Mizuage

El Japón medieval me encanta. El mundo de las geishas, los samuráis y su camino del guerrero…Todas las características que hacen de ese Japón algo mágico y tan diferente. Las geishas me parecen el contrapunto a un samurai, mujeres poderosas vs hombres poderosos. La relación entre ellos antes de que las geishas tuvieran prohibida la prostitución (a comienzos de su existencia) era muy cercana, tanto que en muchas ocasiones eran sus amantes. Con el tiempo, el hombre dejó de estar presente en el mundo de las geishas, que es dominado por mujeres. Y el único que puede cruzar  sus puertas es el otokosu, dedicado principalmente a vestir a estas artistas.

Pues en esta época se ambienta esta historia. Tiene dos capítulos y no imaginaba que la idea fuese a dar para tanto. OBVIAMENTE, el samurai es quien tiene que ser

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No sé si tendré fallos históricos garrafales pero ahí está el invento 😀

Espero que os guste.

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1

Intentaba por todos los medios no mostrar mi inquietud, permanecer serena y no alterarme. Pero esa noche estaba llena de cosas nuevas y me faltaba el aire. Quedaban apenas minutos para empezar la actuación, y aunque mi onee-san se mostraba relajada, a mí y a las demás chicas nos iba a dar un infarto. Veía la tensión en sus mandíbulas apretadas mientras nos daban los últimos retoques en el maquillaje y el pelo, la misma tensión que sentía yo de la cabeza a los pies. Era mi primer baile en público, si me equivocaba me moriría, pero de lo que de verdad tenía ganas era de ver a Hatsumi-san bailar. Yo solo era una maiko, una aprendiz de geiko, y Hatsumi era mi onee-chan, la que me ayudaba en prácticamente todo. Y la mujer más bonita que había visto en mi vida. Cuando nos dispusieron en fila para salir al escenario conté hasta diez evitando dar un grito de puros nervios. Una compañera susurró “me voy a quedar sin maquillaje si sigo sudando como un cerdo”, comentario que al menos nos hizo reír. Lo curioso fue que una vez en el escenario con la música sonando para nosotras, toda esa inquietud desapareció. Parecía un ensayo más, un baile más de los que hacíamos en la okiya, nuestra casa, si se ignoraba la cantidad de hombres que nos observaban bailar. Y todo fue como la seda, acabamos nuestra actuación y nos fuimos sin más, pero antes de salir vi a unos hombres al fondo de la sala, ocultando su identidad con capuchas y telas anchas. A pesar de eso, el mango de una katana asomaba entre los ropajes de uno de ellos.

– Había samuráis entre el público – Le dije a una de las chicas, ya tranquila y sonriente.

– ¿¡En serio?! ¿Pero no se supone que no pueden?

– Claro que no pueden – dijo Hatsumi. La reconocí antes de verla por su olor, al que ya estaba muy acostumbrada y me encantaba – Pero siempre se cuela alguno – estaba bellísima, quitaba el aliento.

– Seguro que son los mismos que estaban esta mañana por el pueblo, dicen que el castillo está amenazado por otro Shogun – comentó otra mientras se cambiaba a sus ropas normales – Yo no sé vosotras, pero me dan un miedo horroroso con esas caras tan serias, cicatrices y katanas en la cintura.

– No deberías, sin ellos no tendríamos la seguridad que tenemos. Les debemos mucho – Hatsumi puso su mano en la mía cuando hice el intento de empezar a cambiarme – No te lo quites, estás preciosa con él y a Nobunaga-san vas a encantarle.

– Gracias onee-san – No pude evitar ponerme colorada así como tampoco pude evitar los comentarios envidiosos de mis compañeras.

Me fue imposible ver la actuación como me habría gustado, tuvo que ser desde un lateral del escenario y escondida para que no me viesen. Y aun así fue algo espectacular. Sus movimientos eran delicados, parecía fácil al verla a ella cuando no lo era, en absoluto. Y mucho menos con los zapatos que llevaba, tremendamente altos e incómodos. El público la observaba con la boca abierta, y yo también. No escuché un aplauso más enérgico como el que le dedicaron a ella y con una sonrisa enorme la acompañé a la salida. Nos quedaba lo más importante de nuestro trabajo: Los clientes. Al salir y caminar hacia la casa de té donde siempre deleitabamos a los hombres con nuestra compañía, escuchamos ruido en la distancia. Vimos que tras nosotras salían los encapuchados y que, al escuchar el ruido, se deshicieron de esas telas y corrieron camino al castillo, sus manos en el mango de las katanas. No hicimos comentarios, no había nada que comentar. Solo deseamos internamente que la batalla no llegase al pueblo.

Servir, callar y observar. A eso se reducían mis noches. Y esa en especial estaba más atenta que de costumbre, ya que mi onee-san estaba empeñada en que uno de los señores a los que entreteníamos hoy, fuese mi danna. No era aún una geiko del todo y ya tenía casi el futuro forjado. Ni si quiera había hablado con él, los nervios me comían por dentro desde esa mañana y no es que me quejase, era mucho más afortunada que muchas de las maiko que conocía. Miré a mí alrededor, al mundo al que comenzaba a estar acostumbrada. El olor a incienso impregnaba la habitación ya llena de risas y de los cantos de Hatsumi-san, que los tenía a sus pies. Yo, siempre a la sombra, no podía esconder la admiración que sentía por ella, ni si quiera allí. Era todo lo que yo soñaba ser y todo lo que se esperaba de mí. Me percaté de que mi supuesto danna – es decir, mi futuro benefactor y quién sabe si algo más – tenía su taza vacía y me apresuré a llenársela. Sus ojos se desviaron un segundo de mi onee-san para observar mis muñecas ligeramente descubiertas, analizando mi rostro y dedicándome una sonrisa para volver su atención a la estrella de la noche.

Me puso nerviosa, pero contuve un suspiro y una sonrisa más amplia de lo normal; ese hombre realmente no parecía un demonio ni ninguna de esas imágenes horribles que yo sola me había creado. Era incluso apuesto para un hombre de su edad, y sobre todo acaudalado. Tras muchas canciones, bromas inocentes y no tan inocentes, y muchos vasos de sake, el incienso se consumió así como nuestro tiempo. Nos levantamos y nos despedimos de nuestros clientes tras recibir el pago que, por supuesto, entregaríamos más tarde a nuestra ‘madre’, o como nosotras la llamamos, okasan. Dábamos pasos cortos – tan largos como nuestros kimonos nos permitían –  hasta la okiya bajo la atenta mirada de señores y señoras. Éramos admiradas por todos y tengo que admitir que no me disgustaba. Gracias a todo ese maquillaje y esfuerzo diario obteníamos nuestra recompensa, la admiración de nuestro pequeño pueblo. A veces soñaba con ser una geisha de ciudad, una realmente famosa, pero si ya tenía muchísimo trabajo donde vivía no me quería ni imaginar lo que tenía que ser vivir en Kioto. Nada más llegar a casa, Hatsumi tiró de mi brazo, con una sonrisa radiante. Moví los dedos de mis liberados pies, aliviada por quitarme al fin esos zancos tan incómodos y altos que me tenía que poner.

– ¿Qué te ha parecido Nobunaga-san? No es feo del todo, ¿verdad?

– Es educado y agradable. Muchísimas gracias onee-san – Me incliné ante ella.

– Hoy has estado estupenda, te han mirado mucho – caminábamos hasta su habitación, tenía que ayudarla a quitarse el kimono porque nuestro otokosu, el chico que se encargaba de ello, se acababa de casar y mudar de la okiya – Vas a ser una geiko envidiable.

– Eso es porque tú me enseñas, onee-san – rio alegremente, sintiéndose halagada.

– Por favor, Kaneko-chan, tú también tienes parte del mérito – quitábamos capa tras capa de ropa mientras reprimíamos bostezos – Quiérete un poco, no seas tonta. Te queda poco para ser geisha del todo.

Asentí tras quitar lo más trabajoso de sus ropas, me despedí de ella y fui a mi habitación. Chisako-chan, una de las shikomi que se encargaban de limpiar y estar básicamente a nuestras órdenes, me esperaba pulcramente sentada ante mi tocador. Se inclinó nada más verme y me veía tan reflejada en ella que no podía evitar ser lo más dulce posible. Hacía pocos años, mi trabajo era el suyo. El ambiente en nuestra okiya era en general muy agradable, nos ayudábamos las unas a las otras en lo posible y nadie trataba a nadie con desdén. Me llegaban rumores de otras okiyas en las que parecía que la situación era precisamente la opuesta, por lo que no podía estar más agradecida. Aunque Chisako-chan se mantenía siempre en silencio, veía en sus ojos montones de preguntas. Esperaba que la okasan dejase que yo fuese su futura onee-san una vez yo fuese geiko. No me disgustaba ser maiko, pero me moría de ganas por ser yo el centro de atención y quizás, algún día, casarme. La pequeña me acompañó fuera de la okiya, hacia las termas. Normalmente nos bañábamos en el ofuro, la bañera que teníamos en casa, pero ese día no me sentía con sueño. Cansada sí, pero mis ojos y sentidos estaban despiertos. Al salir de la casa, vi humo en la lejanía y el ruido había cesado. Esperaba que fuese algo bueno. Una vez en las termas naturales que había junto a la okiya me desvestí y enjuagué, para luego meterme aunque fueran unos breves minutos. Chisako tenía la mirada fija en unos matorrales, entre los árboles que formaban sombras extrañas a nuestro lado.

– ¿Qué ocurre? – Me asomé en la misma dirección, la chica dio un respingo.

– Nada, Kaneko-san. Me pareció escuchar un ruido pero será algún animal pequeño.

– No seas miedica – dije salpicándole agua. Sonrió tímidamente, pero no perdió la compostura. Me masajeaba las sienes a mí misma, el peinado que nos teníamos que hacer me dejaba la cabeza dolorida.

– Kaneko-san – susurró Chisako tímidamente – ¿Puedo hacerte una pregunta? – Asentí – ¿Es muy difícil?

– ¿El qué exactamente? – tragó saliva.

– Ser Maiko, estar allí y servir con tu onee-san – Me giré en el agua y la miré de frente.

– Es un poco complicado, hay que trabajar duro todos los días, pero cuando vamos a una casa de té… te sientes importante.

– ¿Te tratan bien? – asentí.

– Y verás cuando seas geiko, serás preciosa, quizás más que Hatsumi-san – La chica se rio tras sus manitas, era adorable – No tengas miedo, verás cómo te idolatran y—

Corté en seco porque escuché un ruido. Chisako y yo nos centramos en la misma dirección que ella miraba unos momentos antes. Estiré mi mano y alcancé la prenda de algodón sin ponerme las cintas alrededor del cuerpo. Ya me las pondría más tarde, en la okiya. Le indiqué a la pequeña que se diese prisa y apenas me había secado el pelo cuando de entre los matorrales, de entre la oscuridad, salió un hombre. No le veíamos bien la cara, se apoyaba en lo que parecía una katana con la funda puesta y sus ropas estaban sucias, rasgadas. El recogido se le había soltado y el pelo – rizado, largo y mugriento – no nos dejaba ver sus facciones. Dimos un salto hacia atrás, asustadas, cuando se desplomó ante nosotras con un leve quejido.

– Kaneko-san – Chisako se agarraba a mi mano con fuerza. Yo no sabía qué hacer.

– Corre, llama a Hatsumi-san – La pequeña me miró aterrada – No despiertes a nadie más,  sobre todo no despiertes a la okasan.

– ¿Te vas a quedar sola con él? – asentí y le dí un empujoncito.

– Date prisa, este hombre no está bien y la okiya es lo que tenemos más cerca de las termas, venga.

La vi alejarse corriendo tan rápido como sus piernitas le permitían. Me giré hacia el desconocido, inclinándome con cuidado junto a él. Acerqué mi mano a su rostro, apartándole el pelo de la cara. Y al rozar su piel me di cuenta de que estaba realmente sucio. Me asusté cuando un quejido salió de sus labios, susurraba algo pero no le entendía. Me acerqué un poco más, asustada y emocionada por lo nuevo de la situación. Nunca había tocado a un hombre, nunca había estado tan cerca de uno que no fuese mi cliente. Al acercar mi oído a su boca, escuché una sola palabra. “agua” Miré al frente y vi a mi onee-chan acercarse a toda velocidad, llevándose una mano a la boca cuando vio al extraño allí tendido.

– Necesita agua – le dije – Pide agua sin parar, ¿qué hacemos?

– Vamos a llevarle a la okiya, ayúdame – Se inclinó junto a él y le pasó un brazo bajo el suyo.

– Te vas a manchar – negó con la cabeza mientras yo pasaba mi hombro bajo su otro brazo, apoyándole en mí un poco avergonzada porque no estaba vestida.

– Huele mal – dijo Chisako – Me da miedo.

– Cállate – Le espetó Hatsumi – Abre las puertas hasta el cuarto de Kaneko-san.

– ¿Mi habitación? – repliqué aterrada, no le quería allí.

– Es el que está más cerca de la puerta y más lejos de la okasan.

Prácticamente le arrastramos y le dejamos caer en el futón que Chisako preparó. Fui apresuradamente a por una jarra de agua y un vaso. Cuando regresé, la chica cerró la puerta y las tres nos quedamos mirando al desconocido. Yo era la que tenía el agua pero no me atrevía a tocarle más de lo que ya lo había hecho. Hatsumi le pasó una mano delicadamente tras la cabeza y le incorporó, apremiándome para que le acercase el vaso. Tan pronto el líquido mojó sus labios, pareció despertar. Me agarró de la muñeca con fuerza, asustándome y bebiendo con avidez. Hatsumi-san le susurraba palabras tranquilizadoras mientras yo me moría del miedo. Ese hombre volvió sus ojos hacia mí y el corazón me dio un vuelco ante esa mirada hostil y oscura. Agarró la jarra de agua que tenía en mis manos y casi se bebió su contenido de golpe, mojándose el pecho y el pelo. Me devolvió la jarra mucho más tranquilo.

– Más – Su voz era grave y quebrada, rasposa.

– Claro que sí – La dulce voz de Hatsumi hizo que desviase sus ojos de los míos, me di cuenta de que estaba conteniendo el aliento y no sabía desde cuándo.

Me puse en pie y fui a llenar la jarra de nuevo. Me quedé unos minutos junto a la fuente, reuniendo valor para enfrentarme a ese hombre de nuevo. Era lo opuesto a lo que estaba acostumbrada, vivía rodeada de sutileza, perfumes y maneras delicadas. No me gustaba, me inquietaba. Y no entendía por qué mi onee-chan se preocupaba tanto por él. No es que quisiese abandonarlo a su suerte, sería algo cruel, pero estaba en mi futón y no entendía bien los planes que Hatsumi tenía para él. Cuando entré de nuevo en la habitación, Chisako había colocado un biombo que ocultaba a ese hombre de la vista, al fondo de la estancia. Cuando me acerqué estaba sentado y se había recogido el pelo con una cuerda. Al ver la cicatriz que le cruzaba desde la mano hasta el hombro, me volví a asustar. Intenté no mirarle mientras le ofrecía el agua, bebiendo ahora más despacio.

– ¿Tienes hambre? – preguntó Hatsumi. Asintió sin más – Chisako tráele el arroz que haya sobrado de la cena – La pequeña se levantó sin rechistar.

– ¿Dónde estoy? – Me costaba estar a su lado, olía bastante mal, la niña llevaba razón.

– En Kawauchi. No te esfuerces ahora, descansa – Chisako le dio la comida. No comió con mucha ansia pero acabó con los restos que iban a ir a la basura.

– ¿Te gustaría darte un baño caliente? – estaba segura de que a Hatsumi también le llegaba el olor, aunque no hizo visible el disgusto. Él volvió a asentir.

Con un gesto me indicó que le ayudara a levantarse mientras ordenaba a la pequeña que fuese a preparar el ofuro para ese extraño. Intentamos no hacer ruido, pero se quejaba prácticamente a cada paso. Al intentar ayudarle a quitarse la ropa se revolvió, quitándosela él con cuidado. No quería mirar, pero aprecié heridas en su piel que me preocuparon, ya que eran recientes y tenían una pinta horrible.

– Esto puedes tirarlo – Le dijo a la pequeña arrojando sus ropas al suelo – Las manchas de sangre no salen por más que las laves – Me clavó la mirada – Ese es el olor que te hace arrugar la nariz.

– Agradezcamos que la mayoría no es tuya – Miró a mi onee-san y le sonrió. Y casi que me dio más miedo sonriendo que serio. Me di la vuelta al tenerle totalmente desnudo ante mí y le escuché quejarse al echarse el primer cubo de agua por encima – No puedes moverte, deja que te ayudemos – quería irme de allí, salir corriendo y no acercarme a él nunca más, pero Hatsumi se empeñaba en ayudarle – Kanecho-chan, ten cuidado con sus heridas.

Me acerqué a él, centrándome solo en la zona que limpiaba y nada más. Le escuché susurrar un “esto es humillante” entre dientes mientras refregaba las manchas de su espalda. Hatsumi tenía sumo cuidado con una herida muy grande y de mal aspecto en su muslo derecho, y yo me encontré varias en sus brazos además de la grande. Al pasar el trapo húmedo sobre su piel, noté que estaba muy fuerte aunque no lo aparentaba. Sus músculos eran duros y bajo los nuevos tajos tenía cicatrices de antiguos. Imaginé miles de batallas en las que se habría visto envuelto y sentí lástima por él. Si estaba por esta zona no podía significar otra cosa que una derrota, de lo contrario estaría en el castillo. Entonces un pensamiento me asaltó, un pensamiento que me provocó un intenso miedo. Miré a Hatsumi y susurré “Puede ser el enemigo” a lo que ella contestó “Es una persona y es lo que importa”.

– Una persona herida y cansada – dijo él mientras mi onee-chan le lavaba el pelo con energía. Me miró – No voy a hacerte daño, si ese es tu miedo.

– ¿Cómo te llamas? – Le preguntó Hatsumi guiándole dentro del ofuro, después del último cubo de agua que le echamos por encima.

– Tomoya, pero qué más da.

– Hatsumi – dijo ella inclinándose un poco – Supongo que estás sin trabajo y además en una situación complicada – No le respondió, pero aprecié la tristeza, el dolor y la humillación en sus ojos.

– Debería estar muerto, no siendo cuidado por un puñado de pueblerinas.

– Geishas, si no te importa – La voz de Hatsumi sonó autoritaria. Él la miró sorprendido y al mirarla de verdad por primera vez vi la comprensión en sus ojos. Una mujer tan bella no podía ser una cualquiera.

– Lo que sea – cerró los ojos, relajándose dentro del agua. Me indicó que la acompañase hacia dentro de la casa con Chisako, y una vez las tres reunidas nos miró suspirando.

– En unos días quiero hablar con la okasan y le voy a decir que le necesitamos como nuestro nuevo otokosu.

– ¿A él? – No quería cuestionar sus decisiones porque probablemente llevase razón pero no pude evitarlo – Está lleno de cicatrices y es… es un ronin, ya no es samurai – dije en voz baja.

– Sí, un ronin enemigo. Si se enterasen en el castillo le obligarían a hacerse el seppuku, cosa que debería haber hecho por voluntad propia – entendía el concepto del honor, entendía los motivos por los que se movía un samurai pero nunca entendería el harakiri.

– No le has preguntado si quiere – Se encogió de hombros.

– Tiene la opción de huir y volverse un campesino o quedarse y vivir más cómodamente. Pero hasta que se recupere tenemos que esconderlo – La situación me gustaba cada vez menos, sin embargo no podía desobedecer – Okasan no le va a aceptar si sabe de dónde viene.

– ¿Y dónde le metemos? – preguntó la pequeña.

– En tu habitación, Kaneko – negué con la cabeza.

– No – dije angustiada – No quiero.

– Piensa con la cabeza. En mi habitación entra a menudo para hablar de cuentas conmigo, en la de las niñas no puede estar porque aunque Chisako sea más madura las otras no lo son – A la pequeña se le escapó una sonrisa – Y en el tuyo la que entra soy yo. Yo soy la que está a tu cargo ahora, la okasan apenas te visita.

No pude rebatir su plan porque llevaba razón, era el mejor sitio para esconderle. Lo que no sabía era lo que iba a hacer yo con ese hombre al lado, ni siquiera iba a poder conciliar el sueño. Hatsumi fue a por él, y todo lo en silencio que pudimos le llevamos hasta mi habitación. Pegamos su futón contra la pared, dejándolo escondido tras los biombos que le separaban de mi cama.

– Duerme las horas que necesites, debes recuperarte – dijo Hatsumi – Buenas noches Kaneko-chan.

– Oyasumi – La vi salir de la habitación con un nudo en el estómago. No quería ni mirar el biombo. Ni siquiera me quité las ropas manchadas, me cubrí con las sábanas y apagué la luz.

Le escuchaba respirar en el silencio de la habitación y me era imposible dormir porque cada vez que se movía temía por si se le ocurría tocarme. O acercarse a mí. No iba a ser nada fácil convivir con un hombre. Con un… ronin. Pero sucumbí a un sueño agitado, del que desperté bruscamente al sentir cosquillas en un pie. Casi pateo a Chisako al revolverme, sorprendida porque me dio la impresión de no haber dormido en absoluto a pesar de ver la luz.

– Es la hora de tus clases, te has dormido – susurró.

Asentí y me preparé. Me cambié a toda prisa temerosa de que me viese desnuda e intenté hacer el menor ruido posible al recogerlo todo. Hasta que no salí de la habitación no respiré tranquila. Pasé la mañana pensando en que las niñas tendrían que hacerse cargo del desconocido en mi ausencia y la de Hatsumi, una idea que me angustiaba porque no tenía ni idea de su comportamiento o sus necesidades… físicas. Al llegar de nuevo a la okiya fui directa a mi habitación, donde encontré a Chisako sentada junto al biombo, mirando algo con la boca abierta. Me acerqué casi sin hacer ruido y me asomé. No daba crédito al ver como el ronin preparaba té, llevando a cabo la ceremonia con pulcra perfección. Era incluso mejor que yo misma. No fue hasta que no le dio el primer sorbo que no se dio cuenta de mi presencia.

– Hola – Me incliné al escuchar su voz grave – ¿Quieres?

– No, gracias. No sabía que… – señalé el té con la mano.

– Muchos de nosotros sabemos servir té mejor que muchas geishas – Nos miró con seriedad –  Y otras cosas que te sorprenderían. Unos de mis… – Se paró a media frase, tragando saliva – Un antiguo amigo era realmente habilidoso con la poesía.

– Pero eso no tiene sentido, samurai-san – El ronin miró a Chisako y la pequeña se agitó – No quiero ofenderle, es mi última intención. Pero pensaba que eran artes delicadas para un hombre, más aun para un guerrero.

– Supongo que cualquier cosa es delicada comparada con el bushido. Y no soy samurai.

– Lo siento – La pequeña me miró sin saber qué hacer.

– Ve a ayudar a preparar el cuarto de Hatsumi, debe de estar al llegar – asintió y se alejó cerrando la puerta tras de sí.

– La jerarquía que tenéis aquí no difiere tanto con la del castillo – Siempre hablaba en voz baja, tranquila. Una voz profunda y segura. La aspereza del día anterior había desaparecido.

– Puede ser.

– Solo que vosotras en vez de luchar con espadas lo hacéis con abanicos.

– ¿Es desprecio ese tono de tu voz? – Le miré a través del espejo mientras me quitaba los adornos del pelo. Ni contestó ni me miraba. Tenía los ojos fijos en el té – Hatsumi podría vencer a un enemigo de una manera mucho más sutil y limpia que cualquier samurai – Le escuché reír entre dientes.

– Dudo mucho que los encantos de una mujer dobleguen la voluntad de un guerrero.

– Eso lo dices porque no la has visto trabajando.

– No digo que no sea hermosa, es muy bella – Le volví a mirar en el reflejo. Sus ojos estaban fijos en los míos – Como tú o como esa niña cuando crezca. El camino de un guerrero aparta completamente la relación con las mujeres. No podemos asistir a vuestras actuaciones ni servirnos de vuestros servicios. Las mujeres no sois más que una distracción.

– Y los hombres un problema – dije molesta.

– No me malinterpretes – Su suave sonrisa era atemorizante, me intimidaba – Si un hombre se enamora de una mujer y le da un hijo, se verá obligado a velar por ella. Y por consecuencia no podrá seguir el camino del guerrero.

– Y aun así siempre estáis al fondo en todas las actuaciones. Ocultos pero presentes. Si no tenéis permitido la relación con las mujeres es porque vuestra voluntad es débil.

– Es posible que lleves razón, los instintos más básicos es lo que nos mueve a actuar con irresponsabilidad e impetuosidad. Pero a vosotras os mueve la compasión, lo que puede llegar a ser muy peligroso.

– Como por ejemplo acogerte sin saber quién eres – asintió lentamente – Siento cortar esta guerra de sexos pero debo marcharme. Tengo cosas que hacer.

– No me moveré de aquí – Eso esperaba.

Hice mis tareas diarias sin ningún contratiempo, aunque se me venía la imagen de ese hombre a la cabeza de vez en cuando. Sobre todo me daba miedo, era demasiado grande, masculino y diferente. Su aspecto era amenazador, probablemente ni siquiera se lo proponía pero a mí me intimidaba muchísimo. El resto de la tarde y noche no intercambiamos más que saludos y sin embargo, Chisako le visitaba a menudo preguntándole si necesitaba algo. Los días siguientes vi a la chica hablar con él, enseñándole nuestras costumbres y cómo usábamos los maquillajes, adornos y kimonos. Él solo preguntaba, nunca daba su opinión, y parecía haberse endulzado al estar la pequeña a su alrededor. Su actitud dejó de ser extremadamente seca para ser simplemente seria. Casi una semana después de que llegase a nuestras vidas intentaba yo conciliar el sueño sin mucho éxito cuando escuché unos ruidos extraños en el jardín trasero. Me senté en el futón y me sorprendí al ver al ronin de cuclillas en los pies de mi cama porque no le había escuchado moverse. No había escuchado absolutamente nada. Me hizo un gesto con la mano para que me quedase como estaba, con su cara girada hacia la puerta. Su gesto era serio, atento, y al escuchar un nuevo golpe, mucho más cerca de las habitaciones, miró a su alrededor. Agarró con rapidez el atizador de los futones que estaba apoyado contra la pared y movió sus labios diciéndome “no te muevas de aquí”. Obviamente no le hice caso. Tan pronto salió de la habitación asomé la cabeza por la puerta. Le vi junto al pasillo de la entrada trasera, cerca de donde se almacenaban los kimonos. Me quedé paralizada cuando vi entrar a un hombre vestido de negro y con la cara tapada a excepción de los ojos. Se quedó mirándome tan quieto como yo. Se percató de que Tomoya estaba a su lado al sentir el golpetazo rápido y seco que le dio en la boca del estómago con la base del atizador. Le hizo doblarse hacia adelante, sin aliento, y le siguió un rápido golpe en la parte alta de la espalda, lo que le tumbó en el suelo haciendo más ruido del recomendado a esas horas.

– Metete en la habitación, tengo que comprobar si hay más intrusos.

– ¿Le has matado?

– No, haz lo que te digo.

– ¿Y si se levanta?

– No se va a levantar, ¿tengo que encerrarte para que me hagas caso? – Un hombre se le acercó por la espalda. Hice un gesto mirando en esa dirección y el ronin, sin mirar atrás, esquivó el arma de ese ladrón echándose al lado con rapidez. Soltó el atizador, lo agarró de las muñecas y lo tumbó boca arriba y frente a él, pasándolo por encima de su hombro a una rapidez asombrosa. Hizo tanto ruido al chocar contra la tarima que escuché a las chicas en el piso de arriba alarmadas – ¿Alguno más por aparecer? – le preguntó al intruso.

– No, no, por favor, solo nosotros – dijo el asustado asaltador – Por favor no me hagas daño.

– Cállate, escoria – Le dio un codazo en la nariz y lo dejó inconsciente. En ese momento la puerta de Hatsumi y las otras maiko se fueron abriendo. Tomoya no sabía dónde meterse.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó Hatsumi asustada al ver a los hombres.

– Han entrado dos ladrones, pero los ha dejado inconscientes – Le dije. Se dio la vuelta y miró a mis compañeras – A la cama, todas. Vamos, antes de que se despierte la okasan – miramos a Tomoya y le vimos cargando a uno de los hombres en un hombro y arrastrar al otro por el pie.

– Abreme la puerta – intentó susurrar, pero su voz era tan fuerte que resonó en el pasillo.

– ¿Pero qué…? – Hatsumi le miraba sorprendida mientras yo iba presta a hacerle caso, quería ver a esos dos fuera de la okiya de una vez.

El que arrastraba del pie se despertó al rasparse la espalda con la gravilla del suelo y el otro cuando lo tiró de malas maneras en la entrada. Desde dentro de la casa vi que les decía algo y que salían corriendo espantados. Entró sacudiéndose los pies con aspecto molesto.

– Menos mal que estás aquí – Le dijo Hatsumi – ¿Estás bien? – Asintió – Vete a la habitación, date prisa.

– Buenas noches onee-san – Le dije caminando hacia el dormitorio con él. Una vez dentro no se acostó, se quedó sentado en el futón.

– ¿De verdad estás bien? – Asintió – ¿Entonces qué haces?

– No me fío de esos dos. No creo que vuelvan al ver que estoy aquí pero…

– Duérmete, si vienen los vas a escuchar el primero. Muchas gracias, Tomoya-san – Me miró a los ojos y se inclinó ligeramente. Me puse nerviosa y me acosté, escondiendo una sonrisita, dándome cuenta de que no tenía por qué temer estando a su lado.

 

2

A la mañana siguiente no dio señales de estar despierto al marcharme a mis clases y cuando volví a mi habitación justo antes de cenar, me di un susto de muerte al no verle detrás del biombo. Salí de allí directa a la habitación de Hatsumi y por el camino me lo encontré con ropa nueva y el pelo mucho más corto. Ahora solo le llegaba por encima de los hombros, rizado, negro y espeso. Por muy arreglado que estuviese seguía mirándome con altanería, y seguía imponiendo.

– Siento decirte que me han admitido en la okiya.

– Me alegro por ti – dije inclinándome – Ahora te queda mucho que aprender aunque Chisako ya te haya enseñado bastante.

– Pues que vaya empezando contigo – Hatsumi se me acercó sonriente – Nobunaga-san quiere verte de nuevo. Es posible que pida hablar con la okasan si le convences así que ponte bien bonita.

No podía decir que estuviese a gusto con ese desconocido vistiéndome pero tampoco me quedaba más remedio, así que me marché a arreglarme. Chisako entró en la habitación poco después de que entrase yo, con una sonrisa de oreja a oreja al darse cuenta de que tenía ayuda para ponerme el kimono. La pobre siempre lo pasaba fatal para ponerlo sola y normalmente necesitaba la ayuda de otra shikomi.

– Chisako, ven, tengo que maquillarme.

– ¿Puedo observar como lo haces? – Me preguntó el ronin. Asentí, un poco avergonzada al sentir sus ojos puestos en cada movimiento que hacía.

Me apliqué el aceite en la cara y el cuello para dejar mi piel suave. Mezclé la pasta de polvo de arroz con agua y me la puse en la cara, el cuello y el pecho. Se lo di a Chisako para que me pintase la nuca y miré a Tomoya observarme desde el reflejo del espejo. Su atención se centraba más en mi espalda que en cómo me estaban pintando. Le vi tragar saliva y suspirar, incluso apartó la vista. Sonreí al verle excitado, al fin y al cabo era lo que pretendía con esa pintura. A los hombres les encantaba mirarnos el cuello, fantaseaban con cada pedazo de piel desnuda que veían porque sabían que éramos lo que nunca podrían tener. Tras eso me puse los polvos para evitar los brillos y pasé a pintar de rosa muy suave el contorno de mis ojos y mis mejillas. Me perfilé las cejas de negro, los ojos del mismo color con un toque de rojo, y pinté mis labios siempre por dentro de sus bordes naturales. Para finalizar, me cambié los adornos del pelo por unos un poco más elegantes. Me levanté con cuidado, quedándome solo con tela blanca y simple que llevaba bajo el kimono y bajé los brazos para que me lo pusiese. Para ser su primera vez, lo colocó todo en su sitio de manera pulcra.

– ¿Todo lo haces bien? – Le pregunté cuando me apretó el obi.

– Si voy a hacer algo, lo hago bien. De lo contrario sería un despropósito.

– No puedo respirar bien, se nota que no es Chisako la que lo está poniendo – Me miró a los ojos a través del espejo.

– ¿Te lo vuelvo a poner?

– No, no. Está bien. Gracias onii-san – alzó las cejas al escucharme llamarme así. Al mirarme de frente se me quedó mirando pasmado, hasta que finalmente se inclinó levemente y salió de la habitación.

Me dije a mi misma que si era capaz de dejar boquiabierto a un samurai es que tenía que estar bonita. Pero lo que más estaba, era nerviosa. Sabía que si Nobunaga-san convencía a la okasan poco tendría yo que decir en cuanto a querer que fuera mi Danna. Por otra parte, era un hombre que no me disgustaba, había servido a algunos peores con una mirada muy sucia en sus ojos. Él, sin embargo, me miraba con respeto y admiración. Tan pronto entré en la casa de té, en la habitación donde nos esperaban, le vi sonreírme ampliamente. Cuando me senté a su lado vi la alegría en sus ojos. Me esforcé esa noche por complacerle, por hacerle marcharse con una sonrisa mayor que la que traía. Me llenó de cumplidos a los que no pude más que sonreír tímidamente e intentar darle una respuesta ingeniosa con la que daba carcajadas. Me gustaba mucho cómo me miraba, sus ojos me transmitían algo que los demás clientes no conseguían. Y esa noche, en lugar de tener varios clientes, (llegaba a ir hasta a cinco cenas por noche), pagó lo suficiente para que me quedase a su lado hasta la madrugada. Cuando regresé a la okiya con Hatsumi no sabía cuál de las dos sonreía más.

– Has estado increíble – Me dijo pletórica – Como sigas así vamos a tener que adelantar tu conversión a geiko. El único problema es… bueno… – vi que me miraba de soslayo.

– ¿Qué ocurre?

– Antes de marcharnos, Nobunaga-san me ha dicho que estaba dispuesto a pagar cualquier cantidad, por alta que sea, por tu mizuage.

– Ah… vaya.

– Sabes que se lo tengo que decir a la okasan. Y sabes lo que va a responder ella. Te lo digo para que te mentalices cuanto antes, mejor.

– Ya, vale. Muchas gracias por decírmelo con tiempo.

– A pesar de eso, tienes mucha suerte – intentaba reconfortarme pero la noticia me había impactado – Yo aún no tengo danna.

Tras ayudar a Hatsumi, Tomoya vino a mi habitación para ayudarme a quitarme el obi. No podía parar de pensar en lo que pronto pasaría, no estaba preparada, tenía miedo. Una vez con la ropa de casa puesta, Tomoya se me quedó mirando.

– ¿No ha ido bien? – Me sorprendió esa pregunta.

– Sí, mejor imposible.

– No pareces contenta.

– En la vida que llevamos no siempre obtenemos lo que queremos – vi a Hatsumi en la puerta de mi habitación.

– Por como te han ido las cosas te mereces irte a las termas. Pero no te traigas otro samurai herido de vuelta, ¿vale? – Me hizo sonreír – Ah, y puedes soltarte el pelo. Mañana vas a que te lo hagan de nuevo. Pero que no se entere la okasan – susurró.

Salí de allí con Chisako y una sonrisa. Al menos podría soltarme la melena por primera vez en mucho tiempo. La pequeña me ayudó a peinarla y al meter la cabeza en el agua de las termas, salí riéndome. Era una sensación fantástica. Probablemente la peluquera se daría cuenta al día siguiente pero no me importaba. Pero al acabar mi baño, los pensamientos volvieron a crearme un nudo en el estómago ante lo que estaba por venir.

– ¿Qué ocurre Kaneko-san? – Me preguntó Chisako una vez en mi habitación, ya sentada dentro del futón. Esa noche mi cabeza podría reposar en una almohada, no me lo creía.

– Nobunaga-san quiere pagar por mi mizuage – La expresión de la chica variaba de la admiración al susto.

– Pero eso es bueno. Probablemente quiera quedarse contigo.

– Sí, y es buena persona, pero no me siento preparada. No sé si estoy preparada para algo así… – Al mirar hacia la puerta vi una sombra tras la puerta de papel – Si quieres saber algo pregunta directamente, Tomoya-san – abrió la puerta despacio y se inclinó ante mí.

– Lo siento, no debería de escuchar conversaciones privadas.

– No pasa nada. ¿Qué quieres saber? – Le indiqué con la mano que podía sentarse junto a mi futón.

– El mizuage… no sé si es lo que yo pienso.

– La venta de mi virginidad. Eso es lo que es – Chisako se levantó y tras despedirse se marchó. Se la veía incómoda cuando se hablaba del tema.

– Y estás asustada, claro – asentí – No temas, puede ser una buena experiencia con la mentalidad adecuada.

– No sé cómo puede llegar a serlo si ni siquiera sé lo que tengo que hacer. O cómo lo debo hacer. No soy una prostituta – Se me quedó mirando fijamente, pensando. Se pasó la lengua por los labios y vi que su miraba cambiaba ligeramente. Estaba acostumbrada a estudiar los rostros de los hombres y supe en lo que pensaba.

– ¿No te preparan?

– Sí, las siete noches anteriores, pero tengo miedo – Le vi alzar las cejas y mirarse las manos. Nos quedamos en silencio casi un minuto entero. Tras eso, se dio la vuelta y se marchó en dirección a la cocina. Al llegar tenía un cuenco en sus manos con un huevo. Apagó la vela de mi habitación, mirándome solo bajo la luz de la luna creciente.

– Túmbate – ordenó.

– ¿Qué? No. No puedo hac—

– Confía en mí. Vas a seguir siendo virgen. Nada va a ir mal. Siempre será mejor que te enseñe alguien a quien ya conoces.

Sabía que podía confiar en él a pesar de ser brusco y tan serio, sabía que no quería hacerme daño. Pero desconocía lo que pretendía. Sin embargo, me tumbé. Se acercó a mi futón, sentado sobre sus piernas. Me dedicó unas cuantas palabras, hablando conmigo más de lo que nunca lo había hecho hasta la fecha. Cuando acercó su mano a los pliegues de las piernas del nemaki, el kimono que usaba para dormir, se la agarré. Me miró a los ojos y esperó, dándome conversación mientras tanto. Me preguntó si sabía cuáles eran las siete virtudes a las que un samurai dedicaba su vida. Le contesté que no, así que comenzó a enumerarlas. Tras relajarme de nuevo, le dejé hacer lo que fuese, echa un manojo de nervios. Di un respingo cuando sus dedos tocaron mi rodilla y respiré agitada cuando sentí que los subía por mis muslos mientras seguía hablándome. Cuando antes su voz me provocaba temor, ahora me tranquilizaba. Era la primera vez en mi vida que un hombre me tocaba la piel.

Paró su mano y de hablar al llegar a la unión de mis piernas y yo no podía mirarle a la cara, muerta de vergüenza. Me hizo unas cosquillas tremendas cuando las yemas de sus dedos rozaron sutilmente entre mi vello púbico. En ese momento cogió el huevo y, tras comerse la yema, vertió la clara en mi entrepierna. Me agarré con fuerza al futón cuando sus dedos, empapados y húmedos a causa del huevo, se centraron en un punto de mi cuerpo que ni siquiera sabía que producía esa sensación. Sentí un hormigueo extraño, placentero. No podía respirar con normalidad, el calor me subía desde el estómago. Algo quería salir, algo grande que amenazaba con hacerme gritar. Cerré los ojos aguantando un gemido de sorpresa cuando sentí que se me iba la vida en un estallido de placer sin igual. Mi cuerpo no me respondía, se retorcía y se tensaba en los lugares más inesperados y sentí que mis muslos se humedecían; que ardían. Tomoya apartó los dedos, bajándolos, hundiéndolos en mi carne y preguntándome si me desagradaba lo que acababa de sentir. Le dije que no con voz queda. Sentí que los introducía en mi interior y aunque sabía que debía pararle, no pude. No quise. Quería más de esa sensación. Solo podía mirar su muñeca, su fuerte brazo causante de tanto placer.

– Van a darse cuenta – susurré como pude – No deberías seguir, Nobunaga-san va a darse cuenta.

– La única que vas a darte cuenta, eres tú. Confía en mí – Su voz sonaba agitada, parecía faltarle el aliento.

Me tapé la boca con la mano cuando sentí su dedo entrar en mi cuerpo. Aspiré con fuerza cuando tocó algo en mi interior, un punto en concreto que me sobresaltó, escapándoseme un gemido involuntario. Su otra mano me apartó la tela del pecho, dejándomelo al descubierto. Sus dedos me pellizcaron, me acariciaron, me pusieron la piel de gallina. Volví a sentir esa sensación brutal que me hacía creer que me derramaba, que me deshacía por completo. Perdí la noción del tiempo, me dejó agotada, me hizo explotar varias veces más, acariciándome sin parar. Cuando finalmente apartó las manos de mi cuerpo, me tapó con el futón y me sonrió levemente.

– Así debería ser la primera noche con tu danna – Me susurró.

– ¿Cómo sabes hacer todo esto?

– Libros. Experiencia. La gente cuenta historias. Ahora duerme, mañana tienes que trabajar y ya nos hemos entretenido demasiado – Tras eso se marchó. Fue la noche que mejor y más rápido me quedé dormida.

Los días siguientes fueron extraños. Cuando le veía me costaba mirarle a la cara pero sin embargo, justo antes de acostarme, me armaba de valor y le miraba a los ojos, dándole a entender que le esperaba. Me hizo lo mismo durante tres noches. A la cuarta no apareció, y al dejarme con las ganas lo que hice fue intentarlo yo misma sin el huevo. No fue igual de excitante, pero obtuve un resultado parecido. Al día siguiente, Hatsumi me confirmó que Nobunaga había pagado muchísimo por mi mizuage, y que empezaría a la noche siguiente. A pesar de saber que el sexo podía llegar a ser tan placentero, me puse muy nerviosa. Una cosa eran los dedos ya conocidos del ronin y otra muy diferente lo que tenía ese hombre entre las piernas. No sabía cómo era ni qué hacer con eso. Así que, tragándome la vergüenza inmensa que sentía, decidí pedir lo impensable. Al entrar en mi habitación le encontré guardando un kimono en la parte alta del armario. Me miró, se inclinó y se dirigió a la puerta. Le agarré de la muñeca. Apresuradamente se soltó y miró hacia afuera, sorprendido.

– No hagas eso cuando aún no están dormidos. Si te ven conmigo te van a castigar y a mí me van a echar. Espera, volveré luego si es lo que deseas.

– Sí, lo siento – Me metí en el futón y le esperé. Al verle entrar tan sigiloso como siempre con el huevo en el cuenco, el corazón se me revolucionó en el pecho.

– Siento no haber venido ayer, estaba cansado.

– No, no pasa nada.

– Sí. Tu cuerpo debe acostumbrarse, ¿sabes ya cuándo es?

– Mañana – Suspiró y asintió. Noté que quería tumbarme pero no me dejé – Quiero pedirte una cosa. No sé cómo es… – frunció el ceño, mirándome directamente a los ojos. Aparté la mirada, sintiendo calor en mis mejillas – No sé cómo es un hombre.

– Realmente no debes hacer nada, simplemente estar tumbada. Estoy seguro de que será rápido y que ese hombre sabrá cómo tratarte.

– Pero quiero saber qué me espera además de sus manos.

– No todos los hombres somos iguales, Kaneko-san. La forma rara vez es igual.

– Pero… no quiero ir a tientas – tenía las manos apoyadas en sus piernas y miraba al suelo. Pensaba mi petición en silencio. Finalmente me miró a los ojos, quitándose el kimono. Al ver su miembro, flácido entre sus piernas, sentí curiosidad y vergüenza a partes iguales. No era tan grande como temía.

– Déjame a mí primero.

Con las ganas que tenía de sentir sus manos de nuevo no pude decirle que no. Sus caricias me provocaban la mejor sensación que jamás sentí, el olor del huevo jamás volvería a significar lo mismo para mí. Cuando empecé a jadear, sintiendo el ya conocido placer, le vi llevarse una mano a su miembro, erecto y considerablemente más grande. Tanto o más como me temía en un principio. Ni punto de comparación con los dedos. Me asusté y él lo notó, ya que me dedicó palabras tranquilizadoras. Me cogió la mano y me hizo tocársela. Estaba caliente, muy dura, y era en general agradable al tacto. Moví mi mano como le vi a él hacerlo, despacio y con cuidado. Ahora jadeábamos los dos. El verle excitado me provocó esa pequeña explosión destructiva antes de lo que esperaba y se me escapó un gemido más alto de lo normal. El ronin me puso la mano en la boca al tiempo que se inclinaba hacia adelante, dándome placer con sus dedos más fervientemente que de costumbre y emitiendo leves sonidos graves. Fui consciente de que un líquido templado y viscoso me corría por los dedos. Al mirar su miembro, vi que estaba empapado, tanto como yo o incluso más.

– Eso… esto es lo que debe pasar – dijo entre jadeos, recomponiéndose con rapidez – Solo que él lo hará en tu interior.

– ¿Duele? – susurré.

– No puedo saberlo. Espero que no – Pasó las yemas de los dedos por el contorno de mi cara. Nunca había hecho eso, me sonrojó – Te veré dentro de siete días, Kaneko-san. Espero que sea lo más placentero que sea posible dadas las circunstancias.

– Muchas gracias – Le dije de corazón. Ahora me sentía un poco menos atemorizada ante lo desconocido.

No coincidí con Tomoya al día siguiente, ni siquiera cuando al atardecer salí de la okiya con la okasan. Rara vez pasaba tiempo con ella y me sentía un poco incómoda y cohibida a su lado. Habría preferido que hubiese sido Hatsumi, pero lo único que pudo hacer fue despedirme y desearme suerte. Fuimos hasta la residencia de Nobunaga y una vez allí, dejé mis cosas en una habitación tenuemente iluminada. Ya había caído la noche y me tumbé en un futón ya preparado para mí. Vi tres huevos en la cabecera y cuando Nobunaga entró en la estancia, sentí angustia. Sin embargo, él me habló con delicadeza, preguntándome cómo me sentía. Mentí y dije que bien. Cuando se tumbó a mi lado, cerré los ojos, centrándome en la sensación del huevo y en sus caricias. Pensé en el ronin y tan pronto tuve su imagen en mi mente, no me costó trabajo llegar al estado que ese hombre pretendía.

– Esto es tu mizuage, pasa una buena noche – dijo con una suave voz, acostándose a mi lado y durmiendo.

Las noches siguientes se sucedieron de igual forma, conmigo fantaseando con otro mientras mi futuro danna se excitaba creyendo que era el primero en tocarme. Mi okasan carraspeaba de tanto en tanto, haciéndome saber que estaba en la habitación contigua para tranquilizarme. Conforme pasaban los días, la penetración de sus dedos se hacía más profunda y la cantidad de ellos que usaba ascendía. La última noche, la decisiva, se abrió el kimono antes de acostarse a mi lado como hizo Tomoya, solo que esta vez no fueron solo los dedos lo que introdujo en mi cuerpo. Tras usar los huevos, le sentí penetrarme con su miembro y no fue tan agradable como cabía esperar. Era molesto. En esa situación no podía pensar en Tomoya porque esa experiencia no me era conocida. No se parecía en absoluto. Sin embargo, Nobunaga san parecía disfrutar muchísimo y tal y como predijo el ronin, no duró mucho tiempo. Tras menos de diez cortas embestidas sentí que se estremecía en silencio, apretando mis hombros con sus manos fuertemente. Su semilla se derramó entre mis piernas mientras ese señor jadeante se bajaba de mi cuerpo, sonriente y agotado. Me quedé quieta en el futón, decepcionada por lo poco placentero que fue pero contenta de que al fin hubiese acabado. Sonreí antes de dormir sabiendo que al día siguiente volvería a la okiya y que además, ahora pasaría a ser geiko. Al fin.

Nobunaga me despidió con felicidad tras intercambiar unas palabras en privado con la okasan y nos marchamos de allí. Por el camino me preguntó cómo había sido la experiencia y me limité a decir que todo fue bien. Lo mismo le contesté a Chisako, a Hatsumi y a las demás maiko de la okiya. Hatsumi me llevaba a ver los nuevos kimonos que llevaría a partir de ese momento cuando le vi esperándonos en la habitación de mi oneesan. Me saludó cortésmente, como siempre, pero mi estómago decidió saltar de la alegría al verle. Bajó y extendió los kimonos que Hatsumi compró para mí con el dinero de mi mizuage. Eran bellisimos, no podía esperar a ponérmelos.

– Sé sincera, ahora que estamos solas al fin – Me dijo Hatsumi mientras Tomoya guardaba de nuevo los kimonos – ¿Fue muy desagradable?

– No, realmente no, pero tampoco placentero. De haber sido con una persona que me gustase quizás sí…

– Te comprendo. Al menos no sufriste dolor, ¿verdad? – Sin querer miré de reojo al ronin y le encontré mirándome, esperando mi respuesta.

– Nada de dolor. Estaba preparada. Hatsumi, ¿crees que la okasan me dejará ser la oneesan de Chisako?

– Coméntaselo, aprovecha ahora que le ha entrado una suma grande de dinero y está de buen humor. Voy a arreglarme, esta noche trabajo. Tú descansa, te lo mereces.

La vi alejarse a sus aposentos seguida de Tomoya. Tenía ganas de estar con él aunque no sexualmente, había tenido suficiente de eso durante la semana anterior. Simplemente se me apetecía escuchar su voz. Esa noche, al tenerla como regalo especial, (además de la promesa de ser la oneesan de Chisako) la okasan me dejó ir a mi lugar preferido, las termas. Al volver de un reconfortante baño encontré al ronin en la puerta, hablando con un hombre que guardaba dos katanas en el cinto. Me escondí tras un árbol, sabiendo que lo que hacía estaba mal, y me paré a escuchar.

– ¿Cuántos más hay contigo? – Le dijo Tomoya al desconocido.

– Conseguimos salir con vida casi quince de nosotros, pero tras una tanda de seppuku generalizado solo quedamos cinco.

– ¿Qué otros cuatro?

– Shun, Koki, Tatsu y Baru. Nos hemos hecho con un barco, ven con nosotros, sé nuestro capitán.

– No tenemos ni idea de cómo va un barco y no quiero dejar a las chicas solas.

– Se las apañarán, encontrarán otro que las vista. No te quedes con un puñado de mujeres, no me creo que seas feliz aquí.

– Mabo, después de lo que pasó no voy a ser feliz en ninguna parte – suspiró – Pero supongo que no soy lo suficientemente buen samurai como para quitarme la vida.

– Ni tú ni ninguno de nosotros. Pero estamos completamente dispuestos a volver a estar bajo tus órdenes. Ya te he dicho donde puedes encontrarme, no nos vamos de aquí sin una respuesta tuya.

– Me alegra mucho saber que estáis bien. Que estás bien. Es una gran noticia.

– Igualmente. Después de ver cómo te dejaron es un milagro que estés vivo.

– Me han cuidado bien…

– Les tienes aprecio – sonreí tras el árbol, alegre por que se sintiera así hacia nosotras.

– A unas más que a otras – respondió, dejándome confusa. Escuché la risa de ese desconocido y otra suave risa que debía ser la de Tomoya. Nunca le había visto sonreír ampliamente. Descubrí que me encantaría – Os echo de menos.

– Y nosotros a ti. Piénsatelo bien.

Hasta que no escuché pasos alejarse no me quise mover de donde estaba. Cuando me giré camino a la okiya me llevé un susto de muerte porque Tomoya estaba apoyado en el árbol en el que me escondía.

– ¿De verdad creías que no sabía que estabas ahí?

– Lo siento, siento haber escuchado a escondidas.

– No pasa nada. Te acompaño, ha caído la noche y no debes estar sola.

– ¿Puedo preguntar quién era?

– Otro ronin cobarde como yo, trabajaba bajo mi mando en el castillo del antiguo shogun.

– No creo que seas cobarde, nos defendiste cuando entraron los ladrones.

– Soy cobarde desde el momento que temo enfrentarme a mi juramento y a mí mismo. No enfrentarme con mis propios demonios es algo que no me voy a perdonar pero que tampoco tengo el valor de hacer.

– La vida es demasiado valiosa como para desecharla solo por una cuestión de honradez.

– Tú no lo entiendes, eres una geisha.

– Y tú tampoco, eres un ronin y sigues vivo para vestirme –Le escuché expulsar el aire por la nariz en una breve risa.

– Con este tipo de contestaciones entiendo por qué alguien querría ser tu danna.

– Muchas gracias.

– Si tuviese el dinero y la posición, yo lo sería – Esa confesión me agitó, sacándome una sonrisita nerviosa – ¿Sirvió de algo? – No me tuvo que especificar a qué se refería.

– Sí. No voy a terminar de agradecerlo.

– No fue un sacrificio, no hay nada que agradecer.

– ¿Vas a seguir contándome en qué consiste el bushido? Era una conversación interesante – Me clavó sus ojos negros entrecerrados, captando el sentido de mis palabras.

– ¿Hoy?

– A ser posible mañana. Necesito descansar – asintió y me dio las buenas noches.

Sin embargo, al día siguiente estuve muy ocupada en mi cambio de estatus y en el cambio de mis tareas. Seguía estudiando y aprendiendo, jamás dejaría de hacerlo mientras fuera una geisha, pero mis costumbres iban a cambiar. Ahora mis pinturas y mis ropas eran diferentes, y tenía que aprender todo lo nuevo. La okasan no paraba de darme instrucciones y de concertarme citas, por lo que tardé casi dos días en volver a cruzar palabra con él. Ese día me sentía igual de cansada pero en un momento en el que nos cruzamos por un pasillo me susurró: “Esta noche podemos seguir hablando en las termas” Miré a los lados asustada porque alguien nos hubiese escuchado pero estábamos completamente solos. Esperé dentro del futón a que todo el mundo estuviese acostado y una vez estuve segura, salí de la casa sin hacer ruido. La noche de verano era fresca, ya no eran sofocantes y las cigarras que tanto cantaban de día ahora dormían. Bajo la luz de la luna llena, llegué a las termas para encontrarme sola. Supuse que él aún no había salido. Una mano tiró de la mía, y antes de que pudiese gritar sentí unos dedos en mis labios. Miré por primera vez la sonrisa de ese hombre entre los árboles. Ojala él fuese mi danna. Ojala Nobunaga me hiciese sentir esos pellizcos en el estómago.

Me deshizo el fino yukata y me dejó en ropa interior. Miré a mí alrededor cuando me tumbó en las hojas y solo vi árboles. Nos rodeaban y ocultaban de posibles ojos curiosos. Estábamos tan lejos de la okiya que podría permitirme hacer un poco más de ruido. Me abrió la ropa interior, dejándome completamente desnuda ante él. Sentí vergüenza y excitación al verle hacer lo mismo. Sus manos me tocaron sin pudor desde las caderas hasta mis pechos, volviendo a mis piernas. El césped me hacía cosquillas en las piernas y brazos mientras la luz de la luna arrancaba brillos preciosos en su piel tostada y llena de cicatrices. Sus ojos eran más oscuros que el cielo y mi deseo era más intenso que la luz de las estrellas. Contuve la respiración cuando su boca tocó mi piel. No me lo esperaba. Sus labios se sentían cálidos, suaves, agradables. Besó mis pechos, mi barriga, bajo mi ombligo. Cuando quiso llevar su boca a mi entrepierna le paré.

– ¿Qué haces?

– Darte lo que quieres.

– ¿Con la boca? – Pregunté escandalizada. Asintió, sonriendo levemente.

Si el tacto de sus dedos me hacía tocar el cielo, su boca me hizo abandonar mi cuerpo. Besaba todo mi sexo, lo abría sin prisas con sus dedos. Humedeció ese pequeño punto tan placentero con su saliva, lo endureció y lo atrapó con sus labios. Su lengua me rozaba sin rozarme y yo me retorcía, agarrada fuertemente a sus rizos. Jadeaba con intensidad, así como latía mi corazón que parecía querer atravesarme el pecho. La sensación esa vez fue más que una explosión, fue como si mi cuerpo no fuera suficiente para retenerme. Me mordí el labio quebrando un gemido, pegándole con fuerza a mi entrepierna. Me sentía más húmeda que nunca y todo salía de mi interior. Ninguna clara de huevo estaba involucrada esta vez. Jadeante, me agarró de la nuca y acercó su miembro a mi boca. Le miré y la abrí, esperándole. Se la besé y jadeó. Se la lamí y gimió. Me pareció que lo segundo le gustaba más así que lo repetí. Me sorprendí al darme cuenta que no tenía sabor pero sí olor, y era un olor que me excitaba mucho. Me cogió por sorpresa cuando me obligó a metérmela en la boca casi entera y le miré cuando le escuché gemir más fuerte de lo que yo jamás me habría atrevido. Se alejó de mí, respirando con agitación.

– Cuanto he esperado… – Susurró, sentándose en sus piernas y sentándome a mí sobre él – Cuánto he ansiado tenerte en mis brazos.

– ¿No me acaricias más? – Le pregunté.

– Déjame estar dentro de ti – Me imploró. Asentí.

Me besó en los labios. Algo tan prohibido e impensable y lo hizo sin pensárselo dos veces. Que me tocase o me penetrase me parecía menos inverosímil que el beso que estaba recibiendo. Era algo demasiado personal, demasiado cercano. Rodeé sus hombros con mis brazos y él mi espalda con los suyos. Muy despacio, le sentí entrar en mi interior. La sensación fue completamente distinta a la que sentí con Nobunaga porque esta vez sí estaba sintiendo lo que se suponía que debía sentir. Esta vez tuve que gemir en voz alta. Amortiguó mis quejidos con su lengua, lo que provocó que fueran más intensos. Me cogía en peso, moviéndome sobre sus caderas. Jadeaba, cortaba sus gemidos rotos, me decía que le gustaba. Sus ojos me decían lo mucho que me deseaba. Su cuerpo, tumbándose sobre el mío, me hacía decirle con los míos lo mucho que le necesitaba. Aunque solo fuese esa noche. Me abría las piernas con sus manos en mis tobillos, me penetraba despacio pero de manera constante. Al hacerlo profundamente, mis uñas se clavaron en la tierra, arrancando briznas de hierba. No podía dejar de mirar cómo se unían nuestros sexos, cómo su ombligo casi tocaba el mío al pegarse a mí. Se movía más rápido, con más pasión. Me deshizo el recogido al agarrarme de él para besarme con fiereza y me hizo daño en el muslo al clavarme sus dedos. Le escuché quejarse cuando mis uñas pasaron del césped a su espalda, pero fue un quejido placentero. Alcanzaba el climax una y otra vez, casi sin parar, extasiada. Y fue particularmente intenso cuando estalló en mi interior, pronunciando mi nombre entre dientes, haciéndome gemir de manera aguda en cortos quejidos que se me escapaban sin control. Me miró a los ojos. Me sonrió. Acarició mi mejilla y volvió a besarme. Me llevó en volandas a las termas, me dejó dentro de ellas y tras una segunda caricia se incorporó y se vistió. Recogió mis ropas de entre los árboles y me las acercó.

– Vas a marcharte, ¿verdad? – pregunté saliendo del agua.

– Espero que me perdones – Me vistió con cuidado por última vez.

– Es mejor para los dos – asintió, pero vi en sus ojos que no estaba del todo seguro de que fuese verdad esa afirmación. Yo tampoco lo estaba.

Me acompañó en silencio hasta mi dormitorio y con una sonrisa, me despidió dándome las buenas noches. Antes de que se marchase le pedí que fuese con cuidado. Su respuesta fue una sonrisa amplia. En ese momento supe que sería la sonrisa con la que iba a soñar el resto de mi vida. A la mañana siguiente fingí estar sorprendida por la ausencia de Tomoya. Fingí preocuparme como las demás. Sin embargo, Hatsumi me encontró sacudiendo de hojas mi ropa interior. No dijo nada, solo apretó los labios conteniendo una sonrisa.

– Vamos a echarle de menos, ¿verdad? – Me preguntó.

– Sí, era un buen otokosu. Y contaba historias geniales.

– Sobre todo por la noche en las termas. Aunque hay más que hablar, provoca que hables – Se marchó de mi habitación con una sonrisa.

Yo me reí en voz alta. Menudo golfo. Y parecía serio al llegar. Y parecía verdad que le dolía no ser samurai. Y parecía no querer estar con nosotras… cómo nos engañó. Terminé de limpiar mi ropa, preguntándome a cuántas mujeres de esta okiya se habría llevado a las termas antes que a mí. No me importaba la respuesta, lo único que me importaba fue la experiencia vivida. Al fin y al cabo una geisha no podía enamorarse a placer, era algo prohibido. Desde ese momento en adelante, y a pesar de estar acompañada de mi danna, cada vez que me encontraba con un samurai se me escapaba la sonrisa. Fantaseaba. Y cada vez que Nobunaga me llevaba a la cama, para hacerlo más placentero, pensaba en la luna de aquella noche. En las estrellas. En las cicatrices de una piel tostada. En la calidez de una lengua acariciando la mía. En el borboteo del agua. En el olor del césped. En rizos entre mis dedos. Y en la sonrisa del ronin con menos sentido del honor en toda la historia de Japón.

_________________________________________________________________________________

Si tenéis interés en saber qué fue de ese tramposo ronin, podéis continuar por aquí:

😛

[1] Camino del guerrero

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4 comentarios en “Mizuage

  1. Dios miooo!! Me ha encantado esta historia *^* la ambientación, la descripción del papel de geishas, maikos y samuráis…. Fiuu como me ha molao.. Aunque me ha dado penita el final pero bueno me leeré wako pa enterarme q pasa jijiji

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