Preacher

Sí, “El Predicador” es el protagonista de esta historia. Y una chica muy sexy, claro está.
Andaba yo viendo la televisión, un programa de sectas raras y cosas que hace la gente en nombre de su dios con el único cometido de ganar dinero. Y me puse a pensar, “Ay que divertido sería si…” Y salió esta cosilla.
Es solo un capítulo, no es una historia corta precisamente pero tampoco es muy larga. Dejémoslo en un relato, ¿Ok? Aquí abajo os lo dejo. Como siempre, espero que os guste 😉
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Me apreté la chaqueta al salir a la terraza de esa casa, solo a ella se le podía ocurrir llevarme a un sitio tan pijo y solo a mí se me ocurría acceder. Dentro hacía un calor infernal pero cada vez que se le antojaba fumar era una pesadilla el frío que hacía fuera. Tenía las piernas heladas, los dedos entumecidos y no me podía quedar dentro o Emma me mataba. Todo culpa mía por prometerle que no me iba a separar de ella en toda la noche.

– ¿No te parece lindo? – La miré un poco enfadada con la nariz tras el cuello del chaquetón. Sonreía como una adolescente toqueteándose los rizos rubios y con tanto alcohol no notaba el frío. Iba a tener que beber yo también si planeaba fumar más veces y sacarme fuera.

– Si, bueno. Quizás demasiado.

– Es adorable y soltero. Aunque creo que me ha mirado raro al decirle que me iba a fumar.

– ¿Y por qué no me extraña? Normal que no se ofrezca a acompañarte fuera con la rasca que hace, joder. Además, si es tan casto como tú puede ser que sea más católico que tú, que no es difícil – Me reí en tono guasón mirándola de arriba abajo.

– Quejica. Todo porque tú no has ligado. ¡Los espantas!

– ¡Pues claro! No quiero saber nada de ningún tío que lleve un anillo de esos, al contrario de vosotros yo quiero follar – Emma me miró sobresaltada, mandándome a callar – A ser posible todos los días, duro y no con niñatos como esos de ahí dentro.

– Él es mayor que tú, seguro. Pero tan inalcanzable como la luna – Señaló tras de mí con el cigarro y me giré para verificar sus palabras.

Ese extraño apoyaba la espalda en la barandilla y miraba al cielo mientras se sacaba de entre los labios tabaco que se le había escapado a su cigarro de liar. Le dio una calada y su nuez, muy marcada, se movió al tragar tras expulsar el humo. Le cambié el sitio a Emma y la escuchaba hablar mientras mis ojos se desviaban constantemente hacia él, y es que en realidad no le estaba prestando atención a mi amiga. Ese hombre metió la mano en el bolsillo de su gabardina marrón y sacó el mechero para volver a encenderse el cigarro. Una barba, un tanto desaliñada, le marcaba la mandíbula y rodeaba sus labios, que por lo que me parecía a mí desde donde estaba, eran carnosos y atractivos. Se dio varios toquecitos en la nariz con la mano del cigarro, la otra la tenía oculta en el bolsillo de la gabardina pero ambas eran grandes, de dedos largos que te llevaban a fantasear con… bueno con muchas cosas. Me solían gustar los hombres con el pelo largo, pero este llevaba el pelo corto. Y le quedaba de miedo. Sacó el teléfono móvil y comenzó a hablar con una sonrisa enorme. Me dio curiosidad conocer el sonido de su voz.

– Oye, ¿estás aquí o qué? – Emma pasó su mano ante mis ojos y la miré fastidiada.

– ¿Qué quieres ahora? Vete con Fred, Frank o como se llame.

– Es Phil, y podrías escucharme, para variar… – La miré resoplando y sentí a ese tipo pasar por mi lado. Para rematar el cuadro, olía de miedo.

– Si has acabado podríamos entrar, que me muero de frío – Buscaba dónde se había metido mientras entraba, pero le había perdido la pista. De todas maneras si también era casto como el resto prefería no saber más de él.

Mi amiga Emma se compró su anillo de castidad cuando tenía quince años y sus padres se volvieron locos de alegría. Yo por supuesto era una “malísima” influencia para ella, ya que dos años después perdí mi virginidad y ni me acuerdo del nombre del chico. Pero ella seguía con la esperanza de que retomase lo que llamaba “el buen camino” y siempre terminaba arrastrándome a fiestas como esta con final previsible: yo terminaba en mi casa igual que cuando salí, y ella se iba a la suya con el calentón de haberse dado unos besitos con algún chico que atrevidamente le había rozado el trasero. No estaba en contra de la gente que tomaba la decisión de no mantener relaciones sexuales hasta que le diera la real gana, pero sí contra la gente que lo hacía porque una secta religiosa le había lavado el cerebro. Más de uno y más de dos se me acercaron esa noche para hablarme pero en cuanto veían que no tenía anillo – o mi desinterés evidente les golpeaba como si de un bofetón se tratase – desaparecían. Empecé a agobiarme con tanta gente a mí alrededor riendo, charlando y proponiendo bailar a la conga porque era la única manera que tenían de tocar algo. Le quité el chaquetón a Emma – el suyo era más calentito con todas esas plumas – y me salí fuera. A pesar del frío, la tranquilidad y el aire fresco me sentaron de maravilla y ahora no tenía el constante zumbido de Emma de fondo. Me apoyé en la barandilla mirando hacia abajo, suspirando y apartándome el pelo que el viento me puso en la cara, escupiendo unos cuantos mechones que se me metieron en la boca. Me dejé caer sobre esta, con los brazos colgando hacia afuera y la frente apoyada en la fría piedra.

 

– ¿Te encuentras bien? – Me giré hacia la voz masculina que me hablaba y el corazón me dio un saltito alegre al encontrarme con el hombre de antes, fumando de nuevo.

– Sí, es solo que estoy aburrida – Intenté reflejar total neutralidad. Tuve que poner una cara rara porque se rio.

– Ya somos dos. Creo que es la peor fiesta de mi vida – Se situó a mi lado, con los codos apoyados en la piedra.

– Es un poco floja y sosa para mi gusto, sí que es verdad.

– ¿Y cuál es tu gusto? – Le mire sin comprender – Me refiero a cual sería tu fiesta ideal.

– ¿Sinceramente? Ninguna, estar en casa viendo una película debajo de las mantitas es el mejor plan que se me ocurre – Sonrió levemente antes de darle una calada al cigarro.

– ¿No te gustan las fiestas? – Negué con la cabeza.

– No me gusta la gente.

– ¿Y qué haces aquí? – Me gustaba esa risa fácil que tenía, además de que su sonrisa era bastante bonita y perfecta. A punto estuve de pedirle el teléfono de su dentista.

– Acompañar a mi amiga, que por supuesto está ahí dentro pasándoselo de miedo.

– No perteneces al grupo – Señaló al interior con la cabeza. Negué y de nuevo le hice sonreír, más ampliamente – Vaya… así que tenemos a una pecadora entre nosotros.

– ¿Pecadora? – Ahora la que me reía era yo – Bueno, sí, supongo que sí. ¿Y tú quién eres? No tienes anillo, ¿eres un pecador?

– No, soy el dueño de la casa y el organizador de la fiesta.

– Ah… – Intenté disimular mi decepción pero no lo conseguí – Claro, tú para que vas a llevar anillo si todo el mundo te conoce.

– No, no es por eso. Estoy divorciado – Apagó la colilla en la piedra y la tiró por el balcón – Supongo que al fin y al cabo sí que importa eso de tener relaciones antes del matrimonio – Me susurró con una sonrisa traviesa – Pero no digas que he dicho esto, que se me espanta el rebaño – Di una carcajada.

– Si piensas así, ¿cómo es que sigues organizando fiestas de estas?

– Porque me llevo comisión de las invitaciones, ¿por qué si no? – Me guiñó el ojo y se metió dentro.

Y allí estaba yo, mirándole sin creerme su poca vergüenza. Pero para qué mentir, me encantó. Quería seguir hablando con él pero no quería que la gente le viese conmigo y descubrir el pastel. Además no me atrevía, no sabía si sería una molestia o si mi compañía le iba a ser grata. Me senté junto a Emma, que ni cuenta se dio de que me había ido, y me pasé un buen rato mirando a mí alrededor por si le veía. Había mucha gente y la casa era grande, así que me levanté y me di una vuelta.

Fui desde un mini bar que de mini no tenía nada hasta la piscina, una sala de estar de mayores dimensiones que mi casa entera e incluso una pista de baile. Abrí una puerta y me encontré con una cocina genial y totalmente equipada en la que no había ni un alma y unas escaleras que daban al piso de arriba. Miré hacia atrás y al ver que nadie parecía darse cuenta de mi presencia, las subí muerta de curiosidad. Al fin la fiesta estaba siendo divertida, me sentía como una niña explorando nuevo territorio que estaba prohibido explorar. A los lados de un pasillo ancho se situaban varias habitaciones y me asomé a la primera que resultó ser un cuarto de baño bastante grande. La siguiente la abrí y la cerré intentando no reírme, pues una parejita estaba concentrada en besarse sin tocarse mucho, sentados pulcramente en la cama. Y al abrir la siguiente habitación encontré un despacho enorme. Estaba entrando para ver los libros de las estanterías – con suerte encontraba algo entretenido – cuando sentí algo detrás de mí.

– ¡Buh! – Me susurraron al oído. Me di la vuelta sobresaltada y al ver la enorme sonrisa de ese hombre, se la devolví con la mano en el pecho – ¿Qué haces cotilleando sin permiso? – Entró en la habitación. Llevaba unos pantalones negros y una camisa de botones del mismo color con aspecto de cara. Destacaba muchísimo la corbata roja que comenzó a soltarse.

– Estaba aburrida ahí abajo, lo siento, ¿me voy? – Señalé la puerta.

– No, no, quédate si quieres. Creo que la parejita de ahí al lado se ha emocionado y han tirado los anillos bajo la cama – Alzó las cejas y se sentó en un butacón enorme y negro que había tras el escritorio. Puso los pies sobre la mesa y me señaló la silla que había a un lado – Siéntate mujer, vamos a charlar un rato. Me interesa eso de que no te guste la gente.

– Pues no tiene mucho misterio. No confío en nadie y odio vivir en una sociedad hipócrita, eso es todo – Me senté a su lado, manteniendo una distancia prudencial y me señaló la mesa.

– Sube las piernas, hazme caso que vas a estar más cómoda.

– ¿En serio? ¿No te molesta? – Se señaló las piernas con una sonrisita, así que le hice caso y subí las mías, apoyando los tacones en la mesa. Me tuve que agarrar el borde del traje azul oscuro que llevaba porque casi se me ve todo – La verdad es que los pies me estaban matando…

– ¿Por los tacones? Quítatelos – Le miré con desconfianza.

– ¿No tendrás fetichismo por los pies, no? – Se rio y negó con la cabeza.

– No, no por los pies precisamente – Me miró las piernas con detenimiento y después me miró a los labios. Me tenía confusa a la par que nerviosa – No creo que los fetiches sean nada malo, por cierto, ¿cómo te llamas?

– Kimberly pero por favor, llámame Kim.

– Vale Kim, entonces llámame Tommy – Arrugué la nariz al escuchar el nombre – ¿Es mi nombre un problema?

– Mi ex se llama Tommy – Soltó una risita suave.

– Espero no traerte malos recuerdos – Chasqueé la lengua y moví la mano ante mi cara.

– Lo dudo muchísimo. Me da la impresión de que no tenéis mucho en común.

– Y supongo que eso es bueno, porque si se acabó lo vuestro, por algo fue – Asentí.

– Sip, me puso los cuernos – Miró rápidamente hacia un lado – Y por lo que me contaste antes deduzco que así es como acabó lo tuyo con tu mujer. Pero tú fuiste el que los pusiste, ¿todos los Tommy sois iguales?

– No, yo tengo excusa – Resoplé, cruzándome de brazos, él sonrió y yo me fasciné de nuevo con esa dentadura perfecta – ¡En serio! Mira, yo pensé que cuando me fuese a casar tendría más… – Miró hacia la puerta encajada y se inclinó hacia mí, centrándose en mi boca y susurrando – Sexo.

– Y no se dio el caso… – Casi me río ante lo evidente de su sutil mensaje.

– Ella solo quería tener relaciones para tener críos y yo no quería críos.

– Así que nada de sexo supongo – Suspiré con una sonrisita, “pobre hombre”.

– Exacto, ¿ves cómo tengo excusa?

– No la tienes – Me miró sorprendido – Si tanto te gusta el sexo, ¿para qué te casas con una mujer con esos principios? Tú te lo has buscado, apechuga con tus decisiones.

– Yo no sabía que me gustaba tanto el sexo.

– ¿Entonces qué prisa tenías? ¿Curiosidad? – Se humedeció los labios antes de hablar.

– No sabes lo que es estar matándote a pajas durante más de veinte años con el pensamiento de que un polvo va a ser infinitamente mejor, ¡la idea me comía por dentro!

– Y por eso te comiste a otra. Dime que por lo menos te gustó – Le puse cara de pena.

– Más que lo que hago con mi mano sí, desde luego.

– Pero… – Me volví a coger mi bolso de la silla porque sonaba la alarma.

– Pero no fue para tirar cohetes, no. La verdad es que nunca ha sido para tirar cohetes.

– ¿A qué clase de mujeres te follas que no saben lo que hacen? – Apagué la alarma, tomándome la pastilla. Me observaba con curiosidad.

– A chicas de compañía, se supone que son las expertas, ¿qué te has tomado?

– Una anticonceptiva, las tomo desde que tenía dieciocho años – Se le dibujó una sonrisita y me volvió a mirar de arriba abajo. Me imaginé lo que podía estar pensando, el muy cerdo – Y no, pueden ser expertas pero van a lo que van. Se abren de piernas, se dejan hacer o te lo hacen hasta que acabas. Ahí no hay sentimiento, no hay pasión de verdad. Si quieres flipar con el sexo tienes que hacerlo con alguna que esté realmente dispuesta a darlo todo – Negaba con la cabeza, y esa sonrisilla permanente.

– Tú me dirás quién se va a acercar a mí sabiendo que soy quien soy y que en teoría pienso como pienso – Movía mucho las manos al hablar, y eran bien grandes.

– Sal alguna noche a algún sitio nuevo y deja que se te acerquen. Seguro que no tardan, feo no eres.

– Oye, ¿y tú qué? Dices que vienes a acompañar a tu amiga, pero no le veo el beneficio por ninguna parte. Y no me digas que es desinteresado – Me señaló – Porque no me lo creo.

– Siempre vengo con la esperanza de encontrarme con alguien normal, alguien que se vea en mi misma situación.

– ¿No sería más fácil ir a una discoteca, como me has dicho?

– No me gustan, te lo dije antes. Soy más de estar en casa, así, como estamos. Charlando tranquilamente – Llamaron a la puerta y bajé los pies corriendo, él no se molestó. Le dio permiso a quien fuese para que pasase, un chico se asomó, sonrió tímidamente y se fue.

– Este venía buscando un sitio en el que tocarle el tirante del sujetador a alguna tonta. Qué lástima me da – Comentó entre risitas.

– Lo mismo su tonta es una salidorra con muchas ganas de follar – Iba a subir los pies a la mesa, pero me agarró las piernas y se las puso en el regazo. Me quitó los zapatos y empezó a masajearme los pies.

– O sea, una como tú pero con votos de castidad – Le di una patada en el pecho, riéndome.

– ¡No me conoces para llamarme salidorra! – Tragué saliva y me moví inquieta en la silla, tenía unas manos de oro y yo los pies muy sensibles.

– No hay que ser muy inteligente para saber que aunque sea un poco, pervertidilla sí que eres.

– ¿Te importa explicarme tu teoría? – Me miraba los pies con atención, tenía mis dudas de que no fuese su fetiche.

– Vienes aquí sin anillo, con ese escote y esa melena suelta, desprendiendo erotismo por los cuatro costados. Cualquiera de los que están ahí abajo se mueren por hacerte suya, por mucho anillo que tengan. Tú lo sabes… y te encanta – Pasó al otro pie y me dio un escalofrío involuntario – Probablemente seas tan atractiva incluso sin pretenderlo. Tu perfume no es precisamente sutil, tu actitud tampoco, y mucho menos lo mucho que me estás mirando la boca desde que hemos empezado a hablar.

– Tienes una boca bonita, sí que es verdad – Fue lo único que le concedí de todo lo que había dicho.

– Las hay más bonitas – Sin previo aviso se inclinó sobre mí, acercándose con su sillón que tenía ruedas y no me había fijado hasta ese momento. Me sonreía muy levemente, más con sus ojos que con sus labios, acariciándome las piernas, después los muslos con sus grandes manos hasta llegar a los ligueros que mantenían las medias en su sitio – No sé por qué me sorprende… – Susurró, rozando el cierre con las puntas de los dedos.

– ¿Qué quiere de mi alguien como tú? – Fingí timidez, mordiéndome una uña, sabiendo que a éste no le engañaba.

– Todo lo que—

El estruendo de un reloj interrumpió lo que iba a decir. Eran las doce de la noche. Cerró los ojos, apretó los labios y dejó caer la cabeza aparentemente fastidiado. Cuando volvió a abrirlos le pregunté con la mirada, me cogió la mano, la besó como si de un galante caballero se tratase, y me puso en pie.

– Tengo que despedir a los chicos. Hora de irse a casa como niños buenos.

– Te estás quedando conmigo – Negó con la cabeza, con gesto resignado.

– Si no se van ya, sus padres van a querer explicaciones y créeme – Acercó su rostro al mío y acariciándome bajo la barbilla con los dedos susurró – No quieres tener problemas con gente tan pudiente.

– Supongo que no – Le sonreí sin dejar que me intimidase, me puse los zapatos, cogí mi bolso y salí con él de la habitación.

Bajé yo primera, y unos minutos después apareció él con varias parejas de chicos ruborizados. Daban hasta cosa, no supe cómo había sido capaz de interrumpirles. Una vez en el salón, dio un discursito sobre la importancia de su promesa y sobre lo orgullosos que estaban tanto él como sus padres de su buen comportamiento. Tuve que aguantar la risa casi todo el tiempo, era un mentiroso profesional, casi parecía un político. Tras eso un último baile y la gente comenzó a irse, dándole antes las gracias a Tommy en persona.

– ¡Kim! – Emma me había encontrado, estaba deslumbrante y su lápiz de labios había desaparecido – ¿Dónde te habías metido?

– Estaba charlando con un hombre interesante, nada importante. ¿Ya nos vamos?

– Ahm… eso quería comentarte… Phil se ha ofrecido a llevarme en su coche y—

– Ya, queréis toquetearos un ratito y estorbo – Emma me miró con su cara de “no me odies” y yo, que no la odiaba, le di un beso en la mejilla – ¡Quítate el anillo y fóllatelo! – La mitad de la gente se volvió escandalizada, Emma la primera, y Tommy me miró sorprendido. Acto seguido, se llevó una mano a la boca, evitando una carcajada mientras fingía escuchar atentamente lo que le decía un chico. Me reí por lo bajo y Emma se dio cuenta de que algo pasaba.

– ¿Quién es? ¿Cuál de ellos? – Me susurró mientras miraba en la misma dirección que yo había mirado.

– Es lo mismo, yo me voy ya. Vamos juntas afuera y ya veré qué hago – Nos acercamos a Tommy, se querían despedir de él.

– ¿De verdad no te importa? – Me decía ella mientras Phil se despedía efusivamente.

– No te pongas pesada, cojo un taxi y santas pascuas. No será la primera vez.

– Deja que te lo pague – Emma estaba abriendo el bolso cuando Tommy tocó sus manos sutilmente, mirándola con su sonrisa de predicador casto y puro.

– No te preocupes, puedo acercarla ahora. No son tiempos para que una chica de su edad ronde sola por las calles – Me miró con esa falsa y repelente expresión – Pero no puedo irme hasta despedir a todos mis invitados, si no es mucha molestia.

– Ah, no, por mi sin problemas. No hay prisa – Antes de alejarme de él, vi un brillo en sus ojos un tanto perverso. Me gustó.

Despedí a mi amiga con alegría y me senté en uno de los enormes sofás a esperar a que se fuese todo el mundo. Su expresión no cambiaba, tan benevolente, tan complacido y pagado de sí mismo. Y la gente se deshacía en halagos, cosa que le venía de maravilla para organizar más fiestas de ese tipo. Cuando la última pareja se despidió tras un “las puertas de mi casa estarán siempre abiertas”, cerró y me miró con esa sonrisita estúpida, cambiándola por una expresión de exasperación, abriendo la boca y mirando al suelo con ojos de loco mientras alzaba las manos como si quisiese estrangular a alguien. Di una carcajada mientras se acercaba al mini-bar.

– Cualquier día reviento y les digo cuatro verdades que los dejo helados – Suspiró mientras nos preparaba algo. De nuevo su rapidez y su habilidad con las manos – Por lo menos me llevo un buen pellizco.

– Para vivir en una casa así, más que un pellizco debe ser un buen montón – Me miró, vertiendo una mezcla de licor con lo que parecía ser granadina. Me mesé un poco el cabello como la que no quería la cosa, sintiéndome observada.

– ¿Te gusta lo que ves? – Preguntó señalando su casa con las copas, acercándose al sofá.

– Es un poco hortera, y demasiado grande. Muchos excesos.

– Sin una casa así no puedo dar fiestas como estas… – Me reí mientras me daba la bebida.

– Vaya careto se te pone, señor predicador – Rio brevemente mientras brindaba conmigo.

– ¡Por mi capacidad de convicción!

– ¡Por tu facilidad para mentir! – Le miré por encima de la copa, bebiendo entre risitas – ¡Joder, qué bueno está esto!

– Dulce, ¿verdad? – Se pasó de nuevo la lengua por los labios. Mi libido estaba más allá del tope.

– ¿Vas a llevarme a casa de verdad? – Asintió como si fuese evidente.

– Claro que voy a llevarte – Volvimos a beber y casi me la termino, porque estaba realmente dulce.

– ¿Cuándo? – Dejó la copa en la mesa y se empezó a liar un cigarro, me miró frunciendo el ceño, sin dejar de sonreír.

– ¿Tantas ganas tienes de irte?

– La verdad es que no – Dejé la copa yo también y me levanté, mirando a través de la cristalera hacia la piscina que tenía en esa zona de la terraza. Estaba cubierta – ¿No tiene goteras el vecino de abajo? – Dio una carcajada que me hizo sonreír.

– ¿Qué clase de pregunta es esa? – Cuando me giré para mirarle le vi pasar la lengua por el borde del papel de liar.

– ¿Está climatizada? – Hizo un ruidito afirmativo – ¿Te importa si me baño?

– Por favor – Me señaló la terraza con la mano, en su cara se veía que se estaba divirtiendo.

Salí al exterior pensando que iba a hacer frío, pero la temperatura era exacta a la de la casa. Suponía yo que ese techo de cristal con apariencia frágil no lo era después de todo. Metí las puntas de los dedos en el agua y comprobé que estaba templada, perfecta a decir verdad. Sin mirarle, de espaldas a donde él estaba – o donde yo suponía que estaba – me quité los zapatos. Apoyé una pierna en una de las sillas de la terraza y me quité una de las medias, despacio y sin prisas. Después la otra. No escuchaba más ruido que el que yo hacía y el de los hielos de su bebida, derritiéndose en el licor. Cuando me bajé la cremallera del traje, esperé que él también se estuviese derritiendo. Me dejé puesta la ropa interior y me tiré de cabeza a la piscina. No salí a la superficie hasta no haber dado varias vueltas, todo lo que mis pulmones me permitieron, que fue bastante. Cuando lo hice, le vi sentado en una de las sillas de la terraza, en la misma que puse el pie, con una toalla junto a él y las dos bebidas en la mesita. Me apoyé en el borde de la piscina, con los brazos cruzados y las tetas sobre ellos.

– ¿Está buena? – Preguntó sin mirarme los pechos, muy tranquilo.

– De escándalo. Esto sí que me gusta de tu casa, me encanta nadar.

– Cuando quieras – Me fijé en que había rellenado las bebidas. Y me llevé un chasco al darme cuenta de que no me había mirado mientras me desnudaba. Decepcionada, salí de la piscina y Tommy se puso en pie de inmediato, ofreciéndome la toalla.

– Gracias – Me senté junto a él en una silla de la terraza, dándole un buen sorbo a la bebida – Me siento un poco estúpida, qué quieres que te diga – Le solté mientras me colocaba bien la toalla para que no se cayese de los pechos.

– ¿Y eso? – Frunció el ceño, actuaba como si no estuviese medio en pelotas.

– ¿Te gusto? – Asintió mientras bebía – ¿Me has mirado antes de meterme en el agua?

– Claro que sí – Estaba tan tranquilo que parecía que la cosa no iba con él. Señalé las bebidas sin comprender.

– ¿Entonces cómo te ha dado tiempo a llenar esto?

– Porque quedaba para otra ronda dentro de la coctelera y porque aunque soy un hombre puedo hacer dos cosas a la vez.

– Bueno es saberlo – Me escurrí el pelo hacia un lado observando cómo se quitaba la corbata, los zapatos y se sacaba la camisa de dentro de los pantalones – ¿Vas a meterte tú también?

– No se me apetece mucho, solo me ponía cómodo – Se puso en pie, remangándose la camisa hasta los codos.

– Oye, ¿no te habías liado un cigarro? – Asintió bebiéndose de un trago lo que le quedaba en la copa.

– Sí, es para después de follarte.

Giró la silla en la que estaba sentada, poniéndome frente por frente con él, y antes de que pudiese reaccionar me estaba mordiendo el labio y separándome las piernas suavemente. Busqué su mano con mis caderas, su lengua con la mía, y mis manos desabotonaron su camisa con presteza. Se la bajaba por los hombros, mordiéndoselos conforme su piel bronceada se revelaba ante mis ojos. Sus dedos me rozaban tan sutilmente que apenas le notaba, y aun así me sacó más de un suspiro. Le escuchaba respirar y sentía la calidez de su aliento en mi propia piel cuando tiró de la toalla, que cayó a la piscina salpicando a todas partes. Pasó sus brazos bajo mi cuerpo y me llevó en volandas al salón, apartando de una patada la mesa y dejándome caer en la moqueta.

– Tócate – Me soltó acariciando mis piernas con las yemas de los dedos – Vamos, dame el gusto. Mira cómo tengo la polla por tu culpa – Se señaló al pantalón negro de etiqueta que tenía puesto.

– Dime que eso no es un plátano y me haces feliz – Le hice dar una carcajada de nuevo.

– Es tu día de suerte, no es un plátano.

Se la sacó de los pantalones y no, no tenía nada que envidiarle a un plátano el muy cabrón. Lo que se había perdido su mujer… menuda gilipollas. Subí las piernas poniéndolas rectas y quitándome las braguitas, haciendo alarde de mi gran elasticidad. Después las abrí, mostrándole el pequeño triángulo de vello que me dejaba no sin dificultad. Cogí un cojín y me lo puse tras la nuca, para observarle mientras me observaba. Me rozaba a mí misma muy despacio, mirando como él también se masturbaba sentado sobre sus piernas, sus ojos fijos en mi cuerpo. Se pasó la lengua por los labios cuando introduje uno de mis dedos y tragó saliva cuando metí un segundo, dejando escapar un gemido. Con la palma de mi mano me rozaba el clítoris mientras me penetraba, y con la otra me tiraba de los pezones, poniéndomelos muy duros. Mis dedos se iban mojando conforme él se iba entusiasmando. Escuchaba los ruidos húmedos que hacía al masturbarse y temí que se fuese a correr antes de follarme. Di un respingo cuando se echó hacia delante, apartándome las manos y lamiéndome desde la vagina hasta el clítoris con una avidez que le hizo gemir.

– Qué coño tienes nena… – Me susurró entre lametones, mordiscos y succiones. Yo no hacía más que revolverme y clavarle las uñas mientras sentía como el orgasmo me llegaba poco a poco.

– Tócame…no dejes de tocarme – Le ordené jadeando – Pero fóllame ya, quiero correrme en tu polla.

– Impaciente – Noté en su voz que sonreía.

– Ss—sssii… – Rompí a gritar en cuando me empecé a correr porque en lugar de su polla, me metió sus dedos, tres de ellos, y os recuerdo que no eran precisamente pequeños.

– ¿De frente o de espaldas? – Me preguntó en un susurro.

– Ahora – Fue mi respuesta – Ven aquí de una puta vez.

Le empujé los hombros con los pies, haciendo que se cayese hacia atrás, apoyando la espalda en el sofá. Me coloqué sobre él, que no perdió el tiempo y me quitó el sujetador, metiéndose uno de mis pechos en la boca, apretando el otro y besándolo después. Me provocaba esos cosquilleos tan familiares que acababan en mi entrepierna cada vez que los mordía, pero lo que me encantaba era que tirase de ellos. Mis labios mayores, empapados y sensibles, rozaron el glande de esa erección tan fantástica que tenía y me miró suplicante sin dejar de tocarme las tetas. Cuando me la empecé a meter despacio, o más bien cuando empecé a quedarme ensartada en esa cosa tan grandísima que tenía por polla, su cara era un poema. Le acaricié la mandíbula, su barba y sus labios con mis dedos, y le escuché susurrar temblorosamente, “joder Kim… qué coño tienes, no puedo con él”. Conforme la iba metiendo me iba convenciendo de que no iba a poder moverme sin sentir dolor, a pesar de estar lubricada y de tener más ganas de follarle que de vivir. Y cuando la tuve metida entera empecé a reírme como una loca.

– ¿Qué pasa? – Me sonrió ampliamente a pesar de estar jadeando como loco.

– Recuérdame que te cuente el chiste del mono cuando acabemos.

Después de reírme con él un poco más – me lo estaba pasando de escándalo – decidí que ya era hora de hacer que se corriese como era debido. Ese momento de relajación sirvió para que mi cuerpo se adaptase al suyo, así que moví mis caderas despacio con mis manos apoyadas en sus hombros. Me tiraba cuando la sacaba, lo que a él le extasiaba, por lo visto. Sentía mi melena caerme por la espalda y sus manos justo donde esta acababa. Sus ojos estaban fijos en todas y en ninguna parte a la vez, me devoraba con ellos, y cuando me agaché para besarle el cuello le escuché resoplar por encima de mi hombro: “Joder, que culo tienes”. Sonreí apartándome el pelo de la cara al ponerme recta, acelerando el ritmo y sus jadeos. Me empezó a azotar y con cada azote aumentaba el movimiento de mi cuerpo y la brusquedad con la que me lo follaba. No tardé en empezar a gemir, pero los suyos taparon los míos, y cuando más loca me estaba volviendo me imploró que se la chupase. Y no le iba a decir que no.

La saqué de mi cuerpo y me deslicé por el suyo besando su piel y mirándole a los ojos. Su polla estaba dulce, empapada, y toda la base estaba manchada de blanco por mis fluidos. Nunca había sido escrupulosa, y menos con el sexo, así que empecé por lamerle desde los huevos hasta su capullo, rosa y tan suave, tan blando en comparación al resto. Pasé mi lengua despacio justo por el espacio que quedaba entre su glande y sus testículos, tomándome mi tiempo y escuchándole jadear monosílabos y ruiditos indescifrables. Lamí la punta en círculos, moviendo mi mano por el resto de su miembro, y me la metí despacio en la boca hasta donde mi garganta me permitió sin tener arcadas. Se lo hacía muy despacio, y él parecía estar volviéndose loco. Me agarró del pelo y me obligó a acelerar el ritmo por donde a él más le gustaba. Cuando me liberó noté el sabor del esperma en mi lengua.

– Cago en la puta, estoy a punto – Jadeó.

– Destrózame – Le rogué con una vocecita débil, poniéndome a cuatro patas ante él y rozándome con mis dedos – Tommy… – Le imploré.

Resopló, se apoyó en sus rodillas y me la metió tan bruscamente que solo pude coger aire durante unos segundos. La sentí taladrarme hasta debajo del ombligo, la presión que ejercía dentro de mi cuerpo me hizo temblar y pedirle más. Su polla me rellenaba, cada vez que la sacaba entera y la volvía a meter, un gemido me nacía desde el estómago. En cuestión de segundos tenía toda la piel de gallina y los muslos empapados en mis propios fluidos. Pero no fue hasta que no me dio más rápido, a punto de correrse, que no grité de verdad. Se le había puesto tan dura y estaba poseyéndome de tal manera que se me quedó la mente en blanco, todo era placer, mi cuerpo entero estaba sintiendo ese último orgasmo y segundos después, el suyo. Le sentí llenarme con tanta violencia que se me salió, manchando la moqueta, mis piernas y sus pantalones caros. Pero a él le importaba tan poco como a mí, gemía en mi oído, agarrándome las caderas con ambas manos y tumbándose poco a poco sobre mi cuerpo. Terminamos tumbados, él abrazándome mientras que intentábamos respirar con algo de normalidad. Al relajarnos se dio la vuelta, sacándomela, manchándolo todo y cogiendo el cigarro de la mesa.

– ¿Para tirar cohetes? – Le pregunté.

– Cohetes, misiles, y bombas nucleares. Cuéntame el chiste del mono – Resopló, encendiéndoselo tumbado a mi lado.

– Es una gilipollez, no sé ni por qué me he acordado – Nos estábamos riendo y no había ni empezado – Un mono y un elefante estaban en la jungla muy aburridos. Y el elefante le propuso al mono follar, ya que no tenían mejores planes.

– Me cae bien el elefante – Me ofreció el cigarro y lo rechacé, pero me tumbé de lado mirándole. Daba gusto con un hombre tan atractivo.

– Primero fue el mono, y se desahogó de lo lindo en el culo de su compañero que apenas notó nada. Los problemas vinieron cuando le llegó el turno al elefante – Tommy empezó a reírse – Tras varios intentos lo consiguió, pero el mono no ponía por su parte, así que el señor elefante le pidió que se moviese. El mono hacía ruiditos de queja, pero el elefante seguía insistiendo.

– ¿Y qué hizo el pobre mono? – Estábamos al borde de la carcajada.

– Pestañear – Tommy se rio y se atragantó con el humo del cigarro al mismo tiempo, yo sentí más de su esperma salir de mi cuerpo cuando di la carcajada. En ese momento sonó mi teléfono y me alcanzó el bolso – Hola Emma – Contesté. Escuché a Tommy decir entre risas “desde hoy llámame señor elefante y yo te llamo señora mona

– Oye, ¿Llegaste a casa? – Me preguntó mientras yo aguantaba la risa – Yo ya estoy en la cama.

– ¿Qué tal con Phil? – La escuché reírse como una quinceañera.

– Le he dejado tocarme un poco las tetas, se lo merece, es muy lindo – No pude evitar reírme de lo tonta e inocente que era.

– Al final me he ido con el chico con el que charlé, él también me ha tocado un poco las tetas.

– Una cosa superficial, unos pestañeos de mono y ya – Añadió Tommy riéndose aún a carcajadas del chiste y haciéndome a mi reír con él.

– ¿Estás con él? Siento interrumpir…

– No interrumpes nada – Se levantaba y me tendía la mano. Me levanté con él y me llevó a su habitación.

– Oye, la semana que viene hay otra fiesta y Phil va, ¿vienes? Puedes ir con tu amigo.

– ¿En el mismo sitio? – Emma asintió mientras él me tapaba – Voy a las fiestas que quieras.

– Sí por favor – Tommy colgó el teléfono, lo tiró por un lado de la cama y me comió a besos – Las puertas de mi casa estarán siempre abiertas para ti – Le pegué para que quitase esa cara de predicador y la cambiase por la de pervertido que, claramente, era mi favorita.

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5 comentarios en “Preacher

  1. JAJAJAJAJAJJA, lo que me he reído. Entre el chiste y algunas frases estelares (tales como “además de que su sonrisa era bastante bonita y perfecta. A punto estuve de pedirle el teléfono de su dentista.” out of the blue, o la conversación del plátano) ha sido un fic genial xDDDDDDD

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  2. xDDDDD!! tenía ganas de cachondeo esa noche la verdad, se me ocurrían las polladas solas unas detrás de otra y con lo del chiste del mono… es que se me vino a la cabeza conforme me iba imaginando a la pobre chiquilla cual pincho moruno xDDDDDDDDDDD!! gracias por leerme love! ^-^

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  3. el tema religioso xD, “EL PECADO”!!!! EL PREDICADOR!!!!!!!!!!!!!!!!!! ES ALUCINANTE….♥,hasta se me ha olvidado que tenia frio xDDDDDDD…de verdad, de verdad me ha gusto mucho!!mucho!!!! *^^*…pregunta…?

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