Deep Inside

Probablemente este haya sido el sueño más raro que he tenido en mi vida y al mismo tiempo el que más me ha divertido. No sé realmente que pasó, pero casi todo lo que cuento en el primer capítulo de este cuento es lo que yo soñé. Con más detalles, claro está 🙂 A ver qué os parece porque a mi me sorprendió que mi mente saliese con algo como esto.
¡Saludos!
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1

– Voy a entrar esta noche – abrió mucho los ojos y se cruzó de brazos, negando con la cabeza.

– Pues vas a ir sola, loca, que estás loca.

            Me reí ante el temor a lo desconocido de mi hermana pequeña pero igualmente seguí metiendo cosas en mi mochila. Una linterna, una ganzúa que le cogí a mi padre del garaje, una navaja que le quité a mi novio, (que por supuesto no tenía ni idea de mis planes), dos sándwiches, tiritas, agua oxigenada, mi teléfono con el tope de batería y mis ganas de aventuras. Me eché la mochila al hombro, le di un beso a mi hermana y antes de salir de la habitación puse un dedo frente mis labios para que no hiciese ruido. Al salir a la calle tuve que ponerme mi pañuelo palestino porque hacía más frío del que esperaba, me lo apreté a la garganta y fui andando con la moto a mi lado calle abajo. No quería que mis padres se despertasen porque no quería tener que responder preguntas y ver caras de “pero que te vas a matar” ni nada parecido. Ya me pasó con mi novio cuando le propuse ir juntos, se negó y me dijo “que ni se me ocurriese poner un pie en esa casa”. Y ese es el problema; no llevo bien las prohibiciones y además me encanta lo peligroso. Arranqué la moto al estar a una distancia prudencial y sintiendo ese hormigueo de excitación en el estómago fui hacia la casa todo lo rápido que pude.

            Cuando llegué me preocupó más que me fueran a robar la moto que el aspecto de ese edificio. La metí a través de la verja rota, entre unos matorrales y espantando las posibles arañas que hubiese por ahí. Un problema menos. Caminé hacia la puerta y miré a la construcción con las manos apoyadas en las caderas. La fachada era oscura, algunos postigos de los pisos superiores estaban rotos y daba la impresión de que entre los huecos de las ventanas me observaban. Las enredaderas envolvían los muros exteriores, reclamando lo que los humanos habían dejado allí olvidado desde que yo tenía consciencia. Sentí un escalofrío al fijar mi atención en la puerta entreabierta, invitándome a explorar, a pasar un buen rato. Miré en mi reloj de pulsera, las 2:36. Resoplé y salté varias veces echando nervios fuera, y con una risita nerviosa saqué la linterna de mi mochila. La primera decepción me la llevé al empujar la puerta, nada de ruidito de mansión encantada. Eso sí, telarañas había para aburrir. Me quedé un buen rato contemplando la gran entrada que se disponía ante mí, amplia, iluminada con la luz de la luna que entraba por la gran cristalera sobre una escalera que en su tiempo debió ser majestuosa. Imaginé que todas las casas de ese barrio debieron ser así de grandes, la gloria de días pasados que brillaba por su ausencia en la actualidad.

            En cuanto puse un pie en el primer escalón supe que por ahí no iba a poder subir porque ahí fue donde encontré mi crujido de mansión encantada. El suelo se astilló bajo mis pies y al mirar hacia arriba me di cuenta de que algo había roto el techo y los pisos inferiores hasta donde yo estaba, por lo que el agua de lluvia se habría colado causando el deterioro de esa zona. Miré a mi alrededor y vi pasillos a ambos lados. La puerta de la derecha estaba entreabierta y la de la izquierda cerrada. Al volver la vista de derecha a izquierda me pareció ver una sombra junto a la escalera. Me apresuré a mirar de nuevo, pero como yo esperaba no había nada. Chasqueé la lengua y me metí por el pasillo de la izquierda, esquivando telarañas. Cuanto más me alejaba de las ventanas, más frío hacía, más oscuro estaba, y más nerviosa me sentía. Vi unas nuevas escaleras que tuve que iluminar con la linterna, lo que provocaba sombras sospechosas y saltos ocasionales en los latidos de mi corazón además de mi sonrisa. La escalera iba al piso superior iluminado por los ventanales que vi desde fuera, y a su lado encontré otra que iba al piso inferior. Riéndome de mi masoquismo, bajé a las oscuridades, allí donde no había ventanas.

            Era una escalera también de madera pero mucho más robusta que la de la entrada y sin crujidos. Las paredes habían sido decoradas con filigranas grabadas en las que descansaba el polvo, realmente debió ser una casa bellísima. Al pisar la alfombra del piso inferior y aspirar el polvo y el moho, me dio un ataque de estornudos. Saqué la botella de agua y bebí un poco, volviendo a respirar cuando las partículas se asentaron. Me volví a reír porque a esas alturas debía estar entre gris, por el polvo y blanca por las telarañas. Al levantar la linterna di un grito que amortigüé con mi mano a tiempo de que sonase estruendoso. En la sala que tenía ante mí, encontré numerosos bultos blancos, similares a los fantasmas que de pequeña veía en los dibujos animados. Volví a reírme una vez más con la mano en el pecho y el corazón a punto de salírseme por la boca. Me lo estaba pasando de maravilla. Aguantando la respiración, tiré de una sábana, dejando a la vista un magnífico sillón con los brazos de madera pulida y forrado de lo que parecía terciopelo color burdeos. Me pregunté cómo podía ser que no hubiesen robado nada en todo ese tiempo al pasar la mano sobre una gran mesa. Y al creer ver algo de nuevo con el rabillo del ojo, me acordé.

            Desde que era una niña llevaba escuchando historias de esa casa, de que estaba embrujada y de que no me acercase. Decían que el que entraba no salía, y si salía, no era la misma persona nunca más. Que se escuchaban lamentos, gemidos y quejidos desde las profundidades, y que las sombras eran nocivas para la salud. Lo que yo creía era que esos lamentos eran de yonkis que se colaban a drogarse, que las sombras eran causadas por la imaginación de la gente y que lo que era nocivo para la salud era la gran cantidad de polvo que estaba tragando. Aunque tenía que admitir que el entorno me estaba poniendo los pelos de punta. Pasillos oscuros, puertas entreabiertas, susurros por todas partes y crujidos de la madera que se quejaba al yo pisarla por aquí y por allí. Infinidad de habitaciones cerradas y mi mente, que cada vez que iba a abrir una, creaba miles de escenarios posibles a cual más terrorífico. Y todo eso sumado al creciente frío que se me colaba en los huesos. Conforme me iba acercando a una habitación al fondo, de acceso casi imposible por los escombros en mi camino, iba escuchando un murmullo constante, casi rítmico. En lugar de dar la vuelta y salir corriendo, que es lo que me pedía el cuerpo, me fui acercando. De tener una enfermedad cardiovascular hacía tiempo que habría caído muerta. Aparté una tabla de madera con manos temblorosas, escuchando el murmullo más fuerte que antes, y agarré el pomo de la puerta al final del pasillo. Retiré la mano de inmediato porque estaba cálido, casi templado. Tragué saliva una vez más y mordiéndome el labio abrí la puerta de golpe.

            Fue como entrar en otra dimensión. Entrecerré los ojos porque la iluminación de la habitación me molestó después de tanta oscuridad. Y me estremecí al sentir la calidez que emanaba de ella. Cuando miré a mí alrededor se me abrió la boca de la sorpresa. Ese espacio estaba perfectamente conservado, era como si en esa zona viviese alguien y la mantuviese. Miré hacia atrás y encontré el pasillo tenebroso y frío del que venía, miré hacia adelante y unos ojos me miraban con curiosidad desde el fondo de la habitación.

 – Bienvenida – Ahora sí que grité.

Un hombre de entre 30 y 40 años me observaba apoyado contra una estantería. Llevaba unas ropas extrañas, como si fueran de otro tiempo, pero era guapo. Muy guapo. De estos hombres que se piensa que son exageradamente guapos, por lo que me provocaba cierto rechazo. Sobre todo su pelo rubio peinado hacia atrás y esos fríos y bellos ojos azules. Se rio entre dientes, divertido.

– ¡Lo siento! – Dije empezando a retroceder – ¡No sabía que aquí vivía nadie! creía que—

– Es una casa abandonada, sí – Solo había mirado hacia atrás para no caerme, fue solo un segundo, pero al mirar hacia adelante lo tenía a mi lado. Grité de nuevo – No te inquietes, no voy a hacerte ningún mal – Su sonrisa era perfecta, demasiado perfecta.

– Ya, claro – Le miraba desconfiada y muerta de miedo. Ahora sí que estaba asustada de verdad.

– Pasa y entra en calor, después sigues explorando si quieres – Me indicaba un sillón ante la chimenea, estaba muy tentada – Aunque ya te digo que lo más extraño ya lo has encontrado.

– Eso es evidente – entré esquivándole y sin quitarle la vista de encima. Andando de espaldas me dejé caer en el sillón y sentí como los músculos se me relajaban casi automáticamente. Se movía despacio, casi como flotando, apenas hacía ruido. Se sentó a mi lado, en la mesa de té que tenía enfrente.

– No nos conocemos – Al decirlo parecía extrañado por el hecho de no serle familiar, negué con la cabeza – ¿Por qué has entrado?

– ¿La verdad? Porque me lo han prohibido siempre – Al sonreír sus ojos brillaron no podría decir con qué intención – Y porque me gustan las cosas que tengan que ver con pasar miedo. Lo raro. Y lo peligroso.

– ¿Sientes miedo ahora? – Asentí, no me fiaba de él nada en absoluto, por muy suave y tranquilizador que fuera el tono de su voz – No lo tengas. Ya he dicho que no voy a hacerte nada malo.

– ¿Qué haces aquí? – Me agarraba a mi mochila como si se me fuese la vida en ello. Él, que lo notó, acercó su mano a las mías y suavemente me hizo soltarla. No quería hacerlo, pero no podía evitarlo tampoco. Y era una sensación extraña la que me produjo el tacto de sus dedos, un cosquilleo muy similar al sentido cuando rozaban una parte muy concreta de mi anatomía.

– Vivo aquí – Respondió con parsimonia – Desde hace tanto que no puedo recordar.

– ¿Quién eres? – dije entrecerrando los ojos. Se me fue la mano instintivamente a la cruz que tenía colgada en el cuello.

– Belaam – Se rio suavemente – Hacía tanto que no decía mi nombre que no sé cómo no lo he olvidado, ¿podría tener el placer de saber el tuyo?

– Eva – comenzó a reírse suavemente.

– Me encantan las ironías que se presentan como estas – quería hacer una pregunta obvia, pero me tenía aterrorizada la respuesta.

– ¿Qué eres? – susurré. No respondió y miró mi cuello, vio que me agarraba al colgante.

– No sé cómo te he pasado por alto, eres creyente, ¿no es así?

– No exactamente – solté la cruz – Es por costumbre, la tengo desde pequeña y—

– Te aporta seguridad – asentí, dándome cuenta de que evitaba responder mi pregunta – Y eres consciente de que es una falsa seguridad, ¿cierto?

– No lo es, me siento más tranquila.

– Entonces me das la razón – Se levantó – ¿Puedo ofrecerte algo? Debes estar cansada y aterida por los sustos y el frío.

– Estoy bien, gracias. Pero no entiendo… ¿Cómo vives aquí? ¿Solo en esta habitación?

– Oh no, hay más habitaciones pero esta es mi favorita. Es la más acogedora, ¿te gusta la literatura, Eva? – pasó sus dedos suavemente por encima de unos tomos antiguos.

– Sí, me encanta leer – Le vi ensimismado en sus pensamientos y la curiosidad, como siempre, me pudo – ¿Puedo ver las demás habitaciones? – Al levantarme me miró. Sentí miedo de nuevo, ese “hombre” me intimidaba y me atraía al mismo tiempo.

– Por supuesto, ven conmigo – Y fui con él, pero a una distancia prudencial.

            Daba la impresión de que a partir de esa habitación, la casa estaba como nueva. Me llevó escaleras arriba y me mostró un estudio enorme, limpio y lujoso; un cuarto que parecía propio del de unos niños, pero de algunos siglos atrás; una biblioteca inmensa que me recordó a la que vi de pequeña en una película de dibujos animados y un dormitorio con una inmensa cama con dosel. Me acerqué a ella porque siempre había sido mi sueño dormir en una cama como esa. Las sábanas estaban impolutas, las cortinas eran suaves, aterciopeladas, de un tono carmín muy bello. Me giré y vi a Belaam mirando por la ventana, escondido tras las tupidas cortinas. Apreté los puños y volví a preguntar.

– No eres humano, no eres de este tiempo, ¿qué eres? – Me miró sobre su hombro – Quiero saberlo.

            Cuando sonrió aprecié unos colmillos un tanto desproporcionados sin llegar a ser grotescos. Juraría que no los tenía antes pero a esas alturas no estaba segura de nada. Se comenzó a desvestir, solo de cintura hacia arriba, y yo me agarré al poste de la cama, retrocediendo un poco insegura. Dejó al descubierto un pecho blanco y torneado, blando en apariencia sin llegar a resultar fofo. Suspiró, y al exhalar el aire de sus pulmones, su piel se comenzó a tornar oscura, así como su pelo y sus ojos. Sus cabellos crecieron en longitud, el mismo peinado hacia atrás que se convirtió en una melena negra y espesa, hasta llegarle bajo los omóplatos. Sus ojos se rasgaron y oscurecieron como las profundidades de esa casa, el vello surgió de su mandíbula, en una barba incipiente bajo sus mejillas, alargándose en su barbilla. Ganó en altura y anchura, marcando más su cuerpo fibroso y atlético. Pero no me asusté de verdad hasta ver que sus uñas se hacían más largas, su piel adquiría un tono rojo rubí y que algo estaba surgiendo de sus sienes, entre su pelo. Dos cuernos, curvados hacia arriba ligeramente para descender y subir de nuevo en forma de S tumbada completaron su transformación. O más bien debería decir, su verdadera imagen. Me acerqué a él despacio, atraída por todo su ser, con ansias de saber y ver de cerca qué era. Toqué su piel marcada con algo parecido a tatuajes, que al fijarme supe que era alguna clase de escritura antigua, para mí desconocida. Y ardía el tacto con su piel suave. No solo eso, repentinamente sentí una excitación tal que apenas pude retener el jadeo que luchaba por escaparse de mi garganta. Tocarle me producía placer físico, no daba crédito. Me aparté de él respirando acelerada, y al mirar hacia arriba sus ojos negros me dejaron fascinada.

– Eres una criatura de lo más curiosa – Su voz era tan grave que me costó creer que salía de él. Me reí incrédula.

– ¿¡Yo?! – sentí su mano (¿o debería decir garra?) en la cintura, sobre la tela de mi camiseta por la que se colaba el calor que emanaba.

– No te asusto con esta apariencia, pero sí con la anterior – Cuando sonreía su aspecto era más diabólico aún. Me gustaba. Muchísimo.

– Antes parecías un violador peligroso – Su risa sonó casi como un rugido.

– ¿Y ahora no? Chica – caminó alrededor mío, acercando su nariz a mi pelo – ¿Aún no sabes qué soy?

– ¿Un demonio? – Le oía oler mis cabellos – No sé mucho de mitología pero es lo que respondería de verte en un libro.

– Más concretamente – susurró en mi oído, quemándome con su aliento – Un íncubo.

– Oh – Ahora comprendía esa excitación tan brutal que provocaba en mí.

– Llevo mucho tiempo inactivo, hay pocas mujeres vulnerables a algo como yo y menos aún creyentes de las que pueda sacar partido.

– ¿Por qué te intereso yo? – Sus uñas rozaron la tela de mi camiseta, sentí arañazos suaves en la cintura – ¿Estoy soñando?

– No estás soñando, estás muy despierta y me alegro muchísimo de este encuentro fortuito – miré hacia el lado y me encontré con su malévola sonrisa – Me interesas mucho, Eva, porque veo algo en ti que hacía tiempo que no veía.

– ¿Qué? – Me subía la camiseta sin dejar de mirarme a los ojos, no podía moverme.

– Curiosidad sobre el miedo, ambición por poseer conocimientos, una mente abierta de verdad – Tras quitarme la camiseta sus uñas rasgaron la tela de mi sujetador justo por el canalillo, dejando mis pechos al aire – Y sobre todo inocencia.

– Pero no soy virgen – murmuré cuando observó mi piel desnuda al mismo tiempo que escuché el desgarro de tela a mis espaldas.

– No discrimino, no me refiero a ese tipo de inocencia, y créeme cuando digo que lo que tengo para darte no lo has experimentado nunca.

            Me dio la vuelta, mis ojos se desviaron hacia sus pantalones y vi el origen del ruido que acababa de escuchar. Los había roto con una erección monstruosa, descomunal. No solo era su longitud, era su grosor, y presentaba en su miembro las mismas venas que sus brazos poseían. Negué con la cabeza, asustada, alejándome de él aunque sabía que era inútil. Sin saber cómo, en un abrir y cerrar de ojos le tenía a mi espalda, y sus enormes manos rodearon mis pechos, apretándolos con fuerza. Sentí la misma sensación conocida y previa al orgasmo pero sin el placer gradual previo a este, por lo que obviamente, gemí. Me deshice en sus brazos, temblando cuando sus dientes perforaron la piel de mi cuello. Cuanto más jugaba con mis pezones, más se intensificaba la sensación, pero no llegaba a culminar en orgasmo lo que me desesperaba y deleitaba al mismo tiempo. Un fino hilo de sangre corría desde mi cuello hasta mis pechos, siguiendo el camino que le indicaba la gravedad. Su mano cubría mi mandíbula de lado a lado de sobra, y me giró la cara para que le mirase. Apretó los labios, saboreando mi sangre, emitiendo un sonido parecido a un ronroneo monstruoso.

– No me hagas daño – Le imploré, apretando mis húmedos muslos y su mano contra mi pecho – Belaam no me hagas daño.

– Nunca le he causado daño a ninguna mujer – acercó su boca a la mía y abrí los labios de inmediato, más que dispuesta a besarle – Solo placer. Ya te lo he dicho, nada malo.

            Su lengua abrasadora mareó a la mía en un beso tan tórrido y apasionado como jamás lo había sentido. Me encontraba totalmente entregada a él, al deseo, al placer carnal que estaba dispuesto a darme y yo a recibir. Enredé mis dedos entre su larga cabellera mientras me levantaba del suelo con un brazo, tirando de mis pantalones con el otro y – sigo sin saber cómo – quitándomelos de un brusco movimiento. Al sentir su mano bajar por mi cuerpo, nuevos gemidos débiles resonaron en la vacía habitación, y el miedo – que luchaba constantemente contra el placer – se apoderó de mí una vez más al recordar sus garras. Era consciente de lo mucho que había y estaba lubricando, era consciente de que mi cuerpo pedía a gritos sexo y no precisamente algo suave, pero no estaba preparada para lo que sentí cuando me penetró con sus largos dedos. A pesar de saber que sus garras eran desproporcionadamente grandes, (como todo en él), no me causó el más mínimo dolor. En su lugar me causo el primer orgasmo de esa noche. Temblé cuando me dejaba caer en la cama, y me doblé como una hoja de papel cuando su lengua rozó mi clítoris. Los orgasmos se sucedían uno tras otro, y apenas habíamos empezado. Pero mi cuerpo quería más, pedía más, imploraba más. No solo mi cuerpo, también mi lengua.

– Follame, hazme tuya, reviéntame Belaam – Palabras se escabullían de entre mis labios como febriles lamentos.

            Se situó sobre mi cuerpo y me abrió las piernas de par en par lamiendo mis tobillos. Al mirar su erección no me pude resistir. La toqué con las yemas de mis dedos y ante ese contacto, levantó las caderas, mordiéndose el labio con una sonrisita. Nunca había tocado ningún miembro tan duro como ese. Jamás. Y sabía que nunca lo encontraría. Daba la sensación de que estaba al borde del orgasmo constantemente, incluso se deslizaron algunas gotas de un esperma muy espeso y blanco entre mis dedos.

– ¿Cómo lo haces? – Me miraba con curiosidad, casi impasible al placer.

– Quiero tu cuerpo, dámelo – Tiré de su cintura acercándole al mío – Dámelo ya.

– No eres una mujer normal – apretó mis caderas a la cama y rozó su erección húmeda entre mis labios menores, sobre mi clítoris – No lo eres – Me pareció escuchar entre mis gemidos.

            Sentí su glande entrar tan intensamente que creía que iba a salir humo de mi cuerpo. Apreté mis uñas a sus fuertes hombros mientras perdía la poca compostura que me quedaba al mirarle a los ojos. Se movía tan despacio como lo hacían sus palabras, sorprendiéndome a cada centímetro que inundaba mi cuerpo que no se quejaba por la nueva experiencia. Una vez entró en mí por completo, cerró los ojos, y cuando los abrió pude leer una advertencia en ellos. Tan pronto comenzó a moverse comenzaron mis orgasmos, y no eran orgasmos normales. No gemía, gritaba de placer, mis poros gritaban de placer. Me tiraba del pelo, mis ojos estaban en blanco, y no podía pensar ni hacer nada más que correrme. No era el ciclo normal de excitación-orgasmo-reposo y vuelta a empezar, era un orgasmo constante que quizás aumentaba en intensidad conforme él aumentaba su velocidad de movimientos. Cuando salió de mi cuerpo para darme la vuelta en la cama pude respirar unos segundos, estupefacta al ver que su descomunal falo estaba manchado con su propio esperma. Pero eyacular no le iba a parar, no a ese ser. Al volver a embestirme gruñía, incluso bramaba en algo que normalmente se asociaría con rabia pero que estaba muy segura era placer. Mis quejidos se retomaron, mis orgasmos me agitaron y mi cuerpo se debilitaba. Cuanto más se excitaba él, más exánime me sentía yo. Sabía que estaba eyaculando en mi interior muy a menudo porque lo sentía resbalar por mis muslos cálido y abundante. Apretaba mi cuerpo con tanta fuerza que era incapaz de moverme, sus brazos rodeaban mi cintura y mi pecho por completo, inmovilizada mientras su pelvis castigaba mi trasero. Perdí la noción del tiempo, perdí incluso la consciencia en algunas ocasiones, pero cuando finalmente me dejó reposar en la cama, le sentí apartarme el pelo de la cara y susurrar.

– Tengo que irme Eva, ha sido una noche magnífica – quise decirle que se quedase, quise pedirle más a pesar de serme físicamente imposible – No olvides mi nombre.

 

2

            El sol iluminaba el polvo de la habitación en la que me acababa de despertar. Cerré los ojos durante unos segundos, sabiendo que estaba sola y recordando el curioso sabor de la lengua de mi extraño amante. De mi terrorífico compañero de orgasmos. Miré a mi alrededor para ver que estaba tapada con unas sábanas llenas de polvo y que no estaba sola del todo, algunas arañas colgaban de dosel gastado de la cama en la que descansaba. Me apresuré a levantarme, cosa que no debí hacer ya que mi cuerpo se quejó de dolor al instante. Me dolían las piernas, los brazos, numerosas partes del cuerpo y sentía la entrepierna irritada. Me miré a mí misma para encontrarme con numerosos hematomas, marcas de dientes y arañazos. Cualquiera que me viese tendría claro que era víctima de una posesión y no estarían muy en desatino. Sacudí el polvo de mis ropas y tras ponérmelas busqué el salón en el que conocí a ese ser. Lo encontré en ruinas. Guardé en mi mochila el sujetador roto, me bebí la botella de agua y me comí todos los sándwiches que llevaba en varios bocados. Supuse que no me iba a hacer falta pero linterna en mano fui camino a la salida de ese lugar. Esperaba encontrármelo por cualquier esquina, pero en el fondo sabía que a la luz del día era imposible. Al salir busqué mi moto y la saqué de allí no sin dificultad. Hice el camino a casa relajadamente, la única que sabía dónde estaba era mi hermana y estaba segura de que no había abierto la boca. Mis padres se imaginarían que estaba con amigas y mi novio que estaba en casa, así que no me preocupé. Pero al menos tendría que haber mirado mi teléfono móvil antes de llegar, porque nada más cruzar la puerta mi madre se me tiró encima.

– Por Dios Eva, ¿dónde has estado? – preguntó casi entre lágrimas. Miré sobre su hombro y vi a mi padre suspirar aliviado dándole gracias al cielo. Literalmente.

– ¡Eva! – Mi hermana pequeña se tiró también a mis brazos, llorando desconsolada – Creía que no ibas a volver.

– ¿Por qué no has contestado al teléfono? – Torcí el gesto al ver la cantidad de llamadas, mensajes y whatsapps que tenía. Y que la fecha estaba mal. Según el teléfono me había llevado un día entero durmiendo, pero eso no podía ser. No podía haber perdido un día y dos noches en esa casa.

– Estaba de acampada – intenté salir de la trampa como pude – En medio del bosque no hay cobertura, me han llegado en la moto. Lo siento.

– ¿¡Que lo sientes?! – Me encogí y me preparé para la reprimenda que me esperaba en silencio, disculpándome constantemente.

            Como esperaba me castigaron mandándome a mi habitación. No odiaba mi vida, era muy afortunada de tener una casa, dinero de sobra y una familia que se preocupase por mí. Pero deseaba mi independencia. En cuanto cumpliese dieciocho, al año siguiente, pretendía buscarme la vida por mi cuenta. Me quité las sucias ropas que llevaba, me metí en la ducha – sí, cuarto de baño propio – y al salir analicé el mapa de heridas que era mi cuerpo. Lo que más me llamaba la atención eran esos semicírculos grabados entre la piel de mi cuello y mi hombro, sus dientes. A cada marca me sobrevenía un recuerdo de aquella noche. Mis muñecas y tobillos presentaban los mismos moratones, proporcionados por la fuerza de sus manos al sujetarme. Descubrí surcos rojizos en mis nalgas y mis pechos, arañazos seguro. Viéndome desde fuera se podría decir que sufrí una agresión, pero sin embargo no recuerdo dolor alguno. Solo placer. Me pellizqué un pezón pero apenas sentí nada o me supo a poco. Tras ponerme ropas nuevas que cubrían todo lo que pudiese ser causa de interrogatorio, abrí la puerta del baño y me encontré a mi hermana sentada en mi cama, dándole vueltas a mi sujetador. Me miró asustada, dándome la prenda rota.

– ¿Qué te ha pasado ahí dentro?

– Me caí por una escalera y me quedé inconsciente – comenté sin pensar mucho la excusa.

– Pero tu sujetad—

– Roto en la caída. No entres nunca, es verdad que es peligroso además de haber muchos, muchos bichos – Le hice cosquillas. Mi cuarto se ladeó un poco.

– ¡Eva! ¿Estás bien? – Al escuchar la voz alterada de mi hermana me di cuenta de que estaba tumbada en la cama.

– Sí, es solo que me siento un poco floja. La aventura, ya sabes – Pero lo cierto era que mientras estaba incorporada sutiles mareos hacían que me diese vueltas la cabeza – No les has contado nada, ¿verdad?

– Claro que no, si lo hubiese hecho imagina la bronca, habría sido el doble – asentí, riéndome entre dientes – Ricky ha llamado preocupado porque no le cogías el teléfono, deberías hablar con él.

– Luego le llamo, voy a descansar un poco.

            Y descansé. Me llevé casi todo el día durmiendo y al despertarme no me sentía mucho mejor. Mi madre me llevó un cuenco enorme de mi sopa favorita a la cama que comí sin apenas apetito. No entendía qué me pasaba, no tenía apenas voluntad para quedarme despierta. Justo en medio de ese duermevela apareció mi novio en la habitación, mirándome preocupado y agarrándome de la mano. Se sentó en el filo de la cama así que me incorporé, mareándome casi de inmediato. Se lo oculté. Pasó un largo rato observándome hasta que se decidió a hablar.

– ¿Estás bien? No parece que lo estés – acarició mi mejilla. No pude evitar pensar lo poco que me hizo sentir el tacto de su piel. Lo que antes me habría provocado una sonrisa estúpida ahora no me inspiraba más que indiferencia.

– Sí, un poco cansada pero no te preocupes – Le quité importancia, obligándome a sonreírle.

– ¿Por qué te fuiste sola? Podrías haberme dicho que te acompañase.

– No, quería un tiempo para mí misma. Últimamente lo hacemos todo juntos y—

– ¿Me estás diciendo que estás cansada de estar conmigo?

– Ricky, no flipes, no he dicho eso.

– ¿Entonces qué has dicho? – El tedio que me provocaba discutir con él se reflejó en una mueca desabrida.

– ¿Has venido a verme o a echarme la bronca? – Le espeté – ¿Qué coño te pasa?

– No, ¿qué te pasa a ti? – Se levantó – Has tardado una eternidad en sonreírme y cuando lo has hecho no ha sido de verdad.

– No tengo ganas de discutir – miré hacia la ventana, deseando que se marchase. Estaba empezando a oscurecer.

– No sé si es verdad que has estado de campamento aventurero – dijo con retintín – pero a mí me suena más que la aventura te la ha dado alguien – Chasqueé la lengua sin mirarle, se me escapó una sonrisa – ¿Me has puesto los cuernos?

            No pude evitar reírme. Con lo que había follado era un qué en vez de un quién, no sabía se podía considerar cuernos. Lo que sí sabía era que me había pasado la noche tocando unos que eran magníficos. Le miré, allí plantado con los dientes apretados, enfadadísimo conmigo, y no pude sentir pena. No era algo propio de mí comportarme así, pero ahora mi novio… mi exnovio me parecía patético.

– Cierra la puerta al salir – Le pedí, dándome la vuelta en la cama.

            Cerró tan fuerte que escuché una queja de mi madre y que le reprendía por ser tan brusco teniendo en cuenta mi “enfermedad”. No me sentía enferma. Quizás un poco débil, eso era todo, pero no enferma. Me pregunté si tendría algo que ver con él… Suspiré y volví a quedarme dormida entre las sombras de mi habitación. Me pareció que apenas llevaba tiempo descansando cuando cambié mi posición y como de costumbre dejé caer un brazo por el lado de la cama. Casi vuelvo a quedarme dormida cuando sentí algo húmedo rozar mis dedos. Los retiré asustada, sentándome en la cama y mirando hacia el punto donde mi mano colgaba. El corazón me palpitaba acelerado y mis pupilas se expandieron al ver que de ese mismo punto estaba saliendo algo. Apreté las sabanas y retrocedí asustada, hasta que me percaté de que no tenía nada que temer. Sonreí, incluso me reí como una chiquilla cuando él se dio la vuelta y me devolvió una sonrisa diabólica.

– Hola otra vez – susurré divertida – ¿Has estado todo el tiempo bajo mi cama?

– Claro que no – Al acercarse a mí sentí su calor.

            Esa vez no hubo conversación, no nos lo pensamos dos veces. Me tumbé en la cama con brazos y piernas abiertas. Clavó sus uñas en mis muslos al agarrarme y me mordí los labios al sentir su lengua subir desde mi rodilla, pasando por mis ingles hasta mis pechos, doblegándome una vez más ante el placer que provocaba el contacto con su piel. Me besaba y mordía el cuello, emitiendo un silbido peligroso cuando su gigantesca erección se rozó con mi piel sensible sobre mis bragas. Por más que quise no pude evitar gemir, y cuando volví la cara para besarle desapareció entre mis brazos, entrando mi madre en la habitación bruscamente.

– ¡Eva! – Se acercó a mi cuerpo húmedo en todos los sentidos.

– Era una pesadilla – Me apresuré a decir – No pasa nada, vete a dormir.

– Mañana vamos al médico, algo te ha pasado por ahí fuera que no quieres contarme.

– Que no, de verdad – Me temblaba el pulso y lo único que quería era que mi madre desapareciese – Déjame en paz.

            Sentí como se alejaba de mi lado despacio, chasqueando la lengua y preocupada por su niñita cuando lo único que quería era que la reventaran contra una pared. Tan pronto escuché la puerta cerrarse, miré bajo la cama, pero solo vi el polvo acumulado y el papel de una chocolatina. Me levante y miré alrededor, buscando en los armarios. Nada. Estaba sola. Pero yo sabía dónde encontrarle. Me vestí rápidamente con el primer traje que pillé en el armario y volví a echarme al hombro la misma mochila polvorienta a causa de mi primera expedición. Bajé en silencio las escaleras pero al llegar al rellano de mi casa tiraron de mi brazo.

– ¿Dónde demonios te crees que vas a las 3 de la madrugada? – Mi padre me zarandeó, furioso. La palabra demonio me hizo sonreír.

– ¿Por qué no podéis dejarme tranquila? – Me solté, sabiendo que esa noche no iba a ninguna parte.

            Al volver a mi habitación cerré el pestillo y me acerqué a la ventana. Pretendía bajar por ahí mismo pero con lo floja que estaba seguro que me rompía algo. Pero es que le necesitaba, quería tocar esa piel de fuego una vez más. Deseaba su presencia, los orgasmos que me provocaba, escuchar su voz. Pegué la frente al cristal de la ventana y suspiré.

– Belaam… ¿Dónde estás?

– Aquí mismo – Sus labios recorrieron mi cuello levemente, poniéndome los vellos de punta, haciéndome dar un suspiro que acabó en gemido.

– Espera, no me toques – Me di la vuelta. Alzó las cejas mirándome a los ojos, su cabeza inclinada y sus fuertes brazos a cada lado de mis hombros, apoyado en la misma ventana que quedaba ahora a mi espalda.

– ¿Que no te toque? ¿Y para qué estoy aquí si no es para tocar tu frágil y suave piel? – dio un mordisco al aire, frente a mis labios. Su olor era tan atrayente que a punto estuve de perder la cabeza.

– ¿Antes has venido o era un sueño? – susurré entre risitas.

– ¿Tú que crees? – estaba completamente desnudo y preparado para hacerme barbaridades. Nuestra diferencia de tamaño era tal que su glande llegaba casi a la altura de mis pechos. Quise tocar esa erección, pero si lo hacía no iba a poder hablar.

– No lo sé, por eso pregunto, ¿siempre que te llame, vendrás? – asintió. Un largo mechón de pelo azabache cayó junto a su mejilla.

– Siempre que nuestra amiga la luna nos acompañe.

– ¿Por qué? ¿Tengo yo algo o es solo necesidad física?

– Eva – Me aparto el pelo de la cara con sus uñas riéndose suavemente – No te estarás enamorando de un íncubo, ¿verdad?

– Puede ser. Quiero tenerte todos los días de mi vida, para siempre – hizo un ruidito asombrado.

– De tu corta vida de humana, querrás decir – metió las manos bajo mi traje, arrinconándome contra la ventana y enganchando sus garras a mis bragas, bajándolas – Pero si me preguntas, eres una humana…rara. Podría decir que mi favorita hasta la fecha.

– Y eso que han sido muchas, ¿eh?

            Asintió, algo que ya sabía desde que supe lo que era. No podía parar de mirar sus labios, gruesos hasta resultar obscenos. Me puse de puntillas y le mordí el labio inferior agarrándole la cara, lo que le provocó esa ronca risita entre dientes que me volvía loca. Me dio la vuelta, pegándome a la ventana mientras de su garganta ascendían gruñidos placenteros ante la perspectiva de hacerme gozar. Al deslizar su verga entre mis ya mojados muslos, lo único que pude escuchar eran los ensordecedores latidos de mi corazón. Sentía mi cuerpo comenzar a sudar, los estremecimientos me dominaban y el placer de su piel frotándose con la mía me hizo mover las caderas. Me agarré al marco de la ventana, con mis pechos aplastados contra el frío cristal en contrapunto al calor que subía desde mis ingles. Atrapé ese enorme falo con mis muslos, meciendo mis caderas de atrás hacia adelante, rozando mi clítoris con su suave piel. Sus manos se deslizaron hacia adelante cuando empecé a correrme y mis piernas se negaban a sostenerme. Me sujetó por la cintura con uno de sus brazos al tiempo que su otra mano se hundía entre mi vello púbico, separando mis labios menores con dos dedos y rozando delicadamente mi clítoris con el que quedaba en medio.

– Si alzas la voz vendrán, y si vienen me tendré que ir – susurró con tranquilidad – Y no quiero irme, así que trágate esos gritos si quieres que te posea hasta el amanecer.

– No puedo – Me quejé entre jadeos – No paro de… me corro Belaam.

– Pues si no puedes, tendré que callarte yo.

            Me cogió en peso sin apartar su mano de mi chorreante entrepierna tal y como hizo la primera vez que follamos y, sin dejar de masturbarme, le sentí entrar despacio. Iba a gritar, él lo notó cuando mis pulmones se llenaron de aire. La sensación de tenerle dentro era tan intensa, los orgasmos tan violentos, que dejaba de ser yo misma para convertirme en una marioneta con la que él saciarse. Ahogó mis gritos con su lengua sin dejarme apenas respirar. Movía las caderas brutalmente contra las mías, sus dedos a una velocidad impensable para un humano pero igualmente sutil. Sentía cada centímetro de su desmedida y férrea erección atravesando mi carne sin cuidado, y le sentí de nuevo vaciarse en mi interior. Salió de mi cuerpo solo para colocarme al borde de la cama, cara a cara con mi demonio personal, donde volvió a embestirme hasta hacerme desfallecer. Y tan pronto recobraba la consciencia comenzaban los orgasmos, siempre enmudecidos por su exigente lengua. Me sujetaba con las piernas colgando de la cama, él situado frente a mí de rodillas en el suelo con sus manos maltratando placenteramente mis ya magullados pechos. Al volver a correrse, volví a perder el conocimiento y al despertar me sorprendí cuando sentí que no se movía. Seguía en mi interior, pero quieto, mirándome con curiosidad.

– ¿Puedes respirar? – Sus ojos seguían llenos de lujuria. No podría decir cuánto tiempo llevábamos follando por esas pérdidas de conocimiento pero me dio la impresión de que el cielo estaba clareando.

– Creo que sí, ¿por qué paras? – Besó la comisura de mis labios.

– Es peligroso – sonreí, sintiendo que un nuevo orgasmo me acechaba.

– Quiero más – apoyé los talones en el filo de la cama y me moví despacio, perdiendo el control de mi cuerpo enseguida cuando el orgasmo me dejó inmovilizada – No puedo evitarlo.

– Debería irme – sentí que pretendía alejarse y apreté sus hombros con fuerza.

– No, no, córrete una vez más – frunció el ceño, mirándome como si fuese la primera humana que veía.

– Ni siquiera deberías estar consciente – noté la perplejidad en su voz. Le agarré de los cuernos y lamí sus labios.

– Lo que ni si quiera puedo es tocarte sin volverme loca, no te vayas Belaam, llévame contigo – Me hizo soltarle, mirándome desconfiado.

– No sabes lo que dices – Me levantó las piernas y me agarró de un pecho – Pero si insistes, te daré mi simiente una vez más.

            Parecía como si la cama se fuese a hundir bajo mi cuerpo, mis rodillas rozaban mis pechos y solo podía ver parte de su cara. Me agarré a las sábanas y me mordí los labios, pero nada podía prepararme para lo que suponía que un íncubo tuviera un intenso orgasmo en tu interior. Era la primera vez en todas sus eyaculaciones que le veía disfrutar con tanta intensidad, y fue la primera vez que me hizo sentir dolor. Me agarró de la mandíbula y gruñó contra mis labios mi nombre dejándose caer sobre mi cuerpo, metiéndomela tan profundamente que me hacía daño. Algo no iba bien. Volví a perder el conocimiento una vez más, pero antes escuché que me susurraba al oído “Te voy a echar de menos

            Al despertar era de día y estaba tapada. Quise girar la cabeza pero me encontraba tan débil que apenas pude hacerlo. Al otro lado de la cama, mi madre leía un libro sentada en una butaca. Al reparar en mi lucidez, acercó sus manos a las mías con urgencia, deshaciéndose en lágrimas.

– Eva, cariño, ¿Qué te ha pasado? Llevas dos días durmiendo, has perdido tanto peso…

– ¿Dos días? – Fue todo lo que pude decir.

– Y tu cuerpo… Las marcas no se van – sabía de qué marcas hablaba y no le podía explicar nada. No si quería ver a mi amante una vez más. Y quería, vaya si quería.

            Desde ese momento me vi casi incapaz de hablar, mucho menos de moverme o de ingerir alimento. Solo quería que llegase la noche y con esta las sombras que me acechaban. Mi hermana se asomaba de vez en cuando a mi habitación pero nunca se acercaba. Me tenía miedo. Me visitaron varios médicos que terminaron por suministrarme alimento vía intravenosa, aunque por la expresión de mi madre no traían buenas noticias. Pero no me importaba gran cosa. Ella, que era profundamente religiosa, hizo que al anochecer el cura de su parroquia me visitase. Ese señor habló conmigo, intentó reconfortarme, incluso intentó que me confesara. Noche tras noche aparecía ese señor, hasta que una de ellas en la que me sentía apenas conectada a la realidad, el que apareció fue un cura distinto. Un cura excesivamente guapo, con los ojos azules y el pelo peinado hacia atrás, rubio. Sonreí al verle en la puerta, con alzacuellos incluido.

– Señora, ¿Le importa dejarme a solas con su hija? – Le pidió de la manera más educada posible.

– No habla padre, no hace nada, solo murmura algo que ninguno entendemos.

– Será solo unos minutos, por si quiere confesar a solas sus pecados – Mi madre asintió, salió y cerró tras de sí. Él me miró, intenté mover mi mano para tocarle pero me fue imposible – Tienes que dejar de llamarme.

– No voy a hacer eso – susurré débilmente.

– Si no dejas de llamarme vas a morir. No te vas a recuperar hasta que me dejes ir.

– Tú estás causando esto, ¿verdad? – asintió.

– Desde que te hice gozar por primera vez. Es lo que hago, Eva. Es lo que me mantiene vivo. Y tú me has dado mucha vida. Toda tu energía vital, de hecho.

– Quiero quedarme contigo para siempre – Su rostro se ensombreció.

– No puedo hacer eso, morirás – Me costaba trabajo entender por qué, siendo un íncubo, no le agradaba la idea de que me muriese – ¿Por qué este apego?

– La vida terrenal es un infierno que no puedo soportar después de conocer que puedo llegar a sentir estas cosas, y prefiero que me lleves al tuyo; a tu infierno.

– Si vienes conmigo, morirás aquí – Su tez mostraba seriedad – Si vienes conmigo dejarás este cuerpo por uno nuevo.

– No me importa – No podía explicar con palabras por qué le necesitaba tanto, simplemente lo hacía – No puedo vivir una vida normal sin lo que me das.

– Es solo sexo – Negué con la cabeza, sonriendo.

– Sabes que no. Vas a echarme de menos – Apretó los labios. Cerró sus ojos de mentira y abrió los de verdad, sumiéndome en su oscuridad, tocando mi mejilla con sus dedos, arrancándome lo poco que me quedaba de energía, salvándome de una larga tortura y llevándome con él lejos, muy lejos, a las profundidades.

            Cuando desperté todo era diferente. Me sentía con más energía que nunca, con un cuerpo fuerte y, al pasar mi lengua sobre ellos, unos dientes desconocidos, más puntiagudos. Me encontraba en alguna clase de castillo enorme y helado, sin ventanas, y a mi alrededor encontré lo que parecían tumbas. Pero no sentía frío. Escuchaba gemidos pisos arriba, de dolor y de placer entremezclados. Todo era oscuro, pero veía sin problemas. Me puse en pie y noté cómo unos fuertes músculos sostenían mi cuerpo. Y no solo eso, tenía más curvas y unos pechos exageradamente grandes que no podía rodear con mis manos, aunque seguía siendo igual de bajita. Además, estaban los pequeños detalles de que mi piel era un rojo sangre y que unos pequeños cuernos me salían de las sienes. Después de analizarme de arriba abajo, le llamé.

– ¿Belaam? ¿Estás aquí? – Mi voz sonó extraña, muy atractiva. Los gemidos cesaron poco a poco, seguidos por un débil llanto y unas fuertes pisadas que se aproximaban a mis aposentos.

– ¿Estás bien? – Se acercó a mí tan majestuoso como siempre, tan hermosamente terrorífico como la primera vez que le vi de verdad. Me tomó entre sus brazos y me besó con lujuria. Sabía dulce y su miembro estaba, como siempre, mirando al cielo.

– ¿Estabas ocupado? – Pregunté tirando de su barba, sorprendida porque ya no me hacía correrme solo con tocarme. Ahora era solo un cosquilleo en la entrepierna, mucho más sutil.

– He encontrado un convento, una cada noche. Estamos en las catacumbas ahora mismo – sonrió con malicia – ¿Qué tal te adaptas a tu nuevo cuerpo? Estás más a mi gusto, si me preguntas – Me admiró, vi el deseo reflejado en sus ojos.

– Mis orejas son picudas, no puedo quejarme – De nuevo su risa como un bramido, la mía sonaba bastante terrorífica también – ¿Ahora tengo que hacer lo mismo que tú para seguir viva?

– Así es, y está a tu elección. Hombres, mujeres, las dos cosas…

– Podríamos trabajar juntos – Volvió a reírse.

– No nos durarían ni unos minutos, lo que sí podemos hacer es repartirnos lo que encontremos.

            Esa misma noche tuve mi primera experiencia como súcubo. Fue apasionante descubrir la facilidad con la que una humana – monja más concretamente, novicia además – sucumbía a mis encantos, por muy heterosexual que fuese. Me colaba en sus sueños sin que lo notase y le propiciaba tantos orgasmos como podía en la vida real. En un momento dado Belaam me paró, advirtiéndome de que no debía matarlas en la misma noche. Era más práctico si se dejaba algo para después.

– ¿Como una reserva? – Pregunté al volver a nuestro escondite del convento.

– Como lo que hice contigo, sí.

– ¿Y qué pasa si te follo ahora? – Se pasó la lengua por los labios.

– Nunca he tenido el placer de tener un súcubo a mi lado. Es la primera vez que le pido a ÉL que me permita tener la compañía de alguien.

– Supongo que ÉL es…

– Sí, “el jefe” – Le pasé las uñas desde los testículos hasta su glande, mirándole a los ojos. Suspiró profundamente, abriendo la boca, sorprendido – ¿Pero qué—

– ¿Qué pasa? – Dije de lo más divertida, mordiendo su mentón – ¿Es demasiado?

– Nunca había… – Se quedó callado cuando se la rodeé con mis dedos y se agarró a mis brazos resoplando con fuerza al mover la muñeca – ¿Qué me pasa?

– Esto me encanta – Me reí disfrutando ante su incapacidad para pensar. Ahora era capaz de hacerle sentir lo mismo que me hizo sentir a mí.

            Me arrodillé frente a él y se la lamí con apetito, apretándola entre mis labios y haciendo cosas que con mi lengua humana habría sido incapaz de hacer. Resoplaba, se quejaba, y apenas tardó en eyacular, agarrando mis cabellos con fuerza y haciéndome daño. Le mordí el muslo en protesta y gruñó, pero de placer. Le masturbé con mis pechos, mirándole traviesa, disfrutando al verle a mi merced. Tras hacer que se corriese una vez más me subí sobre él, a horcajadas, y al comenzar a follarle gimió tan fuerte y roncamente que parecía lo que era, un demonio. Eyaculó numerosas veces, abundantemente, tocando mi cuerpo y clavándome sus garras. Cuando yo llegué al orgasmo por primera vez él también lo hizo, de manera igual de intensa que cuando era humana pero pudiendo soportarlo. Pudiendo seguir moviéndome, disfrutando del placer de su carne. Me sentía tan arrebatadoramente sexy que seguí martirizándolo para que supiese lo que yo sentí.

– Ya basta – imploró jadeante, las gotas de sudor brillaban en su piel oscura – Tenemos que seguir en unas horas con los humanos. Nosotros también debemos descansar.

– Tú no. Hoy no. Ahora me toca correrme a mí.

            Y no me discutió. Y sigue sin discutirme a día de hoy. Cada vez que le domino sexualmente me cuesta ver a ese ser que me sedujo en una casa cochambrosa. Pero de tanto en tanto dejo que él se sienta dominante y cuando lo hace me sigue volviendo igual de vulnerable a sus encantos. Me dice con cariño que es una pena no haberme conocido antes, yo le digo que no se preocupe, tenemos la eternidad por delante y muchos, millones de humanos a los que violar juntos. No os asustéis si una noche alguno de nosotros os visitamos, siempre podréis elegir que hacer: vivir, o morir. Pero si os toca con Belaam… es harina de otro costal. Buena suerte, queridos humanos. Y no dudéis en buscarnos, porque os estaremos esperando.

 

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