¡Delegado!

Más JeanMarco.

No, no me arrepiento de nada. Y sí, lo necesito. Soy feliz. Me hacen feliz, como para no hacérmelo si es que son perfectos. Aparecen tal que así ↓

El antes…

…y el después.

Johanna, te queremos ♥

Y bueno, queridas fujoshis y no tan fujoshis mías, no digo más nada de la trama. Es muy cliché y me lo he pasado super bien escribiendo porque hay un moooooooontón de sexo y muy, muy sucio. Qué me encanta todo. Ah, sí, está escrito entero desde el punto de vista de Marco y ando escribiendo otro desde el punto de vista de Jean.

Espero que os guste leerlo tanto como a mí escribirlo.

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1

Odiaba que su taquilla estuviese al fondo del pasillo porque eso significaba pasar por delante de todo el mundo. A pesar de ser bastante alto, casi nunca le prestaba nadie atención, lo cual siempre sería mejor a llamar la de aquellos de los que más huía. Mirándose los pies, llegó hasta su taquilla, abriendola con sus largos dedos para sacar los libros que le iban a hacer falta. De camino a la clase pasó por delante del despacho del director, y apoyado contra la pared con los brazos cruzados se encontraba su amigo Armin.

—Eh, ¿qué ha pasado? —Le preguntó Marco con su suave voz.

—¿Tú qué crees? —Se descruzó de brazos con un ademán molesto, mirando por el pequeño cristal de la puerta con disgusto—, Eren ha vuelto a meterse en líos por culpa de los abusones de siempre.

—¿Otra vez? ¿No van ya dos veces esta semana?

—Y con esta tres, pero es que está empeñado en hacerles frente cada vez que me dicen algo, que es todos los días. Menos mal que la mayoría de las veces Mikasa le para los pies, pero hoy está mala y no ha venido.

—Y se habrán ensañado con él —Armin asintió.

—Justo en la plaza de aparcamiento del director. Como los ha pillado de lleno los tiene a los tres ahí dentro. Espero que no lo expulsen o a su madre le da algo…

—Voy yendo a clase, ahora nos vemos —El chico asintió, suspirando resignado.

Si algo bueno tenía su manera de ser es que nunca había sufrido de acoso escolar. Se llevaba bien con casi todo el mundo y podía contar con buenos colegas e incluso amigos en cada grupo social. La prueba la tenía en que le eligieron el delegado de curso casi por unanimidad. También contaba el hecho de ser más responsable que la media de chavales de su edad, pero era un pensamiento que jamás expondría en voz alta.

—Eh, Marco —Annie, la líder de las animadoras, se acercó a él nada más entrar en clase—, ¿les puedes decir a los imbéciles del equipo de fútbol que nos tienen que dejar parte del patio para entrenar? No nos escuchan y estoy empezando a perder la paciencia.

—Cuatro saltos y levantamientos de piernas no son más importantes que una beca de deportes que no voy a conseguir si no entreno en condiciones —Reiner, la estrella del equipo de fútbol, se acercó a él también, enfrentándose a la chica—, y con vosotras dando volteretas no puedo entrenar bien.

—A ver, el campo es grande, y si no dividid las horas, sed comprensivos los unos con los otros. Annie, podéis dejar que ellos entrenen primero y después os ponéis vosotras, pero no ocupeis la pista toda la tarde.

—Pero—

—No voy a posicionarme. Esa solución os doy. Si queréis problemas de verdad id al despacho del director, si queréis la vía fácil hacedme caso —Les aconsejó. Annie se sentó enfurruñada y Reiner chasqueó la lengua, blasfemando.

—Por fin —Armin se dejó caer en su sitio, junto al suyo en primera fila. Eren caminó con rabia y la cara hecha un desastre de cortes y moratones hasta el fondo de la clase.

—¿Qué le han dicho al final?

—Una amonestación por escrito, a la próxima le expulsan. De verdad que prefiero que me peguen, tampoco importa tanto.

—No digas eso, ni una cosa ni otra. Luego me dices quienes son esos abusones, a ver si puedo hablar con ellos, ¿vale?

—No quiero buscarte problemas… y uno está en la clase, lo que pasa es que casi nunca viene.

Ya sabía de quién le hablaba. Era el chaval de mirada salvaje que había repetido ese año con la cara y orejas llenas de argollas y ese aspecto peligroso. Nunca se había acercado a él a pesar de llamarle muchísimo la atención porque sabía que no era aconsejable, es que ni le había mirado mucho al ver su actitud. Tan solo lo suficiente para verificar lo buenísimo que estaba. Y antes de que pudiese consultarlo con su compañero, entró en la clase, con las manos en los bolsillos y una herida en el labio, justo al lado contrario de su argolla. Tenía el pelo teñido de dos colores, rubio ceniza casi en su totalidad, con raíces negras visibles por su rapado a ambos lados de la cabeza. Su ropa era llamativa aunque siempre oscura, y llevaba tantas correas y cadenas que sonaba al andar. Miró de reojo a Armin, que apretó el borde del pupitre con ambas manos fijando la vista en su superficie verdosa. Marco volvió a mirar a ese tipo, no quería pero era su deber. Se levantó y se acercó a él cuando se dejaba caer en su pupitre del fondo, justo al lado de Eren, que rechinó los dientes de pura rabia. Le hizo un gesto tranquilizador con la mano. Ese macarra se despatarró con un suspiro y el brazo por detrás de la silla, mirando por la ventana.

—Hola, ehmm… —No se acordaba de su nombre. Giró su cara despacio hacia él. Va a pegarme, me va a dar una paliza. MARCO, CALLA Y VUELVE A TU SITIO—. Debes entregar cuando puedas una justificación de tus faltas de asistencia. No es necesario que se lo des al tutor, puedes dármela a mí. Y el próximo día ven acorde con las normas de vestuario del colegio, por favor —Frunció el ceño y sonrió de lado.

—¿Y tú quién eres? —Se echó hacia adelante, apoyando los brazos en el pupitre, observándolo divertido.

Sus ojos eran castaños, su piel muy blanca. Tenía dos piercings en el tabique, una argolla en el lado izquierdo del labio inferior, otra en la ceja del mismo lado y multitud de ellas en sus orejas. Que me firme las faltas de asistencia en mi cama, por favor. Apretó los labios levemente antes de hablar, controlando esos pensamientos nada aconsejables.

—Marco Bodt, soy el delegado de curso —Le tendió la mano—, me alegro de que por fin vengas por aquí.

—Hola Marco Bodt —Le dio la mano y tiró de su brazo hasta quedarse a un palmo de su cara, la cual analizaba minuciosamente—. En mi puta vida había visto a alguien con tantas pecas sin ser pelirrojo.

—Ah, bueno, sí —Se pasó la lengua por la herida, mirándole la boca. Estaba poniéndole muy nervioso, temía ser pegado o besado, y no sabía qué era peor—, tengo por todas partes, ya sé que no son lo mejor del mundo pero bueno…

—¿He dicho yo que no me gusten? —susurró. Sintió cómo se ponía cada vez más colorado, incapaz de apartar los ojos de su intensa mirada color miel—. Por todas partes, ¿eh?

Al escuchar los buenos días de la profesora le soltó, riéndose y guiñándole un ojo. Marco le sonrió, volviendo a su asiento, respirando profundamente. En su vida había conocido a una persona con tan poca vergüenza y tanto descaro. No sabía si era peligroso de verdad, pero lo parecía. Nunca nadie le había prestado tanta atención en ese sentido por lo que no sabía bien cómo reaccionar. Le temblaban un poco las manos, se enfadó consigo mismo por ser tan vulnerable. No podía centrarse en la clase y daba gracias a no tenerle sentado cerca.

—¿Qué pasa al fondo? —No quería mirar atrás. Armin lo hizo y al volver la cara hacia adelante negó con la cabeza, chasqueando la lengua—, Jaeger, a primera fila, vamos. Bodt, cambia tu asiento con él.

—Sí —Se levantó, cambiando su asiento con Eren que ni se disculpó al pasar por su lado con las cosas.

—Kirstein, comportate, siéntate derecho.

—Puede llamarme Jean —Apoyó la espalda en la silla de manera apropiada, mirando a Marco y sonriendo al hacerlo. Tenía la sonrisa más golfa que había visto en su vida.

La profesora le dio por perdido, respirando hondo y volviéndose hacia la pizarra. Marco se centró en la clase, en coger apuntes y notas, en la voz de la profesora. Se sentía observado. Al mirar a Jean de reojo le pilló con la vista fija en él, por lo que volvió a centrarse en sus folios, muerto de vergüenza. Le escuchó reírse con suavidad. Una bolita de papel le aterrizó entre las manos. La desdobló despacio. “Te pongo nervioso” No era una pregunta, lo afirmaba porque lo sabía con total seguridad. Sí, le ponía muy nervioso y en muchos sentidos. No solo era la primera vez que encontraba un serio impedimento para atender en clase, es que era la primera vez que deseaba tantísimo a un hombre. Siempre le habían atraído los malotes, era un mal vicio y precisamente porque sabía por los derroteros que podría llevarle una persona así, nunca se acercó a ninguno. Y Jean, bueno, Jean es el malote entre los malotes. Sabía que acosaba a Armin y que se pegaba con Eren, pero no era motivo suficiente como para obviar lo bueno que estaba. Es que era la actitud, esa manera de soplarsela todo y de saberse irresistible. No podía con ello. Volvió a mirarle de reojo. Ojalá se le pudiese sentar encima. Ojalá besarle. Ojalá ser besado. Quería volver a tener contacto con esos ojos marrones claros, quería que le intimidara un poco más, le gustaba esa sensación. Al mirarle le vio levantar la mano con media sonrisa. Más personas de la clase hacían lo mismo, dando nombres. Estaba completamente perdido, no se había enterado de nada.

—Yo lo hago con Marco —dijo Jean, sin borrar esa sonrisa de su cara. La profesora apuntó algo en un folio.

—¿El qué haces conmigo? —Susurró, inclinado hacia él. El corazón le retumbó en el pecho cuando le clavó sus ojos rasgados.

—El trabajo de clase, ¿en qué estabas pensando? —Asintió con una sonrisa de mentira. No sabía de qué hablaba, estaba demasiado ocupado fantaseando con él.

—Sí claro.

—Dame tu teléfono, que tendremos que quedar, digo yo. ¿Vienes a mi casa o qué?

—No —Le salió demasiado asustado por lo que Jean levantó la vista de su teléfono con una ceja arqueada—, mejor en la mía, si no te importa.

—Vale, como quieras. A mí me vale en cualquier parte.

Le dio su número de teléfono, preguntándose cuánto tiempo se había llevado abstraído, pensando en él. Tendría que pedirle los apuntes a Armin, menudo desastre. Tan pronto la profesora dio por finalizada la clase se levantó, acercándose a él.

—Armin déjame los apuntes, voy a la copistería corriendo y vuelvo.

—¿Qué has estado haciendo? —Le dio su cuaderno sin perder de vista a Eren, que volvía a su sitio.

—Estaba despistado, ¡gracias!

Salió corriendo escaleras abajo, haciendo las copias a toda prisa antes de que llegase el siguiente profesor. Al volver se encontró con que Eren seguía en primera fila.

—¿Qué haces ahí? —Le preguntó, dándole las gracias y el cuaderno de vuelta a su dueño.

—Me han prohibido sentarme al lado del caracaballo —masculló.

—¿Por qué le llamas así? No es…tan… —Cerró la boca al ver la mirada de Armin.

—Marco, por favor, dime que no te gusta ese tío —Eren soltó una risita sarcástica, dejando claro que algo así era imposible.

—Me voy a mi sitio nuevo.

—Marco, no —Le miraba como si estuviese loco. Se le volvieron a poner las mejillas coloradas. Al sentarse sintió que Jean se inclinaba hacia él.

—Parece ser que ahora eres mi compañero formal. ¿Me vas a hacer el vacío como hacen los demás o a ti no te acojona mi presencia?

—¿Por qué tienes esa actitud? —Le miró, Jean frunció el ceño, por supuesto sin dejar de sonreír. Muerdeme, pon esa boca en mi cuerpo—, no te beneficia. Nunca he entendido lo de acosar a los demás.

—¿Lo dices por el rubio? Solo son sustos hombre, bromas, es divertido. No le pondríamos la mano encima.

—Pero si a Eren le dais palizas, ¿qué diferencia hay?

—Que Eren es gilipollas —El susodicho se volvió, pretendiendo levantarse pero siendo agarrado por Armin y Bert, otro del equipo de fútbol—. ¿Ves? Le encanta una bronca.

—Lo que hace es defender a su amigo. Armin lo está pasando muy mal por vuestra culpa y me cuesta creer que no os deis cuenta —Jean chasqueó la lengua, molesto, mirando al frente—, ¿No puedes imaginar lo que es llegar a clase y que desde el primer momento te hagan la vida imposible?

—Si sigue así de cagón se lo van a comer por los pies en la vida real.

—Y supongo que tú triunfarás, claro —Jean le miró, alzando una ceja.

—Tú eres alguien en condiciones, ¿ves? Dices lo que piensas y no te importa a quien. Y encima educado. Chico, serás el jefe de todos estos —Giró su cuerpo en el pupitre y se inclinó sobre su mesa, poniéndole la mano en la nuca a Marco—, el mío lo puedes ser cuando quieras —ronroneó. Sacó la punta de la lengua despacio, lamiendo hacia arriba en su dirección, sin tocarle, rozando su labio superior, mordiéndose el inferior después y clavándole una mirada con tanta carga sexual que creyó que iba a besarle. Joder. Marco tragó saliva, deseando su lengua, aferrado al borde de su pupitre con ambas manos.

Haentradoelprofesor —farfulló, mirándole ahora a los ojos. Jean le pasó la mano de la nuca a su oreja, pellizcándole el lóbulo y volviendo a guiñarle el ojo.

Otra hora perdida. No sabía cómo ponerse para esconder la erección. Daba gracias a estar sentado en la última fila, era más fácil desde allí atrás. Jean pareció darle tregua durante esa hora pero él no conseguía centrarse más de un minuto en lo que el profesor Mike decía. Divagaba, soñaba despierto, imaginaba que se levantaba de la silla y se le sentaba encima, besándole apasionado, tirándole de esas greñas rubiascas. No había manera de bajar la erección. Sonó el timbre de cambio de clase y salió despedido fuera del aula, hacia el servicio. Se encerró en un cubículo, se la sacó de los pantalones y se masturbó con ansias, escondiendo gemidos, intentando no hacer ruido y temblando de la lujuria que le invadía desde hacía casi una hora. Se mordió los labios al eyacular entre sus dedos, intentando apuntar en vano al retrete, con la cara de Jean en la mente, ante él con la lengua fuera y tragándose su esperma. Se le escapó su nombre entre dientes. Me cago en su puta madre. Tragó saliva, limpió todo como buenamente pudo y tiró de la cisterna por aparentar. Se había demorado mucho, tenía que darse prisa por llegar a la clase.

—La próxima vez pídeme ayuda —Se giró bruscamente. Jean se apoyaba contra la puerta del baño contiguo. Alzando la nariz se acercó a él—, me habría encantado abrazarte desde atrás, machacartela mientras te muerdo el cuello, hacerte gemir —Le arrinconaba contra la pared. Le agarró del cinturón y pegó su pelvis a la de él. Era más bajito pero le imponía como si midiese dos metros—, ¿no te gustaría?

—Tenemos que ir a clase —Jean asintió.

—Ahora voy —Y susurró en su oído, levantando las caderas, rozándole con una evidente erección—: Me toca correrme.

La punta de su lengua rozó su cuello hacia arriba, hasta detrás de su oreja, provocándole un exagerado escalofrío que le agitó. Al alejarse iba riéndose, encerrándose en el baño. Marco estaba clavado contra la pared. Jean no reprimía los jadeos, lo estaba haciendo aposta para que le escuchase. Al primer “Marco” tembloroso, salió por piernas de vuelta al aula. Le quedaban cuatro horas de clase por delante y no sabía qué iba a hacer con tanta tensión.

Optó por no volver a mirarle, ni cuando le hablaba ni cuando le escuchó suspirar al llegar del baño, dejándose caer en la silla. Tan pronto fueron al descanso, se encerró en la biblioteca centrándose en pasar apuntes a limpio y al volver a las 3 horas restantes no miró más que a la pizarra y sus apuntes. Una vez sonó la alarma del fin de clases, fue hasta su taquilla a guardar los materiales, y mientras lo hacía escuchó la voz de Jean a su lado. Miró de reojo para verle hablar con una chica a la que por lo visto hacía tiempo que no veía. Para su asombro, le puso la mano en la nuca y la besó en la boca, profundamente. Cuando más fruncía el ceño, Jean giró un poco a la muchacha, abriendo los ojos, clavándoselos a Marco sin dejar de besarla. Miró de nuevo al interior de su taquilla y la cerró quizás con demasiada fuerza. Quiso salir para irse a casa, pero de nuevo las animadoras le pararon antes de conseguirlo, ahora con el jefe de estudios. Casi todos los días hacía un tramo del viaje a casa con Eren y Armin, que le esperaban a la salida ya que siempre se retrasaba por intentar escuchar quejas de unos y otros. Tareas de delegado, como ese día precisamente. Al salir por la puerta principal vio a Jean con los otros dos abusones, mirando a sus amigos mientras hablaba en murmullos.

—No deberíais de haberme esperado, vámonos ya —Les metió prisa, aún molesto por el beso que presenció hacía unos minutos.

—Eh, rubio —Armin se tensó, parándose en seco, más cuando Jean le pasó un brazo sobre los hombros. Al instante, Eren pretendió abalanzarse sobre él pero Marco le paró con un brazo frente a su pecho—. Jooooder, dile a tu chihuahua que se calme, vengo a disculparme —Jean le miró molesto, soplando en la dirección a un Eren que no hacía más que susurrar la paliza que iba a darle.

—Cálmate, Eren por favor —Le imploró Armin.

—Venía a decirte que después de la charla aquí con tu amigo el pecoso me he dado cuenta de que he sido un poco gilipollas contigo sin motivo.

—Bueno… sí —Armin no le miraba, de hecho intentaba girar su cuerpo lejos de Jean.

—Qué, ¿sin rencores? —Le dio un meneo agarrándole de los hombros.

—No puedes pretender acosar a una persona y que solo por pedirle perdón ya no sienta aversión hacia ti —Le reprochó Marco, enfadado con él. Cuando Jean alzó la mirada de la cara de Armin a sus ojos, el hormigueo que sintió desde su estómago casi le hace apartar la suya. Pero la sostuvo, mantiendiendose firme—, aprecio que te hayas dado cuenta, pero no pretendas que todo vaya a ir como si na—

—Sí, sin rencores —Armin le tendió la mano a Jean, que alzó las cejas estrechándosela con energía. Eren pareció calmarse un poco.

—Deberías aprender a ser tan dócil y abierto como Armin, amigo mío —le dijo a Marco—. Esta tarde tengo planes pero mañana me paso por tu casa para hacer el trabajo.

—No puedo mañana —contestó, sintiendo la histeria dominarlo. Sí que podía, pero no se veía preparado para pasar tiempo a solas con alguien tan abiertamente sexual como él.

—Te veo a las cinco, déjame tu dirección por mensaje —Se alejó sin dejarle tiempo a réplicas. Una vez se hubo marchado, Eren se soltó del agarre de Marco.

—No me puedo creer que te guste de verdad —Le dijo entre dientes.

—No es que me guste, es solo que es atractivo, ya está. Sé que es un imbécil.

—Marco, estás loco —Armin negaba con la cabeza—, siempre te gustan este tipo de tíos y cualquier día vas a salir mal parado.

—Hasta ahora he sabido cuidarme, ¿no? El trato que he tenido con ellos ha sido distante y lo sabéis. No tiene por qué ser diferente con este.

—El problema es que ya lo es —Eren le dijo una verdad que ya sabía, pero era mejor mentirse a uno mismo—, os he visto hablar en clase. Bueno, tontear descaradamente.

—No estábamos tonteando —Sintió las mejillas arder—, es solo que invade mi espacio personal.

—Y tú no te quejas…

—Bueno, ya vale. Yo no os digo lo que debéis hacer, ¿verdad? Dejadme en paz —Aceleró el paso, sintiéndose agitado, nervioso y avergonzado.

—Marco —Armin le llamó con sorpresa en la voz. No era propio de él perder los nervios de esa manera y mucho menos dar malas contestaciones.

El problema estaba en que sabía que sus amigos iban a estar en contra de lo que sentía, y lo peor de todo es que comprendía los motivos. Pero precisamente por saber que le iban a echar en cara la atracción hacia ese tío no quería hablar del tema. Sabía cómo era, sabía que no debería acercarse, pero joder qué ganas tengo de tocar su piel desnuda. Nunca en su vida había sentido tantísima atracción por nadie, y parecía ser mutua, que era lo peor. Al llegar a casa, su madre le recibió como siempre, feliz de verle y con la comida preparada. Le puso en sobreaviso de que quizás la tarde siguiente un amigo se pasaría a hacer un trabajo y, como ya esperaba, no puso objeciones.

No quería admitirlo, pero Jean ocupó gran parte de sus pensamientos hasta el punto de abstraerse. Al día siguiente, el susodicho no fue a clase, lo cual le dio pie a soñar despierto, a ponerse nervioso imaginándose escenas cada vez más sexuales en su propia habitación. Necesitaba masturbarse pero los descansos eran demasiado breves y ese día parecía que todo el mundo necesitaba consultarle algo. Por eso mismo, salió más tarde de lo normal del instituto. Su madre fue la única en darse cuenta de que algo le pasaba, pero la disuadió alegando cansancio. Intentó distraerse con un libro, con videojuegos, viendo la televisión e incluso durmiendo. Pero no podía apartar la vista del reloj, sintiendo los nervios pellizcarle el estómago cuanto más se acercaban las cinco. A menos cuarto escuchó el timbre y se asomó por la ventana de su habitación en el piso superior. Jean respondió con un “¿Puede salir Marco a jugar?” entre risas. Escuchó a su madre reír en el piso de abajo. Saltó los escalones de dos en dos pero no pudo abrir antes que ella. Vio la sorpresa en el rostro de su madre al ver las pintas del invitado, con esos vaqueros llenos de boquetes y su eterna chaqueta de cuero, y sin embargo le trató con la amabilidad de siempre.

—¡Hola! ¿Qué tal? Ahora os subo algo de merendar mientras estudiais.

—Gracias, señora —Al verle plantado a los pies de la escalera le saludó con los dedos de la mano—. Hola, cariño —Marco abrió mucho los ojos, su madre soltó una suave y lenta exclamación, riéndose después de manera comedida.

—Sube de una vez —Se dio la vuelta hacia su habitación, avergonzado e incapaz de explicarle a su madre en ese momento que no era su novio, solo un tío con muy poca vergüenza.

—Joder, es la habitación más ordenada que he visto en mi vida. Igual que tú —Le tiró del jersey azul y simple que llevaba puesto. Sin preguntar, cogió una banqueta y se sentó a su lado, en el escritorio—. A ver, ¿qué tenemos que hacer? —Al quitarse la chaqueta de cuero se quedó con una camiseta negra con las mangas arrancadas. Era de un grupo de música que desconocía.

—Deja que lo mire un momento —Tuvo que revisar los apuntes de Armin para saber qué tenían que hacer. Mientras se tranquilizaba y se lo explicaba, él le miraba con el codo apoyado en la mesa y la barbilla en la palma de su mano, con una sonrisa que no entendía a cuento de qué venía.

—¿Se puede? —Como siempre, su madre pasó antes de que le diese permiso—, os dejo aquí la merienda. No es gran cosa pero siempre se estudia mejor con el estómago lleno —Soltó la bandeja en la esquina de la mesa—. Estaré en mi habitación trabajando, si necesitáis cualquier cosa, avisa.

—Vale —Conocía a su madre y esa sonrisita pícara no era más que el reflejo de su felicidad por creer que tenía pareja.

—¿Trabaja en casa? —Marco asintió. Le costaba mirarle a los ojos, una sensación extraña se apoderaba de él cada vez que lo hacía. Cierto apetito, y no precisamente por la merienda.

—Vamos a repartir el trabajo y nos ponemos ya a ello, ¿vale? —Asintió con una risita, comiéndose una galleta de un bocado.

No pasaron ni 10 minutos que Jean apoyó los brazos en la mesa, suspirando. No podía ignorarlo, así que le miró. Le observaba el rostro con detenimiento, tan centrado en cada uno de sus rasgos que no habló durante casi un minuto. Aprovechó la situación e hizo lo mismo, analizando sus cejas, su fina y larga nariz que tan bien encajaba con el resto de sus rasgos, su barbilla afilada, su mandíbula marcada, esa boca que tantísimo deseaba.

—No es un secreto que no me guste trabajar, así que te propongo una cosa —Jean le pasó el pulgar por el labio inferior con la atención puesta en él— tú haces el trabajo y yo te trabajo a ti,  ¿qué te parece?

—¿A qué te refieres? —Sonrió de lado. Cuando lo hacía se le asomaba el colmillo, más largo de lo normal. Le daba la impresión de que se le iba a hacer un agujero en el pecho por los latidos de su corazón—, ¿y tu novia?

—¿Qué novia?

Le puso la mano que le quedaba más cerca en el muslo, apretándolo, acercándose a él de manera repentina, haciendo lo mismo con el labio que acariciaba, solo que con su boca. Sintió el pellizco de sus dientes en el labio inferior, la calidez de su aliento, la presión de su nariz contra la mejilla cuando su lengua pasó sobre la suya, bajo la suya. Marco suspiró con un temblor, alzando las manos sin saber bien dónde ponerlas. Las posó en sus hombros, girándose hacia él, dejando que su lengua se descontrolase en ese beso tan intenso, sintiendo su miembro endurecerse al instante. La mano que tenía en el muslo se desplazó hasta la parte baja de su espalda, bajo el jersey. La mano que tenía en sus labios pasó por encima de su erección, recorriendo la costura de su bragueta, despacio y de manera experta.

—Jean —jadeó, con un quejido—, no he hecho nunca nada de esto.

—¿Cómo? —Le miró a los ojos, sin cesar de acariciársela sobre los vaqueros—, ¿quieres decir con un hombre?

—No. Nunca. Con nadie —Jean se mordió el labio, con una sucia declaración de intenciones en su mirada.

—Tienes que estar de coña —Marco negó con la cabeza, abriendo los labios en un quejido cuando se la apretó—. Cómo voy a reventarte…

Le dio un lametón en los labios, Marco le agarró del pelo, besándole ansioso. Liberó su miembro de la presión de los pantalones, apartando los calzoncillos y dejándola al aire. No la tocaba, no la miraba. Le pasaba la mano por el pecho a Marco, por debajo del jersey, besando, succionando y mordiéndole el cuello. Los escalofríos le provocaban gemidos ahogados, igual que acariciar la nuca de Jean, olerle, escucharle jadear… eran tantas sensaciones nuevas en tan poco tiempo que se sentía sobrepasado. Miró sobre su hombro, la puerta estaba entreabierta.

—Déjame cerrar —Quiso levantarse, pero Jean se la agarró por la base. Su sonrisa malvada le volvía loco.

—Nah, así es más divertido —Subió las yemas de los dedos hasta su glande en una caricia que le hizo levantar las caderas, mirándole a los ojos—. Que te pongas colorado me está superando. Ni puta idea tienes de lo cachondo que estoy —Bajó la mano apretando su glande, todo delicadeza, con la palma y sus dedos, rodeándolo—. Cago en la puta, Marco —se reía—, está empapada.

—Cómemela, por favor, por favor Jean, por favor —imploró con los dedos clavados en sus brazos y la vista fija en sus dedos, tirando de su fina piel hacia abajo.

Se la acarició un poco más, atento a su expresión, besandole con brevedad. Y fue cuando se le escapó un gemido demasiado alto que se arrodilló ante él, agarrándole de los muslos, presionando su erección con la lengua. Hacia arriba. Hacia abajo. Hacia los lados y alrededor. Succionó, siempre con la lengua pegada a su piel, mirándole a los ojos mientras Marco le tiraba del pelo. Ver sus labios rodeando su miembro, sus mejillas hundidas al chupar, su lengua recorrersela de arriba abajo, esa constante mirada lujuriosa, atenta a cada cambio de respiración de Marco; no podía con ello. Casi desde que se la metió en la boca tuvo la sensación de correrse, no pudo aguantar más que dos o tres caricias. Le resultaba excesivamente placentero. Dejó caer la cabeza hacia atrás cuando la presión de su esperma se liberó en la boca de Jean, que gemía tragandole, agarrándole de las caderas con una mano. Marco no podía pensar, gimiendo entre dientes, agitado por un temblor en la pierna derecha, tirando del pelo del sofocado Jean. Miró hacia abajo, observando sus cabellos rubio ceniza, su cuerpo encorvarse hacia adelante. Jean tembló con un quejido y su polla en la boca. Fue tan rápido como intenso. A pesar de haberle dado un orgasmo incomparable, quería más. Al sacarsela de la boca, ya lánguida, le miró con aspecto sufrido, sus cejas elevadas, su respiración agitada. Se apoyó en sus rodillas con las manos y le besó intensamente. Marco seguía tirándole del pelo, deleitándose con sus besos, con ese extraño sabor de su lengua ahora que se la había comido.

—He puesto el suelo de tu habitación perdido —murmuró en su boca.

—¿Qué? —Jean se apartó de él, arrojandose en su cama con una mano en la frente, cerrándose la bragueta. Marco miró entre sus piernas, al suelo. Una mancha blanca y espesa cubría el parqué—. Mierda, mi madre va a matarme.

—Da gracias que me he controlado y no te he reventado el culo.

—¡Jean! —Marco se levantó, cogiendo un paquete de pañuelos de su mesa de noche, limpiando el esperma de su relajado compañero de clase.

—Creo que tu madre está subiendo las escaleras, metetela en los pantalones —Presa del pánico, se apresuró a guardársela, tirando los pañuelos empapados a la pequeña papelera junto al escritorio. Jean se partía de risa—. Era broma hombre, relajate. Ven aquí conmigo —Le dio dos golpes a la cama, junto a él.

—Tenemos… íbamos a hacer el trabajo —Jean volvió a reírse, apoyándose en el borde de la cama y tirándo de su muñeca.

—Tenemos una puta semana, ven conmigo —Le hizo tumbarse en la cama al revés, junto a él, con la cabeza orientada hacia a la puerta. Marco puso sus manos sobre su estómago, tumbado boca arriba sin saber qué hacer. Jean se tumbaba de lado, apoyado en su codo, observándole—. ¿Cómo es posible que alguien como tú nunca haya tenido relaciones?

—Mi primer beso ha sido contigo —murmuró. Le miró de reojo, esperando el insulto. Jean abrió mucho los ojos.

—No me lo puedo creer. ¿Por qué? Seguro que has tenido oportunidades.

—Ni siquiera me lo he planteado. No me gusta mucho salir y la verdad es que los estudios y las actividades extraescolares ocupan casi todo mi tiempo. Además, tengo que ayudar a mi madre con la casa, no quiero que se agote. En fin, yo que sé.

—Pero te han tenido que gustar más personas, además de yo mismo —Le puso la mano en la mejilla, girándole la cara—. Relájate, acabo de comerte la polla, hombre. Y mírame que me encantan tus ojos.

—Y a mí los tuyos —murmuró atontado. Jean sonrió de esa manera chulesca tan suya. Tras ese breve coma cerebral, respondió a su pregunta—. Sí, me han gustado más hombres pero no tenía nada que hacer con ninguno. No tenía posibilidades.

—No creo que exista persona que se pueda resistir a esas pecas y esa boca tan… —Se mordió el labio, inclinándose sobre él y besándole muy despacio—, apetecible.

—Me pones muy nervioso —confesó, posando sus manos en los costados del chico.

—Lo sé. Tú a mí también. Estoy más descontrolado que de costumbre.

Casi se le tumbó encima.  Marco le rodeó la espalda con sus brazos, dejándose besar, disfrutando de la presión de su pecho sobre el suyo. Le encantaba sentir su argolla en el labio, aunque le gustó más sentirla en otra parte. La mano de Jean subió por su estómago hasta su pecho, por debajo del jersey, levantándoselo y quitándoselo. Besó sus poco moldeados pectorales, sonriente y murmurando “cuántas pecas…” Volvió a su boca, pero sus manos bajaron por su espalda, hasta meterlas por dentro de sus pantalones, agarrándole del culo con fuerza y besándole con furia. En esos instantes solo quería Jean, Jean y más Jean. Nada más importaba. Abrió las piernas, dejando que se tumbase entre ellas, frotándose con él, volviendo a tener una erección completa en apenas unos minutos. Jean se apartó de su cuerpo, dándole la vuelta en la cama, quitándose la camiseta.

—Qué culazo tienes, y yo sin darme cuenta —susurró en su oído, levantándole las cachas del culo con ambas manos sobre los vaqueros. Presionaba hacia arriba con sus caderas, jadeante.

—Jean, ¿qué vas a hacerme? —preguntó Marco, agarrando las mantas con ambas manos.

—Todo lo que me pidas —ronroneó junto a su mejilla—, aunque si me preguntas, lo que quiero es hundirla en tu cuerpo, despacio —presionó sus caderas a su culo, él también volvía a tenerla dura—, llenarte, hacerte gritar cuando la tenga como una piedra y metida hasta que los huevos me choquen con tu culo —El roce se volvía más violento, su voz más ronca, hablando entre dientes. Marco apenas podía retener los jadeos—. Quiero que me implores que te de más, quiero que te corras entre mis dedos, quejándote porque nunca te han hecho sentir nada igual. Quiero partirte en dos y quiero ser el primero en hacerlo. Pero dime, ¿qué quieres tú?

—Follame —Le pidió, sonrojado como nunca en su vida—, fuerte —Los dedos de Jean se aferraron al borde de sus pantalones, tirando de ellos hacia abajo. Su boca succionaba su cuello, provocándole un gemido. La puerta de su habitación se abrió de par en par.

—Marco, ¿se queda tu novio a cenAAAY LO SIENTO MUCHO —Su madre se tapó la cara antes de salir de la habitación entre risas histéricas. Jean miró al frente chasqueando la lengua. Marco se lo quitó de encima saltando de la cama.

—No, no, no, Jean, tienes que irte —Buscó su ropa, evitando mirarle.

—¿En serio? —Marco asintió enérgicamente—. Como quieras, pero es una lastima. Quedamos otro día para terminar el trabajo.

—No te preocupes, ya lo hago yo. Gracias por venir y por… bueno…

—No me des las gracias por algo que he disfrutado tanto —Antes de que pudiera ponerse el jersey se acercó a él, abrazándolo por la cintura con un brazo y acariciándo su nuca con la otra, besándole tan despacio que sintió las piernas temblarle—. ¿Qué tienes que me gustas tanto? —susurró besándole una vez más.

—No lo sé —Le pasó las manos por el pecho desnudo— Jean, me siento un endeble a tu lado. No sé si me gusta la sensación —Jean se rió, besándole e inspirando profundamente, azotándole el trasero.

—Venga ya, te encanta que te de caña —Se alejó de él, poniéndose la camiseta y la chaqueta. Marco sonrió llevándose la mano a la nuca mientras suspiraba.

Hasta bajando la escalera emanaba chulería y descaro. Daba igual lo que hiciese, ese aura de comerse el mundo la llevaba de serie. Era su opuesto por completo, mientras Marco siempre procuraba pasar desapercibido, Jean buscaba llamar la atención. Su madre no salió de la habitación, suponía que más avergonzada que él mismo.

—Dile a tu madre que lo siento por la indiscreción, pero es que me pones demasiado cachondo, cariño —Se dio la vuelta al salir y le guiñó el ojo.

—Deja de llamarme así, imbécil.

Le despidió con una carcajada, él escondió una sonrisa. Tan pronto cerró y se dio un refregón en la cara, dejando salir esa mueca feliz que antes ocultaba con una suave risita alegre, salió su madre de la cocina. Tiró de su mano y lo sentó junto a ella.

—¿Por qué no me has hablado de él antes? —Le brillaban los ojos de la felicidad y la curiosidad—, es muy guapo, aunque un poco…

—Cara dura, eso es lo que es. Un liante poca vergüenza. No te he hablado antes de él porque hasta ayer no mediamos palabra —La sorpresa en el rostro de su madre le hizo reír—, te estoy diciendo que es un liante.

—Pero es tu primer novio, ¿no?

—No es mi novio, es solo… yo que sé, ni siquiera somos amigos. No sé qué estoy haciendo. Es el abusón, repetidor y chungo del instituto. No debería relacionarme con él.

—Claro que deberías —Ahora el sorprendido era Marco—. Eres uno de los mejores alumnos de tu curso, necesitas dejarte llevar y ser un poco más… adolescente y menos adulto. No te confundas, adoro que seas tan responsable y no puedo estar más agradecida, pero no está de más que te vuelvas loco de vez en cuando. Y este chico parece estar bastante desatado.

—Siento mucho que nos vieras antes de esa manera, no fue planeado para nada.

—Uy, no, la culpa es mía. Estoy acostumbrada a que estés solo y siempre estudiando, ni se me pasó por la cabeza la idea de que os diese un apretón.

—No fue eso, fue… yo que sé lo que fue —Su madre le pellizcó la mejilla, riéndose.

—Si estos días te propone una locura, dile que sí.

 

2

No sabía si hacerle caso a su madre le llevaría por el buen camino, aunque tenía que admitir que casi nunca se equivocaba en sus consejos. De momento se limitó a hacer el trabajo que ya sabía que tendría que hacer solo y a ir a clase al día siguiente. Las probabilidades de verle allí no eran altas, menos aún un viernes, pero mantuvo la esperanza hasta que entró el profesor. Evitó charlar con Armin, Eren o Mikasa, escondiendo bajo el cuello de su camisa los chupetones que Jean le había dejado como recuerdo. Sin embargo, en el descanso, Armin los advirtió.

—Eh… ¡Eh! ¿Qué son…? —Intercambió una mirada con Marco tras mirarle el cuello—, dime que no.

—No voy a pedir perdón —Se encogió de hombros, centrándose en su bandeja de comida.

—¿Qué pasa? —preguntó Eren con curiosidad.

—Jean tiene el cuello lleno de chupetones —Le explicó Mikasa con serenidad. Eren le puso la mano en el hombro, girándole y abriéndole el cuello de la camisa.

—¿Qué haces? —Se lo quitó de encima de un empujón, con los colores subidos.

—¿No fue ayer Jean a hacer el trabajo a tu casa? —La mirada inquisitiva de Eren le molestaba.

—Sí —dijo a media voz—, déjame en paz, no vayas a empezar con un discurso moral sobre lo que está bien o mal. Es la primera vez que me siento así por alguien, y me gusta.

—Mira que hay tíos en el instituto…

—Lo mismo podría decirle a la belleza de tu novia a la que no le haces ni puto caso —Eren se giró hacia la voz gruñona que hizo ese comentario. Marco miró a Armin, que resoplaba alzando las cejas y bajando la vista. Jean le puso ambas manos en las mejillas a Marco y le besó en los labios desde arriba, del revés, inclinándose hacia adelante y pasando la lengua desde su labio inferior hasta la barbilla—. Perdón por no venir antes, cariño —Frotó su nariz con la suya.

—Jean, ¿qué haces? —No pudo esconder la sonrisa estúpida que se le plantó en la cara. Tampoco el sonrojo. Jean se sentó a su lado, pasándole el brazo sobre los hombros, limpiándole una mancha de chocolate de la comisura de la boca con la otra mano.

—Dame un poquito anda, tengo hambre —Marco le acercó el bollo que se estaba comiendo, observándole encoger la nariz al darle un bocado.

—¿Va a venir el viernes que viene? —preguntó Mikasa. Eren la mandó a callar.

—¿A dónde? —Quiso saber Jean.

—No creo que te guste el plan —explicó Marco—, vamos a ir a unos recreativos y al karaoke con algunos chicos de la clase. Sasha y Connie, no sé si sabes quienes son.

—Ni puta idea. Pero tranqui, que no quiero molestar —Las miradas que él y Eren se echaban eran peligrosas. Y verle con ese aspecto desafiante le hizo desearle con más intensidad.

—Creo que deberías venirte —Todos los de la mesa miraron a Armin simultaneamente—. Si vamos a empezar de cero y estás así con Marco, deberías venir.

—Bueno, con esto ya van dos que me incluyen en los planes —señaló a Mikasa y a Armin—, ¿te parece bien que vaya?

—Claro, solo si tú quieres.

—Mientras te tenga cerca me da lo mismo el plan —Marco dejó salir una sonrisa pudorosa—, ¿ya te me pones blandito otra vez? Mira que es fácil —dijo riéndose.

—Supongo que mi opinión no importa —dijo Eren, enfurruñado.

—¿Tú ves que alguien te la pida? —Tuvo que esconder la sonrisa al ver a Jean contestarle con esa chulería, aparentemente divertido.

—Oye, vale ya —dijo Armin—, no soporto las peleas. Ni estos tonos. Si vais a estar en la misma habitación intentad convivir.

—Jean —Marco atrapó los dedos de su mano—, ni le dirijas la palabra, porfa.

—Lo que sea, dime luego por mensaje dónde quedamos.

—¿Te vas? —Asintió como si fuese lo más normal del mundo mientras se levantaba.

—Estoy trabajando, me he quitado de en medio un segundo para venir a verte.

—Sí, ya, claro, ¿dónde van a contratar a un tío con esas pintas? —susurró Eren a un nivel audible para todos.

—En un puto Starbucks, capullo. Ojalá te pases por allí y te juro que te pongo extra de meada —Marco se levantó a la vez que Eren, alejando a Jean de la mesa.

—¿Tan imposible te es ignorarle?

—No tengo esa habilidad tuya de hacer oídos sordos ante lo que suelta por la boca ese anormal —Le acompañó hasta salir de la cafetería—. Oye —Se giró hacia él, empujándole hasta los servicios, mirándole la boca—, ¿por qué no me la chupas rapidito en el baño? Me obsesiona la idea de correrme en tu cara.

—Jean, calla —gritó en susurros, enrojeciendo al ver cómo los que salían del servicio los miraban sorprendidos—, quedan menos de diez minutos para entrar en clase.

—Y yo estoy listo en menos de dos —Le metió en el cubículo—, y si te la metiera, en menos de uno con estas ganas que te tengo.

—¿Te gusta hacer esto en público? —Su sonrisa golfa se extendió, asintiendo—, me pone muy nervioso.

—Lo sé, es lo mejor de todo. Además, parece que te cuesta retener los gemidos cuando vas acercándote a correrte —Se la acarició sobre los pantalones de chándal—, y escucharte me vuelve loco.

—Jean. No —Le puso las manos en los hombros, apartándose de él y saliendo del cubículo—, vas a buscarme un problema —Chasqueó la lengua, suspirando.

—Como quieras. Nos vemos esta tarde —Salió del baño con aspecto molesto. Quiso pararle para hablar con él, incluso tuvo el impulso de pedirle perdón. Pero negó con la cabeza, volviendo con sus compañeros.

Eren estuvo de mal humor las horas restantes de clase. Marco se sentía abatido. Quizás debería haberse dejado llevar como le aconsejó su madre, pero su sentido del deber le forzó a lo contrario. Entendía el fastidio de Jean, pero no que se marchase de esa manera tan brusca. Salía de clase con sus compañeros, con las manos en los bolsillos y mirando al suelo, cuando tiraron de su brazo hacia el lado.

—Sé que no te gusta llamar la atención en este tema, pero vas a tener que soltarte un poco conmigo y dejar de ser tan mojigato —Jean le arrastró hacia un lateral poco concurrido.

—No voy a hacer nada aquí, ya te lo he dicho —Se soltó de su mano. Jean le miró resoplando por la nariz. Cuando se cabreaba le costaba más no dejarse llevar por esa atracción brutal que le iba a volver loco.

—Ni yo voy a hacer nada aquí, al menos no ahora. Solo voy a darte esto —Metió la mano en su chaqueta de cuero y le dió una bolsita—, y quiero que te lo pongas antes de salir de casa el viernes.

—Pero, ¿qué…? —No, aquella vez en su habitación que le pidió abiertamente que le follase no fue la vez que más sonrojado estuvo. Era ese preciso momento. Dentro de la bolsa encontró un bote pequeño de lubricante y lo que parecía un brillante consolador para el culo de color morado chillón.

—Póntelo. Hazme caso. Pero justo antes de salir, no te lo vayas a poner antes que no estás acostumbrado. Si tienes que usar el bote entero de lubricante, usalo —Marco miró a su alrededor, guardando la bolsa en su mochila—. Te lo he comprado para tí, está nuevo.

—No sé qué pretendes dándome esto aquí…

—¿Habrías preferido que se lo deje a tu madre?

—¡No! ¡Ni una cosa ni la otra! Es… —Le miró a la cara. Sonreía como si estuviese siendo la conversación más divertida del mundo—. Eres imposible.

—Y tú demasiado inocente. Estoy deseando verte menearte cada vez que sientas eso metido bien adentro de este culazo que tienes —Se lo agarró con ambas manos, mordiéndole el labio inferior—, cariño.

—Ay, Jean —Le agarró de la camiseta y del pelo de la nuca, besándole con tantas ganas que le dobló la espalda, haciéndole reír—, te odio.

—Mentira —susurró en su boca. Se lo iba a comer. Jean dio un mordisco al aire, ante él, alejándose hacia su moto—. Avísame si tienes dudas de cómo usarlo.

Se marchó sin casco, le dio miedo ver su manera de conducir, que no era más que un reflejo de cómo iba por la vida. Suspiró porque efectivamente, no tenía ni idea de cómo ponerse eso. Pero ya lo pensaría, al fin y al cabo estaban a miércoles y hasta la semana siguiente no tendría que enfrentarse a él. O eso pensaba. Marco pasaba las horas muertas soñando despierto, llegando al punto de necesitar silencio para hacerlo, pasando los recreos en la biblioteca donde encontraba paz para recrearse en sus fantasías. El martes siguiente, mientras escogía qué libro iba a fingir leerse esa vez, le asaltaron contra una estantería.

—Mira tú por donde, un ratoncito de biblioteca —Jean le pasaba las manos por los costados, levantándole la camiseta—. He tenido que preguntarle a media clase dónde estabas. Menos mal que tu amigo Armin siempre te tiene localizado.

—¿Qué haces? ¡Estate quieto! —Se rió en su oído, un ruido grave y rápido.

—Estamos solos y nadie va a entrar aquí en el descanso excepto tú, mi querido friki —Pasó los dedos de manera peligrosa por el borde de su pantalón—. ¿No me has echado de menos?

—Sí —Tuvo que admitir, con un escalofrío al sentir su boca en el cuello—. Jean, por favor.

—Por favor, ¿qué? —Metió la mano en sus pantalones de tela, acariciándosela despacio.

—Por favor —Imploró, mordiéndose el labio—. No puedo.

—¿El qué no puedes? —Le bajó los pantalones. Tenía el culo y la polla al aire, se moría de vergüenza. Si entra un profesor se acabó mi expediente limpio. Si entra algún compañero me muero.

—Hacer esto… ¡Ah! —Le masturbaba tan bien que le costaba no gemir en voz alta. Para colmo de males sintió su erección entre las cachas de su culo.

—Pues no hagas nada, déjame a mí.

Metió la mano bajo su camiseta, tirándole de un pezón, chupándole y succionando su cuello. Las caricias de su mano eran rítmicas, aceleraban tal y como lo hacían sus caderas contra su culo. El agarre de Jean se volvió más resbaladizo al comenzar a expulsar líquido preseminal, exactamente igual que sus refregones contra el trasero. Mientras Marco hacía lo imposible por no gemir en voz alta, Jean gruñía en su oído, humedeciéndole la mejilla con su respiración agitada, lamiéndole el lóbulo de la oreja.

—Aprieta las cachas, cariño —Le hizo caso, sintiendo su erección quedar atrapada entre ellas—, pero qué culazo tienes, hijo de puta. Qué pena que no traigo vaselina porque te ibas a enterar.

Al apretar los músculos del trasero de esa manera, provocó que las caricias de Jean fueran más fáciles, más febriles. Le susurró al oído un “me corro” que le hizo perder la compostura. Sintió el esperma de Jean, cálido y abundante, mancharle la espalda bajo la camiseta, salir a presión entre su culo. Pero fueron sus jadeos entre insultos y gemidos graves lo que le hizo llegar al orgasmo. Al notarlo, Jean se centró en estimular solo su glande, en movimientos pausados y apretados, movimientos perfectos, pringándole la mano y arruinando los libros que tenían enfrente. Cuando consiguió abrir los ojos de nuevo y vio el estropicio, se quiso morir. Pero eso no fue lo peor. Lo más escandaloso es que Jean, tras tirarle del pelo con su mano limpia hacia atrás, le mostrase cómo lamía su corrida de la otra mano, tragando con un ruido satisfactorio, metiéndole la lengua en la boca después.

—Jeaaaan… — Se quejó, abochornado, escandalizado por lo cerdo que era su amante.

—Te ha encantado. Seguro que te pajeas esta noche pensando en esto —Le subió una ceja, dándole una palmada en el culo que resonó en toda la biblioteca. Le empujó con los hombros hacia atrás, intentando no pegar la espalda a la camiseta.

—Cállate y coge un pañuelo de mi mochila, está en la mesa —Asintió entre risitas, abrochándose los pantalones sin ponerse los calzoncillos porque no llevaba—. Por favor, Jean, eres…

—Lo mejor que te ha pasado —Para su desesperación, le dio una segunda palmada antes de que pudiese subirse los pantalones. Fue a por el pañuelo y le limpió la espalda y el culo, dándoselo después para que limpiara los libros—. El que necesite algo de la L va a llevarse una sorpresa.

—No vuelvas a hacer esto —Jean asintió—, y va en serio.

—De acuerdo. Nunca más. Instituto terreno prohibido —Miró su reloj de pulsera—. Vale, me voy al curro. Era una visita fugaz porque no paro de pensar en tu culo, ya sabes, lo necesitaba —Le pasó la mano por el pelo y le besó profundamente—. Por cierto, hay un muchacho rapado sentado a la mesa, no sé desde cuando pero no ha levantado la vista cuando me he acercado. Creo que está en la clase…

—¿¡Connie?! —Susurró, queriéndose morir. Jean se marchó encogiéndose de hombros, con una sonrisa. Efectivamente era Connie, aunque no pareció enterarse de nada.

El viernes, después de almorzar y ducharse, intentó pensar cómo meterse el consolador de la manera más eficaz y menos dolorosa. Intentó relajarse, pero se sentía tenso y le costaba meterlo. Probó a comenzar a pensar en él, en que en vez de un objeto, Jean era quien entraba en su cuerpo. Con la ayuda de mucha paciencia, lubricante y una buena dosis de excitación, consiguió meterlo despacio, poco a poco. Le daba miedo que se quedase dentro, pero la base era ancha y redondeada, ideada para que no ocurriese. Se puso unos pantalones más anchos de lo normal aunque su ropa interior fuese ajustada. Dependiendo de cómo se moviese o qué hiciese, lo notaba con más o menos intensidad. Camino al recreativo tuvo que levantarse del asiento del autobús, pegándose a la cristalera para esconder la incómoda erección involuntaria. Le daba cierto placer sentirlo, pero sin duda lo más estimulante era el saber que estaba ahí. Jean le mandó un mensaje diciéndole que estaba en la puerta esperando y que se diese prisa porque el grupo le hacía el vacío.

—Perdón —dijo Marco al acercarse al grupo con prisas—, me he despistado.

—Ya era hora, hombre. No es normal que llegues tarde —Le dijo Connie. Él sonrió, disculpándose de nuevo.

—¿Has llegado tarde por lo que yo sé? —Le susurró Jean, pasándole la mano despacio por la espalda cuando caminaban hacia el interior de los recreativos.

—Sí —No le pasó desapercibido el detalle de que llevase pantalones de cuero rojo sangre. Muy apretados.

—¿Está puesto? —Bajó su mano hasta sus riñones. Marco no quería ni mirarle, muerto de vergüenza y vigilando que nadie se estuviera enterando.

—Sí. Cállate —Jean le pasó la mano suavemente por el trasero, apretando en el centro con sus dedos de manera repentina. Le hizo gemir en voz alta al empujarlo hacia adentro, casi un gritito que amortiguó tapándose la boca. Pero Armin y Sasha se volvieron—. Por favor, Jean —Se reía, caminando a su lado.

—Si ves que tu cuerpo lo quiere expulsar, avísame —susurró.

Entre juego y juego, Connie y Sasha comenzaron a interactuar con Jean, gastando bromas y riéndose con él. Eren no cambiaba su hosco gesto y Armin, a pesar de sonreír, seguía tenso. Al sentarse a merendar antes de ir al karoke, Marco se agitó, apretando los labios al sentir ese objeto estimularle desde dentro. Jean lo notó, acercando su silla a él y pasando su brazo por el respaldo, tras sus hombros. Marco le miró y él le besó de esa manera lenta pero tan erótica. Alzó la mano y rozó su marcada mandíbula. Le encantaba. Le encantaba entero.

—Oh, wow, no sabía que estabais juntos —dijo Sasha.

—No somos novios —explicó Marco—, solo nos gustamos y ya está.

—¿No te molestaría si me liase con otra persona? —Le preguntó Jean—, porque cuando besé a Judit en la taquilla pareció no gustarte mucho —Le miró sin saber qué decir. Claro que le había molestado pero dudaba mucho que alguien como él quisiera nada serio.

—Eso te iba a decir —Le dijo Connie—, que creía que estabas saliendo con Judit.

—A día de hoy nunca he tenido pareja —comentó encogiéndose de hombros.

—Pues me parece que ella no piensa lo mismo por lo que va diciendo…

—No es mi problema, yo no he firmado nada, si ha decidido que es mi novia lo ha decidido sola.

—Eres un poca vergüenza —Le espetó Eren—, de verdad Marco que no entiendo cómo no te mueres del asco cuando te besuqueas con él.

—Pero, ¿a ti qué coño te pasa tío? —Jean se rió, molesto en el fondo, pero se rió de él—, ¿es Judit tu prima o algo? Te importa un carajo mi vida, no me vengas con superioridad solo porque tienes una pareja como se supone que tiene que ser.

—Por lo menos sé que no voy a pillar algo por vicioso.

—Eren, para ya —Le pidió Marco—, cada uno hace con su vida lo que quiere.

—Cuando después de follar te deje tirado no vengas llorando —Marco se levantó, ofendido, tirando de la mano de Jean y sintiendo una furia que nunca había sentido hacia nadie.

—¿Dónde vas? No dejes que lo que diga ese mierda te afecte.

—Estoy harto de escucharle juzgar a los demás sin pararse a mirar toda la mierda que tiene dentro.

—Uh, esa boca, delegado.

—Llévame a algún sitio al que tú irías.

—¿Estás seguro? Hay un concierto en el sótano de unos amigos, ¿qué te parece?

—Que me vale mientras estés tú.

—Es aquí al lado, pero te advierto que la gente desfasa mucho en este tipo de eventos. Más en los de este tío.

—No será para tanto, seguro que me subestimas.

—Ya veremos —dijo entre risitas.

No mentía cuando dijo que estaba cerca, apenas caminaron una manzana que Jean llamó con los nudillos a la puerta. Le abrió un tipo bajito, con un septum enorme, cara de pocos amigos y aspecto cansado. Pero lo más llamativo no era eso, lo más llamativo era un mechón de pelo azul y blanco que caía hacia su izquierda, dejando su lado derecho rapado y negro al aire. Le dió una palmada en el hombro a Jean, invitándole a entrar, recogiendo sus chaquetas. El calor del sótano era sofocante y había más gente de la recomendada. Casi a la entrada estaba el grupo, que con lo ruidosos que eran le extrañó que no se escapase el jaleo. Debería de estar todo forrado con un aislante de los mejores. Casi todo el mundo tenía las mismas pintas que Jean y ese tipo, y muchas personas intimaban más de lo aconsejable en público. En una esquina, una chica arrinconó a otra, ignorando la música, muy centrada en los pechos de su pequeña y bonita pareja.

—Esas son Ymir y Christa, luego te las presento cuando no tengan las bocas tan… ocupadas —Habló Jean en su oído, a gritos.

—No hace falta, estoy bien —Escuchó que aspiraban con fuerza por el lado contrario. Se giró y tuvo que mirar hacia arriba, hacia un tipo que alzó una ceja comiéndoselo con los ojos. No tenía camiseta y sus pantalones eran de látex.

—¿De dónde has sacado a esta criatura tan pura? —Le preguntó a Jean.

—Dejalo en paz, Mike, eres demasiado para él.

—Soy demasiado hasta para ti —Hizo una reverencia y se alejó. Marco se acercó más a Jean, casi escondiéndose tras él. Les ofrecieron alcohol y él lo rechazó. Jean aceptó el vaso de plástico lleno de cerveza barata.

—Llevabas razón —admitió Marco, observando su nuez sudorosa moverse mientras bebía—, esto es demasiado.

—¿Estás incómodo? —preguntó mirándole a los ojos sobre su hombro.

—No —Sí lo estaba, pero quería estar con él—, la música es horrible —Jean se encogió de hombros, riéndose.

La gente a su alrededor no les mostraba mucha atención. Se encontraban al final del barullo, los que tenían delante centraban su atención en el grupo y los que tenían atrás tenían la atención de sus manos y bocas en cuerpos semi desnudos y sudorosos. Se excitó solo de observarles, ya que parecía que algunos hasta llegaban al orgasmo. Los gemidos sonaban por encima de la música de tanto en tanto, masculinos, femeninos y de género desconocido. Al volver a mirar a Jean, con su segundo vaso de cerveza, vio una gota de sudor caer por su sien hasta su cuello. Él mismo se sentía sudar. Puso las manos en las caderas de su balanceante pareja al ritmo de la música, y él, al sentir el contacto, le acercó el culo a la entrepierna. Le miró de nuevo sobre su hombro tras acabarse el contenido del vaso, tirándolo a un lado, echando el brazo hacia atrás y agarrándole del pelo. Su boca sabía a cerveza, pero la promesa velada de sexo sucio en su lengua y labios superaba el desagrado por el sabor. Además, comenzó a rozar con fuerza su entrepierna con el culo, de arriba a abajo, al ritmo de la canción. Marco introdujo sus dedos corazón por dentro de la parte delantera de los pantalones ajustados de Jean, siguiendo la línea de sus oblicuos, acariciándole, entusiasmándose y pasando la mano por la línea de vello púbico desde su ombligo hasta dentro de su pantalón. Su otra mano subió por su pecho, bajó por su estómago, bajo su camiseta.

—Marco… —No escuchó su murmullo pero lo sintió en su boca, en la vibración de su pecho contra la mano. No dejaba de mover las caderas, su erección rozaba con las cachas del culo de Jean. Deseó no tener ropa puesta.

Tanteaba, pero no daba con su miembro, miró sobre el hombro de Jean y vio que la tenía hacia abajo, en dirección a su pierna de manera incómoda pero bien visible en unos pantalones tan apretados como los que llevaba. Sacó la mano de su ropa, pasándola sobre ella, sobre el relieve de su carne caliente y palpitante. Rozó con la nariz el cuello de Jean, cerrando los ojos al inundar su pecho de ese olor a sudor. Lamió desde su hombro hasta el lóbulo de su oreja y se sorprendió al notar que temblaba en sus brazos.

—Me corro —Le escuchó gemir—, joder, joder, hostia puta qué cachondo acabas de ponerme.

Se separó de él, dándose la vuelta y rozando como podía su erección con la de marco. Puta ropa inútil. Tras darle besos frenéticos sin ritmo alguno y completemente descontrolados, tiró de su mano, saliendo del sótano, subiendo las escaleras de la casa hasta pisos superiores. Pasaron por delante de una puerta de la que llegaban escandalosos gemidos femeninos y entraron en la habitación del que imaginó era un niño por la decoración. Jean cerró la puerta, volviéndose hacia él, enganchando sus dedos al borde de su pantalón y bajándoselos de un tirón. Le dio la vuelta y le hizo apoyarse con las manos en la pequeña cama.

—Quiero comértela —Le pidió Marco.

—Después.

—Pero…

—Cállate —Empujó el dildo hacia adentro, arrancándole un gemido que tras pasar del escándalo del sótano al silencio del atardecer en esa pequeña habitación, le sonó desmedido. Había un punto en concreto dentro de él que cada vez que lo rozaba se moría del placer —¿Te sobró lubricante? ¿Lo traes?

—En mi bolsillo —Su voz sonó temblorosa. Al tiempo que sintió que se inclinaba hacia sus pantalones, recuperando el tubo de vaselina, escuchó su bragueta abrirse y sintió sus calzoncillos bajar por sus piernas.

—Dime si te duele —Un quejido placentero surgió desde el fondo de su pecho al sentir que tiraba del dildo hacia afuera, despacio. Dio un respingo cuando lo sacó por completo y sintió el frío de la vaselina entrar en su cuerpo abierto, además de los dedos de Jean repartiéndola en su interior—. Me da rabia pero voy a correrme en cuanto te la meta, lo sé —El envoltorio de un preservativo voló por encima del hombro de Marco—, me voy a correr de ponerme el condón, joder. Me has puesto muy, muy cachondo.

—Despacio Jean, por favor —No hacía falta esa instrucción, se notaba que sabía lo que hacía a cada segundo. Su glande entró sin problemas por la dilatación anterior, fue cuando empujó despacio hacia adentro cuando tuvo que apretar las sábanas.

—Cómo vas —Le sorprendió escuchar su voz temblorosa, contenida. Le apretaba las caderas con fuerza, presionaba despacio hacia adentro.

—Más, me siento tan… es tan… —Le hizo caso quizás pasándose de brusco, entrando por completo en su interior. El gemido le salió rasgado y agudo. Sintió el jadeo húmedo de Jean en su cuello. No se movía, esperó a que su cuerpo se adaptase a la anchura de su latiente polla—, te siento enorme.

—Mierda, no me digas esas cosas, gilipollas. ¿Cómo cojones estás tan apretado si has llevado el puto dildo todo la tarde? —Le acarició los muslos, la espalda, besándosela—. Me estás matando.

—Córrete —Elevó un poco sus caderas y las alejó, gimiendo al hacerlo, al sacarla para volverla a meter—, es que es enorme…

—Cállate la puta boca —Se enderezó, inclinando las caderas en un ángulo que al principio no comprendió pero que con la primera embestida le dejó sin aliento.

Rozaba perfectamente con su miembro ese punto tan placentero. Le costó sostener su peso en las manos, sentía las rodillas flojas y un intenso y presionante placer desde su interior. Las embestidas de Jean comenzaron rítmicas, frenéticas, cortas pero duras. Se alargaron conforme la iba sacando más, terminando por clavarle las uñas mientras se descontrolaba en un vaivén irregular. Marco notó que una espesa gota de esperma le resbalaba glande abajo, tan cerca de correrse que no quería apartar la boca del dorso de su mano por miedo a gritar de puro placer. Jean no tenía ese problema, dejaba salir el aire de sus pulmones en roncos gemidos, expulsando aire, cortandolos y tragando saliva a la mitad. Se la agarró, meneándosela al tiempo que le follaba tan bien y tan fuerte que el ruido de sus cuerpos sudorosos chocando casi superaba el de los gemidos. Le escuchó aspirar aire entre dientes, perdiendo el control de sus caderas, dejándose caer sobre él. Miró sobre su hombro y le vio con los dientes apretados, las mejillas encendidas y una vena marcándose en su cuello. Se corría dentro y él lo sentía a pesar del preservativo, muy, muy cerca de correrse él también, pero la erección de Jean comenzaba a languidecer. Antes si quiera de que pudiese decirle nada le dio la vuelta en la cama, tumbándolo boca arriba y bajando entre sus piernas. Marco le agarró del pelo con ambas manos, tan solo necesitó tres chupadas intensas para correrse arqueando la espalda, gimiendo al aire en forma de gruñidos, resoplidos y quejidos, formando su nombre al exhalar, sintiendo cómo le tragaba con un satisfactorio y suave sonido de su garganta de acompañamiento y las manos presionando  a sus riñones.

—Vaya pasada, nunca había visto a dos tíos follar —Marco abrió los ojos de golpe. Sentada en la silla del escritorio estaba esa chica que vio en el sótano enrollándose con la otra.

—Hola Christa —Le saludó Jean como si nada, mirándola mientras lamía las gotas de esperma que aún rezumaban de la decreciente erección de Marco.

—Nunca me había llamado la atención el cuerpo de un hombre pero ahora… —Se llevó la mano bajo la falda de cuadros—, voy a buscar a Ymir.

—Cuenta conmigo cuando quieras experimentar —Jean se puso en pie, guiñándole un ojo. La chica le subió el pulgar, saliendo y despidiéndose de Marco con una sonrisa en apariencia inocente. Se volvió hacia él, subiéndose los pantalones de cuero—. ¿Qué tal tu primera vez?

—Rara ahora que sé que una mujer me ha estado mirando.

—¿Cambia algo lo que has sentido? —Marco no sabía si estar o no molesto.

—No —Se mordió el labio con un mohín, levantándose para ponerse bien los pantalones.

—¿Qué te pasa? —Jean le apartó el pelo de la cara. Marco le miró suspirando, pensando en que le había dicho a la chica que contase con él para follar. No podía ser sincero, no podía decirle “que te quiero solo para mí” porque sabía que no era como funcionaban las cosas con él—. ¿Te he hecho daño? ¿Te has sentido incómodo?

—No, no. Me ha gustado muchísimo, ha sido… no sé, no tengo palabras.

—¿Entonces a qué viene esa cara de fastidio? —Marco le agarró de la camiseta a la altura de la cintura, mirando su pecho y encogiéndose de hombros.

—Da igual —Jean le abrazó. Marco cerró los ojos, suspirándo en sus brazos, deseando que no le soltase y le dijera un te quiero. Pero tras un beso en la frente le presionó las mejillas con ambas manos.

—Acabas de follar por primera vez, sonríe hombre, el infierno gay será divertido —Se rió sin muchas ganas, acompañándole al exterior del edificio—, ¿quieres ir a casa o vamos a cenar?

—Prefiero irme a casa —dijo a media voz. No entendía esta angustia repentina, no es como debería sentirse tras hacerlo por primera vez. No le conoces, por el amor de Dios Marco, contrólate.

—No decía a la tuya —Le miró a los ojos. Jean le acarició la mejilla, besándole en los labios después—, tengo que volver a hacerte sonreír, no puedo dejar que te vayas así.

—Lo siento, no sé qué me pasa.

—Yo sí. Eres un celoso.

—No, no son celos. Es… —volvió a encogerse de hombros. “Es que te quiero para mí y no quiero que toques a nadie más”, quiso decir pero no dijo.

—Vamos.

Le subió en su moto, un cacharro pequeño y ruidoso pero muy rápido. Solo tenía un casco que se puso Marco, Jean fue, como siempre, a lo ilegal. Y fue tan rápido que casi le mata del miedo. Al llegar a su casa llamó a su madre en voz alta, pero no obtuvo respuesta. Era un piso pequeño en un edificio de apartamentos un poco descuidado. Le hizo pasar a la cocina y le preparó un sándwich con lo primero que pilló.

—¿Vives solo con tu madre? —Le preguntó mientras cenaban, bebiendo un refresco.

—Sí. No me preguntes por mi padre porque ni idea de quién es. Me crió ella sola, como tu madre a ti supongo.

—¿Eh? No, mi padre viene casi todos los fines de semana, trabaja fuera.

—Ah, bueno, pues tienes suerte. Y además por tu casa sé que no te falta el dinero.

—La verdad es que no, no me puedo quejar —Jean le miraba con un suspiro tras comerse el último pedazo de bocadillo.

—Somos diferentes en todo, supongo que por eso me gustas tanto.

—No hagas eso, es trampa —Jean sonrió de lado, divertido—. Sabes que me pone nervioso que seas tan directo y más mirándome a los ojos.

—¿Y qué le hago yo si adoro tu carita sonrojada? Eres precioso —Le pellizcó el cachete. Marco se tapó la cara con las manos, no podía soportar la sonrisa idiota que se le escapaba ni el calor de sus mejillas. Le escuchó reír con suavidad—, ¿Hacemos ahora algo que te guste a ti? Te he llevado a mi terreno, llévame al tuyo. ¿Qué plan sería el ideal? —Se apartó las manos de la cara despacio, mordiéndose el labio.

—¿Tienes palomitas? Me encantaría ver una película contigo, con una manta —Alzó las cejas sutilmente.

—Mira que eres previsible. Sí, tengo palomitas. Ve a mi habitación, está al fondo del pasillo al lado del baño. No te equivoques con la de mi madre, aunque no creo que sea muy difícil saber cuál es la mía. Ahora voy yo.

Se levantó de la silla, yendo primero al servicio y después a la habitación que le indicó. Sin duda era la suya: calcetines enrollados y desparejados por aquí y por allí, chaquetas dejadas caer de cualquier manera, latas de cerveza junto a la cama y en la mesa del ordenador, la cama deshecha… era un completo caos, como él. Se quitó los zapatos, dudando de si quitarse o no mucha más ropa. Decidió quedarse como estaba y meterse bajo sus sábanas, al fin y al cabo el clima era frío, excepto en ese sótano. Se paró a pensar en lo que había hecho en público y más tarde frente a esa extraña. Una semana antes se habría reído en la cara de cualquiera que le sugiriese hacer algo medianamente parecido y ahora se estaba metiendo en su cama, tapándose hasta arriba con unas sábanas que olían tanto a él que se le cerraron los ojos.

—Bueno es saber que no te has perdido —Le dijo Jean, entrando en la habitación y cerrando la puerta con el pie—. Ahora intenta no dormirte.

—Se está muy bien aquí —murmuró feliz, incorporándose un poco para coger el bol con las palomitas. Jean se quitó los zapatos tirando de los talones, sacándose la camiseta por la cabeza. Se quitó los pantalones como si fuese lo más normal del mundo, metiéndose en la cama en calzoncillos.

—¿Qué haces tan vestido? —dijo entre risas—, te va a entrar calor con tanta manta. Dame —Le quitó el bol de las palomitas, dejándolo a un lado en la mesa de noche. También le quitó el jersey de un tirón, riéndose con él. Al echar las manos a su cinturon Marco comenzó a reírse con más ganas.

—Ya, ya voy, dejame a mí.

—Pero es más divertido si lo hago yo —Le besó de manera juguetona mientras tiraba de los vaqueros hacia abajo. Marco se los terminó de quitar con los pies, poniendo las manos en las mejillas de Jean, besándole entre sonrisas—. Voy a coger el portátil.

Se separó de él mientras Marco dejaba caer sus vaqueros por fuera de la cama, tirando de una mesa auxiliar que reguló para que quedara a la altura de sus pechos, un tanto alejado para ver bien la pantalla. Escogieron una película de terror, las favoritas de Jean, que le pasó un brazo por los hombros mientras él se apoyaba en su pecho, comiendo del bol de palomitas colocado entre los dos. Cada vez que Marco daba un sobresalto, Jean se reía, acariciándole el hombro con los dedos. Una vez acabado el bol, le pasó los brazos por los hombros y Marco le cogió las manos. Se distrajo un poco de la película cuando sintió su nariz acariciarle la sien y sus labios besarle junto al ojo.

—Me gusta estar así, es algo nuevo —Le susurró Jean. Marco sonrió con los ojos cerrados.

—¿Nunca has hecho esto con nadie? —Hizo un ruidito negativo—. Qué raro.

—Nunca he pasado tanto tiempo con alguien con quien me acostase como contigo.

—¿No es eso un poco triste?

—No realmente, nunca se me había apetecido.

—¿Y conmigo sí? —Miró hacia arriba, a los rasgados ojos de esa persona que tan loco le volvía.

Tras observarle largamente, serio, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano, Jean miró al ordenador, parando la película, moviendo la mesita a un lado. Le puso la mano en la nuca, besándolo despacio. Marco se dio la vuelta en la cama, sentándose sobre él, aún en silencio. Le puso ambas manos en las mejillas, hundiéndose en la miel de sus ojos, suspirando antes de besar su boca, sintiendo más de lo que debería por ese niñato descarriado. Jean le rodeaba la cintura con los brazos, acariciando su espalda con las yemas de los dedos. Entreabrió los ojos al girar la cabeza hacia el lado contrario para ver a Jean lamerse los labios y mordérselos para después darle un lametón al tiempo que él le acariciaba la mejilla con el pulgar. Quiso decirle que le quería, pero sabía que no debía, sabía que él no lo sentía de igual manera, por lo que optó por transmitirle ese sentimiento en sus besos. Jean estaba siendo muy suave con él, la pasión que le caracterizaba se mantuvo a raya, sustituida por otra manera de desearle más pausada pero no por ello menos intensa. Se bajaron la ropa interior sin prisas, volviendo a la misma posición una vez estuvieron desnudos. Se acariciaron despacio el uno al otro, jadeantes, observando sus cuerpos y gestos. Sus pechos subían y bajaban, respirando hondo, acariciandose las mejillas, besándose entre miradas cargadas de avidez. Por fin podía tocarsela a Jean, se sentía deseoso por comersela, pero una vez más no le dejó. Apartó la mano de su mejilla para coger un buen bote de vaselina de su mesa de noche. Sonrió al ver que lo tenía tan a mano, Jean imitó su gesto. Marco levantó las caderas un poco, dejando que Jean pasara sus dedos, cubiertos en vaselina, por la entrada a su cuerpo.

—Jean, el condón —Apretó los dientes cuando le metió un dedo hasta los nudillos, cerrando los ojos y jadeando con fuerza.

—Ya me lo estoy poniendo, vida mía —dijo metiéndole un segundo—, me fascina la capacidad que tiene tu cuerpo para adaptarse a lo que le hago.

—Porque lo deseo —Abrió los ojos, juntando las cejas cuando, tras meter el tercer dedo, presionó con las yemas  hacia arriba—, te deseo tantísimo…

Jean entreabrió los labios, tragado saliva, estimulándole de una manera tan brutal que casi se corre sin necesidad de que le tocase la polla. Tiró de sus caderas hacia abajo tras coger más vaselina, sentándolo en su cuerpo. Marco le tiró del pelo con ambas manos​, Jean no terminaba de cerrar los ojos, sin dejar de observar su rostro, mordiéndole el labio ante la incapacidad de besarle. Tuvo que agarrarle la cara con la mano para poder darle un beso, lamiendo su lengua, enredándola aunque no por mucho tiempo. Marco no podía coordinar lo suficiente para cerrar la boca, dejándose llevar y gimiendo de manera escandalosa y aguda. Adoraba la sensación de tener a Jean enterrado en su interior, escucharle gemir, poder tomar las riendas él al estar encima. Se echó hacia atrás, moviendo las caderas despacio sobre él. Jean le devoraba con la mirada, con las manos extendidas sobre sus muslos, subiéndolas hasta su trasero. Marco se apoyó en su pecho con la mano, botando con más energía sobre su polla, gruñendo cada vez que rozaba esa zona mágica en su interior.

—Fuerte, Marco, dame fuerte —Ver a Jean implorarle con los músculos en tensión le excitó tantísimo que una gran cantidad de gotas de líquido preseminal mancharon su miembro.

—Me corro —Se quejó una y otra vez. Jean asintió.

—Yo también.

Jean le machacó con sus caderas, mordiéndose el labio, echando la cabeza hacia atrás. Al ver su nuez moverse, tragando saliva, Marco se inclinó hacia adelante, lamiéndosela. Tembló entero bajo su cuerpo con un quejido largo, enrollando los dedos en el pelo de Marco que le mordía el cuello, presionando con sus caderas hacia arriba en algo que ya no eran embestidas sino espasmos. Marco se quejó en voz alta al sentir su polla reventarle desde dentro, dura como nunca, pulsante. Tuvo que pasar casi un minuto completo hasta que pudo respirar sin jadear, relajando sus músculos al conseguir controlar su cuerpo de nuevo. Jean abrió los ojos, pasando despacio la lengua entre sus labios, masturbándole. Tiró del pelo de su nuca, mirándole al rostro de tal manera que incluso le dio vergüenza.

—Córrete encima mía, llename entero —Le clavó las uñas en el pecho y el hombro, retorciéndose al correrse, aún con su polla dentro—. Me vuelves loco —murmuró Jean besándole las mejillas mientras él se sentía morir entre espasmos, doblando las piernas y los dedos de los pies—, adoro mirarte.

—Oh, joder, Jean, mierda, me muero —De verdad sentía que se le iba la vida de lo intenso del orgasmo, debilitándose, dejando caer la cabeza contra su hombro. Le sintió reirse.

—Qué escandaloso eres. No has parado de gritar —comentó con voz alegre—, por tu culpa me he corrido antes.

—No quiero que me la saques nunca —resopló en su cuello, sintiendo sus brazos alrededor de sus hombros—. ¿Por qué no esperamos a que se ponga dura otra vez y me sigues follando?

—Eres un yonki de mi polla —A pesar de tener la cara contra su cuello, se la tapó con una mano, riéndose suavemente, asintiendo—. Para no haber follado nunca te mueves de maravilla.

—Gracias —Jean le puso de lado en la cama, sacando su miembro de su interior al hacerlo. Marco se retorció un poco con un débil “hum

—Deja de ser tan sexy de una vez, qué de ruiditos haces… —Le miró a los ojos, observándole limpiarse el pecho con la camiseta que cogió del suelo—. Eres una puta muy ruidosa.

—No me llames así, no me gusta.

—Es verdad, lo siento, cariño —dijo la palabra muy despacio, inclinándose sobre él y besandole los labios—. Toma, limpiate con esto —Le dio la camiseta sucia, dejándole poca superficie con la que limpiarse el sudor y el pecho.

—¿Qué hago con ella? —Se la quitó de las manos, tirándola a cualquier parte.

—Shh, a dormir.

—Jean, tengo que avisar a mi madre —Se giró por el borde de la cama, cogiendo el teléfono del suelo—. Voy a llamarla un segundo —En cuanto la voz de su madre sonó del otro lado, se lo quitó de las manos.

—¡Hola! Soy yo Jean, le llamaba para decirle que Marco se queda en mi casa a dormir hoy —Se echó hacia atrás con el teléfono en la oreja para que no pudiese quitárselo, con una sonrisa traviesa—, oh, no se preocupe por lo de llegar tarde, ya está bien metido en mi cama y creo que con lo cansado que está se va a quedar dormido enseguida.

—¡Jean, por favor! —Se moría de la vergüenza y al escuchar la risa de su madre desde la oreja de Jean, supo que ella también.

—Buenas noches a usted también —Le devolvió el teléfono sin dejar de reírse de esa manera tan golfa—. Y a dormir.

—Qué poca vergüenza tienes… —Se tumbó sonriente, de espaldas a él, entrelazando sus dedos con los suyos cuando le pasó el brazo por la cintura.

—Vergüenza, ¿qué será eso? —Le besó la mejilla, apretándole a él, respirando hondo. No le dió tiempo a pensar mucho más, pocas veces en su vida había estado tan agusto y calentito como en sus brazos, y cayó rendido.

 

3

La puerta del dormitorio abriéndose le despertó a la mañana siguiente. Eso y la pequeña exclamación sorprendida de una mujer. Se incorporó un poco, tirando de las mantas porque bajo ellas estaba desnudo.

—Buenos días señora Kirstein —murmuró.

—Hola —susurró ella—, venía a por la ropa sucia, al no ver a Jean ayer por la noche pensé que durmió fuera. Es raro que se acueste tan temprano, lo siento.

—No se preocupe —La señora salió de allí con una sonrisa.

Miró a Jean, que dormía profundamente sin enterarse de nada. Miraba hacia él, con el brazo bajo el cuerpo y el otro bajo la almohada. Se tumbó de nuevo en la cama, rozando sus cabellos con las yemas de los dedos, las argollas de su oreja, su mentón pronunciado. Podría observarlo durante horas, era el hombre más atractivo con el que se había encontrado y tenía la inmensa suerte de haberle gustado. Sentía las ganas de gritarle sus sentimientos atascadas en el pecho, asfixiándolo.

—Ojalá fuesen las cosas diferentes —susurró en su lugar, encogiéndose, cerrando los ojos, apoyando la frente en su pecho—. Te quiero tanto…

Notó cómo la respiración de Jean se detuvo en seco. Sintió pánico al pensar que quizás no estaba tan dormido como él creía. Miró hacia arriba, Jean le observaba con el ceño fruncido. Marco miró hacia el lado, nervioso, intentando buscar una justificación a lo que acababa de soltarle.

—¿Por qué? —Alzó la vista de nuevo hasta sus ojos color miel.

—Por… no sé, por todo. Por tu físico y estilo, que me llamaron la atención desde que te vi entrar en clase. Por lo que me haces sentir, por hacerme vivir cosas nuevas, porque aunque no vengas a clase trabajas duro para ayudar a tu madre. Porque le pediste perdón a Armin y me respetas cuando te pido espacio. Porque eres divertido, ocurrente y carismático. Eres todo lo que no soy y creo que es lo que me hace sentir… así —No dijo nada. Le observaba en silencio como solía hacer pensando en algo que se quedaría para él.

—Vaya —Su sonrisa golfa no tardó en salir—, y yo que creía que era por mi polla —Le dio una cachetada en la mejilla y se incorporó—. Vamos a desayunar, me muero de hambre.

No creía que la reacción de Jean fuese la normal ante una declaración de sentimientos como la que acababa de hacer. Tampoco esperaba que le fuese a decir que él también, jurándole amor eterno, pero… Le dejó tan descolocado que no abrió la boca, levantándose él también mientras se vestía. Jean fue rápido, saliendo antes que Marco y entrando en el baño. Caminó hasta la cocina en la que cenaron la noche anterior, su madre terminaba de poner la lavadora y le saludó con una sonrisa.

—Siéntate, ¿qué sueles desayunar?

—Ah, no se preocupe. Ahora viene Jean y…

—No seas tonto, no me importa. ¿Cereales, tostadas? ¿Con zumo, leche o café?

—Tostadas, gracias. Café si puede ser.

—¿Ya le estás mimando? —protestó Jean, sentándose frente a él sin camiseta—, ponme lo mismo pero con—

—Zumo, sí, lo sé —Le sonrió sobre su hombro—, ¿hoy trabajas?

—En dos horas. Así que desayuna rapidito, pecas, que te llevo a casa —Marco asintió, apartándole la mirada.

Jean no se comportaba igual. La había cagado. Parecía que sí se comportaba igual, pero apenas le retenía la mirada y esa segunda intención que siempre tenía al hablarle había desaparecido. Fingía normalidad, y en una persona tan natural como él se notaba cuando no lo era. Se apresuró a acabarse el desayuno, no quería alargar la situación. Si le iba a dar la patada que se la diese de una vez. Se despidió de su madre y tras esperar a que se pusiese algo por encima, salieron camino a la moto. La diferencia del día anterior a ese era abismal. A pesar de seguir asustado por la velocidad de la moto, el camino le pareció frío e incómodo, no excitante como el día anterior. Odiaba la situación y sobre todo se odiaba a sí mismo.

—Te veo en clase —Le dijo Jean recogiendo el casco, sonriendole pero sin mostrar intención alguna de bajarse o ir a despedirle de manera afectiva.

—Te veo el lunes, supongo —Él tampoco se acercó, dedicándole la sonrisa más amplia que pudo dadas las circunstancias. Sin embargo, antes de entrar en su casa, se dio la vuelta—. Jean —Le miraba en silencio, no comprendía lo que su rostro transmitía—, gracias.

—Ya te he dicho que no me des las gracias por algo que he hecho con gusto.

Arrancó tras uno de sus gestos chulos, alejándose de él. No dijo nada pero tampoco hizo falta. Echó de menos una provocación, un intento por su parte de sonrojarle, un “cariño” de esos que fingía no agradarle pero en realidad adoraba. Entró en su casa sintiendo que a pesar de haber ganado mucho el día anterior en forma de experiencias y recuerdos, estos habían sido demasiado efímeros. No esperaba tener su amor para siempre pero no imaginaba que fuese a ser tan breve.

A pesar de que su madre le preguntó por esa primera noche que pasaba fuera de casa, él no quiso responder. Y algo tuvo que ver en su expresión y manera de contestarle que no insistió. Marco se pasó el resto del fin de semana estudiando, repasando y terminando aquel trabajo con el que había empezado todo. Y sabía que el lunes no le vería, que probablemente no volvería por clase. Hasta lo prefería. Se mentalizó con la idea de que eso fue todo, evitando todo drama posible, especialmente frente a sus amigos. Y no fue hasta una semana después que no se le encontró, camino a las taquillas al acabar las clases. Salía del despacho del director doblando un papel para meterlo en el bolsillo trasero de sus vaqueros. Marco caminó más rápido, con la vista fija en sus pies, luchando contra las ganas de acercarse a él o de volver a mirar sus ojos. Se quiso meter él en la taquilla y no salir, porque a no ser que Jean estuviese ciego le tendría que haber visto. Y sin mirar hacia el frente salió del edificio, alcanzando a sus amigos, fingiendo mirar algo en su teléfono con tal de no alzar la vista.

—Jean está en la puerta —Le dijo Armin agarrándole del brazo sin echar a andar.

—Lo sé —Mintió él, fingiendo indiferencia cuando por dentro se moría de ganas de mirar a su espalda.

—Creo que te está esperando y no te ha visto salir.

—Lo dudo, me lo he cruzado camino a la taquilla y no me ha dicho nada. ¿Nos vamos? Creo que mi madre ha hecho pizza hoy —Comenzaron a caminar despacio hacia casa.

—Te está ignorando, ¿a que sí? ¿A que no sabes nada de él desde el fin de semana aquel? —Eren parecía contento con la idea de que ya no tuviesen relación, emanando soberbia por haber tenido razón en su advertencia.

—Cállate —Le advirtió Marco, sintiendo ese malestar que estuvo evitando desde que se separó de Jean el fin de semana.

—Te lo dije. Pero, ¿para qué ibas a hacerme caso? Estaba claro que era un mierda desde el minuto uno.

—Eren, cállate la boca —Marco apretó los puños, al borde de su autocontrol por retener esos sentimientos tan desagradables.

—Espero que para la próxima te lo pienses dos veces antes de ponerle el culo a alguien como él para que luego te use y te tire. Has sido bastante imb—

No le dejó acabar la frase. La rabia, la impotencia y el dolor de que tuviese tanta razón en sus palabras directas y crueles se manifestó en algo que Marco jamás creyó ser capaz de hacer. Se giró hacia su amigo y le dio un fuerte y seco puñetazo en la nariz. Eren abrió mucho los ojos, atónito, y fue esa expresión de desconcierto lo que más le cabreó. No era solo que tuviese razón, es que no se daba cuenta del daño que le hacían sus palabras.

—¿¡Qué coño haces?! —Le gritó, ofendido—, ¿sabes qué? Te mereces que te haya dejado plantado, puto anormal.

Perdió los papeles definitivamente. No tenía ni idea de cómo pelearse pero era más grande que Eren y el que terminase tumbado en el suelo con él encima mientras se dejaba los nudillos en partirle la cara no fue algo complicado. Lo difícil fue parar. Tuvieron que tirar de él, quitándoselo de encima a Eren, agarrándole los brazos a la espalda.

—Probablemente tengas toda la razón del mundo para hacer lo que estás haciendo pero no en la puerta del instituto, piensa en tu expediente —Jean le sostenía con fuerza. Marco cerró los ojos, apretando los dientes.

—Suéltame —Escuchó a Eren toser y a Armin preguntarle si estaba bien.

—¿Vas a seguir pegándole? —Negó con la cabeza, mirando al suelo. Tan pronto sintió sus manos dejarle ir, cogió su mochila y caminó hacia su casa—. Eh, ¡Marco!

—Déjame en paz.

—Oye, espera un momento —Le agarró del brazo, pero él se zafó—, quería disculparme por no haberte llamado ni nada parecido.

—No tienes que inventarte excusas, sé que la cagué al pasarme de sincero —Jean caminaba a su lado, no quería mirarle—, igual que sé que si no hubiese abierto la boca quizás habríamos follado dos o tres veces más. Pero no pasa nada, lo entiendo, así funcionas tú.

—Me voy de aquí, me mudo a otra ciudad porque mi madre ha encontrado un puesto de trabajo mejor pero no es suficiente para que pueda vivir cómodamente. Necesita mi ayuda.

—Me parece muy bien, suerte.

—Marco —Le agarró del brazo de nuevo, esta vez con más fuerza—, eh, mírame un segundo —No quería. No quería mirarle porque le estaba costando la misma vida aguantar el tipo—. Por favor.

—¿Qué quieres de mí? —Alzó la mirada, encontrándose con sus ojos color miel. Sabía que se notaban sus ganas de llorar, y le quedó claro al verle chasquear la lengua.

—Ver tu cara de idiota una vez más —La sonrisa de lado que acostumbraba a dedicarle le salió floja. No emanaba la alegría de siempre. Cuando alzó su mano para acariciarle la mejilla, Marco se echó hacia atrás.

—Seguramente algo parecido le dijiste a Judit antes de besarla, mirándome. Deja de jugar conmigo. Los dos sabemos cómo eres —Huyó antes de ponerse a llorar delante de él.

—No tienes ni idea —Le escuchó murmurar. Frenó un poco su paso al escuchar esas palabras, pero al girarse vio a Jean alejarse con las manos en los bolsillos y no tuvo la voluntad suficiente para llamarlo.

Se giró, negando con la cabeza, limpiándose una lágrima traidora de la mejilla y casi corriendo a casa, empujando esos sentimientos hasta el fondo de su estómago. Nada fue como esperaba pero sabía que había sido un adiós. Aunque ojalá un hasta luego. Al fin y al cabo, la vida daba muchas vueltas.

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15 Años más tarde.

Se incorporó, llevándose una mano a la nuca y otra a los riñones, curvando la espalda hacia atrás con un quejido. Pasaba demasiadas horas echado hacia adelante frente a la pantalla de ordenador, y ojalá fuese por diversión. Echaba tanto de menos la vida fácil de estudiante… No era fácil llevar un negocio, la gente pensaba que ser el jefe era todo beneficios pero tenía muchas horas de trabajo detrás mantener una empresa. Si algo le enseñó la vida es que si querías que algo saliese bien, debías hacerlo tú mismo, delegar en los demás podía o no podía tener buenos resultados. No se fiaba de nadie. Bueno, eso sería mentir, de su madre y de Armin siempre se fiaría. El teléfono le vibró junto a la mano, desbloqueó la pantalla para ver que era un mensaje de ese tipo que conoció el fin de semana. Otro más. Lo eliminó de su vista deslizando el dedo hacia el lado, frunciendo el ceño al ver que le habían incluido en un grupo de whatsapp. Se metió solo por silenciarlo, y casi le da algo cuando ve que sus miembros eran cerca de 25 personas. Y lo peor, venía bajo el título “Antiguos Alumnos!”. Al abrirlo, la gente se presentaba, y al ver sus nombres se desencadenó en su interior una serie de sentimientos, de recuerdos buenos y malos, de cierta nostalgia y cierta necesidad por huír de esos años. Sin embargo, le gustaría mucho volver a ver a algunas personas , saber de ellos, como por ejemplo Connie o Sasha, que se presentaban en ese momento.

Si nos vamos a volver a ver que nadie se olvide del papel para la excursión, por favor 😉 —Escribió en él, rememorando el tipo de cosas que siempre tenía que decirles.

¡¡Delegado!! ¡Cuánto tiempo!

Sonrió alegre, con un buen sentimiento en el pecho, agregando números y leyendo las pamplinas de unos y otros. Miró en la lista de agregados en la que por descontado faltaba gente. Había personas que aún no se habían presentado, pero ya lo harían a lo largo de las horas o directamente se irían del grupo. Al volver a leer la conversación, apareció un mensaje.

Me sorprende para bien que me hayáis incluido en el grupo, supongo que ha sido Armin o el pecas. Gracias —Frunció el ceño, abriendo una conversación aparte con su amigo. Justo cuando iba a escribirle, le llamó.

—Eh, te estaba escribiendo.

Lo suponía. Sí, he creado yo el grupo y sí, vas a venir o te mato.

No tengo problemas por ir, ¿por qué iba a tenerlos?

No te hagas el tonto, sabes de quién es ese último mensaje.

Sigo sin entender por qué no iba a querer ir…

Porque te volviste un zombie durante una semana tras pegarle la paliza a Eren y porque cada vez que se hablaba de él te cambiaba la actitud. ¿Crees que lo has superado?

—Joder, Armin, han pasado… —Se paró a contar.

Quince años. Pero yo que sé… No le has visto en todo este tiempo, quién sabe cómo va a sentarte tenerle frente por frente.

—Lo mismo ha cambiado y está horriblemente feo —Esperó que lo estuviese. Si Jean estaba tan bueno ahora como cuando eran adolescentes, sabía que podría perder el control con mucha facilidad.

Mira, mientras vengas me da igual si rompéis a follar en un servicio, que sería muy típico de vosotros.

—Dudo que pase. Que no te prometo nada —Agradeció la idea internamente.

Te noto dispuesto —Se rió brevemente por la nariz al notar la diversión en la voz de su amigo.

—¿Y cuándo no lo estoy?

Mucho había llovido desde el instituto. Ese Marco tímido y callado seguía rondando por ahí en su interior, no podía decir que estuviese muerto, pero desde luego sí que estaba dormido. Aprendió a ser más lanzado con respecto a sus parejas, a echarle más cara, siempre de manera sutil y casi nunca de manera directa, pero si quería algo con un hombre casi siempre lo conseguía. Aprendió a dejar esa vergüenza atrás y a ser más golfo, que no era de extrañar teniendo en cuenta de dónde le venía la inspiración. Suspiró, pasándose la mano por el siempre despeinado flequillo negro, preguntándose cómo le iría. Hacía mucho que no pensaba en él más de dos segundos seguidos porque cada vez que lo hacía, se le disparaba el corazón. Ahora que era adulto comprendía que la actitud de Jean y el dejarle plantado de esa manera no fue más que por su terror desmesurado al compromiso, un terror que encontró en muchos hombres con los que mantuvo relaciones. Él mismo sentía cierta resistencia por mantener relaciones duraderas, no solían durarle apenas aunque el motivo bien podría estar en que ninguna de sus parejas tenía eso que hiciera a su corazón desbocarse. Como le pasó con Jean. Tras meter su número de teléfono en la agenda, miró su foto de perfil. Era el logotipo de una banda de música que no conocía. Se mordió el labio, acordándose de aquella camiseta sin mangas, acordándose de su primer todo con él. De los subidones de adrenalina, del sentimiento de hacer algo que estaba mal y que era prohibido. Algo parecido sentía al follar en bares o fiestas donde había gente en habitaciones contiguas, pero a base de repetirlo tantas veces perdió parte de su encanto.

Se levantó de la silla al darse cuenta de la hora que era, camino a casa. Miraba la conversación de tanto en tanto y lo único que encontraba eran las peleas de unos y otros para ponerse de acuerdo en la fecha para quedar. Y no fue hasta varias horas después que no llegaron a la conclusión de que lo mejor era quedar para almorzar ese mismo fin de semana en el restaurante de un hotel que regentaba la mujer de Reiner. En dos días. Pasó ese día y el siguiente tan solo pensando en la reunión, con un pellizco de nervios y excitación en la boca del estómago. La noche antes, leyendo los mensajes de alegría de sus antiguos compañeros de clase, se sintió tentado de hablarle por privado. Llegó a abrir una ventana, con los dedos sobre las letras, pensando a fondo qué debía decirle. Pensando si debía decirle algo. Por la noche se cometían muchas locuras de las que arrepentirse al día siguiente. Movió sus ojos por la pantalla hacia arriba cuando las letras verdes con el mensaje “escribiendo…” se iluminaron bajo su nombre. Se quedó de piedra. Jean estaba haciendo lo mismo que él. Se lo imaginó tumbado en la cama, pero se lo imaginó como recordaba a pesar de saber que probablemente no tendría nada que ver. Se lo imaginó con esos ojos rasgados, mordiéndose el labio con aspecto golfo, en esa cama en la que hicieron el amor despacio. Seguía deseándole muchísimo, aunque el sentimiento era un tanto diferente. Ya no era la adoración de su adolescencia, la obsesión por tocar su piel, simplemente era deseo. Las letras verdes desaparecieron. Se habría arrepentido. Suspiró, pensando que sería lo mejor, bloqueando el teléfono y tumbándose boca abajo en la cama, de cara a la mesilla de noche y cerrando los ojos. Suspiró de nuevo minutos después. Abrió los ojos una vez más. La lucecita naranja de las notificaciones iluminaba la oscuridad que le rodeaba. Estiró la mano hacia el teléfono.

¿Vienes mañana? —El corazón le hizo un redoble en el pecho. Hundió la nariz en la almohada, cogiendo el teléfono con ambas manos, aún boca abajo.

Claro, y tú?

No lo sé. Debería?

—Haz lo que te haga sentir más cómodo —Dudó un poco, pero finalmente escribió—: aunque me gustaría volver a verte.

Eso era lo que necesitaba leer. Te veo mañana entonces.

Hasta mañana!

Permaneció unos segundos mirando la pantalla, con el corazón acelerado como hacía mucho tiempo que no ocurría, sintiendo que en lugar de la cama de su apartamento, yacía en la cama de la casa de sus padres. Lo creía superado pero… quizás estaba equivocado. Estaba muy nervioso, sabía que no iba a dormir, sonreía. Sonreía ampliamente. Recordando, imaginando y fantaseando finalmente venció al cansancio, con la sensación de apenas haber dormido al despertarle la alarma. Se duchó sonriente, desayunó con dificultad por los pellizcos de su estómago, se vistió un tanto histérico y salió a la calle hecho un manojo de nervios. No quiso llegar de los primeros, por lo que prefirió ir andando al restaurante.  Suerte para él que al primero que vio fue a Armin, con el único que mantenía contacto.

—¡Ya era hora! —Le saludó con el abrazo acostumbrado en la recepción del hotel. Se había recogido la melena rubia hacia atrás. Al mirar sobre su hombro vio a Mikasa, tan bonita como siempre y saludándole con una cálida sonrisa. Eren estaba a su lado, casi igual que le recordaba.

—¿Ha llegado? —Le preguntó en susurros a su amigo, que asintió. Tuvo que esforzarse por no mirar a todas partes.

—La última vez que lo he visto estaba apoyado en la barra, charlando con Connie.

—¡No me puedo creer lo guapo que estás! —Sasha se le tiró encima, dándole un abrazo enorme.

—Tú también estás guapísima —le contestó, entre sonrisas.

—¡Pero bueno! Si casi tienes más espalda que yo —Reiner, aún tan ancho como cuando eran jóvenes, le dio un manotazo en el hombro. Le acompañaba Bert, de la mano de Annie, cosa que le sorprendió.

—Imposible tener más espalda que tú, ¿conseguiste la beca?

—Obviamente —dijo orgulloso, haciéndole reír.

Le preguntaron lo que siempre se preguntaba en esas reuniones sociales y él hizo lo mismo. Una parte de él estaba interesado, otra quería salir corriendo hasta la barra libre. Mientras charlaba con ellos, en un momento que dejó de ser el centro de atención, alzó la vista, mirando a su alrededor. Vio primero a Connie, riéndose, con el pelo bastante más largo y para su sorpresa rizado.

Después le vio a él.

Se reía de lado, con el vaso en la mano y el brazo apoyado en la barra. Su colmillo sobresalía en esa sonrisa golfa, exacta a como la recordaba, enmarcada ahora por una barba que se le unía con las patillas, bien recortada, más oscura a la altura de su barbilla, perfilada de forma y manera que una línea de vello se unía de esta a su labio inferior. Su pelo era menos rubio, pero aún seguían distinguiéndose dos tonos entre su cabello rapado y el que no. Sus piercings habían desaparecido a excepción de dos argollas en su oreja izquierda. Y aún vestía de negro, con una camisa de botones y sus vaqueros rotos. Se llevó el vaso a los labios, mirando directamente en su dirección. Tan directo que le hizo pensar que sabía que estaba ahí. Bajó el vaso lamiéndose los labios, mirándole de arriba abajo. Marco dejó salir todo el aire de sus pulmones, mirándose los pies, dándose cuenta de que desde que le encontró allí sentado no hizo más que aspirar.

—¿Estás bien? —Le preguntó Sasha poniéndole la mano en el hombro.

—Sí está bien, lo único que le pasa es que ha visto a Jean —murmuró Armin. Marco le miró.

—No está horriblemente feo —Su amigo se rió.

—Claro que no, hice el grupo porque me lo encontré por la calle, estaba buscando apartamento.

—Te odio.

—Lo sé —Le dio dos golpecitos en el pecho—, y vete preparando porque viene para acá con Connie.

—Gracias por ponermelo fácil, imbécil —Se rió, alzando las cejas. Marco sonrió, pasándose una mano por la frente y el pecho, respirando hondo.

—Joder, metedme en vuestros gimnasios, ¿qué es este diámetro de brazos, Marco? —Connie le dio un abrazo, entre risas—, menudo complejo de raquítico voy a pillar por vuestra culpa.

—Haz pesas, no tiene mucho misterio, de verdad que no —Le tiró de un rizo—. Ahora entiendo por qué te rapabas.

—Vete a la puta mierda tío —dijo riéndose a carcajadas. Escuchó una risita suave a su lado.

—¿Has transformado las buenas notas en músculo? —Le dijo Jean, alzando la barbilla con las manos en los bolsillos. Seguía emanando chulería, seguía imponiendo como antes, más alto y más ancho pero aún así, delgado. Nop, no lo tengo superado, ni por asomo.

—No, más bien en dinero. Soy el jefe de Armin, como me dijiste —Lanzó una risotada al aire, negando con la cabeza y una amplia sonrisa.

—No me pilla por sorpresa —Quería abrazarle pero al mismo tiempo sentía que sería extraño.

La mujer de Reiner les indicó que pasasen a sala ahora que habían llegado casi todos. Muchos venían con sus parejas, sin embargo Jean acudió en solitario. No pudo evitar alegrarse igual que no pudo evitar sentarse a su lado. Eren estaba en la otra punta de la mesa, ninguno de los dos se miraron, Marco tampoco lo hizo y fue un detalle que no le pasó desapercibido.

—¿No te hablas con el anormal? —Le preguntó tras recibir las bebidas.

—No acabamos muy bien, no sé si te acuerdas. Armin sí queda con él y Mikasa de vez en cuando, pero la verdad es que yo prefiero mantener las distancias.

—Y es lo más normal del mundo…

—Había veces que llevaba razón en sus advertencias —le dejó caer, sin mirarle—, lo que no quita que sea un poco bastante homófobo.

—Más que eso diría que intolerante —Le comentó Armin, sentado a su otro lado—, todo lo que no coincida con su manera de ver las cosas lo considera malo.

—No sé por qué te hablas con él —comentó Marco negando con la cabeza.

—Porque tiene otras cosas buenas. Y tú sobre todas las personas tienes una capacidad especial para ver lo bueno de cada uno. No quiero señalar —Miró a Jean significativamente—, acuérdate de que fuiste el único que apostaba por él cuando a todos nos causaba rechazo.

—Eh, eso es mentira —dijo Sasha, sentada frente a ellos—, a mí siempre me gustó Jean.

—Lo podrías haber dicho antes —le dijo este alzando una ceja. Marco tragó saliva al ver ese gesto, rescatando incluso más recuerdos y sentimientos.

—N-no de esa manera… —La chica se puso coloradísima. Connie entrecerró los ojos, abrazándola por los hombros y fingiendo mirar a Jean con odio mientras susurraba que era suya. Marco le dió con la mano en el estómago, chasqueando la lengua. Estaba duro.

—Ya estabas tardando en poner nervioso a alguien…

—Sabes que es lo que mejor se me da —Marco le miró la boca cuando Jean hizo lo mismo, dándole la razón al sentirse nervioso y blandito. De haber sido adolescentes, habría recibido un beso suyo y habría sido sucio. Sin embargo giró la cara hacia la chica.

—Lo siento, me lo has puesto super fácil. Y en fin, se veía venir que acabaríais juntos.

—¿Sigues en ese plan de no querer pareja o ha caído alguien en tus redes? —Le preguntó Connie.

—No, tengo novia —Marco dejó de mirarle con ensoñación, apartando sus ojos y centrándose en la servilleta, apretando los labios.

—¿Por qué no ha venido? —quiso saber Sasha.

—Porque no le he dicho que venía aquí. No llevamos tanto juntos pero bueno, estamos bien.

—Tú seguro que te los tienes que quitar de encima —Le dijo Sasha a Marco—, de verdad que estás guapísimo. ¿Ves? Tú sí me gustabas de esa manera.

—Pena que soy maricón, ¿no? —Se rieron juntos, Connie la miraba con la boca abierta—. No, no tengo pareja pero sí he conocido a mucha gente. He tenido una relación más o menos larga, pero no salió bien.

—Normal, estuviste con él y luego con su novio, ¿qué esperabas? —Le dijo Armin. Jean soltó una exclamación asombrada.

—Bueno, yo por lo menos no mantengo relaciones con mujeres casadas. Con muchas. A la vez —Le respondió Marco. Armin abrió mucho los ojos cuando los que le escucharon exclamaron divertidos—. Si me atacas por ahí voy a contraatacar, amigo mío.

—Me da la sensación de ser el más decente ahora mismo y es una sensación rara de cojones —dijo Jean entre risas, sorprendido.

Hablaron más que almorzaron casi como si no hubiese pasado el tiempo. Jean se mostraba más calmado, más abierto, más adulto que antes. A pesar de haber dicho que tenía novia, cada vez que le miraba a la cara se lo comía con los ojos, centrando su atención en los labios. Esperando al segundo plato, Marco dejó caer la mano en la mesa. Jean hizo lo mismo y no se habría dado cuenta de no ser porque sintió la caricia de su dedo en el dorso. Le miró de reojo y le vió con los ojos fijos en su mano, por donde pasaba el dedo. Pareció ser consciente súbitamente de lo que estaba haciendo, alzando la vista hasta el rostro de Marco con una sonrisa extraña, apartando la mirada.

—A no ser que tengas un tipo de relación muy específica no creo que a tu novia le haga gracia este tipo de… cariños con un ex-algo tuyo.

—Sigo sin haber encontrado a nadie con tantas pecas sin ser pelirrojo —confesó, ignorando su comentario—, de hecho no he encontrado a nadie con tantas pecas —analizó su rostro, con esa expresión silenciosa que adoptaba de tanto en tanto cuando le miraba hacía quince años.

—Por todas partes, que no se te olvide —Le recordó, alzando una ceja.

—No te preocupes que no se me olvida —Marco entreabrió los labios, suspirando profundamente, inmerso una vez más en sus ojos color miel.

—Pensé que no iba a volver a verte —Jean se lamió el labio superior con la punta de la lengua, mordiéndose el inferior después.

—Yo tampoco —Estiró el dedo meñique, rozando la mano de Jean con él.

Este bajó la mano de la mesa, apoyándola en su pierna, tocando la de Marco con el meñique y el dedo corazón. Él también bajó su mano, cogiendo la de Jean bajo el mantel, acariciando su muñeca y la palma de su mano con las yemas de los dedos. Jean le dio un apretón entrelazando los dedos, tragando saliva sin dejar de mirarle a los ojos, juntando las cejas en un gesto angustiado. Le soltó la mano, levantándose y excusándose un segundo. Marco se llevó las manos a la cara apoyando los codos en la mesa y resoplando.

—¿Qué acaba de pasar? —Susurró Connie inclinándose sobre la mesa—, me estaba dando hasta vergüenza miraros. ¿Él no tenía novia?

—Eso dice —Se encogió de hombros—, supongo que es verdad eso de que donde hubo fuego quedan brasas.

—¿Hubo? —Se rió Sasha—, vais a salir ardiendo como os sigáis mirando así. Y yo con vosotros. Qué calor, por dios.

Jean volvió unos minutos después, en apariencia recompuesto. Marco no quería ni mirarle. Se centraron en lo que quedaba de cena y en conversaciones ajenas, tomándose el postre y casi sin intercambiar palabra. Jean miraba mucho su teléfono desde que se sentó a la mesa, ignorando un poco al resto de personas.

—¿Sabéis qué deberíamos hacer? —dijo Eren—, ir al instituto. Podemos hablar con el conserje y que nos deje pasar como antiguos alumnos que somos.

—Oooohhh, porfa, sí, quiero ver si la clase sigue igual —dijo Sasha entusiasmada.

Se pusieron en pie tras pagar, camino al instituto que quedaba bastante cerca. Fueron bromeando con Jean sobre que a ver si se acordaba del centro por aquello de no pisarlo mucho. Se enteró de que había comprado un taller después de mucho ahorrar y que pretendía mudarse de vuelta a la ciudad ahora que su madre se había jubilado. Tan atento con ella como siempre. Se preguntó si la señora se acordaría de él, al fin y al cabo solo le vio una vez, aunque fue desnudo y en su cama. Se preguntó a cuántos y cuántas más vio de la misma manera y descubrió que le daba igual. Nada más plantarse en la puerta comenzaron a llegarle recuerdos: el sonido de las pisadas, las aulas, el ver a chicos de un lado a otro que se iban a casa tras las actividades extraescolares o que llegaban para hacer deporte. Reiner y Bert hicieron una carrera por la pista de atletismo, quejándose de lo pequeña que les parecía ahora y ganando el primero con mucha diferencia. Annie sonrió tímidamente al ver a las animadoras en una esquina del campo, suspirando. Pasaron por la biblioteca en la que intercambiaron miradas silenciosas, por las taquillas, por delante del despacho del director, que había cambiado. Cuando se dirigían a la clase se dio cuenta de que Jean iba el último del grupo, mirándose los pies con las manos en los bolsillos. Se retrasó aposta, esperando el momento oportuno, y cuando nadie les prestaba atención tiró de su brazo dentro de los servicios, cerrándo tras ellos.

—Marco, ¿qué—

—Ssshhhh —Le empujó dentro de un cubículo, no cabían tan bien como antes, pero tampoco necesitaba mucho espacio. Cerró la puerta empujando por arriba, echando el pestillo de un tirón. Le puso las manos en las caderas y se acercó a su boca. Jean le frenó, con las manos en los hombros.

—Marco, tengo novia. No soy como antes.

—¿De verdad vas a rechazarme? —susurró rozando su larga nariz con la punta de la suya, mirándole a los ojos—, cuando te pedí comértela, a cuatro patas en la cama de vaya usted a saber quién con el consolador metido en el culo, me dijiste luego —Le comentó, tentándole, esperando que la imagen de él a su merced le encendiera lo suficiente para perder los papeles—, pero ese luego nunca llegó. ¿Te acuerdas de eso? ¿De mi primera vez? —Jean aspiró apretando los dientes y los dedos a sus hombros.

—Cago en mi puta vida, Marco —Tiró de su camisa, subiéndo las manos hasta su nuca y su pelo, besándole con voracidad. Te tengo donde quiero, cariño.

Marco le agarró del trasero con ambas manos, pegando su pelvis a la suya, inundando su boca con la lengua y dejando que él hiciese lo mismo. Jadeaban roncamente, pegándose contra las paredes del cubículo en una lucha por la dominación, tirándose del pelo y de la ropa, rozándose. Recordaba perfectamente el punto débil de Jean y lo utilizó en su contra, subiendo la mano por su espalda, tirándole del pelo de la nuca y lamiendo su cuello, besándolo. Jean dejó escapar un gemido demasiado alto, pasando la palma de su mano por la nuca de Marco, bajando la otra por su estómago hasta el bulto de su bragueta. Marco se acuclilló frente a él, lamiéndose los labios despacio y mirándole a los ojos, sacándola de los vaqueros. Admiró su férrea erección, dándole un lametón intenso de base a glande, disfrutando de su textura, su calidez y su olor. Jean gemía entre dientes, echando las caderas hacia adelante, tirándole del pelo. Le tragaba despacio, gozando cada centímetro, cada escalofrío y cada gemido ahogado.

—Marco follame —gruñó—, joder, te echaba de menos. Echaba de menos lo cachondo que siempre me has puesto.

—Date la vuelta —Le ordenó. Jean le hizo caso, bajándose los pantalones, echando la cara hacia atrás para besarle con las mejillas sonrojadas, todo jadeos. Abrió mucho los ojos al mirar su trasero, ya que la base de un consolador morado chillón asomaba entre sus glúteos.

—Oye —susurró divertido en el oído de Jean—, ¿qué es esto? —Apretó el consolador hacia adentro, provocándole un gruñido—. ¿Te lo has metido cuando estábamos en el restaurante? Qué claro lo tenías… —Jean enrojeció como nunca le había visto. Se habían invertido los papeles y no podía estar más encantado.

Marco la liberó de sus pantalones, sacando de su bolsillo trasero un condón que agarró con los dientes y un pequeño tubo de vaselina. Le abrió las cachas del culo, sacando el consolador, dejándolo caer en el retrete y casi lo vació entre ellas, dentro de él, arrancándole un gemido de pura sorpresa. El resto lo usó para su miembro una vez se colocó el condón. No tenía paciencia, no en ese momento. Y Jean parecía que tampoco. La guió hacia su interior, empujando e intentando tener cuidado, agarrándosela con una mano para mantenerla firme, sosteniendo sus caderas con la otra. Entraba tan bien que estaba sorprendido.

—Reviéntame —Le ordenó entre dientes en un gruñido salvaje. Jean echó las manos hacia atrás, tirando de sus vaqueros, acercándole más el culo, gimiendo con fuerza al obligarle a entrar en él de manera brusca casi hasta el fondo.

—Estás loco, voy a hacerte daño —Le miró a la cara, le temblaba el labio que se mordía con fuerza, igual que cerraba los ojos.

—Voy a correrme ya, dame más, Marco —Le clavaba las uñas en el culo, jadeaba de manera escandalosa. Podía escucharlos un crío, podía escucharlos un compañero. Jean tenía pareja. No podían hacer lo que estaban haciendo. Marco olió su cuello intensamente, metiéndosela hasta el fondo, gruñendo roncamente en su oído—, fuerte, fuerte, más fuerte.

—Cuánto deseaba esto… —Le agarró del pelo, pegándole la mejilla a la pared del cubículo, aplastandole contra ella pero tirando de sus caderas, follándole con tanta intensidad que a cada embestida hacían un escándalo de  jadeos y chasquidos provocados por el choque de sus cuerpos.

Los gemidos de Jean eran agudos y rotos, cubiertos con su propio brazo que se mordía entre hilos de saliva. Deliraba de placer tanto como él. Marco apretó los dientes, apoyando la frente en la espalda de Jean, corriéndose con las piernas semidobladas y la pelvis completamente pegada a su culo. Las uñas de Jean dejaban un surco enrojecido en su trasero, sus gemidos seguían siendo escandalosos y al echar la mano hacia adelante para abrazarle por la cintura, se topó con su desmesurada erección. No se había corrido. Se la sacó despacio agarrando el condón, se puso de rodillas una vez más y le giró, lamiéndosela pausadamente. Sabía a esperma cuando la engulló hasta la garganta, rebosaba de él cuando la sacó, corriéndose con una sola chupada, tirándole del pelo, doblado hacia adelante, gimoteando de manera lastimera. Terminó de exprimirle observando su expresión de placer, con los ojos en blanco, la boca abierta y las manos crispadas alrededor de su pelo. Marco se lamió los labios, emitiendo un suave sonido con su garganta para darle a entender lo delicioso que le resultó. Jean le miró, extenuado, con media sonrisa y tirando del cuello de su camisa para que se pusiera en pie. Le pasó las manos por el pelo, besándolo despacio.

—Menos mal que me ha dado por traerme la vaselina —susurró Marco entre beso y beso una vez fue capaz de hablar—. No todo el mundo puede aguantar lo que has recibido.

—Luego me va a doler, pero no me arrepiento de nada —Se rió en sus labios—, lo mejor de todo esto es que yo también he traído vaselina. Te iba a decir que la cogieses cuando sacaste la tuya —Marco se rió con ganas, mordiéndose el labio y observando su cara granuja—. Has cambiado mucho, en cierta manera echo de menos a ese Marco inocente que me encontré en la clase. Al correctito y corrompible delegado.

—Y yo echo de menos tus provocaciones y tus piercings. Estás reformado.

—Más bien contenido —Le lamió la boca de lado a lado—, cariño…

—Ay, Jean —Se rió como un idiota, sintiendo que se le subían los colores.

—¿Acabas de partirme el culo y te pones colorado por haberte dicho eso? —Asintió, separándose de él y subiéndose los pantalones—. No tienes remedio.

Se rieron porque no cabían en el cubículo, chocándose el uno con el otro al vestirse. Marco salió primero, peinándose frente al espejo. Jean se le acercó, pasándole la mano por la espalda y hombros. Se inclinó para besarle cuando la puerta del baño se abrió dejando entrar a Reiner y Connie. Jean se apresuró a separarse, fingiendo lavarse las manos. Marco se dio la vuelta, alzando las cejas con una sonrisa ante la mirada suspicaz de sus amigos, saliendo del servicio.

—¿Dónde estabas metido? —Le preguntó Armin, dejando de hablar con Sasha al verle aparecer. Se encogió de hombros, con esa sonrisa permanente y satisfecha en su rostro. Armin levantó la comisura de la boca despacio—. ¿En serio? ¿En el baño?

—¿Os habéis vuelto a enrollar? —Le preguntó Sasha en susurros.

—Algo así —Se limitó a contestar. Miró sobre su hombro y vio a Jean caminar directo hacia él. Le agarró del brazo, apartándose de sus amigos y le susurró:

—Me has dejado un chupetón, te voy a matar.

—¿Qué? ¡Lo siento! Supongo que me he dejado llevar —Le puso la mano en el hombro, acercando la boca a su oído—, pero es que era un poco difícil controlarse cuando me estabas rogando que te la metiera hasta el fondo —Pasó la lengua sutilmente por el lóbulo de su oreja, lamiendo su argolla—, fuerte.

—Joder, estate quieto —Se alejó de él dando dos pasos, escondiendo un escalofrío. Marco se rió divertido—. Creo que debería irme a casa, aunque no sé cómo voy a explicar… —Se señaló con la mano el cuello en un ademán desesperado. Marco le apartó la camisa para ver una mancha amoratada del tamaño de una moneda.

—Lo siento, de verdad. No pretendía meterte en un problema.

—Lo sé. No pasa nada. Me alegro de haberte visto de nuevo.

—Yo también. Ya nos veremos por ahí —Jean alzó una ceja, suspirando y negando con la cabeza, pero sonriendo al mismo tiempo.

 

4

Le aguantó la puerta de la academia a tres chavales que entraron dándole las buenas tardes, caminando tras ellos. Le dejó al becario de recepción una carpeta con las fichas de los estudiantes nuevos y los horarios de los profesores para el curso siguiente, pasando al almacén para comprobar que los libros habían llegado. Daba gusto cuando las cosas salían bien.

—Buongiorno professore —Le dijo una alumna al verle de frente, sonriendo tímida con sus amigas.

—Buon pomeriggio —Le corrigió. Ella asintió metiéndose el pelo tras la oreja. Angelito, si tú supieras…

Justo detrás, un muchacho reventaba una pompa de chicle con los cascos puestos. Llevaba la cara llena de piercings y su ropa era tan parecida a la de cierto macarra que la sonrisa se le escapó sola. Se acercó a él, dándole con la mano en el hombro suavemente y haciendo un gesto con el dedo para que se quitase el auricular. Le miró con chulería.

—Cuando salgas de la academia haz lo que quieras pero una vez aquí, quítate eso —El chaval chasqueó la lengua, mirándole de arriba abajo, disgustado. Marco le dedicó una sonrisa de las más encantadoras que sabía poner. El muchacho frunció el ceño, tragando saliva.

Dos añitos más y te meto en mi cama, pensó. Sacó su teléfono del bolsillo, caminando a un lado de la academia, esperando a los nuevos chavales a los que iba a entrevistar para el puesto de profesor.

Hey, hay aquí un niñato que es tu viva imagen. Las cosas que pienso de mis alumnos por tu culpa… —Le escribió, mandándole una foto robada del perfil del chaval con las manos en los bolsillos. Como siempre, le respondía a los mensajes casi nada más enviarlos.

Haz el favor de comportarte, pervertido —Le contestó.

Ya, claro, habló el que me llevó a su cama siendo mayor de edad.

—Nos llevábamos dos años. Tú te llevas como 15 con ese chaval.

—¿Estás en el taller? —Como respuesta le llegó un selfie de Jean, con las cejas alzadas, una llave inglesa en la mano y un churrete negro en la mejilla. Marco respiró hondo, sintiéndose débil ante sus ojos una vez más—, ¿Te he dicho ya lo mucho que quiero que me folles dentro del coche de alguno de tus clientes?

—Por dios, cállate, luego tengo que ir borrando nuestras conversaciones.

—Da gracias que no te he enviado fotos. Todavía.

Desde la reunión de antiguos alumnos no se habían visto, pero ese juego de calentarse el uno al otro se había convertido en una constante hasta el punto de pasarse casi todo el día pensando en sexo, viendo objetos de la vida cotidiana como punto de apoyo para reventarle o ser reventado. A día que pasaba más se obsesionaba por tocarle de nuevo, y para Jean tampoco estaba siendo tarea fácil.

Oye, mierdecilla, ¿sabes cuántas pajas me he hecho hoy a tu costa?

—Sorpréndeme —Le contestó, tumbado en su cama con una sonrisa justo antes de dormirse.

Cuatro. Cuatro putas pajas. Qué tengo? 15 años?

—Por dios Jean, se te van a pelar las manos. Dile a tu novia que te ponga el culo.

—No quiere, dice que no le gusta.

—Qué tonta. Y yo aquí en la cama echándote de menos —Tiró de sus pantalones hacia abajo, mostrando su vello púbico y los angulosos huesos de su cadera tostada y llena de pecas, haciendo una foto—, tan, taaaaan solo

Qué cojones estás haciéndome.

—Vas a tocarte otra vez?

—Probablemente. Sí.

—Follate a tu novia e intenta no gemir mi nombre, a ver si eres capaz.

Durante unos minutos no recibió nada más. Temió haberse pasado de la raya e iba a pedirle perdón cuando la pantalla de su teléfono se iluminó con la llamada entrante de Jean. Una videollamada. Se sentó en la cama, encendiendo la lámpara de la mesa de noche, y contestó.

—¿Jean? ¿Te has equivocado? —Tal y como orientaba su teléfono, parecía que le miraba desde arriba. Veía el fuego en sus ojos, en esa manera de apretar sus labios.

Hazme caso en lo que voy a decirte —No escuchaba ruido al otro lado, Jean susurraba a solas en lo que parecía un cuarto de baño con los auriculares puestos y sin camiseta—. Bájate los pantalones.

—¿Quieres hacer sexo telefónico a espaldas de tu novia?

Bajate los pantalones y los calzoncillos, Marco, no me hagas repetirlo —Se mordió el labio, excitado por ese tono tan autoritario y su subida de ceja. Deseó tener una tablet en lugar del teléfono para observar ese gesto altanero con más calidad.

—Sí, ya —Se los bajó con una mano, apretando los labios para esconder una risita traviesa.

Ábrete de piernas para mí, acariciate los muslos, déjame verlo.

—Ojalá estuvieras aquí —Pasó su mano por la cara interna de su muslo, suspirando al hacerlo, intentando enfocar con su teléfono lo mejor que podía—. Espera un segundo —Cogió un cojín, apoyando el teléfono en él de forma y manera que Jean pudiese ver su cuerpo y su cara.

¿Tienes vaselina? —Asintió con un ruidito—, cógela, y cuando tengas un dedo lleno, quiero que te lo metas despacio —Se inclinó sobre la mesa de noche, abriendo el cajón y sacando el producto, mojando sus dedos en él tras levantar la tapa con el pulgar. Se lo introdujo despacio, pegando la lengua a su labio superior al hacerlo.

—Ah, Jean…

Joder —Le vio menearse nervioso en donde fuese que estaba sentado. Marco metió su dedo todo lo profundo que pudo, buscando ese punto que tanto le gustaba, alzando un poco las caderas—, joder Marco…

No quiero mis dedos, Jean, te quiero a ti, quiero tu polla —Se sintió enrojecer al ver la mirada que le dedicó, profunda, cargada de deseo, salvaje.

—¿Te acuerdas del sótano de mi amigo? —Marco asintió, con una sonrisita. Vivía casi al lado—, dame media hora. Espérame allí y di que vas de mi parte si Levi no te deja entrar.

—¿Ahora? —Cortó la videollamada.

Su aspecto serio le hizo entender que no bromeaba, que no era un juego. Se vistió con la misma ropa que había llevado todo el día, sin preocuparse de peinarse ni arreglarse, con la cabeza en otra parte. En Jean. En verle, olerle y tocarle. En sentirle. Sacó del mueble de su cuarto de baño varios tubos de vaselina y dos condones. No tenía ni idea de cómo iba a ir la noche pero estaba claro que iban a terminar corriéndose. Caminaba apresurado hacia el edificio, llamando con los nudillos al llegar tal y como recordaba que hizo Jean hacía tantos años. Ese tipo bajito y con cara de mala leche le abrió la puerta y parecía que el tiempo no había pasado por él, solo que ahora su pelo lucía completamente negro y sus brazos estaban llenos de tatuajes.

—Soy Marco, vengo buscando a—

—Jean, lo sé, me ha escrito. Pasa —Si ese tío seguía haciendo fiestas en su casa era porque debía sacarle beneficio económico de alguna manera. No quiso preguntar, bajó al sótano sintiéndose nervioso y ansioso, excitado.

Pasó directo al fondo, ignorando al grupo que destrozaba las guitarras y sus gargantas en una actuación que dejaba bastante que desear. Apartó a todo tipo de personas, comenzando a sudar, y al llegar al fondo observó meticulosamente a todos los presentes. Algunos se besaban, otros se manoseaban por encima y debajo de la ropa, otros se rendían ante los efectos de las drogas que sus compañeros consumían a plena vista. No había límites ni normas siempre que cada uno hiciese lo que le viniese en gana sin fastidiar al de al lado. Se apoyó contra la pared, con la vista fija en un tipo que lamía y mordía el cuello de una muchacha, agarrando sus manos sobre su cabeza, frotando de manera constante bajo su falda. Se lamió los labios cuando, fugazmente, vio el miembro endurecido y liberado de ese tipo perderse bajo la ropa de la chica, que arqueó la espalda con una sonrisa, echándole los brazos al cuello.

—¡¿Profesor?! ¿¡Qué hace aquí?! —Al mirar al frente vio a la chica que le habló coqueta esa misma mañana. Su alumna. Enderezó la espalda, sin saber cómo explicarse. Ella pareció tener otras intenciones, acercándose con un contoneo hacia él—. Qué feliz coincidencia…

—No… espera, un momento —Le puso las manos en los hombros pero la chica ya le pasaba las suyas por el pecho.

—Preciosa, esto no es para ti —Jean la apartó sutilmente hacia un lado sin prestarle más atención de la necesaria, dedicándole una mirada desbordante de deseo al que tenía enfrente.

Los labios de Marco formaron su nombre, sus manos se alzaron hasta agarrar sus mejillas, sintiendo los brazos de Jean rodear su cintura por completo al darle un beso húmedo y caliente. Ambos movieron sus caderas de manera que sus erecciones se frotasen la una con la otra. Jean venía en chándal, Marco con pantalones vaqueros. Le bajó las manos hasta el trasero, presionando sus cuerpos, colando una pierna entre las de Marco. Con un firme agarrón al pelo de su nuca, le echó la cabeza hacia atrás, susurrando en su oído palabras húmedas con la voz rota de pura excitación.

—Voy a follarte hasta que se te olvide el mundo menos mi nombre —Frotó su pierna con el hinchado bulto en los pantalones de Marco—. Voy a ser bueno contigo, voy a ser lo mejor que te ha pasado. Voy a metertela tan fuerte que vas a gritar, pidiendome más, y no voy a dejar que te corras —Sus dedos se introdujeron dentro de sus vaqueros sin correa, deslizándose por su culo hasta la parte interna de sus muslos, haciéndole temblar—. Pero cuando lo hagas, siempre con mi permiso, voy a seguir follándote. No voy a parar, Marco —Su voz era casi un gruñido, resoplando entre dientes—. Voy a destrozar ese punto tan sensible en tu interior de como te la voy a clavar. Quiero que seas mi juguete esta noche, quiero dejarte tan irritado que mañana no puedas levantarte de la cama, hecho un desastre entre tu propia corrida y el olor de mi sudor.

—Jean, Jean hazme lo que quieras —rogó delirante, sonrojado, necesitando que hiciese esas promesas realidad, frotándose con su tensa pierna y sintiendo que iba a perder los papeles.

—Pero antes voy a chupartela hasta que pierdas la cabeza —Marco abrió los ojos, mirándole alarmado. Jean sonreía de medio lado, asintiendo—, sí, aquí, delante de todos. Quiero que vean tu preciosa cara cuando te corras —Le soltó del pelo, agarrándole de las mejillas, dándole un beso breve y sucio, dejándole con ganas de más.

Se arrodilló frente a él, pasándose la lengua por los labios de manera obvia, desabrochando sus pantalones y bajando la cremallera despacio. Bajó sus calzoncillos, permitiendo que su tensa erección rebotara en el aire tras desengancharla del elástico. Marco no quería mirar a su alrededor, sintiéndose observado, muriéndose de la vergüenza porque jamás había estado tan expuesto delante de tanta gente. Sufría, pero sonreía tras su mano, al fin tenía ese subidón de adrenalina y no podía ser con otro que no fuese Jean. Se la besó despacio, de glande a base. Marco levantaba el labio a cada contacto, sobreexcitado con tan solo observarle. Sin preliminares ni sutilezas, Jean la metió en su boca. Sintió un murmullo vibrar en la polla, un sonido placentero, enterrada hasta el interior de la garganta de Jean de manera experta. Muy pocas veces se la habían comido de ese modo y que fuera Jean… Es jodidamente perfecto. Le sintió aplanar la lengua, rozando de manera deliciosa la parte inferior de su miembro al sacarla de la boca, tan despacio que no sabía qué hacer para no dejarse caer en el suelo. Jean alzó la mirada, Marco vio la sonrisa en ella, esa seguridad de saber que le tenía donde quería, atacando a sus puntos débiles. Jean es tu punto débil, da igual lo que haga. Deslizó la punta de su lengua por la hendidura de su glande, provocándole un espasmo, bajándola y rodeando la circunferencia de este, retirando el prepucio despacio con los dedos y lamiendo con intensidad hasta abajo, hacia arriba, apresandole con sus labios. Jean le agarró de las caderas, mamándosela hasta el fondo, haciéndole cosquillas con la nariz en su vello púbico. Marco estaba al límite, y lo que terminó de romperle fue volver a sentir la vibración de su voz, ver que hundía sus mejillas y que el muy hijo de puta tragaba saliva, oprimiendo su carne incluso más. El nombre de Jean se perdió mezclado entre las vibraciones de la música y las cuerdas vocales de Marco. Le arañó el culo con las dos manos, con fuerza, exprimiendole despacio, tratándole tan bien como le dijo que le iba a tratar. La mente de Marco se vació de todo pensamiento, de toda sensación que no fuese ese intenso orgasmo que le dobló las piernas, inclinado hacia adelante entre quejidos con los músculos del cuello en tensión y las manos tensas alrededor de su pelo. Los latidos de su corazón eran ensordecedores, los estallidos de luz tras sus párpados apretados se le asemejaron a fuegos artificiales. Aún sensible y sin poder respirar con propiedad, sintió cómo se la guardaba en los pantalones, vistiéndole, poniéndose en pie. Besó la mejilla de un aturdido Marco, sus labios, mirándole a los ojos tan jadeante como él.

—Por tu culpa me he corrido en los pantalones —Se rió atontado, cerrando los ojos cuando Jean le pasó una mano por el pelo—, esa muchacha de antes no nos quita la vista de encima. Se está masturbando en el sofá, ¿la conoces?

—Es mi alumna —jadeó. Jean la saludó con los dedos de la mano, divertido.

—Algo me dice que a partir del lunes le va a costar concentrarse —Le pasó los dedos por los labios—, como te pasaba a ti cuando nos sentaron juntos.

—Ven a mi casa —La petición provocó una mirada desconcertada en los ojos de Jean.

—No puedo hacer eso. Le he dicho a mi novia que iba al taller a revisar algo un segundo.

—¿Y entonces qué eran todas esas promesas? —Le preguntó molesto—, ¿solo para calentarme? ¿No piensas llevarlas a cabo?

—Sí, pero hoy no.

—De eso nada —Jean alzó las cejas—, me importa una mierda tu novia.

—Lo sé, pero a mí sí me importa —Siendo como era de abierto con las personas que había estado últimamente, Marco no se explicaba por qué con Jean era tan posesivo. Y fue esa sensación de celos e injusticia la que le atravesó la mente como un rayo, haciéndole ver las cosas claras.

—No puedo hacer esto —Se zafó de él bruscamente, saliendo del sótano entre empujones, creyendo escucharle entre el barullo. Cuando salió a la calle, escuchó sus pasos tras él.

—¡Marco! ¿Qué cojones te pasa?

—No puedo Jean, lo siento —dijo volviéndose, optando por ser sincero a pesar de saber que eso le alejó hace tanto tiempo—, puedo tener relaciones abiertas con cualquiera, poner los cuernos y que me importe un carajo si me los ponen. Pero contigo, no sé por qué, es diferente —Jean relajó los hombros, pestañeando despacio y suspirándo—. No soporto la idea de que toques a otra persona como a mí, de que tengas complicidad con alguien más que conmigo. No veo justo que ella pueda tenerte cada vez que quiera y yo me tenga que conformar con polvos a escondidas o mamadas rápidas. No puedo.

—¿Y qué quieres? —Notó cierta desesperación en su voz, cierta angustia. No le gustaba ponerle en esa posición pero tenía que ser honesto consigo mismo—, ¿quieres que lo deje todo por ti?

—Todo no. Solo a ella —admitió con profunda seriedad—. Y no sé por qué me pilla por sorpresa este pensamiento, siempre ha sido así. Lo sé y lo sabes. Cuando estoy contigo todo es más emocionante. Me siento más vivo. Y mataría porque te sintieras igual, pero no es el caso, así que no puedo hacerlo —Jean chasqueó la lengua, pasándose la mano por el pelo en un gesto rabioso, negando con la cabeza—. Lo siento.

—Marco, no quiero dejar de verte —Cuando alzó la vista de sus pies a sus ojos, Marco tuvo que pestañear varias veces, mareado por el fuerte sentimiento.

—Yo tampoco. Pero no quiero pasarlo mal y de esta manera sé que lo voy a pasar mal.

—Pero hasta ahora no hemos tenido problemas —Caminó hacia él con las palmas de las manos hacia arriba, esperando que se las cogiera. Marco dio un paso atrás.

—Porque hasta ahora solo era tonteo, nada real. Pero si vienes haciéndome sentir de nuevo exactamente igual que como me sentía hace 15 años no pretendas que los sentimientos no regresen con la misma intensidad. Acción, reacción. Siempre has tenido el problema de no ver el alcance de tus acciones y va siendo hora de que te enteres.

—Marco, no te vayas —Le imploró.

—No me voy. Sabes dónde vivo y sabes lo que tienes que hacer si quieres verme. No estoy dispuesto a pasar por lo mismo, no pienso aguantarlo de nuevo. Hasta luego.

Esperaba que le persiguiese, que le agarrase del brazo y rompiese la seguridad con la que le había dado ese ultimatum injusto pero honesto. Pero no lo hizo. No supo qué hizo. Marco se marchó a su casa, cabizbajo, volviendo a sentirse vacío una vez más tras tener relaciones con él. Se comenzaba a preguntar si no era una relación tóxica la que tenían, porque no era lógico sentirse de esa manera después de un sexo oral tan espectacular. Pero es que no podía mentirse a sí mismo, le amo, y le amo como nunca he amado a nadie. Por eso no he tenido relaciones largas, porque no eran él. Ese pensamiento le hizo pararse en la puerta de su casa, llevándose una mano a la boca, soportando estoicamente el impulso de romper a llorar en la calle. Respiró hondo, tragó saliva, y entró en su frío y silencioso apartamento.

_____

No supo nada de Jean en varias semanas. El silencio a través del teléfono era absoluto y tras lo que le había dicho en esa calle desierta, dar el primer paso para hablarle sería faltarle a su propia palabra. Tenía que ser más fuerte que la necesidad y tenía que ser consciente de la realidad: esa mujer está antes que yo y no hay que darle más vueltas. Sin embargo se las daba, constántemente.

—Es como una droga que no termina de salir de tu organismo —Le dijo Armin tirado en su sofá con él, viendo sin ver la televisión mientras hablaban—. A más tienes de él más quieres. Si no hubieses recaído…

—No me digas cosas que ya sé —protestó enfurruñado, hecho un ovillo en la esquina del sofá, tapado con su manta favorita—. Ya sabes que soy débil con él.

—No lo eres, si lo fueras ya le habrías llamado. De todas maneras me da que este tío tiene muchos problemas.

—¿A qué te refieres? —Armin era bueno para leer a las personas. Le miró y le vio recogiéndose la melena rubia hacia arriba.

—A que en el caso de que de verdad quisiera estar contigo no para de ponerse trabas. No sé si es porque no quiere admitir su bisexualidad en público ahora que es adulto o yo qué sé el motivo, pero le veo… cohibido.

—Él me lo dijo, que se tenía que controlar estando a mi lado.

—A ver, en la reunión de antiguos alumnos saltaba a la vista la química entre vosotros. Todo el mundo lo comentó por lo bajo. Sé que le vuelves loco pero no sé hasta qué punto.

—Obviamente no hasta el que yo necesito —Le dio dos palmadas en el muslo sobre la manta.

—Ya sabes que si quieres que hable con él…

—Nooo, no no, de eso nada. No hay que convencer a nadie, o se siente o no se siente. Y él no lo siente. Punto. Si me lamento de esta manera es porque no tengo fuerza de voluntad para pasar página —Tragó saliva, evitando llorar a toda costa—, porque si paso página significa que me tengo que despedir de él para siempre.

—¿Y no has pensado que quizás sea lo mejor para ti? —Asintió, enterrándose un poco más en el sofá.

—Es solo que daría cualquier cosa por tenerle aquí ahora, viendo la tele o durmiendo la siesta. Haciendo cosas de pareja, peleándome porque me he acabado la leche y no queda, quejarme porque deja la tapa del váter levantada, sonreir cada mañana al verle dormido a mi lado. Ya sabes, cosas normales.

—Joder Marco, estás hasta las trancas —Asintió. Admitirlo en voz alta no era lo mismo que pensarlo para uno mismo, convertía el asunto en algo real. Enterró la cabeza bajo la manta, llorando sin poder evitarlo, presa de la angustia y la pena. Automáticamente sintió a Armin suspirar y acercarse a él, tirándosele encima con un suave “uhm” al vaciarse sus pulmones, pegándole golpecitos afectuosos en la cabeza—. No te escondas para llorar, no es la primera vez que lo haces delante mía. Ya sé que moqueas.

—Lo siento. Vienes a verme y te encuentras con esto.

—No te equivoques, vengo a verte porque sabía que me iba a encontrar con esto. Eres un idiota que nunca pide ayuda cuando la necesita pero siempre estás para todo el mundo. Jean se está perdiendo al hombre de su vida.

—Gracias, Armin —Su voz sonaba ahogada bajo las mantas, nasal por los mocos que le comenzaban a inundar la nariz. Se rió débilmente al notarlos—, no puedo respirar.

—Voy a la cocina a por pañuelos porque vaya desastre —Se levantó riéndose, volviendo un segundo después, metiendo la mano bajo la manta con un puñado exagerado de servilletas.

—¿Qué haces? —dijo riéndose de nuevo. El timbre le sobresaltó, y por lo visto a su amigo también.

—¿Has pedido ya de comer? No me has dicho nada —Le escuchó alejarse hasta la puerta antes de decirle que no, que no había pedido—. ¡Oh! Hola, ehm… —Un murmullo ininteligible le llegó desde el rellano—. Nooo, no te preocupes hombre, que yo ya me iba —Marco sacó la cabeza de debajo de la manta, mirando por encima del brazo del sofá. Jean estaba allí plantado, sus manos en los bolsillos y las cejas juntas y arqueadas—. Nos vemos, cuidate ese resfriado —Le dijo a Marco, haciéndole gestos con la cara para que se recompusiera.

Sin embargo, él volvió a hundirse en el sofá, tapándose hasta la nariz, limpiándose las lágrimas de las mejillas. Escuchó la puerta cerrarse y los pasos inseguros de Jean acercarse a él. Antes siquiera de mirarle, le llegó su fuerte olor; había estado sudando.

—Siento venir sin avisar —Se disculpó casi en susurros—, necesito hablar contigo antes de tomar una decisión. Pero si no estás bien, vengo mañana.

—No. No pasa nada, siéntate —Se incorporó en el sofá, apoyándose en el respaldo pero sin soltar la manta. Observó las piernas de Jean pasar por delante suyo, se encogió al sentir su cercanía.

—Siento las pintas, vengo directo del trabajo —No podía mirarle. No quería. Si ya su olor y su voz estaba causando ese efecto en él, sabía que de mirar sus ojos estaba perdido. Esos ojos rasgados y castaños. Respiró hondo.

—No pasa nada —Se sentía observado. Se apoyaba en el sofá con un brazo sobre el respaldo y el otro en su regazo, orientado hacia él.

—No paro de pensar en aquella noche y en lo que te dije de no querer alejarme de ti. He intentado respetar tu postura, y antes de dejarte un mensaje en el whatsapp prefería hablar contigo en persona —Al no recibir respuesta de Marco de ningún tipo, respiró hondo—. Me pese lo que me pese, me gustas mucho más de lo que quiero admitir. No, es más. Te necesito más de lo que quisiera admitir. Me cuesta estar con mi novia sabiendo que por ello te hago infeliz, igual que me costó marcharme de esa manera hace tantos años. Dios, fui un capullo contigo…

—No. Comprendo que en ese momento ambos queríamos cosas diferentes, no pasa nada.

—Ya. Eso no es verdad —Marco frunció el ceño, girando la cabeza sin mirarle a la cara, observando su mano de reojo—. Me diste muy fuerte. Me quedaba pasmado mirándote la cara porque en mi vida había visto a nadie tan… bonito como tú. Y sigo sin verlo —Marco alzó las cejas, sintiendo un ligero rubor en sus mejillas—. Te admiraba. Eras capaz de sacar las mejores notas y de llevarte bien con todo el mundo, encajas en todas partes y no te molesta dedicar tu tiempo en ayudar a los demás. Eres bueno. Nunca nadie ha tenido algo malo que decirme de ti —Se rió brevemente por la nariz—, excepto el anormal de Eren. Puto Eren, menudo gilipollas —Se le escapó una risita floja. Jean volvió a suspirar.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Primero porque yo, con mi reputación y mis movidas, no podía enamorarme así porque sí. Y menos de alguien tan correcto hasta ser repelente como eras tú —De toda la frase, lo que el cerebro de Marco almacenó fue la palabra enamorarse. Le hizo alzar la vista hasta el televisor, suspirando de manera temblorosa—. Segundo porque sabía que me iba, y era una putada para los dos. Así que tomé la decisión de cortar por lo sano en cuanto me dijiste lo que me dijiste. Que por cierto…

Sintió el dorso de su mano en la mejilla. Cerró los ojos ante el contacto, recordando que tenía que respirar cuando sus dedos le recorrieron la barbilla hasta la mejilla opuesta. Tiró de su cara, girándosela hacia él. Jean estaba despeinado, con más barba de la que solía tener y una cálida expresión que nunca le había visto. Su mirada penetrante le hizo pedazos la voluntad, presionando su pecho con tanta fuerza que le costaba tomar aire.

—Marco sé sincero, ¿qué sientes por mí ahora?

—Yo… —Abrió la boca varias veces.

Quería decírselo, pero se le quedaban las palabras atascadas en la garganta. Por algún estúpido motivo que le llenó de rabia y vergüenza, sintió que comenzaba a llorar de nuevo. Al instante, el pulgar de Jean se llevó la lágrima hacia atrás. Se inclinó sobre él, moviéndose en el sofá para tumbarse contra su pecho, tirando de su camiseta con ambas manos y repitiendo su nombre como un mantra, sin parar. Jean le mecía en sus brazos, acariciándole el pelo, sin reírse de él ni mofarse, en silencio. Cambió el mantra, pasó de llamarle a decirle que le quería. Y no una ni dos, sino multitud de veces. Las manos de Jean le abrazaron por la espalda, inclinándose hacia él, besándole el pelo. Cuando se calmó, el drama dio paso a la vergüenza. No sabía qué decirle ni cómo mirarle a la cara después de esa actitud tan patética. Lo único que sabía era que estaba rodeando su cintura con los brazos y no quería soltarle.

—Bueno —suspiró él finalmente—, era lo que pensaba. Y no puedo soportarlo. Ya estoy harto de tener que soportarlo. Sé dónde voy a ser más feliz y sé lo que tengo que hacer. Pero joder, estoy acojonado. Llevo casi 9 años con ella.

—¿Eh? —Marco se incorporó, mirándole sorprendido—, ¿no decías que no llevabais nada?

—Supongo que soy un mentiroso. Imagina su situación cuando el hombre que la ha arrastrado a otra ciudad le diga que le deja. Y por un tío.

—Lo siento, pero no puede darme pena. Entiendo que sea angustioso para ti pero teniendo en cuenta cómo lo estoy pasando yo…

—No pretendo que seas empático con ella, tranquilo. Entiendo tu situación —Le cogió las manos, apretándoselas—, ¿crees que puedes darme unos días? —Marco asintió, aún sin creerse lo que estaba pasando. Jean suspiró, mirándolo en silencio una vez más.

—Cuando éramos dos niñatos me mirabas así de vez en cuando. ¿Qué piensas?

—En lo ridículamente guapo que eres —Marco se puso colorado hasta las orejas, sonriendo con timidez—, y ya si te pones rojo… —Se inclinó hacia él, besándole brevemente en los labios—. No tienes ni idea de la fiesta que se me monta en el pecho cuando te miro. Es que no necesito más —Se rió, poniendo los ojos en blanco—, ¿a quién pretendo engañar, joder?

Sus besos eran lentos, rebosantes de afecto y sentimiento. Le calentaron el corazón precisamente como necesitaba. Le abrazó por la cintura,  tumbándose frente a él mientras le miraba a los ojos entre beso y beso. Marco le pasó la mano por la cintura bajo la camisa, tocando su columna y sus costados en leves roces. Jean le acariciaba las pecas de la cara con las yemas de los dedos, con sus nudillos, hasta que casi se quedan a oscuras.

—No quiero, pero tengo que irme —Susurró Jean. Marco se le agarró como un koala, haciéndole reír ante su quejido fastidiado —dios, cómo te quiero —Le apretó con fuerza, haciéndole quejarse.

—No tardes en volver —murmuró contra su cuello con una sonrisa.

Y no tardó. Tal y como le dijo, no supo mucho de él en varios días más que algunos iconos por whatsapp y algún “buenas noches” que otro. Marco tuvo paciencia, esperó, con el corazón lleno de ilusión y una sonrisa cálida permanente. Casi una semana después, sentado en el trabajo con las fichas de los entrevistados para ser futuros profesores, el chico de recepción le abrió la puerta tras llamar con brevedad.

—Un tipo pregunta por ti, está un poco alterado —Marco frunció el ceño. Le iba a indicar que le dejase pasar cuando Jean apartó al becario, entrando sin permiso y cerrándole la puerta en la cara. Marco se puso en pie de golpe, saliendo de detrás del escritorio y chocándose en un abrazo con él.

—Eh, ¿qué te pasa?

—Llevo aguantando gritos casi más de media hora. Que me los merezco, pero he llegado a mi límite y la he dejado sola.

—¿Se lo has dicho? —Asintió sin dejar de abrazarle. Marco le besó la mejilla, acariciándole el pelo y la espalda.

—Su primera reacción ha sido llorar y decirme que se veía venir algo así porque había cambiado, después se ha vuelto completamente loca. Pero vaya, que la entiendo.

—Haz una cosa —Le separó despacio, poniéndole la mano en la mejilla y metiéndose la mano en el bolsillo—, vete a mi casa y espérame allí. Me quedan varias horas de trabajo y no puedo posponerlo pero en cuanto acabe voy corriendo y cenamos juntos, ¿vale?

—Por mí cenamos, desayunamos y vivimos  —cogió las llaves que Marco le ofrecía—. No quiero volver a esa casa hasta que ella no se haya marchado. Me da vergüenza mirarle a la cara.

—Puedes quedarte el tiempo que quieras —Jean volvió a abrazarle, suspirando.

—Qué bien hueles… —Se besaron suavemente en los labios y le despidió, un poco más reconfortado o al menos eso parecía. Le acompañó hasta la puerta y le despidió con otro beso breve. Su alumna, la del día del sótano, se quedó pasmada mirándolos con los ojos muy abiertos.

—Hola —Le dijo a Jean, esperando que la recordase. Una sonrisa golfa se le dibujó en la cara, pellizcando la barbilla de la chica.

—¿Aprendiendo mucho italiano? Yo soy más de francés, si tu vois ce que je veux dire —El doble sentido de la frase, escucharle hablar en otro idioma y la mirada de Jean provocaron en ella una risita nerviosa con un resoplido y que se sonrojara incluso más que el propio Marco, que se llevó una mano a los ojos.

—Lárgate de una vez —protestó, mordiéndose el labio al verle guiñar como despedida.

No quiso volver a mirarla directamente, sabía demasiado y desconocía qué podría contar, aunque algo le decía que mantendría la boca cerrada. Al fin y al cabo era menor y estaba en una fiesta en la que no debería poder entrar. Terminó el tedioso papeleo y le encargó a los profesores y al becario que cerrasen ellos la academia. Le mandó un whatsapp a Jean, preguntándole si quería que le subiese algo. Respondió que con tenerle a él, le sobraba, y que le necesitaba urgentemente. Llamó a la puerta al subir a su piso y tuvo que esperar un buen rato a que le abriese. Cuando lo hizo, estaba desnudo. Su erección atrajo la atención de Marco por completo, húmeda, enrojecida, se había estado masturbando. Le miró a la cara conforme entraba, dejando caer su chaqueta al suelo, sintiendo los dedos temblorosos de Jean desabotonarle la camisa. Sus besos calientes y húmedos, su urgencia por acercarse a su cuerpo, su olor, su profunda mirada con tintes oscuros; el conjunto le provocó una erección casi instantánea. Le obligó a sentarse en el rellano, besando su pecho, subiendo la mano por él y acariciando su cuello. Marco le besó los dedos, Jean le miró a los ojos, abriendole los pantalones. Se inclinó hacia adelante cuando su boca le rodeó el glande, succionando hacia arriba, acariciando la espalda desnuda de Jean desde sus riñones a los hombros, tirándole del pelo después al sentir que deslizaba su mano por toda su longitud en una caricia deliciosa.

—Quieres más, ¿eh? —Le preguntó con una mirada peligrosa, mordiéndole el glande con sutileza. Marco asintió—, ¿y yo qué? —Le tiró del cuello de la camisa abierta, tumbandolo en el suelo con los pantalones a medio bajar, sosteniéndole las muñecas sobre la cabeza con una fuerza que le pilló desprevenido—, ¿no quieres chuparmela?

—S-sí —Se arrodilló junto a su cara, a una distancia suficiente para que no alcanzase a tocársela con la boca. Deslizó las yemas de los dedos por sus muñecas, por la parte interna de sus brazos hasta su cuello, provocándole un escalofrío. La sutileza se tornó en brusquedad cuando le agarró la mandíbula.

—¿Y por qué ibas tú a merecer lamermela, eh? —La actitud agresiva y dominante de Jean le excitó más que cualquier contacto directo. Alzó las caderas, susurrando un por favor sin apartar la mirada de su piel tirante y caliente, como si su cordura dependiese de sentirla entre sus labios. Jean miró entre sus piernas, curvando la comisura de sus labios, hablándole con condescendencia—. ¿Qué voy a hacer contigo? Ya estás chorreando —Se inclinó sobre él, succionando su glande, tragándose el líquido preseminal que resbalaba por su piel mientras jugaba con sus huevos entre sus dedos, arrancándole un gemido tembloroso.

—Jean por favor, hazme algo, lo que sea, pero deja de jugar conmigo —Le imploró cuando volvió a esa postura de mostrarsela sin acercársela.

—Abre la boca —Obedeció, sacando la lengua, mirándole con las mejillas tan sonrojadas que incluso sentía el calor emanar de ellas. Jean se mordió el labio, suspirando profundamente—. No puedo soportar esa cara tan preciosa —Se la acercó, abriendo los labios, esforzándose por no cerrar los ojos ante el sublime placer de la boca de Marco rodeándole—. Dios, Marco, si te vieras con mis ojos ya te estarías corriendo.

De un tirón se liberó de su agarre, cambiando posiciones con él y tumbándole en el suelo de parqué con un gruñido hambriento y las manos en sus muslos. Jean levantó las caderas, tirando de su espeso pelo negro, abriéndose de piernas y gimiendo su nombre. Adoraba escucharlo en sus labios, adoraba sentirle en su boca, adoraba su rudeza y esa manera de jadear con la voz cada vez más rota.

—Ya vale —dijo retomando el control, quitándole de encima de un empujón y levantándose como pudo del suelo. Marco se terminó de quitar los pantalones sin apartar la vista de ese hombre que tanto le deseaba. Tiró de su mano, abrazándole por detrás una vez consiguió ponerle en pie, caminando hasta su habitación entre besos en el cuello y caricias en el estómago y pecho. Le tumbó boca arriba en la cama con la cabeza bien apoyada en la almohada—. Si mal no recuerdo la vaselina está por aquí —Se inclinó sobre el borde, tirando del cajón, cogiendo el bote y un condón.

—¿Vas a darme fuerte? —preguntó Marco, abriendose de piernas ante él, observando cómo se embadurnaba los dedos.

—Oh, sí, Marco. Ya te lo dije, voy a darte tan fuerte que no vas a poder con las ganas de correrte. Pero no vas a hacerlo. Vas a dejarte llevar cuando yo te diga, y no antes, ¿está claro? —Marco asintió, deseoso de seguir con ese rol de sumiso que le llevaba tanto al límite.

—Quiero tocarte —Le pidió cuando se tumbó sobre él, apoyado en las rodillas y dejando un espacio para mover la mano entre sus pecosos muslos. Le acariciaba los mechones despeinados del flequillo con su otra mano, apoyada sobre su cabeza en el codo.

—De cintura para arriba, nada de portarse mal —No sabía si lo de poner la voz ronca lo hacía aposta porque sabía que le enloquecía o porque la excitación de comenzar a penetrarle con un dedo embadurnado en vaselina también le tenía a él al límite. Al rozar su próstata, Marco alzó las caderas, aspirando entre dientes—. ¿Bien?

—S-sí —Le propinó un lametón sucio entre sus labios abiertos, riéndose al dejarle con ganas de más, introduciendo un segundo dedo. Marco le acariciaba el pecho, los hombros, hasta el ombligo y vuelta a subir—. No puedo esperar, métemela ya.

—No. Tú no das ordenes aquí —Le tiró del pelo hacia atrás, sacando los dedos de su interior como castigo, rozando la entrada tan solo—, ¿quién las da?

—Tú. Jean. Por favor. Tú, siempre tú.

—Así me gusta —Tras embadurnase los dedos un poco más, volvió a meterlos, juntos, directos a ese punto sensible que le hizo curvar los dedos de los pies—. Las cosas se piden por favor, ¿o es que no tienes modales?

—Por favor, Jean, porfavor, otro dedo. O tu polla, por favor. Me estás matando.

—Lo sé —Ese susurro húmedo contra su oído le provocó un escalofrío. Metió el tercer dedo, la presión comenzaba a ser insoportable, los abrió en su interior, asegurándose que la entrada de su grueso miembro no fuese un problema. Al sacarlos algo parecido a un sollozo brotó de la garganta de Marco—, mírate, otra vez chorreando —Le reprochó mientras se ponía el condón, llenándolo de vaselina. Se limpió los dedos en la sábana—. No conozco a ningún tío que moje tanto como tú.

—Ni yo lo hago con nadie —Su voz le sonó extraña, demasiado vibrante—. Es solo contigo, no puedo… no puedo evitarlo —Le daba vergüenza verla tan mojada pero al ir a limpiarla, Jean le agarró la muñeca, inclinándose sobre él y chupándosela. La espalda de Marco se curvó en la cama, aspirando bruscamente por la sorpresa—. ¡Nnngaah! Dios, me… ¡Dios, Jean!

—Shhhhhhh —Le apretó la base con dos dedos, evitando el orgasmo por poco—, todavía no.

Volvió a incorporarse, pasando las manos por los muslos de Marco, que se abrió más de piernas, agarrándole de las muñecas. Se la sostuvó con la mano, presionando con su glande en la apertura de su amante, roncando al empujar sutilmente con sus caderas hacia dentro. Marco tiró de él, tumbándole sobre su pecho, besando su boca caliente y húmeda. Jean se tragaba sus gemidos, hundiéndose en él de manera pausada, sin prisas, jadeando con los dedos clavados en sus muslos. Marco le lamió el cuello, succionando en la unión de sus clavículas, provocando que Jean gimiese y presionase las caderas con su culo. Se arrodilló en la cama, subiéndole las piernas, sujetándolas en el aire por detrás de las rodillas. Marco se preparó agarrado a la almohada con ambas manos, implorando con su mirada. Ojalá no tenga piedad, ojalá cumpla lo que ha prometido. Jean miró entre sus caderas, apoyando una de las piernas de Marco un segundo en su hombro. Bajó la mano, rozando con un dedo la unión de sus cuerpos, tragando saliva al moverse despacio, resoplando ante la visión de cómo su culo le engullía.

—Joder, cagoenlaputa —Le miró a la cara, apretando hasta el fondo y elevando las caderas ligeramente, presionando su próstata. El quejido de Marco sonó casi a sollozo—. Adoro verte así.

—Jean, por favor, dámelo ya, parteme —Respiró hondo, sacándola más de lo que debería de una sola vez, empotrándole después contra el cabecero de la cama.

Marco gritó por primera vez. Repitió el movimiento despacio pero con fuerza, profundo, haciendo que se sintiera vacío al retirarse pero rellenándole de manera sublime en cada embestida. La voz de Marco se rompía cada vez más en lamentos escandalosos, coincidiendo con sus arremetidas constantes y tremendas. Jean aceleró, gruñendo, jadeando, comportándose como una bestia sobre él, levantándole la espalda de la cama al sostenerlo por las caderas. Le arañó la parte baja de la espalda encorvándose sobre él, succionando su cuello. Los gritos de Marco se unían unos con otros, descontrolado, con la mente saturada ante una sensación tan intensa. Sintió gotas de esperma caerle en el pecho y ombligo, supo que no podía más.

—Todavía no —Le ordenó en una exhalación contra su cuello. Pero no podía retenerlo más, le comenzaba a doler, era insoportable—. ¿Vas a llorar? —Le bajó la mano por el muslo, azotándole el trasero de manera seca—, ¿estás llorando, Marco? —Intentó hablar pero una serie de sonidos para nada humanos brotaron de su garganta. No entendía de dónde sacaba Jean la energía, su resistencia le resultó inverosímil—, bien, has sido bueno —Le temblaba la voz—, córrete para mí, cariño, déjate llevar, suéltalo.

Marco relajó las caderas, se quedó sin voz al intentar gritar hasta un límite que su garganta no soportaba. Veía blanco, no pensaba, no era consciente de nada más que de esa inmensa explosión de placer que la polla de Jean provocaba cada vez que le machacaba en punto más sensible. No se dio cuenta de la fuerza con la que salió su esperma, la abundancia, lo muchísimo que apretaba la ya de por sí sensible polla de Jean con su culo al tensarse. No fue consciente de que babeaba, haciendo la funda de la almohada crujir al tirar de ella hacia abajo, con las piernas temblando. Tardó bastante en recobrar la cordura, en ser capaz de controlarse de nuevo. Jean seguía en su interior cuando abrió los ojos, respirando muy despacio y muy profundo, con… ¿la polla dura, todavía?

—Menuda la que has formado, vida mía —Susurró con los ojos entrecerrados, limpiándole el pecho con la misma sábana—, te van a echar del piso.

—¿Cómo aguantas sin correrte? —Se quejó. Le dolía la garganta, la sentía seca. No se movía, estaba inmóvil sobre él, observando su rostro, retirando mechones sudorosos de su frente.

—He aprendido algún truco que otro. ¿Te ha dolido? Sonaba como si te estuvieran matando.

—Porque casi me muero. Jean, ha sido impresionante —Acarició su barba, besó sus labios, suspirando. Apretó los músculos, capturándole, haciendo que se quejase en su lengua.

—Voy a seguir follándote —anunció—. No he acabado contigo.

—Te amo.

Torció el gesto cuando la sacó un poco más, sorprendido por lo sensible que notaba su interior, sintiendo cada centímetro de su erección. Jean respiró un yo también, haciéndole el amor despacio, tumbado sobre él y mirándole a los ojos. Se giró en la cama, poniéndole encima, acariciándole el pecho y la espalda mientras Marco se movía sobre él. Jean entrecerró los ojos, observándole, dejándose hacer con débiles afirmaciones. Pellizcó los pezones de Marco, sobresaltándole. A causa del estímulo se dejó caer más fuerte contra él, comenzó a dar saltitos sobre sus caderas, apretando los labios ante el roce excesivo. Movió las caderas en círculo sobre él, observándole resoplar y, de repente, sonreír. Jean se la agarró, acariciándosela, no puede ser que la tenga dura otra vez. Se miró a sí mismo entre las piernas, sorprendido. Por norma general necesitaba bastante más tiempo para volver a tenerla la mitad de como la tenía. No le ocurría desde los veinte años.

—Antes te has corrido sin que te toque —murmuró, sorbiendo saliva—, ¿qué te va a pasar si te la meneo? ¿te gusta que te la acaricie? —Marco asintió—, ¿te gusta montarme?

—Adoro tu polla. Es lo mejor, lo mejor Jean.

—¿Vas a correrte otra vez? Porfa, vamos, oye, Marco, abre los ojos —Jean se sentó en la cama, apretándole el culo y la polla con sus manos de fuertes dedos—, ¿quieres follarme la boca? —Marco asintió con energía, repetidas veces.

Jean tiró de sus caderas, colocandole sobre su cara de piernas abiertas. Marco se apoyó con las manos en el cabecero, temblando al sentir la cálida boca de Jean en sus testículos, subiendo por su miembro, engulléndole. Jean tanteó en la cama con ojos cerrados, buscando el bote de vaselina, metiendo dos dedos para después enterrarlos en el culo de su amante. Se retorció, sintiéndose débil a su succión, a sus caricias, a cómo le devoraba. La pasión de Jean no tenía límites, su líbido sobrepasaba todo raciocinio y la excitación que sentía con cualquier caricia que le proporcionase le resultaba insoportablemente placentera. La presión de sus dedos y la de su lengua bajo el glande aceleraron la venida de un orgasmo mucho más pausado, menos abundante y menos desquiciante. Jean le tragaba sin prisas, volviendo el roce insoportable, provocandole el temblor de piernas acostumbrado.

—Tienes que correrte —Se quejó entre espasmos, acariciando su mejilla.

—¿Dentro o fuera? —Le empujó en la cama, donde cayó desmadejado. Le puso bocabajo y le colocó una almohada bajo el estómago, elevando sus caderas. Se quitó el condón usado y reseco, mirando a su alrededor—, ¿te quedan condones o cojo los míos?

—Dentro. Sin condón —Miró sobre su hombro, observándole exhalar todo el aire de sus pulmones, asintiendo.

Jean tiró del bote de vaselina, untandola en su erección, echando las caderas hacia atrás con un espasmo porque su propio contacto era insoportable. Sabía que no le quedaba mucho. Marco apretó los dientes al sentirle entrar de nuevo. Se percató de su irritación, pero el notar ese estímulo con cada giro de cadera de Jean se imponía al malestar. Además, necesitaba sentirle correrse dentro.

—Voy a darte fuerte, no puedo controlarme, mierda, Marco, voy a correrme ya. El… es… eres… esto es…

—Dame, dame fuerte, Jean, dame más, dame por favor.

Le agarró de los hombros, haciéndole daño al arremeter contra su culo con tanto ímpetu, protestando ante el placer que le sobrepasaba, que le dominaba y le descontrolaba. Su vaivén no era constante ni rítmico, era desordenado, un caos de temblores, apoyado ahora en su culo con ambas manos. Jean  bramó, rompiendo la voz, de manera ronca, apretándose con fuerza y despacio a su culo. Sintió el pulso de su polla en su interior, su esperma, echó los brazos hacia atrás y le pegó a sí mismo, meneando las caderas en círculo ante la incapacidad de su amante de moverse. Se tumbó sobre él, respirandole en la nuca, vencido, extenuado. Le rodeó el pecho con sus brazos, besándole la mejilla, acariciándola con la nariz, incapaz de hablar.

—Voy a dormir siete años —murmuró Marco, acariciando sus manos.

—Hmnmnmhmnm —Se rió al escuchar ese sonido ahogado contra su piel.

—Sí, yo también lo pienso.

—Que tienes que limpiar el cabecero —murmuró con voz adormilada. Marco miró hacia arriba, viendo una mancha blanca que comenzaba a coagularse en la tela negra. Se rió, sintiendo cómo Jean se escapaba de su interior y cómo se manchaba los muslos con su esperma.

—Yo limpio eso y tú me limpias a mí —Levantó el culo, sintiéndolo deslizarse por la parte interna de su muslo.

—Por dios, qué desastre, menuda cantidad de corrida, joder.

Se rieron juntos. Se limpiaron juntos. Se tumbaron juntos, con Marco acurrucado contra el pecho de un estirado Jean cuan largo era. Durmieron juntos. No pasaron ni dos semanas que Jean se trasladó a casa de Marco, dejándolo todo atrás, compartiendo una vida y planeando mil cosas, mil viajes, mil maneras y sitios en los que desquiciarse el uno al otro. Si era en público mejor. Al cambiar de vida y tener su propio taller, volvió a sus raíces. Se abrió los piercings, volvió a su música y su estilo de vestir. Y cuando le recogía al salir del trabajo, apoyado en la puerta del coche con los brazos cruzados y sus ropas rotas y negras, Marco se sonrojaba ante su guiño de ojo canalla, ante esa chulería innata que siempre le había caracterizado, observado por sus alumnos y algunos padres.

—¿Podrías ser más discreto cuando vengas a recogerme? —Le pidió un día.

—No —dijo pasándose la lengua por la argolla del labio inferior, agarrándole del trasero y besándole—, si fuese discreto no estarías tan loco por mí como lo estás.

—Te odio, Kirstein —dijo besándole entre sonrojos.

—Yo también —le azotó, haciéndole reír—, cariño.

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Déjate llevar

Una empieza viendo una serie hace unos años, pensando que ciertos personajes son sus favoritos y que es muy buena. Una ve la segunda temporada y se obsesiona con ciertos personajes porque la serie es de las mejores que ha visto. Una conoce a una que está igual de loca que ella y que hace que su creatividad se dispare hasta la estratosfera y al final termina escribiendo su primera historia de PORNO GAY.

Me embarco en esta aventura a ciegas, suponiendo, después de leer muchas vivencias reales de gays, (algunas mejor redactadas que otras, diosbenditoquecosasveoporahí), y en base a eso, a documentarme en los aspéctos físicos a tener en cuenta porque yo no tengo el punto G en el puto culo y algo de porno que he bicheado, me lanzo a la aventura.

Los protagonistas son todos los erasmus de esta historia, pero centrándome ahora en dos de ellos. Los seres humanos más preciosos de la historia.

Jean Kirschtein y su pelo bicolor ♥

Marco Bodt y sus pecas ♥

Los adoro máximamente y los fanarts que voy encontrando no ayudan en la tarea de comportarme como una persona normal, llegando a pensar en estos dos dándose amor hasta en los momentos menos aconsejables. Pero es que mirad, ¡mirad por lo que más queráis!

Y hay como 200 más que pondría pero si os da la curiosidad os metéis en mi carpeta de pinterest y ya está. En fin, que al lío, a ver qué os parece. De esta sí que me gustaría más tener opiniones al ser TAN experimental.

Gracias por leerme y espero que os guste tanto como a mí me ha gustado escribirlo.

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1

El ruido de pisadas sobre ramas y piedras, conversaciones triviales, casuales, rompiendo el hielo, alguna que otra tos incómoda; esa era la banda sonora que acompañaba al grupo hacia los bungalows de los tutores del campamento. Algunos miraban a su alrededor, algunos se aferraban al compañero que conocían de antes, otros se presentaban sin pudor y unos cuantos miraban al suelo. Él volvía a preguntarse por qué había aceptado ese trabajo si no le gustaban los niños y mucho menos los adolescentes de 12 a 16 años, que era lo que se iba a encontrar. Delante de las pequeñas construcciones de madera esperaban dos personas, un hombre y una mujer. Se situaron frente a ellos, la mujer les recibió con una sonrisa y las manos en las caderas, el hombre cruzado de brazos, cansado de estar allí. Una chica rubia y pequeña se ponía en puntillas, intentando ver por encima del hombro de los demás. Parecía más uno de los chicos a los que iban a cuidar que una monitora. Un tipo enorme y rubio le dejó paso delante, sonriendo nervioso. “Pues bien pronto empezamos” pensó al ver la escena.

—¡Bienvenidos! Mi nombre es Hanji —dijo la mujer, colocándose bien las gafas, empujándolas por la esquina derecha —Y mi compañero es Levi. Esta tarde la pasaremos de adaptación y de respuestas a todas las posibles preguntas que surjan sobre vuestro tiempo como monitores. Ambos estaremos por aquí, por si alguno tiene dudas. Los niños tienen su propio reglamento, el mismo que recibísteis por correo y espero os sepais.

—Hay dos reglas básicas —Intervino ese tipo bajito, Levi. A pesar de su altura parecía la clase de persona con la que no quieres discutir—, la principal es la completa prohibición de aparatos electrónicos en el campamento —Un murmullo generalizado se extendió rápidamente entre los 12 monitores.

—¿Nosotros tampoco? —preguntó un chico rapado, como mucho, al tres.

—Si este campamento se caracteriza por algo es precisamente porque sirve como método de desintoxicación de redes sociales e internet —explicó Hanji—. La mayoría de los padres nos escogen por esto mismo. Tenemos cámaras de fotos y relojes de pulsera además de despertadores, que nadie se inquiete.

—En caso de urgencia —retomó el discurso Levi—, nuestro guarda de seguridad posee una línea de teléfono e internet. La segunda regla es que está terminantemente prohibido meter comida en el dormitorio —Una chica castaña soltó una exclamación ofendida. Levi decidió ignorarla—. Y en cuanto a la bebida, tan solo permitimos agua. No es solo una cuestión de higiene básica, es que ya ha ocurrido más de una vez que al llevar alimentos dentro de los bungalow las alimañas e insectos son atraídos, causando un caos que os dará un buen dolor de cabeza.

—Y bueno, no os voy a hacer pasar por el horrible trago de presentaros uno por uno, en lugar de eso acudid cuando os llame y os daré vuestra llave y ocupación en base a los test previos que realizasteis para el puesto como monitores.

Se acordaba del test, le parecieron preguntas ridículas aunque ahora tenían algo más de sentido. Les fue llamando de dos en dos, acudían hasta Hanji y les comunicaba su puesto, dándoles una carpetita y las llaves. Comenzó con dos tipos enormes, uno por su anchura y otro por su altura: Reiner y Bert respectivamente, encargados de las actividades relacionadas con la pérdida de peso y el ejercicio físico. Desde luego era innegable que estaban en forma. Sasha, la chica morena que protestó por la comida, y Connie, el chico rapado que protestó por los aparatos electrónicos,  eran los encargados de las clases de cocina. Un tipo de ojos verdes que le suscitó una antipatía inexplicable solo por su apariencia, fue con energía hasta su posición. Se llamaba Eren y era acompañado de un chico aparentemente muerto de miedo, Armin. Que esos dos fueran los encargados de los talleres de supervivencia le pareció ridículo. Annie era una chica bajita, con la que supo desde el primer momento que no tendría posibilidad alguna por su aspecto hosco, y además porque fue elegida para la enseñanza de artes marciales junto con una verdadera belleza, Mikasa. Su pelo negro brillaba de manera hipnótica, su mirada melancólica le atrajo instantáneamente. Tengo que hablar con este bombón antes de que nadie se me adelante, pensó. Nombraron a una chica llena de pecas, Ymir, acercarse junto a él mismo, ojeando las pautas a seguir en los talleres de dinámicas de la autoestima. ¿Qué carajo es esta mierda? Ya lo leería más tarde. La chica le saludó con un movimiento brusco de cabeza, él repitió el gesto. La rubita medio metro, Christa, era la encargada de los talleres de arte junto con un tipo con más pecas que cara y pinta de ser el típico que se lleva bien con todo el mundo, un tal Marco.

—Procedan a acomodar sus pertenencias en los bungalows y taquillas correspondientes y acudan de nuevo a este punto al acabar —ordenó Levi—. Hay mucho más que tener en cuenta antes de dejar en vuestras manos a un grupo de 20 chavales.

Siguió con la vista a Mikasa, que tras mirar su llave y al niñato de los ojos verdes, fue hacia el bungalow del fondo. Él dormía en el primero, por lo que se encaminó sin prisas, entrando el último con los dos tanques y el chaval de las pecas. Lo único que había en el interior eran varios percheros, taquillas al fondo, un escritorio, una estantería y dos camas literas. El rubio petado se subió en la de arriba pisando tan solo el peldaño de en medio de la escalera.

—¿En serio? —Le dijo el larguirucho—, dejame encima, si me dejas abajo me voy a chocar cada vez que me siente.

—No, me agobio tan oprimido, lo siento.

—Ojalá te tragues una araña…

—¿Eso puede pasar? —dijo el chico de las pecas, mirándoles asustado. El larguirucho se rió suavemente, el rubio le miró con las manos en las piernas  y estas colgando de la cama de arriba, con una sonrisilla divertida. Se giró hacia el hosco y silencioso Jean—, ¿te importa que yo duerma abajo?

—Haz lo que quieras.

—¿Te importa dormir debajo de Reiner y dejarme la superior? —Le preguntó Bert. Tiró su bolsa en la de debajo del rubio, ignorando la sonrisa de idiota del pecoso.

—Te llamas Jean, ¿no? —Le persiguió hacia el exterior—, ¿es francés?

—Y yo qué sé, preguntales a mis padres.

—El mío es italiano, pero no tengo nada de allí —Esperaba que ese tío no pensase en ser su sombra constante, que tenía toda la pinta—. Hay gente muy diferente, ¿nos llevaremos bien?

—¿La verdad? Me da lo mismo, mientras que aquella me hable… —No había terminado de decir la frase que sintió una profunda molestia al ver a Mikasa agarrarse del brazo del niñato de ojos verdes—. Vamos hombre, no me jodas —Marco se rió suavemente.

—¿Por qué estás tan enfadado? Si no querías este trabajo no tenías por qué hacerlo —Le miró frunciendo el ceño, chasqueando la lengua. Le daba rabia esa sonrisita permanente.

—¿De qué vas? —Resopló, cruzándose de brazos y sentándose en un banco de madera frente a los monitores.

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Aguantó la risa ante el mal humor de ese muchacho. Estaba seguro de que era una de estas personas a las que les cuesta soltarse y pasarlo bien, se notaba de lejos el escudo que llevaba para protegerse. Y le gustaba mucho que su pelo tuviese dos tonalidades, le pareció original. Se sentó a su lado, guardando cierta distancia para que no se sintiese más molesto.

—¿Marco? —Alzó la mirada hacia la vocecita agradable que le llamó. Era la chica que sería su compañera—, ¿puedo sentarme contigo?

—Claro, eras Christa, ¿verdad? —Asintió con energía. Era muy bonita, notaba al grandullón observarla sin descanso—. Espero que no te ofenda, pero eres como un angelito—, se llevó las manos a las mejillas, sonriendo ampliamente.

—Nunca me habían dicho algo así, gracias —Una chica con tantas pecas como él mismo se sentó al otro lado, ofreciéndole la mano.

—Ymir, encantada —Christa se la dió. La tal Ymir pareció sonrojarse ante su sonrisa. Marco entrecerró los ojos levemente, riéndose para sí mismo. No saludó a nadie más del banco.

El último que llegó a sentarse fue el chico rubio y bajito, pidiendo perdón. A pesar de que se las tendrían que saber, comenzaron a explicar las reglas básicas del campamento: los horarios de las duchas, de las comidas, de las actividades, las normas de comportamiento, lo que se esperaba de ellos y lo que se esperaba de los chicos. Además de eso, cada pareja repasó sus folletos.  

—¿Puedo preguntar por qué me toca a mí este taller? —dijo Jean en su turno de hablar—, por más que lo pienso no le veo sentido.

—El tuyo eraaaa…  —Hanji miró varios papeles—, ¿Jean? Dinámicas de la autoestima. Pues porque en tus test iniciales demostraste tener mucha seguridad en ti mismo y mucha capacidad para animar a los demás. Sobresalían esas dos cualidades sobre el resto.

—¿Seguridad en mí mismo? —Murmuró, disconforme. Pero asintió, resignandose a la tarea encomendada.

Desde luego parecía tenerla, era lo que aparentaba. Se preguntó si bajo esa coraza de tipo duro se ocultaría un hombre inseguro. Volvió la vista del perfil hosco de ese muchacho hacia su folleto con tareas no muy difíciles, de hecho le gustaba bastante. Tras la ronda de preguntas les mostraron el campamento en su totalidad: Las duchas, la cocina en la que un grupo de personas aparte trabajaba, la enfermería, la pista de deporte, y los diferentes edificios y materiales destinados a los diferentes talleres. Fuera del recinto podrían hacer senderismo, fogatas controladas, juegos y demás, siempre bajo responsabilidad de los monitores.  El tiempo que no dedicasen a estar con los chicos, los dedicarían a preparar actividades, como apoyo o incluso tiempo libre. No solo iban a trabajar, también a disfrutar la experiencia y a conocer a sus compañeros. La verdad es que a algunos compañeros tenía más ganas de conocerlos que a otros. Le miró de reojo. Él miraba a la chica de la segunda fila, a la asiática. Suspiró. Una vez hubieron acabado las órdenes iniciales y nadie tuvo más preguntas, les dejaron volver a los bungalows para desempacar y ordenar sus cosas.

—¿Conoceis a alguien o venís por libre? —Les preguntó Bert guardando la ropa en su taquilla.

—No, no conozco a nadie —respondió Marco—, pero vosotros os conocéis de antes, ¿no?

—Sí, hemos ido al mismo instituto.

—Y al mismo gimnasio —murmuró Jean, metiendo su ropa de cualquier manera en su taquilla. Los otros dos lo miraron contrariados, Marco sonrió, negando con la cabeza.

Tras eso acudieron a la zona común, a cenar. Se trataba de un amplio comedor en el que encontraron unas 8 mesas, tres de ellas juntas. Se fueron sentando tras coger sus bandejas de comida, que no estaba nada mal, era una cena completa con verduras, carne y postre. Sin pretenderlo, o quizás un poquito sí, se sentó frente a Jean, quedando Mikasa a su lado. Jean le dedicaba miradas fugaces a la chica, que no le prestaba atención, comiendo en silencio.

—Va a ser muy difícil no comermelo todo mientras cocine —dijo Sasha sentándose al otro lado de Jean.

—¿No puedes controlarte o qué? —Le preguntó el chico rapado, entre risitas.

—¡Me cuesta mucho! Sobre todo si es comida recién hecha…

—No tienes cinco años como para no poder aguantarte — Le soltó Jean.

—Cuando hay comida de por medio, sí —contestó ella sin ofenderse, riéndose con el chico rapado. No había manera de que se acordase de su nombre.

—Hola Marco —Christa se sentó a su lado, sonriente—, creo que no conoces a Ymir —La susodicha le dio un codazo, poniendo mala cara. Christa se giró y murmuró—: venga, tienes que hablar con los demás.

—Encantado —La saludó con la mano, la chica inclinó la cabeza.

—¿Me presentas a tu amigo? —señaló a Jean, que alzó la vista lamiéndose una mancha de salsa la comisura de la boca.

—Ah, es Jean.

—Y no soy su amigo —Un chasquido de lengua sonó del lado de Mikasa. Un chico de ojos verdes miraba a Jean, molesto.

—¿Por qué eres tan borde con todo el mundo? Cambia esa actitud de una vez, eres tóxico.

—¿Y tú quién coño eres para hablarme así? —El chaval de los ojos verdes se puso en pie, Jean también.

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El muy gilipollas se estaba ganando un pase directo a la enfermería la primera noche como no dejara de tocarle los cojones. Mikasa tiró del brazo de Eren hacia abajo, que se zafó de ella con brusquedad. La chica le miró con aspecto dolido.

—¿Qué haces tratándola así, anormal?

—¿Y a tí qué cojones te importa, cara caballo? —Se acabó. Pasó por detrás de sus compañeros con intención de partirle la cara a ese inútil, pero varias manos le pararon por el camino tanto a él como al enano cabrón tocapelotas.

—¿Qué os pasa a los dos? Es la primera noche —dijo el chico rubio y bajito—, comportaos.

Se zafó del agarre de sus compañeros y con un chasquido de lengua se alejó del comedor, camino a los dormitorios. Se quitó la ropa, quedándose en calzoncillos y una camiseta vieja a modo de pijama, tumbándose en la cama y cerrando los ojos. Lo que le iba a molestar de ese campamento de verano no iban a ser los niñatos, iba a ser la gente de su edad, y lo sabía desde antes de llegar incluso. Al poco tiempo, escuchó la puerta abrirse. No encendieron la luz, pero sí se sentaron en la cama de enfrente.

—La única que ha salido ganando de tu huída ha sido Sasha, se ha echado tus sobras en su plato —Miró hacia el lado, el pecoso destapaba las sábanas y ahuecaba la almohada, con esa sonrisa estúpida y conciliadora—. Menudo temperamento tenéis los dos.

—¿Qué quieres tú ahora?

—Nada. Dormir. Si me das permiso, claro —Notaba la guasa en la voz del chico, respiró hondo y le dio la espalda, intentando ignorar los ruidos que hacía—. Buenas noches, Jean —No le contestó.

No comprendía esa manía de algunas personas de llevarse bien con todo el mundo, no era necesario. No podía dormir, escuchó a los otros dos entrar, sintió su cama menearse peligrosamente cuando el rubio se subió. Y maldijo su suerte cuando, minutos después, los ronquidos de alguno de ellos no le dejaron dormir. Sin embargo, se rindió al cansancio cuando ya clareaba tras las ventanas, hundiéndose en sueños agitados en los que era perseguido, en los que iba desnudo por el campamento de cintura para abajo, sintiéndose observado, juzgado. Una mano en su hombro le salvó de tal angustia. Abrió los ojos con un jadeo, Marco le observaba preocupado, apretando su hombro.

—Menudo mal sueño estabas teniendo…

—Sí —murmuró, pasándose las manos por la cara, sintiendo la mano de Marco alejarse—, menuda noche de mierda.

—¿No te gusta tu cama?

—Lo que no me gustan son los ronquidos de este —Le escuchó reírse al darle una patada a la cama de arriba. Al mirarle estaba asintiendo.

—Me costó quedarme dormido por su culpa, pero bueno, una vez caigo es muy dificil despertarme. De todas maneras pasate por la enfermería y pide unos tapones.

Le iba a hacer caso al pecoso. Se sentó en la cama, observando al último de sus compañeros salir del dormitorio antes que él. Bostezando hasta escuchar crujir su mandíbula, se vistió camino al comedor. En la puerta le esperaba el desgraciado ese, acompañado de Mikasa.

—Ya no digo por ti o por mí —Se le plantó delante, altanero a pesar de ser más bajito—, pero llevémonos bien por el resto del grupo —Le tendió la mano. Mikasa los observaba. El resto de compañeros también.

—Lo que sea, tío —Se la dio de mala gana y al hacerlo, la chica sonrió. Se puso nervioso, le parecía bellísima pero el inútil que tenía siempre al lado parecía no darse cuenta.

Cogió su comida y se sentó en la esquina, frente a la chica rubia con cara de pocos amigos. Ambos comían en silencio, escuchando las animadas conversaciones de los demás: que si tenían ganas de empezar, que cual era tu grupo de música favorito, preguntas de quién tenía pareja y quién no. En ese momento alzó la mirada.

—Mi soltería va a acabar aquí —dijo la pecosa que haría los talleres con él, pasándole el brazo por encima a la rubia medio metro—, Christa es mi esposa, ¿verdad bonita?

—Ymir —La chica se llevó las manos a la cara—, ¿qué dices? —Buscó al rubio brutote, Reiner, con la mirada. Le vio fruncir el ceño, mirándolas a las dos. Su compañero le miraba de reojo, en silencio, con media sonrisa.

—Mikasa y yo estamos juntos desde… —El niñato de mierda miró a la susodicha, que murmuró algo—, desde hace ya 5 años —No lo pudo evitar y chasqueó la lengua. La única que le escuchó fue la rubia silenciosa, que le dedicó una mirada fugaz.

—Marco, seguro que tienes pareja —Le dijo la glotona, Sasha. El pecoso negó con la cabeza.

—Qué va, ¿por qué lo piensas?

—Porque eres adorable —Se inclinó sobre la mesa, tirándole de los cachetes. El chico se rió, frotándoselos y un poco avergonzado.

—Ya encontrarás un novio que te quiera mucho —dijo Christa. Volvió a mirar a Marco. ¿Novio? Apretaba los labios, escondiendo la risa.

—Sí, bueno, supongo.

—¿Cómo has sabido que era gay? —Le preguntó Connie.

—No sé, es evidente, ¿no? Tampoco que es que importe…

—Es el radar gay, Christa, lo posees porque tú también lo eres —Ymir se inclinó sobre la chica—, muy gay.

Miró a Marco una vez más. Pilló al chico mirándole. Sintió que su corazón latió un poco más fuerte por la sorpresa, enviando una descarga por sus brazos y su pecho, hasta su estómago. El chaval le apartó la mirada de inmediato. Se puso nervioso. Lo último que le faltaba era un maricón detrás suya.

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Se levantaron de la mesa del almuerzo casi todos a la vez, en dirección a los edificios de los materiales. Tenían que ayudar a montar el decorado para la bienvenida de los chicos, y como casi todo consistía en manualidades fueron Christa y él los que les daban instrucciones a los demás. Algunos, como Mikasa, eran muy habilidosos. Otros, como Annie, esa chica rubia tan seria, no tenían paciencia. Las conversaciones casuales se volvían cada vez más personales, más animadas, más amigables. Eran un buen grupo aunque claro, como en cada grupo siempre algún gruñón. Annie y Jean eran los suyos. Annie era más del tipo silencioso, Jean se quejaba mucho y fuerte, entendía que irritase a los demás. Y sin embargo, muchos de sus compañeros intentaban incluirle en la conversación, en la que entraba a regañadientes. Tenía que admitir que a más tiempo pasaba cerca de él, mayor era la necesidad de mirarle. No era el hombre más guapo que había visto en su vida, pero madre mía qué ganas de pasar los dedos por su nuca. Era un pensamiento extraño, pero es que ese rapado oscuro debajo de sus cabellos rubiascos le parecía de lo más interesante. Por suerte, alguien sacó el tema mientras colgaban la pancarta.

—¿Cómo es que tienes el pelo de dos colores? —Le preguntó Bert.

—Conforme va creciendo, va clareando.

—¿También tienes así los pelos de los huevos? —Le preguntó Reiner dando una carcajada, haciendo reír a los demás. Jean chasqueó la lengua, escondiendo una sonrisa.

Unas horas después, el campamento bullía de alegría con los 20 chicos reunidos en torno a las mesas llenas de comida. Les saludaron, les desearon una feliz estancia y repasaron tanto las normas como las actividades. Reiner tomó la voz cantante como líder sin problema alguno, ayudado por Eren. No parecían malos chicos, pero todos se quejaron con lástima al dejar sus teléfonos móviles y reproductores de música en una bolsa que les pasó Armin. Ese día no harían actividades, les llevaron a sus dormitorios y después les dejaron explorar el campamento, turnándose para supervisarles. Los más mayores tenían más problemas para relacionarse que los más jóvenes. Algunos de ellos iban dando vueltas buscando a los monitores, repitiendo sus nombres cada vez que los veían para que no se les olvidase. Marco hacía lo mismo con los nombres de los chicos, repitiéndolos mentalmente y preguntándoles cuando no se acordaba. Cuando los acostaron se sentía algo cansado, y eso que fue el primer día.

—La primera actividad que tienen mañana es ejercicio físico —Les dijo a Reiner y Bertolt una vez en el dormitorio. Tuvo que apartar la vista del pecho desnudo del rubio porque madre del amor hermoso.

—Se van a enterar. He visto a más de uno que no ha levantado el culo de los bancos desde que ha llegado, ¿cómo va a ser eso con esas edades?

—Tampoco seas muy bruto, ten consideración con ellos —Le pidió Bert.

—Que espabilen, ¡eh! ¿Quién se ha muerto? —le dio tal palmada al recién llegado Jean  en la espalda que le hizo dar un paso hacia adelante.

—Mi ilusión por tener algo con Mikasa —Le contestó a regañadientes.

—Mira Reiner, solo dos días llevamos aquí y ya sois dos los despechados —dijo Bert entre risitas, haciéndole reír a él también.

—¿No te ha llamado nadie la atención a ti, Bert? —Le preguntó Marco, doblando su ropa usada para meterla en una bolsa de plástico. El chico sonrió levemente, asintiendo.

—Le gusta Annie —Bertolt se subió en la cama como acostumbraba, casi de un salto.

—Te la vas a cargar, bestia parda —protestó Jean. Se quitó la camiseta de espaldas a él. Marco apretó los dedos a la tela de la ropa que sostenía, mirándole de reojo. Su musculatura era la perfecta, estaba fuerte, ejercitado, pero no era ancho como Reiner o tan delgado como Bert. Se le quedó la boca seca—. Esa tía es super rara, no se ríe nunca.

—Pues como tú —Le dijo Marco. Jean le miró de reojo—, aunque tú sí hablas, al menos.

Quería pensar que era cosa suya, pero le pareció notar que desde esa mañana, Jean le evitaba. No volvió a mirarle a la cara, no interactuaba con él, aunque también era verdad que antes tampoco lo hizo. Se acostó con un suspiro, tapándose y girándose hacia fuera, observando cómo el chico se ponía tapones en los oídos y se giraba en la cama tras haber apagado la luz. Las luces exteriores siempre estaban encendidas, por lo que entraba claridad a través de la ventana entre abierta. Quería acostarse con él, abrazarle, acariciar los músculos de su espalda. Quería que fuera tan homosexual como él y un poco menos hetero, pero como casi siempre en su vida, no era así. No podía dormir. Le estaba empezando a dar fuerte por su compañero de habitación, tendría que evitar esos pensamientos a toda costa. Sin embargo, minutos después, le escuchó hacer ruido. Unos murmullos cortos, jadeantes, casi como… ¿gemidos? Vio a Reiner moverse inquieto en la litera superior al escucharle. ¿Se está pajeando? Marco metió la mano bajo las sábanas, palpando su creciente erección dentro de los calzoncillos. No movía los brazos, no se movía en absoluto. Y sin embargo los gemidos cortos, casi jadeos, se repetían. Marco se lamió los labios, adelantando un poco la cadera, tirando de la piel de su miembro en una caricia que le resultó más placentera de lo que esperaba.

—Mmm… Mikasa… —murmuró Jean. En el silencio de la habitación sonó más fuerte de lo normal.

—¿Qué coño? —Reiner se asomó agarrándose al borde de su cama.

—Te vas a caer —Le advirtió Bert—, está hablando en sueños. Déjalo que disfrute —Marco se sacó la mano de los calzoncillos, perdiendo el apetito sexual. Con un suspiro y esperando que no volviera a gemir el nombre de la chica, se giró en la cama, obligándose a quedarse dormido.

 

2

No se despertó por el ruido, fue por notar la cama moverse. Miró sobre su hombro justo cuando Reiner aterrizaba desde la litera superior. No dijo nada, de igual manera tenía que levantarse. Marco ya se había marchado de la habitación, tan solo quedaban ellos tres. Se vistió y revisó el horario en el tablón del exterior de su bungalow para comprobar que su taller era el último de la mañana, las tardes las tenían con el grupo de supervivencia y artes marciales. Desayunó en silencio, volviendo a prestar atención a lo que conversaban sus compañeros, conociéndoles sin realmente tener un contacto directo.  Casi al acabar el almuerzo, fue consciente de que no había escuchado a Marco abrir la boca, cosa muy rara en él. Miró al fondo de las mesas y se lo encontró comiéndose lo que le quedaba de tostada con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos. Con un suspiró pareció volver a la realidad, recogiendo su bandeja, tirando la basura y caminando tranquilo hacia los chicos.

—Eh, un momento —Armin se puso en pie, mirándoles—, alguna noche tenemos planeado acampar fuera, en el bosque, y necesitaremos dos monitores de apoyo. Ya iremos diciendo un día antes pero la verdad es que nos haríais un favor.

Nadie respondió, nadie quería dormir fuera cuidando a un grupo de niñatos. Ymir se acercó a él tan pronto recogieron su desayuno, haciéndole un gesto con el mentón.

—¿Alguna idea de qué vamos a hacer hoy? —Le preguntó.

—Había pensado la actividad de las etiquetas —Le respondió él. No le disgustaba esa muchacha, la veía directa y sin pelos en la lengua. Quizás los de Christa. Escondió la sonrisa que le provocó su propio chiste—. Aún no se conocen mucho y puede ser un buen ejercicio.

—Vale, voy a por las pegatinas. Vete con los de arte y cocina, me ha dicho Christa que necesitan ayuda para cargar las cosas del almacén hasta el taller —Asintió.

Prefería mil veces estar haciendo cosas que mirando el techo. Al llegar, vio a los cuatro esperando a que Connie abriera el candado del almacén. El chico parecía tener problemas y blasfemaba más que otra cosa.

—¡Está oxidado! La llave no va…

—Ten cuidado, no vayas a cargartela —Jean se acercó a él, quitándosela, observando la cerradura. No la metió hasta el fondo y la giró, sonriendo al notar que cedía—, más vale maña que fuerza —Connie se rascó la nuca, molesto.

—Estos hornillos pesan una barbaridad, ¿de qué siglo son? —dijo Sasha sacando uno en brazos. Pensó que era una exageración, pero no era así, pesaban bastante.

—Pues como tengamos que hacer esto todos los días vamos listos.

—No os preocupéis, podemos ayudar —dijo Ymir, cogiendo otro. La bolsa con las pegatinas le colgaba del hombro.

—Oye Marco, ¿qué te parece si damos la clase fuera? Creo que para pintar es mejor estar al aire libre, y la primera clase es pintura.

—Vale, como quieras —Al dejar el hornillo miró a Marco. Tan pronto Christa se dio la vuelta, se desvaneció su sonrisa, volviendo a ese gesto pensativo del comedor. Algo le pasaba. Le puso la mano en el hombro.

—¿Estás bien? —murmuró cuando el resto volvió a entrar en el almacén. Marco se giró bruscamente, mirando la mano de Jean, apresurandose a fingir una sonrisa tensa al mirarle el rostro.

—Claro, no te preocupes —Jean frunció el ceño. Por alguna razón se alejó de él con una expresión agitada, incómodo.

Mientras hacía tiempo hasta que diera la hora de su taller, se paró a pensar que quizás con su actitud le había hecho creer que le molestaba su presencia. Y bueno, sí era cierto que le resultaba un tanto chocante esa actitud de felicidad permanente y esa necesidad por entablar amistad, pero no quería que el chaval se sintiese mal por su culpa. Tras la clase de arte, tocaba la suya, por lo que se levantó de la cama en la que descansaba con los ojos cerrados. Antes de salir del bungalow, un apesadubrado Marco abrió la puerta, cerrando tras de sí. Se le cortó el suspiro, jadeando al mirar al frente y encontrar a Jean apoyado en las literas.

—¡Qué susto! —Murmuró, con la mano en el pecho.

—Eh, deja ya esa actitud decaída. No sé qué te ha pasado pero seguro que no es tan importante, ayer se te veía con muchas ganas de pasartelo bien y hoy da pena mirarte —Marco le apartó la mirada, agarrándose los bajos de la camiseta con ambos puños—, para alguien que ha pillado el campamento con ganas y nos la transmite a los demás… —Jean chasqueó la lengua. Marco no reaccionaba.

—Gracias —susurró, sin mirarle.

—Eh, nos vendría bien una mano con los chavales y tú ya has estado con ellos. Si no tienes nada mejor que hacer… —Ante la petición de Jean, Marco alzó la vista, asintiendo, sonriendo un poco más de verdad. Tenía un churrete verde en la mejilla—. Lavate la cara cuando acabes, te has manchado.

—Ahora voy al baño —Jean se la frotó con el pulgar. Era ligeramente más alto que él, bastante más moreno. La mancha no salía. Al mirar a Marco a los ojos se dio cuenta de que estaba demasiado cerca y el muchacho demasiado tenso.

—Venga, no puedo perder el tiempo —Salió con prisas del bungalow, forzándose a ignorar los movimientos extraños de su corazón en ese último intercambio de miradas.

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Suspiró profundamente una vez Jean se hubo alejado. Casi perdía el control. Casi le besaba. No podía dejarse llevar de esa manera a su lado pero es que jamás habría pensado que él pudiera decirle unas palabras de ánimo tan dulces. Fue al servicio, a borrarse esa mancha verde con una sonrisa, que al verla en el espejo, no pudo juzgarla de otra manera que no fuera como estúpida. Se ensanchó, por lo que se llevó las manos a la cara, tapándosela.

—Eh, ¿va bien la cosa? —Reiner le dio dos manotazos en el hombro al verlo así.

—Sí, sí. ¿Qué tal se les ha dado el ejercicio? —Encogió la nariz y levantó el labio mientras se la sacaba para mear. Se le fueron los ojos. Los abrió de par en par, volviéndose al lado contrario. Pobre de la que le toque meterse todo eso, menudo bicho.

—No saben ni lo que es una sentadilla. Creo que me han odiado un poco.

—Ya se acostumbrarán…

Se alejó de Reiner y la bestia, preguntándose por qué muchos hombres a pesar de saber su inclinación sexual nunca parecían avergonzarse de desnudarse ante él. En fin, es como si lo estuvieran haciendo delante de una mujer heterosexual, pero por lo visto no era un concepto que les entrase en la cabeza. Cuando encontró el edificio donde estaban dando el taller, se quedó al fondo, escuchando y esperando. Por lo visto ya se habían presentado.

—Vale, la actividad de hoy consiste en que os vamos a dar estas pegatinas y os las vais a poner con adjetivos que creáis que os describan, buenos o malos. Da igual el número, creo que hay suficientes —explicó Ymir.

—Por ejemplo, yo puedo ponerme la etiqueta de “alto” —Jean la escribió en uno de los adhesivos y se lo pegó en el pecho.

—Y una mala, sería esta —Ymir se reía, escribiendo en una y pegándosela en la frente a Jean, haciendo a los chicos reír. En ella estaba escrito “caracaballo”. Jean no hizo el intento de quitarsela. Su actitud con los chicos era bien distinta a la que tenía con sus compañeros.

—Vale, manos a la obra. Valen pensamientos propios, cosas que os hayan dicho, positivas o negativas. Si tenéis alguna duda aquí estamos, y Marco también os puede ayudar —Los chicos se volvieron, saludándolo. Algunos estaban manchados hasta las cejas de pintura.

Esos niños pusieron de todo: guapo, feo, alto, bajo, gordo, sexy, guay, aburrido, timido, gamer, empollón… Uno de los chicos más mayores miraba la etiqueta sin decidirse a escribir. Casi todas las que tenía puestas eran negativas. Marco se acuclilló a su lado.

—¿Qué te ocurre? —El muchacho se sobresaltó. Volviendo a centrar su atención en el trozo blanco de papel.

—Hay una que se me ha ocurrido pero no sé si puedo. Es una palabrota.

—Claro que puedes, vale cualquier cosa que se te ocurra. Pero que no se te olviden las buenas, ¿eh? Por ejemplo, después de mi taller puedo decir que eres un artista de los pies a la cabeza —El chico sonrió ligeramente, aparentemente envalentonado. Se puso en pie y miró a su alrededor. Ymir escuchaba atentamente a una chica, Jean se reía con los tres que más jaleo armaban.

—Bueno —Les llamó Jean unos minutos después—, a ver, ahora lo que quiero que hagáis es que os quedéis solo con las que os gusten. Las que no, pegadlas en el folio que tenéis delante —El ris, ras de etiquetas siendo arrancadas inundó la clase.

—Esa no puedes quitartela —El muchacho indeciso de antes miraba a su compañero, que le quitó una etiqueta de las manos y volvió a pegarsela en medio del pecho—, si eres una nena, lo eres —Otro compañero le rió la gracia. Ymir frunció el ceño, Jean se acercó quitándose la pegatina de la frente.

—Tú —le dijo Ymir al abusón—, ¿a qué viene ser tan desagradable con tu compañero? ¿por qué te has comportado así?

—Él es como es —dijo ese listillo fingiendo inocencia—, no puede quitarse la etiqueta siendo el más ma… gay del campamento —Marco descruzó los brazos, acercándose al chico y viendo la palabra “maricón” en su pecho pegada.

—Levantate un momento, bonita —Le dijo Ymir a la chica que tenía sentada delante ese muchacho. Cogió su silla y se sentó con las manos apoyadas en el respaldo—, ¿por qué piensas que un gay es menos que tú?

—No es que piense que sea menos que yo, es que no es un hombre en condiciones —Marco se mordió la lengua, dejando a Ymir hablar.

—¿Y cómo es un hombre en condiciones?

—Fuerte, no lloriquea ni va quejandose —Ymir abrió mucho los ojos.

—Claro. Es decir, ¿llorar y no ser fuerte es de mujeres? —asintió—, porque las muejeres somos blanditas, ¿no? —volvió a asentir—. ¿Son entonces las mujeres menos que los hombres? ¿Una mujer no puede ser fuerte?

—Yo no he dicho eso —murmuró.

—Claro que sí. Lo acabas de decir. Le has dicho nenaza. Una nenaza conlleva ser una mujer. Y si para tí ser una mujer es ser débil, ser una mujer es malo. Piensalo, quizás es una idea que has escuchado por ahí pero a lo mejor puede ser que te equivoques —Le devolvió su asiento a la chica, que le sonreía abiertamente. Al girarse, le guiñó el ojo a Marco, que suspiró.

—No pasa nada, deja que piense eso —dijo él en tono apaciguador, acercándose al acosado que no levantaba la vista del pupitre—, cuando lleguen las clases con Mikasa y con Annie, veremos quién es el débil aquí. Probablemente puedan tumbar al instructor Reiner con sus habilidades —el abusón miró a Marco, incrédulo —déjame tu etiqueta —el chaval se la arrancó, dándosela en silencio. Marco la hizo una bola, cogiendo una nueva y escribiendo “homosexual” en ella—. ¿No crees que esto es mejor? Te define y no te insulta —El chico le miró a los ojos, asintiendo y sonriendo débilmente—, somos lo que somos, ¿vale?

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—No es nada de lo que avergonzarse —dijo Jean, intentando esconder lo mucho que la había cabreado las barbaridades de ese niñato—, y con tu actitud lo que haces es eso precisamente, que se sienta avergonzado de algo que es y no puede evitar igual que tú no puedes evitar tener los ojos marrones.

—No es malo —dijo Ymir, hablando ahora con todos—,  y no hay culpables. Igual que el color azul te puede parecer más bonito que el rojo y no pasa nada, un sexo te atraerá, el otro no y no hay problema.

—O no te atrae ninguno, o te atraen los dos. No seáis cerrados de mente, sois demasiado jóvenes para eso y tenéis mucho por vivir. En fin, ¿ya tenéis todas pegadas? —asintieron—, ahora eliminad los insultos que os hayan podido decir —Los chicos hicieron caso—, y supongo que os habéis quedado con los complejos. ¿Los podéis cambiar?

—No es fácil —se quejó una chica.

—Claro que no. Pero tampoco imposible. Si hay algo en tu forma de ser, como tú, que dices ser tímida —le dijo Ymir a una muchacha que se hundió en la silla—, eso tiene arreglo. Todos estamos aquí para ser mejor persona y nosotros estamos aquí para ayudaros. Pero más importante que eso, es que os ayudéis entre vosotros, ¿de acuerdo? Y eh —señaló al abusón, en silencio desde la reprimenda—, sin rencores. Un error lo tiene cualquiera.

Dejaron a los chicos marcharse con sus folios, esperaba que algo de lo que habían hablado les calase antes de que con los juegos se les olvidase todo. Recogieron las pocas cosas que había por medio y cerraron la clase, sin hacer comentarios porque los chicos andaban cerca. Caminaron hasta la zona de monitores, Jean observó a Marco suspirar, echandose el pelo negro del flequillo hacia atrás con la mano.

—Lo he pasado fatal por ese muchacho —murmuró—, me he visto completamente reflejado en él cuando tenía su edad.

—Ya, yo también —dijo Ymir—, cuanto antes admita su sexualidad mejor porque siempre se va a encontrar con gilipollas como este por la vida.

—Ese niñato no hacía más que repetir lo que ha escuchado en casa, está clarísimo —Marco le miró—, vamos a tener que vigilarle, no sea que ahora le de por insultar a ese chaval con más ganas —Marco volvió a suspirar, asintiendo.

En el almuerzo se lo hicieron saber a sus compañeros, pidiéndoles a Annie y a Mikasa que no tuviesen piedad con ellos. Marco no les quitó la vista de encima en todo el almuerzo.

—No le des más vueltas —Le dijo, rebañando el yogurt con la cucharilla—, si los pillamos los castigamos y fin, pero ni puedes ni debes proteger a ese chico tantísimo.

—No lo puedo evitar —cogió su bandeja y la llevó hacia la papelera, tirando los restos. Jean le persiguió con la mirada.

—Hay que ver lo que te preocupas por el bueno de Marco —Se giró hacia Ymir, que le susurró la frase con una sonrisa divertida, alzando las cejas.

—¿Eres imbécil? Me preocupo por él igual que lo haría por cualquiera de vosotros.

—Deja que lo dude.

Jean frunció el ceño, refunfuñando y murmurando sobre la soberana tontería que esa tía insinuaba. Marco estaba con tres de los chicos, cogiendoles de un árbol unas peras que creían en lo alto. Cuando se las dio y los chicos se lo agradecieron, su sonrisa fue genuinamente feliz y honesta. Una sonrisa que daba ganas de sonreír. De hecho, no fue hasta que Marco le miró que Jean no se dio cuenta de que eso era exactamente lo que estaba haciendo, sonreírle con las manos en los bolsillos. Se aproximó a él, Jean se alejó cambiando la expresión, agitado. Salió del recinto y se dirigió camino al bosque, a pasear.

Lo que Ymir había sugerido era que él, Jean Kirstein, era gay. O al menos que ese idiota le gustaba. Le caía bien, le parecía un muchacho majo y quizás inocente, pero a él no le gustaban los hombres. Estaba tan seguro de eso como de que respiraba. Solo tenía que mirar a Mikasa para asegurarse. La boca de Mikasa. Su pelo. Su blanca piel. Se rió para sí mismo dándose cuenta de lo ridículo de esa duda repentina, tumbandose entre los árboles, suspirando. Le gustaba imaginar que Mikasa le acariciaba el rostro, que le mimaba, que lo tocaba con esas manos delicadas. Para salir de dudas y demostrarse a sí mismo que la teoría de Ymir carecía de base, se imaginó a Marco. Nadie tendría por qué saberlo siempre que quedase en el secreto de sus pensamientos. Imaginó que en lugar de reposar la cabeza en sus brazos, lo hacía en las piernas de Marco. Que no eran las pequeñas manos de la chica, sino las pecosas y enormes manos del muchacho las que le apartaban el pelo de la cara. Imaginó abrir los ojos y verle allí, con esa sonrisa, pero solo para él. Imaginó que se inclinaba y le besaba en los labios. Tragó saliva. Se sentó bruscamente, abriendo los ojos, llevándose una mano al pecho.

—Puta Ymir…  —No entendía qué hacía pensando esas pamplinas.

Le había metido la idea en la cabeza, una ridiculez. Se alegró de no tener a nadie alrededor porque sabía a ciencia cierta que sus mejillas no se veían como siempre. Ni siquiera su respiración era la normal. Se levantó y caminó de vuelta al campamento, a entretener su mente con otras cosas que no fueran aquellas vergonzosas fantasías sin pies ni cabeza.

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Paseaba por el recinto con Sasha, Christa e Ymir porque les había parecido escuchar ruido de gallinas por la parte trasera de la pista de deporte. Sasha caminaba haciendo el tonto con la linterna en la mano, esa zona no estaba iluminada de noche. Christa salió corriendo, poniéndose a la altura de Sasha, riéndose con ella. Ymir caminaba tranquila junto a Marco.

—¿Cuándo vas a lanzarte? —La miró, frunciendo el ceño, con el corazón un poco acelerado por lo que esas palabras podían implicar.

—¿Eh? —Se rascó tras la oreja, observando cómo alzaba la respingona nariz al reírse.

—No te hagas el tonto, sabes de quién te hablo. Te pasas el día mirándole.

—No voy a hacer eso. A él le gusta Mikasa —asintió.

—Y tú también, pero no lo sabe —El corazón pareció subirle hasta la garganta. Una risa nerviosa salió en lugar del grito que en realidad necesitaba dar ante tal información.

—¿De dónde te has sacado eso? Nos llevamos bien, ya está.

—De la reacción que tuvo cuando se lo insinué —Marco la agarró del brazo.

—¿Por qué has hecho eso? —La chica dejó de andar, observándole sin comprender su malestar—, ahora no va a comportarse igual. Va a mantener las distancias.

—No seas tonto, le he dado en qué pensar. Ahora contempla la posibilidad de ser un poquito gay —Le guiñó el ojo y alcanzó a las chicas, que reían felices ante el hallazgo de animales de granja.

Le preocupaba la idea de no poder hacer vida normal con sus compañeros. Igual que había hombres que se comportaban con él exactamente igual al saber de su sexualidad, existían los que se alejaban. Jean no parecía de los segundos, pero si se le pasaba por la cabeza la idea de que Marco pudiese querer algo con él… Se agarró a la verja metálica, escondiendo su angustia con una de sus sonrisas de siempre.

—¡Eh, ahí está Jean! —El corazón le revoloteó en el pecho, mirando a la dirección en la que Ymir señalaba. Un caballo pastaba tranquilamente, sin prestarles atención.

—No seas mala con él —Le riñó Christa, escondiendo una sonrisa.

—¿Crees que tendrán huevos? —Sasha empezaba a saltar la valla cuando una voz les sobresaltó.

—¿¡Qué estáis haciendo?! —La chica se cayó dentro del corral, todos se volvieron a la vez ante la grave voz. Era Reiner, riéndose a carcajadas y acompañado de Bert, Annie y Jean, que caminaba con las manos en los bolsillos, como siempre.

—Creíamos que erais los niños —Se disculpó Bert.

—¿Estás bien, Sasha? —Le preguntó Christa.

—¡Me habéis asustado y ahora estoy llena de plumas! —Se sacudió la ropa y se giró hacia las pequeñas casetas—, pero ya que estoy…

—Sal de ahí, no puede ser ni higiénico —Le dijo Jean. No podía mirarle, le sentía a su lado pero no podía mirarle después de lo que le había dicho Ymir.

—Bah, no hay nada más que mierda. Bert, ayuda —Le echó los brazos al chico, que la sacó tirando de ella sin dificultad.

—Qué poco pesas para lo que comes —Le dijo, camino de vuelta a los bungalows. Ya era la hora de cenar.

—Lo gasta todo en ponerme nerviosa —comentó Annie en voz muy baja. Era la primera vez que la escuchaba hablar.

—Uhhhmmm mi Annie preciosa —Sasha se le colgó del hombro, la chica se la quitó de encima, haciéndole reír. Marco no podía soltar la valla, no quería mirar a Jean. Esperaba a que se alejase, pero no lo hacía.

—Eh, ¿vienes o te quedas a mirar los pollos? —Le preguntó. No sabía qué hacer, vio al caballo y se le ocurrió la broma, una manera de esconder sus nervios.

—¿Has visto? Eren diría que tienes familia ahí detrás —Se rió débilmente, cada vez con menos ganas al ver la expresión furiosa de Jean al pillar la broma. Se acercó a él, agarrándole del cuello de la camisa con una mano, mirándole con los dientes apretados. Marco le puso una mano en la muñeca y otra en el hombro, molesto por su violencia—. ¿Qué haces? ¡Suéltame!

—De todas las personas del puto campamento, tú no vas a insultarme de esa manera.

Marco relajó la expresión. Cuando Jean le habló, noto el calor de su aliento en sus propios labios. Apenas había luz, pero la suficiente para iluminar esos ojos castaños y rasgados, furiosos, preciosos. Jean aflojó el agarre, relajando las cejas, mirándole a los ojos. Marco le miró los labios. Se acercó a ellos mientras una voz en su cabeza le imploraba que se estuviese quieto. Rozó la nariz de Jean con la suya. Volvió a mirarle a los ojos, los cerraba con fuerza, respiraba agitado. Ymir llevaba razón. Se puso tan nervioso que le dio la risa. Jean abrió los ojos, Marco no podía parar de reírse, aún rozando sus narices.

—¿Eres imbécil o qué te pasa? —Tiró de su camiseta. Jean atrapó con la boca su labio inferior, succionando, aún enfadado. Ay, dios mío. Marco aspiró con fuerza, subiendo la mano de la muñeca de Jean hasta sus dedos. Tiró de los rubios mechones del chico, mordiéndole el labio inferior, escuchándole soltar una débil exclamación. Le besó la boca, despacio, varias veces. Jean se dejaba besar.

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—¿Qué coño haces? —Le dio un empujón a Marco, dado dos pasos hacia atrás, mirando sobre su hombro. El grupo estaba ya muy lejos, nadie se había percatado. Menos mal.

—Tú me has besado —susurró, sus pechos subían y bajaban, agitados.

—¡Tú has empezado! No vuelvas… no… —Apretó los labios, sintiendo cómo se le subían los colores, sintiéndose ridículo y violento—,  ¡no soy gay! ¿Vale?

—Sí, claro, vale —Marco asintió, con expresión despistada.

Se dio la vuelta, apresurándose para alcanzar al grupo, preguntándose qué cojones estaba haciendo. Lo de caracaballo le molestó mil veces más al provenir de Marco que de Eren, no se lo esperaba, y por supuesto no se esperaba que fuese a acercarse a él de esa manera. No entendía por qué su orgullo le hizo reaccionar así, o su vergüenza. Se pasó una mano por la frente, sintiendo las mejillas tan calientes como cuando fantaseó con un beso como ese en el bosque. Qué va, como este no, este ha sido mucho mejor y lo sabes. Se pasó la mano por el pelo, resoplando. Las cosas no podían seguir así. Cenó enfurruñado, sentado junto a Mikasa, mirándola mucho y sintiéndose nervioso cuando la chica cruzaba la vista con él, asegurándose de que lo que había pasado con Marco era un error. Sin lugar a dudas.

—Una de estas noches deberíamos hacer una fogata fuera —sugirió Connie—, he preguntado en cocinas y tienen cervezas si las pedimos. Pero solo nos dan dos por cabeza cada noche y tenemos que avisar un día antes.

—Podemos planearlo para dentro de unos días —sugirió Eren—, una vez en los dormitorios, estos se cuidan solos.

—¿Habéis vigilado al chico que os dije? —preguntó Marco a Annie y Mikasa. Ambas asintieron.

—Se quiso pelear con las dos —dijo Mikasa, sonriendo suavemente. Era indudablemente bella—, y ninguna tuvimos ninguna compasión, como nos pediste.

—Creo que se le han bajado los humos al ver que los demás se reían —Annie dejó en el plato su último hueso de pollo—. Me voy a dormir. Bert, deja de mirarme con la boca abierta y ven un momento.

Todos miraron al aludido, que puso la espalda derecha, observando a la chica con ojos como platos y levantándose con prisas tras ella. Reiner se rió al verle alejarse, negando con la cabeza.

—No llevamos ni dos días y ya hay dos parejitas…

—Y las que quedan —murmuró Ymir. Jean apretó los dientes al escuchar a Marco reírse nervioso. No sabía de qué se reía. Miró en dirección al muchacho y al verle morderse el labio, encogiendo esa pequeña nariz llena de pecas ante las cosquillas de Christa, se le volvió a escapar una sonrisa.

—Un momento —Sasha puso ambas manos en la mesa, acercando su cara a la de Jean—, ¡Has sonreído! ¡Por fin! Te mereces mi pan —Le ofreció la mitad de la pieza medio mordisqueada. Él cogió aire, poniéndose en pie y disculpándose.

Se encaminó hacia el servicio, echando la última meada del día, con prisas por meterse en la cama. Dos días, le conocía de dos días y había conseguido hacerle cuestionarse su sexualidad. Tampoco es para tanto, joder. No se iba a alejar de él, ni mucho menos, pero procuraría poner límites. Los siguientes días procuraba no sentarse muy cerca suya en las comidas ni coincidir en las duchas. Charlaban cuando se daba la ocasión, pero asuntos triviales y breves. Ymir no volvió a sacar el tema y Marco no habló sobre aquel beso extraño, lo cual agradeció profundamente. Suficiente se confundía solo como para que le liaran más la cabeza. El viernes, Marco dio su taller y se encerró en el bungalow, poniendo de excusa que estaba enfermo. Jean pasó su hora con los chavales, almorzó, ayudó a Eren y a Armin con sus actividades y aún no sabía nada de él.

—Le deberíamos llevar algo de comer —propuso Bert antes de la cena—, no es bueno que esté enfermo y no coma nada en todo el día.

—Había pensado lo mismo —dijo Jean, con una manzana del almuerzo que había guardado para dársela después—. Voy a pasarme antes de ir a cenar.

—Sí, yo voy a por una toalla, quiero ducharme —Bert le acompañó al dormitorio.

Jean abrió despacio, si estaba dormido no quería darle un susto y la zona de los dormitorios siempre era muy silenciosa, alejada del barullo. Se asomó al interior con cautela. La volvió a cerrar a igual manera.

—Espera unos minutos, está… ocupado —Le lanzó una mirada significativa a Bert, que sonrió.

—No pasa nada, me ducho después de la cena —Se encogió de hombros y se alejó al comedor.

Jean no podía moverse. Sostenía el pomo del dormitorio con fuerza, intentando mostrarse de un calmado que no compartía su corazón. No miró mucho tiempo, pero lo que vio le puso excesivamente nervioso. Marco estaba destapado, sudoroso, con los pantalones y calzoncillos por los tobillos, abierto de piernas. Se la acariciaba de manera impetuosa, dando golpes al aire con sus caderas, necesitado, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, dejando escapar cortos gemidos excitados. Su otra mano se perdía entre sus muslos, demasiado hundida como para estar acariciándose los cojones. Sabes que se estaba metiendo un dedo y sabes perfectamente en quién estaba pensando. Tragó saliva, sintiendo una presión en sus calzoncillos que no tendría que existir. En un mundo lógico, normal y controlado, se habría reído con Bert y se habría alejado sin más. Pero ahí estaba, debatiéndose entre marcharse o quedarse. Planteándose la posibilidad de echarle una mano. QUÉ ESTÁS DICIENDO JEAN, MUEVE TU PUTO CULO HETERO AL COMEDOR, DESGRACIADO. Respiró hondo, soltó el pomo, y le hizo caso a esa voz que le pedía que usase su sentido común.

3

Metió la camiseta manchada de esperma en una bolsa, volviendo a la cama, a taparse. Ya no se sentía tan enfermo como ese medio día por los medicamentos que le dieron en la enfermería. Lo que tenía era hambre, pero también le sugirieron reposar en la cama, así que no se levantó más que para encender la luz. Se aburría, no quería dormir más. Fue la primera vez en toda la semana que echó de menos su teléfono o un ordenador. Bebió una vez más de la botella de agua, ignorando el gruñido de su estómago, y acababa de tumbarse cuando escuchó voces acercarse a la puerta.

—¡Ey! ¿Estás mejor? —Le preguntó Reiner, quitándose la camiseta conforme entraba.

—Sí, pero tengo hambre…

—No te preocupes por eso, Jean te trae media cocina —Bert le sonrió, cogiendo una toalla de su taquilla—. Voy a ducharme, ahora vengo.

—¿Solo o con Annie? —Al chico se le subieron los colores, riéndose avergonzado y saliendo sin decir nada más.

—Toma —Jean le dió un puñado de fruta y unas alitas de pollo enrolladas en servilletas. Marco se sentó con las piernas por fuera de la cama, sonriéndole.

—Gracias, estaba muerto de hambre —Jean se quedó mirándole unos segundos, hasta que asintió, sentándose en su propia cama y quitándose la camiseta.

Sabía que desde el beso iba a comportarse de manera extraña a su lado, el problema es que no era siempre. En ocasiones le trataba con total normalidad, en ocasiones se volvía un rarito silencioso a su lado. No tenía ni idea de lo que Jean pudiese tener en la cabeza, pero desde luego debía estar hecho un lío. Se lo comió todo con muchas ganas, sintiéndose definitivamente mejor. Fue a darle las gracias a Jean una vez más pero ya se había puesto los tapones en los oídos, dándole la espalda. No había terminado de meter todos los desperdicios en una bolsa que Reiner ya estaba roncando. Se rió suavemente y se metió en la cama, intentando dormirse ante la falta de algo mejor que hacer.

La décima vez que se giró en la cama, Marco resopló. No había manera de pegar ojo. Miró hacia Jean, hasta su espalda desnuda. A menudo se quedaba soñando despierto, pensando en qué habría pasado si él hubiese continuado con ese beso, allí mismo, en el suelo de tierra. Se sintió tentado a pajearse otra vez para quedarse dormido, solo que con los compañeros allí le daba reparo. Jean se agitó, poniéndose boca arriba, con la cara girada hacia él. Su ceño se fruncía y relajaba, comenzaba a respirar acelerado. Por lo menos este folla en sueños. Comenzó a gemir igual que la otra vez, apretando los labios, dejando el aire salir en cortos jadeos.

—Hmmm…mmm… —Chasqueó la lengua mientras le miraba, era injusto. Ser maricón era una mierda—. Hmmmmmarco… —Aspiró despacio, profundamente, llevándose una mano a la boca. El corazón le golpeaba con rabia contra el esternón, mareándole. No ha dicho tu nombre ni de puta coña—. Marco… Hmmm… —Sí. Sí había dicho su nombre. Y se retorcía en las sábanas, levantando las caderas, con el cuello hacia atrás.

Y volvía a repetirlo. Y cada vez más fuerte. Reiner roncaba, pero Bert no había vuelto y si le oía, se moría de vergüenza. Se levantó de la cama, liándose con un pie en la sábana y cayendo de rodillas en el suelo de madera. Justo antes de un gemido especialmente escandaloso en el que Jean curvó la espalda, le tapó la boca.

—Cállate imbécil —susurró más avergonzado que enfadado.

Jean abrió los labios girando la cara, capturando su pulgar entre ellos, volviendo a gemir con los ojos cerrados mientras lo lamía. Al alzar las caderas de nuevo, la sábana se deslizó a un lado, dejándole ver cómo su erección rellenaba sus calzoncillos. Con la débil luz de las farolas del exterior, alcanzó a ver una pequeña mancha provocada por la lubricación previa a la eyaculación. La veía palpitar. Estaba a punto de correrse. Al volver a mirarle a la cara, Jean tenía los ojos abiertos. Marco apartó la mano de sus labios entreabiertos.

—Lo siento, lo siento,  est—

No le dejó seguir hablando. Jean le agarró del pelo de la nuca sacando la mano de debajo de su cuerpo, le besó con fuerza en los labios y guió los dedos de su otra mano hasta el borde de sus calzoncillos. Marco se sintió delirante, besando con pasión a su compañero de habitación, enrollando sus lenguas. Al palpar la curva de su erección por encima de los calzoncillos, Jean gimió en su boca. Marco coló sus dedos por dentro de la ropa interior, rozando con ellos la húmeda y ardiente erección, sintiendo su propio miembro endurecido contra su ombligo. Escuchó pasos en la entrada, abrió los ojos mirando en esa dirección y dejó de besar a Jean, intentando volver a su cama.

—Ni de puta coña te vas ahora —Tiró de sus dos brazos, agarrándole de la espalda, metiéndolo en su cama y girando con él encima, pegándole contra la pared. Agarró las sábanas que quedaban a los pies y los tapó a ambos—. Cállate la boca.

A pesar de la advertencia le puso una mano ante los labios, dándole la espalda a Bert, que pasó por delante de las camas dejando su ropa sucia en el cesto del fondo de la habitación. Notaba la erección de Jean contra la suya, estaba tan excitado que se le iba a escapar un gemido. Se miraban a los ojos, unas miradas suplicantes e intensas. Para colmo de males, Jean no dejaba de rozarse con él. Bert no se paró a observar a su alrededor, subió a su cama sin más. Jean cambió la presión de sus dedos por la de su boca, besándolo despacio, agarrándole del trasero y de la polla junto a la suya. Las apretaba con su mano, masturbándose y masturbándole. Marco bajó la mano por su pecho, volviendo a agarrar su erección carente de prepucio al contrario que la suya propia, acariciándosela. Jean se tumbó sobre él, poniéndole una mano en la boca de nuevo cuando sus gemidos comenzaron a descontrolarse, dejando caer su cabeza en el pecho de Marco, machacándosela. Controlaba el tono mucho mejor que él, pero alguna queja placentera se le escapaba. Marco no podía más. Escucharle gemir, escuchar los sonidos urgentes y húmedos de sus cuerpos en el silencio de la habitación al haber lubricado uno en las manos del otro, sentirle piel con piel, sus caricias precisas y necesitadas, su olor… Se liberó de esa deliciosa presión, llenando la antes silenciosa habitación de gemidos contra su mano, echando la cabeza hacia atrás, manchando a Jean con su esperma.

—Marco… —Jean le mordió el pecho, corriéndose entre sus dedos, sobre él, haciendo demasiado ruido. Estaba seguro de que Bert les había escuchado, pero aún era preso de los espasmos, aún martirizaba a Jean con sus caricias.

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—Mañana no voy a poder mirarles a la cara —Se quejó Marco entre susurros una vez se las soltaron, flácidas y mojadas. Reiner no roncaba. Ambos eran conscientes de lo fuertes que sonaban sus jadeos en el silencio de la habitación.

—No me hables de mañana —Jean no sabría cómo mirarle a él a la cara.

—Eh, oye —Marco le apartó los mechones de delante de los ojos, con la frente perlada en sudor y su pelo oscuro cubriéndole parcialmente los ojos—, no  homo —Jean alzó las cejas, sonriendo después, riéndose en silencio con Marco, que le mandaba a callar.

—Menudo gilipollas estás hecho —Le devolvió el suave beso que el pecoso le dio en los labios con una sonrisa.

—Buenas noches —Pasó por encima suyo y se volvió a su cama, subiéndose los calzoncillos con torpeza.

Jean chasqueó la lengua, echando las pringadas sábanas a los pies de la cama después de limpiarse con ellas. Respiró hondo y miró hacia su izquierda, a un sonriente y satisfecho Marco. En ese momento pensó que repetiría la experiencia, y de buen grado.

Pero a la mañana siguiente, se quería morir. Recordó todo tan pronto abrió los ojos para ver las pecosas piernas de Marco caminar hasta su taquilla. Se tapó la cabeza con la almohada. No recordaba muy bien cómo empezó el asunto el día anterior, solo que se despertó cachondo perdido con el pulgar de Marco en la boca. Lo demás lo hizo casi por instinto animal. Noooo, no, no, no, no te engañes a ti mismo. Llega a pasarte con otro y lo mandas al carajo, pero Marco, es Marco. Y no le entraba en la cabeza qué tenía Marco para ser tan especial. Decidió que debía dejar de esconderse, sentándose en la cama, respirando hondo al ver los pies de Reiner bajar por la escalera. Lo peor de todo era la amplia sonrisa que se le dibujó al mirarlos.

—Buenos días —dijo con sorna—, ¿habéis dormido bien?

—Reiner, déjalos en paz —Le riñó Bert. Marco se vestía sin mirar a nadie, con las mejillas coloradas hasta el punto de resultar llamativas. Salió del bungalow como alma que llevaba el diablo.

—Os puedo dar cañita por haberme despertado, y da gracias que no respondí “polo” cuando gemiste su nombre —Le dió un puñetazo en el hombro a Jean, dejándole sin palabras, riéndose con Bert—, pero si no queréis que salga de aquí, no saldrá.

—Gracias —murmuró Jean, levantándose y cogiendo sus cosas para ir a la ducha, poniéndose la ropa del día anterior antes de cambiarse.

Al saludar a los compañeros que se encontraba por el camino le dio la impresión de que todos sabían lo que había ocurrido. Era imposible, pero lo pensó. Especialmente al cruzarse con Ymir, saliendo del baño de chicas con una toalla en la cabeza y una sonrisa pícara. Que era la que llevaba siempre. Y que se explicó cuando una colorada Christa salía justo detrás de ella. Se desnudó, escuchando a Connie canturrear, haciendo a Eren reír. Se quedó de pie, agarrado a los azulejos de la entrada de las duchas cuando miró al frente. Entre el vapor condensado que le hizo sudar, vio a Marco de espaldas, lavándose el pelo con los ojos cerrados. Nunca habían coincidido en las duchas. Se alejó de él, poniéndose de espaldas a los tres. Tiene el culo lleno de pecas, era todo lo que podía pensar. En eso y en la paja del día anterior, en las enormes manos de Marco acariciándosela de arriba abajo. Las tías no le hacían pajas como esa. Se pellizcó un muslo intentando bajar la erección, forzándose a pensar en otra cosa. Escuchó una risotada de Reiner y se temió lo peor.

—Por favor, dime que también tienes la polla llena de pecas.

—¡¡PERO SERÁS BURRO!! —Chilló Sasha desde el baño de las chicas, separado por un muro.

Marco no contestó, él no se giró, aunque le hizo gracia el comentario. Se preguntó si sería así. Desayunaron sin más percances y dio el taller un poco en las nubes, apenas coincidió con Marco, tan solo miradas fugaces y leves sonrisas escondidas. A la hora del almuerzo, se sentó delante de él sin pensarlo mucho. Decidió intentar normalizar la situación.

—¿Cómo te sientes hoy? —le preguntó. Marco alzó la vista de la comida que devoraba, sonriéndole. Era una sonrisa cálida, le daba paz. Parecía menos estresado que esa mañana.

—Muy bien —Le respondió él. Ni quiso, ni pudo esconder la sonrisa que le asomó a los labios.

—¡Claro que muy bien! —Reiner le pasó el brazo por los hombros, apretándole—, ayer le dieron buena medicina, ¿verdad? —Ymir los miró suspicaz—. Esta enfermería es maravillosa.

No lo pudo evitar, ante ese comentario comenzó a reírse descontrolado. Reiner parecía orgulloso de haber conseguido causar ese efecto en él. Las risas de Marco eran suaves, de nuevo sonrojado, pero Jean no podía parar. Cada vez que miraba a Reiner y le veía suspirar con un “ay…” volvían a reírse. Cuando peor estaban, Bert murmuró un tembloroso “polo” que provocó que hasta Marco se uniera en las carcajadas. Estaban llorando, a Jean le dolían las mejillas, Reiner se agarraba el estómago, frotándose los ojos con la otra mano.

—¿Qué nos estamos perdiendo? —preguntó Christa. El resto de personas de la mesa sonreían solo de verles.

—Es una broma de dormitorio —explicó Bert como pudo—, da igual.

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Se pasaron la tarde organizando lo necesario para el campamento que iban a montar esa noche. Habían pedido las cervezas y uno de los cocineros accedió a quedarse en los dormitorios por si alguno de los chicos tenía algún problema. Lo cual le hizo acordarse de que tenía que ir a la lavandería para poner a lavar su ropa.

—Voy contigo, tengo que lavar sábanas —Le dijo Jean. El simple hecho de andar a su lado le hacía feliz, pero lo sería más si pudiese pasarle el brazo por encima. Le encantaba que fuese un poco más bajito que él. No quería hablar del tema, pero una vez alejados del resto le preguntó algo que tenía en mente.

—¿De verdad lo de ayer fue tu primera vez con un hombre? —Jean no le respondió, solo le miró a los ojos. Qué ganas tengo de besarte, pensó suspirando, agobiado por esa presión en el pecho que le provocaba su mirada.

Le dejó entrar primero en el dormitorio y cerró la puerta tras él. Se quitó la camiseta para ponerla a lavar, pero no llegaron a las camas. Jean le empujó contra la pared que quedaba tras la puerta, junto a una ventana. Posó su mano en la cintura de Marco, la otra la subió por su mejilla, hasta su desordenado pelo negro.

—¿Por qué no me controlo a tu lado? —Vio verdadera curiosidad en sus ojos. Y algo más. Algo muy parecido a lo de la noche anterior—, ¿qué tienes tú de especial? Yo era hetero, te juro que lo era.

—Probablemente nunca lo has sido.

Jean subió la mano de su cadera al brazo de Marco, bajando la otra hasta su nuca y besándole dulcemente en los labios. Marco le agarró del hombro y por debajo del brazo, empujándolo contra la pared contraria, roncando en la boca de Jean de pura excitación. Este le agarró de la nuca con ambas manos, dejándose devorar por su boca, que bajaba hasta su cuello, apretando la lengua contra su piel.

—Marco… —No había cosa en este mundo que le pusiera más cachondo que escucharle gemir su nombre.

—Voy a comertela, Jean, voy a chupartela hasta que te tiemblen las piernas.

Como respuesta, Jean le arañó la espalda. Se puso de rodillas en el suelo, mirando hacia arriba, desabotonando los pantalones de su sonrojado amante. Se mordió el labio al llegarle el olor de su vello púbico, aspiró con fuerza, subiendo una mano por los abdominales de Jean, lamiéndosela sobre la tela. Dejó escapar un quejido, acariciándole el pelo. El propio Marco se la sacó de los pantalones, acariciándose mientras succionaba suavemente su glande. Tanteó la longitud de su erección, besando cada pliegue de piel, lamiendo cada vena, familiarizándose con sus zonas erógenas más allá de su polla con su otra mano. Descubrió que Jean no era un hombre de pezones, pero sí de ingles. Movió su boca hacia el lado, lamiendo la piel entre su sexo y la pierna, escuchando cómo gemía nervioso.

—¿Qué me estás haciendo? —Se tapaba los ojos, sonrojado hasta el cuello. Sonrió. Lo que le quedaba por descubrir… Y le iba a abrir la mente a uno de los placeres mayores del hombre.

Volvió a empujar la piel bajo su glande con la lengua, hacia arriba, metiendo su otra mano entre las piernas de Jean. Le acarició los testículos con las yemas de los dedos y el glande con la lengua, sintiendo cómo la hacía palpitar contra su boca. Se la tragó, casi hasta la garganta, al mismo tiempo que rozó con el índice la entrada de su ano. Se le inclinaron las piernas, agarrándole del pelo, dejando escapar un gemido incontrolado cuando la frotó contra su mejilla. Eso le gustaba. Lo repitió, sin alejar su dedo de la zona que estimulaba. Marco sintió su propia lubricación mancharle los dedos, la excitación se comenzaba a convertir en urgencia. Succionó al sacarla de su boca, mirando hacia un encorvado Jean, sintiendo sus uñas clavarse en su nuca y espalda. Marco se escupió en el dedo, ojalá tener lubricante a mano y reventarle la vida a pollazos. Al mismo tiempo que volvió a proporcionarle una presión constante con su lengua y labios, arriba y abajo de su miembro, deslizó ese dedo dentro del chico. Encontró la próstata sin dificultad y lo presionó contra ella, en círculos.

—¡¡Mmmmmmarco!! —El gemido que vino después de esa exclamación fue un escándalo. Su semen le pilló por sorpresa, casi atragantándole. Miró hacia arriba, sintiendo las ganas de sonreir crecer cada vez más. Jean no paraba de gemir, con el temblor de piernas prometido, tapándose la cara con una mano. Le iba a dejar marcas en el hombro con las uñas. Palabras mal sonantes salían entrecortadas de entre sus labios. Finalmente abrió los ojos, evitando su mirada—. ¿Qué coño ha sido eso? —Jadeó al acabar.

—Magia —Besó su mejilla, Jean le tiró del pelo y le besó en la boca.

—Gracias —Apoyó su frente en la de Marco con las mejillas sonrojadas. Su respiración se conformaba por jadeos, pero no le pasó inadvertida la erección de Marco.

—Date la vuelta, Jean —Le miró con los ojos como platos, haciéndole reír—. No voy a metertela, no pongas esa cara.

Le hizo caso, apoyando las manos contra la pared. Tan solo verle tal cual, sonrojado, jadeante y con los pantalones por las rodillas fue más que suficiente para provocarle un escalofrío. Se escupió en la mano y le juntó los muslos, metiendo su erección entre ellos. Notar su culo contra su pelvis era lo que necesitaba para correrse, y si Jean se la atrapaba con la mano desde delante de sus piernas, hasta mejor. Le mordió el cuello, le pasó la mano por el estómago, sintiéndo que echaba el brazo hacia atrás para acariciarle el pelo. Gimió su nombre, cada vez más fuerte, corriéndose entre gruñidos, espasmos y resoplidos. Jean echó la cara hacia atrás, buscando su boca, besándole mientras eyaculaba. Al acabar le miró a los ojos, amo a este caracaballo y le amo un montón.

4

—Quiero follarte —confesó Jean, atrapando sus brazos cruzados ante su pecho para que no se alejara. Marco le apretó un poco más. Le gustaban sus abrazos, eran muy diferentes a los de las mujeres—, necesito saber qué se siente.

—¿Ninguna novia ha querido que se la metas por el culo? —Negó con la cabeza—, bueno, yo nunca he tenido relaciones con una mujer, pero me han dicho que es mejor por detrás.

—No lo sé, no me importa qué es mejor, solo quiero saber cómo se siente metertela a ti, Marco.

Se giró en sus brazos y le besó. Se besaron un buen rato, entre caricias y miradas cándidas, aún con los pantalones bajados y el esperma secándose entre sus piernas, en el suelo y contra la pared del dormitorio. Al separarse, Jean se estaba riendo, con el corazón acelerado y feliz en su pecho.

—Quién me iba a decir a mí que iba a ser tan maricón —Se subió los pantalones, pensando que tendría que ducharse de nuevo.

—¿La idea de follarte a Mikasa te gusta? —Le preguntó Marco—, piensa en ella desnuda y llamándote, te excita, ¿no? —Jean asintió despacio—. No eres maricón. Eres bisexual.

—Pero solo me atraes tú, si pienso follar con otro hombre me da rechazo.

—De momento. Por ahí se empieza.

—Lo que sea, vamos a poner una lavadora.

No solo era su actitud ante Marco lo que había cambiado, era ante la vida en general y sobre todo ante la idea de estar un mes en ese campamento. Hasta Eren le parecía más soportable. Cargaron cada uno con sus cervezas y alguna que otra cosa para picotear que le dejaron los de las cocinas. Armin preparó y encendió la fogata con ayuda de Eren, recibiendo aplausos por haber sido dignos representantes de los talleres de supervivencia.

—Por cierto —dijo Eren una vez todos estuvieron sentados. Jean se colocó entre Christa y Marco—, este domingo haremos la acampada con los niños, ¿quién puede venirse?

—Yo mismo —Se apresuró a decir Jean. Eren le miró sorprendido.

—¿Vaaale?, pero haremos senderismo antes, nos alejaremos un poco del recinto.

—Perfecto —comentó encogiéndose de hombros—, puedo llevar a alguien, ¿verdad? Si tengo que ir contigo solo voy a aburrirme. —Eren frunció el ceño, molesto ante la sonrisita socarrona de Jean.

—Claro que puede ir alguien —Le dijo Armin sonriente.

—Que supongo que será Marco… —Murmuró Ymir antes de beber, sin mirarle.

—Claro que es Marco, quién va a ser si no, ¿tú?

—Eh, tengo tema de conversación —Reiner murmuró “ya, lo que no tiene es polla”, haciendo reír a Bert a carcajadas. Marco les mandó a callar con urgencia, Jean tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para esconder la sonrisa porque el grupo en general pasó a mirarles con suspicacia.

—Tengo una idea —dijo Sasha—, vamos a jugar a “yo nunca”

—En ese juego siempre se acaba hablando de sexo —Se quejó Connie—, nunca bebo —Fingió llorar, haciéndoles reír.

—Por si alguien se pierde, se trata de que si yo digo “yo nunca he tenido perro”, las personas que sí lo hayan tenido, deben beber.

—O sea, si has hecho lo que sea, bebes —Quiso aclarar Christa. Sasha asintió.

—Vale. Yo nunca me he comido una pizza familiar sola —Ella, Bert y Reiner bebieron.

—Yo nunca me he peleado a piñas con alguien —dijo Connie. Jean, Eren, Reiner, Annie, y él mismo bebieron—. Hay más violentos de lo que pensaba.

—Yo nunca me he tirado un pedo en público —dijo Christa entre risitas. Todos excepto Mikasa y Bert bebieron. Reiner miró a su compañero señalándole.

—Los pedos nocturnos cuentan, bebe.

—¿Cómo puedes enterarte de todo con lo que roncas? —Le preguntó Marco a Reiner. La travesura se pintó en la sonrisa del grandullón.

—Yo nunca me he sentido sexualmente atraído por nadie de este campamento —todos excepto Sasha y Armin bebieron—, y yo nunca he tenido sexo en público —él mismo bebió de la botella, acompañado de Annie, Ymir, Jean, y unos tímidos Marco y Christa que parecían no querer levantar mucho la botella.

—Yo nunca he tenido un orgasmo en un campamento siendo monitor —Especificó Jean, bebiendo, observando como casi todo el mundo menos Mikasa, Sasha y Armin bebían. Eren pareció contrariado cuando su novia no bebió. A Jean le dió la risa floja.

—Yo nunca he recibido sexo oral en un campamento siendo monitora —Jean chasqueó la lengua, bebiendo con una sonrisa golfa junto con Bert, Annie, Eren, Ymir y Christa, colorada hasta el extremo. Ymir no paraba de reírse mirándola, se inclinó sobre ella y dijo—: yo nunca he descubierto mi sexualidad en un campamento siendo monitora —Christa se tapó los ojos al beber. Jean le dio un golpecito en el brazo para que le mirase, alzando las cejas y bebiendo él también. De perdidos al río. Christa abrió mucho la boca, feliz, chocando los cinco con él.

—¡No estoy sola! —Sus compañeros se rieron.

—A mí nunca me han provocado un orgasmo horas antes de preparar una fogata con amigos —Sasha los miraba, entrecerrando los ojos. Ambos bebieron, entre risitas —Ya decía yo que sonreías mucho últimamente…

—Espera, espera —Connie los señaló con una sonrisilla—, yo nunca he masturbado a mi compañero de habitación en un campamento sien—

—Sí, sí, sí, bla, bla, bla. Marco, bebe.

—¡Jean! —Exclamó el pecoso. Bebieron mirándose a los ojos, sonrojados. Cuando los “uuuUUUUUHHHH”  se convirtieron en un coro de sus amigos, Marco escondió la cara entre las manos. Jean dió una carcajada.

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Iba a matar a Jean por hacerle pasar por esto. Su poca vergüenza le estaba sacando los colores y los empujones de Reiner no ayudaban. Sintió que Jean le acariciaba el pelo y que se inclinaba hacia él.

—No quiero tener que esconderme si se me apetece tocarte, me parece una pamplina —susurró en su oído. Marco le miró, aún con la mano ante la boca.

—Me da vergüenza en público.

—Ya, porque en privado no tienes límites, ¿eh? —Se acercó a él y le pasó un brazo por detrás de la espalda, apoyándo la palma en el suelo. Marco hizo lo mismo por detrás de la suya, arrimándose y pegando hombro con hombro, aún muerto de vergüenza por sentirse observado por sus compañeros.

—Ymir y Christa fueron la novedad, ahora lo sois vosotros —dijo Connie—, ¿quién será el siguiente?

—Eren y el instructor Levi —bromeó Ymir. Al mirar hacia su derecha, a la mueca de Jean sonriendo granuja, suspiró. Era insoportable de guapo. Él, sintiéndose observado, le miró de reojo, apartando la cerveza de sus labios.

—¿Qué pasa? —Marco suspiró, negando con la cabeza—, ¿te estás enamorando de mí? —preguntó con chulería.

Lo que no esperaba casi con seguridad era un asentimiento como respuesta. La sonrisa se desvaneció de los labios de Jean, su mirada se tornó más profunda, más seria, analizando su rostro de frente a barbilla. Escuchaba a sus compañeros bromear y reírse, pero era un ruido de fondo, como cuando se oye llover tras una ventana. Jean acercó sus labios, Marco se los besó, mirándole a los ojos, cerrándolos al sentir la intensidad con la que su lengua acarició la suya, solo una vez, tan lentamente que al apartarla de su boca, arrastró un débil quejido con ella, con un corazón desbocado de regalo.

—Quién sabe si yo también…—su aliento le hizo cosquillas en la piel, pero fueron sus palabras y el verle completamente colorado lo que hizo cosquillas en el alma, escondiendo la cara contra su pecho, entre risitas.

—Mi corazón —dijo Christa a su lado. La miró y la vio observarlos mordiéndose el labio—, no podéis hacer tan buena pareja. Es de locos.

Era de locos. No se creía su suerte y no se creía el cambio de actitud de Jean hacia él en tan poco tiempo. Admitió lo que sentía con relativa facilidad, y lo mejor de todo es que no se avergonzaba de demostrarlo en público. Al menos esa parte lasciva. Estaba en una nube. Cuando se levantaron camino a los dormitorios, Connie se quejó.

—Ojalá haber tenido una cámara de fotos esta noche..

—Creo que puedes pedirla al guardia de seguridad —Le dijo Armin—, o algo así comentó Hanji.

Quería fotos con él. Quería muchas fotos a su lado para nunca olvidar, en caso de que le fallase la memoria, haber disfrutado de la experiencia acompañado. Al meterse en la cama, Reiner les pidió que se comportasen, haciéndoles reír.

—No te prometo nada —dijo Jean.

—No, no te preocupes, eso fue una sola vez pero no va a volver a pasar —dejó claro Marco.

—Con vosotros delante… —Se tapó hasta la cabeza al ver a Jean con la ceja levantada, escuchando a esos dos reírse.

Siempre le había dado vergüenza mostrarse tan sexual con alguien en público, los mimos eran otra cosa, eso le salía solo. Y parecía que a Jean le pasaba justo al revés. Le observó dormir boca arriba unos segundos y supo que él también se había quedado dormido porque se sobresaltó al hundirse su cama.

—Jean, ¿qué haces?

—Sshh —Trepaba por encima suya, dejándose caer por el lado de dentro de la cama, entre él y la pared.

Le abrazó por la cintura, suspirando. Marco le acarició el pelo, besándoselo y sonriendo, tapándole con la sábana, quedándose dormido de inmediato con Jean entre sus brazos.

Y la puerta de par en par le despertó por la mañana no solo a él, sino a todos los demás de la habitación.

—¡Buenos días equipo testosterona! —Gritó Connie. Marco miraba hacia la puerta, de espaldas a Jean, que le apretó la cintura enterrando la cabeza contra sus omóplatos al escuchar el escándalo.

—Aaaghh… ¿Qué hora es? —murmuró Bert.

—La hora del vídeo de campamento. ¡Decid holaaa!

—Vete a cagar —Reiner le tiró la almohada. Cuando enfocó a la cama de Jean, Marco se tapó hasta la nariz.

—¿Dónde… —Connie giró la cámara, sonriente, haciéndole un plano a Marco—, ¿Jeaaan?

—¿Qué cojones quieres? —Se destapó, completamente despeinado, con esas cejas enfadadas de siempre. Marco no lo pudo evitar y le dio un beso en la mejilla. Jean le miró, sonrió de medio lado con ojos dormidos y le tapó la cabeza con la sábana, besando sus labios. Marco le acarició las mejillas, sonriente.

—Connie, vete a otro dormitorio —Le pidió Reiner desde arriba entre risitas—, y llévame contigo que no quiero volver a escuchar a Marco gemir nunca más.

—¡Ah, Mmmm…Marco, por ahí no! —Jean comenzó a fingir gemidos escandalosos, levantando el culo y bajandolo de manera exagerada.

—¡¡Jean cállate!! —Solo de pensar que los estaban grabando sintió las mejillas a punto de explotar.

—Sí, hora de irse —dijo Connie. Jean se destapó riendo a carcajadas. De quererle un poco más, le reventaba el pecho.

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Dejó que Marco se levantase primero, preguntándose cuántas pecas tendría en total. Bostezando sin reprimirse, cogió su toalla y ropa para cambiarse, caminando sin camiseta hacia las duchas. No había nadie cuando entraron.

—¿Vamos a hacer hoy actividades con los enanos o qué? —Le preguntó a Marco mientras se desvestía. Miraba de reojo sus manos, los músculos de sus brazos, torso y piernas, su piel tostada.

—Creo que sí, Connie y Sasha querían hacer qué sé yo de teatro —Caminaron hacia las duchas, Jean tras un adormilado Marco—, creo que me dijeron un drama en el que unos seres gigantes se comían a su familia o algo así, ya sabes cómo son…

—Sí, sí —Abrió su grifo de agua caliente, mirándole cerrar los ojos al recibir el chorreón en el pecho.

—Y mañana de campamento, ¿por qué te ofreciste voluntario?

—Para poder follarte tranquilo —Marco abrió los ojos, mirándole y revisando que no hubiese nadie.

—Jean, habla más bajo de esas cosas —Sus mejillas volvieron a tener ese tono rojizo que tanto le gustaba. Era facilísimo sacarle los colores.

—No veo el momento de tumbarte en esa caseta, de verte entre mis piernas —Se la acarició mirándole a los ojos, sin acercarse a él. Aún.

—Jean. Para. Se me está poniendo dura —Desplazó su mirada hasta la entrepierna de Marco, encontrándola medio erecta.

—¿Qué quieres que haga? No puedo contenerme a tu lado —Escuchó pasos y voces acercándose a las duchas y se le ocurrió una manera de ponerle histérico. Algo que Marco no haría ni muerto pero sería incapaz de resistir.

Cerró ambos grifos, tirando de su mano, llevándolo al fondo donde no iba nunca nadie porque las duchas estaban averiadas. Un muro a la altura de la cadera separaba ambas zonas.

—Túmbate —Le ordenó, poniéndose de rodillas.

—¿Qué haces? —Notó el pánico en su voz.

—Te van a ver de pie y a mí de rodillas, van a pensar lo obvio, túmbate pegado al muro y no te verán —Dudó, pero ante la cercanía de las voces al final le hizo caso.

Tan pronto estuvo en el suelo, trepó sobre él, rozando ambas erecciones, agarrándole de los muslos y besándole con una lascivia que le nublaba la razón. Marco le puso las manos en los hombros, pegándole a su cuerpo al escuchar entrar a sus compañeros, charlando ruidosamente.

—¿Te gustaría que te follase ahora? —Le ronroneó al oído, acariciando la parte interior de sus muslos, abriendole las piernas—, me muero de ganas de reventarte.

—Jjjjean, no. Ahora no —Bajó la boca por su pecho, parándose en sus pezones. Eran pequeños, oscuros y erectos. Pasó la lengua alrededor de esa piel rugosa y al instante Marco se revolvió—. Por favor, Jean…

—¿Por favor sigue o por favor para? —Se lo mordió, retorciéndole el otro con delicadeza. A Marco le temblaba el labio que se mordía, con las mejillas completamente ruborizadas. Le encantaba verle así, a su merced.

Besó sus pecas desde su pecho hasta su oscuro vello púbico. Le costaba respirar debido al vapor condensado en el ambiente y al calor de su cuerpo. Sus compañeros se reían de un chiste de Connie, Marco se retorcía por el chupetón que Jean le estaba dejando en la cara interna del muslo. Miró su erección, su glande semicubierto de piel. Era muy grueso, considerablemente más grande que el suyo. Le miró a los ojos, agarrando su ancha base y retirando muy despacio esa piel del glande con tres dedos. Marco apretó los músculos del estómago, encorvandose unos segundos hacia adelante con la mano en la boca. Se la acarició tan despacio y tantas veces que en poco tiempo tuvo los dedos manchados de la lubricación natural del chico. Le gustaba observar sus gestos, el propio Jean se sentía a punto de correrse desde el momento que comenzó a tocarle. Pegó la lengua a la base, ascendiendo, acariciándole los huevos con la otra mano. Era la primera vez que hacía una mamada pero tenía la impresión de saber qué debía hacer a cada momento. Al presionar con sus labios, Marco le tiró del pelo con ambas manos, resoplando y murmurando algo con la voz rota. Subió los dedos de sus huevos a su boca, metiéndoselos, sintiendo que se los chupaba de manera febril. Es peor que comerle el coño a una tía, no para. No se estaba quieto. Jean apretaba su carne con la lengua, aprovechando la propia saliva que resbalaba por el miembro del tembloroso Marco y la de su boca para humedecerse el dedo. Al momento en el que los apartó de sus labios, dejó escapar un jadeo escandaloso, cubriéndose con su propia mano y mirando hacia la derecha, angustiado. Los otros no parecieron enterarse de nada. Se lo metió despacio, sin dejar de lamerle, observándole cerrar los ojos cada vez con más fuerza, con los nudillos blancos debido a la intensidad con la que se tapaba la boca. Retorcía las piernas contra sus costados, alzaba las caderas, le arañaba los brazos. Jean se aventuró a meter un segundo dedo, siempre con cuidado. No llegó a meterlo entero cuando el fuerte tirón de pelo y la tensión repentina de sus músculos precedieron al semen, brotando de él abundante, a borbotones. Jean se lo guardó en la boca, exprimiendole, embadurnándose la polla después al escupirlo en su mano, subiendo de nuevo sobre el pecoso y presionando con su glande su poco dilatado cuerpo. El chico puso gesto de dolor, mirando con los ojos entrecerrados a su amante.

—Vas a hacerme gritar —Se quejó en su oído—, como me la metas voy a gritar, Jean, por favor, por lo que más quieras —Nunca sabía si sus ruegos eran para darle pie o frenarlo.

—Chupamela —Estaba fuera de sí, no iba a controlarse y no quería hacerle daño.

Intercambió sitios con Marco, dejándole en una posición que parecía disfrutar más. El simple hecho de verle succionandole, con las mejillas hundidas hacia adentro y esa expresión de profunda satisfacción era más que suficiente para ponersela dura hasta lo ridículo.

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—Marco, quiero, quiero que —Los jadeos no le dejaban hablar.

—Qué, qué quieres —Bajó la lengua hasta sus huevos, succionando con delicadeza, presionando su glande con la palma de su mano, rodeándolo con los dedos, oprimiéndola. Los jadeos de Jean se perdían en el vapor del agua caliente, sus manos le acariciaban los brazos, la mejilla y el pelo.

—No te lo tragues —Marco sonrió, sí, tienes pinta de ser de los que les gusta mirar el resultado, mi amor.

—¿Quieres correrte en mi cara? —Asintió, llevándose las manos a los ojos. Nunca hacía contacto visual con él mientras se la comía, parecía darle vergüenza. Se preguntó cómo se comportaría de ser él el sumiso.

—Cállate Marco —Al metersela hasta la garganta, Jean encorvó la espalda.

Le pasó la mano por el pecho y los abdominales, palpándole, sacándosela de la boca y lamiendo su longitud mientras la acariciaba, con los ojos cerrados. Disfrutaba comiéndosela, escuchándole jadear su nombre, observándole cubrir sus mejillas rosas. Decidió ponerse en serio. Metió los brazos bajo las piernas de Jean, rodeandolos con ellos y apretando sus muslos contra sus hombros, dejándole inmóvil de cintura para abajo. Hacía tiempo que aprendió a no sentir arcadas al meterse una polla hasta la  garganta y la de Jean no era especialmente grande, por lo que le engulló, frotándole con la lengua en el proceso.

—¿Qué me estás haciendo? —Jean se incorporó demasiado, tirándole del pelo. Gimió demasiado fuerte, le iban a ver por encima del muro pero parecía no darse cuenta o no importarle. Sin embargo se derrumbó—. Ohmierdamarco —farfulló entre dientes—, Marco, lo tengo ahí.

Saboreó esa primera descarga antes de la corrida. Le soltó las piernas, subiendo una mano y agarrándo a Jean de la nuca, forzando a que le mirase a los ojos, acariciándosela con la otra y la lengua, con la boca abierta y listo para recibir su corrida. Que llegó. Llegó de manera exagerada, manchándole las manos, la cara y el pelo. Jean tuvo un orgasmo silencioso, apretando los dientes, aguantando la respiración. Estaba seguro que de emitir sonido, sería un gemido que escucharían hasta en el baño de las chicas. Le dio una última chupada, sabiendo que la sentiría como insoportable, justo antes de intentar limpiarse la cara con las manos.

—Ojalá hubiese tenido una cámara para grabarte…

—A ver cuándo se van, porque sin agua no hay manera de limpiar todo esto —Jean intentaba ayudarle, resolviendo gran parte del asunto. Su flequillo estaba apelmazado.

—Qué desastre —Se rió, tirando de sus hombros, haciéndole tumbarse sobre él. Marco le besó, enredando sus piernas, sintiendo las caricias de Jean en la mejilla.

Se besaron despacio hasta que escucharon los grifos cerrarse, las voces alejarse y a sus compañeros marcharse. Jean se incorporó lo que pareció una eternidad de besos después, asomándose con cautela por encima de la murallita.

—Has nacido para comer pollas —Le susurró Marco ya bajo el agua, esta vez fresca. Jean dio una carcajada.

—Y tú para ser sumiso. Te juro por mi vida que jamás me había puesto tan cachondo como cuando te veo perdiendo el control.

Se ducharon hablando de sexo, de lo que le gustaba al uno y al otro, con total normalidad. Nunca le había pasado algo así, nunca había sido capaz de hablar sobre lo que le gustaba y lo que no sin morirse de vergüenza en el proceso, pero con Jean era diferente. Si le tentaba, sobre todo si le tentaba en público, sí le parecía vergonzoso, pero hablar del tema le resultó reconfortante. Además, Jean estaba muy perdido en eso de ser gay y al contarle ciertas anécdotas se le abrían los ojos de la impresión, haciéndole reír. Almorzaron charlando con normalidad con los demás del grupo. Nadie había notado su ausencia y nadie pareció haberles escuchado en el baño.

No tuvieron gran cosa que hacer en todo el día más que ayudar a Connie, y Sasha a preparar la obra, riéndose de las pintas que les habían dejado a Bert y a Reiner al disfrazarlos de los monstruos. Encontraron un puñado de marionetas que usarían para la obra que escribieron la noche anterior tras las cervezas. Seguros de su éxito, les encomendaron la tarea de vigilar a los críos mientras la representaban. Se sentaron juntos al fondo, en el césped delante del escenario improvisado.

—Hola profe —Ted, el chico del que se rieron el primer día de talleres, pareció desarrollar un cariño especial hacia Marco. Se sentó a su lado.

—Hola Ted, ¿qué tal el día libre?

—Muy bien, hemos encontrado las gallinas y a su dueño y nos ha dejado darles de comer. También hay un caballo.

—Ya lo hemos visto, sí… —Miró a Jean, que se rió negando con la cabeza.

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—Parece una eternidad desde aquel primer beso que nos dimos —Le susurró a Marco. Su tierna sonrisa apareció en todo su esplendor—, desde luego para mí es un mundo de distancia.

—Saliste corriendo —dijo con una risita—, te cagaste vivo.

—Claro, no entendía que un hombre pudiese provocarme esos sentimientos —Marco le acercó la mano, apartándole un pelo del flequillo que no estaba en su sitio.

—¿Qué sentimientos? —Le acarició la mejilla con el pulgar, atrapándole la barbilla después. Le brillaban los ojos, esos ojos café y almendrados tan bonitos.

—Ya sabes qué sentimientos —dijo tragando saliva, intentando ignorar el hecho de que sus mejillas ardían. Nunca había hablado de sus sentimientos con facilidad, siempre lo había considerado demasiado… femenino. Marco le estaba enseñando que estaba equivocado—. ¿Sabes? Estando contigo me he dado cuenta que lo de los sentimentalismos no es una cosa unida al género.

—Oh, vaya, menudo descubrimiento, patentalo —le miró frunciendo el ceño, chasqueando la lengua.

—Para ti será evidente, yo me he comportado toda la vida de una manera con las mujeres y casi seguro que estaba metiendo la pata.

—Bueno, ahora lo sabes. Yo nunca me he avergonzado de demostrar lo que siento ni con mis palabras ni con mis acciones, es como me han educado. Mi madre siempre dice que si tengo dentro un buen sentimiento, que lo demuestre.

—¿Por eso siempre sonríes así? —Marco le miró sin comprender—, fue tu sonrisa la que me hizo plantearme si me gustabas —Le entraron unas ganas exageradas de abrazarle porque, justo en ese momento, le iluminó con otra de sus sonrisas.

Jean se puso en cuclillas, pasando por detrás de Marco, sentándose tras él y tirando de sus hombros, haciéndole apoyar la espalda en su pecho. Se dejó caer sobre él con una sonrisa más pronunciada, agarrándose a sus brazos cuando le dio un largo apretón, rodeándolo con ellos y besando su mejilla.

—Gracias por quererme tanto —Le susurró al oído—, por enseñarme a ser mejor persona.

—Todavía no me creo el estar contigo así —se reía como un idiota cuando le miró a los ojos—, te quiero muchísimo.

—Ay, Marco, Marco… —Le agarró del pelo al besarle en los labios, rozando sus narices después. Le besó el pelo , le pasó los brazos por la cintura y apoyó la barbilla en su hombro, prestando atención al escenario.

—¿Qué te pasa Ted? —Marco miraba al chico, que los observaba boquiabierto.

—¿No os da… cosa que os vean? ¿Y si os dicen algo?

—Mira para allá —Jean señaló una fila más al frente, donde una de las chicas se besaba con un muchacho—, si ellos pueden nosotros también. Es exactamente lo mismo.

—No tengo por qué esconder una muestra de cariño, es algo bueno. Y el que considere que esto es algo malo es el que tiene el problema, no yo —Marco entrelazó los dedos con los de Jean.

—Me gustaría poder hacerlo —suspiró el chaval.

—Pues hazlo. Hasta hace dos días yo era hetero y ya me ves.

—Sí, jamás habría pensado que tú… en fin —el chico se rió—, el profe Marco sí, pero tú no.

—Ni yo lo sabía, Ted, soy el primer sorprendido —Se rieron juntos, mirando al escenario.

Y qué cierto era. Al principio del campamento habría sido hasta capaz de partirle la cara a cualquiera que sugiriese que le gustaban las pollas. Y no entendía ese pensamiento, se avergonzaba de haberlo tenido. No tenía problemas con que los demás fuesen gays pero en lo que a él concernía, era un hetero de pies a cabeza. Ahora miraba el perfil del hombre que rodeaba con sus brazos y no comprendía cómo la posibilidad de poder enamorarse de alguien así no estaba entre sus planes sólo porque tuviese otra cosa entre las piernas que no fuese una vagina. Marco era alguien digno de ser amado, de agarrar y no soltar, de no dejar marchar. Un sentimiento desagradable comenzó a nacerle en el pecho, solo quedan dos semanas de campamento. O semana y media. Después de eso se separarían. Vivían a casi 7 horas de distancia y cada uno tenía su trabajo en su ciudad. No se podrían ver en mucho tiempo y ya estaba acostumbrándose a verle todos los días. No le prestó atención a la actuación, se pasó la casi hora entera observando la forma de su oreja, sus cejas, las pecas que le decoraban el rostro y los hombros al aire por esa camiseta sin mangas. Sonriendo débilmente al verle reír, queriendole tanto que era insoportable. Hundió su nariz en el cuello del chico, aspirando su olor, muerto de rabia por no poder retenerlo en su memoria para siempre.

—Jean, ¿estás bien? —Se giró mirándole preocupado, levantando la mano para acariciarle la mejilla. Cerró los ojos ante el contacto, asintiendo.

—Claro, mira que te pierdes lo mejor —Pudo ver en sus ojos que no se creyó ni por asomo sus palabras.

—Luego hablamos tú y yo… —Desde entonces, no paró de sentir las cosquillas de Marco en sus manos, leves apretones esporádicos. Intentaba no pensar en el hecho de perderle, tenían muchos días por delante para disfrutar el uno del otro, pero desde ese momento era una sombra que le acechaba.

5

Durante la cena notó que Jean le observaba en silencio, olvidándose de comer. Y no fue el único. Reiner se apoyó en un codo, frunciendo el ceño al verle suspirar mientras giraba con apatía los tallarines con el tenedor.

—Pero a ver, ¿qué cojones te pasa? —Alzó la vista del plato, cambiando la expresión por completo, alzando una ceja.

—Nada, ¿no puedo estar en silencio?

—Por mí como si no vuelves a abrir la boca en el campamento, pero estás preocupando a tu novio —Miró a Marco, que relajó las cejas.

—Un poco sí —admitió. Jean respiró hondo.

—Lo siento, son pamplinas mías —Cogió el plato casi lleno y se lo dio a Sasha, que le lanzó besitos—, me voy a la cama. Estoy cansado —Le observó alejarse con el ceño fruncido.

—Eh —le dijo Reiner—, habla con él y haz que se le pase el disgusto. Bert y yo tardamos un poco más si quieres por si… —Hizo un gesto con la mano ante la boca y la lengua contra su mejilla, fingiendo una felación.

—No, no creo que vayamos a hacer nada más hoy.

—Uh, nada más, ¿cuándo os habéis escapado vosotros dos? —Abrió la boca, poniéndose en pie y huyendo tras su novio por pura vergüenza de no responder que fue justo a su lado.

Jean estaba acostado de cara a la pared, en su cama, con el brazo por fuera de las sábanas. No supo si lo hizo o no aposta, pero tenía el hueco justo para que él se tumbase detrás. Se quitó la camiseta y los vaqueros, acostándose tras él. Se apoyó con el codo en la almohada, inclinándose sobre su hombro para verle la cara. Se tapaba los ojos con una mano y tan pronto le pasó el brazo por la cintura, se lo apretó con la otra.

—Jean, ¿qué ocurre?

—Es una gilipollez —Le notó la voz extraña, tomada.

—¿Estás llorando? —Le vio apretar los dientes, chasqueando la lengua—. Cuéntame qué te pasa, por favor —Huyó de su contacto.

—Vete a dormir, de verdad, no es nada.

Al darse cuenta de que no iba a conseguir nada se acostó en su cama, lo que no significó que no le diese vueltas al asunto. Jean no era el típico que demostrase sus sentimientos, pero verle en ese estado le hizo pensar que algo debía estar haciéndole mucho daño. Lo único que esperaba era no ser él responsable de ello, Aún estaba despierto cuando Bert y Reiner volvieron, y hasta que este segundo no comenzó a roncar no empezó a adormilarse. Un jadeo repentino seguido de una agitación le hizo entreabrir los ojos. Jean se sentaba en la cama, jadeando, con una mano en el pecho y las lágrimas saltadas. Marco se incorporó, apoyándose en un codo. Jean le miró, salio de su cama y se arrojó sobre él, abrazándolo por la cintura.

—Marco… —Sollozó en silencio contra su piel. Angustiado, le acarició el pelo, besándole las mejillas.

—Eh, eh, eh, ha sido un sueño, ¿qué te pasa? Me estás asustando —Se inclinó sobre él, agarrándole la cara con las manos y besando sus mejillas, mojadas.

—Shhhh —Volvió a pegar la oreja a su pecho—, déjame escucharte —Le abrazó, frunciendo el ceño. ¿Qué ha soñado para necesitar escuchar los latidos de mi corazón?—. He soñado que te habías muerto o algo, te habías ido para no volver —Le respondió—, jamás me había sentido tan solo. Y, joder, no debería preocuparte de esta manera, soy gilipollas, aún quedan dos semanas de campamento pero no sé qué me pasa —No le miraba a los ojos, se los frotaba con rabia. Marco le puso la mano en la mejilla, chasqueando la lengua y acariciándosela de nuevo—, no quiero que te vayas —Su cara se contorsionó con la pena, volviendo a abrazarle con fuerza, temblando al sollozar—, no quiero irme, ni alejarme de ti. Joder, te quiero un montón.

—Eres tonto —Se rió, aliviado de que no fuese nada grave de verdad—. Tú mismo lo has dicho, nos quedan muchos días juntos, no pienses en eso ahora y no le hagas tanto caso a un sueño —Se rió con más ganas—. Lo mejor de todo esto es que siempre vas de tipo duro y siempre he sabido que por dentro eres el más blandito de todos los que estamos aquí.

—Vete a la mierda.

—Yo también te quiero, idiota. Y no, no quiero separarme, pero nos quedan muchos días y muchas cosas que vivir. Y eh —Volvió a apartarle la cara del pecho cuando se hubo tranquilizado un poco—, mañana dormimos en la caseta y podrás hacerme lo que quieras —Notó que se ponía colorado al decírselo, pero consiguió que le mirase a los ojos y consiguió sacarle una sonrisa.

—Si no eres capaz de decirme algo como eso sin ponerte colorado, no lo digas.

Marco le acarició el pelo, besando sus labios, sus mejillas, su nariz, toda su cara, muchas veces y muy rápido. Volvió a hacerle reír. Jean le pidió que le abrazase esa noche y él, como era obvio, no pudo negarse. De vez en cuando le susurraba que le quería, Jean le apretaba la mano. No había pensado en ese tema hasta que Jean no lo sacó, y aunque sí que le angustiaba un poco la idea de separarse de él, no iba a permitir que estropease los días que les quedaban por delante. Como por ejemplo el día siguiente. Se lo pasó muerto de nervios desde que abrió los ojos y Jean casi saltó de la cama, de muchísimo mejor humor.

—Voy a ducharme corriendo, vente ahora —Le dijo con prisas. Acercó la boca a su oreja y le susurró—, quiero correrme para durar más tiempo esta noche —Le tiró del pelo de la nuca y le dio un beso profundo, jadeando gravemente en sus labios, bajando la mano por su pecho hasta sus calzoncillos, agarrándole la erección mañanera.

—Jean, que están despiertos —susurró, apartándole la mano.

—Y yo también —Se la agarró sobre los pantalones y le guiñó el ojo, saliendo de la habitación.

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Para su desgracia, Marco no se movió de la cama. Esperó a que Jean regresara con una sonrisa satisfecha en el rostro y se duchó con todos los demás. Cogió una mochila, guardando unas cuantas cosas de su taquilla, con el bañador puesto porque por lo visto había un lago y pensaba bañarse.

—Ve ya a la entrada, Eren y Armin deben estar esperando. Voy un momento a la enfermería y vuelvo corriendo —Le hizo caso y se acercó al grupo. Tan pronto llegó, Armin le dió un objeto redondo y plano, bastante grande.

—Vuestra caseta. ¿Dónde está Marco?

—Ahora mismo viene, dice que va a pedir algo en la enfermería.

Eren les contaba algo a los chicos que los tenía idiotizados. Desde luego poseía habilidades de liderazgo. Mikasa se le acercó desde un lateral, él se disculpó y fue a despedirse de ella. Era curioso como ahora no le importaba lo más mínimo verlos juntos. Marco venía resoplando, cerrando su mochila, saludándolos a todos con una sonrisa.

—¿El profe Marco viene? —dijo una chica de 13 años. Armin asintió. Tres de ellas se abalanzaron sobre él, abrazándole por la cintura. Escuchó un chasquido de lengua a su lado. Era Ted, cruzado de brazos.

—Ya les he dicho que es gay, pero se creen que miento porque creen que me gusta.

—¿Y no te gusta? —Le miró a la cara, no se esperaba esa pregunta.

—No. Eren es más guapo —Le susurró. Menudo gusto de mierda tiene el enano.

Los dejaron en la parte de atrás del grupo, vigilando que ninguno se perdiese o desviase del camino. Las chicas no se despegaban de Marco, que charlaba con ellas felizmente sobre las cosas que le gustaba o no le gustaba hacer.

—Profe —dijo una después de muchas risitas—, ¿tienes novia?

—Nnnop —Contestó él alegremente.

—¿Y te gusta alguna chica? —Negó con la cabeza, visiblemente divertido. Jean comenzó a sonreír de lado porque todas se rieron incluso más nerviosas que antes. Eren y Armin pararon junto a una valla, señalando a un montón de vacas que pastaban tranquilamente.

—No tengáis miedo —Les dijo Marco a las chicas—, si no hay terneros no hacen nada.

—Qué lenguas más largas —dijo una de ellas.

—¿Queréis saber cómo dan besos las vacas? —Les preguntó Jean a las tres y a Ted, que se sonrieron esperando la respuesta. Le puso una mano en la mejilla a Marco, aguantándole la cabeza con la otra y lamiéndole la mejilla opuesta de barbilla a ceja. Dió un gritito que sonó como un “Iiiiiihhhh”.

—¡¡Jean!! —Dió dos pasos atrás, limpiándose la cara con el dorso de la mano mientras él se partía de risa con los niños.

Las chicas comenzaron a fijarse en él también, haciéndole el mismo tipo de preguntas, caminando hasta el claro donde montarían las casetas. Jean colocó la suya un poco más alejado del grupo de lo normal, siendo previsor. Si iban a gemir, al menos que no se enterasen los críos. Tan pronto estuvieron situados, se quitaron las camisetas y los zapatos. Jean fue el primero en lanzarse al agua de cabeza, acto seguido la mayoría de los chicos. Estaba helada, pero hacía tanto calor que se agradecía.

—Hay algas en el fondo —Se quejó una chica, asqueada. Jean la cogió en sus hombros, haciéndole dar un gritito.

—¡Marco, coge a alguna y a ver quién gana! —Le hizo caso, sosteniendo a la primera que se le lanzó a los brazos.

Tras la primera batalla, los chicos se fueron turnando, subiéndose también en los hombros de Armin y Eren. Acabaron agotados, pidiendo que les dejasen unos segundos de descanso. Marco hundió la cabeza en el agua para luego echar el pelo hacia atrás. Al sentirse observado, le sonrió, flotando sin tocar el fondo.

—Estoy a punto de matarle la ilusión a las chicas —Murmuró nadando hacia a él—, no te quitan la vista de encima.

—¿Vas a ser tan despiadado? —Esa mordida de labio fue un desafío en toda regla.

—No, de momento no. Pero si se me apetece mucho besarte, voy a hacerlo. O tocarte.

—Ya me has lamido la cara, no sé qué puede ser peor.

—Lamerte la boca —Marco resopló, hundiéndose y nadando lejos de él.

Siguieron jugando hasta la hora del almuerzo y nada más acabar de comer, volvieron a bañarse. Armin no paraba de decir que les iba a sentar mal, pero nadie le hizo caso. Tan pronto comenzó a irse el sol, mandaron a los chicos fuera del agua, algunos hasta tiritaban.

—Súbete las calzonas, exhibicionista —Murmuró Marco, saliendo a su lado. Sus ojos castaños brillaban de una manera que sabía iba a recordar una vez no estuviesen juntos. Quitaba el aliento.

—No me extraña que estén todas locas por ti —Le pellizcó la barbilla, guiñándole el ojo porque sabía que se iba a poner colorado.

Aguantó el tirón hasta llegar a la caseta, donde se metieron a quitarse los bañadores y ponerse ropa interior seca. En medio del bosque comenzaba a refrescar. Cerró la cremallera y al darse la vuelta, se lo encontró sentado, con el bañador por los tobillos, buscando calzoncillos limpios en su mochila. Hinchó los carrillos y expulsó el aire despacio, bajándose él también el bañador.

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Jean se le echó encima, tumbandole en el suelo de la caseta, lamiéndole desde el ombligo hasta la boca. Se rió mientras le besaba y le pellizcaba, intentando alejarse de él.

—Estate quieto, tenemos que salir otra vez. Guárdate las ganas para esta noche.

—Qué autocontrol tienes… o eso o no te pongo tanto como tú a mí.

—¿En serio? ¿De verdad me estás diciendo eso? —Le cogió la mano y se la puso en su miembro erecto—. Es la tercera vez hoy solo por mirarte. Las otras dos veces estaba o bajo las sábanas o bajo el agua —Jean comenzó a mover la muñeca despacio, masturbándose él también—. Hnnnooo, no, no. En serio, no —A pesar de estar jadeando, le paró—, cámbiate de una vez.

—Vas a ver las estrellas de la que te voy a dar luego… —prometió.

Y eso esperaba, que le diera fuerte y profundo. Se vistió a toda prisa, obligándose a pensar en otra cosa, saliendo atropelladamente de la caseta. Eren les explicó a los chicos cómo encender la fogata, consiguiendolo a la primera y recibiendo ruiditos sorprendidos como recompensa. Parecía crecerse cuando era el centro de atención, de hecho un grupo de chavales no paraba de preguntarle de todo y es que tanto él como Armin se habían criado en el campo y sabían de lo que hablaban. Jean apareció con una neverita, repartiéndole un pinchito de carne a cada persona. Había dos raciones para cada uno y una pieza de fruta. Comieron con ganas, estaban muertos de hambre. En lugar de sentarse como siempre, estirado cuan largo era, se agarró las piernas con un escalofrío.

—Ish, puto campo —murmuró.

—Tendrías que haberte traído una chaqueta como nos dijo el profe Armin —le sugirió una de las chicas.

—No pasa nada, yo no tengo frío —Marco se acercó a él, frotándole los brazos al pasarle el suyo por la espalda. Jean se le arrimó con un gruñido molesto.

—¿Alguna vez has ido de acampada con una chica? —La miró, negando—, ¿has tenido novia, profe? —Volvió a negar con la cabeza—. ¡No me lo creo!

—Porque ha tenido novios, no novias —refunfuñó Ted.

—¡Deja de inventarte cosas! —Una de las chicas le empujó, ignorándolo después.

—¿Qué tendría que tener tu pareja ideal? —Las tres lo miraban expectantes.

—Hmmm… si es lo contrario a mí, mejor. No me gustaría estar con alguien tan cortón como yo. Quiero a una persona impetuosa, que me haga plantearme si lo que hago a su lado debería hacerlo. Alguien que tenga el valor que me falta, una persona directa y honesta En realidad lo que de verdad me gusta son estas típicas personas que parece que son de piedra pero cuando están contigo se convierten en algodón hasta el punto de sonrojarse. Ya sabéis lo que digo, ¿no? —Las tres sonrieron. Una de ellas miró a Jean.

—¿Y a ti, profe?

—¿Sabéis de estas personas que todos adoran porque son buenos de corazón? Estas personas que cuando sonríen te alegran el día.

—¿Como Marco? —dijo una. Él sonrió de lado.

—Exacto, como Marco. Pues eso. Y además me encantan las pecas —Le miró a la cara—, Eh, ¿quieres salir conmigo?

—Vale, ¿por qué no? —Las chicas se rieron creyendo que era una broma. Lo que desconocían eran las ganas inmensas que tenía de comerselo a besos. Las tres se levantaron, yendo juntas entre los árboles con una linterna para vaciar la vejiga.

—Son unas cotillas —Le dijo Jean, y tú das demasiados detalles.

—¿Te da vergüenza que sepan que en realidad eres una persona adorable que se pone colorada cuando le digo cosas bonitas?

—Mira quién habla de ponerse colorado, vives en ese estado constantemente —Por su tono de voz, supo que sus mejillas comenzaban a colorearse. Se inclinó sobre él y le susurró al oído:

—Y no es solo cuando te digo cosas cuando te pones así, sobre todo cuando te las hago —No pudo evitar la risita nerviosa que se le escapó. Jean apoyó la boca en sus brazos, mirando al fuego fijamente con el ceño fruncido. Estaba guapísimo. Le pasó la mano por la mejilla, hacia su pelo, apartándoselo—. Está más largo —Le besó la sien derecha. Jean le miró a los ojos, con la sombra del rubor sobre su nariz y cachetes.

—Eres un imbécil —Marco rozó su nariz con la suya, sonriendo. Jean le acercó la boca, dándole un lento beso en los labios. Siempre sentía como si tirasen de su estómago hacia arriba cuando le besaba sin esperarlo—, mi imbécil —Asintió, volviendo a besarle con una sonrisa más pronunciada.

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Se sentaron como el día anterior viendo el teatro, solo que ahora era Marco el que servía de reposo para un tembloroso Jean, pasándole las manos por los brazos. Armin narraba de manera experta una historia de terror, pero él se estaba quedando frito entre caricia y caricia, sintiéndose calentito en sus brazos. Cerró los ojos, solo un ratito, disfrutando de la suave narración de Armin, el crepitar del fuego y la respiración de Marco contra su pelo. Sintió un beso en la cara. Abrió los ojos y miró hacia arriba. Marco le puso la mano en la mejilla, acariciándole el mentón, besándole despacio en los labios una y otra, y otra vez mientras Jean le clavaba las uñas en ese brazo que le rodeaba con fuerza. Jean le metió la lengua en la boca tan despacio como le besaba, sintiendo que le tiraba del pelo y respiraba más profundamente. Sus pechos ascendían, acelerados por la lucha de sus lenguas. Nadie les prestaba atención, centrados en la historia de Armin. Y no fue hasta que la acabó con un sorprendido “oooooohhhhhh…” de los chicos que no dejaron de besarse.

—Siento la boca como cuando comes muchas palomitas saladas —murmuró Marco en su oído, riéndose—, pero quiero seguir besándote.

—¡Bueno! Hora de irse a la cama, que mucho hemos tardado. Vamos a apagar el fuego como es debido y a recoger.

Se levantaron, poniéndolo todo en orden y asegurándose de que todo el mundo estaba en sus casetas y con todo lo que necesitaban. Les dieron las buenas noches y se alejaron hacia su tienda de campaña, mirándose de reojo. A más cerca de llegar, más aceleraban los pasos, más se miraban y más sonreían nerviosos. Marco la abrió con las manos temblorosas, él la cerró con el pulso firme. No se había dado la vuelta que ya había encendido una pequeña lamparita eléctrica y se había quitado la camiseta. Le quitó la suya a Jean, pasando los labios por su pecho, con las piernas abiertas y él en medio de rodillas.

—Quiero ponerte muy cachondo —Le dijo Jean, tumbándose sobre él, apoyado en las puntas de los pies para quitarse los pantalones y calzoncillos mientras Marco hacía lo mismo bajo su cuerpo, sin dejar de mirarse a los ojos, respirando uno en la boca del otro—, que me necesites y no puedas más.

—Ya te necesito, llevo necesitándote desde la primera vez que te la comi —Pretendió ponerse a cuatro patas, pero le tumbó boca arriba, haciendo que su espalda chocase bruscamente contra el aislante.

—Quiero verte la cara —Le pasó las manos por los brazos, subiéndoselos, frotando su erección con la de Marco.

—Abre mi mochila, busca un bote blanco —Jadeó. Le hizo caso y la cogió con una mano, aún sosteniendo las muñecas de Marco sobre su cabeza. Tuvo un escalofrío cuando le pegó la lengua a la base del cuello, succionando después.

—¿De dónde has sacado esto? ¿Te lo has traído de casa? —Era un bote de vaselina enorme. Al mirarle a la cara vio culpabilidad en sus ojos.

—De la enfermería —murmuró a media voz. Jean sonrió de lado, dejándolo junto a la cabeza de Marco.

Aún sosteniéndole las muñecas, fue mordisqueando su piel hasta su pecho. Marco apretó los dientes, quejándose, levantando las caderas. Notarle tan ansioso por su cuerpo no hacía más que endurecérsela de manera irrisoria. Succionaba sus pezones, presionando con la lengua al mismo tiempo, riéndose al escuchar sus cortos y agudos gemidos en casi voz baja. Le soltó las manos, llegando a su vello púbico, enterrando la nariz en él y aspirando. El aroma de la caseta provenía principalmente del plástico y los materiales sintéticos que los rodeaban, pero el olor de entre sus piernas era pura ambrosía. Despertó sus instintos más primarios, metiéndosela en la boca impaciente, sintiendo la arcada al querer tragarle demasiado.

—Voy a correrme —Marco le agarraba del pelo, mordiéndose el labio, estirando y encogiendo las piernas—, no me la comas así.

—No tienes aguante ninguno —Hizo contacto visual con él mientras le lamía de huevos a glande. Le vió resoplar y casi pierde los papeles con su ruego:

—Por favor, fóllame ya.

Agarró el bote de vaselina, abriéndolo y hundiendo el dedo índice en él, embadurnándolo. Lo pasó por la entrada de Marco, en círculos, despacio. Pero si alguien tenía menos paciencia que Jean, era él. Se encorvó hacia adelante en un movimiento de caderas y, agarrándole la mano, le obligó a meterle el dedo. Cuando apretó hacia arriba, le vio sonreír con los ojos cerrados.

—Otro, mete otro.

—No quiero hacerte da—

—Jean, por favor, otro, no es la primera vez que hago esto, Jean… —Tragó saliva. No soportaba que gimiera su nombre. Le hizo caso. Y cuando le pidió un tercero también obedeció. Se inclinó sobre él, masturbándose y agarrando su polla al mismo tiempo, acariciándolas las dos—. Metemela, metemela, no puedo, Jean, no puedo más.

Eso es lo que él quería, tenerle implorante. Sacó los dedos de su cuerpo y cogió una buena cantidad de vaselina, empapado de ella, asegurándose de no provocarle dolor. Marco subió las rodillas hasta su pecho, abriéndose, tirando de su piel con las manos para facilitarle el acceso. Jean tanteó la entrada con su glande, despacio. Marco respiraba muy rápido, con los labios apretados y la vista fija en el grueso glande de Jean.

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Se iba a volver loco, parecía no lanzarse del todo y lo que él necesitaba era que le clavase contra el suelo de una vez. Cuando metió el glande, empujando suavemente en su interior ya dilatado por sus dedos, Jean se dejó caer sobre él, agarrándole de las piernas, jadeando con fuerza en su oído. Muy despacio fue entrando en él, gimiendo con cada leve vaivén de caderas. Marco sentía ese conocido ardor en su interior, esa deliciosa manera de sentirse lleno, solo que esta vez no era cualquier ligue casual. Era Jean. Su Jean. Y no le miraba a los ojos, los tenía cerrados, con la boca abierta, a punto de perder el control.

—Mírame —Le rogó. Jean entreabrió sus ojos castaños. Le besó despacio.

—Es demasiado estrecho, joder, Marco, esto es lo mejor que me ha pasado en la puta vida —Su quejido sonó como si estuviese a punto de echarse a llorar, y él se sorprendió al notar las caderas de Jean contra su culo.

Comenzó a moverse un poco más ansioso, sin apenas sacarla, preguntándole si le gustaba. Marco solo podía asentir. Más, más, más, dame más. Quería decirle que le diera más fuerte pero temía que si abría la boca para hablar, el grito llegase hasta los dormitorios del campamento. Jean le colocó una rodilla debajo del cuerpo, levantándole las caderas y sosteniéndolo por la nuca. Marco se agarró a la funda de los cojines con ambas manos, retorciéndola y gimiendo sin poder evitarlo. Sentía la mirada de Jean clavada en su rostro, su miembro golpearle en lo más profundo y las gotas de su propio esperma mancharle el pecho. Se la sacó despacio, poniéndole de espaldas, tumbado contra la lona de la caseta. Esa era definitivamente su postura favorita tanto para dar como para recibir. Marco dobló una rodilla contra su cuerpo, rodeando la almohada con los brazos. Al volver a sentirle entrar, mordió la tela, esforzándose por no hacer ruido. Jean se apoyó con ambas manos en su culo, moviendo solo las caderas, hasta el fondo.

—¿De qué te ríes tú, eh? —Le susurró al oído con voz divertida. No se había dado cuenta pero era cierto, tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—Me encanta —Se encogió al sentir su boca en el cuello, pero le arrimó el culo un poco más.

—Córrete conmigo —Le metió la mano bajo el cuerpo, acariciando tan solo la parte superior de su erección. Más que suficiente.

Mientras él mordía la almohada, Jean le mordía el hombro, follándole salvajemente, metiéndosela y sacándosela en violentas embestidas, poseyéndole hasta el punto de hacerle ver blanco en un orgasmo que le obligó a gritar contra su brazo. Al apretar los músculos involuntariamente, Jean exclamó, lanzando al aire juramentos fraccionados, gemidos exhalados. Sintió que no cabía en su interior todo lo que tenía para darle, más lubricado que nunca. Jean apretó las caderas a él, derrumbándose sobre su espalda, jadeando como loco y tragando saliva con dificultad. Le apartó el pegajoso pelo de la cara a Marco, besándole la mejilla. Seguía con las cejas juntas y los ojos cerrados, sofocado.

—¿Estás bien? Lo siento, me he pasado de brusco.

—Anda ya, has sido suave en comparación a otros con los que he estado —Giró la cara, besándole sobre su hombro—, y el tamaño de tu polla es perfecto. —Salió de él, tumbándose a su lado con una risita. Notó el esperma saliendo de su interior, derramándose entre sus muslos.

—Menudo desastre —Miró dentro de la mochila de Marco, sacando un paquete de pañuelos y limpiándole como pudo.

—Dame, tengo el estómago lleno —Al girarse vio las manchas de su propio esperma en su piel y las sábanas. A Jean se le dibujó una sonrisa golfa. Subió la cremallera de la caseta y le dio la mano, desnudo.

—¿Qué haces? No.

—Ven, dame la mano, confía en mí y vuelvete loco. Siempre eres demasiado correcto. Lo has dicho antes, ¿no? Esto es lo que quieres.

Accedió solo porque cada vez que se dejaba llevar por él, lo pasaba de miedo por mucho que se muriese de vergüenza. Entre risitas, le sacó de la caseta, llevándoselo de la mano hacia el lago. Se llevó un dedo a los labios y entraron en el agua despacio.

—Nos vamos a resfriar —No podía parar de reírse, pensando en que alguien saliese a mear y los viese en el agua.

—Nah, ven —Jean le puso las manos en las caderas, pegándose a él y besándolo despacio en los labios.

—Me encanta esto de ti, de verdad que me gusta —dijo Marco en su boca, acariciándole los cortos y oscuros pelos de su nuca con las uñas—, que me vuelvas loco y tengas tan poca vergüenza.

—¿Ves? Y a mí me encanta ponerte colorado —Notaba el agua helada correr entre sus cuerpos, sonrió, volviéndose a dar cuenta de que tenía que agachar un poco la cabeza para besarle.

—¡Eh, qué hacéis ahí! —Se metió en el agua hasta la nariz cuando una linterna los alumbró.

—¡¡Vete a dormir, Jaeger!! —Le gritó Jean a Eren, mostrándole el dedo corazón.

—Ah, ¡Lo siento! —Se dio la vuelta, apresurado.

—Te mato, te juro que te mato —Murmuró Marco. Jean se lanzó sobre su cuerpo, flotando sobre él y dándole un beso que le dejó la mente en blanco.

6

Al despertarse sintió un sofoco brutal. El sol pegaba en la caseta de lleno y hacía tanto calor que no podía respirar. Miró la hora y eran solo las 9:30 de la mañana. Lo de Marco era una composición anárquica de piel, pecas, pelo desastroso y sábana que ni le cubría ni le dejaba de cubrir, respirando profundamente. Habían tenido la decencia de ponerse los calzoncillos la noche anterior, por si tenían que salir, como era su caso en esos momentos. El único sonido que le rodeaba era el de la naturaleza, caminó hasta los árboles más cercanos y echó una meada eterna. Una vez en paz con su vejiga, volvió a la caseta, descubriendo que era incapáz de meterse. Sin embargo, estaba demasiado cansado para levantarse, por lo que se metió en ella hasta la cintura, apoyando su cojín en el césped y dejándose caer en él, boca arriba con las manos bajo su nuca. Escuchó risitas a lo lejos, miró de reojo, eran las chicas, observándole. No mucho después sintió a Marco moverse, tocarle la pierna. Abrió los ojos y se encontró con su mirada confusa en la puerta de la caseta. Por qué querré tanto a este inútil…

—Péinate esas greñas —Bostezó, desordenándoselas más, dejándose caer sobre su pecho y dejándole sin respiración—. Pesas un poco, no es por nada.

—Hmmmmm —Puso sus manos bajo la barbilla, mirándole con los ojos medio cerrados.

—Me quiero aprender tus pecas, ¿podré algún día? —Se rió como un idiota, una risita rápida y adormilada. Rodó sobre su cuerpo, dejándose caer a su lado, estirándose.

—Qué bien he dormido —Subió una mano, acariciándole el bíceps con dos dedos.

—Tengo un problema —Le miró la boca, esos labios gruesos que tantísimo le gustaba besar—, las niñas están mirando y quiero besarte.

—Bueno, ya va siendo hora de que se enteren —Marco se puso de lado, incorporándose, inclinándose sobre su cara y dándole el beso de buenos días que esperaba desde hacía un rato. Le hizo cosquillas en la frente con su pelo.

Jean le puso la mano en el cuello, rodando sobre él, riéndose golfo ante su sonrisilla alegre. Se tumbó en diagonal, dejando caer su pecho en el de Marco, sintiéndo sus caricias en el costado mientras le besaba desde arriba. Le acarició el pelo, observando sus ojos alegres. En su vida había estado tan enamorado.

—¡¡Os lo dije!! —Ted se reía de fondo ante las protestas de las chicas. Se levantaron y fueron a desayunar con ellos, saludando a Armin y a Eren que habían dormido en el lado opuesto del campamento.

—Profe, eres un mentiroso —Le dijo una de las chicas a Marco, enfurruñada—, nos dijiste que no tenías pareja.

—No. Os dije que no tenía novia —aclaró. La chica puso morritos, fastidiada.

—Nunca nos los preguntásteis —dijo Jean—, no debéis asumir que todo el mundo es hetero. Es más fácil si preguntáis a esa persona si tiene pareja, aunque sigue siendo algo un pelín maleducado.

—¿Por qué los dos monitores más guapos tienen que ser gays? —Se rieron cuando una de las chicas se tiró de cara al césped.

—Reiner es soltero —dijo Marco.

—¿Cómo que Reiner? —le miró con media sonrisilla—, ¿te gusta Reiner? —Se encogió de hombros.

—Está bueno y es grandote además de simpático. Ya sabes que los que sois tan extrovertidos me atraéis. Además, a tí te gusta Mikasa y nunca he dicho nada —murmuró un “no es lo mismo y lo sabes”.

—¿¡Perdón?! —Eren dejó de comer, con aspecto de querer saltarle al cuello.

—Tranquilito, ¿eh? —dijo Jean orientando las palmas de las manos hacia él. Armin le dió un manotazo en el brazo a Eren mientras que Marco le tiraba del meñique a Jean—. No te acojones que ahora mismo solo me interesa Marco.

—Como si tuviese que tener miedo de algo —los chicos los observaban con la boca abierta, dejando de comer. Algunos sonreían, algunos se asustaron.

—Si estuviese conmigo por lo menos sí que tendría org—

—Ay, cállate ya —Marco le cogió por la barbilla y le dió un beso en los labios. Jean sonrió, olvidándose del gilipollas de Eren, de Mikasa y el campamento entero, tirándose sobre él, tirándole el desayuno, besándole con fuerza y ambas manos en sus mejillas. Las chicas dieron un gritito, excitadas. Ted suspiró. Eren refunfuñaba. Pero el universo entero de Jean se concentraba tan solo en la sonrisa avergonzada de Marco. Qué voy a hacer sin él…

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La semana y media de campamento que les quedaba lo vivieron tan intensamente como pudieron. Por las tardes solían o bien quedarse con el grupo, o si se sentían más necesitados, dándose una vuelta campestre. Siempre con la vaselina de acompañante por si las moscas. Hicieron el amor casi por todas las esquinas del campamento, tanto dentro como fuera, todo un milagro que no les pillasen. Reiner y Bert casi los pillan en pleno acto al entrar en una de sus “siestas” en el bungalow, pero consiguió que la sangre de Jean volviese a su cerebro a base de pellizcos en el muslo. Se volvieron también la atracción principal de las chicas, que tan pronto los veían juntos se reían y cuchicheaban. El último día de campamento se levantó con la intención de vivirlo como siempre, haciéndoselo saber a Jean y pidiéndole que intentase lo mismo. Durante todo el día hicieron concursos, los chicos habían fabricado regalos secretos en las clases de arte para los profes, dándole a ellos dos un pergamino que se dividía en dos de “la pareja del campamento”, a Reiner y Bert el de “mejor cuerpo”, a Annie y Mikasa uno que decía “girl power”, el de Christa era “la más bella” y el de Ymir “la más guay”. A Eren le dieron uno por su valentía, a Armin por su sabiduría, a Connie por ser el payaso de todos y a Sasha por glotona. Todos estaban muy felices con sus premios, los chicos eran un amor. Les echaría de menos. Y con ese pensamiento en mente miró a Jean, que observaba el diploma con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—Ven conmigo un momento —Marco se puso en pie, ofreciéndole la mano.

Casi no podía ver por dónde pisaba, había oscurecido y esa zona seguía sin estar alumbrada. Al ver dónde le llevaba, escuchó que Jean chasqueaba la lengua. Se paró en seco, por lo que se giró a mirarle. Tenía una mano ante los ojos, llevándose su otra mano a la cara. Se acercó a él, susurrando su nombre.

—No puedo hacer esto —dijo a media voz.

—Ven conmigo, por favor —Se apartó las manos de la cara y tragó saliva. Marco intentó no ver sus ojos llorosos, pero los vio. Se obligó a sí mismo a no derrumbarse. Caminaron hasta la valla donde Sasha se coló para buscar huevos aquel día.

—Apesta a corral —Se rió, cogiéndole las manos a Jean.

—¿Te acuerdas de cómo te sentiste cuando nos besamos por primera vez? —Asintió, mirándole con esos ojos húmedos y las comisuras de sus labios inclinadas hacia el lado que no debían—. Yo no me podía creer que precisamente la persona en la que me había fijado era la que me estaba besando. Nunca me había pasado eso de tener un crush y que se fijase en mí.

—Me moría de miedo. Sentí tanto con ese beso que me cagué vivo. Sabía que me gustabas mucho, pero me negaba a admitirlo. Fui un idiota.

—No, fue parte de nuestra historia —Le puso las manos en los hombros, besándolo despacio en los labios—, me ha encantado vivir esto contigo.

—No hables como si ya se hubiese acabado —En su quejido pudo sentir angustia—, no nos vamos hasta mañana por la mañana.

—Pero no quiero despedirme mañana, quiero despedirme ahora. Porque lo último que necesito ver mañana es tu sonrisa.

Jean cerró los ojos, dejándose llevar, apoyando la cabeza en su hombro y tirándo de su camiseta blanca. Marco le abrazó todo lo fuerte que fue capaz, acariciando ese pelo extraño y precioso de dos colores, besándolo, llorando con él en silencio. Hasta para llorar soy más comedido que él. Iba a ser muy difícil el no verle todos los días, no poder charlar con él a la hora del almuerzo, no sentir su mano rozando sus dedos de manera casual cuando caminaba. Iba a echar de menos mirar a su alrededor y verle por allí, sin siquiera interactuar con él, solo verle o escucharle. Su ropa no iba a oler a él, su sudor tampoco, ni su almohada. Pero su corazón rebosaba de Jean en esos instantes, sabía que podría racionar un poco su amor por él para volver a llenarlo en cuanto se reencontrasen, lo cual esperaba no fuese muy tarde.

—Tengo miedo —le dijo Jean esa noche, en la cama, después de interminables besos durante horas—. La distancia mata las relaciones. Y no quiero que esto se quede en un campamento. Lo siento demasiado intenso.

—¿Sabes que es la primera vez que me enamoro y es correspondido? —Jean asintió.

—Me lo dijiste la segunda vez que lo hicimos, cuando nos escapamos días después de acampar con Eren y los demás. Lo que no te dije es que yo nunca me había enamorado. Jamás. Y no sé qué va a pasar ahora.

—Que nos vamos a echar de menos. Pero tú tienes mi teléfono y yo tengo el tuyo, estaremos bien, iremos tirando. Ya nos escaparemos cuando podamos.

Jean no dijo nada más. Al día siguiente en el autobús tampoco habló demasiado. Se limitaba a cogerle la mano, a mirar sus dedos y a suspirar. Tan solo habló tras abrazarle en la estación de tren. Mirándole a los ojos le dijo un te amo, decorado con una amplia y honesta sonrisa, que se le grabó a fuego en el alma.

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El verano se llevó su felicidad. Miraba por la ventanilla medio adormilado, arrebujado en sus ropas de invierno. Por lo visto la calefacción del autobús no funcionaba y estaba helado. Odiaba ser tan friolero. De repente le prestó atención a la melodía que sonaba en su reproductor de música.

You’re just like an angel, your skin makes me cry. You float like a feather in a beautiful world. I wish I was special. You’re so fucking special. But I’m a creep, I’m a weirdo, What the hell am I doing here? I don’t belong here” .

Se quitó los cascos, enfadado y molesto, limpiándose una lágrima de manera furiosa de la mejilla. Últimamente la música le solía hacer más mal que bien, quizás la música que escuchaba era una mierda. Sintió el teléfono vibrar en el bolsillo, sonriendo débilmente ante su mensaje de buenos días. La frialdad del teléfono era mayor que la del clima. Entró en la cafetería, saludando a sus compañeros de trabajo con los que echaba más horas de lo normal con tal de reunir dinero para poder ir a verle. Entre órdenes de frappés, cappuccinos, té con leche de soja y demás pijadas se le pasó gran parte de la mañana. Le vibró el teléfono cuando estaba en la sala de descanso, desayunando.

¿Estás trabajando? —Le escribió Marco.

A no ser que caiga un meteorito en la cafetería, a esta hora siempre estoy trabajando. Qué ganas de meterme en la cama…

—Pronto te acuestas, calentito debajo del nórdico, que seguro que tienes frío.

—No quiero el nórdico, tú das más calor. Eres el hombre antorcha —Siempre se quejaba del sudor, pero es que él necesitaba abrazarle, le gustaba dormir abrazados—. Si me dijesen de irme ahora mismo de vuelta al campamento, lo hacía. Con frío y todo.

Si es por verme no te hace falta pedir tanto. Con que me pongas un café con leche me conformo, y rapidito, que estoy esperando —Miró el teléfono, frunciendo el ceño.

Lo siguiente que recibió fue una foto de su cara de fastidio. Pero no era su cara lo que le llamó la atención, era el fondo. Conocía ese fondo. Lo tenía enfrente todos los putos días. Se levantó arrastrando la silla, asustando al compañero que desayunaba con él. Salió con prisas, mirando a la fila de gente que esperaba su turno.

—Jean —Su compañera de trabajo le señalaba al fondo del bar—, ese muchacho ha pedido una bebida para ti y se ha sentado por ahí, ahora iba a ir a buscarte.

Giró la cara, Marco le observaba apoyado en una mano con una expresión alegre que se transformó en risilla. Corrió hacia él, tropezando con una silla de camino. Sintió las piernas fallarle al acercarse, al ver sus pecas de cerca, al sentir sus manos acariciarle la cara y el pelo. Se arrodilló en el suelo, abrazándole por la cintura, oliendo su cuello con intensidad y sintiendo sus dedos pasarle por el pelo. Alzó la cara, buscando su boca desesperado, suspirando temblorosamente cuando por fin tuvo sus labios entre los suyos. Pero lo que de verdad quería era besar sus pecas. Le besó las mejillas y esa chata nariz tantas veces que le hizo reír a carcajadas.

—¿Qué significa este pelo? —Le preguntó tirando de uno de sus largos y rubios mechones. Jean arrimó la silla a él, cualquier cercanía era poca. Le cogió la mano, besandosela.

—Le hago la competencia a Christa, pero lo de abajo sigue rapado, que sé que te gusta. ¿Por qué no me has dicho nada de que venías?

—Porque si te lo decía no sería una sorpresa, ¿no? —Sentía su sonrisa inmensa, un reflejo de la del que tenía delante.

—¿Cuánto te quedas?

—Luego hablamos de eso, ahora dime, ¿dónde me vas a llevar cuando acabe tu turno? No conozco la ciudad, casi me pierdo para llegar aquí.

—A mi cama, claro —Marco chasqueó la lengua, riéndose y apartando la mirada. Jean dio una carcajada, no llevaban juntos ni dos minutos y ya estaba colorado.

—En serio, ¿dónde?

—A mi cama —Le repitió, obligándole a que centrara sus ojos café en los suyos con dos dedos en su barbilla—, lo primero que voy a hacer es besar tu piel desnuda y después te llevo donde quieras. ¿Sabes lo mucho que he echado de menos tus pecas?

—Y yo tu poca vergüenza —Al verle cada vez más sonrojado se mordió el labio, besándolo profundamente, deseandole tanto que le resultaba insoportable.

—En realidad solo quiero abrazarte, que me abraces y no me sueltes.

—Eso lo puedo hacer sin problemas y cuando quieras.

—¡Jean, echa una mano! —Miró hacia atrás, a su compañera, angustiada por la enorme cola que se estaba formando.

—Pero va a ser luego. Ven en hora y media, mientras date una vuelta por aquí y compra lubricante, que no tengo.

—Ya traigo —Miró a su alrededor, avergonzado una vez más. En su vida había trabajado con tanta energía y tan sonriente. Y en su vida había tenido tantas ganas de acabar la jornada laboral como ese día.

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No se fue de la cafetería. Pasó la hora y media observándole trabajar desde la mesa del fondo, alegre de tenerle delante después de meses. Metió la mano en el bolsillo, palpando las llaves y sonriendo. Al acabar su turno caminó hacia él con una enorme sonrisa. Echaba de menos esos colmillos más grandes de lo normal, su mirada juguetona, ese hoyuelo en su mejilla izquierda cuando sonreía y lo bien que estaba a su lado.

—Me han dicho que me vaya antes, que ellos limpian y cierran hoy, así que vámonos.

—Qué bien te sienta ese gorro —Era de lana roja y contrastaba a la perfección con su pelo y ojos. Le bailaba el corazón en el pecho solo con mirarle directamente.

Cogieron el autobús, Jean no le soltaba, abrazándole desde atrás con la barbilla en su hombro, charlando sobre los sitios a los que le iba a llevar al día siguiente en caso de que le dejase salir de la cama. Vivía en un ático, un apartamento diminuto de una habitación y baño. Su cama era muy baja pero ancha, justo bajo un tragaluz. Y fue allí dónde le empujó, cayendo sobre su cuerpo. Se desnudaron despacio, mirándose mucho y tocándose más. Jean cumplió la promesa de tocar su piel por completo, pasando las manos y boca por sus mejillas, labios, cuello y pecho. Siguió por sus costados, sus hombros, brazos y manos, deteniéndose en cada dedo. Besó sus caderas, sus muslos e ingles, haciéndole jadear, sus rodillas y tobillos. Se rió al girarlo para lamerle la nuca, besando su espalda y acariciando su columna. Le mordió el culo, riéndose, la parte posterior de los muslos, hasta los talones.

—Eres perfecto —Le susurró subiendo de nuevo, rozándose con su culo. Marco elevó las caderas ante ese contacto. Jean le abrazó la cintura, oliendole el pelo profundamente—. Marco.

—Dime —echó el brazo hacia atrás, acariciándole el pelo. Jean deslizó su mano desde su trasero hacia adelante, acariciándosela despacio. Se mordió el labio, loco por sentir más de él.

—Quiero pedirte algo. Llevo queriendo decírtelo desde hace mucho —Era curioso que tuviera esa facilidad para decir lo que le iba a hacer a él pero que le costase tanto pedir que le hicieran. Eran opuestos en todo—. Quiero estar debajo —susurró.

—¿Cómo? —Marco se giró, sonriendo. Jean miraba hacia un lado, incómodo por tener que explicarse. Estaban tumbados de lado, Marco le acariciaba el brazo, él le rozaba el pecho con las yemas de los dedos.

—Quiero saber qué se siente, teniendote dentro.

—¿Estás seguro? Soy bastante ancho, los otros hombres con los que he estado casi nunca me han dejado.

—Marco, lo quiero de verdad. Lo he pensado mucho, he… tengo un consolador —Nunca le había visto tan colorado. Aguantó la risa—, siempre pensaba en ti, y bueno, me gusta.

Marco le agarró la cara con ambas manos, tumbandose sobre él, pletórico. Había fantaseado con ese momento durante mucho tiempo. Adoraba sentirse follado por él, pero se preguntaba si sería tan estrecho y placentero como imaginaba. Lo que más le preocupaba era su inexperiencia, hacerle daño por la falta de costumbre, por lo que fue especialmente delicado y lento con él. Tenían toda la tarde y la noche para hacer las cosas bien. Lo primero que tenía que conseguir era relajarle, pero también necesitaba tener todo a mano. Se separó de él unos segundos para coger la vaselina, dejándola en la mesilla de noche ya abierta.

—¿De verdad no quieres darme tú primero? —Negó con la cabeza—, ¿y cómo se te ocurrió hacer esto? —Se tumbó, acercando su pelvis a la suya, obligándole a que le pasase la pierna sobre la cadera, acariciándole los muslos y las nalgas.

—Comencé  a pensarlo mientras me masturbaba y me acordaba de cuando me metías el dedo. Esos orgasmos siempre eran más fuertes —Succionó su labio inferior, dejando que siguiese hablando después. Sin que lo notase, se mojó tres dedos con la vaselina. Acarició su entrada con el dedo, en círculos, pasando la otra mano por su erección muy despacio al mismo tiempo.

—Sigue contándome —Le pidió al ver que se callaba, mirando brevemente entre sus piernas.

—Los dedos me sabían a poco, quería algo más parecido a ti así que me compré el consolador —Aumentaba la fuerza y velocidad de su respiración. Sin embargo, Jean no apartaba las manos de su pecho.

—Te tuvo que dar mucha vergüenza —Se rió suavemente, asintiendo.

—Más que la primera vez que compré condones.

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Jean le acercó la boca, besándole. Si comenzaba a besarle de esa manera sabía que tenían para rato. Marco no alteraba la cadencia de su caricia pero sí la presión de su dedo, levemente, introduciendolo cada vez más. Y Jean lo notaba. Esa zona era tan sensible que con un poco que cambiase la presión, parecía mucho. Le apretó la cintura con su pierna cuando metió el dedo hasta la segunda falange, presionando su próstata, con amplios movimientos porque además de darle placer, quería que dilatase lo más posible.

Ya había experimentado esa sensación él solo, pero es que con un dedo ajeno no tenía nada que ver. Además, las manos de Marco eran muy grandes y sus dedos muy largos. Le incomodaba un poco, pero le excitaba más. Lo que de verdad le desquiciaba eran sus caricias constantes, esa manera de rozarle la piel del glande con la mano, tan sublime. Marco tenía experiencia, y mucha. Lo estaba gozando más de lo que esperaba. Notó otro de sus dedos suavemente presionando para entrar en él.

—Quiero ponerme de espaldas —Le pidió. A Marco pareció gustarle la idea. Se agarró a la almohada, a cuatro patas, alzando su trasero.

Esa postura y esa actitud no era algo a lo que estuviese acostumbrado. Siempre había sido el dominante en la cama y en las relaciones por lo que mostrarse ahora tan vulnerable le resultaba casi humillante. Pero si era Marco, era una humillación deseada. Le escuchó trastear con objetos, le sintió colocarse tras de él, entre sus dos piernas. La mano que antes le masturbaba ahora le acariciaba la espalda con las yemas de los dedos, provocándole un escalofrío al deslizarlos por los costados. Volvió a introducirle el mismo dedo, la misma presión exacta, con ese segundo acechando. No sabía cuánto se iba a prolongar la situación, casi era incapaz de retener los gemidos llegados a ese punto. Metió el segundo dedo, despacio, deslizándose dentro de él como si lo hiciese todos los días.

—¿Cómo vas? —Le susurró, desde arriba, desde lejos.

—Cachondo —Gruñó. Volvió a rodearsela con los dedos. En un acto reflejo de puro deseo, Jean le acercó el trasero un poco más, agarrando las sábanas e intentando retener el orgasmo que acechaba con salir.

—Relájate, estás apretando demasiado —Le levantó el pelo de la nuca, besándole el cuello, riéndose—. ¿Ya te estás corriendo? —Le acercó a la cara los dedos con los que le tocaba la polla hacía unos segundos, estaban húmedos—. Cada vez me cuesta más retenerme, a más te miro, más necesidad siento —Le apartó la mano y escuchó un ruido de succión seguido de un sonido satisfactorio de su garganta, como cuando te sacas de la boca una cuchara, lamiendo algo delicioso. Ojalá me la chupase y se lo tragase todo. Ojalá me la meta ya. Ojalá tener dos Marco para mí solo.

—Más —Le pidió, comenzando a necesitarle en su interior. Si esos dedos le gustaban tanto, él le estimularía de una manera que era incapaz de imaginar.

Marco chasqueó la lengua, metiendole muy, muy despacio un tercer dedo, haciéndole dar un respingo al acariciarle los huevos desde atrás. Estaba comenzando a olvidarse de ir despacio, notaba su urgencia en sus movimientos. Jean apretaba los labios, quejándose muy levemente, con los ojos cerrados. Le apretó el culo con la otra mano, le escuchó jadear excitado. Se preguntó cómo resonaría su nombre en los labios de Marco contra las paredes de su habitación. Llevaba necesitando escucharlo desde que se separaron.

—Cada vez que te veía masturbandote en el skype me moría de ganas por cabalgarte —Se inclinó sobre él de nuevo, metiendo los dedos muy profundo en su interior, provocándole un gruñido de dolor y satisfacción—, quién me iba a decir a mí que iba a ser el jinete —susurró entre risitas.

Le hizo reír entre tanto delirio. Le sacó los tres dedos despacio, su quejido cuando lo hizo le recordó al de los niños cuando les quitaban algo que querían. Sin embargo, tenía un juguete mejor y más grande para él. Escuchó ruidos húmedos y miró sobre su hombro. Joder, es que tiene la polla enorme. Abrió los labios, observando y sintiéndo cómo apretaba su embadurnado miembro contra él. Se agarraba la ancha base con la mano, manteniéndola firme, estímulandole en pequeños círculos. Le metió el glande, Jean se derrumbó contra la almohada, Marco jadeó de manera aguda, clavándole los dedos de su otra mano en la cintura.

—Me voy a correr enseguida —protestó, de nuevo con esa voz inusualmente aguda.

Jean no podía hablar. Desde que comenzó a entrar en él, ni siquiera era capaz de cerrar la boca. Volviendo a repetirle que tenía que relajarse, Marco le abrazó por la cintura, besándole la espalda, apartándole el pelo de la cara para besar su mejilla. No quería que viese su expresión, era humillante el estado en el que se encontraba. Se tapó la cara con las sábanas, gimiendo contra ellas al sentir el leve empujón, entrando unos centímetros más. Le quemaba, la sensación cada vez que la sacaba despacio le recordaba a la misma de cuando iba al baño y le daba miedo tener un accidente. Sería tremendamente bochornoso. Marco pareció leerle el pensamiento, o quizás él tuvo algún espasmo que le puso en la pista de lo que pensaba.

—La sensación es extraña, pero te acostumbraras —Susurró casi sin aliento, con ese temblor en su voz que ya conocía por ser la melodía de fondo de sus más intensos orgásmos. Volvió a meter unos centímetros más y, presa de la impaciencia, quizás demasiados. Un quejido de dolor salió de su garganta antes de poder esconderlo—. Lo siento, lo siento, lo siento muchísimo —Le abrazó con fuerza, acariciándole el pecho, volviendo a apartarle el pelo de la cara—. Jean, dime que estás bien. Por favor, mírame. ¿Quieres que siga?

—Sí —dijo una voz que no reconoció como propia. En un momento de enajenación lujuriosa, quiso pegar de golpe sus caderas a las suyas. Ya lo estaban. Tenía a Marco completamente en su interior.

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Era una locura. Era imposible. Jean le apretaba la polla de una manera absurda. El placer que sentía cada vez que se movía era inaguantable. Buscó su miembro erecto, estaba empapado con su propia lubricación, lo cual no hizo más que excitarle. Llevaría un buen rato medio corriéndose sin darse cuenta siquiera. Pero no levantaba la cara de la almohada y era algo que le preocupaba. Quería ver su expresión, saber que estaba bien. Tiró de las sábanas, apartándolas de su cara y también le quitó el cojín. Sin embargo se la cubría con sus manos.

—Jean, besame, déjame mirarte.

—Hhhhnnnno… —Le sintió temblar bajo su cuerpo, sus piernas comenzaban a no responderle.

—No voy a seguir hasta que no me dejes mirarte —Consiguió al fin que le hiciese caso, apartándolas despacio pero sin mirarle. No solo sus mejillas, su cara y su cuello habían enrojecido, una vena palpitaba en su sien, era incapaz de cerrar la boca y jadeaba sin descanso—. ¿Te gusta? Jean, no sé yo…

La respuesta que obtuvo fue que alejó las caderas de él, dejándose caer despacio, una y otra vez, comenzando a gemir como nunca le había escuchado. Ahora no tenía que medir el volumen, podía dejarse llevar, y joder, escucharle de esa manera fue la gota que colmó el vaso. Le agarró la polla, metiéndole la suya hasta el fondo, sacándola despacio, en embestidas cada vez más largas. Cogió más vaselina y cuando más se la sacó, volvió a embadurnarse en ella. Al volver a meterla, con una facilidad mayor, Jean se enderezó, apoyándose con las manos en la cama, echando la cabeza hacia abajo, pegando la mejilla a su brazo. Veía sus cejas fruncidas entre sus entrecerrados ojos. Agarró a Jean de la barbilla y su cintura, enderezandose, forzándole a que le besara. Debido a sus desvergonzados gemidos no podía besarle como era debido, pero sí morderle la boca. Bajó la mano por su cintura, follándole también con su mano. Jean echó la cabeza hacia atrás, tenso, pegando el trasero a él y encorvándose cada vez más hacia adelante. Un chorreón de esperma salió disparado de entre sus dedos mientras el chico gritaba “¡Marco, follame!” una y otra vez.  El placer que este sentía llegó a su climax al sentir los músculos internos de Jean contraerse. Lo tumbó en la cama, dejando la sutilidad a un lado, castigándo sus interiores con enérgicas y apresuradas embestidas, gruñendo entre dientes, corriéndose en su interior, notando cómo se derramaba por falta de espacio. Jean se quejaba, sorprendido, blasfemando. Marco comenzó a reirse descontrolado mientras gemía, la mejor puta sensación de su vida. Se tumbó sobre él, aún presa de alguna convulsión que otra, jadeándo e incluso babeando contra su hombro, falto de aliento. Volvían en sí poco a poco.

—Me van a echar del edificio —bromeó Jean, riéndose.

—Tu culo es el paraíso. No quiero sacarla nunca más —dijo Marco, sonriente, satisfecho.

—De eso nada, después de almorzar me toca a mí partirtelo —Marco se la sacó despacio, con un resoplido, dejándose caer a su lado. Jean le agarró de los cachetes y le besó fuerte en los labios—. No has gemido mi nombre, estoy decepcionado.

—No te preocupes, sabes que en cuanto me la metes me vuelvo un exigente y no paro de llamarte.

—Sí, mi amorcito demandante…

Hizo lo que prometía y no solo una vez. Pidieron comida a domicilio para almorzar y cenar, abriendo las dos veces en calzoncillos ante la curiosa mirada de los trabajadores, que observaban la escena de sábanas deshechas y ropa por todas partes con media sonrisa. Al no salir de la casa, Jean no le dio tregua. Le folló de tal manera que no es que tuviera que pedirle que gritase su nombre, es que era incapaz de no hacerlo. Le encantó estar dentro de él, pero disfrutaba mil veces más cuando la situación era la inversa. Le encantaba sentir que podía hacer lo que quisiera con él, ese descontrol, las risas y sonrisas que se le escapaban en pleno orgasmo que a Jean tanto le gustaban. El verle y sentirle llegar al clímax en su interior. El mejor sexo de su vida con diferencia. La mejor persona también. Probablemente lo primero era causado por lo segundo.

El ambiente en la habitación estaba muy cargado para cuando decidieron descansar, mirándose el uno al otro con sonrisas cansadas, acariciándose las mejillas, besándose los dedos, tapándose y quedándose dormidos tan profundamente que despertaron en la misma postura. Jean le abrazaba por la cintura, con la frente en su boca, tan pegados que no necesitaron el nórdico a pesar de ser noviembre. Jean tenía el sueño ligero, por lo que al moverse para ir al baño, entreabrió los ojos. Sonrió y le besó despacio, dejándose caer en la almohada. Marco se vistió sabiendo que si se quedaba en ropa interior volvería a liarle.

—Vístete, quiero que me lleves a un sitio —Se quejó un poco, pero le hizo caso. Cuando le enseñó la dirección se rió con suavidad.

—Esto está aquí al lado —Marco se hizo el sorprendido.

—Pues hasta mejor. Vamos. —Volvió a ponerse ese gorro rojo que le gustaba. No podía dejar de mirarle, de observarle mientras charlaban de todo y de nada. Las mejores conversaciones las solían tener mientras comían después de follar, pero la verdad era que todo lo que tuviese que decir le parecía de gran importancia. Y esas subidas de cejas constantes le enamoraban. No, no son las cejas, es Jean, todo de Jean, su ser. Le amo más que a nada en este mundo.

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—¿Dónde te estoy llevando? —Le dió con un dedo en la nariz, sonriendo al ver el brillo en esos ojos café que le alegraban tantísimo el corazón—. Ya estamos aquí, no hay nada —Marco miró a su alrededor, entrecerrando los ojos. De repente, su sonrisa se ensanchó, caminando hacia un portal.

—Toma —Le dio un juego de llaves muy nuevo.

—¿Qué es esto? —Marco se encogió de hombros, señalando el portal con su mano. Jean sonrió con nerviosismo. Nada más abrir, Marco le empujó al ascensor, pulsando el cuarto piso—. ¿Puedes explicarme algo? —Que únicamente se riese no le ayudaba en absoluto.

—Jean, ¿sería mucho problema que me quedase unos días en tu casa? —Soltó una risita por la nariz.

—Como si es para siempre, ¿por qué? —Al llegar el ascensor se aproximó al portón A.

—Abre —Suspirando exasperado, le hizo caso una vez más. Al abrir, el olor de muebles nuevos le llenó la nariz. Estaba ante lo que parecía una oficina con varias mesas y sillas, un archivador vacio y una cocinita al fondo—. Me dijiste que volverías al campamento, ¿verdad?

—Claro que volvería.

—Bueno, hablé con Hanji y me dijo que estaban buscando abrir otra oficina. Como tengo la carrera de dirección de empresas y me ofrecí voluntario, me han dado el puesto para llevarla en esta ciudad, pero necesito un socio. Así que esa llave es tuya, si la quieres.

De primeras no reaccionó. Miraba a Marco apretar los labios, sus manos, y sin saberlo su corazón. Lo que le estaba diciendo era que se mudaba con él. Que vivirían y trabajarían juntos. Que volverían a ir de campamento todos los años. Que podría dejar la puta cafetería para trabajar de algo mil veces mejor con la única persona que de verdad le llenaba. En todos los sentidos.

—Sí, quiero —Se abalanzó sobre un carcajeante Marco, aterrizando sobre una de las mesas, arrastrándola por la moqueta. Cuando le besó profundamente, le puso las manos en los hombros, riéndose nervioso.

—Las cámaras funcionan, vamos a casa.

—Cámaras, niños en las casetas de al lado, compañeros en las duchas… ¿no está siendo tu historial exhibicionista muy amplio, Marco?

—Jean… —Le alzó una ceja sabiendo que era su debilidad. Él le sonrió, como contraataque.

—Marco… —Y como siempre, obedeció.

Riéndose una vez más.

Sonrojándose una vez más.

Gimiendo su amor una vez más.

Haciéndole sentir feliz una vez más, y todas las veces que les quedarían por delante, planeándolo o a lo loco. Y que viniese lo que tuviese que venir.

En fin, a esas alturas, a la hora de dejarse llevar, eran unos expertos.

 

 

Erasmus

¡Hola de nuevo!

Hoy vengo con un fic de un AU de SNK, o para que me entendáis, una historia basada en los personajes del anime Shingeki No Kyojin pero en un universo alternativo. Más concretamente en  Cádiz. Y me ha salido laaaaaaaaargo como hacía tiempo que no me salían. Creo que el último con una longitud parecida fue Atashi no Seito

En fin, la cosa va de que un grupo de erasmus vienen a mi ciudad, a mi facultad, por lo que me he sentido super cómoda escribiendo. Son escenarios que conozco bien y al poner conversaciones entre españoles ha sido muy fácil. Tenemos a la protagonista, de la que apenas tenéis descripción física aunque todos sabéis que soy yo, y al protagonista, este ↓

Reiner Braun ♥

A mí el rollo gafitas es que me mola

Y ojalá verle así pordiosbendito

El resto de personajes por aquí os los dejo. No hace falta que los conozcáis o que hayáis visto el anime, pero desde luego si lo habéis visto lo disfrutaréis más porque meto un montonazo de referencias. Que ya os digo, si no, no pasa nada.

Aquí una guía de quién es quién para los despistados, desde los que más salen, a los que menos. Siempre de izquierda a derecha a no ser que diga lo contrario.

Annie y Bertolt

Jean y Marco. La foto es grande, pero es que el fangirleo lo es MÁS ♥ LOS ADORO VALE,

De arriba a abajo: Mikasa, Eren y Armin

Ymir e HistChrista

Hanji, Erwin, Mike y el bajito, Levi ♥

Y nada más, como siempre espero que os guste leerlo tanto como me ha gustado a mí escribirlo

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1

—Cago en tu padre, sube más rápido.

—Ay, sube tú delante —Susana pasó por mi lado subiendo los escalones de dos en dos, yo no podía con mi alma.

Llevábamos a paso ligero como unos diez minutos y mi sobrepeso y falta de ejercicio me impedían ir más rápido, por muy tarde que llegasemos a la primera clase del cuatrimestre. De todas maneras, en un último empujón me apresure a dar una carrerita, entrando tras ella en el aula. El resto del grupo se rió al vernos llegar y nos dejaron los dos asientos que daban al pasillo, sentándose mi amiga en el del extremo y yo entre ella y Carlos.

—¿Qué os ha pasado? —Nos susurró mientras sacabamos los folios, tragando saliva y sintiendo que me pinchaba el costado y la garganta al respirar.

—Que esta se arregla para venir a clase como la que va a salir el fin de semana —dije señalando con la cabeza a la que tenía al lado, bebiéndose la botellita de agua que llevaba en la bolsa casi de sopetón.

—No haberme esperado —se quejó tras tragar.

—Si no te espero luego tengo que aguantarte con las tonterías —Mi compañero me dio un codazo mirando al profesor, que nos observaba con mala cara.

Una vez nos relajamos, después de resoplidos y varios quejidos de cansancio, me dio por mirar a mi alrededor. La mayoría de caras eran conocidas pero había muchas otras nuevas, como en todas las primeras clases. Conforme avanzase el curso, desaparecería más de la mitad.

—¿Este año hay más erasmus o me lo parece a mí? —Le susurré a la que tenía al lado. Me hizo un gestito levantando el mentón. No se había enterado, por lo que se lo escribí en el margen del folio que tenía delante. Miró alrededor y soltó un “ooooOOOY” riéndose después. Me tuve que morder el labio para no dar una carcajada.

—Menuda cara de sieso tiene el de la segunda fila —Me escribió en mi folio. Me asomé intentando ser discreta y vi a un tipo enorme, rubio, con la vista clavada en el profesor y un gesto serio y atento, un tanto frustrado.

—Me parece que no se está enterando de una mierda xD —Le escribí de vuelta.

La hora se me hizo eterna, y menos mal que teníamos el descanso a los 50 minutos porque dos horas de esa asignatura sin parar sería un verdadero martirio. Salí con los demás al patio de la facultad, acompañándoles al cigarro rápido, pasándome antes por la cafetería para pedirme un zumo de naranja. Abrí los oídos a los idiomas que me rodeaban. Por la fonética, detecté una lengua del este, ucraniano o ruso, además de francés y un obvio inglés que no me costó entender. Al darme la vuelta después de pagar, dándole un sorbito al zumo, vi al solitario grandote de la segunda fila justo detrás del barullo, mirando por encima de las  cabezas, él que podía, el expositor con el desayuno. Miró hacia abajo al sentirse observado, con unas finas cejas rubias fruncidas sobre unas gafas cuadradas negras. Puntito a favor: La línea de su mandíbula se pronunciaba bastante. Le sonreí, agachando la cabeza en un saludo. Puntito en contra: No me devolvió el gesto. Bajando las comisuras de los labios y un tanto incómoda, caminé hacia donde mis compañeros de clase charlaban.

—Tenemos una gama europea en la clase que tira de espaldas —dije al sentarme junto a Edu en los fríos e incómodos bancos verdes.

—Casi todos son rusos, en las clases de traducción siempre hay un montón, no sé por qué —dijo Edu encogiendo los hombros.

—Y para variar ni uno está bueno —dijo Susana comiéndose una pera que trajo envuelta en papel de cocina. Se me escapó un agudo “hmm” de disconformidad. En seguida se volvió mirándome con una ceja levantada, apartándose el pelo rubio y riéndose con guasa—. ¿Quién te gusta?

—El sieso de la segunda fila no está malote, ¿en?

—¿El rubiaco ese? —Carlos encogió la nariz—, tiene cara de nazi perdona vidas.

—Que no joder, que está interesante. Lo que pasa es que es un poquito seco.

—Y que no se entera de nada, miralo, forever alone —Lara señaló con la barbilla hacia la puerta. Los discretos de mis compañeros miraron hacia atrás todos a una. Menos mal que el muchacho estaba en su mundo, mirando su teléfono con una bebida caliente entre las manos.

—Lo mismo no entiende bien español —comentó Susana pensativa—, pero se podía juntar con los demás rusos, ¿no?

—¿Tú crees que es ruso? —Le preguntó Edu, nada convencido.

—Da el tipo de brutote. Yo que sé, grita suka blyat a ver qué pasa.

—¡¡SUK— le tuvimos que tapar la boca a Carlos entre gritos y risas, dándole después un manotazo en la frente.

Desde donde estaba podía mirarle con solo cambiar la dirección de mis ojos, sin necesidad de girarme o moverme mucho. Mientras charlaba con el grupo, le lanzaba miraditas esporádicas. Observaba su entorno, bebiendo poco a poco, fijándose en los grupos que tenía alrededor durante unos segundos. De tanto en tanto bajaba la mirada y fruncía el ceño, supuse yo que intentando comprender lo que decían los que le rodeaban. En uno de mis vistazos, crucé mi mirada con la suya. La apartó, pero volvió a fijarla en mí. Probé a sonreírle de nuevo, y lo único que obtuve a cambio fue una mirada suspicaz y verle rascarse la nuca pasándose la mano por delante del cuello. Puntito a favor #2: brazacos de los que colgarse. Me sobresalté cuando se pusieron de pie a mi alrededor, y con una pereza que me hizo soltar un quejido, los acompañé de nuevo a la clase.

Nos volvimos a sentar en los mismos sitios, solo que por culpa de ese cuartito de hora observando al rubio, ahora no tenía interés en otra cosa. Puntito a favor #3: Esa espalda ancha en la que echarse una siesta. O el pecho. Mejor el pecho. Entró en la clase mirándose los pies, con ese eterno aspecto molesto y la camisa de botones marrón oscura a un suspiro de pegar un reventón.

—Lo vas a gastar —Me susurró Susana. Sonreí.

—Mira que no me gustan rubios pero con este hago una excepción.

—Habla con él al acabar la clase —sugirió Carlos—, parece solito.

—Espera coño, que es el primer día —Miró hacia la puerta, dejándome ver su perfil—. Uish, qué nariz más bonita, ¿no? —Puntito a favor #4.

—Por lo menos tienes motivación para venir a clase.

Sí, sí que la tenía. De hecho le atendí más a él que al profesor. Apenas cogía apuntes, suspiraba mucho y se pasaba la mano por la frente. Solo se relajaba un poco cuando pasaban a hablar en inglés, que no era a menudo por ser la presentación de la asignatura. Y ya el primer día nos pusieron la fecha de exámen y la fecha de un trabajo en pareja. Me giré hacia Susana, para decirle que se pusiera conmigo, y al verla señalarme con una sonrisa maliciosa, supe lo que iba a proponer antes de que abriese la boca.

—Ni de coña —dije riéndome nerviosa. Ella asentía.

—Sí, porque yo me voy a poner con Lara, ¿a que sí? —La susodicha se asomó por detrás de carlos y levantó el pulgar.

—Como si no hubiese más gente en la clase…

—Mira, ahora te levantas, te acercas y le dices: “sieso mío, trabajemos juntos” —Edu se reía conforme me lo decía, sabiendo que no iba a hacerlo.

—Una no puede abrir la boca delante vuestra, panda de cabrones.

—¿No nos conoces ya? —Carlos me dio un golpecito—, date prisa porque este se quita de en medio pero ya.

Le miré y le vi recogiendo sus cosas. Una parte de mí quiso levantarse y tirarle de la camisa — que si tenía un poquito de suerte se abría. La parte real se quedó con el culo pegado a la silla, observando cómo se levantaba con el teléfono en la mano y se lo llevaba a la oreja al salir del aula. Levanté las palmas de las manos hacia arriba, recogiendo con tranquilidad con todos los demás. En cuanto hubo salido, el tema de conversación cambió orientado a la siguiente clase que tendríamos. Conocíamos al profesor y sabíamos que era un sádico hijo de puta. Lamentándonos y poniéndole como los trapos, salimos de la clase, camino al lado opuesto del edificio. Al encogerme de frío me di cuenta de que me había dejado la chaqueta en la silla, por lo que les dije que me esperasen un segundo que ahora mismo volvía. Me giré y le vi sentado en el banco junto a la puerta de la clase. Esta vez pasé de sonreírle o de aguantar la mirada cuando volvimos a cruzarla, me limité a entrar y recoger la chaqueta de un tirón. Al girarme me pegué un susto; me cortaba el paso hacia la salida, pero parado junto a la puerta, como a mil metros de distancia. Eso sí, clavándome la mirada como el que espera a que el pan salte del tostador. Alcé las cejas, esperando que abriese la boca porque me miraba en silencio, con ese aspecto enfadado, concentrado o vaya usted a saber. Se le marcaban las clavículas, no sabía si incluir ese punto en el de la espalda y pecho ancho o si crear uno nuevo. Me agarré de la chaqueta con fuerza cuando se acercó, con unos nervios tontos que no sabía de dónde salían.

—Reiner —Me tendió la mano, sin más, sin sonrisa ni nada por el estilo. Aunque más que tenderla, la estiró. Estaba a un paso de distancia.

—Nora —Yo, por el contrario, no pude evitar sonreír—. No eres ruso, ¿verdad?

—¿Eh? No, no. Deutsch.

—Aaaaaaaaaaaaah, vale —Abrió la boca dos veces, miró hacia un lado y tras unos segundos volvió a centrar sus ojos marrones claros en los míos.

—Yo no hablo mucho español —dijo muy despacio—, necesito tiempo.

—No pasa nada, vas bien.

—El trabajo, ¿tú tienes pareja? —Negué con la cabeza, aún sonriente —¿Juntos?

—¿Quieres hacer el trabajo conmigo? —Asintió, sin cortarse un pelo—. Vale —contesté sin cortarme yo tampoco y sin pensarlo mucho. Asintió y se marchó. Salí de la clase, mis amigos me miraban con sonrisas pícaras. Susana señaló la escalera.

—¿Qué te ha dicho Dimitri?

—Reiner, es alemán. Pues nada, que me ha dicho de hacer el trabajo juntos —Me sentí estúpida cuando la sonrisa forzó su salida a la superficie. Más, cuando comenzó el coro de “andaaa, miralaaaaa, el primer día y pegando fuerte”.

La guasita les duró el resto de las clases, en las que ni rastro del muchacho. Una vez en casa me quedé pensando que ya podría haberme pedido el teléfono o yo habérselo pedido a él. En fin, si íbamos a hacer un trabajo juntos, era lo de menos. No volví a tener esa clase hasta tres días después, pero me lo encontré por los pasillos un día antes de lo previsto. No fui yo la primera en verle, fue Carlos, que del codazo me hizo quejarme en voz alta. Me refregaba el brazo, con una mueca de disgusto, cuando miré al frente y le vi venir con un chico muy alto, moreno y cara de buenazo y otro más bajito y delgaducho, con unos enormes ojos verdes. Charlaban de manera relajada, sobre todo el pequeñajo, por los codos y con mucha energía. Cuando pasabamos por su lado, Reiner dio una fuerte carcajada, dos golpes de voz que retumbaron por el abovedado pasillo. Miró hacia el frente con esa bonita y amplia sonrisa a la que le sonreí. Por primera vez me devolvió el gesto, suave, con un leve movimiento de cabeza. No pude evitar mirar sobre mi hombro cuando me alejé, y pillé al más alto de sus amigos haciendo lo mismo con curiosidad. Miré al frente, riéndome avergonzada y aguantando que mis amigos retomasen la guasa de días atrás. Y es que me moría de ganas de verle. Solo el mirarle ya se me hacía un entretenimiento digno de ir a clase, era una alegría a la vista, todo él. Me senté en el mismo sitio con la esperanza de que él se sentase en el mismo sitio, pero no fue así. Susana faltó ese día, por lo que la silla que me quedaba a la izquierda estaba libre. Me incliné junto a Carlos, mirando un vídeo de una cacatúa que ladraba exactamente igual que un perro cuando escuché que Lara me llamaba. La vi apretar la sonrisa, señalando sobre mi hombro con un dedito. Me giré, mirando a mi lado, a Reiner, que cogía el respaldo de la silla libre con una de sus manazas. Puntazo a favor #5, manos que me podían cubrir la cara sin problemas. Y el cuello. Y las tetas. Por Dios qué calor.

—¿Puedo? —Asentí con una sonrisa que sentí desproporcionada, poniéndome nerviosa por su proximidad y por las risitas y cuchicheos de los otros tres.

Ahora que le tenía tan cerca no podía mirarle, al menos no a la cara. Si miraba de reojo, veía los músculos de sus brazos, sus manos agarrar cosas, imaginando que agarraba otras. Se me estaba yendo de, nunca mejor dicho, las manos la situación. Las ganas de tocarle aumentaban a cada segundo que le miraba. O le olía. No sabía si era una colonia alemana, desodorante, sudor, todo junto o qué sé yo, pero si se hubiese abierto de brazos invitándome a dejarme ir, lo primero que habría hecho sería pasarle la nariz por ese cuello grueso y fuerte. Suspiré hondo, pasándome la mano por la boca.

—No entiendo bien al profesor —Le miré aspirando, levantando las cejas, abrumada por lo cachonda que me había puesto yo sola en un segundo. Tenía las cejas muy finas, ¿por qué tan finas? Tampoco importaba, le daba de todas maneras—, habla rápido.

—Puedo dejarte los apuntes que quieras —le señalé los papeles. Le dejaba los apuntes y la vida entera.

—Gracias —otra vez esa mini sonrisa. Y otra vez la mía de lo más estúpida y amplia. Que alguien me tirase un jarro de agua por la cabeza.

Si pretendía enterarme de algo esa hora, no lo conseguí. Copiaba los apuntes, lo que decía el profesor, pero de manera mecánica. Se me iban los ojos constantemente a sus manos, agarrando un bolígrafo que parecía diminuto entre ellas, jugando con él, acariciándo el capuchón con el pulgar. No paraba de moverme inquieta. De vez en cuando le escuchaba chasquear la lengua, y notaba que se inclinaba un poco en mi dirección, por lo que le acercaba los folios. Me daba las gracias cada vez que lo hacía. A la hora del descanso, se levantó resoplando, frotándose la cara, saliendo de la clase con el teléfono en la mano.

—Me estoy muriendo —le dije a Carlos, arrojándome sobre la mesa. Se rió de mí, obviamente.

—Me has puesto histérico, no parabas de moverte y de suspirar. Chiquilla dile algo ya. Y sal, que quiero fumar.

Fui camino de la cafetería dándole vueltas al batido que me había traído de casa, pensando que tenía que calmarme o de verdad que me iba a dar algo. Estaba casi segura de que a esas alturas se había dado cuenta de que muy normal no me comportaba a su lado, aunque siempre cabía la posibilidad de que lo interpretase como que los españoles somos diferentes. Que no creía yo. Fui directa con mi euro a pedir un kinder bueno, pero para bueno el culo de Reiner dentro de los pantalones marrones de tela. Me di cuenta de que me había mordido el labio cuando vi a su colega, el de los ojos verdes, mirarme con las cejas levantadas. Pegué la vista a mis cordones con la intención de no volver a levantarla jamás en mi vida, con las mejillas a punto de salir ardiendo.

—No te entiendo… —Escuché al camarero decir, con ese tono suyo de medio broma medio en serio. Miré al frente, hablaba con los alemanes. Al verme me hizo un gesto con los dedos—. Norita, ¿tú sabes alemán? —Miraron los dos para atrás, negué con la cabeza sin abrir la boca.

—Inglés y mucho es.

—Que no saben explicar lo que quieren y me están volviendo loco.

—¡Eso! —El de los ojos verdes señalaba mi batido—. Ein Trinkhalm!

—¿El batido? —Reiner negó con la cabeza, arrancando la pajita de mi batido y enseñándosela al camarero.

—Aaaaaaaaaah, vale, una pajita —Se volvió y les dió una.

—Gracias —dijeron los dos. Me la devolvió y se marcharon camino al patio. Suspiré una vez más. No parecía que le hubiese dicho nada sobre mi mirada inapropiada.

Me dio el dulce que quería y caminé en su misma dirección, saliendo de la marabunta de gente que acudieron a desayunar en grupo. Una vez en el patio busqué a mi grupo y me acerqué a ellos, con media sonrisa y dispuesta a contarles lo que me acababa de pasar. Sin embargo, al llegar a su altura, vi que esos dos estaban justo al lado. No con ellos, pero junto a ellos. Miraban el teléfono con el ceño fruncido, discutiendo sobre algo.

—Nora —me llamó. Escuchar mi nombre en sus labios me puso de lo más tonta. Otra sonrisa estúpida, me iba a sacar el máster a este paso de cómo sonreír como una gilipollas—, ¿cómo se dice? —señaló la bebida de su amigo.

—Pajita —negó con la cabeza.

—Aquí pone paja —me enseñó la pantalla del teléfono, con el wordreference abierto.

—Sí, pero le decimos pajita —frunció el ceño. Su amigo también.

—¿Está mal el diccionario?

—No, se puede decir de las dos maneras, pero tú dile pajita, hazme caso. O cañita.

—¿Por qué? Si pone paja, es paja…

—En español paja es otra cosa. Si pides una paja, se van a reir de ti.

—No lo entiendo —su amigo parecía tan contrariado como él—, ¿por qué? —Me pasé la mano por los ojos, riéndome.

—¿Alguno sabeis decir “hacer una paja” en alemán? —Le pregunté a mis amigos. Los tres negaron, mirándome con los ojos como platos porque no habían escuchado la conversación.

—Nora, por dios… —Edu se reía a carcajadas —, una cosa es ir rápido y otra eso.

—¡Callate anormal! Que están empeñados en decirle a la pajita paja y no sé cómo explicárselo sin ser explícita.

—La pajita es eso —les dijo Carlos señalando el zumo—, una paja es esto —hizo el gesto característico y universal para masturbarse. El de los ojos verdes resopló de la risa. Reiner levantó las cejas, cogió aire y levantó el mentón con una sonrisa avergonzada.

—Perdón —me dijo, riéndose después, asintiendo.

—¿Ya lo entiendes? —Asintió dos veces más, pasándose la lengua por los labios, hipnotizandome al hacerlo, volviéndome incapaz de mirar otra cosa que no fuese su boca. Su boca que sabría a café. Su lengua caliente en la mía.

—El español es difícil —me dijo. Le miré a los ojos, dándole la razón y suspirando profundamente. Opté por alejarme de él, sentándome en el banco junto a Lara.

Tenía que controlarme y tenía que controlarme ya. Estaba llegando al punto de que mi actitud podría llegar a ser una falta de respeto, pero me costaba darle ordenes a mi cuerpo cuando me sentía tan excitada. No era un animal, podía razonar, podía comportarme si me esforzaba y no me dejaba llevar de esta manera. Pero estaba allí sentada, escuchándole hablar con su amigo y sintiendo las ganas de mirarle. Sin embargo esperé a que diera la hora de subir, no dije nada, no hice nada, me apretaba los dedos, pensando la mejor manera de llevar esta lujuria que de repente me parecía incontrolable.

—Qué callada estás —Me dijo Carlos una vez sentados.

—Tú no sabes el esfuerzo sobrehumano que estoy haciendo para no ser maleducada con este hombre, que no puede ser que le mire con la cara que le miro —se rió de mí—, es que si un tío me mirase de la forma que le miro yo a él le mandaba al carajo. Yo no sé cómo no me ha dicho algo ya.

—No se habrá dado cuenta. O sí, y le gusta —se encogió de hombros. Le pegué un manotazo, nerviosa de nuevo porque se acercaba a su asiento, a mi lado.

La hora que quedaba fue casi igual que la primera, solo que ahora sí intentaba de verdad centrarme en la clase y no en otra cosa. Y debido a ese esfuerzo, me sentí un poco más relajada. Al acabar esta, nos levantamos para ir a otra aula y él salió delante de nosotros. Mi cabeza quedaba a la altura de sus omóplatos, su cuerpo era ancho aunque sus caderas estrechas, lo que me hizo pensar que era puro músculo. Sus piernas parecían fuertes o al menos se le pegaban los pantalones. Se giró, me sonrió suavemente, y se despidió con la mano. Hice lo mismo, deseando que no se marchase.

2

Se suponía que hasta la semana siguiente no teníamos clase con él. Que sí, que me lo podía encontrar por los pasillos y que ojalá pasase, pero no lo tendría cerca hasta ese día. Y en vez de encontrármelo por los pasillos, me lo encontré camino a la clase. Bueno, el trotaba en la dirección contraria a la mía. Le distinguí de lejos, dándome tiempo a ponerme de los nervios, como la que tenía 15 años y veía a ese chico tan guapo de clases superiores, pues igual de gilipollas. Llevaba unos pantalones cortos, una camiseta negra sin mangas, y sudaba como un descosido, sin las gafas puestas. Al pasar por mi lado me sonrió, y me dio la impresión de que me ojeó de pies a cabeza, acentuando su sonrisa. Pero probablemente me lo había imaginado. Casi con seguridad. Venga Nora, venga, y qué más. Pensando en lo mucho que me gustaría secarle el sudor — o hacerle sudar más — con mis manitas y cuerpo en general, se me pasaron las primeras horas. Ese día nos tuvimos que quedar a almorzar, por la tarde teníamos que hacer un trabajo en grupo en la biblioteca. Y todo bien, y todo correcto, hasta que miré a la mesa del fondo y todo estuvo menos bien y correcto, por lo menos con mis hormonas que empezaron a gritar y correr por todas partes al verle allí concentrado en lo que fuese que tenía en sus manos. Le acompañaban los dos de siempre y una chica rubia de ojos azules, con una nariz grande pero bonita. Era guapa.

—Mira quién est—

—Ya, ya lo sé —Le dije a Edu sin despegar la vista de él.

Se apoyaba con la mano en un libro, posicionado en vertical en la mesa. En la otra mano dejaba caer su mentón, mordiéndose el meñique y escuchando lo que sus compañeros decían. Nunca, jamás en mi vida había visto a una persona que le quedasen mejor las gafas. Tenía los hombros tan anchos que necesitaba ir y abrazarlos, tocarlos, morderlos. Cuando sonrió, mi corazón hizo un redoble, previo al débil y agudo “hmm” que se me escapó.

—Oye, ya en serio, tienes que hacer algo —Me sugirió Susana—, es que estás pilladisima, ¿en?

—Qué obsesión más mala tengo encima… —Aparté la mirada de él, intentando centrarme en el trabajo que teníamos por delante—, no puede ser sano.

—Yo creo que una vez te lo folles se te pasa —Me dijo Carlos.

—O no, o quiero más y me vuelvo una yonki. Que es muy probable que ocurra. Mira, de momento me voy a buscar los libros que nos hacen falta, vosotros mirad por internet y empezad con el powerpoint.

Me levanté de la silla, arrastrándola como siempre y aguantando la mala cara de Lara. Le pedí perdón e intenté salir sin mirar a Reiner, pero no pude. Con ambas manos sobre el libro y la barbilla en el dorso de estas, me sonrió, alzando las cejas. Levanté la mano y apreté los labios para no volver a mi cara de idiotizada. Me fui al ordenador y apunté dónde estaban los libros. Dos de ellos en el sótano. Fantástico. Odiaba bajar al sótano, olía a humedad y el ambiente estaba cargadisimo. Me inquietaba. Me cagaba viva, vaya. Solté unos cuantos en la mesa y, dejando a mis compañeros pelearse por el formato de la presentación, fui sin pensarlo mucho al sótano, con la hojita en la que tenía apuntada la estantería exacta. Nada más bajar, quise subir. Aquello estaba desierto. Para coger el primero no tuve que mover nada, lo encontré casi del tirón. Pero para el segundo le tuve que dar a la manivela. Ese sistema de movimiento de las estanterías siempre me recordaba a los puzzles del Resident Evil, quiera que no, me gustaban. Lo que no me gustó fue el susto que me dí al ver una mano agarrarse de la estantería que estaba cerrando. Escuché una exclamación en alemán y que la cabeza de ese amigo altísimo de Reiner se asomaba por encima de la estantería.

—¡Lo siento! ¡Casi te aplasto!

—No pasa nada —Me dijo con una sonrisa—, ya tengo el libro —Le sonreí, contenta de que él sí manejase algo más el español—, Bertolt —Me ofreció la mano, se la dí—. Tú eres Nora, ¿verdad?

—Sí, supongo que te lo ha dicho Reiner.

—Claro —Me lo dijo como si fuese evidente. Su cara era alargada, como su nariz. No era feo, pero tampoco guapo. Lo que me impresionaba era su altura, tenía que mirar muy hacia arriba—. El fin de semana salimos, ¿vienes?

—¿Yo? —Asintió—, ¿no le tendrás que preguntar a tus amigos?

—No importa, practicamos español. Si estamos todos juntos solo hablamos alemán.

—Tú hablas super bien —dije sacando el último libro que necesitaba.

—¡Gracias! Dame tu teléfono y quedamos mañana antes de las clases.

—Será después… —Entrecerró los ojos y asintió.

—Eso. Me lio un poco.

Me reí con él y le di mi número de teléfono, subiendo escaleras arriba. No quería ligar con él, el que me gustaba era su amigo, pero con tal de salir con ellos me valía cualquier cosa. Me envió un emoticono sonriente al whatsapp y guardé su teléfono en la memoria. Nos despedimos y fue hacia su mesa. Le seguí con la mirada y le vi darle dos golpes en la espalda a Reiner, tirándole el teléfono delante, diciéndole algo con una amplia sonrisa. Lo miró, le miró y levantó la palma de la mano que tenía libre hacia arriba. Tanto el larguirucho como la chica se rieron de algo que dijo, el de los ojos verdes chocó los cinco con Bertolt. No fui consciente de que estaba de pie junto a la mesa de mis compañeros sin moverme hasta que Edu no me pasó una mano por delante de la cara.

—No entiendo lo que acaba de pasar —les dije en murmullos. Les conté lo del teléfono, su invitación y la reacción de la mesa—. Necesito saber alemán, ya.

—Yo le veo a esto una explicación —dijo Susana—, el largo quiere rollo contigo y a Dimitri no le hace gracia.

—Sea lo que sea, este finde tienes la oportunidad de comerle el rabo —dijo Carlos, tan sutil como siempre—, aprovecha que una Frankfurt como esa no la ves todos los días.

Les hizo reírse a carcajadas, a mí incluida. Me puse de espaldas al grupo, no quería distraerme y si me ponía de frente sabía que no iba a hacer nada. Lo peor y mejor de todo, es que al día siguiente tenía la clase en la que coincidía con él, y ya no sabía qué más hacer para disimular en horas lectivas la que me entraba por tenerle cerca. Como era de esperar, no acabamos el trabajo de una vez, pero quedamos en terminarlo por google drive y santas pascuas. Al levantarme, miré discretamente hacia el fondo, seguían allí, pero dos chicas se les habían unido: una con la cara llena de pecas, bastante alta y morena; la otra rubia y menuda, preciosa. Edu también la vio.

—Me acabo de enamorar —Me agarró del brazo—, dile a tu novio que me la presente, ¿no?

—¿Qué estás hablando? Si quieres algo, habla con ella —Al volver a mirar al grupo, vi a la morena darle muchos besitos en la mejilla, mientras la otra ponía cara de tonta y la alejaba entre risitas— o no.

—Mierda pura.

Reiner estaba concentradísimo mirando la pantalla del ordenador, comiendo pipas. Con la cáscara. Sin escupirla. Me reí y me disculpé un segundo, no podía dejar pasar ese momento para acercarme a él ahora que no tenía que trabajar más. La chica rubia de nariz grande le dio una nada discreta patada bajo la mesa cuando me vio llegar. Él la miró y siguió la dirección de sus ojos. Ella me observaba con curiosidad, toda la mesa lo hacía.

—Hola —los salude a todos bastante nerviosa. Casi todos me saludaron de buenas, pero la pecosa me observó desconfiada. Al mirarle a él, me di cuenta de que su actitud era un poco diferente. No sonreía, me miraba tenso, con una ceja levantada. Daría lo que fuese por agarrarle del pelo y plantarle un beso allí mismo—. Te he visto comer de lejos y lo estás haciendo fatal.

—Se lo he dicho —Me dijo Bertolt entre risas—, he visto a Türkisch comer eso y no comen así.

—Trae —le quité el paquete de pipas y cogí unas cuantas— hay que pelarlas, mira —me la llevé a los dientes y la abrí, separando la pipa de la cáscara—. Esto se come y esto no.

—A mí me gustan así —me dijo, cabezota como él solo, aún con esa actitud hosca.

—Anda ya —el chaval de ojos verdes y la que se sentaba junto a Reiner se pelearon un poco con las pipas hasta que las abrieron y se las comieron bien—. También puedes comprar solo lo de dentro —asintió. Parecía molesto. Me dio la impresión de que no le interesaba lo más minimo lo que le decía o mi mera presencia—. Bueno, nos vemos mañana.

—Hasta mañana —Bertolt me despidió felizmente, el resto un poco más discretos. Reiner volvió a mirar la pantalla del ordenador sin despedirse. No supe cómo sentirme, pero desde luego nada bien. Al llegar a mi grupo de amigos, Lara estaba riéndose, llamando a Carlos y señalando la mesa.

—Le están echando la bronca a Dimitri.

—Que no se llama Dimitri —les dije, sabiendo que ya se le había quedado el nombre—, ¿quién? No quiero mirar más.

—¿Todos? La verdad es que tiene otra vez la cara de sieso puesta —Me dijo Susana—. ¿Ha sido muy borde?

—Un poquito —No me quitaba ese malestar, no entendía su actitud—. Es igual, le habrá dado un ramalazo alemán de mala leche, yo que sé. Vámonos a casa que estoy harta de la facultad.

Y triste

Y decepcionada.

Por eso mismo al día siguiente, cuando tocaba clase con él, no sabía si quería verle o no. Para volver a comerme las malas caras y la mala actitud prefería no verlo. Y era una pena, porque no solo es que me estuviera obsesionando, es que hasta me ilusioné montándome películas que no tenían razón de ser. Mis amigos casi que le ordenaron a Susana que se sentase en las sillas de dentro, para dejarle la de fuera a él.

—Qué optimistas os veo. Después del corte de ayer fijo que se vuelve a su segunda fila.

—Que no joder, que estaría contrariado por cualquier cosa —Me dijo Carlos, pinchándome la mejilla—. Estás de un lacio insoportable, hija mía.

Le iba a contestar, pero entró en la clase y se sentó a mi lado. Sin más. Sin un hola. Sacó sus papeles y esperó a que llegase el profesor. Miré a Carlos de reojo, que le observaba con mala cara. La única interacción que tuve con él fueron esos intentos suyos por ver mis apuntes. Ese día no me mostraba tan cooperativa, y a él lo notaba cada vez más frustrado. Que le dieran por culo. Era un maleducado y un borde de mierda. Salió escopetado al patio en la hora de descanso y no tuve que decir nada, todos los insultos se los llevó por parte de mis amigos. Sobre todo por parte de Carlos. Era mi mejor amigo de toda la vida, muy buena persona, y no solo tenía esa actitud protectora conmigo, sino con todo el mundo. Pero conmigo siempre le quedaba la pelusita cuando me veía mal.

—¿Sabes qué? Tirate al amigo, que le follen mal y rápido —Me aconsejó en el descanso.

—No sé si tirarmelo, pero de momento le voy a mandar un mensaje.

Abrí el whatsapp y le dejé escrito “Hola Bert! ¿A qué hora nos vemos todos esta noche? Dímelo en cuanto lo sepas, por favor” Nada de tics azules, así que supuse que estaría en clase. Al subir a la nuestra, volvimos a sentarnos en nuestros sitios. Reiner se había dejado el teléfono en la mesa y me dieron ganas de tirarlo al suelo. Le odié profundamente al verle entrar, porque al ponerse bien las gafas sobre la nariz empujando con un dedo a la altura del tabique, me miró a los ojos. Y al hacerlo, tan serio, tan aparentemente enfadado, con esos ojos color miel, se me abrieron los labios, sintiendo la libido marearme el pensamiento. Me centré en mi teléfono, y unos segundos después de estar en twitter me llegó un mensaje al whatsapp.

No soy Bertolt. No se a que hora.”

Fruncí el ceño. Sentí un golpecito en el codo. Reiner me dio con el suyo, mostrándome la pantalla de su teléfono con la misma conversación que yo. Fruncí más el ceño, mirándole a los ojos. Mirando hacia arriba porque el cabrón era bien alto.

—Mi teléfono.

—Ya, ya me he dado cuenta —Le contesté, más borde de lo que pretendía. Miró hacia abajo, girando su cara al frente, hinchando las narices y suspirando, exasperado por un motivo que se me escapaba. Quise seguir hablando, pero entró el profesor. Sin embargo, tenía el teléfono en la mano. La conversación siguió de la siguiente manera entre apuntes y apuntes:

—“Por qué estás enfadado conmigo?”

—“No estoy enfadado”

—“¿Entonces qué te pasa? Por qué eres así?”

—“Asi como?”

—“Así de serio, de enfadado. Ayer en la biblioteca estabas raro”

—“Ayer sí estoy enfadado”

—“*estaba —Le corregí—, y hoy no?”

—“No. Pero Bertolt tiene chica. No quiere ser nada”

—”Ni yo quiero ser su novia. No me gusta Bert de esa manera.” —No me contestó a pesar de haber leído la respuesta. La serie de ideas que se formaban en mi cabeza sobre lo que ocurrió ayer estaba sacando la esperanza de nuevo de ese pozo a la que la tiré—. “Por qué te enfadaste ayer?”

—”Bertolt”

—Pero me hablaste mal A MÍ —En cuanto lo leyó, le escuché suspirar. Le miré, observando su severo perfil. Miraba hacia abajo pero no al teléfono, miraba al papel casi en blanco que tenía delante. Se pasó la lengua por los labios y se lo mordió, negando con la cabeza.

Pensé cosas.

—¿Qué cosas? —Volví a mirarle. Ya me estaba mirando. El leñazo que me pegó el corazón contra el pecho fue épico. Le sostuve la mirada unos segundos, casi cinco. Se me encogió el estómago porque daba toda la impresión de que de un momento a otro iba a besarme. Pero miró de nuevo al teléfono.

”Bertolt y Annie son mis amigos, son pareja. Tu diste tu telefono a el”

—”Como amiga. Nada más. De todas maneras él me lo pidió a mí y yo ni conozco a Annie ni a él. No podía saber si tenía o no tenía novia. No hice nada malo.” —Se llevó un rato leyendo el mensaje. Quizás era demasiado complicado para él.

”Es tut mir leid” —No sabía mucho alemán, pero reconocía una disculpa cuando la veía. Se me escapó la sonrisita por la comisura derecha de la boca. Dejé el teléfono en la mesa, bastante más tranquila. Sin embargo, la lucecita volvió a iluminarse—. “Estas enfadada?” —La sonrisilla maduró a sonrisa completa.

”No. Ya no.”

🙂

Dejé el teléfono en la mesa de nuevo, con una sonrisa que no había quien me la quitase de la cara. Y cuando más pensaba en mi sonrisa, más amplia se hacía porque más vergüenza me daba esa actitud que estaba teniendo. Lo que me terminó de matar fue mirarle de reojo y verle sonreír también, pasándose la mano por la boca porque claramente quería ocultarla. Escuché risitas suaves a mi derecha y, al mirar a mis amigos, les vi asomados con sonrisas, alzando las cejas, poniendo morritos, haciendo un corazón con las manos. Les abrí mucho los ojos, haciendo un gesto discreto con la mano para que se estuviesen quietos. Ni quise ni pude mirarle más, me sentía contenta, feliz por una pamplina tan grande como un emoticono de una carita sonriente. “Annnda la tontería que tienes encima, toto”.

—Después hablamos —Me dijo tras levantarse al acabar la hora, recogiendo sus cosas, igual que yo.

—Vale, mandame un whastapp cuando sepas algo —Asintió, quitándose las gafas y guardándolas en un estuche. Le miré irse con un suspiro.

—Vamos a ver, a mí me cuentas qué ha pasado —Me dijo Carlos agarrándome del brazo, camino a la otra clase—, porque ese momento de los dos con el teléfono y sonriendo ha sido oro.

—Estabamos aclarando un malentendido, ya está, no te flipes.

—Yo veo chispitas entre ustedes, ¿eh? —dijo Lara.

—No me deis ilusiones que luego pasa lo que pasa…

Como no paraba de insistir le tuve que enseñar la conversación, a los cuatro, claro. Y tenían el teléfono en la mano que me lo devolvieron con risillas golfas, como si les quemase en los dedos.

—¡Está escribiendo! —Susana parecía más entusiasmada que yo. Miré el teléfono, expectante por saber qué me iba a decir. Incómoda porque mis amigos no perdían detalle.

”Vamos a comer. Ven. Estamos en la puerta”.

—Como no bajes, te mato —Carlos me empujó de la silla—, venga, antes de que aparezca el profesor.

—Luego me pasais los apuntes —En ese punto de la mañana, tenía más sonrisa que cara.

Bajé los escalones de dos en dos, agradeciendo estar en una de las aulas cercanas a la puerta y no en la de antes, que se encontraba en la otra esquina de la facultad. No sabía si era por la carrerita, porque era principios de octubre y había días que el clima me la jugaba o por pensar que iba a estar cerca suya otra vez, pero estaba muerta de calor. Y no era la única. Al llegar a la entrada, había más gente de la que me esperaba. Me acerqué a los que conocía, cogiendo un fino periódico que me ofrecían y usandolo de abanico. No veía a Reiner.

—¡Hola! —Bertolt me saludaba feliz, como siempre—, ¿es normal el calor?

—Hola, sí, hasta noviembre puede hacer esta calor de vez en cuando —miré a mi alrededor, la gente no me prestaba mucha atención, quitando a Bert casi nadie se dio cuenta de que estaba allí.

—¿No está Reiner contigo? 

—No. Solo me ha mandado un mensaje para que venga.

—Quizás te espera dentro —Me encogí de hombros y me di la vuelta para meterme en la facultad con él a mi lado.

No habíamos alcanzado el primer patio que le vimos venir con una cerveza fría en la mano, abriendose los botones de la camisa burdeos con la otra, dejando ver una camiseta sin mangas como la que llevaba el día que le vi corriendo. Ni pude, ni quise evitar la mirada que le eché.

—¿Dónde comemos? —Le preguntó Bertolt al verle llegar.

—No sé. Nora, ¿dónde? —Al verle sudar tantísimo le eché aire con el periódico que tenía en la mano. Cerró los ojos, suspirando aliviado y acercando su cara hacia mí. Le miré la boca, los músculos del cuello, su pecho, preguntándome dónde quedaba el límite para mojar las bragas solo con mirar a una persona.

—Depende de lo que queráis comer —murmuré atontada, observándole. Bertolt se rió suavemente. Su miradita era muy parecida a la que me dedicaban mis amigos cuando hablaba de Reiner.

—Algo español —Miré a Reiner de nuevo. Me miró la boca un instante. Le iba a besar. Le iba a dar un beso y se lo iba a dar ya.

—Vale, ya sé dónde os voy a llevar.

Le di el periódico, huyendo de esa atracción tan brutal que sentía por él. Camino al restaurante me fueron diciendo el nombre del resto: Ymir era la pecosa, Christa la chica rubia tan menuda y preciosa que supuse yo era su novia; Annie la otra rubia y novia de Bert: Eren era el chico de ojos verdes al que se le pegó como una lapa una asiática silenciosa que se llamaba Mikasa: una parejita de chicos, Marco y Jean, guapisimos los dos; dos chavales que parecían de la ESO, Armin y Connie; y una chavala que no hacía más que comer frutos secos, Sasha. Excepto la pareja de chicos, en la que uno era italiano y el otro francés, y la que luego me enteré era japonesa, todos los demás provenían de Alemania. Y sin embargo estaban haciendo lo que podían por hablar en español, unos mejor que otros. Bert, Marco y Armin eran los que mejor se defendían. Al haber tanta gente preguntándome tantas cosas, no pude estar tanto con Reiner como quisiera. A la hora de comer no nos sentamos precisamente juntos, aunque eso me sirvió para descubrir lo simpática que era Sasha y lo divertidos que eran Marco y Jean. Después de almorzar y salir todos más que satisfechos, les llevé a una heladería cercana, en la que se fascinaron por los sabores de los helados. Marco dejó claro que nada que ver con los de su tierra, pero que estaban riquísimos. En lugar de irnos a casa, casi me forzaron a hacerles de guía turística por la ciudad. Cuando no entendían algo, Armin me servía de traductor, pero por norma general me escuchaban atentos. En un punto de la tarde, me disculpé un segundo y entré en un supermercado, saliendo con una bolsa para seguir la ruta mientras picábamos algo. Les di a cada uno un paquete pequeño de picos, además de tirarle a Reiner una bolsa de pipas peladas. Me miró entrecerrando los ojos, pero con una sonrisita. Se la devolví, observándole meterse un buen puñado en la boca, deseando ser devorada de igual manera.

3

Fliparon con todo, Sasha hasta se apuntó el nombre de los alimentos en el teléfono y se comió la bolsa de picos de Mikasa, que se la dio porque le iba cogiendo a Eren de poco en poco. Y dando vueltas les tuve hasta que comenzó a ponerse el sol.

—Quiero bañarme —nos dijo Jean—, vamos a la playa.

—¡¡Siiiii!! —Los ojos de Armin brillaron con una ilusión infantil.

—No tienes bañador —Le dijo su novio.

—Lo sé —le guiñó el ojo y pude ver cómo el chico pasaba a ser un charco en el suelo de lo mucho que se derritió. Esperaba, no con mucha fe, no tener ese aspecto cada vez que miraba a mi rubio.

Salieron corriendo escaleras abajo, seguidos de los menos impulsivos o más tranquilos, como era el caso de Bertolt, que se quitaba la ropa pero sin prisas. Los demás cafres fueron tirando las camisetas por ahí. Annie las recogía chasqueando la lengua, ayudada por Armin y Christa, que se reía divertida. Yo me senté en la arena sin despegar los ojos de Reiner, toda esa piel al aire y sus calzoncillos negros ajustados. Me moría de ganas de verle salir del agua. Ymir se quedó en bragas y sujetador y se tiró con los demás, poniendo colorada a su novia. Eren se metía poco a poco en el mar, mojándose solo los pies, hasta que Reiner, corriendo hacia él a toda velocidad, le hizo un placaje chocando con él a la altura del pecho, cayendo juntos al agua. Sus risotadas llegaban hasta donde estábamos sentadas. Eren y Bertolt salieron al poco de entrar, a los otros tres les quedaba más ganas de fiesta.

—Nora —despegué los ojos de los músculos de la espalda de Reiner al coger a Ymir en peso sobre sus hombros, tirándola hacia el fondo, solo porque Annie me llamaba. Tenía unos profundos y duros ojos azules, sin embargo me sonrió con suavidad— ¿te gusta mucho?

—¿El qué? ¿Quién? —intenté hacerme la loca. La chica me alzó la ceja.

—Claro que le gusta Reiner —dijo Marco, riéndose—, y a Reiner le gusta ella.

Genau —Eren se reía con él.

Halt den Mund!! —le riñó Bertolt, mandándole callar.

Sentí un apabullante calor subirme por el pecho hasta las mejillas. Que sus amigos hablasen del tema conmigo, así, tan pronto… y que encima me verificasen que le gustaba no me ponía las cosas más fáciles. Que debería, pero desde ese momento todo iba a ser más tenso y radical. Ya para terminar de reventarme, ese hombre salió del agua, empapado, con la ropa interior pegadisima. Me cago en su padre. Las venas de los músculos de los brazos se le marcaron al apretar el hombro de Bertolt, de pie a su lado. Me miraba las manos, pero cada vez que levantaba la vista era hacia él, como si de un imán se tratase. Me apreté las manos de puras ganas de tocarle que tenía. Tragué saliva al mirar su ombligo, la línea de vello que se perdía dentro de sus calzoncillos, sus oblicuos, sus anchas piernas. Miré hacia arriba y le vi despeinadisimo, observando a Jean mientras hablaba con Bertolt, pasándose la camiseta por el pecho y el cuello, secándose. Nunca me había atraído un hombre tan musculado, por norma general no me gustaban. Pero Reiner era otra historia. Estaba en otro nivel. Un suspiro mezclado con resoplido se me formó en el pecho, saliendo mientras apartaba la vista del rubio, volviendo a tragar saliva.

—¿Estás bien Nora? —La guasa en la voz de Marco hizo a Eren reír y a mí ponerme como un tomate.

—Sí. Tengo calor.

Genau —repitió Eren, riéndose a carcajadas con Marco y Annie, haciéndome reír a mí también a pesar de querer meterme en un boquete. Reiner nos miraba con el ceño fruncido y una sonrisilla, sin enterarse de nada.

Si alguno de los dos no daba el primer paso, la noche iba a ser muy dura.

Ojalá durísima.

Cené, me puse mi traje favorito, me pinté un poco y me peiné otro tanto. Lo que no había manera de maquillar era la tensión de mis músculos, mi repentina duda e inseguridad. Ni lo nerviosa que me puso el “Vamos para alla” del whatsapp. Se comía absolutamente todos los acentos el muchacho. Cogí mis cosas, respondí que yo también, y crucé los dedos para que pasase de todo y cuanto antes mejor. Al llegar junto al grupo, me sentí sobrecogida. Todos y todas, en su gran mayoría, estaban impresionantes. Desde luego llamarían la atención. Al ver a Reiner me entraron ganas de santificarme. Y soy atea. Iba de negro entero, pantalones vaqueros, camiseta, y chaqueta de cuero. Estaba cruzado de brazos, escuchando atentamente a Armin contarle algo. Conforme me acerqué, se percató de mi presencia, subiendo muy despacio la comisura de su boca. Le saludé con la mano. Hola qué tal, hazme tuya, Herr Braun. Antes de llegar a su lado, Sasha me asaltó, pidiéndome más picos. Le había traído un paquete de casa, riéndome ante su cara de felicidad. Fuimos hasta la zona de discotecas en un autobús abarrotado de gente con las mismas intenciones. Las colonias se mezclaban unas con otras, al menos no olía mal. Pasamos hasta el fondo del bus, dejando hueco para todos los que se iban subiendo después. Hice todo lo posible por ir pegada a Reiner, agarrada a la barra metálica del sillón en el que se sentaba Armin. Él se agarraba a la barra superior con ambas manos, me coloqué de forma y manera que quedaba apretada entre él y los asientos. Charlaba con los demás, que me preguntaban dónde ir, qué beber, cómo ligar en el caso de Connie. Me costaba oirles, hablaban muy bajito. Un frenazo arrancó una ola de protestas de los pasajeros, y escuché a Mikasa quejarse por el excesivo ruido. Me agarré a lo justo a la barra con ambas manos y aun así di un paso atrás. Me frenó algo a la altura de mi cintura. Al mirar hacia abajo y ver los dedos de Reiner clavándose en mi traje negro, volví a mirar al frente. No quitó su mano de ahí. Yo no me quejé.

—¡Cuánta gente! —dijeron al entrar en la única discoteca que más o menos era decente.

—No perdáis de vista los bolsos, por si acaso —escuché a Ymir chasquear la lengua, pasándole un brazo por los hombros a Christa.

—Miran mucho —Me dijo al ver que la observaba.

—Y lo que te queda… —Entramos y pidieron alcohol casi de inmediato. A mí ni me gustaba ni me hacía falta, por lo que me pedí un refresco.

Sasha, Ymir, Eren, Armin, Connie y Christa lo daban todo en la pista de baile. Annie se apoyaba en la barra con cara de pocos amigos acompañada de una silenciosa Mikasa y su tranquilo novio. Y al igual que a Christa la miraban los hombres, ocurría con Reiner lo opuesto. Ante tal panorama no me quedaba más que ver cómo charlaba con las demás, o al menos cómo lo intentaba porque no es que pudiese expresarse bien del todo hablando.

—Baila con él —Me dijo Marco al oído, sonriéndome—, dale la mano y baila —Acto seguido hizo lo propio con Jean, asintiendo y mirando en mi dirección conforme lo hacía. Su novio se quejaba, pero al final se dejó llevar, con las manos de Marco alrededor de su cintura y riéndose por lo que sea que le decía al oído.

—No tienes novio, ¿no? —preguntó Annie. Negué con la cabeza—. Estás perdiendo el tiempo.

—Ya daré el paso cuando me sienta con ganas —La chica puso los ojos en blanco.

Sentí que tiraban de mi mano hacia la pista, era Sasha, saltando con una canción que no conocía. Eren fue a por Mikasa, que caminó a su lado mirando alrededor, avergonzada pero claramente contenta por su cercanía. Ymir intentó sacar a Annie, pero la mirada asesina que le dedicó le quitó las ganas, por lo que volvió a bailar con su novia. Intenté olvidarme de Reiner y pasé a divertirme con ese nuevo grupo de gente que había conocido. Me gustaban todos, algunos más que otros, pero no era un mal grupo. Dentro de sus diferencias se entendían y hacían por entenderme. Apagaron las luces y dejaron solo los focos que iluminaban aquí y allí de la pista, coloreando los bailes de los que me rodeaban de azul, verde y rosa neón. Comenzó una canción que me gustaba bastante, How deep is your love de Calvin Harris. Comencé a cantar y bailar, dejándome llevar por completo. Unos brazos pasaron por encima de mis hombros, estirados, subiendo y bajando, mientras que contra mi espalda notaba su pecho y sus desafines cantando a grito pelado, entre risas. Me reí con él, pero no iba a hacer el tonto eternamente, le hice bajar los brazos subiendo los míos, empujandolos hacia abajo con mis antebrazos. Pasé mis manos desde sus bíceps hasta sus muñecas, guiando sus manos hasta mi cintura. Y seguí bailando, solo que levantando un poco el culo, echando ligeramente la cabeza hacia atrás hasta apoyarme en su pecho. Movía mis caderas de un lado a otro, él seguía mi movimiento. El corazón se me iba a salir por la boca, me mordía el labio, se me olvidó la letra de la canción. Cerré los ojos con un escalofrío cuando su aliento movió mi pelo. Sentí su nariz en la mejilla, bajándome por la mandíbula, hasta mi cuello. Le apreté las manos, con las mías, incliné el cuello hacia un lado, dejándole más fácil el acceso. Fue besando y mordiendo cuello arriba, sin dejar de rozarse conmigo, arrancándome gemidos que quedaban ahogados en la estridente música. Unos escalofríos extraños me nacían desde justo debajo del ombligo, subiendo por mi pecho. Estaba gimiendo, apretando los dientes, cachonda como poquitas veces en mi vida. Subí mi mano hasta su nuca, acariciándole con las uñas, arañándole al sentir su fuerte mordisco, sus manos colarse por debajo de mi falda, apretando mis muslos, presionando mi culo con su entrepierna. Se apartó de mí con brusquedad, me volví atontada y vi a Connie tirando de él, con aspecto espantado. Corrimos hacia afuera de la discoteca y todo pasó muy rápido y a la vez. Me quedé petrificada, con Sasha agarrada de mi brazo e Yimir protegiendo a Christa con su cuerpo.

A Jean lo aguantaban dos desconocidos, mientras se desgañitaba gritando el nombre de su novio, que se encogía en el suelo. Alcancé a ver que le patearon el cuerpo y el lado derecho de la cara al grito de “maricón de mierda, vuélvete a tu país”. Eren se lanzó hacia ellos, empujando al violento y tirándolo al suelo con un grito de rabia. Jean se soltó de los dos que le retenían, dándole múltiples puñetazos en la cara a uno de ellos hasta que lo tiró al suelo, y aun allí siguió. La otra persona que retenía a Jean, le dió un manotazo en la nuca a Eren. No había tocado el suelo que una rápida y silenciosa Mikasa agarró del brazo al agresor, retorciéndoselo tras la espalda, haciéndole gritar y arrodillarse. El tío al que Eren había conseguido tirar al suelo se levantaba, y al verle con esa cara de inútil no pude aguantarme.

—¡¡Dais puta verguenza!! —Le grité. Me miró con una cara de flipado que me acojonó, pero no me achantó—, ¡¿Tres contra uno?! ¡¡Y te sentirás muy hombre!! ¡¡Lo que eres es un mierda!! —Cuando caminó hacia mí, caminé hacia él, cegada por la rabia, invitándole a que se acercase. Reiner se me puso delante, susurrándome:

—Tranquila Nora, son basuraLe dio un puñetazo a Reiner en el hombro, que tras un pequeño gesto molesto se giró, con las palmas de las manos levantadas hacia arriba—. “Was ist los, huh?”

Vi dudar a esa porquería de persona. Y sin embargo, hizo el intento de pegarle, acusándolo de puto nazi. A Reiner. Que le sacaba una cabeza y dos hombros. No se movió del sitio. Chasqueó la lengua y cogiendo impulso, le propinó un bofetón con la mano abierta que lo tiró al suelo. No se levantó. Bertolt salió corriendo en cuanto vio la escena, empujando a Reiner hacia atrás, ya que era el único capaz de agarrarle con éxito. Annie sujetó a Jean con la ayuda de Connie, gritándole algo en alemán. El odio en los ojos de Mikasa tan sólo se apaciguó cuando Eren se levantó, poniéndole una mano en el hombro, pidiéndole que le soltase. Jean pareció entrar en sí de nuevo, apresurandose a arrodillarse junto a un magullado Marco, que sangraba profusamente por la nariz y la ceja derecha. Apareció la policía y decidí que era momento de moverme. Me acerqué a ellos y les expliqué, todo lo educada que pude, con la ayuda de Armin, lo que había ocurrido. Llamaron a una ambulancia para Marco y el vapuleado por Jean, los dos más magullados con diferencia, y se llevaron en el coche patrulla a los otros dos entre insultos de los que presenciaron la pelea.

—Lo siento muchísimo —le dije a un afligido Jean, al que no dejaron subir a la ambulancia—, siempre tiene que haber un gilipollas.

—No te preocupes —la sombra de un moratón apareció en la comisura izquierda de su boca. Se agarraba la mano que se había destrozado. Se mostraba más enfadado que triste, al contrario que Christa, que le daba la mano sentada a su lado en el taxi con las lágrimas saltadas. Ymir estaba de brazos cruzados, resoplando, en el asiento del copiloto.

—No, me da rabia que la primera noche que salís tenga que pasar esto. No es justo.

—Pasa mucho, no es solo España, tranquila —No entendía cómo era él quien me reconfortaba a mí. Permanecimos en silencio hasta llegar al hospital. Llegaron los taxis casi al mismo tiempo, Jean se metió por urgencias, acompañado de Christa, que se negaba a dejarle solo. Los demás esperamos fuera, abatidos.

—Menos mal que tenemos aquí a la fuerza alemana —bromeó Armin tímidamente. Reiner estaba cruzado de brazos, enfurecido, con un tic en la pierna. No reaccionó a la broma, se miraba los pies, adelantando el mentón y respirando hondo.

—Mikasa me ha sorprendido —La miré, apartada con Eren que le susurraba algo poniéndole la mano en la cara. La chica le miraba con aspecto culpable.

—Engaña mucho —Me dijo Bertolt—, y Eren está loco. Ese hombre era muy grande para él.

—Se enfada y no piensa —Le excusó Armin—, le pasa desde pequeño. Aunque a ti también te ha pasado —me dijo.

—Estaba muerta de miedo, pero es que… —cerré los puños—, de verdad, qué rabia que haya pasado esto la primera noche que salís.

—No es tu culpa —Murmuró Reiner sin mirarnos.

—Lo sé —Quería tocarle, pero sentí que no era buen momento. Christa salió en ese momento, sonándose la nariz. Les dijo algo en alemán, a lo que asintieron. Reiner comenzó a despotricar entre dientes, Bertolt le dio unas palmadas en el hombro —¿Qué pasa?

—Dice que vayamos a casa. No nos van a dejar pasar —Asentí, fastidiada, ahora triste.

Las cosas habían salido al contrario de como tendrían que haber salido. Me crucé de brazos, porque me sentí helada, acompañándoles a la parada de autobús. Les despedí, quedándome allí porque casi todos vivían lejos de esa parada y yo vivía al lado. No me sentía con ánimos para sonreír, pero lo hice.

—Gracias por el día de hoy, me lo he pasado muy bien —Armin me sorprendió con un abrazo, que le devolví con gusto. Ese muchachito era adorable.

—De nada, yo también me he divertido un montón. Me alegro de que me invitaras —Bert me sonrió, Annie me despidió con la mano, como los demás. La cola para subir en el bus era larga, Reiner me llevó al final de esta, de la mano.

—Te veo el martes —Asentí, sintiéndome deseada por su manera de mirarme. Deseando yo también su cuerpo. Me puso la mano en la mejilla, cubriéndola entera. Posó su otra mano en mi cintura, pasándola a la espalda, inclinándose sobre mí y tirándome del pelo de la nuca al besarme. Me agarré a sus mejillas con ambas manos, aspirando profundamente.

—Aprietame —susurré. Me puso ambas manos en la espalda, bajé las mías hasta su pecho, sintiendo que me doblaba hacia atrás. Su lengua se deslizó despacio entre mis labios, buscando la mía en un beso lento y delirante. No quería que se fuese, quería que me empotrase contra la marquesina del autobús e hiciese lo que le diera la gana con mi cuerpo. No podía moverme, solo podía apretarle la camisa, notando su cálido y duro pecho.

—¡Reiner! —Le llamó Bertolt. Me mordió el labio, con un gruñido suave, rozando su narizota con la mía. Le agarré fuerte de las mejillas de nuevo y mordí el suyo, mirándole a los ojos.

Bis gleich

—Hasta luego —Me apretó la mano, caminando de espaldas hacia la puerta del autobús con una sonrisa.

Suspiré camino a casa, centrada en la sensación de su beso, de su cuerpo contra el mío, reteniendolo en la memoria porque nada más meterme en la habitación me iba a hacer una paja que le iban a pitar los oídos cosa mala.

 

4

No quise ser pesada ni presionar en ningún aspecto. Si se despidió de mi hasta el martes, hasta el martes iba a esperar. Pasé el fin de semana entretenida con resúmenes de los apuntes y series, relajada antes de que no tuviese tiempo libre por tanto examen. El lunes, tan pronto entré por la puerta de la clase, mis amigos me llamaron con prisas.

—Oyeeee, ¿qué tal con Dimitri? —Edu se inclinaba sobre la mesa, arrugando la nariz en una risa golfa.

—Bien, muy bien hasta que uno de sus amigos acabó en el hospital —les conté la que se montó en un segundo, entendiendo sus expresiones horrorizadas—. Lo bueno es que a los gilipollas se los llevó la policía.

—La cabeza le tendría que haber arrancado del guantazo —dijo Carlos, asqueado.

—Pero a ver, ¿te liaste con él o no? —Susana sonrió conforme yo lo hacía.

—Mira que solo me comió la boca una vez y a modo de despedida, pero hija… Qué ganas de que sea mañana ya y tenerlo arrimadito.

Como esperaba, me dieron por saco, pero no me molestaba porque sabía que era una muestra de su alegría por mí. Las clases no fueron nada del otro mundo, atendiendo mucho y cansándome más. Eso sí, entre cambio y cambio de clase buscaba por todas partes, por si me lo encontraba. Lara me llamo en susurros, mirando dentro de una de las aulas pequeñas camino a la zona nueva de la facultad. Señaló a través de la ventanita cuadrada de la puerta.

—Están en clases de español, mira, le han sacado y está hablando con uno de sus amigos.

Al mirar dentro le vi hablando con Eren, muy despacio pero con seguridad, de nuevo con las gafas puestas, de cara a la puerta. No quise llamar la atención, tan solo mirar en silencio su manera de gesticular, sus cejas serias, el pasarse la lengua por los labios. Cuando Eren comenzó a hablar se cruzó de brazos, escuchándole atento. Desvió un segundo la atención hacia la puerta, me miró a los ojos, le cambió la expresión al verme menear los dedos de la mano, enderezó la espalda y volvió a mirar a Eren, sonriendo con la comisura de la boca. Se pasó dos dedos por la barbilla, volviendo a alzar la mirada, clavándomela hasta el alma. Y fue una mirada tan sucia que me reí con un resoplido en cuanto me la apartó, alejándome de allí. Yo tenía que ir a clase y a él le iban a llamar la atención. Una vez en mi aula, Lara se sentó a mi lado, dejándome una nota en el folio.

—No quiero desencantarte porque os veo la mar de bien, pero eres consciente de que este se larga al final del curso, ¿no? —Lo leí y fruncí el ceño, escribiendo de vuelta.

—Pues claro que lo sé, si yo lo que quiero es follar todo lo que pueda mientras lo tenga cerca —escondió la risa tras la mano.

—Ándate con ojito que estas cosas se van de las manos bien rápido.

Asentí, segura porque lo que sentía por él eran unas ganas locas de dejarlo seco a base de meneos. Y es que no entendía qué tenía ese hombre, pero desde que me fijé en él la semana anterior, mi líbido estaba desatada. Me masturbaba todos los días porque era inevitable que llegase la hora de ir a dormir y que pensase en él subiendo por mi cama, susurrándome en alemán palabras que aunque no comprendiese, me encendían como a la mecha de un explosivo. También pensaba en esas cosas al ducharme, al hacer de comer, al ir a clase y estando en clase. Incluso cuando la gente conversaba alrededor, yo seguía en mi mundo, pensando cosas que de tener alguien el poder de leerme la mente, se escandalizaría. Estaba que me subía por las paredes. Creo que ese martes fui a la universidad con la misma ilusión que fui el primer día, con unas ganas tremendas de llegar, tantas, que aparecí en la clase casi de las primeras. Dejé las cosas en mi sitio y me senté apoyada en la cristalera que daba al patio, a tontear con el teléfono.

—Buenos días —La alegre voz de Armin me hizo alzar la mirada bruscamente. Me levanté, dispuesta a darle la mano, pero el chico volvió a abrazarme. Eren y Mikasa estaban con él.

—¿Cómo está Marco? —pregunté.

—Mejor. Tiene dos cicatrices, aquí y aquí —se señaló la ceja y el tabique—, pero ya va a venir a clase pronto.

—¡Me alegro mucho!

—Queremos ir este fin de semana a karaoke, ¿vienes? —Se me iluminaron los ojos con la mención de ir a uno de mis lugares favoritos.

—¡Por supuesto! Conozco un sitio en el que podemos reservar una habitación.

—¿Y puedes venir a comer algún día, por favor? —Me pidió Eren, pasándose de educado—. Una ayuda, para mejorar.

—¿Para hablar? ¡Claro! Cuando queráis —Mikasa me miraba con ese aspecto distraído que siempre tenía, medio escondida detrás de su bufanda granate. Mis compañeros llegaron, dandome los buenos días. No se me escapó que Lara se quedó mirando a Armin más tiempo de lo normal. Les despedí y me senté en mi sitio. Lara se tiró sobre Carlos, jalándome del jersey.

—¿Quién era el de los ojos azules?

—Armin, ¿te gusta? —Asintió con los ojos muy abiertos.

—Es lindísimo, por favor…

—Tiene cara de niño pequeño —Soltó Susana, extrañada—, ¿no os puede gustar un término medio? Ni un bebé, ni como este que acaba de entrar, que va por ahí con cara de perdonarte la vida —Alcé la vista hacia la puerta, aspirando al verle acercarse con una camisa de botones roja de franela. El aire se escapó de mis pulmones con un temblorcillo.

—Buenos días —no me saludó solo a mí, también a mis amigos.

—¿Cómo estás? —sacó las cosas de su mochila negra, no podía dejar de mirarle las manos y de acordarme cómo las sentí en mi espalda.

—Enfadado —le miré a la cara, sorprendida. Me miró una vez dejó la mochila en el respaldo de la silla —Jean se encontró con un hombre, del viernes, solo. Intentó darle pero él no sabe. No puede solo.

—¿Está bien? —Asintió.

—Gente ayudó, se fue el otro y Jean vino a casa. Marco está enfadado también.

—Claro, no querrá que se meta en más problemas. Pero le entiendo —frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Esa persona le ha pegado al hombre que quiere, es normal que quiera pegarle.

—Tiene que pensar las cosas. No puede ser así —sacó el bolígrafo del estuche, ofuscado.

—Pero no te enfades. Intenta entenderlo. Imagina que alguien le pega a la persona que más quieres, ¿no harías lo mismo? —me miró a los ojos, a la boca y agachó la mirada—. Venga anda. Hablas mucho mejor español, ¿eh? —toqué el brazo que apoyaba en la mesa, justo por encima de la muñeca, apretandolo. Se lo miré y subí la mano hacia arriba, en una caricia. “No me extraña que tumbase al desgraciado ese de un guantazo, si le muerdo el brazo me quedo sin dientes”

—He hablado mucho, Armin  y Bertolt me ayudan. Quiero poder hablar más contigo.

Se giró al ver entrar al profesor, solté de mala gana su brazo y me dispuse a atender. A atender de verdad. Pero estaba claro que el pensamiento de Reiner no iba en la misma dirección que el mío. Cuando casi era la hora del descanso, en lugar de seguir escribiendo, soltó el boli en la mesa, bajando la mano, dejándola caer en mi muslo sobre mis pantalones de tela. No le miré ni le dije nada, pero separé un poco más las piernas. Sentí sus dedos colarse entre ellas, acariciándome, fingiendo mostrar atención a lo que el profesor decía. Paró su mano justo antes de tocarme entre ellas, dándome apretones por la parte interna del muslo. Necesitaba que, o bien nos mandasen de una puta vez al descanso o que subiera esos deditos más arriba. El martirio de no llegar a sentir lo que tanto ansiaba me estaba matando. Favoreciendo a mi salud mental, nos indicaron que podíamos ir ya al patio. Al sacar retirar su mano de mi muslo, rozó de manera casual con su meñique justo entre ellas, haciéndome dar un respingo.

Nos miramos al levantarnos, sonriendo con los labios, deseandonos con la mirada. Salimos del aula en silencio, suspirando. Me encantaba andar a su lado, al estar de pie era consciente de su altura. Al llegar a la escalera miró sobre su hombro, me miró, miró al frente y se lamió los labios colocandose bien las gafas. Tiró de mi mano, pasando la escalera, metiéndome en la pequeña clase del fondo.

Tras cerrar la puerta, me empujó con ambas manos en mi cintura, contra la pizarra. No tardé en subir mis brazos hasta sus hombros, acariciando su nuca y su mejilla cuando me besó. No fue un beso lento como el de la parada de autobús, fue un beso necesitado, urgente, de la misma manera que sus manos subían por mi jersey hasta mis tetas. Era horrorosa la incapacidad para aguantar los gemidos con ese hombre, pero es que sentir que casi me cubría los pechos por completo con sus manos fue demasiado. Se le ocurrió meterlas por debajo de la tela, tocando mi piel con las yemas de sus dedos, hacia arriba, empujando el sujetador en la subida, buscando mis pezones. Los estimulaba con sus pulgares, pegó sus caderas a las mías, sonriendo en mi boca al escucharme gemir. Los endurecía con los pulgares e índices, atrapandolos, retorciéndolos de un lado a otro con delicadeza o rudeza, según se le apeteciese. Estaba tan bueno que no sabía qué hacer primero, si abrazarle, tocarle o chuparle de la cabeza a los pies. Se agachó un poco, metiéndose una en la boca, lamiendo el pezón en círculos y tirándo de él con los dientes, mirándome a los ojos. Me mordí un dedo, deseando sentirle desnudo contra mi cuerpo. Tan grande. Sudando. Empapándome de su olor. Cuando me acercó sus labios los mordí, notando sus dedos bajar por mi ombligo, hasta el interior de mis pantalones y bragas.

—Reiner vas a matarme, nos van a escuchar —asintió, agarrándome de la barbilla.

—Quiero escuchar —dos de sus dedos se hundieron entre mis labios menores, deslizándose. Gimió al sentirme húmeda—, Nora, tócame.

Me acercó las caderas, abrí, desesperada, su bragueta, rozando con las yemas de los dedos su glande. Tembló entero, agarrándome del pelo y resoplandome en el cuello cuando le acaricie despacio. No la rodeaba completamente con mis dedos, el tamaño en general de ese hombre no era normal. Pasó su mano hasta mi barbilla, pegándome la cabeza a la pizarra, jadeando en mi boca con los ojos entrecerrados. Sus caricias eran lentas, justo donde debía darlas, provocándome un temblor de piernas cada vez más preocupante. Me agarré de su erección y el borde de sus vaqueros, gimiendo entre dientes, sintiendo su boca en mis labios, mis mejillas y mi cuello. Me clavaba los dedos en la mandíbula, susurrando en alemán de la misma manera que lo imaginé. Y fue el escuchar su voz grave en mi oído lo que me acabó por llevar al orgasmo, gimiendo su nombre. Dejó de besarme y me miró a la cara, observando mis gemidos delirantes. Me frotaba con toda la mano, manchandosela, frotándome el clítoris con la palma y entre mis labios con los dedos.

—Metemelos —gemí, tragando saliva— Dame más por lo que más quieras.

—¿Qué? —preguntó, atontado.

—Que me folles, fuck me, imbécil —Me soltó la cara, apretándome el culo.

Me agarré de sus hombros, dejando caer la cabeza contra su pecho cuando sus dedos me estimularon desde dentro. Me iba a correr otra vez si seguía así. Y me iba a correr más fuerte. No podía masturbarle, no coordinaba ni movimientos ni pensamientos, y sin embargo me susurraba, muy excitado. Iba a gritar, iba a dar un grito de puro placer de un momento a otro porque la presión del orgasmo acechante se convirtió en algo extremadamente insoportable. Le mordí la camiseta, cerrando los ojos con fuerza, sintiendo cómo me aplastaba contra la pizarra, tirando de mis pantalones hacia abajo hasta escuchar el crujir de la tela. Dobló las rodillas, atrayéndome hacia él apretándome el culo, respirándome en el oído. Me abrí de piernas y me puse casi de puntillas al acercar mis caderas a las suyas. Cambió la presión de sus dedos por la presión de una erección excesiva para mí, más en esa postura. Y sin embargo, se abrió paso. Miré hacia arriba, acalló mis gimoteos con su lengua, bajándome aún más los pantalones. No me la pudo meter entera por la postura, y, como motivo principal, porque se apartó de mí, tirándome del pelo y obligándome a bajar hasta su palpitante erección. Se la lamí, metiendo mis dedos por debajo de su camisa, arañandole los abdominales al presionarla con mi lengua y labios. Me agarró del pelo, dando dos pasos atrás y apoyándose en el pupitre más cercano con la mano, resoplando entre dientes. Le agarré del trasero y me la metí en la boca hasta la mitad, no entraba más. No la sacaba entera de entre mis labios, pero la lamía con constancia e intensidad, notando que la dureza llegaba a ser ridícula. Un gemido ronco, escandaloso y obsceno, precedió al chorreón de esperma que chocó contra mi garganta. Me lo tragué como si se me fuese la vida en ello, arañando los músculos de su espalda, aguantando el tirón de pelo que me daba, tenso e incapaz de moverse. Me aseguré de que ni una gota era desaprovechada, dejándola caer después por fuera de sus pantalones, besándole la sudorosa mejilla. Se le habían torcido las gafas, jadeaba con los ojos cerrados, sentado en el filo de la mesa y dejándose besar por mí. No soportaba lo atractivo que me parecía.

—Qué buen desayuno… —susurré. Entreabrió los ojos, subiendo las comisuras de sus labios, riéndose tontamente hasta dar una carcajada. Me subió los pantalones de un tirón, abrazándome después. Me rodeaba entera con esos brazotes.

—Próxima vez, quiero meterla —jadeó, mirándome a los ojos.

—Por favor… —Me mordí el labio, acariciándole las mejillas. Levantó el brazo, mirando la hora, sonriendo ampliamente.

—A clase —Recibí dos palmadas en el culo y varios besos dulces en la mejilla, poniéndome de lo más tonta.

Por fin pude atender, mucho más tranquila que antes a pesar de mirar sus manos de vez en cuando. Era una alegría a la vista. Y a todos los demás sentidos.

—Nos vamos a viaje, por el norte de España, no vengo hasta el sábado —Me dijo al acabar la clase, guardando sus cosas.

—Pásatelo muy bien —le deseé.

—¿El sábado sales con nosotros también?

—¡Claro! Armin me ha dicho que vais al karaoke, y me encanta.

—Vale, hasta el sábado —Se despidió de mí con un pellizco en la mejilla. Yo besé sus dedos. Se alejó con una sonrisa.

—Habeis follado en el  descanso, ¿verdad? —me dijo Carlos una vez desapareció Reiner por la puerta. Me reí sin poder evitarlo.

—Sí y no. Hemos estado conociéndonos un poco.

—¿Está proporcionado o son esteroides? —Quiso saber Susana.

—Excesivamente proporcionado diría yo. No sé muy bien si eso no va a partirme en dos el día que follemos en condiciones.

Y la verdad es que me moría de ganas por que ese momento llegase. Sin embargo, tuve que esperar 4 días solo para verle. En realidad le vi antes, pero a través de una foto que me mandó la noche del jueves. En ella posaba con los brazos cruzados y seriedad mientras cargaba a un alegre Armin en hombros en el parque Güell de Barcelona. No podía decir que le echaba de menos como si fuese un novio, pero sí que iba teniendo ganas ya de verle caminar delante de mí, de observarle colocarse las gafas sobre la nariz, de olerle, de derretirme bajo su mirada, de perder la cabeza al ver su media sonrisa. Y sin embargo, él sí me lo dijo.

Te echo de menos. Sería mejor contigo aquí —Escribió con la foto. Me negaba a admitir lo muchísimo que se me cayó el coño con ese comentario. Antes que darle pie a mi lado tontorrón, prefería ir por el sexual.

Aquí también estaría mejor contigo —Me hice un selfie con la tiranta del pijama medio bajada, enseñando un pelín más de lo que enseñaría en una red social. Los tics azules se marcaron al instante, pero no respondió tan pronto la vio.

No me mandes esas fotos, duermo con Armin, Jean y Marco

—Lo siento —Respondí con otra foto, ahora en sujetador, con la mano ante la boca como si hubiese sido un accidente.

Para. Ahora quiero paja. —Pegué una carcajada que tuve que amortiguar para no despertar a nadie en casa.

Haztela. Y grabate. Quiero verte. Y quiero tocarte. Ojalá pudiera follarte ahora mismo.

—HMMMMMMMMMM 🔥🔥🔥🔥

No recibí nada más durante unos minutos, en los que me dediqué a ver vídeos de YouTube. Con el rabillo del ojo vi la lucecita naranja de mi teléfono parpadear. Al abrir el WhatsApp me lleve una mano a la boca. Me había enviado una foto, metido en el cuarto de baño, de su pulgar enganchado en sus calzoncillos, dejándome ver vello púbico y sus músculos marcados. Y su erección bajo la tela. “Trancos así solo los he visto yo en las pornos”

Quiero más —No contestaba, me tenía sentada en la cama con la mano entre las piernas, respirando sofocada. Lo siguiente fue un video.

Y qué video…

No le veía la cara, pero se pasaba la mano por el pecho, hacia abajo, tirando de su erección sobre la tela de los calzoncillos. Eran azules oscuros y le quedaban ceñidos a las dos columnas que tenía por piernas. Pero no paró ahí. Metió la mano por dentro de la ropa interior y se la sacó, acariciándola despacio. Me mordí el labio al escuchar esa exhalación suave de aire tras tragar saliva. El corazón me latía con fuerza, no excesivamente rápido, pero lo sentía retumbar en mi pecho al igual que sentía mis bragas pegadas a la piel, húmedas. Susurró mi nombre. Me dejé caer en la cama, observando mi porno hecho a medida. El vídeo acabó abrtuptamente, con unos golpes.

—”No puedo quedar en el baño. Culpa a Jean. Lo siento” —Fue su siguiente mensaje.

—”Ojalá estuvieras aquí” —Me cagué en la puta madre del muchacho mentalmente.

—”El sábado duermes en mi cama”.

Tiré el teléfono en la cama, sofocada y fastidiada. Quería mi vídeo porno completo. Sin embargo no me quedó más que masturbarme, con los cascos puestos, escuchando sus susurros en bucle, acordándome del martes y necesitando el sábado. Y fue un viernes desesperante, esperando mensajes suyos que no llegaron. En esos momentos, mi vida giraba en torno a él, a su cuerpo, a la lascivia que me hacía sentir. Al día siguiente, me llegó un WhatsApp de un número desconocido.

”¡Hola! Soy Armin, Reiner no tiene batería. ¿Nos vemos hoy a las 11 en la puerta del karaoke?

—”Hallo!! Claro, he reservado la sala, así que la tenemos para nosotros solos. Tengo muchísimas ganas de veros.

—Y nosotros a ti, nos gustaría que vinieses al próximo viaje.

—Gracias!! Espero poder ir —Al pensar que era un chico muy adorable, recordé a Lara—. ¿Puedo traer a una amiga?

—Sí, cuanta más gente, mejor.

Con Armin daba gusto hablar. Si dominaba bien el español hablado, escribiéndolo era de C2. Hable con Lara, diciéndole que abandonase sus planes y que viniese conmigo y su rubio. No tuve que convencerla mucho.

 

5

Sabiendo que esa noche le vería, me puse un traje. Iba a pasar un pelín de frío, pero merecía la pena y dentro de la sala de karaoke siempre hacía calor. Lara estaba demasiado nerviosa teniendo en cuenta que siempre había sido la más tranquila de mis amigos. Esperamos al grupo en la puerta y al verlos venir, Lara se quejó, medio escondiéndose detrás mía.

—¡Hola! —Marco era el primero en acercarse a mí, con cicatrices donde había recibido golpes pero una inmensa sonrisa en la cara. Me dio dos besos y un abrazo.

—¿Cómo estás? —Jean me sonreía, saludándome con la mano.

—Muy bien —Se separó de mí, el chico iluminaba donde fuese que iba con esa sonrisa, tan lindo con todas esas pequitas en sus mejillas—. Jean me ha dicho que querías matar a esos hombres. Grazie.

—No me las des por hacer lo lógico —Me pasó el brazo por los hombros y entró conmigo y con Lara en el pub. Pedimos las bebidas y pasamos al reservado.

—Reiner todavía no ha llegado, creo que se estaba duchando —Me dijo cuando miré sobre mi hombro, buscándolo—, habla mucho de ti.

—¿Qué dices? Si apenas nos estamos conociendo.

—Lo que conoce lo repite mucho —Me reí sintiéndome blandita, haciéndole reír a él. Cuando la mayoría hubo entrado les presenté a Lara, y cuando tuve un segundo junto a Armin en el que estábamos un tanto apartados, le susurré:

—Mi amiga es un poco tímida, tú que sabes más español, charla con ella.

—Ah, vale…  —La miró, apretando los labios. Sentí una mano en mi brazo, era Eren.

—Nora, ¿puedes ayudar? —Me enseñaba el teléfono, con un texto en español escrito en el google docs.

—Eren, deja eso ahora —Suspiró Armin, cansado—, está obsesionado con aprobarlo todo, no habla de otra cosa —Me explicó el chico.

—¿Quieres que te lo corrija? —Asintió, con determinación en sus ojos. Sonreí y me lo leí en un segundo, explicándole dónde se había equivocado. Sin embargo, tuvimos que dejarlo cuando pusieron la primera canción.

Sasha y Connie cantaron a grito pelado Walking on Sunshine, coreados por casi todos los demás. Justo después, Ymir cantó Everything I do, dedicándosela a su novia. Mikasa tenía el otro micrófono pero apenas se le escuchaba bajo los estridentes desafines de la muchacha. Jean y Marco escogieron Cherry Pie, haciendonos reir a todos. Christa y Lara cantaron Royals, en un tono más tranquilo. Yo canté I Want it All con Eren, que le ponía excesiva pasión a todo. Al poner Annie y Bertolt Wrecking Ball me comencé a preguntar por dónde estaba Reiner. Al principio del segundo estribillo, su estridente voz resonó en los altavoces. Le había quitado el micrófono a Annie y cantaba con Bertolt. Bueno, cantaba solo, porque su amigo se partía de risa con su intensidad. A pesar de que las ganas de poner las manos sobre la tela gris de su camisa de botones era fuerte, esperé y no me tiré encima. Todo un ejercicio de autocontrol. Se acercó a mí tras soltar el micrófono y saludar a su público con una reverencia. La bebida que sostenía la dejó en la mesa que me quedaba detrás, poniéndome una mano en la espalda e inclinándose sobre mí, besándome en los labios despacio, girándome hacia él, abrazándome por la cintura, besándome con más ganas. Por fin pasé las manos por ese pecho duro y amplio, por sus anchos brazos, por su enorme cuello, por fin su olor, su boca en la mía. Me sonrió en los labios y cogió la bebida.

—¿Qué tal te lo has pasado en Barcelona? —Le pregunté atontada.

—Muy bien, es muy bonito. Pero esto me gusta más. Más pequeño.

—Sí, es muy grande. ¿Dónde fuisteis?

—No me acuerdo de los nombres, pero todo bonito. Y un… un… —frunció el ceño, no le salía la palabra. Se giró a Bert y le habló en alemán. Me encantaba escucharle hablar en alemán.

—Ah, parque de atracciones. Port Aventura —Le respondió su amigo.

—¡¡Oooooh!! —Christa se giró, con una amplia sonrisa —¡Me encantó!

—¡Qué envidia! —Puse morritos, fastidiada.

—Ven la próxima vez —sugirió Bert—, así si no entendemos algo tenemos traductora.

—Sí, y ese deja de suspirar mientras piensa en que está mejor en otra parte —Marco le dio una patadita en el pie a Reiner, que chasqueando la lengua le revolvió el pelo.

Sie reden viel… —murmuró. Bert se rió y le miré entrecerrando los ojos.

—Que habla mucho, le da vergüenza —Annie le miraba con media sonrisa, negando con la cabeza de brazos cruzados.

Du bist töricht! —Le dijo la chica. Reiner se volvió mirándola—, sí, tú, tonto. Eres tonto. Pierdes tiempo —El rubio frunció el ceño. Ella se le acercó y le susurró algo muy rápido en alemán, alzando las cejas. Eren le miró asintiendo, con media sonrisita.

Reiner chasqueó la lengua de nuevo, bebiéndose el contenido del vaso de un golpe y cogiéndome de la mano, sacándome de allí. No me dio tiempo a despedirme de Lara, pero teniendo en cuenta que cantaba con Armin More than Words tampoco es que le fuese a importar mucho mi ausencia. Me metió en un taxi, sentándose a mi lado.

—¿Qué te ha dicho Annie?

—No hay nadie en casa, y tengo ganas de… verte —Me puso la mano en el muslo, pasándose la lengua por los labios—. Hoy llegan tarde.

—¿Al final voy a dormir en tu cama? —Asintió. Se había dejado crecer la barba un poco, pasé la mano por ella, mirándole la boca—. Me gusta —susurré. Le miré a los ojos. Al hacerlo, suspiró.

—Quiero escucharte —Ojalá hubiera podido sentarme a horcajadas sobre él, pero estábamos en un taxi, con cinturones puestos y el conductor probablemente cotilleando a través del retrovisor.

Durante el trayecto jugué a pasarle las yemas de los dedos por la boca, sintiendo sus leves besos y mordiscos, acariciando su sonrisa, su barbilla, sus mejillas. Él acariciaba mi muslo, subía los dedos por mi columna hasta la nuca, dedicándome una mirada sucia. Nos bajamos del taxi y me dio la mano, llevándome hasta el portal, subiendo al segundo piso por las escaleras, siempre sonriente. Me dejó pasar primera, entrando en un salón al que apenas pude echarle un vistazo. Me llevó por un pasillo hasta la habitación del fondo, a mi espalda, con las manos en mi cintura y riéndose suavemente en mi oído. Yo también lo hacía, nerviosa. Cerró a mi espalda tras encender el flexo del ikea colocado en el escritorio. No iluminaba gran cosa, pero podría verle a la perfección. La habitación era pequeña: una cama no muy grande de sábanas blancas pegada a la pared de la izquierda, sobre ella una ventana entreabierta. A la derecha, con solo el hueco de una persona de pie entremedio, un armario robusto de madera clara. A solo un paso, delante de la cama, el escritorio con una silla. Sin preguntarle, me quité los zapatos tirando con mis talones, y me tumbé en la cama, con la espalda en el cabecero y las manos cruzadas sobre mi estómago. Intentaba aparentar un control que sabía perdería con solo ser rozada por sus manos.

—Desnudate —le dije. Alzó una ceja, inclinando la cabeza hacia la derecha, tirando de su cinturón—, y tócate, que yo te vea. Me dejaste con ganas de más después del vídeo.

Se quitó primero la camisa, botón a botón, despacio, sin apartar la mirada. Su expresión se me antojaba incluso enfadada a pesar de saber que era concentración, esperando reacciones por mi parte ante tal striptease improvisado y silencioso. Levantó su mentón, sabiendo lo mucho que me gustaba su cuerpo, tentándome con la mirada. Sus dedos manipulaban los botones con lentitud pero con seguridad. Dejó caer la camisa al suelo, sacándose por la cabeza después la camiseta gris clara sin mangas que llevaba debajo. Llevaba puesto un collar plateado con dos placas como las que solían llevar los militares y que, en conjunto, encajaban con esa imagen de macho que aparentaba. No era la primera vez que veía su pecho desnudo, pero sí la primera vez que podía permitirme observarle con detenimiento. Sus músculos se dibujaban de forma y manera que transmitían esa sensación de fuerza y potencia sin llegar a ser excesivos. Los que más me gustaban eran los músculos de sus hombros, sus clavículas, los de su ancho cuello. Su nuez subió al tragar saliva. Y sus brazos. Esos brazos enormes, los tendones de su antebrazo, el ángulo que se formaba en la unión de su muñeca con sus pulgares, con esas manos tan enormes. Necesitaba sentirlo sobre mi cuerpo. Pero tuve paciencia, saboreando el momento. Se quitó los zapatos tal y como yo hice, dejando los pantalones tras de sí, arrodillándose en el borde de la cama, frente a mí. Instintivamente abrí las piernas, pellizcandome el labio y acariciándome un pecho, con el corazón a punto de estallar, las mejillas ardientes y la entrepierna ya muy húmeda. Solo por mirarle.

—No, no me toques todavía —le pedí al ver que pretendía tumbarse sobre mí—, primero tócate tú.

—Nunca me dan órdenes en la cama —sus palabras se las llevaba el viento.

Se pasó la mano por el pecho carente de vello, obediente. Metí la mía entre mis muslos, en mis bragas, dejándole ver mis dedos moverse bajo la tela. Y bajo la de sus calzoncillos rojo sangre ví su erección palpitar. El verme masturbarme le gustaba, le excitaba, y a mí me encantaba sentirme tan observada. Desnudada por su mirada seria, concentrada, rebosante de intenciones y promesas sucias. Saqué mi mano de entre mis bragas con un suave gemido, uniendo mi pulgar contra mi índice con el fin de mostrarle el rastro de flujo que manchaba mis dedos al separarlos. Entreabrió los labios, agachando la cabeza un mínimo, y su erección volvió a tensar la tela de sus calzoncillos, escapándose esta vez el glande de la prisión de tela. Se pasó la mano de arriba a abajo, tirando de su ropa interior, mostrándomela. Se la acariciaba con el pulgar, el índice y el anular, justo por debajo del glande, muy despacio, apartando la fina piel que lo cubría parcialmente. La carne de debajo era mucho más rosa, más apetecible. La quería en mi boca de nuevo, tan ancha y caliente. La quería en mi interior. Negué con la cabeza, mirándole a los ojos.

—Reiner, no puedo con eso —Alzó las cejas en un mudo “ah, ¿no?”

—Claro que sí —Me puso las manos en las rodillas, subiéndolas piernas arriba, agarrando mi traje y sacándolo por la cabeza. Me puso ambas manazas en la cintura y se detuvo unos segundos a analizar mi piel y mi ropa interior, obviamente a conjunto—. Perfekte…

Me miró a los ojos antes de inclinarse sobre mí, posando su boca en la mía, venciendo la batalla por cuál lengua era la dominante. Me encontraba absolutamente sometida a sus deseos, abierta de piernas, mis manos acariciando los costados de su amplio torso. Me quitó el sujetador, despacio. Me bajó las bragas, atento a mi rostro, sin prisas. Dejó caer mis corvas en sus hombros, inclinándose hacia adelante, con sus manos apretando la carne desnuda de mis generosas caderas y su boca lamiendo la oscuridad de mis pechos, la aureola, absorbiendo con fuerza cada pezón hasta abandonarlos completamente endurecidos y húmedos de saliva. Su lengua recorrió un dulce camino desde mis clavículas hasta mi barbilla, volviendo a bajar, otorgándome pequeños mordiscos que despertaron mi piel por completo. Gemí, rendida a los escalofríos, a sus dientes condenando mi cordura a un destierro momentáneo cuando incrementó la fuerza de la mordida. Le tiré del pelo, le arañé la nuca, apretando los dientes.

—Gime —Su petición sonó a súplica, sin apartar la vista de mi rostro mientras su erección se frotaba contra mis húmedos e hinchados labios, presionando contra mi clítoris. Gemí. Gemí sin retenerme, todo lo que quise, y solo fue el comienzo.

—Me voy a correr ya —La desorbitada excitación que dominaba todo mi ser me pilló desprevenida en ese roce tan directo. Jamás habría pensado llegar a estar tan cachonda con solo besos y miradas.

—Sí, pero en mi boca.

Me dedicó una sonrisita de suficiencia, sabiendo a ciencia cierta que me tenía a sus pies. Su boca se deslizó desde mi rodilla hacia mis ingles. Primero por la pierna izquierda después por la derecha. Aspiró con intensidad entre ellas, acariciándome el clítoris con su nariz, besando mis labios mayores como si de mi boca se tratase, colando su lengua entre ellos. Le escuché tragar, le escuché emitir un ronco “hmmmmmm” seguido de un jadeo. Deseaba que me tocase el clítoris, pero no lo hacía. Besó mi monte de venus, lo mordió. Me dejó estirar las piernas en la cama para separarme los labios con sus pulgares, acariciándolos, respirando sobre mi clítoris con ese ardiente aliento suyo. Subió esos dos dedos que me masajeaban, rodeando mi clítoris, estirando con ambos la piel sobre este. Colocó sus antebrazos sobre mis muslos, obligándome a mantenerlos pegados a la cama, con sus dedos extendidos bajo mi ombligo, presionando, y los pulgares dejando expuesto ese pequeño punto que observaba. Sus ojos subieron hasta los míos, su labio inferior me rozó, al fin, el clítoris. Quise revolverme pero estaba inmovilizada. Lo único que podía hacer era agarrarme de su pelo y sus brazos, emitiendo gemidos temblorosos que formaban su nombre. Las caricias de su lengua eran constantes, de abajo a arriba, suaves en extremo, placenteras hasta curvarme la espalda en la cama. Me agarré con ambas manos a su pelo, perdiendo el control de mi cuerpo, sintiéndome explotar, gimiendo su nombre en un largo lamento entre dientes. Luchó conmigo para que no me moviese, lamiendo de manera un poco más intensa, jadeando y gimiendo contra mi piel. Al comenzar a quejarme por la intensidad de sus perpetuas caricias, subió su boca por mi cuerpo, hasta mi boca, con besos que parecían mordiscos. Nos devoramos, poseídos por la lujuria. Sus dedos continuaron entre mis piernas, acariciando la entrada de mi vagina, estimulandola con dos de ellos. Metió uno muy despacio, y al comprobar lo muy dilatada que me encontraba, metió un segundo. Al presionar hacia arriba, sin sacarlos mucho pero girándolos en círculo, se separó de mis labios, escuchandome gemir.

—Parece que te gusta —dijo, riéndose.

—Más —fue la única palabra coherente que conseguí decir. Metió un tercer dedo, uniéndolos a ese movimiento rítmico.

—Correte. Tiene que caber —murmuró contra mi oreja. Bajó su otra mano, apoyándose con la palma en mi cadera, martirizando mi clítoris de nuevo con el pulgar estirado.

Esta vez grité. No gemí, grité. Era demasiado. No podía soportarlo. Sí podía. Me corría. Y me corría de una manera brutal. Le mordí el hombro de tal manera que le escuché quejarse, pero fue un sonido lejano. El orgasmo me hizo temblar, contrayendo los músculos, reventando mis terminaciones nerviosas. Para cuando me sacó los dedos, estaba agotada. Se inclinó sobre un lado de la cama, abriendo la mesa de noche y sacando un condón de una caja, dejándolo en la almohada junto a mi cabeza. Quise tocarsela, no me dejó. Tan pronto la rozó contra mis labios, no en vertical como en el refregón de antes, sino hacia adentro, supe que, efectivamente, era demasiado. Y sin embargo estaba tan cachonda y empapada que lo que hice fue abrirme más de piernas. Mi cuerpo le dio la bienvenida con un apretón de músculos. Él se agarró de mis muslos, mirándome a los ojos.

—Estrecha —susurró. Deslizó muy despacio toda esa carne dentro de mí, centímetro a centímetro, hundiéndose, llenándome.

Su ceño se fruncía más y más hasta que cerró los ojos, con la boca abierta. Moví mis caderas, impaciente, chocándome con las suyas y sintiendo un pinchazo justo debajo del ombligo. Alzó las cejas, derrumbándose sobre mi cuerpo con un gemido que se le quedó atascado en la garganta, agarrándome la cara y volviendo a gemir en mi boca. La presión en mi interior era mayúscula y sin embargo oprimí su carne con la mía en un apretón de los músculos. Se quejó, apretando también sus músculos del estómago, quejándome yo al sentirla pulsar en mis adentros. Me agarré de sus brazos, apoyados a ambos lados de mi cara en la almohada. Sacó su polla casi entera de mi cuerpo, meciendo las caderas hacia adelante y arriba, apretando al pegarse a mí como si deseara fusionarse con mi piel, provocándome una sensación tremenda al rozar su pelvis con mi clítoris. No me follaba rápido, de hecho la sacaba despacio, pero a cada arremetida, la brusquedad aumentaba. Y yo que creía que no me iba a caber y ahí estaba, queriéndola más hondo, más fuerte. Chasqueó la lengua cuando más cercano sentía el orgasmo.

Scheiße! —Me la sacó, jadeando.

Mientras le observaba, desmadejada entre sus sábanas revueltas, recogió el condón y  se puso de pie a los pies de la cama. Su erección brillaba debido a mi flujo, acumulado en la base. Quería chupársela con tantas ganas que estuve tentada de no dejarle hacer lo que quería, pero fue más rápido que yo. Tiró de mi tobillo, me agarró del brazo y me obligó a ponerme a cuatro patas de espaldas a él. Me agarró los brazos tras la espalda, por lo que me apoyaba en la cama con mis pechos y mi mejilla. Entró en mí de una arremetida, me hizo gritar de nuevo. Sus gemidos eran escandalosos, su movimiento intenso, rápido. Irrumpía y se alejaba de mi cuerpo en fuertes acometidas urgentes. Le gustaba casi sacármela por completo para volver a metermela hasta el fondo, siempre en ese vaivén de caderas ascendente. Me costaba respirar. Me costaba pensar. Mordí las sábanas, quejándome, rompiendo la voz al gritar su nombre, uniendo un gemido con el siguiente y parando tan solo para coger aire. Me soltó los brazos y me agarró del pelo y los pechos, acercando mi espalda a su torso, su boca a mi cuello. En esa postura, era yo la que movía mis caderas, demandante, provocando que, con su voz ronca, comenzase a murmurar algo ininteligible bien fuese en su idioma o el mío. Le sentí inmenso, me sentía perder el control, nuestros movimientos eran erráticos y nuestros gemidos un escándalo. Se dejó caer sobre mí, tumbandome en la cama, agarrándome del culo con ambas manos, corriéndose en el preservativo. La sentía latir, sus gemidos eran lamentos, sus uñas se clavaron en mi piel. Permaneció unos segundos tumbado en mi espalda, besándome esporádicamente entre los omóplatos, apretando sus caderas a las mías en leves presiones lentas, deslizando despacio sus manos por mis costados, hacia arriba, buscando mis dedos. Los entrelazó y me besó en la mejilla.

—Eres demasiado —jadeó.

—¿Yo? Por dios, Reiner, parece que me ha pasado un autobús por encima —Se rió tontamente contra mi piel, besandome justo debajo de la oreja.

La sacó de mi interior, agarrando el condón, tumbándose boca arriba en la cama mientras se lo quitaba y le hacía el nudo. Sin pensarlo mucho, lo tiró hacia el escritorio. Me giré hacia él, hundiéndome entre sus brazos, pegando los míos a mi pecho. Me sentía diminuta, calentita, como cuando en invierno te tapas hasta arriba con el nórdico. Pero mejor. Mil veces mejor. Su aliento agitado me movía el pelo, su pecho subía y bajaba contra mis manos. El olor de su cuello me extasiaba.

—Pensé mucho cómo hacer esto —confesó—, pensé muchas maneras de hacerlo. Esta creo que es la mejor.

—Puedes probar las demás cuando quieras, no te cortes —Sentí el aire de una risilla salir por su nariz.

—¿Has pensado en mí?

—No pensaba en otra cosa. Necesitaba esto.

—Yo también, mucho tiempo desde la última vez que follo así.

—A mí nunca me habían follado así, estoy absolutamente reventada. Eres tan grandote… —le rodeé la cintura con los brazos, apretándole, pegando mi cara a su pecho. Su brazo pasaba por debajo de mi nuca, posada en mi pelo. El otro me rodeaba la cintura por completo.

—Es la primera vez que follo con alguien como tú.

—¿A qué te refieres? —Murmuré con los ojos cerrados, sintiendo que el sueño me embotaba la mente.

—Las otras siempre muy, muy delgadas —fruncí el ceño ligeramente.

—Oh… ya, claro.

—Me encantas —Relajé la expresión, sonriendo como una boba.

—Supongo que follas mucho —emitió un “meh”

—Lo normal —Me reí.

Le pregunté qué era lo normal para él, lo que nos llevó a una conversación sobre ligues y novias. Lo que le llevó a preguntarme a mí por el mismo tema. Lo que nos llevó a terminar mirándonos, perdiendo la noción del tiempo en una conversación larga y distendida ahora que no había tensión sexual de por medio. Hablamos sobre hobbies, sobre cine, música, fantasías sexuales, comidas favoritas, sobre las diferencias entre países. Nos encontrábamos ambos desnudos en la cama, con un brazo bajo la cabeza e intercambiando caricias del otro. Escuchamos que llegaban sus compañeros de piso, mandándose a callar y dando tumbos por los pasillos. Nos reímos, sorprendiéndonos porque eran las cuatro de la madrugada. Tras un bostezo que se me pegó y un estiramiento muscular de Reiner, me tumbé de espaldas a él, dejándome abrazar, entrelazando mis dedos con los suyos y ajustando mis piernas a las suyas. Se los besé, me besó la mejilla, me deseó las buenas noches y, medio dormida con una sonrisa, se las deseé yo también.

6

Me desperté yo primera, quejándome porque la luz del sol me daba en la cara. Me giré y le vi mirando hacia mí, con una mano junto al rostro y la otra sobre las sábanas. En algún momento nos tapó, yo había caído en coma después de tanta acción. Me pegué las manos al pecho, observándole, mordiéndome la uña del pulgar. Era como mirar una escultura clásica, así de bueno estaba e igual de blanquito. Igual sigo soñando y lo de ayer fue una fantasía erótica de la hostia. Su despeinado pelo rubio brillaba al sol, su mandíbula era perfecta, enmarcada por la sombra de una barba que estaba descuidando. Él era perfecto. No lo pude evitar y besé la comisura de sus labios. Contrajo los músculos de la cara ante el contacto, cambiando su respiración lenta por una normal. Abrió los ojos despacio, matándome. El sol caía directo en ellos, dándoles un aspecto dorado. Sonrió dulcemente.

Guten morgen —susurró con el sueño impregnado en su ronca voz. Si pudiese follarme una voz, sería la suya—, ¿has dormido bien?

—Sí —contesté tras mis manos. No quería matarle con mi aliento mañanero. Él pensó otra cosa.

Me agarró de las muñecas y se deslizó por la cama hasta tumbarse sobre mi cuerpo, besándome despacio en los labios. Me aplastaba, adoraba la sensación de tener su cuerpo sobre el mío, su amplitud, su dureza y su calor. Le pasé los brazos por los hombros y abrí las piernas, rodeándole la cintura con ellas, riéndome flojito con él. De cintura para arriba, seguía medio dormido. De cintura para abajo, se había despertado. Me reí un poco más fuerte, divertida, moviendo mis caderas en círculo. Seguíamos desnudos. Nos frotamos sin prisa, nos besamos y mordimos el cuello el uno al otro, atontados, acariciándonos la espalda, la nuca, los costados y el pecho. La humedad brotó de mi cuerpo al escucharle susurrar mi nombre, apretando su glande a mi clítoris, aún conmocionado por el trato que tuvo el día anterior. Bajé la mano y se la acaricié, preguntándome cómo todo eso podía caberme con facilidad. La guié presionando contra mi piel, introduciendo el glande en mi interior. Gimió con dulzura en mi oído, suspiré apretando mi boca a su hombro. Tardó un buen rato en hundirse en mí, dilatándome despacio, sin hacerme daño, disfrutando conmigo en el proceso. Una vez estuve lubricada, comenzó a moverla en mi interior en pausados vaivenes, en suaves empujones de sus caderas contra las mías, sin sacarla apenas, hundiéndome en la cama. Jadeaba en mi boca, su corazón se aceleraba bajo el tacto de mis dedos. Un orgasmo muy lento e intenso me tensó los músculos, haciéndome gemir más fuerte de lo que debería ahora que sus compañeros de piso estaban por allí. Notó que me corría, me abrazó con fuerza, sonriendo como un golfo. Y pensé que ahora no me iba a quedar con las ganas. Cuando el inmenso placer iba desdibujandose, le aparté de mi cuerpo, tumbándolo boca arriba. Mis caricias eran precedidas por mis dedos, seguidas por mis labios, lengua y dientes. Bajé por su pecho, besando cada trozo de piel, acariciando sus brazos y manos, sus caderas, lamiendo sus oblículos, lo cual le produjo cosquillas y le hizo reírse. Le miré con una sonrisa amplia, sosteniendo su miembro con una mano. Al verla entre mis cortos dedos me pareció incluso más grande. Me sentí tentada de cabalgarle hasta que se corriese, pero quería llevarle al límite con mi boca.

Le lamí bajo el glande tras apartar la piel, pequeños lametones, hacia arriba y hacia los lados. Me apartó el pelo de la cara, observando atento cada movimiento de mi boca sobre su pegajosa carne. Introduje su suave glande entre mis labios, aprisionándolo, pegando mi lengua a su dureza, apretando no muy fuerte mis dedos como lo hizo él el día anterior al masturbarse frente a mí. Me agarró del hombro, jadeando, agitado. Me centré en esa zona, endureciendola a cada movimiento, acelerando su respiración, sus jadeos, sus quejidos. Intenté tragarmela entera, pero era imposible. Sin embargo, al meterla más en mi boca gimió escandalosamente. Me dio vergüenza pero volví a hacerlo, acariciando sus testículos esta vez con mis uñas, suavemente.

—Nnn… Nora —Comenzó a repetir mi nombre sin descanso, supe que estaba a punto de correrse. Abrí la boca, con la lengua rozandole y masturbándole al mismo tiempo—, Ich kann nicht.

—Gime —le pedí, como él hizo ayer conmigo—, córrete.

Su rostro se contrajo al dominarle el placer del clímax, y gimió. Fue un gemido largo, tembloroso, potente. Me la metí en la boca hasta donde pude, tragándole, acariciando su pecho con mis manos, sintiendo que me las apretaba con las suyas. Con un jadeo la saqué de mi boca, sonriente, subiendo por su cuerpo y besándole el cuello, tumbándome sobre él. Ni el mejor colchón viscoelástico superaba lo bien que me sentía sobre su pecho.

—Se está convirtiendo en mi desayuno favorito —temblé entera cuando se rió, abrazándome.

—¿Podrías desayunar eso todos los días, por favor?

—Podría, y no me cansaría —emitió un sonido satisfactorio, acariciándome la espalda.

—Voy a preparar algo de comer. Ahora te llamo —Tras besarme el pelo me dejó caer en la cama, poniéndose los calzoncillos y unos pantalones grises de pijama. Me tiró una camiseta amarilla y gastada de mangas cortas—, no creo que puedas mover después de ayer —Me guiñó el ojo, tirándome las bragas y haciéndome reír.

Y no, no podía. Miré mi teléfono tras ponerme las bragas y esa camiseta que me llegaba por las rodillas, inmensa. Cuando me llamó me levanté, quejándome al salir al pasillo porque las piernas me dolían bastante. Me daba la impresión de que andaba como los vaqueros del oeste, el día anterior me había reventado. Escuché una risita a mi espalda y vi a Annie negar con la cabeza, en pijama, observándome.

—¿Buena noche? —Me preguntó. Asentí. Bertolt salía tras ella, bostezando. Siempre me sorprendía con su altura a pesar de saber lo largo que era.

—¡Hola! Se me olvidó que estabas aquí, menos mal que tengo el pijama puesto —Me reí con él, camino al salón. Jean me miraba adormilado, con el portatil en las piernas. Tan solo me saludó con un gesto de cabeza.

—Nora —Miré hacia atrás, Reiner asomaba la cabeza por la puerta de la cocina agarrándose al marco—, ¿té o café?

—Té —Me sonrió. Olía muy bien desde la cocina.

—Crêpes otra vez —murmuró Jean, medio dormido. Me miró y me explicó—: los hace siempre desde que llegamos.

—¿No te gustan? —Se encogió de hombros. Era guapo a pesar de tener la cara un pelín larga.

—Muchos en donde vivo. Prefiero pan —Como caído del cielo, llamaron a la puerta. Annie le abrió a un feliz Marco, que traía varias barras de pan en una bolsa de papel marrón.

—¡Buenos días! ¡Estás aquí! —Me dijo. Sonreí de oreja a oreja, asintiendo. Me eché hacia un lado cuando, tras dejar la mayoría del pan en la cocina, se acercó con una pulguita hacia su novio. Se sentó a su lado, le besó la mejilla y se la dio—. Buongiorno, bello —A pesar de quejarse, se le escapó una sonrisa. Jean soltó el ordenador en la mesa y le pasó una mano por detrás de la cintura, comiéndose el panecillo a bocados.

—¿Lleváis mucho juntos? Pegáis un montón —Marco negó con la cabeza.

—Nos hemos conocido aquí. Soy su primer novio —Jean chasqueó la lengua, poniéndose colorado—. Le vi en una fiesta. Las mujeres no le hacían caso. Le llevé a otra habitación. Le besé y, aunque se puso un poco tonto, me besó.

—No tiene que saber, Marco —Volvió a quejarse.

—Es muy tonto —Se encogió de hombros—, pero yo le quiero —Jean se hundía en el sofá, con las mejillas como tomates. Marco le puso la mano en una de ellas, besándole con fuerza y un quejidito cariñoso la opuesta.

—Jean ha sido la sorpresa de la erasmus —dijo Bert—, Annie y yo, pero sobre todo Mikasa y Eren ya llevábamos tiempo juntos. A Ymir y Krista las hemos conocido aquí, pero creo que también.

—Ah —Jean se inclinó, asomándose sobre su chico para hablar con Bertolt—, Armin no durmió aquí —Aspiré, con la boca abierta, sorprendida.

—Qué raro, estará en casa de Eren —Marco negó con la cabeza.

—No, cuando alguien se queda duerme en mi habitación y he estado solo.

—A lo mejor está con mi amiga, Lara —Todos exclamaron sorprendidos. Hasta Reiner se asomó por la puerta de la cocina—. Vino ayer porque le gustaba, no sé, ella también vive en una residencia de estudiantes.

—¡Eso sí es sorpresa! —dijo Annie, rodeandose las piernas con los brazos. Estaba sentada en un sillón sola, lejos de su novio. Ahora que lo pensaba nunca les vi darse cariño en público. Reiner trajo una señora montaña de tortitas, con miel, nata y un bote de nutella aparte.

—No como esto en casa, pero aquí sí. No sé, lo vi un día en la cafetería y siempre quiero.

—Te pasa como con las mujeres —Se rió en fuertes carcajadas. Ya me lo confirmó la noche anterior, pero el comentario de su amigo Bertolt me dejó bien claro que era un mujeriego. Desde luego experiencia tenía, lo del día anterior no se aprendía de la noche a la mañana.

Charlamos durante un buen rato, animados. Me dijeron que incluso cuando estaban entre ellos comenzaron a hablar en español. Podrían hacerlo en inglés, pero dado que habían venido a este país que mejor que practicar y mejorar el idioma hasta en casa. Estaba muy a gusto, Reiner acabó con las últimas tortitas, guardando tres para cuando Sasha se pasase por casa. Se echó hacia atrás en el sofá y me pasó un brazo por los hombros, por lo que me dejé caer en su pecho. Nora, mi vida, estás en la gloria, pero una duchita tienes que darte, digo yo. Cuando pensaba levantarme para vestirme, abrieron la puerta. Se hizo el silencio al ver a Armin entrar, con aspecto cansado pero feliz.

—¿Qué tal Lara? —Le pregunté con una sonrisa.

—Bien… —susurró, un poco avergonzado—, voy a ducharme. —Era la primera vez que veía a Annie sonreír de esa manera. El chico se cubrió la cara con la capucha de la sudadera, entrando con prisas. Ella le alcanzó, quitándosela y mirando debajo de ésta a su rostro, susurrándole algo entre risitas y haciéndole reír. Entraron juntos en la habitación del chico.

—Tengo que llamarla por teléfono —Me puse en pie, pasando por delante de Reiner, que me dio una palmada en el culo antes de alejarme.

Me vestí por completo en la habitación, cogiendo mi teléfono y dándome cuenta de que estaba apagado. Me colé en el cuarto de baño, arreglándome, robandole, supuse que a Annie, un poco de desmaquillante y algodón. Nadie me dijo nada de mis ojeras de panda y me reí al borrarlas. Había sido una noche magnífica, un polvo con el que comparar los demás. Había dejado el listón por las nubes. Si ayer por la noche algún vecino llamó a la policía porque a la del segundo la estaban matando, no habrían estado muy equivocados. Cogí mi bolso y fui al salón. Charlaba con Bert en alemán, entre susurros, y tan pronto me vio entrar se calló, disimulando.

—¿Te vas? —Asentí. Se levantó, acompañándome a la puerta—. ¿Te lo has pasado bien?—Le coloqué el collar derecho. Me lo follaba otra vez, hasta dejarte seco, rubio mío.

—Cuando quieras repetimos. No. Cuando puedas —Su risa fue un ronroneo grave, inclinándose sobre mí, agarrándome el culo con ambas manos y besándome con ganas.

—Nos vemos pronto —le pasé las manos una vez más por los brazos y cuello, dándole un breve besito.

—Hasta luego.

Se apoyó en el marco de la puerta, despidiéndome con una mano. Si me lo pudiese llevar a todas partes, lo haría. Fui con prisas hasta mi casa, necesitaba una ducha y batería en el teléfono. Tan pronto hice las dos cosas, llamé a Lara.

—¿Habéis follado? —pregunté tras ella descolgar.

Sí, dos veces —sonreí al compartir su felicidad..

—¿Y qué tal?

Creo que ha sido el polvo más tierno que he echado en mi vida. Es tan dulce y tan delgadito…

Pues como tú, estáis hechos a medida. Os comprais una granja y sois dos pin y pon.

Hablamos de las noches que habíamos pasado, contándonos detalles, yo enterneciendome y ella escandalizandose. Y sabía que acababa de verle, pero quería más de él, más de su compañía y de sus amigos. Me encantaba estar con ellos, era algo nuevo y siempre aprendía costumbres y maneras de pensar diferentes, lo que me fascinaba. Cuando me encontraba a alguno de ellos por la facultad, me paraba a charlar, a desayunar, a ayudarles con tarea, (principalmente a Eren). A Sasha le llevé un tupper con patatas aliñadas y la chica pareció adorarme desde ese momento. Llegué a un punto que tenía los números de teléfono de casi todos. Sin embargo, esa semana no vi ni a Reiner ni a sus compañeros de piso, se fueron de viaje por España y Portugal y no llegarían hasta el sábado siguiente. No tuve noticias suyas en dos semanas, solo algún mensaje esporádico de cómo estás o alguna foto tonta. Apenas me respondía y casi siempre estaba ocupado. Nada de sexting o vídeos o lo que fuese. A palo seco me dejó. No le di más vueltas, al fin y al cabo ya teníamos lo que queríamos. Pero para ser sincera, me sentí un poco decepcionada, me dio la impresión de que quería más de mí al despedirme pero por lo visto fue un meter, sacar, y a otra cosa, Schmetterling. Lara, sin embargo, no paraba de hablar con Armin, eran prácticamente una pareja, les faltaban las alianzas y declararse amor eterno. Iba cada dos por tres a la playa con él, por lo visto el muchacho venía de interior y le fascinaba el mar. Tenía noticias del grupo a través de ella y supe que querían quedar el fin de semana que llegaron para salir a la discoteca que fuimos el primer día. Apareció la chica acompañada de Carlos, ya que se aburría en su casa y se lo trajo. Nada más llegar parte de mis extranjeros favoritos, Lara se olvidó de nosotros, centrándose en su chico. Al mirarles sentí envidia.

—Uy, ¿y ese suspiro? —preguntó Carlos en voz baja, apoyándose en la pared a mi lado. Miré sus ojos azules y negué con la cabeza.

—Nada, pamplinas y tonterías. Tú ni caso que ya sabes que se me pasa en seguida.

—Sí, se te pasa, pero es que llevas así una semana —Arrugué la nariz, mirándole sin entender lo que me decía porque no cuadraba con mi realidad—. Cada vez que te despides de ellos o ves a esos dos juntos se te pone esa cara.

—Que son pamplinas chiquillo, que no pasa nada —Y sin embargo una ligera presión se me agarró en el pecho, un sentimiento desagradable.

—Ya me lo contarás, pero vamos, que sé que es por Dimitri —Le aparté la mirada—. Siempre le quitas importancia a las cosas que te duelen de verdad, ya lo haces hasta sin darte cuenta. Pero te conozco y esos ojillos tristones los tienes desde que te enteraste de que no ibas a verle en dos semanas —Me miraba los pies, apretando los labios. Sí que estaba fastidiada, pero no era para tanto. ¿No? Sí que le echaba de menos, pero había sido soportable, aunque pensase en él constantemente lo había sabido llevar. Más o menos.

—Te odio —murmuré toqueteándome las uñas, sin mirarle. Me puso la mano en el pelo y me besó la frente.

—Y yo a ti, perra asquerosa —Me dejé caer en su pecho, dejándome abrazar. Sentía mi sonrisa salir sin ganas—. Me parece que Dimitri viene por ahí y me parece que me está mirando con cara de asesino. Hazle saber que soy maricón que no quiero que me arranque un brazo a mordiscos —Me reí, asintiendo. Marco vino dando una carrerita, apartando a los demás y dándome un abrazo.

—¡Te he echado de menos! —Me dijo fingiendo un puchero—, ¿por qué no viniste al viaje?

—Nadie me dijo nada, me enteré de que os habíais ido cuando ya estabais allí —Frunció el ceño, mirando hacia atrás, a Reiner, que se nos acercaba con las manos en los bolsillos y una sonrisa extraña en el rostro, mirando de reojo a Carlos—. No es lo que me han dicho —Me volvió a mirar, suspicaz—. Ahora hablamos…

—Vale —respondí sin saber qué hacer. Jean me dió con un dedo en la nariz a modo de saludo. Bertolt y Annie me dedicaron una amplia sonrisa. No sabía si acercarme a Reiner, estaba cruzado de brazos, de espaldas a mí, hablando con Connie y Sasha. Le toqué la espalda —Ey, ¿qué tal?

—Hola. Bien, un poco cansado de viajar —Me miró aún de brazos cruzados, sin terminar de sonreir. No era la actitud que me esperaba, ni mucho menos. Me dolió.

—Vamos a bailar —Marco me dió la mano, acercándose a mí de nuevo, guiñandome el ojo y metiéndome en la discoteca—. ¿Sabes que hemos hecho amigos nuevos? Tengo que presentarte —Me dijo una vez dentro.

—¿Qué pasa, Marco? —Le paré, apartándome con él hacia un lado del local.

—No hables demasiado —Le aconsejó Jean. Le calló con un gesto de la mano.

—¿Sabes que Reiner no para de acostarse con mujeres desde que llegó? También después de estar contigo.

Alcé las cejas. Imaginaba lo de acostarse con otras, en fin, era un erasmus en un país extranjero y llamaba mucho la atención. Lo que me molestó un poco fue que lo siguiese haciendo después de estar conmigo. Me lo tendría que haber imaginado y no tendría que afectarme, en teoría. Pero, y aquí viene el aluvión de mierda, el pensamiento de que esas palabras dulces y que la conversación personal que tuvimos después de follar la pudo tener con otra me agitó al punto de sentir la necesidad de agarrarme los brazos con las manos. No era tanto el follar con otra como la compenetración que creí sentir. Una compenetración que fue cosa de una, visto lo visto. No me gustó nada de nada el sentimiento que montó el campamento en mi pecho con intención de quedarse. Sin embargo, asentí.

—¿No te importa?

—No me puede importar. No somos pareja —Parecía más molesto que yo.

—¿Sabes qué? Voy a presentarte a Mike. Son más mayores pero puede gustarte, los he visto entrar antes que nosotros —Me hizo un gesto con dos dedos para que le acompañase. Jean nos seguía, resignado.

Nos acercamos a un grupo de cuatro personas compuesto por una mujer y tres hombres. El más bajito tenía aspecto de no haber dormido en un mes y la misma actitud, se llamaba Levi. La mujer de gafas se llamaba Hanji, y me saludó exagerando su español, encantada de por fin hablar con alguien de la ciudad. Erwin era un hombre muy tranquilo y bastante alto, rubio,  no le quitaba la vista de encima al bajito y me saludó con un movimiento de cabeza. Y ese Mike que Marco quería presentarme era igual de alto que Bert, quizás más. Su pelo era rubio, despeinado pero con la raya en medio, su nariz grande y sus ojos muy azules y tranquilos. Me sonrió cálidamente y se disculpó, inclinándose sobre mí, husmeándome. Di dos pasos atrás por instinto, con las manos al frente.

—Lo siento —dijo Hanji—, lo hace con gente que conoce nueva.

—Es inofensivo, de verdad —Me aseguró Marco. El bajito chasqueó la lengua con desaprobación. Me disculpé y fui al lado contrario, a la barra.

—Es guapo y tal, pero da miedito —Jean se rió.

—Es muy raro —dijo dándome la razón.

No me dejaron comprarme una bebida, Carlos tiró de mi mano, llevándome a la pista de baile con las recién llegadas Ymir y Christa. Armin y Lara bailaban bien pegados, ajenos al mundo. Al poco tiempo de bailar con mi amigo, Jean y Marco se nos unieron, junto a Connie y Sasha, que bailaban descontrolados entre risotadas. Intenté desconectar, no pensar en ese que no se parecía al Reiner que conocí hacía un mes, ese que me había matado la ilusión tan fácilmente. Lo intenté, con ganas, incluso riéndome a carcajadas. Pero di una vuelta en pleno baile y le vi entre la gente, bailando muy pegado a una chica muy, muy delgada, como le gustaban a él. Miró al frente, sobre el hombro de la desconocida, cruzando su mirada con la mía. Cambió la sonrisilla golfa que tantas veces me había dedicado a mí por un gesto serio, quizás angustiado, quizás altanero. A esas alturas de la película no tenía ni puta idea de lo que pasaba por su cabeza germana. Me pareció que se disculpaba con la mirada. Pero no la soltaba el muy cabrón, la disculpa se la podía meter recto arriba hasta que la vomitase. Dejé de bailar, bajando los brazos a ambos lados de mi cuerpo, herida, enfadada, dándome cuenta de que lo que decía Carlos era verdad; me importaba más de lo que quería admitir. Pasé entre el grupo, entre la gente, hacia el final de la discoteca. Cogí a Mike de la mano, que me miró sorprendido dándole su bebida al bajito.

—¿Dónde vamos? —Le acerqué a mis amigos, pegándome a él, sabiendo que era un error pero haciéndolo de igual manera, sintiéndome despechada cuando en realidad no debería sentirme así.

—A bailar.

Me puse de espaldas a él, pasando su mano por mi cintura y rozándome con su bragueta. Respondió muy bien y muy rápido, apretándome la cintura y moviéndose conmigo. No quise mirar al frente, no quise mirar a mi alrededor. Pero quería ser vista por él, quería que sintiera mi malestar. Pero, ¿a quién quieres engañar, Nora? Pareces tonta, hija. Él bailaba con otra, se follaba a otras, charlaba con otras, les sonreía a otras, acariciaba a otras y dormía con otras. Al sentir la boca de Mike en mi cuello, sentí rechazo. No porque no fuese atractivo, que lo era, lo sentí porque no era la persona que debía ser. Dejé de bailar, disculpándome con él, saliendo de la discoteca. Cagándome en mis muertos por sentir algo por alguien que apenas conocía y preguntándome que si en vez de a él, a la que amaba era a su polla. Y vamos hablando de amor, la cosa mejora por momentos. Ya que estás tírate punta abajo. Caminé hasta una zona alejada, mirando a la oscuridad del mar y abrazándome a mí misma porque hacía frío. Y me sentía fría. Y sola. O no tanto, porque Bertolt entró en mi campo de visión asomándose desde un lateral.

—¿Estás bien? Te he visto correr aquí —Suspiré, apretando mis brazos. No podía contarle nada a él precisamente, era su mejor amigo. Pero mi boca mandó a la mierda al razonamiento y comenzó a hablar sin permiso.

—Daría cualquier cosa por que Reiner me abrazase —Mis ojos se unieron a la rebelión, traicionándome, inundando mis lagrimales. Sabía que era un puto drama innecesario, pero sentía lo que sentía.

—Oh… —Colocó su mano arriba de mi espalda, en un intento de reconfortarme.

—Es estúpido —Miré al otro lado, Jean se apoyaba con los codos en el bordillo de piedra, mirando hacia abajo—, no llores por él.

—Me da rabia —La noté en mi voz, en mis dientes apretados—, no solo pasamos una buena noche, es que hacía mucho tiempo que no conectaba tanto con un hombre. Hablamos un montón y nos reímos más. Fue tan… —Miré a Bertolt. Le pillé echándole una mirada de reojo a Annie, que le observaba con las cejas levantadas—. ¿Hay algo que tenga que saber?

—No —dijo Bert—, habla con él.

—No quiero. Y no quiero porque él no tiene interés. Y si no tiene interés no puedo hacer nada, no está en mi mano cambiar lo que siente o sus planes. Si no estoy en ellos, no estoy, y ya está —suspiré, secándome las lágrimas—. Lo siento mucho, no está bonito que salgáis de fiesta y me ponga así. Decidle a Carlos que me encuentro mal y me he ido a casa, porfa.

—¿Te vas? —Asentí al ceño fruncido de Bert—, te acompaño al taxi.

—Gracias.

No solo vino él, Jean caminaba a mi lado, sin decirme nada aunque parecía querer decir mucho. Lo achaqué a esa dificultad suya para dominar mi idioma. Tan pronto encontré uno libre me despedí de ellos, dándoles las gracias. Jean parecía enfadado, me dio un abrazo y un beso en la mejilla, sorprendiéndome.

—No te preocupes, il est comme ça avec tout le monde, un trou du cul —Menos mal que entendía francés. Me sacó una risa de verdad.

—No me alivia la idea de que haya más personas como yo estoy, pero gracias. Entiendo por qué Marco te quiere tanto —sonrió mirando hacia un lado, avergonzado. Les despedí y me fui a casa, echando la sonrisa por la ventanilla.

 

7

El fin de semana lo pasé de muchas series, muchas pelis, mucha cama y mucha comida basura. Apagué el teléfono, no entré en redes sociales, no quería saber nada. Necesitaba desintoxicarme de ese hombre y lo necesitaba con urgencia. Sabía que Carlos y probablemente Lara me estarían reventando a mensajes, pero ya hablaríamos el lunes tuviera yo o no ganas. Que no las tenía cuando llegó el día. Ningunas. Una versión zombie de mí misma oculta bajo una capa de maquillaje, entró en la facultad, mirando al suelo, esperando no encontrarme con nadie hasta llegar a clase. Pero no iba a tener esa suerte. Claro que no. La suerte huía de mí en cuanto comenzaba a pedirle auxilio, la muy cabrona.

—Nora —Una voz femenina me llamaba desde las puertas del primer patio. Al girarme vi a Annie, creía que sola, pero dentro vi a Mikasa y Eren dejando las bicicletas—, tengo que hablar.

—Dime —le dije con un suspiro conformista.

—No aquí, ven —Me llevó a un banco un tanto escondido bajo las escaleras junto a la copistería, se sentó y me miró—. ¿Quieres a Reiner? —Alcé la vista, girando la cara hacia el lado opuesto y refregándomela con la mano—. Eso es un sí.

—Es un no tengo ni puta idea —contesté exasperada, mirándola—. El sexo con él es impresionante, hay muchísima química entre los dos, o la había —Solté una risa despectiva, recordando la frialdad del reencuentro. Ese frío que no se me iba del pecho. A lo mejor se me pone el pelo blanco, igualita que Anna en Frozen. Solo que me había follado a Elsa en forma de alemán petado—. Lo que más me gustaba era lo fácil que me parecía hablar con él y lo divertido que era. Me encantaba ese interés que me pareció ver en sus ojos, que ahora vaya usted a saber por qué me escuchaba con tanta atención si no le importo una puta mierda.

—Le importas —La miré alzando las cejas, empezando a enfadarme con ella—. Soy la novia de Bert. Bert es su amigo. Le cuenta todo. Tiene miedo.

—¿De qué?

—Le gustas mucho. Y se va. Y no quiere querer más. No sé explicarlo, lo siento.

—Si te estoy entendiendo perfectamente, lo que pasa es que no me lo creo —Ahora era ella la que me miraba ofendida—. Si me quisiera me mandaría mensajes, me habría dicho lo del viaje, querría estar conmigo. No que me ignora o siempre tiene algo mejor que hacer, ¡o a alguien, que es lo más seguro!

—Se siente muy mal por tener sexo con mujeres —Se me escapó un resoplido, negando con la cabeza. Vi venir a Bertolt con curiosidad en sus ojos al vernos solas y charlando.

—¿Pasa algo? —Annie comenzó a hablarle muy rápido, muy agresiva. Bert le contestó también en alemán, en una clara reprimenda. La chica se cruzó de brazos chasqueando la lengua, diciendo una última frase y señalándome con la cabeza.

—Dile tú —Le ordenó ella. Bert se sentó en el banco de enfrente, suspirando.

—Es verdad. Reiner está mal —Fui a contestarle pero no me dejó—, seguro que no más mal que tú. El fin de semana que dormiste en casa se quedaba mirando a nada, pensando. Pero en el viaje cambió. Le pregunté y me dijo que necesitaba no pensar en ti, porque se iba y no quería amor lejos. Y el sábado pensó que Carlos era tu pareja.

—Venga ya, si me ha visto un montón de veces con él y hemos tonteado sentados a su lado, ¿ahora se piensa que es mi novio?

—El abrazo y beso en el pelo.

—Entonces Jean es mi novio también, porque hizo lo mismo.

—Yo no lo pienso, y se lo dije, pero él sí. Por eso bailó con la chica.

—¡¡Venga ya Bertolt!! —Alcé la voz, enfadada—, Marco me ha dicho que se harta de follar con todo lo que se mueve, ¿ahora estaba con esa para darme celos?

—Marco no le conoce. Tú hiciste lo mismo con Mike.

—Sí, y estuvo mal.

—Reiner se fue a casa después de verte bailar con él —Le iba a preguntar si solo o acompañado cuando volvió a cortarme—. Haz una cosa —Se metió la mano en el bolsillo, sacando unas llaves—, ve a casa, creo que está solo. Hablad. Si no te convence se acabó, pero habla y dile tus sentimientos. Piensa que no hay.

Me quedé mirando el llavero sin saber qué hacer. Annie me miraba asintiendo. Suspiré, volviendo a negar con la cabeza, levantándome y cediendo a la propuesta. Les hice felices, por lo visto. Salí de la facultad sin ver a mis amigos, hecha un manojo de nervios. El viaje en autobús se me hizo eterno y los dos pisos de escalera, angustiosos. Entré intentando no hacer ruido, por si estaba durmiendo. No vi a nadie por ninguna parte y la puerta de su habitación estaba cerrada. Al acercarme me llegaron jadeos ahogados de la puerta que me quedaba a la derecha, entreabierta. En mi cabeza, Reiner follaba con esa chica. No quería mirar pero lo necesitaba.

Y daba la casualidad de que me equivocaba.

Marco apoyaba la espalda contra la pared, en la cama y completamente desnudo. Jean estaba tumbado sobre él, boca arriba, sofocado y sometido por completo. Marco se la metía despacio,  gimiendo en su oído y cubriéndole la boca con la mano a Jean, que no paraba de emitir ruidos placenteros, siendo también masturbado. Marco aceleraba el ritmo. Jean se agarraba a las sábanas, cerrando los ojos. Yo me alejé de la puerta, apretando los labios, excitada y olvidando un poco la gravedad de lo que iba a hacer. En ese momento el que gimió fue Marco, así que muerta de vergüenza y excitación, me escondí en la habitación de Reiner.

Estaba tumbado en una esquina de la cama, durmiendo, abrazando una almohada con el sol pegándole en la espalda desnuda. No sabía si llevaba ropa de cintura para abajo o no por culpa de la sábana. No sabía si la noche anterior había estado otra ahí metida. Los pensamientos negativos trepaban sobre los positivos, despertando mis alarmas, haciendo que me preguntara qué hacía ahí. Sin embargo, decidí hacerle caso a su mejor amigo y me acerqué a la cama, sentándome despacio. No sabía qué hacer. Si le despertaba y me rechazaba iba a ser una completa humillación. Le miré, casi se me sale el corazón por la boca porque había girado la cara hacia mí.

—¿Qué haces aquí? —Sentí un escalofrío, ganas de llorar, angustia. Me miré las uñas, no podía mirarle a los ojos. Esos ojos dorados que tanto había echado de menos. Le quise pegar, abrazar y besar al mismo tiempo.

—No lo sé. Hablar, supongo —Se sentó, observándome—, Bertolt me ha dado la llave y me ha dicho que venga.

—¿Bert? —Asentí. Me costaba tragar saliva. Intentaba empezar a hablar pero cuanto más esfuerzo ponía, menos podía. Lo único que conseguía era que la presión de las lágrimas tras mis ojos se acentuara.

—Él y Annie dicen que me… que tienes sentimientos por mí —Era consciente de estar hablando muy flojito, pero si alzaba más la voz notaría las dificultades que estaba teniendo para no romper a llorar—, ¿es verdad? —Casi aguantaba la respiración, sufriendo su silencio. No respondía—, ¿Reiner?

—Me voy en un mes —Alcé la vista de mis manos al techo de la habitación, sintiendo el puchero curvarme el labio inferior hacia arriba. Miré hacia su armario. Me faltaba un suspiro para llorar—. ¿Tú me quieres? —Me encogí de hombros.

—Quiero estar contigo. Quiero… —Me sentía inútil, blandita en exceso, algo que yo no era. Me odiaba en esos instantes por no poder mantener una conversación como una persona adulta. Giré la cara hacia él, aún incapaz de mirar su rostro—, quiero hablar contigo como ese día. Quiero que me abraces y me acaricies. Sí, yo qué sé, supongo que sí. Si no te quisiera no estaría así. Pero me has ignorado, me has hecho el vacío y cuando nos hemos vuelto a ver no había en tus ojos lo que me gusta tanto cuando me miras. Y me…

Apreté los dientes en vano. No podía hablar. Volví a apartar la cara, pasándome la mano por la mejilla, huyendo de su mirada. Tan pronto se me escapaban las lágrimas, me las limpiaba. Igualmente se me llenó la nariz de mocos, obligándome a respirar por la boca. Pero tenía más que decir.

—De verdad te digo que me habría dado igual si a la vez que conmigo te acostabas con otras, pero cortaste la relación casi de golpe. Me borraste de tu vida. Y no quiero eso, quiero estar. Quiero que me quieras en ella.

—No puedo pedir que vengas a Alemania y tú no puedes pedir que me quede aquí. Y no quiero estar contigo y lejos, es difícil. Si no puedo verte cuando quiera, prefiero nunca.

—No me has preguntado —Aspiré los mocos con fuerza.

—¿Qué? —Supe que se acercó porque el colchón se hundió hacia su lado.

—Si me iría a Alemania.

—Claro que no. Tu vida es aquí.

—¿Y si quiero una nueva?

—¡No puedes! —Le miré a la cara, a los ojos. Fruncía el ceño,—. No me conoces, no sabes cómo soy siempre, solo aquí, en la cama.

—¡Porque no me dejas conocerte! Esa noche que hablamos tanto es la que me ha jodido, y bien jodida. Si solo hubiésemos follado y no te hubieses interesado tanto en mí… —Me di cuenta de que estaba enfadada con él. Que la conversación no tenía sentido—. Mira, da igual, lo entiendo. De colegas y se acabó. Ya está. Tú allí, yo aquí y si nos vemos después de que te vayas a casa pues mira qué suerte.

—¿Me quieres?

—¡¡Que sí, joder, sí!! ¿Por qué me haces rep—

—Yo también —Alcé una ceja, cortándome a media frase—, no quiero, pero sí. No pienso en otra cosa, solo tú estás en mi cabeza.

—¿Cómo puedes follar con otras pensando en mí? —Cerró los ojos, chasqueando la lengua, dejando caer la cara en su mano, su codo apoyado en su rodilla, tapándose los ojos—. Te mientes a ti mismo, me mientes a mí y mientes a esas chicas.

—Solo fue sexo, no lo mismo que contigo —Me explicó—. A ti te conocía antes, charlamos, y hay más entre los dos. Más… —No le salía la palabra.

—¿Atracción? —Asintió. Me dedicó una larga mirada en silencio. No quería estar enfadada, quería estar bien y arropada en sus brazos. Estar enfadada era una mierda. Esa pena que sentía no la quería en mi vida. Lo que quería era meterme en esa cama, taparme con la sábana y dormir en su pecho. Sus caricias en el pelo, en los brazos, sus apretones—. ¿Qué vas a hacer entonces? Porque puedo irme pero no puedo ignorar lo que hemos hablado —Chasqueó la lengua, pasándome las manos despacio por la cintura, apoyando su cara en mi cuello.

—¿Por qué me quieres? —susurró contra mi piel. Le pasé las manos por la espalda y hombros, acariciando su pelo, cerrando los ojos al olerle.

—No sé cuando he pasado de desearte a quererte. Tu cuerpo me vuelve loca, lo sabes, pero supongo que es un cúmulo de cosas: el haber charlado contigo de esa manera tan intima, el que los demás me den su opinión sobre ti y casi siempre tan positiva, el conocer cosas tontas como que no comes hasta que los demás tienen comida en el plato, que ayudas siempre que alguien lo necesita, tu sentido del humor, tu facilidad para hacer el tonto, cómo me mirabas y me tratabas… son muchas cositas pequeñas.

—¿Es eso suficiente? No conoces mi parte mala.

—Jean dice que eres gilipollas —dejó salir un poco de aire por la nariz, en una débil risita.

—Él y Marco están enfadados. Dicen que eres perfecta para mí. Te quieren mucho.

—¿Y tú? Te podría preguntar lo mismo, ¿no? Apenas me conoces —Se separó de mí sin despegarme de su cuerpo, mirándome el rostro y acariciándome la mejilla.

—Te observo mucho. Me gusta que siempre sonrías, eres feliz y me haces feliz. Me gusta tu pasión, siempre quieres hacer cosas. Nos tratas muy bien, defendiste a Marco con los hombres, te preocupas. Una mala persona no se preocupa. Y esa noche cuando dormimos, me asustó. Estaba muy feliz cuando me desperté. Quería verte ahí. Lo quiero desde esa noche, todas las mañanas. Decir guten morgen. Pero me voy, y no voy a ver más tu cara —Chasqueó la lengua, pegando su frente a la mía y cerrando los ojos—, Ich liebe dich so sehr… —murmuró, poniéndome los vellos de punta. Yo también, cagoentodo, yo también.

—El único problema que veo aquí —le dije poniendo mis manos en su cara, obligándole a mirarme a los ojos. Odié su expresión triste, no quería volver a verla—, es que voy a tener que aprender alemán, y rápido —Le besé dulcemente en los labios—. Me da igual que digas que no puedo, me voy a ir contigo. Pero no sé si dentro de un mes, déjame acabar este curso y los demás los hago allí. La universidad es gratis, ¿no?

—Estás loca —Asentí, riéndome.

Se tumbó sobre mi cuerpo, aplastandome y apretujandome con sus brazos alrededor de mi cintura, besándome el cuello y la cara, haciéndome reír con la fuerza desmedida de su abrazo. Me quité los zapatos a tirones, colando mis piernas bajo sus sábanas. Me lo tuve que quitar de encima para sacarme el traje por la cabeza, quedándome, como él, en ropa interior. Me abrazó por los hombros y yo le abracé por la cintura, sonriente, cerrando los ojos y relajándome con el palpitar de su corazón. Tras unos minutos, escuché que entraban en el servicio y que daban un bostezo escandaloso.

—¿Quién hay en casa? —preguntó, mirando hacia la puerta.

—Marco y Jean. Los he pillado follando —Me miró alzando las cejas—, ¿y sabes qué? Me puse super cachonda. ¿Quién lo diría?

—¿Cachonda? —Que él no conociese esa palabra era bastante irónico.

—Caliente, excitada, horny, aroused —Asintió, con su sonrisa de medio lado, esa que, mira tú por donde, tan cachonda me ponía.

—¿Puedo hacerte cachonda? —Me reí, tirándole de la nariz.

—Ponerme cachonda. Y sí. Siempre. Nada más que tienes que mirarme.

Me mordió el labio, con un lento y ronco “hmmmm”. Tiré del elástico de sus calzoncillos hacia abajo, riéndome con él. Me sentía tan contenta de tenerle cerca de nuevo y de que todo fuese como antes que no podía parar de sonreír. Le agarré del culo, duro como el resto de sus músculos, acercando sus caderas a las mías. “Dame fuerte”, susurré en su boca. “Voy a partirte”, sopló en mi oído. Me hizo daño en la cintura al tirar de mis bragas, rompiendo la tela y tirando el girón al suelo. Di una carcajada al escuchar su risa malvada.

—Yo creía que estas cosas solo pasaban en las películas —Negó con la cabeza.

—Ya sabes que quiero escucharte, así que… —Me mordió la parte superior del pecho por encima del sujetador, acariciando mis labios menores con sus dedos—, di mi nombre.

Me reí, susurrando su nombre. Conforme sus caricias se intensificaban, conforme su boca bajaba por mi cuerpo, su nombre sonaba diferente en mis labios. Lo repetía cada vez con más urgencia, con más dificultad. El calor de su boca en mi entrepierna, sus manazas apretando mis muslos, los músculos de su espalda marcados al echarse hacia adelante, todo me estimulaba.

—Metemela ya —Le imploré—, quiero sentirte.

—Ssshhh…

Subió su brazo por mi barriga y mis pechos, hasta meterme los dedos en la boca. Sabían dulces, a mí. Me miró a los ojos, rozando mi expuesto clítoris con la punta de su lengua. Me observó chupar sus dedos como si fuera su erección, jadeante. Me soltó el muslo y se apoyó en la cama, alejando sus dedos de mi boca y escupiendose en la palma de la mano. Me agarré los pechos, echando la cabeza hacia atrás al sentirle entrar. Siguió rozándome el clítoris con el pulgar, presionando en mi interior y lamiendo mi cuello de clavículas a barbilla. Acompasó el movimiento de sus caderas con el de su pulgar, despacio. Me devoraba con su mirada, a mí me faltaban manos para tocarle. Comencé a sentir ese agradable calor derramarse por mis piernas, ascender hacia mi pecho, gimiendo su nombre, clavándole las uñas en los brazos y corriendome. Tiré de su cintura con mis piernas,  exigiendo que me la metiese hasta el fondo. En su mirada vi un “te vas a enterar de lo que es bueno”. Y vaya que si me enteré.

Me rodeó la cintura con los brazos, apresando los míos a mi espalda. Sus caderas no me dieron tregua, le sentía entrar con brutalidad, gruñendo en mi boca. No quería gritar porque los chicos me iban​ a escuchar, pero los gemidos se me agolpaban en la garganta, escapándose, largos, entre resoplidos y ahogados por besos ansiosos. Me la sacó, yo fui la que metió la mano en el cajón, empujándole hacia un lado, colocándome sobre él. Le ponía el condón mientras le sentía trastear con mi sujetador.

—Como lo rompas te mato —se rió, desabrochandolo y metiéndose una de mis tetas en la boca.

Me apoyé sobre mis rodillas, elevando mi cuerpo sobre el suyo, rozando mi clítoris con su glande. Colocó sus manos en mi culo, apretándolo con fuerza cuando me dejé caer sobre él. Me lo follaba, metiéndola solo hasta la mitad, apretándola una vez dentro. Me observaba con una sonrisa. Le clavé las uñas en el pecho al meterla de sopetón, solo una vez. Él cerró los ojos con un respolido. Me pidió que lo hiciese otra vez y tras dos o tres leves movimientos, lo repetí. Le cogí las manos y se las subí sobre la cabeza, metiéndola hasta el fondo, rápido, salvaje, mordiéndole el cuello. Apoyó sus pies en la cama, incapaz de estar quieto. Me levantaba de sus caderas en cada brutal embestida, perdí la fuerza en las piernas al correrme de nuevo, arañando sus hombros y mordiéndole el cuello. Comenzó a repetir ni nombre, a decirme que me quería, que se corría, y otra vez mi nombre. Lo mío no eran ya ni palabras no gemidos, eran sonidos animales, plasmando en mi voz la incapacidad de pensar más allá del placer devastador que sentí cuando eyaculó. Me tiraba del pelo, me clavaba las uñas en el culo, elevando sus caderas de la cama, contra las mías, resoplando y quejándose. Dejó caer su cuerpo, sin soltar el mío, ambos sudorosos, sintiendo nuestros músculos liberarse de la tensión, en silencio. Dieron dos golpes en la puerta.

—¿Nora? —preguntó Marco. Noté la diversión en su voz—, me ha parecido escucharte.

—¡Buenos días! —Dije desafinando, porque no podía hablar todavía. Reiner se rió atontado, los otros dos dieron una carcajada al otro lado de la puerta.

—¿Desayunamos con ellos? —Me acarició el pelo, besándome—, tengo muchas ganas de tortitas.

—Y yo de que me abraces, así que ya sabes, no me sueltes.

—Nunca, Schnuckelchen.

No tenía ni idea de lo que me acababa de decir. Me levanté con él, camino al salón, dejándome caer con alegría en el sofá. Marco se sentó a mi lado, menéandome con la mano en mi hombro.

—Espero que te la hayas lavado —Me miró, frunciendo el ceño. Jean se sentó en el sillón—, hombre, teniendo en cuenta que hace un ratito se la estabas cascando espero que te la hayas lavado.

—¿Eh? —Se puso colorado.

—Os he visto —susurré—, lo siento. Pero me ha encantado. Deberíais hacer porno.

—¡Reiner, tu novia es una pervertida! —Le gritó Marco. Jean, no quería ni mirarme.

—Lo sé —dijo desde la cocina—, por eso la amo.

Después de desayunar y de hartarme a abrazos, achuchones, caricias y besos, nos fuimos a la facultad. En lugar de ir a clase nos metimos en la biblioteca, en un reservado,  para hacer ese trabajo que teníamos pendiente. No hicimos nada. En su lugar nos dedicamos a calentarnos a base de besos, de comentarios, de miradas. Fue al servicio un momento y aproveché para quitarme las bragas, metiéndolas en mi bolso. Al volver, tuvo la genial idea de agarrarme del muslo, besándome contra la pared. Al subir la mano y tocar mi piel desnuda, se separó de mí, exclamando sorprendido. Di una carcajada, él murmuró un “se acabó”, se levantó, nos fuimos a su casa y follamos otra vez. Ya acabaríamos el trabajo. Durante el tiempo que le quedaba en España cumplió la promesa de no dejar de abrazarme. Desde luego, hablando, (y follando), se entiende la gente, y desde ese día su comportamiento hacia mí cambió por completo. No llegabamos al punto de estar como Lara y Armin, pero la cosa iba de no despegarme del teléfono si lo tenía lejos y no despegarme de él si lo tenía cerca. El día de la despedida fue horrible, no solo por decirle adiós a él, sino por decirle adios a todos los demás. Sí, nos prometimos volver a vernos, pero tanto Marco como Jean volverían a sus países y las probabilidades de verlos eran muy bajas. Lloré como una niña pequeña al despedirme de ellos, que también derramaron alguna lagrimita. Sin embargo, había llegado a un pacto con Reiner: nos despediríamos el uno del otro como si fuéramos a vernos al día siguiente. Y eso hicimos, con un simple beso pero un abrazo quizás más largo de lo normal. Observé su ancha espalda alejarse, llevando la maleta de Connie además de la suya porque se había liado con los papeles y las bolsas. Me di la vuelta y caminé hacia el coche, suspirando, triste. Al sentarme en el asiento del copiloto, con una sollozante Lara, me llegó un mensaje.

”Que no se te olvide traerle comida mañana a Sasha, me mata si no lo digo”.

—Vale, hasta mañana, rubio.

EPILOGO

Me entraron las siete cosas cuando, una vez en el avión, pensé que me había dejado el colacao de Sasha en casa. Miré en mi bolso y allí estaban los paquetitos. Tenía unas 5 horas de vuelo a Núremberg y de allí Bert y Annie me llevarían en coche a Rothenburg ob der Tauber, que era una hora más. Tenía el nombre del pueblo apuntado porque era imposible que yo me acordase. Por suerte salí de madrugada, llegando allí por la mañana. Intenté dormir, pero estaba tan nerviosa que casi no logré pegar ojo. No le dije que acababa los exámenes un mes antes, por lo que hasta junio no me esperaba. Que iba a llegar hoy lo sabían prácticamente todos sus amigos, menos él.

Al bajar del avión me dolía el cuerpo, pero eran tantas las ansias de verle que no tenía sueño. Arrastré mi maleta hasta la puerta de llegadas, sabiendo que llevaría una cara espantosa pero dándome exactamente igual. Vi a Bertolt por encima de la gente, levantando una mano con una amplia sonrisa. No lo pude evitar y le di un abrazo, a él y a Annie, que aunque no era muy fan del contacto físico, se dejó por una vez.

—¿Qué tal el vuelo?

—Largo, estaba harta ya de tanta nube.

—Hace mucho que no hablo español, lo siento si no hablo bien.

—No te preocupes, si vais a tener que soportar mi alemán de guardería.

—Ya te escuché por skype —dijo Annie, riéndose. Tenía el pelo muy largo, le quedaba precioso.

—Reiner no sabe nada. Hemos vuelto de la ciudad hace poco, nada más acabar el curso. Siempre se queja por el mal internet.

—Sí eh, la conexión es malísima.

Fuimos hablando como si de verdad se hubiesen ido el día anterior. Me acompañaron a coger de la cinta las dos maletas que facturé y una vez en su coche me quedé irremediablemente dormida. Annie me dio dos toquecitos en la pierna cuando estábamos llegando.

—Hemos quedado con Connie, Sasha y él en el parque de al lado de su casa, ¿tú la acompañas mientras aparco y dejo las cosas allí? —dijo Bert en alemán a Annie. Me sorprendí al entender casi todo lo que decían. Por fin las clases me servían para algo más que para hacer reír a mi novio.

—Vale. Pero te vas a perder la reacción de Reiner.

—Grábalo. Nora, nos vemos luego —Asentí, muy nerviosa, mirando a mi alrededor porque la ciudad era preciosa.

—Espera aquí, escóndete —Me pidió que me metiese detrás de una columna y con una sonrisita se fue corriendo. Me saltó el corazón al escucharla llamarle—. ¡Reiner! Ve un momento al coche que Bert necesita que le ayudes a cargar una cosa.

—¿Qué ha traído ahora? —Le escuché protestar. Apreté los labios, mis manos contra el pecho, mirando al frente y esperando encontrarmelo de un momento a otro. Pero pasó por delante sin inmutarse de mi presencia.

—¡Eh, rubio! —Di dos pasos hacia él, que se frenó en seco, girándose bruscamente. Los ojos y la boca se le abrieron de la impresión.

Se abalanzó sobre mí, cogiéndome en peso, apretándome tan fuerte que me dejó sin respiración. Le rodeé con mis piernas y brazos, riéndome, besando y acariciando su pelo. No sacaba la cara de mi cuello, respirando acelerado. Escuché de lejos a Connie y a Sasha aplaudiendo, riéndose.

—Eh, dame un besito, ¿no? —susurré. Siguió sin sacar la cara de donde la tenía—, ¡Oye! —Le agarré las mejillas y no quiso mirarme, solo apretó sus labios a los míos con fuerza.

—No te vuelvas a separar de mí nunca más —Me pidió con una voz extraña, dejándome de pie en el suelo, aun abrazándome. Me agaché un poco, me miró a los ojos, riéndose entre hipidos.

—¿Pero qué haces llorando, imbécil? —Le besé, llorando con él porque yo era otra imbécil.

Me cogió en peso, dejando caer mi espalda en uno de sus enormes brazos y mis piernas colgando del otro. Nos besabamos mientras nos alejabamos, sin despedirse de sus amigos, caminando hacia el lado opuesto. En la puerta de una casa nos encontramos a Bert, saliendo.

—Abre —Le pidió Reiner—, y vete.

—¿Venís a comer luego? —Nos preguntó.

—No lo sé, depende —contestó, mirándome a los ojos—, probablemente no.

Le agarré de la barbilla, besándole ahora con más ganas. Me llevó hasta la cama, me hizo reír, le hice dar carcajadas, me hizo sentirme feliz, me desnudó, le desnudé, le hice sentirse feliz, me acarició y yo a él, nos reencontramos de la mejor manera que sabíamos, de la manera en la que nos conocimos, toda la mañana y parte de la tarde. Nos quedamos dormidos, agotados, saciados, borrachos el uno del otro. Al despertarme él me observaba, con una enorme sonrisa.

Guten morgen —Me dijo.

—Buenos días —Le respondí.

 

 

 

 

Holy Tattoo

Solo algunas, creo que dos o como mucho tres personas sabrán que los personajes de esta historia pertenecen a un futuro best seller (?) llamado Dangerous Tattoo. Si cogemos a los personajes y les damos un giro completo a sus personalidades, nos encontraríamos con algo más menos como lo que vais a ver aquí. El que era muy salvaje ya no lo es, los santurrones son lo contrario y los buenos son malos. En fin, os dejo las fotos para que os hagais una idea de por dónde van los tiros y os dejo leer algo que me ha ENCANTADO escribir. Y me quedo con ganas de más. No descarto otro universo paralelo más algún día…

AYAME ♥

underweargone

HIROSHI ♥

KOTARO

KEIJI

MEI

YUKO

MANAMI

DAISUKE

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1

La cabeza me iba a explotar. Necesitaba beber agua. Mis recuerdos sobre cómo había llegado hasta allí eran nulos. Desperté sola, en una cama desconocida de un cuarto desconocido.

Para variar.

Me senté sintiendo que todo me daba vueltas y preguntándome quién habría sido el pobre desgraciado con el que había pasado la noche. Me extrañó ver que la habitación no era propia de un hombre, mucho menos de un soltero. Parecía estar en la habitación de invitados de alguna familia con bastante más dinero que yo. Intenté hacer memoria, pero la resaca me destrozaba las sienes al más mínimo esfuerzo. Me levanté, cogiendo mi ropa de una silla. La habían doblado pulcramente, y al llevármela a la nariz me sorprendió saber que también la habían lavado. Con el rabillo del ojo me vi reflejada en un espejo. No pude evitar la sorpresa al verme a mí misma, mucho más arreglada y limpia que de costumbre. Mis greñas morenas y lilas estaban incluso peinadas, y ni rastro del maquillaje recargado que solía llevar. Me vestí mirando a mi alrededor, y es que la situación no hacía más que complicarse; un crucifijo colgaba sobre la cama. Con una mueca de disgusto abrí la puerta y comencé a buscar la salida de donde fuera que estuviese. La casa estaba impecable, era enorme, de gente de bien. Cuanto más veía, más me costaba entender qué coño hacía allí.

– Ah, ¡ya te has despertado! – Me volví al escuchar la voz de una mujer. Casi me da un ataque de risa al ver a la monja allí plantada. La falda de tubo gris por debajo de las rodillas y esa rebeca de punto blanca que llevaba… deberían estar prohibidas de feas que eran – ¿Deseas desayunar algo? Pareces necesitarlo.

– No, gracias, muy amable, ¿por dónde dices que se sale? – Dubitativa, me señaló a su espalda.

– Sigue por ese camino y al doblar la esquina a la derecha tienes el rellano.

– Que Dios la bendiga – Me di la vuelta entre risitas y salí del caserón.

                Tuve que taparme los ojos cuando la luz del sol me los castigó sin piedad. Caminé casi sin ver hasta la verja de la residencia y por llevar la mano ante mi campo de visión me choqué con alguien. Escuché un débil “lo siento mucho” proveniente de la masa de carne con la que me estampé. Al levantar la vista me encontré con un hombre metido en un polo rosa pálido, unos pantalones de pinza color crema y un peinado que gritaba a los cuatro vientos lo casto y puro que era de tanta gomina que llevaba. Rehuía mi mirada con una sonrisa tímida, nervioso, queriendo decirme algo sin abrir la boca. Su barba era más bien pelusa y parecía tan limpito, tan pulcro, que me dio repelús. Sin embargo medía su buen metro noventa si mal no calculaba y se colocaba las gafas empujándolas con un dedo extremadamente largo, tenía unas manos bonitas. Me debía doblar la edad pero parecía tan perdido con respecto al mundo…

– Qué lastimita, cariño – Al hablarle pareció costarle incluso más retenerme la mirada – Si no fuese por las pintas que llevas estarías hasta bueno – Palpé en una tierna caricia los huevos de ese hombre sobre la tela de sus pantalones. Dio un saltito, encogiéndose entero y alejando mi mano – No explotes todavía – Le guiñé el ojo. Se había quedado mudo. Riéndome suavemente abrí la verja, pero paré en seco al escucharle hablar muy flojito.

– Esto… una cosa… – Al mirarle a los ojos de nuevo parecía a punto de salir corriendo. Tenía una mano delante de los cojones, probablemente se le había puesto dura – ¿Puedo saber tu nombre?

– Ayame, Sasaki Ayame. Si quieres verme solo tienes que pasarte por esa parte de la ciudad que siempre te han dicho que no puedes pisar – Le lancé un beso. Como respuesta se rio tontamente, mirando hacia la casa avergonzado.

                Me alejé de ese hombre tan puro y casto marcando el teléfono de la que un día fue mi mejor amiga y ahora no sabía quién era, esperando que ella me aclarase un poco de lo que había hecho el día anterior. La muy puta no me respondía, estaría igual o peor que yo. Bueno, igual lo dudaba, ese barrio residencial… no tenía ni idea de cómo había acabado allí. Si me quedaba por los alrededores iban a llamar a la policía por sospechosa, daba el cante de manera exagerada. Opté por llamar a mi otro amigo, por decir algo sobre nuestra relación, esperando que él sí me respondiese.

 – ¿Qué te pasa ahora? – Se acababa de despertar.

– Kotaro, ven a por mí, no sé dónde estoy.

– Dime el nombre de una calle o algo, no me dejes a ciegas, joder – Miré a mi alrededor, vi un colegio de pago y le dije el nombre – ¿Qué cojones haces tú ahí? No te muevas, cuando me quite a Yuko de encima voy a por ti.

 – Joder, con razón no me contesta, puta asquerosa… – Murmuré.

– No te pongas celosa, nena…

– No me pongo celosa – Chasqueé la lengua, un poco celosa. Me gustaba follármelo y que últimamente Yuko lo reclamase con tanta asiduidad me tocaba las narices.

– Luego te hago eso que tú y yo sabemos, no seas tonta.

– Deja de hablarme con condescendencia y ven de una puñetera vez, me muero de hambre.

                Los niños que pasaban por allí y en especial sus padres se quedaban mirándome. No sabía si era por mi simple presencia o más bien por mis ropas escasas y provocativas, baratas y un tanto deshilachadas, que llamaba la atención. O a lo mejor era mi cara de perdonarles la vida. Un chaval de mi misma edad pero vestido como un vendedor de biblias, pasó por mi lado con la expresión de aquel que huele una mierda. Mordí el aire, lo que causó que caminase con más prisa hacia la casa de la que acababa de salir. Al mirar hacia la verja vi una mata de pelo negro esconderse tras el muro. Menudo payaso el tío ese, se había colado por mí en tan solo un vistazo. Kotaro no tardó mucho en llegar en ese cochazo que tenía. Me subí suspirando ante su risa divertida.

– Hay cara debajo de tanto maquillaje, inaudito – Me puso la mano en el muslo y quiso besarme.

– Todavía apestas a coño, lávate la cara por lo menos, que se lo habrás comido y se te queda el tufo en la perilla – Le aparté de mi tirando de su barbilla hacia un lado.

– No te enfades – Al pasar por delante de la casa me despedí de mi admirador meneando los dedos de la mano. El muy imbécil me devolvió el saludo con una sonrisita tímida – ¿Y ese quién es? ¿Cómo conoces tú a alguien de esa casa?

– Pierde el culo por mí, con dos minutos me he dado cuenta. Me he despertado ahí dentro y al verme se ha puesto a temblar enterito. Es tan tierno que da penita la de daño que le van a hacer si sigue así.

– ¿¡Qué hacías tú en esa casa?! – La exclamación sorprendida que soltó me hizo apartar la vista del tontorrón – ¿No sabes quiénes son?

– Ni puta idea, pero por la decoración y el tamaño de la casa alguien importante.

– Son los Tukusama. Esa gente llevan la iglesia católica de la ciudad, tienen un orfanato y su casa hace las veces de clínica de rehabilitación y conversión. Tía, ¿qué cojones hiciste ayer para que estos te recogiesen? Ya tuviste que desfasar para darles lástima.

– Joder, yo que sé.

                Me daba curiosidad saber la historia completa pero ya me enteraría. Ahora era más importante disculparme con la jefa, no tenía apenas dinero encima por lo que la noche anterior mucho, mucho, no tuve que trabajar. O me lo fundí todo en alcohol, que parecía lo más probable. Dudaba profundamente que esa gente me hubiese robado dinero, si era verdad que eran religiosos e importantes ganarían lo suficiente como para no tener que quitarme más dinero del que ya se llevaban en las misas. Suspiré al bajarme del coche, sintiendo el brazo de Kotaro sobre mis hombros y su narizota acariciarme la mejilla.

  – No te me acerques tanto en público, gilipollas, ¿y si nos ve un cliente?

– A estas horas de la mañana ni uno se pasa por aquí. Están todos en sus aburridas oficinas – Me azotó el culo. Su actitud comenzaba a irritarme y se lo hice saber con la mirada.

– Inútil, hazle caso – Le ordenó Mei, mi jefa, mientras se recogía la melena negra de cualquier manera. Siempre parecía vestirse como si fuese a ir a un coctel con la clase alta, tenía un estilo que envidiaba – Nunca sabemos cuándo pueden pasarse por aquí y Ayame tiene clientes fijos que no les gustaría verla con otro hombre.

– Ten cuidado con ese tono que empleas conmigo, si tu negocio sigue en pie es por mi jefe, que no se te olvide – Amenazó Kotaro pasando por su lado. Odiaba cuando hablaba con ese argot horrible de todos los de su calaña. Se me hacía odioso. Mei le desafió alzando una ceja, mirándole a los ojos hasta que se perdió de vista.

– Os tiene a todas revolucionadas, ¿se puede saber qué tiene?

– Una polla gorda como el rabo de un leopardo que además sabe usar, es una bestia en la cama – Puso los ojos en blanco – ¿Qué hice ayer, senpai?

                Mei me miró con esos ojos de hermana mayor al rescate que ponía siempre que nos veía en problemas. Tanto yo como las demás chicas le debíamos mucho: no solo nos había dado trabajo cuando nadie de la zona quería por ser menores de edad fugadas de casa, sino que además nos daba un techo bajo el que vivir. Como venía de una familia adinerada que le dejó una suculenta herencia, montó el negocio por si sola con apenas un año más que yo; tenía diecinueve y una independencia envidiable. Decía que su negocio era algo así como una casa de geishas modernas, solo que la que quería se follaba a los clientes. Nos pagábamos la comida y alojamiento con el trabajo en su bar de chicas de compañía. Eso sí, los que la apoyaban y le aportaban cierta “seguridad remunerada” era un clan yakuza de la zona. Pero no todo podía ser ventajas, al igual que aguantar a babosos todas las noches que la manoseaban a una y se la follaban sin gracia. Mete, saca, y adiós, mi vida. Eso sí, los regalos que recibíamos eran dignos de pasar el mal rato.

– Sé que te fuiste con ese cliente tuyo tan calvo, Kazunari san, supongo que a su casa, y sé que ibas un poco borracha pero no lo suficiente como para no acordarte de nada.

– Me he despertado en casa de unos ricachones cristianos – Mei se paró en seco, riéndose al escucharme – Supongo que ese tío viviría por la zona porque estaba un huevo de apartado de esta parte de la ciudad. Los Taka-no-sé-qué.

– Tukusama, supongo. Los mismos que hacen panfletos para que se cierren negocios pecaminosos como este. Si supieran que la mitad de sus feligreses han pasado por vosotras…

– No tengo mucho que darte – Saqué el dinero de la cartera y se lo entregué – No sé qué ha pasado.

  – No te preocupes, ya encontrarás la manera de compensarlo. Siempre lo haces.

– El próximo collar de perlas te lo quedas y listo – Asintió, riéndose.

                Me tomé una pastilla para el dolor de cabeza, bebí casi un litro de agua de una vez, me metí en la ducha, comí algo y me arreglé para seguir trabajando. Fui primero a la habitación de Yuko, dispuesta a hablar con ella sobre esa fijación que últimamente tenía con Kotaro. Me daba rabia, él siempre había sido de todas y de ninguna, pero pasaba demasiado tiempo con ella. Entré sin llamar y me la encontré montada en su polla, de espaldas a él que la agarraba del pelo, de una pierna y le lamía el cuello. El yakuza me guiñó el ojo. Verle tan excitado produjo el mismo efecto en mí.

– Haz que se corra – Me pidió entre jadeos – Me encanta cuando os corréis y me apretáis la polla. Y me encanta verte con otra.

– ¿En serio? – Estaba molesta, pero en el fondo una de las cosas que más me excitaban era ver a la gente follar, así que cerré la puerta y me acerqué a mi amiga – Voy a tener que pintarme otra vez después de esto.

– Kotaro san, duele – Se quejó Yuko – Vete Ayame, me da vergüenza y sabes que no me gusta con mujeres.

– Sí, ya, cállate la boca – Se la tapé mirándola a los ojos, apretándole el clítoris con los dedos suavemente. Yuko se retorció, Kotaro se rio – ¿Te ha dado fuerte con ella o qué?

– Es más estrecha que el culo de un hombre, no puedo evitar que me encante como lo hace.

– Lo llego a saber y no te dejo que te folles el mío, gilipollas – Me agaché frente a ella, abriéndole las piernas de par en par. Kotaro la agarró por debajo de las rodillas.

 Le lamí los huevos, la erección hasta justo debajo del glande que seguía dentro de la chica, acabando en el clítoris de esta. Al escucharla gemir me puse como una moto, clavándole las uñas en los muslos. Kotaro no se la metía entera, simplemente no podía. Los empujé hacia atrás, tumbándolos en la cama y me puse a horcajadas sobre ella, frotando su clítoris con el mío hasta que, entre lamentos, la hice llegar al orgasmo.

– Joder, joder, me cago en dios – Se la sacó a Yuko, agarrándome de las caderas y penetrándome con brusquedad.

– ¡Ah, cabronazo! – Me dolió, pero me gustó. Iba con él eso de mezclar sensaciones en el sexo. Y más me gustó que apartase a una orgásmica Yuko de un empujón para follarme rápido y con fuerza. Kotaro me pasaba los dedos por encima del clítoris en círculos, esa ligera presión que él sabía que tanto me gustaba.

– Sí, sí, sí, correte, vas a partírmela – Le agarré del cuello, le gustaba dominar pero más placer le daba sentirse dominado. Terminé yo follándole a él, corriéndome con él, abofeteándole al acabar y arrancándole una sonrisa amplia – ¿Ves? Esto no lo tengo con ella.

– Cállate ya, me has manchado la ropa interior – Me bajé de mi amigo, quitándole unas bragas a Yuko del cajón. Me estaban pequeñas.

– Has dicho que soy más estrecha que el culo de un hombre – Susurró con su vocecita inocente, arrimándose a él que le pasó un brazo por la cintura. Le apartó el pelo corto y alborotado de la mejilla – ¿Eres como ella de… vicioso? – Me señaló.

– ¿Qué si le doy a todo, tíos incluidos? – Asintió con la preocupación en los ojos – Pues claro, joder, ¿te crees que soy tonto? – La conmoción en el rostro de mi amiga fue para echarle una foto. Para vivir en el entorno que vivía seguía siendo terriblemente inocente – Pero puedes decir por ahí que soy tu novio si te hace feliz y si esta no te saca los ojos.

– Me importa una mierda, haced lo que queráis. Me voy a trabajar.

Lo que más me irritaba de toda la situación es que veía en Yuko a la típica esposa abnegada que haría cualquier cosa por su maridito. Y claro, el otro, como buen yakuza que era, se aprovechaba de tenerla suspirando por él. Menuda ocurrencia enamorarse de un yakuza, valiente puto asco. La noche transcurrió como si nada, una noche más de hombres babosos que se emborrachaban demasiado como para pretender tener nada con una. Y menos mal, porque esa noche no se me apetecía en absoluto llevarme a ninguno a la cama. Al día siguiente me levanté tarde, siguiendo con mi rutina, y tras arreglarme, antes de llegar al salón con las demás chicas, Mei me agarró de la mano, indicándome con la mirada que la siguiese.

– Hay un tipo en la entrada preguntando por ti. Por las pintas diría que es de la casa esa en la que te despertaste.

– ¿Moreno con gafas, cara de tonto, guapete y muy alto? – Asintió, era mi admirador casi seguro.

– Es un santurrón de categoría y se le ve nerviosito por estar aquí. Se me ha ocurrido una cosa pero a lo mejor no te hace gracia.

– Ay, que te veo venir – Me llevé una mano a los ojos.

– Es posible que se saque más dinero del negocio que supone una religión que de esto que hacemos. Quiero saber si es así y además, quiero que lleves por el “mal camino” – Dobló los dedos índice y anular con una sonrisita de suficiencia – A todos y todas los que puedas de esa casa.

– Vamos, que gane dinero a costa de los feligreses y me los tire a todos, ¿no?

– Con que los seduzcas creo que vamos bien. Tú ve de arrepentida, buscando al señor y una segunda oportunidad. Fijo que te reciben con los brazos abiertos. La cosa es a ver cuánto tardan en abrirse la bragueta.

2

                Fui hasta la entrada con mi sonrisa más arrebatadora. Cuando ese tipo me vio se quedó pasmado, pidiéndome perdón al verme alzar la ceja y riéndose histérico. Le toqué el hombro y dio un saltito.

 – Hola, Sasaki san – Se inclinó – Tukusama Hiroshi, encantado.

– Pasa Hiroshi kun, no te quedes en la puerta – Pero sus pies estaban clavados en el suelo.

  – No, no puedo, lo siento – Volvió a inclinarse, siempre con esa risita nerviosa.

– Ah, no puedes – Me acerqué a él, colocando bien las solapas de la chaqueta gris y sosa que llevaba puesta. Le miré a los ojos de esa manera que siempre hacía a los hombres sonreír – Pero, ¿quieres? – Emitió un ruidito leve y extraño, no le salían las palabras. Tuve que aguantar la risa.

– No, gracias – Declinó sin convicción.

– Vamos, no haces ningún mal sentándote ahí conmigo, no es pecado pasar tiempo con una chica charlando, ¿verdad? – Le cogí de la mano y le arrastré hasta los sillones de terciopelo burdeos.

– Sasaki san, pero, yo no debería… – Era tan educado que no se atrevía ni a llevarme la contraria. Una vez sentados puse mis manos en las rodillas, inclinándome para mirarle.

– ¿A qué has venido, Hiroshi? ¿Solo a verme?

– Quería saber si estabas bien – Apenas me miraba a los ojos, no podía – Cuando te encontré anoche me pedías ayuda y… no sé.

– ¿Cómo? – Le hice mirarme a la cara – Cuéntamelo todo.

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                Volvíamos de la reunión episcopal mensual un tanto cansados pero contentos al ver que el número de fieles había crecido tanto como las donaciones. Para los enfermos era una gran noticia, ya que tendríamos dinero para toda la atención médica que pudiesen necesitar durante su desintoxicación. Mis hermanos y mi futuro cuñado caminaban unos pasos delante de mí, que como siempre me rezagaba por soñar despierto. Manami encontró el amor con Daisuke, estaban comprometidos y al menos ella, tremendamente enamorada. Keiji no le daba importancia al amor, se formaba para cura y clamaba que las relaciones terrenales tan solo ensuciaban el alma con deseos impuros. Yo, sin embargo, soñaba con el día en el que encontrase a esa mujer que me hiciese sentir las tan nombradas y célebres mariposas. Aquella mujer de alma pura y delicada que tanto anhelaba pero que parecía esconderse Dios sabía dónde. Quería pasear de la mano, tomar helado con ella, ir al cine, dar mi primer beso. Suspiré pensando que quizás el amor no estaba para mí cuando escuché un quejido entre dos chalets de la zona. Paré e iluminé el callejón con la luz de mi teléfono. Una persona yacía en el suelo, con la espalda contra la pared. Una mujer. Una chica joven. Y lloraba.

– ¿Estás bien? – Pregunté angustiado, inclinándome junto a ella. Me miró y en sus ojos vi tristeza, sufrimiento. El corazón se me encogió con un pellizco doloroso.

– No – Su sollozo me partió el alma. Que se tirase a mis brazos me dejó petrificado. No supe qué hacer – Ayúdame, por favor. Kazunari san lleva razón, doy asco.

– ¡Manami! – Llamé a mi hermana, apretando su hombro y acariciándole el pelo a esa temblorosa desconocida tan bella y rota.

– ¿Qué pasa? ¿Quién es?

– No lo sé, pero necesita ayuda. Vamos a llevarla a casa, no sé qué le han hecho – Al intentar alejarme de ella me agarró con más fuerza.

– No te vayas, no me dejes tú también – Le costaba hablar, olía a alcohol. Estaba muy afectada. Mi hermano, sin embargo, no lo vio así.

– Mira su ropa y la peste que echa, es una ramera – Tras una mirada asqueada se dirigió a la casa, rehusando toda la ayuda que pudiese ofrecer. Mi hermana, una mujer de gran bondad, cogió su mano.

– Nadie va a dejarte, vamos, ven a casa.

– Voy a ir preparándole una habitación – Dijo Daisuke, su novio. La chica se levantó apoyada en mi brazo, agarrándome como si el mundo a su alrededor se tambalease. Probablemente lo hacía.

                La llevamos hasta la casa dedicándole palabras de aliento, intentando que dejase de llorar pero no había manera de aliviar su pena. La dejé a solas con Manami, que le quitó su ropa y me la dio para que la lavase. Eran unas prendas de pobre calidad, muy usadas y muy escasas. Me preguntaba cómo una mujer podría llegar a vivir de esa manera mientras lo metía todo en la lavadora. Mi hermana apareció al poco tiempo.

– Ya lo meto yo en la secadora. La he peinado, aseado y acostado. Se ha quedado dormida nada más poner la cabeza en la almohada pero no paraba de preguntar por ti. Siento que no puedas entrar, está desnuda.

– Mañana hablaremos con ella. Pobrecita…

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                Cuando acabó de contarme mi aventura patética y nocturna del día anterior no sabía qué decirle. Desde luego se habían portado muy bien conmigo, eso no lo podía negar. Miré a ese hombre en silencio, fijándome en los detalles de su cara. Una vez librado de esa incapacidad de centrarse en mí más de un segundo no despegaba su mirada de mi persona. Sus ojos, tras esas horribles gafas cuadradas, eran oscuros como una noche cerrada. Nunca había visto unos tan absolutamente negros. Los míos, sin embargo, eran de un tono miel, muy claros para ser japonesa. Todo entre nosotros suponía un contraste: desde nuestras vidas, nuestro estilo, nuestro vocabulario y nuestro aspecto. Incluso su piel era considerablemente más oscura que la mía. Me pregunté si sus orígenes serían filipinos o algo así.

– ¿Estás mejor ahora? – Interrumpió mis pensamientos con una pregunta que me sorprendió no saber responder.

– Claro, me ayudaste mucho – Le toqué la mano sin salir de mi papel de chica de compañía. Al ponerla sobre el dorso, apenas le cubría la mitad. Tuve pensamientos considerablemente sucios en ese momento – Muchas gracias, Hiroshi-san – Al sonreírle volvió a salir su lado tontorrón, riéndose de esa manera inocente y nerviosa. Apartó su mano de las mías.

– También quería pedirte perdón. Debo ser sincero y mi comportamiento ayer rozó lo inadmisible – Intenté no poner los ojos en blanco ante su pedante discurso – Entré en la habitación, lo siento mucho – Me dio curiosidad. Mucha curiosidad ya que desvió la mirada a sus rodillas apretando los puños – Y siento mucho, muchísimo, haberte besado la frente. Pero me miraste allí acostada, me diste las gracias y yo… Entiendo si te molesta, incluso si no quieres hablarme de nuevo.

– Oh, no, no, cariño no me molesta. Me parece un gesto de lo más tierno – Le puse la mano en la barbilla, girando su cara hacia la mía – ¿de verdad eres así de inocente? – Me costaba creer que no recordase que esa mañana le manoseé la bragueta. Era capaz de pensar que había sido por accidente, visto lo visto.

– No respeté tu espacio personal, por ello, me disculpo. No tenemos relación, no debería haberlo hecho. Pero me alegra saber que no te molestó – Se puso en pie, estirando su jersey y cogiendo su chaqueta – No quiero molestar más, me voy. Pero quiero que sepas que las puertas de nuestra casa siempre estarán abiertas. El señor siempre escucha a los necesitados y así lo hacemos nosotros.

                No pude decir nada ante esa última frase, que me dio un repelús que me moría. Siempre había sido atea y el camino de la fe no estaba entre mis planes. Le despedí en la puerta con una última sonrisita y se fue tan feliz como una perdiz. Al darme la vuelta mi jefa me miraba con los brazos en jarras.

– ¿Qué haces? Acepta su oferta, vete con él.

– ¿Ahora? ¡Déjame tiempo para prepararme!

– Si esperas no va a ser tan natural como si ahora vas tras él arrepentida. Venga.

                Chasqueando la lengua y refunfuñando hice lo que me ordenaba. No estaba en la posición de ponerme exigente después de todo lo que ella había hecho por mí. Me apresuré caminando en la dirección en la que le vi marcharse, buscando esa mata de pelo negro engominado y ondulado por encima de las cabezas de la gente.

 – ¡Hiroshi san! – Le llamé en cuanto le vi. Le alcancé cuando se giró.

– ¿Qué ocurre? ¿Me he dejado algo? – Asentí.

– A mí, ¿puedo ir con vosotros? – Me dedicó una sonrisa amable.

– Por supuesto, ¿necesitas recoger efectos personales de tu casa?

– Si no es molestia, sí – Le guie de nuevo al edificio, en el que entró mirándome con extrañeza.

– ¿Vives aquí? – A juzgar por su expresión, vivir sobre un local de chicas de compañía debía ser el peor infierno imaginable.

– Sí, espera un segundo – Asintió cruzándose de brazos.

                Subí a mi habitación, guardando en una mochila ropa más o menos normal pero sobre todo ropa interior. Casi toda era de encaje, sexy, destinada al trabajo. En fin, tampoco creía que fuese a estar con esa gente para siempre. Al bajar me crucé con Mei, a la que le advertí para que no metiese en mi cuarto a nadie durante mi ausencia. Justo al acercarme a la salida escuché el inconfundible chasquido de lengua de Kotaro. Temiéndome lo peor, me acerqué con prisas, viendo al susodicho mirar con altanería y las manos en los bolsillos al pobre Hiroshi, que aunque le sacaba una cabeza y algo más, se mostraba cohibido.

– Vámonos – Hiroshi asintió, pero Kotaro me agarró del brazo, del que me solté de un tirón – ¿Qué haces?

– Es el gilipollas de esta mañana, ¿a que sí?

– Sí, solo que no es gilipollas. Vete con las chicas, Kotaro – Se rio acercándose a él, poniéndole la mano en el hombro y susurrándole barbaridades al oído que le hizo abrir los ojos y alejarse escandalizado.

– Lo siento, pero no tengo esas intenciones con Sasaki san – Se inclinó con una sonrisa tensa y salió del establecimiento.

– ¿Qué cojones le has dicho? – Le empujé por el hombro al escuchar su risa. Me miró, me agarró de la nuca y me besó intensamente. Me quejé, exasperada.

– Voy a echar de menos tus pajas, más vale que se las hagas bien a él.

– ¡Que no me beses delante de la gente, joder! – Le abofeteé, lo que sirvió para excitarle un poco más. Me libré de sus brazos cuando intentaba besarme el cuello – ¡Y no juegues con Yuko! – Al salir no vi a Hiroshi, tuvo que llamarme para encontrarle muy alejado de la puerta del establecimiento – Lo siento mucho, ese hombre no tiene decencia alguna.

– No pasa nada. Iba a volver andando pero con este cambio de planes he llamado a un taxi – Una vez dentro y dada la dirección al conductor, me miró con cautela – ¿Ese era Kazunari san?

– ¡No! Ese… es un socio de mi jefa. Ex jefa, ahora que me voy contigo. Con vosotros.

– Me alegro que hayas decidido alejarte de esa vida, no es algo digno – Me tuve que morder la lengua para no mandarle a la mismísima mierda.

Por eso mismo me mantuve en silencio hasta que llegamos a la casa. Al caserón. A la mansión. La primera vez que pisé la casa siendo consciente, por aquello de la resaca, no le mostré mucha atención. Ahora que lo hacía me impresioné, era preciosa. El jardín era enorme y solo era el jardín frontal. Nada más entrar, la chica remilgada del día anterior me recibió con una sonrisa incómoda e insegura. Era exageradamente guapa, eso sí.

– Perdón que no me presentase ayer. Soy Sasaki Ayame – Me incliné ligeramente.

– Hiroshi es convincente cuando quiere, por lo que veo – Sonreí.

– No ha tenido que insistir mucho, en cuanto me ha dicho lo que hicisteis por mí sentí que quizás…

– Oh, claro que te ayudamos – Me cogió las manos, guiándome hacia el interior de la casa – Soy Manami, su hermana, ven, deja que te enseñe tu habitación – Hiroshi cargó con mi mochila a pesar de mis negativas, llevándola hasta el dormitorio.

– ¿Vive mucha gente aquí? – Oía música desde algunas habitaciones, nada molesto.

– Principalmente adolescentes que han perdido el rumbo o personas con drogodependencia. En ocasiones el ambiente puede ser un tanto molesto, pero no es lo corriente – Se volvió, encogiéndose de hombros – Todo el que viene aquí lo hace por voluntad propia. Acompáñame, te enseñaré el resto de la casa.

Aunque tuve la suerte de contar con un pequeño aseo dentro de la habitación, también existía la opción de ir al común si me pillaba más cerca. Había una sala donde encontré algunas personas, como dijo Manami casi todos adolescentes, una cocina, una piscina, unas pequeñas termas artificiales, un gimnasio y una sala con lavadoras y secadoras también de uso común. Completita, completita. Me incluyó en el reparto de tareas, los residentes éramos los encargados de mantener la casa limpia, según Hiroshi, con el fin de tener la mente ocupada. Resumiendo, una manera de no gastarse pasta en alguien que limpiase la mierda. Por el camino nos encontramos a un tipo muy alto y delgado, serio, aunque yo diría que aburrido. A Manami se le iluminó la cara.

– Este es mi prometido, Daisuke – Me incliné ante su leve reverencia – Sasaki san es nuestra nueva inquilina.

– Llamadme Ayame, por favor – Hacía tanto que no me llamaban por mi apellido que me resultaba extraño e incómodo – El tipo asintió y se marchó. Miré a Hiroshi al escucharle soltar una respiración corta por la nariz. Negaba con la cabeza.

– Es un poco serio, no se lo tengas en cuenta – Le justificó Manami.

– Es una manera de decir las cosas, sí – Hiroshi tenía algo en contra de ese tío. Me moría de ganas por saber los trapos sucios de unos y otros. Fijo que siendo tan recataditos tendrían un montón.

– Tendrás un guía espiritual, en estos días te lo asignaremos. Siempre somos alguno de nosotros – Se señaló a ella y a Hiroshi – Mi marido o nuestro hermano menor. Perdona que no te presente pero en estos momentos sus estudios consumen su tiempo.

– ¿Puedo hacer una petición? – Dudó un poco, pero me incitó a hablar – ¿Puede ser él mi guía? – Señalé a Hiroshi. Si iba a tener a alguien pegado al culo preferiría que fuese ese tonto y no otro – Me cuesta un poco abrirme a las personas que no conozco pero con él me es fácil estar – Le dediqué una falsa mirada inocente. Se le plantó una sonrisa estúpida en la cara en cuanto lo hice.

– Bueno, si no ves inconveniente… – Su hermano la miró, aún con esa carita de felicidad que ponía cuando le hacía más caso de la cuenta.

– Ninguno, al contrario – Me miró de vuelta – Estaré encantado – No sé si su hermana lo vio, pero me fue imposible evitar guiñarle el ojo. Y como veía venir, se rio como un estúpido. Si la cosa seguía así, en una noche me lo estaba follando.

3

Pero me equivocaba. La semana siguiente fue… para describirla en una palabra diría que ABURRIDA. Pero así, en mayúsculas. Antes de mudarme, mi vida me aportaba algo nuevo todos los días, una aventura, acción, bueno o malo daba igual, lo que quiero decir es que había variedad. De repente me encontré inmersa en una rutina que no iba conmigo. Y cuando intentaba salirme de ella e ir a curiosear la manera de ganar dinero con ese negocio, enseguida me recordaban amablemente que había algo que hacer. Porque si esa casa tan enorme se mantenía limpia era gracias a todos los que allí “purificábamos nuestra alma”. Todas las mañanas nos levantaban temprano, nos debíamos preparar el desayuno, después se repartían las tareas: quitar el polvo, limpiar el suelo, las ventanas, los servicios, el jardín, la piscina, las termas, arreglar lo que estuviese roto, comprar lo necesario, lavar la ropa… Entre apaño y apaño almorzábamos y cenábamos, nos veíamos obligados a una hora de charla en la que nos reuníamos como si estuviésemos en alcohólicos anónimos, ducha y a la cama. Si tenías algo de tiempo libre, te dedicabas o a estudiar o a leer algo. Ni una emoción fuerte, ni un sentimiento más alto que otro. Muchas sonrisas apretadas, tensas, fingidas. Y para colmo de males, Hiroshi desaparecido en combate. En toda la semana solo se dieron dos momentos destacables: El primero cuando Manami apareció con un fondo de armario nuevo para mí, cambiando mi ropa normal por vestimenta salida de La Casa de la Pradera, hortera hasta decir basta. Además me acompañó a teñirme de un negro azabache de lo más aburrido; El segundo momento fue una noche que me levanté de madrugada preguntándome si me había dejado el fuego de la cocina encendido. Al volver, vi una espalda ancha ante mí y una inconfundible mata de pelo negra.

– ¡Hiroshi! – Se volvió mandándome callar.

– Es muy tarde para dar esas voces, Sasaki san – Alcé una ceja, eran solo las once. Se había duchado y secado el pelo, por lo que pude verlo sin esas cantidades exageradas de gomina, resultando en un montón de mechones desordenados y ondulados. Y al verle así verifiqué mis sospechas; El tontorrón estaba buenísimo – Iba a ir a buscarte mañana, quiero hablar contigo sobre tu primera semana con nosotros.

– Podemos hablar ahora si quieres, ven a mi habitación – Tuvo que ver algo de mis segundas intenciones porque sonrió suavemente, negando con la cabeza.

– No es ni buena idea, ni adecuado. Mañana nos vemos – Me encogí de hombros y volví a mi habitación quedándome con las ganas.

                Al día siguiente, a mitad de mi rutina diaria, me encontré por el pasillo a Manami con el hermano equivocado, Keiji. Me miró con el mismo asco que aquel día fuera de su casa y sin decir ni media se encerró en la que supuse, era su habitación.

– Disculpa a mi hermano – Ella tan correcta como siempre – No se desenvuelve con normalidad entre gente que considera de moral dudosa.

– No te preocupes, no me afecta en absoluto. Oye, quería preguntar una cosa sobre los horarios… – Asintió, invitándome a hablar – ¿Las termas las puedo usar por la noche?

– Ah, sí claro. Nadie suele meterse en ellas a partir de las once si quieres estar sola. Sé que trasnochas a pesar de madrugar tanto.

– Genial, hace años que no me dejan entrar en las públicas y lo echo de menos  – La vi inspeccionarme la piel – Sí, exacto, tengo tatuajes y no precisamente pequeños. Aunque según me cuenta Hiroshi ya los has visto.

– Ah, sí, lo siento mucho. Si me disculpas, tengo cosas que hacer.

                Huyó, incómoda e incluso avergonzada. Se preocupaban tanto por no ofender que llegaba  a ser molesto. Me tocaba poner lavadoras, así que con cierto asco, me encaminé a tan apestosa tarea. Estaba muy acostumbrada a ver fluidos ajenos, pero al no saber el origen cogía las prendas con dos deditos. A mitad del martirio escuché pasos a mi espalda. Hiroshi se situó a mi lado, ayudándome. Volvía a tener el pelo engominado y su horrible polito de niño de bien.

  – Bueno, ¿Qué te parece todo esto?

– Está bien, no me falta nada básico y desde luego estoy entretenida, ¿ cuántos vivimos aquí actualmente?

 – Diez u once personas, ¿has conocido a los demás?

 – En las charlas, sí, no tenemos mucho en común. Son muy devotos y yo, en fin, digamos que carezco de fe – Emitió un suave “eeehhh…” – No hace falta ser católica para estar aquí, ¿verdad?

– No es un requisito, no. Cualquier persona, independientemente de la religión que profese, tiene derecho a una segunda oportunidad en la vida para tomar el camino correcto – Puse los ojos en blanco. Ese tipo de frases me parecían ridículas, aunque al menos era tolerante.

– Igualmente, ¿podría ir un día a alguna de vuestras misas? ¿Podría ayudar? – Ante la mención de querer integrarme en su entorno se le iluminó la carita. El pobre no sabía que buscaba la manera de sacarle partido a todo ese negocio.

– ¡Por supuesto! Te informaré el próximo día que se celebre una misa y si te apetece me acompañas a mí o a mi hermano Keiji.

– Tu hermano me odia.

– No te odia – Me sonrió. Era una sonrisa muy bonita – Le cuesta aceptar a gente ajena a nuestros valores – Suspiré. Ese sí que era un intolerante. Iba a ser el más difícil de llevar por lo que yo consideraba el “camino correcto” – ¿Echas algo en falta? ¿Hay algo que se te haga especialmente difícil? – Tuve que esconder una sonrisita porque lo primero que se me vino a la cabeza que yo pudiese necesitar le iba a escandalizar.

– Sí, ahora que lo dices sí que hay algo que echo en falta – Solté la ropa y miré sobre mi hombro, comprobando que nadie se acercaba por el pasillo. Le puse una mano en el hombro, girándole, haciendo que se sentara en una de las máquinas con suavidad – Pero no puedo conseguirlo sola.

– Sasaki san – Levantó las palmas de las manos hacia mí, le cogí de las muñecas y las posé sobre mis pechos. Se le abrió la boca, reteniendo aire en sus pulmones.

– No sabes lo que echo de menos sentir a un hombre – Deslicé mi mano por su rodilla, subiéndola por su muslo. No respiraba, le iba a dar algo.

                Susurré su nombre, acariciando su oreja con mis labios y mordiéndole el lóbulo. No me soltaba las tetas, pero al acariciarle la bragueta suavemente por encima del pantalón, bajando mi boca por su mentón, se levantó bruscamente.

– Sasaki san – Estaba rojo como un tomate, alejándose de mí colocándose bien las gafas – Lo siento, no puedo, no podemos, eso no puedo dártelo, lo siento. No es adecuado, no es apropiado, no puede ser. Si tien—si tienes alguna duda Manami te la resolverá. Yo no… lo siento, no puedo.

                Se marchó a paso ligero, desapareciendo por el pasillo sin mirar atrás. Le había asustado, no podía ir tan rápido con él y tampoco quería acosarle y hacerle sentir mal. Que probablemente por las cosas que le habrían metido en la cabeza sobre lo malo y pecaminoso que era el sexo, es como se sentiría. Me dio lastima saber la culpabilidad que se le iba a venir encima al hacerse una paja a mi costa, eso no era sano, y era lo que le tenía que hacer ver. Al marcharme de vuelta a la cocina para mirar en el tablón qué apasionante tarea debía hacer antes del almuerzo, me dio el encuentro el prometido de Manami, Daisuke. Me agarró del brazo y me sacó al jardín trasero.

– ¿Qué te crees que estás haciendo? – Me quedé de piedra ante esa pregunta, no sabía a qué venía y mi primer instinto fue darle una mala contestación. Instinto que me costó horrores reprimir – ¿Tan cachonda estás que no puedes aguantar el tipo?

– ¿¡Pero tú quién eres para hablarme así?! – Ante esa manera de dirigirse a mí, intentando avergonzarme en vano, no pude evitar mostrar mi verdadero carácter.

– Si tienes ganas de follar, te haces una paja, como hacemos todos. Hiroshi es muy impresionable, no ha conocido mujer y menos mal que me lo he encontrado y le he obligado a soltarme lo que le pasaba. Se lo iba a contar a su hermana y de haberlo hecho ya estarías en la calle.

– ¿Y a ti qué más te da que me quede o que me vaya? ¿A qué viene?

– He estado en la mierda más grande y sospecho que de ahí vienes tú también – Ahora me explicaba esas maneras tan poco refinadas y ese vocabulario que haría llorar al niño Jesús. Además, vi agujeros en sus orejas y una cicatriz en su ceja izquierda. Y esa nariz tan rara solo se te quedaba si te la habían destrozado – Hazme caso, no quieres volver, aquí comes y tienes un techo por hacer dos o tres tareas al día. Y probablemente te encuentren un trabajo fijo si te pones a estudiar.

– Aha, ya veo. Lo de comprometerte con Manami no es más que una manera de asegurar que te quedas por aquí. Qué listo eres, por eso Hiroshi no te puede ver, te tiene calado.

– Me importa una mierda lo que el mojigato ese piense y me importa una mierda Manami. Si yo me callo lo tuyo, tú te callas lo mío.

– No me pueden interesar menos tus intenciones, no pensaba abrir la boca, pero hazme un favor, no te metas dónde no te llaman.

– Tú sabrás – Se encogió de hombros y entró de nuevo en la casa – No seas imbécil y compórtate.

                Nunca me había gustado mucho estar rodeada de personas pero con estas en concreto se me hacía especialmente difícil. El no tener nada que ver con ellos, que te digan a cada momento qué hacer y cómo comportarte, que elijan por ti… No eran cosas que fuesen conmigo y sin embargo ahí estaba. Si no fuese por lo mucho que apreciaba a Mei ya me habría quitado de en medio. Y al acordarme de ella me encerré en el baño en cuanto tuve un hueco libre para llamarla por teléfono.

 – ¿Cómo está mi santurrona? – Fue lo que contestó – Llevaba tanto sin saber de ti que me estaba empezando a creer que te habían comido el coco de verdad.

– No, pero me tienen bien ocupada, desde luego tontos no son a la hora de llevar el negocio.

¿Has conseguido colarte en las misas?

– Todavía no pero pronto. Tengo a uno de ellos casi en el bote, al tontorrón grandote. Ahora, una cosa te digo, esta gente esconde más de lo que uno pensaría.

Aaaaay los santurrones son los peores y las calladitas las más zorras en la cama. No te fíes ni de tu sombra ahí dentro porque en cuanto te descuides te dan la patada. Por cierto, no paran de preguntar por ti.

No me esperaba que mis clientes fueran a echarme de menos.

Esos también, pero me refería a Yuko y sobre todo a Kotaro. Me tiene frita. Le he dicho que estás de vacaciones pero no para de insistir que dónde. ¿Qué le das que está enganchado? – Sonreí ante la imagen de ese tipo incapaz de vivir sin mí. Dime de qué presumes…

Ya se cansará, tiene muchos chochitos alrededor. Que no me vendría mal tenerle una noche por aquí…

Con lo escandalosos que sois os hacen hasta un exorcismo – Di una carcajada porque no le faltaba razón – En fin, te dejo. Suerte, espero verte pronto de vuelta.

En cuanto me entere de cómo montan el tinglado. Ya nos vemos, Mei.

                La echaba de menos. Los echaba de menos y fue un pensamiento que me sorprendió. Se habían convertido en mi familia y estaba acostumbrada a tenerlos cerca. Suspiré y cogí mis toallas, camino a las termas. Ya que me dijo la puritana que por las noches estaban libres, iba a aprovechar para meterme un rato en remojo. Antes de llegar a la entrada del jardín trasero vi por primera vez la puerta del cuarto de Keiji, el hermano menor del tontorrón, abierta. La curiosidad me pudo y me asomé solo un poquito, a ver qué escondía su santidad. Al comprobar que no había nadie dentro, me colé de puntillas. Muchos libros de teología era el principal componente del dormitorio, apenas había muebles y lo único medianamente moderno era un portátil en suspensión como bien indicaba la parpadeante lucecita naranja. Abrí la tapa y presioné una tecla para arrepentirme al momento y casi morirme de la risa.

                Porno escandaloso, porno sucio, porno homosexual a toda pastilla.

                Bajé la tapa de un golpetazo y salí corriendo hacia mi habitación aguantando la risa tras mi mano. Cuando se me pasó volví a emprender el camino a las termas. La puerta de su habitación estaba cerrada, nadie alrededor. Conseguí aparentar normalidad, desconocía quién se habría enterado de esos estridentes gemidos masculinos pero fuese quien fuese debió quedarse en shock. Vaya tela con la doble moral del personal… a ver si conseguía tener una charlita con él.

                Las termas estaban desiertas. Me metí en un recoveco escondido, de espaldas a la puerta trasera de la casa, dejándome caer en el borde tan solo con una toalla alrededor del cuerpo. Me recogí la melena en un moño alto y suspiré, dejándome llevar por la paz y el calor del agua. Casi me quedo dormida, no sé si pasaron minutos u horas cuando escuché pasitos acercarse. Pensé moverme, pero estaba tapada y parcialmente oculta por unos juncos de mentira. Si era otra mujer, el problema más grande que podía encontrarme era que le desagradasen mis tatuajes. Pero no. No era una mujer. Me mordí el labio al ver entrar al cegato de Hiroshi sin las gafas, sin gomina y solo con una toalla en la cintura. No me había visto en la oscuridad de la noche, no había apenas luz y mi toalla era oscura. A esas horas estaría acostumbrado a estar solito. Dejé que entrase, que se relajase, que respirase hondo y cerrase los ojos. Y cuál fue mi sorpresa cuando va el chiquitín y empieza a pajearse suavemente. Me puse cachonda al instante. Me rocé el clítoris mirándole juntar las cejas, entreabrir los labios y jadear. Supe que en cuanto escuchase movimiento a su lado se iría, por lo que fui todo lo rápida que pude. Me levanté quedándome completamente desnuda. Se sobresaltó, tapándosela de inmediato con las manos sobre la toalla que se la cubría, susurrando un asustado “¿quién eres?”. Me senté sobre sus piernas, tirando de su toalla, agarrándome de esa polla que ni era muy grande ni muy pequeña pero tan dura que me moría por metérmela.

– Ay Hiroshi, dime que pensabas en mí – Le pasé la mano por la nuca acariciando sus cabellos, hablando contra su boca y deslizando mi mano por esa fina y cálida piel muy despacio.

– No podemos hacer esto – Susurró justo antes de ahogar un gemido ronco.

– Joder, eres guapísimo, ¿te lo han dicho alguna vez? – Negó con la cabeza – Tócame, Hiro-kun.

                Vi el deseo en sus ojos al mirar mi cuerpo desnudo y vi que le temblaban las manos cuando las puso en mi cintura. Le acaricié la mejilla y le besé despacio. Sus besos eran torpes e inexpertos pero sus labios eran tan gruesos y cálidos que no podía dejar de besarle una vez empecé. Al meterle la lengua en la boca gimió, me agarró con fuerza del pelo y las caderas y se empezó a correr. No quise dejar de besarle porque estaba siendo de lo más escandaloso y no paraba de eyacular. No sabía desde cuándo llevaba sin hacerse una paja pero era interminable lo de ese hombre.

– Quería follar contigo pero mejor las cosas de una en una, ¿verdad? – Me miraba a los ojos extasiado, atontado, desconectado de la realidad.

– Ha sido mi primer beso – Susurró. Me reí suavemente antes de besarle de nuevo todo lo dulce que pude teniendo en cuenta lo cachonda que estaba.

– Y obviamente la primera vez que te corres con una mujer – Asintió. Me miraba a la cara de una manera que jamás me habían mirado. Lo tenía a mis pies, podía hacer con él lo que quisiese – Nos quedan muchas primeras veces entonces.

– No podemos hacer esto de nuevo. Puede venir cualquiera a las termas, Sasaki san.

– Bueno, bueno. La casa es grande. Y llámame Ayame – Me sonrió avergonzado. Me entraron ganas de comérmelo a besos y eso mismo fue lo que hice.

4

                Tras ese rápido – e insatisfactorio por mi parte – encuentro sexual, sugerí que yo debía ir primero a mi habitación y que en un rato fuese él. Que se relajase. Le di las buenas noches y me metí en la cama, haciéndome una paja apoteósica pensando en su polla y susurrando su nombre. No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar al día siguiente, esperaba que no estuviese muy arrepentido y que la culpabilidad no fuese mayor que el deseo. Me limité a hacer vida normal, aguantando la risa al encontrarme con el recto Keiji. Recto… El recto de un hombretón es lo que él quisiera por las noches. Y no fue hasta dos días después que no le volví a ver. Estaba desayunando, quitándome legañas y bostezando, cuando entró por la puerta de la cocina con una sonrisa a la que respondía de buena gana. Me miraba igual de avergonzado que siempre.

 – ¿Sigue en pie tu propuesta de venir conmigo a preparar la misa?

 – ¡Claro! Dame un segundo y nos vamos – Por fin iba a ver lo que me interesaba.

 – Perfecto, estaré en la sala común.

                Me di prisa en vestirme con la ropa más insulsa del mundo. Iba de blanco y color crema, con una blusa de botones bien abrochada y una falda por debajo de las rodillas. Los taconcitos eran blancos y, por supuesto, llevaba medias y el pelo muy bien peinado. Todo en su sitio, todo correcto y perfecto. Se me hacía rarísimo salir a la calle sin pintarme, no estaba nada acostumbrada. Hiroshi pareció encantado con mis pintas, a mí me daban un puto asco que me moría. Estaba de lo más incómoda y deseé no encontrarme a ningún conocido. Me acompañó hasta el coche, normal y más bien pequeño pero reluciente de limpio que estaba.

   – Estás rara – Me dijo una vez nos pusimos en marcha – Sé que es la ropa que te ha dado mi hermana pero…

– ¿No me queda bien? – Me reí. Me quedaba como un tiro.

– No, no me malinterpretes, estás muy linda pero no tengo muy claro si va contigo.

– No va para nada conmigo. En absoluto. Algún día te enseñaré mi modelito favorito.

– Se supone que no vas a volver a esa vida – Comentó con cautela.

– Ya, sí, claro. Pero eso no significa que me vaya a deshacer de mi ropa – Torció el gesto – Supongo que vamos a la Iglesia de Nunoike, ¿no?

– Claro, ¿a cuál si no? Tenemos que hacer unas cuantas cosas antes de que empiece la misa en japonés. Las misas en otros idiomas son cosa de los voluntarios extranjeros. Además, creo que después viene el grupo de boyscouts y si no me equivoco hoy deben pagar la mensualidad, así que nos pasaremos por allí también.

                Dinero, dinero, dinero. Eso era lo que yo quería ver. Lo primero que hicimos fue colocar carteles anunciando la jornada del día. Tras eso, preparamos los libros que se iban a usar y comprobamos las reservas del sagrario. Finalmente preparamos las ofrendas y el cesto para el dinero. Encendimos las velas y los micrófonos, a los fieles que empezaron a llegar le repartimos unos papeles que ni idea de qué eran pero como Hiroshi permanecía en un respetuoso silencio, hice lo mismo. Con lo que no contaba era con lo aburrida de cojones que fue la misa. Me dio tiempo a fantasear con detalle sobre meterle en el confesionario para que me susurrase todos sus pecados mientras le cabalgaba intentando no hacer ruido. Me dio tiempo a fantasear y a que se me pasase el calentón. Escondí tantos bostezos como resoplidos, pero a Hiroshi no se le escaparon. Se reía suavemente ante mi rostro somnoliento, recitando a coro frases de vez en cuando. Me ponían los pelos de punta, tan sectarios, tan obedientes… Eran como seres sin voluntad, todos a una, no me terminaba de gustar. Hiroshi me dio un cepillo para recolectar dinero y él se quedó el otro. Y me sorprendí al ver billetes y no precisamente pequeños. Al acabar la misa Hiroshi lo llevó todo a una caja fuerte, contándolo antes. Entre los dos hicimos poco más de 9000 yenes. Y eso fue en esa única misa, porque como dijo antes había más en varios idiomas. Aún en silencio, fuimos hasta un edificio anexo, en el que al entrar nos recibió Daisuke.

– Ya os conocéis, ¿verdad? – Nos preguntó Hiroshi. Ambos asentimos – Se ocupa de la catequesis de los niños. Se formó para ello estando con nosotros y es el mejor.

– Sí, me siento útil estando por aquí y no es un trabajo muy complicado. Aunque no me vendría mal otro par de manos – Alcé las cejas, incrédula. Cambié mi expresión por una falsa sonrisa.

– No es mala idea, no…

– Voy un momento a por el dinero de los boyscouts, espérame aquí y ahora volvemos a casa – Asentí. Tan pronto le perdí de vista escuché la risita de su cuñado. Me estaba mirando de arriba abajo, negando con la cabeza.

– Se nota que no es tu estilo.

– No todos podemos perfeccionar la técnica de ir vestido como un imbécil a la de la noche a la mañana.

– Oye, lo de que te vengas aquí conmigo lo digo en serio – Bajó el tono y se inclinó un poco para susurrarme – Estando tan lejos de la casa podemos ser más nosotros y, en fin, esas ganitas que tienes por desfogar… – Tan pronto sentí su mano en mi culo sintió él la mía en su cara, con fuerza y con impulso. El chas resonó por el pasillo.

– ¿Qué cojones te crees que estás haciendo? – Le susurré con rabia.

– ¿Pero no estabas cachonda?

– Sí joder, pero eso no significa que me vaya a follar al primero que se me ponga por delante por muy puta que yo sea.

– Ya, y al que te quieres follar es a ese que ni sabe cómo es un coño.

– No me libro de los yakuza ni metiéndome aquí – Mascullé molesta al escucharle hablar con ese acento asqueroso – ¿Es común entre vosotros eso de no respetar a las mujeres?

– Déjate de gilipolleces y vente aquí conmigo, que no te vas a arrepentir – Se estiró en cuanto escuchó pasos por el pasillo – No seas tonta.

– Estoy ya del no seas tonta… – Murmuré entre dientes.

– Bueno, por hoy se acabó por aquí. Vamos a casa – Asentí y me despedí del impresentable ese con una sonrisa apretada.

– ¿Tenéis muchos niños?

– Dos grupos de diez en la catequesis y unos… treinta variando en edades en los scouts, este año son más.

– ¿Y se lo pueden permitir?

– La catequesis es gratuita, como no, y los scouts son solo 2500 yenes al mes, claro que se lo pueden permitir – Asentí, yo no podría haberlo hecho de niña y seguro que no ahora – Hay grupos de gente de tu edad, por si fuese de tu interés.

– No mucho, prefiero quedarme en la casa – Me imagine rodeada de santurrones y mientras yo escondía la risa, Hiroshi suspiraba al entrar en el coche.

– ¿Qué te pasa? – Le pregunté. Me miró sorprendido, probablemente nadie le preguntaba nunca. Sonrió y se encogió de hombros, arrugando la nariz.

– No sé, Daisuke no me termina de agradar – Me reí por la nariz brevemente – ¿A ti tampoco?

– No encaja con la gente de la casa, igual que yo.

– Ya, pero a él le veo unas segundas intenciones que a ti no – Me sentí culpable cuando se me quedó mirando con ambas cejas arqueadas – No le digas nada a Manami, se enfada cada vez que se lo comento. No sé por qué le defiende con tantas ganas…

– Hiroshi, ¿te puedo pedir un favor? – Volvió a mirarme, apartaba demasiado los ojos de la carretera para hacerlo – ¿Me llevas a ver el mar? Nunca he ido.

– ¿Ahora? – Asentí – Pero nos van a echar en falta – A pesar de decirme eso, buscaba con los ojos el desvío hacia la costa.

– No está muy lejos y nunca he tenido la oportunidad. Me gustaría ir contigo – No se pudo negar ante esa petición. Tragó saliva y asintió, agarrándose al volante con fuerza.

                Sonreí mirando por la ventana. Claro que había ido a la playa, era solo que en esa época del año no habría nadie y quería estar a solas con él. No coincidía con Daisuke en nada de lo que salía por el agujero ese que usaba para hablar, pero en lo de que Hiroshi era inocente no podía más que darle la razón.

– ¿Podría hacerte una pregunta personal? – Asentí – ¿Cómo una chica tan joven acaba llevando la vida que llevabas?

– Nunca he encajado con mis padres. Odiaba estar en mi casa, odiaba sentirme controlada. Quería experimentar cosas nuevas, dejé el instituto y me fui a vivir por mi cuenta. Obviamente no me salió bien y cuando pensaba tragarme el orgullo y volver, me encontré con Mei – Me escuchaba atento. No estaba acostumbrada a que un hombre me escuchase tanto, normalmente era al revés – Me salvó la vida. Me acogió en su casa, que también es su negocio, y me propuso trabajar haciendo felices a hombres por la noche en su bar. Haciéndoles creer que me gustan y esas cosas.

– ¿No se te hace duro? – Estaba tentada de atarle la cabeza para que dejase de mirarme, nos íbamos a estampar con algo, me ponía histérica.

– No mucho. Al principio era un poco difícil aguantar las tonterías que soltaban los borrachos y las manos largas, pero una se termina acostumbrando.

– ¿Cuánto llevas allí? Tienes dieciocho ahora, ¿no?

– Desde los dieciséis. Pero tranqui, no quería darle problemas a Mei así que no me he empezado a prostituir hasta este año.

– ¿¡EHH?! – Le agarré el volante – ¿Eres…?

– Solo con los que pagan mucho, ¿no lo sabías? Para tu alivio te diré que ha sido en ocasiones contadas, no supone un gran sacrificio – Parecía tremendamente preocupado – Normalmente la tienen pequeña y acaban antes casi de ponerles el condón. Es que la mayoría de las veces ni me la meten.

– ¿Cómo eres capaz de hablar de eso así?

– ¿De eso? ¿A qué te refieres? – Aparcó en el arcén, creyéndome yo que le había ofendido. Al mirar a mi alrededor vi que estábamos en un mirador, habíamos llegado a la playa. Como ya sabía no pasaba ni un coche; estábamos solitos del todo.

– Del… del sexo. Nunca había escuchado a nadie hablar de eso como si fuese…

– ¿Normal? – Asintió. Tanto que me miraba antes y ahora era incapaz de hacerlo durante tres segundos de frente, porque lo hacía, pero de reojo – Porque lo es para mí. No es más que o una manera de ganar dinero o una manera de pasármelo bien con gente que aprecio. O de hacerle a alguien pasárselo bien. No es algo malo, es una experiencia humana más.

– Pero es sucio…

– Sí, claro que lo es. Físicamente desde luego que lo es – Vi su expresión, dándome a entender que no era a lo que se refería – Espiritualmente… es liberador. Hiroshi – Le puse la mano en la cara para que me mirase, apoyando la otra en su pierna. Me raspé los dedos con una barba que apenas veía – ¿Te sentiste mal por lo del otro día en las termas?

– En el momento no, después sí. No estamos casados, ni siquiera somos pareja. Es algo que no se debe hacer sin una unión sagrada de por medio o la promesa de esta al menos.

– ¿Y eso por qué? ¿Qué nos va a pasar?

– Dios nos observa, juzga, no pode—

– Vale, vamos a hacer una prueba – Me desabroché despacio la camisa. Aunque me miraba de reojo, no apartaba la atención de mi escote sin dejar de apretar el volante – Seguro que ya quieres tocarme, ¿verdad?

– Sí, siempre estoy deseando tocarte pero Sasaki san…

– Ayame, pesado – Cogí sus manos y antes de hacer nada, las observé. Eran manazas, de dedos largos y venas marcadas en el dorso. Me gustaban mucho, le besé los dedos – Quiero que me acaricies – Me miraba serio, aunque su atención estaba más puesta en mi piel que en mis ojos.

                Las yemas de sus dedos tocaron mis clavículas, la redondez superior de mis pechos, el encaje de mi sujetador negro, mis pezones por encima de la tela. Su otra mano, cálida, se deslizó por mi cintura hacia arriba, hacia mi otro pecho, poniéndome la piel de la gallina. Se me escapó una risita juguetona que le hizo sonreír tímidamente. Me apretó los pechos suavemente, se mordió el labio, centrándose en mis pezones. Suspiré al sentirme excitada, con las bragas un poco más húmedas que hacía un segundo.

 – Quiero sentir tu boca en mi piel – Alcé mi brazo, acariciando sus labios con mi pulgar.

                Me miró, suspiró, y con las manos rodeándome la cintura se inclinó sobre mí, pegándome a la ventanilla al besarme. Abrí las piernas, pasándolas alrededor de su cintura, tirándole del pelo y sintiendo su lengua en mi boca. Su lengua tiesa, la movía demasiado rápido. Me reí.

– Hiroshi, Hiroshi espera – De nuevo esa mirada atontada en sus ojos. Le cegaba la lujuria y me encantaba verle así – Relaja la boca, relaja esa lengua que me vas a hacer un piercing. Deja que yo te bese.

– Lo siento, no sé hacer estas cosas – Le quité las gafas, poniéndolas en el salpicadero del coche. Le terminé de despeinar la melena que ya había empezado a alborotar con mis tirones. Con ese pelo y esa mirada salvaje parecía otro. Un hombre que me gustaba mucho más que ese tan arreglado y correcto.

– De verdad que estás para matarte a polvos, cariño mío – Se rio avergonzado y me reí con él.

                Besé sus labios despacio, deslicé mi lengua en su boca de igual manera, sin prisas, profundamente. Gemí al sentir ese hormigueo en la entrepierna que solo te provocan los grandes besadores. Una vez aprendió a usar su lengua para derretirme con solo un beso me estaba volviendo loca. No quería admitirlo, pero si la cosa seguía como iba terminaría haciendo conmigo lo que quisiese. Bueno, podía hacer conmigo lo que le diese la gana ya de antes, estando tan bueno como estaba no le iba a decir que no. Le abrí los botones de la camisa al sentir su boca bajarme por el mentón, por mi cuello, provocándome escalofríos. Al sentir su lengua sobre mis pechos resoplé. Cogí su mano y la llevé a mi entrepierna. Me la apretó cuando me sacaba el pezón del sujetador, mordiéndolo con suavidad. No recordaba la última vez que había estado tan sumamente cachonda. Intentaba acariciármelo pero las medias se tensaban y no llegaba a rozarme como era debido. Molesta y enfadada pegué un tirón de ellas, haciéndoles un agujero enorme. Los dedos de Hiroshi rozaron mis ya húmedas bragas, haciéndome gemir con fuerza. Me miró al escucharme, le agarré la mano y la metí dentro de mi ropa interior, indicándole cómo debía mover los dedos sobre mi clítoris. Le toqué el pecho, se lo arañé. Hiroshi jadeaba, su mirada era sucia, se mordía tan fuerte el labio que iba a hacerse daño. Comencé a agitarme al sentir el orgasmo acechándome. Le cogí la mano que apretaba mi pecho y empapé dos de sus dedos en saliva.

– Mételos despacio, y cuando estén dentro tira con las yemas de los dedos hacia ti – Me hizo caso, susurrando mi nombre.

                No entendía cómo aguantaba sin sacársela y metérmela. Otro tío no tendría esa paciencia. Otro tío habría dejado de tocarme hace mucho para correrse él. Pero por lo visto a Hiroshi le apasionaba darme placer y sobretodo, aprender cómo hacerlo. Y yo estaba encantada.

– Relaja los dedos, estás tenso – Una vez los tuve dentro y los dobló, también me dobló a mí. Arqueé la espalda – En círculos, en círculos Hiroshi, por Dios….

                Temblé entera cuando me corrí. Me agité con las piernas estiradas, las caderas hacia arriba y los dedos de los pies apretados. Él también gemía a pesar de no tocarse, gemía solo de verme gozar. Se inclinó entre mis piernas y sin sacarme los dedos de dentro, me lamió el clítoris con ansiedad. Gemía mi nombre, gemía mucho pero no más fuerte que yo. Volví a correrme, volví a correrme con tantas ganas y de una manera tan insoportable que si por un casual alguien pasaba por allí se iba a preguntar a quién estaban matando. Su teléfono comenzó a sonar y al principio ni nos enteramos. Yo no me enteré hasta que le miré preguntándome por qué cojones había parado de torturarme tan deliciosamente.

 – ¿Sí? – Intentaba esconder los jadeos, limpiándose la cara de mis flujos – Sí, ya vamos, nos hemos desviado un poco del camino pero ya vamos a casa – Se pasó la mano por la cara, respirando hondo despacio – Vale, ahora le recojo.

– ¿Tu hermana? – Asintió.

– Ponte derecha por favor, no puedo conducir – Se sacó el pañuelo del bolsillo y se limpió las manos. Le mire entrecerrando los ojos.

– ¿Y tú qué? – Me miró sin comprenderme. Me devoró con la mirada, mordiéndose el labio de nuevo.

– ¿Yo qué de qué?

– ¿No te corres? Puedo hacer que te corras en menos de tres minutos.

– Lo voy a manchar todo y no puedo llegar manchado a casa. Mucho es que vas a llegar sin medias – Se abrochó la camisa, pero no dejaba de mirarme los pechos y la boca.

– No se va a manchar nada, tonto, ¿sabes qué? Se me apetece mucho comértela – Ahora era yo la que me inclinaba sobre él, aplastándole contra su ventanilla, besándole brevemente los labios mientras le abría la bragueta – Pero más se me apetece tragármelo todo.

                Se rio nervioso, dando un respingo cuando se la acaricié. Estaba tan dura que me sorprendió. Más que en las termas. Estaba a punto de correrse. Le lamí el pecho, mordiéndole un pezón. Tiré de sus pantalones y se los bajé hasta las rodillas, calzoncillos incluidos. Tiré de sus caderas, quería hacerle sentir una experiencia que estaba segura sería nueva para él. Lo bueno que tenía eso de estar con gente “de bien” es que Manami me recortó las uñas de manera perfecta, redonditas y bonitas. Me empapé el dedo en saliva y me metí su polla en la boca despacio. Gimió al instante. Un gemido ronco, grave, rasgado y lento. Le pasé el dedo justo por debajo de los huevos, apretando levemente. Le masturbaba y le lamía despacio debajo del glande en esa zona tan sensible cuando deslicé ese mismo dedo en su culo, apretando donde sabía que iba a matarle. Me agarró de los hombros, cogiendo aire con sorpresa. Al metérmela en la boca, apretándola con mis labios y lengua mientras movía ese único dedo en su interior, su gemido pareció un lamento. Tuvo un espasmo y se corrió al instante, gimiendo entre dientes, escandalosamente, tirándome del pelo. Temblaba casi igual que yo, no sabía qué hacer ante un orgasmo tan intenso. Cuando acabó lamí una gota que se me había escapado y le besé en la mejilla, riéndome con malicia.

– Dios mío… – Jadeó, pasándose la mano por los ojos.

– Dios no ha tenido nada que ver en esto, blasfemo – Me miró sofocado, colorado, extasiado. Empezó a reírse suavemente, pero al reírme yo con él se descontroló. Terminamos a carcajadas, cada uno en su asiento. Me acarició la mejilla, negó con la cabeza y volvimos a casa.

5

                Pero antes de volver nos pasamos por la biblioteca. Su hermano Keiji había ido a por unos libros y le íbamos a llevar para que no cargase. Mientras esperábamos, suspiré, tarareando satisfecha. Me miró con una gran sonrisa, cogiéndome la mano discretamente y acariciándomela con el pulgar. No quería cortarle el rollo, pero me daba la impresión de que se estaba enamorando y eso no era bueno para él. En absoluto.

– Se te ve contenta.

 – ¡Pues claro! En mi vida me habían comido el coño tanto tiempo seguido y tan bien.

– ¡Sssshhhh! – Miró a su alrededor, comprobando que Keiji no estaba cerca – No digas esas cosas en voz alta y menos con gente alrededor, Ayame san.

– Chan. Deja de ser formal conmigo, te he metido el dedo en el culo – Chasqueó la lengua, mirándome fastidiado.

– No… no vuelvas a hacer eso.

– ¿No te ha gustado? Porque me dio la impresión de que sí.

– No es eso – Volvió a chasquear la lengua – Es que no… a mí no me gustan esas cosas – Me incliné junto a él, mi proximidad le puso nervioso.

– El sexo anal no tiene nada que ver con ser maricón y además, por las ganas con las que me besas y me tocas está claro que no lo eres, si quieres quedarte tranquilo.

– Me incomoda.

– Te incomoda ahora, en el momento te ha encantado – Le guiñé el ojo haciéndole sonreír una vez más. No quería admitirlo pero le había vuelto loco – Pero vale, no volveré a hacerlo. No quiero que te sientas vio—

– Shh, calla, mi hermano – Se puso tieso en el asiento al verle llegar.

                Si él supiese lo que yo sabía de su hermanito… Pero no era nadie para decir nada, por lo que solo salí del coche para ayudarle a meter los libros en el asiento trasero. Se traía media biblioteca. Keiji no me saludó, solo me dedicó una mirada asqueada de soslayo. Tuve que aguantar la risa cuando le preguntó a Hiroshi qué le pasaba en el pelo y más aún cuando se apresuró a arreglárselo sin decir ni media. Cuando le di la vuelta al vehículo para entrar escuché una risotada familiar.

– ¿Ayame chan? ¿Qué coño haces con esas pintas ridículas? – Al girarme vi a Kotaro caminando hacia a mí con determinación. Me metí en el asiento trasero, activando el cierre de seguridad de mi puerta.

 – Hiroshi, arranca, vámonos – Le metí prisa. En cuanto su hermano cerró la puerta arrancó y nos fuimos. Escuchaba a Kotaro llamarme, cada vez más enfadado.

– ¿Pero se puede saber con qué clase de escoria te rodeas? – Keiji se volvió, mirándome molesto y acusador – Menuda vergüenza. Menudo despojo social – Era consciente de que Kotaro era todo eso y más, pero no pude evitar molestarme.

– Es una persona con problemas, no seas tan duro – Le dijo su hermano – No creo que sea posible traerle con nosotros, ¿verdad?

– No le quieres en la casa, suficiente tenemos con un yakuza allí metido – Dije sin pensar.

                No me contestaron, se hizo el silencio. Estaba claro que ambos sabían que me refería a Daisuke pero por lo visto no pensaban argumentar nada. Al llegar a la casa nadie pareció darse cuenta de mi falta de medias y tampoco me pidieron explicaciones. Al marcharme con Hiroshi dieron por sentado que estaría haciendo algo importante. Me metí en la ducha y me vestía con la ropa de andar por casa cuando escuché que llamaban a mi puerta. Le indiqué a quien fuese que pasase y abrió Manami con una sonrisa incómoda.

– Ayame san, hay un hombre preguntando por ti fuera de la casa, ¿Podrías decirle que se marchase? No nos hace caso y su apariencia no es…

– Sí, lo siento muchísimo, es un impresentable. Ahora mismo lo soluciono – Al salir al pasillo, Hiroshi me dio el encuentro.

– Es ese tipo, el del bar de tu amiga Mei – Me sorprendió que recordase el nombre. Sí que escuchaba con atención – ¿Quieres que te acompañe?

– No es necesario, mejor que vaya sola. Sé manejarle.

– De todas maneras estoy aquí si me necesitas – Manami se quedó mirándonos cuando nos sonreímos. Algo vio que no se esperaba entre nosotros. Caminé con prisa hasta la cancela de la casa, viéndole apoyado contra la pared.

– ¿Por qué te largaste de esa manera antes? ¿¡Qué cojones haces aquí?!

– Baja la voz, joder. No quiero que te acerques a ellos y digas o hagas una barbaridad que me perjudique, ahora vivo aquí, lárgate Kotaro.

– ¿Que me largue? ¿A qué viene esto de un día para otro?

– No tengo intención de explicártelo, de momento haz lo que te digo y ya nos veremos.

– Pero echo de menos follarte, ya sabes que ninguna me da caña como tú. Ninguna sabe cómo.

– Ohggg, venga ya, las hay a patadas y si no saben se lo explicas como hiciste conmigo. Ya nos veremos – Cerré la cancela pero le dio igual, justo cuando atravesaba la puerta de la casa le escuché correr tras de mí. Había saltado por encima – ¿Qué haces? ¡No puedes estar aquí!

– Tú eres la que no deberías estar aquí joder, vente conmigo nena, echo de menos tu chochito mojado y dulce – Agarrándome la cara me besó de esa manera sucia tan propia de él. Se me había olvidado que era tan bueno y se me había olvidado que siempre me estrujaba la nariz con la suya. Le separaron de mí. Hiroshi le separó de mí. Parecía incluso dispuesto a pegarle.

– Por favor, márchese – Aprecié desprecio en la risotada de Kotaro.

– ¿Me acabas de empujar? – Fui a meterme en medio, pero Hiroshi no me dejó.

– Solo le he apartado. Por favor, salga de la propiedad.

– Oblígame – Kotaro le dio con dos dedos en el hombro. Hiroshi respiró hondo y no se movió un centímetro.

– ¿Qué está pasando? – Todos menos Hiroshi nos giramos hacia la voz de Keiji, que se acercaba a nosotros seguido por su hermana – ¿Quién eres tú? – Se puso a su lado, señalándole la salida de la casa.

– Eso mismo me estaba preguntando yo.

                Miré de nuevo a Kotaro porque su tono de voz cambió drásticamente. Y su actitud también. Con la boca abierta le vi guiñarle el ojo a Keiji. Lo que más impresionada me dejó de la escena fue el puñetazo que le dio el santurrón en plena nariz al yakuza. La excusa que necesitaba Kotaro para terminar de gustarle, sentir dolor, con lo cachondo que le ponía ese rollo… Se quejó en algo que más bien fue un gemido seguido de una risa mientras se limpiaba la sangre de la nariz.

– ¡Fuera de aquí! – Exclamó Keiji furioso – ¡Lárgate de esta casa, depravado!

– Kotaro por favor… – Le rogué. Me miró y asintió tras reírse.

– Me voy solo si te vienes conmigo – Al principio creí que me lo decía a mí, pero se giró hacia Keiji – Retiro lo que he dicho antes Ayame, prefiero llevármelo a él. Menudos brazos tienes – Se los acarició. Se le acercó. Le mordió el labio inferior.

                El shock fue tan grande para sus hermanos y para él mismo que ninguno se movió de inmediato. Yo empecé a reírme sin poder evitarlo aunque intentando esconderlo. Les escuché aspirar sorprendidos, a Hiroshi murmurar un “¿Pero qué…?” y a alguien escupiendo una rabiosa retahíla de insultos pasando por mi espalda. Keiji se había quedado tieso, con los ojos muy abiertos, apretando los puños cuando Kotaro le azotó el culo ronroneando en sus labios. Tenía que estar cachondo como nunca en su vida. Daisuke fue el que lanzaba improperios, pasó tras de mí, agarró a Kotaro de un puñado y lo sacó de la casa. Algo le susurró que no vino a por más, no supe si le reconoció o si sus artes de ex yakuza le sirvieron con él.

– Vamos, todo el mundo dentro – Nos ordenó. Le miré aun riéndome y le vi esconder las ganas de reírse a él también. Keiji se encerró en su habitación, sus hermanos no sabían cómo reaccionar.

– Lo siento muchísimo, no volverá a pisar esta casa.

– ¿Estás bien? – Me preguntó Hiroshi, asentí.

– Al que deberías preguntarle es a Keiji san – La risa amenazaba con salir de nuevo por lo que me excusé y me metí en la habitación.

                Tras unas cuantas horas y encerrada en mi cuarto de baño, encendí mi teléfono. Tenía varias llamadas perdidas de Mei, por lo que se la devolví al instante. Probablemente Kotaro le había ido con el cuento de que me había vuelto loca.

¿La ha liado mucho? – Fue lo primero que me dijo al responder.

 – Ha acosado al más casto de la casa. Masculino. Hombre. Ya te puedes imaginar lo que una actitud tan abiertamente homosexual produce en sus cabecitas. Están que no saben qué hacer con sus vidas.

– Madre mía, me disculparía, pero es que no es mi culpa.

– No te preocupes, si me he dado un buen hartón de reír. Lo mejor de todo esto es que a ese chaval le tiene que haber encantado. Una noche pasé por su habitación y tenía porno gay del bueno en el ordenador.

Joder, de esperar incluso – Me rei con ella, la echaba de menos – ¿Y tu enamorado?

– Pues eso mismo, enamorándose. Y no puedo decir que me guste, aunque ya me he enterado de cositas – Le comenté lo que sabía sobre cómo llegaba parte de sus ingresos porque de alguna otra parte tenían que pillar dinero. También le conté lo del coche – Se llevó su buena media hora dedicado solo y únicamente a hacer que me corriese. En mi vida me había pasado.

Esas son las experiencias únicas, atesórala con cariño. Pero a ver si el dedos mágicos va a hacer que seas tú la que te enamores.

– ¡Sí hombre, para esas estamos! – La escuche hacer un ruidito de inseguridad tras mi risa – Es más lengua mágica. Menuda manera de comerme el coño…

Ay, mándamelo un rato. En fin, te dejo que estoy hasta arriba, espero verte pronto. Cuídate.

               Fastidiada guardé el teléfono. No podía dormirme en los laureles si quería volver pronto a mi casa de verdad, tenía que enterarme de todo y para eso tenía que acercarme más a Hiroshi. Quizás incluso a Manami. Me pasé unos cuantos días maquinando cómo hacerlo sin ser descarada, buscándolos por la casa pero sin encontrarlos o al hacerlo, darme de bruces con la excusa de que estaban ocupados. Probablemente fuese porque las lavadoras quedaban apartadas del resto de la casa que siempre mantenía charlas a cierto nivel secretas allí, aunque la segunda la podía haber evitado más que nada por incómoda. Pasaba la ropa de las lavadoras a las secadoras cuando escuché que abrían y cerraban la puerta del pasillo. Volví la cabeza y chasqueé la lengua al ver a Daisuke.

   – Por fin nos vemos solos, joder – Se sentó en las lavadoras que quedaban tras la puerta de la habitación – ¿Dónde cojones os metisteis tú y el imbécil después de estar en la iglesia?

– A ti te lo voy a contar…

– Vamos, que te lo follaste – Se reía como lo que era, un golfo.

– No, no hemos follado – No le falté a la verdad. Penetración no hubo.

– Eso no se lo cree nadie. Está mucho más cómodo a tu lado, algo le has hecho.

– ¿Y a ti qué te importa? – Le miré un segundo para verle encogerse de hombros. No era un hombre feo, pero me gustaba tan poco su actitud que tampoco le podía ver atractivo.

– No me importa, solo me gusta imaginarte haciendo cosas.

– No lo hagas conmigo delante, si no te importa.

– ¿Notaste que a Keiji se le puso dura cuando tu colega le metió mano? – Resoplé, no le iba contar lo del chaval.

– No, estaba muy ocupada intentando no partirme de risa.

– Fue épico. Ese tio necesita que le partan el culo y ya, me parece que es maricón sin saberlo.

– Ni idea, no le conozco – Suspiré, deseando que se largase y me dejase tranquila porque me quedaba un buen montón de ropa por doblar.

             En el intervalo que se quedó callado volvieron a abrir la puerta, pero esta vez no la cerraron. Al volverme le sonreí a la sonrisa de Hiroshi, que se me acercó con prisas. Me puso una mano en la mejilla y me besó en los labios despacio y con cariño. Mientras lo hacía miré a Daisuke, observándonos con un gesto de sorpresa y las cejas levantadas. Se escabulló en silencio, aguantando la risa.

– Hiroshi, no hagas estas cosas sin mirar alrededor – Le advertí más por él que por mí.

– Siempre estás sola aquí, sé que este turno nunca lo haces acompañada y te echaba de menos – No me gustaba un pelo cómo me miraba a los ojos, lo que veía en los suyos era demasiado real.

– Tú se cuidadoso, ¿y si tu hermana hubiese estado tras la puerta?

– Por suerte no estaba, ¿cierto? – Notaba sus ganas de tocarme en cómo me miraba y la puerta seguía encajada, podía entrar cualquiera y joderme el plan – De todas maneras ha sido una visita rápida. Me moría de ganas por ver tu sonrisa – Le sonreí, acojonándome al verle tan sincero y entregado.

             Me besó la mano y se despidió alegando que tenía cosas que hacer. El ambiente desde la visita de Kotaro era extraño. Manami me evitaba y esas miradas de asco absoluto de Keiji cambiaron por unas avergonzadas. Daba la impresión de que sabía lo que yo sabía, pero obviamente era imposible. Sin embargo, a pesar de esos leves cambios en los principales miembros de la casa, mi vida entre ellos era igual de monótona. Al menos hasta que a la noche siguiente tuve que excusarme de la cena antes de tiempo porque me dio la impresión de partirme por la mitad al sentir los primeros dolores menstruales del mes. Manami, que se dio cuenta, dejó de ignorarme unos segundos para llamar tímidamente a la puerta de mi habitación.

– ¿Son los dolores del periodo? – Preguntó al verme enroscada dentro de la cama. Hice el esfuerzo y me senté, qué menos si había tenido el detalle de preocuparse.

– Sí. No suele dolerme tanto pero ya sabes que hay meses que es horrible.

– Toma – Me dio una pastilla que cogí con gusto – Tarda en hacer efecto pero cuando lo hace es parecido a un milagro – Me sonrió. Al agacharse para darme la pastilla me di cuenta de la irritación de sus ojos.

– ¿Estás bien? – Asintió, sonriendo más ampliamente. Una sonrisa tan falsa que me dio hasta pena – Si alguna vez quieres hablar de cualquier cosa puedes hacerlo conmigo. También soy mujer y viniendo de donde vengo lo he visto todo.

– Ah, no te preocupes, estoy bien, no es nada – Volví a incomodarla. Hablar de cómo uno se sentía era tan tabú como el sexo en esa casa – Te dejo descansar, espero que pases buena noche.

– Gracias Manami – Me llamó la atención que al cogerle la mano dio un respingo asustada como la que escucha un estruendo. Se rio nerviosa y se largó.

             Y aunque me preocupó, el dolor en ese momento era la estrella principal. No es que me centrase en esos pellizcos infernales, es que no podía pensar en otra cosa porque de verdad que me partía en dos. Y si creía que ese iba a ser el fin de las sorpresas de aquel día, estaba equivocadísima. Lo que me pareció una eternidad después, llamaron a mi puerta. No contesté y no me volví, pero abrieron de igual manera.

– ¿Ayame san? – Era Hiroshi, quise mandarle a tomar por culo pero me aguanté el mal genio. Un poquito.

– ¿Qué te pasa ahora?

 – Me acaba de decir Manami que te encuentras mal, ¿qué te ocurre?

– El castigo de Eva por comer del árbol de la sabiduría – Protesté entre dientes – Vete a la cama, tiene que ser tarde.

 – No, son solo las nueve.

   – ¡No puede haber pasado solo una puta media hora desde que me vine del comedor! – Cerró la puerta, desistiendo al fin de dar por culo. Sentí que la cama se hundía a mi espalda, o era un espíritu o no le salía de los cojones dejarme tranquilita – De verdad que no tengo ganas de hablar.

– No hables, no pasa nada, ¿dónde te duele?

– Todo de ombligo para abajo, ¿tenéis bolsas de agua caliente?

– ¿Para qué? – Estaba de espaldas a él y noté el calor de su mano en mi brazo. Me miraba sobre mi hombro.

– Para usarlas de almohada, no te jode, ¡para ponérmelas en los ovarios, anormal!

– No me hables así, no he hecho nada malo – A pesar de estar como estaba noté la pena en su voz. Resoplé malhumorada y me disculpé – No pasa nada, es comprensible si estás sufriendo, ¿donde te pones las manos es donde más te duele? – Asentí apretando los dientes.

             Tenía buena voluntad, pero en esos momentos mi paciencia era casi nula. Sentí que levantaba la sábana, no se podía estar metiendo en mi cama sabiendo como sabía que no tenía cuerpo para nada. Abrí los ojos dispuesta a soltarle un improperio de los más gordos cuando le sentí levantarme las manos para colocar la suya, acariciando con la palma la zona de mis ovarios y dándome calor. Pegó su estómago a mis riñones, encajando sus piernas en las mías. El calor de su cuerpo era agradable, sentir su respiración en mi mejilla también y cuando me la besó, suspirando y acariciándola con su nariz, me hizo cerrar los ojos.

   – ¿Qué haces? – Me mordí el labio, negando con la cabeza. No sabía si la pregunta se la hacía a él o a mí misma al sentir lo que estaba sintiendo.

– Quedarme contigo hasta que se te pase, ¿te alivia? – Asentí, apretándole la mano, sintiendo que metía la otra bajo mi cuello, abrazándome por los hombros. Era tan grande comparado conmigo que me rodeaba por completo con sus brazos. Chasqueé la lengua, conmovida por como me estaba tratando – ¿Tanto te duele? Nunca he hablado de esto con ninguna mujer…

– Se me está desgarrando un trozo de carne de otro, imagínatelo. Y cuando lo hagas multiplícalo – Me besó el pelo esta vez, apretando mis hombros – ¿Por qué te gusto tanto?

– Me lo pregunto todos los días, no tengo respuestas. Los caminos del Señor son inescrutables y no sabes cómo me alegra que Dios te haya puesto en mi vida. Solo puedo decirte que me abruma lo preciosa que eres y me apasiona tu forma de ser. Ninguna me ha llamado la atención tanto como tú. Jamás había sentido esto, Ayame chan, y aunque tengo miedo estoy maravillado.

– Por fin pasas al chan – Sonreí. Ser buena en la cama hacía milagros, pero me desmontó la teoría en un segundo.

– Desde que te vi tan perdida y sola en ese callejón sentí que quería ayudarte. No quería ver dolor en los ojos de una chica tan preciosa. Y ahora que te conozco sé que no me equivoco y que no es solo tu físico lo que me atrae. Aunque tus maneras no sean las adecuadas y pongas un muro entre tú y el resto del mundo, sé que no eres mala. Si lo fueses no estarías todo el día ofreciéndole tu ayuda a todos los de la casa. He hablado con ellos y sus comentarios sobre ti son buenos a excepción de tu falta de relación con el grupo. No seas tonta, están ahí tanto como tú para ellos – Volví a chasquear la lengua. Ese tio era un puto imbécil y ahora además del dolor de ovarios sentía una presión en el pecho un tanto diferente.

– Muchas gracias, Hiroshi.

– No me las des. Solo déjame tenerte cerca – Suspiró. A pesar de tener los ojos cerrados, sabía que me estaba mirando – Ojalá pudieses abrirme tu corazón y dejases de ponerte trabas. Quiero conocerte, conocer a la verdadera Ayame y no a la imagen de mujer explosiva con todo bajo control que me das. Sé que hay más, sé que debes tener defectos y debilidades y quiero conocerlos porque estoy seguro de que voy a enamorarme también de ellos – Volvió a suspirar y me susurró, apretándome una vez más – Ojalá fueses capaz de amarme. Quizás pido mucho.

             Apreté los dientes. Por Dios que ese santurrón de casi dos metros no me iba a hacer llorar. Me tocaba los ovarios de una manera exagerada. Estaba conmovida y enfadada a partes iguales. Si no me había enamorado en mi vida esa no iba a ser mi primera vez. Cerré los ojos e intenté ser racional, relajarme, evitar el pánico que me estaba dando la situación. Lo peor de todo es que no era la típica retahíla que me soltaban los tíos para meterla porque Hiroshi sabía que lo tenía cuando quisiese. Lo peor era que sus sentimientos eran reales. Y no sabía si estaba preparada para algo así.

6

Lo bueno de tener un horario de sueño regular era que en cuanto te pasabas de la hora en la que supuestamente deberías dormir, tu cuerpo simplemente era incapaz de estar despierto. Así que en cuanto la pastilla me hizo efecto, me quedé en coma. Y no me sorprendió despertarme a mi hora de siempre, lo que sí me sorprendió fue lo calentita y a gusto que estaba ahí metida con esa mole de carne detrás de mí. Me giré para mirar al imbécil que me traía la cabeza confusa. Le aparté un mechón de pelo del rostro, observando unos lunares en los que no me había fijado. Me encantaban sus cejas. Puede sonar una idiotez pero me parecían bonitas. Y el tono de su piel, más oscuro que el mío. Lo que de verdad me volvía loca era su mirada, tan profunda e intensa. Pero ahora dormía respirando relajado a mi lado a pesar de empezar a escuchar gente por los pasillos. Si no me levantaba pronto vendrían a buscarme y tendríamos problemas. No sabía si era aconsejable o no teniendo en cuenta lo que parecía ser que empezaba a sentir por él, pero le levanté el brazo y lo puse por encima de mí, apretando la cara a su pecho y rodeándole con mis brazos. Le apreté con fuerza, hizo un ruidito de queja y se rio suavemente.

– Buenos días – Susurró.

– Estás loco, ¿por qué te has quedado?

– Porque estaba más cómodo que nunca y tu respiración me tranquilizaba. Eso no lo tengo en mi cama – Me apretó a su cuerpo. Al hacerlo noté que me daba los buenos días otra parte de su cuerpo. Chasqueé la lengua – ¿Qué te pasa? ¿Te sigue doliendo?

– No, pero odio estar mala con la regla. No sabes lo bien que sienta un polvo mañanero – Bajé la mano por su pijama, metiéndola en sus pantalones y mirándole a la cara.

Se mordió el labio inferior, echando las caderas hacia adelante y cerrando los ojos. Se la acaricié despacio, sintiendo sus besos no solo en mi boca, también en mi rostro y cuello. Me encantaba estar con él, su cuerpo, ese sexo lento y pausado al que no estaba acostumbrada. Me encantaba esa manera de disfrutar cada uno del cuerpo del otro, como cuando saboreas un bocado de un manjar delicioso, parándonos a cerrar los ojos para sentirlo todo. Le pregunté cómo y por dónde le gustaba más pero su respuesta fue “así, como lo haces, perfecto” No quería manchar ni mis sábanas ni su pijama, por lo que volví a recurrir a la estrategia usada en el coche. Entre risitas bajé por su cuerpo, lamiéndosela bajo las sábanas y muriéndome de calor. De ganas de sentirle dentro. No hacía ruido, pero si subía la mano por su pecho sentía su respiración agitada y los latidos de su acelerado corazón. Escucharle susurrar lo mucho que le gustaba, sus dedos clavados en mi brazo, su otra mano agarrándome del pelo y su esperma en mi boca. Me encantaba hacer que se corriese, era un vicio darle orgasmos, escucharle rogarme. Me gustaba ese control que ejercía sobre él, nunca me había pasado con un hombre ya que siempre todos querían controlarme. Menos Hiroshi, a él le gustaba dejarse hacer, seguir órdenes sin imponerse en ningún momento. Subí por su cuerpo tras metérsela ya flácida en los pantalones.

– Vete de una vez o van a venir a buscarme.

– No quiero irme – Me acarició la mejilla, besándome en los labios.

– Hiroshi, acabo de comértela.

– Me da igual – Me besó despacio, intensamente, abrazándome la cintura y apretándome la nuca contra él. Me dejé llevar, volviendo a pensar en lo inusual de su comportamiento y en lo mucho que me gustaba.

– En serio, vete – No podía parar de besarle, de mirarle, de acariciarle. Y cada vez era más tarde – Que va a aparecer tu hermana de un momento a otr—

– ¿Ayame, puedo pasar? – Manami en la puerta. Le señalé el baño a Hiroshi, que saltó de la cama y se encerró allí. Le di permiso haciéndome la dormida en la cama.

– Lo siento, he pasado mala noche, ahora mismo me levanto.

– ¿Estás mejor entonces? – Asentí – Me alegro.

– ¿Y tú? ¿Estás mejor? – Ni siquiera puso esfuerzo en la sonrisa que fingió – Manami de verdad que sé escuchar a la gente, si lo necesitas…

– Muchísimas gracias Ayame. Eres… – Respiró hondo y volvió a fingir normalidad – Te veo por la casa – Tan pronto cerró la puerta fui hasta el baño. Casi lo mato del susto al abrir.

– Venga, tienes que salir – Me agarró de la muñeca y me enseñó el teléfono que tenía escondido.

– No puedes tener esto aquí, ya lo sabes. Si otra persona con drogodependencia lo descubre sería una manera de meter en la casa lo que no debe.

– Lo sé, lo uso para hablar con Mei de vez en cuando. Me desharé de él – Se inclinó y me besó la mejilla.

– No hace falta. Por tener otro secreto más contigo no va a pasar nada.

– ¿Ya no tienes problemas con tu señor por no ser honesto y mantener relaciones conmigo?

– El único problema lo voy a tener si alguien se da cuenta de la de veces que voy a confesarme desde que llegaste.

– Sí que es fácil ser cristiano. Oye, hazme un favor y tira el tarro de gomina, estás diez veces más guapo con tu pelo natural.

– Pero si es un desastre – Se estiró una de las muchas ondulaciones de sus greñas alborotadas.

– Y no te afeites. Y vete ya antes de que te tire en la cama a comerte a besos otra vez.

El suspiro que di cuando se marchó no me gustó un pelo. Esa sensación de felicidad ensoñadora no podía ser algo bueno. Era muy consciente de que el amor tal y como te lo venden en las películas no existía, pero todo indicaba que algo de realidad sí que había en esa idea del amor romántico. Y me cabreaba tantísimo encontrarme a mí misma pensando eso que no me faltaron ganas de darme cabezazos contra la puerta del armario. Se acababa de marchar y quería irme detrás, ya le echaba de menos. No podía tener este enganche, tenía que hacer algo por evitarlo. Pero tampoco quería alejarme de él, me encantaba estar a su lado así como esa inocencia, humildad y honestidad que emanaba por los cuatro costados. Daisuke me dejó tranquila el resto del día, Keiji me evitaba más que de costumbre, Hiroshi y su hermana se mostraban ausentes y el resto de la casa me era totalmente indiferente. Pronto habría exámenes de ingreso a la universidad y casi todos se dedicaban a preparárselos. Yo también debería ponerme aunque fuese a fingir que estudiaba ya que no podía vivir toda la vida en la casa sin aportar nada. Pero es que lo único que quería día tras día era ver a Hiroshi, incluso se me habría olvidado que estaba allí por Mei de no ser porque uno de esos días le vi entrar con una cara conocida. Muy conocida en realidad. Y me puse tan celosa que me entraron ganas de gritar. Tuve que darme la vuelta y relajarme a mí misma diciéndome que dejase de hacerme historias mentales antes de acercarme a ellos. Sin embargo, al ver a mi amiga Yuko sonreírle de esa manera dulce volvió el ataque con toda intensidad.

– ¿Qué haces aquí? – Nada más verme, me dio un abrazo echándose a llorar. Hiroshi la miraba con lástima – ¿Qué pasa?

– No puedo estar allí más. No puedo con esa vida. No me sale fingir ser dura cuando no lo soy y estar con Kotaro cuando se nota que no me quiere – Me miró con un resentimiento que se podía meter por el culo – No para de hablar de ti y de que no entiende qué haces aquí y además creo que ha conocido a otra persona porque ya no me toca.

– Aquí vamos a ayudarte a superar esa antigua vida – La tranquilizó Hiroshi – Tienes todo nuestro apoyo y el de Ayame. Intentaré situarte lo más cercana a ella posible.

– Gracias, hombres como tú escasean – Entrecerré los ojos, cruzándome de brazos.

No me gustaba esa actitud que tenía hacia él, se lo diría más tarde. Se lo iba a dejar clarito como el agua. Manami pasó por mi lado, rescatando, como siempre hacía con todos, a la “pobrecita” recién llegada. No sabía cuánto de verdad y cuánto de mentira había en su historia. Quizás Mei se estaba impacientando o quizás se fue de verdad. Tendría que llamarla más tarde. Hiroshi entró en mi campo de visión, inclinado porque desde hacía unos segundos miraba al suelo.

– ¿No te gusta que tu amiga esté aquí?

– Es otra cosa lo que no me gusta, pero da igual. Se me pasará.

– ¿Puedo hacer algo por ayudarte? – Apreté los labios, asintiendo.

– Sí pero tendríamos que salir de aquí. Me gustaría acercarme al bar para hablar con Mei unos segundos en persona.

– ¿Vas a disculparte por haberte marchado?

– Sí, ahora que Yuko está aquí también no debe sentirse muy acompañada. Quiero dejarle claro que ella no es el problema – En realidad lo que quería era enterarme de primera mano de sus planes, pero me dio la excusa perfecta.

– De acuerdo, pero por favor no me pidas que te acompañe dentro del local – Me hizo un gestito con las manos para que entrase en la habitación – Venga, coge lo necesario. Te espero en el coche.

No esperaba irme en ese momento de la casa, pero al verle tan dispuesto me puse en marcha. Solo me eché un par de vistazos en el espejo del baño, tampoco es que tuviese mucho más que llevarme. Me senté felizmente en el asiento del copiloto, tarareando camino al bar. Le pedí que me esperase en el coche y entré en busca de Mei, deseando no encontrarme a Kotaro. En cuanto me vio pegó una carcajada.

– ¿Qué coño llevas puesto que pareces mi abuela? – Le di un abrazo toqueteando su pelo. Se lo había recogido en trencitas.

– Estoy completamente integrada en el seno de la familia.

– Ya, claro, no lo dudo, ¿a qué se debe la visita de una mujer devota a su señor?

– No vengo a predicar el evangelio, tranqui. Pero sí a saber qué cojones hace Yuko en la casa.

– Se ha ido de verdad, ahora me viene con que quiere cambiar. Me he quedado muerta.

– Pfff… en fin, se veía venir. Una niña con gustos tan finolis y tan tontita no iba durar mucho, ¿cómo va el negocio?

– Igual que siempre. En el momento en el que os vais aparecen chicas nuevas dispuestas a quedarse vuestro puesto. Sientate y tomate algo conmigo.

– No puedo, tengo a Hiroshi esperándome fuera. Me ha traído – Me enrollé el pelo en un dedo, meneándome y fingiendo vergüenza.

– ¿Te va a llevar a dar una vueltecita por el parque?

– No, no era el plan. Pero ahora que lo dices lo mismo soy yo la que le lleva por ahí.

Fui a mi habitación, asqueándome al ver lo desordenada que la había dejado. Algo bueno tenía que sacar de vivir con gente que le daba tantísima importancia a la imagen. Como le dije que iba a hacer, cogí mi modelito favorito: un conjunto de falda y chaqueta azul marino con un top que casi era un sujetador rojo y gris, como los tacones. Me pinté los ojos de negro, los labios de rojo, le di volumen a mi pelo y me eche perfume del caro que me regaló uno de mis clientes. Me llevé la ropa de monja en una bolsa y me despedí de Mei, que suspiró al verme más como yo misma. Al estar en el barrio que estaba, los hombres se me quedaban mirando con una sonrisa. Esperaba que a Hiroshi no le diese un infarto. Di golpecitos en su ventanilla para que la bajase.

– Vamos guapo, te lo dejo barato – Le dije apoyando los brazos en la ventanilla abierta, guiñándole el ojo.

– ¿¡Eh?! Pero, ¿¡Ayame?! – Se puso colorado, mirando a su alrededor y observándome boquiabierto.

– ¡Baja de ahí, vamos a dar una vuelta! – Su cabeza volvió a hacer cortocircuito ante la mención de cambiar la rutina. Tiré la bolsa con la ropa de Manami al asiento del copiloto, dándole dos palmadas en el muslo – ¡Venga! Sabes que no hay nadie fuera de la casa que me vaya a reconocer, no pasa nada. Quiero pasármelo bien contigo fuera de esas cuatro paredes o de este trasto.

– ¿Pero dónde quieres ir? – Subió la ventanilla y salió del coche cerrándolo. Se quedó mirándome pasmado, le agarré del brazo y caminé calle arriba – No te acerques tanto en la calle, ten algo de decoro.

– ¡Uy! Yo de eso no tengo, Hiro chan. Nadie nos conoce, no pasa nada, ¿prefieres darme la mano? – Asintió. Se mostraba tenso, apenas levantaba la vista del suelo o de mi persona – Relájate.

Le llevé de la mano hasta uno de los restaurantes que más me gustaban. Preparaban unas gyozas que quitaban el sentido. El chavalote no paraba de flipar con el sabor de la todo porque, según me dijo, apenas comía en la calle. Me contó que por la educación de sus padres apenas salía de casa. Fue a un colegio e instituto cristiano, separado por sexos y como esperaba fue criado sobre la base de ser bueno con todas las personas. Yo le invité a comer, cosa que le incomodó, pero él me invitó a un helado.

– ¿Te gustaría pasear por el parque? La gente nos presta demasiada atención…

– ¿Tú nos has visto? ¡Claro que nos miran! Tú con tu ropita de marca, tan bien peinado y acicalado, y yo con mis pintas.

– ¿No tienes frío?

– No, de momento no. Seguro que después de comerme el helado se me ponen los pezones como timbres – Al reírse escupió el helado, mirándome con la cara colorada. Caminamos juntos y tranquilos por el parque. Le miré y le encontré sonriendo ampliamente, mirando su helado de vainilla – ¿Qué te hace tan feliz? – Se rio avergonzado.

– Esto, estar así y aquí contigo. Pero tengo que admitir – Se rio, su risa era aguda, contagiosa – Que jamás habría imaginado encontrarme en tal situación y con una persona tan particular como tú – Tiré a un cubo de basura los restos de mi tarrina de helado y me senté en un banco – Antes de conocerte me pasaba las horas soñando despierto con hacer estas cosas.

– Curioso que luego nunca son como las imaginamos, ¿verdad? Ah, hablando de imaginar – Alcé la ceja y le cogí la mano una vez hubo acabado de comer. Inmediatamente miró a su alrededor – No hay naaaadie, este parque es conocido porque vienen las parejitas. Si hubiese alguna persona va a pasar de nosotros.

– No puedo, me pone muy nervioso que me toques en la ca—

Apoyé mi mano en su pierna y tirando de su nuca le besé con ganas, apretándole del muslo. Sus dedos se me clavaron en las muñecas, aspiró por la nariz, dando un quejidito agudo y tembloroso que me hizo reír.

– ¿Qué haces? – Gritó en susurros – Ayame, por favor, compórtate.

– No quiero, no me da la gana. Suficiente me comporto en casa. Hoy voy a ser un poco más yo. Y tú – Le agarré de la barbilla, me miraba la boca, muerto de vergüenza por lo cerca que estaba de él – Tú me vas a contar ahora mismo tus fantasías sexuales más escondidas – Se tapó la boca, riéndose histérico.

– No, no voy a hablar de eso. No puedo hablar de eso en la calle – Susurraba todo el rato.

– No te pediría que hablases del tema si hubiese alguien alrededor, estamos solos Hiroshi. Si quieres te cuento primero la mía, aunque ya la he cumplido varias veces…- No dijo ni que sí ni que no, pero me observaba esperando que siguiese dándole información. Le miré a los ojos, con mi mano bien arriba de su muslo y los dedos acariciándole el mentón – Esa antigua fantasía era rozar mi clítoris con el de otra mujer mientras a ella le daban por culo – Apretó los labios, apartándome la mirada.

– ¿Y has hecho eso? ¿Más de una vez? – Asentí.

– ¿Te acuerdas del que besó a tu hermano? ¿Y sabes de esta chica nueva, Yuko? Fue con ellos y muchas veces.

– No voy a poder hablar con ella después de esto – Se refregó la cara con las manos.

– Ahora tengo una nueva, contigo, ¿quieres saberla? – Resopló, pero asintió. Le susurré al oído – Follarte en el confesionario de la iglesia.

– ¡¡Estás loca!! – Me aparté de él dando una carcajada, asintiendo – Jamás va a pasar.

– Lo sé, por eso es una fantasía – Se quedó mirándome tan serio que de verdad pensé que se había enfadado. Sin embargo suspiró, negando con la cabeza, aparentemente abatido.

– Verdaderamente somos de mundos opuestos…

– Cuéntame algo nuevo – Al decirle esa frase se molestó y no entendía por qué, era evidente – En fin, ahora que sabes lo sumamente guarra que soy, cuéntame la tuya. Cuéntame en qué piensas cuando te masturbas – Tragó saliva, bajando tanto la voz que apenas le escuchaba.

– No sé, solo pienso en ti y en tu cuerpo. En tus labios y en verte… desnuda.

– Me encanta lo fácil que es escandalizarte, lo rápido que te pones colorado por las cosas más tontas – Le acaricié el pelo de la nuca cuando se miró las manos, apretándoselas. Estaba muy nervioso – ¿Quieres besarme?

– Sabes que sí – Le puse los morritos y cerré los ojos, pero no se movía – Creo que viene alguien – Abrí un ojo y le vi mirar hacia la dirección opuesta a mi cara. Hice un ruidito de protesta y cuando volvió a mirarme volví a cerrar los ojos. Le escuché reírse. Sentí sus labios fugazmente en los míos.

– Eso no ha sido ni un intento de beso. Imagina que estamos en tu habitación, ¿qué harías?

– Ponerme notablemente nervioso por tenerte allí – Me tuve que reír, dejando caer la frente en su hombro.

– Eres mi tontorrón y siempre vas a serlo – Le pasé los brazos alrededor del cuello y le besé la mejilla, escuchándole decir mi nombre con la intención de llamarme la atención – ¿Quieres tenerme allí? ¿Quieres hacerme el amor esta noche? – Sabía que si se lo planteaba de esa manera le gustaría más que si le decía cualquier barbaridad de las mías. Dejó escapar el aire de los pulmones hinchando los carrillos y mirando al cielo.

– Qué cosas me preguntas…

Al volver a mirarme le besé despacio, y esta vez no me apartó. Tampoco me abrazó de primeras, seguía sin tocarme a pesar de haber pasado un brazo tras mi espalda. Apoyé mis manos en su pecho, mirando hacia arriba porque su altura no variaba ni sentados. Cuando le acaricié el cuello con mis uñas y su lengua con la mía, reaccionó. Me abrazó despacio pero con fuerza, me atrajo hacia él, me devolvía los besos, cada vez más tórridos. Me hizo apoyar la espalda en el banco, me puso la mano en el muslo. Se estaba descontrolando. Ni se enteró de que alguien se reía a nuestra espalda. Sentí toquecitos en el hombro.

– Es cojonudo verte de nuevo como tú y no disfrazada – Kotaro llevaba sus galas, su traje de chaqueta rojo y llamativo. Me tuve que reír al ver el cigarro detrás de su oreja – Lo que no sé es si me gusta es que no sea mi lengua la que te hace mojar las bragas.

– Vete a tomar por culo, chulo de mierda – Me pellizcó la mejilla. Hiroshi se meneo inquieto en el asiento. Kotaro le miró y se inclinó levemente.

– Siento lo de tu casa y siento haberme puesto chulo pero es que esta tía me desquicia, seguro que me entiendes – Mi grandullón era todo hostilidad. Se puso en pie y temí que fuese a enfrentarse a Kotaro porque tenía las de perder. No sabía pelearse casi seguro.

– Creo que sería adecuado marcharnos – Me ofreció la mano y se la cogí.

– Oye, cuídate y deja de hacer el gilipollas por ahí – Kotaro me levantó el pulgar, guiñándome el ojo. Cuando nos marchábamos su atención se desvió hacia una chica extranjera, morena de pelo corto que pasaba por su lado, preguntándole un “¿Cómo tú tan caliente y sin mi compañía?”

7

– No le soportas, ¿eh? – Pregunté ya dentro del coche. Me tomé su silencio como un sí – ¿Estás enfadado?

– No, solo quiero volver. No deberíamos estar en la calle, para empezar.

No entendí muy bien su cambio de actitud pero tampoco pregunté. La verdad es que nos cortó de lleno, pero en fin, ese gilipollas era experto en cagarla y en meterse donde no le llamaban. Al llegar a la casa me quité los tacones para no hacer ruido. A esas horas todos, con seguridad, estaban en sus camitas como niños y niñas buenas. Me despidió en la puerta de mi habitación. Le agarré de la manga de la camisa.

– Eh, ¿No quieres—

– Buenas noches, Ayame – Le vi alejarse y tras dudar un poco le seguí silenciosamente. Antes de que cerrase la puerta la empujé, colándome en su dormitorio y cerrándo sin dejar de mirarle – ¿Qué haces?

– ¿Por qué estás tan enfadado conmigo si no he hecho nada para ofenderte?

– No entiendo la relación que tienes con él. No me gusta. Me… – Nunca me había mirado de esa manera: molesto, ofendido, enfadado – Me mata imaginar todo el placer que ha sido capaz de proporcionarte cuando yo soy tan impresionable e inexperto.

– ¿Te preocupa no saber satisfacerme? – Me quité la chaqueta, seducida por esos ojos salvajes y furiosos – Ya te dije que en el coche me hiciste sentir como nunca lo han hecho. Ni siquiera Kotaro – Dejé que la falda me resbalase por las piernas – Tú puedes darme cosas que él nunca me dará – Su expresión cambió de indignada a lujuriosa tan pronto dejé mis pechos al aire.

Subí las manos tocando su barba, miré sus labios y humedecí los míos. Le besé. Nos besamos muy despacio y muy brevemente. Parecían los primeros besos de dos chavales de doce años. Sin embargo, poco a poco, fueron madurando, transformándose en algo más intenso y profundo. Besos largos, pausados, besos en los que nos respiramos el uno al otro. Le quité la camisa, me encantó sentir mi pecho desnudo contra el suyo. Por las cortinas entraba la tenue luz artificial de una de las farolas de la calle, luz que le sirvió para inspeccionar mis tatuajes uno a uno. Pasaba las yemas de los dedos por las ondas, por las curvas y las múltiples flores de sakura que adornaban mis hombros, pecho y cintura. Las besó, pasó su boca por mi piel, oliéndome, acercándose cada vez más a mi ombligo. Se arrodilló en el suelo, me abrió las piernas, mirándome entre ellas, esperando instrucciones. Me reí suavemente, tumbándome en su cama y pidiéndole que hiciese lo que le apeteciera de verdad. Que cumpliese conmigo sus deseos más ocultos. Y lo primero que hizo fue morder la cara interna de mis muslos con suavidad. Lamió mis ingles. Inspiró profundamente con la nariz enterrada en mis bragas, dejando escapar un gemido. Me pellizqué los pezones al tiempo que me bajaba las bragas. Como hizo en el coche, me lamió sutilmente, solo que esta vez, antes de centrarse en mi clítoris, pasó su lengua por mi sexo de lado a lado y de arriba abajo. La hundió en todos los huecos, saboreó lo que tenía para ofrecerle. Me excitaba observar los gestos de su cara, me volvía loca verle apretar mi clítoris con dos dedos para que después su lengua apenas lo rozase. El contacto era tan directo que se me hacía insoportable. Me retorcía, le tiraba del pelo, de las sábanas, le clavaba las uñas en los brazos y los hombros. Me sentaba en la cama quejándome para volverme  a tumbar y cuando más excitada estaba, deslizó sus dedos en mi interior. Me corrí entre gimoteos, entre sollozos de puro placer que me reventaba las terminaciones nerviosas, con la mente en blanco. Me senté por completo, tirándole del pelo y obligándole a besarme. Le tumbé boca arriba, me monté a horcajadas sobre él.

– Ayame – No le bajé los pantalones, solo le abrí la cremallera y se la saqué de los calzoncillos – No tengo preservativo, en esta casa no hay – Le mandé a callar.

– Golpéame los muslos cuando sientas que te corres.

– Lo siento desde que te he olido…

Al escuchar eso le besé entre sonrisas y opté por no masturbarle, iba a durar un suspiro si lo hacía. La deslicé despacio entre mis labios mayores, entre los menores, hacia mi interior. Le sentí estimularme, llenarme poco a poco. El roce de su piel caliente, su erección ensanchándose en mi interior, empapándose de mí. Miré su expresión, no respiraba hondo, daba cortas aspiraciones e intentaba mantener los ojos abiertos. Intentaba mirarme pero al parecer el sentirme apretarle era demasiado. Cuando finalmente me senté sobre él, me incliné y le besé en los labios.

– Estoy dentro de ti, Ayame, es… esto es… – Guie sus manos hasta mis pechos.

– Sí Hiroshi – Moví mis caderas despacio, gimió escandalosamente – Muy adentro.

En ese momento descubrí que le encantaba que le hablase. Le encantaba escucharme decir lo mucho que me gustaba, que narrase lo que estaba pasando. Y lo hice, y le dije que me llenaba, que adoraba su polla, que me corría despacio, que necesitaba más. Tenía tantas ganas de follar con él que tan solo mirarle y escucharle me deleitaba  Mis caderas le golpeaban con energía, me miraba y cerraba los ojos, me rozaba el clítoris provocándome sensaciones muy cercanas al orgasmo, se mordía el labio, gemía, escupía mi nombre al aire, me levantó de su polla.

– Deja que yo me mueva – Se miró la erección, apretándose el glande con el pulgar, el índice y el anular – Creo que ya…

– No te corres, es la sensación que te da, ¿quieres darme de espaldas?

– Quiero mirarte a la cara.

No era mi posición favorita ni mucho menos, pero me tumbé boca arriba con su cuerpo sobre el mío. Era su primera vez, que fuese a su gusto. Tan pronto volvió a penetrarme, sus fuertes gemidos se reanudaron ahogados contra mi cuello. Me miró a los ojos, acariciándome las mejillas. Jamás me habían follado tan despacio y por supuesto jamás habría imaginado sentir placer de otra manera que no fuese destrozándome las caderas. Pero lo sentí. Un placer diferente. Un placer que además de ser tan intenso como cualquier otro, tenía el componente extra de sus besos y sus caricias. Le dije, sabiendo que le encantaría, que nadie me hacía el amor así. Gimió besándome, gimió apretándose a mí un par de veces, metiendo su mano entre su pelvis y la mía para acariciarme el clítoris. Le mordí el hombro, clavándole las uñas en la espalda al correrme tan despacio, tan insoportablemente despacio que me daba la impresión de que el orgasmo no acababa nunca. No recordaba haber estado tan mojada con excepción de un par de veces en mi vida. Me estremecía, apenas podía moverme. Dejó de rozarme con sus dedos para hacerlo con su erección y al darme cuenta de que estaba a punto de correrse, moví las caderas, atrapándola con mis labios menores. Solo quería frotarme con él pero, al estar tan húmeda, resbaló de nuevo en mi interior, en pleno orgasmo. Me miró susurrando un débil no, pero se deshizo en mis brazos. Me daba igual, ya tomaría medidas. Y es que Hiroshi gemía, gemía sin poder evitarlo, mezclando gruñidos con gemidos para nada roncos, incontrolados. Hacía mucho que no sentía a un hombre correrse en mi interior, me provocó un último orgasmo no tan intenso como los anteriores pero placentero de igual manera. Me miró a los ojos, jadeante y sudoroso. Le besé con una sonrisa, tumbándole a mi lado. Le acaricié hasta que ambos nos íbamos quedando dormidos. Y justo antes de caer rendida le escuché decirme que me quería.

Por primera vez en mi vida, respondí con un honesto yo también

Me desperté antes del amanecer y tras darle un beso en la mejilla corrí hacia mi habitación con toda mi ropa en los brazos. Con una sonrisa volví a quedarme dormida hasta la hora de levantarse. Los días siguientes estaba radiante, incluso guié un poco a Yuko para que aprendiese cómo se hacían las cosas por allí. Solo tuve contacto con él para que me trajese de la farmacia las pastillas del día después y aunque le pedí que comprase condones, el muy tonto no se atrevió. Sin embargo, al tercer día, después de esa primera vez tan magnífica, le encontré en un pasillo. Lo primero que hizo fue sonreírme ampliamente. Tras eso, miró a su alrededor y me empujó dentro de la primera habitación vacía que encontró

– Hiroshi, no te la juegues – Una sonrisa estúpida se me plantó en la cara tan pronto tuve su atención fija en mi persona – ¿Otra vez a confesarte?

– Si no queda más remedio…

Le empujé contra una estantería, pasándole las manos por la camisa, besándole como a ambos nos encantaba. Nos acariciábamos, nos apretábamos, nos movimos hacia una mesa cogiéndome él en peso, y tiramos algo que hizo mucho ruido. Asustados, recogió un portátil del suelo, un portátil que yo había visto. Al mirar a mi alrededor me di cuenta de que estábamos en la habitación de Keiji.

– Menudo cuarto al que hemos ido a entrar – Le vi abrir la tapa del ordenador para comprobar si estaba en buenas condiciones y al acordarme de lo que yo me encontré, la cerré bruscamente – No mires las cosas de los demás y vámonos de aquí.

– Solo iba a comprobar si funcionaba.

– Que lo compruebe tu hermano, deja eso tranquilo – Le saqué de la habitación pero antes de alejarme me vi obligada a decir algo – Y por cierto, ten cuidado con Yuko, viene del mismo sitio que yo y seguro que tiene las mismas necesidades, espero que sepas por dónde voy – Se rio avergonzado, negando con la cabeza. Se acercó y me habló en susurros.

– ¿Qué más dan sus intenciones? A la que yo amo es a ti y eso no lo va a cambiar nadie – Le di un apretoncito cariñoso a su mano, mirando sus labios porque esos besos me habían sabido a poco.

– Quiero dormir contigo otra vez – Puse un mohín, fastidiada porque lo quería de verdad.

– Eres una influencia terrible, no paro de hacer lo que no debo, ¿segura de que no eres un esbirro del infierno? – Me reí perversamente poniéndome dos dedos a modos de cuernos. Dio una carcajada y sin pensárselo dos veces me besó en los labios cogiéndome de las manos.

– Me encantas Hiroshi.

Se mordió el labio. Era un gesto que empezaba a asociar a un estado de excitación por su parte, lo que me excitaba a mí. Volvió a besarme de una manera sutilmente más lasciva. Escuché un “oh” proveniente de su espalda. Me alejé de él de inmediato, mirando a Manami con aspecto culpable. Hiroshi se rio, rojo como un tomate, disculpándose con su hermana. Se despidió de mí susurrándome un “lo siento” y se marchó a toda velocidad pasillo arriba.

– Sasaki san, ¿podemos hablar? – Asentí, esperando una reprimenda por lo que acababa de ver. Me llevó a su habitación, mucho más espaciosa que la mía, y me ofreció sentarme en el borde de la cama.

– Lo único que puedo hacer es disculparme por besarle en público, no es su culpa, soy yo la que le tienta.

– No creo que sea verdad, le he visto, ha sido él quien te ha besado y te ha pillado por sorpresa. No digo que me parezca una actitud correcta y mucho menos en público pero… pero no era eso sobre lo que quería hablarte, no me importa que hayas comenzado una historia con Hiroshi. Es más, me alegra que al fin haya encontrado el amor. Lo que quiero saber es cómo lo hago para que Daisuke sienta lo mismo por mí.

– Oh, bueno, ¿no estabais comprometidos? – Se miró las manos. Los ojos de esa mujer eran tristes y siendo tan preciosa como era y tan aparentemente buena no le encontraba sentido – ¿Crees que no te quiere?

– No lo creo, lo sé – Algo tuvo que ver en mi cara que negó con la cabeza – No quiero molestarte con mis problemas, lo siento.

– No, te dije que estaría si me necesitabas, ya que me acogéis sin pedir nada a cambio es lo menos que puedo hacer.

– Al principio de estar juntos veía gran interés por su parte. Me cogía de la mano al pasear, me dedicaba las palabras más dulces, me acariciaba la mejilla, incluso alguna vez me dio un beso. Pero al dejarle claros mis principios nunca más ha vuelto a tocarme.

– ¿Tus principios? Guíame un poco, me pierdo – No paraba de tocarse la espesa mata ondulada de pelo castaño. Tenía la misma boca que Hiroshi, pero no sus ojos.

– No debo tener relaciones sexuales antes del matrimonio, es mi religión, son mis creencias. Él dice compartirla pero no actúa como tal. Algunas chicas – Tuvo que parar para aclararse la voz – Algunas chicas de la casa me han dicho que ha intentado besarlas.

– No entiendo por qué sigues comprometida con él, ¿Hiroshi sabe todo esto?

– ¡No! Si se entera le va a echar.

– Y yo creo que es lo mejor que te puede pasar.

– Pero Ayame san, le entiendo, es un hombre y como tal tiene nece—

– No, ni de puta coña voy a aguantar que excuses su comportamiento acosador de mierda hacia otras chicas y lo muchísimo que te falta al respeto – Me di cuenta de que me pasé justo al ver su rostro ente espanto y ofensa.

– ¿Por qué dices esas cosas? – Estaba a punto de llorar, pero es que iba a explotar si me callaba.

– Lo siento, pero no pretendas contarme estas cosas esperando escuchar lo que quieres oír. Una persona que te aprecia te dice las cosas como las ve y lo siento si soy brusca pero es que ese mierda no te merece. Te mereces a un tío que respete tus creencias y que no tenga necesidad de follar con otras porque es un animal y se mueve por instinto. Joder, puede pararse a pensar, ¿no? Si te quisiese de verdad se pondría en tu lugar y si no te quiere no tienes nada que hacer. No hay una solución mágica o yo por lo menos no la tengo.

– Sí, la tienes, abrirte de piernas a la primera de cambio – Miré a mi espalda, Daisuke había entrado en la habitación – ¿Quién te crees que eres para hablar sobre lo que no sabes?

– Vamos por partes – Me levanté, haciéndole frente. Si se creía que iba a achantarme por ser un hombre la llevaba clara. Ese no sabía con quién estaba hablando y por las cosas que había pasado – Si me abro de piernas a la primera de cambio es porque yo tengo valores diferentes a ella y en mi mundo, tener relaciones antes del matrimonio no es malo y por supuesto no valgo menos por ello. No me vas a avergonzar por disfrutar del sexo y mucho menos cuando has intentado follar conmigo – Miré a Manami, que lloraba con las manos en la boca – Sí, lo siento, ha pasado. Lo último que quiero es hacerte daño, créeme.

– Es increíble que vengas aquí creyéndote alguien, destrozando las vidas de los demás, hablando demasiado y haciendo muy poco – Se me acercó, amenazador.

– Yo no destrozo la vida de nadie, de eso te encargas tú solo haciéndole daño a una chica que lo único que desea por tu parte es cariño y amor cuando lo que vas buscando es un chocho en el que mojarla. Conozco a los tíos como tú, y sé que si ella te hubiese dicho que sí y pudieses hacerle el amor cuando quisieses, incluso si te la chupase de vez en cuando, seguirías con la pantomima de estar enamorada de ella.

– ¿Cómo haces tú con Hiroshi? – Se rio al ver mi expresión. Sí, hice eso con él. Solo que habían cambiado un poco las cosas – ¿Ya no hablas? ¿Te has quedado muda? No eres muy diferente a mí.

– Sí, lo es – Hiroshi entró en la habitación también. Quería morirme – Ella nunca me ha dicho que me quiere sin antes sentirlo. Y aunque me lo diga sé que no siente por mí lo mismo que yo siento por ella. Yo no estoy engañado, pero por lo que veo y oigo mi hermana sí.

– Dejadle, parad ya – Me volví al susurro lastimero que escuché a mi espalda. Manami nos imploraba con una mirada cansada – Dejad de decir esas cosas. Daisuke no es así.

– ¿De verdad estás tan ciega? – Me acuclillé a su lado, cogiéndole las manos – Se soltó de ellas mirándome disgustada.

– No me toques con esas manos, a saber lo que has hecho. No quiero verte más por aquí. Aléjate de mi hermano, aprovechada, asquerosa – Me levanté atónita. Miré a Hiroshi, que parecía a punto de sufrir un infarto. Daisuke pasó por mi lado con una sonrisita casi imperceptible.

– Si no os importa salid de la habitación de mi prometida. Tengo que hablar con ella y no os incumbe en absoluto.

Asentí, dándome cuenta de que había metido la pata hasta el fondo. Echa una furia me metí en la que había sido mi habitación esos días, recogiendo la poca ropa que tenía a puñados. Me largaba en ese mismo instante. Hiroshi entró tras de mí, agarrándome las muñecas. Me solté enfadada.

– Deja que hable con Manami, no tienes por qué marcharte.

– Sí, sí tengo por qué. En esta casa nadie es honesto ni con los demás ni con ellos mismos. Nadie dice verdaderamente lo que piensa, todos esconden sentimientos y todos fingen. No puedo ser yo, estoy harta de hacer un papel. Y es una puta pena porque estaba empezando a conectar contigo a otro nivel.

– Ayame, eso no es verdad. Yo soy sincero.

– ¿Sí? ¿Por eso rechazabas mis insinuaciones los primeros días? ¿Por eso nos tenemos que ir a la playa o que escondernos en tu cuarto o en el de tu hermano si queremos tocarnos? Que, oh, por cierto, no quería que mirases su portátil porque resulta que es maricón y un apasionado del porno gay – Miró al suelo, incómodo – Si es que ni esa palabra puedo decir en voz alta sin que os sintáis violentos, por dios…

– Ya lo sabía. Sabía que a él le gustan los hombres, precisamente por sentir esa desviación sexual quiere ser cura.

– ¿¡Desviación?! Por favor, no puedo más. Es que no puedo…

– Ayame, no me dejes – Me rogó, cogiéndome de la mano – Por favor, por favor. Nunca he amado a nadie. No te vayas. Danos una segunda oportunidad. Te necesito.

– No, no digas eso. Necesitar a alguien para ser feliz no es sano y si eso es lo que te pasa conmigo me disgusta. No está bien. No se puede depender tanto, joder. Y ni se te ocurra rebajarte al nivel de rogarle a una persona que quiere irse. No seas Manami – Sabía que decirle esas palabras sería peor, pero no podía tolerar ese comportamiento por su parte – No me voy porque no me guste estar contigo, adoro tu compañía aunque seas tan cerrado de mente – Vi la esperanza en sus ojos, no quería liarle y lo estaba haciendo – Pero no puedo quedarme aquí ni un segundo más – Se sentó en el borde de la cama, observándome desesperado acercarme a la puerta cargando con mi mochila – Lo siento.

Me incliné para darle un último beso apretándole el hombro con cariño. Me acarició las mejillas con ambas manos, mirándome a los ojos de una manera que me destrozó por dentro. Nunca había llorado por un hombre, jamás, y esa no iba a ser la primera vez. Odiaba los dramas, suficientes problemas tenía en la vida para buscarme unos extras y en esa casa, todo era un drama. Al salir me crucé con Keiji, al que paré agarrando del brazo.

– No tienes por qué esconder lo que sientes, no tienes nada de lo que avergonzarte. Si alguna vez quieres liberarte llámame. Tu hermano tiene mi teléfono.

– ¿De qué estás hablando? – Negué con la cabeza. No tenían remedio y yo no me iba a quedar para solucionarles la vida.

8

                Ya que en el tiempo que estuve en la casa no gasté nada de dinero, pude coger un taxi hasta mi verdadero hogar. O el que yo consideraba que lo era. Sentí añoranza y cierta felicidad nada más cruzar la puerta y tras dejar mi mochila en mi dormitorio, exactamente en el mismo estado que lo dejé, caminé hasta la habitación de Mei. Llamé con los nudillos y abrí avergonzada cuando me dio permiso.

– ¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?

– Me he pasado de sincera con la señorita de la casa y me ha echado – Suspiró, dando golpecitos en la cama. Pasé y le conté la que se había armado.

– No te faltaba razón, pero podrías haberte callado la puta boca, con lo bien que ibas.

– Lo sé. Es que me arden las entrañas ante ese tipo de injusticias, no puedo callarme. Lo siento mucho. Y siento no haberte traído mucha información. Manda a otra, yo que sé.

– Es igual, no importa. Seguiremos como estamos y ya está, daré la investigación por fallida y santas pascuas.

– Por favor, no vuelvas a nombrarme nada santo en una temporada…

– ¿Segura de que no vas a echar de menos al grandullón? – Suspiré mirando al suelo.

– Hiroshi es lo único que ha merecido la pena de todo esto, se ha quedado hecho polvo.

– Pero ibas a volverte tarde o temprano. Mejor que haya pasado ya. Quién sabe, quizás encuentre consuelo en los brazos de Yuko.

Me levanté, esperaba que eso no pasase. No quería que sufriese eternamente pero tampoco quería que acabase con ella. Ni con ninguna. Esa noche me la dejó libre para que me ajustase de nuevo. Al día siguiente no solo trabajé, es que mis habituales al verme de vuelta no me dejaron descansar ni un segundo desde que abrió el local. Kotaro fue el que apareció pletórico por tenerme de vuelta. Estuvo un buen rato dándome por saco mientras ordenaba mis cosas y limpiaba el polvo de mi habitación.

– ¡Por fin entras en razón! Menuda pandilla de gilipollas estirados con los que convivías…

– Déjame Kotaro, no tengo ganas de estar contigo – Se sentó en mi cama, peinándose las mechas rubias hacia atrás y levantando la barbilla.

– ¿No la echas de menos? – Se rozó la bragueta, fingiendo un gemido – Porque ella te echa de menos a ti.

– Ve a follarte a Keiji por el culo – Dio una carcajada y hasta un aplauso.

– ¡Ojalá! No sabes lo cachondo que me puso al darme ese puñetazo.

– De verdad que estás fatal de la cabeza.

– No peor que tú, que te has enamorado de un meapilas – Me giré, mirándole ofendida más por como habló de Hiroshi que por lo de estar enamorada. Tiró de mi mano y me acercó a él, acariciándome el culo – Si no estuvieses enamorada ya me la estarías chupando.

– Siento cortar vuestra interesante conversación – Mei asomó la cabeza a mi dormitorio cuando le ponía la mano en la cara a Kotaro, alejándole de mi con una sonrisa. Llevaba razón, antes de todo eso adoraba tocársela. Pocas veces se veía un rabo tan grande – Creo que uno de los de esa casa está en la puerta preguntando por ti – Corrí hacia el piso de abajo con el corazón en la garganta.

– Lo que yo decía, hasta las trancas – Escuché a Kotaro murmurar.

Y le sentí bajar las escaleras a mi espalda, dispuesto a presenciar el espectáculo. Por más que le pedí que se quedase dentro ni caso me hizo. Tuve que pararme y rogarle por favor que no saliese al rellano para que finalmente cediese con la excusa de quedarse lo suficientemente cerca como para enterarse de todo. No me creía que fuese tan sumamente cotilla. Respiré hondo, crucé la cortinilla de cuentas de la entrada y me decepcioné al ver a Keiji allí plantado.

– ¿Me has hecho caso al final? – Ignoró mi pregunta.

– Tienes que volver, me da igual lo que diga Manami.

– ¿Y eso por qué? ¿Me echas de menos? – Me crucé de brazos, riéndome escéptica.

– Obviamente no, pero mi hermano está… no está. Se niega a salir de su habitación como no sea para comer o ducharse.

– Yo no soy responsable de su conducta autodestructiva. No voy a volver a donde ni me quieren ni me respetan. Quedaos vuestras mentiras para vosotros y si Hiroshi quiere algo de mí, que venga él en persona.

– No sé cómo puedes dormir por las noches…

– Yo tengo mi conciencia muy tranquila – Mentí – Al contrario que otros que esconden su verdadera identidad por miedo al qué dirán o a ser juzgado por un ser divino al que no le importamos un carajo – En ese punto de la conversación, Kotaro rompió su promesa y se asomó. Keiji dio dos pasos atrás nada más verle.

– ¡Mira quién ha venido! – Keiji se le quedó mirando, confuso. Kotaro tenía la camisa abierta de par en par y aunque yo estaba acostumbrada a sus tatuajes, sabía que para el resto del mundo eran intimidantes. Sin embargo, para Keiji parecían fascinantes. O más bien se lo parecía lo de debajo de los tatuajes – Ayame, déjame tu habitación un rato, ¿no?

– No le acoses – Le pasó un brazo sobre los hombros. Al ver la expresión de embobamiento de Keiji mirándole los labios empecé a dudar sobre si era acoso o no.

– Vente con nosotros, enseñémosle lo que es un orgasmo de verdad.

– No me gustan las mujeres – Murmuró. Nada más darse cuenta de lo que había dicho nos miró asustado.

– Tranquilo, no voy a juzgarte. Haced lo que os dé la gana pero intentad no ser muy escandalosos. Si Mei pregunta por mí me he ido a dar una vuelta. Ah, y Kotaro, déjale ser el activo que lo vas a reventar.

– Está todo controlado.

No escuché quejas por parte de Keiji, así que me fui tranquila y esperando a que experimentase una primera vez en condiciones. No quería pensar en Hiroshi porque me sentía culpable. Me sentía triste y me entraban ganas de volver a por él. Echaba de menos su expresión ensoñadora cuando me miraba a los ojos. Echaba de menos con el cariño que me tocaba y añoraba ver de nuevo esa sonrisita avergonzada que siempre le sacaba al decirle un piropo. Incluso después de haber estado más de media hora dándome sexo oral y seguía con la misma actitud. No quería recordar sus palabras, no quería recordar ese momento en el que me tocó la fibra sensible. Y sin embargo lo estaba haciendo. Me senté en un banco del parque, caía la noche y frente a mí tenía un estanque. Era el lugar perfecto para la autocompasión, para romper esa norma de acero y echar unas lagrimitas por un tonto chapado a la antigua que en unas semanas me había hecho sentir lo que nadie en toda mi vida. Un imbécil que me adoraba tal y como era, que cuando más le mostraba mi verdadera identidad, más se pillaba por mí. Una de las pocas personas que me había querido de verdad y voy y le doy de lado. Sabía que atormentarme de esa manera no llevaba a nada, pero en ocasiones ni se puede ni se quieren evitar ese tipo de pensamientos. Cuando me cansé de remover mi propia mierda deleitándome con lo bien que olía, volví a casa. Ojalá esos dos hubiesen acabado de follar porque lo único que quería era meterme en la cama. Lo que vi al llegar fue incluso peor de lo que me esperaba. Keiji estaba en el salón del bar, ahora vacío al ser domingo, acompañado por Mei y Kotaro mientras hablaba por los codos. Al verme entrar se puso en pie, inclinándose levemente.

– Deja que me disculpe, no me he portado bien contigo.

– Joder, tu polla es mágica Kotaro – Dio una carcajada, Mei me tiró un cacahuete del cuenco. Ese chaval iba a explotar de colorado que estaba.

– Se la ha comido de arriba abajo, ¿verdad mi amor? – Le dio un beso en los labios, avergonzándole aún más pero haciéndole reír.

– Como te pillen los del clan te van a cortar los dedos y la polla…

– ¿De verdad te crees que no lo saben? Al jefe le importa un carajo mientras cumpla con mi deber – Se puso bien el cuello de la camisa. Tenía al chico hechizado.

– Vente con nosotros Ayame – Mei me ofreció sentarme a su lado –  Ayúdale a aclarar las ideas que tú eres más empática que el que tengo enfrente.

– Tú vas sobrada de empatía por las dos. No tengo muchas ganas de estar por aquí rondando, me voy a la cama.

– ¿Es por lo que te he dicho de Hiro? – Apreté los labios, desviando la vista hacia la barra, suspirando porque no quería volver a llorar – Le voy a sugerir que venga a verte, ya que tú no vas a ir a verle.

– ¿De verdad me estás diciendo que me meta ahí de nuevo?

– No, no te voy a pedir eso. Entiendo que no quieras volver. Pero es qu—

– Pues eso mismo, deja de presionarme, deja de hablarme del tema de una puta vez. Hiroshi no tiene nada que ver ni conmigo ni con esta vida. Que se busque a una mujer más acorde con su manera de pensar y su fe. Jamás funcionaría lo nuestro así que antes de hacerle más daño déjale tranquilo.

– Discrepo.

– ¿Discre qué? – Preguntó Kotaro con la boca llena de frutos secos – Menudas palabritas usas, chaval.

Me marché a la habitación y me metí en la cama. No salí hasta el día siguiente, no tenía ganas de ver a nadie. No escuché más gemidos por lo que supuse que ese tío volvería a su casa o se iría a la de Kotaro. No podía decir que hice vida normal porque me mostraba más apática que de costumbre pero fingir en el trabajo se me seguía dando igual de bien. Eso sí, no estaba dispuesta a irme a la cama con nadie, no tenía ni la actitud ni las ganas por lo que me dedicaba a emborracharles hasta el punto de que no podían ni hablar. De madrugada, incapaz de dormirme, escuché mi teléfono vibrar con insistencia. Me estaban llamando y no tenía ni idea de quién podría ser.

– Soy Keiji, no sé si te interesa o no pero han ingresado a mi hermana en el hospital.

– ¿Qué ha pasado? – Me levanté de la cama, dispuesta a vestirme.

– Daisuke ha abusado de ella – Me quedé de piedra, quise llorar, partir algo, matar a ese puto desgraciado.

– Lo habrán arrestado, espero…

– Uno… uno de los chicos de la casa le ha agredido al escuchar los gritos de mi hermana. Aún no sé muy bien cómo ha pasado pero no ha llegado al hospital con vida.

No es que me importase mucho, pero saber que alguien que conoces ha muerto siempre impacta. Tras el shock inicial, le pedí el número de habitación y cogí un taxi hasta el hospital con el corazón en la garganta. Odiaba que se hubiese tenido que dar cuenta de cómo iban las cosas de esta manera. Me armé de valor al subir, no iba a ser fácil. Y para mejorar las cosas, Hiroshi estaba allí. Miraba al suelo, sentado en una de las sillas de plástico del exterior de la habitación junto a su hermano. Su pelo estaba alborotado, su barba descuidada, su rostro cansado. Al acercarme no me atrevía a mirarle, pero se puso en pie. Sin decime ni media me abrazó por los hombros, y no pude más que devolvérselo. Le sentí temblar, le escuché sollozar.

– ¿Está bien Manami? – Pregunté asustada.

– Sí. Bueno, todo lo bien que puede estar después de lo que ha pasado – Contestó Keiji.

– Hiroshi, voy a entrar a verla – Le separé de mí, sentándole de nuevo – Ahora vengo.

– No ha querido hablar con nosotros, no ha querido ni mirarnos a la cara – Keiji negaba con la cabeza – No sabemos qué hacer.

Hiroshi me apretó la mano, clavándome esos ojos tristes que no me ayudaban en absoluto a prepararme para lo que venía. Manami estaba sola en la habitación, tapada y mirando por la ventana. Un gran hematoma se extendía por su mejilla y al susurrarle un suave “hey” dio un respingo, limpiándose las lágrimas.

– ¿Qué haces aquí?

– Verte, ¿qué si no? – Le cogí la mano. Obvié la típica pregunta de cómo estaba, la respuesta era más que evidente – Oye, ¿por qué no quieres ver a tus hermanos?

– Porque… no quiero que me vea nadie – Las lágrimas le caían por las mejillas – Me siento…

– ¿Sucia por casualidad? ¿Avergonzada de no haberlo visto venir? ¿Culpable? – Cuanto más hablaba más lloraba, asintiendo – No es culpa tuya. Nunca lo ha sido.

– Le quería tanto, Ayame, le quería tantísimo – Se inclinó por el borde de la cama, agarrándome de la camiseta. Le acaricié el pelo, intentando consolar lo inconsolable – ¿Cómo se le puede hacer tanto daño a alguien que te ama?

– Sé que necesitas un motivo, pero no existe. No hay motivos para hacer lo que ha hecho ni hay manera de justificarlo. Era una mala persona con malos sentimientos, no es tu culpa. Tú eres la victima aquí, que te quede claro.

– No van a quererme, nadie va a quererme nunca más. Estoy rota.

– No digas eso, claro que van a quererte. Yo te quiero, tus hermanos te adoran y seguro que el día de mañana encuentras a un buen hombre que te ame como te mereces. Que te respete y que las únicas marcas que te deje sea en el alma por lo mucho que te quiera.

Esa chica no paraba de llorar. Estaba destrozada y tardaría mucho en recuperarse. Al menos tendría a sus hermanos con ella. Me pidió que los llamase un rato después y también lloró en los brazos de los dos, disculpándose por no haberles escuchado. Ellos repitieron casi mis mismas palabras. Era una situación tan privada que me disculpé y me dispuse a salir de la habitación.

– Ayame – Me llamó Manami – Por favor, vuelve con nosotros. No hace falta que hagas nada, solo… por favor ven. No vuelvas a irte, estamos todos mejor cuando estás a nuestro lado. Lo que me dijiste era cierto, siento no haberlo visto antes.

– No repitas eso más, no pasa nada. Esta noche prefiero irme a casa.

– No quiere volver Manami, déjala – La voz de Hiroshi sonaba rota. No sonaba a él. Un pellizco se me cogió en el pecho – No es feliz con nosotros.

– No es que no sea feliz, es que… bueno, no es el momento de hablar de esto.

– No, por favor, ven un segundo – Manami se intentó incorporar pero no pudo. El dolor se le reflejó en la cara.

– No te muevas – Le pedí. Hiroshi estaba a mi lado, sin tocarme, casi sin mirarme.

– ¿Por qué dice Hiro que no eres feliz con nosotros?

– Somos muy diferentes. Intentaba adaptarme pero no puedo ser yo misma, no encajamos. Ya se lo dije a él, no puedo vivir con personas que no son honestas ni con tantas trabas con respecto a temas que para mí son regulares en mi vida.

– He tenido relaciones sexuales con Ayame – Mire a Hiroshi despacio, asombrada, pero no me miraba a los ojos – También sexo oral en público. Y me encantaría seguir haciéndolo. Me da igual lo que penséis – Suspiró, cruzándose de brazos – Me da igual todo ya.

– Soy gay – Soltó Keiji de repente – Soy un maricón como la copa de un pino y hoy he tenido relaciones sexuales con un yakuza y pienso tenerlas más veces porque no voy a ser cura – Se hizo el silencio. El chico resopló aliviado – Ya está, ya lo he dicho – Manami susurró un “dios mío…” Sin embargo se recompuso y tras asentir, me miró.

– Ahora tú. Yo no tengo nada que contar que no sepáis.

– No vine a vivir con vosotros porque quisiese una vida mejor, lo hice porque me lo pidió mi jefa. Quería saber cómo llevar vuestro negocio y para eso… – Suspiré, incapaz de mirarles a la cara – Para eso lo mejor era ganarme a Hiroshi. Le he utilizado y lo siento muchísimo.

No dijeron nada. No sabía si me miraban y si lo hacían desconocía sus gestos. La presión en el pecho que me provocaba ganas de llorar no desaparecía, es más, aumentaba. Sentí que me cogían la mano, Manami me la apretaba.

– Ya veis – Odiaba hablar cuando la voz me temblaba tanto – Decía que no podía vivir entre mentirosos cuando yo era la primera que lo hacía. ¿Entiendes lo que te comenté esta tarde, Keiji? Es mejor pasar página.

De modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes – Miré a Manami, apretando los dientes para no llorar – Es un pasaje de la Biblia, probablemente a ti no te ayude pero en momentos como este, a mí me sirve de guía – Miró a sus hermanos. Al final terminé limpiándome las lágrimas, sintiéndome debilucha y con ganas de acostarme para no levantarme – Perdonar es una virtud que espero podáis concederle. Esta noche se queda en casa, en su habitación. Ya te piensas mañana lo que quieras hacer.

Salí de la habitación, no podía más con la presión. Me senté en una de las sillas de plástico, con la cara entre las manos. Ver a esa mujer de esa manera, ver que incluso en ese momento de dolor tan extremo era capaz de preocuparse por los demás era algo admirable. Me hizo preguntarme qué estaba haciendo con mi vida. Sentí que no valía nada. No podía dejar de llorar porque no podía dejar de culparme por haberle hecho daño a una persona tan buena como era Hiroshi. Y fue él quien me puso una mano en el hombro. No le miré a la cara.

– Entiendo que no quieras ni hablarme, pero espero que me perdones algún día – Sollocé.

– Ya lo sabía. Era consciente de que tenías segundas intenciones por más que me lo negase a mí mismo. Una mujer como tú jamás se acercaría a alguien como yo por iniciativa propia. Intenté en más de una ocasión que tú misma me lo contases, pero nunca quisiste. Ayame, ya estabas perdonada.

Y ahí estaba yo, inmersa en un drama que de verlo en perspectiva me parecería patético. Ciertamente lo único que hacía era verbalizar algo que pensaba desde hacía mucho, solo que nunca lo admitía. Los acompañé hasta el coche, con los ojos irritados de llorar y muerta de frío y sueño. Me senté en el asiento trasero y fui hasta su casa en total silencio. Keiij me ofreció comer algo antes de acostarme pero decliné. Hiroshi fue con él, anunciando que después se ducharía y aconsejándome que hiciese lo mismo para dormir mejor. No les di las buenas noches, me limité a desnudarme y a meterme en la cama. Pero no podía dormir. Mi mente no me iba a dejar descansar, la culpabilidad y los remordimientos eran almohadas muy incómodas. Cuando la noche empezó a aclarar me senté en la cama, desesperada. Salí al pasillo en ropa interior y tiritando me dirigí hacia la habitación de Hiroshi. Su cama era de matrimonio pero dormía en una esquina. Entré en silencio, cerré la puerta y me metí bajo sus sábanas. No tenía derecho a hacer lo que estaba haciendo, pero pegué mi frío pecho a su cálida espalda, despertándole con un sobresalto.

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Al darme la vuelta en la cama me encontré con sus ojos llenos de culpa. Odiaba verlos así, tan tristes. Quería volver a ver esa picardía, esa poca verguenza que siempre tenía, esa sonrisa que le iluminaba el rostro. Le aparté el pelo de la cara, estaba fría.

– ¿Ayame? ¿Qué te pasa?  – Evitaba mirarme a los ojos, con lo mucho que los echaba de menos.

– Lo siento tanto, lo siento muchísimo. Doy asco, lo sé, pero no me dejes sola – Al fin, sintiéndo el calor de mi mano en su mejilla, desvió sus ojos hacia los míos.

– Así es cómo te conocí – Chasqueó la lengua, avergonzada – No pensé que dabas asco entonces y no lo pienso ahora. Y si está en mis manos, nunca vas a estar sola.

– Eres tan bueno que hasta me molesta – Hundío la cara en mi pecho, la rodeé con mis brazos. En cuanto la tuve cerca, sentí mi alma en paz. No era sano depender tanto de alguien, pero mi realidad en esos instantes era que la necesitaba. Muchísimo.

– No voy a insistir  – Suspiré, apretándola a mi pecho –  Pero no he perdido la esperanza de que algún día me termines amando.

– ¿Quién te dice que no lo hago ya? – Quise que me lo dijese mirándome a la cara, pero se escondía. Ese comportamiento era tan inusual por su parte que me llevó a pensar que sus palabras eran ciertas. Además, se pegó más a mi cuerpo – De lo que me arrepiento es de haberte usado al principio sabiendo que te ibas a enamorar. Y lo que no sabía, por supuesto, era lo que me iba a pasar a mí  – El tono de su voz bajó, pero el apretón de su abrazo hizo lo contrario. Le besé el pelo, la quería tanto a mi lado que me daba hasta miedo soltarla.

– Sé que no te gusta este ambiente. Estoy tan dispuesto a hacer mi vida a tu lado que si lo prefieres incluso me mudaría a tu casa, con Mei – Se rió suavemente.

– No voy a meterte a vivir con esa gente. Corromperían tu inocencia y tu buen corazón. No – Me miró al fin sin llorar, suspirando – Este es tu sitio, aquí es donde haces lo que mejor sabes hacer que es ayudar a los demás. Yo no encajo por aquí con mi lencería rosa fucsia, mis tatuajes y mis tacones de aguja.

– Ahí es donde te equivocas. Ayame, estoy seguro de que después de lo que ha pasado hoy van a cambiar las cosas. No quiero que nadie se vea obligado a vestir o a comportarse de una manera que no es. Lo que queremos es que se recuperen y vayan por el buen camino que les lleve a tener una vida en condiciones. Si son creyentes o no… si siguen nuestro código moral será lo de menos.

– ¿Y lo de las relaciones qué? No me voy a casar contigo. No me voy a casar. Y tampoco quiero tener niños. De hecho, si me quedo embarazada abortaría  – Si esas frases me las hubiera dicho al principio de conocerla me habrían parecido la barbaridad más grande. De hecho, no me gustaban un pelo, pero si ponía en una balanza lo que supuestamente había querido toda mi vida y lo que ella me aportaba ahora, su lado se inclinaba desproporcionadamente.

– ¿Qué quieres? ¿Ver el mundo? ¿Tener estudios? ¿Conocer gente nueva? ¿Vivir por tu cuenta? Hazlo. Haz lo que te traiga paz – Le sonreí, mientras me dejase estar en su vida que hiciese lo que quisiese. Ayame era demasiado libre, sus ideales eran tan claros que ni siquiera iba a intentar plantearle ser de otra manera. Me gustaba como era, lo radicalmente opuesto de nuestras personalidades. Llevaba desde que se metió en la cama acariciándole la mejilla y no parecía importarle – A mí siempre me vas a tener aquí.

– No eres como imaginaba  – Susurró.

– Tú tampoco eres lo que yo esperaba – Me faltaba el aire cuando la miraba directamente  a los ojos. Esos ojos color miel.

Siempre había escuchado en las canciones que a la gente le dolía el pecho de querer tanto a alguien y siempre pensé que era una exageración. Hasta ese momento. Me desesperaba no poder expresar lo mucho que sentía por ella, sobrecogido por la intensidad con la que la deseaba a mi lado. Me quitó la camiseta del pijama, pidiéndome que le abrazase y enroscándose de espaldas a mí. Me acoplé a ella, sintiéndola diminuta en mis brazos. Me dijo, acariciando mis manos, que tal y como estaba en esos momentos sentía que nada iba a ir mal, que desaparecían los problemas y que tanto su mente como su cuerpo se relajaba. Que nunca se había sentido con tanta paz. Cogió mi brazo, el que quedaba bajo su cuerpo y lo metió entre sus pechos, entrelazando mis dedos con los suyos. Por su respiración sentí que empezaba a quedarse dormida. Aspiré el aroma de su pelo intensamente, su olor me enloquecía, despertaba unos sentimientos que en mí creía imposibles de básicos que eran. Unos sentimientos tan salvajes que incluso me avergonzaban. Mi mente quería dejarla descansar pero por lo visto, mi cuerpo tenía otros planes. Le puse absolutamente todos los vellos de punta al rozarle la fina piel del cuello con los labios al tiempo que las yemas de los dedos de mi otra mano recorrían el camino desde sus costillas hasta sus caderas. Tuvo un escalofrío que me hizo reír. Sabiendo las cosas que había hecho con otros hombres – y mujeres – siempre me sorprendía cuando al tocarla le hacía sentir algo. Palpé línea de sus bragas, el lacito que las decoraban, la tela que se hundía entre sus labios mayores. Le saqué una sonrisa, un suspiro y los colores. Apoyé la barbilla en el hueco entre su hombro y su cuello, observando sus rasgos, besando sus mejillas. Cerró los ojos, estimulaba su cuerpo sobre la tela de su ropa interior provocativa, excitándome solo de pensar en su cuerpo húmedo, cálido, apretado y tan agradable. No tenía prisas, no me gustaba ser brusco pero creo que precisamente por eso conseguía excitar a Ayame de verdad, siempre al borde del orgasmo. No fue hasta que no metí los dedos por dentro de sus bragas que no la hice gemir de verdad.

– ¿Ya has tenido un orgasmo? – Le pregunté en susurros, asombrado por lo muchísimo que me mojaba los dedos.

 – No, pero ya, ya, Hiroshi besame – Clavó los dedos en mi muñeca, estirando las piernas, agitándose, apretando mi mano, haciéndome jadear con esos besos tan tórridos que me daba. Al sacarle la mano de las bragas me miré los dedos, empapados. Me escandalizó al coger mi mano, lamiendo mis dedos entre jadeos.

– Dime qué te gusta – Susurré en su oído, acariciando sus pechos, rozándome con su trasero – Dime cómo te gusta. Quiero estar a la altura de tus necesidades.

Levantó la pierna, apoyándola en mis caderas aún dándome la espalda, echó su ropa interior hacia el lado y me la sacó de los calzoncillos. Dejé salir el aire de mis pulmones de golpe al sentir cómo me empapaba en ella, deslizándome entre su piel sensible, atrapando mi carne con la suya de manera deliciosa. Le clavé los dedos en los muslos, quejándome en su boca por lo desesperantemente intenso que era el placer que me hacía sentir. Aunque me mataba de vergüenza era incapaz de retener los gemidos, disfrutando con ella despacio.

– No tengas miedo de hacerme daño, hazme lo que quieras – Sus palabras estaban formadas por jadeos e inhalaciones escandalosas, le daba igual que la escuchasen, le daba igual todo. Y era esa filosofía de disfrutar del momento una de las mejores cosas de esa mujer.

De primeras no me lancé a hacer nada por miedo a que algo le molestase o no le gustase. Carecía de experiencia y aunque en mi cabeza la idea fuese buena, quizás en la práctica resultaría un desastre. Seguí con ese vaivén suave, esas penetraciones lentas que tanto me gustaban. Pero al notar que se agitaba, que sus besos apasionados estaban descoordinados con mis movimientos pausados, me lancé. La empujé en la cama, poniéndola bocabajo al acordarme que aquel día, cuando tuve relaciones por primera vez, me lo propuso. Levantó las caderas, sonriendo, mirándome con sus ojos de gata, expectante. Verla de espaldas, con ese pelo largo y revuelto, las curvas de su cuerpo, sus tatuajes; jamás habría pensado estar con una mujer como ella más allá de mi imaginación. Acaricié sus hinchados labios menores con los pulgares y ante ese contacto, movió las caderas buscando las mías. Froté mi glande contra su piel, y entonces me acordé de aquello que me susurró Kotaro la primera vez que le vi:

Cuando te la folles, no le metas la polla de golpe, solo la punta y le frotas el clítoris con las manos. Y cuando te diga que no puede más, reviéntala. Muerde su cuello, azótale el culo. Ya verás cómo se corre la muy puta

Con esa indecisión que me caracterizaba, lo hice, exactamente como Kotaro me sugirió. Me moví despacio en su interior, sintiendo cómo me oprimía, observando esa franja de piel ligeramente más clara justo debajo del glande cuando se la sacaba. Era muy difícil no dejarse llevar por lo que mi cuerpo me pedía, muy complicado no penetrarla hasta el fondo. La notaba ansiosa, moviéndose nerviosa al tiempo que susurraba “follame de una puta vez, joder” entre dientes. Colé mi mano entre sus piernas, desde su ombligo hacia abajo, apretando su endurecido clítoris entre mis dedos. Lo froté en círculos, sin ser muy brusco. Ayame cogió aire, perdió el apoyo que le otorgaban sus manos en la cama y dejó caer su pecho sobre esta con un largo y tembloroso gemido que parecía no acabar. De hecho, cuando más fuerte le frotaba, más gemía. Sin dejar de medio penetrarla, aumenté la presión de mis dedos, y se quejaba tanto que tuve el impulso de parar. Me gritó que no podía más, que era insoportable, que no podía correrse más.

Se la metí hasta el fondo, bruscamente.

Gritó tan fuerte que me tuve que inclinar sobre ella para taparle la boca, muerto de excitación y vergüenza. Me la apretaba con los músculos de la vagina, en un orgasmo que me forzaba a mí a sufrir el mismo destino. Intentando no acabar por todos los medios, golpeé sus caderas con las mías, la agarré de los pechos, de la cintura, de los hombros. Le mordía el cuello, le azotaba el trasero, y es que no paraba de notar esa presión tan placentera que me indicaba que sus orgasmos se sucedían uno tras otro. No podía respirar. El poco aire que entraba en mis pulmones lo expulsaba en gemidos y jadeos, en deseos formulados entre sollozos y gimoteos. Las piernas me fallaron al sentir que me sobrevenía el clímax. Se lo dije, le dije que no podía más. En un estado febril de pura lascivia se giró en la cama lamiendo mi húmeda y enrojecida erección. La lujuria personifiada me devolvió la mirada, entre mis piernas, devorándome, vaciándome. Anulaba mis códigos morales, mi ética, mi fe, en todo lo que creía con esa manera que tenía siempre de masturbarme, de usar su boca para deleitarme como lo hacía. Tuve un espasmo final cuando, al sacarla de su preciosa y pequeña boca, lamió el semen que resbaló por mi miembro. Sus mejillas estaban encendidas, su piel brillaba de sudor con la luz del amanecer. La amaba. Más que a nada en esta vida, de una manera que jamás amé a nadie. Cuando la abracé en la cama, aún temblaba con su cara contra mi pecho. No nos tapamos,  no dijimos nada, simplemente caímos rendidos.

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A la mañana siguiente me desperté sola con una nota en la mesilla de noche. Había ido a ver a su hermana al hospital, que ni me molestase en acercarme porque le habían llamado y se la iban a traer de vuelta a casa tras el reconocimiento médico y el interrogatorio. Decidí pasarme por la casa de Mei, tenía que hablar con ella sobre lo que iba a hacer. Por suerte para mí fue más fácil de lo que yo pensaba. Me dejó bien claro que había muchas chicas con necesidad de ser acogidas como yo lo fui en su día.

– Y además, ¿dónde vas a ser más feliz, aquí o allí?

– Con él. No sabía lo enamorada que estaba hasta ayer por la noche.

– Lo sabíamos todos menos tú – Me abrazó con fuerza, suspirando – Igualmente, aquí me tienes. Me pasaré esta tarde por allí para hablar con esta chica. Una que ha pasado por lo mismo sabe qué consejos dar y le llevaré un buen chocolate. Además, quiero conocer a ese que te tiene loca.

– No encaja en absoluto conmigo, no tenemos nada que ver.

– Probablemente eso sea lo mejor, no quieres estar con un hombre que tenga nada que ver con lo que ya conoces, ¿verdad?

Negué con la cabeza, riéndome con ella. Le debía muchísimo y jamás dejaría de debérselo. Cogí todas mis pertenencias, que tristemente cabían en una única maleta, siendo casi todas regalos de los clientes a los que no iba a echar de menos. Ella me ayudó a subirla al taxi y Keiji me ayudó a bajarla ya en su casa, anunciándome que Manami había vuelto. No me sorprendió saber que se había cambiado de habitación a una de las comunes. Me dijo que si quería podía quedarme la suya pero Hiroshi declinó la oferta por mí porque, como era obvio, dormiríamos juntos. No tenía nada que argumentar. Esa noche volvimos a follar, solo que esa noche fui ya la que le dominó, agotándole y agotándome yo una vez más de tanto correrme.

– Y eso que no he sacado mis juguetes…

– ¿Tus qué? – Me giré, riéndome y quitándole el condón para hacerle un nudo antes de que se le secase en la polla.

– Tienes muchísimo que aprender, y yo tanto que enseñarte…

– Mientras que no tenga nada que ver con mi culo me parece maravilloso – Di una carcajada estruendosa acompañada de una segunda cuando me mandó guardar silencio porque era tarde. Tras nuestros obscenos y pecaminosos gemidos, nadie se iba a molestar por unas risas.

EPÍLOGO

Kotaro chasqueó la lengua esquivando a los chavales nuevos que iban camino a misa acompañados de la nueva beata Yuko, su monitora, que le evitó como si tuviese una enfermedad contagiosa. Él la ignoró, saludando a los que se quedaban en casa conmigo. Se plantó a mi lado y dio una palmada.

– ¿Quiénes son los piltrafillas que van a entrenar con Kotaro sensei? – Algunos levantaron la mano, cohibidos por sus maneras agresivas a pesar de que una vez vinieron de un entorno familiar.

– El resto conmigo – Les hice un gesto para que me acompañasen – Hoy vamos a ver una película. Se llama Tiempo de matar y aunque el título lo insinúa, no es de acción. Y estad atentos porque al acabar vamos a debatir largo y tendido.

Al entrar encontré en el salón a Mei con una dolorida Manami. Se quejaba demasiado para haber sido un tatuaje que ni siquiera tenía sombras, suerte había tenido de que fuese Mei la que se lo hizo. No llevaba mucho con esa profesión pero con Genta de maestro se estaba convirtiendo en una verdadera artista. Les puse la película a los chavales y fui a preparar palomitas. Por norma general se comportaban de manera decente, al fin y al cabo asistían a los talleres de manera voluntaria y tenían numerosas posibilidades. Me alegraba ver que Hiroshi mantuvo su promesa, ya que la variedad de estilos y peinados era abrumadora ente todos ellos. Le echaba de menos, se había ido a una reunión de santurrones a otra ciudad y llevaba dos días sin verle. Mientras esperaba a que la alarma del microondas saltase le eché un vistazo a los apuntes de psicología olvidados de Keiji, no me enteraba de una mierda pero a él parecía entusiasmarle. Eché las palomitas en varios recipientes de plástico con cuidado de no quemarme con el vapor y me encaminé hacia el salón. No me caí al suelo, pero las palomitas volaron cuando Hiroshi se abalanzó sobre mí camino a la salida.

– ¡Hola! – Recibí sus besos de bienenida con ganas, me importaban una mierda las palomitas que estábamos pisando. Sin embargo, se emocionaba demasiado. Sus manos se colaron bajo mi falda, bajándome las bragas mientras me sentaba en la encimera – Los niños están en el salón, no estamos solos.

– Con lo muchísimo que te he necesitado va a ser rápido. Ayame te he echado tanto de menos…

– Eres un yonki de mi coño – Se rió, sacándosela de lo pantalones, colocándose entre mis piernas y metiéndomela de mala manera – Odio follar así…  – Al decirle esas palabras se frenó, mirándome a los ojos.

– Lo siento, lo siento – Beso mis labios y mis mejillas, acariciándome el pelo y dejándo caer su frente en la mía  – Me he dejado llevar.

– No pasa nada. Pero ayudame a recoger esto y cuando los nenes vayan a lo suyo, vamos nosotros a la playa, ¿te parece? – Asintió, agachándose y ayudándome, pegándome pellizcos de vez en cuando.

– Ya tengo los billetes para ir a Finlandia, nos vamos la semana que viene – Me besó la mejilla, acelerado y entusiasmado. Caminamos con los cuencos hacia el pasillo – Me muero de ganas por hacerte eso que tanto te gusta en una sauna.

– ¡Cállate idiota! – Desde que aceptó el sexo como algo normal había pasado al lado opuesto y hablaba sobre esos temas cuando menos debía. No iba a dejar de ser un tontorrón en la vida – Tienes que decirme cómo sabes que eso me gusta tanto…

– Kotaro es una fuente de información – Me guiñó el ojo y me dejó quitándole pelusas a unas palomitas que yo, desde luego, no iba a comerme.

No podía quejarme, esos momentos en los que sonreía sin darme cuenta cada vez se hacían más constantes. Y a pesar de saber que la felicidad no era algo eterno, me conformaba con tener alguno que otro de esos momentos al menos, una vez al día. Siempre que los tuviese, tendría un motivo para salir adelante.

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L’aristocratie

Creo que cuando veáis en qué me he inspirado para escribir este fic vais a saber el principio, trama y desenlace.

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Y si no sabéis lo que es aún, mejor. Solo diré que he tenido que hacer ciertos cambios para que todo tenga sentido y que espero que os guste. Yo me lo he pasado en grande escribiéndolo y viendo la película mientras tanto.

Os dejo con los personajes del primer capítulo y después veréis los del segundo.

Son un buen puñado xD

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1

Los niños no paraban de correr de un lado a otro, contentos ante la perspectiva de la salida campestre planeada para la semana siguiente. Caminaba por los patios de la casa junto a Adelaide, mi segunda madre además de mi suegra. Entrelazaba su brazo con el mío mientras los pequeños jugaban con sus tíos o, más bien, los ponían de los nervios. Había veces que me daba la impresión de que no les gustábamos pero Adelaide insistía en que debía ser mi imaginación. Esa mujer lo era todo para mí y tanto yo como mis hijos éramos su debilidad. Por ello sospechaba que sus hijos, los que eran mis cuñados, no me tenían mucha estima.

– ¿En qué piensas querida? – me preguntó con su voz aterciopelada a pesar de ser tan mayor.

– Solo divagaba, nada importante – suspiré. Me miró con condescendencia.

– ¿Cuánto hace ya que Frederique nos dejó? ¿Dos años? El tiempo se me hace un concepto cada vez más confuso a día que pasa – vi el pesar en sus ancianos ojos. Nunca superaría la muerte de su hijo.

– Dos años y medio – Y a mí me dolía hablar de él. Aún había mañanas que esperaba verle a mi lado.

– ¿No has pensado buscar un padre para los pequeños? ¿Alguien que te de el cariño que mi hijo te daba?

– No puede ser suplantado, es imposible.

– No digo eso Suzette – cada vez que sonreía veía la hermosa mujer que debió ser – eres muy joven para estar tan sola.

– La tengo a usted.

– Yo tengo una edad y aunque adoro tu compañía bien sabes que pronto no estaré.

– Ya veremos. No sabemos lo que la vida nos depara ¿Cierto? – ahora fue ella la que suspiró. Cuando entramos en la casa oímos que llamaban a la gran puerta delantera.

– Ese debe ser mi abogado. Que pase a mi despacho – me dio unos toquecitos en la mano y se marchó escaleras arriba.

– ¡Marie, Berlioz, Toulouse! Venid conmigo, es hora de practicar vuestro arte – me llevé a mis hijos a la sala de música, en la que entraron sin rechistar pero como siempre haciéndose rabiar los unos a los otros.

– ¡Sois unos maleducados! ¡Los caballeros les aguantan la puerta a las damas como yo! – Dijo Marie, mi hija pequeña. Tenía mi mismo pelo rubio y rizado pero mucho más largo y mis mismos ojos azules. De mis hijos era la que más se me parecía y sin embargo sus modales eran mucho más refinados que los míos al haberse criado junto a su abuela Adelaide.

– ¡Pero si tú no eres una dama! ¡Solo eres nuestra hermana! – le dijo Berlioz, arrugando la nariz al reírse tal y como hacía su padre. Tenía su mismo pelo negro y sus ojos oscuros, además de su carácter tranquilo. Me enternecía cada vez que le miraba.

– Deja de fingir ser remilgada, ¡Eres la que juega más sucio siempre! – le contestó Toulouse, que a pesar de ser el mellizo de Berlioz era físicamente lo opuesto. Tenía una espesa y siempre alborotada cabellera pelirroja y los ojos iguales que los de su hermana pequeña. Era el más incontrolable de los tres, tenía una personalidad fuerte, pero no era un mal niño.

– Ya, ya, dejad de pelear. Vosotros dos al piano – les dije a Marie y a Berlioz – y tú continúa tu pintura, te está quedando preciosa – Los observé en silencio un buen rato. Me encantaba pasar tiempo con ellos, adoraba su compañía. Eran mi felicidad, mi mundo, lo eran todo para mí.

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                En el piso de arriba, Félice y Rémy la Roche, cuñados de Suzette, escuchaban a escondidas lo que su madre hablaba con su abogado. La avaricia transformó sus rostros al escuchar que hablaban del testamento. Ambos se miraron con ese brillo en los ojos que solo les provocaba el dinero. Vieron a su hermano pequeño, Noël, acercarse a ellos con una sonrisa inocente. Silenciosamente y con aspavientos lo echaron al piso de abajo.

– Sabes lo muchísimo que aprecio a Suzette y a los niños, me dan la vida – le dijo Adelaide a su abogado.

– ¿Vas a repartir tus riquezas con ellos y tus hijos?

– En cierta manera, sí. Quiero que la mitad de mi herencia vaya a nombre de Suzette y el resto a repartir entre mis hijos.

– Es decir, cincuenta por ciento para ella y tres cuartos para los demás, ¿Correcto?

– Correcto.

               Antes de que Rémy cometiese una imprudencia, Félice se lo llevó de la mano a otra habitación, cerrando tras ella y aguantando el impulso de bajar las escaleras y echar a esa convenida que tenía por cuñada.

– ¡Un cuarto! – exclamó Rémy casi a voz en grito.

– Shhh, silencio. Piensa con la cabeza, al menos esta vez.

– No es una división justa en absoluto, ¡En absoluto!

– No, no lo es. Por eso tenemos que idear la manera de quedarnos la parte de Suzette.

– ¿Y cómo planeas hacer eso? El testamento lo está firmando ahora mismo y ese tipejo se lleva una copia – Félice sonrió. Su hermano pecaba de impulsivo mientras ella mantenía, normalmente, la mente fría.

– Adelantando la excursión campestre, ¿Cómo si no?

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                El único de mis cuñados que me apreciaba era Noël. Siempre tenía una sonrisa para mí aunque en esos momentos se mostraba con una expresión extrañada. Los niños dejaron de tocar para arrastrarle hasta el piano ya que el chico era un virtuoso y le encantaba estar con ellos. Canté sus melodías mientras le acercaba a mi hijo Toulouse las pinturas que no tenía a mano. Una vez acabaron de tocar, me acerqué a Noël.

– ¿Qué te ocurre? – le pregunté al verle desviar la mirada hacia la puerta de nuevo.

– No sé, mis hermanos están actuando de manera extraña.

– ¿Y cuándo no? – me miró con esa sonrisa tan idéntica a la de mi difunto marido.

– Es solo… creo que estaban espiando a mi madre. No me gusta.

– Mientras no le hagan daño a nadie déjalos estar.

                No podía decirle que no me fiaba en absoluto de sus hermanos, no podía decirle que no me agradaba la idea de que espiasen a Adelaide cuando trataba asuntos serios. Yo no era nadie para inmiscuirme en asuntos familiares pero tenia mi opinión muy segura. Y no me gustaban ni un pelo ninguno de los dos. Por lo que, cuando tras el baño de los pequeños vi a mi cuñada tan aduladora y feliz de llamarnos a cenar, no pude más que sospechar. Y sin embargo me limité a sonreír y a sentarme a la mesa sin hacer más preguntas. Jamás le haría pasar a Adelaide un mal rato, ese era el motivo de nunca decir lo que pensaba de los que me habían tocado como familia. Pero cual fue mi sorpresa cuando no la vi en la mesa.

– ¿Y vuestra madre? – pregunté mientras Ninon, nuestra criada, servía la cena.

– Está ocupada, vendrá en unos minutos – contestó Félice – oh, Toulouse, por favor, ¿Qué maneras de comer son esas?

– ¡Soy un salvaje! – cogía el tenedor con el puño y se lo llevaba a la boca masticando con la boca abierta. Intenté no reír.

– Por favor, Toulouse, hazle caso a tu tía – se rió tontamente y siguió comiendo bien.

                Lo cierto era que la comida estaba deliciosa. Y sin embargo… comencé a sentirme de manera extraña. No le di más importancia, achacándoselo al cansancio de lidiar todo el día con los pequeños. Pero entonces vi que Marie dejó de comer haciendo algo que jamás hacía en público; Bostezar sin taparse la boca.

– ¿No te gusta, Suzette? Has comido muy poco – entonces lo comprendí todo. El plato de Félice estaba lleno. Ni si quiera lo había tocado.

– ¿Qué nos has hecho? – logré susurrar antes de que todo se volviese negro.

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                El aire traía vientos de lluvia en una noche sin estrellas. Antes de sacarlos de la casa les puso sus abrigos, no era tan cruel de dejarlos solo con sus finas ropas a la intemperie. Rémy cargó primero con los niños y después con su cuñada hasta el coche que él mismo iba a conducir. Se aseguró de no ser visto por nadie y de ir bien oculto tras un sombrero y una gabardina en el trayecto hasta la campiña. Hacía frío. Comprobaba constantemente que fuesen dormidos, uno apoyado en el hombro del otro, y vio con horror que a pocos metros de su destino el pequeño Toulouse se agitaba con los ojos medio abiertos. Intentó no prestarle atención y al mirar de nuevo, se lo encontró dormido. Su hermano, de estar vivo, se horrorizaría al ver lo que hacían con su familia. Con su querida mujer. Alejó los pensamientos con un fuerte meneo de cabeza y aparcó junto a una vieja granja abandonada. Con cuidado, dejó a la familia dentro del granero, sobre un buen montón de paja reseca. Al menos estarían resguardados del frío y de las posibles lluvias, tampoco se consideraban un par de desalmados. ¿Avariciosos? Sí, por supuesto. Pero estaban convencidos de que lo que hacían era lo justo y correcto. Era su dinero por derecho y esa don nadie no era digna de quitárselo. Sin embargo, justo antes de marcharse, sintió un pellizco de remordimientos al verlos allí tumbados. Rémy tragó saliva, le pidió perdón a su señor alzando los ojos al cielo, y se marchó sin mirar atrás.

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                El ruido de un trueno sonó distante. Sentía frío, me dolía la cabeza y alguien zarandeaba mi brazo. Mi hija estaba llorando, mi hijo se quejaba. Abrí los ojos en un lugar oscuro, húmedo y completamente desconocido. Mi alrededor fue iluminado durante segundos con los rayos de una tormenta que se aproximaba. Estaba en un granero o algo similar, una construcción de madera que crujía con el viento y por la que se colaba agua.

– ¿Mamá dónde estamos? – Mi hija me agarraba del brazo, comprobé que no tuviese heridas – estos no son los jardines de la abuela.

– No cariño, no lo son – no podía decir cuál de las dos estaba más asustada.

– Tengo frío, se me ha mojado la ropa – Berlioz se limpiaba las lágrimas sollozando de manera lastimera aunque parecía estar bien.

– ¿Y vuestro hermano? ¿Dónde está Toulouse?

– No lo sé – Marie se puso en pie y ayudó a que Berlioz hiciese lo mismo. Comenzaron a llamarle y me uní a ellos, intentando sonar por encima de los truenos. Vi que mi hija se giraba y que sonreía – está aquí mamá, está dormido.

– ¿Por qué no contestas? – le riñó Berlioz. Mi hijo nos miraba adormilado con el pelo lleno de paja.

– ¿A qué vienen esos gritos? Escandalosos…

– ¿Estás bien? – se refregó los ojos sin saber muy bien qué estaba pasando hasta que miró a su alrededor.

– ¿Qué es esto mami?

– No lo sé, tendremos que esperar a que amanezca para estar seguros.

– He tenido un sueño rarísimo – dijo mirando a sus hermanos – soñé que el tío Remy nos traía aquí en el coche, pero eso no tiene sentido…

– Claro que no – me apresuré a decir, sabiendo que ese ‘sueño’ bien podría ser verdad – venid, poneos todos juntos, así entraremos en calor. Intentad dormir hasta mañana. Mamá estará vigilando.

                Y cumplí mi promesa. Pasé la noche en vela, sin más abrigo que el calor de mis hijos y mis finas ropas de paseo. Poco después del amanecer me levanté con cuidado del montón de paja que hacía las veces de cama y sacudiéndome un poco me dispuse a explorar el exterior del granero. Me deshice el recogido y me sacudí las ramas del pelo, entrecerrando los ojos ante la brillante luz de una mañana al fin sin nubes. Todo lo que pude ver fue campo y,  al parecer, un lugar abandonado. No quería alejarme mucho de mis hijos, tampoco quería despertarlos ya que les costó conciliar el sueño, pero tenía que saber dónde estábamos. La voz de un hombre, más cercana de lo que quisiera, me sobresaltó. Cantaba, en un idioma extraño. Claramente no era francés. Cuando quise esconderme ya era tarde, acababa de cruzar la esquina del granero y dejó de cantar gradualmente tan pronto puso sus ojos en mí. Llevaba una gorra de lana de un color marrón gastado y el resto de sus ropas finas y remendadas se encontraban en el mismo estado polvoriento. Bajo la gorra se escapan varios mechones largos y tan pelirrojos como los de mi hijo. Levantó la comisura derecha de sus labios en una sonrisa que delató lo sinvergüenza de sus pensamientos, así como lo hicieron sus ojos entrecerrados, analizándome de arriba abajo.

– ¡Una señora de su clase sola por estos parajes! – Al ver que me alejaba en proporción a su cercanía se paró – ¿Cómo has llegado a parar aquí, linda?

– Suzette La Roche – dije extendiendo mi mano. Se apresuró a besármela sutilmente, rodeando mis dedos con los suyos – ¿Con quién tengo el placer de hablar?

– Ah, sí, que maleducado, Thomas O’Malley, para servirle – me guiñó el ojo con una amplia sonrisa. Retuve la que casi se me escapaba, no podía darle pie a ese golfo que por cierto, no me soltaba la mano.

– Verá usted, si no fuera mucho importunar le rogaría me indicase el camino a París.

– Claro que te lo puedo indicar, te llevo a donde quieras, cariño, soy un hombre de mundo – soltó una bolsa más harapienta aún que sus ropas de tela en el suelo solo para tocarme el hombro – pero ¡París! Eso queda lejos, tienes un buen viaje por delante. No te apures, te puedo hacer de guía, preciosa – se inclinó un poco sobre mí, clavando su intensa mirada color esmeralda en la mía – y tan preciosa. Tus ojos son como dos zafiros que convierten la mañana en radiante belleza.

– Es usted todo un poeta, ¿Acaba de citar a Shakespeare? – dije, a sabiendas de que se lo acababa de inventar sobre la marcha.

– No, no, no – dijo riéndose suavemente – es O’Malley puro, tu belleza me ha inspirado, y puedo seguir.

– No es necesario – dije ya sin poder esconder mis sonrisas, era todo un adulador – en realidad estoy en graves problemas.

– ¡Eso no puede ser! ¿Qué puedo hacer por ti?

– Ya le dije, tengo que volver con urgencia a París. Y si no es inconveniente…

– ¿Inconveniente? Será un placer – me acarició la mejilla con sus dedos sin apartar sus ojos de los míos – haré que el camino sea como un sueño para los dos…

– ¡Eso será maravilloso! – la expresión de Thomas cambió por completo al escuchar a mi hija Marie, que le miraba con admiración. Me volví y les hice gestos con las manos a mis otros dos hijos.

– Estos son mis niños, espero que entienda ahora mi urgencia por regresar.

– ¡Lindísimos! – dijo con una sonrisa tensa.

– ¿Vamos a hacer un viaje de ensueño? – pregunto Berlioz.

– Eso parece – le dije a mi hijo mirando a Thomas con una sonrisa.

– ¿Y mis ojos también son como zafiros? – preguntó Marie.

– ¿Yo he dicho eso? – estaba visiblemente incómodo, incluso cogió su bolsa y dio un paso atrás.

– Completamente improvisado, señor – le recordé.

– Bueno, es que en realidad yo a lo que me referí—

– No hay manera poética de salvarse de esta, ¿Cierto? – Le dije no sin cierta amargura – probablemente el viaje estaba ideado para solo dos personas, pero no se preocupe, encontraremos el camino. Muchas gracias señor O’Malley. Vamos niños…

– ¡Cuando crezca voy a ser un hombre de mundo como tú! – le dijo Toulouse – ¡Y además un salvaje!

– ¡Pero si tenemos aquí a un pequeño golfo! – Le dijo él revolviéndole el pelo – apuesto a que nadie te alza la voz en tu barrio.

– ¡Claro que no!

– Vamos Toulouse – dije ofreciéndole la mano a mi hijo.

– ¡Hasta luego campeón! – miré una última vez a ese hombre. Resultó una pena que fuese un canalla, era una persona interesante. No llevábamos andando ni cinco pasos que escuché un chasquido de lengua a mi espalda.

– ¡Esperad! – Se acercó a nosotros a paso ligero, con una sonrisa de nuevo – si te dije que iba acompañarte, lo haré. Solo venid hasta este camino y esperad aquí escondidos un segundo, pequeños – me puso la mano en el hombro y susurró en mi oído – cuando te haga un gesto con las manos, te subes al camión de reparto. No dudes, no intervengas, solo hazlo.

Fui a replicarle pero se alejó de mí rápidamente. Miró al cielo y esperó tras un árbol en el lado opuesto. Mis hijos empezaron a estar inquietos cuando tras diez minutos no había cambios y yo empezaba a sentirme un poco mareada al no haber comido ni bebido nada. Entonces escuché un motor acercarse, me asomé sobre los arbustos y vi a Thomas mirando hacia el sonido. Cuando estaba casi a nuestra altura, se puso a andar tranquilamente por medio de la carretera. Mi primer impulso fue gritarle para que se apartase de la trayectoria del vehículo, pero le hice caso y no intervine. El coche dio un frenazo tremendo, y Thomas fingió estar sobresaltado. El conductor se bajó lanzando improperios ante los que Toulouse se rio tras su mano. Thomas se empezó a disculpar, tranquilizando a ese que casi le lleva por delante. Le puso una mano en el hombro, girando a ese señor completamente de espaldas a nosotros, y me hizo dos gestos con los dedos para que me moviese hacia la parte de atrás del vehículo.

– En silencio niños, o se enfadará ese señor – asintieron un poco asustados y corrimos hacia la parte de carga del vehículo.

– Casi me matas del susto – le decía el conductor a Thomas, ya riéndose – ten cuidado la próxima vez.

– Intentaré caminar por el margen, ya sabe, uno va pensando en sus cosas y… – los niños se subieron solos pero tuve que aupar a Marie. Miré a Thomas y asentí, entrando yo también – en fin, lo siento una vez más, tenga buen viaje.

Sentí como el coche arrancaba y al pasar a Thomas le saludamos con la mano. Marie se puso de pie y al saltar el vehículo en un hoyo del camino vi como mi hija caía fuera de este. Antes de que pudiese bajarme para recogerla, Thomas la tenía en sus brazos, corriendo hacia el coche y subiéndose a la parte de atrás de un salto. El motor era tan ruidoso que por suerte el llanto de mi hija no se escuchaba. La tomé en mis brazos y besé su pelo sacudiendo el polvo de una herida que se había hecho en la rodilla al caer.

– Ya pequeña, ya. Estás con mamá.

– Creí que me moría – dijo ella secándose las lágrimas.

– Marie, ¿Por qué te caes? ¡Torpe! – le dijo Berlioz, a lo que mi hija le sacó la lengua.

– Marie, esos modales. Y no hagas rabiar a tu hermana, no seas malo – les dije – Muchísimas gracias señor O’Malley.

– No ha sido nada – suspiró.

– ¡Eres un caballero como los de los libros que nos lee mamá! – le dijo Toulouse a Thomas.

– ¡Oh, sí! ¡Y también mato dragones! – la cara de mi hijo era de admiración pura.

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                En la mansión, Adelaide era un mar de lágrimas. Ya le había dicho a la policía todo lo que sabía y el no poder hacer nada más que esperar la estaba matando. Se sentía aterrada por lo que le hubiera podido pasar a sus pobres nietos y a su yerna. No tenía energías para nada, los niños y Suzette eran su alegría, su compañía. A más que la policía sugirió que se podrían haber ido por voluntad propia, más lo negaba ella. Sencillamente tenía la certeza de que era algo imposible. Sentimiento que compartía con su hijo Noël, aunque a este ni se le pasó por la cabeza preocupar más a su madre. En su lugar, bajó a la cocina cuando estuvo seguro de no ser visto y en el camino, vio a su hermana mayor sonriendo ampliamente con su hermano. Él se mostraba de brazos cruzados, pero tras unas palabras de Félice, sonrió levemente. Antes de que se percatasen de su presencia bajó las escaleras, sin escuchar el ya acostumbrado tarareo de Ninon. La encontró sentada frente a la mesa llena de harina, bebiendo té con apatía.

– Tu actitud es que la que se podría esperar de todos en esta casa tras las noticias con las que hemos despertado – la sobresaltó sin querer. Al verle en la puerta se levantó y se acercó a él, abrazándole por la cintura.

– No se han ido ¿Verdad?

– Lo dudo, y además sospecho quién puede andar detrás – dijo él acariciándole el pelo.

– Los niños son tan pequeños… ¿Qué han hecho con ellos? ¿Y Suzette? Con lo buena que es… – la cocinera estaba al borde de las lágrimas. Noël besó su redonda mejilla con suavidad.

– Van a estar bien, Suzette no es ninguna tonta. Verás cómo consiguen volver a casa antes de lo que esperamos.

– ¿No podrías ir a buscarlos por tu cuenta? Iría yo pero no sé conducir y no puedo irme porque sí.

– Está bien, iré a buscarlos si con eso te tranquilizo, aunque no te prometo nada…

                Salió dispuesto a emprender la búsqueda pero al escuchar las voces airadas de sus hermanos, se paró a mitad de pasillo. Se acercó a la puerta un poco más, tan silencioso como un ratón.

– ¿Cómo puedes ser tan rematadamente imbécil? – preguntó desesperada.

– Lo siento, no me he dado cuenta. Volveré esta noche y recuperaré mi reloj, no sé cuándo se me ha caído…

– ¿Y estás seguro que no te lo has dejado en casa?

– Seguro, lo llevaba encima para comprobar que fuese lo suficientemente tarde para no ser visto.

– ¿No te lo habrá cogido uno de los mocosos fingiendo dormir?

– No. Estaban dormidos del todo.

                Espantado, se alejó de la habitación escaleras abajo. No podía compartir ese conocimiento con nadie, siendo como eran podría ser peligroso. Por ello decidió guardar silencio, guardar el secreto y seguir a su hermano a donde fuese que había perdido el reloj. Quizás también encontraba allí a Suzette y los niños, y así esperaba que fuese…

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– ¡Bueno! ¿Quién tiene hambre? – Thomas miraba a mis hijos de brazos cruzados. Los tres levantaron la mano.

– ¿Pero qué comemos? – preguntó Berlioz

– ¿Tienes algo? – Marie intentó levantarse y la senté de nuevo a mi lado.

– Claro, debajo de esta tela. Pero antes tenemos que hacer una invocación mágica. ¿Preparados? – Asintieron con la inocencia brillándole en los ojos, dispuestos a imitar todos sus pasos – Vamos con el verso de la antigua magia celta: Mueve la nariz, se rasca el mentón, se cierran los ojos, se cruza el corazón y ¡Listo! La comida está servida – Destapó un gran recipiente metálico lleno de leche dispuesta a ser repartida. No pude hacer nada por que permaneciesen sentados, estaban muertos de hambre y corrieron hacia donde Thomas se reía a carcajadas – ¡Esperad, esperad! No metáis esas manos sucias, un segundo.

– Pero Monsieur, esta leche no es nuestra – el coche no parecía parar, pero no quería acabar en la cárcel por ladrona.

– ¿Cómo que no? – Dijo sacando tres platos de latón de su bolsa para los niños – La hemos invocado.

– Ya, con magia celta. ¿De dónde eres?

– De muy lejos de aquí – les llenó los platos a los niños a rebosar de leche y se los fue dando. A pesar de estar donde estábamos, Marie seguía comportándose como una señorita – Una isla al norte, pero créeme que no se me pierde nada por allí más que hambre, opresión y miseria.

­- Ya veo que vive un poco… como quiere – me clavó sus ojos verdes al tiempo que asentía.

– Y yo veo que no lo aprueba ni una pizca. ¿Demasiado libre, quizás?

– No tengo muy clara la diferencia que supone para usted ser libre de ignorar completamente las leyes.

– Bueno, bueno – se echó hacia atrás sonriendo, colocándose bien la gorra – Hago más bien que mal, ¿No cree?

                Le miré en silencio, sopesando sus palabras. Independientemente de lo moral de sus actos, para mí en esos momentos me era necesario. Mis hijos estaban comiendo algo gracias a él y para ser honesta conmigo misma, no me importaba quién pudiese ser el dueño de esa leche. Suspiró levemente mientras nos observábamos, hasta que un rugido salido de las mismas entrañas del infierno me subió los colores.

– Veo que debe estar un poco hambrienta, preciosa – aguantaba la risa pidiéndole el plato a Marie, que había acabado.

– Suzette – le corregí – llámeme por mi nombre si no le importa.

– Claro que no me importa, deja de llamarme de usted entonces.

– ¿No come Monsieur O’Malley? – preguntó Marie.

– Voy bien de momento, no me hace falta mucha comida para funcionar y la leche no siempre me sienta bien. Pero gracias por preocuparte – los encantos de ese tipo eran 100% efectivos con Marie, que no hacía más que mirarle de manera coqueta.

                Justo en el momento en el que acabé de beber escuchamos una exclamación desde la cabina del conductor y sentimos que el inmenso frenazo nos echaba hacia las botellas de leche. Thomas se apresuró a bajarme y a bajar a mis hijos antes de que ese hombre nos alcanzase, cogiendo a Marie en brazos y corriendo hacia unos árboles que quedaban en la cima de una colina. Nos metimos en una casa de madera con aspecto abandonado, con el corazón en un puño y sofocados. Mi niña se aferraba a él, mis hijos se pegaban a mi falda y yo casi me escondía tras Thomas. En la distancia nos llegaba su voz furiosa, maldiciendo al darse cuenta que fue engañado por el pillo que tenía a mi lado.

– No os asustéis, no pasa nada. Es un hombre al que no le gusta la magia.

– Su manera de reaccionar ha sido horrible – le dije a Thomas. Me rodeó la espalda con el brazo que tenía libre.

– Hay mucha gente así, no soportan a los que pasan necesidad – el estruendo del motor de su vehículo tomó el lugar de sus improperios. Toulouse se separó de mí, con sus puñitos apretados.

– ¡Vuelve si te atreves! – gritó en su dirección pretendiendo ser amenazante. Sentí que Thomas contenía las carcajadas.

– Si no fuese porque sé que es imposible – susurró en mi oído, haciéndome cosquillas con su aliento – diría que es mío.

– Sí, ya veo que el parecido es excesivamente asombroso – mi hijo seguía gritando desafiante ahora que apenas escuchábamos el motor.

– ¡Eh, calma fiera! – Toulouse se volvió a mirarle agitado – ese tipo es dinamita. No quieres enfrentarte a él.

– ¡Pero nos ha insultado! ¡Nadie insulta a mamá! – le puse una mano en el pelo, atrayéndole hacia mí, sintiéndome cansada como nunca.

– No vamos a poder descansar hasta que no lleguemos a casa…

– No pienses eso, aun nos queda bastante camino que recorrer y cuanto antes nos pongamos a ello, antes llegamos.

                Por suerte, mis hijos lo convertían todo en un juego. Al seguir con nuestro largo camino nos encontramos con una via de tren que hacía las veces de puente. Los niños no tardaron en colocarse en las vías, jugando a ser un tren, sonidos incluidos. Les rogué que tuviesen cuidado y al ver mi intranquilidad, Thomas me dedicó un apretoncito cariñoso en el brazo, gesticulando con la cabeza para darme a entender que no pasaba nada. Era muy incómodo andar con tacones sobre esa superficie, tenía que cambiar la mirada de los niños a las maderas de las vías para que no se me colase el tacón entre tabla y tabla. Llevábamos más de la mitad del recorrido cuando sentí una vibración y justo después de que Berlioz imitase el silbato del tren, el de verdad nos hizo dar un respingo. Thomas salió corriendo tras los niños que nos miraban aterrados y los ayudamos a toda prisa a bajar por las tablas del puente hasta una inferior en la que apoyarnos. Fue todo demasiado rápido y confuso; bajamos a los niños, después nosotros, y nos abrazamos aguantando el temblor del puente al pasarnos el tren por encima. El sonido era ensordecedor, abrazaba a mis hijos con fuerza pero sentía que me faltaban manos. No los solté hasta unos segundos después de que los temblores pasasen, y no los habría soltado de no haber escuchado, muy por debajo de dónde nos encontrábamos, la voz aterrada de mi hija llamándome.

– ¡¡Marie!! – casi me tiro al agua desde donde estaba al verla luchar por no ahogarse. No sabía nadar.

– ¡No tragues agua Marie, ya voy! – Thomas me dio su arrugada bolsa, su sombrero y se tiró al río sin pensárselo dos veces.

                No les quitaba el ojo de encima mientras ayudaba a mis hijos a subir de nuevo para bajar por el otro lado del río. Thomas la había alcanzado pero la corriente los arrastraba. Me acerqué a un saliente de roca, tumbándome en él y dejando la mitad de mi cuerpo sobresalir del borde con los brazos estirados. Thomas cogió a la niña por las piernas, subiéndola mientras él se hundía y yo la agarraba por los brazos, apretándola con fuerza a mi pecho.

– ¡¡Thomas, ten cuidado!!

– ¡No te preocupes, te veo río abajo!

                Les di a mis hijos las pertenencias de Thomas tras comprobar que mi hija no tenía daño alguno. Cargándola en brazos, me apresuré a ir en la misma dirección que le llevaba el agua. Caminamos varios minutos sin rastro de Thomas, por lo que empecé a asustarme. Los niños le llamaban, yo le llamaba. Segundos de angustia después – que se me hicieron eternos – escuché unas risas animadas justo tras la curva que teníamos delante.

– La próxima vez no se tire si no sabe nadar, Monsieur – era la voz de una señora.

– No sea tan intrépido, pida ayuda – dijo otra voz muy parecida. También percibí un raro acento.

– Ya he tenido ayuda suficiente, gracias – al escuchar la voz sofocada de Thomas, caminé más rápido. Dos señoras de gran tamaño, en traje de baño, le quitaban las ramitas del pelo con disgusto. Aunque el rostro más contrariado era probablemente el de él. Tuve que aguantar la risa tanto por la escena, como de alivio. Se despidieron de él y se marcharon con una toalla sobre los hombros y un contoneo.

– Thomas – al escuchar mi voz, alzó la vista con una sonrisa cansada.

– Hola preciosa, te dije que iba a estar bien – le ofrecí la mano para que se levantase pero me la negó, tumbándose en el césped a respirar.

– ¿Puedo ayudarle en algo? – preguntó Toulouse echándole aire con la mano.

– No, gracias – le revolvió el pelo.

– ¡Disculpen! – Llamé a  las desconocidas, que se pararon sonriéndome – muchas gracias por su ayuda.

– Ah, no se preocupe. Deje que nos presentemos. Mi nombre es Amelia y ella es Abigail.

– Somos inglesas – dijo Abigail llena de orgullo. Escuché a Thomas murmurar “inglesas tenían que ser…” – Y gemelas.

– Sí, somos hermanas – comenzaron a reírse de manera pomposa, una risa que no sabía bien si se me contagiaba o si me parecía tan extraña que me hacía reír.

– Estamos viajando por Francia a pie.

– Y a veces nadando, como hoy.

– En el agua – de nuevo esas risas. Miré hacia atrás para encontrarme con Thomas poniendo los ojos en blanco.

– Ven a conocer a las hermanas – me acerqué a él, que al fin se sentaba en el césped.

– Más bien a ver si puedes hacer que desaparezcan – chasqueé la lengua con reprobación.

– No seas así, te han ayudado – se quitó la camiseta y la escurrió hacia un lado. Estaba quizás demasiado delgado, aunque al ser un hombre grande no se le notaba demasiado. Apenas tenía pelo en el pecho, pero sí infinidad de pecas en la piel.

– Bueno, bueno, ¿How you doing, you fine t’ings? – mientras las hermanas se reían avergonzadas y de manera escandalosa, finalmente reconocí que el idioma que hablaba era inglés, aunque con un acento que no lograba identificar.

– ¡Oh, irlandés! – Otra duda aclarada – Pero monsieur no hable en inglés, la señora no nos entiende.

– Y no somos cosas, somos mujeres – dijo Amelia.

– Nooo… – Thomas fingió sorpresa – ¡Pensé que apenas pasaban la adolescencia! – volvieron a reírse más sonrojadas aún.

– Su esposo es muy amable y adulador – fui a hablar, pero él se me adelantó mientras sacudía su camisa.

– Verán señoritas, no soy exactamente su esposo… – la sonrisa se les congeló en la cara. Se miraron entre ellas con cierto disgusto.

– Señor, o lo es, o no lo es…

– Pues no lo soy – se vistió de nuevo y las hermanas se miraron espantadas.

– Menudo canalla – murmuraron – seguro que es un abusador.

– Y mira sus ojos, casi juntos.

– Ojos juntos, mirada incierta.

– Definitivamente es un seductor a la caza de mujeres inocentes – para corroborar sus desagradables palabras, mi hija le miro suspirando.

– Señoras, déjenme explicarles. Thomas es un buen amigo que nos está acompañ—

– No les expliques nada – dijo disgustado y con motivo – hasta luego, señoritas, nos dirigimos a París.

– ¡Ah, nosotras también! – Thomas me pidió ayuda con la mirada. Me encogí de hombros, al fin y al cabo, le habían ayudado a salir del agua – si nos dejan un segundo para cambiarnos iremos todos juntos.

– Vamos a encontrarnos con nuestro tío Waldo en “Le Petit Café”

– Vaya, es un restaurante muy famoso – dije dándoles algo de conversación.

               No tuve que esforzarme mucho, adoraban charlar y sobretodo de ellas mismas. Estuvimos andando hasta la noche que llegamos a ciudad, y no callaron ni un instante. Eran incombustibles esas dos y veía la irritación de Thomas a cada minuto que pasaba. Le rogaba con la mirada que fuese amable a lo que él me susurraba “que conste que lo hago por ti”. Nos compraron unos crêpes salados para cenar en un puesto ambulante, cosa que les agradecí montones de veces. En un momento determinado, comenzaron a hablar de su país con mis niños que hacían preguntas sin parar. Thomas se apartó un poco del grupo, por lo que anduve a su ritmo.

– ¿Por qué las detestas tanto? Son prejuiciosas pero… en fin.

– Escucharlas hablar de todo lo que tienen, todo lo que poseen, me pone enfermo – su mirada había cambiado, ya no era simplemente molestia, era algo más. Algo personal.

– No sé en qué lugar me deja a mí ese odio hacia la gente con recursos.

– No es eso Sue – alcé las cejas al escucharle llamarme así. Nunca nadie lo había hecho – no tengo nada contra los ricos. Son los ingleses egoístas y tiranos lo que no soporto.

– Creo que esto se escapa a mi comprensión. ¿Es algo cultural?

– Es más cuestión de principios. No soporto la idea de que estén aquí por vacaciones mientras yo he tenido que abandonar mi hogar por necesidad. Es desesperante escucharlas hablar. Y a Dios gracias que no tengo que escuchar ese inglés pijo que tienen, entonces es cuando juro que me iría por libre.

– Gracias por acompañarnos – al tocar su brazo desvió su mirada de las gemelas a mis ojos. Me sorprendí al sentirme agitada.

– Al menos estar a tu lado sí que es un placer – su sonrisa pícara volvió a sacar la mía a la fuerza – ya sé dónde vamos a pasar la noche, no queda muy lejos y estas dos pueden seguir buscando a su tío todo lo que quieran.

                Pero fue justo a dos calles de allí que llegamos a la cafetería. No había ni un alma a la vista a esas horas, de hecho, el local estaba cerrando. Justo cuando Thomas empezaba a proponer separarnos un escándalo se produjo en el café. Mi hija corrió a darme la mano y mis niños se acercaron cuando echaron a un señor regordete de cara colorada de allí a empujones.

– ¡Es el tío Waldo! – a su mención, el señor se giró a mirarnos.

– ¡Amelia! ¡Abigail! Mis queridas sabrosas… digo, sobrinas – hipaba a cada instante y apenas se mantenía erguido. Me llevé una mano a la boca, ocultando mi sonrisa.

– ¡Has estado bebiendo! – dijo Amelia

– ¿Y qué le ha pasado a tu elegante chaqueta? – preguntó Abigail.

– No saben cómo han tratado a su tío. Me han echado a patadas cuando yo solo estaba cenando tranquilamente un ganso al horno relleno de castañas y bañado con vinos del Rin.

– Ya, totalmente injusto – me susurró Thomas, haciéndome reír más aún.

– Más yo prefiero, como viejo marino, en vez de Rin, ron – estallaron en carcajadas tanto él como sus sobrinas. Mis hijos le miraban sin entender nada y yo al fin no pude evitar reírme con ellos.

– Por favor, tío, vamos a llevarte a la cama.

– ¿¡A la cama?! – le mandaron a callar mirando alrededor, las luces de las casas estaban apagadas y el silencio era absoluto a excepción de ese señor – no me shhh manden a callar, como sigan así van a despertar ¡A todo el vecindario!

– No podemos seguir así, vámonos ya – dijeron entre risas, apoyando los brazos de su tío cada una en sus hombros y sosteniéndole a duras penas.

– ¡Eso, cada oveja con su pareja! ¡¡QUE VIVAN LAS MUJERES!! – casi tira a sus sobrinas al suelo al tropezarse con sus propios pies, pero no dejaban de reír alegremente.

– ¿Sabes qué? – Thomas se reía tontamente observando cómo se marchaban – me cae bien ese Waldo.

– Al menos borracho es alguien simpático – nos miramos y volvimos a reírnos, poniéndonos en marcha de nuevo. Hacía un poco de fresco y me crucé de brazos. Thomas, siempre atento a mí, me pasó un brazo por los hombros. No le miré, pero me acerqué un poco más al calor de su cuerpo.

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                Con la oreja pegada a la puerta de su habitación,  Noël esperaba a que todo el mundo se fuese a “dormir”. Tras el sonido de la última puerta cerrándose, abrió la suya, caminando de puntillas hacia la parte exterior de la casa. Se apresuró a entrar en la parte trasera del coche, tapándose a sí mismo con las mantas usadas para ocultar las ruedas de repuesto. El polvo se le metía por la nariz y la humedad le calaba los huesos. Usó su aliento para calentarse las manos y sus músculos se tensaron al escuchar como la paja de los caballos crujía bajo unas pisadas fuertes y seguras. El coche se balanceó hacia la izquierda cuando su hermano Rèmy se subió, suspirando. Tras tanto silencio, el estruendo del motor era insoportable pero sus oídos se acostumbraron con rapidez. Se sentía tremendamente nervioso, algo asustado pero expectante. Miró el reloj, con intención de calcular la distancia a la que iban a dirigirse con respecto al tiempo viajado. Y este duró más de lo que esperaba, por lo que se preocupó al estar tan lejos cuando finalmente frenó. Tan pronto sintió que el automóvil se liberaba del peso de Rèmy, asomó la cabeza de la manta polvorienta, mirando a través de la ventana y tosiendo suavemente. Le vio acercarse despacio a un granero rojo, grande. No supo ubicar la zona en la que se encontraban pero procuró que la imagen le quedase grabada en la memoria. Entró y tardó en dar señales de vida. Mientras tanto, Noël escuchaba atentamente por si oía la voz de Suzette o sus sobrinos, pero además del viento a través de los árboles todo era silencio. Al ver a su hermano volver se ocultó, temiendo haber sido visto. Pero al entrar de nuevo simplemente arrancó, suspirando una vez más. Si se sentía mal o culpable por lo que había hecho, se alegraba. Y si se sentía miserable, se lo merecía. Tuvo que apretar los dientes para no cometer una imprudencia y enfrentarse a él allí mismo. Como siempre, guardaría silencio, y todas las evidencias que estaba recolectando las guardaría para usarlas en el momento oportuno.  De lo que estaba seguro era de que la verdad iba a terminar descubriéndose tarde o temprano y tanto él como su hermana, pagarían por su avaricia.

2

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Marie se había quedado dormida en los brazos de Thomas y mis niños se aferraban a mis manos, uno por cada lado, andando muy despacio por las calles vacías y humedas. Los edificios parecían inhabitados y algunos, de hecho, lo estaban tras las ventanas tapiadas. El único sonido destacable era el de los pasos arrastrados de mis hijos. No podían seguir, lo veía en sus rostros agotados.

– No creo que lleguemos esta noche a casa, Thomas.

– Me duelen los pies, mamá – se quejó Berlioz con voz lastimera.

– Sí, ya es tarde, los pequeños tienen sueño – susurró acariciando el pelo de Marie.

– Hemos caminado más de cien kilómetros – Toulouse se sentó en el borde de la acera y su hermano le imitó.

– Yo creo que más de mil – acaricié su pelo negro como la noche y dejó caer su cabeza contra mi pierna. Al mirar hacia abajo me entristeció ver lo sucio que estaba mi traje antes de un blanco perfecto, pero no era nada comparado al dolor de tener que ver a mis hijos en ese estado por culpa de la avaricia de dos personas que además eran familia.

– No os preocupéis – Thomas me puso la mano en la espalda, sonriendo afectivamente al ver que hacía desaparecer una lágrima con los dedos – justo tras esa esquina hay un lugar donde nos podemos quedar, y a juzgar por el silencio, diría que vamos a estar tranquilos – nos pusimos en marcha bajo un coro de quejas pero fue realmente al cruzar la esquina donde nos paramos – aquí está, arriba del todo tenéis mi buhardilla – señaló un edificio casi en ruinas – No disfruto de muchos lujos pero es acogedora y silenciosa – apenas había terminado de hablar que varias luces se encendieron y el estruendo de un saxofón inundó la noche. Thomas hinchó los carrillos y expulsó el aire en un resoplido – vaya, creo que Léo y su banda de Jazz se nos han adelantado.

                Marie se despertó, mirando a sus hermanos que parecieron perder todo el cansancio de golpe. Nos sonreían muy entusiasmados, la música siempre surtía ese efecto en ellos. Thomas me miró con aspecto cansado y resignado, a lo que tuve que sonreír. Los niños se acercaron a la casa con curiosidad, incluso Marie se bajó de los brazos de Thomas.

– ¿Son amigos de confianza?

– Sí, son jazzistas, pero son del barrio bajo, no son de tu clase. Quizás deberíamos buscar otro lugar más a tono con vuestro estilo de vida.

– No, no, no. Me da verdadera curiosidad conocer a tus amigos y tu buhardilla. Y los niños están de lo más entusiasmados, adoran la música y esto es nuevo para ellos.

– Bueno, pues vamos arriba – parecía encantado con la idea de reunirse con ellos y a mí verdaderamente me parecía una experiencia nueva y probablemente digna de recordar. Me ayudó a subir dándome la mano para que no metiese el pie por ninguna grieta de la madera y una vez arriba, el espectáculo era sorprendente y de lo más variopinto – Léo, ¡Sopla esa trompeta como tú sabes!

                Un tipo altísimo, de piel muy oscura y gran sonrisa, complació a Thomas improvisando lo que parecía algo sin sentido pero que en su totalidad, componía una melodía digna de escuchar. Al acabar dio una carcajada y se acercó a nosotros, saludando a su amigo.

– ¡Pero si es el vagabundo O’Malley! Ya era hora que te diese por volver a casa, ¡Ven aquí! –Cuando miró a mis niños, se acercaron a mí asustados por alguien tan extraño a ellos. Berlioz incluso se escondió a mi espalda.

– Léo, esta es Suzette y sus niños: Marie, Toulouse y Berlioz. Van camino a su casa pero van a quedarse aquí esta noche.

– Encantada Monsieur Léo, un placer – inclinó ligeramente la cabeza y se quitó el sombrero, sosteniendo mi mano y besándola.

– El placer es mío, preciosa – cuando me guiñó el ojo, haciéndome reír, Thomas le dio unos golpecitos en el hombro.

– Ya, ya, no seamos maleducados, ¿De acuerdo?

– Recuerdo que alguien se presentó de una manera muy parecida y en ese momento no fue maleducado – mi comentario sarcástico produjo una serie de risotadas y palmadas de sus amigos, así como que Thomas alzara una ceja mientras asentía poniendo morritos.

– Muy bien, muy bonito Sue – me reí de nuevo. Sus amigos eran verdaderamente escandalosos.

                Nos presentó al resto de hombres, cada uno con su instrumento: Mike era un tipo de pelo y larga barba rubia, norteamericano y con aspecto excesivamente tranquilo que tocaba la guitarra española;  Anatoli era un hombre ancho, muy ancho, y no por sobrepeso exactamente. Su larga barba y su excéntrico bigote le causaron desconfianza total a mis hijos, además de su fuerte acento ruso. Pero al ver que tocaba un contrabajo, se acercaron a él, curiosos, para descubrir que al contrario de lo que parecía, era un hombre muy agradable; Fei, proveniente de China, tocaba el piano y aunque apenas hablaba, asentía constantemente con una sonrisa apartándose los mechones de pelo de la cara; y Benedetto, un hombre realmente atractivo que también besó mi mano y que – debo admitirlo – me puso nerviosa con su mirada juguetona, tocaba el acordeón. Tenía un pendiente en una de sus orejas, lo que me pareció de lo más descarado. Sin previo aviso, empezaron a tocar de uno en uno. No tenían partitura alguna y no por ello dejaron de hacer una música que a mis oídos era considerablemente buena.

– Esta música… – miré a Thomas, que se quitó la gorra para ponérsela a Fei entre sonrisas – nunca había tenido el placer de escuchar algo como esto.

– ¡Mamá! – Me llamó Berlioz, mirando de cerca cómo tocaba Anatoli – ¡Esto no es Beethoven pero el ritmo que llevan es mejor que el que tocamos en casa!

– ¡Pero si tenemos a un pequeño con swing entre nosotros! – dijo Léo acercándose a él.

– ¿Qué es swing? – Preguntó Marie a Fei – ¿Qué es Jazz?

– Verás, es un estilo musical que ahora es moda al otro lado del charco, y ha llegado hasta aquí. Todo lo que sabes de melodía, olvídalo con el jazz – mi hija me preguntaba con la mirada si estaba bien lo que ese hombre decía – nosotros improvisamos, sincopamos, rompemos los ritmos establecidos y hacemos lo que nos sale de aquí – le dio con un dedo suavemente en el pecho – no de aquí – tocó su frente. Mi hija estaba fascinada ante el nuevo conocimiento.

– La música suave que conocéis, eso ya no se lleva: el vals, el tango, las óperas, las cuadrillas… en el momento que el jazz te atrapa es difícil salir de él – añadió Thomas.

– Ah, pero no todo el mundo puede tocar jazz, hay muchos que lo que hacen es ruido sin coordinación alguna – intervino Anatoli – si no te entran ganas de bailar, no es buen jazz.

                Mis hijos absorbían la información, los observaban tocar yendo de un lado a otro, bailando, intentando seguir el ritmo como yo y sorprendiéndose cada vez que cambiaban porque parecían estar de acuerdo sin realmente estarlo. Toulouse intentó improvisar con su hermano y aunque el resultado quizás fue algo desastroso, esos hombres les incitaron a seguir, aplaudiendo y alabándoles. Benedetto soltó su acordeón para coger mi mano, invitándome a bailar. Me levanté muerta de vergüenza, intentando seguir el ritmo como podía sin saber realmente cómo moverme. Nada parecía seguir ningún patrón, estaba encantada y perdida al mismo tiempo. Thomas me puso una mano en la cintura, apartando a su amigo e inclinándose para susurrarme.

– No pienses, baila. No hay pasos que seguir.

                Empecé a disfrutar de esa música de verdad desde que me dio ese consejo. No me movía por ninguna norma, solo por lo que mi cuerpo me pedía. Y aunque no era un baile programado, Thomas y yo parecíamos estar sincronizados: me llevaba de un lado a otro, me cogía y me soltaba, me estaba divirtiendo como nunca en mi vida. Hacía tanto que no reía a carcajadas y que no me sentía de esa manera que en cierta manera fue extraño, pero adoré ese sentimiento. Y sobre todo la libertad de Thomas, esa despreocupación por todo lo que no fuese sentirse feliz y en paz. Extrañamente, sentía que encajábamos con esa gente que en principio creíamos tan opuesta pero que nos aceptaron como a parte de ellos. En un momento de la noche, descubrí un arpa polvorienta en una esquina. Thomas me pilló comprobando que no sonaba exactamente como debería.

– ¿Nos tocas algo de lo tuyo ahora? – dijo sentándose en el sucio y desgastado suelo, dándole un golpe a Mike en la pierna para que pidiese silencio.

– Bueno, pero es algo muy diferente lo que yo sé tocar…

– ¡Es música y la música aquí es bienvenida! – Léo también se sentó a observar.

                No duré mucho tocando porque me moría de la vergüenza, mucho menos cantando, pero el poco tiempo que me atreví, me escucharon atentamente. Hasta que Léo se me unió con su trompeta, le siguió Anatoli y poco a poco los demás, volviendo a su Jazz de siempre. Mi hija casi echa un pulmón al soplar la trompeta, lo que todos alabaron diciéndole que era toda una swinger. Momentos después, Mike le pedía a Thomas que cantara lo suyo, que resultó ser una canción preciosa que no necesitó de instrumentos pero que sonaba triste y melancólica. Y cantaba realmente bien. Me dijo que era una canción de su tierra y que precisamente hablaba de lo bella que era y de lo mucho que la extrañaba. Justo después, volvieron a tocar jazz.

– ¿Cómo han acabado gente tan distinta junta en París? – le pregunté a Thomas mientras tocaban.

– Cada uno hemos acabado aquí por motivos diferentes, bien huyendo de la pobreza, de una sociedad que no les acogía o simplemente porque no encajaban en su entorno, como es el caso de Léo.

– Pero no parece faltarle el dinero precisamente.

– Y no le falta, es el único que obtiene ingresos de un trabajo honrado. Es cocinero en un restaurante. Los demás… bueno, hacemos lo que podemos para sobrevivir.

– Me lo imagino – al verme alzar las cejas, frunció el ceño.

– No nos juzgues de esa manera. ¿Vas a decirme que si alguno de nosotros robásemos de tu casa unos platos, dos tenedores y un candelabro de plata supondría un cambio importante en tu vida?

– No pero—

– Con eso comemos una semana. Una semana de no pasar hambre por algo que podéis suplantar sin que os suponga un sacrificio. Piensa si es tan malo lo que hacemos, al fin y al cabo, nadie sale herido.

– Pero… oh, da igual – realmente no servía de nada darle el argumento de que no podía llevarse algo que no era suyo. Llevaba razón en sus palabras, no éramos nadie para negarle comida a gente que no la tenía.

– No pretendo cambiar tu moralidad ni tu ética – me giró la cara hacia él con dos dedos en mi barbilla – solo intento que te pongas en nuestro lugar – me pellizcó la mejilla justo antes de que Benedetto volviese a ofrecerme la mano para bailar.

En resumen y entre debates, nunca habíamos vivido una noche tan escandalosa, caótica y tan divertida. Y lo mejor es que ningún vecino parecía quejarse, es más, de vez en cuando alguien se asomaba y les saludaba. Fueron ellos mismos los que tras unos cuantos bostezos y estiramientos se despidieron, con la promesa de volver a vernos.  Cuando se marcharon, el silencio pareció excesivo. Thomas llevó a mis niños, ahora completamente exhaustos, a una enorme cama que había escaleras arriba. En la casa solo había luz eléctrica en el salón donde tocaron, el resto carecía de iluminación. Los acostó y los tapó. Aun con los ojos casi cerrados, seguían cantando y meneándose, riendo y gastándose bromas. Al darme la vuelta vi a Thomas mirarlos con ternura desde el amplio balcón de la habitación. Su rostro se iluminaba por la luz de la luna, y sus ojos brillaron cuando me acerqué para verlos con más claridad. Bajo su barba se ocultaban muchas pecas, me pregunté cuantas.

– Seguro que van a soñar con ese viaje de ensueño que te prometí y nunca llegó – Susurró. Reírme a su lado era algo natural, me sacaba las carcajadas sin esfuerzo.

– Probablemente. Los pobres no podían aguantar despiertos por más que quisieran. Ha sido un día duro para ellos – me crucé de brazos, hacía un poco de frío ahí fuera – no puedo entender como alguien de tu familia puede abandonarte a tu suerte solo por el dinero.

– Es lo que tienen las riquezas, mucha avaricia detrás. Pero bueno, podría haber sido peor, hemos acabado la odisea con un gran final – añadió él a mi espalda, apoyando las manos en el balcón a cada lado de mi cuerpo y dándome calor con el suyo. Me dejé caer un poco en su pecho.

– Me han encantado tus amigos, se han portado muy bien con mis niños.

– Son vagabundos y puede que un poco maleducados pero si alguna vez tienes problemas van a ser los primeros en ayudar, que no te quepa duda. Y sin pedir nada a cambio, son unas personas increíbles.

– Tú también lo eres – toqué el dorso de su mano con mis dedos y me giré para apoyar la cabeza en su pecho, cerrando los ojos cuando me rodeó los hombros con sus brazos – no sé cómo agradecerte todo lo que estás haciendo por mí y mis hijos – miré directamente a sus ojos verdes, sintiendo sus manos bajar por mi espalda y viéndole suspirar.

– Ahora debería decir una de mis frases de conquistador pero… no me salen. Te miro a los ojos y me quedo en blanco, me cuesta pensar viendo tanta belleza – me reí avergonzada y divertida.

– De verdad, Thomas, eres un peligro. Hasta a mi niña la tienes engatusada.

– Tus niños son tan buenos, dan tanta alegría estar a su lado. Te rejuvenecen. ¿Sabes? Podrías quedarte aquí si quisieras, podríamos buscar una manera de salir adelante. Si como tú dices tu familia te hace estas cosas…

– No puedo Thomas, es parte de mi familia la que nos ha hecho esto pero la abuela de los niños… necesita saber que están bien. Nos necesita.

– Pero volver con esa gente puede ser peligroso – parecía preocupado de verdad. Toqué su pecho, sonriendo cálidamente.

– No te preocupes, no voy a permitir que ocurra de nuevo – tragué saliva, dándome cuenta de que quizás ese Don Juan había conseguido lo que se proponía desde un principio – Siento tener que separarme de ti mañana.

– Yo también – acarició mi mejilla con sus dedos, mirándome los labios – Dios, te voy a echar tanto de menos…

                Me dejé besar. Su barba me hacía cosquillas en la mejilla, sus mechones de pelo se mezclaban con los míos. Cerramos los ojos en unos besos lentos y breves que nos hacían suspirar. Creía que de volver a estar con un hombre me sentiría culpable por Frederique, pero no fue así; con Thomas lo sentí natural. Cuando me miró a los ojos de nuevo, chasqueó la lengua, poniendo su mano en mi mejilla y apoyando su frente en la mía. Le llevé de la mano al piso de abajo, a una pequeña y herrumbrosa cama apartada de donde mis hijos dormían. En esa habitación hacía frío, por lo que me apresuré para sentir el calor de su cuerpo tan cerca como pude. Sentí un pellizco en el estómago al rozar su lengua con la mía, sentí el calor y la pasión apoderarse de mi cuerpo y mis pensamientos. Thomas me desvistió despacio, besando con ternura cada hueco de mi cuerpo que dejaba al descubierto. Ya no notaba el frío, el fuego de sus labios en mi blanca piel no me permitía sentir más que deseo. Se tomó su tiempo en desvestirme pero apenas tardó en quedarse desnudo. Me tumbó en la cama mientras me asombraba de que la piel de una persona pudiese estar tan marcada por lunares y pecas, me encantó que fuese tan diferente de lo que conocía.

                Sus dedos exploraron sutilmente ente mis piernas a la vez que su boca se deshacía en besos por todo mi rostro y mis labios. El placer que me daba era suave, lento, pero no por ello menos intenso. Hundía los dedos entre mi carne, acaraciándome deliciosamente. Me sentía ardientemente húmeda, hizo que mis dedos se acercaran a su miembro y ante ese contacto me agarró del pelo, respirando profunda y temblorosamente sin dejar de besarme. La lujuria se adueñó de nuestros movimientos, se la acariciaba despacio, sintiéndole tensar los músculos del estómago. El placer que me daba no hacía más que aumentar, y le clavé las uñas en el brazo al sentir que un orgasmo intenso como pocos tuve en mi vida me agitaba por completo. Sin dejar de acariciarme, le sentí deslizarse entre mi carne palpitante y encendida. Apretaba los dientes, agarrándome la cara con su otra mano para que le mirase a los ojos, susurrándome un “eres bellísima”. Yo me aferré a su espalda, él me clavó los dedos en los muslos, meciéndose sobre mi cuerpo, adueñándose de él. Me hacía gozar de una manera que nunca había sentido, era tan intenso que apenas podía permanecer en silencio. Sus jadeos, mis gemidos, la escandalosa cama que rechinaba a cada movimiento; el conjunto se convirtió en la mejor melodía que había podido escuchar en todo el día. No dominaba mi cuerpo en absoluto y él pareció perder el control del suyo. Me agarró del trasero, me mordió entre el cuello y el hombro y gimió, sorprendiéndome al ser la primera vez que escuchaba a un hombre quejarse del placer al deshacerse dentro de mí. Ahora fui yo la que le hice mirarme a los ojos, hundiéndome en ese verde intenso que me tenía cautivada, en ese rostro tan vulgar y atractivo al mismo tiempo.

–  Suzette – suspiró contra mis labios segundos después, tumbado junto a mi cuerpo – no voy a olvidarte jamás.

– Shhh, shh, shhh – me acurruqué contra su pecho – abrázame Tom. Quiero dormirme con el calor de tu cuerpo – Nos tapó con una manta basta y muy usada que resultó ser de lo más calentita, y como le pedí, no me soltó en toda la noche.

                La risa de Marie me despertó por la mañana. Al abrir los ojos en esa cochambrosa habitación carente de muebles me encontré desubicada. Pero al mirar la manta que cubría mi cuerpo desnudo, recordé con cierta vergüenza la noche anterior. No era solo Marie la que reía tras la puerta, mis otros dos hijos también daban carcajadas alegres. Y de fondo, Thomas contándoles una historia de las suyas. Me vestí entre suspiros, imaginándole como el padre de los niños, a mi lado, amándome como esa única vez y llegando a ser los mejores amigos como lo éramos Frederique y yo. Y al abrir la puerta y verle en el suelo fingiendo ser derrotado por Toulouse, la esperanza empujó a la fantasía hacia la superficie. No podía dejar de pensar lo mucho que se parecían esos dos.

– ¡Buenos días, dulce Sue! – Resopló al caerle también Berlioz sobre el estómago – o buenos días para algunos, a mí me han vencido – mis niños rieron a carcajadas cuando se hizo el muerto, sacando la lengua hacia un lado.

– ¡Le vais a hacer daño! – les dije, levantándolos del suelo. Thomas incluido.

– ¡No pasa nada mamá! ¡Puede con dragones! – Dijo Marie – dice que ha rescatado a muchas princesas como nosotras.

– No lo dudo ni un instante – le observé sonreírme y peinarse con los dedos. Quise besarle, pero no quería confundir a los niños. Y en ese momento la realidad expulsó a la fantasía, por lo que aparté mis ojos de los suyos – bueno, ¿Nos vamos a casa?

                Mis niños asintieron alegremente. Thomas me ayudó a ponerles la ropa en su sitio y sin pensarlo mucho más, nos pusimos en marcha. Y al ver la calle a la luz del día fui consciente de que no andábamos muy lejos. Al llegar a nuestro barrio, Thomas silbó asombrado.

– ¡Mira esas casas! ¿Seguro que vives por aquí?

– Sí, es esa del fondo – aceleramos el paso, deseosos por llegar, de hacerle saber a Adelaide que estábamos todos bien. Los niños corrieron a través del gran jardín delantero, hacia el portón.

– Bueno, hasta aquí llegamos – me observaba con detenimiento, sus manos en los bolsillos, su gorra tapando esa preciosa media melena pelirroja.

– Yo… no sé cómo decirte todo lo que quiero decirte, es m—

– Una despedida corta será lo mejor – me interrumpió poniéndome los dedos en los labios. Su eterna sonrisa se desvaneció ligeramente.

– Yo tampoco voy a olvidarle jamás, monsieur O’Malley – cerré los ojos al sentir su mano acariciarme la mejilla. No quería separarme de él.

– Y yo que pensé que ya nos tuteábamos. Cuídate mucho Suzette, si quieres escuchar buen Jazz, ya sabes dónde está mi ca—

                Mis labios le interrumpieron. Fue un beso más breve de lo que ambos habríamos querido pero llevaba razón, alargarnos en la despedida era peor que simplemente dar la vuelta y caminar. Mis niños ya habían entrado por lo que me apresuré a seguirles. No quería que se encontrasen primero con Felice y Rémy, no sabía de qué eran capaces. Y mis temores se confirmaron al ver a mi cuñada en la puerta con aspecto afligido.

– ¡Cariño! ¡¿Dónde has estado!? – fue a abrazarme pero me aparté ligeramente.

– No creo que necesites explicaciones – fingió incomprensión, y lo hizo tan bien que casi me creo su teatro – ¿Dónde están los niños?

– Con Adelaide, en la sala de estar – me acompañó hasta allí. De camino me crucé con Noël que me dedicó una gran sonrisa y acto seguido, tras mirar a su hermana, negó con la cabeza y los ojos muy abiertos.

                No pude evitar el empujón que me hizo caerme a la alfombra de la salita. Mis niños estaban allí, pero asustados y llorosos. Felice cerró la puerta con llave tras dedicarnos una mirada cargada de odio. Esa habitación no tenía ventanas y no había más entrada que la puerta por la que accedimos. Abracé a mis hijos, confusos por la actitud de su tía.

– El tío Rémy nos empujó aquí dentro – me dijo Tolouse aguantando las lágrimas – le ha hecho daño a Marie en el brazo.

– ¿Por qué están enfadados mamá? – preguntó Berlioz, sin poder evitar llorar como el niño que era. Le miré el brazo a mi hija, pero solo tenía un golpe.

– No lo sé, después les preguntamos ¿De acuerdo? – pasaron varios minutos que se me hicieron interminables hasta que escuché que forcejeaban con la puerta.

– ¡Suzette! – un susurro a gritos, de Noël – ¡No puedo abrir! ¡Espera un segundo y ahora os saco!

– No, no, no – corrí hacia la puerta, susurrando también – no te enfrentes a ellos tú solo, no podrás, tus hermanos tienen más maldad y son más fuertes. Ve a buscar a Thomas, no debe andar lejos. Es un hombre pelirrojo, extranjero, un vagabundo que nos ha ayudado a llegar. Cuéntale lo que pasa. ¿Dónde está Adelaide?

– Ha salido a preguntar noticias vuestras a comisaría. Espero que llegue antes de que esos brutos os hagan nada. No te resistas, ¿Vale? Sea lo que sea que te pidan no te resistas.

– Date prisa, por favor.

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                Corrió hacia la calle, llamando a voces al señor Thomas, hasta que un tipo con ropas que no encajaban con su barrio se giró y le miró con desconfianza.

– ¿Thomas? – preguntó sin aliento

– ¿Qué demonios quieres? No he hecho nada, solo estoy paseando

– No, no es eso. Suzette, mis hermanos no sé qué van a hacer con ella y yo solo no puedo – su expresión cambió por completo. Agarró al muchacho por los hombros – necesito su ayuda.

– Vale, ve a buscar a mis amigos y date prisa. Diles que vas de mi parte y no tendrás problemas – al decirle la dirección de la casa, el chico le miró asustado.

– No puedo entrar en ese barrio con esta ropa…

– ¡¡Date prisa!! – salió corriendo en dirección a la casa y él lo hizo hacia el lado contrario.

                Por suerte, el lugar dónde debían estar sus amigos no se encontraba muy lejos, pero sí en una zona de la ciudad poco recomendable para ir solo y con aspecto elegante. Con cautela y jadeante, entró en la casa, preguntando si había alguien. Un tipo ancho, de bigotes exageradamente largos y aspecto amenazador se acercaba a él. Antes de que pudiese abrir la boca, un hombre alto y con un pendiente le sujetó los brazos.

– ¿Qué haces tú por aquí niño rico? ¿Vienes a jugar a ser pobre? – un hombre de piel negra se le aproximó, observando sus ropas.

– No es eso, ven—

– ¿Sabes que no es divertido, y además es ofensivo? ¿Qué pretendes? ¿Ser un bohemio?

– No, me manda un amigo. Mc’Bride, creo que se llama

– ¿Qué dices de Mc’Bride? ¿Qué te estás inventando?

– Es Thomas, Thomas no sé qué, ¡¡No me acuerdo!! ¡¡No me hagan daño!!

– ¡¿O’Malley?! – preguntó el del pendiente. Noël asintió como loco.

– Suzette está en peligro, necesita ayuda.

– ¡¡Empieza por ahí!! – el de los bigotes le dio una palmada en el hombro cuando le soltó.

– Lo estaba intentando…

– ¡¡No te quedes ahí parado!! ¡Llévanos a dónde sea! – el hombre negro se puso un sombrero y le sacó de la casa, casi a empujones.

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                Rémy entró un buen rato después, asustando a mis hijos que se escondieron a mi espalda. Cuando intentó tocarles le dí un empujón, provocando que mi cuñada me agarrase del pelo y me diese un bofetón.

– ¡Comportate, Suzette! Que se noten los buenos modales.

– Félice… – los niños lloraban, me llamaban.

– ¡Cállate y llévalos al coche de nuevo! Yo me encargo de la furcia.

– Tranquilos, no pasa nada. Nos vamos a dar una vuelta ¿Vale? – les decía a mis hijos, intentando sonreír.

– Y tanto, os vais a dar una vuelta para no volver, porque como nos volvamos a ver, no lo cuentas – susurró esa mujer en mi oído. No la reconocía, o no era la que creía conocer.

                Nos llevaron a las cocheras, a mí no tuvo que arrastrarme mucho porque no pensaba separarme de los niños, que no hacían más que mirar hacia atrás llamándome entre lágrimas. Justo cuando iba a meterlos en el coche, un borrón naranja se abalanzó sobre mi cuñado, haciéndole dar un traspié y acabando en el suelo. Thomas le pegaba unos puñetazos tremendos en la cara a Rémy, pero era demasiado delgado para oponer resistencia. Se lo quitó de encima de un empujón, agarrándolo por el cuello y apretando. Me liberé de mi cuñada y me tiré sobre Rémy, arañándole la cara y obligándole a soltar a Thomas. Me dio un codazo que me hizo acabar en el suelo y vi a Félice venir hacia mí mientras escuchaba a Thomas toser. Le dí una patada en las espinillas conforme venía, haciéndole gritar y tirarse para agarrárselas. Volví a correr en dirección a Thomas, mi cuñado le había vuelto a agarrar del cuello, pero antes de llegar, un buen puñado de hombres estamparon a Rémy contra la pared, golpeándole con lo que podían; Eran los amigos de Thomas. Mis niños corrieron con Fei, que los llamaba para que saliesen de allí. Mike agarró a Félice y yo me incliné junto a Thomas, que respiraba como podía con las lágrimas saltadas.

– Chicos – tosió – chicos dejadle – sus amigos le hicieron caso y dejaron de golpear brutalmente a Rémy – no se va a levantar a por más.

– ¿Estás bien? – Léo me puso una mano en el hombro, asentí, con lágrimas en los ojos.

– Muchas gracias, muchísimas gracias a todos – Thomas me abrazó, consolándome. Estaba desbordada, ese segundo ataque ya había sido demasiado, solo quería tranquilidad. La tranquilidad que me daban los brazos de ese hombre mientras descargaba toda la angustia y miedo que quise ocultar a mis hijos.

              La policía irrumpió en la cochera, gritándoles a los amigos de Thomas para que se tumbasen. Pero Noël intervino, diciendo que los que querían secuestrarnos no eran ellos, sino sus hermanos. La confusión en la cara de los agentes de seguridad fue auténtica. Dieron por seguro que los peligrosos eran los pobres, asumiendo solo por una imagen preconcebida que alguien de clase alta no podría hacerle mal a tres niños. Cuando al fin arrestaron a los verdaderos culpables, Noël me abrazó con fuerza. No iba a acabar nunca de darle las gracias por ser tan rápido. Me enjugué las lágrimas y salí al patio para comprobar como estaban los niños, pero volví a llorar al encontrar que estaban entre los brazos de Adelaide. Lo que le habían hecho pasar a esa buena mujer no tenía nombre. Escuché a Félice revolverse, gritando que era inocente y no pensé. Simplemente llegué a su altura, eché el brazo atrás para ganar impulso y la abofeteé. En mi segundo intento los policías la alejaron de mí y Thomas me abrazó desde atrás, inmovilizándome.

– Sue, no dejes que los niños te vean hacer eso – me susurró al oído. Estaba fuera de mis casillas, la mataría con mis propias manos.

– Suzette, cariño – Adelaide cogió mi cara con sus suaves y perfumadas manos – ya pasó, ya estáis en casa.

                Thomas me soltó, dejando que mi suegra me diese el abrazo que más necesitaba de todos. Lloramos juntas, ella por haber perdido a dos hijos y yo por verla tan destrozada. Sin embargo, cuando miró a los pequeños sonrió.

– ¡Ay Dios mío! – Ninon se nos acercó corriendo acompañada de Noël – Suzette, por Dios, que alegría que estéis bien. ¿Estáis bien?

– Sí, estamos bien, muchas gracias por preocuparte.

– Han sido unos días horribles para todos, no quiero pensar qué ha tenido que ser para ti y los niños – no se me escapó que Noël le pasaba un brazo por los hombros, reconfortándola.

– Realmente no ha sido tan malo como cabría esperar – me giré esperando a Thomas a mi espalda y me lo encontré saliendo de la casa sin más con sus compañeros de buhardilla – ¡Thomas! ¡Espera! – Se volvió, mirándome con una de sus atractivas sonrisas – ¿Dónde vas?

– Bueno, es una reunión familiar, no es que tengamos mucho más que hacer por aquí.

– ¿¡Cómo que no?! – espetó Noël. Tanto Thomas como los demás le miraron sorprendidos. Le di la mano a Adelaide para que se acercase a ellos.

– Estos hombres han sido mi salvación, quiero que los conozcas.

– Bueno, Sue, tanto como eso… – replicó Léo, diría que avergonzado.

– De no ser por ellos me habría derrumbado, sobre todo por él, por Thomas – me volví a perder en el verde de sus ojos, y pude ver que se perdió en el azul de los míos mientras suspiraba.  La suave risa de esa mujer me hizo mirarla y percatarme de que nos observaba.

– Obviamente no tengo palabras para agradeceros que hayáis ayudado a alguien como Suzette y a sus pequeños a volver sanos y salvos, pero por favor, si puedo hacer algo por vosotros…

– No, por favor, madame, ni piense en ello. No ha sido un sacrificio en absoluto.

– Señora, no se preocupe – Léo le dedicó una sonrisa perfecta – con saber que están a salvo tenemos más que suficiente. No necesitamos gran cosa para vivir.

– ¿Qué significa eso? – me dijo ella mirándome.

– Ellos vienen de… otra zona de la ciudad, a las afueras. Sin tantos lujos, me temo.

– Madre – Noël se acercó a nosotros – donde viven no es seguro, la casa es excesivamente antigua –  Adelaide miró a los incómodos músicos llevándose los dedos a los labios.

– Bueno, eso no puede ser. Además, no pretenderán marcharse sin más. Quedan invitados a una cena esta noche aquí, en mi casa, y ahora acompáñenme, quiero hablar con ustedes.

– Si insiste… – Thomas se encogió de hombros, dejando pasar primero a sus compañeros.

– Voy a ir bañando a estos niños – dijo Ninon – y cuando acabemos, haremos tartas juntos ¿Qué os parece? – mis hijos asintieron, felices al fin, ni rastro de lágrimas.

– ¡Mamá! – Me preguntó Toulouse cuando iba a mitad de la escalera – ¿Se quedará con nosotros Thomas? ¿Quieres quedarte? – el aludido observaba a mi hijo con cariño.

– Quieres darme más palizas ¿Eh? – asintió. Marie bajó las escaleras corriendo.

– Thomas, no te vayas – le abrazó las piernas – queremos que te quedes y mamá sonríe más ahora.

– ¡Y nos riñe menos! – añadió Berlioz riéndose. Era la primera vez que de verdad le veía sin palabras, no supe si emocionado o en un aprieto. Adelaide contemplaba la escena enternecida, sonriéndonos.

– Bueno, eso depende de si puede dejar su buhardilla. Ya veremos ¿De acuerdo? Id al baño, ahora mismo estoy con vosotros.

– Sube con ellos – me dijo mi suegra – ve a darte un baño largo y relajante, no es necesario que estés en la charla. Ahora te pongo al día. Por cierto, Noël, llama a mi abogado, tengo que cambiar mi testamento cuanto antes mejor.

                Antes de irme escaleras arriba, apreté con cariño la mano de Thomas que rápidamente y tras echar un vistazo al grupo que se alejaba, me besó la mejilla, acariciando después mi nariz con la suya. Besé sus labios despacio y sonriendo, raspándome las yemas de los dedos con su barba. Al separarse de mí me di cuenta que el grupo nos observaba entre risitas, mis hijos con las manos en la boca. Adelaide parecía encantada con nuestro acercamiento, abriéndoles las puertas de la casa por primera vez a ese grupo de buenas personas con mala suerte en la vida.

EPILOGO

                Un estornudo estruendoso me hizo dar un salto en la cama. Al girarme en las suaves sábanas le vi con el pelo por la cara, mirándome con aspecto culpable y frotándose la nariz. Rió al verme sonreír, pegándole un empujón en el hombro desnudo y pecoso.

Good morning sweet Sue – me besó apoyando sus brazos en la cama.

– Bonjour, mon vadrouilleur chat – le besé obligándole a tumbarse sobre mi cuerpo.

                Absolutamente todas las mañanas nos saludábamos así, y si no nos veíamos hasta el mediodía, era lo primero que nos decíamos. Y si mis hijos no eran los que le buscaban, era él quien les buscaba a ellos sacándolos de la cama para pelearse en el suelo. Marie solo le pedía que le llevase en hombros hasta el comedor, no intervenía en la batalla, pero ya se había convertido en costumbre escuchar a mis hijos reírse mientras me arreglaba. Pero esa mañana, Adelaide se llevaba a los niños de excursión con Noël y su prometida Ninon, por lo que teníamos la casa para nosotros. Rodeé su cintura con mis piernas, sintiendo sus bocados juguetones en el cuello y su risa sobre mi piel. Comenzó a besarme con pasión justo cuando desde la calle escuchamos el claxon del coche de Léo y su banda, ahora conocida en los barrios altos gracias al apoyo de Adelaide.

– Son muy oportunos tus amigos…

– Les dije que pasaran a recogerme, pero no les esperaba tan temprano – miré el reloj dejando escapar un “oh” – vale, no es nada temprano. Más vale que me vista – se levantó acercándose al armario.

– ¿Me dejas sola, Tom? – al sentarme en la cama, dejé que la tiranta del camisón me resbalase por el brazo. Ante esa visión, me cogió en volandas, asomándose a la ventana.

– ¡¡VOY A DARME UNA DUCHA Y AHORA MISMO BAJAMOS!! – Les gritó, haciéndome reír porque la gente que caminaba por la calle dio un respingo.

– ¡¡DATE PRISA HOMBRE, HAZLA FELIZ PERO RÁPIDO!!

                Me llevó hasta el baño entre carcajadas y besos, tropezándose con los muebles y las alfombras, quejándose de que la decoración era excesiva. El baño se nos alargó entre besos, caricias, abrazos, mordiscos, gemidos y placer. Esa era la primera vez que lo hacíamos en la bañera pero sabía que no era la última. Les hizo caso y no nos entretuvimos mucho, solo lo necesario.

– ¿Te he hecho feliz aunque haya sido rápido? – preguntó secándose el pelo con una toalla.

– Tonto – contesté agarrándole del mentón y besándole – me hiciste feliz desde que te escuché cantar en aquel granero.

Volvió a sonreírme como aquella primera vez. Volvimos a escuchar el claxon y nos reímos juntos una vez más por lo escandalosos que eran para estar en un barrio como el nuestro. No intentaba cambiarle, ni mucho menos, pero algunas personas le miraban con desagrado desde que entró en nuestras vidas. Los rumores corrían como la polvora y a nosotros no nos podía importar menos mientras que nos tuviéramos el uno al otro. Y es que a pesar de vivir juntos, en un entorno tan lujoso, había cosas que no cambiaban; Es imposible intentar domesticar a un gato callejero.

Room Service

Tenía este relato pendiente desde hace mucho pero aquí está al fin.Esta vez la inspiración viene de más personas de las acostumbradas y es que no es para menos. Los protagonistas son dos matrimonios y la narración es desde el punto de vista de ellas (que son la noche y el día) porque me es más fácil básicamente.

Los Holloway

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Ella es Claire Sinclair, buenorra, todo curvas, está como una cabra, es conejita playboy desde los 18 y ahora trabaja en las vegas de stripper. Pero en el relato es algo más.

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Josh

Su encantador marido que te mira y te deja embarazada es Josh Holloway, actor y un golfo ♥

Los Nagase

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Ella, aunque ya lo sabéis, es mi amada Horikita Maki. Actriz, modelo y la perfecta japonesa educada y correcta.

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BURF ♥

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No necesita ser presentado si me leeis aunque sea un poco xD Él es Nagase Tomoya, cantante, compositor, actor, guitarrista y motero. Born to be wild

Y ya os imaginaréis a dónde puede llegar la cosa. Un adelanto. Sneak Peek.

  comerabo

El cómo es la pregunta 😉

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1

La recepción del hotel era enorme. Un botones muy amable se llevaba mis maletas a la habitación, y se me quedó mirando extrañado al ver que no me movía de allí. Le expliqué en pocas palabras que estaba esperando a mi marido, y es que no quería entrar en la habitación de nuestra luna de miel sin él. Era un cabezota, por más que le insistieron se empecinó en aparcar él mismo su coche. Había ocasiones que no estaba segura de que me quisiese más que a sus cacharros con ruedas (sobre todo los de dos), pero no podía decirle nada cuando veía su cara de felicidad al contarme que le había cambiado una pieza a tal moto o que había conseguido un nuevo coche vintage. Desde luego por dinero no nos podíamos quejar… Miraba a la salida del hotel con las manos frente a mi cuerpo, agarrando las asas de mi bolso y esperando un poco impaciente. Seguramente se había quedado a hablar de coches con esos chicos, como si lo viese.

– ¿No hay nadie aquí o qué? – miré a mi derecha al escuchar el timbre de la recepción. Lo primero que vi fueron unos enormes pechos oprimidos bajo un fino traje negro, muy apretado por arriba y suelto de cintura hacia abajo. Aunque no es que hubiera mucha tela entre esa cinturita y las rodillas… Me pilló mirándola de lleno.

– Lo siento – me apresuré a decir inclinándome levemente. Esa chica hizo un gesto con la mano quitándole importancia al asunto, arrugando una naricilla preciosa, para ser occidental.

– ¿Sabes si hay alguien por aquí que pueda atenderme? – negué con la cabeza y miré dentro del mostrador con ella. Por su forma de hablar deduje que era americana.

– Quizás están almorzando – dije empezando a practicar mi inglés, temerosa de que no me entendiese por mi fuerte acento japonés.

– Claro, es que ese es el problema, que yo también quiero almorzar y el teléfono del servicio de habitaciones no parece funcionar.

– Pero el restaurante está abierto, puedes ir cuando quieras – Me miró con una sonrisita.

– Mi marido no tiene ganas de salir de la bañera – Cuando alzó las cejas varias veces se me escapó una risita estúpida y me puse tan colorada que no supe donde mirar – ¡Ah! Por fin… – le explicó al recepcionista su problema y cuando dijo su número de habitación miré mi tarjeta llave para comprobar que estaba a una puerta de la mía – bueno, nos veremos por aquí – me dijo antes de marcharse – encantada…ehm… – me miró esperando que le dijese mi nombre, pero tardé en darme cuenta porque estaba pasmada admirando lo bonita que era.

– Ah, perdón, Maki.

– Encantada Maki – dijo ella sonriente – soy Claire – vi que alzaba una ceja mirando por encima de mi hombro – Que bombonazo acaba de entrar por ahí – me di la vuelta para admirar lo que ella admiraba y vi venir a mi marido, sonriente y con la chaqueta en la mano.

– ¿Vamos? – me dijo en japonés. Claire se rió por lo bajo y él se percató de su presencia. Después de fruncir el ceño levemente y de mirarla con curiosidad, me miró a mí.

– Es Claire, está a una habitación de nosotros con su marido – me preocupé de dejar bien claro que estaba acompañada – este es Tomoya – le dije a ella.

– Oh, encantado – dijo moviendo la cabeza ligeramente, a ella le dio la risa floja.

– Igualmente – se dio la vuelta y la seguimos hasta los ascensores.

Estaba un poco mosqueada con la situación. Sabía que él la había mirado y que seguía mirándola, solo que por no ofenderme disimulaba. Aunque tampoco me extrañaba, la chica era impresionante. Cuando llegamos al piso de arriba se despidió con una sonrisa y me apresuré a entrar en la habitación.

– ¿Qué te pasa? – Tomoya siempre me decía que mi cara era como leer un libro, no podía ocultar ningún sentimiento, era incapaz.

– Es muy guapa – dije arrastrando las maletas hacia los armarios – te mira mucho.

– Tú eres más guapa – tiró de mi mano y me abrazó. Me miró a los ojos acariciando mi mejilla, arrancándome un suspiro – no me voy a cansar de repetírtelo nunca porque cada día que pasa, lo eres más – y me dio un beso en los labios tan dulce como sus palabras.

**********************************************************************

– Se te va a arrugar – le dije a Josh señalándole lo que le colgaba flácido entre las piernas cuando entré en el cuarto de baño. Abrió un ojo y me miró desde donde estaba, con los brazos apoyados en el borde de la bañera – tiene pinta de estar muy caliente.

– No más que tú – me dijo sentándose y admirando como me desnudaba.

– Eso es evidente – me metí con él en la bañera, apoyada en el lado opuesto en la misma posición que él – el vecino de ahí al lado está tremendamente bueno.

– Ah, que bien – sentí sus pies acariciándome los muslos.

– Son asiáticos y creo que ella te va a poner muy cachondo – dio una carcajada de las suyas, de las que me enamoraron.

– ¿Y eso por qué? – tiró de mi mano y me hizo apoyar mi espalda en su pecho, abrazándome por la cintura mientras me olía el pelo.

– Porque tiene pinta de inocente y tú eres un cerdo.

– La primera queja que tengo por tu parte – le miré a los ojos.

– No era una queja – me besó despacio, pretendiendo ser un beso normal pero con esa lujuria escondida que siempre tenían sus besos.

– He perdido la cuenta de las veces que te he visto desnudarte, pero siempre me pones igual de nervioso.

– Sí, es una capacidad que tengo – moví el culo contra su entrepierna, poniéndosela dura – poner nerviosos a los hombres. Resulta que es mi trabajo, mira tú por donde.

Se rió mientras me besaba de nuevo sin esconder su lujuria y rozándome despacio los pechos. Eso era algo que apreciaba muchísimo de él, que nunca era brusco cuando empezábamos a hacer el amor. Era lo que me ponía más cachonda, cuando me tocaba haciéndome sentir tantas cosas, sabiendo de antemano que me iba a volver loca. Cuando las caricias de sus manos bajaron por mi cuerpo, llamaron a la puerta del baño.

– ¿Señora? – dijo tímidamente el chico que subió a reparar el teléfono sin entrar.

– Antes al abrirle la puerta no paraba de mirarme las tetas a través del traje – le susurré a Josh.

– Pues que mire bien – me dijo él haciéndome reír – ¡Pasa chico! – cuando abrió la puerta también se le abrió la boca, y miró rápidamente a sus pies.

– Ya tiene el teléfono arreglado, si necesita cualquier cosa no dude en avisarme.

– Muchas gracias cielo, coge de la cartera lo que quieras y cómprate algo por mí, ¿Vale? – levantó la vista e intentó mirarme a la cara sin conseguirlo, obviamente.

– Nunca he visto correr tanto a alguien del servicio de habitaciones – me dijo Josh cuando se hubo ido de la habitación.

– Irá a hacerse una paja – le dije yo sonriendo.

– Eres una cerda provocadora, te encanta – me dijo agarrándome la cara y besándome bruscamente. Me tumbé en su pecho y le besé durante un buen rato, pero me sonaron las tripas.

– Luego seguimos, tengo que darle de comer al dragón – me miró salir de la bañera y enrollarme en una toalla casi ofendido .

– Más te vale pedirme algo rico. Invitas tú.

– Vale, pero sal de ahí y vente aquí conmigo.

Descolgué y sonreí al escuchar el pitido que indicaba que el teléfono tenía señal. Cuando me contestaron pedí pollo para mí, ternera para él y el postre con más chocolate que tuviesen. Estaba preguntando por las sugerencias del hotel cuando sentí que me arrancaba la toalla. Miré a Josh poniéndome un dedo ante los labios, pero no me hizo ni caso. Deslizó los dedos entre mis labios menores y me tapé la boca, riéndome y gimiendo al mismo tiempo.

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– Vamos a almorzar y a curiosear el hotel, luego lo guardamos todo. Tenemos cuatro días por delante cariño.

Asentí siguiendo a mi marido fuera de la habitación. Me puse un poco nerviosa cuando me besó en la mejilla delante de todo el mundo mientras bajábamos en el ascensor. No era normal que él actuase así pero teniendo en cuenta que estábamos en un país extranjero tampoco era tan raro que actuase más como él mismo. Vimos que junto al comedor había una sala de baile con un escenario, con su tablón anunciando las actuaciones de la semana. Nos encontramos con una sala llena de ordenadores que ni nos molestamos en mirar, y en la terraza (que era realmente grande) había una piscina enorme rodeada de tumbonas de plástico blancas bajo sombrillas de paja. No estaba tan llena de gente como pensaba, a pesar de que hacía bastante calor. Bajamos las escaleras y nos encontramos con un gimnasio totalmente equipado, incluso había una sauna y una zona de piscinas termales. Desde luego el hotel era más de lo que me imaginaba. Finalmente fuimos al restaurante, y mientras yo cogía del buffet libre comida que no había probado nunca, él se limitaba a llenarse el plato de carne. Cuanto más grasienta, mejor. Le miré sonriendo y negando con la cabeza.

– Algún día te va a dar algo malo – le dije cuando íbamos con los platos a la mesa.

– Esto lo quemo todo luego en el gimnasio – me dijo guiñándome el ojo.

– No te vas a morir por comer verduras…

– Suficientes como en casa, que no me malinterpretes, las haces riquísimas. Pero soy más de carne, ya lo sabes.

– Tú sabrás, cuando tengas un barrigón a ver si puedes llevar la moto con la misma facilidad.

– ¡Claro que sí! No digas tonterías, voy a estar bien.

– Como quieras, gordito – me sonrió, metiéndose un trozo de carne más grande de lo normal en la boca mientras le chorreaba la grasa por la barbilla.

Siempre estaba haciendo el tonto y probablemente eso era lo que más me gustaba de él. Cuando terminamos de almorzar fuimos a los postres, y para no variar cogió el postre con más fresas y nata de todos los que había, echándome en cara que él comía fruta mientras yo me comía un flan y que quién era la gorda ahora. Ahítos y sonrientes volvimos a la habitación del hotel. Justo antes de entrar vimos a Claire salir con su vestidito, unas gafas de sol y un bolso enorme. Nos sonrió ampliamente al vernos.

– ¡Hola! ¿Ya habéis almorzado? – Asentimos – voy a la piscina un rato, ¿os unís luego? Mi marido está reposando la comida pero luego bajará – miré a Tomoya y ya me estaba mirando.

– Lo que tú quieras – me dijo. Miré a Claire y asentí.

– Vale, luego nos vemos – Cuando entramos en la habitación y nos sentamos en la terraza a reposar la comida, estaba pensativo – ¿En qué piensas?

– En que conozco a esa chica de algo… pero ahora mismo no sé de qué.

– ¿A ella? Puede ser modelo, desde luego – me miró encogiéndose de hombros – me da curiosidad su marido. Debe ser muy atractivo.

– No tiene por qué. Mírate a ti, estás conmigo – resoplé.

– Sí venga ya, si todas te miran con deseo… y lo sabes.

– Nunca como te miro yo – dijo alzando una ceja, poniéndome muy nerviosa.

– ¡Calla, idiota! Voy a ponerme el bañador – cuando salía de la terraza me dio un leve pellizco en el culo, haciéndome dar un gritito.

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No es que el sol picase, es que me iba a quedar del color de las gambas si seguía tumbada como los lagartos. Así que moví la sombrilla de forma y manera que me diera sombra al cuerpo completo. Cogí el refresco de frutas que tenía en la mesita mientras pasaba la hoja de la revista. Me encantaba ver los modelitos que se ponía esta y aquella, y sobre todo ver como las criticaban sin parar y les sacaban defectos. Por suerte yo nunca salía en ese tipo de revistas, aunque no tendrían mucho que criticar. Sentí que me miraban así que alcé la vista.

– ¡Ah! Maki, ¿Qué tal? – llevaba un vestidito celeste realmente lindo, demasiado para mi gusto. Se sentó recatadamente en la tumbona que me quedaba a mi izquierda, con la mesa de por medio.

– Bien, hemos comido mucho, estaba todo riquísimo.

– Sí que es verdad, no tengo quejas del hotel. Al menos de momento – sonrió un poco incómoda, mirando a su alrededor – ¿No tienes calor? Yo me estoy asando.

– Un poco, sí…

– Pues ponte en bikini, mujer – me recogí el pelo de cualquier manera, tumbándome de lado en la tumbona para charlar con ella. Se quitó el trajecito y lo dobló con cuidado metiéndolo en su bolso. Se tumbó y se sobresaltó cuando el camarero se acercó.

– Tráele lo mismo que tengo yo – le dije a éste, ella me miró – está buenísimo – asintió sonriente. Se le veía un poco incómoda – ¿Y tu marido?

– Está arriba, fumando. No me gusta que fume delante de mí así que siempre se escapa unos minutos.

– A mí tampoco me gusta el tabaco la verdad aunque a mi marido también parece encantarle. Solo he visto al tuyo una vez, pero me da la impresión de que se van a llevar bien.

– No sé, él tiene muchos amigos americanos. Es posible que… – vi como a la chica se le abrían los labios mirando justo detrás de mí, y no me dio tiempo a girarme. Josh me dio un beso en la mejilla, acariciando mi cintura con sus manos.

– Ohhh, que fresquitas, tócame un poco la espalda que me muero de calor – le dije al sentir sus dedos helados.

– Nena, ¿Te has puesto crema? Vas a quemarte.

– Estoy a la sombra, no pasa nada. Josh, esta es Maki, nuestra vecina – Josh la miró, ella miró al suelo inclinándose un poco y tragando saliva. Josh tenía ese efecto en las mujeres, siempre pasaba lo mismo; en el momento que las miraba a los ojos se ponían tontas. Y yo la primera.

– Encantado, preciosa – le dijo él, sonriendo de esa manera que sabía que nos mataba. Me miró – voy a meterme en el agua, ahora mismo no hay nadie y tengo la piscina para mí.

– Venga anda… – cuando se puso de pie, le di una buena cachetada en el culo. Se giró aspirando y frunciendo el ceño, pero después se rió, que era lo que yo iba buscando – No le hagas mucho caso, siempre se comporta así con las mujeres que conoce.

– ¿Y no te molesta? – tenía los ojos clavados en él, mirándole nadar.

– No, es solo tonteo – me miró alzando las cejas – por las noches con quien duerme es conmigo ¿No?

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Si yo tuviese esa cara y ese cuerpo tampoco tendría miedo de que me quitasen a mi marido. Mirar sus tetas me hacía sentir vergüenza por las mías, diminutas en comparación. Y ella tenía curvas, mientras que yo era prácticamente recta. Volví a mirar a Josh, estaba sorprendentemente bueno, y no pude mirarle a los ojos demasiado tiempo pero me impresionó lo verdes que eran. Y tenía una espalda tan ancha… estaba más fuerte que Tomoya, aunque la mirada de mi marido no tenía nada que envidiarle a la de él. Me llevé un susto al sentir que se sentaban a mi lado, me giré y Tomoya me acarició el pelo.

– ¿Dónde mirabas? – me preguntó, haciéndome enrojecer y sentirme culpable.

– A mi marido, Josh – Tomoya miró a Claire susurrando “¿Eeeeh?” – no es tan raro. Déjala, es humana, tiene ojos en la cara.

– Sí ¿No? – estaba ofendido, se había ofendido de verdad. Lo cual me cabreó un poco porque acababa de mirar a esa chica de arriba abajo.

– No me mires así, tú también lo haces – nos quedamos mirando un poco serios, hasta que los gritos de Claire nos sacaron de esa situación tan fea.

– ¡¡Me cago en—!! ¡¡Josh!! – se había tirado sobre ella, mojándola entera y riéndose sin parar.

– Está fresquita, vente – cuando le dio un beso en los labios y ella le pasó los brazos por el cuello miré a otra parte, sintiéndome enrojecer.

Se la llevó en volandas mientras ella gritaba y se llevaron un buen rato en la piscina. Se les veía tan bien que me dieron envidia. Y es que allí estaba yo, con mi marido enfadado a mi lado y yo un poco enfadada también. No hablamos todo el rato que estuvieron en la piscina y me dio un poco de rabia verles reírse tanto y pasárselo tan bien. Había sido mala idea juntarnos con ellos.

– Hola, soy Josh – dijo este al salir de la piscina, tendiéndole la mano a mi marido, que se la dio de mala gana.

– Tomoya, encantado – dijo lo más fríamente que pudo.

– ¿Puedo llamarte Tom? No me voy a acordar de tu nombre de otra manera – la sonrisa de Josh era perfecta, por más que quería no podía dejar de mirarle.

– Sí, claro… – no le veía muy convencido. Josh se levantó y chasqueó la lengua.

– ¿Dónde están los camareros? Voy a ir al bar, ¿Queréis algo? – todos negamos con la cabeza.

– Ahora sí que voy a quemarme… – dijo Claire sacando la crema solar. Se la empezó a poner y yo no quería ni mirarla. Cada movimiento que hacía era atractivo, y me daba tanta rabia que estaba a punto de pegar a mi marido – a ver si este llega pronto que me la quiero poner en la espalda.

– No te preocupes – Tomoya se levantó y se sentó junto a ella – ya te la pongo yo.

– ¡Gracias! – se le iluminó la cara, a esa guarra se le iluminó la cara. Y encima tuvo la poca vergüenza de morderse el labio mirándome cuando él empezó a tocarla – que manos más grandes…

Me levanté furiosa, ni siquiera cogí el bolso. Me quería meter en la habitación y Tomoya se podía quedar si quería. Pero me choqué con algo muy duro por el camino y casi me caigo de no ser porque me cogieron al vuelo. Cuando me quise dar cuenta estaba fuertemente agarrada a los brazos de Josh, con su cuerpo peligrosamente cerca del mío.

– ¿Estás bien? – Asentí un poco atontada, estaba demasiado cerca de él – ¿Dónde ibas tan rápido?

– A… a por otra sombrilla porque a Tomoya le da el sol – mentí.

– Y está demasiado caliente ¿No? – Dijo mirando a la pareja por encima de mi hombro – ya, ya lo veo – para mi sorpresa, sonrió – si necesitas crema puedo hacer que se ponga muy, muy celoso – me dijo en susurros.

– No, no, no hace falta – me empecé a reír como una estúpida – estoy bien.

– Toma, que vaya él a por la sombrilla – me dio su cerveza y una revista que había traído de recepción. Cuando me senté y la miré, se me abrió la boca de par en par.

– Oye campeón, ya sigo yo – le dijo a Tomoya haciendo un gesto con la cabeza.

– ¿Eres tú? – le dije a Claire enseñándole la portada de la revista.

– ¡Ya ha salido! – se sentó, dándole un empujón a mi marido y quitándome la revista de las manos. Tomoya se sentó a mi lado de nuevo y totalmente rencorosa, me alejé de él.

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– ¡Que ganas tenía de ver la sesión de fotos! – Dije mirando las páginas principales – ay… me encantan – dije dando saltitos y mordiéndome el labio.

– Te hacen demasiados retoques, estás más guapa al natural – me dijo Josh.

– Oye, no está mal que me borren las estrías.

– Sí, pero no que te quiten quilos y que te hagan parecer como si fueras de plástico. ¡Ni siquiera tienes los pezones de ese color! – escuché que alguien se atragantaba y vi a Maki tosiendo como loca con el refresco en la mano. Tomoya le dio unas palmaditas en la espalda.

– ¿Estás bien? – dijo él y ella se apartó sutilmente. Sí que era celosa… cosa bastante hipócrita cuando se comía a Josh con los ojos, y porque con la boca directamente quedaría un poco feo.

– ¿Quieres verlas? – le pregunté a la chica. Cogió la revista con curiosidad, y tanto a ella como a él se les abrían los ojos de par en par. Maki cerró la revista bruscamente y me la devolvió.

– ¿Eso era una Harley de los 60? – preguntó él.

– ¿En serio? – Dijo Josh riéndose – ¿Estabas mirando la moto?

– No me ha dado tiempo a ver nada – dijo con una sonrisita. Entonces me sentí mal, me sentí realmente mal por esa chica porque se le veía en la cara que no lo estaba pasando bien. Me levanté y me puse el traje.

– Maki, vamos a por unos helados – cuando me miró no supe si estaba enfadada o dolida – venga, invito yo – Se levantó y se puso el traje, caminando a mi lado en silencio. Cuando ya íbamos a volver con los helados en las manos, la senté dentro de la recepción – Mira, creo que hemos empezado mal – apretaba los labios y no me miraba a los ojos – siento mucho si te he hecho sentir incómoda.

– ¿Cuánto tiempo llevas casada? – me preguntó.

– Unos cuantos años… ¿Por qué?

– Este es mi viaje de novios. Y si en mi viaje de novios mi marido se ofrece a darle crema en la espalda a una chica como tú no sé si—

– Oye, oye – tenía los ojos brillantes, estaba al borde de las lágrimas – lo único que le pasaba es que estaba celoso. ¡Y lo entiendo! Estabas mirando a Josh con la boca abierta, literalmente – negó con la cabeza sin mirarme.

– ¡Pero tú eres perfecta! – Dijo mirándome enfadada – ¡Y me haces sentir incómoda! – suspiré.

– Ven conmigo un momento – dejó el helado en la mesita y me acompañó frente al espejo – mírate. ¿De verdad me vas a decir que eres fea?

– No pero…

– ¿No eres atractiva? – se giró y me miró a los ojos.

– No tanto como tú. Tú tienes curvas – sonreí.

– Sí, tengo curvas, y sí, puedo ser una guarra cuando me lo propongo porque además me encanta. Pero tu atractivo está en lo contrario. Eres preciosa y adorable, estoy segura de que Josh se moriría por llevarte a la cama – se puso como un tomate – he visto como te mira. Así que déjate de tonterías y disfruta de tu marido. Los celos no traen más que dolor y problemas.

– ¿Podrías no insinuarte a Tomoya? – me dijo con una sonrisita.

– Lo voy a intentar pero con lo bueno que está es complicado… además, eso no es justo – dije camino de las tumbonas – tú atraes a Josh sin hacer nada.

– ¡Te conoce! – Me dijo mi marido al llegar – ha visto tus películas.

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De repente Tomoya no la miraba a la cara. Estaba sentado junto a Josh, con otra cerveza en la mano y riéndose avergonzado. Se rascó la nariz, lo que me indicó que realmente se estaba muriendo de la vergüenza. Miré a Claire, que se sentó dándole una patadita a Tomoya en la pierna.

– Eres un guarrete ¿Eh? – le dijo. La miré con las cejas totalmente arqueadas – sip, soy actriz porno – no pude contestar. Eso era la gota que colmaba el vaso.

– De todas maneras se ha seguido interesando más por la moto que por ti – dijo Josh a la chica, que se tumbaba de nuevo después de ponerse la sombrilla a su gusto – supongo que vas bien servido.

Y allí estaba yo, de pie, mirando al pajillero de mi novio más rojo que un tomate y preguntándome en qué maldita hora se me había ocurrido a mí acercarme a ellos. Dejé el helado en la mesita y me di la vuelta mientras escuchaba a Claire quejarse. Estaba tan escandalizada e incómoda que me quería ir de la piscina, del hotel y del país. Me agarraron del brazo y me solté con rabia, sabiendo que era Tomoya. Y aunque aceleré el ritmo, me siguió hasta casi el ascensor. Me dio la vuelta y le miré enfadada, solo que no era él.

– No te enfades con él, es un hombre y por lo que veo diría es sexualmente activo – me dijo Josh con esa sonrisa perfecta – vuelve a la piscina, te prometo que Claire se va a portar bien.

– Sois demasiado para mí – dije en susurros, apartando la mirada de esos ojos traviesos.

– Maki-chan – ahora sí era Tomoya – no te enfades, lo siento.

– No, no lo sientas. Es igual – dije nerviosa. No podía tenerles a los dos delante al mismo tiempo y mirándome, me sentía descontrolada – deja que me vaya a la habitación.

– Mira, id juntos y arreglad lo que sea que haya pasado. Esta noche os invito a cenar en compensación – dijo Josh. Tomoya le miró aún un poco molesto – nos vamos a llevar bien. Estoy segurísimo.

2

Apenas nos dirigimos la palabra en lo que quedaba de tarde. Deshice las maletas mientras él intentaba hablar conmigo, sin querer responderle porque estaba muy enfadada y no quería decir nada de lo que luego me arrepintiese. Al darse cuenta, fue a darse un baño largo, y salió cuando empezaba a ponerse el sol. Estaba sentada en la terraza, pensando en esa chica y en la intensidad con la que me gustaría estar en su piel. A pesar de las palabras amables que me dijo no podía terminar de confiar en ella. Quería mucho a mi marido, no quería perderle por nada en el mundo. Al sentir su mano acariciando mi espalda cerré los ojos, mordiéndome el labio. No tuvo que decir nada, me di la vuelta en la silla y abracé su cintura.

– Sabes que te quiero más que a nada ¿Verdad? – Asentí sin hablar y sin mirarle a la cara, aún abrazándole – esa mujer es solo un cuerpo, no es nada más.

– Ya lo sé, ya sé que me quieres. Pero no puedo evitar sentirme poca cosa – se puso en cuclillas y me sonrió.

– ¿Cómo vas a ser poca cosa si eres mi mundo entero?

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– Joooooooooooooosh – dije dándole un revistazo en la cara. Me miró chasqueando la lengua – me aburro.

– ¿Crees que esos dos se habrán reconciliado? – asentí, girándome en la cama.

– Y espero que hayan follado o algo porque con tanto deseo reprimido vamos a acabar mal.

– ¿Nos vestimos y vamos a cenar con ellos? – asentí un poco más feliz. Me levanté de la cama y me puse el primer traje que saqué de la maleta – no tenemos por qué acabar mal precisamente…

– ¿Qué insinúas? – se sentó en la cama, abrochándose la camisa de botones.

– No lo insinúo, lo digo. Siempre me ha dado morbo follarme a una japonesa, dicen que son estrechas – me reí.

– He visto a más de una follarse a tíos con un rabo dos veces más grandes que el tuyo, pero sí, supongo que por norma general así es.

– Y a ti ese tío te pone cachonda – me mordí el labio soltándome el pelo del recogido.

– Tiene una boca y unas manos interesantes, sí. Pero no sé cómo vamos a hacer lo que piensas sin escandalizarlos hasta el infinito.

– Tú déjame a mí, ¿Vale? – Se acercó a mí, poniéndome derechas las tirantas del sujetador – La más difícil de convencer va a ser ella, él no va a poner pegas.

– Claro que no, está deseando meter la cara entre mis tetas – se rió ante mi comentario, cogiéndomelas con fuerza desde atrás.

– Que suerte tenerlas cada vez que quiera.

– Te quiero mucho – le dije, enredando mis dedos en su pelo. Me puso la mano en la cara y me besó de espaldas – que rápido me pones caliente…

– Resérvate para el machote, que por cierto, esperemos que no tenga medida japonesa estándar.

– ¡Shhh! No lo gafes, calla – Fuimos directos a la habitación de la pareja, pero dejé a Josh delante esta vez.

– ¡Hola preciosa! ¿Nos vamos todos a cenar? – Maki se quedó petrificada con la mano en el pomo.

– Sí claro, ahora mismo bajamos – dijo Tomoya de muy buen humor y asomándose sobre el hombro de su mujer – esperad un momento.

– ¡Sin prisas! – dije guiñándole el ojo. Escondió la sonrisita torpemente y se dio la vuelta antes de que su mujer le pillase.

– No le provoques – me susurró Josh con voz divertida mientras esperábamos, obligándome a esconder las carcajadas entre mis manos.

La gente que pasaba por el pasillo se nos quedaba mirando, como siempre. Éramos una pareja que llamaba la atención y no voy a decir que me desagradaba, al contrario. Le miraba y veía lo que las dejaba estupefactas, era brutalmente atractivo.

– ¿Estás seguro que quieres hacer esto? – le pregunté enganchando mi dedo al suyo.

– ¿Estás tú segura? – Asentí – entonces yo también. Por muy bueno que esté el japo, sé que no tiene nada que hacer contra mí. Igual que ella contigo.

– Es curiosidad por ver cuanto de lo tuyo le cabe ¿No?

– ¡¡SHHH!! – Cuando salieron todavía nos estábamos riendo. Los muy inocentes nos sonrieron sin enterarse de nada.

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Estaban de un humor excelente y viendo que Claire no se sobrepasaba con Tomoya en ningún momento, yo también empecé a disfrutar de su compañía. Eran muy alegres y divertidos, quizás un poco ruidosos pero que iba a decir yo si las carcajadas de mi marido eran las más ruidosas. Josh y él se llevaban de escándalo, eran iguales en cierto modo. Y aunque Claire y yo éramos la noche y el día, también tuvimos una cena muy agradable.

– Actriz ¿Eh? Serás súper famosa en Japón – sonreí.

– Sí, bueno, él también. Probablemente más que yo – le miró con curiosidad.

– ¿Es modelo? – me reí. Era fácil pensar eso.

– Es músico. Y actor. Y compositor también.

– ¡Un chico para todo! Josh también es actor y yo… bueno, yo soy más modelo que otra cosa. Alguna película hay por ahí perdida pero ya sabes, no creo que te entusiasmen.

– Ya – no me sentía cómoda hablando de estos temas y siguió un silencio un poco incómodo – voy un momentito al baño.

No necesitaba hacer nada pero tenía que despejar las ideas. Me sentía otra vez insegura y sabía que el problema solo lo tenía yo, ella no estaba haciendo nada más que ser como era. Me miré en el espejo, convenciéndome de que yo también era muy bonita. Tras unos minutos salí de allí respirando hondo, pero no me dejaron dar muchos pasos. Tiraron de mi brazo y me metieron bruscamente en una habitación pequeña y alargada llena de estanterías metálicas. Josh cerró la puerta y me pegó contra la pared, poniéndome las manos en las caderas y acercándome sus labios demasiado.

– ¿Qué haces? – subí las manos y las puse en su pecho. No podía dejar de mirarle la boca.

– Eres tan pequeña… – sus labios apretaron los míos y un grito luchaba por salir pero solo fue un quejido histérico – y tan adorable – me sonrió a centímetros de mi boca, acariciándome la mejilla.

– Josh-san, yo no…

– Claro que sí – sus dedos se metieron bajo mi falda, acariciándome los muslos mientras me mordía los labios.

No sé porqué no me movía, no sé porqué no le apartaba y le daba la hostia que se merecía. Temblé al sentir su lengua rozando la mía, porque ni si quiera Tomoya solía darme esos besos a no ser que quisiera algo muy concreto. Me apretó el culo y me pegó a su cuerpo, acercándome sus caderas sin dejar de besarme de manera salvaje. No era muy diferente de besar a Tomoya y sin embargo no tenía nada que ver. Tenía menos prisa, me besaba con tanta tranquilidad y seguridad que no sabía qué hacer conmigo misma. Subí las manos por ese pecho tan grande y amplio para tirarle del pelo. Quería alejarle, pero me acerqué más. Me estaba volviendo loca.

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– Maki tarda mucho – miró hacia los cuartos de baño un poco inquieto. No habíamos cruzado más que sonrisas desde que Josh se levantó de la silla.

– No te preocupes – dije quitándome los zapatos discretamente con mis propios pies – no van a tardar mucho en llegar. ¿Tan protector eres?

– No es normal que tarde tan—

Se miró entre las piernas al sentir mi pie descalzo subirle por el muslo. Me miró con los ojos como platos. Apoyé la barbilla en mi mano, observándole como si no pasara nada. Abrió la boca, se agarró al mantel y tragó saliva cuando rocé su bragueta.

– Se habrá entretenido o estará poniéndose más guapa para ti. Es demasiado insegura – se veía que le costaba centrarse en lo que le decía – y no debería porque es preciosa.

– Sí, sí que lo es – murmuró mirándome el escote.

– ¿Y tú? Pareces un tipo duro – alcé una ceja al sentir que lo que el señorito guardaba en los pantalones me saludaba. A la mierda la medida estándar japonesa – pero estoy segura que con conocerte solo un poquito eres un pedacito de pan.

Movió su mano bajo la mesa y me agarró el tobillo, clavándome sus ojos negros. Algo me saltó en el estómago, me puso nerviosa y no pude evitar reírme suavemente. Estaba deseando que me reventase allí mismo y tuvo que notarlo en lo que Josh llamaba mi cara de “profesional” porque las yemas de sus dedos subían por mi pierna. Me metí el dedo meñique en la boca sin dejar de apoyarme en mi mano, pasándolo despacio entre mis labios. No despegaba sus ojos de los míos, estaba tan cachonda que iba a hacer una locura como esos dos no apareciesen de una vez. Con el rabillo del ojo vi salir a Maki de la zona de los servicios. Caminaba deprisa y mirando al suelo, así que quité despacio mi pie de donde estaba y la miré con una sonrisa.

– Me voy a la habitación, me encuentro un poco mal – dijo a media voz sin mirarnos.

– ¿Eh? – dijo un atontado Tomoya poniéndose las manos discretamente entre las piernas.

– ¿Y eso? – Dije preocupada – ¿Estás bien? – asintió y caminó hacia los ascensores.

Me levanté tras ella dando una carrerita, escuchando como Josh preguntaba qué estaba pasando. La agarré de la muñeca y se dio la vuelta sobresaltada. Me apartó la vista de inmediato.

– ¿Qué te pasa de repente? ¿Te puedo ayudar? ¿Es un tema femenino?

– No, no. No es nada. Solo necesito irme a dormir.

– ¿Segura? – asintió. Diría que estaba descompuesta pero estaba claramente ruborizada. Entonces até cabos – hasta mañana entonces – Me di la vuelta y caminé a la mesa, encontrándome de frente con Tomoya – se la ve un poco agitada, a ver que puedes hacer por ella – le pasé la mano por el brazo y me miró los labios lamiéndose los suyos con rapidez.

– Mañana nos vemos, buenas noches. – Cuando se fueron me acerqué a Josh y le di un golpe en el brazo.

– ¿Qué le has hecho a la pobre que temblaba como un flan?

– ¿Qué le has hecho