Holy Tattoo

Solo algunas, creo que dos o como mucho tres personas sabrán que los personajes de esta historia pertenecen a un futuro best seller (?) llamado Dangerous Tattoo. Si cogemos a los personajes y les damos un giro completo a sus personalidades, nos encontraríamos con algo más menos como lo que vais a ver aquí. El que era muy salvaje ya no lo es, los santurrones son lo contrario y los buenos son malos. En fin, os dejo las fotos para que os hagais una idea de por dónde van los tiros y os dejo leer algo que me ha ENCANTADO escribir. Y me quedo con ganas de más. No descarto otro universo paralelo más algún día…

AYAME ♥

underweargone

HIROSHI ♥

KOTARO

KEIJI

MEI

YUKO

MANAMI

DAISUKE

_______________________________________________

1

La cabeza me iba a explotar. Necesitaba beber agua. Mis recuerdos sobre cómo había llegado hasta allí eran nulos. Desperté sola, en una cama desconocida de un cuarto desconocido.

Para variar.

Me senté sintiendo que todo me daba vueltas y preguntándome quién habría sido el pobre desgraciado con el que había pasado la noche. Me extrañó ver que la habitación no era propia de un hombre, mucho menos de un soltero. Parecía estar en la habitación de invitados de alguna familia con bastante más dinero que yo. Intenté hacer memoria, pero la resaca me destrozaba las sienes al más mínimo esfuerzo. Me levanté, cogiendo mi ropa de una silla. La habían doblado pulcramente, y al llevármela a la nariz me sorprendió saber que también la habían lavado. Con el rabillo del ojo me vi reflejada en un espejo. No pude evitar la sorpresa al verme a mí misma, mucho más arreglada y limpia que de costumbre. Mis greñas morenas y lilas estaban incluso peinadas, y ni rastro del maquillaje recargado que solía llevar. Me vestí mirando a mi alrededor, y es que la situación no hacía más que complicarse; un crucifijo colgaba sobre la cama. Con una mueca de disgusto abrí la puerta y comencé a buscar la salida de donde fuera que estuviese. La casa estaba impecable, era enorme, de gente de bien. Cuanto más veía, más me costaba entender qué coño hacía allí.

– Ah, ¡ya te has despertado! – Me volví al escuchar la voz de una mujer. Casi me da un ataque de risa al ver a la monja allí plantada. La falda de tubo gris por debajo de las rodillas y esa rebeca de punto blanca que llevaba… deberían estar prohibidas de feas que eran – ¿Deseas desayunar algo? Pareces necesitarlo.

– No, gracias, muy amable, ¿por dónde dices que se sale? – Dubitativa, me señaló a su espalda.

– Sigue por ese camino y al doblar la esquina a la derecha tienes el rellano.

– Que Dios la bendiga – Me di la vuelta entre risitas y salí del caserón.

                Tuve que taparme los ojos cuando la luz del sol me los castigó sin piedad. Caminé casi sin ver hasta la verja de la residencia y por llevar la mano ante mi campo de visión me choqué con alguien. Escuché un débil “lo siento mucho” proveniente de la masa de carne con la que me estampé. Al levantar la vista me encontré con un hombre metido en un polo rosa pálido, unos pantalones de pinza color crema y un peinado que gritaba a los cuatro vientos lo casto y puro que era de tanta gomina que llevaba. Rehuía mi mirada con una sonrisa tímida, nervioso, queriendo decirme algo sin abrir la boca. Su barba era más bien pelusa y parecía tan limpito, tan pulcro, que me dio repelús. Sin embargo medía su buen metro noventa si mal no calculaba y se colocaba las gafas empujándolas con un dedo extremadamente largo, tenía unas manos bonitas. Me debía doblar la edad pero parecía tan perdido con respecto al mundo…

– Qué lastimita, cariño – Al hablarle pareció costarle incluso más retenerme la mirada – Si no fuese por las pintas que llevas estarías hasta bueno – Palpé en una tierna caricia los huevos de ese hombre sobre la tela de sus pantalones. Dio un saltito, encogiéndose entero y alejando mi mano – No explotes todavía – Le guiñé el ojo. Se había quedado mudo. Riéndome suavemente abrí la verja, pero paré en seco al escucharle hablar muy flojito.

– Esto… una cosa… – Al mirarle a los ojos de nuevo parecía a punto de salir corriendo. Tenía una mano delante de los cojones, probablemente se le había puesto dura – ¿Puedo saber tu nombre?

– Ayame, Sasaki Ayame. Si quieres verme solo tienes que pasarte por esa parte de la ciudad que siempre te han dicho que no puedes pisar – Le lancé un beso. Como respuesta se rio tontamente, mirando hacia la casa avergonzado.

                Me alejé de ese hombre tan puro y casto marcando el teléfono de la que un día fue mi mejor amiga y ahora no sabía quién era, esperando que ella me aclarase un poco de lo que había hecho el día anterior. La muy puta no me respondía, estaría igual o peor que yo. Bueno, igual lo dudaba, ese barrio residencial… no tenía ni idea de cómo había acabado allí. Si me quedaba por los alrededores iban a llamar a la policía por sospechosa, daba el cante de manera exagerada. Opté por llamar a mi otro amigo, por decir algo sobre nuestra relación, esperando que él sí me respondiese.

 – ¿Qué te pasa ahora? – Se acababa de despertar.

– Kotaro, ven a por mí, no sé dónde estoy.

– Dime el nombre de una calle o algo, no me dejes a ciegas, joder – Miré a mi alrededor, vi un colegio de pago y le dije el nombre – ¿Qué cojones haces tú ahí? No te muevas, cuando me quite a Yuko de encima voy a por ti.

 – Joder, con razón no me contesta, puta asquerosa… – Murmuré.

– No te pongas celosa, nena…

– No me pongo celosa – Chasqueé la lengua, un poco celosa. Me gustaba follármelo y que últimamente Yuko lo reclamase con tanta asiduidad me tocaba las narices.

– Luego te hago eso que tú y yo sabemos, no seas tonta.

– Deja de hablarme con condescendencia y ven de una puñetera vez, me muero de hambre.

                Los niños que pasaban por allí y en especial sus padres se quedaban mirándome. No sabía si era por mi simple presencia o más bien por mis ropas escasas y provocativas, baratas y un tanto deshilachadas, que llamaba la atención. O a lo mejor era mi cara de perdonarles la vida. Un chaval de mi misma edad pero vestido como un vendedor de biblias, pasó por mi lado con la expresión de aquel que huele una mierda. Mordí el aire, lo que causó que caminase con más prisa hacia la casa de la que acababa de salir. Al mirar hacia la verja vi una mata de pelo negro esconderse tras el muro. Menudo payaso el tío ese, se había colado por mí en tan solo un vistazo. Kotaro no tardó mucho en llegar en ese cochazo que tenía. Me subí suspirando ante su risa divertida.

– Hay cara debajo de tanto maquillaje, inaudito – Me puso la mano en el muslo y quiso besarme.

– Todavía apestas a coño, lávate la cara por lo menos, que se lo habrás comido y se te queda el tufo en la perilla – Le aparté de mi tirando de su barbilla hacia un lado.

– No te enfades – Al pasar por delante de la casa me despedí de mi admirador meneando los dedos de la mano. El muy imbécil me devolvió el saludo con una sonrisita tímida – ¿Y ese quién es? ¿Cómo conoces tú a alguien de esa casa?

– Pierde el culo por mí, con dos minutos me he dado cuenta. Me he despertado ahí dentro y al verme se ha puesto a temblar enterito. Es tan tierno que da penita la de daño que le van a hacer si sigue así.

– ¿¡Qué hacías tú en esa casa?! – La exclamación sorprendida que soltó me hizo apartar la vista del tontorrón – ¿No sabes quiénes son?

– Ni puta idea, pero por la decoración y el tamaño de la casa alguien importante.

– Son los Tukusama. Esa gente llevan la iglesia católica de la ciudad, tienen un orfanato y su casa hace las veces de clínica de rehabilitación y conversión. Tía, ¿qué cojones hiciste ayer para que estos te recogiesen? Ya tuviste que desfasar para darles lástima.

– Joder, yo que sé.

                Me daba curiosidad saber la historia completa pero ya me enteraría. Ahora era más importante disculparme con la jefa, no tenía apenas dinero encima por lo que la noche anterior mucho, mucho, no tuve que trabajar. O me lo fundí todo en alcohol, que parecía lo más probable. Dudaba profundamente que esa gente me hubiese robado dinero, si era verdad que eran religiosos e importantes ganarían lo suficiente como para no tener que quitarme más dinero del que ya se llevaban en las misas. Suspiré al bajarme del coche, sintiendo el brazo de Kotaro sobre mis hombros y su narizota acariciarme la mejilla.

  – No te me acerques tanto en público, gilipollas, ¿y si nos ve un cliente?

– A estas horas de la mañana ni uno se pasa por aquí. Están todos en sus aburridas oficinas – Me azotó el culo. Su actitud comenzaba a irritarme y se lo hice saber con la mirada.

– Inútil, hazle caso – Le ordenó Mei, mi jefa, mientras se recogía la melena negra de cualquier manera. Siempre parecía vestirse como si fuese a ir a un coctel con la clase alta, tenía un estilo que envidiaba – Nunca sabemos cuándo pueden pasarse por aquí y Ayame tiene clientes fijos que no les gustaría verla con otro hombre.

– Ten cuidado con ese tono que empleas conmigo, si tu negocio sigue en pie es por mi jefe, que no se te olvide – Amenazó Kotaro pasando por su lado. Odiaba cuando hablaba con ese argot horrible de todos los de su calaña. Se me hacía odioso. Mei le desafió alzando una ceja, mirándole a los ojos hasta que se perdió de vista.

– Os tiene a todas revolucionadas, ¿se puede saber qué tiene?

– Una polla gorda como el rabo de un leopardo que además sabe usar, es una bestia en la cama – Puso los ojos en blanco – ¿Qué hice ayer, senpai?

                Mei me miró con esos ojos de hermana mayor al rescate que ponía siempre que nos veía en problemas. Tanto yo como las demás chicas le debíamos mucho: no solo nos había dado trabajo cuando nadie de la zona quería por ser menores de edad fugadas de casa, sino que además nos daba un techo bajo el que vivir. Como venía de una familia adinerada que le dejó una suculenta herencia, montó el negocio por si sola con apenas un año más que yo; tenía diecinueve y una independencia envidiable. Decía que su negocio era algo así como una casa de geishas modernas, solo que la que quería se follaba a los clientes. Nos pagábamos la comida y alojamiento con el trabajo en su bar de chicas de compañía. Eso sí, los que la apoyaban y le aportaban cierta “seguridad remunerada” era un clan yakuza de la zona. Pero no todo podía ser ventajas, al igual que aguantar a babosos todas las noches que la manoseaban a una y se la follaban sin gracia. Mete, saca, y adiós, mi vida. Eso sí, los regalos que recibíamos eran dignos de pasar el mal rato.

– Sé que te fuiste con ese cliente tuyo tan calvo, Kazunari san, supongo que a su casa, y sé que ibas un poco borracha pero no lo suficiente como para no acordarte de nada.

– Me he despertado en casa de unos ricachones cristianos – Mei se paró en seco, riéndose al escucharme – Supongo que ese tío viviría por la zona porque estaba un huevo de apartado de esta parte de la ciudad. Los Taka-no-sé-qué.

– Tukusama, supongo. Los mismos que hacen panfletos para que se cierren negocios pecaminosos como este. Si supieran que la mitad de sus feligreses han pasado por vosotras…

– No tengo mucho que darte – Saqué el dinero de la cartera y se lo entregué – No sé qué ha pasado.

  – No te preocupes, ya encontrarás la manera de compensarlo. Siempre lo haces.

– El próximo collar de perlas te lo quedas y listo – Asintió, riéndose.

                Me tomé una pastilla para el dolor de cabeza, bebí casi un litro de agua de una vez, me metí en la ducha, comí algo y me arreglé para seguir trabajando. Fui primero a la habitación de Yuko, dispuesta a hablar con ella sobre esa fijación que últimamente tenía con Kotaro. Me daba rabia, él siempre había sido de todas y de ninguna, pero pasaba demasiado tiempo con ella. Entré sin llamar y me la encontré montada en su polla, de espaldas a él que la agarraba del pelo, de una pierna y le lamía el cuello. El yakuza me guiñó el ojo. Verle tan excitado produjo el mismo efecto en mí.

– Haz que se corra – Me pidió entre jadeos – Me encanta cuando os corréis y me apretáis la polla. Y me encanta verte con otra.

– ¿En serio? – Estaba molesta, pero en el fondo una de las cosas que más me excitaban era ver a la gente follar, así que cerré la puerta y me acerqué a mi amiga – Voy a tener que pintarme otra vez después de esto.

– Kotaro san, duele – Se quejó Yuko – Vete Ayame, me da vergüenza y sabes que no me gusta con mujeres.

– Sí, ya, cállate la boca – Se la tapé mirándola a los ojos, apretándole el clítoris con los dedos suavemente. Yuko se retorció, Kotaro se rio – ¿Te ha dado fuerte con ella o qué?

– Es más estrecha que el culo de un hombre, no puedo evitar que me encante como lo hace.

– Lo llego a saber y no te dejo que te folles el mío, gilipollas – Me agaché frente a ella, abriéndole las piernas de par en par. Kotaro la agarró por debajo de las rodillas.

 Le lamí los huevos, la erección hasta justo debajo del glande que seguía dentro de la chica, acabando en el clítoris de esta. Al escucharla gemir me puse como una moto, clavándole las uñas en los muslos. Kotaro no se la metía entera, simplemente no podía. Los empujé hacia atrás, tumbándolos en la cama y me puse a horcajadas sobre ella, frotando su clítoris con el mío hasta que, entre lamentos, la hice llegar al orgasmo.

– Joder, joder, me cago en dios – Se la sacó a Yuko, agarrándome de las caderas y penetrándome con brusquedad.

– ¡Ah, cabronazo! – Me dolió, pero me gustó. Iba con él eso de mezclar sensaciones en el sexo. Y más me gustó que apartase a una orgásmica Yuko de un empujón para follarme rápido y con fuerza. Kotaro me pasaba los dedos por encima del clítoris en círculos, esa ligera presión que él sabía que tanto me gustaba.

– Sí, sí, sí, correte, vas a partírmela – Le agarré del cuello, le gustaba dominar pero más placer le daba sentirse dominado. Terminé yo follándole a él, corriéndome con él, abofeteándole al acabar y arrancándole una sonrisa amplia – ¿Ves? Esto no lo tengo con ella.

– Cállate ya, me has manchado la ropa interior – Me bajé de mi amigo, quitándole unas bragas a Yuko del cajón. Me estaban pequeñas.

– Has dicho que soy más estrecha que el culo de un hombre – Susurró con su vocecita inocente, arrimándose a él que le pasó un brazo por la cintura. Le apartó el pelo corto y alborotado de la mejilla – ¿Eres como ella de… vicioso? – Me señaló.

– ¿Qué si le doy a todo, tíos incluidos? – Asintió con la preocupación en los ojos – Pues claro, joder, ¿te crees que soy tonto? – La conmoción en el rostro de mi amiga fue para echarle una foto. Para vivir en el entorno que vivía seguía siendo terriblemente inocente – Pero puedes decir por ahí que soy tu novio si te hace feliz y si esta no te saca los ojos.

– Me importa una mierda, haced lo que queráis. Me voy a trabajar.

Lo que más me irritaba de toda la situación es que veía en Yuko a la típica esposa abnegada que haría cualquier cosa por su maridito. Y claro, el otro, como buen yakuza que era, se aprovechaba de tenerla suspirando por él. Menuda ocurrencia enamorarse de un yakuza, valiente puto asco. La noche transcurrió como si nada, una noche más de hombres babosos que se emborrachaban demasiado como para pretender tener nada con una. Y menos mal, porque esa noche no se me apetecía en absoluto llevarme a ninguno a la cama. Al día siguiente me levanté tarde, siguiendo con mi rutina, y tras arreglarme, antes de llegar al salón con las demás chicas, Mei me agarró de la mano, indicándome con la mirada que la siguiese.

– Hay un tipo en la entrada preguntando por ti. Por las pintas diría que es de la casa esa en la que te despertaste.

– ¿Moreno con gafas, cara de tonto, guapete y muy alto? – Asintió, era mi admirador casi seguro.

– Es un santurrón de categoría y se le ve nerviosito por estar aquí. Se me ha ocurrido una cosa pero a lo mejor no te hace gracia.

– Ay, que te veo venir – Me llevé una mano a los ojos.

– Es posible que se saque más dinero del negocio que supone una religión que de esto que hacemos. Quiero saber si es así y además, quiero que lleves por el “mal camino” – Dobló los dedos índice y anular con una sonrisita de suficiencia – A todos y todas los que puedas de esa casa.

– Vamos, que gane dinero a costa de los feligreses y me los tire a todos, ¿no?

– Con que los seduzcas creo que vamos bien. Tú ve de arrepentida, buscando al señor y una segunda oportunidad. Fijo que te reciben con los brazos abiertos. La cosa es a ver cuánto tardan en abrirse la bragueta.

2

                Fui hasta la entrada con mi sonrisa más arrebatadora. Cuando ese tipo me vio se quedó pasmado, pidiéndome perdón al verme alzar la ceja y riéndose histérico. Le toqué el hombro y dio un saltito.

 – Hola, Sasaki san – Se inclinó – Tukusama Hiroshi, encantado.

– Pasa Hiroshi kun, no te quedes en la puerta – Pero sus pies estaban clavados en el suelo.

  – No, no puedo, lo siento – Volvió a inclinarse, siempre con esa risita nerviosa.

– Ah, no puedes – Me acerqué a él, colocando bien las solapas de la chaqueta gris y sosa que llevaba puesta. Le miré a los ojos de esa manera que siempre hacía a los hombres sonreír – Pero, ¿quieres? – Emitió un ruidito leve y extraño, no le salían las palabras. Tuve que aguantar la risa.

– No, gracias – Declinó sin convicción.

– Vamos, no haces ningún mal sentándote ahí conmigo, no es pecado pasar tiempo con una chica charlando, ¿verdad? – Le cogí de la mano y le arrastré hasta los sillones de terciopelo burdeos.

– Sasaki san, pero, yo no debería… – Era tan educado que no se atrevía ni a llevarme la contraria. Una vez sentados puse mis manos en las rodillas, inclinándome para mirarle.

– ¿A qué has venido, Hiroshi? ¿Solo a verme?

– Quería saber si estabas bien – Apenas me miraba a los ojos, no podía – Cuando te encontré anoche me pedías ayuda y… no sé.

– ¿Cómo? – Le hice mirarme a la cara – Cuéntamelo todo.

__________________________________________________________________________

                Volvíamos de la reunión episcopal mensual un tanto cansados pero contentos al ver que el número de fieles había crecido tanto como las donaciones. Para los enfermos era una gran noticia, ya que tendríamos dinero para toda la atención médica que pudiesen necesitar durante su desintoxicación. Mis hermanos y mi futuro cuñado caminaban unos pasos delante de mí, que como siempre me rezagaba por soñar despierto. Manami encontró el amor con Daisuke, estaban comprometidos y al menos ella, tremendamente enamorada. Keiji no le daba importancia al amor, se formaba para cura y clamaba que las relaciones terrenales tan solo ensuciaban el alma con deseos impuros. Yo, sin embargo, soñaba con el día en el que encontrase a esa mujer que me hiciese sentir las tan nombradas y célebres mariposas. Aquella mujer de alma pura y delicada que tanto anhelaba pero que parecía esconderse Dios sabía dónde. Quería pasear de la mano, tomar helado con ella, ir al cine, dar mi primer beso. Suspiré pensando que quizás el amor no estaba para mí cuando escuché un quejido entre dos chalets de la zona. Paré e iluminé el callejón con la luz de mi teléfono. Una persona yacía en el suelo, con la espalda contra la pared. Una mujer. Una chica joven. Y lloraba.

– ¿Estás bien? – Pregunté angustiado, inclinándome junto a ella. Me miró y en sus ojos vi tristeza, sufrimiento. El corazón se me encogió con un pellizco doloroso.

– No – Su sollozo me partió el alma. Que se tirase a mis brazos me dejó petrificado. No supe qué hacer – Ayúdame, por favor. Kazunari san lleva razón, doy asco.

– ¡Manami! – Llamé a mi hermana, apretando su hombro y acariciándole el pelo a esa temblorosa desconocida tan bella y rota.

– ¿Qué pasa? ¿Quién es?

– No lo sé, pero necesita ayuda. Vamos a llevarla a casa, no sé qué le han hecho – Al intentar alejarme de ella me agarró con más fuerza.

– No te vayas, no me dejes tú también – Le costaba hablar, olía a alcohol. Estaba muy afectada. Mi hermano, sin embargo, no lo vio así.

– Mira su ropa y la peste que echa, es una ramera – Tras una mirada asqueada se dirigió a la casa, rehusando toda la ayuda que pudiese ofrecer. Mi hermana, una mujer de gran bondad, cogió su mano.

– Nadie va a dejarte, vamos, ven a casa.

– Voy a ir preparándole una habitación – Dijo Daisuke, su novio. La chica se levantó apoyada en mi brazo, agarrándome como si el mundo a su alrededor se tambalease. Probablemente lo hacía.

                La llevamos hasta la casa dedicándole palabras de aliento, intentando que dejase de llorar pero no había manera de aliviar su pena. La dejé a solas con Manami, que le quitó su ropa y me la dio para que la lavase. Eran unas prendas de pobre calidad, muy usadas y muy escasas. Me preguntaba cómo una mujer podría llegar a vivir de esa manera mientras lo metía todo en la lavadora. Mi hermana apareció al poco tiempo.

– Ya lo meto yo en la secadora. La he peinado, aseado y acostado. Se ha quedado dormida nada más poner la cabeza en la almohada pero no paraba de preguntar por ti. Siento que no puedas entrar, está desnuda.

– Mañana hablaremos con ella. Pobrecita…

________________________________

                Cuando acabó de contarme mi aventura patética y nocturna del día anterior no sabía qué decirle. Desde luego se habían portado muy bien conmigo, eso no lo podía negar. Miré a ese hombre en silencio, fijándome en los detalles de su cara. Una vez librado de esa incapacidad de centrarse en mí más de un segundo no despegaba su mirada de mi persona. Sus ojos, tras esas horribles gafas cuadradas, eran oscuros como una noche cerrada. Nunca había visto unos tan absolutamente negros. Los míos, sin embargo, eran de un tono miel, muy claros para ser japonesa. Todo entre nosotros suponía un contraste: desde nuestras vidas, nuestro estilo, nuestro vocabulario y nuestro aspecto. Incluso su piel era considerablemente más oscura que la mía. Me pregunté si sus orígenes serían filipinos o algo así.

– ¿Estás mejor ahora? – Interrumpió mis pensamientos con una pregunta que me sorprendió no saber responder.

– Claro, me ayudaste mucho – Le toqué la mano sin salir de mi papel de chica de compañía. Al ponerla sobre el dorso, apenas le cubría la mitad. Tuve pensamientos considerablemente sucios en ese momento – Muchas gracias, Hiroshi-san – Al sonreírle volvió a salir su lado tontorrón, riéndose de esa manera inocente y nerviosa. Apartó su mano de las mías.

– También quería pedirte perdón. Debo ser sincero y mi comportamiento ayer rozó lo inadmisible – Intenté no poner los ojos en blanco ante su pedante discurso – Entré en la habitación, lo siento mucho – Me dio curiosidad. Mucha curiosidad ya que desvió la mirada a sus rodillas apretando los puños – Y siento mucho, muchísimo, haberte besado la frente. Pero me miraste allí acostada, me diste las gracias y yo… Entiendo si te molesta, incluso si no quieres hablarme de nuevo.

– Oh, no, no, cariño no me molesta. Me parece un gesto de lo más tierno – Le puse la mano en la barbilla, girando su cara hacia la mía – ¿de verdad eres así de inocente? – Me costaba creer que no recordase que esa mañana le manoseé la bragueta. Era capaz de pensar que había sido por accidente, visto lo visto.

– No respeté tu espacio personal, por ello, me disculpo. No tenemos relación, no debería haberlo hecho. Pero me alegra saber que no te molestó – Se puso en pie, estirando su jersey y cogiendo su chaqueta – No quiero molestar más, me voy. Pero quiero que sepas que las puertas de nuestra casa siempre estarán abiertas. El señor siempre escucha a los necesitados y así lo hacemos nosotros.

                No pude decir nada ante esa última frase, que me dio un repelús que me moría. Siempre había sido atea y el camino de la fe no estaba entre mis planes. Le despedí en la puerta con una última sonrisita y se fue tan feliz como una perdiz. Al darme la vuelta mi jefa me miraba con los brazos en jarras.

– ¿Qué haces? Acepta su oferta, vete con él.

– ¿Ahora? ¡Déjame tiempo para prepararme!

– Si esperas no va a ser tan natural como si ahora vas tras él arrepentida. Venga.

                Chasqueando la lengua y refunfuñando hice lo que me ordenaba. No estaba en la posición de ponerme exigente después de todo lo que ella había hecho por mí. Me apresuré caminando en la dirección en la que le vi marcharse, buscando esa mata de pelo negro engominado y ondulado por encima de las cabezas de la gente.

 – ¡Hiroshi san! – Le llamé en cuanto le vi. Le alcancé cuando se giró.

– ¿Qué ocurre? ¿Me he dejado algo? – Asentí.

– A mí, ¿puedo ir con vosotros? – Me dedicó una sonrisa amable.

– Por supuesto, ¿necesitas recoger efectos personales de tu casa?

– Si no es molestia, sí – Le guie de nuevo al edificio, en el que entró mirándome con extrañeza.

– ¿Vives aquí? – A juzgar por su expresión, vivir sobre un local de chicas de compañía debía ser el peor infierno imaginable.

– Sí, espera un segundo – Asintió cruzándose de brazos.

                Subí a mi habitación, guardando en una mochila ropa más o menos normal pero sobre todo ropa interior. Casi toda era de encaje, sexy, destinada al trabajo. En fin, tampoco creía que fuese a estar con esa gente para siempre. Al bajar me crucé con Mei, a la que le advertí para que no metiese en mi cuarto a nadie durante mi ausencia. Justo al acercarme a la salida escuché el inconfundible chasquido de lengua de Kotaro. Temiéndome lo peor, me acerqué con prisas, viendo al susodicho mirar con altanería y las manos en los bolsillos al pobre Hiroshi, que aunque le sacaba una cabeza y algo más, se mostraba cohibido.

– Vámonos – Hiroshi asintió, pero Kotaro me agarró del brazo, del que me solté de un tirón – ¿Qué haces?

– Es el gilipollas de esta mañana, ¿a que sí?

– Sí, solo que no es gilipollas. Vete con las chicas, Kotaro – Se rio acercándose a él, poniéndole la mano en el hombro y susurrándole barbaridades al oído que le hizo abrir los ojos y alejarse escandalizado.

– Lo siento, pero no tengo esas intenciones con Sasaki san – Se inclinó con una sonrisa tensa y salió del establecimiento.

– ¿Qué cojones le has dicho? – Le empujé por el hombro al escuchar su risa. Me miró, me agarró de la nuca y me besó intensamente. Me quejé, exasperada.

– Voy a echar de menos tus pajas, más vale que se las hagas bien a él.

– ¡Que no me beses delante de la gente, joder! – Le abofeteé, lo que sirvió para excitarle un poco más. Me libré de sus brazos cuando intentaba besarme el cuello – ¡Y no juegues con Yuko! – Al salir no vi a Hiroshi, tuvo que llamarme para encontrarle muy alejado de la puerta del establecimiento – Lo siento mucho, ese hombre no tiene decencia alguna.

– No pasa nada. Iba a volver andando pero con este cambio de planes he llamado a un taxi – Una vez dentro y dada la dirección al conductor, me miró con cautela – ¿Ese era Kazunari san?

– ¡No! Ese… es un socio de mi jefa. Ex jefa, ahora que me voy contigo. Con vosotros.

– Me alegro que hayas decidido alejarte de esa vida, no es algo digno – Me tuve que morder la lengua para no mandarle a la mismísima mierda.

Por eso mismo me mantuve en silencio hasta que llegamos a la casa. Al caserón. A la mansión. La primera vez que pisé la casa siendo consciente, por aquello de la resaca, no le mostré mucha atención. Ahora que lo hacía me impresioné, era preciosa. El jardín era enorme y solo era el jardín frontal. Nada más entrar, la chica remilgada del día anterior me recibió con una sonrisa incómoda e insegura. Era exageradamente guapa, eso sí.

– Perdón que no me presentase ayer. Soy Sasaki Ayame – Me incliné ligeramente.

– Hiroshi es convincente cuando quiere, por lo que veo – Sonreí.

– No ha tenido que insistir mucho, en cuanto me ha dicho lo que hicisteis por mí sentí que quizás…

– Oh, claro que te ayudamos – Me cogió las manos, guiándome hacia el interior de la casa – Soy Manami, su hermana, ven, deja que te enseñe tu habitación – Hiroshi cargó con mi mochila a pesar de mis negativas, llevándola hasta el dormitorio.

– ¿Vive mucha gente aquí? – Oía música desde algunas habitaciones, nada molesto.

– Principalmente adolescentes que han perdido el rumbo o personas con drogodependencia. En ocasiones el ambiente puede ser un tanto molesto, pero no es lo corriente – Se volvió, encogiéndose de hombros – Todo el que viene aquí lo hace por voluntad propia. Acompáñame, te enseñaré el resto de la casa.

Aunque tuve la suerte de contar con un pequeño aseo dentro de la habitación, también existía la opción de ir al común si me pillaba más cerca. Había una sala donde encontré algunas personas, como dijo Manami casi todos adolescentes, una cocina, una piscina, unas pequeñas termas artificiales, un gimnasio y una sala con lavadoras y secadoras también de uso común. Completita, completita. Me incluyó en el reparto de tareas, los residentes éramos los encargados de mantener la casa limpia, según Hiroshi, con el fin de tener la mente ocupada. Resumiendo, una manera de no gastarse pasta en alguien que limpiase la mierda. Por el camino nos encontramos a un tipo muy alto y delgado, serio, aunque yo diría que aburrido. A Manami se le iluminó la cara.

– Este es mi prometido, Daisuke – Me incliné ante su leve reverencia – Sasaki san es nuestra nueva inquilina.

– Llamadme Ayame, por favor – Hacía tanto que no me llamaban por mi apellido que me resultaba extraño e incómodo – El tipo asintió y se marchó. Miré a Hiroshi al escucharle soltar una respiración corta por la nariz. Negaba con la cabeza.

– Es un poco serio, no se lo tengas en cuenta – Le justificó Manami.

– Es una manera de decir las cosas, sí – Hiroshi tenía algo en contra de ese tío. Me moría de ganas por saber los trapos sucios de unos y otros. Fijo que siendo tan recataditos tendrían un montón.

– Tendrás un guía espiritual, en estos días te lo asignaremos. Siempre somos alguno de nosotros – Se señaló a ella y a Hiroshi – Mi marido o nuestro hermano menor. Perdona que no te presente pero en estos momentos sus estudios consumen su tiempo.

– ¿Puedo hacer una petición? – Dudó un poco, pero me incitó a hablar – ¿Puede ser él mi guía? – Señalé a Hiroshi. Si iba a tener a alguien pegado al culo preferiría que fuese ese tonto y no otro – Me cuesta un poco abrirme a las personas que no conozco pero con él me es fácil estar – Le dediqué una falsa mirada inocente. Se le plantó una sonrisa estúpida en la cara en cuanto lo hice.

– Bueno, si no ves inconveniente… – Su hermano la miró, aún con esa carita de felicidad que ponía cuando le hacía más caso de la cuenta.

– Ninguno, al contrario – Me miró de vuelta – Estaré encantado – No sé si su hermana lo vio, pero me fue imposible evitar guiñarle el ojo. Y como veía venir, se rio como un estúpido. Si la cosa seguía así, en una noche me lo estaba follando.

3

Pero me equivocaba. La semana siguiente fue… para describirla en una palabra diría que ABURRIDA. Pero así, en mayúsculas. Antes de mudarme, mi vida me aportaba algo nuevo todos los días, una aventura, acción, bueno o malo daba igual, lo que quiero decir es que había variedad. De repente me encontré inmersa en una rutina que no iba conmigo. Y cuando intentaba salirme de ella e ir a curiosear la manera de ganar dinero con ese negocio, enseguida me recordaban amablemente que había algo que hacer. Porque si esa casa tan enorme se mantenía limpia era gracias a todos los que allí “purificábamos nuestra alma”. Todas las mañanas nos levantaban temprano, nos debíamos preparar el desayuno, después se repartían las tareas: quitar el polvo, limpiar el suelo, las ventanas, los servicios, el jardín, la piscina, las termas, arreglar lo que estuviese roto, comprar lo necesario, lavar la ropa… Entre apaño y apaño almorzábamos y cenábamos, nos veíamos obligados a una hora de charla en la que nos reuníamos como si estuviésemos en alcohólicos anónimos, ducha y a la cama. Si tenías algo de tiempo libre, te dedicabas o a estudiar o a leer algo. Ni una emoción fuerte, ni un sentimiento más alto que otro. Muchas sonrisas apretadas, tensas, fingidas. Y para colmo de males, Hiroshi desaparecido en combate. En toda la semana solo se dieron dos momentos destacables: El primero cuando Manami apareció con un fondo de armario nuevo para mí, cambiando mi ropa normal por vestimenta salida de La Casa de la Pradera, hortera hasta decir basta. Además me acompañó a teñirme de un negro azabache de lo más aburrido; El segundo momento fue una noche que me levanté de madrugada preguntándome si me había dejado el fuego de la cocina encendido. Al volver, vi una espalda ancha ante mí y una inconfundible mata de pelo negra.

– ¡Hiroshi! – Se volvió mandándome callar.

– Es muy tarde para dar esas voces, Sasaki san – Alcé una ceja, eran solo las once. Se había duchado y secado el pelo, por lo que pude verlo sin esas cantidades exageradas de gomina, resultando en un montón de mechones desordenados y ondulados. Y al verle así verifiqué mis sospechas; El tontorrón estaba buenísimo – Iba a ir a buscarte mañana, quiero hablar contigo sobre tu primera semana con nosotros.

– Podemos hablar ahora si quieres, ven a mi habitación – Tuvo que ver algo de mis segundas intenciones porque sonrió suavemente, negando con la cabeza.

– No es ni buena idea, ni adecuado. Mañana nos vemos – Me encogí de hombros y volví a mi habitación quedándome con las ganas.

                Al día siguiente, a mitad de mi rutina diaria, me encontré por el pasillo a Manami con el hermano equivocado, Keiji. Me miró con el mismo asco que aquel día fuera de su casa y sin decir ni media se encerró en la que supuse, era su habitación.

– Disculpa a mi hermano – Ella tan correcta como siempre – No se desenvuelve con normalidad entre gente que considera de moral dudosa.

– No te preocupes, no me afecta en absoluto. Oye, quería preguntar una cosa sobre los horarios… – Asintió, invitándome a hablar – ¿Las termas las puedo usar por la noche?

– Ah, sí claro. Nadie suele meterse en ellas a partir de las once si quieres estar sola. Sé que trasnochas a pesar de madrugar tanto.

– Genial, hace años que no me dejan entrar en las públicas y lo echo de menos  – La vi inspeccionarme la piel – Sí, exacto, tengo tatuajes y no precisamente pequeños. Aunque según me cuenta Hiroshi ya los has visto.

– Ah, sí, lo siento mucho. Si me disculpas, tengo cosas que hacer.

                Huyó, incómoda e incluso avergonzada. Se preocupaban tanto por no ofender que llegaba  a ser molesto. Me tocaba poner lavadoras, así que con cierto asco, me encaminé a tan apestosa tarea. Estaba muy acostumbrada a ver fluidos ajenos, pero al no saber el origen cogía las prendas con dos deditos. A mitad del martirio escuché pasos a mi espalda. Hiroshi se situó a mi lado, ayudándome. Volvía a tener el pelo engominado y su horrible polito de niño de bien.

  – Bueno, ¿Qué te parece todo esto?

– Está bien, no me falta nada básico y desde luego estoy entretenida, ¿ cuántos vivimos aquí actualmente?

 – Diez u once personas, ¿has conocido a los demás?

 – En las charlas, sí, no tenemos mucho en común. Son muy devotos y yo, en fin, digamos que carezco de fe – Emitió un suave “eeehhh…” – No hace falta ser católica para estar aquí, ¿verdad?

– No es un requisito, no. Cualquier persona, independientemente de la religión que profese, tiene derecho a una segunda oportunidad en la vida para tomar el camino correcto – Puse los ojos en blanco. Ese tipo de frases me parecían ridículas, aunque al menos era tolerante.

– Igualmente, ¿podría ir un día a alguna de vuestras misas? ¿Podría ayudar? – Ante la mención de querer integrarme en su entorno se le iluminó la carita. El pobre no sabía que buscaba la manera de sacarle partido a todo ese negocio.

– ¡Por supuesto! Te informaré el próximo día que se celebre una misa y si te apetece me acompañas a mí o a mi hermano Keiji.

– Tu hermano me odia.

– No te odia – Me sonrió. Era una sonrisa muy bonita – Le cuesta aceptar a gente ajena a nuestros valores – Suspiré. Ese sí que era un intolerante. Iba a ser el más difícil de llevar por lo que yo consideraba el “camino correcto” – ¿Echas algo en falta? ¿Hay algo que se te haga especialmente difícil? – Tuve que esconder una sonrisita porque lo primero que se me vino a la cabeza que yo pudiese necesitar le iba a escandalizar.

– Sí, ahora que lo dices sí que hay algo que echo en falta – Solté la ropa y miré sobre mi hombro, comprobando que nadie se acercaba por el pasillo. Le puse una mano en el hombro, girándole, haciendo que se sentara en una de las máquinas con suavidad – Pero no puedo conseguirlo sola.

– Sasaki san – Levantó las palmas de las manos hacia mí, le cogí de las muñecas y las posé sobre mis pechos. Se le abrió la boca, reteniendo aire en sus pulmones.

– No sabes lo que echo de menos sentir a un hombre – Deslicé mi mano por su rodilla, subiéndola por su muslo. No respiraba, le iba a dar algo.

                Susurré su nombre, acariciando su oreja con mis labios y mordiéndole el lóbulo. No me soltaba las tetas, pero al acariciarle la bragueta suavemente por encima del pantalón, bajando mi boca por su mentón, se levantó bruscamente.

– Sasaki san – Estaba rojo como un tomate, alejándose de mí colocándose bien las gafas – Lo siento, no puedo, no podemos, eso no puedo dártelo, lo siento. No es adecuado, no es apropiado, no puede ser. Si tien—si tienes alguna duda Manami te la resolverá. Yo no… lo siento, no puedo.

                Se marchó a paso ligero, desapareciendo por el pasillo sin mirar atrás. Le había asustado, no podía ir tan rápido con él y tampoco quería acosarle y hacerle sentir mal. Que probablemente por las cosas que le habrían metido en la cabeza sobre lo malo y pecaminoso que era el sexo, es como se sentiría. Me dio lastima saber la culpabilidad que se le iba a venir encima al hacerse una paja a mi costa, eso no era sano, y era lo que le tenía que hacer ver. Al marcharme de vuelta a la cocina para mirar en el tablón qué apasionante tarea debía hacer antes del almuerzo, me dio el encuentro el prometido de Manami, Daisuke. Me agarró del brazo y me sacó al jardín trasero.

– ¿Qué te crees que estás haciendo? – Me quedé de piedra ante esa pregunta, no sabía a qué venía y mi primer instinto fue darle una mala contestación. Instinto que me costó horrores reprimir – ¿Tan cachonda estás que no puedes aguantar el tipo?

– ¿¡Pero tú quién eres para hablarme así?! – Ante esa manera de dirigirse a mí, intentando avergonzarme en vano, no pude evitar mostrar mi verdadero carácter.

– Si tienes ganas de follar, te haces una paja, como hacemos todos. Hiroshi es muy impresionable, no ha conocido mujer y menos mal que me lo he encontrado y le he obligado a soltarme lo que le pasaba. Se lo iba a contar a su hermana y de haberlo hecho ya estarías en la calle.

– ¿Y a ti qué más te da que me quede o que me vaya? ¿A qué viene?

– He estado en la mierda más grande y sospecho que de ahí vienes tú también – Ahora me explicaba esas maneras tan poco refinadas y ese vocabulario que haría llorar al niño Jesús. Además, vi agujeros en sus orejas y una cicatriz en su ceja izquierda. Y esa nariz tan rara solo se te quedaba si te la habían destrozado – Hazme caso, no quieres volver, aquí comes y tienes un techo por hacer dos o tres tareas al día. Y probablemente te encuentren un trabajo fijo si te pones a estudiar.

– Aha, ya veo. Lo de comprometerte con Manami no es más que una manera de asegurar que te quedas por aquí. Qué listo eres, por eso Hiroshi no te puede ver, te tiene calado.

– Me importa una mierda lo que el mojigato ese piense y me importa una mierda Manami. Si yo me callo lo tuyo, tú te callas lo mío.

– No me pueden interesar menos tus intenciones, no pensaba abrir la boca, pero hazme un favor, no te metas dónde no te llaman.

– Tú sabrás – Se encogió de hombros y entró de nuevo en la casa – No seas imbécil y compórtate.

                Nunca me había gustado mucho estar rodeada de personas pero con estas en concreto se me hacía especialmente difícil. El no tener nada que ver con ellos, que te digan a cada momento qué hacer y cómo comportarte, que elijan por ti… No eran cosas que fuesen conmigo y sin embargo ahí estaba. Si no fuese por lo mucho que apreciaba a Mei ya me habría quitado de en medio. Y al acordarme de ella me encerré en el baño en cuanto tuve un hueco libre para llamarla por teléfono.

 – ¿Cómo está mi santurrona? – Fue lo que contestó – Llevaba tanto sin saber de ti que me estaba empezando a creer que te habían comido el coco de verdad.

– No, pero me tienen bien ocupada, desde luego tontos no son a la hora de llevar el negocio.

¿Has conseguido colarte en las misas?

– Todavía no pero pronto. Tengo a uno de ellos casi en el bote, al tontorrón grandote. Ahora, una cosa te digo, esta gente esconde más de lo que uno pensaría.

Aaaaay los santurrones son los peores y las calladitas las más zorras en la cama. No te fíes ni de tu sombra ahí dentro porque en cuanto te descuides te dan la patada. Por cierto, no paran de preguntar por ti.

No me esperaba que mis clientes fueran a echarme de menos.

Esos también, pero me refería a Yuko y sobre todo a Kotaro. Me tiene frita. Le he dicho que estás de vacaciones pero no para de insistir que dónde. ¿Qué le das que está enganchado? – Sonreí ante la imagen de ese tipo incapaz de vivir sin mí. Dime de qué presumes…

Ya se cansará, tiene muchos chochitos alrededor. Que no me vendría mal tenerle una noche por aquí…

Con lo escandalosos que sois os hacen hasta un exorcismo – Di una carcajada porque no le faltaba razón – En fin, te dejo. Suerte, espero verte pronto de vuelta.

En cuanto me entere de cómo montan el tinglado. Ya nos vemos, Mei.

                La echaba de menos. Los echaba de menos y fue un pensamiento que me sorprendió. Se habían convertido en mi familia y estaba acostumbrada a tenerlos cerca. Suspiré y cogí mis toallas, camino a las termas. Ya que me dijo la puritana que por las noches estaban libres, iba a aprovechar para meterme un rato en remojo. Antes de llegar a la entrada del jardín trasero vi por primera vez la puerta del cuarto de Keiji, el hermano menor del tontorrón, abierta. La curiosidad me pudo y me asomé solo un poquito, a ver qué escondía su santidad. Al comprobar que no había nadie dentro, me colé de puntillas. Muchos libros de teología era el principal componente del dormitorio, apenas había muebles y lo único medianamente moderno era un portátil en suspensión como bien indicaba la parpadeante lucecita naranja. Abrí la tapa y presioné una tecla para arrepentirme al momento y casi morirme de la risa.

                Porno escandaloso, porno sucio, porno homosexual a toda pastilla.

                Bajé la tapa de un golpetazo y salí corriendo hacia mi habitación aguantando la risa tras mi mano. Cuando se me pasó volví a emprender el camino a las termas. La puerta de su habitación estaba cerrada, nadie alrededor. Conseguí aparentar normalidad, desconocía quién se habría enterado de esos estridentes gemidos masculinos pero fuese quien fuese debió quedarse en shock. Vaya tela con la doble moral del personal… a ver si conseguía tener una charlita con él.

                Las termas estaban desiertas. Me metí en un recoveco escondido, de espaldas a la puerta trasera de la casa, dejándome caer en el borde tan solo con una toalla alrededor del cuerpo. Me recogí la melena en un moño alto y suspiré, dejándome llevar por la paz y el calor del agua. Casi me quedo dormida, no sé si pasaron minutos u horas cuando escuché pasitos acercarse. Pensé moverme, pero estaba tapada y parcialmente oculta por unos juncos de mentira. Si era otra mujer, el problema más grande que podía encontrarme era que le desagradasen mis tatuajes. Pero no. No era una mujer. Me mordí el labio al ver entrar al cegato de Hiroshi sin las gafas, sin gomina y solo con una toalla en la cintura. No me había visto en la oscuridad de la noche, no había apenas luz y mi toalla era oscura. A esas horas estaría acostumbrado a estar solito. Dejé que entrase, que se relajase, que respirase hondo y cerrase los ojos. Y cuál fue mi sorpresa cuando va el chiquitín y empieza a pajearse suavemente. Me puse cachonda al instante. Me rocé el clítoris mirándole juntar las cejas, entreabrir los labios y jadear. Supe que en cuanto escuchase movimiento a su lado se iría, por lo que fui todo lo rápida que pude. Me levanté quedándome completamente desnuda. Se sobresaltó, tapándosela de inmediato con las manos sobre la toalla que se la cubría, susurrando un asustado “¿quién eres?”. Me senté sobre sus piernas, tirando de su toalla, agarrándome de esa polla que ni era muy grande ni muy pequeña pero tan dura que me moría por metérmela.

– Ay Hiroshi, dime que pensabas en mí – Le pasé la mano por la nuca acariciando sus cabellos, hablando contra su boca y deslizando mi mano por esa fina y cálida piel muy despacio.

– No podemos hacer esto – Susurró justo antes de ahogar un gemido ronco.

– Joder, eres guapísimo, ¿te lo han dicho alguna vez? – Negó con la cabeza – Tócame, Hiro-kun.

                Vi el deseo en sus ojos al mirar mi cuerpo desnudo y vi que le temblaban las manos cuando las puso en mi cintura. Le acaricié la mejilla y le besé despacio. Sus besos eran torpes e inexpertos pero sus labios eran tan gruesos y cálidos que no podía dejar de besarle una vez empecé. Al meterle la lengua en la boca gimió, me agarró con fuerza del pelo y las caderas y se empezó a correr. No quise dejar de besarle porque estaba siendo de lo más escandaloso y no paraba de eyacular. No sabía desde cuándo llevaba sin hacerse una paja pero era interminable lo de ese hombre.

– Quería follar contigo pero mejor las cosas de una en una, ¿verdad? – Me miraba a los ojos extasiado, atontado, desconectado de la realidad.

– Ha sido mi primer beso – Susurró. Me reí suavemente antes de besarle de nuevo todo lo dulce que pude teniendo en cuenta lo cachonda que estaba.

– Y obviamente la primera vez que te corres con una mujer – Asintió. Me miraba a la cara de una manera que jamás me habían mirado. Lo tenía a mis pies, podía hacer con él lo que quisiese – Nos quedan muchas primeras veces entonces.

– No podemos hacer esto de nuevo. Puede venir cualquiera a las termas, Sasaki san.

– Bueno, bueno. La casa es grande. Y llámame Ayame – Me sonrió avergonzado. Me entraron ganas de comérmelo a besos y eso mismo fue lo que hice.

4

                Tras ese rápido – e insatisfactorio por mi parte – encuentro sexual, sugerí que yo debía ir primero a mi habitación y que en un rato fuese él. Que se relajase. Le di las buenas noches y me metí en la cama, haciéndome una paja apoteósica pensando en su polla y susurrando su nombre. No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar al día siguiente, esperaba que no estuviese muy arrepentido y que la culpabilidad no fuese mayor que el deseo. Me limité a hacer vida normal, aguantando la risa al encontrarme con el recto Keiji. Recto… El recto de un hombretón es lo que él quisiera por las noches. Y no fue hasta dos días después que no le volví a ver. Estaba desayunando, quitándome legañas y bostezando, cuando entró por la puerta de la cocina con una sonrisa a la que respondía de buena gana. Me miraba igual de avergonzado que siempre.

 – ¿Sigue en pie tu propuesta de venir conmigo a preparar la misa?

 – ¡Claro! Dame un segundo y nos vamos – Por fin iba a ver lo que me interesaba.

 – Perfecto, estaré en la sala común.

                Me di prisa en vestirme con la ropa más insulsa del mundo. Iba de blanco y color crema, con una blusa de botones bien abrochada y una falda por debajo de las rodillas. Los taconcitos eran blancos y, por supuesto, llevaba medias y el pelo muy bien peinado. Todo en su sitio, todo correcto y perfecto. Se me hacía rarísimo salir a la calle sin pintarme, no estaba nada acostumbrada. Hiroshi pareció encantado con mis pintas, a mí me daban un puto asco que me moría. Estaba de lo más incómoda y deseé no encontrarme a ningún conocido. Me acompañó hasta el coche, normal y más bien pequeño pero reluciente de limpio que estaba.

   – Estás rara – Me dijo una vez nos pusimos en marcha – Sé que es la ropa que te ha dado mi hermana pero…

– ¿No me queda bien? – Me reí. Me quedaba como un tiro.

– No, no me malinterpretes, estás muy linda pero no tengo muy claro si va contigo.

– No va para nada conmigo. En absoluto. Algún día te enseñaré mi modelito favorito.

– Se supone que no vas a volver a esa vida – Comentó con cautela.

– Ya, sí, claro. Pero eso no significa que me vaya a deshacer de mi ropa – Torció el gesto – Supongo que vamos a la Iglesia de Nunoike, ¿no?

– Claro, ¿a cuál si no? Tenemos que hacer unas cuantas cosas antes de que empiece la misa en japonés. Las misas en otros idiomas son cosa de los voluntarios extranjeros. Además, creo que después viene el grupo de boyscouts y si no me equivoco hoy deben pagar la mensualidad, así que nos pasaremos por allí también.

                Dinero, dinero, dinero. Eso era lo que yo quería ver. Lo primero que hicimos fue colocar carteles anunciando la jornada del día. Tras eso, preparamos los libros que se iban a usar y comprobamos las reservas del sagrario. Finalmente preparamos las ofrendas y el cesto para el dinero. Encendimos las velas y los micrófonos, a los fieles que empezaron a llegar le repartimos unos papeles que ni idea de qué eran pero como Hiroshi permanecía en un respetuoso silencio, hice lo mismo. Con lo que no contaba era con lo aburrida de cojones que fue la misa. Me dio tiempo a fantasear con detalle sobre meterle en el confesionario para que me susurrase todos sus pecados mientras le cabalgaba intentando no hacer ruido. Me dio tiempo a fantasear y a que se me pasase el calentón. Escondí tantos bostezos como resoplidos, pero a Hiroshi no se le escaparon. Se reía suavemente ante mi rostro somnoliento, recitando a coro frases de vez en cuando. Me ponían los pelos de punta, tan sectarios, tan obedientes… Eran como seres sin voluntad, todos a una, no me terminaba de gustar. Hiroshi me dio un cepillo para recolectar dinero y él se quedó el otro. Y me sorprendí al ver billetes y no precisamente pequeños. Al acabar la misa Hiroshi lo llevó todo a una caja fuerte, contándolo antes. Entre los dos hicimos poco más de 9000 yenes. Y eso fue en esa única misa, porque como dijo antes había más en varios idiomas. Aún en silencio, fuimos hasta un edificio anexo, en el que al entrar nos recibió Daisuke.

– Ya os conocéis, ¿verdad? – Nos preguntó Hiroshi. Ambos asentimos – Se ocupa de la catequesis de los niños. Se formó para ello estando con nosotros y es el mejor.

– Sí, me siento útil estando por aquí y no es un trabajo muy complicado. Aunque no me vendría mal otro par de manos – Alcé las cejas, incrédula. Cambié mi expresión por una falsa sonrisa.

– No es mala idea, no…

– Voy un momento a por el dinero de los boyscouts, espérame aquí y ahora volvemos a casa – Asentí. Tan pronto le perdí de vista escuché la risita de su cuñado. Me estaba mirando de arriba abajo, negando con la cabeza.

– Se nota que no es tu estilo.

– No todos podemos perfeccionar la técnica de ir vestido como un imbécil a la de la noche a la mañana.

– Oye, lo de que te vengas aquí conmigo lo digo en serio – Bajó el tono y se inclinó un poco para susurrarme – Estando tan lejos de la casa podemos ser más nosotros y, en fin, esas ganitas que tienes por desfogar… – Tan pronto sentí su mano en mi culo sintió él la mía en su cara, con fuerza y con impulso. El chas resonó por el pasillo.

– ¿Qué cojones te crees que estás haciendo? – Le susurré con rabia.

– ¿Pero no estabas cachonda?

– Sí joder, pero eso no significa que me vaya a follar al primero que se me ponga por delante por muy puta que yo sea.

– Ya, y al que te quieres follar es a ese que ni sabe cómo es un coño.

– No me libro de los yakuza ni metiéndome aquí – Mascullé molesta al escucharle hablar con ese acento asqueroso – ¿Es común entre vosotros eso de no respetar a las mujeres?

– Déjate de gilipolleces y vente aquí conmigo, que no te vas a arrepentir – Se estiró en cuanto escuchó pasos por el pasillo – No seas tonta.

– Estoy ya del no seas tonta… – Murmuré entre dientes.

– Bueno, por hoy se acabó por aquí. Vamos a casa – Asentí y me despedí del impresentable ese con una sonrisa apretada.

– ¿Tenéis muchos niños?

– Dos grupos de diez en la catequesis y unos… treinta variando en edades en los scouts, este año son más.

– ¿Y se lo pueden permitir?

– La catequesis es gratuita, como no, y los scouts son solo 2500 yenes al mes, claro que se lo pueden permitir – Asentí, yo no podría haberlo hecho de niña y seguro que no ahora – Hay grupos de gente de tu edad, por si fuese de tu interés.

– No mucho, prefiero quedarme en la casa – Me imagine rodeada de santurrones y mientras yo escondía la risa, Hiroshi suspiraba al entrar en el coche.

– ¿Qué te pasa? – Le pregunté. Me miró sorprendido, probablemente nadie le preguntaba nunca. Sonrió y se encogió de hombros, arrugando la nariz.

– No sé, Daisuke no me termina de agradar – Me reí por la nariz brevemente – ¿A ti tampoco?

– No encaja con la gente de la casa, igual que yo.

– Ya, pero a él le veo unas segundas intenciones que a ti no – Me sentí culpable cuando se me quedó mirando con ambas cejas arqueadas – No le digas nada a Manami, se enfada cada vez que se lo comento. No sé por qué le defiende con tantas ganas…

– Hiroshi, ¿te puedo pedir un favor? – Volvió a mirarme, apartaba demasiado los ojos de la carretera para hacerlo – ¿Me llevas a ver el mar? Nunca he ido.

– ¿Ahora? – Asentí – Pero nos van a echar en falta – A pesar de decirme eso, buscaba con los ojos el desvío hacia la costa.

– No está muy lejos y nunca he tenido la oportunidad. Me gustaría ir contigo – No se pudo negar ante esa petición. Tragó saliva y asintió, agarrándose al volante con fuerza.

                Sonreí mirando por la ventana. Claro que había ido a la playa, era solo que en esa época del año no habría nadie y quería estar a solas con él. No coincidía con Daisuke en nada de lo que salía por el agujero ese que usaba para hablar, pero en lo de que Hiroshi era inocente no podía más que darle la razón.

– ¿Podría hacerte una pregunta personal? – Asentí – ¿Cómo una chica tan joven acaba llevando la vida que llevabas?

– Nunca he encajado con mis padres. Odiaba estar en mi casa, odiaba sentirme controlada. Quería experimentar cosas nuevas, dejé el instituto y me fui a vivir por mi cuenta. Obviamente no me salió bien y cuando pensaba tragarme el orgullo y volver, me encontré con Mei – Me escuchaba atento. No estaba acostumbrada a que un hombre me escuchase tanto, normalmente era al revés – Me salvó la vida. Me acogió en su casa, que también es su negocio, y me propuso trabajar haciendo felices a hombres por la noche en su bar. Haciéndoles creer que me gustan y esas cosas.

– ¿No se te hace duro? – Estaba tentada de atarle la cabeza para que dejase de mirarme, nos íbamos a estampar con algo, me ponía histérica.

– No mucho. Al principio era un poco difícil aguantar las tonterías que soltaban los borrachos y las manos largas, pero una se termina acostumbrando.

– ¿Cuánto llevas allí? Tienes dieciocho ahora, ¿no?

– Desde los dieciséis. Pero tranqui, no quería darle problemas a Mei así que no me he empezado a prostituir hasta este año.

– ¿¡EHH?! – Le agarré el volante – ¿Eres…?

– Solo con los que pagan mucho, ¿no lo sabías? Para tu alivio te diré que ha sido en ocasiones contadas, no supone un gran sacrificio – Parecía tremendamente preocupado – Normalmente la tienen pequeña y acaban antes casi de ponerles el condón. Es que la mayoría de las veces ni me la meten.

– ¿Cómo eres capaz de hablar de eso así?

– ¿De eso? ¿A qué te refieres? – Aparcó en el arcén, creyéndome yo que le había ofendido. Al mirar a mi alrededor vi que estábamos en un mirador, habíamos llegado a la playa. Como ya sabía no pasaba ni un coche; estábamos solitos del todo.

– Del… del sexo. Nunca había escuchado a nadie hablar de eso como si fuese…

– ¿Normal? – Asintió. Tanto que me miraba antes y ahora era incapaz de hacerlo durante tres segundos de frente, porque lo hacía, pero de reojo – Porque lo es para mí. No es más que o una manera de ganar dinero o una manera de pasármelo bien con gente que aprecio. O de hacerle a alguien pasárselo bien. No es algo malo, es una experiencia humana más.

– Pero es sucio…

– Sí, claro que lo es. Físicamente desde luego que lo es – Vi su expresión, dándome a entender que no era a lo que se refería – Espiritualmente… es liberador. Hiroshi – Le puse la mano en la cara para que me mirase, apoyando la otra en su pierna. Me raspé los dedos con una barba que apenas veía – ¿Te sentiste mal por lo del otro día en las termas?

– En el momento no, después sí. No estamos casados, ni siquiera somos pareja. Es algo que no se debe hacer sin una unión sagrada de por medio o la promesa de esta al menos.

– ¿Y eso por qué? ¿Qué nos va a pasar?

– Dios nos observa, juzga, no pode—

– Vale, vamos a hacer una prueba – Me desabroché despacio la camisa. Aunque me miraba de reojo, no apartaba la atención de mi escote sin dejar de apretar el volante – Seguro que ya quieres tocarme, ¿verdad?

– Sí, siempre estoy deseando tocarte pero Sasaki san…

– Ayame, pesado – Cogí sus manos y antes de hacer nada, las observé. Eran manazas, de dedos largos y venas marcadas en el dorso. Me gustaban mucho, le besé los dedos – Quiero que me acaricies – Me miraba serio, aunque su atención estaba más puesta en mi piel que en mis ojos.

                Las yemas de sus dedos tocaron mis clavículas, la redondez superior de mis pechos, el encaje de mi sujetador negro, mis pezones por encima de la tela. Su otra mano, cálida, se deslizó por mi cintura hacia arriba, hacia mi otro pecho, poniéndome la piel de la gallina. Se me escapó una risita juguetona que le hizo sonreír tímidamente. Me apretó los pechos suavemente, se mordió el labio, centrándose en mis pezones. Suspiré al sentirme excitada, con las bragas un poco más húmedas que hacía un segundo.

 – Quiero sentir tu boca en mi piel – Alcé mi brazo, acariciando sus labios con mi pulgar.

                Me miró, suspiró, y con las manos rodeándome la cintura se inclinó sobre mí, pegándome a la ventanilla al besarme. Abrí las piernas, pasándolas alrededor de su cintura, tirándole del pelo y sintiendo su lengua en mi boca. Su lengua tiesa, la movía demasiado rápido. Me reí.

– Hiroshi, Hiroshi espera – De nuevo esa mirada atontada en sus ojos. Le cegaba la lujuria y me encantaba verle así – Relaja la boca, relaja esa lengua que me vas a hacer un piercing. Deja que yo te bese.

– Lo siento, no sé hacer estas cosas – Le quité las gafas, poniéndolas en el salpicadero del coche. Le terminé de despeinar la melena que ya había empezado a alborotar con mis tirones. Con ese pelo y esa mirada salvaje parecía otro. Un hombre que me gustaba mucho más que ese tan arreglado y correcto.

– De verdad que estás para matarte a polvos, cariño mío – Se rio avergonzado y me reí con él.

                Besé sus labios despacio, deslicé mi lengua en su boca de igual manera, sin prisas, profundamente. Gemí al sentir ese hormigueo en la entrepierna que solo te provocan los grandes besadores. Una vez aprendió a usar su lengua para derretirme con solo un beso me estaba volviendo loca. No quería admitirlo, pero si la cosa seguía como iba terminaría haciendo conmigo lo que quisiese. Bueno, podía hacer conmigo lo que le diese la gana ya de antes, estando tan bueno como estaba no le iba a decir que no. Le abrí los botones de la camisa al sentir su boca bajarme por el mentón, por mi cuello, provocándome escalofríos. Al sentir su lengua sobre mis pechos resoplé. Cogí su mano y la llevé a mi entrepierna. Me la apretó cuando me sacaba el pezón del sujetador, mordiéndolo con suavidad. No recordaba la última vez que había estado tan sumamente cachonda. Intentaba acariciármelo pero las medias se tensaban y no llegaba a rozarme como era debido. Molesta y enfadada pegué un tirón de ellas, haciéndoles un agujero enorme. Los dedos de Hiroshi rozaron mis ya húmedas bragas, haciéndome gemir con fuerza. Me miró al escucharme, le agarré la mano y la metí dentro de mi ropa interior, indicándole cómo debía mover los dedos sobre mi clítoris. Le toqué el pecho, se lo arañé. Hiroshi jadeaba, su mirada era sucia, se mordía tan fuerte el labio que iba a hacerse daño. Comencé a agitarme al sentir el orgasmo acechándome. Le cogí la mano que apretaba mi pecho y empapé dos de sus dedos en saliva.

– Mételos despacio, y cuando estén dentro tira con las yemas de los dedos hacia ti – Me hizo caso, susurrando mi nombre.

                No entendía cómo aguantaba sin sacársela y metérmela. Otro tío no tendría esa paciencia. Otro tío habría dejado de tocarme hace mucho para correrse él. Pero por lo visto a Hiroshi le apasionaba darme placer y sobretodo, aprender cómo hacerlo. Y yo estaba encantada.

– Relaja los dedos, estás tenso – Una vez los tuve dentro y los dobló, también me dobló a mí. Arqueé la espalda – En círculos, en círculos Hiroshi, por Dios….

                Temblé entera cuando me corrí. Me agité con las piernas estiradas, las caderas hacia arriba y los dedos de los pies apretados. Él también gemía a pesar de no tocarse, gemía solo de verme gozar. Se inclinó entre mis piernas y sin sacarme los dedos de dentro, me lamió el clítoris con ansiedad. Gemía mi nombre, gemía mucho pero no más fuerte que yo. Volví a correrme, volví a correrme con tantas ganas y de una manera tan insoportable que si por un casual alguien pasaba por allí se iba a preguntar a quién estaban matando. Su teléfono comenzó a sonar y al principio ni nos enteramos. Yo no me enteré hasta que le miré preguntándome por qué cojones había parado de torturarme tan deliciosamente.

 – ¿Sí? – Intentaba esconder los jadeos, limpiándose la cara de mis flujos – Sí, ya vamos, nos hemos desviado un poco del camino pero ya vamos a casa – Se pasó la mano por la cara, respirando hondo despacio – Vale, ahora le recojo.

– ¿Tu hermana? – Asintió.

– Ponte derecha por favor, no puedo conducir – Se sacó el pañuelo del bolsillo y se limpió las manos. Le mire entrecerrando los ojos.

– ¿Y tú qué? – Me miró sin comprenderme. Me devoró con la mirada, mordiéndose el labio de nuevo.

– ¿Yo qué de qué?

– ¿No te corres? Puedo hacer que te corras en menos de tres minutos.

– Lo voy a manchar todo y no puedo llegar manchado a casa. Mucho es que vas a llegar sin medias – Se abrochó la camisa, pero no dejaba de mirarme los pechos y la boca.

– No se va a manchar nada, tonto, ¿sabes qué? Se me apetece mucho comértela – Ahora era yo la que me inclinaba sobre él, aplastándole contra su ventanilla, besándole brevemente los labios mientras le abría la bragueta – Pero más se me apetece tragármelo todo.

                Se rio nervioso, dando un respingo cuando se la acaricié. Estaba tan dura que me sorprendió. Más que en las termas. Estaba a punto de correrse. Le lamí el pecho, mordiéndole un pezón. Tiré de sus pantalones y se los bajé hasta las rodillas, calzoncillos incluidos. Tiré de sus caderas, quería hacerle sentir una experiencia que estaba segura sería nueva para él. Lo bueno que tenía eso de estar con gente “de bien” es que Manami me recortó las uñas de manera perfecta, redonditas y bonitas. Me empapé el dedo en saliva y me metí su polla en la boca despacio. Gimió al instante. Un gemido ronco, grave, rasgado y lento. Le pasé el dedo justo por debajo de los huevos, apretando levemente. Le masturbaba y le lamía despacio debajo del glande en esa zona tan sensible cuando deslicé ese mismo dedo en su culo, apretando donde sabía que iba a matarle. Me agarró de los hombros, cogiendo aire con sorpresa. Al metérmela en la boca, apretándola con mis labios y lengua mientras movía ese único dedo en su interior, su gemido pareció un lamento. Tuvo un espasmo y se corrió al instante, gimiendo entre dientes, escandalosamente, tirándome del pelo. Temblaba casi igual que yo, no sabía qué hacer ante un orgasmo tan intenso. Cuando acabó lamí una gota que se me había escapado y le besé en la mejilla, riéndome con malicia.

– Dios mío… – Jadeó, pasándose la mano por los ojos.

– Dios no ha tenido nada que ver en esto, blasfemo – Me miró sofocado, colorado, extasiado. Empezó a reírse suavemente, pero al reírme yo con él se descontroló. Terminamos a carcajadas, cada uno en su asiento. Me acarició la mejilla, negó con la cabeza y volvimos a casa.

5

                Pero antes de volver nos pasamos por la biblioteca. Su hermano Keiji había ido a por unos libros y le íbamos a llevar para que no cargase. Mientras esperábamos, suspiré, tarareando satisfecha. Me miró con una gran sonrisa, cogiéndome la mano discretamente y acariciándomela con el pulgar. No quería cortarle el rollo, pero me daba la impresión de que se estaba enamorando y eso no era bueno para él. En absoluto.

– Se te ve contenta.

 – ¡Pues claro! En mi vida me habían comido el coño tanto tiempo seguido y tan bien.

– ¡Sssshhhh! – Miró a su alrededor, comprobando que Keiji no estaba cerca – No digas esas cosas en voz alta y menos con gente alrededor, Ayame san.

– Chan. Deja de ser formal conmigo, te he metido el dedo en el culo – Chasqueó la lengua, mirándome fastidiado.

– No… no vuelvas a hacer eso.

– ¿No te ha gustado? Porque me dio la impresión de que sí.

– No es eso – Volvió a chasquear la lengua – Es que no… a mí no me gustan esas cosas – Me incliné junto a él, mi proximidad le puso nervioso.

– El sexo anal no tiene nada que ver con ser maricón y además, por las ganas con las que me besas y me tocas está claro que no lo eres, si quieres quedarte tranquilo.

– Me incomoda.

– Te incomoda ahora, en el momento te ha encantado – Le guiñé el ojo haciéndole sonreír una vez más. No quería admitirlo pero le había vuelto loco – Pero vale, no volveré a hacerlo. No quiero que te sientas vio—

– Shh, calla, mi hermano – Se puso tieso en el asiento al verle llegar.

                Si él supiese lo que yo sabía de su hermanito… Pero no era nadie para decir nada, por lo que solo salí del coche para ayudarle a meter los libros en el asiento trasero. Se traía media biblioteca. Keiji no me saludó, solo me dedicó una mirada asqueada de soslayo. Tuve que aguantar la risa cuando le preguntó a Hiroshi qué le pasaba en el pelo y más aún cuando se apresuró a arreglárselo sin decir ni media. Cuando le di la vuelta al vehículo para entrar escuché una risotada familiar.

– ¿Ayame chan? ¿Qué coño haces con esas pintas ridículas? – Al girarme vi a Kotaro caminando hacia a mí con determinación. Me metí en el asiento trasero, activando el cierre de seguridad de mi puerta.

 – Hiroshi, arranca, vámonos – Le metí prisa. En cuanto su hermano cerró la puerta arrancó y nos fuimos. Escuchaba a Kotaro llamarme, cada vez más enfadado.

– ¿Pero se puede saber con qué clase de escoria te rodeas? – Keiji se volvió, mirándome molesto y acusador – Menuda vergüenza. Menudo despojo social – Era consciente de que Kotaro era todo eso y más, pero no pude evitar molestarme.

– Es una persona con problemas, no seas tan duro – Le dijo su hermano – No creo que sea posible traerle con nosotros, ¿verdad?

– No le quieres en la casa, suficiente tenemos con un yakuza allí metido – Dije sin pensar.

                No me contestaron, se hizo el silencio. Estaba claro que ambos sabían que me refería a Daisuke pero por lo visto no pensaban argumentar nada. Al llegar a la casa nadie pareció darse cuenta de mi falta de medias y tampoco me pidieron explicaciones. Al marcharme con Hiroshi dieron por sentado que estaría haciendo algo importante. Me metí en la ducha y me vestía con la ropa de andar por casa cuando escuché que llamaban a mi puerta. Le indiqué a quien fuese que pasase y abrió Manami con una sonrisa incómoda.

– Ayame san, hay un hombre preguntando por ti fuera de la casa, ¿Podrías decirle que se marchase? No nos hace caso y su apariencia no es…

– Sí, lo siento muchísimo, es un impresentable. Ahora mismo lo soluciono – Al salir al pasillo, Hiroshi me dio el encuentro.

– Es ese tipo, el del bar de tu amiga Mei – Me sorprendió que recordase el nombre. Sí que escuchaba con atención – ¿Quieres que te acompañe?

– No es necesario, mejor que vaya sola. Sé manejarle.

– De todas maneras estoy aquí si me necesitas – Manami se quedó mirándonos cuando nos sonreímos. Algo vio que no se esperaba entre nosotros. Caminé con prisa hasta la cancela de la casa, viéndole apoyado contra la pared.

– ¿Por qué te largaste de esa manera antes? ¿¡Qué cojones haces aquí?!

– Baja la voz, joder. No quiero que te acerques a ellos y digas o hagas una barbaridad que me perjudique, ahora vivo aquí, lárgate Kotaro.

– ¿Que me largue? ¿A qué viene esto de un día para otro?

– No tengo intención de explicártelo, de momento haz lo que te digo y ya nos veremos.

– Pero echo de menos follarte, ya sabes que ninguna me da caña como tú. Ninguna sabe cómo.

– Ohggg, venga ya, las hay a patadas y si no saben se lo explicas como hiciste conmigo. Ya nos veremos – Cerré la cancela pero le dio igual, justo cuando atravesaba la puerta de la casa le escuché correr tras de mí. Había saltado por encima – ¿Qué haces? ¡No puedes estar aquí!

– Tú eres la que no deberías estar aquí joder, vente conmigo nena, echo de menos tu chochito mojado y dulce – Agarrándome la cara me besó de esa manera sucia tan propia de él. Se me había olvidado que era tan bueno y se me había olvidado que siempre me estrujaba la nariz con la suya. Le separaron de mí. Hiroshi le separó de mí. Parecía incluso dispuesto a pegarle.

– Por favor, márchese – Aprecié desprecio en la risotada de Kotaro.

– ¿Me acabas de empujar? – Fui a meterme en medio, pero Hiroshi no me dejó.

– Solo le he apartado. Por favor, salga de la propiedad.

– Oblígame – Kotaro le dio con dos dedos en el hombro. Hiroshi respiró hondo y no se movió un centímetro.

– ¿Qué está pasando? – Todos menos Hiroshi nos giramos hacia la voz de Keiji, que se acercaba a nosotros seguido por su hermana – ¿Quién eres tú? – Se puso a su lado, señalándole la salida de la casa.

– Eso mismo me estaba preguntando yo.

                Miré de nuevo a Kotaro porque su tono de voz cambió drásticamente. Y su actitud también. Con la boca abierta le vi guiñarle el ojo a Keiji. Lo que más impresionada me dejó de la escena fue el puñetazo que le dio el santurrón en plena nariz al yakuza. La excusa que necesitaba Kotaro para terminar de gustarle, sentir dolor, con lo cachondo que le ponía ese rollo… Se quejó en algo que más bien fue un gemido seguido de una risa mientras se limpiaba la sangre de la nariz.

– ¡Fuera de aquí! – Exclamó Keiji furioso – ¡Lárgate de esta casa, depravado!

– Kotaro por favor… – Le rogué. Me miró y asintió tras reírse.

– Me voy solo si te vienes conmigo – Al principio creí que me lo decía a mí, pero se giró hacia Keiji – Retiro lo que he dicho antes Ayame, prefiero llevármelo a él. Menudos brazos tienes – Se los acarició. Se le acercó. Le mordió el labio inferior.

                El shock fue tan grande para sus hermanos y para él mismo que ninguno se movió de inmediato. Yo empecé a reírme sin poder evitarlo aunque intentando esconderlo. Les escuché aspirar sorprendidos, a Hiroshi murmurar un “¿Pero qué…?” y a alguien escupiendo una rabiosa retahíla de insultos pasando por mi espalda. Keiji se había quedado tieso, con los ojos muy abiertos, apretando los puños cuando Kotaro le azotó el culo ronroneando en sus labios. Tenía que estar cachondo como nunca en su vida. Daisuke fue el que lanzaba improperios, pasó tras de mí, agarró a Kotaro de un puñado y lo sacó de la casa. Algo le susurró que no vino a por más, no supe si le reconoció o si sus artes de ex yakuza le sirvieron con él.

– Vamos, todo el mundo dentro – Nos ordenó. Le miré aun riéndome y le vi esconder las ganas de reírse a él también. Keiji se encerró en su habitación, sus hermanos no sabían cómo reaccionar.

– Lo siento muchísimo, no volverá a pisar esta casa.

– ¿Estás bien? – Me preguntó Hiroshi, asentí.

– Al que deberías preguntarle es a Keiji san – La risa amenazaba con salir de nuevo por lo que me excusé y me metí en la habitación.

                Tras unas cuantas horas y encerrada en mi cuarto de baño, encendí mi teléfono. Tenía varias llamadas perdidas de Mei, por lo que se la devolví al instante. Probablemente Kotaro le había ido con el cuento de que me había vuelto loca.

¿La ha liado mucho? – Fue lo primero que me dijo al responder.

 – Ha acosado al más casto de la casa. Masculino. Hombre. Ya te puedes imaginar lo que una actitud tan abiertamente homosexual produce en sus cabecitas. Están que no saben qué hacer con sus vidas.

– Madre mía, me disculparía, pero es que no es mi culpa.

– No te preocupes, si me he dado un buen hartón de reír. Lo mejor de todo esto es que a ese chaval le tiene que haber encantado. Una noche pasé por su habitación y tenía porno gay del bueno en el ordenador.

Joder, de esperar incluso – Me rei con ella, la echaba de menos – ¿Y tu enamorado?

– Pues eso mismo, enamorándose. Y no puedo decir que me guste, aunque ya me he enterado de cositas – Le comenté lo que sabía sobre cómo llegaba parte de sus ingresos porque de alguna otra parte tenían que pillar dinero. También le conté lo del coche – Se llevó su buena media hora dedicado solo y únicamente a hacer que me corriese. En mi vida me había pasado.

Esas son las experiencias únicas, atesórala con cariño. Pero a ver si el dedos mágicos va a hacer que seas tú la que te enamores.

– ¡Sí hombre, para esas estamos! – La escuche hacer un ruidito de inseguridad tras mi risa – Es más lengua mágica. Menuda manera de comerme el coño…

Ay, mándamelo un rato. En fin, te dejo que estoy hasta arriba, espero verte pronto. Cuídate.

               Fastidiada guardé el teléfono. No podía dormirme en los laureles si quería volver pronto a mi casa de verdad, tenía que enterarme de todo y para eso tenía que acercarme más a Hiroshi. Quizás incluso a Manami. Me pasé unos cuantos días maquinando cómo hacerlo sin ser descarada, buscándolos por la casa pero sin encontrarlos o al hacerlo, darme de bruces con la excusa de que estaban ocupados. Probablemente fuese porque las lavadoras quedaban apartadas del resto de la casa que siempre mantenía charlas a cierto nivel secretas allí, aunque la segunda la podía haber evitado más que nada por incómoda. Pasaba la ropa de las lavadoras a las secadoras cuando escuché que abrían y cerraban la puerta del pasillo. Volví la cabeza y chasqueé la lengua al ver a Daisuke.

   – Por fin nos vemos solos, joder – Se sentó en las lavadoras que quedaban tras la puerta de la habitación – ¿Dónde cojones os metisteis tú y el imbécil después de estar en la iglesia?

– A ti te lo voy a contar…

– Vamos, que te lo follaste – Se reía como lo que era, un golfo.

– No, no hemos follado – No le falté a la verdad. Penetración no hubo.

– Eso no se lo cree nadie. Está mucho más cómodo a tu lado, algo le has hecho.

– ¿Y a ti qué te importa? – Le miré un segundo para verle encogerse de hombros. No era un hombre feo, pero me gustaba tan poco su actitud que tampoco le podía ver atractivo.

– No me importa, solo me gusta imaginarte haciendo cosas.

– No lo hagas conmigo delante, si no te importa.

– ¿Notaste que a Keiji se le puso dura cuando tu colega le metió mano? – Resoplé, no le iba contar lo del chaval.

– No, estaba muy ocupada intentando no partirme de risa.

– Fue épico. Ese tio necesita que le partan el culo y ya, me parece que es maricón sin saberlo.

– Ni idea, no le conozco – Suspiré, deseando que se largase y me dejase tranquila porque me quedaba un buen montón de ropa por doblar.

             En el intervalo que se quedó callado volvieron a abrir la puerta, pero esta vez no la cerraron. Al volverme le sonreí a la sonrisa de Hiroshi, que se me acercó con prisas. Me puso una mano en la mejilla y me besó en los labios despacio y con cariño. Mientras lo hacía miré a Daisuke, observándonos con un gesto de sorpresa y las cejas levantadas. Se escabulló en silencio, aguantando la risa.

– Hiroshi, no hagas estas cosas sin mirar alrededor – Le advertí más por él que por mí.

– Siempre estás sola aquí, sé que este turno nunca lo haces acompañada y te echaba de menos – No me gustaba un pelo cómo me miraba a los ojos, lo que veía en los suyos era demasiado real.

– Tú se cuidadoso, ¿y si tu hermana hubiese estado tras la puerta?

– Por suerte no estaba, ¿cierto? – Notaba sus ganas de tocarme en cómo me miraba y la puerta seguía encajada, podía entrar cualquiera y joderme el plan – De todas maneras ha sido una visita rápida. Me moría de ganas por ver tu sonrisa – Le sonreí, acojonándome al verle tan sincero y entregado.

             Me besó la mano y se despidió alegando que tenía cosas que hacer. El ambiente desde la visita de Kotaro era extraño. Manami me evitaba y esas miradas de asco absoluto de Keiji cambiaron por unas avergonzadas. Daba la impresión de que sabía lo que yo sabía, pero obviamente era imposible. Sin embargo, a pesar de esos leves cambios en los principales miembros de la casa, mi vida entre ellos era igual de monótona. Al menos hasta que a la noche siguiente tuve que excusarme de la cena antes de tiempo porque me dio la impresión de partirme por la mitad al sentir los primeros dolores menstruales del mes. Manami, que se dio cuenta, dejó de ignorarme unos segundos para llamar tímidamente a la puerta de mi habitación.

– ¿Son los dolores del periodo? – Preguntó al verme enroscada dentro de la cama. Hice el esfuerzo y me senté, qué menos si había tenido el detalle de preocuparse.

– Sí. No suele dolerme tanto pero ya sabes que hay meses que es horrible.

– Toma – Me dio una pastilla que cogí con gusto – Tarda en hacer efecto pero cuando lo hace es parecido a un milagro – Me sonrió. Al agacharse para darme la pastilla me di cuenta de la irritación de sus ojos.

– ¿Estás bien? – Asintió, sonriendo más ampliamente. Una sonrisa tan falsa que me dio hasta pena – Si alguna vez quieres hablar de cualquier cosa puedes hacerlo conmigo. También soy mujer y viniendo de donde vengo lo he visto todo.

– Ah, no te preocupes, estoy bien, no es nada – Volví a incomodarla. Hablar de cómo uno se sentía era tan tabú como el sexo en esa casa – Te dejo descansar, espero que pases buena noche.

– Gracias Manami – Me llamó la atención que al cogerle la mano dio un respingo asustada como la que escucha un estruendo. Se rio nerviosa y se largó.

             Y aunque me preocupó, el dolor en ese momento era la estrella principal. No es que me centrase en esos pellizcos infernales, es que no podía pensar en otra cosa porque de verdad que me partía en dos. Y si creía que ese iba a ser el fin de las sorpresas de aquel día, estaba equivocadísima. Lo que me pareció una eternidad después, llamaron a mi puerta. No contesté y no me volví, pero abrieron de igual manera.

– ¿Ayame san? – Era Hiroshi, quise mandarle a tomar por culo pero me aguanté el mal genio. Un poquito.

– ¿Qué te pasa ahora?

 – Me acaba de decir Manami que te encuentras mal, ¿qué te ocurre?

– El castigo de Eva por comer del árbol de la sabiduría – Protesté entre dientes – Vete a la cama, tiene que ser tarde.

 – No, son solo las nueve.

   – ¡No puede haber pasado solo una puta media hora desde que me vine del comedor! – Cerró la puerta, desistiendo al fin de dar por culo. Sentí que la cama se hundía a mi espalda, o era un espíritu o no le salía de los cojones dejarme tranquilita – De verdad que no tengo ganas de hablar.

– No hables, no pasa nada, ¿dónde te duele?

– Todo de ombligo para abajo, ¿tenéis bolsas de agua caliente?

– ¿Para qué? – Estaba de espaldas a él y noté el calor de su mano en mi brazo. Me miraba sobre mi hombro.

– Para usarlas de almohada, no te jode, ¡para ponérmelas en los ovarios, anormal!

– No me hables así, no he hecho nada malo – A pesar de estar como estaba noté la pena en su voz. Resoplé malhumorada y me disculpé – No pasa nada, es comprensible si estás sufriendo, ¿donde te pones las manos es donde más te duele? – Asentí apretando los dientes.

             Tenía buena voluntad, pero en esos momentos mi paciencia era casi nula. Sentí que levantaba la sábana, no se podía estar metiendo en mi cama sabiendo como sabía que no tenía cuerpo para nada. Abrí los ojos dispuesta a soltarle un improperio de los más gordos cuando le sentí levantarme las manos para colocar la suya, acariciando con la palma la zona de mis ovarios y dándome calor. Pegó su estómago a mis riñones, encajando sus piernas en las mías. El calor de su cuerpo era agradable, sentir su respiración en mi mejilla también y cuando me la besó, suspirando y acariciándola con su nariz, me hizo cerrar los ojos.

   – ¿Qué haces? – Me mordí el labio, negando con la cabeza. No sabía si la pregunta se la hacía a él o a mí misma al sentir lo que estaba sintiendo.

– Quedarme contigo hasta que se te pase, ¿te alivia? – Asentí, apretándole la mano, sintiendo que metía la otra bajo mi cuello, abrazándome por los hombros. Era tan grande comparado conmigo que me rodeaba por completo con sus brazos. Chasqueé la lengua, conmovida por como me estaba tratando – ¿Tanto te duele? Nunca he hablado de esto con ninguna mujer…

– Se me está desgarrando un trozo de carne de otro, imagínatelo. Y cuando lo hagas multiplícalo – Me besó el pelo esta vez, apretando mis hombros – ¿Por qué te gusto tanto?

– Me lo pregunto todos los días, no tengo respuestas. Los caminos del Señor son inescrutables y no sabes cómo me alegra que Dios te haya puesto en mi vida. Solo puedo decirte que me abruma lo preciosa que eres y me apasiona tu forma de ser. Ninguna me ha llamado la atención tanto como tú. Jamás había sentido esto, Ayame chan, y aunque tengo miedo estoy maravillado.

– Por fin pasas al chan – Sonreí. Ser buena en la cama hacía milagros, pero me desmontó la teoría en un segundo.

– Desde que te vi tan perdida y sola en ese callejón sentí que quería ayudarte. No quería ver dolor en los ojos de una chica tan preciosa. Y ahora que te conozco sé que no me equivoco y que no es solo tu físico lo que me atrae. Aunque tus maneras no sean las adecuadas y pongas un muro entre tú y el resto del mundo, sé que no eres mala. Si lo fueses no estarías todo el día ofreciéndole tu ayuda a todos los de la casa. He hablado con ellos y sus comentarios sobre ti son buenos a excepción de tu falta de relación con el grupo. No seas tonta, están ahí tanto como tú para ellos – Volví a chasquear la lengua. Ese tio era un puto imbécil y ahora además del dolor de ovarios sentía una presión en el pecho un tanto diferente.

– Muchas gracias, Hiroshi.

– No me las des. Solo déjame tenerte cerca – Suspiró. A pesar de tener los ojos cerrados, sabía que me estaba mirando – Ojalá pudieses abrirme tu corazón y dejases de ponerte trabas. Quiero conocerte, conocer a la verdadera Ayame y no a la imagen de mujer explosiva con todo bajo control que me das. Sé que hay más, sé que debes tener defectos y debilidades y quiero conocerlos porque estoy seguro de que voy a enamorarme también de ellos – Volvió a suspirar y me susurró, apretándome una vez más – Ojalá fueses capaz de amarme. Quizás pido mucho.

             Apreté los dientes. Por Dios que ese santurrón de casi dos metros no me iba a hacer llorar. Me tocaba los ovarios de una manera exagerada. Estaba conmovida y enfadada a partes iguales. Si no me había enamorado en mi vida esa no iba a ser mi primera vez. Cerré los ojos e intenté ser racional, relajarme, evitar el pánico que me estaba dando la situación. Lo peor de todo es que no era la típica retahíla que me soltaban los tíos para meterla porque Hiroshi sabía que lo tenía cuando quisiese. Lo peor era que sus sentimientos eran reales. Y no sabía si estaba preparada para algo así.

6

Lo bueno de tener un horario de sueño regular era que en cuanto te pasabas de la hora en la que supuestamente deberías dormir, tu cuerpo simplemente era incapaz de estar despierto. Así que en cuanto la pastilla me hizo efecto, me quedé en coma. Y no me sorprendió despertarme a mi hora de siempre, lo que sí me sorprendió fue lo calentita y a gusto que estaba ahí metida con esa mole de carne detrás de mí. Me giré para mirar al imbécil que me traía la cabeza confusa. Le aparté un mechón de pelo del rostro, observando unos lunares en los que no me había fijado. Me encantaban sus cejas. Puede sonar una idiotez pero me parecían bonitas. Y el tono de su piel, más oscuro que el mío. Lo que de verdad me volvía loca era su mirada, tan profunda e intensa. Pero ahora dormía respirando relajado a mi lado a pesar de empezar a escuchar gente por los pasillos. Si no me levantaba pronto vendrían a buscarme y tendríamos problemas. No sabía si era aconsejable o no teniendo en cuenta lo que parecía ser que empezaba a sentir por él, pero le levanté el brazo y lo puse por encima de mí, apretando la cara a su pecho y rodeándole con mis brazos. Le apreté con fuerza, hizo un ruidito de queja y se rio suavemente.

– Buenos días – Susurró.

– Estás loco, ¿por qué te has quedado?

– Porque estaba más cómodo que nunca y tu respiración me tranquilizaba. Eso no lo tengo en mi cama – Me apretó a su cuerpo. Al hacerlo noté que me daba los buenos días otra parte de su cuerpo. Chasqueé la lengua – ¿Qué te pasa? ¿Te sigue doliendo?

– No, pero odio estar mala con la regla. No sabes lo bien que sienta un polvo mañanero – Bajé la mano por su pijama, metiéndola en sus pantalones y mirándole a la cara.

Se mordió el labio inferior, echando las caderas hacia adelante y cerrando los ojos. Se la acaricié despacio, sintiendo sus besos no solo en mi boca, también en mi rostro y cuello. Me encantaba estar con él, su cuerpo, ese sexo lento y pausado al que no estaba acostumbrada. Me encantaba esa manera de disfrutar cada uno del cuerpo del otro, como cuando saboreas un bocado de un manjar delicioso, parándonos a cerrar los ojos para sentirlo todo. Le pregunté cómo y por dónde le gustaba más pero su respuesta fue “así, como lo haces, perfecto” No quería manchar ni mis sábanas ni su pijama, por lo que volví a recurrir a la estrategia usada en el coche. Entre risitas bajé por su cuerpo, lamiéndosela bajo las sábanas y muriéndome de calor. De ganas de sentirle dentro. No hacía ruido, pero si subía la mano por su pecho sentía su respiración agitada y los latidos de su acelerado corazón. Escucharle susurrar lo mucho que le gustaba, sus dedos clavados en mi brazo, su otra mano agarrándome del pelo y su esperma en mi boca. Me encantaba hacer que se corriese, era un vicio darle orgasmos, escucharle rogarme. Me gustaba ese control que ejercía sobre él, nunca me había pasado con un hombre ya que siempre todos querían controlarme. Menos Hiroshi, a él le gustaba dejarse hacer, seguir órdenes sin imponerse en ningún momento. Subí por su cuerpo tras metérsela ya flácida en los pantalones.

– Vete de una vez o van a venir a buscarme.

– No quiero irme – Me acarició la mejilla, besándome en los labios.

– Hiroshi, acabo de comértela.

– Me da igual – Me besó despacio, intensamente, abrazándome la cintura y apretándome la nuca contra él. Me dejé llevar, volviendo a pensar en lo inusual de su comportamiento y en lo mucho que me gustaba.

– En serio, vete – No podía parar de besarle, de mirarle, de acariciarle. Y cada vez era más tarde – Que va a aparecer tu hermana de un momento a otr—

– ¿Ayame, puedo pasar? – Manami en la puerta. Le señalé el baño a Hiroshi, que saltó de la cama y se encerró allí. Le di permiso haciéndome la dormida en la cama.

– Lo siento, he pasado mala noche, ahora mismo me levanto.

– ¿Estás mejor entonces? – Asentí – Me alegro.

– ¿Y tú? ¿Estás mejor? – Ni siquiera puso esfuerzo en la sonrisa que fingió – Manami de verdad que sé escuchar a la gente, si lo necesitas…

– Muchísimas gracias Ayame. Eres… – Respiró hondo y volvió a fingir normalidad – Te veo por la casa – Tan pronto cerró la puerta fui hasta el baño. Casi lo mato del susto al abrir.

– Venga, tienes que salir – Me agarró de la muñeca y me enseñó el teléfono que tenía escondido.

– No puedes tener esto aquí, ya lo sabes. Si otra persona con drogodependencia lo descubre sería una manera de meter en la casa lo que no debe.

– Lo sé, lo uso para hablar con Mei de vez en cuando. Me desharé de él – Se inclinó y me besó la mejilla.

– No hace falta. Por tener otro secreto más contigo no va a pasar nada.

– ¿Ya no tienes problemas con tu señor por no ser honesto y mantener relaciones conmigo?

– El único problema lo voy a tener si alguien se da cuenta de la de veces que voy a confesarme desde que llegaste.

– Sí que es fácil ser cristiano. Oye, hazme un favor y tira el tarro de gomina, estás diez veces más guapo con tu pelo natural.

– Pero si es un desastre – Se estiró una de las muchas ondulaciones de sus greñas alborotadas.

– Y no te afeites. Y vete ya antes de que te tire en la cama a comerte a besos otra vez.

El suspiro que di cuando se marchó no me gustó un pelo. Esa sensación de felicidad ensoñadora no podía ser algo bueno. Era muy consciente de que el amor tal y como te lo venden en las películas no existía, pero todo indicaba que algo de realidad sí que había en esa idea del amor romántico. Y me cabreaba tantísimo encontrarme a mí misma pensando eso que no me faltaron ganas de darme cabezazos contra la puerta del armario. Se acababa de marchar y quería irme detrás, ya le echaba de menos. No podía tener este enganche, tenía que hacer algo por evitarlo. Pero tampoco quería alejarme de él, me encantaba estar a su lado así como esa inocencia, humildad y honestidad que emanaba por los cuatro costados. Daisuke me dejó tranquila el resto del día, Keiji me evitaba más que de costumbre, Hiroshi y su hermana se mostraban ausentes y el resto de la casa me era totalmente indiferente. Pronto habría exámenes de ingreso a la universidad y casi todos se dedicaban a preparárselos. Yo también debería ponerme aunque fuese a fingir que estudiaba ya que no podía vivir toda la vida en la casa sin aportar nada. Pero es que lo único que quería día tras día era ver a Hiroshi, incluso se me habría olvidado que estaba allí por Mei de no ser porque uno de esos días le vi entrar con una cara conocida. Muy conocida en realidad. Y me puse tan celosa que me entraron ganas de gritar. Tuve que darme la vuelta y relajarme a mí misma diciéndome que dejase de hacerme historias mentales antes de acercarme a ellos. Sin embargo, al ver a mi amiga Yuko sonreírle de esa manera dulce volvió el ataque con toda intensidad.

– ¿Qué haces aquí? – Nada más verme, me dio un abrazo echándose a llorar. Hiroshi la miraba con lástima – ¿Qué pasa?

– No puedo estar allí más. No puedo con esa vida. No me sale fingir ser dura cuando no lo soy y estar con Kotaro cuando se nota que no me quiere – Me miró con un resentimiento que se podía meter por el culo – No para de hablar de ti y de que no entiende qué haces aquí y además creo que ha conocido a otra persona porque ya no me toca.

– Aquí vamos a ayudarte a superar esa antigua vida – La tranquilizó Hiroshi – Tienes todo nuestro apoyo y el de Ayame. Intentaré situarte lo más cercana a ella posible.

– Gracias, hombres como tú escasean – Entrecerré los ojos, cruzándome de brazos.

No me gustaba esa actitud que tenía hacia él, se lo diría más tarde. Se lo iba a dejar clarito como el agua. Manami pasó por mi lado, rescatando, como siempre hacía con todos, a la “pobrecita” recién llegada. No sabía cuánto de verdad y cuánto de mentira había en su historia. Quizás Mei se estaba impacientando o quizás se fue de verdad. Tendría que llamarla más tarde. Hiroshi entró en mi campo de visión, inclinado porque desde hacía unos segundos miraba al suelo.

– ¿No te gusta que tu amiga esté aquí?

– Es otra cosa lo que no me gusta, pero da igual. Se me pasará.

– ¿Puedo hacer algo por ayudarte? – Apreté los labios, asintiendo.

– Sí pero tendríamos que salir de aquí. Me gustaría acercarme al bar para hablar con Mei unos segundos en persona.

– ¿Vas a disculparte por haberte marchado?

– Sí, ahora que Yuko está aquí también no debe sentirse muy acompañada. Quiero dejarle claro que ella no es el problema – En realidad lo que quería era enterarme de primera mano de sus planes, pero me dio la excusa perfecta.

– De acuerdo, pero por favor no me pidas que te acompañe dentro del local – Me hizo un gestito con las manos para que entrase en la habitación – Venga, coge lo necesario. Te espero en el coche.

No esperaba irme en ese momento de la casa, pero al verle tan dispuesto me puse en marcha. Solo me eché un par de vistazos en el espejo del baño, tampoco es que tuviese mucho más que llevarme. Me senté felizmente en el asiento del copiloto, tarareando camino al bar. Le pedí que me esperase en el coche y entré en busca de Mei, deseando no encontrarme a Kotaro. En cuanto me vio pegó una carcajada.

– ¿Qué coño llevas puesto que pareces mi abuela? – Le di un abrazo toqueteando su pelo. Se lo había recogido en trencitas.

– Estoy completamente integrada en el seno de la familia.

– Ya, claro, no lo dudo, ¿a qué se debe la visita de una mujer devota a su señor?

– No vengo a predicar el evangelio, tranqui. Pero sí a saber qué cojones hace Yuko en la casa.

– Se ha ido de verdad, ahora me viene con que quiere cambiar. Me he quedado muerta.

– Pfff… en fin, se veía venir. Una niña con gustos tan finolis y tan tontita no iba durar mucho, ¿cómo va el negocio?

– Igual que siempre. En el momento en el que os vais aparecen chicas nuevas dispuestas a quedarse vuestro puesto. Sientate y tomate algo conmigo.

– No puedo, tengo a Hiroshi esperándome fuera. Me ha traído – Me enrollé el pelo en un dedo, meneándome y fingiendo vergüenza.

– ¿Te va a llevar a dar una vueltecita por el parque?

– No, no era el plan. Pero ahora que lo dices lo mismo soy yo la que le lleva por ahí.

Fui a mi habitación, asqueándome al ver lo desordenada que la había dejado. Algo bueno tenía que sacar de vivir con gente que le daba tantísima importancia a la imagen. Como le dije que iba a hacer, cogí mi modelito favorito: un conjunto de falda y chaqueta azul marino con un top que casi era un sujetador rojo y gris, como los tacones. Me pinté los ojos de negro, los labios de rojo, le di volumen a mi pelo y me eche perfume del caro que me regaló uno de mis clientes. Me llevé la ropa de monja en una bolsa y me despedí de Mei, que suspiró al verme más como yo misma. Al estar en el barrio que estaba, los hombres se me quedaban mirando con una sonrisa. Esperaba que a Hiroshi no le diese un infarto. Di golpecitos en su ventanilla para que la bajase.

– Vamos guapo, te lo dejo barato – Le dije apoyando los brazos en la ventanilla abierta, guiñándole el ojo.

– ¿¡Eh?! Pero, ¿¡Ayame?! – Se puso colorado, mirando a su alrededor y observándome boquiabierto.

– ¡Baja de ahí, vamos a dar una vuelta! – Su cabeza volvió a hacer cortocircuito ante la mención de cambiar la rutina. Tiré la bolsa con la ropa de Manami al asiento del copiloto, dándole dos palmadas en el muslo – ¡Venga! Sabes que no hay nadie fuera de la casa que me vaya a reconocer, no pasa nada. Quiero pasármelo bien contigo fuera de esas cuatro paredes o de este trasto.

– ¿Pero dónde quieres ir? – Subió la ventanilla y salió del coche cerrándolo. Se quedó mirándome pasmado, le agarré del brazo y caminé calle arriba – No te acerques tanto en la calle, ten algo de decoro.

– ¡Uy! Yo de eso no tengo, Hiro chan. Nadie nos conoce, no pasa nada, ¿prefieres darme la mano? – Asintió. Se mostraba tenso, apenas levantaba la vista del suelo o de mi persona – Relájate.

Le llevé de la mano hasta uno de los restaurantes que más me gustaban. Preparaban unas gyozas que quitaban el sentido. El chavalote no paraba de flipar con el sabor de la todo porque, según me dijo, apenas comía en la calle. Me contó que por la educación de sus padres apenas salía de casa. Fue a un colegio e instituto cristiano, separado por sexos y como esperaba fue criado sobre la base de ser bueno con todas las personas. Yo le invité a comer, cosa que le incomodó, pero él me invitó a un helado.

– ¿Te gustaría pasear por el parque? La gente nos presta demasiada atención…

– ¿Tú nos has visto? ¡Claro que nos miran! Tú con tu ropita de marca, tan bien peinado y acicalado, y yo con mis pintas.

– ¿No tienes frío?

– No, de momento no. Seguro que después de comerme el helado se me ponen los pezones como timbres – Al reírse escupió el helado, mirándome con la cara colorada. Caminamos juntos y tranquilos por el parque. Le miré y le encontré sonriendo ampliamente, mirando su helado de vainilla – ¿Qué te hace tan feliz? – Se rio avergonzado.

– Esto, estar así y aquí contigo. Pero tengo que admitir – Se rio, su risa era aguda, contagiosa – Que jamás habría imaginado encontrarme en tal situación y con una persona tan particular como tú – Tiré a un cubo de basura los restos de mi tarrina de helado y me senté en un banco – Antes de conocerte me pasaba las horas soñando despierto con hacer estas cosas.

– Curioso que luego nunca son como las imaginamos, ¿verdad? Ah, hablando de imaginar – Alcé la ceja y le cogí la mano una vez hubo acabado de comer. Inmediatamente miró a su alrededor – No hay naaaadie, este parque es conocido porque vienen las parejitas. Si hubiese alguna persona va a pasar de nosotros.

– No puedo, me pone muy nervioso que me toques en la ca—

Apoyé mi mano en su pierna y tirando de su nuca le besé con ganas, apretándole del muslo. Sus dedos se me clavaron en las muñecas, aspiró por la nariz, dando un quejidito agudo y tembloroso que me hizo reír.

– ¿Qué haces? – Gritó en susurros – Ayame, por favor, compórtate.

– No quiero, no me da la gana. Suficiente me comporto en casa. Hoy voy a ser un poco más yo. Y tú – Le agarré de la barbilla, me miraba la boca, muerto de vergüenza por lo cerca que estaba de él – Tú me vas a contar ahora mismo tus fantasías sexuales más escondidas – Se tapó la boca, riéndose histérico.

– No, no voy a hablar de eso. No puedo hablar de eso en la calle – Susurraba todo el rato.

– No te pediría que hablases del tema si hubiese alguien alrededor, estamos solos Hiroshi. Si quieres te cuento primero la mía, aunque ya la he cumplido varias veces…- No dijo ni que sí ni que no, pero me observaba esperando que siguiese dándole información. Le miré a los ojos, con mi mano bien arriba de su muslo y los dedos acariciándole el mentón – Esa antigua fantasía era rozar mi clítoris con el de otra mujer mientras a ella le daban por culo – Apretó los labios, apartándome la mirada.

– ¿Y has hecho eso? ¿Más de una vez? – Asentí.

– ¿Te acuerdas del que besó a tu hermano? ¿Y sabes de esta chica nueva, Yuko? Fue con ellos y muchas veces.

– No voy a poder hablar con ella después de esto – Se refregó la cara con las manos.

– Ahora tengo una nueva, contigo, ¿quieres saberla? – Resopló, pero asintió. Le susurré al oído – Follarte en el confesionario de la iglesia.

– ¡¡Estás loca!! – Me aparté de él dando una carcajada, asintiendo – Jamás va a pasar.

– Lo sé, por eso es una fantasía – Se quedó mirándome tan serio que de verdad pensé que se había enfadado. Sin embargo suspiró, negando con la cabeza, aparentemente abatido.

– Verdaderamente somos de mundos opuestos…

– Cuéntame algo nuevo – Al decirle esa frase se molestó y no entendía por qué, era evidente – En fin, ahora que sabes lo sumamente guarra que soy, cuéntame la tuya. Cuéntame en qué piensas cuando te masturbas – Tragó saliva, bajando tanto la voz que apenas le escuchaba.

– No sé, solo pienso en ti y en tu cuerpo. En tus labios y en verte… desnuda.

– Me encanta lo fácil que es escandalizarte, lo rápido que te pones colorado por las cosas más tontas – Le acaricié el pelo de la nuca cuando se miró las manos, apretándoselas. Estaba muy nervioso – ¿Quieres besarme?

– Sabes que sí – Le puse los morritos y cerré los ojos, pero no se movía – Creo que viene alguien – Abrí un ojo y le vi mirar hacia la dirección opuesta a mi cara. Hice un ruidito de protesta y cuando volvió a mirarme volví a cerrar los ojos. Le escuché reírse. Sentí sus labios fugazmente en los míos.

– Eso no ha sido ni un intento de beso. Imagina que estamos en tu habitación, ¿qué harías?

– Ponerme notablemente nervioso por tenerte allí – Me tuve que reír, dejando caer la frente en su hombro.

– Eres mi tontorrón y siempre vas a serlo – Le pasé los brazos alrededor del cuello y le besé la mejilla, escuchándole decir mi nombre con la intención de llamarme la atención – ¿Quieres tenerme allí? ¿Quieres hacerme el amor esta noche? – Sabía que si se lo planteaba de esa manera le gustaría más que si le decía cualquier barbaridad de las mías. Dejó escapar el aire de los pulmones hinchando los carrillos y mirando al cielo.

– Qué cosas me preguntas…

Al volver a mirarme le besé despacio, y esta vez no me apartó. Tampoco me abrazó de primeras, seguía sin tocarme a pesar de haber pasado un brazo tras mi espalda. Apoyé mis manos en su pecho, mirando hacia arriba porque su altura no variaba ni sentados. Cuando le acaricié el cuello con mis uñas y su lengua con la mía, reaccionó. Me abrazó despacio pero con fuerza, me atrajo hacia él, me devolvía los besos, cada vez más tórridos. Me hizo apoyar la espalda en el banco, me puso la mano en el muslo. Se estaba descontrolando. Ni se enteró de que alguien se reía a nuestra espalda. Sentí toquecitos en el hombro.

– Es cojonudo verte de nuevo como tú y no disfrazada – Kotaro llevaba sus galas, su traje de chaqueta rojo y llamativo. Me tuve que reír al ver el cigarro detrás de su oreja – Lo que no sé es si me gusta es que no sea mi lengua la que te hace mojar las bragas.

– Vete a tomar por culo, chulo de mierda – Me pellizcó la mejilla. Hiroshi se meneo inquieto en el asiento. Kotaro le miró y se inclinó levemente.

– Siento lo de tu casa y siento haberme puesto chulo pero es que esta tía me desquicia, seguro que me entiendes – Mi grandullón era todo hostilidad. Se puso en pie y temí que fuese a enfrentarse a Kotaro porque tenía las de perder. No sabía pelearse casi seguro.

– Creo que sería adecuado marcharnos – Me ofreció la mano y se la cogí.

– Oye, cuídate y deja de hacer el gilipollas por ahí – Kotaro me levantó el pulgar, guiñándome el ojo. Cuando nos marchábamos su atención se desvió hacia una chica extranjera, morena de pelo corto que pasaba por su lado, preguntándole un “¿Cómo tú tan caliente y sin mi compañía?”

7

– No le soportas, ¿eh? – Pregunté ya dentro del coche. Me tomé su silencio como un sí – ¿Estás enfadado?

– No, solo quiero volver. No deberíamos estar en la calle, para empezar.

No entendí muy bien su cambio de actitud pero tampoco pregunté. La verdad es que nos cortó de lleno, pero en fin, ese gilipollas era experto en cagarla y en meterse donde no le llamaban. Al llegar a la casa me quité los tacones para no hacer ruido. A esas horas todos, con seguridad, estaban en sus camitas como niños y niñas buenas. Me despidió en la puerta de mi habitación. Le agarré de la manga de la camisa.

– Eh, ¿No quieres—

– Buenas noches, Ayame – Le vi alejarse y tras dudar un poco le seguí silenciosamente. Antes de que cerrase la puerta la empujé, colándome en su dormitorio y cerrándo sin dejar de mirarle – ¿Qué haces?

– ¿Por qué estás tan enfadado conmigo si no he hecho nada para ofenderte?

– No entiendo la relación que tienes con él. No me gusta. Me… – Nunca me había mirado de esa manera: molesto, ofendido, enfadado – Me mata imaginar todo el placer que ha sido capaz de proporcionarte cuando yo soy tan impresionable e inexperto.

– ¿Te preocupa no saber satisfacerme? – Me quité la chaqueta, seducida por esos ojos salvajes y furiosos – Ya te dije que en el coche me hiciste sentir como nunca lo han hecho. Ni siquiera Kotaro – Dejé que la falda me resbalase por las piernas – Tú puedes darme cosas que él nunca me dará – Su expresión cambió de indignada a lujuriosa tan pronto dejé mis pechos al aire.

Subí las manos tocando su barba, miré sus labios y humedecí los míos. Le besé. Nos besamos muy despacio y muy brevemente. Parecían los primeros besos de dos chavales de doce años. Sin embargo, poco a poco, fueron madurando, transformándose en algo más intenso y profundo. Besos largos, pausados, besos en los que nos respiramos el uno al otro. Le quité la camisa, me encantó sentir mi pecho desnudo contra el suyo. Por las cortinas entraba la tenue luz artificial de una de las farolas de la calle, luz que le sirvió para inspeccionar mis tatuajes uno a uno. Pasaba las yemas de los dedos por las ondas, por las curvas y las múltiples flores de sakura que adornaban mis hombros, pecho y cintura. Las besó, pasó su boca por mi piel, oliéndome, acercándose cada vez más a mi ombligo. Se arrodilló en el suelo, me abrió las piernas, mirándome entre ellas, esperando instrucciones. Me reí suavemente, tumbándome en su cama y pidiéndole que hiciese lo que le apeteciera de verdad. Que cumpliese conmigo sus deseos más ocultos. Y lo primero que hizo fue morder la cara interna de mis muslos con suavidad. Lamió mis ingles. Inspiró profundamente con la nariz enterrada en mis bragas, dejando escapar un gemido. Me pellizqué los pezones al tiempo que me bajaba las bragas. Como hizo en el coche, me lamió sutilmente, solo que esta vez, antes de centrarse en mi clítoris, pasó su lengua por mi sexo de lado a lado y de arriba abajo. La hundió en todos los huecos, saboreó lo que tenía para ofrecerle. Me excitaba observar los gestos de su cara, me volvía loca verle apretar mi clítoris con dos dedos para que después su lengua apenas lo rozase. El contacto era tan directo que se me hacía insoportable. Me retorcía, le tiraba del pelo, de las sábanas, le clavaba las uñas en los brazos y los hombros. Me sentaba en la cama quejándome para volverme  a tumbar y cuando más excitada estaba, deslizó sus dedos en mi interior. Me corrí entre gimoteos, entre sollozos de puro placer que me reventaba las terminaciones nerviosas, con la mente en blanco. Me senté por completo, tirándole del pelo y obligándole a besarme. Le tumbé boca arriba, me monté a horcajadas sobre él.

– Ayame – No le bajé los pantalones, solo le abrí la cremallera y se la saqué de los calzoncillos – No tengo preservativo, en esta casa no hay – Le mandé a callar.

– Golpéame los muslos cuando sientas que te corres.

– Lo siento desde que te he olido…

Al escuchar eso le besé entre sonrisas y opté por no masturbarle, iba a durar un suspiro si lo hacía. La deslicé despacio entre mis labios mayores, entre los menores, hacia mi interior. Le sentí estimularme, llenarme poco a poco. El roce de su piel caliente, su erección ensanchándose en mi interior, empapándose de mí. Miré su expresión, no respiraba hondo, daba cortas aspiraciones e intentaba mantener los ojos abiertos. Intentaba mirarme pero al parecer el sentirme apretarle era demasiado. Cuando finalmente me senté sobre él, me incliné y le besé en los labios.

– Estoy dentro de ti, Ayame, es… esto es… – Guie sus manos hasta mis pechos.

– Sí Hiroshi – Moví mis caderas despacio, gimió escandalosamente – Muy adentro.

En ese momento descubrí que le encantaba que le hablase. Le encantaba escucharme decir lo mucho que me gustaba, que narrase lo que estaba pasando. Y lo hice, y le dije que me llenaba, que adoraba su polla, que me corría despacio, que necesitaba más. Tenía tantas ganas de follar con él que tan solo mirarle y escucharle me deleitaba  Mis caderas le golpeaban con energía, me miraba y cerraba los ojos, me rozaba el clítoris provocándome sensaciones muy cercanas al orgasmo, se mordía el labio, gemía, escupía mi nombre al aire, me levantó de su polla.

– Deja que yo me mueva – Se miró la erección, apretándose el glande con el pulgar, el índice y el anular – Creo que ya…

– No te corres, es la sensación que te da, ¿quieres darme de espaldas?

– Quiero mirarte a la cara.

No era mi posición favorita ni mucho menos, pero me tumbé boca arriba con su cuerpo sobre el mío. Era su primera vez, que fuese a su gusto. Tan pronto volvió a penetrarme, sus fuertes gemidos se reanudaron ahogados contra mi cuello. Me miró a los ojos, acariciándome las mejillas. Jamás me habían follado tan despacio y por supuesto jamás habría imaginado sentir placer de otra manera que no fuese destrozándome las caderas. Pero lo sentí. Un placer diferente. Un placer que además de ser tan intenso como cualquier otro, tenía el componente extra de sus besos y sus caricias. Le dije, sabiendo que le encantaría, que nadie me hacía el amor así. Gimió besándome, gimió apretándose a mí un par de veces, metiendo su mano entre su pelvis y la mía para acariciarme el clítoris. Le mordí el hombro, clavándole las uñas en la espalda al correrme tan despacio, tan insoportablemente despacio que me daba la impresión de que el orgasmo no acababa nunca. No recordaba haber estado tan mojada con excepción de un par de veces en mi vida. Me estremecía, apenas podía moverme. Dejó de rozarme con sus dedos para hacerlo con su erección y al darme cuenta de que estaba a punto de correrse, moví las caderas, atrapándola con mis labios menores. Solo quería frotarme con él pero, al estar tan húmeda, resbaló de nuevo en mi interior, en pleno orgasmo. Me miró susurrando un débil no, pero se deshizo en mis brazos. Me daba igual, ya tomaría medidas. Y es que Hiroshi gemía, gemía sin poder evitarlo, mezclando gruñidos con gemidos para nada roncos, incontrolados. Hacía mucho que no sentía a un hombre correrse en mi interior, me provocó un último orgasmo no tan intenso como los anteriores pero placentero de igual manera. Me miró a los ojos, jadeante y sudoroso. Le besé con una sonrisa, tumbándole a mi lado. Le acaricié hasta que ambos nos íbamos quedando dormidos. Y justo antes de caer rendida le escuché decirme que me quería.

Por primera vez en mi vida, respondí con un honesto yo también

Me desperté antes del amanecer y tras darle un beso en la mejilla corrí hacia mi habitación con toda mi ropa en los brazos. Con una sonrisa volví a quedarme dormida hasta la hora de levantarse. Los días siguientes estaba radiante, incluso guié un poco a Yuko para que aprendiese cómo se hacían las cosas por allí. Solo tuve contacto con él para que me trajese de la farmacia las pastillas del día después y aunque le pedí que comprase condones, el muy tonto no se atrevió. Sin embargo, al tercer día, después de esa primera vez tan magnífica, le encontré en un pasillo. Lo primero que hizo fue sonreírme ampliamente. Tras eso, miró a su alrededor y me empujó dentro de la primera habitación vacía que encontró

– Hiroshi, no te la juegues – Una sonrisa estúpida se me plantó en la cara tan pronto tuve su atención fija en mi persona – ¿Otra vez a confesarte?

– Si no queda más remedio…

Le empujé contra una estantería, pasándole las manos por la camisa, besándole como a ambos nos encantaba. Nos acariciábamos, nos apretábamos, nos movimos hacia una mesa cogiéndome él en peso, y tiramos algo que hizo mucho ruido. Asustados, recogió un portátil del suelo, un portátil que yo había visto. Al mirar a mi alrededor me di cuenta de que estábamos en la habitación de Keiji.

– Menudo cuarto al que hemos ido a entrar – Le vi abrir la tapa del ordenador para comprobar si estaba en buenas condiciones y al acordarme de lo que yo me encontré, la cerré bruscamente – No mires las cosas de los demás y vámonos de aquí.

– Solo iba a comprobar si funcionaba.

– Que lo compruebe tu hermano, deja eso tranquilo – Le saqué de la habitación pero antes de alejarme me vi obligada a decir algo – Y por cierto, ten cuidado con Yuko, viene del mismo sitio que yo y seguro que tiene las mismas necesidades, espero que sepas por dónde voy – Se rio avergonzado, negando con la cabeza. Se acercó y me habló en susurros.

– ¿Qué más dan sus intenciones? A la que yo amo es a ti y eso no lo va a cambiar nadie – Le di un apretoncito cariñoso a su mano, mirando sus labios porque esos besos me habían sabido a poco.

– Quiero dormir contigo otra vez – Puse un mohín, fastidiada porque lo quería de verdad.

– Eres una influencia terrible, no paro de hacer lo que no debo, ¿segura de que no eres un esbirro del infierno? – Me reí perversamente poniéndome dos dedos a modos de cuernos. Dio una carcajada y sin pensárselo dos veces me besó en los labios cogiéndome de las manos.

– Me encantas Hiroshi.

Se mordió el labio. Era un gesto que empezaba a asociar a un estado de excitación por su parte, lo que me excitaba a mí. Volvió a besarme de una manera sutilmente más lasciva. Escuché un “oh” proveniente de su espalda. Me alejé de él de inmediato, mirando a Manami con aspecto culpable. Hiroshi se rio, rojo como un tomate, disculpándose con su hermana. Se despidió de mí susurrándome un “lo siento” y se marchó a toda velocidad pasillo arriba.

– Sasaki san, ¿podemos hablar? – Asentí, esperando una reprimenda por lo que acababa de ver. Me llevó a su habitación, mucho más espaciosa que la mía, y me ofreció sentarme en el borde de la cama.

– Lo único que puedo hacer es disculparme por besarle en público, no es su culpa, soy yo la que le tienta.

– No creo que sea verdad, le he visto, ha sido él quien te ha besado y te ha pillado por sorpresa. No digo que me parezca una actitud correcta y mucho menos en público pero… pero no era eso sobre lo que quería hablarte, no me importa que hayas comenzado una historia con Hiroshi. Es más, me alegra que al fin haya encontrado el amor. Lo que quiero saber es cómo lo hago para que Daisuke sienta lo mismo por mí.

– Oh, bueno, ¿no estabais comprometidos? – Se miró las manos. Los ojos de esa mujer eran tristes y siendo tan preciosa como era y tan aparentemente buena no le encontraba sentido – ¿Crees que no te quiere?

– No lo creo, lo sé – Algo tuvo que ver en mi cara que negó con la cabeza – No quiero molestarte con mis problemas, lo siento.

– No, te dije que estaría si me necesitabas, ya que me acogéis sin pedir nada a cambio es lo menos que puedo hacer.

– Al principio de estar juntos veía gran interés por su parte. Me cogía de la mano al pasear, me dedicaba las palabras más dulces, me acariciaba la mejilla, incluso alguna vez me dio un beso. Pero al dejarle claros mis principios nunca más ha vuelto a tocarme.

– ¿Tus principios? Guíame un poco, me pierdo – No paraba de tocarse la espesa mata ondulada de pelo castaño. Tenía la misma boca que Hiroshi, pero no sus ojos.

– No debo tener relaciones sexuales antes del matrimonio, es mi religión, son mis creencias. Él dice compartirla pero no actúa como tal. Algunas chicas – Tuvo que parar para aclararse la voz – Algunas chicas de la casa me han dicho que ha intentado besarlas.

– No entiendo por qué sigues comprometida con él, ¿Hiroshi sabe todo esto?

– ¡No! Si se entera le va a echar.

– Y yo creo que es lo mejor que te puede pasar.

– Pero Ayame san, le entiendo, es un hombre y como tal tiene nece—

– No, ni de puta coña voy a aguantar que excuses su comportamiento acosador de mierda hacia otras chicas y lo muchísimo que te falta al respeto – Me di cuenta de que me pasé justo al ver su rostro ente espanto y ofensa.

– ¿Por qué dices esas cosas? – Estaba a punto de llorar, pero es que iba a explotar si me callaba.

– Lo siento, pero no pretendas contarme estas cosas esperando escuchar lo que quieres oír. Una persona que te aprecia te dice las cosas como las ve y lo siento si soy brusca pero es que ese mierda no te merece. Te mereces a un tío que respete tus creencias y que no tenga necesidad de follar con otras porque es un animal y se mueve por instinto. Joder, puede pararse a pensar, ¿no? Si te quisiese de verdad se pondría en tu lugar y si no te quiere no tienes nada que hacer. No hay una solución mágica o yo por lo menos no la tengo.

– Sí, la tienes, abrirte de piernas a la primera de cambio – Miré a mi espalda, Daisuke había entrado en la habitación – ¿Quién te crees que eres para hablar sobre lo que no sabes?

– Vamos por partes – Me levanté, haciéndole frente. Si se creía que iba a achantarme por ser un hombre la llevaba clara. Ese no sabía con quién estaba hablando y por las cosas que había pasado – Si me abro de piernas a la primera de cambio es porque yo tengo valores diferentes a ella y en mi mundo, tener relaciones antes del matrimonio no es malo y por supuesto no valgo menos por ello. No me vas a avergonzar por disfrutar del sexo y mucho menos cuando has intentado follar conmigo – Miré a Manami, que lloraba con las manos en la boca – Sí, lo siento, ha pasado. Lo último que quiero es hacerte daño, créeme.

– Es increíble que vengas aquí creyéndote alguien, destrozando las vidas de los demás, hablando demasiado y haciendo muy poco – Se me acercó, amenazador.

– Yo no destrozo la vida de nadie, de eso te encargas tú solo haciéndole daño a una chica que lo único que desea por tu parte es cariño y amor cuando lo que vas buscando es un chocho en el que mojarla. Conozco a los tíos como tú, y sé que si ella te hubiese dicho que sí y pudieses hacerle el amor cuando quisieses, incluso si te la chupase de vez en cuando, seguirías con la pantomima de estar enamorada de ella.

– ¿Cómo haces tú con Hiroshi? – Se rio al ver mi expresión. Sí, hice eso con él. Solo que habían cambiado un poco las cosas – ¿Ya no hablas? ¿Te has quedado muda? No eres muy diferente a mí.

– Sí, lo es – Hiroshi entró en la habitación también. Quería morirme – Ella nunca me ha dicho que me quiere sin antes sentirlo. Y aunque me lo diga sé que no siente por mí lo mismo que yo siento por ella. Yo no estoy engañado, pero por lo que veo y oigo mi hermana sí.

– Dejadle, parad ya – Me volví al susurro lastimero que escuché a mi espalda. Manami nos imploraba con una mirada cansada – Dejad de decir esas cosas. Daisuke no es así.

– ¿De verdad estás tan ciega? – Me acuclillé a su lado, cogiéndole las manos – Se soltó de ellas mirándome disgustada.

– No me toques con esas manos, a saber lo que has hecho. No quiero verte más por aquí. Aléjate de mi hermano, aprovechada, asquerosa – Me levanté atónita. Miré a Hiroshi, que parecía a punto de sufrir un infarto. Daisuke pasó por mi lado con una sonrisita casi imperceptible.

– Si no os importa salid de la habitación de mi prometida. Tengo que hablar con ella y no os incumbe en absoluto.

Asentí, dándome cuenta de que había metido la pata hasta el fondo. Echa una furia me metí en la que había sido mi habitación esos días, recogiendo la poca ropa que tenía a puñados. Me largaba en ese mismo instante. Hiroshi entró tras de mí, agarrándome las muñecas. Me solté enfadada.

– Deja que hable con Manami, no tienes por qué marcharte.

– Sí, sí tengo por qué. En esta casa nadie es honesto ni con los demás ni con ellos mismos. Nadie dice verdaderamente lo que piensa, todos esconden sentimientos y todos fingen. No puedo ser yo, estoy harta de hacer un papel. Y es una puta pena porque estaba empezando a conectar contigo a otro nivel.

– Ayame, eso no es verdad. Yo soy sincero.

– ¿Sí? ¿Por eso rechazabas mis insinuaciones los primeros días? ¿Por eso nos tenemos que ir a la playa o que escondernos en tu cuarto o en el de tu hermano si queremos tocarnos? Que, oh, por cierto, no quería que mirases su portátil porque resulta que es maricón y un apasionado del porno gay – Miró al suelo, incómodo – Si es que ni esa palabra puedo decir en voz alta sin que os sintáis violentos, por dios…

– Ya lo sabía. Sabía que a él le gustan los hombres, precisamente por sentir esa desviación sexual quiere ser cura.

– ¿¡Desviación?! Por favor, no puedo más. Es que no puedo…

– Ayame, no me dejes – Me rogó, cogiéndome de la mano – Por favor, por favor. Nunca he amado a nadie. No te vayas. Danos una segunda oportunidad. Te necesito.

– No, no digas eso. Necesitar a alguien para ser feliz no es sano y si eso es lo que te pasa conmigo me disgusta. No está bien. No se puede depender tanto, joder. Y ni se te ocurra rebajarte al nivel de rogarle a una persona que quiere irse. No seas Manami – Sabía que decirle esas palabras sería peor, pero no podía tolerar ese comportamiento por su parte – No me voy porque no me guste estar contigo, adoro tu compañía aunque seas tan cerrado de mente – Vi la esperanza en sus ojos, no quería liarle y lo estaba haciendo – Pero no puedo quedarme aquí ni un segundo más – Se sentó en el borde de la cama, observándome desesperado acercarme a la puerta cargando con mi mochila – Lo siento.

Me incliné para darle un último beso apretándole el hombro con cariño. Me acarició las mejillas con ambas manos, mirándome a los ojos de una manera que me destrozó por dentro. Nunca había llorado por un hombre, jamás, y esa no iba a ser la primera vez. Odiaba los dramas, suficientes problemas tenía en la vida para buscarme unos extras y en esa casa, todo era un drama. Al salir me crucé con Keiji, al que paré agarrando del brazo.

– No tienes por qué esconder lo que sientes, no tienes nada de lo que avergonzarte. Si alguna vez quieres liberarte llámame. Tu hermano tiene mi teléfono.

– ¿De qué estás hablando? – Negué con la cabeza. No tenían remedio y yo no me iba a quedar para solucionarles la vida.

8

                Ya que en el tiempo que estuve en la casa no gasté nada de dinero, pude coger un taxi hasta mi verdadero hogar. O el que yo consideraba que lo era. Sentí añoranza y cierta felicidad nada más cruzar la puerta y tras dejar mi mochila en mi dormitorio, exactamente en el mismo estado que lo dejé, caminé hasta la habitación de Mei. Llamé con los nudillos y abrí avergonzada cuando me dio permiso.

– ¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?

– Me he pasado de sincera con la señorita de la casa y me ha echado – Suspiró, dando golpecitos en la cama. Pasé y le conté la que se había armado.

– No te faltaba razón, pero podrías haberte callado la puta boca, con lo bien que ibas.

– Lo sé. Es que me arden las entrañas ante ese tipo de injusticias, no puedo callarme. Lo siento mucho. Y siento no haberte traído mucha información. Manda a otra, yo que sé.

– Es igual, no importa. Seguiremos como estamos y ya está, daré la investigación por fallida y santas pascuas.

– Por favor, no vuelvas a nombrarme nada santo en una temporada…

– ¿Segura de que no vas a echar de menos al grandullón? – Suspiré mirando al suelo.

– Hiroshi es lo único que ha merecido la pena de todo esto, se ha quedado hecho polvo.

– Pero ibas a volverte tarde o temprano. Mejor que haya pasado ya. Quién sabe, quizás encuentre consuelo en los brazos de Yuko.

Me levanté, esperaba que eso no pasase. No quería que sufriese eternamente pero tampoco quería que acabase con ella. Ni con ninguna. Esa noche me la dejó libre para que me ajustase de nuevo. Al día siguiente no solo trabajé, es que mis habituales al verme de vuelta no me dejaron descansar ni un segundo desde que abrió el local. Kotaro fue el que apareció pletórico por tenerme de vuelta. Estuvo un buen rato dándome por saco mientras ordenaba mis cosas y limpiaba el polvo de mi habitación.

– ¡Por fin entras en razón! Menuda pandilla de gilipollas estirados con los que convivías…

– Déjame Kotaro, no tengo ganas de estar contigo – Se sentó en mi cama, peinándose las mechas rubias hacia atrás y levantando la barbilla.

– ¿No la echas de menos? – Se rozó la bragueta, fingiendo un gemido – Porque ella te echa de menos a ti.

– Ve a follarte a Keiji por el culo – Dio una carcajada y hasta un aplauso.

– ¡Ojalá! No sabes lo cachondo que me puso al darme ese puñetazo.

– De verdad que estás fatal de la cabeza.

– No peor que tú, que te has enamorado de un meapilas – Me giré, mirándole ofendida más por como habló de Hiroshi que por lo de estar enamorada. Tiró de mi mano y me acercó a él, acariciándome el culo – Si no estuvieses enamorada ya me la estarías chupando.

– Siento cortar vuestra interesante conversación – Mei asomó la cabeza a mi dormitorio cuando le ponía la mano en la cara a Kotaro, alejándole de mi con una sonrisa. Llevaba razón, antes de todo eso adoraba tocársela. Pocas veces se veía un rabo tan grande – Creo que uno de los de esa casa está en la puerta preguntando por ti – Corrí hacia el piso de abajo con el corazón en la garganta.

– Lo que yo decía, hasta las trancas – Escuché a Kotaro murmurar.

Y le sentí bajar las escaleras a mi espalda, dispuesto a presenciar el espectáculo. Por más que le pedí que se quedase dentro ni caso me hizo. Tuve que pararme y rogarle por favor que no saliese al rellano para que finalmente cediese con la excusa de quedarse lo suficientemente cerca como para enterarse de todo. No me creía que fuese tan sumamente cotilla. Respiré hondo, crucé la cortinilla de cuentas de la entrada y me decepcioné al ver a Keiji allí plantado.

– ¿Me has hecho caso al final? – Ignoró mi pregunta.

– Tienes que volver, me da igual lo que diga Manami.

– ¿Y eso por qué? ¿Me echas de menos? – Me crucé de brazos, riéndome escéptica.

– Obviamente no, pero mi hermano está… no está. Se niega a salir de su habitación como no sea para comer o ducharse.

– Yo no soy responsable de su conducta autodestructiva. No voy a volver a donde ni me quieren ni me respetan. Quedaos vuestras mentiras para vosotros y si Hiroshi quiere algo de mí, que venga él en persona.

– No sé cómo puedes dormir por las noches…

– Yo tengo mi conciencia muy tranquila – Mentí – Al contrario que otros que esconden su verdadera identidad por miedo al qué dirán o a ser juzgado por un ser divino al que no le importamos un carajo – En ese punto de la conversación, Kotaro rompió su promesa y se asomó. Keiji dio dos pasos atrás nada más verle.

– ¡Mira quién ha venido! – Keiji se le quedó mirando, confuso. Kotaro tenía la camisa abierta de par en par y aunque yo estaba acostumbrada a sus tatuajes, sabía que para el resto del mundo eran intimidantes. Sin embargo, para Keiji parecían fascinantes. O más bien se lo parecía lo de debajo de los tatuajes – Ayame, déjame tu habitación un rato, ¿no?

– No le acoses – Le pasó un brazo sobre los hombros. Al ver la expresión de embobamiento de Keiji mirándole los labios empecé a dudar sobre si era acoso o no.

– Vente con nosotros, enseñémosle lo que es un orgasmo de verdad.

– No me gustan las mujeres – Murmuró. Nada más darse cuenta de lo que había dicho nos miró asustado.

– Tranquilo, no voy a juzgarte. Haced lo que os dé la gana pero intentad no ser muy escandalosos. Si Mei pregunta por mí me he ido a dar una vuelta. Ah, y Kotaro, déjale ser el activo que lo vas a reventar.

– Está todo controlado.

No escuché quejas por parte de Keiji, así que me fui tranquila y esperando a que experimentase una primera vez en condiciones. No quería pensar en Hiroshi porque me sentía culpable. Me sentía triste y me entraban ganas de volver a por él. Echaba de menos su expresión ensoñadora cuando me miraba a los ojos. Echaba de menos con el cariño que me tocaba y añoraba ver de nuevo esa sonrisita avergonzada que siempre le sacaba al decirle un piropo. Incluso después de haber estado más de media hora dándome sexo oral y seguía con la misma actitud. No quería recordar sus palabras, no quería recordar ese momento en el que me tocó la fibra sensible. Y sin embargo lo estaba haciendo. Me senté en un banco del parque, caía la noche y frente a mí tenía un estanque. Era el lugar perfecto para la autocompasión, para romper esa norma de acero y echar unas lagrimitas por un tonto chapado a la antigua que en unas semanas me había hecho sentir lo que nadie en toda mi vida. Un imbécil que me adoraba tal y como era, que cuando más le mostraba mi verdadera identidad, más se pillaba por mí. Una de las pocas personas que me había querido de verdad y voy y le doy de lado. Sabía que atormentarme de esa manera no llevaba a nada, pero en ocasiones ni se puede ni se quieren evitar ese tipo de pensamientos. Cuando me cansé de remover mi propia mierda deleitándome con lo bien que olía, volví a casa. Ojalá esos dos hubiesen acabado de follar porque lo único que quería era meterme en la cama. Lo que vi al llegar fue incluso peor de lo que me esperaba. Keiji estaba en el salón del bar, ahora vacío al ser domingo, acompañado por Mei y Kotaro mientras hablaba por los codos. Al verme entrar se puso en pie, inclinándose levemente.

– Deja que me disculpe, no me he portado bien contigo.

– Joder, tu polla es mágica Kotaro – Dio una carcajada, Mei me tiró un cacahuete del cuenco. Ese chaval iba a explotar de colorado que estaba.

– Se la ha comido de arriba abajo, ¿verdad mi amor? – Le dio un beso en los labios, avergonzándole aún más pero haciéndole reír.

– Como te pillen los del clan te van a cortar los dedos y la polla…

– ¿De verdad te crees que no lo saben? Al jefe le importa un carajo mientras cumpla con mi deber – Se puso bien el cuello de la camisa. Tenía al chico hechizado.

– Vente con nosotros Ayame – Mei me ofreció sentarme a su lado –  Ayúdale a aclarar las ideas que tú eres más empática que el que tengo enfrente.

– Tú vas sobrada de empatía por las dos. No tengo muchas ganas de estar por aquí rondando, me voy a la cama.

– ¿Es por lo que te he dicho de Hiro? – Apreté los labios, desviando la vista hacia la barra, suspirando porque no quería volver a llorar – Le voy a sugerir que venga a verte, ya que tú no vas a ir a verle.

– ¿De verdad me estás diciendo que me meta ahí de nuevo?

– No, no te voy a pedir eso. Entiendo que no quieras volver. Pero es qu—

– Pues eso mismo, deja de presionarme, deja de hablarme del tema de una puta vez. Hiroshi no tiene nada que ver ni conmigo ni con esta vida. Que se busque a una mujer más acorde con su manera de pensar y su fe. Jamás funcionaría lo nuestro así que antes de hacerle más daño déjale tranquilo.

– Discrepo.

– ¿Discre qué? – Preguntó Kotaro con la boca llena de frutos secos – Menudas palabritas usas, chaval.

Me marché a la habitación y me metí en la cama. No salí hasta el día siguiente, no tenía ganas de ver a nadie. No escuché más gemidos por lo que supuse que ese tío volvería a su casa o se iría a la de Kotaro. No podía decir que hice vida normal porque me mostraba más apática que de costumbre pero fingir en el trabajo se me seguía dando igual de bien. Eso sí, no estaba dispuesta a irme a la cama con nadie, no tenía ni la actitud ni las ganas por lo que me dedicaba a emborracharles hasta el punto de que no podían ni hablar. De madrugada, incapaz de dormirme, escuché mi teléfono vibrar con insistencia. Me estaban llamando y no tenía ni idea de quién podría ser.

– Soy Keiji, no sé si te interesa o no pero han ingresado a mi hermana en el hospital.

– ¿Qué ha pasado? – Me levanté de la cama, dispuesta a vestirme.

– Daisuke ha abusado de ella – Me quedé de piedra, quise llorar, partir algo, matar a ese puto desgraciado.

– Lo habrán arrestado, espero…

– Uno… uno de los chicos de la casa le ha agredido al escuchar los gritos de mi hermana. Aún no sé muy bien cómo ha pasado pero no ha llegado al hospital con vida.

No es que me importase mucho, pero saber que alguien que conoces ha muerto siempre impacta. Tras el shock inicial, le pedí el número de habitación y cogí un taxi hasta el hospital con el corazón en la garganta. Odiaba que se hubiese tenido que dar cuenta de cómo iban las cosas de esta manera. Me armé de valor al subir, no iba a ser fácil. Y para mejorar las cosas, Hiroshi estaba allí. Miraba al suelo, sentado en una de las sillas de plástico del exterior de la habitación junto a su hermano. Su pelo estaba alborotado, su barba descuidada, su rostro cansado. Al acercarme no me atrevía a mirarle, pero se puso en pie. Sin decime ni media me abrazó por los hombros, y no pude más que devolvérselo. Le sentí temblar, le escuché sollozar.

– ¿Está bien Manami? – Pregunté asustada.

– Sí. Bueno, todo lo bien que puede estar después de lo que ha pasado – Contestó Keiji.

– Hiroshi, voy a entrar a verla – Le separé de mí, sentándole de nuevo – Ahora vengo.

– No ha querido hablar con nosotros, no ha querido ni mirarnos a la cara – Keiji negaba con la cabeza – No sabemos qué hacer.

Hiroshi me apretó la mano, clavándome esos ojos tristes que no me ayudaban en absoluto a prepararme para lo que venía. Manami estaba sola en la habitación, tapada y mirando por la ventana. Un gran hematoma se extendía por su mejilla y al susurrarle un suave “hey” dio un respingo, limpiándose las lágrimas.

– ¿Qué haces aquí?

– Verte, ¿qué si no? – Le cogí la mano. Obvié la típica pregunta de cómo estaba, la respuesta era más que evidente – Oye, ¿por qué no quieres ver a tus hermanos?

– Porque… no quiero que me vea nadie – Las lágrimas le caían por las mejillas – Me siento…

– ¿Sucia por casualidad? ¿Avergonzada de no haberlo visto venir? ¿Culpable? – Cuanto más hablaba más lloraba, asintiendo – No es culpa tuya. Nunca lo ha sido.

– Le quería tanto, Ayame, le quería tantísimo – Se inclinó por el borde de la cama, agarrándome de la camiseta. Le acaricié el pelo, intentando consolar lo inconsolable – ¿Cómo se le puede hacer tanto daño a alguien que te ama?

– Sé que necesitas un motivo, pero no existe. No hay motivos para hacer lo que ha hecho ni hay manera de justificarlo. Era una mala persona con malos sentimientos, no es tu culpa. Tú eres la victima aquí, que te quede claro.

– No van a quererme, nadie va a quererme nunca más. Estoy rota.

– No digas eso, claro que van a quererte. Yo te quiero, tus hermanos te adoran y seguro que el día de mañana encuentras a un buen hombre que te ame como te mereces. Que te respete y que las únicas marcas que te deje sea en el alma por lo mucho que te quiera.

Esa chica no paraba de llorar. Estaba destrozada y tardaría mucho en recuperarse. Al menos tendría a sus hermanos con ella. Me pidió que los llamase un rato después y también lloró en los brazos de los dos, disculpándose por no haberles escuchado. Ellos repitieron casi mis mismas palabras. Era una situación tan privada que me disculpé y me dispuse a salir de la habitación.

– Ayame – Me llamó Manami – Por favor, vuelve con nosotros. No hace falta que hagas nada, solo… por favor ven. No vuelvas a irte, estamos todos mejor cuando estás a nuestro lado. Lo que me dijiste era cierto, siento no haberlo visto antes.

– No repitas eso más, no pasa nada. Esta noche prefiero irme a casa.

– No quiere volver Manami, déjala – La voz de Hiroshi sonaba rota. No sonaba a él. Un pellizco se me cogió en el pecho – No es feliz con nosotros.

– No es que no sea feliz, es que… bueno, no es el momento de hablar de esto.

– No, por favor, ven un segundo – Manami se intentó incorporar pero no pudo. El dolor se le reflejó en la cara.

– No te muevas – Le pedí. Hiroshi estaba a mi lado, sin tocarme, casi sin mirarme.

– ¿Por qué dice Hiro que no eres feliz con nosotros?

– Somos muy diferentes. Intentaba adaptarme pero no puedo ser yo misma, no encajamos. Ya se lo dije a él, no puedo vivir con personas que no son honestas ni con tantas trabas con respecto a temas que para mí son regulares en mi vida.

– He tenido relaciones sexuales con Ayame – Mire a Hiroshi despacio, asombrada, pero no me miraba a los ojos – También sexo oral en público. Y me encantaría seguir haciéndolo. Me da igual lo que penséis – Suspiró, cruzándose de brazos – Me da igual todo ya.

– Soy gay – Soltó Keiji de repente – Soy un maricón como la copa de un pino y hoy he tenido relaciones sexuales con un yakuza y pienso tenerlas más veces porque no voy a ser cura – Se hizo el silencio. El chico resopló aliviado – Ya está, ya lo he dicho – Manami susurró un “dios mío…” Sin embargo se recompuso y tras asentir, me miró.

– Ahora tú. Yo no tengo nada que contar que no sepáis.

– No vine a vivir con vosotros porque quisiese una vida mejor, lo hice porque me lo pidió mi jefa. Quería saber cómo llevar vuestro negocio y para eso… – Suspiré, incapaz de mirarles a la cara – Para eso lo mejor era ganarme a Hiroshi. Le he utilizado y lo siento muchísimo.

No dijeron nada. No sabía si me miraban y si lo hacían desconocía sus gestos. La presión en el pecho que me provocaba ganas de llorar no desaparecía, es más, aumentaba. Sentí que me cogían la mano, Manami me la apretaba.

– Ya veis – Odiaba hablar cuando la voz me temblaba tanto – Decía que no podía vivir entre mentirosos cuando yo era la primera que lo hacía. ¿Entiendes lo que te comenté esta tarde, Keiji? Es mejor pasar página.

De modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes – Miré a Manami, apretando los dientes para no llorar – Es un pasaje de la Biblia, probablemente a ti no te ayude pero en momentos como este, a mí me sirve de guía – Miró a sus hermanos. Al final terminé limpiándome las lágrimas, sintiéndome debilucha y con ganas de acostarme para no levantarme – Perdonar es una virtud que espero podáis concederle. Esta noche se queda en casa, en su habitación. Ya te piensas mañana lo que quieras hacer.

Salí de la habitación, no podía más con la presión. Me senté en una de las sillas de plástico, con la cara entre las manos. Ver a esa mujer de esa manera, ver que incluso en ese momento de dolor tan extremo era capaz de preocuparse por los demás era algo admirable. Me hizo preguntarme qué estaba haciendo con mi vida. Sentí que no valía nada. No podía dejar de llorar porque no podía dejar de culparme por haberle hecho daño a una persona tan buena como era Hiroshi. Y fue él quien me puso una mano en el hombro. No le miré a la cara.

– Entiendo que no quieras ni hablarme, pero espero que me perdones algún día – Sollocé.

– Ya lo sabía. Era consciente de que tenías segundas intenciones por más que me lo negase a mí mismo. Una mujer como tú jamás se acercaría a alguien como yo por iniciativa propia. Intenté en más de una ocasión que tú misma me lo contases, pero nunca quisiste. Ayame, ya estabas perdonada.

Y ahí estaba yo, inmersa en un drama que de verlo en perspectiva me parecería patético. Ciertamente lo único que hacía era verbalizar algo que pensaba desde hacía mucho, solo que nunca lo admitía. Los acompañé hasta el coche, con los ojos irritados de llorar y muerta de frío y sueño. Me senté en el asiento trasero y fui hasta su casa en total silencio. Keiij me ofreció comer algo antes de acostarme pero decliné. Hiroshi fue con él, anunciando que después se ducharía y aconsejándome que hiciese lo mismo para dormir mejor. No les di las buenas noches, me limité a desnudarme y a meterme en la cama. Pero no podía dormir. Mi mente no me iba a dejar descansar, la culpabilidad y los remordimientos eran almohadas muy incómodas. Cuando la noche empezó a aclarar me senté en la cama, desesperada. Salí al pasillo en ropa interior y tiritando me dirigí hacia la habitación de Hiroshi. Su cama era de matrimonio pero dormía en una esquina. Entré en silencio, cerré la puerta y me metí bajo sus sábanas. No tenía derecho a hacer lo que estaba haciendo, pero pegué mi frío pecho a su cálida espalda, despertándole con un sobresalto.

____________________________________________________________

Al darme la vuelta en la cama me encontré con sus ojos llenos de culpa. Odiaba verlos así, tan tristes. Quería volver a ver esa picardía, esa poca verguenza que siempre tenía, esa sonrisa que le iluminaba el rostro. Le aparté el pelo de la cara, estaba fría.

– ¿Ayame? ¿Qué te pasa?  – Evitaba mirarme a los ojos, con lo mucho que los echaba de menos.

– Lo siento tanto, lo siento muchísimo. Doy asco, lo sé, pero no me dejes sola – Al fin, sintiéndo el calor de mi mano en su mejilla, desvió sus ojos hacia los míos.

– Así es cómo te conocí – Chasqueó la lengua, avergonzada – No pensé que dabas asco entonces y no lo pienso ahora. Y si está en mis manos, nunca vas a estar sola.

– Eres tan bueno que hasta me molesta – Hundío la cara en mi pecho, la rodeé con mis brazos. En cuanto la tuve cerca, sentí mi alma en paz. No era sano depender tanto de alguien, pero mi realidad en esos instantes era que la necesitaba. Muchísimo.

– No voy a insistir  – Suspiré, apretándola a mi pecho –  Pero no he perdido la esperanza de que algún día me termines amando.

– ¿Quién te dice que no lo hago ya? – Quise que me lo dijese mirándome a la cara, pero se escondía. Ese comportamiento era tan inusual por su parte que me llevó a pensar que sus palabras eran ciertas. Además, se pegó más a mi cuerpo – De lo que me arrepiento es de haberte usado al principio sabiendo que te ibas a enamorar. Y lo que no sabía, por supuesto, era lo que me iba a pasar a mí  – El tono de su voz bajó, pero el apretón de su abrazo hizo lo contrario. Le besé el pelo, la quería tanto a mi lado que me daba hasta miedo soltarla.

– Sé que no te gusta este ambiente. Estoy tan dispuesto a hacer mi vida a tu lado que si lo prefieres incluso me mudaría a tu casa, con Mei – Se rió suavemente.

– No voy a meterte a vivir con esa gente. Corromperían tu inocencia y tu buen corazón. No – Me miró al fin sin llorar, suspirando – Este es tu sitio, aquí es donde haces lo que mejor sabes hacer que es ayudar a los demás. Yo no encajo por aquí con mi lencería rosa fucsia, mis tatuajes y mis tacones de aguja.

– Ahí es donde te equivocas. Ayame, estoy seguro de que después de lo que ha pasado hoy van a cambiar las cosas. No quiero que nadie se vea obligado a vestir o a comportarse de una manera que no es. Lo que queremos es que se recuperen y vayan por el buen camino que les lleve a tener una vida en condiciones. Si son creyentes o no… si siguen nuestro código moral será lo de menos.

– ¿Y lo de las relaciones qué? No me voy a casar contigo. No me voy a casar. Y tampoco quiero tener niños. De hecho, si me quedo embarazada abortaría  – Si esas frases me las hubiera dicho al principio de conocerla me habrían parecido la barbaridad más grande. De hecho, no me gustaban un pelo, pero si ponía en una balanza lo que supuestamente había querido toda mi vida y lo que ella me aportaba ahora, su lado se inclinaba desproporcionadamente.

– ¿Qué quieres? ¿Ver el mundo? ¿Tener estudios? ¿Conocer gente nueva? ¿Vivir por tu cuenta? Hazlo. Haz lo que te traiga paz – Le sonreí, mientras me dejase estar en su vida que hiciese lo que quisiese. Ayame era demasiado libre, sus ideales eran tan claros que ni siquiera iba a intentar plantearle ser de otra manera. Me gustaba como era, lo radicalmente opuesto de nuestras personalidades. Llevaba desde que se metió en la cama acariciándole la mejilla y no parecía importarle – A mí siempre me vas a tener aquí.

– No eres como imaginaba  – Susurró.

– Tú tampoco eres lo que yo esperaba – Me faltaba el aire cuando la miraba directamente  a los ojos. Esos ojos color miel.

Siempre había escuchado en las canciones que a la gente le dolía el pecho de querer tanto a alguien y siempre pensé que era una exageración. Hasta ese momento. Me desesperaba no poder expresar lo mucho que sentía por ella, sobrecogido por la intensidad con la que la deseaba a mi lado. Me quitó la camiseta del pijama, pidiéndome que le abrazase y enroscándose de espaldas a mí. Me acoplé a ella, sintiéndola diminuta en mis brazos. Me dijo, acariciando mis manos, que tal y como estaba en esos momentos sentía que nada iba a ir mal, que desaparecían los problemas y que tanto su mente como su cuerpo se relajaba. Que nunca se había sentido con tanta paz. Cogió mi brazo, el que quedaba bajo su cuerpo y lo metió entre sus pechos, entrelazando mis dedos con los suyos. Por su respiración sentí que empezaba a quedarse dormida. Aspiré el aroma de su pelo intensamente, su olor me enloquecía, despertaba unos sentimientos que en mí creía imposibles de básicos que eran. Unos sentimientos tan salvajes que incluso me avergonzaban. Mi mente quería dejarla descansar pero por lo visto, mi cuerpo tenía otros planes. Le puse absolutamente todos los vellos de punta al rozarle la fina piel del cuello con los labios al tiempo que las yemas de los dedos de mi otra mano recorrían el camino desde sus costillas hasta sus caderas. Tuvo un escalofrío que me hizo reír. Sabiendo las cosas que había hecho con otros hombres – y mujeres – siempre me sorprendía cuando al tocarla le hacía sentir algo. Palpé línea de sus bragas, el lacito que las decoraban, la tela que se hundía entre sus labios mayores. Le saqué una sonrisa, un suspiro y los colores. Apoyé la barbilla en el hueco entre su hombro y su cuello, observando sus rasgos, besando sus mejillas. Cerró los ojos, estimulaba su cuerpo sobre la tela de su ropa interior provocativa, excitándome solo de pensar en su cuerpo húmedo, cálido, apretado y tan agradable. No tenía prisas, no me gustaba ser brusco pero creo que precisamente por eso conseguía excitar a Ayame de verdad, siempre al borde del orgasmo. No fue hasta que no metí los dedos por dentro de sus bragas que no la hice gemir de verdad.

– ¿Ya has tenido un orgasmo? – Le pregunté en susurros, asombrado por lo muchísimo que me mojaba los dedos.

 – No, pero ya, ya, Hiroshi besame – Clavó los dedos en mi muñeca, estirando las piernas, agitándose, apretando mi mano, haciéndome jadear con esos besos tan tórridos que me daba. Al sacarle la mano de las bragas me miré los dedos, empapados. Me escandalizó al coger mi mano, lamiendo mis dedos entre jadeos.

– Dime qué te gusta – Susurré en su oído, acariciando sus pechos, rozándome con su trasero – Dime cómo te gusta. Quiero estar a la altura de tus necesidades.

Levantó la pierna, apoyándola en mis caderas aún dándome la espalda, echó su ropa interior hacia el lado y me la sacó de los calzoncillos. Dejé salir el aire de mis pulmones de golpe al sentir cómo me empapaba en ella, deslizándome entre su piel sensible, atrapando mi carne con la suya de manera deliciosa. Le clavé los dedos en los muslos, quejándome en su boca por lo desesperantemente intenso que era el placer que me hacía sentir. Aunque me mataba de vergüenza era incapaz de retener los gemidos, disfrutando con ella despacio.

– No tengas miedo de hacerme daño, hazme lo que quieras – Sus palabras estaban formadas por jadeos e inhalaciones escandalosas, le daba igual que la escuchasen, le daba igual todo. Y era esa filosofía de disfrutar del momento una de las mejores cosas de esa mujer.

De primeras no me lancé a hacer nada por miedo a que algo le molestase o no le gustase. Carecía de experiencia y aunque en mi cabeza la idea fuese buena, quizás en la práctica resultaría un desastre. Seguí con ese vaivén suave, esas penetraciones lentas que tanto me gustaban. Pero al notar que se agitaba, que sus besos apasionados estaban descoordinados con mis movimientos pausados, me lancé. La empujé en la cama, poniéndola bocabajo al acordarme que aquel día, cuando tuve relaciones por primera vez, me lo propuso. Levantó las caderas, sonriendo, mirándome con sus ojos de gata, expectante. Verla de espaldas, con ese pelo largo y revuelto, las curvas de su cuerpo, sus tatuajes; jamás habría pensado estar con una mujer como ella más allá de mi imaginación. Acaricié sus hinchados labios menores con los pulgares y ante ese contacto, movió las caderas buscando las mías. Froté mi glande contra su piel, y entonces me acordé de aquello que me susurró Kotaro la primera vez que le vi:

Cuando te la folles, no le metas la polla de golpe, solo la punta y le frotas el clítoris con las manos. Y cuando te diga que no puede más, reviéntala. Muerde su cuello, azótale el culo. Ya verás cómo se corre la muy puta

Con esa indecisión que me caracterizaba, lo hice, exactamente como Kotaro me sugirió. Me moví despacio en su interior, sintiendo cómo me oprimía, observando esa franja de piel ligeramente más clara justo debajo del glande cuando se la sacaba. Era muy difícil no dejarse llevar por lo que mi cuerpo me pedía, muy complicado no penetrarla hasta el fondo. La notaba ansiosa, moviéndose nerviosa al tiempo que susurraba “follame de una puta vez, joder” entre dientes. Colé mi mano entre sus piernas, desde su ombligo hacia abajo, apretando su endurecido clítoris entre mis dedos. Lo froté en círculos, sin ser muy brusco. Ayame cogió aire, perdió el apoyo que le otorgaban sus manos en la cama y dejó caer su pecho sobre esta con un largo y tembloroso gemido que parecía no acabar. De hecho, cuando más fuerte le frotaba, más gemía. Sin dejar de medio penetrarla, aumenté la presión de mis dedos, y se quejaba tanto que tuve el impulso de parar. Me gritó que no podía más, que era insoportable, que no podía correrse más.

Se la metí hasta el fondo, bruscamente.

Gritó tan fuerte que me tuve que inclinar sobre ella para taparle la boca, muerto de excitación y vergüenza. Me la apretaba con los músculos de la vagina, en un orgasmo que me forzaba a mí a sufrir el mismo destino. Intentando no acabar por todos los medios, golpeé sus caderas con las mías, la agarré de los pechos, de la cintura, de los hombros. Le mordía el cuello, le azotaba el trasero, y es que no paraba de notar esa presión tan placentera que me indicaba que sus orgasmos se sucedían uno tras otro. No podía respirar. El poco aire que entraba en mis pulmones lo expulsaba en gemidos y jadeos, en deseos formulados entre sollozos y gimoteos. Las piernas me fallaron al sentir que me sobrevenía el clímax. Se lo dije, le dije que no podía más. En un estado febril de pura lascivia se giró en la cama lamiendo mi húmeda y enrojecida erección. La lujuria personifiada me devolvió la mirada, entre mis piernas, devorándome, vaciándome. Anulaba mis códigos morales, mi ética, mi fe, en todo lo que creía con esa manera que tenía siempre de masturbarme, de usar su boca para deleitarme como lo hacía. Tuve un espasmo final cuando, al sacarla de su preciosa y pequeña boca, lamió el semen que resbaló por mi miembro. Sus mejillas estaban encendidas, su piel brillaba de sudor con la luz del amanecer. La amaba. Más que a nada en esta vida, de una manera que jamás amé a nadie. Cuando la abracé en la cama, aún temblaba con su cara contra mi pecho. No nos tapamos,  no dijimos nada, simplemente caímos rendidos.

____________________________________________________________________

A la mañana siguiente me desperté sola con una nota en la mesilla de noche. Había ido a ver a su hermana al hospital, que ni me molestase en acercarme porque le habían llamado y se la iban a traer de vuelta a casa tras el reconocimiento médico y el interrogatorio. Decidí pasarme por la casa de Mei, tenía que hablar con ella sobre lo que iba a hacer. Por suerte para mí fue más fácil de lo que yo pensaba. Me dejó bien claro que había muchas chicas con necesidad de ser acogidas como yo lo fui en su día.

– Y además, ¿dónde vas a ser más feliz, aquí o allí?

– Con él. No sabía lo enamorada que estaba hasta ayer por la noche.

– Lo sabíamos todos menos tú – Me abrazó con fuerza, suspirando – Igualmente, aquí me tienes. Me pasaré esta tarde por allí para hablar con esta chica. Una que ha pasado por lo mismo sabe qué consejos dar y le llevaré un buen chocolate. Además, quiero conocer a ese que te tiene loca.

– No encaja en absoluto conmigo, no tenemos nada que ver.

– Probablemente eso sea lo mejor, no quieres estar con un hombre que tenga nada que ver con lo que ya conoces, ¿verdad?

Negué con la cabeza, riéndome con ella. Le debía muchísimo y jamás dejaría de debérselo. Cogí todas mis pertenencias, que tristemente cabían en una única maleta, siendo casi todas regalos de los clientes a los que no iba a echar de menos. Ella me ayudó a subirla al taxi y Keiji me ayudó a bajarla ya en su casa, anunciándome que Manami había vuelto. No me sorprendió saber que se había cambiado de habitación a una de las comunes. Me dijo que si quería podía quedarme la suya pero Hiroshi declinó la oferta por mí porque, como era obvio, dormiríamos juntos. No tenía nada que argumentar. Esa noche volvimos a follar, solo que esa noche fui ya la que le dominó, agotándole y agotándome yo una vez más de tanto correrme.

– Y eso que no he sacado mis juguetes…

– ¿Tus qué? – Me giré, riéndome y quitándole el condón para hacerle un nudo antes de que se le secase en la polla.

– Tienes muchísimo que aprender, y yo tanto que enseñarte…

– Mientras que no tenga nada que ver con mi culo me parece maravilloso – Di una carcajada estruendosa acompañada de una segunda cuando me mandó guardar silencio porque era tarde. Tras nuestros obscenos y pecaminosos gemidos, nadie se iba a molestar por unas risas.

EPÍLOGO

Kotaro chasqueó la lengua esquivando a los chavales nuevos que iban camino a misa acompañados de la nueva beata Yuko, su monitora, que le evitó como si tuviese una enfermedad contagiosa. Él la ignoró, saludando a los que se quedaban en casa conmigo. Se plantó a mi lado y dio una palmada.

– ¿Quiénes son los piltrafillas que van a entrenar con Kotaro sensei? – Algunos levantaron la mano, cohibidos por sus maneras agresivas a pesar de que una vez vinieron de un entorno familiar.

– El resto conmigo – Les hice un gesto para que me acompañasen – Hoy vamos a ver una película. Se llama Tiempo de matar y aunque el título lo insinúa, no es de acción. Y estad atentos porque al acabar vamos a debatir largo y tendido.

Al entrar encontré en el salón a Mei con una dolorida Manami. Se quejaba demasiado para haber sido un tatuaje que ni siquiera tenía sombras, suerte había tenido de que fuese Mei la que se lo hizo. No llevaba mucho con esa profesión pero con Genta de maestro se estaba convirtiendo en una verdadera artista. Les puse la película a los chavales y fui a preparar palomitas. Por norma general se comportaban de manera decente, al fin y al cabo asistían a los talleres de manera voluntaria y tenían numerosas posibilidades. Me alegraba ver que Hiroshi mantuvo su promesa, ya que la variedad de estilos y peinados era abrumadora ente todos ellos. Le echaba de menos, se había ido a una reunión de santurrones a otra ciudad y llevaba dos días sin verle. Mientras esperaba a que la alarma del microondas saltase le eché un vistazo a los apuntes de psicología olvidados de Keiji, no me enteraba de una mierda pero a él parecía entusiasmarle. Eché las palomitas en varios recipientes de plástico con cuidado de no quemarme con el vapor y me encaminé hacia el salón. No me caí al suelo, pero las palomitas volaron cuando Hiroshi se abalanzó sobre mí camino a la salida.

– ¡Hola! – Recibí sus besos de bienenida con ganas, me importaban una mierda las palomitas que estábamos pisando. Sin embargo, se emocionaba demasiado. Sus manos se colaron bajo mi falda, bajándome las bragas mientras me sentaba en la encimera – Los niños están en el salón, no estamos solos.

– Con lo muchísimo que te he necesitado va a ser rápido. Ayame te he echado tanto de menos…

– Eres un yonki de mi coño – Se rió, sacándosela de lo pantalones, colocándose entre mis piernas y metiéndomela de mala manera – Odio follar así…  – Al decirle esas palabras se frenó, mirándome a los ojos.

– Lo siento, lo siento – Beso mis labios y mis mejillas, acariciándome el pelo y dejándo caer su frente en la mía  – Me he dejado llevar.

– No pasa nada. Pero ayudame a recoger esto y cuando los nenes vayan a lo suyo, vamos nosotros a la playa, ¿te parece? – Asintió, agachándose y ayudándome, pegándome pellizcos de vez en cuando.

– Ya tengo los billetes para ir a Finlandia, nos vamos la semana que viene – Me besó la mejilla, acelerado y entusiasmado. Caminamos con los cuencos hacia el pasillo – Me muero de ganas por hacerte eso que tanto te gusta en una sauna.

– ¡Cállate idiota! – Desde que aceptó el sexo como algo normal había pasado al lado opuesto y hablaba sobre esos temas cuando menos debía. No iba a dejar de ser un tontorrón en la vida – Tienes que decirme cómo sabes que eso me gusta tanto…

– Kotaro es una fuente de información – Me guiñó el ojo y me dejó quitándole pelusas a unas palomitas que yo, desde luego, no iba a comerme.

No podía quejarme, esos momentos en los que sonreía sin darme cuenta cada vez se hacían más constantes. Y a pesar de saber que la felicidad no era algo eterno, me conformaba con tener alguno que otro de esos momentos al menos, una vez al día. Siempre que los tuviese, tendría un motivo para salir adelante.

Guardar

Anuncios

2 comentarios en “Holy Tattoo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s