The Hotel

Esta historia no se si ponerla en original o en Tokio, porque se me ocurrió escribirla al ver una sesión de fotos de Nagase. Unas fotos que os iré poniendo conforme lo vaya escribiendo para que digas omfg y esas cosas que se dicen normalmente con este hombre. A ver que os parece 🙂

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Recuerdo como si fuese ayer que junté mis cejas al sentir que todo se movía y pegué la lengua a mi paladar, saboreando el alcohol de la noche anterior. Notaba la luz tras los párpados y sin abrir los ojos me llevé una mano a la frente, sorprendida de que me pudiera doler tanto la cabeza. La habitación estaba helada a pesar de los rayos de luz que rozaban mi piel, no sabía si estaba la ventana abierta o si era a causa de que estaba dormida sobre las mantas en lugar de bajo ellas. Me llevé esa misma mano al brazo, frotándolo porque lo tenía helado y dándome cuenta de que por lo visto seguía con el traje puesto. Finalmente, abrí los ojos con un poco de dificultad y miré a mi derecha para ver si la ventana estaba abierta, pero en su lugar me encontré a una persona. Una persona muy atractiva con los ojos cerrados y una mano apoyada en su frente. 
Ese hombre, fuese quién fuese, estaba tumbado boca arriba, sus gruesos y atractivos labios entreabiertos, dormía con un gesto realmente tranquilo. Tenía su abundante pelo negro peinado hacia atrás, no entendía cómo podía seguir peinado pero realmente estaba perfecto. 
No quería moverme, no quería despertarle, y no quería dejar de mirarle. Pero no estaba dormido. Cuando se percató de que le observaba entre la sorpresa y la admiración, giró su rostro hacia mí y me clavó una mirada tan profunda que me hundí en ella al instante. Era magnética, no podía apartar mis ojos, y mientras tanto, él aparentaba estar tranquilo, consciente de la situación. De hecho su mirada me resultaba extrañamente familiar, pero yo no le conocía de nada… Bajó la mano de su frente sin dejar de mirarme, me sonrió muy brevemente con sus labios pero permanentemente con su mirada, y susurró estirando su mano izquierda hasta mi mejilla:
– ¿Cómo he podido dormir a tu lado sin tocarte en toda la noche?
 
 Sus dedos cálidos rozaban mi fría mejilla, perdí la facultad de hablar, apenas podía pensar y casi se me olvida respirar. Ese hombre aún tenía puesta la chaqueta, daba la impresión de que se había acostado en mi habitación del hotel, en mi cama, y se había quedado dormido nada más llegar. Y por lo visto yo también. Seguía acariciándome la mejilla, pero su sonrisa se hacía cada vez más evidente conforme se daba cuenta de que estaba totalmente absorta analizando su rostro a profundidad. Descubrí que me encantaban sus cejas, su nariz encajaba perfectamente con el resto de su rostro, era tan perfecto que costaba creer que estuviera respirando y a mi lado en lugar de en la portada de una revista.
– Lo mismo estaba pensando yo.
De todas las cosas que pude decirle en ese momento, lo que se me ocurrió fue ser sincera. Dejó de hacerme cosquillas y alzó levemente sus cejas. Empezó a reírse tontamente entre dientes y cuando me vio muerta de vergüenza, sus sonrisas se volvieron carcajadas. Se doblaba hacia adelante sin reprimir el sonido de estas y se me contagiaron, parecía que también era divertido. Ahora que ha pasado el tiempo, me doy cuenta de que fue su sonrisa lo que hizo que me terminase enamorando de él y en ese mismo momento. Podría ser un record histórico. O quizás no, quizás… prefiero dejar eso de cuando me enamoré para después. Aun así… ¿Se acabaría todo en un par de sonrisas o pasaría algo más? Quería saber más de él, conocer más de su personalidad y su cuerpo, pero no quería dejar de reír. Era todo demasiado perfecto, y la curiosidad pudo conmigo.
– ¿Por qué estás en mi cama? – Le pregunté. Suspiró dejando de reírse con la mano en el pecho, mirándome con una sonrisa deslumbrante.
– Creo que te seguí – Esa sinceridad era desconcertante, y aunque sabía que tenía que disgustarme que alguien me hubiese seguido hasta mi habitación, (con éxito), no me inquietaba lo más mínimo – Pero iba tan borracho que me quedé dormido nada más dejarme caer en tu cama.
– ¿Qué me seguiste? ¿Estabas en la boda? – asintió sin dejar de sonreírme – No me acuerdo de cuando me fui de allí…
– Eso es porque ibas más borracha que yo – dijo riéndose de nuevo.
Se estiró cuan largo era, quejándose al tensar sus músculos y subió las piernas, apoyando sus codos en la cama y las manos en sus riñones. Se impulsó y se levantó de un salto, perdiendo el equilibrio y apoyándose en el armario mientras susurraba “qué mareo…”. Esa fue otra de las cosas que me conquistaron de él, era un niño grande. No le daba vergüenza hacer el ridículo y le encantaba reírse. Me senté riéndome de él, que se había llevado una mano a los ojos sonriendo.
– Creo que sigo borracho.
– Ve a echarte agua en la cara, el baño está ahí – señalé con la cabeza cuando me miró.
Se quitó la chaqueta y la dejó a mi lado en la cama, entrando después en el baño, andando muy despacio. Apoyó su mano derecha en los azulejos que estaban encima del retrete mientras lo miraba con el rostro un tanto descompuesto. Resopló y apoyó la mano izquierda en su cintura, cerrando los ojos.
– ¿Estás bien? – Le pregunté mirándole preocupada.
– Más o menos – respondió intentando sonreír.
Me levanté de la cama despacio – ya teníamos suficiente con que uno estuviese a punto de vomitar, no quería marearme yo también – y me acerqué a él poniéndole una mano en el hombro suavemente. Le vi esbozar una sonrisita con los ojos cerrados y me di cuenta de que para mirarle a la cara tenía que alzar la cabeza, y eso que estaba inclinado.
– ¿Cómo se te ha ocurrido levantarte así estando de resaca?
– Yo que sé, en la cama estaba bien – Me miró y sonrió, esta vez sí consiguió sonreír – Estaba realmente bien.
– Échate agua en la cara, venga – Le devolví la sonrisa sin poder evitarlo.
– ¿Vas a cuidarme? – abrió el grifo y metió las manos bajo el agua.
– Ya veremos – Me crucé de brazos y le observé.
Se mojó el cuello con los ojos cerrados, inclinado sobre el lavabo mientras las gotas de agua resbalaban por su cara hasta su nariz y sus labios. No podía dejar de mirarle, de analizarle, y cuanto más miraba más me enganchaba. Se mojó el rostro varias veces y le ofrecí la toalla cuando cerró el grifo. Se secó con cuidado y se quedó mirando la imagen que le devolvía el espejo. Se pasó la mano por el pelo brevemente y observó sus ojeras, para luego apoyar las manos en el lavabo y mirarme desde el reflejo por encima de su hombro. Sentí que mi corazón daba un respingo pero el resto de mi cuerpo permaneció inmóvil. Menos mis labios, que le regalaron una sonrisa más a esos ojos oscuros y penetrantes.
– Si te encuentras mal deberías de tomarte un té. Deberíamos – Nos señalé.
– ¿Me estás invitando a desayunar? – Se dio la vuelta y se acercó a mí despacio. Quería tocarle.
– Ya que he amanecido contigo… – Me encogí de hombros – Pero deja que me cambie primero, estoy helada con este traje.
– Normal – Me miró de arriba abajo sin pudor alguno.
De no ser porque ambos nos encontrábamos bajo los efectos de la resaca, en ese mismo momento habría tirado de él hasta tumbarle sobre mi cuerpo. Me moría de ganas de sentir su calor, sobre todo teniendo en cuenta el frío horroroso que tenía. Cogí ropa limpia y me metí en el baño para cambiarme. Ni siquiera cerré el pestillo. Estaba tentando a la suerte con ese tipo, no le conocía de nada, por no saber no sabía su nombre o si de verdad había ido a la boda. Pero la verdad es que si intentaba algo más subido de tono no le iba a parar los pies, no lo iba a considerar acoso, eso lo tenía bastante claro. Me puse unos vaqueros blancos y un jersey azul marino bastante ajustado. Quería estar calentita pero al mismo tiempo quería parecerle atractiva; ya que estaba interesado en mí tenía que aprovecharme un poco de la situación. Salí del baño y me acerqué a él. Estaba de espaldas a mí, mirando por la ventana, y antes de decirle nada observé sus hombros anchos. En comparación con mi tamaño era enorme.
– ¿Hay algo interesante ahí fuera? – dije poniéndome a su lado. Al verle desde ese ángulo hice un nuevo descubrimiento: me encantaba la forma de su mandíbula. Quería pasar mis dedos por esa barba incipiente, sentirla en mi mejilla. Mi imaginación estaba desbordada solo con mirarle, “¿Qué tiene este hombre que no tenga ningún otro?”
Está cayendo una buena – pasó un dedo por el camino que hacía una gota al resbalar por el cristal. Era cierto, hacía un tiempo horrible. Me miró – ¿Ya estás lista?
– Sí, vamos a la misma cafetería del hotel, ¿no? – dije cogiendo mi bolso y abriendo la puerta.
– A no ser que quieras empaparte, por mí bien – Se puso de nuevo la chaqueta al tiempo que yo pensaba que sí, que quería empaparme, aunque no de lluvia precisamente.
Estaba realmente asombrada por como estaban yendo las cosas, no solo porque un desconocido me atrajese tantísimo en tan poco tiempo, sino porque me sorprendió haber atraído su atención de tal manera que llegó a seguirme a mi habitación. Me sentía halagada, no sabía si estaba bien pero no podía evitarlo tampoco. Bajamos a recepción en silencio, haciéndole hueco a un matrimonio mayor que bajaba con sus maletas. Cuando llegamos, las mesas de la cafetería estaban todas ocupadas y decidimos esperar en los sillones a que dejaran alguna libre. Cogí mi teléfono móvil al sentirlo vibrar en el bolso.
– ¿Moshi Moshi?
¿Llegaste entera al hotel? – era mi hermana – Te perdí de vista de repente.
– Sí, parece que sí – miré de reojo a ese hombre. Había cogido una de las cartas de la cafetería y la observaba serio. Pasaba las hojas despacio, con delicadeza a pesar de tener unas manos enormes. Mi mente empezó a divagar.
¡¿Me estás escuchando?! – di un saltito en la butaca.
– Sí, digo, no, ¿qué decías? – Él me miró y me sonrió unos segundos para volver a centrar su atención en la carta.
¿Qué te pasa? ¿Sigues de resaca?
– Sí, claro. Me he levantado hace muy poco, sigo dormida, ¿qué tal tu noche de bodas?
Bien, ya lo sabes, ¿quieres que vaya a recogerte? Está diluviando – Vi que alzaba la vista sobre mi hombro y sonriéndome me indicó que fuese con él porque ya teníamos mesa.
­- No, estaré bien. Disfruta de tu marido y salúdale de mi parte. Hablamos luego.
Le colgué sin más, quería disfrutar de la compañía de ese hombre, averiguar cosas sobre él. A esas alturas estaba totalmente segura de querer llevármelo a la cama y siempre hay que mirar la etiqueta antes de comprar el producto. Me tendió la carta y la miré por encima, sabiendo que me iba a pedir un té verde de antemano. Sentía su mirada sobre mí, quería mirarle y sonreírle pero lo cierto es que me daba un poco de vergüenza y además me gustaba sentirme observada por él. Alcé la vista cuando miró en otra dirección y le observé bajo la tenue luz de la cafetería. Estaba absorto en sus pensamientos, centrado en la mesa y borrando una manchita que encontró en la superficie. Deseaba pasar mis dedos entre su pelo, parecía suave. La camarera nos sacó a ambos de nuestros pensamientos preguntándonos qué íbamos a tomar,  cuando se marchó nuestros labios se curvaron en una sonrisa.
– Supongo que a la boda fuiste de parte del novio – asintió y se pasó la lengua por los labios antes de hablar. No pude evitar mirarlos fijamente.
– Para cuando yo llegué ya estabais bailando y con unas copas de más, me perdí todo el banquete – Me obligué a mirarle a los ojos.
– ¿Y eso por qué fue? – apoyé la barbilla en la mano, mirándole con el codo apoyado en la mesa mientras me hablaba.
– Trabajo de noche, pero conseguí escaparme diciéndole al jefe que era la boda de mi hermano.
– ¿Eres hermano de Kyo? – Le pregunté sorprendida, no sabía que tuviese ningún hermano.
– No, no – dijo riéndose – Fue una excusa. Es solo mi mejor amigo, desde siempre. No podía perderme el día más feliz de su vida – Se interrumpió para darle las gracias a la camarera, que nos ponía el té por delante. Suspiró – Además hacía tiempo que no os veía, casi desde que tenías doce años. De eso hace ya más de diez, ¿eh, Natsumi-chan?
– ¿Cómo? – La taza de té se me quedó a medio camino entre el plato y la boca – No te recuerdo…
– Lo suponía – se encogió de hombros – Yo te recordaba vagamente, no creas que de aquellas tenía interés en una chica que se pasaba las horas metida en su habitación mirando a famosos y gritando ante el televisor.
– Vaya… – alcé las cejas y apreté los labios un poco molesta al ver el recuerdo que guardaba de mi – Pues lo siento pero sigo sin acordarme de ti.
– Espera – metió la mano en su chaqueta y sacó su cartera. Rebuscó un poco y sacó una fotografía en la que salía mi hermana jovencísima, el que ahora era su marido también, y el corazón me dio un vuelco al ver quién estaba a su lado. Miré los ojos del chico de la foto, después miré los ojos que me observaban con diversión sin entender cómo no me había dado cuenta.
– ¡¿Takahashi-san!? – sonrió y asintió. Ese tipo había sido mi amor platónico en mi adolescencia pero había cambiado tanto que no le había reconocido. Lo recordaba como un chico delgado, con el pelo rizado y sin barba, siempre de arriba abajo con mucha energía. Ahora era un hombre de espaldas anchas, mucho más serio, y la sombra de una barba rodeaba sus labios. Pero sus ojos eran los mismos…con razón me ponía tan nerviosa cuando me miraba directamente.
– Parece que sí te acuerdas de mí. Cuando me desperté esta mañana creía que sabías quien era pero al preguntarme si venía con el novio me he dado cuenta de que no.
– No sabía que seguías viviendo en Nara…
– Cuando Kyo me dijo que venía de Tokio para casarse aquí me hizo bastante feliz porque no tengo dinero para hospedarme en ninguna parte que no sea mi casa, la verdad.. Lo que no me esperaba era verte tan… mayor – Le dio un sorbo al té sin dejar de mirarme. Estaba tan nerviosa que no sabía qué hacer. Era como ser adolescente de nuevo mirando al amigo del novio de tu hermana, ese tan inalcanzable y perfecto que siempre estaba rodeado de chicas – Tu hermana me tuvo que llamar la atención cuando me pilló mirándote bailar. Has cambiado mucho.
– No me extraña que mi hermana no te quiera cerca de mí, me acuerdo de tu fama – Se rio y casi escupe el té que tenía en la boca.
– ¿Mi fama? – Se limpió con una servilleta.
– Las chicas estaban locas por ti y tú les hacías mucho caso a todas – puse las manos en la taza de té, estaba calentito y era agradable, nada que ver con mis recuerdos de aquella época – Menos a mí.
– Pero Na-chan – hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así, me sorprendió – Eras una niña para mí, tenías apenas trece años cuando—
– No. Tenía quince, y eso solo deja claro lo que te digo. A todas menos a mí. No digo que te tirases a mis faldas desesperado, pero es que ni me mirabas – Se echó hacia atrás en la silla, mirándome con lástima – No me mires así, esa es la cara que pusiste el día que me declaré.
– Lo siento, odié que te llevases ese mal recuerdo.
– Venga ya, seguro que se te olvidó a la semana – Le contesté escéptica. Tomé su silencio como un sí – No sé ni porqué te lo dije – Le comenté negando con la cabeza – Solo quería que lo supieses antes de irme de la ciudad.
– ¿Crees de verdad que no me había dado cuenta? – chasqueé la lengua ante su tono burlón.
– No hablábamos nunca, era posible que no te hubieses dado cuenta.
– Saltaba a la vista. Nunca me decías hola, casi nunca me mirabas y cuando lo hacías me mirabas demasiado tiempo. No eras muy discreta que digamos.
– ¿Podemos dejar de hablar de mi comportamiento de adolescente? Me da un poco de vergüenza recordar lo patética que era.
– No eras patética, eras adorable – Me dedicó una larga mirada en silencio – Lo sigues siendo, pero ahora también eres muy atractiva – sentí la sangre acumularse en mis mejillas, así que me levanté.
– Voy al baño, ahora vengo.
Me apresuré a alejarme de allí, necesitaba respirar hondo y ver la situación tal y como era. Takahashi estaba interesado en mí, aunque no me lo terminaba de creer así era. Y ya iba siendo hora de que el karma me devolviese algo bueno en cuanto a relaciones amorosas se refería. Cogí el teléfono y llamé a mi hermana.
– ¿Por qué no me has dicho que Taka estaba en la boda? – grité en susurros al escuchala descolgar.
Te lo dije, pero estabas tan borracha que me preguntaste que quién era ese y te fuiste a bailar.
– Pues me acompañó al hotel – Mi hermana soltó una exclamación – Se está tomando un té conmigo y no sé qué voy a hacer ahora.
– Ten cuidado con Taka, ya sabes como es.
– Lo sé, no voy a perder eso de vista. Pero está interesado…
– Tú misma, pero si terminas luego llorando no quiero saber nada.
– Oh, gracias por el apoyo.
– No Natsumi, soy realista. Y tú también deberías.
– Lo que no debería es llamarte para contarte estas cosas. Ya te llamaré luego. Si quiero, porque visto lo visto…
Le colgué un poco molesta. Ya sabía que Taka era un rompe corazones, un ligón con mucho éxito entre las mujeres a pesar de no tener donde caerse muerto. No le iba a pedir matrimonio, solo iba a… acostarme con él. Si era posible. Justo antes de salir del baño volví a ponerme nerviosa. Al salir le vi de pié junto a los sillones en los que nos sentamos nada más llegar. Se giró para mirarme con la mano derecha metida en el  bolsillo de la chaqueta mientras que con la otra se apoyaba en el respaldo de uno de los sillones. Para no tener un duro vestía realmente bien, parecía que la ropa era hecha a medida.
– Menos mal, ya iba a mandar un equipo de rescate en tu búsqueda.
– Lo siento – sonreí mirando al suelo.
– Llego a saber que tu actitud iba a cambiar y no te digo quien era – Me miraba con una ceja levantada y los brazos cruzados.
– Lo siento – repetí de nuevo. Chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco – Hacía mucho que no sabía nada de ti y me llevó bastante tiempo olvidarte, la verdad.
– ¿Y qué hacemos ahora? – Me pasó un brazo por los hombros, mirándome desde arriba. La calidez de su cuerpo me hizo arrimarme a él – No es que haya mucho para hacer, a no ser que quieras darte un recorrido por los pasillos del hotel o dar una vuelta en piragua hasta donde sea que esté tu hermana – Me reí con su comentario sin dejar de mirarle.
– ¿No te sientes cansado? Me gustaría echarme un ratito – Se quedó mirándome sin decir ni media – Pero si quieres puedes irte a tu casa. No me supone un trauma que me dejes sola, de verdad – Me solté de su brazo al ver que no se movía y fui hacia el ascensor. Entró después de mí y se encogió de hombros.
– No tengo nada mejor que hacer.
– Así que te sirvo para matar el tiempo, ¿eh?
Me crucé de brazos y salí del ascensor al llegar a mi piso, andando un poco molesta tanto por mi actitud como por la suya. Vale que a mi me gustase desde siempre pero tampoco tenía que ir de sobrado. Me esperaba otra reacción por su parte cuando le dije que se viniera a mi cuarto, algo distinto a ese desdén que mostraba hacia mí. Iba caminando por el pasillo y no le sentí detrás de mí, así que me paré y miré sobre mi hombro para verle toquetear el teléfono móvil con rapidez y seriedad. Seguí andando y pasé la tarjeta por el lector, abriendo la puerta. Miré en su dirección y le vi andar hacia la habitación despacio, mirándose los pies y guardándose el teléfono en el bolsillo del pantalón. Iba pensativo y de la misma manera me miró antes de entrar. Cerré la puerta tragando saliva.
            Al darme la vuelta le vi tumbarse en la cama, hacía un día tan malo que apenas había luz en la habitación a pesar de ser las seis de la tarde. Me acerqué y me senté en el borde, quitándome los zapatos y dejando el teléfono en la mesilla de noche, apagado. No sabía cómo actuar, no sabía si mirarle, si insinuarme, si ignorarle y esperar a que él empezase, tirarme encima suya, o qué.  Lo único que sabía de verdad es que estaba nerviosa como pocas veces en mi vida. Dejé caer la espalda en el cabecero de la cama y le escuché suspirar.
– ¿No decías que estabas cansada? 
– Y lo estoy – giré la cara y le miré.
Me hundí en lo oscuro de sus ojos, en esa mirada penetrante que tantos sueños húmedos me provocó en mi adolescencia. Y si mi yo adolescente viese lo que estaba pasando gritaría excitada dando saltitos en la cama. Así me sentía en esos momentos, pero no pensaba exteriorizarlo. En su lugar le dediqué una mirada igual de larga, intentando transmitirle indiferencia. No sé si lo conseguí. A partir de ese momento no supe nada más. Se humedeció los labios y se sentó en la cama, apoyándose en esta con el brazo que quedaba pegado al mío, acariciándome los dedos. Se inclinó sobre mí y rozó su nariz con la mía, tanteando el terreno para ver cómo le respondía. Abrí los labios y apreté su mano, la que tenía cerca, justo cuando susurró en mi boca.
– ¿Te gusta fuerte o despacio? – Como respuesta, un suspiro tembloroso mezclado con una risita histérica salió de entre mis labios.
Quería decirle que no importaba si fuerte o flojo, lo único que importaba es que lo hiciese de una condenada vez o me iba a volver loca. Ya me habían besado antes, ya había follado muchas veces y con varios chicos. Desde que me desarrollé mi vida sexual había sido de lo más activa aunque nunca había sentido la debilidad que sentía en ese momento. Y el beso que me dio hizo que todos los hombres que habían pasado entre mis piernas desapareciesen de un plumazo. Solo con las cosquillas que me hizo con su lengua entre mis labios mojé las bragas mucho más que con cualquier contacto directo que hubiese tenido hasta la fecha. Le necesitaba dentro y lo necesitaba ya.
            Besándole con avidez le bajé la chaqueta por los hombros y se la terminó de quitar él mismo. Me sacó el jersey por la cabeza, le fui quitando los botones de la camisa. Sus manos me acariciaban con dulzura, sus labios se apretaban a los míos y su lengua llenaba mi boca de su sabor. No tenía el pecho que yo recordaba haber visto cuando íbamos todos a la playa, su cuerpecito delgado y terso no tenía nada que ver con los hombros enormes que tenía ante mí. No estaba excesivamente fuerte, apenas se le notaban los abdominales, pero me encantaba. Era perfecto. Le abracé por la cintura cuando  me quitó el sujetador, sintiendo el calor de su cuerpo. Puso su mano en mi nuca, apretándome a él mientras me besaba intensamente y me desabrochaba los vaqueros con su otra mano.
– No tengo condones – murmuró al sentir que yo hacía lo mismo con sus pantalones.
– Me importa una mierda, de aquí no te vas sin follarme – sentí cómo sonreía mientras me besaba.
– Intentaré no correrme dentro – Yo también sonreí mientras él me tumbaba y tiraba de mi ropa, dejándome desnuda.
– No te preocupes, te vas a correr en mi boca – Le metí la mano en sus calzoncillos cuando se tumbó sobre mi cuerpo. Ahora entendía por qué las chicas no le dejaban tranquilo.
– ¡Na-chan! – Se rió a carcajadas.
Le empujé por los hombros y le tumbé boca arriba en la cama, desnudándole del todo y admirando lo que tenía delante. Llevaba tanto tiempo queriéndole ver desnudo que ahora no quería hacer otra cosa que no fuera observarle al detalle. Pasé las manos con cariño por su pecho, acariciándole hasta sus caderas, donde las dejé. Las subió cuando me vio agacharme por su cuerpo, inclinándome sobre él y pasando la punta de mi lengua por todo su miembro. Acariciaba sus ingles, bajo su ombligo, con los dedos y con las uñas, mientras lamía y chupaba esa erección que tenía delante. Cuando la toqué con mis manos y me la metí en la boca muy despacio y saboreándola con tranquilidad, escuché cómo desde el fondo de su garganta salía un gemido ronco. Me agarró del pelo sin dejar jadear suavemente, susurrando mi nombre y moviendo las caderas al ritmo de mi cabeza. La acariciaba con mis labios, jugaba con mi lengua y le miré a la cara cuando dio un gemido más fuerte de lo normal.
– No te corras todavía – Me miró y le sonreí.
– Quiero saborearte, pero no quiero que pares.
– Eso tiene solución…
Me puse derecha y me di la vuelta mirando hacia el lado opuesto, inclinándome sobre él para metérmela en la boca de nuevo. Sentí sus dedos pasar por mi vagina mientras su lengua me rozaba el clítoris tan despacio que me hizo agitarme.
– Estás empapada… – apretó la entrada de mi vagina con los dedos.
– Taka… – Le masturbé mordiéndome el labio al sentir el lametón que le dio a todo lo que tenía delante.
– Y deliciosa.
Me pasaba la mano por el trasero y la espalda mientras me masturbaba con sus dedos y su boca. A mí me empezaba a doler la mía de tenerla abierta y la lengua de lamerle. Con el temblor de piernas descontrolado que me daba el sentir las ansias de su lengua metiéndose en mi cuerpo, a veces me quedaba quieta y no le hacía nada. Me era muy difícil centrarme en ambas cosas al mismo tiempo. Salí despedida hacia adelante cuando me empujó con sus manos, tumbándome en la cama al revés, con la cabeza donde irían los pies y además boca abajo. Me agarró las muñecas situándose sobre mi cuerpo, deslizándola entre mis muslos y gimiendo en mi oído. Me puse de rodillas en la cama como pude y tiré de uno de mis brazos con la finalidad de liberarme y hacer que me la metiese. Pero no me soltaba.
            Casi que se sentó en sus piernas y movió las caderas de forma y manera que no necesitó las manos para encontrar la entrada a mi cuerpo. Le sentía penetrarme despacio, con su miembro caliente y duro, inmenso conforme iba entrando. No podía evitar gemir, era imposible no hacerlo cuando te estaban metiendo algo que jamás habrías creído capaz de encajar contigo. Estaba tan cachonda y emocionada por estar follando con él que empecé a reírme a la vez que gemía. Le escuchaba jadear cerca de mi cara como él también se reía tontamente. Me besó la mejilla, moviendo sus caderas despacio, haciéndolas chocar contra mi trasero. Sentía que ardía en mi interior, aunque lo más probable es que ese calor viniese de mí misma.
– Va a ser que te gusta más despacito, ¿eh? – susurró su voz ronca.
– Dame fuerte y te digo qué prefiero – Me soltó las muñecas y se enderezó, agarrándome de las caderas y produciendo un sonido al chocar con mi cuerpo que a partir de ese día lo relacionaría con el placer más intenso que jamás había sentido.
– Na-chan – llevaba tanto queriéndole escuchar gemir mi nombre – Na-chan, me encanta… – Y ahora no paraba de decirlo.
Entre su voz, sus gemidos, sus manos, el tacto de su piel, su polla que me llenaba entera hasta el punto de dolerme y que empezó a rozarme el clítoris con sus dedos creía que me moría. Pero si eso era la muerte era lo mejor que me había pasado. Me la sacó un rato después, sudando, y me obligó a ponerme boca arriba en la cama mientras maldecía porque me había quedado enredada en las sábanas. Entre risas se tumbó sobre mi cuerpo y agarrándome los pechos volvió a penetrarme, mirándome a los ojos. Estuve a punto de decirle que le quería, menos mal que un gemido me lo impidió. Le besé las mejillas, lamí su cuello y su nuez, que subía y bajaba conforme jadeaba y gemía. Arañaba su espalda cada vez que me hacía llegar al orgasmo y apretaba su trasero contra mi cuerpo cuando le quería sentir con más intensidad. Estaba tan emocionada que se me olvidó que él también querría correrse alguna vez, así que cuando me la sacó y se puso de rodillas en la cama, poniéndome su erección a la altura de mi cara al principio me quedé un poco confusa.
           Cuando reaccioné, mirando cómo se masturbaba entre escandalosos gemidos con la cabeza echada hacia atrás, aparté sus manos y seguí con el trabajo. Me agarró del pelo y del hombro mientras sentía su esperma derramarse por mi garganta, cálido y abundante, admirando cómo se moría de placer por lo que le estaba haciendo y excitándome solo de verlo. Cuando la sacó de mi boca aún estaba húmeda y algunas gotas se escaparon, resbalando despacio hasta mi pecho. Me limpié la boca con la mano respirando con dificultad, y entre risas le empujé hacia el lado quitándomelo de encima.
– Tengo que beber agua – Tosí un poco, un tanto asqueada por la sensación que se me quedó en la garganta.
– Yo también. Aunque tú vas primero – Se rió mirándome sofocado, con la mano en el pecho y sudando a chorreones.
– ¿Nos metemos en la ducha? Ahí hay agua de sobra para los dos.
– Pero después me tienes que dejar dormir contigo.
Me reí y me metí en la ducha con el. Me enjabonó. Le enjaboné. Nos aclaramos el jabón entre besos, abrazos, caricias, risas y pellizcos. Y de esta guisa fuimos a la cama, donde nos quedamos dormidos. Al despertarnos volvió a follarme más salvajemente que la vez anterior, corriéndose en su pecho porque era yo la que estaba sobre él en ese momento. Se volvió a meter en la ducha y volvió de nuevo a la cama, a mis brazos.
– Apenas hemos hablado – Me dijo cuando apoyó su cabeza en mis pechos.
– Mejor así – Me miró extrañado – Prefiero que se quede así. Yo tengo que volver a Tokio, tú no tienes un duro y además eres un golfo.
– ¿Y qué pasa si voy a buscarte?
– Mucho vas a tener que hacer tú para que me fíe yo de ti.
– No sé. Quizás estoy dispuesto a hacer mucho.
– Anda, deja de hablar ya y duérmete – No podía tomarle en serio.
– Bueno, pase lo que pase quiero que sepas que me ha encantado el día de hoy – Efectivamente, era todo palabrería.
– Día… noche… ya no sé ni qué hora es.
Y tampoco me importaba. Esa tarde-noche había aprendido muchísimo, había vuelto a reencontrarme con un amor fallido de mi adolescencia y había cumplido mis sueños más pervertidos con él. Sentía su respiración tranquila, su pelo húmedo entre mis dedos y sus piernas enredadas en las mías. Me reí una última vez antes de dormirme, pensando que era una gran manera de sacarle partido a una habitación de hotel tan cara como esa y preguntándome si antes de irme tendría sexo de nuevo. Nunca se sabe, y como decían en esa película tan famosa “Mañana será otro día”.
_________________________________________________
Segunda parte 😉
HOTEL2
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9 comentarios en “The Hotel

  1. Buenisima idea para continuarla, muy buen planteamiento, un mejor nudo; pero el desenlace me hubiese gustado que nos dejases con ganas para otro día, así sería mas largo y jugoso jejeje.
    Any way, lo he disfrutado mucho… y quiero más 😉

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  2. Akdjhfkjhlhfñajfj!! Morí con este fanfic, no puedes escribir tan bien!! >.< Lo único que me distraje muchísimo con las fotos, tanto que leía como 3 o 4 veces la misma frase! xD Sigue escribiendo, por favor! ♥ P.D.: soy 5ahead de Tumblr! 🙂

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  3. Pingback: The Hotel | Zyngaro's Blog

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