Einen Kaffee

Antes que nada, debo decir que no había planeado nada de esto al salir de casa. Ni siquiera lo habría imaginado pero las cosas fueron como fueron.

Y no me arrepiento de nada.

Tan pronto llegamos al restaurante y nos acomodamos, le vi venir. Y tan pronto le vi venir sentí mi corazón revolucionado, los nervios agolpados en la garganta y una creciente sensación de querer gritar. Era igual que un famoso que me tenía obsesionada. Igual. Era ridículo el parecido. Y no podía comentarlo porque no había nadie de confianza a mi lado.

Nos preguntó qué íbamos a tomar y al momento capte su acento alemán. Por si no tenía suficiente con su aspecto físico. Nos miraba, anotando los pedidos. Cuando me tocó el turno y me miró con una sonrisa, sentí mis bragas recoger mi lascivia. No era lógico sentirme así por una mirada. Menuda locura. A pesar de todo, intenté cenar, observando su rostro y cuerpo cada vez que se paseaba por las mesas. Dos veces me pilló mirándole y dos veces que enrojecí hasta la raíz del pelo. Me pareció que me sonreía pero quizás eran las ganas que tenía de que ocurriera. O quizás no. Me despisté mirándole los músculos de los brazos, me pasé la lengua por los labios, la mano de la rodilla hacia arriba, sintiendo ese latido entre las piernas, presionando con mis muslos y sintiendo mi clítoris sensible al hacerlo. Miré hacia arriba y me encontré con su mirada, suspicaz.

—Voy al servicio —Me disculpé. Necesitaba echarme agua, estaba sofocada y no solo por el calor del verano.

Me miré en el espejo, diciéndome a mí misma que por mucho que soñase despierta debía comportarme. Respiré hondo y salí del baño. Miré hacia el lado al hacerlo, y le vi junto a la cocina. Él también me vio.

—¿Puedes echarme una mano? Es solo un segundo, estamos hasta arriba.

—Sí claro —contesté, histérica perdida.

—Ayúdame a llevar esto al almacén, ten cuidado que puede caerse si sueltas —Se trataba de una carreta con grandes cajas. Me pidió que las aguantase mientras él arrastraba la carreta.

—No las sueltes —Me dijo una vez dentro del almacén. Fue algo muy rápido. Escuché que cerraba la puerta y que respiraba hondo.

—¿Qué vas a…

La pregunta quedó interrumpida por una brusca inhalación nacida de la sorpresa de sentir su cuerpo aplastarme desde atrás contra las cajas. Sus manos apretaban mis caderas, levantando ligeramente la fina tela de mi vestido. Su pelvis empujaba mi trasero, y su boca, al yo girar la cara, rozó mi mejilla, mi mandíbula y mi cuello. Olí su pelo, su aroma, apretando los dientes para no gemir.

—Vengo más cachondo que de costumbre y tú tienes hoy unas ganas que te mueres por tenerme cerca.

—Tengo novio —Lo dije porque sentí que debía dejarlo claro, pero la realidad era que no me veía capaz de soltar el borde de la caja en la que me apoyaba.

—¿Desde cuándo ha sido eso un impedimento? —Su mano izquierda subió por mi cintura hasta mis pechos, apretando uno de ellos con sutileza, cubriéndolo con su palma y dedos. Su mano derecha se coló entre mis muslos desde detrás, acariciándome las ingles, entre ellas, con una suavidad que me hizo apretar los músculos.

—No es el momento ni el lugar… —Un suave gemido anuló toda la validez que esa queja pudiese tener.

—Si te sientes mal o violenta, dímelo y no vuelvo a tocarte en mi vida. Pero —Pasó su mano derecha hacia adelante, hundiendo los dedos y la tela de mis bragas entre mis labios menores—, si estás tan cachonda como tu coño sugiere, lo que voy a hacer es tocarte hasta que te corras. Y después vamos a follar. Porque lo deseo, y tú también.

Apreté los labios, dejándome llevar por lo que sentía, por sus manos, por lo que realmente deseaba desde que me puso los ojos encima. Ya me arrepentiría más tarde si es que lo hacía. Apreté sus manos con las mías, provocando que su contacto fuese más brusco, sintiendo su cálida respiración contra mi mejilla y su erección contra mi culo. Soltó mis pechos para sacársela de los pantalones y meterla entre mis nalgas, rozándose, jadeando en mi oído. No dejaba de masturbarme con, no solo sus dedos, sino su mano entera. Con la palma estimulaba mi clítoris, con los dedos la entrada de mi vagina. No era brusco pero sí apasionado. El ruido de un envoltorio de plástico rasgado me sacó una sonrisa, que se separase de mí un segundo me indicó que, efectivamente, se estaba poniendo un condón. Me pregunté si siempre llevaba uno de emergencia en el bolsillo trasero. Tras eso, se centró en darme caricias desde mis muslos, pasando por mis caderas, cintura, pechos, cuello, girándome la cara y besándome despacio. Le miré a los ojos, me sonreía de medio lado con los labios entreabiertos. Se mordió el labio mirándome el rostro con deseo, sus caricias se convirtieron en algo muy delicado y centradas solo y únicamente en mi clítoris. Tuvo que agarrarme las caderas cuando, tras aguantar la respiración a riesgo de que me explotara el pecho, el orgasmo me agitó entera. Y estaba en el punto más álgido cuando sentí su polla, dura hasta llegar a ser ridículo, presionando desde dentro. Los músculos de mi vagina se contraían en un orgasmo que no hizo más que alargarse al sentirle estimular todos mis puntos sensibles además del externo. El cosquilleo y la presión que sentía de cintura hacia abajo me hacía imposible controlar la situación.

Di gracias a que tuviese una constitución tan fuerte, porque casi no me tenía en pie. Me subió una pierna y, poniendo la mano en mi espalda, me tumbó contra las cajas. Sus caderas golpeaban las mías en un vaivén delicioso, escuchaba sus gemidos ahogados contra sus propios labios, silenciaba los míos mordiéndome el brazo. Me apretaba el muslo justo por debajo del culo. Si seguía embistiendome así íbamos a partir definitivamente lo que fuese aquello en lo que me apoyaba. Desde el otro lado de la puerta escuchaba a mis amigos reír mientras charlaban en la terraza. Miré sobre mi hombro justo cuando se levantaba un poco la camiseta, dejándome ver su ombligo y una línea de vello que bajaba hasta una erección que no veía. Solo movía sus caderas, ni siquiera me daba todo lo fuerte que podía darme, me pregunté cómo sería el sexo duro con él y lo deseé intensamente. Quería pedirlo pero si abría la boca, iba a gritar. Así que lo susurré.

—Más… —Me dejó contrariada al sacarmela, tirando de mi brazo, llevándome hasta una ventana. Temí que pudieran ver nuestras siluetas a través del cristal translúcido pero la idea me puso tan cachonda que no me quejé. Me apoyó en el alféizar, con mi espalda contra el cristal, abriéndome las piernas y colocándose entre ellas—. Dame fuerte —susurré.

—Ojalá tenerte en un sofá, a solas —La guió hacia mi interior sosteniéndola con el índice, el anular y su pulgar, entrando suavemente. Ahora que lo veía todo, lo sentía incluso con más intensidad. Su polla surcada de venas se hundía en mí hasta la base, y era ancha. Muy gruesa—, aquí no puedo hacer todo lo que quisiera.

Me levantó las piernas, agarrándome justo por debajo de las rodillas, presionando contra la ventana. Ya sin contemplaciones, dominaba mi cuerpo con brusquedad, empapando mis bragas apartadas a un lado, haciendo un escándalo cada vez que su pelvis chocaba con la mía. Me resultaba difícil creer que fuera no estuviesen escuchando nada, pero seguían con su feliz parloteo. Me apoyaba con una mano en el borde en el que estaba sentada y con la otra comencé a frotarme el clítoris con fuerza. Los espasmos de ese segundo orgasmo fueron demasiado para él, que tras unos quejidos demasiado altos, se dejó llevar, comenzando a correrse cuando yo acababa, provocándome una nueva oleada de placer. Le agarré del pelo de la nuca y le besé mientras sentía las pulsaciones de su polla en mi interior. No quería dejar de follar. Quería seguir toda la noche.

—Sigo pensando que deberíamos follar en un sofá.

—Quiero más… —Frunció el ceño, inclinándo ligeramente la cabeza.

—¿Te has quedado insatisfecha? —Negué con la cabeza.

—Es solo que quiero más —Sonrió antes de besarme despacio.

—¿Considerarás mi oferta del sofá?

—La considero y la acepto. Cuando quieras.

—Bien…

Me soltó, respirando hondo, quitándose el condón, anudándolo y tirándolo sin vergüenza alguna al recipiente de “solo papel”. Me puse bien las bragas una vez limpia con un buen puñado de servilletas que me dió, centrándome en calmar mi respiración, observándole ponerse bien la ropa de trabajo. Me miró un segundo, aún sonriente, suspirando una vez más y tarareando al tiempo que salía a atender las mesas. Pero antes me dejó escrito en una comanda su teléfono. Al volver a la mesa puse de excusa que me dolía el estómago, dejando mi comida a la mitad. De lo único que tenía hambre era del camarero, que nos trajo la cuenta y nos despidió. Miré sobre mi hombro antes de alejarme, sonriendole, asintiendo al mudo llámame que formó con sus labios. Jamás en mi vida había quedado tan satisfecha con un restaurante, fue una noche de cinco estrellas, y quién sabe si volvería a repetir del plato principal. Tampoco importaba, iba a recordar su sabor.

   

 

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