Keep Off The Grass

La inspiración de esta historia vino de solo ver una imagen en un dorama, de la que he hecho un gif para poder admirarla, por supuesto. Es que este hombre es inspirador…

Solo con esta imagen en mente empecé a escribir y salió todo ♥

1

Se lo encontró mirando hacia la derecha pero a nada en concreto, con los brazos apoyados en la cornisa y absorto en sus pensamientos. Le daba golpecitos a la lata de té helado que tenía en las manos mientras la brisa movía su pelo, haciéndolo brillar al sol del atardecer. Le dio un tirón a la camisa blanca y simple de mangas cortas de ese hombre, que la miró brevemente por encima del hombro.

– ¿Se puede saber qué te pasa? – Preguntó ella – ¿Y esa cara?

– Nada – Respondió él dándole un sorbo a la lata. Era la mentira más descarada que le había dicho nunca – Estoy cansado.

– Venga, vamos a intentarlo otra vez. ¿Qué te pasa? – Le sonrió apoyándose en la cornisa también y tirándose del vestido para ponérselo derecho, mirándole de lado.

– Nada, es solo que tengo mucho trabajo – La miró con seriedad, haciendo que su corazón diese un saltito, pero no se lo dejaba ver, nunca se lo dejaba ver. Volvió a mirar al horizonte, suspirando y pasándose la lengua por los labios.

– ¿Te tengo que repetir que me puedes contar cualquier cosa? – El viento le revolvió el pelo a la chica, que se lo recogió improvisadamente hacia un lado – Tú me ayudas, yo te ayudo… no sé, es lo que hacen los amigos.

– No deberías estar aquí – Su mirada se centraba en el refresco. Tenía las uñas llenas de tierra, para variar.

– Lo sé – Admitió ella, mirándole extrañada – Pero aquí estoy, así que cuéntame qué te pasa – Jiro expulsó el aire por la nariz brevemente, mirándola y sonriendo mientras lo hacía. Dejó la lata en la cornisa y se echó hacia atrás, estirándose.

– Me voy a seguir trabajando, vete a hacer tus cosas de señorita remilgada antes de que te vean conmigo – Se dio la vuelta, pero ella le agarró de la muñeca.

– Ya sabes que no soy así – Protestó la chica con el ceño fruncido – Y sabes que me gusta estar contigo y que me da igual lo que puedan decir. Llevas unos días comportándote de una manera realmente extraña – La observaba serio, escuchándola, sin intentar soltarse y sin moverse – Y ahora de repente te veo ahí, descansando solo. Ni si quiera me has esperado cuando sabes que siempre vengo a estar contigo este ratito.

– ¿Y para qué? ¿Y de qué sirve esta supuesta amistad que tenemos? – Se volvió hacia ella, ahora estaban empezando a salir las cosas a la luz. No quitó la mano de su muñeca, le gustaba sentir el tacto de su piel – Cuanto menos, es raro. ¿Desde cuándo una señorita de tu clase y edad se habla con alguien como yo? Estoy siempre lleno de tierra y suciedad y tú tienes que estar siempre impecable, es lo que se pide de alguien de tu nivel social ¿No? – La risita sarcástica del final le molestó más que cualquier cosa que pudiese decir.

– Ya te he dicho que eso me da igual, lo sabes, lo sabes desde el principio – estaba sintiéndose enfadada porque ya empezaba con ese tono impertinente – ¿Qué problema tienes conmigo de repente? ¿He dicho algo que te ha ofendido? Porque yo creo que no

– ¡Es que ese es el problema! – Dijo él soltándose de su mano de un tirón – ¡Eres demasiado amable y te crees que soy de piedra! ¡Y he llegado a un punto que…! – Se miró las manos, cerrándolas y apretando los dientes. Volvió su mirada hacia ella – ¡No quiero tu amistad!

– ¿¡Qué!? Lo siento pero no puedo aceptar eso, no puedes decidir de un día para otr—

Se abalanzó sobre ella chasqueando la lengua, poniéndole una mano en la espalda, pegando su pecho al suyo. Besó sus labios agarrándola de la nuca. Ella dejó las manos en el aire, aspirando sorprendida. Sin embargo, en cuanto fue consciente de lo que estaba pasando, le abrazó poniéndolas en su amplia espalda. Alzó la vista cuando se separó de ella para encontrarle mirándola con los ojos entreabiertos, muy cerca y muy serio, respirando aceleradamente. La chica pasó una de sus manos hacia delante, rozando con las yemas de los dedos su mentón, raspándose con su perilla. Jiro volvió a besarla, dulcemente. Su lengua estaba fría por el refresco que se estaba tomando y ella se estaba mareando de la de cosas que estaba sintiendo. Él nunca mostró ese tipo de interés por ella, lo escondió muy bien. Pero Hana… cada vez que le veía trabajar en el jardín, sin camiseta y sudando, se quedaba mirándole embobada desde la ventana de su habitación. Y ahora estaba en sus brazos, con la espalda apoyada en la cornisa y sintiendo su lengua en la boca, su respiración acelerada haciéndole cosquillas en la cara, su pelo abundante, liso y negro entre sus dedos. Sintió cómo bajaba la mano por su espalda despacio hasta meterla por debajo de su falda, apretando sus caderas contra las de ella, que levantó una pierna poniéndola alrededor de su cintura. Le apretó el trasero mientras seguía jugando con sus labios y su lengua, excitándose y excitándola. La chica le pasó los brazos por los hombros y él bajó su otra mano para meterla también bajo su falda, sentándola en la cornisa. La echó hacia atrás mientras pasaba los labios carnosos por su cuello, llenándola de besos. Hana apoyó una de sus manos en la cornisa, reteniendo un gemido y dándole a la lata, tirándola al patio sin darse cuenta. Escucharon el golpe y un gritito asustado, que les hizo dar un respingo. La dejó en el suelo y ella se giró para asomarse y ver a su hermana mayor mirando hacia arriba.

– ¡Perdona! – Le dijo Hana – ¡Se me ha caído!

– Sí, claro, seguro que me la has tirado a conciencia. ¡Pues la vas a recoger tú!

– ¡Voy, lo siento!

Se giró para mirar al chico pero estaba sola, se habría ido corriendo al escuchar a su hermana. Bajó las escaleras con una sonrisa atontada en el rostro y tocándose los labios, recreando el beso en su mente. La tenía completamente loca. Y es que lo que había vivido estos meses no era comparable con nada de lo vivido anteriormente.

2 meses antes

Se peinaba la melena castaña con apatía, sentada en el tocador de su cuarto, sin pensar en nada que no fuese en la fuerza magnética la cama. Con la de dinero que tenía tanto ella como su familia desde luego no entendía esa necesidad de que fuese a la universidad. Le gustaba el ambiente universitario y se lo pasaba medianamente bien con sus compañeras de clase, pero era una vida tan monótona y tan vacía que la estaba viviendo sin darse cuenta. Todo eran apariencias, todo eran fiestas de etiqueta en las que tenía que forzar una sonrisa hasta que le dolían las mejillas. Y entre sus compañeras de clase era una lucha continua por demostrar cual era la que más tenía y en la que ella no participaba. No porque no tuviese, era más bien porque se negaba. Su relación con ellas era más una costumbre que una necesidad, las conocía desde que era una niña y habían pasado la infancia juntas. Pero al llegar a cierta edad… Hana empezó a fijarse en cosas que ella no debería fijarse, supuestamente. Siempre le atraían cosas que, según su posición y su estatus, no deberían gustarle.

 Ni siquiera su carrera era la que de verdad le gustaría haber hecho, le interesaba más la filosofía que las ciencias sociales, no soportaba algunas clases, se le hacían tediosas hasta el sufrimiento. Más de un día se escapó hasta la facultad de letras y escuchó apasionada algunas lecturas como oyente. Pero eso no se lo podía decir a nadie ¿Qué trabajo iba a tener si hacía esa carrera? Eso si no se casaba claro, que si se casaba (más bien, si sus padres llegaban a la conclusión de que tenía que casarse) se acabó su vida personal. Se acabó toda su libertad porque viviría por y para su marido. Como su hermana quería. Y era algo que no aceptaba bajo ningún concepto. Pero esto, por supuesto, también lo llevaba en secreto. Todas las mañanas se las pasaba riéndose y aparentando con sus falsas amistades, sintiéndose cada vez más vacía. Y cuando se subía en el coche de vuelta a casa era cuando respiraba tranquila y sacaba de su bolso el libro que llevaba toda la mañana queriendo leer. Tampoco era de extrañar que con las personas que mejor se llevaba y con quién más deseaba estar, era con los empleados que trabajaban para su familia. Le pasó desde niña y le seguía pasando.

– Tutsumi san, no debería de ir en esa postura, es peligroso – Le sugirió el chófer al verla tumbarse en el asiento de atrás.

– No lo es mientras conduzcas como siempre y además, es mi postura de leer. Y por favor, no vayas muy rápido que no quiero llegar a casa.

– Como quieras, yo tampoco tengo prisa. Cuanto más tiempo esté contigo a menos sitios me pueden hacer ir.

Sabían que con ella podían estar relajados, pero cuando estaban sus padres o la odiosa de su hermana delante era otro cantar. Se ponían tiesos como si tuvieran palos de escoba metidos por el culo y ni siquiera les miraban a los ojos. Era bastante triste. Llegó antes de lo que se esperaba y se bajó del coche suspirando. Subía las escaleras del porche de su casa cuando escuchó unas voces a su izquierda. Se asomó y vio a Yoichi, el jardinero de toda la vida, de cuclillas en un parterre y lanzando improperios. Se acercó hacia él sonriendo.

– ¿Qué te han hecho las pobres que les hablas tan mal? – Le dijo riéndose y agachándose a su lado.

– Ah, Hana chan – Si sus padres se enteraban de que se refería a ella tan afectuosamente… – No son las flores, mira más de cerca – Vio unos insectos muy pequeños pegados a los tallos – Son pulgones, ¡Está todo lleno!

– ¿Y ahora qué? – Aprendía con ellos mucho más de lo que podía aprender en cualquier escuela, de eso se fue dando cuenta con el tiempo – No les puedes echar insecticida porque las matarías…

– No te preocupes, Tanaka san me trae ahora unas mariquitas que tenía en el invernadero, no hay nada como esos bichitos contra esta plaga.

– ¿Tanaka san? – Se extrañó, no conocía a nadie con ese nombre y creía conocer a todo el servicio…

– Ah, sí, es cierto, tú no lo sabías. Es que ya no tengo la fuerza de antes y para algunas cosas necesito unos brazos fuertes así que le pedí a tu padre que contratara a alguien.

– Senpai – Un tipo alto y de brazos fuertes se arrodilló a su lado con un bote en la mano. Miró a la chica brevemente, saludando con la cabeza. Ella le devolvió el saludo con una sonrisa.

– Gracias Tanaka san, has sido rápido – Abrió el botecito y dejo salir unas 6 mariquitas sobre las plantas. Una de ellas se desvió del parterre y se subió al zapato de Hana – Te ha confundido con una de las flores, es normal cuando se es tan preciosa, ¿verdad Tanaka?

– Déjalo ya, como te oiga mi padre… – Susurró Hana riéndose también. Tanaka la miró y miró a Yoichi, un poco nervioso.

– Tranquilo chico, que sea la hija del jefe no quiere decir que te tengas que poner tenso.

– Pero no te confundas, no vayas a hacer lo mismo con mi hermana si no quieres que te mire con esa expresión de asco que le produce la naturaleza –  Puso su dedo para que se subiese el insecto, dejándolo sobre una de las flores. – Bueno, ya sabes que me quedaría todo el día pero tengo que ir a ver si Rei y Akiko han hecho galletas, que me lo prometieron la semana pasada y me quedé esperando…

– Vete antes de que te manches que te conozco y siempre terminas de tierra hasta las cejas – Se despidió de ellos y le echó un último vistazo al nuevo, que apenas mostraba interés en ella.

Fue casi corriendo hacia las cocinas y ya empezó a escuchar a Rei cantar, siempre estaba cantando. Al menos siempre desde que ella recordaba. Era una señora con un poco de sobrepeso y siempre de muy buen humor que tenía bajo su cuidado a Akiko, una pastelera de la misma edad que Hana y con una habilidad culinaria que casi superaba a la de Rei. El olor a dulce le llegó desde antes de cruzar la puerta.

– Por favor dime que son galletas – Entró husmeando con los ojos cerrados.

– Siiii son galleeeeetas – Canturreó Rei dándole una bandejita con una sonrisa. Cogió una de inmediato y se la llevó a la boca, dándole un bocado y concentrándose en el sabor de la mantequilla y los trozos de chocolate.

– Es el cielo – Se dejó caer en una silla, ambas se rieron.

– ¿El cielo? En el cielo me creía que estaba yo cuando he visto al jardinero nuevo – Miró a Rei dando una carcajada – ¡Si fuese joven de nuevo le habría arrastrado hasta la cocina esta misma tarde!

– A mí no me parece para tanto – Akiko se sentó también.

– ¡Claro que no te lo parece! ¡Con lo enamorada que estas de tu querido Yuki! – La chica sonrió tímidamente, la verdad es que estaba todo el día hablando de lo maravilloso que era su novio – ¿Lo has visto ya Hana?

– Sí, le acabo de ver en el jardín con Yoichi san. Se llama Tanaka, ¿no?

– Tanaka Jiro, pero dime, dime, ¿te gusta o no?

– Es guapo – Respondió ella encogiéndose de hombros

– ¿Guapo? ¿Eso es todo? – Dijo Rei cerrando el horno con las caderas – ¿Has visto sus brazos? Me podría coger en peso a mí, no me quiero ni imaginar lo que haría con una chica como tú. Madre mía de mi vida lo que daría por retozar con él en el jardín…

– Es que no me ha dado tiempo ni de observarle y tú ya le habrás hecho un cuestionario sobre su vida – Hana se rio al verla asentir.

– Pues vas a hacer una cosa – Puso las galletas en dos montones – Si quieres llevarte tu montoncito de galletas a tu cuarto, antes le tienes que llevar a nuestros jardineros unas pocas. Pero como se te olvide decirle a Jiro-kun que las galletas son de mi parte…

– No te preocupes, se lo diré. Ahora te digo qué me parece la segunda impresión.

– Y llévales esto – Le dio una botella de cristal de té helado hecho a mano – Para que lo bajen.

Volvió a salir al jardín de nuevo, los días empezaban a ser largos en esa época del año y pronto vendrían las vacaciones, cosa que Hana esperaba con ansias. Pasó junto a las flores en la que las mariquitas trabajaban y fue hacia la parte de atrás de la casa. Casi se choca de frente con Yoichi al doblar la esquina.

– ¡Hola otra vez!

– Traigo galletitas y té para mis duros trabajadores.

– ¡Estupendo! Cómo se nota que no están tus padres por aquí – Se volvió y silbó mirando hacia unos matojos. De detrás salió Tanaka, con una azada en la mano y el pecho desnudo. Fue hacia ellos, limpiándose el sudor de la frente con el brazo porque en las manos tenía puestos unos guantes de trabajo llenos de tierra – ¡Mira, nos traen unos regalos!

– Ah, gracias – Le dio la botella de te helado después de que se quitara los guantes porque se veía con necesidad de líquidos, estaba sudando muchísimo. Se quedó un tanto embobada observándole beber y cómo las gotas de sudor le resbalaban por el pecho. La chica tragó saliva y se recompuso.

– Las galletas son de parte de Rei, están tremendas.

– Ella sí que esta tremenda – Suspiró Yoichi riéndose y rascándose la barbilla, nostálgico – Y la tendrías que haber visto cuando llegó a las cocinas, de joven… qué mujer… te liaba de una manera desastrosa y cuando querías darte cuenta la tenías en sus brazos. Yo que tú andaba con cuidado jovencito.

– Ya la he conocido – Se rió cogiendo una galleta, Hana se asombró de lo perfectos y blancos que eran sus dientes – Nunca me había sentido acosado hasta hoy.

– Es lo que te decía, esa mujer tiene algo con los jardineros, te lo digo yo. Déjanos las galletas y el té Hana chan – Pidió con una sonrisa amable –  Muchas gracias, ahora llevamos la botella a la cocina y le damos las gracias a las autoras en persona.

– Muchas de nada, no trabajéis mucho que hace demasiado calor. Y dejad el té a la sombra.

– Lo que diga la jefa – Yoichi le hizo un saludo militar. Le echó un último vistazo de arriba abajo a Tanaka mientras se alejaba. “Vaya con el jardinero” pensó.

Fue a la cocina un tanto alterada, tamborileando con los dedos en la bandeja que agarraba con ambas manos. No sabía por qué estaba tan nerviosa pero lo estaba, como una adolescente, exactamente igual. Y lo peor es que era tan prohibido que se moría de ganas por conseguir tenerle cerca, lo suficientemente cerca como para que sus padres pusieran el grito en el cielo. Entró en la cocina y dejó la bandeja en la mesa, con una sonrisita en el rostro.

– ¿Y ahora qué me dices? – Rei se apoyó en la mesa con ambas manos esperando el veredicto.

– No sé cómo, ni sé cuándo, pero tengo que tocarle. Lo necesito – Se pasó las manos por la cara – Y qué sonrisa tiene…

– Te lo dije. No me cuadraba eso de que solo me dijeses que es guapo.

– Es que no le había visto sin camiseta antes…

– ¡Madre del amor hermoso! ¿Por qué no he ido yo?

– Por cierto, conque Yoichi también tuvo una juventud curiosa, ¿no?

– ¿Qué te ha contado ese ahora? – Puso los ojos en blanco con una sonrisita – Sí, era un joven interesante.

– Sigue loco por ti – Rei la miró sorprendida.

– Pero yo creía que estaba casado – Akiko dejó de batir huevos, mirándolas extrañada.

– ¿Y eso que tiene que ver? – Contestó Hana – Si le gusta, le gusta. Para algo tiene ojos en la cara, ¿no? ¿O tú ya no miras a otros hombres?

– No me interesan… ya tengo a Yuki – Rei hizo un gesto con la mano quitándole importancia a lo que había dicho la chica.

De repente, Hana escuchó a su hermana gritar, fue un grito de espanto tal que les llegó perfectamente hasta la cocina. Se levantó asustada mientras Rei se llevaba una mano al pecho y a Akiko se le caía el mezclador. Fue corriendo hasta la entrada de la casa por el largo pasillo. Se la encontró con una mano frente a sus ojos y a su lado Tanaka la miraba con una expresión entre el espanto y la preocupación. Cuando vio a Hana, su hermana fue hacia ella mirando al suelo con la boca abierta y negando con la cabeza.

– Hana, llévate a este a la cocina y que deje lo que tenga que dejar pero que se tape.

– Es un hombre sin camiseta Fuyumi, no te va a hacer nada. Vete a tu cuarto anda – Le dio golpecitos en la cabeza – Allí estarás a salvo de la lujuria.

– ¡Hana! ¡¿Por qué eres siempre tan maleducada?!

Le hizo un gesto con la cabeza a Tanaka para que la acompañase. El jardinero aguantaba la risa mirando al suelo. Intentó no mirarle por el camino pero no lo consiguió. Cuando lo hizo, él ya la estaba mirando, así que improvisó sobre la marcha.

– No le hagas caso a mi hermana, está obsesionada con llegar virgen al matrimonio y todo le parece una tentación.

– Ya veo – Abrió mucho los ojos –  No sabes el susto que me ha dado cuando ha pegado ese grito.

– La próxima vez entra con camiseta, a mi padre no creo que le haga gracia. Y entra por la puerta del servicio, no por la principal – La casa estaba dividida en dos partes, la parte de la derecha era la del servicio y la de la izquierda era en la que vivían los señores, ella incluida. Hana se llevaba más tiempo en la parte derecha, por supuesto – Aunque a Rei san le va a encantar el detalle de que no te hayas puesto nada.

– No lo había pensado – Hizo una mueca que mostraba lo incómodo que se sentía.

– No te preocupes, conmigo y con Akiko chan delante no creo que se atreva a nada.

– ¿Akiko? – Frunció el ceño, con curiosidad.

– Sí, es la otra chica que trabaja en la cocina.

– ¿Es guapa? – Hana le miró alzando las cejas. Le entraron ganas de gritarle “¿¡Hola!? ¡¡Existo!!” pero le sonrió – Sí, pero está tan enamorada de Yuki kun que no tiene ojos para nadie más, lo siento.

El chico chasqueó la lengua encogiendo la nariz, Hana se sintió invisible para él, pero bueno, era de esperar… se llevarían un mínimo de 6 años, si no más… y era la hija del jefe. Ni se lo plantearía. Abrió la puerta de la cocina y Rei se le acercó alarmada, pero en cuanto vio al chico su expresión cambió por completo. Incluso a Akiko se le fueron los ojos detrás.

– La visión de un torso masculino ha sido demasiado para Fuyumi – Explicó Hana riéndose – Eso era todo lo que le pasaba.

– Muchas gracias por el detalle – Agradeció Tanaka dándole la botella vacía – Estaban realmente buenas.

– Cuando quieras cielo – Se reía incómodo, mirándose los pies y rascándose la nuca. Hana se quedó embobada mirando su sonrisa, pero al acordarse del desprecio (indirecto y probablemente sin intención ninguna) que acababa de hacerle como mujer miró a otra parte, suspirando.

– Me voy a mi habitación Rei, ya nos vemos luego. Hasta luego Akiko – La chica se despidió de ella con una sonrisa, con las manos metidas en harina casi hasta los codos.

– Aquí estaré, preciosa – La despidió Rei.

– Y yo me voy a trabajar y a ponerme algo antes de que me echen en mi primer día – Se despidió de las cocineras con un gesto de cabeza, sonriendo de nuevo.

– Aquí estaré, precioso – Hana se rio sin poder evitarlo, pasando por la puerta que Tanaka mantenía abierta para ella. Ninguno de los dos habló hasta llegar al salón, ella en particular iba bastante seria. Tal y como le vino se le fue la ilusión. Cuando llegó a la entrada miró al chico.

– Pues hasta que nos veamos, Tanaka-san.

– Espero que sea pronto, Tutsumi-san – La miró con una sonrisa pícara que dejo a la chica contrariada.

– Hana, no me gusta que me llamen por mi apellido – Asintió y salió de la casa.

2

Los días siguientes se los pasó intentando ignorarle, intentando no hablar de él. No quería saber nada, quería apartarlo de sus pensamientos y verlo simplemente como ‘el jardinero buenorro’ pero le costaba la misma vida. El chico era tremendamente agradable con ella y esa cara que tenía no hacía las cosas más fáciles. Ese día en concreto no le tenía mucho en el pensamiento porque sus padres habían organizado la fiesta de cumpleaños de su hermana, que por fin era legalmente mayor de edad. Cumplía 21 y probablemente iban a anunciar su boda en la fiesta. Hana tenía 19 y temía que a sus padres se les ocurriera hacer lo mismo con ella cuando llegase a esa edad. Miraba el traje que se tenía que poner y es que no terminaba de gustarle. Sabía que su madre se lo había comprado en una de las mejores tiendas y que era de gran calidad y todo ese rollo, pero cualquiera que la conociese sabía que la chica no iba a ponerse algo así.  Lo cual decía bastante de la relación que tenía con su madre… que era casi nula. Era un traje celeste, con tantos lazos blancos que iba a parecer una muñeca, pero es que a ella no le gustaba parecer una muñeca… Si tenía que parecer algo, que fuese una mujer.

            Suspiró y lo metió en el armario, sacando uno que le gustaba bastante más. Era color lavanda, hasta los pies y dejaba ver bastante de la espalda. No tenía un escote muy generoso pero es que ella tampoco tenía mucho para enseñar. Pero la tela vaporosa del traje le gustaba tanto que le daba igual lo que le dijeran. ¿No tenía que ir elegante? Pues elegante iba a ir. Cuando terminó de vestirse y de arreglarse (apenas se pintó y solo se puso una pulsera de plata y unos pendientes a juego) se asomó con curiosidad al cuarto de su hermana, que era la que de verdad parecía una muñeca con ese traje blanco tan pomposo. Hana arrugó la nariz con disgusto y se escabulló hasta la cocina. Akiko no estaba, solo Rei, cenando mientras leía una novela rosa.

– Te pillo ocupada, ¿eh? – Se sentó a su lado.

– Oh, por favor, ¡estas preciosa! – Le pasó una mano por el pelo – Qué traje más bonito Hana chan.

– Si tú vieras el que querían que me pusiese… – Hana resopló cotilleando su libro. Rei la miró negando con la cabeza.

– No sabes lo que tienes, con tu edad habría dado cualquier cosa con tal de haber ido a una fiesta como a la que vas hoy, encontrar un hombre guapo y rico y casarme con él…

– No es tan maravilloso – Le quitó una verdura del plato, mordisqueándola – Tampoco digo que sea horrible, es simplemente… mentira. Todo es mentira: los matrimonios, las familias, las amistades… Todo esto es fachada, apariencias, realmente es muy triste.

– ¡Oh, vamos!

– Rei, ¿De verdad piensas que mis padres se quieren? ¿De verdad crees que Fuyumi se va a casar con un tipo al que ame, o se va a casar con el que más le convenga?

– Eres una destroza sueños, y deja de comerte mis verduras – Le quitó el plato de delante fastidiada – Ahora te vas a pegar una cena de catering que no voy a tocar, así que no te comas lo mío también.

– Yo lo que quiero es vivir como cualquier chica de mi edad, es que no pido más – Hana se apoyó en su mano, soñando con lo que sería su vida perfecta – Quiero irme a la calle a hacer locuras, tener un gato que me lo llene todo de pelos y una familia que sepa que existo. Me gustaría tener algún amigo que no tuviese que esconder y un novio que me llevase por el mal camino y que me quisiese más que a su vida, por el que yo daría la mía – La imagen de Tanaka se le vino a la mente, pero la alejó con rapidez.

– Pides mucho…

– Pues muchísima gente lo tiene, y sin embargo muy poca gente tiene lo que tengo yo. Me cambio por ellos encantada…

– Solo por el jardinero se cambiaban contigo muchas.

– ¿Por qué siempre que vengo a verte terminas hablando de él?

– Porque tú siempre lo evitas. ¿Por qué será? – Entrecerró los ojos – Podrías tener algo con él si quisieras.

– No, no podría… y no quiero – Esto último lo dijo con tan poca convicción que no pudo evitar reírse, pero después se le ensombreció el rostro – Él… no me ve. Simplemente no estoy en su mente en el sentido que yo quisiera.

– Venga, venga. Seguro que no es así. ¿Has intentado algo?

– No gracias, no tengo ganas de que me rechacen en mi propia casa.

– Pero si no lo intentas te vas a quedar con la duda, ¿estás segura de que quieres quedarte sin saber? – La señaló con los ojos entrecerrados de nuevo.

– No me vas a liar – Escuchó motores en la puerta de la casa – Me voy al salón que me parece que está empezando a llegar la gente. A ver si te puedo traer algo de comer

– Mejor tráeme un hombre atractivo, le voy a dar mucha más utilidad.

– Si mi hermana te escuchase le daba un infarto –

Avanzó por el pasillo todo lo rápido que le permitían los tacones. Al llegar, lo primero que hizo su padre fue recriminarla por no estar presente para recibir a los invitados y su madre tres cuartos de lo mismo por no ponerse el traje. Su hermana ni siquiera la miró, de los nervios. Hana se limitó a pedir perdón y a guardar las formas. “Con un poco de suerte se pasa la noche rápido” pensó, pero no podía estar más equivocada. No cesaba de entrar gente y a ella le molestaba la cara de sonreír. Llegaron algunas que decían ser sus amigas cuando su entretenimiento principal era criticarla a su espalda así como babosos que la miraban de arriba abajo pero que como eran herederos de vaya-usted-a-saber-quién tenía que ponerles buena cara. Llegó un momento de la noche en la que estaba allí plantada, mirando a su alrededor y viendo que nadie le prestaba atención, así que aprovechó para salir de la casa. Hacía una noche fantástica, un poco húmeda, pero buenísima. Se estiró y saludó a su chófer, que le sonrió desde dentro del coche levantando la gorra para volver a dormirse poniéndosela sobre los ojos.

            Fue hacia el arbusto de los pulgones, tuvieron que echarle mariquitas de nuevo y estaban dándole vueltas a la planta. Alguna que otra estaba comiendo y Hana pensó que le gustaría ser una de ellas. Seguro que sus vidas eran más plenas, por lo menos ellas tenían un objetivo marcado y un propósito en ese mundo. Escuchó el girar de algo que sonaba a oxidado y cuando miró hacia delante, vio a Tanaka con una carretilla enorme cubierta con un forro azul. Se paró junto a ella alzando las cejas, se había puesto una gorra para no tener el pelo en la cara al trabajar. Era la primera vez desde el primer día que se quedaba a solas con él.

– ¿Qué haces aquí todavía? Es muy tarde – Preguntó ella.

– Ya me iba, ¿Y tú que haces aquí fuera? Suena como si dentro hubiese una fiesta.

– Por eso mismo estoy fuera.

– No tiene sentido.

– Lo tiene, créeme que lo tiene – Hana suspiró.

– A lo mejor me meto donde no me llaman – Se quitó la gorra, pasándose la mano por el pelo – Pero para ser alguien con tanta suerte siempre pareces triste.

– Te metes donde no te llaman, efectivamente – Dijo ella levantándose – Pero para responderte te diré que tener dinero no es tener suerte.

– ¿A no? Solo el traje que llevas puesto vale más que lo que me paga tu padre – Soltó una risita sarcástica.

– ¿Qué pretendes? ¿Qué me sienta mal por ser rica? – Le espetó ella irritada con su actitud – Ya me siento mal por ser quien soy, no hace falta que venga un jardinero a recordarme que es lo único que tengo, dinero. Lárgate de una vez, había salido aquí a estar tranquila.

– Oye – Hana se iba hecha una furia hasta la parte de atrás de la casa – ¡Espera!

Le escuchó ir tras ella, pero no quería hablar con él, había sido muy desagradable sin motivo. Por lo visto tenía esa capacidad, hacer que se sintiese como una verdadera mierda cada vez que hablaban. Su mano se cerró en torno a su brazo pero cuando le miró con rabia, la soltó de inmediato.

– Perdona, no quería decir eso. Lo que quería realmente era saber que te pasaba, porque claramente no estás bien.

– ¡Claro que no estoy bien! – Gritó furiosa – ¿¡Cómo quieres que esté bien si en mi familia no le importo a nadie?! Solo me quieren cuando necesitan algo, solo existo para sus intereses. No tengo amigas y las que tengo son parte del servicio y no puedo disfrutar de ellas como quisiese porque tengo que esconderme. La carrera que estoy estudiando es una mierda, mis hobbies los tengo que llevar en secreto porque mis padres no los aprobarían. Tengo 19 años y solo he tenido un novio que me duró menos de un año y cuando consiguió meterla me dejó, ¡¡Y ni me enteré, follaba de pena!! – Jiro se llevaba la mano a la boca, aguantando la risa – Desde ese momento ningún tío se ha vuelto a fijar en mí y me estoy empezando a plantear irme a un puto convento. No he montado en moto aunque me encantan, nunca he ido a un bar ni he cantado en un karaoke con amigos, nunca he probado el alcohol y jamás he tenido un rollo de una noche. Eso es tan impensable como que te de mi diario y te lo leas y sin embargo ¡MIRAME! – Se rio un poco histérica – ¡Estoy contándote todo esto y no tengo ni idea de porqué pero no puedo parar! ¡¡¡Y odio ir en tacones!!! – Se los quitó tirándolos al estanque de las carpas. Resoplando se puso de cuclillas y metió la cabeza entre sus piernas, pasándose los brazos por detrás de la nuca. Escuchó al chico reírse – Oh, sí, vamos, lo que me faltaba es que te rieses de mí.

– No me río de ti, es que ha sido increíble cómo has explotado. ¿Desde cuándo te estabas guardando todo eso?

– Desde el principio de los tiempos – Le contestó de mal humor, pero a él pareció hacerle mucha gracia – En serio, deja de reírte, no es divertido – Se limpió una lagrima de la cara, sorbiendo los mocos, sintiéndose realmente mal.

– Vamos Hana-san – Le puso una mano en el hombro, de cuclillas también a su lado – Creía que eras más dura.

– ¿Dura? Estoy harta de ser dura y de aguantarme, y de callarme, y de hacer lo que me mandan. Estoy cansada de… – Señaló con desprecio su casa, iluminada elegantemente y de la que le llegaban las voces alegres de la fiesta. Sentía como le caían las lágrimas de rabia por la cara – Estoy cansada de esa vida de mentira que llevo – Tanaka permaneció en silencio mientras ella se desahogaba con la cara entre las manos. Sentía su mano pasar sobre su espalda desnuda y no eran unas manos suaves. Estaban ásperas y probablemente llenas de tierra pero fue el gesto más tierno que habían tenido con ella en mucho tiempo.

– Creo que algunas de las cosas que has dicho puedo ayudarte a cumplirlas – Le propuso a la chica, que le miró limpiándose las lágrimas – A ti no te importa ensuciarte, ¿verdad?

– No… ¿Qué se te ha ocurrido?

– Vamos a hacer una cosa – La miraba con una sonrisa de oreja a oreja – Vete a la fiesta y dile a quién se lo tengas que decir que te encuentras mal y que te vas a acostar. Métete en tu cuarto y cierra la puerta, cámbiate de ropa y ponte algo cómodo y normal. Y cuando estés lista asómate a la ventana.

–  Ehhh – No sabía por qué dudaba, pero dudaba. Aunque era su oportunidad de tener la aventura que tanto buscaba le daba reparo – Vale, venga, ¿Por qué no? Total, la noche no puede ir peor – Pero se dio cuenta de que sí – Perfecto, no tengo zapatos – Tuvo que sonreír al escuchar la carcajada estruendosa de ese hombre.

– Espera un segundo – Se quitó los suyos y los pantalones, metiéndose en el estanque con las carpas y tirando la gorra a su lado. Hana le miró con atención pero en la oscuridad apenas veía nada. Si su padre le viese lo mataba, cada carpa costaba un dineral – ¡Mierda! ¡Esto es más hondo de lo que parece! – No paraba de reírse y a Hana se le pegó la risa. Tanaka se quitó también la camiseta y la tiro junto a ella.

– ¡Pero ahora tienes los calzoncillos empapados! – Gritó ella mirando cómo se agachaba para coger uno de sus zapatos, que le lanzó con cuidado.

– ¿Y qué más da? No hace frío… pero estos bichos me están chupando, es un poco desagradable – Puso un gesto raro, haciéndola reír de nuevo – No encuentro el otro, espera un momento – Cuando se metió de cabeza en el estanque Hana dio una verdadera carcajada. Al volver a salir tenía el otro zapato en la mano – Toma, póntelos y haz lo que te he dicho.

– ¿Cómo te vas a secar? – Le miró de arriba abajo sin poder evitarlo. Ella le secaría con gusto, entre sus sábanas.

– No te preocupes por eso, venga, vete adentro.

Se puso los zapatos y si antes era difícil andar con tacones, ahora que estaban mojados era casi imposible no caerse. Pero en cierta manera le vino bien, su madre se creyó antes la historia de que estaba mala y la mandó con prisas a su habitación. Antes de salir de la fiesta vio que una de las mesas situadas junto a la puerta se estaba enfriando un cangrejo más grande que su cabeza. Cogió la bandeja y salió corriendo del salón, riéndose entre dientes y subiendo a su cuarto. Lo dejó encima de la cama y se quitó el traje con prisas, así como las joyas. Los cambió por unos pantalones vaqueros, la primera camiseta de mangas cortas que encontró, un par de tenis y una chaqueta fina, por si acaso. Cogió una mochila y metió el cangrejo en una bolsa de plástico, dejándolo bajo su cama. Al día siguiente se lo daría a Rei. Se soltó el recogido que llevaba y dejó que le cayera la larga melena castaña sobre los hombros. Guardó en la mochila dinero, su teléfono, su cartera con su identificación y la chaqueta. Una vez lista se asomó por la ventana y se encontró a Tanaka apoyado contra la pared justo bajo su ventana.

– ¡Ya estoy aquí! – Susurró. El chico miró hacia arriba y se dio la vuelta, poniéndose justo bajo la ventana.

– Salta – Le hizo gestos con la mano. Hana se rio nerviosa.

– Un momento – Apagó la luz de su habitación y tiró la mochila, era un primer piso así que tampoco era tan peligroso. Se sentó en la cornisa y sintió un hormigueo al mirar hacia abajo, pero apretó los dientes y se dejó caer. Tanaka la cogió al vuelo.

– ¿Estás bien? – Le preguntó, ella asintió, emocionada por la aventura – Vale, métete en la carretilla – Hana reprimió la carcajada que casi se le escapa.

– ¿Cómo?

– Te voy a sacar de aquí sin que se den cuenta, vamos, métete antes de que nos vean.

Hana le hizo caso, se tumbó en la carretilla abrazando la mochila y él le puso la loneta por encima, tal y como estaba antes. La anudó y le escuchó reírse mientras susurraba “perfecto”. Cuando se puso en marcha, a Hana se le escapó una tos y un gritito. La tos porque la carretilla estaba llena de tierra y se le metió en la boca, ahora entendía lo de mancharse; el gritito porque al inclinarla le dio la sensación de que se caía hacia delante. Le pareció que pasaba una eternidad hasta que le escuchó despedirse en las puertas de los dos tipos encargados de la seguridad. Pasó otro rato hasta que se paró, entonces le escuchó trastear con las cuerdas y finalmente le quitó la loneta de encima.

– Listo, ya estás fuera – La chica se bajó mordiéndose el labio, muerta de nervios y expectante por saber qué iba a pasar. Tanaka se rio – Sacúdete un poco por lo que más quieras – Se miró bajo la luz de la farola; estaba llena de tierra.

Mientras ella se sacudía la ropa, él le sacudía el pelo. Por último le quitó las manchas de la cara con sus manos, Hana se quedó mirando su rostro durante todo el proceso con una sonrisita permanente. Sus labios estaban entre abiertos, provocativos; las gotas de agua le corrían por los lados de la cara porque tenía el pelo empapado; sus ojos negros la observaban atentamente para que no se le escapara ninguna mancha y cuando la miró directamente a los ojos, sonriendo, le entraron ganas de hacerle suyo.

– Ya estás presentable, ahora a la parte dos del plan. Esta noche iba a salir con unos amigos y te vas a venir – Caminaba hacia no sabía dónde, ella le seguía. Ahora que estaba en la oscuridad de la calle no sabía si se había precipitado en confiar tanto en él. Nadie sabía dónde estaba.

– Con unos amigos… – Repitió ella

– Hay una chica si eso te tranquiliza. Te voy a llevar a un bar al que solemos ir, te aviso que no es nada a lo que estés acostumbrada. Si te sientes incómoda dímelo enseguida.

– Vale – Tanaka se paró, sacándose unas llaves del bolsillo y acercándose a una moto herrumbrosa.

– Ya tengo lo del bar cubierto, ahora toca lo de la moto. Pero solo tengo un casco y te lo vas a poner tú – Abrió el sillín y sacó un casco negro con la pintura saltada. Al ver la cara de la chica volvió a reírse – Parece que no, pero es resistente.

– Bueno, espero que no me haga falta usarlo – Se subió tras él. El sillín se le clavaba por todas partes y los pedales para poner los pies no eran muy estables. Y no tenía donde poner las manos.

– Agárrate – Pidió él.

– ¿Dónde? No hay ninguna barra tras mi asiento.

– A mí, ¿Dónde si no? – Mordiéndose el labio puso las manos en la cintura de ese hombre. Eso sí, una vez arrancó tuvo que abrazarle dando un gritito porque casi se sale despedida hacia atrás. Tanaka dio una carcajada – ¡Te dije que te tenías que agarrar!

– ¡Te vas a resfriar con el pelo mojado!

– ¡Lo dudo! – Gritó sobre el ruido que hacía la moto, era un estruendo.

– ¿Qué has hecho con los calzoncillos?

– ¡Los he tendido en el invernadero!

– ¿¡Vas sin ropa interior?! – Tanaka volvió a reírse.

Con el viento, se le levantaba la camiseta y ella tocó sin querer (aunque ciertamente sí que quería) por debajo. Su cuerpo estaba duro como una piedra, caliente, y se moría por meter la mano bajo su camiseta, por tocar más. Pero se contuvo. No sabía cómo iba a reaccionar él y no quería cabrearle ni provocar un ambiente raro, no esa noche. Al llegar, la chica se bajó, quitándose el casco y dándoselo a Tanaka que lo guardó de nuevo en su sitio. El bar estaba casi vacío, había un grupo de hombres y solo una mujer todos mayores que ella. A simple vista parecía haber bastante variedad en la edad, lo que le extrañó. Cuando le vieron entrar todos les saludaron con alegría, incluido el barman.

– ¡Jiro kun! – Un chico con el pelo verde chillón se le acercó, chocando la mano con él. En otras circunstancias, Hana jamás se habría acercado – Por fin te dan un poquito de libertad.

– Me tienen explotado – La miró con una sonrisita de suficiencia – Esta es Hana, es una amiga mía que quería salir esta noche. No es de por aquí, sed buenos con ella.

– Hola Hana chan – Una chica con extensiones de colores chillones la cogió de la mano y la sentó a su lado – Te aviso para que vayas sobre seguro, ten cuidado con esos dos, tienen las manos muy largas.

– ¡Mizuki no le digas esas cosas! – Dijo uno de los aludidos – ¡Somos inofensivos!

– Se os ve en la cara que sois un peligro

– No te preocupes Ta… Jiro, sé cuidarme sola – Si iba a fingir ser su amiga no podía llamarle por su apellido. Tenía que empezar a pensar en él como Jiro-kun y no como Tanaka-san si no querían que le mirasen raro.

Le dijeron sus nombres, aunque con el jaleo que estaban formando no se enteró ni de la mitad. Se pasaban más tiempo diciendo cosas sin sentido y tonterías que hablando de nada serio. Los chicos la aceptaron en el grupo sin más, se sintió integrada por primera vez. Mizuki le preguntó casi de todo sobre su vida y estuvieron charlando un buen rato hasta que el chico del pelo decolorado les propuso jugar al billar. Hana estaba encantada, fue en grupo con Jiro y Mizuki que le enseñaron lo básico en un momento. Una de las veces que Mizuki se agachó para meter una de las bolas, Jiro se puso tras ella y mordiéndose el labio le puso las manos en el trasero, haciendo como si embistiese con las caderas a la chica, que se limitó a poner los ojos en blanco negando con la cabeza. Miró a Hana riéndose, esta intentó devolverle el gesto pero a decir verdad, se quedó un tanto perpleja cuando vio la relación que había entre ambos; si a él le gustaban las chicas como Mizuki entendía que no le prestase atención. Los demás tíos del grupo se reían, Jiro incluido, pero Mizuki la miró frunciendo el ceño con una sonrisita y se volvió a concentrar en la partida.

            Al acabar la partida pasaron a jugar a los dardos, juego en el que resultó ser malísima. Después de eso, uno de sus amigos invitó a una roda de chupitos. Era su primera vez con el alcohol y casi le da algo cuando la bebida le pasó por la garganta. Comenzó a toser como una loca a la vez que se reía, realmente se lo estaba pasando bien. En un punto de la noche, se quedó sola con Mizuki en la mesa mientras los demás hacían el tonto con los dardos. A Hana se le pasaba el tiempo volando mientras miraba a Jiro hacer payasadas con una sonrisita, suspirando. Tan pronto fue consciente de lo que estaba haciéndo, volvió la vista hacia Mizuki, deseando que no lo hubiese notado. Pero la chica la miraba con los ojos entrecerrados, no sabía si estaba enfadada con ella pero viendo lo visto sería lo normal.

 – A ti te gusta Jiro – Afirmó Mizuki con una sonrisita

– Yo… lo siento, no quería… no debería mirarle así, ha sido una falta de respeto.

– ¿Qué dices? No te disculpes porque Jiro te vuelva loca, es lo más normal del mundo, a todas os encanta.

– Pero tú y él…

– Oh, no, por favor –Apartó la idea con la mano – Es mi hermano mayor, lo que pasa es que es tonto. Tú eres…  –  Miró hacia su grupo de amigos y  susurró – Tú eres la hija de su jefe, ¿a que sí?

– ¿Cómo lo sabes? ¿Te ha hablado de mí?

– Algo – El corazón de Hana empezó a latir desbocado en su pecho –  Y de las cocineras y de tu hermana la histérica también. Me cuenta muchas cosas – Y la alegría se le fue tal y como le vino, no es que ella fuese especial –  Pero por la descripción física y por tu actitud en el bar es por donde te he pillado ¿Cómo has conseguido escaparte?

Le contó su fuga a una Mizuki sin parar de reír y el resto de la noche la pasó charlando con ella, tenían muchísimas cosas en común y casi la misma edad. Se le fue la noche volando, cuando se quiso dar cuenta eran casi las 4 de la madrugada y se caía de sueño. Jiro también bostezaba de la manera más ruidosa imaginable, estirándose entero.

– Creo que me voy a casa… – Se puso en pie, por lo que ella le imitó. Si le había traído tendría que llevarla.

– Diréis que os vais, en casa de papá y mamá no hay sitio para que se quede – Mizuki señaló a Hana.

– Ah, sí, claro, nos vamos. Y ponte la chaqueta que ahora refresca – Y llevaba razón. Tuvo un escalofrío al salir antes de subirse en la moto con él. Mizuki le dio su teléfono con la promesa de volver a verla alguna vez.

No se podía quejar, había cumplido varios de sus sueños: hacer locuras improvisadas, montar en moto y hacer una amiga. Solo le quedaba lo del rollo de una noche. Se puso nerviosa solo de pensarlo.

 

3

Tan pronto llegaron a su casa, Hana miró confusa la puerta con las cejas levantadas. Al entrar se fascinó con la idea de que solo eso fuese una casa. Ella había vivido toda su vida en la misma mansión, así que ver que la casa de alguien era más pequeña que su habitación le causó un gran impacto además de culpabilidad por haberse quejado de su vida delante de Jiro. No tenía derecho a hacerlo.

– Es pequeña pero no hay otra cosa…

– Es genial – Le sonrió arrugando la nariz – Aunque estaría mejor limpia.

– No esperaba traer a nadie a mi casa esta noche – Tiró del sofá, que se abrió y resulto ser una cama, con casi todos los muelles rotos y llena de pelusas, pero una cama – Y vamos a dormir un poco apretados, espero que no te importe.

– No, pero hace una eternidad que no duermo con alguien.

– Pues ya somos dos – Se quitó las zapatillas y la camiseta – Estoy demasiado cansado para desvestirme – Tiró de una sábana que había en el sofá y la extendió. Hana se sentó tímidamente en el borde – Puedes desvestirte si quieres, no voy a asustarme por lo que vea. Lo he visto antes seguro.

– Mejor no mires y ya está…

– Apago la luz si quieres, espera – Se estiró y le dio al interruptor.

Hana se quitó los pantalones vaqueros con prisas y se metió bajo las sabanas, sin atreverse a moverse con tal de no tocarle. Entraba la luz de la luna por la ventana, algo podía distinguir, no estaban a oscuras. Y cuanto más tiempo pasaba, más se le acostumbraba la vista. Esperaba que no le diese por echar un vistazo bajo las sabanas, o sí, que lo echase.

– ¿Qué te han parecido? – Su voz grave la sobresaltó.

– ¿Tus amigos? Me han gustado mucho, nunca me lo había pasado tan bien… tu hermana me encanta.

– Mi hermana está loca – Bostezó tan fuerte que se le saltaron las lágrimas.

– Muchas gracias por hacer esto –Hana se giró, mirándole, apoyada en su brazo – Nadie había hecho nada parecido antes por mí. Rei me hace galletas de vez en cuando pero…

– No me las des, no me ha supuesto ningún esfuerzo – Se miraban en silencio, inmóviles y con iguales sonrisas. Sentía un nudo en el estómago, el corazón se le iba a salir por la boca, se pasó la lengua por los labios, mirando los de Jiro que se acercó a ella poniéndole una mano en la cintura. Hana aspiró, esperando sentir ese beso que ansiaba desde hacía tantos días, pero el chico cambió la dirección de sus labios y le dio un beso en la frente – Duérmete, mañana a primera hora tienes que estar en tu casa y yo tengo que trabajar. Y estoy reventado…

Sin más, se dio la vuelta. La dejó con los ojos de par en par y un sofoco enorme. Estaba claro que no le interesaba como mujer lo más mínimo, le daba la impresión que la veía más bien como una hermanita pequeña a la que proteger. No le quedó más remedio que aceptar las cosas como eran, darse la vuelta y obligarse a dormir. Al menos tenía un amigo nuevo…

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– Y encima se desespera conmigo porque según él le trato demasiado bien y no es de piedra ¿Cómo iba a saber yo que tenía esos sentimientos? – le preguntó Hana a Mizuki por teléfono, tumbada en su cama y con la sensación del beso aún reciente –  Si te quedas a dormir en casa de un hombre y este no hace ni el intento de tener nada contigo se asume directamente que no eres de interés sexual. Pero si ha estado conteniéndose, por los motivos que sean…

– Mira, mi hermano es muy raro y muy impulsivo. Lo que no sé es cómo no te ha saltado antes al cuello. Te llevo diciendo desde hace cosa de un mes que le encantas.

– ¡Pero es que nunca me había demostrado nada de esto! Simplemente hablábamos y bromeábamos.

– ¿Todos los días? Mira, Hana, no es muy normal que un tío te busque cada 10 minutos solo para decirle una tontería. Y te repito que te lo llevo diciendo un mes. Si es que siempre tengo razón

– Y ahora es que no sé dónde se ha metido, debe de andar por mi casa porque tiene que trabajar, pero es que no lo encuentro.

– No quiere que os pillen, sería malo para los dos.

– Sobre todo para él, ya sabes que lo que me ha parado a la hora de decirle lo que siento muchas veces es el no querer traerle problemas.

– Pues no se lo ha pensado mucho cuando te ha metido la lengua hasta la garganta.

– Cállate ya… voy a ir a buscarlo otra vez, me merezco una explicación.

– Di que sí, oblígale a decírtelo todo y si no, oblígale a arrancarte la ropa interior.

– Es fin de semana, está todo el mundo en casa, es el momento menos indicado. Te llamo si averiguo o le da por hacer algo más.

Le colgó el teléfono a su amiga y se levantó de la cama. Fue directa al ala del servicio y salió por esa parte del edificio. Vio a Yoichi sacando una planta de una maceta para meterla en otra más grande y se acercó a él dando una carrerita.

– ¿Has visto a Jiro-kun?

– ¿Eh? Creo que está en el invernadero cogiendo tierra para esto, asómate y dile que traiga también unos guantes, se me ha olvidado ponérmelos – Corrió hacia donde le dijo y le encontró sacando de debajo de un mueble un saco enorme de tierra.

– No sabía que eras Ninja además de jardinero – Bromeó ella cruzada de brazos, mirándole. Jiro irguió la espalda, de rodillas en el suelo pero sin volverse – Te quitaste de en medio con tanta rapidez que habría jurado que me lo he imaginado todo.

– Mejor así – Murmuró cogiendo el saco, haciendo un ruidito por el esfuerzo – Es lo que deberías hacer, pensar que solo ha ocurrido en tu cabeza.

– ¿Qué estás diciendo? – Pasó por su lado, cargando el saco, sin siquiera mirarla – ¡Jiro, no me dejes aquí hablando sola!

– Estoy trabajando – Fue la contestación que le dio.

Hana se quedó en el invernadero viendo cómo se marchaba con el saco y dejándola con la boca abierta. Se sentó en un mueble con los brazos cruzados, le iba a esperar allí dentro, tenía que volver a por los guantes y estaban justo detrás de ella. Los cogió y se sentó encima. Iban a hablar de lo que acababa de pasar quisiera él o no. Y no tardó mucho en volver, se acercó a ella sin mirarle a la cara, mirando a su espalda y buscando los guantes.

– Sé dónde están pero no te los voy a dar hasta que no hables conmigo.

– Hana, me hacen falta – Hablaba casi en susurros, mirando al suelo.

– Y a mí me hace falta hablar de lo que acaba de pasar entre los dos.

– No hay nada de qué hablar, ha sido un error, un impulso, y no debería de haberlo hecho.

– No puedes ir por la vida de esta manera, besando a gente y luego arrepintiéndote. Es posible que los demás tengamos sentimientos, no sé si te has parado a pensarlo. A lo mejor ese beso ha significado más para mí que para ti. Y ahora te acobardas, ni siquiera puedes mirarme a la cara – Jiro alzó la vista, mirándola tan intensamente que le aceleró el pulso.

– Hana, dame los guantes.

– Cógelos, están debajo de mí culo – En el momento en el que la tocase para apartarla estaba segura de que no iba a poder escaparse. Pero el chico se echó hacia atrás y se alejó, camino al jardín. Hana no daba crédito de que un hombretón como él era huyese de esa manera tan cobarde – ¡¡Eh!! ¡¡Toma los guantes!! – Se bajó del mueble y se los tiró a la cara – ¡¡Y la próxima vez que se te ponga dura vete a cascártela detrás de un árbol!!

Jiro miraba al suelo, y suspirando cogió los guantes. Hana pasó por su lado, furiosa con él y empujándole contra la puerta del invernadero con el hombro al salir de allí. Se sentía impotente por esa actitud tan cerrada. Ese beso había sido la cosa más emocionante que le había pasado en mucho tiempo, probablemente desde que se escapó de casa. Y había significado mucho para ella finalmente saber que él tenía esas intenciones, que sí que la veía como una mujer. Ahora se explicaba por qué se había llevado una semana evitándola, pero es que fue muy repentino. Se veían y se hablaban todos los días, bromeaban, ella le llevaba refrescos los días de más calor y él a cambio le daba una vuelta en la moto (siempre a escondidas) hasta el bar para ver a Mizuki y a los chicos. No quería perder todo eso solo porque hubiese sentimientos de por medio, es más, el hecho de que hubiese sentimientos mejoraba la situación. La mejoraba considerablemente. Pero no para él, no, para él fue un error. Le dio tanta rabia que le dio una patada a un arbusto que había estado cuidando unos días antes. Se sentó en una parte alejada de la casa, entre el muro, un árbol y el estanque de las carpas. La tierra estaba removida porque habían estado poniendo flores hacía unos días pero lo habían dejado parado. Cogió el teléfono y llamó a Mizuki.

– ¿Qué ha pasado? Muy pronto me llamas tú…

– Es un imbécil. Quiere que me olvide de todo, ni siquiera me mira a la cara.

– ¿Qué? ¿Pero será inútil? Joder, ya que ha hecho lo más complicado que es dar el primer paso se tendría que dejar de tonterías.

– A lo mejor ha sido un calentón.

– Lo que tú me has contado no ha sido un calentón. Siente cosas y me das la razón si me dices que ahora no quiere ni mirarte.

– Es frustrante, llevaba tanto tiempo queriendo que pasara… y cuando pasa me dice que ha sido un error.

– Hana, ¿Tú qué sientes por Jiro?

– Yo… pienso en él y, lo único que quiero es tenerle cerca. Me da igual si no como pareja pero no quiero que se aleje de mí – Tragó saliva, se sentía fatal – No quiero perder lo que tengo con él Mizuki, me da miedo que me deje de lado.

– Por favor tía no llores… ¡Es una gilipollez tan grande que me están entrando ganas de colarme en tu casa, agarrar a mi hermano de los pelos y pegarle hasta que se le quiten las tonterías! ¿Tú te crees que puede hacer eso con tus sentimientos y que no te enfades con él?

– Pero es que lleva razón, es una locura que estemos juntos. Si nos pillan le despiden y entonces es cuando no le voy a volver a ver seguro.

– O no, o lo mantienes en secreto y cuando tengas una carrera y seas mayor de edad te vas de tu casa con él.

– Esas cosas no pasan Mizuki, solo en los libros y las películas.

– No veo por qué no ibas a poder hacerlo tú también.

– Porque no es realista, y ni siquiera sé si le gusto lo suficiente a tu hermano como para que me escape con él o si simplemente le pongo cachondo, como no habla conmigo…

– ¿Sabes qué? Conociéndole creo que al final va a terminar buscándote, espera unos días y probablemente aparezca pidiéndote perdón y queriendo hablar contigo.

– No sé, puede ser que sea mejor dejar las cosas como están.

Tantas vueltas le dio a la cabeza sentada entre las plantas que se hizo de noche. Probablemente sus padres y su hermana estaban cenando pero como casi nunca cenaban juntos tampoco se preocupó de meterse en la casa, total, no la echarían de menos… al menos no en poco tiempo. Se levantó con el cuerpo un poco entumecido y se asomó a dónde habían estado trabajando un rato antes, pero estaba todo a oscuras. Ya se habría ido a su casa, no se iba a quedar allí eternamente y menos un fin de semana. Aun así se asomó al invernadero, pero tampoco estaba, por supuesto que no estaba. Se quedó mirando las mariquitas y le volvieron a entrar ganas de llorar acordándose de la primera vez que le vio. Suspiró, dándose por vencida, camino al jardín. Cenaría, se metería en la cama y se pondría a leer hasta quedarse dormida. Se llevó tal susto al mirar al frente y verle quieto en la puerta, mirándola a los ojos, que se le escapó un grito.

– ¿Se puede saber qué haces tan quieto? Joder, menudo susto Jiro…

– Lo siento – Se acercó a ella despacio – No me arrepiento de haberte besado, Hana, no quiero que hagas como si no hubiera pasado pero… – Se pasó una mano por la frente – Esto es muy complicado.

– Jiro, yo siento cosas por ti, y desde hace unos días siento bastante más de lo que me gustaría – Admitió la chica mirándose las manos – Sé que tener… lo que sea contigo es peligroso, puedes perder el trabajo y a mí me caería una buena si nos pillan. Además, tendríamos que estar siempre escondidos. Si solo para ser tu amiga tengo que esconderme no quiero ni imaginarme lo que sería ser tu pareja – Alzó la vista, la miraba con el ceño fruncido – Sé que me has dicho que no quieres ser mi amigo – Tragó saliva, se le habían saltado las lágrimas de nuevo. Agradecía bastante la oscuridad en ese momento. Cruzó los brazos, cogiendo aire – Pero si no quieres o no puedes tener nada más conmigo al menos déjame ser tu amiga. No cortes esto de raíz – Le temblaba tanto la voz que apenas podía hablar – Me gusta mucho estar contigo – Se abrazaba el cuerpo con un brazo y al ver que el llanto se le escapaba de las manos, se llevó la otra mano a la cara.

Jiro se acercó a ella chasqueando la lengua y le pasó los brazos por los hombros, pegándola a su pecho y acariciándole el pelo. La chica le pasó los brazos por la cintura, abrazándole con fuerza, intentado parar de llorar porque se sentía realmente estúpida. Él le puso la mano en la cara, mirándola con la poca luz que tenían, más que suficiente para poder ver su mirada recorrerle el rostro. Le pasó un dedo por los labios y se agachó, besándola como esa mañana. Hana suspiró con sus labios contra los del él, sintiendo como acariciaba su lengua con la suya.

– Quiero estar contigo – Susurró, dejando de besarla un instante – Llevo queriendo estar contigo desde que te vi esa noche llorando de rabia con tu traje de fiesta. Llevo desde entonces queriendo hacerte feliz. Pero no va a ser fácil…

– Peor es no estar contigo. Necesito tocarte, necesito que me beses todos los días, necesito mirarte a los ojos y saber que… – Le acarició el pelo de la nuca, mordiéndose el labio – ¿Qué sientes por mí?

– Te quiero, si es lo que me estás preguntando – Hana no se creía lo que estaba oyendo – Me di cuenta hace unos días, he intentado separarme de ti pero…

– Bésame otra vez – Pidió, pasando los brazos por su cuello – Cállate y quédate conmigo.

Y la besó, apretándola entre sus brazos, haciendo a Hana gemir de la impresión. Después de mirarla a los ojos, Jiro la agarró de las caderas, pegándola contra el mueble en el que se sentó esa misma tarde. La chica puso sus manos en el borde de este y se sentó en él de un saltito. Atrajo al jardinero hacia sí tirando de su camiseta llena de tierra y césped, besándole con tantas ganas que se le escapaban pequeños gemiditos. Pasó las manos por sus fuertes brazos y por debajo de su camiseta, acariciando su torso, excitándose. Las manos de ese hombre subían por sus muslos, tocándole por debajo de la falda. Buscó la cremallera de sus pantalones, ansiosa por saber qué guardaba ahí debajo, él echó las caderas hacia adelante para facilitarle el trabajo. Metió la mano en sus calzoncillos, mirándole a los ojos, y tocó una erección tan grande que tuvo que mirar para comprobar que no se estaba equivocando. El chico jadeaba, acariciándole la cara entrecerrando los ojos al sentir la mano de Hana dándole placer. Jiro pasó un dedo sobre las braguitas de la chica, que también movía sus caderas hacia él apretándole los brazos con las uñas. Solo con un dedo le estaba dando más placer que ningún hombre en su vida. Le echó la ropa interior hacia el lado y se rozó con la húmeda entrepierna de Hana. Justo cuando empezó a entrar en ella, agarrándola con fuerza del muslo y besándola con pasión y apretándole un pecho con la otra mano, escucharon como la llamaban a gritos. Jiro miró asustado hacia afuera, encendieron las luces del porche y ellos estaban en una situación bastante comprometida como para que les pillasen.

– Espera – Rogó Hana al notar que se separaba de ella – Jiro, quiero… quiero sentirte dentro, una vez solo, por favor –  Tan solo dudó unos segundos hasta que hizo lo que le decía, acercando las caderas despacio a las suyas. Sentía su carne invadir la suya, despacio, llenándola.

– Tu cuerpo es perfecto – Le susurró a la chica una vez estuvo en su interior – Me gusta tanto Hana… – Ella amortiguó un gemido mordiéndose la mano cuando le sintió llegar hasta el fondo, echada hacia atrás. Jiro le pellizcaba un pezón por encima de la ropa de manera deliciosa, retorciéndolo entre sus dedos.

Como era de esperar, no solo la penetró una vez.  No pudo parar, la embestía contra el mueble con los dientes apretados y agarrándola de las caderas. Echó el cuerpo hacia atrás, mirándola y observando cómo se retorcía al llegar al orgasmo. Un orgasmo interminable que casi se unía con el siguiente. Hana apoyó sus pies en el mueble en el que estaba sentada, para que él pudiera acercarse más a su cuerpo, penetrándola más profundamente. Curvó su espalda, inclinándose sobre ella y besándola, gimiendo en su boca. Volvieron a escuchar que la llamaban, y escucharon pasos peligrosamente cerca. Jiro salió de su cuerpo y se escondió detrás de una planta enorme, agachado en el suelo. Hana saltó del mueble e hizo como la que estaba muy interesada mirando el terrario de las mariquitas, concentrada en normalizar su respiración. Cuando su hermana entró, resopló.

– ¡Está aquí! – Gritó hacia la casa – ¿Qué haces? ¿Por qué estás sudando?

– Mirar las mariquitas, ese grito ha sido de muy poca clase – Le temblaban las piernas.

– Papá te está buscando, vete a casa antes de que se vuelva loco.

– Ahora mismo, voy a coger mi teléfono que me lo he dejado en el mueble de ahí detrás, y… creo que tienes un bicho en el pelo – Fuyumi salió corriendo hasta un lugar más iluminado para comprobarlo.

Se dio la vuelta justo cuando apagaban las luces y se agachó junto a la planta para encontrarse a Jiro sentado, con los ojos cerrados y masturbándose. Hana sonrió cuando él se dio cuenta de que estaba observándole y le pasó la lengua por el glande, haciendo que el chico jadeara con intensidad. No tuvo que lamersela demasiado para conseguir que llegase al orgasmo. Jiro la apartó y ella le besó, agarrando su erección y masturbándole hasta que eyaculó, gimiendo y agarrándola de la nuca mientras ella le mordía el labio.

– Espera un rato antes de salir – Susurró, dándole un beso en la mejilla, sin soltar su miembro – te veo el lunes.

– Hana, esta te la tengo que devolver – Jadeó entre risas.

Volvió a besarle, de una manera mucho más tierna que antes. Justo antes de levantarse, movió de nuevo su mano, haciéndole quejarse y riéndose de él. Se limpió con una de las mangueras del invernadero y le lanzó un beso al salir. Jiro negaba con la cabeza, riéndose y abrochándose los pantalones. Cuando se lo contase a Rei no iba a dar crédito, se iba a morir de la envidia.

 

4

A la mañana siguiente, unos golpes insistentes la despertaron antes de lo que ella hubiese deseado. Cuando miró el reloj vio que eran las 11 de la mañana, casi las 12, pero al ser domingo le parecía temprano. Se levantó directa hacia la ventana, buscando el origen del ruido. Solo que cuando lo vio se le pasó la molestia. Jiro estaba prácticamente bajo su habitación, con la azada en la mano y quitando el parterre de flores de las mariquitas. El sol le pegaba de lleno en la espalda y sus músculos se tensaban a cada golpe que daba. Se mordió las uñas sin terminar de creerse lo que pasó el día anterior. Justo cuando le iba a preguntar qué estaba haciendo vio a Rei llegar con una bandejita.

– Venga cariño, para un poquito y repón fuerzas.

– Ah, muchas gracias – Despegó el velcro de los guantes con los dientes y se los quitó, agarrando la bebida que le ofrecían.

– Oh, mira cómo estás – Desde luego Rei venía preparada, se había traído una toallita y le estaba quitando el sudor de la frente. Cuando se disponía a hacer lo mismo con el del pecho Hana se rio.

– ¡Eh, lagarta! ¡Quita tus manos de mi hombre! – Ambos miraron hacia arriba, Jiro dio una carcajada cuando la vio, dejándose caer en el palo de la azada. A Rei se le abrió la boca de la sorpresa.

– ¿Tu hombre? ¿Desde cuándo?

– Desde ayer, aleja tus manos de él. Venga, venga – Le hacía gestos para que se alejase. La cocinera se rio con los brazos en jarras.

– Muchas gracias Rei-san – Le devolvió el vaso a la cocinera.

– De nada guapísimo, y tú – La señaló mientras se iba – Te quiero en la cocina, ahora – Jiro la observó marcharse y le hizo un gesto con la mano a Hana para que esperase. Caminó hasta la esquina de la casa para volver con una escalera de madera larguísima, la puso en la pared junto a su ventana y subió por ella.

– ¿Qué haces aquí? Es domingo… – No perdía detalle de sus músculos al subir con la cabeza apoyada en la mano.

– Horas extras. Si alguien pregunta estoy quitando las enredaderas – Señaló a unas plantas pegadas a la pared – Pero solo voy a trabajar la mañana, ¿te he despertado? – Se apoyó en el alfeizar y se acercó a ella, agarrándose con la otra mano a la escalera.

– Te vas a caer – Hana le agarró de la nuca y le besó despacio, con cariño – Y nos van a ver – Susurró en sus labios.

– No creo, están muy ocupados en la parte de adelante metiendo unas maletas en un coche, me parece que se van.

– ¿Por qué no entras? – Le pidió Hana mordiéndose el labio.

– ¿Te has vuelto loca? – Miró hacia abajo – Si Yoichi-san no me ve se va a extrañar.

– Vamos, es solo un momento, quiero abrazarte, y tengo el pestillo echado – Jiro la miró pasándose la lengua por los labios, pensándoselo. Se rio y se agarró del marco de la ventana, dándose impulso para entrar.

– Esto es una locura – Le puso las manos en la cintura mientras la besaba. Hana le pasó las manos por el pecho, estaba sudando pero no le importaba, en cierta manera la excitaba más aún – ¿Y el pantalón del pijama? ¿Se te ha perdido? – Apretó su culo con ambas manos.

– No me gusta dormir con pantalones – Tiró de la correa de los Jiro y se dejó caer en la cama, con él encima.

– Hana, solo iba a ser un abrazo – A pesar de protestar acercó las caderas a las suyas con un suave roce , pasándole la lengua por el cuello, haciéndola jadear.

– Necesito sentirte dentro otra vez, lo de ayer me supo a poco – Hana le arañó la espalda al sentir sus dedos sobre su piel desnuda bajo de la camiseta – Me pone tantísimo verte trabajar en el jardín… – Jiro la miró a los ojos y metió una de sus manos dentro de las bragas de la chica, introduciendo sus dedos en su cuerpo – No, no quiero eso… Esto es lo que quiero.

– Hana… – Gimió él cuando ella le agarró con fuerza de la entrepierna.

– ¡Hana! – Escuchó el pomo de su puerta, los dos se quedaron de piedra – ¿Por qué cierras siempre el pestillo?

– ¿Tu hermana es siempre tan puntual? – Sacó la mano de sus bragas, yendo hacia la ventana, pero dio un salto hacia atrás, gritando en susurros – ¡Mierda! ¡Tu padre está abajo!

– Métete debajo de la cama y no te muevas – Hana fue hacia la puerta una vez el chico estuvo escondido – Eché el pestillo porque no quiero que me pillen mientras me toco por las noches – Le dijo a su hermana. Escuchó a Jiro reírse echando el aire por la nariz.

– ¡Por favor Hana!

– Es verdad, que todavía no has pasado la noche de bodas, lo siento mucho. Pero eso no quiere decir que no puedas tocarte…

– Mira, ya basta. Venía a decirte que nos vamos a la casa de la playa porque hace un día muy bueno, pero me estoy arrepintiendo de invitarte.

– No iba a ir de todas maneras, ya lo sabes.

– ¡Hana! – Escuchó que su padre la llamaba desde el patio.

– ¡Voy! Pásatelo bien en la playa, pero tápate, a lo mejor tu futuro marido te mira más de lo que debe – Le cerró la puerta en la cara y se asomó bajo la cama – No te rías que me río yo.

– Pues no me hagas reír y date prisa, el suelo esta helado – Se asomó a la ventana y vio a su padre mirando la azada, el parterre y la escalera.

– ¿Qué pasa? Ya le he dicho a Fuyumi que no voy a la playa.

– Yo tampoco voy, ¿Qué han estado haciendo aquí?

– Creo que Yoichi-san ha estado quitando las enredaderas, pero no estoy segura. Cuando me he despertado ya no estaba.

– Yoichi-san está dándole de comer a las carpas… – Su padre la miraba con una ceja levantada.

– Ah, pues habrá sido el otro jardinero entonces. No sé, estaba con la ventana y las cortinas cerradas, tampoco quiero que me miren mientras duermo. Cuando he abierto la ventana me he encontrado esto, habrá ido al servicio.

– Supongo – No parecía muy convencido – Vístete, tengo que hablar contigo.

– ¿De qué? ¿Para qué? – No le gustaba como sonaba.

– No me cuestiones y haz lo que te digo, te espero en el salón, no tardes.

– Antes tengo que hacer unas cosas.

– Pues te espero en el despacho pero no tardes mucho – Hana se dio la vuelta y se agachó junto a la cama.

– Sal anda, pero quédate ahí sentado mientras me cambio, espera a que mi padre se vaya y luego bajas.

– ¿Qué querrá? – Salió sacudiéndose las pelusas.

– Y yo que sé – Hana abrió el armario y sacó una camiseta de tirantas y unos pantalones cortos – Cualquier chorrada familiar – Se quitó la camiseta de espaldas a Jiro y cogía un sujetador cuando sintió sus manos en la cintura

– No pretendas quedarte desnuda delante de mí y que no me mueva – La empujó contra el armario poniéndole una mano en su espalda, bajándole las bragas con las otras. Una vez la desnudó, metió la mano entre sus muslos desde atrás, moviendo sus dedos sutilmente.

– Jiro, que rápido eres siempre… – Hana se reía y gemía a partes iguales. Le escuchó bajarse la cremallera de los pantalones y tras unos segundos le sintió rozarse con ella, apretándola con suavidad – Vamos, no tengo todo el día – Le incitó, mirándole sobre su hombro.

Jiro se rio, agarrándola del trasero y penetrándola despacio. La delicadeza no le duró mucho. La chica se agarraba a las baldas del armario, intentando mantenerse en pie a pesar de lo mucho que le temblaban las piernas. Ambos intentaban no hacer ruido, aguantándose los gemidos, jadeando como locos. Vio en el espejo del armario a Jiro admirar su cuerpo desnudo, diciendo entre dientes lo mucho que le gustaba. La golpeaba con sus caderas con fuerza, acariciando su espalda, apretándole aquí y allí, empapando sus muslos. La chica se separó de él y le puso donde ella estaba antes, sentándole en una de las baldas del armario. Puso su pie en la misma balda, Jiro la agarró del muslo y la situó sobre su erección, rozándose despacio y besándole.

– Hana – Escuchó que su padre llamaba a la puerta y se puso derecha de inmediato, se le había olvidado cerrar el pestillo.

– ¡No abras estoy desnuda! – Gritó, corriendo hacia la puerta y cerrándola. Jiro la miraba aterrado.

– ¿Llevas vistiéndote 10 minutos?

– Estaba haciendo cosas… – Le hizo gestos al chico para que saliese de su cuarto. Se puso bien los pantalones y casi que saltó por la ventana. Hana se puso el primer vestido que vio y unas bragas limpias. Colocándose el pelo abrió la puerta – Tenía unas cosas que hacer de la universidad, ¿qué pasa? – Su padre la echó a un lado, entrando en la habitación, buscando a su alrededor. Miró la cama desecha, miró la ropa revuelta del armario y sus bragas que se  habían quedado en el suelo y fue directo hacia la ventana. Hana intentaba mantener el tipo, le llegaba hasta arriba el ruido del chico trabajando la tierra pero…

– A ver si recoges esto un poco… Necesito que vayas a llevarle un paquete a una persona.

– ¿Y por qué yo? ¿No tienes a gente que lo haga por ti?

– Es domingo, les tendría que pagar el doble. Así te das una vuelta. Además, quiero que conozcas a su hijo, probablemente te cases con él en unos años

– No – Soltó la negativa sin pensar, casi como un acto reflejo. Su padre la miró estupefacto, la chica se cruzó de brazos – No voy a hacer un trabajo que no me corresponde solo porque quieras ahorrarte un dinero. Y no me voy a casar con nadie.

– Eso no está en tu poder decidirlo – Hana soltó una risita sarcástica

– Oh, ya lo creo que sí. Es mi vida y nunca te ha interesado hasta que el dinero ha tenido algo que ver.

– Vas a hacer lo que te ordene. Por lo menos mientras vivas bajo mi techo. Ponte algo más decente y ven después a mi despacho. Y no tardes.

Hana cerró los puños con rabia, no le quedaba más remedio que obedecer si no quería tener problemas. Pero lo de la boda lo dijo totalmente en serio, no se pensaba casar con un desconocido. Sacó del armario un conjunto un poco más serio, ropa más cara. Unos pantalones negros, unos tacones bajos que costaban más que casi toda la ropa que tenía (regalo de su madre) y una camisa blanca de botones. Se asomó a la ventana, la escalera no estaba y Jiro tampoco, así que fue hasta el despacho de su padre. Le dio el paquete y la dirección para que se la diera a Yamada, su chofer de siempre.

– No lo pierdas de vista – Le advirtió su padre – Entrégaselo directamente a Ueno-san, si te lo pide otra persona niégate y di que vas de mi parte – Asintió sin decir nada, si esperaba que fuese a volver pronto la llevaba clara porque se pensaba llevar todo el día y quizás la noche en la calle – Ve con cuidado.

A Hana le extrañó que le dijese eso, nunca se lo había dicho que ella recordase. No es que tuviera mucha relación con ninguno de sus padres, la favorita indiscutible era Fuyumi, suponía ella que por lo manejable que era. Camino a la salida de la casa se topó con Rei, que la agarró del brazo.

– ¿Dónde vas tan rápido? Tú tienes algo que contarme…

– Ahora no, tengo que hacer el trabajo que tendría que estar haciendo mi padre.

– Dame un resumen al menos.

– Es increíble, este se ha tenido que poner las botas con otras mujeres – Susurró – Me levanta del suelo como si fuera una pluma.

– ¿Qué tal va de…? – Le hizo un gesto con las manos, dejando claro que se refería al tamaño.

– En proporción a su altura – La cocinera se llevó una mano a la boca, riéndose.

– Hija mía, aprovéchalo mientras sea joven…

Hana salió de la casa sonriendo, al fin y al cabo iría a hacer lo que su padre le había mandado y después pretendía pasar la tarde con Mizuki y Jiro si podía ser. Fue hacia el coche, que ya la esperaba en la entrada de la casa y se subió en el asiento del copiloto. Le dio la dirección a Yamada y la llevó en silencio. Justo cuando salieron de la casa vio por su lado de la carretera a Jiro poniéndose el casco frente a su moto. Bajó la ventanilla y le llamo haciendo un ruidito con la boca. El chico miró hacia atrás y Hana le tiró un beso. Yamada aparcó en el arcén y Hana sacó medio cuerpo por la ventanilla mientras que él se acercaba.

– ¿Dónde vas?

– Mi padre me ha mandado a hacer unas cosas, quiero verte después – Jiro miró dentro del coche – No te preocupes por Yamada, no va a decir nada, tonto.

– Ah, vale. Te lo juro Hana, casi me mato saltando por la ventana, no vuelvo a hacer eso nunca más.

– Sí, mejor. Ya nos vemos en el invernadero, ¿no? – Sonrió ante su carcajada. Jiro le puso una mano en la mejilla y la besó con cariño en los labios – hasta luego.

Se despidió con la mano y una amplia sonrisa. Pasó el camino pensando en él, tenía unas ganas horribles de entregarle el paquete a quien fuese y terminar. Al llegar al sitio escuchó a Yamada hacer un ruidito de disgusto.

– ¿Qué pasa?

– No me gusta este sitio, ¿de verdad te ha mandado tu padre aquí a ti sola?
– Sí, y lo que es peor, dice que quiere casarme con el hijo del jefe de lo que sea esta empresa.

– Hana-san, ten cuidado, no me gusta el aspecto de esos tipos.

Mientras se bajaba del coche con el sobre bien agarrado los observó un poco más. No tenían pinta de ser personas muy fiables pero ella no se dejaba guiar por las apariencias. Los amigos de Jiro lucían mucho peor y eran buenos chicos. Entró en el edificio y preguntó en recepción dónde entregar el paquete. La enviaron a la última planta, por lo que subió al ascensor, golpeando con los dedos la bolsa de papel. Llamó a la única puerta que encontró en el pasillo. La invitaron a pasar con un acento que no le gustó nada, pero menos todavía le gustó lo que vio. Tres tipos vestidos con trajes de chaqueta y camisetas de botones medio abiertas jugaban a las cartas en la sala de espera del despacho. Al verla entrar, uno de ellos se bajó las gafas de sol, analizándola de arriba a abajo.

– Bueno, bueno, bueno, ¿Qué es esto? – Hana se apartó de su hedor a sake.

– Vengo a entregar este paquete a Ueno-san.

– Ahora mismo está ocupado con su hijo, pero yo puedo atenderte – Intentó coger el paquete, Hana lo quitó de su alcance.

– Me han dado órdenes directas de dárselo en mano a Ueno-san – Murmuró mirando al suelo. No quería mirarle a la cara, le daba miedo ese tipo.

– Oe, escúchame – Le agarró la cara con la mano – Dame ese paquete, te lo cambio por el mío, ¿eh? ¿Qué te parece? – Los otros tipos le reían la gracia hasta que la puerta de atrás se abrió y los tres se inclinaron.

A Hana le encantaban las películas de yakuzas, pero una cosa era la ficción y otra era tener que mezclarse con ellos. Un tipo gordo y mayor salió de la habitación seguido de otro con aspecto peligroso y mechas rojas en el pelo que se sujetaba hacia atrás con unas gafas de sol. La miró de arriba abajo al tiempo que ese hombre tan enorme le pedía el paquete.

– ¿Ueno-san? – Asintió con la cabeza, entrecerrando los ojos y acercándose a ella para mirarla mejor. Hana se echó un poco hacia atrás

– Tú eres la hija de Tutsumi… Hana, ¿no? – Ella asintió, sin mirarle a los ojos – Takeshi, ¿qué te parece? – El tal Takeshi hizo un ruidito dejando claro que podría ser mejor. Hana lo prefería así, no quería que la tocase. Ueno (el gordo) miró dentro del sobre y se rio alegremente – Aquí hay más de lo acordado pequeña, ¿seguro que tu padre no se ha equivocado? – No tenía ni idea de lo que le estaba hablando.

– Hay un papel – La voz de Takeshi era desagradablemente fría, metió los dedos en el sobre y leyó lo que ponía – Por esto hay más dinero, nos ha encargado un trabajito.

– Ah, es cosa vuestra – Le dio la información a los matones que tenía detrás – Y viene con foto, menudo ejemplar… – También se la entregó. Salieron de allí sin decir nada más. Ueno miró a Hana – Ya puedes irte, aunque si quieres hacernos compañía…

– Muchas gracias por su amabilidad. Encantada.

Salió de allí como alma que lleva el diablo, sin mirar atrás y sin mirar a nadie. Se subió en el coche y le dijo a Yamada que arrancase, metiéndole prisa. No se terminaba de creer que su padre hiciera negocios con gente como esa.

– Eran yakuzas, si no me equivoco.

– Mi padre quiere casarme con un yakuza…

– No entiendo qué padre querría eso, pero no te preocupes por ahora, relájate,  ¿te llevo a casa?

– No, espera – Cogió el teléfono y marcó el número de Mizuki.

– Hola cuñada, ¿qué tal, hablaste con él?

– Sí, escúchame, ¿Dónde estás?

– En casa, ¿Quieres que comamos juntas?

– Yo te invito, y llama a Jiro, no tengo su teléfono.

– Vale, aunque no lo coge nunca, ¿quedamos en su casa?

– Un momento – Se volvió al conductor – ¿Te importa pasar por una amiga mía y me dejas en casa de Jiro? Por favor…

– Sin problemas.

– Paso a recogerte, dime dónde vives y estamos ahí en un momento.

Le dio su dirección y se pusieron en camino, no estaban muy lejos y llegaron demasiado pronto, así que tuvieron que esperarla un poco. Se subió en el coche mirándolo y tocándolo por todas partes.

– Madre mía de mi vida, qué lujos… ¡Quién pudiera!

– Si ya… bueno…

– ¿Qué te pasa? – Se echó hacia adelante en el coche – Te veo mala cara.

– Después te lo cuento – Yamada miraba a Mizuki con una sonrisita por el espejo retrovisor, con curiosidad. Seguramente le llamaba la atención su pelo, su ropa y la cantidad desmesurada de piercings que tenía.

Fueron en silencio el resto del camino, le dio las gracias como siempre a Yamada cuando llegaron (era la única de la familia que lo hacía) y se acercaron a la casa de Jiro. Mizuki llamó a la puerta con los nudillos y la puerta cedió, abriéndose. La chica se quedó pasmada, asustada, y miró a Hana que la quitó de delante abriendo bruscamente. Se encontró al chico sentado en el suelo de la casa, con la espalda apoyada en el sofá y un paquete de guisantes congelados apretado contra su mejilla. La sangre cubría una de sus cejas y la camiseta. Miró alrededor, su casa era un completo desastre.

– ¿Qué ha pasado? – Hana se arrodilló a su lado, quitándole la bolsa de la cara para ver qué le habían hecho.

– Pregúntale a tu padre – Su mirada estaba cargada de rabia. Hana hizo una asociación de ideas con lo que acababa de ver en el despacho de esos yakuza y la cara de Jiro.

– ¿Te han dado una paliza en tu casa? – Preguntó su hermana, acercándose a él también – ¿Quién?

– Yakuza – Mizuki se llevó las manos a la boca.

– ¿Por qué? – Hana se sentía al borde de las lágrimas, Mizuki cerró la puerta – ¿Cómo sabes que ha sido mi padre?

– Porque me han dicho que no vuelva a mirarte o me voy a quedar sin algo más que sin trabajo – Estaba furioso cuando debería de estar asustado. Hana miró al suelo y se inclinó ante él.

– Lo siento muchísimo… nunca deberíamos de haber hecho nada. Siento que te haya pasado esto por relacionarte conmigo.

– Hana, no, levántate, no es culpa tuya – Jiro le puso una mano en la cara a la chica – Me importa una mierda quien venga, voy a seguir viéndote – La chica negó con la cabeza

– Es más complicado que eso – Se limpió las lágrimas con rabia – No está bien que solo porque querer estar contigo te hagan daño, es algo egoísta – Se inclinó sobre él y le besó tiernamente y despacio en los labios. Le miró a los ojos y pasó los dedos por su barba, como la primera vez que se besaron.

Salió de la casa todo lo rápido que pudo, a lo mejor seguían en las cercanías y no quería que viesen que estaba en su casa. Le escuchó gritar su nombre varias veces, pero siguió su camino, apretando los puños y conteniendo las lágrimas. Si algo le pasaba no iba a poder con la culpabilidad, al fin y al cabo fue ella la que insistió para que estuviesen juntos. Debería haber ignorado sus deseos egoístas de estar con él, debería haber pensado más a fondo las consecuencias que podría traer. Pero ¿Cómo iba a saber que había negocios con delincuentes de por medio? Al final de la calle vio una fila de taxis y se acercó a uno de ellos, entrando precipitadamente. Le dio la dirección de su casa y se dejó caer en el asiento, mirando por la ventana. Había sido algo demasiado bonito para formar parte de su vida, a ella no le pasaban esas cosas. Mejor cortar en ese momento que no más tarde. Sería más doloroso.

5

Si antes de eso la relación con su padre no era buena, en las siguientes semanas pasó a ser inexistente. No quería hablarle, no quería saber nada de él. Apenas se relacionaba con la gente del servicio y no vio a Jiro por su casa desde entonces. Esperaba que se hubiese tomado las amenazas en serio, al fin y al cabo era joven y fuerte, encontraría trabajo pronto en otra parte. Mizuki la llamaba de vez en cuando, más de lo que ella quisiera, pero no le cogía el teléfono. Transcurrían los días mientras leía, veía películas y trataba de pasar página hasta que empezaran las clases de nuevo. Una de esas tardes, al entrar en la casa después de haber estado leyendo en el jardín, se encontró con su padre en la entrada.

– No me dijiste qué te pareció Takeshi-san – No se podía creer que su padre aún le preguntase eso. Se clavó en el sitio, frente a la escalera mientras él seguía subiendo.

– No me hables – Mumuró entre dientes, mirándole con asco – No me dirijas la palabra.

– ¿No te gustó? – Su sonrisita, esa sonrisita que deseaba borrar de su cara como fuese. Para él era un juego, era un negocio. Estaba segura de que ni si quiera la veía como a su hija.

– No entiendo cómo puedes hacerme ir sola a ese sitio. Estaba lleno de yakuzas y si Ueno-san no hubiese aparecido…

– Ah, pero apareció. Igualmente no te habrían hecho nada que no hubieses hecho antes, ¿no es así? – Se tuvo que agarrar a la barandilla de la escalera con tal de no ponerse a gritarle como una energúmena – Pero los dos sabemos que eso no se va a volver a repetir. Está todo bajo control, ¿verdad? – Sintió el odio crecer en su interior – Me alegra saber que la gente con la que tengo negocios serios son tan eficaces, aunque las enredaderas están creciendo demasiado – Le miraba, aterrada al escucharle hablar sobre lo que le había hecho a Jiro con tanta frialdad.

No quiso decir nada, no quiso darle a entender que sabía de qué estaba hablando. Su padre soltó una risita despectiva y siguió subiendo la escalera, negando con la cabeza. Hana se quedó agarrada a la barandilla, sentía que se caería si se soltaba. Cuando pasaron unos minutos escuchó pasos a su espalda. Rei la agarró del brazo y se la llevó a la cocina a pesar de sus intentos de soltarse.

– Ahora mismo me vas a explicar qué ha pasado, porque no es normal ese cambio de actitud que has tenido de un día para otro.

– No te incumbe. Déjame irme – Hana miraba al suelo, sintiendo la presión de los dedos de la cocinera en su muñeca.

– Nos importas Hana – Akiko la miraba con sus enormes ojos preocupados – Y ni nosotras ni Yoichi entendemos porque ya no nos hablas. Además, no sabemos que le ha pasado a Jiro.

– Yo tampoco – Y era cierto, no sabía dónde estaba. Ni si quiera sabía si estaba bien.

– Es muy raro que el mismo día que te empezaste a comportar así, él dejase de venir – La cocinera la sentó en una de las sillas de la cocina – Dice Yoicihi que es porque se ha fastidiado la mano trabajando y hasta que no la tenga bien no puede volver, pero yo eso no me lo creo.

– ¿Sabes algo de él? – Preguntó Akiko

– No y tampoco quiero hablar de él.

– ¿Ya no estáis juntos?

– Nunca hemos estado juntos realmente – Hana se pasó la mano por la muñeca dolorida, aunque no era lo que más le dolía en ese momento.

– Hana – Rei le puso una mano en la cara, levantándosela para mirarla a los ojos – Te conozco desde que eras una niña, ¿qué ha pasado? ¿Qué te pasa?

– No puedo contártelo – Sentía los ojos llorosos, su visión se emborronaba conforme hablaba – Solo puedo decirte que tengo miedo.

– ¿Tu padre te ha hecho algo? – Susurró Rei. Akiko cerró la puerta de la cocina y Hana negó con la cabeza, mirando al suelo – ¿Le ha hecho algo a él? – No lo pudo evitar, un sollozo tembloroso se le escapó, cubriendo sus ojos con las manos – Os ha visto…

– No… o yo creía que no, pero… no sé… no tuvimos cuidado – Rei la abrazó, acariciándole el pelo – Y ahora no sé nada de él, no quiero ni acercarme a Yoichi porque no quiero que mi padre piense que tengo relación con Jiro y haga algo. Y me ha dicho que me tengo que casar con un hombre que… es una mala persona. Lo vi en sus ojos, igual que veo en los ojos de Jiro lo bueno que es… Rei, no puedo olvidarle – La chica se vino abajo, llevaba mucho tiempo aguantando todas esas cosas para sí misma y lo que acababa de decirle su padre fue la gota que colmó el vaso –  No puedo olvidar sus ojos, ni su voz. No quiero olvidarle, duele demasiado. Es mi mejor amigo.

-Ya pequeña, ya se nos ocurrirá algo. Verás que todo mejora – Escuchaba a Akiko sollozar a su espalda, sintiendo su manos apretarle el hombro – Mira, vete a tu habitación. Yo voy a intentar enterarme que ha sido de ese chico y dentro de un ratito te mando unas galletas de las que te gustan.

– No tengo hambre.

– Ya me contarás cuando las huelas.

Subió a su habitación, sintiéndose totalmente abatida. Agarraba el pomo de la puerta cuando sintió que la observaban, por lo que miró hacia el lado y vio a su hermana observándola con curiosidad, con gesto preocupado.

– Hana…

– Ahora no – Se tumbó en la cama, mirando por la ventana y sintiendo el calor del sol en su rostro. Escuchaba como Yoichi cortaba el césped y se tapó la cabeza con la almohada, llorando de nuevo.

– Hana… ¿Puedo pasar?

– ¡Te he dicho que ahora no! – Gritó con la cara tapada. Aun así escuchó que su hermana entraba y cerraba la puerta con pestillo. Se sentó en la cama junto a ella.

– Si necesitas hablar…

– ¿Desde cuándo te he importado? – Le espetó Hana quitándose la almohada de la cara – ¿A qué viene este interés? ¿Papá te ha dicho que me saques información?

– ¿Qué dices Hana? Eres mi hermana, siempre me he preocupado por ti.

– No, siempre te has preocupado por ti misma, por lo que la gente piense de ti y después de ser perfecta a los ojos de nuestros padres. Pero yo nunca he estado para ti, no me vengas ahora con preocupaciones.

– Eso no es cierto – Fuyumi estaba irreconocible, el tono de su voz no era el de siempre – parece que no tienes memoria, siempre he estado cuidándote porque papá y mamá no estaban nunca. Es verdad que para es importante la opinión que tienen sobre mí y entiendo que tú no lo comprendas.

– Lo comprendo perfectamente, ellos solo tienen una hija porque eres la manejable. Yo solo soy un estorbo del que se librarán, seguro que lamentan que no sea un chico.

– ¿Qué te ha pasado? Sea lo que sea puedes pagarlo conmigo, no me importa

– ¡Vete a la mierda Fuyumi! ¡Tú y tus maneras de señorita perfecta! – Le pegó empujones a su hermana hasta que la agarró de los hombros y la abrazó, calmándola – No me vas a entender nunca, tu vida está prácticamente resuelta…

– ¿Quién es el chico? – Preguntó cuando llevaba un buen rato llorando.

– No hay chico…

– Claro que lo hay, o chica, ya no sé qué esperar de ti.

– No es nadie importante.

– Seguro que ese es el problema, y que a papá no le gusta un pelo – Hana la miró, su hermana lucía perfecta, como siempre. Sin embargo, notó cierta tristeza en sus ojos – ¿Me dejas darte un consejo? – Asintió, secándose las lágrimas – Que le den por culo a lo que piense papá. Búscale, vete con él, no intentes olvidarle porque no vas a poder y vas a ser una desgraciada toda tu vida. Si lo necesitas te dejo dinero.

– Fuyumi… ¿Qué…?

– No preguntes mejor – La sonrisa que le dedicó no le llegó a los ojos – No dejes pasar eso que tienes con esa persona – Le acarició el pelo, mirándola – Arréglalo antes de que sea demasiado tarde – Se levantó y se dispuso a marcharse del cuarto.

– Es el jardinero, Jiro – No sabía por qué se lo estaba contando, pero lo estaba haciendo. Fuyumi se paró en seco y se rio.

– No me extraña.

Hana la veía cerrar la puerta, asombrada con lo que acababa de pasar. Jamás habría pensado que su hermana era infeliz, creía que esa era la vida que quería llevar. Miró su teléfono y se mordió las uñas, nerviosa. Quería llamar a Mizuki pero por otra parte le horrorizaba la idea de que su padre se enterase y que mandase a alguien a por Jiro de nuevo. Finalmente, en un impulso la llamó, con el estómago revuelto por la inquietud de escuchar malas noticias.

– ¡Hana! ¿Se puede saber por qué no me has cogido el teléfono en todo este tiempo? ¡Estaba preocupada por ti!

– Lo siento – Escuchar la voz de la chica le supuso un alivio considerable – No quería…

– Ya sé lo que no querías y te entiendo, pero Jiro lo está pasando mal.

– ¿Cómo está? ¿Por qué no viene a trabajar? – Escuchó ruidos y no le contestó durante unos segundos – ¿Mizuki?

– ¿Hana? Hana no me cuelgues – Era él, sentía el corazón en la garganta, no se había preparado a sí misma para escuchar su voz – Hana necesito verte.

– No, no podemos vernos. Solo quería saber cómo estabas.

– No Hana, te necesito, por favor, déjame verte una vez. Solo una, después toma la decisión que quieras pero déjame hablar contigo. No me dejes así, quiero hablar contigo, por favor.

– Si voy a verte me van a seguir, no voy a arriesgarme – Escuchó a Mizuki decir “trae” un tanto desesperada.

– Escúchame, dile a ese chófer tan majo que tienes que te traiga a mi casa. Mi casa no es su casa, no tienen por qué relacionarlo.

– Es peligroso.

– Te espero esta tarde, como no vengas te juro que voy a por ti y te saco de esa casa por los pelos. Esta tarde, Hana.

Su amiga le colgó bruscamente. Escuchar a Jiro suplicarle había sido muy duro, no quería que lo pasase mal, pero si le veía… Cogió sus cosas y las metió en un bolso con prisas. Si su hermana estaba dispuesta a ayudarle, este era el momento. Fue hasta su cuarto y entró sin llamar. Guardó algo en una caja apresuradamente al verla.

– Si me quieres ayudar te necesito ahora. Ven a un sitio conmigo, solo acompáñame y luego vuélvete sola o haz lo que quieras.

Fuyumi asintió, cogió un bolsito y la siguió hasta la calle. Por el camino se encontraron a su padre, Hana bajó sin siquiera mirarle aunque se parase a hablar con su hermana. Fue directa al coche y se sentó en la parte de atrás. Minutos después apareció Fuyumi. Le dijo a Yamada dónde quería ir y este asintió con una sonrisa, aunque mirándola un poco preocupado por el espejo retrovisor.

– Me ha preguntado dónde íbamos con tanta prisa – Explicó su hermana cuando iban de camino – Le he dicho que llegábamos tarde al cine.

– Siento que te tengas que pasar la tarde fuera y que tengas que mentirles.

– No te creas, hace bastante que no tengo unas horas para mi sola, pero si no quieres que sospechen tendremos que volver juntas.

– No pierdas el teléfono de vista, no creo que vaya a tardar mucho.

– ¿Vas a verle? – Asintió, estaba realmente nerviosa. Fuyumi sonrió – Me alegro

– Saluda a Jiro-kun de mi parte – Le pidió Yamada antes de bajarse del coche.

– Gracias por no decirle nada a nadie de lo de ese día – Él le sonrió amablemente.

Se acercó a la puerta de la casa y tras soltar un suspiro larguísimo llamó al timbre. Escuchó el coche alejarse y unos pies corriendo hacia la puerta. Nada más abrir, Mizuki se le tiró a los brazos y después de observarla, cogió su mano y la metió en la casa. Era un poco más grande que la de Jiro y mucho más limpia. Al entrar en el salón se lo encontró de pie, con una mano vendada, los vaqueros de siempre y su camiseta blanca. Cuando la vio, susurró su nombre y se acercó, pasándole los brazos por los hombros y abrazándola con fuerza. La chica se agarró de su camiseta y puso la cara en su cuello, el corazón le latía desbocado, más fuerte incluso que la primera vez que le besó. Sintió su respiración en el cuello cuando suspiró, Hana le hizo mirarla y buscó los labios de Jiro con los suyos, con las manos en la cara del chico. Le dio un beso que le pareció eterno, tranquilo, disfrutando del sabor de sus labios y de esa lengua que le inspiraba tantísimo deseo.

– Voy a hacer té… o algo – Dijo Mizuki un poco incómoda.

– No – Le pidió Hana agarrándola del brazo – Quiero estar contigo también. Os he echado mucho de menos – Jiro la cogió de la mano y la sentó en un pequeño sofá, a su lado. Mizuki se sentó en el sillón que le quedaba a la derecha.

– Pensé que te había pasado algo – Jiro la miraba preocupado – No contestabas las llamadas y como tenía la mano y las costillas fastidiadas no podía ir a trabajar. Y si iba solo a preguntar por ti… en fin, iba a ser un poco descarado.

– Lo siento, no quería ponerme en contacto con vosotros porque no sabía si mi padre me vigilaba o no. De hecho no sé si se ha enterado de donde estoy. Que creo que no porque he venido con mi hermana.

– Hana – Jiro no le soltaba la mano y la atraía hacia él agarrándola de la cintura – Sabes que no voy a dejar de mirarte y de buscarte en cuanto vuelva al trabajo, ¿verdad? No voy a dejar de estar contigo.

– No, en mi casa ni se te ocurra. No podemos hacer eso.

– Deja de tener miedo, si vuelven estaré preparado.

– No. No me da la gana de ponerte en peligro. Además, el problema no es solo ese – Cada vez que se acordaba de Takeshi se le descomponía el cuerpo. Tragó saliva e intentó decirlo pero no le salió a la primera – Mi padre tiene un marido en mente para mí.

– Pero tú no te vas a casar, ya me dijiste que antes muerta – Mizuki sonreía, negando con la cabeza.

– Ese es el problema, que si me niego es como puedo terminar. Es el jefe de los que te amenazaron – Le dijo a Jiro. Una mezcla de miedo y sorpresa asomó a su rostro cuando lo oyó – Es el hijo del jefe de un clan yakuza, no es que puedas hacer nada por evitarlo. Y yo tampoco.

– Conozco a gente que está en la yakuza y no son malos tíos dentro de lo que cabe. Pero no son de aquí, son de Nagoya.

– No vas a crear una pelea entre clanes solo porque quieras protegerme.

– Y no van a pelearse solo por salvar vuestro amor, es ridículo – Añadió Mizuki – Ya sé que es un buen tío, me acuerdo de él, pero no se va a meter en mierda con otro clan solo por ti Jiro, se razonable.

– Bueno, tú déjame llamarle y ya veremos – Se puso en pie y se fue a la cocina.

Le escuchó hablar animadamente con quien fuera ese yakuza, no sabía si le gustaba o no  que tuviera relación con ellos pero si ambos decían que era un buen tipo no le quedaba más remedio que créeselo. Al poco tiempo entró en el salón, mirándolas mientras se guardaba el teléfono en el bolsillo.

– Tu prometido está desaparecido – Hana le miró sintiendo regocijo pero sin querer ilusionarse demasiado. Jiro volvía a sentarse a su lado, agarrándole la mano con tanta fuerza que daba la impresión de que iba a caerse – Por lo visto ya pasó algo entre los dos clanes, que no me van a contar evidentemente, y no tienen ni idea de dónde se ha metido. Lo primero que me ha preguntado al escuchar su nombre era que si sabía dónde estaba y por lo que me ha dicho le tienen unas ganas horrorosas. Cuando le he contado lo que me habían hecho esos yakuza me ha soltado que no le de excusas para ir a abrirle la cabeza.

– Los cabrones que te hicieron eso estarán acojonados, ten en cuenta que ese clan Taka-lo-que-sea da bastante miedo – Su hermana fingió un escalofrío.

– Tukusama, pero son inofensivos y a este – Levantó el móvil – A este le conozco desde que iba al instituto. Para los únicos que son peligrosos es para las tías y para los que les insultaban. Siendo lo que son tiene sentido…

– ¿Y entonces ahora qué? – Hana le miraba deseando que le diera una respuesta aunque no la tuviese.

– Dice que se va a pasar por aquí, que se pone en marcha ahora mismo, así que en unas horas habrá llegado. Hemos quedado en el bar.

– Vale, voy a llamar a mi hermana para que venga a por mí, ¿Vas a tardar mucho en volver?

– ¿Ya te vas? No, vente con nosotros al bar.

– No me voy a arriesgar a que nos vean juntos.

– Mira, yo voy a ir al bar ya – Mizuki se levantó cogiendo su bolso – Os espero allí. Jiro, acuérdate de que mamá está al llegar, no vaya a ser que vea algo que no tiene que ver. Y a ti – Señaló a Hana – Te quiero ver en el bar luego. Con tu hermana o sin ella, me da igual.

Les sonrió y se fue. Hana dio un suspiro largo, mirando la mano de Jiro, sus largos dedos entre los suyos. Pasó por debajo de su brazo y apoyó su cabeza en el pecho del chico, cerrando los ojos y sintiéndose tranquila por primera vez desde que se separaron.

– ¿Cuándo se te va a curar la mano? – Preguntó al sentirla en la cintura.

– Me quitan las vendas la semana que viene, lo peor es las costillas, que me siguen doliendo. No puedo hacer esfuerzos de ningún tipo si quiero recuperarme pronto.

– ¿De ningún tipo? – Hana le miró con una sonrisita. Él asintió fastidiado. Le pasó los dedos por la mejilla apartándole los mechones de pelo de la cara, inclinándose sobre ella.

Perdió la noción del tiempo entre beso y beso, solo sabía que de repente estaba tumbada en el sofá bajo su cuerpo. Se miraban a los ojos sin decirse nada, solo observándose para volver a besarse de nuevo, despacio y con cariño. Esta vez sin lujuria de por medio. Jiro se tumbó en su pecho mientras ella le acariciaba el pelo.

– ¿Te acuerdas que me enfadé contigo porque dijiste que tenía mucha suerte por ser rica? – Le dijo Hana a Jiro, que hizo un ruidito dándole a entender que se acordaba – Ahora sí me siento afortunada.

– ¿Aunque no podamos estar juntos? – Preguntó en susurros.

– No podemos estar juntos ahora. Pero, ¿quién sabe en un futuro? Además, lo importante para mí es saber que te tengo – Metió la nariz entre su pelo, intentando retener su aroma para cuando se separasen.

– No tengo ni idea de el motivo – La estrujó entre sus brazos, haciéndole reír – Te juro que no lo sé, pero te quiero más que a nada en este mundo Hana. Y me quiero quedar contigo, como sea.

– Jiro… – Se miraron a los ojos y Hana se puso nerviosa conforme vio aparecer una sonrisa atraviesa en los labios del chico. Se levantó y se la llevó de la mano escaleras arriba. La metió en una habitación que tenía pinta de ser suya y cerró la puerta, atrayéndola hacia él con su mano buena – ¿No decías que no podías hacer esfuerzos?

– Yo no, pero tú sí – Se sentó en la cama con la espalda apoyada en la pared – Quítate la ropa, quiero verte desnuda.

– ¿Es una orden? – Se plantó frente a él con los brazos cruzados.

– ¿Por favor? – Pidió sonriendo.

Poniendo los ojos en blanco y chasqueando la lengua se bajó los pantalones, escuchándole. Se llevó las manos a la espalda y sin quitarse la camiseta se quitó el sujetador. Jiro se mordía el labio, rozándose por encima de los pantalones, observándola bajarse las bragas de espaldas a él. Hana se sentó en sus piernas, sonriendo y negando con la cabeza. Puso una pierna a cada lado de su cuerpo y él la agarró del trasero. Le quitó la camiseta con cuidado y después se la quitó ella. Jiro la miró a los ojos pasándole la lengua por un pezón y rozando despacio el otro con la única mano que podía usar. Hana pasó los dedos por su torso hasta llegar a tocar debajo de su ombligo. Le besó los labios despacio, tranquila aunque su respiración indicase lo contrario. Le quitó el botón del pantalón y tiró de sus calzoncillos hacia abajo para dejar su miembro al aire.

– Ponte de pie en la cama – Le pidió él al sentir que ella le rozaba con sus manos – Tal y como estás – Le hizo caso, un poco avergonzada porque era la primera vez que le iban a hacer algo así.

Jiro pasó suavemente sus dedos por su clítoris, para luego rozarle sutilmente con la punta de su lengua. Hana gimió, agarrándose al cabecero de la cama. Las piernas le comenzarón a temblar, sus muslos se empapaban. Movía su lengua muy despacio, tranquilo, acariciando su cuerpo con los dedos desde su cintura a sus tobillos.

– Jiro, no pares por favor…

Al contrario, pareció emocionarse al escuchar sus súplicas y siguió hasta que Hana tuvo que dejarse caer sobre él, completamente empapada y sudorosa. Sin querer esperar más, agarró su miembro y le introdujo en su cuerpo hasta el fondo. Jiro gruñó en una mezcla de dolor y placer.

– Hana, despacio… ten cuidado.

– ¿Te he hecho daño? – Jadeó, moviendo despacio sus caderas.

Jiro negó con la cabeza, los ojos cerrados y los dientes apretados. Hana se movía muy despacio, sintiendo su polla dura y ardiente dentro, besando sus labios dulces con cariño mientras él la rodeaba con sus brazos. A pesar de ir tan despacio Hana llego al orgasmo intensamente, y no solo una vez. Jiro le dijo que fuese más deprisa y ella obedeció, moviéndose más rápido e intentando no ser brusca. Cuando empezó a sentirle realmente duro le miró sonriendo.

– ¿Quieres correrte en mi boca? – Susurró, acariciándole el cuerpo mientras le hacía el amor. La miró sopesando las posibilidades, pero ella no le dio mucho donde elegir.

Se puso de rodillas ante él y entonces sí fue brusca. Jiro se agarró a las sábanas con su mano buena, gimiendo entre dientes, avisándola justo antes de eyacular. Hana abrió la boca y lamió su glande acariciando su piel, mirándole a los ojos, observándole gemir sin quitarle la vista de encima. Al terminar empezó a reírse a carcajadas.

– Menos mal que tengo un baño en la habitación porque me parece que acaba de llegar mi madre…

– ¡¿Qué dices?! No me habrá oído, ¿no? – Se puso en pie, yendo al servicio a limpiarse el desastre.

– No creo. Cuando vengas tráeme una toalla y túmbate aquí conmigo hasta que nos avisen.

Le tiró la toalla con una sonrisa, se puso la ropa interior y su camiseta y se tumbó con él en su cama. Se estaban empezando a adormilar uno en los brazos del otro hasta que Jiro estiró la mano porque su teléfono no paraba de vibrar. Estaba tumbada en su pecho mientras él hablaba y le gustó sentir las vibraciones de su voz. Deseó poder estar así todos los días, tranquila, sin miedo.

– ¿Quién era? – Preguntó cuando colgó, mirando cómo se sentaba en la cama.

– Vamos al bar, menos mal que queda cerca porque no puedo coger la moto.

– ¿Vamos a salir juntos de la casa? Nos pueden ver, espera – Sacó su teléfono y llamó a su hermana – Fuyumi, ¿Sigues con Yamada?

– No, pero me está esperando, ¿voy ya a por ti?

– Vamos a ir a un sitio y quiero que vengas con nosotros. Me parece una tontería que estés dando vueltas sola.

– Vale, en un momentito estoy contigo.

Le contó a Jiro por encima lo que le pasó con su hermana, para que entendiese la situación. Debían estar cerca porque apenas pasó tiempo hasta que escuchó a Yamada tocar el claxon para que saliesen. Al salir, la madre de Jiro no estaba por ninguna parte y suspiró aliviada. Fuyumi se sentó delante y ellos dos se sentaron detrás.

– ¡Eh chico! ¿Cómo estás? – Preguntó Yamada a Jiro al verle.

– Bien, espero volver pronto al trabajo.

– Oye – Fuyumi se volvió en el asiento mirándole – Sé que la primera vez que nos vimos fue un poco raro. Lo siento mucho – Jiro asintió mirándola. Se quedó callado unos instantes mirándola a los ojos.

– ¿Yo te conozco a ti de antes? – Fuyumi sonrió, tensa. Su mirada cambió y miró hacia adelante, nerviosa.

– No lo creo – Hana les miraba extrañada, sin tener ni idea de lo que estaba pasando. Y más se extrañó cuando vio la reacción de su hermana al llegar al bar.

– ¿Vamos? – Le preguntó a Fuyumi, que salió del coche nerviosa – ¿Qué pasa?

– Luego te lo cuento.

– Pero ¿Es malo? – Fuyumi puso una cara rara. Al entrar le presentó a Mizuki y a algún que otro amigo de Jiro, su hermana sonreía agradablemente a todo el mundo.

– Oe, ¡Estás mejor de como te recordaba! – Un tipo altísimo, más alto incluso que Jiro, con el pelo de punta y un traje de chaqueta bastante elegante se acercó a él dándole un abrazo – ¿Cuál es tu chica? – Le saludó un tanto avergonzada, era un hombre atractivo aunque atemorizaba con sus maneras tan agresivas.

– Hana chan, este es Waru – Escuchó a su hermana aspirar aire, tiesa y mirando a ese desconocido con los ojos como platos.

6

– ¿Fuyu chan? – Apartó a Hana hacia un lado y se acercó a su hermana – ¡Estas increíble!

– Daisuke-kun… qué de tiempo… – El yakuza le dio un abrazo levantándola del suelo y haciendo que diese un gritito.

– Pocas personas saben que se llama Daisuke – Jiro pareció atar cabos – ¡No puede ser la misma Fuyu en la que estoy pensando!

– ¿Cómo no te has dado cuenta? – Exclamó Waru, Daisuke o como fuese – De repente te perdí el rastro, pero creo que fue mejor para ti que dejásemos de vernos.

– Ah sí, siento mucho eso. Pero mis padres, ya sabes…

– Oye, tú no serás su hermana pequeña, ¿no? – Le preguntó a Hana, que asintió, aun asimilando lo que estaba pasando – Me siento jodidamente viejo.

Se sentaron en la mesa de siempre y Hana descubrió que ese tipo no tenía absolutamente nada de malo, al contrario de lo que indicaba su nombre. Se conocían los tres del instituto, Waru y Fuyumi incluso de antes. No paraba de hablar con su hermana, cuya sonrisa era proporcional a su cercanía. Tampoco paraban de beber y, sorprendentemente, aguantaban muy bien el alcohol, su hermana incluida.

– Oye, pero yo venía a hablar contigo – Se volvió hacia Jiro con una mano alrededor de la cintura de Fuyumi – Tengo una propuesta que hacerte.

– Miedo me das – Contestó él sonriendo. A Hana le daba miedo de verdad.

– ¿Te acuerdas de Hiroshi? – Levantó las cejas repetidas veces.

– Claro que me acuerdo, como para olvidarme, tu jefe, ¿no?

– Exacto. Los padres de su chica tienen un bar de udón pero están demasiado mayores para esforzarse tanto y buscan a alguien de confianza para trabajar con ellos. Para que hagan el trabajo duro y coñazo, ya me entiendes, lo de siempre. Cuando me contaste lo que te pasó pensé en ti automáticamente – Jiro suspiró y se echó hacia atrás en la silla – Si te vienes a Naoya tendrás protección, no te preocupes más por esos hijos de puta, allí no te van a tocar un pelo.

– Muchas gracias, pero no puedo aceptarlo, no voy a separarme de ella – Hana le miró y le apretó la mano con cariño.

– La idea era que os vinieseis los dos – Hana soltó una risita sarcástica.

– Como si no fuera a ir a buscarme mi padre…

– No tiene por qué enterarse – Intervino Fuyumi – Si te vas con gente del clan rival y papá se mete será como meterse en medio de su guerra. No va a ponerse en riesgo, y lo sabes – Hana tuvo que admitir el argumento de su hermana, triste pero cierto.

– ¿Te vendrías conmigo? – Le preguntó Jiro.

– No sé cómo me preguntas, por supuesto. Cuanto antes mejor.

– Si queréis os venís hoy mismo. El jefe tiene unos pisos que ahora están vacíos. Os podéis quedar en uno mientras que os encuentro algo en condiciones.

– No te preocupes por el dinero – Fuyumi sacó el bolso y comenzó a rellenar un cheque.

– No, Fuyumi, no – Hana intentó pararla pero Mizuki tiró de ella, sentándola.

– Te compro la casa – Su hermana le tendía el cheque a Waru, que la miró sorprendido.

– Aquí hay bastante más de lo que cuesta…

– Pues el resto asegúrate de que se lo quede ella. Hana – Le cogió las manos a su hermana pequeña – Cuanto más lejos de casa mejor.

– Se hará como ordenes – Waru se rio, respondiendo una llamada telefónica – ¡Hola preciosa! ¿Qué pasa? – Se puso en pie tan bruscamente que casi tira la mesa entera – ¡¿Qué Ayame qué?!… ahora mismo voy. Sí, dame unas horas y estoy allí.

– ¿Qué ha pasado? – Preguntó Jiro levantándose también.

– Nos tenemos que ir ya. Os llevo a vuestras casas, cogéis lo esencial y nos largamos. Han encontrado a Takeshi. ¡No! No quiero preguntas – Les señaló al ver que Hana abría la boca – Si no preguntáis no tengo que responder.

– ¡Daisuke! – Fuyumi le agarró de la manga de la chaqueta cuando este se disponía a salir – Me alegro mucho de haberte visto de nuevo. Ha sido…

– Cuando vayas a visitar a tu hermana puedes visitarme a mí – Se acercó a ella y agarrándola por la cintura le dio un beso tremendo delante de todos – Voy a estar muy dispuesto a recibirte – Fuyumi se agarró del cuello del yakuza y le dio un beso más impresionante y largo aún, colgándose de él con piernas y brazos, sonriendo.

– Lo haré – Le miró con tanto deseo que a Hana le dio vergüenza estar delante.

– ¡Oh, venga ya! – Dijo riéndose nerviosa – No puedo con tantas cosas en la misma noche…

– Vamos, Yamada está fuera esperando. Te acompaño y te ayudo a guardar tus cosas y que Daisuke vaya con Jiro-kun a guardar lo suyo.

– ¡Hana! – Mizuki se le tiró a los brazos – Solo estamos a dos horas pero te voy a echar muchísimo de menos.

– Y yo a ti… has sido mi única amiga. Muchas gracias.

– ¡No seas tonta! – Le dio con la mano en la frente – Te mereces ser feliz.

– Nos vemos en la puerta de tu casa en quince minutos – le dijo Jiro a Hana dándole un breve beso en los labios – no tardes.

Se metieron en el coche y le explicaron la situación a Yamada, que condujo tan rápido como pudo. Se apresuraron a entrar hasta el cuarto de Hana, cerraron con pestillo y guardaron lo más indispensable en una maleta.

– ¿Por qué no me has contado nunca lo tuyo con ese hombre? – Le preguntó a Fuyumi

– Porque no quería recordarlo, me costó mucho separarme de él. Fue mi novio en el instituto, los pocos años que asistió, claro.

– Pero teniendo en cuenta el camino que ha tomado ha sido hasta mejor.

– No lo sé, puede ser – Se quedó mirando lo que tenía en las manos, pensativa.

– ¿De verdad vas a venir a verme? – Guardaba su ropa interior a puñados.

– Pues claro, ya me inventaré algo, sabes que soy buena mintiendo – Se sonrieron mutuamente y siguieron guardando cosas.

Al bajar, Hana se vio incapaz de irse sin hacer una cosa antes. Dejó la maleta escondida en una esquina junto a la salida y fue corriendo hasta la cocina. Sin decir absolutamente nada, le dio a Rei un abrazo enorme.

– Muchísimas gracias por todo, por estar ahí siempre para mí. Dale un abrazo igual de grande a Akiko y a Yoichi-san de mi parte, ¿vale?

– Hana ¿Qué dices? – Rei se separó de ella y la miró preocupada.

– Me voy con Jiro – Susurró – No puedo decirte donde pero no voy a volver. Si puedo me pondré en contacto contigo. De verdad que espero verte más adelante.

– Hana – Rei empezó a llorar – Pequeña, ve con cuidado. Siempre voy a estar aquí para lo que necesites.

Le dio un último abrazo a la cocinera y salió corriendo, emocionada. Agarró la maleta del asa y corrió hacia la verja de su casa. Su hermana estaba asomada a la ventanilla del coche, hablando con Waru. Jiro metió sus cosas en el maletero y se sentó delante. Hana miró a su hermana, que suspiró mordiéndose el labio y le dio un abrazo como hacía muchísimo tiempo que no se lo daba.

– Tienes que vivir lo que yo no pude. Espero que cuando vaya a verte me muera de envidia.

– No tienes por qué quedarte… que le den a estos dos, tú ya tienes tu independencia.

– No Hana, yo ya he tomado una decisión, pero eso no quita que vaya a ser feliz a mi manera – Le guiñó el ojo – Iré a visitarte. A visitaros – Miró dentro del coche – Cuídate mucho.

– Échale una foto a papá cuando se entere de que me he ido con Jiro, por favor – Fuyumi dio una carcajada mientras Hana se metía en el coche.

Se despidió de ella, de su casa y de su vida anterior con la mano. Miraba por la luna trasera como cada vez estaba más lejos y al darse la vuelta y mirar hacia adelante se encontró a Jiro, sonriéndole. Esperaba que el futuro le sonriese de la misma manera.

 

2 años después (Epílogo)

Se dejó caer en la silla resoplando porque otra vez al sacar la ropa de la lavadora estaba llena de pelitos blancos. Miró a su gata rozarse con sus piernas y es que no pudo decirle nada, era demasiado linda. Cuando le faltaba la mitad de ropa por doblar llamaron a la puerta.

– El cartero – Waru entró prácticamente sin ser invitado, dándole un sobre.

– ¿Qué es esto? – Hana lo abrió con curiosidad.

– La invitación oficial a su boda. Me parece una tontería y se lo he dicho, pero ella estaba empeñada en que había que entregarlas.

– Tú no estás aquí solo por eso, sabes quién viene hoy, ¿a que sí? A mí no me engañas…
– ¿Yo? Ni idea – Se rio sentándose en el sofá – ¿Cuándo sale Jiro?

– Pues no debe de quedarle mucho – Miró el reloj cuando volvió a sonar el timbre de la puerta.

– ¡Hola preciosa! – Mizuki casi le saltó encima – Por favor que guapa estás. ¿Está mi hermano en casa?

– Todavía no ¿Vas a dejar algun día de hacerte boquetes? – La analizó unos segundos, admirando las novedades.

– Siempre me pierdo de camino a tu casa ¿Por qué son todas tan iguales? – Su hermana le dio un abrazo igual de fuerte.

– ¿Has tenido muchos problemas para escaparte?

– No, estaba sola, para variar. Mi marido es tan fantástico que no lo veo nunca ¿Y qué haces tú aquí? – Sonrió de oreja a oreja. Waru se levantó del sofá y se quitó las gafas mirando a su hermana de arriba abajo.

– Siempre es una alegría verte – Se besaron de tal manera que a Hana le dio la impresión de estar a punto de presenciar una escena porno – Qué me gusta esto de que estés casada.

– Por favor, el dormitorio es la última puerta al final del pasillo – Sonreía, terminando de doblar los calcetines.

– Estás hecha toda una señora de tu casa – Fuyumi se burló de ella, sentándose en el sofá.

– Esta semana me toca a mí quedarme y le toca a él ir al bar, tonta – Cogió a la gata, sentándose a su lado.

– Me han dado todos recuerdos, te echan de menos.

– Y yo a ellos…

A veces le entraban ganas de volver a su casa solo por ver de nuevo a la gente que le importaba. Había vivido muchas cosas malas tras esos muros pero también muchas buenas. Escuchó la cerradura de su casa y esa sensación de añoranza fue suplantada por la tranquilidad y la alegría que le daba verlo entrar por esa puerta. Probablemente era el mejor momento del día.

– ¡Que de gente! – Exclamó al mirar a su alrededor. Su hermana fue la primera en saludarle con un abrazo enorme y Hana la última, con un beso cariñoso.

– Nos ha llegado una invitación – Se la dio a Jiro, que se rio al leerla echándose los mechones de pelo que se le habían escapado de la goma del pelo hacia atrás.

– No sabes la que se ha liado en la casa a costa de esa mierda de tarjetas – Comentó Waru – Eran ellas con sus ideas románticas contra nosotros.

– Y es evidente quién ganó, vaya mierda de yakuzas. ¿Así os imponéis?

Tan pronto como veía la sonrisa de Jiro esa nostalgia de querer volver a su antiguo hogar se desvanecía por completo, estaba viviendo una vida de ensueño bajo su punto de vista. No le sobraba el dinero, pero tampoco le faltaba. Tenía amigos, o al menos ella los consideraba como tal. La relación con su hermana era insuperable y había cumplido todos sus propósitos en muy poco tiempo. Tuvo que rechazar muchas comodidades para vivir así y se tuvo que habituar y que aprender en muy poco tiempo a ser autosuficiente, pero le mereció la pena. Se sentía feliz, protegida, y lo más importante, se sentía querida como nunca en su vida.

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5 comentarios en “Keep Off The Grass

  1. OOOOOOOOOOOOOOOOHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! PILIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Me ha encantadoooooooooooooOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOoooooooooooooooooooooooooOOOOOOOOOOOOOOOOooooo!!!!!!! Venga ya, todo relacionado, que si Waru, que si Ayame, Hiroshi, el puto Takeshi… Las sonrisitas que me han salido cuando he leídos sus nombres *__________________________*
    OAISNDOIASNDIOPAUGSIODSBFIUDBSAVFDVSFUSDYBFVIUDSBFVSIUDFVSIUDF!!! En serio, me ha encantado!!!!!! Me lo he leído todo de un tirón y es que te juro que no podía parar xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDd Ain ain iani ani naininaianianian iani ni naaaaaaaaiiiiiinnnnnnnnn!!!!!!! *_________________________________*

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