Blind Date

No recuerdo de dónde viene la inspiración de este relato, solo me acuerdo de empezar a escribirlo y no poder parar.

Tiene solo dos capítulos, no doy pistas de los protagonistas porque… porque no puedo 😛

Simplemente empezad a leer y ya me diréis qué os parece.

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1

Llevaba tanto mirando la puerta blanca que tenía delante que me estaba empezando a aprender todas las imperfecciones de la madera. No me quedaban casi uñas, estaba histérica. Y me empecé a plantear si lo que iba a hacer era buena idea. Después de la pelea que tuve con Helen como para echarme atrás, había sido idea mía seguir con esto y seguiría por muy nerviosa que estuviese. Sentí que alguien se aproximaba a mi espalda y que me vendaban los ojos. A pesar de saber que estaba en el contrato no me terminó de gustar. No veía absolutamente nada.

– Recuerde que ha accedido a respetar las normas en todo momento. El incumplimiento de estas llevaría a la cancelación automática de la prueba y a una multa. Cuando quiera puede usted acceder a la sala.

– Muchas gracias.

Alcé una mano temblorosa agarrando con fuerza el frío pomo de metal. Tras tragar saliva, entré, cerrando a mi espalda. Frente a mí, a unos pocos metros, sentí y escuché que cerraban otra puerta. Una voz de mujer, clara y fría, anunció por los altavoces que podíamos quitarnos la venda de los ojos. Lo que encontré fue una oscuridad casi total, solo iluminada por dos tenues puntos rojos en el suelo: uno justo frente a mí, el otro a al menos tres zancadas de distancia. Era terrible con las medidas y estando tan nerviosa no lo podría asegurar con exactitud. Tendría que haber traído una chaqueta, tenía frío. Anduve con cautela hasta el punto brillante y esperé. No sabía bien si podía empezar ya o si ya había empezado. Como no pasaba nada carraspeé.

– ¿Hola? – Una voz grave y fuerte me sobresaltó.

– Hola – respondí con las pulsaciones a toda velocidad.

– ¿Por qué hace tanto frío? Así no voy a estar a gusto en la vida.

– Quizás lo hacen a propósito. De todas maneras nos podrían haber avisado.

– No te ofendas, pero me estoy replanteando la idea de seguir con esto.

– Pues ya somos dos. Estoy tentada de acercarme a ti solo porque me des calor – Se rio de manera escandalosa, haciéndome sonreír.

– ¿Eres de esas que invaden el espacio personal?

– No, no, ni mucho menos. No me gusta la gente.

– ¿Entonces qué cojones haces aquí?

– Echo de menos tener a alguien especial con el que criticar a toda esa gente mientras estamos metidos en casa debajo de una manta.

– Ese plan suena fantástico. Te juro que me iba ahora mismo a poner como los trapos a los organizadores de esto contigo – di un pequeño paso.

– ¿Eres casero? ¿No te gusta salir?

– Que va, me encanta la gente – volví un paso atrás con una mueca de disgusto –  Sobre todo salir con mis colegas.

– Hmm… tus colegas – dije entre dientes.

– ¿No está bien que tenga amigos?

– Pues claro que está bien, menuda pamplina. Solo que has sonado como esos tíos que se dan golpes de pecho porque “su mujercita no les controla”. No sé si me explico.

– Deduzco que tú eres incontrolable.

– Si tu concepto de relación es tener el control sobre alguien, sí, lo soy. Si te refieres a que si voy a pasarme por el forro si a mi pareja le gusta o no que salga sin él también estás en lo cierto.

– Menudo carácter tienes – dijo entre risitas – Tranquila, soy de los que piensan que en una relación sana nadie tiene que controlar a nadie.

– Me alegra saber que usas el sentido común.

– Me alegra saber que no eres de las que se callan si algo no les gusta.

– ¿Acabas de dar un paso?

– Sí, ¿eres alta? Porque si no lo eres es probable que yo llegue a donde estás tú en menos pasos.

– Si llegamos a estar tan cerca es que la cosa va bien, o así son las reglas, ¿no?

– ¿Has dado algún paso?

– Y lo he deshecho.

– ¿Por qué? – sonó ofendido. Curioso que se ofendiese, al fin y al cabo me movía según lo atraída que estuviese por él en base a lo que decía.

– Por tu capacidad social. Las multitudes es algo que no llevo bien.

– Bueno, cuando yo salga tú te quedas en casa si quieres. Ya nos iremos a algún sitio tranquilo los dos solos o con gente que estés cómoda. Hay tiempo para todo.

– Que seguro estás de que me voy a quedar contigo… – di un paso. Me gustó su seguridad.

– Claro. Si nos han emparejado es porque hay altas probabilidades de que conectemos.

– Que no se te olvide que es un experimento. A saber si nos han puesto juntos precisamente porque no tenemos nada que ver.

– Igualmente, los polos opuestos se atraen, ¿cuánto mides?

– Que pesado con la altura ¿Tienes fetichismo por las altas o qué?

– Al revés. Me gustan bajitas – di un paso. Mido 1,58.

– No podemos hablar de nuestro físico, ya lo sabes. Igualmente te vas a quedar con la duda hasta que te acerques.

– ¿Por qué estás tan a la defensiva?

– No lo estoy…

– Sí lo estás. O por lo menos suenas enfadada con el mundo.

– Lo siento, me cuesta conocer gente nueva. Ya te lo he dicho.

– Y has pensado que a oscuras puede ser que mejore la cosa.

– No es que tenga complejo por mi cuerpo, no es por eso.

– Nadie ha dicho eso. Quiero pensar que estás buena.

– ¿Y si peso 130 kilos? – chasqueó la lengua.

– ¿Y si los peso yo? ¿Te importaría? – Me quedé callada – Ahí te he pillado. Además, ¿qué sabes tú de mi ideal de mujer?

– El físico no es lo más importante igualmente.

– ¿Entonces qué? ¿Qué es importante para ti?

– No puedes preguntar eso, tramposo. Si te lo digo puedes fingir.

– No me serviría de nada si tú no me gustas.

– Me da la impresión de que estás deseando pillarte por mí.

– No te voy a mentir, sí. Me gusta tu voz y ese pronto brusco que tienes. De momento me estás encantando.

– ¡No voy a acercarme antes porque me digas cosas bonitas!

– ¿Decirte que eres brusca es decirte algo bonito?

– No pero…

– Eres rara.

– Sí.

– ¿Rara hasta ser friki?

– Sí. ¿Algún problema?

– Ninguno. ¿Friki de videojuegos o…?

– Videojuegos, cine, cosplay, lectura… una mezcla entre nerd y flipada del rollo pinup.

– No me digas que eres una pin-up con tatuajes porque salgo corriendo hacia donde estás – Me reí sin poder evitarlo.

– Más quisiera, no tengo el dinero para llevar ese estilo pero me encantaría, ¿te gustan los tatuajes? – Le pregunté, dando un paso.

– Sí, tengo varios y quiero más, ¿qué juegos son tus favoritos?

– Los de miedo, como las películas. Por favor, dime que no eres un cagueta.

– Al revés, me flipan los zombies, espíritus y esos temas – Ese comentario se mereció otro paso – Eso sí, no me metería ni loco en una casa encantada.

– Yo tampoco, puedes estar tranquilo, ¿qué haces para entretenerte además de jugar y ver series?

– Escuchar música, tocar la guitarra… salir con mis amigos pero eso ya te lo he dicho.

– Te importan mucho…

– Claro, son mis amigos de toda la vida y los que me metieron en esto. Si hubiese sido por mí ni me lo habría planteado pero me terminaron convenciendo.

– Entonces ya somos dos, solo que a mí me metió mi hermana.

– ¿Sois dos hermanas? – Asentí – Yo también tengo una hermana mayor.

– Cuantas cuñadas – Se rio. Di un paso sin saber muy bien por qué – ¿Y con tus padres qué tal?

– ¿Qué clase de pregunta es esa? – Me encogí de hombros hasta que me di cuenta que no me veía – Pues muy bien, lo normal.

– ¿Ves a tu madre a menudo o no?

– Te da miedo la suegra, ¿eh? – Noté la diversión en su voz – Sí, todo lo a menudo que puedo, supongo. Oye, ¿estás aquí porque tienes ganas de enamorarte o porque te sientes sola?

– Estoy aquí para ver qué pasa pero supongo que me debo sentir un poco sola también. Si te digo la verdad, echo de menos la sensación de estar enamorada.

– ¿Has tenido muchas relaciones?

– He conocido a muchos hombres pero relaciones como tal, pocas y largas. ¿Y tú qué? ¿Estás hecho un Don Juan? – hizo un ruido extraño.

– Se hace lo que se puede. Todo el mundo me tacha de exigente pero contigo no me está costando nada echar a andar. No sé si lo pillas.

– Lo pillo – dije sonriendo y caminando yo también – He perdido la cuenta de los pasos que llevo pero te escucho más cerca.

– Llevo seis, esta habitación es más grande de lo que pensaba, ¿tienes ganas de verme?

– No estoy segura. Te estoy imaginando de una manera y a lo mejor me equivoco de lleno.

– Espero no poner el listón demasiado alto yo tampoco – estiré la mano, no toqué más que aire.

– Estira la mano – sentí un golpe en mi antebrazo y di un saltito. Toda mi piel reaccionó a la suya, especialmente cuando las yemas de sus dedos acariciaron mi muñeca – Me acabas de poner la piel de gallina.

– Eres súper suave… – El ángulo de su brazo cambió, por lo que supuse que había dado un paso. Hice lo mismo.

Se recuerda a los sujetos que no pueden establecer contacto físico hasta que la cercanía sea total – dijo la misma voz fría que al principio. Nos soltamos de inmediato.

– ¿Tus ex han sido todas de tu mismo país? – Ya que no sabía de donde era o su raza no podía asumir que era de la misma que la mía. Intenté ver cuan tolerante era con esa pregunta, lo consideraba algo importante.

– Hay variedad. No puedo decir que todos los continentes pero voy bien servido.

– ¿Y de religión que tal andas?

– No ando. Y si tuviera que hacerlo sería budista.

– Me da miedo que nos parezcamos tanto, no puede ser tan perfecto.

– Y a te he dicho antes que está todo montado para que lo sea. Y oye, mejor, no tenía ganas de perder el tiempo.

– Tengo que preguntarte algo que me preocupa – dije cruzándome de brazos – ¿Eres celoso?

– No, a no ser que me den motivos, ¿y tú?

– Nada celosa, pero explícate. Me has dado una respuesta muy subjetiva.

– A ver, si te veo decirle a otro tío cosas que me dices a mí o ponerle ojitos me pondré celoso con toda seguridad. Si te veo babear por un famoso me da exactamente igual porque yo haré lo mismo tarde o temprano.

– Eres un pajillero – me reí.

– Últimamente sí, estoy tan a falta que me van a salir callos en las manos – Se rio conmigo – ¿Vas a decirme que tú no te masturbas?

– Uy, claro que sí. Es la mejor manera de liberar tensiones.

– ¿Te gusta el sexo? Quiero decir, ¿eres activa?

– Mis ex me tachan de pesada. Quizás hiperactiva me describe mejor en la cama.

– Suena divertido…

– Y tú muy, muy cerca. Joder que bien hueles – Olía a hombre. No sabía si era su olor o su colonia pero activó todas mis hormonas que se pusieron a chillarme que me tirase encima de él.

– Lo estoy – tragué saliva, dando un paso un poco más largo de lo normal – Pues es curioso que una de las cosas que más ganas tengo de hacer es olerte.

– ¿Más que verme?

– Sí, pero supongo que tiene algo que ver con que es mi fetiche.

– ¿Eres un pervertido que va oliéndole a las mujeres el pelo por la calle? – dio una carcajada. Me gustaba mucho como sonaba su risa.

– No, no. Me gusta olerlo todo, quedarme con el olor de cada cosa; Las comidas, cosas recién compradas, las personas que acabo de conocer… ¿Cuál es tu fetiche? Seguro que tienes uno.

– Las manos grandes – hizo un ruidito de sorpresa – De dedos largos y a ser posible manos que hayan trabajado. Llenas de venas que suban a unos brazos fuertes. Y los tatuajes. Me pone muchísimo un hombre tatuado.

– Bueno es saberlo. Y hablando de la personalidad, ¿qué tiene que tener tu hombre que sea indispensable?

– Sentido del humor, no puedo estar con un tío soso. Y que sea apasionado. Y respetuoso. No creo que pida mucho, de verdad. ¿Y tú qué?

– Me gustan las mujeres inconformistas, no las calladas que dicen sí a todo. Que sean apasionadas como tú dices y sí, probablemente que estén un poco locas hasta el punto de pensar “yo a esta no la conozco” cuando vamos por la calle – di otro paso. Me estaba describiendo sin saberlo. Al darlo, le pisé – ¡Au!

– Pues ya hemos llegado.

– Encended la luz ya – dijo riéndose – voy a tocarte.

– Sí por favor, tócame – El ruidito que salió de su garganta pareció un ronroneo.

– Te gusta dar órdenes…

– Sobre todo en la cama – Nos reímos juntos.

Sentí sus manos en las mías, eran ásperas y me las cubrían por completo. Mi imaginación echaba humo. Me las acarició despacio, casi dedo a dedo, apretándolas con firmeza. No podía dejar de pensar en esos mismos dedos largos en mis muslos. No entendía qué me atraía tantísimo de ese hombre si apenas le conocía, pero me gustaba muchísimo.

– ¿Cómo puedes ser tan suave? – subió sus manos por mis brazos, tocándolos sutilmente y provocándome un escalofrío.

– No estoy tan suave, es que tus manos son muy ásperas.

– Lo siento.

– Uy, qué va, no lo sientas, ¿tú me escuchas cuando te hablo? – se rio entre dientes.

– ¡Qué bajita eres! – Me puso una mano en la cabeza.

– Estarás contento – dije riéndome. Alcé mis brazos hacia arriba y toqué su pecho. Subí mis manos un poco más y llegué a sus hombros. Tenía los brazos casi estirados – Joder, es que eres altísimo, ¿cuánto mides?

– 1,94, enana – había dejado sus manos en mi cintura. Me dio un pellizco haciéndome dar un saltito.

– ¿Eres jugador de baloncesto o qué?

– Nop, más quisiera yo. Mecánico y me doy con un canto en los dientes.

– Eres demasiado alto para estar metido debajo de un coche.

– En fin, la vida es dura y a mí me duele la espalda, ¿y tú a qué te dedicas? Por tu estatura diría que a correr para que no te pille Gargamel.

– ¡No me llames pitufa, imbécil! – Le pegué en el pecho pero dejé ahí la mano. Era un pecho amplio en el que dormirse después de un buen polvo – Soy profesora de guardería.

– ¡A la altura de tu profesión! – Al escucharme chasquear la lengua dio otra carcajada – No te enfades, me lo pones fácil.

– Estoy por dar un paso atrás…

– ¡No, no! Espera que te toque un poco más – No iba a dar el paso ni loca. Estaba muy bien donde estaba y deseando que me tocase mucho más.

Sus dedos se enredaron en mi pelo liso, estaba comprobando hasta donde me llegaba. Hice lo mismo poniéndome de puntillas y descubrí que tenía una buena cantidad de pelo, pero rizado. Le llegaba hasta la mandíbula y me dio la impresión de que no estaba peinado en absoluto. Bajé las manos por su cara y una barba incipiente me arañó las yemas de los dedos. Su nariz resultó ser igual de larga que mi dedo índice, recta y un poco aguileña. Me topé con unos labios gruesos, los abrió al tocarlos.

– Tienes una boca más atractiva que la mía. Te odio – le dije.

– Sobre gustos no hay nada escrito.

– Es probable que me esté confundiendo con tu raza, te estoy imaginando de la misma que la mía desde el principio.

– Yo también, ya veremos qué pasa – Sentí su mano en mi cara, la alcé un poco para facilitarle el trabajo. Me dio un pellizco en la punta de la nariz, me pasó los dedos por las cejas bajo mi flequillo y cuando su pulgar me rozó los labios, se lo mordí suavemente – Me acabas de poner oficialmente cachondo – Me reí como una adolescente.

– Bueno, yo estoy caliente desde que me dijiste lo cerquísima que estabas.

– Deduzco que ya puedo soltarte lo que de verdad estoy pensando porque no vas a salir corriendo, ¿verdad?

– Ya veremos, a ver qué sale por esa boca…

Sus manos bajaron por mis hombros y acabaron en la parte baja de mi espalda, sin llegar a tocarme el culo. Al tener mis manos en su pecho, noté cómo se inclinaba hacia mí. Mis labios esperaron los suyos, cerré los ojos a pesar de estar envuelta por la oscuridad, deseando sentir su aliento en mi boca. Pero lo que sentí me puso el vello de punta. Su nariz rozó la fina piel de mi cuello hasta el lóbulo de mi oreja derecha, aspirando mi aroma. Dejó salir el aire en un único jadeo, apretando sus manos a mi cuerpo así como sus caderas. Me quería más cerca.

– Hueles mejor que un caramelito, te comía con envoltorio y todo – susurró su voz ronca en mi oído.

– El envoltorio está empapado, que lo sepas, ¿me han metido aquí con el rey de la seducción o qué?

– Vaya, gracias por el piropo – permaneció unos segundos en silencio, solo oliéndome y aplastándome contra él – Quiero besarte y apretar tu cuerpito entero con mis manos.

– Aprieta lo que quieras – Le cogí las manos y las llevé a donde sabía que él quería – Y besa lo que te apetezca.

– ¡No llevas sujetador! Me encantas, ¿dónde firmo para llevarte a casa? – Nos reímos juntos.

Sus manos cubrían mis pechos por completo, aunque tampoco es que fuese una tarea difícil. No los apretaba bruscamente, los acariciaba sobre la tela de mi camiseta. Tiré de la suya, mirando hacia arriba, buscando su boca como aquel que busca agua en el desierto. Me puse incluso de puntillas, con los ojos cerrados de nuevo, estremeciéndome cuando una de sus manos tiró de mi nuca hacia él. Sus labios vinieron de una manera menos ansiosa de la que me esperaba y al besarme tan despacio, me hizo desearle con más intensidad. Me tocaba delicadamente, me besaba como si estuviese hecha de algodón. Mis dedos se perdieron entre sus espesos rizos cuando su lengua comenzó a jugar con la mía. Solo quería sentirle, sentir, más y más y más intensamente.

Los diez minutos han concluido, por favor, vuelvan al punto de inicio y cúbranse los ojos de nuevo. Muchas gracias por su participación.

– Vaya hombre – susurró contra mi boca, dándome un apretón en el culo – Lástima que no lleves falda. Podría haber tocado un poco más.

– Los trajes sí me gustan Pero no me gusta llevar faldas – dije sin aliento.

– A mí tampoco.

– Eres idiota.

– Ojala pueda ser tu idiota.

– No me conoces. No lo suficiente.

– Tú a mí tampoco y no te siento soltarme. Nos van a multar, vete de una vez – Me besó.

– Vete tú – Le besé yo.

– Que se vayan ellos – Me apretujó mientras me reía y tras un beso en la mejilla se alejó – Encantadísimo de conocerte.

– Igualmente.

 

 

2

Al salir quise quitarme la venda corriendo pero me advirtieron que no abriese los ojos o me iba a molestar la luz. Al hacerlo tuve que pestañear, no podía abrirlos del todo. Me sentía como si hubiese estado durmiendo y me plantee que lo vivido hubiese sido un sueño. Uno muy real. Y muy húmedo. Me hicieron pasar a una habitación de muebles de diseño, aparentaban ser madera, pero no lo eran. Todo eran apariencias desde que entré allí, por lo visto. Sabía que él estaba en el otro lado del edificio y quise salir corriendo a buscarle. Una señora de casi mi misma edad pero mucho más alta se sentó frente a mí. Llevaba su larga melena rubia recogida en un moño y una sonrisa de oreja a oreja pintada en la cara. Se presentó y me presenté.

– Antes de empezar, déjeme darle las gracias por participar.

– Gracias a ustedes por la experiencia – Desde luego era para estar agradecida.

– Como sabrá, voy a proceder a hacerle una serie de preguntas. Por favor, conteste lo más sinceramente que pueda y con el primer sentimiento que recuerde – asentí y esperé a que pusiera sus papeles en orden – Bien, comencemos, ¿cómo se sintió al principio de la prueba?

– Inquieta, podría encontrarme cualquier cosa.

– ¿Qué efecto produjo en usted abrir los ojos en la oscuridad de la habitación sabiendo que estaba acompañada por un desconocido?

– Incomodidad, hacía mucho frío.

– ¿Se ha sentido violenta por la situación en algún momento?

– No, en absoluto.

– ¿Ha deseado en algún momento romper las reglas?

– Muchas veces. Las ganas de tocar a la otra persona son casi irresistibles – En este punto la señora sonrió.

– El otro individuo fue elegido de acuerdo a vuestras encuestas iniciales, ¿considera que la elección de compañero ha sido acertada por nuestra parte?

– Sí, sin lugar a dudas – Me mordí el labio deseando que fuese él quien lo hiciese.

– ¿Volvería a ver a esa persona?

– Por supuesto. Quisiera conocerle mejor.

– La voz encargada de dar las instrucciones una vez dentro de la sala, ¿qué efecto produjo en usted?

– Malo. Me fastidiaba mucho, me sacaba del buen ambiente en el que estaba.

– ¿Cree que habría sido diferente de tener la luz encendida?

– No estoy segura… probablemente sí. El ver a la otra persona, sus gestos y sus reacciones, además de su físico, creo que me daría más vergüenza.

– ¿Ha sido usted misma en todo momento?

– Por supuesto.

– ¿Se ha mostrado abierta a la otra persona en todo momento?

– No. Al principio desconfiaba mucho.

– ¿Considera que el tiempo establecido es suficiente, escaso o excesivo?

– Suficiente para saber si alguien te atrae o no pero escaso para conocer realmente todo lo que quisiera.

– ¿Está sorprendida con la manera en la que se ha desarrollado vuestra interacción?

– Sí, la verdad es que sí. Si me dijesen que en diez minutos iba a estar besando a un completo desconocido antes de hacer esto habría rechazado la idea de pleno.

– Tras esta experiencia, ¿Diría que el físico importa?

– No, ya me sentía muy atraída hacia él solo con su actitud. En realidad sigo sin saber cómo es realmente.

– Y finalmente, ¿valoraría esta experiencia como positiva o negativa?

– Positiva. Ha sido algo diferente. Pero no creo que volviese a hacerla porque ahora lo único que quiero es conocer a ese hombre.

– Muchas gracias por todo y por su excelente colaboración – Se levantó de la silla, dispuesta a darme la mano.

– ¿No va a decirme quién es él? ¿Su nombre? ¿Algo?

– Me temo que eso no es posible. Al firmar la confidencialidad se acordó no dar datos al otro sujeto.

– Vaya, bueno. Muchas gracias igualmente – Le di la mano y salí desanimada.

Pero me tomé mi tiempo en marcharme de allí. Caminaba despacio, intentando mirar dentro de todas las habitaciones que veía, buscando a un hombretón de pelo rizado. Al llegar a la salida, de camino hacia al autobús, le fui buscando por todas partes. No tuve suerte. Decepcionada, me marché a mi casa, a mi rutina aburrida sin desconocidos en la oscuridad. No podía exigir el nombre de ese tío por cuestiones legales y me tocaba mucho la moral, me habían dejado con la miel en los labios. Cené y me metí en la cama intentando no darle importancia. Fue una experiencia para contar, nada más. Pero no lo pude evitar, a oscuras de nuevo, pensé en él. Intentaba recordar su olor, su voz grave y esa manera descarada de decir las cosas sin cortarse un pelo. Sus manos en mi piel, su boca quemando la mía. Imaginé qué habría pasado si no nos hubiesen parado. Me imaginé a mí misma sacándole la polla dura de los pantalones, acariciándosela con la misma suavidad que me estaba acariciando el clítoris entre las sábanas de mi cama. Me mordí el labio y me pellizqué el pezón solo de imaginarme cómo debería sentirse que un hombre tan grande te follase contra una pared. Me empapé los dedos en un orgasmo que me hizo curvar tanto la espalda como los dedos de los pies, y me quedé dormida casi al instante.

Odiaba despertarme por dejarme el sonido en el teléfono encendido, así que contesté de malos modos. Mi mejor amiga quería verme y quería verme ya. También odiaba tener que salir nada más levantarme, así que le pedí al menos media hora para quedar en la cafetería de siempre. Sin prisas, me arreglé lo justo para estar decente y aun bostezando me puse en camino, con tranquilidad. Al llegar, ella ya estaba sentada, mirándome con expectación y tirando de mi brazo para que me sentase a su lado, hablando a toda velocidad.

– Ya te he pedido el té de siempre, cuéntame, ¿qué tal ayer? No pude llamarte porque estaba trabajando y sabes que salgo tarde, y le he estado dando vueltas al asunto y me mataba la curiosidad, ¿cómo era? ¿Qué te dijo? Seguramente le verás en la fi—

– ¡Para joder! Me acabo de despertar, más despacito.

– Vale, vale. Lo siento.

– Estuve a punto de quitarme de en medio en el último momento.

– ¿Y eso por qué?

– Porque no es nada agradable que te tapen los ojos y te metan en un sitio desconocido a oscuras, por eso. Me gustaría verte a ti en esa situación.

– Bueno, bueno, y a parte de ser terriblemente traumático – Mi amiga puso los ojos en blanco, yo me eché hacia atrás cuando el camarero me puso el té por delante – ¿Qué tal la otra persona?

– Pues yo que sé, bien – Me miraba esperando más – Un tío guay.

– ¿En qué sentido?

– Me gustaba su sentido del humor y era directo, decía lo que pensaba y sin cortarse. Ya sabes lo que me gusta una persona que diga lo que piensa, en fin…

– Qué escueta…

– Diez minutos no dan para mucho, qué quieres que te diga. Eso sí, me puso cachonda como una perra – dio una carcajada estruendosa.

– ¿En serio? – asentí – ¿Te metió mano?

– Y tanto. Una pena que no se me ocurriese hacer lo mismo.

– Bueno, bueno, esto promete, ¿algo que no te gustase?

– Mencionó varias veces a sus amigotes y me sonó como el típico que huye del compromiso, yo que sé. De todas maneras da igual, es una putada que no te dejen conocer a la otra persona. No le he visto en ningún momento.

– ¿Y eso por qué?

– Por un puerco acuerdo de confidencialidad que se firma al principio. Te dejan que te vayas a casa con el calentón y la curiosidad de la vida.

– ¿No sabes nada de la fiesta de esta noche? – La miré con desconfianza, no me gustaban las fiestas – La han organizado por Facebook, es un grupo de gente que ha participado en el evento y han quedado esta noche para conocer a su pareja.

– ¿¡Qué dices?!

– Ahora sí que quieres fiesta, ¿eh? Yo no puedo ir, para asistir tienes que presentar la copia del formulario – Al ver mi cara especificó – Para que nadie engañe a nadie.

– Bueno, es posible que no se haya enterado como yo, a lo mejor voy para nada.

– Pues te vuelves igual que vas, pero, ¿qué puedes perder si no te lanzas?

– En realidad nada, pero si ya me va a costar meterme en un sitio lleno de gente que no conozco imagina si lo hago sola.

– ¿Quieres conocerle o no?

– Sí, claro que quiero, pero—

– Pues si de verdad quieres te vas a meter en esa fiesta y vas a salir agarrada de su brazo.

– ¿Y si estuvo fingiendo toda la prueba? ¿Y si no me gusta lo que encuentro?

– Eso no lo vas a saber si no te arriesgas, ¿te vas a quedar con la duda? Los “Y si…” matan, te lo digo.

La miré beberse su café a sorbitos y quejarse de lo caliente que estaba mientras pensaba qué hacer. Odiaba las reuniones sociales. Me daba rabia incluso salir a la calle porque tarde o temprano iba a tener que interactuar con alguien, solo de pensar en meterme en un sitio con un mogollón de gente… y probablemente mirándome para saber si yo soy su compañera. Sin embargo, eran muchas las ganas de verle. De verle no solo con mi mente, también con mis ojos. Quería saber más de ese tipo, me daba curiosidad y me emocionaba la idea de encontrarle de nuevo. No pude quedarme a almorzar con mi amiga porque no hacía más que pensar en la fiesta de esa noche. Comí lo primero que vi en el frigorífico mirando la tele sin verla realmente. Me estuve probando ropa casi un cuarto de hora hasta que di con lo que iba a llevar. Estaba dispuesta a ducharme y a depilarme y cuando me miré en el espejo del baño, me lo pensé dos veces. A ese tío yo le había gustado sin verme. Ahora que me iba a ver – si es que le veía – no me parecía honesto ponerme de pintura y laca hasta las cejas. Lo dejé todo donde estaba y me quedé con todos y cada uno de mis pelos en las piernas e ingles. Me duché – una cosa era ser yo misma y otra ir apestando – me quité los enredos sin recogerme el pelo y descarté el traje que iba a ponerme. En su lugar escogí los vaqueros más cómodos que tenía, unas converse rojas y una camiseta de tirantas negra y simple. Me puse una chaqueta roja de cremallera y me marché.

Si pensaba que la fiesta iba a ser en un pub cualquiera estaba muy equivocada. Cuando llegué a la dirección que figuraba en el evento me encontré con un alto edificio de apartamentos. Si no hubiese visto un cartel que anunciaba que efectivamente era allí, me habría dado la vuelta en ese mismo momento. Haciendo de tripas corazón, me subí en el ascensor, por suerte sola. Pero cuando se abrieron las puertas el jaleo y las voces animadas me revolvieron las tripas. Se me escapó un ruidito lastimero y con las manos en los bolsillos me acerqué a donde guardaba un portero enorme. Le enseñé el papel y mi identificación, me miró, asintió y me deseó buena suerte. Nada más cruzar la puerta varios ojos se clavaron en mí, haciéndome sentir más incómoda que en toda mi existencia. Era consciente de la sonrisa tensa que se me había plantado en la cara y de que tenía que respirar más despacio o me iba a desmayar. Lo único que quería era sentarme en un sitio alejado, que mi grandullón apareciese y me sacase de allí. Pero como sabía que no iba a pasar empecé a buscar tipos altos de pelo rizado. Vi parejas que hablaban muy animadamente, otras que simplemente se miraban sonriendo, grupos de chicas que miraban a su alrededor buscando y tíos apoyados en una barra de la misma guisa. Pero ni un hombre que encajase con mi desconocido.

– Perdona – Me giré al sentir una mano en mi hombro – ¿Crees que puedes ser mi pareja?

– Ahm… – observé a ese tipo, altísimo y de hombros anchos, de ojos oscuros y penetrantes. Un poco inquietantes. Muy grandes. Su pelo estaba bajo una gorra – No lo sé…

– Así a primera vista eres lo que me pareció tocar.

– ¿Sí? – Su nariz me recordó mucho a la de Brad Pitt, igual de mona. Tenía la cara llena de pecas. Sus labios no eran tan gruesos como a mí me pareció.

– Tu pelo y tu altura son idénticos, háblame un poco más.

– No sé qué decir – No las tenía todas conmigo de que ese fuese mi pareja. Su voz no era tan grave y no terminaba de cuadrarme su actitud… – No estoy muy segura… ¿Puedes quitarte la gorra?

– Sí claro – Pelo rubio y corto. Este no era.

– No soy tu pareja, ¿has visto a algún tipo de más o menos tu altura pero con el pelo rizado?

– Nop. Y no veo a ninguna que se parezca a mi chica – dijo con disgusto – Excepto tú. No sé, si no lo encuentras… búscame de nuevo.

– Vale – Me alejé de él tan rápido como pude. No quería irme con cualquiera.

Seguí buscando durante casi dos horas en las que no vi nada parecido a lo que esperaba. Sin embargo, debíamos ser muchas las bajitas de pelo liso porque dos hombres más y una mujer me preguntaron si era su pareja. A todos les sonreí diciendo que no, totalmente segura de que no lo era, y todos me propusieron charlar de todos modos. Estaba claro que la mayoría de la gente que tenía a mí alrededor lo que quería era encontrar alguien con quien tener un rollo, fuese quien fuese. Y yo que odiaba ligar y salir y allí estaba, rodeada de gente. Cuando me pudo la frustración y el agobio de tener que estar pidiendo paso cada cinco minutos, me dejé caer en un sillón apartado. Miraría desde allí y si aparecía pues que apareciese. No me iba a calentar la cabeza. Me asombré al ver la hora que era y volví a decirle que no a un tipo bajito de pelo liso. Apoyé mis codos en mis rodillas y hundí la cara entre mis manos, refregándomela y alegrándome de no llevar maquillaje. La gente estaba arregladísima y yo fuera de lugar.

– Hola – Un hombre, alto y de mi misma raza se sentó ante mí – No tengo ni idea de si eres mi pareja pero estoy harto de dar vueltas y voy a sentarme, ¿te importa?

– No, no. Siéntate – Su pelo era corto, pero podía ver que fue rizado. Quizás se lo había cortado. Sus labios eran gruesos. La sombra de una barba recorría su mentón. Sus ojos oscuros me observaban con curiosidad. Cuadraba con él. Y además era guapo.

– ¿Llevas mucho aquí? – Llevaba un traje de chaqueta que parecía caro.

– Sí. Esto es una locura, no sé ni por qué he venido.

– Las ganas de ver a la otra persona, supongo – Su sonrisa era perfecta. Comencé a sonreír yo también. A mi espalda escuché movimiento y una chica pelirroja, de mi misma estatura y con el pelo de mi misma longitud pasó por mi lado murmurando: ¿Se ha creído que soy un perro oliéndome de esa manera? – Vaya gente rara hay por aquí – dijo mi acompañante con la misma sonrisa. Si era él, estaba mucho más apagado.

– Han hablado conmigo tíos de todo tipo. Y una mujer.

– Claro, eres bonita a pesar de no estar arreglada – No me gustó ese comentario, ese a pesar. Al final iba a ser todo una decepción, como me temía. Estaba incómoda. Volví a sentir movimiento en los butacones de la espalda y escuché a alguien decir: “Llevo una de hostias que no me siento las mejillas ya, cagoenlaputa”. Algo me saltó con fuerza en el estómago al escuchar esa risa. Volví un poco la cara y lejos, frente a mí, un tipo con pelo largo sonreía.

– Pues deja de olerle el pelo a las tías, que das un mal rollo increíble – Le dijo a alguien que me quedaba justo detrás. Ese melenudo me miró y me saludó. Le sonreí y me di la vuelta, agitada.

– ¿Estás bien? – Me preguntó Don Perfecto. Frunció el ceño justo cuando escuché que aspiraban a mi espalda.

Me volví despacio y me encontré con que, cerquísima de mi cara, tenía a un hombre con los ojos cerrados y husmeándome. Era mulato o tostado por el sol, no sabía decirlo, pero su piel era oscura y preciosa. En sus rizos espesos y despeinados había vetas rubias entre tanto castaño. No tenía la nariz muy grande, solo un poco larga y ligeramente aguileña en la punta. Miré la mano que apoyaba en el respaldo de la silla y se me abrió la boca al ver unos dedos larguísimos. Al volver a mirarle a los ojos casi me da un infarto. No pude evitar la sonrisita que se me escapó y el ‘toma ya’ susurrado. Mirarle a los ojos era como mirar un océano; no eran verdes pero tampoco azules. Y a pesar de ser claros era una mirada penetrante como pocas habían visto.

– Pues sí que no eras de mi misma raza, caramelito – Me llevé una mano a la boca. Era él sin duda alguna.

– ¿De verdad has ido oliéndole el pelo a todas? – cogió la butaca en peso y la puso a mi lado, ignorando por completo a mi acompañante y al suyo.

– Me ha llevado horas encontrarte y como esto está lleno de pitufas pensé que por el olor te encontraría antes.

– Pues menos mal que no hay ninguna con mi colonia y que se me parezca.

– Lo que huelo no es tu colonia, eres tú – Nos observábamos con detenimiento, sin decir nada – Eres la primera asiática con pecas que conozco.

– Y tú el primer mulato de ojos claros que veo en mi vida, ¿de verdad eres mecánico?

– Tú me dirás – Me tendió sus manos, estaban hechas polvo pero eran tan masculinas que tuve que tragar saliva. Las acaricié.

– No son manos de señorito, no.

– Tu amigo se ha ido – miré hacia el lado, ni me enteré de que se había largado – ¿De verdad me habías confundido con él?

– Era demasiado correcto para ser tú.

– ¿Qué significa eso? – Cuando se rio vi que tenía las paletas montadas. Era perfectamente imperfecto.

– Que tienes muy poca vergüenza, oliendo a tías por ahí. Normal que te peguen.

– La que no me pegase serías tú, eso lo tenía claro. Por cierto, ¿vas vestida igual que en la prueba? – observé lo que él llevaba y se parecía mucho a lo que llevaba yo pero en versión masculina.

– Casi, ¿te esperabas un trajecito pin-up?

– Sí, pero oye – Me puso la mano en la cintura, le puse la mía en el hombro – Que esto está muy bien. Hasta mejor. El día que te vea con un traje me va a dar una embolia porque me voy a quedar sin sangre en otra parte que no sea ahí abajo.

– ¿Tanta sangre necesitas? Uy, qué interesante.

– Cuando quieras descubrir el misterio me lo dic—

– Ahora – alzó las cejas, sonriente.

– ¿Al grano?

– Al grano, ya hablaremos que los dos sabemos que se nos da bien, ¿nos vamos?

Nos pusimos en pie y caminamos, empujando a gente, hasta la puerta de esa casa. Antes de salir le escuché reírse entre dientes y como tiraba de mi mano hacia una habitación a nuestra izquierda. Tenía las persianas bajadas y sin encender la luz, cerró la puerta con pestillo. Me reí al entender lo que estaba haciendo, no nos veíamos, pero tampoco nos hacía falta. Sus manos me sirvieron de asiento, la pared de respaldo, y todo su cuerpo mi reposabrazos. Mis pies no tocaban el suelo, por lo que le atrapé cerrando mis piernas alrededor de su cintura. Su boca fue directa a la mía, jadeando entre beso y beso, tan excitado como yo. Ahora no había voz, ni fuerza, que nos parase. Me quité la camiseta y le noté a él hacer lo mismo, presionando sus caderas con las mías para que no me moviese de donde estaba. Sus dedos subieron por mi nuca, liándose con mi pelo. Sus labios se plantaron en mi cuello, poniéndome los vellos de punta. Gemí suavemente a la par que un escalofrío me endurecía los pezones. Rocé con mis manos sus amplios hombros, sus brazos ligeramente torneados, su torso, más mullido que duro. Era ancho, era grande con respecto a mi tamaño, y solo esa diferencia me excitaba tanto que presioné su cintura con mis piernas, moviendo las caderas. Quería rozarme, quería sentirle y los pantalones me estorbaban. Sus manos volvieron a servirme de asiento cuando, dándose la vuelta, me dejó caer en una cama demasiado pequeña para los dos a no ser que uno estuviese sobre el otro. Me desabroché el sujetador, sintiendo mis pantalones y bragas bajar por mis piernas. Cuando acercó su cuerpo al mío, abrí el botón y bajé la cremallera de los suyos. Él mismo se los quitó, empujando la molesta tela con sus pies. Bajé la mano y me reí asombrada con lo que mis dedos apenas podían rodear.

– Yo no puedo con esto, soy muy estrecha – Le dije entre risas.

– No te preocupes, eso dicen todas – bromeó con voz seductora – Apuesto a que sí, que eres pequeña – sentí sus dedos meterse en mi boca y los lamí con ansias – Pero yo no soy un bruto.

– Aunque lo parezcas.

El aire se escapó entre mis labios y mi espalda se levantó ligeramente de la cama al sentir su índice y su anular hundirse entre la carne de mi entrepierna. Me acariciaba y me besaba la boca, las mejillas, el cuello, el pecho; por todas partes. Apenas me tocaba con las yemas de los dedos y respiraba con fuerza contra mi piel. De haber visto mi expresión al capturar mi clítoris con sus dedos me encontraría mordiéndome el labio con los ojos cerrados. Ese punto de mi cuerpo se volvió todo mi mundo y unos pocos monosílabos todo mi vocabulario. Desde la nuca hasta las puntas de los pies, un escalofrío me hizo retorcerme, expulsando el aire en un resoplido. Me corrí despacio, con la cabeza dejada caer hacia atrás en la almohada, sintiendo su lengua en mi cuello. Masajeó toda mi entrepierna con sus dedos empapados con mis fluidos, y suavemente deslizó uno en mi interior.

– Dobla la punta de los dedos haciaannnhhh…– apreté los dientes, a punto de gemir.

– Sé lo que tengo que hacer – murmuró. Sentí la sonrisa en mis labios – ¿Con quién te crees que estás tratando?

No tardé mucho más en volver a tener un orgasmo teniendo en cuenta que le escuchaba gemir en mi oído. Se masturbaba a la vez que me masturbaba a mí, no quería que parase pero las ganas de sentirle dentro estaban pudiendo conmigo. Bajé los dedos por su pecho, por su vello púbico, apartando su mano y rodeando su erección con la mía como podía. Me acercó sus caderas, sentándose en sus pies sin dejar de masturbarme. Noté su prepucio, no estaba operado. Noté lo caliente y dura que la tenía. Y noté como las ganas de que me follase eran insoportables. Aparté su otra mano y mojé su glande entre mis labios menores. Me agarró por los muslos, entrecortando sus gemidos graves, con los músculos de sus piernas en tensión. Le sentí empezar a entrar, enorme, haciendo presión en mi interior. Le oí susurrar algo pero su boca quedaba muy lejos de mi oído y lo único que llegué a escuchar con claridad fue “estrecha”. Apenas me había penetrado con algo más que su glande, se movía despacio, adaptando mi cuerpo al suyo. Me acarició el clítoris, arrancándome un gemido, intensificando la sensación de que iba a correrme de un momento a otro. Se tumbó sobre mi cuerpo y sus labios atraparon mis pezones, pequeños y erectos, tremendamente sensibles. No me dejaba cerrar las piernas, moviendo sus caderas en un vaivén cada vez más profundo.

– Déjame encima – Le empujé por los hombros y él, obediente, cambió posición conmigo.

– Ojala pudiese metértela entera – Me soltó justo antes de un beso tan profundo como lujurioso.

Sentí sus dedos abrirme los labios menores y su mano en mi trasero, obligándome a acercarme a él. Volví a meterla en mi interior y al bajar la mano, palpé que quedaban unos centímetros fuera de mi cuerpo. Ya me sentía llena. Me alejé de él y besé la suave y leve redondez de su barriga, sus ingles, sus testículos. Cuando empecé a lamer esa polla tan enorme me dio la impresión de que mi lengua nunca llegaba al glande. No me la iba a poder meter entera en la boca tampoco, simplemente era demasiado para mí. Pero no fue motivo suficiente para quitarme las ganas de follármelo que tenía. La apreté justo debajo de su glande y se la acaricié, metiéndomela despacio en la boca, lamiendo su frenillo, escuchándole gemir. Mi otra mano jugaba con sus testículos, acariciaba sus ingles, su pecho. Sus gemidos eran escandalosos, sus dedos se apretaban con fuerza a mi hombro y a mis cabellos. Me senté sobre él. Por más que quise no pude conseguir que me penetrase mucho más, me daba miedo el dolor. Sin embargo, el placer me inundaba, sus manos me apretaban y me acariciaban y su boca me pedía más. Me tumbé sobre él, moviendo únicamente mis caderas sobre las suyas, y al morderle el cuello me agarró del trasero. Grité cuando sus caderas chocaron con las mías, me dolió, pero menos de lo que esperaba. Estaba tan mojada que no fue más que un pinchazo justo bajo el ombligo en las cinco primeras embestidas. No reteníamos los gemidos, no podíamos evitar los temblores, nos comíamos a besos. Su miembro estimulaba absolutamente todos los puntos sensibles y mi clítoris se rozaba con su piel en cada embestida. Todo me excitaba, desde su olor, pasando por sus gemidos hasta los sonidos húmedos que nuestros sexos producían al encontrarse. Mis uñas se clavaron en su piel al sentir que un orgasmo descomunal me hacía gemir con una voz desconocida y al escucharme, gimió con fuerza contra mi cuello, doblado hacia adelante. Todo él era músculos tensos, los míos estaban flojos y mi interior recibía su esperma a pesar de no tener espacio donde albergarlo. Su cuerpo se deshizo bajo el mío, mientras yo estaba tumbada sobre el suyo. No tardó en hacerme cosquillas en la espalda, intentando respirar tanto como yo. Subí mi mano y acaricié su mejilla rasposa, alzando mi boca en busca de la suya. Me besó despacio, me abrazó con fuerza y sonrió ampliamente.

– Nota mental: para follarte hasta el fondo te tengo que poner caliente hasta que no puedas más.

– Me has hecho daño, pero te perdono porque ha sido solo un poco.

– Cuanto más folles conmigo más se te acostumbra el cuerpo.

– ¡Pero bueno! – exclamé pegándole – ¿No te importa que me duela?

– Después de ese último gemido que has dado a ti tampoco te importa.

– Vete a la mierda – Me reí con él. Llevaba razón.

– Oye, una cosa que quería preguntarte.

– Dime – dije suspirando.

– ¿Cómo te llamas? – Me reí suave al principio. Después termine a carcajadas sintiendo como su flácido miembro se escapaba de mi interior y como nos manchábamos de esperma las piernas.

– Qué asco.

– Menudo nombre – bromeó.

– Apúntate a un festival del humor, anda – Me volví a reír y volvió a pasar lo mismo – Me llamo Tracy.

– Matt – Le sentí estirarse hacia la mesita de noche y tuve que apretar los ojos cuando encendió la luz de una lamparita. Me sonreía con su atractiva boca y sus ojos verde claro – Encantado de conocerte.

– Igualmente.

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Ahora sí 🙂

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5 comentarios en “Blind Date

  1. EEEEEEEEEEEEH, ¡interesante! Al principio me he imaginado a quien me he imaginado por razones varias, así que la segunda parte ha sido algo “meeeeeeeeeh”.
    ANYWAY, muy guay!! al final fijo que inventarán alguna hostia así y todo xDDD

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  2. ohh que genial la mezcla! aunque antes de leerlo he visto una foto de los protagonistas sin querer :/. pero me ha gustado, sobre todo la parte del experimento muy curioso por cierto, para que despues digan que no puedes enamorarte solo de la forma de ser de la persona (sapiosexual). y me ha gustado mucho el contraste de los personajes lo hace mas interesante 🙂

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  3. Brutal Tifa *^* me dejaste con to la intriga cuando me contaste de que iba y ya acabáramos cuando empecé a leerlo jujujuju solo diré que esa fue otra noche de leer hasta las tantas xDDDD jujujuju

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  4. tambien me ha salido la foto antes de leerlo…pero ya con la imagen de el en mi cabeza…me la he pasado diciendo “mas genial no se puede…” he adorado a este hombre!!!! y la historia mucho mas!!!!!

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