temprano, me tuve que colar por debajo de la persiana de metal a medio abrir.

– Con permiso – Escuché un “¡aah!” al fondo y vi a Yoshi asomarse sonriente.

– Llegas temprano, bien, bien. Ven conmigo que te voy a enseñar cómo funciona esto.

Me dijo dónde estaban las bebidas, me tuvo todo el tiempo con una bandeja, (que me tuvo que enseñar a sostener), en la mano llena de botellas vacías y limones conforme me explicaba, caminando de aquí a allí mientras me peleaba por no tirar nada. Me enseñó cómo recibir una orden, cómo hacer las cosas de manera más rápida y me presentó a mis dos compañeras de trabajo. Una de ellas era una chica nada guapa con el pelo azul eléctrico recogido en una coleta alta. A la otra ya la conocía.

– ¡Hola otra vez! – Me sentí un poco más relajada al ver ahí a Kieko, la peluquera – Miiira qué guapa estás. Madre mía, el uniforme te queda que es una barbaridad…

– Sí, bueno, apretado.

– Eh, relájate, estás tensa. Va a ir todo bien, no estás sola – miré a la otra chica preguntándome si ella también estaría involucrada. Me quedó claro que no con la siguiente orden del jefe.

– Sobre las nueve o diez de la noche empezarán a llegar unos clientes habituales que se sentarán en esa mesa del fondo – nos indicó – A la única de vosotras que quiero ahí es a ti – Me dijo señalándome – Si alguna de vosotras dos se acerca o recoge una comanda de esa mesa, puede perder el puesto de trabajo – La otra chica asintió un poco asustada, era tan nueva como yo.

Las primeras horas del negocio pasaron tranquilas. Conecté la máquina de karaoke, limpié mesas e intenté no dejar que los nervios me dominasen. Me tuve que quitar la argolla de mentira y dársela a la dueña, me molestaba horrores. Estaba de espaldas a la puerta de la calle cuando escuché que saludaban a Yoshi voces graves y fuertes. Miré discretamente sobre mi hombro y reconocí alguna de esas caras, caminé a la barra y tras sonreírle al único hombre que me fiaba en ese bar, fui a atender a mis primeros clientes. El pensamiento de “sé tú misma” era el que sobresalía sobre los demás.

– Buenas noches, bienvenidos – Les deseé con mi mejor sonrisa – ¿Qué les pongo?

– Calientes, cariño – dieron una carcajada sonora, comiéndome con los ojos. Sonreí poniendo los brazos en jarras. Quería saltar por encima de la barra y esconderme en un mueble.

– ¿Y además de eso? – respondí con descaro. Intenté que no me temblase la voz.

– Dos sakes y un whiskey. De momento – Un hombre rapado me guiñó el ojo. Una cicatriz le cruzaba la ceja de arriba abajo, partiéndosela.

– ¡Marchando! – Mi sonrisa era la sonrisa más tensa del mundo en esos instantes. Le pedí la orden a Yoshi, que me sonrió. Supuse que lo estaba haciendo bien.

No paraban de jalear, de reírse y de pedir una bebida tras otra acompañadas siempre de piropos subidos de tono. Y no me terminaba de acostumbrar. Poco antes de la hora de cerrar estaban borrachos como cubas, discutiendo sobre temas que no entendía entre su dificultad para hablar y ese acento suyo. A la hora de cerrar, acompañamos a esos hombres a la salida entre Yoshi y yo, él sosteniéndolos y yo soportando que sus manos tocasen debajo de la espalda sin quejarme más que con sonrisas. Cuando cerramos estaba más agotada mental, que físicamente. Despedimos a la chica hasta el día siguiente y al quedarnos los tres solos me dieron una palmadita en la espalda.

– Parecía que llevabas aquí trabajando toda la vida, qué alegría – Me felicitó Yoshi.

– Y no sé dónde estaba esa vergüenza que te iba a dar escuchar sus piropos. Te has defendido de maravilla.

– Sigue así, Rei chan. En unas semanas los tienes conquistados.

Conquistados o no, en el transcurso de esa semana intentaron ligar conmigo de muchísimas maneras: me guiñaban el ojo, me lanzaban besos, me decían piropos, uno de ellos incluso me besó la mano – cosa que me mató del asco pero que oculté con un falso rubor y un “tonto” – Me hicieron sentarme con ellos a canturrear más de una vez y aunque aún no me sabía las canciones del todo, quedaron satisfechos con mi actuación. Cuando me acaparaban demasiado, Yoshi les “reñía” diciéndoles que estaba en horas de trabajo y me dejaban ir. Un ratito. Mis noches se volvieron hacerles felices, seguirles el juego y entretenerles, pero no hacía adelantos. El hombre que tenía que aparecer no venía y yo empezaba a desesperarme. Recibí una llamada de mi superior, Sayuri, cuando pasaba de la semana en mi nuevo trabajo, justo antes de abrir.

– Siento no tener resultados, pero apenas hablan del clan.

– No importa, Tanuma-san nos dice que ya tienes su confianza ganada. El día que nuestro objetivo aparezca ya tienes gran parte del terreno allanado.

– ¿Sigo como hasta ahora entonces? Me resulta raro no tener reuniones.

– Cuanto menos aparezcas por la comisaría mejor. No queremos que te vean entrar y aten cabos. Mucha suerte Tachibana-san, siga con el buen trabajo.

– Muchas gracias.

– ¿La jefa? – preguntó Kieko mientras Yoshi subía la baraja del bar – ¿Te ha metido prisa?

– No, que va, dice que siga como voy. A ver cuánto se va a alargar esto…

– Ganarte la confianza de una persona no es algo que se haga de la noche a la mañana, es normal que todavía no hayas conseguido nada – Me susurró Yoshi – Venga, a trabajar. Se acabó la charla.

                Apenas llevaba tiempo llevando copas de un lado a otro y limpiando el suelo que vi a Yoshi mirar sobre mi hombro y cómo le cambiaba la expresión. Me encontré muerta de miedo al pensar que ahí podía estar el hombre que buscaba pero al girarme suspiré aliviada al ver que no tenía nada que ver. Volví a darme la vuelta para encontrarme que Yoshi me pedía acercarme con sus dedos.

– Ese tío de ahí – susurró mientras secaba un vaso – Acércate a él todo lo que puedas. Siempre va pegado a su aniki, que es el que nos interesa. Gánate a uno y tendrás al otro.

– ¿Cómo pretendes que haga eso? ¿Quieres que me acueste con él o qué?

– No, no. Eso ni se te ocurra. Si te vas con este, el hombre que nos importa no va a querer saber nada de ti. Ya sabes cómo son estos tíos…

– En fin, lo intentaré, pero no prometo na—

Dejé de hablar porque sentí unas manos en mi cintura. Intenté no volverme muy bruscamente y hacerlo de manera más casual. Una mirada muy sucia se encontró con la mía, le sonreí fingiendo timidez. Quería quitármelo de encima pero no podía. De este no había manera de escaparme si quería ganármelo.

– Camareras nuevas, ¿eh Yoshi-san? – Le dijo a mi jefe.

– Sí, además de buena trabajadora es una alegría a la vista.

– Que buen gusto tienes, cabrón. Y dime – subió su mano y me puso los dedos en la mejilla para que le mirase. Le tenía pegado a la espalda. Muy pegado a la espalda. Me vi obligada a mirar hacia arriba para hablar con él – ¿Cómo se llama la pequeña chica nueva con el culito respingón?

– Rei – solté mi nombre de verdad antes si quiera de pensarlo, pero es que era la primera vez que uno de esos tíos me preguntaba por mi nombre. Casi todos me llamaban muñeca, cariño, tesoro y cosas así – Sato Rei, encantada – Al menos me inventé el apellido.

– Hola Rei chan, Kozu Takuya. Pero tú y solo tú puedes llamarme Taku – Me guiñó el ojo y miró al camarero, riéndose de manera confidente con él. Me costaba respirar. La única vez que un hombre me tocó tanto fue mi exnovio – Voy a sentarme por ahí.

– Ahora va Rei a tomaros nota, ya sabes, como en casa – Cuando se alejó me agarré a la barra y respiré hondo un par de veces.

– Tiene las manos muy largas – murmuré – Toca demasiado para ser la primera vez que me ve.

– Le has gustado, eso es bueno. Déjale que toque pero que no se pase.

– ¿Y cómo quieres que haga eso? – Le susurré histérica – Si me lo quito de encima se va a molestar, ¿no?

– Sé lista – Me susurró Kieko pasando por mi lado – Si se pone muy pesado pon la excusa del trabajo, levántate a traerle algo, aléjate.

– ¿¡Qué hace esa imbécil?! – Al mirar a la mesa vi a la otra chica atender a los criminales. La vi volverse escandalizada – Tú, ven aquí un momento – La chica asintió y se metió en la despensa con Yoshi. Estaba despedida casi con toda seguridad.

– ¡Rei-chan! – Miré a la mesa – ¡Tengo sed, preciosa! – Ese tío me iba a dar problemas, lo estaba viendo venir. Me acerqué a ellos sonriente, saludando a Kai, uno de esos hombres que venía todos los días – La inútil de tu compañera nos ha dejado esperando.

– Es nueva y no es que tenga dos dedos de frente – Le dije apoyándome en el respaldo del asiento con una mano y siguiéndoles el juego – ¿Qué va a ser, muchachotes? ¿Lo de siempre? – señalé a los demás, que asintieron con ruidos de borracho.

– Y trae los micrófonos, Takuya canta de puta madre – dijo Hotaru, otro de esos tipos, agarrándole de los hombros – Vas a mojar las bragas.

– No me hace falta cantar para que las moje – Me volvió a guiñar el ojo con un coro de risas y “uuuhhhh” de acompañamiento. Estaba sentado con las piernas abiertas, liándose un cigarro. La mirada que me echó al lamer el papel de fumar me sacó los colores.

– Bueno, fanfarrón, tanto llamarme y ahora no me pides nada de beber – disimulé.

– Sake, y no me traigas basura, tráeme algo bueno – asentí con un gesto que daba a entender que por supuesto, que para él solo lo mejor. Como Yoshi no estaba, tuve que echar yo las bebidas, ponerlas en la bandeja y llevarlas junto a los micros y el mando del karaoke.

– Joder, cuánto has tardado – Me dijo Kai, levantándose y cogiendo la bebida sin esperar. Al hacerlo me desequilibró la bandeja y casi se me cae todo al suelo de no ser porque Taku se levantó y la sostuvo. Aun así, se derramó un poco.

– ¡Pedazo de gilipollas! – Le gritó una vez tuve las bebidas estables en la mano – ¡Me llega a caer todo encima y te meto el puto vaso por el culo!

– No me grites, joder, me pones de mala leche y no quieres verme encabronado – Le respondió el otro poniéndose bien la chaqueta. Era la primera bronca que veía y estaba cada vez más tensa.

– ¿Me estás amenazando? – preguntó Taku en voz baja. Los demás se movieron inquietos, yo dejé la última copa en la mesa y me volví hacia él, poniéndole la mano en el hombro.

– Taku-san – Le dije con voz dulce, no me miraba, sus ojos estaban clavados en ese tipo que no levantaba la vista de la mesa poniéndose bien la chaqueta con soberbia – Quiero escucharte cantar, a todos estos los tengo ya muy vistos, ¿qué te parece? – Despacio, apartó la mirada de ese tipo para mirarme a mí. Suspiró y asintió, lamiéndose los labios con gesto enfadado.

– Oe, oe, nena, no digas eso – Hotaru puso cara de fastidio – Creía que te gustaba cantar conmigo.

– Y me gusta, pero ya sabes, la novedad – dije encogiéndome de hombros – Además, a ver si es verdad que canta tan bien.

Puso una de las canciones que más me gustaban de la lista y carraspeó, sentándose derecho. Fue a coger uno de sus colegas el otro micrófono pero se lo quitó y me lo dio a mí, sentándome en sus piernas. Me llevé la mano a la boca, fingiendo una risa tonta en vez de salir corriendo de allí después de darle un bofetón. Desde luego, era para darme una medalla al valor. Cuando empezó a cantar no pude evitar mirarle con la boca abierta. Su voz era dulce, preciosa, siguiendo la melodía a la perfección. Tenía su mano en mi cintura y me miraba mientras cantaba. Me quedé absorta mirando sus ojos negros, analizándole por primera vez desde que entró en el bar como hombre y no como al criminal que era. Tenía una argolla en su oreja izquierda y su perilla solo cubría su barbilla aunque veía la raíz del pelo alrededor de toda su mandíbula. Esa mañana no se había afeitado. Olía muy bien y su pelo estaba recogido, por lo que no veía cómo de largo lo tenía realmente.

Al tocarme hacerle los coros tuvieron que zarandearme porque me quedé embobada mirándole. Me reí avergonzada de verdad, llevándome una mano a la mejilla y sintiendo cómo me ponía colorada. Empecé a preocuparme. No podía sentirme atraída a un tipo como ese, era trabajo, eran criminales, sabía lo que hacían. Así que me centré en la pantalla, leyendo la letra de la canción y sintiendo los dedos de ese tipo colarse por debajo del borde de mi camiseta, acariciándome la cintura. Estaba muy nerviosa, estaba incluso excitada. Volvió a pegar su pecho a mi espalda, cantándome casi al oído. Me puso los vellos de punta y tuve que dejar de cantar porque me dio la risa floja. Al ver que su mano tomaba la dirección de mis muslos me levanté, quizás demasiado bruscamente. Le dejé el micro a Hotaru y me encogí de hombros ante la mirada de fastidio de Taku.

– Lo siento, tengo que trabajar – Le dije poniendo morritos. Suspiró pero siguió cantando. Al dar dos pasos se me escapó la sonrisa porque tenía las bragas un poco húmedas.

– ¿Qué ha pasado ahí? – Me susurró Kieko dándome un codazo – Eso no ha sido fingido.

– Cállate la boca, no ha pasado nada – Me reí intentando quitarle hierro al asunto, pero ella me miró con suspicacia.

– Lo que tú digas… buen trabajo, Mata Hari.

Chasqueé la lengua y me pasé al menos diez minutos fregando la barra, el suelo, los platos y todo lo que pillaba. Y mientras tanto me iba dando argumentos a mí misma de por qué tenía que dejar de mirar a ese hombre como hombre y volver a verlo como trabajo. No solo era peligroso y una locura, es que era lo más alejado a una decisión recomendable eso de sentirme atraída por él. Cogí el trapo y una bandeja vacía y me acerqué a la mesa para reponerles las bebidas y limpiar un poco. Taku no estaba allí sentado. Me incliné sobre la mesita y escuché un click. Al levantar la vista vi a Hotaru sosteniendo el móvil en dirección a mi escote.

– ¡Pero bueno! – Me apoyé con ambas manos en la mesa, hinchando los carrillos.

– El otro día me dijiste que dejase de mirarte con esta cara y que una foto me duraba más. ¡Pues eso he hecho!

– Qué poca vergüenza que tenéis… – Me dieron ganas de quitarle el teléfono pero, como siempre, le seguí el juego.

– Si es que lo vas buscando – sentí dos manos en mi espalda y que se rozaban con mi culo levantándome un poco la falda. Me intenté poner derecha pero no me dejó. Al mirar hacia atrás vi a Kai y su cara roja de borracho mordiéndose el labio. Fui a quejarme cuando lo hicieron por mí.

– ¡Eh! ¡Un respeto por mis camareras! – dijo Yoshi con una sonrisa, pero ese tío no me dejaba.

– Kai, no seas capullo, suéltala – Le dijo Hotaru, levantándose para empujarle.

– Quita de encima – Pero fue el borracho quien le empujó haciéndole tropezar y chocándose con la mesita en la que estaba apoyada.

Las manos se me resbalaron y caí de bruces con la mala suerte de darme con la nariz en plena mesa. Para colmo de males, Kai se me cayó encima. Me quejé, la nariz me dolía una barbaridad y sentí la sangre mancharme el labio. El impresentable se estaba riendo y a mí me estaban entrando ganas de matarle. Cuando me lo iba a quitar de encima de manera brusca me liberaron del peso de su cuerpo y de su tufo a alcohol. Al darme la vuelta con la mano ante la nariz para no mancharlo todo de sangre, vi a Taku llevárselo fuera del bar agarrándolo de la nuca. Y menos mal que lo sacaba porque me faltó poco para quitarle la borrachera a base de guantazos.

– Qué puta vergüenza, ¿desde cuándo nos hemos comportado así con la gente? Se han perdido los putos valores, joder – iba diciendo conforme le sacaba del bar.

– ¿Estás bien? – Kieko se acercó a mí corriendo con una servilleta en la mano – Dime que no está rota, con lo monísima que tienes la nariz.

– No, no – Me reí. Las prioridades de esa chica eran completamente diferentes de las mías. Mi preocupación era haber jodido la relación con esos hombres y ella mirándome la nariz. Me la tocó y me quejé.

– ¿Seguro que no está rota? – Yoshi también se me acercó.

– Tranquilos, ha sido solo el golpe, un accidente de nada.

– Siéntate ahí un rato anda, ya lo limpio yo. Tú procura no mancharte la ropa – Me dijo mi jefe.

– No te preocupes – Hotaru se acercó a mí, mirándome la nariz también – Ese se va a llevar su merecido – Le iba a preguntar a qué se refería pero preferí mirar hacia la puerta del bar y ser feliz en mi ignorancia. No parecía que estuviese pasando nada y Taku tampoco volvió a entrar.

Cuando dejó de sangrarme la nariz, volví al trabajo. El ambiente estaba mucho más tranquilo, la borrachera que pillaron esa noche no fue de las escandalosas. Supuse yo que se mostraban precavidos después de que se llevasen a Kai de esa manera. Nada como un escarmiento de un superior para calmar los ánimos. Estaba guardando las cosas en el bolso, mirando mi teléfono y saliendo del bar ya para ir a casa cuando escuché a Kieko hacer un ruidito sorprendido.

– Ah, lo siento, hemos cerrado ya. Pero vuelve mañana, por favor.

– Lo sé, no te preocupes – miré al frente al reconocer la voz. Taku me miraba fijamente. Se me cogió un nudo en el estómago y me quedé de piedra en el sitio. De repente se inclinó ante mí – Siento mucho lo que ha pasado.

– ¿Eh? – Me sorprendió, no me lo esperaba – No ha pasado nada, de verdad.

– Por favor, acepta mis disculpas. Ese… esa persona no volverá a molestarte – Como no se erguía le puse las manos en los hombros, poniéndole derecho.

– De verdad que no me importa Taku san, no hace falta que te cortes un dedo – bromeé. Al ver su expresión seria creí haber metido la pata. Tragué saliva. Pero sonrió. Muy débilmente, pero ahí estaban sus comisuras curvadas hacia arriba.

– Déjame llevarte a tu casa, como compensación por la nariz colorada.

– ¡Ni hablar! – El pensamiento de meterme con ese hombre sola en un coche no me gustaba un pelo, de ahí mi respuesta alterada. Pero sonreí y disimulé – ¿Sigue colorada? La verdad es que todavía me molesta – Kieko se rio.

– Como un tomate – dijo Yoshi cerrando la baraja – Y no me extraña, apoyaste el peso de tu cuerpo en ese pegote que tienes por nariz.

– ¡No te metas con mi nariz, gorila! – dio una carcajada. Mire a Taku y le vi con una sonrisa un poco más marcada y las manos en los bolsillos. Pensé en lo guapo que era y automáticamente un “PERO QUÉ DICES” interrumpió mis pensamientos.

– No admito discusiones, sube – Me abrió la puerta de un coche negro y mal aparcado en la entrada del bar – O te meto yo.

– Estáis de testigos que me voy con él – señalé a Yoshi y a Kieko, medio en broma medio en serio. El miedo que sentía era real, desde luego.

– No te preocupes, si no apareces le denunciamos a la policía – Mi jefe se despidió y se alejó dándole a mano de Kieko, que miraba hacia atrás cada dos por tres susurrándole cosas. Claramente se fiaba de Taku tan poco como yo.

– ¿Dónde vives? – decirle mi dirección a un yakuza no me gustaba en absoluto, pero no me quedaba otra si quería caerle en gracia. Así que se la dije – Buen barrio para ser camarera…

– Sí, mis padres me dejaron el piso. Si no fuese por eso no me lo podría permitir – asintió con un ruidito. Intentaba no mirarle y centrarme en el paisaje, así era más fácil mentir – De todas maneras es una casita pequeña – Se quedó en silencio. Estaba incómoda – ¿Por qué asumes la responsabilidad de lo que ha hecho Kai?

– Porque ahora mismo él no está en condiciones de asumirla – Le miré, se mostraba tranquilo. A saber qué le había hecho – Y no puedo permitir que los demás crean que pueden joder a civiles solo porque se vean capaces. Son escoria, vivimos para serviros, no para haceros daño pero es algo que no les entra en la puta cabeza.

– Ahh – dije cohibida. Su forma de hablar era muy agresiva, nada que ver con su forma de cantar. Lo tuvo que notar porque me miró brevemente. Tenía la cara llena de lunares, solo en su perfil izquierdo veía tres: dos en la mejilla y otro justo bajo el labio. Volví a mirar por la ventana con el corazón acelerado.

– En fin, ya veré tu culito por el bar, enana – aparcó a un lado suspirando – Me parece que me voy a pasar más a menudo para cantar contigo – recorrió mi cuerpo con su mirada. Vi brevemente la punta de su lengua entre sus labios, humedeciéndoselos ligeramente. Cuando sus ojos se clavaron en los míos me di la vuelta, bajándome del coche.

– Muchas gracias, buenas noches Taku san – dije inclinándome y corriendo hacia mi casa. Estaba cachonda como una perra en celo, ese hombre desprendía lujuria por los poros. Me di una larga ducha y me metí en la cama intentando aclarar mis ideas.

No era para tanto, no estaba tan bueno como me hacían creer mis hormonas. Eran sus maneras salvajes las que me atraían y no entendía por qué. Mis novios anteriores casi pasaban desapercibidos, eran hombres normales. Este era un peligro andante y sin embargo… Me incliné por el borde de la cama y saqué la carpeta que me dio Yoshi. Rebusqué en los papeles y ahí estaba él. Kozu Takuya, 38 años y 1,89 de estatura. La foto grapada en su expediente mostraba a un hombre de rostro hosco y mirada fría. Me gustaban sus cejas, me gustaba su pelo negro, largo y ondulado. Me gustaba un criminal que traficaba con material ilegal y a saber si había quitado vidas. Tiré el expediente al suelo y me tapé la cabeza con la almohada. Tenía que cortar con esa atracción de raíz o la misión iba a ser un fracaso. Y sin embargo me dormí con el gesto lascivo de ese hombre grabado en la mente y una sonrisilla escondida bajo las sábanas.

Tras ese incidente desafortunado ocurrió lo que me temía. Días después, los miembros del clan seguían diciéndome piropos e insinuándose, solo que de una manera mucho más suave que antes. Ya no me sentaban a su lado y eso era malo. No me venía bien que me alejaran de ellos. Me senté en la barra, comiéndome con desgana un cacahuete de los que les poníamos a los clientes. Mi vida en esos momentos daba asco, por mucho dinero que estuviese cobrando no veía ningún avance en la que era mi misión. Y en el bar apenas entraba gente además de esos tipos tan escandalosos. Las demás mesas las atendía Kieko porque apenas daban trabajo y yo me pasaba las horas aburrida.

– Rei – escuché que Yoshi me llamaba entre dientes, disimuladamente y mirando a la puerta del bar. Me bajé del asiento y fui directa a la entrada, a recibir al fin a ese hombre que hasta el momento no se había dignado a aparecer. Ya era hora. Incluso de lejos noté que el traje de chaqueta que vestía era evidentemente de más calidad que los que acostumbraban a llevar mis clientes habituales.

– Bienvenido – Le dije con la mejor de mis sonrisas. Además de unos cuantos desconocidos, Taku estaba a su lado y le susurró algo discretamente. No me miró y yo no le miré directamente. No era mi prioridad esta noche y no podía dejar que lo fuese.

– Buenas noches – Me devolvió una sonrisa cálida. Parecía hasta buena persona. Les acompañé a la mesa que acostumbraban a usar, libre porque los pocos que había por allí se levantaron al verle llegar – Ponme lo mismo de siempre, él sabe lo que me gusta – dijo señalando al jefe.

– Muy bien, ¿y para vosotros? – Le pregunté a Taku y a los demás. Casi todos pidieron sake y comenzaron a gastarse bromas apenas pusieron el culo en el asiento. Me sorprendió que ninguno me piropease, aunque en realidad y de manera objetiva era lo mejor. Por iniciativa propia cogí los micrófonos y se los llevé, pensando que cuanto más entretenidos estuviesen, más tiempo se quedarían y más oportunidades tendría yo – Ya que tenemos aquí al profesional – señalé a Taku con la cabeza – Pensé que quizás se os antojaba animar la fiesta – Les dejé los micrófonos y le dediqué una sonrisa traviesa a Matsutaro.

– Solo si nos haces compañía – Me dijo este. Taku hizo hueco ente él y su jefe, ofreciéndome el asiento con un gesto de la mano. Ni un atisbo de las segundas intenciones que llevaba la primera vez que nos vimos.

– ¡Por supuesto! Pero entonces elijo yo la canción – Me senté entre los dos toda coqueta, eligiendo la primera que vi en la lista. Cogí un micrófono y le ofrecí el otro a Matsutaro pero lo rechazó y en su lugar, señaló a Taku con la mano.

– Él es el cantante. A mí me gusta más… mirar, o hacer las cosas a mi manera – Me pareció ver algo sucio en los ojos castaños de ese hombre. Bien. Estaba bien que esa suciedad fuese dirigida a mí. Estaba bien que se interesase.

                Volví a sonreírle tontamente. No sabía hasta dónde iba a poder llevar la farsa de la chica a la que le atraía el poder pero empezaba a estar quemada. Rodearme del tipo de gente que más aborrecía me tenía de los nervios constantemente. Y más cuando el jefazo no paraba de mirarme de arriba abajo. Me repetí una vez más que era bueno, que si eso pasa era porque iba bien. La canción la estaba cantando yo prácticamente sola, Taku se mostraba recatado y aunque cantaba algunas estrofas no se comportaba para nada como el otro día. Y yo que me moría de ganas de escuchar su voz y se iba a quedar en eso, en las ganas. Tan pronto acabé, me dedicaron un aplauso al que reaccione riéndome tras mi mano.

-Canta otra – Me pidió Matsutaro. Al ver que tenía su copa vacía me apresuré a llenársela. Me sentía como una geisha moderna – Me gusta tu voz.

– Ay, pero canta conmigo – Le pedí poniéndole morritos, juntando mis brazos para juntar mis pechos y que viese bien lo poco que había que ver.

– Después canto una solo. Pero lo primero es lo primero, pon la que más te guste y déjame escucharte.

Puse la misma que canté con Taku porque me encantaba y porque quizás se animaba a cantar conmigo. Y le escuché cantar a mi espalda, pero muy suavemente y muy poco. Los pensamientos me sorprendían al llegar repentinamente a mi cabeza sin avisar: le quise cerca, quise su calor, sentarme en sus piernas como la noche anterior. A media canción me di cuenta de lo mucho que deseaba el contacto con él y me avergoncé de mí misma. Tuve que repetirme mentalmente una vez más que estaba rodeada de criminales. Se me tuvo que ver algo de la angustia en la cara porque Matsutaro, casi al final de la canción, me miró con curiosidad y aspecto preocupado. Le dediqué una risa forzada. Necesitaba levantarme de allí pero hasta no acabar la canción no quería moverme. Para colmo de males, Taku decidió cantar con más ganas. Su voz me movió algo por dentro, era realmente bonita, cálida, llena de sentimiento. Le miré de soslayo y le pillé con sus ojos clavados en mi cintura, subiendo por mi espalda y llegando hasta los míos. Nada más acabar la canción me disculpé y me fui al baño prometiendo que volvía enseguida. Al caminar junto a la barra no se me pasó la mirada extrañada que me echó Yoshi, estaba segura de que se me notaba lo incómoda que me ponía la situación. Nada más cerrar la puerta a mi espalda resoplé, dejando escapar un quejido.

– ¿Estás bien? – Kieko llamó suavemente unos segundos después – ¿Qué te ha pasado? Estabas cantando con ganas y de repente se te ha desinflado la voz.

– Estar en mi posición es un poco difícil, tú no tienes que llevarte a la cama a alguien que no quieres llevarte – puse como excusa.

– Lo entiendo… pero no te vengas abajo, en caso de violencia sabes defenderte perfectamente. Estás entrenada.

– Sí, supongo – Si ella supiese el verdadero origen de mi angustia…

Lo que le acababa de decir también era algo que me desvelaba por las noches pero esa ansia que tenía por la cercanía Taku estaba empezando a ser preocupante. No era solo que desear a un criminal estuviese mal, fatal, y más siendo yo policía; Es que para la misión no convenía en absoluto. No me podía permitir el lujo de antojarme por nadie y menos por esa persona. Tenía que ligarme a su jefe, no a él, y si me tenía que ligar a su jefe él siempre estaría cerca. No entendía cómo se podía haber complicado todo tantísimo. Pero lo que sentí al cruzar su mirada con la mía… chasqueé la lengua, sentada en el retrete y meneando la pierna de manera nerviosa.

– Bueno, vuelvo a trabajo. Ánimo, Mata Hari – No podía evitar sonreír cada vez que me llamaba así.

– Gracias, Kieko-chan – suspiré. La escuché salir y llena de angustia me dije que no podía perder más el tiempo o Matsutaro se iba a largar. Así que salí del cubículo y me acerqué al espejo a comprobar que seguía igual de mona que antes.

La puerta se abrió a mi espalda pero no le eché cuenta. Estaba mirando dentro del neceser que tenía guardado en el botiquín para retocarme la barra de labios cuando sentí unas manos conocidas en la cintura. Miré hacia el reflejo del espejo y vi a Taku acercarse, pegándose a mi espalda y mirando el perfil de mi rostro sobre mi hombro. Si giraba la cara le iba a tener muy cerca.

– ¡Taku-san! ¡Es el baño de mujeres! – La voz me tembló un poco al hablar aunque fingí estar escandalizada con una sonrisa. Estaba muy nerviosa. Era increíble lo bien que olía ese hombre sin llevar colonia, tenía a mis hormonas y a todo mi ser revolucionado.

– ¿Por qué no te puedo sacar de mi cabeza? – Fue como si hubiese hablado por mí. Le miré. En sus ojos había verdadera curiosidad – No eres para tanto.

– ¡Oye, no le puedes decir eso a una chica! – seguía con el rollo de seguirle el juego cuando no tenía que hacerlo. Pero tampoco quería cortarle porque no quería disgustarle.

– Tienes unos labios preciosos – Su atención se centró en mi boca – Seguro que saben a—

– Ahora mismo a alcohol – sonreí – Vamos de vuelta con los demás, tu jefe se va a impacientar.

– Que se espere – susurró.

Me agarró la cara con la mano derecha y, haciéndome mirar hacia atrás, me besó en los labios. Aspiré fuertemente por la nariz, me agarré al lavabo con ambas manos y me quedé tiesa como una tabla. Su boca no dejaba de apretar la mía suavemente, una vez y otra. Sus cálidos labios contra los míos. Intentaba no moverme porque de hacerlo, no sabría cuando parar. Por mucho que lo negase, deseaba a ese hombre. Apretaba el frio metal en lugar de apretar su pelo, que era lo que de verdad quería. Pasó sus dedos hacia mi nuca, enredándolos con mis cabellos y abrazándome la cintura fuertemente con su brazo izquierdo. Su lengua se coló en mi boca. Se me escapó un gemido suave, muy pocas veces me habían besado así. Me dejé llevar por la lujuria que sentía y le devolví el beso con ganas, con los ojos cerrados, sintiendo cómo el corazón se me salía del pecho y cómo mi ropa interior se empapaba. Me puso de frente y me pegó contra la pared sin dejar de tirarme del pelo. Me agarré a su chaqueta, pasé las manos por su cuello, respirando con dificultad y queriéndole más cerca. Al dejar de besarme me mordió el labio inferior. Quería sentir su boca un poco más, pero me miró a los ojos resoplando.

– La de cosas que te haría…  – Se llevó la mano a la entrepierna, quejándose o gimiendo al apretarse la erección que marcaban sus apretados pantalones negros – Lástima que al jefe le hayas gustado. De no ser así ahora mismo no tendrías ropa interior puesta – Me dejó sin habla. Estaba demasiado cachonda para razonar, sentía mi sexo hinchado, necesitaba aliviarme – Te dejo tranquila. Siento mucho este impulso pero lo necesitaba – Me besó suavemente la mejilla, me olió el pelo y me dedicó una sonrisita que terminó de matarme.

Quise tirar de su mano, sentarle en el retrete y follármelo allí mismo, pero dejé que se marchase. Me miré en el espejo, un rubor cubría mis mejillas. Me las frote, tranquilizando mi respiración, diciéndome que tenía que centrarme. Estaba trabajando, no debería haberle dejado acercarse, es más, no podía volver a repetirse la escena. Pero es que era muy atractivo. Mi cuerpo no respondía a lo que mi mente le ordenaba y si seguía así no iba a conseguir mi objetivo. Además, ¿qué hacía yo involucrada de esta manera con un yakuza como él? Menos mal que no me retoqué los labios porque de haberlo hecho seríamos dos con carmín en vez de uno. Respiré hondo y salí del baño sonriente, como si no hubiese pasado nada aunque me rondaran miles de pensamientos diferentes por la cabeza. Matsutaro me recibió con una sonrisa.

– Te estaba esperando para cantar, Sato san.

– Llámame Rei – di una carrerita y me senté a su lado. Taku no estaba – Sato san suena muy serio y quiero escuchar cómo me llamas por mi nombre.

– ¿Está bien? – asentí con aspecto ilusionado – De acuerdo, Rei chan – Me sonrió y fingí vergüenza.

Me pasé casi lo que quedaba de noche alabando lo bien que cantaba e ignorando a Taku, que llegó un rato después del servicio y me ignoró de igual manera. Conforme más borracho estaba Matsutaro, más se me acercaba y más me hablaba, pero por alguna extraña razón no me tocaba. Y no soltaba prenda sobre los planes del clan como era de esperar, solo sus hazañas y todas las riquezas que tenía. Supuse yo que eso de dejar claro que estaba forrado funcionaba con otras pero conmigo no. Conmigo funcionaba la chulería, la poca vergüenza y los besos robados… por lo visto. En esos momentos daba gracias a la práctica que había tenido esas semanas con los demás hombres porque de haberme encontrado con Matsutaro de primeras, no estaría tan suelta. Minutos después, Taku se disculpó, caminando hacia la salida con el teléfono en la mano. Le seguí con la mirada discretamente, observando cómo se le marcaba el culo al andar. Me puse como un tomate y le tuve que dar un buen trago a la bebida que tenía delante. Volvió un poco después, colgando y susurrándole algo en el oído a su jefe que no llegué a oír. Este asintió y me miró.

– Siento tener que dejarte y de veras créeme cuando te lo digo.

– ¿Te vas? ¡Pero quedan unas horas para cerrar! – Me quejé.

– Lo siento, seguiremos por donde lo hemos dejado la próxima noche.

– Vale – Me crucé de brazos – Pero esto no va a estar tan animado sin ti.

– Toda la diversión que te falte te la daré el próximo día, y quizás podamos seguir después, cuando cierres – fue una promesa tan sucia que no pude hacer más que sonreír.

Y sonreír de verdad porque si me conseguía ir con él, mi trabajo sería mucho más fácil de realizar. Me levanté y me incliné, despidiéndome. Seguí trabajando hasta la hora de cerrar y cuando todo estuvo limpio, Kieko se ofreció a llevarme a casa.

– ¿Y Yoshi? ¿Se va solo?

– Se va con unos amigos, ven que quiero hablar contigo – caminamos hasta su coche y una vez dentro se quedó en silencio.

– ¿Qué pasa? – No supe identificar la mirada de mi peluquera.

– ¿Te gusta ese tipo?

– ¿Matsutaro? Claro que no. No digo que no tenga cierto atractivo pero casi podría ser mi padre…

– No, no ese tipo, el otro, el que canta contigo – desvié la mirada sin siquiera pretenderlo pero volví a mirarla a los ojos con rapidez.

– No – Ni yo me lo creí.

– Es un problema, lo sabrás mejor que yo. No dejes que tus sentimientos te dominen o vas a acabar mal. Un yakuza no es un hombre cualquiera.

– ¿No me digas? – respondí irritada – ¿Crees que no lo sé? ¡Hola! ¡Soy policía!

– Solo era un consejo – Me apartó la mirada y arrancó. Me sentí mal por haberle hablado de esa manera y peor por la causa de mi enfado.

– Es solo… ha sido como si me estuviese metiendo en el mar con ropa y no me diese cuenta de lo mucho que moja el agua hasta que no me ha llegado por el cuello. No lo he evitado, y ahora, en fin…

– Sientes cosas – dijo ella asintiendo – No dejes que se te acerque de nuevo.

– Es fácil decirlo.

– ¡Es tu trabajo, Rei! – La miré sorprendida – ¡Si se dan cuenta de lo que estás haciendo…! ¡Párate a pensar!

– Es muy difícil pararse a pensar cuando tengo que estar todas las noches, tenga el ánimo que tenga, engatusando a cuatro borrachos. No es mi trabajo, yo no sirvo para esto pero por alguna extraña razón han pensado que sí.

– Claro que sirves, los tienes a todos locos por tus huesos solo que a unos más que a otros. La gran perjudicada eres tú y a tus jefes les importa una mierda todo – hablaba con rabia, apretando el volante con fuerza.

– ¿No te lo estás tomando un poco personal? – aparcó junto al portal de mi casa y me miró suspirando.

– Yoshi me salvó la vida de un tipo como los que se sientan todas las noches en las mesas. Hice un trabajo muy parecido al tuyo y me pasó casi lo mismo. Me pillaron y de no ser porque Yoshi se lo olía y rondaba cerca yo no estaría aquí ahora – bajé la mirada, sintiéndome mal por haberle hablado tan rudamente – Lo único que quiero es que no te pase a ti.

– No te preocupes, estaré bien.

Puse una de mis falsas sonrisas, me despedí y entré en mi casa. Últimamente mis palabras reflejaban casi lo contrario de lo que sentía. No sabía cómo iban a ir las cosas pero mucho dudaba que fuese a estar tan bien como acababa de prometer.

 

 

3

Desde que trabajaba en el bar mi horario de sueño había cambiado por completo.  Llevaba toda la vida siguiendo una rutina más o menos regular interrumpida solo por las fiestas ocasionales, pero ahora al trabajar hasta tan tarde me había acostumbrado a no levantarme antes de las once. Así que, cuando sonó mi teléfono a las ocho y media de la mañana, lo miré con odio. Lo cogí dejando escapar un quejido molesto y sin levantar la cabeza de la almohada contesté.

– Mossshi mosssshhh – arrastré las palabras, hasta hablar me costaba del sueño que tenía.

– Buenos días, Tachibana san – Me senté en la cama al escuchar la voz de mi jefa. Mi jefa de verdad – Intenté contactar contigo ayer pero no hubo manera. Espero que pueda presentarse en una hora en la sala de juntas – No había siquiera contestado y ya me había levantado de la cama – No vengas con la ropa de siempre, ve con la ropa que llevaría la chica del bar e intenta tapar tu pelo y tus ojos de alguna manera. No quieres que te vean entrando en el edificio – Cogí lo más simple que encontré en mi armario – ¿Tachibana san?

– Sí, sí, me estoy vistiendo. En una hora estaré allí.

– Muchas gracias.

Le colgué con prisas, no vivía precisamente al lado del trabajo y el trayecto de metro no me lo quitaba nadie. Cogí unos vaqueros y una camiseta simple blanca, peinando mis greñas y lavándome la cara a toda velocidad. Me lavé los dientes, metí todos los archivos del caso en el bolso, las llaves, dinero, y salí pitando de casa hacia la parada de metro más próxima con las gafas de sol puestas. Me caía de sueño, el aire producía un dolor punzante en la garganta a cada bocanada. Aun estando de pie, el vaivén del transporte me estaba adormeciendo más de lo aconsejado. Esperaba no bostezar delante de mis jefes. Entré más volando que corriendo en el edificio, dándome cuenta justo al llegar a la puerta del despacho de que iba con cinco minutos de antelación. Suspiré, me obligué a desacelerarme, guardé las gafas de sol en mi caótico bolso preguntándome que desde cuando era yo tan desordenada y entré.

– Vaya… – La expresión de sorpresa de mi jefe era compartida por todos los que estaban sentados a la mesa.

– Menudo cambio – El jefe de operaciones intentaba esconder una sonrisa al tiempo que me sentaba donde Sayuri me indicaba amablemente con un gesto de su mano.

Me quedé en silencio, esperando pacientemente que se decidieran a empezar con la reunión. Intenté prepararme mentalmente, probablemente pidiesen resultados y no los tenía, por lo que bajo ningún contexto debía mostrarme a la defensiva. No era mi culpa, no se había presentado la ocasión, tenían que entenderlo. El carraspeo de mi jefe me sacó de esa maraña de pensamientos acelerados que me hicieron apretar los puños bajo la mesa.

– Hemos querido que se una a nuestra reunión porque nos inquieta el hecho de no ver resultados – Ahí estaban mis temores, reales. Asentí mirando las líneas del dibujo de la mesa.

– Más que verlos, oírlos – Murmuró Inejiro fríamente sin siquiera mirarme. Con la cara girada hacia su compañero añadió – Ya dije yo que no iba a ser capaz, es una pérdida de tiempo.

– No subestimes a Tachibana san – Sayuri intercedió por mí – No debe ser nada fácil estar en su lugar.

– No, no debe serlo – admitió Shinsui Hideaki, ese señor mayor y respetable que tantos años llevaba en el cuerpo de policía – Y sentimos que tengas que soportar ciertas actitudes que sin duda te has encontrado. Después de tanto tiempo lidiando con criminales como esos, sé lo impertinentes que pueden llegar a ser.

– Muchas gracias por su amabilidad – susurré inclinándome levemente. No pude evitar sentir afecto hacia él.

– ¿Qué nos puedes contar hasta el momento? – miré a Sayuri y suspiré.

– No mucho, la verdad. Acercarme a Masutaro san está siendo más difícil de lo que pensaba en un principio – ignoré el suspiro exasperado de Inejiro – Pero le hice compañía la pasada noche y diría que está interesado en mí – Casi todos me sonrieron, asintiendo – Estoy segura que en la próxima reunión podré daros algunos resultados al fin.

– Bueno, no voy a decirle lo que tiene que hacer, está claro que lo sabe muy bien – dijo mi jefe – Solo, guárdese bien las espaldas.

La sonrisa de Taku fue el pensamiento que trajo ese consejo, recordando las palabras de Kieko con amargura, porque llevaba razón. No podía dejarme llevar por los sentimientos, la pasión o lo que fuese que me provocaba aquel hombre. Estaba trabajando, no eran personas normales, eran peligrosos. Pero por más que me lo repetía, no conseguía verle como una amenaza real. Sin embargo, a Masutaro sí, ese hombre era harina de otro costal… Me tuvieron allí hora y media más, comentando los avances que ellos sí habían llevado a cabo con sus investigaciones y dándome consejos. Me despidieron hasta la próxima reunión deseándome suerte y pidiéndome que tuviese cuidado. Tenía tantas ganas de llegar a casa para relajarme antes del trabajo que salí sin pensar que debía ocultarme. Escuché a alguien hacer un ruidito de sorpresa al pie de la escalera de entrada. Al levantar la vista me encontré con esa sonrisa que pensé unas horas antes. Esa sonrisa que debería hacerme dar la vuelta y buscar ayuda pero que en su lugar, me atraía como la luz a una polilla. Una luz tan atractiva que sentía la urgencia de tocar, de probar, de quemarme en ella.

– ¿Te han arrestado, Rei chan? – tenía un cigarro sin encender entre los dientes, las manos en los bolsillos de su traje de chaqueta y el pelo recogido en una coleta, como siempre – ¿Has sido mala, pequeña?

– ¿Eeeeh? ¡Claro que no Takuya san! He perdido la cartera y venía a denunciarlo – Me puse bien el bolso sobre el hombro, notando el peso de los archivos en los que aparecía su cara y la de sus compañeros – ¿Y qué haces tú aquí? ¿También te han robado?

– Algo así. Vengo a pagar una multa de tráfico, siempre voy más rápido de lo aconsejado – Me guiñó el ojo y no tuve que fingir la sonrisa tonta, aunque sí el empujoncito juguetón.

– Qué tonto eres. Bueno, te dejo fumar tranquilo que quiero descansar antes del trabajo – Me incliné sin dejar de sonreírle a esa boca tan sexy de la que se sacó el cigarro.

– No nos vemos nunca fuera y creo que deberíamos – Me pasó la mano por la cintura, acercándome a él. Dos señoras que pasaron por nuestro lado se nos quedaron mirando cuando se inclinó sobre mí, susurrándome al oído – Esos pantalones vaqueros me están poniendo nervioso – Me moría de la vergüenza por estar haciendo eso en la calle, por estar sintiendo lo que sentía en público. Le puse las manos en los hombros, riéndome nerviosa de verdad.

– Takuya san, por favor, nos están mirando – Se guardó el cigarro en el bolsillo superior de la chaqueta, pasándome los dedos por la nuca después.

– Pues que miren – Le vi acercar su boca y sencillamente no hice nada por evitarlo.

Sus labios capturaron los míos sin prisas, haciéndolos suyos. Sus brazos me apretaban a su cuerpo, su lengua saboreó la mía, tan despacio y profundamente que me arrancó un suspiro. Mi cuerpo reaccionaba al suyo preparándose, humedeciéndose, con los vellos de los brazos celebrando su contacto y ese calor ya conocido ascendiendo desde mi entrepierna. Me tiraba del pelo, le tiraba de las solapas de la chaqueta. Se aferró a mi trasero con ambas manos justo cuando escuché voces a mi espalda y le arañaba la nuca suavemente. Abrí los ojos y le vi mirando sobre mi hombro, dejando de besarme, enderezándose con el desafío pintado en la cara.

– ¿Está bien señorita? – Me volví atontada hacia la voz de Shinsui, mi jefe.

– Sí, sí. Todo bien. Todo…sí – Miré a Taku, que no le quitaba la vista de encima a ese anciano – Me voy, nos vemos por el bar.

Al darme la vuelta le escuché chasquear la lengua. Estaba aceleradísima, quería reírme, correr y gritar al mismo tiempo pero me limité a intentar caminar con normalidad. Sabía lo que debía y lo que no debía hacer, pero es que no me daba la gana de cumplirlo. Era consciente de que me jugaba mi carrera dejando que ese hombre me obsesionase hasta el punto de plantearme verle a solas, pero seguía sin ser impedimento. Y por supuesto no pasaba por alto que él mismo quisiera hacerme daño de descubrir cuál era mi oficio. Pero era sentir su piel en la mía, la calidez de sus labios, la pasión de su mirada o lo dulce de su voz cuando me cantaba y olvidárseme el mundo. A partir de ese día iba al bar con otra mentalidad, sentándome de cara a la puerta para verle llegar la primera. Se me olvidó Masutaro, se me olvidó que era una policía infiltrada. Solo quería tenerle cerca. Sin embargo, debía estar muy ocupado porque no hizo acto de presencia en una semana, por lo que dejé de esperarle y me limité a conversar con esos borrachos de manos largas que no soltaban prenda.

– Dame otro bol de frutos secos anda – Le dije a Yoshi apáticamente dos lunes después – Son solo tres pero comen por veinte.

– Te diría que se están ahorrando el dinero de la cena a costa mía – dijo riéndose y dándome el paquete directamente – Que se vayan sirviendo.

– Y dame los micrófonos, a ver si los animo.

– Acaba de llegar tu novio – Kieko señaló la puerta con la cabeza un poco disgustada. No quise parecer desesperada al volverme, pero las piernas me hormigueaban por las ansias de correr hacia él. Venía hablando por teléfono, asintiendo y mirándome con seriedad. Les dejé los frutos secos a los demás y antes de preguntarle qué iba a querer, sentí un beso en la mejilla.

– Tadaima cariño, ya estoy en casa – susurró en mi oído desde atrás, azotándome el culo.

– ¡¡Taku san!! – sentía mis mejillas arder, estaba colorada porque un yakuza me había dado un azote en público, excitándome. Si llamase a mi madre por teléfono y se lo dijese, la mataba del disgusto. Le observaba reírse a carcajadas mientras echaba a los otros tres a otra mesa – Voy a tener que cortarte las manos, te gusta mucho tocar.

– Y a ti que te toque, no me engañas. Ponme lo de siempre y ve a retocarte la barra de labios, el jefe está de camino – asentí, nerviosa por verle y por saber que mi objetivo principal se acercaba. Probablemente esa noche no durmiese en casa.

– Toma – dije ofreciéndole la bebida un minuto después – Si quieres comer algo más vale que se lo digas a ese grupo de ahí, se han llevado la bolsa.

– Ya sabes lo que me comería – Me llevé la mano a la boca, riéndome escandalizada de que hablase de esas cosas en voz alta y sin siquiera avergonzase un poco – Ven aquí y canta conmigo antes de que llegue el viejo.

Me senté a su lado y como ya venía siendo costumbre, puso esa canción que me gustaba tanto. No tenía una letra alegre, no era una canción de amor. Era la historia de un guerrero insensibilizado por el mundo, triste, solo y perdido, que recordaba su antiguo hogar, lo único que hacía que sus sentimientos saliesen a la superficie. No sabía si él se sentía identificado, en fin, muchos yakuzas creen llevar a un héroe en su interior que vela por la seguridad de su país pero no era un papel que fuese mucho con Taku. Al situarme tan cerca de él, pude pararme a admirar los lunares en su rostro, lo suaves que parecían sus labios. Me llegó su fuerte olor, sin llegar a ser molesto o desagradable. Debía estar sudando debajo de ese traje de chaqueta. Me pregunté por primera vez cómo serían sus tatuajes. Sentí por primera vez la necesidad de darle placer, de verle disfrutar. Cuando me pasó la mano dulcemente por la cintura, dejé caer la mía en su pierna, acariciando con mis uñas la parte interior de su muslo. Nos centramos cada uno en los labios del otro, sabiendo que pensábamos lo mismo y sabiendo que tarde o temprano iba a pasar algo. Tanta tensión sexual no podía darse sin resolución, era físicamente imposible. Dejé el micrófono a media canción y me puse en pie, caminando hacia el baño con un suave contoneo de caderas. Miré sobre mi hombro con ojos lascivos, dejando ver mi lengua al lamerme los labios. Cesó el sonido de su dulce voz al llegar a los servicios, dando paso a la voz de algún otro hombre que no lo hacía mal, pero que claramente no era él. Apenas había cruzado la puerta y le sentí a mi espalda.

– Me vas a buscar un problema con el jefe – susurró en mi oído, pasando las manos por mis muslos.

– Me lo voy a buscar a mí misma – susurré al aire, agarrándole del pelo al contacto de su lengua contra mi cuello. Me di la vuelta y le empujé contra la puerta, arañándole la nuca, sintiendo la fiereza de sus profundos besos – Me vas a partir el uniforme – Le mordí el labio entre risas porque sus manos apretaban tan fuerte mi trasero que escuché el crujido de la tela. Bajé la mano por su pecho y pasé las yemas de los dedos sobre su palpitante entrepierna.

– Me voy a correr en los pantalones, zorra – Me abrió los botones de la camiseta, metiéndose uno de mis pechos en la boca tras apartar el sujetador. Acariciaba esa erección tan dura como lo estaban mis pezones entre sus dientes, bajo su lengua, atrapados por sus labios.

Le tiré del pelo para que me mirase a los ojos mientras quitaba el botón y bajaba la cremallera de sus pantalones. No aparté la atención de su rostro al tocar la ardiente y fina piel que cubría su miembro. Lo rodeé con mis dedos, suavemente, deslizándolos junto con su piel, provocando ese roce que le hizo separar los labios y entrecerrar los ojos. Deseaba escucharle gemir. Su teléfono comenzó a vibrarle en el bolsillo y sin soltarme el trasero ni pedirme que parase, contestó.

– Sí, jefe – era Matsutaro. Me puse de rodillas frente a Taku, apartando la piel que cubría el glande y lamiendo sutilmente justo bajo esa zona – Sí, enseguida – apretó los dientes, apartándose el teléfono de la boca para expulsar el aire en un jadeo – Sí, está en el bar – hablaba con prisas, apretando los labios cada vez que guardaba silencio.

– ¿Paro? – susurré mordiéndole de manera juguetona sin dejar de masturbarle. La tenía exageradamente dura – Quiero que te corras.

– Por supuesto que está libre esta noche – Me agarró del pelo, metiéndomela en la boca. Lamía, acariciaba, succionaba –Y si no, encontrará un momento – apartó el teléfono cuando un quejido ronco salía de su garganta y su esperma despedido contra la mía.

Tosí al no esperármelo, sin dejar de masturbarle, oyéndole contestar a su jefe a duras penas mientras ponía la excusa de encontrarse un poco indispuesto. Puso el suelo perdido al yo apartarme para no mancharme la ropa, me observaba jadeante, sonriente, acariciándome la mejilla. Me puse en pie, mirándome en el espejo y retocándome para no ir con manchas de semen a servirle a su jefe. Se la metió en los pantalones sin dejar de hablar, dedicándome una sonrisa arrebatadora antes de dejarme salir primera del baño. Los dos yakuza que cantaban en el karaoke me pidieron bebidas nada más verme. Al pedirlas en la barra, la mirada de Kieko no era otra que de profunda decepción. Tuve que evitarla pero no porque me sintiese culpable, era más por no ser juzgada por algo que yo era la primera en saber que no estaba bien. Sentí la necesidad de hacerlo y lo hice, sin pensarlo una segunda vez. Me senté con esos tipos a cantar y a hacerles felices, sonriéndole a Taku al verle salir del bar con un cigarro entre los labios. Se paró junto a mí, se lo sacó de la boca y me lo dio.

– No fumo, Taku san.

– De todas maneras, guárdalo – Lo miré. Tenía escrito un número de teléfono, supuse que el suyo – Luego me lo das.

No fue hasta casi media hora después que Matsutaro apareció. Me dispuse a darle la bienvenida con excitación y extrema alegría, como si fuese lo mejor que me había pasado en todo el día. Laboralmente, lo era. Estuve entreteniéndole el resto de la noche, cantando para él, dando respuestas ágiles y mordaces a sus coqueteos, haciéndole reír. Poco antes de la hora de cerrar, ese hombre de ojos amablemente fríos se levantó y se dirigió a la barra.

– Me marcho – Le comentó a Yoshi – ¿Le importa que le deje sin una camarera?

– ¡En absoluto! Cuídemela bien, trabaja estupendamente.

– Si voy con él voy a estar bien – comenté, radiante de “alegría” – Voy a cambiarme y enseguida estoy con ustedes.

Me metí en la habitación de empleados, cambiando el uniforme de trabajo por mi ropa normal y guardando el número de Taku en mi teléfono. Tiré el cigarrillo a la basura, suspiré intentando prepararme mentalmente para pasar una noche con un hombre al que no deseaba y me choqué con Kieko de frente.

– Ten mucho cuidado, estaremos atentos – Al ver la preocupación en su mirada me puse nerviosa.

– No va a pasar nada que no esté previsto, lo tengo todo controlado.

– Ánimo, espero que sea de gatillo fácil – asentí intentando que mi sonrisa no resultara muy histérica. Taku me esperaba junto a la barra, todo formal y sin mirarme dos veces seguidas. Cómo deseaba a ese hombre…

– Te espera en el coche – Me indicó el camino hacia el exterior y me agarró del codo al escucharme suspirar – No te preocupes, va a ser más fácil de lo que piensas – Le miré alterada.

– ¿A qué te refieres?

No me prestaba atención, abrió la puerta trasera del coche y esperó a que subiese. La mezcla de los olores del ambientador y la tapicería era un tanto insoportable. Matsutaro me sonrió con las manos apoyadas en sus piernas cruzadas. No conocía al conductor, pero Taku iba de copiloto. Verle ahí me causaba cierta tranquilidad; más valía malo conocido.

– ¿Has cenado? – preguntó mi acompañante.

– Sí, algo he comido en el bar – Se me fueron los ojos hacia el perfil de Taku. Le vi sonreír levemente.

– Si tienes hambre no dudes en pedir cualquier cosa, lo que más te guste. Cuando lleguemos tendrás preparado el jacuzzi, quiero que te sientas lo más relajada posible.

– ¡Muchas gracias! Nunca he entrado en uno.

– Siempre hay una primera vez para todo.

Me quería limpia y yo que lo entendía. Le miré a los ojos e intenté imaginarme una escena erótica a su lado, pero no daba resultado; no me excitaba lo más mínimo. Diferente era con el que se sentaba de copiloto, solo de pensar en su voz me entraban ganas de reirme como si tuviese catorce años.  Conversamos sobre trivialidades hasta llegar a su enorme casa. Todo eran lujos, seguridad y cosas bonitas e inútiles. La decoración era sofisticada y recargada y la limpieza extrema. Pensé que de ver el estado de mi vivienda me echaba de la suya por pobretona. Intenté memorizar las salidas, en caso de emergencia me haría falta saber hacia dónde correr. La ansiedad amenazó con dominar mis nervios, pero me obligué a mí misma a tranquilizarme acercándome un poco al silencioso Taku. Matsutaro me llevó hasta una habitación en la que destacaba una enorme cama con sábanas color salmón. Justo frente a ella, un gran cuarto de baño separado por una puerta translúcida. Antes de meterme ahí sola, miré hacia la puerta del dormitorio y vi a Taku allí de pie montando guardia. Siempre que rondara por ahí cerca, me sentía más tranquila.

Probablemente lo peor fue dejarme a sola en ese jacuzzi con mis pensamientos. Me dio tiempo a imaginar mil y una situaciones que fuesen mal: desde no excitarle y echarme de allí a patadas hasta que me violase de manera brutal con más hombres. Cualquier escenario era posible y no sabía qué esperar, por ello, mis músculos estaban tensos y mis sentidos completamente alerta. Al salir del agua un poco después, encontré un albornoz blanco y unas bragas de algodón forradas de seda color burdeos. Me lo puse suponiendo que era para mí y sin más ropa que esa pequeña prenda y la bata salí a la habitación. Al ver a Matsutaro sentado en un butacón junto a la cama con una copa de alcohol en la mano, le sonreí tímidamente, escondiéndome un mechón de pelo mojado tras las orejas. Quería salir corriendo de allí, pero me acerqué a él.

– Túmbate en la cama – ordenó sin moverse de donde estaba. Le hice caso y me tumbé de lado mirándole, dejando una pierna al aire para parecer más sexy – ¿Estás cómoda?

– Claro que sí, ¿por qué no vienes?

– Quítate la bata – accedí a sus peticiones siempre con una sonrisa, muriéndome de vergüenza y un poco asustada ante su expresión adusta – Tienes un cuerpo precioso.

– Gracias – estaba sonrojándome de verdad. No podría decir que estaba pasándolo muy mal pero no era de mis mejores momentos tampoco.

– Estoy seguro de que hueles de maravilla. Verás – Se echó hacia adelante en el sillón, apoyando sus codos en las rodillas – No disfruto del sexo como se espera. No es de mi especial interés el sexo en compañía, o al menos con contacto. Pero hay cierto ritual que para mí es necesario a la hora de estimularme. El principio, es ver a una mujer tan bella como tú disfrutar. El segundo es oler el resultado.

– Sí que eres un hombre interesante – Me mordí el labio por no tirarme por la ventana. Aunque al menos eso significaba que no iba a tocarme.

– Mastúrbate para mí pero no te quites las braguitas. Deja que te vea.

Me tumbé en la cama e intenté darme placer mirándole. Era igual que mirar a una pared, no estaba excitada en absoluto, me encontraba demasiado tensa. Probé a cerrar los ojos e imaginar que en lugar de tocarme a mí misma, Taku era el responsable de mis caricias. Y aunque logré comenzar a sentir algo, no era suficiente. Escuchaba a Matsutaro respirar a mi lado, el hielo de su copa crujir y me era imposible alcanzar un estado mental adecuado.

– Parece que necesitas algo de ayuda – abrí los ojos al escucharle hablar, tragando saliva cuando se levantó del sillón.

– Sí, lo siento – Sin embargo no caminó hacia mí, se fue hacia la puerta de la habitación, entrando casi de inmediato.

– Kozu san va a ayudarnos, espero que no te moleste – Taku se quitaba la chaqueta dejándola a los pies de la cama, mirando mi cuerpo desnudo sin pudor – Es un hombre de extrema confianza y ya le conoces.

– Está bien – murmuré, poniéndome muy nerviosa al ver ese primer vistazo de sus tatuajes cuando se remangó las mangas de la camisa. Esto cambiaba muchísimo la situación.

– Ponla a cuatro patas, quiero verlo todo bien – susurró su jefe.

 Sin mirarle, me di la vuelta, sintiendo sus manos alzarme las caderas. Solo con ese contacto me sentí agitada. Que Matsutaro mirase me tenía tensa, pero mi cuerpo se excitaba sin mi consentimiento al acercarme a Taku. Agarré una almohada y me apoyé en ella, esperando muerta de nervios. Pasó suavemente sus dedos sobre las bragas, entre la hendidura de mis apenas húmedos labios mayores, desde la vagina al clítoris. Se me escapó un gemido débil, agarrando con fuerza el forro de las sábanas. Repetía el movimiento despacio, con el suave sonido de mis jadeos como banda sonora. Cada vez que rozaba mi clítoris, gemía. La cuarta vez que recorrió ese mismo camino con sus dedos, presionó ligeramente al llegar a ese punto tan placentero.

– Dale ahí, le gusta.

Le sentí moverse por la cama y noté la calidez de su otra mano en la parte baja de mi espalda, apoyada justo encima del borde de las bragas. Giré mi cara en la almohada hacia él, y al abrir los ojos vi claramente su miembro erecto tensando la tela de sus pantalones. Le desee más que nunca. Un gemido largo y tembloroso se deslizó entre mis labios al tiempo que lo hacían sus dedos sobre mi zona más sensible. Lo notaba endurecido, sobreexcitado y tremendamente ávido por sentir más de ese roce tan glorioso. Cuando comencé a temblar, entendí el porqué de su mano en mi espalda; me intentaba mantener quieta. Sentía mi sexo ardiente, palpitante, empapado. Si quería que mojase las bragas, ahí lo tenía. Sus caricias eran constantes, así como la intensidad del placer que aumentaba cada vez más. El orgasmo me obligó a cerrar las piernas, atrapando su brazo en medio, mojándole la mano entera al rozarme con él. Además de mis escandalosos gemidos, le escuché jadear y susurrar algo que no llegué a entender. Fue un orgasmo largo, me subió cadera arriba y bajó hasta mis tobillos, poniéndome el vello de punta y la piel de gallina. Mordí la almohada, me deshice, quería más. Llamaron a la puerta.

– ¿¡Se puede saber qué cojones queréis!? – espetó Matsutaro enfurecido. Se me había olvidado que estaba ahí.

– Jefe, tiene a Kubo sama al teléfono – Taku dejó de tocarme, me soltó, esperando órdenes. Me puse bocarriba en la cama, jadeando y apartándome el pelo de la cara.

– Ya sabes lo que tienes y lo que no tienes que hacer – indicó Matsutaro a Taku, que asintió mirando hacia atrás – Intentaré no tardar – La puerta se cerró y él me miró a los ojos. Y también a mi cuerpo, de arriba abajo, con detenimiento.

– ¿Qué más vas a hacer conmigo? – pregunté jadeante – ¿Qué significan esas instrucciones?

– Va a estar entretenido un rato – susurró mirándome los pechos – Es al jefazo al que tiene al teléfono – apreté los labios, sabiendo que tendría que estar intentando por todos los medios escuchar lo que hablaba pero deseando que Taku siguiese con lo que fuese que tenía que hacer.

– No creo que pueda mojar más las bragas – sus ojos se clavaron en los míos, se lamió los labios y sonrió muy levemente.

– ¿Que no? Pues eso es precisamente lo que quiere el jefe.

Me agarró por los tobillos con una sola mano; o eran muy pequeños o sus manos excesivamente grandes. Subió mis piernas, juntas, apoyando mis rodillas en mi pecho. Se situó frente a mí, mirando entre mis piernas. Sentí como despegaba las bragas adheridas a mi piel con los dedos de la mano que tenía libre. Un quejido salió entre mis dientes apretados al sentir las yemas de sus dedos hundirse entre mi carne, solo una vez. No veía lo que hacía pero de igual manera esa caricia me hizo cerrar los ojos.

– Y esto es precisamente lo que no quiere – Lo que sentí rozarse ente mis labios menores no era un dedo. Era demasiado grande y estaba demasiado caliente. Abrí los ojos sobresaltada, intentando ver lo que me hacía aunque no me hiciese falta para averiguarlo.

– Taku, no, para, si te ve hac—

– ¿No quieres que siga? – Murmuró con su mirada fija entre mis piernas, donde su erección se empapaba con mis fluidos – Si no quieres, me la meto en los pantalones. Aunque prefiero metértela a ti, estás tan mojada…

– Pero, Taku kun – sentí su glande entrar despacio, le vi abrir los labios, dejando salir el aire temblorosamente. Me tapé la boca con la mano, escondiendo mis ganas de gritar su nombre, quedándose en quejido.

– Eres muy estrecha – escuché que suspiraba conforme se deslizaba en mi interior. Su grueso miembro se rozaba con mi piel al entrar y salir, volviéndome loca de placer – Joder Rei chan, voy a correrme ya, ¿te duele?

– No – apreté la almohada con ambas manos, cerrando los ojos al sentir sus caderas contra las mías. Retuvo un gemido a duras penas tanto en esa como en las demás embestidas.

El sonido húmedo y constante de su cuerpo chocando con el mío inundaba mis oídos. Me agarré a los músculos de sus brazos en tensión, quería tocarle. Me apretó el muslo con su mano y me clavó los dedos en los tobillos, casi tumbado sobre mi cuerpo. Susurraba “kimochi” sin parar, lamiéndome las corvas, mordiéndome los gemelos. Escuchamos la voz de Matsutaro en la puerta, chasqueó la lengua y me la sacó bruscamente, guardándosela en los pantalones y metiéndome tres dedos en su lugar.

– Gime – ordenó, recuperando el aliento – Que te escuche pasarlo bien – No tuvo que pedirlo, los gemidos se me escapaban aunque no quisiese.

Miré entre sus piernas, observando que la erección se le marcaba más que antes y que se había manchado los pantalones con mis fluidos. Antes de que Masutaro entrase, me senté en la cama, tirándole del pelo y besándole sin cerrar los ojos. Al escuchar el pomo me dejé caer, gimiendo más fuerte de lo normal cuando me sacó los dedos y capturó mi clítoris con el índice y el pulgar.

– Lárgate – Masutaro golpeó el hombro de Taku, que dejó de tocarme al instante y se puso en pie, escondiendo su agitación – Llama a Katsuraji san, que vaya con vosotros a casa. No me fio de tus impulsos después de haber estado tocándola. Y vuelve que tengo que hablar contigo sobre mercancía que van a traer al puerto mañana – asintió y se alejó con rapidez. Me miró visiblemente molesto – Dame las bragas. Siento que nos hayan interrumpido.

– No pasa nada, he disfrutado mucho, Kimura san – estaba cubierta en sudor. Me quité las bragas y se las di. Al instante se las llevó a la nariz, aspirando profundamente. Sonrió.

– Hueles especialmente bien, Taku ha hecho un buen trabajo. Casi nunca acaban tan mojadas.

– Tiene buenas manos ese chico – dije riéndome. Me miró suspicaz.

– Ve a cambiarte, ahora mismo te llevan a casa.

Me crucé con el desconocido que me iba a acompañar a casa y con Taku al ir al baño completamente desnuda. Ambos miraron mi piel, pero el deseo que vi en los ojos de mi yakuza no lo encontré en el otro. Me limpié un poco antes de vestirme, intentando escuchar lo que hablaban, pero solo me llegaban trozos de la conversación.

– Es mucho material, manda a seis personas de confianza y que lo recojan con rapidez. Hay que dejarlo en el almacén de siempre.

– ¿No cree que es demasiado temprano, aniki?

– Sí, pero han tenido problemas y no pueden dejarlo más tarde. No es noche cerrada, que tengan más cuidado que de costumbre – apunté mentalmente todo lo que estaba escuchando, a la mañana siguiente tendría que llamar a la oficina para que vigilasen la zona del puerto. Al fin resultados. Esperé un poco y salí del baño con mi ropa, sonriéndoles.

–   Lista – Tanto Taku como el hombretón calvo y serio que tenía al lado me indicaron la salida – Hasta pronto, Kimura san.

– Llámame Masutaro, por favor. Muchas gracias Rei, has estado maravillosa – Me incliné y salí al fin de allí flanqueada por esos dos hombres de aspecto amenazador. Desde luego nadie se iba a atrever a soplarme con semejante compañía. El desconocido se sentó al volante, Taku se sentó atrás, a mi lado.

– Qué sueño – dije tras bostezar una vez nos pusimos en marcha. Me acordé de que tenía su número de teléfono y le mandé un mensaje para que tuviese el mío “por muy cansada que esté, sigo queriendo ir por donde nos quedamos

– Tienes que estar cansada – dijo el conductor entre risitas – Se escuchaban los gemidos a dos habitaciones de distancia – Miré a Taku, que me sonreía pagado de sí mismo con el teléfono en la mano, oculto de la vista de ese otro hombre tras el asiento del conductor. Me dio la risa floja.

– Sí que lo estoy, necesito dormir más de ocho horas para reponerme.

– Nunca había escuchado a ninguna mujer ser tan escandalosa con el jefe como tú, ¿Verdad Kozu kun?

– Suelen pasar por su habitación sin abrir apenas la boca, sí que es verdad – Se tocó la entrepierna mirándome el escote, las piernas, los labios – El jefe debe estar contento contigo – Miré fuera de la ventana y me di cuenta que casi estábamos en mi casa.

– Puedes dejarme en este semáforo, vivo cruzando la carretera.

– No voy a dejarte tan lejos. Kozu, acompáñala hasta la puerta y asegúrate que entra.

– Sí, muévete – Me dijo al abrir la puerta.

Me acompañó hasta mi edificio en silencio, con prisas, gritándole improperios a un coche que casi nos atropella por cruzar sin mirar. Subimos las escaleras de metal, metiéndonos hacia la parte interior de las viviendas y caminando hasta la puerta de mi casa. Abrí y me quedé mirándole.

– Qué ganas tengo de entrar ahí contigo – Me susurró, devorándome con la mirada.

– Taku – Le puse una mano en el pecho, con la otra le acaricié desde los testículos hacia arriba y susurré en sus labios – Daría lo que fuera porque me follases toda la noche.

– La paja que me voy a hacer en cuanto llegue a mi casa pensando en ti… – Me puso las manos en la espalda y en la mejilla – En cómo me traga tu coño – Tiré de su chaqueta, metiéndolo en mi casa, sentándole en el escalón de la entrada destinado a cambiarme de zapatos.

Le abrí la bragueta, eché mis bragas hacia un lado y me senté sobre él con las rodillas apoyadas en el suelo. Me pasaba ambos brazos por la espalda, hundiendo la cara en mi cuello. Jamás en mi vida había tenido tanta ansiedad por follarme a alguien como en ese momento. Mi cuerpo pedía a gritos el contacto con el suyo y me deshice en gemidos suaves tan pronto le sentí oprimirme desde dentro. Tenía razón, mi cuerpo le tragaba con ansias, el roce era demasiado para cualquiera de los dos. Me susurraba que se corría pero mis caderas no le daban tregua, quería sentir cómo lo hacía y quería sentirlo dentro. Era una locura, me la estaba jugando, pero en ese momento lo único que me importaba era el orgasmo que me agitaba de pies a cabeza. Se corrió intensamente, gimiendo de manera escandalosa contra mi piel, clavándome las uñas en la nuca y la cintura.

– Eres peor que una droga – Sus dedos estaban enredados en mi pelo, su nariz acariciaba la mía – No puedo evitar dejarme llevar por mis impulsos cuando te toco. Nunca había desobedecido de una manera tan directa.

– Vete ya – Le besé con cariño al sentirme llena de él – No te busques un problema.

– Me parece que ya lo tengo, pero no quiero resolverlo – Me acarició el pelo, echándolo hacia atrás para ver bien mi cara – Espero verte pronto.

– Sabes dónde encontrarme – pasó un minuto entero simplemente mirándome y acariciándome hasta que decidió levantarse. Me quedé sentada en el escalón, pensando que tenía que limpiarlo todo incluida a mí misma. Se despidió de mí con un gesto de la cabeza, yo lo hice con una sonrisa.

 

 

4

Al abrir los ojos la mañana siguiente, seguía sonriendo. Me di una buena ducha donde descubrí una marca que había dejado su boca tras mi rodilla izquierda. Mi piel seguía sensible al recordar cómo fue estimulada el día anterior. No podía dejar de pensar en sus besos, sus gemidos, lo ardiente de su polla en mi interior. Quería verle otra vez, estaba obsesionada con su cuerpo, con el placer que ahora sabía me podía y quería dar. Pero en su lugar cogí el teléfono y llamé a la oficina diciendo que tenía información importante. Sayuri se presentó en mi domicilio poco después, dándome tiempo solo a limpiar la entrada de cualquier rastro masculino. Le ofrecí té nada más recibirla y nos sentamos en el salón de mi casa para comunicarle lo que oí tras la puerta del baño la noche anterior.

– Espero que no haya sido muy difícil.

– No, no lo fue. No le gusta tocar a las mujeres, tuve suerte – La mirada de esa mujer ocultaba curiosidad – Si quieres preguntar, hazlo.

– Es solo… Shinsui san dijo que te vio besarte con uno de esos hombres a la salida de la comisaría – El corazón me dio un salto tal que durante unos segundos perdí la concentración.

– Ah, es un hombre del bar que tiene fijación conmigo. No era la primera vez que pasaba – No estaba mintiendo. De momento.

– Me dijo que tú también le besabas a él.

– Bueno, sí – alzó levemente las cejas, no se esperaba esa contestación en absoluto – No puedo rechazarles tal cual, tengo que darles pie para que se confíen y pueda daros información como la que tenía hoy.

– Ah, ya veo. Muchísimas gracias, van a alegrarse mucho en la oficina. Pondremos a un grupo de hombres vestidos de paisanos de guardia. Un excelente trabajo, Tachibana san.

– Muchas gracias – Nos inclinamos ambas.

– Me sorprende tu fuerza. Yo no podría hacer lo que está haciendo – Se miró las manos en silencio y suspiró – En fin. Ve al bar como si fuese un día cualquiera, espero que pronto no tengas que ir más.

Asentí sonriente y la despedí. Últimamente lo único que hacía en mi vida era fingir y aceptar órdenes una detrás de otra. Los únicos momentos en los que podía ser yo misma era en mi casa a solas y cuando estaba con Taku. Y aun así, con Taku también tenía secretos. Ya no sabía qué había de real y de mentira en mi día a día, lo único que sabía es que me moría de ganas de verle. Sin embargo esa noche no se presentó por el bar más que unos segundos. Le vi en la puerta, haciéndome gestitos para que me acercase. Con una sonrisa radiante y real me acerqué a su lado. No tenía el pelo recogido, se lo había peinado hacia atrás.

– Qué aspecto de malote tienes con esas pintas, Taku san – Se rio brevemente entre dientes.

– Vengo buscando suerte – tiró de mi barbilla con suavidad y me besó de igual manera mis labios – ¿Me la deseas?

– Claro que sí – respondí idiotizada – ¿Vas a jugar a pachinko? – Se rio

– No, voy a recoger unas cosas y puede llegar a ser peligroso. Son chinos, nunca sabes qué esperarte de los chinos – Un pellizco se me cogió en el estómago. Si él iba a por las mercancías del muelle iban a arrestarle. O peor, se veía entre fuego cruzado y… Se daba la vuelta para alejarse.

– ¡No vayas! – Se giró y me miró con el ceño fruncido pero sin perder la sonrisa.

– No me va a pasar nada, tranquila. No tienes que preocuparte tanto por alguien como yo.

– Ten mucho cuidado – miré al suelo, le miré a los ojos y me di la vuelta para seguir trabajando con un nudo en el estómago.

Si le ocurría algo esa noche, iba a ser por mi culpa. Iba a quedar en mi conciencia para siempre. Quería llamarle y contarle toda la verdad, que les iban a pillar, que yo había avisado a la policía pero, ¿suál sería su reacción al descubrir mi verdadera identidad? Estaba contra la espada y la pared. Aunque tenía que distraer a esos hombres que no paraban de llamarme a gritos, no me concentraba. A la hora de cerrar de una noche que se me antojó eterna, Kieko me agarró del brazo.

– ¿Qué te hicieron ayer? Estás con la cabeza en otra parte.

– Nada. Ese tío no me tocó, tiene una fijación extraña por los olores y es un mirón – suspiró más aliviada que yo la noche anterior.

– Menos mal, estaba muerta de miedo – No podía contarle todo lo que pasó, tendría que aguantar su mirada acusadora y no estaba dispuesta a ello.

– Me voy a casa, me encuentro un poco mal – Me incliné y caminé hacia la salida.

– ¿Seguro que no te hicieron nada? – asentí, sonriendo sin ganas una vez más.

– ¿Quieres que te lleve?

– No, no, no hace falta – Si me llevaba tendría que ir hablando con ella y no me apetecía en absoluto.

Pedí un taxi, a esas horas de la madrugada no me gustaba coger el transporte público sola. Los nervios me comían por dentro, le mandé un mensaje pidiéndole que me avisase cuando estuviese en su casa sano y salvo y riñéndole por preocuparme de esa manera. Al ver que no me contestaba me inquieté aún más. Con el corazón en un puño entré en mi casa, metiéndome directamente a la cama porque no me iba a entrar nada de comida debido a la angustia. Pero no podía dormir, no paraba de pensar y mirar el teléfono. Las paredes de la habitación me resultaban opresivas, tanto como el silencio de la noche. Miré por la ventana, a las pocas estrellas que llegaba a ver preguntándome si él también las estaría mirando, o si podría mirarlas. Si podría mirar algo. Me quejé dándome la vuelta y poniéndome la almohada sobre la cabeza. A las cuatro y cuarto de la madrugada escuché tres golpetazos en la puerta. Encendí la luz escuchando al perro del vecino ladrar como loco y caminé hacia allí asustada, más cuando al asomarme a la mirilla no vi a nadie. Abrí con cautela, sin quitar la cadena, y descubrí que alguien estaba sentado contra mi puerta. Alguien que resoplaba, vestido de negro y con el pelo por debajo de los hombros oscuro y revuelto.

– ¿Taku? – Un quejido familiar por respuesta. Abrí de par en par y tuve que arrodillarme para evitar que ese hombre cayese de espaldas al suelo – ¡¿Qué te ha pas—

– Shh, cállate la boca, ayúdame a entrar – Se apoyó en mi hombro y cerré la puerta con pestillo de nuevo. Una mancha de sangre se extendía desde uno de sus costados por la camisa blanca – Me he doblado un tobillo, parece que estoy peor de lo que estoy.

– Ven, apóyate en mí – Le llevé hasta mi cama sin dejar de mirar sus gestos de incomodidad y dolor, tumbándole y apartándole los sudorosos mechones de pelo de la cara – ¿Te han disparado? ¿Qué necesitas?

– Solo me ha rozado el costado, pero hijo de la gran puta, duele, ten cuidado – Me pidió al notar que le quitaba los botones de la camisa – Siento venir aquí pero no podía ir a mi casa, no sé qué saben y qué no saben – Me mordí el labio, tragándome la culpabilidad al ver la quemadura y la herida que tenía en el lado izquierdo del cuerpo.

– ¿Qué tobillo es el que te duele? Túmbate – Esa no era la manera que tenía pensada para ver sus tatuajes por primera vez, no era en esas circunstancias.

– El derecho, se me va a hinchar – Le quité los zapatos con mucho cuidado, sabía lo que dolía una torcedura – Panda de cabrones, hijos de la grandísima puta…

– Tendrías que ir al médico – eliminó esa posibilidad negando con la cabeza – Voy a por cosas para curarte, algo tengo en el baño, espera – Le escuché resoplar y chasquear la lengua desde el servicio.

Cuando cogí los materiales y cerré la puerta del botiquín me quedé mirando mi reflejo. No sabía qué estaba haciendo con mi vida, ya no sabía quién era el malo y quién el bueno. No dudé al dejarle entrar en casa, no me paré a pensar qué era eso con lo que traficaba en el puerto. ¿Drogas? ¿Armas? ¿Personas? No quería saberlo. Lo único que quería era que ese hombre en concreto se recuperase, que no le pasase nada. Al resto de su clan, al resto de policías que se enfrentaron a ellos… el resto de personas no me importaban lo más mínimo.

– Rei chan – Su voz lastimera me hizo decantarme definitivamente por una de esas dos posiciones morales en ese momento.

– Voy – Me apresuré a sentarme en el borde de la cama, girándole su torso ligeramente para limpiarle bien la herida – ¿Quién os ha atacado? – Era más fácil preguntarle si le tenía de espaldas.

– Al principio creí que era la policía pero resultó ser otro clan – apretó los ojos y los dientes, intentando no quejarse al darle alrededor de la abrasión con el algodón empapado en alcohol – Después me pareció ver policías, pero no estoy seguro. No entiendo muy bien qué cojones ha pasado pero tengo que llamar al jefe. No sé si la mercancía la han robado o si la han confiscado.

– ¿Vas a buscarte un problema por esto? – negó con la cabeza, apretando los músculos del estómago cuando le limpié la herida directamente

– Me lo buscaría de haber huido con el rabo entre las piernas, como han hecho algunos gilipollas. Si se hubiesen quedado… ¿Te queda mucho? – Le vi apretar las sábanas.

– No, ya te pongo las gasas. Igualmente creo que debería verte un profesional.

– Si conoces a alguien que no me vaya a denunciar a la policía dile que venga – No, no conocía a nadie – ¿Sabes vendarme el tobillo? ¿Crees que tienes fuerza? Podrías llamar a tu jefe, parece buena gente.

– No lo sé, no lo creo – estaba muy nerviosa. Si Yoshi se enteraba de que le tenía en mi casa se lo diría sin duda alguna a mis superiores. No podía saberlo nadie. Miré tras la mesilla de noche, donde tenía los archivos del clan apilados. Tenía que esconderlos pero con Taku allí iba a ser imposible – Deja que lo intente yo.

Vendarle ese tobillo inflamado fue mucho más difícil que limpiarle la herida del costado. No paraba de quejarse, de insultarme y revolverse. Me debatía entre terminar de vendarle y mandarle a tomar por culo, pero al mirarle y encontrarme con que tenía las lágrimas saltadas no pude evitar sentir lástima. Acabé agotada, aunque no más que él.

– ¿Necesitas algo más? ¿Quieres agua? – respiró hondo con los ojos cerrados en la cama.

– Te quiero a ti – tiró de mi brazo y me tumbó a su lado derecho – Has sido lo primero que se me ha venido a la cabeza cuando he pensado en esconderme.

– No es que pueda ofrecerte mucha seguridad – buscó los dedos de mi mano izquierda con su mano derecha, girando la cabeza para mirarme.

– No pensé en ti por eso – Le aparté el pelo de la cara, quería verle bien. Al sentir la caricia en su mejilla, cerró los ojos – Simplemente quería estar contigo – Me incliné sobre él, con cuidado de no aplastarle, besando sus labios despacio.

– No te enamores de mí, ¿eh?– susurré interrumpiendo los besos. Me acarició el pelo de la nuca con su mano izquierda, deslizando sus labios sobre los míos.

– ¿De una camarera? Jamás – sentí que las comisuras de su boca subían al escuchar mi suave risa.

– ¿Y qué digo yo ante eso? – Le miré a los ojos apoyando la mano junto a su cabeza. Sus dedos bajaron hasta mi hombro, acariciándolo por debajo de la manga de la camiseta – ¿Y por qué es buena idea estar con alguien como tú, eh?

– No lo es, Rei chan – rio – Es la peor idea del mundo, pero parece que te encanta mi compañía. Desde aquella primera noche en el bar no te has negado a que te toque ni una sola vez – Se pasó la lengua por los labios, acariciando mi brazo sutilmente – Es más, siempre me andas buscando.

– ¡Yo no hago eso! – asintió alzando una ceja.

– Siempre que estamos en la misma habitación y ocupados con diferentes mierdas, me buscas con la mirada. Y siempre que me encuentras sonríes y miras a otra parte – apreté los labios un poco avergonzada, no era consciente de hacerlo. Con razón Kieko se dio cuenta – Y no lo entiendo – La calidez de su mano en mi mejilla me hizo suspirar, dándome cuenta de que la atracción tan desmedida que sentía hacia él se estaba convirtiendo en algo más.

– Yo tampoco, solo… – Me tumbé con cuidado en su pecho, cerrando los ojos al sentir sus dedos sobre mi pelo – Solo quiero estar contigo. Es en lo único que pienso durante todo el día. Ni siquiera puedo trabajar en condiciones – Desde luego que no. Si mis jefes me viesen podía considerarme despedida. Acabada como policía.

– Esto no va a traer nada bueno para ninguno de los dos – murmuró en un tono completamente diferente. Abrí los ojos y pasé las yemas de los dedos por los tatuajes de su pecho.

– A la larga, no. Ahora mismo no quiero otra cosa.

No hablamos más. No hacía falta. Sabía que estaba despierto y él sabía que yo estaba despierta, sin embargo no dijimos nada más. No era una situación normal, no iba a salir bien porque él era lo que era y de saber mi verdadera identidad… no podía imaginar cuál sería su reacción. No quería saberla. Me gustaba más la idea de la camarera que se mataba a trabajar por las noches pero que tenía a su chico malo en casa que la de la policía encubierta que se acostaba con altos cargos de la mafia para sacar información. La realidad era horrible, insultante y excesivamente peligrosa. E irónicamente, en los brazos de ese hombre malherido y de moral cuestionable, me sentía completamente a salvo. En paz.

                Me desperté al escuchar un quejido y algo que caía en el suelo. Taku estaba en pie, agarrándose el costado y camino al servicio. Me bajé de la cama para acompañarle y servirle de apoyo por el camino, por lo que recibí una sonrisa entre tanto gesto de molestia.

– Duele más que ayer, no puedo poner el puto pie en el suelo – Se dejaba caer en las paredes y en mi hombro, apoyado únicamente en un pie y avanzando a saltos.

– Claro, está inflamado. Menos mal que mi casa es pequeña y queda todo cerca – Le abrí la puerta del baño.

– Desde aquí puedo yo solo – asentí, cerrando tras de mí. Volví a la habitación y cogí el despertador del suelo, viendo que eran las 10 de la mañana. Al agacharme me topé con los archivos.

Con la angustia y el miedo revolviendo mis tripas, abrí el armario y escondí todos los papeles bajo las cajas de zapatos, con prisas, arrugándolos y poniéndome nerviosa por ello. Escuché el ruido de la cisterna justo cuando cerraba las puertas, y a Taku quejarse cuando salía de la habitación.

– Vuelve a la cama – Le pasé el brazo por la espalda, sintiendo de nuevo el peso de su cuerpo sobre el mío – es muy temprano.

– Debería largarme de aquí – Mostré mi desacuerdo en dos simples ruiditos.

– De eso nada. Hasta que no puedas andar solo de aquí no te mueves. No te preocupes que te voy a buscar unas muletas, tengo que tenerlas de cuando me lo torcí en las prácticas.

– ¿Tan arriesgado es ser camarera? – Los nervios me recorrieron el cuerpo como una descarga eléctrica. Tenía la boca como un buzón, ese desliz había ocurrido estar tan tremendamente cómoda a su lado.

– ¿Has visto el escalón que hay en la entrada del bar? – asintió – Pues yo no lo vi – Mi mentira le pareció muy graciosa.  Me pregunté cuántas veces más iba a tener que inventarme algo así. Al llegar a la habitación, su teléfono vibraba sobre la mesilla de noche. Se lo puse en la mano una vez se tumbó.

– Te tengo dicho que bicho malo nunca muere – fue lo que contestó seguido de una risa guasona – Nah, estoy bien dentro de lo que cabe. Tengo enfermera… ¡Claro que no estoy en el hospital, gilipollas!… ni de puta coña te digo dónde estoy, no es mi casa… que sí joder, cuando pueda andar voy… ¿El único? ¿¡Te estás quedando conmigo?! – Al tensarse se volvió a llevar la mano al costado, le susurré un cálmate, poniéndole las manos en los hombros evitando que se incorporase – Hijos de puta, lo que no sé es cómo cojones se han enterado. Tenemos alguien con la boca muy grande… no, si lo encuentras déjame a mí un rato con él, si a mí me duele el puto tobillo no te digo lo que le va a terminar doliendo a él. Vale, sin problemas.

Me levanté de la cama antes de que acabase su conversación y fui a la cocina, respirando hondo. Yo era esa persona con la boca grande, si me pillaba… si me pillaba no lo contaba. No supe qué hacer, se tenía que ir de mi casa, si se quedaba iba a descubrir mi verdadera identidad tarde o temprano. No podía dejarme llevar por un sentimiento estúpido, por un calentón. De momento preparé el desayuno y busqué las muletas, intentando pensar en una solución rápida a mi problema. Al volver a la habitación con una bandeja pensé que estaba dormido, pero nada más entrar abrió los ojos.

– ¿Me traes el desayuno a la cama, vida mía? – Intentó incorporarse de nuevo él solo, quejándose entre dientes.

– Deja de hacer esos movimientos bruscos, así no se te va a curar en la vida – Le puse varios cojines en la espalda, sintiendo sus atención puesta en mí.

– Cuanta seriedad… – Le miré a los ojos, alzó la mano y capturó un mechón de mi pelo entre sus dedos – No voy a durar mucho más aquí. No estás segura conmigo cerca y mucho menos ahora. Si me descubren, vas a la cárcel.

– Ya, bueno, de momento come algo. Voy a ducharme.

Era consciente de que cuanto más lejos, mejor. Pero también era cierto que le quería a mi lado, quería cuidar de él y asegurarme de que no le pasase nada. Me puse el uniforme nada más salir de la ducha, peinándome y arreglándome para ir al trabajo. Cuando entré en mi habitación le vi con mi teléfono en la mano.

– No para de llamarte una tal Sayuri – intenté esconder mi pánico caminando despacio hacia él.

– Ah, es una amiga, voy a llamarla a ver qué quiere. Tú descansa – cogí el teléfono pero me agarró de la muñeca. Me asusté, di un respingo. Me miró entrecerrando los ojos.

– Estás rara… ¿qué pasa?

– No me esperaba que me agarrases tan fuerte – murmuré, con el corazón desbocado.

– ¿Te has acojonado por lo que he estado hablando con ese tío? Porque si es eso no te preocupes, no va a pasarte nada y no va a venir nadie. Siento haberte asustado – tiró un poco de mi muñeca, acercándome a él.

Me coloqué a su lado siempre con cuidado para no rozarle la herida del costado, dejándome abrazar por la cintura. Apoyó la cabeza justo bajo mis pechos e intenté peinar sus greñas con los dedos. Me daba igual el peligro. Me daba igual el trabajo. No quería alejarme de él. Subió un poco mi camisa y besó la piel junto a mi ombligo, sonreí y me aparté.

– Tengo que llamar a esta chica y tengo que ir a trabajar. Tú desayuna y coge fuerzas –Por la manera en la que me miró pensé que iba a decirme algo más.

Solo me soltó, pellizcándome antes el trasero. Pensé que iba yo a decirle algo más pero me marché de la habitación. Fui a la cocina, llamando a mi jefa y suspirando, dejándome llevar por los sentimientos pero no por las ganas de volver a la cama con él.

– Tachibana san, buenos días. Llamaba hace un momento para informarle de que la información que nos dio ayer era correcta. Arrestamos a uno de los miembros del clan y a algunos de otra familia. Muchas gracias por su gran trabajo.

– Ah, de nada, ¿todo bien? – No podía decir directamente “alguna baja” porque si Taku estaba escuchando se iba a extrañar.

– Algunos heridos pero nada grave. Estamos muy satisfechos, por favor, siga con su excelente trabajo y pronto volverá a su puesto de siempre.

Nos despedimos y eso fue todo. Gran trabajo haciéndole daño al hombre que tanto te gusta, Rei chan. Me acerqué a la habitación para coger mi bolso y marcharme al trabajo. Taku contenía un eructo enorme al verme volver, dejando la bandejita en la mesa de noche. Le miré desde los pies de la cama.

– Me voy al trabajo. No hagas esfuerzos grandes, ¿vale? Si quieres comer más dejo dinero en la cocina, pídete comida o cógela del frigorífico. No te levantes mucho tiempo que tienes el pie como una berenjena. Por cierto, alguien que sepa debería vendártelo en condiciones.

– Ve con cuidado, cielo – Me hizo gestos con la mano para que me acercase mientras me ponía morritos. Me reí, acercándome. Me pasó la mano por la cintura cuando me agaché a besarle. Olía y sabía a naranjas. Suspiré acariciando sus patillas y me marché a trabajar.

Mientras servía copas, cantaba en el karaoke y tonteaba con extraños no hacía más que pensar en él y en cómo estaría. Por primera vez estaba deseando ir a casa, supuse que eso era lo que se sentía cuando tenías a alguien esperándote. Y al volver ya no estaba. Ni una nota ni rastro de que había pasado por allí más que la bandeja y la cama desecha. Me senté donde él estuvo tumbado, agarrando la almohada y oliéndola. Solo apestaba a tabaco, ni rastro de su olor. Y me quedé solo con el recuerdo durante casi dos semanas. No quería llamarle ni nada por el estilo porque ni era su novia ni lo veía correcto. Más me valía evitar todo lo que me pudiese delatar por haberle tenido en casa o por tener una relación más allá de lo laboral con él. Ni amistad. Lo único tolerable era flirteo o sexo por información, sin sentimientos de por medio. Sexo como herramienta de trabajo, usar mi cuerpo como reclamo. Noche tras noche engatusaba a hombres que de no estar en esa situación ni me habría acercado a preguntarles la hora. Había días que me asqueaban y días que me daban exactamente igual. Creo que la indiferencia era lo peor, el asco al menos era un sentimiento que transformar en otra cosa.

– Estás de un mustio insoportable – Me dijo Kieko una noche que se me hacía especialmente larga y tediosa – Desde que no aparece ese tío por aquí estás apagada.

– Qué te puedo decir, le daba alegría a la noche tenerle cerca – negó con la cabeza, exasperada. No tenía ni idea de lo mucho que me alegraba su presencia. Kieko miró sobre mi hombro y chasqueó la lengua dándose la vuelta para atender una mesa, mascullando.

– Tsk, hablando del rey de Roma… Antes lo digo, antes aparece. Lo llego a saber y me callo.

Le sentí antes de verle. Sus grandes manos en mi cintura. Mis pequeñas manos apretando la bandeja. Le acerqué el trasero casi por instinto cuando se inclinó sobre mí para besarme la mejilla. Al hacerlo, algo parecido a un ronroneo salió de su garganta y sus manos me apretaron las caderas con fuerza, pegándose a mí en un refregón de lo más obsceno. No sabía si era por estar constantemente rodeada de gente que hablaba sobre sexo sin tapujos pero lo cierto es que cada vez me avergonzaba menos ese comportamiento suyo hacia mí.

– ¿Me has echado mucho de menos? – Sopló junto a mi oído, poniéndome los vellos de punta.

– Lo justo, estos chicos piden toda mi atención.

Me agarró de la barbilla, girándome la cara y mirándome a los ojos. Esa perilla que se dejaba me encantaba, esa argolla en su oreja izquierda también, sus cejas serias a pesar de sonreírme con esos dientes torcidos y perfectos a su manera, su pelo largo recogido hacia atrás y los que se le escapaban junto a la mejilla, sus lunares, esa boca a medio abrir e inexplicablemente tan lejos de la mía, los músculos de su cuello, las venas de sus brazos, sus dedos largos, sus tatuajes, su chulería, sus momentos dulces y escasos, esa fogosidad, ese no poder controlarse a mi lado que nos iba a buscar un problema porque yo también me descontrolaba. Ese todo.

– Pues yo sí te he echado mucho de menos, sobre todo ese coño tan suave que tienes – Ah, y sus palabras sucias, claro.

– ¡Taaaaku-san! – Le pegué con la bandeja en el hombro, se rio – ¡Ve a sentarte antes de que te eche de aquí! – Caminó hacia la mesa entre risas mientras yo buscaba en la barra lo que ya sabía que iba a beber. Sentí unos ojos clavándose en mí.

– Ten cuidado – La advertencia en la mirada de Yoshi era la misma que veía siempre en la de Kieko – Hay una línea que no deberías cruzar y me da la impresión de que la estás saltando con ambos pies.

– Sé lo que me hago.

– No, no lo sabes – Me sentí insultada al ver la decepción en sus ojos.

– Si esa misma conversación hubiese sido con su jefe no tendrías ningún problema. Sé lo que me hago – Iba a contestarme, pero me alejé de él, sirviéndole su copa a Taku.

– Me manda el jefe para que te recoja – Pasó un dedo por detrás de mis pantorrillas, haciendo que me fallase la pierna al acariciarme las corvas – Cuidado, lo tiras todo.

– ¡Ay! ¡No sé de quién será la culpa! – Apretó mi muslo por debajo de la falda, mordiéndose el labio.

– Tráeme el micro, echo de menos cantar.

  Mientras le servía a sus compañeros le escuchaba cantar una canción tras otra. Yoshi no paraba de llamarme asignándome tareas que normalmente no me asignaría, alejándome de Taku el mayor tiempo posible. Lo que él no sabía era que esa noche probablemente terminaría haciéndome mojar unas bragas que luego se quedaría otro pervertido, pero eso estaba justificado, eso era trabajo, de enterarse seguro que no tenía nada en contra. Cuando Taku tiró de mi mano, poniendo nuestra canción, mi cabeza estaba inundada de pensamientos negativos y furiosos. Me senté entre sus piernas, dejándome abrazar por él, apoyando la cabeza en su pecho y sintiendo la vibración de su voz en la espalda. No se comportaba como el pervertido que era, en su lugar me besaba y acariciaba la mejilla con su nariz con dulzura cuando no le tocaba cantar. Pero no estaba disfrutando del momento, estaba demasiado enfadada. Apenas acabó la canción me levanté del asiento resoplando.

– Vámonos ya. No quiero trabajar más.

– ¿Te rebelas contra el sistema? – Cogió su chaqueta y tuvo que acelerar el paso para alcanzarme camino a la salida. Distinguí su coche de lejos, era ridículamente grande. Esperé a que lo abriese y me senté en el asiento del copiloto – ¿Qué coño te pasa?

– Que estoy harta de estar rodeada de hipócritas.

– Bueno, vida mía, son el 90% de la población. Casi nadie hace lo que verdaderamente quiere.

– Ni siquiera nosotros – Rio brevemente.

– Nosotros los que menos, somos los últimos monos.

– ¿Y si lo mandamos todo a tomar por culo aunque sea por un día? – Se me quedó mirando con las llaves en el contacto, sopesando mi propuesta – Ven a mi casa, ya se nos ocurrirá una excusa.

– No debo ir a tu casa. No es seguro para ti.

– ¡Estar sentada en tu puto coche no es seguro para mí! – Le agarré del cuello de la camisa blanca que llevaba bajo la chaqueta y le besé con ansias, mareando su lengua y mareándome yo – Desearte de esta manera tampoco, pero hay cosas que no me da la gana evitar. Y hoy lo que quiero es que me folles fuerte, que sea duro y que sea sucio. Tan sucio que me de vergüenza al día siguiente.

No tuve que darle más excusas, obviamente. Condujo hasta mi casa a tanta velocidad que fue sorprendente llegar vivos y sin que la policía nos parase. Aparcó de cualquier manera, tiré de su mano hasta mi casa y una vez dentro fue la última vez esa noche en la que tomé el control de la situación. Me agarró con fuerza del pelo y de la cintura, haciéndome caminar de espaldas hasta mi habitación y besándome profundamente. Me arrojó al suelo, no llegamos a la cama. Me puso boca arriba y sacó de dentro de su chaqueta un arma blanca con la que rajó la camiseta de mi uniforme y mi sujetador. Se quitó la chaqueta y la camisa, clavó el arma en la tarima, en el suelo de mi casa, junto a mi cabeza, y tiró de mis caderas acercándome a él. Me lamió entera, desde mi ombligo hasta el cuello pasando por los pezones, donde se paró a chupar y a tirar. Me agarró la cara, sacándosela repentinamente de los pantalones y metiéndomela en la boca. Tiraba del pelo de mi nuca apretando los dientes mientras me ahogaba con su carne dura y ardiente. Pasé las manos por los tensos músculos de su vientre, subiendo por su pecho tatuado, bajándolas por sus costados y apretándole del trasero para tragármela mejor. Arrancó el arma del suelo y acercó ese mango tan largo a mis bragas, rozándome, provocándome esa urgencia por sentir más. Dejé de chupársela para mirar lo que hacía y me agarró de la mandíbula, metiéndomela en la boca y riñéndome “No seas mala Rei chan”. Tiró de mi ropa interior de manera brusca, cargándose las bragas. No me quitó la falda. Me la metió hasta la garganta, a la fuerza, haciéndome dar una arcada.

Me puso de rodillas en el suelo, de espaldas a él con los brazos apoyados en la cama. Me abrió las piernas, se arrodilló a mi espalda y deslizó esa mojada y venosa erección entre mis labios mayores y menores. Me empujó contra la cama, aplastándome, metiendo su glande en mi poco estimulado sexo. Me apretó el culo, lo azotó, escondía los gemidos que a mí no me daba la gana retener. Le pedí que me tocase y me azotó más fuerte, metiéndomela un poco más y mandándome a callar. Le volvía a pedir lo mismo y tuvo la misma reacción. Lo pedí tantas veces que terminé con el culo colorado y su polla entera dentro. Se tumbó sobre mi espalda, presionando sus caderas con las mías sin moverse. Me llenaba. Apreté los músculos de la vagina y me mordió el hombro dolorosamente gimiendo un hija de puta, me la partes que me encantó, así que volví a hacerlo. Me hizo pagar esa chulería.

La sacó bruscamente, me quitó la falda, me puso boca arriba en la cama y pude vérsela un segundo tan tiesa, enrojecida y empapada. La quería en mi boca, en mi coño, dentro. Me juntó las piernas y me las subió. Con los guiñapos que ahora era mi camiseta de trabajo me ató las manos y tobillos hacia adelante. Mis rodillas estaban dobladas contra mi pecho, mis brazos abrazando mis piernas. Intentaba ver a Taku pero apenas podía. Me volvió a poner de espaldas a él, de cara a la cama. Pasó su mano entre mis labios mayores, entre los menores, frotando en círculos. No me tocaba el clítoris, solo los labios, colando su lengua en mi interior. Sus dedos presionaban alrededor del punto al que nunca llegaba, poniéndome nerviosa, desquiciándome. Volví a pedirle que me tocase, me dio un manotazo. Se lo rogué, me mordió el culo con fuerza. Ni una orden más, lo único que quiero escuchar son tus gritos. Y sin embargo me complació al fin. Sus dedos resbalaron entre mis labios hacia mi ombligo, solo dos de ellos, apretando suavemente. Temblé entera. Los movía en círculos, se masturbaba metiéndome solo el glande, estimulándome también de esa manera. Apretaba las manos y curvaba los dedos de los pies, mordiendo la sábana, quejándome conforme el placer no hacía más que aumentar. Y cuanto más me agitaba más brusco era su roce, cuanto más duro tenía el clítoris más duro me frotaba. Resoplidos, gruñidos y gemidos salieron de mi garganta al correrme, se inclinó a mi espalda y succionó con fuerza sin dejar de restregar su mano por donde antes ni tocaba. Entre mis gemidos le escuché decir que estaba deliciosa, que le llenaba la boca, que quería más. El roce se estaba empezando a volver insoportable, quería que parase y no lo hacía pero no podía pararle tampoco porque sus ataduras me lo impedían. Me quejaba y gemía al mismo tiempo. Me metió un dedo sin parar de rozarme. Me metió dos. Tres. Me daba tan bruscamente que ya no sabía si gemía o gritaba.

– ¿No querías que te tocase? ¿Ya no quieres?

– No puedo, no… no p… Taku…por favor…

– Claro que puedes.

 Me sacó los dedos del coño y me metió esa erección tan maravillosa con brusquedad. Hasta la base. Me metió a la vez los dedos empapados y dulces en la boca, susurrándome que tenía la cara llena de mí. Seguía frotándome. Era insoportable. No paraba de correrme. Me dolían las piernas y los brazos, no podía pensar más que en que me iba a atravesar con esa polla tan dura. Los ojos se me pusieron en blanco, me agarró del pelo, preguntándome si era lo suficientemente fuerte o si quería que fuese más sucio porque podía serlo. Y no lo dudaba un instante. No podía ni respirar. Mis relaciones sexuales anteriores se limitaban o a tumbarme con un hombre encima o a mover mis caderas sobre él suavemente. Lo que Taku me hacía era nuevo, ese juego de dominación, ese dolor mezclado con el placer insoportable. Ese pensar que no podía más cuando sí, claro que podía como él decía. Que nunca lo hubiese experimentado no significaba que no pudiese. Me liberó de mis ataduras no sin dificultad porque no quería dejar de tocarme ni de moverse en mi interior. Me puso boca arriba, me agarró del cuello y se tumbó sobre mí, pasando el pulgar por mi clítoris y follándome sin descanso. Le agarré del brazo apretando los dientes, mirándole a los ojos, mirando cómo apretaba los labios entre su pelo suelto y alborotado. Me agarró de la nuca con brusquedad, subió por la cama y tras un gemido escandalosamente obsceno y masculino se corrió en mi cara y en mi pecho. Me puso perdida. Me obligó a tragarme las últimas gotas. Al hacerlo me acarició el pelo, susurrándome que era una chica buena entre risas. Estaba encantada, extasiada, era exactamente lo que quería. Nada correcto, nada romántico; solo sexo en estado puro y sin pensar más allá que en lo que sentía en el momento. Cuando me intenté levantar me reí a carcajadas entre jadeos. No podía andar, las piernas me temblaban demasiado. Tras unos segundos en los que intenté calmarme, caminé entre tambaleos al baño, limpiándome, volviendo a la cama y a los brazos de ese hombre que fumaba completamente desnudo. Estaba agotada.

– Si mañana hablo de esto con alguien, ¿te da vergüenza? – Echó el humo al techo y su pelo hacia atrás, levantando el brazo para que me tumbase en su pecho.

– Ni se te ocurra, Taku – Suspiré, abrazándole por la cintura – Buenas noches – Lo último que escuché antes de caer en un sueño parecido al coma fue su risilla traviesa y un susurro acompañado de un beso en el pelo.

– Si las cosas fuesen de otra manera, qué feliz te haría, Rei chan…

5

Me desperté con su brazo alrededor de mi cintura. Me acurruqué junto a él, pensando que era la mejor manera de despertarse posible. Miré su rostro apacible, le aparté el pelo de la cara, no movía un músculo. Taku era de los que tenían el sueño pesado, por lo visto. Me acordé de que no tenía nada para desayunar así que me levanté para acercarme al combini y comprar algo. Fui recogiendo los trozos de ropa rotos, su arma, su ropa, la manta que quedó olvidada en el suelo porque nos sobraba. Le sonreí a todo el que me encontraba por la calle, estaba de un humor excelente. Ojalá todas mis noches fuesen como esa. Un solo orgasmo como los del día anterior y sería feliz el resto de mi vida. Me entretuve camino a casa en una librería, quizás demasiado, porque las tripas comenzaron a sonarme. Al llegar le encontré sentado en el salón. Le sonreí pero no me devolvió la expresión. Estaba vestido y de brazos cruzados, serio, clavándome sus ojos oscuros en lo que me pareció un cabreo monumental.

– Eh, ¿estás bien? ¿Qué pasa?

– Dímelo tú, Tachibana san – Al principio sonreí al escucharle llamarme por mi apellido de manera tan formal. No entendía nada. Entonces, una vez mis neuronas hubieron despertado uní cabos de lo que realmente tenía delante. En su regazo tenía una carpetita. Una que conocía muy bien con sus datos y toda su carrera delictiva. Y sabía mi apellido real. Se me vino el mundo encima.

– Taku, deja qu—

Se abalanzó sobre mí. Me agarró del cuello con furia, golpeándome la cabeza contra la pared. Tiré de su pulgar y le doblé la muñeca como me enseñaron en la academia. Por más que supiese defenderme era más fuerte. Me iba zafando de sus intentos de agarrarme, enfadándole cada vez más. Entonces sacó el arma y me quedé petrificada. Me pincho el cuello, respiraba agitado muy cerca de mi cara. Sentí un hilillo de sangre caer hasta mi camiseta. Me apretaba el pecho con el brazo, pegándome a la pared.

– ¿Fuiste tú?

– ¿De qué hablas? Taku…

– ¡¡No te quieras quedar conmigo, no me mientas más, puta!! – Tras unos segundos, asentí.

– No puedo pedirte perdón porque no lo tengo y no vas a querer dármelo – La voz me temblaba, no por miedo, sino por perder lo que teníamos.

– A estas alturas y de ser otra estarías muerta.

– ¿Y por qué no lo estoy? – Al ver que apretaba los labios y que se le humedecían los ojos se humedecieron los míos.

– Dame un motivo para no rajarte ahora mismo – A él también le temblaba la voz. No tenía. No encontraba un motivo para ser perdonada. Entonces me aferré a eso tan prohibido, a eso que era impensable pero que había pasado.

– Porque me he enamorado de ti. Te quiero.

Me apartó la mirada tragando saliva, miró al suelo y apretó los dientes. Dio un golpetazo junto a mi cabeza, dio varias vueltas nerviosas y sin mirarme salió de mi casa hecho una fiera. La alegría de esa mañana era en esos instantes tan ajena a mí que me sorprendía incluso haberla sentido. Dejé el melón-pan en el salón y me metí en la cama, abatida, triste, aún con agujetas de la noche anterior. Ojalá esa mañana no hubiese salido. Ojalá me hubiese quedado a su lado. Ojalá siguiese viviendo mi mentira feliz. Tiempo indefinido después mi teléfono comenzó a sonar. Lo cogí con apatía, con los ojos hinchados y el miedo metido en el cuerpo por recibir una amenaza o algo así. Era Kieko.

– ¿Dónde coño estás? Tendrías que estar en el bar desde hace una hora.

– No voy a ir. No voy a volver a ir Kieko.

– ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo?

– No y no. Mañana iré a comisaría entregando mi dimisión. Yo… no he hecho las cosas bien. Llevabas razón. Creo.

– Voy a tu casa, no te muevas de ahí, ¿aviso a Yoshi?

– No, no hace falta. De verdad. Gracias, pero no digas nada. Deja que sea yo la que lo cuente – Igualmente, minutos después la tenía llamando a mi puerta.

No contó nada como le pedí, pero a cambio quiso saber todo lo que había pasado. Y me escuchó en silencio, sin dar opinión y por primera vez sin juzgar. Chasqueó la lengua, en realidad era la que mejor podía ponerse en mi lugar, al fin y al cabo le pasó lo mismo. Fuimos al salón donde comenzó a hacerme algo de comer cuando aporrearon la puerta. La chica se puso tensa al instante, mirándome con cautela y cogiendo su teléfono. Cogí mi pistola del armario y me la guardé en el bolsillo trasero del pantalón, abriendo después. El corazón se me encogió al ver a Taku de brazos cruzados, con las gafas de sol puestas, sin mirar en mi dirección.

– Solo vengo a asegurarte que nadie va a hacer nada. Nadie lo sabe ni va a saberlo. Pero ni se te ocurra poner un pie en el bar, le he dicho al jefe que te has ido a otra ciudad y si te ve…

– …Te busco un problema.

– Otro más, sí – Miró en mi dirección. Asentí cruzándome de brazos. Al intentar hablar no me salía la voz pero sí las lágrimas. Me dolían los ojos de llorar.

– Gracias – relajó los hombros, pareció desinflarse y negó con la cabeza. Di dos pasos atrás al verle acercarse a mí tan repentinamente pero todo lo que hizo fue abrazarme. Me aferré a él, me fallaron las piernas y tuvo que sostenerme – Lo siento, lo siento mucho. No tendría que haberme acercado a ti, tendría que haberte parado los pies pero…

– Rei, yo también – Entendí que esa frase no tenía relación con lo que le estaba diciendo sino con lo que le dije esa mañana – Pero es demasiado peligroso para ti y para mí. No podemos seguir así.

– Lo sé. Mírame, por favor – Le quité las gafas de sol, sus ojos se veían cansados y tristes. Aun así, su mirada seguía golpeándome con la misma intensidad – Me importa todo una mierda, no pienso olvidarte y no me arrepiento de nada. Lo haría mil veces más. Lo haría toda la vida.

– Quizás en otra – Me acarició la cara – O puede que volvamos a encontrarnos – Me puse de puntillas y le besé con ternura – Mantente a salvo, no hagas ninguna tontería.

– Ese consejo tendría que ir más para ti que para mí, tipo duro – Intenté sonreír, en su lugar salió un quejido.

Volvió a besarme. Puso su frente contra la mía. No se despidió, se puso las gafas de sol y salió de mi casa y de mi vida. Al volver a la cocina Kieko se sonaba la nariz con un pañuelo y me daba otro. Lloraba más que yo.

…………………………………………………………………………………………………………………………………

– Quédate conmigo – Volvió a repetir. Asentí. Por supuesto que me quedaba – Vamos, tenemos que hablar sobre una cosa que se me ha ocurrido – Caminamos en silencio hasta su coche pero cerca el uno del otro. Me pasó un brazo por los hombros.

– ¿Cómo estás? – Me observó tranquilo. Se paró a medio camino y me besó despacio. Su boca al fin. Un solo beso pero lento e intenso.

– Ahora bien. Escucha, ¿sigues con tu trabajo o te echaron por enamorarte de mí?

– Sigo – sonreí un poco, empujándole con el hombro – Una compañera me convenció de dar la excusa de no poder con la presión y ahora estoy bajo prueba.

– ¿Y tienes mucho interés en continuar con tu trabajo?

– No, estoy harta. Antes me encantaba pero ahora… – Asintió y esperó a estar subido en el coche, mirando primero a su alrededor.

– Voy a confesar todo lo que he hecho y voy a destapar todo lo que sé – Mi primera reacción fue reírme, negándome en redondo – Rei, escucha. Algunos soplones están bajo protección de testigos y te juro que no hay quien cojones los encuentre por más que los buscamos. Pienso hacer lo mismo y lo pienso hacer a tu lado.

– ¿Estás seguro de que no van a encerrarte si admites ser del clan?

– Sí, con todo lo que voy a largar me van a proteger como a un puto tesorito. Llevaba un tiempo pensándolo, el verte en el bar solo ha sido lo que necesitaba para lanzarme. En fin, vamos.

– ¿Ahora? ¡Ahora es muy tarde! Vamos a dejarlo para mañana.

– No. El jefe sospecha que le miento, creo que no se fía de mí desde el día que me llamó para ayudarte a mojar las bragas.

– Las mojé solo al verte entrar por la puerta – Se rio. Había echado tanto de menos su risa golfa y desenfadada…

– Eso por supuesto, cielo – Se inclinó y me besó de esa manera sucia y provocativa de siempre el tiempo que duró el semáforo.

Entré con él en la comisaría, dándole la mano, desafiando todo y a todos los que tuviese que desafiar. Cuando explicó el motivo de su presencia allí, el chico de recepción se quedó boquiabierto. Le sugerí llamar a mis superiores y asintió con energía. Acudieron tan rápido que no me extrañaría que estuviesen esperando la llamada. Taku habló y yo permanecí a su lado. Habló durante horas sobre quién hacía qué en el clan, sobre todo lo que sabía, sobre planes y rivalidades. Incluso habló sobre lo que sabía de otras familias. Me sorprendió al hablar sobre mí, sobre que sus jefes sospechaban que yo era un topo, excusándome de cualquier culpa. Al acabar salieron de la habitación y me llamaron para hablar con ellos, pero me negué. Me quedé de la mano de ese hombre, tranquilizándole, diciéndole que lo había hecho muy bien y que iba a ir todo de perlas. Le vi tan nervioso que me giré en la silla, abrazándole por los hombros y sintiéndole suspirar en mi cuello. Hideaki, el jefe de la operación se sentó frente a nosotros justo en ese momento.

– Entendemos que quiere ser sometido al programa de protección de testigos y entendemos que ese acuerdo incluye a Tachibana san – asintió – Y entendemos que mantienen… una relación sentimental – Me miró, asentí – De ser así, me temo que no podrá seguir ejerciendo.

– No es un problema, al contrario, me alivia saber que no voy a tener que volver a pasar por algo como lo que viví con mi último trabajo – Hideaki bajó la mirada, asintiendo.

– Mientras tanto, debe quedarse aquí. Estará más a salvo en una de las celdas que en cualquier otro lugar – A pesar de verle asentir tuve que apretar los puños.

– ¿No sería posible que se quedase en mi ca—

– No te voy a poner en peligro – descartó él, mirándome completamente serio.

– Efectivamente, sería un peligro para usted. Será solo momentáneo, le garantizamos que en dos días a lo sumo tendremos su destino preparado.

– No va a quedarse como un preso más – desafié a mi antiguo jefe.

– Por supuesto que no. Ha prestado un servicio muy grande esta noche como para que eso ocurra. No se preocupen, tendrá lo que necesite.

Tras eso le hicieron escribir un informe firmado sobre sus confesiones. A mí me abrieron un expediente y además me pidieron la placa y el arma reglamentaria. En unos días pasaría a cobrar la pensión por desempleo. No me preocupaba. Me preocupaba más dejarle ahí solo dos días aunque, y cito sus palabras, había pasado por movidas mucho más chungas. Le despedí con un abrazo largo, eterno, entre caricias y promesas de vernos pronto. Nos besamos delante de todos y noté sus movimientos inquietos, ignorando sus carraspeos. Una vez en casa dediqué mi tiempo a guardar en dos maletas mis pertenencias, no eran muchas y tampoco me importaba dejar ciertos recuerdos atrás.

Cuando al fin me llamaron para llevarme con él a lo que sería nuestro nuevo hogar, estaba nerviosa. Me presenté en comisaría con las maletas y cuál fue mi sorpresa cuando nos llevaron en transportes separados. Ambos, por lo que me contaron, con cristales tintados. Ni siquiera nosotros podíamos saber cuál iba a ser nuestro destino exacto. No me quejé en voz alta pero mi actitud dejó bastante claro lo disgustada que me encontraba. Horas de viaje después, me indicaron que habíamos llegado. Me bajé del coche buscándole con la mirada y vi que le metían prisa para meterle en nuestro nuevo hogar, que era básicamente una casa de campo. Sospechaba que estábamos en mi pueblo natal, todo era demasiado familiar como para no serlo. Un chico le acompañaba, hablándole sin parar mientras él me buscaba con la mirada. Al acercarme escuché que le estaba dando instrucciones de cómo comprar o pedir lo que necesitábamos a partir de ese momento, pero no le prestaba atención. Tan pronto tiré de la manga de su chaqueta se giró para mirarme, sonreírme y darme un beso que me dobló la espalda hacia atrás, abrazándome por la cintura. La voz del chico se fue apagando conforme se daba cuenta de la situación, le puse las manos en la cara a mi criminal favorito y me disculpé ante el chico. Después me alejé de Taku arrugando la nariz, olía muchísimo a sudor.

– Lo primero que vas a hacer es darte una ducha.

– ¿No te gusta mi olor? Es masculino – Se puso bien el cuello de la camisa, guiñándome el ojo y haciéndome reír tontamente como lo hacía los primeros días en el bar – Sigue explicándoselo a ella, aunque nos cuesta un poco seguir instrucciones, ¿verdad, cariño? – Me azotó el culo con fuerza.

– ¡Taaaaku san! – Se mordió el labio antes de meterse en el baño.

Yo sí presté atención a lo que me decía, era algo importante de saber. Pero la verdad era que mi mente estaba más en el sonido del agua contra su piel que en la persona que tenía delante. Su piel desnuda. Taku desnudo. Taku desnudo a una puerta de distancia. Taku desnudo y cantando con esa voz tan preciosa a una puta puerta de distancia. Me disculpé con toda la amabilidad que pude, le pedí que me lo dejase por escrito y entré en el baño.

– Has tardado – Tan pronto me vio me quitó el traje por la cabeza. Yo me desabroché el sujetador y él me bajó las bragas.

– Lo siento, no se callaba.

Quise secar su piel mojada con la lengua. Lo quise y lo intenté. Besé su pecho, sus hombros, su cara, sus labios. Besé sobre su ombligo, junto a él y bajo él. Besé sus oblicuos, besé sus ingles. Besé sus testículos y besé esa erección que creció conforme lo hacía la cercanía de mi boca. No me dejó comérsela. En su lugar me cogió en brazos y me aplastó contra la pared de la ducha. Me dio todos los besos perdidos en ese tiempo que estuvimos alejados, me hizo el amor despacio, de una manera totalmente opuesta a la de nuestro último encuentro. Jadeaba contra mi piel, me acariciaba lentamente, me enamoraba con cada mirada. Susurraba mi nombre mientras yo gemía el suyo. Resopló antes de hacerme llegar al orgasmo, gimió conmigo durante y se corrió él después. Al sacármela, manchándome el pecho con el primer chorreón de esperma se la agarré volviendo a metérmela. Un tembloroso y nada convincente “nnnno” salió de entre sus dientes apretados, pero quería que se corriese con tanta intensidad como yo.  Me besó con pasión, me mordió la boca, se rio cada vez con más ganas conforme iba vaciándose dentro de mí. Me enjuagó, me besó y me dejó salir de la ducha.

– Eh – Asomó la cabeza por fuera de la puerta cuando la cerré – Camarera, hazme un sándwich.

– Cállate ya y vete a jugar a pachinko, apestoso – Le metí la cabeza en el baño empujándole por la frente. Sonreí al escuchar su carcajada. Esperaba que diese muchas y muy fuertes y esperaba yo darlas también.

 

 

Epílogo

Escuché que un coche pitaba en la entrada de la casa. Extrañada y secándome el sudor, fui a ver quién era. Nadie sabía de esta localización y no creía que ninguno de mis antiguos jefes quisiese hacerme una visita. Maldije el calor de ese verano despegándome la camiseta de la espalda. Al salir a la entrada vi a mi madre saludándome. Llevaba meses, casi un año sin verla. Aunque la echaba de menos ella casi nunca tenía tiempo para más que una conversación esporádica por teléfono. Me abrazó, observándome bien.

– Mi niña, ¿qué ha pasado? ¿Por qué tienes que esconderte como una criminal? En cuanto me han dejado he venido a verte.

– No me escondo por serlo, me escondo de ellos, mamá – dejé que se apoyase en mi brazo, estaba más encogida de como la recordaba – ¿Cómo estás?

– Bien, ya sabes, me hago vieja, es lo que toca.

– Entra anda, voy a darte algo fresquito de beber – vi que entrecerraba los ojos mirando al jardín trasero.

– ¿Tienes jardinero? – Me reí ante su poca fé de que yo viviese con un hombre.

– No mamá, es mi novio – No escondió el asombro, tampoco la alegría. Miré hacia esa espalda desnuda sudorosa y grité.

– ¡Taku, entra, ven a conocer a mi madre! – Soltó la azada de inmediato y se acercó con una sonrisa. Antes de entrar bebió de una botella de agua que tenía en el porche trasero. Entonces mi madre empezó a verle bien y al hacerlo me miró horrorizada. Comprendí que esa mezcla de melena despeinada y mal recogida, barba de tres días y tatuajes tradicionales provocase esa reacción en ella. Era lo contrario a lo que siempre había querido para mí, lo opuesto a mis ex novios.

– Kozu Takuya, encantado – Se inclinó ante ella como lo haría con un jefe. Me dio la risa floja. Le acerqué una toalla para que se secase el sudor.

Al ver la impresión de mi madre se disculpó y se marchó a seguir plantando lo que fuese que estaba plantando. Tras dejar la vida criminal le dio por la jardinería. Una vez se hubo marchado, mi madre me susurró que no se fiaba de él. Le comenté que no tenía motivos y que me hacía feliz estar con ese hombre, que le diese una oportunidad. Me señaló la presencia de tatuajes, así que le conté su historia. No supe si hacía más mal que bien que lo supiese, no sabía si alguna vez iría a aceptarle. A veces ni siquiera sabía qué hacía tan lejos de todo, me despertaba en ocasiones preguntándome si me había vuelto loca por irme con alguien así al culo del mundo. Miré al exterior, le vi enjuagarse las manos con la manguera. Se acercó a nosotras y me dio una flor y un beso en la mejilla, una costumbre que adquirió casi al mismo tiempo que empezó a plantar de todo en el jardín. Mi madre me sonrió al verme sonreír, quizás eso era todo lo que necesitaba. Que me sacasen las sonrisas, sentirme querida. Luego le vi fumarse un cigarro de cuclillas en la entrada, con los brazos apoyados en las piernas abiertas. Una postura de criminal chungo en toda regla. Mi madre volvió a fruncir el ceño e iba a quejarse, pero Taku comenzó a cantar. Se quedó embelesada. Me quedé embelesada. No, no eran sonrisas lo que necesitaba. O al menos no sonrisas cálidas. Era sentirme viva, sentirme excitada por las cosas más simples y aunque ese hombre no me daría lo que se suponía debía darte una pareja, el sexo salvaje tenía claro que no me faltaba. Además, las cosas que eran “como tenían que ser” no funcionaban para ninguno de los dos. Me dedicó una sonrisa de medio lado. Alcé una ceja, señalándome una muñeca por debajo de la mesa mientras escuchaba a mi madre hablarme de fondo. Se puso en pie y descolgó de la parte exterior de la puerta una cuerda, carraspeando y pasando por mi lado en dirección a mi habitación. Me disculpé con mi madre y la mandé al pueblo, a por arroz. Tenía una despensa llena pero Taku se estaba quitando los pantalones en la habitación y a mí me empezaban a sobrar las bragas. La nuestra era una historia de amor. Amor atípico, sí.

Pero sobre todo, lo nuestro era una historia sobre sexo.

Irezumi Princess

El personaje principal de esta historia es una chica con muy mal carácter, muy difícil de tratar, una tipa dura y un poco insoportable. Es hija de una persona importante en su entorno y lo que ve en casa, ha amoldado su personalidad.

Esta es ella.

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Es muy malota y muy guaposa ♥

El protagonista es todo lo contrario. Es dulce, es comprensivo y siempre trata a todos con respeto. Es el hijo modelo, el amigo ideal, el novio perfecto. Es hijo de dos empleados de un restaurante y su personalidad también está amoldada por lo que ve en casa.

Este es él.

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Estoy entre la ternura y el calentón que no me decido

La pregunta es ¿Cómo terminan estos dos relacionados si son la noche y el día? Pues leed y lo sabréis. Por cierto, para algunas de mis lectoras, el entorno de la protagonista principal va a ser una grata sorpresa.

Enjoy ^^

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1

El viento frío le revolvía la melena, le dolían las mejillas y los dedos, pero se sentía tan libre que se creía capaz de cualquier cosa. Aceleró un poco más cuando empezaba a escuchar las demás motos cada vez más lejanas; la suya era muchísimo mejor que las de sus amigas. Justo cuando se decidió a ir a una velocidad normal – no porque quisiese sino porque por esa zona ponían controles policiales – vio que un coche negro se ponía casi a su altura. Chasqueó la lengua y se adentró en un callejón por el que no le pudo seguir, ‘Siempre igual con esos cochazos enormes e inútiles’, pensó mientras frenaba.

– ¿Otra vez te han visto? – Una de sus amigas paró la moto a su lado.

– Sí, tendré que mentalizarme antes de meterme en casa.

– ¡Mándalos a tomar por culo! Mori-kun está deseando que te dejes meterte mano y tiene casa. Vete con él, no seas tonta.

– ¿Tú quieres que le maten o algo? Piensa antes de abrir la boca – Se quitó la chaqueta y se la dio a una de sus compañeras – Más vale que hoy no aparezca con esto puesto por casa.

– ¿Nos vemos mañana en clase? Hace tiempo que no nos pasamos, no sé, por hacer algo diferente.

– Ya veremos, no sé qué va a pasar cuando llegue. Dudo que mañana esté de humor para aguantar a esos niñatos.

                Arrancó la moto y fue hasta su casa a una velocidad más o menos normal. Y no fue hasta que se bajó de esta que no empezó a ponerse nerviosa. Adoraba a su padre, le quería más que a nada en el mundo, pero le temía tanto como le apreciaba. Su carácter era muy fuerte y probablemente ya le habrían dicho que la habían visto de nuevo con las chicas. Y encima con la chaqueta de la banda… Cruzó los dedos pensando en que ojala no estuviese esa noche en la casa aunque sabía que sería en vano. Nada más abrir la puerta se encontró con su primo de frente, saliendo del salón, mirándola y haciéndole gestos con las manos para que se fuese preparando. Estaba allí, le escuchaba hablar con su tío. Suspiró e intentó ir directamente hasta su habitación pero no le dio tiempo.

– Aiko – No le gritó, solo dijo su nombre. Pero el tono en el que lo hizo… en la calle era muy valiente, una chica dura. Nadie se atrevía a soplarle más por su apellido que por su carácter, que también era fuerte. Pero en su casa era otra historia. Se asomó al salón y vio a su padre mirándola enfadado y a su tío cruzado de brazos con la misma expresión – Sin casco y a toda velocidad por la ciudad, ¿quieres buscarme un problema o quieres matarte? – Su mirada fría era lo que más le asustaba, por eso intentó evitarla.

– Solo quiero hacer lo que me gusta.

– No con esa compañía – Le dedicó una mirada asesina a su tío, odiaba que insultasen a sus amigas, eran las únicas que la entendían. Las únicas que no se morían de miedo cuando la veían venir.

– No empecéis con lo mismo, ellas… – Su padre dio un golpe en la mesa.

– Me niego a que me hija sea una bosozoku, una motera sin control alguno ni respeto.

– No sé qué tiene de diferente con ser yakuza – Se le escapó el pensamiento en voz alta, haciendo que su padre resoplase ofendido y a su tío reír despectivamente.

– Cuando tengas un momento, me gustaría hablar contigo con tranquilidad, no tienes ni idea… no sabes lo que estás diciendo – Su tío suspiró al pasar por su lado, dándole con la mano en el hombro.

– Voy a hacer como el que no ha escuchado lo que acabas de decir. Y tú vas a empezar a comportarte como debes – Su padre la miraba directamente a los ojos, intimidando como solo él sabía – Mañana vas a ir a clase, y pasado, y el otro también. Hasta ahora te he dejado libertad porque tu madre y tu tía dicen que tú sola te enmendarás, pero ya he perdido la paciencia. Y he tenido mucha. No te quiero volver a ver con esa panda de drogadictas.

– ¡No se drogan! – Había aguantado todo su discurso, pero cuando le tocaba la moral no podía evitar saltar, por mucho miedo que tuviese – ¡Ellas son las únicas personas que me entienden!

– Sí, y van follándose a todo el que se le pone por delante con solo dieciséis años por dinero. No te convienen, son unas putas de mala muerte que se acuestan con viejos, ¡y no voy a consentir que tú hagas lo mismo!

– ¡¿Ahora es un problema si me acuesto con alguien mayor que yo?! ¿Aunque sea un tipo responsable, con trabajo y decente? ¡¡Te recuerdo que a mi edad, mi madre se dedicaba a follarte y tú no eres un ejemplo a seguir precisamente!! ¿¡En qué la convierte a ella entonces?! – Su padre le dio un bofetón, pero ella volvió la cara y le miró con rabia. Sintió una lágrima caerle por la mejilla golpeada.

– No vuelvas a insultar a tu madre. Nunca.

– No, si tengo claro que yo soy a la única que se le puede insultar – apretó los puños e intentó retener las lágrimas – Da igual de quién venga: de mis tíos, de Ken, incluso de Keiji que es de lo peorcito. Todos me podéis insultar porque me lo merezco, ¿no?

– Deja de actuar como una sinvergüenza y dejarán de tratarte como tal. Hay una cosa que se llama honor, y aunque tú lo hayas perdido no nos arrastres a los demás.

– ¿A eso se reduce todo? ¿Al honor del clan? Pues por mi parte le pueden ir dando por culo – Le dio otro bofetón, peor que el anterior y en la mejilla contraria, pero ella volvió a mirarle con rabia, esta vez llorando sin poder evitarlo.

– ¡Hiroshi! – Su madre apareció en la puerta del salón, acercándose a ella y poniéndose entre los dos.

– ¡Eso es todo lo que haces, pegarme y gritarme! ¡Me das órdenes sin parar, nunca me dices nada bueno! – Le gritó a su padre a pesar de que su madre intentaba tranquilizarla.

– ¡¡Porque nunca haces nada bueno!!

– Hiroshi, ya vale. No hables con la niña cuando estás en ese estado que luego te arrepientes de lo que sueltas por la boca. Vete y déjame con ella – Él la miró, resopló y pasó por su lado sin prestarle más atención. Su madre le pasó la mano suavemente por las mejillas irritadas, pero apartó la cara bruscamente. Se sentó con ella en el sofá – ¿Otra vez las motos?

– No quiero hablar del tema.

– Aiko, no voy a decirte lo que tienes que hacer. Eso lo sabes de sobra. Solo te pido que por favor tengas cuidado. No quiero perderte y en el mundo en el que te estás metiendo puedo perderte de muchas maneras diferentes.

– Ese es el problema, os creéis que me estoy metiendo en algo muy chungo cuando lo único que hago es darme una cuantas vueltas con la moto y nada más.

– ¿Y tus amigas? ¿Hacen ellas lo mismo?

– Claro… – No lo dijo con mucha convicción y su madre lo notó. Sospechaba que alguna de ellas estaba empezando a frecuentar sitios no muy agradables en los que se movía un material que no le gustaba en absoluto. Pero ella no era nadie para decirles lo que debían hacer. Y no lo hacían todos los días.

– ¿Podrías al menos intentar ir a clase? Intenta aprender algo. Hazte un futuro.

– Ya tengo un futuro, estamos forrados.

– No sabes si algún día el clan va a desaparecer por un motivo u otro. Ya te expliqué cómo iba esto, nada es seguro – Su madre le apretó las manos con ternura – Por favor cariño, hazlo por mí.

– Pero es que en clase todo el mundo me mira mal. Saben que soy la hija de un yakuza y que estoy rodeada de ellos las veinticuatro horas del día. Me insultan, me tienen miedo. ¡Incluso los profesores me tienen miedo!

– ¿Quieres que te cambie de instituto? No hay problema, puedes entrar en el mismo que están Ken y Makoto, ¿te acuerdas de él? Tiene tu edad – Su nombre le era familiar, pero no terminaba de acordarse de su cara ni de qué relación tenían – El hijo de Hana-san. Jugabais juntos de pequeños, estoy segura de que él te protegerá – Ya sabía quién era. Si su primo Ken era un chico excelente, Makoto era el hijo perfecto. Sacaba notas altas, era educado, era bueno y no daba problemas. Un aburrimiento.

– No necesito la protección de nadie.

– Lo único que quiero es lo mejor para ti, ya lo sabes – Le cogió la mano. No entendía cómo alguien tan sensible y empática como su madre estaba con un bruto como era su padre – Sé que quieres a tus amigas, y ellas seguro que te valoran mucho. Pero haz una cosa antes de acostarte hoy. Piensa a fondo si de verdad son tan amigas como crees.

– Claro que lo son – Su madre le sonrió levantando levemente una ceja.

– Piensa en qué harían ellas si tuvieras un problema, no uno de adolescente como por ejemplo que tu padre te ha pillado en la moto, uno de verdad. Y habla con Hiroshi, pídele perdón.

– Él también tiene que pedirme perdón – Respondió con cabezonería.

– Aunque no lo parezca, también quiere lo mejor para ti. Te quiere mucho.

– Y yo le quiero a él – Lloraba de nuevo sin poder evitarlo – Pero luego me dice esas cosas y me grita y…

– Sé cómo te sientes – Su madre la abrazó, riéndose – Sabes que le pierden las formas, igual que sabes en el fondo que lo que te digo es verdad. Eres su debilidad, lo que más quiere.

– Después de ti – suspiraba secándose las lágrimas mientras su madre le acariciaba el pelo, poniéndoselo tras las orejas.

– No estaría yo tan segura.

– No entiendo cómo has podido sacar el carácter de tu padre y la lágrima fácil de tu madre – Su tía Manami entró en el salón y agachándose junto a ella le cogió la otra mano. A pesar de tener cuarenta y tantos años era preciosa – Daisuke me ha dicho que estabas sacándole las uñas a tu padre y te encuentro llorando. Hazle caso a mamá, cámbiate de instituto y cambia de vida. No pierdas el contacto con tus amigas si no quieres, pero cambia de ambiente. Verás que te sienta bien.

– Mañana no vayas a clase, deja que me ocupe de darte de baja allí y buscar la manera de que te hagan un hueco en el otro instituto – Aiko asintió – ¿Has cenado? Si no come algo y cuando te acuestes piensa en lo que te he dicho.

                No había cenado pero igualmente se fue directa a su habitación porque tenía un melonpan allí guardado. Se puso el pijama suspirando, comiendo en la cama, molesta porque sentía los ojos cansados de llorar y le molestaban las mejillas. Odiaba pelearse con su padre porque siempre le decía las cosas demasiado claras, y dolía. Si tuviese la mitad del tacto de su madre no habría problema, pero siempre estaba imponiendo y exigiendo, como si ella fuera un miembro del clan.  Cuando se sentó en la cama escuchó que llamaban a la puerta.

– ¿Se puede? – Se asomó su tío Daisuke.

– Supongo que sí… – Se sentó a su lado y suspiró.

– ¿Te ha contado tu tía alguna vez por qué me dicen Waru?

– No, pero supongo que es por lo tipo duro que eres o algo así.

– No exactamente. Cuando tenía tu edad me gané esa reputación. Al principio solo eran las motos y unas chaquetas, era ser un poco rebelde. Pero de repente me vi envuelto en unos líos que no me gustaron nada.

– Sí, hasta el punto de ser yakuza.

– Tu padre me salvó de una vida que habría sido muy dura o muy corta. Aiko, te lo digo yo. Parece que no pero te terminan arrastrando y sé que crees que son las mejores personas que te vas a encontrar, pero no es así.

– Ya le he dicho a mi madre que voy a ir a un instituto nuevo. Dejad de darme sermones.

– ¡No son sermones, bakayaro! – Le gritó ofendido, haciendo que a ella se le escapara una sonrisita – Es la historia de mi vida, ¿no te interesa?

– Vete ya a la cama – Aiko le dio un empujón para que se levantase – Tengo sueño.

– Vale, pero habla con tu padre.

– ¡Que sí! – Su tío le sonrió, le dio las buenas noches y le apagó la luz antes de salir.

Se paró a pensar en sus amigas, como le dijo su madre. Las conoció en el instituto y al principio apenas se hablaban, pero fue en el momento en el que descubrieron quien era realmente que empezaron a acercarse. Estaban fascinadas, siempre querían saber cosas de ella y cuanto más la integraban en su grupo más se alejaba de las personas ‘normales’. Por un motivo u otro, las cuatro chicas de su grupo – ella incluida – eran marginadas por el resto de la clase. Y como no paraban de dedicarles insultos tuvieron que defenderse. Aiko fue la primera en mostrar su lado agresivo, solo tuvo que imitar lo que veía en casa y las demás no tardaron en seguir su ejemplo. Su tío le compró la moto al cumplir 16 y sus amigas la imitaron de nuevo, formando la banda que tenían ahora. Ni siquiera los chicos se atrevían con ellas, y se sentía orgullosa de lo que tenía.

              Pero también era verdad que últimamente dos de las chicas se ausentaban en sus quedadas y cuando aparecían se mostraban siempre cansadas y con caras de estar colocadas de vaya usted a saber qué. Y lo que le dijo su padre… sí que se acostaban con hombres por dinero, pero no Akiko, a ella no le hacía falta. Sí, había tenido relaciones sexuales, pero fue con un chico cualquiera que supuestamente le iba a querer para siempre aunque se olvidó de ella nada más sacársela. Suspiró y se dio la vuelta en la cama, mirando cómo se mecía el árbol de Sakura (en ese momento sin flores) que veía desde su ventana e intentando alejar malos pensamientos. No quería, pero no le quedaba más remedio que hacer cambios en su vida. Como casi todas las mañanas se despertó dando un respingo porque su madre le abrió la puerta del cuarto de malas maneras. Sabía que no lo hacía con mala intención, pero no podía evitar ser escandalosa.

– Mamá, es tempranísimo… – protestó al escucharla hacer un ruido horrible con una bolsa de plástico

– Son casi las doce de la mañana. Creo que está bien para levantase – Se inclinó sobre ella y le dio un apretoncito cariñoso en el brazo – Vente anda, te preparo el desayuno.

– Voooooy… – Se sentó en el filo de la cama mirando a su madre sacar de un plástico un uniforme nuevo y ponerlo en la percha – Eso puedo hacerlo yo.

– Lo sé, pero yo lo hago mejor.

Le sonrió y salió de la habitación. Aiko se estiró, fue al baño y después a la cocina, cruzándose con su primo Ken que iba con unos apuntes en la mano. Le daba rabia que siempre estuviese estudiando, era un exagerado, aunque probablemente era el único amigo masculino que tenía. Bostezando fue a entrar en la cocina justo cuando su padre iba a entrar también. Se quedó mirándola y, al ver que ella hacía lo mismo, sonrió levantando las cejas.

– ¿Me dejas pasar o qué? – Le dijo a su padre, que le puso una mano en la cabeza y le besó el pelo.

– Buenos días – Le vio entrar en la cocina y dirigirse a su madre. Como sabía lo que iba a pasar apartó la mirada sentándose en la mesa de la cocina – Me voy, esta noche estoy de vuelta.

– Ve con cuidado – Incómoda, Aiko pasaba el dedo por los dibujos del mantel mientras escuchaba como sus padres se besuqueaban. No tenían respeto alguno por quien pudiera verles. Lo peor era cuando se comportaban tal cual en la calle.

– Oe – miró hacia adelante y vio a su padre en la puerta – Cuidadito con lo que haces.

                Aiko puso los ojos en blanco, haciendo reír a su madre. Tenía suerte, sabía que para vivir en un entorno yakuza no le tocaba ver demasiada violencia excepto los días que su padre llegaba cabreado o muy borracho. En esos momentos se volvía el yakuza que era y no tenía cuidado ni en lo que decía ni a quién se lo decía. Por suerte no era excesivamente violento con su familia, pero con el resto de sus subordinados era otra historia.

– Hoy vamos a ir a tu instituto nuevo – Aiko miró a su madre con cara de terror – No vas a ir a clase aún, pero quiero que te hagas con el camino y con el lugar porque mañana empiezas.

– ¿Se puede saber cómo has conseguido que me cambien con esa rapidez?

– Tu madre tiene sus trucos – ‘Sí, apellidarte Tukusama’ pensó Aiko. Con su apellido conseguía casi lo que le daba la gana. Sobre todo espantar a personas normales. Y mira que tenía cara de muñequita pero cuando se ponía seria…

– ¿Tengo que ir obligada?

– Sí. Al menos si quieres tu moto de vuelta.

– ¿¡Cómo?! – Aiko pensó que había malinterpretado sus palabras, pero se lo confirmó.

– Tu padre se ha llevado tu moto y no piensa devolvértela hasta que no vea cambios – Al ver que su hija le iba a replicar la paró con un gesto de la mano – Conmigo no lo pagues, no tengo la culpa.

                Y llevaba razón, pero eso no hacía que tuviese menos ganas de gritarle y de tirar la mesa por los aires. Se comió el desayuno sintiendo como la rabia la volvía loca e intentando no ser muy brusca con su madre. Tras vestirse, esperó completamente enfurruñada y desganada.

– ¿Y esa cara? – Su primo Ken la miraba sonriente plantado en la puerta de su habitación

– Tengo que ir a un instituto nuevo y no tengo ganas, ¿qué haces aquí?

– Me he quedado estudiando, pero oye, ¿y eso de cambiarte? ¿Es tu castigo por lo de las motos?

– No, imbécil. Me han quitado la moto directamente – Ken se encogió de hombros.

– Mejor para ti – Aiko creía que se lo cargaba allí mismo – Oye, este fin de semana es mi cumpleaños y le he dicho a mi madre de celebrarlo aquí. Me ha dicho que sí, así que espero que por lo menos socialices un poco.

– ¿Te estás quedando conmigo? ¿Qué hago yo hablando con los súper inteligentes y guays de tus amigos? Seguro que es un aburrimiento de fiesta.

– También viene Makoto, a ese sí le conoces.

– Hace años que no le veo, como si no le conociese…

– ¡Aiko, vámonos! – Su madre la llamaba desde la puerta de la calle.

                Hizo un puchero y su primo la abrazó por los hombros, intentando que se alegrase. Aunque le criticase tanto, era un chico increíble. Era buena persona y de los primeros de su clase. Y lo que a ella le parecía más raro es que no iba escondiendo su apellido, estaba orgulloso de permanecer a la familia que pertenecía. Cuando se montaba en el coche vio venir a su tío Keiji con la chaqueta en la mano y una camisa de botones medio abierta con un estampado floral un tanto difícil de mirar. Alzó la vista de su teléfono móvil para sonreírles. Se comió a su madre con los ojos como siempre hacía, algo que a Aiko no le gustaba nada pero tampoco podía evitar. Era un personaje curioso su tío…

                Apenas tardaron en llegar al instituto. Era más grande que el anterior pero menos cuidado. Obviamente era público y en cierta manera se alegró de no tener que aguantar a niñatas pijas. Quizás le iba algo mejor por allí. Fueron a hablar con el director, su madre se aseguró de que ella fuese a tener un buen trato por todos los profesores. Como ella decía ‘no son advertencias, son solo consejos’. El problema era que o seguían los consejos o su padre se presentaba allí metiéndole miedo hasta a las plantas. Cuando se iban, los estudiantes salieron a desayunar y la miraban con curiosidad. Justo al salir su madre se paró en seco.

– ¡¿Kotaro?! – Un hombre de rostro agradable, alto y fuerte la miró. Se le dibujó una sonrisa enorme.

– ¡Ayame-chan! ¡Qué de tiempo! – Ante la sorpresa de Aiko, se dieron un abrazo – Siento muchísimo haber perdido el contacto. No tengo perdón…

– No te preocupes, aquí cada uno tenemos nuestras vidas y te conviene estar alejado de la mía, ya lo sabes, ¿qué haces aquí?

– Soy profesor de educación física, ¿y a ti qué te trae por un instituto? Sería en el último sitio en el que te esperaría ver.

– Ella – dijo poniéndole a Aiko una mano en la espalda.

– Si no lo veo no lo creo, ¡la última vez que te vi eras una enana y ahora eres una mujer!

– Lo siento, pero no me acuerdo de ti – Le dijo ella mirando a su madre y esperando una respuesta.

– Tiene tu cara Ayame – Le incomodó que analizara su rostro de esa manera. Tenía una narizota muy rara – Pero los ojos de Hyo.

– También su carácter – Aiko suspiró un poco desesperada.

Odiaba que hablasen de ella como si no estuviera presente. Se llevaron charlando lo que a Aiko le parecieron horas, así que mientras se dedicó a mirar por la ventana a los estudiantes jugar al fútbol y hacer cosas de niñatos. En una esquina vio a un chico leyendo solo, pero un grupo de niñas le miraban desde una distancia prudente. Nunca iba a entender a la gente de su edad.

– Oye, el sábado es el cumpleaños de Ken, el chico de Manami. Vente con tu mujer.

– ¿A tu casa? Bueno, hace mucho que no vamos. No sé si a ella le va a hacer gracia la idea pero intentaré convencerla. Pues nada, Aiko, nos veremos pronto por aquí – Ella le sonrió, deseando irse a su casa. Una vez en el coche le tuvo que preguntar.

– ¿Quién era ese? Te trata con demasiado afecto.

– Es Kotaro, un amigo de cuando iba al instituto. Se tragó prácticamente todas las lágrimas que tu padre me hizo llorar al principio de conocerle.

– Pues tiene el cielo ganado…

Aiko sabía la historia de sus padres, se la habían contado desde varias versiones diferentes: Su padre decía que su madre era una llorona exagerada y demasiado sentimental; Su madre decía que su padre era un bruto sin empatía alguna, (cosa que en cierta manera seguía siendo por lo que su versión era la más fiable; y sus tíos decían que no paraban de follar, que era todo sexo y que por eso ella nació tan guapa. La verdad es que lo de sus tíos sí que era todo sexo. Les había pillado más de una vez y les había escuchado tantas veces que había perdido la cuenta. Y muchas veces no estaban ellos dos solos. La conclusión que ella sacaba es que jamás se iba a enamorar de un yakuza.

– Sigo sin entender cómo aguantaste todo eso, no tenías por qué.

– Me aportaba más bien que mal aunque no lo pareciese. Cuando te enamores, si lo haces, lo entenderás.

– Es que no sé qué le viste – Su madre alzó una ceja con una sonrisa juguetona.

– Si hubieses conocido a tu padre con veintisiete años me darías la razón.

– No podía ser tan guapo – su madre se rio.

– No es solo eso. Me enganché a su físico y al conseguir derrumbarle esa fachada de tipo duro que tiene me terminé de enamorar. Era un hombre que, teniendo diecisiete años y siendo tan pava como yo era, te conquistaba quisieras o no. Esa actitud tan segura y esa manera de mirar… sus ojos negros y su poca vergüenza te dejaban sin argumentos – Su madre divagó unos segundos, mordiéndose el labio – En realidad sigue siendo igual. Me sigo sintiendo igual.

– ¿Y no te preocupa que se líe con otras por ahí?

– No le hace falta. Lo que necesita lo tiene en casa.

– Que segura estás – Su madre asintió dándole golpecitos en la pierna.

– El día que tu padre me niegue algo sexual empezaré a sospechar.

– ¡No necesito esa información, mamá!

                Su madre se rio, pero a ella no le hacía ninguna gracia. Los padres de las chicas de su edad no hacían lo que hacían los suyos y menos de manera tan pública. No tenían tapujos.  Cuando llegaron Manami había hecho de comer. Daba gracias de que el día siguiente fuera viernes porque no quería ir a clase. No se trataba de que fuese algo totalmente nuevo, que lo era, sino que temía volver a sentirse rechazada por todos. Al menos en su antiguo instituto contaba con sus amigas. Esa noche, cuando estaba en la cama, llamó una de ellas y Aiko lo cogió de inmediato.

– ¡¿Se puede saber dónde estás?!

– En mi casa – escuchaba el jaleo de fondo – ¿Dónde estáis? ¿De fiesta?

– ¡Sí! – En ese momento se sintió fatal, excluida. No entendía por qué no la habían llamado y se preguntó cuántas fiestas se había perdido. Entonces cayó en la cuenta; siempre era ella la que llamaba para salir, nunca al revés – Ha habido una pelea, Rin y Saki están arrestadas – Aiko se sentó en la cama susurrando un “qué” sorprendido – Vinieron unas zorras de otra banda y… Aiko necesitamos que pagues la fianza, sus padres no pueden enterarse de—

– No puedo hacer eso – apretó las sábanas de pura rabia – ¿Me llamas solo porque necesitas dinero? ¿¡Para que os solucione un puto problema que ni me va ni me viene?! – En ese momento escuchó la puerta de la calle – ¡Te vas a quedar esperando!

– Pero Aiko—

– Habéis salido sin mí, ¡no os habéis molestado en avisarme de que hoy había fiesta!

– Pensamos que tu papaito te habría castigado. Además, estamos con gente de otro rollo, sería demasiado para ti.

– ¡¡Vete a la puta mierda, desgraciada!! – colgó el teléfono y lo dejó en la mesa de noche con rabia. Respiraba agitada cuando vio a su padre asomarse por la puerta del cuarto.

– ¿Qué coño pasa? – Aiko le miró sintiendo cómo la furia se desvanecía suplantada por preocupación. Su padre tenía la camisa blanca de botones arremangada, lo que dejaba al aire heridas y cortes largos y profundos en los brazos que destrozaron, una vez más, sus tatuajes. Una de sus cejas también tenía una herida muy fea y su labio inferior tenía un golpe. Y lo peor, su camisa estaba teñida de multitud de manchas rojizas. Un rojo oscuro que ya había visto antes.

– Papá… – le señaló la ropa.

– Ah – Se miró como si nada – No es mío – Aiko suspiró aliviada. Para otra persona podría resultar raro que ese comentario produjese alivio, pero teniendo en cuenta en las movidas que se metía su padre, eso era igual que nada. Se sentó en el borde de su cama – ¿A quién le gritabas?

– A nadie – frunció el ceño, ella suspiró y le apartó la mirada porque le fastidiaba tremendamente lo que iba a decir – Mis amigas, o lo que sean, me estaban usando. Llevabas razón, son unas zorras, ¿contento?

– No – Aiko le miró sorprendida – No me alegra verte así. Me dan ganas de ir tal y como estoy a darles un susto a esas—

– No te preocupes, la mitad están ya en la cárcel – Su padre le dedicó una mirada que no podía significar otra cosa que no fuese “te lo dije”

– Cuanto antes te las quites de encima mejor. Intenta relacionarte con personas normales, no con escoria – La chica apretó los labios, rabiosa y triste al mismo tiempo – Suficiente ves por tu casa.

– Papá, tú no eres escoria – Le miró sobresaltada, no le gustaba que se llamase a sí mismo de esa manera.

– Eso díselo al resto de la sociedad – Le dio con un dedo en la mejilla y se levantó – Duerme bien, mañana intenta no destacar demasiado – Se quejó un poco pero sonrió al ver la sonrisa de su padre. Esperaba que con el cambio de instituto también tuviese un cambio de vida. Pensó que las cosas no le podían ir peor que antes, y con esa esperanza de mejoría se quedó dormida.

 

 

2

                Arrastraba los pies camino a su nueva escuela. La falda del uniforme era demasiado corta para su gusto y la chaqueta tenía los bolsillos demasiado altos para meter las manos con comodidad. Ajustó la correa de la cartera en la que llevaba los libros y bostezó por décima vez en lo que llevaba de camino. A partir de cierto tramo se empezó a encontrar a gente con su mismo uniforme, todos en grupo, muy amigos unos de otros. Y todos cuchicheando cuando la veían. Se recordó a sí misma las palabras de su padre cuando les echó una mirada asesina a unas chicas. No podía llamar la atención si quería vivir tranquila. En la puerta del centro vio como el hombre que habló con su madre el día anterior la saludaba efusivamente.

– ¡Aiko-chan, bienvenida! Ven conmigo que te llevo a tu clase – era todo sonrisas, vitalidad y energía. Se cansaba solo de mirarle – Seguro que no te acuerdas de mi nombre, ¿A que no?

– No, lo siento.

– Takahashi sensei, para servirte siempre que pueda. Fuera de aquí puedes llamarme Kotaro pero en el instituto llámame como los demás o van a sospechar que tengo debilidad por ti – Se rio solo –  Soy el único profesor de educación física y también entreno a los chicos y chicas del equipo de atletismo, ¿te gusta correr?

– No especialmente – Hablaba demasiado, la estaba sacando de quicio.

– Bueno, ya encontrarás un club que te guste.

– No quiero que me presenten delante de todos – Se paró delante de la puerta de la clase – Me niego.

– Sin problemas, pasa por aquí – No había apenas gente dentro, tampoco se atrevía a levantar la vista – Tanaka-san, acompáñala a su asiento.

– ¿Eh? ¿Una chica nueva? – Escuchó al fondo del aula. Un chico se le acercó y al levantar la vista se encontró con unos ojos familiares.

– Ah, Makoto-kun, hola – Se sintió un poco aliviada al ver a un conocido.

– Veo que os conocéis, pues nada, aquí te dejo, ¡que tengas un buen primer día! – Se despidieron de su profesor y se miraron.

– No te alegres tanto de verme Aiko-chan – Bromeó, riéndose de su cara – Tienes sueño, ¿eh?

– No, soy así. Lo siento si no te gusta.

– Vale, vale. No me muerdas – No paraba de reírse de ella y se estaba empezando a sentir irritada. La llevó a un pupitre en medio de la clase. Puso mala cara y negó con la cabeza.

– Ni de coña – Murmuró. Se acercó a un pupitre solitario junto a la ventana y sacó las cosas del cajón, llevándolas a la mesa del centro.

– ¿Qué haces? No puedes hacer eso…

– Impídemelo – Se sentó donde ella quería y se quedó mirándole. El chico la miró confuso, cruzándose de brazos.

– ¿De verdad quieres tener problemas el primer día?

– No, ¿vas a dármelos tú?

– No, pero la persona que lleva sentándose ahí desde principio de curso puede ser que sí.

– Bueno, pues si tiene problemas ya me lo dirá. Gracias por tu interés – A pesar de que ella miró por la ventana le sentía de pie a su lado. Y no se marchaba – ¿Qué quieres? – preguntó mirándole exasperada.

– No eres como te recuerdo…

– Y menos mal, porque parecer que tengo siete años cuando tengo diecisiete es un problema – miró sobre el hombro del chico a un grupo de compañeras de clase que los observaban con curiosidad – Aunque a algunas les parece bien por lo que veo. Si no fuera por las tetas juraría que son de primaria las muñequitas esas…

– Me has malinterpretado, lo que quiero decir es que estás preciosa – No pudo evitar resoplar.

– ¿¡Qué cojones dices?! – Makoto miró alrededor, temeroso de que un profesor hubiese escuchado su manera de hablar – Cállate la boca y siéntate en tu sitio.

– Vale, vale – Se sentó justo delante de la chica sin dejar de sonreír – No te gustan los halagos, lo pillo – Le guiñó el ojo.

– ¿¡Quieres que te reviente o qué te pasa imbécil?! – dio una carcajada y se dio la vuelta.

              Miró por la ventana intentando calmarse, pasándose las manos por la cara. No entendía por qué estaba tan enfadada con él. No le había dicho nada malo, más bien lo contrario. Pero no era ni el momento ni el lugar, el primer día de clase eso no se hacía por mucha amistad que hubiesen tenido en el pasado. Además, viendo como era seguro que se trataba de una táctica que usaba para ligárselas a todas. Miró hacia adelante y se encontró con su nuca. Su pelo abundante brillaba más que el suyo propio y por encima de su hombro vio como sacaba su material con unos dedos largos. Manos grandes, siempre le habían gustado. Una afición que compartía con su madre era buscar al hombre con las manos más bonitas del programa de televisión que estuviesen viendo, hasta ahí llegaba su fetichismo. Además era alto, muy alto. Se enfadó consigo misma al darse cuenta de lo que estaba pensando y a dónde podrían llevar ese tipo de ideas. Ni siquiera habían terminado de cruzar unas palabras y ya estaba pensando tonterías. Por esto no le gustaba el instituto, terminaba haciendo estupideces propias de esas niñatas que ella tanto odiaba.

– Tanaka-saaaan – La voz cantarina de una de ellas hizo que mirara al frente de nuevo. Se sobresaltó al ver un grupo de chicas delante de Makoto – ¿Quién es esa? – preguntaron en susurros mirándola de reojo.

– Una amiga de la infancia, Aiko-chan.

– Tukusama-san para vosotras – Sin querer, hizo que dieran un ridículo saltito. No podía espantarlas, tenía que comportarse, pero le estaba suponiendo un reto. Intentó sonreír a pesar de todo.

                En ese mismo instante se dio cuenta que hacer amigos no era la suyo. En absoluto. Y no es que necesitara corroborarlo porque en su antiguo colegio le pasó casi lo mismo. Estaba segura que el problema no era ella sino la gente, que a rasgos generales era molesta. Y prescindible.

– Eh, chica rápida ¿Dónde vas? – Makoto la agarró del brazo cuando se alejaba del barullo de clase con su bento  a la hora del almuerzo. Nadie había tenido el valor de reivindicar donde se había sentado.

– A comer tranquila – Espetó de mal humor. Por culpa de ese piropo tan fuera de lugar ahora se sentía incómoda a su lado.

– Voy contigo – Aiko chasqueó la lengua – ¿Tan mal te caigo?

– No me caes mal – No paraba de mirarla inclinado hacia adelante mientras andaban – Es que eres un coñazo.

– Ah, que alivio, ya creía que ibas a sacarme la katana y—

– ¡No hables de ese tema delante de la gente gilipollas! – Le soltó entre dientes cogiéndole por el cuello de la camisa. El chico alzó las manos con una sonrisa.

– ¿De qué tema?

– ¡Ya sabes de qué tema, no te hagas el tonto! – La miraba alzando una ceja y sin dejar de sonreír, no le intimidaba en absoluto, lo cual era exasperante. Y por alguna extraña, ridícula y molesta razón, a ella le ponía nerviosa mirar directamente a los ojos de ese mojigato.

– Me vas a tener que dar pistas, Aiko-chan.

– Una patada en los cojones es lo que te voy a tener que dar – Le soltó siguiendo su camino. La gente los miraba. Ya había llamado la atención.

– ¿Cómo puedes ser tan malhablada? – Le preguntó entre risas.

– Mira, ven si quieres porque tampoco es que pueda evitarlo, pero cállate.

                Hizo un gesto con los dedos simulando a tener una cremallera cerrada ante los labios. Se sentaron en el lugar más apartado que vio de todo el colegio, en el piso de arriba y rodeados de mobiliario desordenado. Su madre – probablemente su tía porque estaba presentado de una manera muy bonita – le había llenado el bento demasiado. Miró al de Makoto, decorado con corazoncitos de alga y ositos hechos de arroz y supo inmediatamente que eso no era cosa de una madre.

– ¿Tienes novia y me acosas? – Le preguntó señalando el bento. Negó con la cabeza señalándose los labios – Habla, no seas imbécil.

– No tengo novia, las chicas se turnan para darme un bento todos los días.

– Joder, qué bien te lo montas, ¿y saben ellas que pasas de sus caras?

– Desconozco lo que saben. Lo que yo sé es que Saya-chan cocina de muerte.

– Y las tendrás a todas detrás a pesar de todo… – asintió, tan tranquilo.

– Mañana voy a tu casa – soltó alegremente.

– Ya me lo dijo Ken-chan.

– Me da la impresión de que a mi madre no le hace ninguna gracia, no sé cómo puede tener un mal concepto de tu primo.

– No es por mi primo, atontao – La miró sin entender – ¿De verdad no te lo han dicho?

– ¿El qué? – Negó con la cabeza.

– Ya te darás cuenta.

                No hablaron mucho más y tampoco es que lo necesitasen. Ella desde luego no tenía ganas ningunas de contarle su vida a nadie por muy amigos que hubiesen sido en el pasado. Y él simplemente estaba ahí. No sabía si era porque su madre se lo había pedido pero no la dejaba un momento sola. Vio a su primo solo una vez, pero estaba tan cargado de libros que apenas se paró a hablarle. Llegó a pensar que Makoto la estaba vigilando. Se despidió de él camino a su casa y le tuvo que parar cuando le sugirió acompañarla. Pero por lo visto iba en su misma dirección, así que tampoco pudo hacer mucho. Se le veía feliz, con esa expresión tranquila en sus ojos que le caracterizaba desde que era pequeño. Parecía que vivía en su propio mundo y que nadie podía alterar su felicidad interna. Pero no entendía sus intenciones, y no le gustaba que le mostrase tanto afecto sin saber cómo era ella realmente. Porque de saberlo estaba segura que habría mantenido las distancias. Llamó a casa para decir que comía en el bar de los abuelos, se le apetecía muchísimo un plato de udón y además, allí nunca veía malas caras. Y con un poquito de suerte en vez de Hana estaba el camarero guapo. Le sacaba casi veinte años pero estaba tremendo.

– Hasta luego – Se despidió ella metiéndose en el bar. Y parándose al ver que entraba detrás – ¿Qué haces?

– ¿Almorzar? – preguntó como si fuese lo más evidente.

– ¿Y tiene que ser aquí? – asintió señalando al frente.

– Sí, porque me sale gratis. Mis padres trabajan aquí.

– Cómo que tus padres trabajan aquí ¿Hana es tu madre? – asintió de nuevo.

– Y Jiro mi padre – señaló al frente. Ahí estaba su camarero buenorro con una sonrisa para los dos.

– ¡Sí hombre! – Jiro se les acercó. Ahora que se fijaba tenían los mismos ojos.

– ¡Hey, Aiko! Qué de tiempo sin pasarte por aquí, oye, ese uniforme…

– Está en mi clase – Makoto parecía orgulloso.

– ¡Aiko chan! – Su abuela salió de detrás del mostrador andando despacito pero con alegría en los ojos. Le encantaba estar con ella porque desconectaba por completo de lo que tenía que aguantar en casa – Mi niña bonita, ¿qué tal el cole?

– Instituto abuela, y bueno, igual de aburrido que siempre, ¿me haces mi favorito?

– Tengo un poco preparado, ahora mismo te aparto. Dame eso, te lo guardo – Le dio su cartera y la chaqueta del uniforme y se sentó en la barra – ¿Cómo está tu madre?

– Bien, como siempre. Ahora dice que se quiere teñir porque le están saliendo canas y papá se ha puesto histérico.

– ¿Y cuándo no está ese hombre alterado? – Se rio porque era verdad. Apreciaba claramente que sus abuelos no terminaban de aceptarle y no podía decirles nada. Era de una lógica aplastante.

– No sabía que era de tu familia – Makoto se sentó a mi lado – Otro para mí, obaa-san.

– Lo que me extraña es que no hayáis coincidido nunca con la de veces que venís los dos – Les comentó Jiro fumándose un cigarro y hablándoles desde la puerta del callejón de atrás. Estaba tremendísimo, siempre le salía la risa tonta con él en los momentos menos oportunos. Como ese, por ejemplo.

– De todas maneras ahora nos vamos a ver todos los días, ¿Verdad Ai-chan? – Le puso una mano en el hombro. La chica le miró con el ceño fruncido.

– Suelta. Y ese Ai-chan te lo metes por el culo – El padre y el hijo se rieron a la vez.

– Eres igualita que Hiroshi-san – dijo Jiro entre risas.

– Me alegro – Se apresuró a contestarle.

– Ya podrías ser más como tu madre – Le dijo su abuela poniéndole la comida por delante. Tan pronto tuvo el bol en las manos empezó a engullir. Era su comida favorita – Esa actitud no te ayudará nada a encontrar novio.

– No quiero novio, no me hace falta – hizo un ruidito que daba a entender que no se lo creía.

– Eso decía tu madre y le faltó tiempo para mudarse con el impresentable de tu padre. Lo único que espero es que tú tengas más cabeza.

– Tranquila, ya se enamorará de mí – Makoto le hizo atragantarse con un trozo de carne mientras la abuela susurraba “aaah, ya veo”

– ¿¡Pero de qué vas?! – Le miraba inocente como un corderito.

– Va a pasar, ya verás – Le dio un sorbo al caldo del udón – ¡Qué bueno!

– A ver si te va a pasar al revés… – Le insinuó su padre. Aiko no estaba cómoda hablando de eso. No estaba cómoda al lado de Makoto en absoluto. Se apresuró para acabar de comer rápido.

– Pues claro – Le respondió él – Me gusta desde que éramos pequeños, no es ningún secreto.

– Me voy a casa – Se levantó de la silla y cogió sus cosas de detrás del mostrador ignorando las quejas de su abuela y la risa de Jiro – Muy bueno el udón abuela, cuídate.

                Si antes le molestaba estar con él ahora le era imposible. Era desesperante que soltase esas cosas sin pensar lo que pudiesen sentir los demás. Y lo que ella sentía era la incomodidad más absoluta. Entró en casa y sin decirle nada a nadie se metió en su habitación. No pasaron ni diez minutos hasta que la cabeza de su primo se asomó por la puerta con precaución.

– ¿Qué te ha pasado que has venido enfadada? ¿Un mal primer día?

– Dile al egocéntrico de tu amigo que no se me acerque más.

– ¿Makoto? Tenía muchas ganas de verte por lo que me contaba – Se cruzó de brazos apoyado en el marco de la puerta.

– ¡Ya me he dado cuenta! Es una sombra, no me deja tranquila. Y me acosa.

– ¡Como si tú no pudieses defenderte! Y dudo mucho que te acose, ¿te pone nerviosa?

– ¡Sí! Se me queda mirando esperando a que reaccione a las cosas que dice y hace y va de sobrado por la vida, ¡¡y no soporto a los tíos que están buenos y van por ahí actuando como si hubiese que darles las gracias por hablarte!!

– Aaaaaah, así que está bueno…

– ¿De todo lo que te he dicho te quedas con eso? – asintió sonriente – Mira, vete, eres igualito que él. Estáis demasiado acostumbrados a que las tías os revoloteen alrededor.

– No te enfades conmigo, yo no tengo la culpa de que te guste y te ponga nerviosa estar a su lado.

– ¡¡Eso no es lo que pasa!!

– ¿Qué le estás diciendo a tu prima que la tienes histérica? – Preguntó Ayame entrando en el cuarto de su hija – ¿Y qué tal el primer día?

– Mal, muy mal. Es más de lo mismo y además está el añadido de que tengo un acosador.

– No es un acosador, es Makoto – aclaró Ken. Su madre también sonrió.

– Ah, bueno, si es él no pasa nada, ¡al revés!

– ¿¡Pero por qué os parece a todos tan fantástico?! – Ayame arrugó la nariz.

– Aiko no grites. Es que es un chico fantástico – suspiró exasperada y les señaló la puerta.

– ¿Podéis dejarme sola? Gracias.

                Solo salió de su habitación para cenar, evitando toda conversación que le quisiesen dar. Tuvo que esquivar a su padre camino de vuelta a la habitación porque entró hecho una furia directo a su despacho seguido de su tío, que como siempre intentaba tranquilizarle. Ella sí que necesitaba ser tranquilizada. Nunca le había gustado que intentasen ligar con ella, le molestaba aunque fuesen educados o bien intencionados. Si su vida amorosa fuese a presentar cambios tendría que ser por su propia voluntad, no porque un niñato con la cara bonita se la ligase. A ella no se la ligaba nadie. Menos Makoto, al que todo el mundo quería e idolatraba por ser perfecto. Ya se encargaría ella de demostrar que no lo era. Se iba a enterar, algo iba a encontrar… Con esos pensamientos destructivos se quedó dormida, pero no fue en lo primero que pensó. Su primer pensamiento fue su asquerosa sonrisa. De mal humor por tenerle en la cabeza tan temprano se fue a la cocina. Su tía tarareaba meneando las caderas y llegó justo a tiempo para ver a su tío dándole un beso en el cuello. Siempre estaban de esa guasa esos dos, eran tan sexuales que le incomodaba estar en la misma habitación cuando estaban juntos. Carraspeó al entrar haciendo que se volviesen.

– ¡Buenos días princesita! – Le dijo Daisuke – ¿Tienes ganas de fiesta?

– ¿Qué fiesta? – Se recogió el pelo enredado de cualquier manera mientras se sentaba a la mesa.

– ¡El cumple de Ken! – Se dejó caer en la silla con un quejido – ¿Por qué te crees que estoy cocinando? – preguntó Manami.

– Creía que era mi desayuno…

– ¿A la una de la tarde? ¡Anda ya! Yo que tú me iba arreglando porque están al llegar.

– Ya ha llegado uno – Se volvió al escuchar la voz de Ken acompañada de una risita.

– Hola – Makoto se sentó a su lado – Buenos días preciosa.

– ¿¡Pero qué!? – Le puso una mano en la cara y se la giró – Mira a mi tía, ¿has visto que guapa?

– No me interesa tu tía. Sin ofender, es usted muy bella.

– Eh, Don Juan, relajadito – Daisuke se sentó frente a él al ver que Manami le guiñaba un ojo al chico, sabiendo que era capaz de llevárselo al dormitorio.

– Lo siento mucho – Se inclinó  y miró a Aiko – Igualmente solo tengo ojos para ella.

– Intenta que no te escuche mi tío – Susurró Ken.

– Sí, no quieres meterte en esa zona de peligro. Así que si no te importa cierra la boca – volvió a hacer el  gestito de la cremallera que le hizo en clase el día anterior.

                Se levantó de la mesa y fue a vestirse. No quiso ponerse nada llamativo porque lo último que quería era llamar la atención en una fiesta. Así que una vez con un libro, los vaqueros, y una camiseta de Omnyouza, su grupo favorito, se fue al jardín trasero. En el tiempo de cambiarse había llegado un grupo de chicas. Estaban tan inmersas en mirar a su primo y al amigo que ni la vieron sentarse en la esquina más alejada, bajo el tejado del porche. Iba a asistir a la fiesta de Ken por no hacerle el feo de encerrarse el día de su cumpleaños y porque estaba muerta de hambre. Miró de reojo a las invitadas y metió la nariz entre las páginas del libro. Eran muñequitas y no le extrañaría que fuesen las mismas de su clase. No pasó mucho tiempo hasta que el olor de la barbacoa le hizo salivar, y al alzar la vista de la lectura vio a su primo tendiéndole un plato con trozos de carne.

– De parte de tu tío. ¿Por qué estás sola? – Se sentó a su lado para comerse el suyo.

– Sabes porqué – hizo un gesto señalando a la gente.

– No son como piensas, dales una oportunidad.

– En serio, Ken, se la daría, pero ya sabes lo que va a terminar pasando.

– De momento no soy adivino, no sé qué puede pasar – Aiko negó con la cabeza – Makoto te echa de menos, no para de mirarte pero no quiere acercarse porque no quiere molestarte.

– Hace bien – miró hacia el grupo y no le dio la impresión de que Makoto estuviese echándola de menos. Hablaba de lo más animado con las demás chicas e incluso le guiñó un ojo a una, que se llevó una mano a la boca dándole un empujoncito.

– Oye, en serio, ¿te gusta?

– Vete a la mierda, Ken.

– Es una pregunta honesta. No uses tu mecanismo de defensa de siempre que no te estoy atacando.

– Y lo mío es una respuesta honesta también, pedante. Lárgate y pásatelo bien, que es tu cumpleaños.

                Le echó de allí dándole pataditas en los riñones. Su primo la miró fastidiado, sentía mucho no involucrarse con el grupo pero es que de verdad pensaba que así evitaría problemas. Tenía una capacidad pasmosa para ignorar lo que ocurría a su alrededor, por lo que no se cercioró de la de tiempo que llevaba allí leyendo hasta que le costó distinguir las palabras. Miró hacia el lado y vio a su tío entrando en la cocina.

– ¡Ojisan! ¡Enciende la luz del porche que no veo! ¡Graciassss! – escuchó ruidos sorprendidos delante de ella y vio a las chicas sentadas en el césped, justo debajo de ella

– ¡De nada! – Le escuchó decir una vez encendidas.

– ¿Quién eres? – preguntó una de esas desconocidas.

– Un fantasma – respondió ella de mala gana, escondiéndose tras las páginas de nuevo.

– ¿Eres la prima de Ken? ¿La que está en la clase de Mako-chan?

– ¿Mako-chan? – La miró soltando una risita sarcástica – Supongo.

– ¿Sabes dónde están? Decían que habían ido a preparar algo pero no han—

– Oye, estoy leyendo, por si no te has dado cuenta.

– Vale, lo siento – Al ver que otra de las chicas tiraba del hombro de la cotorra esa con cara de susto supo que se había pasado de borde una vez más.

                Pero cuando las escuchó susurrar supo que era sobre ella. No escuchaba nada, pero lo supo, y no se arrepintió de ser borde. Todas eran iguales. Absolutamente todas. Volvió a leer, intentando ignorar las ganas que le entraron de darles con el libro en sus cabezas huecas.  Pero pronto volvió a ser interrumpida. Se sintió observada y al mirar al frente vio a Makoto frente a ella, con los brazos cruzados y apoyados en la barandilla del porche. La miraba de pie en el césped, donde las otras estaban sentadas.

– ¿Te animas a un karaoke? – No le dijo nada, simplemente volvió los ojos a las páginas, pero él seguía mirándola.

– ¿Qué haces? – Le vio con la cabeza girada, leyendo el título del libro en la cubierta.

– Shakespeare, ¡Romeo y Julieta! – parecía ilusionado – ¿Lo lees para clase o por gusto?

– Un poco de ambas pero si no te callas no puedo acabarlo – miró sobre el hombro del chico y vio a las demás y a su primo observándolos. Makoto se subió con rapidez hasta donde estaba ella sentada, pasando por debajo de la barandilla. Hincó una rodilla y le cogió una mano, recitando de memoria lo que ella acababa de leer hacía unos minutos.

– “Si mi indigna mano profana con su contacto este divino relicario, he aquí la dulce expiación: ruborosos peregrinos, mis labios se hallan prontos a borrar con un tierno beso la ruda impresión causada.”

– ¿Qué coño haces? – Ken se reía de fondo, las otras le miraban con la boca abierta.

– “¿No tienen labios las santas y los peregrinos también?”

– Ken, llévatelo por lo que más quieras – Intentó soltarse de su mano, mirando a su primo que se encogió de hombros con una sonrisa divertida.

– “¡Oh! Entonces, santa querida, permite que los labios hagan lo que las manos. Pues ruegan, otórgales gracia para que la fe no se trueque en desesperación.”

– Sigue recitando y te meto con el canto del libro entre los ojos.

– “Pues no os mováis mientras recojo el fruto de mi oración. Por la intercesión de vuestros labios, así, se ha borrado el pecado de los míos” – Se inclinó poniendo morritos sobre ella, que le dio efectivamente con el libro en la frente.

– EH, TÚ, CANIJO – Miraron hacia el lado, Makoto refregándose la frente y soltando finalmente la mano de Aiko. Ken susurró “oh, oh”.

– Hola papá – sonrió al ver las pintas con las que había salido su padre. Tenía la camisa a medio poner por lo que se le veían los tatuajes y cicatrices.

– Tukusama-san – Makoto se levantó y se inclinó ante él como si fuera su jefe – Lo siento, no era mi intención incomodar a su hija.

– Pues lo estabas haciendo, y no me gusta. Nada en absoluto – Le señalaba con un dedo clavándole la mirada de esa manera tan amenazadora. Lo peor era que no estaba gritando, ahí estaba la amenaza real. Y el pobre de Makoto no tenía ni idea.

– Lo siento, no volverá a suceder. Solo deseo lo mejor para su hija y al verla tan sola quise hacerle compañía y que sonriese. Tiene una sonrisa bellísima, señor.

– ¿Insinúas que quieres algo con ella?

– Por Dios Hiroshi, deja de meterle miedo al chiquillo – Manami, hermana mayor de su padre, apareció justo detrás de él con su madre – Y ponte bien la camisa.

– No le hagas caso Makoto-chan, mi marido no pretendía ser tan brusco. No pasa nada porque te acerques a mi hija – El chico no se relajaba y no miraba al yakuza a los ojos.

– Dame un beso cariño – Manami le dio un beso en la mejilla a Ken, que se lo devolvió. Era igual de pegajoso que su madre – Nos vamos, os dejamos la casa. No hagas nada que yo no haría – Le guiñó el ojo a sus amigas, dejándolas contrariadas.

– No me gusta dejar a Aiko sola con ese – Hiroshi hablaba con su mujer, pero no despegaba los ojos del chico.

– Papá, gracias por preocuparte pero sé cuidarme sola – Se levantó e hizo algo que llevaba sin hacer desde hacía mucho tiempo; darle un abrazo. Quería dejarle claro a Makoto que era una niña de papá en toda regla para que se pensase dos veces el acercarse a ella.

– Hasta luego pequeña – Ese suave apretoncito de su padre le encantó. Casi nunca le hacía muestras de cariño por lo que se enterneció de verdad.

– No tienes que cuidarte de nada, no contribuyas a la paranoia de tu padre – Su madre le puso bien la camiseta y se despidió de los demás con una sonrisa. Una vez se hubieron marchado miró a Makoto con una sonrisa de suficiencia.

– Tu madre es preciosa…

– Sí, y tu padre está follable – La miró más sorprendido aún – Las cosas de la vida, ¿eh? – Cogió el libro y se dirigió a la casa – Ken, no partas nada. Me voy al cuarto a leer.

            Su primo subió el pulgar dándole a entender que así sería y se marchó a la tranquilidad de su habitación. Al fin. Ya en paz, intentó concentrarse en la lectura pero en su lugar solo pudo pensar en lo idiota que podía llegar a ser Makoto. Por más que le mostraba abiertamente su rechazo más insistía, como si no se la creyese. Y cuando peor le trataba iba a por más. Cuando estaba recitando la obra sabía perfectamente de qué parte se trataba, por eso se puso tan nerviosa. Era el primer beso de los amantes, el que él le da a ella. No es que le hubiese gustado lo que hizo, le pareció hortera y de un romántico idealizado que no iba con ella en absoluto. Sin embargo, le sorprendió su interés por la lectura y su habilidad para memorizar párrafos. Era tan inteligente como parecía ser, y le agradó. Era la primera vez que encontraba a un chico con algo en la cabeza además de – no podía negárselo a si misma – atractivo. Y esa era una mezcla que no solía ir bien, terminaba siendo un gilipollas neutral en la mayoría de los casos. Lo que no entendía era que ese inútil fuese una excepción. O que pareciese serlo, al menos.

 

3

                Un buen rato después, al darse cuenta de su ensimismamiento pensando en el chico se aturrulló, dejando el libro a un lado y levantándose de la cama para comer algo cuando le llegó el olor a palomitas. Fue a quitarle unas pocas a Ken pero en la cocina encontró a Makoto con una de las chicas. Ella tenía las manos en sus hombros y él la empujaba ligeramente con una sonrisa cálida y negando con la cabeza. La chica ponía morritos fastidiados.

– Pero Makoto, si esa no te hace ni caso…

– Y tú eres muy bonita y simpática, pero no te puedo corresponder por muy bien que beses – A Aiko se le escapó una risita sarcástica entre dientes.

– Siento interrumpir – cogió un bol de malas maneras y tras llenarlo de palomitas se marchó de vuelta a su habitación. Al ir a cerrar Makoto puso la mano – Ni hablar, en mi cuarto no entras.

– Siento lo de antes, de verdad, lo único que pretendía era hacerte reír no que tu padre me tirase a un río para ser comida de  peces.

– Vete con esa que te necesita más que yo.

– Lo dudo – Se quedó mirándole, frunciendo el ceño.

– ¿Qué quieres decir?

– Que eres una tsundere de tres al cuarto: dura por fuera y blandita por dentro. Y te acabas de poner celosa al verme con Mae-chan.

– ¿Pero tú sabes con quién estás hablando? – dejó el bol en la cama y le dio un empujón con ambas manos en el pecho. Apenas se tambaleó.

– Con un proyecto de pandillera que sería más feliz con menos orgullo.

– ¿Cómo tengo que decirte que me dejes tranquila?

– Cuando dejes de ponerte colorada con mis piropos lo haré – La chica sintió que las mejillas se le encendían – Vente a ver una peli con nosotros.

– Lo que estás haciendo es acoso. Y ni de coña me mezclo con las tontas esas, prefiero quedarme aquí.

– ¿Me puedo quedar contigo?

– ¡¡No!! – intentó echarle, pero no había manera. Era como si tuviese los pies anclados al suelo.

– Déjame quedarme, soy silencioso si me lo propongo.

– ¡Me incomoda tu presencia!

– Porque soy un idiota, ¿verdad? – Asintió, cruzándose de brazos – Déjame ser tu idiota silencioso.

– ¿No vas a desistir?

– Nop – y no sonreía, parecía que iba en serio. Le miró durante unos segundos. En el fondo prefería que estuviese con ella antes que con las otras. Además, se aburría viendo películas sola.

– Pero como abras la boca más de la cuenta te largas.

– Te lo prometo, si te molesto, me voy.

                Aiko se dio la vuelta y cogió su portátil, poniéndolo a los pies de la cama. Puso Brother de Takeshi Kitano. Había visto la película más de cinco veces sola y acompañada y no se cansaba. Makoto no se quejó, se tumbó a su lado en la cama y ni siquiera le pidió palomitas hasta que ella le golpeó el brazo con el bol. En la escena de la botella de vino notó cómo Makoto la miró con curiosidad, como casi en cualquier escena violenta. Ella ni se inmutaba, las había visto muchas veces. En la de los palillos – era la mejor escena bajo su punto de vista – la chica rio por lo bajo.

– Pero que burro…

– Eres la primera tía que veo que se ríe con estas cosas.

– No me río con estas cosas, es que es un bestia de mucho cuidado – Él seguía mirándola pero ella no despegaba los ojos de la pantalla – Mi padre hace cosas peores, si es lo que te estás preguntando.

– La verdad es que no, y no necesitaba saberlo. No me gusta vivir con miedo – Aiko se rio de él y le miró.

                Se quedó mirándole, solo iluminados por el brillo del ordenador, a menos de una mano de separación de su cara. Sonría al verla a ella sonreír y aún tumbados en la cama, ella tenía que mirar hacia arriba. Se sobresaltó al escuchar un tiro y volvió su atención a la película, con el corazón funcionándole a toda máquina. Se estaba poniendo excesivamente nerviosa y le daba rabia que fuese con él. Con ese niño perfecto con el que ella no pegaba ni con cola. El favorito de mamá y del profe, el favorito de todos. Representaba todo lo que ella odiaba y aun así, cuando rozó casualmente su pierna con la de ella, se la acercó discretamente. En realidad quería tocarle. Si obviaba lo estupidillo que era y lo mucho que le gustaba quemarle la sangre, si se quedaba solo con el físico y lo inteligente que llegaba a ser, no era tanta locura el tener algo con él.

                Al llegar a la escena en la que el yakuza le hacía el amor por última vez a su mujer, Aiko respiró hondo. Recordaba la vergüenza tremenda que pasó la primera vez que la vio con su padre por el parecido razonable y porque empezó a hacer manitas con su madre bajo la manta. Se terminaron marchando a la habitación y se perdieron el final. A pesar de ello, era una escena que la excitaba muchísimo porque casi nunca tenía oportunidad de ver a una pareja en esa actitud. Sintió a Makoto suspirar a su lado y al girar la cara los ojos del chico se movieron a sus labios. Quiso besarle o ser besada, no le importaba. Tenía una boca de lo más sexy y sus ojos, normalmente dulces, ahora la miraban de una manera muy diferente. Estiró la mano y agarró la camiseta del chico, girándole hacia ella y besando sus labios con fuerza. Él se separó un poco y la miró a los ojos, rozándole la cintura con los dedos. Tiró de él, de su cuello, besando su boca sin prisas y sintiendo cómo su piel comenzaba a sensibilizarse. Le cogió una mano a Makoto mirándole a los ojos, llevándola hasta el calor que emanaba de su entrepierna.

– Aiko, no te precipites.

– Cállate y tócame.

– No quiero aprovecharme de la situación y que—

– Shhhhh, coñazo.

                Le metió la lengua en la boca y en cuanto a ella se le escapó el primer gemido, se acabó la discusión. Ella misma se quitó el botón del pantalón y se los bajó. Él le subió la camiseta y le besó los pechos, lamiendo sus pezones despacio, admirándolos. Observó sus bragas, metiendo la mano dentro de ellas y parándose a observar su expresión cuando rozó con las yemas de los dedos sus labios mayores. Sabía que se los estaba mojando porque se sentía cachonda como pocas veces. Y muy sensible. Makoto la acariciaba suavemente, prestando atención a todos su cambios de respiración y a sus gestos extasiados. Sus dedos presionaron su clítoris suavemente, en círculos lentos y deliciosos. Hizo que, poco a poco, Aiko llegase al orgasmo, besando sus labios y haciéndola temblar. Intentó no gemir o al menos muy fuerte, ahogando su voz en la boca de él.

– ¿Te ha gustado? – La chica le miró sin entenderle. Le había puesto bien las bragas y le estaba acariciando la mejilla.

– Sí… ¿Por qué paras?

– ¿No has tenido un orgasmo? ¿Quieres que siga?

– Lo que quiero es follar – Le dijo como si fuese evidente. El chico se sentó en la cama.

– No, ni hablar. Ahora no es el momento.

– ¿No tienes ganas? ¿No quieres?

– Claro que quiero pero es que—

– ¿Estás decidiendo por mí? – Makoto apretó los labios y dobló la cabeza.

– No es eso. Es que no creo que aún sea el momento de que te entregues totalmente.

– De que me entregue… ya… – No quería reírse de él pero lo estaba haciendo – Túmbate.

– Aiko-chan…

– Hazme caaaaaso… – Se sentó sobre él, solo con las bragas puestas, y le empujó hasta tumbarle en la cama.

                Le levantó la camiseta y besó su pecho, pasando las yemas de los dedos sutilmente sobre su piel. Sonrió al sentir los latidos de su corazón incluso más rápidos que los propios. Makoto cogió un cojín y se lo puso tras la cabeza, mirándola fijamente con los labios apretados. La chica se mordió el labio al abrirle la bragueta y absorbió aire entre dientes al sacársela de los calzoncillos. Le quitó la ropa de cintura para abajo y besó sutilmente sus testículos, apenas rozando su piel con la lengua. Al llegar justo debajo del glande tiró suavemente del prepucio y le dio un lametón despacio. Le vio cerrar los ojos, tensar los músculos y echar aire por la nariz brevemente. Siguió lamiendo sin prisa alguna, mojándosela, moviendo su mano tan despacio como su lengua. Al chico se le escapaban gemidos cortos con la voz rasgada. Al intentar metérsela hasta la garganta, igual de despacio que antes, una arcada dobló el cuerpo de la chica.

– Aiko, no te fuerces, no hagas eso si no te—

– ¡Cállate ya y disfruta! – Trepó por su cuerpo, agarrándole la cara y besándole profundamente – Eres un auténtico coñazo – bajó la mano y con el glande de Makoto, echó sus bragas a un lado – Dime ahora que no quieres – Se empezó a sentar en las caderas del chico, notando cómo la abría con esa erección tan durísima y mojada que tenía.

– Tengo un condón en la cartera –Aiko sonrió ante su cambio de parecer, moviendo las caderas sobre él, apretando su glande con los músculos de la vagina – ¿Qué me estás haciendo?

              El gemido que le provocó al chico al hacerle entrar brusca y completamente dentro de su cuerpo fue de todo menos discreto. Ella se rio, susurrándole que se callase, volviendo a repetir el movimiento. La sacaba despacio, la metía bruscamente. Él la besó, abrazando su cintura con fuerza. Aiko se movía intentando retener las ganas de volverse loca sobre él, haciéndolo con tranquilidad, disfrutándolo. Le encantaba la boca de Makoto, su mirada lujuriosa, y cuando le quitó la camiseta, sus brazos fuertes alrededor de ella. La agarró del trasero y apoyando los pies en la cama fue él quien se volvió loco. Aiko tuvo que morderle el hombro para no gemir a pleno pulmón. Se le aflojó el cuerpo cuando empezó a correrse de nuevo en un orgasmo largo e intenso.

– Joder – Se la quitó de encima y metió la mano en los vaqueros que estaban en el suelo. Aiko se la rozó con los dedos mientras sacaba el condón – Para o te lo echo en la cara.

– Uhh… – La chica le sonrió y se la lamió despacio pero agarrándola firmemente.

– Quiero correrme follándote – Se quejó. Aiko le quitó el condón y tras darle dos vueltas se lo consiguió poner.

                Makoto la tumbó en la cama, y echándose sobre ella la abrazó por la parte baja de la cintura, levantando su cuerpo ligeramente. Movió las caderas en un ángulo extraño para ella pero que le provocó un placer intenso. Sintió un nuevo orgasmo y en lugar de gritar lo que hizo fue echar todo el aire de sus pulmones, retorciéndose bajo el cuerpo de Makoto y agarrando su trasero. Miró su rostro mientras el chico se corría en su interior, intentando no gemir y fallando de mala manera. Apenas movía las caderas, así que ella le ayudó, haciéndole gemir un poco más. Agarró el condón antes de separarse de ella y se tumbó boca arriba en la cama, a su lado.

– Y tú querías perderte esto – Le dijo ella cogiendo la camiseta del chico y poniéndosela.

– No perdérmelo, aplazarlo.

– ¿Y de qué sirve? Si los dos queremos, lo hacemos y punto.

– Yo que sé, no está bien hacerlo tan… así tan… – Levantó las manos.

– ¿Tan qué? ¿Por qué no está bien? – Se giró en la cama y le movió la cara hacia ella – ¿Te ha comido el coco la sociedad? Haz lo que se te apetezca cuando quieras y deja de sentirte culpable.

– No sé – Se quitó el condón y lo tiró a la papelera que había bajo el escritorio.

– ¿No te ha gustado? ¿Te sientes peor persona ahora?

– ¡Claro que me ha gustado! ¡Muchisimo! Pero—

– Pero nada – Le puso los dedos en los labios cuando lo tuvo tumbado a su lado de nuevo – Ha estado de puta madre, deja de decir gilipolleces – Se estiró en la cama – Muchísimo mejor que mi primera vez, desde luego.

– ¿Has estado con muchos? Sabes un montón de… cosas.

– Que va, con uno solo. Pero mi tía es una máquina en la cama y me da consejos.

– Encima de estar buena es experta en estas cosas. Tu tía es el sueño de cualquiera.

– Sí, los tiene a todos detrás desde siempre. Yo creo que si le insistes un poco y la pillas en un buen día podrías acostarte con ella, fíjate lo que te digo.

– ¿En serio? – Makoto se giró en la cama y empezó a hacerle cosquillas alrededor del ombligo, bajo su camiseta.

– En serio. No está casada y yo creo que aunque lo estuviese…

– ¿Pero no es Daisuke tu tío?

– Es complicado, deja de preguntar – Bostezó, levantándose un poco la camiseta para facilitarle las cosquillas al chico – Quédate hasta que me duerma.

                Se estaba relajando muchísimo. La película hacía un buen rato que había acabado y al arrimarse a Makoto se sentía calentita. Hacía mucho que no dormía con alguien, desde que era una niña y se dormía en el sofá con su padre más o menos. Esto era incluso más agradable. Escuchó pasos por el pasillo. Pasos rápidos y fuertes.

– Ay, ay, ay – Se sentó en la cama bruscamente – Bájate, vete, viene mi padre.

– ¿Qué? ¿Qué pasa? – Estaba dormido – ¿Tu padre?

– ¡Métete debajo de la cama!

                No se bajó de la cama, rodó hasta el borde y se dejó caer, metiéndose donde ella le dijo. Vio la mano de Makoto estirarse para coger sus pantalones y esconderlos. Aiko se tapó hasta la cabeza aguantando la risa, haciéndose la dormida y preguntándose cómo no había escuchado los coches. Escuchó que, como siempre, abría sin preguntar. De haber sido su madre habría llamado primero. De hecho la escuchó fuera susurrando.

– ¿Qué haces? ¡No la despiertes!

– ¿A qué coño huele? – Tuvo que morderse el labio porque era a eso precisamente a lo que olía, estaba a punto de dar una carcajada.

– A cerrado, creo que ha comido en el cuarto – Se puso las manos en la boca, iba a explotar.

– No me gusta esto, no me gusta un pelo – Le escuchó entrar en la habitación y se le cortó la risa de golpe. La destapó y no precisamente con cuidado. Hizo como la que se despertaba.

– ¿Papá? ¿Qué haces?

– ¿Dónde está el mierda ese que no te dejaba tranquila?

–  Y yo que sé, estaba dormida… – intentó taparse de nuevo, pero su padre agarró las mantas.

– ¿De quién es esa camiseta? – Intentó parecer más molesta que asustada por el que se estaría muriendo de frío bajo la cama.

– De Ken, me gusta dormir con ropa de tío. Es más cómoda.

– Hiroshi, vámonos a la cama – miró a su madre y de nuevo a ella, desconfiando con motivo. Sin embargo, le dio un pellizco en una mejilla y se fue dándole las buenas noches. Respiró tranquila una vez se fue – No te agobies, ya sabes cómo es tu padre de histérico.

– Buenas noches mamá – Se acercó a su cama, dándole un beso en el pelo. Antes de alejarse se lo olió y miró a su hija suspicazmente. Justo en ese momento un suave estornudo sonó en alguna parte bajo su cama.

– Que no se te resfríen los ratones – Se alejó riéndose, cerrando sin más. Aiko se bajó de la cama y se arrodilló en la moqueta después.

– Sal de ahí – Le metió prisa y se quitó su camiseta – Ponte esto, anda.

– ¿Qué hago? No me puedo ir ahora, van a verme.

– No, ahora mismo no. Espera unas horas y ya veremos – Se acercó a ella, poniéndole las manos en la cintura desnuda.

– ¿Me va a matar tu padre? – preguntó con una preocupación que no sabía si fingida o no.

– Claro que no, pero sacarte de un puñado y de malas maneras segurísimo que sí.

– Me he muerto de miedo ahí abajo – Aiko tuvo un escalofrío – Metete en la cama, te vas a poner mala.

– Métete conmigo. Total, no puedes irte.

– ¿Quieres que te abrace y te acaricie la espaldita, cariño?

– Quiero que te calles y me hagas caso – sintió que se le agolpaba la sangre en la cara, porque precisamente era lo que quería – Y déjate de nombrecitos cariñosos. No somos novios.

                Se tumbaron juntos de nuevo, ella rodeada con los brazos de él, sintiéndose calentita y resguardada. Apenas pasaron varios minutos hasta que se quedó profundamente dormida y le dio la sensación de estar completamente descansada cuando al abrir los ojos, ya entraba luz por la ventana. Escuchó golpes en la puerta y a su madre diciéndole que tenía el desayuno listo. Al mirar hacia el lado se le vino el mundo encima. Makoto seguía allí, profundamente dormido con los brazos bajo una de sus almohadas, mirando hacia ella. Su primer impulso fue zarandearle y tirarlo por la ventana, pero se quedó observándolo. Por la noche se había quitado la camiseta y estaba en el suelo. Se mordió el labio al mirar la ancha espalda que tenía delante. Se ensimismó observando los lunares de su rostro: uno bajo el ojo, otro en su barbilla y el que más le gustaba en su grueso labio superior. Todos en el lado izquierdo. Si tuviese cinco o seis años más que ella y barba sería perfecto. Y además era inteligente, le gustaba aprender. No le extrañaba que estuviesen todas locas por él, era el típico protagonista de uno de esos mangas ridículos de romances que leía su madre. Era prácticamente perfecto. Le tocó el hombro y al zarandearlo un poco, abrió los ojos.

– ¿Qué hora es? – dijo volviendo la cara hacia la luz del sol. Se dio la vuelta en la cama y se pasó las manos por encima.

– No tengo ni idea, pero no muy tarde porque mi madre me acaba de llamar a desayunar.

– Me he quedado dormido…

– No me digas – Cuando el chico reparó en que estaba desnuda a excepción de las bragas, apenas pudo mirarla a la cara. Su atención estaba en otra parte.

– Estaba muy calentito – Aiko sonrió, levantando la sabana para verificar que sus calzoncillos se tensaban sobre una erección mañanera.

– Y ahora estás caliente – metió la mano bajo la manta, tocando la piel bajo su ombligo y colando los dedos en su ropa interior.

– ¡Aiko chan!

– ¡Shh! Imbécil, que se va a enterar mi padre – Le masturbaba despacio, mirándole la boca con deseo.

– Ahora no, en serio, tengo que irme – cerró los ojos mientras se quejaba – Aiko, por favor. Estoy más dormido que cachondo.

– Eso se cambia – fingió un gemido suave. Makoto, después de chasquear la lengua, se tumbó sobre ella, negando con la cabeza y besándola.

– No solo me arrebataste ayer mi virginidad sino que ahora quieres dejarme seco – Le bajó las bragas despacio.

– No seas peliculero – dijo ella riéndose, acariciándose a sí misma con su glande una vez le tuvo encima de nuevo. Le sorprendió saber que fue su primera vez – Ya quisieras levantarte así todas las mañanas.

– No lo sabes tú bien – No dejaba de besarla, apenas abría los ojos. Era verdad que estaba casi dormido aunque de cintura para abajo estuviese muy despierto. Sintió su pulgar pasar suavemente por encima de su clítoris.

– Métemela – Le susurró ella contra su boca. Makoto apoyó la cabeza en la almohada, con la cara contra su cuello. Su dura erección se abrió paso dentro de ella, despacio. El chico gimió brevemente contra su piel – No seas escandaloso – Le regañó con voz temblorosa, tirando de su pelo y arañándole la espalda cuando sus caderas chocaron.

– Aiko… – Ese susurro en su oído le provocó un escalofrío general a la chica, que giró la cabeza besándole intensamente. Escuchó dos breves golpes en su puerta y no les dio tiempo a taparse.

– Aiko chaaan, dice tu madre que – A Manami, se le abrieron los ojos de par en par al verlos desnudos e intentando taparse, pero no apartó la mirada – Uy, vaya, lo siento.

– ¡Ahora voy! ¡Fuera! – Entre risas, su tía cerró la puerta.

– Me tengo que ir – Makoto se bajó de la cama, vistiéndose a toda velocidad – Y me tengo que ir ya.

– Deberías – Ella también se vistió con la ropa del día anterior – Odio ponerme la ropa interior estando tan mojada.

– Cállate, no digas esas cosas que me lo imagino y no ayudas – Le miró y le vio apretándose la entrepierna, intentando bajase la erección a la fuerza. Se rio de él.

– Espera aquí un momento – Se iba a asomar al pasillo cuando su padre la empujó dentro de la habitación. Sin decir ni media cogió a Makoto por detrás del cuello y lo sacó de allí – ¡Papá, suéltale!

– Aiko, a tu habitación – Le espetó, pero ella no le hizo ni caso.

– ¡No ha hecho nada malo! ¡No le trates así! – Su padre miró hacia atrás.

                Ella se frenó en el sitio porque vio en sus ojos lo enfadado que estaba. Más que cuando pasó lo de la moto. Vio como le daba un empujón al chico fuera de la casa y vio que le susurraba algo señalándole para después dar un portazo. La chica miró hacia atrás y vio a su tía en la cocina, pidiéndole perdón con los ojos. Al ver que su padre entraba en la casa se dio la vuelta y se marchó a su habitación, pero le escuchó seguirla.

– ¿Qué te ha hecho?

– ¿Por qué deduces que me ha hecho algo él a mí? – contestó. Sus gestos altivos eran casi idénticos.

– ¿Qué habéis hecho?

– No te importa – Le vio cerrar los ojos, probablemente reteniendo un impulso que a ella no le convenía.

– No le quiero volver a ver entrar en mi casa, ¿queda claro?

– Como si no hubiese más lugares en el que follármelo – murmuró ella. Tenía que controlar esa  manía de contestar, pero se le iba la lengua de mala manera.

– ¿Qué has dicho? – Se quedó callada, mirándole desafiante – Ni se te ocu—

– Nooo, no hagas eso – Su tía entró en la habitación, empujando a su padre hacia afuera y le susurró de manera audible – Si se lo prohíbes se va a tirar de cabeza a por él. Luego hablamos tú y yo, déjame con ella – Se dio la vuelta y cerró la puerta.

– Muchas gracias – Le espetó sarcásticamente a su tía, que por algún motivo sonreía.

– Si supieras lo muchísimo que te pareces a él cuando te enfadas… Lo siento, estaba hablando con tu madre y se enteró.

– ¿A qué vienes? ¿Qué quieres?

– Nada, solo quiero que tu padre se calme. No le ha sentado bien saber que su niña se ha pasado la noche con un hombre en la habitación.

– Por favor, Makoto no es un hombre. Y su niña es además una persona, ¡CON DESEOS SEXUALES, COMO TODO EL MUNDO! – Gritó mirando hacia la puerta, su tía le mandaba a callar – ¿Qué? Cuanto antes se entere, mejor.

– No te enfrentes a él, no seas tonta. En lugar de eso convence al chaval para que se lo gane. Que venga un día y le presente sus disculpas.

– ¿Cómo? ¿Cortándose un meñique o la punta de la polla? – Su tía dio una carcajada.

– Como él quiera, pero que lo haga. Tu padre aprecia mucho ese tipo de gestos, se toma muy en serio el respeto.

– No es mi novio de todas maneras, pero no me gusta que trate a la gente que me rodea así. No voy a tener amigos en la vida.

– Era una situación delicada. Que por cierto, siento mucho interrumpir – Le pasó un brazo por los hombros – Vamos a desayunar, anda. Ignora a tu padre y a sus miradas reprobatorias.

– No sé si voy a poder.

– Tienes que poder. A todo se acostumbra una – Le guiñó un ojo caminando con ella hasta la cocina. Una vez allí, su madre la miró escondiendo una sonrisa y su padre no levantaba los ojos del plato. Ken entró justo después que ellas, sin enterarse de nada, bostezando y sentándose a su lado en la mesa.

– ¿Qué tal ayer la fiesta? – Le preguntó Ayame a su sobrino.

– Bien, muy bien. Entretenidos yo que sé, ¿estaba Makoto contigo? De repente desapareció y no le he vuelto a ver – Le preguntó a Aiko, que le hizo un gesto con los labios para que se callase porque sentía la mirada de su padre en la nuca.

– ¿Qué vamos a hacer hoy? – Manami cambió de tema rápidamente – ¿Queréis almorzar en alguna parte?

– No lo sé, Hiro-kun, ¿tienes mucho trabajo? – Su madre le hizo caricias en la nuca a su padre, que la miró y pareció olvidarse un poco de lo muy enfadado que estaba.

– No, pero no quiero salir.

– Vamos, porfa – Cuando vio la sonrisa tonta de su madre miró hacia otra parte, sabía que se iban a besar como hacía cuando quería conseguir algo.

– Voy a ducharme – Su padre salió de la cocina, dejando a su madre haciendo un mohín de disgusto.

– Que antipático se ha levantado hoy…

– ¿Me lo dices o me lo cuentas? – refunfuñó Aiko.

– ¿Está bien ese chico? – Le preguntó su madre, preocupada.

– Y yo que sé, supongo que sí.

– ¿Qué chico? – preguntó Ken. Aiko le miró suspirando – ¿Makoto? ¿Qué ha pasado?

– Que tu tío casi lo pilla en pelotas encima de tu prima – dijo Manami como si nada. Ken la miró riéndose suavemente.

– No me lo creo, ¿te has liado con él?

– Lleva toda la noche con ella, ¿verdad? – Aiko miró a su madre. Estaban todos encantados con la idea.

– No es mi novio.

– Nadie ha dicho que lo sea – Manami se encogió de hombros – Eres tú la que no paras de repetirlo.

– Lo que sea. Llamadme a la hora de almorzar.

                Se levantó de malas maneras de la mesa, dejando sus cubiertos en el fregadero y encerrándose en su habitación. Esperaba que el calentón de la noche anterior no derivase en castigos por parte de su padre. Le había quitado la moto, no le podía quitar nada más. Y esperaba que no asumiesen que era su novio porque ni lo era ni lo iba a ser. Era demasiado mojigato para meterse en su entorno, no lo iba a soportar y probablemente ya no querría saber nada de ella. Después de cómo le echó su padre de la casa sería lo más normal. Ese bruto era experto en meterles el miedo en el cuerpo a los demás. Se giró en la cama y cogió el libro que leía ayer, terminando de leerse la historia que se sabía de memoria. Pero antes de eso, repasó las frases que le dijo Makoto, con una sonrisa que no le enseñaría a nadie; mucho menos al chico.

 

 

4

                Le pinchaba el pecho de correr tanto tan temprano. No estaba acostumbrada a ir andando a clase y se le había echado el tiempo encima. Poco después de cruzar la verja de la puerta sonó la alarma y la cerraron, dejando fuera a un grupo de chicos. Vio al amigo de su madre mientras subía la escalera al primer piso e ignoró su alegre comentario de “Qué de energía a estas horas, ¡Así me gusta!” Entró en la clase y sin mirar al profesor se sentó en su asiento. Se le quedó mirando pasmado, llamándola.

– Siento el retraso, me he perdido camino al colegio – mintió escudándose en lo de ser nueva.

                Sacó los libros y respiró con más tranquilidad. Miró la pizarra y no se enteró de nada de lo que ponía. Consideraba las matemáticas a primera hora como algo cruel, sus neuronas seguían dormidas. Si al menos fuese literatura… Le cayó un papelito ante los libros, y al mirar al frente vio a Makoto fingiendo un picor en la nuca. Lo abrió disimuladamente y leyó con disgusto las dos palabras escritas: “Lo siento”. Escribió enfadada un “Imbécil, no tienes por qué disculparte. Y estate quieto con los papelitos, ¿tienes trece años o qué te pasa?” y se lo metió por el cuello de la camisa. Vio que sus hombros se agitaban ligeramente por la risa. Intentó ignorarle y atender, pero se aburrió pronto de tanto número y se distrajo mirando por la ventana, viendo a los de abajo hacer educación física. Al menos parecía que no estaba enfadado con ella, lo que le alivió. El día anterior, sin quererlo, le estuvo dando vueltas al asunto. Se pasó toda la tarde de mal humor por culpa de esa idea y ahora le daba rabia que hubiese sido para nada. Se estaba empezando a quedar dormida en su mano cuando sonó la alarma del cambio de clase. Una vez se hubo marchado el profesor, se dejó caer en la mesa. Sintió unos golpecitos en la cabeza e hizo un ruidito haciéndole saber que le estaba escuchando.

– ¿Estás enfadada conmigo? – Le preguntó con cautela.

– No – dijo cansada.

– ¿De verdad?

– A ver – levantó la cabeza y le vio demasiado cerca. Tragó saliva antes de seguir hablando, se sentía tremendamente atraída por él – ¿Por qué cojones iba a estar enfadada contigo?

– Porque tendría que haberme ido cuando me dijiste, no haberme quedado en tu cuarto. Seguro que te han echado una bronca.

– No te creas, nada grave.

– ¿No te han castigado?

– Supongo que mi madre y mi tía le habrán convencido de lo contrario.

– Pues menos mal, tu padre da un miedo considerable – Aiko chasqueó la lengua.

– Mako-chan – Una voz cantarina hizo que el chico apartara sus ojos negros de ella. No le gustó. No le gustó que mirase a otra ni siquiera para hablar y ese sentimiento estaba tan mal que volvió a enterrar la cabeza entre los brazos – San Valentín es en unos meses y quería saber cuál es tu chocolate favorito.

– ¡Cualquiera! Todos me gustan

– Y todas – dijo ella contra su brazo.

– Tiene que haber alguno que te guste más y quiero que el mío sea tu favorito.

-Hmmm, ¿blanco? No sé, en realidad todos, de verdad. De todas maneras muchas gracias por la intención.

– De nada Mako-chan. Ah, sí, otra cosa, me han contado que en la fiesta de cumple de Ken de repente te fuiste. Y dicen que es porque había una tía que no te dejaba tranquilo – Aiko levantó la cabeza, mirando a esa chica con el ceño fruncido.

– No me fui, estaba con una amiga de la infancia.

– Ah, tenías una cita…

– Nooo, no, en la casa de Ken. Somos amigos desde pequeños, ya lo sabes.

– ¿Entonces no tienes novia? – Makoto se quedó en silencio unos segundos, suficientes para que ella le mirase frunciendo aún más el ceño.

– No. De momento – Esa chica le sonrió tontamente y se alejó al ver que entraba el profesor.

– Eres malo – Le dijo Aiko cambiando los libros por los de inglés.

– ¿Y eso por qué?

– Juegas con las chicas como te da la gana, ¿te divierte?

– No juego con ellas, simplemente les digo lo que quieren escuchar.

– Lo que tú digas…

                Intentó ignorarle las horas siguientes para que no se ilusionase demasiado con ella. Los días siguientes. Los meses siguientes. Pero el chico no se le despegaba, siempre tenía algo que contarle y por más que ella le diera contestaciones bordes o secas no se rendía. Le ayudaba a estudiar, le dejaba sus apuntes e incluso hacía los ejercicios con ella. Y siempre hablando por los codos. Entre historia e historia llegó a conocerle un poco más, aunque fueran trivialidades como sus películas o grupos favoritos. Ella sin embargo no abría la boca más que para decir sí, no, o meh. Sin pretenderlo, se acostumbró a tenerle cerca. Le gustaba su compañía. Le hacía reír los días que peor estaba. Una mañana en la que acababa de ver una fuerte discusión entre su padre y su madre por una mala nota que sacó, no quiso entrar en clase nada más llegar. En su lugar fue directa al cuarto de baño y a pesar de los gritos de las chicas, Makoto estuvo apoyado contra la puerta pidiéndole que saliese.

– Si no me dices qué ha pasado no puedo ayudarte.

– Nadie te ha pedido ayuda, déjame – dijo sorbiendo los mocos.

– ¿Te han echado la bronca en casa?

– No. Estás perdiendo horas de clase. Vete Makoto.

– Ya te he dicho que no me voy a ir hasta que salgas conmigo. No hace falta que me cuentes nada si no quieres pero esconderte ahí dentro no te va a ayudar a estar mejor – No le contestó – Si quieres te canto algo. Para amenizar tu lamento.

– Eres un coñazo.

– Tu coñazo favorito, no puedes negarlo – sonrió sin poder evitarlo y abrió el pestillo – ¿Nos vamos a clase? – La miró con esos ojos amables que tenía cuando ella se asomó.

– ¿Y qué excusa ponemos?

– Que estabas mala y te he acompañado a la enfermería. Pero ya estás mejor porque te he puesto una inyección de amor – Le pasó el brazo por los hombros, alzando las cejas.

– Cállate imbécil, no hagas estas cosas en el colegio.

– Me encanta que sonrías, estás preciosa – Le besó en la mejilla y la soltó, dándole antes un apretón en la mano y soltando un suspiro.

– Vuelve a decir eso y—

– Y me quedo sin dientes. Lo sé. Lo siento.

                Poco a poco comenzó a confiar en él, a darle menos contestaciones malas y a ser más paciente. El chico se merecía su amabilidad, era el único que se preocupaba por ella fuera de su casa. El día previo a San Valentín, cuando en un cambio de hora Makoto fue al servicio, se le acercaron un grupo de chicas.

– Aiko-san, eres muy amiga de Mako-chan ¿Verdad?

– ¿Qué quieres saber del imbécil? – Se miraron entre ellas alzando las cejas.

– ¿No te gusta?

– Si tu pregunta es si voy a ser competencia, no, no quiero salir con él. Pero sigue intentándolo. Ánimo.

– ¿Por qué dices eso? – dijo otra de las chicas – Ayu chan se lleva muy bien con él. Tiene muchas posibilidades.

– No le interesa nadie que yo sepa. No tiene planeado tener novia, ni siquiera echaros un polvo y si os he visto no me acuerdo – cogieron aire escandalizadas, tenía que controlar su vocabulario – Es un tío muy raro.

– No es raro – dijo la tal Ayu – Solo hay que entenderle.

– No creo que le entiendas – Le molestaba que se las diera de súper amiga de Makoto cuando no era así. Le molestaba que creyese que le conocía mejor que ella.

– Eso será…

– ¡Yuudai ha venido a clase con el pelo azul! – dijo un chico en la puerta del aula, corriendo a la que les quedaba al lado. Todos salieron en desbandada para verle, ella se quedó sentada con Ayu a su lado.

– Ese tipo es un pandillero – Le susurró – No me gusta nada.

– No juzgues a la gente sin conocerla.

– Aplícate el cuento – Aiko la miró a los ojos, vio que la chica se sentía intimidada, pero siguió hablando – Me miras con desdén, piensas que soy tonta solo por ser coqueta. Y yo te digo que te equivocas.

– Hasta ahora no he visto nada que me demuestre lo contrario.

– Tampoco tengo por qué demostrarte nada. Simplemente venía a preguntarte si podías ayudarme a conquistar a Makoto pero por algún motivo no te veo muy interesada en que tenga novia.

– Oye, me importa una mierda con quién cojones se líe este tío. Solo te digo que estás perdiendo el tiempo. Tú sabrás lo que haces.

– Le voy a pedir salir en San Valentín, ¿seguro que no te gusta?

– Joder, qué pesada eres, lárgate ya.

– No tengo por qué – Aiko echó la silla hacia atrás y se encaminó hacia la puerta de la clase. Le estaban dando ganas de partirle la nariz a esa estupidilla tan perfectita y prefirió alejarse y relajarse un rato que quedarse y arrepentirse. Al salir, chocó su hombro con algún alumno al que ignoró.

– ¡Mira por dónde vas, zorra! – Se frenó en seco. Un insulto era lo que le faltaba para terminar de reventar. Se volvió cogiendo a ese tío de pelo azul por la muñeca y con un movimiento de aikido que le enseñó su tío, le hizo arrodillarse en el suelo, doblándole el brazo hacia atrás.

– Has ido a tocarme el coño el día que menos tenías que hacerlo – Le susurró, escuchándole quejarse entre dientes – A mí no me vuelvas a hablar en ese tono o la próxima vez te parto la muñeca, niñato de mierda.

                Le soltó y le dio una patada en la espalda, tirándole de bruces contra el suelo. Vio que Makoto se le acercaba con expresión asustada pero le paró con la mano espetándole “Hoy no, y va en serio”. Algo tuvo que ver en su cara que no la siguió como siempre hacía. Se fue a esa zona del instituto en la que nunca nadie miraba, en donde siempre almorzaba con él porque estaba más tranquila. Se sentó en el suelo y resopló. Llevaba toda la semana cabreada y esa furia iba en aumento. Makoto tenía la culpa. Si quería relajarse o se alejaba de él o aceptaba sus sentimientos, pero eso conllevaba mucha mierda que no estaba dispuesta a soportar. Y encima ahí estaba san Valentín y esa cerda se le iba a declarar. Le dio una patada a la pata de una silla y vio como la montaña de muebles que tenía enfrente se tambaleaba. Antes de que se pudiese poner en pie, vio como el pupitre que estaba arriba del todo se le venía encima. Lo único que le quedó fue poner las manos y los pies para echarlo a un lado, y al hacerlo se le unió un par de brazos desconocidos. Tuvo la suerte tremenda de que cayese por la parte plana, no por las patas, de forma y manera que pudieron desviarlo entre los dos, haciendo un ruido considerable al caer.

– Un sitio peligroso en el que te metes – miró hacia el lado y vio a ese tío con el pelo azul.

– ¿Vienes a por más? – Se puso de pie, enfrentándole a pesar de que le sacaba dos cabezas.

– No, no, no. O bueno, depende de a qué te refieras.

– No te entiendo, háblame clarito.

– Me molan las tías como tú, muchísimo – su sonrisa era sucia. En una de las cejas tenía una cicatriz.

– La llevas clara, chaval – Se rio, alejándose de él y camino a la clase. No la dejaban tranquila en ningún sitio.

– ¿No me das tu número de teléfono por lo menos?

– ¿Qué ha pasado? – El amigo de su madre, el profesor de Educación Física, venía corriendo escaleras arriba.

– Ese chico no me deja, profe – dijo ella sonando inocente.

– Yuudai-kun, por favor, ve a la clase y no la molestes más – El chaval le miró con desprecio pero bajó las escaleras con los dos – No te conviene molestarla o te pateará el culo, ¿eh Aiko-san? – Se rio sin ganas.

– ¿Yo? No podría, es mucho más alto y fuerte – Yuudai se paró a medio escalón, mirándola con la boca abierta. Ella le miró con inocencia.

                Ignoró los cuchicheos cuando entró en clase y no habló con Makoto hasta la última hora, que fueron juntos cada uno hacia su casa. Miraba hacia el lado contrario por el que caminaba el chico, y dio un respingo cuando unas bicicletas pasaron casi rozándola.

– Adiós Mako chaaan – Se despidió Ayu desde una de ellas.

– Ten cuidado y no te caigas – murmuró ella entre dientes.

– ¿No te cae bien Ayu? Es agradable.

– Un ejemplo a seguir, sí. Deberías proponerle matrimonio – Makoto se rio suavemente.

– Venga ya, no te pongas celosa Aiko-chan.

– No me pongo celosa – musitó – Es que es una sabihonda repelente.

– ¿Y tú qué sabes si no la conoces?

– Tú tampoco, en toda la semana no te has despegado de mi culo.

– Supongo que las horas de después de clase no tengo vida, ¿no? – Le miró enfadada, con un nudo en el estómago.

– Vete a tomar por culo – caminó más rápido, sintiéndose mal – Imbécil, inútil, estúpido niñato tocapelotas – fue farfullando. Sintió la mano de Makoto intentando alcanzarla – ¡No me toques! ¡Vete con la puta bici a dar una vuelta con tu novia!

                Salió corriendo, no quería estar con él. No quería estar a su lado cuando empezase a llorar porque la verdad era que se moría de ganas. Nunca había pensado en la vida privada de Makoto. Dio por sentado que le tenía loco y que iba a estar para ella siempre que quisiera. Se había convertido en un apoyo fundamental en su vida al haber perdido a sus amigas y si empezaba a salir con Ayu no iba a pasar con ella tanto tiempo. Nada de tiempo, de hecho. Iba a estar con su novia, como era lógico. Le escuchaba correr detrás, pero ella era más rápida. Al llegar a la puerta de su casa vio a su tío Keiji, con unas pintas igual de horrorosas que siempre.

– ¿Qué cojones te pasa? – Le preguntó al verla llorar – ¿Y ese quién es?

– Nadie, abre la puerta de una vez.

– ¿Te ha hecho algo? ¿Le doy un susto?

– ¡Que abras! – Le dijo empujándole.

– Vale, vale, tranquila – Tan pronto le abrió la puerta irrumpió en su casa limpiándose las lágrimas. Tuvo que esquivar a su madre camino a su habitación, y al entrar cerró con pestillo.

                Tiró la mochila a una esquina y se sentó en el borde de la cama con ganas de partir algo y de llorar hasta quedarse seca. Se sentía impotente, minúscula. Se sentía una persona horrible, insignificante. Estaba muerta de rabia y, por qué cojones no admitirlo, celos. Quería ser Ayu, quería verle por las tardes cuando nadie más los veía, en privado. Le pegó a la almohada llorando en silencio, sintiendo dolor físico al sentirse en segundo plano en la vida de Makoto. Le había abierto su corazón para nada, era evidente que algo así iba a pasar. No quería ir a clase el día siguiente, ni nunca más. Pero sabía que no le quedaba más remedio. A la hora de la cena, su primo llamó a la puerta.

– Oye, enana, ¿Qué te pasa?

– Nada – dijo ella apáticamente, jugando en la cama con el teléfono.

– Makoto me ha dicho que te has enfadado con él.

– No estoy enfadada.

– Pero no estás bien tampoco.

– No.

– ¿Por su culpa?

– ¡No es culpa de nadie! ¡Déjame en paz!

– ¿Por qué no le dices lo mucho que te gusta?

– ¿Iba eso a evitar que se alejase de mí? No, tarde o temprano iba a darme de lado. Como todos.

– No digas eso, no es verdad.

– Sí lo es. Y además no quiero novio.

– No entiendo por qué dices eso si es evidente que estás loca por él. Cuando hablas de Makoto incluso sonríes sin darte cuenta. Y te brillan los ojitos.

– Los novios no traen nada bueno. Mira lo mal que lo pasó mi madre con mi padre.

– Creo que ese ejemplo es un poco extremo…

– Y a tu madre nunca le ha hecho falta novio. Convive con tu padre pero ni están casados ni se casarán y son felices, ¡tú no tienes novia!

– No tengo novia porque no me gusta nadie pero de haber alguien no me importaría. Los ejemplos que me pones les valen a otras personas pero piénsatelo bien, ¿no serías más feliz con pareja? ¿Con él?

– Sería más feliz si supiese que va a ser mi amigo pase lo que pase – Le entraron ganas de llorar, por lo que se dio la vuelta en la cama – Cierra la puerta al salir y apaga la luz, no tengo hambre.

                Al día siguiente el intento de fingir estar mala le salió mal. No quería ir a clase y ver como lo inundaban a regalos. No quería tener que sentarse tras él tantas horas seguidas y tener que evitarle cuando quisiera hablarle. No quería verle con Ayu. Antes de salir, su padre la paró.

– Te llevo hoy a clase. Voy a pasar cerca de tu instituto y te puedo dejar unas calles antes de este.

– Vale, lo que sea – Se subió al coche, sorprendida porque su padre se sentaba a su lado.

– ¿Qué te pasa?

– Nada importante.

– Conozco esos ojos, has llorado. Sabiendo que has llorado no me digas que no es importante.

– ¿Y para qué te voy a contestar? ¿Para que acojones a un chaval que ni siquiera es mayor de edad?

– ¿Uno de tu clase te ha hecho daño?

– No papá, es más complicado. Déjalo, en serio.

– Solo quiero que estés bien. Si no te gusta ese instituto dímelo y vas a otro. Y si hay algún profesor que te esté jodiendo también me lo dices.

– Nadie me está jodiendo. Todo está bien – Le miró y pudo ver la preocupación sincera en el rostro de su padre – Pero muchas gracias igualmente.

– Ve con cuidado. Te recojo a la salida – Le besó el pelo antes de que se bajase del coche, haciendo que ella se sintiese un poco mejor.

                Miró hacia la verja, sintiendo otra vez el nudo de angustia en el estómago. Sin mirar a la gente, que se mostraba más excitada de costumbre por aquello de ser San Valentín, se metió en la clase. Una vez allí sentada sacó los libros y se tumbó sobre ellos. Makoto no estaba en su asiento. Antes de que llegase el profesor le sintió sentarse en su sitio, suspirando. No levantó la cabeza hasta que el profesor no empezó a hablar, segura de que Makoto no la estaría mirando para intentar hablar con ella. Cuando se incorporó, vio un bomboncito de chocolate justo delante de sus manos. Lo tiró de la mesa dándole un golpe seco con los dedos. Miró la nuca de su amigo, tragó saliva y apretó los dientes, obligándose a centrarse en la clase. Pero se sintió observada y al mirar a su derecha, Ayu la observaba preocupada. Aiko le apartó la mirada cuando su compañera le sonrió saludándola con la cabeza. La odiaba. Esperaba que no intentase ser su amiga porque no iba a pasar. Al descanso siguiente la táctica de tumbarse no le sirvió de nada. Le dieron golpecitos en el brazo, tantos, que tuvo que mirar adelante exasperada.

– ¿¡Qué?!

– Buenos días – Makoto le sonreía como si no hubiese pasado nada – ¿Estaba bueno el bombón?

– Pregúntale al suelo.

– No puedo hablar con el suelo, baka.

– Déjame en paz – dijo ella sin ganas de pelearse, volviéndose a meter entre sus brazos.

– ¿Sigues enfadada?

– No estoy enfadada Makoto. Estoy cansada de estar siempre enfadada – sintió su mano en el pelo – No hagas eso.

– Sabes que eres mi única amiga ¿Verdad? – Susurró en su oído. Aiko le miró con el corazón en la garganta – Me importas mucho – Cogió su mano. Ella se la apretó levemente.

– ¡Eh! – Le tiraron algo encima, sobresaltándola y separándola de él – Feliz San Valentín – Yuudai le tiró una bolsita con corazoncitos de chocolate en la mesa –  ¿Sales conmigo o no?

– ¿Eres gilipollas o te caíste de cabeza al nacer? – Los chicos de alrededor se rieron por su reacción. Ayu se acercó a ellos sonriente.

– Yuudai-kun, el chocolate lo regaláis los chicos en el White Day, dentro de un mes.

– Ah, pues trae y te lo doy luego.

– Y una mierda, esto es mío – Ella ya había abierto la bolsa y se los estaba comiendo.

– ¿Pero vamos a salir juntos?

– No – Yuudai se quedó allí plantado, intentando asimilar su negativa – ¿Qué no entiendes de no?

– Venga ya, joder. Si estamos hechos el uno para el otro.

– Te ha dicho que no – intervino Makoto – Seja de insistir.

– No hace falta que me defiendas – La miró con los labios entre abiertos pero ella miró al peliazul – Por más que quiera no puede conmigo y lo sabe. Por eso le gusto. Lo siento mucho chavalote.

– Bueh, ya dirás que sí – Yuudai se encogió de hombros y se marchó a su clase.

– ¿Me das uno? – Le preguntó Makoto.

– Sí, que tú no tienes bolsas y bolsas en tu taquilla – Le dijo ella chasqueando la lengua.

– Pero es que los tuyos tienen buena pinta.

– Saben a plástico – Le dio un puñado y le vio sonreír ampliamente.

– Chocolate de Aiko chan en San Valentín, ¡apuesto a que soy el primero!

– Mi madre y yo le regalamos todos los años a mi padre, no eres el primero.

– Pero sí el primero fuera de tu familia – Llevaba razón, y aunque no le había traído chocolate a él en especial, el simple hecho de habérselo dado en esa fecha le hizo sonrojarse – Muchas gracias – Le rozó la mano de nuevo.

– ¡Cállate ya! – Le dio con la bolsita en la frente ante lo que él se rio, mirándola con esos ojos tranquilos y felices que le caracterizaban.

                Un poco más sonriente, pasaron las horas hasta el almuerzo. Volvió a hablar con normalidad con él, espantando esos miedos que le hacían miserable el día anterior. Mientras le tuviese cerca le daba todo igual, su presencia se había convertido en un apoyo necesario y no aceptaba perderlo. Después de ver su actitud, estaba un poco más tranquila, hasta que justo antes de salir de clase, Ayu paró a Makoto cogiéndole de la manga de la camiseta.

– ¿Podemos hablar un momento? – Ayu miró a Aiko de arriba abajo, con una sonrisita.

– Sí, claro – La sonrisa que le dedicó Makoto a la otra era igual que las que le dedicaba a ella. Y le puso una mano en la cintura. Aiko volvió al estado del día anterior – Ahora voy contigo a donde siempre – Le dijo a su amiga.

– No hace falta – Se tragó lo que pensaba en realidad y fue agarrando el bento directa a su lugar tranquilo. Respiraba hondo para no echarse a llorar en público cuando escuchó que la seguían. Se volvió esperanzada, deseando que fuese Makoto.

– Oe, ¿Dónde vas tan deprisa? ¿Te has puesto mala? – Yuudai le sonreía con la chulería de siempre. Se quedó mirándole y vio que justo detrás de él iba la otra parejita charlando entre sonrisas cálidas y miradas amorosas.

– Ven conmigo – Aiko le cogió de la mano, llevándoselo a donde solía ir con Makoto, ahora muy entretenido con otra.

– ¿Dónde me llevas? – Dijo él riéndose – Bueno, lo que quieras.

                Le llevó hasta donde estaban las mesas apiladas y sentándose en una, escondida tras el montón, tiró de sus pantalones hasta tenerle entre sus piernas. Aiko le puso las manos en la cara, acercándole y besándole. Si Makoto iba a estar ocupado, ella también. Yuudai le sonrió entre beso y beso. Era muy sucio y estaba claro que iba a lo que iba. Le parecía bien. Le dejó levantarle la camiseta y le ayudó cuando quiso bajarle las bragas. Ella misma se la sacó de los pantalones, más nerviosa que cachonda, y ella misma se la mojó con su saliva. Le besó profundamente cuando la penetró, con prisas, con demasiada urgencia. Sabía que no iba a durar mucho. Le molestaba un poco pero al escucharle jadear, se excitó finalmente, empezando a sentir algo de placer. Susurró su nombre y el chaval se descontroló. Le mordió el cuello y la agarró de las caderas con fuerza, follándosela tan duro que temió tirar el montón de muebles que tenía detrás. Aiko empezaba a correrse cuando él se puso tenso, adelantándose a ella y dejándola con ganas de más. Al verle jadear de esa manera y apretarse a sus caderas, al sentir algo caliente en su interior, le alejó de ella de un empujón.

– Dime que no – Se levantó la falda y vio que de entre sus piernas se escapaba su esperma – ¿¡Eres gilipollas?!

– ¿Y qué? Vas a la farmacia y listo – dijo él con una sonrisa.

                Sin limpiarse, sin ponerse las bragas, se abalanzó sobre el chico y le dio un bofetón. Él se lo devolvió. Aiko, más furiosa si cabía al ver que pretendía acercarse a ella para seguir pegándole, se agachó un poco. Al tenerle justo encima se estiró, dándole un cabezazo en la nariz. La boca y el cuello de Yuudai no tardaron en teñirse de rojo mientras el chico daba alaridos de dolor asegurando que le había roto la nariz. No le importaba. Cogió sus bragas, se las puso manchándose entera y se fue al servicio tras darle una patada en la entrepierna al chico. Una vez en el baño se intentó limpiar como pudo con pañuelos, asqueada, enfadada y preocupada. Pero sobre todo triste. No sabía qué pretendía exactamente al tirarse a ese tío, no se sentía mejor. Al contrario, ahora tenía un problema de verdad. Y la pena que le dio ver a su amigo tan compenetrado con otra no se fue, seguía ahí. Por más que intentaba no llorar no lo pudo evitar. Sentada en el retrete, con las bragas bajadas y un pañuelo lleno de esperma de un desconocido. No sabía quién era ella misma ni qué estaba haciendo. Se desconocía. No encajaba en ninguna parte y nadie parecía encajar con ella. Excepto Makoto. Deseó ser normal, una de las chicas tontas de la clase con tontas preocupaciones. Deseó estar en su casa, tapada hasta la cabeza con su manta. Deseó no haber cometido tantos errores y ser capaz de afrontar sus sentimientos. Pero en lugar de eso, lo que hizo fue tragarse las lágrimas y seguir limpiándose.

 

 

5

Una vez lista – física y mentalmente – se acordó del bento y fue a por él. Si lo perdía su madre iba a hacer preguntas que ella no iba a querer contestar. Yuudai ya no estaba, en su lugar había una mancha de sangre y Makoto con su bento en la mano.

– ¿Qué le has hecho? – Se lo quitó y se dio la vuelta – ¿Por qué le has pegado? No nos lo quiere decir.

– ¿Os lo quiere decir? ¿A los dos?

– Ayu está con él en la enfermería – soltó una risita suave.

– Una pena que no aparecieseis un ratito antes, te has perdido el espectáculo. No te interesa lo que ha pasado, estabas ocupado, ¿no? Pues yo también.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Que no te importa lo que yo haga igual que a mí no me importa lo que hagas por las tardes con Ayu. Y no insistas, es más, no me hables en lo que queda de día si no es mucho pedir.

– ¿Qué te pasa de repente? ¡No entiendo esos cambios de actitud!

– ¡¡Pues piensa un poquito, que eres inteligente para lo que te da la gana!!

                Tras eso la dejó tranquila. La noticia de que le había provocado una hemorragia a Yuudai se extendió como la pólvora. Entre eso y lo del día anterior ya tenía la fama de violenta asegurada. No es que le preocupase mucho, había un tema mucho peor dándole vueltas por la cabeza. En cuanto sonó la alarma que marcaba el final de las clases, se apresuró a salir buscando el coche de su padre. Nada más verlo salió corriendo hasta él, cerrando de un portazo.

– ¿Qué te pasa? – Le preguntó Daisuke desde el asiento delantero, conduciendo a casa.

– ¿Y mi padre?

– Ocupado, siente mucho no haberte podido recoger. Está ahí tu amigo, ¿le esperamos?

– ¡¡No!! – La miró sobresaltado – Vámonos de una vez.

– Llevas unos días actuando muy raro, ¿te ha pasado algo en clase? ¿Te están acosando?

– Por favor, no. Que lo intenten – Le vio sonreír.

– Sabes que puedes hablar con nosotros de lo que sea, ¿verdad? – le dio la clave. Manami. Ella no le juzgaría y la intentaría ayudar sin decirles nada a sus padres.

– ¿Está la tía en casa? – asintió. Nada más llegar fue directa a su habitación, cerrando la puerta y mirándola.

– ¿Qué te pasa? – Le dijo Manami al ver su expresión.

– Antes de nada, prométeme que no les vas a decir nada a mis padres – La cogió de las manos y la sentó en su cama.

– No, claro que no voy a decir nada – Se limpió de la mejilla una lágrima.

– He tenido sexo sin protección con uno de mi clase y el muy imbécil se me ha corrido dentro – La vio suspirar.

– Vale, no pasa nada. Voy esta tarde a por las pastillas y lo solucionamos pero Aiko, no vuelvas a hacer algo así.

– No sé por qué me lo he tirado, ni siquiera me gusta.

– No digo el sexo. El sexo está bien siempre que se te apetezca Digo hacerlo con un desconocido sin protección. Te puedes buscar un problema serio.

– Ya lo sé – Se llevó las manos a la cara – ¿Tener diecisiete años es tan horrible para todo el mundo o soy yo sola?

– Nadie se libra – Le dijo ella sonriente – Son dramas necesarios.

– No creo tener la necesidad de pasar por esto.

– A ver, ¿cómo has llegado a este punto? ¿Qué te ha hecho tomar esta decisión? – Aiko se lo contó todo.

– Desde que cambié de instituto él ha sido mi único apoyo. Ha estado siempre conmigo pero ahora hay una chica en la clase que le ha pedido hoy mismo salir. Y queda con ella por las tardes después de clase, me lo ha dicho él – Conforme iba hablando se iba sintiendo cada vez peor – Y la mira con unos ojos que… me hace daño. No me gusta. Si sale con ella me va a dejar de lado y no quiero que eso pase.

– Pero Aiko, ¿le has preguntado directamente a él si están saliendo? ¿Sabes si le gusta ella?

– No le he preguntado pero si quedan después de clase está bastante claro.

– No tiene por qué. Quizás se llevan bien y resulta que a ella le gusta pero no es correspondido.

– O quizás quedan para salir porque yo le dije que no quería novio.

– O te lo estás inventando todo y él está loco por ti, que es la impresión que me dio cuando estuvo en casa. No supongas lo que sienten los demás, pregunta. Y deja de ponerte un escudo con él, por lo que me cuentas sus sentimientos son honestos. Sean cuales sean – suspiraron juntas – Aiko, no alejes de tu lado a alguien que te importa tanto. Te vas a arrepentir.

– Pero si está saliendo con ella no voy a soportarlo.

– Primero habla con él, ¿vale? Queda este fin de semana, dile que venga a casa.

– No puede venir a casa, papá se lo ha prohibido.

– Entonces queda en su casa. Lo que necesitáis es hablar a solas.

– No quiero – Aiko se cruzó de brazos – Me da miedo lo que me pueda decir.

– La vida da miedo, pero hay que arriesgarse para ganar. Y otra cosa, tu felicidad no puede depender más que de ti misma. No puedes apoyarte tanto en una sola persona.

– Ya lo sé. Sé todo eso. Siempre he criticado a mamá por hacerlo con papá y ahora lo estoy haciendo yo.

– Es muy fácil caer en ese error, sobre todo con tu edad. No te preocupes por nada, ¿vale? – escucharon la puerta de la calle y la voz de su padre. Se apresuró a limpiarle las lágrimas.

– ¿Aiko? – llamó a la puerta con los nudillos.

– En mi cuarto no llamas – protestó ella cuando su tía le dio permiso para entrar.

– En tu cuarto no me voy a encontrar lo que me puedo encontrar aquí – dijo mirando a Manami, que se rio – O eso espero. ¿Qué te ha pasado? Dice Waru que estás rara.

– No es nada, está agobiada por las notas – Se inventó su tía – Me estaba pidiendo ayuda ahora mismo. Pero todo va a ir bien, ¿verdad?

– Claro que sí, no es tonta. Toma – Le tiró unas llaves que cogió al vuelo – La tienes de vuelta. Pero ya sabes lo que no tienes que hacer.

– ¿La moto? ¡¡Gracias!! – Se levantó de la cama y le dio un abrazo enorme.

– Te dije que si te portabas bien la tendrías de vuelta.

– ¿Puedo cogerla?

– Primero almuerza – dijo su madre sonriendo al verla abrazada a su padre – Luego vas donde quieras. Pero creía que íbamos a hacer bombones juntas.

– Claro que sí, y me vas a dar unos pocos – Ken le dio un empujoncito en el hombro.

                Su familia no era perfecta ni mucho menos, pero eran capaces de animarla cuando peor estaba. Se sentía querida, y eso era lo importante. Su tía se marchó en ese mismo momento y antes de que la comida estuviese lista volvió con las pastillas para Aiko y una caja de condones que le dio discretamente lejos de los ojos de su padre. Después de almorzar se quedó en la cocina con su madre, preparando los bombones de todos los años. Hacían un paquete para cada hombre de la familia, con sus chocolates favoritos.

– Aiko-chan, ¡uy que bueno! – Su primo entró en la cocina, robando un bombón del montoncito de los blancos.

– ¡No te comas más de los que te corresponden! ¡Están contados! – Le riñó su tía Ayame.

– Voy a salir esta noche con mis amigos. Ninguna de las del cumpleaños. Vamos a un karaoke y sé que te encantan, ¿te vienes?

– No – Su madre la miró ante su seca respuesta.

– Makoto me ha dicho que es lo que ibas a contestar y me ha pedido que insista.

– Ahora sí que no voy…

– Pues te había preparado una bolsita para él – Su madre le enseñó una más grande que las demás.

– Pues se la puedes dar a otro. Él ya tiene chocolate de sobra.

– Dice que quiere hablar contigo y que es importante – Aiko suspiró con fuerza por la nariz – Si tan amigo tuyo es, deberías escucharle al menos.

– Pero vamos en mi moto.

– Me da un poco de miedo, pero vale. Ve vistiéndote – miró a su madre, que le hizo un gestito con la cabeza para que se marchase.

                Sabía que probablemente eso que tenía que decirle era que estaba saliendo con Ayu, pero de todas maneras le debería hacer caso a su tía. Tenía que dejar de suponer cosas que a lo mejor no eran.  Se duchó, se puso unos vaqueros negros, una camiseta simple y gris y se metió en el cuarto de su tía, quitándole una chaqueta de cuero roja que le encantaba. Cogió dos cascos y llamó al cuarto de su primo. Se le fue la nariz detrás, le encantaba el olor de su colonia y él se rio apretándola contra su pecho. A  veces le daba la impresión de que más que primos, eran hermanos. Cuando vio su moto, limpia y esperándola en el garaje, se alegró. Se puso realmente contenta desde hacía mucho tiempo. La arrancó subiéndose encima del pedal empujando con todo el peso de su cuerpo y se rio un poco histérica al escuchar el motor. Música para sus oídos. La sacó del garaje y esperó a que Ken se subiese tras ella. El momento en el que aceleró fue eufórico. Iba a toda la velocidad que le era permitida e incluso un poco más rápido. Una gran sonrisa iluminaba su expresión y el corazón se le iba a salir del pecho. Se dio cuenta de lo parecido que era ese sentimiento a hacer el amor con Makoto y se rio en voz alta. Al parar ante el local, sintió como su primo se bajaba con prisas.

– Me vuelvo en taxi – Le dijo dándole el casco para que lo guardase dentro del sillín.

– Miedica – contestó ella poniéndole el candado a la rueda delantera.

– ¡Por fin! – dijo una de las chicas. Miró sobre su hombro y se alegró al no ver a Ayu, aunque había chicos que no conocía. Escuchó que le golpeaban el casco.

– Hola Speedy González. Menuda carrera pegaste al acabar la clase.

– Hmm… – No sabía si estaba enfadada con él o no. Se quitó el casco, soltándose la larga melena negra sobre los hombros. Escuchó a una de las chicas susurrar un “¿Esa es tu prima? Es super guay” – Tenía prisa.

– Ya me di cuenta – pasó uno de sus largos mechones negros entre sus dedos, mirándola fijamente.

– ¿Entramos o qué? – Le preguntó a su primo, apartando la atención de esos ojos negros. El lugar era un poco cutre pero las habitaciones individuales eran grandes y espaciosas. No se había terminado de sentar y las dos chicas se sentaron una a cada lado de ella.

– Yo soy Miku y ella es Kana chan, encantadas Aiko-san.

– Hola – Se sentía incómoda. Miró a su primo, que se reía a carcajadas con los otros tres chicos.

– Ken-kun nos ha dicho que cantas muy bien, ¿cantamos juntas?

– Empezad vosotras – intentó no ser lo desagradable de siempre y agradeció que esas dos no insistieran.

                Se pusieron de pie para cantar una canción de la que se sabían incluso el baile. Tenían a los chicos ensimismados y parecían estar en su salsa. Al mirarse a sí misma, de brazos cruzados y sola en la esquina de un sillón le entraron ganas de salir corriendo. No encajaba en el grupo, como siempre. Sacó su teléfono, intentando distraerse con cualquier cosa de ese sentimiento que empezaba a invadirla.

– Eh – Al mirar al frente vio a Makoto sentarse a su lado – No te aísles.

– Lo siento no soy como ellas – dijo señalándolas con la cabeza.

– Se tú misma sin aislarte. Cuando estás suelta eres muy divertida.

– Sí claro – Las miró, deseando ser como ellas.

– A mí me encantas – Le dio un golpe en la nariz y ella se echó hacia atrás.

– ¿Qué haces? Estate quieto.

– Tengo que hablar contigo, pero aquí hay mucha gente – El corazón se le puso en la garganta – Vamos fuera un momento.

                Miraba las baldosas a cuadros amarillos y naranjas de la entrada intentando sopesar todos los escenarios posibles, todo lo que podría querer decirle. Le temblaban las manos, así que las guardó en los bolsillos de la chaqueta. Makoto tardó en empezar a hablar, mirándola con seriedad.

– Me dijiste que no éramos novios la noche del cumpleaños de tu primo – Ella asintió – ¿Sigues pensando lo mismo? – La pregunta le confundió, pero respondió con los hechos.

– No somos novios. Somos amigos.

– ¿Y si te preguntase qué responderías?

– ¿Te gusta Ayu?

– Me gustan muchas cosas de Ayu igual que me gustan muchas cosas de ti.

– ¿Qué cojones significa eso? – espetó cruzándose de brazos – ¿Te has acostado con ella?

– Sí – Aiko frunció el ceño brevemente, apretando los labios después – Esta tarde, antes de venir.

– Así que vienes follado – estaba enfadada con él. Muchísimo – Pues no sé qué coño me estás preguntando entonces, ni para qué.

– Porque tengo que saberlo.

– ¿Para decidir con cual quedarte? Perdona Makoto pero no soy una puta opción. No me vale si tienes que elegir entre yo u otra. Así no se hacen las cosas, ¿quedabas con ella después de clase, verdad?

– Sí. Pero respóndeme, ¿saldrías conmigo?

– Después de lo que me acabas de decir y de lo que has hecho esta misma tarde no sé cómo tienes la cara de preguntarme eso, ¿vas a jugar con Ayu o qué te pasa? ¿¡De qué vas!?

– Deja de gritarme y de hablarme de esa manera. No me lo merezco.

– ¿Que no te lo mereces? ¡Es lo mínimo que tengo que hacer sabiendo que todavía apestas a otra!

– ¡Me dijiste que no querías salir conmigo! ¡No parabas de negarlo y de recordármelo!

– ¡Porque no quería! ¡¡Hace un puto mes, no ahora!!

– ¿¡Y cómo quieres que sepa eso si esta mañana te has follado a Yuudai?! – era la primera vez que le alzaba la voz, él también estaba enfadado. Le juzgaba con la mirada, era muy desagradable la sensación que le daba – ¿¡Qué quieres que piense?! ¿¡Qué quieres que haga si no es follarme a otra?! ¿Pretendes que me quede esperándote siempre? ¿Que no tenga novia nunca y esté siempre detrás de ti aguantando tus contestaciones cuando tienes un día malo? – Las cosas que estaban saliendo de su boca no le estaban gustando, le hacían sentir mala persona – Eso no va a pasar, estoy harto de tu doble juego y de que en vez de sincerarte todo lo que obtenga son muestras de desprecio.

– ¡¡Pues muy bien, pasa de mí si tantas ganas tienes!! ¡Sigue follándote a Ayu! – Se fue hacia su moto, quitándole el candado y subiéndose a ella.

– ¿Dónde vas sin casco?

– Con mis amigos de verdad, no contigo que me cambias por la primera que se te abre de piernas y te aparta de mi lado cuando no te tengo delante.

– ¡Me duele que hagas esas cosas, Aiko! ¡Me duele que me hables así y no seas sincera del todo!

              Arrancó a pesar de que él la llamaba y no paraba de hablar. Se alejó de lo que le hacía daño, de las verdades que dolían tanto. Si Makoto se quedaba con Ayu ella se lo había buscado por no apreciar a la persona que tenía a su lado. Por no tratarle como se merecía. Se limpió una lágrima bruscamente de la cara, camino a ese antiguo edificio en el que quedaba con las que fueron sus amigas. Al llegar, había poca gente a la vista pero todos se quedaron mirando su moto con mucho interés. No veía caras conocidas.

– ¿Aiko-chan? – Al principio no reconoció a la chica con la cara llena de piercings y pelo verde que le hablaba – ¡Soy yo! ¡Rin-chan! – Le dio un abrazo enorme – ¿Dónde has estado metida?

– En otro instituto lleno de gente bastante imbécil. Me habían quitado la moto hasta hoy.

– Ven, ven conmigo, te voy a presentar a todos los que no conoces.

                Saltaron escombros, basura y todo lo que siempre había estado por allí pero multiplicado por dos. Parecía que en los meses que había desaparecido ese lugar era más decadente si cabía. Y no solo eso, la gente también le daba mala espina. Su amiga parecía otra persona en todos los aspectos. Hablaba diferente, se movía diferente y se comportaba diferente. Le daba la impresión de que estaban colocados con algo y no tenía muy seguro si quería saber el qué. Pero a pesar de todo eso se sintió bien, integrada al fin. Sus otras dos antiguas amigas la recibieron con los brazos abiertos a pesar de como acabó todo. Ellas también tenían pendientes y peinados extravagantes. Pasaron las horas mientras la pusieron al día y les enseñaron sus motos nuevas, robadas por supuesto y tuneadas al máximo. Le hicieron olvidar sus problemas, sus penas, a Makoto. Se le había olvidado lo que era reír durante tanto tiempo seguido.

– ¿Seguís acosando a empresarios? – Se miraron y se rieron a carcajadas.

– ¿Tú crees que se nos acercan con estas pintas? Hemos cambiado de táctica. Es más fácil robar una tienda que abrirse de piernas.

– Y si no pues compramos drogas y lo que nos sobra se los vendemos a los demás a precios exagerados. Pero tú no sabes nada – Ella sonreía a pesar de no gustarle lo que estaba oyendo.

– Nos podrías ayudar un poco, que yo recuerde estás forrada.

– ¡Eso! Quítale a papaito unos cuantos billetes, fijo que no se entera – Se rio con ellas, pero se acercó a la moto discretamente. Tenía que salir de allí, había sido un error acercarse a ellas.

– ¡Vamos a darnos una vuelta! ¡Déjame tu moto tía!

– ¿Estás loca? Ni de coña vas a tocar mi moto – soltó una risita a la que no le acompañaron.

– ¿Y por qué no? ¿Qué más te da? ¿No somos amigas?

– Mi moto no la toca nadie, lo sabéis desde siempre. Y esto solo ha sido una visita, no iba a quedarme de todas maneras.

– ¡Venga ya! ¡Y una mierda! ¿Qué haces tú aquí? – miró hacia el lado y vio a Yuudai acercarse a ella.

– ¿De qué la conoces? – preguntó Rin.

– Es la que me he follado esta mañana, la que me ha hecho esto – Se señaló la nariz herida – ¿Vienes a por más? – Se agarró la entrepierna.

– Piérdete picha corta – Le contestó ella. El bofetón de Rin le pilló desapercibida.

– No vuelvas a insultar a Yuu, no vuelvas a tocarle y mucho menos a follártelo. Es mío, puta.

– Pues no se acordaba de ti esta mañana – Las palabras salieron de su boca sin poder retenerlas.

– Pija de los cojones, vas a aprender a no joderme – La agarró del pelo y antes de que pudiera moverse las otras dos le agarraban los brazos. Le dio una patada en el estómago que la hizo doblarse y dos bofetones que le provocaron una herida en el labio.

– Uh, ahora no eres tan chula – dijo Yuudai entre risas.

– Cógele las llaves de la moto – Una de ellas le metió la mano en la chaqueta y sacó las llaves. Ella se revolvió.

– ¡O paras o te rajo las tetitas de princesa que tienes! – Rin le acercó una navaja peligrosamente larga a la cara – Me voy a llevar tu moto y tú te vas a ir a casa, ¿estamos?

– Te vas a arrepentir de esto – Le dijo entre dientes, más furiosa que asustada.

– ¿Es una amenaza? ¿¡Es una puta amenaza?! – Le hizo un corte lentamente en el pecho tras abrirle la chaqueta, provocándole un grito de dolor – La próxima va al ojo, princesita.

– ¡¡Eh!! ¿Qué cojones estáis haciendo? – A Aiko le sonó a yakuza, pero un yakuza con la voz muy conocida. Al mirar hacia atrás vio a Makoto acercarse a ellas.

– ¿Y tú quién eres guapetón? – Le preguntó Saku.

– Suéltala – Por más que la señalase con el dedo, se veía que no pertenecía allí. Su ropa tan común le delataba.

– ¿Es tu novio? – Le preguntó Rin a Aiko – ¿Viene a rescatarte?

– Hombre, ¡Makoto! ¿También vienes a follartela? Ponte a la cola.

                Si no lo hubiese visto no lo hubiese creído. Makoto se abalanzó sobre Yuudai mientras este se reía mirando hacia atrás, tirándolo al suelo y pegándole en la cara golpes brutales. Las chicas parecieron olvidarse de ella para ir a socorrer a su amigo. Aiko no podía moverse al ver sangre en la manga de Makoto cuando Rin le cortó el brazo con su  afilada navaja. Iba a tirarse sobre ella cuando les llegó el ruido de una moto que se acercaba a toda velocidad, acompañado del de un coche que le seguía cerca. Las chicas se movieron inquietas porque evidentemente no esperaban a nadie. Aiko sentía la sangre correrle por el pecho y, llegados a ese punto, miedo. Sin embargo, se le pasó al ver quien se bajaba de la moto. Su tío Keiji tiró el casco a un lado, acercándose peligrosamente a las chicas que se movieron agitadas.

– ¡Keiji, no te muevas! – Ordenó la fuerte y autoritaria voz de su padre, una voz que a ella le tranquilizó. Le vio salir del coche poniéndose bien el traje de chaqueta, acercándose a paso tranquilo a los pandilleros – Tú – dijo señalando a Makoto – Métete en el coche con Aiko.

– Papá, tienen las llaves de la moto – Le dijo ella mientras sentía las manos de Makoto empujarla al vehículo.

– No te preocupes, me las van a dar – sonó todo lo amenazador que pretendía.

                Aiko ahogó un grito al ver que Rin se echaba sobre su padre con intención de clavarle la navaja. Makoto se quedó helado en el sitio a su lado, observando la escena. Tres hombres diferentes, incluyendo su tío, sacaron las pistolas. Sin embargo, Hiroshi la esquivó con facilidad, agarrándola del brazo y retorciéndoselo de forma brusca por la muñeca. Escucharon el grito de la chica al mismo tiempo que el chasquido su brazo al rompérselo.

– Aprende a diferenciar a quién puedes y a quién no puedes tocar – Al ver las pistolas, los otros echaron a correr, tirando las llaves de la moto al suelo de arena – Te aconsejo que salgas de este mundo si no quieres verme de nuevo. Y aléjate de esos cobardes que tienes por amigos. Keiji – El aludido se le acercó con rapidez, guardando el arma – Coge la moto de la niña y deja a esta en el hospital.

                Cuando finalmente reaccionaron fue cuando él se acercó a ellos. Se metieron con prisas en el coche, Makoto contra la ventanilla y Aiko en medio, al lado de su padre. Cuando Daisuke arrancó, mirándola preocupado por el espejo retrovisor, su padre se apretó entre los ojos con el dedo pulgar y el índice, suspirando exasperada y profundamente. No obstante, la mirada que le dedicó fue de profunda preocupación.

– No hagas esto nunca más, vas a matarme – La abrazó por los hombros y le besó el pelo – ¿En qué estabas pensando?

– Lo siento – Murmuró ella con un hilo de voz, sintiendo de golpe todos los sentimientos de los que intentaba huir con el añadido de la culpabilidad por haber preocupado tanto a su familia.

– Te dije que no intervinieras solo, niñato – Le dijo a Makoto, que permanecía en silencio – ¿Por qué fuiste tan jodidamente imprudente? Podrías haber acabado muerto.

– Le hicieron sangre, la estaban amenazando. No podía quedarme quieto por mucho que me lo ordenara nadie.

                Al alzar los ojos vio a su padre clavándole la mirada a Makoto. Sabía lo mucho que podía intimidar y después de lo que había visto que podía hacer, tendría que estar muerto de miedo. Giró la cara hacia él y se lo encontró desafiándole con la mirada. No se lo esperó en absoluto.

– ¿Cómo me habéis encontrado? – preguntó ella intentando desviar la atención.

– Tienes un chip de seguimiento en el teléfono – No dejaban de mirarse el uno al otro – Si no hubieses metido la pata ella no habría acabado donde estaba – Al ver que su amigo miraba hacia abajo con tristeza sintió el pecho de su padre hincharse – Asume tus errores.

– Déjalo – Le susurró – Por favor. Ahora no. Me ha ayudado cuando otro no se habría molestado y si me he ido ha sido porque he querido. No ha hecho nada malo, papá – Se soltó de él y se giró hacia su amigo, mirándole el brazo.

– ¿Estás bien? – Asintió con la cabeza, sin mirarla – ¿No te duele? – Cuando la miró a los ojos le entraron ganas de llorar.

– ¿Y tú estás bien? ¿Tampoco te duele? – No sabía si se refería a la herida o a otra cosa pero tuvo que apartarle la mirada. El resto del camino se lo pasó mirándose las manos.

                Al llegar, su padre pretendía que Makoto se fuese inmediatamente, pero su tío Daisuke le convenció para que pasara y se curase la herida antes de ir a casa. La madre de Aiko le dio un abrazo que le pareció infinito, llorando al ver la herida de su cara. Su tía, más resolutiva que ella, la llevó de la mano a la cocina. Allí estaba su primo Ken, que se levantó de la silla con aspecto preocupado al verlos entrar.

– ¿Qué os ha pasado? ¿Estáis bien?

– Heridas de guerra – bromeó Makoto – Nada grave.

– Aiko, ¿Por qué ha—

– No le digas nada más, suficiente tiene por hoy – Le cortó Makoto. Ella lo agradeció.

                Manami le curó la herida del brazo a su amigo y su madre le limpió a ella la de la del pecho. Intentó ponerle una tirita, pero era demasiado grande. Chasqueó la lengua y volvió a darle un abrazo tan fuerte que le hizo daño.

– Mamá no hagas un drama, estoy bien – Le dijo ella dándole palmaditas en la espalda.

– No me digas que no haga un drama, es lo que dice siempre tu padre. Estaba muerta de miedo, me vais a dar un disgusto.

– Hey, tú – Daisuke entró en la cocina, ofreciéndole la mano a Makoto – Muchas gracias, has sido valiente de cojones.

– No lo pensé, es que no me podía quedar quieto. Cuando vi a la loca esa con una navaja tuve que hacer algo – A la mención del arma su madre la apretó un poco más.

– En menudas movidas os metéis – dijo Ken comiendo chocolate.

– No quiero decir te lo advertí, pero… – Aiko miró a su tío, que suspiró – Si te digo que sabía dónde te metías es por algo.

– Ohg, no le digas te lo dije, molesta mucho – salió su tía en su defensa – La próxima vez no va a ser tan impulsiva. Lección aprendida. Muchas lecciones aprendidas hoy – Se sonrieron mutuamente.

 

 

6

– Bueno, vamos a comer algo – Su madre se limpió las lágrimas cuando consideró que su hija estaba realmente a salvo tras un largo abrazo. Sorbió sonoramente por la nariz justo cuando su padre entraba en la cocina. Al verla así la abrazó, dándole un amoroso beso en la mejilla y susurrándole palabras dulces que le plantó a su madre una sonrisa estúpida en la cara. Miró a Makoto y le vio observar la escena sorprendido.

– Siempre la toca como si se fuese a romper – Le dijo ella, intentando no sentirse lo triste que se sentía cuando le miraba – Se transforma al lado de mi madre – Por algún motivo, el chico la miró y asintió desviando su mirada hacia el suelo.

– Me tengo que ir, he dejado una reunión que no debería de haber dejado – Les dijo, mirando a su hija con unos ojos que expresaban “para que veas lo que hago por ti”.

– Ve con cuidado. Los demás, a la mesa.

– Ya estamos en la mesa, mamá – Ella asintió.

– Pues a comer – Makoto se levantó, pero Ken le puso una mano en el pecho.

– ¿Dónde te crees que vas? Te quedas a cenar. Mi tía cocina de maravilla – miró hacia atrás y susurró – Aunque mi madre cocina mejor.

– ¡Te he oído, tontito!

                Tras esa primera sonrisa, todos los miembros de su familia hicieron esfuerzos por que ambos sonriesen. Pero Aiko se sentía rara, Makoto no la miraba a los ojos y parecía costarle tanto sonreír como a ella. No comieron mucho pero lo que sobró se lo metieron entre pecho y espalda su primo y Daisuke.

– No es por darte ideas – Le dijo Manami – Pero esa cicatriz la cubriría estupendamente un tatuaje.

– No, es muy joven todavía, de tatuajes nada – protestó su madre, recogiendo los platos con su primo.

– Pero si tú te lo hiciste con mi edad – protestó Aiko.

– Mi situación era diferente.

– Sí, tu novio de una semana estaba en la cárcel y te sacaba trece años, así de diferente – dijo ella.

– No todas podemos tener un novio ejemplar. Por cierto, Makoto, Aiko se lo dejó en casa – Le dio al chico su bolsita de chocolates – Feliz San Valentín, los ha hecho ella.

– ¡Eh, es más grande que la mía! – protestó Ken. Makoto se quedó mirándolos pasmado, los apretó y se levantó de la mesa.

– Creo que debo irme a casa – dijo con una voz tan suave que apenas reconoció – Muchas gracias Ayame-san, la comida estaba muy buena.

– ¿No te quedas a dormir? – Su madre parecía genuinamente sorprendida.

– No debo y no puedo, su marido no lo aprueba.

– Mi marido puede decir misa. Si yo digo que te quedes, te quedas. Y después de lo que ha pasado no te vas a ir solo hasta tu casa. Tu madre me mata como se entere de todo esto.

– No va a enterarse, no se preocupe.

– Oye tío, alegra esa cara – Ken le dio un golpecito en el brazo bueno – Ha salido todo bien – Al ver la mirada angustiada que Makoto le dedicó, Aiko se levantó de la mesa.

– Antes de que te vayas, ven un momento – Le cogió de la mano y tiró de él hasta su habitación. Una vez solos tuvo que darle un empujón en el hombro para que la mirase – ¿A qué viene esa cara triste? Debería ser yo la que tuviese esa actitud después de saber lo mal que me he estado portando contigo.

– No te has estado portando mal realmente, es solo que eres muy brusca siempre y… yo que sé – seguía sin mirarle a la cara – Si no te hubiese dicho todo eso no habría pasado nada.

– Es que no ha pasado nada. Solo tenemos dos cortes y ya ni nos duelen.

– ¡No ha pasado pero podría haber pasado! – La miraba de tanto en tanto, agitado – ¡Tu padre tiene toda la razón! ¡Es culpa mía que te hayas ido de esa manera! No debería de haberte dicho nada de lo que dije.

– No, y una mierda. No te culpabilices por mis acciones. Tú no me llevaste con esa gente, solo me dijiste lo que pensabas y eso no está mal. Me lo merecía Makoto, he sido una gilipollas. A un amigo no se le trata como yo te he tratado – Se le habían saltado las lágrimas y le temblaba un poco la voz. Ahora era ella la que no le miraba – Me merezco que me digas todo eso y más. Y déjame decirte que es normal que salgas con Ayu en vez de conmigo.

– No voy a salir con Ayu.

– ¿Y por qué te acostaste con ella? – Le miró. Estaban ambos de brazos cruzados, ella llorando y él a punto.

– Porque saber que te habías ido con otro me dolía demasiado. Al acabar con ella, antes de irme, le dije por qué lo hice y ahora pues… creo que me odia. En fin, normal, ¿no?

– ¡Pero esta tarde me dijiste que te gustaba!

– No te hace competencia. Ni de lejos. No tiene nada que hacer a tu lado. Ya te dije que me gustabas desde que éramos pequeños, pero no me creíste o no me tomaste en serio.

– ¿Después de todo lo que te he dicho y de cómo te he tratado sigues sintiendo lo mismo?

– No ha sido tan grave. Sé que tus insultos no son con el corazón, es tu manera de demostrar que estás incómoda o que te sientes vulnerable. No pasa nada.

– Deja de excusarme y de decir que no pasa nada, ¡¡deja de ser tan bueno, por lo que más quieras, solo haces que me sienta peor!! – Se llevó una mano a los ojos, llorando todo lo que no había llorado antes. Sintió la mano de Makoto en su hombro – No me toques.

– No me alejes de ti, déjame consolarte, tonta.

– No te merezco.

– Ven – La abrazó por los hombros y no dijo nada más. Tras unos segundos, le devolvió el abrazo, llorando en su camiseta mientras le sentía acariciarle el pelo. No hablaron en un buen rato, hasta que su suspiro le revolvió el pelo y le puso los dedos bajo la barbilla – Te lo voy a preguntar otra vez, ¿quieres que sea tu novio, sí o no? – Ella le apartó la mirada.

– No me lo preguntes tan directamente, imbécil.

– ¿Eso es un sí?

– Eso es un vete a la mierda – Le dio un golpetazo en el pecho, haciéndole reír.

                Makoto acarició su mejilla despacio, inclinándose sobre ella. Aiko le agarró con fuerza de la camiseta, besándole como si fuese la primera vez. Desde luego lo era desde que se sentía como se sentía hacia él. Lo que le provocó su boca en ese momento no se parecía ni por asomo a lo que pudo provocar la noche del cumpleaños de su primo. Su corazón nunca había latido tan rápido, nunca se había sentido tan nerviosa y contenta al mismo tiempo. De nuevo volvió a asociar estar con él a estar sobre su moto y sonrió; a los dos podía montarlos pero solo a uno podía controlarlo. Y no era al que tenía delante. Sintió sus manos bajo su camiseta, acariciándole la espalda mientras la besaba intensamente. Aiko le quitó la suya al chico, acariciando su torso hasta la hebilla de su pantalón. Él le puso una mano en la nuca, oliendo su cuello al tiempo que le apretaba el poco trasero que tenía con su otra mano. Se le escapó un “Makoto” tembloroso al sentir todos los vellos de punta cuando los gruesos labios del chico se apretaron a su piel. Le clavó sus ojos oscuros, jadeando con esa boca que tanto deseaba entreabierta. En los de la chica se reflejaba tanto deseo como ese algo más que se negaba a reconocer.

                La empujó suavemente hasta la cama, sin besarla, sin dejar de mirarla intensamente. Subió suavemente la camiseta de Aiko, dejando solo su ombligo al aire, sin quitársela. Acarició su piel con ambas manos, besándosela mientras le abría el botón de los pantalones. Tiró de ellos y la dejó con la ropa interior. Las manos de Makoto acariciaron sus piernas desde las rodillas hasta sus caderas, besando su entrepierna cuando sus pulgares llegaron a las ingles de la chica. Solo la besaba sobre la tela de sus bragas y le acarició el pelo, impaciente porque las ganas de sentir su lengua podían con ella. Nunca le habían dado sexo oral. Bajó sus bragas sin dejar de besar el mismo punto, haciéndola gemir al contacto de sus cálidos labios con su húmeda piel. Deslizó despacio los pulgares sobre sus labios mayores, separándolos lentamente con su lengua. Sentía su sexo hinchado, dispuesto a recibirle cuanto antes, tan sensible que no podía evitar gemir suavemente. Makoto la rozaba sin terminar de introducir los dedos en su interior, pero haciendo presión, aumentando su avidez por sentirle dentro. Lamía su clítoris suavemente, le hacía mojar la cama, sus dedos, su boca. Al sentir el orgasmo agitar su cuerpo, apretó la cabeza del chico contra ella. Se le quebró la voz en un gemido largo y se hizo daño en el labio al morderse. Los dedos de Makoto se deslizaron dentro de su cuerpo justo en el climax de Aiko, que gimió incluso más fuerte, sintiendo uno de los orgasmos más intensos de su vida. Siguió masturbándola con sus manos mientras se ponía derecho.

– Sácamela, tócala Aiko-chan – Entre temblores y jadeos intensos, metió las manos entre los brazos del chico, abriéndole la bragueta y liberándola de la presión de la tela. Cuando acarició su glande, Makoto resopló.

– Hazme gritar – Le pidió ella, apartando sus manos y tirando de sus caderas para ponerle sobre su cuerpo.

– Espera – Se separó de ella, sacando la cartera. Se le ensombreció el rostro al buscar y no encontrar nada – No tengo condones – dijo mirándola a los ojos.

– Abre el primer cajón – Le señaló la mesa de noche, sentándose en la cama y metiéndose en la boca la erección del chico.

                Le escuchaba gemir mientras sacaba el condón de la caja. La agarró del pelo mientras abría el condón con los dientes y ella apretaba su carne caliente con los labios y la lengua. Le encantaba como olía, le fascinaba sentirla palpitar en su boca y le excitaba sentirle temblar de placer. La apartó de él y se puso el condón, quedándose de pie ante la cama, inclinándose sobre ella. Abrieron la boca cuando sus sexos se rozaron, ella apretó los dientes al sentirle abrirla despacio y él apretó los labios al sentirse oprimido por ella. Ambos gimieron con la primera y lenta embestida, precedente de todo el placer que vino después. Makoto la agarró de las caderas con fuerza, ella apoyó los talones en el borde de la cama, moviéndolas despacio contra él y agarrándose con ambas manos a la colcha sobre su cabeza. Sus movimientos se sincronizaron, volviéndose el sexo más brusco, más intenso, provocando que cerraran los ojos porque el placer era tal que les era imposible tenerlos abiertos. Tras un fuerte orgasmo de la chica, que le atrapó su cintura con las piernas, Makoto le dio la vuelta, tumbándose sobre ella. Sin levantarle el trasero, la deslizó entre sus muslos, aplastándola contra la cama y jadeando contra su espalda. Cuando pasó la mano bajo su cuerpo, tocando su clítoris de nuevo, la chica se encogió, temblando.

– Deja de gritar – Le susurró riéndose.

– No puedo – exhaló casi sin aliento – Me corro.

– Cállate por dios – Las caderas de Makoto chocaban contra su trasero, sus gemidos se amortiguaban contra la piel de su espalda. El chico no podía quedarse quieto en una sola postura, volvió a ponerse de pie frente a la cama y la puso de lado, levantándole una pierna. Le rozó los labios mayores y menores con su húmeda erección, resoplando.

– ¡Mecagoenlaputa! – masculló la chica, con su voz temblando y sus uñas clavadas en el brazo que agarraba su pierna.

– Hasta follando tienes la boca sucia – jadeó él, sonriente. Cuando la penetró en esa postura, la chica se quejó – Aiko, no puedo más – Se la metía tan profundamente que notaba como chocaba con su tope.

– Ten cuidado, pero ni se te ocurra parar – Le pidió su mano – Tócame.

                Makoto movía sus caderas con fuerza, en largas embestidas, acariciándole el clítoris con sus dedos. Aiko agarró una almohada y la mordió, gimiendo con la voz rota, corriéndose de nuevo en un orgasmo que duró tanto que alcanzó el del chico. Le apretaba la pierna a su cuerpo, clavándole los dedos en las caderas y dejándose caer sobre ella despacio. Gemía con fuerza, rasgando la voz, apretando los dientes. Aiko tiró de sus hombros y lo tumbó sobre ella, besando su mejilla y abrazándole con fuerza, mezclando su sudor con el del chico. Le rodeó las caderas con las piernas y siguió moviéndose mientras él se corría, resoplando en su cuello. La besó con intensidad, despacio, respirando irregular y profundamente.

– ¡Au, au! Se me ha quedado el músculo de la pierna cogido – Se quejó ella. Makoto se apartó un poco, dejando que la estirase – Joder, que dolor.

– ¿Estás bien? – preguntó sonriente, sudoroso y jadeante – He llenado el condón, que manera más exagerada de correrme. Creía que me moría de un infarto.

– Si no me he muerto yo no te mueres tú – Al fin el tirón pasaba y se pudo tumbar derecha – Tira eso a la papelera, se te va a caer y lo vas a manchar todo.

– Ve destapando la cama – resoplando se metió entre las sábanas, dando un suspiro intenso, cansada – Espero que tu padre no nos haya oído – Se quitó los vaqueros que aún tenía puestos.

– Si mi padre sospechase que estabas follándome habría entrado a la mitad, no te preocupes, no está en casa.

– Que sueño tengo… – La abrazó por la cintura, apartándole la melena del cuello para hundir su cara en él – Te quiero mucho – Le dio un breve besito justo bajo el lóbulo de su oreja.

– Shh, a dormir – Le pasó el brazo bajo su cuello, el otro sobre los hombros y la pierna sobre su cintura.

– Supongo que eso es tu “yo también” particular, ¿no?

– ¿Qué tontería es esa? Si te quiero decir que te quiero te lo digo.

– ¿No quieres decírmelo? Me haría ilusión escucharlo, si es que lo sientes.

– Claro que lo siento. Deja de hablar de una vez – Le escuchó expulsar el aire por la nariz en una risita breve, apretándose a ella un poco más fuerte.

                Se dejó llevar por el sueño y lo cómoda y calentita que se sentía junto a él. Y en paz, sobre todo en paz. A la mitad de noche, supuso ella que de madrugada, abrieron la puerta de su cuarto, despertándola. Levantó la cabeza y vio a su padre allí plantado, frunciendo el ceño al ver la espalda desnuda del chico y a ella bajo su brazo. Por suerte tenía la camiseta puesta. Aiko le hizo un gesto con un dedo ante sus labios para que guardase silencio. Su padre respiró hondo y tras cerrar los ojos con fuerza y dedicarle una mirada enfadada, salió de la habitación. Sonrió hundiéndose bajo el cuerpo de Makoto. Miró hacia arriba y vio su rostro apacible, rozando con la yema de sus dedos los lunares que adornaban su cara.

– Te quiero mucho, imbécil – Casi se le sale el corazón por la boca al verle sonreír.

– Yo también – abrió un ojo y se rio de ella al verla enfurruñada, quejándose porque hacía trampa, apretándola contra él y haciéndola sentirse verdaderamente feliz.

 

EPILOGO

                Cansada y muerta de sueño, subió las escaleras hasta el último piso. Fue arrastrando los pies y bostezando hasta detrás de las sillas, desde donde veía solo sus pies asomarse. Dejó caer la bolsa con los materiales a su lado, haciéndole dar un respingo.

– Uy, qué susto me has dado – Aiko le quitó el bento de las manos y se sentó entre sus piernas, dejando caer la cabeza en su pecho y obligándole a abrazarla.

– Estoy muerta. Odio el puto festival escolar.

– Y eso que te has metido voluntariamente – La abrazó por los hombros y besó su frente.

– Solo porque tú me has dicho que socialice. Me estoy arrepintiendo conforme se acerca la hora.

– Estoy deseando verte vestida de maid – Le susurró con voz sexy.

– Tienes la entrada prohibida a la cafetería – Le dio un pellizco con fuerza en un costado, él se lo devolvió – ¿De quién es el bento hoy?

– De mi padre – Aiko alzó la vista hacia sus ojos preferidos – No puedo seguir aceptando almuerzos de las chicas. Estoy contigo.

– Y has tomado esa decisión un mes después de empezar a salir juntos. Fantástico campeón, ya era hora. Me daban pena las pobres.

– De todas maneras la reina de los bentos es tu tía. Dile que te prepare uno pronto.

– Creo que tengo uno en esa bolsa, no estoy segura – Makoto se giró, cogiendo la cajita de la bolsa – ¿Es bonito el contenido?

– Esto es de tu tía seguro – dijo con la boca llena.

– Oe, ¿quién te ha dado permiso? – Aiko se sentó derecha, quitándoselo de las manos y quitándole los palillos – Que yo también tengo hambre.

– ¿Alguna vez me harás uno? – Ella le miró arrugando la nariz – Soy el único novio al que su novia no le hace bentos, me fastidia.

– La vida es dura – Aiko comía con ganas, pero tuvo que soltar los palillos al ver que su novio la miraba sin quitarle la vista de encima – ¿Qué te pasa?

– ¿Qué vas a hacer cuando acabemos el instituto? Ya no queda mucho.

– Mis padres quieren que vaya a la universidad, pero no tengo ni idea de por dónde tirar.

– ¿A qué universidad?

– A la Todai, no te jode – Al chico se le abrió la boca al verla sonreír.

– ¿A Tokio? – Aiko le dio un golpe en la frente.

– ¿Tú te crees que tengo la nota para ir a la mejor universidad de Japón? Me quedo aquí, hay universidad igual. ¿Y tú qué? Tú sí que podrías ir a Tokio.

– Podría – Le acarició la mejilla – Pero no quiero – Aiko tragó el arroz que tenía en la boca con cierta dificultad. Nunca se había planteado alejarse de él tan pronto. Sin embargo, era una posibilidad.

– Ni se te ocurra quedarte aquí por mí.

– No voy a alejarme de ti.

– Pues me voy yo también a Tokio a estudiar. A otra universidad claro, no todos somos cerebritos.

– ¿Vendrías conmigo? – Ella asintió decidida, él le abrazó la cintura con fuerza – Te estás pasando de la hora de descanso. Va a empezar el festival enseguida – Quejándose se puso de pie.

– Me quieren maquillar, sálvame.

– Ni de broma, estoy deseando verte – Al ver que ella abría la boca se le adelantó – Tranquila que no voy a hacer ninguna muestra de amor en público.

                Con un mohín de disgusto y tras un breve beso en los labios se alejaron en direcciones opuestas. Aiko no paró de quejarse mientras las otras chicas de la clase la maquillaban y la peinaban con dos coletas altas. Al salir del vestidor con el traje de maid se sentía ridícula, pero sus compañeras estaban entusiasmadísimas con su aspecto final. Como remate, le colocaron orejitas negras de gato enganchadas a los coleteros. La quisieron poner en la puerta para reclamar clientes, ella se negó. Iba a servir mesas y mucho estaba haciendo. Dos horas después estaban todas nerviosas, incluso ella, que se moría de la vergüenza tirándose de la falda del traje. Al ver a los primeros clientes que esperaban en la puerta, quiso salir corriendo: su primo y su novio. Le susurraron algo a la chica que estaba de reclamo, que sonrió y fue directa hacia ella.

– Te llaman los dos chicos más guapos del instituto, ¡más te vale hacerlo bien! Acuérdate de lo que tienes que decir.

– No quiero – protestó mientras la empujaban.

– ¡Sí quieres! – No les miró a los ojos cuando se inclinó, roja como un tomate.

– Bienvenidos a nuestro maidcafé, me tendrán sirviéndole para lo que necesiten – subió una mano, dejándola doblada junto a la cara y susurró – Nya – No quería mirarlos pero escuchaba sus risas contenidas. Cuando levantó la vista, deseando patearles el culo, les vio tragarse la risa.

– Encantadora – Murmuró Ken. Makoto no pudo más y estalló en carcajadas. Ambos se rieron sin cortarse ni un pelo – Déjame echarte una foto.

– Como saques el teléfono te lo meto por la garganta – Le susurró ella amenazadoramente.

– No te pongas así, estás realmente adorable – Le dijo Makoto tocándole la orejita falsa. Se dio la vuelta, roja de rabia y vergüenza y los sentó en una mesa alejada.

– Pedid de una vez y largaos. Rapidito.

– Oye, voy a quejarme, ¿qué servicio es este? – Su primo no paraba de tocarle las narices.

Por el bien de las demás chicas, que estaban muertas de ilusión, se aguantó las ganas de echarles a patadas. Les dio lo que pidieron, atendiendo a otros chicos que la miraban embobados. Un ratito después se los encontró al pasar junto a la puerta de la clase.

– Nos vamos, gracias por todo. ¡Estaba delicioso, y qué chicas más guapas! – gritó Ken bien fuerte mirando hacia afuera.

– Gracias por la publicidad, venga, hasta luego, nya y esas mierdas.

– Estás realmente preciosa – Makoto se inclinó susurrando en su oído – Llévate este delantal y las orejitas y te las pones esta noche – sintió su mano en la cintura – Y susúrrame nya, no sabes cómo me tienes de cachondo…

                Antes de que pudiese apartarse, Makoto la apretó a su cuerpo y pasó la boca de su oído a sus labios, mordiéndoselos con un ronroneo, metiéndole la lengua en la boca después. Escuchó a las chicas coger aire sorprendidas, una bandeja que se caía, y la risa histérica de su primo. Cuando se separó de ella le sonrió acariciándole la nariz con la suya. Aiko susurró “te voy a matar” haciéndole reír. Al verla con los puños apretados y las mejillas encendidas se rio de ella, y al verle la intención pintada en la cara empujó a los demás chicos, corriendo fuera de la clase. Aiko le persiguió con la bandeja en alto, gritándole barbaridades y empujando a gente a los lados del pasillo. Cuando se quiso dar cuenta estaba riéndose a carcajadas y al tirarle la bandeja le dio en la cabeza, produciendo un sonoro “clon”. Se rio tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Makoto se volvió, sonriéndole, ofreciéndole una mano para que se levantase. La mano de un amigo, la mano de un novio. Le besó entre sonrisas y se despidió de él pero no con un adiós, sino con un “hasta luego”.

The Movie

I’ve got a friend with terrific ideas. She explains them to me and soon after I write the result because her perverseness is almost the same as mine. In this short story, the main characters are a busty gaijin (guess who xD) and three horny yakuza. They are brothers and they look like this:

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From first to last: The younger one, Toraji; the brother in the middle, Tomo; the big brother, the boss, Tom.

And if you’re still alive after these pics, you’re welcome to read this… this lustfull insanity I’ve just wrote xDD

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– It’s official, this is the biggest mall in which I’ve ever been – my friend tells me, looking around.

– Look at this dress!! I need it… I love Japanese fashion!

– I go first – she raises her arm full of clothes, pointing the fitting room.

– Let me check this rack and I’ll be with you – she nods, walking happily.

I hear her apologizing in a worried tone so I look up. A man with spiky hair, wearing a black suit is looking at her back. A second man pats his shoulder, whispering something into his ear. His hair is curly and messy, and I feel uneasy for my friend. I run hurriedly into the fitting room, walking by those men without even looking at them.

– You ok? – I ask her.

– Yes, but stay, please.

– I’m here, don’t worry – and I whisper – I’ll kick their ass if I have to.

– Don’t!! They look dangerous.

I look at them. I don’t know if they are dangerous but surely what they are is hot. Really attractive. And they look alike so I guess they must be family or something. That lack of ties while wearing a suit and those horrible and flashy shirts make me think about them as something really dangerous. When I’m about to look away, the curly dude notices me. His sided smile is dangerous, full of lust when his eyes reach my chest. I can’t help smiling back to him. From that moment on, I try not to look at them, but it’s a useless attempt. I’m more curious than scared. The one with spiky hair walks away but the other seems to be really interested in some girly shirts. His eyes are glued to me and his smile is attached to his face. And I’m smiling back.

– Let’s get out of here – my friend says, rushing towards the cashier.

– Don’t run – I ask her. When I walk by that curly, hot stranger he grabs softly my arm.

– See you at 00:00 in Shinjuku – he releases my arm, stroking my butt softly – next to a green food stand in the main street – I look into his dark, playful and menacing eyes – I really hope you can meet us there.

I can’t reply because he leaves right after making a gesture to the other guy with two fingers. The spiky haired one smiles at me too, winking. I’m aroused. I’m not scared when I should be terrified. I’m going to have problems and I don’t care. I don’t say a word and I barely eat anything for dinner. My friend doesn’t notice how nervous I am. When we go to the hotel room I wait for her to fall asleep and then I sneak out of the room. I have to take the underground and I’m bitting my nails non-stop. I’m about to turn around more than once, but I don’t want to live with that “what if…” my whole life. The lights of Shinjuku guide me through the street. The sound of pachinko machines, local owners attracting people in and some girls from the host clubs surround me. I stop in front of the green food stand all hysterical, and I freak out when I hear some loud laughs. People move away, hurrying to not interfere with three men who walk as if they owned the place. I can recognize two of them. They are really tall for a Japanese guy, and I don’t need to see any tattoo to know they are yakuza. My eyes meet with the guy in the middle, the older one, the one I don’t know, and he’s so intimidating I look away. I try to focus on the food in front of me but all I can hear is their footsteps moving closer. I wish they walk away, I’m regretting this, my heart is racing cause I’m scared and excited as fuck. I turn my head a bit giving them a sided look. His eyes again, he’s staring at me. But now he’s smirking and though is a bit creepy I kinda like it. The footsteps stop right behin me.

– Oe – I hear in a deep voice – busty gaijin, here, look here – I feel a hand on my shoulder and I turn abruptly.

– Me? – the youngest of them, the spiky haired, thinner guy, laugh outloud.

– Of course you! How many busty gaijin are around here?

– We’ve got a work for you sweety – I realize that their voices sound really alike, also their eyes are almost the same. But this time is the touchy guy with his mane of curly, messy hair and longer beard than the others.

– Aniki here told us you were looking at him – says the thinner guy pointing at the older one. He’s staring at me in silence with a cigarrete between his lips, thick and slightly curved on a tiny smile.

– I’m sorry, I didn’t mean to—

– But you did – the curly one says – what were you looking? What did you expect we would do if you act like that? I dated you here, not him.

– You know you shouldn’t look at him but you did – said the other.

– And let me tell you that we would came to you even if you weren’t staring at him as you did.

– ‘Cause, girl, look at you…

– How not to came closer? – actually, they are much closer.

– Ok, ok. Stop it – the older one, the boss, grabs their shoulders when my back hits the wall behind me. They are so intimidating but yet so handsome… I don’t know what to do – we should talk in somewhere more private. Don’t scare her, you idiots.

– It wasn’t our intention, aniki.

– And at least you could introduce yourself – the older one looks at me. His black eyes pierce my soul – sorry for their behaviour. It’s unacceptable – I don’t understand why a yakuza is talking to me in such polite way – I’m Tom, nice to meet you – he bows slightly.

– Mary – is all I can say, looking at him with my hands against my chest.

– Hello Mari chan, Toraji here – says the younger one, spelling my name in a different way.

– Tomo – the one with curly hair winks and I feel so ridiculously attracted to him I want to run away. This is not ok. Not at all.

– Would you give me the pleasure of coming with me? – Tom offers me his arm but I don’t move. He doesn’t look dangerous at all, but maybe that’s what he wants me to believe. I can’t trust a yakuza!

And yet, I’m walking alongside them. I feel a bit overwhelmed by the situation but I don’t want to think about it much. It’s exciting, it’s new, and they are brutally handsome. I’ve never acted out of the box and it seems that today is my first time losing control. They take me to a huge, expensive hotel and while hearing them talking about trivialities we stop at the highest floor. I feel their eyes on me, their attention put mainly in my body but also in my face. They look really happy and I feel like fainting. The first thing I see in the room is a big bed. Tom sits in a couch in front of it, removing his jacket.

– Get comfortable sweetie. Do you need something to drink? Would you like to have a bath? – Tomo asks.

– What are we going to do exactly? – I ask even when I know the answer.

– A porn movie, what else? – Toraji says removing his shirt – and you are the main star.

His body is covered by black tattoos, leaving a space in the middle of his chest in blank. Tomo’s body is decorated in almost the same way, but he’s bigger than his brother and some of his tattoos has color. Again, I know I must be scared, but I’m not. I’m excited and aroused as I’ve never been. Toraji is the first approaching me, holding a camera. Both are only wearing their trousers but Tom is still completely dressed. However, he looks at us thoroughly. I feel Tomo’s hands from behind, on my breasts. He strokes them sweetly, kissing my neck too. I let go a soft sigh, letting him unbutton the front of my dress. I want to laugh but I smile instead.

– Huge – he whispers in my ear when my bra is on the floor – I can’t grab them with my hands – and his hands are really big. He pulls my dress down, and as soon as I can think about it, his fingers are between my labia, over my underwear. I moan – do you like it?

– Yes – I whisper, blushing, pressing his hand with mine – touch me.

Soon after, my underwear is stained, soaking wet. Tomo’s fingers moves exactly as I want them to. Toraji holds the camera near my inner thight, licking his lips and touching his crotch. Tomo kneels in front of me, lowering my underwear, licking softly my labia, between them, my clit. I moan louder, grabbing his curls while he gulps me down. Toraji makes a gesture and he moves aside letting him film my wet flesh and his tongue over it. My body shooks when his thick, warm lips close around my clit and his tongue touches it slowly, in circles. I cum in his mouth, whimpering, feeling my legs trembling. He moans against my skin too. Tom asks for the camera, Toraji obeys. Tomo makes me lay on a bed sideways but facing him. Toraji lays behind my back. The younger one lifts my leg and I feel his warm dick rubbing against my skin. I moan in Tomo’s mouth, and suddenly, in his cock. I can’t focus in just one thing at the time. I hear Toraji’s moan and I feel how his dick penetrates me. It doesn’t hurt at all, it’s not big enough to harm me. I feel him getting slowly inside me and his pants on my neck. I touch his hair, turning my face around to kiss him, but his brother demands my attention. Tomo’s cock is bigger, but it fits in my mouth. He moans louder than his brother when I lick his warm flesh. It has foreskin since he’s not circumcised. His dick is thick. I love it, I love what I’m feeling so I moan my thoughs outloud.

– Do you like this? – I ask Tomo, moaning cause Toraji is moving faster inside me. I move my ass and the boy seems to die in moans and pants.

– Lick me here – he points right under his glans. I pull down softly his foreskin, licking where he wants me to – oh yes, I love it, ki-kimochi – he whispers between gritted teeth – I wanna fuck your pussy so bad.

– I’m gonna cum, stop moving like that, bitch –Toraji complains against my back skin when I just have an orgasm – oh please I’m so close… your cunt is so fucking perfect.

– Don’t cum inside – Tom warns them.

– Move – Tomo orders Toraji, pulling his cock away from my mouth and laying beside me.

I feel Toraji coming out and Tomo getting in. He’s just a bit thicker but my pussy feels the difference intensly. I grab his shoulders, demanding for more, sitting on him. Toraji pulls my hair, making me look up and masturbating in front of my face. He moans loud when I swallow his full erection, looking into his eyes, feeling Tomo making his way into my body and whispering he’s cumming too. He’s banging me, grabbing my ass with one of my breasts in his mouth. My moans are long, almost like whimpers, suffocated by Toraji’s dick. I caress his balls with my fingers and the boy shivers bitting his lip.

– Do not cum inside – Tom orders them once more.

– Hai, aniki – Tomo moans once again and I feel his sperm staining my chest, I see his intense pleasure gesture and I masturbate both brothers at the same time, feeling their cum on my body and face. I’m smiling like insane.

– This is perfect – I hear Tom whispering – girl, you were born for this.

When they walk away I think it’s over, but I couldn’t be more wrong. Tom gives Toraji the camera, taking off his shirt, showing bright colored tattoos. He takes an enormous dick from his trousers. It’s so thick I’m scared it won’t fit in my body. He cleans my skin with a pillow case, kneeling in front of my extremely wet pussy. Tomo is smiling while smoking, sitting on the chair where his big brother was before. Tom makes me spread my legs wide open, caressing my thigs while looking at me. I touch his wide shoulders, his well shaved beard, astonished with his perfect body and face. He covers his hands with my fluids, passing it over my wet pussy and making me moan. His mouth opens when his wet cock touches my labia. My back curves on bed as soon as he starts to penetrate me. He’s filling me up, I can’t barely move. It’s so intense the only thing I can do is moan. He moves slowly, whispering how tight I am. He’s careful, he fucks me with the half of his dick, moving his hips slowly. But I’m really wet, I’ve been fucked by two guys just a minute before and it doesn’t take much time to have his cock completely inside my body.

– Oh God, oh my God – I moan grabbing the sheets of the bed, smiling – oh please, give me more…

– Your pussy is swallowing it all, fffuck this feels so good.

– Yes, harder, please Tom…

His strong hands grab my hips, punishing them with his. He’s moaning deeply, intensly, and I’m having the most brutal orgasm I’ve ever had. He leans over me, grabbing my boobs and licking my tongue. His body crushes mine, his sweat mixes with mine. I move my hips closer to him when he moves faster and harder. I love the rough sex he’s giving me and I can’t stop cumming. I scream it. I hear the other two laughing when I grab his ass to feel him even deeper. Tom’s grunts and moans are loud and he kneels again on bed, digging his fingers in my thighs, moving slower. I scream when I feel his sperm inside me, his cock harder than ever. We’re both paralysed by pleasure. When he takes it out, I see Toraji filming how his cum is coming out from my cunt. I can’t breathe properly. He films me for a whole minute, my exhausted blushed face, my trembling body.

– And cut – Toraji says moving the camera aside – You DID have a great time didn’t you? – Tomo throws my clothes to me.

– Yes… I… I did – I answer, panting.

– I’m very pleased with this. It’s going to sell like hotcakes – Tom says, puffing – can we call you for another shoot?

– Oh please, please! – I say sitting on bed – Call me anytime you want!! But I have one condition – the brothers stare at me – I want a free copy of it without any kind of censorship and next time, it has to be the three of you again. I demand it – Tomo kneels on the bed, grabbing my chin and kissing my lips.

– Deal – I smile with them.

I realize I have become the slut of the most pervert yakuza. But I also know for sure that I couldn’t be happier.

Grounded

 Soñé (sí, otra vez) que me despertaba al lado de Nagase. Y estábamos desnudos. Al principio solo veía su espalda y estaba llena de tatuajes y pasaron cosas… Y preguntándome cómo habíamos terminado así, me vino la idea de esta historia. Y es curioso, pero al protagonista que me imagino no es a mi Tomoya. Raro, pero cierto xD Es a este hombre:

Oguri Shun. Y Shun se llama el protagonista masculino. Como siempre os podéis imaginar al chico como queráis, yo solo digo mis referencias ♥ Ya me comentaréis qué os parece, que es para mí lo más divertido; vuestras reacciones. Espero que os guste ^^

1

– ¡Pero si eso es aquí al lado! – El grito airado de mi compañera de trabajo me sacó de mis pensamientos.

– Estas noticias solo sirven para ponernos nerviosas, luego nunca pasa nada – Dijo otra. Miré el televisor y estaban anunciando un producto para el cabello, por lo que supuse que esa no era la fuente de su indignación. Me daba igual.

– Sasaki-san – Una de ellas movió la mano frente a mis ojos – ¿Qué te pasa últimamente? Estás siempre en otra parte.

– Tengo sueño… y me encuentro un poco mal.

En realidad era algo más que eso. Sí que era cierto que tenía sueño y que llevaba unos días con la sensación de que me iba a poner mala de un momento a otro, pero lo que realmente me pasaba era que estaba aburrida. Aburrida de mi vida y de casi todo lo que me rodeaba, siempre lo mismo, las mismas caras y la misma rutina. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Las que fueron mis amigas tenían sus vidas y apenas nos veíamos como no fuese algo especial, y tampoco tenía novio. Ni siquiera estaba segura de si quería uno, era muy feliz con mi tranquilidad. Pero últimamente la soledad se estaba volviendo más una carga que un alivio y sin embargo, cuando me relacionaba con gente me sentía incómoda. Lo que yo quería era tener aventuras, vivir algo nuevo que me hiciese levantarme con un propósito, necesitaba que me devolviesen las ganas de vivir.

                Con ese pensamiento volví al trabajo. Papeles, papeles y más papeles. Me pagaban bien pero ser empleada de una gran empresa era el trabajo más pesado imaginable. Y no es que tuviese tiempo libre para divagar, es que siempre era lo mismo y todo eran problemas y más problemas. Y cuando le pedías a la gente papeles que le faltaban para sus solicitudes tenía que aguantar sus quejas, sus malas caras y sus reproches. Como si yo tuviese la culpa. Cuando acabó mi jornada laboral suspiré aliviada y bajé en el ascensor con mis charlatanas compañeras. Siempre tenían de qué hablar, siempre había una novedad mientras que mi vida pasaba sin más. Suspiré mirando un cartel que ellas señalaban pegado a la pared del ascensor en el que se mostraban las caras de dos hombres con aspecto peligroso buscados por ‘a saber qué delito’. Seguro que sus vidas sí que eran interesantes y apasionantes. A lo mejor si atracaba un banco…

– Sasaki, ¿Vamos en el mismo taxi? – Asentí porque siempre era de agradecer cuando te ayudaban a ahorrarte un dinerito. Nos sentamos juntos atrás y le dije mi dirección primero, estaba más cerca – No tienes anillo, ¿eh? – Me señaló las manos.

– No – Contesté mirando por la ventana. Sabía a dónde quería llegar y yo no quería en absoluto.

– ¿Ningún pretendiente? – Entre el dolor de cabeza y la situación tenía ganas de bajarme en marcha.

– Nop – Seguí mirando por la ventana, pero él no callaba.

– Mi familia quiere concertarme un omiai pero yo lo que quiero es encontrar el amor. Estoy seguro de que está fuera, en alguna parte, esperando a ser encontrado.

– Suerte entonces.

Siguió hablando pero desconecté por completo de lo que me decía. Me limitaba a hacer soniditos de afirmación cuando intuía sus silencios, pero era una verborrea incesante la de ese hombre. Yo lo que quería era tranquilidad. Sí, quería compañía y un cambio, pero no con alguien como él. Con él tendría que ser la típica esposa dedicada a su marido, por lo que me vería atada a otra rutina monótona y horrible. Al llegar a mi destino me despedí cordialmente y casi salí corriendo hasta mi portal. Vivía al final de una calle oscura, en una casa pequeña y un barrio más bien cutre, pero era donde el alquiler estaba más barato a pesar de que a mi madre le horrorizase el lugar. A mí me gustaba el ambiente, espantaba a posibles visitas y eso estaba bien. Entré en el edificio que nunca tenía la puerta cerrada del todo: en invierno se hinchaba con las lluvias y en verano con el calor. No me importaba lo más mínimo mientras pudiese entrar en mi casa. Subí las escaleras – no había ascensor – hasta el tercer y último piso sin encender la luz, pensando en qué iba a hacer ese fin de semana. A lo mejor adoptaba un  gato. Y justo cuando agarré el pomo y metí la llave sentí cómo me tapaban la boca, poniéndome algo que pinchaba en el costado.

– Ni se te ocurra gritar. Abre la puerta con tranquilidad y pórtate bien si no quieres tener problemas – Aún con la mano de ese hombre en la boca abrí la puerta. Entró con prisas y cerró – Vives sola – Me apartó la mano de la boca y me alejé de él.

– Coge lo que quieras aunque no tengo much—

– No quiero robarte nada – El corazón se me iba a salir del pecho. Solo veía la silueta de ese tío contra la puerta y no le veía la cara, pero olía como si no se hubiese lavado desde hacía meses – Lo único que quiero es que te calles y te portes bien. Necesito una cuerda.

Pensé a toda velocidad y me acordé de que tenía parte de la cuerda para tender la ropa que me sobró al instalarla. Con él observándome, la saqué del mueble de debajo del fregadero y se la di. Le iba a dar todo lo que quisiese siempre que no supusiese un daño físico o mental. Guardó lo que tenía en la mano en el bolsillo del pantalón y se me acercó, pero yo retrocedí sin poder evitarlo. Me aterraba lo que ese tipo me pudiese hacer.

– No voy a hacerte daño, ya vale de gimotear, joder – No me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que él me lo hizo notar – Extiende las manos.

– No… por favor – No sabía cómo salir de esa, necesitaba que alguien entrase, que partiese la puerta y me rescatase, como en las películas.

– Haz lo que te digo de una puta vez – Ordenó con los dientes apretados. Su acento… no podía ser un yakuza, seguro que solo era un criminal de poca monta y se iría pronto. Extendí las manos observando cómo me temblaban y me las ató con la cuerda – ¿Dónde está el baño?

Tiró de mis muñecas y me llevó con él hasta allí. No me resistí porque supe que era inútil y además, si cooperando conseguía que se largase antes eso iba a hacer. Hizo que me sentase en el retrete y encendió la luz. Su cara era toda una maraña de pelo sucio, barba y churretes que le corrían por las mejillas. Tenía los ojos tan negros como el pelo y las uñas, y llevaba un uniforme azul o un mono de trabajo (no estaba muy segura) roto y mugriento. Era un tipo bastante grande para ser japonés, pero no me cabía la menor duda de que lo era. Cerró la puerta con pestillo y ató el cabo de la cuerda que sobraba de mis manos a la argolla de las toallas.

– Ni se te ocurra intentar moverte – Ordenó quitándose la ropa.

– Por favor… haré lo que quieras pero no me—

– ¡Ya te he dicho que no voy a hacerte nada! – Me encogí y cerré los ojos cuando me gritó.

Con el rabillo del ojo veía que estaba desnudo, y aunque no quería al final acabé mirando para encontrarme una espalda tatuada, sucia y con manchas de sangre. Me espantó, pero volví a mirar de nuevo, muerta de miedo y curiosidad al mismo nivel. Lo primero que hizo fue abrir el armario situado sobre el mueble de las toallas. Cogió una de mis cuchillas, que eran de las malas pero no pareció importarle, se enjabonó la cara y empezó a afeitarse. Se quejó unas cuantas veces y tardó tanto que se me estaba empezando a agarrotar el cuerpo y es que no quería ni moverme con tal de no llamar su atención. Se metió en la ducha y abrió el agua. En cuanto entró se empezó a reír, incluso tarareaba una canción. A pesar de lo que me dijo intenté soltarme pero estaba tan bien agarrada que era imposible mover los brazos de como los tenía. Resignada me limité a llorar en silencio, deseando que no fuera tan malo como parecía y que cumpliese su promesa de no hacerme daño. Cuando salió de la ducha cogió una toalla y se secó, dejándola después en el lavabo. Aún desnudo, sacó el alcohol, el algodón, las gasas y los esparadrapos para curarse una herida que tenía en la espalda, cerca del hombro derecho. De ahí venía toda la sangre. Se la limpió como pudo, quejándose, resoplando y apretando los dientes. Se puso la venda de manera desastrosa, pero se quedó en el sitio. Cuando se giró, desnudo como estaba, cerré los ojos con fuerza, sintiendo cómo me soltaba de la argolla de las toallas y me agarraba de nuevo de las muñecas.

– ¿Dónde está tu habitación? Necesito algo que ponerme.

– Allí, es esa puerta – Señalé a mi izquierda con la cabeza sin mirarle.

Me metió en el dormitorio y me sentó en la cama abriendo el armario. Se decidió por una camiseta ancha y dada de sí y unos pantalones que estaban por el estilo. Era mi pijama y se lo puso sin ropa interior de por medio. No pensaba volver a tocarlos.

– ¿Sabes cocinar? – Asentí – Voy a soltarte y vas a hacer la cena para los dos. No quiero tonterías, voy a estar vigilándote – Asentí de nuevo. Me llevó a la cocina y me desató las doloridas muñecas, apoyándose detrás de mí en la pared y observándome cocinar – ¿Cómo te llamas? – Me preguntó un rato después

– Sasaki Mikuru – Miré el cuchillo que tenía en el cajón y tal y como me vino la idea lo hice. Me volví con él en la mano a la altura de mi cintura, pero fue más rápido que yo y me agarró de la muñeca, quitándolo de mi alcance.

– Vale Mikuru, encantado. Siento mucho todo esto, siento que te haya tocado a ti pero creo que de todos los lugares donde me pueden buscar este es en el que probablemente no miren. La casa de una… ¿Enfermera?

– Oficinista – Lloraba de nuevo, cocinando de espaldas a él.

– Mejor me lo pones. No se puede ser más vulgar y común que tú – Eso me dolió – Seguro que pasas totalmente desapercibida para prácticamente todo el mundo – Intenté no tomarme a pecho lo que estaba diciendo. No me conocía de nada ni yo a él, (ni tenía interés ciertamente), pero había dado en el clavo – ¿Cuántos años tienes?

– Veintiséis – Escuché que hacía un ruidito de aprobación con la garganta, un sonidito que no me gustó nada por lo que podía significar.

– ¿Y no hay novio porque tienes mala suerte o porque no quieres? ¿O quizás te van más los coños?

– Eso no te interesa – El miedo desaparecía y una furia descontrolada estaba quitándole el sitio.

– Oye, solo te estoy dando conversación. Hace más de dos años que no veo a una chica y me gusta escuchar el sonido de tu voz. En realidad estoy tan desesperado y a falta… – Me pasó las manos por la cintura – Eres muy agradable a la vista y parece ser que al tacto también – Me susurró al oído. Me di la vuelta quitándomelo de encima de manera brusca y le amenacé con la espátula chorreante de aceite hirviendo.

– No vas a tocarme. Antes prefiero estar muerta.

– Joder, no soy tan feo – Una sonrisita asomó a sus labios mientras me miraba de arriba abajo.

– ¿¡Qué quieres de mí?! – Espeté un arrebato de rabia. Se quedó mirándome con la boca entre abierta y una ceja levantada. Su cara me sonaba de algo, pero no sabía de qué.

– De ti nada, es tu casa lo que me interesa solo que tú eres un plus. Voy a estar un tiempecito contigo, Mikuru chan.

– No…

– No creo que eso sea decisión tuya, y creo que se te quema la comida – Apagué el fuego mirándole con la respiración agitada y aparté la comida con rabia, de cualquier manera.

A pesar de no haberme esforzado en absoluto en hacerla, se la comió casi sin respirar y susurrando lo delicioso que le parecía a cada momento. Yo no quería comer, sentía náuseas y me encontraba cada vez peor. Cuando vio que yo no tocaba mi plato me lo quitó y se lo comió también. Al acabar se dejó caer en la silla, sonriente y con una mano en la barriga.

– Dios, comida de verdad. Entre la bazofia que me han estado dando durante todo ese tiempo y el tener que comerme las sobras del restaurante de comida rápida estos días me sorprende que no me haya muerto ya de un cáncer o algo así.

– Te has duchado, tienes ropa limpia y has comido. Si te vas prometo no decir—

– No, y una mierda no vas a decir nada. Eso no se lo cree nadie.

– De verdad, confía en—

– Mira nena – Me agarró de la muñeca con fuerza y se acercó a mí, mirándome a los ojos con seriedad. Me daba tanto miedo que me entraban hasta ganas de llorar – Si la vida me ha enseñado algo es a no fiarme de nadie. Así que déjalo. Y vamos a la cama que tengo sueño.

Cogió la cuerda, me agarró de las muñecas y me llevó a mi dormitorio de nuevo, cerrando la puerta con pestillo. Me arrastró hasta mi cama – Daba gracias al día que se me ocurrió cambiarla por la de matrimonio – Atándome las muñecas, esta vez al frente pero igual de fuerte. Cogió el cabo que sobraba, bastante más largo que antes, y lo ató al cabecero de la cama por su lado. Se quitó la camiseta y aparté la mirada rápidamente, lo último que quería era que se pensase que me interesaba en algún aspecto que no fuese en cuándo se iba a largar de mi vida. Se metió en la cama y nos iba a tapar a los dos, pero antes de cubrirnos con la sábana vi cómo se le iban los ojos a mi cintura. La camiseta se enrolló, levantándose por lo que me veía el ombligo. Se pasó la lengua por los labios y me rozó con sus dedos.

– No me toques – Mascullé intentando apartarme, sin mirarle a la cara pero atenta a donde ponía sus manos.

– ¿No quieres que te ponga el pijama?

– No. Aléjate de mí.

– No voy a violarte si es lo que te da tanto miedo – Me subió la camiseta un poco más, acariciándome con su mano, no con sus dedos. Chasqueé la lengua y se me escaparon unas cuantas lágrimas. Sentía que me miraba a la cara pero yo no le miraba. Me apartó el pelo de delante de los ojos poniéndomelo tras las orejas e intenté en vano alejarme más de él – Si nos hubiésemos conocido en otras circunstancias te habrías vuelto loca por mí.

– Te aseguro que no – Rio  expulsando el aire por la nariz. Me sentía mareada y me rencontraba fatal, pero no pensaba decirle ni media.

Se tumbó en la cama y me deseó buenas noches dándome la espalda y susurrando ‘una cama de verdad…’ justo antes de suspirar. Tenía cuerda de sobra para poder estar cómoda pero no me quería mover del filo de la cama, no quería ni rozarle. Era evidente que se había escapado de alguna parte, la cárcel probablemente, pero me sonaba todo tan peliculero que me costaba creerlo. Y si había estado en la cárcel a saber cuál era el motivo, podría haber hecho cualquier cosa. Intenté soltarme de nuevo sin éxito alguno y entre sollozos, muerta de miedo, me quedé dormida.

                Me desperté después sufrir los sueños más extraños que nunca tuve, con dolores recorriéndome el cuerpo, sudando y con la mente embotada. Seguía siendo de noche pero ese tío se había largado. Quise tirar de las cuerdas pero me sentía demasiado débil. No podía estar mala con fiebre, no en ese momento. ¡Llevaba años sin caer enferma!, ¿cómo podía tener tantísima puntería?

– Oye, ¿Dónde coño tienes las medicinas? – Me sobresaltó su voz grave en el silencio de la noche.

– En el frigorífico.

– Joder, mira que eres rara – Se fue y volvió al momento con un vaso de agua y una caja de pastillas – No sé mucho de estas cosas pero creo que esto te hará sentir mejor – Antes de aceptar nada de él miré la caja y me aseguré de que era una de las pastillas de ahí dentro lo que me metía en la boca. Al tragármela volví a tumbarme – Me despertaste con esos jadeos, no parabas de moverte y te juro que me creí que estabas soñando alguna cerdada hasta que me di cuenta de tu mala cara.

– No tiene gracia.

– No tiene por qué tenerla, ¿necesitas algo? – Le miré extrañada, sintiendo que me iba a desmayar.

– Hielo – Y efectivamente me desmayé.

 

2

No supe cuánto tiempo estuve convaleciente pero al volver a despertarme el sol se colaba por las cortinas y me sentía considerablemente mejor. Al sentarme me di cuenta de que no estaba bien del todo y me llevé una mano a la frente. Mis ataduras colgaban de la cama, lejos de mis muñecas. Y él tampoco estaba, quizás se había ido. Me levanté de la cama mirando la bolsa de hielo que estaba en el suelo de la habitación. Menudo enfermero de mierda. Al abrir la puerta, el corazón me latía acelerado en el pecho y fui intentando no hacer ruido hasta el salón. No le vi, pero escuché ruido en la cocina y además olía a comida.

– ¿Ya estás despierta? – Seguía con mi ropa puesta, esa que a mí me quedaba enorme pero a él le quedaba bien. Se peinó hacia atrás y el pelo le llegaba casi por los hombros. Se acercó a mí e intenté alejarme pero me agarró del brazo para ponerme después la mano en la nuca y los labios en la frente – La fiebre sigue ahí, deberías estar en la cama.

– No me toques – Me miró desde arriba frunciendo el ceño. Era altísimo. O yo muy bajita.

– Ven aquí – Sus dedos se clavaron en mi brazo, llevándome a la cocina y sentándome a la mesa – Si no te gusta lo siento pero no sé hacerlo mejor.

Me puso por delante un plato de udón que tenía prácticamente de todo, o al menos de todo lo que yo tenía en la nevera. No tenía mala pinta pero no pensaba comer hasta que no le viese a él hacerlo. Se llevó los palillos a la boca y después de tragar hizo un ruidito de aprobación para acto seguido continuar engullendo.

– No me puedes decir que no te gusta porque lo tenías en el mueble, así que come o no vas a mejorar.

– ¿Por qué quieres que mejore? ¿No te vendría mejor matarme y quedarte con la casa?

– Claro, porque si te mato nadie va a investigar. Joder, piensa con la cabeza. Necesito que te mejores porque tarde o temprano se acabará la comida y además necesito ropa en condiciones, no esto – Se tiró de la camiseta – No puedo salir a la calle solo, me buscan por todas partes. Así que ponte bien de una puta vez.

– ¿Qué has hecho? – Tragó sin mirarme, ignorándome – Al menos dime porque te buscan y sé a lo que atenerme. Y tampoco sé tu nombre.

– No veo qué iba a cambiar de saberlo.

– Yo tampoco pero quiero saberlo – Deseé que su delito no fuera tan grave como para tenerle el miedo que le tenía. De ser un delito menor me tranquilizaría considerablemente, si me iba a obligar a esto al menos que se me hiciera soportable. Sus ojos se clavaron en los míos durante unos segundos interminables y suspiró. Tenía una mirada intimidante.

– No vas a creerme – Negó con la cabeza, comiendo de nuevo.

– Que tú no te fíes de nadie no significa que el resto del mundo seamos así. Aunque llevas razón, no me fío de ti un pelo. De hecho estoy muerta de miedo – La barriga me hizo un ruido horrible.

– Y de hambre. Come.

Era cierto y me sorprendí al comprobar que su comida estaba más buena que la mía. Comíamos en silencio, sin decir ni media. Al acabar me levanté para limpiar los platos, por costumbre, pero me los quitó diciéndome que no debía de mojarme las manos y mandándome a que me sentase y me tapase en el sofá. Cuando le perdí de vista descolgué el teléfono fijo pero no había señal, evidentemente. Al acabar de limpiar se sentó a mi lado y encendió el televisor poniendo las noticias. Lo de siempre: la corrupción, lo mal que iba la economía en el país, un ahogado, la central de Fukushima… apenas le prestaba atención hasta se irguió en el asiento, apretando el mando con fuerza.

‘Tenemos novedades en las investigaciones sobre la reciente fuga de la prisión de Fuchu de dos convictos, Katsuraji Kintaro y Hirasawa Shun. La policía de Tokio dio con el paradero de Katsuraji-san a través de ayuda civil pero volvieron a perderlo hace unos días por la zona de Sanya. Sin embargo, las pistas sobre el paradero de Hirasawa Shun parecen haberse desvanecido. La policía sospecha que los planes de fuga fueron obra de Hirasawa-san, ya que en el pasado fue miembro de una banda criminal en esta misma ciudad. Las fuerzas del orden ruegan a todos los ciudadanos de Tokio, especialmente de los alrededores de la cárcel, que si tienen alguna noticia del criminal lo reporten inmediatamente. No intenten detenerlo, avisen a las autoridades’

Junto a la imagen de la reportera mostraban una foto de mi nuevo ‘compañero de piso’ con un gesto de lo más peligroso y un número de teléfono debajo. Pero su pelo era corto y su barba espesa, nada que ver con lo que tenía a mi lado. Le miré y me miró, para después resoplar echándose hacia atrás en el sofá.

– Ahí tienes mi nombre y mi procedencia.

– ¿Eres yakuza? – Negó con la cabeza.

– Ya no – No me miraba, jugueteaba con un hilo que se había salido de la colcha del sofá.

– ¿Y qué hiciste? ¿Mataste a alguien? ¿Robaste? ¿Tráfico de drogas? ¿Le pegaste a tu novia? – Ni me gustaba decir esas cosas en voz alta.

– No das ni una.

– Quiero saberlo – Se quedó un buen rato callado y yo mirando cómo se mordisqueaba el labio.

– Eres un coñazo – Se levantó y se asomó a través de la cortina, cerrando los ojos relajadamente cuando el sol le dio en la cara. Cuando los abrió un rato después miró al suelo, se le veía tremendamente desgraciado.

– No eres tan malo como aparentas – Se dio la vuelta y me miró afligido – Si lo fueses ya me habrías hecho cosas…

– Te equivocas. No confíes en nadie, y menos en mí – Volvió a sentarse en el sofá y cambió de canal, ignorándome.

El fin de semana se me hizo interminable y además siempre estaba cansada porque siempre estaba en guardia. No me dejaba conectarme a Internet por si me ponía en contacto con alguien y obviamente no me dejaba hablar por teléfono. Siempre que se iba al servicio me ataba las manos y cuando iba a dormir me tenía que quedar junto a él. No me trataba mal del todo pero me tenía secuestrada en mi propia casa. Se comportaba conmigo como desde el primer día, brusco y maleducado, siempre exigiendo y mirándome con lascivia de vez en cuando. Y sin embargo y para mi confusión, tenía detalles de persona normal con la que se podía convivir, incluso me pidió un cepillo de dientes para usarlo él. Descubrí, cuando me atreví a mirarle por la noche, que no solo tenía la espalda y el torso lleno de tatuajes sino que también ambas mangas (cortas) en los brazos. No tenían color pero como me daban miedo no los miré demasiado. El sábado por la noche me pilló mirándolos y me sonrió con chulería.

– ¿Te gustan? – Negué con la cabeza – ¿Entonces por qué los miras tanto?

– Porque nunca había visto a nadie con tantos tatuajes.

– Dudo mucho que hayas visto a muchos hombres desnudos – No contesté – Seguro que eres virgen.

Me di la vuelta dándole la espalda aunque me daba desconfianza, y después de darme un pellizco en el culo me deseó buenas noches. Estaba harta de no poder hacer vida normal, es cierto que quería un cambio y una aventura pero eso no me estaba gustando, no así. No podía estar sintiendo miedo constantemente, me iba a dar algo y el no poder hacer mi vida con tranquilidad… El domingo por la tarde no lo soporté más y le dije que tenía que ducharme, pero su respuesta no me gustó en absoluto.

– Yo también – Se levantó agarrándome del brazo y me solté de un tirón – ¿Qué coño haces? – Me agarró de nuevo.

– No voy a ducharme contigo.

– Vas a hacer lo que yo te diga – Tiré y volví a soltarme.

– No – Chasqueó la lengua y me cogió por la cintura, colgándome de su hombro. Grité y pataleé intentando hacerle daño, pero parecía que le daba igual – Prefiero apestar antes de desnudarme delante de ti. No vas a aprovecharte de la situación.

– Te vas a duchar porque tienes que ir a trabajar como si no pasara nada y hoy vamos a ir a comprarme ropa y comida para los dos.

– ¿Y cómo pretendes controlarme cuando esté en el trabajo? ¿Vas a venir conmigo? – Frunció el ceño y miró hacia un lado, pensando – Ojala todos tus planes tengan la misma consistencia que ese, genio – Me miró furioso.

– Oye – Me puso la mano en la mandíbula y me empujó contra la pared, haciendo que le mirase – Vas a colaborar o lo vas a pasar bastante mal, así que tú decides – Intenté no llorar y no mostrar ningún signo de debilidad, pero era difícil – Mañana vas a llamar al trabajo y vas a decir que estás enferma. Si tienes que faltar unos días que así sea, ¿de acuerdo?

– Sí – Me soltó y me señaló la bañera.

– Y ahora dúchate – Se sentó en el retrete y se cruzó de brazos, mirándome.

Me quedé un buen rato mentalizándome de que si quería oler como una persona y no como un animal tendría que desnudarme delante de él. Me aterraba que no pudiese aguantar sus impulsos y que quisiera violarme, eso era lo que realmente me tenía inquieta más que el que me viese desnuda. Me metí dentro de la ducha y cerré la mampara, pero era translucida así que algo se vería. Abrí el agua caliente al tope con la intención de que se empañara todo y no pudiese ver nada y me quité la ropa, sacándola fuera por encima de la ducha. Le escuchaba reírse por lo bajo y procuré acabar todo lo rápido que pude. Tan pronto cerré el grifo me di cuenta de que se me había olvidado ponerme una toalla cerca, observando su sombra moverse por el baño. Cuando abrió la mampara me tapé como pude, pero solo metió la mano. Con una toalla. La cogí con desconfianza y me sequé, poniéndomela alrededor del cuerpo.

– No ha sido para tanto, ¿no? – Miró mis piernas una vez salí, pasando un dedo por estas despacio. Me alejé apretando la toalla.

– ¡Déjame de una vez! ¡¡Y no me mires más!! – Grité al verle acercarse a mí, aterrada.

– Shhhh – Me puso una mano en la boca – No grites imbécil, vas a llamar la atención. – Hizo que me sentase donde él estaba antes – Da gracias de que soy yo y no el otro tipo que se escapó conmigo. Ese estaba acusado de cinco violaciones.

– ¿Y era tu amigo? Eso me hace imaginarme qué tipo de persona eres – Espeté con desprecio.

– No, no lo era. De hecho no le soporto, pero se enteró de mis planes y para tenerle callado me lo tuve que llevar fuera. Eso sí – Se quitó la camiseta, miré hacia el lado contrario – Una vez fuera cada uno por su lado – Después de quitarse las vendas que no se había cambiado ni una vez, se quitó los pantalones. Cogió la cuerda que siempre llevaba consigo y me ató las manos. Mientras lo hacía, la curiosidad me pudo y miré donde no tenía que mirar. Si se le ocurría violarme tenía un GRAN problema. Pareció no notar mis nervios y mi incomodidad por el descubrimiento que acababa de hacer y se quedó callado mientras se duchaba, tomándose su tiempo. Al salir se tocó la herida entre quejidos – ¿Por qué no se me ha curado esto? Me cago en la puta…

– Porque te la tienes que limpiar todos los días – Me miró desde el reflejo y se giró, agarrándome del brazo y haciendo que me levantase, sentándose él y soltándome las manos.

– Pues empieza – Me dio el alcohol y un algodón.

– Está infectada – Era un arañazo bastante grande y parecía profundo, con los bordes totalmente enrojecidos e inflamados. Intentaba centrar mi vista en la herida y no en lo que tenía entre las piernas porque no se había molestado en taparse.

– Haz lo que sea pero hazlo ya.

– Te va a doler – Le advertí.

– Ya lo sé, imbécil.

– No me insultes – Me miró y respiró hondo, con cara de malas ideas.

Si quería que le curase eso iba a hacer. Y si le tenía que doler iba a dolerle, y mucho. Furiosa, me lavé las manos a pesar de haberme duchado, cogí el agua oxigenada y el betadine, cogiendo más gasas. Le tiré una toalla en la cabeza porque el agua le chorreaba por la espalda del pelo empapado. Observaba con desconfianza a través del espejo cómo le limpiaba los alrededores de la herida con alcohol y le vi cerrar los ojos con la mandíbula apretada cuando le eché agua oxigenada por encima. La herida burbujeaba, e intenté limpiarle la infección sin frotar. Cuando consideré que estaba más o menos limpia eché el betadine en una gasa y se la aseguré con esparadrapo, dejándola bien pegada a la herida. Al acabar se puso de pie y movió el hombro con un gesto de dolor. Que se jodiese. Lo recogí todo sin mirarle mientras él se vestía (a buenas horas). Se puso de nuevo la misma ropa y fue conmigo hasta mi dormitorio. Miraba entre las cortinas mientras esperaba a que yo me cambiase e intenté hacerlo con la toalla puesta pero era realmente difícil. Cuando se dio cuenta se rio y se puso de espaldas a mí, momento que aproveché para vestirme a toda prisa con lo primero que cogí del armario. Una vez vestida y peinada me llevó hasta la puerta de la casa, y antes de salir me enseñó una navaja enorme que tenía en el bolsillo del chándal prestado.

– No hagas ninguna tontería, voy a estar lo suficientemente cerca como para que no te dé tiempo de decir nada, ¿estamos? – Asentí, pero en el fondo sabía que como tuviese una oportunidad de escaparme de él iba a hacerlo.

Nuestra primera parada fue una tienda de ropa de segunda mano que teníamos cerca. Se compró lo primero que vio y se lo puso en el probador. Además se llevó otros pantalones, dos pares de camisetas y unos cuantos calzoncillos. Pagamos después de que la dependienta nos mirase suspicazmente y fuimos a la tienda de comestibles. Compré comida para casi una semana. Conocía a la dependienta, una señora mayor y agradable que me saludó con una sonrisa.

– Cuidado cariño, no cojas eso que pesa mucho – Miré a Shun con las cejas levantadas. Se había dado cuenta de que conocía a la señora y estaba haciendo teatro.

– No sabía que tenías novio – Comentó ella, dándome el cambio.

– No llevamos mucho juntos. Muchas gracias.

Me ayudó a cargar con las bolsas. Al salir vimos de espaldas a nosotros a dos policías hablando con un señor mayor. Me agarró del brazo y soltó las bolsas a nuestros pies en un callejón, empujándome contra la pared y poniéndome una mano junto a la cara y la otra en la cintura.

– Sonríe y pásame los brazos por los hombros – Susurró, pero yo no despegaba la vista de los policías por encima de su hombro, deseando que se acercasen – Haz lo que te digo – Sentí el frío del metal en la cintura – Mikuru, no quiero hacerte daño – Estaban cada vez más cerca, le pasé los brazos por los hombros pero no podía sonreír – Me cago en…

Me apretó contra la pared y me besó. Aspiré de la misma sorpresa, le puse las manos en los hombros intentando apartarle pero era en vano. Apretaba sus labios contra los míos con fuerza y al ver que luchaba por soltarme movió la mano que tenía en la pared hasta mi mejilla, acariciándola. Me besó una y otra vez y al notar que empecé a hacer ruido para que me soltase me pinchó con la navaja en la cintura, así que me callé. Cuando se separó de mí los policías habían pasado de largo y me costaba respirar con normalidad. Cogió ambas bolsas con una mano y a mí de la otra caminando con prisas hacia mi casa. Una vez dentro echó el pestillo y me miró, furioso.

– No vuelvas a hacer una estupidez así, la próxima vez no será una advertencia.

– Tú no eres capaz de hacerme daño – Le dije y no sé ni porqué lo dije. Sus ojos se desviaron rápidamente hacia un lado y volvieron a fijarse en mí. Me agarró del pelo, haciéndome gritar.

– Sí soy capaz, y voy a hacerlo con tal de salir de esta – Soltó mis cabellos tirándome contra el sofá con brusquedad y cogió una silla en la que se sentó – Guarda las compras, venga.

Estaba harta de esa situación y no tenía pinta de acabarse pronto, estaba harta de que me tratase tan mal. A veces me daba la impresión de que tenía que ser una buena persona, pero me equivocaba, eran las ganas que tenía de ver algo bueno en él. Todo era una farsa y miraba solo por su bien, a mí no me conocía, no le importaba. Cuando acabé fui directa a mi habitación y me encerré. A los pocos minutos le escuché llamar a la puerta.

– Abre – Le ignoré – Déjate de gilipolleces y abre la puerta.

– ¡Déjame tranquila de una vez! – Contesté, llorando.

– No me hagas partir el pestillo.

– ¡Vete! – Pero mis órdenes le entraron por un oído y le salieron por el otro. Le dio tal porrazo a la puerta que el pestillo salió volando a la otra punta del dormitorio. Me miraba encogerme junto a la ventana con una mano en el pecho.

– Esta situación es tan difícil para mí como para ti.

– Vete a tomar por culo – Cerró los ojos e intentó ignorar mi salida de tono.

– Lo único que quiero es no volver a ese sitio, ya he pagado mi crimen más que de sobra y no pienso retomar ese tipo de vida. Me pienso ir lejos de todo y de todos, quiero un nuevo comienzo legal y sin problemas, pero sin tu ayuda va a ser imposible.

– No voy a ayudarte si sigues maltratándome. Si vuelves a ponerme una mano encima te juro que voy a pegar un grito tan fuerte que van a venir de Osaka a ver qué está pasando.

– Lo siento – Me quedé callada y negué con la cabeza cuando nuestras miradas se cruzaron – ¡Lo siento! – Dijo con las palmas de las manos hacia arriba y los brazos extendidos – ¡Me sacas de quicio retándome como lo haces! ¡No voy a arriesgarme de nuevo y si no me haces caso no me queda otra…! ¡No tengo otra manera! ¡No puedo confiar en ti!

– ¿Y cómo pretendes que te ayude alguien en quien no confías? – Se quedó mirándome y bajó los brazos dejándolos caer junto a su cuerpo. Miró al suelo y alzó las cejas, resoplando.

– Supongo que no puedo pretenderlo.

Se dio la vuelta y cerró la puerta de la habitación con tranquilidad, dejándome sola allí dentro con mis pensamientos. No salí en toda la noche, escuché y olí que se hacía de cenar y llamó brevemente anunciándo que tenía la cena preparada si la quería. Olía muy bien pero no quería verle, no se me apetecía en absoluto. Me puse un pijama y me metí en la cama, tapada casi hasta la cabeza. Intenté pensar en las cosas buenas de Shun, como por ejemplo prepararme casi todas las comidas del día, preocuparse por mí cuando estuve enferma, el detalle de darme la toalla sin mirar o pedirme perdón hacía un momento. De verdad deseaba con todas mis fuerzas que no fuese tan mala persona pero no sabía si podía confiar en él. Por más ganas que tuviese. Recordaba la navaja, el tirón de pelo, la dichosa cuerda y los empujones contra la pared. No me había hecho un daño real hasta el momento pero solo era porque me necesitaba viva. Nadie me aseguraba que fuese un asesino despiadado, solo tenía su palabra y un par de gestos de los que fiarme.

 

3

Después de pasar una noche de lo más confusa entre una lucha del raciocinio contra mis sentimientos de querer vivir bien y en paz me desperté sola en mi cama. No supe dónde había pasado la noche Shun hasta que me levanté y me lo encontré dormido en el salón. Era la oportunidad perfecta, podía salir corriendo escaleras abajo y buscar al primer policía que se cruzase en mi camino. Pero al dar dos pasos se despertó.

– ¿Dónde vas? – Se levantó demasiado rápido, apoyándose en el sofá con los ojos apretados al bajársele la tensión.

– A la cocina, ¿Puedo? – Vi la sospecha en sus ojos pero asintió pasándose una mano por los ojos mientras bostezaba.

Estaba muerta de hambre y rebusqué en el frigorífico algo que llevarme a la boca. Metió las manos entre medio y sacó un bol de ramen con brotes de soja y verduras, metiéndolo en el microondas. Seguí buscando cuando se apartó.

– ¿No lo quieres?

– Creía que era para ti.

– Es tu comida de anoche, si no te la comes tú me la como yo que me salió buenísimo – Puso el plato humeante en la mesa y se comió una tostada de dos bocados. No lo pude evitar y cogí el plato, comiendo con avidez y quemándome la boca con los primeros bocados. Le escuché reírse – Tranquila que no te lo va a quitar nadie – Quise sonreírle de vuelta pero me aguanté las ganas y seguí comiendo – Puede ser que la pasta este pasada pero bueno, habértelo comido ayer. Te recuerdo que tienes que llamar a tu trabajo para decir que no vas.

– Si falto más de una semana van a sospechar.

– Espero no tener que quedarme tanto tiempo…

Después de desayunar contundentemente, llamé por teléfono al trabajo haciendo un poco de teatro y bajo la atenta mirada de Shun. El día transcurrió como los anteriores, aburridos y lentos junto a un relajado Shun que me hacía acompañarle a casi todas partes y que seguía atándome a pesar de lo que hablamos el día anterior. Sin embargo, no se me pasó que ahora ya no me amarraba tan fuerte. Llevábamos día y medio con la misma dinámica, incluso me daba tema de conversación cuando se aburría demasiado. Intentaba hablar conmigo, preguntándome cosas sobre mí, hasta que me harté y se lo pregunté de nuevo.

– ¿Vas a contarme lo que has hecho para tener que esconderte tanto? – Me miró igual de serio que estaba la mayoría del día. Se lo pensó mucho y le costó empezar a hablar.

– Tenía un negocio, una tienda de comestibles con la que me iba realmente bien. Fue heredada de mis padres y como tenía muchos ingresos decidí ampliarla y poner máquinas de pachinko en el local de al lado, lo que a la yakuza no le hizo mucha gracia. Ellos llevan ese negocio en la que era mi zona. Un día vinieron y pretendían hacerme pagar una suma de dinero desorbitada solo por su ‘protección’ y me negué. Ese mismo día, al cerrar el local, me llevaron ante su jefe y no de manera muy agradable. Me dijeron que o pagaba con dinero o con servicios, pero que no podía pretender hacerles la competencia tan descaradamente.

– Eso es injusto – Asintió, riéndose brevemente por la nariz.

– Así que me metí en el clan. Pensaba que no iba a tener grandes consecuencias, me pedirían pasar droga de un sitio a otro y poco más, o al menos eso me dijeron que tenía que hacer. La verdad es que durante un tiempo incluso llegó a gustarme esa vida, pasé de ser un simple tendero a tener poder y mucho dinero. Contraté a una chica y trabajaba en la tienda mientras yo me dedicaba a vivir la vida. Pero un día me mandaron a hacer lo mismo que me hicieron a mí. Tuve que ir al local de un amigo a recaudar dinero y resultó que no lo tenía. Conmigo iba un tipo que llevaba más tiempo que yo en el clan, y lo de ese tío era por vocación. Al ver que no quería pagar empezó a golpearles a él y a su mujer. No hice nada por impedirlo y cuando escuché las sirenas de la policía lo único que hice fue salir corriendo. A mi compañero lo mataron a tiros y a mí me atraparon, acusándome de agresión y coacción. Poco después me enteré de que la mujer de mi amigo estaba embarazada y… en fin… me acusaron también de homicidio involuntario.

– Pero no lo hiciste…

– Tampoco lo evité – Me miró a los ojos por primera vez desde que empezó a hablar, más serio que antes – Pero tranquila, se encargaron de castigarme a base de bien. No pienso volver ahí dentro, antes van a tener que matarme.

– ¿Y qué vas a hacer? No te puedes quedar aquí para siempre.

– ¿De verdad piensas que te voy a contar mis planes? ¿Estás tonta? – Por más que quisiera verlo como persona normal no me podía olvidar de lo que era ni de la situación – No bonita no, tú eres mi seguro para salir de aquí y más vale que vayas ganando dinero porque me va a hacer falta. Y pronto.

– Tengo dinero. Podrías irte ya. Si te pillan aquí me vas a buscar un problema.

– Por eso mismo vamos a hacer las cosas bien. Tú me vas a hacer caso y yo voy a hacer lo que tengo que hacer – Nos sobresaltó el timbre de la puerta. Casi se tiró encima de mí a taparme la boca por si se me ocurría gritar – No hagas ruido – Me advirtió.

– ¡Miku chaan, soy mamáaa! – Llamó con los nudillos y miré a Shun quitándome su mano de la boca.

– Es muy persistente, no se va a ir hasta verme. Es capaz de sentarse a esperar – Miró la puerta de la calle con seriedad mientras escuchábamos cómo mi madre no se cansaba de llamar.

– Vamos a hacerlo así: me llamo Ken, soy tu novio y nos estamos planteando vivir juntos. Y no quiero ninguna tontería a no ser que quieras involucrar a tu madre en esto.

– No, no, no, ella no tiene nada que ver contigo.

– Pues ya sabes lo que tienes que hacer – Asentí un poco nerviosa, esperaba que mi madre no me pillase la mentira porque lo que me faltaba es que ella se tuviese que quedar en mi casa o que a Shun se le ocurriese ponerle la mano encima.

– ¡Menos mal! Creía que iba a tener que quedarme aquí esperándote – Entró sin permiso como siempre. Se quedó plantada en la entrada al ver a Shun y se me encogió el corazón solo de pensar que le había reconocido.

– Señora Sakaki, ¿me permite? – La ayudó a quitarse la chaqueta y el bolso con una sonrisa encantadora. Me quedé mirándole pasmada, sin creerme que era la misma persona. Mi madre me miró sorprendida.

– Mikuru… ¿quién es…?

– Es mi novio mamá, Ken. Horikawa Ken – Improvisé, observándole inclinarse.

– Oh, ¡encantada! – Mi madre me agarró del brazo y me llevó al sofá mientras ‘Ken’ colgaba las cosas en una percha – ¡Qué guapo es! ¡Y qué callado te lo tenías!

– Sí, bueno… – Me reí incómoda sentándome con ella a un lado y ‘Ken’ al otro.

– Venía a ver qué tal estabas pero es evidente que bien – Se le escapaban las risitas, emocionadísima – ¿Cómo os habéis conocido?

– En el trabajo – Shun intervino rápido y sin dudar, pasándome una mano por la cintura. Me tensé de inmediato, pero me obligué a mí misma a relajarme y a sonreír – Y recuerdo que fue un día bastante malo para mí. Necesitaba ayuda de urgencia con unos papeles y Mikuru-chan hacía horas extras, solo estábamos los dos en la oficina y hasta ese momento nunca habíamos hablado. Sé dirigir una empresa pero hay ciertas cosas de la burocracia que se me escapan.

– ¡¿Es tu jefe?! – Asentí mirando a Shun con las cejas encaradas. A ver hasta dónde llevaba la mentira.

– Tan pronto vi sus ojos supe que era la mujer de mi vida – Me pasó los dedos por la mejilla, mirándome con esa sonrisa tierna y desconocida para mí. Me enfadé conmigo misma al ser consciente de cómo me había quedado embobada mirándole. El corazón me iba a toda velocidad. Su mirada también era diferente… Había pasado de tigre peligroso a gatito cariñoso. Casi le oía ronronear.

– Ohhhh Miku chan, es tan romántico… ¡Me dais una envidia horrorosa! ¿Te trata bien?

– S-sí, claro mamá, qué preguntas… No hay más que verlo para saber que no me haría daño.

– Chico, tienes buenos genes, espero que no tardéis mucho en darme nietos.

– Mamá…

– Oh, estoy deseando – Se sonrieron mutuamente y yo no sabía dónde meterme pero iba a desmayarme – Me encantan los niños.

– ¿Cómo es que has venido por aquí? – Cambié de tema y sentí como Shun entrelazaba los dedos de su mano con los míos, haciéndome caricias con el pulgar. Me entraron ganas de golpearle por ir tan lejos… y ponerme así de nerviosa.

– He visto en las noticias lo de esos horribles criminales – la otra mano de Shun me apretó la cintura – y como vives en un barrio tan malo tenía miedo por ti. Pero viendo que estás en tan buena compañía no me preocuparé más. ¿Todo bien? ¿No te falta de nada?

– No mamá, estoy bien de verdad.

– Me paso otro día que no lleve tanta prisa, pero es que tu padre me está esperando – Se levantó y fue hacia la puerta, le acompañamos –  Desde que se cayó la semana pasada está con unos dolores de cadera insoportables. Deberíais pasaros juntos un día, seguro que le gustas – Le dio a Shun una palmadita en el hombro – ¡Y además estás fuerte! Mikuru, no lo dejes escapar – Shun y yo nos reímos a la vez y fue un ataque de risa nerviosa en toda regla. Mi madre lo interpretó de otra manera y se fue de la casa riéndose. En cuanto se alejó un poco le miré.

– ¡Estás loco! – Fue un grito susurrado.

– Se lo ha creído – Se dejó caer en el sofá mirando la televisión con la misma expresión seria de siempre. Nada de sonrisas agradables y deslumbrantes. Adiós al gatito – Un problema menos.

– He estado a punto de morirme cuando se ha puesto a hablar de ti. No sabía qué hacer, menos mal que ha cambiado de tema.

– No tenía ni idea de quién era desde el principio, no sé por qué te has preocupado tanto.

– ¿Y qué le voy a decir cuando desaparezcas de repente? – Me miró encogiéndose de hombros.

– Que me han mandado a otro país, que te era infiel… Yo que sé, lo que te dé la gana. Eso es cosa tuya.

– Ya, claro, como todo. Voy a ducharme.

Para mi sorpresa asintió mirando a la televisión mientras caminaba hacia el cuarto de baño. Que me dejara esta libertad de movimientos era algo nuevo. No paraba de darle vueltas a la idea de que vivía con un ex yakuza y a si su historia sería real o no. Me dio la impresión de ver dolor en su rostro cuando me lo contaba, pero llevaba razón en eso de que no podía fiarme. También pensé en esos nervios que había sentido en el sofá cuando me sonrió, pensando que me estaba volviendo loca. Era un criminal, era un secuestrador y un coaccionador. Le buscaba la ley y se había portado de forma violenta conmigo… pero nunca me había hecho daño de verdad. Y si se comportaba así era porque no tenía más remedio… agité la cabeza con fuerza. Qué tenía, ¿síndrome de Estocolmo? No me iba a dejar llevar por una sonrisa encantadora, más que nada porque era una sonrisa de mentira y fingida, por muy bonita que fuese. Por muy alto y fuerte que fuese. Por muy penetrante que fuese su mirada y por muy gruesos que fueran sus labios. Sí, vale, estaba bueno, pero era mi secuestrador. Me tenía en casa contra mi voluntad, no podía sentir nada por él, ¡¡ERA UNA LOCURA!! No lo pude evitar, di un grito de la misma angustia que sentía y al instante le escuché en la puerta.

– ¡Oe! ¿Estás bien?

– Sí, un bicho, eso es todo – Desde luego era peor que un bicho como se había colado en mi vida.

Terminé de ducharme, me vestí y me fui directa a la cocina sin mirarle para hacer la cena. Y cuando cenamos tampoco le miré, ni cuando le curé de nuevo la herida, (que estaba bastante mejor), ni cuando nos metimos en la habitación para dormir. Le di la espalda sintiendo cómo se tumbaba bostezando. Cerré los ojos pero no había manera de dormir, no paraba de darle vueltas a la cabeza…

…Y estaba en el salón, era de día y hacía calor, por lo que tenía un camisón puesto. Estaba tranquila, con las ventanas abiertas y la luz del sol entraba a raudales. Escuché pasos a mi espalda y sonreí con los ojos cerrados. Sentí que me acariciaban el hombro y unos labios ardientes en mi cuello. Los vellos se me pusieron de punta y los pezones se me endurecieron cuando los rozó con sus dedos. Agarré su mano, enorme, y lamí sus dedos despacio mientras le escuchaba reírse. Me giré y le miré a los ojos, quise besarle pero apartó su boca de la mía, hundiendo sus dedos en mis bragas  acariciándome. Estaba caliente, solo lo quería a él y susurré su nombre… Shun…

Me desperté y vi a Shun de rodillas en  la cama, mirándome preocupado y apartándome el pelo de la frente para tomarme la temperatura. Respiraba agitada mientras él me desataba la cuerda de las muñecas, estaba como una moto y se creía que estaba mala de nuevo.

– ¿Estás bien? Me estabas llamando sin parar.

– Sí, ha sido una pesadilla – Me senté pasándme las manos por la cara, muerta de calor.

– Ah… – Le sentía observarme en silencio mientras bebía agua. Estaba por irme al salón a dormir, pero no iba a dejarme – Mikuru, muchas gracias.

Le miré, él también estaba sentado en la cama y me miraba con una expresión que nunca le había visto. Durante unos segundos me dio la impresión de que quería decirme algo pero al final esbozó algo parecido a una sonrisa y se acostó de espaldas a mí cruzando los brazos y suspirando. Me quedé un buen rato mirando el enorme tatuaje de su espalda, una carpa koi bastante bonita pero medio tapada por las vendas. Resoplé y me acosté yo también, dándole la espalda de nuevo y tremendamente agobiada por lo que estaba sintiendo.

Sin atarme las manos.

A la mañana siguiente, (esta vez de verdad), me desperté sola, y al salir de la habitación escuché el chorro de la ducha. Por lo visto confiaba en mí lo suficiente como para no atarme al ducharse tampoco, demasiado confiado lo veía. Fui casi corriendo hasta la puerta de mi casa pero tal y como agarré el pomo lo solté. Me sentía mal, traicionera y rastrera. Realmente no tenía necesidad de demandarle, no quería ser la culpable de que volviese a la cárcel que él odiaba tanto. No estaba tan mal con él allí, no era un gran problema… Suspiré y odiándome a mí misma fui a hacer el desayuno. Pero ya estaba hecho. Era a él a quien odiaba, le odiaba muchísimo. No tenía que portarse tan bien conmigo, ni siquiera mis novios habían sido tan atentos como Shun. Era excesivo e innecesario, y me hacía sentir cariño hacia él cuando sabía que por su parte era inexistente y que se marcharía en cuanto pudiese. Me pilló en medio de mi arrebato de rabia cariñosa.

– Buenos días. No sé si lo has notado, pero aquí huele un poco mal.

– ¿Lo dices por mí? Me duché ayer – Me miró sorprendido y se rio entre dientes.

– No imbécil, es por la basura, se está acumulando. Tendríamos que ir a tirarla esta noche – No le contesté así que supuse que interpretó mi silencio como un sí. Tampoco tenía mucho que decir, si él decidía algo se hacía y punto – Me alegra ver que solo estás tú y no el cuerpo de policía.

– Ya, bueno, no se me había ocurrido pero gracias por la idea.

Hizo un ruidito de afirmación y no hablamos nada más. Por la tarde intentó charlar conmigo pero no estaba muy receptiva, no quería relacionarme con él más que lo justo y necesario. Evitaba que mis sentimientos se impusieran porque era algo muy propio de mí y esa vez no iba a pasarme. Y no fue hasta la noche, con las bolsas de basura en la mano, que no me volvió a hablar.

– Ya sabes cómo va la cosa, no hace falta que te lo explique de nuevo – Se puso la gorra sobre la larga melena oscura que se soltó de la coleta, dejándola caer sobre sus hombros.

– Sí, no voy a hacer nada estúpido. Tengo sueño y quiero hacer esto rápido.

Salió delante de mí pero luego me tuve que poner yo en cabeza porque no sabía dónde ir. Le llevé hasta el callejón paralelo a mi calle, hacia los bidones de basura y dos o tres pobres durmiendo en cartones junto a ellos.

– Toma – Me dio sus bolsas – No voy a meterme en un callejón sin salida.

Se apoyó contra la pared esperando a que las tirase mientras él miraba la luna. Tuve que forzarme para apartar la vista de su perfil, tranquilo y ensoñador. Quise saber en qué pensaba, pero sabía que me iba a quedar con la duda. Como eran tantas bolsas las tuve que dejar en el suelo porque pesaban y las fui tirando una a una al contenedor. Cuando cogí la última sentí que olisqueaban a mi espalda y algo que me rozaba el trasero. Me di la vuelta para encontrarme a un tipo sucio, maloliente y con el miembro fuera de los pantalones, rozándose.

– Vamos a un sitio en el que pueda olerte esa rajita mojada que tienes – Me metió la mano bajo la falda.

– ¡¡SHUU—

– ¡Uh!, preciosa, ni hablar… – Me puso una de sus asquerosas manos en la boca y tan mal olía que me dieron arcadas. Cuando sentí que tiraba de mis bragas hacia abajo le ví volar hacia mi izquierda. Shun estaba sobre él, dándole patadas en el costado.

– Kintaro, hijo de puta… – Le pisó la cabeza al intentar levantarse.

– Ya, déjalo, vámonos antes de que venga la policía – Tiró de mi brazo y nos alejamos corriendo de esa calle hasta mi casa. Nada más entrar me metí en la cocina y me lavé la cara con el mismo jabón de los platos, muerta de asco.

– Esto es malo… – Murmuró él dando vueltas por el salón – Si me ha reconocido y le pillan me va a delatar.

– Es el otro ¿No? El violador – Asintió sin mirarme.

– Le tendría que haber matado.

– No, tú no eres así, tú no eres un asesino.

– ¿¡Y tú qué coño sabes?! – Me gritó, parecía desesperado.

– Lo que me has contado, eso sé. Y por cómo te comportas conmigo yo—

– Lo que sea que piensas de mí olvídalo porque es mentira.

– Confío en ti – Dije sorprendida, porque era verdad.

– ¡¡Pues no deberías!! – Le dio un manotazo a la puerta en la que me apoyaba, sobre mi cabeza. Me encogí y cerré los ojos a pesar de saber que no iba a hacerme daño. Cuando los abrí le encontré mirándome con el ceño fruncido, aún con la mano apoyada en la puerta. Bajó la voz considerablemente –  ¿Estás bien? – Asentí – ¿Por qué has dicho eso?

– ¿El qué? – Le miraba entre el miedo y las ganas de tocarle. Definitivamente estaba loca.

– Que nos fuésemos antes de que llegase policía.

– Para que no te pillen, es evidente… – Me di cuenta de lo que estaba diciendo conforme lo hacía. Y él tuvo que ver algo en mis ojos porque se alejó de mí negando con la cabeza. Se apoyó en la pared del salón y se llevó las manos a la cara. Me quedé un rato sin saber qué hacer y él no se movía de donde estaba. Al final me acerqué despacio, con cuidado, y por primera vez le toqué por voluntad propia – Shun… no van a pillarte. Tú mismo lo dijiste, las probabilidades de que una oficinista aburrida y sin vida acoja a un criminal son escasas.

– Te estás equivocando – Su voz sonó entrecortada y al apartarse las manos de la cara me impactó ver que estaba llorando – No puedes confiar en mí, Mikuru.

– Oye, ya me he enterado de que traicionaste a tu mejor amigo y a tu clan simultáneamente y que te fuste corriendo como un cobarde cuando vino la policía, pero no por un error vas a ser siempre así. Antes de eso serías de fiar, digo yo.

– Antes de eso… – Se rio sin alegría alguna – Antes de eso yo era otra persona.

– Pues… – No sabía que decirle pero quería que se sintiese mejor – Pues si esa persona ya no está tienes que superar lo que ha pasado si quieres vivir una vida nueva. Oye, ¿qué haces llorando? – Me dio tanta pena que le pasé las palmas de las manos por las mejillas, limpiándole las lágrimas – ¿No eras un secuestrador agresivo y chungo?

– Lo siento – Me miró a los ojos – Tú no te mereces esto.

– No, pero mi vida era un aburrimiento y tú la has hecho interesante – Y eso también era verdad.

Todo era mucho más emocionante ahora, y precisamente era lo que necesitaba aunque no lo más conveniente y desde luego no lo más racional. Si tenía Síndrome de Estocolmo bienvenido era. Le pasé los brazos por la cintura y le abracé, apoyando mi cabeza en su pecho. No se movió y no me tocaba, solo noté que aspiraba aire temblorosamente y cómo lo expulsaba despacio por la nariz. Y los latidos de su corazón a toda velocidad. De repente me empujó contra el sofá, mirándome con el ceño fruncido y tragando saliva.

– No vuelvas a hacer eso – Miré hacia un lado, avergonzada. No me esperaba esa reacción.

– Lo siento…

Me fui a la habitación y cerré la puerta, apoyándome en ella. No entendía lo que pasaba conmigo o más bien lo que pasaba por mi cabeza. Pensé que intentaría acosarme un poco, desahogarse conmigo, pero era evidente que me equivocaba. Me sentí realmente mal, una secuestrada acosando a su secuestrador. Era un caso digno de estudio, desde luego. El corazón me latió con furia en el pecho al escuchar la puerta de la calle cerrarse. Salí de la habitación y le busqué en la cocina, en el baño, llamándole por todas partes, pero no estaba. Y me sentí sola. Tremendamente sola. Lo primero que pensé fue en correr tras él pero pensando fríamente era mejor que se fuese. No le podía querer en mi vida, era una locura. Y sin embargo estaba llorando, sin saber muy bien si por su despecho o por la certeza de que no iba a volver a verle. Me tumbé en el sofá, acurrucada y mirando la luz de la luna que hacía un momento había estado él mirando. Volví a sorprenderme una vez más al darme cuenta de que le iba a echar muchísimo de menos.

 

4

Al día siguiente fui a trabajar sin interés ninguno, con menos ganas que nunca de entablar conversación con la gente. Cuando me subí en el ascensor y vi el cartel con su cara lo arranqué de la pared ante las confusas miradas de mis compañeros. Lo hice una bola y lo tiré a la basura más cercana. Cuando me preguntaron solo les dije que me molestaba verlo. Mis horas de trabajo fueron monótonas, mi almuerzo monótono, las charlas monótonas y la vuelta también. Estaba segura de que en toda la mañana mis pulsaciones no habían pasado de 60. Tanto daba que estuviese muerta. Le echaba de menos, le echaba tanto de menos que se hacía insoportable. Al ir a poner una lavadora, (apasionante tarea), encontré en el cesto de la ropa sucia una camiseta de las que se compró, una horterada azul turquesa con unas rayas amarillas en el centro. Y fue entonces cuando mis pulsaciones se aceleraron de manera brusca, cuando me la llevé a la nariz. Olía a él. Realmente olía a sudor y se suponía que tenía que desagradarme, pero hizo el efecto contrario, me excitó. Supuse que era cosa de hormonas, o que estaba definitivamente tarumba.

                No tenía ganas de hacerme la cena, así que bajé al supermercado y me compré unos cuantos botes de ramen por si me entraba un hambre voraz, cosa que solía pasarme cuando me aburría o me agobiaba. Y teniendo en cuenta que tenía bastante de ambas cosas… También me compré una tarrina de helado de chocolate, pensaba ser un cliché andante y comérmelo delante de la televisión. Al salir de allí me dieron un empujón que me tiró al suelo, haciendo que mi bolsa de las compras volase. Alguien había pasado a mi lado casi corriendo pero al verme levantarme mientras me quejaba se volvió, dándome la bolsa.

– Lo siento mucho – Me miró con los ojos como platos.

– ¡¿Shun?! – Le agarré de la muñeca con fuerza antes de que saliese corriendo de nuevo y me mandó a callar – ¿La policía? – Le susurré.

Miré por encima del hombro y vi a dos policías acercarse con prisas desde el final de la calle. Le quité la gorra y le quité la chaqueta ignorando sus quejas nerviosas, metiéndolo todo debajo de un coche del callejón que había junto a la tienda. Tiré de su camiseta y le pegué a mi cuerpo apoyándome contra la pared, pasándole los brazos por los hombros.

– Abrázame y sonríeme – Se me quedó mirando con la boca abierta – ¡Venga! Sé que no te gusta pero van a pillarte como no hagas esto. No es la primera vez de todas maneras.

– Mikuru… – Negaba con la cabeza mientras le hacía cosquillas con mis uñas en el pelo de la nuca.

Me abrazó por la cintura y me besó, y fue tan diferente del otro beso que me dio en ese mismo sitio… porque ahora yo se lo estaba devolviendo. Me abrazó con fuerza acariciando mi lengua con la suya, besándome despacio, rozando mi cintura con sus manos, mi espalda, mi trasero. Sentí a los dos policías pasar por nuestro lado y me dio la impresión de que uno de ellos se paraba, pero no abrí los ojos y él no dejó de besarme. Perdí la cuenta de las veces que nos besamos, no sabía si era uno muy largo o muchos muy cortos, qué más daba.

– Vamos a casa, Shun… – Le susurré – Si te quedas en la calle te van a pillar.

– Pero no puedo quedarme en tu casa – Me miró con seriedad, apoyando su frente en la mía – Y esto no puede volver a pasar.

– Simplemente ven – Le cogí de la mano después de recoger la chaqueta y la gorra, metiéndolas dentro de la bolsa de la compra, yendo a toda prisa hasta mi casa. Una vez dentro empecé a guardar las compras y él se me acercó, dudando.

– ¿Por qué quieres que vuelva?

– Me aburro sin ti – Me miró incrédulo – Me haces sentirme viva. Me das lo que busco.

– ¿Estás loca? – Asentí pero no me acerqué a él, aunque me moría de ganas.

– Date una ducha y ponte ropa limpia que tiene que haber en la secadora, tienes pinta de necesitarlo. Yo iré preparando la cena – Le enseñé los botes de ramen.

Sonrió levemente y se fue al baño negando con la cabeza. Puse agua a calentar y destapé los dos botes, esperando a que hirviese con los palillos en la mano y los codos apoyados en la encimera. Estaba contenta, estaba realmente contenta de tenerle allí de nuevo. Si me pillaban ahora iría a la cárcel seguro, y a pesar del peligro prefería tenerle cerca. Ya me preocuparía del problema cuando lo tuviese encima. Apagué el fuego cuando hirvió el agua y la eché en los recipientes, tapándolos y mirando el reloj. Sonreí y me agarré las manos subiéndolas por encima de mi cabeza, haciendo un ruidito de queja al estirarme. Al volver a apoyarme con los codos en la encimera me puse a soñar despierta. Me habría encantado que viniese hacia mí en ese momento, empapado, con las gotas de agua resbalándole por la melena que le caería de cualquier manera ante los ojos. Tendría que mirar hacia arriba para mirarle a la cara pero se me desviarían los ojos hacia abajo y por supuesto estaría desnudo. Y cachondo. Los labios se me separaron dejando escapar el aire de mis pulmones mientras me reía nerviosa. Le escuché entrar en la cocina y me volví bruscamente, pero estaba vestido. Miré el reloj y sonreí.

– Tres minutos casi justos, ¿tienes hambre? – Le sonreí cogiendo los botes de ramen.

– Bastante, no he comido nada desde ayer – Se sentó delante de mí y resopló echándose el pelo hacia atrás. Me tomé mi tiempo en observar su rostro con el ramen a medio camino de mi boca. Cuando se dio cuenta se me quedó mirando.

– ¿Dónde has estado? – Le pregunté.

– En la azotea – No podía creérmelo.

– ¿¡Ahí arriba?! – Señalé al techo con los palillos.

– Sí, no me podía arriesgar a salir a la calle así que me quedé arriba a esperar al menos un día. Y cuando decidí salir me encontré con los policías de frente. Y contigo, claro.

– ¿Por qué te fuiste?

– No quiero darte más problemas y si me quedo te los voy a dar tarde o temprano.

– Ya, el abrazo no tuvo nada que ver – Se había comido el bote de ramen a una velocidad que apenas me lo estaba creyendo. Se echó hacia atrás en la silla dejando los palillos en la mesa.

– Eso fue algo que hiciste sin pensar.

– Evidentemente – Se quedó mirándome un buen rato y yo le devolví la mirada. Terminó levantándose – ¿Dónde vas?

– Al servicio.

Le vi salir de la cocina con inquietud, ¿y si se iba de nuevo? Me terminé el ramen a toda prisa y lo dejé de cualquier manera en el fregadero. Fui hasta el baño y no me quedé tranquila hasta que no le escuché dentro. Ahora era yo la que le controlaba, qué irónico. Me fui al dormitorio y me puse nerviosa solo de pensar que se iba a acostar conmigo de nuevo. Sabía que él no quería tener contacto físico conmigo, pero llevaba mucho sin estar con una mujer y quizás… Pasó de darme miedo a ponerme cachonda en cuestión de días, por no decir horas. Supuse que eso de que el roce hace el cariño era verdad, aunque fuera el roce de unas cuerdas contra mis muñecas. Me quité la ropa de calle y el sujetador, poniéndome un camisón y metiéndome en la cama. Me quedé tapada de espaldas a él, pensando en cómo me sentiría si me rechazaba de nuevo. Le escuché salir del baño y cómo se acercaba a la habitación mientras se me aceleraba el pulso. Cuando sentí que la cama se hundía por su lado me di la vuelta y le vi quitándose la camiseta. Se me abrió la boca literalmente, ahora que de verdad me paré a observarle pude ver que era mejor de como me lo imaginaba. Y mi madre tenía razón, estaba fuerte.

– ¿Te hiciste los tatuajes en la cárcel o antes? – Le pregunté cuando se tumbaba. Se quedó boca arriba y giró la cara para mirarme. Estaba tapada solo hasta la cintura y vi cómo se le iban los ojos hacia mis pechos. El camisón era lo suficientemente fino como para que se notasen mis pezones.

– Antes, en la cárcel tienes que ser un yakuza bastante importante como para poder acceder a los tatuajes de verdad.

– ¿Los de verdad? – Acerqué mis dedos a su brazo, pasando las yemas suavemente sobre la tinta impregnada en su piel – Ah, tú dices los tradicionales – Asintió.

– Ya no te doy miedo.

– No – Le miré a los ojos, desvió la suya hacia el techo. La forma de su mandíbula era perfecta aunque su barba incipiente fuese un desastre.

– Eso no es bueno…

– Nada de esto lo es. Y mucho menos moralmente – Suspiró y se dio la vuelta, dándome la espalda.

Me arrimé un poco a él y le acaricié la espalda, pasando mis dedos por el contorno de la carpa y las ondas de agua dibujadas en su piel. Estaba calentito y respiraba tranquilo como si yo no estuviese. Apoyé la cabeza en su hombro, mirando como se hacía el dormido, relajado. Le pasé un brazo por la cintura y me pegué a él apoyando la cabeza en la almohada. Reaccionó al sentir mis pechos contra su espalda.

– Mikuru, para.

– No – Resopló enfadado.

– Oe – Se dio la vuelta y me miró sentado en la cama – No me hagas tener que atarte.

– No voy a estarme quieta solo porque me ates. Y además, tú no quieres atarme – Me pasé la mano por encima de un pecho sutilmente, con la excusa de coger la sábana para taparme mejor, y no pudo evitar mirarme de nuevo – ¿Cuánto hace que no estás con una mujer?

– ¿Qué pregunta es esa? – Me senté yo también, mirándole a los ojos y a la boca.

– Tú responde, me da curiosidad.

– Dos años más o menos – Me destapé y en un movimiento rápido me puse a horcajadas sobre él – Mikuru, estate quieta – Me agarró las manos cuando fui a empujarle por los hombros para tumbarle, me apartó de su cuerpo y me tumbó en la cama sin soltarme de las muñecas.

– Creía que yo te gustaba – Susurré francamente decepcionada – Me miras.

– Claro que te miro – Lo hacía en ese mismo momento, me miraba los pechos inclinado sobre mí como estaba, con el pelo cayéndole junto a la cara – Es normal que te mire. Lo que no es normal es que tú me mires a mí.

– Nada de esto es normal – A pesar de tener las muñecas agarradas contra la cama acerqué mi boca a la suya y le besé, rocé su nariz con la mía y volví a besarle. Le pasé la lengua entre los labios y le mordí el labio inferior, poniéndole cara de guarra lo mejor que sabía.

– Vas a arrepentirte, vas a sentirte mal cuando me vaya.

– No te vayas – Me soltó las muñecas y le acaricié los brazos hasta su espalda, tirando de él y haciendo que se tumbase sobre mi pecho.

Me encantó sentir el peso de su cuerpo sobre el mío, su calor, su respiración por mi cuello mientras me acariciaba los muslos despacio, poniéndome los vellos de punta. Abrí las piernas y se colocó entre ellas, quitándome el camisón por la cabeza y volviendo a tumbarse sobre mi cuerpo. Después de besarme sin apenas dejarme respirar, se metió uno de mis pechos en la boca, lamiéndolo y mordiéndome el pezón. Gemía, jadeaba, estaba realmente excitado solo con tocarme y mirarme.

– Te vas a correr enseguida.

– No me subestimes… – Me agarró del pelo mordiéndome el cuello, tirando de mis bragas con su otra mano, rompiéndolas al no tener paciencia para quitármelas de una manera normal.

– No – Bajé mi mano y se la metí en los calzoncillos. Se la acaricié con las yemas de los dedos, acercando mí boca a la suya que apretaba respirando profundamente – No me subestimes tú a mí.

Subí mis caderas y él acercó las suyas con prisas, penetrándome sin esperar a que estuviese lo suficientemente lubricada como para no sentir dolor. Grité, pero eso no le detuvo. Las ansias de estar de nuevo con una mujer pudieron con él. Pero una vez me la metió hasta el fondo se quedó quieto, apretando mis caderas a las suyas con todo su cuerpo en tensión hasta que me moví. Gemía como un loco, verle tan excitado me puso muy caliente, tanto que con solo dos embestidas ya estaba empapada. Me follaba rápido, jadeando en mi boca con los ojos fuertemente cerrados, provocándome muchísimo placer. Nunca me imaginé que una polla pudiese ponerse tan dura. Quiso besarme pero alejé mi boca de la suya, empujándole y poniéndole boca arriba en la cama, rozando con ella los tatuajes de su pecho, su ombligo y finalmente su erección. Se echó el pelo hacia atrás para verme bien y yo me eché la melena hacia un lado. Cuando le pasé la lengua despacio por su glande respiró profundamente, haciendo un ruidito ronco que me encantó. El mismo ruidito que siguió repitiendo cada vez más fuerte conforme mis labios y mi lengua rozaban más de su tersa y caliente piel. Lo hacía muy despacio, acariciando sus muslos y sus oblicuos con mis manos hasta que le agarré de la erección y acaricié sus testículos. Le miré muy tranquila, para encontrármelo con los ojos cerrados y los dientes apretados, levantando el labio superior cada vez que gemía. Apenas aceleré un poco el ritmo que la noté endurecerse y a él tensarse, agarrando las sábanas con las manos, quejándose, jadeando y gimiendo. Sentí su esperma salir disparado contra mi garganta y aguanté alguna arcada que otra mientras me lo tragaba.

– Imbécil, quería follarte más – Jadeaba boca arriba en la cama, mirándome fastidiado.

– Te dije que no ibas a durar nada – Contesté mientras me limpiaba la comisura de la boca.

– Y ahora no puedo besarte.

– Eso lo arreglo yo – Me acordé del helado de chocolate y fui a la cocina, sacándolo del congelador y llevándolo hasta la cama con dos cucharas.

– ¿Quieres? – Se lo puse por delante. Al verlo se sentó bruscamente.

– Tú no eres consciente de lo que me estás ofreciendo, te voy a dejar sin nada – Lo abrió y se llevó a la boca una cucharada – Qué de tiempo… – Se le dibujó una sonrisa. Me senté a su lado, comiendo con otra cuchara directamente de la tarrina.

– Para ser barato está buenísimo.

– Sí… – Me sonreía como el día que fingió ser mi novio, ronroneando – Oye, eres muy buena – Se señaló la flacidez que tenía entre las piernas.

– Lo sé. Y teniendo en cuenta lo que me has hecho pasar desde hace una semana me debes un orgasmo por cada día. Mínimo.

– No te preocupes por eso – Me miró esperando a que me tragase el helado y se inclinó sobre mí, agarrándome de la nuca y besándome – Dame unos minutos y te vas a enterar de las ganas que te tengo.

– ¿Desde cuándo? – Pregunté curiosa mientras comía.

– Casi desde que te puse los ojos encima.

– Esto de no estar con mujeres te afecta seriamente – Estábamos teniendo nuestra primera conversación de verdad, desnudos y comiendo helado de chocolate en mi cama a la una y media de la madrugada.

– No, para nada. Eres el tipo de mujer que me gusta.

– ¿Una oficinista sin vida y con las tetas más bien pequeñas?

– Tus tetas, por lo que veo y saboreo están muy bien. Y tienes una cintura preciosa, te marca más las caderas. Además, me encantan tus labios, y ya me has demostrado que sabes usarlos para lo verdaderamente importante – Le di un empujón en el hombro.

– Te has pajeado a mi costa, ¿verdad? – Se rio y casi escupe el helado que tenía en la boca. Asintió.

– Bastante, no te voy a mentir.

– Y en mi casa, no tienes vergüenza ninguna.

– Era eso o acosarte, y te recuerdo que los primeros días no estabas muy por la labor.

Seguimos hablando del mismo tema, que derivó a parejas anteriores, que derivó a una discusión de quienes eran peores, si los tíos o las tías. Cuando llegamos a la conclusión de que ambas partes tenían lo suyo y después de reírnos nos quedamos en silencio, mirándonos. Se le curvó la boca en una sonrisita de medio lado mientras me pasaba un dedo por la comisura de los labios limpiándome una mancha de helado

– Me encantaría hacer esto todos los días.

– No pienses en eso ahora…

– Me encantaría conocerte mejor.

– Vamos… – Vi que su mirada cambiaba, no sé si se volvía triste, melancólica, pero me transmitía un sentimiento muy fuerte.

– Estar en casa – Susurró él – Ojala pudiese decir eso a tu lado y que fuese cierto.

– Shun… – Dije su nombre sin saber realmente qué decirle.

– Podría llegar a enamorarme de ti, fácilmente – La boca se me abrió sola – Probablemente digo esto porque eres la única persona que se ha preocupado por mí en mucho tiempo. No lo sé. No sé por qué – Parecía realmente confuso – Pero sé que no quiero separarme de ti. Ha sido poco a poco, cuanto mejor te portabas conmigo y cuanto menos miedo me tenías más me gustabas. Y cuando me abrazaste… me dio miedo lo que sentí. Siento haberte rechazado pero fue precisamente porque están surgiendo cosas.

– No entiendo cómo has podido ser yakuza – Me apartó la mirada, se le veía avergonzado – No hay nada malo en ti, solo que te dejaste corromper por el dinero y te dio miedo en lo que te convertiste, por eso huiste. O al menos eso pienso.

– Gracias – Me miró de nuevo y me abrazó por los hombros, pegándome a su pecho. Cerré los ojos y apoyé mi cabeza en su hombro, abrazando su cintura.

Me puso una mano en la nuca besándome y yo pasé mis manos hacia adelante acariciando su pecho. Y de repente estaba tumbada en la cama y el helado de chocolate (o lo que quedaba de este) en el suelo. Me pasaba los labios y las manos por el cuerpo, susurrándome una y otra vez lo suave que estaba. Sus manos eran ásperas, pero eran cálidas y sus caricias delicadas. Al llegar a mi entrepierna me la besó, sonriendo.

– Qué bien hueles… – Me lamió despacio, tomándose su tiempo y volviéndome loca, estimulándome con sus dedos también porque desde luego sabía lo que hacía – Y qué bien sabes. Podría estar aquí eternamente – No sabía exactamente si me estaba rozando con sus dedos, con sus labios, con su lengua o qué coño estaba haciendo, (nunca mejor dicho), pero mis gemidos y el orgasmo que tuve no fueron normales – Mikuru – Se rio – Deja de gritar así o va a venir la policía.

– Fóllame de una puta vez – Le ordené al sentir sus dedos dentro de mi cuerpo – Desahógate conmigo Shun – Tardó bastante en hacerme caso, mirándome mientras me metía sus dedos y se lamía los labios, haciendo que me corriese una vez más y excitándose. Noté lo dura que la tenía cuando subió por mi cuerpo hasta besarme de nuevo en los labios – Hazme lo que quieras después, pero métemela ya.

– Si es lo que quieres, voy a reventarte – No pude evitar una carcajada a pesar de estar tan cachonda. Esa era la reacción que esperaba el otro día.

Me agarró de las piernas sonriendo y le sentí rozarme varias veces hasta que me penetró despacio. Le veía mirar como entraba, jadeando con la boca entre abierta, y me abrió los labios mayores y menores con sus dedos para ver cómo se hundía en mi cuerpo con más claridad. Susurraba ‘kimochi’ sin cesar mientras yo le sentía llenarme, agarrándome a sus brazos con fuerza. Solo tuvo que moverse un poco más en mi interior para hacerme llegar al orgasmo. Me abrazó y me besó mientras mecía sin descanso sus caderas contra las mías, gimiendo en mi boca y haciendo que me corriese de nuevo. Cada vez me costaba más respirar, el placer me inundaba y sentía escalofríos desde las caderas hasta la parte de arriba de mi espalda. Pasaba de darme rápido a darme despacio, tranquilo, mirándome a los ojos, sonriéndome. Y enseguida volvía a penetrarme con fuerza, sudando y haciéndome sudar.

– Quiero que te pongas encima, quiero ver cómo te mueves – Me pidió un rato después, cansado. Se tumbó boca arriba y me puse sobre él, besando sus labios con cariño mientras volvía a meterle en mi cuerpo. Intentaba sacarla casi entera para volver a dejarme caer contra sus caderas, despacio pero con fuerza.

– ¿Te gusta, Shun? – Le pregunté con las manos apoyadas en sus piernas, echada hacia atrás mientras movía mis caderas. Sabía que le gustaba porque veía sus gestos y cómo me miraba el cuerpo, pero aun así me encantó escucharle afirmar con un gemido. Pasaba sus manos desde mis muslos hasta mis pechos.

– Ven aquí – Tiró de mis brazos – Bésame – Me incliné sobre él, que pasó sus manos a mi trasero mientras me besaba con lujuria. Apoyó los pies en la cama y movió sus caderas de manera bestial contra las mías.

– Shun, vas a romperme – Gemí casi tumbada sobre él, muriéndome del placer, corriéndome sin parar y cada vez más intensamente. Y no paraba, no me soltaba, me mordía, me lamía y me besaba gimiendo contra mis labios y contra mi piel. Estaba descontrolado, yo estaba descontrolada.

– Voy a correrme… quítate.

Me la sacó pero volví a metérmela, haciendo que se corriese dentro. Susurró un ‘¡No!’ y me agarró de los brazos pero le ignoré y además no le duró mucho la negación. Echó la cabeza hacia atrás en la almohada, veía los músculos de sus brazos y de su cuello en tensión mientras me movía sobre él, sintiéndole llenarme. Me tumbé en su pecho cuando acabó, cansada y satisfecha, tremendamente satisfecha.

– Ha sido el mejor polvo de mi vida – Me encantaba sentir las vibraciones de su voz cuando hablaba en las manos y la mejilla – Me siento vacío.

– Y yo rellena – Dije riéndome, él dio una carcajada. Le miré sorprendida porque era la primera vez que le veía reírse con ganas.

Me quedé tumbada tal y como estaba un buen rato, tanto que de repente su respiración se volvió lenta y profunda. Alcé la vista y me lo encontré dormido con la cabeza ladeada en la almohada. Me eché hacia un lado manchándolo todo, pero estaba tan cansada que no pensaba preocuparme por eso hasta el día siguiente. Ya me ducharía…

                Y me despertó la puerta de mi casa al cerrarse. Me senté sobresaltada, y aún desnuda salí corriendo de la habitación buscándole, pero no estaba. No me lo podía creer… me había follado y se había largado igualmente a pesar de lo que me estuvo diciendo el día anterior. Vi una nota en la mesa y me apresuré a leerla.

“Ahora mismo probablemente o estas furiosa o estás llorando, y me gustaría que no hicieses ninguna de las dos cosas pero quizás es pedir demasiado. Me ha costado muchísimo trabajo irme sin más, me he llevado casi media hora mirándote, dudando de si despedirme o no. Pero prefiero que las cosas sean así. Tengo que darte las gracias, no solo por ayudarme tanto incluso cuando lo hacías contra tu voluntad, sino más que nada por hacerme sentir como una buena persona de nuevo. Ayer me reí por primera vez en dos años, eres lo único bueno en mi vida ahora mismo y me estoy alejando de ti… en fin, eso, muchas gracias.

PD: No cambies de teléfono, de cuenta de banco o de dirección porque te he cogido dinero pero te lo devolveré, lo prometo.

PD2: ¿Te acuerdas lo que te dije que sería fácil? Ha sido como pestañear. Te quiero Mikuru-chan”

Fui corriendo hacia la ventana y miré a la calle, pero no le ví. Probablemente había salido corriendo. Era un imbécil, si se pensaba que me iba a quedar esperando… estaba totalmente en lo cierto.

 

5

Miré el papel de nuevo mientras me secaba el sudor de la frente, no me explicaba cómo podía hacer tantísimo calor en el campo. Estaba en la estación de tren y me sentía más perdida que nunca. Solo tenía una maleta y el nombre de una granja que él había escrito en una de sus cartas sin remitente y que encontré tras buscar mucho: Ohara, en el norte de Kyoto. Me acerqué a un señor mayor que cerraba su furgoneta llena de verduras, con mi papelito y preguntando si la granja le era familiar. Me dedicó una sonrisa y por suerte se ofreció a llevarme.

– Eres de ciudad, ¿qué haces por aquí? ¿Vacaciones?

-No, estoy buscando a una persona.

– Ahhh, ya veo, ¿un hombre? – Asentí y el señor se rio – ¿Y no crees que la vida en el campo será demasiado para ti?

– Estaba deseando irme de la ciudad y si admites un consejo de alguien más joven, no vayas nunca.

– Te haré caso, no se me ha perdido nada allí igualmente… ¿Puedo preguntar el nombre del muchacho? Esto es muy pequeño y probablemente le conozca.

– Shun – El señor sonrió.

– Aaaahhh Sakaki-san – Me sorprendí al escuchar que usaba mi apellido – Ahora estará trabajando pero puedo llevarte a su casa y le esperas allí. Aquí nadie cierra sus puertas, somos muy pocos y no está la gente mala de la ciudad.

– Es usted muy amable.

Tardó bastante hasta que llegamos a un caminito de tierra, donde paró y me indicó que lo siguiese hasta la casa del final. Le di las gracias muchas veces por su amabilidad y arrastré mi maleta hacia allí. Llegué a una casita antigua y tradicional, pequeña. La abrí y me topé con un desastre que supuestamente era el salón. Pasé a la siguiente habitación y me encontré la diminuta cocina, también manga por hombro. Las otras puertas eran el baño y su habitación, que estaba aún peor. Sonriendo dejé la maleta a un lado y me puse a ordenar ese lío de ropa, revistas, tierra y libros que era su casa. Había tanto que hacer que cuando acabé habían pasado varias horas y estaba muerta de hambre, así que empecé a hacer la cena. Estaba nerviosa, quería que llegase ya y no sabía cuál iba a ser su reacción. Shun se comunicaba conmigo de vez en cuando a través de postales pero yo no podía decirle cómo me sentía, ni siquiera tenía la seguridad de que yo le estuviese leyendo. Tenía tantas ganas de ver su sonrisa y de que me abrazase con fuerza… Estaba perdida en mis pensamientos cuando escuché el ruido de una moto muy escandalosa y cómo se abría momentos después la puerta de la calle.

– ¿¡Pero qué…?! – Sonreí sin moverme de la cocina.

– ¡Ya era hora! – Le dije desde allí, escuchando cómo venía hasta donde yo estaba apresuradamente.

– ¡¿Qué haces aquí?! – Me di la vuelta y no pude evitar sonreír de oreja a oreja cuando le vi. Estaba lleno de tierra, su ropa estaba muy sucia y tenía la cara que era un desastre – ¿Cómo has—

– ¿Has ido a trabajar o a pelearte con los cultivos? – Me acerqué a él, limpiándole con las manos la suciedad de las mejillas. Le agarré la cara poniendo mis pulgares tras sus orejas y tiré de él besándole al fin – Te he echado tanto de menos Shun… – Le sentí suspirar profundamente entre beso y beso.

– Mikuru – Me agarró de la cintura y me separó de él – No tengo tu dinero todavía.

– No estoy aquí por eso – Me miraba serio, no me sonreía. Y no esperaba que fuese a reaccionar así – Estaba aquí… bueno… – Me solté y me separé de él, cruzándome de brazos – Había venido a estar contigo.

– ¿A estar conmigo?

– Tengo que hablar contig—

– Es peligroso que estés aquí, si te encuentran conmigo te vas a buscar un problema enorme. Vuelve a tu casa y olvídate de este lugar.

– Es una broma, espero, ¿que me vaya?

– Sí, y ya. Voy a llamar a Endo-san para que te lleve a la ciudad. No sé en qué estabas pensando… – Le miraba sin creérmelo y empecé a llorar sin poder evitarlo. Me limpié las lágrimas conforme salían con las palmas de mis manos.

– Creía que te ibas a alegrar de verme – Balbuceé como pude – Te he echado mucho de menos y lo único en lo que pensaba era en ahorrar dinero para venirme contigo. Y tú no me quieres aquí… – Sollocé escandalosamente llevándome las manos a la cara, sintiéndome triste como nunca en mi vida.

Pasé por su lado sin mirarle y agarré mi maleta sin dejar que llamase a nadie, ya me las apañaría para llegar a la ciudad. Fui por el camino de tierra hasta la carretera y empecé a andar en el sentido opuesto en el que llegué, tarde o temprano encontraría la ciudad. No paraba de llorar, no podía creerme que me estuviese pasando eso con toda la ilusión que tenía esa misma tarde. No entendía sus postales, en ellas me hablaba muy cariñosamente y siempre me insinuaba que me echaba de menos y que me quería aunque no me lo dijese directamente, ¿qué significaba eso ahora? Nada. Estaba empezando a hacer frío a pesar de estar andando sin parar y tirando de la maleta, y estaba cansada de haber hecho cosas todo el día además del viaje y de los nervios que pasé toda la tarde sabiendo que iba a verle. Debería de haber pensado las cosas mejor, no tenía que tomar decisiones yo sola sobre compartir mi vida con alguien, ahora lo veía claro. Agotada y sin saber cuánto tiempo llevaba andando, me senté en el arcén, sobre mi maleta. Miré hacia un lado y el otro de la carretera, todo lo que veía era oscuridad, y la humedad me estaba calando los huesos. Enterré la cara entre mis brazos y dejé que las lágrimas que me quedaban terminasen de salir, me sentía tan mal que no me habría importado si un coche me hubiese pasado por encima. Escuché cómo uno se acercaba pero no le presté atención porque iba en el sentido contrario. Sin embargo se paró a mi lado.

– ¿Mikuru-chan? –Miré hacia adelante y vi al mismo señor que me llevó hasta la casa de Shun ese medio día – Sube, no te quedes ahí con este frío, ¡vas a coger algo malo! – Me levanté desganada y me metí en el coche sin mirarle.

– Gracias – Le susurré.

– Shun es un irresponsable, puedes enfermar, ¿y si te hubieses caído en la carretera y no te hubiese visto? Se va a enterar ese niño – Miré hacia adelante y vi que me llevaba a su casa.

– No, no, no. Lléveme a la ciudad, Shun no quiere que me quede con él.

– ¡¡Tonterías!! ¡No hace más que hablar de ti a todas horas! Bueno, no dice tu nombre pero ahora sé que eres tú esa chica de la que siempre habla. Pero hablaba de ti como un amor perdido, y no lo entiendo porque a mí me parece que estas bien enamorada de él.

Aparcó junto al carril de tierra murmurando, enfadadísimo, y me ayudó a bajar de la camioneta a pesar de mis negativas. No quería que me rechazase de nuevo, suficiente tenía con ver su falta de afecto hacia mí una sola vez. Al llegar a la casa ni siquiera llamó, abrió la puerta y entró sin más, acercándose a él hecho una furia.

– ¿Se puede saber en qué estabas pensando? – No miré a Shun, le tenía delante pero no quería mirarle a la cara, lo que quería era volver al coche – Esta chica se muere por ti, no sabes lo alegre que estaba esta mañana cuando la traje a tu casa.

– Endo, no entiendes nada.

– ¡Desde luego que no! ¡Menos mal que se me ocurrió pasarme con la camioneta al ver que tenía tu llamada perdida! ¡Estaba sola en medio de la carretera, si no llego a ir con las luces largas me la llevo por delante!

– Creo que tendrías que irte, y ella también – El tono de Shun sonaba amenazador mientras se levantaba de la silla, poniéndose a la altura de Endo.

– Oye niñato, ¿te crees que porque tengas unos cuantos tatuajes y la espalda más ancha que yo voy a agachar la cabeza? No, vas a asumir la responsabilidad de haberle hecho daño a esta chica y le vas a pedir perdón.

– Endo-san – Le agarré del brazo sin mirarles – Da igual. Si no me quiere aquí no hay nada que hacer, me dan igual sus disculpas. Llévame a la ciudad.

– ¡De eso nada! Serás un gran trabajador pero como persona dejas mucho que desear –¿No decías que esta chica había sido tu salvación? ¿Que ella era lo único bueno que te había pasado? – Miré a Endo y después miré a Shun, que cerró los ojos y se llevó una mano a la cara, frotándosela – ¿Y la alejas de ti?

– ¡Claro que la alejo de mí! – Shun le miraba enfadado – Se tiene que ir. Ya. Lo siento mucho, pero así son las cosas. Te enviaré tu dinero en cuanto pueda – Asentí y me alejé hacia la puerta mordiéndome el labio. Pero no me podía ir sin decírselo. Tenía que saberlo…

– Shun – Le dije desde la puerta sin mirarle mientras Endo arrancaba su camioneta – Me duele mucho pero sé por qué haces esto. Sé que piensas que es lo mejor en este momento y que lo que quieres es protegerme. Y  a pesar de que ahora te odio, sé que no voy a dejar de quererte por ello – Hice acopio de las pocas fuerzas que me quedaban y le miré a los ojos. Me observaba con los brazos cruzados – Pero no sé si esta persona – Me toqué la barriga, apenas era un pequeño bulto –  Va a poder perdonarte algún día – Su ceño fruncido se relajó en una expresión de asombro. Pero no se movió de donde estaba – Te estaré esperando.

No me sorprendió que no me siguiese. Ya había asimilado la idea de que no iba a estar con él, lo que no significaba que no me fuese a doler. No recuerdo muy bien el camino a casa, solo recuerdo que cuando me metí en mi cama, los ojos me dolían de tanto llorar.

 

20 Años Después

Dejé las cartas en la mesa del salón y las compras en la encimera de la cocina. Las fui guardando, ordenando el frigorífico de paso porque no había manera de que las cosas estuviesen en su sitio más de tres días. Miré el teléfono móvil cuando lo sentí vibrar.

– ¿Cómo te ha ido? – Pregunté, cruzando los dedos.

– ¡Paso limpio a segundo! – Notaba la felicidad en su voz y en mi pecho.

– Ya lo sabía. Date prisa en volver, no quieres comerte lo de hoy frío.

– ¿Qué has comprado?

– Sorpresa, ¿vas a traer a tu novia?

– Hoy no puede, tiene que trabajar.

– Bueno, que venga a cenar.

– Enseguida estoy allí, ¿hace falta que suba algo?

– Umami, que se me ha olvidado cogerlo.

– Vale, un beso mamá.

Con una sonrisita y un suspiro, saqué del paquete la carne del almuerzo. No solía comprar cosas tan caras porque la universidad no se pagaba sola, pero Ken se merecía eso y más. Estaba tarareando, cortando las verduras que servirían de guarnición a la carne justo cuando escuché un ruido en la entrada. Me resultó extraño que hubiese llegado tan pronto, tenía que venir en tren y la universidad no estaba precisamente cerca. Aun así, fui feliz a saludar a mi hijo limpiándome las manos con el paño de cocina cuando me llevé el sobresalto de mi vida. Bueno, el segundo.

– Hola – Un hombre de casi mi misma edad, enorme, con unos tatuajes que le asomaban bajo la camiseta y una melena negra recogida en una coleta me saludaba un tanto incómodo en la puerta de mi casa.

– ¿Qué haces aquí? Tu dinero me ha llegado todos los meses, no hace falta que estés aquí en contra de tu voluntad – Negó con la cabeza y quiso hablar, pero no le dejé – ¿Cómo has entrado?

– Tienes la misma cerradura asquerosa que hace veinte años, no ha sido muy difícil forzarla – Me sonrió. No sabía si devolverle el gesto o tirarle el paño a la cara – acaban de prescribir mis delitos y ya estoy cometiendo unos nuevos.

– ¿A qué has venido?

– Sé que después de tanto tiempo no puedo venir pidiendo mucho. Me arriesgaba a que tu hubieses hecho tu vida con otra persona y—

– Hay otra persona en mi vida – Shun apretó los labios. Yo me dí media vuelta y me metí en la cocina a vigilar que la carne no se quemase mientras intentaba controlar lo nerviosa que estaba al sentirle detrás mía – Se llama Ken, tiene 20 años recién cumplidos y se parece a ti tanto que a veces me cuesta mirarle.

– ¿Puedo conocerle? – Me giré y miré hacia un lado, cruzándome de brazos.

No sabía que seguía enamorada de ese hombre hasta que no le vi de nuevo. No le había olvidado ni mucho menos – mirar a mi hijo era un recuerdo constante – pero creía que esos sentimientos habían cambiado. No lo pude evitar y le miré. Nuestras miradas se cruzaron hasta que Shun desvió la suya, tragando saliva. Se sentó en una de las sillas de la cocina y yo me acerqué a él. Me agarró de la cintura, acercándome a él y abrazándome. Cuando le pase las manos por los hombros y por la melena empezó a llorar. Se levantó para abrazarme de frente.

– No sabes lo que me ha dolido estar todo este tiempo lejos de ti, sin saber nada – Me susurró sin dejar de apretarme a su cuerpo con la cara en mi cuello. Le abracé por la cintura.

– Seguí leyendo tus cartas – Yo también lloraba, pero sonreía – Me dabas ánimos para que siguiese con mi vida y me contabas cosas de la tuya. Hasta que fui a verte y dejaron de llegar.

– Quería estar contigo pero no quería ponerte en peligro. Y teniendo un hijo… me arrepiento tanto de no haber estado a tu lado…

– Shun, te quiero – Chasqueó la lengua y me abrazó con más fuerza aún – Te quiero mucho. Quiero que te quedes aquí.

– Eres una imbécil. No me merezco tu amor después de lo que te he hecho pasar.

– No voy a negar que al principio me hiciste pasarlo mal – Le aparté un poco de mí para mirarle a la cara. Sorbió por la nariz y se refregó rápidamente los ojos – Criar sola a Ken ha sido difícil, pero ha salido bien. Y yo no he dejado de esperarte.

– Lo siento… Perdóname por favor – Me besó brevemente en los labios, acariciándome las mejillas – Estás igual de bonita Mikuru chan, igual que hace veinte años.

– Anda ya… –  Me sentí hundirme entre sus brazos, me perdí entre sus besos. Le había echado tanto de menos que no me importó su ausencia durante todo ese tiempo, tenía una buena razón para no verme – Quiero seguir besándote un día entero pero como se me queme la carne Ken me mata – Sonrió en mis labios y me di la vuelta, haciendo de comer.

– Endo no volvió a perdonarme hasta ayer, que le dije que me venía contigo.

– Que hombre más bueno, me llama de vez en cuando – Me pasó los brazos por la cintura y apoyó su barbilla en mi hombro.

– Lo sé, me ha contado cosas sobre ti antes de que viniese, ¿sigues en el mismo trabajo aburrido?

– Sí, necesitaba el dinero, aunque el tuyo me ha ayudado muchísimo.

– Era lo mínimo que podía hacer por ti y por Ken.

– ¿Y has estado llenándote de tierra hasta ayer? – Escuchamos la puerta de la calle justo cuando acabé de hacer la carne.

– He llegado antes porque me ha traído… – Ken se quedó de piedra en la puerta de la cocina – Ahm… – Me miró con las cejas levantadas. Antes de que pudiese decir nada, Shun se inclinó ante él.

– Lo siento mucho.

– ¿Qué? Mamá, ¿qué pasa? – Cuando Shun se enderezó y miró a nuestro hijo a los ojos, este pareció comprenderlo – ¡¿Papá?!  – Shun asintió – ¿Qué haces aquí? Vas… ¿Vas a quedarte?

– Solo si tú quieres que me quede – Les miraba mordiéndome las uñas. Y no pude evitar emocionarme al ver a mi hijo abrazarle. Tenía tantas ganas de vernos a los tres juntos que no cabía en mí de felicidad.

– ¿Me perdonas? – Le preguntó Shun. Ken estaba emocionado también y asintió sin poder hablar. Me miró y se echó a mis brazos, dejando salir sus sentimientos. Le hice sentarse en la mesa, frente a Shun. Les puse la comida  por delante, así como mi plato y me senté entre ellos.

– Entre los nervios de saber las notas y esto… me va a dar algo – Dijo Ken riéndose.

– Ahora que os tengo a los dos delante me doy cuenta de que mis genes no han aportado nada a este niño.

– La inteligencia la ha sacado de ti, eso seguro – Shun se puso un poco serio, incluso incómodo al mirar a Ken – Hay muchas cosas que tienes que saber sobre mí y que tengo que explicarte.

– No te preocupes, mamá me lo ha contado todo. Pero quiero ver tus tatuajes.

– Luego. Ahora a comer.

Pero comer es lo que menos hicieron. No paraban de hablar, no paraban de reír y de contarse cosas. Y a mí me dolían las mejillas de sonreír y me rebosaba el corazón de felicidad. No habían acabado con el postre y ya habían hecho planes para prácticamente un año. Mientras fregaba los platos hablaron de la experiencia de Ken con las mujeres, no sabía qué iban a dejar de charla para los años siguientes si seguían a ese ritmo, pero habían conectado tan bien que no podía estar más satisfecha. Ken se levantó para ir al servicio y miré a Shun apoyada en la encimera de la cocina con ambas manos. Le sonreí, me sonrió. Acto seguido se levantó y se acercó a mí, agarrándome de los muslos, abriéndome las piernas para ponerse en medio mientras me besaba con una ferocidad que recibí de buena gana. Me cogió en brazos y no dejó de besarme mientras me llevaba a mi habitación. Me tiró en la cama y metió sus manos por debajo de mi camiseta, besándome y mordiéndome el cuello. Justo cuando le quitaba la camiseta, Ken abrió la puerta sin llamar.

– Mamá, ¿vamos a—Oh, mierda – Cerró la puerta de nuevo, haciendo a Shun dar una carcajada – ¡Me voy!

– ¡No vengas hasta la noche! ¡La he echado de menos! – Me miró – Y quiero recordarlo todo.

Lo estuvo recordando toda la tarde. Y toda la noche después de cenar. Recorrió mi cuerpo tantas veces, y yo el suyo, que nos los teníamos aprendidos de memoria. No le dimos a Ken más hermanos, pero fue más suerte que otra cosa. Y al finalizar esa noche me dolía el cuerpo, sobre todo las muñecas. Me había atado cuando menos me lo esperaba, haciéndome reír descontrolada pero excitándome como nunca. Yo y mi enfermedad mental. Y aunque me dolía el cuerpo, nunca más me dolió el corazón. No mientras tuviera a mis chicos cerca.

                Esas navidades Shun me regaló una pulsera. Parecía una pulsera hecha a mano y barata, con un broche de plata en el que había una inscripción. Atado a ti. Cuando me di cuenta de dónde procedía esa pulsera me dio un ataque de risa que Ken no entendió, aunque sonrió al ver a Shun reír conmigo. Era de la misma cuerda que usó el primer día que nos conocimos. Entre locos andaba el juego. Pero al menos éramos locos felices.