Then, Now, Towa

Pues este fanfic viene de un sueño que tuve (como la gran mayoría en realidad) y me gustó tanto la idea que nada más abrir los ojos me puse a escribir y casi me salió solo. El título significa “Entonces, ahora, eternidad” y es así como muy poético pero tiene su sentido que haya mezclado el japonés con el inglés.

Un breve resumen sería que es la historia de un grupo de amigos, 2 chicas y un chico, y escribo desde el punto de vista de Niah (el nombre es irlandés porque ella es medio irlandesa medio americana). Y sí, tiene más de una escena que al escribirla estaba resoplando y echándome aire con la mano.

Para que os hagáis una idea, yo con mi magnífica capacidad de búsqueda en Internet encontré unas fotos de ciertas personas que se me asemejan mucho (pero mucho mucho) a los protagonistas como los tengo en la cabeza. Vais adivinando quién es el chico, ¿verdad? Si es que se me ve venir… Las fotos son como un then & now, ya veréis por qué… (aunque está en el título)

Etta

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Niah

Ryouji

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1

Etta ya me estaba esperando, con los brazos cruzados y mirando el teléfono móvil con cara de fastidio, apartándose el pelo rubio de la cara. Sentí vibrar el mío en el bolsillo cuando se lo llevó a la oreja. En su gesto pude leer un “ya era hora” al acercarme a ella.

– ¡¡Niah, me estaba helando aquí esperándote!!

– Lo siento, me han hecho quedarme un rato más en la guardería y he almorzado más tarde. Que sepas que tengo la comida en la garganta.

– Si ibas a llegar media hora tarde me podrías haber avisado.

– ¡Ni que te estuvieran esperando! Además, para una vez que soy yo la tardona…

– Bueno, muévete, quiero ver ya la tienda nueva. Me muero de ganas.

Me llevó hasta su coche y me senté en el asiento del copiloto poniéndome el cinturón y sacando una botellita de agua del bolso. Realmente tenía la comida en la garganta.

– Supongo que la tienda es de ropa – Me miré en un espejito arreglando el desastre que había formado el viento con mi pelo.

– Pues claro tonta, ¿de qué va a ser? Dicen que es baratísima y que tiene cosas muy chulas – Se quedó en silencio un rato, fijando su atención en la carretera – Me he estado acordando de muchas cosas últimamente.

– ¿Estás nostálgica porque tu cumpleaños es en unos días?

– Me he acordado de cuando vivíamos en la urbanización, cuando cogíamos las bicis – Se me dibujó una sonrisa al instante, fueron los mejores años de mi vida – De como celebrábamos los cumpleaños… y de Ryouji

-¿Cómo es que te has acordado ahora de él? Ya han pasado 12 años.

– No sé, ten en cuenta que aunque solo estuvo 3 de esos 6 años que pasamos por allí nos marcó bastante. Sobre todo a ti.

– Ya, qué me vas a contar…

Miré por la ventana suspirando y acariciando el gatito de plata que colgaba de mi cuello desde hacía tanto tiempo. Sí que me marcó, hubo un antes y un después claramente diferenciado. Cuando se fue se llevó una parte de mí que no iba a recuperar jamás, pero yo también me quedé una parte de él. Si cerraba los ojos y recordaba, lo sentía como si fuera ayer.

 

– Verano de 2001, Green Bay, Winsconsin.

Al soplar las velas también hizo despegar parte de la tarta, siempre soplaba demasiado fuerte y como yo lo sabía me quité de delante, pero Ryo se llenó entero de merengue.

– ¡¡Etta!! – Protestó el chico mirándose la camiseta y las manos. Etta se partía de risa – ¿Y tú por qué no me has avisado?

Me encogí de hombros sonriendo, me encantaba ver su cara de fastidio, Me encantaba ver su cara. Etta se acercó a él y le limpió con un pañuelo disculpándose.

– Dame eso anda – Pidió Ryouji con su extraño acento.

– No te has enfadado ¿A que no? – Le chinchó Etta dándole con un dedo.

– No – Dijo él suspirando y sonriendo.

– Yo creo que es imposible enfadarle – Suspiré después de coger un cacho de tarta, tirándome en el sofá – Si no se ha enfadado ya con nosotras después de todo lo que le hemos hecho…

– ¡Qué bueno eres! – Etta le dio un pellizco en la mejilla y el chico se limitó a quejarse y a refregársela. Tenía más paciencia que un santo.

– Os aguanto porque me gusta estar con vosotras, además, ¿Qué haríais sin mí?

– Oh, sí, no somos nada sin un hombre en el grupo – Me metí un trozo de tarta en la boca y seguí hablando sin esperar a tragármelo – Te recuerdo que antes de que tú llegases Etta y yo llevábamos 3 años siendo amigas, listo.

– ¡Traga antes de hablar asquerosa! – Me riñó Etta.

– Y seguro que no os lo pasabais tan bien – Se tiró a mi lado con su trozo de tarta. Ahí llevaba razón.

– Lo que queda para mí, ¿no? – Dijo Etta mirando la tarta, era un poco más de la mitad – Perfecto entonces.

– ¿Y si quiero repetir? – Protestó Ryo.

– No puedes – El chico puso cara de conformarse y le di una patada en la pierna.

– ¡No seas tonto! ¡Claro que puedes repetir!

– Te lo crees todo – Etta comía directamente de la tarta con una cuchara. Cogió las velas en forma de 1 y 5, chupándoles el merengue y tirándolas a un lado – Me siento vieja.

– ¿Entonces cómo tengo que sentirme yo que tengo dos años más que tú? – Preguntó Ryo.

– Te queda uno para los 18, abuelo.

– Bueno, a Niah le quedan dos y a ti tres.

– Y sigues siendo virgen – Comentó Etta, con la boca llena de merengue – Casi todos los chicos de la clase ya han hecho algo.

– Ya, pero yo no soy americano.

– ¿Y que vas a esperar a la mayoría de edad oficial? De verdad, Ryo…

– Déjalo Etta, él sabrá cuándo y con quién quiere hacerlo, tiene todo el tiempo del mundo para encontrar a una americana explosiva que le ponga a mil y con lo inteligente que es seguro que la encuentra pronto – Solté el plato vacío en la mesa. Ryo me miró y luego miró al sofá, pensativo – Termina ya de comer o guárdala en el frigorífico y vámonos a dar una vuelta, ¿no?

– Ve a tu casa a por la bici y ahora nos vemos en casa de Ryo.

Me levanté y los dejé comiendo tarta un tanto inquieta, pero no quería que me lo notasen. Ya tuve una discusión con Etta a causa del tema, estaba segura de que le gustaba Ryo aunque ella lo negase rotundamente. Sí que era cierto que estaba tonteando con un chico de la clase de química pero luego veía cómo se comportaba con él y no podía evitar sentir esa punzada de celos. Sobre todo hoy, que parecía que le hacía muchísimo más caso a ella que a mí. Vale que era su cumpleaños, pero es que apenas me había hablado. Suspiré rascándome la cabeza, era una tontería, Ryo solo nos veía como amigas y nada más y yo no entendía por qué de repente me había empezado a gustar. Y es que además no fue algo gradual, un día apoyó su cabeza en mi hombro para ver lo que tenía en las manos y al escucharle hablarme en el oído sentí esas asquerosas intrusas revoloteándome por el estómago. Y ni siquiera me dijo algo bonito, ni recuerdo qué me dijo, eso era lo de menos. Lo que importaba era que a partir de ese día me costaba muchísimo tocarle sin ponerme nerviosa. Pero obviamente no iba a decírselo, no quería acabar con la amistad que teníamos, me merecía más la pena. Aunque luego era un sin vivir pensar en él por las noches…  Llegué a mi casa y cogí mi bicicleta, que más que usada estaba en las últimas. Me subí en ella y fui hacia la casa de Ryo. Esperé a que llegasen. Y esperé… y esperé. Llamé al timbre y me recibió su madre, que si ya Ryo tenía acento a la señora apenas la entendía. Eso sí, era muy agradable.

– ¡Hola Nya! – Ni ella, ni el padre del chico pronunciaban bien mi nombre. Era Niah, con el golpe de voz en la ‘i’. Ellos lo ponían en la ‘a’, decían Nya, les parecía más lindo porque era como sonaba el maullido de un gato en japonés. Ryo me llamaba así cuando quería fastidiarme.

– ¿Está Ryouji en casa?

– ¡Sí, pasa! Está con Etta.

Empecé a alterarme, llevaba esperando un buen rato y ninguno de los dos había salido para ver si había llegado. Fui al jardín trasero, muerta de nervios y una ligera rabia, y les encontré sonrientes, comiendo cerezas de un cuenco. Él jugaba con una consola portátil y Etta estaba a su lado observando, muy cerca. Hablaban de algo en susurros, la sonrisa de Ryo era permanente, Etta le daba con el dedo en la cintura y el chico la miraba, asintiendo. Hasta que miró al frente y me vio allí plantada. Le cambió la expresión y Etta se alejó un poco de él. Sentí furia, sentí pena y me sentí rabiosa, sobre todo por Etta que a pesar de ser mi amiga y saber mis sentimientos me mintió a la cara. Pero me lo tragué todo y miré el reloj.

– ¡Ya era hora! – Etta me irritó como nunca con ese comentario.

–  ¿¡Cómo!? ¡Llevaba casi una hora esperando en la puerta!

– ¿Y por qué no has llamado?

– No es que me hayáis echado de menos – No lo pude evitar, lo solté sin pensar. Etta se enfadó y Ryo me miró negando con la cabeza, aspecto preocupado incluído.

– No es eso imbécil, es que nos hemos entretenido con el videojuego y–

– Ya, claro, eso es evidente. Siento haber interrumpido vuestra conversación privada – Me di la vuelta, no estaba dispuesta a aguantar una excusa como esa cuando claramente sobraba en ese trío – Llamadme cuando no sea cosa de dos.

– Niah no seas imbécil…

– ¡Eres una mentirosa! – Grité volviendo la cara un segundo, pero seguí con mi camino.

– ¡¡Niah!! – Escuché a Ryo llamarme, y sin embargo mis pies no querían parar.

– ¡¡Feliz cumpleaños Etta!! – Le grité con rabia desde la puerta de la casa – ¡¡No te cortes y celébralo por todo lo alto!!

Me subí en la bicicleta y pedaleé furiosa; tan furiosa que al cambiar de marcha se soltó la cadena y terminé en el suelo. Me quedé sentada y me llevé una mano a la rodilla, despellejada, llena de arena y sangre. Tan afectada como mis sentimientos. Me la sacudí con las lágrimas saltadas y chasqueando la lengua. Resoplé secándome las lágrimas con rabia porque no iba a llorar en la calle, me negaba a llorar en la calle. Sus bicicletas derraparon a mi lado mientras le ponía bien la cadena a la mía.

– ¿Estás bien? – Ryo me puso la mano en el hombro, bajándose de la bici aparatosamente

– Si – Me alejé quitándome su mano de encima

– Aparta– Etta me propinó un empujón, haciéndome caer de culo al suelo – Siempre te lías poniendo la cadena, torpe. Normal que se te quite.

– No te enfades Niah – El chico me observaba angustiado – Lo siento mucho, de verdad, ya sabes cuánto nos gustan los videojuegos.

– A mí también me gustan – Le miré a los ojos a la vez que me esforzaba en no llorar – Pero se os ha pasado el tiempo volando – Y por mucho que lo intenté, las lágrimas me ganaron la batalla. Me limpié las limpié a toda prisa, pero las traicioneras no paraban de salir.

– ¡Lo siento! ¡Estábamos hablando y jugando y no me di cuenta! Esperábamos que llamases al timbre y como no venías supuse que te estabas retrasando por cualquier cosa. Pero no llores, yo no… no quería dejarte de lado es solo que – Parecían que no le salían las palabras – Hoy quería estar con Etta – La susodicha se volvió mirándole espantada.

– Niah a mí no me gusta Ryo, ya te lo dije – Aseguró señalándole con la mano, negra de la grasa de la cadena.

– No se trata de eso – Se dejó caer a mi lado en el suelo, sentándose – Es que mañana Etta no está porque se va a celebrar su cumpleaños con sus padres y–

– ¿Y no puedes estar ni un día sin verla? – Pregunté sorbiendo los mocos.

– Ya te he dicho que no es eso – Repitió con paciencia – Es que pasado mañana yo no estaré aquí. Ni el otro, ni nunca más. Me voy a Japón.

Se paró el tiempo. Algo invisible golpeó mi pecho con fuerza. Le miraba y no le creía. Miré al suelo. Mi cabeza no asimilaba lo que acababa de decir y es que no podía irse, ahora que había entrado en nuestras vidas no podía irse. Le conocíamos desde hacía 3 años pero fue en este último, especialmente este verano, cuando más tiempo pasamos juntos. Cuando creamos esa amistad tan perfecta. Etta le dio un empujón, manchándole los hombros de negro.

– ¿¡Y por qué has tardado tanto en decirlo?! – Le espetó.

– Es que quería estar con vosotras como siempre hasta el último día, no quería que vuestra actitud fuese diferente sabiendo que me iba. Igualmente os lo iba a decir hoy.

– ¡¡Y menos mal!! ¡Un poco más y nos llega una carta tuya diciéndonos que estás en Japón! – Parecía querer pegarle y viniendo de ella no me extrañaría.

– No quería que estuvieseis tristes – Murmuró – Si os lo decía el ambiente no iba a ser feliz. Nya por favor, no te enfades.

– Es Niah, estúpido – Protesté entre hipidos.

– Ya lo sé – Me sonrió. Y fue en ese momento cuando de verdad empecé a llorar.

Me llevé las manos a la cara, no podía apenas hablar. Escuché a Etta susurrar “¡Abrázala imbécil!” y sentí las tímidas manos de Ryo en mis hombros. Me agarré de sus brazos y dejé caer la cara en su pecho, agarrándome de su camiseta y poniéndosela perdida. El chico me puso una mano en el pelo y la otra en la espalda.

– Por esto no quería decir nada – Susurró.

– Niah, tienes la cadena puesta – Dijo Etta con voz temblorosa – Yo me voy a mi casa, que ya es casi de noche. Te veo el lunes

– Pero si te he—

– ¡Te veo el lunes! – La escuché alejarse con la bicicleta, llorando casi con toda seguridad. Ella siempre aparentaba ser más dura que yo para estas cosas. Cuando conseguí calmarme, me puse en pie, quejándome por el dolor de la rodilla.

– Ven a mi casa y te curo eso – Propuso con una sonrisa triste.

Le acompañé en silencio, andando con las bicicletas a nuestro lado. Entré en su casa y me senté en el salón. El chico vino con agua oxigenada, un algodón y tiritas. Puso esfuerzo por que quedara lo mejor posible y yo me esforcé en no quejarme de lo mucho que me estaba picando. Se sentó a mi lado en el sofá, mirándome.

– ¿Quieres jugar a algo o te vas a casa? – Permanecí un rato más en silencio, incapaz de hablar.

– ¿Cuándo te vas?

– No estoy seguro – Llamó a su madre y habló con ella en japonés, muy rápido, no me enteré de nada. Sin embargo se le veía claramente fastidiado.

– ¿Qué pasa? – Sus ojos estaban tristes. No me gustaba ver esos ojos tristes.

– Tengo que guardar ya lo que me queda, me voy mañana por la mañana.

– ¿Este es el último día que voy a estar contigo?

– Yo quería pasar el día de mañana contigo, creía que nos íbamos por la noche pe—

– Venga – Me puse en pie, ignorando mi rodilla y mis sentimientos – Te ayudo a guardar tus cosas – Me miró brevemente y asintió.

Subimos a su vacía habitación, estaba casi todo guardado. Tan solo quedaba un mueble grande y su mesa de noche. Le ayudé con el mueble, lo más lleno con diferencia. Al rato de guardar una cosa tras otra y tirar otras muchas a la basura, una de las cajitas que tenía se me cayó al suelo, y de su interior se escaparon un montoncito de fotos. En ellas salíamos Etta, él y yo, la mayoría eran de ese verano y una del verano que nos conocimos. Aunque solo habían pasado 3 años se nos notaba muchísimo la diferencia. Se me escapó una risita.

– ¿Por qué se te ven las orejas tan grandes?

– Es que tenía el pelo corto, guarda eso – Contestó riéndose avergonzado.

– Es verdad, te ha crecido un montón – Me quedé mirándole mientras él analizaba la foto con una sonrisita. La melena le llegaba a los hombros, lisa y tan negra como sus ojos. Me miró y las intrusas se volvieron locas, haciéndome tragar saliva.

– Tú también has cambiado, no solo físicamente y sobre todo conmigo.

– ¿Contigo? – Me estaba poniendo histérica, no quería hablar de esto ahora. Estaba demasiado sensible y no me veía capaz.

– Sí, y tengo pruebas que lo demuestran – Entre risas, me dio la foto que salíamos los tres. De su mesa de noche sacó otras dos fotos. Me enseñó la primera en la que también salíamos los 3, pero esa era de la semana pasada – Ahora encuentra las diferencias, pero no las busques en Etta, está exactamente igual de loca – En ambas fotos, mi amiga salía haciendo tonterías tras nosotros – Búscalas en ti.

No hacía falta buscar mucho, saltaba a la vista lo que había cambiado. Y era tan evidente que me entraron ganas de pegarme un cabezazo contra la pared. En la primera, la más antigua, le pasaba un brazo por el hombro a Ryo, sonriendo y haciendo el símbolo de la victoria con él, mi mejilla pegada a la suya. Sin embargo, en la segunda foto, Ryo apoyaba su cabeza en la mía, ahora bastante más alto que yo. Sonreía mirándome pasándome un brazo por los hombros. Yo miraba al suelo, sonriendo tontamente, con una mano en el bolsillo y poniéndome el pelo tras la oreja con la otra.

– Vaya – Fue lo único que pude decir antes de mirarle. Me miraba con las cejas levantadas.

– Entre eso y el ataque de celos que te ha dado hoy no hace falta ser muy inteligente para sacar deducciones.

– No ha sido un ataque de celos – Me sentí repentinamente mal, avergonzada – ¿Y qué hacías tú con esa foto en el cajón de tu mesa de noche? – Intenté desviar la atención del asunto – ¿Cuál es la otra?

Se las quité de las manos y miré la foto que había debajo. Me quedé de piedra. Era una foto mía, Etta estaba en la foto pero solo se veía su pie. Estaba tumbada bocabajo en una toalla, en la arena de la orilla del lago Michigan, de cuando fuimos a bañarnos hacía unas semanas. Recordaba que esa foto me la hizo él, como casi todas porque siempre tenía una cámara encima. Me llamó, miré, y recuerdo me quejé porque el objetivo estaba muy cerca de mi cara. No la había visto hasta ahora. El sol me daba de frente y mis ojos azules se me veían más claros de lo normal. Mi pelo brillaba muchísimo y se apreciaban mis pecas con total claridad. Estaba sonriente, estaba, (hasta yo tenía que admitirlo), guapa.

– Son mis dos fotos favoritas – Se acercó un poco más – Las miro todos los días antes de dormir.

– Ryo – No sabía qué decirle, me puse muy nerviosa y no quería levantar los ojos de la foto porque me daba vergüenza. Escuché a su madre decirnos algo en japonés.

– ¿Se puede quedar? – Preguntó él.

– Ah, claro, sí – Respondió su madre, ya en mi idioma – Nya chan, ¿te gusta tempura?

– ¿Eso qué es? – Contesté, agradeciendo internamente que interviniera

– Seguro que le gusta – Ryo me empujó con la mano – Te quedas a cenar, ¿vale?

– Pero ya es muy tarde…

– ¡Quédate a dormir! – Sugirió la madre.

– Yo… – Miré a Ryo, a sus ojos negros y rasgados que me observaban esperando mi respuesta – Tengo que llamar a casa.

– Sí, ahí tienes el teléfono, vente a la cocina ahora.

Llamé a mi casa hecha un manojo de nervios y les dije que me quedaba a dormir en casa de una amiga porque si les decía que me quedaba en la de Ryo me iban a decir que no. Quería quedarme con él. Cuanto más tiempo mejor. Me senté en la mesa y me encontré con lo que parecían cachitos de algo rebozado acompañado con un bol de arroz que olía de miedo.

– Nunca te habías quedado a comer – Dijo Ryo dándome un tenedor. Cuando probé el arroz los ojos se me abrieron de la impresión.

– ¿Cómo puede estar tan bueno si es solo arroz? – El chico dio una carcajada.

– Prueba lo otro, a ver qué te parece – Le di un bocado y me di cuenta de que era pollo. Estaba riquísimo también.

– Lo llego a saber y vengo antes…

Aunque cené poca cantidad de comida, me supo a gloria y no me quedé con hambre. Le di las gracias a su madre inclinándome, sabía que era como tenía que hacerlo porque Ryo siempre lo hacía así. Subí de nuevo a su cuarto, el arroz se me estaba empezando a revolver en el estómago por culpa de los malditos nervios. Su madre vino detrás con una especie de mantas enrolladas y un biombo. Ryo sacó las mismas mantas de un armario y me di cuenta de que no eran mantas, eran camas. Futones las llamaban ellos y la madre puso el biombo entre los dos. Nos dio las buenas noches y cerró la puerta.

– Creo que esto sobra – Ryo cerró el biombo, dejándolo apoyado en la puerta. Me pareció que echaba el pestillo. No tenía más saliva que tragar. Me metí entre las mantas con la ropa puesta y se rio de mí – ¿No quieres dormir con algo más cómodo? Te puedo dejar una camiseta mía y la usas de camisón, si total, eres muy bajita.

– Vale – Cogí la camiseta que me ofrecía y me levanté para ir a cambiarme al baño. Pero me agarró tirando de mí, abrazándome. Era solo un poco más alto que yo, muy delgado, y sin embargo me sentí recogida en su pecho – Ryouji…

– Daisuki – Me susurró. No le entendí aunque me encantase escucharle hablar en japonés. Me miró y me pasó los dedos por la mejilla, sentía que me ardía la cara, me iba a explotar el pecho de la emoción – Te quiero – Dejé caer la camiseta que tenía en la mano al suelo.

Se inclinó sobre mí y antes de que pudiese contestarle sus labios apretaban los míos. Llevaba tanto tiempo deseándolo que me parecía estar en un sueño, no me lo terminaba de creer. Le pasé los brazos por el cuello y le devolví el beso tiernamente, sintiendo sus brazos alrededor de mi cintura.

– Niah, no quiero ninguna chica explosiva – Susurró mirándome a los ojos, acariciándome de nuevo – Te quiero a ti.

– ¿A mí? – Sabía lo que estaba queriendo decir, poniéndome casi histérica – Pero te vas mañana.

– Lo sé, por eso mismo. Quiero llevarme ese recuerdo – Me separé un poco de él, indecisa. Yo no tenía apenas experiencia y Ryo lo sabía – Si no quieres lo entiendo perfectamente, no te preocupes, simplemente dormimos y no pasa na—

El volumen de su voz se volvió cero cuando me vio quitarme la camiseta y quedarme en sujetador. No es que tuviera unos pechos grandes y sin embargo se quedó mirándome con cara de tonto. No pude evitar reírme de manera suave y nerviosa. Esta no era la primera vez que estaba con un chico a solas, sabía más o menos cómo iba la cosa y aun así… Puso sus manos en mi cintura y me tumbó suavemente en su futón. Sus dedos apenas me rozaban pero sus ojos me devoraban. Le puse una mano en el cuello y nos besamos despacio. Al sentir sus dedos curiosos tocarme por encima del sujetador le besé más intensamente. Se quitó la camiseta con prisas y mientras se quitaba los pantalones torpemente y sin dejar de mirarme, me quité yo los míos. También me quité el sujetador con mis ojos clavados en los suyos, quedándome en braguitas bajo su cuerpo. No se cansaba de observarme. Me besó en los labios con ternura y posó sus manos en mis pechos, acariciándolos, centrándose en mis pezones. Me bajó una de sus manos por el cuerpo y cuando sentí que me tocaba en la entrepierna, mis músculos se tensaron. Al mirarle a los ojos me relajé y simplemente me dediqué a sentir, me gustaba lo que estaba sintiendo. Y cada vez me gustaba más, y cada vez quería que me tocase más. No era mi intención hacer ruido pero me proporcionaba tantísimo placer con sus caricias que de vez en cuando se me escapaba algún gemido. Llegó un momento en que las braguitas se pegaron a mi piel húmeda. Siempre con delicadeza y observándome, me las quitó. Se inclinó sobre su mesilla de noche y sacó un preservativo.

Tardó un poco en ponérselo, quizás demasiado, pero una vez pude pararme a observar me impresionó el tamaño de lo que tenía entre las piernas. De hecho me asustó, pero no dije nada. No quería que se echase atrás y yo no quería pensármelo demasiado porque en realidad estaba muerta de nervios. Se tumbó sobre mí, rozándose conmigo. Cerré los ojos al sentir cómo presionaba para entrar en mi interior. Cuando lo consiguió, apreté los dientes y me agarré de las sábanas.

– Lo siento – Susurró jadeante, mirándome a los ojos.

– Está bien – Me obligué a mirarle, aunque la vergüenza podía conmigo.

Ryo me besó de la manera más tierna imaginable, acariciando mi mejilla mientras reanudaba su suave vaivén. No era especialmente placentero, era incluso molesto, pero aun así no cambiaría la sensación de tenerle en mi interior por nada del mundo. Cuando comencé a sentir algo un tanto diferente, le abracé con fuerza y gemí su nombre. Al escucharme, sus caderas comenzaron a golpear las mías. Casi me lleva al orgasmo, casi. Él llegó primero al suyo. Temblaba de pies a cabeza aún después de acabar. Me besó las mejillas, el cuello, toda la piel que tenía a su alcance susurrando sin parar “daisuki”. Yo sonreía. Salió de mi cuerpo y se quitó el preservativo, tirándolo a una bolsa de basura.  Se estiró sobre la estantería y cogió un paquetito. Me lo tiró y me sonrió mientras se ponía los calzoncillos.

– Es para ti – Se acostó a mi lado y me acerqué a él, poniéndome cómoda en su pecho. Cuando lo abrí y vi lo que era le di un empujoncito – Eres tú, Nya – Me hizo sentarme y me lo puso. Lo miré satisfecha y me acurruqué junto a él.

– Aunque me hagas regalos sigo pensando que tienes bracitos de niña – Se rio de esa manera que me enamoraba.

– Muchas gracias por darme esta noche tan perfecta – La larga y profunda mirada en la que me hundí… creedme cuando digo que chica de 16 años difícilmente lo olvida.

 

2

Y tanto que no se olvida, no había manera de olvidarlo. A pesar de haber pasado 12 años en los que tuve varias parejas, (algunas relaciones largas), y que en el momento estaba con una persona, me negaba a quitarme ese collar. Significaba demasiado para mí.

– Quizás solo fui un polvo y nada más – Le comenté a Etta, siguiendo el hilo de mis pensamientos.

– Lo dudo muchísimo Niah, si es que cuando no estabas no paraba de hablar de ti. Era una pesadilla. Pero como antes de irse me regaló su consola, le perdono.

– Qué materialista eres… pues bien que lloraste cuando se fue.

Me había quedado en las nubes tanto tiempo que no me di cuenta de dónde estábamos. No me sonaba el sitio a que fuera ningún polígono industrial ni ningún centro comercial. Pero tan pronto miré los carteles me di cuenta de que estábamos cerca de Green Bay.

– ¿Se puede saber dónde vamos?

– Un ataque de nostalgia, déjame tranquila, ya iremos a la tienda luego. Quiero ver nuestra calle otra vez.

– ¿Seguirá todo igual?

– Eso espero…

Siguió conduciendo y no hablé en todo el camino, estaba nerviosa por volver a aquel lugar en el que tenía tantísimos buenos recuerdos. Al poco tiempo de irse Ryouji nos marchamos nosotras también a la universidad. Nunca más volvimos y nuestros padres se mudaron a ciudades más cercanas a nosotras. Al llegar a nuestra calle, ambas sonreíamos de oreja a oreja. El tiempo había mejorado considerablemente, poniéndose a nuestro favor. Estaba todo exactamente igual, quizás alguna casa nueva y asfalto en lugar de un carril de arena, pero por lo demás, igual de tranquilo. Para mi alegría, la constante de chicos y chicas jugando en las calles permanecía; olía a infancia.

– Daría lo que fuese por tener 15 otra vez – Etta se bajó del coche entre suspiros – Sin preocupaciones, sin facturas…

– Nos dedicábamos a disfrutar y a nada más, qué poco lo apreciamos, ¿verdad?

– Me encantaría llamar a mi casa y preguntar quién vive ahora. Me da curiosidad.

– ¿Nos acercamos?

Nos sonreímos y fuimos hasta su portal. Unas cuantas casas más arriba de la calle estaba la mía y en la acera de enfrente, entre las dos casas, estaba la de Ryo. Cuando miré vi a un hombre de espaldas, leyendo el buzón. Me pregunté qué habría ahora en el cuarto en el que tuve relaciones por primera vez.

– Niah, ¿Qué día de la semana es? – Preguntó mi amiga con una sonrisita.

– Lunes, ¿Por qué? – Sonrió más ampliamente y miró a la acera de enfrente. Se llevó dos dedos a la boca y silbó, hacía muchísimo que no la veía hacer eso. El hombre se dio la vuelta – ¡Eh, tontito, que habíamos quedado en mi casa no en la tuya! – Vi cómo sonreía y venía hacia nosotras.

Pero no podía ser, no podía ser él. Ese hombre era demasiado alto y ancho, la sombra de una barba marcaba su mandíbula. Era demasiado masculino para ser mi Ryo, pero cuando le escuché reírse mientras Etta se le tiraba a los brazos pataleando en el aire, no me quedó la menor duda.

– ¿Qué te han dado de comer en tu país? – Etta le golpeó el pecho con ambas manos – ¡Estás increíble!

– Tú estás… sigues igual – Rio él con una voz mucho más grave de como recordaba.

Me miró saludándome con un gestito muy suyo y me reí nerviosa, poniéndome las manos en la boca mientras negaba con la cabeza, incrédula. Le veía indeciso, pero notaba que quería acercarse, por lo que me acerqué yo a él. No supe bien que hacer, así que le abracé por la cintura. Me pasó sus brazos por los hombros y me pegó a su cuerpo, mordiéndome el labio al darme cuenta de que si antes era más alto que yo, ahora era casi el doble. Me agarré a su chaqueta sin soltar el abrazo mientras me besaba el pelo y susurraba mi nombre. Cuando se separó de mí, dio una vuelta en círculo sobre sí mismo, mostrándose

– ¿Qué te parece la colección otoño-invierno? Una tienda de ropa genial, ¿eh?

– Sois imbéciles – Les señalé riéndome, pletórica de contenta. No me podía creer que le tenía delante.

– ¿Vamos al bar de ahí al lado a tomarnos algo? – Propuso Etta – Y nos ponemos al día.

– ¿Hasta cuándo te quedas? – Pregunté caminando a su lado, juntos los 3, sonriendo sin parar.

– No mucho, apenas tengo días libres.

– Sigues teniendo acento – Le chinchó Etta.

– Sí, ya, bueno, seguro que vosotras seguís sin hablar japonés.

– Yo no estaría tan segura – Al escucharme hablar en su idioma se me quedó mirando con los ojos de par en par – Cuando te fuiste empecé a estudiarlo, hasta hoy.

– Y ahora es profesora en una guardería bilingüe – Añadió mi amiga.

– ¿Y tú también lo hablas?

– A mí no me saques del alemán – Nos reímos mientras nos metíamos en el bar, pidiendo y mirándonos, analizándonos.

– ¿Y de qué trabajas tú? – Le preguntó a Etta cuando nos sirvieron.

– Soy relaciones públicas en el bar de mi mujer – Ryo casi se atraganta con el té – ¡Ay es verdad, que tú no lo sabías! Se me olvidó comentártelo.

– No, no tenía ni idea, aunque lo debería de haber visto venir. Mirabas a Niah mucho más que yo.

– Me he casado hace unos meses, pero llevábamos juntas muchos años, 8 creo. No le digáis que no llevo bien la cuenta.

– ¿Y tú también estás casada? – Cuando volvió sus ojos hacia mí sentí a las mariposas desperezarse. Me señalaba el anillo que tenía puesto.

– No, tengo pareja desde hace un año y medio pero no estamos casados – Miró hacia abajo pero se recompuso con rapidez al escuchar el chasquido de lengua de Etta.

– Ah, sí, Derek, que simpático – dijo Etta poniendo los ojos en blanco. Se llevaban fatal – Bueno, y cuéntanos ¿Cómo te va?

– Bien, trabajo en la empresa de mi padre, él se va a jubilar pronto así que seré el jefe antes de ni siquiera pedirlo – Asentía constantemente, se me había olvidado que siempre lo estaba haciendo.

– Y ¿Quién es la afortunada que se ha quedado con tan buen partido?

– De momento ninguna. Sigo esperando a la adecuada – Le dio un sorbo a la taza de té, mirándolo con cara de asco.

– Pues no entiendo cómo es que no te las tienes que quitar de encima – Comenté sin pensar. Se me quedó mirando sorprendido por encima de la tacita – Quiero decir, a ver, déjame explicarme – Etta se partía de risa – Que conociendo a las japonesas con lo que les gusta el dinero y una buena posición empresarial deberían de estar rifándote. Y además, tan joven… Aún no tienes los 30, ¿no?

– Me queda un año y bueno, sí, mi padre no para de decirme que quiere organizarme citas concertadas pero me niego a algo de eso. Yo quiero estar con alguien que quiera de verdad. Y eso es culpa de este país, vivir aquí me ha hecho pensar de otra manera y me está dando problemas.

– Japón no puede ser tan malo – Etta obtuvo un resoplido por respuesta.

– En ese aspecto, sí.

– Por cierto ¿Dónde te quedas estos días? – Le pregunté.

– Pues la verdad, como no sabía dónde vivíais exactamente y no quería estar muy lejos de vosotras no he reservado nada. Pero ahora me lleváis al mejor hotel y sin problemas.

– ¡UuuuUUuuu el mejor hotel! – Bromeó Etta levantando las manos – ¡Cuidado con el señor empresario!

– ¡Déjalo ya! – Se quejó, riéndose avergonzado. Todo seguía exactamente igual que si no nos hubiéramos separado.

– No hace falta que te gastes dinero en un hotel, en mi casa hay sitio – Propuse moviendo el té con la cucharilla. Noté que me miraban y cuando alcé la vista le vi a él extrañado y a ella con una sonrisita y cara que me decía un ‘¿Qué estás haciendo?’ – ¿Qué pasa? Vivo sola, y no voy a dejar que uno de los dos únicos amigos de verdad que he tenido en mi vida se gaste dinero en hoteles.

– ¿Y a tu novio no le va a molestar? – Me dijo Etta alzando una ceja.

– Si mi novio se molesta lo siento mucho – Mi amiga hizo un gesto de aprobación con la cara.

– No quiero causar problemas Niah – Murmuró Ryo agachando la cabeza – Da igual, no me importa irme a un hotel.

– No empieces en ese plan que nos conocemos – Le advertí dándole con un dedo en el hombro.

– No seas tonto Ryo, quédate en su casa. Huele bien y es limpia si es eso lo que te preocupa – Mire a Etta indignada – No me mires así, sabes que siempre tenías tu cuarto boca abajo.

– Eso es verdad – Ryo le dio la razón, riéndose.

– Sois muy graciosos, me duele todo de reírme. Ja, ja, ja.

– Aaaaaaaaaaaaaaaaah – Ryo se desperezó escandalosamente – No sabes las ganas que tenía de poder hacer esto en público. Y de hablar fuerte, y de veros, os he echado muchísimo de menos. Cuando te mandé el correo me daba miedo que os hubieseis olvidado de mí – Le dijo a Etta, que se levantaba de la silla.

– ¿Olvidarte? ¿Estás de broma? Bueno, yo a lo mejor, pero esta…– Tiró de mi cadena, sacándola de dentro de la camiseta. A Ryo se le abrió la boca de la sorpresa – Voy al servicio, ahora vengo.

– ¿Aún lo tienes? – Preguntó mientras apoyaba el codo en la mesa y me miraba con la cara apoyada en su mano, con una sonrisita dulce. Tenía la misma mirada que me ponía nerviosa de adolescente y me estaba poniendo nerviosa ahora.

– Claro que lo tengo, ¿cómo voy a deshacerme de esto? – Le daba vueltas entre los dedos tal y como acostumbraba a hacer – Está un poco estropeado y la cadena es nueva pero siempre lo llevo puesto.

– Me alegro muchísimo, de verdad, no sabes cuánto – Suspiré nerviosa, mirando hacia el lado contrario porque no podía mantenerle la mirada. Ahora no me parecía tan buena idea que se quedase en mi casa a dormir. Se hizo un silencio en el que me sentí observada, no me quitaba la vista de encima – Estás preciosa, más de como te recordaba – Alcé la vista. Ya me estaba mirando, y de una manera que hizo que me diese rabia estar en público por todo lo que se me estaba ocurriendo hacerle. Rozó su mano con la mía, acariciándola. Definitivamente era una mala idea que se quedase en mi casa.

– Tú estás muy diferente… pero igual. Eres como te recordaba, sobre todo tu sonrisa – Ese comentario hizo que se volviese más amplia –  Y tus ojos, pero ahora ya no tienes bracitos de niña.

Dio una enorme carcajada justo cuando vi llegar a Etta del baño y moví mi mano hasta mi taza de té dándole un sorbo. Solo pensaba en tocarle, en que me tocase, en sentir sus labios de nuevo, sus manos en mi cuerpo, el tacto de su pelo, ahora ondulado, entre mis dedos. Hacía muchísimo que no me ponía tan nerviosa y estos sentimientos solo los conseguía despertar él. Me sentía muy mal por el que era mi actual novio, pero es que nadie podía competir con Ryo, fue y seguía siendo el primero. Empezamos a hablar de recuerdos de nuestra infancia, de cosas que habíamos hecho, de los mejores momentos que recordábamos. Riéndonos se nos pasaron las horas y casi estaba oscureciendo cuando nos dimos cuenta. Fuimos hasta el coche en silencio, mirando las calles, mirando las casas y a los niños despedirse hasta el día siguiente.

– Oye, sé que mañana tienes trabajo y todo eso – Me dijo Etta cuando estábamos en camino – Pero antes de ir a casa vamos a pasar por el pub, ¿vale? Quiero presentarle a Betty.

– Mientras no me líes hasta la madrugada como sueles hacer, por mí bien. Que como no duerma, al día siguiente no puedo perseguir a los niños – Etta susurró algo que hizo a Ryo dar una carcajada – ¿Qué has dicho ahora? – Protesté, dándole una patada a su asiento.

– Que a lo mejor no duermes, pero no por mi culpa – Me miró con una sonrisa desde el espejo retrovisor. Ryo no paraba de reírse mirando por la ventana.

– Eres imbécil…

– Pues no estaría mal ¿A que no? – Le dió un empujón a Ryo – Su novio no me gusta – Fingía susurros que podía escuchar a la perfección – No la valora lo suficiente.

– Nunca te han gustado mis novios, este no es especial.

– Uno sí. Bueno no. No llegó a ser tu novio porque SE FUE DE UN DÍA PARA OTRO SIN AVISAR – Le gritó.

– Oye, no fue mi culpa, yo no quería irme.

– Sí, sí, mucho ‘voy a declararme, voy a decírselo’ durante una semana y hasta el último día no hiciste nada.

– ¿¡Durante una semana?! – Exclamé echándome hacia adelante en el asiento – ¿Sabías que le gustaba durante una semana y no me dijiste nada?

– No me dejaba decirte nada – Se excusó, y se volvió hacia él diciendo – Aunque no será porque no te dije que estaba loca por ti. Te lo dije. Pero a Etta nunca le hace caso nadie.

– Eres una amiga asquerosa – Le dije echándome hacia atrás, riéndome.

– Sí claro, que de saberlo habrías dado tú el primer paso…

– ¡Pues a lo mejor!

– Lo dudo – Ryo se puso de su lado, haciéndome resoplar – Cuando se dio cuenta de que me gustaba ni siquiera se atrevía a mirarme.

– ¡Eso fue porque me impactó! ¿Ya se te ha olvidado quién fue la que empezó a desnudarse?

– ¡Porque te lo propuse yo que si no ni se te ocurre! Además, lo hice yo todo así que no te quejes – Me miraba por el espejo retrovisor. Se me escapó una sonrisa de lo más tonta.

– ¡YA VALE, EXCESO DE INFORMACIÓN! – Gritó Etta haciéndonos reír – Somos amigos, pero no tan amigos – Se quedó callada conduciendo durante un rato hasta que se empezó a reír sola de repente – Ahora que lo miráis con perspectiva, fue un polvo de mierda, ¿verdad?

– Yo lo recuerdo bonito – Dijo él.

– A mí me pareció tierno y me gustó – Me quedé callada y Etta dio una carcajada.

– Pero…

– Pero corto, sí, fue demasiado corto – Ryo se dio la vuelta en el asiento con brusquedad, mirándome con la boca abierta, ofendido. No pude evitar reírme de la risa de Etta – ¿Qué? ¡Lo siento pero apenas me dio tiempo a pasármelo bien!

– ¿He vivido engañado todos estos años? ¡Creía que te gustó!

– ¡Y me gustó! Pero… pero es que no me dio tiempo a que me gustara de verdad – Chasqueó la lengua mirando hacia el frente mientras Etta se reía a carcajadas – Pero que lo entiendo, que es normal Ryo, fue la primera vez. Demasiado bien salió.

– No te preocupes – Le tranquilizó Etta – Dejaste el listón alto. Y por lo que me cuenta, no solo tienes grande el corazón, ¿eh?

– No entiendo por qué las mujeres os contáis esas cosas.

– Venga ya, os encanta que vayamos diciendo que la tenéis grande…

– Además, ahora tienes otra oportunidad para dejarla satisfecha.

– ¡¡ETTA!! – Reñí a mi amiga que se lo estaba pasando de miedo. Ryo se reía un poco avergonzado y sin embargo no me quitaba la vista de encima a través del espejo retrovisor.

Seguimos con la misma guasa todo el camino hasta el bar de la mujer de Etta. Una vez dentro se hicieron las presentaciones pertinentes y nos regalaron una bebida gratis. Pero después de esa vino otra, y otra más. Cuando empecé a darme cuenta que estaba mareada sonó mi teléfono, era mi novio. Me sentí molesta, me sentí incluso culpable, pero lo que más sentí era que no tenía ganas de hablar con él. Aun así salí del pub y contesté.

– Hola Derek, ¿Qué pasa? – Me apoyé en una farola, iba peor de lo que creía.

– ¿Dónde estás, en la calle?

– Si, con Etta.

– ¿Otra vez?

– Y las veces que haga falta – Sentía rabia desmedida cada vez que la trataba como si fuera menos que él en mis prioridades, ¡qué equivocado estaba!

– Niah… ¿Estás borracha? ¿No tienes que trabajar mañana?

– Sí y sí. Mira, ¿para qué me has llamado, para echarme la bronca? – Le escuche suspirar.

– ¿Puedo ir esta noche a tu casa?

– No, hoy no te puedes quedar.

– ¿¡Por qué!? – Era la primera vez que le decía que no, siempre hay una primera vez para todo. Vi salir a Ryo del bar, buscándome, y le hice un gesto con la mano. Se acercó a mí mirándome preocupado. Esos rizos despeinados me estaban matando.

– Porque se va a quedar un amigo, ¿te acuerdas de Ryouji? Pues ese.

– ¿El japonés ese de cuando eras pequeña? ¿En tu casa? ¿Ese no fue tu primer novio?

– Algo así – Murmuré mientras le ponía una mano en el pecho y le miraba a los ojos, tan negros, una mirada tan penetrante – Mira, tengo que colgarte.

– Como ese tío se quede en tu casa a dormir, Niah, te juro que no vuelves a verme.

– Pues cuando quieras manda a tu hermana a por las cosas que te has dejado porque va a quedarse. Es amigo mío desde hace mucho tiempo y no lo voy a dejar tirado. Y lo siento si no te gusta, es lo que hay.

– ¿Qué coño dices?

– ¡¡Estoy harta de que pases de mi cara y solo me llames cuando tienes ganas de follar!! – De repente me sentía furiosa, Ryo me miró asustado – ¡Para eso búscate a otra! ¡Y además no tienes idea de cómo comerte un coño!

– Estás loca…

– ¿Qué? ¿¡Yo estoy loca?! Derek – Ryo me miraba preocupado, me puso una mano en el hombro – ¡Derek! ¡Me ha colgado! ¡¡El muy hijo de puta me ha colgado!!

– Niah, cálmate, ¿Qué ha pasado?

– Que mi novio es gilipollas, eso ha pasado – Refunfuñé entrando en el bar para coger mis cosas – Etta, me voy. Si ves a Derek hazme un favor y dale una patada en los huevos de mi parte.

– Que sean dos – Pidió Betty tras la barra.

– ¿Ha pasado algo? – Me preguntó mi amiga.

– Me ha dicho de venir a dormir a mi casa después de no llamarme desde hace una semana, y cuando le he dicho que no porque iba a estar Ryo me ha dicho que me olvidase de verle de nuevo si se quedaba. ¡PUES QUE LE DEN POR EL CULO!

– Niah, vete a casa, come algo y que se te pase la que llevas encima – Etta me agarró de las manos aguantando la risa – Luego me llamas y me lo cuentas más tranquila, ¿vale?

– Oye, si hace falta me voy a un hotel, de verdad – Escuché a Ryo decir. Me di la vuelta despacio, mirándole – No quería traer problemas.

– Como encima me digas que no te quedas en mi casa…

– Además, deberías acompañarla que yo hoy no puedo, estoy currando – Le pidió Etta – Venga, ya nos vemos. Y más vale que llames mañana al trabajo diciendo que estás enferma.

– No voy a hacer eso, no puedo. Como lo haga me quedo sin trabajo. Te veo mañana, eres lo que más quiero en este mundo, ningún hombre me va a separar de ti.

– Por favor Ryo, que coma algo cuando llegue – Etta se rió mientras la abrazaba, dándome un beso en la mejilla – Yo también te quiero estúpida. Anda, vete ya.

Ryo me cogió del brazo y me llevó hasta un taxi sonriendo. Se pasó todo el camino mirándome y preguntándome si estaba bien, a lo que respondía que sí aunque fuese mentira. Cuando intenté abrir la puerta no atinaba con la llave, era horroroso lo fácil que se me subía el alcohol a la cabeza. Tan pronto entré en mi casa, me tiré en el sofá, con chaquetón y todo.

– Te voy a hacer algo de cenar, ¿te importa que coma yo también?

– No, no, come lo que quieras, no te cortes, tú como en tu casa.

Me puso un vaso de agua por delante y se llevó un rato en la cocina. Al poco de estar con la cabeza contra los cojines me empezó a dar vueltas toda la habitación. Fui al servicio y me eché agua en la frente y en las muñecas, sintiendo un ligero alivio. Me metí en mi cuarto recogiéndome el pelo y me puse algo más cómodo: unos pantalones de chándal y la primera camiseta de pijama que cogí.

– Ryo – Me asomé a la cocina – ¿Te hace falta un pijama?

– No, ya traigo el mío, no te preocupes – Se giró y al ver mis pintas se rio – Estás hecha un desastre.

– Peor me has visto – Me fui al salón de vuelta y abrí la ventana, el viento frío me sentó de maravilla. Cuando pasó un ratito Ryo me apartó, cerrándola.

– Te vas a resfriar, venga, cómete lo que te he hecho.

– ¿Qué es esto? ¿De verdad me has hecho arroz? ¿Y patatas?

– Es lo mejor que absorbe el alcohol, verás que antes de acostarte estás mucho mejor – Para variar estaba más bueno de lo que pensaba, y cuando empecé a comer me di cuenta de que tenía hambre, bastante.

– Arigato Ryo-kun, no estaba como la comida de tu madre pero algo es algo.

– Si vienes a Japón le diré que te haga algo. ¿Estás mejor?

– Sí, bastante mejor. Perdona por la escenita que he montado, has tenido que sentirte realmente incómodo.

– No te creas, me he reído bastante. Pero no pienses las cosas ahora en caliente, piénsalas mañana, no vaya a ser que tomes una decisión que no debas.

– Eres demasiado bueno, te has preocupado más por mí en unas horas que mi novio desde que lo conozco.

– Eres mi amiga, qué menos, aunque ese comentario le hace un flaco favor a tu chico – Nos quedamos mirándonos en silencio. Podría mirarle durante horas sin cansarme.

– ¿De verdad me ves tan preciosa como dices o solo me lo has dicho para regalarme los oídos? – Miró hacia el lado y se rio, rascándose tras la oreja.

– No he mentido en lo que te he dicho, nunca te he mentido.

– ¿Por qué no has venido antes? Te he echado muchísimo de menos – Le abracé sintiendo su risa en mi pecho. Apenas me tocaba los hombros, apenas se pegaba a mí.

Levanté mi mano apretando la cara a su cuello, oliéndole, tocándole ese pelo negro igual de suave que siempre solo que bastante ondulado. Ryo me puso una mano en la nuca y me besó en la mejilla dulcemente, como aquella última vez antes de despedirnos. Al separarse de mí me miró a los ojos. A la boca. Bajé la mano hasta su pecho, se acercaba muy despacio, lo opuesto a los latidos de mi corazón. No le pude negar el beso a pesar de que mi cabeza gritaba que estaba mal, que yo estaba enamorada de mi novio, porque lo estaba, ¿no? ¿Qué estaba haciendo dejándome besar por un hombre que se iba a ir? Pero es que no era un hombre, era él, era Ryo; mi Ryo. Me apreté contra sus cálidos y gruesos labios, atrapándole y dejándome atrapar, jugando a rozar mi lengua con la suya. Me sentía igual de nerviosa que una adolescente pero definitivamente había algo diferente en esos besos. No eran igual que aquellos de hace 12 años, me hacían sentir totalmente distinta.

– Lo siento – Se separó de mí bruscamente, dándose cuenta de lo que había hecho, inclinando la cabeza no sé cuántas veces por segundo – No he podido contenerme, lo siento mucho Niah.

– No lo sientas tanto – Susurré poniendo mi mano en la suya, suspirando mientras le miraba – Ryo, quiero que me hagas sentirme amada de verdad, aunque solo sea esta noche, quiero – Tragué saliva, deseándole con desmesura – Necesito follar contigo – Me miró con los ojos de par en par.

– No, Niah – Se puso de pie con las palmas de las manos vueltas hacia mí – No me pidas eso.

– ¿Por qué no? Sé que quieres, y yo sé que quiero. Por dios, Ryo, me muero de ganas desde que estábamos en la cafetería esta tarde.

– Estas con otro hombre, esto no está bien.

– ¡Deja de ser tan correcto y haz lo que sientes por una vez! – Dije levantándome del sofá – ¡No me digas que no Ryouji! ¡Ni se te ocurra rechazarme después de todo este tiempo!

– Niah – Me cogió la cara con sus manos. Esas cálidas y enormes manos que deberían estar desvistiéndome – No estás pensando con claridad. Estás enfadada con él, aún estás borracha y no quiero que te arrepientas – Le besé poniéndome de puntillas, acariciando su barba incipiente con las yemas de mis dedos.

– No me digas que no… – Susurré en sus labios y noté como durante unos segundos los rozó con los suyos, dudando. Sin embargo me separó de él poniéndome las manos en los hombros.

– Ahora no – Su mirada era seria y dura, no me tenía acostumbrada a eso y me dolió – Desde el despecho no.

Le dí un golpetazo a sus brazos quitándomelos de encima. Negando con la cabeza me fui directa a la habitación, cerrando de un portazo. No solo había discutido con mi novio por Ryo, sino que ahora me rechazaba, después de todos esos años esperándole ahora me rechazaba. Me sentía horrible, me sentía usada por uno y además me sentía mal por poner al otro en esa situación. Abatida, me metí en la cama y me tapé hasta arriba, no iba a ir a trabajar al día siguiente, a tomar por culo. Y al rato de estar metida ahí debajo auto compadeciéndome, escuché que llamaba a la puerta. Abrió despacio pero no me moví de como estaba, solo dí un suspiro involuntario, de estos que salen cuando lloras mucho y respirar por la nariz es casi imposible.

– Niah – No le contesté, le escuché maldecir en japonés y acercarse a la cama – Lo siento, es que no quiero causarte problemas.

– Deja de disculparte, la única zorra de este cuarto soy yo.

– No eres ninguna zorra, en todo caso un gatito sin dueño.

– Soy un gato callejero, apestoso, lleno de pulgas y mugre – Dio una carcajada – Sí, tú ríete, pero ya me dirás quién quiere a un gato así.

– El problema es que la gente es estúpida – Metió la cabeza debajo de la manta – Y no saben ver a la preciosa gatita que hay debajo de toda esa porquería.

– ¿Y si soy una preciosa gatita por qué no quieres tocarme? – Sollocé de espaldas a él, dándome cuenta de que era verdad, seguía borracha – Ya te lo digo yo, porque soy despreciable, por eso.

– Niah, déjalo ya. Te juro que no vuelves a beber en lo que te queda de vida.

– Por lo menos quédate hasta que me duerma.

– Claro que me quedo, tonta – Le sentí meterse en la cama a mi lado, le agarré el brazo e hice que me lo pasara por la cintura, pegando mi espalda a su pecho.

Entrelazó sus dedos con los míos y después de darme un beso en la mejilla me susurró las buenas noches. Estaba tan calentito y me relajaba tanto escuchar su respiración tranquila que no tardó en entrarme sueño. Aunque supongo que el alcohol también ayudó un poquito. Pero antes me dio tiempo a acojonarme, estaba enamorada de ese hombre hasta las trancas y no tenía ni idea de qué iba a hacer cuando se fuese de nuevo.

 

3

Nunca en mi vida había tirado el despertador contra el suelo con tantas ganas. El pitido me retumbó en la cabeza como si me hubiesen apaleado. Estiré la mano hacia el teléfono y no me hizo falta fingir mucho.

– Cindy lo siento muchísimo pero hoy no puedo ir a trabajar.

¿Qué te pasa en la voz? – Preguntó mi compañera de trabajo.

– Estoy mala.

Ya, ya me doy cuenta. Cuídate, no están las cosas como para que me contagies a los niños que muchos no tienen seguro.

– Por eso mismo. Lo siento muchísimo, de verdad.

No pasa nada, Leah y yo nos ocupamos. Ponte buena.

Colgué el teléfono, volví a dejar la cabeza en la almohada y estiré el brazo hacia atrás. Me giré decepcionada al notar solo las sábanas frías. Se habría ido al sofá a dormir… qué tonto, se podría haber quedado, si total, ya no iba a acosarlo más. Miré junto a la cama y encontré una botellita de agua que me bebí de un tirón, sabiendo que era cosa suya. Me volví a quedar dormida y para cuando abrí los ojos eran las 12 del mediodía. Me estiré gruñendo y al mirar en la mesa de noche vi otra botella de agua nueva y una nota. Me la bebí también de golpe, jurándome a mí misma que era la última vez que bebía. Me había escrito en japonés “Me he ido a ver la ciudad, probablemente esté con Etta si quieres localizarme. Si necesitas algo llama, no te quedes esperando como la última vez, tontita”. La volví a dejar en la mesilla con una sonrisa.

Lo primero que hice fue darme una ducha e intentar arreglar el desastre que era mi cara esa mañana, sin mucho éxito. Después cogí una caja de cartón de las que sobraron de la última mudanza y fui metiendo todas las cosas de Derek. No tenía nada que pensar, no quería volver a verle en mi vida. Etta tenía razón, no me valoraba lo suficiente y sabía que otros hombres sí que lo harían. Ryo me valoraría como me merezco. Cuando la estaba cerrando, no dio tiempo a acumular muchos trastos suyos en mi casa, escuché que llamaban al timbre. Dejé la caja en la mesa del salón y abrí para encontrarme con el rostro amargado del que ya era mi ex sin saberlo.

– ¿Qué quieres? – Mi voz sonó genuinamente aburrida.

– Hablar, ¿Puedo pasar?

– No, no puedes – Le paré poniéndome delante de la puerta.

– Lo tienes desnudo por ahí, ¿no? – Me soltó con desprecio.

– No, estoy sola. Y ayer se comportó como un amigo y no hizo absolutamente nada a pesar de que estaba de lo más sensible y accesible. Y borracha como una cuba. Si hubieras sido tú–

– Pues quédate con tu príncipe, pero no vas a encontrar a ningún tío como yo.

– Esa es la idea, y no te vayas tan rápido, espera – Volví al salón y le tiré la caja con sus cosas – Ahora, ya te puedes ir.

– Eres una zo—

– ¡No! ¡Tú eres la zorra! ¡Yo soy una gata sin dueño, gilipollas! – Le cerré la puerta en la cara y me sentí hasta importante. No pude reprimir una carcajada.

En ese momento, Etta me mandó un mensaje preguntando si estaba despierta. Le contesté pidiéndole que viniese a mi casa, que no tenía ni ganas ni cuerpo para salir a la calle. Y que viniese rápido porque Derek no paraba de rondarme. No tardó ni un cuarto de hora en llamar al timbre.

– ¿Te ha hecho algo ese desgraciado? – Entró como una furia, mirándome y buscando por la casa.

– No, simplemente ha venido diciendo que quería hablar conmigo, pero le he dado sus cosas, anillo incluido, y le he echado.

– No sabes cuánto me alegro – Parecía aliviada de verdad – Venga, ponte guapa que nos vamos a comer con Ryo. Está en modo turista paseando por la ciudad y no hay quien le convenza de lo contrario. Me ha dicho que nos invita a comer donde queramos así que si no te importa vamos a aprovecharnos de que tenemos un amigo rico.

– Qué poca vergüenza tienes…

– La de la poca vergüenza eres tú, me ha contado lo que hiciste ayer.

– Menos mal que somos las mujeres las que lo contamos todo.

– Entiéndelo, quería consejo, no sabía si se había equivocado. Niah, escúchame – Me agarró de la mano cuando me agachaba a coger los zapatos – No dejes que se vaya de tu lado. Es el mejor hombre que se te ha puesto por delante.

– Eso es lo que llevo pensando desde que me he levantado, la manera de quedarme con él.

– Se nos tiene que ocurrir algo, tiene que haber algo que le llame la atención para quedarse además de la idea de estar contigo que seguro que le tienta más que nada. Te quiere una barbaridad, está loco por ti, es que no habla de otra cosa.

– Ha sido como tener 15 años de nuevo, ¿no?

– Sí, pero sin gameboy, entre eso y la cámara no sabes la mañana que me ha dado.

No me arreglé mucho, no tenía ganas y además con Ryo podía ser yo misma, estaba más que acostumbrado a verme sin maquillaje y recién levantada. Salimos de la casa y nada más cruzar la puerta me encogí del frío que hacía. Mientras me ponía mejor la bufanda le vi, incordiando con la cámara a un gatito que había en una ventana.

– ¿Qué clase de fetichismo raro tienes con los gatos? – Preguntó Etta.

– Es japonés, lo lleva en la sangre – Murmuré tras la bufanda.

– ¿Estás mejor? – Me preguntó él sonriendo mientras miraba el resultado en la cámara.

– Ya no estoy borracha por lo menos. Lo que estoy es helada.

– Sí, y soltera – Añadió Etta alzando las cejas, Ryo me miró frunciendo el ceño – Deja el cacharro ese ya y vamos a comer que me vais a matar de hambre.

– ¿Soltera? ¿Qué ha pasado? – Anduvo a mi lado, observándome con preocupación.

– Ha venido mi novio esta mañana y hemos hablado. Bueno, algo así. El caso es que ya no estamos juntos.

– Pero, ¿estás bien?

– Sí, no te preocupes por eso – Le intentaba mirar a los ojos pero al acordarme de la noche anterior me moría de vergüenza.

– No sabes lo divertida que es su vida amorosa, cada mes es una aventura nueva – Etta se rio suavemente, picándome.

– Oh, sí, divertidísima. Me lo paso de muerte encontrándome un estúpido detrás de otro.

– ¿Y tú no has tenido tus estúpidas? – Le preguntó a Ryo, que negó con una suave sonrisa.

– No, me llevo bien con mis ex novias – Se paró a hacerle una foto a un balcón que consideró interesante.

– ¿Puedes dejar de ser tan perfecto? Me está dando rabia que seas un hombre – Etta le puso la mano delante del objetivo para fastidiarle la foto.

– ¿Por qué? – La sorpresa en su voz era real. Al verlos hablar de esa manera no podía ocultar las sonrisas, era como viajar en el tiempo.

– ¡Porque los hombres así no existen!

– Ya te dije que Ryo sí era así, te lo dije muchas veces.

– Pero Ryo no cuenta, Ryo es Ryo.

– ¿Qué significa eso? –Preguntó con una risa incómoda, me estaba volviendo loca lo guapísimo que estaba hoy – No sé si es bueno o malo.

– Es bueno. Eres especial para nosotras, incluso para Etta aunque no lo parezca.

-Ya sé que lloró mucho cuando me fui – Me sonrió guiñando el ojo, nuestra amiga se puso tiesa, fingiendo soberbia.

– ¿Qué voy yo a llorar? Y menos por ti.

Al llegar al restaurante que Etta eligió le hice un gestito de desaprobación, y es que no era el más caro de la ciudad, pero casi. Ryo no se quejó al ver los precios, no hizo ni un comentario, solo nos pidió que no tuviésemos nada de eso en cuenta y que pidiésemos lo que más nos gustase. No me sentía bien con la idea de que se gastara un dineral en nosotras y además, aún no estaba muy segura del estado de mi estómago, así que me pedí un plato ligero. No tardaron mucho en servirnos, los camareros eran excesivamente atentos y la comida estaba increíble. Al acabar, resoplando satisfechos, Ryo miró a Etta, riéndose entre miradas cómplices.

– ¿Se lo dices tú o se lo digo yo? – Dijo Ryo apoyando los codos en la mesa.

– ¿El qué tenéis que decirme?

– ¿Te acuerdas cuando me dio la cosa de que quería ser madre? – Preguntó Etta.

– Sí, pero se te pasó de repente.

– Pues esta mañana Ryo me ha ayudado con eso – Durante unos segundos se me quedó la mente en blanco, mirándoles sin creer lo que estaban diciendo. Que Ryo diese una carcajada me confundió incluso más.

– ¡No lo digas así, parece otra cosa! No te asustes, lo que quiere decir es que va a tener un niño por inseminación artificial y como no se fía de ningún hombre me ha pedido que ponga lo que tengo que poner.

– ¡Joder Etta, no me des esos sustos! – Dije al fin respirando, con una mano en el pecho – ¿Y vas a tener un niño? ¿De él?

– O niña, lo que salga. Ryo tiene buenos genes y no hay nada más bonito que un niño mestizo.

– ¿Cuándo? – Pregunté ya con una sonrisa.

– Cuando ovule, en unas semanas. Betty está encantada, dice que le gustó muchísimo su cara y que ojala saliese igual de tranquilo.

– Por eso se la querías presentar, ¿Por qué nadie me cuenta nada?

– Porque nos encanta sorprenderte.

– Se me hace un poco raro tener un hijo y no tener que aportar nada…

– Y no solo uno, ¿y si alguien más usa tu esperma? – Le pregunté – ¿No te da cosa?

– No, me parece una buena acción por dinero y por pasar un buen rato. Menos mal que me controlé ayer contigo o habría hecho el viaje para nada.

– ¡Alabado sea tu auto control! Ya cuando me dijo que se iba a quedar en tu casa pensé que al final la que iba a quedarse preñada ibas a ser tú, no yo.

– Lo de ayer… no hablemos de lo de ayer – Pedí, cerrando los ojos y alejando la idea con la mano mientras esos dos se reían. Me sentía bastante mal por haberle puesto en esa situación.

– No seas tonta, no pasa nada. Como si no hubiese confianza – Ryo me dio con un dedo en la mejilla – Ahora vengo, un segundo – Se levantó para ir al servicio y me quedé mirándole hasta que desapareció por la puerta. Al suspirar escuché a Etta reírse.

– Pareces una adolescente – Me empujó el brazo suavemente.

– Así me siento desde luego. No sé qué voy a hacer, no quiero que se vaya. Y se va a ir, y me voy a volver a quedar sola.

– Venga ya, en menos de un mes tienes otro novio.

– Pero no va a ser lo mismo que con él – Me dejé caer en la mesa, metiendo la cabeza entre los brazos, dando un quejido – Y lo sabes.

– ¡Compórtate! Estamos en un restaurante de lujo.

– Vete a la mierda, Etta. Estoy agobiada de verdad, no sé qué hacer, no se me ocurre nada más tentador que el futuro que pueda tener en Japón con su empresa y sus cosas. Además, diga él lo que diga seguro que tiene algo con alguna japonesa ultra-mega híper guapa y rica, si no, no me habría rechazado ayer.

– Te rechazó ayer porque tenía el compromiso conmigo. Pero bueno, siempre puedes proponerle matrimonio.

– ¿Puedes dejar de decir tonterías? ¡Lo estoy pasando mal! – No quería levantar la cabeza de la mesa, me estaban entrando ganas de llorar y cuando eso pasaba, Etta me lo notaba enseguida.

– Pero ¿Por qué no te conformas con alguien de por aquí? Sería mucho más fácil.

– Porque no se trata de conformarme, es que ninguno me hace sentir lo que me hace sentir Ryo cada vez que le miro a los ojos – Suspiré levantando la cabeza – Es como si me… ¡¿Desde cuando estás aquí?! – El susodicho estaba sentado en su sitio, mirándome con una sonrisita divertida.

– Desde que Etta dijo que me propusieras casarme contigo.

– Definitivamente eres la peor amiga del mundo – La muy asquerosa dio una carcajada.

– Por favor, Niah, lo que sientes por él es de dominio público, igual que lo que siente él por ti. Y no pienso pasar por lo mismo que pasé hace 12 años, me niego a hacer de celestina otra vez – Se levantó de la silla, arrastrándola – Ryo, eternamente agradecida por el almuerzo de hoy, el mejor en muchísimo tiempo. Y más aún por lo de esta mañana, muchas gracias – Le abrazó a pesar de él estar sentado, provocándole una risa incómoda. No estaba acostumbrado al contacto con la gente – Mi mujer me está esperando y probablemente desnuda, le encanta ir en pelotas por la casa. Pasáoslo bien, ya os veo mañana – Me despedí de ella con la mano.

– ¿Quieres algo de postre? – Se me ocurrió decirle “a ti” pero opté por omitirlo.

– No, no. Si es que no puedo comer más, después de la borrachera no me atrevo – Le miré y desvió la mirada al mantel con una sonrisita.

– Hay… hay una cosa que me gustaría hacer aunque a lo mejor te parece una tontería – Murmuró negando con la cabeza.

– Prueba a decírmelo y ya te digo qué me parece – Volvió a observarme con una risita nerviosa tan pronto sus ojos negros se clavaron en mis ojos azules.

– De verdad, es una tontería. Es que verás, antes de irme a Japón estaba planeando con Etta lo que sería la cita perfecta para ti, pero me dijeron que me iba y no me dio tiempo a proponértelo.

– ¿Me estás pidiendo salir?

– Te dije que era una tontería – Tiró la servilleta en la mesa con aspecto fastidiado.

– Vale, venga, llévame a la calle y entretenme – Me miró y suspiró. Una sonrisa asomó a sus labios despacio. Se le veía contento y me encantaba verle así.

– ¡Perfecto! Pues vayámonos de aquí – Pidió la cuenta y no me dejó ni ver cuánto era – Me viene muy bien haber retrasado la cita unos años, antes contaba con el dinero justo y ahora no tengo que preocuparme por eso.

– El dinero no lo es todo en una cita.

– A veces se me olvida que no eres japonesa, lo tengo más difícil entonces.

– ¿Qué te creías? Te lo vas a tener que currar – Dije contra la bufanda. En realidad donde fuese que me llevase me iba a gustar y él lo sabía – ¿Dónde vamos?

– Tú calla y déjate llevar.

Primero fuimos a una pastelería, donde me compró un helado de mi sabor favorito, ya que según él la cita era en verano y no se podía salir de lo planeado. Me lo comí con ganas aunque me diese más frío del que tenía. Antes de irnos de la tienda me regaló una cajita de bombones de chocolate negro, que era el que más me gustaba. Me fascinó que aún se acordase de esos detalles. Después me llevó al centro comercial hasta la zona de las máquinas recreativas. El lugar rebosaba de adolescentes, éramos los únicos adultos pero también los que formábamos más jaleo. Jugamos a juegos de coches, shooters, incluso al tetris, y me ganaba en todo. Había cosas que no cambiaban por más que quisiera. Con las risas de los juegos y las bromas, de vez en cuando sentía su mano acariciarme la cintura discretamente. De tanto en tanto se quedaba mirándome en silencio con esa sonrisa tranquila, para seguir a lo suyo acto seguido. Más de una vez, al ir andando, rozaba mi mano con la suya pero no me la cogía, haciéndome  sentir como una niña otra vez. Al salir me llevó al cine, comprando las entradas sin decirme a que película íbamos a ir, de hecho no me dejó ni ver la cartelera. Compró palomitas y un refresco para los dos. No me dejaba pagar absolutamente nada. Como era entre semana apenas había nadie y al sentarme suspiré.

– ¿Te lo estás pasando bien? – Preguntó antes de meterse en la boca un puñado de palomitas.

– Sí, hacía mucho que no me reía tantísimo, pero te estás dejando un dineral.

– No pienses en eso, no importa, en comparación con otras me está saliendo esto muy barato.

– Joder, sí que son exigentes – Aun sentados en los asientos tenía que mirar un poco hacia arriba porque me sacaba una cabeza. Estaba tan cerca que olía su pelo.

– Para unas cosas sí, para otras no – Le dí un golpe en la mano cuando volvía a por más palomitas.

– Te las vas a acabar antes de que empiece la peli, que por cierto, ya va siendo hora de que me digas que vamos a ver.

– No sé cómo se llama, pero te va a gustar. Tiene vísceras, sangre y esas cosas.

– ¿Se puede saber cómo te acuerdas de lo que me gusta? – Se encogió de hombros.

– Tengo memoria – Me sonrió, mirándome la boca cuando se apagaron las luces y empezaron los anuncios. Y a pesar de que él miró la pantalla, yo seguía observando su perfil. Me moría de ganas por besarle pero a la vez quería que él llevara el ritmo en la cita.

Suspiré e intenté concentrarme en ver la película. Cuando se nos acabaron las palomitas dejé la caja a mis pies y puse la mano en el apoya brazos. Él puso la suya a mi lado y la rozó con sus dedos, ninguno de los dos nos mirábamos. La película era pésima, pero no hice comentarios sobre ella. De vez en cuando había alguna muerte que tenía gracia aunque los efectos dejaban bastante que desear. En lo mejor de la matanza le sentí estirarse, pasándome un brazo por los hombros. No pude evitar dar una carcajada.

– Eres un cliché andante – Le susurré al oído, aspirando el olor de su piel.

– Siempre he pensado que los brazos de los asientos del cine deberían de poder bajarse – Contestó en el mío, haciéndome cosquillas con sus labios – Así no puedo acercarte lo que quisiera.

Me puso la mano en la barbilla y me giró la cara, agachándose sobre mí y besándome despacio. Las intrusas volvieron completamente despiertas después de tantísimos años y sus labios me dejaron atontada, apretándose a los míos con fuerza una y otra vez. Al separarse de mí permanecí unos segundos con los ojos cerrados, esperando más. Al ver que no pasaba nada los abrí vi sin ver la película, apoyando la cabeza en su hombro. El atontamiento me duró hasta que salimos y me volvió a dar el frío en la cara, que hizo que se me pasara de golpe.

– ¡Se me había olvidado el frío que hace aquí siempre! – Se quejó subiéndose la cremallera de la chaqueta.

– ¿Hay algo más en tus planes? – Quise saber, dando saltitos para entrar en calor.

– Sí, evitar que te congeles – Me abrazó y me puso las manos en la espalda, frotando. Apoyé la cabeza en su hombro mientras me reía – Aunque se me ocurre una manera más rápida – Me besó en la mejilla y me susurró al oído – Me gustaría contar las pecas de tu cuerpo.

– Deberías trabajar de esto, se te da realmente bien – Murmuré mirando su boca, haciendo que se riese. Con solo esa única frase me había puesto más cachonda que cualquier tío en mucho tiempo – ¿Esto también estaba en los planes?

– No, estoy improvisando.

– Pues si no te importa improvisa dentro o me van a tener que cortar partes del cuerpo por congelación.

Se rio y me llevó de la mano hacia el interior del centro comercial. Y de repente no me estaba dando la mano, de repente no estaba a mi lado. Miré hacia atrás asustada por el ruido repentino y le vi mirando al suelo, a Derek, tendido de bruces y quejándose. Ryo le observaba con el ceño fruncido. Yo y una chica rubia fuimos corriendo hacia ellos preguntando qué demonios estaba pasándo. Sin pensarlo le di un bolsazo a mi ex novio, que se tapó con los brazos llamándome zorra y loca. Cuando me acerque a Ryo para ver si Derek le había hecho algo, la rubia le dio un empujón.

– ¡¿Quién coño te crees que eres?! ¡¿Qué le has hecho a mi novio?!

– ¿Tu novio? ¡Derek, no nos has presentado! – Me giré para mirar cómo se levantaba del suelo.

– ¿Quién eres? – Preguntó ella mirando a Derek y mirándome a mí, perdiendo las ganas de pelea.

– No es nadie – Masculló él.

– Soy su ex novia desde hoy.

– Desde… ¿Desde hoy? ¡¿DESDE HOY?! – Derek se acercó a mí con terribles intenciones.

– Te voy a enseñar a tener la boca cerrada – Levantó la mano. Ante ese gesto me preparé para cubrirme y devolvérselo con una patada en los huevos pero para cuando me quise dar cuenta, Derek estaba en el suelo otra vez. No sé qué le hizo Ryo pero no me dio tiempo ni a verlo, principalmente porque se me puso delante.

– Vámonos – Le agarré de la mano y le miré a la cara para encontrarme con una expresión que nunca antes le había visto. Le alejé de allí, escuchándole respirar enfadado por la nariz al tiempo que susurraba insultos y maldiciones en japonés – No te ha hecho nada, ¿no?

– ¿Qué me va a hacer? Tanto cuerpo y no tiene ni idea de usarlo.

– ¿Y desde cuando eres tú cinturón negro?

– Desde los 26 años – Le miré sorprendida, estaba bromeando pero por lo visto había acertado – Siempre tiene que haber algo que estropee los planes.

– Tómatelo como que nuestra cita ha tenido de todo, incluida la acción.

– Etta tiene razón, es un gilipollas. ¿Todos han sido así?

– ¡No! Ni mucho menos, lo que tenía con Derek era… vamos a decir que físico.

– ¿Pero no decías que no sabía? – Le miré extrañada – Al menos eso le gritaste ayer por teléfono.

– Ah, sí, es muy egoísta en la cama. Y encima me ponía los cuernos con esa y a esa conmigo, pobre chica, espero que le deje – Ryo negó con la cabeza – ¿Dónde me llevabas antes de que nos interrumpieran? – Le acariciaba la mano con el pulgar, no quería seguir hablando de ese tío.

– A cenar, ¿Dónde si no la hora que es?

– Y supongo que ya sabes el sitio…

– Por supuesto, Etta me lo ha propuesto antes. Ten en cuenta que no conozco esta ciudad y me ha tenido que hacer un tour.

– Siempre he asociado estar contigo a estar tranquila, eres como el equilibrio en el grupo. Etta y yo somos las histéricas y las activas y tú eras como la balanza que nos equilibraba, la tranquilidad que necesitábamos. Se notó muchísimo cuando te fuiste.

– Yo sí que lo noté. De repente estaba solo, sin amigas, sin novia y sin game boy.

– Que imbécil eres, seguro que te recuperaste pronto.

– Sí, bueno… – Encogió la nariz y tiró de mi mano metiéndome en un restaurante japonés.

– ¿En serio?

– Sí, aunque espero no decepcionarme. Eso sí, a partir de ahora ni una palabra en tu idioma.

– No voy a hablar en japonés contigo…

– ¿Por qué no? – Me preguntó, ya en su idioma.

– Porque me da vergüenza – Murmuré.

– Pero si llevas 10 años estudiándolo, ya tienes que saber lo suficiente.

Pedimos en japonés y el camarero se puso loco de contento, le dijo hasta a los cocineros que había un nipón en la mesa. A mí me habló en mi idioma pero le hice caso a Ryo y le hablé en japonés, sorprendiéndole con mi fluidez y sorprendiéndome yo con los halagos. La comida me volvió loca, me encantó, fue lo mejor de la noche con diferencia.

– A partir de hoy voy a venir aquí más a menudo – Comenté cuando nos fuimos – Estaba todo buenísimo.

– No tiene nada que ver, en Japón está todo mucho más bueno.

– Oye – No pude reprimir un bostezo – ¿Vamos ya a casa? Estoy cansada.

– Sí, ya se me han acabado las ideas – Admitió riéndose y cogiéndome de la mano – ¿Qué te ha parecido?

– Sí que era la cita perfecta, pero no vale, has hecho trampa, Etta te ha ayudado – Se le veía muy contento, tanto como yo me sentía – Y ya no hablo más en japonés contigo.

– Haz lo que quieras, pero lo hablas bastante bien y no te cuesta entenderlo.

– Bastante bien no es bien del todo.

– Nunca vas a hablar japonés como yo, ni yo tu idioma como tú.

– Hay una cosa que no me esperaba – Dije entre risitas, metiéndome en el taxi y quitándome la bufanda. Me incliné y le susurré al oído – Me pone muy caliente cuando hablas en japonés – Dio una carcajada y me miró – Tu voz es como más grave, más seria. No sé, es sexy.

– ¡Venga ya! – Dio otra carcajada – Entonces voy a tener que hablarte en mi idioma más a menudo.

Se inclinó sobre mí y me besó brevemente en los labios, una vez, y otra, y otra. Como en el cine. Sentí su mano en mi cara y cómo la bajaba acariciándome el cuello, metiéndomela por dentro del jersey y acariciándome el hombro. Lo dejó al aire y me lo besó, subiendo después su boca por mi cuello, rozándolo, poniéndome los vellos de punta. Le agarré de los rizos de la nuca y le pegué a mí, estaba incluso tentada a tumbarme en el taxi. Susurré su nombre y me miró, pasándome la mano por la cintura y dándome un beso con tantas ganas que hasta hizo un ruidito excitado.

– ¿Esto también estaba en tus planes de una cita perfecta hace 12 años?

– No exactamente así, solo iba a darte el beso de despedida al dejarte en tu casa.

– Siempre has sido demasiado caballero, ya va siendo hora de que te vuelvas un poco más…

– ¿Malo? – Me miraba la boca con deseo. Dios, le iba a arrancar la ropa como no llegásemos pronto. Me puso la mano en la pierna, apretándome el muslo – Niah, quiero verte desnuda – Me susurró en japonés contra mi boca – Quiero tocar todo tu cuerpo, quiero dejarte exhausta, quiero darte tan fuerte que se te olvide hasta quién eres.

– Cállate ya – Me pegó contra la ventanilla del coche, besándome de nuevo, apenas dejándome respirar con su lengua contra la mía. Subió su mano, metiéndola por debajo de la falda que llevaba puesta y me rozó con las yemas de sus dedos por encima de las medias. No podía hacer otra cosa que no fuese jadear – Mírame Ryo.

Me sonrió justo cuando el taxi paró y el conductor le cobró el importe con una sonrisita, se tuvo que poner las botas mirando por el espejo retrovisor. Le llevaba yo a él de la mano hasta mi casa, con prisas. Pasamos por un callejón bastante oscuro y me empujó contra la pared. Me agarró fuerte y pegó sus caderas a las mías mientras me besaba el cuello. Esto no era para nada lo que yo recordaba haber hecho con él, así no era el Ryouji de mis recuerdos. Me separé como pude y tiré de su mano de nuevo hasta el portal, que estaba a dos pasos. No sé ni cómo pude abrir la cerradura con él dándome besos por todas partes. Por suerte vivía en el segundo y el ascensor apenas tardó en llegar. Abrí la puerta echa un manojo de nervios mientras él se dedicaba a quitarse el chaquetón, la chaqueta e incluso los zapatos que dejó en la entrada.

– ¿Si hoy te lo pido me harás caso? – Pasé la lengua entre sus labios.

– No sé, inténtalo – Se encogió de hombros, sonriente.

– Fóllame Ryouji – Le susurré agarrándole de la entrepierna.

 

4

Cerró los ojos, abrió la boca, expulsó el aire en un suspiro larguísimo y a partir de ahí me dejé llevar. Lo hacía todo de manera delicada y muy despacio: me quitaba la ropa, besaba mi cuerpo desnudo, caminaba de espaldas hacia mi habitación. Íbamos dejando la ropa por el camino, no podía despegar mis ojos de él. Cuando me quité el sujetador puso la misma cara que la primera vez, pero su reacción fue bastante diferente. Se sentó en el borde de la cama y poniéndome las manos en la cintura me acercó, pasándome la lengua despacio por el pezón y haciéndome gemir. Mientras me lo mordía mirándome a los ojos, metió sus manos por debajo de mi falda y me bajó la ropa interior. Con sus manos separó mis piernas, y sin quitarme la falda se agachó delante de mí. No le veía pero noté como pasaba su lengua por la parte interior de mis muslos. Le agarré del pelo mientras le sentía subir, besándome las ingles sin prisas. La punta de su lengua me rozó despacio el clítoris, muy lentamente, hasta que me lamió de abajo a arriba. Me temblaban las piernas, su lengua no paraba quieta un segundo, con delicadeza, hacia los lados, apretándome suavemente, de abajo a arriba. Me estaba dando tanto placer que no sabía qué iba a dejar para después.

Aceleró el ritmo, agarrándome de las piernas y del trasero. Sentía mi excitación empaparme entera y justo cuando iba a llegar al orgasmo sencillamente no pude mantenerme en pie. Tiró de mis caderas hacia abajo, poniéndome de rodillas en la cama sobre él. Me seguía masturbando con su mano derecha y noté que me rozaba con su miembro, que se agarraba con la mano izquierda. A la misma vez que me corría, me dejé caer sobre su cuerpo, sintiéndole entrar despacio y matándome de placer. Estaba tan sensible que cualquier roce me excitaba muchísimo. Se quejó diciéndome que le apretaba demasiado. Movía mis caderas suavemente, gimiendo con mi boca contra la suya y agarrándole del pelo. Puso sus manos en mi trasero y me hizo moverme a la misma vez que él, sin haberle sentido del todo en mi interior aunque enorme y caliente. Quería más, no me cansaba de él, todo era placer en sus brazos. Estaba gimiendo tanto que ni me enteré de que estaba sonando el teléfono, fue solo cuando paró que me di cuenta. Me tumbó en la cama, y se agachó, cogiendo el móvil del suelo. Se puso sobre mí, lo descolgó y puso el altavoz mientras me quitaba la falda.

¡Niah! Dime que todavía no habéis cenado – Justo cuando le iba a contestar vi su miembro perderse dentro de mi cuerpo – ¿Niah? ¿Estás ahí?

– Ahora mismo no… no puedo Etta – Me agarró con la otra mano de la cadera y me penetró hasta el fondo, dando un ronco gemido de placer.

Es que quería ir a cenar con vosotros, si es que Betty y yo no molestamos claro – No se estaba enterando de nada…

– Molestas ahora – Ryo se puso el teléfono en la oreja, embistiéndome con fuerza y haciéndome gritar. Sonrió – Luego te llamo.

Colgó el teléfono y lo tiró al suelo, tumbándose sobre mí con sus manos en mis pechos y besándome profundamente. Puse mis piernas alrededor de su cintura y le acaricié la cara mientras le sentía entrar dentro de mi cuerpo una y otra y otra vez. Aumentaba el ritmo y la fuerza, no podía pensar, no podía hacer nada que no fuera sentirle. Después de un interminable rato besándome, mordiéndome y apretándome contra él, me la sacó bruscamente y me puso de lado en la cama. Me levantó una pierna y pasó su otra mano bajo mi cuerpo, acariciando mi clítoris mientras se rozaba conmigo. Me giré para mirarle. Volvió a entrar en mi cuerpo, despacio, mirándome a los ojos, jadeando con la boca abierta. Le tragaba, me estimulaba tantísimo que apenas podía diferenciar un orgasmo de otro. Cuando me hizo gritar lo que el consideró el tiempo suficiente me puso boca abajo en la cama, sin dejar de empaparse los dedos entre mis labios menores. Al penetrarme de espaldas a él, le sentí tan profundamente que no pude evitar gritarle que me dolía y, como era de esperar. Paró pidiéndome perdón.

– Ni se te ocurra parar ahora – Le miré por encima de mi hombro con el pelo por la cara. Pasé mi mano hacia atrás y se la agarré, sentándome sobre su erección, moviéndome y haciendo que me clavase las uñas. Gemía su nombre y él gemía el mío.

– Dame tu boca – Pidió en Japonés, agarrándome de la cara para besarme.

– Ryo, dame fuerte…

Me puso la mano en la espalda y me hizo quedarme a cuatro patas ante él. Me agarró del muslo penetrándome bruscamente, fuerte, como yo le pedí. Tenía tantas ganas acumuladas de hacer el amor con Ryo que lo estaba disfrutando como si nunca hubiera sentido esas cosas, como si todo fuera nuevo. Me agarró del cuello y me empujó contra la cama, dándome más fuerte aún. Apenas podía moverme, me costaba respirar, pero me estaba gustando tantísimo que le pedía que me diese más. Me estaba empezando a doler la garganta de jadear cuando de repente le noté inmenso en mi interior. Me soltó del cuello, se agarró a sí mismo y sentí el calor de su esperma contra mi espalda. Gemía apretándome de la cintura con fuerza. Se sentó sobre sus piernas y me limpió con la misma sábana de la cama. Cuando yo también me senté con la espalda apoyada en el cabecero me reí, apartándome el pelo de la cara, totalmente agotada. Ryo se me acercó, poniéndome la mano en la cintura para besarme tiernamente, sin dejar de mirarme a los ojos. Se dejó caer sobre mí, con la cabeza en mis pechos. Suspiré al tiempo que acariciaba sus negros rizos. Le vi subir la mano hasta mi pecho y ví como pasaba los dedos por el gatito que me colgaba del cuello.

– A lo mejor no quieres oírlo o te molesta que te lo diga ahora pero… – Suspiró y me miró a los ojos – Te quiero muchísimo, he estado pensando en ti desde que nos separamos. Aunque haya estado con otras mujeres, las comparaba contigo y no… nunca he llegado a ser feliz en brazos de otra.

– Cuando conozcas a una mujer que no le guste que le digan esas cosas después de follar contigo me avisas – Me reí a carcajadas, haciéndole sonreír – Yo también te quiero mucho y a mí me pasa lo mismo, aunque haya tenido relaciones largas siempre estaba pensando en ti.

– No sabes lo feliz que me hace que me sigas queriendo tanto.

– No es solo eso, no es solo que te quiera. ¿Te lo digo en tu idioma? – Asintió más sonriente que nunca.

Al decírselo frunció el ceño levemente y me agarró de la cara, haciendo que me tumbase sobre él mientras me besaba y susurraba que él me amaba incluso más. Riéndome de lo asquerosamente dulce que estaba siendo todo, apoyé la cabeza en su pecho. Me fui quedando dormida con sus caricias y besos, pero el teléfono me hizo dar un respingo. Me quejé y rodé en la cama hasta el borde, era Etta, por supuesto.

– ¿Qué quieres ahora? – Puse el altavoz para que Ryo también pudiese hablar. Me volví a tumbar en su pecho y siguió acariciándome.

¿Ya habéis acabado o no?

– Sí oportuna, que eres muy oportuna. Ya habíamos cenado de todas maneras.

¿Qué tal la cita?

– Perfecta, mejor que en los planes – Le contestó Ryo.

Entonces qué, ¿os recojo mañana o no?

– Mañana tengo que trabajar Etta – Suspiré fastidiada, no me acordaba y no tenía ganas ningunas de separarme de él.

Ryo, ¿no has hablado con ella todavía?

– No me ha dado tiempo, entre una cosa y otra no he podido sacar el tema – Otra vez tenían secretos a mis espaldas, siempre estaban igual – Pero iba a decírselo ahora.

Entonces cuelgo, ya me mandas un mensaje con la hora mañana y paso con el coche. ¡Buenas noches parejita! – Colgué el teléfono y lo dejé en la mesa de noche. Me senté en la cama y le miré con la sábana alrededor de mi cuerpo.

– ¿Qué pasa?

– Mañana me voy – Me lo soltó tan de golpe que me sentó como un guantazo.

– ¡¡Ya te vas!! – No me lo podía creer, otra vez igual no, me negaba.

– Te dije que me quedaba aquí pocos días – Me puso la mano en la cara y se la agarré. No quería que se fuese, no podía irse. Sin embargo sonreía. Se sentó y me besó – Niah, vente conmigo.

– ¿Qué? – No me lo esperaba para nada. Etta y yo siempre estuvimos hablando de que él se quedase, ni se me pasó por la cabeza irme – No puedo irme.

– ¿Por qué no? ¿Qué te retiene aquí que sea tan importante? ¿Hay algo que yo no pueda darte? Porque si es así dímelo y hago lo que sea por conseguirlo.

– Etta… no me puedo ir, ¿qué pasa con ella? No la voy a dejar sola.

– Ella ya tiene su familia – Me sentó como una patada porque era verdad – Tú eres mucho más dependiente de ella que ella de ti. Etta tiene su vida y tú vives de recuerdos, como yo – Me dejó sin argumentos.

– Pero… no me puedo ir de la noche a la mañana, ¿y el trabajo? Se supone que tengo que avisar 15 días antes.

– No si pides un traslado con la misma empresa, Niah, ya está todo controlado. He hablado con los de la guardería y tienes un puesto en Japón si lo quieres.

– ¿Has hecho todo eso sin preguntarme? ¿Has planeado mi vida sin decirme nada?

– Le dije a Etta que te enfadarías si lo hacía – Admitió con cara de culpabilidad – Pero ella estaba tan segura de que me ibas a decir que sí que casi me ha obligado. Yo habría preferido hablar contigo, era lo más lógico.

– ¿Y le parece bien que me vaya?

– Ha sido idea suya. A mí no se me habría ocurrido pedirte que lo dejaras todo por mí, pensaba que ya tendrías tu vida aquí, incluso una familia.

– ¿Y aun así quisiste verme?

– Soy feliz solo con mirarte a los ojos Niah, y si tú eres feliz yo también, aunque tu felicidad dependa de otra persona. Suena a tipicazo, pero es que es así.

Me llevé las manos a la cara un poco sofocada. Me parecía una locura irme de repente, de un día para otro, no estaba preparada para dejarlo todo atrás. Y estaba un poco dolida porque Etta no ponía pegas en que yo me fuese, si hubiese sido al revés me habría matado la idea de separarme de ella y de hecho no lo podía asimilar. Aunque Ryo llevaba razón, ella ya tenía su vida, su familia y su futuro aquí. Resoplé aun con las manos en la cara, sentía su mirada expectante clavada en mí, esperando mi respuesta. Le miré a los ojos, observé sus rasgos, su pelo, su boca, su cuerpo, pensé en que era el mejor hombre con el que me había acostado. Y no solo era el mejor físicamente, me trataba muy bien, era buena persona, inteligente, interesante, podía ser yo misma con él. Me hacía reír, me hacía feliz, era mi amigo y mi amante. Con él tendría un futuro, tenía una empresa con solo 29 años y me iría a un país que siempre me había gustado. No quería separarme de Ryo, hacía muchísimo tiempo que no me sentía tan a gusto con alguien y sentía en mi interior que ningún hombre me iba a querer como él. Y sabía a ciencia cierta que yo no iba a querer a nadie de esa manera. Y es que le quería tantísimo… se me escapó una lágrima. Inmediatamente me miró con preocupación y me puso la mano en la cara, acercándome a su pecho.

– ¿Qué pasa? – Preguntó casi en un susurro, preocupado – He hecho las cosas mal, ¿verdad? Tendría que haber hablado contigo desde el principio.

– Que… – Negué con la cabeza, me miraba rogándome con los ojos que no le dijese que no – Que te quiero mucho.

– ¿Pero…?

– No hay peros, te quiero mucho y ya está. Y sí, vale, me voy contigo – Su expresión se relajó y me abrazó dando una exclamación aliviada.

– Durante un momento me creí que me ibas a decir que no – Se rio mientras me abrazaba con fuerza.

– Todavía no estoy segura de si me he vuelto loca pero no pienso separarme de ti nunca más. ¿No te daré problemas en la empresa verdad? No sé, tener una novia que no es japonesa…

– En cuanto te pongan los ojos encima ya te digo que no van a tener problema ninguno siempre que te vean de vez en cuando – Nos reímos juntos – Muchas gracias por tomar esta decisión, te prometo que no te vas a arrepentir.

– Voy a echar de menos a Etta – Empecé a llorar de verdad y me agarró de un hombro, tumbándome en su pecho – Va a ser difícil no tenerla cerca.

– Siempre tenéis los ordenadores y el teléfono, y vendrás a verla cada vez que quieras, te lo prometo.

Apoyé las manos en su pecho y me puse sobre él para besarle. Me agarró de la nuca, metiendo sus dedos entre mis cabellos y acariciándome la cintura con su otra mano. Le miré y me sonrió tan feliz que ya no tuve duda alguna en la decisión que había tomado, no podía negarme a nada que me pidiese, era mi persona favorita.

3 Meses después

Estaba estresada, había que preparar muchas cosas y no tenía tiempo. Y la primera que no estaba preparada era yo. Me metí en el cuarto de baño comprobando que por lo menos tenía todos los pelos en su sitio. Era la primera vez que iba a cocinar para sus padres y estaba de los nervios. Ryo me había enseñado a cocinar en esos meses pero no me fiaba de mi misma, y encima era la cena de navidad. Se empeñó en decorar la casa a lo americano, por más que le dije que no era necesario, el día que la primera navidad quería que la sintiese como en casa. Pero no hacía ni la mitad de frío, no era como en casa, ni mucho menos. Y menos aun sintiéndome como me sentía últimamente… Llamaron al timbre, no podían estar llegando ya. Me entró el pánico y recé porque fuese Ryo, pero no, era su madre.

– Saori san, bienvenida.

– Hola niña, he venido yo primera, mi marido viene después. Vengo a ayudarte así que enséñame que estás haciendo que huele tan bien.

– No hacía falta, ¿te ha dicho Ryouji que vengas?

– No, es cosa mía – Se me quedó mirando, entrecerrando los ojos – Estás muy guapa.

– Gracias – Me incliné, no me lo esperaba.

– No seas tonta, siempre estás guapa. Pero hoy más.

– ¿Vamos a la cocina? – Tenía que cambiar de tema, esa señora era muy observadora.

Le enseñé la comida que tenía preparada y cuando probó el plato japonés, que era el que me traía por la calle de la amargura, no puso mucha cara de aprobación.

– Déjame arreglarlo, pero tengo que decir que tu parte está muy rica. Tiene buena pinta y eso que no me gusta nada la comida americana.

– No me extraña…

Se puso a cocinar y la observé muy de cerca, todos sus movimientos, cómo hacía las cosas, todo. Tenía que aprender porque muchas veces cuando Ryo llegaba de trabajar, reventado de haber estado todo el día fuera, le tenía la comida preparada pero normalmente no eran platos japoneses. Por eso quería aprender, para sorprenderle. El pobre se llevaba todo el día en la oficina, de reuniones, viajando por el país. Siempre me traía regalitos y me iba contando minuto a minuto las cosas que veía cuando estaba fuera porque según me decía, todo le recordaba a mí. Apenas teníamos tiempo para nosotros últimamente pero según él, era porque ser fin de año y en esas épocas siempre había más trabajo. Eso sí, por muy cansado u ocupado que estuviese siempre tenía unas ganas locas de quitarme la ropa. Un ejemplo de lo segundo sería lo que ocurrió hacía unas horas. Me apoyé en la encimera y me pasé una mano por el cuello, y es que de repente estaba muerta de calor

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10 horas antes

Miré el reloj, corriendo por el metro porque esa mañana se le había olvidado una carpeta con papeles importantes y me llamó un tanto sofocado para que se los llevara antes de las 12. Eran ya las 11 de la mañana y estaba a dos pasos de las oficinas, pero como llevaba corriendo desde hacía un rato ahora no podía desacelerarme. Pasé a través de la marea de gente, pidiendo perdón cada vez que me chocaba y sintiendo en la nuca las miradas de desprecio de más de una y las sucias de demasiados. Dos niñatos intentaron pararme con segundas intenciones a la salida del metro y les empujé soltándoles un “¡Que os follen!” en mi idioma. Entré, con la lengua fuera y resoplando. Saludé al guardia de seguridad que ya me conocía y fui hacia los ascensores. Una vez dentro me dio tiempo a ponerme derecha la falda y la chaquetita, ya que iba a su trabajo quería estar presentable. Fui hasta la puerta de su despacho y saludé a la secretaria.

– Los papeles, creo que llego a tiempo, ¿no?

– Sí, muchas gracias – Cogió el auricular del teléfono – Mitzusaka-san, han llegado los papeles… enseguida. Dice que pases.

Me despedí de ella con un rápido movimiento de cabeza mientras le daba las gracias y llamaba a la puerta. Le escuché darme permiso para entrar y abrí disculpándome. Estaba tremendamente sexy con el traje de chaqueta, de pie delante de la mesa y con dos hombres más a su lado. En ese momento no tenía la chaqueta puesta y tenía las mangas de la camisa blanca de botones remangadas. Miré sus brazos y observé sus manos cuando cogió la carpeta, eran tan masculinas que me volvían loca.

– Ah, sí, muchas gracias, esta es mi prometida, Sanders Niah-san.

– Encantada – Me incliné ante ellos, siempre me sonaba rarísimo como decían mi nombre los japoneses pero al mismo tiempo me gustaba.

– Ahora mismo terminamos de hablarlo en la sala de juntas, si me disculpan – Lo que se me hacía raro de verdad era verle tan formal. Los dos empleados salieron de la oficina y Ryo se acercó a mí con una sonrisa – Me has salvado la vida.

– Para eso estamos las esposas obedientes – Se sentó riéndose de mi chiste y se puso a mirar los papeles. Cuando no había gente delante normalmente hablábamos en mi idioma, así a él no se le olvidaba y yo me podía relajar de tanto hablar en japonés – ¿Estás demasiado ocupado? – Me senté en la mesa, cruzando las piernas junto a él.

– Un poco – Se le fueron los ojos al filo de la falda – Tengo una reunión en 40 minutos y es bastante importante

– Te veo tenso – Le puse el pie en la pierna, subiéndolo – Te vendría bien relajarte

– Estoy en el trabajo, estate quieta.

– Párame – Me quitaba los botones de la chaqueta mientras me reía, porque no le veía con intención de pararme. En su lugar se echó hacia atrás en el sillón y me observó, riéndose y pasándose una mano por la boca.

– ¿Aquí?

– No me digas que no te gusta la idea – Rocé con mis pies su entrepierna y subió su mano por mi muslo, acariciándolo, pasándose la lengua por los labios – Mitzusaka-san – Dije en japonés, fingiendo (realmente no mucho) excitación – Necesito que me firme unos papeles – Ryo cogió el teléfono.

– Que no entre nadie, estoy ocupado con temas importantes – Colgó y se puso de pie, metiéndome las manos por debajo de la falda y tirando de las medias y las bragas – Pero tiene que ser una cosa rápida.

– Lo que sea pero métemela – Tiré de su corbata poniéndole encima de mí – Cómo me gusta cuando te vistes así…

Escuché la cremallera de sus pantalones bajar y sentí cómo se rozaba conmigo. Me agarró de la nuca y acercó su boca a la mía, mandándome a callar cuando gemí un poco al sentirle empujar para penetrarme. Me reí mientras me mordía los labios y entraba despacio en mi cuerpo. Se apoyó con la mano en la mesa y tiró más de la mitad de las cosas a la moqueta. Estaba arrugando los papeles con cada embestida que me daba, yo me agarraba a su espalda y le besaba, volviéndome loca de placer y un tanto nerviosa porque alguien podía entrar y pillarnos de lleno.

– Te queda media hora para la reunión, más vale que te des prisa si quieres estar presentable.

– Cállate – Me besó profundamente, gimiendo un poco pero no mucho, que le podían escuchar. Yo no paraba de reírme de los mismos nervios que tenía, me lo estaba pasando de miedo – Niah, me gusta tanto…

– En japonés… – Le pedí, susurrándole al oído y mordiendo el lóbulo de su oreja.

– Kimochi – Levanté mis caderas, totalmente excitada, me ponía tantísimo cada vez que me susurraba esa palabra mientras me follaba… Me agarró de la cintura, follándome tan fuerte que me estaba costando un verdadero esfuerzo no gritar.

– Ni se te ocurra correrte encima mía – Le dije como pude, viendo venir lo que iba a pasar.

– Abre la boca – Me la sacó bruscamente y me hizo ponerme de rodillas en el suelo, agarrándome del pelo. Se la lamí mirándole a los ojos, como sabía que a él le gustaba – Niah…

_____________________________________

Cuando volví al presente me avergoncé un poco, estaba muerta de calor un tanto sofocada y sintiéndome mal por pensar esas cosas junto a su madre, pero es que todo tenía relación con algo así. Siempre terminaba abierta de piernas, era algo inevitable. Escuché el timbre de nuevo, Saori me dijo que fuese a abrir la puerta y me encontré con su marido.

– Nya chan, que guapa estás siempre.

– Muchas gracias – Le hice pasar y le senté en el salón

– ¡Oh!, huele muy bien.

– Te va a encantar la comida – Le dijo su mujer – Está hecha una experta cocinera. Seguro que Ryo chan no pasa hambre.

– No te preocupes por eso, está mejor que bien con esta chica, siempre lo ha estado.

Yo me limitaba a sonreír en una esquinita. Mi suegra me dijo que terminara con la comida que ella terminaba de poner la mesa, la verdad es que no me podía quejar, tenía mucha suerte porque siempre me había llevado bien con la familia de Ryo. Al poco tiempo le escuché llegar.

– ¡Ya estoy en casa Nya chan! – Anunció, como siempre.

– ¡Hola! – No pude ir a recibirle pero le escuché entrar en el salón. Al darme la vuelta di un grito – ¡¡ETTA!! – Salí corriendo, con los palillos de remover la comida en la mano y me eché a sus brazos.

– ¡Sorpresa! – Canturreó Betty mientras nos abrazábamos las tres a la vez.

– ¿Cuándo has llegado? ¡Estás preciosa! ¡Mira tu barriguita! – Mi amiga no paraba de reírse mientras mi suegra me quitó los palillos de la mano y siguió con la comida.

– Hace un rato, estoy reventada, pero es que no me podía venir antes. Oye, tú sí que estás preciosa – Me puso las manos en la cara – Qué bien te sienta la vida de “casi casada”.

– Me encanta tu casa – Dijo Betty mirando a su alrededor – ¿Puedo quedármela y te compras otra?

– Es que a mí también me gusta – Ryo cogió los chaquetones de las chicas y se los llevó a la habitación. Cuando volvió le di un empujoncito.

– Todo el día trabajando, ¿no? Una reunión a las 12, ¿no?

– Lo de la reunión era verdad – dijo pasándome una mano por la cintura y dándome un beso en la mejilla – Llegué a lo justo – Nos miramos y nos reímos, dejando a todos los demás confusos.

Antes que nada, serví la comida que todos recibieron con muchas ganas y para mi alivio tuvo buenas críticas, aunque creo que la ayuda de mi suegra tuvo mucho que ver. La mano de esa mujer con la cocina era gloriosa. Tenía que estar casi todo el rato traduciéndoles a unos lo que decían los otros, pero más o menos nos entendimos. A la mitad de la cena se me descompuso el cuerpo y me tuve que levantar corriendo para ir al servicio. Era lo último que quería, que me dieran nauseas justo en ese momento. Cuando se me pasaron, me volví a poner presentable y salí del baño. Casi me choco con Ryo en la puerta, que me agarró de los hombros y me miró a los ojos con el ceño fruncido.

– Dice mi madre que estás embarazada – Miré hacia un lado, suspirando.

– No quería decírtelo hasta después de las fiestas – A Ryo no le cambió la expresión, solo levantó las cejas levemente y me apartó para sentarse en el retrete.

– ¿Desde cuándo lo sabes? – Preguntó sin mirarme, me estaba empezando a asustar.

– Desde hace unos días… Ryo, tengo miedo, pero yo quiero tenerlo – Me puse en cuclillas a su lado. Se llevó las manos a la cara y después de frotársela me miró entre ellas.

– Es el mejor regalo de navidad que podías darme, va a nacer unos meses después que el de Etta.

– Ya me he dado cuenta, y serán hermanos… en cierta manera.

– Que cosa más rara – Me abrazó, besándome repetidas veces en la cara, los labios, el cuello, por todas partes. Fuimos al salón y lo único que dijo mi suegra cuando Ryo me hizo anunciarlo públicamente fue:

– Lo sabía – Ryo dio una carcajada y Etta se tiró a mis brazos, llorando.

– ¡Vamos a ser madres a la vez! ¡¿Lo has hecho adrede o qué?!

– No, ha sido sin quererlo – Me hizo llorar a mí también, nuestras hormonas eran una fiesta en esos momentos.

– Prométeme una cosa – Me pidió, secándose las lágrimas – Si es niña le llamas Etta.

– Ya lo había pensado – Nos reimos sorbiendo los mocos.

– Mitzusaka Etta… es como si nos hubiésemos casado – Ryo le puso cara de asco.

– No me casaría contigo ni aunque me regalaras 8 consolas – Le dio una patadita – Buen trabajo, ¿eh, semental?

– No es que hayamos perdido el tiempo – Le susurré a mi amiga.

Nos reímos los tres a la vez. Era curioso, aunque había pasado tanto tiempo y aunque nuestras vidas habían cambiado tantísimo, siempre que estaba con ellos sentía como si siguiese en ese carril de arena jugando con las bicicletas. Me sentía feliz, y estuviese donde estuviese, siempre que ellos estuvieran cerca sonreiría como en el verano de mi primera vez, el verano en el que mis sentimientos fueron los de una mujer aun siendo niña. Fue cuando comprendí que había personas que el tiempo no borraría jamás porque formaban parte de ti tanto o más que tus propios recuerdos.

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7 comentarios en “Then, Now, Towa

  1. Maravillosa historia, me ha enganchado desde el principio y me he enamorado completamente de Ryo jajaja .Sin desperdicio, todo un gusto leerte, ¡eres fantástica! =)

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