My Clumsy Muse

¿Y la inspiración de esta de donde salió?
Curiosamente de esta foto que parece no tener nada que ver con la trama de la historia
¡Pero sí!

Mi Torpe Musa ‘, que es la traducción del título por si alguien se pierde con esto del inglés, va sobre Eri, mujer de 26 años recién divorciada que se va a vivir de manera “independiente” a un piso de “estudiantes” (que de comillas) llamados Yasu y Taro, amigos de su hermana pequeña Momoko. Y no cuento más. Si queréis saber tendréis que leer.  Para ilustrar (cosa que me encanta) hay imágenes en medio de la historia que vienen perfectas y sacadas del manga ‘Mai Favorite‘, que es de donde también viene parte de la inspiración.

Y como va siendo costumbre, os dejo los personajes de estos mini-doramas que me monto en la cabeza.

MOMOKO
YASU
ERI ♥
Mi Horikita Maki está ultra-hiper-mega-bella en esta foto ♥
TARO-KUUUUN~♥

1

Sonrió para sí misma en la terraza del hostal, con las gafas de sol puestas y disfrutando del calor del medio día. Apenas corría brisa y su melena caía sin apenas moverse tras la silla verde de mimbre en la que estaba sentada. Se sentía tan tranquila y relajada en comparación a la semana pasada que parecía una mujer nueva. Su vida dio un giro de 360 grados y no se arrepentía para nada del cambio.

Recordaba cómo, siete días antes, pisaba decidida y enfadada, sintiendo haber llegado a su límite. Ya no podía más. No es que Hideo no le prestase atención, no es que no tuviera detalles con ella como hacía antes, es que ni siquiera le tenía respeto. Iba derecha a ver a su abogado, se acabó, quería el divorcio. Sus tacones sonaban furiosos por la acera, recordaba que hacía calor y la ropa se le pegaba un poco al cuerpo. La gente sonreía al pasar a su lado, al fin y al cabo era verano, pero ella los sentía distantes. Le daba la impresión de vivir en otra realidad, en desatino con esa felicidad que la gente de su edad solía tener. Llevaba casada solo ocho meses, aunque llevaba siendo novia de Hideo desde que era adolescente. Pero es que al casarse cambió todo.

Recordaba entrar en el despacho de su abogado quitándose las gafas de sol y después de una interminable charla sobre cómo lo iban a hacer, darle los papeles del divorcio. Los firmó allí mismo y se los llevó a su casa. No le iba a poder decir que no, y si se lo decía pensaba irse a vivir sola. Aunque en ese momento no trabajase tenía su carrera, podía intentar encontrar trabajo de lo suyo, tuvo muy buenas notas. Pero claro, se llevó todos esos meses sin trabajar porque supuestamente iba a ser la esposa feliz que te esperaba en casa. Hasta que empezaron a dejar de hablar. Hasta que estaba demasiado cansado. Hasta que no le podía tocar porque era un fastidio y le ponía de mal humor. Y la gota que colmó el vaso fue despreciarle la comida. Vivía por y para él, ella era solo una sombra molesta por su casa y eso iba a acabarse, de una manera u otra. No podía ser tan infeliz con solo veintiséis años.

– Espero que no te pille por sorpresa – Le dijo a Hideo poniéndole los papeles por delante nada más llegar a su casa. Se lo encontró sentado en el sofá. Como siempre.

– ¿Qué mierda es esta? – Y de nuevo ese tono agresivo sin venir a cuento.

– Toma, un bolígrafo. Y tu sello, que no se te olvide – Ojeó los papeles y la miró boquiabierto.

– ¿Quieres el divorcio?

– Quiero ser feliz. Y contigo no lo soy, así que sí, quiero el divorcio.

Se quedó mirando el bolígrafo como si nunca hubiese visto uno. Parecía desorientado, no entendía cómo le podía sorprender cuando habían llegado a un punto que la situación no podía ser más insoportable. Se pasó una mano por el pelo y después de darles muchas vueltas a los papeles, les puso su sello.

– Pero no pretendas quedarte con la casa.

– No quiero nada tuyo, no te preocupes. Ya tengo las maletas hechas, así que ni te molestes – Fue a su habitación, cogió las pocas cosas que tenía y poniéndose la carpeta con los papeles bajo el brazo caminó hacia la puerta.

– Después de tantos años… – Suspiró sin levantarse del sofá.

– No he sido yo la que ha cambiado.

Y Hideo no se levantó. En otros tiempos habría corrido tras ella pero eso era cosa del pasado, por lo que salió a la calle asombrada de no sentir pena ni lástima. Suponía ella que ya había llorado todo lo que tenía que llorar por él. Tampoco estaba feliz, aunque se había quitado un peso de encima. No le quedaba más que la indiferencia y eso era lo peor de todo. Esa misma tarde fue de nuevo a la oficina de su abogado, con prisas y esperando encontrársela abierta. Tuvo suerte y le dio los papeles. Desde entonces llevaba una semana en un hostal, disfrutando de su soledad. Se incorporó en la silla y después de apartar con las manos toda clase de objetos, sacó su teléfono móvil del bolso para llamar a su hermana. Ya iba siendo hora de cambiar su vida.

– ¿Moshi Moshi? – Una voz tranquila y sosegada le respondió al otro lado.

– Momoko, lo he hecho.

-¿Eri chan? – Estaba dormida se casi seguro – ¿El qué has hecho?

– Estoy soltera. Y sin compromiso. Y desde hace una semana, por cierto.

– ¿¡Qué!? – Eri sonrió al escuchar el grito de su hermana – ¿Y qué vas a hacer ahora?¿Estás bien? ¿Tienes dinero?

– Estoy bien, no te preocupes, tengo unos ahorros guardados, ¿no dijiste que compañeros tuyos de la universidad tenían un piso y querían una inquilina? Dame el teléfono que voy a llamarles.

– Vale, pero si te sacan de quicio a mí no me digas nada…

No perdió el tiempo, los llamó y contestó un chico joven que después de hablar con ella unos minutos sobre las condiciones del piso y el precio le dio una dirección. Dejando el dinero en la mesa de la terraza se dirigió a su coche, se metió en él y después de perderse un par de veces, llegó a su destino. No se lo esperaba, pero si algo le había dado quitarse de encima esa angustia con la que vivía eran ganas de hacer cosas por sí misma. A lo mejor la convivencia con gente más joven que ella se le hacía imposible pero necesitaba cambiar de aires. Cierto era que estaba acostumbrada a vivir con Hideo, ya tenía sus costumbres hechas, pero si iba a cambiar lo iba a hacer por completo. Al llegar se quejó ante la ausencia de ascensor, pero en fin, la casa estaba en un primer piso y le vendría bien eso de subir escaleras. Un poco nerviosa llamó a la puerta y esperó toqueteándose los mechones castaños que le caían por encima de los hombros. Le abrió un chico de pelo rizado con mechas rubias apagadas y una sonrisa alegre en el rostro. Sus ojos eran de un cálido tono marrón y vestía de colores chillones. Era solo un poco más alto que ella y claramente más joven. No supo por qué pero le dio buena impresión.

– ¿Eri san? – Ella asintió – Soy Yasu, encantado – Miró tras ella – ¿Y tus cosas?

– En mi coche… ¿No vais a entrevistarme ni nada parecido?

– ¡Eres la hermana mayor de Momoko chan! ¡Claro que no vamos a entrevistarte! Si ella es responsable supongo que tú lo serás más. Déjame las llaves, ya voy yo.

– No es necesario, gracias. ¿Puedo dejar esto aquí? – El chico asintió cogiendo sus cosas y ella se dio la vuelta bajando la escalera con las llaves del automóvil en la mano.

Estaba contenta, no había visto el piso pero al menos no olía mal, cosa importante si iba a vivir con chavales de esa edad. Cogió su maleta de dentro del coche arrastrándola hasta el portal en el que un tipo estaba aparcando su moto. Se le cayó al suelo la bolsa que llevaba en la mano, con todo su contenido dentro.

– ¡Ah! ¡Mierda! – Eri se agachó y cogió los cuatro botes de ramen instantáneo que se alejaban rodando de su dueño – No te molestes, ya los cojo yo.

– No es nada – Le dijo ella incorporándose. Un hombre de ojos oscuros le devolvió la mirada. El casco de moto que tenía puesto estaba viejo y un roto, y vestía como si tuviera el dinero justo para lo que llevaba puesto: unos vaqueros y una camiseta simple de color blanco.

– Gracias – Esbozó una sonrisa con la comisura de la boca, que ella le devolvió.

Eri tanteó dos veces en el aire hasta dar con el asa de la maleta, no podía despegar los ojos de ese desconocido. Se rio avergonzada y se dio la vuelta sintiéndose como una chiquilla. Hacía demasiado tiempo que no se sentía así, pero lo último que quería en ese momento era tener nada con nadie, aunque fuese divertido. Prefería saber qué se sentía al ser libre porque no lo experimentaba desde hacía diez años. Cuando subía la escalera, resoplando un poco por el peso de la maleta, escuchó una risita a su espalda. Miró hacia atrás apartándose el pelo de la cara para ver que era el mismo tipo de antes.

– ¿Necesita ayuda?

– No, no. Puedo sola, gracias.

– De verdad que no me importa.

– No es necesario, en serio. Muchas gracias.

Jadeando, soltó la maleta en el rellano, el chico pasó por su lado y se plantó ante la puerta de la casa de Yasu. Sacó las llaves y abrió canturreando que ya estaba en casa. Sorprendida y antes de que la dejase en la calle, Eri puso el pie en el marco de la puerta, haciéndose daño al intentar él cerrarla.

– ¿Qué haces? – Se volvió bruscamente al escuchar su quejido.

– Por lo menos podías disculparte – Le echó en cara con una mueca de dolor, le había hecho polvo el dedo meñique a pesar de llevar las botas puestas.

– ¡Taro! ¿De verdad le has pillado el pie con la puerta? ¡Es la hermana mayor de Momoko, Eri-san!

– ¡Ah! ¡Yo que sé! No me has dicho nada – Se volvió hacia ella insinuando una sonrisa divertida – Lo siento – Se quitó el casco, dejando al descubierto una mata de pelo negro y liso que le llegaba por debajo de las orejas.

– ¿Cómo iba a decirte nada? ¿Cómo iba saber yo que tú vives aquí? – Preguntó Eri estudiando su rostro.

– Bueno, da igual, ¿estás bien? – Le preguntó Yasu, haciendo que apartase la mirada de esa mandíbula perfecta. Ella asintió – Ven, te enseño tu habitación – Pasó junto a Taro, siguiendo a Yasu por la casa.

Era una casa estupenda: la cocina, el salón y el baño eran las zonas comunes; y las habitaciones no parecían pequeñas. Le encantó la decoración occidental de muebles simples hecho de materiales sintéticos. La cocina estaba situada en un espacio pequeño a la izquierda de la entrada, de muebles blancos y con una mesa del mismo color junto a ella en la que suponía se sentarían a comer. Justo enfrente de la puerta de entrada se ubicaba el pequeño salón, con un sofá verde y usado en el que encontró desperdigados algunos cojines junto a un sillón negro más usado todavía. Frente a estos vio una televisión un poco vieja pero con una consola de última generación al lado y un sinfín de videojuegos. Junto al sofá se encontraba una pequeña terraza por la que entraba mucha luz y la suave brisa de la tarde a través de las cortinas color crema. A mano izquierda, entre la cocina y el salón, se alargaba un pasillo que daba a las habitaciones. La primera a la izquierda era la de Yasu y la primera puerta a la derecha, la habitación más grande, era la de Taro. Pero como ambas estaban cerradas no pudo verlas. La segunda puerta a la derecha era el cuarto de baño, pequeño y también de estilo occidental, con una placa de ducha a lo largo de la pared del fondo tapada con una fina cortina azul. Y la segunda a la izquierda, al fondo, su habitación. No era muy grande pero tenía un buen ventanal que daba a un patio interno por el que entraba el fresco y esperaba que ningún bicho indeseado. Tenía un armario, una cama normal y corriente, un escritorio y unas cuantas estanterías sobre él. Bajo la cama había otro mueble, así que no tendría problemas a la hora de guardar sus pocas pertenencias.

– No sé si te lo ha dicho mi hermana, pero esto es temporal hasta que encuentre un trabajo fijo –Le comentó al chico, que asintió.

– Sí, me ha contado tu situación. El tiempo que pases aquí espero que sea de tu agrado. Oye, si ese estúpido te molesta dímelo – No parecía tener mucho que hacer contra Taro pero le sonrió, no iba a minar su autoestima nada más conocerle. Fue al salón con ellos dos y Yasu empezó a guardar las cosas que había traído su compañero – ¿Otra vez has comprado solo ramen? Te vas a ir de vuelta a la tienda, lo sabes, ¿no?

– ¿Qué tiene de malo el ramen? Llevo un año comiéndolo para cenar, es barato y está bueno. Si le echas un huevo encima–

– ¡Tengo ganas de comer algo en condiciones! – Los miró divertida, se veía que ambos se llevaban muy bien.

– ¿Y que lo vas a cocinar tú? ¿Como la vez que intentaste hacer sushi? Ve tú a comprar y nos ahorramos estas tonterías – Había una gran diferencia de altura entre los dos; Taro le sacaba una cabeza y un poco más a ambos.

– No me importaría ir yo. Os puedo hacer de comer, me gusta cocinar – Los dos la miraron callados, pero sonrieron.

– No hace falta – Yasu se quejó cuando Taro le dio un empujón.

– Eso cambia muchísimo las cosas. Dime qué tengo que comprar y voy en un momento.

– Eso depende de lo que queráis comer – Se pusieron a discutir lo que más ganas tenían y como no se ponían de acuerdo, Eri empezó a hacer una lista de la compra. Cuando la terminó se la dio a Taro.

– ¿Tantas cosas? Vas a tener que venir conmigo Yasu, no voy a poder llevarlo yo solo en la moto, se me va a caer por el camino.

– No puedo ir, tengo un examen mañana y debería estar estudiando, no discutiendo contigo.

– Entonces ven tú – Caminó hacia la puerta señalando a Eri. Antes de que ella pudiese responder estiró la mano hasta la percha y le tiró a los brazos un casco de moto igual de roto que el que tenía puesto.

– Eh… – Le arrojó el casco de vuelta – Mejor vamos en mi coche.

– No te preocupes, no te vas a caer si te agarras – Se acercó a ella más de lo adecuado, devolviéndole el casco – Además no vas a encontrar aparcamiento si lo quitas ahora del sitio, has tenido mucha suerte de dejarlo frente a la casa – Ahí llevaba razón.

– No va muy rápido ni aunque quiera, la moto se le cae a cachos, así que no tienes de qué preocuparte. Antes de que te vayas, toma –  Fue hacia su habitación en una carrerita y vino igual de rápido – Mi parte del dinero de la comida.

– No hace falta – Le empezó a decir pero Yasu le interrumpió.

– No, de eso nada. Aquí cada uno aporta lo suyo, nada de aprovecharse de nadie. No queremos problemas de dinero y de ‘si tú me debías’ y esas cosas, así que coge el dinero y vete. Ya me avisáis cuando sea la hora de cenar.

Se dio la vuelta y se metió en su habitación despidiéndose con la mano. Por lo visto no había más que hablar, Taro la esperaba con la puerta abierta y un gesto de impaciencia. Sabiendo que iba a arrepentirse, bajó a la calle y miró con el casco en las manos cómo se subía en la moto, la arrancaba, y esperaba a que ella se subiese a su espalda. Era tan pequeña que apenas cabían los dos y donde se suponía que debía apoyar los pies encontró unas piezas de metal un tanto destartaladas. No se sentía nada segura quieta en el sitio, menos aun cuando se pusieron en marcha. Era cierto que no iba muy rápido pero daba unos acelerones tan bruscos que se tenía que agarrar a él, quisiera o no, cada vez que le metía puño. Agradeció enormemente bajarse de ese cacharro infernal y no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo a la vuelta con las bolsas, pero ya lo pensaría luego. Estaba muy ocupada en disimular el miedo que había pasado. Taro no dijo nada, o no la escuchó gritar o no quería ser maleducado.

– A ver – Murmuró mirando la lista – Coge una cesta porque menuda cantidad de cosas me has apuntado.

– Claro, si es que no tenéis de nada. Os va a venir hasta bien tener una mujer responsable en casa.

– Nadie ha dicho que eso sea algo malo.

Apartó la mirada de los botes de soja, subiéndola por las piernas de Taro, su pecho, sus hombros, su rostro concentrado que buscaba algo de la lista en la estantería de al lado. Le devolvió la mirada con una sonrisa. A partir de ese momento apenas intercambiaron palabra. Eri se sentía un poco incómoda a su lado, le atraía físicamente y él lo sabía. Decía unas cosas y la miraba de ciertas maneras que no tenían otro fin que sacarle los colores, por lo que se sentía ridícula. Tenía veintiséis, no dieciséis años para que un chavalito universitario le hiciera ponerse tan nerviosa. Una vez atiborrada la cesta, pagaron y se repartieron las bolsas. Taro colocó una a cada lado del manillar y las otras dos se las puso entre las piernas. Eri se sentó tras él.

– Agárralas, se pueden caer en las curvas y tú no te vas a querer soltar.

– No llego – Sí que se había dado cuenta del miedo que le daba, ‘que vergüenza’.

– Acércate más – Tiró de sus muñecas y le acercó las manos a las bolsas. Esa manera de tocarla como si no pasase nada, como si tuviesen confianza, le estaba poniendo de los nervios – ¿Ves como llegas?

– No voy muy cómoda – dijo con la cabeza apoyada en su espalda.

– Yo tampoco, pero no hay otra manera.

– La próxima vez vamos en mi coche.

Apoyaba los brazos en los muslos de Taro, que aguantaba las bolsas con los pies; ella las agarraba de las asas. Sentía el calor de su cuerpo, y sabía que si subía un poco las manos tocaría donde no debía. Eri emitió un sonido parecido a un quejido mientras arrancaba, agitada por dos motivos bien diferentes. El camino se le hizo igual de largo por la incomodidad más que por el miedo. Nada más parar soltó las bolsas y se bajó de la moto con prisas, quitándose el casco y cogiendo las compras que él le ofrecía. Subió sin mirarle a los ojos y esperó a que abriese la puerta. Guardaron la compra en silencio, dejando fuera lo que iba a usar para la cena de esa noche. Cuando comprobaba que la arrocera funcionase, su teléfono le vibró en el bolsillo. Fue a su habitación a contestar, huyendo de ese hombre.

– ¿Ya estás instalada? – Preguntó su hermana al descolgar mientras se sentaba en la cama.

– Sí, más o menos. He ido a comprar nada más llegar, estos chicos no tenían de nada.

– Son buenos, no te dejes llevar por la primera impresión, ¿ha sido mala?

– No, parecen simpáticos. Pero son muy jóvenes, ¿no?

– Yasu tiene mi edad – Eso eran unos tiernos veinte añitos recién cumplidos – Pero Taro es más mayor que tú, idiota.

– ¿En serio? Creía que iba a la universidad.

– No, él no. Él… trabaja.

– ¿En qué? – Le pintaba todo de un misterioso que se moría de la curiosidad.

– Que te lo cuenten ellos – Que su hermana se estuviese riendo no sabía si era una cosa buena – Mañana me pasaré por allí. Tengo que quedarme hoy estudiando, tengo un examen importante.

– Yasu-kun también está en ello. Te dejo, quiero empezar a hacer la cena.

– Oye, ni se te ocurra mal acostumbrarlos como hiciste con Hideo.

– No me molesta hacerles de comer. De momento.

– Tú sabrás. Ya nos vemos mañana.

– Suerte con el examen, descansa.

Antes que nada, guardó y organizó sus cosas. Fue una tarea que no le llevo mucho tiempo pero al ver el espacio con sus objetos personales se sintió más a gusto. Cuando salió de su habitación no había ni rastro de los chicos y del cuarto de ambos le llegaba músicas muy distintas. Del de Yasu escuchaba música instrumental, bandas sonoras probablemente; del de Taro le llegaba la melodía de algún grupo rock que le sonaba de algo. Con esos dos acompañamientos de fondo les hizo una buena y consistente cena, la verdad es que tenía ganas de cocinar. En el hotel estuvo de lo más relajada pero estar inactiva tanto tiempo no iba con ella. Cuando estaba casi terminada escuchó una puerta abrirse y vio a Yasu acercarse a ella con los ojos cerrados.

– Huele como la comida de mi madre, no sabes lo feliz que soy – Devoraba con los ojos lo que ya estaba preparado y servido – ¡Y que pinta!

– Pon la mesa y deja las manos quietas – Eri le apartó las manos, entre risas.

– ¿Y Taro? ¿En su habitación? – Ella asintió – Estará trabajando, ya saldrá cuando quiera.

– ¿En qué trabaja? – Preguntó muerta de curiosidad.

– Se dedica a dibujar mangas no muy famosos pero que se venden bien.

No se lo esperaba, no le daba esa imagen. Pero ahora se explicaba esa pinta de no tener dinero, probablemente ganaba lo justo. Yasu charlaba por los codos y preguntaba mucho, incluso demasiado. Cenaron sin Taro, de hecho esa noche no le volvió a ver hasta que salió del cuarto de baño después de lavarse los dientes. Cuando estaba cerrando la puerta del baño, él abría la suya con una mano en la nuca y moviendo el cuello hacia los lados.

– Solo tienes que calentarte la comida – La miró y asintió – ¿Te da igual comer solo?

– Sí, estoy acostumbrado. Buenas noches Eri-san – Volvió a sonreírle de esa manera tan atractiva y le perdió de vista al doblar hacia la cocina. Se quedó plantada en el pasillo hasta que escuchó una risita.

– ¿Te gusta? – Le susurró Yasu yendo hacia el cuarto de baño. Eri se rio y le dio las buenas noches al chico sin contestarle.

No es que le gustase, era evidentemente atractivo pero ahí se quedaba la cosa. Ella no quería relaciones, no quería volver a meterse en lo mismo y ese tío parecía de todo menos estable. Y tampoco quería dejarse llevar por esa atracción porque podría dificultar la convivencia, traería más problemas que beneficios. Más le valía conservar las bragas en su sitio durante un tiempo, al menos dentro de ese ambiente.

Si conocía  a otra persona… quién sabe, hacía tiempo que disfrutaba de una noche loca de pasión. Llevaba sin tener relaciones sexuales casi tres meses a pesar de haber estado casada la mayor parte de ese tiempo. E incluso alargaría la cuenta, porque desde hacía siete meses Hideo parecía tocarla sin ganas. Ya no se acordaba que era sentirse deseada, lo echaba de menos… se preguntó si aún le parecería atractiva a los hombres como cuando era adolescente. Suspiró y se giró en la cama, mirando por la ventana y escuchando a los grillos darle las buenas noches.

A la mañana siguiente se levantó llena de energía, la casa permanecía en silencio al ser tan temprano. Al salir de la habitación vio la puerta del cuarto de Yasu abierta y se asomó a curiosear. Era una habitación limpia y ordenada, llena de libros, con una cama pequeña y un escritorio lleno de folios. El cuarto de Taro estaba cerrado y no se escuchaba ningún sonido, así que desayunó intentando no hacer ruido. No sabía si estaba dormido o si no estaba en casa directamente. Al terminar, cogió ropa limpia directa a darse una ducha fría, hacía un calor horrible. Estaba enjabonándose con el grifo cerrado tras las cortinas azules cuando escuchó la puerta abrirse seguida de un bostezo escandaloso. Se le había olvidado echar el pestillo, estaba acostumbrada a vivir con Hideo y con él no tenía que encerrarse.

– La próxima vez llama antes de entrar – A la misma vez que dijo eso escuchó el indiscutible sonido de un chorrito caer desde las alturas.

– ¡Ah! ¿Eri-san? Lo siento, la falta de costumbre, ya mismo acabo, creo – Pero pasó lo que a ella le pareció una eternidad. Le estaban entrando ganas de reírse pero no fue hasta que no le escuchó a él que no se atrevió a reír en voz alta por no ofenderle – Buenos días – Añadió con voz divertida antes de salir del baño.

Aún con la sonrisa en el rostro terminó de enjabonarse. Abrió el grifo de la ducha y se quedó un ratito con los ojos cerrados, disfrutando del chorro de agua fría en su pecho. Cuando lo cerró y se escurrió el pelo dispuesta a salir, volvió a escuchar la puerta y dio un respingo con la cortina de la ducha en la mano. Asomó la cabeza, estaba sola. Quizás había sido su imaginación… o quizás no. Se puso nerviosa solo de pensar sobre haber sido espiada y no estaba muy segura de si le gustaba o no la idea. Se vistió todo lo rápido que pudo y se arregló frente al espejo. Cogió su neceser, la ropa sucia, las toallas y se metió en su cuarto sin mirar al otro lado del pasillo. Se vistió y secó el pelo en su habitación, observándose en el espejo que había tras la puerta. Se contrataría a sí misma.

Al salir de la habitación llevando su bolso y una carpeta con copias de su curriculum, se encontró a Taro en pijama sentado en la mesa de la cocina. La miró de arriba abajo con una sonrisita de medio lado mientras se sacudía las migajas de las tostadas de los dedos.

– ¿Puedo preguntar dónde vas tan elegante?

– A buscar trabajo, espero tener suerte.

– Espero que la tengas – Eri pasó por su lado y agarró el pomo de la puerta – Por cierto, una de las mejores cenas que he comido nunca. Muchas gracias.

– Ahm, de nada – No sabía por qué estaba tan contenta. Era consciente de lo bien que cocinaba, no era nada nuevo. Y aun así se sintió halagada y feliz.

Cerró la puerta un poco nerviosa, sin entender que ese tipo despertase tantos sentimientos en ella. Se repetía a sí misma que solo era una cara bonita, que no lo conocía y que se tenía que dejar de tonterías. Pero cada vez que le sonreía o le hablaba su cerebro parecía desconectarse y sus hormonas, que estaban revolucionadas, tomaban el control de la situación. Tenía que echar un polvo, como fuese. O podría recurrir a otras cosas… Cuando acabó de repartir sus curriculums por prácticamente todas las oficinas turísticas de la ciudad, se acercó a una tienda que conocía pero en la que siempre le dio vergüenza a entrar. Estaba un poco escondida pero la dependienta fue amiga suya cuando iba al colegio y un día que coincidió con ella en el metro le comentó lo del negocio, pidiéndole que se pasase alguna vez. Jamás pensó que fuese a entrar de verdad.

– ¡Bienvenida! – La saludó por inercia al verla entrar, entonces una sonrisa se dibujó en su rostro y salió de detrás del mostrador para darle un abrazo – ¡Eri chan!

– Hola Haruka, estas preciosa.

– ¿Qué haces tú por aquí? No me digas que vienes a comprar – Eri le sonrió con timidez – Aaah… ya veo, tu marido se pone travieso, ¿eh?

– No, nos hemos divorciado – Su amiga puso cara de circunstancia – Pero no te preocupes, estoy bien. Por eso estoy aquí, porque estoy bien pero podría estar mejor.

– Así que lo que tú quieres es algo que te haga compañía por la noche.

– No lo digas así, suena…

– A lo que es, ¿cómo lo quieres? ¿Grande, mediano o pequeño?

– Ah, no sé, depende…

Pasó cerca de media hora mirando y tocando con un poco de vergüenza lo que su amiga le iba mostrando con toda la naturalidad del mundo. Al final terminó llevándose uno más bien pequeño que Haruka le recomendó. Mientras pagaba miraba de reojo la lencería, los lubricantes y los juguetes que tenía en el mostrador.

– ¿Vienen muchas chicas? – Le preguntó con curiosidad.

– Más de las que te imaginas, y compran de todo. Desde consoladores como el que tú te llevas hasta porno y juguetes para sus chicos. Cada vez hay menos vergüenza y tú no deberías de ser tan recatada. Espera, que te doy una bolsa, no querrás ir con la caja de eso en la mano por la calle – Se agachó tras el mostrador y al levantarse miró por encima del hombro de la chica y sonrió – ¡Por fin! Tus seguidores no paraban de meterme prisa.

– ¿Eri-san? – Se dio la vuelta bruscamente para encontrarse con Taro de frente – No imaginaba que te gustaban estas cosas… rosa, ¿eh? – Señalaba el consolador con esa sonrisita que tan loca le traía.

 

2

– ¿Os conocéis? – Preguntó Haruka visiblemente divertida ante la vergüenza de Eri, que guardaba el juguete en la bolsa con prisas.

– Sí, somos compañeros de piso – Aclaró él riéndose y dejándole un taco de folios en el mostrador –  Probablemente te traiga algo más y pronto, estoy inspirado últimamente.

– No sabes la de clientes que tiene, la gente se mata por conseguir hentai sin censura. Y el de Taro es realmente bueno – Lo ojeó entre risitas – Madre mía, te superas por momentos.

– Espera a ver el que te estoy preparando. Te lo van a quitar de las manos.

– Yo me voy ya. Muchas gracias Haruka – Eri intentab no mirar a su compañero de piso.

– ¡Espera! ¿Vas a casa no? – La agarró del hombro, ella le miró de reojo – Vamos juntos, que he venido en metro y no sabes lo caros que están.

– Vente en dos días que ya tendré tu dinero – Le dijo Haruka – Ya hago yo las copias, tú sigue así, con tu trabajo es con lo que más pasta saco.

Se despidieron de ella y salieron de la tienda. No hablaban pero Eri sentía que Taro la miraba de vez en cuando y le escuchaba reírse por lo bajo. Al subirse en el coche, dejó la bolsa en el asiento trasero y se puso el cinturón. Tampoco habló con él de camino a la casa, hasta que le vio girarse en el asiento y coger la bolsa.

– ¡Suelta eso! – Ordenó sin querer apartar la vista de la carretera.

– Déjame verlo, ¿Qué más te da? Ya sé que te lo has comprado, ha pasado lo peor, ¿no? – Eri chasqueó la lengua ante su risita y apretó el volante con fuerza, avergonzada y enfadada al mismo tiempo – Qué pequeño es… ¿vibra?

– No lo sé… sí, supongo que sí… eso dice Haruka.

– Es la primera vez que te compras uno, por lo que veo – Le dio un codazo. Para su horror lo sacó de la caja y le puso las pilas – Ya me dirás si te enteras o no. Si me puedes explicar lo que sientes hasta mejor, sería un material de primera mano para dibujar, ¡Wow! ¡Sí que vibra el pequeño! – Eri dio un respingo y un gritito cuando le rozó la cintura con el consolador vibrando a toda potencia. Taro se reía a carcajadas.

– Guárdalo ya. Eres un maleducado y un irrespetuoso. No deberías de tocar las cosas que no son tuyas. Y no pienso explicarte nada, no sé quién te piensas que soy pero–

– Venga, no te enfades, solo quería reírme un ratito – Lo paró y lo guardó en la caja, dejándolo de nuevo en el asiento trasero – Ya le preguntaré a Haruka, ella siempre me lo cuenta todo al detalle – Se quedó callado un buen rato hasta que le escuchó reírse entre dientes mientras la miraba aparcar.

– ¿De qué te ríes ahora? – A pesar de estar molesta quería saber lo que ese hombre tenía en la cabeza.

– No quiero decírtelo, te vas a enfadar, eres demasiado remilgada para escucharlo – Abrió la puerta del coche y se bajó.

– Oye – Cogió la bolsa y se puso a caminar a su altura, esa vez no pudo dejar el coche al lado de la casa – Me molesta un poco esas libertades que te tomas. No sé si estás queriendo insultarme o qué pretendes, pero ya vale, no me gusta.

– ¿Ves? No puedo decirte las cosas como son porque te ofenden. Creo que deberías de abrir la mente, tocar a las personas no es algo malo y el sexo no es algo de lo que estar avergonzado.

– No me digas que eres de los que piensan en el amor libre…

– No, pero sí pienso que puede existir la amistad con sexo sin sentimientos de por medio.

– Un hombre quizás, una mujer imposible.

– ¿Ah no? Pregúntale a Haruka o a cualquiera de mis amigas entonces – Eri le miro con las cejas arqueadas en un gesto sorprendido – ¿Qué? No me paga solo con dinero – No volvió a hablarle de nuevo hasta que no llegaron a la casa.

Le daba vergüenza admitirlo, pero estaba escandalizada con la forma de comportarse de Taro. No le conocía de nada y hablaba de sexo con ella como el que estaba hablando de ir a trabajar al día siguiente. Pero claro, teniendo en cuenta que él vivía del sexo tampoco era algo tan descabellado que le pareciese algo natural. Al llegar a la casa fue directo al frigorífico, cogiendo las sobras de la noche anterior.

– ¿Te importa que me lo coma o estas demasiado enfadada?

Eri le ignoró, no quería seguir su juego. Fue hasta su habitación, guardó la bolsa en el armario y se empezó a cambiar. Esperaba que la convivencia con Taro mejorase, no iba a ser agradable si cada vez que le veía se ponía así de nerviosa. Se quitó la chaqueta dejándola en la percha, dejó caer la falda y se estaba quitando la camisa blanca de botones cuando Taro abrió la puerta de par en par.

– Oye, no te enfades, no quer—

La sonrisita con la que le estaba hablando desaparecía conforme la miraba de arriba abajo con detenimiento. Con mucho detenimiento. Intentó cubrirse la ropa interior como pudo con la camisa que tenía en las manos, pero él siempre acertaba a mirar allí donde no podía cubrirse. Y sin ningún pudor le miró el contorno de las caderas y el trasero mordiéndose el labio.

– ¡¿Te importa?! – Gritó ella metiéndose tras la puerta del armario.

– Estás mucho más buena que tu hermana.

– ¿¡Que mi hermana?! ¡¿Qué coño estás diciendo?! – No sabía por qué estaba tan histérica, solo era un tipo mirándola en ropa interior – ¡Lárgate!

– Jamás pensaría que una mujer me podría poner cachondo con la ropa puesta – No se lo podía creer, estaba entrando en la habitación y caminaba hacia ella con toda la tranquilidad del mundo.

– Taro, por favor… – Acercó sus manos a ella, sus enormes manos. La miró a los ojos brevemente, con esa mirada penetrante. Y sonrió de nuevo mirándole los pechos, con esos labios gruesos, húmedos y entreabiertos. Eri se agarraba a las baldas del armario con una mano tapándose torpemente los pechos.

– ¿Eres sensible? – Ella le miró sin comprender mientras él le quitaba la camisa de las manos. Estaba demasiado nerviosa para unir un pensamiento con otro – Quiero decir… ¿Te excitas con facilidad? Porque da toda la impresión de que así es.

– Taro, vete de la habitación – Sentía su mirada recorrerle el cuerpo.

– ¿En serio? – Ella asintió sin mirarle – No tengas tanta vergüenza de enseñar tu cuerpo, eres preciosa.

Hasta que no le escuchó andar por el pasillo y que la puerta de su cuarto se cerraba, no se movió de donde estaba. Se iba a tener que mudar, iba a tener que irse de allí, no podía quedarse junto a ese hombre más tiempo. Era una atracción demasiado grande, una tentación en la que iba a terminar cayendo. Se dio la vuelta y se puso una camiseta de pijama y unos pantalones cortos. Salió con precaución de su habitación y fue hasta la cocina, a prepararse el almuerzo. Lo hizo a toda prisa para evitar encontrarse con él, que no salió en el resto del día. Casi eran las ocho de la tarde cuando escuchó la puerta de la calle cerrarse y la risa de su hermana. Fue directa al salón, la agarró de la muñeca y la metió en su habitación.

– ¿Has follado con Taro? – Preguntó sin dar rodeos tras cerrar la puerta.

– ¿Qué? ¿Qué estás diciendo? ¿A qué viene esto? Nunca he tenido relaciones con nadie y lo sabes.

– ¿Entonces por qué me ha dicho que estoy más buena que tú?

– Ahm… – Su hermana la miraba como si estuviese loca sin decir nada, con una ceja levantada – ¿Porque le gustas, quizás?

– Me ha visto en ropa interior y me ha dicho que estoy más buena que tú, ¿qué significa eso? – Se comenzaba a desesperar. O no se explicaba o ella no le entendía.

– Ah, bueno, él me ha visto en bañador. A lo mejor es por eso…

– ¿Pero no te lo has tirado?

– Oye, oye – Se reía poniéndole las manos en los hombros – Siéntate, relájate, estás histérica, ¿qué es eso de que te ha visto en ropa interior? – Le explicó a su hermana lo que le pasó al medio día, Momoko no dejó de sonreír durante todo su relato – Ya me había dicho Yasu algo de que había tensión sexual entre vosotros.

– ¿Qué dices? ¡Eso no es cierto! El pervertido es él, ¿yo qué culpa tengo?

– A ti te gusta. Si no, no me habrías preguntado con tanta insistencia si me había acostado con él. Aunque por lo que tengo entendido somos unas de las pocas que no lo han hecho.

– Ya, eso me lo imagino – Resopló recogiéndose el pelo con un lazo – Lo único que sé es que no me puedo quedar aquí.

– Oh, venga ya. En ningún sitio vas a estar mejor, los conozco, son buenos chicos. Eso de que Taro te acose no está tan mal, puedes usarlo para desahogarte, no va a quejarse.

– ¿Por qué todos habláis del sexo como si… como si…?

– ¿Cómo si fuese algo normal? Porque lo es.

– ¿Entonces por qué no lo practicas?

– Porque no hay candidatos aceptables. Y el que yo quiero es imposible porque ya tiene novia – Se lo comentó como si fuese evidente.

– Y ese es Yasu, claro…

– Calla – Se llevó las manos a la cara, riéndose como la adolescente que aún era a pesar de tener veinte años.

– Vamos con él, el pobre está solo en el salón.

Eri se disculpó por llevarse a su hermana tan bruscamente pero no parecía ofendido en absoluto. Estaba jugando a la consola y le ofreció un mando a Momoko. No pasó mucho hasta que Eri se aburrió de mirarlos, por lo que se levantó y empezó a preparar la cena charlando con ellos. Cuando fue hacia el frigorífico, mirando la pantalla y riéndose de los gritos que daba su hermana cada vez que perdía, vio con el rabillo del ojo que la puerta del cuarto de Taro se abría. No quería mirar, pero inevitablemente lo hizo. Y aunque no hubiese querido, se acercó a ella con determinación, casi empujándola contra la mesa y poniendo sus manos en las costillas de la chica, justo debajo de sus pechos. No se los cogió pero se los levantó con los pulgares, tenía un lápiz entre los dientes y los dedos llenos de tinta.

– ¡Taro-san! ¿Qué…? – Exclamó Eri, aún con el susto en el cuerpo. Los chicos habían incluso parado el juego – ¿Qué haces? – Le empujó por los hombros, pero él se quitó sus manos de encima con un gesto brusco y siguió concentrado en mirarle los pechos con el ceño fruncido.

Eri miró a su hermana, que observaba la escena riéndose en silencio con Yasu. Taro agarró su camiseta por la parte de la espalda y tiró, haciendo que se le pegase al cuerpo.

– Hmmm… – La miró a la cara, se sacó el lápiz de la boca y le sonrió, agarrándola de la barbilla y haciendo que mirase hacia el lado – Qué manera más linda de recogerse el pelo – Y tal y como vino, se fue. Eri se puso bien la camiseta mirando la puerta del cuarto de su impetuoso compañero de piso.

– Creo que estaba cogiendo ideas para trabajar – Susurró Yasu dándole un codazo a su hermana pequeña, que se rio asintiendo.

– No, no va a dibujar nada basado en mí.

– No es que esté en tu mano esa decisión – Momoko no paraba de reírse y ella no veía dónde estaba la gracia.

– ¿Ves por qué no me puedo quedar aquí?

– ¿Te vas a ir por su culpa? No seas tonta, es inofensivo. Es que no piensa las cosas cuando las hace.

Él bien podría ser inofensivo pero Eri no sabía si iba a poder contenerse de volversele a acercar de esa manera. A más le observaba, más atractivo se le hacía, y cuanto más le provocaba y le enfadaba más ganas le entraban de que siguiese con el juego. Pero no podía hacer eso, eran compañeros de piso y por más que él dijese que existía el sexo sin amor ella no compartía ese pensamiento. Se terminaría pillando por él, y eso era lo último que quería. No volvió a hablar en casi toda la noche, demasiado absorta en sus pensamientos aunque su hermana intentase darle conversación. Cuando ya se iba, Yasu bostezaba.

– Mañana hay un festival de verano, ¿Vamos los cuatro juntos? – Sugirió Momoko poniéndose tímidamente los mechones de pelo rosa tras las orejas – Aunque no sé si Taro seguirá trabajando…

– Yo no puedo, ya he quedado con mi novia – Yasu no la miraba a la cara.

– Pues vamos tú y yo juntas – Propuso Eri de inmediato, no quería que Yasu notase cómo la pena se reflejaba en la cara de Momoko.

– Vale… pues… me voy ya. Buenas noches.

– Ve con cuidado – Se despidió cerrando la puerta. Al volverse vio a Yasu apoyado en el marco de la puerta, mirando al suelo con el semblante serio – ¿Qué pasa?

– Creo… creo que le gusto a tu hermana – Enredó los dedos en sus rizos, dándoles vueltas y mirando al suelo.

– Pero acabas de decir que tienes novia, ¿no? – El chico suspiró y la miró. Si ella tuviese veinte años también habría caído rendida a sus pies; el típico chaval de cara bonita.

– Es igual, buenas noches Eri-chan. Gracias por la cena, estaba increíblemente buena – Otra vez ese sentimiento de realización por unas simples palabras.

Creía que esa euforia le venía de la falta de costumbre de que le dijesen ese tipo de cosas, lo que no dejaba de ser triste. Se cepilló los dientes y se metió en la cama, suspirando y con los grillos de fondo. Cuando se estaba quedando dormida le pareció escuchar unos nudillos pidiendo paso a su habitación, pero como estaba adormilada no estaba segura. Se sentó en la cama y escuchó un ruidito seseante proveniente de la puerta. Unos segundos después, escuchó otra cerrarse. Encendió la lamparita y se levantó para encontrarse a los pies de la cama un folio con algo escrito. Al cogerlo vio que no era tal, era bastante más grueso y había algo más que palabras:

“Me has dado ideas desde que te vi, pero es que lo de hoy ha sido realmente inspirador. Espero que a la señorita remilgada no le moleste mi actitud, no era mi intención ofenderte en ningún momento pero estás demasiado buena y sigo demasiado mis impulsos. Soy un animal, lo siento. Por si te daba curiosidad, lo que te quería decir en el coche es que serías perfecta como personaje protagonista de un hentai, y sigo pensándolo. Ah, por cierto, a lo mejor me he pasado con la talla. Tus tetas no son tan grandes y lo sé, pero es lo que vende. Si te gusta, házmelo saber.”

Con un poco de miedo le dio la vuelta a la hoja de papel y se encontró con un dibujo. Claramente era ella, era su ropa interior, el dibujo era exacto. La situación era la misma que la de esa mañana, indudablemente en su habitación. La chica aparecía con la camisa a medio quitar y un chico entraba en la habitación encontrándosela medio desnuda. Y tenía el pelo recogido exactamente como ella en ese momento.

Menudo idiota’, pensó con una sonrisita. No se sentía ofendida. No estaba enfadada. Se sentía halagada en realidad, hasta le gustó verse dibujada de esa manera tan sexy. Le dio la vuelta al papel y escribió: ‘Eres un cerdo, pero te falta la barba y te has puesto el pelo demasiado corto’. Salió de la habitación sin hacer ruido, el pasillo apenas se iluminaba con la luz de la luna que se colaba entre las cortinas de la ventana del salón. Se agachó ante la puerta de la habitación de Taro, metió el folio por debajo y se arrepintió al momento porque se dio cuenta de que tenía la luz encendida. Además escuchó una carcajada. Se puso en pie y fue con prisas a su habitación. No le dio tiempo a llegar, escuchó abrirse la puerta del cuarto de Taro y sintió que la agarraba del brazo dándole la vuelta.

– ¿Quién te ha dicho que ese soy yo? – Susurró mirándola muy cerca. Demasiado cerca. No tenía nada puesto por encima, solo los pantalones del pijama. Ella tenía ambos brazos dejados caer a los lados de su cuerpo.

– Es evidente que esa soy yo… así que pensé que… – Alternaba la mirada de sus ojos a sus labios, sentía el corazón golpearle en el pecho con fuerza.

– Vente a mi cuarto – Eri puso la palma de su mano entre los dos, nunca le habían puesto tan nerviosa con solo una frase.

– Buenas noches Taro.

– ¿Me lo vas a poner difícil? – Se rio dándole un pellizco en el culo cuando se dio la vuelta, yendo tras ella.

– ¡Oye, ya vale! – Le gritó volviéndose como una fiera – ¡No se qui–

Taro le puso las manos en las caderas y la empujó contra la pared del final del pasillo, presionando sus labios contra los de ella, que se abrieron de inmediato dándole la bienvenida a su lengua. Se tomaban su tiempo para saborearse, ella le agarró del pelo asombrada porque eran unos besos totalmente diferentes a los que estaba acostumbrada aunque a la vez la sensación fuese familiar. De lo que no se acordaba es de cuanto podían mojársele las bragas con solo un beso.

– Vente a mi cuarto – Le volvió a repetir en susurros cuando llevaban casi un minuto con las lenguas enredadas, pecho con pecho, tirándose del pelo y mordiéndose. Taro no dejaba las manos quietas en un sitio, las movía de su cintura a los pechos, de ahí a su trasero y vuelta a empezar.

– No, no, no, no, no puedo hacer esto – Le empujó por los hombros y sin sonar muy convincente, motivo por el que él volvió a pegarse a ella, lamiéndole el cuello y mordiéndole los labios.

– Es solo sexo, Eri-chan. Tienes tantas ganas como yo – Sus manos bajaron y tiraron de sus pantalones hacia abajo y de los suyos propios también. Sintió durante unos instantes cómo le rozaba el clítoris con su glande, pero ella le empujó con su cuerpo.

– ¡No! – Esa vez su voz sonó más segura, y Taro se dio cuenta. Suspiró.

– ¿No te vas a arrepentir? – Eri se puso bien los pantalones – Vale, pero si cambias de opinión, ahí estaré – Se pasó la mano suavemente por la entrepierna, dejando escapar el aire entre los dientes sin dejar de comérsela con los ojos. No quería mirar, pero mucho se temía que no se la hubiese metido dentro de los pantalones – De todas maneras, gracias, todo esto que hemos hecho creo que también se puede considerar… inspirador.

Se metió en la habitación, sofocada, muerta de calor y cachonda como una perra en celo. Se moría de ganas por follárselo, quería tocarle, quería tantas cosas… pero no podía ser, eso no iba con ella. Nunca había hecho algo así sin conocer a la persona, era una locura. Se sentó en la cama y se paró a pensar. Se decía a sí misma que quería cambiar su vida pero sin embargo seguía con las mismas costumbres, haciendo las mismas cosas. Pero es que sus dilemas morales la estaban volviendo loca. Tenía que dejar de pensar así. De hecho, debería ir al cuarto de Taro y hacerle el amor toda la noche. Se llegó a levantar de la cama, pero se arrepintió al tocar el pomo de la puerta. Era una locura. Y hablando de locuras…

Se acercó al armario y cogió la caja, sacando el consolador que se había comprado esa mañana. Se acordó de que él lo tuvo en sus manos, lo estuvo tocando. Lo puso a vibrar del modo más suave y se sorprendió del ruido que podía hacer aquel pequeño monstruo en el silencio de la noche. Lo apagó al instante y lo volvió a meter en la caja, muerta de vergüenza porque cualquiera de los dos chicos la hubiese oído. Se metió en la cama y se tapó casi hasta arriba, con el corazón aun latiéndole con intensidad en el pecho. Le daba la impresión de que nunca le habían besado con esas ganas, de que nunca le habían tocado con tanta lujuria. Y ese hombre era tan atractivo, tan alto y tenía unas manos tan fuertes… esa noche no le hizo falta el consolador y hasta los grillos enmudecieron impresionados con el espectáculo.

A la mañana siguiente se despertó con el timbre agudo e insistente de su teléfono. A pesar de ser sábado quería repartir unos cuantos currículos más, así que se obligó a levantarse de la cama. Cuando iba a salir para ir al baño pisó algo. Otra hoja de papel bajo la puerta.

Ni si quiera me hace falta que me lo confirmes, estoy seguro de que es lo primero que hiciste al meterte en la cama. La próxima vez deja que te eche una mano. O dos. Ya sabes lo que tienes que hacer si te gusta… Sigo esperándote.’ 

Le dio la vuelta a la hoja, esta vez era un dibujo más subido de tono. Era una chica, supuestamente ella, masturbándose en la cama e intentando no gemir.

Le sacó una sonrisa, había dado en el clavo. Se preguntó si él también se habría masturbado a la misma vez. Eri le dio la vuelta al papel y escribió:

‘Sigue así y sacarás mucho dinero. Pero no debería de volver a pasar lo de ayer. Lo siento si malinterpretaste algo, no era mi intención’

Suspiró y se acercó de puntillas, escuchando antes de pasar el papel bajo la puerta. Se puso en pie y fue al servicio, a ducharse – esta vez con el pestillo echado – y a arreglarse para ir de nuevo a dejar su historia laboral por allí por donde le dejaban. Le llevó toda la mañana y como estaba tan cansada se compró comida de la calle. Al llegar se encontró a Yasu jugando a la consola y al tener de más, compartió su almuerzo con él.

– ¿Ha salido de la habitación o sigue dibujando? – Le preguntó dándole vueltas a los fideos fritos.

– Creo que está durmiendo – Murmuró el chico mirando la pantalla, concentrado en el juego – Normalmente dibuja de noche y duerme de día pero últimamente no estaba muy centrado en su trabajo. Me alegro de que se haya puesto de nuevo, es bueno para él y para el alquiler de esta casa.

– Entonces no coincidís apenas, ¿no?

– Tú sabes, hay veces que directamente se lleva días sin dormir, solo le pasa cuando está muy inspirado, que normalmente es cuando conoce a una chica nueva. No diría que es coincidencia que esté trabajando ahora tantísimo – La miró entre risas.

– ¿Tiene muchas novias o simplemente se las tira?

– Más bien lo segundo. No quiere nada serio con nadie, o al menos eso dice él. Tiene una teoría que… bueno, da igual, no quiero ofenderte.

– No, no, dímela. Si a estas alturas ya lo que salga de su boca voy predispuesta a que me ofenda – Le dijo sonriendo, Yasu dio una carcajada.

– Dice que trata a las mujeres como las mujeres lo han tratado a él. Por lo visto en cuanto se enteraban de que no tenía dinero todas se apartaban de su lado, por eso ahora se dedica a tirárselas y si te he visto no me acuerdo. Lo que dice más exactamente es que trata a las zorras como lo que son. Te lo digo para que vayas preparada.

– ¿Por qué asumís que voy a acabar con él? – Yasu le miró significativamente, sonriéndole para seguir jugando después.

Terminó de almorzar con su compañero de piso y dejó las sobras en el microondas para que Taro se las comiese al despertarse. Se metió en la habitación y le quitó un poco el polvo a su yukata. Hacía mucho que no se lo ponía, esperaba que aún le quedase bien. Justo entonces recibió una llamada de su hermana, iba hacia la casa para arreglarse con ella y apenas tardó en llegar. En lo que sí tardaron fue en vestirse y en terminar de recogerse el pelo la una a la otra, pero quedaron más que satisfechas con el resultado. El yukata de Momoko era de un tono rosa muy suave y el de Eri verde claro. Cuando terminaron ya había oscurecido y fueron al salón para ir yendo ya al festival. Yasu estaba apagando la consola y al verlas entrar sonrió.

– ¡Que lindas estáis! – Habló en plural, pero miraba a Momoko.

– Gracias – Contestó ella de manera coqueta – Supongo que nos veremos por allí.

– Sí, id con cuidado.

Antes de salir de la casa miró la puerta del cuarto de Taro. De nuevo no le había visto en toda la tarde. Cogieron un taxi para ir al festival y a Eri no se le escaparon los suspiros melancólicos de su hermana.

– A lo mejor me equivoco – Empezó diciéndole – Pero creo que Yasu-kun está dudando.

– ¿Dudando de qué? – Vio la ilusión en los ojos de Momoko.

– De lo que siente por su novia – La chica se mordió el labio mirando por la ventana de nuevo y toqueteándose las uñas en un gesto nervioso.

– ¿Te ha dicho algo o…?

– No sé, intuición, vamos a dejarlo así – No le quería decir lo que le dijo el chico la noche anterior porque quizás lo malinterpretó, pero fue la impresión que le dio.

Una vez en el festival la actitud de su hermana pequeña cambió por completo. Se comportaba como una niña, excitada con todo lo que veía y sonriendo como nunca. Cuando ya estaban hasta arriba de comida, Eri escuchó que le llamaban.

– ¿¡Eri chan!? – Al darse la vuelta, vio saliendo de uno de los puestos de comida un rostro que jamás pensaba que iba a volver a ver. Y un rostro bastante atractivo, la verdad.

– ¿Akira-san? ¿Pero tú no estabas trabajando fuera?

– Ah, eso no salió bien – Espantó la idea con la mano – ¡Estás preciosa! Hideo-san tiene mucha suerte.

– Eso tampoco salió bien – Comentó con una sonrisa comprometida. Momoko los miraba en silencio mientras mordisqueaba una bolita de carne.

– Vaya, que mala suerte, te veo y te recuerdo cosas que…

– No, no pasa nada. Estoy bien. ¿Tienes un puesto?

– No, es de mis padres, les estoy ayudando – Miraba a Eri en silencio, con una sonrisita tímida – Ahm… Eri-chan, me pregunto – Akira se rió nervioso – ¿Tienes el mismo teléfono? – Ella asintió – Por si un día, no sé, quieres…

– Estaría bien – Akira alzó las cejas y sonrió – Pues entonces vuelvo a… tengo que ayudar, lo siento.

– No pasa nada, me alegro de verte – Se despidieron cortésmente y cuando estaban a suficiente distancia su hermana le dio un codazo.

– ¿Podrías dejar de ligar por allí por donde pasas? ¿Quién es ese Akira?

– Pues estaba en mi clase en el colegio, éramos amigos hasta que empecé con Hideo. Ya sabes lo celoso que era… pero Akira no estaba así de bueno cuando éramos niños.

– ¿Vas a quedar con él? Andaa… – Le daba con el dedo en la mejilla.

– Puede ser, ¿por qué no? – Cada vez le gustaba más la idea.

– ¿Y qué pasa con Taro-kun? ¿Vas a dejarlo tirado? – La miró sorprendida.

– Yo no tengo nada con él, no voy a dejar tirado a nadie.

– Pero te gusta. Y le gustas.

– Le pongo cachondo, eso es todo. Y a mí… bueno…

– ¿Ha pasado algo más? – Miró a su hermana y sonrió un poco avergonzada. Le contó por encima lo de la noche anterior, omitiendo muchas cosas. Cuando acabó, Momoko resopló – Deberías de haberte ido a su habitación, eres tonta.

– No, va a afectar a la convivencia.

– Ya está afectada, no seas imbécil, ¡Oh!

Su hermana miró al cielo y ella también. Dieron comienzo los fuegos artificiales. Entre explosión y explosión, escuchó a Momoko chasquear la lengua. La miró, sus ojos se clavaban justo enfrente, donde Yasu agarraba por los hombros a la que suponía era su novia, contemplando los fuegos artificiales muy juntos. Eri la cogió de la mano, sonriéndole. Pero la expresión de la chica era triste y las luces de los fuegos artificiales brillaban sobre las lágrimas que se le escaparon sin poder retenerlas.

– Lo siento Eri, me voy a casa – Momoko se dio la vuelta, intentando esconder lo que ambas sabían.

– No te vayas sola, te acompaño – Caminó a su lado, dándole su pañuelo – Así pagamos el taxi entre las dos.

3

No hablaron el resto del camino, y su hermana no paraba de llorar. Se despidió de ella con un gesto de la cabeza y nada más. Le daba pena, pero no se iba a preocupar más de lo necesario, el mal de amores era algo que se curaba con el tiempo. De eso ella sabía bastante, y con lo joven que era Momoko le quedaba mucho por vivir y por sufrir, por desgracia. Al llegar a casa, escuchó risitas y quejidos juguetones que venían del pasillo. Al acercarse se dio cuenta de que venían del cuarto de Yasu, esperaba que no le diese la noche… Se quitó el Yukata y se puso el pijama, yendo al cuarto de baño para quitarse el maquillaje y el recogido que le había hecho su hermana. Tenía el pomo en la mano cuando escuchó tres golpecitos contra la puerta de su habitación. Se quedó inmóvil donde estaba. Pegó la oreja oyendo pasos alejarse por el pasillo y una puerta cerrarse. Hasta que no pasó casi un minuto no se atrevió a salir, no quería encontrarse con Taro y menos por la noche, no se iba a poder contener de nuevo si la acosaba como la noche anterior. Entonces se paró a pensar lo que le había dicho su hermana; llevaba razón, la convivencia ya no iba a ser la misma. Estaba claro que Taro le atraía físicamente y era algo recíproco. Aun así no sabía bien que hacer.

Abrió la puerta de su habitación, que estaba encajada, mirando al suelo y agachándose sonriente a coger otra hoja de papel, sin nota esta vez. Eran dos hojas. Al levantarse dio un respingo, Taro estaba sentado en su cama con una sonrisita. Suspiró antes de hablar.

– No me ha dado tiempo a verte con el yukata, menuda lástima, ¿qué tal el festival?

– Bien, ¿qué quieres? – Soltó los papeles en su escritorio para guardar el neceser en su sitio. No quería mirarle, estaba de nuevo sin camiseta. Y en su cama.

– Verte, apenas nos vemos. No parece que vivamos juntos.

– Porque eres un ser nocturno, o eso dice Yasu – Intentó mirarle pero le daba la impresión de que tenía que estar escuchando lo rápido que le latía el corazón.

– Se lo está pasando de miedo – Miró hacia la derecha, atenta a los sonidos que venían del cuarto de al lado. De vez en cuando se escuchaba un gemidito tímido y algún que otro golpe seguido de risitas.

– Por lo menos no es escandalosa, porque tengo bastante sueño y odio que me despierten.

– ¿No vas a mirarlos? – Señaló los dibujos.

– Luego – No quería que viese su reacción.

– ¿Y por qué no ahora? – Se puso de pie y se acercó a ella despacio.

– Porque… estoy cansada y me duelen un poco los ojos – Miró al suelo rascándose la nariz, apoyada en la silla del escritorio con una mano.

– Menuda excusa de mierda – Al escucharle reírse tuvo que esconder la sonrisa.

Eri no sabía dónde meterse, le tenía justo enfrente. Ni quiso ni pudo evitar mirar sus músculos muy levemente esculpidos en su cuerpo, sus hombros anchos, su boca, sus ojos. Era altísimo. Taro cogió los dibujos y después de ojearlos por encima se los dio, así que no le quedó más remedio que mirarlos. Esta vez eran viñetas y analizó el folio de arriba con detenimiento. En la primera viñeta aparecía ella mirándole, él aparecía ridículamente avergonzado. En la siguiente ella rozaba el miembro tenso de Taro sobre sus pantalones con las yemas de los dedos. Y en las siguientes, se abalanzaba sobre ella gritando su nombre y besándola contra un sofá.

Sin querer sonreír pero viendo que no iba a poder evitarlo, miró la otra hoja. Las primeras viñetas consistían en besos, en ella abriéndole la hebilla de los pantalones y en el chico agarrándole los enormes pechos que ella realmente no tenía. En la siguiente viñeta, el chico seguía sobre ella, que agarraba su miembro mirándole con deseo. Lo peor fue que su nombre volvía a aparecer además la conversación que ambos mantenían; Lo mismo que ella le dejó escrito al ver el otro dibujo. Pero tergiversando sus palabras, claro está:

‘- Eri-san, aunque dijiste que no deberíamos ¿Quieres hacerme el amor?’

            ‘S-si…’

Escuchó a Taro reírse por lo bajo mientras ella intentaba no sonreír, mordiéndose los labios y revisando el dibujo. La verdad es que se excitó un poco mirándolos, podía entender que tuviese tanto público.

– ¿Y bien? ¿Alguna queja? Ya sé que en algunas viñetas faltan conversaciones, pero quiero pensármelas mejor.

– Están bien… supongo – Le devolvió los dibujos y pasó por su lado, caminando hacia la cama como si no le diera importancia a su presencia en la habitación – Aunque el chico es demasiado tímido, ¿no crees?

– Puede ser, ¿me das tu permiso para continuarlo?

– Ibas a hacerlo de todas maneras – Taro asintió, dejando los papeles en la mesa. Se acercó a la cama y la agarró con delicadeza de los hombros, tumbándola hacia atrás – Taro-kun, no…

– Necesito inspiración, preciosa – Puso una pierna a cada lado de la chica, colocándose como en el dibujo y metiéndole la mano bajo la camiseta. No le tocó los pechos, solo la apoyó en su cintura. Con la otra mano le acarició el pelo, mirándola a los ojos.

– Pues busca una película porno – Eri no quería tocarle. Realmente sí quería, pero…

– ¿Has hecho alguna? Si no sales tú, no me vale.

No podía decirle que no a pesar de saber que no debía. Se inclinó sobre ella y le dio un beso tierno en los labios, solo que después llegaron el resto. Las ansias, la pasión aumentó considerablemente con respecto al día anterior. Eri subió sus manos por los brazos de ese hombre, acariciándole hasta los hombros.

– Taro-kun… – Subió sus manos hasta agarrarla de los pechos mientras le besaba con delicadeza el cuello – No…

– Dices que no, pero no me sueltas – Le susurró al oído, sonriendo – De verdad que eres la protagonista de un hentai, y no sabes lo cachondo que me pone.

– Taro, para… no deberíamos, somos compañeros de, ¡Aaahhhmmmm! – El chico deslizó suavemente dos de sus dedos dentro de las braguitas de Eri, acariciando su clítoris despacio con las yemas de estos.

– No grites, la puerta está abierta – Le besó con intensidad, con lujuria. Eri bajó sus manos hasta los pantalones de Taro y sacó su miembro caliente y erecto, masturbándole despacio – ¿Usaste a tu amiguito? – Le preguntó con la respiración agitada.

– No… suena… suena mucho, ¡Oh, Taro-kun para ya! – Eri agarraba el miembro del chico con fuerza, sin poder apenas moverse de lo que le estaba haciendo sentir – ¡No puedo más! ¡No quiero…!

– ¿De verdad? ¿Ya? – La miraba entre risas. Eri se sentía sofocada –  Quiero verlo de cerca.

– ¡No! ¡No me…! – Intentó decir su nombre pero solo salió un gemido cuando la lengua de Taro empezó a estimularla despacio.

Echaba eso tantísimo de menos que no pudo seguir negándose, en su lugar le agarró del cuello y le acercó más a ella. Taro reaccionó lamiéndola con brusquedad, haciendo que gimiese sin poder evitarlo. Después de un interminable orgasmo sintió la lengua de ese hombre en su interior, moviéndola violentamente, haciendo que su cuerpo se estremeciera en escalofríos descontrolados.

– Quiero metértela – Se colocó entre sus piernas, bajándole los pantalones del todo – ¿No te gustaría? – Le rozaba los labios menores y mayores con su erección, jugando a meterle solo el glande, empujando y empapándosela. No se iba a negar, no podía negarse. Como respuesta abrió un poco más las piernas, mirándole con una sonrisita – Eres demasiado linda – Deslizó su miembro de arriba a abajo entre los labios menores de Eri, empapándose de ella aún más y provocándole gemiditos involuntarios.

– Taro-kun, no me hagas daño, hace tiempo que no…

– No te preocupes, con lo cachonda que estás no va a dolerte.

– Pero soy, soy estrecha. Siempre me lo decían.

– ¿La polla de tu marido era más grande que la mía?

– No… no lo sé. ¡Nnnmmmm! ¡Taro-kun!

– Deja de gemir de una vez, estoy a punto a por tu culpa… no voy a durar nada.

– No me importa, pero… – Bajó su mano hasta agarrársela y clavándole las uñas en el trasero le hizo entrar en ella despacio.

Taro entrecerró los ojos, subiendo la camiseta de Eri para mirarle los pechos y abriendo la boca, jadeando conforme se iba moviendo despacio en su interior. Estimulaba todas y cada una de las terminaciones nerviosas de la chica, quizás no la tenía igual de larga que su ex marido pero era tan gruesa que le estaba costando metérsela entera. A pesar de ser más pequeña que la de Hideo, le sentía más profundo, y no se lo explicaba.

– Eri-chan, es demasiado… no voy a…

– Pues dame fuerte hasta que te corras – Taro la miró asombrado, jadeando.

Sonrió y la agarró de las caderas, dándole con fuerza y gimiendo en su cuello. Eri gemía sin parar, le gritaba que se corría de nuevo, le gritaba que le encantaba mientras Taro le susurraba lo preciosa que era. Eso era exactamente lo que ella necesitaba, que se la follasen y le hiciesen ver que era un privilegio tenerla entre sus brazos. Cuando Taro se la sacó le dio rabia ver que se estaba corriendo en su pecho, quería más. El chico jadeaba y tragaba saliva, sofocado y medio tumbado sobre ella.

– ¿Es suficiente inspiración? – Preguntó incorporándose y limpiándose con una toallita húmeda.

– Supongo… quizás necesite más, no lo sé – Jadeó.

– ¿Me vas a dejar dormir ahora que tienes lo que querías? – Le empujó fuera de la cama.

– Vale, vale, ya me voy. Te veo mañana – Fue a darle un beso de buenas noches pero ella se echó hacia atrás.

– Vete ya a la cama anda, déjate de carantoñas, ¿no era solo sexo? – Taro la miró y sonrió.

– Aprendes rápido.

– Cállate, imbécil – Ella le devolvió la sonrisa.

Cuando se fue y apagó la luz, suspiró mirando por la ventana. No quería mostrarse cariñosa porque no quería encariñarse. Si iba a follárselo, tenía que mostrarse fría con él o de lo contrario no iba a ser muy agradable lo que iba a venir después. Y sabiendo cómo iba él por la vida con las mujeres, no creía que le fuese a causar ningún trauma. Hacía tiempo que no se sentía tan relajada, estaba empezando a pensar en lo que acababa de hacer pero no le dio tiempo de recrear nada, se quedó dormida casi al momento de cerrar los ojos. A la mañana siguiente despertó con una amplia sonrisa. Se estiró y se levantó de la cama, buscando sus bragas y sus pantalones cortos. Fue al servicio y después al salón a desayunar, donde se encontró con Yasu, despeinado y jugando a videojuegos de nuevo.

– ¿Vas a pasarte todo el fin de semana pegado a eso? – El chico asintió, sonriente.

– ¿Y tú? ¿Vas a pasarte el fin de semana pegada a Taro-kun? – Eri le miró por encima del frigorífico cuando Yasu empezó a imitarla con voz de pito – ‘Uhhh, Taro kuuun, me corro’ menos mal que no ibas a acabar con él…todas acabáis con él.

– ¿Son celos eso que detecto en tu voz?

– Vete a la mierda – Se rio negando con la cabeza.

– Ayer por la noche también te lo pasaste bien con tu chica, por lo que oí.

– Esa… bueno… – Eri se sentó a su lado con un zumo en la mano – No era mi novia.

– Ah, vaya… y nosotras que no quisimos molestarte ayer porque te vimos muy pegadito a ella.

– Discutimos después y               …

– …le pusiste los cuernos. Joder, sí que vas rápido. La próxima vez llama a Momoko y no te tires a una cualquiera.

– No quiero usar a tu hermana de esa manera.

– Porque te gusta – Yasu pausó el videojuego y la miró.

– Creo que sí. No, no es que lo crea, me gusta. Pero no quiero que se piense que es el segundo plato ni nada parecido.

– No se va a pensar nada de eso, en el momento que le digas lo que sientes y que quieres estar con ella se va a tirar a tus brazos.

– ¿Seguro? – Eri asintió, Yasu suspiró y siguió jugando – A lo mejor quedo con ella esta tarde. No lo sé – Taro salió de su cuarto, despeinado y con cara de dormido.

– Habláis muy fuerte, escandalosos.

– No tengo yo la culpa de que la pared de tu cuarto de con el salón – Le dijo Yasu sin mirarle. Eri le saludó con la cabeza y siguió mirando como jugaba el chico. No quería prestarle más atención de la necesaria pero cuando él se dio la vuelta buscando comida en el frigorífico volvió a mirarle. Tenía los pantalones mal puestos y no paraba de bostezar.

– ¿No quedan más zumos de esos Eri-chan?

– Nop, es el último. Si quieres toma lo que me queda – Cerró el frigorífico y se acercó a ellos, bebiéndose los restos del zumo de pie, mirando la pantalla – Y ponte bien los pantalones, se te ve el culo.

– ¿Dibujaste ayer o te faltó inspiración? – Preguntó Yasu. Taro alzó las cejas sin dejar de beber y se fue a su habitación tirando de los pantalones hacia arriba para volver con otro folio. Se lo dio a Eri.

– ¿Qué te parece? ¿Me das tu visto bueno?

Volvía a ser ella, con un pecho al aire y sentada en las rodillas del chico, que le hacía el amor salvajemente sentado en el retrete. No se cortó un pelo y puso su nombre, ella gritaba su nombre. Y encima le gritaba que le quería, no podía tener más poca vergüenza.

– Hay algunos errores, como por ejemplo una exageración de sentimientos y la ubicación del suceso, pero sí, me parece aceptable – Yasu le quitó el dibujo de las manos y empezó a reírse por lo bajo.

– Usa tu imaginación – Le dijo Taro sentándose a su lado – Además, tengo que ponerte así de dedicada y enamorada de tu amante, es lo que quieren los viciosos que lo compran.

– ¿Una tetona que les diga te quiero? ¿En serio? Yo creía que preferían una tetona que les refregase las tetas en la cara.

– Ella lleva razón – Coincidió Yasu dándole el dibujo – ¿Me vas a dar una copia de este o no?

– No, si lo quieres ve a la tienda de Haruka y te lo compras.

– Eres un asqueroso…

– Lo que quieras, pero de algo tendré que vivir.

– Cierto – dijo Eri levantándose – No va a sobrevivir a base de lo que tiene Haruka-chan entre las piernas.

– ¿Son celos eso que detecto en tu voz? – Repitió Yasu con rintintín lo que ella dijo momentos antes. Taro se rio tontamente y Eri se volvió para mirarle con una ceja levantada.

– ¿Celos de qué exactamente? No creo que tenga nada que yo no tenga, ¿no?

– Yasu, ten cuidado – Taro tiró el zumo vacío a la papelera desde donde estaba, mirando las piernas de Eri –  No hay nada peor que una mujer que está buena y lo sabe.

– Gracias por el cumplido – Se fue al cuarto de baño, sin querer mostrar lo contenta que le había puesto ese comentario.

‘¿Realmente estaba tan buena? ¿O solo le parecía que estaba así de buena a Taro? De no estar guapa no se le habría acercado Akira de esa manera, ¿No?’ Entró en su cuarto y cerró la puerta, quería hacer unas cuantas investigaciones. Buscó mangas hentai en internet, miró de qué iban, cómo se hacían las historias y las conversaciones. No le sorprendió excitarse, la verdad es que eran bastante subidos de tono aunque un poco exagerados. Lo que más le llamó la atención era que prácticamente todas las chicas eran sumisas e inocentes. Miró la hora y se sorprendió, se le había pasado el tiempo volando. Cogió ropa y se metió en la ducha con una sonrisita, desde lo de la noche anterior la verdad es que estaba más contenta. El sexo era algo liberador, se había olvidado de lo bien que se sentía una después de un buen polvo. Escuchó que se abría la puerta y sonrió más aún.

– ¿Siempre que tengo que mear te estás duchando o qué? ¡Echa el pestillo de una vez, exhibicionista!

– No estoy acostumbrada, se me olvida. De todas maneras tú podías esperar a que terminase – Le escuchó tirar de la cisterna y reírse por lo bajo.

– No, ¿qué más da? Ya vi ayer todo lo que había que ver. Y de cerca – Escuchó la cortina moverse y al darse la vuelta le vio meterse dentro con ella completamente desnudo. No pudo evitar sonreír – Buenos días…

– ¿Qué haces? Déjame ducharme tranquila, ya te metes luego.

– Pero sin ti no va a ser una ducha tan divertida. Puede ser divertida si quiero, pero no tanto – Le puso las manos en el trasero y la acercó a su cuerpo, mirándole la boca.

– No te irás a pensar que cada vez que quieras vas a follar conmigo…

– No, pero hoy sí. Mojada estás más sexy incluso – Se agachó sobre ella y pasó su lengua por uno de sus pezones, agarrándole el pecho con fuerza – ¿Vas a lamérmela un poco? – Rozó sus labios con los de ella.

– Límpiate antes, no pienso meterme eso sucio en la boca – Quitó la ducha de su sitio con una sonrisita y se la dio, Taro la observaba enjabonarse mientras se echaba agua por los hombros.

– Y parecías tonta cuando te conocí.

– Nadie es lo que aparenta ser. Ni siquiera tú.

– ¿Qué aparento yo? – Dejó la ducha en el suelo y la abrazó por la espalda, agarrando sus pechos enjabonados que se le escapaban entre los dedos. Eri no quería dejarle ver lo nerviosa que le puso, deseando que se la metiese.

– Aparentas ser un tipo duro – Bajó una de sus manos hacia su entrepierna, rozándole con delicadeza mientras le respiraba en el oído. Sentía su erección en el trasero, puso una mano en la de él, apretándose contra su cuerpo – Aparentas que te gusta el sexo y que no quieres nada más. Pero seguro que en el fondo eres un sentimental que está deseando enamorarse.

– No puedes estar más equivocada – La agarró del muslo abriéndole las piernas y le puso una mano en la espalda, empujándola hacia adelante.

Con sus dedos, separó la carne sensible de la entrepierna de la chica y un momento después sentía como presionaba para entrar en ella. Eri le acercó su trasero, mirando por encima del hombro a su amante, que la miró a los ojos mientras la penetraba muy despacio. Se movió en su interior con cuidado, pausadamente pero apretando sus caderas con los dedos, mordiéndose el labio con fuerza. Se inclinó sobre ella acariciando su espalda. Aceleró el ritmo.

– ¿Te gusta, Eri-chan? – Asintió con los dientes apretados, intentando no gemir – Apenas te escucho… y me gusta escucharte.

– Pues ya sabes lo que tienes que hacer.

– Pero qué viciosa eres… – La agarró de los hombros, embistiéndola con fuerza.

Eri no tenía dónde agarrarse, solo podía apoyar las manos en los azulejos resbaladizos del baño y si no fuese porque Taro la tenía bien sujeta ya se habría caído al suelo. Le daba tan fuerte y tan bien que las piernas se negaban a sostener su peso. Taro susurraba su nombre entre jadeos, los mismos piropos que la noche anterior. Ese hombre era perfecto en lo que hacía, no le conocía apenas pero eso era innegable. Cuando le provocó los orgasmos que a Eri le parecieron suficientes (aunque no le habría importado tener unos cuantos más), miró a Taro, dándose la vuelta para tocar su pecho. Buscó su boca con la suya, pero ella, ahora de rodillas en el suelo, deslizó las manos desde su ombligo hasta esa erección húmeda y enrojecida. Jugó largo rato con él antes de metérselo en la boca, Taro la observaba con una sonrisa permanente, gimiendo un poco de vez en cuando. Pero cuando la introdujo en su boca, rozándola con los labios y con su lengua despacio, le escuchó susurrar lo muchísimo que le gustaba, gimiendo roncamente, agarrándole del pelo. Era mucho más fácil hacerle una felación a Taro que a Hideo; la de Taro se la podía meter entera en la boca, lo que parecía fascinarle.

– Levántate, quiero follarte un poco más – La agarró de los hombros y le hizo incorporarse.

– Pero quería que te corrieses en mi boca… senpai – Taró la empujó contra la pared y le levantó una pierna mientras se reía.

– Lo haces a propósito, tú has leído hentai – Le había pillado, iba a jugar un poco a su juego, a ver qué pasaba. Nunca había experimentado tanto con el sexo.

– ¿Te gusta que te llame senpai? – Eri le acariciaba el pecho con las yemas de los dedos

– Me gusta cualquier cosa que me hagas – La penetró de nuevo, acariciando su mejilla – Pero me vuelve loco que me digas senpai, que me hables, que me digas lo mucho que te gusta cómo te follo.

– ¡Ah! Ten cuidado senpai, duele… – Taro levantó las cejas.

– Te acabará gustando, Eri-chan – Movía sus caderas con fuerza contra las de ella, aguantando su pierna en alto y mirándola desde arriba.

– No, senpai… para, no puedo evitarlo… ¡Senpai! ¡Me corro!

– Vas a hacer que acabe antes, joder…

Eri gemía la palabra mágica que tanto le gustaba a Taro, temblando de placer y sintiendo de vez en cuando que le dolía de verdad al entrar en ella con demasiada energía, pero volviéndose loca en sus brazos. Se corrió sobre ella, sobre su pecho y su vello púbico, masturbándose y jadeando con fuerza. Se limpiaban entre risas, se pasaban el jabón y ella le dejó dentro, relajándose bajo el agua de la ducha. Cuando se estaba secando el pelo con una toalla, recibió una llamada de un número desconocido.

– ¿Eri-chan? Soy Akira. ¿Qué tal, cómo estás? – Le entraron ganas de responderle ‘Follada, ¿Y tú?’ pero se lo calló y en su lugar se rio.

– ¡Ah! ¡Buenos días!

– Pensé que como hoy era domingo podríamos… tomar algo.

– Me parece perfecto, no tenía planes y tenía pinta de que iba a ser un domingo aburrido.

– Oh, genial, pues, ¿te recojo?

– No hace falta, ¿quedamos en la cafetería a la que íbamos con los chicos? Hace tiempo que no voy y no sé si seguirá igual.

– Sí, creo que está en el mismo sitio, ¿a las seis y media, por ejemplo?

– Vale, nos vemos luego – Cuando colgó el teléfono estaba sonriendo y Taro la miraba con una ceja levantada.

– ¿Una cita?

– Un antiguo amigo, hace años que no le veía y me lo encontré en el festival.

– ¿Vas a comer aquí o…?

– Sí, sí. Me voy por la tarde.

– Hmm – Se puso una toalla alrededor de la cintura y salió del baño susurrando “en el festival, ¿eh?…”

Ella también salió, hizo el almuerzo y como siempre comió a solas con Yasu que no comentó nada esta vez si es que se había enterado de sus gemidos. No tenía muy claro si arreglarse o no arreglarse mucho, por lo que pasó horas quitándose y poniéndose ropa sin terminar de decidirse. Finalmente, se decantó por una camisa rosa bastante fina y linda con una falda violeta, era ropa fresca porque no quería sudar demasiado, hacía mucho calor.

Bajaba la escalera del piso cuando se encontró de frente con su hermana, que subía con la seriedad y la tensión pintadas en la cara.

– ¿Te ha llamado Yasu? – Ella asintió, con una sonrisa nerviosa – He quedado con Akira, después nos vemos y me cuentas – Asintió de nuevo y se despidió de ella.

Condujo hacia el bar, y nada más pasar por la puerta le vinieron a la mente muchísimos recuerdos, todos buenos. Pero no echaba de menos esa época, ahora aprovechaba el tiempo mucho mejor. Le agradó ver que los hombres la miraban y se sentó a esperar a Akira. Y a esperar. Y pasaban las horas. Si no había mirado el reloj veinte veces no la había mirado ninguna, llegaba una hora casi y media tarde. Un tanto desesperada cogió su teléfono y se dispuso a llamarle, pero justo en ese momento le llegó un mensaje.

No puedo ir, lo siento muchísimo pero me han surgido problemas familiares. Espero verte pronto, de verdad, quiero verte”

Eri suspiró y guardó el teléfono en el bolso. Pagó la única bebida que había consumido y se dispuso a irse, pero se le pusieron delante. Era un hombre enorme, de hombros anchos y brazos fuertes. Llevaba una camisa negra de botones, unos pantalones vaqueros, y tenía una media melena rubia y desaliñada cayéndole junto a su mandíbula fuerte y cuadrada. Unos ojos azules le sonreían pero ese extranjero, fuese quien fuese, la intimidó muchísimo.

– Lo siento mucho – Su acento era de lo más raro – Pero te llevo observando toda la tarde. ¿Cómo es posible que una preciosidad como tú pase las horas sola? –  Eri no sabía que decir. El desconocido extendió su mano – Me llamo Brad.

– ¿Como Brad Pitt? – Le hizo sonreir.

– Exacto – Los hombres como ese solo se veían en las películas.

– Yo… soy Katsuraji Eri.

– Eri-san, un nombre precioso – Lo pronunciaba muy mal y le provocó la risa – ¿Puedo invitarte a algo?

Eri no iba a perder la oportunidad, no era nada común que un hombre como ese estuviera interesado en ella y ya que Akira estaba ocupado… Le invitó a varias copas que se le subieron demasiado rápido a la cabeza, y es que hacía mucho que no bebía. Averiguó que era americano, mayor que ella y que trabajaba para una empresa importante a la que no quiso nombrar. Hablaban sin parar de temas muy variados, era un hombre entretenido además de atractivo, Eri no se creía su suerte.

Le sugirió ir a un lugar más animado que ese bar y entre risas salieron de allí. Brad le pasó el brazo por los hombros, Eri estaba tan avergonzada que no le salía otra cosa que la risa tonta, mirando a su alrededor por si la veía alguien con él.

– ¡Eri-chan! – Miró por encima de su hombro y vio a Haruka con una sonrisa de oreja a oreja, Taro estaba a su lado – ¿De fiesta?

– Algo así – Se despegó un poco de Brad, mirando a su compañero de piso. Tenía las manos en los bolsillos de los vaqueros, mirando al extranjero con una ceja levantada mientras el americano le devolvía el gesto con superioridad. Taro se cruzó de brazos, expulsando el aire por la nariz en una risita despectiva – Ya nos veremos.

 

4

No comentaron lo que había pasado ni quienes eran sus dos amigos en toda la noche. En el pub bebió aún más, se rio muchísimo y entre baile y baile, Brad le robó algunos besos. Estaba nerviosa y excitada, era la primera vez que hacía algo así. Horas después, sintiéndose realmente mareada, fue tras él hasta la salida del pub y se subió a un taxi sintiendo sus dedos curiosear su cuerpo discretamente en el asiento de atrás. Entró con él en lo que creía era su casa, pero se dio cuenta al ver los monitores y la recepcionista de que era un hotel. Un ‘love-hotel’ de hecho, pero no le importaba. Subieron y apenas le dio a tiempo a cerrar la puerta de la habitación.

Sus pies no tocaban el suelo y ese hombre enorme la tenía en brazos, besándola con prisas y pellizcando con fuerza sus muslos y sus pechos. La dejó caer en la cama, y sin desabrocharle la falda le quitó la ropa interior. No hubo preliminares, no hubo apenas nada, solo penetración. Era demasiado grande, le hacía daño, ni se le pasó por la cabeza estimularla. Cuando se la sacó para ponerse el condón quiso decírselo pero se sentía tan torpe y borracha que cuando consiguió unir una palabra con otra la estaba embistiendo de nuevo. En menos de un minuto se separó de ella, resoplando y quitándose el preservativo usado. Le vio levantarse de la cama, sin entender nada y sin siquiera estar cachonda porque no le había dado tiempo. Brad abrió la neverita y sacó una botella de agua, dando un trago de esta. Se dio la vuelta y rebuscó en su chaqueta mientras Eri intentaba sentarse en la cama sin marearse demasiado.

– Voy a ducharme princesa, no te duermas que ahora mismo estoy contigo – Le dio la botella – Bebe un poquito antes de acostarte, no sea que te marees.

Le dio unos buenos tragos a la botella de agua y se dejó caer en la cama. No sabía si estar contenta o no, lo único que sabía era que, efectivamente, estaba mareada. No quería vomitar delante de ese hombre, sería bochornoso… pero las náuseas no parecían disminuir, así que cerró los ojos unos instantes esperando a que se pasase. Cuando los abrió no se escuchaba la ducha, de hecho era de día y estaba completamente sola. Se levantó de la cama despacio y nada más incorporarse se sintió totalmente descompuesta. Corrió hacia el baño y se dejó caer frente al retrete, apoyando los brazos en él y vomitando todo lo de la noche anterior. Una vez superadas las arcadas se levantó apoyándose en el lavabo y después de beber algo para intentar quitarse el mal sabor de boca, se echó agua en la cara. Estaba un poco decepcionada con la experiencia, se imaginaba que iba a ser muchísimo más satisfactoria y no ese desastre en el que resultó. No le gustó en absoluto la imagen que le devolvía el espejo, pero eso era lo de menos.

            Después de coger las bragas del suelo, comprobó que tenía toda su ropa puesta y tras  arreglarse un poco peinándose como pudo, cogió su bolso notando algo raro: apenas pesaba. Miró dentro para descubrir que su cartera había desaparecido. Después de buscar por toda la habitación y comprobar que no estaba, de entre sus labios se escapó un quejido lastimero. Al menos las llaves del coche y el teléfono estaban allí. Mientras caminaba hacia la salida fue llamando al banco para cancelar su tarjeta de crédito y al mismo tiempo intentaba situarse; la noche anterior había estado tan borracha que no se acordaba de dónde le había llevado. Tuvo que andar un buen rato hasta llegar a su coche y fue directa a la comisaría de policía.

– ¿Me puede repetir el nombre del sujeto? – Pidió el policía que la atendió.

– Brad, pero no se su apellido…

– ¿Era un hombre alto, rubio, fuerte y extranjero?

– ¡Sí! ¿Ha traído mi cartera?

– No – La miró con lástima – Señorita, siento decirle que ha sido usted estafada. No es la primera que viene una mujer de su edad denunciando esto mismo, lo siento mucho pero no hay nada que hacer. Le sugiero que se haga un test de embarazo, si le administró un somnífero nunca se sabe.

– No me lo puedo creer – Se llevó las manos a la frente, apoyando los codos en la mesa.

Cada vez le dolía más la cabeza y, para empeorar la situación, había por allí un borracho que no paraba de gritar que le soltasen. Cuando miró al origen de esos chillidos no se creía lo que veía: un policía tenía una mano firmemente apoyada en el hombro de Taro, esposado y sentado en una de las sillas de plástico de la entrada. Se levantó y caminó hacia ellos, Taro iba tan borracho que ni se dio cuenta de que ella estaba allí.

– ¿Le conoce señorita? Desorden público, lo hemos tenido que sacar de un bar porque empezó a buscar pelea. Si quiere que se vaya con usted tendrá que pagar la fianza.

Genial. Perfecto”. Y ella sin sus tarjetas, sin la cartera y obviamente sin dinero en metálico. Taro se quedó dormido en la silla mientras Eri llamaba a Haruka, pidiéndole por favor que fuera en su ayuda. Por suerte no tardó mucho en llegar.

– ¿Otra vez, Taro-kun? – Se acercó a él dándole un golpetazo en la frente que le despertó.

– ¿Qué coño haces? – Balbuceó, mirándola con los ojos entrecerrados.

– Salvarte el culo otra vez, esto te lo cobro de lo próximo que dibujes, que lo sepas.

– ¿Pasa a menudo? – Le preguntó Eri mientras su amiga pagaba.

– De vez en cuando. Ayúdame Eri-chan – Lo agarraron cada una de un brazo – ¡Vamos imbécil, muévete! La vergüenza que me haces pasar… – Le llevaron hasta el coche y le tumbaron en los asientos de atrás.

– ¿No estaba contigo ayer?

– Sí, pero como si no estuviese. Tenía la cabeza en otra parte y me fui a casa antes de lo que habría querido. Sinceramente, no sé qué le pasa… ¿Y tú ayer qué? – Eri se rio por no llorar. Le contó su experiencia a su ofendida amiga.

– Que no se diga que no estoy viviendo cosas nuevas. En fin, ya nos veremos, cuídate.

– Ven a verme un día a la tienda, me aburro mucho.

Arrancó el coche y fue hasta la casa, fastidiada y pendiente de que Taro no le vomitase en el asiento de atrás. Al llegar llamó al telefonillo y le pidió a Yasu que le ayudase a meterle en casa. El chico bajó en chándal y se acercó a ella con una sonrisa.

– ¿Se ha vuelto a emborrachar? ¿Dónde os metisteis los dos anoche?

– No estábamos juntos, si es lo que insinúas. Taro-kun, arriba, hemos llegado – Le zarandeó levemente. Abrió los ojos un poco y les miró.

– Hmeemmmemm – Dijo.

– Claro que sí – Yasu le agarró por debajo del hombro y lo sacó del coche – Vas directo a la camita.

Él solo lo subió hasta la casa mientras ella cerraba el coche y le iba abriendo puertas. Casi a rastras vio cómo le metía en la casa y lo dejaba caer en la cama de su cuarto. El lugar apestaba a cerrado, pero estaba relativamente limpio si se ignoraban las hojas de papel arrugadas que había en el suelo y el desastre que era el escritorio. Yasu tumbó a Taro en la cama y se estiró quejándose de lo que pesaba. Cuando Eri se acercó a él para taparle con la sábana, la apartó de un manotazo.

– Déjame en paz.

– Oye, no quiero que te resf—

– Que te largues de aquí, zorra asquerosa – Yasu le miró ofendido, pero Eri le indicó que se estuviese quieto con la mano mientras se erguía – Todas sois unas putas que solo os importa el físico y el dinerito, ¿eh? Fuera, no quiero verte esa cara de come pollas que tienes.

– Si no fuera por lo borracho que estás… – Le dijo Yasu

– Precisamente por eso, déjalo – Sacó al chico del cuarto.

– ¿Te vio ayer con otro tío o qué? – Eri asintió, suspirando – Entonces lo que está es celoso, no se lo tengas en cuenta – Se rio por lo bajo.

–  Todo en él es una alegoría al amor libre, ¿qué va a estar celoso?

– ¿Qué pasa? – Se giraron hacia la puerta del cuarto de Yasu y vieron a Momoko con una camisa del chico puesta y totalmente despeinada.

– Nada pequeña, vete a la cama de nuevo, es muy temprano – Yasu le dio un beso en la frente. Momoko le sonrió y negó con la cabeza.

– Está bien, no tengo sueño.

– No sabes mentir, tonta – Estaban tan acaramelados que Eri sentía que estorbaba.

Fue hasta su habitación y cerró la puerta, tumbándose en la cama mientras daba un suspiro larguísimo. En el momento que descubrió lo que le había pasado con Brad, si es que ese era su nombre, se sintió avergonzada y estúpida. Pero cuando le explicaron que no había sido personal se sintió un poco mejor, ‘mal de muchos, consuelo de tontos’ que se dice. No era tan malo si había sido víctima de una estafa, y además fue rápida con las tarjetas y no le quitó nada de dinero, solo el suelto que llevaba encima. Pero lo que le acababa de decir Taro… sabía que no tenía que afectarle, estaba borracho y amargado, no creía que tuviese esa maldad. O al menos eso quería pensar. Lo que le preocupaba era estar convirtiéndose en lo que él dijo, nunca había tonteado con tantos hombres: estaba Taro; estaba Akira aunque la dejó tirada; y a la primera de cambio fue detrás de ese norteamericano. Comenzaba a plantearse serios dilemas morales, (siempre había sido un poco chapada a la antigua), cuando escuchó unos tímidos golpecitos en su puerta.

– ¿Se puede? – Su hermana asomó la cabeza.

– Claro que sí – contestó Eri con una sonrisa – Se te ve feliz.

– Lo estoy, Yasu y yo… creo que estamos saliendo juntos.

– ¿Qué lo crees? Un tío no te da un besito en la frente tan tierno como ese y delante de tu hermana así porque sí.
– Eso espero – Sonrió más ampliamente, radiante – Ayer…  ayer lo hicimos – Al ver que Eri sonreía esperando que le contase se rio – Fue bien, fue… creo que podría decir que la mejor experiencia de mi vida.

– Me alegro muchísimo por ti Momoko-chan – En el fondo le daba un poco de envidia, pero se alegraba – Se ve que es un buen chico, hacéis muy buena pareja.

– ¿Y tú qué? ¿Qué tal con Akira?

– No apareció, y me debería de haber vuelto a casa visto lo visto – Le empezó a contar a su hermana lo que había pasado pero el sonido de unos pasos acelerados por el pasillo y un golpetazo en la puerta de su habitación les hizo dar un respingo a ambas.

– ¿¡Estás bien?! – Escucharon que preguntaba Yasu desde el pasillo.

Eri se levantó y abrió la puerta del cuarto para ver como Taro entraba en el servicio y se dejaba caer sobre el retrete vomitando escandalosamente. Se acercó a él y le quitó el pelo de la cara, poniéndole una mano en la frente. Cuando se le pasó se dejó caer contra la pared contraria del retrete, limpiándose la boca con papel higiénico mientras Eri tiraba de la cisterna.

– ¿Quieres agua? – Asintió con los ojos cerrados, respirando con dificultad. Momoko se ofreció a traerla. Eri se puso de cuclillas junto a él, apartándole los mechones de pelo que le caían por la frente empapada en sudor – Seguro que ya te sientes un poco mejor, ¿sigues queriendo que me aleje de ti o ya no te molesto?

Abrió los ojos clavándole la mirada y ella se la mantuvo, pero tras unos segundos Taro terminó mirando al suelo, suspirando.  Momoko le acercó el vaso de agua, que se bebió casi de un tirón. Eri se levantó, cogió una toalla y la humedeció un poco en el grifo, pasándosela después al chico por la frente y por la nuca. Se la quitó de las manos bruscamente.

– No hace falta que hagas esto, puedes dejarme solo.

– Tú mismo. No sé, yo también he vomitado esta mañana y me habría gustado que se preocupasen por mí. Pero si eres un tipo duro ahí te dejo.

– Te lo pasaste bien ayer con el rubito, ¿eh?

– La verdad es que no. Me ha emborrachado, me ha mentido prácticamente en todo lo que me ha dicho, ha abusado de mi sexualmente, me ha drogado y me ha robado la cartera – La cara de perplejidad de Taro fue digna de una foto – Me he despertado esta mañana sola en la habitación del hotel, así que supongo que tú te lo pasaste mejor con Haruka – Salió del baño y miró a su hermana – Voy a dormir un rato, asegúrate de que éste se mete en su cama también.

– Te preocupas mucho por él…

– Lo mismo que me preocuparía por Yasu – Sintió que debía quitarle importancia al asunto – Prepárame algo bueno para cuando me despierte que tendré hambre.

Volvió a su cama después de bajar la persiana y de quitarse toda la ropa menos la interior, tapada solo con la sábana. No sabía por qué se portaba tan bien con Taro a pesar de las cosas que le dijo. Le mostraba una cara muy inmadura y a pesar de todo… sentía la necesidad de cuidarle. De hecho, le costó quedarse dormida sabiendo que seguía en el servicio, acordándose de cómo sus ojos se desviaron de los suyos cuando le explicó lo que realmente pasó con Brad la noche anterior.

            Un rato, unas horas, o minutos después – no lo sabía con certeza – se despertó al escuchar que abrían la puerta de su cuarto. Abrió los ojos cuando volvió a escuchar que se cerraba y vio a Taro acercarse a su cama. En silencio se sentó en el borde y después de mirarse las manos la miró a los ojos. Le sorprendió las enormes ganas de que la estrechase entre sus brazos, de que se tumbase junto a ella y la dejase dormir resguardada en su pecho, sintiendo su calor. Desvió su mirada de la del chico, avergonzada.

– ¿Estás bien? – Le preguntó en susurros – ¿Te hizo daño?

– Si le preguntas a él te diría que follamos, pero no me enteré de absolutamente nada que no fuese dolor – Frunció el ceño al escucharle decir eso – Aunque al menos se puso un condón, ¿y esta preocupación? – Desvió la vista hacia las sábanas, doblándolas con los dedos en silencio, pensando. Finalmente la miró de nuevo.

– Lo siento, no dije en serio lo de antes.

– Ya lo sé, imbécil, en el fondo eres un buen tío. Pero no pagues tus desengaños amorosos conmigo. Yo no lo hago.

– Lo sé, lo siento – Se frotó los ojos, bostezando.

– ¿Has dormido algo? – Negó con la cabeza – Aquí hay espacio si quieres – La miró alzando las cejas, se rio – No, no iba por ahí mi intención, tendría que ducharme primero y no tengo el cuerpo para pensar en esas cosas. Es que… he pensado que sería agradable dormir con alguien. Para variar.

– Creo que mejor me voy a mi cama – Ella tiró de sus hombros, tumbándole boca arriba.

– No seas tonto, hay sitio de sobra.

– No te estarás enamorando, ¿verdad? – Se tumbó mirándola de frente.

– Yo no, ¿Y tú? – Obtuvo una risita por respuesta – No te lo creas tanto, solo eres una cara bonita – Se acurrucó como ella quería desde un principio, entre sus brazos.

– ¿Eso es lo que te repites para evitar sentir algo por mí?

– Todos los días – Taro se rió. Lo que no sabía es que en esa broma había gran parte de verdad. El corazón le latía demasiado deprisa como para ignorarlo.

Le pasó los brazos por la espalda susurrando un ‘que poquita ropa’ y apoyó su barbilla en la cabeza de la chica, que le pasó el brazo por la cintura mientras dejaba el otro entre sus pechos. Sus piernas se enredaron bajo las sábanas y en cuestión de minutos se quedaron dormidos. Se despertó ella primero, de espaldas a él, que dormía boca arriba. Apoyaba la cabeza en el brazo de Taro, extendido a lo largo de la almohada. Desde donde estaba veía su perfil, no sabía si era porque le gustaba verse tan desaliñado o porque se había dejado, pero no se había afeitado desde que le conoció dándole un aspecto de lo más sexy. Se sentó en la cama suspirando, diciéndose a sí misma que tenía que dejar de pensar en esas cosas si quería evitar enamorarse. Pero al volver a mirarle le entraron ganas de tocarle y se dio cuenta de que realmente no quería levantarse. Se tumbó de nuevo, apoyando su cabeza en el pecho de él, que hizo un ruidito, tragó saliva y la apretó con el brazo que le quedaba a la espalda. Sintió sus dedos acariciarle el hombro, estaba despierto. Eri le miró y le vio con los ojos cerrados, sin intención de abrirlos. Resoplando y con el corazón acelerado, volvió a levantarse, cogiendo ropa interior limpia y un pijama, sin querer mirarle de nuevo. Se duchó rápidamente y no volvió a entrar en la habitación, fue al salón, donde se encontró a los chicos jugando a la consola.

– ¡Buenas tardes! Qué sueño dan las buenas fiestas – Yasu se reía tontamente.

– Sí, buenísima… – Contestó en tono sarcástico, mirando en el frigorífico – ¿No vais a clase?

– Hemos ido y vuelto, son casi las 19:00

– Os he dejado comida para los dos. ¿Levanto a Taro-kun o le dejo dormir? – Preguntó Momoko riéndose de su cara de sorpresa al saber la hora.

– Despiértale si quieres, ya va siendo hora. Y estará muerto de hambre, seguro – Cuando vio que su hermana iba hacia el cuarto del chico la llamó.

– Está en mi habitación – Ambos se quedaron mirándola – ¿Qué? Solo hemos dormido – La miraron más sorprendidos aún.

– Bueeenooo… – Ambos se rieron, ella no sabía de qué.

– Suenan campanas de boda – Tarareó su hermana.

Eri puso los ojos en blanco y sirvió en la mesa la comida para los dos. Al momento apareció Taro con cara de dormido y se sentó frente a ella, comiendo sin decir ni media. Cuando se quiso dar cuenta se había quedado mirándole comer con los palillos en la mano y una sonrisa estúpida en el rostro. La risita de su hermana fue lo que hizo que volviese al mundo real.

– ¿Me sigues contando lo de ayer? – Le preguntó Momoko.

– Ah sí. No hay mucho más que contar. Después del pub me llevó a un ‘love-hotel’ y ahí es cuando me habría dado cuenta de que algo raro pasaba porque si me había dicho que trabajaba en una empresa importante me habría llevado a su piso. Pero claro, iba tan borracha que no me acordaba ni de mi nombre.

– Si se puede ser cutre… a un ‘love-hotel’… – Yasu aporreaba el mando de la consola con concentración y aun así escuchaba atento a su historia.

– Después de que se quedara tranquilo, porque por mi parte no fue nada satisfactorio, se metió en la ducha. Creo que fue en la botella de agua que me dio donde metió lo que hizo que me quedara dormida hasta el día siguiente. Y cuando me levanté la cartera no estaba, así que fui a denunciarlo, me encontré con él – Señaló a Taro que la miró con la boca llena – Y me vine a casa.

– Y todo porque Akira-san no fue. Qué cosas te pasan…

– Eso te pasa por provocar – Soltó Taro sin tragar la comida.

– ¿Provocar? ¿Qué clase de comentario machista es ese? Ni que yo fuese pidiendo a gritos que se me acercasen. Y aunque lo pidiese… De todas maneras, ayer solo iba a verme con un amigo de la infancia.

– Pues te pusiste bien guapa para no tener segundas intenciones – Subió una ceja – Yo habría pensado otra cosa de verte venir así.

– A lo mejor no me visto para agradar la polla de nadie pero gracias por el piropo – Frunció el ceño mientras Momoko se reía a carcajadas – ¡Por cierto! – Dijo acordándose de repente, precisamente porque la estaba mirando de una manera que le estaba poniendo nerviosa – Menuda miradita le echaste al yankee. Le llega a sentar mal y a saber dónde te metes.

– Cuanto más grandes son más ruido hacen al caer – Taro se levantó de la silla, recogiendo su plato y el de Eri.

– ¡Venga ya! Te sacaba una cabeza y era el doble de ancho que tú.

– Sí, pero en la cama es un inútil – Se agachó junto a ella y le susurró al oído – Y conmigo no paras de gemir.

Le puso los vellos de punta y provocó que se le escapase una sonrisita. Momoko les miraba curiosa porque no se había enterado de lo segundo, pero Eri lo prefería así. Taro entró en su habitación y poco después salió con ropa en la mano, caminando de espaldas hacia el baño, mirándola. Le hizo un gesto con la mano para que fuese con él, pero Eri negó con la cabeza, riéndose. Se encogió de hombros dándose la vuelta justo cuando Momoko se asomaba curiosa al pasillo para saber qué estaba pasando. No le faltaban ganas de meterse en la ducha con él, pero es que no quería acercarse en ese sentido al menos en unos días. Prefería esperar, a ver si su cuerpo dejaba de reaccionar como si él fuera el hombre de su vida. No quería sentir más, no quería pasarlo mal, y enamorarse de un hombre como Taro… era lo peor que se le podía ocurrir en ese momento. Bueno, eso y acostarse con un hombre que le mintiese y le robase. Escuchó su teléfono sonar y pegó una carrerita hasta su cuarto.

– ¿Eri-chan? – Era Akira – ¿te pillo en mal momento?

– No, para nada, ¿qué te pasó ayer si puede saberse? – Se sentó en el filo de la cama. Escuchaba el agua de la ducha correr, era tan tentador…

– Asuntos familiares que se me habían olvidado. Lo siento muchísimo, de verdad – Se dio cuenta de que últimamente lo único que escuchaba eran disculpas por parte de hombres – ¿Seguirías dispuesta a verme? Ayer no me respondiste…

– Supongo que sí, pero asegúrate de no tener planes.

– ¿Podrías pasado mañana? ¿Mismo sitio y misma hora?

– Por mí bien, sin problemas.

– Perfecto, tengo muchas ganas de verte.

No paraba de repetirle lo mismo, pero luego la dejaba plantada. En el fondo no sentía muchas ganas de quedar con él, pero pensándolo fríamente era lo que más le convenía en ese momento teniendo en cuenta lo que estaba empezando a sentir por Taro. Se conocía a sí misma y si las cosas seguían en esa dirección llegaría un punto en el que no podría controlar sus sentimientos. El resto del día lo disfrutó con la compañía de un libro, su última intención era molestar a la parejita. Taro se metió en su habitación y no salió a cenar esa noche aunque Momoko se quedó con ellos; de hecho no le escuchó salir hasta que llevaban todos un buen rato acostados. Quiso ir a la cocina con él, hacerle compañía, pero se lo pensó dos veces. No vio a nadie hasta el día siguiente por la tarde, cuando Yasu llegó de la universidad. Llamó a la puerta de su dormitorio y le sonrió.

– Ha llegado una carta para ti, creo que es de una oferta de trabajo – Se la lanzó.

– Deséame suerte – La abrió un tanto nerviosa al no saber el contenido, pero sí sabía que era una respuesta de sus muchas peticiones de empleo. Una sonrisa le asomó a los labios al ver que la habían aceptado – ¿Tu comida favorita era el tempura de pescado? Porque te voy a hacer el más bueno que hayas comido jamás, ¡tengo trabajo!

– ¡Genial! – No sabía si la felicidad del chico se debía a la noticia de su empleo o por la comida, aunque se inclinaba más por lo segundo.

Cuando horas después recogía las sobras de la cena junto a un Yasu eternamente agradecido, Taro salía de su habitación. Le llamó la atención su mal aspecto, sus ojos cansados, despeinado y desaliñado.

– ¡Bienvenido al reino de los vivos! – Yasu le dio una palmadita en la espalda – Me alegra ver que sigues con nosotros pero me tengo que ir a la cama – Le contestó con un ‘uhm

– Toma – Eri le puso su plato en la mesa – Vas a comer, ¿no? – Asintió sin mirarla, sentándose en la mesa – ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? – De nuevo asintió mientras comía con desgana – Bueno, pues… buenas noches.

No le respondió, no volvió a mirarla. Como veía que no mostraba señas de estar prestándole atención se fue a su habitación, extrañada. Esa mala actitud no se centraba exclusivamente en ella, con Yasu tampoco quiso hablar. Saltaba a la vista que algo le pasaba, física o anímicamente. Se metió en la cama y se puso a darle vueltas a la cabeza hasta que se quedó dormida.

 
5
           

            Y en lo primero que pensó al día siguiente fue en él. No le parecía normal que un día estuviera tan animado y que al siguiente al siguiente tan apagado. Preocupada por que le hubiese pasado algo, llamó suavemente a la puerta de su habitación; no obtuvo respuesta. Abrió con cautela, encontrándoselo con la cabeza apoyada en el escritorio, encima de un montón de papeles y con una lamparita dándole en la cara. Destapó la cama y le puso una mano en el hombro, llamándole en susurros. Fue cuando se dio cuenta de que estaba sudando y con el ceño fruncido. Le puso la mano en la frente, estaba ardiendo. Como pudo le cogió en peso y le hizo meterse en la cama, tapándole hasta arriba. Llenó una bolsa de agua con hielos y lo cubrió con una toalla, colocándolo bajo su cabeza, para intentar bajar la fiebre. Dejó la puerta encajada por si le escuchaba moverse o hacer ruido y fue a hacerle una sopa de verduras para cuando se despertase. No fue hasta horas después que no le escuchó quejarse.

– ¿Qué haces? – Al asomarse al dormitorio lo encontró sentado en la cama, mirando a su alrededor con una mano en la frente – Túmbate anda.

– ¿Me has metido tú en la cama? – Le empujó suavemente por los hombros dejándole caer en la almohada. Se sentó a su lado.

– Sí, te has puesto malo con fiebre. No puedes dormir tan poco, comer mal y trabajar tanto – Le entregó un termómetro para que se lo pusiese.

– Pero es que… Haruka debe estar enfadada conmigo, le tengo que dar material pronto y pedirle perdón.

– Me parece bien que quieras pedirle perdón, ha sido ella la que se ha gastado el dinero en tu fianza, pero si te pones malo no sirve de nada.

– Me siento mal por ella. Es muy buena chica, le doy demasiados problemas – Eri se asombró al sentir la punzada de celos.

– Lo es, pero no te preocupes. Cúrate primero.

– ¿Puedes pasarte por la tienda y decirle que lo siento mucho? Es que… ella se preocupa mucho por mí, y yo no—

– Yo también me preocupo – Farfulló sin pensar, bruscamente, sin saber si estaba celosa u ofendida. Se arrepintió del comentario tan pronto lo dijo. Taro la miró extrañado, ella se levantó de la cama – En la cocina tienes sopa. Come cuando te sientas mejor.

– Eri-chan… – dijo sorprendido mientras le dejaba solo en el cuarto.

Almorzó enfadada, era ella la que le estaba cuidando. Era ella la que le aguantaba el pelo cuando vomitaba y la que le preparaba comida cuando estaba enfermo. Ella, no Haruka. Pero Taro no se daba cuenta. ‘¿Para qué iba a valorar su ayuda si ningún tío valoraba nunca lo que hacía?’ Se vistió después de comer para ir a la tienda de la susodicha y a su cita, aunque estaba celosa iría a decirle lo que Taro le había pedido. No volvió a mirar cómo se encontraba, se marchó sin más. Era consciente de que quizás estaba pasándose con su manera de actuar, ellos dos no tenían nada serio pero le molestó tanto que hablara de la otra chica de esa manera que… Al llegar a la tienda, Haruka le saludó con una sonrisa de oreja a oreja.

– ¿Vienes a por más diversión?

– No, vengo a darte un recado de Taro. Dice que te diga que lo siente mucho.

– Podría haber venido él… qué tonto es.

– Se ha puesto malo, por eso no puede venir. Eso era todo, ya nos veremos.

– ¡Eri-chan, espera! Un momento – Salió de detrás del mostrador, cogiéndola del brazo – ¿Por qué estás tan seria?

– No lo estoy, es que tengo planes.

– ¿Te ha pasado algo? ¿Ha sido el rubio ese otra vez?

– No, Haruka, estoy bien.

– Te conozco de hace muchos años, estás enfadada por algo. Pero si no quieres decírmelo, tú misma – Se dio la vuelta, sentándose de nuevo en su silla. Al verla de espaldas odió que tuviese un culo tan perfecto. Se murió de celos al pensar que ella también se había acostado con Taro y que probablemente lo seguía haciendo.

– ¿Te gusta Taro-kun? – Una vez más su boca hablando sin permiso, pero una vez dicho, dicho estaba.

– ¿Qué? Claro que me gusta, nos gusta a todas.

– No… digo, en serio. Que si te gusta de verdad.

– ¿Cómo pareja dices? Pues… él es como es y bueno… ya sabes, no es que tenga mucho que hacer – Eri suspiró, se le veía en la cara que estaba loca por él – ¿Te ha dicho algo?

– No, es por curiosidad – El gesto de esa mujer le dio a entender que no se creía lo que le estaba diciendo.

– No te enamores de él. Vas a pasarlo mal – La sonrisa de Haruka se desvaneció.

– Ya lo sé, no me digas lo que tengo o no tengo que hacer.

– Yo solo te digo que mientras él quiera seguir follando conmigo no voy a decirle que no. Es muy bueno en la cama.

– En la ducha también se defiende estupendamente – Se miraban en silencio, saltaban chispas – en fin, me voy. Que tengas un buen día.

– Igualmente, Eri-chan.

Más enfadada que antes volvió a su coche y condujo hasta el bar. En esos momentos su actitud no era la mejor para tener una cita pero no iba a dejarle plantado, aunque podría, sería lo justo. Le situó en una mesa casi al fondo del todo. Le costó encontrarle.

– ¡Hola! ¡Estás guapísima!

– Gracias Akira-san, tú también te ves muy bien.

Se volvió a disculpar y empezaron a charlar de recuerdos compartidos, de anécdotas. Al principio la mente de Eri estaba centrada más en lo que le acababa de pasar que en escucharle, y no paraba de preguntarse como estaría Taro. Pero a esa hora, Yasu estaría en casa y si necesitaba algo se lo pediría a él. Cuando se dijo a si misma que no debía preocuparse, empezó a disfrutar de verdad de su cita con Akira. Charlaron tanto que incluso la invitó a cenar en ese mismo bar, hacía mucho que no se entretenía tanto con nadie, aunque solo hablasen de recuerdos.

– ¿Sabes a quién me encontré el otro día? ¿Te acuerdas de Haruka-chan?

– ¿Qué si me acuerdo? – No se podía creer que hasta Akira le hablaba de ella.

– Está preciosa, mucho más guapa que cuando éramos jóvenes. Y tiene una tienda un poco… curiosa.

– Ya, ya sé todo eso – Pareció incómodo al ver su molestia.

– Creía que os llevabais bien, ¿No erais amigas?

– La amistad es una cosa un poco compleja – Soltó  los palillos y dejándose caer en el respaldo de la silla – ¿Nos vamos de aquí?

– ¿A dónde? – Se rio tomándoselo a broma.

– No sé, a tomar algo. A tu casa. Donde quieras.

– ¿A mi casa? No digas tonterías.

– ¿Y por qué no? – Eri se quitó un zapato y subió su pie por la pierna de Akira, hasta su entrepierna. Él abrió la boca y la agarró del tobillo.

– Creo, que has malinterpretado algo, Eri-chan. Estoy casado.

– ¿Que estás…? – Sintió que se moría de la vergüenza, le entraron ganas de desaparecer – Lo siento, lo siento mucho.

– No, el que lo siente soy yo. Debería de habértelo dicho.

– Claro que deberías. Tengo que irme. Ya nos veremos.

Se levantó y se fue del bar intentando no correr a pesar de necesitarlo. Condujo hasta la casa repitiéndose una y otra vez que no podía ser más tonta, ni más patética. Volvieron a asaltarle las dudas de si se estaba volviendo una viciosa y de si era algo malo, lo único que esperaba es que Akira no fuese contándolo por ahí. La asquerosa sociedad era como era y ser una mujer que disfruta y vive plenamente su vida sexual no estaba bien visto. Una vez en casa la saludaron Yasu y a Taro, cenando, este último con mejor cara y un cuenco de sopa entre las manos.

– ¿Dónde estabas? – Preguntó Yasu mientras ella se cambiaba los zapatos.

– Con un amigo, cenando.

– ¿Todo bien? – Le miró de tal manera que el chico no volvió a preguntar.

– ¿Le dijiste eso a Haruka? – Fue lo primero que le dijo Taro. Eri asintió – ¿Y te dijo algo ella?

– Que está bien, que no te fuerces. Voy a acostarme, hasta mañana – Caminó hacia su cuarto con prisas.

– ¿¡No cenas?! – le gritó Yasu. No le contestó. Se metió en su habitación y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y marcando el número de su hermana.

– Momoko, ¿te pillo en mal momento?

– No, ¿qué te pasa? ¿Estás bien? – eso fue todo lo que necesitó para empezar a llorar, una simple pregunta de su hermana.

– No, no estoy bien. Estoy harta de todo. Estoy harta de los hombres.

– ¿Qué te ha pasado?

– Primero me pasa lo de Brad, no hace falta que te lo cuente otra vez… He quedado con Akira-san que lo primero que me ha dicho es lo guapa que estaba y se llevado toda la noche mirándome el escote como un cerdo. Pero cuando me he insinuado descaradamente me ha cortado diciéndome que estaba casado.

– No me lo creo…

– Sí. No puedo estar más avergonzada, es peor que cuando Hideo me hacía un desprecio. Joder, no quiero hablar de él, es lo que me faltaba.

– Pero con Taro estás bien ¿no? – Eri se llevó una mano a los ojos.

– No, no lo estoy. Bueno, sí lo estoy, pero estoy jodida. Me gusta mucho, Momoko, yo no quería sentir esto y ahora me entero de que a mi amiga Haruka también le gusta y él se interesa mucho por ella. Y habla de ella de una manera que… – No pudo seguir hablando, los sollozos no la dejaban.

– ¿Quieres que vaya para allá? – Preguntó su hermana justo cuando llamaban a la puerta de su cuarto.

– ¡No estoy para nadie! – Gritó con más rabia que pena, pero igualmente, Taro abrió la puerta.

– ¿Qué te ha pasado con ese tío? – Quiso saber, acercándose a ella.

– No, vete – Le señaló con el teléfono – Vete y llama a Haruka que tendrá que hablar contigo. Pero a mí no vuelvas a tocarme, ni me mires.

– Oye, oye, tranquila. No te he-

– ¡No me digas que me tranquilice! – Le tiró el teléfono, él la miró asustado. Eri hundió la cabeza entre sus brazos, apoyados en sus rodillas y llorando sin parar – Vete, déjame en paz – Pero no se fue. Cerró la puerta y se sentó a su lado, pasándole un brazo por los hombros.

– ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué me odias tanto de repente? ¿Qué he hecho?

– Odio a los hombres, a todos. A ti el primero – No quería levantar la cabeza, no podía mirarle.

– ¿A mí? ¿Por qué?

– Me dijiste que creías en el sexo sin amor. Yasu me dijo que tú no querías nada serio con ninguna mujer porque todas te han hecho daño.

– Y es verdad, no veo qué tiene que ver esto contigo.

– Tiene que ver porque me has mentido, los dos sabemos que en el fondo estás loco por Haruka – Le miró con rabia.

– Me parece que te estás equivocando…

– ¿Ah sí? ¿No es ella la que tanto se preocupa por ti? ¿Tan buena chica?

– Sí, pero…

– ¿No te la follas cada dos por tres? ¿No estabas el otro día en la calle con ella?

– Sí. Pero Eri, déjam—

– ¡No! ¡No quiero escucharlo! Estoy harta de que los hombres me usen y me mientan, ¡De que me hagan creer que las cosas son de una manera cuando no es así! ¡Y estoy harta de no ser yo la chica ideal! ¡¿Por qué no iba a serlo?! Me preocupo, hago cosas por ti, y tú solo tienes palabras bonitas para ella… – Estaba siendo demasiado sincera con él, no quería decirle estas cosas pero tampoco podía evitar que saliese todo solo.

– Eri-chan, eres una mujer impresionante, me encanta estar contigo, pero—

– Todo lo que viene antes del ‘pero’ podrías habértelo ahorrado – Se secó las lágrimas con rabia – Carece de significado si hay un ‘pero’ detrás.

– Pero yo no quiero nada serio con nadie. Ya te lo dije.

– Eso dices ahora, pero en cuanto Haruka se te declare ya me contarás.

– ¿Qué Haruka se me declare? – Le miró a la cara de nuevo.

– ¿Me vas a decir que no lo sabías? – Negó con la cabeza, se le veía confuso – Pues ya lo sabes. No me tienes que dar las gracias. Cuando te pongas bien espero que al menos a ti te funcionen las cosas – Se puso en pie, él la imitó – Si no te importa vete de la habitación, quiero estar sola.

– Eri-chan, no tendría nada serio con Haruka jamás – Soltó una risita incrédula, pasándose la mano por el pelo – Primero porque es mi jefa, y segundo porque no me fío de ella.

– ¿Y por qué no?

– Haruka me lo cuenta todo, se acuesta cada dos por tres con hombres diferentes. Una persona así… dudo que sea fiel. Lo sé porque yo soy igual.

– Pero no me dirás que no te gusta.

– Está buena y es simpática. Pero hay muchísimas mujeres que lo son, hemos follado y no por eso me voy a comprometer con ninguna.

– Yo incluida – Suspiró mirando el techo – Te dije que yo esto no podía hacerlo – Le mató de rabia volver a llorar de nuevo.

– Lo siento…

– Estoy tan harta de que los hombres me pidan perdón… – Se dejó caer sentándose en el borde de la cama, sollozando y limpiándose las lágrimas con las manos – Soy un fracaso, un verdadero desastre.

– No lo eres, deja de decir esas cosas.

– Deja tú de portarte bien conmigo, aléjate de mí de una vez.

– ¿De verdad quieres que me vaya? – Se puso en cuclillas ante ella, pasándole una mano por el pelo.

La miraba con esos ojos negros y cuando a ella se le escapó un sollozo, tragó saliva, acariciándole la mejilla con el dedo. Eri negó con la cabeza, poniéndose de rodillas en el suelo, abrazándolo por la cintura. De primeras se quedó quieto, mirándola sin saber qué hacer, sin embargo terminó pasándole los brazos por los hombros. Lloró hasta que las lágrimas dejaron de salir, agarrada a él que pacientemente la consolaba.

– Me ha pillado totalmente por sorpresa – Susurró Taro al notarla más relajada – Si me hubiesen preguntado habría jurado que no sentías más por mí que atracción física. Me has engañado bien.

– Supongo que el haber estado con Hideo me ha hecho una experta en fingir que todo va bien, no lo sé… – No quería separarse de él, por mucha calor que tuviese. Le miró a la cara y le puso la mano en la nuca, juntando su frente con la del chico.

– Vaya… – Murmuró Taro con una sonrisita.

– Tienes fiebre otra vez, ¿qué pensabas que iba a hacer? – Se separó de él, hundiéndose de nuevo en sus ojos oscuros.

– Esto – Le puso la mano en el hombro y le dio un beso breve en los labios.

– No vuelvas a hacerlo – Susurró Eri mirándole la boca – No vuelvas a hacerlo si no te vas a quedar conmigo.

– Me va a costar trabajo no hacerlo, eres preciosa – Eri chasqueó la lengua.

– Me gustaría saber cómo será esa capaz de enamorarte, me da verdadera curiosidad – Taro sonrió y se levantó, apretándose los ojos con los dedos.

– Creo que tengo que acostarme si no quiero desmayarme – Le acompañó hasta su habitación, no quería que se cayese por el camino. Una vez acostado y tapado, Taro le agarró de la mano antes de que se fuese – Has tenido mala suerte con los hombres, eso es todo.

– Supongo que sí. Pero es que es uno detrás del otro.

– Tienes que ser más mala, más egoísta. No puedes ser así porque vas a pasarlo mal.

– Ya sé que voy a pasarlo mal, pero no puedo evitar ser como soy.

– Sí que se puede – Taro le acariciaba la mano con el pulgar, sin soltársela – Te digo yo que se puede. Oye, mi cama es grande, si quieres—

– No. Buenas noches, Taro-kun – Tiró para irse, pero no le dejaba.

– No deberías de pasar la noche sola, es el peor momento.

– Lo sé, pero-

– Olvida que te he preguntado. Quiero que duermas hoy conmigo – Resopló, mirándole con desconfianza – Estoy malo, quiero compañía. No tienes que abrazarme y si quieres yo no te abrazo, pero me gustaría sentir a alguien a mi lado cuando me duerma.

– Taro-kun…

– Te prometo que no hago nada que no quieras hacer.

No estaba nada segura de lo que estaba haciendo, pero como iba a pasarlo mal igualmente al menos podía aprovechar el tiempo y dormir a su lado. Si se metía en su cama sola pasaría una malísima noche, le iba a costar quedarse dormida mucho más trabajo. Apagó la luz de su habitación y antes de cerrar la puerta vio su teléfono móvil en el suelo. Lo cogió por si su hermana la llamaba. Le hizo un hueco en la cama, tumbado boca arriba con aspecto molesto. Fue a la cocina y le volvió a llenar la bolsa de agua con hielos nuevos poniéndosela bajo la cabeza.

– Gracias por todo, Eri-chan – Le sonrió al tumbarse a su lado.

– No hace falta que me las des.

– Claro que sí, hace tiempo que no me cuidan así y lo aprecio mucho.

– ¿Ni siquiera Haruka? – No podía evitar sentirse celosa. Taro negó con la cabeza, cerrando los ojos, llevándose la mano a la frente y girándose de cara a ella. No se le podía olvidar que seguía con fiebre. Eri se sintió mal por hablarle de ese tema en esos momentos – Lo siento – Taro abrió los ojos y acto seguido, el corazón de Eri amenazó con salirse de su sitio – Sé que es posesivo y no está bien, pero si te tengo que ser sincera me enferma la idea de que otra te toque.

– Haruka no puede competir contigo, deja de comerte la cabeza. Si tengo que elegir entre sexo contigo o con ella lo tengo claro.

– Después de oir eso me da incluso más curiosidad que debe tener la mujer que te haga pensar en algo más que en sexo con ella – Taro no sonrió esta vez. Se quedó en silencio, observándola mientras ella le observaba a él. Cuanto más le miraba, más atractivo le parecía, era una pesadilla a la par que un vicio.

– Duérmete, es tarde. Y apaga la luz – Le dio la espalda – Está por tu lado de la cama.

Suspiró e hizo lo que le decía, sintiéndose triste. Ella no quería enamorarse, no quería sentir lo que estaba sintiendo porque sabía que lo iba a pasar mal. Se acurrucó junto a él con las manos entre sus pechos, mirando su espalda con la poca luz que entraba por la ventana proveniente de una farola de la calle. Tenía unas ganas de abrazarle que se moría, quería sentirle cerca, que él supiese que estaba para lo que le hiciese falta. Pensaba que durmiendo a su lado le iba a costar menos trabajo coger el sueño, pero no podía estar más equivocada. No paraba de pensar en todo lo que le estaba pasando, cuestionando si estaba haciendo las cosas bien. Se le escaparon unas cuantas lagrimillas y sentía un vacío en su pecho muy parecido al de las primeras veces que discutía con Hideo, al que sintió cuando se dio cuenta que su relación estaba perdida (mucho antes de divorciarse). Creía que nunca más iba a sentir algo así por nadie, estaba segura de que no iba a volver a enamorarse de la misma manera, pero se equivocaba. Taro era en lo primero que pensaba al acostarse y su primer pensamiento por la mañana. Los comparaba a los demás con él y lo único que quería era estar a su lado. Se enamoró sin darse cuenta, hasta que la realidad le dio un bofetón. Sorbió por la nariz intentando no hacer ruido, pero Taro volvió la cabeza.

– ¿Estás bien? ¿Necesitas hablar?

– No, duérmete que no te vas a recuperar nunca – Su voz sonó tomada a causa de tener la nariz taponada.

– No puedo dormir sabiendo que estás llorando – Se giró, mirándola.

– No importa, es solo un bajón, ya se me pasará – No quería mirarle a la cara, no mientras siguiese llorando. Taro acercó la mano a su rostro, Eri dio un respingo cuando sus dedos limpiaron las lágrimas que se le habían escapado. Al sentir su mano en la mejilla no pudo evitar apretarla con la suya.

– Me siento muy mal, lo siento mucho… de haberlo sabido…

– No digas que te arrepientes, no me digas eso – Los sollozos no la dejaban hablar. No entendía el drama que estaba montando por algo tan tonto.

– No me arrepiento en absoluto. Muy pocas mujeres me han hecho sen… me han puesto tan cachondo como tú – Eri le miró, Taro desvió la mirada aparentemente nervioso.

– ¿Te hago sentir cosas?

– Principalmente entre las piernas – Se escondió tras su sonrisa pícara.

– Sabes lo que te estoy preguntando, respóndeme – Dejó de sonreír de nuevo y miró hacia el lado, incómodo.

– Deberíamos dormir, no estoy para hablar de esos temas ahora, no me siento bien.

– ¿Entonces para qué me dices que si quiero hablar? – No le dejó responder, le hizo un gesto con la mano para que se callase – Da igual, buenas noches – Ahora fue Eri la que le dio la espalda.

Sintió que Taro se le acercó un poco más, durmiendo pegado a ella pero sin abrazarla como le prometió. Suspiró, cerrando los ojos e intentando relajarse con el sonido de la respiración de ese hombre. Le pareció que había pasado una eternidad hasta que consiguió quedarse dormida.

Se despertó con la luz entrando por la ventana y sintiendo los dedos de Taro acariciarle despacio la cintura por debajo de la camiseta de tirantas. No quería moverse, no quería decirle nada ni mirarle porque no quería provocarle y acabar teniendo sexo con él. Era lo que le faltaba, más motivos para pensar que definitivamente era el hombre de su vida. Sus dedos se desplazaron despacio hasta su ombligo, acelerando sus pulsaciones. Acercó su cuerpo apretándose contra ella, por lo que sintió la presión de su erección mañanera en el trasero. Eri yacía de lado, con las piernas dobladas contra el cuerpo. Taro se acopló tras ella, por lo que si movía un poco las caderas, podría rozarse con él. Sabía que era lo único que tenía que hacer para volverle loco, pero no se movió. Escuchó y sintió que le olía el pelo y cómo rozaba sus pechos por encima del sujetador con sus manos. Se le aceleró la respiración, por más que intentaba hacerse la dormida no podía evitar excitarse y si la cosa seguía así…

– Taro – Le llamó la atención de manera cortante, o al menos lo intentó porque la voz le tembló un poco. Le agarró de la muñeca, bajando su mano – Estate quieto.

– ¿Estabas despierta? – Se soltó de su mano y tiró de su hombro derecho, obligándola a ponerse boca arriba. Le puso la mano en el cuello, acariciándoselo, inclinándose sobre ella, besándole los labios, apretándolos con delicadeza – ¿Cómo estás? ¿Te sientes mejor? Porque yo sí…

– ¿Qué haces? – Preguntó con un hilo de voz, incapaz de negarse a su cuerpo.

– Shhh… – Volvió a besarla con la misma ternura de antes, pero bajando su mano por el cuerpo de la chica, sofocada.

– No sigas – Murmuró justo antes de meterle la lengua en la boca. Subió sus manos despacio y se las pasó a Taro por el pecho y por su cuello, acariciándole mientras se besaban – No quiero hacer esto si no er-

– Claro que quieres – Clavó los dedos en sus muslos, tumbándose sobre ella – Estás deseando que te folle.

– ¡No quiero que me folles, Taro! – Le empujó – Quiero más que eso… – La miró contrariado – Y como eso no puede ser, quítate de encima.

Permaneció unos segundos mirándola, asimilando lo que le acababa de decir. Asintió y se echó hacia un lado, tumbándose boca arriba en la cama. Por una parte Eri se alegró de que la respetara, pero por otra estaba tan cachonda que no le habría importado si él hubiese insistido. Se sentó en el filo de la cama y estaba buscando sus zapatillas cuando le sintió moverse. Le pasó un brazo por la cintura, tumbado tras ella, suspirando.

– Lo siento, me he dejado llevar por mis impulsos.

– No pasa nada, lo entiendo – Y tanto que le entendía.

– ¿Vas a dejar de hablarme? ¿Vas a evitarme a partir de ahora?

– Voy a buscar otro piso – Taro no dijo nada – Me han dado trabajo y empiezo el lunes. De todas maneras es lo que tenía planeado desde un principio, aunque no estoy fija.

– No es necesario que te vayas – La apretó sutilmente – Si no quieres que te moleste te prometo que—

– No me molestas – Le interrumpió con una sonrisita, acariciando su brazo con las yemas de los dedos – Me encanta que me incordies. Pero necesito unas cosas de ti que no estás dispuesto a darme. Solo sexo me sabe a poco contigo – Se volvió y le miró a los ojos – Por muy bueno que sea.

Se quitó su brazo de encima y se levantó para ir a desayunar. Taro no salió hasta que ella no estuvo en su habitación y los siguientes días parecieron evitarse el uno al otro. Eri pasaba las horas buscando piso, una tarea frustrante ya que no consiguió nada: o eran excesivamente caros o estaban demasiado lejos, por lo que se iba a gastar el mismo dinero hiciese lo que hiciese. De momento no podía aspirar a más. Pasaba muchas horas sola, pensando demasiado, y aunque necesitaba hablar con su hermana no quería llamarla porque estaba de exámenes. Pero el viernes, dos días después de la última vez que vio a Taro, no pudo más y la llamó por teléfono.

– Perdona que no te haya llamado pero es que apenas tengo vida propia

– Lo sé, vivo con tu novio que va a la misma clase que tú. Está todo el día estudiando.

– ¿Cómo estás? ¿Mejor desde la última vez.

– Como siga aquí sola voy a explotar, pienso demasiado y—

– ¿Mañana tienes algo que hacer? – Le cortó Momoko

– No, ¿por qué?

– Ve poniéndote guapa que voy para allá.

Colgó el teléfono sin decirle nada más y dejándola un poco confusa. Aunque no tenía muchas ganas le hizo caso, poniéndose lo primero que sacó del armario. Al mirarse fue consciente de que esa no era la manera en la que le subiría el ánimo, por lo que se puso un trajecito blanco y de encaje muy corto, unos botines negros con tacón y se recogió la melena en un moño no muy elaborado dejándose algún que otro mechón fuera. No se maquilló, pero rescató de su caja unos collares que hacía mucho que no se ponía. Sonrió al ver el resultado. Al escuchar el timbre salió del baño, encontrándose con Yasu en el pasillo que también salía a abrir cuando ella le pasó por delante.

– Es tu novia – Le anunció mientras abría la puerta con una sonrisa. Una sonrisa que se quedó congelada en su rostro al ver que Momoko no venía sola. Haruka estaba junto a ella en la puerta.

– Hola – La saludó con alegría, entrando sin ser invitada – ¿Taro está por aquí?

– Está en su habitación – Yasu señaló su puerta.

– Ya sé dónde es, gracias – Llamó brevemente y abrió sin esperar respuesta – Ya estoy aquí, ¿de qué querías hablarme? – Dijo antes de cerrar la puerta.

Eri se quedó en el sitio, mirando la puerta del cuarto, muerta de celos y de rabia. No reaccionó hasta sentir la mano de su hermana en el hombro. Iba guapísima, llevaba un trajecito celeste que contrastaba mucho con su pelo, recién teñido de rosa otra vez.

– ¿Dónde vais tan guapas? – Yasu le tiró con cariño de un mechón de pelo.

– Dirás mejor que dónde vamos. Ve vistiéndote que esta noche salimos – El chico asintió, brincando hasa su habitación – ¿Quién era esa? – Le preguntó a Eri en susurros sentándose en el sofá mientras Yasu se arreglaba.

– Haruka, la que te dije…

– Ah, vaya – Momoko frunció el ceño mirando por la ventana – Ahora mismo vengo.

Se levantó y fue hacia el cuarto de Taro, ignorando los ruegos de su hermana de que se estuviese quieta. Llamó y esperó hasta que le abrieron la puerta; desde donde estaba, Eri no veía pero escuchaba.

– ¡Hola Taro-kun! ¿Por qué no vas a darte una ducha y te arreglas un poquito? ¡Nos vamos a la calle!

– No creo que deba… – Después de dos días sin oírle, un pellizquito le hizo llevarse la mano al pecho.

– ¡No seas tonto! Te esperamos, ¿vale?

– Pero tengo compañía – Eri respiró hondo.

– He dicho que te esperamos – Su hermana se acercaba a ella y Taro suspiraba, cerrando la puerta de su habitación. Se sentó a su lado y puso morritos mientras se tocaba el pelo.

– Esa tal Haruka tenía mala cara, estaba sentada en la cama de Taro y miraba unos dibujos. Parecía enfadada o molesta, no estoy segura.

– ¿Unos dibujos? – Si estaba mirando el mismo manga que ella había visto entendía su molestia. Y se alegraba.


6

Un ratito después, Yasu salió de la habitación y se fue al cuarto de baño justo cuando Haruka salía del cuarto de Taro, chocándose con el chico por el camino.

– ¡¿Se puede saber por qué te has enfadado?! ¿No está bien o qué? – Preguntaba Taro molesto, saliendo tras ella. No tenía nada puesto por encima, solo los pantalones del pijama, igual de desarreglado que siempre.

– Oh sí, está bien, es el más pornográfico y el más cerdo que has dibujado hasta la fecha, se va a vender que da gusto. Pero me parece ridículo de donde viene la inspiración teniendo en cuenta que no tiene nada que ver con la realidad – Miró a Eri con altivez acompañada de una sonrisita y una ceja levantada.

– Si lo dices por las tetas tengo más que tú, así que cállate la boca – Respondió la aludida muerta de rabia – En realidad cualquiera tiene más que tú – Sabía que se estaba pasando, pero estaba tan furiosa y tan, tan celosa, que era incapaz contenerse.

– ¿A eso se limita todo? ¿A un par de tetas? Qué triste lo tuyo si con lo único que puedes contar es con tu físico.

– Que poco la conoces si dices eso, ¡a ver si lo que tienes es envidia! – Momoko se levantó y defendiendo a su hermana a pesar de no haberlo pedido. Nunca la había visto alterarse de esa manera, por lo general era una niña tranquila – ¿Te crees que puedes venir a insultarla a su casa? ¡Lárgate de aquí!

– No te pienses que te vas a sacar mucho dinero de esto – Haruka miró a Taro tras abrir la puerta de la calle – La próxima vez que quieras verme, ven a la tienda. No voy a pisar esta casa en mi vida.

– Haruka, espera – Taro fue tras ella un poco desesperado.

– ¡Déjame en paz! – Escucharon a Haruka gritar ya fuera de la casa – ¡Me dijiste que querías hablar conmigo y solo querías darme esto!

– Quería pedirte perdón en persona, y como estaba ocupado–

– ¡Eso me lo puedes decir por teléfono! ¿Sabes qué? Dale esto a otro que te lo quiera vender, no cuentes conmigo. Si cambian las cosas y dejas de ver a esa zorra podremos hablar de negocios.

– ¿Desde cuándo te ha importado que me acueste con otras mujeres?

– ¡Desde que te importan más que yo! ¡¡Yo era la primera!! – Eri y Momoko se miraron alzando las cejas. Yasu se asomó desde el pasillo con cara de susto.

– No sé cómo decírtelo… pero estás equivocada Haruka-chan. Siempre lo has estado, por lo que veo – Se quedaron en silencio, solo veían la espalda de Taro – Creía que estaba bien claro que era solo sexo – Hablaba en voz tan baja que se sintió tentada de levantarse para escuchar mejor.

– Sí. Lo estaba. Pero no lo es con ella, ¿verdad? – El corazón se le iba a salir por la boca y lo peor era que él no contestaba.

– Creo que deberías irte, dame eso.

– No. Este voy a venderlo. Ya sabes qué tienes que hacer si quieres seguir vendiendo en mi tienda. Sobre todo con esa.

– Entonces supongo que es un adiós.

Los papeles volaron por la cocina. Taro se echó unos pasos atrás, protegiéndose con las manos porque Haruka le estaba pegando con el manga. Antes de que las chicas pudiesen acercarse, le dio un empujón a Haruka, quitándole de las manos su trabajo y cerrando la puerta. Acto seguido se agachó a recoger las hojas, preocupándose de que no estuviesen estropeadas. Yasu se acercó a ayudarle esbozando una sonrisita y guiñándole el ojo a Eri.

– No entiendo cómo se puede menospreciar de esta manera el trabajo de los demás – Masculló enfadado – Esta tía es imbécil. Y encima pretende controlar con quien me acuesto y con quien no, ¿pero quién se cree que es?

– Venga, venga – Momoko se acercó a él – Corramos un tupido velo y ve a vestirte, ¡Uy que guarrete! – Reía mirando la hoja que había recogido del suelo – Vale, creo que no debería de haber visto esto. Acabo de imaginaros follando – Se sentó junto a Eri en el sofá.

– Me voy a quedar aquí, ya saldremos en otro momento – Murmuró Taro.

– ¿¡Pero tú eres tonto?! – Insistió su hermana – ¡De eso nada, ve a arreglarte!

– Déjale si no quiere – Eri no quería mirarle, pero como siempre, lo hizo.

Al levantarse del suelo con todos los papeles, Taro miró hacia ella brevemente, y aunque apartó la mirada, al instante volvió a mirarla. De arriba abajo. Dejó escapar el aire entre los labios mientras se quedaba mirándole las piernas. Se le subieron los colores cuando volvió a mirarle a la cara.

– Venga, vente. Hace mucho que no nos vamos por ahí – Intentó convencerle Yasu – Tampoco tienes que arreglarte demasiado. Pero dúchate, eso sí.

Chasqueó la lengua, se metió en su habitación y salió con ropa para cambiarse, metiéndose en el cuarto de baño. Eri le esperó con una sonrisita, las cosas estaban mejorando pero no podía confiarse. Taro seguía pensando igual y por más que ella quisiese no iba a cambiar en ese sentido. Yasu bromeaba y tonteaba con Momoko, y aunque siempre era en voz baja, las risitas de su hermana la estaban incomodando. Se levantó camino a su habitación para coger el bolso y sus cosas. Cerró la ventana para que no entraran bichos y cuando estaba cerrando la puerta se abrió la del baño a su espalda. El olor a colonia que la envolvió le hizo darse la vuelta atontada. Taro se había afeitado pero no se había quitado toda la barba y no se había molestado en peinarse, por lo que cada mechón de su pelo iba hacia el lado que le daba la gana. Se acercó a él despacio, que la miraba serio y sin moverse. Llevaba una camiseta blanca y una camisa de botones roja de franela encima, con unos vaqueros simples y unas deportivas de lo más normales. Subió la mano hacia su pelo, emborrachándose del olor a hombre que desprendía, e intentando peinarle como pudo con los dedos.

– Mejor – Taro suspiró.

– ¿Por qué te has arreglado tanto? – Miraba y tiraba del borde del traje hacia un lado.

– Me lo dijo mi hermana y le hice caso. Pero no estoy tan arreglada, solo me he puesto un traje – Los ojos de Taro volvieron a recorrer su cuerpo.

– Escucha, no quiero que estés incómoda, por eso dije de quedarme en casa.

– No voy a estar incómoda, no seas tonto.

Le sonrió y fue hacia el salón seguida de él. Comprobaron que llevaban dinero, las llaves, todo lo necesario y salieron de la casa. Momoko le pidió a Eri que le dejase el coche, se acababa de sacar el carnet y era ella la que quería llevarlos al sitio que tenía pensado. Yasu se sentó delante y los dejaron a ambos, Taro y Eri, en el asiento de atrás. No se prestaban atención, miraban por la ventana como si nada. La parejita fue quejándose todo el camino por lo callados que se mostraban.

– Más vale que vayáis afinando la voz…

– No, joder – Taro chasqueó la lengua, molesto – Odio los karaokes.

– Pues por un día te aguantas, a Eri le encantan.

– ¡Y a mí también! – Yasu entró el primero dando saltitos de alegría.

Era un karaoke de los abiertos, en los que se cantaba en público. Por suerte, el local ni era excesivamente grande ni muy frecuentado. Pidieron bebidas, la de Taro y la de Eri alcohólicas.

– ¿Me prometéis que no vais a drogarme? – Preguntó Eri con una sonrisa.

– Qué idiota eres – Momoko puso la primera canción, dispuesta a cantar con Yasu.

Cuando iban por la mitad de esta, una pareja pasó junto a su mesa y se sentó dos sitios más adelante. Eri deseó irse a casa al darse cuenta de que era Hideo, su ex marido, con una chica mucho más joven y espectacular que ella. No fue hasta que su hermana acabó la canción que no se dio cuenta de su incomodidad. Taro también lo notó.

– ¿Qué pasa? – Eri señaló con la cabeza hacia la mesa. Momoko se volvió resoplando – Pasa de él.

– ¿Quién es? – Pregunto Yasu mirándole descaradamente. Su novia le tiró de la camiseta para que se sentase derecho.

– Mi ex marido – Taro volvió a mirar, más interesado que antes.

– ¿Ese es tu ex marido? – Se reía como un adolescente, algo le vio de gracioso a la situación.

– Mierda, está mirando hacia aquí – Su mirada se cruzó con la de él. Era una situación rara pero no había sentimientos de por medio, ninguno, ni bueno ni malo. Tan solo incomodidad – No entiendo cómo puede tener novia tan pronto, ¡y tan guapa! Y yo aquí sola… es tan injusto que me entran ganas de pegarle – Quizás sí que había sentimientos, pero no los que se podían esperar.

– Sigue mirando y no te quita la vista de encima – informo Yasu.

 

 

– ¿Que sí? Pues que mire – Taro le pasó el brazo por la cintura, Eri le miró poniéndose nerviosa al tenerle tan cerca, muriéndose de vergüenza y derritiéndose a partes iguales cuando le dio un beso tierno en los labios – No vamos a dejar que se crea que le va mejor que a ti, ¿no? – Al sentir su susurro sonriente en los labios quiso más.

– No te aproveches de la situación – Sin embargo se separó de él, mirándole la boca.

– ¡Aquí está! – Momoko puso una canción después de que otra persona acabase la suya – Toma, es para ti – Le dio el micrófono a su hermana – Hay dos cosas de Eri que no sabéis: una es que domina el inglés; la otra es que no es que le guste mucho cantar, es que canta de maravilla.

– No es para tanto – Sonrió al ver qué canción era, ‘Rolling in the Deep’ de Adele. Iba a ser evidente que iba por Hideo.

– Seguro que se muere por tenerte a su lado – Le dijo Momoko justo antes de que empezara a cantar – ¡Haz que ese cerdo se arrepienta!

Empezó a cantar con un poco de timidez, pero le gustaba mucho esa canción y hacía tanto que no cantaba que no tardó en dejarse llevar. Cuando acabó le aplaudió mucha gente, sobre todo Momoko, entusiasmadísima. Taro la miraba con la misma sonrisa de antes y le dio un beso en la mejilla, siguiendo con su papel. Menos él, los otros tres cantaron mucho, tanto sus canciones como las canciones que elegía la gente. Cuando Taro ya llevaba unas cuantas copas de más, le quitó el micrófono a Yasu, interrumpiendo en su canción.

– ¡Un momento! ¡Necesito decir una cosa! – Se sentó en el respaldo del sillón, con los pies en el asiento. Incluso costaba trabajo entenderle cuando hablaba.

– ¿Qué haces? ¡Bájate! – Tiró de él, que le cogió las manos.

– Espera preciosa – Dijo en el micrófono, todos los miraban – Verás, desde que tenía veintiún años, y de eso hace ya siete años, las mujeres han sido para mí solo un coño, nada más – Algunos le miraban escandalizados, otros se reían (como Yasu), los camareros no sabían qué hacer – ¿Y qué es un coño? Es un agujero donde la metes, se moja, te mojas y todos felices. Fin. Eso es todo.

– Taro por favor cállate ya – Eri se pasó una mano por la cara.

– Déjale que hable – Su hermana se reía tras sus manos, divertida.

– Y aunque los hay de todo tipo para mí son iguales. ¡Pero! Siempre hay un pero – Interrumpió su discurso riéndose como un estúpido – Hay un coño en concreto que es especial, ¿y por qué? Pues porque no es solo un coño lo que veo, me importa más su dueña. Y eso no es justo porque yo ya tenía mi vida orientada de una manera y ahora vienes y me cambias los esquemas – Ya no le hablaba a la gente, le hablaba a Eri, que no sabía dónde meterse – Ya tenía asumido que erais todas malvadas y ahora vienes tú, con esa actitud que engancha y esa forma de ser tan increíble y dejo de pensar en que eres un coño para pensar que eres la mujer más bella del mundo. Por favor, ¿podéis mirarla? Es preciosa…lo más bonito que vais a ver nunca.

– Taro… – Se encogió en el sitio, con una mano ante los ojos.

– Me encantan las caritas que pones cuando hacemos cosas, se te pone esto colorado y estás monísima – Se señaló las mejillas. Momoko se reía por lo bajo – Pero cuando más guapa estás es por la mañana, despeinada, sin arreglarte. A lo que quería llegar es a que eres una persona especial para mí, aunque no quiera admitirlo, ¿puedo darte un abrazo?

– Te diría que no pero vas a hacer lo que te de la gana… – Se sentó correctamente a su lado y Yasu le quitó el micrófono. Abrazó a Eri por los hombros, hundiendo la cara en su cuello mientras ella le pasaba las manos por la espalda – No vuelvas a hacerme algo así en tu vida.

– Oye, me estaba declarando – Se rio ante su cara de borracho.

– Apestas a alcohol, creo que deberíamos irnos a casa – Momoko asintió riéndose y se levantó pidiéndole disculpas a la gente.

A Eri se le había olvidado que Hideo estaba allí y no se acordó hasta que no estaban en la calle. Cuando se subieron en el asiento de atrás, Taro se acercó a ella demasiado e intentó besarla, pero le empujó diciéndole que no con la cabeza. Se quejó y apoyó la suya en el cristal, mirando la calle.

– ¿Ha servido de algo esta escapadita? ¿Estás mejor? – Le preguntó Momoko cuando entraban en la casa. Taro iba apoyado en Yasu, riéndose de algo que hablaban en voz baja.

– Sí, muchas gracias por todo – Se sonrieron y Momoko señaló al borracho con la cabeza

– Se te ha declarado, ¿vas a hacer algo al respecto?

– Ya hablaré con él mañana cuando no esté borracho. Es probable que haya dicho todo eso para que yo me sienta mejor – Yasu le metía en su habitación.

– ¡Eri-chaaaaan! – Le escuchó llamarle entre risas desde el dormitorio y se asomó a la puerta para encontrárselo tumbado.

– Dile algo, dice que no quiere dormirse, ¡con la que lleva encima!

– Duerme conmigo Eri-chan – Pidió con los ojos cerrados, sonriente.

– No, esta noche no. Mañana hablamos y ya veremos.

– Ya veremos puede ser no – Se quitó la camiseta a tirones – ¿De verdad no quieres tocar todo esto? – Al señalarse, pretendiendo ser sexy, Yasu se rio y a él también se le pegó la risa tonta. Eri no pudo evitar sonreír porque sí que tenía ganas de tocar ‘todo eso’.

– Paso de vosotros. De los dos. Buenas noches – Se despidió de ellos, de su hermana y se metió en la cama.

No quería pensar en todo lo que Taro le había dicho, no quería ilusionarse. Aunque pasó muchísima vergüenza le pareció que lo que le dijo fue muy bonito. Y delante de Hideo además, es que era tan perfecto que tenía ganas de reírse. Y fue con una sonrisa como se quedó dormida.

A la mañana siguiente la despertaron las cigarras, era una mañana de sábado genial. La brisa fresca se colaba por la ventana, aliviando el calor de esos días, moviéndole el pelo y la falda del camisón a Eri cuando se acercó para abrir más las cortinas. Fue hacia el salón, pensando que estarían todos dormidos porque no escuchaba la televisión, pero al parecer no había nadie. Sin embargo, la puerta de Taro estaba encajada. La empujó un poco y se asomó pero la tuvo que abrir un poco más al ver que no estaba en la cama. Él también tenía la ventana abierta y vio su espalda desnuda encorvada sobre su escritorio. Llamó con los nudillos a la puerta haciendo que se volviese.

– ¿Cómo te encuentras? – Le preguntó, apoyada en el marco de la puerta. Taro apartó la mirada y volvió a centrarse en los papeles.

– Bien, estoy arreglando esto, está todo desordenado – Eri se acercó, quitándole una de las galletitas que comía.

– ¿Te acuerdas de lo de ayer? – Le miraba fijamente, mordisqueándola.

– Más o menos. Sé que hice algo que no debería haber hecho.

– Diste un discurso sobre coños en el karaoke, si te refieres a eso – Se llevó una mano a los ojos sonriendo – También dijiste unas cuantas cosas bonitas… sobre mí.

– No sé si quiero preguntarte – Se miraba las manos y parecía avergonzado.

– No sé si quiero decírtelas, ni siquiera recordarlas porque no sé si las dijiste de verdad o solo para hacerme sentir bien – Taro la miró frunciendo el ceño, Eri suspiró – En resumen me dijiste que yo era especial para ti – Taro frunció aún más el ceño, mirando los papeles de nuevo – Y solo quería darte las gracias porque fuese cual fuese tu intención me hiciste sentir mejor.

Seguía serio, pensando en lo que fuese que estaba pensando. Eri quería abrazarle, besarle, sacarle a la fuerza lo que estaba pensando y sobre todo lo que realmente sentía por ella. Le ocultaba sus sentimientos y el motivo más probable era que ni él mismo quería aceptarlo, aunque ni siquiera fuese algo serio. Pero sabía que presionándole no iba a conseguir nada.

– ¿Dónde está mi hermana? – Le preguntó para cambiar el tema, mirando por la ventana de su cuarto que daba a la entrada principal – Es tarde ya…

– No lo sé, me desperté y no estaban – Eri volvió la cabeza y le pilló mirando el borde de su camisón, con la vista fija en sus piernas y su culo.

– Entonces voy a preparar el almuerzo y a llamarla, a ver dónde se ha metido – No mencionó nada sobre su cara de pervertido, le encantaba que le mirase. Taro asintió y volvió a centrarse en los papeles. Se fue a la cocina con el teléfono en la mano pero su hermana tardó en cogerlo una eternidad.

– ¿Dónde estáis? – Sonrió al escuchar que su hermana contestaba con una risa.

– Yasu me ha invitado al parque de atracciones, así que ya nos veremos esta noche. ¡Aprovecha que estás sola con Taro y tíratelo!

– Cállate, imbécil – Solo de pensarlo se puso nerviosa – Pásatelo bien.

– Y tú también – Le colgó riéndose de nuevo. Eri negó con la cabeza y dejó el teléfono en la encimera. Puso la mesa mientras dejaba el arroz haciéndose.

– ¡Taro-kun, estos dos no vienen a comer! – Le informó desde la cocina – ¿Quieres comer ya o más tarde? – Obtuvo el silencio por respuesta, sin embargo oía que estaba haciendo cosas de fondo. No respondía, chasqueó la lengua un poco molesta – ¿Hola, Taro-kun?

Estaba de espaldas al salón y al darse la vuelta para ir al cuarto de su compañero, éste se abalanzó sobre ella, empujándola contra la mesa. Le agarró del muslo con una mano y del cuello con la otra, besándola intensamente. Eri puso las manos en la mesa, que se desplazó hacia atrás con el impulso, haciendo que los palillos cayeran al suelo. Taro le apretaba los labios con los suyos, los saboreaba, los mordía, le metía la lengua en la boca enredándola con la suya y volvía a empezar. Eri ni quiso ni pudo negarse a ese ataque que tantas ganas tenía de sufrir. Le acarició el muslo, subiendo su mano hacia arriba y metiéndola por debajo del camisón. La agarró del trasero y la sentó en la mesa, bajándole después los tirantes del camisón besando sus hombros, sus clavículas y sus pechos, que dejó al aire. Los lamió con dulzura, mirándola a los ojos y acariciando sus muslos. Eri le pasó los dedos por el pelo de la nuca con la otra mano seguía agarrada del borde de la mesa. Volvió a besarla en los labios, con una sonrisita y sacándole el camisón por la cabeza. Vio que se llevaba la mano al bolsillo de los pantalones del pijama – En los que se distinguía claramente su erección – Sacando de estos su consolador.

– ¡Taro-kun! – A la chica se le subieron los colores solo de verlo en su mano – ¿Cuándo has cogido eso?

– Hace un momento. Me acabas de decir que no vienen a comer, ¿no? – La abrió de piernas y se acercó una silla. Se sentó y acercó su  nariz a la entrepierna de la chica, oliéndola.

– No hagas eso…– Tenía los ojos cerrados y aspiraba profundamente. A pesar de la vergüenza, la excitación era mayor.

– ¿Sigues sin haberlo usado? – Lo encendió, acercándolo a su ropa interior. La chica asintió, Taro sonrió.

Se le escapó un gemidito de sorpresa cuando lo presionó suavemente contra sus bragas, pasándolo despacio por todas partes, estimulándola lo suficiente para hacerle jadear. Rozaba delicadamente su clítoris, y apretaba un poco más al llegar a su vagina. La ropa interior de Eri estaba empapada cuando Taro se la quitó, dejando el vibrador a un lado.  Cuando lo metió despacio entre los labios del sexo de la chica, tocándola directamente con el juguete en el clítoris, ésta le clavó las uñas en el brazo dando gemiditos y sorprendida de que le gustase tanto. Taro lo movía muy despacio y muy sutilmente en círculos, haciendo que ella jadease y gimiese débilmente. Cuando lo bajó hasta su vagina casi entró solo, penetrándola muy despacio y profundamente. Al menos todo lo profundamente que podía llegar esa pequeña maquinita de placer.

– ¿Prefieres a tu amiguito o mi lengua? – Susurró inclinándose sobre ella, estirando la piel de su entrepierna para lamerle el clítoris con más facilidad.

– Senpai – Gimió ella al sentir su lengua presionar su zona más delicada, penetrándola con el consolador – Senpai, no puedo más…

Taro se rio, aumentando la velocidad y la intensidad con la que la penetraba pero no la de su lengua. Eri se tumbó en la mesa pellizcándose un pezón, tirando los vasos al suelo y mordiéndose un dedo mientras gemía al llegar al orgasmo. Taro le dio más intensidad a la vibración del consolador y no dejaba de moverlo dentro de ella, totalmente concentrado en lo que estaba haciendo y proporcionándole tantos orgasmos que apenas podía respirar. Cuando se lo sacó estaba empapado y Eri quería más, no quería que parase. Lo dejó en la silla y tiró de las caderas de la chica, tumbándose sobre ella con una mano en su cintura, acariciándole la cara y apartándole el pelo.

– Ya te he follado un ratito, y parece que te ha gustado, ¿No? – Una sonrisa avergonzada asomó al ruborizado rostro de la chica. Rozó su nariz con la de Eri y la besó en la mejilla – ¿Qué te parece si ahora hacemos el amor?

– ¿Eh? – Le costaba unir un pensamiento con otro en el estado en el que estaba y cuando le dijo eso, con su sonrisa atractiva de siempre, no supo cómo reaccionar.

– Supongo que no hay problema – Se bajó los pantalones y la ropa interior, rozándose con su húmedo sexo, haciendo que Eri gimiese de nuevo – Solo espero estar a la altura de ese nuevo amiguito que tienes.

– Taro-kun… nada es mejor que esto – Le rodeó de la cintura con las piernas mientras él movía las caderas despacio, mirándola a los ojos y a la boca, acariciando su mejilla con las yemas de los dedos.

– No entiendo cómo puede existir algo tan bonito como tú – Eri se debatía entre la lujuria y la emoción de las cosas que le decía Taro, de su mirada cálida y tierna – No entiendo cómo… – Gimió entre dientes cuando la penetró hasta el fondo –…Cómo puedo quererte tanto.

Eri le besó con fuerza, apretándole con sus brazos y sus piernas, sintiendo que no estaba lo suficientemente cerca a pesar de estar más unidos que nunca. Movía sus caderas con fuerza contra ella, meneando la mesa entera, tirando los platos también al suelo al embestirla. La cogió en peso y se la llevó en brazos a su cuarto, sin dejar de besarla.

Se dejó caer en la cama boca arriba, con ella encima que bajó por su cuerpo y le dio placer con su boca. Le lamía con ansias, se la acariciaba, le mordía suavemente el glande y le sonreía escuchándole susurrar lo mala que era y lo que le gustaba. Se sentó sobre él haciendo que entrara en su cuerpo, moviendo las caderas rítmicamente y con energía con sus manos asidas a las caderas.

– Eri-chan… – Gimió él –  Siempre haces que me corra antes de tiempo.

– Me encanta volverte loco – Se inclinó sobre él, pasándole las manos por el pecho desnudo y sudoroso, lamiendo su cuello hasta el lóbulo de su oreja, que mordió con cariño.

– E…Eri… – La abrazó con fuerza mientras ella se reía suavemente en su oído.

– Te quiero mucho – Le susurró ella cuando se la sacó, haciendo que la chica se rozara con él y gimiendo mientras se corría – Te quiero muchísimo senpai.

Cuando a Taro se le fue normalizando la respiración se levantó y fue a la cocina a por el consolador, para seguir dándole placer a la chica hasta que tuvo de nuevo una erección con la que hacerle gemir un rato más. Hicieron el amor toda la tarde; se olvidaron de almorzar, se olvidaron de todo. Al llegar Taro por segunda vez al orgasmo, tumbado sobre el cuerpo de Eri que le masturbaba a la vez que le besaba, decidieron que era buen momento para parar un poco y comer algo. La chica se levantó y andando con dificultad fue a la cocina, se puso el camisón y preparó dos botes de ramen instantáneos riéndose del desastre que habían formado. Taro estaba en la cama medio dormido cuando ella regresó y se sentó a su lado. Ni siquiera esperó los tres minutos para devorar su bote de ramen y volver a tumbarse en la cama, con la cabeza en el regazo de Eri y abrazando sus piernas. Ella tenía la espalda apoyada en el cabecero y sonreía mientras comía.

– ¿Entonces sí soy un coño especial para ti? – Dejó los palillos en el bol de ramen para tapar al chico hasta la cintura. Entraba fresco por la ventana y seguían sudando por lo que pensó que no era bueno estar destapado.

– Claro que lo eres, por mucha rabia que me dé – La apretó un poco – Ni se te ocurra dejarme solo ahora.

– ¿Eres tonto? – Le acarició el pelo, más negro que nunca por la poca luz que entraba por la ventana – Lo que no pienso hacer es casarme otra vez, que te quede claro.

– Por mí no hay problema. Lo único que quiero es verte todos los días, que me sonrías y si se puede, que me dejes hacerte gemir un poco.

– Eso hazlo cada vez que quieras – Se rio cogiendo los palillos de nuevo. Escucharon la puerta de la calle y dos exclamaciones de asombro.

– ¿Qué ha pasado aquí? – Exclamó Yasu desde la cocina.

– ¿Hace falta que te lo explique? – Respondió Momoko entre risitas.

– ¡Ahora lo recojo, lo siento! – Se disculpó Eri. Sus pasos se acercaron hasta el cuarto. Eri encendió la lamparita de la mesa de noche y Taro les saludó con la mano.

– Aquí huele peor que de costumbre – Yasu arrugó la nariz, agitando el aire frente a su cara.

– Huele a amor, pero tú no sabes distinguirlo – Explicó Taro riéndose.

– No, huele a sudor y a fluidos mezclado con ramen, es un poco asqueroso.

– Pues eso, asqueroso como el amor – Taro la miró con una sonrisa de oreja a oreja y se puso de rodillas en la cama para besarla poniéndole la mano en la mejilla.

– ¡Ah! ¡Tápate!

Momoko se puso una mano en los ojos porque a Taro se le resbaló la sabana al incorporarse, dejando su cuerpo desnudo a la vista de todos. Yasu se reía a carcajadas y Eri intentaba taparle sin dejar de besarle. Los chicos salieron de la habitación y los dejaron solos, cerrando la puerta.

– Estoy acojonado – Admitió Taro tumbándose de nuevo, esta vez en la almohada y mirándola – No sé qué va a pasar ahora.

– No hay manera de saberlo, pero me alegro mucho de haber tomado las decisiones que he tomado en mi vida – Dejó el bote de ramen en la mesa de noche.

– ¿Crees que te haré más feliz que tu ex marido en todos esos años que estuvisteis juntos? – Eri le miró alzando las cejas mientras se tumbaba a su lado.

– ¿Eso va en serio? – Se tapó con la sábana, sabiendo que iba a dormirse pronto.

– No me veo capaz, hace mucho que no tengo una relación seria y si la última fue tan mal – Suspiró – Ella me dejó a mí, decía que era un inútil.

– ¿No era eso porque no tenías un duro? – Se rio, pero al parecer a él no le gustó la broma – Vamos Taro, el dinero no me importa. Hay cosas mucho más importantes y mientras me las des no va a ir mal.

– ¿Cómo el sexo? – Se acercó a ella, que le pasó la mano por el pecho, asintiendo.

– Tú sigue haciéndome sonreir y sigue mirándome de esa manera; Así no tendrás que preocuparte de si soy feliz o no. Es lo único que necesito.

– Eres una mujer increíble Eri-chan, no quiero perderte, ¿Te vas a mudar al final?

– ¿Y alejarme de vosotros? – Eri dio una carcajada, se sentía realmente feliz en los brazos de esa persona. Ella tampoco sabía si se estaba equivocando al elegir tan pronto el retomar su vida de la mano de alguien, pero el sentimiento era tan bueno que no podía negarse a él. Y mucho menos a la sonrisa que le dedicaba Taro cada vez que ella se reía – No puedo mudarme – Le besó cerrando los ojos, sintiendo la respiración de Taro hacerle cosquillas en los labios – Ya estoy en casa.

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