Hide And Seek

¡Hola de nuevo! Esta historia viene de una pesadilla/sueño erótico que tuve. Se resumiría en la supervivencia de 6 personajes en un mundo post-apocalíptico en el cual, para su desgracia, no están solos. Es la primera vez que intento escribir algo que en mis sueños me dio miedo. Pero es realmente difícil  no me critiquéis demasiado -__-” Os dejo con fotos de los personajes, como siempre.
 
 

1

Nos llevábamos todo el día arreglando aquel lugar que se caía a cachos, buscando algo que llevarnos a la boca, siempre huyendo y tratando de no ser detectados. Una vez casi nos ven, o debería decir casi nos sienten, porque esos hijos de puta están ciegos. Se orientan por el sonido y juro que nunca había sentido un silencio tan sepulcral como el que viví hace unos días, arrinconados contra una esquina y esos bichos acercándose cada vez más. Nunca los hemos visto, de hecho dudamos de que siquiera tengan un cuerpo tal y como nosotros lo concebimos. Pero por suerte solo salen de noche, así que de día lo único a lo que le tenemos que temer es a encontrarnos con otras personas. Cuando eso pasa, simplemente nos metemos en el cuarto secreto del piso de arriba y esperamos a que se vayan. A veces son peores que los oscuros, que es como los llamamos.

Por suerte, en mi grupo no éramos muchos, y por suerte siempre nos ayudábamos. La más pequeña de todas y con la que más relación tenía, era Ima, una chica menuda y de ojos enormes que no tendría más de 17 años y siempre iba con Sho. El chico no era su novio, pero como si lo fuese porque no se despegaba de ella y la protegía siempre, probablemente le gustase o algo por el estilo ya que tenía más o menos la misma edad. Tenemos la suerte de contar con Goro, un tipo de unos cuarenta años, enorme y muy inteligente; y la mala suerte, (al menos en mi opinión), de que se nos uniera en el último momento Kichi, una niña de papá que de niña tenía poco y bastante inútil. Su mayor preocupación era ir las 24 horas del día perfecta, sobre todo si Naoya estaba cerca… Y Naoya… no sabía qué pensar de él en realidad. Llevábamos escondidos solo unas cuantas semanas, apenas conocía a nadie, pero cada vez me llamaba más la atención ese chico, para bien y para mal. Transmitía tranquilidad, siempre dispuesto a ayudar pero sin meterse en los asuntos de los demás. No hablaba apenas con nadie, pero cuando le hablabas respondía con frases cortas y siempre te dedicaba una de sus cálidas sonrisas. Pero era el único del grupo que no era transparente, me ponía histérica, ¿sería tal y como se mostraba? ¿Sería un psicópata? No había manera de saberlo… Lo único que sabía de él con seguridad es que las pocas veces que me miraba a los ojos me ponía increíblemente nerviosa, y tampoco sabía identificar el origen de ese sentimiento, así que estaba en las mismas.

– Mira, por lo menos ya no se filtra nada de agua por aquí – Sho se secó el sudor de la frente – Estoy harto de tapar boquetes.

– Sí, pero es el mejor sitio que hemos encontrado – Resoplé después de tirar por la ventana unos escombros

– Y tenemos agua corriente – Comentó Ima haciendo la mezcla de yeso para el techo.

– Vamos, cuanto antes terminemos, antes descansamos, ya queda poco – Goro nos animó, parecía no cansarse nunca – Kichi, no te lo digo más, mueve el culo de una vez.

– No pienso ensuciarme – No sabía de dónde había sacado los cosméticos, pero estaba arreglándose las uñas. Era tan ridícula que me daban ganas de tirarla por la ventana junto a los escombros.

– Pues entonces no pretendas tener un espacio para ti, porque aquí todos nos lo estamos procurando menos tú, floja de mierda.

– No es necesario ser tan grosero, que falta de modales.

– Escucha – Goro se le acercó amenazadoramente, estaba claro que a él tampoco le agradaba – Los modales ya no sirven en el mundo en el que vives y es totalmente ridículo que te emperifolles tanto.

– Los modales no están nunca fuera de lugar. Aunque está claro que eso tu cabecita no lo asimila…

– Goro san – Le puse una mano en el hombro viendo que iba a perder los papeles – Déjala y ayúdame con esto, pesa demasiado.

– Gracias Yoi chan – Me dijo Kichi, que siguió a lo suyo.

Escuchamos unos jadeos en la puerta de la sala y nos dimos la vuelta para ver a Naoya dejando caer contra la pared un colchón enorme. El chico estaba sudando a chorreones, y aunque estaba cansado, nos miró con su agradable sonrisa.

– Hay otros dos ahí abajo.

– ¿Puedes ir tú, Yoi? – Me preguntó Goro con ambas manos ocupadas con unos cachos enormes de escombros que se habían caído del techo.

– ¡Vamos a dormir sobre blandito! ¡No me lo creo! – Ima daba saltitos, sonriente.

– ¡Yo puedo ir! – Kichi se levantó de inmediato al ver a Naoya pidiendo ayuda, pero le puse una mano en el hombro sentándola de nuevo.

– Kichi chan, esos colchones estarán llenos de polvo, pesan mucho y puede ser que tengan bichos. Quédate aquí mejor, no quieres estropear tus uñas, con lo bonitas que te han quedado – La chica me miró contrariada y volvió a sentarse, mirando como Naoya metía la cabeza bajo el grifo.

Nunca me hacía mucha gracia quedarme sola con él, pero más me irritaba ver como Kichi le rondaba continuamente. Era evidente que la ignoraba pero ella no paraba, se ponía de lo más tonto a su alrededor, me crispaba los nervios. Y no es porque fuese Naoya, si hubiese hecho lo mismo con Goro también me habría dado rabia. Todo en esa chica me alteraba, pero no me quedaba otra que intentar convivir con ella… A veces deseaba tener la templanza de Naoya, siempre tranquilo, no recuerdo haberle visto nervioso nunca. Fui tras él, hacia el exterior del polvoriento edificio, atenta a todo lo que me rodeaba y al menor ruido. Al no escucharme miró hacia atrás para comprobar que le seguía, me sonrió y siguió su camino. Era ese silencio permanente lo que me ponía más nerviosa de él, que no se comunicase, que no dijese lo que pensaba en ningún momento.

Vi los colchones entre los escombros de una casa derrumbada en la acera de enfrente, algunos tenían incluso las sábanas puestas, aunque evidentemente rotas. Me disponía a cruzar cuando Naoya me agarró del brazo y se pegó contra la pared, agachándose y ocultándonos bajo un trozo de tela lleno de polvo. Sacó una navaja, cosa que me sorprendió muchísimo porque acordamos no llevar armas encima ya que eran totalmente inútiles contra los oscuros, pero estaba claro que el chico iba por libre. Rajó la tela a la altura de sus ojos y observó. No le pregunté, no hablé, solo esperé porque sabía que algo había visto. Pero sí que me acerqué a mirar porque me moría de la curiosidad. Nunca había visto a Naoya tan serio, miraba sin moverse ni un poco, sabía que estaba vivo porque al estar tan cerca le escuchaba respirar junto a mi oído, pero parecía una estatua. Cuando llevaba cinco minutos en cuclillas mirando a una calle desierta y empezando a cansarme, no lo pude evitar y le pregunté en susurros:

– ¿Se puede saber qué estamos mirando?

– Shh… – Me pasó el brazo por los hombros y me puso la mano en la boca, sin dejar de mirar hacia la calle.

No habían pasado 20 segundos y unas piernas aparecieron en nuestro campo de visión. Naoya se echó hacia atrás sin soltarme y pegándome a él, esperando pacientemente y mirando al suelo, atento a los ruidos que hiciesen. Estaban muy cerca del refugio por lo que crucé los dedos para que los otros no hicieran mucho ruido o esos tipos iban a meterse a ver qué pasaba. Y si entraban esperaba que les diese tiempo a meterse en la habitación secreta. Realmente no era tan secreta, era un agujero en la pared que tapábamos con una estantería pero las veces que otras personas se aventuraron en el edificio pasaron de largo, ni lo comprobaron.

– ¡Te dije que esto estaba desierto! – Farfulló de esos hombres.

– Sigue buscando, algo encontraremos – Le contestó su compañero.

– Deberíamos volver, no pienso quedarme en la calle a oscuras.

– Deja de comportarte como un cobarde y sigue mirando – En ese momento se me resbaló un pie y lo arrastré unos centímetros por el suelo, sobre las piedrecitas en las que estábamos en cuclillas.

– ¿Has escuchado eso? – Miré a Naoya que me apretó más fuerte contra él, poniendo su mano en mi pelo – ¿De dónde coño ha venido?

– Te dije que había algo – Escuchaba las pisadas cada vez más cercanas, con las pulsaciones a toda pastilla.

Cerré los ojos y apreté mi cara contra el pecho del chico, los latidos de su corazón iban a una velocidad normal, ¿cómo coño lo hacía? Justo en la parte opuesta de la ciudad, o al menos esa fue la impresión que me dio, se escuchó un gran estruendo como de metales cayendo. Los dos hombres se pararon en seco y cuchicheando corrieron hacia el sonido. Nosotros seguíamos sin movernos, yo al menos no pensaba moverme. Se volvió a asomar por la raja que le hizo a la sábana, abriéndola con los dedos de la mano que tenía libre y después de lo que me pareció una eternidad, nos la quitó de encima, mirándome.

– Lo siento – Le miré a los ojos, tan negros, una mirada tan profunda…me ponía los pelos de punta.

– No te preocupes, estamos bien y es lo que importa. Vamos – Se puso en pie y dando una carrerita cruzó la acera hasta los colchones. Agarró uno y le quitó los escombros de encima.

– Está oscureciendo – Advertí, quitando los escombros del otro.

– Solo nos va a dar tiempo a coger uno.

– No, yo llevo uno y tú el otro

– ¿Vas a poder con uno tú sola? Si apenas puedo yo…

– ¡Claro que sí! – Y estaba totalmente segura de ello hasta que intenté cogerlo en peso – Si hubiese sido un colchón normal habría podido pero es que es…

– Mañana venimos a por el otro entonces – Al menos no se rio de mí en mi cara.

Lo agarramos entre los dos y fuimos entre resoplidos hasta la casa lo más rápido que pudimos. Cuando llevábamos la mitad de la escalera, Goro nos dio el encuentro un tanto alterado.

– Me estaba empezando a poner nervioso, ¿qué coño estabais haciendo? – Me echó hacia un lado y lo agarró prácticamente solo porque Naoya tenía que ir casi corriendo detrás.

– Nos hemos encontrado con unos tipos y estábamos esperando a que se fuesen.

– ¿Y se han ido? ¿Seguro?

– Sí, seguro – Naoya dejó caer el colchón con un quejido. Me acerqué al grifo y llené dos vasos con agua, dándole uno a él. Nos lo bebimos de golpe – Deberíamos meterlos en la habitación.

– Naoya, tú ven conmigo que vamos a por el otro – Le pidió Goro – Vosotros haced hueco y ahora los colocamos.

Fuimos hasta la habitación, apartamos la estantería para que pudiesen entrar después sin problemas con los colchones y quitamos todo lo que había por los suelos. Incluso Kichi estaba ayudando a su manera, pero por lo menos se movía. Guardaba únicamente las cosas más pequeñas, pero ya era un avance. La intención es lo que cuenta. Ahí dentro teníamos la comida que íbamos encontrando, principalmente paquetes de ramen instantáneo, latas, y todo lo que nos pudiera ser útil: linternas, herramientas, ropa, mantas, sábanas… incluso teníamos un futón, pero estaba tan usado que era casi igual que dormir en el suelo. Cuando terminamos de hacer sitio, Sho y yo agarramos uno de los colchones y lo metimos en la habitación. El edificio fue posiblemente una oficina antes de acabar en el estado en el que se encontraba, y es que después de los ataques de los oscuros muchísima gente murió, otros tantos desaparecieron y los demás huimos sin descanso. Todo ello provocó que los edificios permaneciesen sin vigilancia, por esto mismo en muchos de ellos se dieron explosiones y saqueos, quedando el panorama en un caos total. Había veces que me preguntaba a mí misma por qué seguía viviendo. Cuando, agotada, iba a por el segundo colchón, nos encontramos con que Naoya y Goro habían vuelto y lo estaban metiendo directamente en la habitación. Agarramos el que quedaba y les seguimos, dejándonos caer en él al llegar, resoplando.

– Menudo día el de hoy – Se quejó Sho.

– Sí, pero también ha sido productivo. Ima, asegúrate de que la puerta está cerrada – Le pidió Goro sentado en otro colchón.

– ¿Cómo vamos a dormir? – Quiso saber Kichi, calculando en su cabecita la disposición perfecta para ella – Cabemos perfectamente de dos en dos.

– A mí me da igual – Estaba tan reventada que me era indiferente quién se me tumbase al lado – ¿Tú quieres dormir con Ima? – Le pregunté en susurros a Sho, que asintió con media sonrisa

– Pero no sé si ella…

– Claro que sí, Ima – La llamé cuando regresó – ¿Tienes algún problema por dormir con Sho?

– No, ninguno. Si es con quién duermo normalmente – Decía las cosas de una manera tan sincera e inocente… la envidiaba a veces, nunca veía las cosas con malas intenciones.

– Entonces, ¿os parece bien Sho con Ima, Goro y Naoya y tú conmigo Kichi? – No me caía bien, pero prefería dormir con ella. Esos tíos hacía mucho que no tocaban a una mujer y a saber lo que se les ocurría hacer debajo de las sábanas.

– A mí me da igual – Goro, se encogió de hombros, rascándose la mejilla – Mientras vea un hueco libre ahí me tumbo. Voy a por el otro colchón y no pienso moverme más.

– Voy a calentar el agua – Ima cogió dos botes de ramen instantáneo, encendiendo una pequeña hoguera en el piso de abajo con un mechero.

Kichi no propuso nada más, en su lugar se quedó callada con cara de fastidio. ¿De verdad creía que Naoya le iba a proponer dormir con ella? A ese tío le daba igual todo y todos, estaba con nosotros porque le convenía, o por lo menos eso pensaba. Que por cierto no tenía ni idea de dónde se había metido. Antes de cenar me fui a la habitación que teníamos destinada a lavarnos, que era el antiguo servicio de la oficina. Cogí ropa limpia de la que teníamos guardada, (hacía unos días asaltamos una tienda de ropa deportiva), la toalla que siempre usaba y el bote de champú. La puerta del baño estaba encajada, y la abrí sin pararme a pensar que se escuchaba agua correr. Naoya estaba de espaldas a mí, desnudo y tirándose un cubo de agua por los hombros. Para ser sincera, al principio no me dio la gana de apartar la vista, me estaba gustando lo que veía y además me daba curiosidad. El chico tenía un cuerpo muy bien formado, fuerte pero no demasiado musculado, pero lo que más me llamó la atención es que tenía una cicatriz enorme en el costado derecho del cuerpo, parecía una quemadura pero no estaba segura.

– ¿Eh? – Hasta que el chico no hizo ruido no paré de mirar esa marca en su piel – Ahora mismo termino.

– Ah, lo siento, no sabía…

Le dejé dentro con la puerta bien cerrada y me senté a esperar, un tanto avergonzada. Me había quedado completamente embobada y encima no le estaba ni mirando con segundas intenciones, aunque él evidentemente pensaría que sí… Que pensase lo que quisiese, me había gustado mirarle, al fin y al cabo yo también echaba de menos la compañía de un hombre. Quizás sí que había algo de segundas intenciones. Cuando salió simplemente me sonrió y se alejó de allí, secándose el pelo.

Me metí y empecé a ducharme. De momento no teníamos problema por lavarnos con agua fría, era verano y se agradecía, ya en invierno nos las apañaríamos de alguna manera para calentarla aunque fuese un poco. Eso si seguíamos vivos, claro. Siempre que nos mantuviésemos dentro de los edificios y más o menos en silencio, no había problemas con los oscuros. El problema era si nos pillaba en la calle o en un sitio con ventanas. Nuestra habitación tenía solo una, y nos encargábamos de taparla por completo por la noche, aunque eso suponía morirnos de calor. Me tiré el cubo de agua por la cabeza, apretando los dientes y reprimiendo un gritito. Con la piel de gallina, me agaché a coger el jabón del suelo y al ponerme derecha escuché una risita. Me volví de inmediato y lo vi en la puerta, sonriendo. No sé por qué exactamente pero no me cubrí el cuerpo con las manos. Quería que me mirase. Quería ver si reaccionaba como una persona normal. Quería provocar algo en él.

– Se me olvidaba la ropa sucia – Entró, se agachó a mi lado y cogió la ropa que había usado ese día. Al levantarse fue mirando mi cuerpo, sin pudor ninguno – Lo siento – Me miraba desde arriba, con chulería, me sacaba como una cabeza de altura. Aunque se disculpó los dos sabíamos que no lo sentía en absoluto. No le pude contestar y él no se marchaba, ahí de pie, mirándome y yo mirándole a él. La situación era tan extraña que me estaban entrando ganas de reirme – Dice Ima que te des prisa, la cena va a estar enseguida.

– Ahora mismo voy, pero tengo que terminar.

– Te espero.

Se apoyó en la pared para observarme con los brazos cruzados. ¿Te espero? ¿Desde cuándo esperaba el a nadie? ¿Y qué coño pretendía haciendo eso? Y lo que era peor… ¿Por qué no me molestaba? Empecé a enjabonarme, Naoya no hacía ningún ruido pero le notaba mirarme fijamente y en cierta manera me excitaba, aunque no sabía si él estaba excitado. No tenía ni idea de qué pasaba por su cabeza, a lo mejor planeaba algo perverso y desde luego si lo llevaba a cabo no iba a ser una violación porque no sería en contra de mi voluntad. ¿Y yo qué hacía pensando eso? Naoya era un tipo rarísimo, a saber de dónde había salido o si tenía alguna enfermedad de alguna clase. Cuando me estaba dando con la esponja en los hombros, siempre de espaldas a él, le sentí acercarse.

– Espera, deja que te ayude – Me frotó la espalda con cuidado y en ningún momento me tocó con sus manos, fue de lo más educado.

– Gracias – Giré la cabeza, mirándole aún de espaldas. Me lo encontré más cerca de lo que esperaba, con media sonrisa que no se parecía nada a las agradables que siempre dedicaba – Oye, esto es muy raro…

– ¿Te incomoda?

– No exactamente – Notaba su aliento rozarme la mejilla.

– ¿Entonces, cuál es el problema?

– No es una actitud normal.

– ¿Y qué es normal después de todo lo que ha estado pasando?

– Mantener una conversación contigo mientras estoy desnuda no es normal, eso te lo puedo asegurar.

– ¿Quieres que me vaya?

– Eres un tío rarísimo… no sé si me das miedo o si me gustas.

– ¿Miedo? – Se rio – No entiendo por qué te iba a dar yo miedo.

– Porque no sé lo que piensas – me di la vuelta, inmediatamente se le desvió la vista hacia mis pechos desnudos pero volvió a mirarme a los ojos, sin prisas. Mis pezones erectos por el frío rozaban su camiseta, era agradable. Me gustaba estar tan cerca.

– No sé por qué alguien querría saber qué piensa otra persona – Me agarró la mano y me puso la esponja en ella – Así es más divertido.

– Yoi, se te va a enfriar el… ¡Ay! ¡Lo siento! – Ima salió del baño a la misma velocidad que entró, solo nos dio tiempo a mirarla y a ver como cerraba la puerta.

– Deberías irte a comer antes de que Kichi te venga a buscar – Volvió a mirarme sonriendo. Se alejó y salió del baño.

Termine de ducharme intentando explicarme a mí misma qué era lo que acababa de pasar, pero no le veía ningún sentido. No entendía esa manera de actuar, ese interés tan repentino; estaba totalmente desconcertada. Fui a cenar, sin decir ni media. Ima me dio mi bol de ramen, más incómoda que yo, y sin embargo Naoya se mostraba de lo más tranquilo mientras escuchaba a Kichi parlotear sin parar. Al acabar el bote lo metí en la bolsa que usábamos de basura y me fui a la habitación. Prácticamente había oscurecido, Y no solo se notaba en la luz que entraba por las ventanas, es que aumentaba el silencio reinante. Me metí en la habitación y encendí la lamparita a pilas que teníamos para que cuando llegasen no se tropezasen. Me tumbé boca arriba en ‘la cama” y me relajé.

– Oye – Me susurró Ima un poco después, sentándose en mi colchón – ¿Qué estabais–

– Nada, eso es lo más raro.

– Pues no lo parecía, tú estabas… en fin…desnuda.

– Ya lo sé, no puedo explicártelo porque no lo entiendo.

– Pero – La chica miró hacia la puerta un segundo – ¿Te gusta?

– No se trata de eso, es… es más complicado

– No lo es, o te gusta o no te gusta – A veces se me olvidaba que era una adolescente.

– No lo sé, ya veremos qué pasa, buenas noches Ima chan.

– Vaaaale, buenas noches…

Se fue sonriente a su colchón, que estaba puesto en horizontal a los pies de los otros dos colchones, paralelos y en vertical. Habían dejado un espacio casi de dos pasos de por medio para poner la lámpara y que estuviera más o menos al alcance en caso de necesitarla. Goro y Sho llegaron los siguientes, que se acostaron directamente sin decir nada más, y al poco tiempo, entraron Naoya, que puso la estantería en su sitio y Kichi que se tumbó a mi lado suspirando. Me estiré para apagar la lámpara cuando él se acostó con una linterna y un libro en la mano. Lo último que vi antes de apagar la luz fue su sonrisa, pero la de siempre, no la que me puso en el baño. Me tumbe cerrando los ojos, y no tardé mucho en dormirme, estaba reventada.

 

2

En ese silencio, el más mínimo ruido me despertaba y además con un sobresalto. Por ello cuando escuché un ruidito, abrí los ojos de inmediato, agarrando con fuerza el cojín donde apoyaba la cabeza. Todo estaba en penumbra, lo que quería decir que ya estaba amaneciendo, pero no quería ni moverme. Se iluminó la escena, era Naoya con la linterna. Estaba apuntando justo frente a él y me sorprendió ver a Kichi casi encima suya, mirándolo claramente con segundas intenciones.

– ¿Kichi san? ¿Qué pasa? – Le susurró todo lo bajito que pudo.

– Shh… vengo a darte los buenos días – Le puso un dedo en los labios y se acercó al chico, besándole. Los ojos se me abrieron de par en par, creo que incluso resoplé de la indignación. No me podía creer que yo no le hubiese besado pero esa inútil sí.

– Vete a dormir – Susurró él empujándola suavemente por los hombros

– Naoya kun, no seas tonto… – Y volvió a besarle, me estaba planteando levantarme cuando se la quitó de encima un poco más bruscamente.

– Deja de hacer ruido y acuéstate, o levántate, pero deja de hacer ruido que les vas a despertar y están cansados.

– Vale… bueno… voy a ducharme.

Naoya apagó la linterna y volvió a acostarse, suspirando. La chica se levantó y salió de allí como pudo, se vio que le costaba trabajo mover la estantería. Con el ruido, Goro se despertó, hizo un ruidito que venía a ser una queja y se dio la vuelta a seguir durmiendo. Yo cerré los ojos pero sabía que una vez que me despertaba ya no había manera de volver a dormir. Abrí los ojos de nuevo y miré a Naoya, tenía los ojos cerrados y respiraba totalmente relajado. Quería pensar que era un buen chico pero realmente no sabía muy bien si fiarme. La estantería volvió a abrirse y Kichi entró, poniéndola en su sitio a toda velocidad. Se arrodillo junto a Goro y lo zarandeó.

– Ha entrado gente – Me senté al escucharla decir eso en susurros, aterrada – Son dos hombres, son grandes y creo que me han escuchado.

– ¿Has cerrado bien? – Le preguntó, levantándose y comprobando que estaba bien colocada.

Goro se quedó junto a la puerta en cuclillas, agarrando con una mano una barra metálica por si las moscas. Kichi se encogió tras Naoya e Ima estaba en los brazos de Sho, que la abrazaba con fuerza.

– Goro, ¿Qué haces ahí? – Naoya le hizo un gesto con la mano – Ven aquí, apártate de la puerta, te van a ver por la separación que queda entre la pared y la estantería – Sin apenas hacer ruido se puso detrás de Kichi, poniéndole una mano en el hombro. Sorprendentemente, la chica se giró, echándose a sus brazos y dejándole contrariado – Ustedes, venid aquí y tumbaos, la estantería tiene boquetes y si se asoman os verán.

Ima y Sho se fueron rápidamente hasta su colchón y se tumbaron a los pies de este, ella tumbada sobre el pecho de él, que le susurraba palabras tranquilizadoras. Naoya me hacía gestitos con la mano para que fuera hasta su colchón con ellos, la verdad era que no me gustaba estar sola en un momento como ese. En dos pasos me senté en el borde del colchón, me puso una mano en el hombro y me tumbó a su lado, apretándome contra su cuerpo de espaldas a él. Escuchaba a Kichi sollozar un tanto histérica y a Goro intentando tranquilizarla torpemente. También escuchaba pasos fuera de la habitación, y a esos dos hombres moviendo cosas. Cerré los ojos con fuerza y me llevé las manos a la boca, intentando que no se escuchara mi respiración. La mano de Naoya cada vez me apretaba más el hombro, giré la cara y le miré, estaba con los ojos cerrados, intentando escuchar cualquier ruido. Algo se rompió en el piso de abajo haciéndonos dar un respingo justo cuando escuchábamos que estaban tocando la estantería. Esos tipos bajaron la escalera corriendo y Naoya se relajó considerablemente. Nos quedamos así, tumbados un buen rato hasta que las chicas se tranquilizaron y a mí me empezaron a doler los músculos de estar siempre en la misma postura. Me giré y me puse boca arriba mirando a Naoya. Apartó su mano de mi hombro para dejarla caer junto a mi cadera y se apoyó en el colchón con el brazo que tenía bajo el cuerpo.

– ¿Crees que se habrán ido? – Estaba muy cerca de él. Me estaba muriendo de calor pero me gustaba estar así.

– No lo sé, pero más vale ser precavidos. Relájate – Miró a la puerta, atento a cualquier ruido.

Suspiré y me froté los ojos. Sentí su mano moverse, acariciándome la barriga con las yemas de los dedos por debajo de la camiseta. Pero eso sí, sin mirarme, mirando la puerta con el semblante serio. Con lo que criticaba yo a Kichi por preocuparse por cosas como que Naoya se fijase en ella y ahora era yo la que se ilusionaba solo porque me hiciese unas caricias. Y en la situación en la que estábamos… era una muestra de poca madurez por mi parte pero joder, al fin y al cabo soy humana. Es normal querer sentir algo de afecto de vez en cuando, y hacía mucho que no sentía nada de esto. Muchísimo desde la última vez que me tocaron. Los oscuros nos podrían quitar muchas cosas, pero no me iban a quitar las ganas de sentir. Le seguí el juego e hice lo que me dijo, me relajé y le hice caricias en el brazo que tenía sobre mi cuerpo. Giró la cara mirándome con una sonrisita y como ya venía siendo costumbre, las pulsaciones se me aceleraban cuanto más tiempo me miraba.

            Observé su boca, a sus gruesos y apetecibles labios, e inconscientemente me pase la lengua por los míos, pero no quería besarle justo después de que Kichi le hubiera besado, no me parecía bien. Sus dedos subían por mi cuerpo, rozándome con suavidad sin dejar de mirarme. Empecé a respirar más deprisa, me mordí el labio y su sonrisa desapareció, pero su mano no paraba de subir. Era consciente de que como él estaba tumbado de lado, de espaldas a los demás, no veían lo que estábamos haciendo, pero aun así me ponía el doble de nerviosa que hiciera todo eso con gente delante. En cierta manera incluso me excitaba… Paró su mano, dejándola caer debajo de mi pecho izquierdo y acariciándolo levemente con el pulgar. Con esa misma mano me empujó y me puso de espaldas a él, tirando después de mí para que me pegase a su cuerpo. Me apartó el pelo del cuello rozándome con sus dedos y provocándome un escalofrío. Bajó su mano poniéndola en mi pierna, apretando mi muslo a la misma vez que se rozaba con mi trasero. Notaba su excitación a través de la tela de los pantalones y su respiración acelerada en el oído. Me estaba poniendo como una moto y no sabía qué hacer, solo quería que siguiera. Estuve a punto de bajarme los pantalones, pero no podía hacer esas cosas delante de todo el mundo.

– Naoya – Le agarre la mano con fuerza – No es el momento.

El chico no dejaba de apretase contra mí pero por lo menos dejó de moverse. Escuche que se reía por lo bajo, y note sus labios rozarme el cuello. Como me lo besara o me lo mordiese estaba perdida, se me iba a ir la cabeza, tenía todos los vellos de punta.

– No parece que quieras que pare – Me susurró con su voz grave, de la manera más sexy imaginable.

– Están todos delante…

– Entonces esperemos a quedarnos solos – Me mordió suavemente el lóbulo de la oreja y se tumbó a mis espaldas.

El problema era que nunca nos quedábamos solos, siempre había alguien… Dejó caer su mano en mi cintura y, cuando nos relajamos, nos volvimos a quedar dormidos. Un rato después me desperté al escuchar que la estantería se movía. Goro y Naoya estaban ante la puerta, y junto a mí estaban Kichi e Ima, con Sho sentado ante ellas. Salieron los dos de la habitación y me levanté, acercándome a la puerta para escuchar lo que estaba pasando. Al poco tiempo, Naoya se asomó y nos dijo que podíamos salir, no había nadie. Ima fue casi corriendo al servicio, a saber desde cuándo llevaba aguantando la pobre, y Sho fue detrás, no le quitaba la vista de encima. Ya me gustaría tener un guardaespaldas tal y como estaba la cosa… Kichi me agarró del brazo antes de que pudiese salir.

– Yoi, se sincera… ¿Soy fea? – De todas las preguntas del mundo era la que menos me esperaba.

– Ya sabes que no, ¿a qué viene esto?

– No entiendo por qué no le gusto a Naoya. Por más que lo intente no se fija en mí.

– ¿Te has parado a pensar que no tienes por qué gustarle a todo el mundo? – Kichi me miró como si la hubiera insultado – No sé qué vida llevarías antes de esto, pero es normal que en algún momento te rechacen.

– Tiene que haber alguna manera de que se fije en mí, siempre le he encantado a los chicos

– Mira, limítate a aceptarlo, a él no le gustas. Fin de la historia – En ese momento me entraron ganas de decirle “me lo voy a follar yo, no tú” pero vi mejor callarme la boca.

– ¿Qué coño te pasa?

– Kichi, vámonos con los demás…

– A ti te gusta – La miré alzando una ceja. Había veces que no sabía quién era la adolescente, ella o Ima

– Vámonos – Pero no se movía, se quedó en el sitio mirándome con esa cara de imbécil que ponía cuando se sentía superior a alguien

Así que me di la vuelta y decidí ignorarla, no iba a iniciar una disputa de ningún tipo sabiendo que tenía que convivir con ella las 24 horas del día y durante un tiempo prolongado. Al bajar las escaleras, vi que Sho ya se había puesto manos  a la obra, Ima estaba fregando los utensilios de cocina usados el día anterior y Goro miraba por la ventana con Naoya.

– En esa tienda ya miramos, ¿no? – Le preguntó Naoya.

– Sí, pero fíjate. Justo al lado hay un almacén con la baraja echada. Quizás pueda haber algo útil dentro – Le contestó Goro

– Tiene un candado, ¿cómo lo pensáis partir? – Pregunté. Los dos se volvieron a mirarme.

– Yo sé abrir cerraduras, por eso no hay problema – Naoya se volvió y fue directo hacia Kichi, que le miró con su cara de angelito y le puso una mano en el pecho al chico – ¿Tienes alguna horquilla?

– ¿Eh? – Contestó ella. Naoya se quitó con suavidad su mano de encima

– Yo sí – Ima se levantó y se quitó una que tenía puesta – ¿Me la vas a devolver?

– Puede que se rompa.

– Yo tengo muchas, tooonta – Kichi, le tocó el pelo a la chica – Así que no importa que se te parta una, dásela y no seas mala – No entendía el motivo de que se dirigiese a Ima como si fuese una niña pequeña, pero Ima tampoco parecía entenderlo porque se quedó mirándola entrecerrando los ojos.

– Madre mía… – Goro se pasó una mano por los ojos soltando una risita – Yoi, vente con nosotros por favor. Sho, ¿puedo contar contigo para vigilar esto?

– Por supuesto – El chico asintió subiéndose a la escalera para tapar más boquetes. Se fueron hasta la puerta cogiendo cada uno una mochila para guardar provisiones y escucharon a Kichi decir “Pues yo no me siento muy segura contigo…”

– Lo que me faltaba es que me dijese que se quiere venir, vamos, daos prisa – Goro los empujaba hacia la salida.

Fuimos con cuidado, el almacén no nos quedaba muy lejos pero tampoco podíamos ir como si no pasara nada. Por el camino fuimos cogiendo bolsas que íbamos encontrando, por si acaso. Podía ser que las mochilas no fueran suficientes, aunque eso era un pensamiento bastante optimista. Llegamos sin incidentes hasta allí y Naoya se agachó ante la cerradura. La miró unos instantes y la toqueteó con la horquilla hasta que se escuchó un “clic”. Abrió la baraja metálica despacio para no hacer mucho ruido.

– No sé qué eras antes de que pasara todo esto pero tampoco quiero preguntarte – Goro suspiró, mirándole con desconfianza – Cajas, fantástico, a ver que hay dentro.

Encontramos de todo: artículos de limpieza, material escolar, incluso ropa, pero ni rastro de comida. Sacábamos caja tras otra sin que nos diese mucho tiempo a hablar pero pasaron las horas volando. Goro nos hizo parar un poco y sacó de su mochila unas barritas de alimento concentrado y bebidas isotónicas. Me acordaba de haber tomado todo eso estando a dieta, jamás me habría imaginado que iba a ser lo único que iba a tener para comer.

– Ahora me da la curiosidad, ¿qué hacíais antes de que pasara todo esto? – Pregunté sentada en una caja.

– Yo era policía – Goro – Aunque siempre había querido ser detective.

– No sé por qué no me extraña, ¿y tú? – Naoya se encogió de hombros.

– No era nada en concreto…

– Algo harías para subsistir, digo yo.

– Como tú los he visto por todas partes, seguro que te pasabas el día en la calle sin hacer nada. Quién me iba a decir a mí que en una situación como esta ibais a ser tan útiles – Naoya se limitó a mirar a Goro sin decir ni media.

– Yo iba a heredar una frutería, no es que tuviera grandes planes de futuro la verdad, mi vida era más bien aburrida – Intervine para evitar un posible conflicto entre ellos.

– ¿Prefieres esto? – Me preguntó Goro incrédulo

– En cierta manera. Estaba en un punto en mi vida que era tan monótona que no veía el sentido de seguir, además siempre con problemas de dinero, mi padre con problemas de salud… ahora por lo menos no sé qué esperar del día.

– Eres muy rara – Naoya me miró con una sonrisita más parecida a la del baño que a la de siempre.

– Mira quien fue a hablar – Sin darme cuenta me quedé mirándole. Le devolví la sonrisa.

Seguíamos sacando trastos sin parar, parecía que el almacén era inmenso pero tenía final. Y al fondo del todo había unas cajas con colores diferentes. Las abrimos, ya sin esperanza, y casi doy un grito de alegría al ver que dentro había latas de comida. No de ramen, sino latas de atún, de carne, de muchísimas cosas. Guardamos todo lo que pudimos en las mochilas, que terminaron pesando una barbaridad, y lo que no pudimos guardar lo cargamos en las manos. Goro llevaba dos cajas, Naoya y yo una cada uno. La luz estaba empezando a cambiar así que nos dimos prisa en llegar al refugio, que por suerte estaba cerca. Al entrar solo vimos a Ima, leyéndose un libro junto a la ventana con Sho tumbado a sus pies, mirándola. Al vernos entrar el chico se puso en pie de inmediato y le quito una de las dos cajas de encima a Goro, que sudaba a chorreones.

– ¿Qué habéis encontrado? – Preguntó Ima acercándose a nosotros con curiosidad.

– Toma – Saqué tres latas de albóndigas – Una para cada dos, esta noche masticamos la comida

– ¡Carne! Ahora mismo me pongo a prepararlo todo, ¡qué hambre solo de pensarlo!

– Gracias, de verdad – A Sho los ojos le brillaban de la felicidad.

– No te me acerques mucho – Le advirtió Goro a Ima, que iba a darle un abrazo – Estoy sudando como un cerdo. No me pienso mover en lo que queda de día…

– ¿Dónde esta Kichi? – Pregunté al no verla por allí.

– Creo que está arriba, no lo sé seguro – Goro fue a soltar la mochila junto a las demás y le seguí.

– Dámela, voy a colocar las latas en su sitio.

– Voy a lavarme un poco que no es normal lo mal que huelo –  Goro me agarró del brazo antes de que me fuese con las cosas – Oye, haz lo que te dé la gana, sé que eres responsable y consecuente, pero ten cuidado con este – Señaló con la cabeza a Naoya, que iba escaleras arriba con la mochila y una caja.

– No te preocupes, sé lo que me hago.

– Tú ten cuidado – Asentí y me fui hacia el piso de arriba. Me crucé en las escaleras con Naoya.

– Dame eso, ve a por más cosas y dile a Goro que no va a caber todo, pregúntale qué hacemos.

Volví a asentir de nuevo y después de darle la mochila fui hasta el servicio. Cuando iba a llamar a la puerta escuché a Goro hablando. Con Kichi. En el baño. Pegué el oído, muerta de curiosidad.

– No te vayas – Le rogó la chica – ¿No te parezco bonita?

– Claro que sí, pero eso no significa que…

– Shh… no te preocupes, sé que estás deseando…

– Kichi… esto no… – Se quedaron en silencio unos segundos hasta que empecé a escuchar sonidos húmedos y repetitivos. Unos sonidos muy familiares – Kichi-chan…

Decidí que era momento de darme la vuelta cuando empecé a escuchar a Goro jadear. Sinceramente, no me lo esperaba en absoluto. Vale sí, era un hombre y como tal tiene sus necesidades, pero ¿Con Kichi? Por lo menos la chica ya no se iba a sentir tan mal por ser rechazada. Cogí la otra mochila y la última caja y fui escaleras arriba hasta que Naoya me la quitó de las manos.

– ¿Qué te ha dicho?

– Está ocupado, no puedo hablar con él ahora mismo.

– ¿Cómo? – Me quedé mirándole sin saber si decírselo o no… ¡Qué demonios! Quería ver su reacción y tarde o temprano se iba a terminar enterando.

– Está en el baño… con Kichi – Cuando entendió lo que le estaba diciendo alzó las cejas y soltó una risita – Creo que deberíamos de meter lo que quepa y lo que no que se quede fuera de la habitación.

– Sí, vale, vamos a hacer eso – Movió la estantería y pusimos las mochilas en las camas.

Podíamos dejarlas tal y como estaban pero las cajas no cabían, así que fuimos metiendo las latas para apilarlas en los muebles. Cuando llevábamos un rato haciendo lo mismo no pude aguantar más y le tuve que preguntar.

– ¿Por qué rechazaste a Kichi esta mañana? – la expresión en su rostro no cambió ni un ápice, siguió guardando las cosas como si nada.

– No me gusta. No es mi tipo.

– Venga ya, eso no me lo creo. A cualquier tío le encantaría Kichi.

– Antes de que pasara todo esto ella no se habría fijado en mí, eso te lo puedo asegurar. Ahora simplemente es que tiene ganas de que le metan una polla, demostrado queda.

– ¿Te sientes despechado? – Me reí ante su molestia.

– No – Cuando me di la vuelta para ir a por más latas me empujó contra la pared. Era un espacio muy estrecho, el mueble estaba al fondo de un pequeño pasillo que había en la habitación. Sobre mi cabeza había una estantería en la que puso las manos, y a la altura de mis muslos había una pequeña mesita – En todo caso es ella la despechada.

– ¿Y crees que yo me habría fijado en ti? – Cada vez estaba más cerca

– Seguro que sí – Me sonrió como lo hizo en el baño – Pareces muy buena chica y muy responsable y todo eso, pero estoy seguro de que en la cama eres una auténtica guarra.

– ¿Perdona? – Me reí con ganas, notando su cálido aliento en mis labios y rozando su nariz con la mía.

– Y experta además…

Me agarré al borde de la mesita cuando me mordió el labio inferior y, sin pensármelo dos veces le metí la lengua en la boca. Los besos que nos dábamos eran furiosos, violentos, pero aun así no nos tocábamos. Bueno, hasta el momento no nos tocábamos porque cuando lo estaba pensando me puso las manos en el trasero y me sentó en la mesita donde estábamos apoyando las latas, tirando unas cuantas al suelo. Me metió las manos bajo la camiseta y me agarró los pechos con fuerza, sin dejar de besarme. De lo excitada que estaba me dolía cada vez que me rozaba los pezones con los dedos y cuando me los pellizcó ahogué un gemido en su boca. Le agarré del pelo y de la espalda cuando me dio un tremendo mordisco en el cuello mientras me bajaba la cremallera de los pantalones. Me subió las piernas y tiró de los pantalones y de las bragas hacia arriba, quitándomelos. Aun agarrándome una pierna se bajó un poco los pantalones de tela y los calzoncillos. Yo me agarraba al filo del mueble mientras él se acariciaba la tremenda erección, rozándose conmigo. Lo hacía despacio, de abajo a arriba, estaba mojando tantísimo que iba a tener que lavar la mesita. Puso su otra mano en mi cadera y dando un ronco gemido, con todos sus músculos en tensión y apretando los labios, me penetró despacio. Me agarré de sus brazos mientras él seguía moviéndose lentamente, dentro de mí, ardiendo y comiéndome con los ojos. Me subió la otra pierna y me agarré a su cintura con ellas, moviendo mis caderas al mismo ritmo que las de él. Si no era la mejor sensación del mundo estaba cerca de serlo, pero escuché pasos en la escalera.

– Naoya… – Le dije entre jadeos intentando empujarle.

– No – Y no tuvo que decir nada más, tampoco es que pudiese hablar dándome los besos que me estaba dando. Aceleró el ritmo y la fuerza, y tuve que morderle el hombro porque estaba a punto de gritar de una manera que cualquier oscuro que estuviese cerca iba a preguntar qué cojones estaba pasando.

– ¡Yoi! – Era Sho, iba a entrar, nos iba a ver – Dice Ima que a cuan…

No quería parar por nada del mundo, no pensaba parar y me daba igual quien nos viera, y parecía que Naoya pensaba lo mismo. Sho nos estaba observando, no sé si es que se puso tan cachondo que no pudo moverse o qué coño le pasaba pero no se iba. Pues nada, que disfrutase con la vista. Naoya me la sacó bruscamente y me dio la vuelta, agarrándome con una de sus enormes manos el cuello y metiéndome los dedos en la boca. Con la otra mano me agarró del trasero y volvió a penetrarme despacio. En esa postura le sentía con tanta intensidad entrar en mi cuerpo que no pude evitar gemir, mordiéndole los dedos. Escuché al chico bajar las escaleras a toda prisa, se sentiría culpable, el pobre… Me giró la cara y me hizo mirarle, le bajé la mano hacia mi entrepierna y me acarició mientras seguía dándome con fuerza. No paraba de tener orgasmos, uno detrás de otro, Naoya podría ser cualquier cosa pero en cuanto a sexo se refería era de lo mejor que me había encontrado en la vida.

– No puedo más – Me dijo el en el oído, me estaba dando tan fuerte que no podía ni pensar. Pero me eche hacia el lado y me puse de rodillas en el suelo, metiéndome su erección en la boca y lamiéndosela. Se agarró a la estantería de arriba, le temblaban las piernas – Joder, Yoi…

Me agarró del pelo cuando llegó al orgasmo, la tenía metida en la boca tan profundamente que apenas lo saboreé. Se dejó caer contra la pared, jadeando mientras que yo me limpiaba la boca con la mano. No iba a dejar que me lo echara todo dentro, podría estar muy caliente y gustarme mucho, pero me negaba a quedarme embarazada tal y como estaban las cosas. Me puse la ropa interior y los pantalones y le miré. Estaba sentado en la mesita, con los ojos cerrados y las manos dejadas caer a cada lado del cuerpo, jadeando.

-¿Qué te pasa? – Le pregunté sonriendo – ¿Demasiado para ti?

– Lo sabía – Me miró colocándose la ropa – Sabía que eras una guarra.

– He tenido buenos maestros, eso es todo. Vamos a seguir con lo que estábamos, tenemos que cenar y acostarnos antes de que se haga más oscuro.

No le quería dar más importancia a lo que había pasado; los dos estábamos necesitados y follamos. Nada más. Tenía que mantener la mente fría por muy caliente que estuviera mi cuerpo. Pero por lo visto le pareció bien darme un poco de cariño.

– Ven aquí – Tiró de mí y me abrazó, besándome muy despacio, haciéndome cosquillas con sus dedos en mi nuca y agarrándome de la cintura.

– Naoya, no – Le puse las manos en el pecho – Mal. No se dan cariñitos después de follar, eso no se hace.

– Cállate ya – Volvió a besarme y, joder, no le podía decir que no. Echaba demasiado de menos el contacto humano. Y tenía una boca tan irresistible… Cuando le pareció bien dejar de besarme, me di la vuelta, no quería mirarle a los ojos, no quería mirarle porque no quería sentir nada.

– Voy al servicio.

– Ten cuidado que a lo mejor están ocupados dentro.

Bajé las escaleras sonriendo y miré de reojo al salón. No sabía qué sabían, si Sho había dicho algo… si me habían escuchado… Goro estaba sentado junto a la ventana y Kichi se estaba arreglando el pelo con un espejito por delante. Vi movimiento en la cocina improvisada con el rabillo del ojo pero me daba vergüenza mirar a Sho en ese momento. Fui directa al servicio, y al abrir la puerta me quedé inmóvil. Tuve que reprimir una risita al ver a Sho de espaldas a mí, con una mano apoyada en la pared y claramente masturbándose mientras susurraba el nombre de Ima. Cerré la puerta muy despacio y volví con los demás. Desde luego el ser humano tenía un límite para aguantar sus necesidades y parecía que ya lo habíamos sobrepasado.

3

Cuando volví al salón Ima me miró sonriente y tanto Kichi como Goro me ignoraron.

– Están casi hechas, pero Sho no me ha dicho que le has respondido. Se ha ido al servicio corriendo, ¿para cada cuantos era una lata? – Vale, Ima no se había enterado de nada.

– Para dos. Por un día vamos a comer hasta llenarnos la barriga. Ya lo racionaremos mejor mañana.

– Estoy muerto de hambre – Goro se nos acercó – Y eso huele que alimenta…

– Yo no quiero mucho – Nos advirtió Kichi – No me va a gustar.

– Ya me dirás si te gusta o no cuando lleves unos pocos de días sin comer – Me hacía gracia porque Goro actuaba como si no pasara nada.

– No caben algunas cajas – Le dijo Naoya bajando la escalera.

– Bueno, déjalas fuera.

– Eso hemos hecho – Se sentó a mi ladom ¿por qué no me dejaba tranquila? Escuché pasos a mi espalda, Sho venía del servicio. Tenía unas ganas de reírme horrorosas así que miré al suelo mordiéndome el labio. Se sentó junto a Naoya – ¿Qué querías antes? – Le preguntó al chico.

– Eh… – Sho estaba visiblemente incómodo, no lo pude evitar y me reí a carcajadas. Todos me miraron extrañados, Naoya con una sonrisa en la cara.

– Ya me lo ha dicho – Ima se rio mirándome – Hacía mucho que no escuchaba a nadie reírse así. Aquí están los dos primeros platos.

Goro y Naoya se levantaron, muertos de hambre. Aproveché para ir al servicio, ya que antes no pude. Al salir me encontré con Sho de frente, se miraba las manos y parecía nervioso.

– No les he dicho nada, te lo prometo, díselo a Naoya, ¿vale? No quiero que se enfade conmigo…

– Eh – Le puse una mano en el hombro, el chico se sobresaltó – No pasa nada Sho. Si se enteran, pues que se enteren. El sexo no es nada malo.

– Lo sé, pero a lo mejor Kichi se molesta.

– No te preocupes por ella – Qué inocente criatura… – Por cierto, si necesitas hablar de lo que sea o si quieres consejos con Ima…

– No, gracias – Sonrió un poco y se fue con los demás. Yo fui detrás y cuando llegué, Goro ya se había comido su plato y había otros dos servidos.

– Vale, nos toca Sho.

Me supieron a gloria, y eso que nunca me habían gustado mucho las albóndigas enlatadas. Pero es que hacía tanto que no comía carne… pescado, (sobre todo atún), y muchísima pasta, pero carne era la primera vez en semanas. Aunque me terminé el plato más bien rápido, esperé a que Ima terminara de comer para acostarme. Sho se fue con Goro a la habitación porque no paraba de bostezar, pero Naoya se quedó con nosotras.

– Vamos Ima, ya friegas eso mañana – Le metí prisa porque quería acostarme.

– Oye… ¿Te has hecho algo? – Me preguntó la chica.

– ¿Yo? Sí claro, he ido a la peluquería – Me pasé los dedos por las greñas.

– No estúpida, es que estás más guapa.

– Me pregunto el motivo – Susurró Naoya, ante lo que no pude evitar sonreír. Kichi nos miraba con el ceño fruncido. Al entrar en el cuarto, el chico nos agarró el brazo tanto a ella como a mí – Oíd, me niego a dormir con Goro otra noche. Este tío es enorme y no cabemos los dos en el colchón. Bueno, él si cabe, pero a mí me tira fuera. Si os parece bien, Kichi debería dormir con él, es la más delgada.

– ¿Me estás llamando gorda? – Pregunté con una sonrisa, sabiendo que no iba por ahí la cosa, el muy golfo.

– ¿Que duerma con Goro? – Kichi se puso visiblemente nerviosa – ¿Por qué no duerme Yoi con él?

– Porque yo quiero dormir con ella – Le miré con las cejas levantadas. Ima abrió la boca y dejó escapar una risita. Sho sonrió, pero a Kichi se le descompuso la cara.

– Me importa una mierda quién duerma con quien, pero que sea rápido que no me dejáis dormir y estáis hablando muy fuerte para lo oscuro que está – Protestó Goro enfadado.

Kichi se metió en la cama con él dando un suspiro y yo me metí en la mía, seguida de Naoya que se quitó la camiseta y apagó la luz. Lo último que vi fue su cicatriz y lo siguiente que sentí fueron las manos del chico en mi cintura, tumbándome boca arriba.

– ¿Se puede saber qué estás haciendo? – Le susurré.

– Besarte – Y efectivamente me besó otra vez. Se tumbó sobre mi cuerpo, subiendo sus manos por mis muslos hasta meterlas por debajo de los pantalones cortos, agarrándome el trasero.

– Ni se te ocurra – Le agarré de la muñeca, suspirando al sentir su lengua en mi cuello.

– Solo te estoy besando y tocándote un poco, no voy a hacer nada más, ¿no quieres?

– Es que no me parecemmmm –  No me dejaba hablar, y no es que me estuviese besando apasionadamente.

Se veía que le había cogido el gusto a mis labios… y yo también a los suyos. Le pasé los brazos alrededor del cuello, acariciándole la espalda y la nuca con las uñas mientras él seguía acariciándome los muslos. Cada vez me besaba con más ganas y cada vez tenía las bragas más mojadas. Estaba pensando que me lo iba a tener que o follar o quitar de encima cuando fue él quien paró, suspirando mientras me ponía la mano en el cuello y me lo olía. Se tumbó a mi lado y me pasó un brazo por la cintura. El problema era que estaba totalmente despierta a pesar de estar cansada y cada vez tenía más calor, pero no le hice quitarse de encima de mí. Me sentía mucho más segura si me tocaba.

            Cuando parecía que estaba empezando a dormirme, no sabía cuánto tiempo llevaba dando vueltas en la cama, me despertaron unos golpes. Me puse tensa al momento, no entraba luz, estábamos totalmente a oscuras. Tan a oscuras que si me ponía la mano ante los ojos no la veía, no me atrevía a hablar, ¿eran hombres? ¿Eran los oscuros? No tenía ni idea pero el ruido venía del piso de abajo. Me eché un poco hacia atrás, buscando a Naoya con la mano y al instante me la agarró atrayéndome hacia él, con una rapidez que hasta me asustó, ¿cómo había conseguido notar mi mano con esa oscuridad? Empezaron a gritar, dejándome claro que eran personas, sentí como todos los de la habitación dimos un respingo pero ni uno abrimos la boca. Naoya me hizo abrazarle, con la cara apoyada en su pecho y así me quedé. En esos momentos no me importaba en absoluto estar muerta de calor porque lo que estaba era muerta de miedo.

De nuevo perdí la noción del tiempo, pero el abrazo de Naoya no aflojaba ni un poco. Me agarraba contra su pecho, haciéndome sentir un poco más segura. Se me ocurrieron infinidad de cosas que podrían haber pasado aunque la más evidente no paraba de darme vueltas a la cabeza. Me imaginaba que sería un grupo como el nuestro, parecido, sobreviviendo como podían. Se les echó la noche encima y encontraron esto, pero demasiado tarde, los otros los habrían visto y los persiguieron hasta el interior. Lo que me inquietaba de sobremanera era que esos hijos de puta estuvieran rondando bajo mis pies… no sabía si podían atravesar paredes o si podían ver o notarnos a través de ella, no me había parado a observarlos porque directamente no los veía. Nunca se veían en la oscuridad, y ese miedo de pensar que podía tener uno a mis espaldas me provocó un escalofrío. Naoya, al sentirlo, me dio un beso en la frente y me acarició el pelo. Pensé en las palabras de Goro, ¿cómo iba a ser peligroso con lo bien que se portaba conmigo? Solo porque antes de todo esto fuese un pandillero no significaba que fuese una mala persona… El aire de la habitación se volvió más denso, más difícil de respirar. Notaba algo cerca, bien podría ser sugestión pero juraría que lo notaba. Naoya me abrazó más fuerte aún, no era la única que lo estaba notando, ¿estaban dentro? No podían estar dentro, eso era imposible, era nuestro sitio seguro y no estábamos haciendo ruido. Se me pusieron los vellos de de punta y sentí como me rozaban el pelo. No me podían estar tocando, eso era imposible, estaría muerta. Todo el mundo sabía que cuando esos bichos se te acercaban demasiado no lo contabas, o al menos no conocía a nadie al que se le hubieran acercado y siguiese vivo. Aunque decir vivo… realmente no sabíamos qué pasaba cuando te tocaban, la persona literalmente desaparecía, por lo que no podíamos decir si te mataban o no. Un pitido ensordecedor fue lo único que dominaba mis pensamientos, estaba metido en mi cabeza, incluso me dolía. Justo antes de desmayarme escuché a una de las chicas gritar y sentí como Naoya aflojaba su abrazo, yaciendo inerte a mi lado.

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Al volver a abrir los ojos de nuevo me alivió muchísimo el poder ver. Había luz y estaba viva. Me senté en la cama e inmediatamente tuve que cerrar los ojos, llevándome una mano a la cabeza. Sentí un dolor horrible, no supe qué había pasado pero al pasarme la mano por el oído noté que tenía algo, como una costra. Rasqué y me miré los dedos, era sangre. Al mirar a Naoya vi que a él también le sangraba un oído y no se movía, apenas notaba su respiración. Le zarandeé con toda la delicadeza que me permitieron mis nervios.

– Naoya, Naoya por favor no estés muerto – Abrió los ojos y los cerró con un gesto de dolor. Acto seguido se sentó en la cama, totalmente alerta

– ¿Estás bien? – Me susurró.

– ¿Qué pasó ayer? Lo último que recuerdo es un pitido horrible y a las chicas gritar – Miré por encima de mi hombro, Kichi no estaba. Naoya pasó por encima de mí hasta el colchón de Goro, zarandeándolo.

– Goro, ¡Despierta! ¡Kichi no está!

– ¿Eh? ¿¡No está?! – Se sentó en la cama llevándose la mano a la frente con los ojos cerrados, también le dolía la cabeza y también tenía sangre en los oídos.

– Ima – Escuché a Sho – ¿Estás bien? – La chica abrió los ojos y automáticamente se puso a llorar.

– Estuvieron aquí – Abrazó al chico con fuerza – Lo sé, estuvieron cerca, me rozaron los pies pero no quería moverme, ¡sé que estuvieron aquí! Fue igual que en casa, pasó lo mismo en casa. Pero en casa cuando me desperté estaba sola. ¡No quiero quedarme aquí más, no quiero quedarme sola de nuevo, vámonos Sho, por favor!

– Tranquila – Me acerqué a ella y le puse una mano en el hombro – Ya ha pasado, estamos contigo y no te va a pasar nada – Ima no paraba de llorar y lo que había dicho de su familia me inquietó bastante, ¿no iba a volver Kichi? No, eso no podía ser…

– Voy a ver si Kichi está abajo – Goro se levantó, haciéndonos un gesto con la mano al ver que nos movíamos – Quedaos aquí.

– Pero si es de día – Sho volvió a sentarse, abrazando a la chica.

– Quédate aquí – Naoya se puso en pie – Cuida de Ima. Goro, vamos contigo.

Me agarró del brazo y me hizo levantarme. Miré otra vez al lado de la cama de Kichi y me quedé un poco extrañada. Había como pelusillas negras repartidas solo por su lado, esperaba que fuese coincidencia y que el colchón estuviera manchado de antes… Salimos de la habitación empujando la estantería. Estaba en su sitio, intacta, lo que quería decir que las paredes no eran impedimento para esos seres. Bajó Goro delante, yo en medio y Naoya detrás, atentos a cualquier cosa rara. La parte de abajo estaba un poco revuelta, por lo que se ve al entrar esas personas, quienes fueran, se habían tropezado con los muebles y algunos estaban volcados. Volví a ver las pelusillas negras en diferentes puntos de la habitación, lo que no me tranquilizó en absoluto.

– Voy a ver si Kichi está en el servicio – les dije

– Naoya, ve con ella – Le pidió Goro agachándose y pasando los dedos por las pelusas con aspecto preocupado. También se había dado cuenta.

Abrí despacio la puerta del servicio, pero no estaba dentro. Miré dentro de los baños individuales, quizás necesitaba intimidad, de verdad esperaba que estuviese adentro. Se me escapó un grito cuando al abrir una de las puertas vi a un tipo medio calvo, tatuado, y con un arma en la mano, apuntándome a la cara.

– ¡No te muevas! – Me gritó – ¡No te muevas o te juro que te reviento hija de puta!

– No… tranquilo, no pasa nada – Levanté las manos, muerta de miedo. No quería mirar a Naoya porque no quería que supiese que estaba conmigo.

– ¿Cuántos sois? – Me preguntó, aún dentro del cubículo.

– Seis… cinco, somos cinco – Había contado a Kichi, pero ya no estaba. Me estaba empezando a encontrar realmente mal – Tenemos comida y este sitio es seguro si sabes co–

– Oh, no, pequeña, ningún sitio es seguro… – Me dijo riéndose y mirándome de arriba abajo, ¿dónde estaba Naoya? No lo veía con el rabillo del ojo, y ese tío cada vez me miraba con más ganas – Vamos a hacer una cosa, vamos a salir ahí fuera, tú delante, y si a tus amiguitos se les ocurre hacerse el héroe te meto un tiro, ¿vale? Date la vuelta

Asentí, muerta de miedo. Realmente no me valía pero, ¿qué haces cuando te están apuntando a la cara con una pistola? Me di la vuelta y sentí el arma en la espalda, y como regalo me dio un pellizco en el culo. Estuve tentada de darle un codazo en las narices pero me lo pensé dos veces y seguí andando. Naoya no estaba, o al menos no a la vista, y cuando salí del baño Goro tampoco estaba.

– Llámales – Me ordenó.

– ¡Goro! – Grité – ¡Naoya! – Ninguno de los dos contestaban. No sabía qué estaba pasando.

– ¡Llámales otra vez! – Me daba con el cañón de la pistola en la nuca, se me saltaron las lágrimas.

– ¡Goro! ¡Naoya, por favor! – Desapareció la presión de la nuca, escuché unos ruidos raros a mi espalda y el sonido de algo metálico cayendo al suelo. Me giré con las manos levantadas y vi que Goro le tenía agarrada una mano tras la espalda al tipo y que con el otro brazo lo tenía inmovilizado, pasándoselo por el cuello. Naoya se acercó a mí desde la puerta de salida del edificio, en buen momento me dejó sola… Cogió la pistola del suelo, sacándole el cargador y tirándolo por la ventana. Se acercó a mí y me puso una mano en la espalda mirándome preocupado.

– Estoy bien – Resoplé secándome las lágrimas.

– Vale, ahora vamos a hacer las preguntas al revés y más te vale cooperar, amigo mío ¿Cuántos erais? ¿Qué pasó ayer?

– No me mates… – Con el miedo que me inspiraba antes, ahora me parecía patético – Ayer… no lo sé, estaba oscuro, y nos seguían las… las cosas

– ¿Cuántos erais? – Repitió Goro, con paciencia. No supe qué era peor, que hablase con esa tranquilidad o que te gritase

– Cuatro, éramos cuatro, y ya solo estoy yo. Me escondí. Por favor no me mates – Goro le soltó y le cacheó, de arriba abajo. Una vez se quedó tranquilo se alejó de él y le miró con los brazos cruzados.

– Una chica, teñida y muy guapa, ¿La has visto?

– ¿Eh? No, la única que he visto es a esta – Me señaló.

– ¿Estás seguro?

– Me acordaría – Goro se dio la vuelta, suspirando y pasándose una mano por el pelo que le empezaba a escasear – ¿Qué vas a hacer conmigo?

– No se puede ir – Naoya lo miraba con asco – Conoce este sitio. Nos conoce a nosotros.

– Tampoco se puede quedar – No quería compartir espacio vital con ese tipo.

– Se puede quedar siempre que lo vigile alguien – Goro se toqueteaba la nariz, pensando.

– No podemos vigilarle las veinticuatro horas – Naoya se le encaró –  Y menos por la noche.

– No creo que por la noche tengas ganas de moverte, ¿verdad? Dime tu nombre.

– Dayu, me llamo Dayu. Prometo no dar problemas, yo solo… solo quería sobrevivir, por eso – Me señaló y se arrodilló ante mí – Lo siento, perdona, no quería, de verdad que no – Alejé mi pie de él. Para no haber querido bien que tuvo tiempo de tocarme el culo…

– Te quedas – Naoya negó con la cabeza, en desacuerdo – Pero no te separes de mí, ¿entendido? Como te pierda de vista date por muerto.

No sabía si Goro era capaz de matar a alguien, aunque siendo poli suponía que estaba preparado para ello. Dayu se levantó del suelo y se inclinó ante él, dándole las gracias una y otra vez. Me daba asco, me daba repulsión, no lo quería cerca. Naoya me cogió de la mano y me llevó arriba.

– Oye no te quiero cerca de ese tío.

– No te preocupes, no pienso acercarme…

– Si te toca dímelo – Me agarró del brazo con fuerza – Si te mira demasiado dímelo. No quiero ni que te hable.

– Naoya, relájate – Puse mi mano en la suya, aflojando sus dedos porque me hacía daño y me miraba de tal manera que me daba hasta miedo contrariarle – ¿Qué te pasa?

– Conozco a los tipos como ese. No te puedes fiar.

– Claro que no – Goro subía la escalera con el detrás – Es exactamente igual que tú, de los de tu calaña.

– Te estás equivocando – Naoya le señaló. De repente estaba muy violento, no sabía qué le pasaba. Movió la estantería y se metió en el cuarto dándole dos toques en el hombro a Sho – Oye vigila a Ima de cerca, tenemos uno nuevo en el grupo.

– ¿Eh? – Se giró hacia la puerta y cuando vio al tipo puso mala cara, abrazando un poco más fuerte a la chica

– Kichi no está verdad – Preguntó ella con voz temblorosa. Me agaché a su lado y negué con la cabeza – Se la han llevado, como a todos. No la vamos a encontrar – Se mostraba tranquila, demasiado tranquila. Me inquietaba esa tranquilidad. Se puso en pie, poniéndose la ropa derecha – Voy a hacer la comida.

– Espera, voy contigo – Sho se levantó tras ella mirándola preocupado. Goro cogió unas mantas y el futón viejo y poniéndolo en una esquina se dirigió a ese tipo.

– Tú duermes ahí, y ni se te ocurra acercarte a las camas.

– Sí, sí – Dayu no nos miraba a la cara a ninguno.

– Necesito despejarme – Suspiré – Voy a ducharme – Cogí ropa y bajé las escaleras, Naoya venía detrás – ¿Dónde vas?

– No te vas a duchar sola con ese tío ahí.

– Tampoco hace falta que te metas conmigo.

– Sí, hace falta – No entendía el porqué de esa actitud excesivamente protectora, pero no iba a discutir con él.

Si se quería quedar esperando que esperase, total, no era la primera vez que me veía desnuda. Esa mañana hacía un bochorno horrible, tenía la ropa pegada del sudor y entre eso y el calor que pasé la noche anterior no es que oliese precisamente bien. Cuando fui hacia el servicio con él detrás, vi como Sho nos observaba y al darse cuenta de dónde íbamos desvió su atención a otra parte, avergonzado. Una vez en el baño me desnudé, Naoya me miraba apoyado contra la puerta, sentado en el suelo. Mientras me quitaba la ropa llené el cubo de agua y me enjuagué las manos primero. Como siempre que me mojaba la primera vez, un escalofrío me recorrió el cuerpo y se me puso la piel de gallina. Miré a Naoya, seguía sentado y me miraba el trasero con una mano en la entrepierna, ¿de verdad tenía ganas en ese momento? ¿Después de lo que acababa de pasar? Cuando empecé a enjabonarme escuché y sentí su respiración en mi nuca y me quedé quieta, con los ojos cerrados, esperando a que me besase el cuello. A lo mejor no era tan mala idea… Pero no me besaba, estaba ahí, quieto. Me di la vuelta y me asusté, me acojoné. Naoya seguía sentado en la puerta con los ojos cerrados y la mano en el mismo sitio.

– ¿Cómo…?

– ¿Qué pasa? – Abrió los ojos, mirándome de arriba abajo

– Tú estabas aquí detrás.

– No – Frunció el ceño – Estaba aquí.

– Pero… te he sentido…

– ¿No serían las ganas que tienes de tenerme cerca? – Se puso en pie, acercándose a mí con una sonrisita traviesa.

– No, te juro que he sentido a alguien detrás y si no eras tú…

– Relájate – Me puso las manos en los hombros masajeándolos – Estás estresada por lo que está pasando – Bajó sus manos y las puso en mis pechos, rozándolos con suavidad, parándose en los pezones para apretarlos un poco. Tiraba de ellos con fuerza y dibujaba círculos con las yemas de los dedos, excitándome y haciendo que mi entrepierna se mojase, y no precisamente por el agua de la ducha.

– Naoya…

– Dime – Me susurró acercando su boca a la mía, mordiéndome sutilmente el labio – Ahora sí estoy aquí – Bajó una de sus manos y la puso en mi trasero, pegándome a sus caderas – ¿Notas la diferencia?

– No creo… no deberíamos – Pero me negué con una sonrisita, realmente sí deberíamos, la carne es débil como dicen…

Me puso de espaldas a él y noté como pasaba sus dedos desde atrás entre mis piernas, acariciándome despacio. Me empujó contra la pared y me levantó el pelo, agarrándolo con una mano y mordiéndome el cuello. Dejó de acariciarme y note que se agitaba detrás de mí, tirando de sus pantalones para bajárselos. Dejé de pensar como una persona normal en el momento que sentí que me rozaba con su miembro, sin soltarme el pelo, agarrándome con fuerza de la cintura. Estaba tan mojada que entró sola, despacio, mientras él se reía en mi oído. Solo se escuchaban mis cortos e inevitables gemiditos, su respiración agitada y los golpes de su cuerpo contra el mío. Se estaba volviendo una adicción, y es que esa segunda vez me estaba gustando mucho más que la primera. De repente Naoya paró y escuché la puerta cerrarse y una risita grave. Me volví alarmada y ví a Dayu mirándonos mientras se tocaba. Y se acercaba.

– ¿Por qué nadie me ha llamado para la fiesta? – Horrorizada, le vi abrirse la bragueta.

– Si no quieres que te reviente la cara para ahí mismo – Advirtió Naoya. El tipo se rio y lo miró con desprecio.

-¿Solo tú vas a mojar? Oye, no seas egoísta, vamos…

– He dicho que te quedes ahí – Me pegué a la pared, tapándome con la toalla.

– ¿Me vas a parar solito? – No le hacía caso, no se paraba.

Fue todo demasiado rápido. Dayu ignoró a Naoya y se acercó a mí, sacándose lo que le colgaba entre las piernas. Y no debería haber ignorado al chico, no debería haber bajado la guardia. Naoya se sacó del bolsillo de los pantalones la navaja que llevaba con él y con un movimiento rápido, y sin pensárselo demasiado, se la clavó dos veces en la sien izquierda a Dayu. Puso los ojos en blanco y cayó desplomado al suelo, dejando un reguero serpenteante de sangre que se mezclaba con el agua y el jabón que había usado. De la misma impresión que me dio la imagen de ese hombre muerto no pude evitar ahogar un grito contra mi mano. Naoya me miró, tranquilo, con pequeñas gotitas de sangre en su mejilla. Se acercó a mí y me puso la mano en la cara, sonriendo dulcemente.

– No voy a dejar que te toquen. Nadie – había una oscuridad nueva en sus ojos, a pesar de estar sonriendo, que me aterrorizó.

4

Me alejé de él despacio, devolviéndole la sonrisa como podía porque realmente no supe cómo reaccionar. Me puse la ropa sin secarme por lo que se me quedó pegada al cuerpo y era bastante incómodo, pero no pensaba quedarme con Naoya en la misma habitación más tiempo del necesario. Estaba loco, le faltaba un tornillo, acababa de matar a un hombre y me sonreía como si me hubiese regalado una caja de bombones. Salí de allí intentando no correr mientras él se agachaba a observar a Dayu. Goro estaba apoyado junto a la puerta y cuando me vio salir me miró extrañado.

– ¿Estabas ahí dentro? – Se descruzó de brazos.

– Me estaba… Naoya ha matado a Dayu.

– ¿Cómo? – Parpadeó varias veces, asimilando lo que le acababa de decir.

– No dejes que se me acerque, no dejes que se acerque a nadie. No está bien de la cabeza.

Me miró como diciendo “te lo dije” y entró despacio en el baño. Chasqueó la lengua al ver a Dayu muerto en el suelo, yo no le podía mirar con tranquilidad. Sin reflejar ningún sentimiento, Goro se agachó al lado del cadáver y le miró las heridas. Después, calmado, miró a Naoya y vi como su mano iba hacia la navaja que el chico aún agarraba con fuerza.

– ¿Qué ha pasado? – Desde luego sonaba como un policía

– Iba a violarla y no me iba a quedar quieto.

– ¿Realmente era necesario matarle?

– Era una amenaza. Te dije que no se podía quedar.

– ¿Desde cuándo tomas tú las decisiones aquí? – No era el momento de discutir cuál de los dos era el macho alfa, no mientras Naoya sostenía eso en la mano. Les observaba desde una esquina, muerta de miedo.

– ¿Y a ti quién te ha nombrado jefe?

– Naoya – Le llamé con precaución, me miró sonriéndome – Creo que lo mejor sería hacerle caso a Goro porque ha sido policía y sabe lo que hace.

– Bueno, yo creo que de criminales sé más que él, ¿o cómo te crees que me hice la cicatriz que miras tanto? – Al hablar conmigo se despistó y con un golpe rápido, Goro hizo que Naoya abriese la mano de la navaja, cogiéndola el del suelo.

– Se acabaron las armas, y se acabó la violencia. Yoi, vete con los chicos, no quiero que se enteren de esto. Y tú – Señaló a Naoya – Vamos a hablar un ratito.

– Ni que me hiciesen falta las armas – De nuevo esa oscuridad en sus ojos, esa desconocida.

Actué como si nada ocurriese ante Ima y Sho, observando como la chica hacía la comida mientras afinaba el oído intentando escuchar si armaban jaleo. Seguía alterada, se me había descompuesto el cuerpo. Entre lo de Kichi y ahora lo de Naoya… me costaba pensar que hacía solo un día estábamos mejor que nunca. Estaba claro que en ese mundo nuevo en el que vivíamos no había espacio para la felicidad. Al rato los vi salir, Goro no le quitaba el ojo de encima al chico, que se sentó justo detrás de mí. Sentía su mirada clavarse en mi nuca, me inquietaba, no me daba una buena sensación. No entendía cómo podía haberme engañado con tanta facilidad, la respuesta más lógica a la situación es que necesitaba desesperadamente aferrarme a alguien. Necesitaba tener a alguien especial que me ayudase a salir adelante. Aunque estaba con ese grupo, siempre me sentía sola y creí ver en Naoya eso que tanto me hacía falta.

            Almorzamos en silencio, Goro no le quitaba la vista de encima,  Ima estaba totalmente ausente y Sho la miraba preocupado. Yo no podía sentirme más abatida de lo que ya  estaba, la situación iba de mal en peor y entre las tensiones de unos y el aspecto deprimido de otros creía que iba a volverme loca. Al acabar de almorzar me fui al piso de arriba, a la habitación secreta, y me metí en la cama. Ima y Sho se quedaron abajo, hablando en susurros, el chico intentando animar a la chica. Mientras tanto, Goro y Naoya se quedaron limpiando el estropicio del baño. Sho ni siquiera pareció darse cuenta de que faltaba Dayu. Me llevé horas pensando, dándole vueltas a lo que era mi vida, si se le podía llamar así, en ese colchón lleno de polvo. Me terminé quedando dormida.

            Me despertaron unos horribles gritos provenientes del piso de abajo. Me levanté todo lo rápido que pude, agarrándome a las paredes al sentir que se me bajaba la tensión. Durante unos segundos solo vi puntos negros ante mí y los gritos no cesaban, eran agudos, largos, de mujer. No podía ser otra que no fuese Ima. O Kichi que había vuelto. Cuando recuperé la vista bajé los escalones de dos en dos y ví como en el salón Goro y Sho estaban agachados junto a la chica, de cuclillas en el suelo con las manos en las orejas y los ojos abiertos de par en par, con la vista perdida. Sus gritos eran insoportables y empezaron a volverse cada vez más agudos, hasta que puso los ojos en blanco y cayó desplomada al suelo. Al separarse las manos de la cabeza, hilillos de sangre le cayeron por el cuello desde sus oídos.

– ¿Qué le pasa? – Preguntó Sho al borde de las lágrimas – ¿Estará bien?

– No puedo saberlo – Goro se había puesto pálido, supuse que yo también – ¿Qué estabais haciendo?

– Estaba intentando animarla, desde lo de esta mañana apenas ha pronunciado palabra y me estaba asustando. De repente se quedó callada mirando por la venta, al edificio de enfrente y empezó a susurrar que lo veía, que podía verlo. Y me dijo algo de una sonrisa. Pero no sé de qué estaba hablando, hablaba muy rápido y muy bajito – El chico temblaba entero. Goro se asomó por la ventana, mirando al edificio de enfrente.

– ¿Puede tener esto algo que ver con los oscuros? – Pregunté.

– Eso es imposible, no podemos verlos – Goro, me observaba muy preocupado.

– Llévatela a la habitación. Os preparo algo de cenar y nos acostamo.

– Yo no tengo hambre – dijo el chico

– No digas tonterías, tienes que estar sano para cuidarla.

Mientras Sho se quedaba con ella y Goro estaba con Naoya me dediqué a calentar más latas de comida. Me venía bien estar entretenida con algo pero no podía evitar pensar en lo que acababa de presenciar. No tenía ni idea de si se había vuelto también loca como Naoya o si era algo que nos podía pasar a todos. Cualquiera de las dos cosas me aterraba. ¿Habría visto algo realmente? ¿Y si ese algo la había visto a ella? Goro se acercó con Naoya y les puse los platos por delante. Subí a la habitación y le dí el suyo a Sho. Ima seguía inconsciente. Me senté a comer con los dos hombres, el silencio se hacía insoportable. Al acabar, Goro se levantó y cogió los platos, poniéndolos en el cubo para lavarlos.

– ¿Ya no me hablas? – Me preguntó Naoya en un susurro mientras Goro abría el grifo del agua – ¿Hace unas horas me dejas metértela y gimes como una puta y ya no me hablas? ¿Qué coño te pasa? Te he salvado la vida – Estiró sus dedos y me rozó el hombro.

– No me toques – Me puse en pie, yendo con prisas al piso de arriba. No tardaron en subir.

– Tú duermes ahí – Señaló el colchón que iba a ser de Dayu – Y no te vas a mover en toda la noche. Yoi, duerme conmigo.

– ¿Ahora que Kichi no está pretendes que te la chupe ella? – Naoya le miraba furioso – Ni se te ocurra tocarla. Es mía.

– Cállate la puta boca.

– Ya vale – Les reñí, desesperada y asustada – Está muy oscuro como para hablar a este volumen, callaos los dos.

Se quedaron mirándose a los ojos unos segundos hasta que Naoya se dio la vuelta susurrando con desprecio y se acostó en el colchón. Me lanzó una mirada que no me gustó nada, me aterrorizó. No me gustaba estar con él en esa habitación, a pesar de estar muy cerca de Goro me sentía desprotegida. A causa de dormir tanto por la tarde no podía pegar ojo, me obligaba a cerrarlos, intentando pensar en algo que no fueran problemas, pero era imposible. Cuando me parecía que llevaba horas en esa insoportable tarea escuché perfectamente ruidos extraños y húmedos, no quise mirar, sospechaba que Naoya estaba haciéndose una paja porque llegaban desde donde él estaba. Pero de repente, escuché a mi espalda su voz susurrándome muy cerca.

– Déjame ver tu cara con mis nuevos ojos, preciosa.

Me sobresalté y abrí los míos. Apenas podía ver nada en la oscuridad de la habitación, pero como Goro no se fiaba de Naoya, dejó una pequeña luz encendida en la esquina frente a mí, lo que provocaba que todo proyectase sombras. Frente a mí tenía los anchos hombros de Goro, pero la voz la escuché justo detrás de mí. Con el corazón acelerado me di la vuelta sin querer mirarle, le notaba a mi espalda. Sentí cómo el grito de terror me subía por la garganta. Todo era oscuridad. Solo que agazapado en la otra punta de la habitación había algo que me miraba fijamente, con una sonrisa que parecía un grito silencioso. Era negro por completo, con unos brazos y unas piernas desmesuradamente largas. No tenía ropa, ni siquiera estaba segura de si tenía piel porque parecía estar hecho de la misma oscuridad. Tenía que estar soñando. Cerré los ojos con fuerza.

– ¿Me ves? ¿Ves cómo soy en realidad? – Volvía a ser la voz de Naoya. Venía de donde estaba esa cosa.

Me clavé las uñas en el brazo y me mordí el labio. Pero no me despertaba. Volví abrir los ojos y deseé no haberlo hecho. Empecé a llorar e intenté gritar, pero no me salía la voz. La cara de eso, fuese lo que fuese, estaba tan cerca de la mía que casi me rozaba. No me tocaba, no se movía, no hacía ruido. Simplemente me miraba con esa sonrisa inhumana. Solo unos ojos y una risa silenciosa en la oscuridad.

– Lo veo… lo oigo… – Ima se había despertado. Justo en ese momento volví a escuchar de nuevo el pitido en mi cabeza, el mismo de la noche anterior.

Escuché a los chicos quejarse y retorcerse de dolor. El ser dejó de sonreír y volvió lentamente su cara hacia Ima. Fue gateando con esas piernas y esos brazos tan largos hacia ella, la agarró del pelo y la levantó del suelo. Era monstruosamente alto. Le metió dos de sus largos dedos negros en la boca, abriéndosela. Vi como algo oscuro entraba en ella, como la chica se agitaba con espasmos descontrolados, con los ojos en blanco. Su piel se empezó a oscurecer, empezó a parecerse a eso que la agarraba con esa mirada desquiciada. Pero de repente empezó a deshacerse, como si se evaporase, cayéndole a ese ser de entre los dedos una pelusa negra que me era muy familiar. Vi algo moverse por detrás, había quitado las tablas de la ventana y estaban entrando más de esos seres. Goro se intentó poner en pie, pero el dolor de ese sonido apenas nos dejaba movernos. Al escucharme sollozar, el ser se acercó a mí. A pesar de que le escuchaba hablar perfectamente por encima del pitido, esa mueca que pretendía ser una sonrisa aterradora no le desaparecía de lo que creía que era su rostro.

– Parece ser que solo sale bien con personas con el alma tan oscura como lo somos nosotros. Como Naoya, ¿no te gustaba Naoya? Vamos a intentar evolucionar contigo.

Con el rabillo del ojo vi como otros dos de esos seres se colaban en la habitación, que agarraban a los chicos y les hacían lo mismo. Y entonces sentí que me agarraba a mí, sentí que algo entraba en mi cuerpo, sentí calor, sentí frío. Me quemaba, me helaba. Y ya no sentí nada más. Solo oscuridad.

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5 comentarios en “Hide And Seek

  1. Me ha encantado la oscuridad de la historia, un estilo distinto a los demás. La verdad es que me ha sorprendido el final, no me lo esperaba!! Un 10 !!! . Genial la historia, como todas!! 😍

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