Mamo-chan

Caminaba a su lado y no me lo terminaba de creer. Su brazo rozaba mi hombro y por suerte para mí las calles estaban tan llenas que me tenía que pegar a él. Al acercarme me miró, tan alto, con esos labios tan voluptuosos, y una ceja levantada. Le sonreí inevitablemente y me derretí cuando me devolvió la sonrisa rascándose el lateral de la nariz. No hablábamos pero tampoco lo necesitaba, solo su presencia me tenía pletórica. No me lo creía. Me pellizqué un brazo pero no me despertaba, y volví a mirarle.

—Lo siento —dije—, pero es que no puedo evitarlo —Sonrió, expulsando aire por la nariz en una breve risita.

—No pasa nada, ¿quieres un helado? —Me señaló un puesto y asentí, sin dejar de mirarle.

—¿Dónde ha ido Tatsuhisa? —Le pregunté mientras le veía pagar mi helado de chocolate.

—Tendría cosas que hacer, ya sabes, el grupo, tu amiga… —Asentí riéndome con timidez. Adoraba escuchar su voz y a Tatsu por dejarme sola con él. Me quedé absorta observando sus labios hasta que noté que me miraba.

—Lo siento —dije otra vez, sintiéndome avergonzada. Se rió suavemente.

—No pasa nada —Volvió a repetir. Pero esta vez vi como sus ojos se desviaban brevemente a mis pechos. Sonreí para mí misma, comiéndome el helado.

Cada cucharada de las suyas era un suplicio, así como verle lamer la cucharilla para después disfrutar de un breve vistazo de su lengua rozando las comisuras de su boca. Me avergoncé al darme cuenta de mi ensimismamiento porque el helado se me había derretido en la tarrina. Lo tiré en un cubo de basura, disimulando antes de que lo viese. Me quejé, dándome cuenta de que me temblaba el pulso y me retrasé retocándome en el espejo retrovisor de un coche, asegurándome de no estar manchada. Al volver mis ojos hacia donde él estaba le vi caminando con las manos en los bolsillos. Sabía que iba detrás, por lo que se paró observando el escaparate de una tienda. Su espalda ancha, su pelo ondulado y su perfil era todo lo que existía para mí. Esa mandíbula marcada, tan sexy y bonita. No paraba de suspirar, a ese paso me iba a dar una bajada de tensión de los nervios que me comían por dentro.

—Oye, ¿vamos a mi casa? —Me miró rascándose la oreja y dejándome petrificada con su propuesta —Tifa me ha pedido no dejarte sola y estoy un poco cansado de andar.

—Sí, claro, por mí no hay problema —Necesitaba gritar pero me contuve, no quería que supiese lo histérica que estaba.

—¿Tienes tatuajes? —Me preguntó de repente.

—Sí, uno, de momento —Le enseñé el del brazo, se sonrió al reconocer las alas de la libertad.

—¿No te dan ganas de hacerte más? —Asentí—, todo el mundo me dice que son adictivos, de todas maneras no puedo por mi trabajo.

—¿Ni en partes no visibles? —Encogió esa naricilla aplastada tan linda.

—Me gustaría más en los brazos, o la espalda. Uno de mis amigos es tatuador y siempre me está tentando de hacer lo que tú dices.

—Así te quitarías el antojo y no tendrían porqué enterarse los jefes —Sonrió, pero negó con la cabeza. Cada vez que sonreía se me paraba el corazón.

—Qué va, siempre se enteran de todo —Habíamos llegado a una zona de la ciudad calmada, no había casi nadie por allí—. Es aquí —Abrió la puerta de un alto edificio y me cedió el paso. Mientras subíamos en el ascensor no supe qué hacer, cada vez que su brazo rozaba el mío mi corazón daba un saltito. Entramos en su casa, olía tan bien como él.

—Qué grande es… —dije asombrada. Le seguí hasta una habitación amplia y que me llevase directa a donde había una cama no ayudó a calmar mi histeria creciente. Dejó la chaqueta en la cama y me miró.

—¿Qué quieres hacer? —Dudé unos instantes porque lo que me salía decirle era de todo menos correcto.

—¿Música? —Le dije señalando el equipo, no es que pudiese articular mucho más.

—Ponte cómoda mientras. ¿Tienes algo tuyo por ahí? Me da curiosidad —Le acerqué mi teléfono después de poner mi spotify—. Genial, a ver qué hay —Lo enchufó al aparato y se tiró literalmente a la cama con un mando en la mano—. Ven, no te quedes ahí parada.

—No sé si te va a gustar lo que tengo —Me senté dejando mi bolso a los pies de la cama. Estaba deseando tirarme encima de él. Se apoyaba en sus codos, boca arriba y atento a las canciones que me sabía de memoria. Quería tumbarme en su pecho, escuchar su voz retumbar y sentir sus latidos cerca. Su calor.

—No conozco ni una —Me reí y al escuchar mi risa me miró. Se me cogió un pellizco en el estómago al instante—,  así no llegamos a ninguna parte, ¿qué te pongo?

—Cachonda —Lo dije incluso antes de pensarlo. Su cara de asombro fue seguida de una carcajada corta y aguda al aire. Me miró y alzó una ceja, pasándose la lengua por los labios con rapidez.

—¿De verdad? —Asentí, muerta de vergüenza, de calor, y de intriga por lo que fuese a pasar a partir de ese momento. Se sentó en la cama, mirándome con la sonrisa traviesa que se iba ampliando conforme me iba analizando de arriba abajo. Cada vez se me asemejaba más a Rin, aumentando mi necesidad de ser devorada.

—Oye, mira, me da igual lo que pase pero quiero darte un abrazo —Sin darme tiempo a explicarme puso sus cálidas manos en mi cintura y le abracé por los hombros, sintiendo su nariz en mi pelo mientras la mía rozaba su cuello. Al aspirar tuve que retener un gemido, olía tan bien que quise morderle. Sus manos acariciaron mi espalda hacia arriba, y las bajó siguiendo la silueta de mi cintura, apretándome las caderas.

—Quiero seguir por debajo de la falda —susurró. Sus labios tocaron mi cuello y sentí un escalofrío tal que solté un suspiro combinado con un débil gemido.

—Hazme lo que quieras —Mis dedos se enredaron en su cabello ondulado y castaño, su lengua se deslizó suavemente hasta mi mentón. Me miró a los ojos y sentí la humedad en mi ropa interior. Le cogí de las manos y las puse sobre mis pechos, deseando sus labios.

Sus dedos se clavaron en mi piel y su lengua invadió mi boca como si no fuese la primera vez que lo hacía. Era cálida, sabía al helado que se estaba comiendo antes. Tener sus labios en los míos era al mismo tiempo la sensación más agradable y la más excitante de mi vida. Los botones de mi traje se iban abriendo sin prisas manipulados por él, que me besaba con los ojos entrecerrados. Yo también le miraba, necesitaba ver que lo que me estaba pasando era cierto. Mis manos volvieron a su pelo, a su cuello. Llamaron a la puerta. Lo ignoró. Susurrando cosas que no llegué a entender me besó los pechos, rozándolos con las yemas de los dedos y mirándolos mientras tragaba saliva con dificultad. Me echó hacia atrás en la cama, levantándome el muslo y la falda, besando la parte interior, acariciándome pierna arriba, tirando de mis bragas hacia abajo con su otra mano. Volvieron a llamar con más insistencia. Chasqueó la lengua y se puso derecho, escuchando cómo también llamaban con los nudillos y su teléfono comenzaba a sonar. Al ver el nombre en la pantalla se bajó de la cama con prisas.

—Escóndete —Me ordenó. Me quedé mirando como se tiraba de la erección intentando disimularla conforme caminaba fuera de la habitación.

Escuché atentamente y al oír la voz de una chica me tiré tras la cama, quedándome pegada al suelo. Si era su novia se iba a buscar un problema. Esperaba que no me dejase tirada. Poco después le escuché entrar en la habitación y vi sus pies pararse en la puerta.

—¿Dónde estás? —Me dijo. Me asomé al borde de la cama y al verme se rió, derritiéndome—, ¿esa es tu manera de esconderte?

—¿Era tu novia? —pregunté sin rodeos, levantándome. El traje me colgaba por la cintura y mi sujetador estaba en el suelo. Asintió mirándome los pechos.

—No me he enterado de nada de lo que me ha dicho —dijo acercándose despacio—, y me ha creído cuando le he dicho que me encontraba mal y es que, como comprenderás —Me puso las manos en la espalda, terminando de bajar el traje—, tengo toda la sangre acumulada en la polla.

—Mamoru, no quiero buscarte un problema.

—¿Y vas a dejar de follarme por eso? —Acercó sus labios a los míos y me dejé llevar.

Lo único que quería era tocarle y tener su lengua en la boca lamiendo la mía despacio. Me besaba con demasiada tranquilidad, no iba en consonancia con los latidos ni de mi corazón ni del suyo, que notaba acelerado al tocarle el pecho bajo su camiseta negra. Bajé las manos hasta el botón de sus vaqueros, notando cómo enganchaba sus dedos al elástico de mis bragas. Se arrodilló ante mí, mirándome como si tuviera delante el pastel más apetecible del mundo. Acerqué mi pelvis a sus labios, reteniendo un gemido cuando se cerraron en torno a mi clítoris. Pasó la lengua entre mis labios menores, haciéndome resoplar. Hizo lo mismo con mi entrepierna que con mi lengua, sin prisas, con suavidad, acariciándome los muslos. Tuve que tumbarme en la cama porque era incapaz de estar en pie y no por ello dejó de hacerme tocar el cielo con su boca. Se puso de rodillas en la cama, entre mis piernas, y me abrió los labios mayores con sus dedos, presionando con su glande a la par que se mordía el labio. Tenía prisa. Yo también.

—Gime —le pedí—, quiero que me digas lo mucho que te gusta.

—Me encanta —susurró, empujando y abriéndome despacio. Estaba tan húmeda que no opuse resistencia alguna. Retenía el aire en sus pulmones cada vez que la sacaba y lo dejaba salir en cortos y graves gemidos cuando me la metía.

—Métemela entera —Me retorcía en la cama, me moría de placer. Notaba su carne caliente abrirme poco a poco, sus dedos sobre mi clítoris en una caricia tan suave que el orgasmo me acechaba cada vez más cercano. Era mi fantasía erótica hecha realidad.

—Me gusta tanto, tantísimo —Sus manos me apretaron las caderas a las que se pegaban las suyas. Mi coño le tragaba, apretaba esa erección dura y ardiente.

Cuando empecé a sentir su pelvis chocar con la mía sus gemidos se intensificaron. Chorreaba, estaba empapando la cama con mis fluidos. Verle hacerme lo que me estaba haciendo me ponía tan cachonda que me provocaba orgasmos con los que solo podía soñar antes de conocerle. Me hacía arquear la espalda de la cama, las explosiones de placer inundaban mi mente y me reventaban de cintura para abajo. Se mordía los labios, resoplaba, me tocaba, me miraba, me mataba. Y me la sacó parándose a respirar hondo.

—Joder, me corro —Se quejó—, mira —Se la agarró y me mostró una gota de esperma solitaria cayendo por su glande enrojecido. La necesitaba dentro y la necesitaba ya.

—Mamoru, fóllame —Le ordené. Me pasó los dedos entre los labios mayores.

—No puedo, espérate un segundo que—

—No —Tiré de su nuca y le besé tumbándole en la cama, colocándome sobre su cuerpo. No le dejé reaccionar, una vez situada sobre su erección me la metí de golpe y me balanceé despacio. Me agarré los pechos, gimiendo de puro placer ante la presión que ejercía en mi interior, al ver su gesto colmado de gusto por estar dentro. Me lo estoy follando…

—Kimochi, kimochi… tame…

No podía soportar sus gemidos, me excitaba tantísimo escucharle hablar en japonés que me corría cuando menos me lo esperaba en orgasmos explosivos que me tensaban. Y justo después de llegar a uno especialmente intenso le vi enmudecer. Retuvo el aire en sus pulmones y lo dejó ir en un quejido largo entre dientes. Apreté las piernas a sus caderas cuando sentí su esperma ardiente en mi interior y besé sus labios sin dejar de moverme sobre esa brutal erección. Había sido tan intenso para mí que apenas podía respirar a pesar de estar ya quieta. Temblaba de pies a cabeza y no quería alejarme de su cuerpo cálido y de sus brazos fuertes por nada del mundo. Porque sabía que en cuanto lo hiciese se acabaría nuestra historia. Esa fantasía de un día que pude vivir.

—Gracias, Mamo-chan.

—Yorokonde —Le miré y me sonrió, provocándome un gesto idéntico, derretida, a los pies de mi seiyuu favorito.

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A Second Chance

Antes que nada tengo que avisar que ya en la descripción del fanfic hay SPOILERS DE SHINGEKI NO KYOJIN, (Attack on Titan), Y SPOILERS MUY GORDOS, SPOILERS DEL MANGA, OJOCUIDAO

Una vez avisados, hay ciertos fanarts que no puedo soportar. Me duele el corazón al verlos, como por ejemplo ESTE. Y claro, lo tenía que solucionar, terminar escribiendo algo así ↓

Entonces, como no soporto ciertos canon de la serie, he escrito esto.
JEANMARCO EN EL KOKORO PARA SIEMPRE.
Hay saltos temporales de capítulo a capítulo, a veces un día, a veces semanas. Si sabéis la cronología de la serie, lo entenderéis sin problemas.
Espero que os guste leerlo tanto como a mí escribirlo.
Que hasta la lagrimilla se me ha saltao.

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1

Era difícil. Era muy difícil levantarse por las mañanas como si nada porque lo primero que sentía al abrir los ojos era ese desagradable e intenso sentimiento de pérdida. De derrota a pesar de haber ganado una batalla dentro de la guerra. Y el mirar al vacío colchón a su izquierda no hacía más que aumentar el dolor. La decisión que tomó la semana anterior, ante aquella enorme y dolorosa hoguera, había sido una de las más importantes de su vida. No se arrepentía, pero sí sé cuestionaba su propia cordura. Había visto el horror de esas criaturas de cerca, las consecuencias de enfrentarse a ellos sin estar preparados, lo fácil que era perder lo que más querías bajo su poder. Y la mayor lección fue darse cuenta tan tarde de qué era eso que él más quería. No podía creer lo muchísimo que añoraba escuchar sus buenos días, el ver su sonrisa feliz, esa que tanta paz le daba. Una paz inexistente ahora que se había convertido en polvo y ceniza. Tragó saliva con dificultad, obligándose a dejar de machacarse por algo que ya no tenía solución. Al mirar hacia el lado y ver a Connie vestirse se dijo que tenía que dejarse de tonterías.

Se dirigió al comedor acompañado de él y de Sasha. Llegaba a resultar chocante que precisamente ellos no charlaran mucho esos días. Eren seguía retenido no sabían dónde y todo el mundo se mostraba más cabizbajo tras el segundo ataque de esas monstruosidades. Ni siquiera hablaban sobre ellos, sus pocas charlas eran triviales, más dirigidas al futuro de su compañero que a otra cosa. Y cuando Armin o Mikasa andaban cerca también evitaban el tema. Sin embargo, ese día Mikasa estaba sola.

—¿Y Armin? —Le preguntó Sasha, adelantándose a su intención.

—Parece que han montado un pequeño hospital casi sin recursos algunos médicos voluntarios —comentó Mikasa tras su bufanda. Esos días parecía tan perdida como él. La entendía, solo que ojalá a él le quedase algo parecido a ese trozo de tela—. Dicen que hay algunos heridos con los uniformes de cadetes y ha ido a comprobarlo con sus propios ojos.

—No sé qué necesidad tiene de ver eso —dijo él—, hay cosas que es mejor no haberlas visto nunca porque una vez vistas, no se olvidan.

—Ya sabes cómo es este tío, le puede la necesidad de saber —comentó Connie.

—Sigo pensando que es una estupidez.

Tarde o temprano iba a ver a alguna persona conocida malherida. Armin se libró de la recogida de restos humanos y por lo tanto se libró de tener que cargar con cadáveres semi descompuestos. No recordaría ese olor justo antes de dormir. No recordaría ese dolor cada vez que cerraba los ojos. Se levantó de la mesa con un nudo en la garganta, cediéndole su plato de comida a Sasha y volviendo al dormitorio. De todos los días que habían pasado desde que encontró a su desfigurado mejor amigo tendido y olvidado en aquella calle llena de escombros, este estaba siendo el peor con diferencia. Se dejó caer en su cama, cerrando los ojos con fuerza, tirando de la almohada de la cama contigua y abrazándola contra su cuerpo. El pellizco que se le cogió en el pecho al olerla y comprobar que no la habían lavado desde su ausencia le provocó un sollozo de pura angustia. No lo soportaba. El dolor le hacía sentir que iba a partirse en dos, que nunca, jamás volvería a ser feliz.

—Cualquier cosa, daría cualquier cosa por verte, por escucharte —murmuró contra la tela, temblando, llorando una vez más.

Durmió agotado lo que no pudo por la noche. Los sueños eran su único descanso de ese sinvivir que se había convertido su día a día. Le parecía tan lejana esa estúpida actitud de querer salvar el pellejo estando dentro de los muros interiores… Si se lo hubiese tomado más en serio quizás se habría ahorrado parte de esa miseria. Se giró en la cama sin soltar la almohada, mirando al techo de la habitación. Escuchó jaleo tras la puerta, por el pasillo, y se sobresaltó cuando Armin la abrió de par en par.

—¿Qué ha pasado? —Fue lo primero que preguntó, poniéndose en lo peor. Sin embargo, el chico sonreía. Le parecía hasta insultante ver a alguien sonreír en esas circunstancias.

—Ven, ven conmigo —Le cogió de la mano, llevándolo fuera de la habitación a toda velocidad, jadeante.

—¿Qué pasa? ¿Qué haces?

—Creo que debes de ser el primero en saber esto, ya se lo decimos luego a los demás. Además, eres de la única persona que me ha preguntado en cuanto le he visto.

—¡Armin, explícame qué cojones pasa! —Se limitó a negar con la cabeza y reírse. Esa actitud le estaba molestando. Paró justo ante la puerta de la enfermería.

—La cama del fondo, le han puesto junto a la ventana a pesar del frío, decía que quería ver el cielo porque se ha llevado mucho sin verlo.

Jean le miró frunciendo el ceño, con el corazón acelerado por la carrera y por algo más. Por la esperanza. Pero no podía ser. Entró en la amplia sala, caminando hacia el fondo con urgencia, sintiendo una inmensa ansiedad crecerle en el pecho, formando sin darse cuenta con los labios el nombre del que su corazón más ansiaba ver. Se apoyó en la barra de metal de la cortina que ocultaba al último paciente, mirando de frente a la persona allí tumbada.

Era imposible.

Él había llevado su cuerpo.

No podía estar alli.

Y sin embargo, estaba.

Reposaba mirando por la ventana, con esa sonrisa apacible en una cara llena de rasguños. Sus manos descansaban en su regazo, una de ellas vendada hasta el hombro. Su pelo negro había crecido, llegando casi a tapar las cejas. La claridad del mediodía​ hacía brillar sus ojos café, llenos de vida y paz. No veía el lado derecho de su cara. Necesitaba ver el lado derecho de su cara.

—¿Marco? —pronunció su nombre en un suspiro tembloroso. El rostro de su amigo se iluminó con una amplia sonrisa al mirarle.

—¡Jean! ¡Estás bien! —No podía respirar. El aire no le entraba en los pulmones. Quería gritar, quería llorar, se preguntó si era de nuevo un sueño.

—¿¡Marco?! —Se acercó a él, sintiendo como la angustia de su pecho se liberaba en forma de lágrimas. La alarma se pintó en el rostro de su amigo.

—Eh, ¿qué te pasa? Estoy bien, un poco más delgado y debilucho, pero bien.

—Pero yo… no puedes… no puede ser —Le tocó la cara, le acarició la mejilla derecha con una mano temblorosa sin ser consciente de que Marco aguantaba la respiración, apretando las sábanas—. Estabas muerto, Marco… ¿qué?

Se derrumbó hundiendo la cara en su pecho, de rodillas por fuera de la cama, apretando con fuerza la tela de su ropa. Lloró de tal manera que sentía que se le rompía el pecho del sollozo desgarrado que brotó de él. Era incapaz de parar, de dejar de temblar. Sentía los brazos de ese hombre apretar su espalda, cerrar los puños en su camisa mientras le llamaba por su nombre, preocupado. Una vez fue capaz de respirar, aspiró profundamente. Era él, sin duda alguna, no se podía recordar con esta intensidad un olor en un sueño. Sintió sus manos acariciarle la espalda y el pelo mientras lloraba, solo que ahora sus lágrimas eran diferentes. Eran lágrimas alegres, eufóricas, repitiendo su nombre sin parar entre hipidos.

—¿Tanto me has echado de menos? —susurró, conmovido por su reacción. Jean asintió sin soltar su cuerpo caliente, vivo—. Tranquilo, en unos días estaré lo suficientemente sano para evitar que te pegues con Eren.

—Pero —sorbió por la nariz, incorporándose, sentándose en la silla que había junto a la cama mientras se refregaba los ojos—, ¿qué ha pasado? ¿Dónde has estado todo este tiempo? Te perdí el rastro cuando fuimos a evitar que los titanes pararan a Eren.

—Intenté acabar con un titán yo solo y casi lo consigo, pero tiró de mi cable y me hizo estamparme contra la ventana de una casa, cayendo contra los rescoldos de una chimenea que seguía ardiendo —Se señaló la venda—. Tuve muy mala y muy buena suerte a la vez. Se cargó mi equipo de maniobras —Verle gesticular con las manos como él siempre solía hacer, los movimientos de su cara, escuchar el murmullo de su voz pausada… eso era lo que necesitaba más que nada—. Me metí en el sótano, quemado, con el hombro dislocado y un golpetazo en la cabeza. Me desmayé y al despertar seguía escuchando a los titanes cerca, por lo que no me moví de allí. Estuve varios días comiendo lo poco que había en ese cuarto oscuro, demasiado asustado y dolorido como para descansar o salir —Le cogió la mano con fuerza, le pesaba la idea de que hubiese estado solo. Se sintió culpable, tendría que haberle buscado—. Cuando me aventure a hacerlo era de noche. Tuve que caminar hasta el grupo de personas más próximo y me asombre por lo lejos que había terminado. Cuando llegué se ve que estaba deshidratado además de tener un poco de fiebre por las quemaduras. En el momento no me parecieron gran cosa, pero me dolieron muchísimo. Pasé durmiendo varios días hasta que ha llegado Armin y me han traído aquí —Jean miraba sus pecas, la forma de su nariz y sus labios, la unión de sus cejas al volver a adoptar ese gesto intranquilo.

—¿De verdad no estoy soñando? —murmuró. Una suave sonrisa se dibujó en los labios de Marco.

—No que yo sepa —Se rio. El sonido de su risa provocó que llorase un poco más.

—Echaba de menos escucharte —Le cogió la mano vendada, apretando los dedos libres de gasas, mirándole a los ojos—. Echaba de menos… todo.

—Pero oye —dijo sonrojado—, no entiendo esta reacción. Sí, claro, somos amigos, pero Jean, no me cuadra nada con tu personalidad —Jean inclinó la cabeza, sorbiendo por la nariz, apartándole el pelo del flequillo. Le había crecido el pelo. Marco tragó saliva—. ¿p—por qué estabas tan seguro de que no lo había conseguido?

—Encontré un cadáver muy parecido a ti. Le faltaba medio cuerpo y llevaba el uniforme. Estaba seguro de que eras tú.

—Ha tenido que ser horrible, perdón por no haber aparecido antes —El simple hecho de sentir un apretón de sus dedos en la mano le hizo sonreír. Lo que no llegaba a entender era esa incapacidad para dejar de llorar.

—No, no lo sientas. Estás vivo, lo demás me da igual ya —Cubrió con la mano la mejilla que creyó desaparecida una vez más, pasando el pulgar sobre sus pecas, ahora siendo consciente de lo mucho que se sonrojó.

—Jean… estás raro —murmuró. Sonrió mirándole los labios, asintiendo. Había pasado muchos detalles por alto solo por tener su atención puesta en otra persona que no era Marco.

—El pensar que te habías ido me hizo darme cuenta de que siempre estabas ahí. Siempre. Y de que me haces falta —Volvió a apartarle el flequillo de la cara, quería verle bien. La respiración de Marco se aceleró. Jean escuchó pasos apresurados acercarse, besó su frente y apartó la mano de su cara justo cuando los chicos cruzaban la esquina.

Tanto Sasha como Christa se le tiraron encima a abrazarle, la segunda llorando como una niña pequeña. Jean se retiró, dejándoles sitio a los demás para que saludaran al magullado Marco, que los recibía entre risitas comedidas. Ver la felicidad de sus compañeros al conocer que seguía con vida le hizo emocionarse de nuevo. Se dio la vuelta, refregándose los ojos y esperando que nadie le hubiera visto. El verle allí charlar con todos era más que suficiente para reparar el daño que sentía su corazón. Toda esa pérdida y esa angustia desapareció tan pronto le vio sonreír. Necesitaba hundir la nariz en su pelo pero no pensaba hacerlo con todos sus compañeros delante. No es que le importase, era solo una cuestión de evitar comentarios y risitas molestas. Tras relatar la aventura que vivió, una enfermera les pidió amablemente que se retiraran porque no dejaban descansar a los demás.

—¿Puedo irme a mi habitación? —preguntó Marco—, me veo con fuerzas para moverme y no quiero estar solo.

—Y si no le ayudamos nosotros —dijo Ymir—, ¿Llamo a Reiner para que te lleve en brazos?

—No, no —rechazó entre risas—, creo que puedo ir andando.

—Está bien —dijo la enfermera—, pero si sientes cualquier tipo de malestar, ya sea un dolor de cabeza o cualquier nimiedad, ven directo de vuelta a tu cama. Además, debes venir cada dos días a cambiarte y curarte la quemadura —Se destapó asintiendo.

—¿Puede alguien llevarme la ropa? —Connie la cogió. Al ir a levantarse se tambaleó un poco. Jean apartó a sus amigos y le sirvió de apoyo, pasándole el brazo tras la espalda para que él pasase el suyo sobre sus hombros. Le miró a la cara con una sonrisa tímida—. Gracias.

Caminaron hasta la habitación muy despacio. Todo aquel que alguna vez le pudo conocer le saludó con una felicidad absoluta. Era una persona muy fácil de querer, de estos individuos que dejan su marca en la vida de todo aquel con el que se relaciona y siempre en el buen sentido. De hecho todo el mundo se veía muchísimo más animado. La vida pasó de ser en blanco y negro a tener más colores de los que recordaba. Al llegar a la habitación le fue a dejar en su cama, pero le vio titubear.

—¿Puedo dormir en la tuya? —Le preguntó—, está más cerca de la ventana. No quiero estar lejos de la ventana.

—Claro que sí, ¿quieres que la abra? —Asintió. Miró a su alrededor y fue consciente de algo que le chocó—, ¿dónde están Mikasa y Armin?

—Ha venido el propio Erwin a pedirles algo y se han ido con él, estará relacionado con Eren —explicó Connie.

—¿Qué ha pasado con Eren? ¿Lo consiguió? ¿Hay muchas más bajas? —quiso saber Marco.

Se sentó en el borde de su cama y comenzó a ponerle al día de todo lo que se había perdido, de los compañeros que cayeron, consolándole al escucharlo. Hablaron de todo, saltándose el almuerzo y notando el cambio de luz entrar por la ventana. Como ya sabía, se preocupó más por la seguridad de su amigo que por la propia. Y por la que más preocupado parecía era por Mikasa.

—Tiene que estar pasándolo fatal —Le miró tras pensar unos segundos, con la espalda apoyada en ambas almohadas. Alzó una ceja, con media sonrisita—, ¿no se te ha ocurrido ir a consolarla?

—No —Jean frunció el ceño, mirándose las manos mientras sonreía al ser consciente de sus sentimientos, al aceptarlos de brazos abiertos—, Mikasa es cosa del pasado. Es cosa del antiguo Jean.

—¿El antiguo Jean? A ver, te noto cambiado pero…

—Las cosas no son como yo creía y la vida ha tenido la sutileza de demostrarlo de la manera más desgarradora posible. Jamás me había sentido tan perdido como estos días. Y bueno, el tener una segunda oportunidad… —suspiró, miró sobre su hombro hacia la puerta entreabierta y le dió exactamente igual—, no pienso perder el tiempo.

Giró su cuerpo en la cama, apoyándose con una mano junto a las caderas de Marco y con la otra en su hombro sano. Se inclinó sobre él, besando sus labios despacio, dejando salir todo el aire de sus pulmones al sorprenderse por la intensidad de sus sentimientos. Miró al rostro de su amigo separándose de él, riéndose al verle con los ojos muy abiertos.

—Jean, ¿qué estás haciendo? —preguntó con cautela.

—Lo que debería haber hecho hace mucho. Siento no haberme dado cuenta antes —Movió su mano del hombro a la mejilla derecha de Marco, apoyando la frente en la suya—, siento haber perdido el tiempo —Marco alzó su rostro con levedad, besando de manera tímida los labios de Jean.  

Escuchó a los chicos acercarse a la habitación pero ni quería no podía alejarse de su boca, besándolo de vuelta en cortos apretones a su labios, en suaves deslizamientos entre ellos, succionandolos levemente. Le iba a explotar el pecho de tanta alegría, de tanto sentimiento.

—Marco, ¿vienes a comer o te traemos una bandeja? —Le preguntó un alegre Connie mientras abría la puerta.

—Aaahm… —Se separó de Jean, agitado, evitando la mirada de su compañero.

—Vaaaaaaaale? Vengo luego, lo siento —No tuvo que mirarle para saber que Connie se encontraba tan incómodo como Marco.

—No te preocupes —Jean se giró, Connie le apartó la mirada, nervioso—, ahora mismo vamos —Volvió su atención hacia Marco—, ¿o prefieres que nos quedemos y te traigo la cena?

—No, no, vamos al comedor. Quiero estar con gente.

Se levantó de la cama y le ofreció la mano, ayudándole a salir. Desde ese momento sintió que cada vez que se tocaban, era de manera diferente. El ambiente entre ellos había cambiado, el agarre de Marco era más próximo y él necesitaba sentir el calor de su piel. En la cena todos querían hablar con el resucitado, todos se mostraron amables y cariñosos. Le miraba, asombrado de lo mucho que iluminaba la habitación y las sonrisas de los demás. El hecho de sentir algo especial por él y que fuese recíproco le hizo sentir que él mismo era especial.

—¿Sabeis qué es lo mejor de que Marco haya vuelto, además de que está vivo? —preguntó Ymir, sentada frente a Jean, al que le tiró una patata frita— que este vuelve a ser persona. Y más agradable que antes, por cierto.

—Es verdad, hasta hace unos días era un fantasma —afirmó Christa. Sintió la mano de Marco agarrar la suya por debajo de la mesa. Le miró y le encontró con un aspecto profundamente preocupado.

—Siento muchísimo no haber pedido que me trajeran antes. No quiero ni pensar cómo has debido sentirte.

—Te he dicho que no pasa nada, idiota —Le apretó los dedos bajo la mesa, entrelazandolos con los suyos—, y cómetelo todo, tienes que recuperar fuerzas para ser un buen policía militar.

—¿Sigues queriendo ser de la patrulla de reconocimiento ahora que está aquí? —Le preguntó Connie. Marco se atragantó, mirándole con verdadera sorpresa en la cara.

—¿Cómo que la patrulla de reconocimiento? ¿Por qué? ¿No ibas a entrar en la policía militar conmigo y con Annie?

—Si me pides que entre contigo me echo atrás sin problemas.

—Una lastima, casi que te podrías haber empezado a llevar bien con Eren —bromeó Sasha. Jean chasqueó la lengua.

—Ni de coña.

Escuchar a sus compañeros reír y ser parte de esa risa habría sido un imposible esa mañana. Sin embargo, al tener a Marco a su lado la situación había dado un giro completo para todos ellos. Se dirigieron a los dormitorios siempre con cautela, y acostó a Marco en su cama. Se quitaron las camisas, Jean se quedó en ropa interior y Marco con los pantalones que le dieron en la enfermería.

—Eh, dame una almohada —Le pidió Jean al darse cuenta de que seguían las dos en la que era su cama.

—¿Me muero y me quitas la almohada? Muy bonito.

Jean le miró, sentado en el borde con los pies en el suelo, escuchando a Connie hablar con Reiner a dos catres de distancia. Los de Eren y la de Armin seguían vacíos y ellos se encontraban en la esquina del barracón. Se puso en pie, empujando su cama hacia la de Marco, pegándolas para formar una doble. Se arrimó a él en la oscuridad del dormitorio, tapándose con su sábana, abrazándole por la cintura y cerrando los ojos con la cara contra su pecho.

—Abrazarte a ti es mucho mejor que abrazar tu almohada —suspiró. Escuchó a Marco chasquear la lengua, le sintió rodear sus hombros y cuello con sus brazos, apoyando su mejilla en la frente de Jean—. Ni se te ocurra volver a morirte —Permanecieron en silencio casi un minuto. Jean sentía una paz desconocida tan solo escuchando los latidos de su corazón.

—¿Por qué ibas a entrar en la Patrulla de Reconocimiento?

—Para poder salvar a más gente. No quería que nadie más acabase como tú ni que nadie sufriera como yo.

—¿Y ya no vas a hacerlo? —Su voz retumbaba contra la mejilla de Jean, que le apretó un poco más.

—Si lo hago viviremos en diferentes murallas, y no quiero eso.

—Creo que deberías hacerlo. Mientras no tengas una misión puedo dormir en estas murallas, si no me equivoco. Además, así estoy más cerca de mi madre.

—¿Sabe que estás bien? —Jean le miró, cayendo en la cuenta de que si su sufrimiento era grande, el de esa señora sería mayor.

—Creo que no.

—Es lo primero que tengo que hacer mañana entonces —Marco bostezó. Una lagrimilla se le escapó por el ojo derecho al hacerlo—, de verdad que no entiendo cómo no me he dado cuenta antes de lo guapo que eres y de lo muchísimo que me gustas.

—Jean, no… cállate —Se puso colorado, apartándole la mirada.

—Abrazame fuerte —Le dio un beso de buenas noches en los labios, volviendo a abrazar su pecho.

—Buenas noches Jean —Sintió que una sonrisa inmensa adornaba su cara.

—Buenas noches, Marco.

 

 

2

Se despertó de golpe, con la ansiedad impidiéndole respirar. Se incorporó, Marco no estaba a su lado. El horror invadió su mente, ¿Lo he soñado todo? Miró al borde de la cama y vio su nuca. Se inclinó y allí estaba, su lado derecho intacto. Se dejó caer de cara a la almohada al ubicarle sentado en el suelo charlando con Connie y Armin en susurros, con la espalda apoyada en su cama. Metiéndose por debajo de la sábana, se tumbó en horizontal, sacando los brazos por el borde. Le pasó uno a Marco por encima del hombro izquierdo, tirando de él para besarle la frente y dejando caer el otro por delante de su pecho.

—No me des estos sustos, imbécil —Le susurró besando una vez más su mejilla . Marco se reía nervioso, sonrojado, apretando su brazo con ambas manos. Connie apartó la vista, Armin los miraba con media sonrisa, suspicaz.

—Solo me he puesto aquí para que me diese la luz del sol, no me he ido a ninguna parte.

—¿Qué pasó ayer? —Le preguntó Jean a Armin con la barbilla apoyada entre el hombro y el cuello de Marco—, ¿donde os metisteis tú y Mikasa?

—Nos llamaron de testigos. Se hizo un juicio para saber si Eren era responsabilidad de la policía militar o de la patrulla de reconocimiento, y menos mal que ganaron los segundos porque los primeros casi que se lo iban a cargar. Eso sí, el capitán Levi le dio una buena paliza para dejar claro que Eren era inofensivo.

—Se la merece, seguro que estaba diciendo alguna gilipollez —Marco le golpeó las manos, llamándole la atención.

—Salió un diente volando, me costó muchísimo retener a Mikasa.

—¡Esa sí que es peligrosa! —dijo Connie riéndose.

—Esta noche nos van a dar una charla para saber si estamos interesados en pertenecer a la patrulla de reconocimiento. Nos reúnen a todos en el patio, creo que el comandante Erwin es el que nos va a hablar.

—No seremos muchos los que entremos, eso seguro —dijo Jean. Marco le miró, sonriente, con algo parecido al orgullo en sus ojos.

—Eres muy valiente. Yo no lo soy tanto y menos después de haber visto a los titanes de cerca.

—Tú quédate dentro de la muralla Sina y no me des más disgustos —Le agarró las mejillas con una mano y le besó en los labios antes de levantarse. Marco hizo un ruidito agudo, Armin se rió y Connie chasqueó la lengua—. ¿Te incomoda? —Le preguntó, poniéndose bien los calzoncillos.

—¡Un poco, sí! —Jean se arrodilló en el suelo, junto a Marco, abrazándolo por la cintura con un brazo y tirándole del pelo con la otra mano, besando sus labios con fuerza. Emitió un ruido sorprendido, apoyado en el suelo con su mano sana e intentando empujar a Jean con la otra. Armin se reía con más ganas.

—Vete acostumbrando —Le dijo tan pronto soltó el agarre de sus dientes del labio inferior de Marco, que se cubría la cara con las mejillas completamente encendidas.

No tenían nada que ver sus jornadas hacía dos días con ese momento. Sentía energías, ganas de acabar con los titanes, hasta empezaba a comprender esa pasión de Eren por destruirlos. Pasó la tarde paseando con Marco por los jardines de la ciudad, dándole una alegría a su madre incluso más intensa que la que él sintió. Les observó abrazarse por casi más de un minuto. Cuando les dejó ir se sentaron bajo un árbol, resguardados del sol y alejados de la gente, charlando con él, recuperando tiempo perdido. Conforme se acercaba la hora de la reunión con el comandante, iba sintiéndose nervioso. Era una tontería, estaba seguro de lo que iba a hacer porque además contaba con el apoyo de Marco. Este se negó a quedarse en el dormitorio, asegurando que aguantaría en pie junto a los demás para escuchar lo que tuviera que decir. La charla fue muy agresiva, muy directa, dejó claro que no iba a ser ni bonito ni fácil y por eso mismo, la gran mayoría de los presentes se marcharon. Jean respiró hondo, mirando a Marco a los ojos cuando este se giró para alejarse con los demás. Le guiñó un ojo. Le pareció que formaba con sus labios un “estoy orgulloso de ti”, eliminando cualquier duda que le quedase con respecto a unirse a la patrulla de reconocimiento. Con una lenta recuperación de las facultades de Marco, pasaron unos días en los que pasearon mucho pero charlaron más.

—Hay días que te miro a mi lado por las mañanas y tengo que esperar un rato hasta que me aseguro de que no es un sueño —Le dijo Marco, sentado con él a la sombra de un árbol bien apartado de la gente. Se apoyaban en el tronco uno junto al otro, rozando sus hombros.

—Ya, qué me vas a contar… —Jean alzó su mano, tocándole la mejilla. Su reacción era casi siempre la misma, cerraba los ojos y suspiraba, acercando la cara a ese contacto.

—¿Por qué siempre ese lado?

—El cadáver que supuestamente eras tú estaba a la mitad, y era esta mejilla la desaparecida —tragó saliva al rescatar sentimientos tan desagradables—, la manera de saber que no es un sueño es tocándola —dejó caer la mano sobre la suya. Marco entrelazó los dedos tan pronto los sintió cerca—, o así —Se la besó, provocandole una risita nerviosa, llevándose la mano ante la boca.

—¿Recuerdas el entrenamiento en la nieve? —Jean asintió, acariciándole ese flequillo demasiado largo—, esa fue la vez que más cerca estuve de declararme.

—Creo que sé cuando dices pero cuéntame eso —Marco sonrió con ternura.

—Es posible que no lo recuerdes. Esa noche fue la más fría de todas, en la que los chicos se perdieron. Dormíamos allí como en los barracones solo que a mucha menos temperatura. A mitad de la noche me preguntaste si podías acercarte porque estabas helado.

—Y seguro que enfadado —Marco se rió, asintiendo.

—Sí, porque Eren estaba más cerca de la chimenea que nosotros.

—Me acuerdo. Menudo desgraciado, tenía el culo helado —Verle reír se había convertido en su cosa favorita. Lo era de antes, solo que ahora o valoraba muchísimo más.

—Empezaste a quejarte y hasta que no se me ocurrió girarme hacia ti para pasarte la mano por el hombro no te callaste la boca.

—Recuerdo que pensé que eras una estufa. Estabas super calentito.

—Sí, algo así tuviste que pensar porque te arrimaste muchísimo. No me tocabas pero te encogiste con las manos en el pecho y la frente contra mi hombro. Casi me da algo. Me diste las gracias en susurros. Creo que me llevé cerca de una hora acariciándole la espalda e intentando decidirme entre decirte lo muchísimo que me gustabas o callarme.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Primero por miedo a que te alejaras de mi. Segundo porque te quedaste frito.

—Lo siento —dijo entre risas, apartando sus brazos, rodeandole la cintura con la cara contra su pecho—, pero es que dormir contigo es lo más reconfortante del mundo.

—Jean —Miró hacia arriba con un ruidito de la garganta, dándole a entender que le escuchaba. Marco le acarició los labios con los dedos—, me gustas mucho.

—Y tú a mí —Su cuerpo sería cálido, pero su mirada café, bondadosa y enamorada le calentaba el alma—, te quiero.

—Oh —Se llevó una mano al pecho, riéndose nervioso—, no me lo esperaba. Dios, menudo mini infarto. ¡No digas esas cosas sin avisar!

—¿Cómo quieres que te avise de un “te quiero”? —le preguntó divertido.

—¡Yo que sé! Pero no lo sueltes tan de repente, vas a matarme.

—No sé hasta dónde puede llegar lo adorable que eres —Se incorporó, poniéndole la mano en la mejilla y tumbándole en el césped para besarle los labios con mimo, con ternura, despacio y con muchísimo cariño.

—Yo también —susurró con las manos en sus mejillas—, si supieras cuánto…

Los momentos como ese, en el que se recargaron de todo el amor que pudieron abarcar, se sucedían hasta que llegó el que ninguno de los dos deseaba. Esa noche sería la última noche que pasarían juntos como cadetes y no como soldados.

—A partir de mañana dormirás en la comodidad de la muralla Sina, aprovechalo —Le dijo Jean metiéndose entre las sábanas.

—Bueno, en cuanto pueda me vengo por aquí, ya lo sabes.

—Y si no me cuelo yo en las murallas, las trepo, le digo al titán colosal que me dé un empujoncito —Al fondo de la habitación escucharon a Bertolt atragantarse. Miraron hacia atrás, viendo a Reiner darle golpes en la espalda, dejando claro que estaba bien con un gestito.

—Si no fuese porque a Reiner le encanta Christa diría que están juntos —Le susurró.

—¿Como nosotros? —Marco aspiró con fuerza, mirándole a los ojos.

—¿Dirías que estamos juntos? —murmuró. Jean le cogió las manos, besándoselas.

—Al creer que habías muerto no hacía más que pensar en una de las últimas veces que te vi. Me salvaste la vida. No podía sacarle al muerto el equipo tridimensional y al darte cuenta te lanzaste abajo sin pensartelo dos veces, a distraer al titán que probablemente me habría matado.

—Y el que casi me mata a mí…

—Lo último que me dijiste fue que me calmara. No podía parar de pensar en que no te di las gracias, en que habías muerto por mí. Y fue cuando pude pensar en todo eso, en que siempre me apoyabas y eras el único que conseguía calmarme, en todos nuestros momentos juntos, solo en la cama y echándote de menos, que me di cuenta de lo mucho que te gustaba —Se rió suavemente—, lo mucho que te gusto.

—Sí. Bueno —Se rascó la mejilla, mirando hacia el lado con un suave rubor—. Casi desde que te vi en la fila el primer día me gustaste.

—Físicamente lo entiendo —bromeó con chulería, haciéndole reír. Adoraba esa risa tímida, las arrugas junto a sus ojos y que encogiese la nariz cuando la carcajada era grande—, lo que no comprendo es cómo pudo gustarte mi personalidad.

—Sé que bajo tooooodo ese mal genio y esa honestidad tan brutal hay una persona buena. Eres divertido aunque seas un poquito fantasma. Te las das de duro, pero es mentira, para ser como eres un “chico malo” en realidad estas muy necesitado de atención —Frunció el ceño, no podía decir que le gustase lo que estaba oyendo—. Y es precisamente por esa necesidad que quieres esconder que trataste a tu madre como la trataste cuando te trajo comida. Y por eso odias a Eren, porque él la llama sin pretenderlo y a ti suelen ignorarte por escandaloso —Puso un mohín, mirando hacia abajo—, ¿no era la respuesta que te esperabas? —Negó con la cabeza.

—Pero gracias. Supongo. Y no odio a Eren por eso, le odio porque es un imbécil metomentodo, un histérico y un prepotente que se cree en la posición de dar lecciones. Se le va la pinza, se cree que lo sabe todo y siempre ignora a Mikasa cuando tendría que tenerla en un pedestal porque nos da mil vueltas a todos. Es que no pue—

—Bueno, bueno, no te enfades ahora con él —Le pasó un brazo bajo el cuerpo y el otro por encima de la cintura, abrazándole y pegando la cara a su pecho—, es tarde, tenemos que dormir.

—Hmm… no quiero —dijo Jean dejando caer la mejilla en su pelo, con los brazos alrededor de sus hombros—, mañana te vas a dentro del muro y yo para fuera. No es justo.

—Tú eres el valiente que quiere matar titanes —Su voz sonó adormilada, enredando las piernas con las suyas.

—No es que quiera, era por honrar tu memoria. Pero sobrevives y me lo cambias todo…

—Jean —murmuró. Este hizo un ruidito dándole a entender que le escuchaba—, te quiero.

—Y yo a ti —susurró en un suspiro.

—Ten cuidado fuera de los muros.

—Claro, no te preocupes.

—Vuelve. No me hagas tener que ir a matar al que sea que te coma para sacarte de su estómago. Me da miedo.

—Ni de coña sales tú de la muralla Sina. Que no me entere yo —La risa de Marco salió floja, suspirando después, achuchándole.

Y si bien era cierto que no quería dormirse, no pudo evitar sucumbir a las dulces garras del sueño, relajado con ese hombre tan ancho y calentito entre sus brazos. Olía tan bien… No sabía cuántas horas después, si es que había pasado alguna, el gemido agitado de Reiner al despertarse en sueños y las palabras tranquilizadoras de Bertolt le sacaron de ese estado tan agradable con un sobresalto. Odiaba tener el sueño ligero, ojalá ser como Marco, que dormía de espaldas a él con una respiración constante y pausada, profunda. Jean colocó su mano en la cintura del durmiente, acercando la nariz a su nuca. Sabía que iba a añorar su olor, su calor, su cercanía. Desde que “resucitó” no se alejaba del alcance de su mano, literalmente. No se despegaban, no hacían nada el uno sin el otro y Jean ayudó mucho en su rehabilitación dándole todo el cariño que pudo. No quería salir de los muros, quería quedarse en esa cama para siempre. Pasó la nariz por su cuello, hacia arriba, acercándo su cuerpo al de Marco con los dedos apretados a su cadera. Dejó caer el brazo alrededor de su pecho, tocándolo con la palma de la mano, sintiendo los latidos de ese hombre contra ella. Le quería más cerca. Marco subió su mano vendada, poniéndola sobre la suya y apretándola a su cuerpo con un suspiro.

—¿Qué te pasa? —murmuró su adormilada voz—, ¿estás bien?

—No. No quiero separarme de ti. Es una mierda.

—Vamos a vernos pronto. Tienes que descansar, mañana necesitas toda la energía que puedas para estar atento ahí fuera.

Jean se apoyó en el codo que le quedaba bajo el cuerpo incorporándose ligeramente, deslizando sus dedos por las clavículas, cuello, mandíbula y mejilla de Marco. Se inclinó sobre él, girándole la cara, sintiendo su chata nariz respingona contra la cara al besarle los labios suave, muy suave. Marco le agarró de la muñeca, subiendo su otra mano para acariciarle el pelo con timidez. Al notar el rubor que coloreó sus cachetes, Jean necesitó más. Mucho más. Lamió la parte interna del labio superior de Marco despacio, de lado a lado, sintiendole aspirar, tembloroso. Se derritió al notar su tímida lengua buscar la suya, respirando hondo en su boca al enredarla, apretando el tirón de pelo. Jean bajó la mano por su cuello, su pecho, su ombligo, siguiendo con el dedo índice y el corazón la línea de vello hasta los calzoncillos de Marco, que adelantó las caderas en un movimiento apenas perceptible.

—Tengo a Armin a dos camas de distancia —exhaló cálidamente Marco en su boca antes de recibir una fuerte succión en su labio inferior—, Jean…

—Te he escuchado.

Y no por ello iba a parar. Apretó su ya completa erección a su trasero, separado de su piel tan solo por la fina tela de sus calzoncillos. Se dejó caer en la almohada, besando, lamiendo y succionando la piel de Marco, que giró su cuerpo para facilitarle la tarea, exponiéndole el cuello. Se tapó hasta la nariz cuando la mano de Jean pasó bajo su cuerpo, abrazándole por debajo de la axila y apretando su pecho. Jean se bajó los calzoncillos hasta los muslos, dejando su erección al aire, tirando del elástico de los de Marco después para tener acceso a la cálida piel de su trasero. Pegó su erección a él en un giro ascendente de la cadera, con un jadeo, rodeando el glande del pecoso con sus dedos. Abrió los ojos, Marco mostraba los dientes, tan apretados como sus ojos. Sus cejas se alzaron al retirar la delicada piel de su miembro hacia abajo, aspirando brevemente para expulsar el aire en un temblor. Las caricias de Jean no eran extremas, no eran bruscas, le trataba con el cariño que se merecía. Le masturbaba con un dulce vaivén de muñeca, lamiéndose los labios al sentir que le mojaba los dedos, volviendo ese masaje más intenso. Supo que quería follarle de muchas maneras distintas, supo entonces que en sus brazos encontraría las mejores relaciones sexuales de su vida, y lo supo porque el simple hecho de verle apretar los labios, abriéndolos después en un jadeo contenido, le excitó más que cualquier otro estímulo sentido hasta la fecha. Necesitaba ver su rostro al llegar al orgasmo, por lo que aumentó la velocidad de la caricia. Marco se encontraba a su merced. Respiraba acelerado tras sus labios apretados, elevando las caderas en cada movimiento de muñeca de Jean. Apartó un segundo la mirada de su rostro para succionar con fuerza bajo su oreja, en su nuca, en la unión de su hombro, llenándole la piel de otras marcas además de sus pecas. A su amante le costaba no hacer ruido, su polla se endureció hasta lo ridículo, su pecho se llenaba de aire y apenas lo soltaba, temblando. Le agarró de la cadera con la mano que antes acariciaba su pecho, frotando su necesitada erección contra el culo de Marco.

—Déjate llevar —susurró en exhalaciones—, correte, Marco correte para mí.

Le observó taparse la boca con las cejas arqueadas, estirando las piernas y elevando las caderas al correrse entre sus dedos, contra las sábanas en fuertes descargas que hicieron a Jean jadear presa del deseo. Se desmoronaba en sus brazos, doblándose hacia adelante, dejando escapar algún que otro ruido más fuerte de lo recomendado. No se había corrido con él, pero estaba muy cerca. Sin soltar la aún rezumante erección de Marco, se acarició la propia, y tan solo necesito tres fuertes tirones para manchar sus glúteos y la parte trasera de sus piernas en un orgasmo explosivo que le obligó a jadear con fuerza. Mordió el hombro de Marco, que comenzaba a quejarse por el roce excesivo de sus dedos contra la piel sensible del glande. Jean respiraba entre chasquidos de su garganta, tragando saliva con dificultad, sorprendido aún de lo caliente que le había puesto ese primer encuentro sexual con un hombre. Esperaron casi un minuto hasta que fueron dueños de sus respiraciones de nuevo, de sus pensamientos. Abrió los ojos al sentir a Marco moverse, viéndole llevarse las manos a la cara.

—¿Qué te pasa? ¿Te duele la cabeza?

—No… —susurró—, es solo que estoy muy, muy contento —Al fijarse, vio una sonrisa tras sus dedos. Le besó la mejilla.

—Y muy, muy manchado —rió Jean. Se subió los calzoncillos con un tirón, aplastando a Marco al pasar por encima de su cuerpo para alcanzar la almohada de la cama de Eren. Le quitó la funda y la devolvió a su sitio, tumbandose tras Marco después.

—Límpiate, anda. Si no mañana vas a tener que despegarte de la cama a tirones.

—Shhh —Marco se reía poniéndole las manos en la boca—, eres muy escandaloso.

—Da gracias a que no he gemido tu nombre en voz alta, que podría.

—Ni se te ocurra —Miró sobre el hombro de Marco, parándose a escuchar las inusualmente silenciosas respiraciones de sus compañeros.

—Todos saben que hemos tenido sexo, no seas tonto —Le quitó la funda sucia de las manos una vez acabó de limpiarse y, con una risa golfa, volvió a colocarla en la almohada de Eren.

—¡No! ¡Qué haces!

—Que se joda —Marco le miró de frente, negando con la cabeza y escondiendo la sonrisa—, ahora su almohada huele a ti.

—Por dios, Jean… —Se rió ante su vergüenza, ocultando la cara en su pecho—, cállate ya y abrazame.

Respiró hondo con una enorme sonrisa en el rostro. Le daba igual la incursión del día siguiente, no quería pensar en ello. Tan solo quería pensar en lo a gusto que se encontraba con él en sus brazos, la paz que le aportaba tenerle. Si moría al día siguiente, moriría siendo un hombre feliz.

 

 

3

La miraba y seguía sin creerlo. Sabía que era así, lo había visto con sus propios ojos, pero que Annie les hubiese traicionado de esa manera… y pensar que había convivido con Marco todos esos días… Se alejó de la crisálida de piedra que Hanji analizaba fascinada bajo la atenta mirada de Erwin, buscando entre el gentío con el corazón en un puño. La destrucción de la ciudad había sido masiva, algo que temió que ocurriese en el momento en el que le contaron los planes para capturar al titán femenino. Hizo ver su preocupación, pero todos estaban muy convencidos en que atrapar a Annie era la prioridad en ese momento. Y para lo que sirvió… Apartaba a ciudadanos, a miembros de la policía militar desconocidos, sin verle. Escuchó que Armin le llamaba, le hizo un gesto con la mano dándole a entender que le había oído. Justo cuando iba a darse la vuelta con el pecho saturado por la angustia, vio a un grupo de miembros contestar con fuerza ante la orden de un superior. A pesar de ver la decisión en su rostro, percibió algo más. Angustia, miedo, dolor. Apartó al grupo de personas que le separaba de él y antes de que pudiese marcharse tiró de su chaqueta, echándole los brazos al cuello.

—Menos mal que estás aquí —murmuró, apretándole.

—¡Jean! ¿¡Estás bien?! —Marco le rodeó la cintura con ambos brazos, pegando la cara a su cuello con un quejido—, al saber que volvisteis el mismo día pensé que íbamos a vernos, pero luego me enteré del número de bajas y no estabas por ninguna parte y…

—Lo siento, no he podido escaparme —Se separó de él, acariciándole la mejilla con el pulgar, presionando la mano contra su rostro—, ¿estás bien?

—Todo lo bien que puedo considerando que Annie… —Miró hacia la crisálida, señalándola con una mano, negando con la cabeza. Sus ojos se humedecieron ligeramente—, he hablado con ella está mañana, no lo entiendo, ¿por qué, Jean?

—No lo sé. Nadie lo sabe. El día de la expedición fue terrible. El escuadrón de Levi ha caído por completo —Vio la conmoción en el rostro de su novio al recibir la noticia—, y ahora ocurre todo esto en la muralla interior, no sé…

—¡Jean! —Armin se acercó a ellos en una carrerita—, hola Marco, ¿estás bien? —Asintió, separándose de Jean pero agarrándole la mano con fuerza. Ya no tenía el vendaje, vio una sombra oscura allá donde había estado. Armin se giró hacia él—. Levi dice que tenemos que retirarnos, estamos bajo inspección por lo visto.

—Joder. Bueno, espero verte cuando se calmen un poco las aguas —Le besó los dedos y no se le escapó que Marco retiraba la mano, pegándosela al pecho y apartándole la mirada. Le acarició la mejilla derecha una vez más—. Cuídate.

—Sí. Tranquilo, si puedo enterarme de dónde dormís intentaré pasarme —Le observó alejarse con una chica bajita de rizos castaños que le dijo un “¡Era verdad que novia no tenías, pero novio sí!”, a lo que él chistó, con una sonrisa incómoda y tensa.

No les dejaron salir del recinto en el que los metieron, tampoco permitían visitas ni ningún tipo de contacto a no ser que fuese entre ellos. Al no poder hacer mucho más y sintiéndose agotado física y mentalmente, durmió junto a Armin. Mikasa no se separó durante dos días del lado de la cama del convaleciente Eren. El inútil y descontrolado de Eren, pensó la mañana cuando le vio postrado en esa cama, despertando despacio, deshubicado. Y escuchar que no sacó a Annie de su cuerpo de titán porque no pudo estuvo a punto de hacerle perder los nervios. Por suerte, le llamaron tanto a él como a Armin para el interrogatorio, porque sintió verdadera furia. En el interrogatorio intentó ser lo más sincero posible, además de seguir instrucciones muy precisas dadas por Erwin el día anterior. Tan pronto salió, pidió permiso para acudir a los cuarteles de la policía militar, y a pesar de que se lo denegaron, Levi le puso la mano en el hombro asintiendo, ignorando órdenes ajenas.

Fue en carruaje hacia el edificio, necesitado de su presencia. Una vez allí preguntó por él a unos chicos tan nuevos como él mismo, visiblemente conmocionados aún debido a los acontecimientos del día anterior. No sabían dónde estaba pero suponían que o bien ayudaba a limpiar la ciudad o, si era su hora de descanso, rondaría los dormitorios. Tras mucho preguntar, llegó al usado por Marco y otras cuatro personas, de las que en el interior solo encontró a un muchacho desconocido. Se acercó a él, que le miró con desconfianza.

—¿Es este el dormitorio de Marco Bodt?

—Sí —El chaval entrecerró los ojos, analizándolo—, supongo que tú eres Jean.

—¿De qué me conoces? —Se encogió de hombros.

—No te conozco, es que Marco no para de hablar de ti. Esa es su cama —Señaló justo enfrente—, no debe tardar mucho, me toca salir a limpiar.

Sabía perfectamente el significado que la palabra “limpiar” tenía en este contexto. Se sentó con una bola de angustia alojada en la garganta, rezando por que Marco no se encontrase con ningún conocido entre los escombros. Esperó pacientemente, notando que la cama se situaba justo debajo de la ventana, con la almohada colocada al contrario de sus compañeros. Al tumbarse comprobó que, mirando al frente, podía ver el cielo con total claridad. Suspiró. Casi media hora después, se giró hacia la puerta abierta a su espalda. Marco entraba en la habitación con el pelo húmedo de la ducha y la mirada perdida.

—Me toca —dijo su compañero, al que no pareció escuchar—, descansa, que tienes compañía —Al pasar por su lado le dio en el hombro. Marco centró la vista, mirándole marcharse con un débil “¿Eh?”. Jean chasqueó la lengua, poniéndose en pie.

—Ey… —Marco giró la cara bruscamente, transformando su expresión de aturdimiento por una de dolor tan pronto sus ojos se encontraron—, ven aquí.

—Jean…  —Le abrazó por la cintura con tanta fuerza que incluso le molestó. Chasqueó la lengua, pero no por el apretón sino por los sollozos silenciosos de su novio contra su cuello. Le llevó hasta la cama sin soltarle, tumbandose con él, acariciándole el pelo.

—Lo sé. Sé lo que sientes. Es horrible, ¿verdad? —Asintió, aún abrazándolo con fuerza.

—No paraba de pensar en cómo debiste sentirte al creer encontrarme allí. No puedo con esa idea. Jean, no puedo —Sintió sus manos apretarle la camisa por la espalda—, Y tú no puedes morirte. No salgas más, quédate en los muros.

—Bueno, visto lo visto no creo que ninguno de los dos estemos a salvo en ninguna parte, y es algo que me enferma —Marco le miró, refregándose las mejillas, sorbiendo con fuerza por la nariz—. Me da la impresión de que todo lo que hacemos las tropas de reconocimiento, todo este caos creado por Eren y Annie… no tiene sentido. ¿Qué nos asegura que vayamos a sobrevivir? ¿Y si hay más titanes? ¿Hasta dónde van a llegar para encontrar la verdad? Es frustrante —Se sentía lleno de rabia hacia los titanes, hacia los muros, hacia Annie, hacia Eren y hacia sus superiores.

—Jean, no pienses eso. No digas eso. Seguimos vivos. Seguimos juntos —La caricia en la mejilla proporcionada por la mano de Marco funcionó como un bálsamo en él. Sintió sus músculos relajarse al instante.

—Lo siento, no debería echar la mierda contigo y menos ahora, es lo último que necesitas.

—Bésame —Le pidió. Alzó los ojos hacia los suyos, Marco los deslizó hacia sus labios—. Jean, hazme olvidar este sentimiento tan horrible, por favor.

Con un chasquido de lengua y un pellizco en el pecho rozó su mejilla con el dorso de la mano, besando sus labios con pausa y ternura, intentando reconfortarlo con su cercanía y su cariño. Marco cubría su cuello, bajo su oreja, con la palma de su mano, recibiendo sus besos con los ojos cerrados y respiración temblorosa. No podía explicar con palabras todo lo que sentía por él, dudaba que hubiese una manera de plasmarlo. Era demasiado intenso, sobrecogedor, terrorífico y bello a partes iguales. Alternaba los besos en los labios con caricias en su rostro, con miradas entre suspiros, para volver siempre a su boca, abrazándole, aterrado por tener que alejarse de él.

—He deseado tanto estar así… —Le susurró Marco—, tantas veces que ni puedo contarlas. Pero me daba miedo tu reacción y ni me planteaba dar el primer paso —Le miró a los ojos, sonriendo débilmente—, eras un amor imposible para mí.

—Probablemente hubiese huído de saber tus sentimientos, aunque supongo que siempre intuí algo —Le besó la nariz—, me miras mucho.

—Porque eres muy atractivo. Tu mirada siempre me provoca un cosquilleo en el pecho —Se rió de esa manera tímida que tan loco le volvía—, las veces que te sostuve para que no pelearas con Eren me ponía histérico por tenerte tan cerca y por verte enfadado —Jean frunció el ceño, sin comprenderle. Marco enrojeció apartándole la mirada, toqueteando el botón superior de la camisa de su novio—, cuando te enfadas me… me gusta mucho, tu expresión, tu pasión y bueno… —Jean se rió entre dientes, inclinando la cabeza para que le mirase a los ojos.

—¿Te pone cachondo verme enfadado? —Marco aspiró, mirándole a los ojos, apretando los labios, sonrojándose al máximo—, ¿en serio? —hundió la cara en su camisa, asintiendo solo una vez—. Bueno, pues nada, sienta a Eren ahí enfrente y déjale que diga lo que piensa. Tendrás material para pajas durante años.

—Jean, cállate —Su queja sonó ahogada al apretarse a él, haciéndole reír.

—No, pero cuéntame —Le pasó la mano por el pelo, besándole la frente, esperando a que le mirase con un rubor exagerado, sacando el labio inferior en un gesto de fastidio infantil. Se lo iba a comer—, ¿en qué otros momentos has querido estar así?

—Cuando éramos cadetes y te miraba en la cama por la noche, todas las noches —contestó él en un murmullo—, o cuando nos mandaron a la expedición en la que era el líder y nos robaron. Habría dado cualquier cosa por meterme en tu saco, pero era Eren quien dormía pegado a ti.

—Qué manera de desperdiciar una noche —dijo Jean entre risas—, ¿te habría molestado menos si en vez de Eren hubiera sido Connie?

—Claro. Te va a cabrear esto pero siempre pensé que había algo entre vosotros por eso de “los que se pelean se desean” —El gesto de asco fue instantáneo.

—Antes muerto —Al verle sonreír le alegró poder mantener una conversación tan distendida con él, sobre todo teniendo en cuenta cómo se lo había encontrado—. Y si tuvieses que quedarte con otro que no fuese yo, ¿quién sería?

—Reiner o Erwin —respondió de inmediato.

—No te ha costado mucho, ¿eh? —Se sorprendió al sentirse molesto.

—No me alces las cejas de esa manera, he tenido que aguantar cómo perdías el culo por Mikasa día sí y día también —Jean chasqueó la lengua y se lamió los labios, frunciendo el ceño, agarrándo a Marco del pelo de la nuca con gesto serio. Ahora que sabía que le excitaba, lo iba a usar en su contra—. ¿Qu—qué haces?

—Mikasa no tiene nada que hacer a tu lado —susurró en su boca—, nadie puede competir contigo —Marco no respiraba, con los ojos entrecerrados y los dedos clavados en sus brazos.

—No lo dices en serio —exhaló, sin apenas emitir sonido alguno.

—Me pones a Mikasa desnuda en la cama de enfrente —la señaló con la cabeza sin apartar los ojos de los suyos—, y te elijo a ti tal y como te tengo ahora mil veces —Le lamió la boca, sintiendo un espasmo entre sus piernas al escucharle dejar salir un casi imperceptible gemidito—. Marco —Este no le contestó, solo alzó sus ojos color café hasta encontrar los suyos—, ¿me deseas?

Como respuesta obtuvo un tirón de la nuca con ambas manos, seguido de un beso devorador y necesitado, una lengua que apenas le dejaba respirar por la pasión que la movía. Jean le abrió la camisa botón a botón, deleitado con el olor a jabón de ese hombre pero apreciando el ligero aroma que emanaba de su piel. Besó las pecas de su cuello, las de su pecho, las que rodeaban sus pezones, acariciándolos de manera gentil pero precisa. Marco reproducía esos gemiditos silenciosos conforme él besaba sin descanso, bajando por su piel hacia sus abdominales y sus caderas. Pasó las manos por sus anchos muslos, Marco era un hombre grande, más aún comparado con la complexión fibrosa y delgada de Jean. Alzó la vista al pasar su mejilla, con la boca abierta, por el relieve tirante de su pantalón, mordiendo sutilmente al llegar a la punta.

—Jean, aquí no —Consiguió decir entre jadeos, tragando saliva—, pueden entrar. En cualquier momento.

—Quiero tragarte —dijo, rompiendo la voz aposta—. Parame si tan poco te gusta la situación.

No puso impedimento cuando le desabrochó el pantalón, no se quejó cuando pasó las manos por detrás de él, bajándoselos hasta debajo del culo, apretándoselo y mordiéndole la ingle. Al verse expuesto ante él, Marco se llevó una mano a los labios, presionando con los dedos. Sabía que esa aparente angustia que le pareció ver en su expresión no era más que la vergüenza de verle tal cual con una sonrisa golfa y las manos apoyadas sobre sus muslos. Miró la erección que se alzaba ante él un poco fascinado, ya que al masturbarle no le dio la impresión de esa grandiosidad. Desde luego más grande que la suya, era. La mano que agarraba las sábanas, ahora agarraba el pelo de Jean.

—Tienes una polla muy bonita —dijo para provocarle, sabiendo que las palabras sucias le harían sentirse encendido y avergonzado. Se la besó, de base a glande, despacio, sin lamerla aún. Le deleitaba verle a sus pies. Se retiró los dedos de los labios, aparentemente con la intención de decir algo—. ¿Sí?

—Jean —Jamás en su vida había visto a una persona enrojecer tantísimo—, ¿puedo pedirte algo? —Subió por su cuerpo, rozando intencionadamente su erección con la bragueta de sus pantalones de tela.

—Lo que quieras —Mordió su boca, sorprendido al sentir la punta de la lengua de Marco levantarle el labio superior en un suave lametón que le provocó un nuevo espasmo de su miembro endurecido.

—Déjame follarte —No se lo esperaba. Para nada. Miró a Marco a los ojos, estupefacto y sin saber qué decir. Todo ese tiempo había pensado que sería el activo en la relación. Por lo visto no. Y Marco no había acabado con su petición—, mirándote. Quiero verte.

—Yo había pensad—

—Lo sé —Se apresuró a decir—, por eso te lo pido.

Tan pronto Jean asintió de manera insegura, cambiaron las tornas. Marco le tumbó boca arriba en la cama, besándole y agarrándole con ademanes dominantes, fuertes y seguros. En un cuerpo a cuerpo, no había discusión sobre quién podía dominar a quién. La indefensión y falta de control de Jean le puso muy nervioso. No concebía a Marco como tal. No le entraba en la cabeza verle de esa manera agresiva. Le excitó como nada en su vida. Mientras Jean se desabrochaba los botones superiores, él le quitaba los inferiores, abriéndole el pantalón cuando se incorporó para lanzar su camisa por encima de la cama. Tiró de la camisa de Marco hacia atrás, pero al hacerlo este le frenó, jadeante, bajando la mirada y negando.

—¿Qué pasa? Quiero sentirte —Volvió a negar la cabeza. Jean deslizó la mirada hacia su hombro, viendo la misma sombra oscura que vio en su mano esa mañana—. ¿Es por tu cicatriz? ¿No quieres que la vea?

—Es desagradable. Doy asco. No mires eso, no hace falta.

—No, no Marco, no —Se sentó en la cama, cogiéndole la cara con las manos—, jamás podrías darme asco —Le miró con ojos inseguros, reticente —¿Sabes qué creo? —Bajó la camisa despacio, besándole el hombro, su brazo, hasta sus dedos—, que eres lo más bello que he visto en mi vida —Marco aspiró con el labio tembloroso—, amo cada centímetro de tu piel, tenlo claro —Dejó caer la frente en el hombro de Jean, abrazándole la cintura con fuerza.

—Yo también te amo —Jean se tumbó hacia atrás, con él sobre su pecho, acariciando sus cabellos negros. Alzó el rostro, besándole de nuevo de manera mucho más calmada, más amorosa.

—Kirschtein —La voz del Capitán Levi en la puerta les hizo dar un respingo. Les miró directamente a la cara. Marco se tapaba como buenamente podía, aterrado—, tiene que volver con el resto de su patrulla. Le doy diez minutos para salir y acompañarme —Impertérrito ante la escena de semidesnudez de la pareja, cerró la puerta de nuevo.

—Pues solo tenemos diez minutos, no creo que podamos fo—

—¡No voy a hacer nada con el capitán ahí! —Le cortó Marco, escandalizado.

—Pues no pienso salir sin correrme —Se situó de nuevo sobre su cuerpo, abriéndose la bragueta, enterrando la cara entre sus piernas y metiéndose la semi erecta erección de Marco en la boca.

No tardó en estar como una piedra contra su lengua, caliente e inmensa. Jean se masturbaba entre tirones de pelo, succiones, gemidos acelerados y alguna arcada que otra al intentar tragar más de lo que le era posible. Marco se estiró en la cama, agarrándose de su pelo y las sábanas con fuerza cuando dio con el punto exacto de su polla que le volvía loco en cada roce. Se centró en ese movimiento, saboreando el orgasmo inmediato, el sabor de Marco, sintiéndose muy cerca de correrse. No pensaba contenerse, no había tiempo para ello. Marco alzó las caderas, intentó esconder un gemido de manera catastrófica volviéndolo más escandaloso aún al creerlo cubierto con su mano, dejándose llevar. Jean no se sentía preparado para tragárselo, pero sí para observarle estremecerse mientras se la acariciaba lamiéndole los huevos, manchando sus dedos y ese pecho lleno de pecas que tanto le gustaba. La visión de Marco, tan sumiso, tan entregado al placer, sus gestos, esa manera de morderse el labio, su precioso rostro dominado por el placer… eso fue el detonante de su propio clímax, masturbándose sobre él con las caderas hacia adelante y la cabeza hacia atrás. Entre espasmos sintió las manos de Marco en él: Una le apartó las propias, masturbándole con la presión necesaria y la velocidad perfecta; la otra subió por su pecho, bajó por sus costados, apretándole el culo. Le miró con un ojo entrecerrado por el picor de una gota de sudor y le encontró lamiéndose de la comisura de la boca las gotas de uno de sus chorreones de esperma. Respiró hondo, sabiendo que se masturbaría con esa imagen. Se inclinó sobre él, enrollando sus lenguas una vez más, succionando su labio al separarse y se levantó de la cama, vistiéndose a toda prisa.

—Me voy antes de que me mate el medio metro —dijo Jean. Marco se miró el pecho chasqueando la lengua.

—Siempre me dejas pringado  —Se quejó limpiándose—, voy a tener que ducharme otra vez.

—Hazlo, y ve pensando cómo vas a castigarme cuando volvamos a vernos —Le agarró del pelo y le besó los labios—. Descansa.

—Ten cuidado. Vuelve —pidió Marco acariciándole las mejillas y el pelo, mirándole el rostro, a sus redondos y amorosos ojos. Le besó la chata nariz, si le tocaba un segundo más, no se marcharía.

—Por supuesto. Espérame —Le despidió con una sonrisa y el corazón estremecido por esa sobredosis de amor. Tan pronto cerró la puerta y miró al capitán a los ojos, el miedo se impuso. No dejes que te hagan daño, por favor.

 

 

4

Bajó de la muralla conmocionado, asimilando la información y la pérdida repentina de tres amigos. Al escuchar a Erwin decir el número de bajas ni siquiera pudo contestar, tampoco moverse. El miedo tensó sus músculos y casi le provoca una arcada.

Había miembros de la policía militar, has visto cadáveres con sus chaquetas, hay muchos desaparecidos, no viste a todos los que participaron en la misión. Puede estar muerto. Muerto. Solo en el bosque. En el estómago de un titán.

Retuvo las lágrimas, ignorando las instrucciones sobre quedarse bajo cuidado médico una vez llegaron a los dormitorios de la patrulla de reconocimiento. Tampoco debía alejarse de sus compañeros pero a decir verdad, nadie le prestaba atención. Todos tenían que luchar contra algo mucho más serio y difícil de asimilar: la realidad. Pretendía encaminarse hasta la muralla Sina para comprobar que efectivamente siguiese allí, en su cama, mirando al cielo. Mirando algo. Con la capacidad de mirar, no con los ojos muertos hacia el cielo, eso no. Un quejido salió de su garganta y no solo por el dolor del alma, ya que al ir a subirse al caballo sintió un fuerte pinchazo en una de sus rodillas. Tiraron de su chaqueta, bajándole. Empujó con furia al par de manos que se aferraban a él. Era Connie.

—¿Dónde vas?

—A buscar a—

—Mira al frente, imbécil —Se fijó en la dirección que señalaba.

Una persona con el uniforme de la policía militar estaba sentada en un escalón, con los codos apoyados en las piernas y las manos tapando sus ojos. Temblaba. Conocería ese flequillo incluso a oscuras. Corrió hacia él, arrodillándose en el suelo de tierra con un gesto dolorido. Coló sus dedos entre los suyos, bajándole las manos, observando su rostro preocupado, cerciorándose de que no habría sufrido daño. Sus redondos ojos café se abrieron despacio, inundados en lágrimas y conmovidos por la sorpresa. Sintió las propias rodar por su mejilla, escuchó su sollozo pero le resultó ajeno.

—Ya estoy en casa —Fue todo lo que pudo decirle. Marco comenzó a llorar de manera escandalosa, como lo haría un niño.

Se aferraron el uno al otro en un estrecho abrazo, Jean aferrándose a sus hombros, pasando sus dedos hacia arriba hasta enterrarlos en su pelo. Los brazos de Marco le rodeaban la cintura, le apretaban con fuerza. No dijeron absolutamente nada, se limitaron a llorar juntos, sin ser interrumpidos, consolándose el uno al otro. Una vez pasado el sofoco, Marco necesitó información.

—Dicen que hay más humanos que son titanes, Jean, ¿quién? —Miró al cielo, respirando hondo. Iba a soltarlo todo de una vez, era más fácil. Se sentó a su lado, pero no soltó su mano, entrelazando los dedos.

—Ymir, Reiner y Bertolt. Intentaron llevarse a Eren y a Christa pero los rescatamos y se han ido, no sabemos dónde —Marco se llevó las manos a la boca. Le costaba mirarle a la cara con lo que le tenía que decir a continuación, sin embargo, lo hizo—, Reiner es el titán armado y Bertolt el colosal —Negó con la cabeza, horrorizado—. Ya, no puede ser, lo sé. El comandante Erwin ha perdido un brazo —Se llevó una temblorosa mano al pelo con un susurrado ¿qué?”—, y me han contado que Eren es capaz de hacer que otros titanes le hagan caso. Pero no sé, no lo he visto.

—Estabas allí, ¿cómo no lo has visto? —Su voz sonaba histérica, aterrada.

—Perdí el conocimiento. Cuando me desperté Armin me llevaba en caballo hacia las murallas. No sé cómo estoy vivo…

—Lo siento, lo siento muchísimo, dios, Jean —Volvió a enterrar la cara en las manos, dejando escapar un sollozo estrangulado. Jean le apretó el hombro, pasándole la mano por la espalda, sintiéndose igual que él pero intentando mantener el tipo—, estaba dentro de las murallas cuando escuché los rumores. Fui corriendo hasta Trost pero ya habíais salido y me mandaron de vuelta a Stohess. No podía irme sin saber de ti, así que esperé aquí.

—Te he dicho que no salgas de las murallas, Marco, mírame —Lo hizo, la cara congestionada con la pena y el impacto de las noticias—, he visto a muchos de tus compañeros ahí fuera y han caído casi todos. Si hoy también te hubiese perdido a ti habría vuelto fuera del muro para acabar con todo —Marcó negó con la cabeza, agarrándole las manos que apretaban sus hombros. Jean le miró directamente a los ojos, serio, separando cada palabra con claridad en la siguiente frase y casi alzando la voz—. No-puedo-perderte.

—Pero… no puedo esperar sin hacer nada sabiendo que tú quizás estés muriendo o necesites mi ayuda ahí fuera,  ¡es insoportable! —Intentó ponerse en su lugar. Sí. Debía ser insoportable. Respiró hondo e intentó sonreír.

—Voy a estar bien, tengo muchísima suerte, ¿no te has dado cuenta ya?

—Hasta que se te acabe. Y si eso ocurre y no estoy a tu lado, si mueres pudiendo existir la posibilidad de ser salvado o ayudado por mí, no me lo voy a perdonar.

—¿Me estás diciendo que vas a cambiarte a las tropas de reconocimiento? —Vio una duda seria y real de llevar a cabo esa idea. No estaba dispuesto a ello—. Marco, tus decisiones son tuyas, pero por favor, no te hagas esto. Tienes que vivir, y los dos sabemos que aquí dentro tienes muchas más posibilidades —Quiso hablar pero no le dejó—. Tarde o temprano se calmarán las cosas y entonces podremos estar aquí dentro, juntos.

—¿Y si mueres antes? —Tenía que aliviar su pena y tenía que aliviarla ya.

—Por lo que sabemos, Sasha puede ser un titán y siendo ella nos comería a todos sin dejar a nadie. Y probablemente de una vez, ya sabes cómo es cuando le entra hambre, no hay quien la pare —Sabía que su sonrisa debía ser penosa, forzada, pero aún así lo intentó. Marco suspiró profundamente, cerrando los ojos.

—Estoy muerto de miedo…

—Yo también. Todos lo estamos. Mira a tu alrededor. Han herido de gravedad a Erwin, ¡a Erwin! Es lógico estar aterrado. Lo raro sería no estarlo —Miró al frente, tragando saliva. Estaba precioso con esa luz brillando en sus ojos, lo único que detestaba era la tristeza en ellos—. Vamos a hacer una cosa, necesito ducharme, espérame con los demás, charla con ellos, os hará bien a todos.

Asintió sin soltar su mano al levantarse, acompañándole a su dormitorio para coger su ropa. Repartidos por las camas encontraron a Connie, Armin, Sasha y Christa. Mikasa seguía en la enferemería con Eren, ambos malheridos o agotados. Marco se apresuró a sentarse en las camas junto a Christa, pasándole un brazo por los hombros al verla llorar, besándole el pelo. Cuando ella se acurrucó en su pecho, dejando sus lágrimas salir, él la consoló pacientemente. Jean se marchó a las duchas, pensando en lo que había ocurrido, repasando cada momento en su mente sin ser capaz de asimilar por completo las nuevas pérdidas. Se devanaba los sesos buscando una explicación que sabía aún no estaba a su alcance. Necesitaban conocer los secretos del sótano del padre de Eren y lo necesitaban ya. Volvió a los dormitorios, charlaban un poco más animados pero tanto Marco como Christa mostraban las narices rojas de llorar.

—Ahora que lo pienso —dijo Marco con su tranquila y suave voz, continuando la conversación que mantenían—, justo antes de que ese titán me arrojara contra la casa escuché una conversación extraña entre Annie, Reiner y Bertolt —Jean soltó sus cosas, acercándose a ellos. Al instante Sasha se echó hacia un lado, dejándole sitio junto a Marco. Le pasó la mano por la espalda, escuchándole atentamente—. Reiner hablaba de “su titán” y de lo mucho que les costó hacer “el agujero”. Me dijeron que era una broma y me lo tomé como tal, pero está claro que no debería haberlo hecho.

—No te culpabilices —Le dijo Armin—, todos pudimos ver indicios. Yo no me di cuenta en el momento de que el agarre de Annie en su forma de titán habría matado a Reiner de haber sido humano. Ni yo ni Jean nos dimos cuenta.

—Es algo tan imposible que ni se te pasa por la cabeza —Le tranquilizó Jean—, ni aunque te lo confiesen directamente —Buscó su mano, entrelazando los dedos de nuevo. Marco asintió.

—Christa y yo no queremos dormir solas en el cuarto de las chicas —Les dijo Sasha—, habíamos pensado dormir aquí con vosotros, si no hay problemas.

—Hay dos camas libres —dijo Connie. El significado de esa frase les cayó como un jarro de agua fría. Christa volvió a llorar de nuevo, estaba destrozada. La comprendía a la perfección.

—Tendríamos que cenar algo —propuso Armin—, tengamos hambre o no, necesitamos energías.

Asintieron encaminándose al comedor en silencio. De nuevo un fuerte impacto al comprobar lo vacío que se encontraba. Faltaba muchísima gente y los que quedaban mostraban la misma expresión que ellos. Tras una cena insufriblemente callada, se encaminaron a los dormitorios, acostándose directamente sin hablar mucho más, sintiéndose agotados. Connie y Sasha durmieron en las camas más cercanas mientras que Armin y Christa se acostaron en las del fondo. Igualmente, el lugar de Eren quedó libre. Marco fue esta vez el que juntó sus camas, acostándose antes que Jean, esperando a que lo hiciera tumbado bocarriba, mirando al techo.

—Eh —Llamó su atención al escurrirse entre las sábanas, pasando la mano por su pecho desnudo—, suelta lo que tengas en mente.

—Me siento una mala persona por lo que deseo hacer, por siquiera pensar en hacerlo —Jean frunció el ceño, soltando una risita al resultarle ridículo lo que pensaba.

—Tú puedes ser cualquier cosa menos una mala persona —Marco le cogió la mano en un suspiro, girándose hacia él, acariciándole el pelo—. Cuéntame tus malvados y retorcidos pensamientos.

—Quiero tenerte cerca esta noche —Le besó los dedos, mirándolo fijamente. Y yo a ti, joder, me muero de ganas—, y con lo que ha pasado, teniendo en cuenta cómo están y cómo estamos… ¿No es una falta de respeto?

—No, no lo creo. Estoy harto de tanta desgracia y sobre todo de tanta muerte. El querer hacer… —Se acercó más a él, bajando la voz—, el sexo es precisamente lo contrario a estar muertos. ¿Cuándo voy a estar más vivo que sintiendo lo que tú me haces sentir, eh? —Marco le apretó la mano con las suyas, acercándola a su cara con los ojos cerrados—. No está mal ni es egoísta querer estar vivo, celebrarlo. Así que deja de pensar pamplinas —Sacó el pulgar de entre sus manos, pasándolo sobre sus labios—, y bésame de una vez.

Marco abrió los ojos. Esos segundos antes de que se acercase a él le deseó intensamente. Desde su recuperación había ganado masa muscular, su cuerpo era más ancho y en la postura en la que se encontraba podía admirar su torneado hombro cubierto de pecas, su bíceps, su fina muñeca y su ancha mano. Sus ojos brillaban como las brasas de un fuego que prometía quemarle la piel, tan vivos y llenos de sentimientos. Jean cubrió su mejilla con la mano al tiempo que él se arrojaba sobre su cuerpo, clavándole los dedos en la cintura y tirando del pelo de su nuca. A pesar de verlo venir, le sorprendió su pasión, un contraste absoluto con la tranquilidad que le caracterizaba. Marco respiraba en su boca, Jean se arrimó a él, juntando sus caderas, rodando en la cama con las manos en sus hombros hasta tenerlo sobre su cuerpo. Se abrió de piernas, presionando los costados de Marco con ellas, subiendo las caderas para rozar su erección a través de la tela de los calzoncillos. El moreno se frotaba contra él en un rítmico vaivén que Jean consiguió acompasar, agarrándole del trasero con ambas manos, besándole sin descanso, comenzando a pensar que la posición natural de la lengua de Marco era dentro de su boca. Este bajó los dedos siguiendo la línea del hueso de su cadera, enganchándolos en el elástico de sus calzoncillos. Jean levantó el trasero, facilitando que le bajase la ropa interior, bajándole la suya a Marco para después clavarle las uñas en el culo con una mordida de labio.

—No sabes lo cachondo que me pones —susurró Marco, rodeándosela con sus dedos—, ni se te ocurra tocarme porque estoy a punto de correrme desde que te has abierto de piernas y me has pegado ese refregón.

—O hablas más bajito o Connie nos va a echar —Tuvo que cerrar los ojos cuando su caricia bajó hasta la base de su erección, subiendo de nuevo despacio, frotando su fina piel.

—Quiero comertela. Quiero hacerte muchísimas cosas.

—Hazlo —dijo asintiendo frenéticamente—, hazlo todo —Esas palabras sucias, los jadeos de Marco, sus caricias lentas, desquiciantes y tan sumamente placenteras…

Al acelerar el ritmo repentinamente tuvo que morderse el labio. Los sonidos húmedos y característicos de lo que estaba haciendo llenaron la habitación, además de sus roncos gemidos contenidos. Le tenía al borde del orgasmo, cambiando de ritmo constantemente, lamiendo su cuello, besando su boca entreabierta, mordiendo su barbilla. Marco susurró un “necesitamos intimidad” justo antes de soltarle y levantarse, cogiendo sus pantalones, tirándole los suyos a un conmocionado y cachondo Jean. Se vistió sintiéndose lento, torpe y tembloroso, echando las caderas hacia atrás cuando el roce de la tela de los calzoncillos le pareció excesivo. Marco le vio hacerlo, respirando hondo y clavándose los dedos en el relieve de su erección al comérselo con los ojos. Salieron juntos de allí, encabezados por un Marco ansioso que casi corría hasta el dormitorio de las chicas. Abrió la puerta, dejándole pasar y echando el pestillo después.

Al girarse se encontró de bruces con la boca de Jean, con sus manos en el pecho, obligado a caminar hacia atrás hasta que su espalda se encontró con la madera. Su jadeo al chocar contra ella le puso terriblemente cachondo, pero que Marco le agarrase de los muslos y cambiase su puesto con él, cogiéndole en peso y aplastándole contra la puerta, terminó de desbaratarlo. Le sostenía con sus caderas, por lo que Jean enredó las piernas a su cintura, acariciando su rostro. Las manos del pecoso subieron desde sus muslos hasta su pecho, acariciando sus costados. Le puso una de sus enormes manos bajo el mentón y con un empujón fuerte del pulgar, le hizo girar la cara hacia un lado. Su boca recorrió el camino de su piel desde sus clavículas hasta el lóbulo de la oreja de Jean, arrancándole un gruñido y un escalofrío. Se lo llevó hasta la cama de una de las chicas, tumbándolo. No tuvo dudas de qué chica era en cuanto le llegó el olor de la almohada.

—¿Te pone cachondo que sea la cama de Mikasa? —dijo al escucharle aspirar, con una risita golfa—, no me importaría que se nos uniese, siempre y cuando yo tuviese prioridad sobre ti.

—¿Qué estás diciendo? —Se sintió sonrojarse. No conocía esa faceta de Marco y sobre todo no conocía esa parte de sí mismo. Bajó por su cuerpo lamiéndose los labios, en sus ojos una oscuridad y perversión que desconocía. Jean acarició sus pecosos hombros con temblorosas manos.

—¿Te la imaginas? —Su aliento le calentó la ingle, justo antes de besarsela—, ¿chupándotela mientras yo te follo?

—Marco, cállate —Cerró los ojos, excitado hasta el punto de no poder controlarse al sentir su lengua subir desde sus huevos hasta la base de su polla, continuando su ascenso, interrumpiendo el contacto para hablar.

—Tú, abriéndole el coño mientras yo te abro a ti, despacio —Percibió su lengua bajo el glande, sus labios cerrándose alrededor de él en una suave succión y un dedo empapado en saliva entrar con cautela en su cuerpo simultáneamente—, tan despacio…

—Hmmmarcoporfavor —Sintió y vio cómo su polla rezumaba, a punto de correrse. Joder, joder, Marco, joder…

Entonces ocurrieron dos cosas que le desconectaron por completo de esa parte del cerebro destinada al control: Marco pasó la punta de la lengua sobre la hendidura de su glande, tragándose su lubricación y mirándole a los ojos; además de ello, tocó un punto en su interior que hasta el momento le era desconocido, presionando en círculos, provocándole un espasmo que le llevó al clímax en menos de dos segundos. Le manchó la cara a Marco con la primera descarga, gimió en el húmedo aire de la habitación, retumbando el sonido por las paredes altas del dormitorio. Su amante gimió también, roncamente, chupándosela hasta hacerle encorvarse en la cama, corriéndose contra su garganta aún con ese dedo insistente en el culo. Estaba siendo brutal, temblaba, era incapaz de dejar de gemir.

—Mira esto —Marco se puso de rodillas al notarle menos sofocado, mostrándole una mancha que oscurecía la tela de sus calzoncillos grises—. Me pones al límite.

—¿¡Yo a ti?! —Se quejó. Seguía notando ese dedo invasor moverse en su interior.

—¿Te molesta? —Le preguntó, mirando entre sus piernas, lamiéndose y mordiéndose el labio inferior.

—No, pero es muy intenso —Marco dejó caer saliva hasta los dedos que acariciaban su piel. Sus labios quedaron brillantes tras hacerlo, quiso besarle.

—Se te va a poner dura otra vez en un momento, dame unos segundos —Jean le hizo gestos con las manos para que subiese hasta su boca, necesitaba besarle.

Le pasó una mano bajo el brazo, tocando su espalda repleta de pecas desde su omóplato hacia abajo, recorriendo su columna. Le acarició sus negros cabellos con un beso intenso y lento, moviendo la lengua en su boca e intentando acompasar su respiración a esa lentitud. De no ser porque notaba la necesitada erección de Marco rozar de tanto en tanto su pelvis y el circular movimiento de su dedo, constante, abriéndole, podría haberse llevado besándole hasta el amanecer. Pero se merecía su orgasmo. Se merecía ser feliz. Y una parte de él mismo quería saber cómo se sentía el ser follado por él. Tras una larga serie de besos lentos y multitud de caricias, Jean le mordió el labio, azotandole el trasero.

—¡Ah! No… —Para su sorpresa, Marco enrojeció, quedándose quieto y apretando los dientes, girando su cara hasta pegarla contra el hombro, alejándola de él.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta? —Resopló. Respiró hondo.

—No es eso —murmuró sin apenas abrir los labios—, estoy intentando no correrme —En ese momento se dio cuenta de que se la apretaba por la base y que una exagerada cantidad de lubricación chorreaba por su miembro—, si es que no me he corrido ya.

—¿Con solo un azote? —Cuando abrió los ojos, con esa expresión sufrida y los parpados caídos, sintió un hambre voraz por su cuerpo.

—Estoy muy, muy, muy cachondo. No sabes hasta qué punto. No voy a poder… no voy a poder metertela.

—¿Vas a hacer que me enfade? —Fingió una expresión de rabia, sabiendo lo mucho que le excitaba. Le agarró del mentón, apartando la mano de su interior, acariciándole el muslo, sentándose en la cama. Marco le miraba a los ojos entre quejidos, su rol dominante desaparecido por completo—. ¿Crees que puedes correrte sin que te la toque? —Jean pasó las manos por su pelo, desde las sienes hacia atrás, lamiéndole los labios, tirando de sus cabellos con fuerza después.

que puedo.

—¿Lo comprobamos? —Jean subió una ceja desafiante.

—Yo quería…

—Querer y poder son dos cosas bien distintas.

Le tumbó en la cama, mirándole con altivez, de la misma manera que miraría a Eren después de que dijese alguna de sus gilipolleces, subiendo sus piernas y colocando las corvas de Marco sobre sus hombros. Bajó las manos por la parte interna de sus muslos, hasta su perfecto trasero, apretándoselo, mordiéndose el labio.

—Hablas mucho para lo que haces —susurró con voz ronca, volviendo a subir las manos, arañandole.

Marco apretó los labios, agarrándose a la almohada con ambas manos y arqueando la espalda, necesitado. Le besó la rodilla y se agitó, jadeando ante el contacto de su boca. Jean puso una de sus muecas más sucias. Deslizó las manos sobre sus muslos, bajando la boca despacio por el derecho, riéndose con suavidad al encontrar más pecas en esa zona tan oculta, alzando su penetrante mirada dorada hasta sus entrecerrados ojos castaños. La respiración de Marco se aceleraba, sonrojado por completo, sin despegar la vista de él. Al llegar a su ingles sintió un intenso deseo de lamersela al verla tan dura y tan al límite, probablemente dolorida, pero se contuvo, succionando la piel junto a ella, clavándole los dientes al hacerle un chupetón. Marco le agarró del pelo, sintió su polla latir contra su mejilla y escuchó su quejido lastimero. En un acto de pura desesperación, el moreno fue a acariciarla en búsqueda del necesitado alivio, pero le paró la mano a lo justo.

—Por favor —le imploró—, necesito correrme.

—Entonces hazlo.

Marco era bueno para cumplir órdenes. Tan bueno que en cuanto un dedo de Jean tanteó con mucha sutileza la entrada a su cuerpo un quejido agudo se escapó de entre sus labios, echando la cabeza hacia atrás, levantando las caderas. Solo metió la primera falange empapada con saliva y las uñas de Marco le dejaron una marca en la nuca. Un grave y ronco gemido retumbó en la habitación, llegando casi con seguridad hasta la contigua. No tuvo que hacer más. Su esperma le manchó el pecho, la almohada de Mikasa, los dedos de Jean cuando finalmente se la acarició. Y al tocarla fue como si se corriese de nuevo, elevando la espalda del colchón el espasmo le hizo sentarse en la puta cama. Un gemido largo y tembloroso casi como un lamento hizo sonreír a Jean, que se la acarició hasta que relajó los músculos, intentando respirar entre el sofoco, con las manos en los ojos.

—Te ha gustado, ¿eh? —Le preguntó con una mueca chulesca.

—¿Sabes… Sabes de estas veces que el orgasmo es tan fuerte que escuchas un pitido? —Jean dio una carcajada, asintiendo—. Pues eso —Apenas le salía la voz, casi todo eran jadeos y él le encontraba tremendamente adorable tan despeinado y desmadejado boca arriba en la cama.

—Bueno, no me la has metido pero ha estado bien —Marco resopló, apartándose el húmedo flequillo de la frente.

Muy bien. Jean, de verdad, solo el verte correrte de esa manera ya habría sido suficiente —Se tumbó a su lado, arrojando la pegajosa sábana por un lado de la cama tras limpiarle—. No sabes lo que me he tenido que esforzar para no pajearme encima tuya.

—No me habría disgustado, hice lo mismo contigo la última vez.

—Esta cama es muy pequeña —Se quejó intentando ponerse cómodo—, deberíamos volver.

—¿Y que todos te miren porque has gritado mi nombre a pleno pulmón? —El espanto en la cara de Marco le hizo reír de nuevo—. Vamos, anda.

Se volvieron a poner los pantalones, caminando de puntillas en la habitación, torciendo el gesto cuando los muelles de la cama revelaron su presencia, intentando no reír en voz alta. Se acostaron frente por frente, dándose la mano y mirándose a los ojos, diciéndose todo sin decir nada. Ese hombre le hacía feliz, era su universo, todo por lo que luchaba. Era su razón de ser. Lo único que esperaba era no volver a perderle. Cerraron los ojos y se dieron las buenas noches sin saber si era la última vez que lo hacían. Sin saber si sus caricias de buenos días serían las que uno guardaría en el recuerdo por faltarle el otro.

 

 

5

Le ofrecieron agua tan pronto se bajó del muro, cubierto en sudor y alivio, sin creerse aún haber salido vivo de todo lo acontecido. La multitud ayudaba a Historia a bajarse del carro, aceptándola como reina con una facilidad que rozaba en lo ridículo. Levi charlaba con Hanji camino al hospital, y la escuchó quejarse por no poder analizar el cadáver de ese gigantesco titán a medio hacer. Una señora le acercó agua y pan a Connie, que se apresuró a darle su parte a Sasha. Jean casi se bebió toda el agua que le dieron de golpe, tosiendo al atragantarse. Necesitaba cambiarse, ducharse y meterse en la cama tres días seguidos. Necesitaba paz. Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared de ladrillo de la escalera en la que se descansaban sus compañeros. Quería, necesitaba, buscar a Marco, pero se sentía agotado. Al menos se aseguraría de que alguien le hiciese saber que estaba bien, él y el resto del grupo. Se adormiló sentado en el suelo de tierra escuchándoles hablar en susurros hasta que unos pies se acercaron a ellos.

—Oe, ¿cómo estás? —Escuchó a Eren a su espalda—, no sé cuándo fue la última vez que pude hablar contigo.

—Hola, estoy bien —Miró sobre su hombro, viéndole con los brazos cargados de mantas y comida que le repartió a todos. Parecía ansioso, con su flequillo despeinado—, ¿no sería lo lógico preguntarte a ti que acabas de llegar de fuera? —Los miró uno a uno, sin reparar en su presencia—. ¿S-sois todos? ¿Y Jean? ¿Ha vuelto? —Al ver la tensión en su rostro y que clavaba las uñas en las mantas se apresuró a ponerse en pie.

—Te he dicho que nacido con una flor en el culo —Le miró sobresaltado, cerrando los ojos después, suspirando de puro alivio—, claro que he vuelto.

Soltó las mantas entre Armin y Eren, acercándose a Jean que hacía lo mismo para darle un fuerte abrazo. Le sintió más que le vio suspirar en su cuello, acariciando sus espesos cabellos negros y oliendolos. El olor a Marco es el olor a casa. Le besó la mejilla, este le miró con una sonrisa tímida. No pudo resistirlo y le besó en los labios, despacio y con cariño.

—Jean, está aquí todo el mundo —protestó sin alejarse, apretando los costados de su camisa bajo la chaqueta, sonriéndo y acariciándole la nariz con la suya.

—Woh, no lo sabía, ¿están…? —susurró Eren. Armin hizo un ruidito afirmativo con la garganta.

—¿Qué ha pasado esta vez? —Le preguntó mirándole a los ojos—, ¿quién no ha vuelto?

—No podemos hablar aquí, vamos a los barracones y te lo cuento —Se subieron a los caballos y fueron hacia el edificio militar más cercano, dejándolos con un chaval que los miraba con cierta admiración—. No me gusta nada que estés tan alejado de Sina. Esta zona es muy peligrosa —Le dijo Jean entrando con él, buscando algún lugar en el que no fueran a escucharles.

—No me va a pasar nada, he venido acompañado de algunos compañeros muy competentes. No me he acercado hasta asegurarme de que el peligro había pasado.

—La misión no acaba hasta estar en la cama, nunca sabes cuando ha pasado el peligro —Se desesperó al verlo todo lleno de gente—, mira, métete aquí mismo y te lo resumo como pueda.

Le metió en un cuartucho en el que guardaban los materiales de mantenimiento y limpieza. Comenzó a contarle lo del golpe de estado, el secuestro de Eren e Historia, quién era Kenny Ackerman y que sus hombres casi le meten un tiro, la transformación del padre de Historia, lo que hay detrás de los poderes de titán y lo que Eren era capaz de hacer tras tomarse el tarro. Todo sosteniendo sus manos, cada uno con la espalda apoyada en una de las paredes del estrecho almacén.

—¿Y Christa es la reina ahora?

—Historia, no Christa. Sí, nos falta saber qué cojones hay en el sótano del padre de Eren. Te juro que como no sirva para nada…

—No seas tan negativo, ya sabemos muchísimo más que antes.

—Ya, ¿a qué coste?

—Una información tan valiosa e importante que se ha mantenido oculta no iba a ser fácil de obtener. Intenta ser positivo.

—Yo qué sé… —Marco se impulsó hacia adelante, acercándose a él. Posó la mano en su mejilla y se inclinó, besándole.

—Ahora puedes quedarte una temporada por aquí. Descansa. Va a pasar tiempo hasta que vayáis a tapar el boquete de Shiganshina.

Volvió a besarle. Jean le dio un suave tirón de pelo para que girase la cabeza, besándole de una manera más cómoda y profunda. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que le vio, pensaba en él todos los días y más a menudo de lo aconsejado. Le puso las manos en las mejillas y se las besó, su chata nariz, su boca y su barbilla, pasando los pulgares por sus pecas. Marco le clavó su castaña mirada, cambiando sus usuales ojos tiernos por unos cargados de deseo. Sintió que le abría el cinturón y el botón del pantalón.

—He sudado muchísimo, estoy sucio, espera que me duche.

—Si has sudado, mejor —Se puso de rodillas en el suelo, mirándole a los ojos, sacándosela de los calzoncillos.

—Pero, el equipo de maniobras, las correas, deja qu—

Dejó de hablar al sentir el calor de su boca y la suavidad de su lengua, enroscada contra su erección. No llevaba un ritmo concreto, se dejaba llevar por la pasión, comiéndosela con ganas, acariciándole los testículos al meter la mano por dentro de los calzoncillos. Jean susurró su nombre en el frío aire del almacén, mordiéndose el labio ante su desmesurada pasión. El placer le invadía por oleadas, obligándole a apretar los músculos del estómago cada vez que aplanaba la lengua contra su sensible piel. Dejó de chupársela un segundo y al mirar hacia abajo le vio tirarle de los calzoncillos, metiendo su mano en ellos más profundamente con los labios entreabiertos. Aspiró entre dientes sobresaltado al sentir su dedo tocar mucho más atrás de lo que esperaba, metiendo la primera falange sin paciencia alguna, haciéndole un poco de daño.

—Marco, espera…

—Estoy harto de esperar —Se la succionó de manera escandalosa, hundiendo las mejillas. Le estaba torturando más que masturbando—, no sabes cómo te deseo Jean, es que no te haces una idea.

—Pero joder, ten cuidado —Le mordió el glande suavemente, negando con la cabeza.

Con una habilidad que le sorprendió, le quitó todas las correas que le impedían bajar sus pantalones, tirando de ellos hacia abajo. Le cogió la pierna y se la puso sobre el hombro, facilitando la entrada de su dedo, lamiendo de lado su erección, metiéndosela en la boca pero solo estimulando la zona de su glande. Tiró de la chaqueta de Marco cuando le rozó la próstata, aún molesto por la sensación de su dedo dentro de él. Forzaba su orgasmo con esas succiones, con su inquieto dedo que le doblaba las rodillas. Acabó sentado sobre las de Marco, agarrándole los hombros y al borde de reventar contra sus ropas. Dejó de menearsela para sacarsela de los pantalones a sí mismo, escupiendo en su hinchado miembro, mordiéndose el labio al acariciarlo. Jean apretó los dientes al verle sacar el dedo para presionar con su glande.

—Marco, no entra, así no, esta postura es una mierda.

—Cállate, déjame intentarlo —No veía más allá. Se la sostenía con la mano apretando contra él. Sintió un pinchazo y se agarró con más fuerza de sus hombros.

—Ten cuidado, ten cuidado joder.

—Date la vuelta —Jean le hizo caso, poniéndose de rodillas y de cara a la pared, sintiendo que rozaba su entrada en círculos lentos—, ¿esto te gusta? —Pasó la mano hacia adelante y se la acarició.

—Sí, así si —Marco le respiraba en el cuello, excitado como nunca le había visto—, sigue, me corro M-Marco —Gruñó en su oído, pasando a controlar sus caricias, un poco más moderado—, Marco, Marco… —El pecoso le mordió el lóbulo de la oreja, presionando un poco más para entrar en él. Le hizo daño pero ocultó el quejido, sintiéndose a punto de correrse.

—Tienes el… la cabeza está dentro, ojalá pudiera, ojalá —Le sentía moverse, rozarse, apretarle las cachas del culo y la erección de manera arrítmica. Paraba abruptamente, moviéndose unos segundos después. Debía estar al límite.

El solo pensamiento de Marco corriéndose dentro de él fue demasiado. Se dejó ir, arañando la pared, tensándose y dejando salir su esperma en una deliciosa eyaculación que le agitó. Colocó bien las rodillas en el duro suelo de madera al sentir que se resbalaba hacia abajo, acercándole el trasero.

—¡No Jean, mierda, no te muevas! Joder, joder, mierda… —Miró sobre su hombro aún corriendose y le vio de igual manera, colorado, reteniendo un gemido, chorreando esperma entre sus dedos—, me has rozado con el muslo y no he podido evitarlo. Estaba aguantando todo el tiempo.

Jean comenzó a reírse, atontado, dejando caer la frente en su brazo contra la pared. Marco chasqueó la lengua, riéndose también, besándole la nuca rapada, apoyando la cabeza en su espalda. Las dos manos del pecoso estaban manchadas de esperma, no sabía qué hacer con ellas.

—Somos un puto desastre, nunca nada nos sale como queremos —Le dijo Jean, rebuscando en los materiales de limpieza hasta dar con un trapo limpio.

—Siempre podemos volver a intentarlo esta noche.

—Sí, supongo que sí. Pero ten más cuidado, me has hecho daño.

—Lo siento, lo siento —Le abrazó por la espalda ya con las manos limpias—, prometo que no se me va a volver a ir la cabeza de esta manera, es que… llevaba tanto fantaseando…

—A saber cuántas pajas te has hecho a mi costa.

—Un montón. Cada vez que tenía un huequito a solas —Le agarró de las mejillas al levantarse, besándole los labios entre risas.

—Ayúdame a ponerme esto otra vez, semental.

Le ayudó a vestirse, besándole la mejilla, contándole lo caótica que estaba la situación y el miedo que pasó al creer que iban a ejecutar a Erwin. Caminaron hacia el grupo, juntándose los que quedaban para almorzar. Se sorprendió cuando la gente les recibió con tanta felicidad, más aún cuando de entre esas personas apareció su madre, estrujándole y recordándole lo mucho que le quería.

—Mamá, tengo que presentarte a Marco —Estiró la mano, dedicándole una de sus sonrisas más agradables y bonitas—, es una persona muy importante para mí.

—Es su novio —murmuró Connie pasando por detrás. Marco enrojeció y él también, aunque menos. Un poco menos.

—Encantada, gracias por cuidar de mi hijo y por tu paciencia —Jean chasqueó la lengua, Marco se rió tras su mano.

Caminaron hacia el comedor donde Marco se encontró con el grupo de la policía militar que acudió con él para ayudar en lo posible. Se sentaron todos juntos a la mesa, hablando entre susurros con su escuadrón sobre lo que había ocurrido y de lo que estaba por venir.

—¿Estos son tus antiguos compañeros? —Miró junto a su novio al escuchar una voz desconocida. Un chaval castaño y grandote de ojos azules golpeó con el hombro a Marco.

—¡Sí! Son mis amigos, después te los presento.

—No hace falta, he venido aquí por ti, no por ellos —La sonrisa que le dedicó, de lado y chulesca, no le gustó un pelo.

Y no le gustó porque ese mierda era atractivo y porque Marco se rió de esa manera tonta que solo él conseguía sacarle. Hasta el momento al menos. Como el que no se había dado cuenta de nada, mirando al lado contrario, buscó los dedos de Marco sobre la mesa. Les escuchaba hablar sobre lo cansados que estaban, sintiendo los dedos de su novio entrelazarse con los suyos, apretándole la mano en cuanto se la agarró en condiciones. Al escucharle reírse no lo pudo evitar y se giró, encontrándose con la mirada de sobrado de ese imbécil con mucho cuerpo y demasiada poca vergüenza.

—¿Si? ¿Ocurre algo? —Tuvo el valor de preguntarle al ver que le miraba fijamente.

—No, de momento no —Marco les miraba sin entender nada, frunciendo el ceño con una sonrisa de incomprensión.

—Franz —Le tendió la mano. Jean se la dio quizás con más fuerza de lo que sería considerado normal.

—Jean —Su nombre le provocó una sonrisa burlona, alzando las cejas.

—¿eres Jean? Vaya… —Frunció el ceño, no le gustaba un pelo ese gilipollas.

Ehm… ¿Vamos a dar una vuelta? —Le sugirió Marco al ver su expresión.

—No. Voy a ducharme —Le contestó de una manera más agresiva de la que pretendía, pero es que, para ser sinceros se sentía muy molesto.

Se levantó y se marchó hacia las duchas, escuchando cómo su novio lo disculpaba con una risita incómoda. El pensamiento de que mientras que él arriesgaba su vida fuera de los muros Marco se dedicaba a tontear con otros se instaló en su mente. Y no era agradable, no era bonito, no era justo. Le daba rabia sentirse así ahora que podían disfrutar el uno del otro pero al verle tratarse de esa manera con un tipo al que veía todos los días sintió que le hervía la sangre. Y si Jean era algo, era una persona que se dejaba llevar por lo que sentía. Tan honesto era con los demás como con sus propios sentimientos y no podía negar el estar dolido. Al salir de la ducha, poniéndose los pantalones y aún con la toalla sobre los hombros, sintió una mano en el hombro. Al volverse, Marco le sonreía con suavidad.

—¿Qué te ha pasado antes? —Se encogió de hombros.

—Pregúntale a Franz, quizás te puede explicar mejor a qué venía ese tono.

—No ha usado ningún tono —Jean le miró a los ojos, enfadado. Marco tragó saliva—, Jean, has sido tú el que ha comenzado a hablar de manera agresiva.

—Y no tienes ni idea de por qué puede ser, ¿no? Eres muy listo para lo que te conviene.

—Eh, no me merezco que me hables así —Se puso la camisa, sin mirarle y recogiendo su ropa sucia.

—Ni yo me merezco que un “amigo” —encogió el índice y el corazón de ambas manos un par de veces al remarcar la palabra—, tuyo me hable con ese desprecio y me mire con esa chulería.

—¿Por qué haces eso? Es mi amigo. Me ha apoyado mucho.

—De eso no me cabe duda…

—Jean —Le agarró del brazo cuando salía de las duchas sin esperarle—, ¡Jean! ¿Estás celoso? —Se frenó en seco, mirándole a los ojos, sintiendo la rabia dominarle—, es solo mi amigo.

—No. No lo es. Un amigo no te mira así, ni te hace reír como te ríes con él. Así te reías solo conmigo, no con un amigo. Y aunque tú no quisieras nada créeme que él sí lo quiere.

—¿Y qué si es verdad? —Jean alzó las cejas—, yo no quiero nada con él, no me interesa.

—Lo siento pero me cuesta creerlo al veros hablar de esa manera.

Se dio la vuelta, ignorando a Marco porque se sentía verdaderamente mal. Sin embargo, su novio era persistente. Le acompañó hasta los dormitorios donde soltó su ropa, saliendo con él hacia el exterior, en silencio pero caminando a su altura.

—¿Puedes darme un momento a solas? —Le pidió.

—No —Jean chasqueó la lengua, sentándose a la sombra de un árbol—. Te he echado demasiado de menos y el tiempo que pueda pasar a tu lado voy a aprovecharlo.

—Me sorprende que estando tan bien acompañado me hayas echado de menos.

—Deja de comportarte como un capullo —Jean le miró a los ojos con los brazos cruzados sobre las rodillas.

—Ese tío liga contigo. Le sigues el juego. Y cuando se entera de que yo soy Jean, que está claro que sabe que soy tu novio, me mira con desprecio creyéndose más que yo. No sé muy bien quién está siendo el capullo, si yo por molestarme por algo que es ofensivo o tú por permitir que todo esto ocurra.

—Tú, por descontado —Le sonreía, no se podía creer que estuviera sonriendo—, ¿sabes lo que me ha dicho cuando te has ido? —No le contestó, mirándole enfurecido—, que comprende perfectamente que no pare de hablar de ti porque estás, y no son mis palabras, “para reventarte toda la noche contra una pared”.

—Vete a la mierda, Marco.

—¿No me crees?

—¡La expresión que puso no fue atracción! ¡Fue de sorpresa y su sonrisita fue insultante!

—Así te lo has tomado, pero no coincide con la realidad. Jean…, ¿y si mañana aparece otro titán y morimos? ¿De verdad vamos a perder el tiempo con esta estupidez?

—No me gusta nada ese tío.

—A mí me recuerda muchísimo a ti. 

—¡Después de ese comentario no pretendas que me sienta mejor!

—Lo que quiero decirte es que no es mala persona. Dice las cosas como las siente y le vienen, y es un poco chulo. Como tú. Me hace pensar en ti.

—Oh, qué bien, ¿es mi reemplazo cuando no estoy? —Sabía que tenía que callarse, pero le perdía la boca—. ¿Le buscas cuando te pica? ¿A él sí se la puedes meter en seco? —Ahora era el ceño de Marco el que se fruncía.

—¿Sabes? Quizás sí que necesitas pasar un rato a solas —Se levantó sin siquiera alzar la voz—. Me has hecho daño con esas palabras, espero que seas consciente de ello.

Se alejó de su lado, caminando hacia los edificios sin volverse atrás. Sabía que se había pasado pero también sabía que tenía cierta parte de razón. Todo el tiempo libre que pudiera pasar siendo policía militar podría estar con ese tío. Podría llegar a tener una complicidad con él mayor que la que compartían. Quizás para Marco su relación no significaba lo mismo. Quizás él no era su motivación para salir adelante sino simplemente “su novio”. Se sentía cansado. Triste. Necesitaba escuchar de los labios de Marco que todo era un error y que le amaba por encima de todas las cosas. Sin embargo permaneció allí horas, sabiendo que tenía que disculparse pero intentando averiguar la manera de que le llegasen sus temores y sospechas. La angustia y presión de su pecho volvieron a dominarle, recordándole lo que era vivir sin él. No podía estar sin él. No de nuevo. No le daba la impresión de poder sobrevivir a ello. Se levantó con el corazón en un puño, entrando en el comedor para darse cuenta de que apenas había nadie. ¿Tan tarde es? Caminó por las habitaciones sin dar con él, preguntando, pero nadie sabía nada. Quizás se había marchado a la muralla Sina, desde luego era lo que se merecía. Se acuclilló en el suelo fuera del recinto, odiándose por haber sido tan impetuoso, chasqueando la lengua con los brazos apoyados en las rodillas y la boca en ellos.

—¿Jean? —Franz se acercaba a él con los demás de la policía militar. 

—Déjame en paz, ni me hables.

—No sé qué ha pasado entre vosotros pero Mar—

—No te hagas el tonto —Se puso en pie, acercándose y volcando toda su rabia—, lo sabes perfectamente. Hay muchísimos hombres dentro de las murallas pero tú —Le dio un manotazo en la parte delantera del hombro, empujándole y caminando hacia él, arrinconandolo contra la pared—, tienes que ir a fijarte en el que tiene pareja. Tienes que ir a meterte donde no te llaman, jodiendo, y lo peor es que lo haces en mi puta cara porque no me creo que no nos vieras darnos la mano por encima de la mesa.

—Marco me ha dicho que eras impulsivo pero esto es…

—Sí, supongo que has tenido mucho tiempo para hablar con él mientras que yo luchaba por que no me matasen ahí fuera los titanes y aquí dentro los hijos de puta del rey. Qué valiente eres y qué importante te sabes desde la protección de las murallas.

—Te estás confundiendo…

—¡Un día! —Dio con el puño en la ventana de madera junto a la cabeza de ese imbécil que le miraba entre el susto y la sorpresa—, ¡¡un puto día te dejaba yo ahí fuera temiendo por tu vida!! ¡Pensando en lo que dejas dentro! ¡¡En un sin vivir porque la única paz que te queda está en los muros y que si sigues adelante es por luchar para que esté a salvo!! —Le agarró del cuello de la camisa, dejando fluir la rabia—. ¡UN PUTO DÍA DE MI VIDA ECHANDO DE MENOS A MARCO COMO YO LO HAGO Y NI SE TE PASARÍA POR LA CABEZA METERTE EN MEDIO!

—Ey, ey, ey, Jean, tranquilo —Entre Eren y Connie le separaron de ese tipo. No se dio cuenta de que lloraba hasta que la furia comenzó a disminuir.

—Pero es que estás equivocado… —Volvió a repetir apoyado contra el muro, impresionado.

Se soltó de sus amigos y casi se le sale el corazón por la boca al escuchar el débil susurro de Marco a su derecha, diciendo su nombre. No podía mirarle. Necesitaba mirarle pero la vergüenza no le dejaba. Se dio la vuelta caminando hacia el interior del edificio de manera apresurada, intentando encerrarse en el primer lugar que encontró vacío. Al ir a cerrar la puerta fue impulsado hacia atrás por alguien que la abrió bruscamente. Marco le abrazó por la cintura, hundiendo la cara en su cuello, apretándole.

—Eres imbécil —Susurró—, eres idiota, Jean —Sintió las ganas de llorar atascadas en la garganta.

—Te quiero —No era lo que tenía planeado decir, pero fue lo que le salió, llevándose una mano a los ojos.

—Jean… —Se incorporó, pretendiendo apartarle la mano. Se alejó un paso de él.

—Sé sincero, no me mientas Marco —Al mirarle le vio asentir con sus redondos ojos abiertos de par en par—, ¿te gusta ese tío? ¿has tonteado con él?

—No y no. Él ha intentado tontear conmigo, pero le ignoro. Te quiero a ti, solo pienso en ti —Lloró con más fuerza, sintiéndose avergonzado ante sus sinceras palabras, siempre me gana con esa voz tan dulce, joder—. Abrázame de una vez —Chasqueó la lengua, rodeando sus hombros, oliendo su pelo intensamente.

—No me dejes, no puedo… Marco…

—Jean, eh —Subió las manos poniéndolas en sus húmedas mejillas—, lo último que haría en esta vida sería dejarte. Antes me meto en la boca de un titán.

—¿De verdad no te gusta Franz?

—Ya te lo he dicho, solo te amo a ti.

—Pero él está cuando yo no estoy.

—¿Y qué? También lo está Erwin que a pesar de ser manco está más bueno y no me tiro a buscar su amor.

—Estoy hablando en serio…

—No te angusties por esto —Le obligaba a mirarle a los ojos a pesar de sentir que no era digno de tan buen trato después de como se había portado. Adoraba sus ojos color café, su nariz respingona, sus pecas, dios cómo amo sus pecas—, no pasa un día que no piense o hable de ti. Precisamente a Franz le tengo frito. Tenía muchas ganas de conocerte.

—Sigo sin entender esa actitud que tiene contigo…

—La tiene con todo el mundo, te darás cuenta mañana cuando seas otra vez una persona razonable y habléis —Dejó caer la cabeza en su hombro, avergonzado y sintiendo sus caricias en el pelo—. Jean, odio los celos. No traen nada bueno. Y ser posesivo menos aún.

—No soy posesivo, es que… no te das cuenta de lo precioso que eres y lo fácil que es enamorarse de ti.

—Oh, gracias —Notó la vergüenza en su voz—, pero aunque eso sea cierto, intenta superar los celos. Solo me interesas tú. No le hagas daño de esta manera a la relación.

—Lo siento, lo siento muchísimo. Supongo que me ha podido el miedo.

—No lo tengas. Peor es ponerse delante de un titán y es tu trabajo —Le achuchó un poco más fuerte—, ¿quieres dormir? Tienes que estar reventado.

Asintió sin levantar la cabeza. Marco le llevó a los dormitorios comunes, a esas camas que compartieron lo que ahora parecía hace una eternidad. Se acostaron sin decir nada más, Jean en sus brazos, cayendo rendido al cansancio y al fin en paz.

 

 

6

Despertarse con sus caricias en la mejilla fue el mejor sentimiento que tuvo en muchísimo tiempo. Se dejó hacer sin abrir los ojos durante un buen rato en el que Marco parecía no cansarse. Le tocaba el pelo, le besaba los dedos, sentía los suspiros cerca de su boca. Con los ojos cerrados puso morritos, escuchándole reír suavemente.

—Buenos días dormilón —susurró justo antes de besarle en los labios con ternura.

—Y tan buenos… —Le pasó el brazo por la cintura, tumbandose sobre su pecho desnudo, aumentando la intensidad y pasión de los besos.

—Jean, siguen todos durmiendo ahí al lado. Y todas —Abrió los ojos y casi se le sale el corazón del pecho. Le sonreía con timidez y ese flequillo suyo completamente despeinado.

—Aham, bien por ellos —Se rió nervioso cuando le besó el cuello, metiendo una mano por dentro de su pantalón para apretarle el culo.

—Jeaaan —Le riñó entre sonrisas, sin apartarle, abriéndose de piernas. Notó su erección rozar la suya a través de los calzoncillos.

—Ssshh… Marco —Jean dejó de besarle para mirarle el pecho y los hombros, llenos de pecas—, estás muy bueno. Creo que voy a desayunarte.

—No. Jean, hay luz, Jean —Le agarró del pelo cuando comenzó a repartir besos por su pecho, mirando hacia el lado, a sus compañeros—, Jean, ¡Jean! —Le gritó en susurros, alterado.

Se metió por debajo de las mantas, bajando hasta tener la pierna de Marco sobre su hombro izquierdo. El pecoso se giró en la cama, dándole la espalda a sus compañeros de habitación, tapándose también hasta la nariz. Murmuró un tembloroso “te odio” cuando, tras bajar su ropa interior, rozó con la punta de la lengua la circunferencia de su glande. Le acariciaba la espalda con el brazo que tenía bajo su pierna, aferrado a su miembro con la otra mano. Bajaba su boca por él, acompañando el movimiento descendente con una caricia de sus dedos, despacio pero firme.  De igual manera bajó la mano por su espalda, presionando entre las cachas de su culo con el dedo índice. Marco adelantó las caderas hacia él, respirando solo una vez con fuerza por la nariz. Escuchó que se abría la puerta de la habitación y sintió los dedos de su novio tirarle del pelo, golpeándole el hombro repetidas veces. Su reacción fue tragársela hasta donde pudo, apretando el dedo a su cuerpo.

—Marco, nos vamos —Jean de la sacó de la boca, resoplando exasperado por la nariz al escuchar la voz de Franz.

—S-sí, sí, vale —respondió él—, yo me quedo unos días más.

—¿Has pedido permiso? —Chasqueó la lengua, subiendo por la cama para sacar la cabeza por las sábanas.

—Si no te importa estamos un poco ocupados —Con el rabillo del ojo vio a Marco llevarse las manos a la cara, encogiéndose y dándole la espalda a Franz.

—Oh, ¡Oh! Lo siento… —Jean le siguió con la mirada, observando cómo se alejaba con una sonrisa asquerosa en la cara.

—No te gusta nada ese chaval, ¿eh? —Le dijo Eren medio dormido, rascándose  a la cabeza. Jean le miró, alzando una ceja.

—Eres mi mejor amigo a su lado —Le hizo reír. Hacía muchísimo que no veía a Eren reír. Y al reír él también sonrió Mikasa, y Armin a una cama de distancia. Suspiró fastidiado, tumbandose junto a un coloradisimo Marco—, los ha despertado a todos.

—No vuelvas a hacer algo así, casi me muero.

—¿Lo dices por lo de comértela en público o por hablarle mal?

—Jean, por favor —Volvió a meter la cara entre las manos. Jean le abrazó por los hombros entre risitas, besándole el pelo.

—¿De verdad tienes permiso para quedarte? —Marco alzó los ojos con culpabilidad.

—No realmente, pero puedo usar la excusa de haber ido a curarme las heridas.

—No te busques un problema. No me voy a ir de aquí en un tiempo, ve a hacer lo que tengas que hacer y nos vemos esta noche. De todas maneras probablemente Levi nos tenga ocupados —Su gesto fastidiado, sacando el labio, le hizo sonreír atontado—. Pero deja de ser tan adorable o me voy a arrepentir de lo que te estoy diciendo.

—Arrepiéntete, no quiero irme…

—Venga, arriba, o no hacemos nada. Y hay una reina que coronar, vas a tener faena ahí dentro.

Se incorporó y se estiró, riéndose cuando Marco le pasó un brazo por la cintura, quejándose y hundiendo la cara en la almohada. Se vistieron con sus respectivos uniformes, bostezando con el resto de compañeros. Al salir de la habitación se encontraron con Franz, que esperaba apoyado en la pared frente a la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa. Jean le miró suspirando.

—Siento mucho haber interrumpido antes —Se disculpó.

—No pasa nada, no ha sido con mala intención —dijo Marco con una de sus conciliadoras sonrisas. Jean esperaba de brazos cruzados, mirando al final del pasillo, a ninguna parte en concreto pero con el oído atento a la conversación.

—¿Desayunamos aquí o en Sina? Sí nos quedamos tendremos que pagar nosotros el transporte.

—No, vámonos con el grupo. Oye —Sintió la mano de Marco en la suya—, te veo esta noche. Vengo yo.

—Vale. Ten cuidado —Se la apretó, alzando la otra para acariciar su mejilla derecha al verle sonreír.

—Que no te coma nadie —Se acercó a él y le dio un corto beso en los labios.

—Solo tú —Pasó la mano de su mejilla a su nuca, devolviéndole el beso con más pasión, sintiendo los dedos de Marco tirarle de la chaqueta al pasarle despacio la lengua bajo la suya, en una lenta caricia por encima antes de morderle el labio inferior.

—Jean, que estamos en la pasillo… —Le volvió a mirar a la cara.

—Te quiero —Marco pareció derretirse allí mismo.  Jean se lamió los labios, pellizcandole la barbilla—, y te quiero comer entero… —El pecoso hizo un ruidito con la garganta, llevándose una mano a los labios con una risa tímida.

—Qué tonto eres… —Murmuró Marco, derritiéndole. Franz se rió suavemente.

—Muy tímido te muestras tú para lo que me hiciste ayer —Le dijo alejándose, en voz alta—, ¿ya no te acuerdas? En el almacén de—

—¡¡JEAN!! —Marco miró a su alrededor, colorado como nunca. Jean se marchó riéndose.

Se pasó toda la mañana, medio día, y tarde repitiendo el mismo mantra “unas horas más y le veo”. No era solo su novio, era su desconexión del mundo, su paz. El único lugar donde se encontraba completamente a salvo y donde podía ser él mismo eran sus brazos. Y no sabía de qué tenía más ganas, si de abrazarle o ser abrazado. Tocarle. Necesitaba su contacto y sus sonrisas. Soñando despierto se le pasaban las horas, en su mundo, sin hacerle mucho caso a nadie más que a los superiores cuando daban órdenes. Al volver a los cuarteles comenzó a ver chaquetas de la policía militar. Sabiendo que Marco iba a ir a verle y que los transportes procedentes de Sina no eran muchos, supuso que ya rondaría por allí. El primer lugar al que se acercó fue a los dormitorios. La puerta estaba entreabierta y le llegaban voces del interior.

—¿Él solo? —La voz asombrada de Franz le molestó más de lo que esperaba.

—No, Eren también fue a por ella —Al escuchar a Marco esperó unos segundos fuera. Quería saber cómo se comportaba ese imbécil con Marco al estar a solas—. Curiosamente se llevan fatal, pero es por puro orgullo. Si se parasen a hablar verían el uno las cualidades del otro.

—¿Se lo has planteado? Ya más que nada por vuestra convivencia.

—No. Jean es muy cabezota y además siempre se deja llevar por lo que siente, sea bueno o malo —Se enderezó al darse cuenta de que él era el tema de conversación—. Por eso mismo se mete en problemas y a la vez es muy heroico. Siempre es el primero en tirarse a ayudar, aunque se queje.

—No solo le quieres, le admiras. Se te ve en los ojos.

—¿¡Eh?! Bueno —A pesar de no verle pudo imaginar con todo detalle su sonrisa tímida—, sí. Es digno de admirar.

—Me da tanta envidia cuando os veo juntos… Se nota el amor entre vosotros, la química, lo bien que os lleváis.

—Hemos vivido y dormido juntos tres años seguidos, supongo que eso une mucho. Ha sido mi apoyo y quiero pensar que yo el suyo.

—Si no fueras importante para él no me habría gritado de esa manera que, wow, te doy la razón, enfadado es mucho más sexy.

—Te lo dije. Nunca sé dónde meterme cuando se pone chulo, me pongo muy nervioso —escuchó sus risas y sonrió—, pero más que eso es su amistad. El saber que le tengo y siempre le voy a tener. Que además de ser mi novio sea mi mejor amigo es algo… es inexplicable.

—Ojalá encuentre yo eso algún día…

—No somos muchos en las murallas pero alguien habrá, no desanimes.

—¿No tienes un hermano o algo? —Marco se rió alegre.

—Ya sabes que no… y Jean tampoco, antes de que preguntes.

—Vaya hombre… —Empujó la puerta suspirando, intentando cambiar la mentalidad hacia ese tipo, procurando ser amable—, ¡hablando del diablo! —Le saludó con un movimiento de cabeza, soltando la chaqueta en la cama, desenganchandose las correas superiores.

—Te esperaba más tarde —Marco se puso en pie, ayudándole a quitarse el equipo, dándole un beso en la mejilla desde atrás, sacándole una sonrisa.

—¿Os han hecho trabajar mucho?

—Van a hacer una investigación a toda la policía militar con interrogatorios y toda la parafernalia. Nos han estado informando.

—Normal, estaba podrida —Franz se levantó, aún irritandole con su perfecta sonrisa—, voy a casa de mis padres, ¿nos vemos mañana para volver, Marco?

—Sí, hasta mañana.

—Hasta luego, Jean —Le volvió a despedir con un movimiento de cabeza. Una vez salió, Marco suspiró.

—Al menos ahora le miras —Recogió las correas, dejándolas a un lado—, ¿vas a ducharte?

—Sí. Ve al comedor mientras si quieres.

—¿Todo bien? —Jean le empujó, haciéndole caminar de espaldas hasta la pared con las manos en sus hombros. Las deslizó hasta su cuello mirando ligeramente hacia arriba, tirando de él, besándole despacio pero de manera intensa. Marco aspiró por la sorpresa, dejando salir un diminuto gemido al soltar el aire por la nariz, pasándole las manos por la espalda.

—Ahora sí —Pegó el pecho y las caderas a las suyas, mordiéndose el labio al sentir como le apretaba el culo.

—No puedo estar pensando en ti todo el día, no trabajo bien… —hablaban entre besos, lametones y mordisquitos. Y algún que otro refregón.

—Bueno, ya somos dos. Tienes que ir pensando dónde nos vamos a meter esta noche porque de hoy no pasa q—

—Ya lo he pensado. Déjamelo a mí —Marco le separó las piernas metiendo la suya en medio, propiciando los refregones. Jean le quitó los dos primeros botones de la camisa blanca, besando su pecho.

—Qué ganas tengo de ver las pecas que nunca veo… —murmuró contra su piel, frotando su entrepierna con el muslo de su jadeante novio. La puerta abriéndose y un escandaloso bostezo de Sasha les hizo separarse, no lo suficiente para dejar de ser sospechoso pero sí para que no apreciaran el calentón del momento.

—Perdón chicos —Se disculpó ella desabrochándose correas mientras Marco se abrochaba botones.

—Muy público, demasiado, buscáos una habitación —Protestó Connie.

—Me voy a la ducha, ahora te veo —Marco asintió, respirando hondo, sentándose en una cama.

Caminó con una incómoda erección hasta las duchas, dándose prisa por acabar e ir a cenar con su novio y los demás. Marco le esperaba en la puerta del comedor a solas, pasándole la mano por la espalda en cuanto le tuvo cerca. Se sentaron con el grupo, conversando sobre todos los preparativos que se llevarían a cabo para la coronación de Historia y sobre lo raro que resultaba que su amiga fuese la reina. Eren llegó más tarde, molido por haber tenido una reunión especial con Levy, Hanji y Erwin. Ni quiso, ni pudo decir nada.

—Hasta que no coronen a Historia y Erwin no se recupere del todo, no vamos a ir a ninguna parte —Fue la única información que dio.

—Eso me relaja un poco —dijo Sasha—, un poco de paz, por favor.

—Sí, antes de la tormenta. Recuperar esa muralla no va a ser fácil, no es mover una piedra. Si Eren no controla el endurecimiento no podremos hacer nada —Marco le dio un codazo bajo la mesa. Jean le miró y le vio negar con la cabeza. Eren sostenía su cubierto con la mandíbula apretada, Mikasa y Armin le observaban preocupados—, pero supongo que con lo cabezota y persistente que eres al final lo conseguirás.

—Claro que sí, no te preocupes. Si algo tiene es determinación —Eren alzó la vista, cambiando la expresión, asintiendo. Su ojos verdes se deslizaron por la mano de Marco.

—¿Qué te ha pasado? —Le dijo señalándole. Marco escondió la mano bajo la mesa, esbozando una sonrisa tensa.

—Es una quemadura, no es nada…

—¿Cuándo te has hecho eso? No la recuerdo de antes…

—¿Sabes lo que es ser prudente? —Le soltó Jean al ver aumentar su incomodidad—, no es un tema para tratar ahora.

—Solo pregun—

—Ya, bueno, para él no es solo una pregunta casual —Si bien era cierto que su relación con Eren había mejorado, en ocasiones recordaba qué era eso que tanto le enfurecía. Marco volvió a advertirle con un tirón de su pantalón.

—No pasa nada, está bien Jean, no te pongas así —Miró a Eren y subió la mano de vuelta a la mesa—, caí en las brasas de una chimenea y calaron la ropa. No me dio tiempo a quitármela por el equipo de maniobras y bueno…

—La marca del héroe —dijo Sasha.

—Del torpe, más bien —rió él. Cuando los demás comenzaron a charlar entre ellos, le miró al rostro y se lamió los labios—, ¿vamos a dar una vuelta? —Jean asintió, levantándose con él. Marco le sacó del edificio de la mano.

—¿Dónde me llevas a esta hora? —Le preguntó, aún fastidiado.

—Deberías hablar con Eren más a menudo.

—No nos llevamos tan mal ya, ha sido una cosa puntual. No me hace especial ilusión estrechar lazos con él.

—No voy por ahí, no me estás entendiendo —Miró a su novio a los ojos—, quizás es más efectivo que llame a Franz —El comentario le molestó profundamente.

—¿¡A qué viene hablar de este tío ahora?! —Marco le metió entre dos casas, con las manos en su cintura. Al ver de nuevo la oscuridad en su mirada se le encendió la bombilla—, ¿estás cachondo?

—Tu culpa es —dijo apretando sus cálidos y gruesos labios a los suyos—, no puedes pegarme contra la pared de esa manera y decirme las cosas que me dices para después irte a la ducha tan tranquilo.

—Imbécil… —Subió las manos hasta su pelo negro, empujándole contra la pared de la casa de enfrente—, si sigues provocándome así luego soy yo el que te da caña y al final no vas a tener nunca lo que quieres.

—Contigo siempre tengo lo que quiero —Le abrazaba por la cintura con fuerza, él apretaba sus caderas hacia adelante, frotándose, dispuesto a darle lo que le pidiera.

—¿Me tientas para que me enfade porque te pone cachondo? —susurró un débil lo siento, respirando hondo al sentir la lengua de Jean correr de lado a lado por su boca. Le agarró de la mandíbula pegándole la cabeza a la pared. Pasó la palma de la mano por su bragueta, haciéndole encogerse, metiéndola después en sus pantalones y calzoncillos con una sonrisilla—, ¿dónde vas con la polla tan dura?

—Shh, Jean, no hables tan fuerte —Tenía que sentirse incómodo al tener la erección pegada a la pierna, por lo que se la puso derecha, sonriendo ante sus jadeos y sus ojos entrecerrados.

—Deberíamos irnos, pero te veo muy cachondo para andar. Creo que voy a comertela.

—¿Aquí? —Marco abrió los ojos de par en par. Se lamió los labios ante la visión de su “inocente” aspecto. Jean acercó la boca a su oído.

—Aquí…

Se puso de rodillas, sacándosela de los calzoncillos y metiéndosela en la boca sin paciencia alguna. Él también estaba cachondo. Metió los brazos entre las piernas abiertas de Marco, agarrándole el trasero desde abajo, engulléndole con la lengua aplanada contra su carne dura y ardiente. Sus gemidos sonaban amortiguados, supuso por la presión de su mano porque la otra se aferraba bien fuerte a su pelo. Le acarició las cachas del culo sobre el pantalón, apretando con los dedos entre ellas. Marco echó las caderas hacia adelante, Jean se la chupó masturbándole, usando su boca y mano. No sabía lo cachondo que estaba hasta que no se la sacó él también del pantalón. Con tan solo dos o tres caricias se sintió al borde del orgasmo. El pecoso jadeó una sola vez, tirando de su cabeza con ambas manos, obligándole a tragar su esperma y casi ahogándole. Lo hizo con cierta dificultad pero sin poder evitarlo, encantado con los jadeos que le llegaban de arriba. Una vez se corrió se puso en pie. Marco intentó besarle, pero le puso de espaldas, bajándole el pantalón. Para su sorpresa, su novio tiró de las cachas de su culo, mostrándole la entrada, mirándole sobre su hombro.

—Me lo merezco por lo del otro día —dijo entre jadeos.

—¿Aquí en medio?

—Aquí…

No iba a entrar. Ambos lo sabían. Sin embargo se llenó la erección de saliva y apretó. Marco cerraba los ojos con fuerza, mordiéndose el labio. No podía decir que le gustase hacerle eso de esa manera, pero estaba tan cachondo y él tan dispuesto que se permitió perder la cabeza unos segundos. Volvió a escupir directamente en esa zona que presionaba en círculos, mordiéndose el labio al ver que conseguía meter el glande poco a poco. Sin embargo, al ver la expresión de su novio no pudo seguir. En su lugar le enderezó la espalda, colándola entre las cachas de su redondo culo. Lo apretaba con las manos, rozándose con ellas.

—Jean, ¿no quieres follarme?

—Sí, pero no así.  No haciéndote daño —Marco echó el brazo hacia atrás, sonriéndole cálidamente, tirando de su pelo para besarle.

—Te quiero tanto…

—Y yo a ti —Se corrió contra su mano y entre su culo, jadeándole en la boca un tembloroso te amo recogido por su lengua. La nariz de Marco le rozó la mejilla, recibiendo sus suaves besos en la cara conforme se recuperaba del orgasmo.

—¿Seguimos a donde íbamos o nos quedamos este callejón para nosotros? —Le preguntó con voz divertida.

—Vamos, vamos.

Se limpió la mano contra la pared, entre risas con un incómodo Marco que se subió los pantalones quejándose por tener el culo pringado. Jean se dejó llevar en ese paseo tranquilo, comenzando a sonreír al ver a dónde le llevaban sus pasos. Unos edificios de madera, iguales, frente a una amplia pista de tierra despertaron la nostalgia en su interior. Subieron los conocidos escalones de madera a sus antiguos barracones de reclutas. A uno en concreto. Marco le dejó pasar y cerró la puerta.

—Parece que hace años que no venimos y solo han pasado meses —dijo Jean, sonriendo al oler la habitación, rescatando recuerdos.

—Quítate los zapatos, vente —Se acercó a la que fue su litera doble, sonriente, subiendo por la escalerita tras quitarse los suyos en un segundo—, está tan silencioso…

—Sí —Una desagradable punzada de dolor se apoderó de su pecho al recordar a todos los compañeros perdidos por una causa u otra. Sin embargo apartó el pensamiento con rapidez, sonriendo al ver que Marco se quitaba los pantalones y camisa. Casi por inercia, tiró de sus zapatos con los talones al subir a la litera de arriba, como solía hacer—, ¿vamos a dormir aquí?

—¡Claro! Venga, metete en tu cama —Su sonrisa alegre y estar ahí dentro en las camas de sábanas blancas, le hizo recordar tiempos más felices y tranquilos, haciéndole sentir de igual manera—, me pone nervioso verte ahí —dijo entre risitas.

—¿Nervioso? ¿Por qué? —Encendió la lamparita de gas que quedaba justo junto a su cama. Se apoyó en la almohada con un codo, dejando caer la cara en la mano, mirándole como hizo tantas noches.

—Me he pegado casi tres años nervioso cada vez que charlábamos, no me terminaba de acostumbrar a tenerte tan cerca. Y ahora es raro, es como volver a sentir lo mismo —Apretó las sábanas, mirándole con un brillo especial en sus ojos, ilusionado—, siempre soñé con que un día me dijeses que te gustaba, pero me quedé con las ganas.

—¿Te gustaría vivirlo? —Le iba a seguir el juego. Se volvió a bajar de la cama y salió del barracón, entrando unos segundos después, fingiendo un bostezo. Se subió como solía hacerlo, dándole en la nariz con un dedo—. Hola tú. ¡Estoy molido! Menuda paliza de entrenamiento…

—No te sobresfuerces Jean, mañana tenemos que seguir entrenando.

—Llevas razón. Gracias —Le miró a los ojos. La sensación era extraña porque a pesar de haber vivido tanto con él, sí que se sentía como antes—. Siempre has sido el único con el que he podido hablar de mis cosas con tranquilidad —Se dejó caer en la almohada, tapándose como él—, creo que eres mi único amigo de verdad.

—Tú también lo eres, mi mejor amigo —Marco apretaba los labios. Se comenzaba a sonrojar el muy idiota.

—Pero… no sé, últimamente, cuando entrenamos con Eren y los demás… —Marco se rió tontamente, tapándose la cara con la sábana—, déjame verte —La apartó, para encontrarse con un sonrojo brillante en sus mejillas pecosas—. Últimamente me da la impresión de sentir algo más. Marco —Cuando le cogió la mano dio un respingo, totalmente metido en situación—, creo que me gustas.

—Oh —No paraba de reirse como un idiota, con la otra mano apretada contra su pecho y los ojos brillantes de ilusión.

—¿Quieres salir conmigo? —Marco hizo un ruidito agudo parecido a “hmmmngggnmm” pegando la cara a la almohada y haciéndole reír.

Le miró despeinado y sonrojado, guapísimo, asintiendo. Joder, me va a dar un puto infarto. Jean se inclinó sobre él, besándole tímidamente los labios, muy despacio, apretando su mano. Marco le tocó el hombro con su otra mano, sonriendo sin poder evitarlo.

—Estoy muy, muy nervioso, mira —Le acercó la mano al pecho donde el corazón le latía desbocado.

—¿De verdad eres tan tonto? —Apoyó la frente en la suya, riéndose.

—Me había imaginado esto tantas veces que experimentarlo ha sido demasiado para mí. Gracias.

—Es como debería haber ocurrido —Se miraban muy cerca, sosteniéndose las manos—, he sido un idiota.

—Quizás, pero me gusta mucho  poder vivir esto contigo ahora y de esta manera.

—¿Dormimos? —Asintió.

—¿Me abrazas?

Marco se dio la vuelta en la cama mientras Jean apagaba la luz. Le pasó la mano por la cintura, subiéndola a su pecho, tapándose con su misma sábana, encajando las piernas en las suyas y sucumbiendo a su calor, a su respiración pausada y a los, ahora sí, tranquilos latidos de su corazón contra la palma de su mano.

Los largos dedos de Marco enganchándose en su ropa interior fue lo que le despertó. Estaba de espaldas a él y al abrir los ojos la luz anaranjada del amanecer iluminaba el dormitorio. Giró la cara, adormilado pero sonriente. La boca de Marco no tardó en encontrarle, cálida como todo su cuerpo. El sabor de Marco. El olor de Marco. Le bajó los calzoncillos hasta las rodillas, pasando después una mano tras sus muslos y la otra por su estómago. Adoraba el contacto de su piel. La bajó hasta su erección mañanera, acariciándole despacio, despertándole un poco más. Entonces fue consciente.

Le iba a hacer el amor.

Y él deseaba hacerlo. Deseaba sentirle.

Se encontraba relajado, seguro y sin duda excitado ante sus caricias. Marco alejó su mano tras pellizcarle un pezón de manera juguetona, estirándola hacia la litera contigua, agarrando un bote de cristal sin etiqueta.

—¿Qué es esto? —Jean le abrió la tapa al ver que era incapaz de apañarse con una sola mano.

—Glicerina. Nos va a echar una mano.

—¿De dónde la has sacado?

—La madre de Franz es farmacéutica, le pregunté por un lubricante natural y…

—Oh…

Gracias, Franz. Marco se llenó varios dedos de la sustancia, llevándolos hasta su trasero. Le notaba mucho más calmado que las otras veces y sin embargo, de tanto en tanto, la dureza de su erección se frotaba contra sus riñones. Cerró los ojos, dejándose llevar, sintiendo. Sus dedos comenzaron a estimularle despacio desde fuera, en caricias acompañadas de pequeños mordiscos al lóbulo de su oreja y cuello. La sensación era maravillosa, agradable, quería más. Un cosquilleo en su interior le hizo gemir perezoso cuando metió un dedo de una manera mucho más suave ahora que contaban con la glicerina. No le molestaba en absoluto, de hecho le disgustaría que cesara ese contacto. Marco dejó de acariciarle la que ya se alzaba como una completa erección para centrarse en sus pezones, rodeandolos con los dedos, apretandolos con cuidado. Notaba su aliento caliente en la nuca, su boca húmeda llenarle de besos y marcas. Echó un brazo hacia atrás, acariciándole y apretándole el culo, lo que pareció encenderle, metiéndole un segundo dedo. Los débiles ruiditos de Marco le provocó una mordida excitada de labio. El cosquilleo aumentó, Jean sonrió ante la grata sensación, comenzando a sentir cierta urgencia por tenerle dentro, anticipándose a lo que iba a ocurrir con una creciente excitación que ardía en su vientre. Le abría moviendo los dedos en círculos, preparándole. Sin sacar los dedos de su cuerpo se colocó sobre él,  girándole hasta postrarle boca arriba en la cama, abriéndole las piernas, subiéndoselas hasta situar las corvas en sus fuertes antebrazos. Le observó: Sus negros cabellos se levantaban de cualquier manera dándole un aspecto adorable, lo que contrastaba de manera directa con una erección hinchada que quiso chupar hasta ponerle los ojos en blanco; sus manos le apretaban los muslos, clavándole unos dedos largos y fuertes en ellos; sus ojos, que acostumbraban a mirarle con ilusión, ahora se tornaban oscuros y cargados de un deseo salvaje; su pecho se alzaba con regularidad dominado por una agitada respiración; la cicatriz no mermaba su atractivo. Jean le acarició el pecho, los oblicuos, los huesos de sus caderas, pasando un dedo desde la base al glande de su erección. Encontró la abertura un poco húmeda y al mirarle a la cara se le clavaron sus ojos chocolate en los suyos. Su boca habló por él.

—Fóllame, Marco —Su novio juntó las cejas, inclinándose sobre él para besarle despacio, apasionado, tirándole del pelo de la nuca mientras sus dedos se perdían hasta los nudillos en su interior.

—Estás muy abierto, muchísimo más que otras veces, ¿por qué?

—Te deseo. Mucho —Jean le acarició las mejillas, observándole cerrar los ojos con un profundo suspiro.

Marco se incorporó, llenándose la erección de lubricante, poniendo una cantidad generosa en su glande. Apoyó una mano en su estómago y guió su firme y resbaladizo miembro entre sus nalgas. Le sintió presionar, Jean se mordió el labio. Alzó la vista hacia el rostro de Marco, concentrado, sonrojado, con los labios entreabiertos. A la misma vez que el pecoso cerró los ojos, abrumado por el placer, Jean sintió un intenso dolor que le irguió la espalda y le hizo quejarse en voz alta sin siquiera notarlo con ojos y dientes apretados. Pero Marco sí se dio cuenta, dejando de moverse. La sensación le resultaba demasiado intensa, tuvo que esperar un tiempo hasta que pudo soportarlo,  hasta que su interior se adaptó a la presión, dándole luz verde a su chico al asentirle , mirándole entre párpados pesados. Marco acarició su mejilla con la palma de la mano, pasando el pulgar por sus labios. Se lo besó. Se lo lamió. Le sentía entrar y salir en un lento vaivén, una, y otra, y otra vez. El dolor se difuminaba, convirtiendose en otra cosa, volviendo a ese cosquilleo inicial solo que ahora invadía sus caderas, su espalda, su estómago. Marco se posicionó en la cama de forma y manera que podía girar las caderas hacia arriba. Jean casi gritó abriendo los ojos de golpe al sentir su polla frotarse contra su próstata. Notaba cada centímetro, le rellenaba, le estimulaba. Era delicioso. Marco apretó sus muslos, entrando cada vez más, sin prisas pero sin pausa. Jean se agarraba a la almohada y la sábana, con la boca inevitablemente abierta, un hilo de saliva cayendo por la comisura. Ambos gemían en voz baja, respirando profundamente. Le sentía en su interior y la idea de su polla apresada contra su carne le excitó en exceso. Se vio obligado a controlar su respiración para no correrse y fue consciente en ese mismo momento, que Marco se encontraba en su misma situación. Los dos luchaban por retener el orgasmo, alargando el placer. Movió sus manos de sus muslos a sus caderas, gimiendo un poco más fuerte al enterrarla por completo en su interior. Tras unos segundos de adaptación en los que Jean arqueó la espalda de la cama, Marco probó a realizar un movimiento más extenso, sacando mucho para meterla por completo después.

—¿Bien? ¿Jean? —Asintió, con ojos cerrados, sintiendo esa presión deliciosa al frotar su próstata de esa manera tan brutal.

—Sí, vuelve a hacerlo —Levantó sus caderas, mordiéndose un dedo, esforzándose al máximo por no dejarse llevar y correrse.

—Tienes el pecho mojado, ¿te has corrido ya? —Abrió los ojos para darse cuenta de que era cierto, gotas de esperma le manchaban la piel.

—No, pero… —Le miró. Se mordió el dorso de la mano al ver perfectamente el miembro venoso y húmedo de Marco entrar y salir de él con fuerza. La estimulación visual fue demasiado. Eso y que su novio decidió acariciarsela—, me corro, me corro, Marco, Mmhhha…

Se le curvó la espalda, se agarró a la almohada y cerró los ojos ante el devastador e incontrolable, inesperado e imparable orgasmo que agitó su cuerpo. Marco redujo la potencia de su movimiento, centrándose en masturbarle y en que disfrutase del clímax. Jean gemía con la boca abierta y los ojos en blanco, sin contenerse, sometido a una sensación que jamás había experimentado, feliz de que hubiera sido con él. La aniquiladora intensidad que le dejó inmóvil fue disminuyendo, disipándose cada vez más las nubes que le nublaban la capacidad de pensar de manera coherente. Una vez fue capaz de controlar en cierta medida su cuerpo, le hizo salir de él empujando a su novio por los hombros, tumbándole boca arriba. Se situó sobre sus caderas, mordiéndose el labio ante la sobreestimulación que supuso volver a metersela. No era igual que antes, pero deseaba sentirle correrse dentro. Marco le apretó el culo con una mano, gimiendo ahora más descontrolado cuando Jean le lamió los dedos. Adoraba verle a sus pies, desamparado, presa del placer. Se inclinó sobre él, tirándole del flequillo azabache, lamiéndole el labio superior y moviéndose más bruscamente. Le molestaba un poco pero no importaba, el ver a Marco delirar lo compensaba. Sin duda, el pecoso se centraba ya en su propio placer, agarrándole de la cintura, posicionando su pies con firmeza en el colchón y golpeando las caderas de Jean con las suyas. El eco de sus gemidos en la habitación y de sus cuerpos chocando era tan excitante que sintió que podía seguir así toda la vida. Sin embargo, Marco tenía un límite. Comenzó a susurrar su nombre, sin descanso, contrayendo el rostro en un verdadero gesto de gozo, de delirio.

—Mírame a los ojos —Le pidió Jean. Marco los abrió a duras penas, apenas moviéndose, perdiendo el control de los músculos de sus piernas.

Fue tarea del rubio el seguir con su orgasmo. Pensó que iba a sentirle derramarse en su interior, pero debía estar algo entumecido porque lo único que sintió fue presión. Le besó la barbilla, la nariz, el cuello, la oreja, y su mejilla derecha tantas veces que perdió la cuenta. Marco jadeaba escandaloso, abrazándole por la cintura con fuerza, aún en su interior. Jean observaba su rostro sudoroso, ahora relajado y colorado, pasando las yemas de los dedos por sus pecas.

—¿Ha sido como imaginabas? —Le preguntó casi un minuto de caricias después, pasándole un dedo por sus cejas.

—Muchísimo mejor —Murmuró—, no sé cómo no me he corrido antes.

—Yo tampoco, mucho he tardado —Marco tiró de su nuca, obligándole a abrazarle.

—Quiero hacerlo otra vez. Muchas veces.

—Y yo quiero que me lo hagas, fuerte, y durar más. Me ha encantado tenerte dentro —Hundió la nariz en su cuello, en ese aroma que ahora le rodeaba y tanto echó de menos. Su olor favorito.

—Sigo dentro —Jean movió las caderas hacia arriba, expulsándole, quejándose al sentir su corrida resbalarle por el cuerpo.

—Me va a doler todo luego. Los riñones seguro.

—Jean… había pensado… —El rubio soltó su abrazo, apoyándose con el brazo en la cama sobre su cabeza, mirando su rostro y acariciándole la mandíbula. Las manos de Marco se deslizaban hasta sus omóplatos, bajando hasta los riñones—, ¿no deberíamos buscar un lugar para los dos? Un lugar al que ir por las noches cuando llegues de las patrullas y cuando yo acabe en el muro.

—Un lugar intermedio entre tu muralla y la mía. ¿Una casa? ¿Mudarnos juntos?

—Sí. Ojalá tener eso, un lugar solo para nosotros.

—Podemos buscarlo, si es que no nos comen antes —Marco se rió negando con la cabeza.

—A lo mejor Mikasa y Armin también son titanes y en una de estas que te descuides te desayunan.

—Mikasa vale pero, ¿Armin? —Resopló—, de imaginarme su titán me da hasta la risa.

—Sería adorable —Al verle reír de esa manera, las arruguitas junto a sus ojos, su corazón montón una fiesta.

—No tengo ni idea de lo que va a pasar. No sé si nos moriremos todos mañana, pasado, en un mes o en diez años, pero el tiempo que me quede, que sea contigo.

—Jean, es precioso lo que me acabas de decir.

—Lo sé —Le dijo subiendo una ceja.

—Idiota.

Se comieron a besos, se abrazaron con fuerza, dejaron a un lado sus obligaciones tan solo por un día, dedicándolo a ellos, olvidándose de comer y de nada que no fuese tocarse, besarse, sentirse el uno al otro. Volvieron a hacer el amor varias veces, parando solo de estar juntos para ir al servicio. Cuando aparecieron por la noche en el comedor, cansados y hambrientos, nadie hizo preguntas. Algunos se sonrieron, especialmente Franz que le susurró algo al oído a Marco, haciéndole reír y mandándole a callar. Pero las mayores risas vinieron de cuando Jean intentó levantarse de la silla en la que comió, llevándose la mano a los riñones, dolorido. Pudieron disfrutar de varias noches juntos, todas en la misma cama, todas con el mismo cariño y algunos días la misma pasión. Tras la coronación de Historia, anunciaron que Eren era capaz de controlar su nuevo poder, lo que no causó otra cosa que angustia y miedo en sus corazones. La última noche que pasaron juntos, tras hacer el amor de manera intensa, Marco sostuvo las manos de Jean con fuerza, besándolas sin descanso.

—Por favor, por favor, ten cuidado. Vuelve.

—No puedo prometerte nada, pero haré lo que esté en mi mano. De todas maneras soy un tipo con suerte, ya lo sabes —Le besó en los labios con dulzura—, nada más que hay que ver quién es mi novio.

—Te amo Jean.

—Y yo a ti, mi vida.

—Que no te coma Armin —dijo medio dormido, haciéndole reír.

—Esperemos que no.

Le abrazó sin saber, una vez más, si sería su última noche juntos. Pero esa era su vida y no estaba en su mano cambiarlo, al menos no de momento. Ya se vería lo que traería esa nueva incursión, lo que sacarían del puto sótano, cuántos volverían y qué ocurriría en las murallas entretanto. La sombra de Reiner y Bertolt seguía ahí. La sombra de una amenaza que desconocían no se desvanecía. Abrió los ojos intentando reducir su ansiedad, encontrando la paz en el rostro tranquilo de su durmiente novio. El rostro de Marco Bodt. Su vida. Su todo. Sonrió observándole en silencio, sin poder dormir, temoroso del día de mañana pero agradecido por haber vivido todo lo de esos años junto a él. Su amor. Lo que ocurriese de ese momento en adelante no estaba escrito. No aún. Suspiró, cerrando los ojos. Satisfecho porque jamás terminaría de agradecer, a quien fuese que tuviera que hacerlo, esa segunda oportunidad.

Yurio on fire!!!

Me ha llevado miles de años pero es que me ha salido el fan fic más largo que he hecho jamás. Son creo que más de 105 páginas. 43013 palabras. Un montón de sexo y adorabilidad por parte de mis dos personajes favoritos del anime Yuri on Ice!!! que no, no es un yaoi, es un spokon maravilloso y lo mejor que se ha hecho en mucho tiempo.

Si no lo habéis visto hay spoilers de toda la serie, así que aconsejo verla antes. Si os da igual o queréis leerlo de todas maneras, be my guest, pero la que avisa no es traidora.

PERSONAJES PRINCIPALES

Yurio (Yuri) Plisetsky, Rusia

(no confundir con Yuuri con dos u, que es el japonés),
también nombrado como Yura, Yuratchka, gatito, el hada rusa, o The Ice Tiger of Russia
La historia está escrita casi en su totalidad bajo su punto de vista.

 

Otabek Altin, Kazajistán

También conocido como Beka o DJ Altin.
Un muchacho muy apañado de Kazajistán.
MY LOVE ♥

 

Viktor Nikiforov, Rusia

También conocido como Vitya.
El “papá” simbólico de Yurio.
Un sex symbol demasiado adorable

Yuuri Katsuki, Japón

También conocido como cerdito, tazón de cerdo, katsudón, Porky, el nipón o el idiota.
El otro “papá” simbólico de Yurio.
Muy tonto pero muy bueno.
Y CALIENTE aunque no lo parezca.

PERSONAJES SECUNDARIOS

Christophe Giacometti, Suecia

Chris en el fic.
CHRIS = SEXO

Phichit Chulanont, Tailandia

Erase un hombre pegado a un teléfono

Jean Jaques Leroy, Canadá

King J.J. en el fic.
El único que de verdad es 100% hetero.

Entre ellos hablan en inglés, como es lógico, a excepción de Yurio, Otabek y Viktor, que comparten idioma, (en Kazajistán se hablan las dos lenguas de manera oficial, kazajo y ruso). Hay más personajes pero apenas tienen líneas, como la familia de Yuuri. En fin, que yo quería meter aquí el despertar sexual de Yurio pero al final con tanto detalle y recuerdo bonito y amoroso se me ha alargado. Cuando veáis una línea larga (_________…) significará que el siguiente texto es un recuerdo o un flashback que acabará con la siguiente línea. No os liéis.
Espero que no sea too much, que no sea repetitivo y que os guste.
Pero sobre todo espero que disfrutéis leyendo tanto como yo escribiendo

 

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1

Se escapó como pudo de los fotógrafos, su entrenador, y las felicitaciones. Corría casi al límite hacia los servicios de los patinadores. Empujó la puerta con la mano abalanzándose sobre el retrete blanco pegado a la pared. Se la sacó de los pantalones de baile intentando no mearse encima y dejó escapar un suspiro de alivio tan pronto comenzó a vaciar la vejiga. Un quejido vino de su espalda. Un lamento que le era familiar, ya que unos años antes lo había oído. Y en ese mismo cubículo, solo que ahora no paraba. Llorar con un resultado tan bueno es una exageración de drama queen, cerdito. Se subió la cremallera, caminando hasta el cubículo contiguo y trepando sobre el retrete. Ese imbécil lloraba llamando a Viktor, que no podía estar más orgulloso de él. Joder, habéis bailado juntos y más de una vez… Pensaba gritarselo pero al asomarse por encima de la pared del retrete se quedó sin habla.

Yuuri no estaba llorando. Yuuri tenía una mano contra su boca y la otra hundida en el pelo de Viktor, que de rodillas en el suelo chupaba despacio la erección de ese inútil. No podía apartar la mirada de los sucios ojos de su ídolo al mirar a Yuuri, de sus labios en torno a su miembro y de sus mejillas sonrojadas. Además, la mano de Viktor se movía entre las piernas del idiota, con fuerza, haciendo que a este se le torcieran las gafas en un temblor.

—Te he dicho muchas veces que después de sudar no… —Se quejó Yuuri. Viktor dejo de chuparsela con una succión sonora.

—Y yo te he dicho que me encanta como hueles y sabes después de una actuación —Se sacó algo del bolsillo mientras besaba intensamente a su prometido—. No puedo esperar a llegar al hotel.

—No, no vas a darme por cu—

—Me merezco una compensación.

Los nudillos de Yurio se volvieron blancos de la fuerza con la que se aferraba al borde del cubículo, sin perder detalle. Viktor cogió a su tembloroso amante en brazos, cambiando sitios, sentándose en el retrete aún con la gabardina puesta. Una erección gloriosa desapareció de su vista en cuanto se colocó a Yuuri encima. El miembro del japonés no era la gran cosa, ya lo había visto antes en las termas, pero Viktor lo acariciaba como su tesoro más preciado. Le agarró del trasero, abriéndoselo, dejándole caer sobre su cuerpo. Yuuri le rodeó los hombros con los brazos, sofocando sus gemidos contra el hueco de la parte interior de su codo. Viktor se mordía el labio, con los ojos cerrados y alzando las caderas en un suave vaivén, muchas veces y muy despacio.

—¿Bien? ¿Yuuri? —Le preguntó con ternura. Como respuesta, este se levantó, apoyando las manos en la pared sobre la que Yurio se asomaba.

—Estoy incómodo, ven aquí —Viktor se puso en pie, sosteniéndosela y entrando de nuevo en el chico, que le ofrecía el trasero mirando sobre su hombro con los labios entreabiertos.

En esa nueva postura, Yurio lo veía todo. Veía cómo Viktor le separaba las cachas del culo para tener una mejor perspectiva de cómo se la metía, cómo los dedos de Yuuri se doblaban apretados a la pared susurrando que le diese más, cómo era penetrado lentamente, el gesto de Viktor al metérsela hasta el fondo. Yuuri susurró un delirante “follame, follame fuerte” y a partir de ahí todo lo que salió entre sus labios resultó un farfulleo indescifrable. Viktor se inclinó hacia adelante, metiendole dos dedos en la boca porque no paraba de murmurar en japonés.

—¿Ya te corres? Cuándo me follas duras mucho más. Me pregunto dónde se habrá metido ese Eros…

—Hmnmnmnnnmnnm —nunca supo que quiso decir el sodomizado con ese quejido.

Yurio tragó saliva ante la idea de Viktor dejándose hacer eso mismo por Yuuri. Tragó saliva porque más de una vez fantaseó con hacerlo, aunque últimamente fuese otro el que se colaba en sus fantasías… Un movimiento repentino de Viktor, separando y pegando las caderas con fuerza contra el culo de Yuuri, le sacó de sus pensamientos. Le penetraba de manera brusca y lenta, arrancándole gemidos en cada embestida. Viktor sonreía. Yuuri se moría. Yurio susurraba sin darse cuenta un “más, dale más” con las nalgas apretadas y una sensible erección rozando contra la suave y apretada tela de sus pantalones. La mano que sostenía las caderas de Yuuri pasó hacia adelante, supuso él que masturbándole. Desde ahí era imposible saberlo. O no tanto porque Yuuri enderezó la espalda, succionando los dedos de Viktor con fuerza. Este pegó el pecho a su espalda, mordiéndole el hombro, volviendo sus embestidas más erráticas, más descontroladas, aumentando la profundidad y rapidez, la tensión, el volumen de los gemidos. Sacó los dedos de la boca de Yuuri para abrazarle, tembloroso, pegando sus caderas con fuerza a él y apenas separándolas, conteniendo un gemido que prometía ser enorme en soledad.

—Vitya, aaahmmn, ¡Vitya! —El de Yuuri no fue para nada contenido, resoplando y temblando, aún moviendo las caderas contra él.

Viktor echó la cabeza hacia atrás y ante el pánico de ser descubierto, Yurio se escondió tras la pared del cubículo, con ambas manos contra su boca y los ojos cerrados, esforzándose por no hacer ruido sobre sus jadeos. Les escuchó murmurar y reírse, escuchó besos y no podía moverse de ahí. No con esa erección marcada claramente contra sus mallas. Cerró la puerta del cubículo en el que estaba muy despacio, sin atreverse a echar el pestillo con tal de no hacer ruido. Y esperó pacientemente a que se marcharan, rozando ocasionalmente su miembro endurecido y necesitado, cerrando los ojos al hacerlo. Al escuchar los pasos de la pareja alejarse de allí, decidió que no podía correrse dentro del traje. Se bajó la cremallera apretando los dientes al acariciarse la ya húmeda erección. Él también quería saber qué se sentía al ser follado con tantas ganas, con tanta pasión. Quería que alguien le deseara tanto como lo hacían esos dos y que fuese recíproco. De manera inevitable se le vino una persona a la mente. Deja de pajearte pensando en él, no va a llegar a ninguna parte. Pero era imaginar su amplio pecho, esos labios gruesos y su mirada seria, sus enormes manos, cómo le había quitado el guante con los dientes en la gala de exhibición pillándole por sorpresa, cómo le quitó la camiseta hacía unas horas… se descontrolaba. No podía evitarlo. Fantaseó con que entraba allí, con que se arrodillaba frente a él y se la comía con ansias, con graves gemidos y mirándole a los ojos. Estaba a punto de correrse.

—¿Yura? —Se le escapó un jadeo que llevaba reteniendo desde que comenzó a tocarsela al escuchar la grave voz de Otabek fuera del cubículo.

—Ah-ahora salgo —Mierda, mierda, mierda, mierda y más mierda.

—¿Estás bien? Viktor me ha dicho que necesitas ayuda —Apretó los labios, cagandose en los muertos de ese imbécil internamente. Sabía que les había observado y era su manera de vengarse—, ¿qué ocurre?

—Nada, lárgate —Su voz sonó insegura, temblorosa. No podía evitar masturbarse, su mano se deslizaba sola por esa zona que le encantaba.

Escuchó sus pasos alejarse y respiró hondo de puro alivio. Justo cuando pensó que se había marchado y retomó sus necesitadas caricias, Otabek abrió la puerta. Ni siquiera pudo levantarse para esconderla, tampoco pudo parar a tiempo. Le pillo en pleno gemido ahogado, con los labios apretados y las caderas casi levantadas del retrete. Otabek deslizó su mirada de ceño fruncido desde su cara a su entrepierna, relajando la expresión, abriendo los labios despacio. La impresión de tenerle delante fue tan grande que no pudo moverse, sintiendo su mano mancharse de líquido preseminal. La respiración de su amigo se aceleró, vio su pecho subir y bajar con rapidez bajo su camisa negra de botones, sin apartar la vista de su miembro, con los dedos clavados en el marco de la puerta.

—Sigue —ordenó sin mirarle a los ojos.

—Beka…

—Yura —La mirada oscura que le clavó, diferente a la que acostumbraba, le provocó un gemido—, sigue —Tras esa orden volvió a bajar la mirada por su cuerpo, hasta su miembro.

Se mordió el labio, nervioso por tenerle delante, por hacer eso frente a él. Le hizo caso, sintiendo que se iba a correr de un momento a otro, avergonzado de hacerlo al mismo tiempo, intentando retenerlo. Tócame, tócame por lo que más quieras… Otabek se lamió los labios moviéndose inquieto y fue al verle llevarse la mano a una abultada entrepierna con un ronco jadeo cuando perdió definitivamente el control. Se corrió entre sus dedos, quejándose como Yuuri hacía unos segundos, levantando las caderas con los ojos entrecerrados, deseando que Otabek le ayudase y esforzándose por no manchar su ropa. Sin embargo, su espectador tan solo asintió, mirándole a los ojos.

—¿Cuándo es tu cumpleaños?

—¿Eh? —Yurio aún temblaba y aún no había acabado de correrse cuando le hizo esa extraña pregunta —El uno de marzo…

—Date prisa y cumple ya los dieciocho, me va a costar mucho esperar.

No dijo más, saliendo de su cubículo y metiéndose en el contiguo. Yurio se apresuró a limpiarse y vestirse, aún sofocado, abriendo el cubículo de Otabek para cantarle las cuarenta. Estaba de espaldas a él, con la mano apoyada en una pared y la otra agitándose entre sus piernas. Agitándose mucho y rápido, por lo que se asomó por debajo del brazo que apoyaba. Abrió los ojos de par en par al ver lo que tenía entre las piernas. Enrojecida, enorme, más grande que la de Viktor y notablemente más ancha. Deseó tocarla, sentir sus venas en la lengua, el relieve de su piel en la boca. Acercó su mano y pasó la yema del dedo índice por la hendidura de su suave glande. Otabek jadeó con fuerza. Yurio no llegó a alcanzarla con la lengua a pesar de acercarse a ella con la boca completamente abierta.

—Vete, vete de aquí —Yurio le miró desde abajo, aferrándose al brazo que le pegó el tirón de pelo, aplastandole a la altura del pecho después contra la pared, negando con la cabeza.

—Yo también quiero verte. Quiero tocarte.

—No. No me toques. No voy a… —Cuando Yuri le cogió la mano con las suyas, lamiéndole los dedos, Otabek apretó los dientes—, eres un peligro.

—Tú has empezado —La atención de su mirada se desvió unos segundos a esa erección que machacaba cada vez más rápido, de manera escandalosa, entre cortos gemidos roncos. Volvió a sus ojos, deseando ser más fuerte que él para poder dominarlo.

—No me mires así…

—¿Cómo? —Resopló cuando Yuri succionó su pulgar sin apartar lo que sabía era su mirada más sucia, tensandose con un gruñido gutural, manchando el retrete y sus manos con la potencia de su eyaculación. Le encantó su expresión, con los ojos cerrados, su nuez moverse al tragar saliva, la tensión de su cuello, sus mejillas ligeramente sonrojadas. Le encantó verle la polla mojada, deseaba comersela—. Vaya… —Se limitó a observarle recobrar la compostura acariciando su mano, su brazo, observando todas las zonas de su cara y cuerpo que le gustaría tocar.

—No le hables de esto a nadie —dijo tras muchos jadeos, apartándole definitivamente y metiéndosela en los pantalones tras limpiarse.

—No pensaba hacerlo. No pensaba hablarlo ni contigo —Sabía que una vez pasado el calentón se iba a morir de la vergüenza. Otabek le miró de frente unos segundos. Creyó que le iba a besar, pero acabó asintiendo.

—Mejor. Y ahora vete al hotel, tenemos que cambiarnos para la fiesta.

—Beka —Le cogió la mano antes de que saliera del baño, sintiendo un incómodo sonrojo pintar sus blancas mejillas. Tiró del chaleco de su traje, poniéndose de puntillas y besando la comisura de sus labios—. Esto sí podemos hacerlo así que no pongas esa cara de susto —Otabek le miró a los ojos con una de sus pequeñas sonrisas, devolviéndole el beso en la comisura contraria pero mucho más despacio y con la mano en su nuca. Yurio enrojeció hasta la raíz del pelo, empujándolo y alejándose de él.

Evitó las miradas de todo el mundo camino al hotel, evitó a los medios y se escabulló de sus fans. No sabía si quería ir a la fiesta, no se sentía capaz de enfrentarse a las bromas de Viktor, a la cara de vergüenza del cerdo o a la mera presencia de Otabek. Por no hablar de los demás… Se duchó, se puso el traje de chaqueta y se recogió el pelo como acostumbraba. Chasqueó la lengua en el silencio de la habitación, mirando a su cama solitaria y deseando que fuese doble, como la de Yuuri y Viktor. Deseando tener con quien compartir las noches. Salió de la habitación con las manos en los bolsillos, teniendo muy claro con quién le gustaría dormir. Después de tanto entrenar juntos, de todos los momentos incómodos y no tan incómodos con él, tenía claro que algo sentía. Nada parecido a esa admiración hacia Viktor. Era más, era una sensación constante de necesitar la compañía de ese kazajo callado y tranquilo. Hasta su contacto.

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Estaba sentado solo y en silencio en el sofá, ya con ropa limpia y el pelo húmedo. Ya que Otabek había decidido quedarse una temporada en Rusia ocupó una de las habitaciones libres de la casa de Viktor. Miraba su teléfono y no fue hasta que Yurio se sentó a su lado que no alzó la vista de él.

—Sigue con tu profunda conversación, no quiero interrumpir nada —Le miró un segundo y asintió, presionando la pantalla una y otra vez con los pulgares en un largo comentario—, era sarcasmo, ¿con quién hablas? —Apoyó el brazo en su hombro, mirando la pantalla—, ah, kazajo, ¿tu familia o tu novia?

—¿Novia? —Le miró con una ceja alzada—, es mi madre.

—Da igual, te roban tiempo de estar conmigo. Suelta eso —Le hizo caso, mirándole con ese aspecto serio tan suyo.

—¿Por qué a mí sí me tocas? —Miró el hombro en el que se apoyaba, alejándose un poco.

—¿Te molesta? —preguntó, un poco dolido.

—No, me extraña. El otro día Viktor y Yuuri te pidieron una foto y no hacías más que protestar cuando te pasaban el brazo por encima. Y a J.J. le diste un buen empujón al intentar felicitarte por el oro con un abrazo.

—J.J. me da asco y los otros dos son un coñazo. Tú eres mi amigo, es normal, ¿no?

—Supongo…

—¿De verdad no te molesta? —Negó con la cabeza, por lo que le sonrió, dejandose caer en su ancho brazo y encendiendo la tele—, sigue hablando con tu madre, anda.

Otabek levantó el brazo, haciendo que se apoyase en su pecho y pillandole por sorpresa al posar la mano en su mejilla. Yurio miró hacia arriba, a sus ojos, curioso.

—Estás helado.

—Hace frío en la calle —No alcanzaba a descifrar su expresión—, me da sueño lo calentito que estás.

Se deslizó hacia abajo, dejándose caer en sus piernas y sintiendo que se le caían los párpados. Se quedó dormido sin que él moviera la mano de su mejilla.

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Se enfurruñó un poco más al sentir la conocida sensación cálida en su pecho cada vez que pensaba en él de esa manera, alterado y molesto. Bajaba solo hasta la recepción del hotel, donde sería la fiesta.

—Yuri —La cantarina voz de Phichit le hizo mirar en su dirección. El selfie probablemente había salido perfecto, pero no estaba de humor. Ladeó la cabeza observándole con curiosidad, meneando su pelo negro perfectamente recortado—, ¿qué te pasa? Tu actuación ha sido increíble. Chris se ha declarado un Yuri Angel desde hoy.

—Ya sé que ha sido increíble, no tengo ganas de fotos —Hablando de Roma, Chris le vio aparecer en el salón y se acercó casi corriendo. Yurio dio un paso atrás automáticamente.

—¡Yuri! No entiendo eso de llamarte el “hada rusa” si está claro que eres todo un tigre —Cuando sintió su mano pasarle por el culo, apretó los dientes, aspirando aire y alejándose de él—, Otabek es un hombre con suerte…

—¡Chris! ¡No le acoses! ¡Es menor de edad! —Viktor acababa de llegar de la mano de Yuuri. No podía mirarles a la cara. El cerdo parecía tener el mismo problema con él.

—No puede ser —Alzó las cejas—, demasiado erotismo en alguien tan joven.

—Me quedan tres meses para los dieciocho —gruñó. Chris le guiñó el ojo.

—Entonces el delito no es tan grave —Viktor se interpuso entre los dos, dándole palmadas en el hombro a Chris. Yuuri y Phichit se comenzaron a echar fotos una tras otra—. Pero a ver, ¿lo mío es delito pero lo de su novio no? ¡Otabek, eres mayor de edad! ¿verdad? —Miró hacia su derecha, viéndole entrar con las manos en los bolsillos de su oscuro traje de chaqueta. Venía sin corbata, mostrando su clavícula. Se peinaba como el que no quería la cosa, pero la realidad era que le dedicaba muchísimo tiempo a conseguir ese look tan “casual”

—Sí —contestó sin negar lo de “novio”.

—¡No somos novios! —exclamó Yurio, gritándole a Chris—, ¡deja de decir gilipolleces!

—Ah, ¿no? —Yuuri parecía sorprendido. Al mirar a su alrededor todos lo parecían. Otabek le miraba fijamente.

—No… no lo somos —repitió.

—No me pareció lo mismo en los entrenamientos —murmuró Viktor con esa sonrisita insoportable.

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Se tumbó en el hielo de la pista, jadeando, escuchando a su entrenadora repetirle que comenzase desde el principio porque tenía que pulirlo mucho antes de que se marchara a dar clases a su academia. Se sentó, agotado, apartándose el pelo de la cara y observando a Otabek beber agua por fuera de la pista junto a Viktor, que le animaba con felicidad en los ojos. Se acercó a ellos, quitándole la botellita y acabándosela.

—Lo estás haciendo muy bien, Yura —Le animó.

—Se me ha ocurrido una idea —dijo Viktor, que ese día se había quedado después de entrenar con su prometido—, algo parecido a lo de los guantes. Que Otabek participe en la gala de exhibición.

—¿Cómo? ¿Parecido? —Miró a su amigo, que alzó las cejas encogiéndose de hombros.

—Podría participar, total, siempre está por aquí, ¿no? Pues métele en el número, la última vez fue un éxito —Los dos le observaban esperando a que se explicase—, en esa mitad, antes de que te inclines hacia atrás que, wow Yurio — Le aplaudió, sacándole los colores—, me encanta. Sugoii como diría Yuuri —Alzó una ceja, esperando que acabase de alabarle, que hasta para eso nombraba a su novio—. Pues tras esos pasos, en lugar de acercarte al jurado acércate a él, que te espere apoyado en las vallas y te quite la camiseta. ¡Sería sexy que patinaras desnudo de cintura para arriba y un guiño a tu anterior actuación!

—No lo sé… —Se miraba la camiseta suelta que llevaba y no lo veía. Semi desnudo ante tanta gente…

—Imagina que es una sin mangas, o de tirantas, como la de la exhibición. A ser posible que te quede ancha, como la que lleva él ahora —Señaló la camiseta verde oscura de Otabek—,  dejasela —Ambos se quitaron las camisetas, Otabek quedándose a torso descubierto. Al ponerse la suya percibió el calor de su piel, envuelto por su olor, sintiendo su pecho agitarse por algo que no comprendía—. Ven desde el centro, y tú, Otabek, sal y apóyate en la valla —Asintió, metiéndose en la pista sin patines, con cautela—. Cuando llegues a su altura ponte de espaldas y déjate caer en él con energía —Viktor hizo el movimiento y resultó bello. Siempre que él bailaba, hiciese lo que hiciese, quedaba de diez—. Y subes los brazos así, cuando tire de la camisa.

Tras las instrucciones se inclinó hacia su amigo, susurrando algo en su oído. Le hizo sonreír de lado, una sonrisa suave que le llegó a los ojos cuando le clavó su negra mirada. De nuevo ese sentimiento que no entendía y que aparecía cada vez con más frecuencia en su pecho. Lo dejó a un lado y le hizo caso a Viktor. Patinó desde el centro hasta Otabek, girando al llegar a su altura, casi apoyando la espalda en su pecho. Tan pronto le tuvo cerca, tiró de su camiseta hacia arriba con una mano, sacándola sin dificultad por la cabeza, subiendo la otra por su pecho desnudo con la palma pegada a su piel hasta su mentón, girándolo hacia él y mordiendolo. Sintió que el calor subía por su pecho, incontrolable, hasta sus mejillas, quedándose de piedra, retirándose y aspirando por la impresión.

—Ahora solo falta que el gatito se acostumbre —dijo Viktor con los codos en el borde de la valla y un dedo en los labios, sonriendo—, podría tocar tu mano con su mano derecha y pasar la izquierda por tu nuca antes de girarse y alejarse… —Yurio le quitó la camiseta de las manos y se dio la vuelta, patinando hasta el centro de la pista.

—¡¡D-desde el principio!! —gritó, intentando esconder su rubor. Desde allí le llegó la risa de Otabek, haciendo que el pellizco en el pecho se intensificara.

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No eran novios. O al menos a él no le constaba que lo fueran. Exceptuando ese encuentro extraño, caliente, y completamente fortuito en el cuarto de baño, su comportamiento no era otro que el de amigos. Nada más. Que él sintiese o dejase de sentir algo era secundario. Y Otabek nunca mostró signos de estar interesado, que no es que fuese una persona muy expresiva pero sí era muy directo. Le habría dicho algo a esas alturas.

El escándalo que formó el gilipollas de J.J. al llegar desvió la atención de ellos y le dejó apartarse un poco a respirar, cogiéndo su teléfono para cotillear las redes sociales en un intento desesperado de relajarse. Sin embargo, una de las primeras fotos de instagram era de Otabek. En ella sostenía su camisa en la mano aún en la pista de hielo, con la leyenda “Un ejercicio digno de un oro. Una persona que vale mucho más que un metal precioso #Yuriangel”. Apretó los labios. No solía usar instagram. Casi nunca. Y para una vez que lo hace es para subir una gilipollez. Se metió en su perfil y sintió su corazón rebotarle en el pecho al darse cuenta que al menos las once últimas fotos que había subido estaban relacionadas con él. Pero no somos novios, ni nada parecido. Nunca me ha dicho nada. Nunca. Solo somos mejores amigos, eso es todo. Una presencia le hizo levantar la vista. Yuuri le puso una mano en el hombro.

—¿Qué haces aquí solo? —Le miró a la cara y chasqueó la lengua, apartando su mano con un brusco movimiento de hombro—, sé que no puedes beber pero ven con los demás.

—Déjame en paz, coñazo. ¿Qué quieres ahora? —Miró su teléfono, viendo el perfil de Otabek en él. Yurio se apresuró a cerrar la aplicación, guardándose el móvil en el bolsillo.

—¿Estás bien? —Le susurró—, lo siento si me he metido en donde no me llaman al extrañarme de que no estés saliendo con Otabek.

—No pasa nada, deja de preocuparte por gilipolleces y emborráchate de una vez.

—Vale —dijo poniéndose bien las gafas sobre la nariz—, pero quiero que sepas que puedes hablar conmigo si lo necesitas —Ese idiota le dedicó una sonrisa tan tierna que durante unos instantes pudo entender ese cuelgue absurdo que tenía Viktor.

Le vio alejarse con los demás, encogiéndose cuando Chris le pasó el brazo por los hombros, besándole la mejilla. Se miró las manos, fastidiado, molesto e incluso dolido. Envidiaba esa soltura que tenía, esa facilidad de gustar a todos, de ser natural y aceptado. A él no le salía. Se ponía nervioso y soltaba lo que no debía cuando no debía. No le gustaba el contacto ajeno, no estaba acostumbrado, y en lugar de tratar de solucionarlo ahuyentaba a la gente. Le gustaría preguntarle a ese idiota cómo hacerlo, cómo poder dejarse llevar, pero pasaba de molestar a nadie con sus pamplinas. Alguien se sentó a su lado, en silencio. Sabía quién era, el olor de su colonia le delataba porque siempre se ponía demasiada. Además, hacía mucho eso de aparecer en los momentos de más necesidad. Cada vez que le veía decaído se acercaba a él, se sentaba a su alrededor y le hacía compañía, sin complicaciones ni charlas forzadas. Solo estaba. Quería preguntarle muchas cosas. Quería saber qué pensaba sobre esa idea generalizada de que eran pareja. Pero le aterraba molestarle, que cambiase su actitud. Le había quedado claro que le deseaba, pero, ¿algo más además de amistad? Casi se le sale el corazón por la boca cuando le pasó el brazo por el hombro, acercándose a él y haciéndose un selfie. Yurio le miró el rostro, ese perfil de gesto tranquilo, comprobando cómo había quedado la foto. Otabek subió un segundo la vista hacia el grupo, desviándose hasta sus ojos después.

—¿La repito o la subo? —Le mostró la pantalla del teléfono. Salía tan ridículamente atractivo como siempre, pero al fijarse en sí mismo se le subieron los colores. Miraba el perfil de Otabek con una cara de imbécil digna de Viktor cada vez que miraba a su futuro marido. Le dio rabia que fuese tan evidente. Le dio vergüenza. Le miró a los ojos, él le miraba los labios—. Sí que estás más alto…

—Haz lo que quieras —Se alejó con el pecho revolucionado, la boca seca e incluso ganas de llorar. Caminó tras el grupo y se apoyó en el mármol del muro del jardín con los codos, respirando hondo y pasándose las manos por el pelo sin saber qué hacer, tan nervioso como antes de una actuación. Escuchó pasos a su espalda—. ¿No vais a dejarme tranquilo?

—No —Viktor le puso una mano en la cabeza, apoyándose en el mismo sitio que él con un codo—, ¿qué te pasa? Si estás avergonzado por lo del baño…

—No, no estoy avergonzado, cállate la boca, eso no ha pasado, ¿vale? —farfulló, más nervioso y colorado que antes.

—Vale, como quieras —Apreciaba la sonrisa en su voz. Se sentía frustrado, tenso, molesto. Siempre se sentía así. Estaba cansado de sentirse siempre así.

—No sé… —Tragó saliva—, no sé ser como Yuuri —Se moría de la rabia al darse cuenta de que comenzaba a llorar.

—¿Y para qué quieres ser como él? —preguntó sorprendido.

—Porque odio ser yo —Hundió la cabeza en sus brazos, quería desaparecer, no tendría que haber ido a la fiesta. Viktor le puso la mano en el hombro, acercándose a él y besándole el pelo.

—No digas eso, tienes muchísimas cosas buenas y hay muchísima gente que te adora. Yuuri tiene la capacidad de ser agradable con todo el mundo y es fácil quererle, pero a ti te apreciamos por otros aspectos —Le reconfortaba sentirle cerca, pero no se sentía con energía para sacar la cara de su refugio—, tu fuerza de voluntad, tu trabajo duro, son cosas dignas de admirar. Además, aunque seas un gatito gruñón siempre estás si haces falta. Tienes pequeños detalles con la gente que enamoran. Oye, ¿te has puesto nervioso por lo que te ha dicho Chris de Otabek? —Asintió sin levantar la cabeza—, yo también pensaba que estabais juntos. Al fin y al cabo es la primera vez que te enamoras.

 

 

2

Levantó la cabeza, mirándole a los ojos. Viktor sonreía. Le asustaba lo mucho que le conocía. Ni siquiera él le había dado esa etiqueta a lo que Otabek le hacía sentir, pero no podía negar que debía ser eso. Sabía que le quería. Le obsesionaba la idea de tenerle cerca. Se sentía mejor cuando estaban juntos, sonreía muchísimo a su lado y esa sensación de estar constantemente enfadado desaparecía. Y sin embargo casi siempre lo estropeaba con sus maneras bruscas.

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Subió la pierna al banco, estirándose y esperando que él siguiera su guía. Tuvo que apretar los labios al comprobar con el rabillo del ojo que era incapaz de alcanzarse las puntas de los pies. Tampoco estiraba las piernas por completo. Repitió el ejercicio con la otra pierna y se le escapó una corta risita cuando casi se cae. Se le veía frustrado por lo que intentó ser comprensivo.

—No te preocupes si no te sale hoy, Beka, hace mucho que no practicas ballet.

—Y estoy recordando por qué…

—Ven, ponte de espaldas a mí —Pegaron espalda con espalda—, mantén las piernas estiradas y agáchate, intenta agarrarte a mis piernas por encima de la rodilla.

Yurio se agachó, agarrándose a él sin problemas. Otabek resoplaba con un gesto de dolor y las piernas temblorosas, incapaz de mantenerlas completamente derechas. Se agarró a los antebrazos de Yurio, negando con la cabeza.

—Vamos, aguanta un minuto —Negó con más energía, cayéndose hacia adelante al soltar sus manos.

—No puedo… no soy elástico.

—Claro que puedes, solo tienes que esforzarte más —se agachó junto a él con una sonrisa. Su amigo se quejaba de rodillas y abatido. Le miro a los ojos, un poco despeinado.

—No, no todo el mundo tenemos tu habilidad, deja de hacer ver que es fácil de una vez. No lo es, enterate ya, es difícil —Yurio retiró la mano de su hombro, contrariado por sus maneras bruscas. Nunca le había hablado así. Chasqueó la lengua.

—Haz lo que te salga de los cojones entonces, tú sabrás, pero me parece patético rendirse antes de empezar —Otabek apretó los dientes y se levantó, marchándose del estudio como una exhalación.

Tan pronto dio el portazo quiso salir y disculparse, pero no lo hizo. Continúo entrenando, preguntándose a sí mismo por qué era así. Por qué era incapaz de ponerse en el lugar de los demás. Solo sabía ver cómo le sentaban las cosas a él mismo. Se machacó tanto física como mentalmente, saliendo a la hora y media, agotado. Cogió el teléfono tras ducharse, dudando sobre si llamar a Otabek para disculparse o si dejar que todo fluyera.

—Eh, vístete rápido que vamos a almorzar a una hamburguesería nueva. No te peines mucho, vamos en moto —Otabek le mostró el casco, cerrando de nuevo la puerta entreabierta por la que se había asomado.

Yurio apretó los puños, odiándose una vez más, adorando a ese idiota que lo hacía todo por él poniéndole las cosas fáciles. Algún día se disculparía, algún día encontraría las fuerzas para darle las gracias por como se portaba con él. Y sobre todo, por aguantarle.

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—De todas maneras, ¿cuál es el problema? —Le preguntó Viktor—, habla con él. Pregúntale. Sospecho que la respuesta va a ser positiva, no deja de mirarnos preocupado —Señaló al salón con la cabeza.

Miró sobre su hombro y le vio cruzado de brazos con esa expresión que adoptaba cuando le hablaban pero estaba en su mundo. Otabek cambió la dirección de sus ojos hacia ellos, enderezando la espalda al encontrarse con los ojos de Yurio.

—¿Le digo que venga o entras tú conmigo?

—Ni una cosa ni otra. Ahora voy, pero dame un momento. No quiero que me vea así —Se señaló los ojos llorosos—, es patético.

—¿Por qué te da tanto miedo mostrar lo que sientes?

—No me da miedo, es… no quiero parecer débil —Conforme lo decía, sentía que las ganas de romper a llorar se le agolpaban en la garganta—, pero me paso de duro y espanto a la gente.

—No nos espantas —Viktor le cogió entre sus brazos, Yurio se dejó ir entre ellos—, sabemos cómo eres en realidad, te tenemos calado aunque tú no quieras. Y estamos más que acostumbrados a tu mal genio igual que estamos acostumbrados a lo extremadamente sexual que es Chris.

Sintió que Viktor se alejaba pero no estaba preparado, seguía llorando, necesitaba ese abrazo. Otras manos se colocaron en sus hombros, un pecho más amplio se apretó a su cara en un abrazo casi forzado. Se agarró a la tela negra de la chaqueta de Otabek, refregando la cara en su pecho, impregnándose con su olor.  Escuchó los pasos de Viktor alejarse.

—¿Por qué lloras? ¿Ha sido culpa mía? No debería haberte acosado en el baño, lo siento, no ha estado bien.

—¿¡Eh?! —Le miró a la cara y le sorprendió ver verdadera angustia en ella—, ¿Qué cojones dices? ¡Eres un imbécil que nunca se entera de nada! —Su voz sonó ahogada contra su pecho cuando volvió a pegarse a él.

—¿Por qué estás tan enfadado conmigo entonces?

—No estoy enfadado. Estoy… es… —Apretó los dientes y los dedos a la tela de la espalda de su chaqueta—, cállate.

Y le hizo caso, disminuyendo su rabia con suaves caricias en el pelo y hombros. Nunca se había acercado tanto a él, nunca se habían tocado durante tanto tiempo. Lo disfrutó en silencio, calmándose poco a poco y ganando fuerzas para hablar con él de manera directa, como adultos. Tembló a causa de un profundo suspiro, separándose de él, aún sin atreverse a alzar la cara del todo.

—No quería que me vieras así —murmuró, cruzándose de brazos—, sabía que ibas a preocuparte por nada.

—Nadie llora por nada. Todo el mundo tiene un motivo. Lo que me duele es que no me cuentes el tuyo si sabes que siempre estoy ahí.

—Venga ya, nunca le cuento nada a nadie.

—Eso no es verdad, a mí me has contado muchas cosas. Sé secretos y sabes míos —Yurio chasqueó la lengua porque llevaba razón. Hablaban mucho, y hablaban de todo.

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Puso bien el cojín tras su cabeza, posicionando sus piernas entre las de Otabek, tumbado contra el brazo opuesto del sofá mientras leía un libro. Deslizó el dedo por la pantalla viendo las tonterías que uno y otro subía a twitter cuando una noticia les hizo mirar al televisor que sonaba de fondo. Hablaban del cercano campeonato de patinaje en Rusia y, para variar, solo nombraban a Viktor.

—No existimos ninguno más, sólo él. Es injusto —Se quejó Yurio.

—Es normal, siempre ha sido mejor que nosotros —comentó tranquilamente.

—Sí, pero el año pasado superé su marca y siguen hablando de él —Miró a su amigo porque cerró el libro, dejándolo en su regazo.

—¿Siempre has estado con Viktor? —Se rascó sobre el cuello del ancho jersey, desviando unos instantes la mirada de Yurio hacia ese punto.

—No —dijo distraído, mirándole a la cara después—,  comenzó a entrenarme poco antes de que conociera a Yuuri.

—Pero siempre lo has idolatrado —Yurio se encogió de hombros.

—Supongo que sí. Siempre me ha gustado, creo que nos ha gustado a todos, era el mejor. ¿Tú también tenías posters? —le dio un golpecito con la pierna, sonriendo.

—No. No tenía un sitio fijo en el que quedarme, ya sabes que viajé mucho. —Yurio asintió, recordando la infancia dura que pasó su amigo. Nunca hablaban mucho del tema, era algo delicado para él. Otabek se sentó en el sofá con los codos en las rodillas—, ¿te gusta Viktor?

—¿Eh? ¡No! —Sintió que se sonrojaba. Nunca le había gustado nadie, al menos no en serio. O no hasta el momento, porque esos días andaba confuso—. Bueno, al menos ya no —El kazajo alzó las cejas sin cambiar la expresión—. Puede ser que alguna vez se colase en mis fantasías pero nada serio —Seguía sin decir nada, aumentando sin querer su rubor—. ¿¡Qué?! ¡Es atractivo! ¡Se da cuenta cualquiera!

—No te juzgo. Es muy atractivo. Solo me preguntaba cual era tu tipo ideal.

—De qué, ¿de patinador? Viktor es el mejor aunque el idiota del tazón de cerd—

—No, decía de persona —Ahora era Yurio el que le miraba en silencio, levantando las palmas de las manos sin entenderle—, para enamorarte.

—Ah —Un poco más de rubor le subió a las mejillas—, no sé, nunca me lo he planteado. Estoy demasiado ocupado patinando y no suelo conocer gente —Se cruzó de brazos, haciéndose la misma pregunta sobre él—. Supongo que tú sí has conocido a mucha gente, tienes tres años más que yo y has vivido fuera.

—Sí, claro. No tengo un tipo específico —Parecía muy cómodo hablando del tema, muy seguro—. Creo que solo me he enamorado una vez y fue hace mucho —La mayoría de las veces llevaba bien eso de que Otabek fuese tan callado, pero en situaciones como esa en las que trataban temas delicados y se quedaba en silencio mirándole a los ojos, le desquiciaba. Yurio también se sentó, dejando caer el teléfono entre sus piernas. Notaba las pantorrillas de Otabek contra las suyas.

—¿Has… ? Ya sabes… en fin, supongo que sí, tienes diecinueve años —Se toqueteaba la uña del pulgar, nervioso.

—Sí, en Canadá.

—Ah —Se miró las manos, muerto de curiosidad—, y, ¿cómo es? Estar con una persona así.

—Está bien, supongo —Le miró a la cara, frunciendo el ceño—, hay personas mejores que otras, no siempre es igual. Depende de muchas cosas —Yurio asintió, volviendo a sus manos. Personas. Más de una. Se dio cuenta de que el corazón le iba a toda pastilla.

—A veces me llegan cartas de mis fans, no se lo digas a nadie —Le miró a los ojos y asintió. Era obvio que no lo iba a comentar, pero necesitaba asegurarlo—, y a veces me escriben proposiciones e historias un poco… de adultos.

—¿Historias eróticas? —Asintió, Otabek le miraba con curiosidad—, ¿no te gustan? ¿No te llaman la atención?

—Algunas. Se inventan situaciones y a veces no estoy solo. En una de las últimas… mira —Se levantó y fue a su habitación sacando las cartas que se había guardado. Le dio la que tenía en mente—, no es que no me gusten, es que no es real. Esto no pasaría jamás —Le vio deslizar los ojos por el papel y le latió el corazón un poco más rápido al verle sonreír de lado.

—¿Tú y Yuuri? —Se rió suavemente. Adoraba escucharle reír.

—¿Ves lo que te digo? No pasaría jamás. Me dices Viktor y vale, pero el cerdo ni de broma.

—¿Con quién más te han puesto? —Resopló, riéndose.

—Con casi todos, pero los que más se repiten son Yuuri, Viktor, tú y los propios autores y autoras —Alzó la mirada de la carta, con una ceja arqueada.

—¿Yo? —Asintió, buscando entre las cartas que tenía en las manos.

—Solo aquí debo tener más de cuatro solo contigo. Sales mucho en las cartas de una manera u otra, saben que somos amigos y supongo que les gusta imaginar.

—¿Puedo? —Parecía realmente interesado. Rebuscó un poco avergonzado una de las que más le gustó por la cantidad de detalles. Parecía lo que debía ser una relación sexual en la vida real. Podría pasar. Y no le disgustaba la idea.

Se la tendió y le observó leerla concentrado, alzando las cejas levemente de tanto en tanto, tragando saliva, lamiéndose los labios. Suspiró al acabar, dándole la vuelta al folio y buscando más. No dijo nada, repasando el folio de nuevo.

—Es… real —Se la devolvió, rascándose la nuca.

—Sí. No sé cómo son capaces de imaginar así. A mí no se me ocurrirían estas cosas en la vida —Otabek fue a decirle algo con una sonrisita, pero se lo pensó dos veces, mirando hacia abajo y negando con la cabeza—. ¿Qué pasa?

—Te lo cuento en un año —Yurio dio un salto del sofá en cuanto escuchó la llave en la cerradura, corriendo a esconder las cartas. Al volver, Otabek seguía leyendo con un cojín en el regazo. Sin volver a tocar el tema.

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—Es una estupidez —Repitió Yurio, cabezota.

—Me gustaría que me la contaras. Si no ahora, cuando quieras —Le miro a los ojos entre mechones rubios, apartandolos con un movimiento de cabeza—, me importa. Nunca te había visto llorar además de en el grand prix cuando ganaste el oro. Y me preocupa que sea después de hablar conmigo.

—¡Ya te he dicho que no es tu culpa!

—¿Es por lo de ser novios? —Apartó la mirada, molesto por la facilidad con la que hablaba del tema.

—No, es cosa mía.

—¿No tengo nada que ver? —Chasqueó la lengua, apretándose los brazos.

—No y sí. Es… estoy harto de ser como soy. Ya está —No entendía esa sensibilidad repentina, esas ganas de llorar cada vez que tocaba el tema.

—¿Por qué? A mí me gusta como eres.

—¿Sí? ¿Me tengo que creer que te guste que te hablen mal y te den malas contestaciones? ¿Que te trate con la punta del pie cuando me siento incómodo o nervioso? Venga ya, Beka… soy despreciable, un grano en el culo. No sé por qué quieres seguir siendo mi amigo —Se apretó un poco más los brazos, esforzándose al máximo por no llorar.

—¿Tienes miedo de que me aleje de ti? —Sin darse cuenta, Yurio puso morritos, con las lágrimas saltadas.

—Tengo miedo de cansarte, de… de…

Quería seguir hablando, pero no podía. Otabek se acercó a él, llevándolo hacia los escalones que daban al jardín, sentándose con él y alejándolo del barullo del grupo. Yurio pegó las rodillas al pecho, rodeándolas con sus brazos, limpiándose las lágrimas en un gesto rabioso.

—Sé que aunque finjas lo contrario tu autoestima no es muy alta, y lo sé porque me ocurre lo mismo —Yurio lo miró impresionado. No podía ser que él no se quisiera si era perfecto—. Soy muy consciente de mis limitaciones y sé que jamás alcanzaré el nivel que tú, Yuuri o J.J. tenéis por más que me esfuerce. Y sé que la gente piensa que soy demasiado serio y aburrido, pero no sé ser de otra manera.

—Es mentira, conmigo hablas y sonríes todo el tiempo y no eres aburrido, er—

—Sin embargo, tú sigues animándome, llamándome para que hagamos cosas juntos, incluyéndome en tus espectaculares números. Eres mi primer amigo de verdad y gracias a ti conozco a todos los demás.

—¡No te cachondees de mí! —Otabek le miró, sobresaltado—. Todo el mundo siempre anda diciendo que es fácil estar contigo. Siempre me dicen que les gustas. Y si le pones empeño haces unos números cojonudos, no te menosprecies —Una sonrisa se asomó a su boca.

—¿Y te preguntas por qué quiero ser tu amigo? —Miró hacia abajo al sentir el roce de su mano en la suya—. Gracias.

—No he-no he dicho nada que no sea verdad —Le daba vergüenza ese contacto tan directo y personal, pero no pensaba moverse.

—Te exiges demasiado y te expones muy poco. Quizás si te mostrases con los demás como conmigo no tendrías estos problemas.

—¿Con los demás? ¿Cómo va a estar nadie tranquilo al lado de J.J., Chris o el coñazo de Phichit?

—Pero con Viktor, Yuuri, los entrenadores y conmigo eres más tú. Por no hablar del cambio que das con tu abuelo. Lo que te falta es darte cuenta de que todos te aprecian, y mucho.

—Pues no lo entiendo —Apretó su mano.

—Eres la persona más cabezota del universo —Se puso en pie, tirando de sus dedos—, vamos con los demás. A estas alturas Yuuri debe de andar animandose y después de ver las fotos no quiero perderme la que pueda formar.

—Te llevas muy bien con Yuuri —refunfuñó al levantarse, molesto con el cerdo. Otabek asintió.

—Yura —Se rió de esa manera grave y rápida que le provocaba cosquillas en el pecho—, ¿estás celoso?

—¡¡No!! —Le soltó la mano, empujando sus amplios hombros porque le había pillado de lleno—, cállate ya, idiota —Seguía riéndose cuando entraron. Phichit se acercó a él, mostrándole la pantalla del teléfono a espaldas de Otabek, que ya buscaba algo de beber.

—No voy a subirlas a ninguna parte pero tus fans se volverían locas con esta foto —En ella, Yurio apoyaba la cara en el pecho de Otabek, abrazándole con fuerza por la cintura. Su amigo le rodeaba los hombros con sus brazos, apoyando la mejilla en su pelo con los ojos cerrados—. Luego te la mando —Miró a Phichit con las mejillas encendidas. Le encantaba la foto. Asintió.

Aunque no de manera descarada, todos estaban pendientes a Yuuri, dándole de beber y esperando a que comenzase a desatarse. Para su disgusto, el grupo acogió a J.J. y a su prometida, que comenzaban a llevarse bien con los demás ahora que se les habían bajado los humos. Chris era el que de más alcohol proveía a Yuuri, entre risas confidentes con Viktor. Él mismo no participaba mucho en las conversaciones, pero sí le gustaba sentirse incluido. Al parecer captaron la idea de que no le gustaba ser toqueteado porque aunque le hablasen no se le acercaban tanto como entre ellos. En el momento en el que el cerdo se quitó la corbata, pasándosela a Viktor por el cuello y bailando sin ritmo con el hilo musical, supieron que ya se encontraba ebrio. Los muy imbéciles pidieron música más fuerte, haciendo retos de baile, empujándolo a la pista, echando muchas fotos y riéndose más. No pudo evitar reírse a carcajadas cuando Chris comenzó a intentar quitarle prendas de ropa a un escandalizado J.J., alegando que era demasiado guapo para estar tan vestido.

—¡Yo soy más elástico! —Gritó Yuuri de repente en una conversación que se perdió con Otabek, que le observaba con las cejas alzadas, media sonrisa y negando con la cabeza.

—No hay nadie más elástico que él, te lo demuestra cuando quiera —Le costaba hablar, Otabek también había bebido y se encontraba bastante achispado por no decir perjudicado. Le cogió del brazo y le acercó a ellos de un tirón.

—Mira, mira, con pantalones de boda y todo —Yuuri subió la pierna a la mesa, completamente estirado, tumbandose sobre ella— ¡Y sin calentar!

—Pshé, ¿de verdad? —dijo Yurio, apoyando una mano en el hombro de Otabek, subiendo su pierna hasta el hombro contrario, apoyando el tobillo en él y mirándo a Yuuri que lo observaba con la boca abierta.

—Esostrampa —Se quejó—, ¡Viktor! ¡Es trampa! —Su prometido se reía, negando con la cabeza—, ¿cómo que no? Le está ayudando.

—Elástico —Un escalofrío le recorrió de la nuca a las piernas cuando Otabek le susurró al oído, bajando los dedos desde el tobillo que apoyaba en su hombro hasta su muslo, acariciándolo por abajo con la palma de la mano, rozando su culo con ella y el lóbulo de su oreja con la lengua—, Hmmmmmm… —La vibración de su voz contra la piel de su cuello le provocó un resoplido, que rozase su bragueta contra él fue demasiado.

—¡¡Beka!! —Se alejó de él, sonrojado y excitado como nunca en su vida—. Deja de beber ya…

—Madre mía qué fotaza —Phichit se reía con J.J., Yuuri seguía quejándose.

—Estoy harto —Otabek dejó el vaso contra la mesa con fuerza—, Yura, ven.

—Señor Altin, está usted muy borracho —Viktor se interpuso entre los dos—, Yurio sigue siendo menor, te vas a arrepentir —El Kazajo le miró molesto, chasqueando la lengua.

—¡Yura! ¡Ven un segundo! —No sabía qué hacer. Siempre que Otabek bebía se acercaba más de la cuenta y al día siguiente no lo recordaba. Y él no se lo contaba.

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—Mi moto, mi moto Yura, ¿dónde está? —Estaba tumbado en el asiento trasero del coche con la cara contra la ventanilla semiabierta.

—En la puerta del local, no puedes conducir así —Le explicó por tercera vez.

—Me la van a robar…

—Nadie te va a robar nada —El taxista conducía en silencio, hacia el hotel de Otabek. El coche con Yuuri y Victor los adelantó, iban cantando.

—Tú, tú me has robado —Miró hacia él con esa expresión embriagada, estirando la mano y tirándo de su brazo—, Yura, me has robado.

—¿Qué? No te he robado nada —Se rió porque seguía asintiendo, convencido.

—Sí, sí lo has hecho. En la academia me robaste y no me lo has devuelto, devuélvemelo —Le pasó el dorso de la mano por la mejilla, Yurio alzó las cejas, aspirando, sin entender su repentino cambio de comportamiento. Con un débil hmmm se tumbó sobre él, obligándole a apoyar la espalda contra el asiento del coche al dejar caer su peso contra el pecho del rubio—. Eres un ladrón —Le achuchó, con ambos brazos alrededor de la cintura y la cabeza bajo su barbilla.

—Beka, ¿qué haces? —No le respondió.

Yurio no sabía dónde poner las manos, qué hacer con ese enorme tío sobre él, aparentemente dormido. Aprovechó para dedicarle algunas caricias en sus negros y engominados cabellos, en olerlos, sonriendo ahora que nadie le veía. El taxi paró y el conductor les indicó que habían llegado. Obligó a su amigo a sentarse, despertándole. Le pidió al taxista que le esperase mientras le acompañaba a la entrada, andando como podía bajo el peso de ese hombre.

—¿Puedes irte a la cama solo? —Otabek asintió casi sin abrir los ojos—, pues buenas noches. Mañana hablamos —Volvió a asentir.

—Yura —Le llamó cuando abrió la puerta del taxi para ir a casa. Se volvió—, eres lo mejor del mundo —Le tiró un beso entre sonrisas atontadas.

—¡Vete a dormir ya! —Se metió en el taxi tras verle cerrar la puerta, riéndose con una sensación muy agradable en el pecho.

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—¡¿Pero qué te pasa?! —Otabek apartó a Viktor de un empujón—, ¿quieres a los dos Yuri para ti? ¿No tienes suficiente con uno? Lo sabía, egoísta, creído de mierda…

—Beka, no le insultes, vete ya a la habitación —dijo Yurio molesto ante su actitud peleona—, no eres así. No me gustas así.

—¿No te gusto? —Su expresión cambió por completo, ignorando a Viktor.

—Así como estás no —Se quejó, murmurando algo que no entendió—. Ven, vamos a la habitación, mañana me cuentas lo que quieras.

—Debería llevarle yo —sugirió un sobreprotector Viktor.

—Tranquilo, no va a hacer nada. Aunque no lo parezca se comporta. Es la borrachera. Tú controla a tu novio, que está subiéndose a las mesas con Chris y se va a hacer daño —Señaló con la cabeza a Yuuri, que apartaba unas cuantas copas para hacerle sitio al casi desnudo patinador.

Acompañó al tambaleante y gruñón Otabek hasta la cama. Si hablaba en su idioma, él no lo entendía. Mucho sospechaba que la retahíla que estaba soltando fuese en kazajo porque se parecía al ruso, pero no era ruso. De lo que no dudaba era de su intenso fastidio. Buscó en su chaqueta hasta dar con la llave de la habitación, metiendole dentro y tumbándole en la cama sin cerrar la puerta porque pensaba irse cuanto antes mejor.

—Buaf, qué calor —Se quitó la chaqueta a tirones, sin levantarse.

—Deberías echarte agua en la cara antes de dormir, estás muy borracho, Beka —Se rió de él, que intentaba abrirse la camisa sin éxito.

—Los botones están apretados —Entre carcajadas se puso de rodillas en la cama, desvistiéndole. No fue consciente de lo erótico de la situación hasta que no sintió las manos de Otabek subiendo por sus brazos.

No pudo evitarlo. Una vez con la camisa abierta, su amigo se incorporó, agarrándole con fuerza del pelo de la nuca y besándole en la boca. Su primer beso y era con un borracho. Olía y sabía a alcohol, pero el corazón de Yurio no encontró esos dos factores como atenuantes ante la locura que eran sus latidos. Le besaba necesitado, estrujando sus labios con los suyos, succionandolos, tirando de él, rodando en la cama y tumbandose sobre su cuerpo. Las piernas de Yurio quedaron sobre las suyas, sus manos se aferraban a sus tersos costados, bajo la camisa abierta. Otabek pasó un brazo alrededor de su fina cintura, rodeándolo por completo, pegándole a su torso caliente. Yurio gimió clavándole las uñas en el pecho cuando sus lenguas se encontraron, en un beso tan intenso que no le daba lugar a respirar. Su boca húmeda, caliente, respirando en la suya, gimiendo en la suya. Su lengua quería más, exigía más. Le deseaba tanto que le costaba pensar.

—Wow, wow, wow, madre mía —La voz de Chris en la puerta le sobresaltó. Otabek le mordió la mandíbula, ignorando a su espectador—. Esperemos que Viktor no se entere o le da un infarto porque a su niño le están acosando.

—¡Lárgate! —Otabek le abrió las piernas colocándose entre ellas. Le dio un refregón tremendo, gimiendo roncamente contra su cuello.

—¿Estás de broma? Es una de las cosas más sexys que he visto en mucho tiempo.

—¿Qué pasa? —Cuando escuchó la voz de Yuuri tras la de Chris, decidió que ya era suficiente.

Se quitó a Otabek de encima y saltó de la cama, echándolos y cerrandoles la puerta en la cara. Los escuchaba quejarse desde el pasillo y al otro quejarse entre las sábanas. Se asomó por la mirilla ignorando la erección que le rozaba contra los calzoncillos y vio a Chris llevarse al cerdo por los hombros pasillo arriba. Viktor pasó por delante de la puerta con el ceño fruncido, parándose un segundo pero continuando con su camino. Respiró hondo, aliviado de que por fin se hubieran marchado. Al darse la vuelta, vio a Otabek con la boca abierta, dormido, y no supo qué hacer. Una parte de él sabía que debía marcharse a su habitación. Pero la otra, más fuerte, le recordó que si lo hacía dormiría solo. Se acercó a él sin tocarle mucho, pidiéndole que pusiera la cabeza en la almohada y no en el borde de la cama. Le hizo caso entre quejidos fastidiados, aún más dormido que despierto. Le quitó los zapatos y los calcetines pero no se atrevió a desvestirle más. No es que no quisiera tener relaciones con él, se moría de ganas, pero no en ese estado en el que no se enteraría de nada. Él mismo se desvistió, sacando las sábanas de debajo del pesado cuerpo de Otabek, tapándose con ellas. Se quedó en calzoncillos, no era la primera vez que le veía con tan poca ropa y en fin, hacía unas horas se pajeó en su cara. Le tapó como pudo y mientras lo hacía, Otabek estiró el brazo, pasándolo sobre su cintura. Decidió ponerse de espaldas porque si se quedaba de frente la tentación de besarle era inmensa.

—Yurio, men seni süyemin —susurró a su oído—, mucho…

—¿Qué dices? Duérmete ya —No había entendido lo que le dijo. Quizás sí. Se arrimó a él, suspirando al sentirse tan calentito, encajando sus piernas con las suyas. Si esto es lo que se siente al dormir con alguien, no quiero volver a dormir solo.

 

 

3

Hacía meses que no dormía tan tranquilo. Solo lo conseguía estando en su cama, en su habitación de siempre en casa del abuelo, pero en los brazos de Otabek durmió de golpe, sintiéndose muy descansado a la mañana siguiente. Abrió los ojos de cara a la ventana, sin el brazo de su “amigo” por la cintura. Se giró para mirarle y le vio con el móvil contra el pecho y el ceño fruncido, absorto en sus pensamientos, dándole sorbos a una botella de agua helada que había sacado de la neverita. No estaba tapado, con los pantalones puestos y los pies apoyados en la cama, sin la camisa.

—¿Qué te pasa? —Giró la cara hacia él, parecía asustado.

—¿Me pasé de nuevo ayer?

—No… no mucho —Frunció más el ceño. Decidió ser sincero esa vez, era demasiado gordo como para no contárselo. Se agarró con fuerza a la sábana, siendo consciente de lo mucho que le costaba mirarle para decírselo—, me metiste mano en público y luego me besaste en la cama. No me esperaba así mi primer beso, la verdad, pero no me voy a quejar —Se llevó una mano a los ojos, chasqueándo la lengua—. No fue para tanto, de verdad, no es tan serio.

—No es eso, es que no me acuerdo.

—Nunca te acuerdas de lo que haces —dijo girándose en la cama para coger su teléfono. Estaba sin batería. Se giró hacia él, que le miraba alterado.

—¿Cómo que nunca? ¿He hecho otras cosas? ¿Cuándo?

—Se te va la pinza cuando te emborrachas, no tienes autocontrol, pero tranquilo que nunca ha sido nada serio.

—¿Un primer beso no es serio? —Estaba profundamente fastidiado. Al ver esa expresión recordó su arrebato furioso.

—Ah, sí, insultaste a Viktor. Te pusiste celoso de él —Bajó la mirada, pensando—, déjame tu teléfono, el mío está muerto—. Se lo quitó del pecho. Yurio entreabrió los labios al ver la foto de la pantalla de bloqueo. Recordaba ese día.

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Se sentó con los pies colgando por fuera del muro, observando la puesta de sol mientras probaba su granizada. Otabek se sentó a su lado con un poco más de dificultad, al fin y al cabo era más grande y menos ágil.

—Las puestas de sol en Japón son preciosas, a ver si nos invita Yuuri un día —comentó.

—No tengo dinero para ir, viajo por necesidad.

—Por eso he dicho que nos invite. Tenemos donde dormir y hay una sauna enorme en la que bañarnos todas las noches. No está mal. La ropa es muy chula también, hay un montón de variedad.

Se quedaron en silencio, como muchas otras veces. Si algo bueno tenía la compañía de su amigo era que no sentían la necesidad de hablar para rellenar silencios, con solo estar el uno junto al otro les bastaba. Otabek le echó una foto a la puesta de sol con los ojos entrecerrados, la luz del crepúsculo le cegaba. Se preguntó si veía algo, si ya de por sí tenía los ojos achinados al entrecerrarlos se convertían en dos franjas. Se rió sin poder evitarlo, Otabek le miró, haciéndole una foto y pillándole desprevenido en plena sonrisa.

—No subas eso, no estaba ni mirando a la cámara —Otabek observaba el resultado en silencio. Se guardó el teléfono, suspirando.

—Ha salido borrosa.

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En la foto aparecía con el brillo del sol de lleno en sus ojos verdes, con una sonrisa amplia que nunca había visto en otras imágenes. No miraba a la cámara, le estaba mirando a él, sosteniendo la bebida a la que le había invitado. Chasqueó la lengua, avergonzado, enfadado con lo idiota que llegaba a ser el estúpido que le miraba en silencio.

—Eres… —Apretó los dientes—, ¿¡a qué viene esta foto?! —No le contestó y no se atrevía a mirarle—. ¿¡Tú también piensas que somos novios o qué?!

—Sí —Aspiró, apretando el teléfono y la sábana—. Lo pensaba hasta ayer que dijiste que no lo éramos.

—Idiota —Soltó el teléfono entre los dos, apoyándose con la mano que quedaba más cercana a él en la cama, dándose impulso, tirando del pelo de su nuca y besándole en los labios—, imbécil —susurró separándose un segundo, volviendo a besarle de nuevo. Permanecía inmóvil—, eres un estúpido y te odio —Subió su otra mano de su brazo a su nuca, atrapando sus labios con más intensidad, más despacio. Se subió a él, con una pierna a cada lado de su torso. Otabek le acarició con las palmas de las manos la espalda desnuda, provocándole un escalofrío, devolviéndole los besos.

—Yura, Yura —Pareció recobrar el sentido al notarle rozarse contra sus pantalones, apretándole los brazos y echándole hacia atrás—, para.

—¿Por qué? ¿Porque por ley no soy adulto? —Asintió—, ¿estás de coña? —negó con la cabeza—, ¿no quieres… no me quieres?

—Claro que sí, pero si he podido esperar dos años puedo esperar dos meses.

—Pues yo no puedo —Se inclinó hacia adelante, robándole otro beso. Pero le apartó sin dificultad, tumbandolo en la cama, posicionándose sobre él con las manos apretando sus brazos contra las sábanas—, ¡¡Odio que seas más fuerte que yo!!

—Ya te gustará —Sus mejillas ardían. La mirada de Otabek también—, pero ahora deja de hacer como el que sabe mucho sobre sexo cuando no tienes ni idea y vete a tu habitación a ducharte y cambiarte. Nos vemos abajo en la cafetería.

Le soltó, dejándolo avergonzado y tumbado boca arriba, levantándose de la cama para lavarse la cara en el baño, respirando hondo. Yurio se levantó abochornado, vistiéndose con rabia, sin decirle nada más a Otabek y marchándose a su habitación, cerrando con genio. Se llevó casi quince minutos bajo el chorro de agua, tranquilizandose, diciéndose a sí mismo que Otabek no pretendía mofarse de él, sino hacerle ver quién tenía el verdadero control de la situación. No le gustaba. Sí, sí que me gusta. Desde el comienzo de su relación, el tranquilo y sosegado era su amigo mientras que la furia explosiva y la impulsividad era él. Se dio cuenta bien rápido.

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Se les abrió la boca al ver el número de Viktor y Yuuri. No podía ser, no podían destacar tanto, el impacto iba a venir de su actuación, no de la de esos dos inútiles. Le dio un golpetazo a la valla y miró a su amigo.

—¡Otabek! —Este le miró mucho más calmado de como él estaba—, ¡en la última parte de mi programa ven conmigo a la pista! ¡Tenemos que hacer algo más intenso que lo de esos dos! —Le agarró del cuello de la camisa, casi chocando su frente con la de él—, dijiste que querías dejarlos flipando, ¿verdad? ¿Vas o no vas a hacerlo? —Sabía su respuesta al ver la sonrisa que se dibujó en su rostro.

—Somos amigos, ¿qué otra cosa voy a responder?

No lo habían planeado, iban sobre la marcha, y le tranquilizaba un poco su estado de ánimo tranquilo y seguro. Yurio se dejó llevar por la música en cuanto esta comenzó. Lo daba todo, un poco furioso pero más que nada disfrutando de verdad por primer vez en una actuación. Otabek le observaba relajado, esperando a intervenir en su número. Se acercó a él y le quitó un guante. No tuvo que escuchar el griterío del público para saber que había quedado genial. Le quitó el otro con los dientes y casi deja de patinar de la impresión. Y sin embargo le pareció que su amigo guardaba la calma. Acabó el número y el recinto se vino abajo en vítores. Otabek le esperó para salir de la pista, sonriendo y devolviéndole los guantes.

—No voy a decirte nada, Plisetsky —Le dijo su entrenador—, y no voy a hacerlo porque tanto tú como Viktor sois incorregibles.

—¡Ha sido impresionante! —Yuuri y Viktor aplaudían con ojos brillantes sentados en la grada—, ¡hontoni sugoii, Yurio-kun!

—Mejor que tu número seguro, dais asco todo el día uno encima del otro —Sintió la mano de Otabek en el brazo.

—No te exaltes porque hayan hecho un intento de tu agape, les has robado su eros —Le susurró al oído. Le miró y chocó la mano con él. Llevaba razón, no servía de nada gritarle a un idiota que era incapaz de superarle. Respiró hondo, mucho más calmado.

—Gracias, Beka.

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Bajó al restaurante con las manos en los bolsillos de su chaqueta blanca, fastidiado por tener que dejar el teléfono cargando en la habitación. Yuuri se tumbaba en la mesa con las manos sobre la cabeza. Phichit también parecía destrozado pero Chris se mostraba fresco como una rosa.

—¿Qué tal tu noche de pasión? —Le preguntó el sueco, guiñandole un ojo de largas pestañas.

—No te montes películas —dijo fastidiado, sentándose junto a Yuuri. Le dio un golpetazo en el centro de la espalda—. ¿Estás bien, cerdito?

—No… —Se quejó, sin levantar la cabeza.

—Aprende a beber, Beka está fresco y bebió lo mismo que tú.

—Eso es discutible —dijo el aludido, sentándose a su lado, echándose el pelo húmedo hacia atrás con ambas manos—, no sé si comer o no.

—Hay algo ruso que puedes comer y te quitaría todos los males —canturreó Chris.

—¿No tienes fin? —Se rió Phichit. Le pellizcó la mejilla.

Jamais, mon amour. Si hubieras visto lo que vi yo ayer me entenderías —Otabek se puso derecho en el asiento, Yurio suspiró exasperado—. Pero no diré nada. Mis labios están sellados —Miró hacia atrás—. Voy a por comida —Phichit se levantó con él, preguntándole en susurros por el camino.

—¿Qué vio? —Le preguntó Otabek, en murmullos.

—A ti encima mía en la cama, metiéndome la lengua en la boca —contestó en su idioma, fastidiado—, como estaríamos ahora de no ser por tu puto autocontrol.

—Shhh, se va a enterar —Señaló a Yuuri con la cabeza.

—¿Este? No entiende una mierda de ruso además de vkusno y dabai.

—Dabaaaaaiii… —Murmuró débilmente, subiendo un puño.

—Sabe dos o tres palabras más que le he enseñado yo en la cama, palabras que no deberías saber —Viktor le puso una mano en el hombro—, o al menos no en unos meses. ¿No me dijiste que se controlaba? —Le clavó una mirada de advertencia a Otabek.

—¡Deja de actuar como si fueras mi padre! —Le apartó la mano del hombro—, no soy el niñato de antes, casi tengo los dieciocho. Os estáis comportando como imbéciles con todo este tema.

—Yurio-kun… no grites porfavor —Yuuri levantó la cara, destrozado.

—Ay, ¿estás bien? —En cuanto vio su estado, Viktor se acuclilló junto a él.

—Me desperté y no estabas —Se quejó, lastimero. Yurio puso los ojos en blanco, mirando a Otabek, que clavaba la vista en la mesa.

—Había bajado a imprimir los billetes de avión para Japón, pero ahora no sé si estos dos se merecen venir —Los tres giraron la cara hacia él—, a lo mejor les doy vuestros billetes a Chris y a Phichit para que puedas hacer lo que te dé la gana, señor adulto.

—Decide lo que te salga de los cojones, imbécil, no tengo que darte explicaciones —Yurio se levantó, camino al buffet libre, fastidiado por la amenaza de no llevarle de viaje.

—Lo siento muchísimo —Escuchó a Otabek disculparse—, no debería de haberme acompañado solo a la habitación, lleva razón, no tengo autocontrol cuando bebo.

—No pasa nada, tranquilo. Sé que en un estado normal no te sobrepasas con él.

Yurio se sentía cada vez más furioso. Si le llevaba a Japón iba a comérsela a Otabek en la habitación del al lado suya y nadie iba a ser capaz de impedirlo. Y ojalá le hiciera gemir y que ese imbécil de pelo plateado le escuchase. Se creía su padre, se creía con derecho a decirle lo que tenía o no tenía que hacer y siempre le había dado mucha rabia.

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Dejó caer el teléfono en la mesa del comedor, fastidiado. Este le miró desde arriba cuando dejó caer la espalda en el sofá, cruzándose de brazos para ver la película que acababa de poner.

—¿Qué te pasa? —Bajó el brazo que tenía sobre el respaldo, poniéndole la mano en la cabeza.

—Viktor, me ha echado la bronca por no estar entrenando. ¡Siempre estoy entrenando! Por un día que quiero pasarlo contigo…

—Pero es bueno que esté tan pendiente de ti —Resopló, negando con la cabeza.

—No me deja dar un paso sin supervisión desde que vino de Japón con Yuuri. Se ha tomado demasiado en serio lo de entrenarnos a los dos a la vez.

—Habría dado cualquier cosa por tener a alguien así a mis dieciséis años —Le miró sintiendo sus dedos deslizarse entre uno de sus largos mechones rubios antes de dejar caer la mano de nuevo en el respaldo.

—No sé, seguro que te habrías quejado.

—Posiblemente, pero siempre es mejor esto que estar solo.

—Tuviste que pasarlo fatal, tan lejos —Se encogió de hombros.

—A todo se acostumbra uno —Chasqueó la lengua, fastidiado—, valora su presencia, Yura, te quieren mucho.

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Resopló por la nariz, dejando caer el plato de desayuno en la mesa con desgana. Sentía a Viktor mirarle y a Phichit sentarse con cautela, dándose cuenta de que algo estaba pasando.

—Llevas razón, no eres ningún niño —dijo Viktor. Alzó las cejas, asintiendo varias veces sin mirarle con los labios fruncidos—, pero entiende que puedes buscarle un problema legal y que para mis ojos sí eres un crío.

—Pero es que da igual, no lo soy —le dijo en ruso con la intención de que le entendiese el menor número de gente posible. Se sintió enrojecer antes de decir lo siguiente, pero necesitaba darse a entender—, que te entre en la cabeza y cuanto antes mejor que yo también me… toco y tengo deseos sexuales, que por lo visto ninguno de los dos tenía líbido a mi edad.

—¡Claro que la tenía pero nunca hice nada con mayores de edad! —Le riñó Viktor.

—O sea, que si Beka tuviese diecisiete no tendrías problemas, ¿no?

—Claro que no —Viktor resopló como si fuese evidente. Otabek parecía abochornado ante las palabras de ambos. Yurio dió un golpe en la mesa, volcando parte de su desayuno.

—¡Venga ya! ¡Una polla es una polla da igual la edad que tengas! —Sintió el rubor subir hasta las orejas. Escuchó a Otabek decir su nombre en susurros—. ¡¡Deja de meterte en mi vida!! —Viktor negaba con la cabeza.

—No me digas que no me meta en tu vida cuando eres tú el que me viene buscando después a la otra punta del mundo cuando me voy.

—Por favor, no sigáis, el resto no está entendiendo lo que ocurre, me parece una falta de respeto —dijo Otabek, mediando entre ellos—. Viktor, no te preocupes, no va a volver a pasar nada.

—Eso dices tú aquí sentado —masculló Yurio, apartando el desayuno—. Haz lo que quieras con los billetes, no se me apetece ir a ninguna parte contigo —Se levantó de la mesa, sintiendo la mano de Otabek intentar agarrar la suya para pararle y escuchando a Viktor chasquear la lengua.

Nadie más se interpuso en su camino y en cierta manera le dolió. Esperaba que le parasen, que le dijesen que se calmase y que no pasaba nada, esperaba que Otabek se le uniese dándole la razón, pero por lo visto el planteamiento de Viktor era muy lógico. Se encerró en su habitación con los cascos puestos, a todo volumen, cogiendo el teléfono que cargaba en la mesita de noche. Miraba sin ver las redes sociales, pensando en lo injusto de la situación, en argumentos que darle a Viktor que si se le hubiesen ocurrido en su momento habrían venido de muerte. Se enfadó solo montándose conversaciones en su mente, imaginando lo que él le diría, lo que le gritaría. Para variar, estaba furioso. El icono del whatsapp se iluminó en la parte superior de la pantalla.

¿Me abres? Llevo un rato llamando, supongo que estás con los cascos puestos —Era Yuuri. Dejó caer el teléfono en la mesilla y se levantó quitándose los enormes auriculares negros.

—Qué, ¿te manda tu novio? —Negó con la cabeza. Daba pena la cara de sueño que tenía.

—Le he dicho que iba a descansar, está hablando con Otabek en ruso, mucho y muy rápido, ¿me cuentas qué pasa?

—Es simple —dijo caminando hacia la cama, dejándole entrar—, quiero follar y por lo visto lo tengo prohibido —Escuchó un débil “oh” y le vio enrojecer. Era curioso que con él no sentía vergüenza alguna—, venga ya, te he visto con Viktor.

—¡Yurio-kun!… no hables de eso —Cada vez estaba más colorado. Le hizo reír su actitud. Cuando el japonés le sonrió de vuelta se dio cuenta de que estaba más calmado.

—Lo que no me entra en la cabeza es que le diga a Otabek ayer que yo necesitaba ayuda cuando sabía que tendría que estar excitado en el baño y que cuando se entera de que nos hemos enrollado ponga el grito en el cielo.

—¿Os habéis enrollado ya? Por fin —El idiota tenía una sonrisa muy alegre en la cara—, sabía que os gustábais.

—¿Qué lo hace tan evidente si puede saberse? —Yuuri sacó su teléfono, haciéndole un gesto con la mano para que esperase.

—Por darte un ejemplo, que cada vez que os hago una foto él siempre está distraído —Se sentó a su lado, pasando fotos de la galería. En casi todas en las que ambos aparecían, Otabek le miraba de reojo, abstraído—, por no hablar de todas las veces que te deja su chaqueta, te cede el sitio, o te trae algo que necesitas sin que siquiera tengas que pedirlo. Además de que cuando estás a su lado, siempre sonríes.

—Vale, ya, me queda claro —Yurio notaba su rubor crecer, pero procuró ignorarlo—. La cosa es que por lo visto el hecho de que él tenga veinte años y yo diecisiete es una cosa impensable.

—Es un poco exagerado por su parte, sí. Pero supongo que lo hacen por protegerte.

—¿De qué? ¡Beka no se va a aprovechar de mí, puedo asegurartelo, va a ser con todo el puto consentimiento del mundo!

—Si yo fuese tú lo dejaba pasar, al menos de momento. Ven a Japón, Mari debe tener muchas ganas de verte y probablemente haya ropa nueva. Además, Otabek-san nunca ha ido y seguro que le gustará compartir la experiencia contigo.

—No voy a disculparme —dijo, testarudo.

—No hace falta. Le diré a Viktor que quieres venir, aunque seguro que cuenta contigo.

—No tienes que mediar entre nosotros, puedo hablar por mí mismo.

—Lo sé, pero si se lo digo yo es más fácil —dijo levantándose—, ¿no sabes ya que no puede decirme que no a nada? Es incapaz de resistirse a esta sonrisa —Se marchó mostrándole un ejemplo. Ese niñato tenía mucho peligro, mucho más de lo que aparentaba.

Se levantó haciendo la maleta, recogiéndolo todo porque desconocía cuándo se iban. Volvió a su postura en la cama, con el teléfono y su música que cada vez se mezclaba más con los temas que conoció a través de Otabek. Pensó en lo que Yuuri le había dicho de las fotos y le echó un vistazo a las propias. Sobre todo a los selfies.

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Se rió suavemente apuntando el teléfono hacia su cara, poniendo gestos para ver cómo quedaba el filtro. Al escuchar la puerta de la calle levantó una mano saludando.

—¿Qué haces ahí? ¿No has empezado a entrenar? —Miró al jadeante Otabek por encima del sofá. Estaba chorreando de sudor.

—Ahora voy, ven un segundo —Se le acercó, mirándole con la seriedad que le caracterizaba. Él no se daba cuenta, pero cada vez que salía a correr partía cuellos de la de gente que se giraba para mirarle. Probablemente que corriese con la chaqueta abierta y sin camiseta tenía algo que ver.

—Viktor va a echarte la bronca.

—Me da igual, ponte detrás mía —Se arrodilló a su espalda, apoyado con las dos manos en el brazo del sofá en el que descansaba la cabeza de Yurio. En cuanto vio el filtro con la nariz de gato en su cara seria, el rubio dio una carcajada—. ¡No, no sonrías! —Le pidió al ver que se le levantaban las comisuras, observando cómo se reía—, serio es hasta mejor.

—Vale —Volvio a su gesto serio, mirando la pantalla del teléfono.

—Mira a la cámara, por lo que más quieras —No podía parar de reírse. El contraste entre su seriedad y lo adorable del filtro le estaba matado. Echó una foto en la que se veía Otabek en primer plano mirando al objetivo y la mitad de su cara, llorando de la risa—. Ay Beka, es la mejor foto de la historia —Dejó presionado el botón para grabar un vídeo—, di algo.

—¿Qué quieres que diga? Tengo que ducharme.

—Yo que sé, di Yuri Plisetski es el mejor del mundo.

—Yuri Plisetski es el mejor del mundo —No dejaba de mirarle y se le quitaban la nariz y las orejas del filtro.

—¡Pero mira a la cámara, idiota!

—Yura, en serio, tengo que ducharme, huelo fatal.

—Solo hueles a sudor y tu sudor no huele tan mal, pero vale, veeete —Le hizo un gesto con la mano para que se alejara.

—Cuando me duche nos hacemos las fotos que quieras —Se levantó, alborotandole el pelo. Al volver a mirar la foto, retomó las carcajadas.

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Volvió a subirla a Instagram con la leyenda “Debería estar en un museo @otabekaltin”, le etiquetó y puso la localización. Guardaba muchísimas fotos con él y con cada foto le venían buenos recuerdos. Tenía ganas de pasar el rato con él, saber que estaban en el mismo sitio y que deliberadamente no iba a hacerle compañía le molestaba. No quería, pero dio el primer paso al abrir el Whatsapp.

¿Dónde estás? —Le escribió, tumbado en la cama. En menos de dos segundos le estaba respondiendo.

Haciendo la maleta. Ahora voy.

—Haz lo que quieras, solo quería saber si Viktor te había dado permiso para hablarme —Tan pronto mandó el mensaje, se arrepintió.

No le contestó, pero sí le dejó en visto. Un momento después le dio a “me gusta” a la foto de Instagram. No había acabado de suspirar que escuchó tres golpecitos en la puerta de la habitación. Se levantó con el teléfono en el bolsillo de sus pantalones cortos y los cascos apoyados en sus hombros. Otabek le miraba con el ceño fruncido, para variar. Se le había secado el pelo un poco como le daba la gana a cada mechón. Se giró dejándole entrar y cerrando la puerta.

—No es justo que te enfades conmigo —dijo mirándole.

—Claro que lo es —contestó, cruzado de brazos—, te pones de su parte.

—No se trata de estar de parte de nadie, se trata de lo que es o no es legal.

—Poco te importa la legalidad cuando me cuelas en las salas en las que pinchas música y ves a toda esa gente drogándose.

—No es lo mismo…

—No, esto es más importante y más necesario, pero eh, si has podido esperar dos años que le jodan a Yura y se espere él tres meses —Chasqueó la lengua—. No, no me chasquees la lengua, tú tendrías claro lo que querías nada más hablarme pero yo lo he ido descubriendo y no me sale ni aguantarme las cosas ni reprimirme, sabes que no soy así.

—Yura… no es fácil para mí tampoco.

—Dices que somos novios —murmuró mirándose los pies, agitado al hablar de ese tema—, pero además de tu palabra no tengo pruebas de ello. Si no me lo demuestras con acciones igual valdría que fuéramos mejores amigos.

Volvió a chasquear la lengua. Yurio se sintió enrojecer cuando le pasó los brazos por los hombros en un fuerte apretón, acariciándole la espalda y el pelo, besándoselo. Se aferró a su camiseta.

—No sabes lo que me cuesta contenerme. Es muy difícil no besarte a todas horas, no tocarte como de verdad quiero tocarte —Le ardía la cara, el pecho, le costaba respirar de pura excitación al tenerle tan cerca y susurrando de esa manera—, cuando cumplas los dieciocho no voy a dejarte tranquilo.

—No me digas esas cosas —Sintió su boca bajar de su pelo a su sien, junto a su nariz. Yurio giró la cara, pero él se alejó—, me merezco un beso en el que tú también te enteres de lo que está pasando.

—Esta mañana me diste uno —Sentía su aliento en la cara, el pulgar de Otabek en su mejilla, acariciándosela.

—Ese no cuenta —murmuró. Otabek negó con la cabeza, pero sin embargo se acercó, besándole despacio.

Yurio tragó saliva en el momento que se alejó un instante para mirarle a los ojos, volviendo a rozar sus bocas después, uniendo sus pechos y sus caderas en un abrazo más estrecho. Harto de tener paciencia, le metió la lengua entre los labios a Otabek, que aspiró profundamente tirándole del pelo, devolviéndole el beso tan despacio que le mareó, dejando salir un ronroneo ronco que le retumbó en el pecho. Yurio le pasó las manos por las mejillas, por los lados rapados de su cabeza, despeinándole después a tirones. Se vio levantado del suelo cuando le agarró del trasero con ambas manos y aprovechó el movimiento para rodearle las caderas con las piernas.

—No pesas nada —jadeó en sus labios—, la de cosas que quiero hacerte…

—Deja de susurrar, lo único que consigues es ponerme más… más.

—¿Crees que yo no estoy cachondo? —Antes de que pudiese pararle, bajó una de sus manos hasta los pantalones de chándal de Otabek para comprobarlo, rodeando el glande de esa enorme y dura erección. El gemido que dejó escapar entre labios apretados, grave y largo, le dio pie a deslizar la palma por su relieve duro y caliente. Cerró los ojos, resoplando—. Yura, no me hagas est—

—Déjame comertela —Otabek abrió los ojos, aspirando, negando con la cabeza e intentando soltarle en la cama. Pero Yurio no iba a dejarle ir tan fácilmente. Le iban a reventar las mejillas de lo encendidas que las sentía—, nadie va a enterarse, solo nosotros. Quiero hacerlo, por favor.

—No. No me pidas… no hagas esto. No quiero rechazarte —Intentaba por todos los medios no mirarle a los ojos. Yurio le agarró la barbilla con una mano, lamiendo su labio superior.

—Pues no me rechaces, estás deseando. Sé que es lo que más quieres ahora mismo.

—Yuri, no —Nunca le decía Yuri, y fue esa voz autoritaria la que le hizo parar. Le desenredó los pies de su espalda y le dejó caer definitivamente en la cama—, ¿no nos vamos a poder quedar solos?

—No si me abrazas o me besas. Lo siento, ni puedo ni quiero controlarme —Yurio se mordió el labio, apretándose la erección sobre los pantalones—, ¿te quedas a mirar hoy también? —Tiró del elástico, sacándola entre sonrojos. Su erección no era ni la mitad que la de Otabek pero a él parecía gustarle mucho mirarla.

—No. No. Te veo en la cena. O cuando te calmes —Le miró de soslayo y tragó saliva al escuchar su débil  gemido al bajar su piel despacio—, o cuando me calme yo.

A pesar de que se marchó, Yurio se masturbó, quitándose la chaqueta, los cascos y la camiseta, pensando en lo que acababa de tocar pero imaginando que lo lamía, que se le corría en la boca. Se retorció en la cama, jadeante, susurrando su nombre. De haberse quedado allí habría sido un orgasmo veinte veces más fuerte, mil veces más fuerte. Cogió su teléfono sonriendo atontado y echando una foto a su rostro exhausto y colorado, encuadrando también su pecho manchado con su corrida.

Estarás contento —Escribió debajo. Lo leyó de inmediato. El cartel de “escribiendo…” apareció y desapareció varias veces.

Joder —Fue toda la respuesta que obtuvo.

¿Y mi foto?

No, no hay foto. Y borra esta de tu teléfono.

—Seguro que tú no la borras.

No le contestó. Con él se sentía en desventaja por no tener experiencia, no sabía por dónde tirar. No solo nunca había masturbado a otra persona, es que el hecho de fallar en la cama le aterraba. ¿Y si no le gusta lo que le hago? ¿Y si no me gusta a mí? Tenía entendido que las primeras veces el sexo anal molestaba, que resultaba extraño, y no quería estar incómodo con él. No era justo. Miró el teléfono con una idea en la cabeza que, o podría salir muy bien o podría salir muy mal. Abrió su lista de contactos y buscó a uno con el que jamás pensaría entablar una conversación privada.

 

 

4

Eh, pervertido, necesito tu ayuda. Pero como abras la boca te rajo con la cuchilla de los patines, ¿queda claro? —Chris no era Otabek, por lo que tardó en contestar lo que le pareció una eternidad pero fueron solo dos minutos.

¿Qué puede querer un angelito como tú de mí? —Respiró hondo, muerto de vergüenza por lo que estaba haciendo pero sin ver una salida más práctica.

Te vas mañana, ¿verdad?

—Sí, ¿quieres que suba a tu habitación para enseñarte truquitos con los que impresionar a tu novio?

—¡¡NO!! —Resopló, arrepentido de lo que estaba haciendo sin siquiera plantearlo—, necesito que me compres una cosa que yo no puedo comprar porque soy menor de edad.

—Oh, qué aburrimiento.

—Necesito un consolador —Se pegó con el teléfono en la frente, sofocado y apretando los dientes al sentir que vibraba mucho y muy rápido.

—¡¡OOOOH!! ♥

🙂 🙂 🙂 🙂

¿De qué tipo?

¿Para ti o para él?

Ay Yuri, Yuri…

Que ya sabía yo que de angelical tenías poco…

Agape, pff!

—Vete a la mierda, Chris

—Jajajajajajajaja 😉

—Es para mí, nunca he hecho nada, es para practicar y acostumbrarme. Te doy el dinero cuando me lo traigas.

—Ya veo. Déjalo en mis expertas manos que esta noche te lo llevo.

Gracias por contar conmigo para esto 😘

—Que te jodan.

—Ojalá.

Tuvo que reírse, dejando el teléfono de lado para pasarse las manos por la cara. Quería estar a la altura de la situación, a la altura de alguien con experiencia como él. Se sentó, yendo al baño para limpiarse el pecho, cambiándose a ropa más deportiva. Al no estar en su casa no tenía con qué entretenerse, por lo que saldría a correr un poco ahora que el teléfono tenía la batería a tope y podía escuchar música. Se le hacía raro entrenar sin él…

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Le iba a explotar el pecho, no podía más pero quería seguir su ritmo. Necesitaba seguir su ritmo porque de no hacerlo tendría que aguantar sus te lo dije. Otabek no era elástico pero sí muy resistente, en exceso. Le hizo correr, hacer sentadillas, correr más, nadar, subir y bajar escalones, correr otra vez… todo desde hacía bastante más de media hora. Era demasiado cardio para él, le comenzaba a doler el pecho y ese tío parecía fresco como una rosa. Al ver que paraba dio gracias al cielo.

—Bien, vamos a estirar —No abrió la boca, creía que iba a vomitar. Colocó las manos en la barandilla de la pasarela en la que se habían parado, con la rodilla delantera semiflexionada, y la trasera estirada, tirando de la cadera hacia adelante—. ¿Estás bien? —Le preguntó cuando se puso a su altura, copiando sus movimientos.

Asintió. Veía manchas negras. No veía nada.

Al abrir los ojos Otabek le sostenía la cabeza contra el brazo, apoyando su espalda en la pierna. Al enfocar comprobó que estaban en el suelo, él tumbado y su amigo sentado, apartándole el pelo de la cara.

—¿Has visto un fantasma, Beka? —Se rió de su expresión alarmada.

—¿Crees que vas a vomitar? —Negó con la cabeza. Había más gente alrededor, dos señoras. Una chica llegó corriendo, ofreciéndoles una bebida isotónica—. Toma, bebe en sorbos pequeños —Le hizo caso. Otabek le miraba con los labios fruncidos y esa expresión tensa que se le plantaba en la cara cada vez que hacía podio pero no era oro.

—Estoy bien…

—Te lo dije, te dije que era demasiado para ti.

—Cállate imbécil, cuando puedas ponerte la rodilla en la frente me lo cuentas —Sonrieron juntos, Otabek volviendo a pasarle la mano por el pelo, aunque ya no estuviese en su cara.

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No se machacó mucho tampoco, el tiempo suficiente para llegar a la hora del almuerzo. Subió a su habitación, mojándose el cuerpo pero no el pelo para deshacerse del sudor. Al salir casi se da de bruces con Viktor, que sin decir ni media le dio con un dedo en la frente, sonriendo.

—¡Yurio! ¿Vienes a almorzar? —Yuuri llegó a su altura. Asintió.

Les observaba caminar pasillo abajo, llamando a la habitación de Otabek. Les abrió jadeante, sin camiseta, vestido tan solo con los pantalones de chándal y empapado en sudor de la cabeza a los pies. Yuuri dejó salir un “wow” susurrado, apartando la mirada un poco azorado. Yurio por su parte intentó memorizar todo lo que veía, dándole un doble sentido a todos sus gestos y jadeos. Se bajó la chaqueta que de por sí le quedaba larga, ocultando la nueva erección que le provocaron sus propios pensamientos. Qué ganas tengo de pasar la pubertad de una vez…

—Ahora bajo, voy a ducharme primero.

—Y arréglate, después nos vamos a ver la ciudad —Le propuso Viktor—, Chris y Phichit ya se han marchado porque querían ir de compras —Yurio se puso los auriculares y la capucha, adelantándose al comedor, esperando que ese imbécil no hiciera público su recado.

Almorzaron conversando sobre todo lo que tenían que ver en Japón, Yuuri el más entusiasmado de los tres. Por supuesto se hospedarían en el balneario de los padres y por supuesto comerían de su katsudon, pero quería llevarles por más lugares de Japón. A Yurio le prometió ir a Shibuya para deslumbrarle con la moda y a Otabek con las Harleys. No necesitaban muchos más estímulos, ya estaban convencidos de antes. Al acabar de almorzar pasearon por la ciudad, mirando tiendas, cotilleando locales y cargando a Yuuri de bolsas. Más o menos, Otabek se comportaba como siempre, quizás un poco más distante ahora que sabía el peligro que corría. Yurio fijó la vista en las manos de la pareja que tenía delante, entrelazadas, Viktor acariciando el dorso de la de Yuuri con el pulgar distraídamente. Él también quería pasear de la mano. Miró la de Otabek colgando junto a la suya, pero le daba miedo que también le rechazara ese gesto. Por ello, suspiró fastidiado, muerto de envidia al ver que Viktor le pasaba el brazo por los hombros al cerdito. Una descarga eléctrica le recorrió de dedos a columna al sentir la mano de Otabek aferrarse a la suya despacio, como si lo hiciese todos los días. Se sintió enrojecer mientras le dejaba colar sus dedos entre los suyos, le dio la sensación de echar humo, mirando al lado contrario de su novio.

—¿No querías? —Le preguntó, apretándosela. Asintió sin mirarle pero devolviéndole el apretón. No sabía qué era peor, si hacerle una proposición indecente o una muestra de cariño tan dulce y pública como esa.

—¡Se me apetece un chocolate caliente! ¿Queréis? —Yuuri se volvió, preguntándoles.

Otabek asintió con un ruidito de garganta, Yurio con la cabeza, mirándole de reojo. El japonés se percató de sus manos y sonrió al verles así. Sonrió de oreja a oreja. Y le susurró a Viktor. Yurio se llevó una mano a la cara cuando este se giró bruscamente y Otabek puso la espalda derecha. Le apretó la mano, no iba a soltarle. Pero su entrenador también sonrió, suspirando y pagando por los cuatro chocolates. No le volvió a soltar la mano en toda la tarde más que cuando era absolutamente necesario, y al instante en el que la tenía libre de nuevo sentía sus dedos buscar los suyos. Era una buena manera de acostumbrarse a su cercanía, aunque en realidad no le prestaba atención a nada más que al contacto de su piel. Fueron a cenar al restaurante del hotel, acompañados por Chris y Phichit, ya que sería la última noche que les verían hasta volver a los campeonatos.

—No tenéis ni idea de por lo que me ha hecho pasar Chris —Se quejó Phichit—, me he pegado más de media tarde en un sex shop.

—Necesitaba repuestos y tú has descubierto muchas cosas nuevas —dijo él quitándole importancia. Yuuri se puso como un tomate, Viktor se rió y Otabek les miró con una expresión aparentemente neutra. Sin embargo vio diversión en sus ojos.

—De todo, se ha llevado de todo.

—Pasas una noche con Chris y te curas de espanto —Le dijo Viktor entre risas—, con lo tierno que eras de pequeño…

—Este también parecía tierno hasta que hizo el Eros y vimos que de tierno no tenía nada —dijo señalando a Yuuri, que parecía querer esconderse.

Yurio no abrió la boca en toda la cena más que para comer, se despidió de todos y se apresuró a su habitación, alejándose de Chris y de posibles relaciones que pudieran crear entre las compras y él mismo. Les dio las buenas noches al grupo delante de la puerta de su habitación.

—Acuérdate de poner la alarma para mañana, nos vamos temprano —Le recordó Viktor.

—La puse antes, tranquiiiiilo —Le dijo haciéndole un gesto con la mano, buscando la tarjeta de su puerta en sus bolsillos con la otra. Mientras miraba hacia abajo, intentando no tirar al suelo nada de lo que sacaba, sintió que le apartaban el pelo de la cara.

—Buenas noches —susurró Otabek justo antes de darle un beso en la mejilla. Cuando pudo reaccionar le miró, el calor agolpado en la cara. Ese idiota le sonrió, pellizcándole la barbilla y alejándose.

No pudo decir nada más, era incapaz de hablar sin gritar. Se metió en la habitación, cerrando más fuerte de lo que pretendía, escuchando la risa de Viktor en el pasillo. Abrió su maleta y sacó su camiseta de pijama, quedándose solo con ella y los calzoncillos puestos. Se tiró en la cama con el teléfono, buscando a Chris en los contactos. Antes de poder hablarle llamaron a la puerta.

—Feliz navidad —Le dijo meneando la bolsa ante su cara. Yurio tiró de su mano, metiéndolo en la habitación.

—¿¡Eres gilipollas o qué te pasa?!

—No te preocupes, a nadie se le ocurriría que tú precisamente fueses a comprar juguetitos. Ven siéntate —dijo, como si estuviese en su casa, sentándose en su cama—, me he tomado la libertad de comprarte alguna que otra cosita más.

—Déjalas aquí y dime cuanto te debo —Chris le miró con las cejas levantadas.

—Yurio, ¿quieres ir a tientas o con el consejo de alguien que sabe de lo que habla? Siéntate —Le hizo caso, abochornado, sentándose en la esquina contraria a él—. Te traigo lo más básico de lo más básico, y eso es condones y vaselina. Creeme, este tarro va a ser tu mejor amigo de ahora en adelante. Y por mí hacedlo sin condón, pero si se corre dentro luego te va a doler la barriga bastante —Lo dejó en la cama, sacando otra caja y abriéndola—. Bien, estos tres de aquí son dilatadores —Eran color carne con una base ancha, uno de ellos era muy fino y pequeño—, obviamente debes empezar por este —Le mostró el más pequeño.

—¿Qué voy a sentir? ¿Duele mucho?

—Al principio molesta, quizás sientas un calor muy intenso pero si lo haces bien va a encantarte. Hay un punto a muy poca profundidad, hacia arriba —Introdujo un dedo dentro de un círculo estrecho formado con su otra mano—. Y cuando lo encuentres… pero eso sí, paciencia, mucha paciencia Plisetsky. Y mucha vaselina. Puedes ponerlo en una superficie plana, que se adhiere y no se va a mover, aunque si prefieres ponerte comodo y moverlo tú es otra opción. Empieza con los dedos y después con el pequeño. Con el tiempo ve planteándote los demás, el ritmo es cosa tuya —Los guardó de vuelta en la caja. No podía mirarle a la cara.

—No puedo tardar mucho en adaptarme, Otabek está demasiado bien dotado y mi cumpleaños es en tres meses —murmuró.

—Ya, no lo he pensado bien, es más grande que esto —Sacó un cuarto consolador, semi transparente y rosado, con la punta fina y el resto no más ancho. Parecía elástico.

—¿Cómo sabes…?

—¿De verdad quieres saberlo? —Le iba a preguntar cómo sabía del tamaño de Otabek pero se lo pensó dos veces. Chris aspiró entre dientes en un gesto incómodo—. Plantéate ser el activo, con lo pequeñito que eres más te vale tener una habilidad natural para que te abran o lo vas a pasar mal —Yurio tragó saliva, cruzándose de brazos y mordiéndose la uña del pulgar—, ¿qué te angustia tanto?

—No dar la talla. No sé nada de sexo además de… conmigo.

—No seas tonto, siendo el buenazo que es no va a presionarte, estoy seguro. Y tú déjate llevar y déjale claro lo que te gusta y sobre todo lo que no. Verás que todo sale bien —Se levantó, guardándolo todo en la bolsa—. Recuerda que la higiene es importante, tienes también un limpiador para los juguetes, déjalos limpios siempre que acabes.

—¿Cuánto te debo?

—Nada, con que tengas buenas relaciones me doy por satisfecho —Le guiñó el ojo desde la puerta, deseándole buenas noches.

Miraba la bolsa sin saber muy bien qué hacer con ella. Quería comenzar a practicar cuanto antes mejor pero le daba reparo incluso tocarlos. Sacó el dilatador pequeño, observándolo, tocándolo, pensando cómo hacerlo de la mejor manera. Respiró hondo, quedándose desnudo en la cama, apoyando los pies en la pared del cabecero. Paró un segundo al darse cuenta de estar más nervioso que excitado. Alcanzó su teléfono y abrió el whatsapp.

¿Estás dormido? —Le escribió a Otabek.

—Casi, ¿no puedes dormir?

Nope —Alzó los brazos y sacó una foto solo de su cara fastidiada—. Seguro que tienes un ojo medio cerrado.

—Exacto —Para su deleite, recibió una foto un tanto oscura de la cara de su novio apoyada en la almohada. Miraba a la cámara de tal manera que el corazón le dio un buen salto en el pecho.

Voy a llamarte —No le dio la oportunidad de responder o negarse, le llamó aunque tuvo la cautela de hacerlo sin vídeo.

Deberíamos de estar dormidos —Fue su saludo. Le encantaba su voz rasgada cuando se empezaba a quedar dormido y sobre todo por la mañana. Le volvía loco.

—Ya, pero es que no puedo. Y hay una solución al no poder dormir muy buena, que si me ayudas…

Yura, no voy a ir a tu habitación.

No hace falta. Oye, entiendo lo de no tener relaciones hasta mi cumpleaños —mintió, rozándose la cara interna del muslo con la mano—, pero, ¿por teléfono tampoco?

¿Me estás proponiendo sexo telefónico? —Sonrió al notar la diversión en su voz.

—Beka, estoy desnudo en la cama —Silencio al otro lado—, si fuese mayor de edad y entraras aquí, ¿qué me harías primero?

Tocarte. Entero —Se mordió el labio casi riéndose al ver que le seguía el juego. Respiró hondo. Era mucho más fácil decir este tipo de cosas si no le tenía delante—, estoy seguro de que esa piel tan blanca tiene que ser muy suave.

—¿Serías cuidadoso conmigo? —Escuchó que se movía en la cama, cambiando la postura.

Por supuesto —Se arrepintió de no usar la cámara cuando escuchó un corto jadeo de esfuerzo y se preguntó la causa—, pero te haría temblar mucho, muchísimo —Se mordió el labio, nunca habían hablado de esa manera.

¿Me follarias? —Yurio mojó un dedo en la viscosa sustancia, mucho más animado que antes. Llevó la fantasía que le planteaba a la práctica.

Primero con mis dedos, solo uno, rozando muy despacio, metiéndolo más lento aún —Le escuchó respirar con fuerza.

—Soy muy estrecho, Beka —Apretó los dientes al penetrarse a sí mismo con el dedo, quejándose un poco—, y es raro sentirte dentro.

Yura, va a encantarte —Le temblaba la voz—, pronto vas a pedirme más.

Jadeó con más fuerza al otro lado del teléfono, a Yurio la sensación seguía pareciéndole extraña. Entonces recordó el consejo de buscar ese “punto mágico” y curvó el dedo hacia arriba, buscando, buscando…

—¡Ahmn! —gimió sin poder evitarlo tan pronto como lo encontró. Le escuchó resoplar—. Beka, Beka… más.

Te lo dije, te dije que te iba a gustar —Su respiración se destacaba ahora mucho más. Le imaginó con los calzoncillos medio bajados, sin camiseta, con la cabeza doblada hacia atrás y esa nuez marcada en su garganta. Le imaginó rozandosela como ya le había visto hacerlo.

—Quiero escucharte, quiero escuchar cómo suena lo que te haces, baja el teléfono —Tras unos sonidos de sábanas y dedos contra el auricular, se sintió desbordado al oír la humedad de su movimiento repetitivo, sus gemidos distantes en los que incluía su nombre.

Deseaba comérsela más que nada en el mundo. Se atrevió con un segundo dedo al sentirse tan excitado. Seguía siendo extrañamente ardiente e invasivo, pero la sensación de presión placentera cuando rozaba ese punto era maravillosa. Se alegró de tener manos pequeñas. Sostuvo el teléfono entre el hombro y su mejilla, agarrando el dilatador pequeño, metiéndolo directamente en el tarro de vaselina, pensando que nunca había demasiada. Tras mover sus dedos en círculo varias veces para ensancharse, probó con el aparato.

—Beka… —Escuchó ruido de nuevo. Sus jadeos con más fuerza al acercar el teléfono a su boca.

Sí, háblame.

¿Me la vas a meter?

S-sí. Estoy entrando, despacio, tan estrecho….

—Eres enorme. Eres demasiado para mí —Un gemido vibró al otro lado del teléfono, incontenido y escandaloso. Yurio tenía mucho cuidado de no hacerse daño y ahora que podía mover las dos manos se acarició su expuesto glande, rodeándolo con los dedos—, tocame, tocame por favor.

No puedo más.

Correte dentro.

Joder Yura, joder, mierda —Retuvo el gemido y al escucharle soltar el aire despacio en una grave exhalación, Yurio imaginó que le tenía dentro, penetrandose con el pequeño dildo, doblándolo para darse en ese punto delicioso—, ¿te… te has corrido?

—Casi, casi —No se lo podía meter entero pero lo que llevaba era más que suficiente para hacer que le temblasen las piernas.

Correte en mi boca.

Su gemido se convirtió casi en un grito al machacarsela extasiado, casi en el clímax, incorporándose y sentándose en el dildo, penetrándose hasta el fondo con él. La cama hacía demasiado ruido al botar sobre él y carecía de estabilidad, por lo que se deslizó hasta el suelo de parqué. Lo aseguró en él, utilizándolo como Chris le sugirió, pudiendo aguantar ahora el teléfono mientras se masturbaba y subía las caderas de abajo arriba sobre el dilatador.

—Sí, sí, mmme, mmmhmm —No pudo hablar, casi no podía sostener el teléfono.

El orgasmo fue descomunal, como nunca lo había sentido. Levantaba las caderas ligeramente, echándolas hacia atrás para rozarse directamente en ese punto tan fantástico. Escuchar el “hmmmmm” de Otabek al otro lado le facilitó la idea de tenerle entre sus piernas apretadas, tragándose todo lo que le resbalaba por los nudillos. Tras sus ojos cerrados vio destellos de color, su mente se nubló por la intensidad, tan solo podía escuchar a Otabek resoplar al otro lado.

¿Qué has hecho que he escuchado tantos ruidos y quejidos? —Además de curiosidad, notó excitación en su voz.

—Algún día te lo contaré —Se quejó, terminando de correrse entre escalofríos.

—Me muero de la curiosidad. Espero que duermas bien.

—Sí, gracias —Tragó saliva, quejándose con un último gemido al sacarse el consolador del culo—, gracias.

¿Estás solo ahí?

Claro, joder Beka, menuda puta pregunta.

Estoy muy perdido. Cuando lleguemos a Japón me cuentas qué has hecho.

—Ya veremos. Buenas noches.

Se encontraba demasiado extenuado como para perder tiempo limpiando a su nuevo amigo. Se metió entre las sábanas y le echó un vistazo a esa foto que le había mandado medio dormido, deseando tenerle delante, deseando dormir en sus brazos como la noche anterior. No pudo desear mucho más, se quedó dormido antes de darse cuenta entre fantasía y fantasía.

 

 

5

Abrió los ojos al sonar la alarma con una sonrisa en la cara y casi en la misma postura. Y menos mal, porque se había dejado el bote de vaselina abierto en la cama. Se levantó, recogiéndolo todo, lavándose las manos, la cara y el dilatador, sacándolos de las cajas para que entrasen en la maleta. Desde luego en el escáner del avión iban a flipar. Se rió guardándolos al fondo, entre los calcetines y calzoncillos. Se acababa de poner sus pantalones de chándal favoritos cuando llamaron a la puerta con insistencia. Sabía quién era sin abrir.

—Te he dicho que me había puesto alarma —Protestó Yurio, abriendo la puerta y girándose para cerrar la maleta, sentándose encima. La sonrisa de Viktor era inmensa y tan bonita como siempre.

—Espero que hayas descansado porque el viaje es agotador. Yuuri ya está abajo más dormido que despierto, ¿vas por Otabek? ¡Voy llamándo al taxi! —Se le contagió su alegría cuando le cogió de las mejillas, riéndose.

Desde que estaba con el tazón de cerdo era otro completamente diferente. Rebosaba energía, alegría y optimismo, y quiera que no su carácter se contagiaba. Cogió su maleta, haciéndola rodar por el pasillo, mirando atrás antes de cerrar la habitación y cerciorándose de que no se dejaba nada. Llamó con los nudillos a la puerta de Otabek, un poco nervioso, cosa que nunca le había pasado al verle. Bueno, quizás solo aquella vez, pero era normal. Acababa de darse cuenta de todo.

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—¿De qué te ríes tú tanto con el teléfono? —Le preguntó Viktor tirado en el sofá con Yuuri medio dormido en su pecho, jalándole del pie al rubio. Sonreía más con sus ojos que con la boca, observándole con curiosidad.

—Beka se acaba de echar una foto con un filtro de snow y está super gracioso. Siempre pone la cara seria y es que me muero, mira —Giró el teléfono para que lo viera. Viktor recorrió la vista por la imagen, sonriendo ligeramente.

—Es guapo, ¿eh? —Asintió, mirándole extrañado porque era obvio.

—¿Quién? —Un adormilado Yuuri miró en su dirección.

—Tú, tú eres precioso —Viktor pasó sus manos por las mejillas de Yuuri, besándole despacio en los labios e inclinándose hacia adelante, haciendo sonreír a su novio.

Yurio arrugó la nariz, volviendo al teléfono. Sí, debajo de ese filtro tan divertido resaltaba el atractivo de Otabek, pero en esa y todas las fotos. Le parecía ridículo lo fotogénico que era, siempre salía bien. En unas fotos más que en otras, y es que recordó una foto que echó en Barcelona cuando pinchaba en la discoteca en la que sus ojos concentrados brillaban con las luces de su misma mesa de mezclas. La echó él mismo cuando pinchaba la canción que bailó el día siguiente. Descentró la vista al perderse en sus pensamientos, recordando la actuación y ese tirón del guante con sus dientes. Del roce de su lengua en el dedo. Se apoyó el teléfono en la boca, hundiéndose en el sofá al darse cuenta de lo rápido que le iba el corazón al pensar en su amigo. Porque es mi amigo y nada más. Nunca ha sido otra cosa y no lo será… ¿No?. El timbre les hizo dar un respingo.

—Ya voy yo —Yurio se levantó, tirándose de los pantalones para colocarlos bien al acercarse a la puerta. Al abrir, el corazón se le puso en la garganta.

—Ey —Otabek levantó la mano saludándole. Yurio simplemente le dejó paso—, ¿ha ocurrido algo? —preguntó al percatarse de su extraña actitud.

—No, no, estábamos viendo la tele —No podía mirarle a la cara más de dos segundos. Olía muy bien, se preguntó si siempre se había puesto esa colonia. O no la recordaba o no prestó atención.

—¡Hola! Ven, siéntate —Viktor le hizo un hueco. Yurio se agarraba al respaldo del sofá, procesando sus sentimientos. Asimilando tener un cuelgue gordo por su mejor amigo.

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Al abrir la puerta se quedó mirándole a los ojos sin decir ni media, muy en tu línea Beka, pero haz algo o me da un infarto. Una lenta sonrisa fue curvando su boca. Quería besarle. Sentía muchas ganas de besarle. No podía mirar a otra parte, mojándose los labios.

—Voy a por el equipaje —Le miró a los ojos al escucharle hablar, suspirando con las manos en los bolsillos.

—Viktor está esperando abajo —murmuró.

—¿Abajo? ¿Con Yuuri? —Asintió mirando su chándal blanco y azul, cómo se le pegaba al culo al andar por la habitación comprobando no dejarse nada—, estás muy callado, ¿estás bien? —Se acercó a él, apartando con dos dedos el pelo de su cara. Respiró hondo, centrado en su boca de nuevo—, tendrías que estar muy nervioso y hablando por los codos.

—Supongo que estoy contenido —Le miró a los ojos. Otabek aspiró despacio, asintiendo.

—De eso sé un poco —murmuró—, te ha cambiado la mirada.

—¿Para mal? —No podía apartar la atención de esa mandíbula ancha, de cómo le caía el pelo por delante de la frente. Se sorprendió al verle incluso más guapo que Viktor, ya que tenía a su entrenador como el referente de belleza.

—No lo sé, pero espero volver a ver a ese nervioso Yura que me da el impulso que yo no tengo.

—No puedo dejarme ir. Si hago lo que de verdad quiero vas a pararme —Sacó las manos de los bolsillos y se cruzó de brazos.

—¿Y qué quieres ahora mismo? —Su mano seguía junto a su mejilla, solo que ahora su pulgar le acariciaba la sien.

—Un beso —Apartó la mirada, avergonzado por tener que pedirlo. La otra mano de Otabek recorrió su cintura de lado a lado por su espalda—, solo eso.

—Por el teléfono eres más lanzado —Se inclinó sobre él. En cuanto tuvo su boca al alcance se puso de puntillas, descruzandose de brazos, posando las manos en su cuello y cerrando los ojos.

Su boca calentaba la suya en breves y mullidos apretones. Le encantaba deslizar sus suaves labios entre los suyos, ese leve tirón cuando succionaba, la punta de su lengua levantando su labio superior para después alejarse de él. No sabía mucho de besos, pero los de Otabek le hacían perder la cabeza. Y hasta la fecha había sido el beso más pausado que se habían dado, largo y tranquilo. Le dio un pico breve para finalizarlo, suspirando. Echó de menos su lengua, que casi no disfrutó. Si por Yurio fuera, se metía en la cama a dejarse besar todo el día.

—Buenos días —Murmuró lamiéndose los labios, aún con los ojos cerrados. Los abrió al escucharle reír.

—Cuando reaccionas así me da la impresión de poder hacer contigo lo que quiera —Yurio asintió muchas veces y muy rápido, provocando una carcajada en Otabek que le hizo sonreír. Reía así muy, muy pocas veces.

Caminaron hasta el piso de abajo entre suspiros, tirando del equipaje. Viktor esperaba impaciente en las puertas, ya que el taxi llevaba un rato esperando. Les ayudó a guardar las maletas y emprendieron el camino al aeropuerto. Los odiaba. Siempre había fans y las colas para pasar los controles se le hacían insufribles. Le quedaba el alivio de saber que Viktor había comprado los billetes en primera clase, por lo que al menos las horas de vuelo se le harían menos incómodas. Se le haría hasta muy llevadero, ya que el “asiento” consistía en un pequeño habitáculo abierto por arriba con una puerta corredera para estar aislado, una televisión enorme y en lugar de sillón, un colchón en el que tumbarse.

—Viktor, ¿cuánto ha—

—Dinero, ha costado dinero, Otabek —Le dio una palmadita en el hombro, sonriente ante su gesto asombrado—. No soy de los que piensan que haya que guardarlo todo, así que disfruta del viaje.

—Tiene esto más lujos que mi casa…

—Y más que la mía —dijo Yurio quitándose los zapatos, tirándose de cualquier manera en su sitio.

El de Otabek le quedaba justo enfrente de su puerta, por lo que si la dejaba abierta le vería. No creía que fuese a cerrarla. Tenía a Yuuri en el cubículo que le quedaba junto a la cabeza, estando Viktor en el paralelo. Sin embargo, antes de despegar les hicieron levantarse, sentándoles en unos asientos con cinturón. Era la primera vez que volaba con Otabek y parecía tenso.

—¿Estás bien? —Negó con la cabeza, con esa cara de incomodidad que tanta gracia le hacía.

—Odio los despegues —Se rió de que un tipo que parecía tan duro de pelar se asustara tanto con algo tonto como un avión. Al pegar este el acelerón, sintió su mano aferrarse a la suya con fuerza—. Beka, tranquilo —dijo entre risitas al verle apretar los dientes.

—Es lo peor —murmuró ante la presión de la subida.

—Ya estámos en el aire, ya, relájate —Le apretó la mano.

Resopló y abrió los ojos, tragando saliva y asintiendo. Ahora sí, les dejaron tumbarse a gusto. No paraban de ofrecerles cosas una vez despegaron y aunque Yurio se puso cómodo bien rápido, Otabek parecía fuera de lugar. Cuando bajaron las luces y les explicaron que tenían una variada cantidad de series y cine para ver, pareció relajarse algo. Yuurio se desentendió del mundo, medio adormilado y viendo a cachos lo primero que encontró. Le miraba de tanto en tanto pero no fue hasta una película entera después que no se quitó los cascos para decirle a su novio que se relajara y dejara de poner caras raras de una vez. Pero al quitárselos escuchó el origen de sus gestos: Fuertes respiraciones venían del cubículo del katsudon. Se puso de rodillas en la almohada de su colchón, chasqueando la lengua porque no se podía creer que tuviesen tan poca vergüenza. Se asomó por encima de la pared de plástico forrada de tela y vio el culo del nipón, moviéndose despacio entre las piernas de Viktor que, hasta donde él veía, se retorcía con la mano de Yuuri en su boca. Como era de esperar en un chaval de diecisiete años, se excitó al instante. Yuuri le subió las piernas con una caricia en la parte interna de los muslos y los calzoncillos que colgaban del pie de Viktor cayeron fuera de su cama. Su entrenador le agarro de los pantalones enrollados hacia abajo, tras sus rodillas, provocando que Yuuri se dejase caer por completo sobre él con un ronco jadeo, apretando los glúteos. Decidió dejar de mirar.

Se sentó en la cama, azorado, con los pantalones tensados a causa de la erección. Tuvo que ser Viktor el que le dio una patada a la pared de su cubículo. Chasqueó la lengua y miró a Otabek, que se cruzó de brazos con expresión hosca y los cascos puestos. Los ruidos húmedos y gemidos contenidos se sucedían sin descanso. Se levantó de su colchón dando dos pasos hasta el de su novio, cerrando su compuerta y mirándole. El moreno se sentó derecho quitándose los auriculares con el ceño fruncido.

—No puedo estar allí —susurró, apenas emitiendo sonido, señalado sobre su hombro—, van a echar el cubículo abajo con tanto movimiento. Hazme un hueco.

—¿Por qué cierras? —preguntó, parándole con una mano en el pecho. Yurio se la tocó con ambas manos.

—La tendría cerrada en mi cubículo pero si lo hacía no te veía —Su ceño se relajó un poco ante su tímida confesión—. Y no quiero que las azafatas sigan preguntándome de todo. Échate para el lado.

—Yura, no vamos a—

—No, no voy a follar por primera vez en un avión con Viktor y Porky ahí al lado —Cansado de pedirlo y que no le hiciese caso, Yurio se sentó entre sus piernas, pegando la espalda a su pecho—. Sigue viendo la peli, yo acabo de terminarla. Tiene un buen final.

—HMMMNNNNNAAAH —Miraron en dirección al gemido y acto seguido se apresuraron a ponerse los cascos, ya que había dos clavijas.

Intentaban abstraerse de lo que sus cuerpos estaban sintiendo pero la realidad era que Yurio no conseguía relajarse, apretando los muslos aún con esa incómoda erección. Para colmo de males, Otabek le olía el pelo de poco en poco, achuchándole por los hombros. Yurio subió las manos, observando sus brazos, las venas y los músculos marcados en ellos al remangarle la chaqueta. Le gustaba tocar su piel, un pelín más tostada que la suya.  Una de las veces que bajó la nariz para olerle, le acarició la piel de debajo de la oreja con ella, exhalando una bocanada de aire cálido. A Yurio se le cerraron los ojos por el escalofrío, mostrándole el cuello a su novio, aferrado a sus brazos con ambas manos. En los cascos sonaban de lejos las explosiones de la película de acción cuando los labios de Otabek se apretaron en una succión húmeda y un poco dolorosa contra su piel. Le apretujaba los hombros y Yurio alzó la mano, llevándola hacia la rapada nuca del kazajo que no paraba de succionar su piel aquí y allí. Se quitó los cascos con la otra mano, dejándolos caer por fuera del colchón, poniendo sus cinco sentidos en lo que ese hombre le hacía.

—No puedo vivir en esta tensión constante —susurró contra su oído—, llevo demasiado conteniendome.

—Ya sabes que no voy a decirte que no —murmuró con el sonrojo coloreando sus blancas mejillas.

—Da igual las pajas que me haga, necesito más, nunca he estado así por nadie.

Sintió un buen refregón contra su espalda, clavándose en los riñones lo que dudaba mucho fuese su teléfono. Miró hacia atrás, entrecerrando los ojos al besar su boca. Pero no fue como esa mañana, para nada. La lengua de Otabek pasó entre sus labios rápida, húmeda. En la segunda pasada la paró con la suya en besos con tanta ansia que sus dientes chocaban, se pellizcaban, sintió dolor al morderle el labio inferior y le clavó las uñas en la nuca cuando sus manazas le agarraron los muslos apretándolos y abriéndolos desde alante.

—No puedo contenerme, no puedo, lo siento —Se disculpó, reduciendo el agarre de sus manos y la fuerza de sus besos.

—En realidad —intentó decir Yurio entre beso y beso—, deberíamos parar.

—Sí —Pasó los pulgares por sus ingles, tirando del pantalón de tela de Yurio hacia abajo en el proceso. No se dio cuenta de ello, al menos no hasta que el rubio alzó las caderas con un jadeo, ya que el roce de la tela le resultó placentero.

No se la tocaba directamente, pero al tensar su pantalón se la rozaba, y no tardó en darse cuenta. Quien hacía la ley, hacía la trampa. Repitió el movimiento, varias veces, dejando de besarle para centrar la vista entre sus piernas por encima de su hombro. Yurio le mordía la mandíbula, gruñendo, loco por que se la rodeara con los dedos y aliviase esa tensión. En un tirón especialmente fuerte le escuchó expulsar aire en un jadeo intenso. Miró entre sus piernas y se mordió el labio al ver su glande fuera de los pantalones y calzoncillos. Yurio se agarró de la muñeca de Otabek sin soltar su nuca con la otra mano. Este apoyaba las palmas en sus ingles, arrastrando la tela hacia abajo y vuelta hacia arriba, tensando, dándole placer. El roce continuo a su glande, sentir su erección latir en la espalda y ver la lujuria y suciedad de su mirada le tenían al límite.

—Voy a correrme —jadeó contra su cuello—, me corro Beka —se soltó de sus manos para subirse la camiseta o la iba a poner perdida.

En el refregón definitivo, Otabek le pasó el pulgar por la humeda hendidura de su glande, presionando hacia abajo ante los espasmos de la eyaculación de Yurio, que le mordió el cuello, amortiguando el quejido, procurando no hacer ruido y sintiendo dolor en el pecho al no poder apenas respirar. Liberarse de esa presión le trajo un placer inmenso, deleitando visualmente a su amante al entregarse a lo que sentía. No podía mirar pero sabía que se manchó los abdominales de mala manera al sentir la humedad de su corrida. Al abrir los ojos, vio a un sonrojado Otabek lamerse el manchado pulgar con los ojos cerrados. Estaba a punto de correrse, era obvio. Yurio se quitó la camiseta, sentándose sobre él aún de espaldas. Meneó las caderas sobre su enorme erección, atrapandola con las nalgas, mordiéndose el labio ante el apretón de sus fuertes manos en la cintura.

—Yura, Yura, no, no, Yura, para.

—Córrete Beka, déjate ir —escuchó la cremallera de su chaqueta abrirse y vio su camiseta caer frente a él. Yurio se dio la vuelta sobre él, posicionando las piernas a los lados de sus caderas.

—Eres bellísimo —Yurio se avergonzó ante su comentario, pero adoró lo que vio en su mirada, recorriéndole el rostro y el pecho descubierto, aún manchado con su semen.

Se mordió el labio, derretido ante su deseo, pasando las manos por su duro, amplio y caliente torso. Le hizo caso y se dejó llevar. Otabek se tumbó hacia atrás, sosteniendo sus inquietas caderas, tensando las propias. Por como le miraba sabía que quería mucho más de él que tres refregones. Yurio le sacó el glande de los calzoncillos tirando de su pantalón hacia abajo, notando los espasmos de su miembro justo antes de correrse. Comparándola con los consoladores era, sin lugar a dudas, más ancha. Y no solo la base, en general, incluido su glande semicubierto por la piel. Yurio se lamió los labios. No lo pudo evitar, se la rodeó con los dedos, bajándole aún más los pantalones, arrastrando su húmeda piel hacia abajo y lamiéndo su nuez, sintiendo su esperma mancharle los dedos y la vibración de su corto gruñido en la lengua. Le mordió la barbilla observando su expresión de intenso placer, sintiendo cómo, muy despacio, sus músculos se relajaban bajo su cuerpo tras las últimas descargas de su miembro contra la palma de la mano. No hizo ruido alguno más allá del primero, pero sus jadeos sonaban escandalosos. Trepó un poco sobre él, besándole profundamente para amortiguar el sonido. Lo último que quería era que se colase por allí Viktor echándoles la bronca.

—Cállate ya —Le dijo entre risitas—, como Viktor nos pille así nos tira del avión en pleno vuelo.

—Si no me tiro yo antes —Le hizo reír de nuevo tras su mano para no llamar la atención. Otabek alzó las suyas y pasó los dedos por el pelo de Yurio, inclinándose hacia adelante, besándole tiernamente entre sonrisas—. Tengo que limpiarme.

—Hay papel ahí. Lo que no haya aquí dentro…

Limpiaron el desastre de sus barrigas y manos, acomodándose después Yurio por dentro del colchón, dejándose caer en su pecho. No se pusieron las camisetas, Otabek le pasó el brazo por la espalda, acariciándole el hombro con las yemas de los dedos, apretando su otra mano contra el pecho. Recordaba perfectamente la primera vez que le vio sin camiseta, en verano. No iba a olvidar sus palabras nunca.

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Se asaba de calor. Yuuri entraba despacio en el agua de la playa. Viktor se le acercó por la espalda, sosteniéndole en peso y corriendo hacia adentro. Yurio los miraba fastidiado, rodeandose las piernas con los brazos. Un polo con la forma de la cara de un gato entró en su campo de visión. Alzó la vista para ver a Otabek ofreciéndoselo, recién llegado con los refrescos. Mordió la oreja de su helado, un osito. Situó la nevera bajo la sombrilla y se sentó en su toalla tras quitarse la camiseta. Observó su pecho de reojo, los espectaculares músculos de sus brazos y costados. Otabek le miró, observando el moño en el que había recogido sus cabellos rubios.

—¿Vas a dejarlo tan largo como lo tuvo Viktor? —Le preguntó.

—No, tengo que cortarlo —Se lamió una mancha de chocolate de la comisura de la boca con la vista fija en su pelo. La bajó hasta su cara.

—Estás sudando, ¿no te bañas?

—No… —Desvió la mirada, fijándola en sus pies medio enterrados en la arena.

—¿Te asusta el mar? —Negó con la cabeza—, ¿no te gusta?

—Sí pero… no se me apetece.

—No lo parecía por como les mirabas —Mordió la oreja del gato sin responderle—, ¿cuál es el problema?

—Ninguno, deja de preguntar.

—Tampoco te quitas la camiseta.

—¡¡Ya lo sé!! ¡Y no me la voy a quitar así que no insistas! —Se meneó un poco en la toalla, incómodo y sintiéndose observado.

—Yura —Al principio le ignoró, mordiendo su helado de nuevo—, Yura mírame —Chasqueó la lengua ante su insistencia, haciéndole caso—, no le voy a decir nada a nadie, a estas alturas deberías saberlo. ¿Qué pasa? —Miró su helado a medio comer, sabiendo la respuesta que iba a obtener.

—Me da vergüenza, ¿vale? —Otabek no dijo nada—, todos tenéis una forma física increíble y yo no soy, soy demasiado… poca cosa —bajó el tono de voz, sintiéndose fuera de lugar—, me da vergüenza.

—¿Te has visto patinar alguna vez? —Le miró, no era lo que esperaba—. Si lo has hecho no me explico cómo no eres consciente de la belleza de tu cuerpo —Se sonrojó de manera violenta, sintió el impulso de pegarle por decir esas mentiras sobre él solo para animarle—. No, no tienes nuestros músculos, pero tu belleza es diferente. Es una belleza delicada que engaña muchísimo, porque hay mucho más detrás de ese cuerpo de bailarina que tienes.

—¿Qué estás diciendo? —murmuró, agitado.

—Si no quieres quitarte la camiseta no pasa absolutamente nada, y si te la quitas tampoco. Pero igualmente me gustaría que vinieras al agua con nosotros.

Se levantó, metiendo el palo del helado en la bolsa de las basuras, sonriéndole antes de encaminarse hacia la orilla. Respiró hondo, apretando su camiseta, lleno de duda e inseguridad. Escuchó a Yuuri llamarle, se le unió Viktor. Cerró los ojos y se quitó la camiseta, corriendo hacia el agua sin alzar la vista, subiéndose encima de Otabek para hundirle la cabeza al estúpido sonriente que era su mejor amigo.

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Supuestamente iba a ver la película, pero acabaron besándose durante casi una hora, disfrutando del momento, de la soledad de ese pequeño cubículo. Le encantó estar así con él sin deseo de por medio, sintiendo sus caricias en la cara con los ojos cerrados, besándole después y devolviéndole el mismo cariño.

—Buf, me he quedado fritísimo —dijo Viktor un buen rato más tarde.

—Si a mí me hubieran partido el culo de esa manera también estaría reventado, no te jode —murmuró Yurio con los ojos cerrados, haciendo a su novio reír tontamente, mandándole callar sin dejar de acariciarle el rostro con el dorso de la mano, tumbado de cara a él.

—¿Cuánto queda? Me muero por un katsudon.

—¿Otro? Qué empacho…

—Yura, cállate ya —se reía poniéndole la mano en la boca. Abrió los ojos y le vio con una mirada divertida y el pelo completamente despeinado. Estaba guapísimo. Más que de costumbre. A pesar de llevar horas tocándole se le alborotó el corazón.

—Yurio, ¿qué tal va…? ¿Yurio?

—Oops… —Volvieron a reírse, esta vez Otabek tapándose la cara—, a lo mejor deberías esconder los papeles bajo el colchón, llaman bastante la atención —Al ver la alarma en sus ojos dio una carcajada. No le dio tiempo a moverse, Viktor abrió el compartimento sin preguntar.

—¿Qué estáis…? —Otabek se sentó derecho, dejándose imponer por Viktor. Yurio le miró aún tumbado, apoyado en un codo.

—Desde luego no hacíamos lo mismo que tú hace un rato, así que relájate —No enrojeció lo más mínimo, aunque probablemente Yuuri lo escuchó y él se avergonzaba por los dos. Viktor apartó su plateado pelo de la frente en un suspiro exasperado.

—Bonitas marcas a juego tenéis en el cuello para no estar haciendo nada —Se miraron el uno al otro. A Yurio se le curvaron los labios en una sonrisa pícara al ver la mancha oscura en el cuello de Otabek. Se la hizo al correrse, estaba seguro.

—No te vayas a reír —le advirtió el kazajo entre dientes, lo que fue suficiente para hacerle resoplar y dar una carcajada.

—Quedan tres horas de vuelo —Se escuchó a Yuuri de fondo—, podemos comer algo.

—Sí, creo que va a ser lo mejor —Viktor se alejó sin sonreír, lo que no disminuyó la alegría de Yurio.

—Va a matarme —susurró Otabek, dejando caer la cabeza en la almohada, echándose el pelo hacia atrás con los dedos en un intento de domarlo. Los músculos de sus brazos eran tan bonitos que estiró la mano para acariciarlos.

—No creo. Está cabreado porque no le hago caso pero en un ratito se le pasa, ya verás —Se lamió los labios, notandolos hinchados—. Me has dejado la boca rara.

—Yo también lo noto —Yurio se inclinó sobre él, besándole una vez más, dejando escapar un suspiro contra su mejilla cuando tras pasar las manos por sus bíceps, entrelazaron los dedos.

—Me voy aquí al lado un ratito, que tengo hambre —Asintió, sentándose.

Se alegraba de haber acabado por fin con la tensión de días anteriores, volviendo a comportarse con él como siempre añadiendo el hecho de tocarle mucho más que antes. Se pusieron las camisetas y almorzaron mejor que en muchos restaurantes, charlando hasta desvanecer el ceño fruncido de Viktor. Se sentía de un buen humor estupendo, ansioso por llegar, harto de estar ahí metido. Sacó su videoconsola portátil, tumbandose en su cubículo a matar las horas restantes. Al volver del servicio, Otabek se coló en su compartimento, trepando en su cama y colocándose tras él, abrazándole por la cintura para observarle jugar mientras le tumbaba en su pecho. La sonrisa de Yurio era permanente, apoyando los codos en los brazos de su novio, que rodeaban su cintura. El sentimiento de furia, esa ira que le invadía hasta hacía un par de días, se había esfumado. Y no fue el único en darse cuenta.

—Te sientes mucho mejor que el día de la cena, ¿verdad? —Le preguntó Otabek en susurros. Asintió sin levantar la vista de la pantalla.

—Gracias —Le escuchó hacer un ruido de incomprensión con la garganta—, por estar ahí siempre. Desde que me preguntaste en Barcelona si quería ser tu amigo, has sido el mejor. No voy a terminar de agradecerte todo lo que has hecho por mí —Estrechó el abrazo a su cintura, besándole la mejilla.

—Te mereces todo lo bueno que te pase —Sus palabras tiernas le alteraron tanto que murió en el videojuego.

Se llevó las manos a la cara sintiéndose colorado, escuchando a su novio reírse de él, sonriendo ampliamente al sentir sus besos en la mejilla. Se mordió el labio, volviendo a jugar entre charlas distendidas tanto con él como con la otra pareja. Al ser una persona tan activa, lo único que le molestó del viaje fue estar confinado allí dentro, pero no fue algo tedioso. En absoluto.

 

 

6

Una vez se bajaron —Otabek llevaba los aterrizajes mucho mejor que los despegues— y pasaron por el agotador control del aeropuerto, la familia de Yuuri les recibió con alegría, sobre todo las tres niñas, que impulsadas por su padre corrieron a abrazarles. El padre y la entrenadora de Yuuri también estaban allí para darles la bienvenida.

—¡Oh, Otabek-san! ¡Bienvenido! —Le dijo Minako, caminando hacia el coche—, ¿tu primera vez en Japón?

—Sí —Miraba a su alrededor, atento a todo lo que no conocía.

—Me muero de ganas de probar el katsudón de Katsuki-san —dijo Viktor refiriéndose a su suegra—, vamos, vamos, rápido. ¡Tengo hambre!

—Oye, una cosa —dijo Yuuri en el coche de Minako—, ¿alguien sabe cuándo se fue J.J.? ¿Alguien le despidió? —Se miraron entre ellos, encogiéndose de hombros.

—Creo que Chris me comentó algo, pero no me acuerdo —dijo Viktor. Yurio se rió sin poder evitarlo, lo último que recordaba de él era su vergüenza ante los besos y bailes del sueco. En el fondo le daba exactamente igual.

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Al bajarse del podio evitó el contacto con el canadiense, acercándose al grupo de gente que sí le agradaba. Sin embargo, este le dio la mano, felicitándole. Yurio chasqueó la lengua, echándole una mirada reprobatoria.

—Yurio, no seas así —Le susurró Viktor un momento después—, sé más amable con los rivales.

—No puedo, no con él. Es un estúpido y no se merece podio. ¿Quién coño baila con una canción cantada por él mismo en la que dice lo maravilloso que es y no para de cagarla? Es patético.

—Es un poco… —Yuuri buscaba un adjetivo que no fuese demasiado insultante—, narcisista, pero no es un mal tipo.

—Lo que quieras, no se merece el bronce —Otabek se acercó a él, tocando la medalla de oro que colgaba de su cuello, suspirando por no haberla conseguido—, el bronce era suyo —dijo señalando al kazajo, que le miró alzando las cejas—, J.J. lo ha hecho fatal hoy y tú has destacado más que nunca.

—No, no es verdad. Aun habiendolo hecho peor que de costumbre ha sido mejor que yo. Tengo que esforzarme más para el año que viene —Apretó los labios y frunció sus cortas y negras cejas.

—Eres demasiado noble —Le dijo Yurio—, puedes hacerlo hasta mejor que el katsudón. No mejor que yo, pero… —Se encogió de hombros con una sonrisa.

—Imposible mejor que tú —Yurio alzó las cejas al ver lo que le pareció una pequeña sonrisa en los labios de su nuevo y serio amigo.

—Después quiero proponerte algo para mañana —Le susurró antes de ser arrastrado por Viktor y su entrenador hasta la rueda de prensa. Otabek levantó el pulgar, haciéndole sonreír ampliamente.

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Su novio miraba por la ventana en silencio, escuchando a Yuuri hablar en su idioma con su familia mucho más rápido que cuando hablaba en inglés. Viktor le miraba fascinado, siempre le andaba pidiendo que le hablase en japonés y verle ahora hacerlo de manera natural le tenía hechizado. Yurio hacía fotos sin descanso, de todo, a cada parada del coche, seleccionando las que iba a subir a Instagram. Viktor casi corría cuando llegaron, dejando sus maletas en el maletero, reencontrándose con Makkachin que le llenó de lametones. La madre de Yuuri le recibió con más felicidad que a su propio hijo, su hermana metió las maletas.

—No, da igual, entra y descansa —Le dijo a Otabek al ver que la ayudaba.

—No importa —La hermana se inclinó ante él, mirando a Yurio después y fangirleando como siempre durante unos segundos.

—Tu amigo es muy amable —Le dijo.

Tomodachi? Chigau! —Yuuri se rió subiendo el dedo meñique—, koibito! —La chica abrió mucho los ojos, apartando la mirada con las mejillas coloradas.

—¿Qué le has dicho? —Le preguntó al ver que huía hacia adentro y volvía a salir con un monedero en la mano.

—Que es tu novio —Se rió, metiendo las maletas abandonadas por su hermana. Tras guardar sus cosas en las habitaciones les dieron las toallas y les indicaron el camino que la mayoría ya conocía a las termas. Se desvistieron allí mismo, guardando su ropa usada en un cesto para que la lavasen.

—Otabek-san, ven, te explico cómo va —Le vio sentarse en una banqueta junto a Yuuri, que le iba indicando cómo lavarse apropiadamente antes de entrar en las termas.

Le escuchaba fascinado, lo veía en sus ojos porque su expresión parecía tan seria como siempre. Supuso que había desarrollado una habilidad especial para leer sus gestos. Cuando se quitó la toalla de la cintura, mostrando su fuerte trasero, Yurio se dio la vuelta, acalorado y no por el vapor, sentándose en las banquetas opuestas. Viktor se sentó a su lado con una risita, sin decirle nada pero canturreando. Una vez limpios dejaron entrar primero a Otabek, observando su ahora evidente expresión sorprendida ante la amplitud de las termas. Viktor iba loco de contento, quitándose la toalla de la cintura nada más entrar, haciendo ruiditos de queja al tocar el agua caliente con el pie.

—Venga, siempre tardáis demasiado —Yuuri caminaba hacia adentro de lo más relajado, sentándose con el agua por el pecho, dejándose caer en las rocas del frente con los brazos y las piernas estiradas hacia atrás.

—Está muy caliente, no sé cómo lo haces —Tras un suspiro y esperando a que ninguno le mirase de frente, Yurio se quitó la toalla, intentando no mirar a Otabek que hacía lo mismo a su lado—, siempre me da la impresión de cocerme vivo.

—Ah, Yurio, es la primera vez que coincidimos en las termas —le dijo Viktor—, siempre salías cuando yo entraba, solo te bañas con Yuuri.

—Lo sé, no era coincidencia —Apretó los dientes al llegar a los muslos—, no tenía ganas de tragarme vuestras carantoñas yo solo, y menos sabiendo que estabais desnudos.

—Nos habríamos contenido, no seas tonto —comentó Viktor sin mirarle, con los ojos fijos en el culo de Yuri, que pataleaba feliz frente a él sin enterarse de nada.

—Cuéntaselo al que se lo crea —Resopló al sentarse. Miró a Otabek, que se tumbó contra la pared del fondo, respirando hondo y cerrando los ojos—. Guay, ¿eh? —Abrió un ojo.

—Si puedo hacer esto todas las noches me mudo a Japón —Se rió, dejándose caer a una distancia prudencial.

—Es la primera vez que te veo colorado —Otabek se llevó los dedos a las mejillas—, voy a suponer que es por el calor y no por ver a Viktor desnudo —El aludido se apoyó bocabajo como su novio, junto a él, besándole la mejilla y pasándole la mano distraídamente por la espalda—, en menos de tres segundos le toca el culo —murmuró. Justo en ese instante pasó la mano por encima en una caricia—, ahí está.

—Yo habría hecho lo mismo —le miró y le vio echarse el pelo mojado hacia atrás, sin cambiar la expresión—, no es tan raro si eres mi novio.

—Sí lo es si estamos con otra pareja y desnudos —Se encogió de hombros.

Yurio se metió en el agua hasta la nariz, imaginando posibilidades en las que, ya que fantaseaba, le daba igual que esos dos estuvieran ahí. Desnudo, está desnudo a mi lado, si estiro el pie puedo tocar lo que sea de su piel, lo que quiera. Se obligó a pensar en otra cosa, encogiendo las piernas al comenzar a notar su excitación. Se quedaron en las termas hasta sentirse mareados, más en silencio que hablando y medio dormidos. Viktor y Yuuri salieron primero, seguidos por la otra pareja.

Antes de marcharse del recinto, sintió las manos de Otabek en los hombros. Su cuerpo desnudo, caliente y mojado se pegó al suyo. Le pasó la mano del pecho a la mandíbula exactamente igual que en la actuación. Yurio aspiraba pero no soltaba el aire cuando le echó la cabeza hacia atrás para besarle profundamente.

—Me estoy cansando del autocontrol —ronroneó en su oído. Yurio subió sus manos, agarrando sus muñecas—, no tengo más paciencia.

Tuvo que cubrirse la boca para no gemir cuando su mano le frotó la entrepierna con descaro por encima de la toalla, mordiéndole el cuello al mismo tiempo en un anticipo de sus futuras intenciones.

—Es muy difícil aguantar sabiendo que estás desnudo a mi lado, muy difícil no tocarte —Acariciaba la piel sobre el borde de la toalla con las yemas de los dedos, provocando contracciones involuntarias de sus músculos.

—Cállate —Le rogó más por la vergüenza de la erección que tensaba la toalla que porque de verdad quisiera que dejara de susurrar de esa manera en su oído.

—Voy a hacerte verdaderas barbaridades… —Pellizcó su cintura desnuda, exhalando una risita en su oído, besándole la mejilla, caminando hacia el interior del balneario sin mirarle a la cara.

Yurio se agarró al decorado de bambú, respirando hondo con los ojos cerrados, sonriendo con las piernas flojas. Ojalá pierda el control del todo y ojalá sea pronto. Esperó hasta perder parte de la erección, aliviado al comprobar que todos se habían marchado a sus habitaciones. Al entrar, camino a la suya con la toalla por la cintura, Mari se acercó a él, sonrojándose al verle a pecho descubierto.

—Ayer te compré un regalo y bueno, sabiendo que Altin-san es tu novio he pensado, no sé, ¿me he pasado? —Le dio dos paquetes blanditos y rectangulares.

—¡Oh! —Al rasgar el papel vio un modelo muy parecido a esa camiseta negra con un tigre que se compró la primera vez que fue a Japón—, ¿y dices que hay otra para Beka?

—Sí, igual —Le sonrió—, espero que sean vuestras tallas.

—Gracias, ¡es genial! Voy a darle la suya —Se giró escuchando la risa nerviosa de Mari, abriendo la habitación de Beka sin llamar y encontrándole en calzoncillos, mirando ceñudo al yukata marrón que tenía delante— ¿qué te pasa? —dijo entre risitas—, ve poniéndote esto, es un regalo de Mari.

Otabek cogió el paquete, mirando su pecho de reojo. No me mires mucho que yo a ti tampoco y nos evitamos problemas, pensó. Yurio se puso su camiseta y colocó derecha la ropa, esperándolo. Su novio revisó cómo le quedaba el regalo pasándose la mano por el estómago y preguntándole con la mirada.

—Te queda estrecha de pecho pero no seré yo quien me queje —El conjunto de camiseta estrecha y esos calzoncillos negros embutidos en sus anchas piernas unido a su pelo despeinado, hacían de él una tentación andante— Si te la quito no me va a quedar tan grande como tu otra ropa.

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Acababa de salir de entrenar y no encontraba la chaqueta. En ese momento no tenía frío pero en cuanto se le enfriase el sudor correría el riesgo de pillar un constipado. Rebuscó en las taquillas y encontró la chaqueta de repuesto de Otabek. Se la quitó, poniendosela y marchándose a casa entre risas porque le tuvo que dar una vuelta y media a las mangas. De largo le quedaba casi hasta las rodillas pero era sumamente cálida. Además, olía a él intensamente por habérsela puesto tras sudar. Tragó saliva en el autobús, imaginando estar en sus brazos, directo a su cama para imaginarlo incluso mejor, abrazando la almohada. Y le despertó un portazo una hora después.

—¿Yura? —Escuchó que soltaba las llaves en la mesita del recibidor.

—En la cama, ya voy —Se sentó refregándose la cara con las manos. Al mirar al frente le vio empujar la puerta con una mano, encendiendo la luz y cegándole.

—¿Estás bien? —Le pareció que entrecerraba los ojos, con esa expresión suya era difícil asegurarlo. Asintió—. ¿Esa es mi chaqueta?

—Mi camisón más bien —Se puso en pie en la cama, tirando de la chaqueta entre risas. Al tener los pantalones cortos debajo parecía que no llevaba nada más—, ahora te la doy, es que es muy calentita.

—No pasa nada —Apoyó la cabeza en el marco de la puerta con una leve sonrisa, mirándole de arriba abajo con ternura—, quedatela. Y peinate.

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Yurio le hizo un gesto circular con dos dedos para que se diese la vuelta, con el yukata en las manos, ayudándole a ponérselo pero echándole un vistazo a su culo antes. Estaba acostumbrado a ver muy buenos culos entre sus compañeros, pero este era su favorito. Se lo cerró y le pidió que se pusiera los pantalones.

—Voy a ponerme el mío, nos vemos en el comedor —Otabek asintió, mirando sus ropas con curiosidad. Yurio se metió en la habitación contigua, colocándose el yukata negro. Cuando lo anudaba escuchó golpecitos en la madera de la puerta.

—No encuentro el cargador de mi teléfono, déjame uno de los tuyos —Le pidió Otabek. No entendía por qué estaba tan despeinado.

—Coge la batería externa, está en la maleta debajo de los vaqueros —Se puso de rodillas ante esta, abriéndola—, me acabas de recordar que tengo que pedirle un adaptador a Yuuri.

Le miró y le encontró inmóvil, con ropa en su mano y la tapa de la maleta en la otra, mirando hacia abajo. Un pellizco se le cogió en el pecho al acordarse de todo lo que llevaba precisamente en donde le dijo que mirase. Intentó disimular, pero Otabek no lo iba a pasar por alto.

—Claro, ahora lo entiendo —murmuró.

—¿Cómo? —Se hizo el despistado—, ¿lo encuentras o no?

—No —Se puso en pie, sin mirarle pero girando la cara en su dirección. Estaba como un tomate—, ahora me lo llevas tú —Se marchó apresurado en dirección al comedor.

No se esperaba esa reacción por su parte y mucho menos después de ese pequeño asalto en las termas. Se apresuró a esconderlo todo bajo su ropa tras coger la batería y se preguntó el motivo del sonrojo de Otabek, no le cuadraba. Siempre era mejor eso a que le hubiese preguntado directamente porque no se veía capaz de hablar del tema con él. Bajó al primer piso con los demás, frunciendo el ceño al escuchar una melodía conocida que no terminaba de ubicar. Estaban sentados ante las mesitas bajas de madera, Otabek solo y un poco perdido mirando los palillos en una mesita frente a ellos. Yuuri sonreía bajo el brazo de Viktor, entusiasmados con la canción que Mari acababa de poner con una botella de cerveza medio vacía en la mesa. Al llegar el estribillo, Viktor se hincó en una rodilla, cogiendo la botella como micro y casi gritando “I can rule the world, J.J. just follow me. I will break the walls, now look at me”.

—¿En serio? ¿Con la de canciones que hay? —Se sentó fastidiado con Otabek, que para su sorpresa le miró susurrando “I’m the king J.J., no one defeats me. This is who I am, baby, so follow me” —. No Beka, no, tú no —Su novio se rió de manera suave. Hacía como el que no acababa de ver cuatro consoladores de los que desconocía la existencia. Mejor así.

—¡Venga ya Yurio! ¡Te encanta la canción! —Le dijo Viktor incitándole a cantar.

—Ojalá te traigan la comida y te calles de una vez… —Se giró hacia la hermana de Yuuri, que los observaba divertida—, ¡¡Mari!! ¡¡Cambia esta basura!!

La chica le hizo el saludo militar, rebuscando en el la lista de su ordenador. Saltó casi por encima de las mesas para chocar los cinco con ella cuando la melodía que sonó a continuación fue “Welcome to the madness”. Intentaron cantar juntos la letra, con un incómodo Yuuri que se disculpaba con el resto de clientes por el excesivo ruido, un Viktor que aplaudía y un Otabek que los observaba en silencio siguiendo el ritmo con los dedos en la mesa. Mari se fue corriendo a su habitación y apareció cuando se encaminaba a sentarse junto a Otabek, agarrándole de la manga del pijama.

—¿Puedes… podéis? ¿Porfa? —Le dio un guante. Se sintió enrojecer.

—¿Ahora, aquí? —Miró a Otabek, que entrecerró los ojos.

—Después vamos a la pista de Yuuko y nos hacéis la actuación entera —Viktor les hacía gestos con las manos—, llega la comida.

La madre de Yuuri habló con Mari rápido aunque sonriente, y la muchacha quitó la música fastidiada, encendiendo la televisión. Le dejó un bol de katsudón a Viktor y otro a Otabek. Al escuchar el alegre gritito de placer de Viktor supo que había empezado a comer. También le trajeron un bol a él y otro a Yuuri.

—¿Y el sake? ¡Quiero que Beka lo pruebe! —Yurio se volvió mirando a Viktor ceñudo.

—¿Cómo que Beka? ¡Otabek para ti! —Chasqueó la lengua, fastidiado.

—No se bebe sake con el arroz —explicó Yuuri echándole cerveza en el vaso—, sería redundante. En todo caso, acabate el bol y después bebes.

—No me importa que me digan Beka —Le dijo su novio cuando volvió la atención a él. Se peleaba un poco con los palillos, intentando coger un pedazo de cerdo y arroz al mismo tiempo.

—A mí sí. Igual que no quiero que me llamen Yura, solo tú lo haces —Le miró y asintió—, venga, venga, pruébalo —Se puso de rodillas y se apoyó en su hombro, esperando a ver su reacción. Viktor seguía cantando la canción de J.J. de fondo, Yuuri le seguía la corriente.

Dämdi… —susurró, asombrado. Siguió comiendo con los ojos cerrados y ruiditos extasiados. Yurio le revolvió más el pelo de lo que ya lo tenía con una sonrisa, sentándose a comerse el suyo y dándole la razón. Estaba delicioso.

Yuuri no paraba de acercarse a ellos para rellenarle el vaso con cerveza a Otabek, que le pedía que fuese el último constantemente. Acabaron la cena los cuatro en la misma mesa, bebiendo sake, dejando que Yurio lo probase, pensando que cosas peores había bebido en rusia cuando tenía frío con su abuelo. Un poco borrachos, pero no doblados como en la fiesta, se fueron a sus camas. Se sentían muy cansados del vuelo y el cambio horario y al día siguiente pretendían hacer turismo, por lo que deberían descansar. La habitación de Yurio y la de la pareja quedaban frente por frente, y la de Otabek a la izquierda de la del rubio. Viktor se lanzó sobre su cama, tirando de la mano de Yuuri antes de que cerrase la puerta corredera.

—Deberíamos dormir en mi habitación de toda la vida —Escuchó que decía entre los brazos de Viktor desde su dormitorio.

—¿Rodeado de mis posters? Es un poco raro, cariño mío —Tras un ruidito juguetón de Viktor le llegaron claramente sonidos de besos y succiones. Y un gemidito del cerdo.

—¡¡Pero cerrad la puerta por lo menos!! —Se volvió hacia ellos, tirándoles cojines que tenía de sobra en su cama, haciendo que se separasen entre risas—, ¡esto está lleno de gente!

—Toma nota para cuando gimas el nombre de tu Beka —Le dijo Yuuri con muy poca vergüenza, dejándolo pasmado en la puerta y haciendo a Viktor reírse de su expresión.

Se dio la vuelta molesto y sonrojado, cerrando de golpe la puerta de esos dos y haciendo lo mismo con la suya. Al darse la vuelta se sobresaltó al toparse con su novio de frente, observándole con seriedad.

—Venía a darte las buenas noches, pero ya que has cerrado supongo que puedo quedarme.

—¿A qué te refieres con eso? —Ese sentimiento gruñón seguía alojado en su pecho. Una vez aparecía era difícil hacer que se marchase—. ¿Vas a dormir o a calentarme para nada como en las termas?

No le respondió, o al menos no con palabras. Le puso una mano en la mejilla, soltando su pelo de la gomilla con la otra mano. Se inclinó besándole dulcemente en los labios, convirtiendo la rabia de Yurio en excitación. Estaba harto de perder el tiempo, en esa habitación estaban solos, nadie les iba a ver. Le empujó con fuerza hacia atrás, provocando que cayese en su futón boca arriba. Yurio se encaramó sobre él, con una pierna a cada lado de su cintura, abriéndole el pijama de un tirón para pasar las manos por su pecho desnudo y la lengua entre sus labios, incluso más sonrojado que antes. Sin embargo, sus movimientos eran seguros, tenía claro lo que iba a hacer y no le iba a parar porque iba a ser incapaz de ello. De hecho le iba a rogar que siguiese. Las manos de Otabek se perdieron entre su pelo y, para su sorpresa, entre su pantalón y su piel desnuda, apretando su trasero y alzando las caderas. Yurio le mordió el mentón, abriendo los ojos y derritiéndose con la mirada cargada de lujuria que se clavó en la suya. Un fuerte rubor inundó sus mejillas cuando le sonrió de lado. Nunca le había sonreído así y encontró tanto detrás de ese gesto que casi pierde el control. Se recompuso, cerrando los ojos, rozando su cuello y clavículas con la nariz, abriéndole la parte superior del pijama por completo. Bajó por su cuerpo comiéndoselo a besos, llenándolo de caricias que le pusieron la piel de gallina, dejando marcas alrededor de sus clavículas al succionar con fuerza. Aunque el primer impulso del kazajo fue pararlo, solo tuvo que mirar a Yurio a los ojos para soltar sus brazos, pasando a acariciar su nuca y colocar bien un cojín bajo su cuello.

Nervioso no era el adjetivo adecuado para lo que Yurio sentía en ese momento. Histérico quizás encajaba mejor. Pero estaba acostumbrado a fingir algo que no sentía, por lo que se mordió el labio al llegar al pantalón pretendiendo ser sexy, deslizando las yemas de los dedos por el borde, siguiendo con el índice desde su ombligo hacia abajo a través de la línea de vello. Sus manos no abarcaban ni de lejos el diámetro de sus muslos, pasando las manos sobre ellos y la boca sobre el relieve de su erección que tensaba la tela marrón. Otabek respiró hondo, lamiéndose los labios, aparentemente preparado. Tiró de la gomilla de los pantalones hacia abajo, observando de cerca cada pliegue, cada vena y vello, la textura, la fina piel que se tensaba alrededor de su glande. Era muy grande. Demasiado gruesa. Siendo como era su primera vez dando sexo oral y siendo a quién era, tuvo que pararse a respirar. A pensar cómo sería la manera ideal de darle placer.

Retiró la piel muy despacio, sacando la lengua y lamiendo el suave relieve de la parte inferior de su glande. Le miró, apretaba los labios, respirando profundamente por la nariz. Yurio pegó la lengua, rodeándole con la boca e intentando no tocarle con los dientes, cerrando los ojos para sentirle por completo. Bajó por su miembro muy, muy despacio, rozando con los labios su piel caliente, parándose a notar las texturas en su lengua. Pasó los brazos por debajo de las piernas de Otabek, llegando al límite en el que podía tragarle, mirándole al sentir el tirón de pelo. Echaba la cabeza levemente hacia atrás, sonrojado, agarrando las sábanas con la otra mano. Yurio subió, bajó y subió muy lentamente por su erección, una y otra vez, asegurándose de ejercer la presión exacta para darle placer con su lengua y labios. Otabek estiró las piernas, juntando los muslos cuando Yurio sacó los brazos de donde los tenía para acariciar su pecho, curvando un poco la espalda en la cama.

—Y-Yura —Soltó el agarrón de pelo un instante para volver a apretar más fuerte una mayor cantidad de sus cabellos con ambas manos—, traga.

No hizo ruido. En una de sus chupadas más intensas y profundas, dejó salir la corrida que sospechaba falló al intentar retener. Yurio tragaba, complaciente, sintiéndolo bajar por la garganta, feliz de hacerlo, succionando de esa manera pausada que aniquiló a su novio. Tantas cosas que me iba a hacer y se corre solo con esto y además rapidísimo. No estaba decepcionado, deseaba que se corriese en su boca desde hacía mucho y le obsesionaba la idea desde que se la vio por primera vez. Otabek respiraba hondo exactamente igual que en el avión. Yurio arrugó la nariz ante el fuerte sabor del esperma de su novio al caer algunas perezosas gotas en su lengua. Al sacarla de la boca aún seguía un poco dura, muy húmeda y enrojecida. Sintió deseos de montarle, pero sabía que le iba doler, no estaba preparado.

—No digo ahora —Subió por su cuerpo, apoyando las manos en su agitado pecho—, pero quiero que me folles.

—Voy a hacerte daño —Otabek le rodeó la cintura con su brazo por completo, hundiendo los dedos entre sus cabellos desde su nuca hacia arriba, besándole en los labios con fuerza—, no estás acostumbrado, nunca has tenido relaciones.

—Tengo los consoladores —Últimamente sentía que iba de un sonrojo a otro—, cuando me acostumbre…

—Háblame de ello en unos meses.

Se giró en el futón, dejándole debajo. Yurio se colocó en él con los codos, echándose hacia arriba con la intención de rodear sus caderas con las piernas. Se había olvidado completamente de su propio placer al concentrarse tantísimo en el de su pareja, pero lo recordó en cuanto este tiró de sus pantalones con fuerza, dejándolo desnudo de cintura para abajo al arrastrar con ellos sus calzoncillos.

—No quieras correr cuando aún no sabes andar, gatito.

—Cállate, gilipollas —Jamás en la vida admitiría lo muchísimo que le había gustado que le llamase de esa manera con los labios tan, tan cerca de su ingle.

De hecho, cuando posó la boca entre su miembro y su pierna se tuvo que llevar las manos a la cara, amortiguando los gemidos. Otabek se la rodeó con su enorme mano, casi abarcándola completamente, acariciándola de una manera tan sutil que un escalofrío le hizo revolverse contra las sábanas. No se atrevía a apartar las manos de sus labios, sabía que de hacerlo gemiría muy fuerte. Si a solas era escandaloso, ahora que estaba con él sería un verdadero problema lo mucho que podría llegar a gemir. Le resultaba frustrante.

—Eres muy sensible, me pregunto… —Bajó la lengua por sus testículos sin dejar de masturbarle, pasándola por su perineo, hacia atrás en lugar de hacia arriba, que era lo que esperaba. Yurio se apresuró a tirarle del pelo, parándole.

—Q-qué… ¿qué haces? —Otabek sonrió de nuevo de esa manera sucia. Y no solo sonrió. Se rió.

—Tener clarísimo lo que voy a hacerte y lo que no, pero de momento relájate.

Le engulló por completo de una sola vez. La nariz de Otabek rozaba su vello púbico, ronroneó al rodearla con su lengua sin sacarla de su boca y le subió las manos por los costados, hasta sus pezones, que estimuló con los pulgares. Yurio volvió a cubrirse la boca con las dos manos, extasiado al sentir su experta lengua, el roce de sus mejillas, los tirones de sus dedos y el calor de su aliento estimularle de maneras que desconocía. Era demasiado. Iba a correrse, pero no quería, no aún. Abrió los ojos, Otabek le observaba. Se la sacó de la boca lamiéndola, subiéndo por su cuerpo, apartándole las manos para besarle y aguantándole las muñecas hacia arriba con una sola mano.

—Gime —Le respiró en los labios.

—Nnnno… Beka, Beka, no —Le abrió las piernas, colocándose entre ellas. Su miembro estaba flácido pero apoyó sus caderas sobre sus muslos, rozándole el culo con su cuerpo. Se la acariciaba con la otra mano, sin darle tregua.

Dios, lo hace tan bien, es tan bueno en esto, tan, tan bueno. Yurio entrelazó las piernas alrededor de la cintura de su dominante novio, retorciéndose, queriendo taparse la cara porque no soportaba que le mirase tan de cerca y tan atento. Lo peor era su tranquilidad frente al caos en el que se encontraba Yurio. Era desquiciante.

—Eres precioso —Se sentía tan vulnerable que incluso le dio rabia. Le provocó verdadero placer la situación pero le exasperaba a partes iguales—, y vas a correrte ya, ¿verdad?

—Te odio —gimoteó. Levantó la espalda de la cama al sentir su boca alrededor del pezón, corriéndose entre sus dedos. Intentó apretar los labios pero fue en vano; el gemido resonó en la habitación, solitario pero estridente y tembloroso.

—Yo también, Yura… —Acercó la boca a su oído, llenando su mente con la vibración de su voz—, te amo.

—¡BEKA! ¡Hnnnngm! ¡IDIOTA! —A esa queja le siguió un nuevo gemido cuando le mordió el cuello con fiereza. Le sentía pegarse a su culo en los últimos estertores del orgasmo.

—Me encanta que seas tan sensible —Le besó la barbilla, soltándole las muñecas y acariciando sus antebrazos hasta dejar la mano en su mejilla. Le metió la lengua en su jadeante boca. Tenía a Yurio completamente a su merced, tembloroso y muriéndose por más.

—Ojalá entre Viktor y te parta una silla en la cabeza —Otabek se rió, rozando su nariz con la de él—, idiota.

—Deja de bufar de una vez —Le limpió con un cojín y se limpió también la mano—, los dos sabemos que en el fondo lo que quieres es ronronear.

—Te prefiero callado —Le pasó el brazo por la cintura y encajó las rodillas tras las de Yurio. Le rodeaba por completo con sus brazos, y le encantaba sentirse tan recogido.

—Mentiroso —Le apartó el pelo de la mejilla con la nariz, besándola después. Suspiró profundamente—. Estoy hecho polvo…

 

 

7

Quería seguir besándole pero le daba miedo resultar pesado. Le encantaba su boca y ese rato que pasaron en el avión tan íntimo entre besos fue sencillamente perfecto. Igual que su orgasmo de hacía un momento. Los dos que le había provocado hasta la fecha fueron los más intensos de su vida pero joder, cuando me la ha comido casi me muero. Se preguntó qué habría pensado él de su mamada, si habría estado a la altura. Quizás le hizo daño o saltaba a la vista su falta de experiencia. Con lo bueno que era él, quizás le supo a poco.

—Beka —murmuró, entrelazando los dedos con los suyos, acercando el dorso de su mano a la boca, encogiéndose al sentir la inseguridad crecer en su pecho—, ¿lo he hecho bien?

—Hmmm… —Besó la base de su cuello, camino al hombro—, conoces mi resistencia y aguante cuando patinamos o hacemos ejercicios. Pues igual soy en la cama —Le pasó la palma de la mano por la mejilla, echando su pelo hacia atrás. Le miró de reojo—, pero contigo no puedo retenerme.

—Ya…

—Mírame —Se resistió, no quería porque vería su inseguridad—, Yuri —Frunció el ceño.

—No me llames así, no me gusta.

—No seas inseguro, no conmigo —Chasqueó la lengua, dándose cuenta de que no había manera de ocultarle nada, era un libro abierto para  él—. Creía que conmigo eras más tú, que hablábamos las cosas —Se giró en la cama, abrazándole por la cintura con la cara contra su pecho, asintiendo.

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Se quitaba los patines con rabia. Lilia le exigía mucho pero lo de Viktor era de locos. Nunca estaba contento, nunca parecía quedar satisfecho. Le dolía el pecho del esfuerzo pero no lo valoraba. Solo tenía palabras gentiles para el gordo de su novio. Metió los patines con rabia en la taquilla, pensando que quizás no se mereció el oro igual que J.J. no se mereció el bronce. Salió de allí con la moral muy baja y con ganas de quejarse, pero se desinfló al ver a Otabek tumbado en uno de los bancos del parque que quedaba frente a la pista de patinaje. Miraba al cielo, angustiado, con las gafas de sol puestas, una mano sobre la frente y la otra sobre su estómago.

—Levanta, dejame sitio —Fue a sentarse derecho pero una vez con el culo en el mármol, tiro del hombro de su amigo, dejando que posara la cabeza en sus piernas. Otabek cerró los puños de las manos que había alzado sobre su pecho, dejándolas caer sobre él de nuevo—, ¿qué te pasa? —Suspiró profundamente.

—No sé si debería dejar el patinaje —Yurio le quitó las gafas con el ceño fruncido. Otabek le miró molesto por la luz del sol, entrecerrando los ojos. Se inclinó sobre él para darle sombra.

—¿¡Qué cojones estás diciendo?! ¿A qué viene esto?

—Os veo entrenar, a ti, a Yuuri, a Viktor… no os voy a alcanzar jamás. Y si pensamos en personas como J.J. o Phichit…

—No. No. A ver. ¿Phichit? Le ganaste por mucho. ¿J.J.? ¡Compró al jurado! Todo el mundo sabe que el bronce era tuyo.

—Pero jamás la plata y mucho menos, tu oro.

—¿Y cómo se supone que me debo sentir ahora? —La expresión de Otabek se tensó—, entiendo que quieras el oro, pero nosotros también lo queremos. Es una competición, es normal que tengas días malos, pero no dejes esto…

—Simplemente no veo sentido seguir si sé que no voy a lograr mi meta.

—Con esa actitud de mierda seguro que no, que pareces Yuuri. Después de todos tus sacrificios no puedes rendirte ahora. Además —Miró hacia el lado, hacia la entrada de la pista de hielo, sonrojándose—, si dejas esto no estarás por aquí todos los días y no nos veremos —No dijo nada. Yurio no podía mirarle. Sintió un tirón de pelo y miró hacia abajo, saltándole el corazón en el pecho al ver su sonrisa, además de su mano tan cerca de su mejilla.

—Si tantas ganas tienes de estar conmigo me quedaré y seguiré intentándolo —Soltó el mechón de pelo.

—Estúpido, haz lo que quieras —murmuró Yurio, mirando de nuevo al frente, contento por su cambio de actitud.

—¿Y tú? ¿Estás bien? —Asintió.

—Ahora sí. Es solo que le tengo que poner más ganas. He tenido un momentito de bajón porque Viktor es un coñazo pero ya se me pasa.

—Me alegro de que me cuentes tus problemas.

—Siempre lo hago —dijo, quitándole importancia—, eres al único que se los cuento.

Se puso las gafas de sol de su amigo, dándole un empujón en el hombro cuando se rió de él brevemente por la nariz. Tras escuchar su problema fue consciente de que no podía quejarse. Otabek llevaba razón, era el digno ganador de una medalla de oro. No tenía derecho a dejarse llevar por rabietas.

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—Quiero que te guste lo que hago pero no sé cómo hacer las cosas. No sé nada del tema. Y tú sabes mucho.

—No sé tanto, solo lo suficiente —Le acariciaba la espalda desnuda con las yemas de los dedos—. Si no sabes nada, ¿de donde has sacado los consoladores?

—Chris me los compró —farfulló, esperando su risa.

—No me extraña, aunque tuvo que ser una conversación extraña la de vosotros dos.

—Muy incómoda —Y ahí fue su risita, sacándole los colores.

—Espero que útil. ¿Te puso ejemplos prácticos? ¿Hicisteis algo?

—¡¡NO!! Yo… quería hacerlo todo contigo por primera vez. Solo me dijo cómo usar los consoladores. Además, es demasiado agresivo.

—Sí, es demasiado para ti, lo fue hasta para mí —Yurio se separó despacio del pecho de su novio, con los ojos muy abiertos. Sí que habían follado después de todo…

—¿Has.. ? ¿Habéis…? ¡¿Cuándo?!

—Hace dos años, tras la fiesta del Grand Prix Final.

—Pero él tiene novio…

—Su relación es muy abierta —Le miraba queriendo saber más detalles pero sin atreverse a pedirlos—. Es tan apasionado como parece y muy bueno, se toma su tiempo con la otra persona. Si te digo de quién lo aprendió…

—No sé si quiero saberlo…

—Su primera vez fue con Viktor.

—¿¡EEEEH?! —Otabek le mandó a callar con una risita, poniéndole la mano en la boca. Se la quitó con una mezcla de impresión y celos—, solo falta que me digas que se ha follado a Yuuri.

—Creo que no, pero me parece que algo ha tenido con Phichit.

—Ahora me siento más inseguro que antes, gracias —Volvió a reírse de él—, si has tenido relaciones con alguien como Chris, lo mío debe parecerte de risa.

—Yura, hagas lo que hagas me excitas más que nadie solo por ser tú, no te preocupes tanto —Bajó las manos hasta su culo, lamiéndose los labios y volviendo a encender la llama bajo el vientre de Yurio—, pero que sepas que me la has comido como más me gusta, despacio —Le lamió la boca de lado a lado—, con lo cansado que me he quedado y sigo con ganas de más.

—Beka, haz lo que quieras —dijo con los ojos entrecerrados, pasándole las manos por su cuello hasta los músculos de la espalda. Gimió tras el lametón que recibió en el cuello, hasta la mandíbula, cerrando sus labios y succionando, dejándole una nueva marca.

—Hay tantas cosas que quiero hacer que no sé por dónde empezar. Pero ya que estamos de primeras veces…

—Un segundo —Se sentó en la cama, liberándose de sus brazos—, tengo que ir al servicio.

Saltó del futón, poniéndose el pijama, saliendo de la habitación despacio hasta el piso de abajo donde se encontraba el baño. Le daba un poco de miedo andar por allí a oscuras, por lo que intentó no perder mucho tiempo, dando una carretera de vuelta. Se tuvo que llevar las manos a la boca para no gritar cuando arriba de las escaleras se encontró con una forma oscura.

—Cerdo inútil, casi me matas del susto —susurró enfadado. Le vio con solo una toalla en la cintura. Justo detrás salía Viktor, cerrando su habitación sin percatarse de su presencia.

—¿Has cogido la vaselina? Con el agua siempre es m—¡Yurio!

—¡¡Sssshh!! —Yuuri tiró de la mano de su prometido, colorado y bajando la escalera con él.

Con un resoplido se metió en la habitación, riéndose al entrar y dispuesto a contárselo a Otabek. Pero al mirarle se quedó con solo la intención, olvidando por completo nada que no fuese lo que su mente procesaba. Estaba tumbado en la cama, desnudo, con el consolador rosado metido hasta la mitad y una erección considerable. El consolador tenía un condón puesto, el bote de vaselina estaba abierto a su lado. La imagen le resultó tan erótica que se llevó por instinto la mano entre las piernas, juntándo los muslos.

—Muevelo tú —Las mejillas de Otabek estaban pintadas por un fuerte rubor.

Era un paso muy grande y muy repentino para Yurio, que se vio sobrepasado por la situación, sintiendo que su erección se volvía crítica en cuanto se acercó. Podría correrse solo de mirarle. Dejó que él lo moviera, despacio o al ritmo que quisiera, hasta el fondo o solo la punta. Observaba su cuerpo dilatar y sus quejidos casi en silencio, sintiéndose más excitado que nunca, acariciando sus fuertes piernas. Se quitó el pijama como pudo sin dejar de estimularle preguntándole si le gustaba. Cuando llevaba un buen rato de innumerables “sí” y de tirones a la almohada entre sonrojos, Otabek le apartó de él. Cogió un condón, todo con el consolador metido en el culo, y se lo puso a Yurio despacio, llenándolo después de vaselina. El roce del preservativo y de sus manos fue peligroso.

—Intenta aguantar hasta que me corra —Se volvió a tumbar en la cama, abierto de piernas—. Sácalo y entra tú.

Inseguro por no tenerla tan grande como el consolador, se situó entre las separados muslos de su novio. Tiró despacio del dildo, observando sus gestos y mordidas de labio. Cambió el material sintético por su carne, entrando en él con facilidad, mirándole al rostro para comprobar que todo iba bien. Al llegar a cierto punto notó su estrechez, apretando los dientes y las caderas a su culo, exhalando en un sollozo placentero y sorprendido. Esperaba que fuera a ser bueno, pero nunca así, nunca imaginé está sensación tan apabullante de placer. Otabek respiraba rápido, con los ojos cerrados y el dorso de su mano contra la boca, aferrado a la muñeca de Yurio con la otra. Se paró a pensar; estaba dentro de él por completo, me estoy follando a mi mejor amigo.

—¿Te gusta? ¿Está bien? —preguntó sin saber qué hacer.

—Gira un poco las caderas hacia arriba —Le pidió en susurros. Su voz no sonaba tan autoritaria como siempre. Vibraba, temblaba como el propio Yurio en sus lentos vaivenes, moviéndose en su interior muy suavemente—, un poco más, solo un pocAAANGHHMM!! ¡¡MMMHH!!

—Beka —murmuró, asombrado porque era la primera vez que le escuchaba gemir de esa manera, resoplando, sintiendo su arañazo en el costado. No se creía capaz de provocarle tanto placer, y sin embargo…

—Mas, mas, dame más, tócame —Se agarró a la almohada con ambas manos, mirándole con los ojos medio cerrados.

—No quiero hacerte daño —susurró, loco por reventarle a pollazos.

—Fuerte, Yura —Soltó una mano de la almohada para agarrar sus cabellos.

Sus besos eran un desastre de saliva, quejidos y mordiscos, tan descontrolados y lascivos que le dieron luz verde a moverse como su cuerpo le pedía. Se agarró de las caderas de Otabek, deshaciendo el futón con cada acometida en un escándalo de jadeos que iban a parar a su boca, tragándose sus gemidos. Todo era nuevo, todo era perfecto: la presión y el calor de su cuerpo, el delicioso roce, el ronco y áspero gemido que repetía su novio sin cesar cada vez que el chasquido de sus cuerpos llenaba la habitación, la sensación de que algo más grande que un orgasmo común iba a brotar de él. No quería acabar nunca. Necesitaba acabar ya. Mordiendo el labio de Otabek con fuerza, deslizó la mano por su pecho, hasta su miembro. Miró entre sus piernas al notarla tan mojada, obligado a pegarse al pecho de su novio cuando este le arañó la espalda. Le apretaba el culo en cada embestida, acercándole más.

—Abre la boca —Le pidió mientras le embestía de manera salvaje, mucho más rápido, profundo e intenso que como se movía hacía unos instantes. Se la agarraba con fuerza sabiendo que de mover la mano o soltarla, eyacularía.

Le hizo caso, abrió los labios entre escandalosos gemidos y tan pronto lo hizo, subió la mano de base a glande, presionando hasta el fondo con su polla. Otabek se corrió sobre él mismo, sobre su pecho y su cara, llegándole un chorreón hasta la boca. Tragó, sabía que lo haría y le excitó tantísimo esa guarrada que perdió el control. Yurio le clavó las uñas en el muslo al sentir los espasmos que atrapaban su miembro metido hasta el fondo. Este, al darse cuenta del delirio de Yurio, movió las caderas despacio y casi sin sacarla. Se corrió un instante después que él, contrastando sus cortos y jadeantes gruñidos con un lamento agudo, largo y tembloroso. No podía controlar su cuerpo, no podía hacer nada más que centrarse en el alivio de descargar dentro de él. Al mirar a su novio le vio con la boca abierta y los ojos clavados en su cara, medio cerrados, jadeando entre sofocos. Cada orgasmo era diferente y le daba la impresión de que iban a más. Otabek le agarró la base del preservativo con dos dedos, aún sofocado y con dificultad para tragar saliva.

—Sal despacio —Le hizo caso, retirándose poco a poco. Se lo quitó, lo anudó y lo dejó a un lado, sobre el envoltorio vacío. Se limpió el pecho con el mismo cojín de antes y le abrazó por los hombros, tumbandole de nuevo sobre su cuerpo.

—¿Te… ha sido suficiente? —preguntó mientras procuraba normalizar su respiración, acariciando su pecho con las yemas de los dedos. Subió una mano hasta sus cabellos rubios, apartandolos de su rostro para acariciarle la mejilla.

—Tu tamaño es el perfecto, lo supe desde que te vi por primera vez en el servicio.

—No es muy grande. Sobre todo en comparación a ti —Yurio subió la pierna, rodeándole la cintura con ella. La otra la estiró, entrelazandola con las suyas.

—Precisamente. Confía más en ti, eres bueno en la cama pero si te lo creyeras de verdad serías mejor —Dio un suspiro largo y tembloroso, echándose el alborotado pelo negro hacia atrás.

—Es… es que quiero que disfrutes como yo. No pensaba que fuese a gustarme tanto verte así —Un profundo suspiro agotado le nació de lo más profundo del pecho—, estoy reventado…

—Tienes muy poca resistencia y eso lo vi en la pista de patinaje, pero tranquilo —Le subió la cara con dos dedos, besándole los labios—, la próxima vez me moveré yo. Quería dejarte dominar la situación.

—Pff, la situación me ha dominado a mí. Cuando he entrado y te he visto con eso en el culo se me ha quedado la mente en blanco —Se rió entre dientes, perezoso.

—Esa era la intención.

—Y dices que me quieres hacer más cosas… voy a morirme.

—De momento vas a dormirte —bostezó escandalosamente—, y yo también.

—Buenas noches Beka.

—Hmmm…

Cayó fulminado como pocas veces en su vida en una noche sin sueños. Casi al poco de amanecer, abrieron la puerta de su habitación, dejando entrar al perro de Viktor que se subió sobre ellos, despertandoles bruscamente en una efusiva demanda de cariño.

—¡SACA AL BICHO DE AQUI! —Le gritó un malhumorado Yurio a quien fuese que estuviera en la puerta.

—¿Qué ha pasado? —Yuuri estaba plantado allí mirando el desastre de ropa, envoltorios de preservativo y un olvidado consolador junto a ellos. Yurio se levantó, desnudo, y le agarró del cuello de la camiseta.

—Sal de aquí y como le digas algo a Viktor te reviento.

—Va-vale. Bajad cuando podáis —Le cerró la puerta en la cara a ese imbécil, mirando al buenorro de su novio echarse el pelo hacia atrás mirando a su alrededor con cara de dormido.

—Es que… menudo desastre —Se rió solo una vez, mirando el cuerpo desnudo de Yurio, señalándole—. Eres un leopardo. Uno muy pequeñito —Se miró el pecho, alzando las cejas al ver tantísimas marcas en su piel.

—No voy a poder meterme en las termas con estos dos —Se quejó. Otabek se levantó del futón, también desnudo, rodeandole la cintura y posando gentilmente la mano en su mejilla.

—¿Te arrepientes de lo de ayer? —Negó con la cabeza, frunciendo el ceño—, esos ojos verdes y enfadados van a matarme un día.

—Lo mismo digo de tu inexpresiva cara, imbécil.

Le besó, borrándole el enfado, terminando de despertarle. Le encantaba acariciar los músculos de sus costados porque podía sentir como se le ponía la piel de gallina. Se rió mirando sus brazos con los vellos de punta, aspirando sorprendido al ver sus propios costados más de cerca. Cinco marcas rojas bajaban hasta su culo, y no recordaba cuando se las había hecho, además de que Otabek también tenía multitud de chupetones en el cuello y pecho. Se rieron analizando sus desperfectos, descubriendo que la espalda de Yurio también presentaba arañazos, riéndose el uno del otro y de la cara que iban a poner esos dos al verles.

Yuuri no abrió la boca cuando bajaron y Viktor se comportaba como siempre, así que supusieron que no se chivó de lo que había visto. Recorrieron la ciudad acompañados por Mari, lo poco que había para ver al menos, con un Otabek extramadamente curioso y apasionado por aprender y conocer nuevas culturas. A la mitad del almuerzo, en el que repitieron katsudon, Otabek recibió una llamada de teléfono. Al volver su expresión era de profunda preocupación y disgusto, por lo que Yurio se levantó de la mesa, poniéndole la mano en el hombro.

—¿Ha pasado algo?

—Mi abuelo, está muy enfermo y le han llevado al hospital —Se sentó con ellos, con la cabeza en otra parte. Tras unas palabras de apoyo, Viktor y Yuuri comenzaron a hablar sobre otro tema entre ellos. Yurio le cogió la mano, por lo que alzó la vista—. Había pensado ir unos días a mi ciudad al volver del viaje pero ahora no sé qué hacer.

—Beka, Japón no se va a ninguna parte y estos dos tienen años de relación por delante —Le dijo en voz baja, sabiendo que no querría molestar a los otros, sintiendo su profunda mirada clavarse en la suya. No soportaba ver esa pena y preocupación en sus ojos—. Vete a Kazajistán y ya nos veremos en Rusia o donde sea. Tienes que estar con tu familia. Son lo más importante, y más para ti.

—Quería estar contigo…

—Llevas conmigo casi dos años, venga ya, puedes vivir sin mí.

—Puedo, pero no quiero —Yurio se levantó, abrazándole por los hombros al ver que sus ojos se enturbiaban—, lo siento, no me lo esperaba —Le agarró con fuerza por la cintura, suspirando en sus brazos.

Miraron los horarios de vuelo y desde el teléfono reservaron el primero que salía hacia su país, de madrugada. Le preguntó si quería volver al balneario pero teniendo la maleta casi sin deshacer le dijo que no, que quería aprovechar el tiempo que estaba allí lo máximo posible. Como le prometieron a Mari, volvieron a rehacer “Welcome to the Madness”, poniéndose igual de nervioso cuando Otabek tiró de su guante con los dientes. Observaron a Yuuri y a Viktor bailar apoyados en las vallas, bebiendose un refresco y riéndose del fangirleo de Mari y Yuuko. Tras un breve paseo fueron directos a las termas, tenían tiempo más que de sobra para un baño y para ir a cenar. Hicieron lo imposible por entrar ellos dos antes que Viktor y Yuuri, dando incluso una carrerita hacia las termas justo después de acabar en las duchas.

—¡Qué rápido te has metido hoy! Debe ser un record personal, Yurio —Bromeó Yuuri.

—Sí, tenía ganas —Otabek le dio la mano bajo el agua, tumbado hacia atrás sin quitarle la vista de encima. Sabía que estaba preocupado, pero su expresión era más de relajación y paz que de malestar. La apretó, sonriéndole ampliamente. Si no recordaba mal, le encantaba su sonrisa.

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Se puso de puntillas con las manos en los bolsillos. Hacía como medio año que no le veía desde que decidieron ser amigos y ahora habían decidido entrenar juntos. Si era por vivir en otro país, para él no había problemas. Nunca había tenido un amigo de verdad y esos meses habían hablado tanto y de tantas cosas por mensaje y llamadas que cualquiera pensaría que no tendrían más tema de conversación. Pero no era así, y aunque Otabek parecía callado, a su lado era de lo más charlatán. Vio a su amigo avanzar entre la multitud, acompañado de su entrenador, con las gafas de sol puestas a pesar de haber salido de un avión. Era un tipo tan guay, estaba tan orgulloso de ser su amigo… Un impulso que solo tenía con su abuelo se adueñó de él, haciéndole sonreír ampliamente, saltar el cordón tras el que esperaban y correr hacia él.

—¡Beka! —Le vio venir a lo justo para soltar la maleta y sostenerle en peso. Le saltó a los brazos, rodeandole la cintura con las piernas. El apretón fue fuerte y largo.

—Estás más alto —dijo con una de sus muecas de disgusto. Se rió alegre.

—Dame dos años y también seré más ancho —Le hizo sonreír. Adoraba verle sonreír, no lo hacía mucho.

—Solo por ver tu sonrisa merece la pena haber venido —Le miró con el rubor inundando sus mejillas.

—¡No tienes que ser tan directo con lo que piensas, imbécil! —Se colocó mejor la capucha, acercándose a Yakov, escuchando a su mejor amigo reírse entre dientes.

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—Oh, vaya —Yuuri se señaló el pecho, mirando al del rubio.

—Ya, marcas de guerra.

—Esperemos que Viktor no se de cuenta… —Susurró ese idiota. Demasiado alto. Y con Viktor detrás.

—¿De qué no me tengo que dar cuenta, amor? —dijo mientras se metía, besando la mejilla de Yuuri que se encogía sin querer responder.

—De que sigues siendo el mejor patinador de los cuatro —dijo Otabek. La sonrisa de falsa modestia de Viktor hizo a Yurio poner los ojos en blanco.

—Gracias, pero ya lo sabía.

—Eres lo peor… —Miró a Otabek, que entrecerraba los ojos más de lo normal con la atención puesta más allá de Yurio—, ¿qué te pasa?

—¿Eso es una cucaracha? —Yurio volvió la cabeza, viendo algo grande, redondo y negro en una roca próxima a él. Como si tuviera resortes en los pies, saltó junto a Viktor, que también se movió hacia atrás.

—Es solo un escarabajo —Yuuri se acercó al insecto, cogiéndolo con las manos y alejándolo de ellos—, no hace nada.

—No vuelvas a tocarme con esas manos —Le dijo al cerdo. Otabek sonreía suavemente observando la escena mientras Yurio volvía a sentarse.

—¡¡¿Pero qué te ha pasado?!! —Viktor tiró de su brazo, levantándoselo y observando las marcas de sus costados, pecho y espalda. Con el rabillo del ojo vio a Otabek levantando la mano despacio, a la altura de su cara.

—Lo siento —Tuvo que aguantar la risa ante lo pronto que resolvió el misterio y asumió la culpa, intentando no mirar a Viktor que durante unos instantes parecía al borde de asesinarlos.

—La próxima vez intentad que no queden marcas —Miró a Viktor sorprendido. Este no le sonreía, pero tampoco parecía enfadado, dejándolo pasar—, si por cualquier motivo alguien ajeno a nosotros se entera de que tenéis una relación física puede resultar en un problema serio para Otabek.

—No tenía planeado desnudarme delante de nadie en pleno diciembre.

Otabek no le soltó desde ese momento. Le abrazó por los hombros y se los besó desde atrás, reposando su barbilla en ellos, sin hablar, apretándole de tanto en tanto. Intentaba actuar normal con él pero es que a pesar de que solía ser una persona silenciosa, nunca sus silencios fueron tan tristes. Normalmente, a pesar de estar callado, su actitud era la de estar escuchando y atento a lo que le rodeaba. En esos momentos se encontraba abstraído y cuando se centraba era para mirar a Yurio, dándole después un breve beso en la mejilla o achuchón.

No le preguntó y a pesar de darle muchísima vergüenza, dejó que le hiciera cariños en público como darle la mano o acariciarle el pelo. Al fin y al cabo iban a separarse y no sabía cuándo volverían a verse. Esperaban a la hora de marcharse viendo la televisión en el comedor a un volumen muy bajo, no entendiendo apenas nada porque estaba en japonés. Yurio se dejó caer un instante en el hombro de su pareja y lo siguiente que sabía era que le estaba besando los labios con suavidad, con su ropa en lugar del yukata. Le echó los brazos al cuello.

—¿Cuándo te has vestido? —No se escuchaba más que su conversación. Subió los dedos por su nuca rapada, hasta su pelo, tirando de él y besándole de nuevo.

—Hace un momento. Entrena mucho pero no demasiado, escucha a Viktor y no fastidies mucho a Yuuri. Come y duerme bien, ¿vale?

—Oye, oye —Le puso las manos en la cara—, ¿qué hora es? Espera…

—La hora de irme. Te has quedado frito —Se sentó con prisas, pero Otabek le puso las manos en los hombros—. No te preocupes, Minako va a llevarme al aeropuerto.

—No, espera, voy a ir a despedirte.

—Voy a llegar tarde, me tengo que ir ya, Yura.

—No —Fue consciente en ese preciso momento de que se iba a alejar de él. Y no quería—, no, no, no. Espera. No me he despedido. Esto no es… ¡No puedes irte así!

—Shhh, están durmiendo. Tranquilo, espero que nos veamos pronto. En cuanto pueda, ¿vale? —Yurio negaba con la cabeza. Sentía ganas de llorar, reteniendo las lágrimas estoicamente—, no me hagas esto más difícil de lo que es. Voy a echar de menos esa mirada muchísimo.

—Te quiero —Susurró, apoyando la cabeza en su hombro, sonrojado por sus palabras.

—Y yo a ti. Deja de crecer.

—Callate, enano —Le escuchó reírse entre dientes, alzó la cara y le besó los labios con cariño.

—Vete a la cama, vas a enfriarte —Le besó la mejilla y se levantó, apretándole los dedos.

Dabai.

No pudo decir nada más porque si abría la boca, lloraría. Tras una leve caricia con sus nudillos en la mejilla, Otabek se marchó del balneario. Quiso salir corriendo tras él, en yukata y en pleno diciembre, pero le hizo caso y se fue a la cama. Al meterse entre las sábanas no pudo evitar llorar. Olían demasiado a él.

 

 

8

Y del recuerdo de ese olor tuvo que vivir las siguientes semanas. La conexión a Internet de Almatý era una basura y él estaba demasiado ocupado en atender a su familia, cosa que comprendía. Tres días después de un año nuevo en el que Yuuri volvió a emborracharse avergonzándolos a todos menos a Viktor, le llamó para decirle que su abuelo había fallecido.

—Lo siento muchísimo —Yurio agarraba el teléfono con ambas manos y las lágrimas saltadas, pensando que necesitaba ver al suyo cuanto antes. Tenía ya cierta edad.

Voy a quedarme un tiempo por aquí, llevo mucho fuera y necesito estar con mi familia.

—Claro, lo entiendo. Lo que necesites Beka.

Y lo entendía, pero una parte de él deseaba que una vez que se solucionase el asunto, volvería a él. A verle. A sus abrazos. Al Otabek de siempre. Tuvo que pasar casi un mes más para que volviera a comportarse como acostumbraba.

—Qué buena manera de empezar el año —Le dijo mirándole a través de la pantalla del portátil, enrrollado en mantas, muerto de frío a pesar de tener cerca de 40° de fiebre.

¿Has salido de entrenar y no te has puesto la chaqueta? —Le riñó con el McDonalds de fondo. Era el único lugar que tenía wifi en condiciones.

—No, he tenido cuidado. Me duele todo…

Espero que no sea un estirón —Se rió suavemente.

—Vas a tener que mirar para arriba si quieres hablar conmigo, medio metro.

—¿Y ponerme de puntillas para besarte? —Se apoyaba en la mesa con el codo y la cara en su puño, dándole cortos sorbos al refresco.

—Ojalá tenerte aquí abrazándome y besándome.

Seguro que hueles fatal —Se rió al ver su expresión fastidiada—, sabes que me encanta tu olor.

—Hmmm… que sepas que ya voy por el tercero —Dejó de beber y su mirada cambió.

No te fuerces.

—No lo hago. Cada vez me gusta más. Ya no concibo tocarme sin los consoladores —Le vio mirar alrededor—, espero que tengas los cascos puestos…

Sí. ¿Lo haces mucho?

Mas de lo que debería, seguro. No paro de pensar en ti, se me van a pelar las manos.

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Resopló tapandose hasta arriba con las mantas, sintiendo la ansiedad crecerle en el pecho por la cercanía del Grand Prix. Era muy consciente de que los programas de Viktor y Yuuri eran impecables, pero por alguna extraña razón no hacía más que repetir en su mente una y otra vez el de Otabek. No tenía la gracilidad de otros patinadores pero sí la seguridad y hacía sus movimientos con energía, clavándolos. Si no dejaba de mejorar podría ser un serio contrincante. No iba a dormirse en la vida si seguía así. Recordó esa tarde en el sofá en la que Otabek estuvo haciéndole cosquillas en el brazo, se quedó dormido casi de inmediato. Ojalá estuviera allí acariciándole. ¿En serio? ¿En mi cama? ¿Otabek? A pesar de pensar en las caricias, la imagen de su pecho desnudo le asaltó el pensamiento. Su pecho desnudo contra su espalda. Sus brazos alrededor del cuerpo. Y sí, sus caricias. Bajando por su pecho.

Con un resoplido se llevó la mano a la entrepierna, sacandosela y apretando los muslos ante tal repentina excitación, avergonzado por hacer lo que estaba haciendo pensando en él. Nunca le había pasado. No con Otabek. Le deseaba. ¿Está mal? Bueno, a quién le importa. No es que lo vaya a ir contando…

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Voy a saberte a poco cuando te vea. No voy a durar nada.

—¿Es nuevo eso? —Su cara se contrajo en una verdadera mueca de fastidio—, es verdad, me has durado poco cada vez que hemos hecho algo.

Porque eres demasiado. Y eso que estaba contenido.

—A este paso cuando nos veamos seré mayor de edad —Apartó una mirada llena de culpabilidad.

—No me lo eches en cara…

—No lo hago, solo lo comento porque es verdad.

No se lo echaba en cara, o no lo hacía mucho, la verdad era que lo extrañaba. Y también fue verdad que llegó su cumpleaños y seguían a cinco horas de avión. Estaba de vuelta en San Petersburgo acompañado de la eterna pareja que le ayudaba a entrenar. Su programa corto lo llevaba Viktor mientras que el libre era cosa de Lilia. Esa noche a las doce tendría dieciocho años y no podía sentirse menos entusiasmado. Por algún motivo, tanto el katsudon como Viktor se mostraban llenos de ilusión, haciendo planes para llevarle a almorzar, cenar y quién sabía qué más. A él todo le parecía vacío, aburrido sin su amigo. Sin su novio. Esperaba que le felicitaste el primero por su cumple, pero el idiota de Viktor se le adelantó, entrando en la habitación como una exhalación a las doce de la madrugada y tirándose sobre él.

—¡Felicidades! —Le apretó con ambos brazos a la altura del cuello.

—¡Sueltame, imbécil!

—¿Dónde está tu mejor modelito, cumpleañero? —Yuuri miraba en su armario con una sonrisa feliz. Estaba vestido para salir, los dos lo estaban.

—¡¿Qué?! ¡Tengo sueño! ¡Salid de aquí!

—No, no, no. Vamos a celebrar tu cumple y vamos a empezar ya —Intentó cogerle en peso pero ya era casi tan alto como Viktor, aunque mucho más delgado.

—¡¡QUE ME DEJES!! —Le mordió el brazo, ante lo que su entrenador dio un grito y se rió a carcajadas.

—Viktor, no le fastidies —Le regañó su novio—. Tienes demasiada ropa, elige tú. Y por una vez en tu vida déjate llevar, hazme caso —Miró a los tranquilos ojos rasgados de Yuuri y respiró hondo, asintiendo y vistiéndose entre murmullos enfurruñados— además, tenemos regalitos.

Se vistió con lo último que se había comprado, peinándose en un segundo y esperando a que esos dos se pusieran en marcha para seguirles. Miraba el teléfono cada dos por tres, pero ni una noticia de su novio. Habría vuelto al pueblo, sin conexión alguna porque llevaba así un par de días. Le metieron en una discoteca en la que entró con cierta resistencia porque sabía que Yuuri iba a beber y la iba a montar. Sin embargo, una vez en la pista y habiendo pedido la que era su primera bebida alcohólica legal, la canción que sonó en los altavoces fue suficiente para que quisiera salir corriendo.

—¿¡EN SERIO EL PUTO TEMA DE J.J.?! —Le chilló a un Yuuri que se reía a carcajadas.

—¡A mí me gusta! —Se giró hacia la conocida voz, abriendo mucho los ojos al ver la sonrisa de el propio J.J. a un palmo de su cara—, ¡felicidades!

—¡¡EWWWW!! ¿¡Por qué estás aquí?! —Se limitó a reírse. Miró a Yuuri y a Viktor. Y a Phichit que bailaba junto a ellos—, ¿eh? ¿Pero qué? —Unas manos se aferraron a su cintura.

—Por fin mayor de edad —Ronroneó Chris en su oído. Dio un salto hacia adelante, huyendo de su contacto.

—¿¡QUE COJONES ESTÁ PASANDO?! —Estaba nervioso, contento, histérico. La música bajó y un carraspeo se oyó en los altavoces.

¡Bienvenidos a mi discoteca y que tengan una buena noche! Interrumpo este temazo para pedirle a todos los presentes que se unan a cantarle cumpleaños feliz a un reciente mayor de edad por petición de sus amigos —Se quedó de piedra en medio de la pista, mirando a su alrededor, matando a Viktor con la mirada—, es un chico rubio de ojos verdes que o bien tiene aspecto de querer matar a alguien o está completa y absolutamente colorado, según me indica el DJ —Ahora que mencionaba esa posibilidad, lo segundo, era lo segundo.

Ante la mención del DJ se puso de puntillas, mirando hacia la mesa de mezclas. Solo veía al tipo desconocido que hablaba, a un DJ que no conocía y el flequillo de alguien inclinado tras la pantalla de un portátil. Cumpleaños feliz sonó en los altavoces a todo meter, acompañado del canto de todos los que estaban allí. Yurio se puso la capucha y suspiró con la mano ante los ojos, queriendo desaparecer. Sintió que le cogían en hombros unos brazos fuertes y al mirar abajo se dio cuenta de que era J.J.

—¡SUELTAME! —Le dio con la palma de la mano en la frente. Siempre se reía o le ignoraba cuando le daba malas contestaciones, creyendo que eran en broma cuando iba completamente en serio.

—¡¡Mira al frente!! —Le gritó Phichit.

Lo hizo, agarrándose a las manos de J.J. con fuerza al ver el flequillo de su novio moverse al girarse del portátil a la mesa de mezclas, cambiando el tema a “Welcome to the Madness”. Miró al frente, sonriéndole de lado con un auricular puesto y el otro no, guiñándole un ojo. Le golpeó en las manos a ese imbécil para que le soltara pero no le dejaba ir, por lo que abrió las piernas apoyado en sus hombros, echándose hacia adelante. Se dejó caer por su espalda cuando finalmente le soltó. Salió corriendo, empujando a gente hacía a los lados, saltando sobre la tarima donde Otabek movía palancas y presionaba botones con ese otro DJ que no conocía. Entró por la espalda, saltando por encima de una barandilla, tirando de su hombro. Tan pronto le vio se quitó los auriculares, poniéndole las manos en la cintura, empujándole contra la  barandilla del cubículo de DJ. No se besaron, fue mucho más sucio que eso. Lamieron sus lenguas, mordieron sus labios, respiraron uno el aliento del otro, profundamente. Le temblaba el pulso y las piernas, quería gritar, quiso gemir al sentir sus manos subiendo por los costados, por debajo de la ropa. Yurio se rió al darse cuenta de que estaba mirando hacia abajo.

—Hola, enano.

—Verás la que te va a dar el enano luego —Le azotó el trasero, haciéndole reír de nuevo—, tengo muchas ganas de verte a la luz.

—¿Te tienes que quedar aquí? No puedes poner una playlist o algo?

—Voy con vosotros, le he robado la mesa de mezclas un segundo al DJ de verdad —Se giró chocando el puño con el chaval, sin soltarle la cintura.

Caminó de espaldas, besándole un poco más tranquilo, Yurio con ambas manos en sus mejillas. Le había echado demasiado de menos y verle tan de repente le llenó el corazón de una luz que era incapaz de explicar. No pudo parar de sonreír desde justo ese instante. Se acercaron al grupo, con un cumpleañero mucho más animado. Bebían, reían y bailaban. En un momento de la noche en el que empezaba a reírse por todo sin motivo aparente, se vio comprimido en pleno baile entre Otabek de frente y Chris a su espalda, ambos tocando mucho pero tocando bien. Al mismo tiempo que sintió las manos de su novio en el pecho bajo la ropa, las de Chris le agarraron las caderas, acercando las suyas en un refregón que incluso estando borracho le pareció excesivo. Y se lo pareció porque fue muy, muy excitante. Se subió de un salto a los brazos de Otabek, rodeandole la cintura con las piernas. Alejó a Chris con la mano como si fuese un bicho.

—¿No te gusta Chris? —Un murmullo caliente y directo en su oído le hizo encogerse. Le miró entre mechones de pelo rubio, harto del eterno rubor en sus mejillas.

—No… no ahora.

—Me gusta que no lo descartes… —Le separó los labios con la lengua. Yurio sintió su miembro endurecerse al instante.

—Quiero mi regalo de cumpleaños —Le pidió al oído—, vamos a casa.

—No. Vamos afuera —dijo dejándole caer.

Le cogió de la mano y lo sacó de la discoteca sin despedirse de nadie. Una vez fuera se dirigió a un callejón, acercándose a una motaza que ni idea de dónde la había sacado. Guardaba un casco en el sillín y otro en un recipiente justo detrás del asiento. Una vez equipados con ellos se pusieron en marcha. Ahora comprendía que no hubiera querido beber, además, el viento frío hizo que la pequeña borrachera que tenía se le pasara en gran medida. Aparcó en un mirador, tan solo estaban ellos y apenas se encontraba iluminado. Se quitaron los cascos y Otabek los guantes, reteniendo a Yurio para que se quedase sentado en la moto. El olor de las plantas y del no muy lejano mar les acompañaban, así como el susurro de las hojas mecidas por el viento, de la misma manera que el cabello de Yurio.

—Feliz cumpleaños —Otabek le acarició la cara, besándole intensa, lenta y profundamente.

Le agarró de las muñecas y de la misma excitación, ansioso, Yurio gimió. Y volvió a gemir cuando sus labios bajaron por su cuello, con sus manos ascendiendo por sus muslos. Yurio le apartaba el pelo del flequillo del rostro, quería verle, no pensaba perder detalle. Otabek le miró a los ojos al liberarla de los pantalones y calzoncillos. Yurio hizo lo mismo, sintiendo que volvían a temblarle las manos, tan solo abriéndole la cremallera. Volvió a impresionarle el tamaño al sacarla de los calzoncillos, pensando una vez más en las ganas que tenía de comérsela. Al retirar la piel de Otabek de su glande y escucharle jadear, sintió un espasmo en su miembro. Su novio le abrió de piernas, tirando de sus caderas y acercándose, apartándole las manos. Presionaba sus riñones con una mano, agarrando las dos erecciones con la otra, rozandolas hacia abajo y arriba. La imagen era perfecta.

—Verte así… —susurró Otabek. Yurio se agarraba a sus hombros jadeando con la boca abierta y la vista fija entre sus piernas.

—Estoy muy sensible —Su voz salió aguda, sufrida—, cualquier cosa que hagas es demasiado.

—Oh, no —Volvió el apretón más intenso y subió la mano de su espalda hasta su nuca, hablando en su boca—, no sabes todavía lo que es demasiado —Se lamió los labios, acuclillado en el suelo, pasando la nariz por su longitud. Tras olerle, expulsó el aire por la boca—. Echaba de menos tu olor —Yurio aspiró entre dientes tras la primera chupada pausada. Arrastró su lengua en una lenta tortura—, echaba de menos que me llenaras la boca —Le clavó esa mirada oscura que tanto echaba de menos. Sus labios parecían más gruesos al recorrerle la erección de abajo arriba, de lado.

—Voy a correrme en tu cara, cállate. Joder, no puedo mirarte.

—Correte. Dámelo. Quiero tragarte.

Le escandalizaba lo directo y cerdo que era su novio. Le recordaba mostrarse sin tapujos en Japón, pero lo que veía ahora en sus ojos era diferente. Perversión pura. La personificación de la lujuria. Se la comía como si fuese a morirse de no hacerlo, le apretaba los muslos con fuerza y Yurio a él los cabellos. No podía soportar ese roce experto de su lengua, el calor de su boca, las caricias de sus manos en la cara interna de los muslos y sus huevos. Quería disfrutar más, pero perdió el control. Aguantó la respiración, mirándole al descargar en su boca, expulsando el aire en un largo resoplido con los dedos clavados en el sillón de la moto y sus negros cabellos. Veía la nuez de Otabek moverse al tragarle, sus cejas juntarse. Puso la espalda derecha con un placentero gruñido de dolor al notar sus uñas clavarse en la parte baja de su espalda.

—Quería… quería… joder —Se la sacó de la boca, besando el glande con cariño a la vez que subía la vista a sus ojos. Yurio se apartó el pelo de la cara echándolo hacia atrás—, quería follarte.

—¿Y qué te lo impide? —Murmuró, acercándose a su boca, besándole—, ¿crees que no va a volver a estar dura en cinco minutos? Yura —Le pasó las manos por las sienes, echando su pelo hacia atrás—, hazme lo que quieras.

—Vamos a casa —Otabek frunció el ceño—, quiero estar en la cama.

—¿No quieres follarme contra la moto? —Yurio observó su rostro unos segundos, creyendo ver un ligero rubor.

—¿Quieres tú? —No cambió su expresión—, quieres… —Pasó la palma de su mano por la erección de Otabek hacia abajo, agarrando su carne ardiente.

Falló al intentar mantener su expresión seria, temblándole ese ceño que fruncía, lamiéndose y apretando los labios. La idea de hacerle temblar de placer fue lo que le impulsó a moverse. Se bajó de la moto, riéndose al sentir sus pantalones caerle hasta los tobillos. Sacó los pies de ellos, echándolos a un lado, rodeando a Otabek y empujándolo donde antes él se sentaba. Se apoyó en el sillín con ambas manos, Yurio le besó el cuello desde atrás, quitándole el botón del pantalón, bajándole de un tirón los calzoncillos. Al mirar sobre su hombro le vio apretar el sillín con ambas manos.

—Yura, mi pantalón, coge el condón y el lubricante.

—¿Te lo has traído? —Se agachó, rebuscando hasta dar con el envoltorio plateado y el pequeño bote de vaselina. Se puso en pie, Otabek evitó mirarle a los ojos, volviendo la cara de nuevo al frente—, ¿habrá suficiente?

—Sí —Dejó caer el condón junto a su mano, destapando el bote de vaselina y llenándose tres dedos con ella. Lo cerró y lo dejó junto al preservativo. Los frotó para calentarlos, lamiendo y mordisqueando el lóbulo de la oreja de su novio mientras tanto. Le encantaba ser más alto que él, le encantaba poder besar su mejilla desde atrás y acariciarle el pecho bajo la ropa. El calor de su culo contra la entrepierna le resultó de lo más agradable.

—¿Vas a correrte tan rápido como siempre? —Le susurró justo antes de meterle un dedo. Se sorprendió al notar que era mucho más estrecho que él mismo—, ¿estás tenso?

—No. Soy así. Pero no duele —Le impresionaba saber que sentirse dominado era su punto débil. Daba un cambio drástico del Otabek duro y guay que siempre mostraba. Se dejaba llevar por completo. Yurio se lamió los labios al buscar en el cálido interior de su novio ese punto que le hiciera incluso más dócil. De repente jadeó con fuerza, abriéndose de piernas, dejándose caer un poco más sobre la moto y levantando las caderas—. Ni se te ocurra tocármela —Se le volvió a poner dura tan pronto le vio con esa actitud, fuertemente sonrojado.

—¿Más? —Asintió entre jadeos. Su espalda se agitaba por su rápida respiración. Pensó que el segundo dedo no entraba, pero se equivocaba. El moreno gruñía y gemía en cortos sonidos roncos. Se movía en círculos en su interior, atreviéndose a meter el tercero sin pedir permiso. Poco a poco sintió que la presión cedía, con un cada vez más tembloroso Otabek.

—Ya vale de dedos, follame —Le ordenó. No lo podía evitar, la pasión hablaba por él. La necesidad.

—¿Seguro? —Apartó su atención de la cara de su novio para mirar ahí donde sus dedos se perdían de la vista.

—Yura, eres muy blando conmigo. Haz lo que de verdad quieres hacer —Le dio el condón y el lubricante por encima de su hombro, sin soltarse del sillín con la otra mano.

Se mordió el labio, poniéndose el condón, terminando con la vaselina que quedaba al llenar su miembro de ella. Agarró el culo de su novio con ambas manos, abriéndole. Se vio obligado a soltar una de sus cachas para guiar esa renovada erección dentro de su cuerpo. Apretó contra él en pequeños círculos, observando cómo iba entrando, cómo le apretaba. El agradable calor de su interior y la presión le hicieron jadear con fuerza, agarrándole de las caderas sin dejar de observar. Quería tener paciencia, pero los sonidos que salían de la garganta de Otabek le excitaron tanto que empujó más de la cuenta. El kazajo se inclinó hacia adelante con un agudo quejido entre dientes, resoplando después.

—Lo sien—

—Hnnno… —Le interrumpió—, no es… me das justo… —La sacó un poco y volvió a entrar, obteniendo la misma reacción de su novio.

—¿Puedo darte fuerte? —Un nuevo resoplido, esta vez exasperado.

—¡¡Déjate llevar de una vez!!

Tú lo has querido. Le clavó los dedos en las caderas, enderezando la espalda y admirando cómo el culo de su novio le tragaba. No tuvo ni cuidado, ni piedad, ni miramientos. Se dejó llevar. Movía solo las caderas contra él, chocando con fuerza, sintiendo el placer a oleadas, como aquella primera vez que lo hicieron en Japón, solo que mejor, mucho mejor porque se sentía menos poca cosa y mucho más libre. La presión aumentó en su entrepierna, las rodillas no le sostenían, sus gemidos brotaban incontrolados. Le daba tantísimo placer que no sabía bien si darle más fuerte o alargarlo. Su culo era el paraíso. Otabek se quejaba entre dientes, mordiendo el sillín de la moto, con ese flequillo negro excesivamente largo moviéndose adelante y atrás en cada embestida. Lamió una gota de sudor que caía por detrás de su oreja, perdiendo el control de sus caderas al escucharle dar un verdadero gemido con la boca abierta por penetrarle más profundamente. Casi al borde del orgasmo, echó la mano hacia adelante, buscando la polla rezumante de su novio, masturbándole de manera febril, gimiendo con él, tensándose con él, quedándose ambos inmóviles durante un segundo, incapacitados por el abrumante placer del orgasmo. Yurio notó que Otabek se corrió primero en los fuertes apretones que tiraban de su polla dentro de él, pero le siguió un segundo después, mordiéndole el cuello, clavándole las uñas en las caderas y manchándose la mano. Se fue dejando caer sobre él, apretado aún a su culo, sintiendo los latidos en la garganta y un fuerte calor en pecho y mejillas. Subía y bajaba al estar sobre la espalda de su jadeante novio, que finalmente se soltó del asiento babeado y mordido. Le abrazó con fuerza, descansando, con una amplia sonrisa, sacándola de su culo y agarrando el condón con dos dedos.

—La moto no será de alquiler, ¿verdad? —susurró Yurio un poco después. Otabek comenzó a reírse, atontado.

—Sí.

—Pues tienes un problema —Aunque al principio las risas le salían tontas, acabaron a carcajadas, Yurio refregando la cara entre la amplitud de su espalda, abrazándolo con fuerza.

—¿Vamos a casa? —Necesito dormir, vengo directo del aeropuerto.

—Sí —Le besó la nuca y se enderezó, volviendo a reírse al ver el desastre que había formado con su corrida en el negro sillín de cuero.

Con el trapo supuestamente destinado a limpiar el polvo de la moto, se limpió él y el sillín. Se pusieron los cascos, charlando sobre quién tuvo la idea de semejante sorpresa y lo que harían al día siguiente. Durante el camino, Yurio descansó sobre su espalda, sonriente y feliz por poder tocarle y sentirle. Otabek le rodeó la cintura con un brazo mientras entraban al edificio, le dio la mano en el ascensor y no se la soltó hasta que tuvo que buscar las llaves. Le tocaba constantemente de una manera u otra y lo más raro de toda la historia, era que él también buscaba ese contacto.

 

 

9

Cumplir dieciocho años estaba lleno de novedades, como que Viktor llamara a su puerta antes de entrar a la mañana del día siguiente. Otabek, tapado hasta los ojos, le dio permiso para entrar.

—No joder, no le dejes entrar tan temprano, tiene demasiada energía —Se quejó Yurio tapándose la cabeza con la almohada—, qué coñazo.

—Buenos días tortolitos —dijo con esa expresión amorosa tan suya—, he hecho tortitas para el cumpleañero.

—Woh —Se sentó en la cama, despeinado y con los ojos medio cerrados—, bien —Escuchó a Otabek reírse brevemente por la nariz. Le intentó peinar las greñas con cariño mientras él bostezaba—, ya voy.

Pero no fue, al menos no de momento. Otabek tiró de él, tumbandole de nuevo y abrazándole por los hombros. Viktor les miraba con una sonrisita apoyado en el marco de la puerta.

—Suelta, el estúpido sigue ahí.

—Hmnmnhmn —Le pasó un brazo bajo el cuello y le puso la mano en la nuca, besando su mejilla despacio—, déjame disfrutar del hada rusa un poco más…

—¡¡¿Qué hada rusa?!! ¡TIGRE, EL TIGRE!

—Gatito —Le apretó con fuerza, hundiendo la cara entre su cuello y la almohada.

—Jamás voy a entender ese mal humor desde tan temprano —Se rió Viktor.

Después de tirar y empujar varias veces consiguió salir de la cama y que su novio fuera al baño con el pelo de la nuca completamente levantado. Viktor fue al salón con su perro y su cerdo, y él miró a su alrededor despacio, demasiado cansado para buscar ropa por lo que le quitó la camiseta del día anterior a Otabek. Aunque no le quedaba tan larga como antes, le seguía quedando ancha. Con ella y unos calzoncillos limpios se fue al comedor.

—Viktor, café —pidió Yuuri, absolutamente acabado.

—Deja de beber de una vez —Le regañó Yurio—, siempre igual…

—No, no, cuando Yuuri bebe es mucho más divertido —Le dio la bebida y un batido de vainilla a Yurio, que sonrió ante el detalle. Escuchó el ruido de una foto y al mirar a la puerta, Otabek toqueteaba su teléfono atento, sentándose a su lado.

—¿Me acabas de hacer una foto?

—Sí. Sonreías —Con su eterna expresión neutra le apartó un mechón rubio de la cara—, seguro que Phichit ya ha comentado que le gustan tus calzoncillos morados de leopardo.

—¿La has subido? —Asintió echándose tortitas.

—Merecía la pena y tenía que felicitarte por Instagram.

—Sí, ¿qué clase de novio sería si no lo hiciera? —Le dio la razón Viktor—, ¿te gustó la sorpresa de ayer?

—Sí, pero no entiendo por qué tuviste que invitar a J.J.

—Y yo no entiendo qué tienes en su contra. Es un poco egocéntrico pero…

—Le dijo la sartén al cazo —Intentó decir Yurio con la boca llena de tortitas y sirope de fresa.

—Le tiene miedo —explicó Otabek. Yurio le miró como si le hubiese insultado gravemente—, es un rival muy fuerte.

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Se sentaron en la primera cafetería que encontraron haciéndose entender en inglés con la camarera española. Otabek se pidió un descafeinado y él un chocolate blanco caliente. Una vez tuvieron sus bebidas, Otabek le miró.

—Además de a Viktor Nikiforov y Yuuri Katsuki, ¿tienes relación con algún patinador más?

—En realidad sólo con Viktor, al Katsudon lo aguanto porque son culo y mierda.

—¿Katsudon? —Le miró frunciendo el ceño.

—Pfff, ya te lo explicaré. No, a ver conozco a Phichit que es un coñazo con las fotos y a Chris que es… —Se encogió de hombros—, a ese tío parece que le interesa más tocar a otras personas que ganar el oro.

—Sí, le he visto.

—Pues eso, un degenerado que se lleva misteriosamente bien con Viktor —Le dio un sorbo al chocolate quemándose la boca—, qué tontería, Viktor se lleva bien con todo el mundo… ya lo conocerás mejor.

—Él y Jean Jaques me imponen mucho. Son muy buenos —Yurio se echó hacia atrás en la silla pasando el brazo sobre ella y alzando una ceja —Me refiero a J.J.

—Ese gilipollas no tiene nada que hacer frente a Viktor por muy bueno que sea y por mucho que clave sus números de egocéntrico vomitivo —Se puso derecho, dando con un dedo en la mesa—, si Viktor hubiera participado este año se lo comería por los pies.

—¿No es mejor así? Que Viktor no participe, me refiero. Tenemos más probabilidades de ganar.

—Nah, con Viktor o sin él este año el oro es mío —Jugaba con la galleta de su café, dándole vueltas en la mesa. Otabek estaba callado por lo que le miró—, ¿qué? —Alzó las cejas saliendo de su ensimismamiento, dándole un sorbo al café.

—Admiro tu seguridad. Siempre lo he hecho. Supongo que soy algo así como tu fan —Sintió vergüenza, nunca nadie que no fuese de su entorno más personal le elogiaba de esa manera tan cercana.

—¡Bueno! —dijo poniéndose la capucha, cruzándose de brazos—, ¿y tú qué? Porque no todo será patinar…

—No. De vez en cuando pincho en discotecas. —Yurio alzó las cejas.

—Venga ya, ¿DJ Altin? —Asintió—, ¿en serio? ¡Guay! ¡Llévame algún día! —Ante su sonrisa, él también sonrió. Fue una sonrisa suave, agradable, y aunque era la primera vez que la veía le resultó de lo más reconfortante.

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—¡Es fuerte pero no le tengo miedo! —Llamaron al timbre y Viktor se apresuró a abrir. Escuchó saludos animados en la puerta.

—Tus calzoncillos son fantásticos —le dijo Phichit nada más verle.

—Menudo desayuno… —susurró Chris, acercándose a Yuuri para darle un beso en la mejilla. El japonés le miró sobresaltado—, no sé cómo te entra algo con todo lo que comiste ayer Viktor dio una carcajada ante la cual los dos Yuri le miraron con similares expresiones horrorizadas en su cara.

—Ahora sí, solo faltas tú por caer en sus redes —Le susurró Otabek a Yurio al oído mientras se levantaba a por más sillas. Ni siquiera pudo replicarle de lo incómodo que se sintió—, ¿Y Jean?

—¡Aquí, querido Otabek! —J.J. le dio un abrazo entusiasmado—, sé que me echabas de menos pero necesitaba ir al baño—, Yurio asesinó con la mirada a Viktor, más cuando al canadiense se le ocurrió sentarse a su lado—, ¿te han regalado muchas cosas?

—Nadie me ha dado nada —Su novio volvió a sentarse apartado de él por culpa de J.J., cogiendo la taza de café—, menos Otabek.

—Sé que no es lo que tengo en mente —dijo Chris con una sonrisita, dándole un codazo a Otabek y haciéndole sonreír con la siguiente frase—, porque puedes sentarte, así que…

—Chris, por favor —Todos menos Yuuri que se echaba las manos a la cara escandalizado por el comentario y Yurio que enrojeció al verle guiñarle el ojo, dieron una carcajada.

Allí mismo, Phichit le regaló una carcasa nueva para el teléfono mitad con tigres pequeños, mitad con osos, ropa de parte de Viktor y Yuuri, un montón de medallas de oro de chocolate de parte de J.J. Chris le dijo que le había dejado el regalo en la habitación, que no era para usarlo a solas. Le pudo la curiosidad porque sabía por dónde iban los tiros. Se levantó más para esconderlo si estaba a la vista que otra cosa, y se dio cuenta de que Otabek le siguió casi tan interesado como él. Era una cesta hasta arriba de objetos coronada con un lazo de encaje negro: lubricante, consoladores nuevos, disfraces, fustas y unas esposas que parecieron llamar mucho la atención de su novio. Las cogió con dos dedos, haciéndolas oscilar de lado a lado, mirándole a los ojos con media sonrisa golfa.

—Esta noche vamos a darles uso, me parece —Yurio apretó los labios al ver como él se los mojaba. Se moría por besarle de nuevo—, lo del otro día fue una cuarta parte de mi regalo. Me quedan dos más.

Le quitó las esposas arrojándolas a la cama, pasándole los brazos por los hombros y tirando de su pelo para besarle. Otabek le acarició la cintura con las palmas de las manos, pellizcando sus labios con esa tranquilidad que tantísimo le gustaba. Su lengua sabía a café, caliente e invasiva, despertandole de cintura para abajo. Respiraba profundamente contra su mejilla, entreabrió los ojos y le encontró haciendo lo mismo, observándole. Le saltó el corazón en el pecho con tanta energía que Otabek tuvo que notarlo.

—Te quiero —susurraron sus labios antes de que pudiese controlarlo—, te he echado muchísimo de menos.

—Y yo a ti, no sabes cuánto —Le tumbó en la cama, junto a la cesta, dejándose caer sobre él y haciéndole reír al vaciar sus pulmones con el peso—, me llevaría toda la vida besando tu sonrisa.

—Callate ya, no seas tan pasteloso, das vergüenza, idiota.

—Me encanta verte con mi ropa —Metió la mano por debajo de la camiseta, acariciándole los costados.

Yurio abrió las piernas, rodeandole con ellas y dejándose besar de esa manera dulce, mirándose a los ojos, acariciándose, como aquella vez en el avión. Solo que ahora estaban en una casa que no era suya, con un buen montón de cotillas de los que al menos dos se asomaron a la habitación.

—Si ibais a usar ya mi regalo me podríais avisar para que al menos mirase —Les dijo Chris desde la puerta. Phichit les hizo una foto.

—¡¡Borra eso, imbécil!! —Yurio le tiró un cojín.

—Otabek, dale un beso.

Para su desesperación le hizo caso, agarrándole la cara y metiéndole la lengua en la boca. Phichit se reía divertido y Chris emitió un sonido placentero con la garganta susurrando “pocas personas besan tan bien como Otabek”. Después de quitárselo de encima a base de empujones y mordiscos, Viktor les pidió que se vistieran.

—¿Dónde está tu maleta? —Le preguntó al verle ponerse la ropa del día anterior.

—No he traído —contestó sin más.

—¿Cuántos días vas a quedarte?

—Unos cuantos. Date prisa, nos esperan.

Salió de la habitación evitando hablar del tema. Yurio se vistió un poco fastidiado, no quería que se marchase tan pronto. Una vez en la calle, Viktor le pidió a Otabek que les siguiera, llevando a los demás en el coche. Al acercarse a la moto sonrieron, mirándose de reojo, sin decir nada pero recordandolo todo. Les llevó hasta un centro comercial, a una tienda de deportes en la que exponían mucho material relacionado con el patinaje sobre hielo.

—¿Qué te parecen esos de ahí? —Le dijo Viktor, señalándole unos patines morados con un llamativo estampado de leopardo negro y rosa.

—¡¿Cómo no los he visto antes si estoy harto de venir aquí?! —Le fascinaron, los necesitaba pero el precio era demasiado elevado.

—Porque es una línea nueva, mira el nombre —En una etiqueta que colgaba de ellos se leía “Ice Tiger of Russia” —. Espero que te gusten, Yuuri y yo nos hemos partido la cabeza pensando en el diseño —Le miró sin comprenderle—, hemos puesto a la venta una línea de patines inspirada en ti. Hay un par de regalo en casa.

—Viktor… —No tenía palabras. No era solo que le gustasen los patines, era el reconocimiento. Lo que había detrás.

—Te dije que te valoraban mucho —Le recordó Otabek, mirando la etiqueta. Se sentía agradecido, blandito, superado por los sentimientos.

—No hacía falta tanto —Se giró hacia el lado contrario, soltando el patín e intentando disimular como se limpiaba las lágrimas con la manga de la chaqueta—, es excesivo.

—Es lo que te mereces, nadie se esfuerza tanto como tú y nadie se merece tanto haber superado mi marca personal. Estoy orgulloso —Yurio chasqueó la lengua, reteniendo un sollozo. Viktor le tiró del brazo, abrazándole por los hombros. Yurio se agarró a la parte trasera de su gabardina marrón, emocionado—, todos lo estamos.

—No te creas más que nadie por esto, imbécil.

Le pegó un manotazo en la espalda sin soltarle, llorando con más ganas al sentir la mano de Yuuri en el pelo. Nunca se había sentido tan acompañado, tan apoyado y querido. No sabía qué hacer con ese sentimiento más que llorar y pegarle a Viktor. La única vez que se vio tan desbordado por las lágrimas en público fue tras acabar el baile que le dio el oro en Barcelona y aquel día en la terraza. Al soltarse de Viktor seguía sintiéndose blandito, por lo que se agarró de la manga de Otabek, refregándose la nariz y ojos con la chaqueta. Su novio le dio la mano, besándosela antes de andar a su lado. No llevaba ni medio día y ya era el mejor cumpleaños de su vida.

Viktor le invitó a almorzar, sorprendiendole una vez más al estar allí su abuelo, abrazándole tan fuerte que le hizo protestar. Le presentó a todo el mundo lleno de alegría. Otabek se mostró especialmente tenso al darle la mano, lo que le hizo reírse a carcajadas. De hecho, cada vez que interactuaban aunque fuese para pedirle una servilleta, se ponía tieso, más acartonado que de costumbre. Casi al acabar de almorzar se levantó disculpándose para ir al baño.

—¿Qué le pasa a Otabek? Está más callado que nunca, y siendo él es mucho —Le preguntó Phichit.

—Supongo que está nervioso porque está aquí mi abuelo. Ya sabes cómo es con la familia y las formalidades. Si se pone tenso con Viktor imagina con mi abuelo de verdad.

—Yuratchka —Le llamó su abuelo—, ese chico, el que se sienta a tu lado, ¿qué es para ti?

—¿Por qué preguntas? ¿No te gusta?

—Al contrario, no te veo tan suelto con alguien desde hace años. Le tocas mucho y sonríes de verdad con él.

—Es… supongo que es mi novio, sí.

—Se le ve formal, jamás habría pensado que tu pareja sería así —Le miró al llegar, observándole sentarse—, Otabek, ¿no? —Le miró a los ojos asintiendo con el aspecto de aquel al que le habían metido un palo por el culo. Yurio le dio la mano, sonriente—. ¿Qué haces para vivir?

—Soy patinador, compito contra Yuri.

—¿Tú también? ¿Qué tal quedaste la última vez?

—Tercero, no puedo llegar a la perfección de su nieto.

—¿Tú eres ese Altin que hizo podio? —Asintió, sorprendido por que le recordase— es muy diferente veros con tantas lentejuelas y después tan de negro…

—La cara es la misma abuelo —Le dijo Yurio entre risas—, y es que ahora tiene la misma expresión que en los campeonatos. ¡Relájate, Beka!

Le apretó la mano asintiendo, sin relajarse. Al acabar de almorzar despidieron a su abuelo y se encaminaron a la siguiente parada de la que Yurio no tenía ni idea. Le metieron en lo que él pensó era un pub normal y corriente. Sin embrago tenía habitaciones cerradas, muy parecidas a un lugar al que fue en Japón.

—¿¡Un karaoke?! —No sabía bien si le gustaba la idea de cantar delante de todos.

—¡¡Perfecto!! ¿Dónde está el micro? —J.J. se vino arriba y Yurio se dejó caer en el sofá, resoplando.

—Vamos, Yurio-kun, los karaokes es de las cosas más divertidas que hay —Le dijo Yuuri, mirando en el listado de canciones—, La 127 es la que buscas J.J. —El aludido le guiñó un ojo, cantando su canción con tanta pasión que le hizo sonreír.

—Al final hasta te va a caer bien —Le susurró Viktor. Se apresuró a borrar la sonrisa, reemplazándola por un gesto hosco.

—Jamás —Otabek ojeaba el libro con las canciones, buscando sin decidirse. Yurio dejó caer el brazo en su hombro, mirándole, apartandole un mechón oscuro de la frente—. ¿Vas a cantar?

—Sí, cuando acabe J.J.

—No sabía que te gustaba cantar…

—Me gusta la música en general —Miró al frente cuando J.J. acabó, extendiendo la mano para que le diese el micro. Todos se sorprendieron. Cuando comenzó la canción, tan solo Viktor, J.J. y Chris parecían conocerla.

—¿Qué es esto? ¿De los 80? —preguntó Phichit.

—¡Es un clásico! —dijo J.J. sentándose al lado del tailandés—, Is this love, de Whitesnake.

Otabek le cogió por debajo de los hombros, sentandolo entre sus piernas con la espalda apoyada en su pecho. Le abrazó por los hombros y Yurio se agarró a los músculos de su antebrazo, dejándose caer sobre él. Cuando comenzó la canción miró sobre su hombro porque no daba crédito; cantaba excepcionalmente bien. El más impactado era J.J. porque le ganaban en su terreno. Yurio no podía sentirse más orgulloso.

—No te has fijado en la letra, ¿verdad Yuri? —Le preguntó Chris.

No, no lo había hecho porque estaba demasiado ocupado en escuchar su voz tan preciosa y grave. Pero al hacerlo se sintió enrojecer, entendiendo por qué le apretaba de vez en cuando un poco más, escondiendo la cara tras el brazo de su novio. Al acabar le frieron a aplausos mientras le besaba las mejillas repetidas veces tras darle el micro a Yuuri.

—Beka, para, nos están mirando y no me gusta.

—Lo siento, ya paro, pero no voy a soltarte.

—Vale… —Subió las piernas al sofá, dejándolas caer por encima de las de Otabek.

—Te dije que una vez fueras mayor de edad no iba a dejarte tranquilo.

—Te descontrolarse un poco antes de que cumpliera los dieciocho, ¿eh?—Le contestó sonriente, más suelto ahora que no los miraban porque se centraban en el cerdito—, lo que hicimos en Japón y ese primer beso fue un escándalo.

—Hmmm… —Le miró a la cara. Otabek hizo lo mismo pero de reojo—, en realidad ese no fue nuestro primer beso.

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Viktor se levantó del sofá tras bostezar por quinta vez en menos de cinco minutos. Se rascó la espalda y se enderezó, agitando una mano en dirección a Otabek como despedida. Este le devolvió el gesto sentado con Yurio, dormido contra su hombro. Siempre que veían una peli tanto Viktor como Yurio se quedaban fritos. Yuuri al menos se iba a la cama antes de ver que se dormía. Como él también se sentía somnoliento, decidió despertar al rubio. Miró hacia abajo, a su naricilla, sus labios rosas, esa blanca piel iluminada por la luz azulona proveniente del televisor. Tenía un brazo inmovilizado por el peso del chico, por lo que extendió el opuesto hasta tocar su hombro.

—Yura, vamos a la cama —Hizo un ruido de queja con la garganta pero no se movió—. Yura, quiero dormir.

—Yo también te quiero —murmuró de manera casi ininteligible. Otabek alzó las cejas.

—¿Eh? ¿Estás despierto? —Se inclinó un poco para verle mejor la cara, desde arriba no sabía si sus ojos estaban abiertos o cerrados.

Se mojó los labios al darse cuenta de lo cerca que estaba de los de Yurio. Había querido besarlos desde hacía mucho, más o menos desde que ambos eran casi niños. Pero ahora él era mayor de edad y Yurio estaba dormido, sin dar su consentimiento. Debía ser el adulto que se suponía que era y mantener el tipo, pero era tan, tan complicado… Pensó que por rozarle los labios no pasaría nada. Sentía los latidos del corazón ensordecedores, no podía pensar con claridad. Rozó su boca despacio. Yurio levantó la cara, apretandolos. Otabek aspiró con fuerza, entreabriendo los ojos, rendido ante la suavidad de su boca. Le besó dos veces más, apretando su hombro al sentir una violenta y repentina presión en su pecho. Dejó de besarle justo cuando Yurio apretaba los párpados, emitiendo un suave ruidito.

—Hmn… ¿Qué pasa? —Alejó la cara de él. Le soltó el hombro.

—Es tarde, vete a la cama.

—Sí, sí… —Se levantó perezoso, arrastrando los pies—, buenas noches, Beka.

—Buenas noches —Le sonrió justo antes de cerrar la puerta. Todo el sueño que pudiese tener desapareció en un momento. Sabía que no iba a dormir en toda la noche.

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—Es broma, ¿no? —Negó con la cabeza.

—Yo te besé sin tú ser consciente y tú me besaste sin serlo yo.

—¿Por qué no dijiste nada?

—Temía tu reacción. No sabía cómo te lo tomarías. Seguro que ni tú lo sabes.

—¿Has planeado algo después de esto? —Les interrumpió Yuuri.

—No que os involucre. Solo para nosotros —respondió Otabek.

—Lo planeó él todo, llevamos hablándolo desde hace un mes hasta que llegó el miércoles.

—¿EL MIÉRCOLES? —Miró a su novio soltándose de su brazo, ofendido. Este le miró a los ojos, apartó la mirada un instante y volvió a centrarse en él—, ¿te has pegado tres días aquí antes de mi cumpleaños y no me has dicho nada? —Otabek miró a Yuuri suspirando, serio. El imbécil se inclinó ante él, disculpándose. Entrelazó los dedos con los de Yurio, girando la cara hacia él.

—Tenía algo que hablar y preparar que no podía hacer desde Kazajistán. He estado muy liado, pero vas a salir de dudas pronto.

—¿Cuándo? Quiero mis otros dos regalos —Le encantaba cuando sus ojos recorrían su rostro de esa manera.

—¿Ya? —Asintió. Otabek le quitó de encima de sus piernas, levantándose y sacándole de allí, de la mano.

De nuevo se marcharon sin despedirse y la sonrisa de Yurio no podía ser más amplia. Se mordió el labio de puros nervios cuando en silencio le llevó hasta la moto, dándole el casco, arrancando y esperando a que se subiera tras el. Ese día nada de descampados, le llevó hasta una zona bastante humilde de la ciudad en la que se erguían pequeñas casas de dos pisos con techos inclinados para la nieve y las lluvias. No quedaba muy lejos de donde vivía su abuelo. Otabek guardó los cascos y con una expresión parecida a la que adoptaba cuando esperaba su puntuación, le dio las llaves de una casa que parecía ser la que tenían justo enfrente.

—He alquilado esto. Si quieres… —Respiró hondo. Cuando al apartarse un mechón azabache de la cara vio sus manos temblar, le impactó. Nunca se mostraba nervioso, ni siquiera antes de una actuación—. Me haría muy feliz que aceptaras mudarte conmigo —Yurio miró las pequeñas llaves plateadas con un pequeño llavero de un tigre colgando de ellas. Miró a su novio, que le observaba apretando los labios y tragando saliva. Miró la casa y se llevó una mano al pelo, sabiendo lo importante que era para él.

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Viktor y Yuuri caminaban ante ellos de la mano mientras se comían un perrito caliente entre los dos. El haber ido al parque de atracciones le había dejado reventado, pero había sido un día excelente. Miró a Otabek, que observaba a la pareja con un extraño aspecto.

—¿Qué te pasa? —Le preguntó, dándole con el codo brevemente.

—Les miro y me doy cuenta de qué es lo que de verdad quiero —Esperó a que suspirase, observándole cruzarse de brazos—, un hogar. Una casa para mí. Que alguien me espere todos los días o esperar yo a alguien.

—No es muy difícil de conseguir, en unos años lo tendrás.

—No sé si será difícil, pero no recuerdo la última vez que lo tuve. Un lugar mío en el que quedarme y en el que compartir mi vida. Creo que es algo que necesito más que el oro.

—No te pongas tan serio, vas a tenerlo —Otabek le miró, suspirando y asintiendo. Tampoco entendió la expresión con la que le observaba, solo supo que hizo su corazón acelerarse tanto como las atracciones a las que se había subido durante la tarde.

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—¿Es broma?  ¿Te estás quedando conmigo? —Negó con la cabeza—, Beka… —Saltó a sus brazos, rodeandole la cintura con las piernas en un fuerte achuchón, besándole en la boca después—, meteme en casa y hazme el amor.

 

 

10

La expresión de su novio cambió. Asintió con una sonrisa de alivio, andando hacia la puerta sin soltarle, abriendo y cerrando después con llave. Encendió la luz y le fue enseñando habitación por habitación hasta llegar al cuarto de baño.

—No es muy grande, pero sirve.

—Es perfecta para los dos.

—He tenido que limpiarla entera y comprar unos muebles para que hoy estuviera habitable, siento no haberte avisado antes.

—Estás más que perdonado… —Se metió en la placa de ducha con zapatos y ropa, abriendo el agua caliente que sin embargo salió fría—. ¡¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO, INÚTIL?!!

Yurio intentaba bajarse de sus brazos en vano, siendo aplastado contra la pared con un carcajeante Otabek que gritaba de puro frío al recibir gran parte del chorro de agua. Nunca le había visto reír de esa manera, tan feliz, y le dio igual estar helado porque fue esa expresión en su rostro la que le proporcionó el calor que necesitaba. Le agarró de las mejillas, besándole entre risas, relajándose al notar el agua volverse cálida. Otabek le desnudó de cintura para arriba de un tirón, tirando sus ropas fuera de la mampara, separándose de su boca solo cuando era completamente necesario. Yurio le abrió la camisa de botones, excitándose cada vez más al ver su ancho torso mojado, el vello perderse dentro de sus vaqueros. Otabek le dejó de pie, tirando de sus pantalones de malla estrechos hasta bajarlos, pasando sus manos por su trasero tan despacio como la lengua por su labio inferior. Cerró el grifo, cogió un bote de gel y, tras ponerle de espaldas, echó un chorreón sobre sus hombros. Se los masajeó mientras le limpiaba, frotando después su cuello, el pecho y los costados, la cara interna de sus muslos mirando sobre su hombro. Le alzó la barbilla con la mano para besarle en cuanto deslizó la otra por su miembro, despacio pero sin entretenerse mucho. Yurio gimió profundamente en algo parecido a un suspiro ante ese ansiado contacto. Otabek le levantó la pierna, agarrándola por la parte de atrás de su rodilla, frotandole con muchísima delicadeza los testículos. Yurio echó la cabeza hacia atrás jadeando cuando enjabonó también la entrada a su cuerpo, aprovechando la lubricación del jabón para meter muy sutilmente las primeras falanges en su interior.

—Quiero que estés bien limpio para todo lo que voy a hacerte.

—Voy a correrme enseguida…

—Lo sé. Y me parece que como no haga algo, yo también —sintió su boca bajar hasta su oído, escuchó la humedad provocada cuando se lamió los labios—, cómemela —Le lamió el borde de la oreja desde el lóbulo hacia arriba, provocándole un escalofrío.

Le soltó, dejándose hacer. Otabek se apoyó contra los azulejos de la ducha, observando a su jadeante y sonrojado novio abrirle la bragueta. Al mirarsela de cerca sintió ese hambre voraz por él, pero al saber qué era exactamente lo que de verdad le daba placer, se contuvo. Se la besó de base a glande, mirándole a los ojos, cerrándolos un segundo al sentir su caricia en la mejilla. Coló la punta de la lengua entre su fina piel y el glande, empujando hacia abajo con los labios, moviendo sus manos más cerca de esa impresionante erección. Que Otabek se menease inquieto fue una buena señal. Continuando con sus maneras pausadas, giró la cara, pegando la lengua a su miembro duro, rozandola de lado, hasta abajo, repitiendo el movimiento varias veces. Se centró un segundo en sus testículos, succionandolos con cuidado, apretando de su glande hacia abajo sutilmente con la mano. Otabek volvió a menearse, esta vez con un gemido breve. Se centró en esos movimientos unos segundos, sintiendola endurecerse, notando cómo se tensaba. Subió la boca hasta la parte superior de su miembro, metiéndoselo en la boca de manera repentina pero lenta, intentando no sonreír al sentir sus tirones de pelo, indicativos de un orgasmo a punto de desbordarse en su boca. Continúo dándole placer, no de manera rítmica, sino pasional, dejándose llevar, repitiendo movimientos cuando notaba respuesta por parte de Otabek. El chorreón le pilló totalmente desprevenido, apenas hizo ruido más que varios gruñidos temblorosos. Tragaba, sintiendo alguna arcada pero contentando a su pareja, a sabiendas de que adoraba verle así.

—Esta mierda sabe fatal —Le dijo lamiendo la comisura de la boca, mirándole a los ojos. Otabek soltó su agarre del pelo, pasando a acariciarselo, sofocado y jadeante.

—Te lo tragas porque te encanta —Otabek tiró de su nuca obligándole a subir, besándole de nuevo y abriendo, esta vez sí, el agua caliente que cayó entre los dos. Ahora era Yurio el que le enjabonaba apartándole del agua, lamiéndose los labios al pasar las manos por la tersura de su pecho, hombros, espalda y piernas—. Vamos a hacer una cosa, yo te digo algo que deseo hacer contigo y tú me dices algo que quieras hacerme.

—Con lo callado que eres y lo que hablas cuando quieres sexo —Le empujó hasta que el agua le limpió el jabón. Otabek cerró los ojos al darle el agua en la cara, echándola hacia atrás, apartándose el pelo con las manos. Yurio le acarició los bíceps, su mirada se le clavó, peligrosa. Una gota de agua cayó de su nariz hasta sus labios, precipitándose por su barbilla. No soportaba lo bueno que estaba, le mordió el labio inferior, abrazándole por la cintura y agarrándole del culo—. Pero vale —Las manos de Otabek bajaron por su espalda, hasta sus riñones, dándole la vuelta y volviendo a colar sus dedos entre las cachas de su culo. Anduvo unos pasos hacia atrás hasta que el agua le dio directamente en la espalda a Yurio.

—Quiero follarte en casa de Viktor y Yuuri —Le acarició la erección, hablándole al oído. Yurio le acercó el trasero, comenzando a perder los papeles. Le apretó el antebrazo respirando hondo—, con la puerta entreabierta, y de día. Quiero que te oigan luchar por no gemir, quiero matarte de la vergüenza y morirme yo también.

—Exhibicionista —dijo riéndose, buscando su boca con un gemido. Otabek le mordió el labio cuando apretó los dedos hacia su interior—. ¿Te acuerdas del pintalabios que me puse para bailar Welcome to the Madness? —Asintió, observando sus ojos—, quiero pintarte entero con él, a besos, quiero marcarte y hacerte una foto.

—¿Y la vas a subir a instagram? —Yurio asintió subiendo la mano hasta su nuca rapada.

—Con el hashtag #mío —Tembló cuando la mano de su novio se apretó alrededor de su miembro, en un roce más firme y concreto.

—¿Tuyo? —Asintió entre gemidos.

Sin secarse, simplemente cerrando el grifo y cogiéndole de nuevo en peso, le llevó hasta la cama. Lo pusieron todo perdido, riéndose de nuevo, casi resbalándose antes de llegar. Al apoyar la espalda en la cama fue consciente de un tintineo metálico proveniente del pantalón que su novio seguía teniendo puesto. Este se sacó las esposas del bolsillo, meneándolas sobre su cuerpo. Yurio se volvió a reír al ver muy bien dispuesta una caja de condones y un tarro de vaselina en la mesa de noche. Le cogió por las muñecas, esposándolo por encima de su cabeza.

—¿Así van a ir las cosas? ¿Tú de machito dominante y yo de sufrido dominado?

—Hoy sí. Mañana ya veremos.

—Ya me extrañaba, con lo que te gusta que te reviente contra una moto —Otabek alzó una ceja—. Mirate, ahora yendo de poderoso… —Le provocó, excitado al verle desnudarse del todo. Adoraba cuando se despeinaba, cuando le miraba con esa altanería.

—¿Te acuerdas de cuando te dije que te iba a gustar que fuese más fuerte que tú? —Yurio asintió, levantando la cabeza de la almohada cuando le acercó la boca. Otabek le dejó con ansias por sentirla.

No dijo nada más. En lugar de tocar sus labios con los suyos, los deslizó por su cuello, por sus pezones, arrancándole gemidos y haciéndole sentir un espasmo entre sus piernas al tirar de ellos con los dientes. Le iba llenando de marcas alrededor de sus claviculas, sus costados, junto a su ombligo, la cara interna del muslo. No rozó su erección con ella. En su lugar sonrió travieso, levantándole y abriéndole las piernas, colocándolas sobre sus hombros. Sintió que estiraba su piel con los pulgares y la calidez de su aliento en la entrada de su cuerpo. Alarmado y escandalizado se echó hacia adelante justo cuando su boca calentó esa zona tan prohibida en un tierno beso.

—¿¡Qué haces?! —Otabek le miró a los ojos, rozándole con la lengua. Yurio se llevó las manos esposadas a la boca, conmocionado por encontrar el estímulo tan sumamente agradable.

No podía parar de pensar que no estaba bien. No podía dejar de sentir placer a cada roce de su lengua. La inmoralidad de lo que hacía era demasiado para alguien con tan poca experiencia como él. Al sentir su lengua entrar en su interior, poco a poco, calentándole y estimulándole desde adentro, echó la cabeza hacia atrás, resoplando sorprendido. Apretaba los puños contra su pecho, no podía mirarle. Le gustaba muchísimo. Entraba cada vez más profunda, cada vez más hacia arriba. Gimió con fuerza al sentirla presionar su próstata. La repetición de movimientos de dentro hacia afuera constante supuso una sensación infinitamente más agradable que los dedos. Se relajó. Se dejó llevar. Yurio bajó las manos por su pecho, hasta su miembro, masturbándose como podía al tener las esposas puestas. Se atrevió a mirarle y le vió con los ojos cerrados, sonrojado, gimiendo de pura excitación. Gimió su nombre en voz alta, la presión en su pecho y caderas se intensificaba, los dedos de sus pies se curvaron y sus músculos se tensaron en cuanto la presión fue liberada. La vibración del gemido de Otabek contra su piel tan solo sirvió de combustible para que su orgasmo resultase explosivo, caótico, nuevo. No sacaba su lengua, presionaba constantemente donde tenía que hacerlo, arrancándole lamentos al rubio que apenas alcanzaba a coordinar movimientos para continuar masturbándose, eyaculando con fuerza e intensidad. Tan pronto comenzó a aflojar sus músculos, Otabek relajó su boca, separándose de él, meneando la mandíbula hacia los lados con una mano en ella.

—Has tardado más de lo que pensaba.

—No sabía… ¡No podía! —Tragó saliva, con las mejillas encendidas a causa del sofoco—, eres un cerdo…

—Menos mal que me la has comido, porque te puedo asegurar —Subió por su cuerpo, hablándole en los labios con las manos aferradas a sus caderas. Su renovada erección hizo presión por entrar en él—, que me habría corrido al hacerte esto. Adoras que sea tan cerdo.

—Beka —Subió las manos de su pecho hasta la nuca de Otabek, tirando con la cadena de las esposas de él para besarle—, me encanta.

—¿Llegaste a meterte el rosa? —Le preguntó, alcanzando con una mano los condones y la vaselina entre besos.

—Sí —No sabía por qué le seguía avergonzando hablar del tema, más teniendo en cuenta lo que hacía con él—, varias veces.

—¿Y? —Abrió la caja con los dientes, sacando un condón del paquete y dejándolo a mano sin dejar de agarrarle la cadera, siempre presionando con su polla endurecida.

—Me costó, pero pensé en ti y fue incómodo al principio, como siempre, pero… al parecerse más a ti, no sé, fue más intenso. La ilusión fue más real.

—Si no puedes o si es demasiado dímelo, no te fuerces —Yurio asintió sin mirarle, observando entre sus piernas—, eh, Yura—, alzó sus ojos verdes hasta la oscuridad y seriedad de los de su novio—, quiero que disfrutes. Necesito que me digas si lo pasas mal porque puede ser que me pueda la pasión y se me vaya de las manos. Necesito que hables y me pares los pies.

—Llevas mucho pensando en esto, ¿verdad?

—Sí, y me aterra que llegue a ser una mala experiencia para ti.

—No lo va a ser —sonrió al besarle—, lo sería si no te preocuparas, pero sé que vas a tener paciencia. Además… —Alzó las caderas, apretándose a él—, yo también llevo mucho pensándolo. Desde antes de Japón. Desde mucho antes.

—Date la vuelta.

Le limpió el pecho con la sábana y le colocó un cojín mullido a la altura del ombligo, levantándole las caderas de manera más cómoda. Estaba nervioso. Tenía que tranquilizarse o no iba a salir bien. Otabek se bajó de la cama, por lo que miró por encima del hombro. Se rió al verle venir con sus consoladores.

—¿Cuándo has—

—Anteayer mientras entrenabas. Le dije a Viktor que tenía que recoger unas cosas de tu habitación y me dejó sus llaves. Relájate.

—Empieza con el segundo, así lo hago yo.

No le hizo caso y comenzó con sus dedos. Tuvo la consideración de calentarlos antes, siempre acariciándole la espalda con la otra mano, besándola, susurrándole palabras de cariño. Era imposible que no le fuese a gustar con tantísima atención como le estaba prestando. Fue lo que Chris le dijo, tan amoroso y considerado como cabía esperar. Yurio procuraba relajarse, indicándole cuándo debía meter un dedo más, dándole luz verde para que comenzase con los consoladores. Recordaba la sensación extraña las primeras veces, una sensación a la que ya estaba acostumbrado y que relacionaba directamente con placer. Un placer aumentado ahora que no era él quien movía los dildos.

—Estás dilatando muy rápido —dijo sorprendido, volviendo a coger más vaselina, ya con el segundo consolador.

—Te lo he dicho, ¡Ahmn!, Beka —Mordió la almohada cuando se lo metió repentinamente.

—Lo siento —Le volvió a besar la espalda, abrazándole por la cintura.

—No, me has cogido por sorpresa, sigue.

Los metía siempre como debía hacerlo, mucho más despacio que cuando lo hacía a solas. Y hasta que su cuerpo no lo aceptaba sin dificultad, no pasaba al siguiente. No le veía, de hecho tenía los ojos cerrados, escuchando su respiración profunda, cómo tragaba saliva, el sonido de su boca en cada beso a la piel de su espalda. Yurio lo sentía muy intenso al haberse corrido antes y, sin embargo, a más aumentaba el tamaño más excitado se sentía solo de pensar en lo que vendría después. En su carne, su carne en él. Se le puso dura solo de imaginarlo.

—Coge el rosa, Beka, quiero que me folles ya —Se frotó contra el cojín, ansioso.

—Espera. Espera. No tengas prisa.

—¡Hazme caso! ¡Si te digo que puedo es que puedo! —Le sacó el último de los dilatadores sin habérselo metido del todo, pasando a embadurnar el último.

Apretó los dientes al sentir el cambio de presión, el frío del objeto entrando en él no era agradable. Sin embargo apenas le llevó tiempo dilatarle de una manera aceptable. Se le había vuelto a bajar, comenzando a estar cansado de la postura, con un ligero dolor en los riñones, harto de lo sintético. Miró sobre su hombro, Otabek le observaba con los labios entreabiertos, una mano apretándole el culo y la otra agarrándo el consolador con fuerza. Alzó las caderas al ver que de su inmensa erección caía una espesa gota blanca. Se le puso dura de nuevo. Era su carne. Necesitaba su carne, no plástico ni látex. Ante el movimiento repentino, Otabek le miró a los ojos. Yurio asintió. Se lo sacó despacio y le echó a un lado, apoyando la espalda en el respaldo de la cama.

—Ponte sobre mí, ven —Yurio se subió a horcajadas con las rodillas a los lados de sus caderas, sobre el cuerpo de su novio que se colocaba el condón con rapidez, tomando una buena cantidad de vaselina del tarro. La repartió entre su enorme polla, de arriba abajo, usando el resto para su dilatado interior. Se limpió las manos en la sábana y tiró de sus caderas para acercarle, pasándolas por la espalda hasta su nuca, besándole. Yurio apoyó sus antebrazos en los hombros del kazajo, aún esposado. El calor de su boca y su abrazo fue reconfortante. Ambos sudaban—. Lleva tú el ritmo.

Yurio abrió las piernas. Podía abrirlas mucho más pero perdería estabilidad. Otabek condujo la erección hacia su interior. El glande entró. Fue solo el glande y no tenía absolutamente nada que ver. La amplitud, el calor, sentir que latía contra él, mirarle a los ojos. Otabek se la acarició muy despacio, haciendo las cosas más fáciles. Yurio se daba su tiempo. No era como estar solo en la habitación habituandose a la presión, era mucho mejor porque a cada movimiento podía observar los gestos colmados de placer de su chico, podía sentir su aliento en la cara, sus manos apretarle el trasero. Se dejó caer un poco más. Le molestó. Se sentía más que lleno. Pero quería follarle y ser follado. Lo necesitaba. Tuvo paciencia y siguió moviéndose hasta que el dolor remitió. Otabek cogió un poco más de vaselina, sacándola de él y volviendo a llenarse de ella. Entró mucho mejor. Le gustó mucho más. Esa vez sí fue placentero. La metía hasta más de la mitad. Otabek gemía, apretando los dientes al observar su cuerpo desnudo, juntaba sus cejas, susurraba su nombre. Mordiéndose el labio se obligó a meterla hasta el fondo. Fue un poco molesto, pero menos de lo que esperaba, y el gemido sorprendido y agudo de su novio mereció la pena. Un gemido que repitió al dejarla metida hasta el fondo, moviendo las caderas en círculo sobre él, ensanchandose. Estimulaba tantísimo su próstata que incluso era demasiado.

—Eres muy, muy estrecho. Jamás había, joder Yura, Yura, Yura, joder.

—Fóllame tú a mí, dame, Beka —Le temblaba tanto la voz como las piernas—, sé que no me va a doler, dame, haz que me corra.

Otabek le tiró del pelo, echándose hacia adelante con una mano en la espalda de Yurio, tumbándole boca arriba en la cama. Se sentó en sus piernas, apoyando los riñones de Yurio en sus muslos. Le subió las piernas hasta que las rodillas chocaron con su pecho, sosteniéndolas juntas con una de sus manazas agarrándole los finos tobillos. Abrió las esposas y las tiró a la moqueta, dejando que Yura le acariciase las muñecas. Verle inclinado, moviendo las caderas, entrando en él hasta el fondo con profundos y fuertes gemidos, era demasiado para su mente. No estaba preparado para esa imagen. Le reventaba desde dentro en cada embestida, le gustaba, dios cómo me está gustando. Sigue, sigue Beka. Cuando quiso darse cuenta lo estaba gimiendo a pleno pulmón con la mejilla contra la almohada y los dedos clavados en ella. Otabek se desmoronó al escucharle, soltándole las piernas, tumbándose sobre él, abrazándole por la cintura y besándole profundamente, desordenado, descontrolado en una mezcla de saliva, gemidos, gruñidos y jadeos. Le masturbó de igual manera, perdiendo esa constancia con la que antes le embestía, errático. No parecía cansarse, entraba y salía de él como una bestia, irracional, mordiéndole. A Yurio le dolía el pecho de los jadeos y el sobresfuerzo, el cuero cabelludo ante los tirones desesperados de Beka, las nalgas de sus azotes. Le hizo llegar a un orgasmo explosivo a base de brutales embestidas, insoportable, haciendo que Yurio levantase la espalda de la cama, sollozando de placer contra su brazo. Ante los espasmos de sus interiores contra su polla, Otabek se vio obligado a rendirse al placer. Su gemido fue desgarrador, contra la almohada en la que descansaba la cabeza de Yurio, temblando en sus brazos. Al sentirle correrse en el condón, pulsando dentro de él y más dura que antes, Yurio no pudo más que clavarle las uñas en la espalda con la boca abierta y los ojos cerrados. Poco a poco dejaron de lado el aturdimiento propio del clímax y fueron conscientes del calor de sus cuerpos, del olor a sudor, del pelo pegado a la frente, de esa extraña sincronización de sus latidos desbocados, de lo muchísimo que habían desecho la cama y de que sus vecinos debían estar consternados con tanto escándalo. Otabek le miró a los ojos, su pelo era un desastre.

—¿Estás bien? —Le apartó los rubios mechones de la cara, pensando probablemente lo mismo que él.

—Ahora sí. Mañana me va a doler la vida. Esto es peor que un entrenamiento con Lilia —Se rió, expulsando el flácido miembro de Otabek de su cuerpo. Se apresuró a agarrar el condón, quitándoselo y dándoselo a Yurio para que le hiciese el nudo. Lo dejó a un lado, en la esquina de la cama.

—Has babeado —Le pasó el dorso de la mano por la mejilla con un fingido gesto de asco.

—Después de meterme la puta lengua en el culo no me digas que te da asco esto porque no me lo creo —Otabek se rió con pereza, besándole la nariz.

—¿Te ha gustado de verdad? —Yurio asintió.

—No creo que llegue a habituarme a lo grande que eres jamás, pero me ha gustado. Aunque me he sentido un poco… relleno.

—Has conseguido lo que Chris no pudo —Yurio cerró los ojos con fuerza, pegándole un manotazo en la frente.

—¿¡A qué viene ese comentario?! —Se volvió a reír, mirándole con ese amor que siempre le miraba—, últimamente te ríes mucho.

—Porque me das muchos motivos —Otabek dejó caer la cabeza sobre su pecho, suspirándo tembloroso mientras Yurio le acariciaba el pelo.

—Muy bien, pero no voy a darte el oro.

—Ya tengo el oro que necesito cada vez que miro tu pelo —Yurio puso los ojos en blanco e iba a replicarle cuando sintió que su novio temblaba en una risa silenciosa.

—Lo haces adrede para escucharme, ¿verdad? —Dejó salir la carcajada, asintiendo—, qué puto imbécil tengo por novio.

—Hmmm, pero bien que me quieres.

—Muchísimo —dijo achuchándole.

—Y yo a ti, Yuratchka.

—Cállate, gilipollas.

Volvió a hacerle reír, esta vez riéndose con él. No se molestaron en subir hasta las almohadas, entre caricias y risas se quedaron dormidos uno en los brazos del otro, complementándose como siempre lo habían hecho desde aquel primer apretón de manos.

 

 

EPILOGO

Hacía un calor insoportable. Y no sabía qué era peor, la banda, la cantidad desmesurada de flores que lo decoraban todo, el tener que llevar traje de chaqueta o no encontrar a su novio por ninguna parte. No quería preguntarle a nadie porque estaba harto de que todos le recordasen lo alto que estaba, como si no tuviera espejo en casa. Miró por todas las mesas, en el baño, en el puesto de DJ olvidado, hasta dentro de las cocinas y no le encontró. Tuvo que irse hasta dentro del edificio supuestamente cerrado del dueño del campo en el que celebraban la boda. En un sofá, alejado de la puerta y medio en penumbras, le encontró dormido con los brazos cruzados y la cabeza contra el respaldo. Se acercó a él un poco molesto, negando con la cabeza.

—Eh, ¿qué pasa contigo? —Frunció el ceño, abriendo un ojo cuando se le sentó al lado. Le tiró de la perilla que se estaba dejando—, me has abandonado con toda esa gente que no conozco.

—Estabas muy entretenido charlando con Minako de pasos de ballet, me aburrí y me vine aquí. Se está fresquito y tranquilo.

—Ya, pero podrías habermelo dicho —Se descruzó de brazos, pasando uno por su espalda.

—No quería interrumpirte.

—Venga ya… —Se tumbó en su pecho—, quiero irme a casa. Quiero meterme en la cama contigo y el gato.

—Pues acaba de empezar el convite, ni siquiera hemos almorzado.

—Pfff… qué rollazo. Ya sabemos que se quieren, debería poder irme a casa.

—¿Te animaría comerme la polla antes de volver? —Yurio abrió los ojos, alzando la cara hasta mirar a su novio con espanto.

—¿Eres gilipollas? —Negó con la cabeza—, ¡No voy a comertela en la boda de Viktor! ¿Has visto la de gente que hay ahí fuera? —Asintió—, ¿vas en serio? —Otabek tiró de su corbata, dándole un lametón en los labios para dejarle claro lo en serio que iba.

—Prometo correrme rápido, ya sabes lo mucho que me pone hacer estas cosas en públ—

—Sí, sí, ya sé lo que te gusta —Le miró a los ojos, comenzando a pensar que no era tanta locura cuando la mano de Otabek se coló por debajo de su camisa, acariciando sus costados —Pero después me lo comes tú.

—¿Te lo como? —Yurio arrugó la nariz, sonrojándose.

—Ya sabes a lo que me refiero… —Se inclinó sobre él, abriéndole la cremallera y metiéndose el glande en la boca despacio. Otabek pasó un brazo tras el cabecero del sofá, acariciándole el pelo con la otra mano.

—Claro que lo sé —Susurró.

Justo cuando después de girar la mano de esa manera que aprendió que a Otabek le encantaba y le escuchó gruñir por primera vez, un ruido le sobresalto. Su novio le mantuvo la cabeza en el lugar, impidiéndole alejarse mientras escuchaba a su espalda la conversación.

—Yuuri, cariño, espera a que lleguemos a casa luego y enton—

—Me encantas vestido de blanco, me encantas, uno rápido, tu culo se adapta enseguida, no seas ton—

—¡Ahhmnn! Pero es que ya hay gente aquí…

—¿¡Qué?! Oh… —Otabek le soltó del pelo, riéndose suavemente. Se la sacó de la boca dándole un empujón a uno y tirándole un cenicero a los otros.

—¡¡SOIS… SOIS…!!

—Te lo dije, Yuuri

Viktor salió de la casa, volviendo a la ceremonia de la que supuestamente era protagonista. El imbécil del katsudón se inclinó ante ellos, saliendo tras su marido. Yurio se levantó, alejándose de Otabek, que chasqueaba la lengua molesto. Volvió a su asiento, soportando de nuevo el calor, los pétalos, la gente y el traje de chaqueta. Sin embargo, que el aparentemente serio de su novio se le sentase al lado y le diera un beso en la mano hizo que su rabia se desvaneciera un poco. Solo un poco. En realidad del todo en cuanto acercó la silla a él y entrelazó sus dedos, susurrándole un dulce te amo desde hace tanto que ni me acuerdo al oído. Siempre le conquistaba con ese tipo de comentarios, apaciguándole. Yurio era la chispa que necesitaba para activarse. Otabek era su equilibrio. No concebía una amistad más real y desinteresada que la que mantenían, y ni recordaba cómo era su vida antes de que él estuviera en ella. Observó a la pareja sentarse presidiendo el engalanado patio, sonriendo mientras negaba con la cabeza, aceptando sin acritud por primera vez en su vida que el katsudón le ganase en algo. Al fin y al cabo y aunque sus alianzas fueran de oro y con un puto copo de nieve a conjunto, la de plata que adornaba su dedo y la del hombre que amaba, brillaba mucho más.

 

¡Delegado!

Más JeanMarco.

No, no me arrepiento de nada. Y sí, lo necesito. Soy feliz. Me hacen feliz, como para no hacérmelo si es que son perfectos. Aparecen tal que así ↓

El antes…

…y el después.

Johanna, te queremos ♥

Y bueno, queridas fujoshis y no tan fujoshis mías, no digo más nada de la trama. Es muy cliché y me lo he pasado super bien escribiendo porque hay un moooooooontón de sexo y muy, muy sucio. Qué me encanta todo. Ah, sí, está escrito entero desde el punto de vista de Marco y ando escribiendo otro desde el punto de vista de Jean.

Espero que os guste leerlo tanto como a mí escribirlo.

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1

Odiaba que su taquilla estuviese al fondo del pasillo porque eso significaba pasar por delante de todo el mundo. A pesar de ser bastante alto, casi nunca le prestaba nadie atención, lo cual siempre sería mejor a llamar la de aquellos de los que más huía. Mirándose los pies, llegó hasta su taquilla, abriendola con sus largos dedos para sacar los libros que le iban a hacer falta. De camino a la clase pasó por delante del despacho del director, y apoyado contra la pared con los brazos cruzados se encontraba su amigo Armin.

—Eh, ¿qué ha pasado? —Le preguntó Marco con su suave voz.

—¿Tú qué crees? —Se descruzó de brazos con un ademán molesto, mirando por el pequeño cristal de la puerta con disgusto—, Eren ha vuelto a meterse en líos por culpa de los abusones de siempre.

—¿Otra vez? ¿No van ya dos veces esta semana?

—Y con esta tres, pero es que está empeñado en hacerles frente cada vez que me dicen algo, que es todos los días. Menos mal que la mayoría de las veces Mikasa le para los pies, pero hoy está mala y no ha venido.

—Y se habrán ensañado con él —Armin asintió.

—Justo en la plaza de aparcamiento del director. Como los ha pillado de lleno los tiene a los tres ahí dentro. Espero que no lo expulsen o a su madre le da algo…

—Voy yendo a clase, ahora nos vemos —El chico asintió, suspirando resignado.

Si algo bueno tenía su manera de ser es que nunca había sufrido de acoso escolar. Se llevaba bien con casi todo el mundo y podía contar con buenos colegas e incluso amigos en cada grupo social. La prueba la tenía en que le eligieron el delegado de curso casi por unanimidad. También contaba el hecho de ser más responsable que la media de chavales de su edad, pero era un pensamiento que jamás expondría en voz alta.

—Eh, Marco —Annie, la líder de las animadoras, se acercó a él nada más entrar en clase—, ¿les puedes decir a los imbéciles del equipo de fútbol que nos tienen que dejar parte del patio para entrenar? No nos escuchan y estoy empezando a perder la paciencia.

—Cuatro saltos y levantamientos de piernas no son más importantes que una beca de deportes que no voy a conseguir si no entreno en condiciones —Reiner, la estrella del equipo de fútbol, se acercó a él también, enfrentándose a la chica—, y con vosotras dando volteretas no puedo entrenar bien.

—A ver, el campo es grande, y si no dividid las horas, sed comprensivos los unos con los otros. Annie, podéis dejar que ellos entrenen primero y después os ponéis vosotras, pero no ocupeis la pista toda la tarde.

—Pero—

—No voy a posicionarme. Esa solución os doy. Si queréis problemas de verdad id al despacho del director, si queréis la vía fácil hacedme caso —Les aconsejó. Annie se sentó enfurruñada y Reiner chasqueó la lengua, blasfemando.

—Por fin —Armin se dejó caer en su sitio, junto al suyo en primera fila. Eren caminó con rabia y la cara hecha un desastre de cortes y moratones hasta el fondo de la clase.

—¿Qué le han dicho al final?

—Una amonestación por escrito, a la próxima le expulsan. De verdad que prefiero que me peguen, tampoco importa tanto.

—No digas eso, ni una cosa ni otra. Luego me dices quienes son esos abusones, a ver si puedo hablar con ellos, ¿vale?

—No quiero buscarte problemas… y uno está en la clase, lo que pasa es que casi nunca viene.

Ya sabía de quién le hablaba. Era el chaval de mirada salvaje que había repetido ese año con la cara y orejas llenas de argollas y ese aspecto peligroso. Nunca se había acercado a él a pesar de llamarle muchísimo la atención porque sabía que no era aconsejable, es que ni le había mirado mucho al ver su actitud. Tan solo lo suficiente para verificar lo buenísimo que estaba. Y antes de que pudiese consultarlo con su compañero, entró en la clase, con las manos en los bolsillos y una herida en el labio, justo al lado contrario de su argolla. Tenía el pelo teñido de dos colores, rubio ceniza casi en su totalidad, con raíces negras visibles por su rapado a ambos lados de la cabeza. Su ropa era llamativa aunque siempre oscura, y llevaba tantas correas y cadenas que sonaba al andar. Miró de reojo a Armin, que apretó el borde del pupitre con ambas manos fijando la vista en su superficie verdosa. Marco volvió a mirar a ese tipo, no quería pero era su deber. Se levantó y se acercó a él cuando se dejaba caer en su pupitre del fondo, justo al lado de Eren, que rechinó los dientes de pura rabia. Le hizo un gesto tranquilizador con la mano. Ese macarra se despatarró con un suspiro y el brazo por detrás de la silla, mirando por la ventana.

—Hola, ehmm… —No se acordaba de su nombre. Giró su cara despacio hacia él. Va a pegarme, me va a dar una paliza. MARCO, CALLA Y VUELVE A TU SITIO—. Debes entregar cuando puedas una justificación de tus faltas de asistencia. No es necesario que se lo des al tutor, puedes dármela a mí. Y el próximo día ven acorde con las normas de vestuario del colegio, por favor —Frunció el ceño y sonrió de lado.

—¿Y tú quién eres? —Se echó hacia adelante, apoyando los brazos en el pupitre, observándolo divertido.

Sus ojos eran castaños, su piel muy blanca. Tenía dos piercings en el tabique, una argolla en el lado izquierdo del labio inferior, otra en la ceja del mismo lado y multitud de ellas en sus orejas. Que me firme las faltas de asistencia en mi cama, por favor. Apretó los labios levemente antes de hablar, controlando esos pensamientos nada aconsejables.

—Marco Bodt, soy el delegado de curso —Le tendió la mano—, me alegro de que por fin vengas por aquí.

—Hola Marco Bodt —Le dio la mano y tiró de su brazo hasta quedarse a un palmo de su cara, la cual analizaba minuciosamente—. En mi puta vida había visto a alguien con tantas pecas sin ser pelirrojo.

—Ah, bueno, sí —Se pasó la lengua por la herida, mirándole la boca. Estaba poniéndole muy nervioso, temía ser pegado o besado, y no sabía qué era peor—, tengo por todas partes, ya sé que no son lo mejor del mundo pero bueno…

—¿He dicho yo que no me gusten? —susurró. Sintió cómo se ponía cada vez más colorado, incapaz de apartar los ojos de su intensa mirada color miel—. Por todas partes, ¿eh?

Al escuchar los buenos días de la profesora le soltó, riéndose y guiñándole un ojo. Marco le sonrió, volviendo a su asiento, respirando profundamente. En su vida había conocido a una persona con tan poca vergüenza y tanto descaro. No sabía si era peligroso de verdad, pero lo parecía. Nunca nadie le había prestado tanta atención en ese sentido por lo que no sabía bien cómo reaccionar. Le temblaban un poco las manos, se enfadó consigo mismo por ser tan vulnerable. No podía centrarse en la clase y daba gracias a no tenerle sentado cerca.

—¿Qué pasa al fondo? —No quería mirar atrás. Armin lo hizo y al volver la cara hacia adelante negó con la cabeza, chasqueando la lengua—, Jaeger, a primera fila, vamos. Bodt, cambia tu asiento con él.

—Sí —Se levantó, cambiando su asiento con Eren que ni se disculpó al pasar por su lado con las cosas.

—Kirstein, comportate, siéntate derecho.

—Puede llamarme Jean —Apoyó la espalda en la silla de manera apropiada, mirando a Marco y sonriendo al hacerlo. Tenía la sonrisa más golfa que había visto en su vida.

La profesora le dio por perdido, respirando hondo y volviéndose hacia la pizarra. Marco se centró en la clase, en coger apuntes y notas, en la voz de la profesora. Se sentía observado. Al mirar a Jean de reojo le pilló con la vista fija en él, por lo que volvió a centrarse en sus folios, muerto de vergüenza. Le escuchó reírse con suavidad. Una bolita de papel le aterrizó entre las manos. La desdobló despacio. “Te pongo nervioso” No era una pregunta, lo afirmaba porque lo sabía con total seguridad. Sí, le ponía muy nervioso y en muchos sentidos. No solo era la primera vez que encontraba un serio impedimento para atender en clase, es que era la primera vez que deseaba tantísimo a un hombre. Siempre le habían atraído los malotes, era un mal vicio y precisamente porque sabía por los derroteros que podría llevarle una persona así, nunca se acercó a ninguno. Y Jean, bueno, Jean es el malote entre los malotes. Sabía que acosaba a Armin y que se pegaba con Eren, pero no era motivo suficiente como para obviar lo bueno que estaba. Es que era la actitud, esa manera de soplarsela todo y de saberse irresistible. No podía con ello. Volvió a mirarle de reojo. Ojalá se le pudiese sentar encima. Ojalá besarle. Ojalá ser besado. Quería volver a tener contacto con esos ojos marrones claros, quería que le intimidara un poco más, le gustaba esa sensación. Al mirarle le vio levantar la mano con media sonrisa. Más personas de la clase hacían lo mismo, dando nombres. Estaba completamente perdido, no se había enterado de nada.

—Yo lo hago con Marco —dijo Jean, sin borrar esa sonrisa de su cara. La profesora apuntó algo en un folio.

—¿El qué haces conmigo? —Susurró, inclinado hacia él. El corazón le retumbó en el pecho cuando le clavó sus ojos rasgados.

—El trabajo de clase, ¿en qué estabas pensando? —Asintió con una sonrisa de mentira. No sabía de qué hablaba, estaba demasiado ocupado fantaseando con él.

—Sí claro.

—Dame tu teléfono, que tendremos que quedar, digo yo. ¿Vienes a mi casa o qué?

—No —Le salió demasiado asustado por lo que Jean levantó la vista de su teléfono con una ceja arqueada—, mejor en la mía, si no te importa.

—Vale, como quieras. A mí me vale en cualquier parte.

Le dio su número de teléfono, preguntándose cuánto tiempo se había llevado abstraído, pensando en él. Tendría que pedirle los apuntes a Armin, menudo desastre. Tan pronto la profesora dio por finalizada la clase se levantó, acercándose a él.

—Armin déjame los apuntes, voy a la copistería corriendo y vuelvo.

—¿Qué has estado haciendo? —Le dio su cuaderno sin perder de vista a Eren, que volvía a su sitio.

—Estaba despistado, ¡gracias!

Salió corriendo escaleras abajo, haciendo las copias a toda prisa antes de que llegase el siguiente profesor. Al volver se encontró con que Eren seguía en primera fila.

—¿Qué haces ahí? —Le preguntó, dándole las gracias y el cuaderno de vuelta a su dueño.

—Me han prohibido sentarme al lado del caracaballo —masculló.

—¿Por qué le llamas así? No es…tan… —Cerró la boca al ver la mirada de Armin.

—Marco, por favor, dime que no te gusta ese tío —Eren soltó una risita sarcástica, dejando claro que algo así era imposible.

—Me voy a mi sitio nuevo.

—Marco, no —Le miraba como si estuviese loco. Se le volvieron a poner las mejillas coloradas. Al sentarse sintió que Jean se inclinaba hacia él.

—Parece ser que ahora eres mi compañero formal. ¿Me vas a hacer el vacío como hacen los demás o a ti no te acojona mi presencia?

—¿Por qué tienes esa actitud? —Le miró, Jean frunció el ceño, por supuesto sin dejar de sonreír. Muerdeme, pon esa boca en mi cuerpo—, no te beneficia. Nunca he entendido lo de acosar a los demás.

—¿Lo dices por el rubio? Solo son sustos hombre, bromas, es divertido. No le pondríamos la mano encima.

—Pero si a Eren le dais palizas, ¿qué diferencia hay?

—Que Eren es gilipollas —El susodicho se volvió, pretendiendo levantarse pero siendo agarrado por Armin y Bert, otro del equipo de fútbol—. ¿Ves? Le encanta una bronca.

—Lo que hace es defender a su amigo. Armin lo está pasando muy mal por vuestra culpa y me cuesta creer que no os deis cuenta —Jean chasqueó la lengua, molesto, mirando al frente—, ¿No puedes imaginar lo que es llegar a clase y que desde el primer momento te hagan la vida imposible?

—Si sigue así de cagón se lo van a comer por los pies en la vida real.

—Y supongo que tú triunfarás, claro —Jean le miró, alzando una ceja.

—Tú eres alguien en condiciones, ¿ves? Dices lo que piensas y no te importa a quien. Y encima educado. Chico, serás el jefe de todos estos —Giró su cuerpo en el pupitre y se inclinó sobre su mesa, poniéndole la mano en la nuca a Marco—, el mío lo puedes ser cuando quieras —ronroneó. Sacó la punta de la lengua despacio, lamiendo hacia arriba en su dirección, sin tocarle, rozando su labio superior, mordiéndose el inferior después y clavándole una mirada con tanta carga sexual que creyó que iba a besarle. Joder. Marco tragó saliva, deseando su lengua, aferrado al borde de su pupitre con ambas manos.

Haentradoelprofesor —farfulló, mirándole ahora a los ojos. Jean le pasó la mano de la nuca a su oreja, pellizcándole el lóbulo y volviendo a guiñarle el ojo.

Otra hora perdida. No sabía cómo ponerse para esconder la erección. Daba gracias a estar sentado en la última fila, era más fácil desde allí atrás. Jean pareció darle tregua durante esa hora pero él no conseguía centrarse más de un minuto en lo que el profesor Mike decía. Divagaba, soñaba despierto, imaginaba que se levantaba de la silla y se le sentaba encima, besándole apasionado, tirándole de esas greñas rubiascas. No había manera de bajar la erección. Sonó el timbre de cambio de clase y salió despedido fuera del aula, hacia el servicio. Se encerró en un cubículo, se la sacó de los pantalones y se masturbó con ansias, escondiendo gemidos, intentando no hacer ruido y temblando de la lujuria que le invadía desde hacía casi una hora. Se mordió los labios al eyacular entre sus dedos, intentando apuntar en vano al retrete, con la cara de Jean en la mente, ante él con la lengua fuera y tragándose su esperma. Se le escapó su nombre entre dientes. Me cago en su puta madre. Tragó saliva, limpió todo como buenamente pudo y tiró de la cisterna por aparentar. Se había demorado mucho, tenía que darse prisa por llegar a la clase.

—La próxima vez pídeme ayuda —Se giró bruscamente. Jean se apoyaba contra la puerta del baño contiguo. Alzando la nariz se acercó a él—, me habría encantado abrazarte desde atrás, machacartela mientras te muerdo el cuello, hacerte gemir —Le arrinconaba contra la pared. Le agarró del cinturón y pegó su pelvis a la de él. Era más bajito pero le imponía como si midiese dos metros—, ¿no te gustaría?

—Tenemos que ir a clase —Jean asintió.

—Ahora voy —Y susurró en su oído, levantando las caderas, rozándole con una evidente erección—: Me toca correrme.

La punta de su lengua rozó su cuello hacia arriba, hasta detrás de su oreja, provocándole un exagerado escalofrío que le agitó. Al alejarse iba riéndose, encerrándose en el baño. Marco estaba clavado contra la pared. Jean no reprimía los jadeos, lo estaba haciendo aposta para que le escuchase. Al primer “Marco” tembloroso, salió por piernas de vuelta al aula. Le quedaban cuatro horas de clase por delante y no sabía qué iba a hacer con tanta tensión.

Optó por no volver a mirarle, ni cuando le hablaba ni cuando le escuchó suspirar al llegar del baño, dejándose caer en la silla. Tan pronto fueron al descanso, se encerró en la biblioteca centrándose en pasar apuntes a limpio y al volver a las 3 horas restantes no miró más que a la pizarra y sus apuntes. Una vez sonó la alarma del fin de clases, fue hasta su taquilla a guardar los materiales, y mientras lo hacía escuchó la voz de Jean a su lado. Miró de reojo para verle hablar con una chica a la que por lo visto hacía tiempo que no veía. Para su asombro, le puso la mano en la nuca y la besó en la boca, profundamente. Cuando más fruncía el ceño, Jean giró un poco a la muchacha, abriendo los ojos, clavándoselos a Marco sin dejar de besarla. Miró de nuevo al interior de su taquilla y la cerró quizás con demasiada fuerza. Quiso salir para irse a casa, pero de nuevo las animadoras le pararon antes de conseguirlo, ahora con el jefe de estudios. Casi todos los días hacía un tramo del viaje a casa con Eren y Armin, que le esperaban a la salida ya que siempre se retrasaba por intentar escuchar quejas de unos y otros. Tareas de delegado, como ese día precisamente. Al salir por la puerta principal vio a Jean con los otros dos abusones, mirando a sus amigos mientras hablaba en murmullos.

—No deberíais de haberme esperado, vámonos ya —Les metió prisa, aún molesto por el beso que presenció hacía unos minutos.

—Eh, rubio —Armin se tensó, parándose en seco, más cuando Jean le pasó un brazo sobre los hombros. Al instante, Eren pretendió abalanzarse sobre él pero Marco le paró con un brazo frente a su pecho—. Jooooder, dile a tu chihuahua que se calme, vengo a disculparme —Jean le miró molesto, soplando en la dirección a un Eren que no hacía más que susurrar la paliza que iba a darle.

—Cálmate, Eren por favor —Le imploró Armin.

—Venía a decirte que después de la charla aquí con tu amigo el pecoso me he dado cuenta de que he sido un poco gilipollas contigo sin motivo.

—Bueno… sí —Armin no le miraba, de hecho intentaba girar su cuerpo lejos de Jean.

—Qué, ¿sin rencores? —Le dio un meneo agarrándole de los hombros.

—No puedes pretender acosar a una persona y que solo por pedirle perdón ya no sienta aversión hacia ti —Le reprochó Marco, enfadado con él. Cuando Jean alzó la mirada de la cara de Armin a sus ojos, el hormigueo que sintió desde su estómago casi le hace apartar la suya. Pero la sostuvo, mantiendiendose firme—, aprecio que te hayas dado cuenta, pero no pretendas que todo vaya a ir como si na—

—Sí, sin rencores —Armin le tendió la mano a Jean, que alzó las cejas estrechándosela con energía. Eren pareció calmarse un poco.

—Deberías aprender a ser tan dócil y abierto como Armin, amigo mío —le dijo a Marco—. Esta tarde tengo planes pero mañana me paso por tu casa para hacer el trabajo.

—No puedo mañana —contestó, sintiendo la histeria dominarlo. Sí que podía, pero no se veía preparado para pasar tiempo a solas con alguien tan abiertamente sexual como él.

—Te veo a las cinco, déjame tu dirección por mensaje —Se alejó sin dejarle tiempo a réplicas. Una vez se hubo marchado, Eren se soltó del agarre de Marco.

—No me puedo creer que te guste de verdad —Le dijo entre dientes.

—No es que me guste, es solo que es atractivo, ya está. Sé que es un imbécil.

—Marco, estás loco —Armin negaba con la cabeza—, siempre te gustan este tipo de tíos y cualquier día vas a salir mal parado.

—Hasta ahora he sabido cuidarme, ¿no? El trato que he tenido con ellos ha sido distante y lo sabéis. No tiene por qué ser diferente con este.

—El problema es que ya lo es —Eren le dijo una verdad que ya sabía, pero era mejor mentirse a uno mismo—, os he visto hablar en clase. Bueno, tontear descaradamente.

—No estábamos tonteando —Sintió las mejillas arder—, es solo que invade mi espacio personal.

—Y tú no te quejas…

—Bueno, ya vale. Yo no os digo lo que debéis hacer, ¿verdad? Dejadme en paz —Aceleró el paso, sintiéndose agitado, nervioso y avergonzado.

—Marco —Armin le llamó con sorpresa en la voz. No era propio de él perder los nervios de esa manera y mucho menos dar malas contestaciones.

El problema estaba en que sabía que sus amigos iban a estar en contra de lo que sentía, y lo peor de todo es que comprendía los motivos. Pero precisamente por saber que le iban a echar en cara la atracción hacia ese tío no quería hablar del tema. Sabía cómo era, sabía que no debería acercarse, pero joder qué ganas tengo de tocar su piel desnuda. Nunca en su vida había sentido tantísima atracción por nadie, y parecía ser mutua, que era lo peor. Al llegar a casa, su madre le recibió como siempre, feliz de verle y con la comida preparada. Le puso en sobreaviso de que quizás la tarde siguiente un amigo se pasaría a hacer un trabajo y, como ya esperaba, no puso objeciones.

No quería admitirlo, pero Jean ocupó gran parte de sus pensamientos hasta el punto de abstraerse. Al día siguiente, el susodicho no fue a clase, lo cual le dio pie a soñar despierto, a ponerse nervioso imaginándose escenas cada vez más sexuales en su propia habitación. Necesitaba masturbarse pero los descansos eran demasiado breves y ese día parecía que todo el mundo necesitaba consultarle algo. Por eso mismo, salió más tarde de lo normal del instituto. Su madre fue la única en darse cuenta de que algo le pasaba, pero la disuadió alegando cansancio. Intentó distraerse con un libro, con videojuegos, viendo la televisión e incluso durmiendo. Pero no podía apartar la vista del reloj, sintiendo los nervios pellizcarle el estómago cuanto más se acercaban las cinco. A menos cuarto escuchó el timbre y se asomó por la ventana de su habitación en el piso superior. Jean respondió con un “¿Puede salir Marco a jugar?” entre risas. Escuchó a su madre reír en el piso de abajo. Saltó los escalones de dos en dos pero no pudo abrir antes que ella. Vio la sorpresa en el rostro de su madre al ver las pintas del invitado, con esos vaqueros llenos de boquetes y su eterna chaqueta de cuero, y sin embargo le trató con la amabilidad de siempre.

—¡Hola! ¿Qué tal? Ahora os subo algo de merendar mientras estudiais.

—Gracias, señora —Al verle plantado a los pies de la escalera le saludó con los dedos de la mano—. Hola, cariño —Marco abrió mucho los ojos, su madre soltó una suave y lenta exclamación, riéndose después de manera comedida.

—Sube de una vez —Se dio la vuelta hacia su habitación, avergonzado e incapaz de explicarle a su madre en ese momento que no era su novio, solo un tío con muy poca vergüenza.

—Joder, es la habitación más ordenada que he visto en mi vida. Igual que tú —Le tiró del jersey azul y simple que llevaba puesto. Sin preguntar, cogió una banqueta y se sentó a su lado, en el escritorio—. A ver, ¿qué tenemos que hacer? —Al quitarse la chaqueta de cuero se quedó con una camiseta negra con las mangas arrancadas. Era de un grupo de música que desconocía.

—Deja que lo mire un momento —Tuvo que revisar los apuntes de Armin para saber qué tenían que hacer. Mientras se tranquilizaba y se lo explicaba, él le miraba con el codo apoyado en la mesa y la barbilla en la palma de su mano, con una sonrisa que no entendía a cuento de qué venía.

—¿Se puede? —Como siempre, su madre pasó antes de que le diese permiso—, os dejo aquí la merienda. No es gran cosa pero siempre se estudia mejor con el estómago lleno —Soltó la bandeja en la esquina de la mesa—. Estaré en mi habitación trabajando, si necesitáis cualquier cosa, avisa.

—Vale —Conocía a su madre y esa sonrisita pícara no era más que el reflejo de su felicidad por creer que tenía pareja.

—¿Trabaja en casa? —Marco asintió. Le costaba mirarle a los ojos, una sensación extraña se apoderaba de él cada vez que lo hacía. Cierto apetito, y no precisamente por la merienda.

—Vamos a repartir el trabajo y nos ponemos ya a ello, ¿vale? —Asintió con una risita, comiéndose una galleta de un bocado.

No pasaron ni 10 minutos que Jean apoyó los brazos en la mesa, suspirando. No podía ignorarlo, así que le miró. Le observaba el rostro con detenimiento, tan centrado en cada uno de sus rasgos que no habló durante casi un minuto. Aprovechó la situación e hizo lo mismo, analizando sus cejas, su fina y larga nariz que tan bien encajaba con el resto de sus rasgos, su barbilla afilada, su mandíbula marcada, esa boca que tantísimo deseaba.

—No es un secreto que no me guste trabajar, así que te propongo una cosa —Jean le pasó el pulgar por el labio inferior con la atención puesta en él— tú haces el trabajo y yo te trabajo a ti,  ¿qué te parece?

—¿A qué te refieres? —Sonrió de lado. Cuando lo hacía se le asomaba el colmillo, más largo de lo normal. Le daba la impresión de que se le iba a hacer un agujero en el pecho por los latidos de su corazón—, ¿y tu novia?

—¿Qué novia?

Le puso la mano que le quedaba más cerca en el muslo, apretándolo, acercándose a él de manera repentina, haciendo lo mismo con el labio que acariciaba, solo que con su boca. Sintió el pellizco de sus dientes en el labio inferior, la calidez de su aliento, la presión de su nariz contra la mejilla cuando su lengua pasó sobre la suya, bajo la suya. Marco suspiró con un temblor, alzando las manos sin saber bien dónde ponerlas. Las posó en sus hombros, girándose hacia él, dejando que su lengua se descontrolase en ese beso tan intenso, sintiendo su miembro endurecerse al instante. La mano que tenía en el muslo se desplazó hasta la parte baja de su espalda, bajo el jersey. La mano que tenía en sus labios pasó por encima de su erección, recorriendo la costura de su bragueta, despacio y de manera experta.

—Jean —jadeó, con un quejido—, no he hecho nunca nada de esto.

—¿Cómo? —Le miró a los ojos, sin cesar de acariciársela sobre los vaqueros—, ¿quieres decir con un hombre?

—No. Nunca. Con nadie —Jean se mordió el labio, con una sucia declaración de intenciones en su mirada.

—Tienes que estar de coña —Marco negó con la cabeza, abriendo los labios en un quejido cuando se la apretó—. Cómo voy a reventarte…

Le dio un lametón en los labios, Marco le agarró del pelo, besándole ansioso. Liberó su miembro de la presión de los pantalones, apartando los calzoncillos y dejándola al aire. No la tocaba, no la miraba. Le pasaba la mano por el pecho a Marco, por debajo del jersey, besando, succionando y mordiéndole el cuello. Los escalofríos le provocaban gemidos ahogados, igual que acariciar la nuca de Jean, olerle, escucharle jadear… eran tantas sensaciones nuevas en tan poco tiempo que se sentía sobrepasado. Miró sobre su hombro, la puerta estaba entreabierta.

—Déjame cerrar —Quiso levantarse, pero Jean se la agarró por la base. Su sonrisa malvada le volvía loco.

—Nah, así es más divertido —Subió las yemas de los dedos hasta su glande en una caricia que le hizo levantar las caderas, mirándole a los ojos—. Que te pongas colorado me está superando. Ni puta idea tienes de lo cachondo que estoy —Bajó la mano apretando su glande, todo delicadeza, con la palma y sus dedos, rodeándolo—. Cago en la puta, Marco —se reía—, está empapada.

—Cómemela, por favor, por favor Jean, por favor —imploró con los dedos clavados en sus brazos y la vista fija en sus dedos, tirando de su fina piel hacia abajo.

Se la acarició un poco más, atento a su expresión, besandole con brevedad. Y fue cuando se le escapó un gemido demasiado alto que se arrodilló ante él, agarrándole de los muslos, presionando su erección con la lengua. Hacia arriba. Hacia abajo. Hacia los lados y alrededor. Succionó, siempre con la lengua pegada a su piel, mirándole a los ojos mientras Marco le tiraba del pelo. Ver sus labios rodeando su miembro, sus mejillas hundidas al chupar, su lengua recorrersela de arriba abajo, esa constante mirada lujuriosa, atenta a cada cambio de respiración de Marco; no podía con ello. Casi desde que se la metió en la boca tuvo la sensación de correrse, no pudo aguantar más que dos o tres caricias. Le resultaba excesivamente placentero. Dejó caer la cabeza hacia atrás cuando la presión de su esperma se liberó en la boca de Jean, que gemía tragandole, agarrándole de las caderas con una mano. Marco no podía pensar, gimiendo entre dientes, agitado por un temblor en la pierna derecha, tirando del pelo del sofocado Jean. Miró hacia abajo, observando sus cabellos rubio ceniza, su cuerpo encorvarse hacia adelante. Jean tembló con un quejido y su polla en la boca. Fue tan rápido como intenso. A pesar de haberle dado un orgasmo incomparable, quería más. Al sacarsela de la boca, ya lánguida, le miró con aspecto sufrido, sus cejas elevadas, su respiración agitada. Se apoyó en sus rodillas con las manos y le besó intensamente. Marco seguía tirándole del pelo, deleitándose con sus besos, con ese extraño sabor de su lengua ahora que se la había comido.

—He puesto el suelo de tu habitación perdido —murmuró en su boca.

—¿Qué? —Jean se apartó de él, arrojandose en su cama con una mano en la frente, cerrándose la bragueta. Marco miró entre sus piernas, al suelo. Una mancha blanca y espesa cubría el parqué—. Mierda, mi madre va a matarme.

—Da gracias que me he controlado y no te he reventado el culo.

—¡Jean! —Marco se levantó, cogiendo un paquete de pañuelos de su mesa de noche, limpiando el esperma de su relajado compañero de clase.

—Creo que tu madre está subiendo las escaleras, metetela en los pantalones —Presa del pánico, se apresuró a guardársela, tirando los pañuelos empapados a la pequeña papelera junto al escritorio. Jean se partía de risa—. Era broma hombre, relajate. Ven aquí conmigo —Le dio dos golpes a la cama, junto a él.

—Tenemos… íbamos a hacer el trabajo —Jean volvió a reírse, apoyándose en el borde de la cama y tirándo de su muñeca.

—Tenemos una puta semana, ven conmigo —Le hizo tumbarse en la cama al revés, junto a él, con la cabeza orientada hacia a la puerta. Marco puso sus manos sobre su estómago, tumbado boca arriba sin saber qué hacer. Jean se tumbaba de lado, apoyado en su codo, observándole—. ¿Cómo es posible que alguien como tú nunca haya tenido relaciones?

—Mi primer beso ha sido contigo —murmuró. Le miró de reojo, esperando el insulto. Jean abrió mucho los ojos.

—No me lo puedo creer. ¿Por qué? Seguro que has tenido oportunidades.

—Ni siquiera me lo he planteado. No me gusta mucho salir y la verdad es que los estudios y las actividades extraescolares ocupan casi todo mi tiempo. Además, tengo que ayudar a mi madre con la casa, no quiero que se agote. En fin, yo que sé.

—Pero te han tenido que gustar más personas, además de yo mismo —Le puso la mano en la mejilla, girándole la cara—. Relájate, acabo de comerte la polla, hombre. Y mírame que me encantan tus ojos.

—Y a mí los tuyos —murmuró atontado. Jean sonrió de esa manera chulesca tan suya. Tras ese breve coma cerebral, respondió a su pregunta—. Sí, me han gustado más hombres pero no tenía nada que hacer con ninguno. No tenía posibilidades.

—No creo que exista persona que se pueda resistir a esas pecas y esa boca tan… —Se mordió el labio, inclinándose sobre él y besándole muy despacio—, apetecible.

—Me pones muy nervioso —confesó, posando sus manos en los costados del chico.

—Lo sé. Tú a mí también. Estoy más descontrolado que de costumbre.

Casi se le tumbó encima.  Marco le rodeó la espalda con sus brazos, dejándose besar, disfrutando de la presión de su pecho sobre el suyo. Le encantaba sentir su argolla en el labio, aunque le gustó más sentirla en otra parte. La mano de Jean subió por su estómago hasta su pecho, por debajo del jersey, levantándoselo y quitándoselo. Besó sus poco moldeados pectorales, sonriente y murmurando “cuántas pecas…” Volvió a su boca, pero sus manos bajaron por su espalda, hasta meterlas por dentro de sus pantalones, agarrándole del culo con fuerza y besándole con furia. En esos instantes solo quería Jean, Jean y más Jean. Nada más importaba. Abrió las piernas, dejando que se tumbase entre ellas, frotándose con él, volviendo a tener una erección completa en apenas unos minutos. Jean se apartó de su cuerpo, dándole la vuelta en la cama, quitándose la camiseta.

—Qué culazo tienes, y yo sin darme cuenta —susurró en su oído, levantándole las cachas del culo con ambas manos sobre los vaqueros. Presionaba hacia arriba con sus caderas, jadeante.

—Jean, ¿qué vas a hacerme? —preguntó Marco, agarrando las mantas con ambas manos.

—Todo lo que me pidas —ronroneó junto a su mejilla—, aunque si me preguntas, lo que quiero es hundirla en tu cuerpo, despacio —presionó sus caderas a su culo, él también volvía a tenerla dura—, llenarte, hacerte gritar cuando la tenga como una piedra y metida hasta que los huevos me choquen con tu culo —El roce se volvía más violento, su voz más ronca, hablando entre dientes. Marco apenas podía retener los jadeos—. Quiero que me implores que te de más, quiero que te corras entre mis dedos, quejándote porque nunca te han hecho sentir nada igual. Quiero partirte en dos y quiero ser el primero en hacerlo. Pero dime, ¿qué quieres tú?

—Follame —Le pidió, sonrojado como nunca en su vida—, fuerte —Los dedos de Jean se aferraron al borde de sus pantalones, tirando de ellos hacia abajo. Su boca succionaba su cuello, provocándole un gemido. La puerta de su habitación se abrió de par en par.

—Marco, ¿se queda tu novio a cenAAAY LO SIENTO MUCHO —Su madre se tapó la cara antes de salir de la habitación entre risas histéricas. Jean miró al frente chasqueando la lengua. Marco se lo quitó de encima saltando de la cama.

—No, no, no, Jean, tienes que irte —Buscó su ropa, evitando mirarle.

—¿En serio? —Marco asintió enérgicamente—. Como quieras, pero es una lastima. Quedamos otro día para terminar el trabajo.

—No te preocupes, ya lo hago yo. Gracias por venir y por… bueno…

—No me des las gracias por algo que he disfrutado tanto —Antes de que pudiera ponerse el jersey se acercó a él, abrazándolo por la cintura con un brazo y acariciándo su nuca con la otra, besándole tan despacio que sintió las piernas temblarle—. ¿Qué tienes que me gustas tanto? —susurró besándole una vez más.

—No lo sé —Le pasó las manos por el pecho desnudo— Jean, me siento un endeble a tu lado. No sé si me gusta la sensación —Jean se rió, besándole e inspirando profundamente, azotándole el trasero.

—Venga ya, te encanta que te de caña —Se alejó de él, poniéndose la camiseta y la chaqueta. Marco sonrió llevándose la mano a la nuca mientras suspiraba.

Hasta bajando la escalera emanaba chulería y descaro. Daba igual lo que hiciese, ese aura de comerse el mundo la llevaba de serie. Era su opuesto por completo, mientras Marco siempre procuraba pasar desapercibido, Jean buscaba llamar la atención. Su madre no salió de la habitación, suponía que más avergonzada que él mismo.

—Dile a tu madre que lo siento por la indiscreción, pero es que me pones demasiado cachondo, cariño —Se dio la vuelta al salir y le guiñó el ojo.

—Deja de llamarme así, imbécil.

Le despidió con una carcajada, él escondió una sonrisa. Tan pronto cerró y se dio un refregón en la cara, dejando salir esa mueca feliz que antes ocultaba con una suave risita alegre, salió su madre de la cocina. Tiró de su mano y lo sentó junto a ella.

—¿Por qué no me has hablado de él antes? —Le brillaban los ojos de la felicidad y la curiosidad—, es muy guapo, aunque un poco…

—Cara dura, eso es lo que es. Un liante poca vergüenza. No te he hablado antes de él porque hasta ayer no mediamos palabra —La sorpresa en el rostro de su madre le hizo reír—, te estoy diciendo que es un liante.

—Pero es tu primer novio, ¿no?

—No es mi novio, es solo… yo que sé, ni siquiera somos amigos. No sé qué estoy haciendo. Es el abusón, repetidor y chungo del instituto. No debería relacionarme con él.

—Claro que deberías —Ahora el sorprendido era Marco—. Eres uno de los mejores alumnos de tu curso, necesitas dejarte llevar y ser un poco más… adolescente y menos adulto. No te confundas, adoro que seas tan responsable y no puedo estar más agradecida, pero no está de más que te vuelvas loco de vez en cuando. Y este chico parece estar bastante desatado.

—Siento mucho que nos vieras antes de esa manera, no fue planeado para nada.

—Uy, no, la culpa es mía. Estoy acostumbrada a que estés solo y siempre estudiando, ni se me pasó por la cabeza la idea de que os diese un apretón.

—No fue eso, fue… yo que sé lo que fue —Su madre le pellizcó la mejilla, riéndose.

—Si estos días te propone una locura, dile que sí.

 

2

No sabía si hacerle caso a su madre le llevaría por el buen camino, aunque tenía que admitir que casi nunca se equivocaba en sus consejos. De momento se limitó a hacer el trabajo que ya sabía que tendría que hacer solo y a ir a clase al día siguiente. Las probabilidades de verle allí no eran altas, menos aún un viernes, pero mantuvo la esperanza hasta que entró el profesor. Evitó charlar con Armin, Eren o Mikasa, escondiendo bajo el cuello de su camisa los chupetones que Jean le había dejado como recuerdo. Sin embargo, en el descanso, Armin los advirtió.

—Eh… ¡Eh! ¿Qué son…? —Intercambió una mirada con Marco tras mirarle el cuello—, dime que no.

—No voy a pedir perdón —Se encogió de hombros, centrándose en su bandeja de comida.

—¿Qué pasa? —preguntó Eren con curiosidad.

—Jean tiene el cuello lleno de chupetones —Le explicó Mikasa con serenidad. Eren le puso la mano en el hombro, girándole y abriéndole el cuello de la camisa.

—¿Qué haces? —Se lo quitó de encima de un empujón, con los colores subidos.

—¿No fue ayer Jean a hacer el trabajo a tu casa? —La mirada inquisitiva de Eren le molestaba.

—Sí —dijo a media voz—, déjame en paz, no vayas a empezar con un discurso moral sobre lo que está bien o mal. Es la primera vez que me siento así por alguien, y me gusta.

—Mira que hay tíos en el instituto…

—Lo mismo podría decirle a la belleza de tu novia a la que no le haces ni puto caso —Eren se giró hacia la voz gruñona que hizo ese comentario. Marco miró a Armin, que resoplaba alzando las cejas y bajando la vista. Jean le puso ambas manos en las mejillas a Marco y le besó en los labios desde arriba, del revés, inclinándose hacia adelante y pasando la lengua desde su labio inferior hasta la barbilla—. Perdón por no venir antes, cariño —Frotó su nariz con la suya.

—Jean, ¿qué haces? —No pudo esconder la sonrisa estúpida que se le plantó en la cara. Tampoco el sonrojo. Jean se sentó a su lado, pasándole el brazo sobre los hombros, limpiándole una mancha de chocolate de la comisura de la boca con la otra mano.

—Dame un poquito anda, tengo hambre —Marco le acercó el bollo que se estaba comiendo, observándole encoger la nariz al darle un bocado.

—¿Va a venir el viernes que viene? —preguntó Mikasa. Eren la mandó a callar.

—¿A dónde? —Quiso saber Jean.

—No creo que te guste el plan —explicó Marco—, vamos a ir a unos recreativos y al karaoke con algunos chicos de la clase. Sasha y Connie, no sé si sabes quienes son.

—Ni puta idea. Pero tranqui, que no quiero molestar —Las miradas que él y Eren se echaban eran peligrosas. Y verle con ese aspecto desafiante le hizo desearle con más intensidad.

—Creo que deberías venirte —Todos los de la mesa miraron a Armin simultaneamente—. Si vamos a empezar de cero y estás así con Marco, deberías venir.

—Bueno, con esto ya van dos que me incluyen en los planes —señaló a Mikasa y a Armin—, ¿te parece bien que vaya?

—Claro, solo si tú quieres.

—Mientras te tenga cerca me da lo mismo el plan —Marco dejó salir una sonrisa pudorosa—, ¿ya te me pones blandito otra vez? Mira que es fácil —dijo riéndose.

—Supongo que mi opinión no importa —dijo Eren, enfurruñado.

—¿Tú ves que alguien te la pida? —Tuvo que esconder la sonrisa al ver a Jean contestarle con esa chulería, aparentemente divertido.

—Oye, vale ya —dijo Armin—, no soporto las peleas. Ni estos tonos. Si vais a estar en la misma habitación intentad convivir.

—Jean —Marco atrapó los dedos de su mano—, ni le dirijas la palabra, porfa.

—Lo que sea, dime luego por mensaje dónde quedamos.

—¿Te vas? —Asintió como si fuese lo más normal del mundo mientras se levantaba.

—Estoy trabajando, me he quitado de en medio un segundo para venir a verte.

—Sí, ya, claro, ¿dónde van a contratar a un tío con esas pintas? —susurró Eren a un nivel audible para todos.

—En un puto Starbucks, capullo. Ojalá te pases por allí y te juro que te pongo extra de meada —Marco se levantó a la vez que Eren, alejando a Jean de la mesa.

—¿Tan imposible te es ignorarle?

—No tengo esa habilidad tuya de hacer oídos sordos ante lo que suelta por la boca ese anormal —Le acompañó hasta salir de la cafetería—. Oye —Se giró hacia él, empujándole hasta los servicios, mirándole la boca—, ¿por qué no me la chupas rapidito en el baño? Me obsesiona la idea de correrme en tu cara.

—Jean, calla —gritó en susurros, enrojeciendo al ver cómo los que salían del servicio los miraban sorprendidos—, quedan menos de diez minutos para entrar en clase.

—Y yo estoy listo en menos de dos —Le metió en el cubículo—, y si te la metiera, en menos de uno con estas ganas que te tengo.

—¿Te gusta hacer esto en público? —Su sonrisa golfa se extendió, asintiendo—, me pone muy nervioso.

—Lo sé, es lo mejor de todo. Además, parece que te cuesta retener los gemidos cuando vas acercándote a correrte —Se la acarició sobre los pantalones de chándal—, y escucharte me vuelve loco.

—Jean. No —Le puso las manos en los hombros, apartándose de él y saliendo del cubículo—, vas a buscarme un problema —Chasqueó la lengua, suspirando.

—Como quieras. Nos vemos esta tarde —Salió del baño con aspecto molesto. Quiso pararle para hablar con él, incluso tuvo el impulso de pedirle perdón. Pero negó con la cabeza, volviendo con sus compañeros.

Eren estuvo de mal humor las horas restantes de clase. Marco se sentía abatido. Quizás debería haberse dejado llevar como le aconsejó su madre, pero su sentido del deber le forzó a lo contrario. Entendía el fastidio de Jean, pero no que se marchase de esa manera tan brusca. Salía de clase con sus compañeros, con las manos en los bolsillos y mirando al suelo, cuando tiraron de su brazo hacia el lado.

—Sé que no te gusta llamar la atención en este tema, pero vas a tener que soltarte un poco conmigo y dejar de ser tan mojigato —Jean le arrastró hacia un lateral poco concurrido.

—No voy a hacer nada aquí, ya te lo he dicho —Se soltó de su mano. Jean le miró resoplando por la nariz. Cuando se cabreaba le costaba más no dejarse llevar por esa atracción brutal que le iba a volver loco.

—Ni yo voy a hacer nada aquí, al menos no ahora. Solo voy a darte esto —Metió la mano en su chaqueta de cuero y le dió una bolsita—, y quiero que te lo pongas antes de salir de casa el viernes.

—Pero, ¿qué…? —No, aquella vez en su habitación que le pidió abiertamente que le follase no fue la vez que más sonrojado estuvo. Era ese preciso momento. Dentro de la bolsa encontró un bote pequeño de lubricante y lo que parecía un brillante consolador para el culo de color morado chillón.

—Póntelo. Hazme caso. Pero justo antes de salir, no te lo vayas a poner antes que no estás acostumbrado. Si tienes que usar el bote entero de lubricante, usalo —Marco miró a su alrededor, guardando la bolsa en su mochila—. Te lo he comprado para tí, está nuevo.

—No sé qué pretendes dándome esto aquí…

—¿Habrías preferido que se lo deje a tu madre?

—¡No! ¡Ni una cosa ni la otra! Es… —Le miró a la cara. Sonreía como si estuviese siendo la conversación más divertida del mundo—. Eres imposible.

—Y tú demasiado inocente. Estoy deseando verte menearte cada vez que sientas eso metido bien adentro de este culazo que tienes —Se lo agarró con ambas manos, mordiéndole el labio inferior—, cariño.

—Ay, Jean —Le agarró de la camiseta y del pelo de la nuca, besándole con tantas ganas que le dobló la espalda, haciéndole reír—, te odio.

—Mentira —susurró en su boca. Se lo iba a comer. Jean dio un mordisco al aire, ante él, alejándose hacia su moto—. Avísame si tienes dudas de cómo usarlo.

Se marchó sin casco, le dio miedo ver su manera de conducir, que no era más que un reflejo de cómo iba por la vida. Suspiró porque efectivamente, no tenía ni idea de cómo ponerse eso. Pero ya lo pensaría, al fin y al cabo estaban a miércoles y hasta la semana siguiente no tendría que enfrentarse a él. O eso pensaba. Marco pasaba las horas muertas soñando despierto, llegando al punto de necesitar silencio para hacerlo, pasando los recreos en la biblioteca donde encontraba paz para recrearse en sus fantasías. El martes siguiente, mientras escogía qué libro iba a fingir leerse esa vez, le asaltaron contra una estantería.

—Mira tú por donde, un ratoncito de biblioteca —Jean le pasaba las manos por los costados, levantándole la camiseta—. He tenido que preguntarle a media clase dónde estabas. Menos mal que tu amigo Armin siempre te tiene localizado.

—¿Qué haces? ¡Estate quieto! —Se rió en su oído, un ruido grave y rápido.

—Estamos solos y nadie va a entrar aquí en el descanso excepto tú, mi querido friki —Pasó los dedos de manera peligrosa por el borde de su pantalón—. ¿No me has echado de menos?

—Sí —Tuvo que admitir, con un escalofrío al sentir su boca en el cuello—. Jean, por favor.

—Por favor, ¿qué? —Metió la mano en sus pantalones de tela, acariciándosela despacio.

—Por favor —Imploró, mordiéndose el labio—. No puedo.

—¿El qué no puedes? —Le bajó los pantalones. Tenía el culo y la polla al aire, se moría de vergüenza. Si entra un profesor se acabó mi expediente limpio. Si entra algún compañero me muero.

—Hacer esto… ¡Ah! —Le masturbaba tan bien que le costaba no gemir en voz alta. Para colmo de males sintió su erección entre las cachas de su culo.

—Pues no hagas nada, déjame a mí.

Metió la mano bajo su camiseta, tirándole de un pezón, chupándole y succionando su cuello. Las caricias de su mano eran rítmicas, aceleraban tal y como lo hacían sus caderas contra su culo. El agarre de Jean se volvió más resbaladizo al comenzar a expulsar líquido preseminal, exactamente igual que sus refregones contra el trasero. Mientras Marco hacía lo imposible por no gemir en voz alta, Jean gruñía en su oído, humedeciéndole la mejilla con su respiración agitada, lamiéndole el lóbulo de la oreja.

—Aprieta las cachas, cariño —Le hizo caso, sintiendo su erección quedar atrapada entre ellas—, pero qué culazo tienes, hijo de puta. Qué pena que no traigo vaselina porque te ibas a enterar.

Al apretar los músculos del trasero de esa manera, provocó que las caricias de Jean fueran más fáciles, más febriles. Le susurró al oído un “me corro” que le hizo perder la compostura. Sintió el esperma de Jean, cálido y abundante, mancharle la espalda bajo la camiseta, salir a presión entre su culo. Pero fueron sus jadeos entre insultos y gemidos graves lo que le hizo llegar al orgasmo. Al notarlo, Jean se centró en estimular solo su glande, en movimientos pausados y apretados, movimientos perfectos, pringándole la mano y arruinando los libros que tenían enfrente. Cuando consiguió abrir los ojos de nuevo y vio el estropicio, se quiso morir. Pero eso no fue lo peor. Lo más escandaloso es que Jean, tras tirarle del pelo con su mano limpia hacia atrás, le mostrase cómo lamía su corrida de la otra mano, tragando con un ruido satisfactorio, metiéndole la lengua en la boca después.

—Jeaaaan… — Se quejó, abochornado, escandalizado por lo cerdo que era su amante.

—Te ha encantado. Seguro que te pajeas esta noche pensando en esto —Le subió una ceja, dándole una palmada en el culo que resonó en toda la biblioteca. Le empujó con los hombros hacia atrás, intentando no pegar la espalda a la camiseta.

—Cállate y coge un pañuelo de mi mochila, está en la mesa —Asintió entre risitas, abrochándose los pantalones sin ponerse los calzoncillos porque no llevaba—. Por favor, Jean, eres…

—Lo mejor que te ha pasado —Para su desesperación, le dio una segunda palmada antes de que pudiese subirse los pantalones. Fue a por el pañuelo y le limpió la espalda y el culo, dándoselo después para que limpiara los libros—. El que necesite algo de la L va a llevarse una sorpresa.

—No vuelvas a hacer esto —Jean asintió—, y va en serio.

—De acuerdo. Nunca más. Instituto terreno prohibido —Miró su reloj de pulsera—. Vale, me voy al curro. Era una visita fugaz porque no paro de pensar en tu culo, ya sabes, lo necesitaba —Le pasó la mano por el pelo y le besó profundamente—. Por cierto, hay un muchacho rapado sentado a la mesa, no sé desde cuando pero no ha levantado la vista cuando me he acercado. Creo que está en la clase…

—¿¡Connie?! —Susurró, queriéndose morir. Jean se marchó encogiéndose de hombros, con una sonrisa. Efectivamente era Connie, aunque no pareció enterarse de nada.

El viernes, después de almorzar y ducharse, intentó pensar cómo meterse el consolador de la manera más eficaz y menos dolorosa. Intentó relajarse, pero se sentía tenso y le costaba meterlo. Probó a comenzar a pensar en él, en que en vez de un objeto, Jean era quien entraba en su cuerpo. Con la ayuda de mucha paciencia, lubricante y una buena dosis de excitación, consiguió meterlo despacio, poco a poco. Le daba miedo que se quedase dentro, pero la base era ancha y redondeada, ideada para que no ocurriese. Se puso unos pantalones más anchos de lo normal aunque su ropa interior fuese ajustada. Dependiendo de cómo se moviese o qué hiciese, lo notaba con más o menos intensidad. Camino al recreativo tuvo que levantarse del asiento del autobús, pegándose a la cristalera para esconder la incómoda erección involuntaria. Le daba cierto placer sentirlo, pero sin duda lo más estimulante era el saber que estaba ahí. Jean le mandó un mensaje diciéndole que estaba en la puerta esperando y que se diese prisa porque el grupo le hacía el vacío.

—Perdón —dijo Marco al acercarse al grupo con prisas—, me he despistado.

—Ya era hora, hombre. No es normal que llegues tarde —Le dijo Connie. Él sonrió, disculpándose de nuevo.

—¿Has llegado tarde por lo que yo sé? —Le susurró Jean, pasándole la mano despacio por la espalda cuando caminaban hacia el interior de los recreativos.

—Sí —No le pasó desapercibido el detalle de que llevase pantalones de cuero rojo sangre. Muy apretados.

—¿Está puesto? —Bajó su mano hasta sus riñones. Marco no quería ni mirarle, muerto de vergüenza y vigilando que nadie se estuviera enterando.

—Sí. Cállate —Jean le pasó la mano suavemente por el trasero, apretando en el centro con sus dedos de manera repentina. Le hizo gemir en voz alta al empujarlo hacia adentro, casi un gritito que amortiguó tapándose la boca. Pero Armin y Sasha se volvieron—. Por favor, Jean —Se reía, caminando a su lado.

—Si ves que tu cuerpo lo quiere expulsar, avísame —susurró.

Entre juego y juego, Connie y Sasha comenzaron a interactuar con Jean, gastando bromas y riéndose con él. Eren no cambiaba su hosco gesto y Armin, a pesar de sonreír, seguía tenso. Al sentarse a merendar antes de ir al karoke, Marco se agitó, apretando los labios al sentir ese objeto estimularle desde dentro. Jean lo notó, acercando su silla a él y pasando su brazo por el respaldo, tras sus hombros. Marco le miró y él le besó de esa manera lenta pero tan erótica. Alzó la mano y rozó su marcada mandíbula. Le encantaba. Le encantaba entero.

—Oh, wow, no sabía que estabais juntos —dijo Sasha.

—No somos novios —explicó Marco—, solo nos gustamos y ya está.

—¿No te molestaría si me liase con otra persona? —Le preguntó Jean—, porque cuando besé a Judit en la taquilla pareció no gustarte mucho —Le miró sin saber qué decir. Claro que le había molestado pero dudaba mucho que alguien como él quisiera nada serio.

—Eso te iba a decir —Le dijo Connie—, que creía que estabas saliendo con Judit.

—A día de hoy nunca he tenido pareja —comentó encogiéndose de hombros.

—Pues me parece que ella no piensa lo mismo por lo que va diciendo…

—No es mi problema, yo no he firmado nada, si ha decidido que es mi novia lo ha decidido sola.

—Eres un poca vergüenza —Le espetó Eren—, de verdad Marco que no entiendo cómo no te mueres del asco cuando te besuqueas con él.

—Pero, ¿a ti qué coño te pasa tío? —Jean se rió, molesto en el fondo, pero se rió de él—, ¿es Judit tu prima o algo? Te importa un carajo mi vida, no me vengas con superioridad solo porque tienes una pareja como se supone que tiene que ser.

—Por lo menos sé que no voy a pillar algo por vicioso.

—Eren, para ya —Le pidió Marco—, cada uno hace con su vida lo que quiere.

—Cuando después de follar te deje tirado no vengas llorando —Marco se levantó, ofendido, tirando de la mano de Jean y sintiendo una furia que nunca había sentido hacia nadie.

—¿Dónde vas? No dejes que lo que diga ese mierda te afecte.

—Estoy harto de escucharle juzgar a los demás sin pararse a mirar toda la mierda que tiene dentro.

—Uh, esa boca, delegado.

—Llévame a algún sitio al que tú irías.

—¿Estás seguro? Hay un concierto en el sótano de unos amigos, ¿qué te parece?

—Que me vale mientras estés tú.

—Es aquí al lado, pero te advierto que la gente desfasa mucho en este tipo de eventos. Más en los de este tío.

—No será para tanto, seguro que me subestimas.

—Ya veremos —dijo entre risitas.

No mentía cuando dijo que estaba cerca, apenas caminaron una manzana que Jean llamó con los nudillos a la puerta. Le abrió un tipo bajito, con un septum enorme, cara de pocos amigos y aspecto cansado. Pero lo más llamativo no era eso, lo más llamativo era un mechón de pelo azul y blanco que caía hacia su izquierda, dejando su lado derecho rapado y negro al aire. Le dió una palmada en el hombro a Jean, invitándole a entrar, recogiendo sus chaquetas. El calor del sótano era sofocante y había más gente de la recomendada. Casi a la entrada estaba el grupo, que con lo ruidosos que eran le extrañó que no se escapase el jaleo. Debería de estar todo forrado con un aislante de los mejores. Casi todo el mundo tenía las mismas pintas que Jean y ese tipo, y muchas personas intimaban más de lo aconsejable en público. En una esquina, una chica arrinconó a otra, ignorando la música, muy centrada en los pechos de su pequeña y bonita pareja.

—Esas son Ymir y Christa, luego te las presento cuando no tengan las bocas tan… ocupadas —Habló Jean en su oído, a gritos.

—No hace falta, estoy bien —Escuchó que aspiraban con fuerza por el lado contrario. Se giró y tuvo que mirar hacia arriba, hacia un tipo que alzó una ceja comiéndoselo con los ojos. No tenía camiseta y sus pantalones eran de látex.

—¿De dónde has sacado a esta criatura tan pura? —Le preguntó a Jean.

—Dejalo en paz, Mike, eres demasiado para él.

—Soy demasiado hasta para ti —Hizo una reverencia y se alejó. Marco se acercó más a Jean, casi escondiéndose tras él. Les ofrecieron alcohol y él lo rechazó. Jean aceptó el vaso de plástico lleno de cerveza barata.

—Llevabas razón —admitió Marco, observando su nuez sudorosa moverse mientras bebía—, esto es demasiado.

—¿Estás incómodo? —preguntó mirándole a los ojos sobre su hombro.

—No —Sí lo estaba, pero quería estar con él—, la música es horrible —Jean se encogió de hombros, riéndose.

La gente a su alrededor no les mostraba mucha atención. Se encontraban al final del barullo, los que tenían delante centraban su atención en el grupo y los que tenían atrás tenían la atención de sus manos y bocas en cuerpos semi desnudos y sudorosos. Se excitó solo de observarles, ya que parecía que algunos hasta llegaban al orgasmo. Los gemidos sonaban por encima de la música de tanto en tanto, masculinos, femeninos y de género desconocido. Al volver a mirar a Jean, con su segundo vaso de cerveza, vio una gota de sudor caer por su sien hasta su cuello. Él mismo se sentía sudar. Puso las manos en las caderas de su balanceante pareja al ritmo de la música, y él, al sentir el contacto, le acercó el culo a la entrepierna. Le miró de nuevo sobre su hombro tras acabarse el contenido del vaso, tirándolo a un lado, echando el brazo hacia atrás y agarrándole del pelo. Su boca sabía a cerveza, pero la promesa velada de sexo sucio en su lengua y labios superaba el desagrado por el sabor. Además, comenzó a rozar con fuerza su entrepierna con el culo, de arriba a abajo, al ritmo de la canción. Marco introdujo sus dedos corazón por dentro de la parte delantera de los pantalones ajustados de Jean, siguiendo la línea de sus oblicuos, acariciándole, entusiasmándose y pasando la mano por la línea de vello púbico desde su ombligo hasta dentro de su pantalón. Su otra mano subió por su pecho, bajó por su estómago, bajo su camiseta.

—Marco… —No escuchó su murmullo pero lo sintió en su boca, en la vibración de su pecho contra la mano. No dejaba de mover las caderas, su erección rozaba con las cachas del culo de Jean. Deseó no tener ropa puesta.

Tanteaba, pero no daba con su miembro, miró sobre el hombro de Jean y vio que la tenía hacia abajo, en dirección a su pierna de manera incómoda pero bien visible en unos pantalones tan apretados como los que llevaba. Sacó la mano de su ropa, pasándola sobre ella, sobre el relieve de su carne caliente y palpitante. Rozó con la nariz el cuello de Jean, cerrando los ojos al inundar su pecho de ese olor a sudor. Lamió desde su hombro hasta el lóbulo de su oreja y se sorprendió al notar que temblaba en sus brazos.

—Me corro —Le escuchó gemir—, joder, joder, hostia puta qué cachondo acabas de ponerme.

Se separó de él, dándose la vuelta y rozando como podía su erección con la de marco. Puta ropa inútil. Tras darle besos frenéticos sin ritmo alguno y completemente descontrolados, tiró de su mano, saliendo del sótano, subiendo las escaleras de la casa hasta pisos superiores. Pasaron por delante de una puerta de la que llegaban escandalosos gemidos femeninos y entraron en la habitación del que imaginó era un niño por la decoración. Jean cerró la puerta, volviéndose hacia él, enganchando sus dedos al borde de su pantalón y bajándoselos de un tirón. Le dio la vuelta y le hizo apoyarse con las manos en la pequeña cama.

—Quiero comértela —Le pidió Marco.

—Después.

—Pero…

—Cállate —Empujó el dildo hacia adentro, arrancándole un gemido que tras pasar del escándalo del sótano al silencio del atardecer en esa pequeña habitación, le sonó desmedido. Había un punto en concreto dentro de él que cada vez que lo rozaba se moría del placer —¿Te sobró lubricante? ¿Lo traes?

—En mi bolsillo —Su voz sonó temblorosa. Al tiempo que sintió que se inclinaba hacia sus pantalones, recuperando el tubo de vaselina, escuchó su bragueta abrirse y sintió sus calzoncillos bajar por sus piernas.

—Dime si te duele —Un quejido placentero surgió desde el fondo de su pecho al sentir que tiraba del dildo hacia afuera, despacio. Dio un respingo cuando lo sacó por completo y sintió el frío de la vaselina entrar en su cuerpo abierto, además de los dedos de Jean repartiéndola en su interior—. Me da rabia pero voy a correrme en cuanto te la meta, lo sé —El envoltorio de un preservativo voló por encima del hombro de Marco—, me voy a correr de ponerme el condón, joder. Me has puesto muy, muy cachondo.

—Despacio Jean, por favor —No hacía falta esa instrucción, se notaba que sabía lo que hacía a cada segundo. Su glande entró sin problemas por la dilatación anterior, fue cuando empujó despacio hacia adentro cuando tuvo que apretar las sábanas.

—Cómo vas —Le sorprendió escuchar su voz temblorosa, contenida. Le apretaba las caderas con fuerza, presionaba despacio hacia adentro.

—Más, me siento tan… es tan… —Le hizo caso quizás pasándose de brusco, entrando por completo en su interior. El gemido le salió rasgado y agudo. Sintió el jadeo húmedo de Jean en su cuello. No se movía, esperó a que su cuerpo se adaptase a la anchura de su latiente polla—, te siento enorme.

—Mierda, no me digas esas cosas, gilipollas. ¿Cómo cojones estás tan apretado si has llevado el puto dildo todo la tarde? —Le acarició los muslos, la espalda, besándosela—. Me estás matando.

—Córrete —Elevó un poco sus caderas y las alejó, gimiendo al hacerlo, al sacarla para volverla a meter—, es que es enorme…

—Cállate la puta boca —Se enderezó, inclinando las caderas en un ángulo que al principio no comprendió pero que con la primera embestida le dejó sin aliento.

Rozaba perfectamente con su miembro ese punto tan placentero. Le costó sostener su peso en las manos, sentía las rodillas flojas y un intenso y presionante placer desde su interior. Las embestidas de Jean comenzaron rítmicas, frenéticas, cortas pero duras. Se alargaron conforme la iba sacando más, terminando por clavarle las uñas mientras se descontrolaba en un vaivén irregular. Marco notó que una espesa gota de esperma le resbalaba glande abajo, tan cerca de correrse que no quería apartar la boca del dorso de su mano por miedo a gritar de puro placer. Jean no tenía ese problema, dejaba salir el aire de sus pulmones en roncos gemidos, expulsando aire, cortandolos y tragando saliva a la mitad. Se la agarró, meneándosela al tiempo que le follaba tan bien y tan fuerte que el ruido de sus cuerpos sudorosos chocando casi superaba el de los gemidos. Le escuchó aspirar aire entre dientes, perdiendo el control de sus caderas, dejándose caer sobre él. Miró sobre su hombro y le vio con los dientes apretados, las mejillas encendidas y una vena marcándose en su cuello. Se corría dentro y él lo sentía a pesar del preservativo, muy, muy cerca de correrse él también, pero la erección de Jean comenzaba a languidecer. Antes si quiera de que pudiese decirle nada le dio la vuelta en la cama, tumbándolo boca arriba y bajando entre sus piernas. Marco le agarró del pelo con ambas manos, tan solo necesitó tres chupadas intensas para correrse arqueando la espalda, gimiendo al aire en forma de gruñidos, resoplidos y quejidos, formando su nombre al exhalar, sintiendo cómo le tragaba con un satisfactorio y suave sonido de su garganta de acompañamiento y las manos presionando  a sus riñones.

—Vaya pasada, nunca había visto a dos tíos follar —Marco abrió los ojos de golpe. Sentada en la silla del escritorio estaba esa chica que vio en el sótano enrollándose con la otra.

—Hola Christa —Le saludó Jean como si nada, mirándola mientras lamía las gotas de esperma que aún rezumaban de la decreciente erección de Marco.

—Nunca me había llamado la atención el cuerpo de un hombre pero ahora… —Se llevó la mano bajo la falda de cuadros—, voy a buscar a Ymir.

—Cuenta conmigo cuando quieras experimentar —Jean se puso en pie, guiñándole un ojo. La chica le subió el pulgar, saliendo y despidiéndose de Marco con una sonrisa en apariencia inocente. Se volvió hacia él, subiéndose los pantalones de cuero—. ¿Qué tal tu primera vez?

—Rara ahora que sé que una mujer me ha estado mirando.

—¿Cambia algo lo que has sentido? —Marco no sabía si estar o no molesto.

—No —Se mordió el labio con un mohín, levantándose para ponerse bien los pantalones.

—¿Qué te pasa? —Jean le apartó el pelo de la cara. Marco le miró suspirando, pensando en que le había dicho a la chica que contase con él para follar. No podía ser sincero, no podía decirle “que te quiero solo para mí” porque sabía que no era como funcionaban las cosas con él—. ¿Te he hecho daño? ¿Te has sentido incómodo?

—No, no. Me ha gustado muchísimo, ha sido… no sé, no tengo palabras.

—¿Entonces a qué viene esa cara de fastidio? —Marco le agarró de la camiseta a la altura de la cintura, mirando su pecho y encogiéndose de hombros.

—Da igual —Jean le abrazó. Marco cerró los ojos, suspirándo en sus brazos, deseando que no le soltase y le dijera un te quiero. Pero tras un beso en la frente le presionó las mejillas con ambas manos.

—Acabas de follar por primera vez, sonríe hombre, el infierno gay será divertido —Se rió sin muchas ganas, acompañándole al exterior del edificio—, ¿quieres ir a casa o vamos a cenar?

—Prefiero irme a casa —dijo a media voz. No entendía esta angustia repentina, no es como debería sentirse tras hacerlo por primera vez. No le conoces, por el amor de Dios Marco, contrólate.

—No decía a la tuya —Le miró a los ojos. Jean le acarició la mejilla, besándole en los labios después—, tengo que volver a hacerte sonreír, no puedo dejar que te vayas así.

—Lo siento, no sé qué me pasa.

—Yo sí. Eres un celoso.

—No, no son celos. Es… —volvió a encogerse de hombros. “Es que te quiero para mí y no quiero que toques a nadie más”, quiso decir pero no dijo.

—Vamos.

Le subió en su moto, un cacharro pequeño y ruidoso pero muy rápido. Solo tenía un casco que se puso Marco, Jean fue, como siempre, a lo ilegal. Y fue tan rápido que casi le mata del miedo. Al llegar a su casa llamó a su madre en voz alta, pero no obtuvo respuesta. Era un piso pequeño en un edificio de apartamentos un poco descuidado. Le hizo pasar a la cocina y le preparó un sándwich con lo primero que pilló.

—¿Vives solo con tu madre? —Le preguntó mientras cenaban, bebiendo un refresco.

—Sí. No me preguntes por mi padre porque ni idea de quién es. Me crió ella sola, como tu madre a ti supongo.

—¿Eh? No, mi padre viene casi todos los fines de semana, trabaja fuera.

—Ah, bueno, pues tienes suerte. Y además por tu casa sé que no te falta el dinero.

—La verdad es que no, no me puedo quejar —Jean le miraba con un suspiro tras comerse el último pedazo de bocadillo.

—Somos diferentes en todo, supongo que por eso me gustas tanto.

—No hagas eso, es trampa —Jean sonrió de lado, divertido—. Sabes que me pone nervioso que seas tan directo y más mirándome a los ojos.

—¿Y qué le hago yo si adoro tu carita sonrojada? Eres precioso —Le pellizcó el cachete. Marco se tapó la cara con las manos, no podía soportar la sonrisa idiota que se le escapaba ni el calor de sus mejillas. Le escuchó reír con suavidad—, ¿Hacemos ahora algo que te guste a ti? Te he llevado a mi terreno, llévame al tuyo. ¿Qué plan sería el ideal? —Se apartó las manos de la cara despacio, mordiéndose el labio.

—¿Tienes palomitas? Me encantaría ver una película contigo, con una manta —Alzó las cejas sutilmente.

—Mira que eres previsible. Sí, tengo palomitas. Ve a mi habitación, está al fondo del pasillo al lado del baño. No te equivoques con la de mi madre, aunque no creo que sea muy difícil saber cuál es la mía. Ahora voy yo.

Se levantó de la silla, yendo primero al servicio y después a la habitación que le indicó. Sin duda era la suya: calcetines enrollados y desparejados por aquí y por allí, chaquetas dejadas caer de cualquier manera, latas de cerveza junto a la cama y en la mesa del ordenador, la cama deshecha… era un completo caos, como él. Se quitó los zapatos, dudando de si quitarse o no mucha más ropa. Decidió quedarse como estaba y meterse bajo sus sábanas, al fin y al cabo el clima era frío, excepto en ese sótano. Se paró a pensar en lo que había hecho en público y más tarde frente a esa extraña. Una semana antes se habría reído en la cara de cualquiera que le sugiriese hacer algo medianamente parecido y ahora se estaba metiendo en su cama, tapándose hasta arriba con unas sábanas que olían tanto a él que se le cerraron los ojos.

—Bueno es saber que no te has perdido —Le dijo Jean, entrando en la habitación y cerrando la puerta con el pie—. Ahora intenta no dormirte.

—Se está muy bien aquí —murmuró feliz, incorporándose un poco para coger el bol con las palomitas. Jean se quitó los zapatos tirando de los talones, sacándose la camiseta por la cabeza. Se quitó los pantalones como si fuese lo más normal del mundo, metiéndose en la cama en calzoncillos.

—¿Qué haces tan vestido? —dijo entre risas—, te va a entrar calor con tanta manta. Dame —Le quitó el bol de las palomitas, dejándolo a un lado en la mesa de noche. También le quitó el jersey de un tirón, riéndose con él. Al echar las manos a su cinturon Marco comenzó a reírse con más ganas.

—Ya, ya voy, dejame a mí.

—Pero es más divertido si lo hago yo —Le besó de manera juguetona mientras tiraba de los vaqueros hacia abajo. Marco se los terminó de quitar con los pies, poniendo las manos en las mejillas de Jean, besándole entre sonrisas—. Voy a coger el portátil.

Se separó de él mientras Marco dejaba caer sus vaqueros por fuera de la cama, tirando de una mesa auxiliar que reguló para que quedara a la altura de sus pechos, un tanto alejado para ver bien la pantalla. Escogieron una película de terror, las favoritas de Jean, que le pasó un brazo por los hombros mientras él se apoyaba en su pecho, comiendo del bol de palomitas colocado entre los dos. Cada vez que Marco daba un sobresalto, Jean se reía, acariciándole el hombro con los dedos. Una vez acabado el bol, le pasó los brazos por los hombros y Marco le cogió las manos. Se distrajo un poco de la película cuando sintió su nariz acariciarle la sien y sus labios besarle junto al ojo.

—Me gusta estar así, es algo nuevo —Le susurró Jean. Marco sonrió con los ojos cerrados.

—¿Nunca has hecho esto con nadie? —Hizo un ruidito negativo—. Qué raro.

—Nunca he pasado tanto tiempo con alguien con quien me acostase como contigo.

—¿No es eso un poco triste?

—No realmente, nunca se me había apetecido.

—¿Y conmigo sí? —Miró hacia arriba, a los rasgados ojos de esa persona que tan loco le volvía.

Tras observarle largamente, serio, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano, Jean miró al ordenador, parando la película, moviendo la mesita a un lado. Le puso la mano en la nuca, besándolo despacio. Marco se dio la vuelta en la cama, sentándose sobre él, aún en silencio. Le puso ambas manos en las mejillas, hundiéndose en la miel de sus ojos, suspirando antes de besar su boca, sintiendo más de lo que debería por ese niñato descarriado. Jean le rodeaba la cintura con los brazos, acariciando su espalda con las yemas de los dedos. Entreabrió los ojos al girar la cabeza hacia el lado contrario para ver a Jean lamerse los labios y mordérselos para después darle un lametón al tiempo que él le acariciaba la mejilla con el pulgar. Quiso decirle que le quería, pero sabía que no debía, sabía que él no lo sentía de igual manera, por lo que optó por transmitirle ese sentimiento en sus besos. Jean estaba siendo muy suave con él, la pasión que le caracterizaba se mantuvo a raya, sustituida por otra manera de desearle más pausada pero no por ello menos intensa. Se bajaron la ropa interior sin prisas, volviendo a la misma posición una vez estuvieron desnudos. Se acariciaron despacio el uno al otro, jadeantes, observando sus cuerpos y gestos. Sus pechos subían y bajaban, respirando hondo, acariciandose las mejillas, besándose entre miradas cargadas de avidez. Por fin podía tocarsela a Jean, se sentía deseoso por comersela, pero una vez más no le dejó. Apartó la mano de su mejilla para coger un buen bote de vaselina de su mesa de noche. Sonrió al ver que lo tenía tan a mano, Jean imitó su gesto. Marco levantó las caderas un poco, dejando que Jean pasara sus dedos, cubiertos en vaselina, por la entrada a su cuerpo.

—Jean, el condón —Apretó los dientes cuando le metió un dedo hasta los nudillos, cerrando los ojos y jadeando con fuerza.

—Ya me lo estoy poniendo, vida mía —dijo metiéndole un segundo—, me fascina la capacidad que tiene tu cuerpo para adaptarse a lo que le hago.

—Porque lo deseo —Abrió los ojos, juntando las cejas cuando, tras meter el tercer dedo, presionó con las yemas  hacia arriba—, te deseo tantísimo…

Jean entreabrió los labios, tragado saliva, estimulándole de una manera tan brutal que casi se corre sin necesidad de que le tocase la polla. Tiró de sus caderas hacia abajo tras coger más vaselina, sentándolo en su cuerpo. Marco le tiró del pelo con ambas manos​, Jean no terminaba de cerrar los ojos, sin dejar de observar su rostro, mordiéndole el labio ante la incapacidad de besarle. Tuvo que agarrarle la cara con la mano para poder darle un beso, lamiendo su lengua, enredándola aunque no por mucho tiempo. Marco no podía coordinar lo suficiente para cerrar la boca, dejándose llevar y gimiendo de manera escandalosa y aguda. Adoraba la sensación de tener a Jean enterrado en su interior, escucharle gemir, poder tomar las riendas él al estar encima. Se echó hacia atrás, moviendo las caderas despacio sobre él. Jean le devoraba con la mirada, con las manos extendidas sobre sus muslos, subiéndolas hasta su trasero. Marco se apoyó en su pecho con la mano, botando con más energía sobre su polla, gruñendo cada vez que rozaba esa zona mágica en su interior.

—Fuerte, Marco, dame fuerte —Ver a Jean implorarle con los músculos en tensión le excitó tantísimo que una gran cantidad de gotas de líquido preseminal mancharon su miembro.

—Me corro —Se quejó una y otra vez. Jean asintió.

—Yo también.

Jean le machacó con sus caderas, mordiéndose el labio, echando la cabeza hacia atrás. Al ver su nuez moverse, tragando saliva, Marco se inclinó hacia adelante, lamiéndosela. Tembló entero bajo su cuerpo con un quejido largo, enrollando los dedos en el pelo de Marco que le mordía el cuello, presionando con sus caderas hacia arriba en algo que ya no eran embestidas sino espasmos. Marco se quejó en voz alta al sentir su polla reventarle desde dentro, dura como nunca, pulsante. Tuvo que pasar casi un minuto completo hasta que pudo respirar sin jadear, relajando sus músculos al conseguir controlar su cuerpo de nuevo. Jean abrió los ojos, pasando despacio la lengua entre sus labios, masturbándole. Tiró del pelo de su nuca, mirándole al rostro de tal manera que incluso le dio vergüenza.

—Córrete encima mía, llename entero —Le clavó las uñas en el pecho y el hombro, retorciéndose al correrse, aún con su polla dentro—. Me vuelves loco —murmuró Jean besándole las mejillas mientras él se sentía morir entre espasmos, doblando las piernas y los dedos de los pies—, adoro mirarte.

—Oh, joder, Jean, mierda, me muero —De verdad sentía que se le iba la vida de lo intenso del orgasmo, debilitándose, dejando caer la cabeza contra su hombro. Le sintió reirse.

—Qué escandaloso eres. No has parado de gritar —comentó con voz alegre—, por tu culpa me he corrido antes.

—No quiero que me la saques nunca —resopló en su cuello, sintiendo sus brazos alrededor de sus hombros—. ¿Por qué no esperamos a que se ponga dura otra vez y me sigues follando?

—Eres un yonki de mi polla —A pesar de tener la cara contra su cuello, se la tapó con una mano, riéndose suavemente, asintiendo—. Para no haber follado nunca te mueves de maravilla.

—Gracias —Jean le puso de lado en la cama, sacando su miembro de su interior al hacerlo. Marco se retorció un poco con un débil “hum

—Deja de ser tan sexy de una vez, qué de ruiditos haces… —Le miró a los ojos, observándole limpiarse el pecho con la camiseta que cogió del suelo—. Eres una puta muy ruidosa.

—No me llames así, no me gusta.

—Es verdad, lo siento, cariño —dijo la palabra muy despacio, inclinándose sobre él y besandole los labios—. Toma, limpiate con esto —Le dio la camiseta sucia, dejándole poca superficie con la que limpiarse el sudor y el pecho.

—¿Qué hago con ella? —Se la quitó de las manos, tirándola a cualquier parte.

—Shh, a dormir.

—Jean, tengo que avisar a mi madre —Se giró por el borde de la cama, cogiendo el teléfono del suelo—. Voy a llamarla un segundo —En cuanto la voz de su madre sonó del otro lado, se lo quitó de las manos.

—¡Hola! Soy yo Jean, le llamaba para decirle que Marco se queda en mi casa a dormir hoy —Se echó hacia atrás con el teléfono en la oreja para que no pudiese quitárselo, con una sonrisa traviesa—, oh, no se preocupe por lo de llegar tarde, ya está bien metido en mi cama y creo que con lo cansado que está se va a quedar dormido enseguida.

—¡Jean, por favor! —Se moría de la vergüenza y al escuchar la risa de su madre desde la oreja de Jean, supo que ella también.

—Buenas noches a usted también —Le devolvió el teléfono sin dejar de reírse de esa manera tan golfa—. Y a dormir.

—Qué poca vergüenza tienes… —Se tumbó sonriente, de espaldas a él, entrelazando sus dedos con los suyos cuando le pasó el brazo por la cintura.

—Vergüenza, ¿qué será eso? —Le besó la mejilla, apretándole a él, respirando hondo. No le dió tiempo a pensar mucho más, pocas veces en su vida había estado tan agusto y calentito como en sus brazos, y cayó rendido.

 

3

La puerta del dormitorio abriéndose le despertó a la mañana siguiente. Eso y la pequeña exclamación sorprendida de una mujer. Se incorporó un poco, tirando de las mantas porque bajo ellas estaba desnudo.

—Buenos días señora Kirstein —murmuró.

—Hola —susurró ella—, venía a por la ropa sucia, al no ver a Jean ayer por la noche pensé que durmió fuera. Es raro que se acueste tan temprano, lo siento.

—No se preocupe —La señora salió de allí con una sonrisa.

Miró a Jean, que dormía profundamente sin enterarse de nada. Miraba hacia él, con el brazo bajo el cuerpo y el otro bajo la almohada. Se tumbó de nuevo en la cama, rozando sus cabellos con las yemas de los dedos, las argollas de su oreja, su mentón pronunciado. Podría observarlo durante horas, era el hombre más atractivo con el que se había encontrado y tenía la inmensa suerte de haberle gustado. Sentía las ganas de gritarle sus sentimientos atascadas en el pecho, asfixiándolo.

—Ojalá fuesen las cosas diferentes —susurró en su lugar, encogiéndose, cerrando los ojos, apoyando la frente en su pecho—. Te quiero tanto…

Notó cómo la respiración de Jean se detuvo en seco. Sintió pánico al pensar que quizás no estaba tan dormido como él creía. Miró hacia arriba, Jean le observaba con el ceño fruncido. Marco miró hacia el lado, nervioso, intentando buscar una justificación a lo que acababa de soltarle.

—¿Por qué? —Alzó la vista de nuevo hasta sus ojos color miel.

—Por… no sé, por todo. Por tu físico y estilo, que me llamaron la atención desde que te vi entrar en clase. Por lo que me haces sentir, por hacerme vivir cosas nuevas, porque aunque no vengas a clase trabajas duro para ayudar a tu madre. Porque le pediste perdón a Armin y me respetas cuando te pido espacio. Porque eres divertido, ocurrente y carismático. Eres todo lo que no soy y creo que es lo que me hace sentir… así —No dijo nada. Le observaba en silencio como solía hacer pensando en algo que se quedaría para él.

—Vaya —Su sonrisa golfa no tardó en salir—, y yo que creía que era por mi polla —Le dio una cachetada en la mejilla y se incorporó—. Vamos a desayunar, me muero de hambre.

No creía que la reacción de Jean fuese la normal ante una declaración de sentimientos como la que acababa de hacer. Tampoco esperaba que le fuese a decir que él también, jurándole amor eterno, pero… Le dejó tan descolocado que no abrió la boca, levantándose él también mientras se vestía. Jean fue rápido, saliendo antes que Marco y entrando en el baño. Caminó hasta la cocina en la que cenaron la noche anterior, su madre terminaba de poner la lavadora y le saludó con una sonrisa.

—Siéntate, ¿qué sueles desayunar?

—Ah, no se preocupe. Ahora viene Jean y…

—No seas tonto, no me importa. ¿Cereales, tostadas? ¿Con zumo, leche o café?

—Tostadas, gracias. Café si puede ser.

—¿Ya le estás mimando? —protestó Jean, sentándose frente a él sin camiseta—, ponme lo mismo pero con—

—Zumo, sí, lo sé —Le sonrió sobre su hombro—, ¿hoy trabajas?

—En dos horas. Así que desayuna rapidito, pecas, que te llevo a casa —Marco asintió, apartándole la mirada.

Jean no se comportaba igual. La había cagado. Parecía que sí se comportaba igual, pero apenas le retenía la mirada y esa segunda intención que siempre tenía al hablarle había desaparecido. Fingía normalidad, y en una persona tan natural como él se notaba cuando no lo era. Se apresuró a acabarse el desayuno, no quería alargar la situación. Si le iba a dar la patada que se la diese de una vez. Se despidió de su madre y tras esperar a que se pusiese algo por encima, salieron camino a la moto. La diferencia del día anterior a ese era abismal. A pesar de seguir asustado por la velocidad de la moto, el camino le pareció frío e incómodo, no excitante como el día anterior. Odiaba la situación y sobre todo se odiaba a sí mismo.

—Te veo en clase —Le dijo Jean recogiendo el casco, sonriendole pero sin mostrar intención alguna de bajarse o ir a despedirle de manera afectiva.

—Te veo el lunes, supongo —Él tampoco se acercó, dedicándole la sonrisa más amplia que pudo dadas las circunstancias. Sin embargo, antes de entrar en su casa, se dio la vuelta—. Jean —Le miraba en silencio, no comprendía lo que su rostro transmitía—, gracias.

—Ya te he dicho que no me des las gracias por algo que he hecho con gusto.

Arrancó tras uno de sus gestos chulos, alejándose de él. No dijo nada pero tampoco hizo falta. Echó de menos una provocación, un intento por su parte de sonrojarle, un “cariño” de esos que fingía no agradarle pero en realidad adoraba. Entró en su casa sintiendo que a pesar de haber ganado mucho el día anterior en forma de experiencias y recuerdos, estos habían sido demasiado efímeros. No esperaba tener su amor para siempre pero no imaginaba que fuese a ser tan breve.

A pesar de que su madre le preguntó por esa primera noche que pasaba fuera de casa, él no quiso responder. Y algo tuvo que ver en su expresión y manera de contestarle que no insistió. Marco se pasó el resto del fin de semana estudiando, repasando y terminando aquel trabajo con el que había empezado todo. Y sabía que el lunes no le vería, que probablemente no volvería por clase. Hasta lo prefería. Se mentalizó con la idea de que eso fue todo, evitando todo drama posible, especialmente frente a sus amigos. Y no fue hasta una semana después que no se le encontró, camino a las taquillas al acabar las clases. Salía del despacho del director doblando un papel para meterlo en el bolsillo trasero de sus vaqueros. Marco caminó más rápido, con la vista fija en sus pies, luchando contra las ganas de acercarse a él o de volver a mirar sus ojos. Se quiso meter él en la taquilla y no salir, porque a no ser que Jean estuviese ciego le tendría que haber visto. Y sin mirar hacia el frente salió del edificio, alcanzando a sus amigos, fingiendo mirar algo en su teléfono con tal de no alzar la vista.

—Jean está en la puerta —Le dijo Armin agarrándole del brazo sin echar a andar.

—Lo sé —Mintió él, fingiendo indiferencia cuando por dentro se moría de ganas de mirar a su espalda.

—Creo que te está esperando y no te ha visto salir.

—Lo dudo, me lo he cruzado camino a la taquilla y no me ha dicho nada. ¿Nos vamos? Creo que mi madre ha hecho pizza hoy —Comenzaron a caminar despacio hacia casa.

—Te está ignorando, ¿a que sí? ¿A que no sabes nada de él desde el fin de semana aquel? —Eren parecía contento con la idea de que ya no tuviesen relación, emanando soberbia por haber tenido razón en su advertencia.

—Cállate —Le advirtió Marco, sintiendo ese malestar que estuvo evitando desde que se separó de Jean el fin de semana.

—Te lo dije. Pero, ¿para qué ibas a hacerme caso? Estaba claro que era un mierda desde el minuto uno.

—Eren, cállate la boca —Marco apretó los puños, al borde de su autocontrol por retener esos sentimientos tan desagradables.

—Espero que para la próxima te lo pienses dos veces antes de ponerle el culo a alguien como él para que luego te use y te tire. Has sido bastante imb—

No le dejó acabar la frase. La rabia, la impotencia y el dolor de que tuviese tanta razón en sus palabras directas y crueles se manifestó en algo que Marco jamás creyó ser capaz de hacer. Se giró hacia su amigo y le dio un fuerte y seco puñetazo en la nariz. Eren abrió mucho los ojos, atónito, y fue esa expresión de desconcierto lo que más le cabreó. No era solo que tuviese razón, es que no se daba cuenta del daño que le hacían sus palabras.

—¿¡Qué coño haces?! —Le gritó, ofendido—, ¿sabes qué? Te mereces que te haya dejado plantado, puto anormal.

Perdió los papeles definitivamente. No tenía ni idea de cómo pelearse pero era más grande que Eren y el que terminase tumbado en el suelo con él encima mientras se dejaba los nudillos en partirle la cara no fue algo complicado. Lo difícil fue parar. Tuvieron que tirar de él, quitándoselo de encima a Eren, agarrándole los brazos a la espalda.

—Probablemente tengas toda la razón del mundo para hacer lo que estás haciendo pero no en la puerta del instituto, piensa en tu expediente —Jean le sostenía con fuerza. Marco cerró los ojos, apretando los dientes.

—Suéltame —Escuchó a Eren toser y a Armin preguntarle si estaba bien.

—¿Vas a seguir pegándole? —Negó con la cabeza, mirando al suelo. Tan pronto sintió sus manos dejarle ir, cogió su mochila y caminó hacia su casa—. Eh, ¡Marco!

—Déjame en paz.

—Oye, espera un momento —Le agarró del brazo, pero él se zafó—, quería disculparme por no haberte llamado ni nada parecido.

—No tienes que inventarte excusas, sé que la cagué al pasarme de sincero —Jean caminaba a su lado, no quería mirarle—, igual que sé que si no hubiese abierto la boca quizás habríamos follado dos o tres veces más. Pero no pasa nada, lo entiendo, así funcionas tú.

—Me voy de aquí, me mudo a otra ciudad porque mi madre ha encontrado un puesto de trabajo mejor pero no es suficiente para que pueda vivir cómodamente. Necesita mi ayuda.

—Me parece muy bien, suerte.

—Marco —Le agarró del brazo de nuevo, esta vez con más fuerza—, eh, mírame un segundo —No quería. No quería mirarle porque le estaba costando la misma vida aguantar el tipo—. Por favor.

—¿Qué quieres de mí? —Alzó la mirada, encontrándose con sus ojos color miel. Sabía que se notaban sus ganas de llorar, y le quedó claro al verle chasquear la lengua.

—Ver tu cara de idiota una vez más —La sonrisa de lado que acostumbraba a dedicarle le salió floja. No emanaba la alegría de siempre. Cuando alzó su mano para acariciarle la mejilla, Marco se echó hacia atrás.

—Seguramente algo parecido le dijiste a Judit antes de besarla, mirándome. Deja de jugar conmigo. Los dos sabemos cómo eres —Huyó antes de ponerse a llorar delante de él.

—No tienes ni idea —Le escuchó murmurar. Frenó un poco su paso al escuchar esas palabras, pero al girarse vio a Jean alejarse con las manos en los bolsillos y no tuvo la voluntad suficiente para llamarlo.

Se giró, negando con la cabeza, limpiándose una lágrima traidora de la mejilla y casi corriendo a casa, empujando esos sentimientos hasta el fondo de su estómago. Nada fue como esperaba pero sabía que había sido un adiós. Aunque ojalá un hasta luego. Al fin y al cabo, la vida daba muchas vueltas.

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15 Años más tarde.

Se incorporó, llevándose una mano a la nuca y otra a los riñones, curvando la espalda hacia atrás con un quejido. Pasaba demasiadas horas echado hacia adelante frente a la pantalla de ordenador, y ojalá fuese por diversión. Echaba tanto de menos la vida fácil de estudiante… No era fácil llevar un negocio, la gente pensaba que ser el jefe era todo beneficios pero tenía muchas horas de trabajo detrás mantener una empresa. Si algo le enseñó la vida es que si querías que algo saliese bien, debías hacerlo tú mismo, delegar en los demás podía o no podía tener buenos resultados. No se fiaba de nadie. Bueno, eso sería mentir, de su madre y de Armin siempre se fiaría. El teléfono le vibró junto a la mano, desbloqueó la pantalla para ver que era un mensaje de ese tipo que conoció el fin de semana. Otro más. Lo eliminó de su vista deslizando el dedo hacia el lado, frunciendo el ceño al ver que le habían incluido en un grupo de whatsapp. Se metió solo por silenciarlo, y casi le da algo cuando ve que sus miembros eran cerca de 25 personas. Y lo peor, venía bajo el título “Antiguos Alumnos!”. Al abrirlo, la gente se presentaba, y al ver sus nombres se desencadenó en su interior una serie de sentimientos, de recuerdos buenos y malos, de cierta nostalgia y cierta necesidad por huír de esos años. Sin embargo, le gustaría mucho volver a ver a algunas personas , saber de ellos, como por ejemplo Connie o Sasha, que se presentaban en ese momento.

Si nos vamos a volver a ver que nadie se olvide del papel para la excursión, por favor 😉 —Escribió en él, rememorando el tipo de cosas que siempre tenía que decirles.

¡¡Delegado!! ¡Cuánto tiempo!

Sonrió alegre, con un buen sentimiento en el pecho, agregando números y leyendo las pamplinas de unos y otros. Miró en la lista de agregados en la que por descontado faltaba gente. Había personas que aún no se habían presentado, pero ya lo harían a lo largo de las horas o directamente se irían del grupo. Al volver a leer la conversación, apareció un mensaje.

Me sorprende para bien que me hayáis incluido en el grupo, supongo que ha sido Armin o el pecas. Gracias —Frunció el ceño, abriendo una conversación aparte con su amigo. Justo cuando iba a escribirle, le llamó.

—Eh, te estaba escribiendo.

Lo suponía. Sí, he creado yo el grupo y sí, vas a venir o te mato.

No tengo problemas por ir, ¿por qué iba a tenerlos?

No te hagas el tonto, sabes de quién es ese último mensaje.

Sigo sin entender por qué no iba a querer ir…

Porque te volviste un zombie durante una semana tras pegarle la paliza a Eren y porque cada vez que se hablaba de él te cambiaba la actitud. ¿Crees que lo has superado?

—Joder, Armin, han pasado… —Se paró a contar.

Quince años. Pero yo que sé… No le has visto en todo este tiempo, quién sabe cómo va a sentarte tenerle frente por frente.

—Lo mismo ha cambiado y está horriblemente feo —Esperó que lo estuviese. Si Jean estaba tan bueno ahora como cuando eran adolescentes, sabía que podría perder el control con mucha facilidad.

Mira, mientras vengas me da igual si rompéis a follar en un servicio, que sería muy típico de vosotros.

—Dudo que pase. Que no te prometo nada —Agradeció la idea internamente.

Te noto dispuesto —Se rió brevemente por la nariz al notar la diversión en la voz de su amigo.

—¿Y cuándo no lo estoy?

Mucho había llovido desde el instituto. Ese Marco tímido y callado seguía rondando por ahí en su interior, no podía decir que estuviese muerto, pero desde luego sí que estaba dormido. Aprendió a ser más lanzado con respecto a sus parejas, a echarle más cara, siempre de manera sutil y casi nunca de manera directa, pero si quería algo con un hombre casi siempre lo conseguía. Aprendió a dejar esa vergüenza atrás y a ser más golfo, que no era de extrañar teniendo en cuenta de dónde le venía la inspiración. Suspiró, pasándose la mano por el siempre despeinado flequillo negro, preguntándose cómo le iría. Hacía mucho que no pensaba en él más de dos segundos seguidos porque cada vez que lo hacía, se le disparaba el corazón. Ahora que era adulto comprendía que la actitud de Jean y el dejarle plantado de esa manera no fue más que por su terror desmesurado al compromiso, un terror que encontró en muchos hombres con los que mantuvo relaciones. Él mismo sentía cierta resistencia por mantener relaciones duraderas, no solían durarle apenas aunque el motivo bien podría estar en que ninguna de sus parejas tenía eso que hiciera a su corazón desbocarse. Como le pasó con Jean. Tras meter su número de teléfono en la agenda, miró su foto de perfil. Era el logotipo de una banda de música que no conocía. Se mordió el labio, acordándose de aquella camiseta sin mangas, acordándose de su primer todo con él. De los subidones de adrenalina, del sentimiento de hacer algo que estaba mal y que era prohibido. Algo parecido sentía al follar en bares o fiestas donde había gente en habitaciones contiguas, pero a base de repetirlo tantas veces perdió parte de su encanto.

Se levantó de la silla al darse cuenta de la hora que era, camino a casa. Miraba la conversación de tanto en tanto y lo único que encontraba eran las peleas de unos y otros para ponerse de acuerdo en la fecha para quedar. Y no fue hasta varias horas después que no llegaron a la conclusión de que lo mejor era quedar para almorzar ese mismo fin de semana en el restaurante de un hotel que regentaba la mujer de Reiner. En dos días. Pasó ese día y el siguiente tan solo pensando en la reunión, con un pellizco de nervios y excitación en la boca del estómago. La noche antes, leyendo los mensajes de alegría de sus antiguos compañeros de clase, se sintió tentado de hablarle por privado. Llegó a abrir una ventana, con los dedos sobre las letras, pensando a fondo qué debía decirle. Pensando si debía decirle algo. Por la noche se cometían muchas locuras de las que arrepentirse al día siguiente. Movió sus ojos por la pantalla hacia arriba cuando las letras verdes con el mensaje “escribiendo…” se iluminaron bajo su nombre. Se quedó de piedra. Jean estaba haciendo lo mismo que él. Se lo imaginó tumbado en la cama, pero se lo imaginó como recordaba a pesar de saber que probablemente no tendría nada que ver. Se lo imaginó con esos ojos rasgados, mordiéndose el labio con aspecto golfo, en esa cama en la que hicieron el amor despacio. Seguía deseándole muchísimo, aunque el sentimiento era un tanto diferente. Ya no era la adoración de su adolescencia, la obsesión por tocar su piel, simplemente era deseo. Las letras verdes desaparecieron. Se habría arrepentido. Suspiró, pensando que sería lo mejor, bloqueando el teléfono y tumbándose boca abajo en la cama, de cara a la mesilla de noche y cerrando los ojos. Suspiró de nuevo minutos después. Abrió los ojos una vez más. La lucecita naranja de las notificaciones iluminaba la oscuridad que le rodeaba. Estiró la mano hacia el teléfono.

¿Vienes mañana? —El corazón le hizo un redoble en el pecho. Hundió la nariz en la almohada, cogiendo el teléfono con ambas manos, aún boca abajo.

Claro, y tú?

No lo sé. Debería?

—Haz lo que te haga sentir más cómodo —Dudó un poco, pero finalmente escribió—: aunque me gustaría volver a verte.

Eso era lo que necesitaba leer. Te veo mañana entonces.

Hasta mañana!

Permaneció unos segundos mirando la pantalla, con el corazón acelerado como hacía mucho tiempo que no ocurría, sintiendo que en lugar de la cama de su apartamento, yacía en la cama de la casa de sus padres. Lo creía superado pero… quizás estaba equivocado. Estaba muy nervioso, sabía que no iba a dormir, sonreía. Sonreía ampliamente. Recordando, imaginando y fantaseando finalmente venció al cansancio, con la sensación de apenas haber dormido al despertarle la alarma. Se duchó sonriente, desayunó con dificultad por los pellizcos de su estómago, se vistió un tanto histérico y salió a la calle hecho un manojo de nervios. No quiso llegar de los primeros, por lo que prefirió ir andando al restaurante.  Suerte para él que al primero que vio fue a Armin, con el único que mantenía contacto.

—¡Ya era hora! —Le saludó con el abrazo acostumbrado en la recepción del hotel. Se había recogido la melena rubia hacia atrás. Al mirar sobre su hombro vio a Mikasa, tan bonita como siempre y saludándole con una cálida sonrisa. Eren estaba a su lado, casi igual que le recordaba.

—¿Ha llegado? —Le preguntó en susurros a su amigo, que asintió. Tuvo que esforzarse por no mirar a todas partes.

—La última vez que lo he visto estaba apoyado en la barra, charlando con Connie.

—¡No me puedo creer lo guapo que estás! —Sasha se le tiró encima, dándole un abrazo enorme.

—Tú también estás guapísima —le contestó, entre sonrisas.

—¡Pero bueno! Si casi tienes más espalda que yo —Reiner, aún tan ancho como cuando eran jóvenes, le dio un manotazo en el hombro. Le acompañaba Bert, de la mano de Annie, cosa que le sorprendió.

—Imposible tener más espalda que tú, ¿conseguiste la beca?

—Obviamente —dijo orgulloso, haciéndole reír.

Le preguntaron lo que siempre se preguntaba en esas reuniones sociales y él hizo lo mismo. Una parte de él estaba interesado, otra quería salir corriendo hasta la barra libre. Mientras charlaba con ellos, en un momento que dejó de ser el centro de atención, alzó la vista, mirando a su alrededor. Vio primero a Connie, riéndose, con el pelo bastante más largo y para su sorpresa rizado.

Después le vio a él.

Se reía de lado, con el vaso en la mano y el brazo apoyado en la barra. Su colmillo sobresalía en esa sonrisa golfa, exacta a como la recordaba, enmarcada ahora por una barba que se le unía con las patillas, bien recortada, más oscura a la altura de su barbilla, perfilada de forma y manera que una línea de vello se unía de esta a su labio inferior. Su pelo era menos rubio, pero aún seguían distinguiéndose dos tonos entre su cabello rapado y el que no. Sus piercings habían desaparecido a excepción de dos argollas en su oreja izquierda. Y aún vestía de negro, con una camisa de botones y sus vaqueros rotos. Se llevó el vaso a los labios, mirando directamente en su dirección. Tan directo que le hizo pensar que sabía que estaba ahí. Bajó el vaso lamiéndose los labios, mirándole de arriba abajo. Marco dejó salir todo el aire de sus pulmones, mirándose los pies, dándose cuenta de que desde que le encontró allí sentado no hizo más que aspirar.

—¿Estás bien? —Le preguntó Sasha poniéndole la mano en el hombro.

—Sí está bien, lo único que le pasa es que ha visto a Jean —murmuró Armin. Marco le miró.

—No está horriblemente feo —Su amigo se rió.

—Claro que no, hice el grupo porque me lo encontré por la calle, estaba buscando apartamento.

—Te odio.

—Lo sé —Le dio dos golpecitos en el pecho—, y vete preparando porque viene para acá con Connie.

—Gracias por ponermelo fácil, imbécil —Se rió, alzando las cejas. Marco sonrió, pasándose una mano por la frente y el pecho, respirando hondo.

—Joder, metedme en vuestros gimnasios, ¿qué es este diámetro de brazos, Marco? —Connie le dio un abrazo, entre risas—, menudo complejo de raquítico voy a pillar por vuestra culpa.

—Haz pesas, no tiene mucho misterio, de verdad que no —Le tiró de un rizo—. Ahora entiendo por qué te rapabas.

—Vete a la puta mierda tío —dijo riéndose a carcajadas. Escuchó una risita suave a su lado.

—¿Has transformado las buenas notas en músculo? —Le dijo Jean, alzando la barbilla con las manos en los bolsillos. Seguía emanando chulería, seguía imponiendo como antes, más alto y más ancho pero aún así, delgado. Nop, no lo tengo superado, ni por asomo.

—No, más bien en dinero. Soy el jefe de Armin, como me dijiste —Lanzó una risotada al aire, negando con la cabeza y una amplia sonrisa.

—No me pilla por sorpresa —Quería abrazarle pero al mismo tiempo sentía que sería extraño.

La mujer de Reiner les indicó que pasasen a sala ahora que habían llegado casi todos. Muchos venían con sus parejas, sin embargo Jean acudió en solitario. No pudo evitar alegrarse igual que no pudo evitar sentarse a su lado. Eren estaba en la otra punta de la mesa, ninguno de los dos se miraron, Marco tampoco lo hizo y fue un detalle que no le pasó desapercibido.

—¿No te hablas con el anormal? —Le preguntó tras recibir las bebidas.

—No acabamos muy bien, no sé si te acuerdas. Armin sí queda con él y Mikasa de vez en cuando, pero la verdad es que yo prefiero mantener las distancias.

—Y es lo más normal del mundo…

—Había veces que llevaba razón en sus advertencias —le dejó caer, sin mirarle—, lo que no quita que sea un poco bastante homófobo.

—Más que eso diría que intolerante —Le comentó Armin, sentado a su otro lado—, todo lo que no coincida con su manera de ver las cosas lo considera malo.

—No sé por qué te hablas con él —comentó Marco negando con la cabeza.

—Porque tiene otras cosas buenas. Y tú sobre todas las personas tienes una capacidad especial para ver lo bueno de cada uno. No quiero señalar —Miró a Jean significativamente—, acuérdate de que fuiste el único que apostaba por él cuando a todos nos causaba rechazo.

—Eh, eso es mentira —dijo Sasha, sentada frente a ellos—, a mí siempre me gustó Jean.

—Lo podrías haber dicho antes —le dijo este alzando una ceja. Marco tragó saliva al ver ese gesto, rescatando incluso más recuerdos y sentimientos.

—N-no de esa manera… —La chica se puso coloradísima. Connie entrecerró los ojos, abrazándola por los hombros y fingiendo mirar a Jean con odio mientras susurraba que era suya. Marco le dió con la mano en el estómago, chasqueando la lengua. Estaba duro.

—Ya estabas tardando en poner nervioso a alguien…

—Sabes que es lo que mejor se me da —Marco le miró la boca cuando Jean hizo lo mismo, dándole la razón al sentirse nervioso y blandito. De haber sido adolescentes, habría recibido un beso suyo y habría sido sucio. Sin embargo giró la cara hacia la chica.

—Lo siento, me lo has puesto super fácil. Y en fin, se veía venir que acabaríais juntos.

—¿Sigues en ese plan de no querer pareja o ha caído alguien en tus redes? —Le preguntó Connie.

—No, tengo novia —Marco dejó de mirarle con ensoñación, apartando sus ojos y centrándose en la servilleta, apretando los labios.

—¿Por qué no ha venido? —quiso saber Sasha.

—Porque no le he dicho que venía aquí. No llevamos tanto juntos pero bueno, estamos bien.

—Tú seguro que te los tienes que quitar de encima —Le dijo Sasha a Marco—, de verdad que estás guapísimo. ¿Ves? Tú sí me gustabas de esa manera.

—Pena que soy maricón, ¿no? —Se rieron juntos, Connie la miraba con la boca abierta—. No, no tengo pareja pero sí he conocido a mucha gente. He tenido una relación más o menos larga, pero no salió bien.

—Normal, estuviste con él y luego con su novio, ¿qué esperabas? —Le dijo Armin. Jean soltó una exclamación asombrada.

—Bueno, yo por lo menos no mantengo relaciones con mujeres casadas. Con muchas. A la vez —Le respondió Marco. Armin abrió mucho los ojos cuando los que le escucharon exclamaron divertidos—. Si me atacas por ahí voy a contraatacar, amigo mío.

—Me da la sensación de ser el más decente ahora mismo y es una sensación rara de cojones —dijo Jean entre risas, sorprendido.

Hablaron más que almorzaron casi como si no hubiese pasado el tiempo. Jean se mostraba más calmado, más abierto, más adulto que antes. A pesar de haber dicho que tenía novia, cada vez que le miraba a la cara se lo comía con los ojos, centrando su atención en los labios. Esperando al segundo plato, Marco dejó caer la mano en la mesa. Jean hizo lo mismo y no se habría dado cuenta de no ser porque sintió la caricia de su dedo en el dorso. Le miró de reojo y le vió con los ojos fijos en su mano, por donde pasaba el dedo. Pareció ser consciente súbitamente de lo que estaba haciendo, alzando la vista hasta el rostro de Marco con una sonrisa extraña, apartando la mirada.

—A no ser que tengas un tipo de relación muy específica no creo que a tu novia le haga gracia este tipo de… cariños con un ex-algo tuyo.

—Sigo sin haber encontrado a nadie con tantas pecas sin ser pelirrojo —confesó, ignorando su comentario—, de hecho no he encontrado a nadie con tantas pecas —analizó su rostro, con esa expresión silenciosa que adoptaba de tanto en tanto cuando le miraba hacía quince años.

—Por todas partes, que no se te olvide —Le recordó, alzando una ceja.

—No te preocupes que no se me olvida —Marco entreabrió los labios, suspirando profundamente, inmerso una vez más en sus ojos color miel.

—Pensé que no iba a volver a verte —Jean se lamió el labio superior con la punta de la lengua, mordiéndose el inferior después.

—Yo tampoco —Estiró el dedo meñique, rozando la mano de Jean con él.

Este bajó la mano de la mesa, apoyándola en su pierna, tocando la de Marco con el meñique y el dedo corazón. Él también bajó su mano, cogiendo la de Jean bajo el mantel, acariciando su muñeca y la palma de su mano con las yemas de los dedos. Jean le dio un apretón entrelazando los dedos, tragando saliva sin dejar de mirarle a los ojos, juntando las cejas en un gesto angustiado. Le soltó la mano, levantándose y excusándose un segundo. Marco se llevó las manos a la cara apoyando los codos en la mesa y resoplando.

—¿Qué acaba de pasar? —Susurró Connie inclinándose sobre la mesa—, me estaba dando hasta vergüenza miraros. ¿Él no tenía novia?

—Eso dice —Se encogió de hombros—, supongo que es verdad eso de que donde hubo fuego quedan brasas.

—¿Hubo? —Se rió Sasha—, vais a salir ardiendo como os sigáis mirando así. Y yo con vosotros. Qué calor, por dios.

Jean volvió unos minutos después, en apariencia recompuesto. Marco no quería ni mirarle. Se centraron en lo que quedaba de cena y en conversaciones ajenas, tomándose el postre y casi sin intercambiar palabra. Jean miraba mucho su teléfono desde que se sentó a la mesa, ignorando un poco al resto de personas.

—¿Sabéis qué deberíamos hacer? —dijo Eren—, ir al instituto. Podemos hablar con el conserje y que nos deje pasar como antiguos alumnos que somos.

—Oooohhh, porfa, sí, quiero ver si la clase sigue igual —dijo Sasha entusiasmada.

Se pusieron en pie tras pagar, camino al instituto que quedaba bastante cerca. Fueron bromeando con Jean sobre que a ver si se acordaba del centro por aquello de no pisarlo mucho. Se enteró de que había comprado un taller después de mucho ahorrar y que pretendía mudarse de vuelta a la ciudad ahora que su madre se había jubilado. Tan atento con ella como siempre. Se preguntó si la señora se acordaría de él, al fin y al cabo solo le vio una vez, aunque fue desnudo y en su cama. Se preguntó a cuántos y cuántas más vio de la misma manera y descubrió que le daba igual. Nada más plantarse en la puerta comenzaron a llegarle recuerdos: el sonido de las pisadas, las aulas, el ver a chicos de un lado a otro que se iban a casa tras las actividades extraescolares o que llegaban para hacer deporte. Reiner y Bert hicieron una carrera por la pista de atletismo, quejándose de lo pequeña que les parecía ahora y ganando el primero con mucha diferencia. Annie sonrió tímidamente al ver a las animadoras en una esquina del campo, suspirando. Pasaron por la biblioteca en la que intercambiaron miradas silenciosas, por las taquillas, por delante del despacho del director, que había cambiado. Cuando se dirigían a la clase se dio cuenta de que Jean iba el último del grupo, mirándose los pies con las manos en los bolsillos. Se retrasó aposta, esperando el momento oportuno, y cuando nadie les prestaba atención tiró de su brazo dentro de los servicios, cerrándo tras ellos.

—Marco, ¿qué—

—Ssshhhh —Le empujó dentro de un cubículo, no cabían tan bien como antes, pero tampoco necesitaba mucho espacio. Cerró la puerta empujando por arriba, echando el pestillo de un tirón. Le puso las manos en las caderas y se acercó a su boca. Jean le frenó, con las manos en los hombros.

—Marco, tengo novia. No soy como antes.

—¿De verdad vas a rechazarme? —susurró rozando su larga nariz con la punta de la suya, mirándole a los ojos—, cuando te pedí comértela, a cuatro patas en la cama de vaya usted a saber quién con el consolador metido en el culo, me dijiste luego —Le comentó, tentándole, esperando que la imagen de él a su merced le encendiera lo suficiente para perder los papeles—, pero ese luego nunca llegó. ¿Te acuerdas de eso? ¿De mi primera vez? —Jean aspiró apretando los dientes y los dedos a sus hombros.

—Cago en mi puta vida, Marco —Tiró de su camisa, subiéndo las manos hasta su nuca y su pelo, besándole con voracidad. Te tengo donde quiero, cariño.

Marco le agarró del trasero con ambas manos, pegando su pelvis a la suya, inundando su boca con la lengua y dejando que él hiciese lo mismo. Jadeaban roncamente, pegándose contra las paredes del cubículo en una lucha por la dominación, tirándose del pelo y de la ropa, rozándose. Recordaba perfectamente el punto débil de Jean y lo utilizó en su contra, subiendo la mano por su espalda, tirándole del pelo de la nuca y lamiendo su cuello, besándolo. Jean dejó escapar un gemido demasiado alto, pasando la palma de su mano por la nuca de Marco, bajando la otra por su estómago hasta el bulto de su bragueta. Marco se acuclilló frente a él, lamiéndose los labios despacio y mirándole a los ojos, sacándola de los vaqueros. Admiró su férrea erección, dándole un lametón intenso de base a glande, disfrutando de su textura, su calidez y su olor. Jean gemía entre dientes, echando las caderas hacia adelante, tirándole del pelo. Le tragaba despacio, gozando cada centímetro, cada escalofrío y cada gemido ahogado.

—Marco follame —gruñó—, joder, te echaba de menos. Echaba de menos lo cachondo que siempre me has puesto.

—Date la vuelta —Le ordenó. Jean le hizo caso, bajándose los pantalones, echando la cara hacia atrás para besarle con las mejillas sonrojadas, todo jadeos. Abrió mucho los ojos al mirar su trasero, ya que la base de un consolador morado chillón asomaba entre sus glúteos.

—Oye —susurró divertido en el oído de Jean—, ¿qué es esto? —Apretó el consolador hacia adentro, provocándole un gruñido—. ¿Te lo has metido cuando estábamos en el restaurante? Qué claro lo tenías… —Jean enrojeció como nunca le había visto. Se habían invertido los papeles y no podía estar más encantado.

Marco la liberó de sus pantalones, sacando de su bolsillo trasero un condón que agarró con los dientes y un pequeño tubo de vaselina. Le abrió las cachas del culo, sacando el consolador, dejándolo caer en el retrete y casi lo vació entre ellas, dentro de él, arrancándole un gemido de pura sorpresa. El resto lo usó para su miembro una vez se colocó el condón. No tenía paciencia, no en ese momento. Y Jean parecía que tampoco. La guió hacia su interior, empujando e intentando tener cuidado, agarrándosela con una mano para mantenerla firme, sosteniendo sus caderas con la otra. Entraba tan bien que estaba sorprendido.

—Reviéntame —Le ordenó entre dientes en un gruñido salvaje. Jean echó las manos hacia atrás, tirando de sus vaqueros, acercándole más el culo, gimiendo con fuerza al obligarle a entrar en él de manera brusca casi hasta el fondo.

—Estás loco, voy a hacerte daño —Le miró a la cara, le temblaba el labio que se mordía con fuerza, igual que cerraba los ojos.

—Voy a correrme ya, dame más, Marco —Le clavaba las uñas en el culo, jadeaba de manera escandalosa. Podía escucharlos un crío, podía escucharlos un compañero. Jean tenía pareja. No podían hacer lo que estaban haciendo. Marco olió su cuello intensamente, metiéndosela hasta el fondo, gruñendo roncamente en su oído—, fuerte, fuerte, más fuerte.

—Cuánto deseaba esto… —Le agarró del pelo, pegándole la mejilla a la pared del cubículo, aplastandole contra ella pero tirando de sus caderas, follándole con tanta intensidad que a cada embestida hacían un escándalo de  jadeos y chasquidos provocados por el choque de sus cuerpos.

Los gemidos de Jean eran agudos y rotos, cubiertos con su propio brazo que se mordía entre hilos de saliva. Deliraba de placer tanto como él. Marco apretó los dientes, apoyando la frente en la espalda de Jean, corriéndose con las piernas semidobladas y la pelvis completamente pegada a su culo. Las uñas de Jean dejaban un surco enrojecido en su trasero, sus gemidos seguían siendo escandalosos y al echar la mano hacia adelante para abrazarle por la cintura, se topó con su desmesurada erección. No se había corrido. Se la sacó despacio agarrando el condón, se puso de rodillas una vez más y le giró, lamiéndosela pausadamente. Sabía a esperma cuando la engulló hasta la garganta, rebosaba de él cuando la sacó, corriéndose con una sola chupada, tirándole del pelo, doblado hacia adelante, gimoteando de manera lastimera. Terminó de exprimirle observando su expresión de placer, con los ojos en blanco, la boca abierta y las manos crispadas alrededor de su pelo. Marco se lamió los labios, emitiendo un suave sonido con su garganta para darle a entender lo delicioso que le resultó. Jean le miró, extenuado, con media sonrisa y tirando del cuello de su camisa para que se pusiera en pie. Le pasó las manos por el pelo, besándolo despacio.

—Menos mal que me ha dado por traerme la vaselina —susurró Marco entre beso y beso una vez fue capaz de hablar—. No todo el mundo puede aguantar lo que has recibido.

—Luego me va a doler, pero no me arrepiento de nada —Se rió en sus labios—, lo mejor de todo esto es que yo también he traído vaselina. Te iba a decir que la cogieses cuando sacaste la tuya —Marco se rió con ganas, mordiéndose el labio y observando su cara granuja—. Has cambiado mucho, en cierta manera echo de menos a ese Marco inocente que me encontré en la clase. Al correctito y corrompible delegado.

—Y yo echo de menos tus provocaciones y tus piercings. Estás reformado.

—Más bien contenido —Le lamió la boca de lado a lado—, cariño…

—Ay, Jean —Se rió como un idiota, sintiendo que se le subían los colores.

—¿Acabas de partirme el culo y te pones colorado por haberte dicho eso? —Asintió, separándose de él y subiéndose los pantalones—. No tienes remedio.

Se rieron porque no cabían en el cubículo, chocándose el uno con el otro al vestirse. Marco salió primero, peinándose frente al espejo. Jean se le acercó, pasándole la mano por la espalda y hombros. Se inclinó para besarle cuando la puerta del baño se abrió dejando entrar a Reiner y Connie. Jean se apresuró a separarse, fingiendo lavarse las manos. Marco se dio la vuelta, alzando las cejas con una sonrisa ante la mirada suspicaz de sus amigos, saliendo del servicio.

—¿Dónde estabas metido? —Le preguntó Armin, dejando de hablar con Sasha al verle aparecer. Se encogió de hombros, con esa sonrisa permanente y satisfecha en su rostro. Armin levantó la comisura de la boca despacio—. ¿En serio? ¿En el baño?

—¿Os habéis vuelto a enrollar? —Le preguntó Sasha en susurros.

—Algo así —Se limitó a contestar. Miró sobre su hombro y vio a Jean caminar directo hacia él. Le agarró del brazo, apartándose de sus amigos y le susurró:

—Me has dejado un chupetón, te voy a matar.

—¿Qué? ¡Lo siento! Supongo que me he dejado llevar —Le puso la mano en el hombro, acercando la boca a su oído—, pero es que era un poco difícil controlarse cuando me estabas rogando que te la metiera hasta el fondo —Pasó la lengua sutilmente por el lóbulo de su oreja, lamiendo su argolla—, fuerte.

—Joder, estate quieto —Se alejó de él dando dos pasos, escondiendo un escalofrío. Marco se rió divertido—. Creo que debería irme a casa, aunque no sé cómo voy a explicar… —Se señaló con la mano el cuello en un ademán desesperado. Marco le apartó la camisa para ver una mancha amoratada del tamaño de una moneda.

—Lo siento, de verdad. No pretendía meterte en un problema.

—Lo sé. No pasa nada. Me alegro de haberte visto de nuevo.

—Yo también. Ya nos veremos por ahí —Jean alzó una ceja, suspirando y negando con la cabeza, pero sonriendo al mismo tiempo.

 

4

Le aguantó la puerta de la academia a tres chavales que entraron dándole las buenas tardes, caminando tras ellos. Le dejó al becario de recepción una carpeta con las fichas de los estudiantes nuevos y los horarios de los profesores para el curso siguiente, pasando al almacén para comprobar que los libros habían llegado. Daba gusto cuando las cosas salían bien.

—Buongiorno professore —Le dijo una alumna al verle de frente, sonriendo tímida con sus amigas.

—Buon pomeriggio —Le corrigió. Ella asintió metiéndose el pelo tras la oreja. Angelito, si tú supieras…

Justo detrás, un muchacho reventaba una pompa de chicle con los cascos puestos. Llevaba la cara llena de piercings y su ropa era tan parecida a la de cierto macarra que la sonrisa se le escapó sola. Se acercó a él, dándole con la mano en el hombro suavemente y haciendo un gesto con el dedo para que se quitase el auricular. Le miró con chulería.

—Cuando salgas de la academia haz lo que quieras pero una vez aquí, quítate eso —El chaval chasqueó la lengua, mirándole de arriba abajo, disgustado. Marco le dedicó una sonrisa de las más encantadoras que sabía poner. El muchacho frunció el ceño, tragando saliva.

Dos añitos más y te meto en mi cama, pensó. Sacó su teléfono del bolsillo, caminando a un lado de la academia, esperando a los nuevos chavales a los que iba a entrevistar para el puesto de profesor.

Hey, hay aquí un niñato que es tu viva imagen. Las cosas que pienso de mis alumnos por tu culpa… —Le escribió, mandándole una foto robada del perfil del chaval con las manos en los bolsillos. Como siempre, le respondía a los mensajes casi nada más enviarlos.

Haz el favor de comportarte, pervertido —Le contestó.

Ya, claro, habló el que me llevó a su cama siendo mayor de edad.

—Nos llevábamos dos años. Tú te llevas como 15 con ese chaval.

—¿Estás en el taller? —Como respuesta le llegó un selfie de Jean, con las cejas alzadas, una llave inglesa en la mano y un churrete negro en la mejilla. Marco respiró hondo, sintiéndose débil ante sus ojos una vez más—, ¿Te he dicho ya lo mucho que quiero que me folles dentro del coche de alguno de tus clientes?

—Por dios, cállate, luego tengo que ir borrando nuestras conversaciones.

—Da gracias que no te he enviado fotos. Todavía.

Desde la reunión de antiguos alumnos no se habían visto, pero ese juego de calentarse el uno al otro se había convertido en una constante hasta el punto de pasarse casi todo el día pensando en sexo, viendo objetos de la vida cotidiana como punto de apoyo para reventarle o ser reventado. A día que pasaba más se obsesionaba por tocarle de nuevo, y para Jean tampoco estaba siendo tarea fácil.

Oye, mierdecilla, ¿sabes cuántas pajas me he hecho hoy a tu costa?

—Sorpréndeme —Le contestó, tumbado en su cama con una sonrisa justo antes de dormirse.

Cuatro. Cuatro putas pajas. Qué tengo? 15 años?

—Por dios Jean, se te van a pelar las manos. Dile a tu novia que te ponga el culo.

—No quiere, dice que no le gusta.

—Qué tonta. Y yo aquí en la cama echándote de menos —Tiró de sus pantalones hacia abajo, mostrando su vello púbico y los angulosos huesos de su cadera tostada y llena de pecas, haciendo una foto—, tan, taaaaan solo

Qué cojones estás haciéndome.

—Vas a tocarte otra vez?

—Probablemente. Sí.

—Follate a tu novia e intenta no gemir mi nombre, a ver si eres capaz.

Durante unos minutos no recibió nada más. Temió haberse pasado de la raya e iba a pedirle perdón cuando la pantalla de su teléfono se iluminó con la llamada entrante de Jean. Una videollamada. Se sentó en la cama, encendiendo la lámpara de la mesa de noche, y contestó.

—¿Jean? ¿Te has equivocado? —Tal y como orientaba su teléfono, parecía que le miraba desde arriba. Veía el fuego en sus ojos, en esa manera de apretar sus labios.

Hazme caso en lo que voy a decirte —No escuchaba ruido al otro lado, Jean susurraba a solas en lo que parecía un cuarto de baño con los auriculares puestos y sin camiseta—. Bájate los pantalones.

—¿Quieres hacer sexo telefónico a espaldas de tu novia?

Bajate los pantalones y los calzoncillos, Marco, no me hagas repetirlo —Se mordió el labio, excitado por ese tono tan autoritario y su subida de ceja. Deseó tener una tablet en lugar del teléfono para observar ese gesto altanero con más calidad.

—Sí, ya —Se los bajó con una mano, apretando los labios para esconder una risita traviesa.

Ábrete de piernas para mí, acariciate los muslos, déjame verlo.

—Ojalá estuvieras aquí —Pasó su mano por la cara interna de su muslo, suspirando al hacerlo, intentando enfocar con su teléfono lo mejor que podía—. Espera un segundo —Cogió un cojín, apoyando el teléfono en él de forma y manera que Jean pudiese ver su cuerpo y su cara.

¿Tienes vaselina? —Asintió con un ruidito—, cógela, y cuando tengas un dedo lleno, quiero que te lo metas despacio —Se inclinó sobre la mesa de noche, abriendo el cajón y sacando el producto, mojando sus dedos en él tras levantar la tapa con el pulgar. Se lo introdujo despacio, pegando la lengua a su labio superior al hacerlo.

—Ah, Jean…

Joder —Le vio menearse nervioso en donde fuese que estaba sentado. Marco metió su dedo todo lo profundo que pudo, buscando ese punto que tanto le gustaba, alzando un poco las caderas—, joder Marco…

No quiero mis dedos, Jean, te quiero a ti, quiero tu polla —Se sintió enrojecer al ver la mirada que le dedicó, profunda, cargada de deseo, salvaje.

—¿Te acuerdas del sótano de mi amigo? —Marco asintió, con una sonrisita. Vivía casi al lado—, dame media hora. Espérame allí y di que vas de mi parte si Levi no te deja entrar.

—¿Ahora? —Cortó la videollamada.

Su aspecto serio le hizo entender que no bromeaba, que no era un juego. Se vistió con la misma ropa que había llevado todo el día, sin preocuparse de peinarse ni arreglarse, con la cabeza en otra parte. En Jean. En verle, olerle y tocarle. En sentirle. Sacó del mueble de su cuarto de baño varios tubos de vaselina y dos condones. No tenía ni idea de cómo iba a ir la noche pero estaba claro que iban a terminar corriéndose. Caminaba apresurado hacia el edificio, llamando con los nudillos al llegar tal y como recordaba que hizo Jean hacía tantos años. Ese tipo bajito y con cara de mala leche le abrió la puerta y parecía que el tiempo no había pasado por él, solo que ahora su pelo lucía completamente negro y sus brazos estaban llenos de tatuajes.

—Soy Marco, vengo buscando a—

—Jean, lo sé, me ha escrito. Pasa —Si ese tío seguía haciendo fiestas en su casa era porque debía sacarle beneficio económico de alguna manera. No quiso preguntar, bajó al sótano sintiéndose nervioso y ansioso, excitado.

Pasó directo al fondo, ignorando al grupo que destrozaba las guitarras y sus gargantas en una actuación que dejaba bastante que desear. Apartó a todo tipo de personas, comenzando a sudar, y al llegar al fondo observó meticulosamente a todos los presentes. Algunos se besaban, otros se manoseaban por encima y debajo de la ropa, otros se rendían ante los efectos de las drogas que sus compañeros consumían a plena vista. No había límites ni normas siempre que cada uno hiciese lo que le viniese en gana sin fastidiar al de al lado. Se apoyó contra la pared, con la vista fija en un tipo que lamía y mordía el cuello de una muchacha, agarrando sus manos sobre su cabeza, frotando de manera constante bajo su falda. Se lamió los labios cuando, fugazmente, vio el miembro endurecido y liberado de ese tipo perderse bajo la ropa de la chica, que arqueó la espalda con una sonrisa, echándole los brazos al cuello.

—¡¿Profesor?! ¿¡Qué hace aquí?! —Al mirar al frente vio a la chica que le habló coqueta esa misma mañana. Su alumna. Enderezó la espalda, sin saber cómo explicarse. Ella pareció tener otras intenciones, acercándose con un contoneo hacia él—. Qué feliz coincidencia…

—No… espera, un momento —Le puso las manos en los hombros pero la chica ya le pasaba las suyas por el pecho.

—Preciosa, esto no es para ti —Jean la apartó sutilmente hacia un lado sin prestarle más atención de la necesaria, dedicándole una mirada desbordante de deseo al que tenía enfrente.

Los labios de Marco formaron su nombre, sus manos se alzaron hasta agarrar sus mejillas, sintiendo los brazos de Jean rodear su cintura por completo al darle un beso húmedo y caliente. Ambos movieron sus caderas de manera que sus erecciones se frotasen la una con la otra. Jean venía en chándal, Marco con pantalones vaqueros. Le bajó las manos hasta el trasero, presionando sus cuerpos, colando una pierna entre las de Marco. Con un firme agarrón al pelo de su nuca, le echó la cabeza hacia atrás, susurrando en su oído palabras húmedas con la voz rota de pura excitación.

—Voy a follarte hasta que se te olvide el mundo menos mi nombre —Frotó su pierna con el hinchado bulto en los pantalones de Marco—. Voy a ser bueno contigo, voy a ser lo mejor que te ha pasado. Voy a metertela tan fuerte que vas a gritar, pidiendome más, y no voy a dejar que te corras —Sus dedos se introdujeron dentro de sus vaqueros sin correa, deslizándose por su culo hasta la parte interna de sus muslos, haciéndole temblar—. Pero cuando lo hagas, siempre con mi permiso, voy a seguir follándote. No voy a parar, Marco —Su voz era casi un gruñido, resoplando entre dientes—. Voy a destrozar ese punto tan sensible en tu interior de como te la voy a clavar. Quiero que seas mi juguete esta noche, quiero dejarte tan irritado que mañana no puedas levantarte de la cama, hecho un desastre entre tu propia corrida y el olor de mi sudor.

—Jean, Jean hazme lo que quieras —rogó delirante, sonrojado, necesitando que hiciese esas promesas realidad, frotándose con su tensa pierna y sintiendo que iba a perder los papeles.

—Pero antes voy a chupartela hasta que pierdas la cabeza —Marco abrió los ojos, mirándole alarmado. Jean sonreía de medio lado, asintiendo—, sí, aquí, delante de todos. Quiero que vean tu preciosa cara cuando te corras —Le soltó del pelo, agarrándole de las mejillas, dándole un beso breve y sucio, dejándole con ganas de más.

Se arrodilló frente a él, pasándose la lengua por los labios de manera obvia, desabrochando sus pantalones y bajando la cremallera despacio. Bajó sus calzoncillos, permitiendo que su tensa erección rebotara en el aire tras desengancharla del elástico. Marco no quería mirar a su alrededor, sintiéndose observado, muriéndose de la vergüenza porque jamás había estado tan expuesto delante de tanta gente. Sufría, pero sonreía tras su mano, al fin tenía ese subidón de adrenalina y no podía ser con otro que no fuese Jean. Se la besó despacio, de glande a base. Marco levantaba el labio a cada contacto, sobreexcitado con tan solo observarle. Sin preliminares ni sutilezas, Jean la metió en su boca. Sintió un murmullo vibrar en la polla, un sonido placentero, enterrada hasta el interior de la garganta de Jean de manera experta. Muy pocas veces se la habían comido de ese modo y que fuera Jean… Es jodidamente perfecto. Le sintió aplanar la lengua, rozando de manera deliciosa la parte inferior de su miembro al sacarla de la boca, tan despacio que no sabía qué hacer para no dejarse caer en el suelo. Jean alzó la mirada, Marco vio la sonrisa en ella, esa seguridad de saber que le tenía donde quería, atacando a sus puntos débiles. Jean es tu punto débil, da igual lo que haga. Deslizó la punta de su lengua por la hendidura de su glande, provocándole un espasmo, bajándola y rodeando la circunferencia de este, retirando el prepucio despacio con los dedos y lamiendo con intensidad hasta abajo, hacia arriba, apresandole con sus labios. Jean le agarró de las caderas, mamándosela hasta el fondo, haciéndole cosquillas con la nariz en su vello púbico. Marco estaba al límite, y lo que terminó de romperle fue volver a sentir la vibración de su voz, ver que hundía sus mejillas y que el muy hijo de puta tragaba saliva, oprimiendo su carne incluso más. El nombre de Jean se perdió mezclado entre las vibraciones de la música y las cuerdas vocales de Marco. Le arañó el culo con las dos manos, con fuerza, exprimiendole despacio, tratándole tan bien como le dijo que le iba a tratar. La mente de Marco se vació de todo pensamiento, de toda sensación que no fuese ese intenso orgasmo que le dobló las piernas, inclinado hacia adelante entre quejidos con los músculos del cuello en tensión y las manos tensas alrededor de su pelo. Los latidos de su corazón eran ensordecedores, los estallidos de luz tras sus párpados apretados se le asemejaron a fuegos artificiales. Aún sensible y sin poder respirar con propiedad, sintió cómo se la guardaba en los pantalones, vistiéndole, poniéndose en pie. Besó la mejilla de un aturdido Marco, sus labios, mirándole a los ojos tan jadeante como él.

—Por tu culpa me he corrido en los pantalones —Se rió atontado, cerrando los ojos cuando Jean le pasó una mano por el pelo—, esa muchacha de antes no nos quita la vista de encima. Se está masturbando en el sofá, ¿la conoces?

—Es mi alumna —jadeó. Jean la saludó con los dedos de la mano, divertido.

—Algo me dice que a partir del lunes le va a costar concentrarse —Le pasó los dedos por los labios—, como te pasaba a ti cuando nos sentaron juntos.

—Ven a mi casa —La petición provocó una mirada desconcertada en los ojos de Jean.

—No puedo hacer eso. Le he dicho a mi novia que iba al taller a revisar algo un segundo.

—¿Y entonces qué eran todas esas promesas? —Le preguntó molesto—, ¿solo para calentarme? ¿No piensas llevarlas a cabo?

—Sí, pero hoy no.

—De eso nada —Jean alzó las cejas—, me importa una mierda tu novia.

—Lo sé, pero a mí sí me importa —Siendo como era de abierto con las personas que había estado últimamente, Marco no se explicaba por qué con Jean era tan posesivo. Y fue esa sensación de celos e injusticia la que le atravesó la mente como un rayo, haciéndole ver las cosas claras.

—No puedo hacer esto —Se zafó de él bruscamente, saliendo del sótano entre empujones, creyendo escucharle entre el barullo. Cuando salió a la calle, escuchó sus pasos tras él.

—¡Marco! ¿Qué cojones te pasa?

—No puedo Jean, lo siento —dijo volviéndose, optando por ser sincero a pesar de saber que eso le alejó hace tanto tiempo—, puedo tener relaciones abiertas con cualquiera, poner los cuernos y que me importe un carajo si me los ponen. Pero contigo, no sé por qué, es diferente —Jean relajó los hombros, pestañeando despacio y suspirándo—. No soporto la idea de que toques a otra persona como a mí, de que tengas complicidad con alguien más que conmigo. No veo justo que ella pueda tenerte cada vez que quiera y yo me tenga que conformar con polvos a escondidas o mamadas rápidas. No puedo.

—¿Y qué quieres? —Notó cierta desesperación en su voz, cierta angustia. No le gustaba ponerle en esa posición pero tenía que ser honesto consigo mismo—, ¿quieres que lo deje todo por ti?

—Todo no. Solo a ella —admitió con profunda seriedad—. Y no sé por qué me pilla por sorpresa este pensamiento, siempre ha sido así. Lo sé y lo sabes. Cuando estoy contigo todo es más emocionante. Me siento más vivo. Y mataría porque te sintieras igual, pero no es el caso, así que no puedo hacerlo —Jean chasqueó la lengua, pasándose la mano por el pelo en un gesto rabioso, negando con la cabeza—. Lo siento.

—Marco, no quiero dejar de verte —Cuando alzó la vista de sus pies a sus ojos, Marco tuvo que pestañear varias veces, mareado por el fuerte sentimiento.

—Yo tampoco. Pero no quiero pasarlo mal y de esta manera sé que lo voy a pasar mal.

—Pero hasta ahora no hemos tenido problemas —Caminó hacia él con las palmas de las manos hacia arriba, esperando que se las cogiera. Marco dio un paso atrás.

—Porque hasta ahora solo era tonteo, nada real. Pero si vienes haciéndome sentir de nuevo exactamente igual que como me sentía hace 15 años no pretendas que los sentimientos no regresen con la misma intensidad. Acción, reacción. Siempre has tenido el problema de no ver el alcance de tus acciones y va siendo hora de que te enteres.

—Marco, no te vayas —Le imploró.

—No me voy. Sabes dónde vivo y sabes lo que tienes que hacer si quieres verme. No estoy dispuesto a pasar por lo mismo, no pienso aguantarlo de nuevo. Hasta luego.

Esperaba que le persiguiese, que le agarrase del brazo y rompiese la seguridad con la que le había dado ese ultimatum injusto pero honesto. Pero no lo hizo. No supo qué hizo. Marco se marchó a su casa, cabizbajo, volviendo a sentirse vacío una vez más tras tener relaciones con él. Se comenzaba a preguntar si no era una relación tóxica la que tenían, porque no era lógico sentirse de esa manera después de un sexo oral tan espectacular. Pero es que no podía mentirse a sí mismo, le amo, y le amo como nunca he amado a nadie. Por eso no he tenido relaciones largas, porque no eran él. Ese pensamiento le hizo pararse en la puerta de su casa, llevándose una mano a la boca, soportando estoicamente el impulso de romper a llorar en la calle. Respiró hondo, tragó saliva, y entró en su frío y silencioso apartamento.

_____

No supo nada de Jean en varias semanas. El silencio a través del teléfono era absoluto y tras lo que le había dicho en esa calle desierta, dar el primer paso para hablarle sería faltarle a su propia palabra. Tenía que ser más fuerte que la necesidad y tenía que ser consciente de la realidad: esa mujer está antes que yo y no hay que darle más vueltas. Sin embargo se las daba, constántemente.

—Es como una droga que no termina de salir de tu organismo —Le dijo Armin tirado en su sofá con él, viendo sin ver la televisión mientras hablaban—. A más tienes de él más quieres. Si no hubieses recaído…

—No me digas cosas que ya sé —protestó enfurruñado, hecho un ovillo en la esquina del sofá, tapado con su manta favorita—. Ya sabes que soy débil con él.

—No lo eres, si lo fueras ya le habrías llamado. De todas maneras me da que este tío tiene muchos problemas.

—¿A qué te refieres? —Armin era bueno para leer a las personas. Le miró y le vio recogiéndose la melena rubia hacia arriba.

—A que en el caso de que de verdad quisiera estar contigo no para de ponerse trabas. No sé si es porque no quiere admitir su bisexualidad en público ahora que es adulto o yo qué sé el motivo, pero le veo… cohibido.

—Él me lo dijo, que se tenía que controlar estando a mi lado.

—A ver, en la reunión de antiguos alumnos saltaba a la vista la química entre vosotros. Todo el mundo lo comentó por lo bajo. Sé que le vuelves loco pero no sé hasta qué punto.

—Obviamente no hasta el que yo necesito —Le dio dos palmadas en el muslo sobre la manta.

—Ya sabes que si quieres que hable con él…

—Nooo, no no, de eso nada. No hay que convencer a nadie, o se siente o no se siente. Y él no lo siente. Punto. Si me lamento de esta manera es porque no tengo fuerza de voluntad para pasar página —Tragó saliva, evitando llorar a toda costa—, porque si paso página significa que me tengo que despedir de él para siempre.

—¿Y no has pensado que quizás sea lo mejor para ti? —Asintió, enterrándose un poco más en el sofá.

—Es solo que daría cualquier cosa por tenerle aquí ahora, viendo la tele o durmiendo la siesta. Haciendo cosas de pareja, peleándome porque me he acabado la leche y no queda, quejarme porque deja la tapa del váter levantada, sonreir cada mañana al verle dormido a mi lado. Ya sabes, cosas normales.

—Joder Marco, estás hasta las trancas —Asintió. Admitirlo en voz alta no era lo mismo que pensarlo para uno mismo, convertía el asunto en algo real. Enterró la cabeza bajo la manta, llorando sin poder evitarlo, presa de la angustia y la pena. Automáticamente sintió a Armin suspirar y acercarse a él, tirándosele encima con un suave “uhm” al vaciarse sus pulmones, pegándole golpecitos afectuosos en la cabeza—. No te escondas para llorar, no es la primera vez que lo haces delante mía. Ya sé que moqueas.

—Lo siento. Vienes a verme y te encuentras con esto.

—No te equivoques, vengo a verte porque sabía que me iba a encontrar con esto. Eres un idiota que nunca pide ayuda cuando la necesita pero siempre estás para todo el mundo. Jean se está perdiendo al hombre de su vida.

—Gracias, Armin —Su voz sonaba ahogada bajo las mantas, nasal por los mocos que le comenzaban a inundar la nariz. Se rió débilmente al notarlos—, no puedo respirar.

—Voy a la cocina a por pañuelos porque vaya desastre —Se levantó riéndose, volviendo un segundo después, metiendo la mano bajo la manta con un puñado exagerado de servilletas.

—¿Qué haces? —dijo riéndose de nuevo. El timbre le sobresaltó, y por lo visto a su amigo también.

—¿Has pedido ya de comer? No me has dicho nada —Le escuchó alejarse hasta la puerta antes de decirle que no, que no había pedido—. ¡Oh! Hola, ehm… —Un murmullo ininteligible le llegó desde el rellano—. Nooo, no te preocupes hombre, que yo ya me iba —Marco sacó la cabeza de debajo de la manta, mirando por encima del brazo del sofá. Jean estaba allí plantado, sus manos en los bolsillos y las cejas juntas y arqueadas—. Nos vemos, cuidate ese resfriado —Le dijo a Marco, haciéndole gestos con la cara para que se recompusiera.

Sin embargo, él volvió a hundirse en el sofá, tapándose hasta la nariz, limpiándose las lágrimas de las mejillas. Escuchó la puerta cerrarse y los pasos inseguros de Jean acercarse a él. Antes siquiera de mirarle, le llegó su fuerte olor; había estado sudando.

—Siento venir sin avisar —Se disculpó casi en susurros—, necesito hablar contigo antes de tomar una decisión. Pero si no estás bien, vengo mañana.

—No. No pasa nada, siéntate —Se incorporó en el sofá, apoyándose en el respaldo pero sin soltar la manta. Observó las piernas de Jean pasar por delante suyo, se encogió al sentir su cercanía.

—Siento las pintas, vengo directo del trabajo —No podía mirarle. No quería. Si ya su olor y su voz estaba causando ese efecto en él, sabía que de mirar sus ojos estaba perdido. Esos ojos rasgados y castaños. Respiró hondo.

—No pasa nada —Se sentía observado. Se apoyaba en el sofá con un brazo sobre el respaldo y el otro en su regazo, orientado hacia él.

—No paro de pensar en aquella noche y en lo que te dije de no querer alejarme de ti. He intentado respetar tu postura, y antes de dejarte un mensaje en el whatsapp prefería hablar contigo en persona —Al no recibir respuesta de Marco de ningún tipo, respiró hondo—. Me pese lo que me pese, me gustas mucho más de lo que quiero admitir. No, es más. Te necesito más de lo que quisiera admitir. Me cuesta estar con mi novia sabiendo que por ello te hago infeliz, igual que me costó marcharme de esa manera hace tantos años. Dios, fui un capullo contigo…

—No. Comprendo que en ese momento ambos queríamos cosas diferentes, no pasa nada.

—Ya. Eso no es verdad —Marco frunció el ceño, girando la cabeza sin mirarle a la cara, observando su mano de reojo—. Me diste muy fuerte. Me quedaba pasmado mirándote la cara porque en mi vida había visto a nadie tan… bonito como tú. Y sigo sin verlo —Marco alzó las cejas, sintiendo un ligero rubor en sus mejillas—. Te admiraba. Eras capaz de sacar las mejores notas y de llevarte bien con todo el mundo, encajas en todas partes y no te molesta dedicar tu tiempo en ayudar a los demás. Eres bueno. Nunca nadie ha tenido algo malo que decirme de ti —Se rió brevemente por la nariz—, excepto el anormal de Eren. Puto Eren, menudo gilipollas —Se le escapó una risita floja. Jean volvió a suspirar.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Primero porque yo, con mi reputación y mis movidas, no podía enamorarme así porque sí. Y menos de alguien tan correcto hasta ser repelente como eras tú —De toda la frase, lo que el cerebro de Marco almacenó fue la palabra enamorarse. Le hizo alzar la vista hasta el televisor, suspirando de manera temblorosa—. Segundo porque sabía que me iba, y era una putada para los dos. Así que tomé la decisión de cortar por lo sano en cuanto me dijiste lo que me dijiste. Que por cierto…

Sintió el dorso de su mano en la mejilla. Cerró los ojos ante el contacto, recordando que tenía que respirar cuando sus dedos le recorrieron la barbilla hasta la mejilla opuesta. Tiró de su cara, girándosela hacia él. Jean estaba despeinado, con más barba de la que solía tener y una cálida expresión que nunca le había visto. Su mirada penetrante le hizo pedazos la voluntad, presionando su pecho con tanta fuerza que le costaba tomar aire.

—Marco sé sincero, ¿qué sientes por mí ahora?

—Yo… —Abrió la boca varias veces.

Quería decírselo, pero se le quedaban las palabras atascadas en la garganta. Por algún estúpido motivo que le llenó de rabia y vergüenza, sintió que comenzaba a llorar de nuevo. Al instante, el pulgar de Jean se llevó la lágrima hacia atrás. Se inclinó sobre él, moviéndose en el sofá para tumbarse contra su pecho, tirando de su camiseta con ambas manos y repitiendo su nombre como un mantra, sin parar. Jean le mecía en sus brazos, acariciándole el pelo, sin reírse de él ni mofarse, en silencio. Cambió el mantra, pasó de llamarle a decirle que le quería. Y no una ni dos, sino multitud de veces. Las manos de Jean le abrazaron por la espalda, inclinándose hacia él, besándole el pelo. Cuando se calmó, el drama dio paso a la vergüenza. No sabía qué decirle ni cómo mirarle a la cara después de esa actitud tan patética. Lo único que sabía era que estaba rodeando su cintura con los brazos y no quería soltarle.

—Bueno —suspiró él finalmente—, era lo que pensaba. Y no puedo soportarlo. Ya estoy harto de tener que soportarlo. Sé dónde voy a ser más feliz y sé lo que tengo que hacer. Pero joder, estoy acojonado. Llevo casi 9 años con ella.

—¿Eh? —Marco se incorporó, mirándole sorprendido—, ¿no decías que no llevabais nada?

—Supongo que soy un mentiroso. Imagina su situación cuando el hombre que la ha arrastrado a otra ciudad le diga que le deja. Y por un tío.

—Lo siento, pero no puede darme pena. Entiendo que sea angustioso para ti pero teniendo en cuenta cómo lo estoy pasando yo…

—No pretendo que seas empático con ella, tranquilo. Entiendo tu situación —Le cogió las manos, apretándoselas—, ¿crees que puedes darme unos días? —Marco asintió, aún sin creerse lo que estaba pasando. Jean suspiró, mirándolo en silencio una vez más.

—Cuando éramos dos niñatos me mirabas así de vez en cuando. ¿Qué piensas?

—En lo ridículamente guapo que eres —Marco se puso colorado hasta las orejas, sonriendo con timidez—, y ya si te pones rojo… —Se inclinó hacia él, besándole brevemente en los labios—. No tienes ni idea de la fiesta que se me monta en el pecho cuando te miro. Es que no necesito más —Se rió, poniendo los ojos en blanco—, ¿a quién pretendo engañar, joder?

Sus besos eran lentos, rebosantes de afecto y sentimiento. Le calentaron el corazón precisamente como necesitaba. Le abrazó por la cintura,  tumbándose frente a él mientras le miraba a los ojos entre beso y beso. Marco le pasó la mano por la cintura bajo la camisa, tocando su columna y sus costados en leves roces. Jean le acariciaba las pecas de la cara con las yemas de los dedos, con sus nudillos, hasta que casi se quedan a oscuras.

—No quiero, pero tengo que irme —Susurró Jean. Marco se le agarró como un koala, haciéndole reír ante su quejido fastidiado —dios, cómo te quiero —Le apretó con fuerza, haciéndole quejarse.

—No tardes en volver —murmuró contra su cuello con una sonrisa.

Y no tardó. Tal y como le dijo, no supo mucho de él en varios días más que algunos iconos por whatsapp y algún “buenas noches” que otro. Marco tuvo paciencia, esperó, con el corazón lleno de ilusión y una sonrisa cálida permanente. Casi una semana después, sentado en el trabajo con las fichas de los entrevistados para ser futuros profesores, el chico de recepción le abrió la puerta tras llamar con brevedad.

—Un tipo pregunta por ti, está un poco alterado —Marco frunció el ceño. Le iba a indicar que le dejase pasar cuando Jean apartó al becario, entrando sin permiso y cerrándole la puerta en la cara. Marco se puso en pie de golpe, saliendo de detrás del escritorio y chocándose en un abrazo con él.

—Eh, ¿qué te pasa?

—Llevo aguantando gritos casi más de media hora. Que me los merezco, pero he llegado a mi límite y la he dejado sola.

—¿Se lo has dicho? —Asintió sin dejar de abrazarle. Marco le besó la mejilla, acariciándole el pelo y la espalda.

—Su primera reacción ha sido llorar y decirme que se veía venir algo así porque había cambiado, después se ha vuelto completamente loca. Pero vaya, que la entiendo.

—Haz una cosa —Le separó despacio, poniéndole la mano en la mejilla y metiéndose la mano en el bolsillo—, vete a mi casa y espérame allí. Me quedan varias horas de trabajo y no puedo posponerlo pero en cuanto acabe voy corriendo y cenamos juntos, ¿vale?

—Por mí cenamos, desayunamos y vivimos  —cogió las llaves que Marco le ofrecía—. No quiero volver a esa casa hasta que ella no se haya marchado. Me da vergüenza mirarle a la cara.

—Puedes quedarte el tiempo que quieras —Jean volvió a abrazarle, suspirando.

—Qué bien hueles… —Se besaron suavemente en los labios y le despidió, un poco más reconfortado o al menos eso parecía. Le acompañó hasta la puerta y le despidió con otro beso breve. Su alumna, la del día del sótano, se quedó pasmada mirándolos con los ojos muy abiertos.

—Hola —Le dijo a Jean, esperando que la recordase. Una sonrisa golfa se le dibujó en la cara, pellizcando la barbilla de la chica.

—¿Aprendiendo mucho italiano? Yo soy más de francés, si tu vois ce que je veux dire —El doble sentido de la frase, escucharle hablar en otro idioma y la mirada de Jean provocaron en ella una risita nerviosa con un resoplido y que se sonrojara incluso más que el propio Marco, que se llevó una mano a los ojos.

—Lárgate de una vez —protestó, mordiéndose el labio al verle guiñar como despedida.

No quiso volver a mirarla directamente, sabía demasiado y desconocía qué podría contar, aunque algo le decía que mantendría la boca cerrada. Al fin y al cabo era menor y estaba en una fiesta en la que no debería poder entrar. Terminó el tedioso papeleo y le encargó a los profesores y al becario que cerrasen ellos la academia. Le mandó un whatsapp a Jean, preguntándole si quería que le subiese algo. Respondió que con tenerle a él, le sobraba, y que le necesitaba urgentemente. Llamó a la puerta al subir a su piso y tuvo que esperar un buen rato a que le abriese. Cuando lo hizo, estaba desnudo. Su erección atrajo la atención de Marco por completo, húmeda, enrojecida, se había estado masturbando. Le miró a la cara conforme entraba, dejando caer su chaqueta al suelo, sintiendo los dedos temblorosos de Jean desabotonarle la camisa. Sus besos calientes y húmedos, su urgencia por acercarse a su cuerpo, su olor, su profunda mirada con tintes oscuros; el conjunto le provocó una erección casi instantánea. Le obligó a sentarse en el rellano, besando su pecho, subiendo la mano por él y acariciando su cuello. Marco le besó los dedos, Jean le miró a los ojos, abriendole los pantalones. Se inclinó hacia adelante cuando su boca le rodeó el glande, succionando hacia arriba, acariciando la espalda desnuda de Jean desde sus riñones a los hombros, tirándole del pelo después al sentir que deslizaba su mano por toda su longitud en una caricia deliciosa.

—Quieres más, ¿eh? —Le preguntó con una mirada peligrosa, mordiéndole el glande con sutileza. Marco asintió—, ¿y yo qué? —Le tiró del cuello de la camisa abierta, tumbandolo en el suelo con los pantalones a medio bajar, sosteniéndole las muñecas sobre la cabeza con una fuerza que le pilló desprevenido—, ¿no quieres chuparmela?

—S-sí —Se arrodilló junto a su cara, a una distancia suficiente para que no alcanzase a tocársela con la boca. Deslizó las yemas de los dedos por sus muñecas, por la parte interna de sus brazos hasta su cuello, provocándole un escalofrío. La sutileza se tornó en brusquedad cuando le agarró la mandíbula.

—¿Y por qué ibas tú a merecer lamermela, eh? —La actitud agresiva y dominante de Jean le excitó más que cualquier contacto directo. Alzó las caderas, susurrando un por favor sin apartar la mirada de su piel tirante y caliente, como si su cordura dependiese de sentirla entre sus labios. Jean miró entre sus piernas, curvando la comisura de sus labios, hablándole con condescendencia—. ¿Qué voy a hacer contigo? Ya estás chorreando —Se inclinó sobre él, succionando su glande, tragándose el líquido preseminal que resbalaba por su piel mientras jugaba con sus huevos entre sus dedos, arrancándole un gemido tembloroso.

—Jean por favor, hazme algo, lo que sea, pero deja de jugar conmigo —Le imploró cuando volvió a esa postura de mostrarsela sin acercársela.

—Abre la boca —Obedeció, sacando la lengua, mirándole con las mejillas tan sonrojadas que incluso sentía el calor emanar de ellas. Jean se mordió el labio, suspirando profundamente—. No puedo soportar esa cara tan preciosa —Se la acercó, abriendo los labios, esforzándose por no cerrar los ojos ante el sublime placer de la boca de Marco rodeándole—. Dios, Marco, si te vieras con mis ojos ya te estarías corriendo.

De un tirón se liberó de su agarre, cambiando posiciones con él y tumbándole en el suelo de parqué con un gruñido hambriento y las manos en sus muslos. Jean levantó las caderas, tirando de su espeso pelo negro, abriéndose de piernas y gimiendo su nombre. Adoraba escucharlo en sus labios, adoraba sentirle en su boca, adoraba su rudeza y esa manera de jadear con la voz cada vez más rota.

—Ya vale —dijo retomando el control, quitándole de encima de un empujón y levantándose como pudo del suelo. Marco se terminó de quitar los pantalones sin apartar la vista de ese hombre que tanto le deseaba. Tiró de su mano, abrazándole por detrás una vez consiguió ponerle en pie, caminando hasta su habitación entre besos en el cuello y caricias en el estómago y pecho. Le tumbó boca arriba en la cama con la cabeza bien apoyada en la almohada—. Si mal no recuerdo la vaselina está por aquí —Se inclinó sobre el borde, tirando del cajón, cogiendo el bote y un condón.

—¿Vas a darme fuerte? —preguntó Marco, abriendose de piernas ante él, observando cómo se embadurnaba los dedos.

—Oh, sí, Marco. Ya te lo dije, voy a darte tan fuerte que no vas a poder con las ganas de correrte. Pero no vas a hacerlo. Vas a dejarte llevar cuando yo te diga, y no antes, ¿está claro? —Marco asintió, deseoso de seguir con ese rol de sumiso que le llevaba tanto al límite.

—Quiero tocarte —Le pidió cuando se tumbó sobre él, apoyado en las rodillas y dejando un espacio para mover la mano entre sus pecosos muslos. Le acariciaba los mechones despeinados del flequillo con su otra mano, apoyada sobre su cabeza en el codo.

—De cintura para arriba, nada de portarse mal —No sabía si lo de poner la voz ronca lo hacía aposta porque sabía que le enloquecía o porque la excitación de comenzar a penetrarle con un dedo embadurnado en vaselina también le tenía a él al límite. Al rozar su próstata, Marco alzó las caderas, aspirando entre dientes—. ¿Bien?

—S-sí —Le propinó un lametón sucio entre sus labios abiertos, riéndose al dejarle con ganas de más, introduciendo un segundo dedo. Marco le acariciaba el pecho, los hombros, hasta el ombligo y vuelta a subir—. No puedo esperar, métemela ya.

—No. Tú no das ordenes aquí —Le tiró del pelo hacia atrás, sacando los dedos de su interior como castigo, rozando la entrada tan solo—, ¿quién las da?

—Tú. Jean. Por favor. Tú, siempre tú.

—Así me gusta —Tras embadurnase los dedos un poco más, volvió a meterlos, juntos, directos a ese punto sensible que le hizo curvar los dedos de los pies—. Las cosas se piden por favor, ¿o es que no tienes modales?

—Por favor, Jean, porfavor, otro dedo. O tu polla, por favor. Me estás matando.

—Lo sé —Ese susurro húmedo contra su oído le provocó un escalofrío. Metió el tercer dedo, la presión comenzaba a ser insoportable, los abrió en su interior, asegurándose que la entrada de su grueso miembro no fuese un problema. Al sacarlos algo parecido a un sollozo brotó de la garganta de Marco—, mírate, otra vez chorreando —Le reprochó mientras se ponía el condón, llenándolo de vaselina. Se limpió los dedos en la sábana—. No conozco a ningún tío que moje tanto como tú.

—Ni yo lo hago con nadie —Su voz le sonó extraña, demasiado vibrante—. Es solo contigo, no puedo… no puedo evitarlo —Le daba vergüenza verla tan mojada pero al ir a limpiarla, Jean le agarró la muñeca, inclinándose sobre él y chupándosela. La espalda de Marco se curvó en la cama, aspirando bruscamente por la sorpresa—. ¡Nnngaah! Dios, me… ¡Dios, Jean!

—Shhhhhhh —Le apretó la base con dos dedos, evitando el orgasmo por poco—, todavía no.

Volvió a incorporarse, pasando las manos por los muslos de Marco, que se abrió más de piernas, agarrándole de las muñecas. Se la sostuvó con la mano, presionando con su glande en la apertura de su amante, roncando al empujar sutilmente con sus caderas hacia dentro. Marco tiró de él, tumbándole sobre su pecho, besando su boca caliente y húmeda. Jean se tragaba sus gemidos, hundiéndose en él de manera pausada, sin prisas, jadeando con los dedos clavados en sus muslos. Marco le lamió el cuello, succionando en la unión de sus clavículas, provocando que Jean gimiese y presionase las caderas con su culo. Se arrodilló en la cama, subiéndole las piernas, sujetándolas en el aire por detrás de las rodillas. Marco se preparó agarrado a la almohada con ambas manos, implorando con su mirada. Ojalá no tenga piedad, ojalá cumpla lo que ha prometido. Jean miró entre sus caderas, apoyando una de las piernas de Marco un segundo en su hombro. Bajó la mano, rozando con un dedo la unión de sus cuerpos, tragando saliva al moverse despacio, resoplando ante la visión de cómo su culo le engullía.

—Joder, cagoenlaputa —Le miró a la cara, apretando hasta el fondo y elevando las caderas ligeramente, presionando su próstata. El quejido de Marco sonó casi a sollozo—. Adoro verte así.

—Jean, por favor, dámelo ya, parteme —Respiró hondo, sacándola más de lo que debería de una sola vez, empotrándole después contra el cabecero de la cama.

Marco gritó por primera vez. Repitió el movimiento despacio pero con fuerza, profundo, haciendo que se sintiera vacío al retirarse pero rellenándole de manera sublime en cada embestida. La voz de Marco se rompía cada vez más en lamentos escandalosos, coincidiendo con sus arremetidas constantes y tremendas. Jean aceleró, gruñendo, jadeando, comportándose como una bestia sobre él, levantándole la espalda de la cama al sostenerlo por las caderas. Le arañó la parte baja de la espalda encorvándose sobre él, succionando su cuello. Los gritos de Marco se unían unos con otros, descontrolado, con la mente saturada ante una sensación tan intensa. Sintió gotas de esperma caerle en el pecho y ombligo, supo que no podía más.

—Todavía no —Le ordenó en una exhalación contra su cuello. Pero no podía retenerlo más, le comenzaba a doler, era insoportable—. ¿Vas a llorar? —Le bajó la mano por el muslo, azotándole el trasero de manera seca—, ¿estás llorando, Marco? —Intentó hablar pero una serie de sonidos para nada humanos brotaron de su garganta. No entendía de dónde sacaba Jean la energía, su resistencia le resultó inverosímil—, bien, has sido bueno —Le temblaba la voz—, córrete para mí, cariño, déjate llevar, suéltalo.

Marco relajó las caderas, se quedó sin voz al intentar gritar hasta un límite que su garganta no soportaba. Veía blanco, no pensaba, no era consciente de nada más que de esa inmensa explosión de placer que la polla de Jean provocaba cada vez que le machacaba en punto más sensible. No se dio cuenta de la fuerza con la que salió su esperma, la abundancia, lo muchísimo que apretaba la ya de por sí sensible polla de Jean con su culo al tensarse. No fue consciente de que babeaba, haciendo la funda de la almohada crujir al tirar de ella hacia abajo, con las piernas temblando. Tardó bastante en recobrar la cordura, en ser capaz de controlarse de nuevo. Jean seguía en su interior cuando abrió los ojos, respirando muy despacio y muy profundo, con… ¿la polla dura, todavía?

—Menuda la que has formado, vida mía —Susurró con los ojos entrecerrados, limpiándole el pecho con la misma sábana—, te van a echar del piso.

—¿Cómo aguantas sin correrte? —Se quejó. Le dolía la garganta, la sentía seca. No se movía, estaba inmóvil sobre él, observando su rostro, retirando mechones sudorosos de su frente.

—He aprendido algún truco que otro. ¿Te ha dolido? Sonaba como si te estuvieran matando.

—Porque casi me muero. Jean, ha sido impresionante —Acarició su barba, besó sus labios, suspirando. Apretó los músculos, capturándole, haciendo que se quejase en su lengua.

—Voy a seguir follándote —anunció—. No he acabado contigo.

—Te amo.

Torció el gesto cuando la sacó un poco más, sorprendido por lo sensible que notaba su interior, sintiendo cada centímetro de su erección. Jean respiró un yo también, haciéndole el amor despacio, tumbado sobre él y mirándole a los ojos. Se giró en la cama, poniéndole encima, acariciándole el pecho y la espalda mientras Marco se movía sobre él. Jean entrecerró los ojos, observándole, dejándose hacer con débiles afirmaciones. Pellizcó los pezones de Marco, sobresaltándole. A causa del estímulo se dejó caer más fuerte contra él, comenzó a dar saltitos sobre sus caderas, apretando los labios ante el roce excesivo. Movió las caderas en círculo sobre él, observándole resoplar y, de repente, sonreír. Jean se la agarró, acariciándosela, no puede ser que la tenga dura otra vez. Se miró a sí mismo entre las piernas, sorprendido. Por norma general necesitaba bastante más tiempo para volver a tenerla la mitad de como la tenía. No le ocurría desde los veinte años.

—Antes te has corrido sin que te toque —murmuró, sorbiendo saliva—, ¿qué te va a pasar si te la meneo? ¿te gusta que te la acaricie? —Marco asintió—, ¿te gusta montarme?

—Adoro tu polla. Es lo mejor, lo mejor Jean.

—¿Vas a correrte otra vez? Porfa, vamos, oye, Marco, abre los ojos —Jean se sentó en la cama, apretándole el culo y la polla con sus manos de fuertes dedos—, ¿quieres follarme la boca? —Marco asintió con energía, repetidas veces.

Jean tiró de sus caderas, colocandole sobre su cara de piernas abiertas. Marco se apoyó con las manos en el cabecero, temblando al sentir la cálida boca de Jean en sus testículos, subiendo por su miembro, engulléndole. Jean tanteó en la cama con ojos cerrados, buscando el bote de vaselina, metiendo dos dedos para después enterrarlos en el culo de su amante. Se retorció, sintiéndose débil a su succión, a sus caricias, a cómo le devoraba. La pasión de Jean no tenía límites, su líbido sobrepasaba todo raciocinio y la excitación que sentía con cualquier caricia que le proporcionase le resultaba insoportablemente placentera. La presión de sus dedos y la de su lengua bajo el glande aceleraron la venida de un orgasmo mucho más pausado, menos abundante y menos desquiciante. Jean le tragaba sin prisas, volviendo el roce insoportable, provocandole el temblor de piernas acostumbrado.

—Tienes que correrte —Se quejó entre espasmos, acariciando su mejilla.

—¿Dentro o fuera? —Le empujó en la cama, donde cayó desmadejado. Le puso bocabajo y le colocó una almohada bajo el estómago, elevando sus caderas. Se quitó el condón usado y reseco, mirando a su alrededor—, ¿te quedan condones o cojo los míos?

—Dentro. Sin condón —Miró sobre su hombro, observándole exhalar todo el aire de sus pulmones, asintiendo.

Jean tiró del bote de vaselina, untandola en su erección, echando las caderas hacia atrás con un espasmo porque su propio contacto era insoportable. Sabía que no le quedaba mucho. Marco apretó los dientes al sentirle entrar de nuevo. Se percató de su irritación, pero el notar ese estímulo con cada giro de cadera de Jean se imponía al malestar. Además, necesitaba sentirle correrse dentro.

—Voy a darte fuerte, no puedo controlarme, mierda, Marco, voy a correrme ya. El… es… eres… esto es…

—Dame, dame fuerte, Jean, dame más, dame por favor.

Le agarró de los hombros, haciéndole daño al arremeter contra su culo con tanto ímpetu, protestando ante el placer que le sobrepasaba, que le dominaba y le descontrolaba. Su vaivén no era constante ni rítmico, era desordenado, un caos de temblores, apoyado ahora en su culo con ambas manos. Jean  bramó, rompiendo la voz, de manera ronca, apretándose con fuerza y despacio a su culo. Sintió el pulso de su polla en su interior, su esperma, echó los brazos hacia atrás y le pegó a sí mismo, meneando las caderas en círculo ante la incapacidad de su amante de moverse. Se tumbó sobre él, respirandole en la nuca, vencido, extenuado. Le rodeó el pecho con sus brazos, besándole la mejilla, acariciándola con la nariz, incapaz de hablar.

—Voy a dormir siete años —murmuró Marco, acariciando sus manos.

—Hmnmnmhmnm —Se rió al escuchar ese sonido ahogado contra su piel.

—Sí, yo también lo pienso.

—Que tienes que limpiar el cabecero —murmuró con voz adormilada. Marco miró hacia arriba, viendo una mancha blanca que comenzaba a coagularse en la tela negra. Se rió, sintiendo cómo Jean se escapaba de su interior y cómo se manchaba los muslos con su esperma.

—Yo limpio eso y tú me limpias a mí —Levantó el culo, sintiéndolo deslizarse por la parte interna de su muslo.

—Por dios, qué desastre, menuda cantidad de corrida, joder.

Se rieron juntos. Se limpiaron juntos. Se tumbaron juntos, con Marco acurrucado contra el pecho de un estirado Jean cuan largo era. Durmieron juntos. No pasaron ni dos semanas que Jean se trasladó a casa de Marco, dejándolo todo atrás, compartiendo una vida y planeando mil cosas, mil viajes, mil maneras y sitios en los que desquiciarse el uno al otro. Si era en público mejor. Al cambiar de vida y tener su propio taller, volvió a sus raíces. Se abrió los piercings, volvió a su música y su estilo de vestir. Y cuando le recogía al salir del trabajo, apoyado en la puerta del coche con los brazos cruzados y sus ropas rotas y negras, Marco se sonrojaba ante su guiño de ojo canalla, ante esa chulería innata que siempre le había caracterizado, observado por sus alumnos y algunos padres.

—¿Podrías ser más discreto cuando vengas a recogerme? —Le pidió un día.

—No —dijo pasándose la lengua por la argolla del labio inferior, agarrándole del trasero y besándole—, si fuese discreto no estarías tan loco por mí como lo estás.

—Te odio, Kirstein —dijo besándole entre sonrojos.

—Yo también —le azotó, haciéndole reír—, cariño.

Déjate llevar

Una empieza viendo una serie hace unos años, pensando que ciertos personajes son sus favoritos y que es muy buena. Una ve la segunda temporada y se obsesiona con ciertos personajes porque la serie es de las mejores que ha visto. Una conoce a una que está igual de loca que ella y que hace que su creatividad se dispare hasta la estratosfera y al final termina escribiendo su primera historia de PORNO GAY.

Me embarco en esta aventura a ciegas, suponiendo, después de leer muchas vivencias reales de gays, (algunas mejor redactadas que otras, diosbenditoquecosasveoporahí), y en base a eso, a documentarme en los aspéctos físicos a tener en cuenta porque yo no tengo el punto G en el puto culo y algo de porno que he bicheado, me lanzo a la aventura.

Los protagonistas son todos los erasmus de esta historia, pero centrándome ahora en dos de ellos. Los seres humanos más preciosos de la historia.

Jean Kirschtein y su pelo bicolor ♥

Marco Bodt y sus pecas ♥

Los adoro máximamente y los fanarts que voy encontrando no ayudan en la tarea de comportarme como una persona normal, llegando a pensar en estos dos dándose amor hasta en los momentos menos aconsejables. Pero es que mirad, ¡mirad por lo que más queráis!

Y hay como 200 más que pondría pero si os da la curiosidad os metéis en mi carpeta de pinterest y ya está. En fin, que al lío, a ver qué os parece. De esta sí que me gustaría más tener opiniones al ser TAN experimental.

Gracias por leerme y espero que os guste tanto como a mí me ha gustado escribirlo.

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1

El ruido de pisadas sobre ramas y piedras, conversaciones triviales, casuales, rompiendo el hielo, alguna que otra tos incómoda; esa era la banda sonora que acompañaba al grupo hacia los bungalows de los tutores del campamento. Algunos miraban a su alrededor, algunos se aferraban al compañero que conocían de antes, otros se presentaban sin pudor y unos cuantos miraban al suelo. Él volvía a preguntarse por qué había aceptado ese trabajo si no le gustaban los niños y mucho menos los adolescentes de 12 a 16 años, que era lo que se iba a encontrar. Delante de las pequeñas construcciones de madera esperaban dos personas, un hombre y una mujer. Se situaron frente a ellos, la mujer les recibió con una sonrisa y las manos en las caderas, el hombre cruzado de brazos, cansado de estar allí. Una chica rubia y pequeña se ponía en puntillas, intentando ver por encima del hombro de los demás. Parecía más uno de los chicos a los que iban a cuidar que una monitora. Un tipo enorme y rubio le dejó paso delante, sonriendo nervioso. “Pues bien pronto empezamos” pensó al ver la escena.

—¡Bienvenidos! Mi nombre es Hanji —dijo la mujer, colocándose bien las gafas, empujándolas por la esquina derecha —Y mi compañero es Levi. Esta tarde la pasaremos de adaptación y de respuestas a todas las posibles preguntas que surjan sobre vuestro tiempo como monitores. Ambos estaremos por aquí, por si alguno tiene dudas. Los niños tienen su propio reglamento, el mismo que recibísteis por correo y espero os sepais.

—Hay dos reglas básicas —Intervino ese tipo bajito, Levi. A pesar de su altura parecía la clase de persona con la que no quieres discutir—, la principal es la completa prohibición de aparatos electrónicos en el campamento —Un murmullo generalizado se extendió rápidamente entre los 12 monitores.

—¿Nosotros tampoco? —preguntó un chico rapado, como mucho, al tres.

—Si este campamento se caracteriza por algo es precisamente porque sirve como método de desintoxicación de redes sociales e internet —explicó Hanji—. La mayoría de los padres nos escogen por esto mismo. Tenemos cámaras de fotos y relojes de pulsera además de despertadores, que nadie se inquiete.

—En caso de urgencia —retomó el discurso Levi—, nuestro guarda de seguridad posee una línea de teléfono e internet. La segunda regla es que está terminantemente prohibido meter comida en el dormitorio —Una chica castaña soltó una exclamación ofendida. Levi decidió ignorarla—. Y en cuanto a la bebida, tan solo permitimos agua. No es solo una cuestión de higiene básica, es que ya ha ocurrido más de una vez que al llevar alimentos dentro de los bungalow las alimañas e insectos son atraídos, causando un caos que os dará un buen dolor de cabeza.

—Y bueno, no os voy a hacer pasar por el horrible trago de presentaros uno por uno, en lugar de eso acudid cuando os llame y os daré vuestra llave y ocupación en base a los test previos que realizasteis para el puesto como monitores.

Se acordaba del test, le parecieron preguntas ridículas aunque ahora tenían algo más de sentido. Les fue llamando de dos en dos, acudían hasta Hanji y les comunicaba su puesto, dándoles una carpetita y las llaves. Comenzó con dos tipos enormes, uno por su anchura y otro por su altura: Reiner y Bert respectivamente, encargados de las actividades relacionadas con la pérdida de peso y el ejercicio físico. Desde luego era innegable que estaban en forma. Sasha, la chica morena que protestó por la comida, y Connie, el chico rapado que protestó por los aparatos electrónicos,  eran los encargados de las clases de cocina. Un tipo de ojos verdes que le suscitó una antipatía inexplicable solo por su apariencia, fue con energía hasta su posición. Se llamaba Eren y era acompañado de un chico aparentemente muerto de miedo, Armin. Que esos dos fueran los encargados de los talleres de supervivencia le pareció ridículo. Annie era una chica bajita, con la que supo desde el primer momento que no tendría posibilidad alguna por su aspecto hosco, y además porque fue elegida para la enseñanza de artes marciales junto con una verdadera belleza, Mikasa. Su pelo negro brillaba de manera hipnótica, su mirada melancólica le atrajo instantáneamente. Tengo que hablar con este bombón antes de que nadie se me adelante, pensó. Nombraron a una chica llena de pecas, Ymir, acercarse junto a él mismo, ojeando las pautas a seguir en los talleres de dinámicas de la autoestima. ¿Qué carajo es esta mierda? Ya lo leería más tarde. La chica le saludó con un movimiento brusco de cabeza, él repitió el gesto. La rubita medio metro, Christa, era la encargada de los talleres de arte junto con un tipo con más pecas que cara y pinta de ser el típico que se lleva bien con todo el mundo, un tal Marco.

—Procedan a acomodar sus pertenencias en los bungalows y taquillas correspondientes y acudan de nuevo a este punto al acabar —ordenó Levi—. Hay mucho más que tener en cuenta antes de dejar en vuestras manos a un grupo de 20 chavales.

Siguió con la vista a Mikasa, que tras mirar su llave y al niñato de los ojos verdes, fue hacia el bungalow del fondo. Él dormía en el primero, por lo que se encaminó sin prisas, entrando el último con los dos tanques y el chaval de las pecas. Lo único que había en el interior eran varios percheros, taquillas al fondo, un escritorio, una estantería y dos camas literas. El rubio petado se subió en la de arriba pisando tan solo el peldaño de en medio de la escalera.

—¿En serio? —Le dijo el larguirucho—, dejame encima, si me dejas abajo me voy a chocar cada vez que me siente.

—No, me agobio tan oprimido, lo siento.

—Ojalá te tragues una araña…

—¿Eso puede pasar? —dijo el chico de las pecas, mirándoles asustado. El larguirucho se rió suavemente, el rubio le miró con las manos en las piernas  y estas colgando de la cama de arriba, con una sonrisilla divertida. Se giró hacia el hosco y silencioso Jean—, ¿te importa que yo duerma abajo?

—Haz lo que quieras.

—¿Te importa dormir debajo de Reiner y dejarme la superior? —Le preguntó Bert. Tiró su bolsa en la de debajo del rubio, ignorando la sonrisa de idiota del pecoso.

—Te llamas Jean, ¿no? —Le persiguió hacia el exterior—, ¿es francés?

—Y yo qué sé, preguntales a mis padres.

—El mío es italiano, pero no tengo nada de allí —Esperaba que ese tío no pensase en ser su sombra constante, que tenía toda la pinta—. Hay gente muy diferente, ¿nos llevaremos bien?

—¿La verdad? Me da lo mismo, mientras que aquella me hable… —No había terminado de decir la frase que sintió una profunda molestia al ver a Mikasa agarrarse del brazo del niñato de ojos verdes—. Vamos hombre, no me jodas —Marco se rió suavemente.

—¿Por qué estás tan enfadado? Si no querías este trabajo no tenías por qué hacerlo —Le miró frunciendo el ceño, chasqueando la lengua. Le daba rabia esa sonrisita permanente.

—¿De qué vas? —Resopló, cruzándose de brazos y sentándose en un banco de madera frente a los monitores.

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Aguantó la risa ante el mal humor de ese muchacho. Estaba seguro de que era una de estas personas a las que les cuesta soltarse y pasarlo bien, se notaba de lejos el escudo que llevaba para protegerse. Y le gustaba mucho que su pelo tuviese dos tonalidades, le pareció original. Se sentó a su lado, guardando cierta distancia para que no se sintiese más molesto.

—¿Marco? —Alzó la mirada hacia la vocecita agradable que le llamó. Era la chica que sería su compañera—, ¿puedo sentarme contigo?

—Claro, eras Christa, ¿verdad? —Asintió con energía. Era muy bonita, notaba al grandullón observarla sin descanso—. Espero que no te ofenda, pero eres como un angelito—, se llevó las manos a las mejillas, sonriendo ampliamente.

—Nunca me habían dicho algo así, gracias —Una chica con tantas pecas como él mismo se sentó al otro lado, ofreciéndole la mano.

—Ymir, encantada —Christa se la dió. La tal Ymir pareció sonrojarse ante su sonrisa. Marco entrecerró los ojos levemente, riéndose para sí mismo. No saludó a nadie más del banco.

El último que llegó a sentarse fue el chico rubio y bajito, pidiendo perdón. A pesar de que se las tendrían que saber, comenzaron a explicar las reglas básicas del campamento: los horarios de las duchas, de las comidas, de las actividades, las normas de comportamiento, lo que se esperaba de ellos y lo que se esperaba de los chicos. Además de eso, cada pareja repasó sus folletos.  

—¿Puedo preguntar por qué me toca a mí este taller? —dijo Jean en su turno de hablar—, por más que lo pienso no le veo sentido.

—El tuyo eraaaa…  —Hanji miró varios papeles—, ¿Jean? Dinámicas de la autoestima. Pues porque en tus test iniciales demostraste tener mucha seguridad en ti mismo y mucha capacidad para animar a los demás. Sobresalían esas dos cualidades sobre el resto.

—¿Seguridad en mí mismo? —Murmuró, disconforme. Pero asintió, resignandose a la tarea encomendada.

Desde luego parecía tenerla, era lo que aparentaba. Se preguntó si bajo esa coraza de tipo duro se ocultaría un hombre inseguro. Volvió la vista del perfil hosco de ese muchacho hacia su folleto con tareas no muy difíciles, de hecho le gustaba bastante. Tras la ronda de preguntas les mostraron el campamento en su totalidad: Las duchas, la cocina en la que un grupo de personas aparte trabajaba, la enfermería, la pista de deporte, y los diferentes edificios y materiales destinados a los diferentes talleres. Fuera del recinto podrían hacer senderismo, fogatas controladas, juegos y demás, siempre bajo responsabilidad de los monitores.  El tiempo que no dedicasen a estar con los chicos, los dedicarían a preparar actividades, como apoyo o incluso tiempo libre. No solo iban a trabajar, también a disfrutar la experiencia y a conocer a sus compañeros. La verdad es que a algunos compañeros tenía más ganas de conocerlos que a otros. Le miró de reojo. Él miraba a la chica de la segunda fila, a la asiática. Suspiró. Una vez hubieron acabado las órdenes iniciales y nadie tuvo más preguntas, les dejaron volver a los bungalows para desempacar y ordenar sus cosas.

—¿Conoceis a alguien o venís por libre? —Les preguntó Bert guardando la ropa en su taquilla.

—No, no conozco a nadie —respondió Marco—, pero vosotros os conocéis de antes, ¿no?

—Sí, hemos ido al mismo instituto.

—Y al mismo gimnasio —murmuró Jean, metiendo su ropa de cualquier manera en su taquilla. Los otros dos lo miraron contrariados, Marco sonrió, negando con la cabeza.

Tras eso acudieron a la zona común, a cenar. Se trataba de un amplio comedor en el que encontraron unas 8 mesas, tres de ellas juntas. Se fueron sentando tras coger sus bandejas de comida, que no estaba nada mal, era una cena completa con verduras, carne y postre. Sin pretenderlo, o quizás un poquito sí, se sentó frente a Jean, quedando Mikasa a su lado. Jean le dedicaba miradas fugaces a la chica, que no le prestaba atención, comiendo en silencio.

—Va a ser muy difícil no comermelo todo mientras cocine —dijo Sasha sentándose al otro lado de Jean.

—¿No puedes controlarte o qué? —Le preguntó el chico rapado, entre risitas.

—¡Me cuesta mucho! Sobre todo si es comida recién hecha…

—No tienes cinco años como para no poder aguantarte — Le soltó Jean.

—Cuando hay comida de por medio, sí —contestó ella sin ofenderse, riéndose con el chico rapado. No había manera de que se acordase de su nombre.

—Hola Marco —Christa se sentó a su lado, sonriente—, creo que no conoces a Ymir —La susodicha le dio un codazo, poniendo mala cara. Christa se giró y murmuró—: venga, tienes que hablar con los demás.

—Encantado —La saludó con la mano, la chica inclinó la cabeza.

—¿Me presentas a tu amigo? —señaló a Jean, que alzó la vista lamiéndose una mancha de salsa la comisura de la boca.

—Ah, es Jean.

—Y no soy su amigo —Un chasquido de lengua sonó del lado de Mikasa. Un chico de ojos verdes miraba a Jean, molesto.

—¿Por qué eres tan borde con todo el mundo? Cambia esa actitud de una vez, eres tóxico.

—¿Y tú quién coño eres para hablarme así? —El chaval de los ojos verdes se puso en pie, Jean también.

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El muy gilipollas se estaba ganando un pase directo a la enfermería la primera noche como no dejara de tocarle los cojones. Mikasa tiró del brazo de Eren hacia abajo, que se zafó de ella con brusquedad. La chica le miró con aspecto dolido.

—¿Qué haces tratándola así, anormal?

—¿Y a tí qué cojones te importa, cara caballo? —Se acabó. Pasó por detrás de sus compañeros con intención de partirle la cara a ese inútil, pero varias manos le pararon por el camino tanto a él como al enano cabrón tocapelotas.

—¿Qué os pasa a los dos? Es la primera noche —dijo el chico rubio y bajito—, comportaos.

Se zafó del agarre de sus compañeros y con un chasquido de lengua se alejó del comedor, camino a los dormitorios. Se quitó la ropa, quedándose en calzoncillos y una camiseta vieja a modo de pijama, tumbándose en la cama y cerrando los ojos. Lo que le iba a molestar de ese campamento de verano no iban a ser los niñatos, iba a ser la gente de su edad, y lo sabía desde antes de llegar incluso. Al poco tiempo, escuchó la puerta abrirse. No encendieron la luz, pero sí se sentaron en la cama de enfrente.

—La única que ha salido ganando de tu huída ha sido Sasha, se ha echado tus sobras en su plato —Miró hacia el lado, el pecoso destapaba las sábanas y ahuecaba la almohada, con esa sonrisa estúpida y conciliadora—. Menudo temperamento tenéis los dos.

—¿Qué quieres tú ahora?

—Nada. Dormir. Si me das permiso, claro —Notaba la guasa en la voz del chico, respiró hondo y le dio la espalda, intentando ignorar los ruidos que hacía—. Buenas noches, Jean —No le contestó.

No comprendía esa manía de algunas personas de llevarse bien con todo el mundo, no era necesario. No podía dormir, escuchó a los otros dos entrar, sintió su cama menearse peligrosamente cuando el rubio se subió. Y maldijo su suerte cuando, minutos después, los ronquidos de alguno de ellos no le dejaron dormir. Sin embargo, se rindió al cansancio cuando ya clareaba tras las ventanas, hundiéndose en sueños agitados en los que era perseguido, en los que iba desnudo por el campamento de cintura para abajo, sintiéndose observado, juzgado. Una mano en su hombro le salvó de tal angustia. Abrió los ojos con un jadeo, Marco le observaba preocupado, apretando su hombro.

—Menudo mal sueño estabas teniendo…

—Sí —murmuró, pasándose las manos por la cara, sintiendo la mano de Marco alejarse—, menuda noche de mierda.

—¿No te gusta tu cama?

—Lo que no me gustan son los ronquidos de este —Le escuchó reírse al darle una patada a la cama de arriba. Al mirarle estaba asintiendo.

—Me costó quedarme dormido por su culpa, pero bueno, una vez caigo es muy dificil despertarme. De todas maneras pasate por la enfermería y pide unos tapones.

Le iba a hacer caso al pecoso. Se sentó en la cama, observando al último de sus compañeros salir del dormitorio antes que él. Bostezando hasta escuchar crujir su mandíbula, se vistió camino al comedor. En la puerta le esperaba el desgraciado ese, acompañado de Mikasa.

—Ya no digo por ti o por mí —Se le plantó delante, altanero a pesar de ser más bajito—, pero llevémonos bien por el resto del grupo —Le tendió la mano. Mikasa los observaba. El resto de compañeros también.

—Lo que sea, tío —Se la dio de mala gana y al hacerlo, la chica sonrió. Se puso nervioso, le parecía bellísima pero el inútil que tenía siempre al lado parecía no darse cuenta.

Cogió su comida y se sentó en la esquina, frente a la chica rubia con cara de pocos amigos. Ambos comían en silencio, escuchando las animadas conversaciones de los demás: que si tenían ganas de empezar, que cual era tu grupo de música favorito, preguntas de quién tenía pareja y quién no. En ese momento alzó la mirada.

—Mi soltería va a acabar aquí —dijo la pecosa que haría los talleres con él, pasándole el brazo por encima a la rubia medio metro—, Christa es mi esposa, ¿verdad bonita?

—Ymir —La chica se llevó las manos a la cara—, ¿qué dices? —Buscó al rubio brutote, Reiner, con la mirada. Le vio fruncir el ceño, mirándolas a las dos. Su compañero le miraba de reojo, en silencio, con media sonrisa.

—Mikasa y yo estamos juntos desde… —El niñato de mierda miró a la susodicha, que murmuró algo—, desde hace ya 5 años —No lo pudo evitar y chasqueó la lengua. La única que le escuchó fue la rubia silenciosa, que le dedicó una mirada fugaz.

—Marco, seguro que tienes pareja —Le dijo la glotona, Sasha. El pecoso negó con la cabeza.

—Qué va, ¿por qué lo piensas?

—Porque eres adorable —Se inclinó sobre la mesa, tirándole de los cachetes. El chico se rió, frotándoselos y un poco avergonzado.

—Ya encontrarás un novio que te quiera mucho —dijo Christa. Volvió a mirar a Marco. ¿Novio? Apretaba los labios, escondiendo la risa.

—Sí, bueno, supongo.

—¿Cómo has sabido que era gay? —Le preguntó Connie.

—No sé, es evidente, ¿no? Tampoco que es que importe…

—Es el radar gay, Christa, lo posees porque tú también lo eres —Ymir se inclinó sobre la chica—, muy gay.

Miró a Marco una vez más. Pilló al chico mirándole. Sintió que su corazón latió un poco más fuerte por la sorpresa, enviando una descarga por sus brazos y su pecho, hasta su estómago. El chaval le apartó la mirada de inmediato. Se puso nervioso. Lo último que le faltaba era un maricón detrás suya.

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Se levantaron de la mesa del almuerzo casi todos a la vez, en dirección a los edificios de los materiales. Tenían que ayudar a montar el decorado para la bienvenida de los chicos, y como casi todo consistía en manualidades fueron Christa y él los que les daban instrucciones a los demás. Algunos, como Mikasa, eran muy habilidosos. Otros, como Annie, esa chica rubia tan seria, no tenían paciencia. Las conversaciones casuales se volvían cada vez más personales, más animadas, más amigables. Eran un buen grupo aunque claro, como en cada grupo siempre algún gruñón. Annie y Jean eran los suyos. Annie era más del tipo silencioso, Jean se quejaba mucho y fuerte, entendía que irritase a los demás. Y sin embargo, muchos de sus compañeros intentaban incluirle en la conversación, en la que entraba a regañadientes. Tenía que admitir que a más tiempo pasaba cerca de él, mayor era la necesidad de mirarle. No era el hombre más guapo que había visto en su vida, pero madre mía qué ganas de pasar los dedos por su nuca. Era un pensamiento extraño, pero es que ese rapado oscuro debajo de sus cabellos rubiascos le parecía de lo más interesante. Por suerte, alguien sacó el tema mientras colgaban la pancarta.

—¿Cómo es que tienes el pelo de dos colores? —Le preguntó Bert.

—Conforme va creciendo, va clareando.

—¿También tienes así los pelos de los huevos? —Le preguntó Reiner dando una carcajada, haciendo reír a los demás. Jean chasqueó la lengua, escondiendo una sonrisa.

Unas horas después, el campamento bullía de alegría con los 20 chicos reunidos en torno a las mesas llenas de comida. Les saludaron, les desearon una feliz estancia y repasaron tanto las normas como las actividades. Reiner tomó la voz cantante como líder sin problema alguno, ayudado por Eren. No parecían malos chicos, pero todos se quejaron con lástima al dejar sus teléfonos móviles y reproductores de música en una bolsa que les pasó Armin. Ese día no harían actividades, les llevaron a sus dormitorios y después les dejaron explorar el campamento, turnándose para supervisarles. Los más mayores tenían más problemas para relacionarse que los más jóvenes. Algunos de ellos iban dando vueltas buscando a los monitores, repitiendo sus nombres cada vez que los veían para que no se les olvidase. Marco hacía lo mismo con los nombres de los chicos, repitiéndolos mentalmente y preguntándoles cuando no se acordaba. Cuando los acostaron se sentía algo cansado, y eso que fue el primer día.

—La primera actividad que tienen mañana es ejercicio físico —Les dijo a Reiner y Bertolt una vez en el dormitorio. Tuvo que apartar la vista del pecho desnudo del rubio porque madre del amor hermoso.

—Se van a enterar. He visto a más de uno que no ha levantado el culo de los bancos desde que ha llegado, ¿cómo va a ser eso con esas edades?

—Tampoco seas muy bruto, ten consideración con ellos —Le pidió Bert.

—Que espabilen, ¡eh! ¿Quién se ha muerto? —le dio tal palmada al recién llegado Jean  en la espalda que le hizo dar un paso hacia adelante.

—Mi ilusión por tener algo con Mikasa —Le contestó a regañadientes.

—Mira Reiner, solo dos días llevamos aquí y ya sois dos los despechados —dijo Bert entre risitas, haciéndole reír a él también.

—¿No te ha llamado nadie la atención a ti, Bert? —Le preguntó Marco, doblando su ropa usada para meterla en una bolsa de plástico. El chico sonrió levemente, asintiendo.

—Le gusta Annie —Bertolt se subió en la cama como acostumbraba, casi de un salto.

—Te la vas a cargar, bestia parda —protestó Jean. Se quitó la camiseta de espaldas a él. Marco apretó los dedos a la tela de la ropa que sostenía, mirándole de reojo. Su musculatura era la perfecta, estaba fuerte, ejercitado, pero no era ancho como Reiner o tan delgado como Bert. Se le quedó la boca seca—. Esa tía es super rara, no se ríe nunca.

—Pues como tú —Le dijo Marco. Jean le miró de reojo—, aunque tú sí hablas, al menos.

Quería pensar que era cosa suya, pero le pareció notar que desde esa mañana, Jean le evitaba. No volvió a mirarle a la cara, no interactuaba con él, aunque también era verdad que antes tampoco lo hizo. Se acostó con un suspiro, tapándose y girándose hacia fuera, observando cómo el chico se ponía tapones en los oídos y se giraba en la cama tras haber apagado la luz. Las luces exteriores siempre estaban encendidas, por lo que entraba claridad a través de la ventana entre abierta. Quería acostarse con él, abrazarle, acariciar los músculos de su espalda. Quería que fuera tan homosexual como él y un poco menos hetero, pero como casi siempre en su vida, no era así. No podía dormir. Le estaba empezando a dar fuerte por su compañero de habitación, tendría que evitar esos pensamientos a toda costa. Sin embargo, minutos después, le escuchó hacer ruido. Unos murmullos cortos, jadeantes, casi como… ¿gemidos? Vio a Reiner moverse inquieto en la litera superior al escucharle. ¿Se está pajeando? Marco metió la mano bajo las sábanas, palpando su creciente erección dentro de los calzoncillos. No movía los brazos, no se movía en absoluto. Y sin embargo los gemidos cortos, casi jadeos, se repetían. Marco se lamió los labios, adelantando un poco la cadera, tirando de la piel de su miembro en una caricia que le resultó más placentera de lo que esperaba.

—Mmm… Mikasa… —murmuró Jean. En el silencio de la habitación sonó más fuerte de lo normal.

—¿Qué coño? —Reiner se asomó agarrándose al borde de su cama.

—Te vas a caer —Le advirtió Bert—, está hablando en sueños. Déjalo que disfrute —Marco se sacó la mano de los calzoncillos, perdiendo el apetito sexual. Con un suspiro y esperando que no volviera a gemir el nombre de la chica, se giró en la cama, obligándose a quedarse dormido.

 

2

No se despertó por el ruido, fue por notar la cama moverse. Miró sobre su hombro justo cuando Reiner aterrizaba desde la litera superior. No dijo nada, de igual manera tenía que levantarse. Marco ya se había marchado de la habitación, tan solo quedaban ellos tres. Se vistió y revisó el horario en el tablón del exterior de su bungalow para comprobar que su taller era el último de la mañana, las tardes las tenían con el grupo de supervivencia y artes marciales. Desayunó en silencio, volviendo a prestar atención a lo que conversaban sus compañeros, conociéndoles sin realmente tener un contacto directo.  Casi al acabar el almuerzo, fue consciente de que no había escuchado a Marco abrir la boca, cosa muy rara en él. Miró al fondo de las mesas y se lo encontró comiéndose lo que le quedaba de tostada con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos. Con un suspiró pareció volver a la realidad, recogiendo su bandeja, tirando la basura y caminando tranquilo hacia los chicos.

—Eh, un momento —Armin se puso en pie, mirándoles—, alguna noche tenemos planeado acampar fuera, en el bosque, y necesitaremos dos monitores de apoyo. Ya iremos diciendo un día antes pero la verdad es que nos haríais un favor.

Nadie respondió, nadie quería dormir fuera cuidando a un grupo de niñatos. Ymir se acercó a él tan pronto recogieron su desayuno, haciéndole un gesto con el mentón.

—¿Alguna idea de qué vamos a hacer hoy? —Le preguntó.

—Había pensado la actividad de las etiquetas —Le respondió él. No le disgustaba esa muchacha, la veía directa y sin pelos en la lengua. Quizás los de Christa. Escondió la sonrisa que le provocó su propio chiste—. Aún no se conocen mucho y puede ser un buen ejercicio.

—Vale, voy a por las pegatinas. Vete con los de arte y cocina, me ha dicho Christa que necesitan ayuda para cargar las cosas del almacén hasta el taller —Asintió.

Prefería mil veces estar haciendo cosas que mirando el techo. Al llegar, vio a los cuatro esperando a que Connie abriera el candado del almacén. El chico parecía tener problemas y blasfemaba más que otra cosa.

—¡Está oxidado! La llave no va…

—Ten cuidado, no vayas a cargartela —Jean se acercó a él, quitándosela, observando la cerradura. No la metió hasta el fondo y la giró, sonriendo al notar que cedía—, más vale maña que fuerza —Connie se rascó la nuca, molesto.

—Estos hornillos pesan una barbaridad, ¿de qué siglo son? —dijo Sasha sacando uno en brazos. Pensó que era una exageración, pero no era así, pesaban bastante.

—Pues como tengamos que hacer esto todos los días vamos listos.

—No os preocupéis, podemos ayudar —dijo Ymir, cogiendo otro. La bolsa con las pegatinas le colgaba del hombro.

—Oye Marco, ¿qué te parece si damos la clase fuera? Creo que para pintar es mejor estar al aire libre, y la primera clase es pintura.

—Vale, como quieras —Al dejar el hornillo miró a Marco. Tan pronto Christa se dio la vuelta, se desvaneció su sonrisa, volviendo a ese gesto pensativo del comedor. Algo le pasaba. Le puso la mano en el hombro.

—¿Estás bien? —murmuró cuando el resto volvió a entrar en el almacén. Marco se giró bruscamente, mirando la mano de Jean, apresurandose a fingir una sonrisa tensa al mirarle el rostro.

—Claro, no te preocupes —Jean frunció el ceño. Por alguna razón se alejó de él con una expresión agitada, incómodo.

Mientras hacía tiempo hasta que diera la hora de su taller, se paró a pensar que quizás con su actitud le había hecho creer que le molestaba su presencia. Y bueno, sí era cierto que le resultaba un tanto chocante esa actitud de felicidad permanente y esa necesidad por entablar amistad, pero no quería que el chaval se sintiese mal por su culpa. Tras la clase de arte, tocaba la suya, por lo que se levantó de la cama en la que descansaba con los ojos cerrados. Antes de salir del bungalow, un apesadubrado Marco abrió la puerta, cerrando tras de sí. Se le cortó el suspiro, jadeando al mirar al frente y encontrar a Jean apoyado en las literas.

—¡Qué susto! —Murmuró, con la mano en el pecho.

—Eh, deja ya esa actitud decaída. No sé qué te ha pasado pero seguro que no es tan importante, ayer se te veía con muchas ganas de pasartelo bien y hoy da pena mirarte —Marco le apartó la mirada, agarrándose los bajos de la camiseta con ambos puños—, para alguien que ha pillado el campamento con ganas y nos la transmite a los demás… —Jean chasqueó la lengua. Marco no reaccionaba.

—Gracias —susurró, sin mirarle.

—Eh, nos vendría bien una mano con los chavales y tú ya has estado con ellos. Si no tienes nada mejor que hacer… —Ante la petición de Jean, Marco alzó la vista, asintiendo, sonriendo un poco más de verdad. Tenía un churrete verde en la mejilla—. Lavate la cara cuando acabes, te has manchado.

—Ahora voy al baño —Jean se la frotó con el pulgar. Era ligeramente más alto que él, bastante más moreno. La mancha no salía. Al mirar a Marco a los ojos se dio cuenta de que estaba demasiado cerca y el muchacho demasiado tenso.

—Venga, no puedo perder el tiempo —Salió con prisas del bungalow, forzándose a ignorar los movimientos extraños de su corazón en ese último intercambio de miradas.

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Suspiró profundamente una vez Jean se hubo alejado. Casi perdía el control. Casi le besaba. No podía dejarse llevar de esa manera a su lado pero es que jamás habría pensado que él pudiera decirle unas palabras de ánimo tan dulces. Fue al servicio, a borrarse esa mancha verde con una sonrisa, que al verla en el espejo, no pudo juzgarla de otra manera que no fuera como estúpida. Se ensanchó, por lo que se llevó las manos a la cara, tapándosela.

—Eh, ¿va bien la cosa? —Reiner le dio dos manotazos en el hombro al verlo así.

—Sí, sí. ¿Qué tal se les ha dado el ejercicio? —Encogió la nariz y levantó el labio mientras se la sacaba para mear. Se le fueron los ojos. Los abrió de par en par, volviéndose al lado contrario. Pobre de la que le toque meterse todo eso, menudo bicho.

—No saben ni lo que es una sentadilla. Creo que me han odiado un poco.

—Ya se acostumbrarán…

Se alejó de Reiner y la bestia, preguntándose por qué muchos hombres a pesar de saber su inclinación sexual nunca parecían avergonzarse de desnudarse ante él. En fin, es como si lo estuvieran haciendo delante de una mujer heterosexual, pero por lo visto no era un concepto que les entrase en la cabeza. Cuando encontró el edificio donde estaban dando el taller, se quedó al fondo, escuchando y esperando. Por lo visto ya se habían presentado.

—Vale, la actividad de hoy consiste en que os vamos a dar estas pegatinas y os las vais a poner con adjetivos que creáis que os describan, buenos o malos. Da igual el número, creo que hay suficientes —explicó Ymir.

—Por ejemplo, yo puedo ponerme la etiqueta de “alto” —Jean la escribió en uno de los adhesivos y se lo pegó en el pecho.

—Y una mala, sería esta —Ymir se reía, escribiendo en una y pegándosela en la frente a Jean, haciendo a los chicos reír. En ella estaba escrito “caracaballo”. Jean no hizo el intento de quitarsela. Su actitud con los chicos era bien distinta a la que tenía con sus compañeros.

—Vale, manos a la obra. Valen pensamientos propios, cosas que os hayan dicho, positivas o negativas. Si tenéis alguna duda aquí estamos, y Marco también os puede ayudar —Los chicos se volvieron, saludándolo. Algunos estaban manchados hasta las cejas de pintura.

Esos niños pusieron de todo: guapo, feo, alto, bajo, gordo, sexy, guay, aburrido, timido, gamer, empollón… Uno de los chicos más mayores miraba la etiqueta sin decidirse a escribir. Casi todas las que tenía puestas eran negativas. Marco se acuclilló a su lado.

—¿Qué te ocurre? —El muchacho se sobresaltó. Volviendo a centrar su atención en el trozo blanco de papel.

—Hay una que se me ha ocurrido pero no sé si puedo. Es una palabrota.

—Claro que puedes, vale cualquier cosa que se te ocurra. Pero que no se te olviden las buenas, ¿eh? Por ejemplo, después de mi taller puedo decir que eres un artista de los pies a la cabeza —El chico sonrió ligeramente, aparentemente envalentonado. Se puso en pie y miró a su alrededor. Ymir escuchaba atentamente a una chica, Jean se reía con los tres que más jaleo armaban.

—Bueno —Les llamó Jean unos minutos después—, a ver, ahora lo que quiero que hagáis es que os quedéis solo con las que os gusten. Las que no, pegadlas en el folio que tenéis delante —El ris, ras de etiquetas siendo arrancadas inundó la clase.

—Esa no puedes quitartela —El muchacho indeciso de antes miraba a su compañero, que le quitó una etiqueta de las manos y volvió a pegarsela en medio del pecho—, si eres una nena, lo eres —Otro compañero le rió la gracia. Ymir frunció el ceño, Jean se acercó quitándose la pegatina de la frente.

—Tú —le dijo Ymir al abusón—, ¿a qué viene ser tan desagradable con tu compañero? ¿por qué te has comportado así?

—Él es como es —dijo ese listillo fingiendo inocencia—, no puede quitarse la etiqueta siendo el más ma… gay del campamento —Marco descruzó los brazos, acercándose al chico y viendo la palabra “maricón” en su pecho pegada.

—Levantate un momento, bonita —Le dijo Ymir a la chica que tenía sentada delante ese muchacho. Cogió su silla y se sentó con las manos apoyadas en el respaldo—, ¿por qué piensas que un gay es menos que tú?

—No es que piense que sea menos que yo, es que no es un hombre en condiciones —Marco se mordió la lengua, dejando a Ymir hablar.

—¿Y cómo es un hombre en condiciones?

—Fuerte, no lloriquea ni va quejandose —Ymir abrió mucho los ojos.

—Claro. Es decir, ¿llorar y no ser fuerte es de mujeres? —asintió—, porque las muejeres somos blanditas, ¿no? —volvió a asentir—. ¿Son entonces las mujeres menos que los hombres? ¿Una mujer no puede ser fuerte?

—Yo no he dicho eso —murmuró.

—Claro que sí. Lo acabas de decir. Le has dicho nenaza. Una nenaza conlleva ser una mujer. Y si para tí ser una mujer es ser débil, ser una mujer es malo. Piensalo, quizás es una idea que has escuchado por ahí pero a lo mejor puede ser que te equivoques —Le devolvió su asiento a la chica, que le sonreía abiertamente. Al girarse, le guiñó el ojo a Marco, que suspiró.

—No pasa nada, deja que piense eso —dijo él en tono apaciguador, acercándose al acosado que no levantaba la vista del pupitre—, cuando lleguen las clases con Mikasa y con Annie, veremos quién es el débil aquí. Probablemente puedan tumbar al instructor Reiner con sus habilidades —el abusón miró a Marco, incrédulo —déjame tu etiqueta —el chaval se la arrancó, dándosela en silencio. Marco la hizo una bola, cogiendo una nueva y escribiendo “homosexual” en ella—. ¿No crees que esto es mejor? Te define y no te insulta —El chico le miró a los ojos, asintiendo y sonriendo débilmente—, somos lo que somos, ¿vale?

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—No es nada de lo que avergonzarse —dijo Jean, intentando esconder lo mucho que la había cabreado las barbaridades de ese niñato—, y con tu actitud lo que haces es eso precisamente, que se sienta avergonzado de algo que es y no puede evitar igual que tú no puedes evitar tener los ojos marrones.

—No es malo —dijo Ymir, hablando ahora con todos—,  y no hay culpables. Igual que el color azul te puede parecer más bonito que el rojo y no pasa nada, un sexo te atraerá, el otro no y no hay problema.

—O no te atrae ninguno, o te atraen los dos. No seáis cerrados de mente, sois demasiado jóvenes para eso y tenéis mucho por vivir. En fin, ¿ya tenéis todas pegadas? —asintieron—, ahora eliminad los insultos que os hayan podido decir —Los chicos hicieron caso—, y supongo que os habéis quedado con los complejos. ¿Los podéis cambiar?

—No es fácil —se quejó una chica.

—Claro que no. Pero tampoco imposible. Si hay algo en tu forma de ser, como tú, que dices ser tímida —le dijo Ymir a una muchacha que se hundió en la silla—, eso tiene arreglo. Todos estamos aquí para ser mejor persona y nosotros estamos aquí para ayudaros. Pero más importante que eso, es que os ayudéis entre vosotros, ¿de acuerdo? Y eh —señaló al abusón, en silencio desde la reprimenda—, sin rencores. Un error lo tiene cualquiera.

Dejaron a los chicos marcharse con sus folios, esperaba que algo de lo que habían hablado les calase antes de que con los juegos se les olvidase todo. Recogieron las pocas cosas que había por medio y cerraron la clase, sin hacer comentarios porque los chicos andaban cerca. Caminaron hasta la zona de monitores, Jean observó a Marco suspirar, echandose el pelo negro del flequillo hacia atrás con la mano.

—Lo he pasado fatal por ese muchacho —murmuró—, me he visto completamente reflejado en él cuando tenía su edad.

—Ya, yo también —dijo Ymir—, cuanto antes admita su sexualidad mejor porque siempre se va a encontrar con gilipollas como este por la vida.

—Ese niñato no hacía más que repetir lo que ha escuchado en casa, está clarísimo —Marco le miró—, vamos a tener que vigilarle, no sea que ahora le de por insultar a ese chaval con más ganas —Marco volvió a suspirar, asintiendo.

En el almuerzo se lo hicieron saber a sus compañeros, pidiéndoles a Annie y a Mikasa que no tuviesen piedad con ellos. Marco no les quitó la vista de encima en todo el almuerzo.

—No le des más vueltas —Le dijo, rebañando el yogurt con la cucharilla—, si los pillamos los castigamos y fin, pero ni puedes ni debes proteger a ese chico tantísimo.

—No lo puedo evitar —cogió su bandeja y la llevó hacia la papelera, tirando los restos. Jean le persiguió con la mirada.

—Hay que ver lo que te preocupas por el bueno de Marco —Se giró hacia Ymir, que le susurró la frase con una sonrisa divertida, alzando las cejas.

—¿Eres imbécil? Me preocupo por él igual que lo haría por cualquiera de vosotros.

—Deja que lo dude.

Jean frunció el ceño, refunfuñando y murmurando sobre la soberana tontería que esa tía insinuaba. Marco estaba con tres de los chicos, cogiendoles de un árbol unas peras que creían en lo alto. Cuando se las dio y los chicos se lo agradecieron, su sonrisa fue genuinamente feliz y honesta. Una sonrisa que daba ganas de sonreír. De hecho, no fue hasta que Marco le miró que Jean no se dio cuenta de que eso era exactamente lo que estaba haciendo, sonreírle con las manos en los bolsillos. Se aproximó a él, Jean se alejó cambiando la expresión, agitado. Salió del recinto y se dirigió camino al bosque, a pasear.

Lo que Ymir había sugerido era que él, Jean Kirstein, era gay. O al menos que ese idiota le gustaba. Le caía bien, le parecía un muchacho majo y quizás inocente, pero a él no le gustaban los hombres. Estaba tan seguro de eso como de que respiraba. Solo tenía que mirar a Mikasa para asegurarse. La boca de Mikasa. Su pelo. Su blanca piel. Se rió para sí mismo dándose cuenta de lo ridículo de esa duda repentina, tumbandose entre los árboles, suspirando. Le gustaba imaginar que Mikasa le acariciaba el rostro, que le mimaba, que lo tocaba con esas manos delicadas. Para salir de dudas y demostrarse a sí mismo que la teoría de Ymir carecía de base, se imaginó a Marco. Nadie tendría por qué saberlo siempre que quedase en el secreto de sus pensamientos. Imaginó que en lugar de reposar la cabeza en sus brazos, lo hacía en las piernas de Marco. Que no eran las pequeñas manos de la chica, sino las pecosas y enormes manos del muchacho las que le apartaban el pelo de la cara. Imaginó abrir los ojos y verle allí, con esa sonrisa, pero solo para él. Imaginó que se inclinaba y le besaba en los labios. Tragó saliva. Se sentó bruscamente, abriendo los ojos, llevándose una mano al pecho.

—Puta Ymir…  —No entendía qué hacía pensando esas pamplinas.

Le había metido la idea en la cabeza, una ridiculez. Se alegró de no tener a nadie alrededor porque sabía a ciencia cierta que sus mejillas no se veían como siempre. Ni siquiera su respiración era la normal. Se levantó y caminó de vuelta al campamento, a entretener su mente con otras cosas que no fueran aquellas vergonzosas fantasías sin pies ni cabeza.

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Paseaba por el recinto con Sasha, Christa e Ymir porque les había parecido escuchar ruido de gallinas por la parte trasera de la pista de deporte. Sasha caminaba haciendo el tonto con la linterna en la mano, esa zona no estaba iluminada de noche. Christa salió corriendo, poniéndose a la altura de Sasha, riéndose con ella. Ymir caminaba tranquila junto a Marco.

—¿Cuándo vas a lanzarte? —La miró, frunciendo el ceño, con el corazón un poco acelerado por lo que esas palabras podían implicar.

—¿Eh? —Se rascó tras la oreja, observando cómo alzaba la respingona nariz al reírse.

—No te hagas el tonto, sabes de quién te hablo. Te pasas el día mirándole.

—No voy a hacer eso. A él le gusta Mikasa —asintió.

—Y tú también, pero no lo sabe —El corazón pareció subirle hasta la garganta. Una risa nerviosa salió en lugar del grito que en realidad necesitaba dar ante tal información.

—¿De dónde te has sacado eso? Nos llevamos bien, ya está.

—De la reacción que tuvo cuando se lo insinué —Marco la agarró del brazo.

—¿Por qué has hecho eso? —La chica dejó de andar, observándole sin comprender su malestar—, ahora no va a comportarse igual. Va a mantener las distancias.

—No seas tonto, le he dado en qué pensar. Ahora contempla la posibilidad de ser un poquito gay —Le guiñó el ojo y alcanzó a las chicas, que reían felices ante el hallazgo de animales de granja.

Le preocupaba la idea de no poder hacer vida normal con sus compañeros. Igual que había hombres que se comportaban con él exactamente igual al saber de su sexualidad, existían los que se alejaban. Jean no parecía de los segundos, pero si se le pasaba por la cabeza la idea de que Marco pudiese querer algo con él… Se agarró a la verja metálica, escondiendo su angustia con una de sus sonrisas de siempre.

—¡Eh, ahí está Jean! —El corazón le revoloteó en el pecho, mirando a la dirección en la que Ymir señalaba. Un caballo pastaba tranquilamente, sin prestarles atención.

—No seas mala con él —Le riñó Christa, escondiendo una sonrisa.

—¿Crees que tendrán huevos? —Sasha empezaba a saltar la valla cuando una voz les sobresaltó.

—¿¡Qué estáis haciendo?! —La chica se cayó dentro del corral, todos se volvieron a la vez ante la grave voz. Era Reiner, riéndose a carcajadas y acompañado de Bert, Annie y Jean, que caminaba con las manos en los bolsillos, como siempre.

—Creíamos que erais los niños —Se disculpó Bert.

—¿Estás bien, Sasha? —Le preguntó Christa.

—¡Me habéis asustado y ahora estoy llena de plumas! —Se sacudió la ropa y se giró hacia las pequeñas casetas—, pero ya que estoy…

—Sal de ahí, no puede ser ni higiénico —Le dijo Jean. No podía mirarle, le sentía a su lado pero no podía mirarle después de lo que le había dicho Ymir.

—Bah, no hay nada más que mierda. Bert, ayuda —Le echó los brazos al chico, que la sacó tirando de ella sin dificultad.

—Qué poco pesas para lo que comes —Le dijo, camino de vuelta a los bungalows. Ya era la hora de cenar.

—Lo gasta todo en ponerme nerviosa —comentó Annie en voz muy baja. Era la primera vez que la escuchaba hablar.

—Uhhhmmm mi Annie preciosa —Sasha se le colgó del hombro, la chica se la quitó de encima, haciéndole reír. Marco no podía soltar la valla, no quería mirar a Jean. Esperaba a que se alejase, pero no lo hacía.

—Eh, ¿vienes o te quedas a mirar los pollos? —Le preguntó. No sabía qué hacer, vio al caballo y se le ocurrió la broma, una manera de esconder sus nervios.

—¿Has visto? Eren diría que tienes familia ahí detrás —Se rió débilmente, cada vez con menos ganas al ver la expresión furiosa de Jean al pillar la broma. Se acercó a él, agarrándole del cuello de la camisa con una mano, mirándole con los dientes apretados. Marco le puso una mano en la muñeca y otra en el hombro, molesto por su violencia—. ¿Qué haces? ¡Suéltame!

—De todas las personas del puto campamento, tú no vas a insultarme de esa manera.

Marco relajó la expresión. Cuando Jean le habló, noto el calor de su aliento en sus propios labios. Apenas había luz, pero la suficiente para iluminar esos ojos castaños y rasgados, furiosos, preciosos. Jean aflojó el agarre, relajando las cejas, mirándole a los ojos. Marco le miró los labios. Se acercó a ellos mientras una voz en su cabeza le imploraba que se estuviese quieto. Rozó la nariz de Jean con la suya. Volvió a mirarle a los ojos, los cerraba con fuerza, respiraba agitado. Ymir llevaba razón. Se puso tan nervioso que le dio la risa. Jean abrió los ojos, Marco no podía parar de reírse, aún rozando sus narices.

—¿Eres imbécil o qué te pasa? —Tiró de su camiseta. Jean atrapó con la boca su labio inferior, succionando, aún enfadado. Ay, dios mío. Marco aspiró con fuerza, subiendo la mano de la muñeca de Jean hasta sus dedos. Tiró de los rubios mechones del chico, mordiéndole el labio inferior, escuchándole soltar una débil exclamación. Le besó la boca, despacio, varias veces. Jean se dejaba besar.

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—¿Qué coño haces? —Le dio un empujón a Marco, dado dos pasos hacia atrás, mirando sobre su hombro. El grupo estaba ya muy lejos, nadie se había percatado. Menos mal.

—Tú me has besado —susurró, sus pechos subían y bajaban, agitados.

—¡Tú has empezado! No vuelvas… no… —Apretó los labios, sintiendo cómo se le subían los colores, sintiéndose ridículo y violento—,  ¡no soy gay! ¿Vale?

—Sí, claro, vale —Marco asintió, con expresión despistada.

Se dio la vuelta, apresurándose para alcanzar al grupo, preguntándose qué cojones estaba haciendo. Lo de caracaballo le molestó mil veces más al provenir de Marco que de Eren, no se lo esperaba, y por supuesto no se esperaba que fuese a acercarse a él de esa manera. No entendía por qué su orgullo le hizo reaccionar así, o su vergüenza. Se pasó una mano por la frente, sintiendo las mejillas tan calientes como cuando fantaseó con un beso como ese en el bosque. Qué va, como este no, este ha sido mucho mejor y lo sabes. Se pasó la mano por el pelo, resoplando. Las cosas no podían seguir así. Cenó enfurruñado, sentado junto a Mikasa, mirándola mucho y sintiéndose nervioso cuando la chica cruzaba la vista con él, asegurándose de que lo que había pasado con Marco era un error. Sin lugar a dudas.

—Una de estas noches deberíamos hacer una fogata fuera —sugirió Connie—, he preguntado en cocinas y tienen cervezas si las pedimos. Pero solo nos dan dos por cabeza cada noche y tenemos que avisar un día antes.

—Podemos planearlo para dentro de unos días —sugirió Eren—, una vez en los dormitorios, estos se cuidan solos.

—¿Habéis vigilado al chico que os dije? —preguntó Marco a Annie y Mikasa. Ambas asintieron.

—Se quiso pelear con las dos —dijo Mikasa, sonriendo suavemente. Era indudablemente bella—, y ninguna tuvimos ninguna compasión, como nos pediste.

—Creo que se le han bajado los humos al ver que los demás se reían —Annie dejó en el plato su último hueso de pollo—. Me voy a dormir. Bert, deja de mirarme con la boca abierta y ven un momento.

Todos miraron al aludido, que puso la espalda derecha, observando a la chica con ojos como platos y levantándose con prisas tras ella. Reiner se rió al verle alejarse, negando con la cabeza.

—No llevamos ni dos días y ya hay dos parejitas…

—Y las que quedan —murmuró Ymir. Jean apretó los dientes al escuchar a Marco reírse nervioso. No sabía de qué se reía. Miró en dirección al muchacho y al verle morderse el labio, encogiendo esa pequeña nariz llena de pecas ante las cosquillas de Christa, se le volvió a escapar una sonrisa.

—Un momento —Sasha puso ambas manos en la mesa, acercando su cara a la de Jean—, ¡Has sonreído! ¡Por fin! Te mereces mi pan —Le ofreció la mitad de la pieza medio mordisqueada. Él cogió aire, poniéndose en pie y disculpándose.

Se encaminó hacia el servicio, echando la última meada del día, con prisas por meterse en la cama. Dos días, le conocía de dos días y había conseguido hacerle cuestionarse su sexualidad. Tampoco es para tanto, joder. No se iba a alejar de él, ni mucho menos, pero procuraría poner límites. Los siguientes días procuraba no sentarse muy cerca suya en las comidas ni coincidir en las duchas. Charlaban cuando se daba la ocasión, pero asuntos triviales y breves. Ymir no volvió a sacar el tema y Marco no habló sobre aquel beso extraño, lo cual agradeció profundamente. Suficiente se confundía solo como para que le liaran más la cabeza. El viernes, Marco dio su taller y se encerró en el bungalow, poniendo de excusa que estaba enfermo. Jean pasó su hora con los chavales, almorzó, ayudó a Eren y a Armin con sus actividades y aún no sabía nada de él.

—Le deberíamos llevar algo de comer —propuso Bert antes de la cena—, no es bueno que esté enfermo y no coma nada en todo el día.

—Había pensado lo mismo —dijo Jean, con una manzana del almuerzo que había guardado para dársela después—. Voy a pasarme antes de ir a cenar.

—Sí, yo voy a por una toalla, quiero ducharme —Bert le acompañó al dormitorio.

Jean abrió despacio, si estaba dormido no quería darle un susto y la zona de los dormitorios siempre era muy silenciosa, alejada del barullo. Se asomó al interior con cautela. La volvió a cerrar a igual manera.

—Espera unos minutos, está… ocupado —Le lanzó una mirada significativa a Bert, que sonrió.

—No pasa nada, me ducho después de la cena —Se encogió de hombros y se alejó al comedor.

Jean no podía moverse. Sostenía el pomo del dormitorio con fuerza, intentando mostrarse de un calmado que no compartía su corazón. No miró mucho tiempo, pero lo que vio le puso excesivamente nervioso. Marco estaba destapado, sudoroso, con los pantalones y calzoncillos por los tobillos, abierto de piernas. Se la acariciaba de manera impetuosa, dando golpes al aire con sus caderas, necesitado, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, dejando escapar cortos gemidos excitados. Su otra mano se perdía entre sus muslos, demasiado hundida como para estar acariciándose los cojones. Sabes que se estaba metiendo un dedo y sabes perfectamente en quién estaba pensando. Tragó saliva, sintiendo una presión en sus calzoncillos que no tendría que existir. En un mundo lógico, normal y controlado, se habría reído con Bert y se habría alejado sin más. Pero ahí estaba, debatiéndose entre marcharse o quedarse. Planteándose la posibilidad de echarle una mano. QUÉ ESTÁS DICIENDO JEAN, MUEVE TU PUTO CULO HETERO AL COMEDOR, DESGRACIADO. Respiró hondo, soltó el pomo, y le hizo caso a esa voz que le pedía que usase su sentido común.

3

Metió la camiseta manchada de esperma en una bolsa, volviendo a la cama, a taparse. Ya no se sentía tan enfermo como ese medio día por los medicamentos que le dieron en la enfermería. Lo que tenía era hambre, pero también le sugirieron reposar en la cama, así que no se levantó más que para encender la luz. Se aburría, no quería dormir más. Fue la primera vez en toda la semana que echó de menos su teléfono o un ordenador. Bebió una vez más de la botella de agua, ignorando el gruñido de su estómago, y acababa de tumbarse cuando escuchó voces acercarse a la puerta.

—¡Ey! ¿Estás mejor? —Le preguntó Reiner, quitándose la camiseta conforme entraba.

—Sí, pero tengo hambre…

—No te preocupes por eso, Jean te trae media cocina —Bert le sonrió, cogiendo una toalla de su taquilla—. Voy a ducharme, ahora vengo.

—¿Solo o con Annie? —Al chico se le subieron los colores, riéndose avergonzado y saliendo sin decir nada más.

—Toma —Jean le dió un puñado de fruta y unas alitas de pollo enrolladas en servilletas. Marco se sentó con las piernas por fuera de la cama, sonriéndole.

—Gracias, estaba muerto de hambre —Jean se quedó mirándole unos segundos, hasta que asintió, sentándose en su propia cama y quitándose la camiseta.

Sabía que desde el beso iba a comportarse de manera extraña a su lado, el problema es que no era siempre. En ocasiones le trataba con total normalidad, en ocasiones se volvía un rarito silencioso a su lado. No tenía ni idea de lo que Jean pudiese tener en la cabeza, pero desde luego debía estar hecho un lío. Se lo comió todo con muchas ganas, sintiéndose definitivamente mejor. Fue a darle las gracias a Jean una vez más pero ya se había puesto los tapones en los oídos, dándole la espalda. No había terminado de meter todos los desperdicios en una bolsa que Reiner ya estaba roncando. Se rió suavemente y se metió en la cama, intentando dormirse ante la falta de algo mejor que hacer.

La décima vez que se giró en la cama, Marco resopló. No había manera de pegar ojo. Miró hacia Jean, hasta su espalda desnuda. A menudo se quedaba soñando despierto, pensando en qué habría pasado si él hubiese continuado con ese beso, allí mismo, en el suelo de tierra. Se sintió tentado a pajearse otra vez para quedarse dormido, solo que con los compañeros allí le daba reparo. Jean se agitó, poniéndose boca arriba, con la cara girada hacia él. Su ceño se fruncía y relajaba, comenzaba a respirar acelerado. Por lo menos este folla en sueños. Comenzó a gemir igual que la otra vez, apretando los labios, dejando el aire salir en cortos jadeos.

—Hmmm…mmm… —Chasqueó la lengua mientras le miraba, era injusto. Ser maricón era una mierda—. Hmmmmmarco… —Aspiró despacio, profundamente, llevándose una mano a la boca. El corazón le golpeaba con rabia contra el esternón, mareándole. No ha dicho tu nombre ni de puta coña—. Marco… Hmmm… —Sí. Sí había dicho su nombre. Y se retorcía en las sábanas, levantando las caderas, con el cuello hacia atrás.

Y volvía a repetirlo. Y cada vez más fuerte. Reiner roncaba, pero Bert no había vuelto y si le oía, se moría de vergüenza. Se levantó de la cama, liándose con un pie en la sábana y cayendo de rodillas en el suelo de madera. Justo antes de un gemido especialmente escandaloso en el que Jean curvó la espalda, le tapó la boca.

—Cállate imbécil —susurró más avergonzado que enfadado.

Jean abrió los labios girando la cara, capturando su pulgar entre ellos, volviendo a gemir con los ojos cerrados mientras lo lamía. Al alzar las caderas de nuevo, la sábana se deslizó a un lado, dejándole ver cómo su erección rellenaba sus calzoncillos. Con la débil luz de las farolas del exterior, alcanzó a ver una pequeña mancha provocada por la lubricación previa a la eyaculación. La veía palpitar. Estaba a punto de correrse. Al volver a mirarle a la cara, Jean tenía los ojos abiertos. Marco apartó la mano de sus labios entreabiertos.

—Lo siento, lo siento,  est—

No le dejó seguir hablando. Jean le agarró del pelo de la nuca sacando la mano de debajo de su cuerpo, le besó con fuerza en los labios y guió los dedos de su otra mano hasta el borde de sus calzoncillos. Marco se sintió delirante, besando con pasión a su compañero de habitación, enrollando sus lenguas. Al palpar la curva de su erección por encima de los calzoncillos, Jean gimió en su boca. Marco coló sus dedos por dentro de la ropa interior, rozando con ellos la húmeda y ardiente erección, sintiendo su propio miembro endurecido contra su ombligo. Escuchó pasos en la entrada, abrió los ojos mirando en esa dirección y dejó de besar a Jean, intentando volver a su cama.

—Ni de puta coña te vas ahora —Tiró de sus dos brazos, agarrándole de la espalda, metiéndolo en su cama y girando con él encima, pegándole contra la pared. Agarró las sábanas que quedaban a los pies y los tapó a ambos—. Cállate la boca.

A pesar de la advertencia le puso una mano ante los labios, dándole la espalda a Bert, que pasó por delante de las camas dejando su ropa sucia en el cesto del fondo de la habitación. Notaba la erección de Jean contra la suya, estaba tan excitado que se le iba a escapar un gemido. Se miraban a los ojos, unas miradas suplicantes e intensas. Para colmo de males, Jean no dejaba de rozarse con él. Bert no se paró a observar a su alrededor, subió a su cama sin más. Jean cambió la presión de sus dedos por la de su boca, besándolo despacio, agarrándole del trasero y de la polla junto a la suya. Las apretaba con su mano, masturbándose y masturbándole. Marco bajó la mano por su pecho, volviendo a agarrar su erección carente de prepucio al contrario que la suya propia, acariciándosela. Jean se tumbó sobre él, poniéndole una mano en la boca de nuevo cuando sus gemidos comenzaron a descontrolarse, dejando caer su cabeza en el pecho de Marco, machacándosela. Controlaba el tono mucho mejor que él, pero alguna queja placentera se le escapaba. Marco no podía más. Escucharle gemir, escuchar los sonidos urgentes y húmedos de sus cuerpos en el silencio de la habitación al haber lubricado uno en las manos del otro, sentirle piel con piel, sus caricias precisas y necesitadas, su olor… Se liberó de esa deliciosa presión, llenando la antes silenciosa habitación de gemidos contra su mano, echando la cabeza hacia atrás, manchando a Jean con su esperma.

—Marco… —Jean le mordió el pecho, corriéndose entre sus dedos, sobre él, haciendo demasiado ruido. Estaba seguro de que Bert les había escuchado, pero aún era preso de los espasmos, aún martirizaba a Jean con sus caricias.

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—Mañana no voy a poder mirarles a la cara —Se quejó Marco entre susurros una vez se las soltaron, flácidas y mojadas. Reiner no roncaba. Ambos eran conscientes de lo fuertes que sonaban sus jadeos en el silencio de la habitación.

—No me hables de mañana —Jean no sabría cómo mirarle a él a la cara.

—Eh, oye —Marco le apartó los mechones de delante de los ojos, con la frente perlada en sudor y su pelo oscuro cubriéndole parcialmente los ojos—, no  homo —Jean alzó las cejas, sonriendo después, riéndose en silencio con Marco, que le mandaba a callar.

—Menudo gilipollas estás hecho —Le devolvió el suave beso que el pecoso le dio en los labios con una sonrisa.

—Buenas noches —Pasó por encima suyo y se volvió a su cama, subiéndose los calzoncillos con torpeza.

Jean chasqueó la lengua, echando las pringadas sábanas a los pies de la cama después de limpiarse con ellas. Respiró hondo y miró hacia su izquierda, a un sonriente y satisfecho Marco. En ese momento pensó que repetiría la experiencia, y de buen grado.

Pero a la mañana siguiente, se quería morir. Recordó todo tan pronto abrió los ojos para ver las pecosas piernas de Marco caminar hasta su taquilla. Se tapó la cabeza con la almohada. No recordaba muy bien cómo empezó el asunto el día anterior, solo que se despertó cachondo perdido con el pulgar de Marco en la boca. Lo demás lo hizo casi por instinto animal. Noooo, no, no, no, no te engañes a ti mismo. Llega a pasarte con otro y lo mandas al carajo, pero Marco, es Marco. Y no le entraba en la cabeza qué tenía Marco para ser tan especial. Decidió que debía dejar de esconderse, sentándose en la cama, respirando hondo al ver los pies de Reiner bajar por la escalera. Lo peor de todo era la amplia sonrisa que se le dibujó al mirarlos.

—Buenos días —dijo con sorna—, ¿habéis dormido bien?

—Reiner, déjalos en paz —Le riñó Bert. Marco se vestía sin mirar a nadie, con las mejillas coloradas hasta el punto de resultar llamativas. Salió del bungalow como alma que llevaba el diablo.

—Os puedo dar cañita por haberme despertado, y da gracias que no respondí “polo” cuando gemiste su nombre —Le dió un puñetazo en el hombro a Jean, dejándole sin palabras, riéndose con Bert—, pero si no queréis que salga de aquí, no saldrá.

—Gracias —murmuró Jean, levantándose y cogiendo sus cosas para ir a la ducha, poniéndose la ropa del día anterior antes de cambiarse.

Al saludar a los compañeros que se encontraba por el camino le dio la impresión de que todos sabían lo que había ocurrido. Era imposible, pero lo pensó. Especialmente al cruzarse con Ymir, saliendo del baño de chicas con una toalla en la cabeza y una sonrisa pícara. Que era la que llevaba siempre. Y que se explicó cuando una colorada Christa salía justo detrás de ella. Se desnudó, escuchando a Connie canturrear, haciendo a Eren reír. Se quedó de pie, agarrado a los azulejos de la entrada de las duchas cuando miró al frente. Entre el vapor condensado que le hizo sudar, vio a Marco de espaldas, lavándose el pelo con los ojos cerrados. Nunca habían coincidido en las duchas. Se alejó de él, poniéndose de espaldas a los tres. Tiene el culo lleno de pecas, era todo lo que podía pensar. En eso y en la paja del día anterior, en las enormes manos de Marco acariciándosela de arriba abajo. Las tías no le hacían pajas como esa. Se pellizcó un muslo intentando bajar la erección, forzándose a pensar en otra cosa. Escuchó una risotada de Reiner y se temió lo peor.

—Por favor, dime que también tienes la polla llena de pecas.

—¡¡PERO SERÁS BURRO!! —Chilló Sasha desde el baño de las chicas, separado por un muro.

Marco no contestó, él no se giró, aunque le hizo gracia el comentario. Se preguntó si sería así. Desayunaron sin más percances y dio el taller un poco en las nubes, apenas coincidió con Marco, tan solo miradas fugaces y leves sonrisas escondidas. A la hora del almuerzo, se sentó delante de él sin pensarlo mucho. Decidió intentar normalizar la situación.

—¿Cómo te sientes hoy? —le preguntó. Marco alzó la vista de la comida que devoraba, sonriéndole. Era una sonrisa cálida, le daba paz. Parecía menos estresado que esa mañana.

—Muy bien —Le respondió él. Ni quiso, ni pudo esconder la sonrisa que le asomó a los labios.

—¡Claro que muy bien! —Reiner le pasó el brazo por los hombros, apretándole—, ayer le dieron buena medicina, ¿verdad? —Ymir los miró suspicaz—. Esta enfermería es maravillosa.

No lo pudo evitar, ante ese comentario comenzó a reírse descontrolado. Reiner parecía orgulloso de haber conseguido causar ese efecto en él. Las risas de Marco eran suaves, de nuevo sonrojado, pero Jean no podía parar. Cada vez que miraba a Reiner y le veía suspirar con un “ay…” volvían a reírse. Cuando peor estaban, Bert murmuró un tembloroso “polo” que provocó que hasta Marco se uniera en las carcajadas. Estaban llorando, a Jean le dolían las mejillas, Reiner se agarraba el estómago, frotándose los ojos con la otra mano.

—¿Qué nos estamos perdiendo? —preguntó Christa. El resto de personas de la mesa sonreían solo de verles.

—Es una broma de dormitorio —explicó Bert como pudo—, da igual.

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Se pasaron la tarde organizando lo necesario para el campamento que iban a montar esa noche. Habían pedido las cervezas y uno de los cocineros accedió a quedarse en los dormitorios por si alguno de los chicos tenía algún problema. Lo cual le hizo acordarse de que tenía que ir a la lavandería para poner a lavar su ropa.

—Voy contigo, tengo que lavar sábanas —Le dijo Jean. El simple hecho de andar a su lado le hacía feliz, pero lo sería más si pudiese pasarle el brazo por encima. Le encantaba que fuese un poco más bajito que él. No quería hablar del tema, pero una vez alejados del resto le preguntó algo que tenía en mente.

—¿De verdad lo de ayer fue tu primera vez con un hombre? —Jean no le respondió, solo le miró a los ojos. Qué ganas tengo de besarte, pensó suspirando, agobiado por esa presión en el pecho que le provocaba su mirada.

Le dejó entrar primero en el dormitorio y cerró la puerta tras él. Se quitó la camiseta para ponerla a lavar, pero no llegaron a las camas. Jean le empujó contra la pared que quedaba tras la puerta, junto a una ventana. Posó su mano en la cintura de Marco, la otra la subió por su mejilla, hasta su desordenado pelo negro.

—¿Por qué no me controlo a tu lado? —Vio verdadera curiosidad en sus ojos. Y algo más. Algo muy parecido a lo de la noche anterior—, ¿qué tienes tú de especial? Yo era hetero, te juro que lo era.

—Probablemente nunca lo has sido.

Jean subió la mano de su cadera al brazo de Marco, bajando la otra hasta su nuca y besándole dulcemente en los labios. Marco le agarró del hombro y por debajo del brazo, empujándolo contra la pared contraria, roncando en la boca de Jean de pura excitación. Este le agarró de la nuca con ambas manos, dejándose devorar por su boca, que bajaba hasta su cuello, apretando la lengua contra su piel.

—Marco… —No había cosa en este mundo que le pusiera más cachondo que escucharle gemir su nombre.

—Voy a comertela, Jean, voy a chupartela hasta que te tiemblen las piernas.

Como respuesta, Jean le arañó la espalda. Se puso de rodillas en el suelo, mirando hacia arriba, desabotonando los pantalones de su sonrojado amante. Se mordió el labio al llegarle el olor de su vello púbico, aspiró con fuerza, subiendo una mano por los abdominales de Jean, lamiéndosela sobre la tela. Dejó escapar un quejido, acariciándole el pelo. El propio Marco se la sacó de los pantalones, acariciándose mientras succionaba suavemente su glande. Tanteó la longitud de su erección, besando cada pliegue de piel, lamiendo cada vena, familiarizándose con sus zonas erógenas más allá de su polla con su otra mano. Descubrió que Jean no era un hombre de pezones, pero sí de ingles. Movió su boca hacia el lado, lamiendo la piel entre su sexo y la pierna, escuchando cómo gemía nervioso.

—¿Qué me estás haciendo? —Se tapaba los ojos, sonrojado hasta el cuello. Sonrió. Lo que le quedaba por descubrir… Y le iba a abrir la mente a uno de los placeres mayores del hombre.

Volvió a empujar la piel bajo su glande con la lengua, hacia arriba, metiendo su otra mano entre las piernas de Jean. Le acarició los testículos con las yemas de los dedos y el glande con la lengua, sintiendo cómo la hacía palpitar contra su boca. Se la tragó, casi hasta la garganta, al mismo tiempo que rozó con el índice la entrada de su ano. Se le inclinaron las piernas, agarrándole del pelo, dejando escapar un gemido incontrolado cuando la frotó contra su mejilla. Eso le gustaba. Lo repitió, sin alejar su dedo de la zona que estimulaba. Marco sintió su propia lubricación mancharle los dedos, la excitación se comenzaba a convertir en urgencia. Succionó al sacarla de su boca, mirando hacia un encorvado Jean, sintiendo sus uñas clavarse en su nuca y espalda. Marco se escupió en el dedo, ojalá tener lubricante a mano y reventarle la vida a pollazos. Al mismo tiempo que volvió a proporcionarle una presión constante con su lengua y labios, arriba y abajo de su miembro, deslizó ese dedo dentro del chico. Encontró la próstata sin dificultad y lo presionó contra ella, en círculos.

—¡¡Mmmmmmarco!! —El gemido que vino después de esa exclamación fue un escándalo. Su semen le pilló por sorpresa, casi atragantándole. Miró hacia arriba, sintiendo las ganas de sonreir crecer cada vez más. Jean no paraba de gemir, con el temblor de piernas prometido, tapándose la cara con una mano. Le iba a dejar marcas en el hombro con las uñas. Palabras mal sonantes salían entrecortadas de entre sus labios. Finalmente abrió los ojos, evitando su mirada—. ¿Qué coño ha sido eso? —Jadeó al acabar.

—Magia —Besó su mejilla, Jean le tiró del pelo y le besó en la boca.

—Gracias —Apoyó su frente en la de Marco con las mejillas sonrojadas. Su respiración se conformaba por jadeos, pero no le pasó inadvertida la erección de Marco.

—Date la vuelta, Jean —Le miró con los ojos como platos, haciéndole reír—. No voy a metertela, no pongas esa cara.

Le hizo caso, apoyando las manos contra la pared. Tan solo verle tal cual, sonrojado, jadeante y con los pantalones por las rodillas fue más que suficiente para provocarle un escalofrío. Se escupió en la mano y le juntó los muslos, metiendo su erección entre ellos. Notar su culo contra su pelvis era lo que necesitaba para correrse, y si Jean se la atrapaba con la mano desde delante de sus piernas, hasta mejor. Le mordió el cuello, le pasó la mano por el estómago, sintiéndo que echaba el brazo hacia atrás para acariciarle el pelo. Gimió su nombre, cada vez más fuerte, corriéndose entre gruñidos, espasmos y resoplidos. Jean echó la cara hacia atrás, buscando su boca, besándole mientras eyaculaba. Al acabar le miró a los ojos, amo a este caracaballo y le amo un montón.

4

—Quiero follarte —confesó Jean, atrapando sus brazos cruzados ante su pecho para que no se alejara. Marco le apretó un poco más. Le gustaban sus abrazos, eran muy diferentes a los de las mujeres—, necesito saber qué se siente.

—¿Ninguna novia ha querido que se la metas por el culo? —Negó con la cabeza—, bueno, yo nunca he tenido relaciones con una mujer, pero me han dicho que es mejor por detrás.

—No lo sé, no me importa qué es mejor, solo quiero saber cómo se siente metertela a ti, Marco.

Se giró en sus brazos y le besó. Se besaron un buen rato, entre caricias y miradas cándidas, aún con los pantalones bajados y el esperma secándose entre sus piernas, en el suelo y contra la pared del dormitorio. Al separarse, Jean se estaba riendo, con el corazón acelerado y feliz en su pecho.

—Quién me iba a decir a mí que iba a ser tan maricón —Se subió los pantalones, pensando que tendría que ducharse de nuevo.

—¿La idea de follarte a Mikasa te gusta? —Le preguntó Marco—, piensa en ella desnuda y llamándote, te excita, ¿no? —Jean asintió despacio—. No eres maricón. Eres bisexual.

—Pero solo me atraes tú, si pienso follar con otro hombre me da rechazo.

—De momento. Por ahí se empieza.

—Lo que sea, vamos a poner una lavadora.

No solo era su actitud ante Marco lo que había cambiado, era ante la vida en general y sobre todo ante la idea de estar un mes en ese campamento. Hasta Eren le parecía más soportable. Cargaron cada uno con sus cervezas y alguna que otra cosa para picotear que le dejaron los de las cocinas. Armin preparó y encendió la fogata con ayuda de Eren, recibiendo aplausos por haber sido dignos representantes de los talleres de supervivencia.

—Por cierto —dijo Eren una vez todos estuvieron sentados. Jean se colocó entre Christa y Marco—, este domingo haremos la acampada con los niños, ¿quién puede venirse?

—Yo mismo —Se apresuró a decir Jean. Eren le miró sorprendido.

—¿Vaaale?, pero haremos senderismo antes, nos alejaremos un poco del recinto.

—Perfecto —comentó encogiéndose de hombros—, puedo llevar a alguien, ¿verdad? Si tengo que ir contigo solo voy a aburrirme. —Eren frunció el ceño, molesto ante la sonrisita socarrona de Jean.

—Claro que puede ir alguien —Le dijo Armin sonriente.

—Que supongo que será Marco… —Murmuró Ymir antes de beber, sin mirarle.

—Claro que es Marco, quién va a ser si no, ¿tú?

—Eh, tengo tema de conversación —Reiner murmuró “ya, lo que no tiene es polla”, haciendo reír a Bert a carcajadas. Marco les mandó a callar con urgencia, Jean tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para esconder la sonrisa porque el grupo en general pasó a mirarles con suspicacia.

—Tengo una idea —dijo Sasha—, vamos a jugar a “yo nunca”

—En ese juego siempre se acaba hablando de sexo —Se quejó Connie—, nunca bebo —Fingió llorar, haciéndoles reír.

—Por si alguien se pierde, se trata de que si yo digo “yo nunca he tenido perro”, las personas que sí lo hayan tenido, deben beber.

—O sea, si has hecho lo que sea, bebes —Quiso aclarar Christa. Sasha asintió.

—Vale. Yo nunca me he comido una pizza familiar sola —Ella, Bert y Reiner bebieron.

—Yo nunca me he peleado a piñas con alguien —dijo Connie. Jean, Eren, Reiner, Annie, y él mismo bebieron—. Hay más violentos de lo que pensaba.

—Yo nunca me he tirado un pedo en público —dijo Christa entre risitas. Todos excepto Mikasa y Bert bebieron. Reiner miró a su compañero señalándole.

—Los pedos nocturnos cuentan, bebe.

—¿Cómo puedes enterarte de todo con lo que roncas? —Le preguntó Marco a Reiner. La travesura se pintó en la sonrisa del grandullón.

—Yo nunca me he sentido sexualmente atraído por nadie de este campamento —todos excepto Sasha y Armin bebieron—, y yo nunca he tenido sexo en público —él mismo bebió de la botella, acompañado de Annie, Ymir, Jean, y unos tímidos Marco y Christa que parecían no querer levantar mucho la botella.

—Yo nunca he tenido un orgasmo en un campamento siendo monitor —Especificó Jean, bebiendo, observando como casi todo el mundo menos Mikasa, Sasha y Armin bebían. Eren pareció contrariado cuando su novia no bebió. A Jean le dió la risa floja.

—Yo nunca he recibido sexo oral en un campamento siendo monitora —Jean chasqueó la lengua, bebiendo con una sonrisa golfa junto con Bert, Annie, Eren, Ymir y Christa, colorada hasta el extremo. Ymir no paraba de reírse mirándola, se inclinó sobre ella y dijo—: yo nunca he descubierto mi sexualidad en un campamento siendo monitora —Christa se tapó los ojos al beber. Jean le dio un golpecito en el brazo para que le mirase, alzando las cejas y bebiendo él también. De perdidos al río. Christa abrió mucho la boca, feliz, chocando los cinco con él.

—¡No estoy sola! —Sus compañeros se rieron.

—A mí nunca me han provocado un orgasmo horas antes de preparar una fogata con amigos —Sasha los miraba, entrecerrando los ojos. Ambos bebieron, entre risitas —Ya decía yo que sonreías mucho últimamente…

—Espera, espera —Connie los señaló con una sonrisilla—, yo nunca he masturbado a mi compañero de habitación en un campamento sien—

—Sí, sí, sí, bla, bla, bla. Marco, bebe.

—¡Jean! —Exclamó el pecoso. Bebieron mirándose a los ojos, sonrojados. Cuando los “uuuUUUUUHHHH”  se convirtieron en un coro de sus amigos, Marco escondió la cara entre las manos. Jean dió una carcajada.

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Iba a matar a Jean por hacerle pasar por esto. Su poca vergüenza le estaba sacando los colores y los empujones de Reiner no ayudaban. Sintió que Jean le acariciaba el pelo y que se inclinaba hacia él.

—No quiero tener que esconderme si se me apetece tocarte, me parece una pamplina —susurró en su oído. Marco le miró, aún con la mano ante la boca.

—Me da vergüenza en público.

—Ya, porque en privado no tienes límites, ¿eh? —Se acercó a él y le pasó un brazo por detrás de la espalda, apoyándo la palma en el suelo. Marco hizo lo mismo por detrás de la suya, arrimándose y pegando hombro con hombro, aún muerto de vergüenza por sentirse observado por sus compañeros.

—Ymir y Christa fueron la novedad, ahora lo sois vosotros —dijo Connie—, ¿quién será el siguiente?

—Eren y el instructor Levi —bromeó Ymir. Al mirar hacia su derecha, a la mueca de Jean sonriendo granuja, suspiró. Era insoportable de guapo. Él, sintiéndose observado, le miró de reojo, apartando la cerveza de sus labios.

—¿Qué pasa? —Marco suspiró, negando con la cabeza—, ¿te estás enamorando de mí? —preguntó con chulería.

Lo que no esperaba casi con seguridad era un asentimiento como respuesta. La sonrisa se desvaneció de los labios de Jean, su mirada se tornó más profunda, más seria, analizando su rostro de frente a barbilla. Escuchaba a sus compañeros bromear y reírse, pero era un ruido de fondo, como cuando se oye llover tras una ventana. Jean acercó sus labios, Marco se los besó, mirándole a los ojos, cerrándolos al sentir la intensidad con la que su lengua acarició la suya, solo una vez, tan lentamente que al apartarla de su boca, arrastró un débil quejido con ella, con un corazón desbocado de regalo.

—Quién sabe si yo también…—su aliento le hizo cosquillas en la piel, pero fueron sus palabras y el verle completamente colorado lo que hizo cosquillas en el alma, escondiendo la cara contra su pecho, entre risitas.

—Mi corazón —dijo Christa a su lado. La miró y la vio observarlos mordiéndose el labio—, no podéis hacer tan buena pareja. Es de locos.

Era de locos. No se creía su suerte y no se creía el cambio de actitud de Jean hacia él en tan poco tiempo. Admitió lo que sentía con relativa facilidad, y lo mejor de todo es que no se avergonzaba de demostrarlo en público. Al menos esa parte lasciva. Estaba en una nube. Cuando se levantaron camino a los dormitorios, Connie se quejó.

—Ojalá haber tenido una cámara de fotos esta noche..

—Creo que puedes pedirla al guardia de seguridad —Le dijo Armin—, o algo así comentó Hanji.

Quería fotos con él. Quería muchas fotos a su lado para nunca olvidar, en caso de que le fallase la memoria, haber disfrutado de la experiencia acompañado. Al meterse en la cama, Reiner les pidió que se comportasen, haciéndoles reír.

—No te prometo nada —dijo Jean.

—No, no te preocupes, eso fue una sola vez pero no va a volver a pasar —dejó claro Marco.

—Con vosotros delante… —Se tapó hasta la cabeza al ver a Jean con la ceja levantada, escuchando a esos dos reírse.

Siempre le había dado vergüenza mostrarse tan sexual con alguien en público, los mimos eran otra cosa, eso le salía solo. Y parecía que a Jean le pasaba justo al revés. Le observó dormir boca arriba unos segundos y supo que él también se había quedado dormido porque se sobresaltó al hundirse su cama.

—Jean, ¿qué haces?

—Sshh —Trepaba por encima suya, dejándose caer por el lado de dentro de la cama, entre él y la pared.

Le abrazó por la cintura, suspirando. Marco le acarició el pelo, besándoselo y sonriendo, tapándole con la sábana, quedándose dormido de inmediato con Jean entre sus brazos.

Y la puerta de par en par le despertó por la mañana no solo a él, sino a todos los demás de la habitación.

—¡Buenos días equipo testosterona! —Gritó Connie. Marco miraba hacia la puerta, de espaldas a Jean, que le apretó la cintura enterrando la cabeza contra sus omóplatos al escuchar el escándalo.

—Aaaghh… ¿Qué hora es? —murmuró Bert.

—La hora del vídeo de campamento. ¡Decid holaaa!

—Vete a cagar —Reiner le tiró la almohada. Cuando enfocó a la cama de Jean, Marco se tapó hasta la nariz.

—¿Dónde… —Connie giró la cámara, sonriente, haciéndole un plano a Marco—, ¿Jeaaan?

—¿Qué cojones quieres? —Se destapó, completamente despeinado, con esas cejas enfadadas de siempre. Marco no lo pudo evitar y le dio un beso en la mejilla. Jean le miró, sonrió de medio lado con ojos dormidos y le tapó la cabeza con la sábana, besando sus labios. Marco le acarició las mejillas, sonriente.

—Connie, vete a otro dormitorio —Le pidió Reiner desde arriba entre risitas—, y llévame contigo que no quiero volver a escuchar a Marco gemir nunca más.

—¡Ah, Mmmm…Marco, por ahí no! —Jean comenzó a fingir gemidos escandalosos, levantando el culo y bajandolo de manera exagerada.

—¡¡Jean cállate!! —Solo de pensar que los estaban grabando sintió las mejillas a punto de explotar.

—Sí, hora de irse —dijo Connie. Jean se destapó riendo a carcajadas. De quererle un poco más, le reventaba el pecho.

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Dejó que Marco se levantase primero, preguntándose cuántas pecas tendría en total. Bostezando sin reprimirse, cogió su toalla y ropa para cambiarse, caminando sin camiseta hacia las duchas. No había nadie cuando entraron.

—¿Vamos a hacer hoy actividades con los enanos o qué? —Le preguntó a Marco mientras se desvestía. Miraba de reojo sus manos, los músculos de sus brazos, torso y piernas, su piel tostada.

—Creo que sí, Connie y Sasha querían hacer qué sé yo de teatro —Caminaron hacia las duchas, Jean tras un adormilado Marco—, creo que me dijeron un drama en el que unos seres gigantes se comían a su familia o algo así, ya sabes cómo son…

—Sí, sí —Abrió su grifo de agua caliente, mirándole cerrar los ojos al recibir el chorreón en el pecho.

—Y mañana de campamento, ¿por qué te ofreciste voluntario?

—Para poder follarte tranquilo —Marco abrió los ojos, mirándole y revisando que no hubiese nadie.

—Jean, habla más bajo de esas cosas —Sus mejillas volvieron a tener ese tono rojizo que tanto le gustaba. Era facilísimo sacarle los colores.

—No veo el momento de tumbarte en esa caseta, de verte entre mis piernas —Se la acarició mirándole a los ojos, sin acercarse a él. Aún.

—Jean. Para. Se me está poniendo dura —Desplazó su mirada hasta la entrepierna de Marco, encontrándola medio erecta.

—¿Qué quieres que haga? No puedo contenerme a tu lado —Escuchó pasos y voces acercándose a las duchas y se le ocurrió una manera de ponerle histérico. Algo que Marco no haría ni muerto pero sería incapaz de resistir.

Cerró ambos grifos, tirando de su mano, llevándolo al fondo donde no iba nunca nadie porque las duchas estaban averiadas. Un muro a la altura de la cadera separaba ambas zonas.

—Túmbate —Le ordenó, poniéndose de rodillas.

—¿Qué haces? —Notó el pánico en su voz.

—Te van a ver de pie y a mí de rodillas, van a pensar lo obvio, túmbate pegado al muro y no te verán —Dudó, pero ante la cercanía de las voces al final le hizo caso.

Tan pronto estuvo en el suelo, trepó sobre él, rozando ambas erecciones, agarrándole de los muslos y besándole con una lascivia que le nublaba la razón. Marco le puso las manos en los hombros, pegándole a su cuerpo al escuchar entrar a sus compañeros, charlando ruidosamente.

—¿Te gustaría que te follase ahora? —Le ronroneó al oído, acariciando la parte interior de sus muslos, abriendole las piernas—, me muero de ganas de reventarte.

—Jjjjean, no. Ahora no —Bajó la boca por su pecho, parándose en sus pezones. Eran pequeños, oscuros y erectos. Pasó la lengua alrededor de esa piel rugosa y al instante Marco se revolvió—. Por favor, Jean…

—¿Por favor sigue o por favor para? —Se lo mordió, retorciéndole el otro con delicadeza. A Marco le temblaba el labio que se mordía, con las mejillas completamente ruborizadas. Le encantaba verle así, a su merced.

Besó sus pecas desde su pecho hasta su oscuro vello púbico. Le costaba respirar debido al vapor condensado en el ambiente y al calor de su cuerpo. Sus compañeros se reían de un chiste de Connie, Marco se retorcía por el chupetón que Jean le estaba dejando en la cara interna del muslo. Miró su erección, su glande semicubierto de piel. Era muy grueso, considerablemente más grande que el suyo. Le miró a los ojos, agarrando su ancha base y retirando muy despacio esa piel del glande con tres dedos. Marco apretó los músculos del estómago, encorvandose unos segundos hacia adelante con la mano en la boca. Se la acarició tan despacio y tantas veces que en poco tiempo tuvo los dedos manchados de la lubricación natural del chico. Le gustaba observar sus gestos, el propio Jean se sentía a punto de correrse desde el momento que comenzó a tocarle. Pegó la lengua a la base, ascendiendo, acariciándole los huevos con la otra mano. Era la primera vez que hacía una mamada pero tenía la impresión de saber qué debía hacer a cada momento. Al presionar con sus labios, Marco le tiró del pelo con ambas manos, resoplando y murmurando algo con la voz rota. Subió los dedos de sus huevos a su boca, metiéndoselos, sintiendo que se los chupaba de manera febril. Es peor que comerle el coño a una tía, no para. No se estaba quieto. Jean apretaba su carne con la lengua, aprovechando la propia saliva que resbalaba por el miembro del tembloroso Marco y la de su boca para humedecerse el dedo. Al momento en el que los apartó de sus labios, dejó escapar un jadeo escandaloso, cubriéndose con su propia mano y mirando hacia la derecha, angustiado. Los otros no parecieron enterarse de nada. Se lo metió despacio, sin dejar de lamerle, observándole cerrar los ojos cada vez con más fuerza, con los nudillos blancos debido a la intensidad con la que se tapaba la boca. Retorcía las piernas contra sus costados, alzaba las caderas, le arañaba los brazos. Jean se aventuró a meter un segundo dedo, siempre con cuidado. No llegó a meterlo entero cuando el fuerte tirón de pelo y la tensión repentina de sus músculos precedieron al semen, brotando de él abundante, a borbotones. Jean se lo guardó en la boca, exprimiendole, embadurnándose la polla después al escupirlo en su mano, subiendo de nuevo sobre el pecoso y presionando con su glande su poco dilatado cuerpo. El chico puso gesto de dolor, mirando con los ojos entrecerrados a su amante.

—Vas a hacerme gritar —Se quejó en su oído—, como me la metas voy a gritar, Jean, por favor, por lo que más quieras —Nunca sabía si sus ruegos eran para darle pie o frenarlo.

—Chupamela —Estaba fuera de sí, no iba a controlarse y no quería hacerle daño.

Intercambió sitios con Marco, dejándole en una posición que parecía disfrutar más. El simple hecho de verle succionandole, con las mejillas hundidas hacia adentro y esa expresión de profunda satisfacción era más que suficiente para ponersela dura hasta lo ridículo.

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—Marco, quiero, quiero que —Los jadeos no le dejaban hablar.

—Qué, qué quieres —Bajó la lengua hasta sus huevos, succionando con delicadeza, presionando su glande con la palma de su mano, rodeándolo con los dedos, oprimiéndola. Los jadeos de Jean se perdían en el vapor del agua caliente, sus manos le acariciaban los brazos, la mejilla y el pelo.

—No te lo tragues —Marco sonrió, sí, tienes pinta de ser de los que les gusta mirar el resultado, mi amor.

—¿Quieres correrte en mi cara? —Asintió, llevándose las manos a los ojos. Nunca hacía contacto visual con él mientras se la comía, parecía darle vergüenza. Se preguntó cómo se comportaría de ser él el sumiso.

—Cállate Marco —Al metersela hasta la garganta, Jean encorvó la espalda.

Le pasó la mano por el pecho y los abdominales, palpándole, sacándosela de la boca y lamiendo su longitud mientras la acariciaba, con los ojos cerrados. Disfrutaba comiéndosela, escuchándole jadear su nombre, observándole cubrir sus mejillas rosas. Decidió ponerse en serio. Metió los brazos bajo las piernas de Jean, rodeandolos con ellos y apretando sus muslos contra sus hombros, dejándole inmóvil de cintura para abajo. Hacía tiempo que aprendió a no sentir arcadas al meterse una polla hasta la  garganta y la de Jean no era especialmente grande, por lo que le engulló, frotándole con la lengua en el proceso.

—¿Qué me estás haciendo? —Jean se incorporó demasiado, tirándole del pelo. Gimió demasiado fuerte, le iban a ver por encima del muro pero parecía no darse cuenta o no importarle. Sin embargo se derrumbó—. Ohmierdamarco —farfulló entre dientes—, Marco, lo tengo ahí.

Saboreó esa primera descarga antes de la corrida. Le soltó las piernas, subiendo una mano y agarrándo a Jean de la nuca, forzando a que le mirase a los ojos, acariciándosela con la otra y la lengua, con la boca abierta y listo para recibir su corrida. Que llegó. Llegó de manera exagerada, manchándole las manos, la cara y el pelo. Jean tuvo un orgasmo silencioso, apretando los dientes, aguantando la respiración. Estaba seguro que de emitir sonido, sería un gemido que escucharían hasta en el baño de las chicas. Le dio una última chupada, sabiendo que la sentiría como insoportable, justo antes de intentar limpiarse la cara con las manos.

—Ojalá hubiese tenido una cámara para grabarte…

—A ver cuándo se van, porque sin agua no hay manera de limpiar todo esto —Jean intentaba ayudarle, resolviendo gran parte del asunto. Su flequillo estaba apelmazado.

—Qué desastre —Se rió, tirando de sus hombros, haciéndole tumbarse sobre él. Marco le besó, enredando sus piernas, sintiendo las caricias de Jean en la mejilla.

Se besaron despacio hasta que escucharon los grifos cerrarse, las voces alejarse y a sus compañeros marcharse. Jean se incorporó lo que pareció una eternidad de besos después, asomándose con cautela por encima de la murallita.

—Has nacido para comer pollas —Le susurró Marco ya bajo el agua, esta vez fresca. Jean dio una carcajada.

—Y tú para ser sumiso. Te juro por mi vida que jamás me había puesto tan cachondo como cuando te veo perdiendo el control.

Se ducharon hablando de sexo, de lo que le gustaba al uno y al otro, con total normalidad. Nunca le había pasado algo así, nunca había sido capaz de hablar sobre lo que le gustaba y lo que no sin morirse de vergüenza en el proceso, pero con Jean era diferente. Si le tentaba, sobre todo si le tentaba en público, sí le parecía vergonzoso, pero hablar del tema le resultó reconfortante. Además, Jean estaba muy perdido en eso de ser gay y al contarle ciertas anécdotas se le abrían los ojos de la impresión, haciéndole reír. Almorzaron charlando con normalidad con los demás del grupo. Nadie había notado su ausencia y nadie pareció haberles escuchado en el baño.

No tuvieron gran cosa que hacer en todo el día más que ayudar a Connie, y Sasha a preparar la obra, riéndose de las pintas que les habían dejado a Bert y a Reiner al disfrazarlos de los monstruos. Encontraron un puñado de marionetas que usarían para la obra que escribieron la noche anterior tras las cervezas. Seguros de su éxito, les encomendaron la tarea de vigilar a los críos mientras la representaban. Se sentaron juntos al fondo, en el césped delante del escenario improvisado.

—Hola profe —Ted, el chico del que se rieron el primer día de talleres, pareció desarrollar un cariño especial hacia Marco. Se sentó a su lado.

—Hola Ted, ¿qué tal el día libre?

—Muy bien, hemos encontrado las gallinas y a su dueño y nos ha dejado darles de comer. También hay un caballo.

—Ya lo hemos visto, sí… —Miró a Jean, que se rió negando con la cabeza.

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—Parece una eternidad desde aquel primer beso que nos dimos —Le susurró a Marco. Su tierna sonrisa apareció en todo su esplendor—, desde luego para mí es un mundo de distancia.

—Saliste corriendo —dijo con una risita—, te cagaste vivo.

—Claro, no entendía que un hombre pudiese provocarme esos sentimientos —Marco le acercó la mano, apartándole un pelo del flequillo que no estaba en su sitio.

—¿Qué sentimientos? —Le acarició la mejilla con el pulgar, atrapándole la barbilla después. Le brillaban los ojos, esos ojos café y almendrados tan bonitos.

—Ya sabes qué sentimientos —dijo tragando saliva, intentando ignorar el hecho de que sus mejillas ardían. Nunca había hablado de sus sentimientos con facilidad, siempre lo había considerado demasiado… femenino. Marco le estaba enseñando que estaba equivocado—. ¿Sabes? Estando contigo me he dado cuenta que lo de los sentimentalismos no es una cosa unida al género.

—Oh, vaya, menudo descubrimiento, patentalo —le miró frunciendo el ceño, chasqueando la lengua.

—Para ti será evidente, yo me he comportado toda la vida de una manera con las mujeres y casi seguro que estaba metiendo la pata.

—Bueno, ahora lo sabes. Yo nunca me he avergonzado de demostrar lo que siento ni con mis palabras ni con mis acciones, es como me han educado. Mi madre siempre dice que si tengo dentro un buen sentimiento, que lo demuestre.

—¿Por eso siempre sonríes así? —Marco le miró sin comprender—, fue tu sonrisa la que me hizo plantearme si me gustabas —Le entraron unas ganas exageradas de abrazarle porque, justo en ese momento, le iluminó con otra de sus sonrisas.

Jean se puso en cuclillas, pasando por detrás de Marco, sentándose tras él y tirando de sus hombros, haciéndole apoyar la espalda en su pecho. Se dejó caer sobre él con una sonrisa más pronunciada, agarrándose a sus brazos cuando le dio un largo apretón, rodeándolo con ellos y besando su mejilla.

—Gracias por quererme tanto —Le susurró al oído—, por enseñarme a ser mejor persona.

—Todavía no me creo el estar contigo así —se reía como un idiota cuando le miró a los ojos—, te quiero muchísimo.

—Ay, Marco, Marco… —Le agarró del pelo al besarle en los labios, rozando sus narices después. Le besó el pelo , le pasó los brazos por la cintura y apoyó la barbilla en su hombro, prestando atención al escenario.

—¿Qué te pasa Ted? —Marco miraba al chico, que los observaba boquiabierto.

—¿No os da… cosa que os vean? ¿Y si os dicen algo?

—Mira para allá —Jean señaló una fila más al frente, donde una de las chicas se besaba con un muchacho—, si ellos pueden nosotros también. Es exactamente lo mismo.

—No tengo por qué esconder una muestra de cariño, es algo bueno. Y el que considere que esto es algo malo es el que tiene el problema, no yo —Marco entrelazó los dedos con los de Jean.

—Me gustaría poder hacerlo —suspiró el chaval.

—Pues hazlo. Hasta hace dos días yo era hetero y ya me ves.

—Sí, jamás habría pensado que tú… en fin —el chico se rió—, el profe Marco sí, pero tú no.

—Ni yo lo sabía, Ted, soy el primer sorprendido —Se rieron juntos, mirando al escenario.

Y qué cierto era. Al principio del campamento habría sido hasta capaz de partirle la cara a cualquiera que sugiriese que le gustaban las pollas. Y no entendía ese pensamiento, se avergonzaba de haberlo tenido. No tenía problemas con que los demás fuesen gays pero en lo que a él concernía, era un hetero de pies a cabeza. Ahora miraba el perfil del hombre que rodeaba con sus brazos y no comprendía cómo la posibilidad de poder enamorarse de alguien así no estaba entre sus planes sólo porque tuviese otra cosa entre las piernas que no fuese una vagina. Marco era alguien digno de ser amado, de agarrar y no soltar, de no dejar marchar. Un sentimiento desagradable comenzó a nacerle en el pecho, solo quedan dos semanas de campamento. O semana y media. Después de eso se separarían. Vivían a casi 7 horas de distancia y cada uno tenía su trabajo en su ciudad. No se podrían ver en mucho tiempo y ya estaba acostumbrándose a verle todos los días. No le prestó atención a la actuación, se pasó la casi hora entera observando la forma de su oreja, sus cejas, las pecas que le decoraban el rostro y los hombros al aire por esa camiseta sin mangas. Sonriendo débilmente al verle reír, queriendole tanto que era insoportable. Hundió su nariz en el cuello del chico, aspirando su olor, muerto de rabia por no poder retenerlo en su memoria para siempre.

—Jean, ¿estás bien? —Se giró mirándole preocupado, levantando la mano para acariciarle la mejilla. Cerró los ojos ante el contacto, asintiendo.

—Claro, mira que te pierdes lo mejor —Pudo ver en sus ojos que no se creyó ni por asomo sus palabras.

—Luego hablamos tú y yo… —Desde entonces, no paró de sentir las cosquillas de Marco en sus manos, leves apretones esporádicos. Intentaba no pensar en el hecho de perderle, tenían muchos días por delante para disfrutar el uno del otro, pero desde ese momento era una sombra que le acechaba.

5

Durante la cena notó que Jean le observaba en silencio, olvidándose de comer. Y no fue el único. Reiner se apoyó en un codo, frunciendo el ceño al verle suspirar mientras giraba con apatía los tallarines con el tenedor.

—Pero a ver, ¿qué cojones te pasa? —Alzó la vista del plato, cambiando la expresión por completo, alzando una ceja.

—Nada, ¿no puedo estar en silencio?

—Por mí como si no vuelves a abrir la boca en el campamento, pero estás preocupando a tu novio —Miró a Marco, que relajó las cejas.

—Un poco sí —admitió. Jean respiró hondo.

—Lo siento, son pamplinas mías —Cogió el plato casi lleno y se lo dio a Sasha, que le lanzó besitos—, me voy a la cama. Estoy cansado —Le observó alejarse con el ceño fruncido.

—Eh —le dijo Reiner—, habla con él y haz que se le pase el disgusto. Bert y yo tardamos un poco más si quieres por si… —Hizo un gesto con la mano ante la boca y la lengua contra su mejilla, fingiendo una felación.

—No, no creo que vayamos a hacer nada más hoy.

—Uh, nada más, ¿cuándo os habéis escapado vosotros dos? —Abrió la boca, poniéndose en pie y huyendo tras su novio por pura vergüenza de no responder que fue justo a su lado.

Jean estaba acostado de cara a la pared, en su cama, con el brazo por fuera de las sábanas. No supo si lo hizo o no aposta, pero tenía el hueco justo para que él se tumbase detrás. Se quitó la camiseta y los vaqueros, acostándose tras él. Se apoyó con el codo en la almohada, inclinándose sobre su hombro para verle la cara. Se tapaba los ojos con una mano y tan pronto le pasó el brazo por la cintura, se lo apretó con la otra.

—Jean, ¿qué ocurre?

—Es una gilipollez —Le notó la voz extraña, tomada.

—¿Estás llorando? —Le vio apretar los dientes, chasqueando la lengua—. Cuéntame qué te pasa, por favor —Huyó de su contacto.

—Vete a dormir, de verdad, no es nada.

Al darse cuenta de que no iba a conseguir nada se acostó en su cama, lo que no significó que no le diese vueltas al asunto. Jean no era el típico que demostrase sus sentimientos, pero verle en ese estado le hizo pensar que algo debía estar haciéndole mucho daño. Lo único que esperaba era no ser él responsable de ello, Aún estaba despierto cuando Bert y Reiner volvieron, y hasta que este segundo no comenzó a roncar no empezó a adormilarse. Un jadeo repentino seguido de una agitación le hizo entreabrir los ojos. Jean se sentaba en la cama, jadeando, con una mano en el pecho y las lágrimas saltadas. Marco se incorporó, apoyándose en un codo. Jean le miró, salio de su cama y se arrojó sobre él, abrazándolo por la cintura.

—Marco… —Sollozó en silencio contra su piel. Angustiado, le acarició el pelo, besándole las mejillas.

—Eh, eh, eh, ha sido un sueño, ¿qué te pasa? Me estás asustando —Se inclinó sobre él, agarrándole la cara con las manos y besando sus mejillas, mojadas.

—Shhhh —Volvió a pegar la oreja a su pecho—, déjame escucharte —Le abrazó, frunciendo el ceño. ¿Qué ha soñado para necesitar escuchar los latidos de mi corazón?—. He soñado que te habías muerto o algo, te habías ido para no volver —Le respondió—, jamás me había sentido tan solo. Y, joder, no debería preocuparte de esta manera, soy gilipollas, aún quedan dos semanas de campamento pero no sé qué me pasa —No le miraba a los ojos, se los frotaba con rabia. Marco le puso la mano en la mejilla, chasqueando la lengua y acariciándosela de nuevo—, no quiero que te vayas —Su cara se contorsionó con la pena, volviendo a abrazarle con fuerza, temblando al sollozar—, no quiero irme, ni alejarme de ti. Joder, te quiero un montón.

—Eres tonto —Se rió, aliviado de que no fuese nada grave de verdad—. Tú mismo lo has dicho, nos quedan muchos días juntos, no pienses en eso ahora y no le hagas tanto caso a un sueño —Se rió con más ganas—. Lo mejor de todo esto es que siempre vas de tipo duro y siempre he sabido que por dentro eres el más blandito de todos los que estamos aquí.

—Vete a la mierda.

—Yo también te quiero, idiota. Y no, no quiero separarme, pero nos quedan muchos días y muchas cosas que vivir. Y eh —Volvió a apartarle la cara del pecho cuando se hubo tranquilizado un poco—, mañana dormimos en la caseta y podrás hacerme lo que quieras —Notó que se ponía colorado al decírselo, pero consiguió que le mirase a los ojos y consiguió sacarle una sonrisa.

—Si no eres capaz de decirme algo como eso sin ponerte colorado, no lo digas.

Marco le acarició el pelo, besando sus labios, sus mejillas, su nariz, toda su cara, muchas veces y muy rápido. Volvió a hacerle reír. Jean le pidió que le abrazase esa noche y él, como era obvio, no pudo negarse. De vez en cuando le susurraba que le quería, Jean le apretaba la mano. No había pensado en ese tema hasta que Jean no lo sacó, y aunque sí que le angustiaba un poco la idea de separarse de él, no iba a permitir que estropease los días que les quedaban por delante. Como por ejemplo el día siguiente. Se lo pasó muerto de nervios desde que abrió los ojos y Jean casi saltó de la cama, de muchísimo mejor humor.

—Voy a ducharme corriendo, vente ahora —Le dijo con prisas. Acercó la boca a su oreja y le susurró—, quiero correrme para durar más tiempo esta noche —Le tiró del pelo de la nuca y le dio un beso profundo, jadeando gravemente en sus labios, bajando la mano por su pecho hasta sus calzoncillos, agarrándole la erección mañanera.

—Jean, que están despiertos —susurró, apartándole la mano.

—Y yo también —Se la agarró sobre los pantalones y le guiñó el ojo, saliendo de la habitación.

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Para su desgracia, Marco no se movió de la cama. Esperó a que Jean regresara con una sonrisa satisfecha en el rostro y se duchó con todos los demás. Cogió una mochila, guardando unas cuantas cosas de su taquilla, con el bañador puesto porque por lo visto había un lago y pensaba bañarse.

—Ve ya a la entrada, Eren y Armin deben estar esperando. Voy un momento a la enfermería y vuelvo corriendo —Le hizo caso y se acercó al grupo. Tan pronto llegó, Armin le dió un objeto redondo y plano, bastante grande.

—Vuestra caseta. ¿Dónde está Marco?

—Ahora mismo viene, dice que va a pedir algo en la enfermería.

Eren les contaba algo a los chicos que los tenía idiotizados. Desde luego poseía habilidades de liderazgo. Mikasa se le acercó desde un lateral, él se disculpó y fue a despedirse de ella. Era curioso como ahora no le importaba lo más mínimo verlos juntos. Marco venía resoplando, cerrando su mochila, saludándolos a todos con una sonrisa.

—¿El profe Marco viene? —dijo una chica de 13 años. Armin asintió. Tres de ellas se abalanzaron sobre él, abrazándole por la cintura. Escuchó un chasquido de lengua a su lado. Era Ted, cruzado de brazos.

—Ya les he dicho que es gay, pero se creen que miento porque creen que me gusta.

—¿Y no te gusta? —Le miró a la cara, no se esperaba esa pregunta.

—No. Eren es más guapo —Le susurró. Menudo gusto de mierda tiene el enano.

Los dejaron en la parte de atrás del grupo, vigilando que ninguno se perdiese o desviase del camino. Las chicas no se despegaban de Marco, que charlaba con ellas felizmente sobre las cosas que le gustaba o no le gustaba hacer.

—Profe —dijo una después de muchas risitas—, ¿tienes novia?

—Nnnop —Contestó él alegremente.

—¿Y te gusta alguna chica? —Negó con la cabeza, visiblemente divertido. Jean comenzó a sonreír de lado porque todas se rieron incluso más nerviosas que antes. Eren y Armin pararon junto a una valla, señalando a un montón de vacas que pastaban tranquilamente.

—No tengáis miedo —Les dijo Marco a las chicas—, si no hay terneros no hacen nada.

—Qué lenguas más largas —dijo una de ellas.

—¿Queréis saber cómo dan besos las vacas? —Les preguntó Jean a las tres y a Ted, que se sonrieron esperando la respuesta. Le puso una mano en la mejilla a Marco, aguantándole la cabeza con la otra y lamiéndole la mejilla opuesta de barbilla a ceja. Dió un gritito que sonó como un “Iiiiiihhhh”.

—¡¡Jean!! —Dió dos pasos atrás, limpiándose la cara con el dorso de la mano mientras él se partía de risa con los niños.

Las chicas comenzaron a fijarse en él también, haciéndole el mismo tipo de preguntas, caminando hasta el claro donde montarían las casetas. Jean colocó la suya un poco más alejado del grupo de lo normal, siendo previsor. Si iban a gemir, al menos que no se enterasen los críos. Tan pronto estuvieron situados, se quitaron las camisetas y los zapatos. Jean fue el primero en lanzarse al agua de cabeza, acto seguido la mayoría de los chicos. Estaba helada, pero hacía tanto calor que se agradecía.

—Hay algas en el fondo —Se quejó una chica, asqueada. Jean la cogió en sus hombros, haciéndole dar un gritito.

—¡Marco, coge a alguna y a ver quién gana! —Le hizo caso, sosteniendo a la primera que se le lanzó a los brazos.

Tras la primera batalla, los chicos se fueron turnando, subiéndose también en los hombros de Armin y Eren. Acabaron agotados, pidiendo que les dejasen unos segundos de descanso. Marco hundió la cabeza en el agua para luego echar el pelo hacia atrás. Al sentirse observado, le sonrió, flotando sin tocar el fondo.

—Estoy a punto de matarle la ilusión a las chicas —Murmuró nadando hacia a él—, no te quitan la vista de encima.

—¿Vas a ser tan despiadado? —Esa mordida de labio fue un desafío en toda regla.

—No, de momento no. Pero si se me apetece mucho besarte, voy a hacerlo. O tocarte.

—Ya me has lamido la cara, no sé qué puede ser peor.

—Lamerte la boca —Marco resopló, hundiéndose y nadando lejos de él.

Siguieron jugando hasta la hora del almuerzo y nada más acabar de comer, volvieron a bañarse. Armin no paraba de decir que les iba a sentar mal, pero nadie le hizo caso. Tan pronto comenzó a irse el sol, mandaron a los chicos fuera del agua, algunos hasta tiritaban.

—Súbete las calzonas, exhibicionista —Murmuró Marco, saliendo a su lado. Sus ojos castaños brillaban de una manera que sabía iba a recordar una vez no estuviesen juntos. Quitaba el aliento.

—No me extraña que estén todas locas por ti —Le pellizcó la barbilla, guiñándole el ojo porque sabía que se iba a poner colorado.

Aguantó el tirón hasta llegar a la caseta, donde se metieron a quitarse los bañadores y ponerse ropa interior seca. En medio del bosque comenzaba a refrescar. Cerró la cremallera y al darse la vuelta, se lo encontró sentado, con el bañador por los tobillos, buscando calzoncillos limpios en su mochila. Hinchó los carrillos y expulsó el aire despacio, bajándose él también el bañador.

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Jean se le echó encima, tumbandole en el suelo de la caseta, lamiéndole desde el ombligo hasta la boca. Se rió mientras le besaba y le pellizcaba, intentando alejarse de él.

—Estate quieto, tenemos que salir otra vez. Guárdate las ganas para esta noche.

—Qué autocontrol tienes… o eso o no te pongo tanto como tú a mí.

—¿En serio? ¿De verdad me estás diciendo eso? —Le cogió la mano y se la puso en su miembro erecto—. Es la tercera vez hoy solo por mirarte. Las otras dos veces estaba o bajo las sábanas o bajo el agua —Jean comenzó a mover la muñeca despacio, masturbándose él también—. Hnnnooo, no, no. En serio, no —A pesar de estar jadeando, le paró—, cámbiate de una vez.

—Vas a ver las estrellas de la que te voy a dar luego… —prometió.

Y eso esperaba, que le diera fuerte y profundo. Se vistió a toda prisa, obligándose a pensar en otra cosa, saliendo atropelladamente de la caseta. Eren les explicó a los chicos cómo encender la fogata, consiguiendolo a la primera y recibiendo ruiditos sorprendidos como recompensa. Parecía crecerse cuando era el centro de atención, de hecho un grupo de chavales no paraba de preguntarle de todo y es que tanto él como Armin se habían criado en el campo y sabían de lo que hablaban. Jean apareció con una neverita, repartiéndole un pinchito de carne a cada persona. Había dos raciones para cada uno y una pieza de fruta. Comieron con ganas, estaban muertos de hambre. En lugar de sentarse como siempre, estirado cuan largo era, se agarró las piernas con un escalofrío.

—Ish, puto campo —murmuró.

—Tendrías que haberte traído una chaqueta como nos dijo el profe Armin —le sugirió una de las chicas.

—No pasa nada, yo no tengo frío —Marco se acercó a él, frotándole los brazos al pasarle el suyo por la espalda. Jean se le arrimó con un gruñido molesto.

—¿Alguna vez has ido de acampada con una chica? —La miró, negando—, ¿has tenido novia, profe? —Volvió a negar con la cabeza—. ¡No me lo creo!

—Porque ha tenido novios, no novias —refunfuñó Ted.

—¡Deja de inventarte cosas! —Una de las chicas le empujó, ignorándolo después.

—¿Qué tendría que tener tu pareja ideal? —Las tres lo miraban expectantes.

—Hmmm… si es lo contrario a mí, mejor. No me gustaría estar con alguien tan cortón como yo. Quiero a una persona impetuosa, que me haga plantearme si lo que hago a su lado debería hacerlo. Alguien que tenga el valor que me falta, una persona directa y honesta En realidad lo que de verdad me gusta son estas típicas personas que parece que son de piedra pero cuando están contigo se convierten en algodón hasta el punto de sonrojarse. Ya sabéis lo que digo, ¿no? —Las tres sonrieron. Una de ellas miró a Jean.

—¿Y a ti, profe?

—¿Sabéis de estas personas que todos adoran porque son buenos de corazón? Estas personas que cuando sonríen te alegran el día.

—¿Como Marco? —dijo una. Él sonrió de lado.

—Exacto, como Marco. Pues eso. Y además me encantan las pecas —Le miró a la cara—, Eh, ¿quieres salir conmigo?

—Vale, ¿por qué no? —Las chicas se rieron creyendo que era una broma. Lo que desconocían eran las ganas inmensas que tenía de comerselo a besos. Las tres se levantaron, yendo juntas entre los árboles con una linterna para vaciar la vejiga.

—Son unas cotillas —Le dijo Jean, y tú das demasiados detalles.

—¿Te da vergüenza que sepan que en realidad eres una persona adorable que se pone colorada cuando le digo cosas bonitas?

—Mira quién habla de ponerse colorado, vives en ese estado constantemente —Por su tono de voz, supo que sus mejillas comenzaban a colorearse. Se inclinó sobre él y le susurró al oído:

—Y no es solo cuando te digo cosas cuando te pones así, sobre todo cuando te las hago —No pudo evitar la risita nerviosa que se le escapó. Jean apoyó la boca en sus brazos, mirando al fuego fijamente con el ceño fruncido. Estaba guapísimo. Le pasó la mano por la mejilla, hacia su pelo, apartándoselo—. Está más largo —Le besó la sien derecha. Jean le miró a los ojos, con la sombra del rubor sobre su nariz y cachetes.

—Eres un imbécil —Marco rozó su nariz con la suya, sonriendo. Jean le acercó la boca, dándole un lento beso en los labios. Siempre sentía como si tirasen de su estómago hacia arriba cuando le besaba sin esperarlo—, mi imbécil —Asintió, volviendo a besarle con una sonrisa más pronunciada.

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Se sentaron como el día anterior viendo el teatro, solo que ahora era Marco el que servía de reposo para un tembloroso Jean, pasándole las manos por los brazos. Armin narraba de manera experta una historia de terror, pero él se estaba quedando frito entre caricia y caricia, sintiéndose calentito en sus brazos. Cerró los ojos, solo un ratito, disfrutando de la suave narración de Armin, el crepitar del fuego y la respiración de Marco contra su pelo. Sintió un beso en la cara. Abrió los ojos y miró hacia arriba. Marco le puso la mano en la mejilla, acariciándole el mentón, besándole despacio en los labios una y otra, y otra vez mientras Jean le clavaba las uñas en ese brazo que le rodeaba con fuerza. Jean le metió la lengua en la boca tan despacio como le besaba, sintiendo que le tiraba del pelo y respiraba más profundamente. Sus pechos ascendían, acelerados por la lucha de sus lenguas. Nadie les prestaba atención, centrados en la historia de Armin. Y no fue hasta que la acabó con un sorprendido “oooooohhhhhh…” de los chicos que no dejaron de besarse.

—Siento la boca como cuando comes muchas palomitas saladas —murmuró Marco en su oído, riéndose—, pero quiero seguir besándote.

—¡Bueno! Hora de irse a la cama, que mucho hemos tardado. Vamos a apagar el fuego como es debido y a recoger.

Se levantaron, poniéndolo todo en orden y asegurándose de que todo el mundo estaba en sus casetas y con todo lo que necesitaban. Les dieron las buenas noches y se alejaron hacia su tienda de campaña, mirándose de reojo. A más cerca de llegar, más aceleraban los pasos, más se miraban y más sonreían nerviosos. Marco la abrió con las manos temblorosas, él la cerró con el pulso firme. No se había dado la vuelta que ya había encendido una pequeña lamparita eléctrica y se había quitado la camiseta. Le quitó la suya a Jean, pasando los labios por su pecho, con las piernas abiertas y él en medio de rodillas.

—Quiero ponerte muy cachondo —Le dijo Jean, tumbándose sobre él, apoyado en las puntas de los pies para quitarse los pantalones y calzoncillos mientras Marco hacía lo mismo bajo su cuerpo, sin dejar de mirarse a los ojos, respirando uno en la boca del otro—, que me necesites y no puedas más.

—Ya te necesito, llevo necesitándote desde la primera vez que te la comi —Pretendió ponerse a cuatro patas, pero le tumbó boca arriba, haciendo que su espalda chocase bruscamente contra el aislante.

—Quiero verte la cara —Le pasó las manos por los brazos, subiéndoselos, frotando su erección con la de Marco.

—Abre mi mochila, busca un bote blanco —Jadeó. Le hizo caso y la cogió con una mano, aún sosteniendo las muñecas de Marco sobre su cabeza. Tuvo un escalofrío cuando le pegó la lengua a la base del cuello, succionando después.

—¿De dónde has sacado esto? ¿Te lo has traído de casa? —Era un bote de vaselina enorme. Al mirarle a la cara vio culpabilidad en sus ojos.

—De la enfermería —murmuró a media voz. Jean sonrió de lado, dejándolo junto a la cabeza de Marco.

Aún sosteniéndole las muñecas, fue mordisqueando su piel hasta su pecho. Marco apretó los dientes, quejándose, levantando las caderas. Notarle tan ansioso por su cuerpo no hacía más que endurecérsela de manera irrisoria. Succionaba sus pezones, presionando con la lengua al mismo tiempo, riéndose al escuchar sus cortos y agudos gemidos en casi voz baja. Le soltó las manos, llegando a su vello púbico, enterrando la nariz en él y aspirando. El aroma de la caseta provenía principalmente del plástico y los materiales sintéticos que los rodeaban, pero el olor de entre sus piernas era pura ambrosía. Despertó sus instintos más primarios, metiéndosela en la boca impaciente, sintiendo la arcada al querer tragarle demasiado.

—Voy a correrme —Marco le agarraba del pelo, mordiéndose el labio, estirando y encogiendo las piernas—, no me la comas así.

—No tienes aguante ninguno —Hizo contacto visual con él mientras le lamía de huevos a glande. Le vió resoplar y casi pierde los papeles con su ruego:

—Por favor, fóllame ya.

Agarró el bote de vaselina, abriéndolo y hundiendo el dedo índice en él, embadurnándolo. Lo pasó por la entrada de Marco, en círculos, despacio. Pero si alguien tenía menos paciencia que Jean, era él. Se encorvó hacia adelante en un movimiento de caderas y, agarrándole la mano, le obligó a meterle el dedo. Cuando apretó hacia arriba, le vio sonreír con los ojos cerrados.

—Otro, mete otro.

—No quiero hacerte da—

—Jean, por favor, otro, no es la primera vez que hago esto, Jean… —Tragó saliva. No soportaba que gimiera su nombre. Le hizo caso. Y cuando le pidió un tercero también obedeció. Se inclinó sobre él, masturbándose y agarrando su polla al mismo tiempo, acariciándolas las dos—. Metemela, metemela, no puedo, Jean, no puedo más.

Eso es lo que él quería, tenerle implorante. Sacó los dedos de su cuerpo y cogió una buena cantidad de vaselina, empapado de ella, asegurándose de no provocarle dolor. Marco subió las rodillas hasta su pecho, abriéndose, tirando de su piel con las manos para facilitarle el acceso. Jean tanteó la entrada con su glande, despacio. Marco respiraba muy rápido, con los labios apretados y la vista fija en el grueso glande de Jean.

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Se iba a volver loco, parecía no lanzarse del todo y lo que él necesitaba era que le clavase contra el suelo de una vez. Cuando metió el glande, empujando suavemente en su interior ya dilatado por sus dedos, Jean se dejó caer sobre él, agarrándole de las piernas, jadeando con fuerza en su oído. Muy despacio fue entrando en él, gimiendo con cada leve vaivén de caderas. Marco sentía ese conocido ardor en su interior, esa deliciosa manera de sentirse lleno, solo que esta vez no era cualquier ligue casual. Era Jean. Su Jean. Y no le miraba a los ojos, los tenía cerrados, con la boca abierta, a punto de perder el control.

—Mírame —Le rogó. Jean entreabrió sus ojos castaños. Le besó despacio.

—Es demasiado estrecho, joder, Marco, esto es lo mejor que me ha pasado en la puta vida —Su quejido sonó como si estuviese a punto de echarse a llorar, y él se sorprendió al notar las caderas de Jean contra su culo.

Comenzó a moverse un poco más ansioso, sin apenas sacarla, preguntándole si le gustaba. Marco solo podía asentir. Más, más, más, dame más. Quería decirle que le diera más fuerte pero temía que si abría la boca para hablar, el grito llegase hasta los dormitorios del campamento. Jean le colocó una rodilla debajo del cuerpo, levantándole las caderas y sosteniéndolo por la nuca. Marco se agarró a la funda de los cojines con ambas manos, retorciéndola y gimiendo sin poder evitarlo. Sentía la mirada de Jean clavada en su rostro, su miembro golpearle en lo más profundo y las gotas de su propio esperma mancharle el pecho. Se la sacó despacio, poniéndole de espaldas, tumbado contra la lona de la caseta. Esa era definitivamente su postura favorita tanto para dar como para recibir. Marco dobló una rodilla contra su cuerpo, rodeando la almohada con los brazos. Al volver a sentirle entrar, mordió la tela, esforzándose por no hacer ruido. Jean se apoyó con ambas manos en su culo, moviendo solo las caderas, hasta el fondo.

—¿De qué te ríes tú, eh? —Le susurró al oído con voz divertida. No se había dado cuenta pero era cierto, tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—Me encanta —Se encogió al sentir su boca en el cuello, pero le arrimó el culo un poco más.

—Córrete conmigo —Le metió la mano bajo el cuerpo, acariciando tan solo la parte superior de su erección. Más que suficiente.

Mientras él mordía la almohada, Jean le mordía el hombro, follándole salvajemente, metiéndosela y sacándosela en violentas embestidas, poseyéndole hasta el punto de hacerle ver blanco en un orgasmo que le obligó a gritar contra su brazo. Al apretar los músculos involuntariamente, Jean exclamó, lanzando al aire juramentos fraccionados, gemidos exhalados. Sintió que no cabía en su interior todo lo que tenía para darle, más lubricado que nunca. Jean apretó las caderas a él, derrumbándose sobre su espalda, jadeando como loco y tragando saliva con dificultad. Le apartó el pegajoso pelo de la cara a Marco, besándole la mejilla. Seguía con las cejas juntas y los ojos cerrados, sofocado.

—¿Estás bien? Lo siento, me he pasado de brusco.

—Anda ya, has sido suave en comparación a otros con los que he estado —Giró la cara, besándole sobre su hombro—, y el tamaño de tu polla es perfecto. —Salió de él, tumbándose a su lado con una risita. Notó el esperma saliendo de su interior, derramándose entre sus muslos.

—Menudo desastre —Miró dentro de la mochila de Marco, sacando un paquete de pañuelos y limpiándole como pudo.

—Dame, tengo el estómago lleno —Al girarse vio las manchas de su propio esperma en su piel y las sábanas. A Jean se le dibujó una sonrisa golfa. Subió la cremallera de la caseta y le dio la mano, desnudo.

—¿Qué haces? No.

—Ven, dame la mano, confía en mí y vuelvete loco. Siempre eres demasiado correcto. Lo has dicho antes, ¿no? Esto es lo que quieres.

Accedió solo porque cada vez que se dejaba llevar por él, lo pasaba de miedo por mucho que se muriese de vergüenza. Entre risitas, le sacó de la caseta, llevándoselo de la mano hacia el lago. Se llevó un dedo a los labios y entraron en el agua despacio.

—Nos vamos a resfriar —No podía parar de reírse, pensando en que alguien saliese a mear y los viese en el agua.

—Nah, ven —Jean le puso las manos en las caderas, pegándose a él y besándolo despacio en los labios.

—Me encanta esto de ti, de verdad que me gusta —dijo Marco en su boca, acariciándole los cortos y oscuros pelos de su nuca con las uñas—, que me vuelvas loco y tengas tan poca vergüenza.

—¿Ves? Y a mí me encanta ponerte colorado —Notaba el agua helada correr entre sus cuerpos, sonrió, volviéndose a dar cuenta de que tenía que agachar un poco la cabeza para besarle.

—¡Eh, qué hacéis ahí! —Se metió en el agua hasta la nariz cuando una linterna los alumbró.

—¡¡Vete a dormir, Jaeger!! —Le gritó Jean a Eren, mostrándole el dedo corazón.

—Ah, ¡Lo siento! —Se dio la vuelta, apresurado.

—Te mato, te juro que te mato —Murmuró Marco. Jean se lanzó sobre su cuerpo, flotando sobre él y dándole un beso que le dejó la mente en blanco.

6

Al despertarse sintió un sofoco brutal. El sol pegaba en la caseta de lleno y hacía tanto calor que no podía respirar. Miró la hora y eran solo las 9:30 de la mañana. Lo de Marco era una composición anárquica de piel, pecas, pelo desastroso y sábana que ni le cubría ni le dejaba de cubrir, respirando profundamente. Habían tenido la decencia de ponerse los calzoncillos la noche anterior, por si tenían que salir, como era su caso en esos momentos. El único sonido que le rodeaba era el de la naturaleza, caminó hasta los árboles más cercanos y echó una meada eterna. Una vez en paz con su vejiga, volvió a la caseta, descubriendo que era incapáz de meterse. Sin embargo, estaba demasiado cansado para levantarse, por lo que se metió en ella hasta la cintura, apoyando su cojín en el césped y dejándose caer en él, boca arriba con las manos bajo su nuca. Escuchó risitas a lo lejos, miró de reojo, eran las chicas, observándole. No mucho después sintió a Marco moverse, tocarle la pierna. Abrió los ojos y se encontró con su mirada confusa en la puerta de la caseta. Por qué querré tanto a este inútil…

—Péinate esas greñas —Bostezó, desordenándoselas más, dejándose caer sobre su pecho y dejándole sin respiración—. Pesas un poco, no es por nada.

—Hmmmmm —Puso sus manos bajo la barbilla, mirándole con los ojos medio cerrados.

—Me quiero aprender tus pecas, ¿podré algún día? —Se rió como un idiota, una risita rápida y adormilada. Rodó sobre su cuerpo, dejándose caer a su lado, estirándose.

—Qué bien he dormido —Subió una mano, acariciándole el bíceps con dos dedos.

—Tengo un problema —Le miró la boca, esos labios gruesos que tantísimo le gustaba besar—, las niñas están mirando y quiero besarte.

—Bueno, ya va siendo hora de que se enteren —Marco se puso de lado, incorporándose, inclinándose sobre su cara y dándole el beso de buenos días que esperaba desde hacía un rato. Le hizo cosquillas en la frente con su pelo.

Jean le puso la mano en el cuello, rodando sobre él, riéndose golfo ante su sonrisilla alegre. Se tumbó en diagonal, dejando caer su pecho en el de Marco, sintiéndo sus caricias en el costado mientras le besaba desde arriba. Le acarició el pelo, observando sus ojos alegres. En su vida había estado tan enamorado.

—¡¡Os lo dije!! —Ted se reía de fondo ante las protestas de las chicas. Se levantaron y fueron a desayunar con ellos, saludando a Armin y a Eren que habían dormido en el lado opuesto del campamento.

—Profe, eres un mentiroso —Le dijo una de las chicas a Marco, enfurruñada—, nos dijiste que no tenías pareja.

—No. Os dije que no tenía novia —aclaró. La chica puso morritos, fastidiada.

—Nunca nos los preguntásteis —dijo Jean—, no debéis asumir que todo el mundo es hetero. Es más fácil si preguntáis a esa persona si tiene pareja, aunque sigue siendo algo un pelín maleducado.

—¿Por qué los dos monitores más guapos tienen que ser gays? —Se rieron cuando una de las chicas se tiró de cara al césped.

—Reiner es soltero —dijo Marco.

—¿Cómo que Reiner? —le miró con media sonrisilla—, ¿te gusta Reiner? —Se encogió de hombros.

—Está bueno y es grandote además de simpático. Ya sabes que los que sois tan extrovertidos me atraéis. Además, a tí te gusta Mikasa y nunca he dicho nada —murmuró un “no es lo mismo y lo sabes”.

—¿¡Perdón?! —Eren dejó de comer, con aspecto de querer saltarle al cuello.

—Tranquilito, ¿eh? —dijo Jean orientando las palmas de las manos hacia él. Armin le dió un manotazo en el brazo a Eren mientras que Marco le tiraba del meñique a Jean—. No te acojones que ahora mismo solo me interesa Marco.

—Como si tuviese que tener miedo de algo —los chicos los observaban con la boca abierta, dejando de comer. Algunos sonreían, algunos se asustaron.

—Si estuviese conmigo por lo menos sí que tendría org—

—Ay, cállate ya —Marco le cogió por la barbilla y le dió un beso en los labios. Jean sonrió, olvidándose del gilipollas de Eren, de Mikasa y el campamento entero, tirándose sobre él, tirándole el desayuno, besándole con fuerza y ambas manos en sus mejillas. Las chicas dieron un gritito, excitadas. Ted suspiró. Eren refunfuñaba. Pero el universo entero de Jean se concentraba tan solo en la sonrisa avergonzada de Marco. Qué voy a hacer sin él…

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La semana y media de campamento que les quedaba lo vivieron tan intensamente como pudieron. Por las tardes solían o bien quedarse con el grupo, o si se sentían más necesitados, dándose una vuelta campestre. Siempre con la vaselina de acompañante por si las moscas. Hicieron el amor casi por todas las esquinas del campamento, tanto dentro como fuera, todo un milagro que no les pillasen. Reiner y Bert casi los pillan en pleno acto al entrar en una de sus “siestas” en el bungalow, pero consiguió que la sangre de Jean volviese a su cerebro a base de pellizcos en el muslo. Se volvieron también la atracción principal de las chicas, que tan pronto los veían juntos se reían y cuchicheaban. El último día de campamento se levantó con la intención de vivirlo como siempre, haciéndoselo saber a Jean y pidiéndole que intentase lo mismo. Durante todo el día hicieron concursos, los chicos habían fabricado regalos secretos en las clases de arte para los profes, dándole a ellos dos un pergamino que se dividía en dos de “la pareja del campamento”, a Reiner y Bert el de “mejor cuerpo”, a Annie y Mikasa uno que decía “girl power”, el de Christa era “la más bella” y el de Ymir “la más guay”. A Eren le dieron uno por su valentía, a Armin por su sabiduría, a Connie por ser el payaso de todos y a Sasha por glotona. Todos estaban muy felices con sus premios, los chicos eran un amor. Les echaría de menos. Y con ese pensamiento en mente miró a Jean, que observaba el diploma con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—Ven conmigo un momento —Marco se puso en pie, ofreciéndole la mano.

Casi no podía ver por dónde pisaba, había oscurecido y esa zona seguía sin estar alumbrada. Al ver dónde le llevaba, escuchó que Jean chasqueaba la lengua. Se paró en seco, por lo que se giró a mirarle. Tenía una mano ante los ojos, llevándose su otra mano a la cara. Se acercó a él, susurrando su nombre.

—No puedo hacer esto —dijo a media voz.

—Ven conmigo, por favor —Se apartó las manos de la cara y tragó saliva. Marco intentó no ver sus ojos llorosos, pero los vio. Se obligó a sí mismo a no derrumbarse. Caminaron hasta la valla donde Sasha se coló para buscar huevos aquel día.

—Apesta a corral —Se rió, cogiéndole las manos a Jean.

—¿Te acuerdas de cómo te sentiste cuando nos besamos por primera vez? —Asintió, mirándole con esos ojos húmedos y las comisuras de sus labios inclinadas hacia el lado que no debían—. Yo no me podía creer que precisamente la persona en la que me había fijado era la que me estaba besando. Nunca me había pasado eso de tener un crush y que se fijase en mí.

—Me moría de miedo. Sentí tanto con ese beso que me cagué vivo. Sabía que me gustabas mucho, pero me negaba a admitirlo. Fui un idiota.

—No, fue parte de nuestra historia —Le puso las manos en los hombros, besándolo despacio en los labios—, me ha encantado vivir esto contigo.

—No hables como si ya se hubiese acabado —En su quejido pudo sentir angustia—, no nos vamos hasta mañana por la mañana.

—Pero no quiero despedirme mañana, quiero despedirme ahora. Porque lo último que necesito ver mañana es tu sonrisa.

Jean cerró los ojos, dejándose llevar, apoyando la cabeza en su hombro y tirándo de su camiseta blanca. Marco le abrazó todo lo fuerte que fue capaz, acariciando ese pelo extraño y precioso de dos colores, besándolo, llorando con él en silencio. Hasta para llorar soy más comedido que él. Iba a ser muy difícil el no verle todos los días, no poder charlar con él a la hora del almuerzo, no sentir su mano rozando sus dedos de manera casual cuando caminaba. Iba a echar de menos mirar a su alrededor y verle por allí, sin siquiera interactuar con él, solo verle o escucharle. Su ropa no iba a oler a él, su sudor tampoco, ni su almohada. Pero su corazón rebosaba de Jean en esos instantes, sabía que podría racionar un poco su amor por él para volver a llenarlo en cuanto se reencontrasen, lo cual esperaba no fuese muy tarde.

—Tengo miedo —le dijo Jean esa noche, en la cama, después de interminables besos durante horas—. La distancia mata las relaciones. Y no quiero que esto se quede en un campamento. Lo siento demasiado intenso.

—¿Sabes que es la primera vez que me enamoro y es correspondido? —Jean asintió.

—Me lo dijiste la segunda vez que lo hicimos, cuando nos escapamos días después de acampar con Eren y los demás. Lo que no te dije es que yo nunca me había enamorado. Jamás. Y no sé qué va a pasar ahora.

—Que nos vamos a echar de menos. Pero tú tienes mi teléfono y yo tengo el tuyo, estaremos bien, iremos tirando. Ya nos escaparemos cuando podamos.

Jean no dijo nada más. Al día siguiente en el autobús tampoco habló demasiado. Se limitaba a cogerle la mano, a mirar sus dedos y a suspirar. Tan solo habló tras abrazarle en la estación de tren. Mirándole a los ojos le dijo un te amo, decorado con una amplia y honesta sonrisa, que se le grabó a fuego en el alma.

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El verano se llevó su felicidad. Miraba por la ventanilla medio adormilado, arrebujado en sus ropas de invierno. Por lo visto la calefacción del autobús no funcionaba y estaba helado. Odiaba ser tan friolero. De repente le prestó atención a la melodía que sonaba en su reproductor de música.

You’re just like an angel, your skin makes me cry. You float like a feather in a beautiful world. I wish I was special. You’re so fucking special. But I’m a creep, I’m a weirdo, What the hell am I doing here? I don’t belong here” .

Se quitó los cascos, enfadado y molesto, limpiándose una lágrima de manera furiosa de la mejilla. Últimamente la música le solía hacer más mal que bien, quizás la música que escuchaba era una mierda. Sintió el teléfono vibrar en el bolsillo, sonriendo débilmente ante su mensaje de buenos días. La frialdad del teléfono era mayor que la del clima. Entró en la cafetería, saludando a sus compañeros de trabajo con los que echaba más horas de lo normal con tal de reunir dinero para poder ir a verle. Entre órdenes de frappés, cappuccinos, té con leche de soja y demás pijadas se le pasó gran parte de la mañana. Le vibró el teléfono cuando estaba en la sala de descanso, desayunando.

¿Estás trabajando? —Le escribió Marco.

A no ser que caiga un meteorito en la cafetería, a esta hora siempre estoy trabajando. Qué ganas de meterme en la cama…

—Pronto te acuestas, calentito debajo del nórdico, que seguro que tienes frío.

—No quiero el nórdico, tú das más calor. Eres el hombre antorcha —Siempre se quejaba del sudor, pero es que él necesitaba abrazarle, le gustaba dormir abrazados—. Si me dijesen de irme ahora mismo de vuelta al campamento, lo hacía. Con frío y todo.

Si es por verme no te hace falta pedir tanto. Con que me pongas un café con leche me conformo, y rapidito, que estoy esperando —Miró el teléfono, frunciendo el ceño.

Lo siguiente que recibió fue una foto de su cara de fastidio. Pero no era su cara lo que le llamó la atención, era el fondo. Conocía ese fondo. Lo tenía enfrente todos los putos días. Se levantó arrastrando la silla, asustando al compañero que desayunaba con él. Salió con prisas, mirando a la fila de gente que esperaba su turno.

—Jean —Su compañera de trabajo le señalaba al fondo del bar—, ese muchacho ha pedido una bebida para ti y se ha sentado por ahí, ahora iba a ir a buscarte.

Giró la cara, Marco le observaba apoyado en una mano con una expresión alegre que se transformó en risilla. Corrió hacia él, tropezando con una silla de camino. Sintió las piernas fallarle al acercarse, al ver sus pecas de cerca, al sentir sus manos acariciarle la cara y el pelo. Se arrodilló en el suelo, abrazándole por la cintura, oliendo su cuello con intensidad y sintiendo sus dedos pasarle por el pelo. Alzó la cara, buscando su boca desesperado, suspirando temblorosamente cuando por fin tuvo sus labios entre los suyos. Pero lo que de verdad quería era besar sus pecas. Le besó las mejillas y esa chata nariz tantas veces que le hizo reír a carcajadas.

—¿Qué significa este pelo? —Le preguntó tirando de uno de sus largos y rubios mechones. Jean arrimó la silla a él, cualquier cercanía era poca. Le cogió la mano, besandosela.

—Le hago la competencia a Christa, pero lo de abajo sigue rapado, que sé que te gusta. ¿Por qué no me has dicho nada de que venías?

—Porque si te lo decía no sería una sorpresa, ¿no? —Sentía su sonrisa inmensa, un reflejo de la del que tenía delante.

—¿Cuánto te quedas?

—Luego hablamos de eso, ahora dime, ¿dónde me vas a llevar cuando acabe tu turno? No conozco la ciudad, casi me pierdo para llegar aquí.

—A mi cama, claro —Marco chasqueó la lengua, riéndose y apartando la mirada. Jean dio una carcajada, no llevaban juntos ni dos minutos y ya estaba colorado.

—En serio, ¿dónde?

—A mi cama —Le repitió, obligándole a que centrara sus ojos café en los suyos con dos dedos en su barbilla—, lo primero que voy a hacer es besar tu piel desnuda y después te llevo donde quieras. ¿Sabes lo mucho que he echado de menos tus pecas?

—Y yo tu poca vergüenza —Al verle cada vez más sonrojado se mordió el labio, besándolo profundamente, deseandole tanto que le resultaba insoportable.

—En realidad solo quiero abrazarte, que me abraces y no me sueltes.

—Eso lo puedo hacer sin problemas y cuando quieras.

—¡Jean, echa una mano! —Miró hacia atrás, a su compañera, angustiada por la enorme cola que se estaba formando.

—Pero va a ser luego. Ven en hora y media, mientras date una vuelta por aquí y compra lubricante, que no tengo.

—Ya traigo —Miró a su alrededor, avergonzado una vez más. En su vida había trabajado con tanta energía y tan sonriente. Y en su vida había tenido tantas ganas de acabar la jornada laboral como ese día.

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No se fue de la cafetería. Pasó la hora y media observándole trabajar desde la mesa del fondo, alegre de tenerle delante después de meses. Metió la mano en el bolsillo, palpando las llaves y sonriendo. Al acabar su turno caminó hacia él con una enorme sonrisa. Echaba de menos esos colmillos más grandes de lo normal, su mirada juguetona, ese hoyuelo en su mejilla izquierda cuando sonreía y lo bien que estaba a su lado.

—Me han dicho que me vaya antes, que ellos limpian y cierran hoy, así que vámonos.

—Qué bien te sienta ese gorro —Era de lana roja y contrastaba a la perfección con su pelo y ojos. Le bailaba el corazón en el pecho solo con mirarle directamente.

Cogieron el autobús, Jean no le soltaba, abrazándole desde atrás con la barbilla en su hombro, charlando sobre los sitios a los que le iba a llevar al día siguiente en caso de que le dejase salir de la cama. Vivía en un ático, un apartamento diminuto de una habitación y baño. Su cama era muy baja pero ancha, justo bajo un tragaluz. Y fue allí dónde le empujó, cayendo sobre su cuerpo. Se desnudaron despacio, mirándose mucho y tocándose más. Jean cumplió la promesa de tocar su piel por completo, pasando las manos y boca por sus mejillas, labios, cuello y pecho. Siguió por sus costados, sus hombros, brazos y manos, deteniéndose en cada dedo. Besó sus caderas, sus muslos e ingles, haciéndole jadear, sus rodillas y tobillos. Se rió al girarlo para lamerle la nuca, besando su espalda y acariciando su columna. Le mordió el culo, riéndose, la parte posterior de los muslos, hasta los talones.

—Eres perfecto —Le susurró subiendo de nuevo, rozándose con su culo. Marco elevó las caderas ante ese contacto. Jean le abrazó la cintura, oliendole el pelo profundamente—. Marco.

—Dime —echó el brazo hacia atrás, acariciándole el pelo. Jean deslizó su mano desde su trasero hacia adelante, acariciándosela despacio. Se mordió el labio, loco por sentir más de él.

—Quiero pedirte algo. Llevo queriendo decírtelo desde hace mucho —Era curioso que tuviera esa facilidad para decir lo que le iba a hacer a él pero que le costase tanto pedir que le hicieran. Eran opuestos en todo—. Quiero estar debajo —susurró.

—¿Cómo? —Marco se giró, sonriendo. Jean miraba hacia un lado, incómodo por tener que explicarse. Estaban tumbados de lado, Marco le acariciaba el brazo, él le rozaba el pecho con las yemas de los dedos.

—Quiero saber qué se siente, teniendote dentro.

—¿Estás seguro? Soy bastante ancho, los otros hombres con los que he estado casi nunca me han dejado.

—Marco, lo quiero de verdad. Lo he pensado mucho, he… tengo un consolador —Nunca le había visto tan colorado. Aguantó la risa—, siempre pensaba en ti, y bueno, me gusta.

Marco le agarró la cara con ambas manos, tumbandose sobre él, pletórico. Había fantaseado con ese momento durante mucho tiempo. Adoraba sentirse follado por él, pero se preguntaba si sería tan estrecho y placentero como imaginaba. Lo que más le preocupaba era su inexperiencia, hacerle daño por la falta de costumbre, por lo que fue especialmente delicado y lento con él. Tenían toda la tarde y la noche para hacer las cosas bien. Lo primero que tenía que conseguir era relajarle, pero también necesitaba tener todo a mano. Se separó de él unos segundos para coger la vaselina, dejándola en la mesilla de noche ya abierta.

—¿De verdad no quieres darme tú primero? —Negó con la cabeza—, ¿y cómo se te ocurrió hacer esto? —Se tumbó, acercando su pelvis a la suya, obligándole a que le pasase la pierna sobre la cadera, acariciándole los muslos y las nalgas.

—Comencé  a pensarlo mientras me masturbaba y me acordaba de cuando me metías el dedo. Esos orgasmos siempre eran más fuertes —Succionó su labio inferior, dejando que siguiese hablando después. Sin que lo notase, se mojó tres dedos con la vaselina. Acarició su entrada con el dedo, en círculos, pasando la otra mano por su erección muy despacio al mismo tiempo.

—Sigue contándome —Le pidió al ver que se callaba, mirando brevemente entre sus piernas.

—Los dedos me sabían a poco, quería algo más parecido a ti así que me compré el consolador —Aumentaba la fuerza y velocidad de su respiración. Sin embargo, Jean no apartaba las manos de su pecho.

—Te tuvo que dar mucha vergüenza —Se rió suavemente, asintiendo.

—Más que la primera vez que compré condones.

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Jean le acercó la boca, besándole. Si comenzaba a besarle de esa manera sabía que tenían para rato. Marco no alteraba la cadencia de su caricia pero sí la presión de su dedo, levemente, introduciendolo cada vez más. Y Jean lo notaba. Esa zona era tan sensible que con un poco que cambiase la presión, parecía mucho. Le apretó la cintura con su pierna cuando metió el dedo hasta la segunda falange, presionando su próstata, con amplios movimientos porque además de darle placer, quería que dilatase lo más posible.

Ya había experimentado esa sensación él solo, pero es que con un dedo ajeno no tenía nada que ver. Además, las manos de Marco eran muy grandes y sus dedos muy largos. Le incomodaba un poco, pero le excitaba más. Lo que de verdad le desquiciaba eran sus caricias constantes, esa manera de rozarle la piel del glande con la mano, tan sublime. Marco tenía experiencia, y mucha. Lo estaba gozando más de lo que esperaba. Notó otro de sus dedos suavemente presionando para entrar en él.

—Quiero ponerme de espaldas —Le pidió. A Marco pareció gustarle la idea. Se agarró a la almohada, a cuatro patas, alzando su trasero.

Esa postura y esa actitud no era algo a lo que estuviese acostumbrado. Siempre había sido el dominante en la cama y en las relaciones por lo que mostrarse ahora tan vulnerable le resultaba casi humillante. Pero si era Marco, era una humillación deseada. Le escuchó trastear con objetos, le sintió colocarse tras de él, entre sus dos piernas. La mano que antes le masturbaba ahora le acariciaba la espalda con las yemas de los dedos, provocándole un escalofrío al deslizarlos por los costados. Volvió a introducirle el mismo dedo, la misma presión exacta, con ese segundo acechando. No sabía cuánto se iba a prolongar la situación, casi era incapaz de retener los gemidos llegados a ese punto. Metió el segundo dedo, despacio, deslizándose dentro de él como si lo hiciese todos los días.

—¿Cómo vas? —Le susurró, desde arriba, desde lejos.

—Cachondo —Gruñó. Volvió a rodearsela con los dedos. En un acto reflejo de puro deseo, Jean le acercó el trasero un poco más, agarrando las sábanas e intentando retener el orgasmo que acechaba con salir.

—Relájate, estás apretando demasiado —Le levantó el pelo de la nuca, besándole el cuello, riéndose—. ¿Ya te estás corriendo? —Le acercó a la cara los dedos con los que le tocaba la polla hacía unos segundos, estaban húmedos—. Cada vez me cuesta más retenerme, a más te miro, más necesidad siento —Le apartó la mano y escuchó un ruido de succión seguido de un sonido satisfactorio de su garganta, como cuando te sacas de la boca una cuchara, lamiendo algo delicioso. Ojalá me la chupase y se lo tragase todo. Ojalá me la meta ya. Ojalá tener dos Marco para mí solo.

—Más —Le pidió, comenzando a necesitarle en su interior. Si esos dedos le gustaban tanto, él le estimularía de una manera que era incapaz de imaginar.

Marco chasqueó la lengua, metiendole muy, muy despacio un tercer dedo, haciéndole dar un respingo al acariciarle los huevos desde atrás. Estaba comenzando a olvidarse de ir despacio, notaba su urgencia en sus movimientos. Jean apretaba los labios, quejándose muy levemente, con los ojos cerrados. Le apretó el culo con la otra mano, le escuchó jadear excitado. Se preguntó cómo resonaría su nombre en los labios de Marco contra las paredes de su habitación. Llevaba necesitando escucharlo desde que se separaron.

—Cada vez que te veía masturbandote en el skype me moría de ganas por cabalgarte —Se inclinó sobre él de nuevo, metiendo los dedos muy profundo en su interior, provocándole un gruñido de dolor y satisfacción—, quién me iba a decir a mí que iba a ser el jinete —susurró entre risitas.

Le hizo reír entre tanto delirio. Le sacó los tres dedos despacio, su quejido cuando lo hizo le recordó al de los niños cuando les quitaban algo que querían. Sin embargo, tenía un juguete mejor y más grande para él. Escuchó ruidos húmedos y miró sobre su hombro. Joder, es que tiene la polla enorme. Abrió los labios, observando y sintiéndo cómo apretaba su embadurnado miembro contra él. Se agarraba la ancha base con la mano, manteniéndola firme, estímulandole en pequeños círculos. Le metió el glande, Jean se derrumbó contra la almohada, Marco jadeó de manera aguda, clavándole los dedos de su otra mano en la cintura.

—Me voy a correr enseguida —protestó, de nuevo con esa voz inusualmente aguda.

Jean no podía hablar. Desde que comenzó a entrar en él, ni siquiera era capaz de cerrar la boca. Volviendo a repetirle que tenía que relajarse, Marco le abrazó por la cintura, besándole la espalda, apartándole el pelo de la cara para besar su mejilla. No quería que viese su expresión, era humillante el estado en el que se encontraba. Se tapó la cara con las sábanas, gimiendo contra ellas al sentir el leve empujón, entrando unos centímetros más. Le quemaba, la sensación cada vez que la sacaba despacio le recordaba a la misma de cuando iba al baño y le daba miedo tener un accidente. Sería tremendamente bochornoso. Marco pareció leerle el pensamiento, o quizás él tuvo algún espasmo que le puso en la pista de lo que pensaba.

—La sensación es extraña, pero te acostumbraras —Susurró casi sin aliento, con ese temblor en su voz que ya conocía por ser la melodía de fondo de sus más intensos orgásmos. Volvió a meter unos centímetros más y, presa de la impaciencia, quizás demasiados. Un quejido de dolor salió de su garganta antes de poder esconderlo—. Lo siento, lo siento, lo siento muchísimo —Le abrazó con fuerza, acariciándole el pecho, volviendo a apartarle el pelo de la cara—. Jean, dime que estás bien. Por favor, mírame. ¿Quieres que siga?

—Sí —dijo una voz que no reconoció como propia. En un momento de enajenación lujuriosa, quiso pegar de golpe sus caderas a las suyas. Ya lo estaban. Tenía a Marco completamente en su interior.

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Era una locura. Era imposible. Jean le apretaba la polla de una manera absurda. El placer que sentía cada vez que se movía era inaguantable. Buscó su miembro erecto, estaba empapado con su propia lubricación, lo cual no hizo más que excitarle. Llevaría un buen rato medio corriéndose sin darse cuenta siquiera. Pero no levantaba la cara de la almohada y era algo que le preocupaba. Quería ver su expresión, saber que estaba bien. Tiró de las sábanas, apartándolas de su cara y también le quitó el cojín. Sin embargo se la cubría con sus manos.

—Jean, besame, déjame mirarte.

—Hhhhnnnno… —Le sintió temblar bajo su cuerpo, sus piernas comenzaban a no responderle.

—No voy a seguir hasta que no me dejes mirarte —Consiguió al fin que le hiciese caso, apartándolas despacio pero sin mirarle. No solo sus mejillas, su cara y su cuello habían enrojecido, una vena palpitaba en su sien, era incapaz de cerrar la boca y jadeaba sin descanso—. ¿Te gusta? Jean, no sé yo…

La respuesta que obtuvo fue que alejó las caderas de él, dejándose caer despacio, una y otra vez, comenzando a gemir como nunca le había escuchado. Ahora no tenía que medir el volumen, podía dejarse llevar, y joder, escucharle de esa manera fue la gota que colmó el vaso. Le agarró la polla, metiéndole la suya hasta el fondo, sacándola despacio, en embestidas cada vez más largas. Cogió más vaselina y cuando más se la sacó, volvió a embadurnarse en ella. Al volver a meterla, con una facilidad mayor, Jean se enderezó, apoyándose con las manos en la cama, echando la cabeza hacia abajo, pegando la mejilla a su brazo. Veía sus cejas fruncidas entre sus entrecerrados ojos. Agarró a Jean de la barbilla y su cintura, enderezandose, forzándole a que le besara. Debido a sus desvergonzados gemidos no podía besarle como era debido, pero sí morderle la boca. Bajó la mano por su cintura, follándole también con su mano. Jean echó la cabeza hacia atrás, tenso, pegando el trasero a él y encorvándose cada vez más hacia adelante. Un chorreón de esperma salió disparado de entre sus dedos mientras el chico gritaba “¡Marco, follame!” una y otra vez.  El placer que este sentía llegó a su climax al sentir los músculos internos de Jean contraerse. Lo tumbó en la cama, dejando la sutilidad a un lado, castigándo sus interiores con enérgicas y apresuradas embestidas, gruñendo entre dientes, corriéndose en su interior, notando cómo se derramaba por falta de espacio. Jean se quejaba, sorprendido, blasfemando. Marco comenzó a reirse descontrolado mientras gemía, la mejor puta sensación de su vida. Se tumbó sobre él, aún presa de alguna convulsión que otra, jadeándo e incluso babeando contra su hombro, falto de aliento. Volvían en sí poco a poco.

—Me van a echar del edificio —bromeó Jean, riéndose.

—Tu culo es el paraíso. No quiero sacarla nunca más —dijo Marco, sonriente, satisfecho.

—De eso nada, después de almorzar me toca a mí partirtelo —Marco se la sacó despacio, con un resoplido, dejándose caer a su lado. Jean le agarró de los cachetes y le besó fuerte en los labios—. No has gemido mi nombre, estoy decepcionado.

—No te preocupes, sabes que en cuanto me la metes me vuelvo un exigente y no paro de llamarte.

—Sí, mi amorcito demandante…

Hizo lo que prometía y no solo una vez. Pidieron comida a domicilio para almorzar y cenar, abriendo las dos veces en calzoncillos ante la curiosa mirada de los trabajadores, que observaban la escena de sábanas deshechas y ropa por todas partes con media sonrisa. Al no salir de la casa, Jean no le dio tregua. Le folló de tal manera que no es que tuviera que pedirle que gritase su nombre, es que era incapaz de no hacerlo. Le encantó estar dentro de él, pero disfrutaba mil veces más cuando la situación era la inversa. Le encantaba sentir que podía hacer lo que quisiera con él, ese descontrol, las risas y sonrisas que se le escapaban en pleno orgasmo que a Jean tanto le gustaban. El verle y sentirle llegar al clímax en su interior. El mejor sexo de su vida con diferencia. La mejor persona también. Probablemente lo primero era causado por lo segundo.

El ambiente en la habitación estaba muy cargado para cuando decidieron descansar, mirándose el uno al otro con sonrisas cansadas, acariciándose las mejillas, besándose los dedos, tapándose y quedándose dormidos tan profundamente que despertaron en la misma postura. Jean le abrazaba por la cintura, con la frente en su boca, tan pegados que no necesitaron el nórdico a pesar de ser noviembre. Jean tenía el sueño ligero, por lo que al moverse para ir al baño, entreabrió los ojos. Sonrió y le besó despacio, dejándose caer en la almohada. Marco se vistió sabiendo que si se quedaba en ropa interior volvería a liarle.

—Vístete, quiero que me lleves a un sitio —Se quejó un poco, pero le hizo caso. Cuando le enseñó la dirección se rió con suavidad.

—Esto está aquí al lado —Marco se hizo el sorprendido.

—Pues hasta mejor. Vamos. —Volvió a ponerse ese gorro rojo que le gustaba. No podía dejar de mirarle, de observarle mientras charlaban de todo y de nada. Las mejores conversaciones las solían tener mientras comían después de follar, pero la verdad era que todo lo que tuviese que decir le parecía de gran importancia. Y esas subidas de cejas constantes le enamoraban. No, no son las cejas, es Jean, todo de Jean, su ser. Le amo más que a nada en este mundo.

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—¿Dónde te estoy llevando? —Le dió con un dedo en la nariz, sonriendo al ver el brillo en esos ojos café que le alegraban tantísimo el corazón—. Ya estamos aquí, no hay nada —Marco miró a su alrededor, entrecerrando los ojos. De repente, su sonrisa se ensanchó, caminando hacia un portal.

—Toma —Le dio un juego de llaves muy nuevo.

—¿Qué es esto? —Marco se encogió de hombros, señalando el portal con su mano. Jean sonrió con nerviosismo. Nada más abrir, Marco le empujó al ascensor, pulsando el cuarto piso—. ¿Puedes explicarme algo? —Que únicamente se riese no le ayudaba en absoluto.

—Jean, ¿sería mucho problema que me quedase unos días en tu casa? —Soltó una risita por la nariz.

—Como si es para siempre, ¿por qué? —Al llegar el ascensor se aproximó al portón A.

—Abre —Suspirando exasperado, le hizo caso una vez más. Al abrir, el olor de muebles nuevos le llenó la nariz. Estaba ante lo que parecía una oficina con varias mesas y sillas, un archivador vacio y una cocinita al fondo—. Me dijiste que volverías al campamento, ¿verdad?