*sigh*

tumblr_n8zscfe1wd1qlfgf2o10_1280No podía dejar de mirarle. Sus ojos eran pura adicción, la profundidad de ellos mi droga en la que consumirme, desvanecerme, desaparecer. Me derretía, mi cuerpo se estremecía a merced de esta ansia desmedida por tocarle, tenerle. Su pelo, negro como una noche cálida, suave como mis suspiros incontrolados. Sus labios, gruesos, calientes, me llevaban a pensar sobre otra parte de su anatomía de igual definición. Deseo, deseo, deseo. Lascivia. Necesidad. Calor desde mis muslos, sudor leve que desearía compartir contigo. Tu voz. Tu voz es todo, lo eres todo, lo más bello y lo que más deseo. Tan inalcanzable como perfecto. Suspiro. Me llaman. Despego los ojos del poster.
Qué vida más dura esta de fangirl…

Sonrisas

(Aconsejo reproducir la canción mientras se lee)

No se decidían a pedir nada ni a moverse de donde estaban, y estaba sonando una canción que me encantaba así que sin decir nada me metí en la pista rodeada de gente y empecé a bailar. Me dejé llevar por la música y bailé, bailé hasta que empecé a sudar. Al abrir los ojos vi a un chico mirándome fijamente. No era especialmente atractivo pero igualmente me acerqué a él. No era feo, parecía simpático e interesado. Puso sus manos en mi cintura sin cortarse un pelo y me di la vuelta, bailando de espaldas a él pero sintiéndole cerca. Escuché su risita en mi oído y su cuerpo pegado al mío. Escuché a sus amigos jaleándole. Me olía el pelo, haciéndome sonreír al escuchar su sonrisa en el “hummmm” que me hizo cosquillas en el oído. Me di la vuelta y le miré a los ojos. Unos ojos marrones que prometían diversión. Tiré de su mano sin pensarlo dos veces, sin mediar palabra. Le metí en los servicios femeninos ignorando a los que nos rodeaban. Allí también sonaba la música a todo volumen. Mejor. Me besó sin perder la sonrisa, me cogió en peso riéndose y me calentó haciéndome sentir divertida. Sus manos estimulaban toda mi piel, su boca se llenó con mis pechos y fui yo la que le abrió la bragueta, tocándole despacio, provocando que se mordiese el labio. Olía de miedo. Me acarició sobre las bragas con el pulgar y tras dejármelas empapadas las movió hacia un lado, penetrándome despacio, haciéndome reír mientras gemía. Me mordía el cuello al embestirme, no tenía ni idea de quien era y no me interesaba. Solo me interesaba el orgasmo que me estaba provocando lento pero seguro. Temblé en sus brazos sintiendo un segundo orgasmo que cortó para ponerse un condón. Me puso de espaldas para volver a metérmela, follándome más fuerte aún. Me corrí un poco antes que él, riéndome, y cuando acabó de temblar apoyado en mi espalda también se rio. Me miró a los ojos.

– Me encanta esta canción – me dijo besando mi mejilla.

– ¡Mira, tenemos algo en común! – Y a carcajadas salimos del cuarto de baño, con las miradas de todos clavadas en nosotros. Pero qué importaba, estaba de fiesta y la canción que estaba empezando, como el chico que tenía al lado, también me encantaba.

Tiritas

(Aconsejo reproducir la canción mientras se lee)

Mi mejor amiga me señaló al hombre que se apoyaba en la barra con aspecto abatido. Nos sonreímos de manera traviesa y me acerqué a él con mi mejor contoneo de caderas.

-¿Puedo preguntar qué haces tan solo? – dije con voz melosa. La apatía dejó paso a la curiosidad en su rostro.

– No tenía ganas de estar con nadie…

– ¿Molesto? ¿Me voy? – señalé con el pulgar por encima de mi hombro, pero tras pensárselo un poco negó con la cabeza. Incluso sonrió débilmente. Me presenté, se presentó – ¿Qué te tiene preocupado?

– Supongo que me he quedado sin tiritas para este – se señaló el pecho mientras le daba un trago a su bebida. Al mirarme se encogió de hombros, suspirando.

– Yo tengo unas cuantas. Son resistentes, a prueba de agua o cualquier fluido – me incliné sobre él, tocando su hombro casualmente – pero las tengo en mi habitación. Si me acompañas, te las pongo.

                Al mirarle de nuevo, le guiñé, haciéndole reír. Y me pasé toda la noche “poniendo tiritas”.

Casa

(Aconsejo reproducir la canción mientras se lee)

Llegué a casa pero la sentí fría, yo me sentía fría. No daba crédito a lo que mi compañero de piso me decía. A esa crueldad que me tenía preparada una semana que ya de por si había sido horrible.

– ¿Cómo que se ha ido? – Una desagradable presión me oprimió el pecho y tras los ojos. La angustia se me agolpó en la garganta, pero tragué. Lo tragué todo hasta donde nadie pudiese verlo.

– Salió esta mañana y le intenté preguntar al verle con las maletas pero—

– No puede ser.

Me sentí romperme. No podía ser. Salí a la calle sabiendo que probablemente ya estaba lejos pero tenía que intentarlo. Le busqué camino a la estación de tren, deseé que se lo hubiese pensado mejor, que tuviese dudas. Que por un instante considerase mis sentimientos a pesar de serles desconocidos. No podía irse. No podía. No ahora que acababa de darme cuenta de lo enferma que estaba. Por él. Por su amor. Estaba al borde de las lágrimas. La angustia me oprimía. Y entonces le vi. Estaba apoyado contra el andén, fumando y mirando al cielo. Sin preguntar me eché a sus brazos, escuchando como aspiraba asombrado.

– No quiero que te vayas. No sin escuchar lo que—

Me besó. Me abrazó. Cambió las frías maletas por la calidez de mi cuerpo. Y por primera vez, en sus brazos, entendí que era sentirse, de verdad, en casa.