Subway

Como siempre, os cuento un poco de dónde viene la inspiración. Son tres cosas distintas: Lo que le da el título al fic es la idea principal, que se me ocurrió en el metro cuando fui a París, voy pensando cosas como esta 24/7 y luego las termino escribiendo y salen hasta molonas. Además, la primera escena del tercer capítulo con Nobu (el personaje masculino principal) se me ocurrió al ver esto (sí, sí, es Tomoya):

Y el personaje de Nobu es inspirado por este señor, padre del que casi siempre sirve de inspiración.

Nagase Yoshitaka.

¡Espero que os guste! ^-^

1

– ¡Mena chan! ¡He preparado una gokon y noooo te la puedes perder! – Alcé la vista de la traducción que tenía entre manos y miré a mi animada compañera de trabajo. Envidiaba su energía mañanera y la odiaba al mismo tiempo – No me digas que no, están ilusionados con la idea de verte por allí…

– Ahora mismo te diría que no hasta para acompañarte al servicio – Me pasé las manos por los ojos –  Pregúntame otra vez cuando me despierte un poco.

– ¿Qué te pasa? Tienes mala cara – Se sentó a mi lado, procurando que no se viese nada bajo su perfecta falda de trabajadora responsable y madura. No era ni lo uno  ni lo otro.

– ¿Es una novedad? – Oculté un bostezo, excusándome después – Los horarios aquí son demasiado para mi metabolismo. Me tienen muerta.

– A ti y a media empresa. Pero venga, es viernes – Ignoró mi mal humor y siguió con ese molesto entusiasmo – Y te van a caer bien, ¿quién sabe si te llevas uno a casa? No sería la primera vez.

– Ya te contesto más tarde – Puso morritos y me dio en la mejilla con el dedo, haciéndome sonreír – Tengo trabajo, soy nueva y me ha costado quedarme, no hagas que me amonesten, pesada.

Una vez volvió a su puesto de trabajo, pude seguir con el mío. Probablemente la acompañase a la gokon – más por ella que por mí – pero es que ese día estaba siendo de todo menos bueno. Esa mañana me levanté con prisas porque mi alarma no quiso sonar a su hora – o porque le di a “snooze” unas cuatro veces, no estaba muy segura – apenas desayuné y perdí el metro de siempre por lo que llegué a lo justo al trabajo. Y no me podía permitir ni un desliz porque me vigilaban muy de cerca. Mis jefes no se fiaban de mí, una gaijin con el pelo rosa y demasiadas curvas, pero tan buena y eficiente que tuvieron que contratarme. Y lo peor de todo fue que al perder el metro y tener que coger el siguiente (que podría parecer una chorrada pero con la de gente que se sube es un atraso) no pude ver a ese hombre que me tenía obsesionada desde hacía un buen tiempo.

Cogíamos el metro en la misma parada y volvíamos a la misma hora. No tenía ni idea de cómo se llamaba, de dónde trabajaba o dónde vivía. Solo tenía una referencia física que me traía loca y es que nunca, jamás, había visto a un japonés tan alto y atractivo. Sus facciones eran tan masculinas y asiáticas al mismo tiempo… algo así como un samurái moderno. Sus manos me llamaban muchísimo la atención porque era inevitable no verlas, venosas y enormes, machacadas de usarlas rudamente. Su ropa siempre era descuidada, no me podía hacer a la idea de en qué trabajaba, aunque al volver casi siempre iba manchado. Nunca cruzamos palabra, muy rara vez una mirada porque procuraba apartarla cuando dirigía sus ojos oscuros en mi dirección. Solo una vez fuimos a salir ambos a la vez del tren y casi nos chocamos, fue una gilipollez, pero ese “perdón” tan grave y masculino que susurró me aceleró por completo. Las noches que pasaba sola, las pasaba pensando en él, fantaseando con cómo sería en la cama y esperando verle al día siguiente para tener más material con el que trabajar al caer el sol. Y ese día ni le vi ni le vería porque tenía que hacer horas extras.

El resto de la mañana la pasé trabajando en silencio, almorcé en silencio y terminé mis horas laborales aun pensando para mis adentros en las ganas que tenía de que acabase el día. Suzu me asaltó de nuevo con lo de la gokon, y al ver su cara de pena al mirarme no le pude decir que no. Era la única que se me acercaba sin usar sonrisas falsas, la única con la que hablar en esa ciudad tan fría; así que no podía descuidarla. Me puse en camino a mi casa para cambiarme y arreglarme a pesar de no estar muy ilusionada. Al llegar al metro me sorprendí con lo lleno que venía, pero me metí sin más, pensando qué sería lo que lo tendría tan abarrotado a esas horas. Y entonces escuché conversaciones susurradas sobre un festival que tenía lugar una estación después de mi destino, por lo que iba a tener que ir apretujada las tres paradas hasta mi casa. Fantástico.

Me encontraba mirando con cara de asesina loca y peligrosa a los hombres de mí alrededor para que ni se les ocurriese tocarme cuando escuché el pitido que anunciaba que se cerraban las puertas. Una mano, enorme y con ese tipo de manchas negras de grasa que se han intentado eliminar pero no salen, evitó que se cerrasen las puertas de mi vagón. Intenté no sonreír mucho cuando se colocó justo tras de mí, sin siquiera prestarme atención pero bien cerquita. Una vez nos pusimos en marcha me acerqué discretamente a él, pegando mi trasero a su entrepierna sin que lo notase nadie excepto ese hombre. Sintiendo su calor y su respiración en el pelo, me permití le lujo de fantasear allí mismo – para qué esperar a esa noche – con sus manos recorriendo mi cintura, sus dientes mordiéndome entre el hombro y el cuello con fuerza mientras sus húmedos labios acariciaban mi piel. Incluso cerré los ojos y se me pusieron los pelos de punta al imaginar su voz. Sus dedos se deslizarían bajo mi falda y me acariciaría sobre las braguitas desde atrás, despacio, rozando la tela y la piel de debajo con todos esos espectadores ignorantes de lo que pasaba bajo mi ropa. Casi sentía cómo me susurraba al oído y su polla dura apretándose contra mi culo mientras yo intentaría no gemir. Me estaba mordiendo el labio cuando le escuché inspirar muy cerca de mi oído y exhalar despacio por la boca, moviéndome el pelo y haciéndome cosquillas en la oreja. Tragué saliva e intenté relajarme, pero era muy complicado sintiéndole a mi espalda. Era todo demasiado sexual, nada platónico de novio ideal ni chorradas de novela rosa. Lo que quería era su cuerpo, y por primera vez estaba a mi alcance. Tenía tantas ganas de masturbarme que me iba a volver loca. En la siguiente parada una persona muy oportuna y situada a su espalda nos empujó, casi tirándole sobre mí. Puso su mano contra la puerta y la otra en mi cintura, lo que ya fue demasiado.

– Joder, puto asco de gente – Me sorprendí con su forma de hablar, tan vulgar – ¿Estás bien? – Dijo junto a mi oído – Lo siento mu—

Enmudeció cuando puse mi mano sobre la suya. No supe por qué lo estaba haciendo, solo seguía los impulsos que me comían por dentro. Muy despacio, observando como sus dedos se adaptaban a la silueta de mi cuerpo, hice que la subiera hasta mis pechos. Me apretó con delicadeza, palpando la redondez bajo mi camisa blanca de botones, empujándola hacia arriba y suavemente con la palma de su mano para cerrar sus dedos después, un poco más fuerte. Vi su índice y su anular apartar mi sujetador hacia abajo, buscando mi pezón, haciendo que respirar fuese algo difícil. Me acariciaba sobre la camisa, y gracias daba a que fuese tan fina. Cuando volvió a bajarse gente en la segunda parada, me acercó más a él para no separarse de mí.

– ¿Se puede saber quién eres? – Susurró riéndose por lo bajo, sin soltarme el pecho. Nadie se daba cuenta de la situación. El saber que podían vernos me ponía nerviosa y más caliente de lo que ya estaba.

– Nadie importante – Respondí sin volverme, sintiendo cómo me miraba sobre mi hombro.

– Bueno, esto que tienes aquí sí que es importante – Se rio de nuevo, y yo no paraba de sonreír. Un completo desconocido me estaba cogiendo una teta en el metro de Tokio y se sentía tan bien que no había lugar para la culpabilidad o la duda – Y lo que me está creciendo en los pantalones también.

– ¿El lunes vuelves a coger el metro a la misma hora? – Acerqué mi culo a su cuerpo, se apretó a mí y sentí que no mentía. Tardó en responder, recreándose en cómo se endurecía la parte de mi cuerpo que retorcía deliciosamente entre sus dedos.

– Sí, claro que sí – Me mordió el lóbulo de la oreja y me puso los vellos de punta.

– Bueno… – Apreté su mano y presioné el botón de la puerta al pararse el transporte por tercera vez – Si tanto interés tienes, aquí nos veremos.

Caminé fuera del vagón, nerviosa y excitada como nunca en mi vida. Sentía la adrenalina fluirme por las venas, las bragas empapadas y una bola de nervios en el estómago. Me había alegrado el día radicalmente, ahora iría a la gokon de una manera muy dif—

Me dieron un susto enorme cuando tiraron de mi brazo con brusquedad, empujándome contra la pared y agarrándome la cara. Me encontré con los ojos de ese desconocido clavados en los míos y me intimidaban, pero me sacaron una sonrisa a la que él respondió.

– También eres guapa, mira tú que bien – Se centraba en mis labios.

– Gracias por el cumplido, ¿eso es todo? – Olía a tabaco, pero era un olor vago, como adherido a su ropa o a su pelo.

– ¿Vas de dura y has empezado tú? No será porque quieras ir despacio… – Me señaló la camisa de la oficina. Tenía la marca de sus dedos sucios en ella.

– Si te bebes de un golpe algo que te da curiosidad probar no te da tiempo a saborearlo, listillo, ¿puedo irme? Tengo planes – Deseaba un beso, pero no quería que notase lo desesperada que estaba por sentir su boca.

– Sí, que se me va el metro, hoy no me bajo aquí – Se alejó de mí corriendo, y una vez dentro de éste me gritó – ¡Te veo el lunes, oppai-chan!

Di una carcajada al ver las caras de la gente y le vi irse riéndose de la misma guasa que yo. Me encantaba su desparpajo y su poca vergüenza, apenas le conocía pero ya estaba segura de que nos íbamos a llevar bien en la cama. Me sorprendía mucho esa actitud apasionada en un japonés, lo normal hubiese sido o avergonzarse o rechazarme por “indecente”. Me alegraba más que nunca de ese radar para lujuriosos que tenía incorporado desde mi pubertad. Y como iba diciendo antes de la interrupción, gracias a ese encuentro mi actitud era totalmente opuesta a la de la mañana cuando me reuní de nuevo con Suzu.

– ¡Mena-chan! Esa es la cara que tendrías que tener todo el día, guapísima – Me agarró de los mofletes mientras me reía. Me sentí tentada de contarle lo del metro, pero lo guardé para mí misma.

– ¿Soy la primera en llegar? – Me quité la chaqueta mirando alrededor.

– Más bien la última, pasa que te presento.

En la mesa que Suzu reservó, encontré sentados a tres hombres y a otra mujer que parecía más bien una niña. Odiaba esa manera que tenían los asiáticos de envejecer despacio mientras que yo me notaba los cambios día a día. Al principio parecían animados, con ganas de estar allí, pero conforme avanzaban las horas se fueron apagando. Las dos únicas personas que entablaban conversación eran Suzu y él chico con el que organizó la quedada, el resto mirábamos aburridos. La chica propuso jugar a un  juego, a lo que respondieron con malas caras. Uno de los chicos incluso se fue al servicio. Suspiré, harta, y más fuerte de lo que debía, por lo que mi amiga me miró  intentando hacerme señales para que guardase las formas. Puse los ojos en blanco y me levanté, poniendo la pobre excusa de que me dolía el estómago. No iba a quedarme ni un segundo más allí, estaba siendo insoportable y antes de estar aguantando la frialdad de las personas, prefería el frío de las calles.

2

Tras unas cuantas horas de paseo me di cuenta de que no llevaba ningún rumbo fijo pero de tanto pensar, sí una carga en el corazón. El subidón provocado por mi hombre del metro se me había pasado hacía ya un par de horas y ahora me enfrentaba con la realidad. Me pesaban tanto las piernas como los párpados, el alma y las pocas ganas de seguir con la vida que llevaba. Estaba lejos de mi hogar, lejos de todo lo que me podía proporcionar ese calor interior que necesitaba, lejos de las risas conocidas y la comodidad. Pero el trabajo estaba aquí y aunque me sintiese sola y fría, tenía la esperanza de que todo cambiase. Pero no parecía cambiar, nadie me llenaba a pesar de que mis sabanas solían tapar a desconocidos casuales que no llegaban a nada más. El encuentro del metro estuvo bien, sí, pero nada me aseguraba que fuese a salir como lo tenía en mi cabeza. Lo más probable es que ocurriese de manera totalmente opuesta o que no ocurriese en absoluto. Putos nipones… Y es que eran tan distantes y superficiales en este país que me iba a volver loca. No pretendía casarme, ni siquiera tener algo fijo con alguien, pero sí un mínimo de interés que no acabase en cuanto la sacasen mojada y reblandecida de usarla conmigo. Solo necesitaba importarle a alguien, ya fuese amigo u otra cosa…

El hilo de mis pensamientos destructivos se cortó de golpe al llegarme el jaleo tremendo de dentro de un bar aparentemente pequeño pero que al parecer estaba lleno de gente. Frente a él, una hilera de motos a cual más grande y cara. Una ráfaga de viento se me coló entre las piernas, poniéndome la piel de gallina, y miré al interior en apariencia cálido, dudando. Nunca me había metido en un sitio como aquel y probablemente estaba lleno de hombres, ya que los estaba escuchando. Entonces caí en cual era mi error y en la posible solución de este al pensar en el tipo del metro. No es que no tuviera suerte, es que no estaba buscando atención ni en el sitio adecuado ni con las personas adecuadas. Quizás ahí dentro eran tan desinhibidos como mi desconocido favorito.

Abrí la puerta encogiéndome al notar como se colaba el aire en el interior y me apresuré a cerrarla, suspirando cuando mis miembros empezaron a entrar en calor al instante. Observé el entorno y me llevé una buena sorpresa al ver que no había mucha gente, aunque los pocos que se encontraban por allí tenían una buena montada en una mesa al fondo. Caminé despacio a la barra, mirando con curiosidad a esas personas que ni se percataron de mi presencia, deseando formar parte de un grupo tan divertido como el suyo. Igualitos que los de la gokon: Chaquetas y pantalones de cuero, barbas, pelos largos, (algunos teñidos), voces y risas estridentes… me encantaba.

– ¡Buenas noches! – Me senté mirando como el camarero, un hombre delgado, con perilla y un largo pelo entrecano recogido en una coleta, apartaba un boceto que no me dio tiempo a ver bien para acercarse a mí, observándome con detenimiento.

– Ponme algo suave que me haga entrar en calor – Asintió y me preparó la orden sin borrar esa expresión alegre.

– Llegas un poco pronto – Se sentó frente a sus folios de nuevo – Si vienes buscando a alguien empezarán a llegar ahora.

– No, no conozco a nadie de por aquí – Vi que no entendía mi presencia en ese lugar y no supe por qué pero me sentí con la necesidad de explicarme – Hace frío, es viernes y no tengo nada mejor que hacer. Paseaba y…he entrado.

– Bueno, si lo que querías era entrar en calor es el sitio perfecto, pero si es tranquilidad te has equivocado – Se rio por lo bajo, saludando al grupo que acababa de entrar, más escandaloso si cabía.

– No me interesa estar tranquila, para eso me quedo en casa – Miré hacia la puerta y vi más hombres y algunas mujeres. Una de ellas se sentó a mi lado apartando su melena castaña y perfectamente peinada a un lado al quitarse la chaqueta.

– Haré lo que esté en mi mano para que pases buena noche – Prometió el camarero, guardando el dibujo bajo la barra y volviéndose hacia esas personas que no paraban de llamarle pidiéndole bebidas y abrazos.

La sonrisa que desde ese momento tendría permanente en la cara se me asomó a los labios tan pronto me fijé en cómo hablaban y se trataban entre ellos. No eran los típicos japoneses que me solía encontrar en el trabajo, tan correctos y educados. No. Ellos se abrazaban, se llamaban a voces y se reían a carcajadas sin reprimirlas. Incluso algunas de las chicas se comportaban tal cual. El bar comenzó a estar lleno de hombres con melenas, barbas y tatuajes, y yo me encontraba más en mi salsa que nunca desde que llegué al país. Escuchaba las conversaciones y casi todas giraban en torno a motos, coches, música o sexo. La chica que estaba a mi lado esperaba a alguien y no paraba de buscarlo con la mirada. Era muy delgada, y los leggings negros que llevaba bajo la larga blusa blanca la hacían parecer incluso más esbelta. No le veía la cara porque miraba a la puerta sin parar y le iba a dar conversación cuando me la dieron a mí.

– ¿No tienes calor? – Preguntó el barman señalando mi chaqueta. Escuché que la chica a mi lado llamaba a un hombre casi saltando en la silla, y que él la saludaba diciendo “¡Hey Hitomi-chan!”

Miré casi de soslayo a la persona que ella esperaba, por curiosidad, y tuve que volver a mirar. No creía en las coincidencias y que mis pies y mis pensamientos me hicieran entrar en ese preciso lugar desde luego no fue fortuito. Dejé el bolso en la barra del bar y me quité la chaqueta mirándole, diciéndole al camarero “sí que hace calor por aquí…” y escuchando su risa. El recién llegado miró sobre el hombro de Hitomi hacia donde yo estaba, y al percatarse de mi presencia su mirada me hizo pensar que era un cabrón desconfiado. Así de seria y seca era. Y de intensa. No me sonrió como en el metro, me miró con suspicacia, probablemente preguntándose por qué estaba allí.

– Es obvio que no eres de aquí, pero me pregunto de dónde exactamente – Comentó el dibujante. Le miré tras la barra y vi como contorneaba unas piernas desnudas con el carboncillo que le manchaba los dedos.

– Española – Sonrió con la comisura de los labios, centrado en su obra.

– No vienen muchas por aquí, y menos con un pelo tan llamativo – Me toqueteé los mechones de pelo rosa oscuro que se me escaparon del recogido, riéndome y suspirando.

– Si supieses la de objeciones que me han puesto a la hora de darme trabajo… – Asintió, dándome a entender que sabía de lo que hablaba, después de todo estaba lleno de tatuajes – Pero soy buena en lo que hago, y no han podido rechazarme.

– ¿Puedo preguntar a qué te dedicas? – Asentí, dándole un trago a la bebida.

– Soy traductora en una empresa, no muy importante pero lo suficiente para poder pagarme un alquiler.

– Hablas bien japonés, para ser una gaijin… – Me miró de inmediato – Sin ofender.

– Nada, nada. Lo soy.

Escuché que Hitomi no paraba de hablar. Ese tipo parecía estar mudo o ella no le dejaba dar su opinión. Hice como la que miraba a la gente y volví a mirarle, pero no me esperaba cruzarme con sus ojos ya que casi nunca me pasaba. Era casi una costumbre eso de mirarle sin ser descubierta. Le sonreí y me apartó la mirada casi al instante cuando su compañera se volvió, antes de que se diese cuenta de en quién centraba su atención. Me reí entre dientes y seguí intentando ver qué dibujaba el barman

– ¿Qué es? ¿Puedo verlo? – Pregunté. Intentaba no mirar a ese hombre pero cada vez que escuchaba el tono de su voz, grave e intenso, no podía evitar desviar mis ojos hacia los suyos. Siempre le pillaba mirándome las tetas.

– Oh, no es nada, es… – Me miró dubitativo – No quisiera ofenderte.

– No vas a hacerlo, ¡y me puede la curiosidad! – Apretó los labios y me pasó el dibujo justo cuando le pedían otra ronda de cervezas – Lo siento si…

El dibujo representaba a una chica apoyada en el borde de una cama, con los ojos cerrados y un brazo sobre la cabeza. Por supuesto estaba totalmente desnuda y era una obra muy realista, detallada y minuciosa. O conocía muy bien el cuerpo de una mujer o el de esa mujer en concreto se lo sabía de memoria. Hitomi se levantó anunciando que volvía enseguida con el teléfono pegado a la oreja y escuché a ese hombre decir “Oh…” al ver el dibujo. Le miré, alcé las cejas, y él me sonrió, mirándome los labios. Estaba tentada de hacer algo muy poco aconsejable por aquello de que no pensar antes de actuar estaba de todo menos bonito. Aunque a él pareció gustarle en el metro… Cuando regresó el camarero, se lo devolví.

– ¿Tu chica? – Pregunté. Rio brevemente expulsando el aire por la nariz y asintió.

– Mi mujer. No la enseñes mucho que estos cerdos no pierden oportunidad de mirar unas tetas bien puestas – Vi que se volvía hacia el hombre que acompañaba a Hitomi y me dijo – ¿Ves? He dicho tetas y a este le ha faltado tiempo a mirar.

– Oye,  eso no es verdad Fujio-san.

 Tuve una excusa para mirarle de nuevo y vi como sonreía negando con la cabeza. No me había fijado esa mañana, pero tenía el pelo de ambos lados de la cabeza mucho más corto que el resto, peinado hacia atrás. Algunos mechones rebeldes se escapaban, y el conjunto que hacía con esa barba era tremendamente sexy. Gritaba “chico malo” por los cuatro costados. Llevaba puesta una camisa azul oscura de botones y unos vaqueros gastados negros. En la barra tenía apoyada una chaqueta de cuero, para su moto supuse. Nunca le había visto tan arreglado

– Aunque sí que las tiene bien puestas – Murmuró.

– ¡Mírale las tetas a Hitomi! – Le dio un latigazo con el trapo, haciéndole reír a carcajadas – O a ella – Me señaló – Que son de más buen ver, si me permites el comentario.

– Ya lo he notado. Quiero decir – Rectificó antes de que pudiese mirarle – que me he dado cuenta – Fujio no tenía ni idea del motivo por el que su colega se reía tontamente, pegándome a mí la risa floja. Miré hacia abajo y las vi donde siempre: enmarcadas por mi traje azul pastel, sin resultar una vista obscena aunque sí atractiva.

– No soy de aquí, claro que las tengo más grandes. Es genética – Ese tipo le dio un trago a la cerveza mirándomelas sin pudor, pero al ver que le miraba mordiéndome el labio se rio, medio escupiendo lo que tenía en la boca. Se la limpió con una mano y tragó antes de hablar.

– No voy a pedirte perdón, están ahí tan… a la vista – La que se rio entonces fui yo, asintiendo.

– Lo sé, vivo con ellas. Son mis niñas y yo una madre orgullosa – Hice que los dos se riesen, mirándome de nuevo los pechos.

– Nobu, encantado – Me tendió la mano. La manaza ahora limpia.

– Todo el mundo me llama Mena que es mi apellido, podéis llamarme así. Aunque también podéis intentar pronunciar mi nombre y me río un ratito – Asintieron, esperando con curiosidad – Yo os lo digo, pero a día de hoy casi nadie de por aquí lo dice bien…

– Inténtalo a ver qué pasa – Fujio sonreía, dibujando de nuevo.

– Lara – Vi que Nobu iba a decir algo pero hablé antes que él – SÍ, como la del videojuego.

– Rara – Pronunció la primera R suavemente, como sabía de antemano que iba a pasar. Puse los ojos en blanco.

– Sí, eso mismo – Se llevaron un rato intentando decirlo bien y como cabía esperar no había manera de que diesen con la tecla. Cuando se aburrieron, Nobu pidió otra cerveza y otro trago para mí, invitándome. No estaba acostumbrada al alcohol y miré mi bebida con respeto.

– ¿Puedo saber dónde ibas tan arreglada? – Señalé mi traje, un poco ceñido por arriba y suelto desde la cintura, por encima de mis rodillas.

– Una chica del trabajo me invitó a una gokon que ha resultado ser aburrida hasta la muerte – Hizo un ruidito, asintiendo conforme yo hablaba – Me he ido antes de tiempo. Ni siquiera jugaban a juegos, solo charlaban las dos personas que se conocían y los demás miraban. Y hablaban de chorradas además, de niñatos cantantes que se creen actores y tal – Fujio me miraba divertido – No sé ni cómo calificarlo, qué quieres que te diga.

– ¿Y qué tipo de música le gusta a la señorita? – Me preguntó acercándose a su ordenador, mirando en unas carpetas. Hitomi apareció en ese momento, sentándose entre Nobu y yo, volviendo a su charla incesante y alegre.

– Prácticamente toda – Fingí que no me importaba estar alejada de Nobu a pesar de estar muy tentada de tirar a Hitomi-chan de la banqueta para ocupar su lugar – Tú pon cualquier cosa que escuchéis aquí a menudo – Miré a mi alrededor, notando la presencia de los cuadros de Jimmy Hendrix y alguna guitarra que otra en las paredes – Seguro que no me disgusta – Y no había acabado de decir eso que ‘Sad but True’ de Metallica llenó el local – ¿Ves? ¡Me encanta! – Estuve disfrutando de la buena música un buen rato mientras escuchaba los intentos inútiles de Hitomi de hacerse oír sobre las guitarras.

– ¡Fujio-san! ¿¡Puedes bajarla un poco?! – Le pidió inclinándose sobre la barra mientras éste preparaba unas bebidas. La miró durante unos segundos.

– Veré qué puedo hacer – Cuando la chica se volvió, llamé al camarero y gesticulé con los labios “ni se te ocurra”. Fujio se rio guiñándome, y tan pronto tuvo las bebidas servidas se acercó a mí – Te gustan, ¿eh?

– Me encantan, sobre todo desde que los vi en directo – Me miró sonriendo y acto seguido tiró de la camisa de Nobu.

– ¡Otra que los ha visto en directo antes que tú! – Me señaló. Nobu me miró sobre el hombro de la chica de nuevo, con cara de fastidio y esos ojos oscuros entrecerrados.

– ¡Venga ya! ¡Llevadme alguna vez! – Hitomi me miró, percatándose de mi presencia por primera vez.

– Si me pagas la entrada voy contigo cuando quieras – Ignoré el escaneo que esa perra celosa me estaba haciendo con sus ojos de lagarta. Nobu pasó la mano sobre el hombro de la chica y apretó la mía. Era cálida y grande, casi cubría mi mano por completo. Me tenía loca.

– Hecho. La próxima vez que vengan a Tokio no te escapas – Asentí y asintió.

– Avísame con tiempo.

Tardó más de lo normal en soltarme la mano, acariciándome el dorso con el pulgar. Solo cuando Hitomi suspiró, volvió a su sitio, pero a partir de ese momento noté que no paraba de mirarme de nuevo. ‘I’m on fire’ de Bruce Springsteen resonó en los altavoces. Miré a Fujio que me señaló con un dedo y señaló con la cabeza a Nobu. No se le había pasado por alto el tonteo. Pero eso probablemente era porque tenía dos ojos en la cara. Sonrió.

– ¿Y de The Boss qué me dices? ¿Alguna vez has ido a un directo suyo? – Negué con la cabeza y un mohín – Pues te pierdes a un grande.

– Lo sé, lo sé… – Me meneé un poco con el ritmo de la canción y no tardé mucho en cantar. Sabiendo la estrofa que venía me giré en el asiento, mirando a Nobu sobre el hombro de Hitomi y cambiando los “he” por “she”. Era más adecuado.

“Tell me now baby is she good to you

Can she do to you the things that I do

Oh no, I can take you higher

Ooh ooh ooh, I’m on fire”

Me miró con seriedad y cuando me enganché dos dedos en mi escote, tirando hacia abajo y acariciándome el contorno del pecho con el pulgar, le vi tragar saliva. Se giró y le dio un ávido buche a la cerveza, bebiéndosela entera de golpe. Deseé ser la cerveza. Quería que me engullese, que me saborease y provocarle placer. Me moría por calmar su sed. Hacía bastante desde la última vez que un hombre me inspiraba tantas ganas de sexo solo con su presencia y daba la casualidad de que a él también le llamaba la atención mi persona. Probablemente no me iba a dar el cariño y la atención que iba buscando, pero algo me iba a dar. Lo malo era esa chica, que cada vez estaba más molesta con él y conmigo, la pobre con razón. Suspiré tras perderme en mis pensamientos lujuriosos justo cuando Fujio me llenaba la bebida.

– Ya sabes de parte de quién viene – Susurró. Me reí resoplando y susurrando “vaya plan…”. Mientras dibujaba, y tras hacer caso a la petición de Hitomi de bajar el volumen, me dio tema de conversación – Y además de la música, ¿qué más te gusta hacer? ¿Dibujas?

– No, soy más de escribir y de jugar a videojuegos – Fujio dio una carcajada. Le miré extrañada porque no entendía la parte graciosa de mi afirmación.

– Está perdiendo el tiempo – Murmuró. Me incliné sobre la barra, apoyándome en mis pechos y hablé con él en susurros.

– ¿Quién? ¿Yo? – Negó con la cabeza mientras difuminaba.

– El tonto que está ahí al lado. Sale con esa chica porque tenía una cita y le encanta físicamente. Lleva dándome el coñazo no sé el tiempo porque ella nunca cedía. Cosa que no me extraña, es demasiado pija para él y para este antro. Y cuando lo consigue el muy estúpido se está perdiendo algo que le gustaría mil veces más – Me miró significativamente – Porque a ti te tiene loca.

– Algo así – Nos reímos y volvimos a la conversación. Cuando más inmersos estábamos en cuál de los “Metal Gear” era el mejor, (yo decía que el tres, él decía que como el primero, ninguno), Nobu soltó una exclamación. Al girarme para mirarle me di cuenta de que estaba empezando a estar mareada.

– ¡Obviamente el tres es el mejor! – Le miramos sorprendidos mientras nos daba una explicación de su argumento, poniéndose a mi lado y discutiendo con Fujio. Pero sin duda la más asombrada era Hitomi, que advirtió lo mucho que la estaba ignorando.

– Vale, vale, lo que tú quieras – Cedió el camarero haciendo gestos con las manos – De todas maneras soy más de GTA…

– ¡No los compares! ¡Es como comparar el sexo con la comida! – Se rieron ante mi comentario mientras Hitomi me miraba con cierto asombro – Las dos cosas le gustan a todo el mundo pero no tienen nada que ver.

– Bueno, eso depende de si tu vida sexual es aburrida o no – Nobu me miraba desde arriba y a mí se me escapó una sonrisita traviesa. Tiré discretamente de mi traje hacia abajo, ya que las miraba tanto qué menos que darle una buena perspectiva de mis tetas. Más, si echaba vistazos desde esa altura.

– Lo lleva siendo un tiempecito, a excepción de ciertos encuentros casuales en transportes públicos, pero esperemos que cambie pronto – Y ahora tenía la risa floja. Si no estaba borracha me quedaba bien poco.

A partir de ese momento, dejó a la chica en un segundo plano, que intervenía en la conversación como podía. Nobu no paraba de decirle a Fujio que me rellenase la bebida y yo perdía lucidez por momentos. Qué poco acostumbrada estaba a beber…

3

Abrí los ojos en una habitación totalmente a oscuras, entre sábanas desconocidas y olores extraños. Tanteé a mí alrededor, di con un interruptor y la luz me hizo cerrar los ojos con fuerza. Cuando los abrí, seguía sin reconocer la habitación. Levanté la sábana y vi que tenía puesta una camiseta simple y blanca que me quedaba por encima de las rodillas, casi como mi traje pero mucho más cómodo. Y a los pies de la cama lo encontré mi hecho un guiñapo. Me dejaron unas zapatillas que me puse embarcándome en la aventura de encontrar un servicio antes de mearme encima. Una vez saciada la necesidad, miré a mí alrededor. Ni puta idea de dónde estaba.

Escuché un ruidito suave, melódico, proveniente de una habitación al fondo. Y muerta de curiosidad – aunque también un poco asustada y sedienta – fui a explorar. Me llevé una grata sorpresa al ver a Nobu sobre un montón de papeles, mordisqueándose los labios y dándose con la boquilla del cigarro de liar que tenía en la mano izquierda en la sien. Tenía una guitarra española en el regazo y los dedos llenos de tinta del bolígrafo que sostenía en la otra mano. Entré mirándole, esperando que me viese, pero no fue hasta que no me senté a la mesa frente a él que no centró sus ojos en los míos. Me sonrió al ver lo que tenía puesto, y algo en mi cara le hizo mucha gracia.

– ¿Qué? – No paraba de reírse y de mirarme.

– Eres un panda – Me señaló con el cigarro. Busqué un espejo y vi uno pequeño sobre un mueble. Era cierto, la pintura se me había corrido y tenía manchas oscuras alrededor de los ojos. Fui al baño escuchando su risita suave y arreglé un poco el estropicio, mojándome la cara de paso. Como mi recogido ya no era tal, me solté el pelo y volví con él.

– Dame algo de beber, anda. Estoy seca – Señaló a mi espalda y me encontré con un frigorífico casi vacío. Le robé un refresco y me senté frente a él – ¿Qué haces?

– Música, ¿tocas algún instrumento?

– ¿Musical te refieres? No, de esos no – Se rio suavemente, centrado en los papeles. Le observé tocar una melodía que no me disgustó en absoluto. Cuando suspiró, soltándolo todo y bebiendo de mi lata, miró la hora, (las cinco de la madrugada), y puso gesto sorprendido – ¿Es tu casa? – Asintió – ¿Qué hago aquí?

– Estabas borracha y no te daba la gana de decirme dónde vivías – Le dio una calada al cigarro, entrecerrando los ojos y moviendo la nuez al hacerlo. Esa hambre por sus labios no disminuía a pesar del dolorcillo de cabeza que me tenía molesta. Nunca había sido persona de grandes resacas, para mi alegría.

– ¿Y Hitomi? ¿No se ha enfadado? – Negó con la cabeza, sonriendo de lado.

– Está durmiendo en mi cama – Alcé las cejas, su expresión no cambió en absoluto.

– Entonces me puedo ir largando porque sobro bastante, gracias por no dejarme tirada en la calle – Me levanté, pero él no me dejó irme. Me agarró de la muñeca y yo le miré esperando oír la chorrada que tendría preparada. Tenía que admitir que en el fondo estaba desilusionada. Incluso celosa.

– No he hecho nada con ella, estaba más borracha que tú – Mi mirada reticente se deslizó por su rostro – Y aunque no lo estuviese, ¿de verdad piensas que va a dejar que le meta mano en la primera cita?

– No es una sucia gaijin como yo, ahí llevas razón – Me solté de su mano, fastidiada.

– No me refería a eso…

– No me tienes que dar explicaciones de nada, tú sabrás. Pero es una lástima que juegues a dos bandas – Inclinó un poco la cabeza, sonriendo. Me di la vuelta y le robé un paquete de galletas baratas de un mueble un tanto roto.

– Teniendo en cuenta que mi cita hoy era con ella y que tú me has acosado en el metro y aun así estas aquí… – La risa me hizo atragantarme – Bébete eso anda, vas a despertar a Hitomi.

– Uy, lo siento princesa – Señalé con la bebida al pasillo. Di un buche mientras me observaba. No sabía qué había pasado con la gomina que tenía puesta pero ya no tenía efecto en su pelo – Con lo golfo que eres, ¿cómo es que has quedado con una estrecha como ella?

– Mena, ella no es estrecha – Se rio intentando no hacer ruido – Es japonesa. Tú eres la pervertida descontrolada.

– Bien que te gusta – Le tiré una galleta, que apartó de un manotazo. Le tiré otra, y otra más, hasta que se levantó de la silla y me quitó el paquete por encima de la mesa.

– Deja de hacer ruid—

– Sí, ya, no queremos que la princesa se despierte – Suspiré al verle centrarse en las partituras emborronadas de nuevo.

Odiaba que los hombres prefiriesen a las supuestas chicas buenas y adorables precisamente porque yo no lo era, nunca lo había sido y nunca lo sería. Tampoco es que fuera el demonio, pero no iba a ser la perfecta y clásica señorita porque era aburrido, me limitaba y además me daba repulsión. Me quedé observando sus labios, sus manos rasgar las cuerdas, su boca moviéndose y susurrando una canción y no me pude aguantar más. Fue algo como lo que pasó en el metro; fue que no me dio la gana de retener lo que sentía y pensaba.

– Oye, Nobu – Susurré entre risitas – Está mal si te la como mientras tu novia duerme en tu cama, ¿verdad? – Esperé su respuesta con curiosidad.

Paró en seco de tocar y me observó desconcertado, sin saber si hablaba en serio. No se movía mientras sus ojos me seguían al quitarle la guitarra para dejarla en una esquina y quitarme la camiseta después. La visión de mis tetas bajo el sujetador le hizo salir de ese estupor inicial causado porque una mujer tomase la iniciativa. Me acarició con sus manazas desde la cintura hasta mi trasero al tiempo que mis dedos se entretenían en desabotonar su camisa y yo me iba poniendo de los nervios. Me levantó agarrándome del culo, sentándome en la mesa. Mordió junto a mi ombligo apretándome el culo mientras tiraba lo que le acababa de quitar sobre la mesa, dejándome ver solo su espalda por lo que se la acaricié riéndome, ahora echa un matojo de nervios. Agachó su cabeza y pasó su lengua por encima de mis bragas, mojándomelas deliciosamente despacio mientras levantaba mi pierna, colocándola sobre su hombro. Me mordía el labio, respirando entrecortadamente a medida que el calor ascendía desde mis ingles – que estaban recibiendo más besos que mi boca por primera vez en mucho tiempo – a mi pecho, casi obligándome a gemir cuando metió sus dedos bajo mis bragas desde un lateral, apartándolas y acariciando mis labios mayores. No podía soltar su pelo a pesar de escuchar sus quejas, me tenía al límite del orgasmo. Tras unos segundos que me parecieron excesivamente breves y placenteros, su lengua subió hasta mi ombligo, me humedeció los pechos que me agarró con fuerza, y se puso en pie para morderme el cuello y hacerme gemir sin dejar de penetrarme con los dedos, despacio y presionando ese punto que casi no me dejaba estar en silencio. Me miró a los ojos unos segundos, con lujuria, conquistando mi boca y envolviendo mi lengua; con sus brazos alrededor de mi cintura, disfrutándome tanto como yo le disfrutaba a él. Mis manos se movían inquietas de su pecho a su cuello, acariciando su barba y su pecho una vez más. Deseaba tantísimo besarle que desde ese momento no pude dejar de devorar esa boca tan atractiva. Intentó llevarme hasta la cama en la que desperté a base de empujarme con sus besos, pero a mitad del pasillo fui yo la que le empujó contra la pared, bajándole los pantalones.

– Aquí no – Su voz no era más que un susurro tembloroso tan pronto saboreé su polla, tenía tantas ganas que terminé gimiendo más que él solo de pensar en lo que estaba haciéndole – Mena chan – Me agarró del pelo, jadeando ruidosamente. Pero, a pesar de que sus gemidos activaban mi lado más salvaje, no seguí mucho más. Me moría por sentirle y no quería esperar. Se la empapé en mi saliva y me puse en pie – Para, Mena…

– Cógeme en brazos, yo sola no puedo – Le pedí tras varios intentos de metérmela allí mismo – Y tócame.

Me obedeció y me levantó del suelo agarrándome del trasero a pesar de protestar continuamente por estar contra la pared donde Hitomi dormía. Apoyé mis pies en la otra pared del pasillo, dando gracias a su estrechez, y echando las bragas a un lado hice que me penetrase despacio. Llevaba tanto imaginándolo que cuando lo sentí fue más intenso de lo que esperaba. Mis gemidos entrecortados se mezclaban con los suyos. Sus caderas se movían más cerca de las mías a medida que Nobu se hundía más y más en mi cuerpo y yo me acercaba al suyo, necesitándole. Le susurraba mis deseos de tener más de él, y no dudó un instante en complacerme. Me aplastó contra la pared y le sentí entrar hasta el fondo, bruscamente, gruñendo en mi boca. Me follaba con fuerza, tirándome del pelo y mordiéndome los labios, apretándome del muslo y acariciando mis piernas. Veía el reflejo de mi pasión en sus ojos entrecerrados, de mis ganas en sus embestidas, y de mi placer en sus suspiros y quejidos. No podía respirar, el éxtasis de tenerle dentro lo invadía todo. Al llegar al orgasmo en lo único que podía pensar era que me iba a estallar el cuerpo de placer, y al notar que me estaba corriendo aumentó el ritmo además de la fuerza. Le clavé las uñas y rodeé su cintura con mis piernas cuando mis gemidos se convirtieron en quejidos. Estaba tan lubricada que escuchaba con claridad los sonidos húmedos que provocaba cada penetración, en un orgasmo que me estaba resultando infinito. Segundos después, salió de mi cuerpo bruscamente, rozándose con mis labios menores y mayores, eyaculando entre su ombligo y el mío. Resoplaba, agarrándome de la nuca y la cintura, besándome con pasión. Empecé a salir un poco del coma cerebral en el que me había visto sumida desde el comienzo del orgasmo y vi que me indicaba que le siguiese al baño, todo jadeante cuando se alejó de mí. Limpiamos todo lo limpiable y se me quedó mirando sin saber qué hacer mientras yo me ponía los pelos relativamente en su sitio.

– Buenas noches Nobu kun – Me despedí al estar lista, sonriéndole y caminando hacia la amplia cama que me esperaba desde hacía un buen rato.

– ¿En serio? – Frené en seco y me giré, mirándole desde la puerta, bastante confusa.

– Me iría a mi casa, pero estoy que me caigo, ¿molesto mucho si me quedo hasta que descanse? – Se mojó los labios, cruzándose de brazos.

– ¿No quieres que duerma contigo? – Fruncí el ceño unos segundos, pero sonreí después.

– Mejor vete con Hitomi, si no se ha despertado con la que hemos formado todavía te queda la posibilidad de arreglar lo mucho que has pasado hoy de su cara.

Le vi mirar al suelo contrariado; no sé qué esperaba por mi parte pero desde luego por echar un polvo no le iba a pedir matrimonio. Y tampoco sabía qué pretendía al decirme eso de dormir juntos. Al meterme en la cama pensé que lo que sí le iba a pedir era una segunda ronda. Esa había sido demasiado explosiva y apenas pude disfrutarle, estábamos demasiado calientes para pararnos a pensar en nada. Al menos había salido de dudas y me había quitado esa obsesión que tenía por verle entre mis piernas. ¿Había sido satisfactorio? Sí, por supuesto. ¿Perfecto? El polvo perfecto no existía, así que me tapé hasta los ojos, sonreí, y me sumí en un sueño profundo.

O no tan profundo, porque mi gran problema es que me despierto con facilidad. Así que al escuchar a Hitomi hablando casi a gritos y a Nobu respondiéndole en susurros, me desperté. Me giré en la cama, intentando dormirme de nuevo cuando un portazo me sobresaltó. Chasqueaba la lengua justo al escuchar la puerta de la habitación abrirse. Miré sobre mi hombro y vi a Nobu cerrar con cuidado, girarse, y mirarme sorprendido porque me esperaba dormida.

– Después de los gritos que ha dado tu novia no pretenderás que siga dormida – Le solté de mal humor. Odiaba que me despertasen ruidos fuertes.

– No es mi novia – Caminaba hacia la cama quitándose la camisa.

– Eso díselo a ella, ¿qué haces? – Se metió bajo el edredón, bostezando.

– Estás en mi cama y voy a dormir, que no he pegado ojo en toda la noche.

– Vale, ya me voy – Iba a levantarme, juro que tenía intención de irme para dejarle descansar porque me sentí un poco violenta, pero al abrazarme por la cintura me lo pensé dos veces.

– Quédate, echo de menos dormir con alguien – Me entró el pánico y me incorporé en la cama.

– Nobu, no te confundas – Bostezó de nuevo, negando con la cabeza.

– No vas a ver un anillo de compromiso a corto plazo, acuéstate – Me puso una mano en la teta y me tumbó a su lado.

– Ni a corto ni a largo…

– Shh, calla – Tiró de mi cuerpo, pegándose a mí.

No podía decir que no, estaba jodidamente a gusto y calentita en esa postura. Así que me dejé llevar – un poco – y puse mi brazo sobre el suyo, suspirando. Esa sensación se parecía bastante a la que iba buscando, el calorcito inundaba mi cuerpo y mi corazón; esa calidez tan familiar. Sonreí y me quedé profundamente dormida, pero esta vez de verdad. Y ajena al sentimiento que amenazaba con hacerme la semana imposible.

4

Y me desperté la primera. Me estiré y le miré para encontrarme solo con su pelo negro alborotado. Dormía bocabajo, con su rostro hacia el lado contrario a donde yo me encontraba, con los brazos bajo la almohada. Me rasqué un poco y localicé mi ropa. Tras ponérmelo todo me di cuenta de que mi chaqueta no estaba a la vista, aunque sí mi bolso. Busqué por todas partes, desde el recibidor hasta su cuarto de nuevo, y ni rastro. Me acerqué a él por su lado de la cama, tenía la boca medio abierta y dormía tan plácidamente que me daba hasta cosa despertarle. Aun así, le pasé la mano por el hombro desnudo con cuidado. Me miró sin terminar de abrir los ojos.

– ¿Te vas, oppai chan? – La voz ronca de un hombre nada más despertarse era una de mis debilidades, y si le añades una bromita privada… ese tío era una tentación con piernas.

– Esa era mi idea, pero mi chaqueta no está por ninguna parte – Carraspeó y se sentó en la cama pasándose una mano por los ojos.

– No la cogí, se ha tenido que quedar en el bar, lo siento – Me encogí de hombros.

– Ahora me paso, no te preocupes – Negó con la cabeza y estiró su mano hasta alcanzar la mía.

– Está cerrado, no abre hasta la noche. Oye – Levantó las mantas con su otra mano, enseñándome la erección que levantaba sus calzoncillos – ¿Aprovechamos esto?

– A este paso no me voy a ir nunca – Me quité las bragas sin quitarme el traje, sentándome sobre él y apartándole el pelo de la cara. Se rio entre dientes, mirándome la boca mientras metía la mano bajo mis faldas.

– ¿Te espera alguien? – Se bajó los calzoncillos lo justo y necesario y remangó mi ropa, acariciándome los muslos, apretándome el trasero. Mis brazos estaban apoyados en sus hombros mientras su nariz acariciaba la mía.

– Nop. Oye, ¿qué ha sido de Hitomi? – Su erección se apretaba contra mi piel desnuda, comenzamos a rozarnos – ¿Se ha ido ya o sigue en su cuarto?

– Se fue justo antes de que yo viniese a la cama – Hablaba conmigo con sus labios apenas tocando los míos, besándome esporádica y muy brevemente entre frase y frase. Me tenía completamente a sus pies en ese momento, acalorada y más excitada que la noche anterior – Se ha quejado de lo ruidosos que son los vecinos al follar – Sentí su sonrisa contra la mía – Dice que le han despertado.

– No le voy a pedir perdón – Mi lengua se coló entre sus gruesos labios al mismo ritmo que su glande se abría paso dentro de mi cuerpo – Que espabile.

Gemimos suavemente los dos a la vez ante la primera penetración. Sus largos dedos me apretaban con fuerza las caderas. Nos besábamos pausada y profundamente; sentía veneración por su boca. La presión en mi interior disminuía a medida que yo empapaba mis muslos. Movía mis caderas sin prisa alguna, disfrutando cada centímetro de su piel ardiente. Mi clítoris se rozaba contra su cuerpo al juntar mis caderas a las suyas; su miembro se encontraba fuera de la vista, atrapado entre mi carne. Me abrazó por la espalda, pasando sus brazos bajo los míos, gimiendo y jadeando en mi cuello. Le acariciaba la espalda, el pelo, sus hombros anchos. Puse mis manos en sus mejillas y volví a besarle de nuevo, convirtiendo mis movimientos en algo un poco más brusco. Abrí los ojos unos segundos para fijarlos en los suyos, oscuros, lascivos. Me apretó contra su cuerpo y apoyó mi espalda en la cama, bajándome las tirantas del traje, besando mis pechos. Se tumbó sobre mí y sin despegar sus ojos de los míos me penetró de nuevo. Hacíamos el amor más suavemente de lo que yo acostumbraba y a pesar de ello me gustaba tanto que apenas podía mantener los ojos abiertos y la boca cerrada. Le sonreía y me sonreía, besándome y acariciándome los pechos, aún medio dormido. Llegó al orgasmo de esa manera pausada casi un cuarto de hora después, entre mis piernas, entre mis fluidos y manchando sus sábanas.

– Mena… – Le escuché susurrar mientras me besaba de un hombro al otro, poniéndome la piel de gallina – ¿Voy a volver a verte?

– Cogemos el metro todos los días a la misma hora, supongo que sí – Me besó la mejilla y se echó a un lado, dejándome salir – Gracias por traerme a tu casa – Hizo un ruidito dando a entender que me escuchaba – Duerme bien – Me despedí con una sonrisa antes de cerrar la puerta de su habitación, dejándole tumbado y bostezando.

***********************

Lo tendría que haber visto venir, pero no, estaba demasiado ocupada engañándome con lo especial que había sido aquella vez. Le vi el lunes siguiente en el metro justo antes de que se cerrasen las puertas del vagón, y cuando levanté la mano para saludarle desde dentro, miró descaradamente a su izquierda. Sabía que me había visto y sabía que él lo sabía. A pesar de lo que me dijo, los días siguientes no apareció por la parada, ni a la ida ni a la vuelta. Me sentí un poco desilusionada, aunque no llegó a deprimirme ya que conseguí realizar lo que me obsesionaba antes de su esquinazo. El jueves, que fue el único día que conseguí algo de tiempo para mí, me pasé por el bar de Fujio, no sin esperanzas de ver a Nobu para “reñirle” por esa manera descarada de evitarme. Al entrar le vi limpiando la barra.

– ¡Hey! ¡Mena-chan! ¿Te vas a volver cliente habitual? – Me saludó el barman con su gesto alegre nada más verme entrar.

– No te voy a decir que no, me gusta el ambiente que tienes aquí. Aunque ahora está muy tranquilo – Dejó los utensilios de limpieza a un lado y me sirvió lo mismo del viernes anterior.

– Claro, es tempranísimo, ¿vienes a por la chaqueta? – Buscó bajo el mostrador y me la devolvió.

– Sí, gracias por guardarla – Encogió la nariz, moviendo la mano y la cabeza.

– Nada, si fue Hitomi la que se dio cuenta – Me apoyé con los codos en la barra y presioné mis labios contra mis nudillos, dejando caer la cabeza.

Me quedé mirando a ninguna parte mientras pensaba en esa chica y Fujio limpiaba. Era obvio que él la quería a ella para algo serio y a mí me quiso para lo que me quiso. No estaba enamorada de él, ni siquiera era en lo primero que pensaba por la mañana, pero me daba rabia haberle tenido solo una noche y que luego se comportase de una manera tan inmadura. Me había sabido a poco después de tanta espera y me habría gustado un poco más de acción entre él y yo. Me sentí muy tentada de pedirle al camarero el número de Nobu, pero la idea de que me rechazase o me ignorase me molestaba más que la idea de no volver a verle.

– ¿Qué te ronda por la cabeza? – Le miré sin saber cuánto tiempo me había pasado en mi mundo.

– Nada importante – Me encogí de hombros, un poco apática.

– Algo de importancia tendrá cuando te has puesto tan seria – Se sentó frente a mí con los brazos apoyados en sus piernas, intentando resolver un cubo de rubbick. Y ese comentario me hizo pensar.

Sí era verdad que no pensaba en él todo el día, pero pensaba más veces de las que quisiera. En el trabajo me quedaba soñando despierta, preguntándome si le vería en el metro de nuevo o si simplemente le vería una vez más en mi vida. Y cuando llegaba a casa, dolida por su ausencia, había veces que su persona inundaba mis pensamientos hasta que me iba a la cama. Pero solo me ocurría a veces desde que nos conocimos oficialmente. Sobre todo los dos últimos días su imagen se hacía más constante en mi mente, lo cual, ahora que lo pensaba con detenimiento, podía llegar a ser preocupante. Miré la banqueta que tenía a mi lado, donde Hitomi se sentó el viernes pasado, y me pregunté si a ella le habría hecho lo mismo. ¿La habría ignorado también al conseguir llevársela a la cama? ¿Era su modus operandi o solo fue conmigo por ser una extranjera indecente?

– Y otra vez – Cuando alcé los ojos de la barra me encontré con un ceño fruncido – ¿Estás bien, chica?

– Creía que sí, pero ahora no lo sé, ¿sabes algo de No—

Una carcajada en la puerta me interrumpió, y cuando esta se abrió entró una mujer muy bonita, seguida de – horror – Hitomi y Nobu. Los tres sonreían: La primera chica me miró y saludó brevemente con la cabeza, echándose a los brazos de Fujio casi de inmediato; Nobu no sabía dónde meterse al verme y a Hitomi se le agrió un poco la expresión al encontrarme allí sentada. Se me descompuso el cuerpo al ver que estaban de la mano. No entendía mis celos ni mis sentimientos, pero entendía que quería irme de allí porque claramente no encajaba con las parejitas felices y Nobu no quería verme. Apuré mi bebida, dejé el dinero e intenté sonreír a un preocupado Fujio al que dejé con la palabra en la boca soltándole un seco “ya me pasaré por aquí en otro momento”.

Una parte de mí esperaba que Nobu me parase antes de salir. Otra parte de mí esperaba que me siguiese calle abajo. Pero todas esas partes y yo sabíamos que eso no iba a pasar y llegué a mi casa sin más contratiempos. Desde luego si antes de conocerle me sentía un poco tristona, ahora me sentía abrumadoramente vacía y sola. Porque ya no era una sospecha eso de ser utilizada para el sexo, era una realidad. Y yo, a pesar de haber pasado tantas veces por situaciones similares no dejaba de engañarme con que la siguiente vez sería mejor. Me dejé caer en la cama con la ropa de la calle, pensando que me lo había buscado, y odiando esa parte de mí que fingía ser dura porque no era la realidad que yo pretendía. Odiaba necesitar sentirme querida para sentirme bien, porque no decía mucho a favor de mi autoestima. Por más que pensase para mí misma que todo era superficial, el haber dormido junto a él había cambiado algo. Y ahora la idea de que estuviese riendo y siendo feliz con Hitomi me envenenaba. Esos celos y esa envidia de tener a alguien tan divertido como él, de tener a alguien tan interesado en tu persona… eso a mí no me pasaba desde hacía muchos años.

Me quedé en la cama hasta el día siguiente, y fui a trabajar casi como un robot, hablando lo justo y necesario. Me di cuenta de que iba todo el tiempo mirándome a los pies cuando de vuelta a casa en el metro, dentro del vagón, tuvieron que tocarme el hombro para llamar mi atención. Durante unos segundos el corazón se me aceleró como un descosido, pero se tranquilizó al ver a Fujio con su chica. Incluso me apenó que no fuese Nobu. Tenía que dejar de soñar; las esperanzas estaban mejor bajo la cama. Me levanté del asiento, disculpándome.

– Siento haberme ido el otro día de esa manera.

– La verdad es que me dejaste un poco preocupado – Volví a disculparme mientras la pareja me miraba con algo parecido a la lástima, cosa que me molestó bastante – ¿Tienes tiempo para tomarte algo con nosotros?

– Supongo que sí, es viernes – Bajaron conmigo del metro y nos metimos en un pub parecido al de Fujio y frecuentado por gente muy similar – ¿Hoy no trabajas?

– Un viernes al mes lo dedico para pasarlo con ella – Miró con cariño a la mujer que tenía a su lado, de pelo corto, oscuro y ojos más negros aún – Mena, esta es la preciosidad que viste dibujada, Sakuya – La chica le miró con ternura y me saludó cordialmente. Una vez estuvimos sentados y con la orden pedida, Fujio me miró con seriedad – ¿Te ha hecho algo Nobu?

– No – Suspiré, toqueteando el posavasos – Es solo que no tenía ganas de verle.

– Se quedó muy callado cuando te fuiste – Alzó las cejas con una sonrisita.

Fruncí los labios y miré a otra parte, sin decir lo que pensaba. Al fin y al cabo era su amigo, aunque por lo que deduje que no debía criticarle y que le agradaba mucho la idea de juntarle conmigo. Intenté contenerme, intenté no soltar todo lo que tenía dentro pero sentía que me iba a dar algo si no lo hacía. Nunca había sido buena reteniendo sentimientos y esta vez no iba a ser especial.

– ¿Eso de evitarme es porque se lo ha pedido la novia? – Se miraron y se quedaron unos segundos sin saber qué decir, hasta que Sakuya habló.

– Puede ser – Puse cara de fastidio, sabiendo que ese ‘puede ser’ era en realidad un ‘pues claro, idiota’ – No sé qué ha pasado exactamente entre vosotros pero además de lo serio que se quedó él, Hitomi pareció estar enfadada con Nobu el resto de la noche. No entendíamos nada.

– Sí, la situación era de lo más incómoda, y mira que le pregunté veces pero el tío no soltaba prenda – Me pasé las manos por la cara, suspirando.

– No es buena idea que sigas tras él, no es aconsejable – Sakuya me sorprendió con esas palabras – No se muestra tal y como es desde hace unos años. Ese tío tiene problemas.

– Pero eso es por miedo a encoñarse con alguna – Le dijo Fujio, sorprendiéndome de nuevo – Si sigue quedando con Hitomi es porque no se la ha metido todavía.

– Vale, aclaras mis sospechas entonces – Una sonrisa sarcástica asomó a mis labios.

Tras eso, cambié de tema. Pasamos a hablar sobre ellos, sobre mí y sobre asuntos triviales. En general pasamos un buen rato, ambos eran gente natural y agradable; eran buena compañía y durante un rato me hicieron olvidar los problemas. Cuando empecé a estar cansada de sociabilizar fueron ellos los que propusieron ir a casa, acompañándome antes a la mía a pesar de insistirles que no era necesario. Lo mejor de todo es que me hicieron reír, y era algo que me iba haciendo falta porque la presencia de Nobu se cernía con regularidad sobre mis pensamientos, oscureciéndolo todo y dejando mi cuerpo frío y desprotegido a los sentimientos. Y eso de no poder controlarme no me gustaba nada, me sentía vulnerable. Por ello, cuando a medio camino el teléfono de Fujio sonó y él se retrasó a propósito, no pude evitar estar tensa, intentando escuchar algo de lo que hablaba.

– Fujio tiene amigos mucho mejores que Nobu – Comentó Sakuya al percatarse de mi actitud.

– Pero seguro que no son igual de divertidos que él – Vi como encaraba un ceja – Vale, apenas le conozco, pero hay una química entre nosotros que pocas veces he sentido. Nos entendemos, no sé cómo explicarlo.

– Te refieres a que te entiendes en la cama.

– Y fuera de ella. Las bromas, los comentarios… me da la impresión de conocerle de toda la vida. Con él todo fluye.

– No le conoces, Mena – Me dio rabia su tonito irritante y condescendiente.

– ¡Ya lo sé! ¡Pero me gusta demasiado lo que conozco! – Lo dejé salir de una vez por todas, hablando con total sinceridad desde que empecé a sentirme tan mal a principios de semana – No puedo pensar en otro, ¡no quiero! – Me crucé de brazos, notando sus ojos fijos en mí – Quiero verle otra vez, pero es la misma historia de siempre: la buena chica con dinero es la que se lo lleva.

– ¡Porque es un estúpido materialista! – Noté en su voz cierta exasperación – Si le diese importancia de verdad a lo que él necesita no estaría con esa, ¡y lo sabes!

– ¿Y de qué sirve que lo sepa? No es que pueda hacer nada…

– ¡Mena! – Fujio se acercó a mí con el teléfono en la mano – Quieren hablar contigo – Miré a Sakuya sintiéndome totalmente insegura mientras ella susurraba ‘tú sabrás’

– ¿Qué? – Soné más seca de lo que pensaba que podría sonar. De momento, bien.

– Quiero hablar contigo – Se quedó en silencio mientras mi estómago se volvía del revés por los nervios. Caminaba de un lado a otro, observada por la pareja.

– Pues venga – Le incité, volviéndome loca con su mutismo.

– No, digo en persona – Suspiré, pasándome la mano por el pelo.

– No te entiendo, te juro que no entiendo nada – Me di cuenta de lo enfadada que estaba con él en ese mismo momento y quería que lo notase – Has pasado de mi cara todos estos días y me has evitado, eso por no hablar de cómo me ignoraste el lunes y de la cara que se te quedó al verme ayer, ¿por qué ahora quieres hablar tan de repente? ¿Hitomi no se deja follar o qué coño pasa?

– ¿Puedes ir mañana a su bar? – El hecho de que me ignorase, o que fingiese hacerlo, me encrespó más aún.

– Puedo, pero no sé si quiero – Intentaba no gritar a pesar de que me estaba costando una barbaridad.

– Voy a estar allí a las diez, espero ver esos pelos de loca que tienes, oppai chan.

No le contesté, le di el teléfono a Fujio y me despedí de la pareja con prisas, metiéndome en mi portal que estaba unos pasos más adelante. Ninguno de los dos intentó pararme, supongo que Sakuya sabría más o menos lo que pasaba por mi cabeza y se lo explicaría a su marido. Aunque para ser sinceros, ni yo no estaba segura de cuales eran exactamente esos pensamientos ni qué iba a hacer con ellos.

5

Me llevé toda la mañana del sábado dudando, tumbada en el sofá, ignorando programa tras programa pero sin apagar el televisor. Me hacía sentirme un poco menos sola tenerla encendida. Me moría de ganas de verle y de hablar con él, quería que me sonriese de nuevo y quería que me follase como aquella mañana en su cama y luego dormirme entre sus brazos. Pero por otro lado se merecía que le dejase tirado y si me valoraba a mí misma no debería ir a la supuesta cita que tenía con él. No sabía qué tendría que decirme, no sabía cuáles iban a ser sus excusas. Finalmente me pudo la curiosidad, así que teniendo en cuenta que iba a meterme en un bar de moteros busqué mis pantalones de cuero negros y me los puse. Me metí en las botas militares y en una camiseta estrecha azul oscura que me dejaba un hombro al aire. Si no me gustaba lo que me iba a decir, si me iba a ir toda orgullosa, al menos que se quedase lamentándose lo que había perdido. Incluso cabía la posibilidad de traerme a casa a otro amigo de Fujio, alguno que Sakuya me aconsejase. Me despeiné en lugar de peinarme, dejando mis greñas rosas sueltas y salí de casa.

Montándome miles de escenarios posibles en la cabeza fui con determinación al bar, notando cómo los hombres me miraban con curiosidad y no a los ojos precisamente. Me planté frente a la puerta, con el corazón latiéndome como un loco y la cabeza dándome vueltas sobre si irme o quedarme. Un tipo la abrió desde dentro y al verme allí quieta me dejó sitio para entrar, así que respiré hondo y pasé al interior. Miraba a mi alrededor sintiendo que me faltaba el aire, pero no le veía por ninguna parte. Me senté en la parte más alejada de la puerta de entrada, en la barra, y traté de calmar esa ansiedad que no tenía ni idea de dónde había salido.

– Al final has venido – Fujio me dio con un dedo en la frente, sonriéndome – No ha llegado todavía.

– Ya, ya – Al ponerme el pelo en su sitio me di cuenta de que me temblaba el pulso.

– ¿Estás bien? – Le miré encogiéndome de hombros y moviendo las palmas de las manos hacia arriba, negando con la cabeza.

– No entiendo por qué estoy así, no entiendo lo que está pasando. Lo único que sé es que se me ha ido de las manos completamente – Cogí el vaso de agua que me ofrecía el barman y me lo bebí casi de un tirón.

– La última vez parecías mucho más segura que él, no sé tía, eras tú la que controlaba la situación.

– Bueno, pues ya no. Han pasado cosas que no me esperaba y por supuesto no estaban en mis planes – Sentí que me ponían las manos en los hombros y que el corazón se me iba a los pies.

– Relájate Mena – Era Sakuya, casi me mata del susto – Solo vais a hablar.

– Ya, pero a saber qué tiene este que decirme. Si lo que va a hacer es decirme que no quiere volver a verme se lo podría haber ahorrado porque teniendo en cuenta como pasa de mi cara es—

– No creo que haya quedado contigo para eso, si no te quisiera ver lo sabrías.

– ¡Es que no quiere verme! ¡Si quisiera no me habría evitado la semana pasada! – La pareja se miró sin saber qué decir – ¿Veis? Sé que llevo razón.

Conforme hablaba yo misma me iba convenciendo de que esperarle era una tontería. No iba a quedar con un tío que cuando a él le salía de los cojones estaba conmigo y el resto del tiempo con otras mujeres. No iba a ser la opción para cuando no tuviese nada mejor. Me estaba planteando seriamente irme de allí cuando Sakuya me dio un golpecito en el brazo.

– Ahí está, a ver si aclaras algo ahora que lo tienes delan—

– Es mentira, ¿verdad? – Fujio chasqueó la lengua. Yo también me había quedado de piedra. Justo detrás de él, agarrándole de la manga de la chaqueta entró Hitomi. Se sentaron junto a la puerta y cuando le vi alzar la vista para buscarme me di la vuelta en la banqueta.

– ¿Qué pretende? – Murmuró Sakuya. Empecé a morderme las uñas compulsivamente.

– No tengo ni idea… – Quería irme, pero si me iba tendría que pasar por su lado.

– Se le ve molesto con ella – Susurró Fujio – Voy a saludarle, a ver si me entero de algo.

Sabía que a pesar de estar de espaldas a él ya me había reconocido, nadie más por allí llevaba el pelo como yo. Sakuya miraba descaradamente con ojos enfadados todo lo que pasaba a mi espalda, y vi que su expresión cambiaba de repente. Me puse tensa, sabía que se acercaba porque la chica se había cruzado de brazos y se mostraba más hostil.

– ¡Heeey! ¡Oppai-chan! – Miré a mi izquierda y despacio alcé la vista de las botas negras que tenía delante, subiendo por unos vaqueros gastados, una camisa verde oscura, esos labios que me hacían perder el sentido y los ojos que me quitaban el sueño. Justo detrás de él, Hitomi sonriéndome con falsedad.

– Tengo que irme – Fue todo lo que pude decir.

– Pero si acabo de lle—

– Eres increíble tío… – Pasé por su lado bruscamente, dándole un empujón con mi hombro.

– Oye, espera – Ahora que no quería que me persiguiese, lo hacía. Sentí el impulso de matarle con mis propias manos – Meeeena, un momeeeento.

– Te dejas a la princesa junto a la barra, se te va a enfadar – Murmuré con rabia, saliendo de allí. No llevaba ni dos pasos que me cortó el camino agarrándome de los hombros, frente a mí.

– ¿Qué cojones te pasa? – Le miré sin creerme que me estuviese preguntando, y menos que tuviese esa sonrisita.

– No sé – Intentaba comerme la rabia pero estaba ocurriendo lo contrario – Creo que me molesta ligeramente que un tío se despida de mí insinuando que me quiere ver de nuevo y que luego me ignore descaradamente. Miraste para otro lado. En mi puta cara.

– No me fío de ti – Resoplé, dándome la vuelta y pasándome la mano por el pelo.

– Esto es grande… – Me di la vuelta de nuevo, señalándole y sintiendo que estaba perdiendo el control de mis sentimientos – Eres un capullo con excusas de mierda.

– ¿Y a ti qué más te da que te ignore? – Me miraba extrañado, casi enfadado – Si a ti lo que te va es que te follen y te dejen tranquila, ¿no?

– ¿¡De dónde coño sacas eso?! – Le grité más irritada de lo que debía, sobre todo teniendo en cuenta lo relajado que estaba Nobu.

– Tú misma nos lo contaste a Fujio-san y a mí el fin de semana pasado – Me crucé de brazos, insegura y rabiosa. No recordaba haber hablado de eso – Cuando estabais borrachas Hitomi dijo que quería un príncipe azul y tú dijiste que eso era soñar despierta, que los tíos eran basura y por eso te los tirabas y si te he visto no me acuerdo.

– Eso no es—no se ajusta del todo con la realidad, a ti te quería follar otra vez, imbécil – Me sonrió levemente y vi sus ojos recorriendo mi cuerpo de arriba abajo, chasqueé los dedos para que me mirase a la cara – ¿A qué viene querer verme ahora? ¿No quiere princesa que la toques y te hace falta desahogarte?

– No hemos tenido relaciones pero ese no es el moti—

– No tengo nada más que hablar – Me reí amargamente – ¡Lo sabía! ¡Sabía que me ibas a querer usar para cuando te picase y que te ibas a quedar con la “perfectita” en casa! – Me quería decir algo pero no le dejaba – ¿Sabes qué? Vete con Hitomi – Me di la vuelta, alejándome de él – Que te aguante ella tus gilipolleces.

– Para solo querer sexo conmigo te has pillado un buen berrinche al verme con ella.

– ¡Vete a tomar por culo! – Le grité alejándome, caminando furiosamente.

– ¡¡Vale!! ¡Pero si sigo con ella es porque no me fío de ti! – Me paré en seco y me volví.

– ¡¡Y una mierda!! – Grité desde lejos, temblando de la rabia – ¡¡Si sigues con ella es porque estás que te mueres por metérsela!!

– ¡¿Estás sorda o qué cojones te pasa?! – Se acercaba a mi enfadado – ¡Te estoy diciendo que a la que de verdad me quiero follar es a ti! ¡Y no solo eso!

– ¡¿¡Y por qué coño miraste a otro lado en el metro!?! ¿¡Por qué no seguiste cogiéndolo como siempre y me evitabas si no es porque la prefieres a ella!?

– ¡¡Porque no quiero enamorarme de ti y que me dejes cuando te aburras!! ¡JODER, QUE PARECES TONTA, MENA! – Me quedé mirándole sin entender del todo lo que me estaba diciendo. Y sin creérmelo, obviamente.

– Ya vale Nobu – Tuve que evitar sus ojos – Te estás pasando.

– No pienso en otra cosa que no seas tú, no tendría que haberte dejado salir de mi casa – Intentó acariciarme la mejilla, pero me alejé.

– No juegues con esto, está muy, muy feo – Negaba con la cabeza, ahora que había echado la furia un sentimiento bastante más desagradable se me agolpaba en la garganta, impidiéndome hablar con normalidad.

Lo peor de todo fue que me miró con lastima y como eso ya era demasiado me di la vuelta y me alejé. Y para variar, las cosas no pasaban como esperaba así que Nobu no me siguió cuando sí tenía que hacerlo. Cuando horas antes me puse en camino al bar me esperaba un enfrentamiento, sabía que iba a pasar, pero, ¿a Hitomi por allí? ¿Esa extraña confesión de “casi amor” que no llegué a entender del todo? Eso no me lo esperaba en absoluto, me descolocó hasta tal punto que no sabía qué hacer conmigo misma. ¿Creerle y abrirle mi corazón por primera vez y mis piernas de nuevo? ¿Hacerle caso a Sakuya y apartarle de mi vida? Lo único que sabía con certeza en ese momento era que me iba a meter en la cama y mañana sería otro día. Y a pesar de despertarme varias veces y volver a dormirme, no fue mi voluntad lo que me sacó de entre las mantas. Fue la insistencia de mi teléfono que no paraba de sonar una y otra vez. Me libré de esa trampa de tejidos calentitos y sudados y con los ojos hinchados y medio cerrados miré quién me llamaba. Dudé en contestar al ver el nombre de Fujio en la pantalla, podía ser Nobu y no sabía si quería tenerle en mi vida de nuevo. Con los ojos cerrados, tumbada en la cama y una mano en la frente, contesté.

– Mena, ¿Estás bien? – Era Sakuya para alivio mío – Llevo llamándote casi media hora.

– Estoy en la cama – Fingí normalidad sin ánimo alguno – Estoy bien.

– No sé si lo sabes, pero se escuchó toda la conversación dentro del bar – Apreté los ojos, negando con la cabeza – Bueno, los gritos que disteis. En mi vida había escuchado a nadie discutir de esa manera en la calle.

– Lo siento – Me giré, tapándome de nuevo hasta la cabeza.

– Hitomi se fue muy enfadada y Nobu ni se movió para pararla. El tío se sentó en la barra y venga a beber sin contar ni media.

– Entonces escuchaste lo que me dijo, ¿no?

– ¿Lo de enamorarse de ti? Sip – Me quedé en silencio, esperando su opinión – Ya sabes que no me fío de él. Espera – Escuché movimiento y acto seguido era la voz de su marido la que oí al otro lado – Mena, te dije desde que te conocí la semana pasada que eras perfecta para él y se ha dado cuenta. No seas tonta y dale una oportunidad.

– No me lo creo, lo siento pero ha hecho las cosas fatal. Si me ha dejado tirada una vez lo hace dos, y sigo convencida de que hasta que no se folle a Hitomi no se va a quedar tranquilo.

– ¡No conozco a nadie tan cabezota, te lo juro! – De nuevo movimiento, y la voz de Sakuya. De fondo Fujio protestaba sin parar – Mena, vente al bar, te invito a un desayuno-almuerzo.

– ¿Vais a abrir un domingo? – Asintió alegremente – Dame un cuarto de hora. Por lo menos.

– ¡Aquí te espero!

Normalmente la idea de ser invitada a comer me habría hecho saltar de la cama, pero ese día no me animaba ni eso. No dedique mucho tiempo a arreglarme, solo escondí como pude las ojeras para que no me pegasen un tiro por la calle creyendo que era un muerto viviente. Me puse una camiseta simple, una falda cualquiera y la primera chaqueta que pillé en el perchero. Me miré antes de salir y me arreglé un poco más, no quería que se preocupasen por mí. Los conocía de apenas unos días, pero eran la pareja más acogedora que me había encontrado hasta el momento. Era consciente de que parecía un muñeco a pilas caminando por la calle, intentando no pensar en nada porque me agobiaba, y cuando llegué al bar intenté fingir una sonrisa. Pero se me congeló en la cara para luego desaparecer al ver a Nobu allí sentado. Menuda encerrona. Le lancé una mirada asesina a Fujio y me di la vuelta, escuchando cómo me llamaban. Al oír a alguien caminar tras de mí miré hacia atrás y aceleré el paso, con tan poca suerte que me tropecé con una bicicleta mal puesta contra la pared. Me di en la espinilla con el pedal, y caí con la rodilla de la pierna contraria en el suelo. Se me saltaron las lágrimas automáticamente y, como era lógico, me alcanzaron en ese punto porque no pude moverme.

– ¿Estás bien? – Escuché a Sakuya.

– Ni me hables – La alejé de mí con los dientes apretados, más dolorida que enfadada.

– ¿Tienes un botiquín en el bar? Está sangrando que da gusto – Nobu silbó. Miré mi espinilla y me arrepentí al instante al ver las heridas que tenía. Me empezó a doler más que antes.

– No, joder, debería pero no lo tengo – Fujio hizo un ruido siseante al mirarme la rodilla ensangrentada – ¿La acerco al hospital?

– No, no – Intenté ponerme el pie, apoyándome inevitablemente en Nobu al ver que la rodilla no me sostenía con los ojos llorosos por el dolor.

– Yo tengo un botiquín en el taller, ¿puedes caminar? – Me susurró el muy imbécil con vocecita melosa.

– ¿Tú que crees? – Le miré con rabia, me sonrió cariñosamente con ese pelo negro y abundante brillándole al sol. Le odiaba tanto…

– Anda, vente a mi coche – Me dijo Sakuya, apartándome de él antes de que le sacase los ojos.

Me subieron en la parte de atrás y Fujio me dio un trapo limpio y húmedo de su bar para que me limpiase la suciedad de las heridas cuanto antes. La de la rodilla sangraba bastante y la de la espinilla empezaba a ponerse de un morado muy feo además de estar despellejada. Nobu se sentó de copiloto y a pesar de mis quejas y de mi petición de que me dejaran en casa, me metieron en su taller. Olía a aceite, a gasolina y a garaje en general. Y era un desastre completo. Motos y coches por todas partes, piezas de metal que no tenía ni idea de lo que eran y tantas herramientas que me sorprendió que fueran diferentes. Ahora entendía las manchas de Nobu. Me acordé de la camisa que tuve que tirar por la sombra negra de grasa que me dejó en el pecho, con sus dedos marcados. Alejé ese pensamiento, intentando ser racional y consecuente con mis actos. Se acercó a un armario que no parecía más ordenado que los demás y sacó una caja blanca después de sentarme en una mesa más o menos despejada. Le vi sacar el alcohol y el agua oxigenada, echando el primero en un algodón.

– Dámelo a mí – Intenté quitárselo de las manos, pero me las empujó.

– Calla, yo veo mejor la herida desde aquí – Me frotó con suavidad la de la rodilla, limpiando la sangre.

– ¡Au! ¡Estate quieto, joder! – Le pegué en la mano al sentir el escozor.

– ¡No seas niña chica! ¡Tienes que curarte eso! – Intentó acercarse y le di un golpe en las manos de nuevo.

– Dámelo a mí, no te lo repito más – Sakuya se metió entre los dos, resoplando.

– Sois horrorosos, en serio. Me hacéis estar segura de que no quiero tener niños.

– Y tú me aseguras que no me puedo fiar de nadie porque cuando te descuidas te—

– Mena no seas así que tampo—

– ¡EN CUANTO TE DESCUIDAS TE DEJAN EN UNA SITUACIÓN INCOMODA DE COJONES! – Sakuya retrocedió, mirándome sobresaltada.

– Joder tía, que te den – Nobu chasqueó la lengua, yendo tras su amiga. Le escuché intentar convencerla de que no se enfadase mientras yo misma, como quería desde un principio, me limpiaba la herida.

– Dice que ahora te trae el almuerzo – Me informó Nobu sentándose en el capó del coche que me quedaba enfrente, con los brazos cruzados y un pie apoyado en el parachoques – No te enfades con ella, no lo ha hecho con mala intención precisamente.

– No, si encima está bien que la ofendida sea ella… – Mascullé.

– No digo eso, digo que si alguien aquí tiene la culpa de algo soy yo – Hice un ruidito que ni afirmaba ni negaba lo que decía, solo para que supiese que le escuchaba.

Se quedó un rato mirándome y al ver que no iba a hacerle ni caso porque mis heridas eran más importantes, se dio la vuelta y trasteó a mí alrededor. Le miré de soslayo con curiosidad, y le vi con un soplete muy pequeño y una pieza de metal. Mientras se dedicaba a echar chispas alrededor suyo – sin protección ni nada por el estilo – empezó a murmurar una canción. Al principio no sabía cuál era, e intentaba no prestarle atención porque me encantaba su voz y se suponía que estaba enfadada. Hasta que me llegó un “oooh oooh oooh I’m on fire”. Apreté el algodón, acordándome de aquella única noche que le hice olvidar a una mujer que le obsesionaba. Pensé en lo genial que había sido y pensé en ese “¿voy a volver a verte?” que me sonó tan bien. Recordé las palabras del día anterior y casi al mismo tiempo, sus ojos evitándome en el metro. Resoplé cruzándome de brazos, no sabía qué hacer. Entonces noté de reojo que Nobu hacía algo raro, le miré y le vi mover las caderas hacia los lados al ritmo de la música que sonaba en su cabeza, poniendo morritos y caminando hacia el mueble que quedaba a mi lado. Me miró sin dejar de bailar, cogió una llave inglesa y se puso a cantarme sin dejar de menearse. “At night I wake up with the sheets soaking wet, and a freight train running through the middle of my head. Only you can cool my desire…” Intenté no sonreír con todas mis fuerzas, intenté seguir enfadada con cabezonería porque no me fiaba para nada de ese tipo. Pero cuando me puso la llave inglesa con intención de que dijese el siguiente “I’m on fire” y no lo dije, puso cara de pena.

– Quieres reírte, y te estás aguantando – Negué con la cabeza, apretando los labios – Venga, tontita – Me pellizcó las costillas, haciéndome saltar y reír sin poder evitarlo.

– ¡Estate quieto imbécil! – No le podía mirar a los ojos, así que miraba al suelo. Y estaba un poco menos enfadada, lo que me molestaba. Sentí su mano en la mejilla y su intención de levantarme la cara para que le mirase, pero seguí con la vista hacia un lado. No tenía ni idea de qué debía o qué no debía hacer, me estaba volviendo loca.

6

– Mena, mírame – Bajó las yemas de los dedos con sutileza por mi cuello y se rio al verme la piel de gallina – Si yo estoy esforzándome por fiarme de ti podrías hacer tú lo mismo y a ver qué pasa – Me agarró la mano, acariciando el dorso con el pulgar.

– No quiero ir ‘a ver qué pasa’, si hago algo lo hago porque estoy segura.

– ¡Ya! Igual que estabas segura de que solo me querías para sexo.

– ¡Y lo estaba! – Di un golpe en la mesa, mirándole finalmente – ¡Hasta que se te ocurrió la idea de dormir conmigo! – Pestañeó varias veces y puso cara de no entender nada.

– ¿Por dormir y no por los polvos que echamos? No sé si es algo normal en tu país pero aquí desde lue—

– ¡Ay, Nobu! ¡¡Ahora eres tú el que no te enteras!! – Levanté la mano que me seguía tocando, agarrándosela – ¡Por estas cosas se enamora una, no por un puto polvo! ¡No puedes tratarme tan bien, decir que quieres verme de nuevo y luego ignorarme! – Le escuché decir mi nombre y empezar a hablar pero no encontraba el freno a mis palabras – ¡No puedes abrazarme y susurrarme en el oído y pretender que no sienta nada! ¡¡No puedes darme esperanzas y luego quitármelas porque haces que me arrepienta de haberme acercado a ti, gilipollas!!

– No digas eso…

– ¿¡Y qué quieres que te diga?! – Mi respiración estaba acelerada, sabía que me estaba pasando de insoportable y a lo mejor estaba siendo hasta cruel, pero las palabras se me escapaban sin darme cuenta y una vez dichas no había nada que hacer. Se quedó unos segundos mirándome y pude ver abatimiento en sus ojos.

– Lo siento – Al fin la tan ansiada disculpa, al chico le había costado la vida soltar las dos palabritas – ¿Cómo iba yo a imaginarme que puedes sentir algo por mí si te comportaste como si te diese exactamente igual lo que hicimos en el pasillo?

– Yo no hice eso – Salté a la defensiva.

– Sí lo hiciste. Terminamos de follar y te fuiste directa a la habitación y hasta mañana.

– ¿Y qué querías que hiciese si estaba la tía esa en tu cama? ¿Agarrarme a tu brazo y mirarte con ojitos soñadores? – Negué con la cabeza.

– No pero joder, nos podríamos haber quedado charlando, que me sentí usado – Tuve que apartarle la mirada porque no le faltaba razón – Y encima de tener ese sentimiento tan desagradable lo intenté otra vez, acostándome contigo solo para dormir por el placer de tenerte cerca. Y vas y me sueltas que no me haga ideas equivocadas – No sabía cómo salir de esa porque todo era cierto – Obviamente después de eso me lo pensé dos veces antes de seguir hablándote.

– Y pensaste que era mejor que te alejases de una rancia como yo – Todo eso sumado a lo que les dije de que me tiraba a los tíos y huía hacía de mí la gilipollas del siglo. El pobre se tuvo que sentir como un kleenex, de usar y tirar – Sinceramente Nobu, al ver tus pintas pensé que eras de ese tipo de tío.

– Pues mira, una sorpresa. A mí también me has dejado peor de cómo estaba. Justo el día que nos conocimos iba eufórico porque conseguí quedar con Hitomi, pero desde ese encuentro no te pude sacar de mi cabeza. Y de ahí fue todo de mal en peor. Así que si te vas a poner a echarme cosas en cara a lo mejor tienes que callarte, no sé quién es el peor de los dos.

Yo sí lo sabía: Yo era la peor. Al ponerme en su lugar me di cuenta que le traté como a mí siempre me habían tratado. Me lo había buscado y si estaba mal era por mi culpa y no por la de él, que estaba dispuesto desde que me conoció a dejar a Hitomi de lado. Y todo por el miedo a pasarlo mal, todo por no querer abrirme, intentar ser práctica y tener solo sexo. Eso me pasaba por acercarme durante demasiado tiempo a tíos que no merecían más que un polvo; cuando encontré a uno con el que la cosa prometía, la fastidié. Mi actitud dio un giro de 180º, de juez a acusado en menos de cinco minutos. Le escuché respirar profundamente y le miré. Me miraba la mano, que seguía agarrándome con fuerza. Aunque no, él ya no me agarraba, la que apretaba era yo. Y no quería soltarle porque si le soltaba se iba a alejar de mí, iba a dejarme ahí tirada porque era lo que me merecía y me hacía sentir muy mal. Le miré a los ojos, dispuesta a pedirle perdón cuando le vi mover la cabeza en un gesto negativo, de desaprobación hacia mi persona o así lo interpreté yo. Y al separar los labios para hablar apartó su mano de la mía, poniéndola en mi cintura para atraerme hacia él y besarme despacio. Abrí las piernas para dejarle entre ellas, apretando sus hombros mientras calentaba mis labios con los suyos. Terminé pasándole los brazos por los hombros, agarrándole de la nuca y la espalda para que se pegase más a mi cuerpo. Él también me apretó, rodeando mi cintura con esos brazos en los que perderse se me hacía lo más fácil del mundo. Por fin su boca. Toda la ansiedad, toda la angustia que había tenido los días pasados se esfumaron con su tacto, con su calidez.

– Uuuy, vengo luego – Nos separamos al escuchar a Sakuya caminar despacio hacia la puerta.

– ¡No, no, no! ¡Que me muero de hambre! – La chica se paró y nos miró.

– ¿Seguro que no pasa nada? – Nobu hizo un ruidito de disgusto.

– En realidad este no es el lugar más higiénico para comer, ¿por qué no os venís a mi casa? Fujio estará cerrando ya.

– Sí, claro, si es que hoy no abría, le llamo y nos vamos – Nos miraba con una sonrisa de oreja a oreja.

– ¿Puedes andar? – preguntó Nobu al verme la cara tan pronto pisé el suelo. Asentí, y no le dejé irse.

– Oye, lo siento, no pensé que fuera a gustarte tanto. Creía que—

– Ya sé qué creías – me miraba desde las alturas, nuestra diferencia era más que notable – y no me extraña porque es lo que llevo haciendo un tiempo.

Le di la mano, una sonrisa, y fui cojeando hasta el coche de Sakuya, que esperaba al volante. Nos llevó a esa casa que ya conocía y no pude evitar la risita cuando vi la pared en la que nos volvimos tan locos. Almorcé con la impresión de no haber comido en años, riéndome de las tonterías que decían esos dos monstruitos salvajes. Después de eso corrimos las cortinas, abrimos el sofá-cama y nos tumbamos en él a ver una película; o lo que era lo mismo, a dormir. Sakuya se tumbó sobre el pecho de Fujio y casi no tardó en tener la boca abierta y estar en el séptimo cielo. A Fujio se le cerraban los ojos y a mí también, sobre todo cuando Nobu sacó una mantita y nos tapó a ambos. Tenía mi espalda apoyada en su pecho y me abrazaba desde atrás, acariciándome el brazo con las yemas de los dedos distraídamente. Hasta que de repente paró. Miré sobre mi hombro y le vi dormidísimo, con ese pecho ancho levantándose despacio, la respiración calmada, y esos labios, que eran mi pasión, entreabiertos. Escuché el ruidito de una foto hecha con el móvil y al mirar al frente vi a Fujio mirándonos con diversión. Fue a decirme algo pero el teléfono de Nobu los despertó a todos. Me incorporé y se lo di mientras carraspeaba y me abrazaba por la cintura. Me sentí exageradamente celosa al ver que era Hitomi.

– ¿Sí? – Sentía la vibración de su voz grave en la espalda – No, no puedo – Se me iba a salir la oreja de querer llegar a entender los murmullos que escuchaba al otro lado del aparato – ¿Para qué? Te enteraste de todo en el bar, o eso me gritaste el otro día y no tengo que explicarte mis motivos, no lo veo necesario – entonces escuché la voz de Hitomi, alterada, aguda e insoportable – de todas maneras no creo que sea algo que debamos hablar por teléfono y tengo sueño, pero ya que insistes, si quieres un motivo es porque con ella he sido yo mismo desde el primer momento sin miedo a ofenderla con mi actitud. Y contigo no puedo hacer eso, ¿te vale? – más gritos. Miré hacia atrás y le vi apartándose el teléfono de la oreja con disgusto – ¡Ya hablamos! – le chilló al cacharro, colgándolo y apagándolo.

– No te las puedes quitar de encima, ¿eh? – bromeé riéndome por lo bajo.

– Un problema menos – masculló Sakuya más dormida que despierta.

– Me ha espabilado con esos gritos encima de que ella sola se lo ha buscado – me apretó un poco más arriba de la cintura – uy, ¿Y esto? – susurró en mi oído al encontrarse con mis pechos. Sonreí.

– Estate quieto – intenté bajarle las manos, todo bajo la manta. Pero volvió a subirlas, apretándolos mientras se reía de manera malvada junto a mi oído.

Y no solo eso, también bajó su otra mano. Antes de que pudiese quejarme me había levantado la falda y me tocaba sobre las bragas. No movía apenas los dedos, solo presionaba levemente en círculos mi clítoris y era más que suficiente. Me tapé la nariz y la boca con la manta, intentando que no se me notase lo agitada que estaba. Pero el colmo fue cuando sentí que me bajaba las bragas desde atrás y cómo su erección me calentaba los muslos. Presionaba con ella, sabiendo que no podía metérmela porque no estaba lo suficientemente lubricada. Aún. Miré a la otra pareja y a pesar de verles dormidos no me parecía bien lo que estábamos haciendo.

– Vámonos a tu cuarto Nobu – susurré todo lo bajo que pude.

– No – sonó tanto sucio como divertido.

– Pero… – me hizo mirarle agarrándome la barbilla y besándome tan profundamente que ya no pude pensar nada más.

Bajó esa misma mano, metiéndola bajo la manta para jugar con mis pezones. La otra seguía con el mismo movimiento sutil que poco a poco me estaba desquiciando. Y cuanta más humedad había entre mis piernas, más intentaba entrar en mi cuerpo. Estuve a punto de gemir cuando lo consiguió, despacio, apretándome con fuerza a él una vez la tuve dentro entera. Al escuchar cómo se le escapaba un gemido suave y ronco le miré. No podíamos hacer nada más ahí delante porque ninguno de los dos podíamos ser silenciosos. Eso sí, estaba más cachonda que en toda mi vida. Le miré y señalé el pasillo con la cabeza. Se la guardó en los pantalones chasqueando la lengua y me levantó del sofá, camino a su habitación. Llamaron a la puerta y se me quedó mirando.

– Ahora mismo voy – pero yo, que me lo estaba viendo venir, le seguí silenciosamente hasta la puerta sin que notase mi presencia – ¿Qué haces aquí? – le escuché decir al abrir.

– Estaba por aquí con unas amigas – era Hitomi, me entraron ganas de darle con el paraguas que veía desde donde estaba – vengo a hablar cara a cara como has dicho ¿Puedo pasar?

– No, es un mal momento.

– Pues yo quiero hablar.

– Mira, ¿ves esto? – me asomé un poco, yo quería verlo. Vi a la chica mirar con los ojos como platos a su bragueta. ¿Se la estaba enseñando? – tú nunca has sido capaz de provocarme esto y Mena lo consiguió cuando no sabía ni su nombre. Y no hablas de otra cosa que no seas tú, además, te irritas con tanta facilidad que se me hace difícil estar contigo.

– ¡Pero eso es porque eres un indecente y un cerdo!

– ¡Exacto! Eres demasiado… – le vi levantar las palmas de las manos, señalando el conjuntito caro que llevaba puesto – y mírame a mí – se señaló la ropa barata y muy usada que llevaba – vete con un hombre que te dé lo que necesitas.

– No me puedo creer que prefieras a la calienta pollas esa antes que a mí…

– ¿¡Perdona?! – intervine sin poder contenerme. Nobu me miró sorprendido acercarme amenazadoramente – Cállate porque en esa materia tú eres una jodida experta.

– ¡A las mujeres como tú las quieren para follar y con las mujeres como yo se casan!

– ¡Sí, y después te pondrán los cuernos con mujeres como YO porque te negarás a abrirte de piernas! ¡Como si lo viese! – Me miraba ofendida – Quédate con tus mariditos que yo que me quedo follándome a este “cerdo indecente” – me incliné ante ella, agarrándome los lados de la falda – princesita – dije con rintintín. Y le cerré la puerta en la cara.

Sin decir ni media me cogió en brazos y besándome me metió en la habitación donde durmió Hitomi la semana pasada. Pero no llegamos a la cama, me soltó en un escritorio lleno de cosas y allí mismo me devoró con la mirada.

– Te he echado de menos – me tumbó hacia atrás, besándome el cuello, las clavículas, el escote, tirando de mí para que mis caderas quedasen al borde de la mesa – me despertaba todos los días con ganas de tenerte en mi cama.

– Que manera de perder el tiempo más tonta – Le acaricié el cuello mientras me subía la camiseta, besándome el ombligo, bajo los pechos, entre ellos.

– No sabía qué echaba más de menos, tu poca vergüenza – me las apretó, rozando su bragueta con mis bragas – o a estas dos.

Me reí, echando las manos hacia adelante y dejando salir lo que le debería de estar molestando en los pantalones. Me lamí la palma de la mano y se la acaricié despacio, sin prisa alguna, observando cómo se recreaba en ponerme duros los pezones. Se lo pasaba en grande con mis tetas, parecía un niño con un juguete nuevo y me encantaba ver las caras y escuchar los gemidos que le provocaba al masturbarle.

– ¿Vas a follarme? – me susurró de una manera tan cerda que me entraron ganas de dejarle seco. Se inclinó sobre mí y me besó. Noté su polla apretando mi ropa interior.

– Solo si haces que me corra ahora más de dos veces – sonrió en mi sonrisa.

– Y más de tres – en ese momento mis labios dejaron de sentir su boca, y fueron los otros los que le besaron cuando me bajó las bragas.

– No tengas mucha prisa – le dije al notar sus ansias.

No es que fuese el que mejor lo hacía, pero me ponía tan cachonda y había tanta química entre nosotros que apenas tenía que esforzarse. Me bastaba con mirarle, ahí entre mis piernas con sus ojos cerrados, tragando y saboreándome, parándose menos de un segundo para mirarlo, morderse el labio y seguir. Intentaba susurrar mi nombre a pesar de no poder hablar porque su lengua estaba muy ocupada. Y yo reteniendo mis gemidos y tirándole del pelo, levantando mis caderas con todos mis músculos tensos, sintiendo que el orgasmo llegaba pero nunca lo hacía. Y cuando lo hizo fue despacio, insoportablemente gradual y placentero, cada vez más placentero. Sus ansias volvieron, devorándome, y yo dejándome ser devorada. Con una impaciencia que se lo comía por dentro me besó la barriga, apretando mis muslos contra la mesa al penetrarme.

Le quité la camiseta, quería tocar su pecho caliente con el mío. Me miró a los ojos, dándome besos cortos y lentos, deslizándose despacio en mi interior. No era brusco, pero si intenso, empujaba hasta tenerla entera hundida en mi carne, hasta que le era imposible acercarse más. Fue cuando susurre su nombre varias veces seguidas, sintiendo que el orgasmo me agitaba entera con sus dientes en mi cuello, que se empezó a descontrolar. Tiró varias cosas de la mesa al suelo al empezar a embestirme, me tuve que agarrar al borde que me quedaba sobre la cabeza porque él no dejaba los brazos quietos en un sitio: de mis caderas a mis tetas, de ahí a mis muslos, agarrándome después de la nuca para besarme. Perdí la noción del tiempo y la cuenta de los orgasmos, que se sucedían uno tras otro, mientras le dejaba la mesa húmeda y un tanto coja. Llamaron a la puerta, pero parecía estar sordo.

– Córrete ya – le dije al oído – Sakuya está ahí.

– Que se espere – me dio la vuelta en la mesa, dejándome solo con el torso en esta y colándose entre mis muslos.

– No, no, no me pongas así ahora que voy a – no pude seguir hablando. Tuve que morderme el brazo porque lo estaba sintiendo demasiado.

Ya no era el divertido y adorable Nobu que se ponía tonto y quería dormir conmigo el que tenía detrás; era esa bestia parda que conocí en el tren y me volvió loca contra la pared de su casa. Sonreí cuando le sentí tirarme del pelo, azotándome el trasero sin miramientos mientras me terminaba de reventar el cuerpo. No sabía si gemía o me quejaba, no sabía si eso era el cielo o su casa, simplemente no sabía nada más que lo intensos que estaban siendo los orgasmos.

– Mierda, no quiero correrme – dijo entre dientes. Me bajé de la mesa, acordándome de lo que me dolía la rodilla al hacerlo, y puse la que no estaba herida en el suelo.

Dura, caliente, enrojecida y suave me la metí en la boca, succionando al sacarla justo cuando llegué al glande, sabiendo que le iba a encantar. La apoyé en mi lengua y le masturbé despacio, notando sus abdominales endurecerse al empezar a correrse. Cerré los ojos y deje que se derramase en mi boca, de manera abundante y despacio. Se apoyó con las manos en la mesa y en mi hombro, apretándomelo con fuerza y gimiéndo más agudamente de lo que esperaba. No parecía acabar nunca, hasta que se empezó a reblandecer entre mis labios. Le miré con una sonrisa y empezó a reírse como un idiota, tragando saliva mientras jadeaba.

– Entonces, ¿me vas a follar esta noche? – me preguntó dándome mis bragas, vistiéndose conmigo.

– Esta, mañana por la mañana, por la tarde y todo el día – dio una carcajada cerrándose la bragueta – buena la has hecho tú convenciéndome de que me abra a ti.

– Por favor – me agarro la cara entre las manos y me besó la mejilla mientras Sakuya llamaba una vez más a la puerta, preguntándonos si había pasado algo y quién había venido un rato antes – no me dejes ni respirar.

Epílogo

– Que mala cara Fujio, cojones – le soltó Nobu al verle llegar al escenario, abriéndose paso entre la gente que se iba porque ya había visto a su artista favorito. Yo me agarraba a la valla como si no hubiera mañana, ansiosa y muerta de calor.

– No vuelvo a ir a un festival con vosotros, os odio – Sakuya le pellizcó una mejilla.

– Te dije que te trajeras los tapones para dormir y no me hiciste caso – le dijo ella.

– Además, nosotros no éramos los más escandalosos, ¡había gente cantando por ahí!

– Con eso puedo dormir, con gemidos de “me corro” y “qué polla tienes” no hay quien se duerma – Nobu dio una carcajada.

– ¡Pues fóllate a tu mujer tú también! – le dio un empujón al que respondió con una mirada asesina.

– ¡Shhh! ¡Que ya llega! – Mandé a callar a mi novio dándole en las manos, ya que me abrazaba la cintura con los brazos. Una chica a mi lado, morena con el pelo corto y tan gaijin como yo, no paraba de moverse histérica, poniéndose de puntillas y susurrando en mi idioma “Creo que le veo, ¿sales ya precioso? ¡graciasdenada!”, haciéndome reír.

– ¿Cantará ‘High hopes’? – preguntó Sakuya dando saltitos.

– Pues claro, si es su nuevo single mujer – dijo su novio, empujando como el que no quería la cosa a unos chicos para ponerse también en primera fila.

– ¿Imaginas que canta ‘I’m on fire’? – me susurro Nobu, haciéndome sonreír de oreja a oreja.

– Lo estoy esperando – dije besándole y llenándome de esa calidez que me inundaba, sintiéndome en casa cada siempre que le tuviese cerca.

Anuncios

3 comentarios en “Subway

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s