Shades

He vuelto a ceder a mi espíritu de fangirl, probablemente por las últimas publicaciones y por lo sexy que está Nagase con ese pelo que tiene ahora y HDSAJKDHASLDHKAL. En fin, que ya ni corta ni perezosa proclamo a los cuatro vientos que la protagonista del fanfic soy yo. Porque todos sabemos que en los anteriores también era yo, pero que de todas maneras podéis pensar que sois vosotras porque moláis y os quiero mucho xD Los lugares y personas que aparecen en el fic son reales (un cuarto del círculo de amigos de Nagase en instagram xDDD), y os iré dejando imágenes de quienes salen en cada capítulo correspondiente. Las tiendas son dos, y también os las enseñaré llegado el momento. Obviamente hay un personaje permanente, la narradora, o sea, yo. Y Nagase, of course. Es más largo que los últimos que he hecho y os anuncio desde ya que tiene segunda parte, aunque yo diría más que es un spin off. Que moderna me veo.

Que lo disfruteis 😉

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1

          Caminaba con pasos seguros a pesar de no estarlo, agarrando mi bolso con fuerza para echar la tensión que sentía por alguna parte y que no fuese visible. Me paré ante el escaparate de esa tiendecita blanca que ví unos días atrás pero de la que me alejé presa del pánico. Ahora tenía que hacerlo. Respiré como una persona normal porque me estaba empezando a marear, y no podía hacer una entrevista de trabajo mareada. Era tan temprano que no había nadie ni en la calle ni en la tienda. No tenía planeado hacer esto cuando me mudé a Japón, lo único que quería era cumplir mi sueño ya que el anterior en mi tierra natal no había salido bien. A pesar de tener una carrera terminada en España no tenía futuro y nada que me atase a ese país más que la familia. Tenía que hacer mi vida, por mi cuenta, y decidí sacarme el título en condiciones de japonés. Una cosa llevó a la otra y en ese momento vivía en Tokio, de alquiler en un piso más pequeño que la habitación que tenía en mi país de origen. Pero era mío, era mi vida, con trabajos inestables y comiendo lo que podía, pero mi vida.

            Cuando unos días atrás me crucé con esa tienda y vi el cartel de “se necesitan empleados” quise entrar. Pero vi que tienda era, hice una asociación de ideas, y me puse tan nerviosa que di la vuelta. El cartel sobre la puerta de la tienda rezaba “Bond Eyewear” y le había visto tantas veces con gafas de allí (y directamente en esa tienda) (por desgracia solo en fotos) que solo de estar ahí plantada estaba nerviosa. Era mi oportunidad, estaba segura de que pagaban bien y yo tenía experiencia cara al público. El único problema, por poner alguno, era que no soy japonesa. Esperaba que mi currículum y mi nivel de japonés convenciesen al entrevistador. Me reí al acercarme a la puerta, de verle en ese momento ahí dentro me daba un infarto. Pero solo estaba la dependienta, de la que ya sabía el nombre. Me sonrió al verme, toda ella equipada con sus abalorios de siempre.
– Buenos días, ¿En qué puedo ayudarte?
– María García – me incliné presentándome y acortando muchísimo mi nombre para no confundirla, cosa que solía pasarles. Volví a apretar el bolso porque me entraron ganas de salir corriendo – vengo por el cartel – señalé con un dedo y automáticamente estiré la mano, dándome cuenta a tiempo de mi error.
– ¡Ah, sí! – dijo ella sin aparentemente percatarse de lo que acababa de pasar – pero es un trabajo temporal, mientras mi compañero y yo estamos de vacaciones.
– ¿De cuánto tiempo estamos hablando? – hablaba lo más correctamente que sabía. Alabadas eran mis clases particulares.
– Dos semanas – asentí aunque por dentro estaba un poco fastidiada. Le tendí un pen-drive con mi currículum en él y se me quedó mirando sin saber que pretendía.
– Es mi vida laboral, no sé si…
– Oh, no hace falta, me dejan contratar a quien quiera – dijo sonriente. No sabía si ese pelo largo era suyo o una peluca pero estaba lindísima – por cierto, que falta de educación, Shimosaka Hitomi – dijo ella inclinándose también – encantada. Veo que tu japonés es muy correcto – quitó el cartel de la puerta, había sido tan fácil que no me lo creía – sigue así, atendemos a clientes centrados en un sector de la sociedad muy concreto.
– Ya me imagino viendo el precio de las gafas – se rió asintiendo.
– De vez en cuando se cuela algún famoso – se me subió ligeramente la comisura de los labios, eso ya lo sabía – pero tú intenta tratarles como si los conocieses de toda la vida. Eso les encanta, están hartos de los saltitos y los histerismos.
– Lo intentaré, pero a ver quién entra por esa puerta – dije sin saber como iba a reaccionar si entraba quien yo tenía en mente.
– Bueno – dijo levantándose – no es que haya en la tienda mucho más de lo que ves.
            Miré a mi alrededor: De espaldas a la puerta y mirando a la derecha estaba la caja registradora y un mosaico pequeño con el nombre de la tienda; frente a mí una estantería llena de gafas (a cual más cara) y un surtido de pulseras y collares; y a mano izquierda una cortina que daba al almacén y un espejo de cuerpo entero. El espejo de las “hitomi shots”. Sonreí un poco más al saber que él había estado en el mismo lugar donde estaba yo. Me llevó dentro, explicándome donde estaban las gafas y cómo las tenían clasificadas.
– Y esto de aquí arriba – dijo caminando hacia la pared de detrás de la caja registradora – son los destornilladores para ajustar las patillas dependiendo del cliente. Y cordones de varios colores en caso de que los quieran. Tú intenta siempre endosarles uno.
– Espero hacerlo bien – dije sonriendo nerviosa.
– Quédate aquí mientras hacemos el papeleo ¿Traes todo lo que necesitas?
            Comenzamos a rellenar papeles y a poner sellos por aquí y por allí. Era un contrato de varias semanas pero quería hacerlo bien. Me preguntaba si la tienda era suya porque lo parecía, pero consideré que era algo demasiado personal como para preguntarle tan pronto.  
– ¿Y de qué has estado viviendo hasta ahora? – me preguntó. Por lo visto ya habíamos entrado en lo personal.
– De cosas temporales: pasear mascotas, cuidar niños, de cajera en supermercados… cosas así. Es difícil que te den trabajo no siendo de aquí.
– Ya claro, al menos eres morena que quieras que no disimula un poco.
– Llegué con el pelo rosa – se rió incrédula – obviamente tuve que volver al negro. Tenía mis dudas de obtener este puesto de trabajo.
– Me das buena espina, no me preguntes por qué, pero me has gustado desde que te he visto sonreírme. Nos vamos a llevar bien, seguro.
– Eso espero Shimosaka san.
– Llámame Hitomi, no seas tonta. Y por cierto, menudo nombre tienes, es larguísimo.
– Lo sé – reí – por eso siempre digo que me llamo María.
– Bueno, es como te llamas…
– No, me suelen llamar así – dije señalándole el papel. Lo miró frunciendo el ceño.
– ¿Piraru? – no pude evitar reírme ante su cara de extrañeza.
– Déjalo en Pili, es más fácil.
– ¡Piri-chan! Sí, definitivamente suena mejor.
            Al entrar un cliente, una chica con su novio que agarraba como si fuera a irse corriendo, Hitomi se transformó. Pasó de persona normal a pija de Shibuya en cuestion de segundos. Y es que esa parejita era de esas típicas que toda japonesa quiere tener. Él era altísimo, con el pelo como si de un cantante de j-pop se tratase. Ella era todo maquillaje, uñas, pelo y pestañas postizas, ropa escasa y lentillas que hacían sus ojos más grandes incluso que los míos. Me quedé en una esquina mirando como lo hacía Hitomi, aprendiendo como debía hablarles y como comportarme. Se llevaron un par de gafas cada uno que por supuesto pagó el chico. Parecían conocer a Hitomi porque tras comprar se llevaron un buen rato charlando, como si yo no estuviese allí. No me molestó, pero sí me sorprendió su mala educación.
– ¿Eran amigos? – le pregunté cuando se fueron. Arrugó la pequeña naricilla en disgusto.
– No por favor, son clientes. Vienen de vez en cuando y se llevan lo más nuevo que tengamos. Ven, te voy a enseñar como poner las gafas que acaban de llegar en la estantería.
            Se pasó el resto de la mañana dándome instrucciones y consejos muy útiles tanto para trabajar como para mi día a día. Nos despedimos y quedamos en vernos al día siguiente para almorzar y seguir con las instrucciones. Y así fue, me esperaba en un restaurante cercano y por suerte para mi cartera no muy caro. Siempre estaba muy arreglada, a la última moda, haciéndome sentir sin querer poca cosa con mis ropas simples. Tras almorzar juntas y conocernos mejor – familia, parejas (ella tenía novio y pocas ganas de casarse), hobbies, mi estancia en Japón y demás – me hizo la pregunta que no quería responder porque no quería mentir.
– Vale, me queda claro que te encanta nuestra comida y el cine – dijo ofreciéndome pocky de fresa ya de vuelta en la tienda – ¿Y la música?
– Sí, algún grupo hay que me gusta bastante – ella le conocía, tenía constancia de ello por las fotos de instagram. Me moría de la vergüenza si se enteraba de lo loca que me volvía uno de sus clientes, si no amigo.
– ¿Como cuál?
– Pues Omnyouza, Naitomea, Kanjani-8, Uverworld, Tokio, Kyary, Utada Hika—
– ¿Eeeeeeeeeehhhh? ¡Pero si no tienen nada que ver! – asentí.
– Me gusta toda la música ¿Y a ti?
– Soy más de música coreana, para qué te voy a mentir. Pero también me gusta mucho Tokio – asentí como si nada. Le dije que me gustaba el grupo porque si lo omitía y por casualidad se daba cuenta de lo mucho que me gustaba iba a ser raro.
            Tras ese momento, la tarde pasó como si nada, esa chica hablaba por los codos. No es que entrase mucha gente en la tienda pero casi todo el que lo hacía se llevaba algo. Y no eran compras de poco dinero. Con el último cliente Hitomi me dio empujoncitos así que le atendí yo bajo su supervisión. Y salió mejor de lo que esperaba. Me felicitó y cuando empezamos a apagar las luces y a guardarlo todo en el almacén alguien carraspeó en la puerta. Al asomarme detrás de ella me tuve que agarrar a la cortina porque no me esperaba los ojos que se asomaron tras las gafas de sol.
– Hitomi chaaaan – dijo con voz guasona revolviéndole el pelo.
– Ay Nagase-kun, estate quieto – dijo ella riéndose – vamos a cerrar hombre, ven mañana.
– Solo quiero mirar unas gafas, las mías se me rompieron ayer – dijo entrando sin ser invitado, pestañeando con fuerza varias veces frente a la estantería de las gafas. Casi se me escapa un quejidito.
– ¿Cómo si puede saberse? – Hitomi se resignó y se puso a su lado.
– Me senté encima – se rascó la mejilla sonriendo y riéndose cuando ella le dio un manotazo en el hombro.
– ¡Ten más cuidado baka! – Miró hacia afuera – ¿Vienes solo? – él asintió.
– Iba ya a casa pero como me coge de camino… – cuando logré soltar el aire de mis pulmones él miró hacia donde estaba. Me sonrió y saludó con la mano.
– Ah, sí, esta es Piri-chan, va a trabajar aquí mis semanitas de vacaciones – incliné la cabeza sonriendo como una persona normal cuando por dentro estaba gritando y corriendo de un lado a otro. Volvió a mirar las gafas y chasqueó la lengua.
– Oye, no tienes las mías – se las sacó del bolsillo, rotas justo por la mitad.
– No, estas las tenemos en el almacén grande porque son antiguas. Te las dejaré mañana por aquí.
– A ver si tengo un hueco. Cuídate – le dijo antes de irse. Me sonrió justo antes de salir, yo le dije adiós levantando una mano. Tarde. Cuando se había dado la vuelta y ni le veía. Mientras Hitomi limpiaba me quedé agarrada a la cortina mirando la puerta, asimilando que había entrado cuando ni si quiera tenía esperanzas de verle por el poco tiempo que iba a estar trabajando allí.
– ¿Estás bien? – me puso una mano en el hombro sobresaltándome. No podía parar de pensar en lo brutalmente atractivo que era en persona.
– Sí, sí – cogí mi bolso de la percha de detrás de la puerta y salí observando y escuchando las instrucciones de Hitomi sobre el cierre de las puertas.
– Oye, te llevo en coche a casa ¿Vale? – me miraba preocupada cuando todo lo que tenía era el corazón exageradamente acelerado.
– Estoy bien Hitomi-san, de verdad – me miró con suspicacia.
– ¿Es por Nagase? – susurró. Me puse colorada al instante.
– Noooooooo, no – tuve que mirar a otro lado, no podía mentirle tan descaradamente a mi jefa – Será una bajada de tensión.
– Ya, claro, eso será. Te llevo de todas maneras – me subí a su pequeño y bonito coche con ella y le dije donde vivía.
            No tardó en poner música y obviamente no podía ser otra cosa que no fuese Tokio. Me moví inquieta en el asiento, cada vez con más ganas de reírme. Le había visto, le había tenido a menos de dos pasos de mí, tan alto y con esa espalda tan ancha. Llevaba una chaqueta vaquera y su barba sin afeitar le daba ese aspecto que me encantaba. Tenía ganas de reírme a carcajadas y de gritar, y no podía esconder las sonrisas por lo que miraba por la ventana mordiéndome el labio.
– No sabía que te gustase tanto – me dijo Hitomi con una risita. Me hice la loca – podrías habérmelo dicho y le habría hablado más sobre ti.
– ¿¡Cómo puede ser tan atractivo?! – dije volviéndome hacia ella, sin poder retenerlo más. Se rió – ¿No te gusta? Claro que sí, tiene que gustarte – empecé a hablar tan rápido que la hice reír con más ganas – Cómo no va a gustarte, es de locos que no te guste si es que en persona es hasta más guapo. Y su voz, ay Hitomi por favor – de repente caí en la cuenta – ¡Si viene mañana y estoy sola no sé que hacer!
– ¡Ya, ya, ya, me estás volviendo loca! – hizo aspavientos con las manos ante mi cara – si va mañana o pasado le atiendes y punto.
– Como si fuese tan fácil…
– Hoy lo has hecho bien. Te has comportado y viéndote ahora diría que es mucho.
– No podía ni respirar – no estaba entendiendo hasta donde llegaba mi histerismo y yo no sabía explicarme.
– Te voy a llevar las gafas que quiere y te las dejo debajo del mostrador. Cuando vaya se las das y no pasa nada.
– Se va a dar cuenta enseguida de que me pone muy nerviosa – se encogió de hombros.
– Está acostumbrado. Probablemente te dé conversación para que te relajes – miré por la ventana un poco preocupada.
            Quería conocerle más que nada en el mundo, pero me aterraba la idea de que le diese rabia ver en mi la fan que era. Con tener una conversación con él me daba por satisfecha pero no sabía si iba a poder, y era algo que me ponía muy nerviosa. Quería parecerle entretenida, diferente, quería captar su atención y no sabía como. Hitomi le conocía pero no podía avasallarla a preguntas sobre qué hacer para gustarle, la acababa de conocer. Resoplé sin poder evitarlo, esos días no iba a dormir nada.
            Y el problema era que si no dormía por las noches, luego en la tienda estaba que me caía. No vi ni rastro del susodicho en una semana entera, y estaba empezando a desesperarme. Supuse que habría ido a otra tienda sabiendo que Hitomi no estaba en esta, y que probablemente no le iba a volver a ver. Así que con la idea asumida, me limité a atender a los clientes (a cada cual más pijo que el anterior) con una falsa y agradable sonrisa. Me hablaban de las últimas modas, de los restaurantes de lujo a los que iban y no podía más que morderme la lengua. Siguiendo un consejo de los que me dio Hitomi, renové mi fondo de armario gastándome – con todo el dolor de mi corazón – un dinero considerable en ropa nueva, y noté un cambio de actitud en los clientes desde que me peinaba y vestía como ellos. La magia de las apariencias. También recibí varias felicitaciones por mi acento y soltura con el idioma, cosa que me alegró bastante. Cuando llevaba una semana y dos días apareció Hitomi por la tienda radiante y alegre como cuando la conocí pero mucho más bronceada.
– Hey, ¿Qué tal mi empleada favorita? – me sorprendió al darme un abrazo.
– Claro, porque soy la única – se rió traviesa.
– Me han dado muy buenas críticas de ti, una chica muy agradable dicen. Se lo he dicho a mi jefe, por si te puedo encontrar algo después de esto.
– ¿En serio? – Le cogí las manos, dando saltitos – ¡Muchas gracias!
– De naaada. Oye tenemos que quedar algún día, que no he venido antes porque he estado de viaje con mi novio y sus amigos, me ha llevado a la playa – pensé en él automáticamente y pareció leerme el pensamiento – oye, ¿Qué tal con Nagase, cómo te fue? – susurró.
– No ha venido – dije fastidiada.
– ¿Haaaaaah? Ya mismo le estoy llamando, espera.
– No, no, no, no ahora no que—
– Calla, que hoy estás muy guapa – me puso una mano en la boca mientras se llevaba el teléfono a la oreja – oye tú, las gafas te siguen esperando – se quedó callada y le escuché hablar de fondo – sí, claro, te dije que las iba a tener al día siguiente. ¿Tienes tiempo? ¡Pásate ahora hombre! – Me miró cuando él le preguntó algo – sí, Piri se llamaba – me guiñó el ojo y me senté detrás de la máquina registradora, mordiéndome las uñas – hasta las 20:30 está abierto, como siempre. Ya nos vemos ¿Eh? Y nos tomamos algo – se le abrieron los ojos y volvió a mirarme – vale, se lo diré – escuché que alzaba la voz al otro lado del teléfono – ¡Vale, vale, no le digo nada, sorpresa entonces! Ja-neeee~♥
– No me digas que viene ahora – sentía un nudo en el estómago. Asintió despacio – te he dicho que hoy no – le dije un poco desesperada.
– Pues hay más – puso el teléfono en la mesa y me dio con un dedo en el hombro – creo que te va a pedir ir a comer algo al salir, si es que se atreve porque seguro que se muere de la vergüenza – me quedé mirándola sin moverme porque no me creía las palabras que salían de su boca.
– ¡¡NOOOOO!! ¿¡A MI?! – me llevé las manos a la boca y me puse de pie, empezando a reírme descontrolada – ¡¿Es cosa tuya?!
– Que va, si es la primera vez que hablo con él desde que le vi aquí. Parece que el primer vistazo que te echó le ha gustado.
– ¿¡Y qué hago?! ¿¡Qué le digo?! – en ese momento entró un cliente que casi me mata del susto. Me relajé a la fuerza y le atendí. Sin darme tiempo a protestar, Hitomi se despidió de mí.
            El cliente tardó tanto que cuando se fue – con una compra por supuesto – Hitomi estaría en la otra punta de la ciudad. Cogí el móvil y le mandé un whatsapp con las mismas preguntas que le hice, pero no respondía. Estaba en línea y no respondía. No podía dejar de mirar a la puerta mientras resoplaba, moviéndome inquieta en la silla. Me temblaba el pulso, me dolía la barriga y de repente me di cuenta de que tenía los dientes apretados porque fui a beber agua y me dolía la mandíbula. Mi teléfono sonó y lo miré suspirando. “Sé tú misma” Y eso era todo. Le hice mil quinientas preguntas más pero no me respondía a ninguna. Me entraron incluso ganas de llorar de puros nervios. Y porque era la hora de cerrar y no se había presentado nadie por allí. Abatida fui guardando las cosas en su sitio, apagando luces y asegurándome de que las cuentas del día me salían. Iba a cerrar la caja cuando escuché que llamaban a la puerta que ya había cerrado porque me daba miedo contar dinero teniéndola abierta. Me acerqué despacio, con el corazón en un puño y manos temblorosas.
– Lo siento, el trabajo, no he podido venir antes – juntó las manos frente a su cara de circunstancias. Llevaba una ropa horrorosamente hortera pero igualmente estaba tan guapo que me costaba pensar.
– Pasa, tengo tus gafas ahí mismo – dije con una vocecita que no reconocía como mía.
– Gracias, y lo siento, sé que te ibas ya a casa – negué con la cabeza.
– No pasa nada, me viene bien que estés aquí – me miraba directamente a los ojos cuando le hablaba, intimidándome sin darse cuenta. Tuve que apartar mis ojos de los suyos – estaba haciendo la caja y me da miedo estar sola con el dinero fuera.
– Ah, entonces me quedo hasta que cierres – dejó las gafas rotas en el mostrador y me sonrió cogiendo las que le ofrecía. Se dio la vuelta y se acercó al espejo. Alternaba mis ojos del dinero a su culo, por lo que tenía que empezar a contar de nuevo a cada momento – Están un poco sueltas – dijo de repente, mirándome desde el reflejo.
– Ah, un momento – cogí las herramientas y le pedí las gafas. No podía mirarle a la cara y no quería acercarme más de lo debido por más ganas que tuviese de darle un abrazo. Cuando vio los destornilladores pequeños no pudo evitar cogerlos y analizarlos.
– Que chulos – dijo con una sonrisita – ¿Puedo? – le di las gafas de nuevo, sonriendo con él porque sabía lo mucho que le gustaban las herramientas. Apretó las patillas y se las puso, mirándome – ¿Qué tal? – me quedé muda unos segundos, perdida en sus ojos oscuros.
– Están un poco dobladas – cogí el destornillador y quise ajustárselas sin quitárselas, solo por acercarme, por poder tener ese recuerdo – ¿Te importa agacharte por favor? – puso su cara a mi altura sin dejar de mirarme a los ojos. Me temblaban las manos una barbaridad y no paraba de tragar saliva. No pude evitar mirarle la boca, solo un instante, y vi como se curvaba en una sonrisita de lado que se me pegó. Por más que apretase los labios los condenados nervios tiraban de mis comisuras hacia arriba.
– ¿De dónde eras? Hitomi-chan me lo dijo pero no me acuerdo – le miré a los ojos, peleándome un poco con el destornillador que no quería hacerme caso. Se las quitó y me las dio.
– Española, ¿Se nota? – no estaba muy segura de estar aflojando o apretando las patillas.
– No tenía ni idea, tu nombre no me sonaba de nada. ¿Piri-san? – me reí como una estúpida, asintiendo – es la primera vez que conozco a alguien que se llame así.
– Tú eres el primer Tomoya que conozco así que estamos empatados – mi voz no era mía. Hablaba bajito, tan suave que me costaba escucharme – toma, mira a ver ahora – se las puso y se miró en el espejo. Se dio la vuelta con aspecto feliz – estoy guapo ¿Eh? – asentí enérgicamente, riéndome de nuevo como si tuviese quince años. Sacó la cartera y las pagó, mirando las gafas expuestas cuando le cobré.
– ¿Qué tal en la tienda? ¿Muchas horas?
– No, es un trabajo fácil – guardé el libro de las cuentas y cerré la caja, sacando mis llaves del cajón y apagando el ordenador. Se dio la vuelta y curioseó mis llaveros. Le miré al escuchar un ruidito de sorpresa.
– ¡Sugoi! ¿Dónde te has comprado esto? – observaba con detenimiento una pequeña llave inglesa que llevaban en mis llaves años. Y lo tenía precisamente porque a él le gustaban.
– Fue en España, lo siento – puso cara de fastidio, mirando el llavero con ojitos lastimeros. Lo saqué y se lo di – toma, quédatelo.
– No, no hace falta, es tuyo – se negaba pero no paraba de mirarlo.
– No me importa, de verdad – pestañeó con fuerza de nuevo varias veces antes de volver a mirarme a los ojos.
– ¿De verdad? – se me ocurrió y lo hice. Le agarré de la muñeca y le puse el llavero en la mano.
– Para ti, ya tienes un recuerdo de España.
– Arigato – sonreía como un niño pequeño, dándole vueltas entre sus largos dedos. Me quedé observándole con las manos apoyadas en el mostrador y cuando se me escapó un suspiro me miró. Me recompuse poniéndome como un tomate y cogiendo mi bolso y sus gafas rotas para tirarlas a la basura. Al darme la vuelta me seguía mirando de la misma manera.
– Voy a cerrar – le dije señalando la puerta.
            Guardó el llavero en la bolsa y salió delante de mí. Cerré como lo hacía todas las noches y le miré. Se estaba encendiendo un cigarro. No quería despedirme, no quería que se fuese, quería estar con él un poco más aunque no fuese nada saludable para mi corazón. Pero no me atrevía a decirle nada, estaba tan nerviosa que no podía ni mirarle más de dos segundos seguidos.
– ¿Vas a casa? – me dijo antes de soltar el humo. Volví a mirar sus labios, humedeciendo los míos sin darme cuenta.
– Sí, no he merendado y tengo hambre – asintió y miró a los lados, para después mirarme a los ojos. Esperaba que me dijese algo pero no lo hacía – bueno, un placer haberte conocido, de verdad – me incliné ante él aun con ganas de abrazarle.
– Sí, igualmente – inclinó su cabeza un poco. Le sonreí una vez más y con todo el pesar de mi corazón me di la vuelta, camino al metro – ¡Piri-san! – me dí la vuelta de inmediato y le miré toqueteándome las uñas.
– ¿Sí? – puso morritos y empezó a hablar. Me volvía loca cuando hablaba así.
– Podríamos ir a tomar algo – me quedé en silencio, aspirando y sin poder soltar el aire. Lo tuvo que interpretar mal porque me dijo momentos después – con Hitomi-chan, claro. Le he dicho que iría a tomarme algo con ella.
– Sí, claro, cuando queráis y coincidan nuestros horarios – dije señalándonos, sin creerme lo que estaba pasando. Asintió con una gran sonrisa que me dejó de nuevo sin aliento y se dio la vuelta – ¡Nagase-san! – Decir su nombre en voz alta me supuso un esfuerzo – no dejes de hacer música. Y nunca dejéis de salir los cinco en la televisión, por favor.
– Muchas gracias – se volvió a inclinar, riéndose avergonzado – si sigues por aquí te conseguiré una entrada para la gira – emití un ruidito agudo mientras apretaba los puños contra el pecho.
– ¡Por favor! – se me escapó un quejido y la fangirl que llevaba dentro tomó las riendas del asunto. Casi me tiré sobre él abrazándole por la cintura, escuchando su risa sorprendida – ¡Lo siento! – dije sin soltarle. Sentí en mis hombros sus manos cálidas y enormes. Deseaba más que nada que me abrazase con fuerza pero sabía que era pedir demasiado. Me separé y me incliné de nuevo – lo siento mucho.
– No pasa nada – avergonzado me dedicó una mirada alegre – es que huelo un poco a sudor.
– No, para nada – sí, olía a sudor. Pero es que me volvió loca olerle por primera vez en mi vida. Me despedí con la mano y me fui a mi casa con una sonrisa que me duró hasta ponerme el pijama. Cuando metí la mano en el bolso me encontré con sus gafas rotas. Las iba a guardar hasta el fin de los tiempos.

2

Dos días pasaron hasta que tuve noticias de Hitomi de nuevo. Me mandó un whatsapp diciendo que me iba a hacer compañía esa tarde, que me llevaba Pocky y luego a casa. Desde que conocí a Nagase iba sonriendo a todas partes, y en la tienda me ponía su música sin parar. Me pasaba las horas muertas pensando en él, soñando con él aunque estuviese despierta. Y así fue como me pilló Hitomi, cantando entre dientes Green mientras hacía corazoncitos en la esquina del libro de cuentas.
– Estás para echarte una foto – se metió conmigo mirándome desde la puerta.
– Llegas tarde. Y le he dado un abrazo – me tiró la cajita de los Pocky en el mostrador.
– Lo sé, estoy informada – dijo meneando el teléfono – puedes escribirme cuando quieras ¿Eh? que no sabía nada de ti hasta hoy.
– Ah, vale, no quería molestarte – la abrí y me comí dos de golpe, cogiendo ella otro par – Y ya me he dado cuenta de que estáis ambos informados, me ha sugerido que habéis tenido conversaciones sobre mí.
– Sí, algo por encima ya sabes – le dio la vuelta al libro de cuentas, revisándolo.
– Pues que no sea por encima y háblale bien de mí – se rió con suavidad.
– Ha flipado con el llavero, es lo primero que me dijo, que le habías hecho un regalo – cerró el libro y me lo dio – guárdalo y cierra la caja.
– Pero si me queda una hora para cerrar – dije mirando el reloj sobre la estantería.
– Ya, pero tu jefa te dice que cierres, que tengo el coche aparcado en doble fila. ¡Venga!
            Le hice caso y cerré la tienda mientras ella me preguntaba qué pasó exactamente con Nagase. Se lo conté con todos los detalles, me acordaba hasta del más mínimo. Desde su horrible ropa pija – ese polo azul marino con puntitos blancos me dio repelús – hasta la raspadura de su barba en la mejilla cuando le abracé. Nos metimos en su coche momentos después, hablando más de lo mismo y cantando.
– ¿Dónde vamos? – le dije mirando con curiosidad por la ventana, Tokio era tan grande que siempre había algo nuevo por descubrir.
– A por los niños – me giré y la ví con una sonrisita traviesa.
– ¿Los niños? – asintió subiendo la ceja.
– El mío y el tuyo – di una carcajada negando con la cabeza.
– Ojala fuese mío. ¿De verdad nunca te ha gustado? – aparcó frente a unos garajes y sonreí ampliamente porque supuse donde estaba.
– Nah, soy más de Gussan. Brazos grandes y la cabeza sobre los hombros – dijo mordiéndose uno de sus gruesos labios – todo lo contrario de los que están ahí metidos, cabezas huecas…
            Sin preguntar, abrió la puerta de un garaje y entramos en la zona más sucia y escandalosa que había visto en ese país hasta la fecha. Todo estaba lleno de motos viejas, piezas de metal y herramientas. Un almanaque de una chica desnuda destacaba, porque era considerablemente más nuevo que lo que había alrededor, todo lleno de polvo. La música, (Smoke on the Water de Deep Purple) intentaba sobresalir por el ruido de herramientas que cortaban metal, y de fondo alguien cantaba. O algo así. Un hombre con el pelo muy rizado y por los hombros, perilla, muchísimos tatuajes y no mucho más alto que nosotras, fue el primero que nos vio.
– ¡UHUU, nenas! – dijo levantando los brazos. Saltó por encima de una mesa y se tropezó con una banqueta camino a saludar a su novia, que se echó hacia atrás.
– ¡No me toques con esas manos! – dijo cogiéndole por las muñecas con delicadeza. Igualmente le plantó un beso en la boca.
– Taichiro – dijo inclinando la cabeza cuando me vio – encantado, tú eres la española claro.
– Sí, Piri – les decía mi nombre así directamente porque sabía que tarde o temprano la L se convertiría en R. Vi que alguien se ponía en pie al fondo para trastear dentro de una caja de herramientas. Hitomi me dio un codazo.
– Ve a saludarle – me susurró. La miré y negué con la cabeza, no quería ser pesada cuando estaba a sus cosas – ¡Venga ya!
– Ve – me dijo Taichiro asintiendo repetidas veces mientras se limpiaba las manos con una toallita – mientras saludo a esta belleza en condiciones.
            Nagase no se había dado ni cuenta de que habíamos llegado. Tenía puesta una camiseta amarilla manchadísima de negro y unos pantalones de chándal muy estropeados. Las gafas de soldar le colgaban del cuello y parecía que no encontraba lo que buscaba en la caja de herramientas mientras tarareaba con un cigarro en la boca.
– Prueba con el llavero que te dí, a lo mejor sirve – me miró sacándose el cigarro de entre los labios. A pesar del ruido me daba la impresión de que mis latidos eran estruendosos.
– ¿Qué haces aquí? – dijo sonriendo levemente. Señalé a Hitomi con la cabeza, que se reía en los brazos de su chico – ¿Vamos a salir hoy?
– No lo sé, me ha recogido de la tienda y me ha traído sin preguntarme – frunció el ceño y se acercó a un portátil, parando la música. Me miró como diciendo “ahora sí”, pero se me olvidó lo que estaba pensando al ver su sonrisa – que no sé. Ni idea. Como queráis – le quise decir “lo que tú quieras, como tú quieras y donde tú quieras”
– ¿Vamos a salir? – les preguntó. No podía dejar de mirarle de arriba abajo, me daba igual ser descarada. Seguí con los ojos la mano que sostenía el cigarro de su boca a su cadera y me quedé mirando fascinada lo grande que era. Más de lo que imaginaba.
– Sí ¿No? Tú hoy estás libre que yo sepa – Nagase asintió – pues vámonos.
            Se dio la vuelta, apagando el cigarro en la mesa – no existían los ceniceros por lo visto – y tirándolo a cualquier parte. Abrió una mochila negra que tenía a su espalda y sacó ropa. Bajo mi atónita mirada se quitó allí mismo la camiseta, sacudiendo la otra que supuestamente estaba limpia. Si andaba dos pasos podría tocar los músculos de su espalda, su piel desnuda, y la sola idea de hacerlo me hizo suspirar profundamente por la nariz y apartar la mirada, sintiendo la sangre agolparse en mis mejillas. Caminé intentando no salir corriendo hasta donde estaba Hitomi que me susurró un “qué tal, ¿Contento de verte?” seguido por la risita de su novio.
– ¡Un poquito de respeto tío, que está mi novia delante! – le gritó a Nagase. Miré y me lo encontré en calzoncillos. Se me fueron los ojos a su entrepierna antes si quiera de pensarlo.
– Hitomi date la vuelta – fue lo único que dijo mientras se ponía la camiseta negra y limpia. No podía dejar de mirar el bulto que se insinuaba incluso de lejos – ¿Dónde he puesto los vaqueros? – dijo mirando alrededor.
– Te los quitaste nada más entrar – Taichiro cogió unas llaves y se fue a la puerta – si no te importa me voy a mi casa a cambiarme.
– Ahora nos vemos donde siempre – Nagase se me acercaba y hasta que no lo tuve al lado, que pude apreciar claramente que los calzoncillos escondían algo muy curioso, no aparté mis ojos de su entrepierna. Miré a Hitomi que estaba concentrada en su teléfono. Cuando la chica me miró alcé las cejas con los labios apretados. Nos miró y sonrió de una manera que no me gustó.
– ¿La llevas tú? Voy a acompañar a Tai-chan – le tiró las llaves de su coche y Nagase las cogió al vuelo, ya con pantalones.
– Vale, dejo la moto aquí dentro y nos vamos – vi como Hitomi salía, odiándola y adorándola a partes iguales por dejarme sola con él.
            Le observé peinarse con los dedos delante de un espejo lleno de óxido que tenían mal colgado y como guardaba una motaza y la cubría con una tela para que no quedase igual de manchado que lo demás. Me miró y me hizo un gestito con la cabeza para que saliese. Se había “peinado” para nada porque cada mechón de pelo negro caía hacia donde se le antojaba. Cuando iba a cruzar la puerta sentí su mano en mi cintura, acompañándome hacia afuera. Me acerqué sonriente al coche, esperando que lo abriese para sentarme a su lado en el asiento del copiloto. Se puso una gorra y las gafas de sol aunque apenas había luz.
– Tiene que ser un rollo tener que estar escondiéndote todo el rato – le dije cuando arrancó.
– Siempre están donde menos me lo espero, no me puedo descuidar ni un momento, y menos cuando llevo a una chica en el coche – me dijo como si nada – enseguida saltan con teorías de todo tipo que ni me molesto en desmentir.
– Pero las veces que te han pillado sí ha sido con tus novias ¿No? – asintió.
– Cuando se ponen con el rollo de planes de boda es cuando me molesta. Qué sabrán ellos…
– Además no creo que a tus fans les haga muy feliz – me dio la razón con un ruidito.
– Aunque se tomaron bien lo de Taichi y Tatsuya seguro que conmigo no es igual – ahora fui yo la que le tuvo que dar la razón. De enterarme que se casaba me habría alegrado pero por otra parte no me habría hecho nada de gracia.
– ¿Ahora no sales con nadie? – me miró sorprendido. Yo misma estaba sorprendida por habérselo preguntado tan directamente pero la verdad era que me sentía cómoda con él. Nerviosa, con ganas permanentes de tocarle y saltarle al cuello pero cómoda.
– No, ahora no. Estuve con una chica hace poco pero—
– Kodo Rina, ¿No? La violinista – se quedó callado y me miró serio. Había metido la pata – lo escuché por ahí – a eso llamaba yo un tierra trágame en toda regla.
– Sí, Rina – miré como conducía en silencio con la sensación de haberlo estropeado todo. Lo último que quería era hacerle pensar en cosas desagradables. Intentaba buscar un tema de conversación sin éxito y él no hacía más que suspirar, enfadado o nostálgico, no lo sabía.
– Lo siento – dije en voz baja. No me miró.
– No pasa nada – dijo entre dientes. Claro que pasaba. Chasqueé la lengua mirando por la ventana. Había desperdiciado la oportunidad de tener una conversación que podría haber sido genial. Me dieron ganas de darme cabezazos contra el cristal. Me pellizcó el hombro y al mirarle me dio con los nudillos en la mejilla, poniéndome más tonta de lo que ya estaba – de verdad que no.
– Ha sido una pregunta demasiado personal, lo siento – se hizo el sueco, como si no hubiese hablado.
– Vamos un momento a mi casa que no llevo la cartera encima, si no te importa.
– No, Nagase-san, no me importa ir a tú casa – dije metiendo la cara entre las manos mientras sonreía de oreja a oreja. No me lo podía creer.
– ¿Y tú que? – Le miré sin entender – ¿Ningún novio? – tal y como iban las cosas me estaba esperanzando demasiado. Y eso era peligroso. Porque cuando yo sentía que algo era recíproco no había quien me parase  los pies, y esa impresión me estaba dando.
– No, por eso mismo estoy aquí y no en España viviendo lo que se suponía iba a ser para siempre – me miró de reojo.
– Y aquí tampoco tienes nada – negué con la cabeza, mirándole. Me encantaba su perfil. Me daba la impresión de que podría mirarle todo el día sin cansarme – no quiero tener problemas con nadie.
– ¿Y por qué los ibas a tener? No estamos más que charlando – sonrió sin mirarme. Estaba deseando cruzarme con sus ojos.
            Metió el coche en el garaje de un edificio y me bajé con él, entrando en un ascensor que nos llevó a un rellano muy espacioso en el piso octavo. Me abrió la puerta de su casa y sintiéndome un poco histérica me quedé esperando. Se quitó los zapatos y entró descalzo, así que fui detrás de la misma manera. Era muy despejada, estaba muy limpia y tenía que ser carísima. Me quedé esperándole en el salón mientras él se metía por un pasillo, tarareando Smoke on the Water mientras buscaba su cartera. Acababa de empezar a cotillear las fotos que tenía por allí pero me asustó llamándome. Fui siguiendo la voz hasta una habitación llena de discos de música y papeles desordenados en un escritorio.
– Toma, cógela – me ofrecía su guitarra, la marrón con los bordes negros que aparecía en una de mis fotos favoritas. La cogí con extremo cuidado, acariciando las cuerdas que él había tocado tantas veces. Me sentí celosa de la guitarra.
– Gracias, esto es super guay para una fan, que lo sepas – dije mirando a mi alrededor, a las demás guitarras y al equipo de música enorme que me quedaba detrás. Los papeles eran partituras y borradores de canciones que no me dejó mirar.
– No, no, hasta que no esté acabado no – le devolví la guitarra y la dejó en su sitio con delicadeza. Miré justo bajo esta y tenía cinco o seis púas para tocarlas. Hice un ruidito mientras las miraba de cerca – coge una, quédatela.
– ¿En serio? – asintió, ofreciéndomelas. Me quedé una blanca con pinta de muy usada – Esa está muy vieja, coge una más nueva.
– No, no, esta es perfecta. Es la que más has usado – dije mirándola, sabiendo que me iba a hacer un collar con ella. Le miré sonriendo, me devolvió la sonrisa – me estás haciendo muy feliz, que lo sepas.
– Pues que fácil es, no me he tenido que esforzar – se me ocurrieron muchas cosas que decirle y quería decirlas todas pero no sabía en qué orden.
– La verdad es que mucho no necesitas hacer, con que estés ahí de pie me vale – me reí porque fui consciente de lo tonto que sonó.
            Se me quedó mirando mordisqueándose el labio. Esos tics que tenía me estaban volviendo loca. Todo él me estaba volviendo loca. Y que estuviese tan callado y me mirase directamente a los ojos me estaba desquiciando. Hasta que sonó su teléfono y rompió la tensión del momento.
 – Dime – Lo cogió suspirando – estoy en mi casa, voy para allá… Claro que con Piri-chan – algo le dijeron que se rió dándose la vuelta y se me pegó la risa, siempre me pasaba. Se rió más al verme reírme y más me reía yo – ¡Cállate ya Tai! – Dio una carcajada aguda cubriéndose los ojos después de mirarme el escote. Sospechaba lo que le podía estar diciendo su amigo y me estaba gustando mucho la situación – No, no, eso solo lo haces tú. Ahora nos vemos.
– ¿Qué dicen? – dije riéndome porque él no podía parar. Cada vez que parecía que iba a acabar, después de suspirar, me miraba y volvía a reírse otra vez.
– Nada, vamos que nos esperan – volvió a ponerme la mano en la cintura y volví a pegarme a él.
            No quería irme de su casa, quería seguir a solas con él y tentar a la suerte con comentarios que pudiesen llegar a algo. Se agachó delante de mí y me entraron ganas de agarrarle ese culazo que tenía, pero solo sonreí y me puse los zapatos. Íbamos sonriendo todo el rato en el ascensor, hasta que nos subimos en el coche.
– ¿Qué te ha dicho Taichiro-san? – se pasó la lengua por los labios, más sonriente que antes.
– Son tonterías, es igual – dijo negando con la cabeza.
– Venga ya, quiero reírme como te has reído tú – me miró y negó otra vez con la cabeza.
– No quiero ofenderte, es un comentario que ha hecho – alcé las cejas.
– Si es sobre mí tienes que decírmelo. ¿Se ha metido conmigo?
– No, no, es solo que me ha preguntado si – me miró a la cara y a las tetas, riéndose otra vez – no puedo decírtelo, es una falta de respeto.
– Ogh, venga ya, te tiras pedos delante de las cámaras y no puedes hacer un comentario sobre mis tetas – el comentario le provocó una enorme carcajada y me reí hasta llorar por su risa. Me lo estaba pasando tan bien que no quería que acabase el día nunca.
– Nada, que son… grandes – puse los ojos en blanco.
– ¿Y eso es una falta de respeto? Ya me había dado cuenta de que lo eran, y tú también.
– Lo siento – dijo inclinándose y desesperándome.
– Tienes ojos en la cara, venga ya. Sí son grandes y sí son mías – dije tocándomelas. Y como iba buscando volvió a mirármelas – parece que nunca has visto unas, y sé que has visto muchas.
– ¡Normalmente no son tan grandes! Normalmente son dos tallas más pequeñas, por lo menos – dijo más avergonzado que yo. Quise ponérselas en la cara para romper esa regla.
– Tendrías que ver lo que llamaba la atención cuando llegué – le dije cuando aparcaba de nuevo – y encima tenía el pelo rosa fucsia.
– ¿¡EEEHHH?! Quiero ver eso – busqué en instagram una foto en la que consideraba que salía especialmente guapa y se la enseñé cuando entrábamos en el restaurante. Se paró en seco y me miró – te quedaba muy bien, te lo deberías haber dejado así.
– Gracias – llevaba todo el día dándole las gracias, no era para menos –  pero a ver quien encuentra trabajo con esas pintas y esta cara de occidental que tengo – miré a mi alrededor pero no vi a Hitomi por ninguna parte. El restaurante parecía más un bar que otra cosa.
– Ahora puedes, trabajas en Bond ¿No? – puse cara de fastidio.
– Me quedan tres días por desgracia – me pusieron la mano en el hombro.
– Sí, tres días allí, pero le he dado tu currículum a un amigo y quiere contratarte – era Hitomi – hola otra vez – le enseñé la púa.
– Me la ha dado – le dije mientras él buscaba con su amigo dónde sentarnos.
– ¿No te ha dado nada más? – preguntó en susurros, nos reímos cómplices.
– No, calla, ojala. Pero ha estado hablando de mis tetas con tu novio – puso los ojos en blanco..
– Ya, si estaba delante. Le pegué para que se callase pero al oír las carcajadas del tonto este nos empezamos a reír nosotros. Tiene una risa muy contagiosa.
            Asentí y nos sentamos a beber, charlar y comer, no precisamente en ese orden. Hablaban de cotilleos de gente que conocían, de planes que tenían en mente y me alegraba ver que me incluían en ellos. Saqué el teléfono al ver a Nagase con el suyo, por la costumbre de ver si alguien me había escrito y me dí cuenta que tenía una notificación de instagram. Me reí, porque recordaba los nervios, al principio de agregarle, de que él me siguiese de vuelta, cosa que nunca pasó. Y ahora que le tenía delante tenía montones de “me gusta” en mis fotos precisamente de él. Y por fin me seguía. Le nombré en una foto preguntándole si se iba a poner a cotillear mi perfil o si iba a meterse en la conversación. Cuando me centré en lo que Hitomi me decía me lo tuvo que repetir.
– Deja el cacharro – dijo poniendo mi teléfono en la mesa – te decía que si sabes que marca es Neighborhood.
– Pues claro que sé que marca es, ¿Por qué?
– Porque he hablado con Shinsuke y me ha dicho que necesitan a alguien que sepa inglés. Así que te he recomendado.
– Espera, espera, Shinsuke Takizawa – asintió – ¿En su tienda? – volvió a asentir. Nagase levantó la vista del teléfono y me miró Se me cayeron las bragas más allá del suelo cuando me dedicó una sonrisita de medio lado y guardó el móvil en su pantalón.
– Son… buenas noticias ¿No? – miré a Hitomi con la misma cara de idiota con la que había mirado a Nagase un segundo antes. Noté que se quería reír pero se estaba aguantando.
– Sí. Sí claro, muy buenas. Voy a cobrar más de lo que esperaba cobrar nunca en este país.
– Y te puedes teñir de rosa otra vez – me dijo Nagase después de darle un trago a su cerveza.
– ¿De rosa? – Preguntó Taichiro mirándome extrañado. Nagase se apresuró a enseñarle una foto. Me miró sorprendido mientras Hitomi se inclinaba sobre la mesa moviendo el teléfono para verla también.
– Mañana vamos a una peluquería que me encanta, ahí se tiñe de colores raros una amiga mía que es tatuadora.
– Te debo ya tanto que no sé como compensarte – le dije agradecida de corazón. Estaba haciendo muchísimo por mí, sobre todo acercarme a Nagase y sus amigos.
– No le debes nada – me dijo Taichiro – sus amigas no me gustan, que salga más contigo y le irá mejor.
– Mi grupo de amigas me tiene que gustar a mí – le dijo ella molesta.
– Pero es que no te gusta – dijo Nagase – siempre que nos vemos te quejas de lo mal que se portan – Hitomi se cruzó de brazos y suspiró.
– Estoy cansada de estar aquí – cogió el bolso y se levantó.
– Nagase-san, dame la carta de la mesa de ahí atrás que no me acuerdo cuánto es lo mío – dije sacando el monedero del bolso. Hitomi me miró riéndose.
– ¿Qué haces? Pagan ellos – los miré y me observaban igual de extrañados.
– Ah… pues gracias – se miraron y me miraron de nuevo mientras pedían la cuenta – ¿Qué? En mi país lo normal es pagar entre todos.
– Me parece que me mudo a España – dijo Tachiro riéndose.
– ¡Hey Fusty! – dijo Nagase chocando los cinco con un tipo que nos encontramos a la salida.
– ¡Yo, Fusty! – Le contestó – Igual que siempre en realidad – saludó a Hitomi y a su novio que salieron antes que nosotros y me miró de arriba a abajo de una manera que me inspiró rechazo – te veo bien acompañado – me señaló con la cabeza haciendo gestitos y sugiriendo que estaba buena. Me frené en seco porque no me estaba creyendo su actitud.
– No es mi novia – dijo él mirándome de soslayo.
– Hasta mejor, más para los demás – se rió como si fuese un machote.
– Hola, estoy aquí, no soy una cosa – le dije molesta. Se quedó mirándome, poco acostumbrado a que una mujer se ofendiese por su comportamiento y además respondiese.
– No sabía que entendías japonés – se excusó. Nagase no sabía si reírse o reprimirse. Alcé las cejas y me di la vuelta mirando al cielo y pensando que era mejor ignorar a personas como esa – oye, no te enfades, eres europea ¿No? – me puso la mano en la cintura y me pegó a él. Le dí un empujón y Nagase se puso entre lo dos al ver mi actitud peleona.
– ¿Pero tú quién eres? – Le espeté.
– Vámonos – Nagase me puso una mano en la espalda y me sacó de allí – ya nos vemos Ken – dijo por encima de su hombro. Escuché al otro quejarse de lejos mientras sentía esa mano bajar hasta la cintura.
– Que rabia me da que hagan eso – me miró con curiosidad – no entiendo por qué se piensan que solo por ser de fuera voy a dejar que me toqueteen.
– Bueno, no te importa que yo te toque – giré la cara y le miré a los ojos. A su boca. Esos labios.
– No es lo mismo – ladeó la cabeza reprendiéndome sin palabras – ¡No lo es! ¡A ti te conozco de antes! ¿Estás sugiriendo que es algo malo?
– No, es que además te acercas y sonríes cuando te toco – le aparté la mirada porque llevaba toda la razón del mundo. Y yo que creía que no se daba cuenta – Como ahora – me dijo susurrando, mirándome la boca cuando le miré de nuevo. Estaba casi dejada caer en él, pero es que me encantaba tenerle cerca. Le dio un pequeño apretón a mi cintura, clavando sus ojos en los míos. Estaba tentadísima de robarle un beso – Pobre Ken que solo quería conocerte.
– ¡De solo conocerme nada!
– ¿Qué pasa? – preguntó Hitomi apoyada en la puerta del coche, observando divertida como se reía Nagase.
– Que sus amistades no saben comportarse – contesté.
– No digas eso, es un buen hombre – resoplé.
– Se le nota – dije entrando en la parte de atrás del coche, seguida por él.
– ¿Vas a dejar tu coche ahí? – preguntó Nagase a Hitomi, dándole las llaves de vuelta.
– Sí – dijo ella poniéndose el cinturón del copiloto mientras su novio arrancaba – ya vendré mañana –  Miré el reloj y me quejé.
– Tendría que irme a casa, mañana trabajo aunque tú estés de vacaciones – le dije a Hitomi.
– Es verdad, se me había olvidado. Te llevamos si quieres.
– No quiero, pero no me queda más remedio.
– Quédate un rato más – me dijo Taichiro poniendo música – luego te llevo donde sea.
– ¿Dónde vamos? – preguntó Nagase.
– Tengo ganas de bailar – contestó Hitomi, volviéndose en el asiento.
– No me gustan las discotecas – dijo Nagase chasqueando la lengua.
– Pues te aguantas, que siempre vamos donde tú quieres – me miró poniendo carita de pena – Vente un ratito, luego te llevamos a casa.
– Mañana voy a tener que atender a la gente con gafas de sol, verás donde me van a llegar las ojeras – Taichiro pasó la canción y empezó Enjoy the Silence de Depeche Mode, pero la versión mezclada de Linkin’ Park – ¡No la pases! – le dije empezando a cantar. Miré a Nagase y le vi con el ceño fruncido.
– ¿Qué destrozo es este? – dijo señalando la radio.
– ¿No te gusta? Está versionada por Linkin’ Park – puso cara de asco.
– Ya me lo has dicho todo, son patéticos.
– ¿Qué dices? Tienen canciones muy buenas en los primeros discos…
– Y Depeche Mode tiene canciones muy buenas en todos. La original es mejor.
– No me hagas hablar de versiones malas, anda – le dije sin pensar. Me miró ofendido.
– ¿Por qué dices eso? – apreté los labios sin saber si decirle lo que pensaba. Me di cuenta de que Hitomi no se perdía detalle y que Taichiro había bajado la música para enterarse.
– Es solo una opinión ¿Vale? – Pestañeó otra vez con fuerza varias veces – ya sabes que me encanta tu música, pero la versión que hiciste de Knocking on Heaven’s Door… – Moví la mano dándole a entender que estaba ‘así, así’
– ¡No está tan mal! – dijo en su defensa.
– Si la cantaste para la MTV supongo que no pero me gusta más la de Guns ‘n’ Roses o la original, ya puestos.
 – Y a mí también, yo no tengo la culpa de tener la voz que tengo – dijo cruzándose de brazos y mirando por la ventana, molesto.
– ¡Venga ya! Si tu voz es preciosa – resopló por la nariz – vale, muy bien. Enfádate, pero te lo dice una que te considera su cantante favorito. No voy a pedirte perdón por una opinión.
– ¿Y por qué no te gusta esa? – ponía morritos, me hizo reírme con su actitud de niño pequeño.
– Porque me parece muy floja. La cantas como sin ganas, no sé. Creía que ibas a cantar como en Honjitsu Mijukumono o algo así.
– No quería hacerla de esa manera, ya hay una versión de esa manera y quería hacerla más como la original. Debería gustarte.
– Pero Nagase-kun – dijo Hitomi mirándome desde el asiento delantero. Yo estaba detrás del conductor, así que le veía la cara a la chica, cosa que Nagase no podía – ¿Por qué te importa tanto su opinión? – me guiñó el ojo y le pregunté con la mirada que se suponía que pretendía al decirle eso.
– No es que me importe – refunfuñó – es que si dice que le gusta tanto mi voz no entiendo por qué no le gusta.
– Cántasela al oído y verás como le empieza a gustar – sugirió Taichiro – si es que te deja acabar y no te—
– ¡Tai-chan, cállate! – Hitomi le pegó un coscorrón a su novio que se reía mientras yo me hundía en el asiento evitando la mirada de Nagase, colorada a más no poder. Iba a ser una noche larguísima.

3

  
Pero más largo se me hizo el día siguiente. Al final no fuimos a ninguna discoteca, nos colamos en casa de Hitomi y puso un karaoke con el que estuvimos liados hasta las tres de la mañana, cuando horrorizada le dije que o me metía en la cama o directamente no dormía en toda la noche. Su respuesta fue “ya dormirás mañana” mientras ponía PonPonPon de Kyary Pamyu Pamyu. Me lo pasé de muerte cantando, escuchando a Nagase cantar y equivocarse con la letra miles de veces, de ver lo rápido que Taichiro se emborrachó y lo apasionado que cantaba una vez ebrio. Me lo pasé tan bien que ni si quiera me entró sueño. Cuando me fui al trabajo, después de un buen café solo que me mató del asco pero me espabiló, Hitomi me dio las buenas noches con su novio y Nagase roncaba en el sofá. Le pedí una sábana a la chica y me acerqué a él despacio, poniéndosela por encima con cuidado. Ni se movió y yo tampoco, me quedé unos minutos observándole dormir, aguantándome las ganas de tocarle. Hasta que me pegaron un empujón y casi me caigo encima suya. Miré a mi espalda, apoyada con una mano en el respaldo del sofá y con el culo en las caderas de Nagase y vi a Hitomi correr hasta su cuarto entre risitas. Al volverme se había despertado y me miraba confuso pero con una sonrisa.
– ¿No tenías que trabajar? – me dijo con voz de dormido. Me tuve que morder el labio para no morderle a él.
– Sí, perdona, que me he caído – dije sin convicción. Se incorporó un poco y poniéndome la mano en el pelo me besó la mejilla.
– La próxima vez que te vea quiero esos pelos rosas – dijo girándose en el sofá mientras yo me incorporaba con el corazón martilleándome el pecho.
            No pude decirle adiós. No pude decir nada porque quería gritar. En lugar de eso bajé las escaleras corriendo y cuando llegué abajo me refregué la cara con las manos. Entre el café y el beso fui totalmente con las pilas cargadas al trabajo. Pero eran las 15:30 y estaba en el descanso para el almuerzo. En lugar de almorzar me quedé dormida en el mostrador con una alarma en el teléfono, y cuando sonó estaba incluso peor. Se me hizo un día larguísimo, que solo se me acortaba o bien cuando entraba un cliente o cuando soñaba despierta dándole vueltas a la púa que me regaló. Hitomi y yo nos pasábamos los días escribiéndonos tonterías, la llamé un poco molesta por lo que hizo pero agradeciéndoselo al final porque conseguí un besito. Y ella no me paraba de decir que le llamase, me dio el teléfono de Nagase y me dijo que me atreviese a llamarle. De lo mismo discutimos cuando al día siguiente fuimos a la peluquería y volví al rosa. Pero no me atrevía a dar el paso. El último día que iba a trabajar en la tienda me sentía nerviosa porque en poco tiempo entraría en la otra tienda, y eso sí que me hacía feliz porque iba a ganar bastante dinero. Acababa de abrir, ni si quiera me había dado tiempo a soltar las cosas y limpiar la tienda, de hecho estaba con el trapo en la mano y limpiando el espejo, cuando sentí que me tocaban el pelo. Me dí la vuelta y me lo encontré con una camisa de botones, unos pantalones cortos y una sonrisa. Me toqué el pelo.
– ¿Qué tal? – asintió poniendo morritos, se acercó y me lo olió. Me quedé casi sin aliento al verle tan cerca.
– Me encanta el olor de los tintes – me dijo. Él y su fetiche por los olores – oye, tengo una prisa horrorosa pero me he acordado que es el cumpleaños de un amigo y no voy a tener tiempo de pasarme más tarde. Necesito unas gafas lo más parecida a las mías que tengas – me las dio para que las viese y las comparé con unas que se le parecían – esas, me las llevo.
– Espera que te las cojo mejor del almacén, están un poco estropeadas – me metí dentro y busqué la caja, que estaba tan alta que no había manera de alcanzarla – Nagase-san, ven un momentito – se asomó y le hice gestos para que entrase – cógela que no llego – tiró de la de abajo y casi se le caen todas encima, dando un gritito que me hizo reírme – ¡Para, para! Que como se rompan me da algo.
– Ven – se agachó y me cogió por las piernas. Grité agarrándome de sus hombros.
– Nos vamos a matar – le dije riéndome con él – vamos a partir la tienda – me giré y cogí la caja de arriba – ya, bájame – me dejó caer en el suelo y miré bien la etiqueta – ¿Te imaginas que después de todo no son las que tú qu—
            Sus labios en los míos. De repente me estaba besando despacio, pellizcándome  una y otra vez. Intenté dejar las gafas en una estantería sin separarme de él justo cuando su lengua se coló entre mis labios. Escuché como la caja se caía y como se me escapaba un gemido, con todos los vellos de punta. Le pasé los brazos por los hombros tirándole del pelo, dejando mi lengua moverse salvaje por su boca. Me aplastó contra la estantería, que se meneó peligrosamente, con sus manos en mi cintura. Abrí los ojos y le vi con los suyos cerrados y como sus cejas se juntaban y relajaban. Respiraba en mi boca y yo en la suya, y cuando le apreté a mi cuerpo, abrazándole por la espalda, dejó escapar un “hmmmmm” que me terminó de volver loca. Subí la pierna pegándolo a mí por su cintura y le mordí el labio inferior mirándole a los ojos. Me metió las manos bajo la camisa y me apretó los pechos con la boca entre abierta, resoplando mientras me pasaba los labios por el cuello. Acaricié el suyo con mis uñas, sintiendo como rozaba su entrepierna con la mía. Y escuché gente en la puerta de la tienda.
– ¿Piri-chan? – era Hitomi. Nagase se separó de mi, sofocado, cogiendo las gafas del suelo.
– ¡Voy! – Tiré de su brazo y le acaricié el mentón poniéndome de puntillas, dándole un beso más. Me apretó a él cogiéndome el culo con fuerza, pero se separó al escuchar que la chica entraba en la tienda, mirando nervioso hacia afuera – que casi rompemos todas las cajas al ir a coger esto – le dije a mi amiga saliendo del almacén. Tuve que respirar hondo y resoplar. Nagase no salía.
– ¿Rompemos? ¿Tú y quién? – Hitomi se asomó tras la cortina –  ¡Hola! ¿Qué te pasa?
– Me he mareado un poco, nada, ahora voy – vi como se daba la vuelta y me miraba suspicazmente. Se acercó a mí y susurró casi sin hablar.
– ¿Qué ha pasado? – solo pude resoplar mientras abría la caja registradora para cobrarle, cuando estuviese preparado para salir. Miré a Hitomi y le di besos al aire. Se le abrieron mucho los ojos y se meneó nerviosa dando saltitos.
– Toma, voy a llegar tarde – dijo Nagase saliendo de repente y dándome el dinero – te llamo cuando tenga un hueco – me dijo casi sin mirarme – quédate con la vuelta.
– Adiós ¿Eh? – Le dijo Hitomi, a la que ignoró por completo. Asintió nervioso y se fue prácticamente corriendo – ¿Pero qué le pasa?
– Creo que si no hubieses venido, y por favor no te enfades, habríamos – moví las manos intentando que me entendiese sin decirlo – hecho de todo. Ahí dentro. Al menos por mi parte.
– Y yo creo que sí, porque creo que estaba tan cachondo cuando se ha ido que por eso ni te ha mirado – al sentarme me di cuenta de lo mojadas que tenía las bragas – ¿Y bueno, qué tal?
            No podía describirle con palabras todo lo que sus labios me habían hecho sentir, lo intenté pero me sabía a poco. Todas las ansias que tenía por entrar a trabajar en una tienda nueva fueron desplazadas por las ansias de tenerle cerca. A la hora de comer, Hitomi me quitó las llaves de la tienda y me llevó a la de Shinsuke, a esa tienda de paredes negras llena de ropa hasta los topes. Me presentaron al jefe, que me resultó de lo más agradable y estuvo dándome instrucciones todo el almuerzo. Hitomi había preparado deliciosos bentos para las dos pero no podía centrarme del todo en lo genial que era el tener la oportunidad de ese trabajo. Su lengua, sus manos, sus ojos mirándome con deseo. No podía pensar en otra cosa.
            Obviamente, después del subidón y con el transcurso de los días aprecié lo afortunada que era de trabar allí. No era difícil, era incluso más fácil que el de la otra tienda porque en la anterior estaba yo sola y en la nueva tenía la compañía de un chico; Nau Shima, también diseñador de la ropa que vendíamos y bastante atractivo. Me llamaron la atención enseguida sus tatuajes y su melena recogida, además de su cara de golfo. Él atendía a los nativos y yo me encargaba de los extranjeros, que por lo visto eran muchos y la mayoría americanos. Si no tenía clientes me tendría que encargar de asegurarme que todo estaba limpio e impoluto, y además tenía que vestirme con ropa de la tienda. Me la daban gratis, así que no tuve quejas de ningún tipo. Hicieron comentarios sobre mi pelo, pero para nada malos, le daba un toque a la tienda que no tenía antes, o eso dijo Nau.
– A la mayoría de la gente les parecería algo demasiado informal, pero a mi me gusta – me soltó a los dos días de conocernos, a la hora del almuerzo.
– Muchas gracias. ¿Puedo preguntar hasta donde estás tatuado? – señalé lo que se veía bajo la camisa.
– El pecho entero, quiero empezar con las piernas – miró mi brazo izquierdo – tú también tienes ¿No?
– Sí, y en la espalda otro – me vibró el teléfono y lo miré de inmediato, decepcionándome al ver que era Hitomi otra vez. No sabía nada de Tomoya.
– ¿Tu novio? – me preguntó. Negué con la cabeza – ¿No tienes? Algo tienes que tener por ahí.
– Sí, bueno, algo hay – revisé una vez más los mensajes por si se me había pasado – pero no sé nada de él desde hace unos días.
– A lo mejor no te merece la pena, piénsalo – sonreí.
– Sí, merece la pena la espera – hizo un ruidito asintiendo.
– Mucho te tiene que gustar – suspiré mientras le daba vueltas a la púa, ya colgada alrededor de mi cuello – si te falla – dijo cogiéndola y mirándola – siempre puedo consolarte.
– ¿Estás ligando conmigo? – se encogió de hombros y me guiñó el ojo. Me reí, porque la verdad es que me atraía. Pero no podía compararse con Nagase.
– Vamos a hacer una cosa, te llevo a cenar hoy y me cuentas si te hago olvidar a ese impresentable que te deja tirada ¿Vale?
– No es un impresentable, es que está muy ocupado.
– Ya, excusas. Además, seguro que no tiene donde caerse muerto.
– Te equivocas otra vez – dije riéndome por su repentina insistencia.
– Lo que sea, ¿Vienes o me voy a cenar solo? – miré el teléfono, no sabía si iba a llamarme en lo que quedaba de tarde.
– Te contesto cuando acabemos hoy – le dije levantándome al escuchar que alguien entraba en la tienda.
            Si Nagase no se hubiese cruzado en mi vida de esa manera, le habría dicho que sí a Nau sin dudarlo un instante. Era divertido, muy creativo y agradable tanto de forma de ser como a la vista. Tenía todo lo que tenía que tener un hombre para gustarme y pensaba que le podría dar una oportunidad, pero si me llamaba Nagase sabía que lo dejaría todo por él. Me quedaba constancia de que no me estaba ignorando solo a mí porque Hitomi me dijo que no contestaba ni sus mensajes ni sus llamadas, así que supuse que tendría mucho trabajo u otros planes. Las horas que quedaban antes del cierre me las pasé mirando el teléfono, cada vez con menos esperanza de tener noticias suyas. Así que cuando apagamos las luces y cerramos la puerta, Nau me miró esperando mi respuesta.
– Venga, llévame donde sea – me sonrió con chulería y me señaló una moto enorme que había junto a la puerta.
– Espero que no pases frío – me guiñó otra vez el ojo y miró sobre mi hombro – ¿Qué haces tú por aquí?
– Me da la impresión de que todas las tiendas cierran demasiado pronto – me dí la vuelta con el corazón en la garganta. Nagase le dio la mano enérgicamente a Nau y a mí me saludó dándome con los nudillos en la mejilla, como hizo en el coche aquel día.
– ¿Venías a comprar? Lo siento tío – él asintió apartando sus ojos de los míos con una sonrisa perfecta.
– Sí, ya me pasaré mañana. ¿Qué tal con éste? – Me dijo a mí, acercándose – ¿Se está comportando?
– Sí, estoy muy bien en la tienda – Nau sacó un casco de dentro del sillín y me lo dio.
– Hay que ver como controla el inglés – Dijo él poniéndose el suyo. Nagase miró el casco que yo sostenía, miró la moto, me miró a mí, y finalmente a Nau. Se le borró la sonrisa y yo me quería morir. Deseaba estar con uno pero no podía dejar tirado al otro – Nos vamos a cenar, vente el viernes que empiezan las rebajas. Aunque no es que te importe el dinero – Asintió con mala cara, fingiendo una sonrisa de mala manera y se dio la vuelta despidiéndose con la mano.
– Espera un momento – dejé el casco en la moto ya arrancada y fui corriendo tras él. Al escucharme se paró y se dio la vuelta. Me miró serio – llevo tres días sin saber de ti.
– ¿Y qué pasa? Otro día que no tengas planes nos veremos – se iba a dar la vuelta pero le cogí la mano. El contacto con su piel fue como una descarga.
– Nagase-san – me miró conforme me acercaba a él. Le enseñé la púa que colgaba de mi cuello – ven el viernes, por favor – asintió – o antes – acaricié el dorso de su mano con mi dedo, me miró la boca y yo la suya. Me miró a los ojos cuando se pasó la lengua por los labios y me soltó.
– Nau-kun te está esperando, ya nos veremos.
            Cuando le vi alejarse con las manos en los bolsillos me sentí terriblemente mal. Intentando que no se me notase ni en la cara ni en los ánimos, me puse el casco y me senté en la moto, agarrándome al hombre que tenía enfrente. No era justo. Nagase no me había escrito ni un triste mensaje en esos días y ahora se enfadaba por verme irme con otro. Nau me estuvo contando cosas sobre la ciudad toda la noche, preguntándome qué me gustaba hacer y cómo me iba en el país. Intentaba hacerme reír y la verdad es que era gracioso, pero me imaginaba lo que Nagase podía estar pensando de mí y se me quitaban las ganas de sonreir. Al terminarnos la cena, le escuché suspirar.
– Oye ¿Qué te pasa? Si no querías venir deberías habérmelo dicho.
– Sí quería, y me lo estoy pasando bien – me miraba esperando el ‘pero’ – No estoy muy centrada, lo siento.
– ¿Quieres irte a casa? – asentí. Chasqueó la lengua y pidió la cuenta – al menos lo he intentado.
– Lo siento – miré el teléfono pero como siempre no tenía nada.
– Desde luego, pobre del que se enamore de ti – me dijo con una sonrisa – no hay quien compita con ese ¿Eh? – señaló el teléfono y lo guardé, devolviéndole una sonrisa culpable.
            Me llevó a casa y me despedí de él hasta el día siguiente, metiéndome en la cama solo quitándome los pantalones. Estaba tremendamente fastidiada con la situación, si no le hubiese dicho que sí a Nau, me habría ido con Nagase y probablemente estaría en su cama. O eso quería pensar. Le dije a Hitomi que la había liado muchísimo y no perdió tiempo en llamarme.
¿Qué te ha pasado? – Se escuchaba ruido de fondo, estaba en la calle seguro.
He dejado a Nagase tirado por Nau – su exclamación fue tan alta que me tuve que separar el teléfono de la oreja. Le expliqué lo que había pasado y resopló.
Eso explica su actitud – Me senté en la cama.
– ¿Está ahí? ¿Dónde estás?
En un pub al que solemos ir, se ha puesto a beber con Taichiro y está de un aburrido que me dan ganas de pegarle.
– Joder – me dejé caer sobre mis rodillas, dobladas contra mi pecho – soy imbécil.
No has hecho nada malo, ¡que te hubiese llamado!
No quiero que me de por perdida, si es que he ignorado al pobre Nau.
Llámale, seguro que le alegras la noche. O vente.
– No, contigo no me junto más cuando tenga trabajo al día siguiente que luego pasa lo que pasa – dije riéndome – y no voy a llamarle. ¿Y si me cuelga?
No va a colgarte, ¿Quieres que le diga que se ponga?
– ¡No! Ya le llamo yo ahora.
Pero llámale, o le digo que te llame él.
            No le llamé de inmediato, tenía que mentalizarme. Me daba miedo que no me lo cogiese o que no quisiese verme más. Cuando busqué su teléfono me temblaban las manos y me quedé mirando los relucientes números en la pantalla un buen rato. Me retumbaba el pecho con los latidos de mi corazón, y sentía los nervios apretarme el estómago en un nudo doloroso. Respiré hondo y le di a marcar. No contestaba, sonaron tres tonos y no contestaba. Cuando me estaban empezando a entrar ganas de llorar escuché ruido al otro lado.
¿Moshi-moshi? –
– Soy yo, hola – se quedó callado. No se escuchaba absolutamente nada – ¿Nagase-san?
Sí, estoy aquí. ¿No estabas cenando con Nau-kun?
– Me ha traído a casa – quería decirle de todo y no me atrevía. Solo le escuchaba respirar.
¿Para qué me llamas? ¿Estás bien?
¿Estabas durmiendo? – Dije al notarle un poco aturrullado al hablar.
Acabo de llegar a casa, estaba con Tai y Hitomi.
– ¿Estás borracho? – escuché que algo se caía y que maldecía.
Algo, no mucho. Voy a acostarme, mañana tengo que trabajar.
– Vale, bueno. Espero verte por la tienda – hizo un ruidito afirmativo y me colgó.
            Me quedé mirando el teléfono desanimada, su actitud era todo lo contrario a interesada, casi le molestó mi llamada. Dejé el teléfono en la mesa de noche y me tapé hasta arriba, fastidiada e incluso un poco triste. Me quedé dormida dándole vueltas a la púa entre los dedos, pensando en su anterior dueño y obligándome a no derramar ni una sola lágrima por él. Cuando me despertó la alarma ni si quiera miré el teléfono, me levanté, me duché y me fui al trabajo en metro mientras desayunaba por el camino y suspiraba cada dos minutos. Al entrar saludé sin ganas a mi compañero, lleno de la energía y el optimismo que me faltaban. Solté el teléfono bajo el mostrador de la caja registradora y me fui a colocar ropa nueva que había llegado.
– Me ha llamado el jefe, por lo visto han venido mal las tallas de estos pantalones, si alguien se los quiere comprar sugiéreles que se los prueben – me dijo Nau al verme colocarlos en la estantería – los tíos por norma general no nos probamos la ropa.
– Suerte que tenéis que no os cambian las tallas de una tienda a otra – asintió.
– Oye, tu teléfono tiene una lucecita parpadeando, creo que te han llamado – me encogí de hombros – ¿Pasas ya de ese tío?
– Más bien no le intereso – no quería seguir hablando porque me estaban entrando ganas de llorar.
– ¿Y si es él? – dijo acercándome el teléfono. Me puse los mechones que se me habían escapado de la coleta tras las orejas y le miré extendiendo la mano.
– Será Hitomi – tenía una llamada perdida y whatsapp, miré primero la llamada – ¡Oh! – me cubrí la boca con la otra mano cuando vi que era de él a las 00:34. Casi se me cae el teléfono de las manos al ir a ver los mensajes, todos entre mi llamada y la suya.
            Lo siento Piri-chan, me he enfadado sin motivo ¿Verdad? 00:06
            No debería de haberte colgado, ¿De verdad estás bien? 00:10
            Piri-chaaaaaaaan! 00:14
            Me parece que estás durmiendo, o eso quiero pensar jajajaja 00:18
           Te echo de menos, escríbeme mañana si no estás muy enfadada por                         haberte despertado 00:46
– Era él ¿Verdad? – me dijo Nau cuando me había leído los mensajes por tercera vez.
– Sí, ¿Puedo llamar? – asintió.
– Corre ahora que no hay nadie – salí a la puerta de la tienda y marqué su número, dando vueltas de un lado a otro escuchando los pitidos. No contestaba. Me metí en la tienda y Nau me miró extrañado.
– Estará trabajando supongo – leí los mensajes una vez más con una sonrisa. Me echaba de menos. A mí.
            No entró nadie en la tienda hasta después de comer, que dos chicos americanos me dieron conversación durante un buen rato mientras les vendía un par de camisetas y una gorra. Nau estaba atendiendo a alguien mientras les cobraba y les deseaba una feliz estancia en Japón. Al mirar hacia donde estaba mi compañero se me dibujó una sonrisa de oreja a oreja. Tuve que contenerme para no salir corriendo.
– Me vas a tener que dar clases de inglés – dijo Nagase cuando fui donde estaban ellos.
– Cuando quieras, pero te van a salir caras – se acercó a mí y me dio con un dedo en la nariz.
– ¿Y eso por qué?
– Porque tienes dinero para dos vidas y yo casi no tengo para este mes – se rió pero tuvo la decencia de pedirme perdón. Quería besarle, mis ojos no podían mirar otra cosa que no fuesen esos labios tan gruesos y suaves – ¿Vienes a comprar o a distraernos, niño rico?
– A las dos cosas, me estaba diciendo Nau-kun que hay unas camisetas nuevas muy chulas.
– Que te las enseñe ella – miré a mi compañero que miraba a la puerta – acaba de entrar gente.
– Bueno, pues ven que te enseño todo lo nuevo que ha entrado esta mañana – asintió y me siguió. Le enseñé camiseta tras otra, todas le gustaban. Cuando cogió los pantalones y los puso en el montón de ropa que llevaba le advertí – vienen mal etiquetados y no estamos seguros de si una talla más o menos.
– Pues voy a probármelos, guárdame las camisetas – me sonrió y se fue a los probadores. Me llevé las camisetas al mostrador y las dejé junto a la caja cuando sentí el teléfono vibrar. Me mandó un mensaje diciéndome que le llevase una talla más. Escondiendo la sonrisa, los cogí y fui a los probadores.
– ¿Nagase-san? – dije mirando entre las cortinas. Sacó una mano y la cabeza. Le di los pantalones pero los soltó y me agarró, metiéndome en el probador – ¿Qué haces? ¡Que estoy trabajando! – estaba sin pantalones y me subió las manos de las caderas hacia la cintura por debajo de la camiseta, pegándome a la pared del probador.
– Shhh – no me quejé mucho más.
            Cuando acercó su boca a la mía le pasé las manos de su pecho a su nuca, besándole con más ganas que la primera vez. Me rozó los pezones por debajo del sujetador con sus dedos, apretándolos mientras me besaba tan profundamente que casi no podía respirar. Intentaba no gemir pero en su lugar jadeaba tan fuerte que el que estuviese fuera me escucharía seguro. Al pasarme la lengua por el cuello, me mordí el labio de tal manera que me hice daño. Se agachó un poco y me mordió los pezones, lamiéndolos y mirándome a los ojos.
– No, no, no, no, no, no – le susurré al notar que me quitaba el botón del pantalón. Miré hacia abajo y en lugar de pararle lo que hice fue pasarle la mano sobre los calzoncillos.
– Tócame, tócamela – me susurró metiéndome la mano en las bragas.
– Oh, mierda – las piernas me temblaron cuando me rozó el clítoris con sus dedos. Le mordí la boca, le besé con todo el deseo que me inspiraba su cuerpo y gemí débilmente cuando sus dedos se deslizaron dentro del mío. Le metí la mano en los calzoncillos y se la saqué. Cuando la ví me cegó el deseo, no podía aguantar más, le necesitaba dentro.
– Ábrete de piernas – no me lo tuvo que decir dos veces. Bajé mi mano y mientras él se ponía a mi altura doblando las rodillas y apartándome las bragas a un lado, le guié hacia mi interior.
– Tomoya – susurré temblorosamente al ver y sentir como entraba. Me ponía más cachonda el hecho de saber que él me estaba follando que el polvo en sí. No podía respirar y cuando lo hacía se me escapaban grititos.
– No puedo, me voy a correr ya – me dijo sin apenas moverse negando con la cabeza, besándome mientras intentábamos por todos los medios no gemir.
            Se apartó de mí un instante y me pegó al espejo del probador, de espaldas a él. Veía sus brazos tensos agarrándome de las caderas en el reflejo, como apretaba los labios al metérmela y echaba la cabeza hacia atrás soltando el aire entre dientes. Movió una de sus manos hacia adelante, metiéndome sus dedos en la boca. Le miré a los ojos a través del reflejo, su pelo se movía cuando me golpeaba con sus caderas, respiraba con la boca abierta, y cuando sus dedos estuvieron bien empapados con mi saliva me los pasó suavemente sobre mi clítoris. Al dejarme caer en el cristal susurrando su nombre, empecé a correrme.
– ¿Te corres? – me dijo al notar como  me temblaba el cuerpo.
– Iku, kimochi – susurré con la voz rasgada y los ojos cerrados.
            No entendí lo que me dijo, pero escuché que maldecía y sentí como me mordía el hombro resoplando, juntándome las piernas para rozarse con mis muslos mientras su esperma salía despedido contra el espejo. Eché mi brazo hacia atrás y le acaricié el pelo ondulado de su nuca, moviendo mis caderas mientras terminaba de correrse, abrazándome.
– Me van a despedir – sonreí satisfecha y le escuché reírse entre toses.
– Nadie te va a despedir, no seas tonta. Es culpa mía – me dí la vuelta y le besé, sintiendo sus brazos rodearme – no he podido aguantarme las ganas.
– Me he dado cuenta – suspiré mirándole, ensimismada con lo guapo que era – déjame vestirme – negó con la cabeza y me besó – pues vale – susurré en su boca. Se rió y me dejó ponerme presentable. Me di cuenta de la mancha en el espejo y le miré señalándolo.
– Ya lo limpio yo, vete a trabajar, irresponsable.
– ¡Oye! – me dio un beso más y salí del probador mirando a todas partes. Nau les estaba cobrando a un chico y una chica. Me metí tras el mostrador y empecé a cobrar la ropa de Nagase para cuando viniese con los pantalones.
– ¿Dónde estabas? – preguntó mi compañero cuando se fueron los clientes. Me quedé callada pensando una excusa.
– Se había descolgado una cortina del probador – asintió y se fue hacia allí. Le escuché hablar con Nagase cuando me di cuenta de que tenía el sujetador sobre los pechos (bajo la camiseta, claro) en lugar de bien puesto. Me reí y me apresuré a colocarlo. Cuando llegaron todavía me estaba riendo.
– Que feliz te veo – asentí ante el comentario de Nau. Miré a Nagase, tenía la misma sonrisa que yo. Le dí las compras y le cobré. Al sacar la cartera sacó también las llaves, con el llavero que le regalé. Le dí golpecitos.
– Lo usas – le dije ablandada por el detalle.
– Igual que tú usas la púa – miró alrededor y tras cerciorarse de que no había nadie me puso la mano en la mejilla, besándome la opuesta – te veo pronto, escríbeme cada vez que quieras – me dijo pellizcándome la nariz.
– Más vale que no o no te dejo trabajar – le sonreí con una expresión estúpida, se despidió de Nau con la mano  y se fue. Miré a mi compañero, atontada.

– Ahora lo entiendo todo – me dijo negando con la cabeza y de brazos cruzados. Pero se rió y me dio toquecitos en el hombro. Suspiré y seguí trabajando, con una sonrisa que no había quien me la borrase de la cara.

4

           Mi autocontrol me sorprendía de manera muy grata. Pensaba que después de lo que había pasado me iba a convertir en un grano en el culo para él, pero me contenía y no pasaba de más de dos mensajes al día. Aunque tenía que decir que a veces mis mensajes eran más de tres líneas, siempre con chorradas que cuando las veía me recordaban a él. Sabia que por su horario no le vería mucho, pero con que me pusiese una carita sonriente de vez en cuando me bastaba. No le conté nada a Hitomi porque no la conocía lo suficiente como para saber si iba a escandalizarse o no. Y la verdad es que me moría de ganas por contárselo a alguien. El fin de semana estaba tirada en mi cama de cualquier manera viendo un dorama, sabía que no iba a verle porque tenía una de sus quedadas de moteros. Hitomi me mandó un mensaje, diciendo que necesitaba llamarme con urgencia. Me senté derecha en el sofá y la llamé yo.

– ¿Qué te pasa? – pregunté un poco preocupada.
– ¿Tienes algo bonito que ponerte? Porque esta noche te llevo a una fiesta.
– ¿A qué tipo de fiesta? No me gusta estar rodeada de gente con dinero, me siento fuera de lugar.
– Más te vale acompañarme porque mi novio no puede venir y tengo dos invitaciones. Además, viene Nagase.
– ¿Pero no estaba en un rollo motero hoy?
– Sí, esta noche de madrugada, por favor ven conmigo.
– No tengo nada elegante que ponerme, nunca me he podido permitir un traje de gala.
– Pues vístete que vamos a comprarlo.
            Un cambio de planes como ese iba a darme la alegría que ese sábado necesitaba. Me puse ropa fresquita y fácil de quitar, teniendo en cuenta lo pija que era Hitomi seguro que me hacía probarme medio Shibuya. Me recogió bajo mi casa muy entusiasmada por llevarme a su terreno. Entramos en al menos seis tiendas y perdí la cuenta de los trajes que me probé. Ninguno me convencía. Hasta que encontré uno celeste oscuro con el talle alto, justo bajo los pechos, y la falda por encima de las rodillas, con algo de vuelo sin resultar exagerado.
– Que bien te contrasta con el pelo – me dijo Hitomi al salir – te vas a llevar este y no hay más que hablar – miré la etiqueta del precio y me reí.
– No puedo comprarme esto – dije enseñándosela.
– Te lo compro yo, regalo de cumpleaños.
– Si no es hasta Diciembre – asintió.
– Pues no esperes nada de mi parte por esas fechas.
            Me sentía un poco violenta porque el traje era exageradamente caro, pero a la chica se le había metido la idea en la cabeza y no iba a convencerla de lo contrario. Fuimos a su casa – gigante en comparación con la mía – y juntas nos arreglamos. Su vestido era blanco con pequeñas florecitas bordadas de un rosa pálido en las tirantas y la cinta que hacía las veces de cinturón. Me hizo un recogido que jamás habría conseguido sola y cuando ví el resultado apenas me reconocía. Me veía mucho más elegante de lo que me había visto nunca, y también mucho más artificial.
– Me sé de uno que se va a volver loco cuando te vea – levanté una ceja mirando como se metía relleno en el sujetador.
– ¿Para qué haces eso? Ya estás fantástica como estás.
– Tú cállate. Tetona – su teléfono comenzó a vibrar a mi lado, y al cogerlo para dárselo vi que era su novio. Le colgó sin prestar más atención.
– Oye, ¿Tai-kun no puede ir o está pasando algo que no me cuentas? – me miró con la brocha de los polvos en la mano y suspiró.
– Creo que me está poniendo los cuernos – y siguió pintándose como si nada.
– ¿Por qué lo crees? – le quité el maquillaje para que me mirase a la cara.
– Porque me dice que sale con amigos cuando sé que es mentira. Ayer mismo le pillé, se suponía que se iba al taller con Daichi y Ryusuke y vinieron a la tienda sin él.
– Pero a lo mejor Tai ya se había ido a casa ¿No?
– Me dieron recuerdos para él porque hacía mucho que no le veían. Les pregunté y me dijeron que un mes mínimo.
– Bueno, a lo mejor va a darte una sorpresa o—
– No, sé lo que está pasando porque no es la primera vez que me pasa. Y hazme caso, ten cuidado con Nagase, si son amigos a lo mejor tienen las mismas costumbres.
– Deberías hablar primero con tu novio para aclarar las cosas. A lo mejor te estás montando una película – ni yo misma me creía lo que decía, probablemente la estaba engañando pero no quería que se sintiese peor de lo que ya estaba – y no tengo nada serio con Nagase – dije devolviéndole la brocha – solo por hacerlo una vez no significa que sea mi novio. ¡Ojalá!
– ¿¡Cómo, cómo?! ¿Hacerlo una vez? ¡¿Cuándo?! – apreté los labios, se me había escapado.
– Hace unos días, fue una cosa rápida no creas… ¿A qué hora tenemos que estar en la fiesta?
– ¿Pero dónde? ¿Fuiste a su casa o él a la tuya? – no me iba a librar de contárselo, y esperaba que ella no se lo contase al jefe. Pareció notar mi inquietud y me puso una mano en el brazo – no voy a juzgarte aunque me parece un poco rápido, pero si los dos queríais…
– Fue en la tienda – permaneció inmóvil un par de segundos hasta que alzó las cejas despacio – sí, Nau estaba por allí y sí estaba abierto – seguía sin decir nada pero pestañeó varias veces abriendo la boca – ¡Me metió en el probador  y estaba en calzoncillos! ¡No podía decirle que no!
– ¡Claro que podías! – Me dijo escandalizada – es más pervertido de lo que pensaba – al fin se rió y respiré tranquila – ¡Y tú también!
– No me arrepiento de nada – me dio un empujoncito y terminó de arreglarse.
            Me dejó un bolso y unos zapatos porque como ya dije, no tenía. Casi todo menos la ropa interior era suyo, y su colección de accesorios y ropa era tal que me parecía exagerado. Me dijo que pronto tendría lo mismo ya que sería la chica de Nagase Tomoya y claro, me daría todo lo que pidiese. Esa fé que ella tenía en que él se iba a quedar conmigo me costaba compartirla, me costaba mucho creérmelo. Y es que tenía razón, si su amigo era así y el otro que conocí en el bar trataba a las mujeres como objetos sexuales sin ver que detrás había una persona, cabía la posibilidad de que él también se comportase de igual manera. No me agradaba admitir algo como eso, se me caería un mito porque consideraba a Nagase, además de físicamente perfecto, una persona muy divertida, buena, talentoso e incluso quizás tímido. Salvaje, por supuesto, libre, más aun, pero esperaba que no se comportase así. Tenía que conocer mucho de él, tenía que verle más veces y charlar con él si quería saberlo, pero quizás lo único que quería de mí era lo que le dí en el probador. Con la cabeza llena de pensamientos aturrullados llegué a un hotel muy lujoso de una calle por la que ni si quiera había pasado para no ponerme los dientes largos. Nos bajamos de su cochecito y un chico se apresuró a coger sus llaves y aparcarlo. Parecía que estaba en una película y como ya sabía que me iba a pasar nada más entrar, me sentí fuera de lugar.
            Todo el piso de la estancia estaba enmoquetado y me vi inmersa entre muchísima gente de pie, tomando tentempiés que ofrecían en bandejas de plata y con copas de vinos caros – españoles – en la mano. No conocía absolutamente a nadie y Hitomi de momento no había visto ninguna cara conocida tampoco. Me asomé al fondo y vi un escenario muy ostentoso con enormes cortinas carmesí cerradas. A sus pies, numerosas mesas con sillas para seis comensales cada una, decoradas con manteles blancos y dorados, a conjunto con los asientos. El centro de mesa floral era tan grande que me costaba creer que se pudiese comer bien sin que se te metiese una rama en el plato. Me pareció hortera y desproporcionado, no estaba nada acostumbrada, y la gente nos dedicaba unas sonrisas que tenían de todo menos de honestas.
– ¿Eeeehhh? ¿No se suponía que tenías que venir acompañada? ¿Qué haces sola? ¿Y Tai-kun? – me volví al escuchar la voz de Nagase y vi a Hitomi encogerse de hombros.
– No ha podido venir, pero no estoy aquí sola – le saludé con la mano después de hacer un chequeo general del traje de chaqueta y su pelo, engominado hacia atrás. No se había quitado toda la barba; me encantaba.
– Ah, hola – sabía que no me esperaba por allí pero su reacción fue extraña, ni me sonrió, es más, parecía incómodo.
            Anunciaron que tomáramos asiento y que para saber dónde, teníamos que mirar en la lista situada en el tablón al fondo. Tras verificarlo nos acercamos a la mesa con nuestro número asignado y Nagase esperaba allí a alguien. Hitomi dejó una silla libre entre ella y él, y me miró para que me sentase. Él buscaba a alguien por el lado opuesto a donde estábamos nosotras, sin enterarse de que estábamos por allí. Así que cuando giró la cara y me vio sentada a su lado, miró un instante hacia abajo juntando los labios y siguió buscando. Definitivamente le molestaba mi presencia. Como siempre, no podía dejar de mirarle, y aprecié como empezó a sudar, angustiado por algo que no me terminaba de encajar. Miré a Hitomi, que también le miraba con curiosidad.
– Perdón, me he retrasado – era una chica con el pelo negro, ojos oscuros y profundos, preciosa – lo siento pero no hemos podido hacer nada para cambiar las mesas de como estaban, por más explicaciones que he dado más pegas me han puesto – miraba a Nagase con culpabilidad.
– No te preocupes, no pasa nada, gracias por acompañarme – se puso muy derecho cuando una pareja se acercó a la mesa, saludando. El chico nos sonrió a todos pero la chica miraba al mantel casi sin levantar la vista. Me sonaba de algo pero no caía de qué.
– Por cierto, encantada, Nagase Rieko – me quedé mirándola mientras le daba la mano y le decía mi nombre, por eso era tan guapa.
– ¿Es tu hermana? – le pregunté a Nagase que asintió sin sonreír. Hitomi se presentó a la chica y a la pareja.
– Kodo Rina, encantada – cruzamos miradas y ambas miramos al mantel.
            Menuda situación, ahora entendía su tensión. Cuando levanté la vista del mantel fue para mirar a Hitomi, que me miró al mismo tiempo expresando con sus ojos la misma incomodidad que yo sentía. Nos trajeron los primeros platos y en el escenario empezó a tocar una banda de música canciones que tenían que ser de los años 50. Si no fuese por lo tenso del ambiente ya estaría criticándolo todo con mi acompañante. Rina hablaba con ese hombre, fuese quien fuese y Rieko intentaba hacer que su hermano hablase un poco con ella. Pero no abría la boca, solo respondía con si, no, supongo o no lo sé. Esperando el segundo plato le dí dos golpecitos en la pierna por debajo del mantel. Cuando sus ojos se desviaron hacia mi boca, le sonreí, dándole otro golpecito. Sentí una curiosa presión en el pecho cuando su boca se curvó ligeramente en una de sus sonrisitas de medio lado y sus dedos apretaron suavemente los míos bajo el mantel. No me los soltó aunque su hermana le hablase, hasta que no llegó el segundo plato, que me pellizcó el dorso de la mano. Me reí nerviosa sin poder evitarlo y cuando todos me miraron me reí con más ganas. Hitomi me preguntó que pasaba cuando Nagase también empezó a reírse más nervioso que yo, intentando no hacer ruido porque sus risas eran muy escandalosas. Rieko le miraba sorprendida, mostrándose interesada de repente en mi persona. Tuvo que beber agua para que se le pasase y yo tuve que mirar a otro lado.
– Piri-san, ¿Puedo preguntar de dónde eres? – Me dijo Rieko entre bocado y bocado.
– Española – estaba entusiasmada por conocerla, sabía de su existencia pero nunca la había visto – tengo trabajo estable aquí gracias a Hitomi.
– De nada, tonta – contestó la aludida.
– Trabaja en la tienda de Shinzuke-san – le dijo Nagase. Rieko asintió, obviamente le conocía – por fin tiene a alguien que habla inglés en condiciones.
– Sin ese acento que tiene Nau-kun – dijo ella riéndose – le escuché una vez y juro que no sé como le entendían los pobres clientes.
– Por cierto, ¿Te dijo algo por lo del otro día? – preguntó Nagase. Hitomi tosió un poco. Tenía la comisura de la boca manchada de la salsa de la carne. Me señalé en el mismo punto y frunció el ceño – ¿Te besó?
– ¡No! – Me reí – que estás manchado. ¿Crees que la gente va por ahí robando besos?
– A Nau le gustas, podría ser – miró la servilleta después de limpiarse.
– ¿Te molesta? – le preguntó Hitomi. No le contestó, solo la miró y siguió comiendo – no te preocupes, no todo el mundo es como tú – murmuró. Las otras dos chicas miraron, no supe decir cual de las dos con más curiosidad.
            Al acabar el segundo plato un pequeño número de invitados caminaron hacia una terraza. Nagase se disculpó y también salió, sacando el tabaco de un bolsillo de su chaqueta que dejó caer en la silla. Miré como se iba, pensando en las ganas que tenía de volver a tocarle, ya no digamos besarle. Hitomi estaba inmersa en su teléfono y Rieko hablaba con el acompañante de Rina, que no estaba por ninguna parte. En un instante me hice una película en mi cabeza en la que Rina estaba en la terraza con Nagase, arreglando lo que fuese que había roto la relación, y de repente me encontré con un ataque de celos. Me levanté antes de si quiera pensarlo y caminé hacia la terraza sin darle explicaciones a nadie. No tenía ni idea de que hacer en caso de verles juntos, ni si quiera tendría que estar yendo hacia donde él estaba porque no era nadie para meterme en lo que tuviesen. Ella estaba antes y yo llegué después. Y no tenía nada que decir porque solo había tenido un encuentro físico con él. Salí a una terraza de piedra, llena de macetas con plantas demasiado grandes. Miré a mi alrededor pero no les veía por lo que comencé a agobiarme, le había visto entrar por ahí, estaba segura.
– Aquí detrás – miré a mi espalda y le vi apoyado en la puerta con el cigarro en la boca sin encender. Y solo – ¿Dónde ibas tan corriendo? No me iba a ninguna parte.
– Lo sé, es que – me encogía de hombros conforme su sonrisa se hacía más amplia – necesitaba aire.
– Ya – me acerqué a él suspirando aliviada.
– ¿Conseguiste encontrar la herramienta que buscabas el otro día en el taller?
– No he vuelto a ir al taller, y no será por falta de ganas – seguía sin encenderse el cigarro.
– ¿Fumas o no? – se lo sacó de entre los labios y lo guardó en el paquete. Miró a su alrededor y chasqueó la lengua.
– Hay mucha gente que puede decir muchas cosas, pero no veo cámaras. Aunque nunca se sabe.
– ¿Qué? – supuse que le había entendido mal porque habló casi en murmullos, más para él que para mí. Caminó hacia un lado de la terraza y me hizo un gesto con la mano para que me acercase – ¿Qué pasa?
            En un rápido movimiento se metió detrás de la cortina y me arrastró con él. Quise hablar, pero no me dejó. Sus brazos rodearon mi cintura y mi espalda, y su lengua envolvió la mía, dejándome extasiada por lo inesperado del beso. Le puse las manos en el pecho, una vez empezaba no iba a ser yo la que le parase, pero le tenía que decir algo antes de que nos entusiasmáramos demasiado.
– Nagase, nos ven desde el salón – seguía buscando mi boca y no me hacía caso – ¡Tomoya! – le agarré la cara y le hice mirar hacia dentro del salón a través de las ventanas.
– ¡Mierda! – me sacó de dentro de las cortinas igual que me metió y tiró de mi mano hacia una zona en penumbras de la terraza, junto a una puerta que parecía ser la que daba a la zona de servicio del hotel.
– Eres tonto, de verdad – no pude evitar reírme mientras él miraba por encima de mi hombro, no fuese a ser que alguien nos hubiese seguido.
– Espero que no nos hayan visto – me observó con una sonrisa – estás muy guapa.
– Y tú muy bueno – dije tirando de la corbata y besándole de nuevo, hablando en sus labios – contrólate que tenemos que tomarnos el postre y si empiezas no voy a pararte.
– Tú eres el postre – emitió un sonido desde el fondo su garganta, ronco y sexy al mismo tiempo, mordisqueándome el cuello y haciéndome reír.
– Imagíname desnuda y llena de leche condensada, tumbada en la mesa del salón de tu casa – le dije al oído, resopló agarrándome el culo con fuerza – y tienes que limpiarme, no puedes dejarme tan manchada.
– Lo que voy a hacer es ensuciarte – me agarró de la nuca, besándome tórridamente.
– No, no, Tomoya-kun, espera – pretendía bajarme las bragas allí mismo, no tenía autocontrol alguno – es una fiesta importante, no debe—
– ¿No tienes ganas? ¿De verdad que no? – subió sus manos hasta mis pechos, deslizando la lengua entre mis labios. Suspiré temblorosamente.
– Me muero por que me la metas hasta el fondo – acaricié su barba y me dejé llevar, como sabía que iba a pasarme.
            Me pegó a la puerta que había a nuestro lado, cogiéndome en peso y acariciándome los muslos, gruñendo con lascivia. No podía parar de jadear, quería tocársela pero me era imposible en la postura que estábamos. Intenté que me soltase para poder sacársela de los pantalones pero al intentar alejarme me aplastó contra la puerta más bruscamente, dando un golpetazo. Se me escapó un gemido al sentirle rozarse y me apretó a él cuando volví a decir su nombre. Escuché un ruido a mi espalda y una exclamación. Nagase dejó de besarme y me soltó, provocando que casi me cayese de bruces.
– Lo siento, pensé que estaban llamando – dijo un chico sudoroso desde lo que parecía una cocina industrial enorme.
– Lo siento – dijo Nagase inclinándose – siga con su trabajo, un menú excelente. Great Job! – le dio la mano y se alejó de allí. Le seguí entre jadeos y risas.
– ¿Dónde vas? – Se ponía bien la corbata conforme nos acercábamos – ¿Me calientas y te largas?
– Me vas a buscar un problema – ladeó la cabeza conforme lo decía, con ese tic en sus ojos
– Yo no te lo busco, te lo buscas tú solo – le cogí el culo, durísimo. Dio un saltito.
– ¡Pero si es que no paras! – Me miró divertido y se me acercó susurrando – deja de decir las cosas que dices y de ser tan… tú.
– ¿Tan yo? – se paró antes de volver al comedor y dio saltitos tirándose de los pantalones.
– Sí, tan tú. Ya te lo explicaré, vete a comer y ahora voy yo – le sonreí y me fui camino al comedor. En la mesa me esperaba un platito minúsculo con un pequeño pastelito de fresa y nata. Se lo iba a dar a él porque a mí, curiosamente, no me gustaban ninguna de las dos cosas.
– Menuda sonrisa traes, dime donde las regalan que yo también quiero una – me dijo Hitomi.
– Si a mi me diesen ahora lo que le han dado a ella también estaría sonriendo – le contestó Rieko. La miré y se me acercó sobre la mesa, susurrando – ¿Desde cuándo llevas viéndote con él? – miré de reojo a Rina, pero no nos mostraba atención.
– No nos vemos, nos encontramos – dijo Nagase echándola para atrás poniéndole dos dedos en la frente – cotilla. Ojala tuviera tiempo para poder quedar con alguien.
– No me has dicho nada – le dijo ella.
– Porque a ti tampoco te veo, lo que yo digo, si es que no tengo tiempo – su sonrisa cuando vio el postre fue la misma que pondría un niño pequeño al ver un juguete nuevo. Murmuró un ‘itadakimasu’ y casi se lo zampó en dos bocados.
– Toma, no me gusta – dije dándole mi plato. Me preguntó con la mirada si estaba loca – no me gustan los postres de fresa, cógelo que estás deseando.
– ¿Ves? Otra cosa buena que tienes, no te gustan estos postres ¡Más para mí!
– Pero que gordo eres – le dijo su hermana riéndose al ver como lo devoraba.
– Imagina si tuviese leche condensada por encima – dije como si nada –  todo manchado – se quiso reír sin terminar de tragar y escupió un poco sobre la mesa. Colorado y casi atragantado, terminó de tragar y dio una de sus estruendosas carcajadas. Prácticamente todo el salón miró en nuestra dirección.
– ¡Ya vale! – se le veía avergonzado, le saqué la lengua, se mojó los labios mirándome con ganas de seguir con lo de la terraza.
– Piri-chan, me ha surgido un imprevisto – me dijo Hitomi dejando el teléfono en la mesa – Taichiro se ha quedado tirado en medio de la carreta y me necesita – no la vi muy alegre – ¿Puedes ir sola a casa o te dejo antes de irme? – se levantó, cogiendo el bolso.
– No pasa nada, ya me las arreglo – le apreté la mano con cariño, me sonrió, pero no con sus ojos.
– Oye, se me ocurre una cosa – me dijo Nagase – Me voy a dar una vuelta con unos amigos en la moto, ¿Te quieres venir?
– ¿Ahora? – Asintió – ¡Pues claro! – Rina se levantó bruscamente, arrastrando la silla y dedicándole a Nagase una mirada asesina. Acto seguido cogió su bolso y se fue, seguido de su acompañante que se disculpó por ella.
– ¿Qué acaba de pasar? – preguntó Rieko. Las tres le mirábamos esperando una explicación. Se llevó una mano al pelo susurrando “saaaa
– Supongo que se ha ofendido – me miró – nunca la llevé con mis amigos.
– ¿En un año y medio nunca la has llevado con tus amigos? – preguntó Hitomi.
– No creo que se lo hubiese pasado muy bien, es demasiado… femenina.
– Ah, y yo no – dije señalándome y sonriendo. Se rieron los tres.
– Tú sabes defenderte, ¡Mira como saltaste con Ken! Son un poco brutos y bueno, ella no habría encajado.
– Mira tú que bien, encajas – Hitomi me golpeó en el hombro, no podía sonreír más de lo que ya lo estaba haciendo – me voy, pasáoslo bien.
– Habla con él – asintió hinchando los carrillos y se fue elegantemente de allí. Miré a Nagase, se le veía fastidiado – ¿Puedo preguntar cómo es que habéis coincidido en la misma mesa tú y Kodo-san?
– Nos invitaron a la fiesta cuando todavía estábamos juntos y contaban con nuestros asientos – acostumbraba a mirar fijamente a la persona con la que hablaba, y era algo que no llevaba muy bien, me costaba centrarme – Pensé que después de cortar rechazaría la oferta y me da que ella pensó lo mismo sobre mí.
– Ha sido un poco incómodo pero se ha pasado rápido ¿No? – Le dijo su hermana a lo que él asintió llevándose las manos a la nuca mientras se estiraba – bueno, llévame a casa. Ya lleva mi marido muchas horas con los niños y a esta altura tiene que haberse vuelto loco.
            Caminamos juntos hacia la salida y esperamos a que trajesen su cochazo clásico a la puerta. De todo menos discreto. Se montó él al volante y su hermana me cedió el puesto de copiloto. Me pregunté cuantas mujeres se habrían sentado en ese mismo sitio y supuse que muchísimas. Fueron charlando de asuntos familiares por el camino, me sentía privilegiada por ver esa faceta tan personal de él, por conocer tanto en tan poco tiempo. Cuando la hermana se bajó se acercó a mi ventanilla con ojillos alegres.
– ¿Vas en serio con él? – me preguntó.
– Rie-chan… – le escuché protestar.
– Tú calla – le riñó – ¿Sí o no? – me volví hacia Nagase, que me miró con curiosidad. No sabía que decir.
– Me gustaría – dije a media voz, poniéndome nerviosa por lo que él pudiese pensar.
– Pues si vas en serio sabes que él no puede casa—
– Rie, ya vale – sonó tan molesto que volví a mirarle. Su cara reflejaba su incomodidad.
– Ya sé que no puede casarse hasta que no le dejen, o quiera, por supuesto. Sus motos y su carrera antes que nada – le dije a Rieko, que se rió – Y además sé que no deberían verme con él, por los rumores y tal. No quiero buscarle problemas – le escuché suspirar.
– Vale, es que no quiero que le pase lo mismo otra vez – me quedé en silencio, Nagase tosió, pero nada más – en fin, me voy. To-chan, ten cuidado con la moto.
– Saluda a los niños y a Shota de mi parte – sin más se alejó de la casa de su hermana. Le miré, seguía molesto.
– ¿Por qué te enfadas con ella? No creo que esté haciendo nada malo al preocuparse por ti.
– No tiene por que incomodarte con esa clase de preguntas. ¿Puedes cogerme un cigarro de la chaqueta? – metí la mano en el bolsillo y saqué uno poniéndoselo en la boca.
– No me incomoda, ni me molesta. Me parece algo normal que quiera proteger a su hermano pequeño – le di fuego – ¡Mira a la carretera! – me miró entre el humo del cigarro – y por cierto, me alegra mucho saber que me consideras lo suficientemente “guay” como para meterme en tu grupo de moteros.
– Intenta ignorar si alguno hace un comentario que no deba – se sacó el cigarro de la boca y agarró el volante con las dos manos, colocando este entre sus largos dedos.
– No te preocupes, siempre respondo a las cosas que no me parecen correctas, no lo puedo evitar.
– Entonces preocúpate más de pasártelo bien conmigo, e ignóralos – no iba a ser complicado, el resto de personas carecía de importancia cuando estaba a su lado.

5


Esta vez fuimos a un garaje diferente, no al de su edificio. Este era más amplio y en él había todo tipo de coches y motos. Reconocí la de “Tom”, la negra con el 47 pintado de blanco en el frente. Y también estaba la de la decoración verde, su otra moto con la que corría carreras y otras cuantas que no me sonaban. Se acercó a una Harley Davidson, lo supe porque vi el logotipo en un lateral. De dentro de un armario, sacó la chaqueta que también conocía con la frase “PUT THE SPARK BACK IN YOUR LIFE” en la espalda. Sacó otra igual de grande, esbozando una sonrisita.

– Te va a estar enorme, pero es que te vas a morir de frío – me la ofreció y me acerqué a por ella.
– No te preocupes, yo me agarro fuerte – deslicé despacio la mano por su bragueta y dio un saltito hacia atrás, riéndose y cogiéndome de la muñeca.
– Tengo a gente vigilando las veinticuatro horas – miré a mi alrededor y vi las cámaras – no empieces lo que no puedes acabar.
– ¿No tienes ganas? – Dije imitándole, se rió cuando le pasé la mano por el pecho como si tuviera dos tetas enormes que coger – ¿De verdad que no? – me besó más brevemente de lo que yo hubiese querido.
– Deja de ponerme cachondo en público y ponte el casco – dejó caer en mi cabeza un casco blanco con aspecto de tener muchos años.
– ¿Me has dado lo más viejo que tenías? – dije dándole vueltas en mis manos.
– No es viejo, parece viejo, es la gracia – se puso uno negro y la chaqueta.
– Los ricos y sus tonterías – se volvió a reír mientras sacaba la moto de su sitio. El estruendo del motor al arrancarla me hizo dar un saltito.
            Me subí cuando me lo pidió, agarrándome a su cintura. Como mi sillón estaba más alto que el suyo dejé caer la barbilla en su hombro. No iba excesivamente rápido y me pareció escucharle tararear mientras nos dábamos el paseo por la ciudad hasta donde había quedado con sus amigos. Estaba nerviosa, no sabía si serían los mismos que me sonaban de instagram y de serlo, no parecían nada tímidos. Me encantaba estar con él y sobre todo que quisiera estar conmigo. Mi mayor temor era que tuviese las expectativas sobre mí demasiado altas (como yo las tenía con él) y que no llegase a cumplirlas. También cabía la posibilidad de conocerle de verdad en su entorno y que no me gustase nada lo que viese. Antes de que acabase de comerme la cabeza, se paró frente a una gasolinera con montones de motos aparcadas en un lado y sus dueños junto a ellas. Sumé rápidamente y vi a seis hombres, de los que al menos conocía a dos. Los demás me eran familiares. Me bajé yo primera, quitándome el casco sin mirarles porque estaba muerta de vergüenza al sentir que me observaban. Al dejar mi pelo suelto escuché a Nau.
– ¡Piri-chan! – Se acercó a nosotros con una sonrisa – Ya podías haberte traído algo que te pegase con el vestidito – se rió de mí señalando la chaqueta que me llegaba por las rodillas.
– Venimos de una fiesta – dijo Nagase señalándose – lo siento si hemos tardado.
– ¿Os habéis entretenido por el camino? – preguntó Takizaka Shinsuke, mi jefe, con picardía mientras le daba la mano a Nagase.
– No me ha dejado – le dije. Algunos se rieron a carcajadas, otros me miraron sin saber como reaccionar.
– Vale, déjame presentarte – me puso una mano en la espalda y me acercó a los demás – a Ken ya le conoces – asentí mirando a ese chico rapado con cara de comerse el mundo que ya conocía. No me inspiraba la menor simpatía. Me sonrió y no pude devolverle la sonrisa.
– Este es Taka san – un chico con melena y gafas levantó un momento la vista de su teléfono y me saludó amablemente. La mayoría eran bastante guapos, esperaba que no se comportasen todos como Ken – y estos son Daichi y Ryusuke san.
            El primero era el que tenía cara de mejores amigos, rapado y con un bigote un tanto raro me miraba con la misma curiosidad que el que tenía al lado, también rapado pero con una cara de samurai impresionante. Nos dimos cuenta los tres a la vez de que ya nos conocíamos, pero el primero fue Ryusuke.
– ¡Tu eres TifaSugar en instagram! – Me dijo señalándome, asentí – ¡Te llevo siguiendo un buen tiempo!
– Un placer conocerte – dijo Daichi.
– Igualmente – miré a Nagase y pude ver como me juzgaba con su mirada – ¿Qué?
– Nada, me resulta raro, eso es todo.
– ¿Te resulta raro que les siga cuando lo único que tú subes son cosas relacionadas con ellos y las motos? – chasqueó la lengua y ladeó la cabeza. No sabía que quería decirme porque no terminaba de hacerlo.
– Es cierto, si no recuerdo mal tú eres la que empezaste a seguirnos – dijo  Ryusuke.
– ¿Y a mi por qué no me sigues? – Ken se acercó con su cara de intentar ligar conmigo.
– Yo que tú no iba por ese camino – dije con seriedad. Levantó las palmas de las manos mientras sus amigos se reían.
– Bueno, vamos a ponernos en marcha que la gente está durmiendo y casi tenemos la carretera para nosotros – dijo Shinzuke.
– ¿Sabes donde te estás metiendo? – me preguntó Nau mientras caminabamos de vuelta a las motos.
– No, pero estáis vosotros en caso de emergencia y creo que sola me basto – vi a lo lejos a Ken mirándome el bajo de la falda – pregúntale a ese si no me crees.
– Te creo – cogí el casco sonriente y me acerqué a Nagase, que seguía serio.
– ¿Qué pasa? – negó con la cabeza poniendo morritos.
– Nada – me esperaba sentado en la moto – arriba, que nos vamos.
– Ya me contarás…
            Entonces fue cuando empezó a correr. Los locos de sus amigos iban echando fotos con el teléfono y grabando videos, le escuchaba reírse cuando alguno hacía alguna tontería pero estaba más concentrada en no soltarme que en lo que pasaba a mi alrededor. Llegó un momento en el que no había ningún coche en la carretera, solo nosotros ocho armando jaleo, y aceleró tanto que me dio la impresión de que nos íbamos a caer en las curvas. Para cuando pararon – que a mi me pareció años después – tenía las manos agarrotadas y me dolían los muslos del frío. Di saltitos al bajarme, esta vez en una calle repleta de bares y vida. Sobre todo de borrachos que volvían a casa.
– ¿Qué te ha parecido? – me preguntó Nagase, ahora con una sonrisa.
– Intenso – dije riéndome – y sí, he pasado algo de miedo pero en fin, guay.
– ¿Estás bien? – Nau se acercó señalándome las piernas, coloradas.
– Sí, sí, se me han olvidado los pantalones – nos reímos juntos y escuché a Nagase toser – Deberías calentártelas – me guiñó el ojo y se metió en el bar. Miré a mi conductor y le vi encendiéndose un cigarro, con cara de pocos amigos y sus ojos clavados en Nau.
– Oye – le dí un pellizco en la cintura para que me mirase – ¿No te lo estás pasando bien?
– Me lo pasaría mejor si respetasen algo – echó el humo enfadado – por eso nunca había traído a ninguna chica.
– Solo me han hablado – alzó una ceja, observándome largamente – no me lo puedo creer – susurré incrédula – ¿Tan celoso eres?
– No soy celoso, él se está metiendo en terreno peligroso – estaba alucinando con su comportamiento.
– ¿Entráis o qué? – preguntó Daichi. Di dos pasos pero Nagase me agarró del brazo.
– Ahora vamos – entraron sin nosotros y le miré con los brazos cruzados.
– Me gustaría estar con el Nagase divertido no con el que tengo delante – le solté.
– No me gusta que te traten así.
– ¿Así cómo? ¡Nau no ha hecho nada malo! ¡Solo estaba bromeando!
– No estaba solo bromeando, a la mínima oportunidad que tenga va a intentar algo contigo.
– ¿Y de verdad crees que tiene posibilidades frente a ti? – se encogió de hombros. Resoplé – te espero dentro, cuando se te pase la tontería vuelve a hablarme – me volvió a agarrar del brazo – ¿Qué haces?
– No te vas a meter sola ahí dentro con todos esos tíos – me solté. No me esperaba esto, no me lo esperaba para nada.
– Si me da la gana me meto ahí dentro con todos esos tíos, como tú llamas a tus amigos – se le abrió la boca – ¿Soy una indecente por estar sola con ellos sin un “protector” delante?
– Pues sí, van a pensar que eres una fresca – negué con la cabeza, decepcionada.
– No me lo estoy creyendo…
– No es que yo lo piense, es que ellos lo van a pensar y van a intentar ligar conti—
– ¿Y yo no sé defenderme o qué? ¿Te crees que me voy a quedar callada o quieta si hacen algo que me incomode? ¿Y crees que me importa una mierda lo que piensen? – tiró el cigarro a la acera. Murmurando algo, enfadado – ha sido una mala idea, me voy a mi casa – dije sacando el teléfono para llamar un taxi.
– Piri, no seas así.
– ¿Qué yo no sea así? No soy yo la que tiene un problema por que me relacione con otros hombres.
– ¡¿Y qué pensarías tú si se acerca una amiga tuya y me guiña el ojo?! – escuché que respondían mi llamada.
– ¿Qué voy a pensar? Que le gustas porque sería lo más lógico. Lo raro es que no le gustes a una mujer – contesté al teléfono y estaba diciéndole la dirección cuando me lo quitó de las manos – oye, ya vale.
– ¿Y no te molestaría?
– Si fueses mi novio sí, pero no te prohibiría estar con ellas porque van a pensar que eres un putero. Dame el teléfono – le tendí la mano pero lo escondió tras su espalda.
– ¿Si fuese tu novio? – Asentí – ¿Eso quieres? – suspiré.
– No lo sé, después de ver como te comportas no tengo ni idea. Quizás estamos mejor follando de vez en cuando en un puto probador – tan pronto le vi mirar al suelo y devolverme el teléfono me arrepentí de lo que había dicho.
– Te llevo a casa si es lo que quieres, no gastes dinero en—
– No, no. Quédate, ibas a salir con tus amigos y tengo dinero para un taxi.
– Me da igual, me iba a ir a casa de todas maneras – se puso el casco, sin mirarme. Me sentí terriblemente mal, no quería que pasase eso pero no podía permitir que fuese tan posesivo. Ni siquiera a él.
– Tomoya…– Miró por encima de mi hombro y justo cuando apartaba la vista volvió a mirar. Me di la vuelta y se me abrió la boca de la sorpresa.
– ¿Ese es Taichiro? – el novio de Hitomi iba dándoles pellizquitos a dos chicas camino a un taxi que le esperaba a la salida de un bar de chicas de compañía. Al coger el teléfono para llamar a Hitomi, que se suponía iba a estar con él, Nagase volvió a pararme.
– ¿Qué haces? No iras a llamar a su novia ¿No?
– Pues claro, se suponía que habían quedado y ahí le tienes borracho y con otras mujeres.
– No ha hecho nada malo – se me abrieron tanto los ojos que tuve que poner cara de loca.
– ¿Te acaba de dar un ataque de celos porque me han guiñado un ojo y te parece normal que se cuele en un sitio de esos dejando tirada a su novia?
– Me parece normal que se meta ahí porque Hitomi le habrá dejado.
– Sí claro, porque antes no le había puesto los cuernos, ¿No? – se delató al no contestar y mirar hacia un lado nervioso – voy a llamarla – le miré, cruzándome con sus ojos – vaya plan si todos tus amigos se dedican a esto, tú incluido.
– No me juzgues, no me conoces.
– Y tú a mi tampoco, se nota – escuché que contestaban al teléfono, pero nada de voz al otro lado de la línea – ¿Hitomi-chan?
– Piri – su voz sonaba rota, la escuché aspirar por la nariz con fuerza – me ha dejado.
– ¿Dónde estás?
– Camino a casa, no quería llamarte porque estabas con Nagase-kun pero ¿Puedes venir?
– Claro que puedo, dame unos minutos – colgué y miré al hosco motero que tenía delante – llévame a casa de Hitomi, Tai le ha dejado.
– ¿Él a ella? – me reí irónicamente.
– No sé de que te extraña, y no entiendo como has podido estar callado sabiendo que le ponía los cuernos por todas partes.
– Prácticamente todos mis amigos lo hacen, no voy a empezar a perderlos por comportarme con sus novias a las que apenas conozco.
– ¡A Hitomi sí la conocías! – dije ofendida y poniéndome el casco.
– Solo de la tienda y de aquella noche que salimos – me señaló – no se te ocurra volver a meterme en el mismo saco que ellos.
– Ahora me vas a decir que nunca le has puesto los cuernos a ninguna novia tuya.
– Sí, lo he hecho cuando era más joven. Pero ya no.
– Desde que te lo hicieron a ti, supongo – apretó los labios, los dos sabíamos que nos referíamos a Ayumi. Quizás me estaba pasando, pero la situación me tenía tan indignada que no pude evitar mis palabras.
– Súbete de una vez – volvió a ir demasiado rápido, nada de tarareos esta vez. Era increíble como había cambiado la noche por completo en cuestión de minutos.
            Y lo que habría sido lo más impensable del mundo hacía tan solo una hora, era que mi percepción de él como hombre perfecto desapareciese con solo tres frases. Al llegar al portal de Hitomi y llamar nadie contestó. Marqué su número en mi móvil, pero tampoco respondía. Me comenzaba a impacientar cuando Nagase me llamó. Le vi señalar a la esquina de la calle, hacia Hitomi, que caminaba tranquila. Me acerqué a ella y sin decirle nada le di un abrazo. La chica se desmoronó en ese mismo sitio, rompió a llorar agarrándose a mi chaqueta y yo no podía más que sostenerla y acariciarle el pelo. Cuando se tranquilizó un poco, me pidió perdón y abrió la puerta de su casa. Nagase me llamó de nuevo.
– El casco – señaló mi mano, aún lo agarraba. Me acerqué a él sintiéndome terriblemente triste y se lo di, junto con la chaqueta.
– Hazme un último favor y después vete a casa si quieres – ahora era yo la que no le miraba. Ver a mi amiga tan sensible me afectó más de lo que esperaba – tráele unas cajitas de pocky de fresa del combini.
– ¿Pocky? – asentí y entré en la casa, aguantándome las lágrimas porque tenía que consolar a la chica. Ya me consolaría yo.
            No quise hacer a Hitomi hablar porque obviamente no tenía ganas, solo quería compañía. Nos acurrucamos en su salón y nos pusimos la televisión. Ella no la vio porque pasó la mayor parte del tiempo llorando y yo no la ví porque no podía parar de lamentarme con lo mal que había salido algo que prometía tanto. Me alivió verla dormida, al menos iba a descansar y seguro que al día siguiente las cosas las vería desde otra perspectiva. Fui a su habitación para coger las sábanas de su cama, y cuando pasaba por el pasillo escuché que llamaban a la puerta de la calle con los nudillos. Por la mirilla vi a Nagase. Mi corazón dio un saltito y la angustia me arañó por dentro.
– Pasa – dije abriendo como pude sin tirarlo todo al suelo. Se quedó mirando las mantas, parado en la puerta, así que le ignoré y fui a tapar a Hitomi. Cuando la estaba arropando y apagando el televisor, le escuché cerrar la puerta. Dejó los chocolates en la mesa y esperó fuera del salón.
– ¿Cómo está? – me preguntó cuando cerré la puerta, quedándonos los dos en el pasillo.
– Mal – fue todo lo que dije. A pesar de estar triste seguía irritada con él. Estábamos los dos de brazos cruzados, apenas mirándonos a los ojos.
– ¿Te ha contado que ha pasado?
– No, se ha limitado a llorar y dormirse. No le iba a preguntar si ella no quería hablar.
– Ya, claro – se quedó unos segundos en silencio, suspirando después – ¿Qué vas a hacer?
– Quedarme, me va a necesitar mañana – asintió. Fue a decir algo pero se dio la vuelta camino a la puerta.
            Me quedé plantada en el pasillo y me llevé la mano al cuello buscando la púa, pero como me había vestido para la fiesta no la tenía. Recordé que guardé mis cosas allí, por la mañana me había cambiado en esa casa y no supe por qué pero necesitaba tener ese collar cerca. Lo cogí de mi mochila en la habitación de invitados, y le di vueltas entre los dedos, sentándome en la cama y sintiendo como un quejido me subía por la garganta. Empecé a llorar sin darme cuenta, fastidiada, enfadada y triste. No era así como iba a salir todo, no estaba en mis planes. Subí las piernas y me las rodeé con los brazos, escondiendo la cara entre ellas. Habría sido más feliz si todo hubiese acabado en lo que pasó en mi trabajo, no necesitaba eso. Sentí que la cama se hundía a mi lado y el conocido tacto de su mano pasándome por la cintura. Me apresuré e intenté limpiarme las lágrimas mirando para el lado contrario. Le escuché reírse suavemente y sentí su mano en mi mejilla, haciendo que le mirase. Sin dejar de acariciarme el rostro me besó con ternura, despertando tantas emociones en mi pecho que creí explotar. Eran los primeros besos que nos dábamos sin lascivia de por medio,  lo que estaba sintiendo era inexplicable y esperaba que no fuese irrepetible.
– Siento mucho si te he ofendido – me dijo acariciando mis labios con los suyos.
– Te odio – rozaba su nariz con la mía y yo acariciaba el pelo de su nuca sutilmente.
– Lo dudo – asentí, provocándole la risa. Me besó una vez más y me miró con esa sonrisa a medio hacer que me gustaba tantísimo – estar contigo es como empezar con las mujeres de nuevo.
– Esa frase plantea muchas preguntas – entrecerré los ojos, pero no dejé de acariciarle el dorso de la mano que tenía en mi muslo – ¿Por qué empezar de nuevo?
– Porque no sé como vas a reaccionar, eres totalmente imprevisible.
– Me lo tomo como un halago, pero me extraña que no te haya pasado nunca.
– Las anteriores estaban todas cortadas por el mismo patrón – no tenía que jurármelo, su tipo de chica ideal iba a la tienda de Hitomi casi todos los días. Eran todas iguales, como salidas de una fábrica.
– Vale, eso lo entiendo y me gusta que no sepas controlarme porque no quiero que me controles – dije dándole en la nariz con un dedo. La encogió, pestañeando varias veces – pero explícame lo de estar conmigo.
– Pues eso, estar a tu lado – asentí, entendiendo que no había segunda intención en sus palabras – pero me encanta que seas como eres.
– Tan yo, ¿No? – se mojó los labios y me miró el escote, una sonrisa pervertida se me dibujó en la cara.
– Me ha salvado la noche tenerte a mi lado en la cena – alcé las cejas sorprendida – solo podía pensar en las ganas que tenía de follarte y en nada más – su manaza subió desde mis caderas a mi cuello, tumbándome en la cama y dejándose caer sobre mi cuerpo.
– Tomoya, no me hagas esto que no voy a pararte – dije antes de que su lengua me impidiese hablar.
– Déjame tocarte un poco y me voy – no podía decirle que no a esa voz grave y sexy que ponía cuando pretendía ponerme cachonda. Siempre con un éxito rotundo.
– No me toques más y vete ya – intentaba sacármelas del traje tirando de él hacia abajo – vas a romperlo y me ha cost—
– A ti voy a romperte – volvió a besarme, callándome la boca y dejándome el encefalograma plano. Escuché ruido proveniente del salón y me obligué a mi misma a pararle.
– Es Hitomi, le estamos faltando al respeto tal y como está – suspiró profundamente acariciando mis pechos con las yemas de los dedos.
– Ya me debes dos – me dijo levantándose. Tras tranquilizarme un poco me asomé al pasillo y vi a una confundida Hitomi caminar hacia su habitación.
– ¿Por qué no te quedas en el salón? – se volvió asustada.
– ¿Qué haces tú aquí? Creía que te habías ido a casa – sonaba agotada.
– Que me voy a ir… aquí me tienes el tiempo que necesites – fui hacia ella y la abracé – si hace falta llamo a Nau-kun y le digo que me he puesto mala.
– No hace falta, pero muchas gracias – lo que hizo no fue ni intento de sonrisa.
– Hey, pequeñaja – Nagase le puso una mano en la cabeza y le revolvió el pelo, como la primera vez que la vió. Al verle, Hitomi se dio la vuelta y se encerró en su habitación.
– Una de dos – le dije – o no quiere que la veas con esas pintas o sabe que lo sabías.
– No lo sabía, lo sospechaba. Pero no lo sabía seguro.
– De todas maneras aún no sé que ha pasado, ya te contaré – le acompañé a la puerta y me miró con cara de fastidio.
– Déjame quedarme – me puso pucheros y morisquetas, incluso le empezaron a brillar los ojos – me porto bien.
– Te creo, pero soy yo la que no va a aguantarse – le dije aguantando la puerta abierta.
– ¿No eres capaz de hacerlo sin hacer ruido?
– Contigo no – le empujé fuera – me pones demasiado cachonda – susurré. Dio una patada en el suelo y me sacó la lengua.
– ¡Baka! – me dijo antes de irse. Y se fue, sin más. Me seguía riendo cuando me metí en la cama, con una sonrisa y el collar puestos.

6

Guest Stars
¡Jajajajajaa! x’D

         Me desperté muerta de hambre y no era para menos. Un olor delicioso llegaba a mi habitación desde la cocina, y casi como un zombie me levanté siguiéndolo. Hitomi estaba preparando un desayuno que parecía más bien un almuerzo. Al verme allí, solo con una camiseta y las bragas, se rió y se me acercó corriendo.
– ¿Qué haces? Ve a ponerte algo, Tomoya está en el salón – miré atrás espantada. No me quité el maquillaje la noche anterior y tendría la cara echa un desastre, por no hablar del pelo.
– ¿Qué hace aquí? – grité en voz baja.
– Dice que nos va a llevar fuera, por eso estoy preparando todo esto – Asentí y di una carrera hacia el baño, cerrando a mi espalda con una risita. Al darme la vuelta di un salto del susto.
– ¿Qué hacías meando con la puerta abierta? – se la sacudió y tiró de la cadena. Dio una carcajada nada más verme.
– Quién ha ganado la pelea ¿Tú o la almohada? – Me tapé la cara riéndome – ¿Qué haces?
– Tengo la pintura echa un desastre, deja que me lave la cara – dije entre mis manos.
– Venga ya, alguna vez tendré que verte recién levantada y por qué no iba a ser hoy el primer día – le esquivé y me lavé la cara a conciencia antes de mirarle de nuevo – ahora solo queda que te arregles esos pelos – mientras me secaba la cara con la toalla, sentí sus dedos engancharse en el borde de mis bragas. Se puso en cuclillas y me miró.
– ¿Qué haces? – la ropa interior me llegaba por las rodillas y su lengua se hundió entre mis labios mayores. Temblé entera.
            Apoyé mis manos en el borde del lavabo e intenté respirar sin gemir demasiado fuerte al sentí el calor de su boca devorándome sin prisa alguna. Me sentó en la tapa  del retrete y tiró de mis caderas, hundiendo su cara entre mis piernas. El roce era sutilmente insoportable y cada vez más placentero. Chupaba, besaba, y me hacía mojar más que en toda mi vida. Las piernas me empezaron a temblar descontroladas, la espalda se me curvó y mis dedos se enredaron en su pelo al correrme. Me mordía los labios y le pegaba a mi cuerpo porque no quería que parase, pero temí asfixiarle, así que le solté solo un poco mientras movía las caderas. No me había terminado de recuperar y tenía su polla en la boca. Me agarró del pelo sin hacerme daño, mirando como tragaba todo lo que tenía para darme, que no era poco. Me susurró un “tócamela” de tal manera que lo que hice fue morderle junto al ombligo de lo cachonda que me puso. La tenía tan dura que me encantaba mirarla y tocarla, y podía decir que le estaba costando lo mismo que a mi no gemir. Se la acaricié con ambas manos, observando como tensaba los músculos del estómago con cada movimiento y el vello que bajaba en una fina línea desde su ombligo hasta su erección. Se la acaricié con labios y lengua de arriba abajo, de lado, sin metérmela en la boca, y al volver a subir succioné con maldad, sintiendo los dedos de su mano clavarse en mi hombro.
– Apartate – me dijo entre dientes, y lo que hice fue mirarle a los ojos con la boca abierta justo delante de su glande, masturbándole lentamente. Y así fue como eyaculó, despacio pero con intensidad, resoplando y jadeante por el placer que le estaba dando. Lo escupí todo en el retrete al acabar, disimulando una arcada y lavándome la cara después – buenos días, preciosa – me besó en la mejilla.
– ¿A dónde nos llevas? – pregunté cogiendo el cepillo del pelo.
– Sorpresa ¡Chan, chan! – alzó las cejas varias veces antes de salir, haciéndome reír. Al terminar de ponerme presentable, fui a la habitación y me vestí con la ropa que llevé el día anterior cuando llegué a casa de Hitomi.
– ¿Estás lista? Nagase no para de meterme prisa – dijo esta asomándose a la habitación.
– Cojo mi bolso y nos vamos – No quería preguntarle como estaba porque parecía estar bien y si se lo recordaba quizás volvía a estar triste. Actuaba como si fuese un día más, sospechaba que era lo que ella necesitaba.
– Venga, que no he desayunado yo tampoco – dijo Nagase con la mano en la barriga.
– ¿A no? – le pregunté con la inevitable sonrisa que surgía cada vez que me miraba a los ojos.
– Me he quedado con hambre – puso morritos pretendiendo (y consiguiendo) ser sexy y hasta Hitomi se rió.
            Nos llevó en un coche más normalito a Shibuya, y de ahí a una tienda de pasteles enormemente grande y previsiblemente cara. Estaba todo decorado con colores suaves, beiges y rosas, y las empleadas eran bellezas con caras aniñadas. Cuando llegué a la vitrina me quedé casi un minuto mirando las golosinas con la boca abierta. Parecían de mentira, dibujadas o moldeadas por alguien pero para nada comestibles. Quería probarlo todo, quería un bocado de cada uno, pero los de chocolate llamaron mi atención sobre los demás.
– ¿Nos sentamos? – dijo Hitomi entre risitas.
– Esto es el paraíso – asintió.
– Es mi tienda favorita en el mundo, y este señorito lo sabe – dijo dándole una palmadita en el brazo.
– Claro que lo sé, siempre me dices que te gustaría comerte la tienda entera ¿No? Pues espero que vengas con hambre porque te invito a lo que quieras – la chica empezó a dar saltitos con el gesto ilusionado propio de una niña. Nagase se rió divertido y yo volví a mirar la vitrina con ansias – tú también ¿Eh? – asentí pensando cual iba a ser el primero.
            Nos servían raciones muy pequeñas de los pasteles y en otro momento me habría quejado, pero ese día era algo perfecto. Probé casi todos los que quise porque llegó un momento que tanta azúcar me dio fatiga. Nagase, sin embargo, parecía un pozo sin fondo. Arrasó con porciones enteras de tarta de fresa, se comía lo que dejábamos y pidió para llevar una caja de maccaron. La persona más golosa que había conocido hasta la fecha y con diferencia. Al intentar levantarnos para salir, entre risas por lo llenas que estábamos, escuché que Nagase llamaba a alguien.
– ¡Hola! – No pude evitar la bocanada de aire al ver quien le saludaba dándole la mano con alegría – ¿Has venido a desayunar tú también? – Nos miró.
– Sí – contestó Nagase entre risas – esta es mi amiga Hitomi, de la tienda de gafas que te dije – el chico asintió – y esta es Piri-chan – Nagase me miró y le señaló – Ikuta Toma.
– ¡Sé quién es, idiota! – dije riéndome bastante nerviosa mientras me inclinaba – encantada, eres mi actor japonés favorito.
– ¡Oye! – me dijo Nagase ofendido. Me reí histérica sin poder evitarlo.
– Tú eres mi cantante, motero, compositor, tocador de armónica y guitarrista preferido ¿Qué más quieres?
– ¡Deja para los demás! – Dijo Toma haciéndome reír como una tonta, por lo que Tomoya le miró de arriba abajo alzando las cejas – No te puedes quejar, eres prácticamente su persona favorita – dijo riéndose.
– Lo es – dije. Miré a Nagase que no pudo fingir por más tiempo estar ofendido porque se le escapó la sonrisita.
– Ah, no sabía – Toma nos señaló – ¡Me alegro! – no dije nada y él tampoco.
– Vamos a dar una vuelta hasta la hora del almuerzo, vente si quieres.
– No – le respondió Toma fastidiando mi ilusión – me encantaría pero vengo a por el desayuno para llevármelo al trabajo.
– Vale, pero otro día no te libras – le dio una palmada en la espalda tan fuerte que dio un paso adelante.
– Claro, pronto – se rió con timidez – hasta luego, encantado – me despedí de él ilusionada y vi que Hitomi tenía la misma cara que yo.
– Te has quedado muda ¿Eh? – le dije al montarnos de nuevo en el coche.
– Es que es muy guapo – dijo ella, asentí. Nagase me miró y suspiró molesto. Me mordí la lengua para no soltarle algo fuera de tono.
– A una amiga que tengo en España la tiene loca – dije mirándole, como si no hubiese pasado nada – cuando le cuente esto… ¡Cuando le cuente todo! Va a flipar.
– No vayas contando cosas por ahí – me dijo Nagase cortante – no tienes ganas de ser famosa, créeme.
– Porque se lo cuente a una amiga no pasa nada.
– Tú ten cuidado con quién hablas.
– Sí, señor – hice un saludo militar y le escuché chasquear la lengua y murmurar algo.
            Intentaba ignorar todo lo que me molestaba pero quizás eran demasiadas cosas. Me encantaba estar con él, me moría por sus huesos y sexualmente era uno de los mejores amantes que había tenido – principalmente porque ninguno me ponía tan cachonda – pero quizás ese comportamiento que tenía a veces no me merecía la pena. Además que estaba yo suponiendo que él quisiese conmigo más de lo que ya había. Conducía en silencio, con la música puesta de fondo y Hitomi tarareando en el asiento trasero. Con la siguiente canción, la chica se quedó también en silencio.
– ¿Podéis pasarla? – preguntó de repente. Le hice caso de inmediato y la miré por el espejo retrovisor, viendo que estaba triste de nuevo.
– Hitomi, ¿Qué pasó ayer? – tardó en responder un poco y para cuando lo hizo, Nagase la miraba de vez en cuando desde el espejo.
– Dice que no quiere atarse. Por más que le dije que yo tampoco me insistió diciendo que conmigo se sentía atado.
– Esa inmadurez en tíos de su edad es algo que puede conmigo – dije enfadada.
– No creo que sea inmadurez, es solo que quiere un estilo de vida diferente al de ella – le defendió Nagase.
– ¡Pero si ella quiere lo mismo!
– ¡Claro que no! – Me discutió – ella tiene su casa, su trabajo y su rutina. Supongo que lo que él quiere es más libertad.
– ¿¡Más?! ¡Lo que este quiere es follarse todos los coños que pueda y no tener que dar cuentas a nadie!
– ¡No hables así! ¡No es…! – Se quedó callado al ver mi cara.
– ¿Femenino? ¿También vas a controlar mi manera de hablar? Joder…
– No voy a controlar nada, solo digo—
– ¿Podéis parar? Para esto me quedo en casa – dijo Hitomi, comprensiblemente enfadada.
– Lo siento – me crucé de brazos y me mordí la lengua porque desde luego tenía mucho que decirle.
            Si él era como yo empezaba a pensar que era, indudablemente no íbamos a llegar a ninguna parte. Y me mosqueaba mucho, era una lástima, pero también era una posibilidad a la que me enfrentaba al conocerle. Seguía enfadada cuando me bajé del coche y a pesar de estar en un sitio precioso no se me pasaba. Era un parque muy grande, con un lago en el que barcas con forma de cisnes llevaban a parejas y grupos de amigas. Hitomi estaba pletórica, saltaba a la vista que Nagase había planeado un día solo para ella, suponía yo que por el sentimiento de culpa al no haberle advertido del comportamiento de su ex. Junto a un muelle vi a un hombre con gorra y gafas, igual que iba Nagase, saludándole. Nos acercamos y se me fue el enfado de golpe. Hitomi dio un gritito.
– ¿Llevas mucho esperando? – Gussan negó con la cabeza.
– Que va, si acabo de llegar – nos saludó y las dos nos derretimos con su sonrisa.
– ¿Puedo darte un abrazo? – preguntó Hitomi, haciéndole reír. Se adelantó a la chica y la cogió en peso. Al bajarla estaba colorada.
– ¿Puedo saber tu nombre? – le preguntó con un aspecto de lo más sexy.
– Hitomi – se reía sin parar. Me pregunté si era así como me veía yo con Nagase. Gussan me miró, después a su amigo y me señaló. Nagase asintió.
– ¡Piri-chan! ¿Es así tu nombre? – me preguntó. Me sorprendió que lo supiese, no podía ser por otro motivo que haber oído hablar de mí.
– Id yendo a las barcas, ahora mismo vamos nosotros – fui arrastrada lejos de los demás por su mano, firme y fuerte. Miraba al frente tan serio que me preocupó.
– Si me pides que vaya contigo funciona igual que arrastrarme.
– Esto tiene que parar – se quitó las gafas de sol mirándome bajo la sombra de unos árboles, apartados de todo. Apreté los dientes y suspiré, intentando aceptar lo que estaba pasando.
– Ya veo – no le podía mirar a la cara, tenía tantas ganas de llorar que me moría allí mismo, y al mirarle le vi un poco inclinado, observándome con consternación.
– No puede ser que cada vez que hablamos nos peleemos, así no vamos a ninguna parte.
– Si me ibas a decir que no quieres verme más podrías haberte esperado a que acabase el día – volví la cara, huyendo de sus ojos.
– No te iba a decir eso, pero si no dejas de estar a la defensiva no puedo hablar contigo.
– No estoy a la defensiva – protesté – es que no me da la gana de que me trates como si fuera de tu propiedad cuando no lo soy. ¡Ni si quiera saliendo contigo dejaría que me tratases así!
– Mira, tengo actitudes que no entiendes y tú tienes algunas que yo no comprendo, pero podemos intentar llevarnos bien si hablamos en lugar de discutir.
– Si no te pusieses a gruñir cada vez que me acerco a un hombre sería más fácil.
– Yo no hago eso – dijo poniéndose la mano en el pecho, sorprendiéndome al ofenderse.
– Vale, no gruñes pero resoplas o me dices que “no me voy a meter sola en un bar con un montón de tíos
– ¡Porque les conozco! Y por mucho que sepas defenderte, y sé que puedes, te van a incomodar si no estoy delante para pararles los pies.
– ¡Pero es que ese es el problema! – no quería levantar la voz, pero me estaba desesperando – ¡Yo decido lo que me incomoda o lo que no, no tú! ¡Y yo decido como hablo o actúo, tú no eres nadie para decirme lo que tengo que hacer ni yo para decírtelo a ti!
– Pues bien que me dices que tendría que haber avisado a Hitomi.
– Eso es diferente – se cruzó de hombros, alzando las cejas.
– Sí, lo es. Yo intento protegerte y tú no paras de juzgarme creyendo que soy algo que nunca he sido.
– Mira – empecé a dar vueltas nerviosa – no sé como han sido tus ex novias aunque me lo pueda imaginar, pero a mí me importa bastante poco lo que piensen los demás, tengo muy claro lo que quiero y con quién quiero estar y si tú no puedes soportar estar con una mujer con autoestima y personalidad tienes un problema.
– No se trata de eso, se trata de que te comportas como si estuvieses en tu país y no lo estás.
– Porque las mujeres aquí se dejen mangonear no significa que yo vaya a ser igual, que te entre en la cabeza.
– ¡¡Que no quiero eso!! – me agarró del brazo y me hizo mirarle. Me solté enfadada – ¡No quiero imponerte nada, lo único que pretendo es que no hablen mal de ti! ¡No puedes comportarte como en España porque aquí las cosas se asumen e interpretan de una manera totalmente diferente!
            Resoplé rindiéndome de que fuese a entender lo que le estaba diciendo. Me senté en un banco de brazos y piernas cruzadas, con un tic nervioso en el pie, negándome a lo que me decía como buena cabezota que era. Suspiró profundamente y se acercó a donde yo estaba. Tras sentarse a mi lado se encendió un cigarro, y en todo el tiempo que estuvo fumándoselo ninguno de los dos cruzamos palabra. Miraba de reojo como entrecerraba los ojos al dar una calada, lo pensativo que estaba y la de suspiros que se le escapaban. Cuando terminó lo apagó en el suelo, pero recogió la colilla tirándola a una papelera que teníamos cerca de donde estábamos. Me miró y yo le miré a él. Y al hundirme en su mirada preocupada el enfado desapareció. Las ganas de llorar que sentía al principio de la conversación volvieron con más fuerza y tuve desviar la atención a mis manos para intentar esconder mis sentimientos. Sentí sus nudillos acariciarme la mejilla y cerré los ojos, sintiendo el ya conocido escalofrío que provocaba su piel en contacto con la mía.
– No quiero discutir más – quise decir que yo tampoco y al hacer el intento empecé a llorar – quiero abrazarte.
– ¡Pues hazlo, imbécil! – le di un empujón, enfadada con él y con todo lo que me hacía sentir al intentar que todo saliese bien con tantas ganas.
– Solo quiero que entiendas por qué actúo como actúo – susurró mientras descansaba mi cabeza en su hombro, con sus brazos alrededor de los míos – y que no quiero controlarte y mucho menos coartarte a la hora de hacer algo que te guste. Es solo que tienes que acostumbrarte a como son las cosas por aquí.
– Sigues siendo un celoso de mierda y te odio – le susurré de nuevo apretándome a su pecho – muchísimo.
– Voy a empezar a pensar que esos te odio significan otra cosa si los repites tanto – me besó el pelo y me lo movió con un suspiro largo – intentaré no ser celoso pero no es fácil teniendo a una mujer como tú a mi lado.
– Claro que no es fácil – dije separándome – soy dos tetas con piernas en este país asqueroso, me van a mirar vaya donde vaya.
– Entonces no somos tan diferentes – me dijo con su gesto un “qué me vas a contar”
– Precisamente, esa es la clave, que por mucho que me miren a mi a ti te van a mirar el doble. ¿Y qué se supone que debo hacer yo? ¿Pasarme el día enfadada?
– Claro que no – se rascó el lateral de la nariz e inclinó la cabeza ligeramente, sonriendo – Si te tengo que ser sincero, no sé que vi en ti, solo sé que no se lo veo a nadie más.
– Como sigas así voy a odiarte para siempre, y no me hago responsable de lo que pueda pasar – le acaricié las mejillas con mis manos, se inclinó y me besó despacio en los labios.
– No me vas a odiar más de lo que te odio yo – no tenía ni idea de lo que estaba diciendo.
            El tiempo se volvió algo confuso entre beso y beso, entre tantas caricias y miradas penetrantes. Su boca y sus ojos eran en ese momento lo único que necesitaba, y el sentimiento que me subía por el pecho amenazaba con salir en forma de grito. No fue hasta pasado un buen rato que no me di cuenta de lo apasionados que estábamos. Y no supe en que momento pasó, pero me vi sentada sobre sus piernas a horcajadas, tirándole del pelo mientras sus manos se metían bajo mi camiseta acariciándome la espalda. Y no tenía previsión de disminuir la intensidad de sus besos ni la curiosidad de sus manos, por lo que me vi obligada a pararle.
– Tomoya, no puedes hacer esto en la calle – le dije con voz temblorosa al sentir su boca en la fina piel de mi cuello.
– Lo sé, lo sé. Y odio hacer estas cosas en la calle, normalmente – me reí casi gimiendo – Vamos a mi casa – su voz sonaba cargada de deseo, y vi en sus ojos el fuego que guardaba en su interior. Y yo estaba deseando quemarme.Nos pusimos en pie y fuimos casi corriendo hasta donde estaba aparcado el coche. Entramos con prisas y arrancó sin perder la sonrisa. Se me quedó mirando porque no me ponía el cinturón y porque miraba el interior del coche pensativa.
– ¿Cuánto hay de aquí a tu casa? – le pregunté.
– Unos diez minutos, ¿Por qué? – me recogí el pelo y me lamí los labios.
– Me alegro de que tu coche sea automático – pasé la mano despacio por su bragueta observando como separaba los labios y apretaba el volante con fuerza – eso de que no tengas palanca de cambios, además de esta – dije apretándosela, haciéndole reir – es mucho más fácil.
            Ni si quiera se quejó. Me incliné hacia su lado, sacándosela de los pantalones y los calzoncillos, comiéndosela mientras conducía. Le escuchaba jadear y resoplar, decir mi nombre entre gemidos ahogados. Me agarraba del pelo de vez en cuando, quería quitarme de encima pero no quería que parase, lo notaba en lo dura que se le puso en cuestión de segundos. Me encantaba lamérsela, tenerla en la boca tan grande y caliente me ponía tan cachonda que no podía evitar tocarme a mi misma. Tan ensimismada estaba en darle placer que no me di cuenta de que habíamos llegado hasta que apagó el motor. Me agarró por los hombros y me obligó a incorporarme, besándome con fiereza. Me comió con los ojos antes de bajarse del coche, metiéndosela en los pantalones aunque fuese por poco tiempo. Me cogió la mano y tuvo que contenerse en el ascensor porque al llegar a la primera planta se subió un chico. Me abrazó por la cintura y me puso delante de él, besándome el cuello a pesar de tener compañía en un espacio tan reducido. Nos bajamos nosotros primero y abrió la puerta con urgencia, tirando de mi mano al entrar hasta llegar a su habitación, zapatos puestos incluidos.
            Me quitó los pantalones, solo dejando de besarme cuando era estrictamente necesario. Su lengua y la mía luchaban por dominar la boca del otro en unos besos tórridos, sucios e intensos. Le empujé en la cama cuando me dejó en bragas y camiseta, y me subí sobre él quitándole la suya. La cogí por los extremos y le di vueltas, anudándola alrededor de las muñecas de Nagase y dejándolo inmovilizado, atado al cabecero de la cama. Sonreía y se mordía los labios mientras le quitaba los pantalones y los calzoncillos, dispuesta a hacerle mío en su propio dormitorio.
– Ábrete de piernas – me puse entre ellas, mirándole con altanería y rozando sutilmente su glande con los dedos.
– Hazme algo ya – imploró con gesto sufrido, se moría por empezar.
– ¿Quieres que te toque? – Asintió mientras me quitaba el sujetador bajo la camiseta, tirándolo a mi espalda – ¿Quieres que me roce contigo? – Bajé un poco mis bragas, dejándole ver solo vello púbico – volvió a asentir sin perderse ni un detalle de lo que hacía. Me di la vuelta, en pie fuera de la cama, y me agaché bajándome la ropa interior.
– Como consiga soltarme voy a reventártelo – me reí mientras trepaba sobre su cuerpo, lamiéndome la palma de la mano.
– Mucho ruido y pocas nueces
– ¿Sí? pruebammmmhhhhh!! – cerró los ojos al sentir mi mano húmeda deslizarse sobre la piel de su erección, sensible a todo lo que se le acercase
– ¿Quieres que me la meta? ¿Sentirme? – asintió, mirando entre mis piernas como su glande se rozaba con mi clítoris y mis labios menores, atrapado entre los mayores, hundiéndose en mi carne.
            Y a medida que todo eso pasaba dejaba escapar un gemido largo y tembloroso, con los vellos de punta. Me tumbé sobre su pecho, incapaz de soportar tanto placer de una sola vez. Nagase resoplaba moviendo las caderas hacia arriba para entrar cuanto antes en mi cuerpo. Le agarré la cara y le reprendí por su comportamiento. Me mordió el labio y gimió con fuerza al chocar mis caderas con las suyas. Me balanceaba despacio, sintiéndole entrar tan intensamente que me era imposible tener los ojos abiertos. Le clavé las uñas en el pecho, respirando profundamente y derritiéndome cada vez que él gemía. Lamí sus clavículas, su nuez, su barbilla y sus labios, pero no le dejé besarme. Me senté con la espalda recta, agarrada a su cintura con mis manos y moviéndome lo más rápido que podía al tiempo que le sentía entrar hasta el fondo. Al empezar a cabalgarle, los pechos se me salieron de la camiseta de tirantas negra que llevaba puesta y de una sacudida soltó las manos de su atadura, agarrándomelos y metiéndoselos en la boca. Mis muslos estaban empapados en mis fluidos, mis pechos de su saliva y mi espalda de sudor. Hundió su nariz en mi cuello, entre mi pelo, y le sentí aspirar mi aroma para después susurrar mi nombre. Le abrazaba a mi pecho con ambos brazos cuando me tumbó en la cama, sacándomela y hundiendo su cara entre mis muslos. Le escuché susurrar “oishii” de manera ahogada contra mi piel ardiente y chorreante, y sentí sus dedos penetrarme de manera brutal mientras me lamía. Me provocó orgasmos intensos acompañados de gemidos y temblores descontrolados hasta que le pedí que volviese a metérmela. Apoyó mis piernas en sus hombros y me levantó de la cama dejándome apenas apoyada en esta con la parte superior de mi espalda. Pasaba sus enormes manos por todo mi cuerpo, provocándome escalofríos y una excitación demencial al verlas tocarme de esa manera.
            Me descolgué de sus hombros y me di la vuelta en la cama, él respondió enseguida. Tiró de mis caderas, acercándome a su cuerpo, y me atravesó con su polla ardiente de una manera tan violenta que me saltó las lagrimas. A pesar de eso, empecé a reírme sin poder evitarlo, corriéndome. Algo tan intenso no podía ser soportable durante mucho tiempo, mis músculos apenas respondían, dejándome solo morder la almohada y gemir con él. Súbitamente, me volteó en la cama una vez más, metiéndomela boca arriba tan solo un par de veces y sacándola después, rozándose con mi coño y corriéndose. Gemía con la cabeza apoyada en la almohada, entre dientes, abrazándome por la cintura cuando yo le abrazaba por los hombros. Le acaricié el pelo, besándole despacio, respirando profundamente en su boca. Nos miramos atontados, sofocados, con las mejillas encendidas y sudando a mares. Su olor me envolvía, sus ojos me tenían hechizada y mi corazón no dejaba de latir como si quisiese escaparse y tocar el suyo.
– Quédate esta noche también… y para siempre si quieres – me dijo haciéndome reír.
– Fóllame así todos los días y no me sacas de tu vida ni aunque quieras – dije yo haciéndole reír también – ¿Y Hitomi? – me acababa de acordar de ella.
– Está entretenida, ya nos disculparemos.
– Pero hoy necesitaba estar—
– Feliz – me dijo él con acierto – y creo que lo está, además de bien acompañada – se rió con perversión y soltó un “uuuUUUUuuhhhh” poniendo esa cara un tanto espeluznante que mostraba de vez en cuando.
– De Tatsuya sí te fías ¿No? – Dije como pude después de reírme a pleno pulmón. Asintió – desde luego es el que tiene la cabeza más centrada de vosotros cinco – dio una carcajada.
– Eso por descontado. ¿Dormimos un poco y después almorzamos?
– Vale, pero prometeme una cosa – asintió muy seguro – esta noche me llevas con tus amigos, que me quedé con las ganas ayer.
– Espero poder reunirlos – me limpió con su camiseta, que tiró a los pies de la cama – vas a tener que ducharte, cerdita – imitó a uno mientras me hacía cosquillas.
– Fue a hablar el que no apesta – se tumbó a mi espalda y le sentí olerse la axila.
– Anda ya, si huelo de maravilla…
– Sí, por supuesto, ¿Yo que voy a decir si soy una cerda? – se rió y me apretó con cariño.
            Toqué con las puntas de los dedos la púa que me colgaba del cuello y miré por fuera de la cama. Sus pantalones estaban tirados de cualquier manera, y a su lado, sus llaves. Sobre todos los demás llaveros, destacaba la llave inglesa, pequeña pero llena de significado. Así como las dos palabras que me susurró antes de dormirse a mi lado por primera vez. La primera vez de muchas.
———————————————————————————————————-
EPÍLOGO
            Estaba temiéndome que no íbamos a estar allí a tiempo cuando vi sus pintas al abrirme la puerta. Acababa de llegar del trabajo y me lo encontré con la videoconsola, sin duchar y con la ropa de andar por casa. En lugar de desesperarme y reñirle – a veces me planteaba si mi papel era el de madre o el de amante – le saludé con un beso cariñoso.
– Tomo-chan, date prisa que no quiero que esté esperando demasiado tiempo.
– No va a estar esperando nada ¿No puedo ir así? – dijo mirándose. Tenía una mancha marrón en la camiseta.
– ¡No seas guarrete! Cámbiate aunque sea la camiseta, que será por falta de ropa…
– Vale, espera que voy a guardar – se sacó el mando de la xbox del bolsillo del pantalón – ahora mismo me cambio.
            Me fui a la cocina y le ataqué un poco a las galletas y a un zumo de naranja, sabiendo que iba a tardar. Era increíble lo que se demoraba cuando solo tenía que cambiarse de ropa. Ni siquiera tenía que peinarse porque iba a coger la gorra y las gafas de la tienda de Hitomi, las últimas que habían llegado y que se compró la semana pasada. Para mi asombro, me metió prisa al verme comiendo y tuve que reírme por no pegarle. Una vez en el coche, tan nuevo que relucía, sonrió de oreja a oreja.
– Estoy un poco nervioso, quiero caerle bien ¿Le caeré bien?
– Que sí hombre, si se muere por conocerte – parecía mentira que no fuese yo la primera en conducir mi propio coche, pero no iba a quejarme, la verdad.
– Ah, por cierto, luego tengo que ir a por un amigo – chasqueé la lengua.
– ¿En serio? ¿Hoy tiene que ser? – me miró con pena fingida – me lo podías haber dicho.
– Eso estoy haciendo – suspiré poniendo los ojos en blanco.
– Le tienes que presentar a Toma-kun, que no se te olvide.
– ¡Claro que no! De todas maneras le verá el viernes.
– Eso por supuesto. Verás la que le entra cuando se entere de los planes.
            Nos reímos cómplices. Me moría de ganas de llegar al aeropuerto y recogerla. Llevaba varios días haciendo planes de todo lo que iba a hacer con ella y de lo que podría o no podría pasar. Porque si yo había conseguido con Tomoya lo que iba buscando desde hacía tanto, ¿Qué iba a impedirle a ella conseguir lo mismo? Al fin y al cabo, incluso Hitomi se llevó a Gussan a la cama, bajo estricto secreto hacia su mujer – cosa que no me pareció apropiada aunque me divirtió mucho. Todo se vería en esos días, lo que seguro iba a ser era divertido e inolvidable. ¡Ya me encargaría yo! Pero en fin, esa, será otra historia. 
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