Just Friends

Esta historia no la he escrito, la he escupido en día y medio. Tal y como se me ha venido la idea a la cabeza la he soltado, y estoy satisfecha con el resultado. Es algo un poquitín diferente (aunque no mucho) que a ver qué os parece. No está inspirado en nada ni en nadie, así que sentíos libres para fantasear con quien sea 😉

_____________________________________________________________________________

“¿Quién me manda a mí a sentir nada cuando no se debe?”

Pensé una vez más al salir del servicio, resoplando y sintiendo ese familiar nudo tan desagradable en el estómago al recordar la noticia del día anterior. Mara daba vueltas por la cocina y por la casa en general, apresurándose porque para variar llevaba prisa y no encontraba nada. Le daba bocados a una tostada y guardaba en el bolso cosas que iba recogiendo al mismo tiempo. Me arrancó una sonrisa al saludarme histérica.

– ¿Cómo estás? ¿Bien? – Separé los labios pero no pude contestar – Vale, hablamos luego que no llego al trabajo.

– ¡Que no te muerdan mucho! – Se despidió de lejos con la mano, cerrando la puerta. Volví a pensar en Seth tan pronto la perdí de vista, sintiendo cómo mi sonrisa se desvanecía.

Y es que el día anterior me terminaron de romper, pisotear, aplastar y desintegrar lo que me quedaba de corazón. Y ni siquiera fue intencionado. Mara llamó a la puerta de mi cuarto a eso el medio día, cosa que nunca hacía por lo que ya comencé la conversación extrañada. Y más aún al ver su cara.

– Amy ¿Se puede? Si te pillo ocupada hablamos luego.

– No idiota, pasa – Le sonreí, ajena a lo que se me venía encima.

– Verás, es que me extraña… ¿No te han dicho nada de la fiesta? – Me encogí de hombros.

– No, ¿cuál? – Hinchó los carrillos, dejando salir el aire en un resoplido.

– La de compromiso – Le hice un gesto para que siguiese hablando y lo hizo tan bajito que creí, (y deseé), haberlo entendido mal – La de Seth y Sophie.

Después de eso le pedí que saliese de la habitación, quería estar sola. Y hasta ese momento no había dejado mi guarida, por lo que no la había vuelto a ver. Pero es que tampoco le quería ver a él, no me sentía con fuerzas para soportarlo. Ni siquiera esa mañana me sentía valiente, se me descomponía el cuerpo solo de pensar que tenía que ponerle buena cara. Las ganas de llorar me acosaban todo el tiempo y ya estaba harta de perder la batalla contra las lágrimas.

– ¿Cómo que no le muerdan mucho? – Su voz medio dormida me dio un sobresalto tal que me mareé un poco. Además de que llevaba desde el almuerzo del día anterior sin comer. Fingí una sonrisa como tantas otras, mirándole mientras el dolor y ese sentimiento abrumador de soledad me hundía cada segundo un poco más.

– Ya sabes, los niños con los que trabaja – hizo un gesto que daba a entender que lo pillaba, y al sentarse junto a mí en la mesa, pasándose las manos por el pelo, vi la alianza. Quise salir de allí, gritar, pegarle, enfadarme, llorar y meterme en la cama para siempre – Felicidades – dije con la voz rasgada, señalando el anillo. Lo miró, me miró y entrecerró los ojos.

– Ya, sí. Gracias, supongo – fruncí el ceño, no entendía nada.

– ¿Supones? ¿Me estoy perdiendo algo? – apretó los labios e inclinó la cabeza.

– No necesariamente, es solo que… – Me miró de nuevo e hizo un gesto de negación.

– Pero os habéis comprometido. Tú y Sophie – asintió.

– Eso parece – Me dio la impresión de que tenía más dilemas mentales que yo. Tenía que enterarme de todo o explotaba. Era rarísimo que no me hubiese contado que había problemas entre ellos.

– No te veo muy contento – miró al techo y suspiró.

– Es que ayer, después de la fiesta—

– A la que no fui invitada – Le corté, mi voz sonó llena de un rencor que no pretendía expresar.

– No la hice yo – apresuró a excusarse y yo asentí, sonriendo con amargura.

– Ya, la hizo tu chica, que nunca me ha podido ni ver vaya a usted a saber el motivo porque siempre la trato muy bien – mentí descaradamente. Claro que tenía motivos para odiarme pero él no lo sabía.

A Sophie no le gustaba que su amor tuviese una mejor amiga. De la infancia. Viviendo en el mismo piso que él. Y que además se lo pasaba mucho mejor con la amiga que con ella. Me llenaba de satisfacción ver como Seth daba carcajadas conmigo mientras que con Sophie a lo más que llegaba era a risitas suaves. Se lo podría estar follando pero la verdadera conexión la tenía conmigo, eso lo sabía todo el mundo. Y a ella le reventaba la idea.

– ¿Puedo hablar contigo un momento? – preguntó ella un día que Seth fue a comprar refrescos dejándonos solas en el salón de casa. Hasta le quitó el volumen a su programa de televisión favorito.

– Claro, dime, ¿quieres saber algo de Seth?

– Lo que quiero es que te alejes de él – di una carcajada seca y la miré con las cejas alzadas.

– Eso no va a pasar a no ser que él me quiera lejos.

– No me gusta que seáis amigos – Se cruzó de brazos, meneando el pie de manera nerviosa.

– Y a mí no me gusta el queso, qué le vamos a hacer – dije volviendo a ponerle volumen a la televisión.

– Tú le quieres – resoplé sin mirarla, pero evidentemente algo vio en mi cara que se puso tiesa como una cobra antes de atacar – ¡Le quieres! ¡Lo sabía!

– Deja de flipar tía. Seth es mi amigo – Me miraba enfadadísima – Y lo que yo piense es asunto mío. Deja de ser tan insegura y confía en él.

Menos mal que en ese momento llegó el susodicho, porque me había pillado de lleno. Desde ese día la evité a toda costa pero cada vez que él no estaba, me dedicaba miradas envenenadas. Lo peor de todo era que no me caía mal porque él me hablaba siempre tan bien de ella que era imposible. Eso sí, le tenía unos celos que me volvían loca. Y no se los pensaba mostrar a Seth, y mucho menos esa mañana. Así que respiré hondo y le miré.

– Pero ya da igual, te vas a mudar con ella. Asunto resuelto – No podía fingir mis sonrisas más tiempo. Se me quedó mirando y se quejó, pasándose después una mano por los ojos.

– Ayer hablé con el borracho de tu hermano y me dijo cosas que no tengo muy claro cuánto tienen de verdad – Me inundó el pánico, me quedé petrificada, lo único que conseguía hacer era aspirar lentamente y mis pulmones se negaban a soltar el aire.

– ¿Cómo qué? – Seguro que el miedo se me reflejaba en la cara. No quería darle problemas, yo no quería tener problemas, y ahí los tenía. Por más que me hubiera guardado todo para mí, callada como una beata en misa, ahí estaban los problemas llamando alegremente a mi puerta. Todo por hablar con el inútil de mi hermano mayor.

– Como que esto – Le daba vueltas a la alianza con el pulgar – Te iba a hacer de todo menos feliz.

– Por favor Seth, somos amigos desde que éramos unos críos y compañeros de piso desde hace casi seis años – Mis palabras iban acompañadas de una risita histérica – ¿Cómo no iba a alegrarme? Si eres feliz yo también, parece mentira…

– Lo que parece mentira es que hayas estado sintiendo algo por mí desde hace tanto y que nunca me hayas dicho nada – Sus palabras fueron directas, secas y como un golpe en la boca del estómago. Sus ojos se clavaron en los míos, serios, dolidos, enfadados. Y yo ni podía decir nada, ni podía mirarle a la cara.

No sabía a ciencia cierta en qué momento exacto cambiaron mis sentimientos por él. Nos conocimos de niños, éramos vecinos y él apareció en un momento de mi vida que en mi casa las cosas no iban a derechas. Fue mi apoyo, mi manera de escapar de la realidad que era el infierno que me tocó por núcleo familiar. De adolescentes éramos aún más amigos, cada uno tenía su pareja y no por eso dejamos de quedar. Desde el primer momento conectamos enseguida y nuestros gustos eran prácticamente idénticos. Aun así, cuando nos preguntaban, siempre contestábamos que no nos gustábamos como si esa posibilidad fuese la locura más grande. Y a nuestras parejas siempre les chocaba nuestra relación. Le quería muchísimo y sabía que él me quería a mí. Solo que no como yo quisiera.

– Me contento con estar cerca de ti, no sé de qué sentimientos hablas – farfullé – Eres mi amigo – repetí, más para mí misma que para él – Mi hermano ha confundido las cosas o tú no las has entendido bien.

– ¿Y si todo es un malentendido por qué no me miras? – No podía enfrentarme a eso, no podía mentirle a pesar de saber que no le hacía ningún bien y que me iba a meter en un problema. Pero tampoco me podía declarar.

– No quiero perderte – susurré y tragué saliva, luchando con las lágrimas que pretendían decir a gritos lo que mi voz no conseguía – Quizás el tiempo y madurar contigo ha cambiado un poco las cosas, puede ser – Le escuché suspirar lenta y profundamente – Es que no quiero perderte – repetí.

Una noche me desperté empapada en sudor, llorando desesperada porque había soñado que Seth me despreciaba y se reía de mí, comparándome con Sophie. No me dio tiempo a beber agua y ya le tenía en la habitación. Se apresuró a sentarse en el borde de mi cama y yo no pude más que abrazarle mientras le pedía desesperada que no se fuese de mi vida. Recuerdo que se rio.

– Era una pesadilla, duerme, no seas tonta.

– Era una pesadilla que puede pasar – dije hipando. Obviamente no se la conté.

– Si tiene que ver conmigo alejándome de tu lado, seguro que no – miré sus ojos alegres, su sonrisa, y estuve muy tentada de besarle.

Recuerdo que nos quedamos en silencio un buen rato mientras él me acariciaba la mejilla y a mí se me iba pasando el sofoco. Recuerdo que me miró con tanto cariño que incluso albergué esperanzas. Pero al mirar la hora en mi despertador vi que tenía un chupetón en el cuello y volví a desesperarme, aunque no se lo dije. No estaba en mis planes decirlo nunca.

– ¿Crees que ibas a perderme por decirme la verdad? ¿No será más bien perderme por haberme mentido? – negué con la cabeza, implorándole con la mirada que no hiciese lo que sugería.

– No puedes apartarme de tu vida – Le dije aterrada, la voz empezaba a temblarme. Seth me había visto llorar miles de veces, pero esto era diferente – Yo lo hacía por el bien de los dos. Y sobre todo porque no quería… Sophi no tiene la culpa de nada – di un golpe en la mesa con el puño, rabiosa por lo bocazas que era mi hermano y además en un momento tan delicado. Y porque sin poder evitarlo estaba llorando – ¡Nadie tiene la culpa! ¡Es solo que soy como soy y ya sabes que no puedo controlar mis sentimientos!

– Lo que no sabía era que esos sentimientos eran por mí – Me cogió de la mano, el tacto de su piel últimamente me provocaba un apenas perceptible escalofrío – Amy, te he visto así muchas veces, te he consolado hasta lo inconsolable, y lo que no tiene perdón es que esas lágrimas fuesen por mí, ¿todos esos tíos por los que llorabas eran reales o era una excusa para cada vez que te pillaba llorando?

– Claro que lo eran – dije pasándome la mano por la nariz, sorbiendo. Y murmuré – Hasta que conociste a Sophie.

Y es que si algo no había tenido yo, era buena suerte en el amor. O en general, ya puestos. No sabía si era cosa mía, que me iba ese rollo, o que no acertaba con los hombres; todos me terminaban jodiendo de una manera u otra: cuernos, vejaciones, intentos de maltrato, más cuernos, tipos aprovechados, e incluso una vez me usaron para poner celosa a otra. Y Seth siempre estaba ahí, en primera fila diciéndome que era una tonta por llorar por tipos como esos cuando yo valía muchísimo. Acariciándome el pelo mientras le manchaba la ropa con las lágrimas y el rímel. Haciéndome reír porque me colgaban los mocos cuando acababa de llorar y comiendo helado conmigo hasta las tantas de la mañana. Siempre que le necesitaba lo dejaba todo de lado. Hasta que apareció Sophie.

Entonces ya no lloraba por humillaciones, lloraba porque lo estaba perdiendo. Quizás no fuera algo visible pero yo me daba cuenta. Y aunque fuese algo lógico no significaba que no doliese. Pasábamos mucho menos tiempo juntos, cosa normal si tenía una relación seria. Apenas me preguntaba cómo estaba o me sugería jugar a algo juntos. Siempre llegaba cansado y cuando hablábamos, era de ella. Su tema de conversación era su novia, lo fantástica que era y lo feliz que le hacía. Y aunque yo me alegraba de ver ese entusiasmo en él, tan pronto se daba la vuelta se me escapaban las lágrimas. Y claro, alguna vez que otra me pilló y la excusa que puse era a lo que lo tenía acostumbrado. Quizás alguna vez hasta lloré aposta porque era la única manera de tenerle cerca y de que yo fuera su centro de atención. Era muy triste y rastrero al pensarlo en perspectiva. Era un comportamiento manipulador y egoísta. Y él no salía de su asombro, claro.

– ¿¡Llevas un año llorando por mí?! – Me solté de su mano y me llevé las mías a la cara, sintiéndome patética porque eso era exactamente lo que hacía en lugar de pasar página. Me llevé así un buen rato, sin saber de dónde seguía sacando las lágrimas y apartándome de su mano cada vez que le sentía intentar reconfortarme.

– ¡Lo siento! ¡Joder, Seth! – Me sequé los ojos con una servilleta, sin mirarle en ningún momento pero sintiendo su atención puesta en mí – Yo no quería enamorarme y hasta que no me empezaste a hablar de ella ni siquiera sabía que sentía algo.

– ¿Por qué no me lo has dicho? – preguntó una vez más. Chasqueé la lengua.

– Porque no quiero que te alejes de mí y te veía feliz con ella.

– Porque lo era, o eso me decía a mí mismo – le miré asustada – Pero ahora sé que no voy a poder serlo.

– No vas a anteponer mi felicidad a la tuya – Me tocó la mano y la aparté, levantándome – Vas a casarte. Vas a ser feliz. Y yo seguiré con mi vida y cuando esté mejor te llamaré para verte.

– Sabes tan bien como yo que no voy a dejarte tranquila porque nos necesitamos. Ese miedo a perderme es una gilipollez, creía que sabías que eres la persona más importante para mí.

– Soy el apoyo más fuerte que tienes pero ayer te comprometiste con otra. No me vengas ahora con que—

– ¡No eres la única que se ha callado cosas y no eres la única que lo ha pasado mal! – Me dijo poniéndose en pie, repentinamente enfadado – ¿Pensabas que no me dolía verte llorar por otro? ¿Qué no me entraban ganas de consolarte de otra manera que no fuera escuchándote y abrazándote? ¿¡De verdad piensas qué no me mataba saber que otros tíos tocaban tu cuerpo y te daban más felicidad que yo!? – Me agarró por los hombros y yo me encogí un poco, tengo que confesar que un pelín asustada porque nunca me había hablado de esa manera – ¿¡Por qué no has sido sincera?!

– ¿¡Y por qué no lo has sido tú?! – Le empujé, alejándome de él, dando varios pasos atrás y realmente sorprendida por sus palabras.

Era cierto que siempre que aparecía abatida y llorando por lo que me había hecho el gilipollas de turno, Seth se ponía furioso. Más de una vez quiso ir a pegarles pero nunca se me había ocurrido que era porque me quería más que como a una amiga. Se me cayó el alma a los pies. Habíamos sido idiotas al no lanzarnos pero ya era tarde. Ya no había vuelta atrás, las cosas habían cambiado demasiado y hablar del pasado solo nos iba a hacer daño. Suspiró alzando las manos con las palmas hacia arriba y dejándolas caer a los lados.

– Siempre había otro. Siempre llorabas por otro. No veía bien confesarme al verte tan mal – susurré un “¿qué?” al escuchar lo que me decía – Y al ver que mejorabas por estar con otro chico no quería confesarme porque no quería estropear tu felicidad. Y me cansé de esperar – caminaba despacio hacia mí; yo me alejaba de él – Pensé que en otra mujer encontraría la felicidad y que terminaría olvidando lo que sentía.

– Y lo has conseguido. Te has comprometido ayer, ahora no puedes—

– Puedo. Y por Dios que me muero si no lo hago – Me acercó a él con su mano en mi cuello y la otra en mi cintura. Me besó. Intensamente. No quería tocarle, no quería moverme, eso estaba muy mal, pero mis labios y mi lengua eran contrarios a lo que me había jurado a mí misma no hacer – Abrázame – Pidió mirándome a los ojos brevemente, volviendo a besarme de esa manera voraz, ansiosa, como si se le fuese la vida en ello.

Y le abracé. Me perdí entre sus brazos y dejé de razonar. No quería pensar en las consecuencias, eran demasiadas y ninguna buena para ninguno de los dos. Le besé como llevaba haciendo en sueños desde hacía tanto, tocando su pelo, deleitándome con el sabor de su boca. Lo que me tenía enamorada de él era su forma de ser, era simplemente Seth. Pero de unos años hasta ahora su físico también me tenía encandilada. Me empujó hasta mi cama mientras me repetía a mí misma mentalmente que era una zorra cabrona por lo que estaba haciendo, por permitir que pasase lo que estaba pasando. Pero al recordar que se iba a casar me aferré a él, no estaba dispuesta a perderle. Le quería. Le necesitaba. Y ese sentimiento de dependencia me hacía sentirme fatal.

– ¿Por qué ahora? – quise saber cuando se separó de mis labios, mirándome como si quisiese retener esa imagen para siempre.

– Más bien, por qué no antes – Me mordí el labio, recorriendo su mentón con las yemas de los dedos, adoraba todo de ese hombre, hasta sus defectos que yo tan bien conocía – Hemos sido idiotas.

– Y ahora estamos siendo unos hijos de puta – Me besó la mejilla, la nariz, y suavemente en los labios. Volvió a mirarme.

– Solo estamos siendo egoístas por una vez en nuestra vida. Piensa en tu felicidad para variar y olvídate del mundo – Su boca rozó mi cuello y mis clavículas, haciéndome gemir entre mis labios apretados.

Me quité la camiseta y él se deshizo de su ropa entre besos y miradas apasionadas. Sentía sus manos en todas partes, estimulándome, volviéndome loca. Le quería cerca, le quería dentro, pero una vez nos quedamos desnudos dedicamos casi una hora simplemente a besarnos, tocarnos y mirarnos de una manera nueva. Estábamos deseando estar así, habíamos retenido nuestros sentimientos desde hacía demasiado y ahora que los habíamos liberado lo último que queríamos era tener prisa. Me abrazó con fuerza y yo cerré los ojos, sintiendo una tranquilidad desconocida para mí, una felicidad que en cierta manera me avergonzaba porque dependía totalmente de tenerle a mi lado. Su piel desnuda calentaba la mía y sentirle tan cerca me hacía sentir en las nubes. Sus dedos me apartaron el pelo de la cara, abrí los ojos y le vi observarme con una sonrisa cariñosa.

– Si supieras la de veces que te he espiado al dormir… – Me dijo, haciéndome reír – Es mi deporte favorito.

– Si supieras la de veces que Mara se ha metido conmigo por mirarte a ti… – Se rio como solía hacer cuando estábamos juntos, como llevaba haciendo toda la vida.

– Quiero verte sonreírme todos los días – Le besé los dedos, cerrando los ojos y apretando su mano a mi mejilla. Su teléfono sonaba en la distancia.

– No te vayas – evité sus ojos al pedirle algo tan egoísta – Si eso es lo que quieres quédate conmigo, por favor – Me besó la frente y se sentó en la cama.

– Las cosas hay que hacerlas en orden – Se levantó de la cama y se vistió. El teléfono dejó de sonar – Bastante daño le voy a hacer ya a Sophie con lo que tengo que decirle, imagina si se entera de que ha pasado algo entre nosotros antes de hablar con ella.

– Seth – Le llamé antes de que se fuese – Lo siento, no quería hacerle daño. Sé que voy a ser la mala en esta historia bajo el punto de vista de Sophie y lo entiendo. Por eso no decía nada.

– Me habría matado si me hubiese enterado después de casarme de lo que sientes por mí – Se paró en la puerta y me miró de arriba abajo – Probablemente le habría sido infiel a Sophie, mejor que haya sido ahora.

– ¿Quieres que vaya contigo? – dije levantándome y acercándome a él.

– ¿Estás loca? No, claro que no. Tú espérame aquí, me va a hacer falta que me reconforten cuando vuelva. Me espera… algo muy difícil de hacer – Al ver su angustia me volví a sentir mal. Tan egoísta que no lo soportaba. No podía verle pasarlo mal.

– No tienes por qué hacer esto. Es tu vida, no cambies tu vida solo porque—

– No me pidas que me quede contigo y luego me digas que no hace falta porque me estás mintiendo descaradamente – Me pasó los brazos por la cintura y quise desnudarle de nuevo – Te quiero y voy a quedarme contigo. No hay más que hablar.

Tiré de su cuello y le besé mientras sus manos acariciaban despacio desde mi espalda hasta la parte de atrás de mis muslos. Me cogió en peso y me mordió los labios contra la pared, acariciándome los pechos y sonriéndome. Y nuestros besos se estaban convirtiendo en algo más salvaje justo cuando escuchamos un ruidito sorprendido y llaves que se caían al suelo.

– Me voy, me voy, me voy, me voy – Mara pasó corriendo junto a nosotros con una mano tapándose la cara y metiéndose en su habitación – ¡Si me preguntan no he visto nada! – Gritó dese dentro. Miré a Seth, que se rio tan culpable como yo.

– Ahora vengo – asentí viendo cómo se marchaba, sintiéndome alegre y preocupada al mismo tiempo. Tras ponerme algo por encima entré en la habitación de Mara.

– Lo siento Amy – Me dijo nada más verme – No quería interrumpir.

– ¿Por qué estás aquí? – Me agarró las manos y me sentó a su lado.

– No me acordaba de que tenía el turno de tarde – Me reí de ella, era un desastrito andante –  ¿Me puedes explicar lo que ha pasado? ¿Te lo has… – Me miraba asintiendo muchas veces con cara de felicidad – …follado?

– No, no hemos… solo nos hemos besado – No podía evitar las sonrisas. Aunque la culpa me rondaba estaba tan feliz que se me subían las comisuras de la boca sin pretenderlo.

– En fin, te lo dije, estaba claro que le tenías loco.

– No lo estaba, él nunca lo mostraba.

– Una vez le pregunté directamente – La miré con los ojos como platos – Le pregunté si te quería más que como a una amiga.

– ¿Qué te dijo? – A pesar de saber la respuesta, estaba nerviosa.

– Me respondió, y cito: “¿Estoy yo enamorado de Amy? ¿Es el cielo azul? ¿Vuelan los pájaros?” y se encogió de hombros con una sonrisita – Me reí, eso sonaba como él – Habéis perdido el tiempo durante un montón de años, pero como yo no quiero que luego me salpiquen los problemas me callo la boca y solo doy consejos desde la lejanía.

– Que listilla eres. Voy a comer algo y a dormir, dile a Seth que me avise cuando llegue.

Estaba muerta de hambre así que arrasé un poco el frigorífico. Tras quedarme satisfecha, me metí en la cama e intenté esperarle despierta, pero el no pegar ojo por las noches pasa factura. Me despertó un buen rato después la sensación de mi cama hundiéndose hacia el lado de fuera. Abrí los ojos y le observé beber agua para luego suspirar con aspecto cansado. Estaba desnudo. Vi cómo se quitaba la alianza, mirándola durante varios segundos. Me senté y me miró a los ojos, mirando el anillo de nuevo. La metió en el cajón de mi mesa de noche y yo no supe como sentirme. Tenía un dilema moral que me confundía hasta no saber qué estaba bien y qué estaba mal. Sin decir ni media, se tumbó en mi cama y tiró de mí para que le abrazase, poniéndome sobre su cuerpo.

Volvimos a besarnos, pero ahora me quedó claro que su intención era diferente. Sus manos se deslizaron por mi espalda, agarrándome con fuerza del trasero y pegándome a él. Su respiración se aceleró cuando moví mis caderas contra su cuerpo, notando como se endurecía con el roce de mi carne ardiente. No nos separaba nada, el contacto era directo, y se me ocurrieron mil cosas que hacerle al mismo tiempo. No quería decepcionarle, quería que fuese la mejor experiencia de su vida y estaba tan nerviosa que dudaba ser capaz de dar lo mejor de mí. Me incorporé, sentándome en sus piernas con sus manos en mis muslos. Bajé las mías por su cuerpo sintiéndolas torpes, observando cómo me observaba y riéndome nerviosa cuando él se rio. Parecíamos adolescentes descubriendo el sexo. Era como si todo fuera por primera vez. Incluso era un poco raro al haber tanta compenetración entre ambos, al conocernos tan bien. Tras lamerme la palma de la mano, acaricié lo que tantas veces imaginé, lentamente. Sus ojos fijos en mi cuerpo y su expresión de estar contemplando algo sublime al morderse el labio me hizo sentir bella, dándome valor para seguir con lo que hacía un poco más segura de que le iba a complacer.

Cerró los ojos un segundo, tensando los músculos mientras asentía entre gemidos suaves. Los abrió, mirando entre mis piernas y acercando la mano. La apoyó junto a mi ombligo, pasando el pulgar entre mis labios menores con sutileza. Aspiré entre dientes con un ruido siseante, juntando mis cejas y acercando mi cuerpo a su mano. Sentí urgencia por tenerle dentro pero tuve una paciencia que ignoraba poseer. Rozó superficialmente con su otra mano mis pezones, duros de pura excitación al tiempo que mi otra mano acariciaba sus testículos, apenas tocándolos con mis uñas. Exhaló un “siéntate en mi cara” mientras tiraba de mis caderas, y al sentir cómo me engullía me apreté los pechos, con un temblor de piernas descontrolado. Sus labios y lengua me provocaban un placer que amenazaba con ser explosivo. Estiraba la piel bajo mi ombligo y me lamía con delicadeza tras ese primer contacto desesperado. Y era esa constante caricia suave y leve la que aceleró el orgasmo más intenso de mi vida. Gemí, grité como si estuviese poseída cuando me fallaron las piernas, y Seth se volvió loco mientras me retorcía bajo el influjo de su lengua. Me arrinconó contra la esquina de la habitación, de rodillas sobre mi almohada y sentándome sobre él. Volví a temblar cuando su glande se abrió paso entre mi carne sensible y empapada.

– Te quiero, te quiero mucho – Me susurraba mientras me hacía el amor despacio, besándome apasionadamente y sudando conmigo – Te necesito a mi lado.

– Fuerte – Solo podía decir monosílabos, los jadeos y gemidos no me dejaban hablar – Entera – Rio en mis labios – Te amo.

Me puso a cuatro patas en la cama porque sabía que era la postura que me mataba. No podía respirar, no paraba de correrme y tenía los muslos tan empapados que estaba empezando a temer el morir por deshidratación. Volví a decirle que me diese fuerte y lo que hizo fue reventarme, volviéndose loco y mordiéndome el cuello como si fuéramos dos animales. Gemíamos los dos, gimoteaba al sentir que rozaba con los dedos mi clítoris extremadamente sensible por lo que me hizo un momento antes. Me puso boca arriba y siguió follándome mientras me besaba los labios, susurrando mi nombre e infinidad de “te quiero”. Me dolía. Me encantaba. Y tembló entero al llegar al orgasmo, doblándose sobre mí, tumbándose sobre mi cuerpo mientras yo movía mis caderas al notar la rigidez de sus músculos. Gemía roncamente y me abrazaba como si temiese verme desaparecer. Al acabar volví a ponerme sobre él, ignorando cómo su esperma me manchaba las piernas, sonriendo y besándole. Ya no me sentía mal. No cabía la culpabilidad en mi cuerpo porque su amor lo inundaba todo. Lo sentía mucho por esa chica, pero si su lugar estaba entre mis brazos, yo no iba a hacer nada por evitarlo.

 

“¿Cómo me he metido yo solo en esta situación?”

Pensé una vez más al abrir los ojos. Llevaba pensándolo desde la noche anterior y los demonios se me estaban llevando. Me sentía un irresponsable además de mala persona, tenía que poner las cosas en orden, pero no sabía cómo hacerlo. Y me daba miedo. Sophie iba a matarme y a odiarme para siempre pero no podía luchar ante la realidad por mucho que quisiese. Parte de la angustia se fue al escuchar a Amy decir “¡Que no te muerdan mucho!”. Y a pesar de no entender lo que significaba, solo escuchar su voz me tranquilizó. Un poco. Salí de mi habitación tras vestirme con lo primero que pillé en el armario, y me la encontré en la mesa de la cocina con aspecto derrotado. Claramente sabía lo de mi compromiso.

– ¿Cómo que no le muerdan mucho? – La vi dar un salto en la silla y al clavarse sus ojos en los míos sentí mi corazón luchando por salirse de mi pecho. Fingió una sonrisa. Se pensaba que después de tanto tiempo se iba a quedar conmigo.

No es que yo fuese un experto en leer la expresión humana, es que me sabía todos los gestos de Amy a la perfección: Cuando adelantaba la mandíbula estaba enfadada, si sorbía por la nariz y movía la boca hacia un lado estaba mintiendo, cuando me apartaba la mirada y ponía morritos estaba avergonzada, si fingía un bostezo y decía que tenía sueño, era que tenía ganas de llorar, y cuando los hoyuelos le aparecían era que sonreía de verdad. Y esa sonrisa no era real, sobre todo porque no le llegaba a los ojos. Ojos enrojecidos e hinchados de llorar. Me quise morir.

– Ya sabes, los niños con los que trabaja – asentí y me senté junto a ella en la mesa, pasándome las manos por el pelo e intentando pensar la mejor manera de decir lo que tenía que decir. Escuché como tragaba saliva – Felicidades – dijo con la voz rasgada, señalando el anillo. Lo miré y la miré sin entender su actitud.

– Ya, sí. Gracias, supongo – vi cómo fruncía el ceño, confusa con mi respuesta. Y lo que le esperaba.

– ¿Supones? ¿Me estoy perdiendo algo? – apreté los labios e incliné la cabeza, realmente no tenía ni idea de cómo empezar a soltarlo todo.

– No necesariamente… es solo que… – La miré de nuevo e hizo un gesto de negación. No podía hablar, estaba muerto de miedo porque lo que me dijeron podía no ser verdad. Y si no lo era podía arruinar mi amistad con ella. Se movió incómoda en el asiento.

– Pero os habéis comprometido. Tú y Sophie – asentí.

– Eso parece – Me miró con curiosidad y preocupación.

– No te veo muy contento – miré al techo y suspiré. Tenía que enfrentarme a la situación y tenía que hacerlo ya.

– Es que ayer, después de la fiesta—

– A la que no fui invitada – Su voz estaba cargada de reproche, y no me sorprendía.

La noche anterior, cuando llegó todo el mundo y no vi a Amy por ninguna parte al principio me enfadé. Había tanta gente a mí alrededor hablando conmigo que no pude sacar un momento para llamarla y decirle que se estaba perdiendo mi fiesta de compromiso. Incluso me enfadé en privado con Sophie por no decirle nada a mi mejor amiga. Pero tras hablar con Ned, me alegré de que no estuviera presente.

– No la hice yo – Le puse una mala excusa, lo que no evitó que me sonriese con amargura.

– Ya, la hizo tu chica, que nunca me ha podido ni ver vaya a usted a saber el motivo porque siempre la trato muy bien – Y cómo la iba a tratar bien si se moría de celos.

Nunca lo hablé con Amy porque ella no tenía por qué saberlo, pero una noche, como tantas otras, tuve un sueño húmedo con ella mientras dormía con Sophie. Y la cosa no habría llegado a más de no ser porque tengo el pequeño problema de que hablo en sueños. Pasé de estar entre las piernas de mi amor platónico a recibir un guantazo seguido de gritos que al principio mi cerebro se negaba a procesar.

– ¡Eres un cerdo! ¡Te odio y odio a esa puta! – fue lo primero que escuché mientras me daba golpetazos en el pecho con sus manos.

– ¿Qué dices? ¿Qué pasa? – dije haciéndome el tonto, con la polla a punto de reventarme en los calzoncillos y la cara de Amy mientras gemía aun rondándome el pensamiento.

– ¡Estabas soñando con ella! – me gritaba Sophie, histérica.

– ¿He dicho algo? – Me miró de tal manera que pensé que me iba a sacar los ojos. Está claro que mi mente trabaja mejor bajo presión, y se me ocurrió algo para salir del paso – Nena, lo siento mucho. Antes de acostarme he visto un videoclip de Evanescence y es que la chica es… muy guapa.

– ¿Qué hablas? ¿Qué estás diciendo? – contestó un poco menos enfadada.

– He hablado, ¿verdad? Lo siento, pero es que Amy Lee me vuelve loco.

– ¿Crees que soy tonta? – Al recordar las lágrimas de Sophie y mis excusas me sentí mal.

Pero la verdad es que en el momento que conseguí que se durmiese sin más percances lo que estaba era aliviado. Me había portado como un cabrón, pero es que las cosas eran muy distintas entonces. Amy era algo imposible, tanto como esa famosa. No tenía yo la culpa de sentir lo que sentía.

Amy respiró hondo y me miró.

– Pero ya da igual, te vas a mudar con ella. Asunto resuelto – Dejó de fingir, y ver esa cara tan triste me sentó tan mal que me entraron ganas de pegarme a mí mismo. Me pasé una mano por los ojos, manteniendo los sentimientos a raya y sacando valor de donde no tenía.

– Ayer después de la fiesta hablé con el borracho de tu hermano y me dijo cosas que no tengo muy claro cuánto tienen de verdad – Abrió los ojos de par en par y me miró aterrorizada. Claramente sabía de qué estaba hablando. Era verdad entonces.

– ¿Cómo qué? – intentaba sonar serena cuando no lo estaba.

– Como que esto – Le di vueltas a la alianza con el pulgar – Te iba a hacer de todo menos feliz.

No fueron sus exactas palabras. Me lo encontré en una esquina de la fiesta, bebiendo solo para variar. No es que fuese un hombre muy popular pero yo le apreciaba a mi manera. Al fin y al cabo era el hermano de mi primer amor. Al verme me indicó que me sentase junto a él y me ofreció un trago. Se había llevado la botella de la barra libre y no tenía ni idea de cómo.

– Que sepas que eres una mierda muy grande de persona – Me espetó. Casi escupo el alcohol.

– ¿Perdona? – dije al limpiarme la comisura de la boca.

– Aquí estas – Me señaló con la bebida, salpicándome – Celebrando por lo alto tu feliz vida amorosa mientras mi hermana tiene que estar rota y sola en casa. Espero que se te pudra lo que tienes entre las piernas porque el corazón y el sentido de la amistad se te fueron al carajo hace mucho.

– ¿A qué te refieres? – Me miró con asco.

– ¡A que ese puto anillo tendría que ser por ella, no por una tipa que te importa bien poco con un “elegante” nombre francés!

– Pero ella no me—

– ¡¡Vete a la puta mierda!! ¡Está loca por ti, gilipollas! – Se puso en pie, amenazándome, pero su propia ebriedad le hizo caerse al suelo.

Entre unos cuantos lo sacaron fuera mientras yo le pedía perdón a todo el mundo, asimilando algo que lo cambiaba todo. Y a la mañana siguiente seguía sin asimilarlo. Amy parecía ofendida e histérica.

– Por favor Seth, somos amigos desde que éramos unos críos y compañeros de piso desde hace casi seis años, ¿cómo no iba a alegrarme? Si eres feliz yo también, parece mentira…

– Lo que parece mentira es que hayas estado sintiendo algo por mí desde hace tanto y que nunca me hayas dicho nada – La miré sintiéndome dolido, enfadándome y entristeciéndome al verla apartarme la mirada.

En el fondo no tenía derecho a sentirme así, yo se lo llevaba ocultando casi toda la vida. La primera vez que pensé en ella como mujer fue en el baile de graduación al que casi no íbamos ninguno de los dos; ella porque no le gustaba y yo porque no quería ir si ella no iba. Convencí a un amigo mío para que la llevase y a ella para que accediese porque quería que estuviese conmigo o no me lo iba a pasar igual de bien. Como vivíamos en el mismo bloque de apartamentos, solo tuve que bajar unos pisos a preguntarle si estaba lista. Al abrirme la puerta me llevé una sorpresa.

– Voy a coger el bolso ese ridículo donde no cabe nada y ahora mismo nos vamos – dijo sonriéndome, provocando que a mi corazón le pasara algo raro y a mi estómago algo más raro aún.

– Vale – fue todo lo que dije.

– Qué mono te has puesto – Me despeinó. No pude apenas reírme porque los sentimientos me tenían abrumado. No podía dejar de mirar su recogido, su cuello, la forma de su cuerpo recién desarrollado y del que no me había percatado hasta verla con un traje ceñido. Y cómo olía… no podía pensar con claridad – Venga, date prisa que me espera tu amiguito, que por cierto, muchas gracias por no buscarme uno feo – Me dio rabia que fuese con otro al baile. Me dio rabia que fuese mi amiga. Sólo mi amiga.

No entendía cómo no se daba cuenta de mis sentimientos y no entendía cómo me había ocultado tan bien los suyos si era el que mejor la conocía. Amy me miró buscando las palabras, intentando excusarse.

– Me contento con estar cerca de ti, no sé de qué sentimientos hablas – farfulló – Eres mi amigo, mi hermano ha confundido las cosas o tú no las has entendido bien.

– ¿Y si todo es un malentendido por qué no me miras? – La vi perdida, sin saber cómo salir de la situación. Quería arrancarle las palabras pero ella no terminaba de admitirlo, y entendía sus motivos.

– No quiero perderte – susurró – Quizás el tiempo y madurar contigo ha cambiado un poco las cosas, puede ser – Al fin admitía algo, estaba muy nervioso – Es que no quiero perderte.

No me gustó nada que temiese tanto perderme, me hizo plantearme si mi actitud con ella había sido diferente esos días. Si había una persona en el mundo a la que no quisiera hacerle daño era a ella, y por lo visto lo estaba haciendo porque ese miedo a no tenerme… era irracional, siempre iba a estar para lo que necesitase. Incluso si yo no hubiese sentido nada por ella – cosa imposible porque era lo mejor que tenía en mi vida – si ella se me hubiese declarado, no me habría alejado. La necesitaba demasiado.

– ¿Crees que ibas a perderme por decirme la verdad? ¿No será más bien perderme por haberme mentido? – negó con la cabeza, más asustada que antes y con los ojos brillantes. Estaba a punto de echarse a llorar y no sabía si iba a soportarlo. Era mi punto débil.

– No puedes apartarme de tu vida, yo lo hacía por el bien de los dos. Y sobre todo porque no quería… Sophie no tiene la culpa de nada – dio un golpe en la mesa con el puño, sobresaltándome – ¡Nadie tiene la culpa! ¡Es solo que soy como soy y ya sabes que no puedo controlar mis sentimientos!

– Lo que no sabía era que esos sentimientos eran por mí – La cogí de la mano intentando consolarla, tenía que saber que iba a estar ahí para ella pero había algo que no me gustaba en lo que me decía – Amy, te he visto así muchas veces, te he consolado hasta lo inconsolable y lo que no tiene perdón es que esas lágrimas fuesen por mí. ¿Todos esos tíos por los que llorabas eran reales o era una excusa para cada vez que te pillaba llorando?

– Claro que lo eran – dijo pasándose la mano por la nariz, sorbiendo. Y murmuró – Hasta que conociste a Sophie.

– ¿¡Llevas un año llorando por mí?! – Me soltó la mano y se llevó las suyas a la cara.

Estaba descontrolada, le salían los sollozos desde lo más profundo y no paraba de temblar. Quería consolarla pero se alejaba de mí, al contrario que siempre hacía. Normalmente se me agarraba como si se fuese a caer y siempre me pedía perdón por ponerme en esa situación. Lo único que me molestaba de tener que limpiarle las lágrimas que otro le causaba era que yo estaba seguro de que conmigo no le pasaría. La había visto llorar muchas veces y contando con esa, solo hubo un día, no hacía mucho, que también me apartó al intentar consolarla. Habíamos hablado durante horas y de repente me dijo que tenía sueño, así que como cualquier otro día le di las buenas noches. Cuando yo me iba a la cama vi que se había dejado el teléfono en el salón y se lo llevé porque sabía que era su despertador. Al abrir la puerta me la encontré hecha un ovillo en la esquina de la cama, con la luz apagada. Lo dejé sin hacer ruido en su mesa de noche y fue cuando escuché que sorbía por la nariz. Al ponerle la mano en el hombro se revolvió, dándome un manotazo. Me asusté muchísimo y me senté a su lado, pero no paraba de alejarme de ella.

– ¿Qué te pasa Amy? ¿Por qué no me cuentas las cosas?

– ¿Qué tengo yo de malo Seth? ¿Por qué yo no soy buena? – Me  preguntó como pudo, sin darse la vuelta. En el momento lo entendí de otra manera aunque ahora sabía el verdadero significado de esas palabras. Qué ciego estuve.

– Oye, oye. Claro que eres buena. Eres la mejor y lo sabes – La obligué a darse la vuelta pero se cubría la cara con las manos.

– ¡Poco se nota! – Casi me tumbé encima de ella, besándole el pelo y deseando desesperado que dejase de llorar.

– Sea quien sea el que te está jodiendo, pasa de él. No te merece. Encontrarás a alguien que te quiera de verdad.

– No quiero a otro – fue entonces cuando me abrazó – Es que no quiero a otro…

No llego a entender como no me di cuenta. Supongo que viene de serie con la poca perspicacia que según ella tenemos los hombres para darnos cuenta de esas cosas. Pero lo cierto es que Amy tampoco estuvo muy lúcida cuando yo le lanzaba indirectas al consolarla. O quizás yo lo escondí demasiado bien.

Se apartó las manos de la cara y le di una servilleta. No me miraba.

– ¡Lo siento! ¡Joder, Seth! Yo no quería enamorarme y hasta que no me empezaste a hablar de ella ni siquiera sabía que sentía algo.

– ¿Por qué no me lo has dicho? – pregunté una vez más. Me dolía tanto verla así…

– Porque no quiero que te alejes de mí, ya te lo he dicho, y te veía feliz con ella.

– Porque lo era, o eso me decía a mí mismo – Me miró asustada, entendiendo el significado de lo que iba a decir a continuación – Pero ahora sé que no voy a poder serlo.

– No vas a anteponer mi felicidad a la tuya – intenté tocar su mano pero se levantó, poniéndose a la defensiva – Vas a casarte. Vas a ser feliz. Y yo seguiré con mi vida y cuando esté mejor te llamaré para verte.

– Sabes tan bien como yo que no voy a dejarte tranquila porque nos necesitamos. Ese miedo a perderme es una gilipollez, creía que sabías que eres la persona más importante para mí.

– Soy el apoyo más fuerte que tienes pero ayer te comprometiste con otra. No me vengas ahora con que—

– ¡No eres la única que se ha callado cosas y no eres la única que lo ha pasado mal! – No entendía cómo no se daba cuenta de lo que estaba queriendo decirle. Así que tenía que decírselo claramente, aunque a mí también me costaba – ¿Pensabas que no me dolía verte llorar por otro? ¿Qué no me entraban ganas de consolarte de otra manera que no fuera escuchándote y abrazándote? – Apreté los puños, recordando esa sensación que siempre tenía cuando ella me hablaba de otros, entendiendo cómo se había tenido que sentir todo esos meses atrás cuando yo hablaba de Sophie – ¿¡De verdad piensas qué no me mataba saber que otros tíos te tocaban y te daban más felicidad que yo!? ¿¡Por qué no has sido sincera?! – Al acercarme se encogió, pero tras resoplar me dio un empujón, alejándose de mí.

– ¿¡Y por qué no lo has sido tú?! – creía que era obvio, pero por lo visto también se lo tendría que explicar.

– Siempre había otro. Siempre llorabas por otro. No veía bien confesarme al verte tan mal – A pesar de que se lo decía directamente, podía ver como no terminaba de creérselo – Y al ver que mejorabas por estar con otro chico no quería confesarme porque no quería estropear tu felicidad. Y me cansé de esperar – Lo único que quería era abrazarla, tenerla entre mis brazos de una vez – Pensé que en otra mujer encontraría la felicidad y que terminaría olvidando lo que sentía por ti.

– Y lo has conseguido. Te has comprometido ayer, ahora no puedes—

– Puedo. Y por Dios que me muero si no lo hago – Me acerqué a ella y le di un beso como no se lo había dado nunca a nadie. No me tocaba, pero su boca bien que respondía – Abrázame – Le pedí, porque necesitaba sentirla junto a mí.

Necesitaba eso que iba buscando en Sophie y que nunca iba a encontrar por más que me empeñase en que con el tiempo lo sentiría. Subió sus manos hasta mi pelo y tiró con fuerza mientras la sentía deshacerse en mis brazos. La ansiedad que me invadía desde el día anterior se desvaneció de un plumazo al tenerla al fin, después de tanto tiempo. Sabía que tras eso me tocaba lo peor con Sophie pero en ese momento quería disfrutar de Amy. Mi Amy. Mi niña preciosa, mi favorita desde que empecé a interesarme en las mujeres. Nos dejamos caer en su cama, perdiéndonos uno en la boca del otro, sintiendo sus manos nerviosas recorrerme el cuerpo y cómo yo me derretía con sus caricias. Quería ver sus ojos, así que me separé de ella. Estaba tan preciosa que me iba a reventar el corazón.

– ¿Por qué ahora? – Preguntó lamiéndose los labios, saboreándome sin dejar de mirarme la boca.

– Más bien por qué no antes, hemos sido idiotas.

– Y ahora estamos siendo unos hijos de puta – Llevaba razón, pero no por ello iba a dejar de hacer lo que mi corazón sentía que estaba tan bien. Besé su rostro suavemente y volví a mirarla.

– Solo estamos siendo egoístas por una vez en nuestra vida. Piensa en tu felicidad para variar y olvídate del mundo – Me excité muchísimo al escucharla gemir cuando sintió mi boca por su cuello.

Se quitó el pijama y yo me quité la ropa sin dejar de comérmela con la boca y la mirada. Quería tocar su cuerpo entero al mismo tiempo, deseaba tener más manos y mirarla me excitaba incluso más que sentirla. Llevaba mucho fantaseando con su cuerpo desnudo y ahora que lo tenía delante adoré cada imperfección de su piel. Era lo más bello y sexy que había visto nunca. Y me pasó lo inesperado. En vez de hacerla mía de una vez, lo que quería era abrazarla y mirarla. No me terminaba de creer lo que estaba pasando y me fascinaba lo que sentía cada vez que la besaba. Era la felicidad más absoluta. No era nada en comparación a lo que Sophie me podía provocar. Abracé a esa mujer con fuerza, sintiendo como suspiraba y el roce de su piel cálida y desnuda. Era tan agradable que parecía mentira que me estuviese pasando. Al mirarla con esa sonrisa tranquila me terminé de convencer de que estaba haciendo lo correcto. Si ella sonreía, era que estaba bien.

– Si supieras la de veces que te he espiado al dormir… – Le dije, sonriendo al escuchar su risa – Es mi deporte favorito.

– Si supieras la de veces que Mara se ha metido conmigo por mirarte a ti… – Eso no me lo esperaba.

– Quiero verte sonreírme todos los días – Me besó los dedos, apretando mi mano a su mejilla suave. Al escuchar mi teléfono regresó la angustia.

– No te vayas – Me apartó la mirada – Si eso es lo que quieres quédate conmigo, por favor – No entendía cómo me lo seguía pidiendo.

– Las cosas hay que hacerlas en orden – dije levantándome sin realmente querer, pero tenía que ser consecuente con mis decisiones – Bastante daño le voy a hacer ya a Sophie con lo que tengo que decirle, imagina si se entera de que ha pasado algo entre nosotros antes de hablar con ella.

– Seth – Me giré tras vestirme y la ví observarme desde la cama con culpabilidad – Lo siento, no quería hacerle daño. Sé que voy a ser la mala en esta historia bajo el punto de vista de Sophie, y lo entiendo.

– Me habría matado si me hubiese enterado después de casarme de lo que sientes por mí – miré el contorno de su cuerpo, lo buenísima que estaba. Pensé si lo de la combustión espontánea podía pasar por estar demasiado cachondo – Probablemente le habría sido infiel a Sophie, mejor que haya sido ahora.

– ¿Quieres que vaya contigo? – Se levantó y me tocó el brazo. No quería irme.

– ¿Estás loca? No, claro que no. Tú espérame aquí, me va a hacer falta que me reconforten cuando vuelva. Me espera… algo muy difícil de hacer – No quería pensar en Sophie pero no me quedaba más remedio. Escuché un quejidito salir de su garganta y volvió a apartarme la vista.

– No tienes por qué hacer esto. Es tu vida, no cambies tu vida solo porque—

– No me pidas que me quede contigo y luego me digas que no hace falta porque me estás mintiendo descaradamente – Le pasé los brazos por la cintura – Te quiero, y voy a quedarme contigo. No hay más que hablar.

Mis manos se movieron solas acariciando su espalda y ese culo que me volvía loco. La pasión me pudo y la cogí en brazos en un impulso, devorando su boca y aplastándola contra la pared, apretando sus tetas y sonriendo por lo nervioso que me ponía. Se nos estaba yendo de las manos, al menos a mí, y casi me da un puto infarto al escuchar el ruido de unas llaves contra el suelo.

– Me voy, me voy, me voy, me voy – Mara pasó corriendo junto a nosotros con una mano tapándose la cara y metiéndose en su habitación – ¡Si me preguntan no he visto nada! – Gritó desde dentro. Miré a Amy, que se rio tan culpable como yo.

– Ahora vengo – La dejé en el suelo y me fui sin más o no me iba a ir nunca.

Me tenía que enfrentar a mi irresponsabilidad, a mis mentiras y a la decisión que tomé de pedirle matrimonio a una persona que realmente no quería. Pero es que nunca iba a querer a nadie como a Amy, jamás. Y cada vez que pensaba que no iba a ser mía me sentía en la más absoluta miseria, así que tomé esa decisión. Qué manera de meter la pata… Me llevé un buen rato en el coche, reuniendo el valor para enfrentarme a lo que probablemente iba a ser lo más difícil de mi vida. No me había decidido salir cuando Sophie dio golpecitos a la ventanilla del coche, sonriente, radiante. Una sonrisa que no me hacía sentir gran cosa además de cariño. Me dolía hacerle lo que iba a hacerle, pero no podía dejarlo pasar. Me bajé del coche sin sonreírle y entré en su casa, dándome cuenta de que ella me miraba extrañada.

– ¿Qué pasa? – me dijo nerviosa, soltando las llaves en la cocina de la que iba a ser nuestra casa. Menos mal que no me había empezado a mudar.

– Sophie – La voz se me rompió, tenía la boca seca. No podía mirarla a la cara – Lo siento – No tuve que decir nada más. Supongo que en cierta manera era algo que se esperaba desde el día que se dio cuenta de la realidad del asunto. Se sentó en la silla y escuché un gemidito. Al mirarla vi que se quitaba el anillo.

– Lo sabía, no tendría que haber seguido con esto cuando vi que a la que de verdad querías era a ella. He sido imbécil. Me lo he buscado.

– Tendría que haber sido sincero contigo desde el principio. No es tu culpa.

– ¡Claro que no es mi culpa! – Me miró con rabia – ¡Es culpa de esa amiguita tuya!

– Si alguien es culpable de esto soy yo. Amy no me ha dicho nada hasta que yo no le he preguntado.

– ¿¡Y por qué has esperado a estar comprometidos?! – Lloraba a mares, ya la veía criticarme con todo el mundo y no me parecía mal. Era lo que cabía esperar.

– Porque no lo supe hasta ayer.

– ¡¡No será porque yo no te lo haya dicho!! ¡¡Lárgate, vete de mi vida!! – Me dio empujones hasta la puerta de la calle y cerró de un portazo.

Había sido más rápido y fácil de lo que esperaba, lo que no disminuía mi sentimiento de culpabilidad. Era un hijo de puta, como Amy bien decía. Al llegar a mi casa, conduciendo sin pensar mucho en la carretera, Mara estaba almorzando en el salón.

– ¿Y esa cara? – Me preguntó. La miré significativamente – Ah, ya, lo siento.

– Es igual, ya está hecho – dije soltando la chaqueta en mi habitación.

– Amy está frita, pero quiere que la despiertes – Al ver como Mara meneaba los hombros de manera sugerente mientras me guiñaba no pude evitar sonreír – Yo me voy ahora a la calle, no os preocupéis por el ruido.

Abrí la puerta despacio y sonreí al verla dormir con la boca abierta. Me quité la ropa sin hacer ruido y me acerqué a la cama, bebiendo de la botella de agua que tenía en la mesa de noche. Al soltarla me di cuenta de que en mi dedo seguía la alianza, así que me la quité, diciéndole adiós a mi vida pasada, mirando a Amy que se acababa de despertar y mirando ese anillo de nuevo. Lo guardé en el cajón porque no me parecía bien tirarlo. No dije nada porque sobraban las palabras, solo quería tenerla cerca como nunca habíamos estado y como siempre había deseado. Me daba la impresión de que podíamos meterle fuego a la casa con la pasión que volcábamos en nuestros besos y caricias. La cercanía de su piel desnuda y su roce me estaba desquiciando. Necesitaba sentir algo más de una vez, iba a estallar. Cuando movió sus caderas contra mi cuerpo me di cuenta de que me iba a correr enseguida y no iba a poder hacer mucho por evitarlo. La deseaba muchísimo, no podía parar de mirarla y de tocarla por todas partes. Estaba histérico, más que en mi primera vez, y me encantó reírnos juntos. Era muy raro, estar con ella así era extraño porque no era lo normal, pero era más que genial. Se lamió la mano con una expresión lujuriosa que nunca había visto en su rostro y que me puso más cachondo que todo lo que llevábamos hecho. Me la acariciaba y me miraba con altivez, lamiéndose los labios. El placer me inundó desde el primer contacto y deseé compartirlo con ella.

Si podía sacar algo bueno de ser su amigo más íntimo es que sabía exactamente lo que le gustaba en el sexo. Nos lo contábamos todo, así que la toqué como supe que le iba a encantar. Casi al instante la sentí lubricar en mis dedos y al tocar sus pezones me sorprendí por lo durísimos que estaban. Cuando sentí sus uñas acariciarme desde los huevos hacia arriba me di cuenta de que estaba a punto de correrme, así que tras una proposición de lo más sucia – de esas que a ella le ponían tan cachonda según me dijo un día – hice que me lo pusiera en la cara, manchándome entero. Su sabor me deleitó, sus gemidos me mataron hasta el punto de sentir que se me escapaban algunas gotas de esperma y rodaban por la erección que necesitaba aliviar. Pero antes iba ella. Miré hacia arriba y la vi gemir como una desesperada al mover mi lengua mucho más despacio. Su clítoris se endurecía y sus piernas temblaban tanto que me prepararon para cuando se dejó caer sobre mí. Agarré sus caderas, tragando y lamiendo lo que tenía delante mientras ella se sentía morir y gemía sin preocuparse de lo que su amiga pudiese estar escuchando. A mí también me importaba poco, o nada. Y ya no podía más, tenía que penetrarla. La empujé contra la pared y tras apoyarla en mis piernas guie mi polla hasta su interior, sin creerme que pudiera estar sintiendo tantísimo placer. Estaba siendo la mejor experiencia sexual de mi vida.

– Te quiero, te quiero mucho, te necesito a mi lado – tenía que decírselo aunque no fuese el momento más adecuado.

– Fuerte… entera – Me reí al escuchar sus exigencias entre jadeos – Te amo.

Ella quería sentirme y yo quería que tuviese el orgasmo de su vida, así que la puse a cuatro patas escuchando como susurraba “si” cuando volví a entrar en ella. La agarré del cuello y se la metí hasta el fondo bruscamente, centrando todas mis fuerzas en no correrme aún a pesar de sentir el más sublime de los placeres. No paraba de pedirme que le diese más y con sus gemidos lo único que conseguía era ponerme más cachondo si cabía. Estaba tan mojada que podía sacarla entera y volver a embestirla sin problemas. Me dejé caer sobre ella y le mordí el hombro, esforzándome por darle todo el tiempo que pude lo más fuerte que mis músculos me permitieron. Cuando se me ocurrió tocarle el clítoris no supe si se quejaba porque le molestaba o si se estaba volviendo loca, y no dejé de hacerlo al ver que sus gemidos aumentaban. Justo cuando iba a correrme le di la vuelta y esperé unos segundos besando sus labios, diciéndole de nuevo lo que sentía y haciéndole el amor un poco más despacio. Fue inútil. Cuando me miró a los ojos y susurró “Me corro otra vez” no pude retenerlo. Me dejé caer sobre ella, explotando en su interior y agradeciendo que ella se moviese porque los espasmos me tenían inmovilizado. Nunca experimenté nada parecido. No la iba a dejar escapar jamás. Cuando me relajé se me puso encima y me besó con dulzura, sonriéndome de nuevo. Y de nuevo, mi mejor amiga haciéndome la persona más feliz del mundo, como siempre había hecho y como esperaba que siguiese haciendo.

Anuncios

2 comentarios en “Just Friends

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s