Grounded

 Soñé (sí, otra vez) que me despertaba al lado de Nagase. Y estábamos desnudos. Al principio solo veía su espalda y estaba llena de tatuajes y pasaron cosas… Y preguntándome cómo habíamos terminado así, me vino la idea de esta historia. Y es curioso, pero al protagonista que me imagino no es a mi Tomoya. Raro, pero cierto xD Es a este hombre:

Oguri Shun. Y Shun se llama el protagonista masculino. Como siempre os podéis imaginar al chico como queráis, yo solo digo mis referencias ♥ Ya me comentaréis qué os parece, que es para mí lo más divertido; vuestras reacciones. Espero que os guste ^^

1

– ¡Pero si eso es aquí al lado! – El grito airado de mi compañera de trabajo me sacó de mis pensamientos.

– Estas noticias solo sirven para ponernos nerviosas, luego nunca pasa nada – Dijo otra. Miré el televisor y estaban anunciando un producto para el cabello, por lo que supuse que esa no era la fuente de su indignación. Me daba igual.

– Sasaki-san – Una de ellas movió la mano frente a mis ojos – ¿Qué te pasa últimamente? Estás siempre en otra parte.

– Tengo sueño… y me encuentro un poco mal.

En realidad era algo más que eso. Sí que era cierto que tenía sueño y que llevaba unos días con la sensación de que me iba a poner mala de un momento a otro, pero lo que realmente me pasaba era que estaba aburrida. Aburrida de mi vida y de casi todo lo que me rodeaba, siempre lo mismo, las mismas caras y la misma rutina. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Las que fueron mis amigas tenían sus vidas y apenas nos veíamos como no fuese algo especial, y tampoco tenía novio. Ni siquiera estaba segura de si quería uno, era muy feliz con mi tranquilidad. Pero últimamente la soledad se estaba volviendo más una carga que un alivio y sin embargo, cuando me relacionaba con gente me sentía incómoda. Lo que yo quería era tener aventuras, vivir algo nuevo que me hiciese levantarme con un propósito, necesitaba que me devolviesen las ganas de vivir.

                Con ese pensamiento volví al trabajo. Papeles, papeles y más papeles. Me pagaban bien pero ser empleada de una gran empresa era el trabajo más pesado imaginable. Y no es que tuviese tiempo libre para divagar, es que siempre era lo mismo y todo eran problemas y más problemas. Y cuando le pedías a la gente papeles que le faltaban para sus solicitudes tenía que aguantar sus quejas, sus malas caras y sus reproches. Como si yo tuviese la culpa. Cuando acabó mi jornada laboral suspiré aliviada y bajé en el ascensor con mis charlatanas compañeras. Siempre tenían de qué hablar, siempre había una novedad mientras que mi vida pasaba sin más. Suspiré mirando un cartel que ellas señalaban pegado a la pared del ascensor en el que se mostraban las caras de dos hombres con aspecto peligroso buscados por ‘a saber qué delito’. Seguro que sus vidas sí que eran interesantes y apasionantes. A lo mejor si atracaba un banco…

– Sasaki, ¿Vamos en el mismo taxi? – Asentí porque siempre era de agradecer cuando te ayudaban a ahorrarte un dinerito. Nos sentamos juntos atrás y le dije mi dirección primero, estaba más cerca – No tienes anillo, ¿eh? – Me señaló las manos.

– No – Contesté mirando por la ventana. Sabía a dónde quería llegar y yo no quería en absoluto.

– ¿Ningún pretendiente? – Entre el dolor de cabeza y la situación tenía ganas de bajarme en marcha.

– Nop – Seguí mirando por la ventana, pero él no callaba.

– Mi familia quiere concertarme un omiai pero yo lo que quiero es encontrar el amor. Estoy seguro de que está fuera, en alguna parte, esperando a ser encontrado.

– Suerte entonces.

Siguió hablando pero desconecté por completo de lo que me decía. Me limitaba a hacer soniditos de afirmación cuando intuía sus silencios, pero era una verborrea incesante la de ese hombre. Yo lo que quería era tranquilidad. Sí, quería compañía y un cambio, pero no con alguien como él. Con él tendría que ser la típica esposa dedicada a su marido, por lo que me vería atada a otra rutina monótona y horrible. Al llegar a mi destino me despedí cordialmente y casi salí corriendo hasta mi portal. Vivía al final de una calle oscura, en una casa pequeña y un barrio más bien cutre, pero era donde el alquiler estaba más barato a pesar de que a mi madre le horrorizase el lugar. A mí me gustaba el ambiente, espantaba a posibles visitas y eso estaba bien. Entré en el edificio que nunca tenía la puerta cerrada del todo: en invierno se hinchaba con las lluvias y en verano con el calor. No me importaba lo más mínimo mientras pudiese entrar en mi casa. Subí las escaleras – no había ascensor – hasta el tercer y último piso sin encender la luz, pensando en qué iba a hacer ese fin de semana. A lo mejor adoptaba un  gato. Y justo cuando agarré el pomo y metí la llave sentí cómo me tapaban la boca, poniéndome algo que pinchaba en el costado.

– Ni se te ocurra gritar. Abre la puerta con tranquilidad y pórtate bien si no quieres tener problemas – Aún con la mano de ese hombre en la boca abrí la puerta. Entró con prisas y cerró – Vives sola – Me apartó la mano de la boca y me alejé de él.

– Coge lo que quieras aunque no tengo much—

– No quiero robarte nada – El corazón se me iba a salir del pecho. Solo veía la silueta de ese tío contra la puerta y no le veía la cara, pero olía como si no se hubiese lavado desde hacía meses – Lo único que quiero es que te calles y te portes bien. Necesito una cuerda.

Pensé a toda velocidad y me acordé de que tenía parte de la cuerda para tender la ropa que me sobró al instalarla. Con él observándome, la saqué del mueble de debajo del fregadero y se la di. Le iba a dar todo lo que quisiese siempre que no supusiese un daño físico o mental. Guardó lo que tenía en la mano en el bolsillo del pantalón y se me acercó, pero yo retrocedí sin poder evitarlo. Me aterraba lo que ese tipo me pudiese hacer.

– No voy a hacerte daño, ya vale de gimotear, joder – No me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que él me lo hizo notar – Extiende las manos.

– No… por favor – No sabía cómo salir de esa, necesitaba que alguien entrase, que partiese la puerta y me rescatase, como en las películas.

– Haz lo que te digo de una puta vez – Ordenó con los dientes apretados. Su acento… no podía ser un yakuza, seguro que solo era un criminal de poca monta y se iría pronto. Extendí las manos observando cómo me temblaban y me las ató con la cuerda – ¿Dónde está el baño?

Tiró de mis muñecas y me llevó con él hasta allí. No me resistí porque supe que era inútil y además, si cooperando conseguía que se largase antes eso iba a hacer. Hizo que me sentase en el retrete y encendió la luz. Su cara era toda una maraña de pelo sucio, barba y churretes que le corrían por las mejillas. Tenía los ojos tan negros como el pelo y las uñas, y llevaba un uniforme azul o un mono de trabajo (no estaba muy segura) roto y mugriento. Era un tipo bastante grande para ser japonés, pero no me cabía la menor duda de que lo era. Cerró la puerta con pestillo y ató el cabo de la cuerda que sobraba de mis manos a la argolla de las toallas.

– Ni se te ocurra intentar moverte – Ordenó quitándose la ropa.

– Por favor… haré lo que quieras pero no me—

– ¡Ya te he dicho que no voy a hacerte nada! – Me encogí y cerré los ojos cuando me gritó.

Con el rabillo del ojo veía que estaba desnudo, y aunque no quería al final acabé mirando para encontrarme una espalda tatuada, sucia y con manchas de sangre. Me espantó, pero volví a mirar de nuevo, muerta de miedo y curiosidad al mismo nivel. Lo primero que hizo fue abrir el armario situado sobre el mueble de las toallas. Cogió una de mis cuchillas, que eran de las malas pero no pareció importarle, se enjabonó la cara y empezó a afeitarse. Se quejó unas cuantas veces y tardó tanto que se me estaba empezando a agarrotar el cuerpo y es que no quería ni moverme con tal de no llamar su atención. Se metió en la ducha y abrió el agua. En cuanto entró se empezó a reír, incluso tarareaba una canción. A pesar de lo que me dijo intenté soltarme pero estaba tan bien agarrada que era imposible mover los brazos de como los tenía. Resignada me limité a llorar en silencio, deseando que no fuera tan malo como parecía y que cumpliese su promesa de no hacerme daño. Cuando salió de la ducha cogió una toalla y se secó, dejándola después en el lavabo. Aún desnudo, sacó el alcohol, el algodón, las gasas y los esparadrapos para curarse una herida que tenía en la espalda, cerca del hombro derecho. De ahí venía toda la sangre. Se la limpió como pudo, quejándose, resoplando y apretando los dientes. Se puso la venda de manera desastrosa, pero se quedó en el sitio. Cuando se giró, desnudo como estaba, cerré los ojos con fuerza, sintiendo cómo me soltaba de la argolla de las toallas y me agarraba de nuevo de las muñecas.

– ¿Dónde está tu habitación? Necesito algo que ponerme.

– Allí, es esa puerta – Señalé a mi izquierda con la cabeza sin mirarle.

Me metió en el dormitorio y me sentó en la cama abriendo el armario. Se decidió por una camiseta ancha y dada de sí y unos pantalones que estaban por el estilo. Era mi pijama y se lo puso sin ropa interior de por medio. No pensaba volver a tocarlos.

– ¿Sabes cocinar? – Asentí – Voy a soltarte y vas a hacer la cena para los dos. No quiero tonterías, voy a estar vigilándote – Asentí de nuevo. Me llevó a la cocina y me desató las doloridas muñecas, apoyándose detrás de mí en la pared y observándome cocinar – ¿Cómo te llamas? – Me preguntó un rato después

– Sasaki Mikuru – Miré el cuchillo que tenía en el cajón y tal y como me vino la idea lo hice. Me volví con él en la mano a la altura de mi cintura, pero fue más rápido que yo y me agarró de la muñeca, quitándolo de mi alcance.

– Vale Mikuru, encantado. Siento mucho todo esto, siento que te haya tocado a ti pero creo que de todos los lugares donde me pueden buscar este es en el que probablemente no miren. La casa de una… ¿Enfermera?

– Oficinista – Lloraba de nuevo, cocinando de espaldas a él.

– Mejor me lo pones. No se puede ser más vulgar y común que tú – Eso me dolió – Seguro que pasas totalmente desapercibida para prácticamente todo el mundo – Intenté no tomarme a pecho lo que estaba diciendo. No me conocía de nada ni yo a él, (ni tenía interés ciertamente), pero había dado en el clavo – ¿Cuántos años tienes?

– Veintiséis – Escuché que hacía un ruidito de aprobación con la garganta, un sonidito que no me gustó nada por lo que podía significar.

– ¿Y no hay novio porque tienes mala suerte o porque no quieres? ¿O quizás te van más los coños?

– Eso no te interesa – El miedo desaparecía y una furia descontrolada estaba quitándole el sitio.

– Oye, solo te estoy dando conversación. Hace más de dos años que no veo a una chica y me gusta escuchar el sonido de tu voz. En realidad estoy tan desesperado y a falta… – Me pasó las manos por la cintura – Eres muy agradable a la vista y parece ser que al tacto también – Me susurró al oído. Me di la vuelta quitándomelo de encima de manera brusca y le amenacé con la espátula chorreante de aceite hirviendo.

– No vas a tocarme. Antes prefiero estar muerta.

– Joder, no soy tan feo – Una sonrisita asomó a sus labios mientras me miraba de arriba abajo.

– ¿¡Qué quieres de mí?! – Espeté un arrebato de rabia. Se quedó mirándome con la boca entre abierta y una ceja levantada. Su cara me sonaba de algo, pero no sabía de qué.

– De ti nada, es tu casa lo que me interesa solo que tú eres un plus. Voy a estar un tiempecito contigo, Mikuru chan.

– No…

– No creo que eso sea decisión tuya, y creo que se te quema la comida – Apagué el fuego mirándole con la respiración agitada y aparté la comida con rabia, de cualquier manera.

A pesar de no haberme esforzado en absoluto en hacerla, se la comió casi sin respirar y susurrando lo delicioso que le parecía a cada momento. Yo no quería comer, sentía náuseas y me encontraba cada vez peor. Cuando vio que yo no tocaba mi plato me lo quitó y se lo comió también. Al acabar se dejó caer en la silla, sonriente y con una mano en la barriga.

– Dios, comida de verdad. Entre la bazofia que me han estado dando durante todo ese tiempo y el tener que comerme las sobras del restaurante de comida rápida estos días me sorprende que no me haya muerto ya de un cáncer o algo así.

– Te has duchado, tienes ropa limpia y has comido. Si te vas prometo no decir—

– No, y una mierda no vas a decir nada. Eso no se lo cree nadie.

– De verdad, confía en—

– Mira nena – Me agarró de la muñeca con fuerza y se acercó a mí, mirándome a los ojos con seriedad. Me daba tanto miedo que me entraban hasta ganas de llorar – Si la vida me ha enseñado algo es a no fiarme de nadie. Así que déjalo. Y vamos a la cama que tengo sueño.

Cogió la cuerda, me agarró de las muñecas y me llevó a mi dormitorio de nuevo, cerrando la puerta con pestillo. Me arrastró hasta mi cama – Daba gracias al día que se me ocurrió cambiarla por la de matrimonio – Atándome las muñecas, esta vez al frente pero igual de fuerte. Cogió el cabo que sobraba, bastante más largo que antes, y lo ató al cabecero de la cama por su lado. Se quitó la camiseta y aparté la mirada rápidamente, lo último que quería era que se pensase que me interesaba en algún aspecto que no fuese en cuándo se iba a largar de mi vida. Se metió en la cama y nos iba a tapar a los dos, pero antes de cubrirnos con la sábana vi cómo se le iban los ojos a mi cintura. La camiseta se enrolló, levantándose por lo que me veía el ombligo. Se pasó la lengua por los labios y me rozó con sus dedos.

– No me toques – Mascullé intentando apartarme, sin mirarle a la cara pero atenta a donde ponía sus manos.

– ¿No quieres que te ponga el pijama?

– No. Aléjate de mí.

– No voy a violarte si es lo que te da tanto miedo – Me subió la camiseta un poco más, acariciándome con su mano, no con sus dedos. Chasqueé la lengua y se me escaparon unas cuantas lágrimas. Sentía que me miraba a la cara pero yo no le miraba. Me apartó el pelo de delante de los ojos poniéndomelo tras las orejas e intenté en vano alejarme más de él – Si nos hubiésemos conocido en otras circunstancias te habrías vuelto loca por mí.

– Te aseguro que no – Rio  expulsando el aire por la nariz. Me sentía mareada y me rencontraba fatal, pero no pensaba decirle ni media.

Se tumbó en la cama y me deseó buenas noches dándome la espalda y susurrando ‘una cama de verdad…’ justo antes de suspirar. Tenía cuerda de sobra para poder estar cómoda pero no me quería mover del filo de la cama, no quería ni rozarle. Era evidente que se había escapado de alguna parte, la cárcel probablemente, pero me sonaba todo tan peliculero que me costaba creerlo. Y si había estado en la cárcel a saber cuál era el motivo, podría haber hecho cualquier cosa. Intenté soltarme de nuevo sin éxito alguno y entre sollozos, muerta de miedo, me quedé dormida.

                Me desperté después sufrir los sueños más extraños que nunca tuve, con dolores recorriéndome el cuerpo, sudando y con la mente embotada. Seguía siendo de noche pero ese tío se había largado. Quise tirar de las cuerdas pero me sentía demasiado débil. No podía estar mala con fiebre, no en ese momento. ¡Llevaba años sin caer enferma!, ¿cómo podía tener tantísima puntería?

– Oye, ¿Dónde coño tienes las medicinas? – Me sobresaltó su voz grave en el silencio de la noche.

– En el frigorífico.

– Joder, mira que eres rara – Se fue y volvió al momento con un vaso de agua y una caja de pastillas – No sé mucho de estas cosas pero creo que esto te hará sentir mejor – Antes de aceptar nada de él miré la caja y me aseguré de que era una de las pastillas de ahí dentro lo que me metía en la boca. Al tragármela volví a tumbarme – Me despertaste con esos jadeos, no parabas de moverte y te juro que me creí que estabas soñando alguna cerdada hasta que me di cuenta de tu mala cara.

– No tiene gracia.

– No tiene por qué tenerla, ¿necesitas algo? – Le miré extrañada, sintiendo que me iba a desmayar.

– Hielo – Y efectivamente me desmayé.

 

2

No supe cuánto tiempo estuve convaleciente pero al volver a despertarme el sol se colaba por las cortinas y me sentía considerablemente mejor. Al sentarme me di cuenta de que no estaba bien del todo y me llevé una mano a la frente. Mis ataduras colgaban de la cama, lejos de mis muñecas. Y él tampoco estaba, quizás se había ido. Me levanté de la cama mirando la bolsa de hielo que estaba en el suelo de la habitación. Menudo enfermero de mierda. Al abrir la puerta, el corazón me latía acelerado en el pecho y fui intentando no hacer ruido hasta el salón. No le vi, pero escuché ruido en la cocina y además olía a comida.

– ¿Ya estás despierta? – Seguía con mi ropa puesta, esa que a mí me quedaba enorme pero a él le quedaba bien. Se peinó hacia atrás y el pelo le llegaba casi por los hombros. Se acercó a mí e intenté alejarme pero me agarró del brazo para ponerme después la mano en la nuca y los labios en la frente – La fiebre sigue ahí, deberías estar en la cama.

– No me toques – Me miró desde arriba frunciendo el ceño. Era altísimo. O yo muy bajita.

– Ven aquí – Sus dedos se clavaron en mi brazo, llevándome a la cocina y sentándome a la mesa – Si no te gusta lo siento pero no sé hacerlo mejor.

Me puso por delante un plato de udón que tenía prácticamente de todo, o al menos de todo lo que yo tenía en la nevera. No tenía mala pinta pero no pensaba comer hasta que no le viese a él hacerlo. Se llevó los palillos a la boca y después de tragar hizo un ruidito de aprobación para acto seguido continuar engullendo.

– No me puedes decir que no te gusta porque lo tenías en el mueble, así que come o no vas a mejorar.

– ¿Por qué quieres que mejore? ¿No te vendría mejor matarme y quedarte con la casa?

– Claro, porque si te mato nadie va a investigar. Joder, piensa con la cabeza. Necesito que te mejores porque tarde o temprano se acabará la comida y además necesito ropa en condiciones, no esto – Se tiró de la camiseta – No puedo salir a la calle solo, me buscan por todas partes. Así que ponte bien de una puta vez.

– ¿Qué has hecho? – Tragó sin mirarme, ignorándome – Al menos dime porque te buscan y sé a lo que atenerme. Y tampoco sé tu nombre.

– No veo qué iba a cambiar de saberlo.

– Yo tampoco pero quiero saberlo – Deseé que su delito no fuera tan grave como para tenerle el miedo que le tenía. De ser un delito menor me tranquilizaría considerablemente, si me iba a obligar a esto al menos que se me hiciera soportable. Sus ojos se clavaron en los míos durante unos segundos interminables y suspiró. Tenía una mirada intimidante.

– No vas a creerme – Negó con la cabeza, comiendo de nuevo.

– Que tú no te fíes de nadie no significa que el resto del mundo seamos así. Aunque llevas razón, no me fío de ti un pelo. De hecho estoy muerta de miedo – La barriga me hizo un ruido horrible.

– Y de hambre. Come.

Era cierto y me sorprendí al comprobar que su comida estaba más buena que la mía. Comíamos en silencio, sin decir ni media. Al acabar me levanté para limpiar los platos, por costumbre, pero me los quitó diciéndome que no debía de mojarme las manos y mandándome a que me sentase y me tapase en el sofá. Cuando le perdí de vista descolgué el teléfono fijo pero no había señal, evidentemente. Al acabar de limpiar se sentó a mi lado y encendió el televisor poniendo las noticias. Lo de siempre: la corrupción, lo mal que iba la economía en el país, un ahogado, la central de Fukushima… apenas le prestaba atención hasta se irguió en el asiento, apretando el mando con fuerza.

‘Tenemos novedades en las investigaciones sobre la reciente fuga de la prisión de Fuchu de dos convictos, Katsuraji Kintaro y Hirasawa Shun. La policía de Tokio dio con el paradero de Katsuraji-san a través de ayuda civil pero volvieron a perderlo hace unos días por la zona de Sanya. Sin embargo, las pistas sobre el paradero de Hirasawa Shun parecen haberse desvanecido. La policía sospecha que los planes de fuga fueron obra de Hirasawa-san, ya que en el pasado fue miembro de una banda criminal en esta misma ciudad. Las fuerzas del orden ruegan a todos los ciudadanos de Tokio, especialmente de los alrededores de la cárcel, que si tienen alguna noticia del criminal lo reporten inmediatamente. No intenten detenerlo, avisen a las autoridades’

Junto a la imagen de la reportera mostraban una foto de mi nuevo ‘compañero de piso’ con un gesto de lo más peligroso y un número de teléfono debajo. Pero su pelo era corto y su barba espesa, nada que ver con lo que tenía a mi lado. Le miré y me miró, para después resoplar echándose hacia atrás en el sofá.

– Ahí tienes mi nombre y mi procedencia.

– ¿Eres yakuza? – Negó con la cabeza.

– Ya no – No me miraba, jugueteaba con un hilo que se había salido de la colcha del sofá.

– ¿Y qué hiciste? ¿Mataste a alguien? ¿Robaste? ¿Tráfico de drogas? ¿Le pegaste a tu novia? – Ni me gustaba decir esas cosas en voz alta.

– No das ni una.

– Quiero saberlo – Se quedó un buen rato callado y yo mirando cómo se mordisqueaba el labio.

– Eres un coñazo – Se levantó y se asomó a través de la cortina, cerrando los ojos relajadamente cuando el sol le dio en la cara. Cuando los abrió un rato después miró al suelo, se le veía tremendamente desgraciado.

– No eres tan malo como aparentas – Se dio la vuelta y me miró afligido – Si lo fueses ya me habrías hecho cosas…

– Te equivocas. No confíes en nadie, y menos en mí – Volvió a sentarse en el sofá y cambió de canal, ignorándome.

El fin de semana se me hizo interminable y además siempre estaba cansada porque siempre estaba en guardia. No me dejaba conectarme a Internet por si me ponía en contacto con alguien y obviamente no me dejaba hablar por teléfono. Siempre que se iba al servicio me ataba las manos y cuando iba a dormir me tenía que quedar junto a él. No me trataba mal del todo pero me tenía secuestrada en mi propia casa. Se comportaba conmigo como desde el primer día, brusco y maleducado, siempre exigiendo y mirándome con lascivia de vez en cuando. Y sin embargo y para mi confusión, tenía detalles de persona normal con la que se podía convivir, incluso me pidió un cepillo de dientes para usarlo él. Descubrí, cuando me atreví a mirarle por la noche, que no solo tenía la espalda y el torso lleno de tatuajes sino que también ambas mangas (cortas) en los brazos. No tenían color pero como me daban miedo no los miré demasiado. El sábado por la noche me pilló mirándolos y me sonrió con chulería.

– ¿Te gustan? – Negué con la cabeza – ¿Entonces por qué los miras tanto?

– Porque nunca había visto a nadie con tantos tatuajes.

– Dudo mucho que hayas visto a muchos hombres desnudos – No contesté – Seguro que eres virgen.

Me di la vuelta dándole la espalda aunque me daba desconfianza, y después de darme un pellizco en el culo me deseó buenas noches. Estaba harta de no poder hacer vida normal, es cierto que quería un cambio y una aventura pero eso no me estaba gustando, no así. No podía estar sintiendo miedo constantemente, me iba a dar algo y el no poder hacer mi vida con tranquilidad… El domingo por la tarde no lo soporté más y le dije que tenía que ducharme, pero su respuesta no me gustó en absoluto.

– Yo también – Se levantó agarrándome del brazo y me solté de un tirón – ¿Qué coño haces? – Me agarró de nuevo.

– No voy a ducharme contigo.

– Vas a hacer lo que yo te diga – Tiré y volví a soltarme.

– No – Chasqueó la lengua y me cogió por la cintura, colgándome de su hombro. Grité y pataleé intentando hacerle daño, pero parecía que le daba igual – Prefiero apestar antes de desnudarme delante de ti. No vas a aprovecharte de la situación.

– Te vas a duchar porque tienes que ir a trabajar como si no pasara nada y hoy vamos a ir a comprarme ropa y comida para los dos.

– ¿Y cómo pretendes controlarme cuando esté en el trabajo? ¿Vas a venir conmigo? – Frunció el ceño y miró hacia un lado, pensando – Ojala todos tus planes tengan la misma consistencia que ese, genio – Me miró furioso.

– Oye – Me puso la mano en la mandíbula y me empujó contra la pared, haciendo que le mirase – Vas a colaborar o lo vas a pasar bastante mal, así que tú decides – Intenté no llorar y no mostrar ningún signo de debilidad, pero era difícil – Mañana vas a llamar al trabajo y vas a decir que estás enferma. Si tienes que faltar unos días que así sea, ¿de acuerdo?

– Sí – Me soltó y me señaló la bañera.

– Y ahora dúchate – Se sentó en el retrete y se cruzó de brazos, mirándome.

Me quedé un buen rato mentalizándome de que si quería oler como una persona y no como un animal tendría que desnudarme delante de él. Me aterraba que no pudiese aguantar sus impulsos y que quisiera violarme, eso era lo que realmente me tenía inquieta más que el que me viese desnuda. Me metí dentro de la ducha y cerré la mampara, pero era translucida así que algo se vería. Abrí el agua caliente al tope con la intención de que se empañara todo y no pudiese ver nada y me quité la ropa, sacándola fuera por encima de la ducha. Le escuchaba reírse por lo bajo y procuré acabar todo lo rápido que pude. Tan pronto cerré el grifo me di cuenta de que se me había olvidado ponerme una toalla cerca, observando su sombra moverse por el baño. Cuando abrió la mampara me tapé como pude, pero solo metió la mano. Con una toalla. La cogí con desconfianza y me sequé, poniéndomela alrededor del cuerpo.

– No ha sido para tanto, ¿no? – Miró mis piernas una vez salí, pasando un dedo por estas despacio. Me alejé apretando la toalla.

– ¡Déjame de una vez! ¡¡Y no me mires más!! – Grité al verle acercarse a mí, aterrada.

– Shhhh – Me puso una mano en la boca – No grites imbécil, vas a llamar la atención. – Hizo que me sentase donde él estaba antes – Da gracias de que soy yo y no el otro tipo que se escapó conmigo. Ese estaba acusado de cinco violaciones.

– ¿Y era tu amigo? Eso me hace imaginarme qué tipo de persona eres – Espeté con desprecio.

– No, no lo era. De hecho no le soporto, pero se enteró de mis planes y para tenerle callado me lo tuve que llevar fuera. Eso sí – Se quitó la camiseta, miré hacia el lado contrario – Una vez fuera cada uno por su lado – Después de quitarse las vendas que no se había cambiado ni una vez, se quitó los pantalones. Cogió la cuerda que siempre llevaba consigo y me ató las manos. Mientras lo hacía, la curiosidad me pudo y miré donde no tenía que mirar. Si se le ocurría violarme tenía un GRAN problema. Pareció no notar mis nervios y mi incomodidad por el descubrimiento que acababa de hacer y se quedó callado mientras se duchaba, tomándose su tiempo. Al salir se tocó la herida entre quejidos – ¿Por qué no se me ha curado esto? Me cago en la puta…

– Porque te la tienes que limpiar todos los días – Me miró desde el reflejo y se giró, agarrándome del brazo y haciendo que me levantase, sentándose él y soltándome las manos.

– Pues empieza – Me dio el alcohol y un algodón.

– Está infectada – Era un arañazo bastante grande y parecía profundo, con los bordes totalmente enrojecidos e inflamados. Intentaba centrar mi vista en la herida y no en lo que tenía entre las piernas porque no se había molestado en taparse.

– Haz lo que sea pero hazlo ya.

– Te va a doler – Le advertí.

– Ya lo sé, imbécil.

– No me insultes – Me miró y respiró hondo, con cara de malas ideas.

Si quería que le curase eso iba a hacer. Y si le tenía que doler iba a dolerle, y mucho. Furiosa, me lavé las manos a pesar de haberme duchado, cogí el agua oxigenada y el betadine, cogiendo más gasas. Le tiré una toalla en la cabeza porque el agua le chorreaba por la espalda del pelo empapado. Observaba con desconfianza a través del espejo cómo le limpiaba los alrededores de la herida con alcohol y le vi cerrar los ojos con la mandíbula apretada cuando le eché agua oxigenada por encima. La herida burbujeaba, e intenté limpiarle la infección sin frotar. Cuando consideré que estaba más o menos limpia eché el betadine en una gasa y se la aseguré con esparadrapo, dejándola bien pegada a la herida. Al acabar se puso de pie y movió el hombro con un gesto de dolor. Que se jodiese. Lo recogí todo sin mirarle mientras él se vestía (a buenas horas). Se puso de nuevo la misma ropa y fue conmigo hasta mi dormitorio. Miraba entre las cortinas mientras esperaba a que yo me cambiase e intenté hacerlo con la toalla puesta pero era realmente difícil. Cuando se dio cuenta se rio y se puso de espaldas a mí, momento que aproveché para vestirme a toda prisa con lo primero que cogí del armario. Una vez vestida y peinada me llevó hasta la puerta de la casa, y antes de salir me enseñó una navaja enorme que tenía en el bolsillo del chándal prestado.

– No hagas ninguna tontería, voy a estar lo suficientemente cerca como para que no te dé tiempo de decir nada, ¿estamos? – Asentí, pero en el fondo sabía que como tuviese una oportunidad de escaparme de él iba a hacerlo.

Nuestra primera parada fue una tienda de ropa de segunda mano que teníamos cerca. Se compró lo primero que vio y se lo puso en el probador. Además se llevó otros pantalones, dos pares de camisetas y unos cuantos calzoncillos. Pagamos después de que la dependienta nos mirase suspicazmente y fuimos a la tienda de comestibles. Compré comida para casi una semana. Conocía a la dependienta, una señora mayor y agradable que me saludó con una sonrisa.

– Cuidado cariño, no cojas eso que pesa mucho – Miré a Shun con las cejas levantadas. Se había dado cuenta de que conocía a la señora y estaba haciendo teatro.

– No sabía que tenías novio – Comentó ella, dándome el cambio.

– No llevamos mucho juntos. Muchas gracias.

Me ayudó a cargar con las bolsas. Al salir vimos de espaldas a nosotros a dos policías hablando con un señor mayor. Me agarró del brazo y soltó las bolsas a nuestros pies en un callejón, empujándome contra la pared y poniéndome una mano junto a la cara y la otra en la cintura.

– Sonríe y pásame los brazos por los hombros – Susurró, pero yo no despegaba la vista de los policías por encima de su hombro, deseando que se acercasen – Haz lo que te digo – Sentí el frío del metal en la cintura – Mikuru, no quiero hacerte daño – Estaban cada vez más cerca, le pasé los brazos por los hombros pero no podía sonreír – Me cago en…

Me apretó contra la pared y me besó. Aspiré de la misma sorpresa, le puse las manos en los hombros intentando apartarle pero era en vano. Apretaba sus labios contra los míos con fuerza y al ver que luchaba por soltarme movió la mano que tenía en la pared hasta mi mejilla, acariciándola. Me besó una y otra vez y al notar que empecé a hacer ruido para que me soltase me pinchó con la navaja en la cintura, así que me callé. Cuando se separó de mí los policías habían pasado de largo y me costaba respirar con normalidad. Cogió ambas bolsas con una mano y a mí de la otra caminando con prisas hacia mi casa. Una vez dentro echó el pestillo y me miró, furioso.

– No vuelvas a hacer una estupidez así, la próxima vez no será una advertencia.

– Tú no eres capaz de hacerme daño – Le dije y no sé ni porqué lo dije. Sus ojos se desviaron rápidamente hacia un lado y volvieron a fijarse en mí. Me agarró del pelo, haciéndome gritar.

– Sí soy capaz, y voy a hacerlo con tal de salir de esta – Soltó mis cabellos tirándome contra el sofá con brusquedad y cogió una silla en la que se sentó – Guarda las compras, venga.

Estaba harta de esa situación y no tenía pinta de acabarse pronto, estaba harta de que me tratase tan mal. A veces me daba la impresión de que tenía que ser una buena persona, pero me equivocaba, eran las ganas que tenía de ver algo bueno en él. Todo era una farsa y miraba solo por su bien, a mí no me conocía, no le importaba. Cuando acabé fui directa a mi habitación y me encerré. A los pocos minutos le escuché llamar a la puerta.

– Abre – Le ignoré – Déjate de gilipolleces y abre la puerta.

– ¡Déjame tranquila de una vez! – Contesté, llorando.

– No me hagas partir el pestillo.

– ¡Vete! – Pero mis órdenes le entraron por un oído y le salieron por el otro. Le dio tal porrazo a la puerta que el pestillo salió volando a la otra punta del dormitorio. Me miraba encogerme junto a la ventana con una mano en el pecho.

– Esta situación es tan difícil para mí como para ti.

– Vete a tomar por culo – Cerró los ojos e intentó ignorar mi salida de tono.

– Lo único que quiero es no volver a ese sitio, ya he pagado mi crimen más que de sobra y no pienso retomar ese tipo de vida. Me pienso ir lejos de todo y de todos, quiero un nuevo comienzo legal y sin problemas, pero sin tu ayuda va a ser imposible.

– No voy a ayudarte si sigues maltratándome. Si vuelves a ponerme una mano encima te juro que voy a pegar un grito tan fuerte que van a venir de Osaka a ver qué está pasando.

– Lo siento – Me quedé callada y negué con la cabeza cuando nuestras miradas se cruzaron – ¡Lo siento! – Dijo con las palmas de las manos hacia arriba y los brazos extendidos – ¡Me sacas de quicio retándome como lo haces! ¡No voy a arriesgarme de nuevo y si no me haces caso no me queda otra…! ¡No tengo otra manera! ¡No puedo confiar en ti!

– ¿Y cómo pretendes que te ayude alguien en quien no confías? – Se quedó mirándome y bajó los brazos dejándolos caer junto a su cuerpo. Miró al suelo y alzó las cejas, resoplando.

– Supongo que no puedo pretenderlo.

Se dio la vuelta y cerró la puerta de la habitación con tranquilidad, dejándome sola allí dentro con mis pensamientos. No salí en toda la noche, escuché y olí que se hacía de cenar y llamó brevemente anunciándo que tenía la cena preparada si la quería. Olía muy bien pero no quería verle, no se me apetecía en absoluto. Me puse un pijama y me metí en la cama, tapada casi hasta la cabeza. Intenté pensar en las cosas buenas de Shun, como por ejemplo prepararme casi todas las comidas del día, preocuparse por mí cuando estuve enferma, el detalle de darme la toalla sin mirar o pedirme perdón hacía un momento. De verdad deseaba con todas mis fuerzas que no fuese tan mala persona pero no sabía si podía confiar en él. Por más ganas que tuviese. Recordaba la navaja, el tirón de pelo, la dichosa cuerda y los empujones contra la pared. No me había hecho un daño real hasta el momento pero solo era porque me necesitaba viva. Nadie me aseguraba que fuese un asesino despiadado, solo tenía su palabra y un par de gestos de los que fiarme.

 

3

Después de pasar una noche de lo más confusa entre una lucha del raciocinio contra mis sentimientos de querer vivir bien y en paz me desperté sola en mi cama. No supe dónde había pasado la noche Shun hasta que me levanté y me lo encontré dormido en el salón. Era la oportunidad perfecta, podía salir corriendo escaleras abajo y buscar al primer policía que se cruzase en mi camino. Pero al dar dos pasos se despertó.

– ¿Dónde vas? – Se levantó demasiado rápido, apoyándose en el sofá con los ojos apretados al bajársele la tensión.

– A la cocina, ¿Puedo? – Vi la sospecha en sus ojos pero asintió pasándose una mano por los ojos mientras bostezaba.

Estaba muerta de hambre y rebusqué en el frigorífico algo que llevarme a la boca. Metió las manos entre medio y sacó un bol de ramen con brotes de soja y verduras, metiéndolo en el microondas. Seguí buscando cuando se apartó.

– ¿No lo quieres?

– Creía que era para ti.

– Es tu comida de anoche, si no te la comes tú me la como yo que me salió buenísimo – Puso el plato humeante en la mesa y se comió una tostada de dos bocados. No lo pude evitar y cogí el plato, comiendo con avidez y quemándome la boca con los primeros bocados. Le escuché reírse – Tranquila que no te lo va a quitar nadie – Quise sonreírle de vuelta pero me aguanté las ganas y seguí comiendo – Puede ser que la pasta este pasada pero bueno, habértelo comido ayer. Te recuerdo que tienes que llamar a tu trabajo para decir que no vas.

– Si falto más de una semana van a sospechar.

– Espero no tener que quedarme tanto tiempo…

Después de desayunar contundentemente, llamé por teléfono al trabajo haciendo un poco de teatro y bajo la atenta mirada de Shun. El día transcurrió como los anteriores, aburridos y lentos junto a un relajado Shun que me hacía acompañarle a casi todas partes y que seguía atándome a pesar de lo que hablamos el día anterior. Sin embargo, no se me pasó que ahora ya no me amarraba tan fuerte. Llevábamos día y medio con la misma dinámica, incluso me daba tema de conversación cuando se aburría demasiado. Intentaba hablar conmigo, preguntándome cosas sobre mí, hasta que me harté y se lo pregunté de nuevo.

– ¿Vas a contarme lo que has hecho para tener que esconderte tanto? – Me miró igual de serio que estaba la mayoría del día. Se lo pensó mucho y le costó empezar a hablar.

– Tenía un negocio, una tienda de comestibles con la que me iba realmente bien. Fue heredada de mis padres y como tenía muchos ingresos decidí ampliarla y poner máquinas de pachinko en el local de al lado, lo que a la yakuza no le hizo mucha gracia. Ellos llevan ese negocio en la que era mi zona. Un día vinieron y pretendían hacerme pagar una suma de dinero desorbitada solo por su ‘protección’ y me negué. Ese mismo día, al cerrar el local, me llevaron ante su jefe y no de manera muy agradable. Me dijeron que o pagaba con dinero o con servicios, pero que no podía pretender hacerles la competencia tan descaradamente.

– Eso es injusto – Asintió, riéndose brevemente por la nariz.

– Así que me metí en el clan. Pensaba que no iba a tener grandes consecuencias, me pedirían pasar droga de un sitio a otro y poco más, o al menos eso me dijeron que tenía que hacer. La verdad es que durante un tiempo incluso llegó a gustarme esa vida, pasé de ser un simple tendero a tener poder y mucho dinero. Contraté a una chica y trabajaba en la tienda mientras yo me dedicaba a vivir la vida. Pero un día me mandaron a hacer lo mismo que me hicieron a mí. Tuve que ir al local de un amigo a recaudar dinero y resultó que no lo tenía. Conmigo iba un tipo que llevaba más tiempo que yo en el clan, y lo de ese tío era por vocación. Al ver que no quería pagar empezó a golpearles a él y a su mujer. No hice nada por impedirlo y cuando escuché las sirenas de la policía lo único que hice fue salir corriendo. A mi compañero lo mataron a tiros y a mí me atraparon, acusándome de agresión y coacción. Poco después me enteré de que la mujer de mi amigo estaba embarazada y… en fin… me acusaron también de homicidio involuntario.

– Pero no lo hiciste…

– Tampoco lo evité – Me miró a los ojos por primera vez desde que empezó a hablar, más serio que antes – Pero tranquila, se encargaron de castigarme a base de bien. No pienso volver ahí dentro, antes van a tener que matarme.

– ¿Y qué vas a hacer? No te puedes quedar aquí para siempre.

– ¿De verdad piensas que te voy a contar mis planes? ¿Estás tonta? – Por más que quisiera verlo como persona normal no me podía olvidar de lo que era ni de la situación – No bonita no, tú eres mi seguro para salir de aquí y más vale que vayas ganando dinero porque me va a hacer falta. Y pronto.

– Tengo dinero. Podrías irte ya. Si te pillan aquí me vas a buscar un problema.

– Por eso mismo vamos a hacer las cosas bien. Tú me vas a hacer caso y yo voy a hacer lo que tengo que hacer – Nos sobresaltó el timbre de la puerta. Casi se tiró encima de mí a taparme la boca por si se me ocurría gritar – No hagas ruido – Me advirtió.

– ¡Miku chaan, soy mamáaa! – Llamó con los nudillos y miré a Shun quitándome su mano de la boca.

– Es muy persistente, no se va a ir hasta verme. Es capaz de sentarse a esperar – Miró la puerta de la calle con seriedad mientras escuchábamos cómo mi madre no se cansaba de llamar.

– Vamos a hacerlo así: me llamo Ken, soy tu novio y nos estamos planteando vivir juntos. Y no quiero ninguna tontería a no ser que quieras involucrar a tu madre en esto.

– No, no, no, ella no tiene nada que ver contigo.

– Pues ya sabes lo que tienes que hacer – Asentí un poco nerviosa, esperaba que mi madre no me pillase la mentira porque lo que me faltaba es que ella se tuviese que quedar en mi casa o que a Shun se le ocurriese ponerle la mano encima.

– ¡Menos mal! Creía que iba a tener que quedarme aquí esperándote – Entró sin permiso como siempre. Se quedó plantada en la entrada al ver a Shun y se me encogió el corazón solo de pensar que le había reconocido.

– Señora Sakaki, ¿me permite? – La ayudó a quitarse la chaqueta y el bolso con una sonrisa encantadora. Me quedé mirándole pasmada, sin creerme que era la misma persona. Mi madre me miró sorprendida.

– Mikuru… ¿quién es…?

– Es mi novio mamá, Ken. Horikawa Ken – Improvisé, observándole inclinarse.

– Oh, ¡encantada! – Mi madre me agarró del brazo y me llevó al sofá mientras ‘Ken’ colgaba las cosas en una percha – ¡Qué guapo es! ¡Y qué callado te lo tenías!

– Sí, bueno… – Me reí incómoda sentándome con ella a un lado y ‘Ken’ al otro.

– Venía a ver qué tal estabas pero es evidente que bien – Se le escapaban las risitas, emocionadísima – ¿Cómo os habéis conocido?

– En el trabajo – Shun intervino rápido y sin dudar, pasándome una mano por la cintura. Me tensé de inmediato, pero me obligué a mí misma a relajarme y a sonreír – Y recuerdo que fue un día bastante malo para mí. Necesitaba ayuda de urgencia con unos papeles y Mikuru-chan hacía horas extras, solo estábamos los dos en la oficina y hasta ese momento nunca habíamos hablado. Sé dirigir una empresa pero hay ciertas cosas de la burocracia que se me escapan.

– ¡¿Es tu jefe?! – Asentí mirando a Shun con las cejas encaradas. A ver hasta dónde llevaba la mentira.

– Tan pronto vi sus ojos supe que era la mujer de mi vida – Me pasó los dedos por la mejilla, mirándome con esa sonrisa tierna y desconocida para mí. Me enfadé conmigo misma al ser consciente de cómo me había quedado embobada mirándole. El corazón me iba a toda velocidad. Su mirada también era diferente… Había pasado de tigre peligroso a gatito cariñoso. Casi le oía ronronear.

– Ohhhh Miku chan, es tan romántico… ¡Me dais una envidia horrorosa! ¿Te trata bien?

– S-sí, claro mamá, qué preguntas… No hay más que verlo para saber que no me haría daño.

– Chico, tienes buenos genes, espero que no tardéis mucho en darme nietos.

– Mamá…

– Oh, estoy deseando – Se sonrieron mutuamente y yo no sabía dónde meterme pero iba a desmayarme – Me encantan los niños.

– ¿Cómo es que has venido por aquí? – Cambié de tema y sentí como Shun entrelazaba los dedos de su mano con los míos, haciéndome caricias con el pulgar. Me entraron ganas de golpearle por ir tan lejos… y ponerme así de nerviosa.

– He visto en las noticias lo de esos horribles criminales – la otra mano de Shun me apretó la cintura – y como vives en un barrio tan malo tenía miedo por ti. Pero viendo que estás en tan buena compañía no me preocuparé más. ¿Todo bien? ¿No te falta de nada?

– No mamá, estoy bien de verdad.

– Me paso otro día que no lleve tanta prisa, pero es que tu padre me está esperando – Se levantó y fue hacia la puerta, le acompañamos –  Desde que se cayó la semana pasada está con unos dolores de cadera insoportables. Deberíais pasaros juntos un día, seguro que le gustas – Le dio a Shun una palmadita en el hombro – ¡Y además estás fuerte! Mikuru, no lo dejes escapar – Shun y yo nos reímos a la vez y fue un ataque de risa nerviosa en toda regla. Mi madre lo interpretó de otra manera y se fue de la casa riéndose. En cuanto se alejó un poco le miré.

– ¡Estás loco! – Fue un grito susurrado.

– Se lo ha creído – Se dejó caer en el sofá mirando la televisión con la misma expresión seria de siempre. Nada de sonrisas agradables y deslumbrantes. Adiós al gatito – Un problema menos.

– He estado a punto de morirme cuando se ha puesto a hablar de ti. No sabía qué hacer, menos mal que ha cambiado de tema.

– No tenía ni idea de quién era desde el principio, no sé por qué te has preocupado tanto.

– ¿Y qué le voy a decir cuando desaparezcas de repente? – Me miró encogiéndose de hombros.

– Que me han mandado a otro país, que te era infiel… Yo que sé, lo que te dé la gana. Eso es cosa tuya.

– Ya, claro, como todo. Voy a ducharme.

Para mi sorpresa asintió mirando a la televisión mientras caminaba hacia el cuarto de baño. Que me dejara esta libertad de movimientos era algo nuevo. No paraba de darle vueltas a la idea de que vivía con un ex yakuza y a si su historia sería real o no. Me dio la impresión de ver dolor en su rostro cuando me lo contaba, pero llevaba razón en eso de que no podía fiarme. También pensé en esos nervios que había sentido en el sofá cuando me sonrió, pensando que me estaba volviendo loca. Era un criminal, era un secuestrador y un coaccionador. Le buscaba la ley y se había portado de forma violenta conmigo… pero nunca me había hecho daño de verdad. Y si se comportaba así era porque no tenía más remedio… agité la cabeza con fuerza. Qué tenía, ¿síndrome de Estocolmo? No me iba a dejar llevar por una sonrisa encantadora, más que nada porque era una sonrisa de mentira y fingida, por muy bonita que fuese. Por muy alto y fuerte que fuese. Por muy penetrante que fuese su mirada y por muy gruesos que fueran sus labios. Sí, vale, estaba bueno, pero era mi secuestrador. Me tenía en casa contra mi voluntad, no podía sentir nada por él, ¡¡ERA UNA LOCURA!! No lo pude evitar, di un grito de la misma angustia que sentía y al instante le escuché en la puerta.

– ¡Oe! ¿Estás bien?

– Sí, un bicho, eso es todo – Desde luego era peor que un bicho como se había colado en mi vida.

Terminé de ducharme, me vestí y me fui directa a la cocina sin mirarle para hacer la cena. Y cuando cenamos tampoco le miré, ni cuando le curé de nuevo la herida, (que estaba bastante mejor), ni cuando nos metimos en la habitación para dormir. Le di la espalda sintiendo cómo se tumbaba bostezando. Cerré los ojos pero no había manera de dormir, no paraba de darle vueltas a la cabeza…

…Y estaba en el salón, era de día y hacía calor, por lo que tenía un camisón puesto. Estaba tranquila, con las ventanas abiertas y la luz del sol entraba a raudales. Escuché pasos a mi espalda y sonreí con los ojos cerrados. Sentí que me acariciaban el hombro y unos labios ardientes en mi cuello. Los vellos se me pusieron de punta y los pezones se me endurecieron cuando los rozó con sus dedos. Agarré su mano, enorme, y lamí sus dedos despacio mientras le escuchaba reírse. Me giré y le miré a los ojos, quise besarle pero apartó su boca de la mía, hundiendo sus dedos en mis bragas  acariciándome. Estaba caliente, solo lo quería a él y susurré su nombre… Shun…

Me desperté y vi a Shun de rodillas en  la cama, mirándome preocupado y apartándome el pelo de la frente para tomarme la temperatura. Respiraba agitada mientras él me desataba la cuerda de las muñecas, estaba como una moto y se creía que estaba mala de nuevo.

– ¿Estás bien? Me estabas llamando sin parar.

– Sí, ha sido una pesadilla – Me senté pasándme las manos por la cara, muerta de calor.

– Ah… – Le sentía observarme en silencio mientras bebía agua. Estaba por irme al salón a dormir, pero no iba a dejarme – Mikuru, muchas gracias.

Le miré, él también estaba sentado en la cama y me miraba con una expresión que nunca le había visto. Durante unos segundos me dio la impresión de que quería decirme algo pero al final esbozó algo parecido a una sonrisa y se acostó de espaldas a mí cruzando los brazos y suspirando. Me quedé un buen rato mirando el enorme tatuaje de su espalda, una carpa koi bastante bonita pero medio tapada por las vendas. Resoplé y me acosté yo también, dándole la espalda de nuevo y tremendamente agobiada por lo que estaba sintiendo.

Sin atarme las manos.

A la mañana siguiente, (esta vez de verdad), me desperté sola, y al salir de la habitación escuché el chorro de la ducha. Por lo visto confiaba en mí lo suficiente como para no atarme al ducharse tampoco, demasiado confiado lo veía. Fui casi corriendo hasta la puerta de mi casa pero tal y como agarré el pomo lo solté. Me sentía mal, traicionera y rastrera. Realmente no tenía necesidad de demandarle, no quería ser la culpable de que volviese a la cárcel que él odiaba tanto. No estaba tan mal con él allí, no era un gran problema… Suspiré y odiándome a mí misma fui a hacer el desayuno. Pero ya estaba hecho. Era a él a quien odiaba, le odiaba muchísimo. No tenía que portarse tan bien conmigo, ni siquiera mis novios habían sido tan atentos como Shun. Era excesivo e innecesario, y me hacía sentir cariño hacia él cuando sabía que por su parte era inexistente y que se marcharía en cuanto pudiese. Me pilló en medio de mi arrebato de rabia cariñosa.

– Buenos días. No sé si lo has notado, pero aquí huele un poco mal.

– ¿Lo dices por mí? Me duché ayer – Me miró sorprendido y se rio entre dientes.

– No imbécil, es por la basura, se está acumulando. Tendríamos que ir a tirarla esta noche – No le contesté así que supuse que interpretó mi silencio como un sí. Tampoco tenía mucho que decir, si él decidía algo se hacía y punto – Me alegra ver que solo estás tú y no el cuerpo de policía.

– Ya, bueno, no se me había ocurrido pero gracias por la idea.

Hizo un ruidito de afirmación y no hablamos nada más. Por la tarde intentó charlar conmigo pero no estaba muy receptiva, no quería relacionarme con él más que lo justo y necesario. Evitaba que mis sentimientos se impusieran porque era algo muy propio de mí y esa vez no iba a pasarme. Y no fue hasta la noche, con las bolsas de basura en la mano, que no me volvió a hablar.

– Ya sabes cómo va la cosa, no hace falta que te lo explique de nuevo – Se puso la gorra sobre la larga melena oscura que se soltó de la coleta, dejándola caer sobre sus hombros.

– Sí, no voy a hacer nada estúpido. Tengo sueño y quiero hacer esto rápido.

Salió delante de mí pero luego me tuve que poner yo en cabeza porque no sabía dónde ir. Le llevé hasta el callejón paralelo a mi calle, hacia los bidones de basura y dos o tres pobres durmiendo en cartones junto a ellos.

– Toma – Me dio sus bolsas – No voy a meterme en un callejón sin salida.

Se apoyó contra la pared esperando a que las tirase mientras él miraba la luna. Tuve que forzarme para apartar la vista de su perfil, tranquilo y ensoñador. Quise saber en qué pensaba, pero sabía que me iba a quedar con la duda. Como eran tantas bolsas las tuve que dejar en el suelo porque pesaban y las fui tirando una a una al contenedor. Cuando cogí la última sentí que olisqueaban a mi espalda y algo que me rozaba el trasero. Me di la vuelta para encontrarme a un tipo sucio, maloliente y con el miembro fuera de los pantalones, rozándose.

– Vamos a un sitio en el que pueda olerte esa rajita mojada que tienes – Me metió la mano bajo la falda.

– ¡¡SHUU—

– ¡Uh!, preciosa, ni hablar… – Me puso una de sus asquerosas manos en la boca y tan mal olía que me dieron arcadas. Cuando sentí que tiraba de mis bragas hacia abajo le ví volar hacia mi izquierda. Shun estaba sobre él, dándole patadas en el costado.

– Kintaro, hijo de puta… – Le pisó la cabeza al intentar levantarse.

– Ya, déjalo, vámonos antes de que venga la policía – Tiró de mi brazo y nos alejamos corriendo de esa calle hasta mi casa. Nada más entrar me metí en la cocina y me lavé la cara con el mismo jabón de los platos, muerta de asco.

– Esto es malo… – Murmuró él dando vueltas por el salón – Si me ha reconocido y le pillan me va a delatar.

– Es el otro ¿No? El violador – Asintió sin mirarme.

– Le tendría que haber matado.

– No, tú no eres así, tú no eres un asesino.

– ¿¡Y tú qué coño sabes?! – Me gritó, parecía desesperado.

– Lo que me has contado, eso sé. Y por cómo te comportas conmigo yo—

– Lo que sea que piensas de mí olvídalo porque es mentira.

– Confío en ti – Dije sorprendida, porque era verdad.

– ¡¡Pues no deberías!! – Le dio un manotazo a la puerta en la que me apoyaba, sobre mi cabeza. Me encogí y cerré los ojos a pesar de saber que no iba a hacerme daño. Cuando los abrí le encontré mirándome con el ceño fruncido, aún con la mano apoyada en la puerta. Bajó la voz considerablemente –  ¿Estás bien? – Asentí – ¿Por qué has dicho eso?

– ¿El qué? – Le miraba entre el miedo y las ganas de tocarle. Definitivamente estaba loca.

– Que nos fuésemos antes de que llegase policía.

– Para que no te pillen, es evidente… – Me di cuenta de lo que estaba diciendo conforme lo hacía. Y él tuvo que ver algo en mis ojos porque se alejó de mí negando con la cabeza. Se apoyó en la pared del salón y se llevó las manos a la cara. Me quedé un rato sin saber qué hacer y él no se movía de donde estaba. Al final me acerqué despacio, con cuidado, y por primera vez le toqué por voluntad propia – Shun… no van a pillarte. Tú mismo lo dijiste, las probabilidades de que una oficinista aburrida y sin vida acoja a un criminal son escasas.

– Te estás equivocando – Su voz sonó entrecortada y al apartarse las manos de la cara me impactó ver que estaba llorando – No puedes confiar en mí, Mikuru.

– Oye, ya me he enterado de que traicionaste a tu mejor amigo y a tu clan simultáneamente y que te fuste corriendo como un cobarde cuando vino la policía, pero no por un error vas a ser siempre así. Antes de eso serías de fiar, digo yo.

– Antes de eso… – Se rio sin alegría alguna – Antes de eso yo era otra persona.

– Pues… – No sabía que decirle pero quería que se sintiese mejor – Pues si esa persona ya no está tienes que superar lo que ha pasado si quieres vivir una vida nueva. Oye, ¿qué haces llorando? – Me dio tanta pena que le pasé las palmas de las manos por las mejillas, limpiándole las lágrimas – ¿No eras un secuestrador agresivo y chungo?

– Lo siento – Me miró a los ojos – Tú no te mereces esto.

– No, pero mi vida era un aburrimiento y tú la has hecho interesante – Y eso también era verdad.

Todo era mucho más emocionante ahora, y precisamente era lo que necesitaba aunque no lo más conveniente y desde luego no lo más racional. Si tenía Síndrome de Estocolmo bienvenido era. Le pasé los brazos por la cintura y le abracé, apoyando mi cabeza en su pecho. No se movió y no me tocaba, solo noté que aspiraba aire temblorosamente y cómo lo expulsaba despacio por la nariz. Y los latidos de su corazón a toda velocidad. De repente me empujó contra el sofá, mirándome con el ceño fruncido y tragando saliva.

– No vuelvas a hacer eso – Miré hacia un lado, avergonzada. No me esperaba esa reacción.

– Lo siento…

Me fui a la habitación y cerré la puerta, apoyándome en ella. No entendía lo que pasaba conmigo o más bien lo que pasaba por mi cabeza. Pensé que intentaría acosarme un poco, desahogarse conmigo, pero era evidente que me equivocaba. Me sentí realmente mal, una secuestrada acosando a su secuestrador. Era un caso digno de estudio, desde luego. El corazón me latió con furia en el pecho al escuchar la puerta de la calle cerrarse. Salí de la habitación y le busqué en la cocina, en el baño, llamándole por todas partes, pero no estaba. Y me sentí sola. Tremendamente sola. Lo primero que pensé fue en correr tras él pero pensando fríamente era mejor que se fuese. No le podía querer en mi vida, era una locura. Y sin embargo estaba llorando, sin saber muy bien si por su despecho o por la certeza de que no iba a volver a verle. Me tumbé en el sofá, acurrucada y mirando la luz de la luna que hacía un momento había estado él mirando. Volví a sorprenderme una vez más al darme cuenta de que le iba a echar muchísimo de menos.

 

4

Al día siguiente fui a trabajar sin interés ninguno, con menos ganas que nunca de entablar conversación con la gente. Cuando me subí en el ascensor y vi el cartel con su cara lo arranqué de la pared ante las confusas miradas de mis compañeros. Lo hice una bola y lo tiré a la basura más cercana. Cuando me preguntaron solo les dije que me molestaba verlo. Mis horas de trabajo fueron monótonas, mi almuerzo monótono, las charlas monótonas y la vuelta también. Estaba segura de que en toda la mañana mis pulsaciones no habían pasado de 60. Tanto daba que estuviese muerta. Le echaba de menos, le echaba tanto de menos que se hacía insoportable. Al ir a poner una lavadora, (apasionante tarea), encontré en el cesto de la ropa sucia una camiseta de las que se compró, una horterada azul turquesa con unas rayas amarillas en el centro. Y fue entonces cuando mis pulsaciones se aceleraron de manera brusca, cuando me la llevé a la nariz. Olía a él. Realmente olía a sudor y se suponía que tenía que desagradarme, pero hizo el efecto contrario, me excitó. Supuse que era cosa de hormonas, o que estaba definitivamente tarumba.

                No tenía ganas de hacerme la cena, así que bajé al supermercado y me compré unos cuantos botes de ramen por si me entraba un hambre voraz, cosa que solía pasarme cuando me aburría o me agobiaba. Y teniendo en cuenta que tenía bastante de ambas cosas… También me compré una tarrina de helado de chocolate, pensaba ser un cliché andante y comérmelo delante de la televisión. Al salir de allí me dieron un empujón que me tiró al suelo, haciendo que mi bolsa de las compras volase. Alguien había pasado a mi lado casi corriendo pero al verme levantarme mientras me quejaba se volvió, dándome la bolsa.

– Lo siento mucho – Me miró con los ojos como platos.

– ¡¿Shun?! – Le agarré de la muñeca con fuerza antes de que saliese corriendo de nuevo y me mandó a callar – ¿La policía? – Le susurré.

Miré por encima del hombro y vi a dos policías acercarse con prisas desde el final de la calle. Le quité la gorra y le quité la chaqueta ignorando sus quejas nerviosas, metiéndolo todo debajo de un coche del callejón que había junto a la tienda. Tiré de su camiseta y le pegué a mi cuerpo apoyándome contra la pared, pasándole los brazos por los hombros.

– Abrázame y sonríeme – Se me quedó mirando con la boca abierta – ¡Venga! Sé que no te gusta pero van a pillarte como no hagas esto. No es la primera vez de todas maneras.

– Mikuru… – Negaba con la cabeza mientras le hacía cosquillas con mis uñas en el pelo de la nuca.

Me abrazó por la cintura y me besó, y fue tan diferente del otro beso que me dio en ese mismo sitio… porque ahora yo se lo estaba devolviendo. Me abrazó con fuerza acariciando mi lengua con la suya, besándome despacio, rozando mi cintura con sus manos, mi espalda, mi trasero. Sentí a los dos policías pasar por nuestro lado y me dio la impresión de que uno de ellos se paraba, pero no abrí los ojos y él no dejó de besarme. Perdí la cuenta de las veces que nos besamos, no sabía si era uno muy largo o muchos muy cortos, qué más daba.

– Vamos a casa, Shun… – Le susurré – Si te quedas en la calle te van a pillar.

– Pero no puedo quedarme en tu casa – Me miró con seriedad, apoyando su frente en la mía – Y esto no puede volver a pasar.

– Simplemente ven – Le cogí de la mano después de recoger la chaqueta y la gorra, metiéndolas dentro de la bolsa de la compra, yendo a toda prisa hasta mi casa. Una vez dentro empecé a guardar las compras y él se me acercó, dudando.

– ¿Por qué quieres que vuelva?

– Me aburro sin ti – Me miró incrédulo – Me haces sentirme viva. Me das lo que busco.

– ¿Estás loca? – Asentí pero no me acerqué a él, aunque me moría de ganas.

– Date una ducha y ponte ropa limpia que tiene que haber en la secadora, tienes pinta de necesitarlo. Yo iré preparando la cena – Le enseñé los botes de ramen.

Sonrió levemente y se fue al baño negando con la cabeza. Puse agua a calentar y destapé los dos botes, esperando a que hirviese con los palillos en la mano y los codos apoyados en la encimera. Estaba contenta, estaba realmente contenta de tenerle allí de nuevo. Si me pillaban ahora iría a la cárcel seguro, y a pesar del peligro prefería tenerle cerca. Ya me preocuparía del problema cuando lo tuviese encima. Apagué el fuego cuando hirvió el agua y la eché en los recipientes, tapándolos y mirando el reloj. Sonreí y me agarré las manos subiéndolas por encima de mi cabeza, haciendo un ruidito de queja al estirarme. Al volver a apoyarme con los codos en la encimera me puse a soñar despierta. Me habría encantado que viniese hacia mí en ese momento, empapado, con las gotas de agua resbalándole por la melena que le caería de cualquier manera ante los ojos. Tendría que mirar hacia arriba para mirarle a la cara pero se me desviarían los ojos hacia abajo y por supuesto estaría desnudo. Y cachondo. Los labios se me separaron dejando escapar el aire de mis pulmones mientras me reía nerviosa. Le escuché entrar en la cocina y me volví bruscamente, pero estaba vestido. Miré el reloj y sonreí.

– Tres minutos casi justos, ¿tienes hambre? – Le sonreí cogiendo los botes de ramen.

– Bastante, no he comido nada desde ayer – Se sentó delante de mí y resopló echándose el pelo hacia atrás. Me tomé mi tiempo en observar su rostro con el ramen a medio camino de mi boca. Cuando se dio cuenta se me quedó mirando.

– ¿Dónde has estado? – Le pregunté.

– En la azotea – No podía creérmelo.

– ¿¡Ahí arriba?! – Señalé al techo con los palillos.

– Sí, no me podía arriesgar a salir a la calle así que me quedé arriba a esperar al menos un día. Y cuando decidí salir me encontré con los policías de frente. Y contigo, claro.

– ¿Por qué te fuiste?

– No quiero darte más problemas y si me quedo te los voy a dar tarde o temprano.

– Ya, el abrazo no tuvo nada que ver – Se había comido el bote de ramen a una velocidad que apenas me lo estaba creyendo. Se echó hacia atrás en la silla dejando los palillos en la mesa.

– Eso fue algo que hiciste sin pensar.

– Evidentemente – Se quedó mirándome un buen rato y yo le devolví la mirada. Terminó levantándose – ¿Dónde vas?

– Al servicio.

Le vi salir de la cocina con inquietud, ¿y si se iba de nuevo? Me terminé el ramen a toda prisa y lo dejé de cualquier manera en el fregadero. Fui hasta el baño y no me quedé tranquila hasta que no le escuché dentro. Ahora era yo la que le controlaba, qué irónico. Me fui al dormitorio y me puse nerviosa solo de pensar que se iba a acostar conmigo de nuevo. Sabía que él no quería tener contacto físico conmigo, pero llevaba mucho sin estar con una mujer y quizás… Pasó de darme miedo a ponerme cachonda en cuestión de días, por no decir horas. Supuse que eso de que el roce hace el cariño era verdad, aunque fuera el roce de unas cuerdas contra mis muñecas. Me quité la ropa de calle y el sujetador, poniéndome un camisón y metiéndome en la cama. Me quedé tapada de espaldas a él, pensando en cómo me sentiría si me rechazaba de nuevo. Le escuché salir del baño y cómo se acercaba a la habitación mientras se me aceleraba el pulso. Cuando sentí que la cama se hundía por su lado me di la vuelta y le vi quitándose la camiseta. Se me abrió la boca literalmente, ahora que de verdad me paré a observarle pude ver que era mejor de como me lo imaginaba. Y mi madre tenía razón, estaba fuerte.

– ¿Te hiciste los tatuajes en la cárcel o antes? – Le pregunté cuando se tumbaba. Se quedó boca arriba y giró la cara para mirarme. Estaba tapada solo hasta la cintura y vi cómo se le iban los ojos hacia mis pechos. El camisón era lo suficientemente fino como para que se notasen mis pezones.

– Antes, en la cárcel tienes que ser un yakuza bastante importante como para poder acceder a los tatuajes de verdad.

– ¿Los de verdad? – Acerqué mis dedos a su brazo, pasando las yemas suavemente sobre la tinta impregnada en su piel – Ah, tú dices los tradicionales – Asintió.

– Ya no te doy miedo.

– No – Le miré a los ojos, desvió la suya hacia el techo. La forma de su mandíbula era perfecta aunque su barba incipiente fuese un desastre.

– Eso no es bueno…

– Nada de esto lo es. Y mucho menos moralmente – Suspiró y se dio la vuelta, dándome la espalda.

Me arrimé un poco a él y le acaricié la espalda, pasando mis dedos por el contorno de la carpa y las ondas de agua dibujadas en su piel. Estaba calentito y respiraba tranquilo como si yo no estuviese. Apoyé la cabeza en su hombro, mirando como se hacía el dormido, relajado. Le pasé un brazo por la cintura y me pegué a él apoyando la cabeza en la almohada. Reaccionó al sentir mis pechos contra su espalda.

– Mikuru, para.

– No – Resopló enfadado.

– Oe – Se dio la vuelta y me miró sentado en la cama – No me hagas tener que atarte.

– No voy a estarme quieta solo porque me ates. Y además, tú no quieres atarme – Me pasé la mano por encima de un pecho sutilmente, con la excusa de coger la sábana para taparme mejor, y no pudo evitar mirarme de nuevo – ¿Cuánto hace que no estás con una mujer?

– ¿Qué pregunta es esa? – Me senté yo también, mirándole a los ojos y a la boca.

– Tú responde, me da curiosidad.

– Dos años más o menos – Me destapé y en un movimiento rápido me puse a horcajadas sobre él – Mikuru, estate quieta – Me agarró las manos cuando fui a empujarle por los hombros para tumbarle, me apartó de su cuerpo y me tumbó en la cama sin soltarme de las muñecas.

– Creía que yo te gustaba – Susurré francamente decepcionada – Me miras.

– Claro que te miro – Lo hacía en ese mismo momento, me miraba los pechos inclinado sobre mí como estaba, con el pelo cayéndole junto a la cara – Es normal que te mire. Lo que no es normal es que tú me mires a mí.

– Nada de esto es normal – A pesar de tener las muñecas agarradas contra la cama acerqué mi boca a la suya y le besé, rocé su nariz con la mía y volví a besarle. Le pasé la lengua entre los labios y le mordí el labio inferior, poniéndole cara de guarra lo mejor que sabía.

– Vas a arrepentirte, vas a sentirte mal cuando me vaya.

– No te vayas – Me soltó las muñecas y le acaricié los brazos hasta su espalda, tirando de él y haciendo que se tumbase sobre mi pecho.

Me encantó sentir el peso de su cuerpo sobre el mío, su calor, su respiración por mi cuello mientras me acariciaba los muslos despacio, poniéndome los vellos de punta. Abrí las piernas y se colocó entre ellas, quitándome el camisón por la cabeza y volviendo a tumbarse sobre mi cuerpo. Después de besarme sin apenas dejarme respirar, se metió uno de mis pechos en la boca, lamiéndolo y mordiéndome el pezón. Gemía, jadeaba, estaba realmente excitado solo con tocarme y mirarme.

– Te vas a correr enseguida.

– No me subestimes… – Me agarró del pelo mordiéndome el cuello, tirando de mis bragas con su otra mano, rompiéndolas al no tener paciencia para quitármelas de una manera normal.

– No – Bajé mi mano y se la metí en los calzoncillos. Se la acaricié con las yemas de los dedos, acercando mí boca a la suya que apretaba respirando profundamente – No me subestimes tú a mí.

Subí mis caderas y él acercó las suyas con prisas, penetrándome sin esperar a que estuviese lo suficientemente lubricada como para no sentir dolor. Grité, pero eso no le detuvo. Las ansias de estar de nuevo con una mujer pudieron con él. Pero una vez me la metió hasta el fondo se quedó quieto, apretando mis caderas a las suyas con todo su cuerpo en tensión hasta que me moví. Gemía como un loco, verle tan excitado me puso muy caliente, tanto que con solo dos embestidas ya estaba empapada. Me follaba rápido, jadeando en mi boca con los ojos fuertemente cerrados, provocándome muchísimo placer. Nunca me imaginé que una polla pudiese ponerse tan dura. Quiso besarme pero alejé mi boca de la suya, empujándole y poniéndole boca arriba en la cama, rozando con ella los tatuajes de su pecho, su ombligo y finalmente su erección. Se echó el pelo hacia atrás para verme bien y yo me eché la melena hacia un lado. Cuando le pasé la lengua despacio por su glande respiró profundamente, haciendo un ruidito ronco que me encantó. El mismo ruidito que siguió repitiendo cada vez más fuerte conforme mis labios y mi lengua rozaban más de su tersa y caliente piel. Lo hacía muy despacio, acariciando sus muslos y sus oblicuos con mis manos hasta que le agarré de la erección y acaricié sus testículos. Le miré muy tranquila, para encontrármelo con los ojos cerrados y los dientes apretados, levantando el labio superior cada vez que gemía. Apenas aceleré un poco el ritmo que la noté endurecerse y a él tensarse, agarrando las sábanas con las manos, quejándose, jadeando y gimiendo. Sentí su esperma salir disparado contra mi garganta y aguanté alguna arcada que otra mientras me lo tragaba.

– Imbécil, quería follarte más – Jadeaba boca arriba en la cama, mirándome fastidiado.

– Te dije que no ibas a durar nada – Contesté mientras me limpiaba la comisura de la boca.

– Y ahora no puedo besarte.

– Eso lo arreglo yo – Me acordé del helado de chocolate y fui a la cocina, sacándolo del congelador y llevándolo hasta la cama con dos cucharas.

– ¿Quieres? – Se lo puse por delante. Al verlo se sentó bruscamente.

– Tú no eres consciente de lo que me estás ofreciendo, te voy a dejar sin nada – Lo abrió y se llevó a la boca una cucharada – Qué de tiempo… – Se le dibujó una sonrisa. Me senté a su lado, comiendo con otra cuchara directamente de la tarrina.

– Para ser barato está buenísimo.

– Sí… – Me sonreía como el día que fingió ser mi novio, ronroneando – Oye, eres muy buena – Se señaló la flacidez que tenía entre las piernas.

– Lo sé. Y teniendo en cuenta lo que me has hecho pasar desde hace una semana me debes un orgasmo por cada día. Mínimo.

– No te preocupes por eso – Me miró esperando a que me tragase el helado y se inclinó sobre mí, agarrándome de la nuca y besándome – Dame unos minutos y te vas a enterar de las ganas que te tengo.

– ¿Desde cuándo? – Pregunté curiosa mientras comía.

– Casi desde que te puse los ojos encima.

– Esto de no estar con mujeres te afecta seriamente – Estábamos teniendo nuestra primera conversación de verdad, desnudos y comiendo helado de chocolate en mi cama a la una y media de la madrugada.

– No, para nada. Eres el tipo de mujer que me gusta.

– ¿Una oficinista sin vida y con las tetas más bien pequeñas?

– Tus tetas, por lo que veo y saboreo están muy bien. Y tienes una cintura preciosa, te marca más las caderas. Además, me encantan tus labios, y ya me has demostrado que sabes usarlos para lo verdaderamente importante – Le di un empujón en el hombro.

– Te has pajeado a mi costa, ¿verdad? – Se rio y casi escupe el helado que tenía en la boca. Asintió.

– Bastante, no te voy a mentir.

– Y en mi casa, no tienes vergüenza ninguna.

– Era eso o acosarte, y te recuerdo que los primeros días no estabas muy por la labor.

Seguimos hablando del mismo tema, que derivó a parejas anteriores, que derivó a una discusión de quienes eran peores, si los tíos o las tías. Cuando llegamos a la conclusión de que ambas partes tenían lo suyo y después de reírnos nos quedamos en silencio, mirándonos. Se le curvó la boca en una sonrisita de medio lado mientras me pasaba un dedo por la comisura de los labios limpiándome una mancha de helado

– Me encantaría hacer esto todos los días.

– No pienses en eso ahora…

– Me encantaría conocerte mejor.

– Vamos… – Vi que su mirada cambiaba, no sé si se volvía triste, melancólica, pero me transmitía un sentimiento muy fuerte.

– Estar en casa – Susurró él – Ojala pudiese decir eso a tu lado y que fuese cierto.

– Shun… – Dije su nombre sin saber realmente qué decirle.

– Podría llegar a enamorarme de ti, fácilmente – La boca se me abrió sola – Probablemente digo esto porque eres la única persona que se ha preocupado por mí en mucho tiempo. No lo sé. No sé por qué – Parecía realmente confuso – Pero sé que no quiero separarme de ti. Ha sido poco a poco, cuanto mejor te portabas conmigo y cuanto menos miedo me tenías más me gustabas. Y cuando me abrazaste… me dio miedo lo que sentí. Siento haberte rechazado pero fue precisamente porque están surgiendo cosas.

– No entiendo cómo has podido ser yakuza – Me apartó la mirada, se le veía avergonzado – No hay nada malo en ti, solo que te dejaste corromper por el dinero y te dio miedo en lo que te convertiste, por eso huiste. O al menos eso pienso.

– Gracias – Me miró de nuevo y me abrazó por los hombros, pegándome a su pecho. Cerré los ojos y apoyé mi cabeza en su hombro, abrazando su cintura.

Me puso una mano en la nuca besándome y yo pasé mis manos hacia adelante acariciando su pecho. Y de repente estaba tumbada en la cama y el helado de chocolate (o lo que quedaba de este) en el suelo. Me pasaba los labios y las manos por el cuerpo, susurrándome una y otra vez lo suave que estaba. Sus manos eran ásperas, pero eran cálidas y sus caricias delicadas. Al llegar a mi entrepierna me la besó, sonriendo.

– Qué bien hueles… – Me lamió despacio, tomándose su tiempo y volviéndome loca, estimulándome con sus dedos también porque desde luego sabía lo que hacía – Y qué bien sabes. Podría estar aquí eternamente – No sabía exactamente si me estaba rozando con sus dedos, con sus labios, con su lengua o qué coño estaba haciendo, (nunca mejor dicho), pero mis gemidos y el orgasmo que tuve no fueron normales – Mikuru – Se rio – Deja de gritar así o va a venir la policía.

– Fóllame de una puta vez – Le ordené al sentir sus dedos dentro de mi cuerpo – Desahógate conmigo Shun – Tardó bastante en hacerme caso, mirándome mientras me metía sus dedos y se lamía los labios, haciendo que me corriese una vez más y excitándose. Noté lo dura que la tenía cuando subió por mi cuerpo hasta besarme de nuevo en los labios – Hazme lo que quieras después, pero métemela ya.

– Si es lo que quieres, voy a reventarte – No pude evitar una carcajada a pesar de estar tan cachonda. Esa era la reacción que esperaba el otro día.

Me agarró de las piernas sonriendo y le sentí rozarme varias veces hasta que me penetró despacio. Le veía mirar como entraba, jadeando con la boca entre abierta, y me abrió los labios mayores y menores con sus dedos para ver cómo se hundía en mi cuerpo con más claridad. Susurraba ‘kimochi’ sin cesar mientras yo le sentía llenarme, agarrándome a sus brazos con fuerza. Solo tuvo que moverse un poco más en mi interior para hacerme llegar al orgasmo. Me abrazó y me besó mientras mecía sin descanso sus caderas contra las mías, gimiendo en mi boca y haciendo que me corriese de nuevo. Cada vez me costaba más respirar, el placer me inundaba y sentía escalofríos desde las caderas hasta la parte de arriba de mi espalda. Pasaba de darme rápido a darme despacio, tranquilo, mirándome a los ojos, sonriéndome. Y enseguida volvía a penetrarme con fuerza, sudando y haciéndome sudar.

– Quiero que te pongas encima, quiero ver cómo te mueves – Me pidió un rato después, cansado. Se tumbó boca arriba y me puse sobre él, besando sus labios con cariño mientras volvía a meterle en mi cuerpo. Intentaba sacarla casi entera para volver a dejarme caer contra sus caderas, despacio pero con fuerza.

– ¿Te gusta, Shun? – Le pregunté con las manos apoyadas en sus piernas, echada hacia atrás mientras movía mis caderas. Sabía que le gustaba porque veía sus gestos y cómo me miraba el cuerpo, pero aun así me encantó escucharle afirmar con un gemido. Pasaba sus manos desde mis muslos hasta mis pechos.

– Ven aquí – Tiró de mis brazos – Bésame – Me incliné sobre él, que pasó sus manos a mi trasero mientras me besaba con lujuria. Apoyó los pies en la cama y movió sus caderas de manera bestial contra las mías.

– Shun, vas a romperme – Gemí casi tumbada sobre él, muriéndome del placer, corriéndome sin parar y cada vez más intensamente. Y no paraba, no me soltaba, me mordía, me lamía y me besaba gimiendo contra mis labios y contra mi piel. Estaba descontrolado, yo estaba descontrolada.

– Voy a correrme… quítate.

Me la sacó pero volví a metérmela, haciendo que se corriese dentro. Susurró un ‘¡No!’ y me agarró de los brazos pero le ignoré y además no le duró mucho la negación. Echó la cabeza hacia atrás en la almohada, veía los músculos de sus brazos y de su cuello en tensión mientras me movía sobre él, sintiéndole llenarme. Me tumbé en su pecho cuando acabó, cansada y satisfecha, tremendamente satisfecha.

– Ha sido el mejor polvo de mi vida – Me encantaba sentir las vibraciones de su voz cuando hablaba en las manos y la mejilla – Me siento vacío.

– Y yo rellena – Dije riéndome, él dio una carcajada. Le miré sorprendida porque era la primera vez que le veía reírse con ganas.

Me quedé tumbada tal y como estaba un buen rato, tanto que de repente su respiración se volvió lenta y profunda. Alcé la vista y me lo encontré dormido con la cabeza ladeada en la almohada. Me eché hacia un lado manchándolo todo, pero estaba tan cansada que no pensaba preocuparme por eso hasta el día siguiente. Ya me ducharía…

                Y me despertó la puerta de mi casa al cerrarse. Me senté sobresaltada, y aún desnuda salí corriendo de la habitación buscándole, pero no estaba. No me lo podía creer… me había follado y se había largado igualmente a pesar de lo que me estuvo diciendo el día anterior. Vi una nota en la mesa y me apresuré a leerla.

“Ahora mismo probablemente o estas furiosa o estás llorando, y me gustaría que no hicieses ninguna de las dos cosas pero quizás es pedir demasiado. Me ha costado muchísimo trabajo irme sin más, me he llevado casi media hora mirándote, dudando de si despedirme o no. Pero prefiero que las cosas sean así. Tengo que darte las gracias, no solo por ayudarme tanto incluso cuando lo hacías contra tu voluntad, sino más que nada por hacerme sentir como una buena persona de nuevo. Ayer me reí por primera vez en dos años, eres lo único bueno en mi vida ahora mismo y me estoy alejando de ti… en fin, eso, muchas gracias.

PD: No cambies de teléfono, de cuenta de banco o de dirección porque te he cogido dinero pero te lo devolveré, lo prometo.

PD2: ¿Te acuerdas lo que te dije que sería fácil? Ha sido como pestañear. Te quiero Mikuru-chan”

Fui corriendo hacia la ventana y miré a la calle, pero no le ví. Probablemente había salido corriendo. Era un imbécil, si se pensaba que me iba a quedar esperando… estaba totalmente en lo cierto.

 

5

Miré el papel de nuevo mientras me secaba el sudor de la frente, no me explicaba cómo podía hacer tantísimo calor en el campo. Estaba en la estación de tren y me sentía más perdida que nunca. Solo tenía una maleta y el nombre de una granja que él había escrito en una de sus cartas sin remitente y que encontré tras buscar mucho: Ohara, en el norte de Kyoto. Me acerqué a un señor mayor que cerraba su furgoneta llena de verduras, con mi papelito y preguntando si la granja le era familiar. Me dedicó una sonrisa y por suerte se ofreció a llevarme.

– Eres de ciudad, ¿qué haces por aquí? ¿Vacaciones?

-No, estoy buscando a una persona.

– Ahhh, ya veo, ¿un hombre? – Asentí y el señor se rio – ¿Y no crees que la vida en el campo será demasiado para ti?

– Estaba deseando irme de la ciudad y si admites un consejo de alguien más joven, no vayas nunca.

– Te haré caso, no se me ha perdido nada allí igualmente… ¿Puedo preguntar el nombre del muchacho? Esto es muy pequeño y probablemente le conozca.

– Shun – El señor sonrió.

– Aaaahhh Sakaki-san – Me sorprendí al escuchar que usaba mi apellido – Ahora estará trabajando pero puedo llevarte a su casa y le esperas allí. Aquí nadie cierra sus puertas, somos muy pocos y no está la gente mala de la ciudad.

– Es usted muy amable.

Tardó bastante hasta que llegamos a un caminito de tierra, donde paró y me indicó que lo siguiese hasta la casa del final. Le di las gracias muchas veces por su amabilidad y arrastré mi maleta hacia allí. Llegué a una casita antigua y tradicional, pequeña. La abrí y me topé con un desastre que supuestamente era el salón. Pasé a la siguiente habitación y me encontré la diminuta cocina, también manga por hombro. Las otras puertas eran el baño y su habitación, que estaba aún peor. Sonriendo dejé la maleta a un lado y me puse a ordenar ese lío de ropa, revistas, tierra y libros que era su casa. Había tanto que hacer que cuando acabé habían pasado varias horas y estaba muerta de hambre, así que empecé a hacer la cena. Estaba nerviosa, quería que llegase ya y no sabía cuál iba a ser su reacción. Shun se comunicaba conmigo de vez en cuando a través de postales pero yo no podía decirle cómo me sentía, ni siquiera tenía la seguridad de que yo le estuviese leyendo. Tenía tantas ganas de ver su sonrisa y de que me abrazase con fuerza… Estaba perdida en mis pensamientos cuando escuché el ruido de una moto muy escandalosa y cómo se abría momentos después la puerta de la calle.

– ¿¡Pero qué…?! – Sonreí sin moverme de la cocina.

– ¡Ya era hora! – Le dije desde allí, escuchando cómo venía hasta donde yo estaba apresuradamente.

– ¡¿Qué haces aquí?! – Me di la vuelta y no pude evitar sonreír de oreja a oreja cuando le vi. Estaba lleno de tierra, su ropa estaba muy sucia y tenía la cara que era un desastre – ¿Cómo has—

– ¿Has ido a trabajar o a pelearte con los cultivos? – Me acerqué a él, limpiándole con las manos la suciedad de las mejillas. Le agarré la cara poniendo mis pulgares tras sus orejas y tiré de él besándole al fin – Te he echado tanto de menos Shun… – Le sentí suspirar profundamente entre beso y beso.

– Mikuru – Me agarró de la cintura y me separó de él – No tengo tu dinero todavía.

– No estoy aquí por eso – Me miraba serio, no me sonreía. Y no esperaba que fuese a reaccionar así – Estaba aquí… bueno… – Me solté y me separé de él, cruzándome de brazos – Había venido a estar contigo.

– ¿A estar conmigo?

– Tengo que hablar contig—

– Es peligroso que estés aquí, si te encuentran conmigo te vas a buscar un problema enorme. Vuelve a tu casa y olvídate de este lugar.

– Es una broma, espero, ¿que me vaya?

– Sí, y ya. Voy a llamar a Endo-san para que te lleve a la ciudad. No sé en qué estabas pensando… – Le miraba sin creérmelo y empecé a llorar sin poder evitarlo. Me limpié las lágrimas conforme salían con las palmas de mis manos.

– Creía que te ibas a alegrar de verme – Balbuceé como pude – Te he echado mucho de menos y lo único en lo que pensaba era en ahorrar dinero para venirme contigo. Y tú no me quieres aquí… – Sollocé escandalosamente llevándome las manos a la cara, sintiéndome triste como nunca en mi vida.

Pasé por su lado sin mirarle y agarré mi maleta sin dejar que llamase a nadie, ya me las apañaría para llegar a la ciudad. Fui por el camino de tierra hasta la carretera y empecé a andar en el sentido opuesto en el que llegué, tarde o temprano encontraría la ciudad. No paraba de llorar, no podía creerme que me estuviese pasando eso con toda la ilusión que tenía esa misma tarde. No entendía sus postales, en ellas me hablaba muy cariñosamente y siempre me insinuaba que me echaba de menos y que me quería aunque no me lo dijese directamente, ¿qué significaba eso ahora? Nada. Estaba empezando a hacer frío a pesar de estar andando sin parar y tirando de la maleta, y estaba cansada de haber hecho cosas todo el día además del viaje y de los nervios que pasé toda la tarde sabiendo que iba a verle. Debería de haber pensado las cosas mejor, no tenía que tomar decisiones yo sola sobre compartir mi vida con alguien, ahora lo veía claro. Agotada y sin saber cuánto tiempo llevaba andando, me senté en el arcén, sobre mi maleta. Miré hacia un lado y el otro de la carretera, todo lo que veía era oscuridad, y la humedad me estaba calando los huesos. Enterré la cara entre mis brazos y dejé que las lágrimas que me quedaban terminasen de salir, me sentía tan mal que no me habría importado si un coche me hubiese pasado por encima. Escuché cómo uno se acercaba pero no le presté atención porque iba en el sentido contrario. Sin embargo se paró a mi lado.

– ¿Mikuru-chan? –Miré hacia adelante y vi al mismo señor que me llevó hasta la casa de Shun ese medio día – Sube, no te quedes ahí con este frío, ¡vas a coger algo malo! – Me levanté desganada y me metí en el coche sin mirarle.

– Gracias – Le susurré.

– Shun es un irresponsable, puedes enfermar, ¿y si te hubieses caído en la carretera y no te hubiese visto? Se va a enterar ese niño – Miré hacia adelante y vi que me llevaba a su casa.

– No, no, no. Lléveme a la ciudad, Shun no quiere que me quede con él.

– ¡¡Tonterías!! ¡No hace más que hablar de ti a todas horas! Bueno, no dice tu nombre pero ahora sé que eres tú esa chica de la que siempre habla. Pero hablaba de ti como un amor perdido, y no lo entiendo porque a mí me parece que estas bien enamorada de él.

Aparcó junto al carril de tierra murmurando, enfadadísimo, y me ayudó a bajar de la camioneta a pesar de mis negativas. No quería que me rechazase de nuevo, suficiente tenía con ver su falta de afecto hacia mí una sola vez. Al llegar a la casa ni siquiera llamó, abrió la puerta y entró sin más, acercándose a él hecho una furia.

– ¿Se puede saber en qué estabas pensando? – No miré a Shun, le tenía delante pero no quería mirarle a la cara, lo que quería era volver al coche – Esta chica se muere por ti, no sabes lo alegre que estaba esta mañana cuando la traje a tu casa.

– Endo, no entiendes nada.

– ¡Desde luego que no! ¡Menos mal que se me ocurrió pasarme con la camioneta al ver que tenía tu llamada perdida! ¡Estaba sola en medio de la carretera, si no llego a ir con las luces largas me la llevo por delante!

– Creo que tendrías que irte, y ella también – El tono de Shun sonaba amenazador mientras se levantaba de la silla, poniéndose a la altura de Endo.

– Oye niñato, ¿te crees que porque tengas unos cuantos tatuajes y la espalda más ancha que yo voy a agachar la cabeza? No, vas a asumir la responsabilidad de haberle hecho daño a esta chica y le vas a pedir perdón.

– Endo-san – Le agarré del brazo sin mirarles – Da igual. Si no me quiere aquí no hay nada que hacer, me dan igual sus disculpas. Llévame a la ciudad.

– ¡De eso nada! Serás un gran trabajador pero como persona dejas mucho que desear –¿No decías que esta chica había sido tu salvación? ¿Que ella era lo único bueno que te había pasado? – Miré a Endo y después miré a Shun, que cerró los ojos y se llevó una mano a la cara, frotándosela – ¿Y la alejas de ti?

– ¡Claro que la alejo de mí! – Shun le miraba enfadado – Se tiene que ir. Ya. Lo siento mucho, pero así son las cosas. Te enviaré tu dinero en cuanto pueda – Asentí y me alejé hacia la puerta mordiéndome el labio. Pero no me podía ir sin decírselo. Tenía que saberlo…

– Shun – Le dije desde la puerta sin mirarle mientras Endo arrancaba su camioneta – Me duele mucho pero sé por qué haces esto. Sé que piensas que es lo mejor en este momento y que lo que quieres es protegerme. Y  a pesar de que ahora te odio, sé que no voy a dejar de quererte por ello – Hice acopio de las pocas fuerzas que me quedaban y le miré a los ojos. Me observaba con los brazos cruzados – Pero no sé si esta persona – Me toqué la barriga, apenas era un pequeño bulto –  Va a poder perdonarte algún día – Su ceño fruncido se relajó en una expresión de asombro. Pero no se movió de donde estaba – Te estaré esperando.

No me sorprendió que no me siguiese. Ya había asimilado la idea de que no iba a estar con él, lo que no significaba que no me fuese a doler. No recuerdo muy bien el camino a casa, solo recuerdo que cuando me metí en mi cama, los ojos me dolían de tanto llorar.

 

20 Años Después

Dejé las cartas en la mesa del salón y las compras en la encimera de la cocina. Las fui guardando, ordenando el frigorífico de paso porque no había manera de que las cosas estuviesen en su sitio más de tres días. Miré el teléfono móvil cuando lo sentí vibrar.

– ¿Cómo te ha ido? – Pregunté, cruzando los dedos.

– ¡Paso limpio a segundo! – Notaba la felicidad en su voz y en mi pecho.

– Ya lo sabía. Date prisa en volver, no quieres comerte lo de hoy frío.

– ¿Qué has comprado?

– Sorpresa, ¿vas a traer a tu novia?

– Hoy no puede, tiene que trabajar.

– Bueno, que venga a cenar.

– Enseguida estoy allí, ¿hace falta que suba algo?

– Umami, que se me ha olvidado cogerlo.

– Vale, un beso mamá.

Con una sonrisita y un suspiro, saqué del paquete la carne del almuerzo. No solía comprar cosas tan caras porque la universidad no se pagaba sola, pero Ken se merecía eso y más. Estaba tarareando, cortando las verduras que servirían de guarnición a la carne justo cuando escuché un ruido en la entrada. Me resultó extraño que hubiese llegado tan pronto, tenía que venir en tren y la universidad no estaba precisamente cerca. Aun así, fui feliz a saludar a mi hijo limpiándome las manos con el paño de cocina cuando me llevé el sobresalto de mi vida. Bueno, el segundo.

– Hola – Un hombre de casi mi misma edad, enorme, con unos tatuajes que le asomaban bajo la camiseta y una melena negra recogida en una coleta me saludaba un tanto incómodo en la puerta de mi casa.

– ¿Qué haces aquí? Tu dinero me ha llegado todos los meses, no hace falta que estés aquí en contra de tu voluntad – Negó con la cabeza y quiso hablar, pero no le dejé – ¿Cómo has entrado?

– Tienes la misma cerradura asquerosa que hace veinte años, no ha sido muy difícil forzarla – Me sonrió. No sabía si devolverle el gesto o tirarle el paño a la cara – acaban de prescribir mis delitos y ya estoy cometiendo unos nuevos.

– ¿A qué has venido?

– Sé que después de tanto tiempo no puedo venir pidiendo mucho. Me arriesgaba a que tu hubieses hecho tu vida con otra persona y—

– Hay otra persona en mi vida – Shun apretó los labios. Yo me dí media vuelta y me metí en la cocina a vigilar que la carne no se quemase mientras intentaba controlar lo nerviosa que estaba al sentirle detrás mía – Se llama Ken, tiene 20 años recién cumplidos y se parece a ti tanto que a veces me cuesta mirarle.

– ¿Puedo conocerle? – Me giré y miré hacia un lado, cruzándome de brazos.

No sabía que seguía enamorada de ese hombre hasta que no le vi de nuevo. No le había olvidado ni mucho menos – mirar a mi hijo era un recuerdo constante – pero creía que esos sentimientos habían cambiado. No lo pude evitar y le miré. Nuestras miradas se cruzaron hasta que Shun desvió la suya, tragando saliva. Se sentó en una de las sillas de la cocina y yo me acerqué a él. Me agarró de la cintura, acercándome a él y abrazándome. Cuando le pase las manos por los hombros y por la melena empezó a llorar. Se levantó para abrazarme de frente.

– No sabes lo que me ha dolido estar todo este tiempo lejos de ti, sin saber nada – Me susurró sin dejar de apretarme a su cuerpo con la cara en mi cuello. Le abracé por la cintura.

– Seguí leyendo tus cartas – Yo también lloraba, pero sonreía – Me dabas ánimos para que siguiese con mi vida y me contabas cosas de la tuya. Hasta que fui a verte y dejaron de llegar.

– Quería estar contigo pero no quería ponerte en peligro. Y teniendo un hijo… me arrepiento tanto de no haber estado a tu lado…

– Shun, te quiero – Chasqueó la lengua y me abrazó con más fuerza aún – Te quiero mucho. Quiero que te quedes aquí.

– Eres una imbécil. No me merezco tu amor después de lo que te he hecho pasar.

– No voy a negar que al principio me hiciste pasarlo mal – Le aparté un poco de mí para mirarle a la cara. Sorbió por la nariz y se refregó rápidamente los ojos – Criar sola a Ken ha sido difícil, pero ha salido bien. Y yo no he dejado de esperarte.

– Lo siento… Perdóname por favor – Me besó brevemente en los labios, acariciándome las mejillas – Estás igual de bonita Mikuru chan, igual que hace veinte años.

– Anda ya… –  Me sentí hundirme entre sus brazos, me perdí entre sus besos. Le había echado tanto de menos que no me importó su ausencia durante todo ese tiempo, tenía una buena razón para no verme – Quiero seguir besándote un día entero pero como se me queme la carne Ken me mata – Sonrió en mis labios y me di la vuelta, haciendo de comer.

– Endo no volvió a perdonarme hasta ayer, que le dije que me venía contigo.

– Que hombre más bueno, me llama de vez en cuando – Me pasó los brazos por la cintura y apoyó su barbilla en mi hombro.

– Lo sé, me ha contado cosas sobre ti antes de que viniese, ¿sigues en el mismo trabajo aburrido?

– Sí, necesitaba el dinero, aunque el tuyo me ha ayudado muchísimo.

– Era lo mínimo que podía hacer por ti y por Ken.

– ¿Y has estado llenándote de tierra hasta ayer? – Escuchamos la puerta de la calle justo cuando acabé de hacer la carne.

– He llegado antes porque me ha traído… – Ken se quedó de piedra en la puerta de la cocina – Ahm… – Me miró con las cejas levantadas. Antes de que pudiese decir nada, Shun se inclinó ante él.

– Lo siento mucho.

– ¿Qué? Mamá, ¿qué pasa? – Cuando Shun se enderezó y miró a nuestro hijo a los ojos, este pareció comprenderlo – ¡¿Papá?!  – Shun asintió – ¿Qué haces aquí? Vas… ¿Vas a quedarte?

– Solo si tú quieres que me quede – Les miraba mordiéndome las uñas. Y no pude evitar emocionarme al ver a mi hijo abrazarle. Tenía tantas ganas de vernos a los tres juntos que no cabía en mí de felicidad.

– ¿Me perdonas? – Le preguntó Shun. Ken estaba emocionado también y asintió sin poder hablar. Me miró y se echó a mis brazos, dejando salir sus sentimientos. Le hice sentarse en la mesa, frente a Shun. Les puse la comida  por delante, así como mi plato y me senté entre ellos.

– Entre los nervios de saber las notas y esto… me va a dar algo – Dijo Ken riéndose.

– Ahora que os tengo a los dos delante me doy cuenta de que mis genes no han aportado nada a este niño.

– La inteligencia la ha sacado de ti, eso seguro – Shun se puso un poco serio, incluso incómodo al mirar a Ken – Hay muchas cosas que tienes que saber sobre mí y que tengo que explicarte.

– No te preocupes, mamá me lo ha contado todo. Pero quiero ver tus tatuajes.

– Luego. Ahora a comer.

Pero comer es lo que menos hicieron. No paraban de hablar, no paraban de reír y de contarse cosas. Y a mí me dolían las mejillas de sonreír y me rebosaba el corazón de felicidad. No habían acabado con el postre y ya habían hecho planes para prácticamente un año. Mientras fregaba los platos hablaron de la experiencia de Ken con las mujeres, no sabía qué iban a dejar de charla para los años siguientes si seguían a ese ritmo, pero habían conectado tan bien que no podía estar más satisfecha. Ken se levantó para ir al servicio y miré a Shun apoyada en la encimera de la cocina con ambas manos. Le sonreí, me sonrió. Acto seguido se levantó y se acercó a mí, agarrándome de los muslos, abriéndome las piernas para ponerse en medio mientras me besaba con una ferocidad que recibí de buena gana. Me cogió en brazos y no dejó de besarme mientras me llevaba a mi habitación. Me tiró en la cama y metió sus manos por debajo de mi camiseta, besándome y mordiéndome el cuello. Justo cuando le quitaba la camiseta, Ken abrió la puerta sin llamar.

– Mamá, ¿vamos a—Oh, mierda – Cerró la puerta de nuevo, haciendo a Shun dar una carcajada – ¡Me voy!

– ¡No vengas hasta la noche! ¡La he echado de menos! – Me miró – Y quiero recordarlo todo.

Lo estuvo recordando toda la tarde. Y toda la noche después de cenar. Recorrió mi cuerpo tantas veces, y yo el suyo, que nos los teníamos aprendidos de memoria. No le dimos a Ken más hermanos, pero fue más suerte que otra cosa. Y al finalizar esa noche me dolía el cuerpo, sobre todo las muñecas. Me había atado cuando menos me lo esperaba, haciéndome reír descontrolada pero excitándome como nunca. Yo y mi enfermedad mental. Y aunque me dolía el cuerpo, nunca más me dolió el corazón. No mientras tuviera a mis chicos cerca.

                Esas navidades Shun me regaló una pulsera. Parecía una pulsera hecha a mano y barata, con un broche de plata en el que había una inscripción. Atado a ti. Cuando me di cuenta de dónde procedía esa pulsera me dio un ataque de risa que Ken no entendió, aunque sonrió al ver a Shun reír conmigo. Era de la misma cuerda que usó el primer día que nos conocimos. Entre locos andaba el juego. Pero al menos éramos locos felices.

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7 comentarios en “Grounded

  1. me he tardado en leerlo,pero al fin lo termine…es ♥o♥ grandioso!!!!!!!!!!!…me agrado la idea de este hombre como protagonista…♥♥♥
    Shun ya forma parte de mis personajes favoritos!!!…espero que salga en muchos mas…♥♥♥

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