Mi peor error

Es y será probablemente uno de mis relatos más cortos en este blog. Lo he escrito en un día y me ha ocupado 6 folios de word solamente. Es que me vino la inspiración de repente, estaba en la ducha y mi novio tenía de fondo puesta esta canción:

Pero no os confundáis, no es de Tokio.  La única descripción es la de la chica, pero es tan perfecta que no tengo manera de encontrar una foto que se parezca.

Es solo un capítulo, se lee rápido, y aunque breve es muy intenso 🙂 ¡Espero que os guste!

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Esa noche no era diferente de las demás. Me sudaban las manos, me costaba tragar saliva y mis colegas parecían tranquilos. Sabía que una vez empezase a cantar o cuando rozase las cuerdas de la guitarra esos nervios desaparecerían, pero nadie me quitaba mi momento tenso justo antes de empezar a tocar. El antro de esa noche era un sitio oscuro y no tenía muy claro si iba acorde a nuestra música, pero la gente parecía entusiasmada. La sala era principalmente una pista de baile; a su izquierda y al fondo se encontraban unas mesas iluminadas con un simple candil que emulaba a los de los bares de los años treinta – últimamente a más antiguo más moderno, un concepto que jamás entenderé – y un casi ridículo escenario desde el cual entreteníamos al público, sudando a la par que nos dejábamos la piel y la garganta. Al menos en mi caso. Las mesas eran ocupadas casi en su totalidad por señores solitarios que bebían por motivos que solo ellos conocían, además de las parejas que se cansaban de bailar, por supuesto.

Juro que esa noche solo iba con intención de tocar lo mejor posible, entretener a mi público y ganarme algo con lo que llegar a fin de mes. No esperaba en absoluto que a la mitad del solo de una de nuestras canciones más animadas mi mirada se perdiese entre los pliegues de una falda. De la raja de una falda más concretamente. Y de esa falda salían las piernas más bonitas que había visto nunca, blancas como la nieve y deslumbrantes en un lugar tan oscuro. Ahora no sé cómo pude terminar la canción, porque sobre esas piernas se intuían unos pechos generosos, bien proporcionados. Solo veía la silueta de estos a la luz del candil y el leve contorno de ellos bajo el traje oscuro que llevaba la chica. No podía decir si rojo o negro, no había luz suficiente para que distinguiese el tono pero eso era lo de menos. Seguí con mi recorrido visual por el cuerpo de esa atractiva mujer, para dar con unos hombros desnudos, cubiertos solo por una espesa mata de pelo oscuro y ondulando. Su cuello pedía a gritos ser besado, y hablando de besos… su boca… Su labio inferior era ligeramente más ancho que el superior, pintados de rojo sangre o marrón, no podía distinguir colores pero ya os digo que era lo de menos. Esa boca era una provocación, con esa coqueta sonrisa, dedicada a todos y a nadie. Su nariz era pequeña aunque no perfecta, la punta de esta era quizás demasiado achatada, pero la encontré adorable. Y sus ojos… Perdí la cabeza en ese mismo instante. Cuando la miré a los ojos no estaban atentos a mí, miraba con aspecto alegre y divertido a las parejas que bailaban. No sé si fue una simple y graciosa coincidencia, pero cuando su mirada se volvió hacia el escenario se rompió una de las cuerdas de la guitarra. No paré de tocar. Y por supuesto no dejé de mirarla

Sus ojos eran bellos, hermosos. Ligeramente perfilados de negro y por lo que parecía, eran de algún claro tono de marrón. Al final sí que tenía importancia distinguir o no los colores en ese local tan poco iluminado. No sé qué le diría mi rostro pero me apartó la mirada de una manera sutil, su sonrisa se hizo más amplia, y mi corazón peleaba por salir de mi pecho para abrazarse a esa desconocida. Canción tras otra, la veía tamborilear con los dedos en la mesa pero apenas nos mostraba atención, dándole tímidos sorbos a la bebida que tenía delante y mirando a las parejas bailar. No podía creer que semejante belleza estuviese sola, no me entraba en la cabeza. Era la primera vez que me moría de ganas de acabar un concierto. En la siguiente canción, la angustia y los celos se apoderaron de mí al ver que un tipo – bastante apuesto, objetivamente hablando – la sacaba a bailar. Ella accedió ofreciéndole su mano, parecía sacada de otro tiempo, no encajaba con el resto de mujeres que había por allí. No encajaba con ninguna mujer que yo hubiese visto en mi vida. Si me preguntasen cual era mi ideal de mujer, la señalaría a ella. Bailaron juntos una canción rápida, ella se alejaba de él en cuanto la rozaba con sus manos o se acercaba demasiado, cosa que me alivió. Pero sus miradas coquetas… entendía perfectamente a ese hombre, yo estaba loco por tocarla y apenas me había prestado atención.

Cuando acabamos esa canción comenzamos con una mucho más lenta, la última del repertorio. Ella, muy cortésmente, se excusó con su compañero de baile y volvió a sentarse de nuevo. Esa canción en concreto era una balada dedicada a alguna mujer que habría tenido gran relevancia en la vida de nuestro batería, que fue el que la compuso. Y básicamente relataba su ansia por tenerla a su lado. Por lo que me dijeron mis compañeros después, nunca había cantado esa canción con tanto sentimiento. Se la dediqué a ella, intenté que le llegase mi mensaje, pero seguía sin prestarme atención. Me estaba volviendo loco, la quería entre mis brazos. Sigo sin entender cómo solo la simple visión de una persona puede afectar tanto en los sentimientos de otra, pero así fue con ella.

Al acabar la canción saludamos al público y recogimos nuestras cosas. Mis compañeros se quejaban porque era un suspiro andante, no podía parar de pensar en ella. Me eché la guitarra al hombro y me abroché la chaqueta vaquera hasta arriba porque me iba a morir de frío y lo sabía, pero odiaba ir demasiado abrigado. El exceso de ropa me molestaba. Salimos por la puerta de atrás después de cobrar nuestro dinero, nos despedimos y, suspirando de nuevo, fui hacia mi casa. Caminé hacia la entrada del local, quería entrar y buscarla, quería preguntarle cómo se llamaba y pedirle que entrase en mi vida para quedarse. Pero me miré a mí mismo y no pude evitar la risa sarcástica que salió de entre mis labios. Era ridículo intentar nada con ella. Era un solterón de casi treinta y cinco años, desaliñado y sin un duro. Tendría que haber sentado cabeza cuando todo el mundo me lo dijo pero no, yo prefería seguir tocando todas las noches mientras soñaba despierto con mujeres que no estaban a mi alcance.

– Has tardado mucho – La frase fue una caricia, estaba a mi espalda pero supe que era ella de inmediato. Me volví torpe y bruscamente para encontrarme con su rostro a la altura de mi pecho y a una distancia prudencial.

– Parecías más alta desde el escenario – Le dije casi en susurros. Miel. Sus ojos eran color miel. Me dedicó una sonrisa que me atravesó el alma.

– ¿Vas a seguir con tu música o la noche se ha acabado para ti?

– Yo… – Llevaba puesta una larga chaqueta de tela basta y azul oscura, parecía cara – He acabado.

– Una pena – Suspiró sin apartarme la mirada – Tenía la esperanza de que me tocaras algo más.

– ¿Algo…? Yo… – Me sentía torpe, me sentía horrible y miserablemente pobre a su lado. Ella deslumbraba con su presencia, y mi aspecto era más que deplorable. En ese momento deseé estar afeitado, al menos.

– ¿Podría acompañarte hacia donde fuese que te dirigías? – Se me acercó un paso – A no ser que fueses a casa de tu chica, en ese caso…

– No hay ninguna chica – Dije sin perder el tiempo, haciendo que se riese – Iba a mi casa, pero… no creo que tú…

– ¿No crees que me vaya a gustar tu casa? Prueba a ver qué pasa.

– ¿Estás segura? – No sabía por qué le preguntaba eso, lo último que quería era que se lo pensase mejor. Si se lo pensaba mejor iba a irse. Seguro.

– Creo que sí.

Empecé a caminar con ella a mi lado y apenas podía mirar lo que tenía enfrente. Los ojos se me desviaban a su perfil, su bonito perfil. Su piel parecía delicada, estaba seguro de que si se exponía demasiado al sol le haría daño. No hablábamos, solo me dedicaba sonrisas cuando me quedaba mirándola más tiempo del normal. Aunque ahora que lo pienso, no creo que hubiese nada de normal en mi comportamiento hacia ella, no entendía cómo no huía despavorida. Por algún extraño motivo se veía cómoda a mi lado, se la veía… feliz. El paseo hacia mi casa, que normalmente se me hacía eterno mientras me quejaba mentalmente de lo que me dolía el cuerpo, se me pasó en un pestañeo. Abrí la puerta de mi piso un tanto avergonzado, y no es que se cayese a cachos ni que estuviese sucio; es que era muy pequeño. Tan pequeño que lo único que tenía puerta era el servicio. El sofá hacía las veces de cama y la cocina estaba pegada a un escritorio de madera que me encontré en un rastrillo. Además se ubicaba en un primer piso y mis vecinos eran tremendamente escandalosos. En esos momentos parecían estar tranquilos, pero nunca se sabía.

Deslizó la chaqueta por sus hombros y la ayudé a quitársela, cosa que me agradeció con la mirada. La dejé caer en una silla y dejé la mía con mi ropa en el herrumbroso perchero que había junto al escritorio. Se sentó en una de las sillas con cuidado de no arrugarse su traje color granate y me miró mientras cruzaba las piernas. De nuevo me perdí durante unos segundos en la visión de sus níveos muslos y en el deseo que me provocaban, pero volví a la realidad al escuchar su alegre risa.

– ¿Vas a tocarme algo o tengo que pedirlo?

– Ah, sí, ¿no quieres tomar nada? – No tenía que ofrecerle, pero me pareció lo más cortés. Por suerte ella negó con la cabeza.

Me observó sacar la guitarra de la funda con la cabeza ligeramente ladeada, haciendo que su melena cayese hacia el lado derecho de su cuerpo y mostrando el hombro izquierdo. Vi que tenía un lunar justo en la base del cuello. Quise besarlo.

– ¿Sería mucho pedir que repitieses la última canción de la noche?

– Por supuesto que no – Me senté en una silla, frente a ella y un poco avergonzado.

No era lo mismo tocar para un grupo grande de personas y acompañado de la banda que tocar en solitario y para alguien como ella. Me costó arrancar, fue la actuación que más nervios me produjo. Pero como ya sabía, en cuanto comencé a tocar y a cantar desaparecieron los nervios. Tenía lo que llevaba deseando toda la noche, su atención puesta total y completamente en mí. Miraba mis manos moverse por las cuerdas de la guitarra, me miraba a la cara y de vez en cuando miraba mis labios, con una sonrisa que no sabía descifrar. Yo, por mi parte, miré su cuerpo con detenimiento. La luz de la habitación provenía de una bombilla barata de bajo consumo, pero ella parecía deslumbrar como si del sol mismo se tratase, nunca había visto algo tan bello.

– Ha sido precioso – Me alagó cuando acabé la canción, dándome un tímido aplauso.

– Gracias. Es lo único que sé hacer bien, si esto no te gusta…

– Seguro que hay más cosas que sabes hacer bien – Dejé la guitarra a un lado – ¿Sabes? No pensaba hacer esto cuando salí hoy de casa.

– Yo tampoco – Admití riéndome y pasándome la mano por el pelo – Créeme.

Se levantó de la silla y se acercó a mí, situándose a mi lado y mirándome a la cara desde arriba. Noté cómo apoyaba su mano en mi hombro con delicadeza y las yemas de los dedos de su otra mano recorriéndome el mentón. Se agachó sobre mí y rozó levemente mis labios con los suyos, inundándome con su olor, asustándome por lo rápido que me latía el corazón. Esperó mi reacción, pero al ver que era incapaz de moverme volvió a reírse y tiró de mi mano, llevándome hasta el sofá. Me hizo sentarme y la observé dirigirse hacia las ventanas, cerrando las cortinas con sus delicadas manos. Tragué saliva cuando se me acercó de nuevo y me quedé sin respiración al ver que bajaba la cremallera de su traje, dejándolo caer al suelo de mi apartamento. Su ropa interior era de un rojo intenso, y el contraste de ese color con el negro de su pelo y el blanco de su piel hacía de ella un espectáculo digno de admirar. En ese momento pensé que debería de estar entre las maravillas del mundo pero por suerte no se lo dije, ya que probablemente habría arruinado lo que vino después. Con la delicadeza que la caracterizaba cogió mis manos y las acercó a su cuerpo, dejándolas caer en su cintura. Y mientras me acariciaba el pelo mirándome con esos ojos tan bellos, rocé su piel hasta sus caderas con mis manos.

– Eres tan suave – Susurré – Mis manos son demasiado ásperas.

– Te equivocas – Cuando pasé las manos por su firme trasero, me empujó los hombros con sus dedos, echándome hacia atrás en el sofá – Quiero tu aspereza, desde lo ronco de tu voz cuando me cantas hasta lo duro que puedas llegar a ser con una chica como yo en la intimidad – Se puso de rodillas en la alfombra frente a mí y pasó su mano sutilmente por la bragueta de mis pantalones, haciéndome respirar hondo – Y por lo que veo, puedes ser muy duro.

Me quitó el cinturón, quitó también el botón y abrió la bragueta liberando la oprimida erección que tenía desde hacía ya un buen rato. Tiró de mis pantalones y de mis calzoncillos, así que levanté las caderas para facilitarle el trabajo. Observó mi polla erecta, sin tocarla, volviendo sus ojos hacia los míos de tanto en tanto. Se mordió el labio con una sonrisita y se echó el pelo hacia un lado.

– ¿Me ayudas? – Se lo sujeté para que no le molestase pero no pude responderle con palabras, en esos momentos no podía hablar – Eres muy ruidoso en el escenario – Puso las manos en mis muslos – Me pregunto si…

Sentí la caricia de su lengua subir desde mis testículos hasta el glande, repitiéndolo varias veces, excitándome tanto que quizás apreté su pelo más de la cuenta. Movió su lengua en círculos por la punta de mi erección y muy, muy despacio, fue metiéndosela en la boca. Y muy profundo. En ese momento descubrí que lo que dicen de ‘las apariencias engañan’ no puede ser más cierto. Me la agarró suavemente y empezó a masturbarme de tal manera que estaba claro que esa mujer tenía experiencia. Sentía sus labios apretándome, su lengua acariciándome y su mano torturándome mientras me agarraba con fuerza al sofá y a su pelo. Resoplaba, la tuve que apartar porque estuve a punto de correrme en su cara y no quería acabar tan pronto. Siempre sonriendo se levantó y puso una pierna a cada lado de mi cuerpo, quitándome la camiseta para acariciarme el pecho con sus uñas bien cortadas y arregladas. Mientras acariciaba sus muslos muy despacio ella se llevó las manos a la espalda, desabrochando su sujetador y dejándolo caer al suelo de cualquier manera. Pasé mi dedo índice por sus pezones, observando cómo se endurecían con mis caricias y excitándome al verla respirar más rápido de lo normal.

Quería darle placer, quería escucharla gemir, pero no sabía si iba a poder con ello. Apreté su rosado pezón izquierdo con los dedos pulgar e índice y tiré de él mientras pasaba la lengua sobre el otro, observando cómo cerraba los ojos y se le ponían los vellos de punta. Su aroma era dulce, embriagador, embotó mis sentidos. Se dejó caer sobre mi erección, rozándome con la seda de sus bragas cada vez que movía sus caderas. La acariciaba solo con las yemas de los dedos, parecía tan frágil y pequeña bajo mis manos que no me atrevía a más. Pero aún tenía maneras de sorprenderme.

– No me trates como a una muñeca – Me susurró agarrándome la polla de nuevo y pasándome la lengua entre los labios – Normalmente no serías tan considerado con una mujer que te tiene bien agarrado, ¿verdad?

– ¿Qué quieres exactamente? – Pregunté entre jadeos, sintiendo su mano deslizarse por la carne ardiente de esa erección que se negaba a soltar.

– Que me destroces. Quiero que me cueste andar, quiero que me hagas gemir y quiero tener que pedirte que pares.

Si eso era lo que quería no iba a ser yo el que se negase. Apreté su muslo con fuerza y agarrándola de la nuca le metí la lengua en la boca. Fue entonces cuando se le escapó el primer gemido. La tumbé en el sofá, agachándome entre sus piernas y besando su ombligo, bajo su ombligo, sus ingles, y me paré al llegar entre ellas, oliendo su aroma a través del encaje rojo. La miré al pasar mis labios sobre ella, vi sus cejas juntarse y alzarse levemente al sentir mi caricia. Tiré del elástico de su ropa interior, dejándola desnuda ante mí. Comencé a besar sus labios, pero no los de su boca, esos me quedaban bastante más arriba. Pasaba la lengua sutilmente entre ellos, evitando rozar su clítoris. No quería llegar a ese punto aún. Observé su rosada carne, apartando sus labios menores con los pulgares y sonriendo al ver lo mojada que estaba, solo para mí. Introduje mi lengua en su interior, despacio, una y otra, y otra vez. Sabía tan dulce que ni el mejor de los caramelos podría igualarla, se me hacía la boca agua y quería más. Ella tenía que saber la delicia que era, tenía que hacérselo notar, así que después de darle un lametón especialmente intenso que hizo que se agitase, subí por su cuerpo, le agarré la cara y le metí la lengua en la boca besándola profundamente, sintiendo que me iba a reventar cuando gimió contra mis labios.

– ¿Quieres que siga? – Pregunté mirándola a los ojos. Sus mejillas estaban ruborizadas y su respiración acelerada. Asintió mirándome los labios y empujándome hacia abajo.

Puse un dedo sobre su clítoris, no en él, sobre él, para tensar la piel de alrededor y poder lamerlo con más facilidad. En cuanto lo rocé suave y lentamente con la punta de mi lengua, la chica pareció encenderse. Me apretó con sus piernas, me agarró del pelo y se agarró del sofá. La miré sin dejar de acariciarla con mi lengua y justo cuando la mire movió una de sus manos, agarrándose un pecho mientras se mordía el labio. Tenía los ojos cerrados y sus labios se abrieron, de los que salían gemidos tímidos de vez en cuando. Seguí con mi tarea de darle placer, moviendo la lengua en círculos, presionando no demasiado pero lo suficiente y pasé dos de mis dedos por la entrada de lo que con tantas ansias me moría por penetrar, sin meterlos. La chica gimió con los labios apretados, así que volví a hacerlo. Estiró sus piernas, me agarró del pelo y encorvó su espalda echando la cabeza hacia atrás. Dejó escapar un gemido tembloroso mientras sentía que mis dedos se empapaban, e intenté agarrar sus caderas en vano pero se retorcía de placer corriéndose en mi boca. Después de lamer su coño de arriba abajo, de saborearla un poco más, subí por su cuerpo entre caricias, pellizcos y mordisquitos juguetones. Ella respiraba entrecortadamente, tragaba saliva como podía y sus mejillas estaban más encendidas que nunca.

– Ahora espérame preciosa – Me intenté levantar del sofá pero no me dejó.

– ¿Dónde vas? – Me agarró de la mano, le sonreí, estaba ansiosa por que le diese más.

– A por un preservativo, los tengo ahí en—

– No – Tiró de mi muñeca, acercándome a ella – Quiero sentirte a ti. No a un pedazo de goma.

– Pero—

– No – Me acercó a ella con la mano en mi nuca e invadió mi boca con su exigente lengua. Sus labios eran gruesos, se sentía maravillosamente bien besarlos, estaban hechos para eso.

Volví a tumbarme sobre ella, pasando mi mano por su entrepierna. Me rodeaba los hombros con sus brazos, besándome con lujuria y mirándome a los ojos mientras me la follaba con los dedos. Su interior era cálido, suave, me moría de ganas por metérsela y ella no paraba de levantar las caderas hacia mi mano. Me la mojé con los fluidos que empapaban mis dedos y me clavó las uñas al sentir que la rozaba con mi glande, que entró sin problemas. Con el resto tuve que ir más despacio, la chica era realmente estrecha y sentía que si forzaba mi entrada en ella le iba a hacer daño. Me movía despacio en su interior, poco a poco, sintiendo su calor y lo suave que estaba. Me apretaba la polla de tal manera que sabía que no iba a durar mucho en cuanto empezara a moverme en serio.

– Es tan grande… – Me susurró al oído, poniéndome los vellos de punta. Me hizo sentirme enorme, poderoso – La quiero entera.

– Tu coño es demasiado para mí – Apreté los dientes al metérsela hasta el fondo, gimiendo más que ella – Es demasiado… – Repetí moviéndome en su interior, muriéndome de placer.

Ni siquiera quería mirarla porque si miraba su belleza, la perfección de su cuerpo, iba a correrme antes. Me insistía para que fuese más duro con ella, para que le diese más fuerte y rápido. Lo que hice fue sacársela entera y darle la vuelta a la fuerza en el sofá. Le agarré del pelo mientras me abría paso entre sus muslos de nuevo y gemía tan fuerte que me daba la impresión de que iba a venir la policía de un momento a otro. Pero era así como parecía que le gustaba. Ella estaba a cuatro patas ante mí, la agarraba del trasero mientras la embestía de rodillas, con violencia pero despacio. De ir rápido me correría en un instante y quería hacer que disfrutara un poco más. Azoté su trasero, gimió y se rio. Lo azoté de nuevo metiéndosela hasta el fondo, ella me pedía más. Lo repetí hasta que tuvo las nalgas más rojas que sus mejillas, la chica estaba encantada. Solté su pelo y la agarré del cuello, aplastándola contra el sofá y tumbándome sobre ella, follándomela con menos intensidad, más despacio, pero apretándola a mí cuando sentía que llegaba al fondo. Me gimió que le dolía, pero también que siguiese, que no parase jamás.

– ¿Así te gusta? ¿Eh? – Murmuré entre dientes, como pude.

– Sí, sí, sí, me… sí… – Le acaricié el clítoris de nuevo y gritó – No puedo, es… es demasiado.

¿Demasiado? Yo no sabía cómo estaba aguantando para no correrme. El sudor me caía por la espalda; sus muslos y toda la zona de mi entrepierna estaban empapados por sus fluidos, pero la chica me pedía más y yo ya no sabía qué hacer. Cuando dejé de acariciar su clítoris para agarrarla de un pezón, me sorprendió sacándosela del cuerpo, dándose la vuelta y haciendo que me tumbase boca arriba mientras me besaba una y otra y otra vez. Volvió a agacharse por mi cuerpo y me lamió la polla con lascivia, con lujuria y con ansias. Metiéndosela casi entera en la boca y acariciándome las piernas mientras tanto.

– Ahora sabe mejor – Rio después de chuparla ruidosamente.

– Sabe a tu coño – Contesté con una sonrisa.

– Me gusta como sabe, pero quiero saber cómo sabes tú – Despacio volvió a meterla en su cuerpo, mojado, resbaladizo, tremendamente placentero – ¿Quieres correrte en mi boca?

– Quiero tantas cosas – Dije entre gemidos mientras la miraba mover las caderas, mientras observaba sus pechos balancearse. Me metí uno en la boca.

La chica me abrazó, follándome con energía, golpeándome con sus caderas a un ritmo frenético. No podía más, simplemente no podía más. Me corría y se lo gemí entre dientes, observando sus pechos, sus labios, sus ojos en los que me perdía cada vez que los miraba. Cuando mis músculos se tensaron involuntariamente, ella, con una rapidez que me asombró, se agachó masturbándome con sus manos habilidosas, lamiendo mi glande con una cara de viciosa que fue lo que terminó de matarme. Me corrí en su boca, me corrí en sus manos, en su pecho y en su cara. Y la chica lo lamía, se lo tragaba, sonreía mientras yo me sentía morir entre gemidos y espasmos. Había sido el orgasmo más intenso de mi vida y cuando acabé no pude hacer otra cosa que no fuese tumbarme con un brazo ante los ojos, jadeando.

– Ha sido perfecto – Susurró un momento después cuando regresó del servicio con un contoneo de caderas hasta tumbarse sobre mi cuerpo desnudo.

– Tú eres perfecta. ¿Por qué conmigo? Ese tipo que bailó contigo antes… – Acariciaba su pelo, sintiendo la calidez de su cuerpo sobre el mío.

– Ese tipo no me miraba como tú. Veía en tus ojos tu perversión y quise… no sé.

– ¿Cómo te llamas?

– ¿Qué importa eso ahora? Estoy agotada… ¿Dormimos?

No tuvo que decírmelo dos veces, yo ya estaba más dormido que despierto. Pero por otra parte… su nombre importaba. Importaba mucho. Cuando desperté ella se había ido y no tenía ni idea de quién era. Ni si quiera sabía si todo había sido una ilusión de mi creativa mente o qué cojones había pasado. Me asomé a la escalera, me asomé a la calle. Me vestí y volví al bar, preguntando por ella. Pero nadie sabía nada. Noche tras noche iba al bar, a esperar a que ella apareciese por la puerta, necesitaba volver a verla. Su recuerdo me tenía consumido, sabía que no habría otra igual. Cuando una de las noches volvía desesperado a mi casa, metí mis manos en los bolsillos de los pantalones y rocé algo, un papel. Al sacarlo y leerlo el corazón me dio un vuelco.

‘Gracias por darme la mejor noche de mi vida. La recordaré siempre.’

L.S.

Guardé la hoja de papel, resignado a no volver a verla, atormentado con la idea de que solo me quedaba eso de ella: una nota de agradecimiento y unas iniciales. Esa noche no dormí, las siguientes tampoco. Algún tiempo después tocamos en el mismo bar. Subí al escenario sin apenas sentir, desganado, haciendo eso porque de algo tenía que mantenerme. Comenzamos a cantar, la primera fue la canción que le dediqué a ella. Sentía mis ganas de vivir desvanecerse conforme lo hacían las palabras. Un traje granate desaparecía tras la puerta. ¿Lo imaginé? ¿Fue real? Nunca lo sabré. Y no sé si fue el quedarme plantado o el haber siquiera probado el sabor de su piel, pero tenía por seguro que alguna de esas dos cosas fue el peor error que pude cometer jamás.

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