The Hotel II

Pues supongo que vuestras brillantes mentes habrán llegado a la conclusión
de que es la segunda parte de esta historia:

Y es que de repente me sentí inspirada y no precisamente por una sesión de fotos de Nagase, cosa rara. Sino por otra que ya veréis. Obviamente, los personajes son los mismos, y lo bueno de todo esto es que le vais a poner cara a la chica que me imaginaba todo el tiempo.No. No soy yo xD

Lo tenía casi terminado antes de empezar los exámenes, pero entonces los piratas se pusieron en mi camino, paré este, estudié y ahora que tengo un huequito lo he terminado. Como en el otro, os dejaré fotitos esporádicas. Es un poco más largo y un poco diferente, pero ya me diréis qué os parece ^-^

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 1
Acababa de salir del trabajo y en lo único que pensaba era en llegar a casa, tumbarme en el salón y ver alguna película. Casi me quedo dormida en el metro, menos mal que la melodía de cada parada me despertaba de poco en poco. Fui caminando deprisa de la estación hasta mi casa, parándome en el combini para comprarme algunos botes de ramen instantáneo y algún que otro melon-pan. Mi hermana no paraba de decirme que me iba a poner mala pero es que a esas horas y entre semana nunca tenía ganas de cocinar. Mientras subía las escaleras hasta el cuarto piso iba pensando lo bien que iba a estar andando en calcetines y sin sujetador, calentita al fin en casa, pero cuando iba a meter la llave en la cerradura escuché voces dentro de mi piso. Me quejé mientras la giraba, pensando maneras diversas de quitarme a mi hermana de encima cuanto antes. No es que la odiase ni nada de eso, es solo que quería estar tranquila.
– Hola – murmuré con desgana mientras cerraba y dejaba mis zapatos en la entrada. Me fijé en que había un par de zapatos de más y fruncí el ceño porque eran de hombre. Escuché unos pasos apresurados y risitas. Cuando alcé la vista vi a mi hermana riéndose por lo bajo con sus preciosos rizos castaños cayéndole junto a las mejillas – ¿Qué pasa?
– Tienes visita – dijo con voz cantarina.
– Y una mierda – chasqueé la lengua, empezando a enfadarme – Me podrías haber avisado, hoy no es un buen día.
– ¿Te ha bajado la regla o que? – contestó riéndose. No entendía qué tenía tanta gracia, a la mierda mi paz y mi tranquilidad – Vente, verás como se te quita ese mal humor de golpe – susurré una especie de “ahamseguroquesí”, escuché la risa de mi cuñado Kyo y otra risa que no reconocía. No sabía quién podía ser pero ya iba a tener que ser bueno para que se me pasase la furia interior.
– Me cago en la puta – fue lo único que salio entre mis labios al verle en mi salón. Me tuve que apoyar en el marco de la puerta, era la última persona que me esperaba.
Takahashi estaba sentado frente a mí en el pequeño sillón que tenía en junto al sofá, con los codos apoyados en sus rodillas. Se me quedó mirando serio, con aspecto de querer decir algo pero sin decirlo, esos ojos oscuros clavados en los míos. Jugueteaba con unas gafas entre sus largos dedos, tragué saliva, quitándome las mías y dejándolas a un lado. Se levantó sonriendo, con su pelo peinado hacia atrás y una chaqueta oscura muy parecida a la de aquella vez en el hotel. El tío estaba elegante, atractivo, y se había dejado crecer la barba un poco más que la última vez que le vi. En un instante recree toda esa tarde, con sus conversaciones, sonrisas, gemidos, mordiscos, arañazos y orgasmos. Dios… los orgasmos. Al menos calentita iba a estar, eso seguro. Y la furia interior se fue corriendo a esconderse bajo la cama porque el deseo la echó a golpes. Y acto seguido, la vergüenza al deseo.
– Le dije a tu hermana que no deberíamos aparecer por aquí sin avisar, que no te iba a hacer gracia, pero ya ves el caso que me hace – sentí a los tres me clavarme la mirada, aunque la única que me importaba era la de Taka.
– Y llevas razón, venía directa a tirarme donde tú estabas sentado que es mi butaca favorita y me encuentro con todo el mundo aquí, en mi salón y sin preguntarme si es un buen momento, ¡Hola! – fingí alegría, cruzándome de brazos. La furia había vuelto para ponerse de la mano del deseo. Algo peligroso que podía terminar o muy bien o muy mal.
– ¿Podrías ser un poco más amable? Acaba de llegar del viaje – Mi hermana me miró ofendida, señalándole con la mano.
– Pues se podría haber quedado descansando y me ve mañana, que es sábado, ¿no? – Mi hermana chasqueó  la lengua, pero Taka se rió. Su risa normalmente se me contagiaba, pero estaba demasiado nerviosa.
– ¿No cuentan las ganas de verte que tenía? – alcé una ceja, no me iba a tragar sus historietas. Otra cosa quizás sí que me tragaba, pero sus cuentos, no. Me asombré de lo pegados que le quedaban los pantalones vaqueros.
– Pues si tanto molestamos, nos vamos – Kyo se levantó y yo asentí suspirando aliviada. Estaba demasiado cansada para lidiar con ese hombre en esos momentos – Pero tengo que pedirte un favor.
– Tú dirás – Me resigné, dejando caer los brazos a ambos lados de mi cuerpo. Fue mi hermana la que empezó a hablar.
– Taka no tiene mucho dinero, así que había pensado que podía quedars—
– No – negué con la cabeza, con los dedos, con los brazos y porque no tenía más maneras que si no también lo haría – Imposible, aquí no. Conmigo no.
– ¿Y cuál es el problema? Por lo que me contaste te llevaste muy bien con él la última vez que os visteis.
– Eso fue cosa de una vez, por eso fue tan fantástico – miré a Taka entre el enfado y las ganas de abrazar esos hombros tan anchos. La última vez que le vi no eran tan anchos. Quizás era la chaqueta – No puedes aparecer de repente y pretender quedarte aquí.
– Tampoco ha sido mi idea, les he dicho que me voy a un hostal pero no me escuchan – comentó con las manos en los bolsillos. Siempre le resbalaba todo, siempre le daba todo igual. Me lo iba a follar allí mismo como siguiese sonriéndome de esa manera y mirándome de arriba abajo.
– No se puede quedar en casa – El comentario de mi hermana hizo que dejase de mirarle – Estamos de obras en el salón que es donde podría dormir. Tu sofá es una cama y tienes un cuarto de invitados, no seas así.
– Que no sea…claro, tú no tienes problema – farfullé entre dientes.
– Si tanto te molesto me voy, de verdad – pasó por mi lado mirándome los labios y paró a mi altura. Se humedeció los suyos y suspiró muy despacio cerca de mi cara. Aspiré para suspirar y cerré los ojos instintivamente al olerle. Estaba más cachonda que una perra en celo. Era una habilidad que ese hombre en concreto tenía; ponerme a cien. En vez de un suspiro me salió una risita histérica – Aunque si me dejas quedarme te prometo que no te molesto. Como si no estuviese –Le miré con desconfianza – Voy en serio.
– Mejor otro día – respondí muy interesada en el marco de la puerta, el techo, el suelo. Cualquier cosa menos esos ojos oscuros que me desnudaban cada vez que me miraban.
– Como quieras – sentí sus dedos pellizcarme la cintura y apreté los labios esperando a que saliese. Acto seguido le dediqué a mi hermana una mirada asesina que no le pasó desapercibida.
– Id bajando, ahora voy yo – Cuando se hubieron alejado me miró de nuevo – ¿Se puede saber qué te pasa? Llevas hablándome de lo bien que te trató un año entero, de que nadie iba a hacerte disfrutar como él, y cuando lo tienes aquí…
– Tú le conoces mejor que yo. No quiero meterle en mi casa, en mi cama, y que luego se vaya a su ciudad y si te he visto no me acuerdo. Tú tienes la vida resuelta con tu marido y tu estabilidad emocional así que no te voy a pedir que lo entiendas, solo que no me fuerces.
– Es que no sé qué mal te iba a hacer echarle un polvo con las ganas que tienes – Mi hermana podía ser exuberantemente hermosa pero a veces era exuberantemente simple. Y tonta. Tan guapa como tonta.
– Ya me obsesioné una vez con él. Me niego a que me de calabazas de nuevo.
– Natsumi, siento decirte que ya estás obsesionada – Esas risitas me terminaron de crispar los nervios.
– Vete. Vete y ya nos veremos mañana – La acompañé a la puerta y me despedí de ella todo lo cordialmente que pude, fingiendo mis sonrisas y diciéndole adiós con la manita. Cuando la cerré y di dos pasos, llamaron al timbre. La abrí bruscamente, enfadada y molesta con el mundo para encontrarme con la señora que vivía en la casa de al lado.
– Natsumi-chan, este chico estaba en la puerta preguntando por ti. Espero que estés visible, parece muy interesado – La pobre señora no sabía nada, por lo que no podía pagarlo con ella. A su espalda estaba un chico que conocí unos días antes en una discoteca con mis amigas. No tenía ni idea de cómo había dado con mi casa y no me acordaba de su nombre. Solo me acordaba de que besaba realmente bien y de que tenía las manos muy largas.
– Hola – Me saludó haciéndose el avergonzado. Tenía unos ojos marrones claros que no me inspiraban sentimiento alguno, suponía que las copas de más fueron las que me impulsaron a atacarle en el pub aquella noche. Agarraba una bolsita con las dos manos y me la ofreció sin decir nada más.
– ¿Qué es esto?
– Un detalle. Lo vi y me acordé de ti. No sé… – Le miré con desconfianza y abrí el paquete. Dentro había un estuche. Le miré de nuevo más extrañada aún e intentando recordar su nombre. Era algo con H. Tenía la cara muy redonda y los ojos muy pequeños, casi cerrados. Estaba empezando a dudar de si era japonés o coreano. ¡Hyun! Ese era su nombre. Era coreano seguro.
– ¡¿Ehhhhhhhhh?! – El estuche contenía un collar con pinta de carísimo. Y hortera de cojones – Lo siento pero no puedo aceptarlo – Se lo devolví como si me quemase los dedos.
– ¿Por qué no? A las chicas os gustan estas cosas…
– Solo nos conocemos de una noche – era extremadamente delgado. Cada vez estaba más segura de que tenía que haber estado muy borracha para acercarme a él.
– Pero quiero conocerte mejor. No paro de pensar en ti – Me estaba empezando a sentir hasta mal por él cuando vi por encima de su hombro a Taka acercarse con una sonrisita y a mi vecina espiar en la puerta de al lado. Se había quitado la chaqueta, dejando ver el chaleco que tenía puesto debajo sobre una camisa blanca con rayas celestes. Tenía puestas las gafas – Dame una oportunidad.
– Hola – La voz grave y estruendosa de Taka hizo a Hyun dar un saltito. Le sacaba una cabeza y era el doble de ancho. Ese chiquillo no tenía nada que hacer.
– ¿Qué haces aquí? – Le pregunté después de morderme el labio sin darme cuenta.
– Me he dejado el teléfono en el salón – miraba desde arriba a Hyun. El pobre chico le devolvía el gesto ceñudo – ¿Es tu novio? 
– No – Tuve que aguantar la risa al notar su tono guasón.
– ¿Es tu padre? – preguntó Hyun, haciéndome reír sin poder evitarlo.
– Seria muy raro si un padre le hiciese gemir como lo hago yo, ¿eh, Na-chan? – Me guiñó el ojo y me reí como una estúpida. Hyun me miró con los ojos como platos haciendo que me pusiese seria de nuevo.
– ¡Pero si te lleva diez años por lo menos!
– Nueve – aclaró él levantando un dedo – ¿Y sabes qué? – Le pasó un brazo por los hombros al chico, no tenía vergüenza ninguna. De repente me di cuenta de que estaba sonriendo – Fui su primer amor. Y el primero que ha entrado por la puerta de atrás, ¿eh, Na-chan?
– ¡¡Cállate, imbécil!! Es… eso es mentira, Hyun – Me miraba escandalizado – Lo último, digo.
– Oye, mejor devuelvo esto. Ya nos veremos – Se zafó del brazo de Taka y se fue escaleras abajo.
– De nada – murmuró Taka cruzado de brazos y apoyado en el marco de la puerta – ¿Me das el teléfono o quieres que pase y que te folle hasta que te duela? – La puerta de la vecina se cerró de un portazo, ruido que amortiguó la explosión de mis ovarios al susurrarme esa cerdada.
– Mejor te doy el teléfono – Me metí en la casa. Y él se metió detrás.
– He hecho un viaje larguísimo y carísimo para lo que es mi economía para verte – Me aplastó contra la pared. Me agarró de la cara con una mano y me hizo mirarle – Echo tanto de menos tu boca – Me besó dulcemente y me hormiguearon los labios con ganas de más – Tu lengua – Me volvió a besar, un poco más fuerte y despacio – Y tu coño… – me pasó la lengua por los labios y mi cuerpo se volvió gelatina.
– Taka – Me alejé con voz temblorosa cuando lo que quería era sonar autoritaria – No es el momento.
– Como quieras – Se separó de mí tan tranquilo y se apoyó contra la pared, las manos metidas en sus bolsillos – Dame el teléfono entonces – asentí y me metí en el salón sofocada y resoplando. Cuando me acerqué para dárselo, le vi husmeando en las cosas que tenía en el perchero de la entrada a su derecha, no tocaba nada pero miraba con curiosidad.
– No fisgonees – Me miró de reojo, sin terminar de girar la cara hacia mí. Me dio la impresión de que me iba a saltar de nuevo encima, pero se quedó quieto – ¿A qué has venido a Tokio? – Tengo que admitir que me molestó un poco ver que no insistía y que se daba la vuelta para irse sin más tras guardarse el teléfono en el bolsillo del pantalón. Se giró y me miró.
– Al principio pensé en venir a darte “amor” unos días – estiró y encogió el dedo índice y el corazón de ambas manos para dejarme claro que no era eso precisamente lo que me iba a dar – Me encantó lo del hotel, no sé – Otra vez esa sinceridad apabullante – Pero ahora que te he visto la verdad es que no tengo ganas de irme, ¿crees que podríamos vivir juntos?
– Eres gilipollas – Me reí cerrándole la puerta en la cara. O intentándolo, porque la paró con la mano.
– Oye, ahora en serio – Nunca sabía cuando estaba hablando en serio y cuando era todo una broma,  me tenía descolocada, y más mirándome tan cerca – No tengo dinero, deja que me quede aquí. Te prometo que si no quieres hacer nada, no se hace nada.
– ¿Me lo prometes? – asintió. Me quedé mirándole casi un minuto antes de tomar una decisión – Voy a confiar en ti por una vez – sonrió, aparentemente divertido.
– Voy un momentito al coche de tu hermana y cojo mi maleta.
Le hice un gesto con la mano para que se diese prisa y esperé apoyada en el marco de la puerta, resoplando y echándome el pelo hacia atrás. Sabía que era un error, sabía que me iba a costar la misma vida no tocarle, pero tampoco podía dejarle tirado en la calle. Que a lo mejor tenía dinero, pero me sabía mal hacerle eso a alguien que conocía de toda la vida. Cuando le vi subir la escalera tuve que volver a tragar saliva, no quería pillarme por él pero es que era tan jodidamente perfecto que… Jadeó con cansancio hasta llegar a mi piso – el no tener ascensor y vivir en cuarto cansaba a cualquiera, más con una maleta – y hasta ese jadeo me puso cachonda. No quería ni mirarle. Le indiqué cual iba a ser su habitación y dejó la maleta, mirando a su alrededor mientras se quitaba el chaleco y las gafas, dejándolas en la mesa de noche. Se me iba a salir la nariz del sitio de tanto olerle.
– ¿Puedo quedármela? – cogió una gorra de una de las estanterías y se la puso – ¿Qué tal? – Me miró, serio. Tenía que mirar hacia abajo para hacer contacto visual conmigo y esos labios tan gruesos me estaban volviendo loca. Recordé de la sensación de esa boca contra mi piel.
– Bien, supongo. Es de un ex, espero que no se te pegue la tontería que tenía.
– Tenía buen gusto – Se suponía que lo había dicho por la gorra, pero me miró de arriba abajo de tal manera que igual hubiese dado que estuviese en pelotas. O al menos así me sentía. De nuevo, tuve que esforzarme para no tirarme a sus brazos.
– Vamos a cenar – Me di la vuelta, caminando hacia la cocina.
Me informó de que antes se iba a dar una ducha y el muy cabrón se la dio con la puerta del baño abierta. No mintió al decir que no iba a hacerme nada si yo no quería, pero es que no paraba de tentarme. Era el demonio y me cago en la puta qué bueno estaba el demonio. Cuando salió de la ducha y entró en la cocina, se había puesto unos pantalones de tela grises y una camiseta con pinta de muy usada. 
Se sentó a la mesa y esbozó una sonrisita al ver la comida.
– Gracias, Na-chan. Itadakimasu.
– No te creas que esto es un hotel solo porque te haya hecho la cena – Se rio tontamente y me miró alzando una ceja.
– Más quisieras tú estar otra vez en el hotel – comimos casi en silencio y al menos yo, tensa de la cabeza a los pies.
No me atrevía a mirarle porque cada vez que lo hacía me quedaba literalmente embobada y me sentía estúpida. Como las protagonistas de estas novelas rosas y cutres, pues así. Y me cabreaba, estaba enfadada con él por ser como era y por estar en mi casa como si no pasara nada. Un cruce entre suspiro y resoplido salió de mis labios conforme pensaba y le escuché reírse por lo bajo. Le miré, cabreada, irritada, y excitadísima.
– ¿De qué te ríes? – Le pregunté. Soltó los palillos y apoyó los brazos en la mesa.
– De ti, por supuesto – solté una risita de incredulidad, mirándole sin terminar de entender cómo podía tener tan poquísima vergüenza.
– Qué bien – negué con la cabeza – ¿Sabes que estoy a esto – junté el dedo índice y el pulgar ante su cara hasta casi pegarlos – de mandarte a un puto hotel?
– ¿Y puedo saber qué he hecho yo para que estés tan enfadada de repente? – Le notaba en la voz que quería reírse – Porque por el comentario que acabo de hacerte no es. Estás de mala leche desde que he llegado, ¿qué te pasa? ¿No querías verme?
– Es un mal día, y tu actitud no ayuda – Me levanté y dejé los platos en el fregadero.
– ¿Mucho estrés en el trabajo? ¿Te ha dejado el novio? – Le iba a recomendar que se fuese a tomar por culo pero vi mejor y más educado darme la vuelta e irme.
Taka no tenía ni idea de lo que estaba haciéndole a mis nervios, a mis hormonas y a mi cabeza. No tenía ni idea de lo mucho que me gustaba desde siempre y si lo sabía, era un rastrero asqueroso. Solo quería metérmela, todas sus acciones iban orientadas a eso, y gran parte de esa furia explosiva que tenía dentro era porque estaba consiguiendo volverme loca. Me quité la ropa y me metí en la cama con las bragas y el sujetador, tapándome hasta arriba e intentando respirar como un ser humano. Cuando empezaba a tranquilizarme le escuché dar golpecitos en la puerta.
– Natsumi-chan, mañana supongo que te levantarás tarde – Le escuchaba hablar pegado a la puerta cerrada. Suspiré, pasándome una mano por los ojos.
– Sí Taka, es sábado, ¿qué quieres? – A esas alturas no tenía paciencia con él, y me estaba temiendo que fuese a entrar en mi habitación.
– Que me dejes unas llaves. Le dije a Kyo que iba a ir a arreglarle el coche y he quedado con él temprano,  ¿puedo pasar?
– ¡¡No!! Espérate ahí – Me levanté con prisas, sacando del armario lo primera camiseta que pillé y poniéndomela de cualquier manera. Cogí mis llaves del bolso y entreabrí la puerta, ofreciéndoselas sin mirarle a la cara.
– Buenas noches, preciosa – Me rozó los dedos intencionadamente al cogerlas – Oye, ¿estás en bragas? – No le dejé decir nada más, le cerré la puerta en la cara y apoyé la espalda en ella, mordiéndome un dedo e intentando aguantar la bofetada que me dio su olor corporal.
Me disparaba todas las alarmas relacionadas con el sexo solo de olerle y si encima escuchaba su voz, sus risitas y me deleitaba con esos ojazos negros y esos labios deseables… Takahashi era demasiado para mi, siempre lo había sido. No había terminado de resoplar que me entraron unas ganas de ir al baño horrorosas. Pero esperé. Esperé hasta estar segura de que estaba en su habitación y abrí la puerta muy despacio. El pasillo estaba a oscuras, solo veía una tenue luz proveniente de su habitación. Suspiré al acabar de vaciar mi vejiga y fui caminando de puntillas a mi habitación. Pero antes de entrar escuché un susurro. Me dí la vuelta y miré hacia la puerta de su cuarto, sabiendo que iba a lamentar lo que iba a hacer pero muerta de curiosidad. Estaba encajada, así que, totalmente en silencio me asomé.           
            Los labios se me abrieron despacio, el corazón me bombeó con fuerza en el pecho y contuve la respiración mirándole con lo que tenía que ser la mayor cara de guarra que se me había puesto nunca. Me lo encontré tumbado en la cama, sin camiseta, tapado hasta la cintura con las sábanas y los ojos cerrados. Respiraba profundamente, adelantando la mandíbula y juntando las cejas en una expresión de placer cada vez que su mano se movía suavemente sobre la erección que intuía bajo las sábanas. Entonces volvió a susurrar. “Na-chan” decía. Y se pasaba la lengua por los labios conforme su respiración se aceleraba. Cuando me quise dar cuenta agarraba con fuerza el marco de la puerta, la otra mano la tenía bien apretada contra mi coño. Cuando reaccioné, me metí apresuradamente en mi habitación. No sabía qué iba a hacer al día siguiente.

 

2
Apagué el despertador antes de que despertase al bloque entero. Había dormido como un niño pequeño, eso sí, el precio a pagar fue los calzoncillos acartonados por no cambiármelos la noche anterior. Pero es que al verle las piernas, bueno, al intuirlas, mi imaginación terminó de dispararse. Y como estaba tan insistente en lo de que la dejase tranquila al menos descargué pensando en ella con el recuerdo bien fresco. Bostecé, me estiré, y me fui al baño con unos calzoncillos limpios en la mano. A la hora que era, Natsumi tenía que estar en el séptimo cielo.      
            Mientras me cambiaba, me lavaba los dientes y me vestía con ropa limpia pero no muy nueva – que la iba a llenar de grasa seguro porque el inútil de mi amigo no entendía de motores – no paraba de pensar en ella. En realidad llevaba pensando en ella desde lo del hotel y era algo que me tenía muy mosqueado. El objetivo principal de esta visita era follármela de nuevo para quitarme esta obsesión de encima, pero al verla el día anterior mirarme desde la entrada con esa expresión de deseo y sorpresa, sentí algo que no me esperaba en absoluto. Sentí ganas de abrazarla, de besarla y de no dejarla ir, algo que no me pasaba desde hacía más tiempo del que me gustaría. 

Mientras me peinaba no veía mi reflejo, en mi mente la veía con su camiseta de cuadros ancha, esos vaqueros que le quedaban tremendos y las gafas que se ponía a pesar de no necesitar llevarlas. Lo que eran las modas, yo tenía unas exactamente iguales. Pero claro, en esa cara tan preciosa y con esa melena que ahora tenía, quedaban mucho mejor. Me la imaginé esperándome en una cafetería, sonriéndome al verme llegar mientras me echaba los brazos al cuello. Pensaba en sus labios y se me aceleraba el pulso, pensaba en lo enfadada que estaba el día anterior por que, indudablemente, estaba como una moto por mucho que quisiera evitarlo y se me aceleraba la entrepierna.
            Me metí en la cocina y me bebí lo primero que vi en el frigorífico, un zumo de naranja light. Como si le hiciese falta adelgazar, era perfecta. La casa estaba escrupulosamente ordenada, excepto el salón y probablemente su habitación. En pocas palabras, por donde pasaba lo desordenaba. Sonreí tirando el brick del zumo a la basura y le robé unas cuantas galletas para irme con algo en el estómago. Cogí las llaves, la cartera y salí a la calle oliendo antes una bufanda que tenía colgada en el perchero. Sonreí, olía bien pero su entrepierna olía mil veces mejor, tanto que no había manera de olvidarla. Me crucé con la señora mayor del otro día, la fisgona que me apartó la mirada tan pronto me vio salir. Igualmente le deseé unos muy buenos días. Justo cuando iba a llamar a Kyo me di cuenta de que no podía, me había dejado el teléfono como siempre me pasaba.
            Volví sobre mis pasos, subiendo sin prisas – que me esperase sentado – y abrí con cuidado para no despertar a la princesa. Pero por lo visto la princesa estaba despierta y riéndose sola. Di unos pasos hasta la puerta de mi habitación sonriendo y me quedé congelado en el sitio. Congelado no sería la palabra exactamente, más bien lo contrario. Tenía puestos unos pantalones vaqueros muy cortos, mi camisa del día anterior y un conjunto de bragas y sujetador blancos que me dejaron el encefalograma plano. No tenía el cuerpo más espectacular del mundo, ni mucho menos era el mejor que yo había visto, pero sin embargo, en esos momentos, era mi favorito. Y con muchísima diferencia. Mi amigo dormido se despertó, haciendo de mis pantalones vaqueros una prenda incómoda de cojones. Nunca mejor dicho.
            Vi como, sonriendo, salía de la habitación, cogiendo el cuello de la camisa y llevándoselo a la nariz. Susurró un “que bien huele” entre risitas mientras yo me moría por tocar el borde que asomaba de esas bragas de encaje. Pero no me moví, dejé que descubriese mi presencia, apoyado contra la pared con los brazos cruzados. De hecho, hasta que no estuvo junto a la puerta de cristal del salón no se percató de que me tenía delante. Dio un respingo, apretando los labios y los puños, sin cubrirse en ningún momento. Aprecié cómo sus ojos se detenían en mis labios, huyendo de mis ojos, como llevaba haciendo desde que me vio el día anterior. Metió las manos en los bolsillos de los shorts, mirándome desafiante.
– ¿No te ibas a ir temprano? – Me dijo, aparentando estar tranquila.
– Te queda mejor que a mí – señalé la camisa. Era divertido esto de aparentar que no nos importaban tres carajos la tensión sexual que había entre los dos.
– Eso es evidente – Mis ojos se deslizaron por su largo cuello, rodeado de mechones de pelo que se habían soltado de su improvisado y casero recogido.
– ¿Te preparo el desayuno? Por la cena de ayer – Se encogió de hombros y pasó por mi lado hacia el salón, mirándome a los ojos conforme caminaba.

Fui a la cocina con una sonrisa más amplia que la que ya tenía desde hacía un buen rato. Me estaba retando, me estaba desafiando a que diese yo el primer paso. Estaba totalmente seguro de que quería que lo diese, quería un poco de sexo mañanero y yo no se lo iba a negar. En absoluto. Feliz ante la perspectiva de dejar a Kyo tirado para follarme a su pequeña y comestible cuñada, (o que ella me follase a mí), me fui al salón con una bandeja llena de galletas, cereales, zumo y todo lo que podría servir como desayuno. 

Cuando entré en el salón me la encontré tirada de cualquier manera en el sofá, mirándose sus casi ausentes pero tan apetecibles pechos. Su perfil era perfecto, ella era perfecta. La quería para mí y solo para mí, pero ya se lo diría después de hacer que gimiese un rato.

– No sabía qué traerte, así que te he traído de todo – Le dejé la bandeja por delante. Me miró con aprobación y me senté a su izquierda. Encendió la tele y fue mordisqueando un poquito de todo. Cuando llevaba ya un rato comiendo me miró.
– ¿No te ibas? – La camisa se le resbaló por el hombro y no se apresuró mucho para ponerla en su sitio. Me dejó mirarle la piel con detenimiento, así que de paso me deleité en el resto de su cuerpo. 
Cuando volví a mirarla a la cara se ponía bien la camisa y un ligerísimo rubor asomó a sus mejillas. Sonreía con sus ojos, claramente complacida con mi actitud.
– He pensado que mejor me quedo – frunció el ceño, poniendo morritos.
– Mi hermana te va a llamar desde impresentable hasta aprovechado. Cosa que eres, por cierto – Me reí brevemente sin poder evitarlo.
– ¿Aprovechado por qué? Todos sabéis a lo que vengo…
– Sí, a comer gratis y a intentar mojar – Se sacudió las mijitas de las galletas de los dedos sobre la bandeja mientras me miraba, poniéndose un mechón de pelo tras las orejas. Tenía tantas ganas de tocar su piel que no sabía qué hacer con las manos – Lástima que de momento solo hayas podido pajearte.
– ¡Pues claro que me hice una paja! – Me hizo dar una carcajada. Qué decepción, me había visto la noche anterior y no dijo ni media – Con lo viciosa que eres seguro que también te tocaste con eso en mente – Ese pensamiento me hizo llevarme la mano a la bragueta, la presión se estaba volviendo algo serio. Ahora fue su turno para dar una carcajada, que asomó una sonrisa más a mis labios.
– ¡No soy más viciosa que tú! Se cree el ladrón que todos son de su condición – Se levantó del sofá y se estiró, subiendo los brazos hacia arriba.
Sus bragas asomaron un poco más, incluso vi la piel entre estas y los pantalones. Estaba al límite de mi paciencia, estaba encendido como nunca. No paraba de mojarme los labios y de tragar saliva mientras me la comía con los ojos sin esconderlo. Lo que me terminó de volver loco es que me dedicara una sonrisita antes de darse la vuelta y salir del salón. Su actitud había cambiado de la noche a la mañana. Seguro que se había llevado toda la madrugada dándole vueltas y las ganas de meterse mi polla le habían podido a cualquier problema que tuviese el día anterior.
– Voy a ducharme. Te veo cuando vuelvas – Conforme caminaba hacia el baño, se iba quitando la camisa, dejándola caer por sus hombros.
Andaba con un contoneo que no era más que para atraerme, y si lo estaba malinterpretando lo siento mucho, pero a esas alturas me ponía cachondo hasta verla respirar. Me levanté del sofá, tirando la chaqueta que tenía puesta sobre la mesa mientras me acercaba a ella con determinación. Cuando al fin toqué su cintura me sorprendí al notar que era más suave de como recordaba. Su piel estaba caliente, aunque mis manos lo estaban más. Aun así, no pudo evitar el respingo que le provocó el tacto de mis ásperos dedos contra su piel de terciopelo. A su lado me veía como algo sucio, rudo e inadecuado ante su delicadeza, su piel tersa y su suave aroma que me hacía perder la cabeza.
– Nena, estoy obsesionado contigo hasta el punto de venir a buscarte – escuché un suspiro tembloroso escaparse entre sus labios al besarle brevemente el cuello – Y yo eso no lo hago por ninguna mujer.
– ¿Ah, sí? – Acarició mis manos con las suyas tan delicadamente que deseé que siguiese con el resto de mi cuerpo – Y yo que me preocupaba de obsesionarme cuando resulta que el que tiene el problema eres tú.
– No lo sabes tú bien – rocé con mis dedos el borde de esas braguitas, mirando su cuerpo por encima de su hombro.
Sentí su nariz hacerme cosquillas en la mejilla y su cálido aliento rozarme la comisura de los labios. Giré la cara despacio, mirando sus labios rosas, abiertos, esa boca pequeña y hambrienta que atrapó la mía tan pronto la tuvo al alcance. Me mordía y me besaba despacio mientras mis manos desaparecían de la vista entre sus pantalones y la ropa interior, siempre guiadas por sus pequeños dedos. Gimió un tembloroso y débil “oh” entre jadeos al sentir mis dedos rozar sus ingles y sus piernas, pero sin tocar esa zona que ella deseaba. Desprendía calor, podía notarlo si acercaba la mano, y mis besos se volvieron más voraces. Cuando deslicé con suavidad un dedo sobre la cavidad entre sus ardientes y húmedos labios menores, gimió en mi boca, con las piernas flojas y apoyándose en mi cuerpo. Seguí moviendo los dedos despacio, humedeciendo sus bragas y empujándola hacia adelante, contra la pared del pasillo. Me apretaba la mano con fuerza y se retorció el pezón con la otra, mordiéndose el labio para evitar los gritos.
            Me cogió de la mano y me llevó al salón, sentándome en el sofá y quedándose en pie, entre mis piernas abiertas. Mientras me tocaba a mí mismo por encima del pantalón, se quitó el botón del suyo mirándome entre su pelo desordenado y los dejó caer permitiéndome ver eso que acababa de tocar tan brevemente. Me eché hacia adelante y puse mis manos en sus muslos, agarrándolos con firmeza mientras le pasaba la nariz sobre las bragas. Sus dedos se hundieron en mi pelo, me acarició la nuca con la otra mano y yo me perdí en su olor. Presioné mi lengua despacio contra su húmeda ropa interior, lamiendo de abajo a arriba y escuchándola gemir. Agarré el borde de sus bragas e intenté quitárselas, pero me dio un manotazo,  empujándome por los hombros para que apoyase la espalda en el sofá. Se puso de rodillas a mi lado y me sonrió con perversión tras quitarse el sujetador, me quitó la correa y me la sacó de los calzoncillos. La miró y puedo jurar que se le iluminó la cara de la ilusión al ver lo dura que estaba.
– Que de  tiempo sin verte – susurró entre risitas, agachándose, agarrándomela por la base y pasando la punta de la lengua por donde ella sabía que me mataba.
– Ah, a ella sí la echas de menos – susurré pasando la mano por su espalda. Al agacharse levantaba ese culo tan tremendo que tenía y lo apreté con fuerza conforme su boca tocaba más de mi piel.
Observé su lengua apretarse a la base de mi polla y cómo la iba subiendo despacio, succionando al llegar al glande y haciéndome doblarme hacia adelante con un único jadeo provocado por los escalofríos. Tras dibujar unos círculos con su lengua entre risas juguetonas, me chupó las pelotas y me masturbó al mismo tiempo. En pocas palabras, me volvió loco. Sentía las ganas de correrme apremiándome, los huevos hinchados, estaba a punto de explotar. La agarré de su pelo negro y abundante, y la obligué a metérsela en la boca hasta el fondo aunque sabía que no podía. Hizo un ruido ahogado y pude apreciar la arcada que le dio al mantenerla con todo dentro hasta su garganta. Cuando la solté, se la sacó de la boca limpiándosela con la mano, jadeando y mirándome molesta.
– ¿Quieres matarme, gilipollas? Joder, no hagas eso – Me reí, acariciándole un pecho.
– No te voy a decir que lo siento – tiré de su pezón y le metí la mano dentro de las bragas, girando mi torso para besar esa boca enfadada.
– ¿Si? Te quedaste sin mamada – Me hizo sacarle la mano de las bragas, me dejó sin beso y se quedó completamente desnuda ante mí. Apenas tenía pelo, por lo que pude observarlo con todo detalle. Estaba húmedo, quise que me lo pusiera en la cara, ahogarme en su olor y en su sabor.
– No me hagas eso, sabes que me encanta cuando me la comes – Me quité la camiseta cuando se colocó sobre mi cuerpo alzándo una ceja – Eres capaz de hacer que me corra en menos de un minuto con esa boca – De nuevo se echó hacia atrás, privándome de sus labios. Me agarró de las muñecas, inmovilizando mis manos contra el sofá a ambos lados de mi cabeza.
– Soy capaz de muchas cosas – sentí el calor de su coño rozarse conmigo, levanté las caderas para que la fricción fuera mayor mientras me la mojaba con sus fluidos y me acariciaba deliciosamente.
A día de hoy no sé cómo lo hizo, pero movió las caderas hacia adelante, colocándose hasta que tuvo mi glande atrapado con su cuerpo. Se dejaba caer y la iba sintiendo apretarme, tan húmeda, tan caliente, tan estrecha y agradable. Sus labios se abrieron, emitiendo grititos entrecortados. Sus mejillas se encendieron y vi como tragaba saliva antes del gemido que me informó del placer que estaba sintiendo. Sin siquiera lubricarme se la metió hasta el fondo y la dejó dentro, apretando sus caderas a las mías, mirándome a los ojos. Hizo presión con los músculos de su vagina, sonriéndome maliciosamente, lamiéndo mis labios sin dejarme probar su lengua. Y se empezó a mover despacio, solo sus caderas, matándome tanto con lo que veía como con lo que sentía. Me soltó las manos e inmediatamente apreté su cintura, sus pechos tambaleantes con su movimiento. Bajó su mirada hacia donde nuestros cuerpos se juntaban, apretando los dientes y moviéndose más rápido.
– Nena, ere—
– Cállate, dame de espaldas – Me gustó y no me gustó que ella llevase el control de la situación.
La vez anterior la tenía a mis pies, hacía lo que quería con ella, pero ahora…era más bien al revés. Se puso a cuatro patas, esperándome y mirándome sobre su hombro con impaciencia. Pero no le dí lo que ella quería, o al menos no exactamente. Me moría de ganas por comérselo, así que me agaché entre sus piernas y metí la lengua dentro de esa cavidad húmeda que tantísimo me gustaba. Si ya la tenía dura, al escucharla gemir mi nombre y al saborearla casi me corro. Cuando me rocé note que una gota se me deslizaba por el glande y tuve que dejar de pajearme porque estaba a punto de echarlo todo. Intenté controlarme, pensar en otra cosa mientras le hacía temblar con mis dedos y mi lengua, pero era imposible. Así que tiré de sus caderas y me tumbé sobre su cuerpo. La escuché expulsar el aire de sus pulmones bruscamente cuando la aplasté, e intenté colocarme en el sofá de manera cómoda sin que una de las rodillas se me saliese por fuera. Tras varias risas e intentos lo conseguí, cerrándole las piernas a Natsumi y metiéndole la polla entre ellas.
– ¡Así no, Taka! ¡Me duele!
– Shhh… no te quejes antes de que empiece – Me la mojé con saliva, apretando los dientes al rozarme a mi mismo y acaricié su piel sensible y chorreante, arrancándole nuevos gemidos cuando la moví hacia los lados contra su clítoris.
– Voy a correrme – susurró, estremeciéndose bajo mi cuerpo y apretando los cojines. Dobló las piernas, vi como también flexionaba los dedos de los pies, y seguí haciéndole exactamente lo mismo durante casi un minuto con una sonrisa imborrable en mi cara de salido.
– ¿No decías que no te gustaba? – susurré yo también en su oído mientras entraba en ella. Me subió una protesta placentera por la garganta al meterla hasta el fondo y vi cómo mordía la almohada, cerrando los ojos con fuerza.
Me moví despacio dentro de ella, en el momento en el que le diese fuerte me iba a correr, y ninguno de los dos quería eso. Al menos, no todavía. Le puse la mano en el vientre, acercándola a mí, y pasé la otra bajo su cuerpo, rozándola de nuevo. Sus gemidos eran casi lastimeros, igual me decía que dejase de tocarla que me rogaba que no parase. Noté cómo se corría varias veces más en las presiones involuntarias que me hacía en la polla y en sus músculos tensos. Y cuando se dejó caer, agotada tras tres orgasmos largos y casi seguidos, llegué a la conclusión de que ya era mi turno. Me lo merecía.
            Le dí la vuelta en el sofá haciendo que me mirase y me tumbé sobre su menudo cuerpo mientras me llenaba de besos y me acariciaba los hombros. Me mataba cuando sentía sus dedos pasarme por la espalda, y la agarré de las piernas, penetrándola con fuerza pero despacio. Cuanto más le daba, más inevitables se hacían mis quejidos. Natusmi me susurraba que me quería dentro, que quería que me corriese dentro mientras me miraba a los ojos. Y yo, que era muy débil para esas cosas, me dejé llevar. Su sonrisa se ampliaba poco mientras yo me moría, me vaciaba, me derramaba en su interior; mientras que el intenso placer me inmovilizaba, dejándome solo gruñir en su boca; mientras sus caderas hacían el resto bajo las mías. Me abrazó conforme nuestras respiraciones se tranquilizaban y al mirarla vi la enorme sonría que dibujaban sus labios, su pelo totalmente alborotado y ese rubor que seguía en sus mejillas. Pensé que era hermosa.
– ¿Puedo quedarme aquí? – Le pellizqué la nariz. La encogió y se la rascó.
– ¿A qué viene preguntar eso ahora? Claro que puedes. Y más te vale follarme así otra vez esta noche.
– Y las noches que quieras, no pienso irme – empezó a reírse tontamente.
– ¿Eres tonto o es que se te ha ido la poca lucidez que tienes con la corrida? – Pero yo la miraba sin reírme, totalmente convencido con mi decisión.
– No es coña. Voy a estar aquí hasta que me eches. Y cuando me eches voy a buscarme un piso de alquiler en este mismo bloque – pasó de reírse a mirarme extrañada – Y voy a acosarte para siempre porque ni tengo ganas ni interés de meterla en otro coño que no sea el tuyo.
– Espera un momento – Me quitó de encima y se sentó en el sofá, manchándolo con mi esperma, cosa que le importó poco o nada – Me estás diciendo que te quedas a vivir aquí, ¿te he interpretado mal? – negué con la cabeza – Digo yo que antes me tendrás que preguntar.
– Estabas deseando que me quedase. Y no mientas – Se cruzó de brazos, aparentemente molesta – Por eso no querías follarme ayer, porque pensabas que me iba a ir. Pues te equivocas. Aquí me quedo.
– ¿Y el trabajo? ¿Y tu casa?
– Nimiedades, prefiero quedarme aquí y tenerte contenta – negaba con la cabeza.
– No me parece bien. Claramente no lo has pensado y yo tampoco ya puestos. No sé si te quiero aquí – cogí mi camiseta del suelo y me la puse, abrochándome los pantalones. Me levanté, limpiando la chaqueta de trozos de un pastelito de fresa mientras me la ponía.
– Vas a salir ganando conmigo aquí – Me incliné y la besé despacio, agarrando su barbilla. Cuando me separé la vi suspirar mirándome a los ojos, lo que me hizo reírme – ¿Me vas a decir que la cara de imbécil que tienes no tiene nada que ver con que sientas algo por mí?
– Te quedas con dos condiciones. Más las que se me ocurran – Le tiré el sujetador y las bragas encima.
– Tu dirás…
– Quiero sexo oral al menos tres veces a la semana – sonreí sin poder evitarlo, menuda condición de mierda.
– No es un sacrificio muy grande, creo que a día de hoy nadie se ha muerto por comerse un coño – apretó los labios, intentando no reírse.
– Y la segunda es que mientras no tengas trabajo, tú te encargas de la casa: de limpiar, de hacer de comer, las lavadoras, las compras—
– Adular a tu hermana, prepararte la ropa para el día siguiente y de que los niños vayan a clase. Muy bien, sin problemas – sonrió más satisfecha de lo que quisiera admitir – Me voy, tu cuñado me mata.
Me despidió mordiéndose el labio y me fui escaleras abajo. Y al llegar, de nuevo lo mismo, el teléfono móvil se había quedado en el salón. Cuando subí y abrí la puerta me la encontré riéndose en el sofá como una tonta y hablando por teléfono con su hermana. Cuando se dio cuenta de que la miraba llevaba un rato escuchando lo mucho que le había gustado cómo me la había follado y lo mal que lo había pasado el día anterior. Me puso cara de no saber nada y cogí mi teléfono, que estaba en la mesa junto a sus bragas. Las olí, sonreí y le quité el móvil.
– Dile a Kyo que dejamos lo del garaje para esta tarde. O para mañana – escuché a su hermana quejarse pero le colgué, y me tiré sobre mi chica de nuevo.
– Espero que se te olvide el teléfono más a menudo – Me dijo entre risas.

Dicen que las cosas salen mejor sin planearlas, y yo la verdad es que no tenía planeado sentir nada, pero ya puestos – y mirando esa sonrisa que me despertaba tantas cosas dentro del pecho y de los pantalones – no iba a perder la oportunidad de vivir lo que la vida me ponía por delante. No sabía si ella me quería o era solo obsesión, no sabía si íbamos a ser compatibles en otra cosa que no fuese la cama, pero, ¿qué sabía yo de la vida? ¿Y cómo iba a aprender si no era aprovechando las oportunidades? Mientras me la llevaba a su habitación en brazos, y casi nos caemos al tropezarme con un mueble, (que me destrozó la rodilla), agradecí internamente el día que la rechazara de adolescente. Y sobre todo ese encuentro en el hotel. Lo que son las cosas, la chica en la que menos me habría fijado y resulta que es ella la que siempre buscaba entre tantos ligues y noches de juerga. Que queréis que os diga, las casualidades no existen, o al menos, la felicidad que estaba sintiendo no me lo parecía.

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2 comentarios en “The Hotel II

  1. ¡Nagaseeeeeeeeee! YEEEEEEEE! Me había imaginado en la parte uno que era Horikita Maki (básicamente porque te sigo en tubmlrkrhgklds y esas cosas xDD). Me ha gustau, mucho, este cambio de perspectiva es guay 😀

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