Irezumi Princess

El personaje principal de esta historia es una chica con muy mal carácter, muy difícil de tratar, una tipa dura y un poco insoportable. Es hija de una persona importante en su entorno y lo que ve en casa, ha amoldado su personalidad.

Esta es ella.

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Es muy malota y muy guaposa ♥

El protagonista es todo lo contrario. Es dulce, es comprensivo y siempre trata a todos con respeto. Es el hijo modelo, el amigo ideal, el novio perfecto. Es hijo de dos empleados de un restaurante y su personalidad también está amoldada por lo que ve en casa.

Este es él.

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Estoy entre la ternura y el calentón que no me decido

La pregunta es ¿Cómo terminan estos dos relacionados si son la noche y el día? Pues leed y lo sabréis. Por cierto, para algunas de mis lectoras, el entorno de la protagonista principal va a ser una grata sorpresa.

Enjoy ^^

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1

El viento frío le revolvía la melena, le dolían las mejillas y los dedos, pero se sentía tan libre que se creía capaz de cualquier cosa. Aceleró un poco más cuando empezaba a escuchar las demás motos cada vez más lejanas; la suya era muchísimo mejor que las de sus amigas. Justo cuando se decidió a ir a una velocidad normal – no porque quisiese sino porque por esa zona ponían controles policiales – vio que un coche negro se ponía casi a su altura. Chasqueó la lengua y se adentró en un callejón por el que no le pudo seguir, ‘Siempre igual con esos cochazos enormes e inútiles’, pensó mientras frenaba.

– ¿Otra vez te han visto? – Una de sus amigas paró la moto a su lado.

– Sí, tendré que mentalizarme antes de meterme en casa.

– ¡Mándalos a tomar por culo! Mori-kun está deseando que te dejes meterte mano y tiene casa. Vete con él, no seas tonta.

– ¿Tú quieres que le maten o algo? Piensa antes de abrir la boca – Se quitó la chaqueta y se la dio a una de sus compañeras – Más vale que hoy no aparezca con esto puesto por casa.

– ¿Nos vemos mañana en clase? Hace tiempo que no nos pasamos, no sé, por hacer algo diferente.

– Ya veremos, no sé qué va a pasar cuando llegue. Dudo que mañana esté de humor para aguantar a esos niñatos.

                Arrancó la moto y fue hasta su casa a una velocidad más o menos normal. Y no fue hasta que se bajó de esta que no empezó a ponerse nerviosa. Adoraba a su padre, le quería más que a nada en el mundo, pero le temía tanto como le apreciaba. Su carácter era muy fuerte y probablemente ya le habrían dicho que la habían visto de nuevo con las chicas. Y encima con la chaqueta de la banda… Cruzó los dedos pensando en que ojala no estuviese esa noche en la casa aunque sabía que sería en vano. Nada más abrir la puerta se encontró con su primo de frente, saliendo del salón, mirándola y haciéndole gestos con las manos para que se fuese preparando. Estaba allí, le escuchaba hablar con su tío. Suspiró e intentó ir directamente hasta su habitación pero no le dio tiempo.

– Aiko – No le gritó, solo dijo su nombre. Pero el tono en el que lo hizo… en la calle era muy valiente, una chica dura. Nadie se atrevía a soplarle más por su apellido que por su carácter, que también era fuerte. Pero en su casa era otra historia. Se asomó al salón y vio a su padre mirándola enfadado y a su tío cruzado de brazos con la misma expresión – Sin casco y a toda velocidad por la ciudad, ¿quieres buscarme un problema o quieres matarte? – Su mirada fría era lo que más le asustaba, por eso intentó evitarla.

– Solo quiero hacer lo que me gusta.

– No con esa compañía – Le dedicó una mirada asesina a su tío, odiaba que insultasen a sus amigas, eran las únicas que la entendían. Las únicas que no se morían de miedo cuando la veían venir.

– No empecéis con lo mismo, ellas… – Su padre dio un golpe en la mesa.

– Me niego a que me hija sea una bosozoku, una motera sin control alguno ni respeto.

– No sé qué tiene de diferente con ser yakuza – Se le escapó el pensamiento en voz alta, haciendo que su padre resoplase ofendido y a su tío reír despectivamente.

– Cuando tengas un momento, me gustaría hablar contigo con tranquilidad, no tienes ni idea… no sabes lo que estás diciendo – Su tío suspiró al pasar por su lado, dándole con la mano en el hombro.

– Voy a hacer como el que no ha escuchado lo que acabas de decir. Y tú vas a empezar a comportarte como debes – Su padre la miraba directamente a los ojos, intimidando como solo él sabía – Mañana vas a ir a clase, y pasado, y el otro también. Hasta ahora te he dejado libertad porque tu madre y tu tía dicen que tú sola te enmendarás, pero ya he perdido la paciencia. Y he tenido mucha. No te quiero volver a ver con esa panda de drogadictas.

– ¡No se drogan! – Había aguantado todo su discurso, pero cuando le tocaba la moral no podía evitar saltar, por mucho miedo que tuviese – ¡Ellas son las únicas personas que me entienden!

– Sí, y van follándose a todo el que se le pone por delante con solo dieciséis años por dinero. No te convienen, son unas putas de mala muerte que se acuestan con viejos, ¡y no voy a consentir que tú hagas lo mismo!

– ¡¿Ahora es un problema si me acuesto con alguien mayor que yo?! ¿Aunque sea un tipo responsable, con trabajo y decente? ¡¡Te recuerdo que a mi edad, mi madre se dedicaba a follarte y tú no eres un ejemplo a seguir precisamente!! ¿¡En qué la convierte a ella entonces?! – Su padre le dio un bofetón, pero ella volvió la cara y le miró con rabia. Sintió una lágrima caerle por la mejilla golpeada.

– No vuelvas a insultar a tu madre. Nunca.

– No, si tengo claro que yo soy a la única que se le puede insultar – apretó los puños e intentó retener las lágrimas – Da igual de quién venga: de mis tíos, de Ken, incluso de Keiji que es de lo peorcito. Todos me podéis insultar porque me lo merezco, ¿no?

– Deja de actuar como una sinvergüenza y dejarán de tratarte como tal. Hay una cosa que se llama honor, y aunque tú lo hayas perdido no nos arrastres a los demás.

– ¿A eso se reduce todo? ¿Al honor del clan? Pues por mi parte le pueden ir dando por culo – Le dio otro bofetón, peor que el anterior y en la mejilla contraria, pero ella volvió a mirarle con rabia, esta vez llorando sin poder evitarlo.

– ¡Hiroshi! – Su madre apareció en la puerta del salón, acercándose a ella y poniéndose entre los dos.

– ¡Eso es todo lo que haces, pegarme y gritarme! ¡Me das órdenes sin parar, nunca me dices nada bueno! – Le gritó a su padre a pesar de que su madre intentaba tranquilizarla.

– ¡¡Porque nunca haces nada bueno!!

– Hiroshi, ya vale. No hables con la niña cuando estás en ese estado que luego te arrepientes de lo que sueltas por la boca. Vete y déjame con ella – Él la miró, resopló y pasó por su lado sin prestarle más atención. Su madre le pasó la mano suavemente por las mejillas irritadas, pero apartó la cara bruscamente. Se sentó con ella en el sofá – ¿Otra vez las motos?

– No quiero hablar del tema.

– Aiko, no voy a decirte lo que tienes que hacer. Eso lo sabes de sobra. Solo te pido que por favor tengas cuidado. No quiero perderte y en el mundo en el que te estás metiendo puedo perderte de muchas maneras diferentes.

– Ese es el problema, os creéis que me estoy metiendo en algo muy chungo cuando lo único que hago es darme una cuantas vueltas con la moto y nada más.

– ¿Y tus amigas? ¿Hacen ellas lo mismo?

– Claro… – No lo dijo con mucha convicción y su madre lo notó. Sospechaba que alguna de ellas estaba empezando a frecuentar sitios no muy agradables en los que se movía un material que no le gustaba en absoluto. Pero ella no era nadie para decirles lo que debían hacer. Y no lo hacían todos los días.

– ¿Podrías al menos intentar ir a clase? Intenta aprender algo. Hazte un futuro.

– Ya tengo un futuro, estamos forrados.

– No sabes si algún día el clan va a desaparecer por un motivo u otro. Ya te expliqué cómo iba esto, nada es seguro – Su madre le apretó las manos con ternura – Por favor cariño, hazlo por mí.

– Pero es que en clase todo el mundo me mira mal. Saben que soy la hija de un yakuza y que estoy rodeada de ellos las veinticuatro horas del día. Me insultan, me tienen miedo. ¡Incluso los profesores me tienen miedo!

– ¿Quieres que te cambie de instituto? No hay problema, puedes entrar en el mismo que están Ken y Makoto, ¿te acuerdas de él? Tiene tu edad – Su nombre le era familiar, pero no terminaba de acordarse de su cara ni de qué relación tenían – El hijo de Hana-san. Jugabais juntos de pequeños, estoy segura de que él te protegerá – Ya sabía quién era. Si su primo Ken era un chico excelente, Makoto era el hijo perfecto. Sacaba notas altas, era educado, era bueno y no daba problemas. Un aburrimiento.

– No necesito la protección de nadie.

– Lo único que quiero es lo mejor para ti, ya lo sabes – Le cogió la mano. No entendía cómo alguien tan sensible y empática como su madre estaba con un bruto como era su padre – Sé que quieres a tus amigas, y ellas seguro que te valoran mucho. Pero haz una cosa antes de acostarte hoy. Piensa a fondo si de verdad son tan amigas como crees.

– Claro que lo son – Su madre le sonrió levantando levemente una ceja.

– Piensa en qué harían ellas si tuvieras un problema, no uno de adolescente como por ejemplo que tu padre te ha pillado en la moto, uno de verdad. Y habla con Hiroshi, pídele perdón.

– Él también tiene que pedirme perdón – Respondió con cabezonería.

– Aunque no lo parezca, también quiere lo mejor para ti. Te quiere mucho.

– Y yo le quiero a él – Lloraba de nuevo sin poder evitarlo – Pero luego me dice esas cosas y me grita y…

– Sé cómo te sientes – Su madre la abrazó, riéndose – Sabes que le pierden las formas, igual que sabes en el fondo que lo que te digo es verdad. Eres su debilidad, lo que más quiere.

– Después de ti – suspiraba secándose las lágrimas mientras su madre le acariciaba el pelo, poniéndoselo tras las orejas.

– No estaría yo tan segura.

– No entiendo cómo has podido sacar el carácter de tu padre y la lágrima fácil de tu madre – Su tía Manami entró en el salón y agachándose junto a ella le cogió la otra mano. A pesar de tener cuarenta y tantos años era preciosa – Daisuke me ha dicho que estabas sacándole las uñas a tu padre y te encuentro llorando. Hazle caso a mamá, cámbiate de instituto y cambia de vida. No pierdas el contacto con tus amigas si no quieres, pero cambia de ambiente. Verás que te sienta bien.

– Mañana no vayas a clase, deja que me ocupe de darte de baja allí y buscar la manera de que te hagan un hueco en el otro instituto – Aiko asintió – ¿Has cenado? Si no come algo y cuando te acuestes piensa en lo que te he dicho.

                No había cenado pero igualmente se fue directa a su habitación porque tenía un melonpan allí guardado. Se puso el pijama suspirando, comiendo en la cama, molesta porque sentía los ojos cansados de llorar y le molestaban las mejillas. Odiaba pelearse con su padre porque siempre le decía las cosas demasiado claras, y dolía. Si tuviese la mitad del tacto de su madre no habría problema, pero siempre estaba imponiendo y exigiendo, como si ella fuera un miembro del clan.  Cuando se sentó en la cama escuchó que llamaban a la puerta.

– ¿Se puede? – Se asomó su tío Daisuke.

– Supongo que sí… – Se sentó a su lado y suspiró.

– ¿Te ha contado tu tía alguna vez por qué me dicen Waru?

– No, pero supongo que es por lo tipo duro que eres o algo así.

– No exactamente. Cuando tenía tu edad me gané esa reputación. Al principio solo eran las motos y unas chaquetas, era ser un poco rebelde. Pero de repente me vi envuelto en unos líos que no me gustaron nada.

– Sí, hasta el punto de ser yakuza.

– Tu padre me salvó de una vida que habría sido muy dura o muy corta. Aiko, te lo digo yo. Parece que no pero te terminan arrastrando y sé que crees que son las mejores personas que te vas a encontrar, pero no es así.

– Ya le he dicho a mi madre que voy a ir a un instituto nuevo. Dejad de darme sermones.

– ¡No son sermones, bakayaro! – Le gritó ofendido, haciendo que a ella se le escapara una sonrisita – Es la historia de mi vida, ¿no te interesa?

– Vete ya a la cama – Aiko le dio un empujón para que se levantase – Tengo sueño.

– Vale, pero habla con tu padre.

– ¡Que sí! – Su tío le sonrió, le dio las buenas noches y le apagó la luz antes de salir.

Se paró a pensar en sus amigas, como le dijo su madre. Las conoció en el instituto y al principio apenas se hablaban, pero fue en el momento en el que descubrieron quien era realmente que empezaron a acercarse. Estaban fascinadas, siempre querían saber cosas de ella y cuanto más la integraban en su grupo más se alejaba de las personas ‘normales’. Por un motivo u otro, las cuatro chicas de su grupo – ella incluida – eran marginadas por el resto de la clase. Y como no paraban de dedicarles insultos tuvieron que defenderse. Aiko fue la primera en mostrar su lado agresivo, solo tuvo que imitar lo que veía en casa y las demás no tardaron en seguir su ejemplo. Su tío le compró la moto al cumplir 16 y sus amigas la imitaron de nuevo, formando la banda que tenían ahora. Ni siquiera los chicos se atrevían con ellas, y se sentía orgullosa de lo que tenía.

              Pero también era verdad que últimamente dos de las chicas se ausentaban en sus quedadas y cuando aparecían se mostraban siempre cansadas y con caras de estar colocadas de vaya usted a saber qué. Y lo que le dijo su padre… sí que se acostaban con hombres por dinero, pero no Akiko, a ella no le hacía falta. Sí, había tenido relaciones sexuales, pero fue con un chico cualquiera que supuestamente le iba a querer para siempre aunque se olvidó de ella nada más sacársela. Suspiró y se dio la vuelta en la cama, mirando cómo se mecía el árbol de Sakura (en ese momento sin flores) que veía desde su ventana e intentando alejar malos pensamientos. No quería, pero no le quedaba más remedio que hacer cambios en su vida. Como casi todas las mañanas se despertó dando un respingo porque su madre le abrió la puerta del cuarto de malas maneras. Sabía que no lo hacía con mala intención, pero no podía evitar ser escandalosa.

– Mamá, es tempranísimo… – protestó al escucharla hacer un ruido horrible con una bolsa de plástico

– Son casi las doce de la mañana. Creo que está bien para levantase – Se inclinó sobre ella y le dio un apretoncito cariñoso en el brazo – Vente anda, te preparo el desayuno.

– Voooooy… – Se sentó en el filo de la cama mirando a su madre sacar de un plástico un uniforme nuevo y ponerlo en la percha – Eso puedo hacerlo yo.

– Lo sé, pero yo lo hago mejor.

Le sonrió y salió de la habitación. Aiko se estiró, fue al baño y después a la cocina, cruzándose con su primo Ken que iba con unos apuntes en la mano. Le daba rabia que siempre estuviese estudiando, era un exagerado, aunque probablemente era el único amigo masculino que tenía. Bostezando fue a entrar en la cocina justo cuando su padre iba a entrar también. Se quedó mirándola y, al ver que ella hacía lo mismo, sonrió levantando las cejas.

– ¿Me dejas pasar o qué? – Le dijo a su padre, que le puso una mano en la cabeza y le besó el pelo.

– Buenos días – Le vio entrar en la cocina y dirigirse a su madre. Como sabía lo que iba a pasar apartó la mirada sentándose en la mesa de la cocina – Me voy, esta noche estoy de vuelta.

– Ve con cuidado – Incómoda, Aiko pasaba el dedo por los dibujos del mantel mientras escuchaba como sus padres se besuqueaban. No tenían respeto alguno por quien pudiera verles. Lo peor era cuando se comportaban tal cual en la calle.

– Oe – miró hacia adelante y vio a su padre en la puerta – Cuidadito con lo que haces.

                Aiko puso los ojos en blanco, haciendo reír a su madre. Tenía suerte, sabía que para vivir en un entorno yakuza no le tocaba ver demasiada violencia excepto los días que su padre llegaba cabreado o muy borracho. En esos momentos se volvía el yakuza que era y no tenía cuidado ni en lo que decía ni a quién se lo decía. Por suerte no era excesivamente violento con su familia, pero con el resto de sus subordinados era otra historia.

– Hoy vamos a ir a tu instituto nuevo – Aiko miró a su madre con cara de terror – No vas a ir a clase aún, pero quiero que te hagas con el camino y con el lugar porque mañana empiezas.

– ¿Se puede saber cómo has conseguido que me cambien con esa rapidez?

– Tu madre tiene sus trucos – ‘Sí, apellidarte Tukusama’ pensó Aiko. Con su apellido conseguía casi lo que le daba la gana. Sobre todo espantar a personas normales. Y mira que tenía cara de muñequita pero cuando se ponía seria…

– ¿Tengo que ir obligada?

– Sí. Al menos si quieres tu moto de vuelta.

– ¿¡Cómo?! – Aiko pensó que había malinterpretado sus palabras, pero se lo confirmó.

– Tu padre se ha llevado tu moto y no piensa devolvértela hasta que no vea cambios – Al ver que su hija le iba a replicar la paró con un gesto de la mano – Conmigo no lo pagues, no tengo la culpa.

                Y llevaba razón, pero eso no hacía que tuviese menos ganas de gritarle y de tirar la mesa por los aires. Se comió el desayuno sintiendo como la rabia la volvía loca e intentando no ser muy brusca con su madre. Tras vestirse, esperó completamente enfurruñada y desganada.

– ¿Y esa cara? – Su primo Ken la miraba sonriente plantado en la puerta de su habitación

– Tengo que ir a un instituto nuevo y no tengo ganas, ¿qué haces aquí?

– Me he quedado estudiando, pero oye, ¿y eso de cambiarte? ¿Es tu castigo por lo de las motos?

– No, imbécil. Me han quitado la moto directamente – Ken se encogió de hombros.

– Mejor para ti – Aiko creía que se lo cargaba allí mismo – Oye, este fin de semana es mi cumpleaños y le he dicho a mi madre de celebrarlo aquí. Me ha dicho que sí, así que espero que por lo menos socialices un poco.

– ¿Te estás quedando conmigo? ¿Qué hago yo hablando con los súper inteligentes y guays de tus amigos? Seguro que es un aburrimiento de fiesta.

– También viene Makoto, a ese sí le conoces.

– Hace años que no le veo, como si no le conociese…

– ¡Aiko, vámonos! – Su madre la llamaba desde la puerta de la calle.

                Hizo un puchero y su primo la abrazó por los hombros, intentando que se alegrase. Aunque le criticase tanto, era un chico increíble. Era buena persona y de los primeros de su clase. Y lo que a ella le parecía más raro es que no iba escondiendo su apellido, estaba orgulloso de permanecer a la familia que pertenecía. Cuando se montaba en el coche vio venir a su tío Keiji con la chaqueta en la mano y una camisa de botones medio abierta con un estampado floral un tanto difícil de mirar. Alzó la vista de su teléfono móvil para sonreírles. Se comió a su madre con los ojos como siempre hacía, algo que a Aiko no le gustaba nada pero tampoco podía evitar. Era un personaje curioso su tío…

                Apenas tardaron en llegar al instituto. Era más grande que el anterior pero menos cuidado. Obviamente era público y en cierta manera se alegró de no tener que aguantar a niñatas pijas. Quizás le iba algo mejor por allí. Fueron a hablar con el director, su madre se aseguró de que ella fuese a tener un buen trato por todos los profesores. Como ella decía ‘no son advertencias, son solo consejos’. El problema era que o seguían los consejos o su padre se presentaba allí metiéndole miedo hasta a las plantas. Cuando se iban, los estudiantes salieron a desayunar y la miraban con curiosidad. Justo al salir su madre se paró en seco.

– ¡¿Kotaro?! – Un hombre de rostro agradable, alto y fuerte la miró. Se le dibujó una sonrisa enorme.

– ¡Ayame-chan! ¡Qué de tiempo! – Ante la sorpresa de Aiko, se dieron un abrazo – Siento muchísimo haber perdido el contacto. No tengo perdón…

– No te preocupes, aquí cada uno tenemos nuestras vidas y te conviene estar alejado de la mía, ya lo sabes, ¿qué haces aquí?

– Soy profesor de educación física, ¿y a ti qué te trae por un instituto? Sería en el último sitio en el que te esperaría ver.

– Ella – dijo poniéndole a Aiko una mano en la espalda.

– Si no lo veo no lo creo, ¡la última vez que te vi eras una enana y ahora eres una mujer!

– Lo siento, pero no me acuerdo de ti – Le dijo ella mirando a su madre y esperando una respuesta.

– Tiene tu cara Ayame – Le incomodó que analizara su rostro de esa manera. Tenía una narizota muy rara – Pero los ojos de Hyo.

– También su carácter – Aiko suspiró un poco desesperada.

Odiaba que hablasen de ella como si no estuviera presente. Se llevaron charlando lo que a Aiko le parecieron horas, así que mientras se dedicó a mirar por la ventana a los estudiantes jugar al fútbol y hacer cosas de niñatos. En una esquina vio a un chico leyendo solo, pero un grupo de niñas le miraban desde una distancia prudente. Nunca iba a entender a la gente de su edad.

– Oye, el sábado es el cumpleaños de Ken, el chico de Manami. Vente con tu mujer.

– ¿A tu casa? Bueno, hace mucho que no vamos. No sé si a ella le va a hacer gracia la idea pero intentaré convencerla. Pues nada, Aiko, nos veremos pronto por aquí – Ella le sonrió, deseando irse a su casa. Una vez en el coche le tuvo que preguntar.

– ¿Quién era ese? Te trata con demasiado afecto.

– Es Kotaro, un amigo de cuando iba al instituto. Se tragó prácticamente todas las lágrimas que tu padre me hizo llorar al principio de conocerle.

– Pues tiene el cielo ganado…

Aiko sabía la historia de sus padres, se la habían contado desde varias versiones diferentes: Su padre decía que su madre era una llorona exagerada y demasiado sentimental; Su madre decía que su padre era un bruto sin empatía alguna, (cosa que en cierta manera seguía siendo por lo que su versión era la más fiable; y sus tíos decían que no paraban de follar, que era todo sexo y que por eso ella nació tan guapa. La verdad es que lo de sus tíos sí que era todo sexo. Les había pillado más de una vez y les había escuchado tantas veces que había perdido la cuenta. Y muchas veces no estaban ellos dos solos. La conclusión que ella sacaba es que jamás se iba a enamorar de un yakuza.

– Sigo sin entender cómo aguantaste todo eso, no tenías por qué.

– Me aportaba más bien que mal aunque no lo pareciese. Cuando te enamores, si lo haces, lo entenderás.

– Es que no sé qué le viste – Su madre alzó una ceja con una sonrisa juguetona.

– Si hubieses conocido a tu padre con veintisiete años me darías la razón.

– No podía ser tan guapo – su madre se rio.

– No es solo eso. Me enganché a su físico y al conseguir derrumbarle esa fachada de tipo duro que tiene me terminé de enamorar. Era un hombre que, teniendo diecisiete años y siendo tan pava como yo era, te conquistaba quisieras o no. Esa actitud tan segura y esa manera de mirar… sus ojos negros y su poca vergüenza te dejaban sin argumentos – Su madre divagó unos segundos, mordiéndose el labio – En realidad sigue siendo igual. Me sigo sintiendo igual.

– ¿Y no te preocupa que se líe con otras por ahí?

– No le hace falta. Lo que necesita lo tiene en casa.

– Que segura estás – Su madre asintió dándole golpecitos en la pierna.

– El día que tu padre me niegue algo sexual empezaré a sospechar.

– ¡No necesito esa información, mamá!

                Su madre se rio, pero a ella no le hacía ninguna gracia. Los padres de las chicas de su edad no hacían lo que hacían los suyos y menos de manera tan pública. No tenían tapujos.  Cuando llegaron Manami había hecho de comer. Daba gracias de que el día siguiente fuera viernes porque no quería ir a clase. No se trataba de que fuese algo totalmente nuevo, que lo era, sino que temía volver a sentirse rechazada por todos. Al menos en su antiguo instituto contaba con sus amigas. Esa noche, cuando estaba en la cama, llamó una de ellas y Aiko lo cogió de inmediato.

– ¡¿Se puede saber dónde estás?!

– En mi casa – escuchaba el jaleo de fondo – ¿Dónde estáis? ¿De fiesta?

– ¡Sí! – En ese momento se sintió fatal, excluida. No entendía por qué no la habían llamado y se preguntó cuántas fiestas se había perdido. Entonces cayó en la cuenta; siempre era ella la que llamaba para salir, nunca al revés – Ha habido una pelea, Rin y Saki están arrestadas – Aiko se sentó en la cama susurrando un “qué” sorprendido – Vinieron unas zorras de otra banda y… Aiko necesitamos que pagues la fianza, sus padres no pueden enterarse de—

– No puedo hacer eso – apretó las sábanas de pura rabia – ¿Me llamas solo porque necesitas dinero? ¿¡Para que os solucione un puto problema que ni me va ni me viene?! – En ese momento escuchó la puerta de la calle – ¡Te vas a quedar esperando!

– Pero Aiko—

– Habéis salido sin mí, ¡no os habéis molestado en avisarme de que hoy había fiesta!

– Pensamos que tu papaito te habría castigado. Además, estamos con gente de otro rollo, sería demasiado para ti.

– ¡¡Vete a la puta mierda, desgraciada!! – colgó el teléfono y lo dejó en la mesa de noche con rabia. Respiraba agitada cuando vio a su padre asomarse por la puerta del cuarto.

– ¿Qué coño pasa? – Aiko le miró sintiendo cómo la furia se desvanecía suplantada por preocupación. Su padre tenía la camisa blanca de botones arremangada, lo que dejaba al aire heridas y cortes largos y profundos en los brazos que destrozaron, una vez más, sus tatuajes. Una de sus cejas también tenía una herida muy fea y su labio inferior tenía un golpe. Y lo peor, su camisa estaba teñida de multitud de manchas rojizas. Un rojo oscuro que ya había visto antes.

– Papá… – le señaló la ropa.

– Ah – Se miró como si nada – No es mío – Aiko suspiró aliviada. Para otra persona podría resultar raro que ese comentario produjese alivio, pero teniendo en cuenta en las movidas que se metía su padre, eso era igual que nada. Se sentó en el borde de su cama – ¿A quién le gritabas?

– A nadie – frunció el ceño, ella suspiró y le apartó la mirada porque le fastidiaba tremendamente lo que iba a decir – Mis amigas, o lo que sean, me estaban usando. Llevabas razón, son unas zorras, ¿contento?

– No – Aiko le miró sorprendida – No me alegra verte así. Me dan ganas de ir tal y como estoy a darles un susto a esas—

– No te preocupes, la mitad están ya en la cárcel – Su padre le dedicó una mirada que no podía significar otra cosa que no fuese “te lo dije”

– Cuanto antes te las quites de encima mejor. Intenta relacionarte con personas normales, no con escoria – La chica apretó los labios, rabiosa y triste al mismo tiempo – Suficiente ves por tu casa.

– Papá, tú no eres escoria – Le miró sobresaltada, no le gustaba que se llamase a sí mismo de esa manera.

– Eso díselo al resto de la sociedad – Le dio con un dedo en la mejilla y se levantó – Duerme bien, mañana intenta no destacar demasiado – Se quejó un poco pero sonrió al ver la sonrisa de su padre. Esperaba que con el cambio de instituto también tuviese un cambio de vida. Pensó que las cosas no le podían ir peor que antes, y con esa esperanza de mejoría se quedó dormida.

 

 

2

                Arrastraba los pies camino a su nueva escuela. La falda del uniforme era demasiado corta para su gusto y la chaqueta tenía los bolsillos demasiado altos para meter las manos con comodidad. Ajustó la correa de la cartera en la que llevaba los libros y bostezó por décima vez en lo que llevaba de camino. A partir de cierto tramo se empezó a encontrar a gente con su mismo uniforme, todos en grupo, muy amigos unos de otros. Y todos cuchicheando cuando la veían. Se recordó a sí misma las palabras de su padre cuando les echó una mirada asesina a unas chicas. No podía llamar la atención si quería vivir tranquila. En la puerta del centro vio como el hombre que habló con su madre el día anterior la saludaba efusivamente.

– ¡Aiko-chan, bienvenida! Ven conmigo que te llevo a tu clase – era todo sonrisas, vitalidad y energía. Se cansaba solo de mirarle – Seguro que no te acuerdas de mi nombre, ¿A que no?

– No, lo siento.

– Takahashi sensei, para servirte siempre que pueda. Fuera de aquí puedes llamarme Kotaro pero en el instituto llámame como los demás o van a sospechar que tengo debilidad por ti – Se rio solo –  Soy el único profesor de educación física y también entreno a los chicos y chicas del equipo de atletismo, ¿te gusta correr?

– No especialmente – Hablaba demasiado, la estaba sacando de quicio.

– Bueno, ya encontrarás un club que te guste.

– No quiero que me presenten delante de todos – Se paró delante de la puerta de la clase – Me niego.

– Sin problemas, pasa por aquí – No había apenas gente dentro, tampoco se atrevía a levantar la vista – Tanaka-san, acompáñala a su asiento.

– ¿Eh? ¿Una chica nueva? – Escuchó al fondo del aula. Un chico se le acercó y al levantar la vista se encontró con unos ojos familiares.

– Ah, Makoto-kun, hola – Se sintió un poco aliviada al ver a un conocido.

– Veo que os conocéis, pues nada, aquí te dejo, ¡que tengas un buen primer día! – Se despidieron de su profesor y se miraron.

– No te alegres tanto de verme Aiko-chan – Bromeó, riéndose de su cara – Tienes sueño, ¿eh?

– No, soy así. Lo siento si no te gusta.

– Vale, vale. No me muerdas – No paraba de reírse de ella y se estaba empezando a sentir irritada. La llevó a un pupitre en medio de la clase. Puso mala cara y negó con la cabeza.

– Ni de coña – Murmuró. Se acercó a un pupitre solitario junto a la ventana y sacó las cosas del cajón, llevándolas a la mesa del centro.

– ¿Qué haces? No puedes hacer eso…

– Impídemelo – Se sentó donde ella quería y se quedó mirándole. El chico la miró confuso, cruzándose de brazos.

– ¿De verdad quieres tener problemas el primer día?

– No, ¿vas a dármelos tú?

– No, pero la persona que lleva sentándose ahí desde principio de curso puede ser que sí.

– Bueno, pues si tiene problemas ya me lo dirá. Gracias por tu interés – A pesar de que ella miró por la ventana le sentía de pie a su lado. Y no se marchaba – ¿Qué quieres? – preguntó mirándole exasperada.

– No eres como te recuerdo…

– Y menos mal, porque parecer que tengo siete años cuando tengo diecisiete es un problema – miró sobre el hombro del chico a un grupo de compañeras de clase que los observaban con curiosidad – Aunque a algunas les parece bien por lo que veo. Si no fuera por las tetas juraría que son de primaria las muñequitas esas…

– Me has malinterpretado, lo que quiero decir es que estás preciosa – No pudo evitar resoplar.

– ¿¡Qué cojones dices?! – Makoto miró alrededor, temeroso de que un profesor hubiese escuchado su manera de hablar – Cállate la boca y siéntate en tu sitio.

– Vale, vale – Se sentó justo delante de la chica sin dejar de sonreír – No te gustan los halagos, lo pillo – Le guiñó el ojo.

– ¿¡Quieres que te reviente o qué te pasa imbécil?! – dio una carcajada y se dio la vuelta.

              Miró por la ventana intentando calmarse, pasándose las manos por la cara. No entendía por qué estaba tan enfadada con él. No le había dicho nada malo, más bien lo contrario. Pero no era ni el momento ni el lugar, el primer día de clase eso no se hacía por mucha amistad que hubiesen tenido en el pasado. Además, viendo como era seguro que se trataba de una táctica que usaba para ligárselas a todas. Miró hacia adelante y se encontró con su nuca. Su pelo abundante brillaba más que el suyo propio y por encima de su hombro vio como sacaba su material con unos dedos largos. Manos grandes, siempre le habían gustado. Una afición que compartía con su madre era buscar al hombre con las manos más bonitas del programa de televisión que estuviesen viendo, hasta ahí llegaba su fetichismo. Además era alto, muy alto. Se enfadó consigo misma al darse cuenta de lo que estaba pensando y a dónde podrían llevar ese tipo de ideas. Ni siquiera habían terminado de cruzar unas palabras y ya estaba pensando tonterías. Por esto no le gustaba el instituto, terminaba haciendo estupideces propias de esas niñatas que ella tanto odiaba.

– Tanaka-saaaan – La voz cantarina de una de ellas hizo que mirara al frente de nuevo. Se sobresaltó al ver un grupo de chicas delante de Makoto – ¿Quién es esa? – preguntaron en susurros mirándola de reojo.

– Una amiga de la infancia, Aiko-chan.

– Tukusama-san para vosotras – Sin querer, hizo que dieran un ridículo saltito. No podía espantarlas, tenía que comportarse, pero le estaba suponiendo un reto. Intentó sonreír a pesar de todo.

                En ese mismo instante se dio cuenta que hacer amigos no era la suyo. En absoluto. Y no es que necesitara corroborarlo porque en su antiguo colegio le pasó casi lo mismo. Estaba segura que el problema no era ella sino la gente, que a rasgos generales era molesta. Y prescindible.

– Eh, chica rápida ¿Dónde vas? – Makoto la agarró del brazo cuando se alejaba del barullo de clase con su bento  a la hora del almuerzo. Nadie había tenido el valor de reivindicar donde se había sentado.

– A comer tranquila – Espetó de mal humor. Por culpa de ese piropo tan fuera de lugar ahora se sentía incómoda a su lado.

– Voy contigo – Aiko chasqueó la lengua – ¿Tan mal te caigo?

– No me caes mal – No paraba de mirarla inclinado hacia adelante mientras andaban – Es que eres un coñazo.

– Ah, que alivio, ya creía que ibas a sacarme la katana y—

– ¡No hables de ese tema delante de la gente gilipollas! – Le soltó entre dientes cogiéndole por el cuello de la camisa. El chico alzó las manos con una sonrisa.

– ¿De qué tema?

– ¡Ya sabes de qué tema, no te hagas el tonto! – La miraba alzando una ceja y sin dejar de sonreír, no le intimidaba en absoluto, lo cual era exasperante. Y por alguna extraña, ridícula y molesta razón, a ella le ponía nerviosa mirar directamente a los ojos de ese mojigato.

– Me vas a tener que dar pistas, Aiko-chan.

– Una patada en los cojones es lo que te voy a tener que dar – Le soltó siguiendo su camino. La gente los miraba. Ya había llamado la atención.

– ¿Cómo puedes ser tan malhablada? – Le preguntó entre risas.

– Mira, ven si quieres porque tampoco es que pueda evitarlo, pero cállate.

                Hizo un gesto con los dedos simulando a tener una cremallera cerrada ante los labios. Se sentaron en el lugar más apartado que vio de todo el colegio, en el piso de arriba y rodeados de mobiliario desordenado. Su madre – probablemente su tía porque estaba presentado de una manera muy bonita – le había llenado el bento demasiado. Miró al de Makoto, decorado con corazoncitos de alga y ositos hechos de arroz y supo inmediatamente que eso no era cosa de una madre.

– ¿Tienes novia y me acosas? – Le preguntó señalando el bento. Negó con la cabeza señalándose los labios – Habla, no seas imbécil.

– No tengo novia, las chicas se turnan para darme un bento todos los días.

– Joder, qué bien te lo montas, ¿y saben ellas que pasas de sus caras?

– Desconozco lo que saben. Lo que yo sé es que Saya-chan cocina de muerte.

– Y las tendrás a todas detrás a pesar de todo… – asintió, tan tranquilo.

– Mañana voy a tu casa – soltó alegremente.

– Ya me lo dijo Ken-chan.

– Me da la impresión de que a mi madre no le hace ninguna gracia, no sé cómo puede tener un mal concepto de tu primo.

– No es por mi primo, atontao – La miró sin entender – ¿De verdad no te lo han dicho?

– ¿El qué? – Negó con la cabeza.

– Ya te darás cuenta.

                No hablaron mucho más y tampoco es que lo necesitasen. Ella desde luego no tenía ganas ningunas de contarle su vida a nadie por muy amigos que hubiesen sido en el pasado. Y él simplemente estaba ahí. No sabía si era porque su madre se lo había pedido pero no la dejaba un momento sola. Vio a su primo solo una vez, pero estaba tan cargado de libros que apenas se paró a hablarle. Llegó a pensar que Makoto la estaba vigilando. Se despidió de él camino a su casa y le tuvo que parar cuando le sugirió acompañarla. Pero por lo visto iba en su misma dirección, así que tampoco pudo hacer mucho. Se le veía feliz, con esa expresión tranquila en sus ojos que le caracterizaba desde que era pequeño. Parecía que vivía en su propio mundo y que nadie podía alterar su felicidad interna. Pero no entendía sus intenciones, y no le gustaba que le mostrase tanto afecto sin saber cómo era ella realmente. Porque de saberlo estaba segura que habría mantenido las distancias. Llamó a casa para decir que comía en el bar de los abuelos, se le apetecía muchísimo un plato de udón y además, allí nunca veía malas caras. Y con un poquito de suerte en vez de Hana estaba el camarero guapo. Le sacaba casi veinte años pero estaba tremendo.

– Hasta luego – Se despidió ella metiéndose en el bar. Y parándose al ver que entraba detrás – ¿Qué haces?

– ¿Almorzar? – preguntó como si fuese lo más evidente.

– ¿Y tiene que ser aquí? – asintió señalando al frente.

– Sí, porque me sale gratis. Mis padres trabajan aquí.

– Cómo que tus padres trabajan aquí ¿Hana es tu madre? – asintió de nuevo.

– Y Jiro mi padre – señaló al frente. Ahí estaba su camarero buenorro con una sonrisa para los dos.

– ¡Sí hombre! – Jiro se les acercó. Ahora que se fijaba tenían los mismos ojos.

– ¡Hey, Aiko! Qué de tiempo sin pasarte por aquí, oye, ese uniforme…

– Está en mi clase – Makoto parecía orgulloso.

– ¡Aiko chan! – Su abuela salió de detrás del mostrador andando despacito pero con alegría en los ojos. Le encantaba estar con ella porque desconectaba por completo de lo que tenía que aguantar en casa – Mi niña bonita, ¿qué tal el cole?

– Instituto abuela, y bueno, igual de aburrido que siempre, ¿me haces mi favorito?

– Tengo un poco preparado, ahora mismo te aparto. Dame eso, te lo guardo – Le dio su cartera y la chaqueta del uniforme y se sentó en la barra – ¿Cómo está tu madre?

– Bien, como siempre. Ahora dice que se quiere teñir porque le están saliendo canas y papá se ha puesto histérico.

– ¿Y cuándo no está ese hombre alterado? – Se rio porque era verdad. Apreciaba claramente que sus abuelos no terminaban de aceptarle y no podía decirles nada. Era de una lógica aplastante.

– No sabía que era de tu familia – Makoto se sentó a mi lado – Otro para mí, obaa-san.

– Lo que me extraña es que no hayáis coincidido nunca con la de veces que venís los dos – Les comentó Jiro fumándose un cigarro y hablándoles desde la puerta del callejón de atrás. Estaba tremendísimo, siempre le salía la risa tonta con él en los momentos menos oportunos. Como ese, por ejemplo.

– De todas maneras ahora nos vamos a ver todos los días, ¿Verdad Ai-chan? – Le puso una mano en el hombro. La chica le miró con el ceño fruncido.

– Suelta. Y ese Ai-chan te lo metes por el culo – El padre y el hijo se rieron a la vez.

– Eres igualita que Hiroshi-san – dijo Jiro entre risas.

– Me alegro – Se apresuró a contestarle.

– Ya podrías ser más como tu madre – Le dijo su abuela poniéndole la comida por delante. Tan pronto tuvo el bol en las manos empezó a engullir. Era su comida favorita – Esa actitud no te ayudará nada a encontrar novio.

– No quiero novio, no me hace falta – hizo un ruidito que daba a entender que no se lo creía.

– Eso decía tu madre y le faltó tiempo para mudarse con el impresentable de tu padre. Lo único que espero es que tú tengas más cabeza.

– Tranquila, ya se enamorará de mí – Makoto le hizo atragantarse con un trozo de carne mientras la abuela susurraba “aaah, ya veo”

– ¿¡Pero de qué vas?! – Le miraba inocente como un corderito.

– Va a pasar, ya verás – Le dio un sorbo al caldo del udón – ¡Qué bueno!

– A ver si te va a pasar al revés… – Le insinuó su padre. Aiko no estaba cómoda hablando de eso. No estaba cómoda al lado de Makoto en absoluto. Se apresuró para acabar de comer rápido.

– Pues claro – Le respondió él – Me gusta desde que éramos pequeños, no es ningún secreto.

– Me voy a casa – Se levantó de la silla y cogió sus cosas de detrás del mostrador ignorando las quejas de su abuela y la risa de Jiro – Muy bueno el udón abuela, cuídate.

                Si antes le molestaba estar con él ahora le era imposible. Era desesperante que soltase esas cosas sin pensar lo que pudiesen sentir los demás. Y lo que ella sentía era la incomodidad más absoluta. Entró en casa y sin decirle nada a nadie se metió en su habitación. No pasaron ni diez minutos hasta que la cabeza de su primo se asomó por la puerta con precaución.

– ¿Qué te ha pasado que has venido enfadada? ¿Un mal primer día?

– Dile al egocéntrico de tu amigo que no se me acerque más.

– ¿Makoto? Tenía muchas ganas de verte por lo que me contaba – Se cruzó de brazos apoyado en el marco de la puerta.

– ¡Ya me he dado cuenta! Es una sombra, no me deja tranquila. Y me acosa.

– ¡Como si tú no pudieses defenderte! Y dudo mucho que te acose, ¿te pone nerviosa?

– ¡Sí! Se me queda mirando esperando a que reaccione a las cosas que dice y hace y va de sobrado por la vida, ¡¡y no soporto a los tíos que están buenos y van por ahí actuando como si hubiese que darles las gracias por hablarte!!

– Aaaaaah, así que está bueno…

– ¿De todo lo que te he dicho te quedas con eso? – asintió sonriente – Mira, vete, eres igualito que él. Estáis demasiado acostumbrados a que las tías os revoloteen alrededor.

– No te enfades conmigo, yo no tengo la culpa de que te guste y te ponga nerviosa estar a su lado.

– ¡¡Eso no es lo que pasa!!

– ¿Qué le estás diciendo a tu prima que la tienes histérica? – Preguntó Ayame entrando en el cuarto de su hija – ¿Y qué tal el primer día?

– Mal, muy mal. Es más de lo mismo y además está el añadido de que tengo un acosador.

– No es un acosador, es Makoto – aclaró Ken. Su madre también sonrió.

– Ah, bueno, si es él no pasa nada, ¡al revés!

– ¿¡Pero por qué os parece a todos tan fantástico?! – Ayame arrugó la nariz.

– Aiko no grites. Es que es un chico fantástico – suspiró exasperada y les señaló la puerta.

– ¿Podéis dejarme sola? Gracias.

                Solo salió de su habitación para cenar, evitando toda conversación que le quisiesen dar. Tuvo que esquivar a su padre camino de vuelta a la habitación porque entró hecho una furia directo a su despacho seguido de su tío, que como siempre intentaba tranquilizarle. Ella sí que necesitaba ser tranquilizada. Nunca le había gustado que intentasen ligar con ella, le molestaba aunque fuesen educados o bien intencionados. Si su vida amorosa fuese a presentar cambios tendría que ser por su propia voluntad, no porque un niñato con la cara bonita se la ligase. A ella no se la ligaba nadie. Menos Makoto, al que todo el mundo quería e idolatraba por ser perfecto. Ya se encargaría ella de demostrar que no lo era. Se iba a enterar, algo iba a encontrar… Con esos pensamientos destructivos se quedó dormida, pero no fue en lo primero que pensó. Su primer pensamiento fue su asquerosa sonrisa. De mal humor por tenerle en la cabeza tan temprano se fue a la cocina. Su tía tarareaba meneando las caderas y llegó justo a tiempo para ver a su tío dándole un beso en el cuello. Siempre estaban de esa guasa esos dos, eran tan sexuales que le incomodaba estar en la misma habitación cuando estaban juntos. Carraspeó al entrar haciendo que se volviesen.

– ¡Buenos días princesita! – Le dijo Daisuke – ¿Tienes ganas de fiesta?

– ¿Qué fiesta? – Se recogió el pelo enredado de cualquier manera mientras se sentaba a la mesa.

– ¡El cumple de Ken! – Se dejó caer en la silla con un quejido – ¿Por qué te crees que estoy cocinando? – preguntó Manami.

– Creía que era mi desayuno…

– ¿A la una de la tarde? ¡Anda ya! Yo que tú me iba arreglando porque están al llegar.

– Ya ha llegado uno – Se volvió al escuchar la voz de Ken acompañada de una risita.

– Hola – Makoto se sentó a su lado – Buenos días preciosa.

– ¿¡Pero qué!? – Le puso una mano en la cara y se la giró – Mira a mi tía, ¿has visto que guapa?

– No me interesa tu tía. Sin ofender, es usted muy bella.

– Eh, Don Juan, relajadito – Daisuke se sentó frente a él al ver que Manami le guiñaba un ojo al chico, sabiendo que era capaz de llevárselo al dormitorio.

– Lo siento mucho – Se inclinó  y miró a Aiko – Igualmente solo tengo ojos para ella.

– Intenta que no te escuche mi tío – Susurró Ken.

– Sí, no quieres meterte en esa zona de peligro. Así que si no te importa cierra la boca – volvió a hacer el  gestito de la cremallera que le hizo en clase el día anterior.

                Se levantó de la mesa y fue a vestirse. No quiso ponerse nada llamativo porque lo último que quería era llamar la atención en una fiesta. Así que una vez con un libro, los vaqueros, y una camiseta de Omnyouza, su grupo favorito, se fue al jardín trasero. En el tiempo de cambiarse había llegado un grupo de chicas. Estaban tan inmersas en mirar a su primo y al amigo que ni la vieron sentarse en la esquina más alejada, bajo el tejado del porche. Iba a asistir a la fiesta de Ken por no hacerle el feo de encerrarse el día de su cumpleaños y porque estaba muerta de hambre. Miró de reojo a las invitadas y metió la nariz entre las páginas del libro. Eran muñequitas y no le extrañaría que fuesen las mismas de su clase. No pasó mucho tiempo hasta que el olor de la barbacoa le hizo salivar, y al alzar la vista de la lectura vio a su primo tendiéndole un plato con trozos de carne.

– De parte de tu tío. ¿Por qué estás sola? – Se sentó a su lado para comerse el suyo.

– Sabes porqué – hizo un gesto señalando a la gente.

– No son como piensas, dales una oportunidad.

– En serio, Ken, se la daría, pero ya sabes lo que va a terminar pasando.

– De momento no soy adivino, no sé qué puede pasar – Aiko negó con la cabeza – Makoto te echa de menos, no para de mirarte pero no quiere acercarse porque no quiere molestarte.

– Hace bien – miró hacia el grupo y no le dio la impresión de que Makoto estuviese echándola de menos. Hablaba de lo más animado con las demás chicas e incluso le guiñó un ojo a una, que se llevó una mano a la boca dándole un empujoncito.

– Oye, en serio, ¿te gusta?

– Vete a la mierda, Ken.

– Es una pregunta honesta. No uses tu mecanismo de defensa de siempre que no te estoy atacando.

– Y lo mío es una respuesta honesta también, pedante. Lárgate y pásatelo bien, que es tu cumpleaños.

                Le echó de allí dándole pataditas en los riñones. Su primo la miró fastidiado, sentía mucho no involucrarse con el grupo pero es que de verdad pensaba que así evitaría problemas. Tenía una capacidad pasmosa para ignorar lo que ocurría a su alrededor, por lo que no se cercioró de la de tiempo que llevaba allí leyendo hasta que le costó distinguir las palabras. Miró hacia el lado y vio a su tío entrando en la cocina.

– ¡Ojisan! ¡Enciende la luz del porche que no veo! ¡Graciassss! – escuchó ruidos sorprendidos delante de ella y vio a las chicas sentadas en el césped, justo debajo de ella

– ¡De nada! – Le escuchó decir una vez encendidas.

– ¿Quién eres? – preguntó una de esas desconocidas.

– Un fantasma – respondió ella de mala gana, escondiéndose tras las páginas de nuevo.

– ¿Eres la prima de Ken? ¿La que está en la clase de Mako-chan?

– ¿Mako-chan? – La miró soltando una risita sarcástica – Supongo.

– ¿Sabes dónde están? Decían que habían ido a preparar algo pero no han—

– Oye, estoy leyendo, por si no te has dado cuenta.

– Vale, lo siento – Al ver que otra de las chicas tiraba del hombro de la cotorra esa con cara de susto supo que se había pasado de borde una vez más.

                Pero cuando las escuchó susurrar supo que era sobre ella. No escuchaba nada, pero lo supo, y no se arrepintió de ser borde. Todas eran iguales. Absolutamente todas. Volvió a leer, intentando ignorar las ganas que le entraron de darles con el libro en sus cabezas huecas.  Pero pronto volvió a ser interrumpida. Se sintió observada y al mirar al frente vio a Makoto frente a ella, con los brazos cruzados y apoyados en la barandilla del porche. La miraba de pie en el césped, donde las otras estaban sentadas.

– ¿Te animas a un karaoke? – No le dijo nada, simplemente volvió los ojos a las páginas, pero él seguía mirándola.

– ¿Qué haces? – Le vio con la cabeza girada, leyendo el título del libro en la cubierta.

– Shakespeare, ¡Romeo y Julieta! – parecía ilusionado – ¿Lo lees para clase o por gusto?

– Un poco de ambas pero si no te callas no puedo acabarlo – miró sobre el hombro del chico y vio a las demás y a su primo observándolos. Makoto se subió con rapidez hasta donde estaba ella sentada, pasando por debajo de la barandilla. Hincó una rodilla y le cogió una mano, recitando de memoria lo que ella acababa de leer hacía unos minutos.

– “Si mi indigna mano profana con su contacto este divino relicario, he aquí la dulce expiación: ruborosos peregrinos, mis labios se hallan prontos a borrar con un tierno beso la ruda impresión causada.”

– ¿Qué coño haces? – Ken se reía de fondo, las otras le miraban con la boca abierta.

– “¿No tienen labios las santas y los peregrinos también?”

– Ken, llévatelo por lo que más quieras – Intentó soltarse de su mano, mirando a su primo que se encogió de hombros con una sonrisa divertida.

– “¡Oh! Entonces, santa querida, permite que los labios hagan lo que las manos. Pues ruegan, otórgales gracia para que la fe no se trueque en desesperación.”

– Sigue recitando y te meto con el canto del libro entre los ojos.

– “Pues no os mováis mientras recojo el fruto de mi oración. Por la intercesión de vuestros labios, así, se ha borrado el pecado de los míos” – Se inclinó poniendo morritos sobre ella, que le dio efectivamente con el libro en la frente.

– EH, TÚ, CANIJO – Miraron hacia el lado, Makoto refregándose la frente y soltando finalmente la mano de Aiko. Ken susurró “oh, oh”.

– Hola papá – sonrió al ver las pintas con las que había salido su padre. Tenía la camisa a medio poner por lo que se le veían los tatuajes y cicatrices.

– Tukusama-san – Makoto se levantó y se inclinó ante él como si fuera su jefe – Lo siento, no era mi intención incomodar a su hija.

– Pues lo estabas haciendo, y no me gusta. Nada en absoluto – Le señalaba con un dedo clavándole la mirada de esa manera tan amenazadora. Lo peor era que no estaba gritando, ahí estaba la amenaza real. Y el pobre de Makoto no tenía ni idea.

– Lo siento, no volverá a suceder. Solo deseo lo mejor para su hija y al verla tan sola quise hacerle compañía y que sonriese. Tiene una sonrisa bellísima, señor.

– ¿Insinúas que quieres algo con ella?

– Por Dios Hiroshi, deja de meterle miedo al chiquillo – Manami, hermana mayor de su padre, apareció justo detrás de él con su madre – Y ponte bien la camisa.

– No le hagas caso Makoto-chan, mi marido no pretendía ser tan brusco. No pasa nada porque te acerques a mi hija – El chico no se relajaba y no miraba al yakuza a los ojos.

– Dame un beso cariño – Manami le dio un beso en la mejilla a Ken, que se lo devolvió. Era igual de pegajoso que su madre – Nos vamos, os dejamos la casa. No hagas nada que yo no haría – Le guiñó el ojo a sus amigas, dejándolas contrariadas.

– No me gusta dejar a Aiko sola con ese – Hiroshi hablaba con su mujer, pero no despegaba los ojos del chico.

– Papá, gracias por preocuparte pero sé cuidarme sola – Se levantó e hizo algo que llevaba sin hacer desde hacía mucho tiempo; darle un abrazo. Quería dejarle claro a Makoto que era una niña de papá en toda regla para que se pensase dos veces el acercarse a ella.

– Hasta luego pequeña – Ese suave apretoncito de su padre le encantó. Casi nunca le hacía muestras de cariño por lo que se enterneció de verdad.

– No tienes que cuidarte de nada, no contribuyas a la paranoia de tu padre – Su madre le puso bien la camiseta y se despidió de los demás con una sonrisa. Una vez se hubieron marchado miró a Makoto con una sonrisa de suficiencia.

– Tu madre es preciosa…

– Sí, y tu padre está follable – La miró más sorprendido aún – Las cosas de la vida, ¿eh? – Cogió el libro y se dirigió a la casa – Ken, no partas nada. Me voy al cuarto a leer.

            Su primo subió el pulgar dándole a entender que así sería y se marchó a la tranquilidad de su habitación. Al fin. Ya en paz, intentó concentrarse en la lectura pero en su lugar solo pudo pensar en lo idiota que podía llegar a ser Makoto. Por más que le mostraba abiertamente su rechazo más insistía, como si no se la creyese. Y cuando peor le trataba iba a por más. Cuando estaba recitando la obra sabía perfectamente de qué parte se trataba, por eso se puso tan nerviosa. Era el primer beso de los amantes, el que él le da a ella. No es que le hubiese gustado lo que hizo, le pareció hortera y de un romántico idealizado que no iba con ella en absoluto. Sin embargo, le sorprendió su interés por la lectura y su habilidad para memorizar párrafos. Era tan inteligente como parecía ser, y le agradó. Era la primera vez que encontraba a un chico con algo en la cabeza además de – no podía negárselo a si misma – atractivo. Y esa era una mezcla que no solía ir bien, terminaba siendo un gilipollas neutral en la mayoría de los casos. Lo que no entendía era que ese inútil fuese una excepción. O que pareciese serlo, al menos.

 

3

                Un buen rato después, al darse cuenta de su ensimismamiento pensando en el chico se aturrulló, dejando el libro a un lado y levantándose de la cama para comer algo cuando le llegó el olor a palomitas. Fue a quitarle unas pocas a Ken pero en la cocina encontró a Makoto con una de las chicas. Ella tenía las manos en sus hombros y él la empujaba ligeramente con una sonrisa cálida y negando con la cabeza. La chica ponía morritos fastidiados.

– Pero Makoto, si esa no te hace ni caso…

– Y tú eres muy bonita y simpática, pero no te puedo corresponder por muy bien que beses – A Aiko se le escapó una risita sarcástica entre dientes.

– Siento interrumpir – cogió un bol de malas maneras y tras llenarlo de palomitas se marchó de vuelta a su habitación. Al ir a cerrar Makoto puso la mano – Ni hablar, en mi cuarto no entras.

– Siento lo de antes, de verdad, lo único que pretendía era hacerte reír no que tu padre me tirase a un río para ser comida de  peces.

– Vete con esa que te necesita más que yo.

– Lo dudo – Se quedó mirándole, frunciendo el ceño.

– ¿Qué quieres decir?

– Que eres una tsundere de tres al cuarto: dura por fuera y blandita por dentro. Y te acabas de poner celosa al verme con Mae-chan.

– ¿Pero tú sabes con quién estás hablando? – dejó el bol en la cama y le dio un empujón con ambas manos en el pecho. Apenas se tambaleó.

– Con un proyecto de pandillera que sería más feliz con menos orgullo.

– ¿Cómo tengo que decirte que me dejes tranquila?

– Cuando dejes de ponerte colorada con mis piropos lo haré – La chica sintió que las mejillas se le encendían – Vente a ver una peli con nosotros.

– Lo que estás haciendo es acoso. Y ni de coña me mezclo con las tontas esas, prefiero quedarme aquí.

– ¿Me puedo quedar contigo?

– ¡¡No!! – intentó echarle, pero no había manera. Era como si tuviese los pies anclados al suelo.

– Déjame quedarme, soy silencioso si me lo propongo.

– ¡Me incomoda tu presencia!

– Porque soy un idiota, ¿verdad? – Asintió, cruzándose de brazos – Déjame ser tu idiota silencioso.

– ¿No vas a desistir?

– Nop – y no sonreía, parecía que iba en serio. Le miró durante unos segundos. En el fondo prefería que estuviese con ella antes que con las otras. Además, se aburría viendo películas sola.

– Pero como abras la boca más de la cuenta te largas.

– Te lo prometo, si te molesto, me voy.

                Aiko se dio la vuelta y cogió su portátil, poniéndolo a los pies de la cama. Puso Brother de Takeshi Kitano. Había visto la película más de cinco veces sola y acompañada y no se cansaba. Makoto no se quejó, se tumbó a su lado en la cama y ni siquiera le pidió palomitas hasta que ella le golpeó el brazo con el bol. En la escena de la botella de vino notó cómo Makoto la miró con curiosidad, como casi en cualquier escena violenta. Ella ni se inmutaba, las había visto muchas veces. En la de los palillos – era la mejor escena bajo su punto de vista – la chica rio por lo bajo.

– Pero que burro…

– Eres la primera tía que veo que se ríe con estas cosas.

– No me río con estas cosas, es que es un bestia de mucho cuidado – Él seguía mirándola pero ella no despegaba los ojos de la pantalla – Mi padre hace cosas peores, si es lo que te estás preguntando.

– La verdad es que no, y no necesitaba saberlo. No me gusta vivir con miedo – Aiko se rio de él y le miró.

                Se quedó mirándole, solo iluminados por el brillo del ordenador, a menos de una mano de separación de su cara. Sonría al verla a ella sonreír y aún tumbados en la cama, ella tenía que mirar hacia arriba. Se sobresaltó al escuchar un tiro y volvió su atención a la película, con el corazón funcionándole a toda máquina. Se estaba poniendo excesivamente nerviosa y le daba rabia que fuese con él. Con ese niño perfecto con el que ella no pegaba ni con cola. El favorito de mamá y del profe, el favorito de todos. Representaba todo lo que ella odiaba y aun así, cuando rozó casualmente su pierna con la de ella, se la acercó discretamente. En realidad quería tocarle. Si obviaba lo estupidillo que era y lo mucho que le gustaba quemarle la sangre, si se quedaba solo con el físico y lo inteligente que llegaba a ser, no era tanta locura el tener algo con él.

                Al llegar a la escena en la que el yakuza le hacía el amor por última vez a su mujer, Aiko respiró hondo. Recordaba la vergüenza tremenda que pasó la primera vez que la vio con su padre por el parecido razonable y porque empezó a hacer manitas con su madre bajo la manta. Se terminaron marchando a la habitación y se perdieron el final. A pesar de ello, era una escena que la excitaba muchísimo porque casi nunca tenía oportunidad de ver a una pareja en esa actitud. Sintió a Makoto suspirar a su lado y al girar la cara los ojos del chico se movieron a sus labios. Quiso besarle o ser besada, no le importaba. Tenía una boca de lo más sexy y sus ojos, normalmente dulces, ahora la miraban de una manera muy diferente. Estiró la mano y agarró la camiseta del chico, girándole hacia ella y besando sus labios con fuerza. Él se separó un poco y la miró a los ojos, rozándole la cintura con los dedos. Tiró de él, de su cuello, besando su boca sin prisas y sintiendo cómo su piel comenzaba a sensibilizarse. Le cogió una mano a Makoto mirándole a los ojos, llevándola hasta el calor que emanaba de su entrepierna.

– Aiko, no te precipites.

– Cállate y tócame.

– No quiero aprovecharme de la situación y que—

– Shhhhh, coñazo.

                Le metió la lengua en la boca y en cuanto a ella se le escapó el primer gemido, se acabó la discusión. Ella misma se quitó el botón del pantalón y se los bajó. Él le subió la camiseta y le besó los pechos, lamiendo sus pezones despacio, admirándolos. Observó sus bragas, metiendo la mano dentro de ellas y parándose a observar su expresión cuando rozó con las yemas de los dedos sus labios mayores. Sabía que se los estaba mojando porque se sentía cachonda como pocas veces. Y muy sensible. Makoto la acariciaba suavemente, prestando atención a todos su cambios de respiración y a sus gestos extasiados. Sus dedos presionaron su clítoris suavemente, en círculos lentos y deliciosos. Hizo que, poco a poco, Aiko llegase al orgasmo, besando sus labios y haciéndola temblar. Intentó no gemir o al menos muy fuerte, ahogando su voz en la boca de él.

– ¿Te ha gustado? – La chica le miró sin entenderle. Le había puesto bien las bragas y le estaba acariciando la mejilla.

– Sí… ¿Por qué paras?

– ¿No has tenido un orgasmo? ¿Quieres que siga?

– Lo que quiero es follar – Le dijo como si fuese evidente. El chico se sentó en la cama.

– No, ni hablar. Ahora no es el momento.

– ¿No tienes ganas? ¿No quieres?

– Claro que quiero pero es que—

– ¿Estás decidiendo por mí? – Makoto apretó los labios y dobló la cabeza.

– No es eso. Es que no creo que aún sea el momento de que te entregues totalmente.

– De que me entregue… ya… – No quería reírse de él pero lo estaba haciendo – Túmbate.

– Aiko-chan…

– Hazme caaaaaso… – Se sentó sobre él, solo con las bragas puestas, y le empujó hasta tumbarle en la cama.

                Le levantó la camiseta y besó su pecho, pasando las yemas de los dedos sutilmente sobre su piel. Sonrió al sentir los latidos de su corazón incluso más rápidos que los propios. Makoto cogió un cojín y se lo puso tras la cabeza, mirándola fijamente con los labios apretados. La chica se mordió el labio al abrirle la bragueta y absorbió aire entre dientes al sacársela de los calzoncillos. Le quitó la ropa de cintura para abajo y besó sutilmente sus testículos, apenas rozando su piel con la lengua. Al llegar justo debajo del glande tiró suavemente del prepucio y le dio un lametón despacio. Le vio cerrar los ojos, tensar los músculos y echar aire por la nariz brevemente. Siguió lamiendo sin prisa alguna, mojándosela, moviendo su mano tan despacio como su lengua. Al chico se le escapaban gemidos cortos con la voz rasgada. Al intentar metérsela hasta la garganta, igual de despacio que antes, una arcada dobló el cuerpo de la chica.

– Aiko, no te fuerces, no hagas eso si no te—

– ¡Cállate ya y disfruta! – Trepó por su cuerpo, agarrándole la cara y besándole profundamente – Eres un auténtico coñazo – bajó la mano y con el glande de Makoto, echó sus bragas a un lado – Dime ahora que no quieres – Se empezó a sentar en las caderas del chico, notando cómo la abría con esa erección tan durísima y mojada que tenía.

– Tengo un condón en la cartera –Aiko sonrió ante su cambio de parecer, moviendo las caderas sobre él, apretando su glande con los músculos de la vagina – ¿Qué me estás haciendo?

              El gemido que le provocó al chico al hacerle entrar brusca y completamente dentro de su cuerpo fue de todo menos discreto. Ella se rio, susurrándole que se callase, volviendo a repetir el movimiento. La sacaba despacio, la metía bruscamente. Él la besó, abrazando su cintura con fuerza. Aiko se movía intentando retener las ganas de volverse loca sobre él, haciéndolo con tranquilidad, disfrutándolo. Le encantaba la boca de Makoto, su mirada lujuriosa, y cuando le quitó la camiseta, sus brazos fuertes alrededor de ella. La agarró del trasero y apoyando los pies en la cama fue él quien se volvió loco. Aiko tuvo que morderle el hombro para no gemir a pleno pulmón. Se le aflojó el cuerpo cuando empezó a correrse de nuevo en un orgasmo largo e intenso.

– Joder – Se la quitó de encima y metió la mano en los vaqueros que estaban en el suelo. Aiko se la rozó con los dedos mientras sacaba el condón – Para o te lo echo en la cara.

– Uhh… – La chica le sonrió y se la lamió despacio pero agarrándola firmemente.

– Quiero correrme follándote – Se quejó. Aiko le quitó el condón y tras darle dos vueltas se lo consiguió poner.

                Makoto la tumbó en la cama, y echándose sobre ella la abrazó por la parte baja de la cintura, levantando su cuerpo ligeramente. Movió las caderas en un ángulo extraño para ella pero que le provocó un placer intenso. Sintió un nuevo orgasmo y en lugar de gritar lo que hizo fue echar todo el aire de sus pulmones, retorciéndose bajo el cuerpo de Makoto y agarrando su trasero. Miró su rostro mientras el chico se corría en su interior, intentando no gemir y fallando de mala manera. Apenas movía las caderas, así que ella le ayudó, haciéndole gemir un poco más. Agarró el condón antes de separarse de ella y se tumbó boca arriba en la cama, a su lado.

– Y tú querías perderte esto – Le dijo ella cogiendo la camiseta del chico y poniéndosela.

– No perdérmelo, aplazarlo.

– ¿Y de qué sirve? Si los dos queremos, lo hacemos y punto.

– Yo que sé, no está bien hacerlo tan… así tan… – Levantó las manos.

– ¿Tan qué? ¿Por qué no está bien? – Se giró en la cama y le movió la cara hacia ella – ¿Te ha comido el coco la sociedad? Haz lo que se te apetezca cuando quieras y deja de sentirte culpable.

– No sé – Se quitó el condón y lo tiró a la papelera que había bajo el escritorio.

– ¿No te ha gustado? ¿Te sientes peor persona ahora?

– ¡Claro que me ha gustado! ¡Muchisimo! Pero—

– Pero nada – Le puso los dedos en los labios cuando lo tuvo tumbado a su lado de nuevo – Ha estado de puta madre, deja de decir gilipolleces – Se estiró en la cama – Muchísimo mejor que mi primera vez, desde luego.

– ¿Has estado con muchos? Sabes un montón de… cosas.

– Que va, con uno solo. Pero mi tía es una máquina en la cama y me da consejos.

– Encima de estar buena es experta en estas cosas. Tu tía es el sueño de cualquiera.

– Sí, los tiene a todos detrás desde siempre. Yo creo que si le insistes un poco y la pillas en un buen día podrías acostarte con ella, fíjate lo que te digo.

– ¿En serio? – Makoto se giró en la cama y empezó a hacerle cosquillas alrededor del ombligo, bajo su camiseta.

– En serio. No está casada y yo creo que aunque lo estuviese…

– ¿Pero no es Daisuke tu tío?

– Es complicado, deja de preguntar – Bostezó, levantándose un poco la camiseta para facilitarle las cosquillas al chico – Quédate hasta que me duerma.

                Se estaba relajando muchísimo. La película hacía un buen rato que había acabado y al arrimarse a Makoto se sentía calentita. Hacía mucho que no dormía con alguien, desde que era una niña y se dormía en el sofá con su padre más o menos. Esto era incluso más agradable. Escuchó pasos por el pasillo. Pasos rápidos y fuertes.

– Ay, ay, ay – Se sentó en la cama bruscamente – Bájate, vete, viene mi padre.

– ¿Qué? ¿Qué pasa? – Estaba dormido – ¿Tu padre?

– ¡Métete debajo de la cama!

                No se bajó de la cama, rodó hasta el borde y se dejó caer, metiéndose donde ella le dijo. Vio la mano de Makoto estirarse para coger sus pantalones y esconderlos. Aiko se tapó hasta la cabeza aguantando la risa, haciéndose la dormida y preguntándose cómo no había escuchado los coches. Escuchó que, como siempre, abría sin preguntar. De haber sido su madre habría llamado primero. De hecho la escuchó fuera susurrando.

– ¿Qué haces? ¡No la despiertes!

– ¿A qué coño huele? – Tuvo que morderse el labio porque era a eso precisamente a lo que olía, estaba a punto de dar una carcajada.

– A cerrado, creo que ha comido en el cuarto – Se puso las manos en la boca, iba a explotar.

– No me gusta esto, no me gusta un pelo – Le escuchó entrar en la habitación y se le cortó la risa de golpe. La destapó y no precisamente con cuidado. Hizo como la que se despertaba.

– ¿Papá? ¿Qué haces?

– ¿Dónde está el mierda ese que no te dejaba tranquila?

–  Y yo que sé, estaba dormida… – intentó taparse de nuevo, pero su padre agarró las mantas.

– ¿De quién es esa camiseta? – Intentó parecer más molesta que asustada por el que se estaría muriendo de frío bajo la cama.

– De Ken, me gusta dormir con ropa de tío. Es más cómoda.

– Hiroshi, vámonos a la cama – miró a su madre y de nuevo a ella, desconfiando con motivo. Sin embargo, le dio un pellizco en una mejilla y se fue dándole las buenas noches. Respiró tranquila una vez se fue – No te agobies, ya sabes cómo es tu padre de histérico.

– Buenas noches mamá – Se acercó a su cama, dándole un beso en el pelo. Antes de alejarse se lo olió y miró a su hija suspicazmente. Justo en ese momento un suave estornudo sonó en alguna parte bajo su cama.

– Que no se te resfríen los ratones – Se alejó riéndose, cerrando sin más. Aiko se bajó de la cama y se arrodilló en la moqueta después.

– Sal de ahí – Le metió prisa y se quitó su camiseta – Ponte esto, anda.

– ¿Qué hago? No me puedo ir ahora, van a verme.

– No, ahora mismo no. Espera unas horas y ya veremos – Se acercó a ella, poniéndole las manos en la cintura desnuda.

– ¿Me va a matar tu padre? – preguntó con una preocupación que no sabía si fingida o no.

– Claro que no, pero sacarte de un puñado y de malas maneras segurísimo que sí.

– Me he muerto de miedo ahí abajo – Aiko tuvo un escalofrío – Metete en la cama, te vas a poner mala.

– Métete conmigo. Total, no puedes irte.

– ¿Quieres que te abrace y te acaricie la espaldita, cariño?

– Quiero que te calles y me hagas caso – sintió que se le agolpaba la sangre en la cara, porque precisamente era lo que quería – Y déjate de nombrecitos cariñosos. No somos novios.

                Se tumbaron juntos de nuevo, ella rodeada con los brazos de él, sintiéndose calentita y resguardada. Apenas pasaron varios minutos hasta que se quedó profundamente dormida y le dio la sensación de estar completamente descansada cuando al abrir los ojos, ya entraba luz por la ventana. Escuchó golpes en la puerta y a su madre diciéndole que tenía el desayuno listo. Al mirar hacia el lado se le vino el mundo encima. Makoto seguía allí, profundamente dormido con los brazos bajo una de sus almohadas, mirando hacia ella. Su primer impulso fue zarandearle y tirarlo por la ventana, pero se quedó observándolo. Por la noche se había quitado la camiseta y estaba en el suelo. Se mordió el labio al mirar la ancha espalda que tenía delante. Se ensimismó observando los lunares de su rostro: uno bajo el ojo, otro en su barbilla y el que más le gustaba en su grueso labio superior. Todos en el lado izquierdo. Si tuviese cinco o seis años más que ella y barba sería perfecto. Y además era inteligente, le gustaba aprender. No le extrañaba que estuviesen todas locas por él, era el típico protagonista de uno de esos mangas ridículos de romances que leía su madre. Era prácticamente perfecto. Le tocó el hombro y al zarandearlo un poco, abrió los ojos.

– ¿Qué hora es? – dijo volviendo la cara hacia la luz del sol. Se dio la vuelta en la cama y se pasó las manos por encima.

– No tengo ni idea, pero no muy tarde porque mi madre me acaba de llamar a desayunar.

– Me he quedado dormido…

– No me digas – Cuando el chico reparó en que estaba desnuda a excepción de las bragas, apenas pudo mirarla a la cara. Su atención estaba en otra parte.

– Estaba muy calentito – Aiko sonrió, levantando la sabana para verificar que sus calzoncillos se tensaban sobre una erección mañanera.

– Y ahora estás caliente – metió la mano bajo la manta, tocando la piel bajo su ombligo y colando los dedos en su ropa interior.

– ¡Aiko chan!

– ¡Shh! Imbécil, que se va a enterar mi padre – Le masturbaba despacio, mirándole la boca con deseo.

– Ahora no, en serio, tengo que irme – cerró los ojos mientras se quejaba – Aiko, por favor. Estoy más dormido que cachondo.

– Eso se cambia – fingió un gemido suave. Makoto, después de chasquear la lengua, se tumbó sobre ella, negando con la cabeza y besándola.

– No solo me arrebataste ayer mi virginidad sino que ahora quieres dejarme seco – Le bajó las bragas despacio.

– No seas peliculero – dijo ella riéndose, acariciándose a sí misma con su glande una vez le tuvo encima de nuevo. Le sorprendió saber que fue su primera vez – Ya quisieras levantarte así todas las mañanas.

– No lo sabes tú bien – No dejaba de besarla, apenas abría los ojos. Era verdad que estaba casi dormido aunque de cintura para abajo estuviese muy despierto. Sintió su pulgar pasar suavemente por encima de su clítoris.

– Métemela – Le susurró ella contra su boca. Makoto apoyó la cabeza en la almohada, con la cara contra su cuello. Su dura erección se abrió paso dentro de ella, despacio. El chico gimió brevemente contra su piel – No seas escandaloso – Le regañó con voz temblorosa, tirando de su pelo y arañándole la espalda cuando sus caderas chocaron.

– Aiko… – Ese susurro en su oído le provocó un escalofrío general a la chica, que giró la cabeza besándole intensamente. Escuchó dos breves golpes en su puerta y no les dio tiempo a taparse.

– Aiko chaaan, dice tu madre que – A Manami, se le abrieron los ojos de par en par al verlos desnudos e intentando taparse, pero no apartó la mirada – Uy, vaya, lo siento.

– ¡Ahora voy! ¡Fuera! – Entre risas, su tía cerró la puerta.

– Me tengo que ir – Makoto se bajó de la cama, vistiéndose a toda velocidad – Y me tengo que ir ya.

– Deberías – Ella también se vistió con la ropa del día anterior – Odio ponerme la ropa interior estando tan mojada.

– Cállate, no digas esas cosas que me lo imagino y no ayudas – Le miró y le vio apretándose la entrepierna, intentando bajase la erección a la fuerza. Se rio de él.

– Espera aquí un momento – Se iba a asomar al pasillo cuando su padre la empujó dentro de la habitación. Sin decir ni media cogió a Makoto por detrás del cuello y lo sacó de allí – ¡Papá, suéltale!

– Aiko, a tu habitación – Le espetó, pero ella no le hizo ni caso.

– ¡No ha hecho nada malo! ¡No le trates así! – Su padre miró hacia atrás.

                Ella se frenó en el sitio porque vio en sus ojos lo enfadado que estaba. Más que cuando pasó lo de la moto. Vio como le daba un empujón al chico fuera de la casa y vio que le susurraba algo señalándole para después dar un portazo. La chica miró hacia atrás y vio a su tía en la cocina, pidiéndole perdón con los ojos. Al ver que su padre entraba en la casa se dio la vuelta y se marchó a su habitación, pero le escuchó seguirla.

– ¿Qué te ha hecho?

– ¿Por qué deduces que me ha hecho algo él a mí? – contestó. Sus gestos altivos eran casi idénticos.

– ¿Qué habéis hecho?

– No te importa – Le vio cerrar los ojos, probablemente reteniendo un impulso que a ella no le convenía.

– No le quiero volver a ver entrar en mi casa, ¿queda claro?

– Como si no hubiese más lugares en el que follármelo – murmuró ella. Tenía que controlar esa  manía de contestar, pero se le iba la lengua de mala manera.

– ¿Qué has dicho? – Se quedó callada, mirándole desafiante – Ni se te ocu—

– Nooo, no hagas eso – Su tía entró en la habitación, empujando a su padre hacia afuera y le susurró de manera audible – Si se lo prohíbes se va a tirar de cabeza a por él. Luego hablamos tú y yo, déjame con ella – Se dio la vuelta y cerró la puerta.

– Muchas gracias – Le espetó sarcásticamente a su tía, que por algún motivo sonreía.

– Si supieras lo muchísimo que te pareces a él cuando te enfadas… Lo siento, estaba hablando con tu madre y se enteró.

– ¿A qué vienes? ¿Qué quieres?

– Nada, solo quiero que tu padre se calme. No le ha sentado bien saber que su niña se ha pasado la noche con un hombre en la habitación.

– Por favor, Makoto no es un hombre. Y su niña es además una persona, ¡CON DESEOS SEXUALES, COMO TODO EL MUNDO! – Gritó mirando hacia la puerta, su tía le mandaba a callar – ¿Qué? Cuanto antes se entere, mejor.

– No te enfrentes a él, no seas tonta. En lugar de eso convence al chaval para que se lo gane. Que venga un día y le presente sus disculpas.

– ¿Cómo? ¿Cortándose un meñique o la punta de la polla? – Su tía dio una carcajada.

– Como él quiera, pero que lo haga. Tu padre aprecia mucho ese tipo de gestos, se toma muy en serio el respeto.

– No es mi novio de todas maneras, pero no me gusta que trate a la gente que me rodea así. No voy a tener amigos en la vida.

– Era una situación delicada. Que por cierto, siento mucho interrumpir – Le pasó un brazo por los hombros – Vamos a desayunar, anda. Ignora a tu padre y a sus miradas reprobatorias.

– No sé si voy a poder.

– Tienes que poder. A todo se acostumbra una – Le guiñó un ojo caminando con ella hasta la cocina. Una vez allí, su madre la miró escondiendo una sonrisa y su padre no levantaba los ojos del plato. Ken entró justo después que ellas, sin enterarse de nada, bostezando y sentándose a su lado en la mesa.

– ¿Qué tal ayer la fiesta? – Le preguntó Ayame a su sobrino.

– Bien, muy bien. Entretenidos yo que sé, ¿estaba Makoto contigo? De repente desapareció y no le he vuelto a ver – Le preguntó a Aiko, que le hizo un gesto con los labios para que se callase porque sentía la mirada de su padre en la nuca.

– ¿Qué vamos a hacer hoy? – Manami cambió de tema rápidamente – ¿Queréis almorzar en alguna parte?

– No lo sé, Hiro-kun, ¿tienes mucho trabajo? – Su madre le hizo caricias en la nuca a su padre, que la miró y pareció olvidarse un poco de lo muy enfadado que estaba.

– No, pero no quiero salir.

– Vamos, porfa – Cuando vio la sonrisa tonta de su madre miró hacia otra parte, sabía que se iban a besar como hacía cuando quería conseguir algo.

– Voy a ducharme – Su padre salió de la cocina, dejando a su madre haciendo un mohín de disgusto.

– Que antipático se ha levantado hoy…

– ¿Me lo dices o me lo cuentas? – refunfuñó Aiko.

– ¿Está bien ese chico? – Le preguntó su madre, preocupada.

– Y yo que sé, supongo que sí.

– ¿Qué chico? – preguntó Ken. Aiko le miró suspirando – ¿Makoto? ¿Qué ha pasado?

– Que tu tío casi lo pilla en pelotas encima de tu prima – dijo Manami como si nada. Ken la miró riéndose suavemente.

– No me lo creo, ¿te has liado con él?

– Lleva toda la noche con ella, ¿verdad? – Aiko miró a su madre. Estaban todos encantados con la idea.

– No es mi novio.

– Nadie ha dicho que lo sea – Manami se encogió de hombros – Eres tú la que no paras de repetirlo.

– Lo que sea. Llamadme a la hora de almorzar.

                Se levantó de malas maneras de la mesa, dejando sus cubiertos en el fregadero y encerrándose en su habitación. Esperaba que el calentón de la noche anterior no derivase en castigos por parte de su padre. Le había quitado la moto, no le podía quitar nada más. Y esperaba que no asumiesen que era su novio porque ni lo era ni lo iba a ser. Era demasiado mojigato para meterse en su entorno, no lo iba a soportar y probablemente ya no querría saber nada de ella. Después de cómo le echó su padre de la casa sería lo más normal. Ese bruto era experto en meterles el miedo en el cuerpo a los demás. Se giró en la cama y cogió el libro que leía ayer, terminando de leerse la historia que se sabía de memoria. Pero antes de eso, repasó las frases que le dijo Makoto, con una sonrisa que no le enseñaría a nadie; mucho menos al chico.

 

 

4

                Le pinchaba el pecho de correr tanto tan temprano. No estaba acostumbrada a ir andando a clase y se le había echado el tiempo encima. Poco después de cruzar la verja de la puerta sonó la alarma y la cerraron, dejando fuera a un grupo de chicos. Vio al amigo de su madre mientras subía la escalera al primer piso e ignoró su alegre comentario de “Qué de energía a estas horas, ¡Así me gusta!” Entró en la clase y sin mirar al profesor se sentó en su asiento. Se le quedó mirando pasmado, llamándola.

– Siento el retraso, me he perdido camino al colegio – mintió escudándose en lo de ser nueva.

                Sacó los libros y respiró con más tranquilidad. Miró la pizarra y no se enteró de nada de lo que ponía. Consideraba las matemáticas a primera hora como algo cruel, sus neuronas seguían dormidas. Si al menos fuese literatura… Le cayó un papelito ante los libros, y al mirar al frente vio a Makoto fingiendo un picor en la nuca. Lo abrió disimuladamente y leyó con disgusto las dos palabras escritas: “Lo siento”. Escribió enfadada un “Imbécil, no tienes por qué disculparte. Y estate quieto con los papelitos, ¿tienes trece años o qué te pasa?” y se lo metió por el cuello de la camisa. Vio que sus hombros se agitaban ligeramente por la risa. Intentó ignorarle y atender, pero se aburrió pronto de tanto número y se distrajo mirando por la ventana, viendo a los de abajo hacer educación física. Al menos parecía que no estaba enfadado con ella, lo que le alivió. El día anterior, sin quererlo, le estuvo dando vueltas al asunto. Se pasó toda la tarde de mal humor por culpa de esa idea y ahora le daba rabia que hubiese sido para nada. Se estaba empezando a quedar dormida en su mano cuando sonó la alarma del cambio de clase. Una vez se hubo marchado el profesor, se dejó caer en la mesa. Sintió unos golpecitos en la cabeza e hizo un ruidito haciéndole saber que le estaba escuchando.

– ¿Estás enfadada conmigo? – Le preguntó con cautela.

– No – dijo cansada.

– ¿De verdad?

– A ver – levantó la cabeza y le vio demasiado cerca. Tragó saliva antes de seguir hablando, se sentía tremendamente atraída por él – ¿Por qué cojones iba a estar enfadada contigo?

– Porque tendría que haberme ido cuando me dijiste, no haberme quedado en tu cuarto. Seguro que te han echado una bronca.

– No te creas, nada grave.

– ¿No te han castigado?

– Supongo que mi madre y mi tía le habrán convencido de lo contrario.

– Pues menos mal, tu padre da un miedo considerable – Aiko chasqueó la lengua.

– Mako-chan – Una voz cantarina hizo que el chico apartara sus ojos negros de ella. No le gustó. No le gustó que mirase a otra ni siquiera para hablar y ese sentimiento estaba tan mal que volvió a enterrar la cabeza entre los brazos – San Valentín es en unos meses y quería saber cuál es tu chocolate favorito.

– ¡Cualquiera! Todos me gustan

– Y todas – dijo ella contra su brazo.

– Tiene que haber alguno que te guste más y quiero que el mío sea tu favorito.

-Hmmm, ¿blanco? No sé, en realidad todos, de verdad. De todas maneras muchas gracias por la intención.

– De nada Mako-chan. Ah, sí, otra cosa, me han contado que en la fiesta de cumple de Ken de repente te fuiste. Y dicen que es porque había una tía que no te dejaba tranquilo – Aiko levantó la cabeza, mirando a esa chica con el ceño fruncido.

– No me fui, estaba con una amiga de la infancia.

– Ah, tenías una cita…

– Nooo, no, en la casa de Ken. Somos amigos desde pequeños, ya lo sabes.

– ¿Entonces no tienes novia? – Makoto se quedó en silencio unos segundos, suficientes para que ella le mirase frunciendo aún más el ceño.

– No. De momento – Esa chica le sonrió tontamente y se alejó al ver que entraba el profesor.

– Eres malo – Le dijo Aiko cambiando los libros por los de inglés.

– ¿Y eso por qué?

– Juegas con las chicas como te da la gana, ¿te divierte?

– No juego con ellas, simplemente les digo lo que quieren escuchar.

– Lo que tú digas…

                Intentó ignorarle las horas siguientes para que no se ilusionase demasiado con ella. Los días siguientes. Los meses siguientes. Pero el chico no se le despegaba, siempre tenía algo que contarle y por más que ella le diera contestaciones bordes o secas no se rendía. Le ayudaba a estudiar, le dejaba sus apuntes e incluso hacía los ejercicios con ella. Y siempre hablando por los codos. Entre historia e historia llegó a conocerle un poco más, aunque fueran trivialidades como sus películas o grupos favoritos. Ella sin embargo no abría la boca más que para decir sí, no, o meh. Sin pretenderlo, se acostumbró a tenerle cerca. Le gustaba su compañía. Le hacía reír los días que peor estaba. Una mañana en la que acababa de ver una fuerte discusión entre su padre y su madre por una mala nota que sacó, no quiso entrar en clase nada más llegar. En su lugar fue directa al cuarto de baño y a pesar de los gritos de las chicas, Makoto estuvo apoyado contra la puerta pidiéndole que saliese.

– Si no me dices qué ha pasado no puedo ayudarte.

– Nadie te ha pedido ayuda, déjame – dijo sorbiendo los mocos.

– ¿Te han echado la bronca en casa?

– No. Estás perdiendo horas de clase. Vete Makoto.

– Ya te he dicho que no me voy a ir hasta que salgas conmigo. No hace falta que me cuentes nada si no quieres pero esconderte ahí dentro no te va a ayudar a estar mejor – No le contestó – Si quieres te canto algo. Para amenizar tu lamento.

– Eres un coñazo.

– Tu coñazo favorito, no puedes negarlo – sonrió sin poder evitarlo y abrió el pestillo – ¿Nos vamos a clase? – La miró con esos ojos amables que tenía cuando ella se asomó.

– ¿Y qué excusa ponemos?

– Que estabas mala y te he acompañado a la enfermería. Pero ya estás mejor porque te he puesto una inyección de amor – Le pasó el brazo por los hombros, alzando las cejas.

– Cállate imbécil, no hagas estas cosas en el colegio.

– Me encanta que sonrías, estás preciosa – Le besó en la mejilla y la soltó, dándole antes un apretón en la mano y soltando un suspiro.

– Vuelve a decir eso y—

– Y me quedo sin dientes. Lo sé. Lo siento.

                Poco a poco comenzó a confiar en él, a darle menos contestaciones malas y a ser más paciente. El chico se merecía su amabilidad, era el único que se preocupaba por ella fuera de su casa. El día previo a San Valentín, cuando en un cambio de hora Makoto fue al servicio, se le acercaron un grupo de chicas.

– Aiko-san, eres muy amiga de Mako-chan ¿Verdad?

– ¿Qué quieres saber del imbécil? – Se miraron entre ellas alzando las cejas.

– ¿No te gusta?

– Si tu pregunta es si voy a ser competencia, no, no quiero salir con él. Pero sigue intentándolo. Ánimo.

– ¿Por qué dices eso? – dijo otra de las chicas – Ayu chan se lleva muy bien con él. Tiene muchas posibilidades.

– No le interesa nadie que yo sepa. No tiene planeado tener novia, ni siquiera echaros un polvo y si os he visto no me acuerdo – cogieron aire escandalizadas, tenía que controlar su vocabulario – Es un tío muy raro.

– No es raro – dijo la tal Ayu – Solo hay que entenderle.

– No creo que le entiendas – Le molestaba que se las diera de súper amiga de Makoto cuando no era así. Le molestaba que creyese que le conocía mejor que ella.

– Eso será…

– ¡Yuudai ha venido a clase con el pelo azul! – dijo un chico en la puerta del aula, corriendo a la que les quedaba al lado. Todos salieron en desbandada para verle, ella se quedó sentada con Ayu a su lado.

– Ese tipo es un pandillero – Le susurró – No me gusta nada.

– No juzgues a la gente sin conocerla.

– Aplícate el cuento – Aiko la miró a los ojos, vio que la chica se sentía intimidada, pero siguió hablando – Me miras con desdén, piensas que soy tonta solo por ser coqueta. Y yo te digo que te equivocas.

– Hasta ahora no he visto nada que me demuestre lo contrario.

– Tampoco tengo por qué demostrarte nada. Simplemente venía a preguntarte si podías ayudarme a conquistar a Makoto pero por algún motivo no te veo muy interesada en que tenga novia.

– Oye, me importa una mierda con quién cojones se líe este tío. Solo te digo que estás perdiendo el tiempo. Tú sabrás lo que haces.

– Le voy a pedir salir en San Valentín, ¿seguro que no te gusta?

– Joder, qué pesada eres, lárgate ya.

– No tengo por qué – Aiko echó la silla hacia atrás y se encaminó hacia la puerta de la clase. Le estaban dando ganas de partirle la nariz a esa estupidilla tan perfectita y prefirió alejarse y relajarse un rato que quedarse y arrepentirse. Al salir, chocó su hombro con algún alumno al que ignoró.

– ¡Mira por dónde vas, zorra! – Se frenó en seco. Un insulto era lo que le faltaba para terminar de reventar. Se volvió cogiendo a ese tío de pelo azul por la muñeca y con un movimiento de aikido que le enseñó su tío, le hizo arrodillarse en el suelo, doblándole el brazo hacia atrás.

– Has ido a tocarme el coño el día que menos tenías que hacerlo – Le susurró, escuchándole quejarse entre dientes – A mí no me vuelvas a hablar en ese tono o la próxima vez te parto la muñeca, niñato de mierda.

                Le soltó y le dio una patada en la espalda, tirándole de bruces contra el suelo. Vio que Makoto se le acercaba con expresión asustada pero le paró con la mano espetándole “Hoy no, y va en serio”. Algo tuvo que ver en su cara que no la siguió como siempre hacía. Se fue a esa zona del instituto en la que nunca nadie miraba, en donde siempre almorzaba con él porque estaba más tranquila. Se sentó en el suelo y resopló. Llevaba toda la semana cabreada y esa furia iba en aumento. Makoto tenía la culpa. Si quería relajarse o se alejaba de él o aceptaba sus sentimientos, pero eso conllevaba mucha mierda que no estaba dispuesta a soportar. Y encima ahí estaba san Valentín y esa cerda se le iba a declarar. Le dio una patada a la pata de una silla y vio como la montaña de muebles que tenía enfrente se tambaleaba. Antes de que se pudiese poner en pie, vio como el pupitre que estaba arriba del todo se le venía encima. Lo único que le quedó fue poner las manos y los pies para echarlo a un lado, y al hacerlo se le unió un par de brazos desconocidos. Tuvo la suerte tremenda de que cayese por la parte plana, no por las patas, de forma y manera que pudieron desviarlo entre los dos, haciendo un ruido considerable al caer.

– Un sitio peligroso en el que te metes – miró hacia el lado y vio a ese tío con el pelo azul.

– ¿Vienes a por más? – Se puso de pie, enfrentándole a pesar de que le sacaba dos cabezas.

– No, no, no. O bueno, depende de a qué te refieras.

– No te entiendo, háblame clarito.

– Me molan las tías como tú, muchísimo – su sonrisa era sucia. En una de las cejas tenía una cicatriz.

– La llevas clara, chaval – Se rio, alejándose de él y camino a la clase. No la dejaban tranquila en ningún sitio.

– ¿No me das tu número de teléfono por lo menos?

– ¿Qué ha pasado? – El amigo de su madre, el profesor de Educación Física, venía corriendo escaleras arriba.

– Ese chico no me deja, profe – dijo ella sonando inocente.

– Yuudai-kun, por favor, ve a la clase y no la molestes más – El chaval le miró con desprecio pero bajó las escaleras con los dos – No te conviene molestarla o te pateará el culo, ¿eh Aiko-san? – Se rio sin ganas.

– ¿Yo? No podría, es mucho más alto y fuerte – Yuudai se paró a medio escalón, mirándola con la boca abierta. Ella le miró con inocencia.

                Ignoró los cuchicheos cuando entró en clase y no habló con Makoto hasta la última hora, que fueron juntos cada uno hacia su casa. Miraba hacia el lado contrario por el que caminaba el chico, y dio un respingo cuando unas bicicletas pasaron casi rozándola.

– Adiós Mako chaaan – Se despidió Ayu desde una de ellas.

– Ten cuidado y no te caigas – murmuró ella entre dientes.

– ¿No te cae bien Ayu? Es agradable.

– Un ejemplo a seguir, sí. Deberías proponerle matrimonio – Makoto se rio suavemente.

– Venga ya, no te pongas celosa Aiko-chan.

– No me pongo celosa – musitó – Es que es una sabihonda repelente.

– ¿Y tú qué sabes si no la conoces?

– Tú tampoco, en toda la semana no te has despegado de mi culo.

– Supongo que las horas de después de clase no tengo vida, ¿no? – Le miró enfadada, con un nudo en el estómago.

– Vete a tomar por culo – caminó más rápido, sintiéndose mal – Imbécil, inútil, estúpido niñato tocapelotas – fue farfullando. Sintió la mano de Makoto intentando alcanzarla – ¡No me toques! ¡Vete con la puta bici a dar una vuelta con tu novia!

                Salió corriendo, no quería estar con él. No quería estar a su lado cuando empezase a llorar porque la verdad era que se moría de ganas. Nunca había pensado en la vida privada de Makoto. Dio por sentado que le tenía loco y que iba a estar para ella siempre que quisiera. Se había convertido en un apoyo fundamental en su vida al haber perdido a sus amigas y si empezaba a salir con Ayu no iba a pasar con ella tanto tiempo. Nada de tiempo, de hecho. Iba a estar con su novia, como era lógico. Le escuchaba correr detrás, pero ella era más rápida. Al llegar a la puerta de su casa vio a su tío Keiji, con unas pintas igual de horrorosas que siempre.

– ¿Qué cojones te pasa? – Le preguntó al verla llorar – ¿Y ese quién es?

– Nadie, abre la puerta de una vez.

– ¿Te ha hecho algo? ¿Le doy un susto?

– ¡Que abras! – Le dijo empujándole.

– Vale, vale, tranquila – Tan pronto le abrió la puerta irrumpió en su casa limpiándose las lágrimas. Tuvo que esquivar a su madre camino a su habitación, y al entrar cerró con pestillo.

                Tiró la mochila a una esquina y se sentó en el borde de la cama con ganas de partir algo y de llorar hasta quedarse seca. Se sentía impotente, minúscula. Se sentía una persona horrible, insignificante. Estaba muerta de rabia y, por qué cojones no admitirlo, celos. Quería ser Ayu, quería verle por las tardes cuando nadie más los veía, en privado. Le pegó a la almohada llorando en silencio, sintiendo dolor físico al sentirse en segundo plano en la vida de Makoto. Le había abierto su corazón para nada, era evidente que algo así iba a pasar. No quería ir a clase el día siguiente, ni nunca más. Pero sabía que no le quedaba más remedio. A la hora de la cena, su primo llamó a la puerta.

– Oye, enana, ¿Qué te pasa?

– Nada – dijo ella apáticamente, jugando en la cama con el teléfono.

– Makoto me ha dicho que te has enfadado con él.

– No estoy enfadada.

– Pero no estás bien tampoco.

– No.

– ¿Por su culpa?

– ¡No es culpa de nadie! ¡Déjame en paz!

– ¿Por qué no le dices lo mucho que te gusta?

– ¿Iba eso a evitar que se alejase de mí? No, tarde o temprano iba a darme de lado. Como todos.

– No digas eso, no es verdad.

– Sí lo es. Y además no quiero novio.

– No entiendo por qué dices eso si es evidente que estás loca por él. Cuando hablas de Makoto incluso sonríes sin darte cuenta. Y te brillan los ojitos.

– Los novios no traen nada bueno. Mira lo mal que lo pasó mi madre con mi padre.

– Creo que ese ejemplo es un poco extremo…

– Y a tu madre nunca le ha hecho falta novio. Convive con tu padre pero ni están casados ni se casarán y son felices, ¡tú no tienes novia!

– No tengo novia porque no me gusta nadie pero de haber alguien no me importaría. Los ejemplos que me pones les valen a otras personas pero piénsatelo bien, ¿no serías más feliz con pareja? ¿Con él?

– Sería más feliz si supiese que va a ser mi amigo pase lo que pase – Le entraron ganas de llorar, por lo que se dio la vuelta en la cama – Cierra la puerta al salir y apaga la luz, no tengo hambre.

                Al día siguiente el intento de fingir estar mala le salió mal. No quería ir a clase y ver como lo inundaban a regalos. No quería tener que sentarse tras él tantas horas seguidas y tener que evitarle cuando quisiera hablarle. No quería verle con Ayu. Antes de salir, su padre la paró.

– Te llevo hoy a clase. Voy a pasar cerca de tu instituto y te puedo dejar unas calles antes de este.

– Vale, lo que sea – Se subió al coche, sorprendida porque su padre se sentaba a su lado.

– ¿Qué te pasa?

– Nada importante.

– Conozco esos ojos, has llorado. Sabiendo que has llorado no me digas que no es importante.

– ¿Y para qué te voy a contestar? ¿Para que acojones a un chaval que ni siquiera es mayor de edad?

– ¿Uno de tu clase te ha hecho daño?

– No papá, es más complicado. Déjalo, en serio.

– Solo quiero que estés bien. Si no te gusta ese instituto dímelo y vas a otro. Y si hay algún profesor que te esté jodiendo también me lo dices.

– Nadie me está jodiendo. Todo está bien – Le miró y pudo ver la preocupación sincera en el rostro de su padre – Pero muchas gracias igualmente.

– Ve con cuidado. Te recojo a la salida – Le besó el pelo antes de que se bajase del coche, haciendo que ella se sintiese un poco mejor.

                Miró hacia la verja, sintiendo otra vez el nudo de angustia en el estómago. Sin mirar a la gente, que se mostraba más excitada de costumbre por aquello de ser San Valentín, se metió en la clase. Una vez allí sentada sacó los libros y se tumbó sobre ellos. Makoto no estaba en su asiento. Antes de que llegase el profesor le sintió sentarse en su sitio, suspirando. No levantó la cabeza hasta que el profesor no empezó a hablar, segura de que Makoto no la estaría mirando para intentar hablar con ella. Cuando se incorporó, vio un bomboncito de chocolate justo delante de sus manos. Lo tiró de la mesa dándole un golpe seco con los dedos. Miró la nuca de su amigo, tragó saliva y apretó los dientes, obligándose a centrarse en la clase. Pero se sintió observada y al mirar a su derecha, Ayu la observaba preocupada. Aiko le apartó la mirada cuando su compañera le sonrió saludándola con la cabeza. La odiaba. Esperaba que no intentase ser su amiga porque no iba a pasar. Al descanso siguiente la táctica de tumbarse no le sirvió de nada. Le dieron golpecitos en el brazo, tantos, que tuvo que mirar adelante exasperada.

– ¿¡Qué?!

– Buenos días – Makoto le sonreía como si no hubiese pasado nada – ¿Estaba bueno el bombón?

– Pregúntale al suelo.

– No puedo hablar con el suelo, baka.

– Déjame en paz – dijo ella sin ganas de pelearse, volviéndose a meter entre sus brazos.

– ¿Sigues enfadada?

– No estoy enfadada Makoto. Estoy cansada de estar siempre enfadada – sintió su mano en el pelo – No hagas eso.

– Sabes que eres mi única amiga ¿Verdad? – Susurró en su oído. Aiko le miró con el corazón en la garganta – Me importas mucho – Cogió su mano. Ella se la apretó levemente.

– ¡Eh! – Le tiraron algo encima, sobresaltándola y separándola de él – Feliz San Valentín – Yuudai le tiró una bolsita con corazoncitos de chocolate en la mesa –  ¿Sales conmigo o no?

– ¿Eres gilipollas o te caíste de cabeza al nacer? – Los chicos de alrededor se rieron por su reacción. Ayu se acercó a ellos sonriente.

– Yuudai-kun, el chocolate lo regaláis los chicos en el White Day, dentro de un mes.

– Ah, pues trae y te lo doy luego.

– Y una mierda, esto es mío – Ella ya había abierto la bolsa y se los estaba comiendo.

– ¿Pero vamos a salir juntos?

– No – Yuudai se quedó allí plantado, intentando asimilar su negativa – ¿Qué no entiendes de no?

– Venga ya, joder. Si estamos hechos el uno para el otro.

– Te ha dicho que no – intervino Makoto – Seja de insistir.

– No hace falta que me defiendas – La miró con los labios entre abiertos pero ella miró al peliazul – Por más que quiera no puede conmigo y lo sabe. Por eso le gusto. Lo siento mucho chavalote.

– Bueh, ya dirás que sí – Yuudai se encogió de hombros y se marchó a su clase.

– ¿Me das uno? – Le preguntó Makoto.

– Sí, que tú no tienes bolsas y bolsas en tu taquilla – Le dijo ella chasqueando la lengua.

– Pero es que los tuyos tienen buena pinta.

– Saben a plástico – Le dio un puñado y le vio sonreír ampliamente.

– Chocolate de Aiko chan en San Valentín, ¡apuesto a que soy el primero!

– Mi madre y yo le regalamos todos los años a mi padre, no eres el primero.

– Pero sí el primero fuera de tu familia – Llevaba razón, y aunque no le había traído chocolate a él en especial, el simple hecho de habérselo dado en esa fecha le hizo sonrojarse – Muchas gracias – Le rozó la mano de nuevo.

– ¡Cállate ya! – Le dio con la bolsita en la frente ante lo que él se rio, mirándola con esos ojos tranquilos y felices que le caracterizaban.

                Un poco más sonriente, pasaron las horas hasta el almuerzo. Volvió a hablar con normalidad con él, espantando esos miedos que le hacían miserable el día anterior. Mientras le tuviese cerca le daba todo igual, su presencia se había convertido en un apoyo necesario y no aceptaba perderlo. Después de ver su actitud, estaba un poco más tranquila, hasta que justo antes de salir de clase, Ayu paró a Makoto cogiéndole de la manga de la camiseta.

– ¿Podemos hablar un momento? – Ayu miró a Aiko de arriba abajo, con una sonrisita.

– Sí, claro – La sonrisa que le dedicó Makoto a la otra era igual que las que le dedicaba a ella. Y le puso una mano en la cintura. Aiko volvió al estado del día anterior – Ahora voy contigo a donde siempre – Le dijo a su amiga.

– No hace falta – Se tragó lo que pensaba en realidad y fue agarrando el bento directa a su lugar tranquilo. Respiraba hondo para no echarse a llorar en público cuando escuchó que la seguían. Se volvió esperanzada, deseando que fuese Makoto.

– Oe, ¿Dónde vas tan deprisa? ¿Te has puesto mala? – Yuudai le sonreía con la chulería de siempre. Se quedó mirándole y vio que justo detrás de él iba la otra parejita charlando entre sonrisas cálidas y miradas amorosas.

– Ven conmigo – Aiko le cogió de la mano, llevándoselo a donde solía ir con Makoto, ahora muy entretenido con otra.

– ¿Dónde me llevas? – Dijo él riéndose – Bueno, lo que quieras.

                Le llevó hasta donde estaban las mesas apiladas y sentándose en una, escondida tras el montón, tiró de sus pantalones hasta tenerle entre sus piernas. Aiko le puso las manos en la cara, acercándole y besándole. Si Makoto iba a estar ocupado, ella también. Yuudai le sonrió entre beso y beso. Era muy sucio y estaba claro que iba a lo que iba. Le parecía bien. Le dejó levantarle la camiseta y le ayudó cuando quiso bajarle las bragas. Ella misma se la sacó de los pantalones, más nerviosa que cachonda, y ella misma se la mojó con su saliva. Le besó profundamente cuando la penetró, con prisas, con demasiada urgencia. Sabía que no iba a durar mucho. Le molestaba un poco pero al escucharle jadear, se excitó finalmente, empezando a sentir algo de placer. Susurró su nombre y el chaval se descontroló. Le mordió el cuello y la agarró de las caderas con fuerza, follándosela tan duro que temió tirar el montón de muebles que tenía detrás. Aiko empezaba a correrse cuando él se puso tenso, adelantándose a ella y dejándola con ganas de más. Al verle jadear de esa manera y apretarse a sus caderas, al sentir algo caliente en su interior, le alejó de ella de un empujón.

– Dime que no – Se levantó la falda y vio que de entre sus piernas se escapaba su esperma – ¿¡Eres gilipollas?!

– ¿Y qué? Vas a la farmacia y listo – dijo él con una sonrisa.

                Sin limpiarse, sin ponerse las bragas, se abalanzó sobre el chico y le dio un bofetón. Él se lo devolvió. Aiko, más furiosa si cabía al ver que pretendía acercarse a ella para seguir pegándole, se agachó un poco. Al tenerle justo encima se estiró, dándole un cabezazo en la nariz. La boca y el cuello de Yuudai no tardaron en teñirse de rojo mientras el chico daba alaridos de dolor asegurando que le había roto la nariz. No le importaba. Cogió sus bragas, se las puso manchándose entera y se fue al servicio tras darle una patada en la entrepierna al chico. Una vez en el baño se intentó limpiar como pudo con pañuelos, asqueada, enfadada y preocupada. Pero sobre todo triste. No sabía qué pretendía exactamente al tirarse a ese tío, no se sentía mejor. Al contrario, ahora tenía un problema de verdad. Y la pena que le dio ver a su amigo tan compenetrado con otra no se fue, seguía ahí. Por más que intentaba no llorar no lo pudo evitar. Sentada en el retrete, con las bragas bajadas y un pañuelo lleno de esperma de un desconocido. No sabía quién era ella misma ni qué estaba haciendo. Se desconocía. No encajaba en ninguna parte y nadie parecía encajar con ella. Excepto Makoto. Deseó ser normal, una de las chicas tontas de la clase con tontas preocupaciones. Deseó estar en su casa, tapada hasta la cabeza con su manta. Deseó no haber cometido tantos errores y ser capaz de afrontar sus sentimientos. Pero en lugar de eso, lo que hizo fue tragarse las lágrimas y seguir limpiándose.

 

 

5

Una vez lista – física y mentalmente – se acordó del bento y fue a por él. Si lo perdía su madre iba a hacer preguntas que ella no iba a querer contestar. Yuudai ya no estaba, en su lugar había una mancha de sangre y Makoto con su bento en la mano.

– ¿Qué le has hecho? – Se lo quitó y se dio la vuelta – ¿Por qué le has pegado? No nos lo quiere decir.

– ¿Os lo quiere decir? ¿A los dos?

– Ayu está con él en la enfermería – soltó una risita suave.

– Una pena que no aparecieseis un ratito antes, te has perdido el espectáculo. No te interesa lo que ha pasado, estabas ocupado, ¿no? Pues yo también.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Que no te importa lo que yo haga igual que a mí no me importa lo que hagas por las tardes con Ayu. Y no insistas, es más, no me hables en lo que queda de día si no es mucho pedir.

– ¿Qué te pasa de repente? ¡No entiendo esos cambios de actitud!

– ¡¡Pues piensa un poquito, que eres inteligente para lo que te da la gana!!

                Tras eso la dejó tranquila. La noticia de que le había provocado una hemorragia a Yuudai se extendió como la pólvora. Entre eso y lo del día anterior ya tenía la fama de violenta asegurada. No es que le preocupase mucho, había un tema mucho peor dándole vueltas por la cabeza. En cuanto sonó la alarma que marcaba el final de las clases, se apresuró a salir buscando el coche de su padre. Nada más verlo salió corriendo hasta él, cerrando de un portazo.

– ¿Qué te pasa? – Le preguntó Daisuke desde el asiento delantero, conduciendo a casa.

– ¿Y mi padre?

– Ocupado, siente mucho no haberte podido recoger. Está ahí tu amigo, ¿le esperamos?

– ¡¡No!! – La miró sobresaltado – Vámonos de una vez.

– Llevas unos días actuando muy raro, ¿te ha pasado algo en clase? ¿Te están acosando?

– Por favor, no. Que lo intenten – Le vio sonreír.

– Sabes que puedes hablar con nosotros de lo que sea, ¿verdad? – le dio la clave. Manami. Ella no le juzgaría y la intentaría ayudar sin decirles nada a sus padres.

– ¿Está la tía en casa? – asintió. Nada más llegar fue directa a su habitación, cerrando la puerta y mirándola.

– ¿Qué te pasa? – Le dijo Manami al ver su expresión.

– Antes de nada, prométeme que no les vas a decir nada a mis padres – La cogió de las manos y la sentó en su cama.

– No, claro que no voy a decir nada – Se limpió de la mejilla una lágrima.

– He tenido sexo sin protección con uno de mi clase y el muy imbécil se me ha corrido dentro – La vio suspirar.

– Vale, no pasa nada. Voy esta tarde a por las pastillas y lo solucionamos pero Aiko, no vuelvas a hacer algo así.

– No sé por qué me lo he tirado, ni siquiera me gusta.

– No digo el sexo. El sexo está bien siempre que se te apetezca Digo hacerlo con un desconocido sin protección. Te puedes buscar un problema serio.

– Ya lo sé – Se llevó las manos a la cara – ¿Tener diecisiete años es tan horrible para todo el mundo o soy yo sola?

– Nadie se libra – Le dijo ella sonriente – Son dramas necesarios.

– No creo tener la necesidad de pasar por esto.

– A ver, ¿cómo has llegado a este punto? ¿Qué te ha hecho tomar esta decisión? – Aiko se lo contó todo.

– Desde que cambié de instituto él ha sido mi único apoyo. Ha estado siempre conmigo pero ahora hay una chica en la clase que le ha pedido hoy mismo salir. Y queda con ella por las tardes después de clase, me lo ha dicho él – Conforme iba hablando se iba sintiendo cada vez peor – Y la mira con unos ojos que… me hace daño. No me gusta. Si sale con ella me va a dejar de lado y no quiero que eso pase.

– Pero Aiko, ¿le has preguntado directamente a él si están saliendo? ¿Sabes si le gusta ella?

– No le he preguntado pero si quedan después de clase está bastante claro.

– No tiene por qué. Quizás se llevan bien y resulta que a ella le gusta pero no es correspondido.

– O quizás quedan para salir porque yo le dije que no quería novio.

– O te lo estás inventando todo y él está loco por ti, que es la impresión que me dio cuando estuvo en casa. No supongas lo que sienten los demás, pregunta. Y deja de ponerte un escudo con él, por lo que me cuentas sus sentimientos son honestos. Sean cuales sean – suspiraron juntas – Aiko, no alejes de tu lado a alguien que te importa tanto. Te vas a arrepentir.

– Pero si está saliendo con ella no voy a soportarlo.

– Primero habla con él, ¿vale? Queda este fin de semana, dile que venga a casa.

– No puede venir a casa, papá se lo ha prohibido.

– Entonces queda en su casa. Lo que necesitáis es hablar a solas.

– No quiero – Aiko se cruzó de brazos – Me da miedo lo que me pueda decir.

– La vida da miedo, pero hay que arriesgarse para ganar. Y otra cosa, tu felicidad no puede depender más que de ti misma. No puedes apoyarte tanto en una sola persona.

– Ya lo sé. Sé todo eso. Siempre he criticado a mamá por hacerlo con papá y ahora lo estoy haciendo yo.

– Es muy fácil caer en ese error, sobre todo con tu edad. No te preocupes por nada, ¿vale? – escucharon la puerta de la calle y la voz de su padre. Se apresuró a limpiarle las lágrimas.

– ¿Aiko? – llamó a la puerta con los nudillos.

– En mi cuarto no llamas – protestó ella cuando su tía le dio permiso para entrar.

– En tu cuarto no me voy a encontrar lo que me puedo encontrar aquí – dijo mirando a Manami, que se rio – O eso espero. ¿Qué te ha pasado? Dice Waru que estás rara.

– No es nada, está agobiada por las notas – Se inventó su tía – Me estaba pidiendo ayuda ahora mismo. Pero todo va a ir bien, ¿verdad?

– Claro que sí, no es tonta. Toma – Le tiró unas llaves que cogió al vuelo – La tienes de vuelta. Pero ya sabes lo que no tienes que hacer.

– ¿La moto? ¡¡Gracias!! – Se levantó de la cama y le dio un abrazo enorme.

– Te dije que si te portabas bien la tendrías de vuelta.

– ¿Puedo cogerla?

– Primero almuerza – dijo su madre sonriendo al verla abrazada a su padre – Luego vas donde quieras. Pero creía que íbamos a hacer bombones juntas.

– Claro que sí, y me vas a dar unos pocos – Ken le dio un empujoncito en el hombro.

                Su familia no era perfecta ni mucho menos, pero eran capaces de animarla cuando peor estaba. Se sentía querida, y eso era lo importante. Su tía se marchó en ese mismo momento y antes de que la comida estuviese lista volvió con las pastillas para Aiko y una caja de condones que le dio discretamente lejos de los ojos de su padre. Después de almorzar se quedó en la cocina con su madre, preparando los bombones de todos los años. Hacían un paquete para cada hombre de la familia, con sus chocolates favoritos.

– Aiko-chan, ¡uy que bueno! – Su primo entró en la cocina, robando un bombón del montoncito de los blancos.

– ¡No te comas más de los que te corresponden! ¡Están contados! – Le riñó su tía Ayame.

– Voy a salir esta noche con mis amigos. Ninguna de las del cumpleaños. Vamos a un karaoke y sé que te encantan, ¿te vienes?

– No – Su madre la miró ante su seca respuesta.

– Makoto me ha dicho que es lo que ibas a contestar y me ha pedido que insista.

– Ahora sí que no voy…

– Pues te había preparado una bolsita para él – Su madre le enseñó una más grande que las demás.

– Pues se la puedes dar a otro. Él ya tiene chocolate de sobra.

– Dice que quiere hablar contigo y que es importante – Aiko suspiró con fuerza por la nariz – Si tan amigo tuyo es, deberías escucharle al menos.

– Pero vamos en mi moto.

– Me da un poco de miedo, pero vale. Ve vistiéndote – miró a su madre, que le hizo un gestito con la cabeza para que se marchase.

                Sabía que probablemente eso que tenía que decirle era que estaba saliendo con Ayu, pero de todas maneras le debería hacer caso a su tía. Tenía que dejar de suponer cosas que a lo mejor no eran.  Se duchó, se puso unos vaqueros negros, una camiseta simple y gris y se metió en el cuarto de su tía, quitándole una chaqueta de cuero roja que le encantaba. Cogió dos cascos y llamó al cuarto de su primo. Se le fue la nariz detrás, le encantaba el olor de su colonia y él se rio apretándola contra su pecho. A  veces le daba la impresión de que más que primos, eran hermanos. Cuando vio su moto, limpia y esperándola en el garaje, se alegró. Se puso realmente contenta desde hacía mucho tiempo. La arrancó subiéndose encima del pedal empujando con todo el peso de su cuerpo y se rio un poco histérica al escuchar el motor. Música para sus oídos. La sacó del garaje y esperó a que Ken se subiese tras ella. El momento en el que aceleró fue eufórico. Iba a toda la velocidad que le era permitida e incluso un poco más rápido. Una gran sonrisa iluminaba su expresión y el corazón se le iba a salir del pecho. Se dio cuenta de lo parecido que era ese sentimiento a hacer el amor con Makoto y se rio en voz alta. Al parar ante el local, sintió como su primo se bajaba con prisas.

– Me vuelvo en taxi – Le dijo dándole el casco para que lo guardase dentro del sillín.

– Miedica – contestó ella poniéndole el candado a la rueda delantera.

– ¡Por fin! – dijo una de las chicas. Miró sobre su hombro y se alegró al no ver a Ayu, aunque había chicos que no conocía. Escuchó que le golpeaban el casco.

– Hola Speedy González. Menuda carrera pegaste al acabar la clase.

– Hmm… – No sabía si estaba enfadada con él o no. Se quitó el casco, soltándose la larga melena negra sobre los hombros. Escuchó a una de las chicas susurrar un “¿Esa es tu prima? Es super guay” – Tenía prisa.

– Ya me di cuenta – pasó uno de sus largos mechones negros entre sus dedos, mirándola fijamente.

– ¿Entramos o qué? – Le preguntó a su primo, apartando la atención de esos ojos negros. El lugar era un poco cutre pero las habitaciones individuales eran grandes y espaciosas. No se había terminado de sentar y las dos chicas se sentaron una a cada lado de ella.

– Yo soy Miku y ella es Kana chan, encantadas Aiko-san.

– Hola – Se sentía incómoda. Miró a su primo, que se reía a carcajadas con los otros tres chicos.

– Ken-kun nos ha dicho que cantas muy bien, ¿cantamos juntas?

– Empezad vosotras – intentó no ser lo desagradable de siempre y agradeció que esas dos no insistieran.

                Se pusieron de pie para cantar una canción de la que se sabían incluso el baile. Tenían a los chicos ensimismados y parecían estar en su salsa. Al mirarse a sí misma, de brazos cruzados y sola en la esquina de un sillón le entraron ganas de salir corriendo. No encajaba en el grupo, como siempre. Sacó su teléfono, intentando distraerse con cualquier cosa de ese sentimiento que empezaba a invadirla.

– Eh – Al mirar al frente vio a Makoto sentarse a su lado – No te aísles.

– Lo siento no soy como ellas – dijo señalándolas con la cabeza.

– Se tú misma sin aislarte. Cuando estás suelta eres muy divertida.

– Sí claro – Las miró, deseando ser como ellas.

– A mí me encantas – Le dio un golpe en la nariz y ella se echó hacia atrás.

– ¿Qué haces? Estate quieto.

– Tengo que hablar contigo, pero aquí hay mucha gente – El corazón se le puso en la garganta – Vamos fuera un momento.

                Miraba las baldosas a cuadros amarillos y naranjas de la entrada intentando sopesar todos los escenarios posibles, todo lo que podría querer decirle. Le temblaban las manos, así que las guardó en los bolsillos de la chaqueta. Makoto tardó en empezar a hablar, mirándola con seriedad.

– Me dijiste que no éramos novios la noche del cumpleaños de tu primo – Ella asintió – ¿Sigues pensando lo mismo? – La pregunta le confundió, pero respondió con los hechos.

– No somos novios. Somos amigos.

– ¿Y si te preguntase qué responderías?

– ¿Te gusta Ayu?

– Me gustan muchas cosas de Ayu igual que me gustan muchas cosas de ti.

– ¿Qué cojones significa eso? – espetó cruzándose de brazos – ¿Te has acostado con ella?

– Sí – Aiko frunció el ceño brevemente, apretando los labios después – Esta tarde, antes de venir.

– Así que vienes follado – estaba enfadada con él. Muchísimo – Pues no sé qué coño me estás preguntando entonces, ni para qué.

– Porque tengo que saberlo.

– ¿Para decidir con cual quedarte? Perdona Makoto pero no soy una puta opción. No me vale si tienes que elegir entre yo u otra. Así no se hacen las cosas, ¿quedabas con ella después de clase, verdad?

– Sí. Pero respóndeme, ¿saldrías conmigo?

– Después de lo que me acabas de decir y de lo que has hecho esta misma tarde no sé cómo tienes la cara de preguntarme eso, ¿vas a jugar con Ayu o qué te pasa? ¿¡De qué vas!?

– Deja de gritarme y de hablarme de esa manera. No me lo merezco.

– ¿Que no te lo mereces? ¡Es lo mínimo que tengo que hacer sabiendo que todavía apestas a otra!

– ¡Me dijiste que no querías salir conmigo! ¡No parabas de negarlo y de recordármelo!

– ¡Porque no quería! ¡¡Hace un puto mes, no ahora!!

– ¿¡Y cómo quieres que sepa eso si esta mañana te has follado a Yuudai?! – era la primera vez que le alzaba la voz, él también estaba enfadado. Le juzgaba con la mirada, era muy desagradable la sensación que le daba – ¿¡Qué quieres que piense?! ¿¡Qué quieres que haga si no es follarme a otra?! ¿Pretendes que me quede esperándote siempre? ¿Que no tenga novia nunca y esté siempre detrás de ti aguantando tus contestaciones cuando tienes un día malo? – Las cosas que estaban saliendo de su boca no le estaban gustando, le hacían sentir mala persona – Eso no va a pasar, estoy harto de tu doble juego y de que en vez de sincerarte todo lo que obtenga son muestras de desprecio.

– ¡¡Pues muy bien, pasa de mí si tantas ganas tienes!! ¡Sigue follándote a Ayu! – Se fue hacia su moto, quitándole el candado y subiéndose a ella.

– ¿Dónde vas sin casco?

– Con mis amigos de verdad, no contigo que me cambias por la primera que se te abre de piernas y te aparta de mi lado cuando no te tengo delante.

– ¡Me duele que hagas esas cosas, Aiko! ¡Me duele que me hables así y no seas sincera del todo!

              Arrancó a pesar de que él la llamaba y no paraba de hablar. Se alejó de lo que le hacía daño, de las verdades que dolían tanto. Si Makoto se quedaba con Ayu ella se lo había buscado por no apreciar a la persona que tenía a su lado. Por no tratarle como se merecía. Se limpió una lágrima bruscamente de la cara, camino a ese antiguo edificio en el que quedaba con las que fueron sus amigas. Al llegar, había poca gente a la vista pero todos se quedaron mirando su moto con mucho interés. No veía caras conocidas.

– ¿Aiko-chan? – Al principio no reconoció a la chica con la cara llena de piercings y pelo verde que le hablaba – ¡Soy yo! ¡Rin-chan! – Le dio un abrazo enorme – ¿Dónde has estado metida?

– En otro instituto lleno de gente bastante imbécil. Me habían quitado la moto hasta hoy.

– Ven, ven conmigo, te voy a presentar a todos los que no conoces.

                Saltaron escombros, basura y todo lo que siempre había estado por allí pero multiplicado por dos. Parecía que en los meses que había desaparecido ese lugar era más decadente si cabía. Y no solo eso, la gente también le daba mala espina. Su amiga parecía otra persona en todos los aspectos. Hablaba diferente, se movía diferente y se comportaba diferente. Le daba la impresión de que estaban colocados con algo y no tenía muy seguro si quería saber el qué. Pero a pesar de todo eso se sintió bien, integrada al fin. Sus otras dos antiguas amigas la recibieron con los brazos abiertos a pesar de como acabó todo. Ellas también tenían pendientes y peinados extravagantes. Pasaron las horas mientras la pusieron al día y les enseñaron sus motos nuevas, robadas por supuesto y tuneadas al máximo. Le hicieron olvidar sus problemas, sus penas, a Makoto. Se le había olvidado lo que era reír durante tanto tiempo seguido.

– ¿Seguís acosando a empresarios? – Se miraron y se rieron a carcajadas.

– ¿Tú crees que se nos acercan con estas pintas? Hemos cambiado de táctica. Es más fácil robar una tienda que abrirse de piernas.

– Y si no pues compramos drogas y lo que nos sobra se los vendemos a los demás a precios exagerados. Pero tú no sabes nada – Ella sonreía a pesar de no gustarle lo que estaba oyendo.

– Nos podrías ayudar un poco, que yo recuerde estás forrada.

– ¡Eso! Quítale a papaito unos cuantos billetes, fijo que no se entera – Se rio con ellas, pero se acercó a la moto discretamente. Tenía que salir de allí, había sido un error acercarse a ellas.

– ¡Vamos a darnos una vuelta! ¡Déjame tu moto tía!

– ¿Estás loca? Ni de coña vas a tocar mi moto – soltó una risita a la que no le acompañaron.

– ¿Y por qué no? ¿Qué más te da? ¿No somos amigas?

– Mi moto no la toca nadie, lo sabéis desde siempre. Y esto solo ha sido una visita, no iba a quedarme de todas maneras.

– ¡Venga ya! ¡Y una mierda! ¿Qué haces tú aquí? – miró hacia el lado y vio a Yuudai acercarse a ella.

– ¿De qué la conoces? – preguntó Rin.

– Es la que me he follado esta mañana, la que me ha hecho esto – Se señaló la nariz herida – ¿Vienes a por más? – Se agarró la entrepierna.

– Piérdete picha corta – Le contestó ella. El bofetón de Rin le pilló desapercibida.

– No vuelvas a insultar a Yuu, no vuelvas a tocarle y mucho menos a follártelo. Es mío, puta.

– Pues no se acordaba de ti esta mañana – Las palabras salieron de su boca sin poder retenerlas.

– Pija de los cojones, vas a aprender a no joderme – La agarró del pelo y antes de que pudiera moverse las otras dos le agarraban los brazos. Le dio una patada en el estómago que la hizo doblarse y dos bofetones que le provocaron una herida en el labio.

– Uh, ahora no eres tan chula – dijo Yuudai entre risas.

– Cógele las llaves de la moto – Una de ellas le metió la mano en la chaqueta y sacó las llaves. Ella se revolvió.

– ¡O paras o te rajo las tetitas de princesa que tienes! – Rin le acercó una navaja peligrosamente larga a la cara – Me voy a llevar tu moto y tú te vas a ir a casa, ¿estamos?

– Te vas a arrepentir de esto – Le dijo entre dientes, más furiosa que asustada.

– ¿Es una amenaza? ¿¡Es una puta amenaza?! – Le hizo un corte lentamente en el pecho tras abrirle la chaqueta, provocándole un grito de dolor – La próxima va al ojo, princesita.

– ¡¡Eh!! ¿Qué cojones estáis haciendo? – A Aiko le sonó a yakuza, pero un yakuza con la voz muy conocida. Al mirar hacia atrás vio a Makoto acercarse a ellas.

– ¿Y tú quién eres guapetón? – Le preguntó Saku.

– Suéltala – Por más que la señalase con el dedo, se veía que no pertenecía allí. Su ropa tan común le delataba.

– ¿Es tu novio? – Le preguntó Rin a Aiko – ¿Viene a rescatarte?

– Hombre, ¡Makoto! ¿También vienes a follartela? Ponte a la cola.

                Si no lo hubiese visto no lo hubiese creído. Makoto se abalanzó sobre Yuudai mientras este se reía mirando hacia atrás, tirándolo al suelo y pegándole en la cara golpes brutales. Las chicas parecieron olvidarse de ella para ir a socorrer a su amigo. Aiko no podía moverse al ver sangre en la manga de Makoto cuando Rin le cortó el brazo con su  afilada navaja. Iba a tirarse sobre ella cuando les llegó el ruido de una moto que se acercaba a toda velocidad, acompañado del de un coche que le seguía cerca. Las chicas se movieron inquietas porque evidentemente no esperaban a nadie. Aiko sentía la sangre correrle por el pecho y, llegados a ese punto, miedo. Sin embargo, se le pasó al ver quien se bajaba de la moto. Su tío Keiji tiró el casco a un lado, acercándose peligrosamente a las chicas que se movieron agitadas.

– ¡Keiji, no te muevas! – Ordenó la fuerte y autoritaria voz de su padre, una voz que a ella le tranquilizó. Le vio salir del coche poniéndose bien el traje de chaqueta, acercándose a paso tranquilo a los pandilleros – Tú – dijo señalando a Makoto – Métete en el coche con Aiko.

– Papá, tienen las llaves de la moto – Le dijo ella mientras sentía las manos de Makoto empujarla al vehículo.

– No te preocupes, me las van a dar – sonó todo lo amenazador que pretendía.

                Aiko ahogó un grito al ver que Rin se echaba sobre su padre con intención de clavarle la navaja. Makoto se quedó helado en el sitio a su lado, observando la escena. Tres hombres diferentes, incluyendo su tío, sacaron las pistolas. Sin embargo, Hiroshi la esquivó con facilidad, agarrándola del brazo y retorciéndoselo de forma brusca por la muñeca. Escucharon el grito de la chica al mismo tiempo que el chasquido su brazo al rompérselo.

– Aprende a diferenciar a quién puedes y a quién no puedes tocar – Al ver las pistolas, los otros echaron a correr, tirando las llaves de la moto al suelo de arena – Te aconsejo que salgas de este mundo si no quieres verme de nuevo. Y aléjate de esos cobardes que tienes por amigos. Keiji – El aludido se le acercó con rapidez, guardando el arma – Coge la moto de la niña y deja a esta en el hospital.

                Cuando finalmente reaccionaron fue cuando él se acercó a ellos. Se metieron con prisas en el coche, Makoto contra la ventanilla y Aiko en medio, al lado de su padre. Cuando Daisuke arrancó, mirándola preocupado por el espejo retrovisor, su padre se apretó entre los ojos con el dedo pulgar y el índice, suspirando exasperada y profundamente. No obstante, la mirada que le dedicó fue de profunda preocupación.

– No hagas esto nunca más, vas a matarme – La abrazó por los hombros y le besó el pelo – ¿En qué estabas pensando?

– Lo siento – Murmuró ella con un hilo de voz, sintiendo de golpe todos los sentimientos de los que intentaba huir con el añadido de la culpabilidad por haber preocupado tanto a su familia.

– Te dije que no intervinieras solo, niñato – Le dijo a Makoto, que permanecía en silencio – ¿Por qué fuiste tan jodidamente imprudente? Podrías haber acabado muerto.

– Le hicieron sangre, la estaban amenazando. No podía quedarme quieto por mucho que me lo ordenara nadie.

                Al alzar los ojos vio a su padre clavándole la mirada a Makoto. Sabía lo mucho que podía intimidar y después de lo que había visto que podía hacer, tendría que estar muerto de miedo. Giró la cara hacia él y se lo encontró desafiándole con la mirada. No se lo esperó en absoluto.

– ¿Cómo me habéis encontrado? – preguntó ella intentando desviar la atención.

– Tienes un chip de seguimiento en el teléfono – No dejaban de mirarse el uno al otro – Si no hubieses metido la pata ella no habría acabado donde estaba – Al ver que su amigo miraba hacia abajo con tristeza sintió el pecho de su padre hincharse – Asume tus errores.

– Déjalo – Le susurró – Por favor. Ahora no. Me ha ayudado cuando otro no se habría molestado y si me he ido ha sido porque he querido. No ha hecho nada malo, papá – Se soltó de él y se giró hacia su amigo, mirándole el brazo.

– ¿Estás bien? – Asintió con la cabeza, sin mirarla – ¿No te duele? – Cuando la miró a los ojos le entraron ganas de llorar.

– ¿Y tú estás bien? ¿Tampoco te duele? – No sabía si se refería a la herida o a otra cosa pero tuvo que apartarle la mirada. El resto del camino se lo pasó mirándose las manos.

                Al llegar, su padre pretendía que Makoto se fuese inmediatamente, pero su tío Daisuke le convenció para que pasara y se curase la herida antes de ir a casa. La madre de Aiko le dio un abrazo que le pareció infinito, llorando al ver la herida de su cara. Su tía, más resolutiva que ella, la llevó de la mano a la cocina. Allí estaba su primo Ken, que se levantó de la silla con aspecto preocupado al verlos entrar.

– ¿Qué os ha pasado? ¿Estáis bien?

– Heridas de guerra – bromeó Makoto – Nada grave.

– Aiko, ¿Por qué ha—

– No le digas nada más, suficiente tiene por hoy – Le cortó Makoto. Ella lo agradeció.

                Manami le curó la herida del brazo a su amigo y su madre le limpió a ella la de la del pecho. Intentó ponerle una tirita, pero era demasiado grande. Chasqueó la lengua y volvió a darle un abrazo tan fuerte que le hizo daño.

– Mamá no hagas un drama, estoy bien – Le dijo ella dándole palmaditas en la espalda.

– No me digas que no haga un drama, es lo que dice siempre tu padre. Estaba muerta de miedo, me vais a dar un disgusto.

– Hey, tú – Daisuke entró en la cocina, ofreciéndole la mano a Makoto – Muchas gracias, has sido valiente de cojones.

– No lo pensé, es que no me podía quedar quieto. Cuando vi a la loca esa con una navaja tuve que hacer algo – A la mención del arma su madre la apretó un poco más.

– En menudas movidas os metéis – dijo Ken comiendo chocolate.

– No quiero decir te lo advertí, pero… – Aiko miró a su tío, que suspiró – Si te digo que sabía dónde te metías es por algo.

– Ohg, no le digas te lo dije, molesta mucho – salió su tía en su defensa – La próxima vez no va a ser tan impulsiva. Lección aprendida. Muchas lecciones aprendidas hoy – Se sonrieron mutuamente.

 

 

6

– Bueno, vamos a comer algo – Su madre se limpió las lágrimas cuando consideró que su hija estaba realmente a salvo tras un largo abrazo. Sorbió sonoramente por la nariz justo cuando su padre entraba en la cocina. Al verla así la abrazó, dándole un amoroso beso en la mejilla y susurrándole palabras dulces que le plantó a su madre una sonrisa estúpida en la cara. Miró a Makoto y le vio observar la escena sorprendido.

– Siempre la toca como si se fuese a romper – Le dijo ella, intentando no sentirse lo triste que se sentía cuando le miraba – Se transforma al lado de mi madre – Por algún motivo, el chico la miró y asintió desviando su mirada hacia el suelo.

– Me tengo que ir, he dejado una reunión que no debería de haber dejado – Les dijo, mirando a su hija con unos ojos que expresaban “para que veas lo que hago por ti”.

– Ve con cuidado. Los demás, a la mesa.

– Ya estamos en la mesa, mamá – Ella asintió.

– Pues a comer – Makoto se levantó, pero Ken le puso una mano en el pecho.

– ¿Dónde te crees que vas? Te quedas a cenar. Mi tía cocina de maravilla – miró hacia atrás y susurró – Aunque mi madre cocina mejor.

– ¡Te he oído, tontito!

                Tras esa primera sonrisa, todos los miembros de su familia hicieron esfuerzos por que ambos sonriesen. Pero Aiko se sentía rara, Makoto no la miraba a los ojos y parecía costarle tanto sonreír como a ella. No comieron mucho pero lo que sobró se lo metieron entre pecho y espalda su primo y Daisuke.

– No es por darte ideas – Le dijo Manami – Pero esa cicatriz la cubriría estupendamente un tatuaje.

– No, es muy joven todavía, de tatuajes nada – protestó su madre, recogiendo los platos con su primo.

– Pero si tú te lo hiciste con mi edad – protestó Aiko.

– Mi situación era diferente.

– Sí, tu novio de una semana estaba en la cárcel y te sacaba trece años, así de diferente – dijo ella.

– No todas podemos tener un novio ejemplar. Por cierto, Makoto, Aiko se lo dejó en casa – Le dio al chico su bolsita de chocolates – Feliz San Valentín, los ha hecho ella.

– ¡Eh, es más grande que la mía! – protestó Ken. Makoto se quedó mirándolos pasmado, los apretó y se levantó de la mesa.

– Creo que debo irme a casa – dijo con una voz tan suave que apenas reconoció – Muchas gracias Ayame-san, la comida estaba muy buena.

– ¿No te quedas a dormir? – Su madre parecía genuinamente sorprendida.

– No debo y no puedo, su marido no lo aprueba.

– Mi marido puede decir misa. Si yo digo que te quedes, te quedas. Y después de lo que ha pasado no te vas a ir solo hasta tu casa. Tu madre me mata como se entere de todo esto.

– No va a enterarse, no se preocupe.

– Oye tío, alegra esa cara – Ken le dio un golpecito en el brazo bueno – Ha salido todo bien – Al ver la mirada angustiada que Makoto le dedicó, Aiko se levantó de la mesa.

– Antes de que te vayas, ven un momento – Le cogió de la mano y tiró de él hasta su habitación. Una vez solos tuvo que darle un empujón en el hombro para que la mirase – ¿A qué viene esa cara triste? Debería ser yo la que tuviese esa actitud después de saber lo mal que me he estado portando contigo.

– No te has estado portando mal realmente, es solo que eres muy brusca siempre y… yo que sé – seguía sin mirarle a la cara – Si no te hubiese dicho todo eso no habría pasado nada.

– Es que no ha pasado nada. Solo tenemos dos cortes y ya ni nos duelen.

– ¡No ha pasado pero podría haber pasado! – La miraba de tanto en tanto, agitado – ¡Tu padre tiene toda la razón! ¡Es culpa mía que te hayas ido de esa manera! No debería de haberte dicho nada de lo que dije.

– No, y una mierda. No te culpabilices por mis acciones. Tú no me llevaste con esa gente, solo me dijiste lo que pensabas y eso no está mal. Me lo merecía Makoto, he sido una gilipollas. A un amigo no se le trata como yo te he tratado – Se le habían saltado las lágrimas y le temblaba un poco la voz. Ahora era ella la que no le miraba – Me merezco que me digas todo eso y más. Y déjame decirte que es normal que salgas con Ayu en vez de conmigo.

– No voy a salir con Ayu.

– ¿Y por qué te acostaste con ella? – Le miró. Estaban ambos de brazos cruzados, ella llorando y él a punto.

– Porque saber que te habías ido con otro me dolía demasiado. Al acabar con ella, antes de irme, le dije por qué lo hice y ahora pues… creo que me odia. En fin, normal, ¿no?

– ¡Pero esta tarde me dijiste que te gustaba!

– No te hace competencia. Ni de lejos. No tiene nada que hacer a tu lado. Ya te dije que me gustabas desde que éramos pequeños, pero no me creíste o no me tomaste en serio.

– ¿Después de todo lo que te he dicho y de cómo te he tratado sigues sintiendo lo mismo?

– No ha sido tan grave. Sé que tus insultos no son con el corazón, es tu manera de demostrar que estás incómoda o que te sientes vulnerable. No pasa nada.

– Deja de excusarme y de decir que no pasa nada, ¡¡deja de ser tan bueno, por lo que más quieras, solo haces que me sienta peor!! – Se llevó una mano a los ojos, llorando todo lo que no había llorado antes. Sintió la mano de Makoto en su hombro – No me toques.

– No me alejes de ti, déjame consolarte, tonta.

– No te merezco.

– Ven – La abrazó por los hombros y no dijo nada más. Tras unos segundos, le devolvió el abrazo, llorando en su camiseta mientras le sentía acariciarle el pelo. No hablaron en un buen rato, hasta que su suspiro le revolvió el pelo y le puso los dedos bajo la barbilla – Te lo voy a preguntar otra vez, ¿quieres que sea tu novio, sí o no? – Ella le apartó la mirada.

– No me lo preguntes tan directamente, imbécil.

– ¿Eso es un sí?

– Eso es un vete a la mierda – Le dio un golpetazo en el pecho, haciéndole reír.

                Makoto acarició su mejilla despacio, inclinándose sobre ella. Aiko le agarró con fuerza de la camiseta, besándole como si fuese la primera vez. Desde luego lo era desde que se sentía como se sentía hacia él. Lo que le provocó su boca en ese momento no se parecía ni por asomo a lo que pudo provocar la noche del cumpleaños de su primo. Su corazón nunca había latido tan rápido, nunca se había sentido tan nerviosa y contenta al mismo tiempo. De nuevo volvió a asociar estar con él a estar sobre su moto y sonrió; a los dos podía montarlos pero solo a uno podía controlarlo. Y no era al que tenía delante. Sintió sus manos bajo su camiseta, acariciándole la espalda mientras la besaba intensamente. Aiko le quitó la suya al chico, acariciando su torso hasta la hebilla de su pantalón. Él le puso una mano en la nuca, oliendo su cuello al tiempo que le apretaba el poco trasero que tenía con su otra mano. Se le escapó un “Makoto” tembloroso al sentir todos los vellos de punta cuando los gruesos labios del chico se apretaron a su piel. Le clavó sus ojos oscuros, jadeando con esa boca que tanto deseaba entreabierta. En los de la chica se reflejaba tanto deseo como ese algo más que se negaba a reconocer.

                La empujó suavemente hasta la cama, sin besarla, sin dejar de mirarla intensamente. Subió suavemente la camiseta de Aiko, dejando solo su ombligo al aire, sin quitársela. Acarició su piel con ambas manos, besándosela mientras le abría el botón de los pantalones. Tiró de ellos y la dejó con la ropa interior. Las manos de Makoto acariciaron sus piernas desde las rodillas hasta sus caderas, besando su entrepierna cuando sus pulgares llegaron a las ingles de la chica. Solo la besaba sobre la tela de sus bragas y le acarició el pelo, impaciente porque las ganas de sentir su lengua podían con ella. Nunca le habían dado sexo oral. Bajó sus bragas sin dejar de besar el mismo punto, haciéndola gemir al contacto de sus cálidos labios con su húmeda piel. Deslizó despacio los pulgares sobre sus labios mayores, separándolos lentamente con su lengua. Sentía su sexo hinchado, dispuesto a recibirle cuanto antes, tan sensible que no podía evitar gemir suavemente. Makoto la rozaba sin terminar de introducir los dedos en su interior, pero haciendo presión, aumentando su avidez por sentirle dentro. Lamía su clítoris suavemente, le hacía mojar la cama, sus dedos, su boca. Al sentir el orgasmo agitar su cuerpo, apretó la cabeza del chico contra ella. Se le quebró la voz en un gemido largo y se hizo daño en el labio al morderse. Los dedos de Makoto se deslizaron dentro de su cuerpo justo en el climax de Aiko, que gimió incluso más fuerte, sintiendo uno de los orgasmos más intensos de su vida. Siguió masturbándola con sus manos mientras se ponía derecho.

– Sácamela, tócala Aiko-chan – Entre temblores y jadeos intensos, metió las manos entre los brazos del chico, abriéndole la bragueta y liberándola de la presión de la tela. Cuando acarició su glande, Makoto resopló.

– Hazme gritar – Le pidió ella, apartando sus manos y tirando de sus caderas para ponerle sobre su cuerpo.

– Espera – Se separó de ella, sacando la cartera. Se le ensombreció el rostro al buscar y no encontrar nada – No tengo condones – dijo mirándola a los ojos.

– Abre el primer cajón – Le señaló la mesa de noche, sentándose en la cama y metiéndose en la boca la erección del chico.

                Le escuchaba gemir mientras sacaba el condón de la caja. La agarró del pelo mientras abría el condón con los dientes y ella apretaba su carne caliente con los labios y la lengua. Le encantaba como olía, le fascinaba sentirla palpitar en su boca y le excitaba sentirle temblar de placer. La apartó de él y se puso el condón, quedándose de pie ante la cama, inclinándose sobre ella. Abrieron la boca cuando sus sexos se rozaron, ella apretó los dientes al sentirle abrirla despacio y él apretó los labios al sentirse oprimido por ella. Ambos gimieron con la primera y lenta embestida, precedente de todo el placer que vino después. Makoto la agarró de las caderas con fuerza, ella apoyó los talones en el borde de la cama, moviéndolas despacio contra él y agarrándose con ambas manos a la colcha sobre su cabeza. Sus movimientos se sincronizaron, volviéndose el sexo más brusco, más intenso, provocando que cerraran los ojos porque el placer era tal que les era imposible tenerlos abiertos. Tras un fuerte orgasmo de la chica, que le atrapó su cintura con las piernas, Makoto le dio la vuelta, tumbándose sobre ella. Sin levantarle el trasero, la deslizó entre sus muslos, aplastándola contra la cama y jadeando contra su espalda. Cuando pasó la mano bajo su cuerpo, tocando su clítoris de nuevo, la chica se encogió, temblando.

– Deja de gritar – Le susurró riéndose.

– No puedo – exhaló casi sin aliento – Me corro.

– Cállate por dios – Las caderas de Makoto chocaban contra su trasero, sus gemidos se amortiguaban contra la piel de su espalda. El chico no podía quedarse quieto en una sola postura, volvió a ponerse de pie frente a la cama y la puso de lado, levantándole una pierna. Le rozó los labios mayores y menores con su húmeda erección, resoplando.

– ¡Mecagoenlaputa! – masculló la chica, con su voz temblando y sus uñas clavadas en el brazo que agarraba su pierna.

– Hasta follando tienes la boca sucia – jadeó él, sonriente. Cuando la penetró en esa postura, la chica se quejó – Aiko, no puedo más – Se la metía tan profundamente que notaba como chocaba con su tope.

– Ten cuidado, pero ni se te ocurra parar – Le pidió su mano – Tócame.

                Makoto movía sus caderas con fuerza, en largas embestidas, acariciándole el clítoris con sus dedos. Aiko agarró una almohada y la mordió, gimiendo con la voz rota, corriéndose de nuevo en un orgasmo que duró tanto que alcanzó el del chico. Le apretaba la pierna a su cuerpo, clavándole los dedos en las caderas y dejándose caer sobre ella despacio. Gemía con fuerza, rasgando la voz, apretando los dientes. Aiko tiró de sus hombros y lo tumbó sobre ella, besando su mejilla y abrazándole con fuerza, mezclando su sudor con el del chico. Le rodeó las caderas con las piernas y siguió moviéndose mientras él se corría, resoplando en su cuello. La besó con intensidad, despacio, respirando irregular y profundamente.

– ¡Au, au! Se me ha quedado el músculo de la pierna cogido – Se quejó ella. Makoto se apartó un poco, dejando que la estirase – Joder, que dolor.

– ¿Estás bien? – preguntó sonriente, sudoroso y jadeante – He llenado el condón, que manera más exagerada de correrme. Creía que me moría de un infarto.

– Si no me he muerto yo no te mueres tú – Al fin el tirón pasaba y se pudo tumbar derecha – Tira eso a la papelera, se te va a caer y lo vas a manchar todo.

– Ve destapando la cama – resoplando se metió entre las sábanas, dando un suspiro intenso, cansada – Espero que tu padre no nos haya oído – Se quitó los vaqueros que aún tenía puestos.

– Si mi padre sospechase que estabas follándome habría entrado a la mitad, no te preocupes, no está en casa.

– Que sueño tengo… – La abrazó por la cintura, apartándole la melena del cuello para hundir su cara en él – Te quiero mucho – Le dio un breve besito justo bajo el lóbulo de su oreja.

– Shh, a dormir – Le pasó el brazo bajo su cuello, el otro sobre los hombros y la pierna sobre su cintura.

– Supongo que eso es tu “yo también” particular, ¿no?

– ¿Qué tontería es esa? Si te quiero decir que te quiero te lo digo.

– ¿No quieres decírmelo? Me haría ilusión escucharlo, si es que lo sientes.

– Claro que lo siento. Deja de hablar de una vez – Le escuchó expulsar el aire por la nariz en una risita breve, apretándose a ella un poco más fuerte.

                Se dejó llevar por el sueño y lo cómoda y calentita que se sentía junto a él. Y en paz, sobre todo en paz. A la mitad de noche, supuso ella que de madrugada, abrieron la puerta de su cuarto, despertándola. Levantó la cabeza y vio a su padre allí plantado, frunciendo el ceño al ver la espalda desnuda del chico y a ella bajo su brazo. Por suerte tenía la camiseta puesta. Aiko le hizo un gesto con un dedo ante sus labios para que guardase silencio. Su padre respiró hondo y tras cerrar los ojos con fuerza y dedicarle una mirada enfadada, salió de la habitación. Sonrió hundiéndose bajo el cuerpo de Makoto. Miró hacia arriba y vio su rostro apacible, rozando con la yema de sus dedos los lunares que adornaban su cara.

– Te quiero mucho, imbécil – Casi se le sale el corazón por la boca al verle sonreír.

– Yo también – abrió un ojo y se rio de ella al verla enfurruñada, quejándose porque hacía trampa, apretándola contra él y haciéndola sentirse verdaderamente feliz.

 

EPILOGO

                Cansada y muerta de sueño, subió las escaleras hasta el último piso. Fue arrastrando los pies y bostezando hasta detrás de las sillas, desde donde veía solo sus pies asomarse. Dejó caer la bolsa con los materiales a su lado, haciéndole dar un respingo.

– Uy, qué susto me has dado – Aiko le quitó el bento de las manos y se sentó entre sus piernas, dejando caer la cabeza en su pecho y obligándole a abrazarla.

– Estoy muerta. Odio el puto festival escolar.

– Y eso que te has metido voluntariamente – La abrazó por los hombros y besó su frente.

– Solo porque tú me has dicho que socialice. Me estoy arrepintiendo conforme se acerca la hora.

– Estoy deseando verte vestida de maid – Le susurró con voz sexy.

– Tienes la entrada prohibida a la cafetería – Le dio un pellizco con fuerza en un costado, él se lo devolvió – ¿De quién es el bento hoy?

– De mi padre – Aiko alzó la vista hacia sus ojos preferidos – No puedo seguir aceptando almuerzos de las chicas. Estoy contigo.

– Y has tomado esa decisión un mes después de empezar a salir juntos. Fantástico campeón, ya era hora. Me daban pena las pobres.

– De todas maneras la reina de los bentos es tu tía. Dile que te prepare uno pronto.

– Creo que tengo uno en esa bolsa, no estoy segura – Makoto se giró, cogiendo la cajita de la bolsa – ¿Es bonito el contenido?

– Esto es de tu tía seguro – dijo con la boca llena.

– Oe, ¿quién te ha dado permiso? – Aiko se sentó derecha, quitándoselo de las manos y quitándole los palillos – Que yo también tengo hambre.

– ¿Alguna vez me harás uno? – Ella le miró arrugando la nariz – Soy el único novio al que su novia no le hace bentos, me fastidia.

– La vida es dura – Aiko comía con ganas, pero tuvo que soltar los palillos al ver que su novio la miraba sin quitarle la vista de encima – ¿Qué te pasa?

– ¿Qué vas a hacer cuando acabemos el instituto? Ya no queda mucho.

– Mis padres quieren que vaya a la universidad, pero no tengo ni idea de por dónde tirar.

– ¿A qué universidad?

– A la Todai, no te jode – Al chico se le abrió la boca al verla sonreír.

– ¿A Tokio? – Aiko le dio un golpe en la frente.

– ¿Tú te crees que tengo la nota para ir a la mejor universidad de Japón? Me quedo aquí, hay universidad igual. ¿Y tú qué? Tú sí que podrías ir a Tokio.

– Podría – Le acarició la mejilla – Pero no quiero – Aiko tragó el arroz que tenía en la boca con cierta dificultad. Nunca se había planteado alejarse de él tan pronto. Sin embargo, era una posibilidad.

– Ni se te ocurra quedarte aquí por mí.

– No voy a alejarme de ti.

– Pues me voy yo también a Tokio a estudiar. A otra universidad claro, no todos somos cerebritos.

– ¿Vendrías conmigo? – Ella asintió decidida, él le abrazó la cintura con fuerza – Te estás pasando de la hora de descanso. Va a empezar el festival enseguida – Quejándose se puso de pie.

– Me quieren maquillar, sálvame.

– Ni de broma, estoy deseando verte – Al ver que ella abría la boca se le adelantó – Tranquila que no voy a hacer ninguna muestra de amor en público.

                Con un mohín de disgusto y tras un breve beso en los labios se alejaron en direcciones opuestas. Aiko no paró de quejarse mientras las otras chicas de la clase la maquillaban y la peinaban con dos coletas altas. Al salir del vestidor con el traje de maid se sentía ridícula, pero sus compañeras estaban entusiasmadísimas con su aspecto final. Como remate, le colocaron orejitas negras de gato enganchadas a los coleteros. La quisieron poner en la puerta para reclamar clientes, ella se negó. Iba a servir mesas y mucho estaba haciendo. Dos horas después estaban todas nerviosas, incluso ella, que se moría de la vergüenza tirándose de la falda del traje. Al ver a los primeros clientes que esperaban en la puerta, quiso salir corriendo: su primo y su novio. Le susurraron algo a la chica que estaba de reclamo, que sonrió y fue directa hacia ella.

– Te llaman los dos chicos más guapos del instituto, ¡más te vale hacerlo bien! Acuérdate de lo que tienes que decir.

– No quiero – protestó mientras la empujaban.

– ¡Sí quieres! – No les miró a los ojos cuando se inclinó, roja como un tomate.

– Bienvenidos a nuestro maidcafé, me tendrán sirviéndole para lo que necesiten – subió una mano, dejándola doblada junto a la cara y susurró – Nya – No quería mirarlos pero escuchaba sus risas contenidas. Cuando levantó la vista, deseando patearles el culo, les vio tragarse la risa.

– Encantadora – Murmuró Ken. Makoto no pudo más y estalló en carcajadas. Ambos se rieron sin cortarse ni un pelo – Déjame echarte una foto.

– Como saques el teléfono te lo meto por la garganta – Le susurró ella amenazadoramente.

– No te pongas así, estás realmente adorable – Le dijo Makoto tocándole la orejita falsa. Se dio la vuelta, roja de rabia y vergüenza y los sentó en una mesa alejada.

– Pedid de una vez y largaos. Rapidito.

– Oye, voy a quejarme, ¿qué servicio es este? – Su primo no paraba de tocarle las narices.

Por el bien de las demás chicas, que estaban muertas de ilusión, se aguantó las ganas de echarles a patadas. Les dio lo que pidieron, atendiendo a otros chicos que la miraban embobados. Un ratito después se los encontró al pasar junto a la puerta de la clase.

– Nos vamos, gracias por todo. ¡Estaba delicioso, y qué chicas más guapas! – gritó Ken bien fuerte mirando hacia afuera.

– Gracias por la publicidad, venga, hasta luego, nya y esas mierdas.

– Estás realmente preciosa – Makoto se inclinó susurrando en su oído – Llévate este delantal y las orejitas y te las pones esta noche – sintió su mano en la cintura – Y susúrrame nya, no sabes cómo me tienes de cachondo…

                Antes de que pudiese apartarse, Makoto la apretó a su cuerpo y pasó la boca de su oído a sus labios, mordiéndoselos con un ronroneo, metiéndole la lengua en la boca después. Escuchó a las chicas coger aire sorprendidas, una bandeja que se caía, y la risa histérica de su primo. Cuando se separó de ella le sonrió acariciándole la nariz con la suya. Aiko susurró “te voy a matar” haciéndole reír. Al verla con los puños apretados y las mejillas encendidas se rio de ella, y al verle la intención pintada en la cara empujó a los demás chicos, corriendo fuera de la clase. Aiko le persiguió con la bandeja en alto, gritándole barbaridades y empujando a gente a los lados del pasillo. Cuando se quiso dar cuenta estaba riéndose a carcajadas y al tirarle la bandeja le dio en la cabeza, produciendo un sonoro “clon”. Se rio tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Makoto se volvió, sonriéndole, ofreciéndole una mano para que se levantase. La mano de un amigo, la mano de un novio. Le besó entre sonrisas y se despidió de él pero no con un adiós, sino con un “hasta luego”.

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Un comentario en “Irezumi Princess

  1. ¡GRANDEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE! MUY GRANDE ESTE PUTO FIC. Una jodida obra maestra y un puto fic en un tercer fic. IS THIS REAL LIFE? OR IS IT JUST FANTASY?
    Muy fan tuya. Muy fan del idiota de Kotaro (aunque no sale mucho y lloro). Muy fan de Manami. Y EL OTRO GILIPOLLAS HA CAMBIADO TANTO QUE FANGIRLEO COMO LA SEVILLANA DEL GUATSÁ.
    Ains. Un deleite. Maravilloso. Exquisito. De la hostia.
    100 puntos.
    Un millón de trillones de puntos.
    O incluso más.
    Infinito puntos (como el símbolo de Kanjani, ¿lo pillas? tope de literario todo… enrealidadno).

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