Mi mejor acierto

Llevaba casi desde hace dos años dándole vueltas a la idea de hacerle una segunda parte a este relato tan corto y hoy por fin lo he acabado, por lo tanto…

↓ Recomiendo leer la primera parte  ↓  

Y ahora comenzad con la segunda.

ver qué os parece porque lo que es a mí, me ha encantado.

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1

Me clavaba el resto de las llaves en la palma de la mano, pero no encontraba el modo de sostenerlas entre mis dedos si no era con tanta fuerza. Odiaba ese sentimiento de desamparo cuando andaba sola a ciertas horas, odiaba que solo por ser mujer tuviera que tener miedo de no tener compañía por la calle. Me pregunté si los hombres también se sentirían así, tan asustados, tan vulnerables. Miré por encima de mi hombro pero solo me encontré con la calle vacía y mojada por la reciente lluvia. No podía llamar a nadie para que me recogiese porque no quería preguntas al llegar a casa, se suponía que no debía estar allí y no podía coger un taxi porque mi cartera estaba famélica. Menudo despiste gastármelo todo y no llevarme las tarjetas de crédito… y menuda hija de puta mi amiga por irse sin preguntarme si necesitaba algo antes de largarse con aquel muchachillo al que le doblaba la edad. Esperaba que follase a gusto al menos, yo me iba a tener que conformar con la placentera sensación que iba a experimentar al quitarme los zapatos en casa. Solo el pensar en el calor de mi cama me hizo caminar un poco más rápido, pero el pensamiento de que allí estaría mi marido volvió a arrebatarme la prisa tal y como me vino. Resoplé cansada, pensándome seriamente el descalzarme antes de tiempo, cuando escuché un silbido que me asustó como si hubiese caído una bomba a mis espaldas.

– Chiiiiiica, ¿Qué haces tan sola? – Un grupo de niñatos salía de un callejón a mis espaldas. Intenté ignorarlos tras un vistazo fugaz – Oye, no corras tanto, queremos hablar contigo.

– ¡No se ve un pandero como ese todos los días! – No me gustaba nada la forma en la que hablaban. Se tenía que tratar de pandilleros, seguro, esperaba que nada más grave.

– ¡Caaaaariño! – Aceleré un poco más al escucharles andar a mis espaldas – ¡Vida mía! – Decían entre risas – ¿Es una copa D lo que ven mis ojos?

– Tengo que chupárselas – Susurró uno.

– ¡Quiero ahogarme entre ellas! – Gritó otro – Por favor, nena…

            No lo pude evitar, con la angustia agolpada en la garganta salí corriendo y como si de una película mala de terror se tratase, apenas di una pequeña carrera que me doblé el tobillo. Al sentir la mano en mi brazo no lo pensé dos veces, me pudo el subidón de adrenalina que acompañaba el miedo. Me volví llaves en alto y le arañé la cara a uno de ellos. Era una cara tan joven… Me soltó e intenté correr de nuevo pero eran tres, demasiadas manos fuertes como para evitarlas. Uno de ellos me cortó el paso dándome un bofetón, chillándome que era una desagradecida. Le di un empujón sin querer mirarle a la cara, observando una camiseta con un estampado horrible. Mi resistencia solo consiguió sacarle una risa. Comencé a sentir miedo de verdad cuando el otro me agarró las manos tras la espalda, tirando mis llaves al suelo, y arrastrándome a un callejón. Intenté patear al que tenía enfrente, pero me agarró de los tobillos, como si eso fuese a impedirme luchar contra lo que se avecinaba. Grité, me golpearon en la cara, no sé cuál de los tres. Volví a gritar y sentí la sangre en la boca tras el segundo golpe venido de cualquier parte. Escuché motores, muchos motores estruendosos que se paraban cerca, y escuché a la esperanza de ser salvada decirme lo que tenía que hacer. Grité a pleno pulmón pero la patada que me dieron en las costillas me hizo callarme unos segundos en los que apreté los dientes con fuerza.  El chico de la cara arañada se situó entre mis piernas, agarrándome de la mandíbula con dedos de hierro. Me susurró que le mirase a los ojos, que me iba a dar lo que me merecía por ir como una puta calentando a los hombres. El que hablaba era un violador en potencia, ¿a cuántas le habrá hecho lo mismo con el grupo de brutos que le acompañaba? Me bajó las bragas sin soltarme la cara, se bajó la cremallera clavándome esos dedos en la mejilla e incluso las uñas. No le di el gusto de llorar, ni siquiera de mirarle. Cuando me tocó por dentro de las bragas sentí que me moría del asco; cuando metió sus dedos en mi cuerpo tan bruscamente que me arañó, me morí del dolor. Me respiraba encima, y los otros tres respiraban excitados, como animales. Animales sucios y crueles. No quería llorar, me negaba a llorar, no le pensaba dar la satisfacción.

– ¡¡EH!! ¡¿QUÉ COÑO PASA AHÍ?! – La voz grave de un hombre nos sobresaltó a los cuatro.

– ¡Lárgate, no es asunto tuyo, vejestorio! – Dijo uno de los acosadores.

– ¡¡Qué cojones le estáis haciendo!! – La voz de otro hombre. Mis agresores me soltaron y se pusieron en pie para encararse con los nuevos desconocidos. Apenas habían dejado de tocarme y ya me estaba subiendo las bragas.

– ¡¡QUE TE LARGUES!! – Escuché que empezaban a pelearse pero no quería ni mirar. Lo último que deseaba era que alguien notase mi presencia. Quería salir de ese callejón pero ante mí solo había un grupo de personas haciéndose el mayor daño posible en el menor tiempo posible. Me encogí, tapándome los oídos, esperando que pasase todo de una vez y deseando no estar allí. Apretando los ojos, porque no iba a llorar.

– Ven aquí – Una nueva voz, esta vez un tanto familiar, y una mano firme que me agarraba del brazo. Gemí y le pegué, pero no me soltaba. Me arrastró fuera del callejón y me alejó del barullo, soportando los golpes que le daba – Oye, oye, tranquila, no voy a hacerte nada. Vamos al hospital, te han fastidiado la cara – La voz me era tan familiar que incluso me reconfortaba oírla.

            Dejé el miedo de lado y miré al rostro del desconocido. No reaccioné de primeras al darme cuenta de a quién pertenecían esos ojos preocupados y él tuvo que tomar mi expresión como reacción a lo que me estaba pasando. Escuché que uno de los niñatos gritaba y me encogí porque juraría que lo tenía a mi espalda. Me alejó de allí acercándome a un coche y mirando preocupado cómo los que suponía eran sus amigos se daban palos con los que casi me violaban. Entonces me escuché a mí misma decir algo, y al principio no me di cuenta de que estaba hablando, solo escuchaba los gritos mezclados de niños y hombres.

– No dejes que me toquen, por favor no dejes que me toquen – Me escuché murmurar.

– ¿Estás bien? – Me agarró de la cara para que dejase de mirar al callejón y le mirase a él – Nadie va a hacerte nada, estoy contigo – Sentí que me limpiaba la mejilla con los dedos. Estaba llorando – No me creo que al fin esté contigo…

            Lo que salió de mis labios ni siquiera fue un quejido normal. Rompí a llorar de manera histérica, agarrándome a su camiseta deshilachada y sintiendo cómo sus brazos me servían de refugio. Chasqueó la lengua y esperó a que se me pasara el comprensible ataque de nervios sin aflojar ni un momento el abrazo. No era solo el miedo que acababa de pasar lo que me había provocado esa reacción, ni mucho menos. Lo último que habría esperado esa noche – además de una violación – Era encontrarme con el hombre al que tanto evitaba y que tanto ansiaba por ver.

– ¿Cómo está? – Dijo un hombre a mi espalda. Sabía que debía mirarles al menos para darles las gracias pero no quería dejar de abrazarle.

– Mal, ¿cómo quieres que esté? – Escuché a otro escupiendo – Deberíamos ir al hospital por si—

– ¡No! – Me separé al fin, escondiendo la mueca al sentir el pinchazo en las costillas – Estoy bien – Me miraron confusos. Tres hombres altos, fuertes y con una pinta que alejaría a mis amigas de ellos volando.

– Pero estás herida – Dijo su voz. Sus dedos me escondieron un mechón de pelo tras la oreja, acariciándome la mejilla dulcemente después. Nadie me tocaba así. Nunca.

– Estoy bien – Mentí, intentando no volver a llorar – Solo es un rasguño.

– Vamos al bar de vuelta, Jo tiene no sé qué título de enfermera – El más grande de ellos se subió al volante de su coche después de darme mi bolso.

– ¿Pero no es camarera? – Preguntó el otro subiéndose en una moto enorme, recogiéndose la melena – Desde luego… cómo está el país…

– Rob, ¿puedes llevar tú mi moto? – Dejó de abrazarme unos segundos para sacarse unas llaves del bolsillo, tirándoselas al más joven de ellos.

– Sin problemas, pero dame la chaqueta que se me van a helar los huevos – Se la quitó y me llevó hasta la parte trasera de lo que probablemente era el vehículo más sucio y estropeado en el que jamás me había montado. Una vez dentro, volvió a rodear mis hombros con su brazo, acercándome a su torso que recordaba cálido y terso. Hacía tanto tiempo de ese día y sin embargo lo recordaba con tanta claridad…

– Gracias – Susurré – Muchas gracias por ayudarme.

– Ni las des – El conductor se volvió para mirarme con unos ojos azules y bondadosos. Su pinta de malote engañaba muchísimo – Soy incapaz de volver la cara ante algo como eso. Bueno, cualquier persona decente lo sería. Menudo puto asco de… lo que sea, porque hombres desde luego no son.

– Eran chavales – Murmuró mi guitarrista tocando mis suaves dedos con sus ásperas manos – Lo peor de todo es que eran casi niños.

– Vamos a comisaría y los denuncias – Propuso el conductor.

– No, ahora mismo lo último que quiero es ir a hablar de lo que ha pasado con nadie. Además solo he visto la cara de uno de ellos.

– Ben, si les denuncia y los encuentran van a ver cómo tienen la cara y la que nos va a caer por pegarles a menores va a ser gorda.

– ¿¡Y eso qué sentido tiene?! ¡Ha sido en defensa propia!

– Eso lo sabemos nosotros – Me reconfortaba escuchar su voz – Cuando un juez vea vuestro tamaño y el de los chicos no va a estar tan claro – Dejé caer la cabeza en su pecho, suspirando – ¿Estás bien?

– Sí – Me apretó con fuerza, acariciándome la mejilla. No recordaba la última vez que sentí una caricia como esa y ese pensamiento, sumado al disgusto que acababa de pasar, me hizo llorar de nuevo.

– Mírame, por favor – Sentí sus dedos en la barbilla y alcé la cara – Cómo he echado de menos tus ojos…

– Lo siento – Su manera de mirarme era tan intensa que sin apenas conocerle me transmitía un fuerte sentimiento. Ese hombre estaba loco por mí. Y fue culpa mía.

– ¿Qué está pasando? – Susurró Ben al volante, mirándonos desde el espejo retrovisor.

– Cuando lleguemos al bar os lo cuento.

            Le miró con desconfianza pero siguió conduciendo, observando de tanto en tanto las caricias que recibía en la mejilla gustosamente. Siempre había escuchado que se debía sacar el lado bueno a las cosas, y lo que me había pasado esa noche tenía un lado tan malo que en otras circunstancias habría dicho que sería imposible ver nada positivo. Pero el destino quiso que esos niños decidieran violarme en ese momento y en ese callejón, justo cuando él pasaba. No iba a poder agradecerles a ninguno de ellos el sacarme de ese aprieto, y por supuesto, no podía evitar ver con claridad el lado bueno de la situación. Le tenía a mi lado.

– ¿Cómo te llamas? – Pregunté al entrar en el bar, dándome cuenta de que no sabía su nombre. En mi mente siempre había sido “él”

– Dylan – Le miré extrañada, observando sus rasgos asiáticos mezclados con los caucásicos.

– ¿No es muy americano? – Sonrió – Pensé que…

– Sí, soy mitad y mitad. Mi apellido es Takeda – Susurré un “aaaah” –  Y el tuyo es…

– Layla Sherington – Ben se rio sin tapujos, Dylan susurró mi nombre mirándome a los ojos.

– ¡Suena a importante! – Apreté los labios y aparté la vista porque era importante – ¡Jo, trae el botiquín! – Del almacén de la tienda salió una chica rubia de pelo corto, mirándonos entre la curiosidad y el susto.

– ¿Qué habéis hecho ahora? – Besó a Ben brevemente.

– Es probable que vengan con los nudillos echados abajo, pero primero ella.

– ¡Guau! ¡Eres guapísima! – Me dijo la desconocida.

– Gracias. Necesito ir al servicio – Me escapé evitando hablar de lo que me acababa de pasar. Además, así podía analizar por mí misma las heridas que me habían causado esos brutos.

– ¿Te acompaño? – Me preguntó Dylan. Jo se rio.

– Está ahí mismo, ni que fuese a perderse – Se quedó un poco contrariado y se sentó, asintiendo.

            De igual manera, aprecié muchísimo el gesto. Nadie era tan atento, al menos nadie que conociese. Una vez en el baño, (pequeñísimo y con una araña en la esquina), me bajé la ropa interior, comprobando que no estuviese sangrando por culpa de los arañazos, y aunque no tenía necesidad mojé el pañuelo que llevaba en el bolso y me limpié, asqueada. Mi cara estaba mejor de lo que esperaba, un poco hinchada y con algunos rasguños en la barbilla. Pero definitivamente la peor parte se la había llevado mi costado. En esos momentos no sentía más que pinchazos agudos según qué movimientos hiciese pero estaba segura que al día siguiente me iba a costar trabajo moverme en general. El comienzo de un hematoma me cubría las costillas del lado izquierdo del cuerpo, y empeoraría. Al salir, la chica me puso por delante un vaso de agua.

– ¿De verdad no necesitas que vayamos al hospital? Si lo que pasa es que no quieres ir con hombres yo puedo acompañarte – Volví a sentirme emocionada. No sabía que la gente podía llegar a ser tan buena simplemente por serlo.

– No, gracias – Respondí con dificultad. Cuando me senté en el taburete, Dylan me puso la mano en la espalda.

– ¿Estás bien? – Asentí, cogiéndole la mano que no me tocaba. Le quería cerca.

– Espero que sus caras estén peor que vuestras manos – Les dijo Jo a los demás hombres, que acababan de entrar quejándose. Todos me preguntaron si estaba bien, tuve que apretar la mano de Dylan y hacer un esfuerzo para no llorar.

– ¿Me puedes explicar ahora de qué os conocéis vosotros dos? – Preguntó Ben.

– ¿Os acordáis de esa mujer que me habíais hecho creer que no existía? – Me miraron sorprendidos.

– No puede ser una coincidencia – Dijo uno de ellos – Escuchaste su voz y te bajaste del coche, ¿no?

– No tenía ni idea de quién era. Simplemente la escuché y no pude quedarme sentado – Se encogió de hombros. Era tan natural, tan humilde y tan masculino sin pretenderlo cómo lo recordaba.

– De verdad que necesito agradecéroslo de alguna manera – Entonces se me vino la idea a la cabeza – Seguís siendo un grupo de música, supongo.

– Con poco éxito pero sí, de eso vivimos.

– Os voy a recomendar a un conocido. Os escuché tocar y aún recuerdo lo bien que sonáis – Sonrieron agradecidos – Habrá una fiesta pronto en una casa privada y creo que van buscando algo como lo que hacéis vosotros.

– ¿Nos vas a recomendar a la clase alta? – Se mofaron.

– Eso es exactamente lo que voy a hacer – Me miraron confusos. Claramente no se esperaron que fuese verdad.

– Y si eres una señorita con tanta pasta, ¿qué cojones hacías sola por esa calle? – Me preguntó el que había salido más mal parado del enfrentamiento – ¿No te tendría que haber recogido una limusina o algo así?

– Supongo que no soy la señorita fina que os pensáis – Dylan se rio suavemente.

– Desde luego que no – Murmuró mirándome a los ojos para que solo yo lo escuchase.

– La próxima vez no te vuelvas sola por esa calle – Me dijo otro molesto – Y me encabrona tener que decírtelo a ti porque no eres tú el problema.

– ¡Pues claro que no es ella! – Jo puso una botella en el mostrador, furiosa – ¡Son los animales que se ha cruzado! ¡¡Menos que animales!! Que puto asco… de haber estado allí…

– Te habrías quedado en el coche, no digas tonterías – La interrumpió Ben – No te acercas a escoria como esa si yo puedo evitarlo. Eres más lista que eso.

            Sin comerlo ni beberlo, me empecé a encontrar mal. No quería estar allí. No quería estar con tanta gente que charlaba y hacía ruido a mí alrededor, me molestaban. Estaba nerviosa y saltaba ante cualquier ruido fuerte. Lo único que quería era meterme en la cama y taparme hasta arriba. Sentí la mano de Dylan en el hombro y dejé de mirar al suelo para mirarle a la cara. Me observaba preocupado.

– Layla, ¿Qué te pasa? ¿Te llevo a casa? – Asentí – ¿Estás lo suficientemente bien para ir en moto?

– Sí, vámonos de aquí por favor – Nos escabullimos sin que casi nadie se diese cuenta. Jo nos despidió con una sonrisa, pero los demás estaban inmersos en un debate acalorado entre copa y copa.

– Lo siento, a lo mejor son demasiado escandalosos – Se disculpó por ellos.

– No, no es eso. En otra ocasión me habría encantado pasar la noche con vosotros pero no me siento con ganas de nada, eso es todo.

– Otro día entonces – Un pensamiento fugaz se me pasó por la mente. Abrí el bolso y me di cuenta de que mis llaves no estaban por ninguna parte.

– Claro, las tenía en la mano para defenderme – Me miró antes de ponerse el casco, preguntándome con sus ojos oscuros – Las llaves de mi casa. No puedo aparecer a estas horas y despertar a… todo el mundo. Se supone que no he salido.

– No creo que tus padres vayan a echarte la bronca – Comentó con una sonrisa – En fin, eres mayorcita – No quise dar explicaciones. Si empezaba a hablar sabía que no pararía y Dylan no tenía por qué saber nada. No quería meterle.

– Déjame en un hotel, cualquiera me vale – Me dio otro casco.

– No te vas a ir a un hotel, no vas a pasar esta noche sola – Dijo con rotundidad.

– Voy a estar bien – Mentí una vez más.

– No, no vas a estarlo y lo sabes. Te vas a venir a mi casa y no hay más que hablar.

            Recordaba su casa. Esa única habitación cochambrosa con olor a humedad. La habitación en la que me habían hecho sentir tan deseada como cuando era adolescente. Incluso más. Jamás iba a olvidar su manera de mirarme, de tocarme, de desearme incluso antes siquiera de intercambiar palabra conmigo. Lo noté al verle tocar, en sus ojos, en cómo se pasaba la lengua por los labios y tragaba saliva desde el escenario cada vez que me cruzaba de piernas.

– Dylan – Susurré. Me miró ya sentado en la moto – No sé si debería ir a tu casa.

– Oye – Se subió la visera del casco – Esta noche vas a dormir acompañada, eso es todo, ¿está bien?

– No lo sé – A pesar de decir eso me puse el casco y me subí abrazándome a su cintura.

            El camino fue frío e incómodo, pero corto. Le di el casco nada más bajarme y miré la calle extrañada porque no era la que yo recordaba. Nos metimos en un edificio totalmente diferente y al abrir la puerta me di cuenta de que definitivamente era un apartamento más grande.

– Puedes dormir en mi cama – Me acompañó al dormitorio – Yo dormiré en el salón. Si necesitas cualquier cosa llámame, voy a estar ahí al lado.

– Te has mudado, me alegro por ti – Me sonrió asintiendo.

– Sigo con la misma guitarra, eso no ha cambiado – Abrí la boca para hablar antes de pensarlo, pero cambié de opinión – ¿Qué ibas a decir?

– Nada, da igual – Inclinó la cabeza para mirarme a los ojos porque otra vez estaba mirando al suelo. Al hacerlo se le movieron los rizos, tenía el pelo más largo.

– Eh – Me levantó la cara, haciendo que le mirara – No me prives de ver tus ojos.

– No me digas esas cosas – Susurré atontada.

– Lo siento – No sé cuánto tiempo nos pasamos allí de pie sin tocarnos y sin movernos, solo mirándonos. Y no sé qué estaría él sintiendo, pero yo me estaba muriendo de ganas de abrazarle. Solo de abrazarle. Y no sabía cómo pedírselo sin que sonara a otra cosa que eso que yo pretendía.

– Desapareciste durante dos años – Dijo de repente – Y si no nos hubiésemos cruzado hoy, quizás no te habría vuelto a ver.

– Lo siento – Ahora era yo la que me disculpaba – Ni siquiera tendría que haberte esperado aquel día fuera del bar.

– No digas eso – Me cogió la mano, revolucionándome entera – Ni lo insinúes.

            Él me abrazó a mí. Como siempre, hacía lo que yo deseaba sin tener que pedírselo. Suspiré, sintiéndome en paz por primera vez en mucho tiempo, sintiendo que podían pasar las horas y que el mundo podía irse al traste. Le cogí de la mano y lo metí en la cama conmigo, sin quitarnos la ropa, sin taparnos siquiera. Me tumbé en su pecho y en ningún momento dejó de rodearme con sus brazos. Me dormí respirando al compás de su respiración y sus caricias, sintiéndome extrañamente en casa.

Manos. Arañazos. Dientes. Gritos. Dolor. No puedo respirar.

            Me desperté sola, sofocada, empapada en sudor, desorientada y más que nada asustada. No sabía dónde estaba y me costaba muchísimo respirar. Cuando empecé a llorar abrieron una puerta. Grité porque alguien se me acercaba corriendo.

– Layla, soy yo, ¡Soy Dylan! – Dejé de pegarle y le miré, acordándome de todo.

– ¡No me dejes sola! ¡Imbécil! – Me abrazó y me besó el pelo mientras se me pasaba la impresión de la horrible pesadilla que acababa de tener.

– No te he dejado sola, estaba preparando el almuerzo – Me separé de él.

– El almuerzo… ¿Qué hora es? – Miró en su reloj de pulsera.

– La 13:27 – Resoplé y me bajé de la cama, poniéndome los tacones y quejándome cuando las costillas me pincharon con fuerza – ¿Qué te duele? ¿Qué pasa?

– Nada, tengo que irme. Henry se tiene que estar preguntando dónde estoy y no quiero que pregunte demasiado.

– ¿Henry? – Dijo a media voz, soltándome. Me volví. No podía mirarle a los ojos – Ya, claro, entiendo. No pasa nada.

– Dame tu teléfono – Pedí sacando el mío – Lo necesito para llamaros cuando sea la fiesta.

– Vale. Te llevo a donde sea – Negué con la cabeza.

– No, no. No quiero que te vean ni que me relacionen contigo. No te conviene, hazme caso – Frunció el ceño.

– Me estás empezando a asustar Layla.

– Deberías – Asentí repetidas veces.

– Bueno, te puedo dejar cerca y vas andando. No quiero que vayas sola, así nos quedamos contentos los dos, ¿qué dices?

            No estaba convencida del todo pero accedí. Salimos de su casa después de arreglarme como pude frente al espejo. Al subirme a su moto y abrazarle, fui consciente de lo mucho que le iba a echar de menos. No quería llegar. No quería enfrentarme a preguntas de las que me tendría que inventar la respuesta. Apenas habíamos avanzado que paró en una gasolinera a repostar. Le observé entrar, pagar, y echar la gasolina en silencio. Suspiraba con una mirada en sus ojos que no me gustaba en absoluto. Parecía desdichado, el brillo que veía el día anterior se había desvanecido. Cuando puso en su sitio la manguera de la gasolina se me quedó mirando, Fui a decir algo pero se puso el casco, esperando a que me subiese con él. Supuse que intentar nada más sería un error y subí en su moto, despidiéndole un momento después en la rotonda con solo un movimiento de mano. Al darme la vuelta y ver el tejado de mi casa sobre los árboles, sentí un grito de angustia subir y quedarse atascado en mi garganta. Apreté los puños hasta que la sensación desapareció y caminé hacia lo que no quería enfrentarme.

2

Henry no estaba, por lo que tuve más tiempo para crear una mentira que no diese lugar a muchas investigaciones. Llamé a mi amiga pidiéndole que si alguien le preguntaba la noche anterior la habíamos pasado juntas. A ella le vino de perlas para tapar su infidelidad. Me sorprendía ver el bajo número de parejas fieles que había entre las personas con las que me codeaba. Parecían matrimonios perfectos cuando no podían ser lo más opuesto. En el mejor de los casos, la pareja compartía amante; en el peor, uno soportaba los cuernos del otro y los sobrellevaba como podía. Desconocía si yo tenía o no tenía cuernos, lo que tenía seguro era que mi bienestar dependía del dinero de Henry me gustase o no. Y al principio me gustaba… un poco. Nunca tuve muchas ansias de casarme con él, en el momento hice lo que se esperaba de mí aunque en el fondo no fuera el sueño de mi vida. Por eso aquel día hice lo que hice…

– ¿¡Dónde te metiste ayer?! Me desperté y no estabas – Fueron las primeras palabras en tono acusador que me dedicó mi marido.

– Me quedé a dormir con Jenna, olvidé avisar. Lo siento.

– No vuelvas a hacer algo así, asustaste a las criadas – Por lo visto a él no pareció importarle mucho – Menos mal que estás aquí, necesito que organices algunos puntos de la fiesta de cumpleaños para mi hermano – Ni cuenta se dio de los arañazos de mi cara. No es que me mirase mucho, pero eran visibles.

            Nos sentamos en la mesa del comedor y respiré aliviada, zafarme había sido más sencillo de lo que esperaba porque tenía otras cosas en mente. Y a mí me mantuvo ocupada durante unos cuantos días, cosa que necesitaba porque no paraba de pensar en Dylan. Además, eran tareas que requerían poco movimiento, lo cual ayudó a que se aliviase el dolor de mis costillas. Y aunque estuve absorta en tipos de decorados, variedad en el catering y en contratar servicios, (al final Henry lo único que hizo fue poner el dinero y llevarse el crédito de la fiesta), me vi forzada a pensar en él de nuevo. Uno de los apartados era “música en directo”, así que los iba a ver antes de tiempo. Pasé cerca de cinco minutos mirando su teléfono fijamente sin moverme. Me temblaba el pulso y sentía los nervios retorcerme el estómago y presionarme el pecho. Respiré hondo y pulsé el icono verde.

– ¿Sí? – Tras tres tonos escuché su voz rasgada. Más de lo normal.

– ¿Te pillo durmiendo?

– ¿Layla? – Escuché movimiento y carraspeo – Hola, ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

– Sí, sí, estoy bien. ¿Y tú?

– Dormido – Su risa suave me hizo sonreír. El corazón me latía tan fuerte…

– Verás, te llamo para ofrecerte trabajo, ¿cuándo estáis disponibles para hablar de precios y fecha?

– Dímelo todo a mí y hablo con ellos, es difícil cuadrar horarios a no ser que sea para trabajar. Probablemente nos pagues más que los locales, así que no te preocupes por estar disponibles o no – Discutimos rápidamente los términos en los que subí la suma a pagar considerablemente, Henry no iba a notarlo – Bueno, la verdad, después de escuchar esa cantidad puedes contar con nosotros. Ni siquiera tengo que hablar con ellos.

– Vale, venid en una semana temprano para la prueba de sonido. Os mantengo al día, ¿tienes correo electrónico?

– Sí claro – Me lo dijo y al apuntarlo suspiré. No quería colgarle – ¿Estás bien?

– Sí – Era mi respuesta automática a esa pregunta desde hacía demasiado tiempo.

– ¿Te dolieron mucho las costillas estos días? ¿Ya estás curada?

– Sí, no te preocupes. Todo está bien.

– Vale. No quería llamarte por miedo a ser un incordio, me quedo más tranquilo.

– No eres un incordio – No me di cuenta de mi sonrisa estúpida hasta que no vi a Henry en la puerta de la habitación mirándome con una ceja levantada – Te dejo, hasta luego.

– ¿Quién era? – Preguntó antes de que colgase.

– Una amiga, me estaba contando que se va de viaje con su marido – Tuve que pensar en algo que consiguiese ponerme esa sonrisa en la cara y aunque a mí me sonó a excusa pobre a él pareció convencerle.

– ¿Qué te queda por preparar? – Ordené los papeles antes de que viera las cifras – La fiesta es dentro de una semana.

– Ya está todo, casi. Queda hablar con los técnicos de la iluminación pero lo difícil ya está hecho.

– Muy bien – Tenía la cabeza llena de Dylan, de su voz, de sus labios, de su cuerpo. No podía evitar compararle con el que tenía delante y es que no podían ser más diferentes.

            Dylan era fuego mientras Henry era hielo. No recordaba la última vez que mi marido me tocó con segundas intenciones y que acabase satisfactoriamente para mí. Quizás Dylan dejó muy alto el listón aquel día. Y era una pena porque Henry no era feo, en absoluto. Tenía un pelo abundante y castaño, ojos verdes y una sonrisa que hacía que las chicas de la limpieza se derritiesen. Una sonrisa que hacía meses que no me dedicaba. No me trataba mal, pero tampoco bien. Simplemente no nos tratábamos y estaba temiendo el día que pidiese dormir en camas separadas.

            La monotonía de la semana siguiente se me hizo eterna. Tenía multitud de opciones con las que entretenerme, no trabajaba y podía hacer lo que me diese la gana, pero nada me llenaba. La tarde antes de verle, quiero decir, de la fiesta, me encontraba sentada en la sala de estar del piso de arriba, mirando por la ventana y terminando de hacer las cuentas porque Henry me había pedido un borrador para su contable. Era una hoja en limpio lo que tenía delante, y escribí “Dylan” sintiéndolo prohibido. Después vinieron más palabras. Pasaron las horas y fueron casi cuatro hojas seguidas de volcar mis sentimientos en esos pedazos de papel, de una sensación de realización que nunca había sentido. Me quedé levantada hasta tarde, escribiendo sobre él, escribiendo las posibilidades y descubriendo mi vocación. Soñé con él. Me desperté pensando en él. No supe si lo de escribir había sido buena o mala idea. Estaba obsesionada y ansiosa por verle esa tarde. En unas horas. Apenas comí nada para almorzar, los nervios no me dejaban y Henry creyó que eran causados por la fiesta.

– Va a salir bien, la has preparado tú – Le miré sorprendida porque no me terminaba de creer que esas palabras hubiesen salido de su boca.

– Gracias – Dije mirándole a los ojos.

– Si algo tienes es que eres organizada y perfeccionista, si no, no te habría confiado esto jamás – Pensé que tantos halagos tenían que ser porque se había dado cuenta de lo que estaba pensando. Pero eso era imposible.

– Señor Sherington, han llegado los músicos – Aspiré aire despacio mirando a nuestro mayordomo, (a uno de ellos), y lo solté igual de despacio, obligándome a no salir corriendo.

– Ya voy yo – Dije aparentando tranquilidad – Quédate aquí, los invitados llegarán en unas horas y eres bueno dando órdenes – Henry me sonrió, tomándose mi comentario como un halago. Al salir al patio los vi descargando trastos de un camión.

– ¡Hola! – Se volvieron y me sonrieron saludándome. Dylan dejó en el suelo un amplificador con aspecto de pesado y se acercó a mí.

– Que mujer más elegante – Escuché a Ben decir – Que estilazo.

– ¿Llegamos tarde? – Quise recibirle con un beso pero me contenté con mirarle los labios.

– Para nada, tenéis tiempo de sobra – Miró por encima de mi hombro y se puso tenso.

– ¿Por dónde queda el escenario señora Sherington? – Miré por encima de mi hombro y vi a Henry observarnos con las manos en los bolsillos y ese aspecto tan suyo de no intervenir pero tenerlo todo bajo control.

– Acompáñenme, no se preocupen por los aparatos, ya los lleva el servicio – Silbó para llamar a sus compañeros, que dejaron todo donde estaba y me siguieron.

– ¿Qué haces hablándonos tan formal? – Preguntó Ben con una sonrisita.

– Cállate imbécil – Murmuró Dylan – Se supone que no nos conoce, ya os lo expliqué.

– Joder, lo siento…

– ¿Hasta dónde llega la casa? Desde fuera parecía menos grande – Preguntó uno de sus compañeros.

– La última vez que pregunté eran más de 2500 metros cuadrados – Silbaron y exclamaron sorprendidos.

– Que exageración, ¿para qué querrá nadie tanto sitio?

– Para aparentar – Murmuré – Para mostrar lo mucho que él tiene y lo poco que tienes tú – Los miré alzando las cejas. No dijeron nada – Voy a seguir con mis asuntos, aún hay mucho que preparar. Ensayad con tranquilidad y si necesitáis cualquier cosa no dudéis preguntar por mí. Ahora le digo a alguien que os traiga algo de beber.

– Muchas gracias, señora Sherington – Cuando Dylan me sonrió, suspirando mientras analizaba mi figura de arriba abajo, tuve que respirar hondo.

            Intenté con todas mis fuerzas centrarme en los últimos detalles pero no podía quitarme de la cabeza al que estaba en el jardín. Tenía unas ganas horrorosas de tocarle y como no podía, me puse a escribir como una loca todo lo que me alborotaba el pensamiento intentando echarlo fuera de alguna manera. Y resultó ser peor el remedio que la enfermedad porque terminé más excitada que cuando empecé. Me puse en pie, tenía que despejarme, que centrarme con otra cosa. Fui directa a la cocina, a ver cómo iba la preparación del catering, cuando me encontré un cubo de basura en la entrada. Quejándome, lo arrastré hasta la puerta trasera de la casa, hacia el área por la que entraba el servicio.

– ¿Necesitas ayuda? – El corazón me saltó en el pecho al escuchar la voz de Dylan.

– No pesa, está vacío, ¿qué haces aquí dentro?

– Necesitaba ir al servicio, acabo de salir – Señaló uno de los aseos – Trae, no te ensucies – Me lo quitó de las manos antes de que pudiese protestar – Me preocupaba que mi ropa no fuese lo suficientemente arreglada para la fiesta y después de verte – Me miró y negó con una sonrisa – Ahora sé que no es la adecuada.

– No te preocupes, sois los músicos. Nadie espera que vayáis de etiqueta – Observé sus manos agarrar el cubo, sus largos dedos cerrados en torno a las asas. No podía dejar de recordar todo lo de aquella noche. Cuando lo soltó se quedó mirándome en silencio.

– ¿Van bien los ensayos? – Pregunté. Me acarició el pelo con una sonrisa triste, asintiendo.

– ¿Cómo estás? – Preguntó. Mirando sus labios se me venía a la cabeza lo bien que besaba y no solo mi boca. Tragué saliva.

– Bien, como siempre. Un poco nerviosa – Su mano en mi mejilla me hizo recordar el tacto de su piel en la mía, esa manera suave e intensa en la que me hizo el amor en su sofá.

– No te preocupes va a salir todo bien – Me miraba los labios. Se acercó despacio, mirándome la boca, la suya entreabierta.

– ¡No te me acerques tanto! – Le aparté poniendo mis manos en su pecho.

– Lo siento, no quería ofenderte.

– No me ofendes, es solo que… – La camiseta que tenía puesta era fina, me llegaba el calor de su piel. Miré sus ojos oscuros y sus labios recordando sus gemidos bajo los míos – Debería irme.

– Sí, yo también.

– Espero que salga la actuación perfecta – Sonreí nerviosa y me fui de su lado, lejos, al piso de arriba, a respirar o al menos a intentarlo.

            Por suerte para mí, la avalancha de invitados me mantuvo entretenida. Apenas les presté atención a los músicos ya que tenía que responder a todas las felicitaciones por lo “exquisito de mi gusto” y remilgados piropos por el estilo. Casi no comí nada de tanto que hablé a pesar de ver a la gente a mi alrededor mordisqueando esto y aquello. Cuando empezó a caer la tarde llevamos a los invitados a la parte trasera de la casa, donde el escenario estaba montado y los músicos esperaban. La gente se entusiasmó mucho al ver las guitarras eléctricas y los chicos tocaron incluso mejor de como los recordaba. Si he de ser sincera, no presté mucha atención a la música aquella vez, y esta segunda tampoco era mi prioridad. El cantante, sin embargo, me miraba con esa misma expresión. Un poco más desenfadada y menos hechizado, pero cuando sus ojos alcanzaban los míos apreciaba que el deseo que escondían era el mismo.

– ¿Todo bien? – La voz de mi marido en mi oído me hizo girarme bruscamente.

– Sí, la gente parece contenta ¿Verdad? – Asintió y me dio un beso en la mejilla que me sorprendió – ¿A qué debo el honor?

– ¿No puedo besar a mi mujer? – Me sonrió como aquellos primeros días cuando nos conocimos. Pero no era ni el momento, ni el lugar. Mi cabeza estaba en otra parte y me sentí un poco traicionera. Cuando miré de nuevo al escenario, Dylan estaba bebiendo agua – Son un poco vulgares, ¿no te parece?

– Son músicos – Respondí sin responder. Dylan me miró y me sonrió muy brevemente con un gesto que gritaba a los cuatro vientos la de cosas sucias que me haría. A pesar de haber sido solo un segundo, fue el tiempo suficiente para que se me dibujase una expresión similar a la suya, (que por supuesto me apresuré a esconder).

– ¿Qué ha sido eso? – Dijo Henry riéndose – ¿Pretende ligar contigo? ¿Él?

– No lo creo – Meneé la mano quitándole importancia al asunto.

– Claro que no. Ya quisiera él poder aspirar a algo como tú.

            Mi sonrisa no fue sincera del todo pero Henry no era experto en leer mis emociones por lo que sirvió a su propósito. Tuve mucha suerte cuando me malinterpretó, porque justo cuando se alejaba de mi lado empezó a tocar la canción. Esa canción que tocó en su casa. La misma que no hubo manera de sacarme de la cabeza durante meses, Otra vez estaba concentradísimo, para mi desgracia con los ojos cerrados. Y otra vez me quedé pasmada mirándole cantarla. Y me excité, porque reviví con intensidad esa noche, la primera y única vez que alguien me hizo gritar de verdadero placer. Necesitaba hacer algo con toda esa libido acumulada pero no quería despegar mis ojos del cantante. Cuando acabaron creo que fui la que más aplaudió, y cuando dijo que iban a darse un descanso de diez minutos le seguí con la mirada, observando cómo entraba en la casa. Todo lo disimulada que pude, charlando brevemente con los invitados, fui entrando.

– ¿Cómo está saliendo todo Señora? – Uno de los miembros del grupo hizo una reverencia ante mí justo cuando iba a entrar.

– Mejor imposible, espero que no os quedéis sin repertorio porque quieren más.

– Si nos quedamos sin repertorio tenemos unas pocas versiones de clásicos que todo el mundo conoce, no se preocupe – Me dijo Rob. Miré por encima de su hombro.

– Dylan está en el servicio – Me susurró Ben pasando por mi lado. Cuando le sonreí, me guiñó el ojo – El cantante es el que se lleva siempre los polvos – Suspiró mientras se estiraba.

            Le pillé justo en la puerta del baño y, de manera temeraria y arriesgando mucho, le empujé dentro sin mirar. Su expresión fue de verdadera sorpresa; la mía de verdadera lujuria en cuanto cerré a mi espalda y me mordí el labio. Fue a decirme algo – probablemente que no era buena idea hacer eso en mi casa con mi marido por ahí dando vueltas – pero nunca lo supe. Tiré de su camiseta y le pegué a mi cuerpo, metiéndole la lengua en la boca sin preguntar y juntándole a mí con la mano en su nuca. No opuso resistencia alguna. Su piel estaba fría del sudor y su olor era fuerte, lo que me excitó más aún. Los gemidos se me escapaban de entre los labios y sus manos me estaban volviendo loca, tocándome por todas partes al mismo tiempo. Bajaba los tirantes de mi traje, me subía la falda, me apretaba, me acariciaba, me pellizcaba y sobre todo me pegaba a él. Le tiré del pelo cuando me besó el cuello, gimiendo entre dientes. Metí las manos bajo su camiseta, buscando la hebilla de su pantalón. Tiró de mi falda hacia arriba. Me besó lenta y profundamente, con sus dedos clavándose en mis caderas. Su gemido se confundió con el mío cuando metí la mano entre la tela vaquera y el algodón de sus calzoncillos. Necesité sentirla en mi boca.

            Me arrodillé en el suelo, ignorando el daño que me estaban haciendo las duras losas en las rodillas. Se la lamí despacio, estirando la fina piel de esa erección que me dio tantos orgasmos. Mi lengua pasaba una y otra sobre la piel justo debajo de su glande, como si fuese un helado, como si fuese mi caramelo favorito. Solo que este caramelo estaba salado del sudor de su dueño. Dylan intentaba no gemir, pero los músculos del estómago se le tensaban cada vez que lamía su piel. Muy despacio, se la rodeé con mis labios, haciéndola entrar en mi boca hasta el fondo. Se rindió a mí, gimió, y gimió fuerte. Eso, más que nada, fue lo que verdaderamente me excitó. No me di prisa en comérsela, me recreé en su placer, en sus gestos. En ver cómo le estaba matando con algo tan simple como era chupársela. Intenté mantener siempre el mismo ritmo, siempre despacio, siempre suave. Y fue así como se corrió. Resopló y se dobló hacia adelante cuando sentí su esperma golpearme el fondo de la garganta. Su polla latía en mi boca mientras le vaciaba. Sus dedos estaban enredados en mi pelo y sus uñas clavadas en mi hombro. Sus gemidos parecían lamentos. Le hice morirse de placer. Me la saqué de la boca, tragando por última vez lo poco que le quedaba por echar y sonriendo. Dylan apoyó la espalda contra la pared de enfrente, guardándosela en los pantalones. Al ver mi amplia sonrisa, se empezó a reír.

– Estás loca – Me reí con él frotándome las rodillas. Las tenía coloradas y doloridas.

– No me cantes tan bien y no me mires de esa manera desde el escenario. No hagas eso y pretendas que no me acuerde de aquella vez.

– Joder, Lyla – Se pasó la mano con la frente – Estoy sudando más que antes.

– No te voy a pedir perdón – Le guiñé el ojo poniénome la ropa derecha – De hecho, me debes un polvo – Me miraba en el espejo, cerciorándome de no tener manchas reveladoras y el pelo más o menos en su sitio. De repente tenía una de sus manazas entre la tela de mi sujetador y la piel.

– ¿Solo uno? – Me abrazó por detrás, besándome el cuello – A ti solo un polvo te va a saber a poco – Me reí echando el brazo hacia atrás, acariciando su pelo.

– Me acuerdo perfectamente que me besaste justo después de lamérmelo.

– ¿Solo te acuerdas de eso? – Volvió a subirme el traje, pasando sus ásperas manos por mis muslos.

– Me acuerdo de todo, pero eso me pareció tan obsceno que me puso como unnnnnnmmm – Me mordí el labio, iba a gemir.

            Sus dedos rozaban sutilmente mi clítoris sin quitarme las bragas, los otros dedos estaban ocupados con mis pezones. Miraba mi expresión en el reflejo del pequeño espejo que teníamos delante. Yo apenas podía tener los ojos abiertos. Agarré su brazo, clavándole las uñas cuando sus movimientos se volvieron una caricia regular en círculos. Estaba chorreando, sentía la necesidad de tenerle dentro. Susurré su nombre como tantas veces hacía cuando me masturbaba, lo que provocaba que me corriese antes. Me agarró el pecho con fuerza y me mordisqueaba el cuello, besándolo y lamiéndolo. Me susurraba al oído las frases más obscenas que jamás me habían dicho. Prometió hacerme muchísimas cosas, habló sobre todo el placer que pretendía darme pero yo solo podía centrarme en el que estaba sintiendo. Las piernas se me doblaron y me temblaron cuando me llevó al orgasmo. Me sujetó con su brazo por la cintura sin dejar de masturbarme con su otra mano. Se me escapó un gemido largo y tembloroso, no muy ruidoso por suerte. Sentí el flujo abundante mojarle los dedos y giré la cara para besarle cuando más me estaba muriendo de placer.

Se me escapó un te quiero.

Se le escapó un yo también.

3

            Esa noche no volví a acercarme al escenario. Ni siquiera les miré. Temía que si lo hacía alguien fuese a descubrirme. Intenté pasar desapercibida, si por mí hubiese sido me habría metido en la habitación y no habría salido. Pero Henry hizo un brindis y pidió un aplauso por la que lo había organizado todo, pasándome la mano por la cintura. Me besó la mejilla y le sonreí como si fuese mi tesoro más preciado, fingiendo vergüenza. Todo el mundo sabía que era teatro y que nuestros sentimientos no eran reales, pero todos fingíamos que así era porque así debía de ser. Y a pesar de que el encuentro del baño había resultado un alivio para mi sobrecargada libido, no podía dejar de pensar en él. Me sorprendió mucho que decidiese devolverme el favor, las pocas veces que le había hecho eso a Henry en un arrebato de pasión, se había dado la vuelta y hasta mañana cariño. Pero en lo que más pensaba es en lo que nos dijimos justo cuando me estaba corriendo. No sabía si había sido sincero o si fue la pasión hablando con mi voz. Ni siquiera sabía si de verdad le quería o si únicamente era obsesión. O atracción física. Me quedé sola en la mesa sin darme cuenta, jugando con mis uñas y absorta en mis pensamientos. Escuché un carraspeo. Al mirar hacia arriba vi a los cuatro miembros de la banda mirándome.

– Se ha quedado sola, señora.

– Eso parece – Me levanté mirando a mí alrededor, observando al servicio recoger y preguntándome por qué nadie se había despedido de mí. Quizás lo hicieron y no me di cuenta.

– Nosotros nos vamos, llámenos para la próxima.

– Por supuesto. El dinero lo ingresé esta mañana temprano en el número de cuenta que me dio Dylan, no dejéis que se lo quede todo.

– No se preocupe, le tenemos vigilado.

– Gracias por arruinarme los planes de fuga – Me dijo el aludido sonriente. Me derretí ante su sonrisa. Me asusté por cómo me latía el corazón estando a su lado. No era bueno. Recordé por qué me aleje de él aquella primera vez sin darle mi nombre. Me arrepentí de haber dicho las dos palabras que había dicho unas horas antes.

– Tengo cosas que hacer, muchas gracias por todo.

– Gracias a usted.

            Asentí y me alejé de ellos sin más, intentando respirar y no ahogarme en sentimientos. Obviamente no tenía nada que hacer más que meterme en la cama con mi marido, que a esas alturas de la noche estaría henchido de orgullo por tanto halago. Me metí en mi camisón de seda y entre mis sábanas, dándole la espalda a su lado de la cama. Cerré los ojos soñando despierta sobre cómo podría ser mi vida si en vez de meterme en la cama me hubiese ido en el camión con la banda. En que en ese momento estaría en el bar con ellos, celebrando el dinerito extra de esa noche y en que probablemente, en vez de entre mis caras sábanas acabaría dentro de las suyas, rasposas como sus manos. Como su barba y su voz. Suspiré exasperada, sintiendo cómo Henry se metía en la cama y para mi horror, cómo me pasaba una mano por la cintura. Hacía mucho que no pretendía nada, no entendía por qué tenía que ser esa noche. Y es que no podía, no con el recuerdo de Dylan en mi boca.

– No han parado de decirme toda la noche lo guapa que estabas. Llevan razón, tengo a la mujer más hermosa en casa.

– Henry, estoy muy cansada – Fingí una sonrisa acariciando su mano.

– Vamos cariño, será rápido. Te deseo – Me bajó las bragas y le sentí rozarme con su erección. Suspiré, cediendo. Al fin y al cabo no era tanto sacrificio y él se quedaría dormido nada más acabar.

            Fue tan rápido que me sorprendió. Ni siquiera me dio la vuelta en la cama. Al acabar me besó la mejilla, se dio la vuelta y se durmió. De haber sido Dylan el polvo nos habría durado un poco más, y yo habría tenido algún orgasmo que otro. Habría sentido algo. Algo intenso. Algo que necesitaba. Un chorreón de esperma en la espalda después de cinco o seis bruscas embestidas casi en seco no era lo que necesitaba, desde luego. Me levanté de la cama y tras limpiarme en el baño me fui a la cocina dejando los ronquidos de mi marido atrás. Me eché en una copa dos dedos de vodka y me senté en la mesa, mirando mi modernísimo teléfono móvil. Tenía su número. Podría llamarle. Y también podría estarme quieta y no meterme en problemas. Pero, ¿Qué tenía que perder? Un mensaje, solo un mensaje. Hacerle saber que me acordaba de él. Hacerle saber que existía, llamar su atención de alguna manera. No quise pensarlo más, quise actuar.

“Me alegro muchísimo de reencontrarme contigo aunque no fueran las mejores   circunstancias. Espero tener trabajo para ti pronto. Que pases una buena noche.”

            Solté el teléfono en la mesa y me quedé mirándolo con un gran sentimiento de culpa. No tendría que seguir manteniendo el contacto con él, solo me iba a traer problemas. Pero es que lo necesitaba. Se me escapó una exclamación asustada cuando la melodía de mi móvil empezó a sonar a toda pastilla en el silencio de la noche. Lo cogí con prisas y me fui hacia el jardín de la casa.

– ¿Qué haces llamándome? – Grité en susurros.

– Lo… ¿siento? ¿Mal momento?

– Es tarde, no me llames tan tarde. La gente duerme a estas horas.

– Pero me has mandado un mensaje. Supuse que estabas despierta.

– Obviamente lo estoy pero no debería. Debería estar en la cama.

– ¿Y por qué no estás en la cama? – Me quedé callada, llevándome una mano a la frente y mordiéndome el labio – ¿Layla?

– No me puedes llamar, Dylan – Sentí en mi pecho el abatimiento que irradiaba mi voz.

– Quería escucharte – Chasqueé la lengua – ¿Estás bien?

– ¿Por qué has tenido que aparecer de nuevo? – Me dejé caer en el banco de la entrada, mirando a la luna creciente – ¿Por qué no te me vas de la cabeza?

– ¿Quieres que vaya a recogerte y nos damos una vuelta? – Resoplé.

– ¡No! ¿Estás loco?

– Parece que necesitas despejarte y me da la impresión de que tienes tantas ganas de verme como yo a ti. Dime que sí y en menos de diez minutos te espero en el mismo sitio que te dejé.

– ¿No estás cansado? Es muy tarde, deja de decir locuras.

– Si el plan es verte desaparece el cansancio, incluso el tiempo, ¿voy? Solo tengo que ponerme la chaque—

– No vuelvas a llamarme. Ha sido un error mandarte el mensaje, lo siento. Buenas noches.

            Le colgué con el corazón acelerado como la primera vez que me metí en su casa. Sentía la misma culpabilidad de aquel día y a la vez la misma excitación. Apagué el teléfono, me recompuse y volví a mi cama. Mi marido seguía roncando, mi vida seguía girando y no podía permitir que Dylan la parase en seco. No podía tirarlo todo por un polvo, por una obsesión. Simplemente era una locura. Y era una locura que por más que pasaran los días no se me quitaba de la cabeza.

            Dylan no volvió a llamarme, respetó lo que le pedí y se lo agradecí. Asistía a mis planes diarios, a las fiestas y a las reuniones. Recibía en casa a invitados y acompañaba a mi marido a dónde fuese que él quisiese. Hacía lo que supuestamente tenía que hacer. Y los ratos libres me los pasaba escribiendo sin parar. No dejaba de crear un relato tras otro, cada cual con sexo más explícito que el anterior. Cuando acababa, los escondía en mi escritorio, o yo creía que los escondía porque descubrió mi nuevo hobby casi un mes después. Acababa de salir de la ducha, y solo con la toalla puesta fui a sentarme en la cama para ponerme mis cremas cuando vi a mi marido sentado en mi escritorio, leyendo uno de mis relatos.

– ¿Qué haces? – Me apresuré a quitarle los papeles de las manos, muerta de vergüenza y, una vez más, de culpa.

– No sabía que escribías – Vi la sorpresa en su cara. Tuvo que ver la vergüenza en la mía – Layla, es bueno. Es buen material.

– ¿Qué va a ser bueno? Yo no sé escribir – Empecé a recogerlo todo con prisas. No quería que viese más, mi nombre estaba en alguno de los relatos y el de Dylan también.

– Dirás lo que quieras pero con lo poco que he leído me he excitado bastante. Y quiero saber qué pasa entre esos dos, ¿por qué no me los dejas y se lo llevo a un amigo?

– ¿Para qué? Esto es mío, es privado. No deberías haber leído nada.

– Esto tiene salida, se puede vender – Me cogió de la mano – Sabes bien que tengo ojo para los negocios y esto lo es. Dame los que más te gusten y prueba suerte – No le miraba a los ojos porque no podía – Layla, ¿no te gustaría tener un negocio propio?

– Deja que me lo piense, esto es muy personal. No sé si quiero que la gente lea todo esto.

            Como siempre hacía, tomó la decisión por mí. Cuando terminé de vestirme más de la mitad de mis manuscritos habían desaparecido. Le esperé un poco histérica y enfadada, si no me los traía de vuelta… si se quedaban con los derechos de autor… me angustié solo de pensarlo. Era lo único verdaderamente mío que tenía. Sin embargo, al volver traía una sonrisa de oreja a oreja. A su amiguito le había encantado, decía que era lo que estaba de moda pero además con cierta calidad literaria. Así que, bajo mi nombre, se empezaron a vender libros eróticos en todas las tiendas que visitaba. No llegaba a best seller, pero se hablaba de mí por internet y casi todo bueno. Además, eran unos pequeños ingresos que aceptaba de buen agrado. Salí precisamente a ver cómo quedaba mi libro en las estanterías de un centro comercial cuando escuché que me llamaban a mi espalda. No pude evitar la sonrisa al ver a Ben. Miré a su alrededor, pero estaba solo. Quizás hasta mejor así.

– ¿Qué hace una señorita como tú mezclándose con el populacho? – Me reí y el sonido me resultó extraño. Un risa sincera, algo bastante raro en mi vida.

– Mirar escaparates – Señalé la librería – Pasar el rato.

– Si tuviese dinero ya mismo iba yo a perder el tiempo mirando tiendas… oye, si estás aburrida vente con nosotros, estamos ahí mismo tomándonos unas cervezas.

– Con vosotros… no lo sé Ben…

– Venga, nadie va a enterarse de que te relacionas con un grupo de músicos de poca monta – Me puso una mano en la espalda y me llevó suavemente hacia donde iba.

– Si es que no debería ni estar aquí, tendría que estar en casa de Jenna Mackenzie

– Menudo nombre de blanquitas ricas que tenéis todas – Se rio negando con la cabeza – Porque lo sois, claro. Aquí es.

            Me metió en un bar lleno de hombres y muy pocas mujeres. Me sentía fuera de lugar con ese traje que llevaba, pero sin embargo me moría de ganas de estar allí. Al ver a Dylan el corazón me latió fuerte, muy fuerte, demasiado fuerte. Me costaba mirarle a pesar de que él aún no se había dado cuenta de que estaba ahí.

– ¡Mira a quién me he encontrado por el camino! – Nos miraron. Dylan me miro. Estaba riéndose y se le cortó la sonrisa, cambiándola por una expresión perpleja. Se levantó de la silla.

– ¿Qué haces aquí? – Murmuró.

– ¿Qué manera es esa de recibirla, imbécil? – Le dijo un amigo suyo, dándole un golpe en la nuca. Le miró un instante y volvió a mirarme a mí.

– No, a ver, quiero decir, hola – Se rio nervioso. Me reí histérica.

– Bueno, venga, siéntate ahí – Ben puso una silla junto a Dylan, que se sentó sin dejar de mirarme, ahora sonriendo de una manera diferente.

– Oye, ¿la Layla Sherington de los libros eres tú? Nos lo hemos estado preguntando todo este tiempo.

– Sí, sí soy yo.

– Mi hija no se despega de tus libros – Miré horrorizada a Ben – Tranquila, tiene 17 años.

– Ah, vale, menos mal – Me reí aliviada con una mano en el pecho – Algunas cosas pueden ser confusas para una niña.

– ¿Qué coño hay en los libros? – Me preguntó extrañado uno de ellos, no recordaba su nombre.

– Porno – Aclaró Dylan – Y vaya porno…

– ¿Te has leído algo? – Le pregunté asombrada y contenta. Me miró. Sus ojos rasgados recorrieron mi rostro mientras asentía.

– Yo también les eché un vistazo y siempre hay un mestizo de protagonista, me parece cuanto menos, curioso – Dijo Ben – No sé por qué será…

– Ya, que se mantenga el misterio – Le miré significativamente, por lo que se rio – En fin, os invito a una ronda.

            Al hacer ese comentario todos se alegraron, hasta brindaron por mí. Adoraba a esos hombres, me hacían sentirme integrada, querida, rodeada de cariño y sonrisas sinceras. Alguna que otra mirada un tanto sucia pero sin llegar a ofenderme. Y las miradas que menos me ofendían venían de mi mestizo. De vez en cuando me gastaban una broma y me daban un empujoncito, por lo que mi hombro rozaba con el suyo. Y cada vez que nuestras pieles se encontraban me saltaba algo en el estómago. En un momento dado en el que todos escuchaban una historia de Ben, sentí los dedos de Dylan tocarme la piel sobre las rodillas. No le miré inmediatamente, dejando que se colasen por debajo de la falda de mi traje. Tocaba la suavidad de mis muslos con las duras yemas de sus dedos. Dedos de guitarrista, dedos que me hacían vibrar como a las cuerdas de su instrumento, creando canciones con mis gemidos. Abrí un poco las piernas y con la cara apoyada en mi mano, le miré mordiéndome la uña del pulgar. Le sonreí y al devolverme el gesto a punto estuve de besarle en público. Me di cuenta de que estaban en silencio. Dylan también se dio cuenta y se le ensombreció el rostro al mirar sobre mi hombro. Me giré despacio y vi a Henry ahí de pie, con las manos en los bolsillos y su sonrisa de político plantada en la cara. Sentí que se me venía el mundo encima.

– Mira por dónde, venía a buscarte al centro comercial y te encuentro donde menos te esperaba – Me comentó amablemente, como si fuese lo más divertido del mundo. Todo él estaba fuera de lugar en el bar, tanto o más que yo.

– Vimos a la señora delante del escaparate de una tienda y quisimos invitarla a unos tragos en favor al buen trato que nos dio hace un mes – Explicó uno de los hombres de manera tan educada que no parecía él mismo – Comentaba que se tenía que marchar pronto.

– Menos mal, lleva tres horas fuera y tenemos que organizar una firma de ejemplares. Cariño, vamos a casa – Asentí, me levanté y me despedí de ellos con un hasta luego.

Cuando Henry me dio la mano, la agarró con demasiada fuerza. Justo antes de salir miré a Dylan, y no supe con qué expresión exactamente pero incluso se levantó de la silla. Tan pronto salimos del bar, noté lo tenso de su sonrisa. Me llevó hasta el coche que nos esperaba y una vez dentro todo atisbo de amabilidad desapareció.

– ¿A qué juegas? – No supe cómo responder ante su agresiva forma de hablar – ¿Qué pretendes? ¿Quieres que te vean con ese pordiosero? ¿Pretendes dejarme como un cornudo largándote con ese asqueroso? ¡¿Qué crees que va a pensar la gente de mí?! ¿¡EH?! – Cuanto más se enfadaba, más se me acercaba. Le miré, asustada pero aún con el sentimiento de querer desafiarle – Pudimos resolver el temita del aborto, ¿Cuánto va a durar tu libertinaje? ¿Cuánto más vas a ensuciarte? – Susurró entre dientes, con furia.

Me encontré encogida contra la puerta, con los ojos cerrados y el cuerpo en tensión. La sensación no se alejaba mucho de aquella que sentí cuando esos niñatos empezaron a decirme cosas por la calle hace lo que parecía ya una vida. Todo sumado a la impresión de que supiese lo del aborto. Me agarró del hombro y me quejé débilmente.

– Te la estás buscando, Layla. No quieres verme enfadado. De verdad que no quieres.

– Tú no me amas… – Susurré.

– Cuéntame algo nuevo – Comentó con aburrimiento, incorporándose en su asiento – Pero te casaste conmigo, vives de mi trabajo. Eres mi mujer y no voy a permitir que porque un greñudo te haya follado bien una vez te creas que vas a poder irte con él cuando te plazca – Me miró por encima del hombro – Vamos a dejar que tus historias se queden en los libros, ¿De acuerdo?

            No podía respirar. Solo quería insultarle, pegarle, salir corriendo. El coche paró en un semáforo y no lo pensé dos veces. Abrí la puerta y corrí. Corrí sin saber a dónde, chocándome con gente y sin mirar atrás, huyendo de él, huyendo de esas palabras y de su violencia. Corriendo hacia las sonrisas cálidas, el cariño y las buenas palabras. Me choqué con un oficial de policía que me agarró por los hombros.

– Señorita, ¿está usted bien?

– ¡No! – Le grité entre lágrimas – ¡Suélteme! – Miré sobre mi hombro y me aterré al distinguirle entre la gente, intentando por todos los medios salir de allí.

– Tranquila, puedo ayudarle, cálmese – Miró hacia la persona que yo miraba.

– ¡Layla! – Henry me había alcanzado por lo que me aferré a los brazos negros de ese enorme policía advirtiéndole con la mirada. Asintió susurrándome una vez más que me tranquilizase. Se situó entre mi cuerpo y el de mi marido – Es mi esposa – De nuevo su sonrisa pacificadora.

– Muy bien señor, vamos a tranquilizarnos todos un segundo…

– Estoy tranquilo, déjeme hablar con ella.

– Usted parece estarlo pero ella no – Hizo el amago de agarrarme del brazo y el policía, suavemente le empujó por el hombro.

– ¡Es mi mujer! – Era la primera vez que veía a Henry perder los papeles en público. Incluso se estaba despeinando.

– ¿Qué cojones pasa, Layla? – Me giré hacia la voz de Ben, agarrándole del brazo y soltando al policía, que no perdía a Henry de vista.

– Ben, llévame con Dylan – Le susurré.

– No tengo que llevarte, está ahí detrás – Le vi salir de un cajero con el ceño fruncido. Al alzar los ojos y verme, al ver la actitud de mi marido, se acercó con prisas.

– ¿Qué pasa? ¿Qué te ha hecho?

– Llévame contigo, por favor – Asintió con seriedad. Miré sobre mi hombro y vi a Henry apretar los dientes, dejando de luchar con el policía que me llamaba al tiempo que le retenía.

– ¿Qué ha pasado? – Ben nos seguía alterado, sin dejar de mirar atrás – Nunca me ha gustado un pelo tu marido, desde el día de la fiesta, pero no me esperaba esto.

– Es muy sibilino, hace creer a todo el mundo que es el hombre perfecto y que nos amamos con locura cuando apesta a mentira a kilómetros – Me enjugué las lágrimas, ahora con rabia – Sabe lo nuestro.

– Claro que lo sabe, cada vez que me encontraba con él en la fiesta no era precisamente con agrado – Me respondió Dylan.

– Como para no saberlo, menudas miradas os estuvisteis echando vosotros dos – Volvimos al bar, dos de sus amigos seguían allí. Al vernos entrar de nuevo sonrieron pero al escucharme despotricar sobre Henry cambiaron de expresión.

– ¿Te ha hecho daño? – Me preguntó Dylan al sentarnos, poniendo el brazo por detrás de mi asiento.

– No físicamente. Pero nunca me había hablado así, nunca había sido agresivo conmigo. Quizás alzó la voz con alguien de su trabajo o del servicio pero jamás conmigo. Simplemente nos ignorábamos la mayor parte del tiempo – Varias cejas se alzaron, escuché un silbido y un chasquido de lengua. Les miré – Pero creo que podría llegar a pegarme. Creo que ha estado a punto.

– Dylan, relájate – Su amigo le dio una palmada en el hombro. Su mirada estaba fija en mí, con los dientes y el puño que tenía sobre la mesa apretados con fuerza.

– ¿Tienes intención de volver con él? – Me preguntó tan serio como nunca le había visto.

– ¡¡No!! Si vuelvo con él voy a volver a ser una desgraciada, no merece la pena tener tanto dinero y tan poca felicidad – La seguridad en mis palabras no relajó su expresión.

Envolví su puño con mis manos y le estiré los dedos suavemente, acariciándolos. Esbocé una pequeña sonrisa mirándole a los ojos y bajé el tono airado que tenía desde hacía un buen rato.

– No me voy a alejar de ti, no me da la gana.

4

Miró su mano entre las mías y volvió a observar mis ojos, embelesándose con ellos como la primera vez a la salida de ese bar. El brazo que apoyaba sobre mi silla acabó sobre mis hombros. Entrelazó sus dedos con los míos y me acercó a él, inclinándose y besando mis labios. Tengo que admitir que me dio vergüenza que me besase de esa manera delante de todo el mundo. Nunca, jamás me había besado con Henry delante de nadie, o al menos no de verdad porque los besos de las fiestas no contaban. Eso eran cosas que se hacían en la intimidad. Sus amigos hacían ruido, se reían, escuché hasta aplausos y un “¡Muy bien, joder! ¡Como con él no vas a estar con nadie!” Subí mi mano izquierda hasta su mentón, un poco tensa y sorprendida. Apretó mi mano derecha con la suya, su abrazo y mis labios. Se separó un segundo para pronunciar mi nombre y mirarme a los ojos. Estaba enamorada de ese hombre, enamorada como nunca en mi vida. Me faltaba el aire en los pulmones porque lo único que necesitaba respirar era su aliento. Desapareció todo, desaparecieron todos excepto él y le besé. Le besé mil veces sin parar, sintiéndome y sintiéndole cada vez más excitado. No quería ocultar más todo lo que deseaba hacer ni darle la espalda a algo que me hacía sentir tan bien como era estar a su lado. Mis dedos se perdieron entre esos rizos oscuros y descuidados, me solté de su mano para poder tocar su cuello. Sus dedos se agarraban con firmeza a mi cadera y a mi hombro y su lengua… sentir su lengua me hacía perder los papeles. Le quería desnudo, le quería en mi interior. Al levantarme de la silla fue detrás, sin decir nada. Salimos por la puerta que usaban los trabajadores y dimos al callejón de atrás del bar.

– Fóllame – No podía dejar de tocarle, no podía apartarme de él.

– ¿Qué? – Preguntó confuso – ¿Aquí? Layla…

– Métemela ahora mismo.

Me agarró del pelo de la nuca y se abrió la cremallera de los pantalones mientras me besaba y mordía la boca. Me sentó en una caja contra la pared y apartó mis bragas a un lado. No se desnudó, no me desnudó, simplemente me hizo caso. Sentir su polla frotándose entre mis labios menores me hizo resoplar. Sentir su glande contra mi clítoris, suavemente, con la presión adecuada, me hizo gemir. Notaba lo mojada que estaba y me agarré a sus brazos con fuerza. Apreté los dientes, mirándole a los ojos, cuando su carne se abrió paso entre la mía. Tiré de su nuca y volví a besarle como si se fuese a acabar el mundo en ese momento. Y así me follaba, con urgencia, sin cuidado, una pasión explosiva y desenfrenada. Susurraba mi nombre entre jadeos entrecortados, hundía sus dedos en mis muslos y su erección hasta lo más profundo que sus caderas le permitían. De entre mis labios solo salía una palabra: “fuerte”. El resto de sonidos eran incomprensibles. Llegué a un punto en el que dejé de pensar dónde estaba, quién era o qué podría pasar. No controlaba mis gemidos, mis músculos o mi persona. Lo único que podía hacer era correrme, apretar sus caderas con mis piernas y sus hombros con mis brazos.

– Vamos a mi casa – Pareció recobrar el control de sí mismo al escucharme.

Se la guardó como pudo en los pantalones y tiró de mi mano hacia la parte de adelante del edificio, donde estaba su moto. Apenas podía andar, el simple roce de mis muslos me provocaba placer y estaba aturdida. Me dio el casco pero antes de ponérmelo volvió a besarme de manera sucia. Me subí tras él y fui todo el camino con las manos bajo su camisa, tocando su pecho y colando los dedos en sus calzoncillos. Acariciaba su glande con las uñas, sintiéndole respirar acelerado y murmurar “Nos vamos a caer”. Dejé que se bajase primero de la moto, deslizándome hacia la parte delantera de su asiento con tal de que no se me viese nada. Me bajé con cuidado y me quité el casco. Dylan me miraba con la boca entreabierta y al ver que estaba ahí pasmado me reí suavemente.

– ¿Tengo que subirte yo a tu casa?

– No, no – Se comportaba como la primera vez que nos vimos. Después de todo lo pasado y seguía igual de nervioso a mi lado. Me dio la mano y me metió en el edificio, en el ascensor – Te miro y se me pasa el tiempo sin darme cuenta.

– ¿Tanto te gusto? ¿De verdad? – Volvió a observarme detenidamente y suspiró.

– Si supieses lo que siento te acojonarías.

– A lo mejor se parece a lo que siento yo.

– Lo dudo.

            Ahí acabó la conversación de momento. Sacó las llaves, abrió la puerta y me llevó con prisas hasta su habitación. Nada de sofás, nada de cuartos de baños ni callejones; una cama. Tiré de su mano y le hice sentarse en el borde, quitándome el vestido ante él. No llevaba la misma ropa interior tan bonita de la otra vez, era un conjunto más simple porque no esperaba que esto fuese a pasar ni por asomo. Se quitó la camiseta despacio, sus ojos fijos en mi cuerpo. Me quité el sujetador y tragó saliva. Metió la cara entre mis pechos, besándolos, lamiendo la aureola y mordiéndome los pezones. Me erizó la piel, ya estaba excitada de antes pero ese contacto tan suave y tan meticuloso propio de él… lo había extrañado muchísimo. Vi en sus ojos las ansias por darme placer, en los besos que recorrían mi piel las ganas de devorarme. Me tumbó en la cama, a su lado, y acariciándome con las yemas de los dedos desde las rodillas a mis costillas, me besó despacio. Mi cuerpo no paraba de reaccionar al contacto con su piel, los escalofríos y suspiros me inundaban, no quería que parase de tocarme jamás. Se situó entre mis piernas y me besó los tobillos, subió la boca hasta mis corvas, lamiéndolas y sorprendiéndome de lo sensible que sentía ese punto. Sus dedos recorrían el mismo camino que sus labios, llenando de besos mis muslos y mi ya húmeda ropa interior. No se paró donde yo quería. Siguió subiendo por mi ombligo, acariciando mis costados, provocándome un escalofrío que me arrancó un gemido. Al escucharlo me miró.

– Eres demasiado bella, demasiado perfecta en todos los sentidos ¿Por qué yo? – Puso su mano en mi cara, esperando una respuesta. Ya me hizo esa pregunta antes, solo que la primera vez la respuesta era bien diferente, como mis sentimientos.

– Quiero pensar que el día que entré en ese bar no fue coincidencia, teníamos que conocernos. Nunca habría pensado poder sentirme atraída por alguien como tú pero… Dylan – Cogí su mano y la puse entre mis pechos – Nadie hace que mi corazón lata de esta manera. Nadie me hace sentir tan bien y segura, nadie. Eres una bellísima persona, eres honesto, transparente. Supongo que por eso tú y no otro.

– Pero no puedo darte nada – Seguía acariciándome, me hacía cerrar los ojos.

– Dylan – Me reí – pero si me lo das todo…

            Observé sus ojos oscuros y almendrados, sus cejas serias, rectas, la línea de sus patillas que se unían a la barba en un mentón marcado. Sus labios… esos labios que tantas palabras bonitas decían y tanto amor me daban. Su nariz ligeramente aguileña y recta, su pelo, siempre alborotado y despeinado. Un desastre organizado, como era todo él. Me encantaba el caos que representaba, el caos en el que convertía mi cuerpo con su manera de tocarme, mirarme y probarme. Pasé mis uñas por sus hombros, su pecho poco trabajado y aun así, firme, y su ombligo del que bajaba una fina línea de vello hasta el interior de sus pantalones. Su piel era bastante más tostada que la mía, adoraba el contraste de mis manos contra ella. Quise desabrocharle el pantalón, pero volvió a bajar por mi cuerpo con una sonrisa, besando mi cintura, mordiendo la parte interior de mis muslos. Los músculos de sus brazos se tensaban aquí y allí, sentí su nariz rozarse contra mis bragas, le escuché aspirar. Las bajó despacio, mirando entre mis piernas con una expresión parecida a la que pondría al ver el manjar más exquisito.

            Su lengua se hundió en mi carne. Cerré los ojos un segundo, suspirando. Me lamía y se paraba a saborearme. Rozaba con su lengua mis labios menores, los mayores, mi vagina, mi vulva, mi clítoris. Se humedeció los dedos índice y anular y presionó levemente sobre ese último punto mientras sus otros dedos abrían mis labios. Su lengua se colaba dentro de mi cuerpo, suavemente, sus dedos masajeaban esa zona que tantísimo placer me estaba dando. Mi respiración era más fuerte, mis susurros llevaban su nombre de manera constante. Cambió la posición de dedos y lengua, haciéndome resoplar. Los susurros ya eran gemidos, apenas me penetraba con sus dedos pero ese roce constante de su lengua me estaba haciendo tocar el cielo.

– Dylan, me corro, métemela, no dejes de tocarme – Jadeé agarrada a su pelo.

– No voy a poder darte todos los orgasmos que quisiera…

– No me… no me impo… – Fui incapaz de hablar. Le sentí entrar despacio, sus dedos no dejaban de llevarme al orgasmo poco a poco.

– La tengo muy dura, me la vas a partir – Gimió de puro placer al deslizarse en mi interior – Deja de apretarla Layla.

– Nnnnno puedo evitarlo – Gemí con fuerza al empezar a correrme. Mi espalda hizo un arco en la cama y Dylan tuvo que sujetar mis caderas, quejándose y moviéndose como podía en mi interior sin dejar de rozarme el clítoris.

            Me estaba corriendo como nunca en mi vida. Las embestidas de Dylan, sus dedos ahora castigando mi endurecido clítoris en un contacto insoportablemente placentero; mi orgasmo sin fin, eterno, tan intenso que convertía mis gemidos en quejidos. El vecino de al lado aporreó la pared pero me era imposible estar en silencio. Le miré para verle golpear mis caderas con las suyas, encorvado sobre mí, apretando los ojos y los dientes. Le acaricié la cara y al mirarme supe que se iba a correr. Moví mis caderas como pude, entre espasmos, acelerando su orgasmo. Hundió su cara en mi cuello, gimiendo, derritiéndose, dejándose caer sobre mi pecho. Sentía su polla latirme dentro, su esperma llenarme, y los últimos estertores de mis orgasmos desvanecerse poco a poco. No quería sacarle de mi interior, no quería alejarle de mi cuerpo y por su abrazo diría que tampoco tenía intención de irse.

– No desaparezcas – Susurró en mi oído, entre jadeos – No me dejes como la otra vez.

– Deja que me quede contigo – Acaricié sus rizos, apretando sus caderas con mis piernas – buscaré un trabajo, tengo una carrera.

– No me tienes que pedir permiso, es tu casa siempre que quieras.

            Desconozco cuanto rato pasamos besándonos. Lo único que sé es que terminé con los labios hormigueantes, con esa sensación que dejan las palomitas muy saladas. De manera torpe nos metimos entre las sábanas y sin cenar nos quedamos dormidos. Y me desperté yo primero. Estaba acostumbrada a madrugar y además la luz del amanecer me estaba cegando. A Dylan pareció no importarle, dormía a pierna suelta con la luz dándole directamente en la cara. Me levanté riéndome suavemente y me puse su camiseta sin nada debajo para ir al servicio. Me quedaba más larga que mi vestido. Mientras me aseaba y me lavaba la cara le escuché llamarme con urgencia. Al salir del baño le vi en el salón, desnudo y desesperado.

– Dylan ¿Qué pasa? ¿Has tenido una pes—

– Creía que te habías ido – Me abrazó por los hombros con fuerza, apretando mi cabeza contra su pecho.

– Eh, vuelve a la cama, no me voy a mover de aquí – Le agarré la cara y besé sus labios sonriente.

– Te quiero – Me besó sin soltar su fuerte abrazo – Te amo Layla.

– Yo también, tonto.

            Ahora sí estaba segura de lo que decía. Me llevó a su cama en brazos y me tumbó, abrazándome desde atrás con fuerza, encajando sus piernas en las mías. Me besó el cuello sutilmente, pasando su nariz por el lóbulo de mi oreja. Acerqué mi trasero a él, mordiéndome el labio de manera juguetona. Soltó su abrazo para acariciar los labios de mi sexo desde atrás levemente, dejándome lista para él. Con igual lentitud volvió a abrazarme, deslizando su erección entre mi humedad, moviendo las caderas de forma y manera que no tuvo que soltar su abrazo para penetrarme. Le escuchaba respirar profundamente en mi oído, le sentía entrar sin prisas, calmado. Me hizo el amor despacio, me tocaba tranquilamente, me corrí intensa pero suavemente. Y cuando lo hice eyaculó él de la misma manera, durmiéndose aun en mi interior.

El telefonillo me despertó minutos después. Horas después. No tenía ni idea de cuánto había dormido y la idea de no tener planes me hizo sonreír. Salí de la cama y pegué la oreja a la puerta de la habitación para cotillear quién había llegado. Me vino olor a comida. Escuché que abría la puerta de la calle.

– Eh, Mr Sonrisas, pon la tele – Era Ben – Te vas a quedar muerto cuando lo veas.

– ¿El qué? Sabes que no veo la televisión…

– Al marido de tu novia. Quiere arruinar su reputación yendo a programas de prensa rosa – Salí de la habitación ansiosa por saber más y me dirigí a Ben, que no evitó mirarme de arriba abajo con media sonrisa – Si a mí se me escapase semejante belleza también me pondría echo un fiera – Rio guiñándome el ojo.

– ¿Qué ha hecho el gilipollas ahora? – Subí el volumen del televisor – ¿Qué pretende?

– Según eso un divorcio exprés – Dylan señaló al pequeño aparato y me pasó el brazo por la cintura.

– Quiere hacerte una imagen de esposa infiel y traidora.

– Como yo hable… – Se me vino una idea a la cabeza que me hizo sonreír.

Volví a la habitación a por mi teléfono. Si él podía sacar partido de la situación, yo también. Llamé a su amiguito, el editor, el que puso mis libros a la venta. Le hice mi propuesta y como sabía de antemano aceptó con ansias de ver el resultado. Por muy amigo suyo que fuese en el momento en el que esas víboras veían una oportunidad de negocio se les olvidaba cualquier lazo emotivo que pudiesen tener. Dejé el teléfono sobre la mesa y comenzó a sonar, era mi amiga Jenna.

– Oye, ¿Qué ha pasado? No me trago lo que Henry va contando por la tele…

– No quieres saberlo, cuanto menos detalles mejor.

Pero, ¿estás bien?

– Probablemente mejor que nunca – Al sentir su mano en mi hombro, miré a Dylan a los ojos.

Escucha, este tío le va a vender la exclusiva de lo que os ha pasado a un programa de prensa rosa. Sé el día, la hora, y que va a ser en directo. Pienso ir como público, ¿quieres que lleve un mensaje para reventarle la noticia? Me lo han propuesto los mismos de la cadena. Estoy segura de que tú no eres la mala en este asunto…

– Jenna, no sabes la idea que me acabas de dar – Me mordí el labio. Dylan entrecerró los ojos.

Podemos meter un video tuyo mandándole un mensajito en directo y podemos hacerlo de forma y manera que parezca que no tienes nada que ver. Te van a pagar.

– Exactamente en eso es en lo que estaba pensando. Déjame prepararme el guion y te lo hago llegar.

Que sea en menos de dos días o no voy a poder hacer nada.

– No te preocupes, va a ser una cosa rápida. Gracias Jenna.

De nada, Henry siempre me ha parecido un gilipollas de categoría. Que le follen. A él y a mi marido – Al colgar miré a Dylan apoyando mis manos en su pecho.

– ¿Tienes una cámara? – Asintió. Sonreí.

 

EPÍLOGO

            Me senté en el sofá de la casa, histérica, con un bol de palomitas y un Dylan incluso más inquieto que yo a mi lado. Lo que iba a pasar podía tener consecuencias muy gordas, bastante malas para mí si Henry descubría que había sido preparado. Puede ser que hiciese de él un mártir incluso, pero merecía la pena. Ya lo creo que la merecía.

– Layla… sigo sin entender por qué estás haciendo esto.

– Porque quiero ver la cara de imbécil que se le va a quedar, por eso. Jenna está entre el público para hacerle fotos. Quizás las enmarque.

– No sé si es la mejor actitud.

– Probablemente no – Le di la mano – Probablemente sea la peor reacción posible pero el mundo merece saber un puñado de cosas y yo merezco una satisfacción.

– Empieza – Señaló el televisor.

            El programa de entrevistas comenzó con una presentadora maquillada de manera exagerada y presentando la historia de mi ex marido en video de igual medida. Casi que me trataban como el demonio. Me reí despectivamente ante la imagen que pretendían dar de él al principio de pobre hombre rico y emprendedor engañado por su funesta esposa. Me gustó ser la femme fatale, porque vaya lo que les quedaba… Contó su versión de la historia como un hombre acabado, derrotado, fingiendo estar hecho mierda. Le daba exactamente igual. Le comentaron que les había llegado un vídeo a redacción, una cámara oculta. Me senté con los codos apoyados en las piernas, poniendo la mano en la temblorosa rodilla de Dylan. Una imagen un tanto borrosa de mí misma, desde un ángulo bajo, fue lo primero que se mostró en el vídeo. En la esquina de la pantalla, un recuadro con la cara de mi marido. Seguía la siguiente conversación:

– ¿Me vas a decir qué demonios ha pasado para haberte alejado de todo tal y como lo has hecho? – Era la voz de mi editor, distorsionada. El fondo era la sala de estar de Dylan – No tiene sentido, Layla.

– Lo tiene cuando sabes que tu marido no te ama porque te lo dice directamente – Mi voz, sin embargo, sonaba clara y cristalina – O cuando te acuerdas de que te obligó a abortar sin tú quererlo – Henry comenzó a negar en el plató – O mejor, cuando te amenaza con pegarte al darse cuenta de que busco el amor que él no me da en otro hombre.

            En el recuadro inferior enfocaron a los tertulianos, se llevaban las manos a la boca y le miraban asombrados mientras que de fondo se le escuchaba negar todo lo que decía.

– El día que me fui de casa tuve que salir corriendo del coche en el que me obligó a meterme. De no haberle parado un oficial de policía no sé qué habría sido de mí, te lo digo en serio.

– Layla, son acusaciones muy graves esas que estás haciendo.

– ¿Qué acusaciones? No acuso, cuento las cosas como son y tengo testigos.

– ¿Y eso es lo que quieres contar? – Asentí – Bueno, pues aquí me tienes – El sonido de una puerta abriéndose, mi borrosa silueta alzando un brazo y un borroso Dylan sentándose a mi lado. El teléfono de mi editor sonando – Disculpadme un segundo – Se escuchó cómo salía de la habitación. En el recuadro inferior Henry pedía por favor que quitasen la imagen porque no necesitaba ver más de mis mentiras.

– ¿Ya se lo has contado todo? – La voz de Dylan sonaba casi como un murmullo. Se distinguía que me besó el hombro.

– Por encima, tenemos que ultimar los detalles. Qué pronto estás en casa – Le besé. El beso era largo. Tan solo se apreciaban nuestras bocas y nuestros pechos. Mi pecho siendo manoseado por él. Mi pecho fuera de mi traje. Mis suspiros. Sus susurros. Mis risitas. Mis susurros. Dylan riéndose y levantándose, abriéndose la bragueta. Yo metiéndome su polla en la boca, en directo, en la casa de todos los televidentes.

– Cariño, date prisa, antes de que vuelva este tío.

– Shhhh…

            La cara de Henry en el recuadro inferior era un poema. La lástima había desaparecido, solo había rabia, ira, odio. El plató era un caos, todos pedían que quitaran la grabación pero nadie parecía poder controlarlo. La imagen se cortó justo cuando me reía ante los gemidos de Dylan, corriéndose en mi cara. La imagen era todo lo opuesto a nítida, pero cualquiera intuía lo que estaba pasando. En el plató, Henry se había levantado del asiento, exigiendo saber quién había mandado la grabación, sin saber que estaba todo pactado con los dirigentes del programa. La presentadora le agarró del brazo, la alejó de un manotazo. Se hizo el silencio en el plató. Hacer eso en televisión le iba a costar caro. Miré a Dylan alzando una ceja, sintiéndome ganadora de la guerra que ese tío me había declarado.

– ¿Quién nos iba a decir que comerte la polla era lo que nos iba a hacer libres?

– Menuda puta vergüenza acabo de pasar. Mis colegas van a saber…

– Claro que lo van a saber – Su teléfono sonó, asustándonos – Por favor, ponle el altavoz.

– ¡Dylan! ¡¿Acabo de ver lo que creo que acabo de ver?!

– Creo que sí, Ben…

– ¡MENUDA HIJA DE PUTA ESTÁ HECHA! – Dio una carcajada tan enorme que tuvimos que reírnos con él – Creo que nos acabas de dar la publicidad que necesitábamos. Gracias Layla. Gracias Dylan por el porno amateur.

– Vete a la mierda tío – Mi novio se llevó la mano a los ojos. Para celebrar las buenas noticias apagamos la televisión, me puse entre sus piernas, y se la comí una vez más.

            La prensa nos encontró pero al darse cuenta de que no íbamos a dar más exclusivas, el tirón duró poco. Nos acosaron durante varias semanas un tanto agobiantes, sin embargo la gente olvidaba estas cosas con relativa rapidez. Como Ben bien predijo, su banda se volvió archiconocida en la ciudad, (y alrededores), debido a la controversia. Dylan pasó de la noche a la mañana de guitarrista pobretón a sex symbol mestizo y apasionado, y yo fui tachada de mujer sucia e inmoral. Eso sí, la cantidad de hombres que me miraban con deseo aumentó considerablemente, por lo que también lo hicieron mis lectores. Las redes sociales ardían, tuvimos nuestro minuto de fama. O quizás un poco más, en mi caso, ya que un mes después salió a la venta mi autobiografía escondida. Esta que lees. Esta que espero hayas disfrutado.

Y a ti que lo has comprado, gracias, de verdad, gracias por ayudarme a salir del paso ahora que me faltan los recursos. Antes de acabar, déjame darte un consejo: Cuando encuentres lo que le da sentido a tu vida, persíguelo, no lo dejes pasar por las consecuencias que pueda tener. Tu felicidad es lo primero, haz algo que te llene, no lo que esperen los demás. Y nunca, nunca, dejes que una persona decida por ti. Y ahora te dejo, los besos que Dylan me está dando en el cuello necesitan respuesta, y ante el amor de verdad, siempre respondo.

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6 comentarios en “Mi mejor acierto

  1. El útimo párrafo (menos lo de Dylan) lo tendré en cuenta. Me ha encantado, mucho. ¿Dónde dices que están estos mestizos? >w<!

    10/10!

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  2. waaaaaaaaaah meha súper encantado!!! genial y el final (tanto lo del programa como q esto sea una autobiografía me ha parecido la leche!) weeee otra noche más hasta las tantas leyendo a mi queridísima Tifa 😉 queremos más!!!

    Le gusta a 1 persona

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