Atashi no Seito

¡Por fin acabo esta historia!
Empezó siendo una cosa y ha terminado siendo otra totalmente distinta, pero se me iba ocurriendo la trama conforme iba escribiendo y además tengo influencias de películas que he visto y tal… creo que he tardado varios meses en escribirlo, pero me ha encantado el resultado. No digo nada, solo digo que Jin, el protagonista, es este chiquitín en mi cabeza:
 Madre del amor hermoso, breathless me hallo
Y que me he servido de estos personajes para su personalidad:
¿Podemos pararnos unos segundos para apreciar esos oblicuos que se le marcan al niño bajo el ombligo? 
Sí, sí, las líneas que dicen “pene over here” 
HNNNNGGGGGGG
agressive massive ovaries explossion
Ale, a leer y comentar. Make me happy~ ♥

PROLOGO

El simple hecho de cortar las verduras era un martirio para mis dedos. Metí las manos bajo el chorro de agua fría, suspirando de alivio. Tendría que empezar a comprar las verduras ya cortadas, a ser posible confitadas. Eran mejor para mi digestión. Las puse a hervir junto con la carne, dejando que el caldo se hiciese solo mientras veía la televisión en la soledad de mi salón.

– Más vale abrigarse hoy – dije al cuadro de mi difunto marido, hablándole como hacía todas las mañanas – ¡Y va a caer una buena!

Suspiré viendo un programa lleno de jovencitos hiperactivos y escandalosamente guapos a los que les pagaban por simplemente pasearse o hacer el tonto. Cómo echaba de menos mi adolescencia… Incluso echaba de menos ser profesora, con todos los quebraderos de cabeza que me daba. Miré con una sonrisa las fotos junto a la mesita de té y cogí el marco con la foto de mi hijo. Llevaba tanto tiempo fuera que había perdido la cuenta, pero no tenía quejas. Era feliz y eso es lo que importaba. Estaba en contra de la tecnología, no me gustaba nada, pero sí que recibía sus llamadas y sus cartas. Sin embargo no sabía nada de él desde hacía una semana, lo que me inquietaba bastante. Intentaba no pensarlo mucho, de haber pasado algo ya me habría enterado. Me relajé en mi butacón favorito casi hasta quedarme dormida, sacándome del sopor, en el que me veía envuelta demasiado a menudo, el timbre de mi casa. Al abrir, un apuesto joven de menos de treinta años me dedicó una sonrisa deslumbrante. Casi se me sale el corazón del pecho.

– ¡Sorpresa! – Me dijo antes de darme un abrazo enorme. Al separarse de mí, dándose cuenta de mi asombro, me apretó las manos – Soy yo mamá.

– Claro que eres tú – volví a abrazarle, aún impresionada – ¿Qué haces aquí? ¿No tienes trabajo? ¡Qué bueno que hayas venido! Estás muy delgado…

– Me he escapado a verte, te echaba muchísimo de menos – entró sin soltarme, quitándose los zapatos en la entrada. Se echó el pelo hacia atrás y resopló.

– Por dios que te pareces a tu padre una barbaridad.

– ¡¿Qué dices?! – Dio una carcajada al dejar la chaqueta en el perchero y la maleta en el recibidor – ¿Te has olvidado de la cara de papá o qué? – husmeó el aire cerrando los ojos. Era su viva imagen – Cómo echaba esto de menos…

– Recuerdo a tu padre como si le hubiese visto ayer, no digas tonterías – Me miró sonriente pero frunciendo el ceño – Ven aquí, tengo que contarte algo que no quería contarte en las cartas y ya va siendo hora de que lo sepas.

– Uy, qué curiosidad – Le senté a mi lado en el sofá, apagando la televisión.

– Nos va a llevar un rato, tengo que remontarme hace… creo que cuarenta años, que se dice pronto…

 

1

Respiré hondo justo antes de entrar en la clase, diciéndome a mí misma que no tenía motivos para que me temblara el pulso. Me recogí la melena castaña y me miré la mano ordenándole mentalmente que parase de agitar la hoja de papel que sostenía, pero me ignoró. Volví a respirar hondo, sintiendo cómo los nervios me retorcían las tripas. Abrí la puerta corredera y escuché pasos apresurados y risitas por lo bajo. Con el rabillo del ojo vi que se iban sentando en sus asientos y el silencio se hizo en la clase. Me di la vuelta sin mirarles y escribí mi nombre en la pizarra: Kuchiki Natsuko. Al darme la vuelta vi a 21 adolescentes en su último año del instituto. Les sonreí.

– Bienvenidos al nuevo y último curso escolar. Vamos a hacer las cosas este año de forma y manera que nos sea lo más entretenido posible e intentemos que no muy difícil. Como veis ahí detrás, mi nombre es Kuchiki Natsuko, podéis llamarme como queráis. Seré vuestra profesora de inglés y vuestra tutora. Sois mi primera clase, espero no daros problemas – Algunos se rieron – Sé que estáis cansados de las horas anteriores, y además, es el primer día. Pero no os preocupéis, no os voy a pedir mucho.

Las chicas en general me miraban con una sonrisa aunque como era normal, algunas estaban a lo suyo sin prestar atención. Los chicos, sin embargo, me miraban con curiosidad, con bastante curiosidad. Cogí la lista y empecé a leer los nombres, apuntándome alguna característica física que me llamase la atención de cada uno al nombrarles. Iban contestando con normalidad hasta que llegué a ‘Okawa Jin’.

– ¿Okawa-san? – Junto a la ventana, al fondo de la clase, una mano se levantaba conpereza. Me asomé entre las mesas para ver que el chico estaba tumbado en su pupitre. No le veía la cara porque una mata de pelo casi naranja, se la cubría. Claramente estaba teñido, esperaba de verdad que no me diese problemas – ¿Te encuentras bien Okawa-san?

– Hmmm… – dejó caer la mano y siguió tumbado.

Por ser el primer día decidí no echarle mucha cuenta. Y precisamente por ser el primer día no quise tampoco darles mucha carga. Presenté lo que íbamos a hacer ese año y les pasé la prueba inicial de inglés, avisándoles de que el próximo día tenían un examen oral por separado.

– ¿Ehhh? Sensei[1], ¿no puede ser por parejas?

– Es que solos es muy difícil…

– Vamos, confío en vosotros. Seguro que os sale de maravilla y va a ser cortito. Es para saber qué tal vais – Mientras iban pasando las hojas del fondo de la clase hacia adelante sonó la alarma que anunciaba el descanso del almuerzo – Por cierto, tenemos que elegir delegado de curso en la hora siguiente. Id pensando en los candidatos.

Ordené por encima los test para llevármelos al despacho, contenta por cómo había resultado la primera clase. Tuve una buena acogida general, no podía quejarme. Me colgué el bolso al hombro y cuando iba a coger los folios me tiraron literalmente uno más en la mesa. Miré hacia adelante y vi como el chico del pelo llamativo iba hacia la salida de la clase, caminando con las manos en los bolsillos.

– Okawa-san, ten un poco más de respeto – Le dije con voz firme. El chico se paró en la puerta y se giró, mirándome con indiferencia. Sin más se fue.

– No se lo tengas en cuenta Kuchiki sensei, es así con todo el mundo – Comentó una chica – Es un antipático.

– No tiene nada personal contigo, no te preocupes – Un alumno se acercóe a la mesa – Como siempre lo ha dejado en blanco – Señaló su test.

– ¿No es buen estudiante?

– Es más bien que no le da la gana, es repetidor y aun así…

– Y además es la segunda vez que repite, si sigue en la clase es porque es hijo de quien es – La chica le dio un empujón a su compañero mirándome un poco avergonzada.

– ¿De quién es hijo? – Susurré, muerta de curiosidad.

– Sus padres están forrados, pero como no hace nada a parte de pasarse el día fumando y soñando despierto lo tienen en la escuela pública. Seguro que está en la azotea.

– Sí, ¿eh?

Cogí los folios y me dirigí con pasos rápidos a la oficina. El profesor de educación física me dejó la puerta abierta conforme salía con una sonrisa. Estaba medio calvo y apestaba a colonia, me intenté separar de él todo lo que pude, sin hacer ver la grima que me daba.

– ¿Qué tal tu primer día? – Quiso saber la profesora de matemáticas, Aoi creía recordar que se llamaba. Me llevaba solo unos cuantos años – Los chicos de esa clase son un cielo, supongo que muy bien.

– Sí, ahora mismo vengo. Tengo que hacer una cosa.

Fui esquivando alumnos, gritándoles que no corriesen por los pasillos a lo que ellos me respondían un “siii…” que claramente significaba que en cuanto no les mirase volverían a hacerlo. Subí las escaleras hacia la azotea con mi bento en la mano y nada más entrar sonreí. Vi de soslayo que estaba subido al techo de la habitación donde se guardaban los aparatos de mantenimiento, pero le ignoré. Me senté junto a la valla, destapé mi almuerzo y empecé a comer. Escuché que se bajaba de donde estaba y le miré, fingiendo sorpresa.

– ¿Qué haces aquí? – Pregunté, tragando arroz después. El chico era bastante alto para su edad, aunque no se me podía olvidar que tenía dos años más que el resto.

– No, ¿qué haces tú aquí? Este es el único sitio en el que puedo estar tranquilo, largo.

– No sabía que el instituto era propiedad privada – Le ignoré y seguí comiendo. Se había quedado plantado frente a mí, así que le miré y vi la confusión en su rostro – ¿Qué pasa?

– ¿Estás sorda? – Me espetó de malas maneras.

– Te he escuchado, pero me apetece estar aquí. No tengo que irme solo porque tú lo digas. Comparte el espacio, la azotea es grande.

– Oe… no me hagas repetírtelo – Me reí, ¿En serio me estaba amenazando?

– Venga, venga. Toma, te invito – Le ofrecí el bento. Lo miró y después de fruncir el ceño más de lo que ya lo tenía, le dio un manotazo, tirando su contenido por todas partes – ¡Era mi comida! – Me levanté mirándole a los ojos y sorprendiéndome porque era casi una cabeza más alto que yo.

– ¿Te crees que porque vayas de simpática de repente me va a dar por estudiar y socializarme? No es un dorama, baja de las nubes, imbécil – Me dio un empujón y chasqueando la lengua se fue hacia la puerta de la azotea. Fui hacia él y le devolví el empujón.

– ¿¡Qué dorama ni qué mierdas estás diciendo?! – Le grité casi en la cara, cogiéndole por sorpresa – ¡Para una vez que soy amable con alguien mira con lo que me responden! Pues vale, como quieras, si no quieres hacer nada en todo el año tú sabrás, es tu vida – pasé por su lado chocando su hombro con el mío – Yo ya tengo la mía resuelta. Lo llego a saber…

Bajé las escaleras enfadada, más por la comida desperdiciada que por la actitud del chico. Era un niño y su genio no era más que un acto de rebeldía, probablemente contra sus padres. Me compré comida en la cafetería del instituto y metí en el despacho. Aoi se me acercó para hablarme pero algo debió ver en mi expresión mientras comía que volvió a su sitio. Esperaba que ese niñato no me diese muchos problemas, mientras que no molestara a los demás en clase y me dejase tranquila todo estaría bien. Sabía que mi actitud no era ni la correcta ni la que se esperaba de una profesora, pero yo había sido alumna hacía bien poco y detestaba a los niñatos como él. Ya me preocuparía de hablar con sus padres cuando lo viese oportuno. Tuve que comer a toda prisa porque apenas me quedó tiempo, y todavía tragando los últimos bocados fui a la clase. Los chicos ya estaban sentados y me sonrieron al verme entrar, menos tensos que en la primera hora. Jin no estaba en su sitio. Mejor.

– Bueno, ¿Cómo queréis hacerlo? ¿A mano alzada o anónimamente?

Al final decidieron que anónimamente era lo mejor, así que escribieron un nombre en un papel y lo iban dejando en una bolsa de plástico. La dejé en mi mesa y mandé a la chica que me había hablado antes a la pizarra para que fuese escribiendo los nombres. Cuando iba por más de la mitad de los papeles, Jin hizo acto de presencia. Me sorprendió dejando caer en mi mesa, sobre los votos ya contados, la caja de mi bento. No me miró a la cara, se fue a su sitio y se tumbó, mirando por la ventana esta vez. Le ignoré y seguí con lo que estaba haciendo.

Una vez elegida la delegada del curso, que resultó ser la chica que estaba en la pizarra, les deje que hiciesen lo que quisiesen. No era tampoco una clase escandalosa, la mayoría se fueron al patio: algunos a jugar al fútbol mientras unas chicas iban a mirarles y a animarles; unos pocos se quedaron en clase charlando o mirando cosas en las revistas. Jin se levantó con desgana y fue caminando entre los pupitres hacia la salida de la clase. Cuando anduvo por delante de mi mesa carraspeé y se paró en seco.

– Creo que me debes una disculpa – Comenté como si nada, mirando la lista de la clase.

– Te he traído tu bento, ¿no? Date con un canto en los dientes.

– ¿Siempre eres tan violento? – No quería, pero tuve que mirarle porque me tocó las narices – ¿No sabes solucionar las cosas de otra manera? Mira, me gustaría empezar desde el prin—

– Vete a la mierda – Se rio, saliendo de la clase. Resoplé muy molesta con su actitud, y fui tras él. Le agarré del brazo pero se soltó bruscamente, mirándome unos instantes para seguir andando como si nada.

– ¿Me lo vas a poner difícil? ¿Quieres hacer las cosas por las malas? ¡Muy bien, tú mismo! – volví a clase más enfadada que antes, no soportaba que me ignorasen.

– Sensei – La delegada se me acercó – No deberías preocuparte más por él, de verdad. Es un caso perdido.

– No, ningún estudiante lo es. Lo que tengo que averiguar es por qué se comporta así. Tengo que intentar solucionarlo.

La chica se encogió de hombros y siguió a lo suyo. Pero lo decía en serio, ese niño era un reto y aunque fuese novata me consideraba buena profesora. Iba a conseguir mi propósito como fuese. Pero él no me lo iba a poner nada fácil. Nada en absoluto.

***

Una semana después seguía sin venir a clase. Solo hizo acto de presencia el primer día y después de eso fue como si nunca hubiese estado. Día tras día su pupitre se quedaba vacío y yo no podía más que sentir impotencia ante la situación. Pero cuando hizo dos semanas de su ausencia el director se me acercó.

– Kuchiki-san, debería ir a hablar con los padres de ese chico problemático. No es normal que falte tanto a clase.

– Ah, sí, iré esta misma tarde – Me incliné, aliviada por tener una solución.

– Bien, en su expediente tiene sus datos. Muchas gracias, sensei.

Me apunté la dirección para más tarde. Lo normal era llamar por teléfono antes, pero quería pillarles por sorpresa. Tras las clases, fui directa a su casa con la esperanza de que los padres pusieran solución al problema. Cogí un taxi, que me dejó a las puertas de un edificio muy alto. El chico vivía en el ático y por lo que parecía era una casa bastante lujosa. Al llegar, llamé brevemente al timbre y esperé. Me abrió Jin, en pantalones de pijama y con una camiseta blanca sin mangas por encima.

– ¿Qué haces tú aquí? – Espetó nada más verme.

– Vengo a hablar con tus padres.

– Pues te vas a quedar esperando – Intentó cerrar la puerta pero puse el pie – ¿¡Qué coño haces?!

– Déjame pasar.

– No están aquí, imbécil. Vivo solo. Si quieres ver a mis padres te tienes que ir a Yokohama – Me sorprendí un poco pero no desistí.

– Es igual, déjame pasar.

– ¡Lárgate de una vez! Estoy ocupado…

– ¿Haciendo qué? – Me asomé por encima de su hombro y vi un enorme salón bastante desordenado. Había paquetes de comida rápida, bebidas por todas partes, y una consola enchufada de la que llegaban sonidos. Tenía compañía – Creo que tu futuro es más importante que una partida a la consola.

– ¿No decías que no te importaba? ¿A qué viene esto ahora?

– No puedes faltar a clase. Aunque no hagas nada, al menos haz acto de presencia o informarán a tus padres directamente y no seré yo, será el director – Puso cara de fastidio y suspiró – ¿Por qué odias tanto el instituto?

Se quedó mirándome en silencio, sus agresivos ojos negros no se apartaban de los míos y me incomodaba. Me ponía nerviosa que no dijese nada y estuviese tan quieto. Alzó una ceja, negó con la cabeza y me cerró la puerta en las narices. Me fui a mi casa sintiéndome derrotada y me obligue a mí misma a no pensar en el tema, a no darle vueltas. Ya encontraría una manera de solucionarlo. Pero al final lo solucionaron por mí. Al día siguiente cuando entré en el despacho lo primero que me dijeron fue que Jin había venido a clase. Lo segundo es que tenía que darle clases de refuerzo además de escuchar todas sus inquietudes porque según el director “era mi responsabilidad como su tutora”. Fui a la clase, pensando en cómo le iba a plantear a ese rebelde que tenía que quedarse una hora más conmigo después de clase. No iba a reaccionar bien, pero al menos esperaba que no reaccionase excesivamente mal. En las horas lectivas se comportó como el primer día: ausente, a lo suyo, sin hacerse notar y sin molestar a los demás. Cuando se acabó la clase tuve que llamarle desde mi mesa para que se acercase porque iba directo a la salida.

– ¿Qué quieres ahora? – Ese tono constantemente molesto me irritaba – He venido.

– Sí, no hay problemas con eso, ¿puedes coger una silla y sentarte ahí delante? – señalé frente a mi mesa. Me miró alzando las cejas – Será solo un momento.

– Eso espero…

– ¿Te están esperando?

– No te importa – Se cruzó de brazos y se echó hacia atrás en la silla.

– Me han dicho que te tengo que dar clases de refuerzo todos los días, una hora después de clase – Vi como abría la boca para protestar.

– No voy a—

– Pero no creo que te haga falta – Hablé más fuerte que él. La gente de la clase se había ido y la delegada, última en salir, cerró la puerta al escucharnos – Vamos a aparentar un poco solo esta semana y le diré al director que tu actitud ha cambiado. Porque visto lo visto no vas a poner de tu parte.

– Esto es una pérdida de tiempo…

– Probablemente. El segundo día de clases tus compañeros hicieron un examen oral y—

– No voy a hacerlo.

– Venga ya, no puedes ser tan malo en inglés – Sonreí. Ese niño me miraba directamente a los ojos, era intimidador pero no dejé que se diera cuenta.

– No soy malo en inglés.

– ¿Entonces qué te lo impide? – Entrelacé los dedos sobre la mesa.

– Que es un coñazo – Se cruzó de brazos.

– Tú sí que eres un coñazo – Me reí y eso pareció enfurecerle. Se levantó de la silla tan bruscamente que la tiró hacia atrás – ¡Deja de huir de una vez y cumple con tus obligaciones! – Alcé la voz al ver que se dirigía hacia la puerta, levantándome yo también de mi asiento.

– ¿Obligaciones? – Se paró en seco, dándose la vuelta y caminando hacia mí agresivamente – ¿Quieres un examen oral? ¡Vale!

Me empujó contra la pizarra poniéndome una mano en el hombro, me agarró del pelo con la otra y me metió la lengua en la boca. Puse mis manos en su pecho para apartarle, quejándome mientras me besaba, pero el condenado tenía fuerza y no paraba de buscar mi lengua con la suya por más que yo intentaba evitarla. Bajó su mano por mi hombro, pasándomela delicadamente por un pecho, deslizándola hasta mi trasero. Lo agarró con ambas manos, gimiendo roncamente en mi boca mientras yo seguía intentando alejarle. Aunque a esas alturas no sabía si le empujaba o si me agarraba a él.

– Si quieres que haga más pruebas o exámenes me avisas – Murmuró al dejar de besarme sin siquiera sonreírme. Le miré intentando parecer aburrida, seguía con las manos en mi trasero y volvió a acercarse a mis labios.

– ¿En serio? – Giré la cara hacia un lado y sentí sus labios en mi cuello. Sin poder evitarlo se me puso la piel de gallina, me estaba excitando muchísimo – ¿Qué pretendes, que me despidan?

Se separó de mí por completo, tranquilo, mirándome a los ojos con esa expresión desafiante que parecía venirle de serie. Le sonreí negando con la cabeza, como si lo que acababa de hacer no me hubiese provocado la más mínima atracción.

– Como eres un niñato con dinero no sabes que es pasarlo mal por no tener trabajo, ¿eh? Esto para ti es un juego divertido.

– No sabes nada de mi vida, así que—

– No sé nada de tu vida porque no me dejas saberlo.

– ¡Deja de ser tan falsa! ¡¡No te importo una mierda!! ¡Haces esto para quedar bien delante de los demás profesores y darte golpes de pecho porque has conseguido que el inútil de la clase 3A se enmiende! ¿Sabes qué? ¡Que te den!

Se dio la vuelta y le dio una patada a la papelera antes de salir de clase, dejándome allí con ganas de más. Me senté en el escritorio observando los papeles que tenía delante pero realmente no los miraba. Era un beso, solo un beso, nada más que un beso robado. Fui pensando en lo mismo hasta mi casa. Cené pensándolo. Me acosté pensándolo. Pero cuanto más lo pensaba más claro me quedaba que me había encantado. ¡Pero era un niño! ¡Solo tenía diecinueve años! No podía dejar que eso pasase de nuevo, pero tampoco podía dejarle en paz. Ni quería dejarle en paz. Maldije mi suerte. Al día siguiente no tenía clase con ellos pero estaba obligada a darle las tutorías a Jin. Me presenté a última hora, esperándole en la puerta. Cuando me vio intentó ignorarme pero no le dejé.

– Jin, pon un poco de tu parte. Es mi primer año como profesora, si no lo haces por ti al menos hazme el favor y entra en esa clase – Me miró enfadado, pero entró.

– No pienso hacer nada.

– Y me parece bien, pero tienes que quedarte – Se sentó ante mí como la vez anterior, echando la silla hacia atrás, en equilibrio con las patas traseras. Estuvo en silencio casi veinte minutos mientras yo hacía mis cosas – Oye, me da curiosidad, ¿nunca te ha gustado estudiar o te ha dado de repente por llevar la contraria?

– El instituto es una mierda – Sonreí sin mirarle.

– Vale, eso me ha quedado claro. Pero responde si no te importa.

– Me niego a que me amolden como al resto de la sociedad. Es así de simple. No voy a ser un producto más con la mente y el ánimo totalmente controlado por esos pocos que manejan los hilos.

– Incluido tu padre – Me sorprendió gratamente su contestación. Era algo muy inteligente y maduro lo que acababa de decir.

– Exacto. Ese es el primer y mayor hijo de puta.

– No os queréis mucho por lo que veo. Aunque tú tampoco es que le des motivos para estar contento – Me iba a contestar pero le corté – Me parece muy razonable tu argumento sobre el instituto, pero no te cuesta trabajo sacarte el título y luego hacer lo que sea que quieras hacer. Si es que tienes alguna ambición de futuro, claro.

– Si te parece lógico lo que digo, ¿por qué participas en esta mierda?

– Porque de algo tengo que vivir y porque si me meto aquí, puedo controlar al menos que lo que estudiéis conmigo se os quede.

– ¿Y cómo pretendes conseguir eso? Son una panda de estúpidos.

– Haciendo las clases divertidas. Haciendo que esto no sea una obligación, sino algo que os guste de verdad.

– Sigue intentándolo – miraba por la ventana con una sonrisita. El sol del atardecer  arrancaba reflejos anaranjados de su pelo y sus ojos se veían de un marrón chocolate muy bonito. Me quedé pasmada observándole, hasta que me miró al notar mi silencio – ¿Qué?

– Eres muy inteligente. Deberías usarlo a tu favor.

– Y tú estás buenísima, también deberías usarlo a tu favor – Se echó hacia adelante en la silla, cruzando los brazos en la mesa de manera relajada y clavando los ojos en mi escote – Seguro que si le refriegas esas dos al director te da un ascenso.

– No sé si las chicas con las que te vas están acostumbradas a hacer cosas así, pero yo me gano lo mío con esfuerzo.

– Desde luego ibas a tener que esforzarte en no vomitar si hicieses eso – Me miraba con esa sonrisa de medio lado y esa ceja levantada y no pude evitar devolverle la sonrisa – Podríamos dar clases particulares en mi casa. Estaría bien.

– Ni se te ocurra insinuar lo que estás insinuando, está fuera de toda lógica.

– Ya, bueno, ¿te pasas mañana? Porque no me pienso quedar aquí ni un día más y al director le va a dar lo mismo que me des las tutorías aquí o debajo de un puente.

– No voy a ir a tu casa, Okawa-kun.

– Si vienes haré el oral contigo, el de verdad – Le miré entrecerrando los ojos – Y vendré todos los días a clase sin falta.

– Y te presentarás voluntario al menos una vez a la semana para hacer los ejercicios de clase. Y limpiarás el día que te corresponde sin amenazar a tus compañeros para que lo hagan por ti.

– Me estás pidiendo mucho, Kuchiki sensei – Me calvaba su mirada sonriendo con picardía.

– Si quieres algo tienes que currártelo.

Se levantó, se puso la chaqueta y rodeó el escritorio. En el fondo esperaba que intentase besarme o algo por el estilo, pero simplemente me miró las piernas bajo la mesa, sonrió, guiñó un ojo y se fue. En cierta manera me decepcionó y me escandalicé al tener ese pensamiento. Tenía que centrarme de una vez; era un niño, no tenía siquiera barba y a mí los hombres me gustaban con barba. Y al menos diez años mayores que yo, no diez años menos. Pero es que esa chulería y lo sucio que fue el beso… Cuando volví a la realidad me estaba pellizcando el labio con la mirada perdida. Me puse en pie, sintiéndome avergonzada porque me podrían haber visto, y salí del instituto lo más rápido que pude.

 

2

Al día siguiente intenté estar relajada, pero las miradas de Jin desde su pupitre mientras pasaba la lengua despacio por la punta de la goma del lápiz no me dejaban centrarme. Tuve que ponerles a leer ‘para que practicaran la pronunciación’ por turnos, porque yo no podía pensar en otra cosa que no fuese esa lengua. Y él lo sabía, o me daba a mí la impresión de que lo sabía. Ese día me di prisa cuando sonó la alarma del cambio de clase y salí hacia el despacho sin mirar atrás. Di las horas que me quedaban un poco más centrada al no tenerle delante, ordené mis papeles en la sala de profesores y cuando quise salir, Aoi me llamó.

– ¿Tienes algo que hacer esta noche? Vamos a ir a tomarnos algo, por si te quieres unir.

– Ahm – No me apetecía mucho, pero mis compañeras de trabajo me miraban con felicidad. Era nueva y querían conocerme, cosa que apreciaba – Bueno, vale – acordamos “entusiasmadísimas” dónde y a qué hora nos veríamos y me dispuse de nuevo a ir a casa.

– ¡Kuchiki-san! – Cuando le escuché justo a mi espalda quise desaparecer del miedo a ser descubierta – ¿No se te olvida algo?

– ¡Cierto! ¡Que despiste! – La hora que me tenía que quedar con él se me había olvidado por completo. Me di la vuelta sonriéndole a Jin – ¿Qué haces en esa moto? Está prohibido que los alumnos del centro—

– Cállate, pesada – Me tiró un casco – Y súbete, hoy las clases en mi casa.

– No voy a subirme contigo en la moto – Jin puso los ojos en blanco y suspiró exasperado.

– ¡No te vas a caer! ¡Venga ya! Tengo un hambre que me muero – Tiró de mi muñeca, acercándome a él – Te juro que la moto es segura y no voy a correr mucho.

– No se trata de eso… – Miré hacia atrás, no había ninguno de mis compañeros a la vista. Miré a ese niño, que me sonreía con esa mueca que no anunciaba buenas intenciones – Date prisa.

No me había dado tiempo a subirme del todo y ya estaba arrancando. Lo que estaba haciendo no era coherente, ni moralmente aceptable, pero ahí estaba. Le agarré de la cintura dando un gritito, encontrándome con que debajo del uniforme había un torso duro. Hacía tiempo que no me sentía tan nerviosa. Tan viva. Tan adolescente que está haciendo algo muy, muy malo. Paramos en el edificio que ya conocía y me llevó hasta su ático, pasando él antes que yo. No se podía negar que ahí vivía un adolescente; era un completo desastre.

– ¿Cómo puedes vivir entre tantos… papeles? Por decir algo en concreto – Paquetes de patatas, botes de ramen vacíos, palillos, cajas de pizza… todo mezclado con latas de refresco, kleenex usados y un olorcillo a rancio que me saturaba la nariz.

– No es para tanto – Asombrada, le vi coger un paquete de patatas de entre esa mezcla – ¡Séntate!

– ¿Dónde? – No daba crédito. Yo no es que fuera la reina de la limpieza, pero es que eso era demasiado. Cogí una bolsa de plástico vacía y empecé a recoger papeles agachada junto a su sofá – Vale, déjame despejar esto un poco y ahora nos ponemos a hacer—

– Lo que tú quieras, Natsu-chan – tiró al suelo lo que le molestaba y se sentó, observándome recoger. Lo cual no iba a tolerar.

– Oye, ten un poquito de vergüenza y ayúdame, que es tu casa.

– Eres tú la que quieres limpiar – Con toda su poca vergüenza, se encogió de hombros.

– Muy bien, si no pones por tu parte esto se acabó – Solté la bolsa de plástico y caminé hacia la puerta. No me iba a quedar en un sitio tan maloliente sirviéndole a un niñato. Antes de llegar le escuché chasquear la lengua y quejarse.

– ¡Eres un coñazo de tía! – Me di la vuelta y le vi coger las cosas a puñados, metiéndolo todo en la bolsa sin mirar.

Sonreí, cogiendo otra y ayudándole. En cuestión de minutos la casa se vio mucho más despejada y al abrir las ventanas mucho más respirable. Jin se volvió a sentar en el sofá y yo me senté a su lado, a una distancia prudencial. Saqué las cosas de mi maletín bajo su atenta mirada y me dispuse a hacerle el oral, (el de verdad), pero él me observó con una expresión indescifrable. Antes de hablar se pasó la lengua por el labio inferior, provocando que no pudiera centrarme en otra cosa que no fuera su boca.

– Natsu-chan, ya te—

– Kuchiki sensei, si no te importa – puso los ojos en blanco y cara de aburrimiento.

– Kuchiki sensei – dijo con retintín – Ya te dije en clase lo mucho que me gusta el método de educación en este país, espero que entiendas que necesito un estímulo para estudiar.

– Déjate de estupideces Okawa-san, me prometiste que—

– ¡Sí, sí, y voy a hacer el oral! Pero para lo demás… podría ser un tú me das yo te doy, ¿no? Sería lo justo – levantó una ceja y me miró de arriba abajo.

– Ya te estoy dando la oportunidad para aprobar cuando sabes tan bien como yo que otra profesora pasaría de gastar energías y tiempo en intentar hacerte entrar en razón.

– Ya – dio una carcajada – Pero es que te crees que soy tonto y que no sé que tú lo que de verdad quieres es hacerme entrar en tus bragas – Esa sonrisita de medio lado, esa mirada penetrante y ese pelo tan descuidado junto con esa actitud… me estaba costando verdadero esfuerzo no rendirme a lo que mi cuerpo pedía a gritos. Menos mal que me quedaba un poquito de sentido común.

– No insinúes lo que estás insinuando – Le dije con total seriedad – Eso no va a pasar – Se me quedó mirando a los ojos, desafiante, intentando descifrar si lo que le decía iba en serio o si me estaba pegando un farol.

De repente empezó a hablarme de su vida, en un inglés tan bueno que me costaba creerlo. Le seguí el juego y entre una cosa y otra nos llevamos casi media hora sin parar. Averigüé entre cosas sin importancia que sus padres a pesar de estar casados no se veían y que se dedicaban a acostarse con otras personas cuando la pareja estaba ausente. Que por eso mismo le compraron el piso en el que vivía y que no se preocupaban por su bienestar, aunque sí que le ingresaban un dinero constante y abundante en su cuenta del banco. Que a pesar de tener tanto dinero, apenas gastaba ni la mitad, y que seguían llegándole ingresos sin parar. Y que por supuesto no dejaba el dinero en el banco porque no se fiaba ni de este, ni de sus padres, así que prefería tener un “poco” guardado por si las moscas. Cuando le pregunté cuanto era ese “poco” hizo un ruidito de negación.

– ¿Ya estás intentando enganchar al jovencito con dinero? Que listilla – Pasó de nuevo al japonés, dándome un empujoncito en el hombro.

– No empieces con eso…

– Supongo que he aprobado el oral, ¿no? – Se pavoneó muy altanero él, apoyando la espalda en el brazo del sofá mientras se quitaba la camisa del uniforme, quedándose en la camiseta sin mangas que vi la última vez.

– No puntuaba, era solo para saber el nivel medio de la clase – Se me iban los ojos a los brazos, delgados pero torneados – Ya va siendo hora de que me vaya, se hace tarde.

– No, espera, te debo una comida – Le miré con el corazón latiéndome tan fuerte que no podía ser sano. Se levantó tirando la camisa de cualquier manera en el suelo y caminó hacia unos muebles, sacando dos botes de ramen – ¿Pollo o ternera?

– Ternera – creía que hablaba de otro tipo de “comida”. Yo y mi mente sucia.

– Siento lo de la azotea – Se disculpó cuando empezamos a comer – No era mi intención tirarte el bento pero es que me tocaste los cojones.

– ¿Por decirte que compartieras el espacio? ¿En serio?

– Joder, ponte en mi lugar. Es el único sitio del instituto donde puedo estar tranquilo sin tener que compartir espacio vital con gente. Y va y aparece la nueva intentando ser guay – No pude evitar sonreír.

– No quería hacerme la guay, quería entenderte y sigo queriendo saber qué pasa por esa cabeza loca – Se rio entre dientes.

– No creo que quieras…

– Sí, claro que quiero – Le vi beberse lo que le quedaba del ramen, ese chico engullía, no comía. Le dio un trago larguísimo al refresco y me miró con su sonrisita juguetona.

– Vale, pues ahí va. Siempre he estado con niñas tontas y, bueno – Intenté pararle sabiendo lo que iba a decir – Quiero follarme a una mujer en condiciones – Miré a otra parte, él se rio. Solté la comida en la mesa y me puse en pie – ¿Te he ofendido?

– Vas a tener que buscarte otra manera de aprobar porque yo no pienso verte fuera de clase – estaba tan nerviosa que se me caían las cosas, no podía guardar los papeles.

– Oye, lo siento. Era solo si tú querías. Pensé que tenías que ser una experta en el tema cuando ni te inmutaste por el beso.

– No vuelvas a hablar de esto, no le digas a nadie que he venido. Si alguien se entera—

– Pierdes el trabajo, lo sé – Le miré de reojo, me miraba el escote totalmente visible al inclinarme sobre los papeles – No quiero que dejes de darme clase – Sus ojos color chocolate se clavaron en los míos, haciendo que algo me saltase en el estómago – Me gustas.

Era un error. Era el error más grande de mi vida. Pero el corazón me latía con rapidez y el pensamiento que se hacía oír sobre los demás era “solo una vez”, “por una vez no pasa nada”, “es la oportunidad que querías”, “¡cómetelo!”. Y tonta de mí le hice caso, tirando los papeles al suelo y de la camisa del chico, acercándole y besándole. Adiós sentido común, ya nos veremos en otra ocasión. Nos erguimos en un intercambio de saliva frenético, apasionado, furioso y ardiente. Ese niño me hizo tumbarme en el sofá, cayendo sobre mi cuerpo y bajando la cremallera de mi falda mientras jadeaba. Me desnudó de cintura para abajo y bruscamente metió sus dedos en mi cuerpo. Me quejé porque a pesar de estar caliente no lo estaba lo suficiente. Y cuál fue mi sorpresa cuando le vi lamerse la mano y le sentí metérmela a la fuerza.

– Jin, Jin espera – No es que me doliese especialmente pero no estaba estimulada y no me enteraba de nada más que de cómo me empujaba contra el sofá – ¡Jin para!

– Sé que te gusta no seas tonta, estoy a punto – No dejaba de moverse y de gemir cada vez más fuerte y yo no dejaba de flipar con la situación. Y no había terminado de flipar cuando él terminó sobre su sofá. Me quedé unos segundos en silencio, asimilando lo que acababa de pasar.

– Jin, ¿Así te las has follado a todas? – Le observé resoplar y, ante mi estupor, sonreírme, orgulloso de su actuación.

– ¡Claro! La pasión es lo mío, te has quedado loca, ¿eh? – Intentó besarme pero le paré, dando una carcajada.

– ¿Esto va en serio? – Me miró contrariado – ¡Ha sido el peor polvo de mi vida! – Se le borró la sonrisa – Lo siento, pero es así.

– Pero… ¡Las chicas gimen cuando están conmigo! – Se puso bien los pantalones, limpió el sofá de mala manera y se sentó a mi lado mientras yo me ponía las bragas, esquivando su esperma.

– No les voy a preguntar una a una pero probablemente fingen – Negaba con la cabeza – Ni siquiera me ha dado tiempo a vértela – Se llevó las manos a la cara, sintiéndose abatido.

– ¿Me estás diciendo que no sé follar? – Me sentí mal por él y al mismo tiempo tenía unas ganas de reírme horrorosas.

– Pero no te preocupes, no pasa nada – Me miró avergonzado, toda esa agresividad y chulería habían desaparecido de un plumazo – Seguro que aprendes rápido.

– Y supongo que tú vas a enseñarme, ¿no? Venga ya…

– Bueno, soy tu profesora – Le sonreí. De perdidos al río – Para eso estoy.

– Pues vamos, empieza de una vez, ¿en qué fallo? – Me reí suavemente, sin saber por dónde empezar.

– Creo que lo único que haces bien es calentar con tus palabras y tu físico – Resopló por la nariz, negando con la cabeza – Y déjame decirte una cosa, tú tampoco disfrutas del sexo como deberías. Para lo que me has hecho te habría dado lo mismo hacerte una paja.

– Joder, ¡fóllame tú si tanto sabes! – Se había enfadado conmigo, lo que le hizo incluso más adorable a mis ojos. Además de darme un morbo bestial tener que enseñárselo todo.

– Ven conmigo – Me puse en pie y le ofrecí la mano, llevándomelo al servicio – Lo primero que tienes que aprender es que si quieres que las chicas hablen de ti y de lo bien que te las follas, te tienes que preocupar por que se corran.

– Ya me preocu—

– No, no te preocupas. A lo que vas es a correrte tú y si ella lo hace o no te da igual – Intentó protestar de nuevo – Lo acabo de comprobar, Jin – Le cogí el brazo y se lo froté con la palma de la mano.

– ¿Qué haces? – Me miró extrañado. Cuando sintió el calor y la molestia de la fricción lo apartó – ¡Au! ¿A qué viene eso?

– Eso que acabas de sentir es lo que siente una chica si no está lo suficientemente lubricada. Solo que si además es estrecha, es tres veces más doloroso. Ahora mira – Me mojé las manos añadiendo jabón, y le froté el brazo exactamente igual que antes – ¿Ves a dónde quiero llegar? – Asintió, limpiándose con una toalla.

– Sí, así no duele, lo pillo. Pero yo no sé qué hacer para que una tía moje tanto.

– Claro que no, todavía – Sonreí de oreja a oreja porque ahora venía la parte divertida. Volví de nuevo al salón, donde tuvimos que encender la luz porque había oscurecido, y me senté con él en el sofá – Es muy importante que seas suave, por muy cachondo que estés. Además los hombres sois muy visuales, con ver a una tía desnudándose ya estáis cachondos – Asintió mirándome las piernas – Pero las mujeres somos más… de sentir.

– Explícate – Nunca le había visto tan atento, desde luego eso que le estaba enseñando sí que le interesaba. Acerqué mi mano a su cuello, rozándolo con las uñas muy superficialmente. Al instante se le pusieron los vellos de punta y tuvo un escalofrío – Uh, haz eso otra vez – Me pidió sonriendo como un idiota.

Me acerqué más a él y en vez de con mis uñas, lo hice con mis labios, acariciando sus brazos al mismo tiempo. Le escuché respirar profundamente, poniéndome las manos en la cintura. Pasé mi boca por su mentón hasta el lado contrario de su cuello, mordiendo con sutileza el lóbulo de su oreja.

– Y si además susurras alguna cerdada con esa voz que tienes la terminas de matar – Casi suspiré en su oído.

– ¿Y con esto se os moja tanto las bragas? – Me miró a los labios con la intención pintada en la cara – Porque a mí se me ha puesto dura otra vez – Miré sus pantalones sorprendida. Se me había olvidado esa facilidad que tenían los chicos a su edad de volver a arrancar. Le cogí las manos, subiéndolas despacio hasta mis pechos que apretó con fuerza.

– Suave, Jin – Se mojó los labios y tragó saliva, mirando mi escote fijamente – Caricias, intenta contenerte.

Me quitó el botón de la camisa con paciencia, seguido del siguiente y así hasta que terminó en esa montaña de cosas que tenía por suelo. Me acarició con suavidad la piel desde las clavículas hasta la tela del sujetador. Me preguntó con la mirada si iba bien, le sonreí a modo de respuesta. Mientras pasaba sus manos por mi espalda para desabrocharme el sostén, me las besó pausadamente, y al dejar caer la tela atrapó con delicadeza primero un pezón, después el otro, dejándolos duros y mojados. Los levantaba levemente con sus pulgares, alternando su atención de ellos a mis gestos. Dejé que me quitase la falda una vez más, con mucha menos prisa y mucho más atento a lo que hacía. No le dejé quitarme las bragas.

– Por encima – Le susurré, empezando a jadear – Rózame, hasta que se te mojen los dedos.

Los pasó con lentitud sobre lo que me quedaba de ropa, arrancándome un suspiro que sonó casi a gemido. Mientras me rozaba me observaba, y al ver que me pasaba las manos por los muslos a mí misma se le ocurrió besarlos. Deslizó sus labios desde mi rodilla hasta las ingles, sin prisas, acariciando mi pierna con la mano que tenía libre. Puse sus dedos en mi clítoris, haciendo que los moviera muy despacio y en círculos. Me mordí el brazo, encorvando la espalda y gimiendo.

– Natsu-chan, estoy muy cachondo – Le agarré del pelo y le hice besarme entre las piernas – Qué bien hueles – Sonreí, mordiéndome el labio.

– Sigue, sigue diciéndome esas cosas – Me quitó las bragas mirándome con una sonrisita socarrona.

– ¿Te gusta eso? ¿Qué te diga guarradas? – Asentí, volviéndole a agarrar del pelo para que siguiese a lo suyo.

– Por dios Jin, qué labios tienes – Me agarré del sofá, subiendo las caderas al sentir su lengua sutilmente sobre mi piel ardiente – Me cago en la puta – Susurré, doblándome cuando me metió su lengua, presionando mi clítoris con sus dedos y abriéndome los labios mayores con los otros.

– Estás chorreando, profe – Escuché como se reía entre dientes, haciéndome reír a mí también.

– ¿Ves como no era tan difícil? – Al subir de nuevo su lengua hasta el clítoris le miré. Le vi muy concentrado, con los ojos cerrados, y sentí que el orgasmo me agitaba entera. Al pegarle más a mí me lamió con más ansiedad y sentí sus dedos apretándome mientras me corría entre sus labios.

– Voy a reventarte – Advirtió, bajándose los calzoncillos con prisas, sin dejar de tocarme.

– ¡Espera! – Me miró, cegado por la lujuria – Ven, siéntate.

Le senté y me incliné en el sofá, acariciándosela. Ni era excesivamente grande ni era pequeña; el tamaño perfecto para volverme loca. Levanté el culo para que lo viese, anticipándome a lo que iba a hacer que fue azotarme y agarrarme del pelo. Me intentaba obligar a que me la metiese en la boca, pero cuanto más empujaba, más tardaba yo. Tenía que aprender a esperar. Le besaba bajo el ombligo, las ingles, los testículos, pero su erección ni la rozaba.

– Natsumi ya vale – Me reí – Cómetela de una vez.

– ¡Ay, que impaciente eres! – Subí mi boca por su cuerpo y le besé, agarrándole la cara y la polla al mismo tiempo. Levantó las caderas al instante, buscando mi coño húmedo con sus dedos.

– Métetela, estás tan buena que voy a reventar, te lo juro.

– Si acabas de descargar… no seas exagerado – Le miraba a los ojos cuando se la empecé a lamer, viendo como sus labios se abrían y de ellos surgían gemidos cada vez más frecuentes y agudos.

– No quiero correrme todavía – Se quejó con los dientes apretados, agarrándome del brazo con fuerza. La tenía tan dura que apenas se la podía separar del ombligo para metérmela en la boca. Cuando saboreé su esperma, esos segundos antes en el que se les escapaba un poco antes de llegar al orgasmo, dejé de tocarle. Me miró ofendido – ¡No pares!

– Es que antes me has dicho que me ibas a reventar, y quería saber si era verdad – Me agarraba los pechos a mí misma, poniendo una pierna a cada lado del chico.

– No voy a poder, ni siquiera sé si voy a poder apartarme para no echártelo todo dentro…

– Cariño, ¿sabes lo que son las anticonceptivas? – Me miró con los ojos como platos y se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.

– ¿Puedo correrme dentro? – Me puso las manos en las caderas, apretándome el culo al pasarle los labios sobre los suyos. Asentí – Es el día más feliz de mi vida – Me besó, riéndose conmigo.

Apretó los labios cuando le rocé el glande, negando con la cabeza y siempre observándolo todo. Movía solo mis caderas, despacio, de adelante hacia atrás, sintiendo cómo me estimulaba y cómo me llenaba poco a poco. Al apretarme a él, con su erección metida hasta el fondo, le susurré “a ver si aguantas hasta que me corra otra vez”. Cuando su respuesta fue un gemido echando la cabeza hacia atrás, me reí dulcemente en su oído, empezando a gemir sin poder evitarlo. Cuanto más gemía yo, más resoplaba él, y justo cuando empezaba a correrme me pidió perdón y le sentí eyacular en mi interior.

– Mucho mejor – Besé su mejilla – Pero sigo pudiendo ponerme de pie – Miré la hora y me levanté, intentando no mancharlo todo, tapándome con una servilleta camino al servicio para limpiarme en condiciones.

– ¿Y qué significa eso? – Replicó sin aliento.

– Que hasta que no me dejes sin poder moverme, esto no es follar bien – Le expliqué al entrar de nuevo en el salón. Me miró murmurando un “venga ya”, cerrando los ojos. Me vestí, me incliné sobre él y le di un beso en la mejilla, despidiéndome.

– ¿Dónde vas? – Preguntó sin moverse de como le dejé.

– He quedado con unas amigas. Busca truquitos en Internet y a ver si eres capaz de sorprenderme.

Le escuché llamarme pero salí de allí con una sonrisita satisfecha. Fui a casa, me duché, me puse guapa – me sentía hermosa – y me reuní con mis compañeras de trabajo. Fuimos a cenar a un restaurante decente, lo que nos podíamos permitir con nuestros sueldos, y horas después salimos de allí entre risas. Me habían contado todo tipo de cotilleos existentes sobre los demás profesores e incluso algunos alumnos. Aoi caminó a mi lado hacia un bar y justo cuando íbamos a entrar, vimos que echaban a un grupo de chavales que armaban jaleo y se quejaban de forma violenta.

– ¡Que no me toques, coño! – Jin se soltaba del guardia de seguridad mirándole desafiante aunque este le sacaba una cabeza y era el doble de ancho.

– ¿Ese no es Okawa-san? – Me susurró Aoi dándome en el brazo. No sabía qué era mejor, esconderme o salir corriendo. Me daba pánico su poca vergüenza y que hablase más de la cuenta. O que hiciese algo fuera de lugar, todo era posible – ¡Dile algo! ¡Es tu alumno!

– ¿Qué está pasando? – Intervení tras tragar saliva, acercándome a él. Cuando me vio escondió de manera torpe la sonrisilla que se le escapó – No puedes entrar en este local hasta que tengas veintiuno, Okawa-san.

– Lo sé, culpa nuestra Kuchiki sensei – Contestó, más suave que un algodón – ¿No podríamos entrar con vosotras? Sois adultas, si dais vuestro permiso…

– ¡De eso nada! – Dijo el de seguridad – ¡Largo de aquí! – Jin frunció el ceño y adelantó la mandíbula, intentando enfrentarse al hombretón.

– Ni se te ocurra – Le agarré por los hombros con ayuda de sus amigos. Me percaté de que esos chicos me miraban con curiosidad.

– ¡Hay vejestorios ahí dentro más problemáticos que nosotros! ¡Sólo queríamos tomarnos algo, gordo de mierda!

– ¡No insultes a la gente por su físico, es de niñato y de tener poco argumento! – Me miró a los ojos, a la boca, a las tetas y a los ojos. Me alejé de él disculpándome ante el guardia de seguridad mientras veía entrar a mis compañeras de trabajo – Ahora voy – Le dije a Aoi. Me volví para observar a los amigos de Jin, tranquilizándole – Vete a casa, deja de montar el numerito – Me acerqué y susurré – No me obligues a abrirte un expediente – Respiró hondo y asintió.

– ¿Mañana vienes? – No para de mirarme los labios. Me alejé de él, por si las moscas.

– Es sábado, hasta el lunes Okawa-san.

– Hasta luego, Natsumi chan – Me guiñó el ojo y se dio la vuelta entre un coro de risitas cómplices de sus amigos. Se me curvaron los labios en una sonrisa inevitable que intenté disimular al darme cuenta de que Aoi no se había metido en el bar.

– ¿Qué es eso de ir mañana? – Me miraba con suspicacia. Hice como si el asunto no tuviese importancia mientras que mi yo interior explotaba.

– Se refiere a la hora de refuerzo, voy a su casa porque si no, no hay manera – Me seguía observando con los ojos entrecerrados – Ya sabes que es un chico difícil…

– Sí, y también otras cosas – Entonces fui yo la que la miró con suspicacia.

– ¿Qué otras cosas? – Le di empujoncitos – ¿Te gusta un alumno? – Aoi abrió mucho los ojos y negó con la cabeza.

– ¡Claro que no! ¡No quería decir eso! – Asentí, entrando con ella con el bar.

– Ninguna de las dos queríamos – Me reí y me senté, dejándola colorada como el traje que llevaba puesto.

 

3

Como bien le dije, no supo nada más de mí hasta esa semana. Hasta finales de esa semana. Llegué temprano al trabajo y con bastante energía. Me había dedicado a ir de tiendas y a mí misma el fin de semana entero y mi humor estaba por las nubes. Cuando entré en el despacho, saludando a todo el mundo con una gran sonrisa, el director se me acercó. Caminaba a zancadas, con su prominente barriga siempre por delante.

– Kuchiki-san, como todos los años por estas fechas, hacemos una excursión con los alumnos de tercero – asentí, viendo venir lo que iba a decirme – Siento decirle que ya que es nueva, sería conveniente que usted fuese una de las profesoras encargadas de los alumnos.

– Por supuesto, déjelos en mis manos – respondí con una sonrisa.

– Su compañero de viaje será decidido en esta semana, por supuesto, el colegio cubre los gastos – Eso me aliviaba, no es que me sobrase el dinero después de esos días de compras masivos.

– ¿Puedo saber el destino? – pregunté discretamente.

– Oh sí claro, a Osaka, serán dos días con sus noches las que pasarán allí – asentí resignada – Por cierto, la decisión de qué alumno merece y cual no ir está en sus manos – Me miró significativamente.

– ¿Es por Okawa san? No se preocupe, está avanzando mucho con la hora extra, en realidad es un alumno brillante – Vi la sorpresa en sus ojos, no le conocían en absoluto y estaba segura de que era por falta de interés.

– Bien, espero que se encargue de ello, al fin y al cabo será su monitora – asentí – Hable con la clase sobre el tema en la tutoría, tiene que estar todo listo para la semana que viene. Tome, las autorizaciones para los padres y el itinerario.

– Tengo una pregunta más, ¿de verdad necesita Okawa-san seguir con la hora extra?

– De momento no tengo ninguna prueba escrita de su avance, hasta que eso no ocurra siga con lo establecido.

– Está bien, espero tener resultados pronto.

Suspiré un poco molesta camino a la clase cargada de papeles que les daría a ellos una inmensa alegría y a mí un inmenso dolor de cabeza. Al entrar, a donde primero miré fue al asiento de Jin, vacío como esperaba. Cuando les di la noticia de la excursión se agitaron tanto que me temí fuesen a amonestarme por no saber controlarles. Le di a la delegada las autorizaciones mientras explicaba lo que me acababan de explicar a mí. Juntos, miramos cómo habían planeado el viaje y no tardaron en surgir preguntas.

– ¿Cómo dormiremos, de dos en dos o más?

– ¿Tenemos que elegir pareja de viaje?

– ¿Puede ir todo el mundo o solo los aprobados?

– A ver, por partes – Hice gestos para que se tranquilizasen – No sabemos aún como están organizadas las habitaciones pero seguramente sean de dos en dos, así que id pensando con quién preferís compartir espacio. Obviamente no puede ser chico con chica – y murmuré para mí misma – Aunque personalmente es una regla que no entiendo.

– ¿Qué profesor viene con nosotros?

– Yo y supongo que alguien más – Una sonrisa se dibujó en sus rostros, me agradó.

– ¿Pero podemos ir todos o no? – Volvieron a preguntar.

– Depende de cómo os portéis esta semana – Amenacé sonriente.

Me costó un poco tranquilizarles para dar las clases pero no eran malos chicos, y una vez se les pasó el subidón atendieron como siempre. La semana se me hizo eterna con tanto papeleo y tanta instrucción sobre cómo tenía que hacer las cosas. Los nervios me estaban matando. Aoi, que le tocó pringar conmigo en la excursión, intentaba tranquilizarme diciéndome que se cuidaban solos y que nunca pasaba nada. El viernes, justo antes de salir de la clase, Jin tuvo la poca vergüenza de hacer acto de presencia.

– Dichosos los ojos, por lo menos traes el uniforme – llevaba los botones de arriba abiertos, dejándome ver lo que quería tocar.

– Te llevo, traigo casco para ti.

– Hoy no – Se le borró la sonrisa de golpe – Hoy te vas a quedar aquí, ¿dónde te habías metido? – Se encogió de hombros – Necesito que hagas uno de los exámenes a los que faltaste para enseñárselo al director.

– ¿Y para qué voy a hacerlo si sabes que lo voy a aprobar? Díselo y ya está – Contestó con cabezonería.

– Dice que necesita verlo con sus propios ojos.

– Venga ya, además – miró alrededor, asegurándose de que estábamos solos – Lo puedo hacer en casa, ¿qué me dices? – estuve tentada a agarrarle de la camisa y volverme loca.

– Que cojas una silla y te sientes ahí delante – A pesar de su cara de fastidio, me hizo caso. Le dejé un bolígrafo y le di el papel.

– Me parece una gilipollez – Susurró metiéndose las manos en los bolsillos.

– Si no haces esto no podrás venir a la excursión – Me miró extrañado – ¿No te has enterado de nada? Si no hablan de otra cosa.

– Yo no voy a las excursiones, son una mierda en la que enseñan siempre lo mismo.

– Y yo que te iba a invitar a cangrejo – Chasqueé la lengua, negando con la cabeza.

– ¿Tú vas? – asentí – Eso cambia la cosa.

No tuve que insistir más, el chico hizo el examen en un suspiro y ni siquiera quiso repasarlo. Cuando lo corregí le planté un bonito 96 sobre 100. Ni se inmutó, me miraba en silencio sentado en la silla que reclinaba hacia atrás. Cuando volví a mirarle fue cuando dejó de mirarme, interesándose de repente por el cielo que veíamos tras la ventana.

– Ya te puedes ir a casa – Le dejé marcharse, contenta. Se levantó de la silla y se inclinó sobre el escritorio, apoyándose con las manos sobre mis papeles para acercar su cara a la mía peligrosamente.

– ¿No te vienes? – Susurró mirándome la boca.

– Eres un peligro, vete a casa y fírmame la autorización, que eres mayor de edad – Le tendí el papel, pero no dejó de mirarme.

– De todas maneras ya sabes donde vivo, pásate cuando quieras, sensei – No me aparté cuando se acercó a besarme pero tampoco me moví. Simplemente le devolví el beso despacio, hasta que escuché pasos en el pasillo. Se irguió tan rápido que casi se cae de espaldas, cogió el papel y se cruzó en la puerta con Aoi, que se apartó extrañada al verle salir a toda prisa.

– ¿Qué le pasa? ¿Se ha enfadado porque le has dicho que no viene?

– Ahmm – Me encontraba atontada, ese niño besaba tan bien que me hacía perder la compostura. Me llevé la mano a la frente mientras miraba los papeles y respiraba hondo – No, es su manera de ser. Siempre está molesto aunque las cosas le vayan bien – Le enseñé el examen a mi compañera, que se le abrió la boca de la sorpresa – Como comprenderás, se merece venir a la excursión.

A pesar de morirme de ganas de colarme en su casa, resistí la tentación. Y supongo que como castigo por no hacerlo – cosa que me pareció estúpida porque solo se castigaba a él mismo – Jin no apareció por clase hasta el día de la excursión. Parecía tan aburrido como siempre, mirando a su compañero asignado con cierto desprecio. Tanto Aoi como yo misma íbamos histéricas, solo eran dos clases, la suya y la mía, pero también una responsabilidad enorme. No paraba de contarlos, nunca me faltaba ninguno y aun así seguía inquieta. Tan pronto llegamos al hotel repartimos las tarjetas de las habitaciones. Me las apañé para que el cuarto de Jin quedase cerca del mío, a ese le quería cerca – por varios motivos – y a él parecía seguir resbalándole todo. En las visitas a la ciudad apenas le vi, siempre caminando detrás de mí, inmune al lugar y la experiencia nueva de salir de Tokio. Le escuchaba tararear, y al mirarle sobre mi hombro siempre le encontraba con los cascos puestos y los ojos fijos en mi culo. Una de las veces, nuestras miradas se cruzaron, mordiéndose el labio levemente cuando le sonreí. Aoi iba delante del todo del grupo y yo detrás, pero no me atrevía a hacer nada en plena calle. Les dejamos dos horas para ir donde quisieran y reunirnos después en la cochera de autobuses. Justo antes de que se alejasen llamé a Jin.

– No hagas que me arrepienta de haberte dejado venir, compórtate y aparece a la hora que hemos quedado. Controla tus impulsos destructores y ya los dejas salir en casa.

– Hay algunos impulsos que me está costando bastante retener, pero vale, Natsu-chan.

Resoplé poniéndome el pelo tras las orejas y mirándole el culo conforme se alejaba. Escuché un carraspeo a mi espalda y al volverme Aoi me miraba esperando una explicación que nunca iba a tener. Me puse de cangrejo y takoyaki hasta las cejas, dos horas daban para mucha comida y al parecer los chicos hicieron más de lo mismo porque al llegar al hotel casi todos fueron directos a las habitaciones sin pasar por el comedor. Se suponía que dormían de dos en dos, pero desde el cuarto les escuchaba ir de un lado a otro y aunque mi compañera chasqueaba la lengua de tanto en tanto, a mí no me molestaba en absoluto. Eran jóvenes y por más que quisiéramos no iban a controlarse. Estaba segura de que dormirían algunas parejas juntas y de que mucha gente ni siquiera dormiría. Aoi me dejó sola en la habitación al bajar a cenar, por lo que llené la bañera hasta arriba de agua casi hirviendo y me relajé. Casi me quedo dormida cuando me despertaron golpes en mi puerta. Me puse la toalla alrededor del cuerpo y fui a abrir, escondida tras la madera y asomando solo la cabeza.

– ¿Te pillo mal? – Jin entró sin ser invitado y cerró sin dejarme decir nada – Natsu-chan – Susurró contra mi boca. Me agarró del pelo y del muslo con fuerza, arrancándome un gemido al besarme contra la puerta. Sentí sus dedos acariciarme entre las piernas, tan dulcemente que me hizo temblar.

– Jin, para – Le ordené cuando me dejó respirar – Aoi tiene llave y nos va a—

– Déjame metértela y me voy, me estoy volviendo loco Natusmi – Me besó el cuello, tirando de mi toalla y acariciando mi cuerpo desnudo.

Me agarré de sus hombros cuando me cogió en peso moviéndome hacia la pared opuesta, y le rodeé con las piernas una vez se la sacó de los pantalones. Me había puesto tan cachonda con tan poco que estaba sorprendida. Resopló cuando su glande me separó los labios mayores, se quejó al entrar en mi cuerpo, y casi gimo a pleno pulmón cuando empezó a embestirme contra la pared. Susurraba mi nombre una y otra vez, besándome mientras me follaba impetuosamente.

– Jin, me corro – Gemí, consiguiendo lo que pretendía, que era sentirme taladrada por ese adolescente. Y al llegar al orgasmo sentí el suyo solo segundos después, asombrada por la pasión con la que me besaba y lo despacio que se movía, disfrutando de cada segundo de ese momento que tanto esperábamos los dos.

– ¿Por qué no has venido a mi casa? – protestó mientras me comía a besos – Te he echado de menos, imbécil.

– Porque no quiero perder mi trabajo y porque esto está muy mal. Y lo sabes.

– Sí – Me acarició la mejilla, jadeante – Pero no dejas de besarme.

– Eres peor que una droga, niñato – Me llevó en brazos de vuelta al cuarto de baño y me dejó caer en el suelo, resbalándome su esperma por las piernas – Tráeme la toalla y cierra la puerta al salir – Me metí de nuevo en el agua, que seguía tremendamente caliente. Tardó lo que me pareció una eternidad – ¿Sabes? Dentro de unos años vas a estar muy bueno – Casi me da un infarto al abrir los ojos y ver a Aoi en la puerta.

– ¿Quién va a estar muy bueno? – Me miraba sospechando. Ya sospechaba demasiado.

– Nagase Tomoya – Dije recordando al primer jovencito famoso que se me vino a la cabeza – El de Tokio, ¿sabes quién te digo? – Asintió sin dejar de dedicarme esa mirada suspicaz – Imagínatelo con el pelo negro y los rasgos más duros. Seguro que está buenísimo.

– ¿Qué hacía tu toalla en la entrada? – abrí la boca como un pez, estirando la mano para que me la diese.

– Vino una chica a preguntarme si tenía compresas – Inventé sobre la marcha – Y al irse dejé la toalla ahí mismo. Iba a recogerla, lo siento.

– Vale – respondió sin creerme, lo veía en su cara – Voy a comprobar que estén en sus habitaciones y nos acostamos, ¿vale?

– Te dejo esto libre en un segundo – Asintió y se marchó de la habitación. Salí de la bañera tan rápido como pude sin partirme la boca contra los azulejos y busqué en toda el dormitorio. Al salir a la terraza me lo encontré fumándose un cigarro – ¿¡Qué haces?! – Grité en susurros – ¡Vete a tu cuarto! – Tiró la colilla por el balcón y me miró sonriente.

– No podía moverme de aquí con Aoi-sensei dando vueltas, que por cierto, lo sabe y está celosa.

– Anda cállate la boca – Le dí un golpetazo en la nuca haciéndole reír. Me asomé al pasillo y tras comprobar que nadie miraba le eché a empujones – Vete a dormir.

– Oyasumi, Natsu-chan – Me guiñó el ojo y se alejó caminando con las manos en los bolsillos. Por la esquina apareció Aoi, que se quedó mirando al chico plantada en medio del pasillo. Me metí con rapidez en la habitación, cerrando tras de mí y poniéndome el pijama. Estaba jugándomela, pero al mismo tiempo me lo estaba pasando de miedo.

Las visitas del día siguiente fueron sin más problemas que las primeras, la excursión se me hizo amena pero desde luego no de las mejores de mi vida. En lo único que pensaba era en irme al hotel y en dónde me iba a follar esa noche a mi querido alumno. Me pasé el día cruzando miradas con él, comiéndole con los ojos igual que él hacía conmigo, deseando tocarle tanto como él a mí. Sus labios gruesos, su mirada penetrante, ese pelo tan indomable como él; todo me hacía soñar despierta. Estaba deseando tenerle para mí, poder tirármelo con tranquilidad, no apresuradamente como la noche anterior. Pero Aoi no se me despegaba y no tuve ni un momento para mí misma excepto cuando ella hizo de nuevo la ronda nocturna por las habitaciones. Resoplé fastidiada en la cama cuando llevaba fuera una eternidad y al ver que no volvía, salí en busca del chico. Ya se me ocurriría la excusa. Giré el pasillo hasta su habitación, y antes de que pudiese llamar le ví acercarse furioso hacia donde yo estaba. Venía en la misma dirección que yo, lo que significaba que no había estado en su habitación. Al encontrarme en la puerta chasqueó la lengua apretando los ojos.

– ¿¡No viste la nota?! – Me soltó enfadado.

– ¿Qué nota? – Resopló, llevándose las manos al pelo y andando por el pasillo.

– Lo siento Natsumi, creo que la he cagado – Se le veía angustiado, así que me acerqué a él y le puse la mano en el hombro, pero se revolvió – No,  no me toques. Vete a la habitación.

– ¿Qué ha pasado? ¿Qué has hecho? – Pregunté asustada. Me miró y apretó los labios.

– Te había dejado una nota en tu cama pero por lo que se ve Aoi la encontró antes que tú – empecé a asustarme de verdad y lo tuvo que notar en mi cara – Decía que te esperaba frente a la cafetería del hotel y la que apareció fue ella. Me – tragó saliva – Me dijo que lo sabía todo y bueno, esto no me lo dijo con palabras pero pretendía que me la follase a cambio de no decir nada.

– No, te tienes que haber equivocado – El chico resopló por la nariz enfadado.

– ¡Se me tiró encima! ¡Me ha besado Natsumi! ¿Cómo voy a malinterpretarlo si me ha metido la lengua hasta la campanilla?

– ¿Y qué has hecho? – pregunté con cautela, intentando no correr hacia mi habitación para tirarle de los pelos a la muy hija de puta.

– Quitármela de encima – Le dio un puñetazo a la pared – ¡¡Lo siento!! ¡¿Qué iba a hacer?! ¿Dejarme?

– Nada, tú tranquilo que saldrá bien. Ya hablamos en Tokyo, vete a dormir – Me alejé de él y le escuché llamarme.

Me di la vuelta pero el chico se quedó ahí plantado, mirándome. No dijo nada y se metió en su dormitorio, dando un portazo. Intentando contener mi furia asesina me metí en la habitación y me encontré a mi compañera al teléfono. Al verme en la puerta colgó a toda prisa. Se plantó ante mí, con una dignidad que no tenía.

– Más vale que vayas haciendo las maletas porque te largas de aquí. Y ese impresentable alumno tuyo también.

– ¿Qué has hecho? – pregunté por segunda vez en menos de cinco minutos pero con mucho más miedo que antes.

– Lo sé. Sé que mantienes relaciones sexuales con Okawa-san y no voy a tolerar un comportamiento así.

– ¡Eres una hipócrita! ¡Has intentado follártelo tú también! – Se ofendió como si le hubiese dicho la barbaridad más grande.

– No estoy dispuesta a aguantar un insulto tan gratuito. Menos mal que os voy a perder de vista a los dos.

Antes de abrirle la cabeza allí mismo, cogí mis cosas y me marché del hotel. Si me iban a despedir cuanto antes mejor y que se comiese ella el marrón de los niños. Cuando llevaba la mitad del camino en el tren, caí en la cuenta de que quizás tendría que haberle dicho al chico de volverse conmigo, pero si lo hacía le implicaría directamente en el asunto y le expulsarían con seguridad. Y no estaba dispuesta a que eso pasase. Cuando llegué a la ciudad era de madrugada y no podía pegar ojo. Me llevé toda la noche comiéndome la cabeza, haciendo las maletas e intentando buscar una excusa a pesar de saber que no tenía nada que hacer contra el testimonio de una profesora que llevaba años en el centro. De buena mañana recibí la llamada. Me vestí y maquillé todo lo digna que pude y reteniendo la rabia que me comía por dentro, fui al colegio. Daba gracias a que fuese domingo y a no tener que despedirme de mi clase, eso me rompería el corazón. Les había cogido mucho cariño a los chicos y me encantaba trabajar con ellos. Me tragué todos los sentimientos y entré en la sala de profesores, caminando despacio hasta el despacho del director.

– Adelante – Invitó secamente. Sus ojos fríos me juzgaron nada más verme. Casi podía escuchar el “sucia guarra” que estaba pensando – No se siente, vamos a ser rápidos – Me quedé allí plantada intentando poner cara de póquer – Su conducta es totalmente inadmisible, no tiene usted excusa ante lo que ha hecho. Espero que esté de acuerdo en que no podemos seguir contando con usted entre el profesorado – asentí en silencio, pero sin mostrar vergüenza alguna porque no la sentía – ¿Tiene algo que decir?

– Okawa-san no tiene culpa de nada. Se dejó llevar por mí, es un adolescente y no sabía las consecuencias de lo que hacía.

– Eso, con el debido respeto, no se lo cree nadie. Es un alumno mediocre y una persona insignificante – Me encendí como una cerilla. Metí la mano en el bolso y le planté delante el examen que hizo la semana anterior.

– Estaba esperando a tener más pero solo tuve oportunidad de hacerle esta prueba escrita. La acabó en un cuarto de hora cuando sus compañeros necesitan la hora entera y bueno, ahí tiene la puntuación – La miró con desprecio y la soltó en la mesa – No puede decirme que es un alumno mediocre, y mucho menos alguien insignificante. No sé cómo puede pensar algo así de un alumno. Ninguno lo es, pero si es la idea que les transmitís es lo que llegarán a ser. Una lástima que me haya despedido porque sabiendo ahora lo que sé, dimitiría sin duda.

– ¿Ha terminado usted? – firmé los papeles que me tendía y salí de su despacho, de la sala de profesores, de la escuela.

No me permití llorar, ni siquiera mirar atrás. Fui a por mis cosas y desaparecí de Tokio, de los rumores, y – doliéndome muchísimo y con la incertidumbre de qué sería de él – de Jin.

4

18 años después

La espalda me iba a dar un día un crujido de tanto inclinarme. Cada vez que salía de mi trabajo era lo único que hacía porque claro, con tanta gente importante alrededor no me quedaba más remedio. Los hijos de algunos de ellos eran insufribles, unos niñatos mimados, pero sus papis eran los únicos que me daban trabajo. Y pagaban tremendamente bien. Salía del edificio de la “empresa” de sus padres – mucho sospechaba yo que con tanto dinero y un padre con unas pintas que te hacían cambiar de acera por la calle, fuera una empresa honrada – mirando mi teléfono. Tenía otro mensaje de Kazuo.

 “No me puedes dejar así. Esto se acaba cuando hablemos, no cuando a ti te parezca”

El tono amenazador de sus mensajes desde que empecé a ignorarle me empezó a dar miedo. Me planté en la puerta, dudando de si debería ir o no a la policía. Guardaba todos sus mensajes, todas sus llamadas y los emails. Nunca se sabía, y en caso de que me pasara algo, mi teléfono le delataría. Daba gracias al día que aborté, no sé qué habría sido de mi hijo de haberle criado alguien como él. Caminé dispuesta a ir a comisaría pero apoyado en un coche junto a la boca de metro, estaba él. Me paré en seco.

– Natsumi, no puedes dejarme – Me ordenó con rotundidad, acercándose a mí.

– Sí, ya te he dejado. Kazuo por favor, márchate – Cuanto más me alejaba de él, más rápido venía hacia mí.

– No puedo vivir sin ti, ¿no lo entiendes? – Lo que más me aterraba es que hablaba con tranquilidad, cuando yo sabía muy bien como era en realidad – ¿No entra en esa cabeza que tienes?

– Hay más mujeres en el mundo dispuestas a hacerte feliz. Y espero que te vaya muy bien per—

– ¡¡No quiero a otras mujeres, te quiero a ti!! – No pude más y corrí de vuelta al trabajo. Le escuchaba gritarme a mi espalda y al llegar casi sin aliento hasta los guardias de seguridad noté que el tono de voz bajaba.

– Kuchiki-san, ¿qué ocurre? – Mi jefe estaba saliendo con sus “guardaespaldas”, que parecían otra cosa que no quería ni pensar, y me vio escondida tras uno de los guardias de la puerta.

– No es nada, es… – miré hacia afuera, me esperaba en la distancia – Tengo algunos problemas con una ex pareja, lo solucionaré.

– ¿Te está incordiando? – Me puso su redonda y pesada mano en el hombro.

– Creo que la estaba persiguiendo, señor – Le informó el hombre tras el que me escondí.

– Eso no puede ser. Tú, llévala a su casa – Uno de los hombres que tenía a su espalda se inclinó y se puso a mi lado.

– No es necesario – Murmuré cuando lo que quería era agradecérselo para siempre.

– Claro que lo es, eres la mejor profesora que han tenido mis hijos con diferencia. Si necesitas cualquier cosa no dudes en pedírmela. Incluso si quieres que le demos un susto – Señaló a Kazuo.

– No. No, gracias – Tras inclinarme no sé cuántas veces salí guiada por ese hombre.

Caminé a su lado sin mirarle y sin mirar hacia donde estaba mi ex, centrada en el suelo y esperando que al verme acompañada se marchase. Me abrió la puerta de un cochazo rojo intenso y al entrar el olor del cuero de los asientos me envolvió. Tras indicarle dónde vivía fuimos todo el camino en silencio y por curiosidad le miré de reojo. Era altísimo, con abundante pelo negro peinado hacia atrás. Las gafas de sol no me dejaban ver sus ojos pero sí su barba bien recortada. Si no fuese porque todo él gritaba “encantado, soy un yakuza” le podría encontrar incluso atractivo. Decidí que era mejor mirar por la ventana. Para hombres peligrosos estaba la cosa…

– Muchas gracias, siento la molestia – Me miró brevemente e hizo un leve movimiento de cabeza.

No se marchó hasta que no entré en el edificio. El resto de la tarde lo empleé en preparar la clase del día siguiente y la cena mientras veía un programa en la televisión. Me gustaba vivir sola, al contrario que a todas mis amigas que vivían casadas desde hacía casi diez años. No les parecía bien mi soledad, tampoco me importaba lo que pensasen. Yo era feliz, no necesitaba a nadie a mi lado y cada vez lo tenía más seguro. Me costaba muchísimo conectar con la gente de mi edad, todos tan monótonos y serios, me lo pasaba mejor con mis alumnos. Suspiré al recordar mi clase de hacía tanto tiempo, y me pregunté cómo estarían, si habrían cumplido sus sueños y si a la amargada de Aoi le habría dado una úlcera con tanto veneno que guardaba dentro. Di un respingo al escuchar el timbre de la puerta. Me acerqué despacio y me asomé a la mirilla.

– Sé que estás ahí, zorra. Veo tu sombra bajo la puerta – Kazuo estaba apoyado en el marco – Abre que tenemos que hablar.

– Vete. Déjame en paz de una vez – vi que se daba la vuelta y miraba directamente a través de la mirilla.

– No me hagas enfadarme, Natsumi, ahora no tienes a ese tipejo para que te proteja.

– Voy a llamar a la policía – Se rio. Busqué el móvil y estaba sin batería. Yo y mi cabezonería por no querer tener un teléfono fijo.

– Es más fácil si hablamos, deja de ser tan puta – aporreó la puerta mientras buscaba el cargador – ¡Abre si no quieres que la tire abajo!

No podía pensar con claridad, estaba aterrada porque si seguía así partiría la puerta. Era un hombre grande y sobre todo fuerte. Y no encontraba el cargador. Escuché un crack cuando corría hacia mi habitación y cuando encontré el cargador sentí que me cogían del pelo. Grité y pataleé, pero me arrastró hasta el salón tirándome contra la mesa. Me golpeé la mejilla con el pico y sentí la sangre correrme hasta el cuello.

– ¡Me dejas porque quieres dedicarte a follarte todo lo que se mueve! – Me gritaba de pie frente a mí. Me encogí, apretándome la herida con la mano – ¡Me dejas después de habértelo dado todo! ¡¡Pero no era suficiente para ti!!

– ¡Te dejo porque no quiero estar con alguien que me trata con tanto desprecio! – cogió la silla que tenía más cercana. Me hice un ovillo en el suelo, esperando el golpe.

Un golpe que nunca llegó, o al menos no para mí. Al escuchar quejidos y ser consciente que eran de él, abrí los ojos. Un hombre había tirado a Kazuo al suelo y le estaba pegando en la cara con tanta violencia que apenas podía quejarse. Lo único que veía de mi ex era un montón de sangre y que algo salió disparado a mis pies. Un diente. No podía moverme, aterrada ante tal muestra de violencia. Hasta que no le pareció suficiente no dejó de pegarle. Tras eso se levantó, le escupió y se acercó a mí. Me alejé, también le tenía miedo.

– Natsumi, tranquila – Susurró una voz grave, rasgada – ¿Estás bien? ¿Qué te ha hecho en la cara? – Chasqueó la lengua y me estrechó entre sus brazos – Siento mucho no haber subido antes. Siento tantas cosas…

– ¿Quién eres? – Se me cerraron los ojos con su apretón, sintiéndome protegida. Se apartó de mí tras unos largos segundos y se quitó las gafas.

– No te vas a acordar de mí – Sus ojos tristes analizaron mi rostro y vi su rabia al fijarse en mi herida. No fue hasta ver sus ojos enfadados que no me di cuenta de que le conocía.

– ¿De qué me suenas? – susurré. Me apartó la mirada – ¿De qué te conozco? – escuché un ruido a mi lado. Kazuo se estaba ahogando con su propia sangre. El yakuza le puso de lado para que lo escupiese todo y fue al pasillo, llamando por teléfono.

– No te muevas de aquí, ahora mismo vengo.

Cogió a ese pobre desgraciado y se lo llevó colgando del hombro. Me sorprendió que pudiese con él, no parecía tan fuerte a simple vista. Fui al cuarto de baño, aún impresionada por todo lo que acababa de pasar, y me limpié la herida. No era tanto como esperaba una vez lavada toda esa sangre de la cara, pero se me iba a hinchar casi seguro. Me puse una tirita y fui a recoger el salón. Limpié como pude la sangre sin terminar de creerme la que se había montado en unos minutos y me senté en la silla que recogí del suelo tras calentarme un té. Me temblaba el pulso. La puerta estaba hecha un desastre, no podía quedarme ahí esa noche, tendría que ir a un hotel. Me sorprendí al darme cuenta de que lloraba, me costaba respirar, me sentía sofocada. Tenía que llamar a la policía. No. Necesitaba a ese hombre, fuese quien fuese. Me transmitía seguridad, estaba segura de que le conocía de algo y él me conocía a mí, eso era obvio.

– Coge tus cosas, no puedes dormir aquí – Ordenó desde la puerta de brazos cruzados.

Esperó pacientemente a que guardase lo esencial y me acompañó a la salida protestando más fuerte de lo normal porque era una vergüenza que ningún vecino se hubiese dignado a ayudarme. Volví a subirme en el cochazo rojo, pero esta vez no podía despegar mis ojos de él. Le analicé a conciencia porque no sabía de qué le conocía pero me era tan familiar que me estaba dando rabia. Miré sus dedos, y además de tenerlos todos – algo importante siendo lo que era – no vi anillo alguno o marca de haber llevado uno puesto. Su pelo era tan negro como su traje, pero lo que me agitó cuando los vi, sus ojos, los tenía escondidos tras las gafas de sol.

– Te has echado las manos abajo – Le cogí la mano que me quedaba más cerca y se quejó casi de inmediato.

– Ten cuidado, joder.

– Lo siento – tenía los nudillos despellejados y de un color amoratado que se intensificaría con seguridad. No sé el motivo, pero se los besé con cariño, por lo que me miró sobresaltado.

– No hagas eso – apartó la mano y siguió conduciendo, cortándome cuando iba a protestar – Voy a llevarte a un hotel que queda cerca de mi casa. Toma – metió la mano en su chaqueta y me dio un teléfono móvil – Si necesitas algo llama al único número que hay en la memoria.

– ¿No es más fácil si me das el número directamente? – negó con la cabeza.

– No suelo estar mucho tiempo con el mismo. Llámame solo si de verdad necesitas algo.

Aparcó de cualquier manera en el arcén y me acompañó dentro del hotel. Me pagó la habitación y me dio la llave casi sin mirarme a los ojos. Me quedé plantada frente a él tras cogerla, queriendo preguntarle tantas cosas que no me salía ninguna. Nuestras miradas se cruzaron un instante y tras unos segundos de duda, se inclinó levemente ante mí y se marchó. Lo tenía en la punta de la lengua y sus ojos me ponían tan nerviosa… Sospechaba que su actitud era tal por no querer involucrarse en mi vida, sus motivos tendría. Su oficio no se lo permitía o no quería verme envuelto en él. O simplemente no me quería tener cerca y yo estaba viendo en sus ojos lo que quería ver. Al ponerme el pijama me pregunté qué sería de mi ex, dónde lo habría llevado. Esperaba que lejos. Lo que tenía seguro es que no sería un problema para mí en lo que le quedaba de vida.

Al día siguiente fueron otros hombres los que me acompañaron a casa. Mi puerta estaba mágicamente arreglada y no tuve que poner dinero de mi bolsillo. Seguro que fue cosa de mi conocido/desconocido. Al volver al trabajo, mi jefe no me dijo nada por lo que supuse que todo fue por propia cuenta de ese hombre. Si pudo hacerlo sin que él se enterase o bien estaba desobedeciendo o bien tenía el poder suficiente para hacerlo sin repercusiones. Fuera como fuese, no volví a verle. Entraba en el edificio mirando a todo aquel con traje de chaqueta sin corbata y gafas de sol que veía, pero nunca era él. Y de no ir mirando hacia adelante choqué con otro hombre. Y ese otro hombre fue muy amable conmigo, tanto, que cuando me invitó a un café no pude decirle que no. Que cuando me invitó a cenar días después, accedí porque su compañía era agradable. Que me hizo el amor con tanto cariño que me arrancó sonrisas y suspiros. Fue tan bueno que me hizo olvidar lo que me pasé tanto buscando.

En unas semanas mi vida cambió. Kouta, que era más joven que yo y con casi mis mismos gustos, me pidió que me mudase con él. Y estaba sopesando la posibilidad de hacerlo, pero me pidió que dejase mi trabajo. Eso conllevaba muchas dudas, mi trabajo era mi vida y sin él sentía que perdía mi identidad. Se le veía ansioso por mantenerme, porque fuese la mujer que le esperaba en casa. Y no estaba segura de si era una idea que me gustase. Él me encantaba, pero de ser sincera, nunca me había visto atada a nadie para siempre. Aunque ahora tenía mis dudas. Al salir de trabajar, meses después de insistirme sin parar, me llamó por teléfono.

– ¿Puedo recogerte para ir a cenar? Tengo algo que enseñarte.

– Claro que sí y me haces un favor porque no tenía ganas de cocinar en absoluto.

– En veinte minutos paso por tu casa. Ponte guapa.

– ¿Dónde me llevas? – pregunté divertida.

– Sorpresa – Noté la sonrisa en su voz y sonreí yo también antes de colgar. Me mordí el labio, en realidad me había tocado la lotería con él. Al pasar junto a un callejón escuché un ruido extraño, me giré y se me cayó el alma a los pies.

– Natsumi – La cara de ese tipo era un mapa de cicatrices, le faltaban dientes a esa sonrisa, pero sabía quién era.

– ¿Kazuo-san? – pregunté de igual manera. Cuando me tocó la mano la aparté asqueada, olía tremendamente mal.

– Te acuerdas de mí – Al decirme eso y al verle, me acordé del conocido/desconocido. Como para no hacerlo al verle la cara que le había dejado.

– Sí. Ni te me acerques o llamo al que te hizo eso – saqué el teléfono. Retrocedió de inmediato.

– No, no. Por favor, te echo de menos.

– Yo a ti no.

Sin más caminé hasta la boca de metro todo lo rápido que pude, y a pesar de saber que no me perseguía, casi corrí hasta mi casa, deseando que mi novio apareciese de una condenada vez. Cuando lo hizo no le conté nada, pero le metí prisa para llegar donde fuese que me iba a llevar. Y me sorprendió con un restaurante carísimo que no había pisado en mi vida por razones más que obvias. La cena discurrió normal, charlábamos como siempre, callando para comer algo porque estaba muerta de hambre. Mi mente divagaba de tanto en tanto de Kazuo al hombre misterioso, pero a fin de cuentas le mostraba más atención al que tenía delante. En un punto de la noche, buscó dentro de su maletín y me puso por delante un fino libro encuadernado de negro.

– ¿Qué es esto? – pregunté. Al abrirlo vi que era una foto de clase, con fecha de casi 20 años atrás. Conocía ese uniforme. Ese colegio. Casi se me baja la tensión – ¿Qué significa esto? – pregunté agitada.

– ¿De verdad no te das cuenta? – señaló a uno de los chicos. Al mirarle a la cara caí en que era el mismo que tenía delante – siempre me sentaba en primera fila. Suspiré por ti casi desde que te vi, sensei.

– ¡Eras mi alumno! – exclamé sorprendida y contenta – ¿Por qué no me lo has dicho antes?

– No sabía si te iba a traer buenos recuerdos hablarte del colegio, te fuiste un poco… – Le miré sin querer decir nada – Y además, Okawa-san desapareció en cuanto lo hiciste tú. La gente decía cosas – busqué en la orla y no le vi en ninguna parte.

Busqué, pero no le vi.

– ¿Natsumi? ¿Estás bien? – Me puse de pie tan de repente que me sentí mareada

– Era él – susurré – Jin.

– ¿Cómo? – El pobre no entendía nada – Natusmi, no creí los rumores. Nunca los creí.

– Eran ciertos – dije llevándome la mano a la boca – Lo siento, tengo que irme.

– Pero… ¡No me importa!, ¿dónde vas?

– Lo siento, te llamaré. Muchísimas gracias por la cena – caminaba hacia atrás, casi chocándome con un camarero.

Corrí hasta el taxi más cercano, no tenía tiempo para esperar el metro. Le pedí que me llevase a mi trabajo tan rápido como pudiese y le pagué sin esperar la vuelta. El corazón me latía tan rápido que me estaba mareando. Tenía que encontrarle, tenía que pedirle perdón. Pregunté a los de seguridad si le conocían y me dieron negativas. Le pregunté a todo el que veía. Quise llamar a mi jefe y preguntarle personalmente, pero no lo vi correcto. Y me vi allí sola, perdida, sin saber qué hacer para encontrarle. Recordé el hotel en el que me dejó aquella noche y su comentario de que su casa estaba cerca, ¡Si tan solo hubiese guardado ese teléfono en lugar de tirarlo por considerarlo inútil! Salí corriendo, el taxista seguía allí. Le pedí que me llevase al hotel y al bajarme me obligó a quedarme con la vuelta de antes y la de ese momento. No sé las vueltas que le di al barrio, pero no le vi ni a él ni a su coche por ninguna parte.

Cansada, abatida, y con los pies doloridos me dejé caer contra la pared de un callejón. Me sentí ridícula al darme cuenta de estar persiguiendo a un fantasma del pasado que huyó de mí en cuanto tuvo ocasión. Me sentí terrible por el hombre que dejé plantado, que era el que siempre me esperaba. Pero lo peor era que lo que en el fondo sentía, era que no le necesitaba. No a él. Al que de verdad quería cerca era a Okawa-san, que había aparecido en mi vida cuando más le necesitaba aun habiéndole abandonado cuando era yo la que tendría que haber estado. Jin, que me hacía sentir joven en sus brazos y me hacía reír con su bravuconería. Ese chico rebelde que no se merecía estar en una banda criminal. Sacaba mi pañuelo del bolso para limpiarme las lágrimas al escuchar que la puerta trasera de un local que me quedaba al lado se abría. No quería que me viesen llorar en la calle, mi situación rozaba lo patético y solo me hacía llorar con más ganas.

– ¿Natsu-chan? – Le vi mirarme desde la puerta, con un cigarro en la mano, el mismo peinado hacia atrás. Sin pensarlo dos veces me tiré a sus brazos.

– Lo siento mucho – sollocé, hecha un mar de lágrimas – Jin, no debería haberte dejado solo. Si hubiese dado la cara por ti ahora no estarías donde estás. Habrías seguido con tus estudios y aho—

– ¿Qué dices, qué pasa?

– Siento no haberme dado cuenta hasta ahora de que eras tú. Pero ha pasado mucho tiempo, y me salvaste la vida. Jin, perdóname. Soy una persona terrible – sentí sus brazos rodearme – Te expulsaron por mi culpa, no estuve cuando me necesitaste. Si hubiese estado… al menos no estarías donde estás.

– ¿Qué te hace pensar eso? – Su voz era más suave que sus caricias en mi pelo – Me habría ido de Tokio todas maneras. Eras la única profesora en condiciones que he tenido en mi vida, ese colegio no era para mí. Lo sabes.

– Pero la yakuza tampoco – Me separe de él, que volvió a apartarme la mirada avergonzado – Estabas en contra de sociedades que adoctrinasen a gente y es en donde estás metido, ¿cómo has terminado así?

– Era en el único sitio que me sentía aceptado. Ni en mi casa ni en la escuela tenía apoyo, mis amigos solo querían mi dinero, no tenía nada real. Excepto tú, quizás – puse mi mano en su mejilla, me miró – Y te perdí al hacer la gilipollez esa de la nota. No sé qué debo hacer para compensarte ese error.

– Nada, acepto tus disculpas – Ahora fue él quien me abrazó. Y lo sentía mucho por mi novio, pero nada de lo que él me hiciese me transmitía un sentimiento tan fuerte – No fue para tanto, ahora tengo un trabajo mucho mejor pagado. Y nos hemos vuelto a ver. Se puede sacar algo bueno al fin y al cabo.

– De haber sabido que te fuiste a Kobe te habría buscado – Le miré con una sonrisita y le acaricié la mejilla para que él también me mirase. Estaba mucho más alto y bastante más fornido. Mucho más atractivo, como bien supuse años atrás.

– ¿Tan fuerte te dio por mí? – bromeé. Suspiró, cerrando los ojos al contacto con mis caricias.

– Natsumi, creo que estoy enamorado de ti desde el día que te tiré el bento en la azotea y te pusiste echa una fiera – abrió los ojos y quise besarle. Me sonrió con tristeza y algo me saltó en el pecho. Un sentimiento que creía muerto. Algo que pensaba no ser capaz de sentir nunca más. Algo que, definitivamente, no sentía con Kouta. Suspiró profundamente y me soltó – de todos modos qué más da, era un niño.

– Has dicho estoy – cogió de nuevo el cigarro, pero no se lo encendió. Asintió despacio – Que estás enamorado de mí. Ahora.

– Creía que era obvio. Fuiste mi primer amor y nunca he conocido a una mujer como tú. Y lo he intentado – Al darle la primera calada al cigarro y verle entrecerrar los ojos por el humo volví a ver a ese adolescente que me volvía loca con apenas rozarme – He aprendido a vivir con ese sentimiento, no te preocupes.

– ¿Entonces me perdonas? – Me acarició la mejilla, donde tenía una cicatriz que no se veía a no ser que supieses que estaba ahí. Apreté su mano a mi piel cuando me sonrió asintiendo y volví a acercarme, dejando caer mi cabeza en su pecho – Qué alto estás – Me rodeó los hombros con sus brazos y le miré – Estás más guapo moreno.

– Y tú estás igual de hermosa que en mis recuerdos – Mis labios eran su centro de atención, sabía que lo quería tanto como yo.

– No vuelvas a desaparecer de mi vida sin avisar – fue a decir algo – Soy yo la que decide si es bueno o no tenerte cerca y ahora mismo quiero estar todo lo cerca de ti que sea físicamente posible.

Me puse de puntillas y le besé brevemente con las manos apoyadas en su pecho. Me abrazó con fuerza, tirando el cigarro al suelo, besando mis labios con intensidad y la misma urgencia que le caracterizaba de adolescente. La misma boca. La misma lengua exigente. El mismo niño ahora hecho un hombre.

– Necesito volver a estar dentro de ti – susurró entre beso y beso, agarrándome del pelo. Asentí, acariciándole las mejillas, encendida como pocas veces en mi vida. Me besaba con tantas ganas que me arqueaba la espalda hacia atrás, apretándome a él como si fuera a desvanecerme entre sus brazos – Espera, déjame que, tengo, espera un segundo que acabe con lo de dentro – Le temblaba el pulso cuando buscó algo en su chaqueta.

– Cariño, tranquilo – puse mis manos en sus ásperas mejillas para que me mirase – No tengas prisa, no me voy a ir.

– No entiendes lo que es esto para mí, Natsu-chan – besé sus labios sonriendo – Toma – me dio las llaves de su coche – Probablemente sea el único Toyota rojo que veas.

– Me acuerdo de tu cochazo, no te preocupes. Te espero dentro.

Me dedicó una gran sonrisa, la primera desde que volví a verle, y le vi tan guapo que me dejó sin aliento. Caminé hacia el coche sintiéndome dichosa y le esperé con una alegría tan grande que no podía evitar incluso tararear. Nunca me había sentido tan querida en tan poco tiempo, notaba en todos sus gestos y sobre todo en su mirada que lo que decía era real. Nunca había hecho temblar a un hombre con mi presencia y mucho menos a un yakuza. Me mordí el labio para esconder una sonrisa, nada de lo que estaba haciendo estaba bien, pero yo me sentía mejor que nunca. Al fin y al cabo era una mujer adulta y mis decisiones eran mías. Golpeó la ventana del conductor para que le abriese el pestillo y nada más abrir la puerta me plantó un beso en los labios. Conforme entraba se iba tumbando sobre mí, apretándome el muslo y besando mi rostro, bajando sus labios por mi cuello. Estiré la pierna en un acto reflejo y le di al limpiaparabrisas, que empezó a moverse como loco. No pude evitar reírme y cuando Jin se dio cuenta de lo que pasaba también se rio. Arrancó sin dejar de mirarme y sin dejar de sonreír.

– ¿Eres feliz dándole clase a los niños del jefe? – preguntó al escucharme suspirar un poco después. Le miré, acariciaba con sus dedos el volante cada vez que lo movía. Me puso nerviosa ver con la delicadeza que lo tocaba, mi mente estaba desbordada.

– Sí, pero era más feliz cuando no tenía la certeza de que trabajaba para la yakuza.

– No lo haces realmente. No quieres ser una mujer que trabaje para la yakuza y nunca vas a serlo. Al menos mientras yo pueda impedirlo.

– Si tan malos son, ¿por qué no lo dejas?

– Porque no sé hacer nada más. Es mi vida ahora y cambiarla sería una locura absoluta.

– Estar aquí ahora contigo lo es y mírame – Lo hizo – Estoy como una cabra, ¿cuántos años tienes?

– Treinta y seis, nueve menos que tú. Pero a ti nunca te ha importado la edad – metió su mano bajo mi falda y la subió por mi muslo despacio – Sensei.

– Jin, vas a chocarte. Mira para adelante – abrí las piernas, dejando que acariciara sutilmente mi ropa interior.

– Joder… – quería mirarme y conducir al mismo tiempo. No apartaba mis ojos de su rostro, de su boca, estaba deseando llegar a donde fuese para poder tocarle.

Me asustó cuando pegó el volantazo y se metió por unas calles oscuras. Aparcó de cualquier manera, reclinó su asiento hacia atrás y me cogió por la cintura, sentándome sobre su cuerpo. Le besé susurrando su nombre mientras le abría la bragueta. Rompió mi camisa de botones de un tirón y apretó mis pechos con fuerza a la par que yo hacía lo mismo con su erección. Esa mirada agresiva, lujuriosa… la había echado de menos. Aparté mis bragas húmedas y seguí el camino con su glande desde el clítoris hasta mi interior, deslizándolo despacio entre mis labios mayores. Me dejé caer sobre su cuerpo, haciéndole gemir tan fuerte que tapaba mis gemidos. Me agarraba del culo con tanta fuerza que me hacía daño y con los dientes apretados se movió en mi interior apasionadamente. Siempre que me acercaba a él terminaba haciendo cosas que con otra persona jamás ocurrirían. Follar con un yakuza en un callejón de mala muerte probablemente estaría abajo en la lista de cosas por hacer. Gritaba mientras le mordía el cuello, temblando de puro placer al sentirle correrse, como casi siempre justo después de que yo llegase al orgasmo.

– Te mereces un polvo mucho mejor que este – Susurró sin aliento, acariciándome aún un pecho y la mejilla – Pero no podía aguantarlo más. Llevaba 20 años soñando con follarte.

– No has cambiado nada – Me reí besándole al mismo tiempo – A ver qué hago yo ahora, porque te has corrido dentro…

– ¿No tomabas pastillas? – Negué con la cabeza, hacía años que las dejé. Me separó un poco de él al sonar su teléfono y puso cara de fastidio, la misma que cuando le decía que tenía que hacer un examen.

– Tengo que irme, te dejo en casa.

– Dame tu número – rebusqué el teléfono en mi bolso sin moverme de donde estaba. Dudó unos instantes o se quedó absorto acariciándome las piernas, no lo tenía muy claro.

– No voy a poder estar cada vez que quieras – Comentó tras darme el número – Siempre me están mandando de aquí a allí.

– No pasa nada mientras podamos follar de vez en cuando – Me abrazó por la cintura y me besó despacio, mirándome a los ojos. Me observó en silencio, acariciando el contorno de mi cara y besándome esporádicamente en los labios – Vas a llegar tarde – susurré atontada con sus mimos.

Me senté en mi sitio, protestando porque me había manchado los zapatos con su esperma y porque se me habían quedado las líneas del asiento grabadas en las rodillas. Me puse los botones de la camisa que no habían salido volando y hablamos de todo lo que hicimos desde que nos separamos hasta llegar a mi casa. Si algo había cambiado en ese niño era que ahora sabía escuchar y además le interesaba. Cuando paró en la acera de enfrente de mi edificio, vi el coche de Kouta. Me estaba esperando y probablemente preocupado.

– ¿Qué pasa? – preguntó al ver mi cara – No será otro ex loco, ¿verdad?

– No, no. Al menos no todavía.

– Tienes novio, claro – Le miré y le vi alzar las cejas brevemente antes de mirar por su ventanilla.

– Desapareciste después de lo de Kazuo, no iba a buscarte para siempre.

– No tienes que darme explicaciones, es tu vida. Si te hace feliz seguir con él, yo no tengo ningún problema.

– Pero yo quiero seguir viéndote – Me miró y suspiró.

– De todos modos es mejor que te quedes con él. Yo no puedo pensar en asentarme, al menos de momento.

– Pero de hacerlo sería conmigo, ¿no? – bajó la mirada.

– Soñar despierto no lleva a nada. Date prisa, tengo que irme – le agarré de la camisa y le besé. Sus besos siempre me dejaban con ganas de más.

5

Le conté a mi novio una verdad a medias. Le dije que me fui porque acababa de darme cuenta de que estaba hablando de Jin, y que necesitaba pedirle perdón por todo lo que pasó. Es más, le conté lo que realmente ocurrió hacía tanto tiempo y aunque le noté incómodo por saberlo, también supe que estaba agradecido por habérselo contado. Quizás estaba siendo una mala persona por no ser sincera al cien por cien, pero con ese chico tenía una seguridad que jamás tendría con Jin. Y siempre venía bien tener a alguien como ese yakuza cerca, por si las moscas, lo tenía más que comprobado. Esa noche dormí con él pero nada de sexo, argumentando que estaba muy cansada. No me abrazó. Creo que en el fondo siempre supo que le mentía.

Desde ese momento, intentaba ponerme en contacto con Jin todos los días y a lo más que llegaba era a preguntarle si se encontraba bien y a decirle las ganas que tenía de volver a verle. Siempre estaba ocupado mientras que mi novio siempre estaba disponible. Me tendría que haber conformado con la vida que llevaba, pero me obsesionaba estar cerca de ese chico, no, de ese hombre tan fogoso. Era lo que le faltaba a Kouta, esa picardía y ese fuego que caracterizaba a Jin. Empecé a pensar en él cuando tenía relaciones con mi novio, lo que se convirtió un problema porque si no lo hacía, no podía llegar al orgasmo. Sabía que debería dejarle, pedirle perdón y dejar de mentirle, pero la verdadera razón egoísta, lo que me aterraba, era que su reacción fuese la misma que tuvo mi ex. No estaba enamorada de él. No estaba enamorada de Jin. Nunca había sentido eso que la gente describía, las mariposas y toda la parafernalia, y no ansiaba sentirlo. Había otras cosas que consideraba más importantes, como bien recordé casi un mes después. Salía de trabajar, despidiéndome de los chicos y caminando hacia el ascensor, suspirando cansada. Le encontré apoyado contra la pared del fondo y sonrió al verme ahí plantada. Le dí al bajo sin despegar mis ojos de él, entrando en el ascensor directa a sus brazos. Apenas se habían cerrado las puertas cuando solté mi maletín para tocar su pecho sobre la fina camisa de botones con ese estampado tan horrible. Sus manos se apresuraron a perderse bajo mi falda, subiendo desde la parte trasera de mis muslos hasta apretarme el culo con fuerza. Le besé con tantas ganas que le empujé contra la pared del ascensor, haciendo que se tambalease.

– No puedo dejar de pensar en ti – subí mi pierna susurrando, sintiendo sus dedos tocar entre mis muslos desde atrás, para hundirse después entre mi piel ardiente. Deseé no llevar ni bragas ni medias, estar desnuda y tenerle dentro.

– Te voy a llevar a mi casa, te voy a tirar en mi cama y voy a follarte tan fuerte – gemí al sentirme oprimida contra su cuerpo, notando su polla dura rozarse con mi clítoris – Que vas a pedirme que pare.

– Jin, pequeño – Le tiré del pelo quitándole las gafas de sol, tirándolas tras de mí y mirándole a los ojos mientras se quejaba roncamente – Nunca voy a pedirte que pares – Con una velocidad que me sorprendió me puso de espaldas a él, aplastándome contra la pared del ascensor que se tambaleó entero.

– No vuelvas a decirme pequeño – Me metió los dedos en la boca – Porque cuando estoy cerca de ti me vuelvo enorme – bajó la mano y tras forcejear con mis medias y mis bragas me los metió bruscamente. Miré como pude por el piso que íbamos y me horroricé al ver el número tres.

– Jin – quise hablar pero los gemidos no me dejaban. Al sentir que parábamos me soltó, cogió sus gafas y se colocó bien la chaqueta.

Temblorosa y tan cachonda que no podía respirar, cogí mi maletín del suelo e intenté fingir una normalidad que para nada sentía. Caminó aparentemente sin problemas, sacando un cigarro y metiéndoselo en la boca antes de salir. Iba jugando con él entre sus labios y al ponerme a su altura vi que lo movía con su lengua. Cuando me miró, de esa manera chula y altanera que me volvía loca, me pasé la lengua por los labios, dejándolos entreabiertos. Dio una carcajada que hizo a los guardias de seguridad volverse y sonreír, saludándonos cuando pasamos por su lado. Le perseguí en lugar de ir hacia la boca de metro y se paró antes de llegar a su coche, lejos del edificio.

– Vete a casa, ahora tengo cosas que hacer – señaló a mi espalda para que me diese la vuelta y me largase.

– ¿Cuándo vas a follarme? – Le pregunté sin rodeos, ni se inmutó – Me voy a volver loca de tanto esperar.

– Fóllate a tu novio, estoy ocupado – Se fue a meter en el coche y aguanté la puerta.

– Es lo que hago cada vez que puedo, ¿estás celoso? – Se quitó las gafas y me miró desafiante.

– Sí, y cachondo. No me dejas hacer mi trabajo, sensei.

– No voy a esperarte para siempre.

– Claro que sí – Me cogió la mano y me la besó – No te preocupes, una noche te la dedico a ti.

– ¡Eso es muy poco! – Le grité cuando arrancó. Se puso las gafas y se marchó.

Me llevé toda la tarde suspirando, toda la cena y toda la noche, soñando despierta. Traté de imaginar cómo sería mi vida de compartirla con él, curándole las heridas cuando llegase magullado y haciéndole de comer siempre que mi horario me lo permitiese. Descansando en su pecho cuando tuviésemos horas libres y follándo como conejos cada vez que se nos antojase. Era un estilo de vida muy atractivo en mi mente, pero sabía que en la vida real sería muy diferente. Eran las tres de la mañana y no había manera de que conciliase el sueño. Me levanté de la cama y cogí el teléfono, dudando, hasta que finalmente llamé a Kouta.

– ¿Qué ocurre Natsumi? – preguntó adormilado.

– Estoy muy cachonda, ven a casa – Silencio al otro lado.

– ¿Sabes qué hora es? Cariño, duérmete – Me senté en la cama, desanimada. Era la respuesta que cabía esperar de un asalariado como él.

– Sí, lo siento. Buenas noches – escuché un “hum” y que se cortaba la línea. No me iba a parar ahí y llamé a Jin. Tendría que haber sido mi primera opción. Al cogerme el teléfono, me saludó como no me esperaba.

– ¿Qué ha sido eso? ¿Sabías que iba a llamarte ahora mismo para saber si estabas sola?

– Te leo el pensamiento. Y siento un hormigueo cuando noto que tu polla se acuerda de mí. Intuición, si quieres.

– Pues te tiene que estar hormigueando el coño todo el día – di una carcajada como hacía tiempo que no las daba – ábreme la puerta – De lejos escuché tres golpecitos.

Tiré el teléfono sobre la mesa de noche y salí corriendo quitándome la ropa interior por el camino. Le abrí completamente desnuda, provocando que se riese como esa misma tarde. Le quité la chaqueta como si no pasase nada, preguntándole qué tal le había ido el día. No me miraba a la cara y no dejaba de acariciarme. Le quité despacio los botones de la camisa y me impresioné al ver sus tatuajes. Sabía que era un yakuza, pero no me lo esperaba, mi mente no terminaba de asimilarlo. Me miró a la cara al darse cuenta del impacto que me supuso, y me preguntó con la mirada si estaba bien. Le sonreí moviendo mis manos hacia su cinturón. Los dedos de su mano derecha recorrieron mi cuello, rozándome el pelo y acariciándome la nuca. Su mano izquierda palpó mi cintura ligeramente, poniéndome la piel de gallina. Me besó dulcemente, mirándome con esos ojos que tanto me gustaban y que ahora reflejaban un sentimiento diferente al de entonces. Era además una mirada un poco más triste, más profunda, enmarcada por unas cejas serias. Me cogió en volandas como si pesase lo mismo que una hoja de papel y me llevó al dormitorio, deleitándome con esos besos tiernos.

Y a pesar de ese cariño con el que hacía las cosas, cuando su boca bajó por mi cuerpo – despacio, acompañada de caricias tan frágiles y deliciosas – noté esa pasión escondida en sus murmullos, en cómo guardaba en su memoria cada centímetro de mi piel. Me estimuló por completo, todo mi cuerpo marcado por su paso en una incesante serie de escalofríos y piel de gallina. Al acariciar la parte interior de mis muslos, al verle entre mis piernas, mirándome a los ojos con ese deseo en los suyos, me excité tanto que dejé escapar un quejido. Y cuando cerró sus labios en torno a mi clítoris gemí, deshaciéndome, sabiendo que rozaba el orgasmo con la punta de su lengua. Sus manos acariciaron los costados de mi cuerpo, haciéndome retorcerme en un escalofrío bestial mientras su lengua apenas me rozaba. Escuché cómo sonaba mi nombre en sus labios, un sonido ahogado contra la piel que tanto le deseaba, justo cuando empezaba a correrme agarrada de la almohada y de su pelo, con las caderas levantadas y su boca adherida a mi cuerpo. No me dejó ir. Se quitó los anillos y los puso en mi mesa de noche, se empapó los dedos en mis fluidos y me masturbó con ellos despacio. Cuál fue mi sorpresa cuando noté que los doblaba hacia arriba. Me reí y le acaricié el pelo.

– Muy bien, has aprendido – No pude decir nada más porque dejó de ser delicado.

– Cállate la boca. Acabo de empezar contigo – volvió a lamer mi clítoris y sentí que era demasiado.

Me daba placer y me molestaba a partes iguales. No podía soportarlo pero no quería que parase por nada del mundo. Me lo hacía tan fuerte que no sabía si gemía o me quejaba. No tenía claro si estaba teniendo orgasmos o si necesitaba ir al baño, y entonces me pasó algo que jamás en mi vida me había pasado. Tuvo que apartar los dedos cuando de mi interior salió un líquido claro, abundante y con fuerza. Y mientras me sorprendía y avergonzaba por lo que estaba pasando, no dejaba de lamerme, provocándome el orgasmo más intenso que jamás hubiese tenido. Solo con eso me dejó completamente exhausta, mirándole sin saber qué decir.

– ¿Qué te pasa? – sonreía limpiándose la boca. Miré la mancha húmeda que había dejado justo frente a mí.

– No sé qué ha pasado – Mi voz temblaba tanto como mis músculos. Se abrió la bragueta y sacó esa erección que recordaba tan bien, acariciándola despacio mientras me miraba a media sonrisa – Quítate la camisa del todo, quiero verte. Y ven aquí.

Me obedeció y se acercó a mi cuerpo, subiéndome las piernas para apoyar la parte de atrás de mis rodillas en sus brazos. Acaricié sus tatuajes sin prisas, recuperando el aliento y haciendo que a él se le acelerase la respiración. Me senté un poco en la cama y mis uñas recorrieron sus ingles, mi lengua sus labios y sus manos mis muslos. Le encantaba acariciármelos y apretármelos, creo que era su parte favorita de mi cuerpo. Me pasé la mano por el coño, empapado, y apreté con suavidad su polla, dejándola resbalar entre mis dedos. Jin negó y apretó los dientes, expulsando aire entre ellos. Le masturbé despacio, acariciando la tersa piel de sus brazos con la otra mano, mirándole a los ojos y besándole. Susurraba “kimochi” con su boca pegada a la mía, tragaba saliva reteniendo los gemidos y sentí en mi mano como su corazón le latía desbocado en el pecho.

– Natsumi – susurró. Me derretía cuando escuchaba mi nombre en sus labios. Me tumbó en la cama, pasando su húmeda erección entre mis húmedos labios mayores. Le clavé las uñas en los hombros cuando me penetró despacio.

– Sí, más, más profundo – Al verle cerrar los ojos sin poder evitarlo supe lo muchísimo que le estaba gustando. Me soltó las piernas y sus brazos rodearon mi espalda, mis manos se posaron en sus mejillas y mis piernas abrazaron sus caderas.

– No sabes, no entiendes – susurró moviéndose despacio, y casi me da un infarto cuando me miró a los ojos porque lo vi antes de que lo anunciase – Te amo.

Fui incapaz de articular palabra, me dejó sin habla. Y no le podía decir que yo también, a pesar de estar tocando el cielo en esos momentos. Nos besamos tanto tiempo que confundía su boca con la mía, sin despegarnos para gemir, sin dejar de mover el uno las caderas contra las del otro. “Más fuerte, Jin” susurré cuando me mordió el cuello. Me abrió las piernas, apretándolas contra la cama y apoyándose en ellas, dándome bruscas embestidas que me hicieron sonreír. Me agarré de sus muñecas observando cómo sudaba, cómo miraba mi carne apretar la suya. La sacaba entera y la metía bruscamente, causándome un dolor placentero que me obligó a gemir. Juntó mis piernas y apoyó mis rodillas en mi pecho, tumbándose sobre ellas mientras me agarraba de los tobillos y las caderas, follándome intensamente. Pero no empecé a tener orgasmos tan bestiales como los que había sentido con el sexo oral hasta que no me puso de espaldas a él. Agarró mis caderas con fuerza y me sacudió entera, haciéndome gozar hasta el punto de no poder respirar. Apretaba las sábanas, mordía la almohada, le escuchaba jadear y resoplar. No tenía fin, nos íbamos a deshidratar, me dolía la garganta de gemir y mi espalda estaba cubierta en sudor. Me la sacó y me tiró del pelo, masturbándose frente a mi cara y manchándome al eyacular. Le aparté las manos y me la metí en la boca, escuchándole gruñir al dejarse caer en la cama.

– Para ya – Se quejó con ese acento yakuza suyo – Vas a arrancármela.

– Ojala me la pudiese quedar en casa – Me reí tumbándome a su lado, limpiándome la cara con la sábana. Estaba exhausta.

– ¿Puedes moverte? – preguntó mientras dejaba caer su cabeza en mi pecho.

– No puedo ni respirar – Le acaricié el pelo sintiendo que se reía.

– Entonces ha sido un polvo en condiciones – Me abrazaba con fuerza, respirando cada vez más tranquilo.

– Has descubierto puntos erógenos en mi cuerpo que ni yo conocía, Jin, ha sido el mejor polvo de mi vida.

– Mira tú por donde tengo el record del peor y el mejor, me siento importante.

– Lo eres – Me miró y me pilló a medio bostezo – ¿Te quedas a dormir?

– ¿Cómo de importante? – Se apoyó en el brazo para mirarme desde arriba – ¿Más o menos que tu novio?

– Más, mucho más. Si mi novio fuese más importante no estarías aquí.

– Eso es lo que tú te crees – pasé mi pierna por su cintura, riéndome mientras me mordía el cuello. Dejó su cara ahí, y me abrazó tan fuerte que hasta me molestó. Suspiró profundamente.

– ¿Qué te pasa? – quise mirarle a la cara pero no me dejó.

– No quiero irme. Si me voy otro hombre va a estar contigo. Y no soporto la idea de que otro te toque.

– Pero tú me dijiste que era mejor si me quedaba con él – permaneció en silencio – ¿En qué quedamos?

– No puedo darte la seguridad que te da él. Y además, solo me quieres porque te encanta mi polla.

–  Me encantas entero, pero llevas razón, eres un peligro.

– Si le veo tocarte no sé cómo voy a reaccionar – Me miró y pude ver la angustia en sus ojos – No sé qué hacer. Deberíamos dejar de hacer esto pero es que…

Nos quedamos de piedra cuando escuchamos que llamaban a la puerta. Miré el despertador para llevarme la sorpresa de que eran las 7 de la mañana. Se nos habían pasado las horas volando mientras follábamos. Me dejó salir de la cama y me puse la bata que colgaba tras la puerta de mi habitación, cerrándola al salir. Fui recogiendo la ropa interior del suelo, metiéndola bajo los cojines del sofá. Abrí y me encontré con la sonrisa de mi novio.

– ¿Conseguiste quedarte dormida? – No pude decirle que no entrase, pero no le podía dejar pasar de la cocina.

– Algo así, ¿qué haces aquí?

– Llevarte al trabajo, hoy entras temprano, ¿no? Es fin de semana.

– No deberías de haberte molestado, tú no tenías que madrugar – Me cogió la mano pero me solté discretamente simulando ir a beber agua.

– ¿Estás enfadada por no venir cuando me llamaste? – Negué con la cabeza de espaldas a él – ¿Entonces qué te pasa?

– Estoy cansada – No mentía, desde luego – Voy a vestirme, espérame aquí – Al escucharme darle esa orden me miró contrariado, y más se extrañaría al escuchar que cerraba el pestillo de mi habitación. Jin estaba fumando, tumbado en mi cama con un brazo bajo la cabeza y completamente desnudo.

– ¿Tu novio? – preguntó sin bajar la voz.

– Sí – susurré mientras buscaba ropa interior limpia.

– ¿Tengo que irme? – Le miré poniéndome la camisa – Estoy cómodo de cojones.

– No, quédate, pero cállate la boca – Se levantó de la cama cuando me puse la falda y me giró para que le mirase – ¿Qué haces? – pregunté sonriendo.

– No sé cuándo voy a volver a verte y ese desgraciado que está ahí fuera te puede ver cuando quiera – Señaló la puerta con el cigarro – No es justo.

– Que tú seas un yakuza tampoco lo es y no me ves quejarme – levantó el labio en una mueca de disgusto.

– No me lo eches en cara…

– Pues aclárate, ¿quieres o no quieres que tenga novio? Porque hace unas semanas te parecía bien.

– No, no quiero, te quiero para mí – Me crucé de brazos – Lo que siento por ti es más fuerte que lo que él vaya a sentir nunca. Y también sé que no le quieres de verdad igual que no me quieres a mí.

– Como siempre, crees que lo sabes todo – Le agarré de la barbilla y besé sus labios despacio – No desaparezcas, quiero verte pronto.

– No puedo prometértelo, a lo mejor mañana aparezco muerto en cualquier descampado y lo sabes.

– ¿Y quieres que me quede contigo? – Negué con la cabeza – Lo que me faltaba a mi edad es enamorarme de alguien como tú. Ya nos veremos.

Salí de la habitación dejándole de pie frente a mi armario. Le metí prisa a Kouta y le saqué de la casa todo lo rápido que pude. Le alejé de Jin porque no sabía si se le iba a ir la pinza y se iba a enfrentar a él. No podía permitirlo. Me llevó al trabajo en silencio, no me apetecía hablarle. Al apartarme un mechón de la cara a mí misma, de mis manos me llegó el olor de Jin. Sin darme cuenta aspiré oliéndomelas, sonriendo y sintiendo un calor en mi interior muy agradable.

– Hueles a tabaco – Me dijo al aparcar – Y cuando me has abierto no llevabas ropa interior. Nunca duermes desnuda – No dije nada, solo le miré – ¿Me vas a contar qué pasa o lo tengo que suponer? ¿Con quién estabas hablando en la habitación? – Le aparté la mirada porque no me sentía capaz de decirle las cosas a la cara. Tenía mi mano en la manilla de la puerta.

– Con Jin – No me quedaba otra que ser sincera – Con Okawa-san – Ni él dijo nada ni yo le miré.

Salí del coche y me metí en el edificio sin alzar la mirada, como si los que me rodeaban también supiesen lo que acababa de hacer. Me sentía como lo que era, una persona egoísta y mentirosa, y no era algo agradable. Pero al fin y al cabo me lo había buscado yo sola. Jin era un veneno y sabía que si me quedaba a su lado era muy probable que todo fuese a peor. Las posibilidades de que el chico se volviese un intocable en el clan en el que estaba metido eran bajas, aunque yo gozase de ciertos privilegios entre sus jefes. Entonces se me encendió la lucecita, tuve una idea que quizás podría ser la respuesta a lo que los dos queríamos. Tras las tres horas y media de clases a sus hijos, pedí por primera vez ver a mi jefe en su despacho. Tras unos cuantos segundos me recibió de buena gana y me quedé plantada en la puerta al ver a Jin de pie a un lado. Intenté que no se me notase cuando me senté, de hecho apenas le miré.

– Los niños están trayendo a casa unas notas magníficas, debería recomendarte a su colegio pero no quiero perder el beneficio de tenerte de tutora de mis hijos.

– No, gracias, no deseo trabajar en un colegio, pero es usted muy amable.

– Pero sí vienes a pedirme algo, ¿Verdad?

– Sí, y sabe que no lo haría de ser completamente necesario, pero, ese hombre que me acompañó a casa hace unos meses… – señalé con la mano a Jin. Y me quedé con la boca abierta porque tenía la cara echa un desastre. Una de sus cejas parecía estar rota, su mejilla estaba enrojecida y su labio tenía un corte del que había estado saliendo sangre hasta hacía bien poco. Tuve que agarrarme de los brazos de la silla con fuerza.

– Cuando tuviste problemas con tu ex, ¿no? – Asentí. Mi jefe me tuvo que notar la cara que se me quedó – No te preocupes por el aspecto del chico, ha sido una disputa sin importancia, no volverá a ocurrir – Jin se disculpó, inclinándose.

– Me… me trató realmente bien – quería dejar de mirarle pero tenía unas ganas horrorosas de levantarme y preguntarle si necesitaba algo – Se preocupó bastante por que me quedase tranquila. Y tengo la sospecha de que es posible que le necesite de nuevo.

– ¿Otra vez ese hombre molestándote? – No tenía motivos para contarle mi vida privada, así que no lo hice. Además, sería mentir – ¿No prefieres que acabemos con el problema de raíz? No nos deberías nada, lo haría como un favor.

– ¡No, no! – Me escandalizaba que hablase de matar a alguien como si de un favor se tratase – Solo me gustaría tener a ese hombre cerca, por si acaso.

– Ah, quieres quedarte a uno de mis chicos para ti, ¿no es así Kuchiki-san? – Al reírse se meneó entero, papadas incluidas – Verás, se me ocurre una idea mejor. Se me venía ocurriendo desde hacía un tiempo la verdad, y no sabía cómo exponerlo – Se levantó rodeando su escritorio y sentándose en él, frente a mí, pidiendo mi mano – Por lo que sé no estás casada y te gusta tener siempre… acompañantes.

– No estoy casada, efectivamente – obvié ese “golfa” velado en sus palabras.

– Como bien sabrás soy viudo, y como hombre que soy tengo mis necesidades – acarició la parte interior de mi brazo, Jin se movió inquieto pero siguió en su pose de matón de discoteca – Siempre podrías quedarte en mi casa, estarías protegida y lo de mis necesidades no sería un problema – Desde el principio de esa frase dejó de mirarme a la cara para mirar mi camisa de botones, mi falda, mis piernas.

– Es usted muy amable pero no puedo aceptar esa oferta.

– El problema, Kuchiki sensei, es que no es exactamente una oferta – Se inclinó y sus dedos se metieron bajo mi falda. Me puse en pie de un salto.

– Lo siento, pero no va a ocurrir.

– Kuchiki san – miré a Jin, se quitó las gafas de sol mirando alterado cómo ese hombre me arrinconaba contra la pared – No me des guerra porque vas a perderla.

No pude evitar el ruido de disgusto que se me escapó cuando me agarró del pelo para lamerme la mejilla. Jin aspiró, miró al escritorio, cogió el pisapapeles y antes de que pudiera gritarle que no lo hiciese se lo estampó a su jefe en la nuca. Emitió un pequeño quejido y Jin, antes de que se desplomase, lo cogió en peso, evitando el estruendo que harían todos esos kilos al caer. Lo arrastró hasta su sillón y le sentó manchándolo todo de sangre. Yo me pegaba a la puerta con las manos contra mi boca para no gritar. Le dio la vuelta al asiento y se acercó a mí.

– Serénate. Cállate y sígueme.

– ¿Que me serene? Jin, ¿le has matado?

– No – Me abrió la puerta y me dejó pasar. Tragué saliva y caminé hacia el ascensor, con Jin a mi espalda.

Miraba cómo bajábamos piso a piso con el corazón en un puño, esperando oír gritos o que alguien parase el ascensor. Además de los latidos de mi corazón, no había nada fuera de lugar. Jin salió del edificio con la misma chulería de siempre y las manos en los bolsillos, y me guio en susurros hasta su coche. Una vez dentro y en marcha dejó escapar aire de sus pulmones antes de hablar.

– Saca todo el dinero que tengas – fue lo primero que me dijo, parando delante de un banco.

– No puedo hacer eso – Me agarró del brazo con fuerza y se quitó las gafas. Su mirada era tan peligrosa que me encogí.

– Ahora, tenemos prisa.

Entré en el banco con manos temblorosas y al pedir que me sacaran todo el contenido temí que averiguasen lo que estaba pasando. Pero tras pensar unos segundos me atacó una risa floja que fui incapaz de parar. Reía tanto que lloraba y no estaba muy segura de que las lágrimas fuesen de alegría. El hombre tras la ventanilla tardó un rato en tener mi dinero, un rato que pasé histérica porque pensé que no me lo iban a dar y que Jin ya se habría ido sin mí. Y en cuanto lo tuve hice verdaderos esfuerzos por no salir corriendo hasta el coche. Si él no estaba tenía por seguro que los mafiosos me iban a matar. No podía defenderme ante la yakuza, ni siquiera él podía. No sabía qué iba a ser de nosotros.

– Abróchate el cinturón – Nunca había pasado tanto miedo en un coche. Jin conducía excesivamente rápido, saltándose semáforos y esquivando otros automóviles con su deportivo. Paró frente a mi casa – Arriba está tu novio. Marchaos al norte del país, no os podéis quedar.

– Jin… ¿Qué dices?

– Bájate del puto coche, ya – Me ordenó amenazadoramente.

– ¿Y qué vas a hacer tú?

– ¿¡Te tengo que bajar yo o qué coño te pasa?! – Salió y dio la vuelta hacia donde estaba mi puerta, abriéndola y tirando de mi brazo – ¡Lárgate de una vez!

– Jin no me dejes sola, Jin, no va a querer mirarme a la cara… – Me agarró de la muñeca y me llevó hasta la puerta de mi casa.

– Si se niega, dile de mi parte que le voy a rajar desde los huevos hasta la garganta.

Le observé marcharse a toda prisa muy asustada. No entendía su actitud violenta hacia mí, no entendía por qué se iba de mi lado. Entré en mi casa y me encontré a Kouta sentado en el sofá con una bolsa de hielo en un ojo. Se levantó tan pronto me vio entrar por la puerta. Estaba hecho un desastre, como Jin. No tuve que pensar mucho para atar cabos.

– No puedes quedarte con ese salvaje – imploró cogiéndome las manos – Vas a buscarte un problema.

– Ya lo tengo, tenemos que salir de aquí. Coge las llaves de tu coche.

– ¿Qué pasa? Natsumi…

– Hazme caso por favor – estaba tan asustada que me costaba pensar con claridad, todo me sobresaltaba. Y tuvo que notarlo en mi voz porque fue él quien me terminó metiendo prisa para salir de allí.

No hizo muchas más preguntas y nos alejamos en la dirección que Jin me ordenó. Cuando llevábamos horas de viaje y no me quedaban uñas que morderme, Kouta paró en un área de servicio. Intentando no mirar a nuestro alrededor pagamos la habitación y nos metimos en ella, siempre en silencio. Me sentía culpable por haberle arrastrado conmigo teniendo esa situación a mi espalda, pero de dejarle en mi piso no tenía muy claro qué le habrían hecho. Me senté en la cama mientras escuchaba el agua de la ducha correr, y me fallaron las manos al intentar descolgar mi teléfono.

– ¿Si? – respondí antes de mirar la pantalla. Durante unos segundos temí haber metido la pata, el miedo se apoderó de mí.

– Natsumi – era Jin, sonreí aliviada. Al fin sabía algo de él – Te quiero.

– Ya lo sé, pequeño, ¿dónde estás?

– No te olvides de mí – Su voz sonaba débil, y cuando no hablaba un silencio absoluto se oía al otro lado de la línea – Por favor.

– Jin, ¿qué pasa? ¿Dónde estás? – Nada al otro lado – Jin, ¡Jin respóndeme! – Kouta salió del baño, mirándome asustado.

– Gracias por tener fe en mí, por ser la única – Un quejido seguido de un resoplido – Nos vemos, sensei.

Seguí llamándole durante casi un minuto, gritándole al teléfono que solo me respondía estática. Kouta me lo quitó de las manos y me abrazó con fuerza, intentando consolar lo inconsolable. Le acababa de encontrar, no me lo podían arrebatar. Me acababa de dar cuenta de que por primera vez estaba enamorada. Y en el fondo, aunque me costase superarlo el resto de mi vida, sabía que nunca más iba a volver a verle. Al menos, no esta vida.

 

EPÍLOGO

Intenté no llorar durante toda la historia pero al llegar a ese punto no lo pude evitar. Mi hijo me miraba angustiado y me ofrecía su pañuelo.

– Unos meses más tarde me llamó un abogado porque tu padre se había hecho un seguro de vida dejándome mucho dinero en caso de que le pasase algo. Y Kouta siempre me ha tratado tan bien… a pesar de todo siempre ha estado ahí. Es un santo. Te ha querido como suyo a pesar de saber que no lo eres. Aunque el amor de mi vida no fuese él también le echo muchísimo de menos.

– Yo también. Mamá – Me cogió las manos – ¿Por qué no me lo has contado antes?

– Eras pequeño o no era el momento. Y precisamente antes de que llegases estaba pensando en todo eso. Últimamente pienso muchísimo en el pasado, es lo que tiene ser vieja y tener más años vividos que por vivir.

– ¿Y no sabes dónde está su tumba? – Negué apretando sus manos.

– Probablemente no tenga. Probablemente le encontrarían en cualquier parte y siendo quien era nadie reclamaría su cuerpo. Lo único que lamento es no haberme despedido de él reconfortándolo. Necesitaba tantos abrazos…

– No sabía que mi madre era una chica salvaje – Me hizo reírme como solo él sabía. Como su padre acostumbraba. Sus ojos eran los de Jin – Vas a tener que darme algo de esa locura, que mi vida es un aburrimiento.

– ¿Eres feliz? – asintió – Pues sigue así. Ya te pasarán cosas emocionantes, que solo tienes 26 años. Ahora ven conmigo, creo que el caldo está hecho y solo tengo que echar la pasta. ¿Ramen o udón?

– Ya sabes lo que prefiero – sonreí cogiendo el paquete de udón.

En los días que estuvo conmigo me quedaba mirándole en silencio. Era como mirar a su padre y durante unos segundos, cuando me sonreía, volvía a ser joven. Volvía a esa clase, a sentirme bella cada vez que me besaba en la mejilla. E igual que amaba a su padre con locura, ese niño era mi mayor tesoro. Era la única prueba de que fui capaz de amar y de que alguien me amó tanto que dio su vida por mí.

 

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5 comentarios en “Atashi no Seito

  1. Leches. Ikuta Toma y yakuzas y tomayá. El principio me ha recordau a “Bokura ga ita” pero en profe/estudante en vez de rollo estudiantil quinceañero.

    FAN TOTAL TUYA, JODER. ME HA ENCANTADO. PUNTO.

    Ps: Eres la puta ama del mundo y quien diga lo contrario es gilipollas.

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  2. Hasta lloré con el fic…!! Otra vez mas te felicito. A mi también me recordó al principio a “bokura ga ita” !! Me ha encantado, no podia ser menos!! Amo tu imaginación y tus historias, fantastica.

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